270- Jesús recibe la noticia de que han matado a Juan el Bautista

Jesús está curando a unos enfermos. Le asiste sólo Manahén. Están en la casa de Cafarnaúm, en el huerto umbrío en esta hora matutina. Manahén ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente: sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de te-la, la prenda que cubre su cabeza. Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa.

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos, Jesús sube con Manahén a la habitación alta. Se sientan los dos en el alféizar de la ventana que mira al monte (porque la parte del lago cae toda bajo el sol, que todavía calienta bien, a pesar de que la canícula ha debido pasar ya hace algo de tiempo).

-Dentro de poco empezará la vendimia -dice Manahén.
-Sí. Y luego vendrán los Tabernáculos… y pronto llegará el invierno. ¿Cuándo piensas partir?

-¡Mmm!… No me iría nunca… Pero pienso en el Bautista. Herodes es una persona débil. Si se le sabe influir positivamente, aunque no se vuelva bueno, al menos… no se hace sanguinario. Pero son pocos los que le aconsejan bien. ¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!… De todas formas, quisiera quedarme hasta que vuelvan tus apóstoles. No es que yo presuma mucho de mí… pero todavía valgo algo… si bien mi auge ha sufrido un duro golpe desde que han comprendido que sigo los caminos del Bien. Pero no me importa. Quisiera tener la verdadera valentía de saber abandonar todo para seguirte completamente, como los discípulos a los que esperas. Pero, ¿algún día lo lograré? Nosotros que no somos del pueblo presentamos más dura resistencia a seguirte.

¿Por qué?
-Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.
-La verdad es que sé también de algunos que no son lo que se dice ricos, sino que son doctos, o están en camino de serlo, y tampoco vienen.

-También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas. No se es rico sólo de dinero. Existe también la riqueza del saber. Pocos llegan a la confesión de Salomón:

"Vanidad de vanidades, todo es vanidad", considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-en Qohélet. ¿Lo recuerdas? La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber "es afán y aflicción de espíritu, y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes". En verdad te digo que es así. Como también digo que no sería así si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios. El placer es vanidad, porque no dura; arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío. Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad para el hombre que muere, porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad. De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios y la obediencia a sus mandamientos, o sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual. Quien así sabe concluir y querer, sabe liberarse de todo tentáculo de mísero tesoro y sabe ir libre al encuentro con el Sol.

-Quiero recordar estas palabras. ¡Cuánto me has dado en estos días! Ahora puedo ir a la suciedad de la Corte -que parece luminosa sólo a los necios, poderosa y libre; y no es sino miseria, cárcel y tinieblas-, e ir con un tesoro que me permitirá vivir mejor en espera de lo mejor. ¿Pero llegaré algún día a esta cosa mejor que es ser tuyo, totalmente?

-Llegarás.
-¿Cuándo? ¿El año que viene? ¿Más adelante todavía? ¿Cuándo la vejez me haga sabio?
-Llegarás… alcanzando madurez de espíritu y perfección de voluntad en el transcurso de pocas horas.

-Manahén lo mira pensativo y escrutador… Pero no pregunta nada más.

Un rato de silencio. Luego Jesús dice:
-¿Has tenido contacto alguna vez con Lázaro de Betania?
-No, Maestro. Puedo decir que no; que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad. Ya sabes… Yo con Herodes, Herodes contra él… Por tanto…
-Lázaro ahora te vería por encima de las cosas, en Dios. Debes tratar de conocerlo como condiscípulo.
-Lo haré si Tú lo quieres…

Se oyen voces inquietas en el huerto. Preguntan con angustia:

-¡El Maestro! ¡El Maestro! ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:
-Está en la habitación de arriba. ¿Quiénes sois?

¿Enfermos?
-No. Discípulos de Juan y queremos ver a Jesús de Nazaret.
Jesús se asoma por la ventana y dice:

-Paz a vosotros… ¡Oh! ¡Sois vosotros? ¡Venid! ¡Venid!
Son los tres pastores Juan, Matías y Simeón.

-¡Oh! ¡Maestro! -dicen, y levantan la cabeza y dejan ver un rostro apenado. Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza. Manahén lo sigue. Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo. Luego Juan, por todos, dice:

-Ahora recíbenos, Señor, pues somos tu herencia -y unas lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Manahén, al unísono, gritan:

-¿Juan?!

-Le han dado muerte…

La palabra cae cual enorme fragor que cubre todos los ruidos del mundo, a pesar de que haya sido pronunciada muy bajo. Petrifica a quien la dice y a quien la oye. Y se produce un rato de silencio tan profundo y de tan profunda inmovilidad en los animales, frondas y aire, que parece como si la tierra, para recoger esta palabra y sentir todo su horror, suspendiera todo ruido propio. Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo, enmudecido el coro de los pardales, y, como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso, mientras se para el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos, acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús se pone pálido como el marfil mientras sus ojos se dilatan y se vidrian de llanto. Abre los brazos y, con voz profunda por el esfuerzo de hacerla firme, dice:

-Paz al mártir de la justicia, paz a mi Precursor.

Luego recoge sus brazos y su espíritu y, claramente, ora, entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan Bautista.

Manahén no se atreve a hacer ni un gesto. A1 contrario de Jesús, se ha puesto intensamente rojo y ha sentido un impulso de ira. Luego se ha quedado paralizado; toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha, que zalea el cordón de la túnica, y de la izquierda, que involuntariamente busca el puñal… y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad de mente, pues no se acordaba de que se había desarmado para ser «el discípulo del Manso», para estar «junto al Manso».

Jesús abre de nuevo su boca y sus ojos. Su rostro, su mirada, su voz han recuperado la majestad divina que habitualmente tienen en Él. Sólo queda una tristeza grave temperada de paz.

-Venid. Decidme cómo ha sucedido. Desde hoy sois míos.
Y los conduce a la habitación. Cierra la puerta, corre las cortinas -no del todo-para suavizar la luz, para crear un ambiente de recogimiento en torno al dolor y la belleza de la muerte del Bautista, para separar esta perfección de vida y el mundo corrompido.

-Hablad -ordena.

Manahén todavía parece petrificado. Está con el grupo, pero no dice una palabra.

Era la noche de la fiesta… No se podía prever esto… Sólo dos horas antes, Herodes había solicitado consejo de Juan, y se había despedido de él con benignidad… Y poco, poco antes de que se produjera… el homicidio, el martirio, el delito, la glorificación, había mandado a un siervo con frutas gélidas y vinos raros para el prisionero.

Juan nos había distribuido esas cosas… Nunca mudó su austeridad… Estábamos sólo nosotros, porque por mérito de Manahén estábamos en el palacio como siervos en las cocinas y en las caballerizas. Esta concesión nos permitía ver siempre a nuestro Juan… Estábamos en las cocinas yo y Juan. Simeón no; él vigilaba a los caballerizos para que tratasen con cuidado las caballerías de los invitados…

El palacio estaba lleno de gente importante, jefes militares, personalidades de Galilea. Herodías se había encerrado en sus habitaciones tras una escena violenta que se había producido por la mañana entre ella y Herodes…
Manahén interrumpe:

-¡Pero cuándo había llegado la hiena?
-Dos días antes. No la esperaban… Dijo al monarca que no podía vivir lejos de él y estar ausente el día de su fiesta. Víbora y maga como siempre, había hecho de él un juguete… Pero Herodes, por la mañana de este día, se había negado -a pesar de que ya estuviera embriagado de vino y lujuria-a concederle a la mujer lo que con fuertes gritos pedía.., ¡Y nadie pensaba que se tratase de la vida de Juan!…

Estaba en sus habitaciones, desdeñosa. Había rechazado los alimentos reales, enviados por Herodes en preciosas fuentes. Sólo había aceptado una fuente preciosa colmada de fruta y había recompensado el presente con un ánfora de vino drogado para Herodes… Drogado…

¡Ah, era suficiente su naturaleza ebria y viciosa para alucinarlo para el delito! Por los que servían a las mesas, supimos que después de la danza de las mujeres mimos de la Corte, es más, a la mitad de la danza, había irrumpido en la sala del banquete Salomé, bailando. Los mimos, ante la joven real, se habían retirado hacia las paredes. La danza era perfecta, nos han dicho. Lúbrica y perfecta. Digna de los invitados… Herodes… ¡Oh!, ¡quizás fermentaba dentro de él un nuevo deseo de incesto!…

Herodes, al final de este baile, entusiasta, dijo a Salomé: "¡Has bailado bien! Juro que mereces un premio. Juro que te lo daré. Juro que te daré cualquier cosa que me pidas. Lo juro en presencia de todos. Y la palabra de un rey es fiel incluso sin juramento. Di, pues, qué quieres". Y Salomé, fingiendo perplejidad, inocencia y modestia, recogiéndose en sus velos con gesto púdico después de tanta desvergüenza, dijo:

"Permíteme, gran señor, que reflexione un momento.
Me retiro y luego vuelvo, porque tu gracia me ha turbado"… y se retiró para ir donde su madre. Selma me ha dicho que entró riendo, diciendo: "¡Madre, has vencido! Dame la bandeja". Y Herodías, con un grito de triunfo, ordenó a la esclava que diera a la joven la bandeja no devuelta antes, y dijo:

"Ve. Vuelve con la odiada cabeza, y te vestiré de perlas y oro". Selma, horrorizada, obedeció… Salomé volvió a entrar en la sala bailando, y, bailando, fue a postrarse a los pies del rey, y dijo: "En esta bandeja que has mandado a mi madre, en señal de que la amas y de que me amas, quiero la cabeza de Juan. Y luego seguiré bailando, si tanto te gusto. Bailaré la danza de la victoria. ¡Porque he vencido!

¡Te he vencido a ti, oh rey! ¡He vencido a la vida, y soy feliz!". Esto es lo que dijo. A nosotros nos lo repitió un amigo copero. Herodes se turbó ante estas dos solicitaciones: ser fiel a la palabra, ser justo. Pero no supo ser justo porque es hombre injusto. Hizo una señal al verdugo que estaba detrás del asiento real, y éste, habiendo cogido de las manos alzadas de Salomé la bandeja, salió de la sala del banquete para ir a las habitaciones bajas. Yo y Juan lo vimos atravesar el patio… Luego oímos el grito de Simeón: "¡Asesinos!"… y lo vimos que volvía a pasar con la cabeza sobre la bandeja… Juan, tu Precursor, había muerto…

-Simeón, ¿puedes decirme como ha muerto? -pregunta Jesús, pasado un momento.
-Sí. Estaba en oración… Me había dicho antes: "Dentro de poco volverán los dos que envié, y quien aún no cree creerá. De todas formas, recuerda que, si a su regreso ya no viviera, yo, como quien está cercano a la muerte, todavía te digo, para que tú por tu parte se lo digas a ellos: Jesús de Nazaret es el verdadero Mesías".

Pensaba siempre en ti… Entró el verdugo. Yo grité fuerte. Juan alzó la cabeza y lo vio. Se puso en pie.

Dijo: "Sólo puedes quitarme la vida. Pero la verdad que permanece es que no es lícito hacer el mal". Estaba para decirme algo cuando el verdugo volteó la pesada espada, mientras Juan estaba todavía de pie, y la cabeza cayó del busto, con un gran flujo de sangre que puso roja la piel caprina, de cera el rostro enjuto en que quedaron vivos, abiertos, acusadores, los ojos. Rodó a mis pies… Yo caí junto con su cuerpo, vencido por el dolor…

Después… después… La cabeza, después de lacerarla Herodías, fue arrojada a los perros. Pero nosotros la recogimos diligentemente y la envolvimos junto con el tronco en un precioso lienzo; durante la noche recompusimos el cuerpo y lo transportamos fuera de Maqueronte. Lo embalsamamos en una espesura de acacias allí cerca con los primeros rayos del Sol y la ayuda de otros discípulos… Pero de nuevo nos la arrebataron para nuevas laceraciones. Porque ella no puede ni destruirlo ni perdonarlo… Y sus esclavos, temiendo la muerte, nos quitaron esa cabeza con ferocidad mayor que la de los chacales. ¡Si hubieras estado tú, Manahén!…

-Si hubiera estado yo… Pero esa cabeza es su maldición… Aunque el cuerpo esté incompleto, nada se resta a la gloria del Precursor. ¿No es verdad, Maestro?
-Es verdad. Aunque los perros lo hubieran destruido, su gloria no habría sufrido mutación.
-Tampoco ha cambiado su palabra, Maestro. Sus ojos, a pesar de haber quedado lacerados bajo una gran herida, todavía dicen: "No te es lícito". ¡Pero nosotros lo hemos perdido! -dice Matías.

-Y ahora somos tuyos, porque así lo dijo él; y dijo también que Tú ya lo sabías.
-Sí, desde hace meses sois míos. ¿Cómo habéis venido?
-A pie, por etapas. Largo, penoso camino entre quemazón de arenas y sol, y aún más quemazón de dolor. Hace casi veinte días que caminamos…

-Ahora descansaréis.
Manahén pregunta:
-Decid: ¿Herodes no se extrañó de mi ausencia?
-Sí. Primero estuvo inquieto, luego se puso furioso; pero, pasado el furor, dijo: "Un juez menos". Así nos refirió el amigo copero.

Jesús dice:
-¡Un juez menos! Tiene a Dios por juez, que ya es suficiente. Venid a donde dormimos. Estáis cansados y llenos de polvo del camino. Encontraréis vestidos y sandalias de vuestros compañeros. Tomadlos. Descansad y reponed fuerzas. Lo que es de uno es de todos. Tú, Matías, que eres alto, puedes coger una túnica mía. Luego ya veremos. Esta noche, dado que es la vigilia del sábado, vienen mis apóstoles. La próxima semana vendrá Isaac con los discípulos, luego Benjamín y Daniel; después de los Tabernáculos, vendrán también Elías, José y Leví. Es tiempo de que a los doce se unan otros. Id ahora a descansar.

Manahén los acompaña y luego vuelve. Jesús se queda solo con Manahén. Se sienta, pensativo, visiblemente triste, con la cabeza reclinada sobre la mano y el codo apoyado en la rodilla como soporte. Manahén está sentado junto a la mesa. No se mueve. Pero está taciturno. Su rostro es toda una borrasca.

Después de mucho, Jesús alza la cabeza, lo mira y pregunta:
-¿Y tú? ¿Qué vas a hacer ahora?

-Todavía no lo sé… La idea de quedarme en Maqueronte ya no existe. Pero quisiera quedarme todavía en la Corte, para estar al corriente… para protegerte a ti estando al corriente de las cosas.

-Sería mejor para ti seguirme sin dilación. Pero no te fuerzo. Vendrás una vez que el viejo Manahén, molécula por molécula, haya quedado deshecho.

-También quisiera arrebatarle esa cabeza a esa mujer. No es digna de tenerla…

Jesús expresa un leve gesto de sonrisa, y, con franqueza, dice:

-Además no has muerto todavía a las riquezas humanas. Pero te quiero lo mismo. Sé que no te perderé aunque espere. Sé esperar…
-Maestro, quisiera darte mi generosidad para consolarte… Porque sufres. Lo veo.

-Es verdad. Sufro.¡ Mucho! ¡Mucho!…
-¿Sólo por Juan? No creo. Sabes que está en paz.
-Sé que está en paz, y no lo siento lejano.
-¿Y entonces?

-¡Y entonces!… Manahén, ¿a qué precede el alba?
-Al día, Maestro. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque la muerte de Juan precede al día en que seré el Redentor. Y la parte humana de mí se estremece frente a esta idea… Manahén, voy al monte. Tú quédate aquí para recibir a los que vengan y socorrer a los que ya han llegado. Quédate aquí hasta que vuelva. Luego… harás lo que quieras. Adiós.

Y Jesús sale de la habitación. Baja despacio la escalera, atraviesa el huerto y, por la parte posterior del huerto, se introduce por un senderillo entre huertos desarreglados y matas de olivos, manzanos, vides e higueras. Toma la pendiente de un suave collado donde desaparece a mi vista.

269- La disputa con escribas y fariseos en Cafarnaúm. Llegada de la Madre y de los hermanos

La misma escena de la pasada visión. Jesús se está despidiendo de la viuda.

Tiene ya de la mano al pequeño José y dice a la mujer:

-No vendrá nadie antes de mi regreso, a menos que no sea un gentil. De todas formas, quienquiera que venga que espere hasta pasado mañana; dile que vendré sin falta.
-Lo diré, Maestro. Si hay enfermos, les daré hospedaje, como me has enseñado.

-Adiós, entonces. La paz sea con vosotros. Ven, Manahén.
Por esta breve mención comprendo que ha venido a ver a Jesús a Corazín gente enferma y desgraciada, y que a la evangelización del trabajo ha añadido la del milagro. Si Corazín sigue indiferente, es verdaderamente señal de que es terreno agreste e incultivable. No obstante, Jesús la atraviesa, saludando a los que le saludan, como si tal cosa, para seguir hablando con Manahén, que está en duda sobre si volver a Maqueronte o quedarse una semana más…

En la casa de Cafarnaúm, entretanto, se preparan para el sábado. Mateo, cojeando todavía un poco, recibe a sus compañeros, los asiste ofreciéndoles agua y fruta fresca, mientras se interesa por sus respectivas misiones.
Pedro frunce la nariz al ver que ya hay unos fariseos zanganeando cerca de la casa:

-Tienen ganas de envenenarnos el sábado. Sería casi de la opinión de adelantarnos antes de que llegue el Maestro y decirle que vaya a Betsaida y les deje a éstos esperando en vano.

-¿Crees que el Maestro lo haría? -dice su hermano.
-Además, en la habitación de abajo está ese pobre infeliz esperando -observa Mateo.
-Se le podría llevar en la barca a Betsaida, y yo u otro adelantarnos hacia el Maestro -dice Pedro.
-Casi, casi… -dice Felipe, el cual, teniendo familia en Betsaida, de buena gana iría.

Y mucho más que… ¿Veis, veis? Hoy la guardia está reforzada con escribas. Vamos, no perdamos tiempo. Vosotros con el enfermo pasáis por el huerto y os vais por detrás de la casa. Yo llevo la barca al "pozo de la higuera" y Santiago lo mismo. Simón Zelote y los hermanos de Jesús van al encuentro del Maestro.
-Yo no me marcho de aquí con el endemoniado -proclama Judas Iscariote.

-¿Por qué? ¿Tienes miedo a que se te pegue el demonio?
-No me hagas irritarme, Simón de Jonás. He dicho que no voy y no voy.
-Ve a buscar a Jesús con los primos.
-No.
-¡Narices! ¡Ven en la barca!
-No.

-Pero bueno, ¿qué quieres? Eres siempre el de las dificultades…
-Quiero quedarme donde estoy: aquí. No tengo miedo a ninguno. No huyo. Además, el Maestro no os agradecería esta ocurrencia. Otra vez otro discurso para llamarnos la atención, y no tengo ganas de sufrirlo por vuestra culpa.

Marchaos vosotros. Yo me quedo aquí para informar…
-¡De ninguna manera! ¡O todos o ninguno!-grita Pedro.
-Pues ninguno, porque el Maestro ya está aquí. Mira allí viene -dice serio el Zelote, que estaba mirando al camino.
Pedro, de malhumor, dice algo refunfuñando entre dientes. Pero se dirige con los demás hacia Jesús. Tras los primeros saludos, le hablan de un endemoniado, ciego y mudo, que está esperando con sus padres su venida desde hace muchas horas.

Mateo explica:
-Está como inerte. Se ha echado encima de unos sacos vacíos y no se ha vuelto a mover. Sus padres esperan en ti. Ven a reponer fuerzas y luego lo socorres.
-No. Voy enseguida donde él. ¿Dónde está?

-En la habitación de abajo que está junto al horno. Lo he metido allí, con sus padres, porque hay muchos fariseos -y escribas ̀ que parecen al acecho…
-Sí, y sería mejor no contentarlos -dice Pedro disgustado.
-¿Judas de Simón no está? -pregunta Jesús.

-Se ha quedado en casa. El debe hacer lo que no hacen los demás -dice otra vez Pedro con malhumor. Jesús lo mira, pero no le regaña. Acelera el paso hacia la casa. Confía el niño precisamente a Pedro, el cual lo acaricia y saca enseguida del grueso cinturón un silbato y dice: -Uno para ti y otro para mi hijo. Mañana te llevo a que lo conozcas.

Le he pedido que me los hiciera a un pastor al que he hablado de Jesús. Jesús entra en casa, saluda a Judas, que parece todo ocupado en ordenar la loza y luego va derecho hasta una especie de despensa baja y oscura que está pegando al horno.

-Que salga el enfermo -ordena Jesús.
Un fariseo, que no es de Cafarnaúm, pero que tiene una cara de perro peor todavía que la de los fariseos del lugar, dice:

-No es un enfermo. Es un endemoniado.
-Bien, pues una enfermedad del espíritu…
-Pero tiene impedidos los ojos y el habla…

-La posesión es una enfermedad del espíritu que se extiende a miembros y órganos. Si me hubieras dejado terminar, habrías sabido que quería decir esto. También la fiebre, cuando uno está enfermo, está en la sangre, pero desde la sangre ataca luego a una u otra parte del cuerpo.

El fariseo no sabe qué replicar y guarda silencio.
Han traído al endemoniado y lo han puesto frente a Jesús. Inerte. Era como había dicho Mateo. Muy impedido por el demonio.

La gente entretanto se va concentrando. Es increíble, especialmente en las horas de recreo -voy a llamarlas así-, lo pronto que, en aquel tiempo, acudía la gente a los lugares en que había algo que ver. Ahora están las personas importantes de Cafarnaúm (entre los cuales los cuatro fariseos); están también Jairo, y, en un ángulo, con la disculpa de estar cuidando el orden, el centurión romano y con él gente de otras ciudades.

-¡En nombre de Dios, suelta las pupilas y la lengua de éste! ¡Lo quiero! ¡Libra de ti a esa criatura! ¡Ya no te es lícito poseerla! ¡Fuera! -grita Jesús, extendiendo las manos mientras da la orden.

El milagro empieza con un grito de rabia del demonio y termina con una voz de alegría del liberado, que grita:

-¡Hijo de David! ¡Hijo de David! ¡Santo y Rey!
-¿Cómo puede saber éste quién es el que lo ha curado? -pregunta un escriba.

-¡Todo esto es una comedia, hombre! ¡Esta gente está pagada por hacer esto! -dice un fariseo encogiéndose de hombros.

-Pero, ¿y quién paga? Si es lícito preguntároslo -dice Jairo.
-Tú también.

-¿Con qué finalidad?
-Para hacer famosa a Cafarnaúm.

-No rebajes tu inteligencia diciendo estupideces, ni tu lengua ensuciándola con embustes. Sabes que eso no es verdad y deberías comprender que estás diciendo una estupidez. Lo que aquí ocurre ya ha ocurrido en muchas otras partes de Israel.

¿Entonces en todos los lugares habrá quien pague? ¡La verdad es que no sabía que en Israel la plebe fuera muy rica! Porque vosotros -y con vosotros todos los otros importantes-está claro que no pagáis por esto. Entonces paga la plebe que es la única que ama al Maestro.

-Tú eres arquisinagogo y lo amas. Ahí está Manahén. En Betania está Lázaro de Teófilo. Estos no son plebe.

-Pero son ellos, y soy yo, personas honradas, que no timamos a nadie en nada y mucho menos en las cosas relativas a la fe. Nosotros no nos permitimos eso porque tememos a Dios y hemos comprendido lo que le agrada a Dios: la honestidad.

Los fariseos dan la espalda a Jairo y lanzan su ataque contra los padres del curado:
-¿Quién os ha dicho que vinierais aquí?
-¿Quién? Muchos. Personas que han sido curadas o parientes de personas curadas.
-Pero ¿qué os han dado?
-¿Dado? La garantía de que nos lo curaría.
-¿Pero estaba realmente enfermo?

-¡Oh, mentes engañosas! ¿Pensáis que se ha fingido todo esto? Id a Gadara e informaos, si es que no creéis, de la desgracia de la familia de Ana de Ismael.
La gente de Cafarnaúm, indignada, se alborota, mientras unos galileos, venidos de cerca de Nazaret, dicen:
-¡Pues este es hijo de José el carpintero!
Los de Cafarnaúm, fieles a Jesús, gritan:
-¡No! ¡Es lo que Él dice y lo que el curado ha dicho: "Hijo de Dios" e "Hijo de David"!

-¡No aumentéis la exaltación del pueblo con vuestras afirmaciones! -dice despreciativo un escriba.
-¿Y entonces qué es según vosotros?

-¡Un Belcebú!

-¡Mmm…, lenguas de víbora! ¡Blasfemos! ¡Vosotros sois los poseídos! ¡Ciegos de corazón! Perdición nuestra. Queréis quitarnos incluso la alegría del Mesías, ¿eh? ¡Sanguijuelas! ¡Piedras secas!».

¡Un buen jaleo!
Jesús, que se había retirado a la cocina para beber un poco de agua, se asoma a la puerta a tiempo de oír la trillada y necia acusación farisaica: «Éste no es más que un Belcebú, porque los demonios le obedecen. El gran Belcebú, su padre, le ayuda, y arroja los demonios con la acción de Belcebú, príncipe de los demonios, no con otra cosa».

Jesús baja los dos pequeños escalones de la puerta y avanza unos pasos, erguido, severo, sereno, para detenerse justo frente al grupo escribo-farisaico; fija en ellos, penetrante, su mirada y les dice:

-Vemos que incluso en este mundo un reino dividido en facciones contrarias se hace internamente débil, fácil presa de la agresión y acción devastadora de los estados vecinos, y éstos lo esclavizan. Ya en este mundo vemos que una ciudad dividida en partes contrarias pierde el bienestar (lo mismo se diga de una familia cuyos miembros estén divididos por el odio): se desmorona, se convierte en una fragmentación que a nadie sirve, irrisión para los ciudadanos. La concordia, además de deber, es astucia, porque mantiene la independencia, la fuerza, el afecto.

Esto es lo que deberían meditar los patriotas, los ciudadanos, los miembros de una familia, cuando, por el capricho de un determinado beneficio, se ven tentados a las siempre peligrosas opresiones y separaciones, peligrosas porque se alternan con los partidos y destruyen los afectos. Y es ésta, en efecto, la astucia que ejercitan los dueños del mundo. Observad a Roma, observad su innegable poder, tan penoso para nosotros. Domina el mundo. Pero está unida en un único parecer, en una sola voluntad: "dominar". Entre ellos habrá también, sin duda, contrastes, antipatías, rebeliones. Pero estas cosas están en el fondo. En la superficie hay un único bloque, sin fisuras, sin agitaciones. Todos quieren lo mismo y obtienen resultados por este querer, y los obtendrán mientras sigan queriendo lo mismo.

Mirad este ejemplo humano de astucia cohesiva, y pensad: si estos hijos del siglo son así, ¿qué no será Satanás? Para nosotros ellos son diablos, y, sin embargo, su satanismo pagano no es nada respecto al perfecto satanismo de Satanás y sus demonios. En aquel reino eterno, sin siglo, sin final, sin límite de astucia y maldad; en ese lugar en que es gozo el hacer el mal a Dios y a los hombres -hacer el mal es el aire que respiran, es su doloroso gozo, único, atroz-se ha alcanzado con perfección maldita la fusión de los espíritus, unidos en una Sola voluntad: "hacer el mal". Ahora bien, si -como pretendéis sostener para insinuar dudas acerca de mi poder-me ayuda Satanás porque Yo soy un belcebú menor, ¿no entra Satanás en conflicto consigo mismo y con sus demonios al arrojarlos de sus poseídos? ¿Y estando en conflicto consigo mismo, podrá perdurar su reino? No, no es así.

Satanás es astutísimo y no se perjudica a sí mismo. Su intención es extender su reino en los corazones, no reducirlo. Su vida consiste en "robar -hacer el mal -mentir -agredir -turbar". Robar almas a Dios y paz a los hombres. Hacer el mal a las criaturas del Padre, dándole así dolor. Mentir para descarriar. Agredir para gozar. Turbar porque es el Desorden. No puede cambiar: es eterno en su ser y en sus métodos.

Pero, responded a esta pregunta: si Yo arrojo los demonios en nombre de Belcebú, ¿en nombre de quién los arrojan vuestros hijos? ¿Querríais confesar que también ellos son belcebúes? Si lo decís, os juzgarán calumniadores; y, aunque su santidad llegue hasta el punto de no reaccionar ante esta acusación, habréis emitido veredicto sobre vosotros mismos al confesar que creéis tener muchos demonios en Israel, y os juzgará Dios en nombre de los hijos de Israel acusados de ser demonios. Por tanto, venga de quien venga el juicio, en el fondo serán ellos vuestros jueces donde el juicio no sufre soborno de presiones humanas.

Y si, como es verdad, arrojo los demonios por el Espíritu de Dios, prueba es de que ha llegado a vosotros el Reino de Dios y el Rey de este Reino, Rey que tiene un poder tal, que ninguna fuerza contraria a su Reino le puede oponer resistencia. Así que ato y obligo a los usurpadores de los hijos de mi Reino a salir de los lugares ocupados y a devolverme la presa para que Yo tome posesión de ella. ¿No es así como hace uno que quiere entrar en la casa de un hombre fuerte para arrebatarle los bienes, bien o mal conseguidos? Eso hace. Entra y lo ata. Una vez que lo ha atado, puede desvalijar la casa. Yo ato al ángel tenebroso, que me ha arrebatado lo que me pertenece, y le quito el bien que me robó. Sólo Yo puedo hacerlo, porque sólo Yo soy el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la Paz.

-Explícanos lo que quieres decir con "Padre del siglo futuro". ¿Es que piensas vivir hasta el próximo siglo, y, mayor necedad aún, piensas crear el tiempo, Tú, que no eres más que un pobre hombre? El tiempo es de Dios -pregunta un escriba.

-¿Y me lo preguntas tú, escriba? ¿Es que no sabes que habrá un siglo que tendrá principio pero no tendrá fin, y que será el mío? En él, triunfaré congregando en torno a mí a aquellos que son sus hijos, y vivirán eternos como el siglo que crearé, que ya estoy creando estableciendo al espíritu por encima de la carne, del mundo y de los seres infernales, porque todo lo puedo. Por esto os digo que quien no está conmigo está contra mí, y que quien conmigo no recoge desparrama. Porque Yo soy el que soy. Y quien no cree esto, que ya ha sido profetizado, peca contra el Espíritu Santo, cuya palabra fue pronunciada por los Profetas sin mentira ni error y debe ser creída sin resistencia.

Porque os digo que todo les será perdonado a los hombres, todo pecado, toda blasfemia; porque Dios sabe que el hombre no es sólo espíritu, sino también carne, y carne tentada sometida a imprevistas debilidades. Pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Uno hablará contra el Hijo del hombre y será todavía perdonado, porque el peso de la carne que envuelve a mi Persona y que envuelve al hombre que contra mí habla puede también inducir a error. Pero quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en ésta ni en la vida futura, porque la Verdad es eso que es: es neta, santa, innegable, y es manifestada al espíritu de una manera que no induce a error. Otra cosa es que yerren aquellos que, queriéndolo, quieren el error. Negar la Verdad dicha por el Espíritu Santo es negar la Palabra de Dios y el Amor, que ha dado esa Palabra por amor hacia los hombres. Y el pecado contra el Amor no se perdona.

Pero cada uno da los frutos de su árbol. Vosotros dais los vuestros, que no son buenos. Si dais un árbol bueno para que lo planten en el huerto, dará buenos frutos; sin embargo, si dais un árbol malo, malo será el fruto que de él se recogerá, y todos dirán: "Este árbol no es bueno". Porque el árbol se conoce por el fruto. ¿Cómo creéis que podéis hablar bien vosotros, que sois malos? Porque la boca habla de lo que llena el corazón del hombre. Sacamos nuestros actos y palabras de la sobreabundancia de lo que tenemos en nosotros. El hombre bueno saca de su tesoro bueno cosas buenas; el malo, de su tesoro malo, saca las cosas malas. Y habla y actúa según su interior.

En verdad os digo que ociar es pecado, pero mejor es ociar que hacer obras malas. Y os digo también que es mejor callar que hablar ociosamente y con maldad. Aunque vuestro silencio fuera ocio, guardad silencio antes que pecar con la lengua. Os aseguro que de toda palabra dicha vanamente se pedirá a los hombres justificación en el día del Juicio, y que por sus palabras serán justificados los hombres, y también por sus palabras serán condenados.

¡Cuidado, por tanto, vosotros, que tantas decís más que ociosas!, pues que son no sólo ociosas sino activas en el mal y con la finalidad de alejar a los corazones de la Verdad que os habla.

Los fariseos consultan a los escribas y luego, todos juntos, fingiendo cortesía, solicitan:
-Maestro, se cree mejor en lo que se ve. Danos, pues, una señal para que podamos creer que eres lo que dices.
-¿Veis como en vosotros está el pecado contra el Espíritu Santo, que repetidas veces me ha señalado como Verbo encarnado? Verbo y Salvador, venido en el tiempo establecido, precedido y seguido por los signos profetizados; obrador de lo que el Espíritu dice.
Ellos responden:

-Creemos en el Espíritu, pero ¿cómo podemos creer en ti, si no vemos un signo con nuestros ojos?
-¿Cómo podéis entonces creer en el Espíritu, cuyas acciones son espirituales, si no creéis en las mías, que son sensibles a vuestros ojos? Mi vida está llena de ellas. ¿No es suficiente todavía? No. Yo mismo respondo que no. No es suficiente todavía. A esta generación adúltera y malvada, que busca un signo, se le dará sólo uno: el del profeta Jonás. Efectivamente, de la misma forma que Jonás estuvo durante tres días en el vientre de la ballena, el Hijo del hombre estará tres días en las entrañas de la tierra. En verdad os digo que los ninivitas resucitarán en el día del Juicio, como todos los hombres, y se alzarán contra esta generación y la condenarán, porque les predicó Jonás e hicieron penitencia, y vosotros no; y aquí hay Uno mayor que Jonás. Así también, resucitará y se alzará contra vosotros la Reina del Mediodía, y os condenará, porque ella vino desde los últimos confines de la Tierra para oír la sabiduría de Salomón; y aquí hay Uno mayor que Salomón.

-¿Por qué dices que esta generación es adúltera y malvada? No lo será más que las otras. Hay los mismos santos que había en las otras. El todo israelita no ha cambiado. Nos ofendes.

-Os ofendéis vosotros mismos al dañar vuestras almas; porque las alejáis de la Verdad, y por tanto de la Salvación. Os respondo lo mismo. Esta generación no es santa sino en las vestiduras y en lo externo; por dentro no es santa. En Israel existen los mismos nombres para significar las mismas cosas, pero no existe la realidad de las cosas; existen los mismos usos, vestiduras y ritos, pero falta el espíritu de estas cosas. Sois adúlteros porque habéis rechazado el sobrenatural desposorio con la Ley divina y os habéis desposado, con una segunda adúltera unión, con la ley de Satanás. Sois circuncisos sólo en un miembro efímero, el corazón ya no es circunciso. Y sois malos, porque os habéis vendido al Maligno. He dicho.

-Nos ofendes demasiado. Pero, ¿por qué, si es así, no liberas a Israel del demonio para que sea santo?

-¿Tiene Israel esta voluntad? No. La tienen esos pobrecillos que vienen para ser liberados del demonio porque lo sienten dentro de sí como peso y vergüenza. Vosotros esto no lo sentís. Liberaros a vosotros sería inútil, porque, no teniendo la voluntad de ser liberados, enseguida seríais de nuevo atrapados y con mayor fuerza. Porque cuando un espíritu inmundo sale de un hombre vaga por lugares áridos en busca de descanso y no lo encuentra. Observad que no son lugares áridos materialmente; áridos porque, no recibiéndolo, le son hostiles, de la misma forma que la tierra árida es hostil a la semilla. Entonces dice: "Volveré a mi casa, de donde he sido arrojado con la fuerza y contra su voluntad. Estoy seguro de que me recibirá y me dará descanso". En efecto, vuelve donde aquel que era suyo, y muchas veces lo encuentra dispuesto a recibirlo, porque, en verdad os digo que el hombre tiene más nostalgia de Satanás que de Dios, y, si Satanás no le somete sus miembros, por ninguna otra posesión se queja.

Vuelve, pues, y encuentra la casa vacía, barrida, aviada, con olor a pureza. Entonces va por otros siete demonios, porque no quiere volverla a perder, y con estos siete espíritus peores que él, entra en ella y ahí se instalan todos. Así, este segundo estado, de uno convertido una vez y pervertido una segunda vez, es peor que el primero. Porque el demonio tiene la medida de lo amante de Satanás e ingrato a Dios que es ese hombre, y también porque Dios no vuelve a donde se pisotean sus gracias y, habiendo experimentado ya una posesión, se abren los brazos otra vez a una mayor. La recaída en el satanismo es peor que la recaída en una tisis mortal ya curada una vez. Ya no es susceptible de mejoramiento ni de curación. Esto le sucederá a esta generación, la cual, convertida por el Bautista, ha querido de nuevo ser pecadora, porque es amante del Malvado, no de mí.

Un murmullo, ni de aprobación ni de protesta, recorre la muchedumbre, que se va apiñando y que ya es muy numerosa (además del huerto y la terraza, está llenísima de gente incluso la calle). Hay gente sentada a caballo en el pretil, y subida a la higuera del huerto y a los árboles de los huertos vecinos; porque todos quieren oír la disputa entre Jesús y sus enemigos. El murmullo, cual ola que del mar abierto arriba a la playa, llega, de boca en boca, hasta los apóstoles más cercanos a Jesús, o sea, Pedro, Juan, el Zelote y los hijos de Alfeo (porque los otros están parte en la terraza y parte en la cocina, menos Judas Iscariote, que está en la calle entre la muchedumbre).

Pedro, Juan, el Zelote, los hijos de Alfeo recogen este murmullo, y dicen a Jesús:

Maestro, están tu Madre y tus hermanos. Están allí afuera, en la calle. Te buscan porque quieren hablar contigo. Ordena que la muchedumbre se aleje para que puedan venir a ti, porque sin duda un motivo importante los ha traído hasta aquí a buscarte.

Jesús alza la cabeza y ve al final de la gente el rostro angustiado de su Madre, que está luchando por no llorar, mientras José de Alfeo le habla con vehemencia; y ve los gestos de negación de Ella, repetidos, enérgicos, a pesar de la insistencia de José. Ve también la cara de apuro de Simón, visiblemente apenado, molesto… Pero no sonríe, no ordena nada. Deja a la Afligida con su dolor y a los primos donde están.

Baja los ojos hacia la muchedumbre y, respondiendo a los apóstoles, que están cerca, responde también a los que están lejos y tratan de hacer valer la sangre más que el deber.

-¿Quién es mi Madre? ¿Quiénes son mis hermanos?
Despliega su mirada -severa en el marco de un rostro que palidece por esta violencia que debe hacerse para poner el deber por encima del afecto y la sangre, y para suspender el reconocimiento del vínculo con su Madre por servir al Padre-y dice, señalando con un amplio gesto a la muchedumbre que se apiña en torno a Él, a la roja luz de las antorchas, bajo la luz de plata de la Luna casi llena:

-He aquí a mi madre, he aquí a mis hermanos. Los que hacen la voluntad de Dios son mis hermanos y hermanas, son mi madre. No tengo otros. Y los míos serán tales si, antes que los demás y con mayor perfección que ningún otro, hacen la voluntad de Dios hasta el sacrificio total de toda otra voluntad o voz de la sangre y del afecto.
Nace entre la muchedumbre un murmullo más fuerte, como un mar agitado por un viento repentino.

Los escribas comienzan la fuga diciendo:
-¡Es un demonio! ¡Reniega incluso su sangre!

Los parientes avanzan diciendo:
-¡Es un loco! ¡Hasta tortura a su Madre!
Los apóstoles dicen:

-¡Verdaderamente en estas palabras está todo el heroísmo!
La muchedumbre dice:
-¡Cómo nos ama!
No sin esfuerzo, María con José y Simón abren la aglomeración de gente: Ella, todo dulzura; José, todo furia; Simón, todo apuro. Y llegan a Jesús.
José arremete en seguida:

-¡Estás loco! ¡Ofendes a todos! ¡No respetas ni siquiera a tu Madre! ¡Pero ahora estoy yo aquí y te lo voy a impedir! ¿Es verdad que vas por ahí haciendo trabajos de obrero? Pues si eso es verdad, ¿por qué no trabajas en tu taller para procurar el pan a tu Madre? ¿Por qué mientes diciendo que tu trabajo es la predicación, ocioso e ingrato, que es lo que eres, si luego vas a realizar trabajo pagado a casa ajena? Verdaderamente me pareces como si estuvieras en manos de un demonio que te indujera al camino. ¡Responde!
Jesús se vuelve y toma de la mano al niño José, lo acerca a sí y lo alza sujetándolo por las axilas, y dice:

-Mi trabajo ha consistido en procurar el pan a este inocente y a su familia, y en convencerlos de que Dios es bueno; ha sido predicar en Corazín la humildad y la caridad. Y no sólo en Corazín, sino también contigo, José, hermano injusto. Pero te perdono porque sé que te muerden dientes de serpiente. Y te perdono también a ti, Simón inconstante. Nada tengo que perdonar, de nada debo pedir perdón, a mi Madre, porque Ella juzga con justicia. Que el mundo haga lo que quiera, Yo hago lo que Dios quiere. Con la bendición del Padre y de mi Madre soy más feliz que si todo el mundo me aclamara rey según el mundo. Ven, Madre, no llores; no saben lo que hacen. Perdónalos.

-¡Hijo mío! Yo sé. Tú sabes. Nada más hay que decir…
-Nada más, aparte de decirle a la gente: "Idos en paz".
Jesús bendice a la muchedumbre y luego, llevando con la derecha a María y con la izquierda al niño, se dirige hacia la pequeña escalera. Y es el primero en subirla.

268- Lección sobre la caridad con la parábola de los titos. El yugo de Jesús es ligero

Jesús -a su lado, Manahén-sale de la casa de la viuda mientras dice:

-Paz a ti y a los tuyos. Después del sábado volveré. Adiós, pequeño José. Mañana descansa y juega. Luego me seguirás ayudando.

-¿Por qué lloras?

-A lo mejor no vuelves…

-Yo digo siempre la verdad. Pero, ¿te entristece tanto el que me vaya?

El niño hace un gesto afirmativo con la cabeza.
Jesús lo acaricia y dice:

-Un día pasa enseguida. Mañana estás con tu mamá y tus hermanos; Yo estoy con mis discípulos y les hablo.
-Estos días he hablado contigo para enseñarte a trabajar; ahora voy con ellos para enseñarles a predicar y a ser buenos. No te divertirías conmigo siendo un niño solo entre tantos hombres.

-¡Me divertiría porque estaría contigo!

-Comprendo. ¡Mujer! Tu hijo hace como muchos otros, que son los mejores: no quiere dejarme. ¿Tendrías la confianza de confiármelo hasta pasado mañana?

-¡Señor, te dejaría a todos! Contigo están tan seguros como en el Cielo… Este niño, que de todos era el que más estaba con su padre, ha sufrido demasiado. Estaba él en el momento… ¡Ves?… Está siempre llorando y triste. No llores, hijo mío. Pregúntale al Señor si no es verdad lo que digo. Maestro, lo consuelo diciéndole siempre que no hemos perdido a su padre, sino que sólo se ha alejado momentáneamente de nosotros.

-Es verdad. Es exactamente como dice tu madre, pequeño José. -Pero hasta que no me muera no lo vuelvo a ver, y soy pequeño; si me hago viejo como Isaac, ¿cuánto voy a tener que esperar? -¡Pobre niño! El tiempo pasa rápido.

-No, Señor, que hace sólo tres semanas que no tengo a mi padre y me parece muchísimo tiempo!… No puedo vivir sin él… -y llora en silencio, pero con profunda pena. -¿Lo ves? Siempre así, especialmente cuando no está ocupado en cosas que le absorban. El sábado es un tormento. Tengo miedo de que se me muera…

-No. Tengo otro niño sin padre ni madre. Estaba demacrado y triste. Ahora, que vive con una buena mujer de Betsaida, y con la certeza de no estar separado de sus padres, ha renacido en el cuerpo y en el espíritu. Pues lo mismo el tuyo, tanto por lo que le diga Yo, como por el hecho de que el tiempo es un gran médico; y también porque, cuando te vea más tranquila por el pan cotidiano, estará a su vez más tranquilo. Adiós, mujer. El sol declina y tengo que marcharme. Ven, José. Saluda a tu mamá, a tus hermanitos y a tu abuela, y luego vienes corriendo.
Y Jesús se marcha.

-¿Qué les vas a decir ahora a los apóstoles?
-Que tengo un discípulo ya de antes y uno nuevo.
Siguen caminando por Corazín, que se anima de gente.
Un grupo de hombres para a Jesús:
-¿Te marchas? ¿No te quedas el sábado?
-No. Voy a Cafarnaúm.

-Sin decir ni una palabra toda la semana. ¿No somos dignos de tu palabra?
-¿No os he ofrecido durante seis días la mejor palabra?
-¿Cuándo? ¿A quién?

-A todos. Detrás del banco de carpintero. Durante varios días he predicado que se debe amar al prójimo y que se le debe ayudar en todos los modos, especialmente cuando el prójimo son personas débiles, como las viudas y los huérfanos. Adiós, vosotros de Corazín. Meditad durante el sábado esta lección mía.

Y Jesús reanuda su camino, dejando desorientados a los de Corazín.

Pero el niño, que se acerca a Él corriendo, hace que la curiosidad se reavive: vuelven donde Jesús, le cortan de nuevo el paso, y le dicen: -¿Te llevas al hijo varón de la viuda? ¿Para qué? -Para enseñarle a creer que Dios es Padre y que en Dios encontrará también a su padre perdido; y también para que haya uno que cree, aquí, en lugar del anciano Isaac. -Con tus discípulos hay tres de Corazín. -Con los míos. No aquí. Éste estará aquí. Adiós.

-Y, llevando al niño en medio entre Él y Manahén, reanuda su camino, y va ligero por la campiña hacia Cafarnaúm hablando con Manahén.

Llegan a Cafarnaúm. Los apóstoles ya han llegado. Están sentados en la terraza, a la sombra de la pérgola, en torno a Mateo, y narran sus gestas a su compañero, que no está todavía curado. A1 oír el leve roce de las sandalias contra la pequeña escalera, se vuelven, y ven que la cabeza rubia de Jesús sobresale cada vez más por el antepecho de la terraza. Corren hacia É1, que viene sonriente… y se quedan de piedra cuando ven que detrás de Jesús hay un pobre niño.

La presencia de Manahén, que sube suntuoso con su túnica de lino blanco -más bella de lo que ya de por sí es, por el valioso cinturón, el manto rojo llama de lino teñido (tan brillante que parece seda, y que apenas si descansa sobre los hombros, para casi formarle cola detrás) y la prenda que cubre su cabeza (de lino cendalí, sujeta con una diadema sutil de oro, lámina burilada que divide su amplia frente a la mitad y le da casi un aire de rey egipcio)-, contiene una avalancha de preguntas, expresadas, de todas formas, muy claramente con los ojos. Así que, después de los saludos recíprocos, una vez sentados ya al lado de Jesús, los apóstoles, señalando al niño, preguntan:

-¿Y éste?
-Este es mi última conquista. Un pequeño José, carpintero, como el que fue mi padre, el gran José; por tanto, amadísimo mío, como Yo amadísimo suyo. ¿No es verdad, niño? Ven aquí, que te presento a mis amigos: éstos de que tanto has oído hablar. Este es Simón Pedro, el hombre más bueno del mundo con los niños; éste es Juan, un gran niño, que te hablará de Dios incluso jugando; éste es Santiago, su hermano, serio y bueno como un hermano mayor; y éste es Andrés, hermano de Simón Pedro: harás inmediatamente buenas migas con él, porque es manso como un cordero.

Luego, éste es Simón el Zelote: éste ama tanto a los niños que no tienen padre, que creo que daría la vuelta al mundo, si no estuviera conmigo, para buscarlos. Luego, éste es Judas de Simón, y éste Felipe de Betsaida y éste Natanael. ¿Ves cómo te miran? Ellos también tienen niños y quieren a los niños. Y éstos son mis hermanos Santiago y Judas. Aman todo lo que Yo amo, por eso te querrán. Ahora vamos a acercarnos a Mateo, que tiene muchos dolores en el pie, y, a pesar de todo, no guarda rencor a los niños, que, jugando alocadamente, le han pegado con una piedra puntiaguda. ¿Verdad Mateo?

-¡Oh, no, Maestro! ¿Es hijo de la viuda?
-Sí. Es un niño estupendo, pero ahora está muy triste.
-¡Pobre niño! Voy a decir que llamen a Santiaguito para que juegues con él -y Mateo lo acaricia y lo acerca a sí con una mano.

Jesús termina la presentación con Tomás, el cual, práctico como es, la completa ofreciéndole al niño un racimo de uvas arrancadas de la pérgola.

-Ahora sois amigos -concluye Jesús, y se sienta; mientras tanto, el niño saca jugo a sus uvas y responde a Mateo, que lo tiene bien pegado a su lado.
-¿Dónde has estado tan solo toda la semana?
-En Corazín, Simón de Jonás.
-Sí, lo sé.

-Pero ¿qué has hecho? ¿Has estado con Isaac?
-Isaac el Adulto ha muerto.
-¿Y entonces?
-¿No te lo ha dicho Mateo?
-No. Ha dicho sólo que te habías quedado en Corazín desde el día siguiente de nuestra partida.

-Mateo tiene más tino que tú; sabe guardar silencio, tú no sabes frenar tu curiosidad.
-No mi curiosidad, la de todos.
-Bien, pues he ido a Corazín para predicar la caridad en la práctica.

-¿La caridad en la práctica? ¿Qué quieres decir? -preguntan bastantes de los presentes.

-En Corazín hay una viuda con cinco hijos y una anciana enferma. El marido murió de repente estando trabajando en el banco de carpintero, y ha dejado tras sí miseria y unos trabajos inacabados. Corazín no ha sabido encontrar una migaja de piedad para con esta familia desdichada. He ido a terminar los trabajos y…

Se produce un pandemónium: quién pregunta, quién protesta, quién regaña a Mateo por haberlo consentido, quién manifiesta admiración, quién critica; y, por desgracia, quienes protestan o critican son la mayoría.

Jesús deja que la borrasca se calme de la misma forma que se ha formado y, por toda respuesta, dice:

-Voy a volver pasado mañana, y así hasta que termine. Mi esperanza es que al menos vosotros comprendáis. Corazín es un hueso compacto y sin semilla. Sed al menos vosotros huesos con semilla. Niño, dame esa nuez que te ha dado Simón; escucha tú también. ¿Veis esta nuez? Cojo esta nuez porque no tengo a mano otros frutos. Pero, para entender la parábola, pensad en los núcleos de piñones o palmas, pensad en los más duros, por ejemplo, en los de las aceitunas.

Son envolturas clausuradas, sin fisuras, durísimas, de una madera compacta. Parecen mágicos cofres que sólo con violencia se pueden abrir. Pues bien, a pesar de todo, si se echa uno de estos titos al suelo, simplemente arrojado, y una persona, pasando por encima, lo incrusta en la tierra, aunque sea mínimamente, de forma que quede recogido en el suelo, ¿qué sucede? Pues que el cofre se abre y echa raíces y hojas.

¿Cómo se produce esto por sí solo? Nosotros, para conseguir abrirlos, tenemos que golpear mucho con el martillo; sin embargo, sin golpes, el tito se abre por sí solo. ¿Será que es una semilla mágica? No. Tiene dentro la pulpa, ¡cosa bien débil respecto a la sólida envoltura! Pues bien, todavía más: la pulpa nutre una cosa aún más pequeña: el germen. Éste es la palanca que fuerza, abre, y produce árbol con frondas y raíces. Haced la prueba de enterrar unos titos y luego esperad. Veréis como algunos nacen y otros no. Extraed de la tierra los que no han nacido. Abridlos con el martillo. Veréis como son semillas vacías. No es, pues, la humedad del suelo ni el calor los que hacen abrir el hueso, sino la pulpa; y más: el alma de la pulpa, el germen, que, hinchándose, hace palanca y abre.

Ésta es la parábola. Pero apliquémosla a nosotros.
¿Qué he hecho que no se debiera hacer? ¿Nos hemos entendido todavía tan poco, que no se comprende que la hipocresía es pecado y que la palabra, si no está corroborada por la acción, es viento? ¿Qué os he dicho siempre?: “Amaos los unos a los otros. El amor es el precepto y secreto de la gloria". ¿Y Yo, que predico, no iba a tener caridad; iba a daros el ejemplo de un maestro falaz? ¡No, jamás!

Amigos míos! Nuestro cuerpo es el hueso duro; en el hueso duro está cerrada la pulpa, el alma; dentro de ella, el germen que Yo he depositado y que está formado de muchos elementos, el principal de los cuales es la caridad. Es la caridad la que hace de palanca para abrir el hueso y librar al espíritu de las constricciones de la materia y restablece su unión con Dios, que es Caridad.

La caridad no se hace sólo de palabras o de dinero. La caridad se hace sólo con la caridad. Y no os parezca un juego de palabras. Yo no tenía dinero. Las palabras, para este caso, no eran suficientes. Aquí había siete personas al borde del hambre y la angustia. La desesperación ya lanzaba sus negras garras para hacer presa y asfixiar. El mundo se apartaba, duro y egoísta, ante esta desventura; daba muestras de no haber comprendido las palabras del Maestro. El Maestro ha evangelizado con las obras. Yo tenía la capacidad y libertad para hacerlo, y tenía el deber de amar por el mundo entero a estos míseros a quienes el mundo desprecia. He hecho todo esto.

¿Podéis todavía criticarme? ¿O debo ser Yo quien os critique, en presencia de un discípulo que no ha juzgado indecoroso el personarse entre el serrín y las virutas por no abandonar al Maestro, y que -estoy persuadido-se habrá convencido más de mí viéndome trabajar la madera que si me hubiera visto sentado en un trono; y en presencia de un niño que ha tenido experiencia de mí por lo que Yo soy, a pesar de su ignorancia, a pesar del infortunio que obnubila su mente, a pesar de su absoluta virginidad de conocimiento del Mesías cual en realidad es? ¿No decís nada?

No os limitéis a sentiros humillados ahora que alzo la voz para enderezar ideas erróneas. Lo hago por amor. Debéis, además, meter dentro de vosotros ese germen que santifica y abre el hueso. Si no, siempre seréis unos seres inútiles.

Debéis estar dispuestos a hacer lo que Yo he hecho. Por amor al prójimo, por llevar a Dios un alma, ningún trabajo os debe pesar. E1 trabajo, sea cual fuere, no es nunca humillante; humillantes son las acciones bajas, las falsedades, las denuncias mentirosas, la crueldad, los abusos, la usura, las calumnias, la lujuria. Estas cosas son las que envilecen al hombre, aunque, a pesar de ello, se lleven a cabo sin sentir vergüenza (me refiero también a quienes quieren considerarse perfectos pero que se han escandalizado al verme trabajar con la sierra y el martillo).

¡Oh, el martillo!: ¡Cuán noble será si se usa para meter clavos en una madera y hacer un objeto que sirva para dar de comer a unos huerfanitos!, ¡cuán distinta será la condición del martillo, modesta herramienta, si lo usan mis manos, y además con fin santo; cuánto querrán tenerlo todos aquellos que ahora manifestarían a gritos su escándalo por causa de él! ¡Oh, hombre, criatura que deberías ser luz y verdad, cuánto eres tinieblas y mentira!

¡Vosotros, al menos vosotros, entended lo que es el bien, lo que es la caridad, lo que es la obediencia! En verdad os digo que grande es el número de los fariseos, y que no faltan entre los que me circundan.
-¡No, Maestro, no digas eso! ¡Si no queremos ciertas cosas es porque te amamos!…

-Es porque aún no habéis comprendido nada. ¡Os he hablado de la fe y la esperanza; creía que no harían falta nuevas palabras para hablaros de la caridad, pues tanto la espiro que deberíais estar saturados de ella. Pero veo que la conocéis sólo de nombre. Desconocéis su naturaleza y su forma. La conocéis como a la Luna.

¿Os acordáis de cuando os dije que la esperanza es como el brazo transversal del dulce yugo que sujeta la fe y la caridad, y que era patíbulo de la humanidad y trono de la salvación? ¿Sí? Pero no comprendisteis el significado de mis palabras. ¿Por qué, entonces, no me habéis pedido aclaración? Bien, ahora os la doy. Es yugo porque obliga al hombre a tener baja su necia soberbia bajo el peso de las verdades eternas. Es patíbulo de esta soberbia. El hombre que espera en Dios, su Señor, se ve obligado a humillar su orgullo, que querría proclamarse "dios", y a reconocer que él no es nada y Dios todo; que él no puede nada y Dios todo; que él-hombre es polvo que pasa, mientras que Dios es eternidad que eleva el polvo a un grado superior y le da un premio de eternidad.

El hombre se clava en su cruz santa para alcanzar la Vida. Le clavan a la cruz las llamas de la fe y la caridad, mas al Cielo le eleva la esperanza, que entre ambas está. Recordad esta lección: si falta la caridad, le falta la luz al trono; el cuerpo, desclavado de un lado, pende hacia el fango y deja de ver el Cielo; anula así los efectos salvíficos de la esperanza, y acaba haciendo estéril incluso a la fe, porque si uno se separa de dos de las tres virtudes teologales languidece y cae en mortal hielo.

No rechacéis a Dios, ni siquiera en las cosas más pequeñas; negar ayuda al prójimo por pagano orgullo es rechazar a Dios.
Mi doctrina es un yugo que pliega a la humanidad culpable; que rompe la dura corteza para rescatar de ella al espíritu. Es yugo y es mazo, sí; pero, a pesar de ello, el que la acepta no siente el cansancio que producen todas las otras doctrinas humanas y las otras cosas humanas; el que se deja golpear por este mazo no siente el dolor de ser quebrado en su yo humano, sino que experimenta un sentido de liberación. ¿Por qué tratáis de liberaros de ella para sustituirla por el plomo y el dolor?

Todos vosotros tenéis vuestros dolores y vuestros trabajos; todos los hombres padecen dolores y trabajos, algunas veces superiores a las fuerzas humanas, desde el niño (como éste, que ya lleva sobre sus pequeños hombros un gran peso, que le hace plegarse, que borra la sonrisa de sus labios e impide a su mente vivir despreocupada, la cual -estoy hablando humanamente-, por esto, ya nunca más habrá sido una mente niña) hasta el anciano, que se pliega hacia la tumba con todos sus desengaños y trabajos y sus cargas y las heridas de su larga vida. Mi doctrina y mi fe, por el contrario, son el alivio de estas cargas agobiantes. Por eso se dice "La Buena Nueva". Quien la acepta y obedece, ya desde este mundo será bienaventurado, porque Dios será su alivio, y porque las virtudes harán fácil y luminoso su camino, asemejando a hermanas buenas que, llevándolo de la mano, con las lámparas encendidas, iluminarán su camino y su vida y le cantarán las eternas promesas de Dios, hasta que, plegando en paz el cansado cuerpo hacia la tierra, se despierte en el Paraíso.

¿Por qué, hombres, pudiendo vivir consuelo y aliento, queréis peso, desaliento, cansancio, desazón, desesperación? Vosotros también, apóstoles míos, ¿por qué queréis sentir el cansancio de la misión, su dificultad, su severidad, siendo así que, teniendo la confianza de un niño, podéis experimentar exclusivamente gozosa diligencia, luminosa facilidad para cumplirla; podéis comprender y sentir que la misión es severa exclusivamente para los impenitentes que no conocen a Dios, mientras que para sus fieles es como una mamá que ayuda en el camino, señalando a los inseguros pies del niño piedras y espinos, nidos de serpientes y zanjas, para que los advierta y no peligre en ellos?

Ahora os sentís desalentados. ¡Vuestro desaliento ha tenido un comienzo harto miserable! Os sentís desalentados: antes por mi humildad, como si hubiera sido un delito contra mí mismo; ahora, porque habéis comprendido que me habéis entristecido, y también lo lejos que estáis todavía de la perfección. En pocos este segundo estado de desaliento está exento de soberbia (de la soberbia herida por la constatación de que todavía no sois nada, mientras que, por orgullo, querríais ser perfectos).

Tened exclusivamente esa voluntariosa humildad de aceptar la reprensión y de confesar que habéis errado, prometiendo en vuestro corazón que queréis la perfección por un fin sobrehumano. Y luego venid a mí. Os corrijo, mas os comprendo y os trato con indulgencia.

Venid a mí, vosotros apóstoles; venid a mí, todos vosotros, hombres que sufrís por dolores materiales, por dolores morales, por dolores espirituales (estos últimos producidos por el dolor de no saberos santificar como querríais por amor a Dios y con diligencia y sin re-tornos al Mal). El camino de la santificación es largo y misterioso, y algunas veces se cumple con desconocimiento por parte del que camina, el cual avanza entre tinieblas, con el amargor de un bebedizo en la boca, y cree que ni avanza ni bebe líquido celestial, y no sabe que esta ceguera espiritual es también un elemento de perfección.

Bienaventurados aquellos, tres veces bienaventurados aquellos que siguen andando sin goces de luz ni de dulzuras y que no se rinden por no ver ni sentir nada, y no se paran diciendo: "Mientras Dios no me dé deleites no continúo". Os digo que el más oscuro de los caminos, al improviso, se hará luminosísimo y se abrirá a paisajes celestiales; el bebedizo, después de haber quitado todo gusto por las cosas humanas, se transformará en dulzura de Paraíso para estos valientes, los cuales, asombrados, dirán: "¿Cómo es esto? ¿Por qué a mí tanta dulzura y júbilo?". Porque han perseverado y Dios les hará gozar desde la tierra lo que el Cielo es.

Pero, entre tanto, para resistir, venid a mí todos los que os sintáis sobrecargados y cansados; vosotros, apóstoles, y con vosotros todos los hombres que buscan a Dios, que lloran por causa del dolor de la tierra, que se agotan solos, y Yo os confortaré. Echad sobre vosotros mi yugo, que no es un peso sino un apoyo. Abrazad mi doctrina cual si fuere una amada esposa. Imitad a vuestro Maestro, que no se limita a predicarla sino que pone en práctica lo que enseña.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Encontraréis el descanso de vuestras almas, porque la mansedumbre y la humildad conceden el reino, en la tierra y en los Cielos. Ya os he dicho que los verdaderos triunfadores sobre los hombres son aquellos que los conquistan con el amor, y el amor es siempre manso y humilde.

Nunca os propondría cosas superiores a vuestras fuerzas, porque os amo y quiero que estéis conmigo en mi Reino. Tomad, pues, mi enseña y mi distintivo y esforzaos por ser semejantes a mí y como mi doctrina enseña. No temáis, porque mi yugo es suave y su carga es ligera, mientras que la gloria de que gozaréis si me sois fieles es infinitamente potente. Infinita y eterna…

Os dejo por un rato. Voy con el niño al lago. Encontrará amigos… Luego partiremos el pan juntos. Ven, José; voy a llevarte a que conozcas a los pequeñuelos que me aman.

267- Jesús, carpintero en Corazín

Jesús está trabajando con empeño en un taller de carpintero. Está terminando una rueda. Un niño, menudo y triste, le ayuda acercándole esto o aquello. Junto a la pared hay un banco en que Manahén, testigo inútil pero maravillado, está sentado.

Jesús no tiene su bonita túnica de lino, sino que se ha puesto una oscura. Como no es suya, le llega hasta las espinillas: es un indumento de trabajo, limpio pero remendado; quizás es del carpintero muerto.

Jesús da ánimos con sonrisas y buenas palabras al niño, y le enseña lo que debe hacer para conseguir que la cola adquiera el punto exacto o que queden bien lustrosas las paredes del baúl.

-Lo has terminado pronto, Maestro -dice Manahén mientras se levanta del banco y va a pasar un dedo por las molduras del baúl, que ya está terminado (ahora el niño le está dando lustre con un líquido).

-¡Estaba casi terminado!…
-Quisiera adquirir esta obra tuya, pero ya ha venido el comprador y parece que tiene sus derechos… Le has chafado: esperaba poder quedarse con todo en cambio de los pocos cuartos prestados; sin embargo, se lleva sus cosas y basta. ¡Si fuera al menos uno que creyera que Tú… tendrían para él valor infinito! Pero, ¿has oído?…

-Déjalo. Además, aquí hay madera, y la mujer se pondrá muy contenta de emplearla para sacar una ganancia. Si me encargas un baúl, te lo hago…

-¡Sí, Maestro! ¿Pero tienes intención de trabajar más?
-Hasta que se acabe le madera. Soy un obrero responsable -dice sonriendo más abiertamente.

-¡Un baúl hecho por ti! ¡Qué reliquia! ¿Y qué voy a meter dentro?

-Lo que quieras, Manahén. No será más que un baúl.
-¡Sí, pero hecho por ti!

-¿Y qué quieres decir con eso?… También el Padre ha hecho al hombre, a todos los hombres, y ¿qué ha metido el hombre dentro de sí?, ¿qué meten en el hombre los hombres?
Jesús habla, y mientras habla trabaja: va acá y allá por las herramientas necesarias, aprieta las prensas, taladra, cepilla, usa el torno, según se requiera.

-Hemos metido el pecado, es verdad.
-¡Pues ya lo ves! Debes creer también que el hombre, creado por Dios, es mucho más que un baúl hecho por mí. No confundas nunca el objeto con la acción. De un objeto hecho por mí hazte una reliquia para el espíritu, nada más.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir que des a tu espíritu la enseñanza derivada de lo que hago.
-Entonces, tu caridad, tu humildad, tu laboriosidad… Estas virtudes, ¿no es verdad?
-Sí. Y en lo sucesivo haz tú lo mismo.
-Sí, Maestro; pero, ¿me haces el baúl?

-Te lo hago. Ahora bien, dado que lo ves como una reliquia, te lo haré pagar como tal. Al menos se podrá decir que al menos una vez fui codicioso de dinero… Pero tú sabes para quién es ese dinero… Para estos huerfanitos… -Pídeme lo que quieras. Te lo daré. Al menos estará justificado mi ocio mientras Tú, Hijo de Dios, trabajas. -Está escrito: "Comerás tu pan mojado con el sudor de tu frente" -¡Pero eso fue dicho para el hombre culpable, no para ti! -¡Un día seré el Culpable y cargaré sobre mí todos los pecados del mundo! Me los llevaré conmigo en mi primera partida. -¿Y crees que el mundo ya no pecará más?

-Debería… Pero siempre seguirá pecando. Por este motivo, el peso que cargaré sobre mí será tal, que me quebrará el corazón, porque cargaré con los pecados cometidos desde Adán hasta aquella hora, y los cometidos desde aquella hora hasta el final de los siglos; pagaré todo por el hombre.

-Y el hombre seguirá sin comprenderte ni amarte… ¿Piensas que Corazín se va a convertir por esta lección silenciosa y santa que estás dando con el trabajo que haces para socorrer a una familia?

-No lo hará. Dirá: "Ha preferido trabajar para engañar al tiempo y para ganarse un dinero". Pero Yo ya no tenía más dinero. Había dado todo. Siempre doy todo lo que tengo, hasta la última perra, y he trabajado para dar dinero.

-¿Y para la comida para ti y Mateo?
-Dios habría proveído.
-Pues nos has dado de comer a nosotros.
-Sí.
-¿Cómo?
-Pregúntaselo al dueño de la casa.
-Se lo preguntaré, no lo dudes, en cuanto volvamos a Cafarnaúm.
Jesús ríe serenamente tras su rubia barba.
Silencio: solamente se oye el chirrido de la prensa apretando dos pedazos de rueda.
Luego Manahén pregunta:

-¿Qué piensas hacer antes del sábado?
-Iré a Cafarnaúm en espera de los apóstoles. Ha sido convenido que nos reuniríamos todas las tardes de los viernes y que estaríamos juntos todo el sábado. Luego daré las órdenes, y, si Mateo está curado, serán seis las parejas que irán evangelizando. Si no… ¿Quieres ir con ellos?

-Prefiero estar contigo, Maestro… ¿Me dejas, de todas formas, darte un consejo?
-Dilo. Si es justo, lo aceptaré.
-No te quedes nunca completamente solo. Tienes muchos enemigos, Maestro.
-Lo sé. ¿Pero crees que los apóstoles harían mucho en caso de peligro?

-Te aman, creo.
-Sin duda. Pero no sería efectivo. Los enemigos, si tuvieran la idea de capturarme, vendrían con fuerzas muy superiores a las de los apóstoles.
-No importa. No estés solo.
-Dentro de dos semanas vendrán muchos discípulos. Los voy a preparar para que vayan también a evangelizar.

Tranquilo, que no estaré solo.
Mientras están hablando, mucha gente curiosa de Corazín viene a observar; miran de soslayo y se marchan sin decir nada.

-Les asombra ver que estás trabajando.
-Sí. Pero no saben ser humildes hasta el punto de decir: "Obrando así, nos enseña". Los mejores que tenía aquí están con los discípulos, menos un anciano que ha muerto. No importa. La lección es siempre lección.
-¿Qué van a decir los apóstoles cuando sepan que trabajas como obrero?

-Son once, porque Mateo ya se ha pronunciado. Serán once opiniones distintas, y por lo general contrarias; pero me servirá para adoctrinarlos.
-¿Me dejas asistir a la lección?
-Si quieres estar…

-¡Pero yo soy un discípulo y ellos los apóstoles!
-Todo lo que sea positivo para los apóstoles lo será para el discípulo.
-Tomarán a mal el que se les llame al orden en presencia mía.
-Les servirá para su humildad. Asiste, asiste, Manahén; te tendré con gusto.
-Y yo con gusto asistiré.
Se asoma la viuda y dice:

-La comida está preparada, Maestro. Pero, trabajas demasiado…

-Gano mi pan, mujer. Además… mira, aquí hay otro cliente; quiere también un baúl. Paga bien. El sitio de la madera se te va a quedar vacío -dice Jesús, y se quita un mandil roto que tenía puesto, y va afuera de la habitación para lavarse en una palangana que la mujer le ha puesto en el huerto.

Y ella, con una de esas sonrisas vacilantes que afloran de nuevo tras mucho tiempo de llanto, dice:

-Vacío el sitio de la madera, llena la casa de tu presencia y el corazón de paz. No me da miedo el mañana, Maestro; y Tú no temas jamás que te podamos olvidar.

Entran en la cocina y todo termina.

266- Los discípulos del Bautista quieren verificar que Jesús es el Mesías. Testimonio sobre el Precursor e invectiva contra las ciudades impenitentes

Jesús está sólo con Mateo, que no ha podido ir con los demás a predicar por tener herido un pie. De todas formas, enfermos y otras personas deseosas de la Buena Nueva llenan la terraza y el espacio libre del huerto para oírlo y solicitarle ayuda.

Jesús termina de hablar diciendo:

-Habiendo contemplado juntos la gran frase de Salomón: "En la abundancia de la justicia está la suma fortaleza", os exhorto a poseer esta abundancia, pues es moneda para entrar en el Reino de los Cielos. Tened con vosotros mi paz y Dios sea con vosotros.

Luego se acerca a los pobres y enfermos -en muchos casos son una y otra cosa juntamente-y escucha con bondad lo que cuentan, ayuda con dinero, aconseja con palabras, sana con la imposición de las manos y con la palabra. Mateo, a su lado, se encarga de dar las monedas.

Jesús está escuchando con atención a una pobre viuda que, entre lágrimas, le narra la muerte repentina de su marido carpintero, en el banco de trabajo, acaecida pocos días antes:

-Vine corriendo a buscarte aquí. Todo el parentesco del difunto me acusó de falta de compostura y de ser dura de corazón. Ahora me maldicen. Pero había venido porque sabía que resucitabas y sabía que si te encontraba mi marido resucitaría. No estabas… Ahora él está en el sepulcro desde hace dos semanas… y yo estoy aquí con cinco hijos… Los parientes me odian y me niegan su ayuda.

Tengo olivos y vides. Pocos, pero me darían pan para el invierno si pudiera tenerlos hasta la recolección. Pero no tengo dinero, porque mi marido desde hacía tiempo estaba poco sano y trabajaba poco, y, para mantenerse, comía y bebía, yo digo que demasiado. Decía que el vino le sentaba bien… la verdad es que hizo el doble mal de matarlo a él y de consumir los ya escasos ahorros por su poco trabajo.

Estaba terminando un carro y un baúl; le habían encargado dos camas, unas mesas, y también unas repisas. Pero ahora… no están terminados, y mi hijo varón no llega a ocho años. Perderé el dinero… Tendré que vender los útiles y la madera. El carro y el baúl ni siquiera los puedo vender como tales, aunque estén casi ultimados, así que los voy a tener que dar como leña para el fuego. No va a ser suficiente el dinero, porque yo, mi madre anciana y enferma y cinco hijos somos siete personas… Venderé el majuelo y los olivos… Pero ya sabes cómo es el mundo…

Donde hay necesidad, ahoga. Dime, ¿qué debo hacer? Quería guardar el banco y las herramientas para mi hijo, que ya sabe algo de la madera… quería conservar la tierra para vivir, y también como dote para mis hijas…

Está escuchando todo esto cuando una agitación de la gente le advierte de que hay alguna novedad. Se vuelve para ver lo que sucede y ve a tres hombres que se están abriendo paso entre la multitud. Se vuelve otra vez hacia la viuda para decirle:

-¿Dónde vives?

-En Corazín, junto al camino que va a la Fuente caliente. Una casa baja entre dos higueras.
-Bien. Iré a ultimar el carro y el baúl, de modo que podrás vendérselos a quien los había encargado. Espérame mañana a la aurora.

-¿Tú? ¿Tú trabajar para mí? -La mujer se siente ahogar del estupor.
-Volveré a mi trabajo y te daré paz a ti. Al mismo tiempo, a esos de Corazín sin corazón les daré la lección de la caridad.
-¡Oh, sí! ¡Sin corazón! ¡Si viviera todavía el viejo Isaac! ¡No me dejaría morir de hambre! Pero ha vuelto a Abraham…
-No llores. Vuelve a casa serena. Con esto tendrás para hoy. Mañana iré Yo. Ve en paz.
La mujer se arrodilla a besarle la túnica y se marcha más consolada.

-Maestro tres veces santo, ¿te puedo saludar? -pregunta uno de los tres que habían llegado y que estaban parados respetuosamente detrás de Jesús, esperando a que despidiera a la mujer, y que, por tanto, han oído la promesa de Jesús. El hombre que ha saludado es Manahén.
Jesús se vuelve y, sonriendo, dice:

-¡Paz a ti, Manahén! ¡Entonces, te has acordado de mí!…
-Eso siempre, Maestro. Había decidido ir a verte a casa de Lázaro y al huerto de los Olivos para estar contigo. Pero antes de la Pascua apresaron a Juan el Bautista. Lo prendieron -con traición-otra vez; yo temía que, en ausencia de Herodes, que había ido a Jerusalén para la Pascua, Herodías ordenara la muerte del santo. No quiso ir para las fiestas a Sión, porque decía que estaba enferma.

Enferma, sí: de odio y lujuria… Estuve en Maqueronte para vigilar y… refrenar a esa pérfida mujer, que sería capaz de matar con su propia mano… Si no lo hace, es porque tiene miedo a perder el favor de Herodes, que… por miedo o convicción, defiende a Juan y se limita a tenerlo prisionero. Ahora Herodías se ha ido a un castillo de su propiedad, huyendo del calor agobiante de Maqueronte. Yo he venido con estos amigos míos y discípulos de Juan. Los enviaba él con una pregunta para ti. Me he unido a ellos.

La gente, al oír hablar de Herodes y comprendiendo quién es el que habla de él, se arremolina, curiosa, en torno al pequeño grupo de Jesús y de los tres hombres.
-¿Qué pregunta queríais hacerme? -dice Jesús, tras recíprocos saludos con los dos austeros personajes.
-Habla tú, Manahén, que sabes todo y eres más amigo -dice uno de los dos.

-Escucha, Maestro. Sé comprensivo, si ves que, por exceso de amor, en los discípulos nace un recelo hacia Aquel al que creen antagonista o suplantador de su maestro. Lo hacen los tuyos, lo hacen igual los de Juan. Son celos comprensibles, que demuestran todo el amor de los discípulos hacia sus maestros. Yo… soy imparcial, y lo pueden decir éstos que están conmigo, porque os conozco a ti y a Juan y os amo con equidad. Tanto es así que, aunque te ame a ti por lo que eres, preferí hacer el sacrificio de estar con Juan, porque lo venero también a él por lo que es, y, actualmente, porque está en mayor peligro que Tú. Ahora, por este amor -no sin el soplo rencoroso de los fariseos-han llegado a poner en duda que Tú eres el Mesías. Y así se lo han confesado a Juan, creyendo que le daban una alegría diciéndole:

"Para nosotros el Mesías eres tú, no puede haber uno más santo que tú". Pero primero Juan los ha reprendido llamándolos blasfemos; luego, después de la reprensión, con más dulzura, ha ilustrado todas las cosas que te señalan como verdadero Mesías; en fin, viendo que todavía no estaban convencidos, ha tomado a dos de ellos, éstos, y les ha dicho: "Id donde Él y decidle en mi nombre: ¿Eres Tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?"'. No ha enviado a los discípulos que antes habían sido pastores, porque creen y no habría aportado nada el enviarlos. Los ha tomado de entre los que dudan, para acercártelos y para que su palabra disipara las dudas de otros como ellos. He venido con ellos para verte. Esto es todo. Ahora Tú acalla sus dudas.

-¡No nos creas hostiles a ti, Maestro! Las palabras de Manahén te lo podrían hacer pensar. Nosotros… nosotros… Conocemos desde hace años al Bautista, siempre lo hemos visto santo, penitente, inspirado. A ti… no te conocemos sino por boca de terceros, y ya sabes lo que es la palabra de los hombres… Crea y destruye fama y honra, por el contraste entre quien exalta y quien humilla, de la misma forma que dos vientos contrarios forman y dispersan una nube.

-Lo sé, lo sé. Leo en vuestro corazón y vuestros ojos leen la verdad en lo que os rodea, como también vuestros oídos han escuchado la conversación con la viuda. Sería suficiente para convencer. Mas Yo os digo: observad qué personas me rodean: aquí no hay ricos, ni gen-te que se dé la gran vida, aquí no hay personas de vida escandalosa; sólo hay pobres, enfermos, honrados israelitas que quieren conocer la Palabra de Dios. Éste, éste, esta mujer… también esa niñita, y aquel anciano, han venido aquí enfermos y ahora están sanos. Preguntadles y os dirán qué tenían y cómo los he curado, y cómo están ahora.

Preguntad, preguntad; yo, mientras, hablo con Manahén» y hace ademán de separarse.

-No, Maestro. No dudamos de tus palabras. Danos sólo una respuesta que llevar a Juan, para que vea que hemos venido y para que pueda, sobre la base de esa respuesta, persuadir a nuestros compañeros.

-Id y referid esto a Juan: "Los sordos oyen; esta niña era sorda y muda. Los mudos hablan; aquel hombre era mudo de nacimiento. Los ciegos ven". Hombre, ven aquí. Di a éstos lo que tenías -dice Jesús mientras coge de un brazo a uno que ha sido curado milagrosamente.

Éste dice:
-Soy albañil. Me cayó en la cara un cubo lleno de cal viva. Me quemó los ojos. Desde hace cuatro años vivía en la oscuridad. El Mesías me ha mojado los ojos secos con su saliva y ahora están de nuevo más frescos que cuando tenía veinte años. ¡Bendito sea!

Jesús prosigue:

-Y no sólo ciegos, sordos o mudos, curados, sino también cojos que corren, tullidos que se enderezan. Mirad ese anciano: hace un rato estaba anquilosado, encorvado, y ahora está derecho como una palma del desierto y ágil como una gacela. Quedan curadas las más graves enfermedades. Tú, mujer, ¿qué tenías?

-Una enfermedad del pecho, por haber dado demasiada leche a bocas voraces; la enfermedad, además del pecho, me comía la vida. Ahora mirad -y se destapa el vestido y muestra, intactos, los pechos, y añade: «Lo tenía que era todo una llaga. Lo demuestra la túnica, todavía mojada de pus. Ahora voy a casa para ponerme un vestido limpio; estoy fuerte y contenta. Ayer, no más, estaba muriéndome. Me han traído aquí unas personas compasivas. Me sentía muy infeliz… por los niños, que se iban a quedar pronto sin madre. ¡Eterna alabanza al Salvador!

-¿Habéis oído? Podéis preguntarle también al arquisinagogo de esta ciudad sobre la resurrección de su hija. Y, volviendo en dirección a Jericó, pasad por Naím e informaos sobre el joven que fue resucitado en presencia de toda la ciudad, cuando ya estaba para ser introducido en la tumba; así, podréis referir que los muertos resucitan. El hecho de que muchos leprosos hayan sido curados lo podréis saber en muchos lugares de Israel; pero, si queréis ir a Sicaminón, buscad entre los discípulos y encontraréis muchos ex leprosos. Decid, pues, a Juan que los leprosos quedan limpios. Decid, además, que se anuncia la Buena Nueva a los pobres, porque lo estáis viendo. Y bienaventurado quien no se escandalice de mí. Decid esto a Juan. Y también que lo bendigo con todo mi amor.

-Gracias, Maestro. Bendícenos también a nosotros antes de marcharnos.

-No podéis iros a esta hora, con este calor… Quedaos en casa como invitados míos hasta el atardecer; así viviréis por un día la vida de este Maestro que no es Juan, pero que es amado por Juan, porque -Juan sabe quién es. Venid a casa. Está fresca. Os daré la posibilidad de reponer fuerzas. Adiós a vosotros que me escucháis. La paz sea con vosotros.

Despide a la muchedumbre y entra en la casa con sus tres invitados…
No sé de lo que hablan durante esas horas de fuego. Ahora veo la preparación de la partida de los dos discípulos hacia Jericó. Manahén parece que se queda (su caballo no ha sido traído junto con los dos fuertes asnos enfrente de la abertura de la tapia del patio). Los dos enviados de Juan, después de muchas reverencias al Maestro y a Manahén, suben a las monturas… y todavía se vuelven para mirar y saludar, hasta que un recodo del camino los esconde a la vista.

Muchos de Cafarnaúm se han congregado para ver esta despedida, porque la noticia de la venida de los discípulos de Juan y la respuesta que Jesús les ha dado se han propagado por el pueblo y creo que también por otros pueblos cercanos. Veo personas de Betsaida y Corazín, quizás ex discípulos del Bautista, que antes se han presentado a los enviados de Juan, les han preguntado por él y le han mandado saludos a través de ellos, y que ahora se quedan hablando en grupo con los de Cafarnaúm. Jesús, con Manahén a su lado, hace ademán de volver a la casa mientras habla. Pero la gente se apiña alrededor de él, curiosa de observar al hermano de leche de Herodes y su trato lleno de deferencia hacia Jesús; deseosos también de hablar con el Maestro.

Está también Jairo, el arquisinagogo. Por gracia de Dios, no hay fariseos. Precisamente Jairo dice:
-¡Estará contento Juan! No sólo le has enviado una respuesta exhaustiva, sino que, invitándolos a quedarse, has podido adoctrinarlos y mostrarles un milagro.
-¿Y no de poco relieve! -dice un hombre.

-Había traído expresamente a mi hija hoy para que la vieran. Nunca se ha sentido tan bien como ahora, y para ella es un motivo de alegría el venir a estar con el Maestro. ¿Habéis oído su respuesta, no?: "No recuerdo lo que es la muerte. Recuerdo, eso sí, que un ángel me llamó y me llevó a través de una luz que aumentaba cada vez más y al final de esa luz estaba Jesús. Como lo vi entonces, con mi espíritu volviendo a mí, no lo veo ni siquiera ahora; vosotros y yo, ahora, vemos al Hombre, pero mi espíritu vio a ese Dios que está dentro del Hombre". ¡Qué buena se ha hecho desde entonces! Era ya buena, pero ahora es un verdadero ángel. ¡Ah, que digan lo que quieran todos!, ¡para mí el único santo que hay eres Tú!
-De todas formas, también Juan es santo -dice uno de Betsaida.

-Sí, pero es demasiado severo.
-No lo es más con los demás que consigo mismo.
-Pero no hace milagros y se dice que ayuna porque es como un mago.

-Pues de todas formas es santo.
La disputa de la gente se hace mayor. Jesús alza la mano y la extiende con el gesto habitual que hace cuando pide silencio y atención porque quiere hablar; enseguida se hace el silencio.
Jesús dice:

-Juan es santo y grande. No miréis su manera de actuar ni la ausencia de milagros. En verdad os digo que es grande en el Reino de los Cielos. Allí se manifestará con toda su grandeza.

Muchos se quejan porque era y es severo hasta el punto de parecer rudo. En verdad os digo que ha hecho un trabajo de gigante para preparar los caminos del Señor. Quien trabaja de ese modo no tiene tiempo que perder en blanduras. ¿No decía, cuando estaba en el Jordán, las palabras de Isaías que lo profetizan a él y profetizan al Mesías: "Todo valle será colmado, todo monte será rebajado, los caminos tortuosos serán enderezados y las breñas allanadas", y ello para preparar los caminos al Señor y Rey?

¡Verdaderamente ha hecho él más que todo Israel, para prepararme el camino! Quien debe rebajar montes, colmar valles, enderezar caminos o transformar cuestas penosas en subidas suaves, tiene que trabajar rudamente. En efecto, era el Precursor y sólo le anticipaba a mí una breve serie de lunas; todo debía estar ultimado antes de que el Sol se alzara en el día de la Redención. El tiempo ha llegado, el Sol sube para resplandecer sobre Sión y, desde Sión, extender su luz al mundo entero. Juan ha preparado el camino, como debía.

¿Qué habéis ido a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento en distintas direcciones? ¿Qué es lo que habéis ido a ver? ¿A un hombre refinadamente vestido? ¡No!… Esas personas viven en las casas de los reyes; ataviados con delicadas vestiduras, agasajados por mil siervos y cortesanos (cortesanos que lo son de un pobre hombre como ellos).

Aquí tenemos un ejemplo. Preguntadle, a ver si no experimenta desazón por la vida de Corte y admiración por el risco solitario y escabroso, en vano embestido por el rayo y el pedrisco, en vano circundado por los necios vientos que quieren arrancarlo y él se mantiene, no obstante, firme, elevándose entero hacia el cielo, con su punta tan enhiesta -puntiaguda cual llama que asciende-, que predica la alegría de lo alto. Éste es Juan. Así lo ve Manahén, porque ha comprendido la verdad de la vida y la muerte y ve la grandeza donde está, aunque esté celada bajo apariencias agrestes.

Y vosotros, ¿qué habéis visto en Juan cuando habéis ido a verlo? ¿Un profeta?, ¿un santo? Os digo que es más que un profeta; es más que muchos santos, más que los santos porque es aquel de quien está escrito: "Mando ante vosotros a mi ángel para preparar tu camino delante de ti".

Ángel. Pensad. Sabéis que los ángeles son espíritus puros creados por Dios según su semejanza espiritual, colocados como nexo entre el hombre (perfección de lo creado visible y material) y Dios (Perfección del Cielo y de la Tierra, Creador del reino espiritual y del reino animal). Aún en el hombre más santo subsisten la carne y la sangre que abren un abismo entre él y Dios (abismo que se ahonda profundamente con el pecado, que hace pesado incluso lo espiritual del hombre).

Así pues, Dios crea a los ángeles, criaturas que tocan el vértice de la escala creadora de la misma forma que los minerales señalan su base (los minerales, el polvo que compone la tierra, las materias inorgánicas en general).

Espejos tersos del Pensamiento de Dios, voluntariosas llamas que obran por amor, resueltos para comprender, diligentes para obrar, de voluntad libre como la nuestra, aunque enteramente santa, ajena a rebeliones y a estímulos de pecado. Esto son los ángeles adoradores de Dios, mensajeros suyos ante los hombres, protectores nuestros; ellos nos dan la Luz de que están investidos y el Fuego que, adorando, recogen.

La palabra profética llama "ángel" a Juan. Pues bien, Yo os digo: "Entre los nacidos de mujer no ha habido nunca uno mayor que Juan Bautista". No obstante, el menor del Reino de los Cielos será mayor que él-hombre. Porque quien es del Reino de los Cielos es hijo de Dios y no hijo de mujer. Tended, pues, todos, a ser ciudadanos del Reino.
-¿Qué os estáis preguntando entre vosotros dos?
-Decíamos: "¿Juan estará en el Reino?" y "¿cómo estará en el Reino?"

-En su espíritu está ya en el Reino. Cuando muera, estará en el Reino como uno de los soles más resplandecientes de la eterna Jerusalén. Es así por la Gracia sin resquebrajaduras que hay en él y por su propia voluntad.

En efecto, ha sido, y es, violento también consigo mismo, con fin santo. A partir de Juan el Bautista, el Reino de los Cielos es de los que saben conquistárselo con la fuerza opuesta al Mal, y son los violentos los que lo conquistan. Sí, ahora ya se sabe lo que hay que hacer y todo ha sido dado para llevar a cabo esta conquista. El tiempo en que hablaban sólo la Ley y los Profetas ha pasado. Los Profetas han hablado hasta Juan. Ahora habla la Palabra de Dios, y no esconde ni una iota de cuanto ha de saberse para esta conquista. Si creéis en mí, debéis ver en Juan a ese Elías que debe venir. Quien tenga oídos para oír que oiga.

¿Con quién compararé a esta generación? Es semejante a la que describen esos muchachos, que, sentados en la plaza gritan a sus compañeros: "Hemos tocado y no habéis bailado; hemos entonado lamentos y no habéis llorado". En efecto, ha venido Juan, que no come ni bebe, y esta generación dice: "Puede hacerlo porque tiene al demonio, que le ayuda"; ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: "Ahí tenemos a un comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores". ¡Así la Sabiduría ha sido acreditada por sus hijos! "En verdad os digo que sólo los niños saben reconocer la verdad, porque en ellos no hay malicia.

-Bien has dicho, Maestro -dice el arquisinagogo -Por eso mi hija, que no conoce aún la malicia, te ve como nosotros no alcanzamos a verte. Pero esta ciudad y las otras cercanas rebosan de tu poder, sabiduría y bondad, y, debo confesarlo, no te responden sino con maldad. No se convierten. El bien que de ti reciben se transforma en odio contra ti.

-¿Qué estás diciendo, Jairo? ¡Nos estás calumniando! Si estamos aquí es por fidelidad al Cristo -dice uno de Betsaida.

-Sí. Nosotros. ¿Pero cuántos somos? Menos de cien en tres ciudades que deberían estar a los pies de Jesús. De los que faltan -me refiero a los hombres-la mitad son enemigos; la cuarta parte, indiferentes; la otra cuarta parte… quiero pensar que no puede venir. ¿No es esto ya pecado ante los ojos de Dios? ¿No será castigada toda esta aversión y obcecación en el mal? Habla, Maestro, Tú que no ignoras, Tú que si guardas silencio es por tu bondad, no porque no sepas. Eres longánimo, y confunden tu longanimidad con ignorancia y debilidad. Habla, pues; que tu palabra remueva al menos a los indiferentes, ya que los malos no se convierten, sino que se hacen cada vez peores.

-Sí. Es culpa y será castigada. Porque no se debe despreciar nunca el don de Dios, ni usarlo para hacer el mal. ¡Ay de ti, Corazín, ay de ti, Betsaida, que hacéis mal uso de los dones de Dios! Si en Tiro y Sidón se hubieran cumplido los milagros que se han producido entre vosotros, ya haría mucho tiempo que, vestidos de cilicio y espolvoreados de ceniza, habrían hecho penitencia y habrían venido a mí. Por esto os digo que Tiro y Sidón serán tratadas con mayor clemencia que vosotras en el día del Juicio. ¿Y tú, Cafarnaúm, crees que por haberme dado alojamiento serás elevada hasta el Cielo? Hasta el Infierno bajarás. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que Yo te he dado, estaría todavía floreciente, porque habría creído en mí y se habría convertido.

Por tanto, Sodoma, en el último Juicio, será tratada con mayor clemencia que tú, que has conocido al Mesías y has oído su palabra y no te has convertido, porque Sodoma no conoció al Salvador y su Palabra, por lo cual su culpa es menor. No obstante, como Dios es justo, los de Cafarnaúm, Betsaida y Corazín que han creído y se santifican prestando obediencia a mi palabra, serán tratados con mucha misericordia; no es justo, en efecto, que los justos se vean implicados en el descalabro de los pecadores.

Respecto a tu hija, Jairo, y a la tuya, Simón, y a tu hijo, Zacarías, y a tus nietos, Benjamín, os digo que, no conociendo malicia, ven ya a Dios. Ya veis que su fe es pura y activa, unida a sabiduría celestial, y también a deseos de caridad como no tienen los adultos.

Y Jesús, alzando los ojos al cielo que se va oscureciendo con la noche, exclama:

-Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los doctos y se las has revelado a los pequeños. Así, Padre, porque así te plugo. Todo me ha sido confiado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a los que el Hijo quiera revelárselo. Y Yo se lo he revelado a los pequeños, a los humildes, a los puros, porque Dios se comunica con ellos, y la verdad desciende como semilla a las tierras libres, y sobre la verdad hace llover el Padre sus luces para que eche raíces y dé un árbol. Es más, verdaderamente el Padre prepara a estos espíritus de los pequeños de edad o de corazón, para que conozcan la Verdad y Yo exulte por su fe…

265- Instrucciones a los doce apóstolesal comienzo de su ministerio

Jesús y los apóstoles -están todos: señal de que Judas Iscariote, cumplida su obra, se ha unido de nuevo a sus compañeros-están sentados a la mesa en la casa de Cafarnaúm. Atardece. La luz del día que declina entra por la puerta y las ventanas abiertas de par en par.

A través de éstas, se puede ver cómo la púrpura del ocaso se va transformando en un rojo violáceo irreal, que en los bordes se desfleca formando abarquillamientos de un color turquí que termina en gris. Me recuerda a una hoja de papel arrojada al fuego: se enciende como el carbón en que cae, pero, en los bordes, después de la llamarada, se abarquilla y se apaga tomando un color plomo azulado que termina en un gris perlino casi blanco.

-Calor -sentencia Pedro, señalando hacia la voluminosa nube que viste el occidente de esos colores. -Calor. No agua. Eso es niebla, no nube. Esta noche duermo en la barca para estar más fresco.

-No. Esta noche vamos a los olivares. Necesito hablaros. Judas ya ha vuelto. Es tiempo de hablar. Conozco un lugar ventilado donde estaremos bien. Levantaos. Vamos.
-¿Está lejos? -preguntan mientras cogen los mantos.
-No. Muy cerca. A un tiro de honda de la última casa. Podéis dejar los mantos. Coged, eso sí, yesca y eslabón para vernos al volver.

Salen de la habitación alta y bajan la escalera tras haber saludado al dueño de la casa y a su mujer, que están tomando el fresco en la terraza.

Jesús vuelve resueltamente la espalda al lago, y, atravesada la ciudad, recorre unos doscientos o trescientos metros por entre los olivos de una primera loma de detrás de la ciudad. Se detiene cuando llega al borde de un ribazo, que, por su posición saliente y libre de obstáculos, goza de todo el aire de que es posible gozar en esta noche de bochorno.

-Vamos a sentarnos. Prestadme atención. Ha llegado la hora de vuestra labor evangelizadora. He llegado aproximadamente a la mitad de mi vida pública para preparar los corazones para mi Reino. Ahora es tiempo de que también mis apóstoles tengan parte en la preparación de este Reino. Los reyes actúan así cuando deciden conquistar un país. Primero investigan y toman contacto con personas para oír las reacciones y formarlas en la idea que persiguen. Luego extienden la obra de preparación enviando personas de confianza al reino que quieren conquistar. Envían cada vez más personas, hasta que todas las particularidades geográficas y morales del país son manifiestas. Una vez hecho esto, el rey cumple cabalmente la obra y se proclama rey de ese lugar y se corona rey. Para llevarlo a cabo corre la sangre. Porque las victorias cuestan siempre sangre…

-Estamos resueltos a luchar por ti y a derramar nuestra sangre -prometen unánimemente los apóstoles.
-Sólo derramaré la sangre del Santo y de los santos.
-¿Quieres empezar la conquista por el Templo, irrumpiendo durante la hora de los sacrificios?…

-No divaguemos, amigos. Sabréis el futuro a su debido tiempo. No os estremezcáis de horror de todas formas. Os aseguro que no voy a trastocar las ceremonias con la violencia de una irrupción. Y, no obstante, serán desbaratadas; llegará un día, una tarde, en que el terror, el terror de los pecadores, impedirá la oración ritual. Mas Yo, esa tarde, estaré en paz, en paz con mi espíritu y mi cuerpo, una paz total, beatífica…

Jesús mira, uno a uno, a sus doce; es como si mirase la misma página doce veces y en ella leyera doce veces la misma palabra escrita: no comprenden. Sonríe y prosigue.
-Pues bien, he decidido enviaros, para penetrar más y más ampliamente de cuanto Yo solo podría hacer. Pero pondré prudenciales diferencias entre mi modo de evangelizar y el vuestro, para no crearos dificultades demasiado fuertes ni meteros en peligros demasiado serios para vuestra alma y vuestro cuerpo y para no causar perjuicio a mi obra.

Todavía no estáis formados hasta el punto de poder relacionaros con cualquier persona, quienquiera que sea, sin que os perjudique o la perjudiquéis, ni -mucho menos aún tenéis el heroísmo suficiente como para desafiar al mundo por causa de la Idea adelantándoos a hacer frente a las venganzas del mundo. Por tanto, no vayáis a los gentiles cuando vayáis a predicarme, ni entréis en las ciudades de los samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel: hay mucha labor que hacer con éstas; en verdad os digo que estas multitudes, que os parecen muchas, en torno a mí, son la centésima parte de las que en Israel todavía esperan al Mesías y no lo conocen ni saben que vive. Llevadles a éstas la fe y el conocimiento de mí.

Por el camino predicad: "El Reino de los Cielos está cerca". Éste debe ser el anuncio basilar, apoyad en él toda vuestra predicación. ¡Mucho me habéis oído hablar del Reino! No tenéis sino que repetir mis palabras. Ahora bien, el hombre, para sentirse atraído por las verdades espirituales, para sentirse convencido de ellas, necesita estímulos de carácter material, como si fuera un eterno niño, que no estudia una lección, no aprende un oficio, si no tiene el estímulo de un dulce de su madre o de un premio del maestro de la escuela o del maestro del oficio.

Pues bien, para que dispongáis del medio para que crean en vosotros y os busquen, os concedo el don de milagros…

Los apóstoles se levantan de improviso -excepto Santiago de Alfeo y Juan-y, según el temperamento de cada uno, gritan, protestan, se exaltan… Verdaderamente el único que se pavonea de la idea de hacer milagros es Judas Iscariote, el cual, a pesar de la gran deuda que tiene en su alma de haber hecho una acusación falsa e interesada, exclama:

-¡Ya era hora de que también nosotros hiciéramos esto, para gozar de un mínimo de autoridad sobre las multitudes!

Jesús lo mira, pero no dice nada. Pedro y el Zelote -que están diciendo: « ¡No, Señor! ¡No somos dignos de tanto! Eso es para los santos»-rebaten enérgicamente a Judas: el Zelote dice: « ¿Cómo te atreves, hombre necio y orgulloso, a censurar al Maestro?»; y Pedro: « ¿Un mínimo? ¿Pero, qué quieres hacer más que milagros? ¿Ser Dios tú también? ¿Sientes, acaso, la misma comezón que Lucifer?».

«¡Silencio!» dice Jesús con tono autoritario. Y prosigue:
-Hay una cosa que supera al milagro y que convence igualmente a las multitudes, y con mayor profundidad y duración: una vida santa. Pero vosotros estáis todavía lejos de esta vida, y tú, Judas, más lejos que los demás. Mas dejadme hablar porque es una larga instrucción.

Id, pues, y curad a los enfermos, limpiad a los leprosos, resucitad a los muertos del cuerpo y del espíritu (porque cuerpo y espíritu pueden estar igualmente enfermos, leprosos, muertos). Ya sabéis cómo se obra un milagro: con vida de penitencia, ferviente oración, sincero deseo de hacer brillar el poder de Dios, humildad profunda, viva caridad, encendida fe, esperanza imperturbable ante cualquier tipo de dificultad. En verdad os digo que todo es posible para quien dispone de estos elementos. Y los demonios huirán ante el Nombre del Señor pronunciado por vosotros, si tenéis cuanto he dicho. Este poder os viene de mí y de nuestro Padre. No se compra con moneda alguna.

Sólo nuestra voluntad lo concede, sólo la vida justa lo mantiene. De la misma forma que se os da gratis, gratuitamente habéis de darlo a los demás, a los que tengan necesidad de él. ¡Ay de vosotros si rebajáis el don de Dios sirviéndoos de él para engrosar vuestra bolsa! No es vuestro poder, es poder de Dios. Usadlo, mas no os apropiéis de él diciendo: "Es mío". De la misma forma que se os da, se os puede quitar.

Simón de Jonás poco antes ha dicho a Judas de Simón: "¿Tienes la misma comezón que Lucifer?". Ha expresado una justa definición. Decir: "Hago lo que hace Dios porque soy como Dios" es imitar a Lucifer. Su castigo lo conocemos. También sabemos lo que les sucedió a los dos que comieron el fruto prohibido en el paraíso terrenal, por instigación del Envidioso -que quería llevar a otros desdichados a su Infierno, además de los rebeldes angélicos que ya había-, y también por el propio prurito de soberbia perfecta.

El único fruto que os es lícito coger de lo que hacéis son las almas que con el milagro conquistaréis para el Señor y que deben entregársele al Señor. Esas son vuestras monedas, no otras; en la otra vida gozaréis de su tesoro.

Id sin riquezas. No llevéis con vosotros ni oro, ni plata, ni monedas en vuestros cinturones; ni saca de viaje con dos o más indumentos y calzado de repuesto, ni bastón de peregrino, ni armas humanas. En efecto, por ahora, vuestras visitas apostólicas serán cortas y todas las vigilias de los sábados nos veremos, y podréis dejar vuestros vestidos sudados sin tener necesidad de llevar con vosotros uno para cambiaros. No hace falta el bastón, porque el camino es aquí suave; bien distinto es lo que se necesita en los desiertos y montañas altas de lo que se necesita en colinas y llanuras. No hacen falta armas; éstas son útiles para el hombre que no conoce la santa pobreza e ignora el divino perdón. Pero vosotros no tenéis tesoros que cuidar y defender de los ladrones. El único al que debéis temer, el único ladrón para vosotros es Satanás, y Satanás se vence con la constancia y la oración, no con espadas y puñales.

Perdonad al que os ofenda. Si os despojasen del manto, dad también la túnica. Aunque os quedarais completamente desnudos por mansedumbre y desapego de las riquezas, no escandalizaríais a los ángeles del Señor ni a la infinita Castidad de Dios, porque vuestra caridad vestiría de oro vuestro cuerpo desnudo, la mansedumbre os sería compuesto cinturón, el perdón hacia el ladrón os pondría manto y corona regia; estaríais, por tanto, mejor vestidos que un rey, no de tela corruptible, sino de materia incorruptible.

No os preocupéis por qué habréis de comer. Dispondréis siempre de lo apropiado para vuestra condición y ministerio, porque el obrero es digno del alimento que le ofrecen. Siempre. Dios proveería de lo necesario a su obrero, si los hombres no lo hicieran. Ya os he mostrado que para vivir y predicar no es necesario atiborrarse de comida. Eso va bien para los animales impuros, cuya misión es la de engordar para ser entregados a la muerte y engordar a los hombres. Vosotros sólo debéis nutrir bien vuestro espíritu y el de los demás con alimentos sapienciales.

Mas la Sabiduría se hace presente con su luz a una mente no embotada por la crápula, a un corazón que se nutre de cosas espirituales. Jamás habéis sido tan elocuentes como después del retiro en el monte, y en aquel entonces comisteis sólo lo indispensable para no morir; pues bien, a pesar de ello, al final del retiro estabais fuertes y joviales como nunca. ¿No es, acaso, verdad?

En cualquier ciudad que entréis, informaos de que haya quien merezca recibiros. No porque seáis Simón, Judas, Bartolomé, Santiago, Juan, etc., sino porque sois los mensajeros del Señor. Aunque hubierais sido escoria, asesinos, ladrones, publicanos, ahora, arrepentidos y a mi servicio, merecéis respeto porque sois mis mensajeros.

Digo más. Digo: ¡ay de vosotros si, teniendo la apariencia de mensajeros míos, por dentro sois viles y diabólicos!, ¡ay de vosotros!; el Infierno es poco para lo que mereceríais por vuestro engaño.

Pero, aunque fuerais contemporáneamente mensajeros de Dios en la apariencia y, por dentro, escoria, publicanos, ladrones, asesinos; aunque los corazones tuvieran sospechas respecto a vosotros, o casi certeza… se os debe honrar y respetar porque sois mis mensajeros.

El ojo del hombre debe ir más allá del medio, debe ver al mensajero y debe ver el fin, ver a Dios y su obra más allá del medio, que demasiado frecuentemente es deficiente. Sólo en casos de culpas graves que dañen la fe de los corazones, Yo por ahora, luego quien me suceda, tomaremos medidas para amputar el miembro corrompido. Porque no es lícito que por un sacerdote demonio se pierdan almas de fieles. Nunca será lícito, por esconder las llagas abiertas en el cuerpo apostólico, permitir que en él pervivan cuerpos gangrenados que con su aspecto repugnante obliguen a alejarse y con su hedor demoníaco envenenen.

Os informaréis, por tanto, de cuál es la familia de vida más recta, donde las mujeres saben estar retiradas y se disciplinan las costumbres. Entraréis en esa casa y en ella os alojaréis hasta el momento de vuestra partida.

No imitéis a los zánganos, que después de succionar una flor pasan a otra más nutritiva. Tanto si os veis entre personas de buena cama y rica mesa, como si os toca una familia humilde, rica sólo en virtudes, quedaos donde estéis. No busquéis nunca "lo mejor'" para el cuerpo mortal. Antes bien, dadle siempre lo peor y reservad todos los derechos al espíritu. Si podéis -os digo esto porque conviene que lo hagáis-, con toda diligencia, dad la preferencia a los pobres para vuestra estancia en el lugar: para no humillarlos, y en memoria mía, que soy y permanezco pobre y me glorío de serlo, y también porque los pobres frecuentemente son mejores que los ricos.

Encontraréis siempre pobres justos, mientras que será raro encontrar un rico exento de injusticia. No tenéis, por tanto, la disculpa de decir: "Sólo he encontrado bondad en los ricos", para justificar vuestra sed de bienestar.

Al entrar en la casa saludad con mi saludo, que es el más dulce de los saludos. Decid: "La paz sea con vosotros. Paz a esta casa" o "la paz descienda sobre esta casa".

En efecto, vosotros, mensajeros de Jesús y de la Buena Nueva, lleváis con vosotros la paz, y vuestra llegada a un lugar significa hacer llegar a ese lugar la paz. Si la casa es digna de la paz, la paz descenderá sobre ella y permanecerá en ella; si no lo es, la paz volverá a vosotros. Pero estad atentos a ser vosotros pacíficos, para tener por Padre a Dios. Un padre siempre ayuda; vosotros, ayudados por Dios, haréis todo, y lo haréis bien.

Puede suceder, es más, sucederá, que una ciudad o una casa no os reciban; no querrán escuchar vuestras palabras, os expulsarán, os tomarán a risa, os perseguirán a pedradas cual profetas molestos. Entonces tendréis más necesidad que nunca de ser pacíficos, humildes, mansos, como hábito de vida. Si no, la ira se impondrá y pecaréis: escandalizaréis y aumentaréis la incredulidad de los que se han de convertir. Sin embargo, si recibís con paz la ofensa que supone el ser expulsados, escarnecidos, perseguidos, convertiréis con el más bello de los discursos: la silenciosa predicación de la virtud verdadera. Un día volveréis a encontrar a los enemigos de hoy en vuestro camino, y os dirán:

"Os hemos buscado porque vuestro modo de actuar nos ha persuadido de la Verdad que anunciáis. Os pedimos vuestro perdón y que nos acojáis como discípulos. Porque no os conocíamos. Pero ahora sabemos que sois santos. Por tanto, si sois santos, debéis ser mensajeros de un santo. Ahora creemos en Él".

De todas formas, al salir de la ciudad o casa que no os hayan recibido, sacudíos hasta el polvo de las sandalias, para que la soberbia y la dureza de aquel lugar no se peguen ni siquiera a vuestras suelas. En verdad os digo que el día del Juicio Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos dureza que esa ciudad.

Mirad, os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas. Porque ya sabéis cómo el mundo -que, en verdad, es más de lobos que de ovejas-me trata a mí, que soy el Cristo. Yo puedo defenderme con mi poder, y lo haré mientras no llegue la hora del triunfo temporal del mundo.

Pero vosotros no tenéis este poder y necesitáis mayor prudencia y sencillez. Mayor sagacidad, por tanto, para evitar, por ahora, cárceles y flagelaciones.

Verdaderamente, a pesar de vuestras abiertas declaraciones de querer dar vuestra sangre por mí, por el momento no soportáis ni siquiera una mirada irónica o iracunda. Llegará un tiempo en que seréis fuertes como héroes contra todas las persecuciones; más fuertes que héroes, con un heroísmo inconcebible para los criterios del mundo, inexplicable, que será llamado "locura". ¡No, no será locura! Será la identificación, en virtud del amor, del hombre con el Hombre-Dios, y sabréis hacer lo que Yo haga.

Para comprender este heroísmo hará falta verlo, estudiarlo y juzgarlo, desde niveles ultraterrenos, porque es una cosa sobrenatural que se escapa a todas las restricciones de la naturaleza humana. Los reyes, los reyes del espíritu serán mis héroes, eternamente reyes y héroes…

En aquella hora os arrestarán, os pondrán las manos encima, os llevarán ante los tribunales, los jefes y los reyes, para que os juzguen y condenen por ese gran pecado ante los ojos del mundo que es el ser los siervos de Dios, los ministros y tutores del Bien, los maestros de las virtudes. Por ser estas cosas os flagelarán y os castigarán de mil modos, hasta acabar con vuestra vida. Y daréis testimonio de mí a los reyes, a los jefes, a las naciones, confesando con la sangre que amáis a Cristo, el Hijo verdadero del Dios verdadero.

Cuando caigáis en sus manos, no os aflijáis por lo que tendréis que responder ni de lo que habréis de decir. En aquella hora no debéis tener ninguna pena aparte de la de la aflicción por vuestros jueces y acusadores, que Satanás desvía hasta el punto de hacerlos ciegos para la Verdad.

Las palabras que habrá que decir se os darán en ese momento. Vuestro Padre las pondrá en vuestros labios, porque en aquella hora no seréis vosotros los que habléis para convertir a la Fe y para profesar la Verdad, sino que será el Espíritu del Padre vuestro el que hablará en vosotros.

En aquella hora el hermano dará muerte al hermano, el padre al hijo, los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán. ¡No desfallezcáis ni os escandalicéis! Respondedme: ¿para vosotros es mayor delito matar a un padre, a un hermano, a un hijo, o a Dios mismo?

A Dios no se le puede matar -dice secamente Judas Iscariote.

-Es verdad. Es Espíritu inaprensible -confirma Bartolomé.

Y los demás, aunque callen, son de la misma opinión.
-Yo soy Dios, y Carne soy -dice serenamente Jesús.

-Nadie pretende matarte -replica Judas Iscariote.
-Os ruego que respondáis a mi pregunta.
-¡Es más grave matar a Dios! ¡Se entiende!

-Pues bien, el hombre dará muerte a Dios, en la Carne del Hombre Dios y en el alma de los asesinos del Hombre Dios.

Por tanto, de la misma forma que se llegará a cumplir este delito, sin el horror de sus autores, se llegará al delito de los padres, hermanos, hijos, contra hijos, hermanos, padres.

Seréis odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero quien persevere hasta el final se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra (no por vileza, sino para darle tiempo a la recién nacida Iglesia de Cristo de alcanzar la edad adulta ­superando la edad del lactante débil e inexperto-en que sea capaz de afrontar la vida y la muerte sin temer a la Muerte). Aquellos a quienes el Espíritu les aconseje huir huyan, como huí Yo cuando era pequeño.

Verdaderamente en la vida de mi Iglesia se repetirán todas las vicisitudes de mi vida de hombre. Todas. Desde el misterio de su formación en la humildad en los primeros tiempos, a las turbaciones e insidias que le vendrán de los hombres violentos, o a la necesidad de huir para seguir existiendo; desde la pobreza y el trabajo infatigable, hasta muchas otras cosas que vivo actualmente, o que sufriré mañana, hasta llegar al triunfo eterno. Aquellos a quienes, por el contrario, el Espíritu les aconseja quedarse quédense: sí, aunque caigan asesinados, vivirán y serán útiles a la Iglesia; sí, siempre está bien lo que el Espíritu de Dios aconseja.

En verdad os digo que no acabaréis, ni vosotros ni los que os sucedan, de recorrer los caminos y ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre. Porque Israel, por un tremendo pecado suyo, será dispersado, como cascarilla embestida por un torbellino, y diseminado por toda la Tierra; habrán de sucederse siglos y milenios, uno y otro y otro…, antes de que sea recogido de nuevo en la era de Arauná el Jebuseo (2 Samuel 24, 16 ̀ 25; 1 Crónicas 21, 15 30).

Cada vez que lo intente, antes de la hora señalada, será nuevamente embestido por el torbellino y dispersado, porque Israel tendrá que llorar su pecado durante tantos siglos cuantas serán las gotas que lloverán de las venas del Cordero de Dios inmolado por los pecados del mundo. Mi Iglesia -agredida por Israel en mí y en mis apóstoles y discípulos-deberá abrir sus brazos maternos, para tratar también de recoger a Israel bajo su manto, como hace una gallina con los polluelos que se dispersan. Cuando todo Israel esté bajo el manto de la Iglesia de Cristo, vendré.
Mas éstas son cosas futuras, hablemos de las inmediatas.

Tened siempre presente que el discípulo no es más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor; bástele, pues, al discípulo ser como su Maestro (ya de por sí inmerecido honor), y al siervo como su señor (la concesión de lo cual, ya de por sí, es bondad sobrenatural).

Si han llamado Belcebú al Señor de la casa, ¿qué llamarán a sus siervos? ¿Podrán, acaso, rebelarse los siervos cuando no se rebela su Señor, ni odia ni maldice, sino que, sereno en su justicia, continúa su obra, posponiendo el juicio para otro momento, una vez que, habiendo intentado todo para persuadirlos, haya visto su obstinación en el Mal? No. Los siervos no podrán hacer lo que no hace su Señor; antes bien, deberán imitarlo, pensando que ellos también son pecadores, mientras que Él no tenía pecado. No temáis, por tanto, a los que os llamen "demonios". Día llegará en que la verdad será sabida; entonces se verá quiénes eran los "demonios", si vosotros o ellos.

No hay nada escondido que quede sin revelar; nada secreto que no se venga a saber. Lo que ahora os digo en la sombra y en secreto, porque el mundo no es digno de conocer todas las palabras del Verbo -no es digno el mundo todavía, ni es hora de hacer extensiva la manifestación de estas cosas a los indignos-, cuando llegue la hora de que todo deba ser conocido, decidlo a la luz, gritad desde los tejados lo que Yo ahora os susurro más al alma que al oído. Entonces, en efecto, el mundo ya habrá sido bautizado por la Sangre.

Satanás encontrará ante sí un estandarte por el que el mundo, si quiere, podrá comprender los secretos de Dios; él, sin embargo, no podrá dañar sino a quien desea su mordisco y lo prefiere a mi beso. Pero ocho partes de diez del mundo no querrán comprender. Sólo las minorías tendrán voluntad de saber todo para seguir todo lo que es mi Doctrina.

No importa. Dado que no se puede separar estas dos partes santas de la masa injusta, predicad desde los tejados mi Doctrina, predicadla desde lo alto de los montes, por los mares sin confines, en las entrañas de la tierra; aunque los hombres no la escuchen, recogerán las divinas palabras los pájaros y los vientos, los peces y las olas, conservarán su eco las entrañas del suelo para decírselo a los manantiales internos, a los minerales, a los metales, y exultarán todos ellos, porque también ellos han sido creados por Dios para ser escabel de mis pies y alegría de mi corazón.

No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed sólo a quien puede mandar vuestra alma a la perdición y reunirla en el Ultimo Juicio con el cuerpo resucitado, para arrojarlos al fuego del Infierno. No temáis. ¿No se venden dos pájaros por un as? Y, sin embargo, si el Padre no lo permite, ni uno de ellos caerá a pesar de todas las asechanzas del hombre. No temáis, pues. El Padre os conoce. Como también conoce el número de vuestros cabellos. ¡Vosotros valéis más que muchos pájaros!

Os digo que a quien me confiese ante los hombres Yo también lo confesaré ante mi Padre, que está en los Cielos; mas a quien me niegue ante los hombres, también Yo lo negaré ante mi Padre. Confesar, aquí, significa seguir y practicar; negar significa abandonar mi camino por vileza, por ternaria concupiscencia, por mezquino cálculo, por afecto humano hacia un allegado vuestro contrario a mí. Porque estas cosas sucederán.

No creáis que haya venido a instaurar la concordia en la tierra y para la tierra. Mi paz es más alta que las paces premeditadas que tienen la finalidad de poderse uno manejar diariamente en la vida. No he venido a traer la paz, sino la espada; la espada afilada para cortar las lianas que impiden salir del fango, abriendo así los caminos a los vuelos en el mundo sobrenatural. Así pues, he venido a separar al hijo del padre, a la hija de la madre, a la nuera de la suegra. Porque Yo soy el que reina y tiene todos los derechos sobre sus súbditos. Porque ninguno es más grande que Yo en derechos sobre los afectos. Porque en mí se centran todos los amores y se subliman; soy Padre, Madre, Esposo, Hermano, Amigo: así os amo y así debo ser amado. Cuando digo: "Quiero", ningún vínculo puede resistir y la criatura es mía. Yo con mi Padre la he creado, Yo por mí mismo la salvo, Yo tengo derecho a poseerla.

Verdaderamente los enemigos del hombre, además de los demonios, son los propios hombres; enemigos del hombre nuevo, del cristiano, serán los de su propia casa, con sus quejas, amenazas o súplicas. Pues bien, quien, de ahora en adelante, ame a su padre y a su madre más que a mí no es digno de mí; quien ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; el que no toma su cruz de cada día, compleja, formada de resignación, renuncias, obediencia, heroísmos, dolores, enfermedades, lutos, de todo aquello que es manifestación de la voluntad de Dios o de una prueba del hombre… el que no la toma y con ella me sigue no es digno de mí. Quien estima más su vida terrena que la vida espiritual perderá la Vida verdadera. Quien pierda su vida terrena por amor mío la volverá a encontrar, eterna y bienaventurada.

Quien a vosotros os recibe a mí me recibe, quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado; quien reciba a un profeta como profeta recibirá premio proporcional a la caridad ejercida con el profeta; quien reciba a un justo como justo recibirá un premio proporcional al justo.

Esto es así porque el que reconoce al profeta en el profeta es señal de que también él es profeta, es decir, muy santo porque el Espíritu de Dios lo tiene en sus brazos; y quien reconoce a un justo como justo demuestra que él mismo es justo, porque las almas semejantes se reconocen. A cada uno, pues, se le dará según justicia.

Quien dé aunque sólo sea un vaso de agua pura a uno de mis siervos, aunque fuera al más pequeño -y son siervos de Jesús todos los que lo predican con una vida santa, y pueden serlo tanto los reyes como los mendigos, tanto los que saben mucho como los que no saben nada, los ancianos o los niños, porque a todas las edades y en todas las clases se puede ser discípulo mío-, quien dé a un discípulo mío aunque sólo sea un vaso de agua en mi nombre y por ser discípulo mío, en verdad os digo que no perderá su recompensa.

He dicho. Ahora vamos a orar y luego volvemos a la casa.

A1 alba partiréis; así: Simón de Jonás con Juan, Simón Zelote con Judas Iscariote, Andrés con Mateo, Santiago de Alfeo con Tomás, Felipe con Santiago de Zebedeo, Judas mi hermano con Bartolomé. Esta semana será así. Luego daré nuevas indicaciones. Vamos a orar.

Y oran en voz alta…

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