por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La casa de Nazaret sería la más indicada para vuelos del espíritu: en ella, paz, silencio, orden. Sus piedras parecen rezumar santidad; santidad parecen exhalar los árboles del huerto; santidad parece llover del cielo sereno, su cerúlea cúpula: en realidad, emana de la mujer que en ella habita, y que se mueve ágil y silenciosa con la donosura de sus movimientos juveniles, intactos, con el paso leve que tenía cuando entró en ella después de los esponsales, y la misma sonrisa mansa que calma y acaricia.
El sol, en esta hora de la mañana, hiere el lado derecho de la casa (el que se apoya en la primera ondulación de la colina). Sólo las copas de los árboles se benefician.
Primero, los olivos plantados para sujetar con sus raíces la tierra del ribazo; los olivos que quedan, re-torcidos, robustos, los de ramas más gruesas, alzadas todas al cielo como si invocaran su bendición, o como si rezasen -también ellos-desde este lugar de paz; los olivos que quedan del olivar de Joaquín, en aquel entonces bien poblado de árboles que proseguían su paseo de peregrinos orantes hasta la campiña lejana en que el olivar y los campos terminaban en pastos, y ahora reducido a pocos árboles supervivientes en la linde de la mutilada propiedad.
Luego, se benefician el almendro y los manzanos, altos y robustos, que abren el paraguas de sus ramas para amparo del huerto. El tercero en beber los rayos del sol es el granado. La última, la higuera que da contra la casa, cuando ya el sol acaricia las bien cuidadas flores y verduras en los cuadros rectangulares y a lo largo de los setos dispuestos bajo la pérgola cargada de racimos.
Zumban las abejas, gotas de oro voladoras sobre todo lo que puede procurarles jugos dulces y perfumados. Se lanzan al asalto de una pequeña rama de madreselva, y lo mismo hacen con un seto de flores -cuyo nombre ignoro-en forma de campanillas que forman una panoja y que se están cerrando -deben ser flores nocturnas-, con un perfume intensísimo. Las abejas se apresuran a succionar en estas flores antes de que plieguen los pétalos en el sueño de la corola.
María va, ágil, de los nidos de las palomas a la fuentecilla que gotea junto a la pequeña gruta; de ésta a la casa, ocupada en sus labores. Pero, a pesar de su trabajo, encuentra la forma de admirar las flores o las palomas que danzan minués por los senderos o forman un corro de vuelos por encima de la casa y del huerto.
Vuelve a casa Judas Iscariote, cargado de plantas y esquejes.
-¡Hola, Madre! Me han dado todo lo que quería. He venido corriendo para que no padecieran. Creo que echarán raíces como la madreselva. Para el año que viene tendrás el jardín como un banasto lleno de flores. Así te acordarás del pobre Judas y de su estancia aquí -dice mientras extrae con cuidado de una bolsa unas plantas con las raíces envueltas en tierra y en hojas húmedas, y de otra bolsa unos esquejes.
-Gracias, Judas, muchísimas gracias. No puedes hacerte una idea de lo feliz que me siento por esa madreselva de la gruta. Cuando era pequeña, allí, al final de aquellos campos, que entonces eran nuestros, había una gruta todavía más bonita. Hiedras y madreselvas la vestían de ramas y flores: cortina de la gruta, protección de las minúsculas azucenas que crecían incluso dentro de ella, toda verde por el fino recamo de los adiantos. Porque allí había un manantial… En el Templo pensaba siempre en esa gruta, y te digo que cuando oraba, yo virgen del Templo, ante el Velo del Santo, no sentía a Dios más que allí; es más, tengo que decir que allí evocaba el sueño de los dulces coloquios de mi espíritu con mi Señor…
Mi José hizo que pudiera tener esta gruta, con un útil hilo de agua; pero, sobre todo, para darme la alegría de una gruta copiada de aquélla… José era bueno, hasta en las más pequeñas cosas… Y había plantado una madreselva, y la hiedra que vive todavía. La madreselva murió durante los años del exilio… luego la volvió a plantar, pero murió también, hace tres años. Ahora tú la has puesto de nuevo. Ha agarrado, ¿ves? Eres un jardinero excelente.
-Sí.
Cuando era niño me gustaban mucho las plantas. Mi madre me enseñaba a cuidarlas… Ahora, a tu lado, Madre, me siento niño de nuevo y recupero esta capacidad del pasado… por darte estas satisfacciones. ¡Eres muy buena conmigo!… responde Judas mientras trabaja, como un experto, en colocar sus plantas en los lugares más adecuados. Va junto al seto de las flores nocturnas, a poner unas marañas de raíces, que no sé si son de muguetes o de otras flores.
-Aquí están bien -dice mientras da unos golpes con una azadilla en la parte donde ha enterrado las raíces.
-No requieren mucho sol. No me las quería dar el siervo de Eleazar, pero he insistido tanto que me las ha dado.
-Tampoco le querían dar a José esas gardenias, pero trabajó sin cobrar para procurármelas. Siempre han prosperado.
-Ya está, Madre. Ahora las riego y todo irá bien.
Riega, y luego se lava las manos en la fuente.
María lo mira -tan distinto de su Hijo como es, y tan distinto del Judas de ciertas horas de agitación -, lo escudriña, piensa, se acerca a él, y, poniendo una mano en su brazo, le pregunta dulcemente:
-¿Estás mejor, Judas? Quiero decir, en tu espíritu.
-¡Oh! ¡Madre! ¡Mucho mejor! Estoy en paz. Tú misma lo puedes ver. Encuentro gusto y salvación en las cosas humildes y en estar contigo. No debería dejar jamás esta paz ni este recogimiento. Aquí… ¡qué lejos de esta casa está el mundo!… -Judas mira al huerto, a los árboles, a la casita… y termina: «Pero, si estuviera aquí, no sería nunca apóstol, y quiero serlo…».
-Aunque -créeme-sería mejor para ti ser un alma honesta que no un apóstol deshonesto. Si comprendes que el contacto con el mundo te turba, si comprendes que las alabanzas y honores del apóstol te perjudican, renuncia a ello, Judas: es mejor para ti ser un simple fiel de mi Jesús, pero un fiel santo, que no un apóstol pecador.
Judas agacha la cabeza pensativo. María lo deja con sus meditaciones y entra en la casa, a seguir sus labores.
Judas está parado un rato, luego se pone a pasear de un lado para otro bajo la pérgola. Tiene los brazos cruzados; la cabeza, baja. Piensa, piensa… y pasa a monologar y a gesticular solo… Un monólogo incomprensible; los gestos son los propios de una persona en gran contraste de ideas: parece suplicar y rechazar, o compadecerse, o maldecir algo; y pasa de una expresión interrogante a una expresión de miedo, de angustia… hasta adquirir su rostro la expresión de sus peores momentos, y, así, de repente, se para a mitad de recorrido del sendero, y se queda así un rato, con una expresión de verdadero demonio…
Luego se lleva las manos a la cara y huye al ribazo de los olivos, lejos de la vista de María, y llora con la cara escondida entre las manos, hasta que se calma; y se queda sentado con la espalda apoyada en un olivo, como aturdido…
"…Ya no es por la mañana. Toca a su fin un intenso ocaso. Nazaret abre las puertas de sus casas, que habían permanecido continuamente cerradas al despiadado calor estival del día, ¡día de oriente además! Mujeres, hombres, niños salen a los huertos o a las calles -todavía calientes pero ya no llenas de sol-en busca de aire, o a la fuente, a jugar, a conversar… en espera de la cena. Calurosos saludos, charloteo, risas y gritos, respectivamente entre hombres, mujeres y niños.
También Judas sale y se encamina hacia la fuente con los cántaros de cobre. Los nazarenos lo ven y lo señalan con el sobrenombre de "el discípulo del Templo" (cosa que llegando a los oídos de Judas suena como una música). Pasa saludando con afabilidad, pero también con un no se qué de actitud reservada que, si no llega a ser gravedad soberbia, es pariente muy cercana de ésta.
-Eres muy bueno con María, Judas -dice un nazareno muy barbado.
-Se merece esto y más. Es verdaderamente una gran mujer de Israel. Dichosos vosotros que es paisana vuestra.
La alabanza a la mujer de Nazaret seduce mucho a los nazarenos, los cuales se repiten unos a otros lo que Judas ha dicho.
Éste, entretanto, ha llegado a la fuente, y ahora espera su turno, y extiende su cortesía hasta el punto de llevarle los cántaros a una viejecita, que no acaba nunca de bendecirlo, y también hasta el punto de tomar el agua para dos mujeres que encuentran dificultad para hacerlo porque tienen en brazos a un lactante. Levantando un poco su velo, susurran:
-Que Dios te lo pague.
-El amor al prójimo es el primer deber de un amigo de Jesús -responde Judas acompañando su palabra con una inclinación de cabeza. Luego llena sus cántaros y vuelve hacia la casa.
En el camino de regreso, lo paran el arquisinagogo de Nazaret y otros y lo invitan a que el sábado siguiente hable.
-Hace más de dos semanas que estás con nosotros y tu única lección ha sido la de una gran cortesía con todos nosotros se queja el jefe de la sinagoga, que está con otros ancianos del pueblo.
-Pero, si no os resulta agradable la palabra de vuestro mayor hijo, ¿os puede complacer, acaso, la de su discípulo -la mía-, que además soy judío? -responde Judas.
-Tu desconfianza es injusta y nos entristece. Nuestra invitación es franca. Tú eres discípulo y judío, esto es verdad, pero eres del Templo; por tanto, puedes hablar, porque en el Templo hay doctrina. El hijo de José es sólo un carpintero…
-¡Pero es el Mesías!
-Lo dice Él… ¿Será verdad… o será un delirio?
-¿Y su santidad, nazarenos!? ¡Su santidad! -Judas se muestra escandalizado de la incredulidad de los nazarenos.
-Es grande. Es verdad. ¡Pero de eso a ser el Mesías!… Y además… ¿por qué habla con esa dureza?
-¿Dureza? ¡No! No me parece dureza. Más bien… sí, eso sí, es demasiado sincero e intransigente. No deja cubierta ninguna culpa, no duda en denunciar un abuso… y ello no gusta. Mete el dedo exactamente en el centro de las llagas, y eso hace daño. Pero es por santidad. ¡Sí, sin duda, sólo por santidad actúa así! Yo se lo he dicho en repetidas ocasiones: “Jesús, te perjudicas a ti mismo". ¡Pero no me quiere hacer caso!..
-Tú lo amas mucho, y además eres docto… Podrías guiarle.
-¡Oh, no, docto no!… Práctico… sí. ¡Eso… del Templo! Conozco los mecanismos. Tengo amigos. El hijo de Anás es como un hermano para mí. Es más, si queréis algo del Sanedrín, pues decídmelo… Pero ahora dejadme llevar el agua a María, que me espera para la cena.
-Vuelve después. En mi terraza hace fresco. Estaremos entre amigos y hablaremos…
-Sí. Adiós.
Judas va a casa, donde se disculpa ante María por haber tardado a causa de que lo han entretenido el arquisinagogo y los ancianos del pueblo. Y termina:
-Quisieran que hablase el sábado… El Maestro no me lo ha mandado. ¿Qué opinas, Madre? Aconséjame.
-¿Hablar con el jefe de la sinagoga… o hablar en la sinagoga?
-Las dos cosas. No quisiera hablar con ninguno, ni a ninguno, porque sé que son contrarios a Jesús, y también porque me parece sacrílego hablar donde sólo Él tiene derecho a ser Maestro. ¡Pero, han insistido tanto!…
Quieren que vaya después de cenar… Casi he dado mi palabra. Si crees que, hablando, voy a poder quitarles ese espíritu tan penoso de resistencia al Maestro, yo, aunque me resulte cosa pesada, iré y hablaré; así, como sé hacer, como pueda, tratando de ser muy longánimo con sus obcecaciones. Porque he comprendido que si uno es duro es peor. ¡No volveré a incurrir en el error de Esdrelón! ¡El Maestro se sintió muy disgustado! No me dijo nada, pero yo lo entendí. No lo volveré a hacer. Pero querría dejar Nazaret después de haberla persuadido de que el Maestro es el Mesías y que debemos creer en El y amarlo.
Judas está hablando mientras, sentado a la mesa en el sitio de Jesús, come lo que María ha preparado. Y me duele ver a Judas sentado en ese sitio, frente a María escuchándolo y sirviéndole como una madre.
Ahora ella responde:
-Estaría bien, efectivamente, que Nazaret comprendiera la verdad y la aceptara. Yo no te pongo trabas. Ve si quieres.
Nadie mejor que tú puede decir si Jesús merece amor. Piensa cuánto te ama y cómo te lo demuestra disculpándote siempre y dándote gusto siempre que puede… Que esta reflexión te dé palabras y acciones santas. La cena termina pronto.
Judas va a regar las flores del huerto antes de que la luz se nuble demasiado, y luego sale, dejando a María en la terraza ocupada en doblar la ropa que había puesto a secar. Judas, tras saludar a Alfeo de Sara y a María Cleofás, que están hablando en la puerta de la casa del primero, se dirige hacia la casa del arquisinagogo.
Además de seis ancianos, están presentes los dos primos del Señor. Después de los ampulosos saludos, se sientan todos ceremoniosamente en asientos adornados con almohadones; toman el fresco mientras beben agua anisada o de menta, que deben estar bien frescas porque la jarra metálica suda en la separación entre el líquido gélido y el aire, todavía caliente a pesar de la brisa que procede de las colinas situadas al norte de Nazaret y que mueve la cima de los árboles.
-Me alegro de que hayas aceptado venir. Eres joven. Un poco de solaz es cosa sana-dice el arquisinagogo, que se muestra lleno de atenciones para con Judas.
-No he venido antes porque temía ser inoportuno. Sé de vuestro desdén hacia Jesús y sus seguidores…
-¡Desdén! No. Estamos escépticos.., y heridos por sus… admitámoslo, ¿por qué no?… sus verdades demasiado crudas. Si no te invitábamos a venir es porque pensábamos que nos despreciabas.
-¡Despreciaros yo! ¡No! ¡Todo lo contrario! Os comprendo muy bien… ¿Cómo no? ¡Claro! Pero estoy convencido de que acabará habiendo paz entre vosotros y Él. Os trae cuenta siempre, tanto a Él como a vosotros: a Él, porque tiene necesidad de todos; a vosotros, porque no os conviene cargaros con el nombre de enemigos del Mesías.
-¿Para ti lo es verdaderamente? -pregunta José de Alfeo. No tiene nada de esa figura regia que nos ha sido profetizada. Quizás es porque nosotros lo recordamos como carpintero… Pero… ¿Dónde se ve en Él al rey liberador?
-David parecía también simplemente un zagal, y, sin embargo, como sabéis, no hubo rey más grande que David. Ni siquiera Salomón, en toda su gloria, lo igualó. Porque, en fin, Salomón siguió a David, nada más, y jamás tuvo la inspiración suya. ¡Sin embargo, David! ¡Pensad en la figura de David! Es gigantesca, de una realeza que casi toca el Cielo. David, rey y pastor, o, mejor, pastor y luego rey; Jesús, rey y carpintero, o, mejor, carpintero y luego rey.
-Hablas como un rabí. Se ve que has sido educado en el Templo -dice el arquisinagogo -¿Podrías hacer saber al Sanedrín que yo, el arquisinagogo, necesito ayuda del Templo para una cuestión privada?
-¡Pues claro! ¡Sin duda! ¡Con Eleazar! ¡Fíjate tú! ¡Y luego José el Anciano, ¿sabes?, el rico de Arimatea! ¡Y el escriba Sadoq!… Y… ¡bueno, no tienes sino que hablar y basta!
-Entonces te invito mañana a mi casa. Hablaremos.
-¿A tu casa? No. No dejo sola a esa santa y afligida mujer que es María. He venido precisamente a hacerle compañía…
-¿Qué le pasa a nuestra pariente? Sabemos que está sana y que, dentro de su pobreza, vive feliz -dice Simón de Alfeo.
-Sí. No la abandonamos. Mi madre está siempre atenta a ella. También yo y mi mujer, a pesar… a pesar de que yo, particularmente, no le puedo perdonar su debilidad para con su Hijo; ni el dolor de mi padre, que por causa de Jesús murió teniendo sólo a dos de sus hijos al pie de su cama. ¡Y luego! ¡Y luego!… Bueno, las penas de familia no se pregonan desde los tejados…-suspira José de Alfeo.
-Tienes razón. Se susurran en el rincón más apartado, vertiéndolas en un corazón amigo. ¡Pero esto sucede con muchas otras penas! Yo también tengo las mías, de discípulo… ¡Pero, es mejor que no hablemos!
-¡No, no, hablemos! ¿Qué sucede? ¿Complicaciones respecto a Jesús? No aprobamos su conducta, pero seguimos siendo parientes suyos, dispuestos a ponernos de su parte contra sus enemigos. ¡Habla! -dice José.
-¿Complicaciones? ¡No, hombre, no! Era una forma de expresarme… Además, las penas de un discípulo son muchas. No es sólo dolor por el modo como el Maestro trata con amigos y enemigos, perjudicándose a sí mismo, sino también el ver que no lo aman. Quisiera que todos vosotros le amarais…
-¿Y cómo? ¡Tú mismo lo dices! ¡Tiene un modo de hacer las cosas!… No era así cuando estaba con su Madre -dice, justificándose, el arquisinagogo -¿No es verdad, todos vosotros? Todos asienten con gravedad y hacen comentarios muy positivos del Jesús silencioso, manso, apartado, de antes. -¿Quién podía imaginarse que de aquel Jesús pudiera salir uno como es ahora? Todo casa y familia. ¿Y ahora? -dice un nazareno muy anciano.
Judas suspira:
-¡Pobre mujer!
-Bueno, ¿pero qué es lo que sabes? Habla -grita José.
-Nada que tú no sepas. ¿Crees que le guste sentirse abandonada?
-Si José hubiera vivido el tiempo que vivió vuestro padre, no habría sucedido eso -sentencia un nazareno también muy anciano.
-No lo creas, hombre. Habría sido lo mismo. ¡Cuando cuajan ciertas… ideas! -dice Judas.
Un siervo trae unas lámparas y las pone encima de la mesa, porque es una noche sin Luna, aunque el cielo sea todo un
titilar de estrellas. Junto con la luz traen otras bebidas y el arquisinagogo quiere ofrecérselas enseguida a Judas.
-Gracias. No me entretengo más. Tengo obligaciones hacia María -dice mientras se levanta. También los dos hijos de Alfeo se levantan y dicen: -Vamos contigo. Es el mismo camino… -y con exuberantes saludos el grupo se divide; se quedan con el arquisinagogo los seis ancianos.
Las calles están ya desiertas y silenciosas. De arriba de las casas baja un continuo hablar quedo de voces graves. Los niños duermen ya en sus camitas: faltan, por tanto, sus gorjeos de pajarillos alegres. Con las voces, desde lo alto de las casas más ricas, descienden leves resplandores de lámparas de aceite.
Los dos hijos de Alfeo y Judas andan unos metros en silencio, luego José se para, coge de un brazo a Judas y dice: -Mira. He comprendido que sabes algo, pero que no quieres hablar en presencia de extraños. Ahora conmigo tienes que hablar. Soy el mayor de la casa y tengo el derecho y el deber de saber todo.
-Y yo he venido con intención de decíroslo y de tutelar al Maestro, a María, a vuestros hermanos y vuestro nombre.
Es una cosa muy penosa de decir y de oír; penosísimo hacerlo. Porque parece una delación. Mirad, os ruego que me comprendáis rectamente. No es una delación. Es amor y cordura, nada más. Yo sé muchas cosas, que vosotros… bueno, la verdad es que no las ignoráis. Las sé por mis amigos del Templo. Y sé que son un peligro para Jesús y para el buen nombre de la familia. He tratado de hacérselo entender al Maestro, pero no lo he conseguido. Es más, cuanto más le aconsejo, Él actúa peor, y se busca cada vez más críticas y odios. Ello porque es tan santo, que no es capaz de comprender lo que es el mundo. En fin, es triste ver sucumbir una cosa santa por la imprudencia de su fundador.
-Pero bueno, ¿qué es? Di todo. Buscaremos el remedio. ¿Verdad, Simón?
-Ciertamente. Pero me parece imposible esto de que Jesús haga cosas imprudentes y que vayan contra su misión…
-¡Pero si este buen muchacho, que además ama a Jesús, lo dice!… ¿Ves cómo eres? ¡Siempre así! Inseguro.
Vacilante. Siempre me dejas solo en el momento decisivo. Yo contra toda la parentela. ¿Es que no tienes compasión ni siquiera de nuestro nombre y de nuestro pobre hermano, que se está destruyendo!
-¡No! ¡Destruirse, no! Pero se perjudica.
-¡Habla, habla! -insiste José, mientras Simón, perplejo, guarda silencio.
-Hablaría… pero quisiera estar seguro de que no me mencionaréis ante Jesús… Juradlo.
-Lo juramos por el santo Velo. Habla.
-No debéis hablar de lo que os voy a decir ni siquiera a vuestra madre, y mucho menos con vuestros hermanos.
-Puedes estar seguro de nuestro silencio.
-¿Guardaréis silencio también ante María? Para no causarle dolor. Es un deber también el preocuparse de la paz de esta pobre madre, como yo hago, en silencio…
-Guardaremos silencio con todos. Te lo juramos.
-Pues bien, escuchad. Jesús no se limita ya a tratar con gentiles, publicanos y meretrices, a ofender a los fariseos y a las otras personas importantes; es que ahora hace cosas verdaderamente absurdas. Fijaos que fue a tierra de filisteos y nos hizo peregrinar con un macho cabrío todo negro que le seguía. Ahora ha metido a un filisteo entre los discípulos. ¿Y antes, con aquel niño que recogió?
¿No sabéis los comentarios que hubo? Y ahora, hace pocos días, una griega, esclava y que había huido de su amo romano. Y… discursos que chocan con los conocimientos ya bien sabidos.
En definitiva, parece como si hubiera perdido el juicio. Y se perjudica. En Filistea se metió en una ceremonia de brujos y se puso a competir con ellos de tú a tú. Los venció, sí, pero… Ya hay escribas y fariseos que lo odian, así que si llegan estas cosas a sus oídos, ¿qué va a suceder? Tenéis el deber de intervenir, de impedir…
-Esto es grave, muy grave. ¿Cómo podíamos saberlo? Nosotros estamos aquí… Y ahora lo mismo, ¿cómo podremos estar al corriente!
-Y a pesar de todo tenéis que intervenir y poner freno. Su Madre es madre, y es demasiado buena. No debéis abandonarlo así. Ni por Él ni por el mundo. También eso de que sigue arrojando demonios… Circula la voz de que Belcebú está a su servicio. Juzgad vosotros si esto le puede beneficiar a no. ¡Y además… pero bueno ¿qué rey va a poder ser, si las turbas ya desde ahora se lo toman a risa o están escandalizadas?
-¿Hace realmente estas cosas? -pregunta, incrédulo, Simón.
-Preguntádselo a Él. Os dirá que sí, porque además lo considera una gloria.
-Deberías avisarnos…
-¡Lo haré, sí! Cuando vea algo nuevo, os mandaré un aviso. ¡Pero, cuidado, eh!, ¡silencio ahora y siempre con todos!
-Lo hemos jurado. ¿Cuándo te marchas?
-Después del sábado. Ya no tiene sentido seguir aquí. He hecho lo que debía.
-Te quedamos agradecidos. ¡Ya decía yo que estaba cambiado!
-Tú, hermano, no querías creerme… ¿Ves como tengo razón? -dice José de Alfeo.
-Me cuesta creerlo todavía. En fin, Judas y Santiago no son unos estúpidos. ¿Por qué no nos han dicho nada? ¿Por qué no toman medidas, si estas cosas suceden realmente? -dice Simón de Alfeo.
-No me vas a hacer ahora la afrenta de no creer en mis palabras, ¿no?! -replica Judas inmediatamente y resentido.
-¡No!.., pero… Basta. Perdona si te digo que creeré cuando vea.
-De acuerdo, pues pronto verás y tendrás que decirme: "Tenías razón". Bien, pues hemos llegado a vuestra casa. Os dejo. Dios sea con vosotros.
-Dios sea contigo, Judas. Y… oye, no hables tú tampoco con otros de esto. Por nuestro honor…
-No se lo diré ni al aire. Adiós.
Y se marcha caminando ligero. Entra tranquilo en casa y sube a la terraza, donde María, apoyadas las manos sobre su regazo, contempla el cielo repleto de astros; y con la leve luz de la lamparita, que Judas ha encendido para subir la escalera, se ven dos hilos de llanto brillando en las mejillas de María.
-¿Por qué lloras, Madre? -pregunta Judas con ansiosa premura.
-Porque tengo la impresión de que el mundo está más repleto de insidias que el cielo de estrellas. Insidias contra mi Jesús…
Judas se queda mirándola, atento y turbado.
Pero ella termina, dulcemente:
-Pero me anima el amor de los discípulos… Amad mucho a mi Jesús… amadlo… ¿Quieres estar aquí, Judas? Yo bajo a mi habitación. María Cleofás ya se ha ido a dormir, después de preparar la levadura para mañana.
-Sí. Me quedo. Se está bien aquí.
-La paz sea contigo, Judas.
-La paz sea contigo, María.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús entra en la sinagoga de Cafarnaúm, que lentamente se va llenando de fieles porque es sábado. Muy grande es el estupor al verlo. Unos a otros se lo señalan musitando comentarios. Alguno tira de la túnica a éste o a aquel otro apóstol para preguntar que cuándo han vuelto a la ciudad, porque nadie sabía que habían llegado.
-Hemos desembarcado ahora en el "pozo de la higuera" viniendo de Betsaida, para no dar ni un paso más de lo prescrito, amigo -responde Pedro a Urías el fariseo, el cual, ofendido por ver que un pescador le llama "amigo", se marcha con aire de desdén a donde están los suyos, en primera fila.
-¡No los pinches, Simón! -advierte Andrés.
-¿Pincharlos? Me ha preguntado y he respondido, diciendo incluso que hemos evitado caminar por respeto al sábado.
-Dirán que hemos trabajado con la barca…
-¡Al final dirán que hemos trabajado porque hemos respirado! ¡No seas ignorante! Es la barca la que trabaja, el viento y las olas, no nosotros yendo en barca.
Andrés se queda con la regañina y guarda silencio.
Después de las oraciones preliminares, llega el momento de
la lectura de un texto y su explicación. El jefe de la sinagoga le pide a Jesús que sea Él quien lo haga, pero Jesús señala a los fariseos y dice:
-Que lo hagan ellos.
No obstante, dado que ellos no lo quieren hacer, debe hablar Él.
Jesús lee el trozo del primer Libro de los Reyes en que se narra cómo David, traicionado por los zifitas, fue señalado a Saúl, que estaba en Guibeá. Devuelve el rollo y empieza a hablar.
-Violar el precepto de la caridad, de la hospitalidad, de la honradez, siempre es cosa reprobable. Sin embargo, el hombre no vacila en hacerlo con total indiferencia. Aquí tenemos un episodio compuesto de dos partes: esta violación y el consiguiente castigo de Dios. La conducta de los zifitas era ratera; la de Saúl no lo era menos: los primeros, viles intentando ganarse al más fuerte y sacar beneficio de él; el segundo, vil intentando eliminar al ungido del Señor: el egoísmo, por tanto, los aunaba. Y, ante la indigna propuesta, el rey falso y pecador de Israel osa dar una respuesta en que aparece nombrado el Señor: "Que el Señor os bendiga".
-¡Hacer burla de la justicia de Dios!… ¡Hacerlo habitualmente!… Demasiadas veces se invoca el Nombre del Señor y su bendición como premio o garantía de las maldades del hombre. Está escrito: "No tomarás el Nombre de Dios en vano". ¿Podrá haber algo más vano -peor: más malo-que nombrarlo para cumplir un delito contra el prójimo? Pues bien, a pesar de todo, es éste un pecado más común que ningún otro, cometido con indiferencia incluso por aquellos que ocupan siempre los primeros puestos en las asambleas del Señor, en las ceremonias y en la enseñanza. Recordad que es pecaminoso indagar, observar, prepararlo todo con la finalidad de perjudicar al prójimo; como también es pecaminoso el hacer que otros indaguen, observen y preparen todo para perjudicar al prójimo: es inducir a los demás al pecado tentándolos con recompensas o amenazándolos con represalias.
Os advierto de que es pecado; de que una conducta semejante es egoísmo y odio. Sabéis que el odio y el egoísmo son los enemigos del amor. Os lo advierto porque me preocupo de vuestras almas; porque os amo; porque no quiero que estéis en pecado; porque no quiero que Dios os castigue, como le sucedió a Saúl, el cual, mientras perseguía a David para atraparlo y matarlo, vio su tierra hollada por los filisteos.
En verdad, esto le sucederá siempre a aquel que perjudica a su prójimo. Su victoria durará cuanto la hierba del prado: crecerá pronto, y pronto se secará y será triturada por el pie indiferente de los que pasan. Sin embargo, la buena conducta, la vida honrada, parece como si tuviera dificultad en nacer y consolidarse, pero, una vez formada como hábito de vida, se hace árbol robusto y frondoso que no será descuajado por el torbellino ni abrasado por la canícula; en verdad, quien es fiel a la Ley, verdaderamente fiel, se hace árbol poderoso que no será combado por las pasiones ni quemado por el fuego de Satanás.
He dicho. Si alguien quiere decir algo más, que lo diga.
-Lo que te preguntamos es si has hablado para nosotros los fariseos.
-¿Acaso está llena de fariseos la sinagoga? Sois cuatro, la gente son muchas personas. La palabra es para todos.
-La alusión, de todas formas, es muy clara.
-¡Verdaderamente no se ha visto nunca que un indiciado -denunciado sólo por un parangón-se acuse a sí mismo! Y, sin embargo, vosotros lo hacéis. ¿Por qué os acusáis si Yo no os acuso? ¿Tenéis conciencia de actuar como he dicho? Yo no lo sé. De todas formas, si fuera así, cambiad. Porque el hombre es débil y puede pecar, pero Dios lo perdona si surge en él el arrepentimiento sincero y el deseo de no volver a pecar. Ahora bien, persistir en el mal es doble pecado, y sin perdón.
-No tenemos este pecado.
-Pues entonces no os aflijáis por mis palabras.
El incidente queda zanjado. Los himnos llenan la sinagoga. Luego parece que está para disolverse la asamblea sin más incidentes. Pero, he aquí que el fariseo Joaquín detecta la presencia de un hombre entre la masa de la gente y, con la mirada y con gestos, le obliga a pasar a la primera fila. Es un hombre de unos cincuenta años, tiene un brazo atrofiado, mucho más pequeño que el otro -también la mano-porque la atrofia ha destruido los músculos. Jesús lo ve, y ve también todo el montaje que han hecho para que lo viera. En su rostro se dibuja un gesto de disgusto y compasión; es una expresión casi instantánea, pero muy clara. No obstante, no desvía el golpe, sino que afronta con firmeza la situación.
-Ven aquí al medio -ordena al hombre.
Una vez que lo tiene delante, se vuelve a los fariseos y dice:
-¿Por qué me tentáis? ¿No acabo de hablar contra la insidia y el odio? ¿No acabáis de decir: "No tenemos este pecado"? ¿No respondéis? Responded al menos a esto: ¿Es lícito hacer el bien o el mal en día de sábado? ¿Es lícito salvar o quitar la vida? ¿No respondéis? Responderé por vosotros, en presencia de todos los ciudadanos, los cuales juzgarán mejor que vosotros porque son sencillos y no tienen ni odio ni soberbia. No es lícito hacer ningún trabajo en día de sábado. Pero, de la misma forma que es lícito orar, también es lícito hacer el bien, porque el bien es oración, mayor que los himnos y salmos que hemos cantado.
Sin embargo, ni en día de sábado ni los otros días es lícito hacer el mal. Y vosotros habéis hecho el mal, trajinando para poder tener hoy aquí a este hombre, que ni siquiera es de Cafarnaúm, que le habéis hecho venir desde hace dos días porque sabíais que Yo estaba en Betsaida e intuíais que vendría a mi ciudad. Lo habéis hecho para ver cómo acusarme. Actuando así, cometéis también otro pecado, el de matar vuestra alma en vez de salvarla. Por mi parte, os perdono. Respecto a este hombre, no defraudaré su fe.
Le habéis hecho venir diciéndole que lo iba a curar, mientras que lo que queríais era ponerme una trampa. A él no se le puede culpar, porque ha venido aquí con la única intención de quedar curado. Pues bien, así sea. Hombre: extiende tu mano y ve en paz.
El hombre obedece y su mano queda sana, igual que la otra. La usa enseguida para coger la orla del manto de Jesús y besarla, y decir:
-Tú sabes que desconocía la verdadera intención de éstos. Si la hubiera conocido, no habría venido; hubiera preferido quedarme con la mano seca, antes que servir contra ti. Por tanto, no te enojes conmigo.
-Ve en paz, hombre. Yo sé la verdad. Respecto a ti, no siento sino benevolencia.
La gente sale comentando estas cosas. El último en salir es Jesús con los once apóstoles.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Por un terreno ondulante de colinas en que serpentea el camino que conduce a Nazaret, aprovechando las sombras de las matas de olivos y de distintos árboles frutales diseminadas por esta región cultivada y fértil, Jesús regresa hacia su ciudad.
Cuando llega al cruce con el camino de Tolemaida, se detiene y dice:
-Detengámonos aquí, en esta casa, donde ya he estado otras veces. Vamos a reponer fuerzas. Así, mientras el Sol recorre su camino, estaremos juntos antes de separarnos de nuevo: nosotros iremos hacia Tolemaida; mi Madre y María, a Nazaret; Juan con Hermasteo, a Sicaminón.
Van, atravesando un olivar, en dirección a una casa de campesinos, ancha y baja, adornada con la indefectible higuera, enguirnaldada con los festones de una parra que extiende sus ramas escalera arriba y luego por la terraza.
-Paz a vosotros. Aquí estoy nuevamente.
-Ven, Maestro. Tu presencia siempre es bien recibida. Dios te dé esa misma paz, a ti y a los tuyos -responde un hombre anciano que en ese momento estaba cruzando el patio con una brazada de haces de leña. Luego llama: « ¡Sara!
¡Sara! Está aquí el Maestro con sus discípulos. ¡Añade harina a tu pan!».
Sale de una habitación una mujer, toda blanca de harina (la estaba cribando, porque tiene en la mano todavía la criba con el moyuelo), y se arrodilla, sonriendo, delante de Jesús.
-Paz a ti, mujer. He traído conmigo a mi Madre, como te había prometido. Es ésta. Y ésta es su cuñada, madre de Santiago y Judas. ¿Dónde están Dina y Felipe?
La mujer saluda a las dos Marías y luego responde:
-Dina ha tenido ayer a su tercera hija. Estamos un poco tristes porque no se nos concede un nieto. De todas formas, contentos, ¿no es verdad, Matatías?
-Sí, porque es una niña muy guapa, y en todo caso lleva nuestra misma sangre. Te la daremos a conocer. Felipe ha ido a buscar a Ana y a Noemí a casa de sus padres. Volverá pronto.
La mujer vuelve a su pan mientras el hombre, después de colocar en el horno los haces de leña, se preocupa de los recién llegados: les procura sillas; leche acabada de ordeñar para los que la desean; o, para el que lo prefiere, fruta y aceitunas.
La habitación de la planta baja -muy espaciosa, abierta por el frente y la trasera de la casa, con sus dos puertas situadas a la sombra de la grande higuera y de un alto seto cubierto de flores estrelladas, especie de girasoles por la forma, pero de corola no tan gigantesca es fresca y umbría. Una luz esmeraldina entra en la espaciosa estancia: gran alivio de los ojos fatigados a causa del exceso de sol. Hay bancos y mesas en esta espaciosa habitación, que es quizás donde las mujeres hilan y tejen y los hombres arreglan los aperos de labranza o guardan las reservas de harina y fruta, a juzgar por las viguetas llenas de ganchos y, a lo largo de las paredes, las tablas apoyadas en gruesas repisas, además de los largos arquibancos. Colgados en las paredes encaladas, esponjosos copos de lino o cáñamo parecen trenzas despeinadas, y un trozo de tela rojo fuego, extendido encima de un telar que ha quedado destapado, parece alegrar toda la habitación con su color alegre y pomposo.
Vuelve la dueña de la casa, que ha terminado de elaborar el pan, y pregunta a los peregrinos si quieren ver a la recién nacida.
Jesús responde:
-La voy a bendecir, ciertamente.
María, por su parte, se levanta y dice:
-Voy a saludar a la madre.
Salen todas las mujeres.
-Se está bien aquí» dice Bartolomé (se le ve muy cansado).
-Sí. Hay sombra y silencio. Al final nos dormiremos -confirma Pedro, ya medio adormilado.
-Dentro de tres días estaremos, y bastante tiempo, en nuestras casas. Descansaréis, porque evangelizaréis en los aledaños -dice Jesús.
-¿Y Tú?
-En general no me moveré de Cafarnaúm, salvo algunas veces que estaré en Betania. Evangelizaré a los que vengan. Luego, para la luna de Tisrí, de nuevo a caminar. Y todos los días, acabada la jornada, seguiré mejorándoos…
Jesús calla, porque ve que el sueño hace inútiles sus palabras. Sonríe meneando la cabeza mientras observa a este grupo de personas vencidas por el cansancio, que en posturas más o menos cómodas duermen con verdaderas ganas.
El silencio de la casa y la solana son completos. Parece un lugar encantado. Jesús sale a la puerta cercana al seto de las flores, y mira, a través de sus ramas, las suaves colinas galileas, grises todas por los olivos inmóviles.
Un ligero rumor de pasos y un gritito débil de recién nacido suenan por encima de su cabeza. Jesús alza la cara y sonríe a su Madre, que está bajando y trae en sus brazos un bulto blanco del que sobresalen tres cositas rosáceas: una cabecita y dos manitas gesticulantes.
-¡Mira, Jesús, qué niña tan bonita! Se asemeja un poco a ti cuando tenías un día. Eras tan rubio, que se hubiera dicho que no tenías pelo, a no ser porque ya destacaba formando leves rizos, como un copo de nube; respecto al color, eras también así, como una rosa. Y… mira, mira, está abriendo los ojitos y busca el pecho; mira, con esta sombra, tiene tus ojos azul oscuros…
¡Tesoro! ¡No tengo leche, pequeñita, rosita, tortolita mía! -y la niña, acunada por la Virgen, calma su vagido, hace arrullos, como una tortolita, y se duerme.
-Mamá, ¿hacías lo mismo conmigo? -pregunta Jesús al ver a su Madre acunando a la niña con la cara apoyada en la cabecita rubia.
-Sí, Hijo. Te decía "corderito mío". ¿Es bonita, verdad?
-Muy bonita, y robusta. ¡Bien contenta puede estar la madre! -confirma Jesús, que está también encorvado observando el sueño de la inocente.
-Pues no está contenta… El marido está enfadado porque todos los hijos son niñas.
-Es verdad que con las tierras que tenemos son mejores los niños. Pero nuestra hija no tiene la culpa… -suspira la dueña de la casa, que acaba de llegar.
-Son jóvenes. Que se amen, y tendrán también niños -dice con seguridad el Señor. -Ahí está Felipe… Pondrá ceño… -murmura turbada la mujer.
Y, más fuerte, dice:
-¡Felipe, está aquí el Rabí de Nazaret!
-Me alegro mucho de verlo. La paz sea contigo, Maestro.
-Y contigo, Felipe. He visto a tu bonita niña. Es más, todavía la estoy mirando porque verdaderamente despierta admiración. Dios te bendice con hijos guapos, sanos y buenos. Debes sentirte muy agradecido a Él… ¿No respondes? Pareces preocupado…
-¡Esperaba un niño!
-¿No querrás decirme ya que eres injusto, acusando a esta inocente de ser niña, no? ¿Y, menos aún, que eres duro con tu mujer, no? -pregunta Jesús en tono severo.
-¡Yo quería un niño, por el Señor y por mí! -exclama, resentido, Felipe.
-¿Y piensas obtenerlo siendo injusto y, rebelde? ¿Has leído, acaso, el pensamiento de Dios? ¿Eres más que El, como para decirle: "Haz esto, que es lo justo"? Esta mujer, por ejemplo, discípula mía, no tiene hijos. Y, a pesar de todo, me dice: "Bendigo esta esterilidad que me pone alas para seguirte". Y ésta, madre de cuatro varones, desea que dejen de ser suyos los cuatro. ¿Verdad, Susana y María? ¿Las oyes? ¿Y tú, casado desde hace pocos años con una mujer fecunda, bendecido con tres capullos de rosa que piden tu amor, estás enfadado? ¿Con quién? ¿Por qué? ¿No quieres decirlo? Pues lo digo Yo: porque eres un egoísta.
Corta enseguida tu resentimiento. Abre tus brazos a esta criatura nacida de ti y ámala. ¡Venga! ¡Tómala en tus brazos! -y Jesús coge el pequeño amasijo de ropa y se lo pone al joven padre en los brazos. Jesús añade: «Ve donde tu mujer, que está llorando. Dile que la quieres. Si no, Dios verdaderamente no te dará jamás un varón. Te lo aseguro. ¡Ve! …
El hombre sube a la habitación donde está su esposa.
-¡Gracias, Maestro! -susurra la suegra -Se le veía muy cruel desde ayer…
Pasan unos minutos y el hombre vuelve. Dice:
Lo he hecho, Señor. La mujer te da las gracias. Dice que te pregunte el nombre de la pequeñuela, porque… porque le había destinado un nombre demasiado feo por mi injusto odio…
-Llámala María. Ha bebido el llanto amargo junto con su primera gota de leche, también amarga por tu dureza. Puede llamarse María. Y María la amará, ¿verdad, Madre?
-Sí, pobre criatura. ¡Tan bonita como es! Será, sin duda, buena.
-Será una estrellita del Cielo.
Vuelven a la habitación de antes. Los apóstoles todavía duermen profundamente, menos Judas Iscariote, que parece muy preocupado.
-¿Me querías para algo, Judas? -pregunta Jesús.
-No, Maestro; pero no logro dormir. Quisiera salir un poco.
-¿Quién te lo prohíbe? Yo también salgo. Voy a subir a aquella loma llena de sombra… Voy a descansar haciendo oración. ¿Quieres venir conmigo?
-No, Maestro. Te molestaría, porque no estoy en condiciones de orar. Quizás… quizás no me siento bien y por eso estoy inquieto…
-Quédate entonces. No obligo a nadie. Adiós. Adiós,
mujeres. Madre, cuando se despierte Juan de Endor, dile que vaya a verme, que vaya solo.
-Sí, Hijo. La paz sea contigo.
Jesús sale. María y Susana se detienen a mirar la tela que está encima del telar. María se sienta y pone las manos en su regazo, con la cabeza un poco baja; quizás está orando también. María de Alfeo pronto se cansa de mirar el trabajo del telar, se sienta en el rincón más oscuro y se queda pronto dormida. Susana juzga conveniente hacer lo mismo.
Quedan despiertos María y Judas. Ella, toda recogida en sí misma; él, mirándola con los ojos bien abiertos, sin apartar de ella su mirada. Finalmente se levanta y se acerca sin hacer ruido. No sé por qué, pero, a pesar de su indiscutible belleza, me hace pensar en un felino o en una serpiente acercándose a su víctima. Quizás es la antipatía que siento por él lo que me hace ver artero y cruel hasta su paso… Llama en voz baja:
-¡María!
-¿Qué quieres de mí, Judas? -pregunta dulcemente María, mientras lo mira con sus ojos dulcísimos.
-Quisiera hablar contigo…
-Habla. Te escucho.
-Aquí no… No quisiera que me oyeran… ¿Te importa salir un poco? También afuera hay sombra…
-Bien, vamos. De todas formas, como ves, aquí están todos dormidos… podías hablar también aquí -dice la Virgen. Pero se levanta y sale antes que Judas, y se pone junto al alto seto de flores.
-¿Qué quieres de mí, Judas? -vuelve a preguntar mientras fija agudamente su mirada en el apóstol, el cual se turba un poco y muestra dificultad en encontrar las palabras -¿Te sientes mal? ¿Has hecho algo malo y no sabes cómo decirlo? ¿Te ves a las puertas de hacer algo malo y te pesa confesar que te sientes tentado? Habla, hijo.
De la misma forma que cuidé tu carne, cuidaré tu alma. Dime lo que te turba y, si puedo, te tranquilizaré. Si no puedo sola, se lo diré a Jesús. Aunque hubieras pecado mucho, te perdonará si pido perdón para ti. La verdad es que también Él te perdonaría enseguida… Pero, quizás, ante Él, que es el Maestro, te avergüenzas. Yo soy una madre… No infundo sentimiento de vergüenza…
Sí, no haces sentir vergüenza porque eres madre y además muy buena. Eres verdaderamente la paz entre nosotros. Yo… yo me siento muy turbado. Tengo un pésimo carácter, María. No sé lo que tengo en la sangre y en el corazón… De vez en cuando no sé dominarlos… en esos momentos, haría las cosas más extrañas… y las peores cosas».
-¿No logras resistir al que te tienta ni siquiera al lado de Jesús?
-No. Créeme que sufro por ello. Pero es así. Soy un desdichado.
-Oraré por ti, Judas.
-No es suficiente.
-Pondré a orar -sin decir por quién es la oración que solicito-a los justos.
-No es suficiente.
-Pondré a orar a los niños. A mi casa vienen muchos. Vienen a mi huerto, como pajarillos en busca de trigo. El trigo son las caricias y las palabras que les doy. Hablo de Dios… Y ellos, inocentes, prefieren esto antes que los juegos y las fábulas. La oración de los niños es grata al Señor.
-¡Nunca tanto como la tuya! Pero… no, no es suficiente.
-Le diré a Jesús que pida por ti al Padre».
-Tampoco es suficiente
-Pero, si más ya no hay! La oración de Jesús vence incluso a los demonios…
-Sí. Pero Jesús no oraría siempre, y yo volvería a ser yo… Jesús lo dice siempre-un día se irá. Tengo que preocuparme de cuando me falte Él. Jesús ahora nos quiere enviar a evangelizar. Me da miedo ir a sembrar la palabra de Dios acompañado por este enemigo mío que soy yo mismo. Quisiera estar ya formado para este momento.
-Pero, hijo mío, si ni siquiera puede hacerlo Jesús, ¿quién va a poder?
-¡Tú, Madre! Déjame estar un poco de tiempo contigo. Si han estado contigo paganos y meretrices, yo también puedo. Si no quieres que esté en tu casa por la noche, iré a dormir a casa de Alfeo o María de Cleofás, pero pasaré el día contigo y los niños. Las veces pasadas he tratado de actuar solo y he empeorado las cosas. Si voy a Jerusalén, tengo demasiados amigos malos, y, en las condiciones en que me encuentro cuando se apodera de mí esto, soy un juguete en sus manos…
Si voy a otra ciudad, es igual. La tentación del camino se enciende en mí además de la que ya tengo. Si voy a Keriot a casa de mi madre, me esclaviza la soberbia. Si voy a un lugar solitario, el silencio me tortura con las voces de Satanás. Pero… en tu casa… ¡oh!… ¡contigo presiento que será distinto!… ¡Déjame que vaya! ¡Dile a Jesús que me lo conceda! ¿Quieres que me pierda? ¿Tienes miedo de mí? Me miras con la mirada de una gacela herida sin fuerzas para seguir huyendo de sus perseguidores. No, no te causaré ningún daño. Yo también tengo una madre, y… y te quiero más que a ella. ¡María, ten piedad de un pecador! Mira, lloro a tus pies… Si me rechazas, puede significar mi muerte espiritual… -y Judas se echa realmente a llorar a los pies de María, que lo mira con una mirada de piedad y angustia, y de miedo; está palidísima.
No obstante, da un paso hacia delante, porque estaba casi hundida en el seto, para alejarse de Judas que se le estaba acercando demasiado, y pone una mano en el pelo moreno del Iscariote.
-¡Calla! ¡Que no te oigan! Hablaré con Jesús. Si Él acepta, vendrás a mi casa. No me preocupo del juicio del mundo. No lesiona mi alma. Sólo me puede causar horror ser culpable yo ante Dios. La calumnia me deja indiferente. De todas formas, no me calumniarán, porque Nazaret sabe que su hija no es escándalo de su ciudad. Además… ¡que pase lo que pase!… lo que me preocupa es que te salves en tu espíritu. Voy donde Jesús. Queda en paz.
Se emboza en su velo, blanco como el vestido, y se echa a andar, ligera, por el sendero que conduce a una loma poblada de olivos.
Busca a su Jesús y lo encuentra absorto en profunda meditación.
-Hijo, soy yo… Escucha.
-¡Oh, Mamá! ¿Vienes a orar conmigo? ¡Qué alegría, qué consuelo me das!
-¿Qué, Hijo mío? ¿Sientes tu espíritu cansado? ¿Estás triste? ¡Díselo a tu Madre!
-Sí, cansado, tú lo has dicho, y afligido. No tanto por el cansancio y las miserias que veo en los corazones, cuanto porque veo que mis amigos no cambian. Pero no quiero ser injusto con ellos. Uno sólo me produce cansancio, Judas de Simón…
-Hijo, venía a hablarte de él…
-¿Ha hecho algo malo? ¿Te ha adolorado?
-No. Pero me ha causado la pena que me causaría el ver a una persona muy corrompida… ¡Pobre hijo! ¡Qué enfermo está en su espíritu!
-¿Sientes compasión de él? ¿Ya no te da miedo? Antes sí…
-Hijo mío, mi compasión supera a mi miedo. Quisiera ayudaros a ti y a él a salvar su espíritu. Tú lo puedes todo, no tienes necesidad de mí; pero dices que todos deben cooperar con el Cristo en la redención… ¡Y este hijo está tan necesitado de redención!…
-¿Qué más debo hacer de lo que ya hago por él?
-Tú no puedes hacer más. Pero podrías dejarme intentarlo a mí. Me ha rogado que le permita estar en nuestra casa porque le parece que así podrá liberarse de su monstruo… ¿Meneas la cabeza? ¿No quieres? Bien, se lo diré…
-No, Mamá. No es que no quiera. Meneo la cabeza porque sé que es inútil. Judas es como uno que se está ahogando y que, a pesar de ver que se está ahogando, rechaza por orgullo la soga que le echan para sacarlo a la orilla. No tiene la voluntad de venir a la orilla. De vez en cuando, sintiendo el terror de ahogarse, busca y pide ayuda, se agarra a la soga… pero luego, por el orgullo, suelta la ayuda, la rechaza, quiere salir él solo… y se hace cada vez más pesado a causa del agua fangosa que traga. Pero, para que no se diga que he dejado una posibilidad sin intentar, hágase esto también, pobre Mamá mía… Sí, pobre Mamá, que te sometes, por amor a un alma, al sufrimiento de tener a tu lado a una persona… que te da miedo.
-No, Jesús, no digas eso. Soy una pobre mujer, porque todavía estoy sujeta a antipatías. Regáñame. Lo merezco.
No debería sentir repulsión por ninguna persona, por tu amor. Pero ésa es mi pobreza, sólo ésa. ¡Ah, si pudiera devolverte a Judas espiritualmente curado! Darte un alma es darte un tesoro, y quien da un tesoro no es pobre.
¡Hijo!… ¡Voy y le digo a Judas que das tu consentimiento? Dijiste: "Día llegará en que dirás: “¡Qué difícil es ser la Madre del Redentor!". Ya lo he dicho una vez…por Áglae… Pero, ¿qué es una vez! ¡La Humanidad son muchos!… Y Tú eres Redentor de todos. ¡Hijo!… ¡Hijo!… De la misma forma que te llevé a la pequeñuela en mis brazos para que la bendijeras, deja que te traiga en mis brazos a Judas para que lo bendigas…
-Mamá… Mamá… Judas no te merece.
-Jesús mío, cuando no te decidías a entregar a Margziam a Pedro, te dije que sería un bien para él. No puedes decir que Pedro no se haya renovado desde ese momento… Déjame ocuparme de Judas.
-De acuerdo. Hágase como deseas. ¡Bendita seas, por tu intención amorosa por mí y por Judas! Ahora vamos a orar juntos, Mamá. ¡Es tan dulce orar contigo!…
… Acaba de empezar el alba cuando veo que salen de la casa en que se habían alojado.
Juan de Endor y Hermasteo se despiden de Jesús nada más
llegar al camino. María, por su parte, con las mujeres, prosigue junto con su Hijo por un camino que se abre paso entre los olivares de las colinas. Van hablando, naturalmente, también de los hechos de ese día.
Pedro dice:
-¡Qué loco ese Felipe! ¡A punto de repudiar a su mujer y a su hija, si no te hubieras metido a hacerlo razonar.
-Esperemos que le dure el arrepentimiento de ahora y que no le dé enseguida de nuevo la locura de la aversión hacia las mujeres. En el fondo, si el mundo va adelante, es por las mujeres -dice Tomás, y muchos se echan a reír por la ocurrencia.
-Cierto. Es verdad. Pero su condición impura es mayor que la nuestra y… -responde Bartolomé.
-¡Venga ya, hombre! ¡Si nos referimos a impureza!… Nosotros tampoco somos ángeles. Lo que quisiera saber es si después de la Redención seguirá siendo así para la mujer. Nos enseñan a honrar a nuestra madre, a tener el máximo respeto para con nuestras hermanas, o las hijas, o las tías, las nueras, las cuñadas… y luego… ¡anatemas a diestro y siniestro! En el Templo, no; estar con ellas muchas veces, no… ¿Que pecó Eva? De acuerdo. También pecó Adán. Dios dio a Eva su castigo, y bien severo; ¿no es suficiente?
-Pero, hombre, Tomás, si hasta Moisés la considera impura.
-Moisés, que si no hubiera sido por las mujeres se hubiera ahogado… Mira, escúchame un momento por favor, Bartolme, mira, te recuerdo, a pesar de no ser docto como tú sino sólo un batihoja, que Moisés cita las impurezas físicas de la mujer para que la respetemos, no para condenarla.
La discusión se incrementa.
Jesús, que iba delante, precisamente con las mujeres y con Juan y Judas Iscariote, se para, se vuelve e interviene:
-Dios tenía ante sí un pueblo moral y espiritualmente deforme, contaminado por sus contactos con idólatras.
Quería convertirlo en un pueblo fuerte en lo físico y espiritual. Dio como preceptos las normas saludables para la fortaleza física y para la honestidad de costumbres. No podía hacer otra cosa para frenar la concupiscencia del varón, para que los pecados por que fue sumergida la tierra y fueron quemadas Sodoma y Gomorra no se repitieran. En el futuro, la mujer redimida no vivirá esta opresión que vive ahora. Seguirán existiendo las prohibiciones dictadas por la prudencia física, pero los obstáculos que encuentra para acercarse al Señor quedarán eliminados. Yo ya los elimino, para preparar a las primeras sacerdotisas del tiempo futuro.
-¿Pero habrá mujeres sacerdotes!? -pregunta, atónito, Felipe.
-No me entendáis mal. No serán sacerdotisas como los hombres, no consagrarán, no administrarán los dones de Dios (los que por ahora no podéis conocer); pero sí pertenecerán lo mismo a la clase sacerdotal, cooperando con los sacerdotes de muchas maneras para el bien de las almas.
-¿Van a predicar? -pregunta, incrédulo, Bartolomé.
-Como ya predica mi Madre.
-¿Van a hacer peregrinajes apostólicos? -pregunta Mateo.
-Sí, y llevarán la Fe muy lejos, y -tengo que decirlo-con más heroísmo que los hombres.
-¿Van a hacer milagros? -pregunta, riendo, el Iscariote.
-Alguna hará también milagros. De todas formas, no os baséis en los milagros como si fuera lo esencial. Las mujeres santas harán también muchos milagros de conversiones con la oración.
-¡Mmm… las mujeres rezar hasta el punto de hacer milagros! -Natanael.
-No seas cerrado, como un escriba, Bartolomé. ¿Qué concepto tienes de la oración?
-Dirigirse a Dios con las fórmulas que sabemos.
-Es eso y más. La oración es la conversación del corazón con Dios, y debería ser el estado habitual del hombre. La mujer, por su vida más retirada que la nuestra, y porque tiene una facultad afectiva más fuerte que la nuestra, tiene más predisposición que nosotros para esta conversación con Dios. En ella encuentra consuelo de sus dolores, alivio de sus fatigas -que no son sólo las de la casa y las de engendrar, sino también el soportarnos a nosotros los hombres-, encuentra aquello que enjuga sus lágrimas y devuelve la sonrisa a su corazón. Porque la mujer sabe hablar con Dios, y sabrá hacerlo todavía mejor en el futuro.
Los hombres serán los gigantes de la doctrina; las mujeres serán siempre las que con su oración sostengan a los gigantes y al mundo, porque, efectivamente, por sus oraciones se evitarán muchas desventuras y muchos castigos quedarán suspendidos. Así pues, harán milagros, por lo general invisibles, conocidos sólo por Dios, pero no por ello irreales.
-También Tú hoy has hecho un milagro invisible, pero real, ¿no es verdad, Maestro? -pregunta Judas Tadeo.
-Sí, hermano.
-Mejor hubiera sido hacerlo visible -observa Felipe.
-¿Querías que transformara a la pequeña en un niño? El milagro en realidad es una alteración del destino de las cosas, por tanto es un benéfico desorden, que Dios concede para complacer la oración del hombre y mostrarle así que lo ama, o para persuadir de que Él es el que es. Pero, dado que Dios es orden, no viola de forma exagerada el orden. La niña ha nacido mujer y mujer seguirá siendo.
-¡Me sentía muy apenada esta mañana!» suspira la Virgen.
-¿Por qué? La niña despreciada no era tuya -dice Susana.
Y añade:
-Yo, cuando veo alguna desgracia en un niño, digo: "¡Menos mal que no tengo niòos!"
-No digas eso, Susana. Eso no es caridad. También yo podría decirlo, porque mi única Maternidad ha trascendido las leyes naturales. Pero no lo digo, porque siempre pienso: "Si Dios no hubiera querido que fuera virgen, quizás esa semilla habría caído en mí y sería la madre de ese infeliz", y así tengo compasión de todos… Porque digo: "Podría haber sido hijo mío", y, como madre, querría que todos fueran buenos, que estuvieran sanos, que fueran amados y merecedores de amor, porque eso es lo que desean las madres para sus hijos -responde dulcemente María. Y Jesús la mira con unos ojos tan radiantes, que parece vestirla de luz.
-Por eso tienes compasión de mí… -dice el Iscariote en voz baja.
-De todos. Aunque se tratara del asesino de mi Hijo, porque pienso que sería el más necesitado de perdón… y de amor, porque, sin duda, todos lo odiarían.
-Mujer, tendrías que empeñarte mucho en defenderlo para darle tiempo de convertirse… Yo sería el primero en quitarlo de enmedio… -dice Pedro.
-Hemos llegado al lugar de la despedida. Madre, Dios sea contigo. Y contigo, María. También contigo, Judas.
Se besan. Jesús añade:
-Recuerda que te he concedido una cosa muy grande, Judas. Haz que sea un bien para ti, no un mal. Adiós.
Y Jesús, los once restantes y Susana, van, ligeros, hacia oriente, mientras María, la cuñada de María y el Iscariote siguen recto.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Todavía no ha surgido del todo la aurora. Jesús está erguido en medio del devastado huerto de Doras: una serie de árboles muertos, o próximos a la muerte, muchos de ellos ya abatidos o arrancados. Alrededor de Jesús están los campesinos de Doras y de Jocanán y los apóstoles, parte en pie, parte sentados en los troncos abatidos. Jesús empieza a hablar:
-Un nuevo día, una nueva despedida. No soy Yo el único que se marcha, también vosotros partís (si no materialmente, sí moralmente), porque pasáis a otro patrón. Viviréis unidos a otros campesinos buenos y píos.
Formaréis una familia en que podréis hablar de Dios y de su Verbo sin tener que recurrir a subterfugios para hacerlo. Sosteneos en la fe unos a otros, ayudaos mutuamente, sed indulgentes unos con otros en los defectos personales de cada uno, edificaos recíprocamente.
Esto es amor. Ayer noche, si bien de forma distinta, habéis oído por boca de mis apóstoles cómo el amor contiene la salvación. Simón Pedro, con palabras sencillas y buenas, os ha hecho reflexionar sobre cómo el amor transforma la naturaleza pesada en naturaleza sobrenatural. Y os ha hablado de cómo el amor, de una persona que sin él puede acabar corrompida o siendo un corruptor (cual animal matado que no se asa), o, cuanto menos, un inútil (cual leña que empieza a pudrirse en el agua y no sirve para hacer fuego), de esa persona, dijo, puede hacer un hombre que viva en el ambiente de Dios (por tanto, un ser que deja la corrupción y se hace útil para el prójimo).
Porque, creedlo, hijos, la gran fuerza del universo es el amor. Nunca me cansaré de decirlo. Todas las catástrofes de la Tierra provienen de la falta de amor, empezando por la muerte y las enfermedades, que nacieron de la falta de amor de Adán y Eva hacia el Señor altísimo. Porque el amor es obediencia. El que no obedece es un rebelde. El rebelde no ama a aquel contra el cual se rebela. Pero, no sólo esto, sino que ¿de dónde provienen también las otras catástrofes generales como las guerras, o individuales como la destrucción de una o dos familias rivales? Del egoísmo, que es falta de amor. Y, con la destrucción de las familias, vienen también ruinas materiales por castigo de Dios. Porque Dios, antes o después, castiga a quien vive sin amor.
Sé que por aquí circula la leyenda -y por ella algunos me odian, otros me miran con corazón temeroso, o me invocan cual nuevo castigo, o me soportan por miedo a una punición, sé que circula la leyenda de que fue mi mirada la que acarreó la maldición a estos campos. No, no fue mi mirada, sino el castigo del egoísmo de un hombre injusto y cruel. ¡Si mis miradas tuvieran que agostar las tierras de todos los que me odian, en verdad poco verde quedaría en Palestina!
Nunca vengo las ofensas contra mí; pero, eso sí, paso al Padre a aquellos que obstinadamente persisten en su pecado de egoísmo para con el prójimo y que, sacrílegamente, se burlan del precepto, y que, cuantas más palabras se les dice para persuadirlos, cuantas más obras, junto a las palabras, se hacen para convencerlos en orden al amor, más crueles son. Siempre estoy dispuesto a levantar mi mano para decir a quien se arrepiente: "Yo te absuelvo. Ve en paz". Pero no ofendo al Amor condescendiendo con la dureza inconvertible. Tened siempre presente esto, para ver las cosas en su luz exacta e impugnar las leyendas, las cuales, provengan de veneración o de miedo iracundo, son siempre distintas de la verdad.
Ahora pasáis a otro patrón, pero no dejáis estas tierras que, en el estado en que se encuentran, parece locura cuidar. Pues bien, no obstante, os digo: cumplid en estas tierras vuestro deber. Hasta ahora lo habéis cumplido por miedo a los castigos humanos. Seguid haciéndolo, aun sabiendo que no seréis tratados como antes. Es más, os digo: cuanta más humanidad se use con vosotros, mayor habrá de ser la alegre diligencia con que trabajéis, para devolver, con el trabajo, humanidad a quien humanidad os dé.
Porque, si bien es verdad que los jefes deben ser humanos para con sus subordinados -recordando que todos somos de un mismo linaje y que, verdaderamente, todo hombre nace desnudo de una manera y muere y se convierte en podredumbre de una manera, tanto el pobre como el rico; recordando que las riquezas son obra no de quien las posee sino de los que para ellos las han atesorado, con honradez o sin ella; recordando que no hay que gloriarse de ellas ni avasallar por ellas, sino, más bien, usándolas con amor, discreción y justicia, hacer de las riquezas algo bueno también para los demás, para que nos mire sin severidad el verdadero Dueño, que es Dios, y que no se compra con talentos de oro ni se seduce con joyas, sino que antes al contrario su amistad se conquista con las buenas acciones, nuestras buenas acciones-, si bien es cierto esto, no es menos cierto que los siervos tienen el deber de ser buenos con sus jefes.
Haced con sencillez y buena voluntad la voluntad de Dios, que quiere para vosotros esta humilde condición. Ya sabéis la parábola del rico Epulón. Como veis, en el Cielo, no recibe premio el oro sino la virtud. La virtud y la sumisión a la voluntad divina hacen a Dios amigo del hombre. Sé que es muy difícil ser siempre capaces de ver a Dios a través de las obras de los hombres. En lo bueno es fácil. En lo malo es difícil, porque puede inducir al ánimo a pensar que Dios no es bueno. Vosotros superad el mal que sufrís de manos del hombre tentado por Satanás; al otro lado de esta barrera que cuesta lágrimas, ved la verdad del dolor y su belleza. El dolor viene del Mal.
Pero, Dios, no pudiendo abolirlo porque la fuerza del Mal existe, y siendo ensaye del oro espiritual de los hijos de Dios, le obliga a extraer de su veneno el jugo de una medicina que da vida eterna: porque el dolor, con su mordiente, inocula en los buenos reacciones tales, que los espiritualizan cada vez más y los hacen santos.
Sed, pues, buenos, respetuosos, dóciles. No juzguéis a vuestros jefes. Ya tienen quien los juzga. Querría que quien manda sobre vosotros se hiciera justo, para que os hiciera más fácil el camino y para darle a él vida eterna. Mas debéis tener presente que cuanto más penoso es el cumplimiento del deber, mayor es el mérito a los ojos de Dios. No tratéis de robarle al amo. El dinero robado no enriquece; el fruto de la tierra arrebatado con fraude no quita el hambre. Tened puros las manos, los labios y el corazón.
Entonces celebraréis vuestros sábados y vuestras fiestas de precepto con gracia a los ojos del Señor, aunque estéis sujetos a la gleba. Verdaderamente vuestro esfuerzo tendrá más valor que no la hipócrita oración de los que van a cumplir el precepto para ser alabados por la gente, contraviniendo en realidad el precepto al desobedecer a la Ley, que dice que debes cumplir tú y cuantos viven en tu casa el precepto del sábado y de las solemnidades de Israel. Porque la oración no está en la acción sino en el sentimiento. Y, si vuestro corazón ama a Dios con santidad, en toda contingencia, cumplirá los ritos del sábado y las fiestas, mejor que los que os lo impiden.
Os bendigo y os dejo, porque el sol ya se alza y quiero llegar a las colinas antes de que sea demasiado fuerte el calor. Nos volveremos a ver pronto, porque ya no está muy lejos el otoño. La paz quede con todos vosotros, nuevos y antiguos siervos de Jocanán, y dé serenidad a vuestro corazón».
Y Jesús se encamina, pasando por entre los campesinos y bendiciéndolos uno a uno. Detrás de un manzano seco de gran tamaño hay un hombre medio escondido. Cuando Jesús va a pasar por delante de él, fingiendo no verle, al improviso, se pone delante y dice:
-Soy el administrador de Jocanán, que me ha dicho: "Si viene el Rabí de Israel déjalo estar en mis tierras y hablar a los siervos. Trabajarán más porque sólo enseña cosas buenas". Y ayer, al saber la noticia de que desde hoy ellos (y señala a los de Doras) están conmigo, y estas tierras son de él, me ha escrito: "Si viene el Rabí, escucha lo que te diga, y actúa en consecuencia. No sea que nos vaya a suceder alguna desgracia. Cúbrelo de honores. Pero mira a ver si logras levantar la maldición que pesa sobre las tierras". Porque has de saber que Jocanán las adquirió por puntillo. Pero que se ha arrepentido de ello. No será poco si podemos dedicarlas a pastos…
-¿Me has estado oyendo mientras hablaba?
-Sí, Maestro.
-Entonces sabréis cómo actuar, tú y tu patrón, para obtener de Dios la bendición. Transmite esto a tu patrón. Y, por lo que a ti respecta, dulcifica sus órdenes, tú que ves lo que es en la práctica el trabajo del hombre de campo, y que gozas de la estima del patrón. Más te vale, de todas formas, perder la estima y el puesto, que tu alma. Adiós.
-Yo… tengo que rendir honor.
-No soy un ídolo. No necesito honores interesados para otorgar gracias. Hónrame con tu espíritu, poniendo en práctica cuanto has oído, y habrás servido a Dios y al patrón juntos.
Y Jesús, seguido por sus discípulos y las mujeres y por todos los campesinos, atraviesa los campos y toma el camino de las colinas, saludado de nuevo por todos.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¿Qué hacéis, amigos, junto a este fuego? -pregunta Jesús cuando encuentra a sus discípulos en torno a una hoguera bien alimentada que resplandece en las primeras sombras del anochecer, en un cruce de caminos de la llanura de Esdrelón.
Los apóstoles, que no le habían visto llegar, se sobresaltan, y se olvidan del fuego para recibir con aclamaciones al Maestro, como si hiciera un siglo que no lo vieran. Luego explican:
-¡Calla! Hemos resuelto una cuestión entre dos hermanos de Yizreel, y de tan contentos como se han puesto nos han regalado cada uno un cordero. Hemos decidido asarlos y dárselos a los de Doras. Miqueas de Jocanán los ha degollado y preparado. Ahora los vamos a poner a que se asen. Tu Madre con María y Susana han ido a advertir a los de Doras para que vengan cuando se haga de noche, cuando ya a esas horas el administrador está en su casa dado a la bebida.
Las mujeres llaman menos la atención… Hemos tratado de verlos pasando como viandantes por los campos, pero poco se ha hecho. Habíamos decidido reunirnos esta noche aquí y decir… algo más, para el alma, y poner los medios para que se sintieran bien también en lo corporal, como has hecho Tú las otras veces. Pero, ahora que estás Tú, será más interesante.
-¿Quién iba a hablar?
-¡Hombre, pues, un poco todos! Así, una cosa espontánea, familiar. No somos capaces de más, y mucho más si se tiene en cuenta que Juan, el Zelote y tu hermano no quieren hablar, y tampoco Judas de Simón; también Bartolomé trata de no hablar… Incluso hemos discutido por este motivo… -dice Pedro.
-¿Y por qué no quieren hablar estos cinco?
-Juan y Simón porque dicen que no está bien que siempre sean ellos… Tu hermano porque quiere que hable yo, porque dice que no empiezo nunca… Bartolomé porque… porque tiene miedo a hablar demasiado como maestro y a no saberlos convencer. Como ves son disculpas…
-¿Y tú, Judas de Simón, por qué no quieres hablar?
-¡Por las mismas razones que los demás! Por todas al mismo tiempo, porque todas son justas…
-Muchas razones, y una no ha sido dicha. Ahora juzgo Yo, y con juicio inapelable. Tú, Simón de Jonás, hablarás, como dice Judas Tadeo, que dice sabiamente. Y tú, Judas de Simón, también hablarás. Así una de las razones, la que sabe Dios y también tú, dejará de existir.
-Maestro, créeme que no hay más… -dice Judas tratando de rebatir.
Pero la voz de Pedro le sobrepuja:
-¡Oh, Señor! ¿Yo hablar estando Tú? ¡No soy capaz! Temo que te rías…
-No quieres estar solo, no quieres estar conmigo… ¿qué quieres entonces?
-Tienes razón, pero es que… ¿qué digo?
-Mira tu hermano, está viniendo con los corderos. Ayúdale, y mientras los asas piensas en ello. Todo sirve para encontrar temas.
-¿Incluso un cordero en el fuego? -pregunta incrédulo Pedro.
-Incluso. Obedece.
Pedro emite un fuerte suspiro, verdaderamente conmovedor, pero no replica más. Se llega donde Andrés, le ayuda a ensartar a los animales en una estaca puntiaguda que hace de asador, y se pone a cuidar del asado con una concentración en el rostro que le hace asemejarse a un juez en el momento de la sentencia.
-Vamos a recibir a las mujeres, Judas de Simón -ordena Jesús, y se pone en camino, en dirección a los campos sin vida de Doras.
-Un buen discípulo no desprecia lo que su Maestro no desprecia, Judas -dice, un rato después, sin preámbulos.
-Maestro, no es que desprecie, lo que pasa es que, como Bartolomé, siento que no me entenderían, y prefiero no hablar.
-Natanael lo hace por miedo a no cumplir mi deseo, o sea, iluminar y levantar los corazones. Hace mal también, porque le falta confianza en el Señor. Pero tu caso es mucho peor, porque no es que tengas miedo a no ser comprendido, es que desprecias el hacerte comprender de unos pobres campesinos, ignorantes en todo excepto en la virtud. En ésta verdaderamente superan a muchos de vosotros. Todavía no has entendido nada, Judas. El Evangelio es realmente la Buena Nueva comunicada a los pobres, enfermos, esclavos, afligidos. Luego será también de los demás, pero se da precisamente para que los infelices, de todo tipo de infelicidad, reciban ayuda y consuelo.
María, María Cleofás y Susana salen de entre una espesura.
-¡Hola, Madre! ¡Paz a vosotras, mujeres!
-¡Hijo mío! He ido a ver a esos… torturados. Pero he recibido una noticia que sirve para que mi sufrimiento no exceda los límites. Doras se ha liberado de estas tierras y han pasado a Jocanán. No es que sea un paraíso, pero ya no es aquel infierno. Hoy se lo ha dicho a los campesinos el administrador.
El ya se ha marchado, llevándose en los carros hasta el último grano de trigo, de forma que ha dejado a todos sin comer. Y como, además, el vigilante de Jocanán hoy tiene comida solamente para los suyos, pues los de Doras se habrían tenido que quedar sin comer. ¡Ha sido verdaderamente providencia esos corderos!
-También es providencia el que no sean ya de Doras. Hemos visto sus casas… Son unos cuchitriles… -dice escandalizada Susana.
-¡Están contentos todos esos pobrecillos! -termina María Cleofás.
-También Yo estoy contento. En todo caso, estarán mejor que antes -responde Jesús, y vuelve hacia donde están los apóstoles.
Juan de Endor lo alcanza, con unas ánforas de agua que lleva junto con Hermasteo.
-Nos las han dado los de Jocanán -explica tras haber venerado a Jesús.
Vuelven todos al lugar en que están siendo asados los dos corderos entre densas nubes de humo untuoso. Pedro sigue dando vueltas a su asado, mientras rumia sus pensamientos. Sin embargo, Judas Tadeo, teniendo abrazado por la cintura a su hermano, va y viene caminando mientras habla muy animadamente. Los otros… quién trae más leña, quién prepara la mesa (!), trayendo voluminosas piedras para que hagan de asiento o de mesa, no sé.
En esto, llegan los campesinos de Doras. Más delgados y harapientos que la última vez. ¡Y, sin embargo, qué felices! Son unos veinte. No hay ni siquiera un niño ni una mujer: hombres pobres y solos…
-Paz a todos vosotros. Bendigamos juntos al Señor por haberos dado un amo mejor. Bendigámoslo orando por la conversión del que tanto os ha hecho sufrir. ¿No es verdad? ¿Te sientes feliz, anciano padre? Yo también.
Podré venir más a menudo con el niño. ¿Ya te han puesto al corriente? ¿Lloras de alegría, verdad? Ven, ven, sin miedo… -dice al abuelo de Margziam, el cual le besa las manos inclinándose mucho, y llora, y susurra: «No pido nada más al Altísimo. Me ha dado más de cuanto esperaba. Ahora quisiera morir, por miedo a vivir todavía el tiempo para volver a mi sufrimiento».
Un poco azarados al principio por estar con el Maestro, los campesinos se sienten pronto serenos y seguros. De forma que cuando traen los corderos y los ponen sobre unas hojas grandes colocadas encima de las piedras que habían traído antes luego los dividen y ponen cada una de las partes encima de unas tortas de pan, poco gruesas pero grandes, que sirven de platoestán ya tranquilos, dentro de su simplicidad, y se ponen a comer con ganas para saciar toda el hambre acumulada; mientras tanto, cuentan los últimos acontecimientos.
Uno dice:
-Siempre he maldecido langostas, topos y hormigas, pero desde ahora los voy a ver como mensajeros del Señor, porque por ellos dejamos este infierno.
Y, a pesar de que comparar hormigas y langostas con los ejércitos angélicos sea un poco fuerte, ninguno ríe porque todos sienten el drama que se esconde bajo esas palabras.
La llama ilumina este grupo de personas, pero las caras no miran a la llama, y pocos miran a lo que tienen delante. Todos los ojos convergen hacia el rostro de Jesús. Sólo se distraen, unos momentos, cuando María de Alfeo, que se ocupa de dividir los corderos, pone más carne en los panes de los hambrientos campesinos y termina su obra envolviendo dos muslos asados en otras hojas grandes y le dice al anciano padre de Margziam:
-Ten. Así tendréis también un bocado para cada uno mañana. Entretanto, el vigilante de Jocanán proveerá.
-Pero vosotros…
-Iremos más ligeros. Toma, toma, hombre.
De los dos corderos no quedan más que los huesos descarnados y un persistente olor de grasa que ha goteado y todavía arde en la leña que ya se apaga, sucedáneo iluminar de la claridad de la luna.
También se unen a los otros los campesinos de Jocanán. Es la hora de hablar.
Los ojos azules de Jesús se alzan buscando a Judas Iscariote, que se ha puesto al lado de un árbol, un poco en la zona de sombra. Viendo que muestra no entender esa mirada, Jesús llama fuerte:
-¡Judas!».
Es inevitable el levantarse y acercarse.
-No te apartes. Te ruego que evangelices por mí. Estoy muy cansado. ¡Si no hubiera llegado esta tarde, por supuesto que tendríais que haber hablado vosotros!
-Maestro… no sé qué decir… Al menos, hazme preguntas.
-No te las tengo que hacer Yo. A vosotros: ¿qué deseáis oír?, ¿qué deseáis que se os explique? -pregunta a los campesinos.
Los hombres se miran unos a otros… dudan… Por fin un campesino pregunta:
-Hemos conocido la potencia del Señor y su bondad. Pero bien poco conocemos de su doctrina. Ahora quizás, estando con Jocanán, podremos saber más cosas. Tenemos vivo deseo de saber cuáles son las cosas indispensables que hay que hacer para obtener el Reino que el Mesías promete. ¿Con la nada que podemos hacer podremos obtenerlo?
Judas responde:
-La verdad es que estáis en condiciones muy penosas. Todo, en vosotros y a vuestro alrededor, conjura para alejaros del Reino. La falta de libertad para venir adonde el Maestro cuando quisierais; la condición de siervos de un amo que, si bien no es una hiena como Doras, es, por las noticias que tenemos, un moloso que tiene bien prisioneros a sus siervos; los sufrimientos y el estado de degradación en que os encontráis… son condiciones desfavorables para vuestra elección para el Reino.
Porque difícilmente en vosotros no habrá resentimientos y sentimientos de rencor, crítica y venganza contra quien duramente os trata; y lo mínimo necesario es amar a Dios y al prójimo; sin esto no hay salvación. Deberéis vigilar para contener vuestro corazón dentro de una sumisión pasiva a la voluntad de Dios, que se manifiesta en vuestro destino; y, aguantando pacientemente al amo, sin permitir a vuestro pensamiento siquiera la libertad de un juicio, que está claro que no podría ser benévolo respecto al amo, ni de gratitud por vuestra… por vuestro… En pocas palabras, deberéis no reflexionar, para no tener sentimientos de rebeldía que matarían el amor: quien no tiene amor no tiene salvación, porque contraviene el primer precepto. Yo, de todas formas, estoy casi seguro de que podréis salvaros, porque veo en vosotros buena voluntad unida a mansedumbre de ánimo, lo cual hace esperar que sabréis mantener lejos de vosotros el odio y el espíritu de venganza. Por lo demás, la misericordia de Dios es tan grande, que os condonará toda la perfección que todavía os falta.
Un momento de silencio. Jesús tiene muy baja la cabeza, no se ve la expresión de su rostro. A los demás se les ve la cara, y no se puede decir que sean caras dichosas: las de los campesinos expresan más abatimiento que al principio; las de los apóstoles y las de las mujeres, estupor (diría que casi miedo).
-Trataremos de no dejar que surja en nosotros ningún pensamiento que no sea de paciencia y perdón -responde humildemente el anciano.
Otro de los campesinos suspira:
-La verdad es que será difícil llegar a la perfección del amor; para nosotros, ¡que ya es mucho si no hemos acabado asesinos de nuestros verdugos! El corazón sufre, sufre, sufre, y, aunque no odie, encuentra mucha dificultad en amar, como esos niños macilentos que tienen dificultad en crecer…
-No, no, hombre. Yo, por el contrario, creo que precisamente por haber sufrido tanto sin haceros unos asesinos o personas vengativas vuestro corazón es más fuerte que el nuestro en el amor. Amáis sin percibirlo siquiera -dice Pedro para consolarlos.
Y se da cuenta de que ha hablado y se interrumpe para decir:
-¡Oh! ¡Maestro!… Pero… me has dicho que debía hablar… que encontrase el tema incluso en el cordero que iba a asar. He estado mirando, para buscar palabras buenas que decir a estos hermanos nuestros, para su caso particular. Pero, la verdad es que -sin duda alguna, porque soy un necio-no he encontrado nada apropiado, y, sin saber cómo, me he visto muy lejos, en pensamientos que no sé si llamar extravagantes -en ese caso serían míos-o santos -entonces provendrían del Cielo-; yo los manifiesto, tal y como me han venido, y Tú, Maestro, me los explicarás o me reprenderás por ellos, y todos vosotros sabréis ser comprensivos. Así pues, estaba mirando lo primero la llama, y me ha venido este pensamiento: "¿De qué está hecha la llama?
Viene de la leña. Pero la leña por sí sola no arde; es más, si no está bien seca, no arde de ninguna manera, porque el agua la carga e impide que la yesca la encienda.
La leña, cuando está muerta, acaba incluso pudriéndose, desmenuzándose, por la carcoma; pero, por sí sola, no se enciende. Ahora bien, si una persona la prepara adecuadamente, y le acerca la yesca y el eslabón, y hace saltar la chispa, y favorece que la chispa prenda soplando en las ramas delgadas para aumentar la llamita inicial porque se empieza siempre por las cosas más menudas-, entonces la llama brota, prende fuerte, se hace útil, arremete contra todo, hasta los troncos más gruesos". Y me decía a mí mismo:
"Nosotros somos la leña. Por nosotros mismos no nos encendemos. Pero, eso sí, es necesario en nosotros el cuidado de no estar demasiado cargados de la pesada agua de la carne y la sangre para permitir que la yesca se encienda con su chispa. Y debemos desear arder, porque, si nos quedamos inertes, podemos ser destruidos por la intemperie y la carcoma, es decir, por la humanidad y el demonio. Sin embargo, si nos abandonamos al fuego del amor, éste empezará a quemar las ramitas más finas y las destruirá -las ramitas, para mí, eran las imperfecciones-; luego aumentará y arremeterá contra la leña más gorda, o sea, las pasiones más fuertes. Nosotros, que somos leña, cosa material, dura, opaca, incluso fea, vendremos a ser esa cosa hermosa, incorpórea, ágil, espléndida, que es la llama. Todo esto por habernos prestado al amor, que es el eslabón y la yesca, que de nuestro mísero ser de hombres pecadores hacen ángeles del tiempo futuro, ciudadanos del Reino de los Cielos". Éste ha sido un pensamiento.
Jesús ha alzado un poco la cabeza y está escuchando con los ojos cerrados y un asomo de sonrisa en sus labios. Los demás miran a Pedro, todavía con estupor, pero ya sin temor.
Él sigue hablando tranquilo:
-Mirando a los animales que se estaban asando, me ha venido otro pensamiento. No digáis que soy pueril en mis pensamientos. El Maestro me había dicho que los buscara en lo que veía… He obedecido. Bien, pues estaba mirando a los corderos, y decía: "Son dos seres inocentes y mansos. Nuestra Escritura está llena de dulces alusiones al cordero, tanto para recordar al Mesías prometido y Salvador (ya desde la alusión a Él en el cordero mosaico), como para decir que Dios tendrá compasión de nosotros.
Lo dicen los profetas. Viene a congregar a sus ovejas, a socorrer a las heridas, a cargar sobre sí a las que tienen algún miembro fracturado. ¡Cuánta bondad!" decía. "¿Cómo tener miedo de un Dios que promete tener tanta compasión con nosotros, miserables? Pero" decía también "tenemos que ser mansos, al menos mansos, dado que no somos inocentes; mansos, y estar deseosos de que el amor nos consuma.
Porque, hasta el más bonito y puro de los corderitos, una vez matado, ¿en qué acaba, si el fuego no lo asa? Pues en carroña podrida. Mientras que, si lo envuelve el fuego, viene a ser alimento sano y bendito". Y concluía: "En definitiva, todo el bien lo hace el amor, que nos aligera de los lastres de nuestra humanidad, nos hace resplandecientes y útiles, nos hace buenos ante los hermanos y gratos a Dios; sublima nuestras buenas cualidades, hasta un nivel que recibe su nombre de virtudes sobrenaturales. Y quien es virtuoso es santo, quien es santo posee el Cielo.
Por tanto, lo que nos abre los caminos de la perfección no es ni la ciencia ni el miedo, sino el amor, el cual, mucho más que el temor al castigo, nos mantiene alejados del mal por el deseo de no entristecer al Señor, nos hace sentir compasión de nuestros hermanos y amarlos, porque vienen de Dios. Por tanto, el amor es la salvación y santificación del hombre". En estas cosas pensaba mientras miraba a mi asado, obedeciendo a mi Jesús. Perdonad si son sólo éstas, pero a mí me han hecho bien; os las entrego con la esperanza de que también a vosotros os hagan bien.
Jesús abre los ojos. Ahora están radiantes. Alarga un brazo y pone la mano en el hombro de Pedro:
-Verdaderamente has encontrado las palabras que debías. La obediencia y el amor han hecho que las encontraras; la humildad y el deseo de consolar a tus hermanos harán de ellas estrellas en su cielo oscuro. ¡Dios te bendiga, Simón de Jonás!
-¡Que Dios te bendiga a ti, Maestro mío! ¿No vas a hablar?
-Mañana los campesinos entrarán en su nueva condición de dependencia. Bendeciré su entrada con mi palabra.
Podéis marcharos en paz. Que Dios esté con vosotros.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús deja el rellano de la cima del Carmelo. Desciende por los senderos impregnados de rocío, cruzando los bosques, que se animan cada vez más de trinos y voces, bajo el primer sol que ya dora la ladera oriental del monte. Cuando la leve neblina del calor se disuelve bajo la acción del sol, toda la llanura de Esdrelón se manifiesta en su belleza de huertos de árboles frutales y majuelos en torno a las casas. Parece una alfombra -en su mayor parte verde, con escasas islas amarillentas salpicadas de remolinos rojos: los campos de trigo, ya segado, en que llamean las amapolas-una alfombra ceñida por el engaste triangular de los montes Carmelo, Tabor, Hermón (el pequeño Hermón) y por los más lejanos, cuyo nombre desconozco, que ocultan el Jordán y se unen hacia el sudeste con los montes de Samaria.
Jesús se para a observar, pensativo, toda esa parte de Palestina. Santiago lo mira y dice:
-¿Observas la belleza de esta zona?
-Sí; pero, más que nada, pienso en las peregrinaciones futuras y en la necesidad de enviaros a vosotros y, sin dilación, a los discípulos, no a la limitada labor de ahora, sino a una verdadera labor misionera. Tenemos muchas zonas donde todavía no me conocen. No quiero dejar lugares sin mí. Es mi continua preocupación: moverme, hacer mientras pueda, y hacer todo…
-De vez en cuando intervienen cosas que te hacen aminorar la marcha.
-Más que hacerme aminorar la marcha, imponen variaciones en el itinerario; porque nunca son inútiles los viajes que realizamos. Pero todavía hay mucho que hacer, mucho… Y es que, además, cuando me ausento un tiempo de un lugar, me encuentro con muchos corazones que han vuelto al punto de partida, y debo comenzar desde cero.
-Sí, esta apatía de los espíritus, esta volubilidad y preferencia del mal son desalentadoras y fastidiosas.
-Desalentador. No digas fastidioso. El trabajo de Dios no es nunca fastidioso. Las pobres almas deben producirnos compasión, no fastidio. Tenemos que tener siempre un corazón de padre, de padre bueno. Un padre bueno nunca siente fastidio por las enfermedades de sus hijos. Y no tenemos que sentirlo nosotros por ninguno».
-Jesús, ¿me permites hacerte algunas preguntas? No he dormido esta noche tampoco, pero he pensado mucho y te miraba mientras dormías. ¡Cuando duermes pareces muy joven, Hermano! Sonreías, con la cabeza apoyada en un brazo doblado. Verdaderamente una postura de niño. Te veía bien porque esta noche había una Luna muy luminosa. Pensaba. Y me han sobrevenido muchas preguntas del corazón…
-Dilas.
-Decía: tengo que preguntar a Jesús cómo vamos a conseguir llegar con nuestra insuficiencia a este organismo que has llamado Iglesia (en el cual, si no he entendido mal, habrá jerarquías). ¿Nos vas a decir todo lo que tenemos que hacer, o lo tendremos que hacer por nuestra cuenta?
-Cuando llegue la hora, os indicaré quién será la cabeza. No más. Durante mi presencia entre vosotros, os estoy indicando las distintas clases, con las diferencias entre apóstoles, discípulos y discípulas. Porque son inevitables. Pero mi voluntad es que, de la misma forma que en los discípulos debe haber respeto y obediencia hacia los apóstoles, los apóstoles tengan amor y paciencia para con los discípulos.
-¿Y qué tenemos que hacer? ¿Predicarte continuamente? ¿Sólo predicarte?
-Eso es lo esencial. Luego tendréis que absolver y bendecir en mi nombre, admitir de nuevo a la Gracia, administrar los sacramentos que instituiré…
-¿Qué son?
-Medios sobrenaturales y espirituales aplicados no sin medios materiales, usados para persuadir a los hombres de que el sacerdote hace realmente algo. Como puedes observar, el hombre, si no ve, no cree; siempre necesita algo que le diga que hay algo. Por este motivo, cuando realizo milagros impongo las manos o mojo con saliva u ofrezco un bocado de pan untado en algo. Podría hacer milagros sólo con mi pensamiento. Pero ¿crees que, en ese caso, la gente diría: "Dios ha hecho un milagro"? Dirían:
"Se ha curado porque era la hora de curarse". Y atribuirían el mérito al médico, a las medicinas, a la resistencia física del enfermo. Lo mismo será para los sacramentos: formas del culto para administrar la Gracia, o devolverla, o fortalecerla en los fieles. Juan, por ejemplo, usaba la inmersión en agua para dar una figura de la purificación de los pecados. En realidad, la mortificación de confesar la propia impureza por los pecados cometidos era más útil que el agua que lavaba los miembros. Yo también tendré el bautismo, mi bautismo, que no será simplemente una figura, sino realmente eliminación en el alma de la mancha original y restitución al alma del estado espiritual (aumentado por conferirlo los méritos del Hombre-Dios) que poseían Adán y Eva antes de su pecado.
-Pero… ¡el agua no desciende al alma! El alma es espiritual. ¿Quién podrá cogerla en el recién nacido, en el adulto o en el anciano! Nadie.
-¿Ves que tú mismo admites que el agua es un medio material nulo en lo espiritual? Por tanto, no será el agua, sino la palabra del sacerdote, miembro de la Iglesia de Cristo, consagrado a su servicio, o de otro verdadero creyente que en casos excepcionales lo sustituya, la que obrará el milagro de la redención del bautizado de la culpa original.
-De acuerdo. Pero el hombre es pecador también por sí mismo… ¿Quién quitará los otros pecados?
-El sacerdote lo mismo, Santiago. Si un adulto se bautiza, junto con la culpa de origen quedarán canceladas las otras culpas; si este hombre está ya bautizado y vuelve a pecar, el sacerdote le absolverá en nombre del Dios uno y trino y por el mérito del Verbo encarnado, como hago Yo con los pecadores.
-¡Pero Tú eres santo! Nosotros…
-Debéis ser santos, porque tocáis cosas santas y administráis cosas de Dios.
-¿Vamos a bautizar varias veces al mismo hombre, como hace
Juan, que concede la inmersión en el agua todas las veces que uno se acerca a él?
-Juan, con su bautismo, solamente lleva a cabo una purificación a través de la humildad de la persona que entra en el agua.
Ya te lo he dicho. No bautizaréis por segunda vez a quien ya haya sido bautizado, excepto en el caso de que haya sido bautizado con una fórmula no apostólica sino cismática: en este caso se puede administrar un segundo bautismo, previa expresa petición del interesado, si es adulto, y expresa declaración de querer formar parte de la verdadera Iglesia. En las otras ocasiones, para devolver la amistad y la paz con Dios, usaréis la palabra del perdón unida a los méritos del Cristo, y el alma que se haya acercado a vosotros con verdadero arrepentimiento y humilde acusación será absuelta.
-¿Y si una persona no puede venir por estar tan enfermo que no se le puede mover de su sitio? ¿Morirá, entonces, en pecado? ¿Al sufrimiento de la agonía añadirá el del miedo al juicio de Dios?
-No. El sacerdote irá donde el moribundo y lo absolverá; es más, le dará una forma más amplia de absolución, no global sino para cada uno de los órganos de los sentidos, a través de los cuales el hombre generalmente comete el pecado. Tenemos en Israel el óleo santo, preparado según la regla dada por el Altísimo; con él se consagra el altar, se consagra al pontífice, a los sacerdotes y al rey. El hombre es realmente altar, recibe la realeza por su elección para un solio del Cielo.
Por tanto, puede ser consagrado con el óleo de la unción. El óleo santo, con otras partes del culto israelita, pasará a mi Iglesia, si bien con otros usos. Porque no todo en Israel está mal y hay que rechazarlo; antes al contrario, en mi Iglesia habrá muchos recuerdos de la cepa antigua. Uno de ellos será el óleo de la unción, que será usado también en la Iglesia para consagrar el altar y a los pontífices y jerarquías eclesiásticas, a todas, y para consagrar a los reyes, y a los fieles (cuando sean constituidos príncipes-herederos del Reino o en el momento de la mayor necesidad del máximo auxilio para comparecer ante Dios con miembros y sentidos purificados de toda culpa: la gracia del Señor socorrerá alma y cuerpo, si esto place a Dios para bien del enfermo).
Muchas veces, contribuyen a que el cuerpo no reaccione contra la enfermedad los remordimientos que turban la paz, y la acción de Satanás, que, con esa muerte, espera ganar un alma para su reino y hacer que se desesperen los que todavía viven. El enfermo pasa de la opresión satánica y turbación interior a la paz mediante la certeza del perdón de Dios, que le confiere al mismo tiempo el que Satanás se aleje.
Pues bien, si tenemos en cuenta que, en Adán y Eva, el don de la inmunidad de enfermedades y de cualquier forma de dolor acompañaba al don de la Gracia, pues entonces el enfermo, devuelto a la Gracia, grande como la de un recién nacido que haya recibido mi bautismo, puede obtener también la victoria sobre la enfermedad. En esto debe ser ayudado por la oración de los hermanos en la fe, que tienen la obligación de la piedad hacia el enfermo (piedad no sólo corporal sino, sobre todo, espiritual) orientada a obtener que el hermano se salve física y espiritualmente. La oración, de por sí, ya es una forma de milagro, Santiago; como has visto en el caso de Elías, la oración de un justo puede hacer mucho.
-Te comprendo poco, pero lo que comprendo me llena de reverencia hacia el carácter sacerdotal de tus sacerdotes. Si no he entendido mal, tendremos contigo muchos puntos en común: predicación, absolución, milagro; o sea, tres sacramentos.
-No, Santiago, la predicación y el milagro no son sacramentos. Los sacramentos serán más, siete, como el sacro candelabro del Templo y los dones del Espíritu de Amor.
En verdad, dones y llamas son los sacramentos, otorgados para que el hombre arda ante el Señor por los siglos de los siglos. Habrá también un sacramento para el desposorio humano: se alude a él en el símbolo de las nupcias santas de Sara de Ragüel, liberada del demonio. Este sacramento proporcionará a los esposos todos los auxilios para convivir santamente según las leyes y deseos de Dios. El marido y la mujer también serán ministros de un rito: el rito procreador; y sacerdotes de una pequeña iglesia: la familia. Deberán, por tanto, ser consagrados para procrear con la bendición de Dios, y para educar a una prole en cuyo seno se bendiga el Nombre Santísimo de Dios.
-¿Y a nosotros, los sacerdotes, quién nos va a consagrar?
-Yo, antes de dejaros. Luego vosotros consagraréis a los sucesores y a cuantos agreguéis para propagar la fe cristiana.
-¿Nos vas a enseñar Tú, verdad?
-Yo y Aquel que os he de enviar. Su venida será también un sacramento. Voluntario por parte de Dios Santísimo en su primera epifanía; otorgado, luego, por los que hayan recibido la plenitud del sacerdocio. Será fuerza e inteligencia, afirmación en la fe, piedad santa y santo temor, consejo auxiliador y sabiduría sobrenatural, posesión de una justicia que por su naturaleza y poder hará adulto al niño que la reciba. Pero, todavía no puedes comprender esto.
Él mismo te lo hará comprender; Él, el divino Paráclito, el Amor eterno, cuando lleguéis al momento de recibirlo en vosotros. Y así, por ahora, no podéis comprender otro sacramento. Es tan sublime que es casi incomprensible para los ángeles, y, no obstante, vosotros, simples hombres, lo comprenderéis por virtud de fe y de amor. En verdad te digo que quien lo ame y lo haga alimento de su espíritu podrá pisotear al demonio sin sufrir daño. Porque Yo estaré entonces con él. Trata de recordar estas cosas, hermano. A ti te tocará decírselas a tus compañeros y a los fieles, muchas, muchísimas veces. Para ese entonces, sabréis ya por ministerio divino; pero tú podrás decir:
"Me lo dijo un día, bajando del Carmelo. Me dijo todo porque desde entonces estaba destinado a ser la cabeza de la Iglesia de Israel".
-Debo hacerte otra pregunta. La he pensado esta noche. ¿Tengo que ser yo quien diga a los compañeros: "Seré la cabeza aquí"? No me gusta. Lo haré si lo ordenas, pero no me gusta. -No temas. El Espíritu Paráclito descenderá sobre todos y os dará pensamientos santos. Todos tendréis los mismos pensamientos para la gloria de Dios en su Iglesia. -¿Y no volverán a darse nunca estas discusiones tan… tan desagradables que hay ahora? ¿Y Judas de Simón no será ya un elemento que produzca malestar? -No.
Tranquilo. No lo será ya. De todas formas habrá todavía divergencias. Por eso precisamente te he dicho: vela y cuida incansablemente, cumpliendo tu deber con totalidad. -Otra pregunta, mi Señor. En tiempo de persecución, ¿cómo me debo comportar? Parece, según lo que dices, que de los doce el único que vaya a quedarse sea yo. 0 sea, los otros se irán huyendo de la persecución. ¿Y yo?
-Tú te quedarás en tu lugar, porque, si bien es necesario que no seáis exterminados hasta que no esté bien consolidada la Iglesia -lo cual justifica la dispersión de muchos discípulos y de casi todos los apóstoles-, nada justificaría tu deserción y el abandono por parte tuya de la Iglesia de Jerusalén; es más, cuanto más esté en peligro, más tendrás que velar por ella como si fuese tu hijo más amado y estuviera a las puertas de la muerte.
Tu ejemplo fortalecerá el espíritu de los fieles. Tendrán necesidad de ello para superar la prueba. Cuanto más débiles los veas, más los deberás sostener, con compasión y sabiduría. No seas inmisericorde con los débiles aunque tú seas fuerte; antes bien, sostenlos, pensando: "Para alcanzar esta fortaleza que tengo, he recibido todo de Dios; humildemente debo decirlo y ser caritativo con los que han recibido menos dones de Dios", y entrega, entrega tu fuerza, con la palabra, la ayuda, la calma, el ejemplo.
-¿Qué debo hacer si hay fieles malos, causa de escándalo y de peligro para los demás?
-Prudencia al aceptarlos, porque es mejor ser pocos buenos que muchos no buenos. Ya conoces el viejo apólogo de las manzanas sanas y deterioradas. Haz que no se dé esto en tu iglesia. Pero si encuentras tú también tus traidores, trata por todos los medios de hacerlos cambiar, reservando las medidas severas como último recurso. Si se trata sólo de pequeñas culpas, individuales, no manifiestes una severidad apabullante. Perdona, perdona… Para redimir a un corazón, es más eficaz el perdón sazonado de lágrimas y palabras de amor que no un anatema. Si la culpa es grave, pero resultado de un repentino asalto de Satanás, una cosa tan grave que el culpable siente la necesidad de huir de tu presencia, ve tú en busca del pecador, porque él es el cordero descarriado y tú el pastor.
No temas rebajarte por descender por los caminos embarrados, hurgando en las aguas estancadas, buscando en los abismos. No temas; tu frente entonces será coronada con la corona de los mártires del amor, la primera de las tres coronas… Y, si te traicionan, como traicionaron al Bautista, y a tantos otros, porque todo santo tiene su traidor, pues perdona; perdona a éste más que a ningún otro. Perdona como Dios ha perdonado y perdonará a los hombres. Sigue llamando "hijo" a quien te cause dolor, porque así os llama el Padre a través de mi boca, y, en verdad, no hay ningún hombre que no haya causado dolor al Padre de los Cielos…
Un largo silencio mientras atraviesan pastos tachonados de ovejas que pacen.
Al final, Jesús dice:
-¿No tienes otras preguntas que hacerme?
-No, Jesús. Y esta mañana he comprendido mejor mi tremenda misión…
-Porque estás menos turbado que ayer. Cuando llegue tu hora, te sentirás aún más en paz y comprenderás mejor todavía.
-Recordaré todas estas cosas… todas… menos…
-¿Qué, Santiago?
-Lo que esta noche no me dejaba mirarte sin llorar. Eso que no sé si verdaderamente me lo has dicho Tú -y, como dicho por ti, tendría que creerlo-o si ha sido una turbación demoníaca. Pero, ¿cómo podrías estar tan sereno si… si eso te fuera a suceder verdaderamente?
-¿Estarías sereno si te dijera: “Allá hay un pastor que renquea porque está impedido de una pierna. Trata de curarlo en nombre de Dios"?
-No, mi Señor. Me sentiría como fuera de mí pensando en la tentación de usurpar tu puesto.
-¿Y si te lo mandara?
-Lo haría por obediencia. No me turbaría en absoluto, porque sabría que sería voluntad tuya. No tendría miedo a no ser capaz, porque está claro que Tú, al mandarme, me darías la fuerza de cumplir tu voluntad.
-Tú lo has dicho. Es así. Piensa entonces que Yo, obedeciendo al Padre, estoy siempre en paz.
Santiago llora con la cabeza baja.
-¿Quieres verdaderamente olvidar?
-Lo que quieras Tú, Señor…
-Puedes elegir entre dos cosas: olvidar o recordar. Olvidar te liberará del dolor y del silencio absoluto ante tus compañeros, pero te dejará sin preparación. Recordar te preparará para tu misión, porque basta recordar lo que sufre en su vida terrena el Hijo del hombre para no quejarse nunca y vigorizarse espiritualmente viendo toda la realidad de Cristo en su más luminosa luz. Elige.
-Creer, recordar, amar. Esto es lo que querría. Y morir, lo antes posible, Señor… -y Santiago sigue llorando en silencio. Si no fuera por las gotas de llanto que brillan en su barba castaña, no se sabría que está llorando.
Jesús lo deja llorar…
Al final Santiago dice:
-¿Y si más adelante vuelves a aludir a… a tu martirio, debo decir que lo sé?
-No. Guarda silencio. José supo callar respecto a su dolor de esposo que se creía traicionado, así como respecto al misterio de la concepción virginal y de mi Naturaleza.
Imítalo. Aquello era también un secreto tremendo, un secreto que había que custodiar, porque el no custodiarlo, por orgullo o ligereza, habría significado poner en peligro toda la Redención. Satanás es constante en la vigilancia y en la acción. Recuérdalo. Si hablases ahora, perjudicarías a demasiados, y por demasiadas cosas. Guarda silencio.
-Guardaré silencio… aunque significará doble peso…
Jesús no responde. Deja que Santiago, al amparo de la prenda que cubre su cabeza, llore libremente.
Se encuentran con un hombre que lleva atado a sus espaldas a un pobre niño.
-¿Es tu hijo? -pregunta Jesús.
-Sí. Me ha nacido, matando a su madre, así. Ahora, que ha muerto también mi madre, cuando voy a trabajar me lo llevo conmigo para poder tener cuidado de él. Soy leñador. Lo recuesto en la hierba, encima del manto, y, mientras talo los árboles, se divierte con las flores. ¡Pobre hijo mío!
-Gran desdicha la tuya.
-¡Pues sí! Pero la voluntad de Dios debe recibirse con paz.
-Adiós, hombre. La paz sea contigo.
El hombre sube el monte. Jesús y Santiago siguen bajando.
-¡Cuántas desgracias! Esperaba que lo curases -suspira Santiago.
Jesús no da muestras de haber oído.
-Maestro, si ese hombre hubiera sabido que eres el Mesías, quizás te hubiera pedido el milagro… Jesús no responde.
-Jesús, ¿me dejas volver para decírselo a aquel hombre? Siento compasión de aquel niño. Mi corazón está ya muy lleno de dolor; dame al menos la alegría de ver curado a aquel niño.
-Ve si quieres. Te espero aquí.
Santiago echa a correr, alcanza al hombre, lo llama:
-¡Hombre, detente, escucha! Aquel que estaba conmigo es el Mesías. Dame tu niño para que se lo lleve. Ven también tú, si quieres, para ver si el Maestro te lo cura.
-Ve tú, hombre. Tengo que segar toda esta leña. Ya se me ha hecho tarde por causa del niño. Si no trabajo, no como. Soy pobre y él me cuesta mucho. Creo en el Mesías, pero es mejor que le hables tú por mí.
Santiago se agacha para recoger al niño, que está recostado en la hierba.
-Con cuidado -advierte el leñador -es un puro dolor.
En efecto: apenas Santiago trata de alzarlo, el niño llora quejumbrosamente.
-¡Qué pena! -suspira Santiago.
-Una gran pena -dice el leñador mientras se aplica con la sierra a un tronco duro, y añade: « ¿No podrías curarlo tú?
-Yo no soy el Mesías. Soy sólo un discípulo suyo…
-¿Y qué quieres decir con eso? Los médicos aprenden de otros médicos; los discípulos, del Maestro. ¡Venga hombre!
¡Sé bueno, no dejes que siga sufriendo! Inténtalo tú. Si el Maestro hubiera querido venir, lo habría hecho. Te ha mandado a ti o porque no lo quiere curar o porque quiere que lo cures tú.
Santiago duda un momento. Luego se decide. Se endereza y ora como ve hacer a su Jesús, y ordena:
-En nombre de Jesucristo, Mesías de Israel e Hijo de Dios, queda curado.
Acto seguido, se arrodilla y dice:
-¡Señor mío, perdón! ¡He actuado sin tu permiso! Ha sido compasión por esta criatura de Israel! ¡Piedad, Dios mío! ¡Piedad para él y para mí, que soy un pecador! -y rompe a llorar, inclinado hacia el cuerpo extendido del niño. Las lágrimas caen encima de las piernecitas torcidas e inertes.
Aparece Jesús por el sendero. Ninguno lo ve, porque el leñador está trabajando, Santiago llora y el niño mira a este último con curiosidad, y, meloso, pregunta: -¿Por qué lloras? -y alarga una manita para acariciarlo, y, sin darse cuenta, se sienta por sus propias fuerzas, se levanta y abraza a Santiago para consolarlo. Es el grito de Santiago lo que hace que el leñador se vuelva, y entonces ve a su hijo bien derecho con sus propias piernas, que ya no están ni muertas ni torcidas. Al volverse, ve a Jesús. -¡Ahí está! -grita mientras señala a las espaldas de Santiago, que también se vuelve y ve a Jesús, mirándolo con un rostro radiante de alegría.
-¡Maestro! ¡Maestro! No sé cómo se ha producido… La compasión… Este hombre… este niño… ¡Perdón!
-Álzate. Los discípulos no son más que el Maestro, pero pueden realizar lo que el Maestro, cuando lo hacen con santo motivo. Levántate y ven conmigo. Os bendigo.
Recordad que los siervos hacen las obras del Hijo de Dios -y se marcha llevándose consigo a Santiago, que sigue diciendo: « ¿Cómo lo he hecho? No entiendo. ¿Con qué he hecho un milagro en tu nombre?
-Con tu piedad, Santiago; con tu deseo de que ese inocente y ese hombre, que creía y dudaba, me amasen. Juan hizo un milagro por amor en Jabnia: curó a un moribundo ungiéndolo mientras oraba. Tú aquí has curado con tu llanto y piedad, y con tu confianza en mi Nombre. ¿Ves qué paz produce el servir al Señor cuando hay recta intención en el discípulo? Ahora vamos a andar ligero porque aquel hombre nos sigue y no conviene todavía que los otros sepan esto.
Pronto os enviaré en mi Nombre… (un fuerte suspiro de Jesús), como Judas de Simón desea ardientemente hacer (otro fuerte suspiro). Y llevaréis a cabo obras… Pero no para todos significará un bien. ¡Rápido, Santiago! Simón Pedro, tu hermano y los otros, si supieran esto, sufrirían, como si fuera parcialidad, aunque de hecho no lo es: es preparar a alguno de entre vosotros doce que sepa guiar a los de-más. Vamos a bajar al guijarral cubierto de hojarasca de este torrente para que se pierdan nuestras huellas… ¿Lo sientes por el niño?… Volveremos a encontrarlo.