486- En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos. Discurso sobre la naturaleza del Reino

Jesús entra en el Templo.
Viene con sus apóstoles y con numerosísimos discípulos que conozco al menos de cara. Y, al final de todos, pero ya unidos al grupo como queriendo mostrar que quieren ser considerados seguidores del Maestro, caras nuevas, desconocidas todas, menos la sagaz del griego venido de Antioquía, que habla con otros -quizás gentiles como él-y que se detiene, con los que con él hablan, en el patio de los Paganos, mientras Jesús y los suyos prosiguen para entrar en el patio de los Israelitas.

Naturalmente, la entrada de Jesús en el Templo, que está de bote en bote, no pasa desapercibida. Un susurro nuevo se alza, como de una colmena disturbada, un susurro que cubre las voces de los doctores que dan sus lecciones bajo el pórtico de los Paganos.

Lecciones que, por lo demás, se suspenden, como por ensalmo; y alumnos de los escribas corren en todas las direcciones a llevar la noticia de la llegada de Jesús; de forma que cuando Él entra en el segundo recinto, donde está el atrio de los Israelitas, ya bastantes fariseos, escribas y sacerdotes están atropados observándolo. Pero, mientras ora, no le dicen nada, y ni siquiera se le acercan, únicamente lo vigilan.

Jesús vuelve al pórtico de los Paganos. Y ellos detrás. Y la comitiva de los malintencionados aumenta, como también aumenta la de los curiosos o de los bienintencionados. Y susurros en voz baja se mueven entre la gente. De vez en cuando, alguna voz más fuerte:

« ¿Veis como ha venido? Es un justo. No podía faltar a la fiesta». O: « ¿Qué ha venido a hacer?, ¿a extraviar más aún al pueblo?». O también: «¿Estáis contentos ahora?, ¿ahora veis dónde está?, ¡mucho lo habéis preguntado!».

Voces aisladas y apagadas enseguida, ahogadas en las gargantas por miradas significativas de discípulos y seguidores que amenazan, con su propio amor, a los rencorosos enemigos.

Voces irónicas, venenosas, de enemigos que arrojan una chorretada de veneno y después se detienen, porque tienen miedo de la muchedumbre. Y silencio de la muchedumbre después de una manifestación significativa en favor del Maestro, porque tiene miedo a las represalias de los poderosos. El reino del miedo recíproco…

El único que no tiene miedo es Jesús. Anda despacio, con majestad, hacia el lugar a donde quiere ir, un poco absorto, pero pronto para salir de su absorbimiento para acariciar a un niño que una madre le presenta, o sonreír a un anciano que lo saluda bendiciéndolo.

En el pórtico de los Paganos, de pie, erguido, entre un grupo de alumnos, está Gamaliel: con los brazos cruzados, con su esplendorosa vestidura blanquísima y amplísima -que parece aún más blanca en contraste con la gruesa alfombra roja oscura extendida en el suelo en el punto donde esta Gamaliel-, parece estar pensando -la cabeza un poco inclinada-y no interesarse de lo que ocurre. Entre sus discípulos, por el contrario, hay agitación, la agitación de la más grande curiosidad. Uno, pequeñito, incluso se sube a un alto escabel para ver mejor.

Pero, cuando Jesús está a la altura de Gamaliel, el rabí alza el rostro; y sus ojos profundos, bajo su frente de pensador, se clavan un instante en el rostro sereno de Jesús.

Es una mirada escrutadora, mortificante y mortificada. Jesús la siente y se vuelve. Lo mira. Los dos fulgores, el de los ojos negrísimos y el de los ojos de zafiro, se entrelazan: el de Jesús, abierto, manso, que se deja escrutar; el de Gamaliel, impenetrable, tendente a conocer y deseoso de rasgar el misterio de la verdad -porque para él es un misterio el Rabí galileo-, pero farisaicamente celoso de su pensamiento, de modo que se cierra a toda indagación que no sea de Dios. Un instante. Luego Jesús prosigue y el rabí Gamaliel vuelve a reclinar la cabeza sobre el pecho, sordo a toda pregunta recta, ansiosa, de algunos que están en torno a él, o subrepticia y cargada de aborrecimiento de otros:

-¿Es Él, maestro?
-¿Qué opinas tú?
-¡Bien!
-¿Cuál es tu juicio?
-¿Quién es Éste?

Jesús va al lugar que ha elegido para sí. ¡Oh!, ¡no tiene alfombras bajo los pies! Ni siquiera está bajo el pórtico; simplemente, junto a una columna, en pie, erguido, en el escalón más alto, en el fondo del pórtico. El lugar más modesto. En torno a Él, apóstoles, discípulos., seguidores, curiosos; más allá, fariseos, escribas, sacerdotes, rabíes. Gamaliel no deja el sitio donde está.

Jesús se pone a predicar por centésima vez la venida del Reino de Dios y la preparación de este Reino. Y yo podría decir que, ampliados en potencia, repite los mismos conceptos tratados, casi en el mismo lugar, veinte años antes. Habla de la profecía de Daniel, del Precursor anunciado por los profetas; recuerda la estrella de los Magos, la matanza de los Inocentes.

Y, sentadas estas premisas para mostrar los signos de la venida del Cristo a la Tierra, cita, como corroboración de su venida, los signos actuales que acompañan al Cristo docente, como antes los otros acompañaban al adviento del Cristo encarnado, o sea, recuerda la contradicción que lo acompaña, la muerte del Precursor, y los milagros que continuamente se producen, confirmando que Dios está con su Cristo.

No ataca nunca a sus antagonistas. Parece no verlos siquiera. Habla para confirmar en la fe a sus seguidores, para iluminar acerca de la verdad a aquellos que, sin culpa, están todavía en tinieblas respecto a ella…

Una voz áspera se deja oír desde el extremo de la gente:

-¿Cómo puede Dios estar en tus milagros, si se producen en día prohibido? Incluso ayer has curado a un leproso en el camino de Betfagé.

Jesús mira al que lo ha interrumpido, pero no responde.

Sigue hablando de la liberación del dominio que oprime a los hombres, y de la instauración del Reino de Cristo, eterno, invencible, glorioso, perfecto.

-Y esto, ¿cuándo? -dice un escriba haciendo risitas. Y añade:

-Ya sabemos que quieres hacerte rey. Pero un rey como Tú sería la ruina de Israel. ¿Dónde está tu potencia de rey?; ¿dónde, los soldados?;¿dónde, los tesoros?; ¿dónde, las alianzas? ¡Estás desquiciado!

Y muchos como él menean la cabeza riéndose con menosprecio.

Un fariseo dice:

-Así no. De esta forma nunca sabremos qué entiende Él por reino, cuáles leyes y cuáles manifestaciones tendrá ese reino. ¿Qué? ¿Acaso el reino antiguo de Israel fue de repente perfecto como en los tiempos de David y Salomón?

¿No recordáis cuántas incertidumbres y horas oscuras antes del esplendor regio del rey perfecto? Para disponer del primer rey fue necesario, antes, formar al hombre de Dios que lo ungiera, y, por tanto, quitar la esterilidad a Ana de Elcaná e inspirarle que ofreciera el fruto de su vientre.

Meditad el cántico de Ana. Es lección para nuestra dureza y ceguera: Nadie es santo como el Señor… No queráis multiplicar, jactándoos, las palabras soberbias… El Señor hace morir y vivir… exalta al pobre… Hace seguros los pasos de sus santos, y los impíos callarán porque el hombre no es fuerte por su fuerza, sino por la que le viene de Dios".

¡Recordad! "El Señor juzgará los confines de la Tierra.-dará el imperio a su rey y exaltará la potencia de su Cristo"(l Samuel 2; l Samuel l, l0­ll y 20; 2, l-ll) El Cristo de las profecías no debía, acaso, venir de David? ¿Y es que todas las premisas, desde el nacimiento de Samuel en adelante, no son premisas para el reino del Cristo? ¿Tú, Maestro, no eres acaso de David, nacido en Belén? ­pregunta, para finalizar, directamente a Jesús.
-Tú lo has dicho -responde Jesús brevemente.

-¡Oh! Entonces satisface nuestras mentes. Ya ves que el callar no es buena cosa, porque fomenta las nubes de la duda en los corazones.

-No de la duda. De la soberbia. Es más grave aún.
-¿Cómo? ¿Dudar de ti es menos grave que ser soberbios?

-Sí. Porque la soberbia es la lujuria de la mente. Y es el pecado más grande, siendo el mismo pecado de Lucifer. Dios perdona muchas cosas, y su Luz resplandece amorosa para alumbrar las ignorancias y alejar las dudas. Pero no concede su perdón a la soberbia que lo escarnece afirmando ser mayor que Él.

-¿Quién de nosotros dice que Dios es más pequeño que nosotros? Nosotros no blasfemamos… -gritan varios.

-No lo decís con los labios, pero lo confirmáis con las obras. Queréis decir a Dios: "No es posible que el Cristo sea un galileo, uno del pueblo. No es posible que sea éste". ¿Qué es imposible para Dios?

La voz de Jesús es un trueno. Si antes presentaba un aspecto un poco modesto, apoyado como un mendigo en su columna, ahora Jesús se endereza, se separa del pilar, yergue majestuosamente la cabeza y asaetea a la gente con sus fúlgidos ojos. Está todavía en el escalón, pero tan regio es su aspecto, que es como si estuviera sobre un trono. La gente retrocede, casi con miedo, y ninguno responde a la última pregunta.

Luego un rabí, pequeño, lleno de arrugas, feo de aspecto como ciertamente lo es de alma, pregunta, haciendo preceder la pregunta de una risita disonante y cascada:

-La lujuria se cumple siendo dos ¿La mente con quién la cumple? No es corpórea. ¡Cómo puede, entonces, pecar lujuriosamente? ¿A qué, siendo incorpórea, se une para pecar? -y ríe, estirando las palabras y la risita.

-¿A quién? A Satanás. La mente del soberbio fornica con Satanás contra Dios y contra el amor.

-¿Y Lucifer con quién fornicó para hacerse Satanás, si todavía no era Satanás?

-Consigo mismo. Con su propio pensamiento inteligente y desordenado. ¿Qué es la lujuria, escriba?

-¡Pero… te lo he dicho! ¿Y quién no sabe qué es la lujuria? Todos la hemos experimentado…

-No eres un rabí sabio, porque no conoces la esencia verdadera de este pecado universal, trino fruto del Mal; así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la trina forma del Amor. La lujuria es desorden, escriba.

Desorden guiado por una inteligencia libre y consciente, que sabe que su apetito está mal, pero de todas formas quiere saciarlo. La lujuria es desorden y violencia contra las leyes naturales, contra la justicia y el amor hacia Dios, hacia nosotros mismos, hacia nuestros hermanos.

Toda lujuria. Tanto la carnal como la que tiende a las riquezas y poderes de la Tierra, como la de aquellos que quisieran impedirle al Cristo su misión, porque mantienen contubernio con la inmoderada ambición que teme ser quebrantada por mí.

Un gran murmullo se extiende por la aglomeración de gente.

Gamaliel, que se ha quedado solo en su alfombra, alza la cabeza y lanza una mirada penetrante a Jesús.

-Pero ¡cuándo vendrá, entonces, el Reino de Dios? No has respondido… -insta de nuevo el fariseo de antes.
-Cuando el Cristo esté en el trono que Israel le prepara, más alto que todos los demás tronos, más alto que este mismo Templo.

-¿Pero, donde lo están aparejando, pues que no se ve aparato de nada? ¿Podrá ser verdad que Roma deje resurgir a Israel? ¿Es que las águilas se han quedado ciegas para no ver lo que se prepara?

-El Reino de Dios no viene con aparato. Sólo el ojo de Dios lo ve formarse, porque el ojo de Dios lee dentro de los hombres. Por tanto, no vayáis buscando dónde está este Reino, dónde se prepara. Y no creáis a quien diga:

"Se conjura en Batena, se conjura en las cavernas del desierto de Engadí, se conjura en las orillas del mar". El Reino de Dios está en vosotros, dentro de vosotros, en vuestro espíritu que acoge la Ley venida de los Cielos como ley de la verdadera Patria, ley que, practicándola, hace a uno ciudadano del Reino.

Por esto, antes de mí ha venido Juan a preparar los caminos de los corazones, por los cuales debía penetrar en ellos mi Doctrina. Con la penitencia se han preparado los caminos, con el amor el Reino surgirá, y caerá la esclavitud del pecado que impide a los hombres el Reino de los Cielos.

-¡Pero, verdaderamente este hombre es grande! ¿Y vosotros decís que es un artesano? -dice fuerte uno que escuchaba atentamente. Y otros, judíos por su vestimenta, y quizás instigados por los enemigos de Jesús, se miran confundidos, y miran a sus instigadores preguntando:

-¿Pero qué nos habéis imbuido? ¿Quién puede decir que este hombre extravía al pueblo? -y otros:

-Nos preguntamos y os preguntamos estas cosas: si es verdad que ninguno de vosotros lo ha instruido, ¿cómo tiene tantos conocimientos? ¿Dónde los ha aprendido, si no ha estudiado nunca con ningún maestro? -y dirigiéndose a Jesús:

-Di, pues, ¿dónde has encontrado esta doctrina tuya?
Jesús alza un rostro inspirado y dice:

-En verdad, en verdad os digo que esta doctrina no es mía, sino que es de Aquél que me ha enviado a vosotros. En verdad, en verdad os digo que ningún maestro me la ha enseñado, ni la he encontrado en ningún libro viviente, o en ningún rollo o monumento de piedra.

En verdad, en verdad os digo que me he preparado para esta hora oyendo al Viviente hablarle a mi espíritu. Ahora la hora ha llegado para que Yo dé al pueblo de Dios la Palabra venida de los Cielos. Y lo hago, y lo haré hasta el último respiro, y, tras haberlo exhalado, las piedras que me oyeron y no ablandecieron, conocerán un temor a Dios más fuerte que el que experimentó Moisés en el Sinaí; y en el temor, con voz de verdad, para bendecir o maldecir, las palabras de mi doctrina rechazada se grabarán en las piedras. Y esas palabras ya no se borrarán nunca.

El signo permanecerá. Luz para quien lo acoja, al menos entonces, con amor; absolutas tinieblas para quien ni siquiera entonces comprenda que ha sido la voluntad de Dios la que me ha enviado para fundar su Reino. Al principio de la creación fue dicho: "Hágase la luz". Y la luz apareció en el caos.

Al principio de mi vida fue dicho: "Paz a los hombres de buena voluntad". La buena voluntad es aquella que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella. Ahora bien, aquel que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella siente que no puede combatir contra mí, porque siente que mi doctrina viene de Dios y no de mí mismo. ¿Acaso busco Yo mi gloria? ¿Digo, acaso, que soy el Autor de la Ley de gracia y de la era de perdón? No. Yo no tomo la gloria que no es mía, sino que doy gloria a la gloria de Dios, Autor de todo lo que es bueno.

Ahora bien, mi gloria es hacer lo que el Padre quiere que haga, porque esto le da gloria a Él. El que habla a favor propio para recibir alabanza busca su propia gloria. Mas aquel que pudiendo -incluso sin buscarla-recibir gloria de los hombres por lo que hace o dice y la rechaza diciendo: "No es mía, creada por mí sino que procede de la del Padre, de la misma manera que Yo de Él procedo" está en la verdad y en él no hay injusticia, pues da a cada uno lo suyo sin quedarse con nada de lo que no le pertenece.

Yo soy porque Él ha querido que fuera». (El contexto presenta a Cristo en su humanidad ("Aquel que me ha enviado entre vosotros", "me ha preparado para esta hora", "hasta el último respiro", "Al principio de mi vida"…), por tanto hay que entender esta frase en el sentido de la Encarnación por voluntad del Padre).

Jesús se detiene un momento. Recorre con sus ojos la aglomeración de gente. Escudriña las conciencias. Las lee. Las sopesa. Abre de nuevo sus labios:

-Vosotros calláis: la mitad admirados, la otra mitad pensativos, pensando en cómo podéis hacerme callar. ¿De quién son los diez mandamientos? ¿De dónde vienen? ¿Quién os los ha dado?

-¡Moisés! -grita la gente.

-No. El Altísimo. Moisés, su siervo, os los trajo. Pero son de Dios. Vosotros los que tenéis las fórmulas pero no tenéis la fe, en vuestro corazón decís:

"Nosotros a Dios no lo hemos visto. Y tampoco lo vieron los hebreos que estaban al pie del Sinaí". ¡Oh!, no os son suficientes para creer que Dios estaba presente ni siquiera los rayos, que incendiaban el monte mientras Dios resplandecía tronando delante de Moisés.

No os valen ni siquiera los rayos y los terremotos para creer que Dios está sobre vosotros para escribir el Pacto eterno de salvación y de condena. Una epifanía nueva, tremenda veréis, y pronto, entre estos muros. Y las mansiones sagradas ya no estarán en tinieblas, porque habrá comenzado el Reino de la Luz, y el Santo de los Santos, no celado ya tras la ternaria cortina, será elevado ante la presencia de todos. Y todavía no creeréis.

Entonces, ¿qué se necesitará para haceros creer? ¿Que los rayos de la Justicia incidan en vuestras carnes? Pero entonces la Justicia estará apaciguada, y descenderán los rayos del Amor. Y, a pesar de todo, ni siquiera éstos escribirán en vuestros corazones, en todos vuestros corazones, la Verdad y suscitarán el arrepentimiento y luego el amor…

Los ojos de Gamaliel, en un rostro tenso, están ahora fijos en el rostro de Jesús…

-Pero, Moisés sabéis que era hombre entre los hombres; de él os han dejado descripción los cronistas de su tiempo.

Y, a pesar de todo, sabiendo incluso quién era, de Quién y cómo recibió la Ley, ¿observáis, acaso, esta Ley? No. Ninguno de vosotros la observa.
Un grito de protesta entre la gente.

Jesús impone silencio:
-¿Decís que no es verdad? ¿Que la observáis? ¿Y entonces por qué tratáis de matarme? ¿No prohíbe el quinto mandamiento matar al hombre? ¿Vosotros no admitís en mí al Cristo? Pero no podéis negar que Yo sea hombre. Entonces ¿por qué tratáis de matarme?

-¡Pero Tú estás loco! ¡Eres un endemoniado! ¡Un demonio habla en ti y te hace delirar y decir embustes! ¡Ninguno de nosotros piensa en matarte! ¡Quién quiere matarte? -gritan, precisamente aquellos que lo quieren hacer.

-¿Que quién? Vosotros. Y buscáis las disculpas para hacerlo. Y me echáis en cara culpas no verdaderas. Me echáis en cara -y no es la primera vez-el que haya curado a un hombre en sábado.

¿Y no dice Moisés (Deuteronomio 22, 4) que tengamos piedad incluso del asno y del buey caídos, porque representan un bien para el hermano?

¿Y Yo no debería tener compasión del cuerpo enfermo de un hermano, para el cual la salud recuperada es un bien material y un medio espiritual para bendecir a Dios y amarlo por su bondad?

¿Y la circuncisión que Moisés os dio, por haberla recibido de los patriarcas, acaso no la practicáis también en día de sábado? Si circuncidando a un hombre en día de sábado no se viola la Ley mosaica del sábado, porque la circuncisión sirve para hacer de un varón un hijo de la Ley, ¿por qué os enojáis contra mí si en día de sábado he curado a un hombre enteramente, en el cuerpo y en el espíritu, y he hecho de él un hijo de Dios?

No juzguéis según la apariencia y la letra, sino juzgad con recto juicio y con el espíritu, porque la letra, las fórmulas, las apariencias, son cosas muertas, escenarios pintados, pero no verdadera vida, mientras que el espíritu de las palabras y apariencias es vida real y fuente de eternidad. Pero vosotros no entendéis estas cosas porque no las queréis entender. Vamos.

Y vuelve las espaldas a todos y se dirige hacia la salida, seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos, que lo miran: con pena por Él, con enojo contra los enemigos.

Él, pálido, les sonríe y les dice:

-No estéis tristes. Vosotros sois amigos míos. Y hacéis bien siéndolo, porque mi tiempo se acerca a su fin. Pronto llegará el tiempo en que desearéis ver uno de estos días del Hijo del hombre, mas no podréis ya verlo. Entonces hallaréis confortación en deciros:

"Nosotros lo amamos y le fuimos fieles mientras estuvo entre nosotros". Y para burlarse de vosotros y haceros aparecer como locos os dirán: "Cristo ha vuelto. ¡Está aquí! ¡Está allá!". No creáis en esas voces. No vayáis, no os pongáis a seguir a estos falaces burladores. El Hijo del hombre, una vez que se haya marchado, no volverá sino cuando llegue su Día.

Y entonces su manifestación será semejante al relámpago, que resplandeciendo surca el cielo de una parte a otra, tan rápidamente, que el ojo apenas puede seguirlo.

Vosotros, y no sólo vosotros, sino ningún hombre, podría seguirme en mi aparición final para recoger a todos aquellos que fueron, son y serán. Pero antes de que esto suceda es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho. Sufra todo. Todo el dolor de la Humanidad, y, además, sea repudiado por esta generación.

-Pero entonces, mi Señor, sufrirás todo el mal que será capaz de descargar sobre ti esta generación -observa el pastor Matías.

-No. He dicho: "Todo el dolor de la Humanidad". Ella existía antes de esta generación, y existirá, por generaciones y generaciones, después de ésta. Y siempre pecará.

Y el Hijo del hombre gustará toda la amargura de los pecados pasados, presentes y futuros, hasta el último pecado, en su espíritu, antes de ser el Redentor. Y, ya en su gloria, todavía sufrirá, en su espíritu de amor, al ver que la Humanidad pisotea su amor. Vosotros no podéis entender por ahora… Vamos ahora a esta casa que me es amiga.

Y llama a una puerta, que se abre y lo deja entrar, sin que el custodio muestre estupor por el número de personas que entran detrás de Jesús.

485- Jesús llega con los apóstoles a Betania, donde ya están algunos discípulos con Margziam

Los variados verdes de los campos que están en torno a Betania aparecen a la vista apenas salvado un picacho de monte, apenas puesto el pie en la vertiente sur del monte, que desciende con un camino en zigzag hacia Betania.

El verde plata de los olivos, el verde fuerte de los manzanos, salpicado acá o allá de las primeras amarilluras de las hojas, el desordenado y más amarillento verde de las vides, el oscuro y compacto verde de los algarrobos y las encinas, mezclados con el marrón de los campos, ya arados y a la espera de la semilla, mezclados con el verde fresco de los prados, que echan la nueva hierba, y de los fértiles huertos, forman como una alfombra multicolor para quien desde lo alto domina Betania y sus alrededores; y descollando sobre el verde más bajo, los pinceles de las palmas de dátiles, siempre elegantes, siempre rememorativas del Oriente.

La pequeña ciudad de Ensemes, acoclada en medio del verde y toda encendida de sol (de un sol que empieza su ocaso), pronto queda atrás; y después queda atrás la fuente amplia, rica en agua, situada un poco al norte donde empieza Betania, para ver después las primeras casas entre el verde… Han llegado después de mucho camino, y camino fatigoso. Y, a pesar de estar cansadísimos, parecen recuperar sus fuerzas por el simple hecho de estar cerca de la casa amiga de Betania.

La pequeña ciudad está calma, casi vacía. Muchos habitantes deben haberse trasladado ya a Jerusalén para la fiesta. Por eso, Jesús pasa inadvertido hasta los alrededores de la casa de Lázaro. Sólo cuando está ya junto al jardín ensilvecido de la casa donde estaban todas aquellas zancudas, encuentra a dos hombres que lo reconocen y lo saludan, y que preguntan:

-¿Vas donde Lázaro, Maestro? Haces bien. Está muy mal. Nosotros venimos de su casa. Le hemos llevado la leche de nuestras burritas, el único alimento que su estómago tolera todavía, junto con un poco de miel y jugo de fruta.

Las hermanas no hacen más que llorar. Están agotadas de vela y de dolor… Y él no hace más que desear tu presencia. Creo que ya habría muerto pero el ansia de volverte a ver le ha hecho vivir hasta aquí.

-Voy enseguida. Dios esté con vosotros.
-¿Y… lo vas a curar? -preguntan curiosos.

-La voluntad de Dios se manifestará en él, y con ella la potencia del Señor -responde Jesús, dejando perplejos a los dos; y se apresura a ir a la cancilla del jardín.
Lo ve un doméstico y corre a abrir, pero sin ninguna exclamación de alegría. Apenas abierta la cancilla, se arrodilla para venerar a Jesús y dice con voz afligida:

-¡Bien vienes, Señor! Quiera ser tu venida signo de alegría para esta casa en llanto. Lázaro, mi señor…
-Lo sé. Resignaos todos a la voluntad del Señor, que premiará el sacrificio de vuestra voluntad a la suya. Ve y llama a Marta y María. Las espero en el jardín.

El doméstico se marcha corriendo. Jesús lo sigue, despacio, después de haber dicho a los apóstoles:
-Voy donde Lázaro. Descansad, que lo necesitáis…

Y, efectivamente, mientras se asoman a la puerta las dos hermanas -tienen dificultad en reconocer al Señor, pues muy cansados están sus ojos de vela y lágrimas, y el sol, dándoles precisamente en los ojos, aumenta la dificultad de ver-, otros criados, por una puerta secundaria, salen al encuentro de los apóstoles y los acompañan.

-¡Marta! ¡María! Soy Yo. ¿No me reconocéis?

-¡Oh, el Maestro! -exclaman las dos hermanas, y se echan a correr hacia Él, y se arrojan a sus pies, a duras penas ahogando los sollozos. Besos y lágrimas descienden sobre los pies de Jesús, como ya en la casa de Simón el fariseo.

Pero esta vez Jesús no se queda inmóvil como entonces, recibiendo el lavatorio del llanto de Marta y María; esta vez se inclina y las toca en la cabeza -las acaricia y bendice con ese gesto-y las obliga a alzarse, mientras dice:

-Venid. Vamos a la pérgola de los jazmines. ¿Podéis dejar a Lázaro?

Más con gestos que con palabras, entre sollozos, dicen que sí. Y van al quiosco umbrío, entre cuya fronda tupida y oscura alguna tenaz estrellita de jazmín albea y perfuma.
-Hablad, pues…

-¡Oh, Maestro! ¡Vienes a una casa bien triste! El dolor nos ha entontecido. Cuando el criado nos ha dicho: "Un hombre os busca", no hemos pensado en ti. Al verte, no te hemos reconocido. Pero, ¿ves? Nuestros ojos están abrasados por el llanto. ¡Lázaro está muriendo!… -y el llanto vuelve, e interrumpe las palabras de las dos hermanas, que han hablado alternativamente.
-Y Yo he venido…

-¿A curarlo? ¡Oh, mi Señor! -dice María, radiante de esperanza tras los hilos de lágrimas.
-¡Ah, yo lo decía! Si Él viene… -dice Marta, juntando las manos con gesto de alegría.

-¡Marta, Marta! ¿Qué sabes tú de las operaciones y decretos de Dios?

-¡Ay, Maestro! ¿No lo vas a curar? -exclaman juntas, y vuelven a sumirse en el dolor.

-Yo os digo: tened una fe ilimitada en el Señor. Seguid teniéndola, a pesar de toda insinuación y hecho, y veréis grandes cosas cuando vuestro corazón ya no tenga motivo para esperar verlas. ¿Qué dice Lázaro?

-En sus palabras hay un eco de las tuyas. Nos dice: "No dudéis de la bondad y poder de Dios. Suceda lo que suceda, intervendrá para vuestro bien y el mío, y para el bien de muchos, de todos los que como yo y como vosotros sepan permanecer fieles al Señor".

Y, cuando está en condiciones de hacerlo, nos explica las Escrituras ya es lo único que lee -y nos habla de ti, y dice que muere en un tiempo feliz, porque la era de la paz y el perdón ha comenzado. Pero, lo oirás… Es que dice también otras cosas que nos hacen llorar incluso más que por él… - dice Marta.

-Ven, Señor. Cada minuto que pasa es un minuto robado a la esperanza de Lázaro. Contaba las horas… Decía: "Pues, para la fiesta estará en Jerusalén y vendrá…". Nosotras, nosotras que sabemos muchas cosas, que no se las decimos a Lázaro para no causarle dolor, teníamos menos esperanza, porque pensábamos que no venías para escabullirte de los que te buscan…

Marta sí pensaba mucho esto. Yo menos, porque… yo, si estuviera en tu lugar, desafiaría a los enemigos. Yo no soy de esas que tienen miedo de los hombres. Y ahora ya no tengo miedo tampoco de Dios. Sé cuán bueno es para con las almas arrepentidas… ­dice María, y lo mira con su mirada de amor.

-¿De nada tienes miedo, María? -pregunta Jesús.
-Del pecado… y de mí misma… Tengo siempre miedo de volver a caer en el mal. Creo que Satanás me debe odiar mucho.

-Tienes razón. Eres una de las almas más odiadas por Satanás. Pero eres también una de las más amadas por Dios. Recuerda esto.

-¡Lo recuerdo! ¡Es mi fuerza este recuerdo! Recuerdo lo que dijiste en casa de Simón. Dijiste: "Mucho se le perdona porque mucho ha amado", y a mí: "Te son perdonados los pecados. Tu fe te ha salvado. Ve en paz". Dijiste "los pecados".

No muchos. Todos. Y entonces pienso, Dios mío, en tu amor a mí, sin medida. Pues bien, si mi pobre fe de entonces, como la que podía haber nacido en un alma gravada de culpas, obtuvo tanto de ti, ¿mi fe de ahora no podrá defenderme del Mal?

-Sí, María. Vela por ti misma y vigílate. Es humildad y prudencia. Pero ten fe en el Señor. Él está contigo.
Entran en casa. Marta va a ver a su hermano. María quisiera servir a Jesús. Pero Jesús quiere antes ir donde Lázaro. Y entran en la habitación en penumbra en que se consuma el sacrificio.
-¡Maestro!
-¡Amigo mío!

Los brazos esqueletados de Lázaro se extienden hacia arriba; los de Jesús, hacia abajo para abrazar el cuerpo del amigo que languidece: un largo abrazo. Luego Jesús coloca de nuevo al enfermo sobre las almohadas y lo contempla con piedad. Pero Lázaro sonríe. Está feliz. En su rostro deshecho sólo resplandecen vivaces los ojos hundidos, iluminados con la alegría de tener allí a Jesús.

-¿Lo ves? He venido. Y para estar mucho contigo.

-¡No puedes, Señor! A mí no me dicen todo. Pero sé lo suficiente -como para decirte que no puedes. Al dolor que te causan, añaden el mío, mi parte, no concediéndome expirar entre tus brazos. Pero yo que te quiero, no puedo por egoísmo tenerte a mi lado, en el peligro. Tú… ya he dado disposiciones… debes cambiar siempre de lugar.

Todas mis casas están abiertas para ti. Los custodios han recibido órdenes, como también los encargados de mis campos. Pero no vayas al Getsemaní para estar allí un tiempo. Está muy vigilado. Me refiero a la casa. Porque a los olivos, especialmente a los de arriba, puedes ir, y por muchos caminos, sin que lo sepan.

¿Sabes que Margziam está ya aquí? Algunos le hicieron preguntas mientras estaba en la almazara con Marcos. Querían saber dónde estabas, y si venías. El muchacho respondió muy bien: "Es israelita y vendrá. Por dónde, no lo sé, porque lo dejé en el Merón". Así ha impedido que te tachasen de pecador y no ha mentido.

-Te lo agradezco, Lázaro. Seguiré tu consejo. Pero, de todas formas, nos veremos con frecuencia. Lo sigue contemplando.

-¿Me miras, Maestro? ¿Ves cómo me he quedado? Como un árbol que se despoja de hojas en otoño, yo, cada hora que pasa, me despojo de carne, de fuerza y de horas de vida. Pero digo la verdad diciendo que, si siento el no vivir lo suficiente para ver tu triunfo, exulto por marcharme para no ver -impotente, como soy, para frenarlo-el odio que aumenta en torno a ti.

-No eres impotente; nunca lo eres. Eres providente para con tu amigo aun antes de que Él llegue. Tengo dos casas de paz, y, podría decir: igualmente queridas: la de Nazaret y ésta. Si allí está mi Madre, el amor celeste casi cuanto el Cielo por el Hijo de Dios, aquí tengo el amor de los hombres por el Hijo del hombre. El amor amigo, creyente, venerante… ¡Gracias, amigos míos!
-¿Es que tu Madre no va a venir?

-Al principio de la primavera.
-¡Oh, entonces yo ya no la volveré a ver!…
-No. Tú la verás. Yo te lo digo. Me debes creer.
-En todo, Señor. Hasta en las cosas desmentidas por los hechos.

-¿Margziam dónde está?
-En Jerusalén con los discípulos. Pero viene aquí al atardecer. Dentro de poco. ¿Y tus apóstoles? ¿No están contigo?

-Están allá, con Maximino, que está atendiendo su cansancio y extenuación.
-¿Habéis andado mucho?

-Mucho. Sin tregua. Ya te contaré… Ahora descansa. Entretanto, te bendigo.
Y Jesús lo bendice y se retira.

Los apóstoles están ahora con Margziam y con casi todos los pastores, y refieren las insistencias de los fariseos en saber acerca de Jesús, y dicen que eso los ha escamado; tanto que ellos, los discípulos, han pensado en ponerse de guardia en todos los caminos que conducen hacia el interior de Jerusalén, para avisar al Maestro.

-Efectivamente -refiere Isaac -estamos diseminados, a algunos estadios de las Puertas, en todos los accesos.

-Maestro -Judas se ríe- ellos dicen que en la Puerta de Jaffa, había hoy medio Sanedrín, y discutían unos con otros porque algunos recordaban mis palabras de Enganním, otros juraban que habían sabido que habías estado en Dotán, otros, por el contrario, decían que te habían visto en los aledaños de Efraím, y eso los ponía furiosos, al no saber ya donde estabas… -y se ríe de la burla jugada a los enemigos de Jesús.

-Mañana me verán.

-No. Mañana vamos nosotros. Ya lo hemos concertado. Todos en grupo y haciéndonos ver bien.
-No quiero. Tú mentirías.

-Te juro que no mentiré. Si no me dicen nada, no digo nada. Si nos preguntan si estás con nosotros, diré: "¿Y no veis que no está?, y si quieren saber dónde estás, responderé: "Buscadlo vosotros. ¿Cómo queréis que sepa yo dónde está el Maestro en este momento?". Ciertamente, no podré saber si estás en casa, aquí o por los huertos, o sé dónde.

-Judas, Judas, te he dicho…

-Y yo te digo que tienes razón. Pero esto mío no será sencillez de paloma, sino prudencia de serpiente. Tú, la paloma; yo, la serpiente. Y juntos formaremos esa perfección que has enseñado -Toma el tono que tiene Jesús cuando enseña y dice, imitando a la perfección al Maestro:

"Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas…

No os preocupéis de qué responder, porque en ese momento se os pondrá en los labios las palabras, siendo así que no habláis vosotros, sino que habla en vosotros el Espíritu… Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, hasta que venga el Reino del Hijo del hombre… Las recuerdo y es la hora de aplicarlas.

-No las he dicho así, ni dije estas solas -objeta Jesús.
-Por ahora, sólo es necesario recordar éstas, y decirlas así. Sé lo que quieres decir. Pero, si no está confirmada la fe en ti, que es piedra en tu Reino, no está bien el ponerse en manos de los enemigos Después… diremos y haremos lo demás…

Y la expresión de Judas es tan brillante de inteligencia y picardía, que conquista a todos, menos a Jesús, que suspira. Es verdaderamente el hombre seductor al que nada le falta para triunfar sobre los hombres.

Jesús suspira y piensa… Pero, sintiendo que no es del todo mala la medida propuesta por Judas, cede. Y éste, triunfante, formula todo su plan.

-Nosotros, pues, iremos mañana, y pasado mañana, hasta el día siguiente del sábado. Y estaremos en una cabaña hecha de ramas, en el valle del Cedrón, como perfectos israelitas. Ellos se cansarán de esperarte… y entonces irás. Entretanto, estarás aquí, en paz, descansando.

Estás exhausto, Maestro mío. Y nosotros esto no lo queremos. Después de cerradas las puertas, uno de nosotros vendrá a decirte lo que hacen ellos. ¡Oh, será bonito verlos chasqueados!

Todos asienten y Jesús no opone resistencia. Quizás el cansancio, verdaderamente grande, quizás el deseo de confortar a Lázaro, de darle todo el conforte antes de la lucha final, contribuyen a que ceda. Quizás también la necesidad real de mantenerse libre, hasta que no se cumplan todas las obras que son necesarias para que Israel no dude de su Naturaleza antes de juzgarlo como reo… Lo cierto es que dice:

-Pues así sea. Pero no busquéis disputas, y evitad los embustes. Mejor callad, pero no mintáis. Ahora vámonos, que Marta nos llama. Ven, Margziam. Te encuentro con mejor aspecto… Se aleja, hablando, pasado un brazo en torno a los hombros del discípulo jovencito.

484- Alto obligado en las cercanías de Efraím y parábola de la granada

Y Jesús cree, efectivamente, que con las primeras luces del alba podrá rebasar Efraím, todavía toda silenciosa y con las calles desiertas, sin que nadie lo vea.

Por prudencia orilla la ciudad sin entrar en ella, a pesar de que la hora sea más que matutina. Pero cuando, de la callecita que han recorrido, a espaldas del pueblo, salen al camino de primer orden, se encuentran en frente a todo el pueblo -podría decir esto-y, con el pueblo, a otros que han venido de los otros lugares ya rebasados, y que señalan a los de Efraím al Señor en cuanto lo ven aparecer. Por suerte, faltan totalmente fariseos, escribas y otros semejantes.

Los notables, por voluntad de la gente de Efraím, se adelantan. Uno de ellos, después de un solemne saludo, dice por todos:

-Hemos sabido que estabas entre nosotros y que no te habías desdeñado de compadecerte de ninguno. Sabíamos ya que habías sido compasivo con los de Siquem. Y hemos deseado tu presencia. Ahora Aquel q -ue ve los pensamientos de los hombres te ha guiado a nosotros.

Quédate y habla, porque también nosotros somos hijos de Abraham.
-No me es dado quedarme…
-¡Oh, sabemos que te buscan! Pero no por aquí. Esta ciudad está en el límite del desierto y de las Montañas de la sangre. Ellos no pasan con gusto por aquí. Y esta vez, además, después de los primeros no hemos vuelto a ver a ninguno.
-No puedo quedarme…

-Te espera el Templo. Lo sabemos. Pero, créenos. Nos consideráis gente proscrita porque no inclinamos la frente ante los pontífices de Israel. ¿Pero es que el pontífice es Dios? Estamos lejos, pero no tanto como para no saber que vuestros sacerdotes no son menos indignos que los nuestros. Y nosotros pensamos que Dios no puede ya estar con ellos. No. Tras la nube del incienso ya no se cela el Altísimo.

Podrían dejar de quemarlo, y podrían entrar en el Santo de los Santos sin miedo a quedar reducidos a cenizas por el fulgor de Dios asentado en su gloria. Y nosotros adoramos a Dios sintiéndolo fuera de las piedras deshabitadas de los templos vacíos. Y para nosotros no está más vacío nuestro templo que el vuestro, si queréis acusarnos de tener un templo ídolo. Como ves, somos ecuánimes. Escúchanos, pues.

Adquiere un tono solemne:
-Mejor sería que te quedaras a adorar al Padre entre aquellos que, al menos, reconocen que tienen un espíritu de religión vacío de verdad como los demás, que no quieren reconocer esto y nos ofenden. Solos, evitados como leprosos, sin profetas, sin doctores, nosotros hemos sabido, al menos, estar unidos sintiéndonos hermanos.

Y nuestra ley es no traicionar, porque está escrito (Éxodo 22, 20; 23, 2-3; Deuteronomio 16, 19; 28, 14; 27, 24-25): "No sigas a la turba para hacer el mal; en el juicio no te apartes de la verdad por adecuarte al parecer de la mayoría". Está escrito:

"No quites la vida al inocente y al justo, porque yo aborrezco al impío. No aceptes dones, que ciegan incluso a los sabios y subvierten las palabras de los justos. No hostigues al extranjero, porque vosotros sabéis lo que quiere decir ser extranjeros en la tierra de otros".

Y en las bendiciones dichas precisamente en el Garizim -monte amado del Señor, si lo eligió como monte de bendición-se promete toda bendición a quien se atiene a la verdadera Ley que está en el Pentateuco.

Ahora bien, si rechazamos como ídolos las palabras de los hombres, pero conservamos las de Dios, ¿podemos, acaso, ser llamados idólatras? La maldición de Dios cae sobre el que ataca escondidamente a su prójimo y acepta dones para condenar a muerte a un inocente.

Nosotros no queremos ser maldecidos por Dios por nuestras acciones. Porque por ser samaritanos no seremos maldecidos, siendo Dios el Justo que premia el bien donde se halla. Ésta es nuestra confianza en el Señor.

Se recoge un instante, luego continúa:
-Por todo esto, te decimos: Sería mejor para ti quedarte con nosotros. El Templo te odia y te busca para causarte dolor. Y no sólo eso. Siempre estarás demasiado con aquellos que te rechazan como a un oprobio. No de los judíos te vendrá el amor.

-No puedo quedarme. Pero recordaré vuestras palabras.

Entretanto, os digo que perseveréis en la observancia de las leyes de justicia que habéis recordado y que brotan del precepto del amor al prójimo, el precepto que, con el del amor a Dios, forma el mandamiento principal de la Religión antigua y de la mía.

Para el que vive como justo no está lejos el camino del Cielo. A los que están en el sendero cercano, separados ya sólo por puntillo, más que por una convicción, un solo paso los llevará al camino del Reino de Dios.

-¡Tu Reino!

-El mío. Pero no el Reino como lo imaginan los hombres, reino de poder temporal, justo y, a lo mejor, violento para ser poderoso, sino el Reino que empieza dentro del corazón de los hombres, a quienes el Rey espiritual da un código espiritual y dará un premio espiritual. Dará el Reino.

Este Reino que no estará habitado exclusivamente por judíos o galileos o samaritanos, sino por todos aquellos que en la Tierra tuvieron una única fe: la mía, y en el Cielo llevarán un único nombre: santos. Las razas, y las divisiones entre raza y raza, se quedan en la Tierra, limitadas a ella.

En mi Reino no habrá razas distintas, sino únicamente la de los hijos de Dios. Los hijos de Uno Solo pueden ser sólo de una única estirpe. Ahora dejadme continuar. Todavía es largo el camino que debo recorrer antes de la noche.

-¿Vas a Jerusalén?

-A Ensemes.

-Entonces te vamos a indicar un camino que sólo nosotros conocemos para ir al vado sin sufrir demora ni hostilidad. No llevas cargas ni carros, así que puedes ir por él. Para nona estarás en el lugar. Y conocer ese sendero será bueno para ti. Pero descansa entre nosotros una hora y acepta el pan y la sal y danos a cambio tu palabra.

-Hágase como queréis. Pero vamos a quedarnos aquí donde estamos. El día está muy plácido y este lugar es muy hermoso.
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En efecto, están en una depresión cubierta de árboles frutales, por su centro fluye un pequeño torrente alimentado por las primeras lluvias, que corre hacia el Jordán, cantarín y luciente bajo el sol, bajando por entre piedras grandes que lo fragmentan en espumas anacaradas.

En las dos orillas, los arbustos, que han resistido el verano, parecen gozar del agua rota en espuma y diminutamente polvorizada; y brillan intensamente, dulcemente trémulos por un viento templado con sabor a manzanas maduras y a mostos en fermentación.

Jesús va justamente hasta el torrente y se sienta en una peña. Sobre su cabeza, la leve sombra de un sauce; al lado, las risueñas aguas que descienden. La gente se sienta en la hierba nueva de las dos orillas.

Entretanto, han traído del pueblo pan, leche recién ordeñada, quesos, fruta y miel, y se lo ofrecen a Jesús para que coma de ello con los suyos. Y lo miran comer, después de la ofrenda y bendición de los alimentos: como un mortal (¡qué sencillo!), como un dios (¡qué soberanamente hermoso y espiritualmente imponente!). Lleva una túnica de lana blanca (un blanco levemente marfileño, como es el color de la lana hilada en casa), y el manto azul oscuro echado a la espalda.

El sol, filtrándose a través del sauce, enciende sus cabellos con chispas de oro en continuo movimiento que reproduce el de las livianas hojitas del sauce. Y un rayo logra acariciarle la mejilla izquierda, haciendo del esponjoso rizo en que termina la guedeja caediza sobre el carrillo una madeja de oro en hilos que repite más pálidamente su color en la blanda y no excesiva barba que cubre el mentón y la parte baja de la cara.

La piel, de un color marfil antiguo, a la luz del sol muestra el delicado bordado de las venas en los carrillos y en las sienes, y una de ellas atraviesa de la nariz al pelo la frente lisa y alta…

Pienso que precisamente de esa vena vi caer mucha sangre por una espina que la traspasaba durante la Pasión… Siempre, cuando veo a Jesús tan hermoso y compuesto en su varonil cuidado, recuerdo cómo quedó después de los sufrimientos y las agresiones de los hombres…

Jesús come, y sonríe a unos niños que están arrimados a sus rodillas, relajada la cabeza sobre ellas, o que lo miran comer como si vieran quién sabe qué. Y Jesús, cuando llega a la fruta y la miel, les ofrece a ellos; y a los más pequeños, cual si fueran pajarillos, les pone en la boca granos de uva o migas untadas en la miel filamentosa.

Un niño -sin duda le gustan y espera encontrarlas- se marcha corriendo por entre la gente en dirección a un árbol. Vuelve con los brazos cruzados sobre su pequeño pecho, haciendo de éste un cesto vivo en que descansan tres granadas de un volumen y belleza maravillosos, y se las ofrece a Jesús, insistiendo.

Jesús toma los frutos y abre dos de ellos; los divide en tantas partes como pequeños amigos tiene, y las reparte. Luego, tomando en la mano la tercera, se pone en pie y empieza a hablar, teniendo en la palma izquierda, bien a la vista, la espléndida granada.

-¿Con qué compararé el mundo en general, y en particular Palestina, que estuvo unida -y lo está en el pensamiento de Dios-en una única nación, y que luego se escindió por un error y por un obstinado odio entre hermanos? ¿Con qué compararé a Israel, así como está, en el estado en que, por su voluntad, se halla? Lo compararé con esta granada.

Y os digo, en verdad, que las desavenencias que hay entre judíos y samaritanos se repiten, en forma y medida distinta pero con una única sustancia de odio, entre todas las naciones del mundo, y en ocasiones entre provincias de una misma nación. Y se consideran insalvables como si fueran cosas creadas por Dios mismo. No. El Creador no ha hecho tantos Adanes y tantas Evas como razas hay recíprocamente adversas, como tribus hay, como familias hay constituidas en enemigas la una de la otra.

Hizo a un solo Adán a una sola Eva, y de ellos han venido los hombres todos, que se esparcieron luego para poblar la Tierra, como si fuera una sola casa que va enriqueciéndose en el número de habitaciones a medida que aumentan los hijos y se casan y procrean a los nietos para sus padres.

¿Por qué, entonces, tanto odio entre los hombres, tantas barreras, tantas incomprensiones? Habéis dicho: "Sabemos estar unidos sintiéndonos hermanos". No es suficiente. Debéis amar también a los que no son samaritanos.

Mirad este fruto. Ya conocéis su sabor, además de su belleza. Está cerrado aún, como ahora, y ya os prometéis el jugo dulce de su interior; abierto, alegra también la vista con sus filas apretadas de granos, semejantes a rubíes dentro de un cofre.

Pero ¡ay del incauto que lo mordiera sin haberle quitado las separaciones amarguísimas puestas entre una y otra familia de granos! Se intoxicaría los labios y las entrañas, y rechazaría el fruto diciendo: "Es veneno".

Igualmente, las separaciones y los odios entre un pueblo y otro, una tribu y otra transforman en veneno aquello que había sido creado para ser dulzura. Son inútiles. Lo único que hacen es, como en este fruto, crear límites que comen espacio y producen incomprensión y dolor. Son amargos, y, a quien clava sus dientes, o sea, a quien muerde a su prójimo a quien no ama, para producirle daño y dolor, le dan una amargura que envenena el espíritu.

¿No se pueden hacer desaparecer? Se puede. La buena voluntad los elimina, de la misma forma que la mano de un niño quita las paredes de amargura en el dulce fruto que el Creador hizo para deleite de sus hijos. Y el primero que tiene buena voluntad es el mismo, único Señor, Dios tanto de los judíos como de los galileos, de los samaritanos como de los batenos. Y esto lo demuestra enviando al único Salvador, que salvará a éstos y a aquéllos pidiendo sólo la fe en su Naturaleza y Doctrina.

El Salvador que os habla pasará derribando las inútiles barreras, borrando el pasado que os ha dividido, para sustituirlo por un presente que os hermane en su Nombre.

Vosotros todos, de aquí y de allende los confines, lo único que tenéis que hacer es secundarlo, y el odio caerá, y desaparecerá la postración que suscita rencor, y desaparecerá el orgullo que suscita injusticia.

Mi mandamiento es éste: que los hombres se amen como hermanos que son. Que se amen como el Padre de los Cielos los ama y como los ama el Hijo del hombre, que por la naturaleza humana que ha asumido se siente hermano de los hombres, y que por su Paternidad se sabe dueño de vencer al Mal con todas sus consecuencias.

Habéis dicho: "Es nuestra ley no traicionar". Entonces, lo primero, no traicionéis a vuestras almas privándolas del Cielo. Amaos los unos a los otros, amaos en mí, y la paz descenderá sobre los espíritus de los hombres, como ha sido prometido. Y vendrá el Reino de Dios, que es Reino de paz y de amor para todos aquellos que tienen recta voluntad de servir al Señor su Dios.

Os dejo. Que la Luz de Dios ilumine vuestros corazones… Vamos…

Se envuelve en su manto, se pone en bandolera su saca y abre la marcha; junto a Él, a uno de los lados, Pedro, y al otro el notable que ha hablado al principio. Detrás, los apóstoles.

Más atrás -puesto que en grupo no es posible caminar por el sendero que sigue el torrente- jóvenes de Efraím…

483- Polémica de los apóstoles sobre el odio de los judíos. Los diez leprosos curados en Samaria

Siguen entre montes -y montes bien escabrosos-, por unas veredas por donde no pasan, ciertamente, carros; sólo,
transeúntes a pie o personas montadas en fuertes asnos de montaña, más altos y robustos que los habituales burritos de las zonas menos accidentadas (una observación que a muchos podrá parecer inútil, pero que la hago de todas formas).

En Samaria hay diferencias respecto a los usos de los otros lugares, tanto en el vestido como en muchas otras cosas. Y una es la abundancia de perros, no común en otros lugares, que me choca, como me chocó la presencia de puercos en la Decápolis.

Muchos perros, quizás porque Samaria tiene muchos pastores y tendrá muchos lobos en esos montes tan agrestes; muchos, también, porque en Samaria veo a los pastores generalmente solos -al máximo con un muchacho- apacentando el rebaño propio, mientras que en otras partes, por lo general, un grupo de pastores custodia rebaños compuestos por numerosas cabezas, propiedad de algún rico. Bueno, de hecho aquí cada pastor tiene su perro, o más de un perro, según el número de ovejas de su rebaño.

Otra característica son precisamente estos asnos casi tan altos como un caballo, robustos, capaces de escalar estos
montes con cargas pesadas en la albarda, a menudo cargados de gruesa leña que se encuentra en estos magníficos montes cubiertos de bosques seculares.

Otra particularidad: la soltura de comportamiento de los habitantes, los cuales no son unos "pecadores", como los
juzgaban judíos y galileos, sino que son abiertos y francos y están exentos de beaterías, exentos de todas esas historias que tienen los otros. Y son hospitalarios.

Esta constatación me hace pensar que en la parábola del buen samaritano no hubiera sólo intención consciente de hacer resaltar que bueno y malo hay en todas partes, en todos los lugares y razas, y que entre los heréticos también puede haber rectos de corazón, sino también, justamente, una real descripción de las costumbres samaritanas hacia quien necesitaba ayuda. Se habrán detenido en el Pentateuco -oigo que hablan de él y no de otra cosa- pero practican, al menos hacia el prójimo, con más rectitud que los otros con sus seiscientas trece cláusulas de preceptos, etc. etc.

Los apóstoles hablan con el Maestro y, a pesar de ser incorregiblemente israelitas, deben reconocer y alabar el espíritu que han encontrado en los habitantes de Siquem, que -lo comprendo por las cosas que oigo- han invitado a Jesús a detenerse y estar con ellos.

-¿Has oído, no? - dice Pedro - ¿cómo han dicho claramente que conocen el odio judío? Han dicho: "Hacia ti y contra ti hay más odio que contra todos nosotros juntos, los samaritanos de ahora y del pasado. Te odian sin límite".

-¿Y aquel viejo? ¡Qué acertadamente lo ha dicho!: "En el fondo es natural que sea así, porque Tú no eres un hombre sino que eres el Cristo, el Salvador del mundo, y por eso eres el Hijo de Dios, porque sólo un Dios puede salvar al mundo corrompido. Por eso, no teniendo Tú límites como Dios, no teniendo límites tu poder ni tu santidad ni tu amor, como tampoco tendrá límites tu victoria sobre el Mal, es natural que el Mal y el Odio -una cosa sola con el Mal- no tengan límites contra ti".

¡Verdaderamente ha hablado con acierto! ¡Y este razonamiento explica muchas cosas! - dice el Zelote.
-¿Qué explica, según tú? Yo… yo digo que explica sólo que son unos estúpidos - dice Tomás expeditivo.
-No. La estupidez podría ser incluso una justificación. Pero no son estúpidos.

-Ebrios entonces, ebrios de odio - replica Tomás.
-Tampoco. El enajenamiento cede cuando estalla. Este odio no cede.

-¡Sí, porque más estallado que así!… ¡Hace tanto tiempo que ha estallado… que ya habría tenido que caer!
-Amigos, la malignidad no ha tocado todavía la meta - dice Jesús, tranquilo, como si la meta del odio no fuera su
suplicio.

-¿No? ¿Pero si no nos dejan en paz nunca?
-Maestro, todavía éstos no se convencen de que es verdad lo que he dicho. Pero lo es. ¡Vaya que si lo es! Y digo
también que, si hubiera sido por vosotros, habríais caído todos en la trampa como cayó Juan Bautista. Pero no lo lograrán, porque yo vigilo… - dice Judas Iscariote.

Y Jesús lo mira. Y yo también lo miro, preguntándome -y me lo pregunto desde hace algunos días- si la conducta de
Judas obedece a un retorno bueno y real al camino del bien y del amor hacia su Maestro, obedece a una liberación de las fuerzas humanas y extrahumanas que lo sujetaban, o si se trata de un trabajo más refinado de preparación al golpe final, de una servidumbre mayor a los enemigos de Cristo y a Satanás.

Pero Judas es un ser tan especial, que no es descifrable.

Sólo Dios puede entenderlo. Y Dios, Jesús, corre un velo de misericordia y de prudencia sobre todas las acciones y sobre la personalidad de su apóstol… un velo que se rasgará, iluminando completamente muchos porqués, ahora misteriosos, sólo cuando se abran los libros de los Cielos.

Los apóstoles están tan preocupados por la idea de que el odio de los enemigos no ha alcanzado todavía su culmen, que guardan silencio durante un tiempo. Luego Tomás se dirige otra vez al Zelote y dice:

-Entonces, si ni están ebrios ni son estúpidos, si su odio explica muchas cosas pero no ésta, ¿qué explica entonces?
¿Qué son? No lo has dicho…

-¿Que qué son? Posesos. Son eso mismo que dicen de Él. Esto explica su ensañamiento, que no conoce interrupción, es más, que crece cada vez más cuanto más evidente se hace su poder. Acertado lo que ha dicho ese samaritano. En Él,

Hijo del Padre y de María, Hombre y Dios, está la infinitud de Dios, e infinito es el Odio que a esta Infinitud perfecta se opone, aunque en su no tener límite el Odio no es perfecto, porque sólo Dios es perfecto en sus acciones.

Pero, si el Odio pudiera tocar el abismo de la perfección bajaría a tocarlo, es más, se arrojaría a tocarlo, para resurgir luego, por la misma vehemencia de a la caída en el abismo de infierno, contra el Cristo, para herirlo con todas las armas arrancadas al abismo infernal.

El firmamento, reglado por Dios, tiene un solo Sol, que surge y resplandece y desaparece y deja el sitio al sol más pequeño que es la Luna; y ésta, después de haber alumbrado a su vez, se pone para ceder el sitio al Sol.

Los astros enseñan mucho a los hombres, porque se sujetan a la voluntad del Creador. Pero los hombres no. Y un ejemplo es éste: este querer oponerse al Maestro. ¿Qué sucedería si la Luna en una aurora dijera: "No quiero desaparecer, vuelvo por el camino recorrido”? Sin duda, chocaría violentamente contra el Sol, con horror y daño de toda la Creación. Esto es lo que quieren hacer ellos, creyendo que pueden hacer pedazos al Sol…

-Es la lucha de las Tinieblas contra la Luz. La vemos todos los días en los amaneceres y en los crepúsculos. Las dos fuerzas que se contraponen, que adquieren recíprocamente el dominio sobre la Tierra. Pero las tinieblas siempre pierden, porque nunca son absolutas.

Siempre emana un poco de luz, aun en la noche más privada de astros. Parece como si el aire por sí mismo la creara en los infinitos espacios del firmamento y la diseminara, si bien limitadísima, para convencer a los hombres de que los astros no están apagados.

Y yo digo que, igualmente, en estas especiales tinieblas del Mal contra la Luz que es Jesús, siempre, a pesar de todos los esfuerzos de las Tinieblas, la Luz estará ahí para confortar a quien en Ella cree dice Juan, sonriendo ante este pensamiento suyo, recogido dentro de sí como si monologara.

Santiago de Alfeo recoge su pensamiento:
-Los Libros (Génesis 1, 2-3. Números 11, 26-29; 22, 20-35; 23, 4-30; 24; 1 Reyes 13, 1-5; 2 Reyes 1, 15-16; Isaías 11-12) llaman al Cristo "Estrella de la mañana".

Él, por tanto, también conocerá una noche, y -¡oh, espanto mío!- también nosotros la conoceremos; conoceremos una noche, un tiempo en que no parecerá fuerte la Luz, sino victoriosas las Tinieblas. Pero, dado que Él es llamado Estrella de la mañana excluyendo un límite en el tiempo, yo digo que tras la momentánea noche Él será Luz matutina, pura, fresca, virginal, renovadora del mundo, semejante a la que siguió al Caos en el día primero. ¡Oh!, sí. El mundo será creado de nuevo en su Luz.

-Y la maldición – dice Judas de Alfeo - caerá sobre los réprobos que hayan querido alzar las manos contra la Luz,
repitiendo los errores ya cometidos, desde Lucifer hasta los profanadores del pueblo santo. Yeohveh deja libre al hombre en sus acciones. Pero, por amor del propio hombre, no permitirá que el Infierno prevalezca.

-¡Oh, menos mal que, después de tanto sopor de espíritu, por el que todos parecíamos como obtusos y entorpecidos por vejez precoz la sabiduría vuelve a florecer en nuestros labios! ¡Ya no parecíamos nosotros! ¡Ahora reconozco de nuevo al Zelote y a Juan y a los dos hermanos de otros tiempos! - dice Judas Iscariote felicitándose.

-No me parece que hubiéramos cambiado tanto, que no pareciéramos nosotros - dice Pedro.

-¡Que si habíamos cambiado! Todos. Tú el primero. Y luego Simón y los otros, incluido yo. Si había uno que era más o menos el de siempre, era Juan.
-¡Mmm! Verdaderamente no sé en qué…

-¿En qué? Taciturnos, como cansados, indiferentes, pensativos… Ya no se oía nunca una de estas conversaciones, semejantes a muchas de otros tiempos, semejantes a la de ahora, que son tan útiles…

-Para discutir - dice Judas Tadeo, recordando cómo, efectivamente, con frecuencia degeneraban en disputas.
-No. Para formarse. Porque no todos somos como Natanael, ni como Simón, ni como vosotros de Alfeo, por nacimiento o sabiduría. Y quien lo es menos aprende siempre de quien lo es más - rebate Judas Iscariote.

-Verdaderamente… yo diría que más que nada es necesario formarse en la justicia. Y de ésta nos ha dado magníficas lecciones Simón - dice Tomás.

-¿Yo? ¡Tú ves mal! Soy el más necio de todos - dice Pedro.
-No. Tú eres el que más ha cambiado. En esto tiene razón Judas Keriot. Bien poco queda en ti del Simón que conocí yo cuando vine con vosotros, y que, perdona, siguió siendo igual durante mucho tiempo.

Desde que estoy de nuevo contigo después de la separación para las Encenias, no has hecho otra cosa que transformarte. Ahora eres… sí, lo digo: eres más paterno y, al mismo tiempo, más austero.

Tienes conmiseración de todos tus pobres hermanos, mientras que antes… Y se ve, yo al menos lo veo, que esto te cuesta. Pero te vences a ti mismo. Y nunca nos has impuesto tanto respeto como ahora, que hablas poco y regañas poco…

-¡Pero, amigo mío, tú eres muy bueno viéndome así!… Yo, aparte de en el amor hacia el Maestro, que me crece
continuamente, no he cambiado en nada de nada.
-No. Tomás tiene razón. Estás muy cambiado - confirman bastantes.

-¡Bueno, bueno!, lo decís vosotros… - dice Pedro encogiéndose de hombros. Y añade:

-Sólo el juicio del Maestro sería seguro. Pero me guardo bien de pedírselo. Él conoce mi debilidad y sabe que incluso una alabanza mal dada podría perjudicar a mi espíritu. Por tanto, no me alabaría, y haría bien en no hacerlo. Comprendo cada vez mejor su corazón y su sistema, y ahí veo toda la justicia.

-Porque tienes ánimo recto y porque amas cada vez más. Lo que te hace ver y comprender es tu amor por mí. Maestro tuyo, el verdadero y más grande Maestro que te hace comprender, es el Amor - dice Jesús, que hasta ese momento ha escuchado y guardado silencio.

-Yo creo que… es también el dolor que llevo dentro…
-¿Dolor? ¿Por qué?» preguntan algunos.

-¡Bueno, pues por muchas cosas!, que en el fondo son una sola cosa: todo lo que sufre el Maestro… y el pensamiento de lo que sufrirá. No podemos seguir pensando en las musarañas como en los primeros tiempos, pensando en las nubes como críos que no saben, ahora que sabemos de qué son capaces los hombres y cómo se debe sufrir para salvarlos. ¡Venga, hombre!

¡Creíamos todo fácil en los primeros tiempos! ¡Creíamos que bastaba presentarse para que los otros vinieran a nuestra parte!

Creíamos que conquistar Israel y el mundo era como… echar una red en un fondo abundante en pesca. ¡Pobres de nosotros!

Pienso que si no consigue Él una buena presa, nosotros no conseguiremos ninguna. ¡Pero esto no es nada todavía! Pienso que ésos son malos y le hacen sufrir, y creo que éste es el motivo de nuestro cambio en general…
-Es verdad. Por mi parte, es verdad - confirma el Zelote.

-También en mi caso.
-También yo - dicen los otros.

-Yo hace mucho que estaba inquieto por esto y he tratado de disponer de buenas ayudas. Pero me han traicionado… y vosotros no me habéis comprendido… Y yo no os he comprendido a vosotros. Creía que erais como sois por cansancio del espíritu, por falta de confianza, por desilusión… - confiesa Judas Iscariote.

-Yo nunca he esperado humanas alegrías y por tanto, no estoy desilusionado - dice el Zelote.

-Yo y mi hermano querríamos verlo victorioso, pero para alegría suya. Lo hemos seguido por amor de parientes antes que de discípulos. Lo hemos seguido siempre, desde niños.

Él, el más pequeño en edad de nosotros, hermanos, pero siempre mucho más grande que nosotros… - dice Santiago con su admiración ilimitada por su Jesús:

-Si tenemos un dolor es el que no todos nosotros, los de la parentela, lo amamos en espíritu y sólo con el espíritu. Pero no somos los únicos en Israel que lo aman mal - dice Judas Tadeo.

Judas Iscariote lo mira, y quizás hablaría, pero le distrae un grito que llega hasta ellos desde un cerro que se alza por encima del pueblecito que están orillando, buscando el camino para entrar en él:

-¡Jesús! ¡Rabí Jesús! ¡Hijo de David y Señor nuestro, ten piedad de nosotros!

-¡Leprosos! Vámonos, Maestro. Si no, va a venir el pueblo y nos van a retener en sus casas - dicen los apóstoles.

Pero los leprosos tienen la ventaja de estar más adelante que ellos, arriba, en el camino, aunque al menos a unos
quinientos metros del pueblo, y bajan cojeando por el camino, y corren hacia Jesús repitiendo su grito.

-Entremos en el pueblo, Maestro. Ellos no pueden hacerlo – dicen algunos apóstoles. Pero otros rebaten:

-Ya algunas mujeres se han asomado a mirar. Si entramos nos libraremos de los leprosos, pero no de ser reconocidos y retenidos.

Y mientras titubean sobre la postura a tomar, los leprosos se van acercando a Jesús, quien, no haciendo caso de los
pero y de los si de sus apóstoles, ha proseguido por su camino. Y los apóstoles se resignan a seguirle, mientras mujeres con los niños agarrados a las faldas, y algún hombre viejo que se ha quedado en el pueblo, vienen a ver, dejando una prudente distancia entre ellos y los leprosos, los cuales se detienen a algunos metros de Jesús y suplican una vez más:

-¡Jesús, ten piedad de nosotros!
Jesús los contempla un instante; luego, sin arrimarse a este grupo de dolor, pregunta:
-¿Sois de este pueblo?

-No, Maestro, de diversos lugares. Pero ese monte donde estamos, por la otra parte, mira al camino que va a Jericó, y es bueno para nosotros ese lugar…

-Id entonces al pueblo cercano a vuestro monte y mostraos a los sacerdotes.

Y Jesús reanuda la marcha, apartándose hacia el borde del camino para no rozar a los leprosos, los cuales, sin otra cosa sino una mirada de esperanza en los pobres ojos enfermos, lo miran mientras se acerca; y Jesús, llegado a su altura, alza la mano para bendecir.

La gente del pueblo, desilusionada, vuelve a las casas… Los leprosos ganan de nuevo el monte, para ir hacia su gruta o hacia el camino de Jericó.

-Has hecho bien no curándolos. Los del pueblo ya no nos habrían dejado marcharnos…

-Sí, y sería necesario llegar a Efraím antes de la noche.
Jesús camina y calla. El pueblo ya está escondido a la vista, por las curvas del camino, que es muy sinuoso porque sigue los caprichos del monte en cuyo pie está hendido.

Pero una voz los alcanza:
-¡Alabado sea el Dios Altísimo y su verdadero Mesías! ¡En Él, todo poder, toda sabiduría y piedad! ¡Alabado sea el Dios Altísimo, que en Él nos ha concedido la paz!

¡Alabadlo todos vosotros, hombres de las ciudades de Judea y Samaria, de Galilea y Transjordania! ¡Hasta las nieves del altísimo Hermón, hasta los resecos pedregales de Idumea, hasta las arenas bañadas por las olas del Mar Grande, cántese con poderosa voz la alabanza al Altísimo y a su Cristo!

¡Se ha cumplido la profecía de Balaam! ¡La Estrella de Jacob resplandece en el cielo rehecho de la patria que el verdadero Pastor ha vuelto a unir! ¡Se han cumplido también las promesas hechas a los patriarcas!

¡Oíd la palabra de Elías, que nos amó, oídla, pueblos de Palestina, y comprendedla! ¡Ya no se debe cojear de las dos partes, sino que se debe elegir por luz de espíritu, y si el espíritu es recto elegirá bien! ¡Éste es el Señor!

¡Seguidle! ¡Ah, que hasta ahora hemos sido castigados porque no nos hemos esforzado en comprender!

El hombre de Dios maldijo el falso altar profetizando: "Sí, nacerá de la casa de David un hijo llamado Josías, que sacrificará en el altar y quemará huesos de Adán. Y el altar entonces se romperá y se hundirá en las entrañas de la Tierra, y las cenizas de la inmolación se esparcirán a septentrión y a mediodía, hacia oriente y hacia donde el Sol de pone".

No queráis hacer como el necio Ocozías, que mandaba a consultar al dios de Ecrón cuando el Altísimo estaba en Israel. No queráis ser inferiores a la burra de Balaam, la cual, por su reverencia al espíritu de luz, mientras que habría caído muerto el profeta que no veía, habría merecido la vida.

¡He aquí la Luz, que pasa entre nosotros! ¡Abrid los ojos, ciegos de espíritu, y ved!- y uno de los leprosos los sigue, cada vez más cerca -incluso en el camino de primer orden en que ya están-, señalando a Jesús a los peregrinos.

Los apóstoles, desazonados, se vuelven dos o tres veces, intimando al leproso, perfectamente curado, a callarse. Y la última vez casi lo amenazan.

Pero él, dejando por un momento de alzar así la voz para hablar a todos, responde:

-¿Y qué queréis, que no glorifique las grandes cosas que Dios me ha hecho? ¿Queréis que no lo bendiga?
-Bendícelo en tu corazón y calla - le responden inquietos.
-No, no puedo callar. Dios pone las palabras en mi boca - y, otra vez con voz fuerte:

-¡Gentes de los dos lugares de frontera, gentes que pasáis fortuitamente, deteneos a adorar a Aquel que reinará en el nombre del Señor. Yo rechazaba muchas palabras. Pero ahora las repito porque las veo cumplidas. Y todas las gentes se ponen en movimiento y vienen exultantes hacia el Señor por las vías del mar y de los desiertos, por las colinas y los montes.

Y también nosotros, pueblo que hemos caminado en las tinieblas, iremos hacia la gran Luz que ha surgido, hacia la Vida, saliendo de la región de la muerte. Lobos, leopardos y leones como éramos, renaceremos en el Espíritu del Señor y nos amaremos en Él, a la sombra del Retoño de Jesé que ya es cedro, bajo el cual acampan las naciones por Él recogidas desde los cuatro puntos de la Tierra.

He aquí que llega el día en que los celos de Efraím tendrán fin, porque ya no existen Israel y Judá, sino un solo Reino: el del Cristo del Señor. Oíd, yo canto las alabanzas del Señor, que me ha salvado y consolado.

Oíd, yo digo: alabadlo y venid a beber la salvación a la fuente del Salvador. ¡Hosanna! ¡Hosanna a las grandes cosas que Él hace! ¡Hosanna al Altísimo que ha puesto en medio de los hombres a su Espíritu revistiéndolo de carne, para que fuera el Redentor!

Es inagotable. La gente aumenta, se agolpa, ocupa el camino: quien estaba atrás se acerca, quien estaba delante
regresa. Los habitantes de un pequeño pueblo -en cuyos aledaños están ya- se unen a los viandantes.

-Pero mándale que se calle, Señor. Es el samaritano. Esto dice la gente. ¡No debe hablar de ti, si ya no permites siquiera que nosotros te precedamos predicándote! - dicen inquietos los apóstoles.

-Amigos míos, repito las palabras de Moisés a Josué, hijo de Nun, que se quejaba porque Eldad y Medad profetizaban en el campamento: "¿Estás celoso por mí, en vez de mí? ¡Ojalá profetizara así todo el pueblo y el Señor diera a todos su Espíritu!". De todas formas, me detengo y lo despido para complaceros.

Y se para. Se vuelve y llama al leproso curado, el cual se acerca presuroso, se postra ante Jesús y besa la tierra.
-Álzate. ¿Y los otros dónde están? ¿No erais diez? Los otros nueve no han sentido la necesidad de dar gracias al Señor.

¿Entonces? ¿De diez leprosos, de los cuales sólo uno era samaritano, no se ha encontrado ninguno, aparte de este extranjero, que sintiera el deber de regresar para dar gloria a Dios, antes de restituirse a sí mismo a la vida y a la familia?

Y se le conoce como "samaritano". ¿Ya no están ebrios los samaritanos, puesto que ven sin equivocaciones y acuden al camino de la Salvación sin paso vacilante? ¿Es que habla la Palabra un lenguaje extranjero, pues que lo entienden los extranjeros y no los de su pueblo?

Extiende la mirada de sus espléndidos ojos sobre la multitud que se encuentra allí procedente de todas partes de la Palestina. Y esos ojos, con su centelleo, son irresistibles… Muchos agachan la cabeza y azuzan a las cabalgaduras o se echan a caminar y se alejan…
Jesús baja los ojos hacia el samaritano que está arrodillado a sus pies. La mirada se hace dulcísima. Alza la mano -la tenía relajada- haciendo un gesto de bendición, y dice:

-Álzate y márchate. Tu fe ha salvado en ti más que tu carne. Camina en la Luz de Dios. Ve.
El hombre besa nuevamente la tierra y, antes de levantarse, pide:

-Un nombre, Señor. Un nombre nuevo, porque todo es nuevo en mí, para siempre.

-¿En qué tierra nos encontramos?
-En la de Efraím.
-Pues llámate Efrén de ahora en adelante, porque dos veces la Vida te ha dado vida. Ve. (Efrén significa “doble fruto”)

Y el hombre se alza y se marcha.

La gente del lugar y algún peregrino quisieran retener a Jesús. Pero Él subyuga con su mirada, que no es severa -antes al contrario, es muy dulce al mirarlos- pero que debe despedir poder, porque ninguno hace un gesto para retenerlo.

Y Jesús deja el camino sin entrar en el pueblecito. Cruza un campo, luego un regato y un sendero, y sube al cerro
oriental, todo lleno de bosques, donde se adentra con los suyos. Dice:

-Para no extraviarnos, seguiremos el camino, pero por el bosque.

Después de aquella curva, el camino se pega a este monte.

Encontraremos alguna gruta para dormir y al alba rebasaremos Efraím…

482- En camino con un pastor samaritano que ve premiada su fe

No sé decir en qué lugar de Samaria nos encontramos.

Ciertamente en plenos montes samaritanos (aunque no son los más altos, porque los más altos están más al sur, con sus cimas bien erguidas, hacia el cielo, que de nuevo está sereno).

Los apóstoles caminan lo más que pueden cerca de Jesús. Pero el sendero, un atajo, no lo permite frecuentemente, así que el grupo se forma y se deshace continuamente.

Hay muchos pastores con sus hatos en los montes; a ellos se dirigen los apóstoles para preguntar si sigue siendo el sendero que conduce al camino de caravanas que del mar va a Pel.la. A pesar de ser samaritanos, responden siempre a las preguntas sin desaires. Es más, uno, en un nudo de caminos estrechos que van en todas las direcciones, para bifurcarse luego aún en otros nudos, dice:

-Dentro de poco bajo. Descansad bien. Recorreremos el camino juntos. Si os perdierais en estos montes… no sería cosa buena…
Baja la voz y añade:

-¡Los bandoleros!… -y mira a su alrededor como temiendo tenerlos cerca amenazadores. Luego, tranquilizado, sigue diciendo:

-De las laderas del Garizim y del Ebal bajan, y se esparcen, en esta época de peregrinajes. Y siempre encuentran trabajo, a pesar de que los romanos refuercen la guardia en los caminos… porque siempre hay gente que evita los caminos transitados, para llegar antes, o por otros motivos.

-Tenéis muchos bandoleros, ¿eh? -dice Felipe con una sonrisita significativa.

-¿Crees que son samaritanos, tú, galileo? -dice enseguida, resentido, el pastor.

Interviene Judas Iscariote, el cual, habiendo sido el promotor de esta desviación del itinerario, se siente en el deber de eliminar todo incidente desagradable.

-¡No, no! Es porque, sabiendo que sois hospitalarios, los que hacen el mal en otro lugar vienen a refugiarse aquí.

Es como si… si fuerais un lugar enteramente de refugio. Los malhechores saben bien que nadie, ni galileo ni judío, los perseguiría aquí, y se aprovechan de ello. Y también se pone de su parte la naturaleza. Estos montes…

-¡Ah, creía que pensarais!… Los montes, sí, ayudan mucho. Bueno y los dos más altos… Sí… ¡pero… cuántos bandoleros nos traen el Adomín y el paso de Efraím! ¡De todas las razas, je, je! Y los soldados de Roma son astutos… No van a desalojarlos. Ya de por sí sólo las serpientes y las águilas pueden conocer y penetrar en sus madrigueras.

Y se cuentan cosas tremendas. Pero sentaos.
Os doy leche… Samaritano, sí, ¡pero yo también sé el Pentateuco! Y con quien no ofende no ofendo. Vosotros… a pesar de ser galileos y judíos, no ofendéis. Pero se dice que os ha surgido un profeta que enseña a amarnos. Si no pensara que según los escribas y fariseos de Israel somos malditos -así dicen-, diría que los grandes profetas que nos han amado, a pesar de ser samaritanos, han vuelto, en Él, como dicen algunos, para vivir de nuevo. Pero yo no creo estas cosas…

Aquí tenéis la leche… De todas formas, me gustaría encontrar a ese profeta. Dicen que el otro profeta, el que se había refugiado en nuestras fronteras y al cual no traicionamos -los que nos insultan deberían recordarlo-, dijo que este profeta surgido en Israel es más grande que Elías. Lo llamó Cordero de Dios, Cristo.

Y samaritanos de Siquem han hablado con Él, y dicen de Él grandes cosas, y muchos se han puesto en los caminos grandes, porque se piensa que pasará. Es más -es la primera vez que sucede-, también judíos, fariseos y doctores nos han preguntado en todas las ciudades, diciéndonos que si lo vemos corramos adelante para decir que llega, porque quieren festejarlo mucho.

Los apóstoles se miran de reojo, pero, prudentemente, no hablan. Judas, con sus brillantes ojos negros, llenos de una luz de triunfo, parece decir:

-¿Habéis oído? ¿Convencidos ahora de que tengo razón?
El pastor sigue hablando:

-Vosotros lo conocéis, claro. ¿De dónde venís?
-De la alta Galilea -responde rápidamente Judas.

-¡Ah! sois… No. Tú no eres galileo.

-Somos de todos los lugares. Hemos hecho una peregrinación a las tumbas de los doctores.

-¿Ah, sois discípulos, quizás?… ¿Pero este hombre no es un rabí? -dice señalando a Jesús.

-Somos discípulos. Bien has dicho. Sí, es un rabí este hombre. Pero tú sabes que de rabí a rabí hay diferencia…

-Lo sé. Claro que éste es joven y tendrá que aprender todavía de los grandes doctores del Templo vuestro -y va una evidente pulla de desprecio en el adjetivo posesivo.
Pero Judas, siempre tan dispuesto a rebatir, se comporta con una docilidad maravillosa.

Los otros no hablan. Jesús está como absorto y, por tanto, el alfilerazo no suscita réplicas. Judas, incluso, dice son riendo:

-Es muy joven, efectivamente. Pero es el más sabio de nosotros -y, para poner fin a la conversación, que podría hacerse peligrosa, dice:

-¿Tienes que estar todavía mucho aquí? Porque para la noche querríamos estar abajo.

-No. Voy. Reúno a las ovejas y voy.
-De acuerdo. Nosotros, mientras, nos adelantamos… -y se alza con los demás, y toman inmediatamente el sendero.
Y, cuando un bosquecillo espeso se interpone entre él y el pastor se ríe, se ríe, diciendo:

-¡Pero qué fácil es torear a la gente! ¿Os habéis convencido ahora de que yo no mentía ni era un estúpido?
-No, no mentías… pero has mentido ahora.

-¿Mentido? No. ¿En virtud de qué dices eso, Felipe? He sabido decir la verdad sin que se transforme en daño ¿No venimos, acaso, de la alta Galilea? ¿No somos, acaso, de todos los lugares? ¿No fuimos, acaso, un día a recibir pedradas por venerar las tumbas de los doctores? ¿Y no hemos pasado cerca también en el último viaje hacia Yiscala? ¿He negado, acaso, que Jesús es un rabí? ¿He dicho, acaso, que no es más sabio que todos nosotros?…

Al decir estas cosas yo pensaba -y reía en mi corazón-que diciendo "nosotros" asestaba un golpe a los rabíes, todos inferiores al Maestro, aunque crean no serlo, y toreaba al pastor… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Hay que saber decir las cosas… y se dice todo sin pecar ni causar daño.

Judas de Alfeo hace una mueca de desagrado y dice:
-Para mí, en todo caso, es mentir.

-¡Ya, claro! ¡Lo he hecho yo! Pero, has oído, ¿no? Han depuesto los prejuicios, las repulsas y la altanería, para decir a los samaritanos que señalen el paso del Maestro para festejarlo en la frontera. ¡Ja! ¡Ja! ¡Menuda fiesta!

-¡La fiesta! También ellos han sabido decir y pensar, hablando con falsedad, una verdad… Judas de Keriot tiene razón ­dice Tomás.
Jesús se vuelve y dice:

-Sí. El suyo, un engaño, y odioso. Pero también decir una cosa por otra con buen fin es siempre censurable. ¿Crees tú que el Señor tiene necesidad de esto para proteger a su Mesías? No vuelvas a mentir, ni siquiera con buen fin. El ánimo se acostumbra a imaginar la mentira, y los labios a proferirla. No, Judas. Evita la insinceridad.

-Lo haré, Maestro. Pero ahora callemos. El pastor está llegando corriendo.

Efectivamente, las ovejas, que ya sienten cercano el aprisco, se echan a correr con esa carrera suya hecha de saltos desgarbados, y balan y se chocan unas con otras, avanzan y pasan inevitablemente por entre los apóstoles, de forma que casi los arrollan. Así que llega el pastor, seguido del zagal y del perro. Y no se para sino cuando logra, con la ayuda del muchacho y del perro, frenar a las ovejas, reunirlas, para que no se esparzan o bajen solas.

-¡Son los animales más necios que hay en la Tierra! ¡Pero son muy útiles! -dice secándose el sudor, y suspira:

-¡Si estuviera todavía Rubén! ¡Pero con este muchacho sólo!…
Menea la cabeza bajando tras sus ovejas, a las que el perro y el muchacho, a la cabeza del rebaño, tienen recogidas. Y monologa:
-Si supiera encontrar a ese profeta, samaritano y todo, hablaría con Él…

-¿Y qué le dirías? -pregunta Jesús.
-Diría: "Tenía una mujer buena como agua de monte para un sediento, y el Altísimo me la arrebató. Tenía una hija buena como su madre; un romano me la vio y la quiso como esposa, y se la llevó lejos. Tenía al hijo varón, que era todo para mí… patinó en el monte un día que llovía y se rompió la columna y está inmóvil y ahora está además mal, porque se ha enfermado por dentro, y los médicos dicen que morirá. No te pregunto por qué el Eterno me ha castigado. Pero te ruego que me cures al hijo".

-¿Y crees que podría curártelo?
-¡Sí, cierto que lo creo! Pero no lo veré nunca…
-¿Por qué esa certeza? No es samaritano.
-Es un justo. Es el Hijo de Dios, se dice.
-Vosotros, en los padres, habéis ofendido a Dios.

(En los padres, habéis ofendido a Dios, a causa del cisma referido en l Reyes l2-l3; 2 Reyes l7, 24-4l; 2 Crónicas l0; se lee esta promesa, en el llamado "protoevangelio" de Génesis 3, l5)

-Es verdad. Pero también está escrito que Dios concederá el perdón de la Culpa del hombre enviando al Redentor. En el Pentateuco al lado de la condena contra Adán y Eva, se lee esta promesa. Y el Libro la cita más veces. Si perdona aquella culpa, ¿puede no tener misericordia de mí, que no tengo culpa de haber nacido samaritano -Yo creo que si el Mesías conociera mi dolor se compadecería.

Jesús sonríe, pero no dice nada. Y los apóstoles se entienden con recíprocas sonrisas. Pero el pastor no lo nota.

-¿Ese muchacho, entonces, no es tu hijo? -pregunta Jesús.
-No. Es hijo de una viuda que tiene ocho hijos varones y que pasa hambre. Yo lo he tomado como ayuda… y como hijo… para no estar solo después… cuando Rubén esté en la tumba… -y suspira.

-Pero si tu hijo se curara, ¿qué harías de éste?
-Lo seguiría teniendo. Es bueno y siento compasión de él… -baja la voz diciendo:

-Él no lo sabe… pero su padre murió en las galeras.
-¿Qué había hecho para merecerlo?

-Nada voluntario. Pero su carro arrolló a un soldado borracho y fue acusado de haber querido hacerlo…
-¿Cómo sabéis que ha muerto?

-¡No se sobrevive mucho en el remo! Pero la noticia cierta nos llegó a través de un mercader de Samaria, que vio que lo sacaban muerto de los grilletes y lo arrojaban al mar más allá de las Columnas.

-¿Y lo tendrías contigo realmente?
-Estoy dispuesto a jurarlo. Él, infeliz; yo, infeliz. Y no soy el único.

Otros han tomado consigo a los hijos de la viuda y ella se ha quedado con las tres niñas. Siguen siendo demasiadas. Pero mejor ser cuatro que doce… ¡De todas formas, no hace falta que jure!… Rubén morirá…
Ya se ve el camino, muy transitado por peregrinos que se dirigen hacia los lugares de parada: el crepúsculo se acerca.

-¿Tienes dónde dormir? -pregunta el pastor.
-No, la verdad es que no.

-Te diría: "ven", pero la casa es pequeña para todos. De todas formas, el aprisco es grande.
-Dios te recompense como si me hubieras dado posada, aunque voy a proseguir hasta que se ponga la Luna.

-Como quieras. ¿No temes perderte?, ¿y tener encuentros desagradables?

-Respecto a los salteadores, me protege mi pobreza y la de mis compañeros. Respecto al camino, me pongo en las manos del ángel de los peregrinos.

-Tengo que ir delante del rebaño. El muchacho no sabe todavía… Y el camino está lleno de carros… -y se adelanta presuroso para guiar a las ovejas y salvaguardarlas.

-Maestro, ahora viene lo malo. Hay que recorrer un tramo de camino entre la gente… -susurran los apóstoles.
Ya están en el camino, detrás de las ovejas, que van en fila, ajustadas entre el monte y el cayado del pastor y la vigilancia del perro. El niño está ahora al lado de Jesús, que lo acaricia.

Llegan a una bifurcación. El pastor ha parado el rebaño y ahora dice:

-Aquí tienes el camino para ti y éste es el mío. Pero, si vas hacia el pueblo, vas a encontrar un tercero, más corto, para llegar al pueblo vecino. Mira: ¿ves aquel sicómoro gigante? Ve hasta allá y luego tuerces a la derecha. Verás una placita con una fuente y, después de ella, una casa, negra de humo. Es el herrero. Pasada su casa está el camino. No tiene pérdida. Adiós.
-Adiós. Has sido bueno. Dios te consolará.

El pastor se marcha por su camino, Jesús por el suyo: con el primero, las ovejas; con el segundo, los apóstoles: dos pastores en medio de su rebaño…

Ya están separados, ocultos por un grupo de casas que se introduce entre el camino de primer orden, seguido por el pastor, y este caminito que entra en una pobre barriada del pueblo, el más pobre, creo… silencioso, solitario…

Esta pobre gente está ya en las casas. Las puertas entornadas muestran los fuegos en las cocinas… Cae la tarde con las calígines del crepúsculo.

-Nos detenemos en cuanto atravesemos el pueblo -dice Judas -Veo allí casas en los campos.
-No. Mejor proseguir.

Las opiniones son distintas. Llegan a la fuente. Se acercan a ella para lavarse y llenar los zaques. Y está el herrero. Está cerrando su negro taller. Y se ve el camino que va hacia los campos… Se adentran.
Pero un grito viene de lejos, del pueblo.

-¡Rabí! ¡Rabí! ¡Mi hijo!
-¡Vecinos! ¡Venid! ¿Dónde está el Peregrino?
-¡Nos buscan a nosotros, Señor! ¿Qué has hecho?
-Corred. Si llegamos a aquel bosque ya no nos verá nadie.

Corren por un prado cubierto con el último heno segado; llegan a un promontorio, trepan, desaparecen, perseguidos por las voces, que ahora son numerosas, y por las personas que se diseminan fuera del pueblo, llamando más que mirando, porque ya la penumbra borra muchas cosas. Se detienen al pie del promontorio.

-Os digo que era el Rabí que fue a Siquem. No podía ser otro. Y me ha curado a Rubén. Y yo no lo he reconocido. ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Deja que te venere! ¡Dime dónde te ocultas!
Sólo el eco responde y parece decir: « ¡Abí! ¡Abí! ¡Abí!» y cambia--la última palabra en «cielos».

-Pero no puede estar lejos -dice el herrero -Ha pasado delante de mí poco antes de que vinieras tú…
-Pues no está. Ya ves. El camino está vacío de gente. Tenía que seguir éste.
-¿No estará en el bosque?
-No. Tenía prisa…

Luego busca ayuda en su perro. Lo incita:
-¡Busca! ¡Busca! -y por un momento parece que el perro podrá des-cubrir el escondite, porque se dirige hacia el bosque después de haber olido el prado. Pero luego el animal se para vacilante, con una pata levantada y el morro también alzado… Luego, engañado por no sé qué cosa, se echa a correr ladrando en dirección completamente contraria; y la gente detrás, también corriendo…

-¡Oh, alabado sea el Señor! -exclaman los apóstoles soltando un suspiro de alivio; y no pueden contenerse de decir al Maestro:

-¿Pero qué has hecho, Señor? -y casi le reconvienen por haberlo hecho.

-Ya sabes que conviene que no seas señalado, y Tú…
-¿Y no debía premiar una fe? ¿No conviene que crean que estoy en el camino que va de Dotán a Pel.la? ¿No queréis, acaso, confundirlos del todo?
-Es verdad. ¡Tienes razón! Pero ¡si te hubiera descubierto el animal?

-¡Simón! ¿Y piensas que quien impone su voluntad, incluso a distancia, sobre las enfermedades y los elementos, y arroja los demonios, no puede imponérsela a un animal?

Ahora vamos a tratar de ir al camino después de la curva que hace. Ya no vemos. Vamos.

Y, casi a tientas, continúan por el bosquecillo del cerro, hasta que regresan al camino, pequeño, blanco bajo la Luna que surge, lejano del pueblo al que el cerro completamente oculta…

481- Llegada a Enganním. Maquinaciones de Judas Iscariote para impedir una trama de los fariseos

El tiempo ha mantenido exactamente sus promesas y se ha resuelto en un agua fastidiosa, menuda, persistente.

Quien va en carro se defiende bien. Pero quien va a pie o en burro se moja y siente la molestia, sobre todo los que soportan no sólo el fastidio del agua, que les moja la cabeza y los hombros, sino también el del fanguillo, cada vez más suelto, que entra en las sandalias, se pega en los tobillos y salpica los vestidos. Los peregrinos se han puesto sobre la cabeza, quizás hechas dos dobleces, los mantos o mantas y parecen todos frailes encapuchados.

Jesús y Juan, a pie, están bien mojados. Pero se preocupan más de proteger las sacas, donde están los vestidos de recambio, que de sí sismos. Así llegan a Enganním, y se ponen a buscar a los apóstoles, separándose para encontrarlos antes.

Es Juan el que los encuentra; bueno, encuentra a Santiago de Zebedeo, que ha comprado las provisiones para el sábado.

-Estábamos preocupados. Y, si no os hubiéramos visto, hubiéramos vuelto para atrás a pesar del sábado… ¿Dónde está el Maestro?

-Ha ido a buscaros. Aquel al que encuentre antes irá donde el fabro.

-Entonces… Mira, nosotros estamos en aquella casa. Una buena mujer con tres hijas. Ve enseguida donde el Maestro y ven…

Santiago baja la voz y, mirando a su alrededor, bisbisea:
-Hay muchos fariseos… seguro que con malas intenciones. Nos preguntaron por qué no estaba con nosotros. Querían saber si ha seguido adelante o si se ha quedado atrás. Primero dijimos:

"No sabemos". No nos han creído. Y es normal, porque ¿cómo podemos decir nosotros que no sabemos dónde está Él? Entonces Judas Iscariote -él no tiene tantos escrúpulos-dijo:

"Ha ido por delante", y, dado que no estaban convencidos y hacían preguntas sobre con quién, con qué, sobre cuándo se había marchado, sobre si se sabía que el otro viernes estaba en la zona de Yiscala, pues dijo:

"En Tolemaida subió a una nave; por tanto, nos ha precedido. Bajará en Joppe y entrará en Jerusalén por la Puerta de Damasco, para ir inmediatamente a la casa de Beceta de José de Arimatea".

-¿Pero por qué tantas mentiras? -pregunta Juan escandalizado.

-¿Qué sé yo? Se lo dijimos también nosotros. Pero se rió y dijo "Ojo por ojo, diente por diente, y mentira por mentira. Basta con que el Maestro se encuentre a salvo. Lo buscan para hacerle algún daño Lo sé". Pedro le hizo la observación de que nombrar a José podía crearle a éste problemas. Pero Judas respondió:

"Irán rápidamente all: y, al ver el estupor de José, comprenderán que no era verdad". "Te odiarán, entonces, por haberte burlado de ellos…" objetamos. Pero él, riéndose, dijo:

"¡Me río yo de su odio! Sé cómo mantenerle inocuo…". Pero, ve, Juan. Trata de encontrar al Maestro y vuelve con Él. El agua nos viene bien. Los fariseos están en las casas para no mojarse sus amplísimos ropajes…

Juan da a su hermano la saca y hace ademán de marcharse veloz. Pero Santiago lo retiene para decirte: «Y no refieras al Maestro las mentiras de Judas. Aunque hayan sido dichas con buena finalidad, no dejan de ser mentiras. Y el Maestro odia la mentira…

-No se lo diré -y Juan se marcha raudo.
Santiago ha atinado en lo que ha dicho: los ricos están ya en las casas. Por las calles circula, en busca de un alojamiento, solamente la gente modesta…

Jesús está debajo de un atrio, junto al taller del herrador. Juan se llega a Él y le dice:
-Ven enseguida. Los he encontrado. Podremos vestirnos con ropa seca.

No dice ninguna otra cosa para explicar su prisa.
Pronto llegan a la casa. Entran por la puerta que han dejado entornada. Allí, inmediatamente detrás, están los once apóstoles; ellos se arremolinan en torno a Jesús, como si no lo vieran desde muchos meses atrás.

La dueña de la casa, una mujercita ajada, carniseca, echa alguna ojeada desde detrás de una puerta entornada.
-La paz a vosotros -dice Jesús con una sonrisa, y los abraza sin diferencias en el afecto.

Todos hablan al mismo tiempo, queriendo decir muchas cosas. Pero Pedro grita: -¡Callaos! Y no lo retengáis. ¿No veis lo mojado y cansado que está? -y al Maestro:
-He dicho que te preparen un baño caliente y… trae acá ese manto mojado… y también que te calienten la ropa. La he sacado de tu saca…

Luego se vuelve hacia el interior de la casa y grita:
-¡Eh! ¡Mujer! El Huésped ha llegado. Trae el agua, que de lo demás me preocupo yo.

Y la mujer, tímida como todos los que han sufrido -y su cara dice que ha sufrido-cruza silenciosa el pasillo, seguida de tres jovencitas que la asemejan en la delgadez y en la expresión, para ir a la cocina a tomar los calderos llenos de agua hirviendo.

-Ven, Maestro. Y también tú, Juan. Estáis más fríos que un ahogado. Pero he dicho que cocieran enebro con vinagre para meterlo en agua. Es bueno.

Efectivamente, los calderos, al pasar, han emanado olor de vinagre y otros aromas.

Jesús, al entrar en un cuartito donde hay dos anchos artesones (o sea, dos tinas de madera, quizás destinadas a las coladas), mira a la mujer que sale con sus hijas y la saluda:

-La paz a ti y a tus hijas. Que el Señor te recompense.
-Gracias, Señor… -dice ella, y desaparece.
Pedro entra con Jesús y Juan. Cierra la puerta y susurra:
-Ten en cuenta que no sabe quién eres… Somos peregrinos todos, y Tú eres un rabí; nosotros, tus amigos. Es verdad, en el fondo… Es… ¡mmm! ¡Bueno!, es una verdad, sólo que velada… Demasiados fariseos y… demasiados interesados en ti. Hazte tu composición de lugar…

Después hablaremos -y se marcha; los deja solos y regresa donde los compañeros, que están sentados en un cuartito.
-¿Y ahora? ¿Qué le vamos a decir al Maestro? Si decimos que hemos mentido, se va a apenar. Pero… no podemos no decírselo dice Pedro.

-¡No te sacrifiques, hombre! Yo he mentido, yo se lo diré.
-Y lo vas a poner más triste todavía. ¿No has visto lo afligido que está?

-Lo he visto. Pero es porque está cansado… Y además… sé también decir a los fariseos: "Os mentí". Esto son pequeñeces. Lo importante es que Él no deba sufrir.

-Yo no diría nada. A nadie. Si se lo dices a Él, no vas a conseguir tenerlo oculto; si a ellos, no vas a conseguir salvarlo de las insidias… -observa Felipe.

-Eso lo veremos -dice Judas seguro.

Pasa poco tiempo y Jesús vuelve con la ropa seca, reconfortado por el baño. Juan le sigue.

Hablan de todo lo que ha sucedido al grupo apostólico y al Maestro y a Juan. Pero ninguno habla de los fariseos, hasta que Judas dice:

-Maestro, sé seguro que los que te odian te buscan. Y, para salvarte, he esparcido la voz de que no vas a Jerusalén por los caminos normales, sino por mar hasta Joppe… Ellos se van a abalanzar hacia allá, ¡ja! ¡ja!
-¿Pero por qué mentir?

-¿Y ellos por qué mienten?
-Pero ellos son ellos, y tú no eres, no deberías ser como ellos…

Maestro, yo soy una cosa sólo: soy uno que los conoce y que te quiere. ¿Quieres destruirte? Yo estoy dispuesto a impedirlo. Escúchame bien, y percibe mi corazón en mis palabras. Tú mañana no sales de aquí…

-Mañana es sábado…

-De acuerdo. Pero no sales de aquí. Descansas…
-Todo menos el pecado, Judas. Ninguna consideración me hará aceptar faltar a la santificación del sábado.
-Ellos…

-Que hagan lo que quieran. Yo no pecaré. Si lo hiciera, además de mi pecado que pesaría sobre mí, pondría en sus manos un arma para destruirme. ¿No recuerdas que ya me llaman profanador del sábado?

-El Maestro tiene razón -dicen los otros.

-De acuerdo… Harás lo que quieras para el sábado. Pero no por el camino. No vayamos por el camino de todos, Maestro. Escúchame. Desoriéntalos…

-¡Pero bueno! ¡¿Qué es lo que sabes con precisión, tú que hablas? -grita Simón, agitando sus cortos brazos -¡Maestro, ordénale que hable!

-Calma, Simón. Si tu hermano ha venido a saber de la existencia de un peligro, quizás con peligro para sí mismo, y nos advierte de él, no debemos tratarlo como a un enemigo, sino agradecérselo.

Si él no puede decir todo, porque podría comprometer a terceras personas no suficientemente valientes como para tomar la iniciativa de hablar, pero todavía suficientemente honestas como para no permitir un delito, ¿por qué queréis forzarlo a hablar? Dejadlo, pues, expresarse. Aceptaré lo que de bueno haya en su proyecto y rechazaré lo que podría ser no bueno. Habla, Judas.

-Gracias, Maestro. Sólo Tú me conoces verdaderamente como lo que soy. Estaba diciendo que dentro de los confines de Samaria podríamos ir seguros. Porque en Samaria manda Roma más que en Galilea y Judea, y ellos, los que te odian, no quieren problemas con Roma. Pero -esto también para desorientar a los espías-lo que yo digo es que no sigamos el camino directo, sino que, saliendo de aquí nos dirijamos a Dotán, y luego, sin llegar a Samaria, atravesar la región y pasar por Siquem; luego abajo hasta Efraím, hacia el Adomín y el Carit, y llegar por esa parte a Betania.

-Camino largo y difícil, especialmente si llueve.
-¡Peligrosa! E-Adomín…
-Parece que buscas el peligro…
No hay entusiasmo en los apóstoles.

Pero Jesús dice:
-Judas tiene razón. Iremos por este camino. Después tendremos tiempo de descansar. Tengo que hacer todavía otras cosas antes de que la hora llegue y sea perfecta, y no debo neciamente ponerme en sus manos hasta que todo esté cumplido. Pasaremos, así, por casa de Lázaro, que está, ciertamente, muy enfermo y me espera… Comed vosotros. Yo me retiro. Estoy cansado…

-¿Pero ni siquiera un poco de comida? ¿No estarás enfermo, eh?

-No, Simón. Pero hace siete días que no toco una cama. Adiós, La paz sea con vosotros…
Y se retira.

Judas, exultante, dice:
-¿Habéis visto? Es humilde y justo y no rechaza lo que siente que es bueno…

-Sí… pero… ¿Tú crees que está contento? ¿Verdaderamente contento?

-No lo creo… Pero comprende que tengo razón…
-Yo quisiera saber cómo te las has agenciado para saber tantas cosas. ¡Y habiendo estado siempre con nosotros!…

-Sí, estando con vosotros. Y vosotros me vigiláis como a un animal peligroso. Ya lo sé. Pero no importa. Recordad esto: un mendigo incluso, e incluso un bandolero, pueden servir para saber; e incluso una mujer. Hablé con un mendigo y lo favorecí. Con un bandolero y descubrí… Con una… mujer y… ¡cuántas cosas puede saber una mujer!
Los apóstoles se miran estupefactos. Con las miradas se preguntan. ¿Cuándo? ¿Dónde ha sabido y entablado relación Judas?…

El se ríe y dice:
-¡Y con un soldado! Sí. Porque la mujer había dicho tantas cosas que me mandó a un soldado. Y tuve la confirmación. Y yo también dije… Todo es lícito cuando es necesario. ¡Incluso las cortesanas y los soldados!

-¡Eres… tú eres…! -dice Bartolomé, y frena lo que iba a decir.

-Sí. Soy yo. Nada más que yo. Para vosotros un pecador. Pero yo, o mis pecados, sirvo mejor al Maestro que vosotros. Y además… Si una cortesana sabe lo que quieren hacer los enemigos de Jesús, señal es que ellos también van con las cortesanas y las tienen consigo, a bailarinas y mimos, para divertirse…

Y si ellos tienen cerca a estas mujeres… puedo tenerlas también yo. Me ha servido, ¿veis? Tened en cuenta que en los confines de Judea Él podía haber sido atrapado. Decid, pues, que he sido sabio por haberlo evitado…

Todos están pensativos y comen su comida sin ganas. Luego Bartolomé se levanta.
-¿A dónde vas?

-Voy donde Él… No estoy convencido de que esté durmiendo. Voy a llevarle leche caliente… y veo.
Sale. Está fuera un rato. Vuelve.
-Estaba sentado en la cama… y lloraba… Tú, Judas, lo has apenado. Yo lo pensaba.

-¿Lo ha dicho Él? Voy a dar explicaciones.
-No. No lo ha dicho. Es más, ha dicho que tú también tienes tus méritos. Pero yo lo he comprendido. Y no vayas. Déjalo en paz.

-Sois todos unos necios. Sufre porque se ve perseguido, impedido en su misión. Eso es -se rebela Judas.
Y Juan confirma:

-Es verdad. Ha llorado también antes de reunirse con vosotros. Sufre mucho. Por su Madre también. Y por sus hermanos, por los campesinos infelices. ¡Mucho dolor!…
-Cuenta, cuenta…

-Dejar a su Madre es dolor. Ver que no lo comprenden, que nadie lo comprende, es dolor. Ver que los siervos de Jocanán…

-¡Sí, sí! ¡Verlos a ellos es verdaderamente un dolor!… Me alegro de que Margziam no los haya visto. Habría sufrido y odiado al fariseo… -dice Pedro.

-¿Pero mis hermanos han hecho sufrir otra vez a Jesús? pregunta severo Judas Tadeo.

-¡No! Es más, se vieron y hablaron con amor y se dejaron pacíficamente, con buenas promesas. Pero Él querría que fueran… con nosotros… y más que todos nosotros… Querría vernos a todos convencidos de su Reino y de la naturaleza de su Reino. Y nosotros…

Juan no dice nada más… El silencio desciende sobre el cuartito alumbrado por una lámpara de dos boquillas que ilumina doce rostros distintamente pensativos.

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