480- Parten de Yizreel tras la visita nocturna de los campesinos de Jocanán

-Juan, ya ha llegado la aurora. Álzate y vamos -dice Jesús, meneando al apóstol para que se despierte.

-¡Maestro! ¡Ya ha salido el Sol! ¡Cuánto he dormido! ¿Y Tú?

-Yo también, a tu lado, debajo de nuestros mantos.
-¡Ah! ¡Te convenciste de que los campesinos no venían y te acostaste! Lo había previsto…
Jesús sonríe y responde:

-Han venido cuando la posición de las estrellas de la Osa decía que empezaba el galicinio.
-¡No he oído nada!…
Juan está afligido.

-¿Por qué no me has tenido despierto?
-Estabas muy cansado. Parecías un niño durmiendo en una cuna. ¿Para qué despertarte?

-¡Pues para hacerte compañía!

-Me hacías compañía con tu sueño sereno. Te dormiste hablando de ángeles, estrellas, almas, luz… y ciertamente seguiste viendo en el sueño ángeles y estrellas, y a tu Jesús… ¿Por qué traerte de nuevo a las maldades del mundo cuando estabas tan lejos de ellas?

-¿Y si… si en vez de los campesinos hubieran subido aquí maleantes?

-Entonces te habría llamado. Pero ¿quién iba a venir?
-Pues… No sé… Jocanán, por ejemplo… Te odia… -Lo sé. Pero han venido sólo sus siervos. Nadie ha traicionado… porque tú sospechas también que alguno haya hablado para perjudicarme a mí y a ellos. Pero ninguno ha traicionado. Y he hecho bien esperándolos aquí.

El nuevo administrador es digno de su jefe y ha recibido órdenes severísimas; no falto a la caridad calificándolas de crueles; otro nombre sería falsedad… Salieron en cuanto la noche se adensó, rogando al Señor que les hiciera encontrarse conmigo.

Dios premia siempre la fe y consuela a sus hijos infelices. Si no me hubieran encontrado, habrían estado aquí hasta los primeros albores: luego habrían regresado para que los vieran a la aurora en las tierras… Así, los he visto y bendecido…
-Y estás triste por haberlos visto tan oprimidos.

-Es verdad. Muchas tristezas… Por eso que dices, por no haber tenido nada que dar a sus cuerpos extenuados, por el pensamiento de que no los volveré a ver…
-¿Se lo has dicho?
-No. ¿Por qué poner un dolor donde ya todo es dolor?
-Los habría saludado yo también con gusto por última vez.

-Para ti no es la última vez. Es más, tú, junto con los condiscípulos, te ocuparás mucho de ellos cuando Yo me haya marchado. Os confío mis seguidores a todos vosotros, especialmente aquellos que son los más infelices y que tienen en la fe su único apoyo y en la esperanza del Cielo su única alegría.

-¡Oh, Maestro mío! Digo también yo como tu hermano José: ve en paz, Maestro. Yo, créeme, como sepa hacerlo, te continuaré.

-Estoy seguro de ello. Vamos… El camino se anima de gente. Las nubes se encabalgan en el cielo, y la luz, en vez de aumentar, disminuye. Hoy va a llover y todos se apresuran para acabar la etapa. Pero las nubes se han portado bien con nosotros. La noche ha sido tibia y no ha habido lluvia, por nosotros que estábamos al raso. El

Padre siempre vela por sus hijos entrañablemente amados.
-Entrañablemente amado Tú, Maestro. Yo…

-Tú lo eres para Él, porque me amas…
-¡Oh, eso sí! Hasta la muerte…
Y, mezclados entre la gente, se alejan hacia el sur…

479- Con Juan al pie de la torre de Yizreel en espera de los campesinos de Jocanán

-Estás muy cansado, Juan. Y, no obstante, habría que llegar a Enganním antes de la puesta del Sol de mañana.

-Llegaremos, Señor -dice Juan, y sonríe, a pesar de estar -él que ha andado más que todos-hasta pálido por el cansancio. Y trata de tomar un paso más rápido para convencer al Maestro de que no está muy cansado. Pero pronto vuelve a los andares de quien no puede más: espalda curvada, cabeza pendiendo hacia adelante como oprimida por un yugo, pies que rozan el suelo y frecuentemente tropiezan.

-Dame, al menos, las sacas. La mía pesa.
-No, Maestro. Tú no estás menos cansado que yo.
-Tú lo estás más, porque fuiste desde Nazaret al bosque de Matatías y luego volviste a Nazaret.

-Y dormí en una cama. Tú no. Estuviste en vela en el bosque y pronto te pusiste en camino de nuevo.
-También tú. Lo dijo José. Salisteis con las estrellas.
-¡Pero las estrellas duran hasta el alba!… -sonríe Juan.

Luego, poniéndose serio, añade: -Y no es el poco sueño lo que da dolor…

-¿Qué otra cosa, Juan? ¿Qué te ha causado dolor? ¿Quizás que mis hermanos…?

-¡No, Señor! Ellos también… Pero lo que me pone lastre… no, no lo que me pone lastre… lo que me envejece es haber visto llorar a tu Madre… No me dijo por qué lloraba, y yo tampoco se lo pregunté, a pesar de mis ganas de preguntárselo. Pero la miraba tanto, que mr dijo:

"En casa te diré. Ahora no, porque lloraría más fuerte". Y en casa me habló, tan dulce y tristemente, que también lloré yo.

-¿Qué te dijo?
-Me dijo que te quisiera mucho, que no te causara nunca el más mínimo dolor, porque luego tendría mucho remordimiento. Me dijo "Hagamos todo nuestro deber en los meses que nos quedan, y más que el deber". Porque para ti, que eres Dios, sólo el deber es poco. Y también me dijo -y esto me hizo sufrir mucho y, si no lo hubiera dicho ella, no podría creerlo-, me dijo: "Y es incluso poco hacer sólo el deber hacia quien se marcha y no podremos luego servirle… Para poder estar resignados después, cuando ya no esté entre nosotros, es necesario haber hecho más que el deber.

Hay que haber dado todo el amor, los cuidados, la obediencia, todo, todo. Entonces, en medio del desgarro de la separación, se dice: “¡Puedo decir que, mientras Dios ha querido que lo tuviera, no he descuidado ni un instante de amarle y servirle!"'. Y yo dije: "¿Pero se va realmente el Maestro?

¡Muchas cosas tiene que hacer todavía! Habrá tiempo…".

Y ella meneó la cabeza diciendo (y dos grandes lágrimas bajaban de sus ojos, "El Maná verdadero, el vivo Pan, volverá al Padre cuando el hombre se esté felicitando de saborear el trigo nuevo… Y nosotros estaremos solos, entonces, Juan". Yo, para consolarla, dije: "Un gran dolor. Pero, si vuelve al Padre, debemos alegrarnos.

Ninguno podrá ya dañarle". Y ella gimió: "¡Oh, pero antes!", y yo creí entender. Pero ¿va a ser exactamente así, Señor? ¿Así, así? Mira, no es que no creamos en tus palabras. Lo que pasa es que te queremos y… Yo no te voy a decir como Simón un día: esto no te puede suceder. Yo creo, todos creemos… Pero te queremos y… ¡Oh, Señor mío! ¿Los pecados del amor son realmente pecados?
-El amor no peca nunca, Juan.

-Pues entonces nosotros, que te queremos, estamos dispuestos a combatir y a matar por defenderte. Los galileos no son estimados por los otros. Precisamente porque nos llaman pendencieros. Bueno, pues, defendiéndote, justificaremos la fama que tenemos. Estamos en los lugares donde, en tiempos de Débora, Baraq destruyó el ejército de Sisara, con sus diez mil (Jueces 4, l-l6). Y esos diez mil eran de Neftalí y Zabulón. Y nosotros venimos de aquéllos. El nombre era distinto, pero el corazón es igual.

-Eran diez mil… ¿Pero ahora, aunque fuerais diez veces diez mil, qué podríais?

-¡Qué! ¿Temes a las cohortes? No son tantas, y además… Ellos no te odian. No molestas. No piensas en el reino, en un reino que arrebate una presa a las águilas romanas. No intervendrán entre nosotros y tus enemigos, y éstos estarán pronto vencidos.

-Mil, diez mil, cien mil que fuerais… ¿Qué sería eso contra la voluntad del Padre? Yo debo cumplirla…
Juan, desalentado, deja de hablar. Es extraña esta testarudez, esta incapacidad mental, incluso en los mejores seguidores de Jesús, para comprender la más alta misión de Él.

Lo aceptan como Maestro, como Mesías. Creen en su facultad de salvar y redimir. Pero, cuando se encuentran frente al modo como redimirá… pues su intelecto se cierra. Parece, incluso, que para ellos pierdan valor las profecías. Y decir esto respecto a los israelitas, que se puede decir que respiran y caminan y se nutren y viven por medio de las profecías, es decir todo.

Todo lo que traen los Libros sagrados es verdadero, menos esto: que el Mesías debe padecer y morir, ser vencido por los hombres. Esto no lo pueden aceptar. Cristo se afana en mostrar cuadros de su futura Pasión, para que puedan leer lo que ésta será, y ellos me parecen ciegos y sordos. Cierran los ojos. No ven y, por tanto, no comprenden.
La noche ya se va acercando, un poco fosca, cuando llegan a la vista de Yizreel.

Jesús da ánimos a Juan -que ya no ha vuelto a hablar y que va como un sonámbulo, de tan cansado como está­diciéndole:
-Pronto llegaremos. Y tú entrarás a buscar un alojamiento para ti.

-Y para ti.

-No, Juan. Yo me quedaré junto al camino que viene de la llanura. Pienso que vendrán de noche, y quiero consolarlos y despedirlos antes del alba.

-¡Estás tan cansado…! y quizás llueva, como la noche pasada.

-Ven, al menos, hasta la mitad de la vigilia del gallo.
-No, Juan.

-Entonces me quedo contigo. Estamos cerca de las tierras de los fariseos y… Y además se lo prometí a tu Madre, y a mí mismo. No quiero tener motivo de autoacusarme…
En los cuatro ángulos de Yizreel hay torres, destinadas no sé para qué uso. Deben ser antiguas, ya cuando las veo yo.

Parecen cuatro ceñudos gigantes puestos allí para hacer de carceleros de la pequeña ciudad, construida en un alto que domina a la llanura, la cual, en la sombra precoz de un atardecer nublado, va desapareciendo.

-Vamos a subir a ese talud que hay al pie de la torre. Veremos todo el camino sin ser vistos. Hay hierba para echarse, y el escalón que hay delante de la puerta nos resguardará si viene agua -dice Jesús.

Suben. Se sientan en un bajísimo murete, semiderruido, situado a unos diez metros de la torre. Parece una protección puesta antiguamente alrededor de este torreón.

Ahora está casi enteramente caído, y la tupida hierba recubre sus restos con grandes cascadas de convólvulos silvestres y con otras hierbas que se alzan y cuyo nombre desconozco, propias de las ruinas, con anchas hojas peludas. Dan unos mordiscos a un poco de pan -no tienen otra cosa-bajo los últimos rayos de luz. Juan, a pesar de estar cansadísimo, da una ojeada por entre las ramas de una higuera nacida entre las piedras, retorcida toda y enmarañada, y, entre las hojas que tienden a amarillecer, descubre algún higuito respetado por los pájaros y los muchachos. Los comen, completando así la comida. El agua la tienen en los zaques. Pronto termina la comida.

-¿Estará habitada la torre? -pregunta Juan soñoliento.
-No creo. No se filtran a través de ella ni luz ni voz. ¿Querías pedir alojamiento? Ya no puedes más…
-¡No! No era por un motivo concreto… Aquí se está bien…

-Túmbate, al menos, Juan. La hierba es tupida, y aquí no debe haber llovido todavía: el suelo está seco.
-…No… No… Señor. No tengo sueño… Hablemos. Dime algo… Una parábola… Me siento aquí a tus pies. Me basta con poner la cabeza sobre tus rodillas… -y se sienta y apoya la cabeza, la cara hacia el cielo, en las rodillas de Jesús.

Hace esfuerzos heroicos para no dormirse. Trata de hablar
para vencer el sueño… Trata de interesarse en lo que ve… estrellas en el cielo, luces en el camino. Cada vez más numerosas las primeras, porque el viento, soplando, ha alejado las nubes; cada vez más escasas las segundas, porque la noche ha suspendido la marcha de los peregrinos.

Sólo algún obstinado persiste en continuar con su carro provisto de farol, un farol que se bambolea atado al techo (hecho de esteras o mantas extendidas sobre los arcos del carro). Pero el propio silencio, cada vez más profundo, ayuda a conciliar el sueño…

Juan, con una voz cada vez más lejana, dice:
-¡Cuántas luces en el cielo! Y, mira: parece que alguna ha bajado a la Tierra y titila y palpita como arriba… Pero son más pequeñas y feas…

Nosotros no podemos ser estrellas… En las nuestras hay humo, hay olor de pabilo… y todo las puede apagar… Una vez dijiste que para apagar la luz en nosotros basta una mariposa, y comparabas las mariposas a las seducciones del mundo… Y luego decías que… mientras las mariposas pueden apagar una lámpara, el ala de los ángeles, y llamabas ángeles a las cosas espirituales, avivan la luz que hay en nosotros… Yo… el ángel… la luz.

Juan se va sumiendo lentamente en el sueño, y se extiende, abatido sin querer por el cansancio.
Jesús espera a que esté recostado del todo, y luego le coloca la saca debajo de la cabeza, y le extiende el manto encima con ademanes paternos. En un último destello de lucidez, Juan susurra todavía:

-¡No estoy dormido, eh, Maestro!… Lo único es que así veo más estrellas y te veo mejor… -y pasa a ver mejor a Jesús y el cielo estrellado soñándolos profundamente dormido.

Jesús se sienta de nuevo en su verde asiento. Apoya el codo derecho en la rodilla, apoya el carrillo en la palma de la mano y piensa, ora, mirando el camino, ya desierto, mientras a sus pies el Predilecto, doblado un brazo debajo le la cabeza, duerme con la placidez de un niño.

478- Coloquio de Jesús con José y Simón de Alfeo, que van a la fiesta de los Tabernáculos

Apenas despunta el sol sobre la naturaleza rociada de breve y reciente lluvia.

Sin duda es así, porque el polvo del camino está todavía mojado pero no se ha transformado en barro; por eso digo que ha llovido poco antes y que la lluvia ha sido breve.

Una primera agua de otoño, un anuncio de las lluvias de Noviembre, que transformarán los caminos palestinos en legamosas cintas de lodo. Pero ésta, ligera, propicia para los viandantes, sólo ha mojado el polvo -el otro flagelo de Palestina, reservado a los meses estivales, como el lodo a los invernales-y ha lavado el ambiente, las hojas y las hierbas, que brillan todas, tersas, con el primer rayo del Sol.

Un vientecillo suave, puro, corre por los olivares que cubren los collados nazarenos, y el frufrú de las frondas tiene tanto rumor de grandes plumas agitadas al compás del vuelo, que parece que corriera por entre los árboles quietos un vuelo de ángeles; y brillan con su plata sembrada de brillantes, plegándose todas a un lado, como si al angélico vuelo le siguiera una estela de paradisíaca luz.

Ya la ciudad ha quedado unos cuantos estadios atrás, cuando Jesús, que ha caminado por atajos entre las colinas, entra en el camino de primer orden que de Nazaret va hacia la llanura de Esdrelón, el camino de caravanas que de minuto en minuto se va animando de peregrinos.

Recorre otros pocos estadios por este camino, cuando -llegado a una bifurcación, donde el camino se divide en dos junto a un poste que en sus dos lados opuestos tiene escrito: `Jafia Simonia -Belén Carmelo" al Oeste, y "Xalot -Naím Scitópolis -Engannim" al Este-, ve a sus primos José y Simón, parados en el borde del camino, los cuales, junto con Juan de Zebedeo, lo saludan inmediatamente.

-¡Paz a vosotros! ¿Ya estáis aquí? Pensaba que sería el primero y que debería pararme aquí a esperaros… y ya os encuentro -y los besa, visiblemente contento de verlos.
-No podías llegar antes. Por temor a que pasaras antes de que llegásemos nosotros, nos hemos puesto en camino a la luz de las estrellas, enseguida veladas por las nubes.

-Os había dicho que me veríais. Entonces tú, Juan, no has dormido.

-Poco, Maestro. Pero, en todo caso, más que Tú, sin duda -y el sereno rostro de Juan sonríe, verdadero espejo de su bondadoso carácter siempre contento de todo.

-Entonces, hermano mío, ¿querías hablar conmigo? -dice Jesús a José.

-Sí… Ven, vamos un poco dentro de esa viña. Estaremos más tranquilos -y José es el primero que se mete entre dos hileras de vides ya despojadas de su fruto. Sólo algún que otro pequeño racimo, para el hambre del pobre y del peregrino, según las prescripciones mosaicas, queda en los sarmientos, entre las hojas que, próximas a caer, ya amarillecen.

Jesús lo sigue con Simón. Juan se queda en el camino. Pero Jesús lo llama diciendo:

-Puedes venir, Juan. Tú eres mi testigo.
-Pero… -dice el apóstol, mirando vacilante a los dos hijos de Alfeo.

-No, no. Ven, sí. Es más, queremos que oigas nuestras palabras -dice José, y entonces Juan baja también a la viña, donde todos se adentran tanto, siguiendo la curva de las hileras, que ya no se los ve desde el camino.

-Jesús, me siento alegre de ver que me quieres -dice José.

-¿Y podías dudarlo? ¿No te he querido siempre?

-Yo también te he querido siempre. Pero… en nuestro amor, desde hace un tiempo ya no nos comprendíamos. Yo… no podía aprobar lo que hacías, porque me parecía tu destrucción, la de tu Madre y la nuestra. Ya sabes…

Todos los galileos de una cierta edad recordamos cómo fue castigado Judas el galileo y cómo fueron desbaratados sus parientes y seguidores, y confiscados sus bienes. A los que no mataron los mandaron a las galeras y les confiscaron los bienes. No quería esto para nosotros.

Porque… Sí, no daba crédito a que precisamente de nosotros, que somos de la estirpe de David, sí, pero tan… Bueno, no nos falta el pan, y alabado sea el Altísimo por ello. Pero, ¿dónde está la grandeza regia que todas las profecías atribuyen al que será el Mesías? ¿Eres Tú la verga que golpea para dominar?

No fuiste luz al nacer. ¡Ni siquiera naciste en tu casa!… ¡Yo conozco bien las profecías! Nosotros ya somos rama seca. Y nada hacía entender que el Señor la hubiera revestido de follaje. ¿Y Tú qué eres sino un justo? Por estos pensamientos te hacía frente, gimiendo por nuestra destrucción. Y en medio de esta compunción mía vinieron los tentadores, para avivar aún más el fuego de mis ideas de grandeza, de realeza… Jesús, tu hermano fue un necio.

Creí en ellos y te causé pesar. Es duro confesarlo, pero lo debo decir. Y piensa que todo Israel estaba en mí: necio como yo; como yo, seguro de que la forma del Mesías no era la que Tú nos ofreces…

Es duro decir: "Me he equivocado. Nos hemos equivocado y seguimos equivocándonos. Desde hace siglos". Pero tu Madre me ha explicado las palabras de los profetas. ¡Oh, sí! Tiene razón Santiago. Y tiene razón Judas. De labios de María -como ellos oyeron, de niños, esas palabras-, se ve que eres el Mesías.

En fin, ya no soy un niño, y mis cabellos encanecen; ni lo era cuando María volvió del Templo esposa de José. Y recuerdo esos días. Y la desaprobación de mi padre, una desaprobación cargada de asombro, cuando vio que su hermano no cumplía las nupcias en breve plazo.

Asombro suyo, asombro de Nazaret. Y también murmuración. Porque no es usual dejar pasar tantos meses antes de las nupcias, poniéndose en condiciones de pecar y de… Jesús, yo siento estima por María y honro la memoria de mi pariente. Pero el mundo… Para el mundo no fue un buen momento…

Tú… ¡Oh, ahora sé! Tu Madre me ha explicado las profecías. Y Dios quiso que se retrasaran las nupcias para que tu nacimiento coincidiera con el gran Edicto y nacieras en Belén de Judá. Y… todo, sí, María me lo ha explicado todo, y ha sido como una luz para comprender lo que Ella por humildad ha callado. Y digo: eres el Mesías.

Esto he dicho y esto diré. Pero decirlo no significa todavía cambiar de mente… porque mi mente piensa en el Mesías como rey. Las profecías hablan… y es difícil poder comprender otro carácter en el Mesías sino el de rey… ¿Sigues Mi razonamiento? ¿Estás cansado?
-No, te escucho.

-Bueno, pues, los que seducían mi corazón volvieron y querían que te coaccionara… Y, al no querer hacerlo, cayó de su rostro el velo y aparecieron como en realidad son: los falsos amigos, los verdaderos enemigos… Y vinieron otros, plañendo como pecadores. Escuché lo que me dijeron.

Relataron tus palabras en casa de Cusa… Ahora sé que Tú reinarás sobre los espíritus, o sea, serás Aquel en quien toda la sabiduría de Israel se centrará para dar leyes nuevas y universales. En ti está la sabiduría de los patriarcas y la de los jueces, y la de los profetas, y la de nuestros antepasados David y Salomón; en ti la sabiduría que guió a los reyes, a Nehemías y a Esdras; en ti, la que sostuvo a los Macabeos.

Toda la sabiduría de un pueblo, de nuestro pueblo, del Pueblo de Dios. Comprendo que darás al mundo, enteramente sujeto a tu poder, tus sapientísimas leyes. Y verdaderamente, pueblo de santos será tu pueblo. Pero, hermano mío, no puedes hacer esto solo. Moisés, para mucho menos, eligió ayudantes. ¡Y era sólo un pueblo! ¡Tú… todo el mundo! ¡Todo a tus pies!…

¡Ah, pero para hacer esto debes darte a conocer!… ¿Por qué sonríes con los labios teniendo cerrados los ojos?
-Porque escucho y me pregunto: "¿Olvida mi hermano que, diciendo que iba a perjudicar a toda la familia, me dirigió un reproche por el hecho de darme a conocer?". Por esto sonrío. Y también pienso que desde hace dos años y seis meses no hago más que darme a conocer.

-Es verdad. Pero… ¿Quién te conoce? Una serie de pobres, de campesinos, de pescadores, de pecadores, ¡y de mujeres!

Bastan los dedos de la mano para contar, entre los que te conocen, a los de valor. Lo que yo digo es que debes darte a conocer a los grandes de Israel. A los sacerdotes, a los ancianos, a los escribas, a los grandes rabíes de Israel, a todos aquellos que aun siendo pocos valen por una multitud.

¡Ésos son los que te tienen que conocer! Ellos, los que no te aman, tienen entre sus acusaciones -las cuales, ahora lo comprendo, son falsas-una verdadera, justa: la de que los marginas. ¿Por qué no vas como lo que eres y los conquistas con tu sabiduría? Sube al Templo y asienta los reales en el Pórtico de Salomón -eres de la estirpe de David, y profeta; ese lugar te pertenece, a ninguno como a ti le pertenece, por derecho-y habla.

-He hablado y por ello me han odiado.
-Insiste. Habla como rey. ¿No recuerdas la potencia, la majestad de los actos de Salomón? Si (¡espléndido este "si"!) eres el anunciado por los profetas, como ilustran las profecías vistas con los ojos del espíritu, Tú eres más que Hombre. Él, Salomón, era sólo hombre. Muéstrate, pues, como lo que eres, y te adorarán.

-¿Me adorarán los judíos, los príncipes, y los jefes de las familias y tribus de Israel? No todos, pero alguno que no me adora me adorará en espíritu y verdad. Pero no será ahora. Antes debo ceñir la corona y tomar el cetro y vestir de púrpura.

-¡Ah, entonces eres rey, lo serás pronto! ¡Lo estás diciendo! ¡Es como pensaba yo! ¡Es como muchos piensan!
-En verdad, no sabes cómo reinaré. Sólo Yo y el Altísimo, y pocas almas a las que el Espíritu del Señor ha querido revelárselo, ahora y en los tiempos pasados, sabemos cómo reinará el Rey de Israel, el Ungido de Dios.

-Escúchame también a mí, hermano. José tiene razón. ¿Cómo quieres que te amen o que te teman, si siempre evitas maravillarlos? ¿No quieres llamar a Israel a las armas?

¿No quieres lanzar el viejo grito de guerra y de victoria? Bien. Pero, al menos -y no es la primera vez que se producen así las aclamaciones para el trono de Israel, al menos por aclamación popular, al menos por haber sabido arrancar esta aclamación con tu poder de Rabí y Profeta, hazte rey -dice Simón de Alfeo.

-Ya lo soy. Desde siempre.
-Sí. Nos lo ha dicho un jefe del Templo. Has nacido rey de los judíos. Pero Tú no amas a Judea. Eres un rey desertor, porque no vas a ella. Eres un rey no santo, si no amas el Templo donde la voluntad de un pueblo te ungirá rey. Sin la voluntad de un pueblo, si no quieres imponerte a él con violencia, no puedes reinar -replica Simón.

-Sin la voluntad de Dios, quieres decir, Simón. ¿Qué es la voluntad del pueblo? ¿Qué es el pueblo? ¿Por quién es pueblo? ¿Quién lo mantiene como tal? Dios. No olvides esto, Simón. Y Yo seré lo que Dios quiere que sea. Por su voluntad seré lo que debo ser. Y nada podrá impedir que lo sea.

No habré de lanzar Yo el grito de convocatoria, todo Israel estará presente en mi proclamación; no habré de subir Yo al Templo para ser aclamado, me llevarán. Un pueblo entero me llevará al Templo, para que suba a mi trono. Me acusáis de que no amo a Judea… En su corazón, en Jerusalén, seré proclamado “Rey de los Judíos".

Saúl no fue proclamado rey en Jerusalén, y David tampoco, y tampoco Salomón. Pero Yo seré ungido Rey en Jerusalén. Pero ahora no iré públicamente al Templo, ni sentaré en él los reales porque no es mi hora.

José toma de nuevo la palabra.
-Te digo que estás dejando pasar tu hora. El pueblo está cansado de los opresores extranjeros y de nuestros jefes. Te digo que ésta es la hora. Toda Palestina, menos Judea, y no toda, te sigue como Rabí y más. Eres como un estandarte alzado sobre una cima.

Todos te miran. Eres como un águila y todos siguen tu vuelo. Eres como un vengador y todos esperan que lances la flecha. Ve. Deja Galilea, la Decápolis, Perea, las otras regiones, y ve al corazón de Israel, a la ciudadela en que todo el mal está contenido y de donde todo el bien debe venir, y conquístala.

Allí también tienes discípulos, aunque tibios, porque te conocen poco; pocos, porque no te quedas allí; vacilantes, porque no has hecho allí las obras que has hecho en otros lugares. Ve a Judea, para que también aquéllos vean, a través de tus obras, lo que eres.

Reprochas a los judíos el que no te aman. Pero, ¿cómo puedes pretender que te amen, si te mantienes oculto a ellos? Nadie, si busca y desea ser aclamado en público, hace a hurtadillas sus obras; no, las hace de forma que el público las vea. Si Tú, pues, puedes hacer prodigios en los corazones, en los cuerpos y en las cosas, ve allá y date a conocer al mundo.

-Os lo he dicho: no es mi hora. No ha llegado aún mi tiempo. A vosotros os parece siempre el momento adecuado, pero no es así. Yo debo asir mi momento. Ni antes ni después. Antes sería inútil. Provocaría mi desaparición del mundo y de los corazones antes de haber cumplido mi obra. Y el trabajo ya hecho no daría fruto, porque ni sería cabal ni gozaría de la ayuda de Dios, que quiere que Yo lo cumpla sin dejar pasar una palabra o acción. Yo debo obedecer al Padre mío. Y nunca haré lo que esperáis, porque ello perjudicaría al plan del Padre mío.

Yo os comprendo y os disculpo. No os guardo resentimiento. No siento siquiera cansancio, tedio por vuestra ceguera… No sabéis. Pero Yo sí que sé. Vosotros no sabéis. Vosotros veis lo externo de la cara del mundo, Yo veo lo profundo. El mundo os muestra una cara todavía buena. No os odia, no porque os ame, sino porque no os habéis ganado su odio. Sois demasiado poco. Pero a mí me odia, porque soy un peligro para el mundo. Un peligro para la falsedad, la avaricia, la violencia que hay en el mundo.

Yo soy la Luz, y la luz ilumina. El mundo no ama la luz, porque la luz pone al descubierto las acciones del mundo.

El mundo no me ama, no me puede amar, porque sabe que he venido a vencerlo en el corazón de los hombres y en el rey tenebroso que lo domina y desvía. El mundo no se quiere convencer de que Yo soy su Médico y su Medicina, y, como un demente, querría derribarme para no ser curado. El mundo todavía no quiere convencerse de que soy el Maestro, porque lo que Yo digo es contrario a lo que él dice. Y entonces trata de ahogar la Voz que habla al mundo para adoctrinarlo en orden a Dios, para mostrarle la verdadera naturaleza de sus malas acciones.

Entre Yo y el mundo hay un abismo. Y no por mi culpa. He venido para dar al mundo la Luz, el Camino, la Verdad, la Vida. Pero el mundo no me quiere acoger, y mí luz para él se hace tinieblas, porque será la causa de la condena de aquellos que no me recibieron. En el Cristo está toda la Luz para aquellos de entre los hombres que quieren recibirlo; mas en el Cristo también están todas las tinieblas para aquellos que me odian y me rechazan. Por ello, al principio de mis días mortales, fui proféticamente señalado como "signo de contradicción".

Porque según sea acogido habrá salvación o condena, muerte o vida, luz o tinieblas. Pero, en verdad en verdad os digo que los que me acogen vendrán a ser hijos de la Luz, o sea, de Dios, nacidos a Dios por haber acogido a Dios.

Por ello, si he venido para hacer de los hombres hijos de Dios, ¿cómo puedo hacer de mí un rey, como, por amor o por odio, por ingenuidad o malicia, muchos en Israel queréis hacer?

¿No comprendéis que me destruiría a mí mismo, a mi verdadero Yo mismo, o sea al Mesías, no al Jesús de María y José de Nazaret?

¿No comprendéis que destruiría al Rey de los reyes, al Redentor, al Nacido de una Virgen y llamado Emmanuel, llamado el Admirable, el Consejero, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la Paz, Dios, Aquel cuyo imperio y paz no tendrán confines, sentado en el trono de David por la descendencia humana, pero teniendo al mundo como escabel de sus pies, como escabel de sus pies a todos sus enemigos y al Padre a su lado, como está escrito en el libro de los Salmos, (Salmo ll0, l; Isaías 7, l4; 9, 5-6) por derecho sobrehumano de origen divino?

¿No comprendéis que Dios no puede ser Hombre sino por perfección de bondad, para salvar al hombre, pero que no puede, no debe, rebajarse a sí mismo a pobres cosas humanas? ¿No comprendéis que si aceptara la corona, este reino como vosotros lo concebís, confesaría que soy un falso Cristo, mentiría a Dios, renegaría de mí mismo y del Padre y sería peor que Lucifer, porque privaría a Dios de la alegría de teneros, sería peor que Caín vara vosotros, porque os condenaría a un perpetuo exilio de Dios en un Limbo sin esperanza de Paraíso?

¿Todo esto no comprendéis? ¿No comprendéis la trampa de los hombres para hacerme caer? ¿No comprendéis la trampa de Satanás vara agredir al Eterno en su Amado y en sus criaturas: los hombres? ¿No comprendéis que este signo, esta aspiración mía sólo a cosas espirituales para daros el Reino espiritual de Dios, es el signo de que Yo soy más que hombre, que soy el Hombre-Dios? ¿No comprendéis que la señal de que…

-¡Las palabras de Gamaliel! -exclama Simón.
….de que no soy un rey, sino el Rey, es este odio de todo el infierno y de todo el mundo hacia mí? Debo enseñar, sufrir, salvaros. Esto es lo que debo hacer. Y Satanás no quiere esto, ni tampoco los diablos. Uno de vosotros ha dicho: "Las palabras de Gamaliel". Eso… él no es discípulo mío, ni lo será nunca mientras Yo esté en este mundo. Pero él es un justo. Bien, ¿y, acaso, entre los que me tientan y os tientan al pobre reino humano está Gamaliel?

-¡No! Esteban ha dicho que el rabí, cuando supo lo que sucedió en casa de Cusa, exclamó: "Mi espíritu vibra preguntándose si será verdaderamente lo que dice. Pero cualquier pregunta quedaría muerta antes de formarse en la mente, y para siempre, si Él hubiera consentido a esto.

El Niño al que escuché dijo que tanto la esclavitud como la realeza no serán como, comprendiendo mal a los profetas, las creíamos, o sea, materiales, sino del espíritu, por obra del Cristo, Redentor de la culpa y fundador del Reino de Dios en los espíritus. Recuerdo estas palabras. Y por ellas lo mido al Rabí. Si, midiéndolo, Él fuera inferior a esa altura, lo rechazaría como a pecador y embustero. Y he temido ver esfumarse la esperanza que aquel Niño puso" dice Simón.

-Sí, pero… él no lo llama Mesías -rebate José.
-Espera un signo, dice -responde Simón.
-¡Pues entonces dáselo! Y potente.
-Le daré lo que le prometí. Pero no ahora. Vosotros id a esta fiesta. Yo no voy públicamente, como rabí, como profeta, para imponerme, porque todavía no ha llegado mi tiempo.

-¿Pero, al menos, irás a Judea? ¿Vas a darles a los judíos pruebas que los convenzan? Para que no puedan decir…

-Sí. ¡Pero tú crees que contribuirán a mi paz? Hermano, cuanto más haga, más me odiarán. Pero te daré esta satisfacción. Les daré pruebas como no podrá haberlas mayores… y les diré palabras capaces de transformar en corderos los lobos, las piedras en blanda cera. Pero no servirán…

Jesús está triste.
-¿Te he afligido? Hablaba por tu bien.

-No me afliges tú… Pero quisiera que me comprendieras. Hermano mío, quisiera que me vieras como lo que soy… Quisiera irme con la alegría de saber que eres amigo mío.

El amigo comprende y tutela los intereses del amigo…
-Y yo te digo que lo haré. Sé que te odian. Ahora ya lo sé. Por ese motivo he venido. Pero Tú sabes que velaré por ti. Soy el mayor. Repeleré las calumnias. Y me preocuparé de tu Madre -promete José.

-Gracias, José. Grande es mi peso. Tú lo aligeras. El dolor, un mar, avanza con sus olas para sumergirme, y con él el odio… Pero, si tengo vuestro amor, nada es. Porque el Hijo del hombre tiene un corazón… y este corazón tiene necesidad de amor…

-Yo te doy amor. Sí. Por el ojo de Dios que me ve, te digo que te lo doy. Ve en paz, Jesús, a tu trabajo. Yo te ayudaré. Nos queríamos Luego… Pero ahora volvemos a lo que éramos en el pasado. Uno para el otro. Tú: el Santo, yo: el hombre; pero unidos para la gloria de Dios. Adiós, hermano.

-Adiós, José.
Se besan. Luego es el turno de Simón, que solicita:
-Bendícenos para que se abran nuestros corazones a toda la luz.

Jesús los bendice y antes de dejarlos, dice:
-Os confío mi Madre…
-Ve en paz. Tendrá dos hijos en nosotros.
Se dejan.

Jesús vuelve al camino, y se pone a andar muy raudo con Juan al lado.
Pasado bastante rato, Juan rompe el silencio para preguntar:
-Pero José de Alfeo está o no está convencido ya?
-Todavía no.

-¿Y entonces qué eres para él? ¿Mesías? ¿Hombre? ¿Rey? ¡Dios? No he comprendido bien. Me parece que él…

-José está como en uno de esos sueños de la mañana en que la mente ya se acerca a la realidad aligerándose del sueño pesado, que producía irreales sueños, a veces pesadillas.

Los fantasmas de la noche retroceden, pero todavía la mente fluctúa en un sueño que, por ser hermoso, no se querría que tuviera fin… Lo mismo él. Se acerca al despertar. Pero, por ahora, sigue acariciando el sueño; casi lo detiene, porque para él es hermoso… Mas hay que saber tomar lo que el hombre puede dar. Y alabar al Altísimo por la transformación que se ha producido hasta ahora.

¡Bienaventurados los niños! ¡Es tan fácil para ellos creer! -y Jesús pasa un brazo por la cintura de Juan -que sabe ser niño y creer-para hacerle sentir su amor.

477- Coloquio de Jesús con su Madre en el bosque de Matatías. Los sufrimientos morales de Jesús y María

Jesús está solo; solo, en un rellano un poco cóncavo que con leve pero continua ondulación asciende por la vertiente de los collados que ciñen el lago de Galilea.

Es ciertamente éste, porque lo veo abajo, a la derecha, oscureciéndose su bellísimo azul por la llegada del ocaso, que retira de mucha de la superficie del lago las fulgurantes saetadas de los rayos solares. Detrás de la concavidad, al norte, las montañas de Arbela; más allá, más altas, las de allende el lago, donde se alzan Meirón y Yiscala; al nordeste, lejano, pero poderoso y regio siempre, desde cualquier parte que se vea, el gran Hermón, cuyo pico mayor el sol hiere caprichosamente en esta hora del ocaso, poniéndolo de un color topacio rosa en la parte occidental, y dejándole su aspecto opalino, tendente a esa indefinible, leve tonalidad nívea azulina que he visto algunas veces en las cúspides de nuestros Alpes fronterizos.

Yo miro al norte, y veo esto, como también veo sin esfuerzo, a la derecha, abajo, el lago, y a la izquierda los collados, que impiden ver la llanura de la costa. Pero, si me vuelvo hacia el mediodía, veo el Tabor, más allá de unas suaves colinas (sin duda, las que ciñen Nazaret). Abajo hay una pequeña ciudad, al pie de un camino de mucho tránsito por donde la gente va deprisa para llegar a los lugares señalados como etapas.

Jesús no mira nada de lo que miro yo. Busca sólo un sitio para sentarse, y lo elige al pie de una corpulentísima encina que con su follaje ha resguardado del sol tórrido a la hierba del suelo, por lo cual está todavía fresca y tupida, como si el verano no hubiera pasado agostando. Así, Jesús tiene frente a sí el lago; a su lado el sendero entre árboles por el que ha subido; al otro lado las ondulaciones que ciñen al norte la hondonada pradeña y boscosa en que se encuentra, y toda verde, porque los árboles son en su mayoría encinas y otros -o sea, árboles de hoja perenne-a los que el otoño no toca. Sólo acá o allá muestran un punto rojo-sangre debido a una hoja que cambia de color antes de caer, cediendo el puesto a esa otra, embrional, que ya nace al lado de la que muere.

Jesús, muy cansado, se apoya en el tronco robusto y está un tiempo con los ojos cerrados, como para descansar. Pero luego toma su postura habitual, separándose del tronco, echándose un poco hacia adelante, los codos en las rodillas, los antebrazos sobresaliendo hacia adelante, las manos unidas con los dedos entrelazados. Y piensa. Y, sin duda, ora.

De vez en cuando, por algún ruido que se produce cerca de Él -pájaros que pelean buscando un sitio para la noche, algún animal entre la hierba que hace rodar un canto por la pendiente, una rama que choca contra otra por un solitario soplo de vientó alza los ojos y, con una mirada absorta que ciertamente no ve, los vuelve en la dirección del ruido, especialmente si éste está en la dirección del caminito que sube entre las encinas.

Luego vuelve a bajarlos y se concentra de nuevo en sí mismo. Dos veces mira con atención al lago, ahora ya en sombra, y luego vuelve la cabeza para mirar a occidente, donde el sol ha desaparecido tras los collados boscosos: y la segunda vez se levanta y va al sendero y mira si sube alguno, luego vuelve a su sitio.

En fin, se oye un ruido de pasos y se dejan ver dos figuras: María, vestida de azul oscuro; Juan, cargado de sacas. Y Juan llama dos veces:

-¡Maestro! -y, en cuanto Jesús se vuelve, dice:
-Aquí tienes a tu Madre -y la ayuda a salvar un regatillo y algunas piedras grandes, puestas en el sendero con intención de darle solidez y hacerle cómodo para quien sube o baja, pero que en realidad su resultado ha sido el transformarse en verdaderas trampas para el pie semidescalzo.

Jesús se alza inmediatamente para ir al encuentro de su Madre. La ayuda, con Juan, a subir el cúmulo de piedras desprendidas, que debían sujetar el rellano. En realidad, sólo las gruesas raíces de las encinas hacen este oficio. Ahora Jesús sujeta a María, y la observa y le pregunta:

-¿Estás cansada?
-No, Jesús -y le sonríe.

-Sin embargo, me parece que lo estás. Siento haberte hecho venir. Pero no podía ir Yo…

-¡No es nada, Hijo mío! Estoy un poco sudorosa. Pero aquí se está bien… Más bien, Tú eres el que está muy cansado, y también el pobre Juan…

Pero Juan menea la cabeza sonriendo; y deja la saca nueva y bien hinchada de Jesús, y la suya, en la hierba, al pie de la encina, para retirarse mientras dice:
-Voy a bajar. He visto una fuentecita. Voy a refrescarme un poco en esa agua. Pero, si me llamáis, oigo -se retira y deja libres a los Dos.

María se afloja el manto y se quita el velo. Se seca el sudor que aljofara su frente. Mira a Jesús. Le sonríe y bebe su sonrisa, porque Él también le sonríe mientras le acaricia la mano y la apoya en su mejilla, para recibir a su vez de ésta la caricia. ¡Tan "hijo" en este gesto que le he visto hacer otras veces!… María libera la mano y le ordena los cabellos; le quita un trocito de corteza de árbol que se le había quedado entre el pelo (y cada movimiento de los dedos está hecho con tanto amor, que es una caricia). Y habla:

-Estás todo sudado, Jesús. El manto en la espalda está húmedo como si te hubiera llovido encima. Bueno, ahora podrás ponerte otro. Este lo retiro yo. Está descolorido por el sol y el polvo. Tenía todo preparado, y… ¡Espera! Sé que hace poco has comido una corteza de pan ya viejo con un puñado de aceitunas tan saladas que te mordían la garganta.

Me lo ha dicho Juan, que desde el momento que llegó no hacía más que beber. Pero te he traído pan reciente. Lo acababa de sacar del horno. Y un panal de miel que había quitado ayer de la colmena para dárselo a los niños de Simón.

Para ellos tengo otros panales. Tómalo, Hijo mío. Es de nuestra casa… -y se agacha a abrir la saca, que tiene, encima de todas las cosas que contiene, una cesta baja de mimbre con fruta dentro y -encima de la fruta-un panal envuelto en hojas de vid; ofrece todo a su Hijo, con pan reciente y crujiente.

Y, mientras Jesús come, saca del talego los vestidos que ha preparado para los meses invernales, fuertes, calientes, adecuados para proteger del frío y del agua, y se los enseña a Jesús, que le dice:

-¡Cuánto trabajo, Mamá! Tenía todavía los del pasado invierno…

-Los hombres, cuando están lejos de las mujeres, deben tener todo nuevo para no tener necesidad de arreglar nada para estar en orden. Pero no he desperdiciado nada. Este manto mío es el tuyo, acortado y vuelto a teñir. Para mí está bien todavía. Pero para ti ya no estaba bien. Tú eres Jesús…

Es imposible expresar lo que hay en esta frase. «Tú eres Jesús».Una frase sencilla. Pero en estas pocas palabras está todo el amor de la Madre, de la discípula, de la antigua hebrea hacia el Prometido Mesías, y de la hebrea del tiempo bendito que tiene a Jesús.

Si la Madre se hubiera postrado adorando a su Hijo como Dios, no habría expresado sino una forma limitada, a pesar de rebosar veneración. Pero en estas palabras hay más que una adoración formal de unas rodillas que se doblan, una espalda que se pliega, una frente que toca el suelo: aquí está todo el ser de María, su carne, su sangre, su mente, su corazón, su espíritu, su amor, adorando totalmente, perfectamente, al Dios-Hombre.

Nunca he visto una cosa más grande, más absoluta, que estas adoraciones de María al Verbo de Dios, que es su Hijo, pero que Ella siempre recuerda que es su Dios.

Ninguna de las criaturas que, curadas o convertidas por Jesús, veo que adoran a su Salvador (ni siquiera las más ardientes, ni siquiera las que sin darse cuenta se manifiestan teatrales bajo el ímpetu del amor), ninguna tiene "algo que asemeje a esto. Aman totalmente, pero siempre como criaturas, a las que les falta constantemente algo para ser perfectas. María ama, me atrevo a decirlo, divinamente.

Ama más que como criatura. ¡Oh, es realmente la hija de Dios inmune de culpa! ¡Por eso puede amar así!… Y pienso en lo que perdió el hombre con el pecado original… Pienso en lo que nos robó Satanás abatiendo a nuestros Progenitores. Nos quitó esta potencia de amar a Dios como lo ha amado María… Nos ha quitado la potencia de amar bien.

Mientras considero estas cosas mirando a la Pareja perfecta, Jesús, acabada su comida, se ha sentado en la hierba a los pies de su Madre y ha puesto su cabeza sobre las rodillas de Ella, como un niño cansado y triste que busca refugio en la única que lo puede confortar. Y María le acaricia los cabellos, y toca levemente la frente lisa de su Jesús. Parece como querer alejar con esa caricia todos los cansancios y las penas que hay en ese Hijo suyo.

Jesús cierra los ojos y María suspende la caricia, permaneciendo con la mano sobre los cabellos, mirando de frente, pensativa, inmóvil. Quizás cree que Jesús se está durmiendo. Está muy cansado…

Pero Jesús casi enseguida abre de nuevo los ojos, ve que se viene la noche, ve que no es dable prolongar esa hora de confortación, y alza la cabeza; permanece sentado donde estaba y habla:

Mamá, ¿sabes de dónde vengo?
-Lo sé. Me lo ha dicho Juan. Dos almas que vuelven a Dios. Una alegría para ti y para mí.
-Sí. Bajo a Jerusalén con esta alegría.

-Como consuelo de la desilusión que recibiste el mismo día que nos despedimos.

-¿Cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho Juan? Sólo él sabe…
-No. Yo le he preguntado acerca de ello, pero Juan me ha respondido: "Madre, dentro de poco vas a verlo. Pregúntaselo a Él".
Jesús sonríe y dice:
-Juan es fiel hasta el escrúpulo.
Una pausa. Luego Jesús pregunta:

-¿Quién te ha hablado de ello entonces?
-No a mí. Fueron unos… unos hombres a casa de José, tu hermano. Y… él vino a mi casa. Estaba todavía un poco…

Sí, Hijo mío. Siempre es mejor decir la verdad. Un poco inquieto después de tu encuentro con él en Cafarnaúm, y especialmente después de la conversación que tuvieron José, Judas y Santiago. Se vieron en tu ausencia, y también Santiago… Bueno, sobre todo Santiago fue severo… Mucho… Yo diría que demasiado. Pero el Eterno, que siempre es bueno, ha sacado de esta desavenencia un bien. Sin duda porque ha sido una desavenencia que venía de dos fuentes de amor. Distintas, sí, pero amor en todo caso. Imperfectas, sí; porque si hubieran sido perfectas, si al menos una hubiera sido perfecta, no se habría manifestado la ira… decir ira quizás es demasiado fuerte para dar un nombre al estado de ánimo de Santiago, pero lo que sí es cierto es que estuvo muy, muy severo…

Tú, sin duda, le habrías corregido en orden a la caridad. Yo… no aprobé, pero fui indulgente porque comprendía lo que ponía tan inquieto al siempre paciente Santiago. No se puede pretender que sea perfecto… Es un hombre. Es mucha la humanidad también en él todavía. ¡Y queda largo camino que recorrer todavía para que Santiago llegue a ser un justo como era mi José! Él… sabía dominarse siempre… y ser siempre bueno…

¡Pero… estoy divagando! Decía que el amor imperfecto de los dos por ti -¡porque te quieren mucho, mucho, sí! También José, aunque a primera vista no lo parezca.

Y realmente es amor por ti todas sus atenciones para con esta pobre mujer, y amor por ti es su modo de pensar, como viejo israelita fijo en sus ideas como su padre. ¡Qué no daría por verte amado por todos! A su manera… eso sí…

Pero, yendo al hecho, debo decirte que José -al cual no le ha venido mal la actitud firme de Santiago-ha tomado la costumbre de venir todos los días a casa. ¿Y sabes para qué? Para que le explique las Escrituras, "como tú y tu Hijo las comprendéis", ha dicho. ¡Explicar las Escrituras a la luz de la Verdad!… Es difícil cuando quien nos escucha es un José de Alfeo, o sea, uno que cree firmemente en el reino temporal del Mesías, en su nacimiento regio y en tantas otras cosas.

Pero, para hacerle aceptar la idea de que el Rey de Israel debe ser de estirpe real, de David, sí, pero que no es necesario que haya nacido en un palacio, me ha servido su propio orgullo. Él… ¡cuánto celo por ser de la estirpe de David! Le he dicho dulcemente muchas cosas… y he enderezado esta idea en él. José admite, ahora, por concordancia con las profecías, que Tú eres el profetizado.

Pero no habría logrado, no, no habría logrado, convencerlo de que Tú, de que tu grandeza verdadera está justamente en el hecho de ser Rey en el espíritu, que es lo único que te puede hacer Rey universal y eterno, si no hubiera venido en dos momentos gente a buscarlo…

Los primeros, otra vez los de Cafarnaúm y otros con ellos, después de haberlo halagado de nuevo con deslumbrantes promesas de grandeza para toda la casa, viéndolo menos propenso a ceder a su favor -pretendían que él te forzara a ti a aceptar una corona, y a mí a hacértela aceptar-, se descubrieron pasando a las amenazas… Las consabidas, veladas amenazas que usan: cuchillos afilados envueltos en blanda lana para que parezcan inocuos… Y José reaccionó diciendo:

"Yo soy el mayor, pero Él es mayor de edad, y en mi familia no tengo noticia de que haya habido nunca estúpidos o locos. Como es mayor de edad desde hace cuatro lustros, sabe lo que se trae entre manos. Id a Él, pues, y preguntadle. Y, si se niega, dejadlo en paz. Es responsable de sus acciones".

Pero luego, precisamente en la vigilia del sábado, vinieron unos discípulos tuyos… ¿Me miras, Hijo? Deja que no te diga sus nombres, y deja que te diga que los perdones… Un hijo que hubiera alzado su mano contra la canicie de su padre, un levita que hubiera profanado el altar y temiera la ira de Yeohveh no estarían como estaban ellos… Venían de Cafarnaúm, donde te habían buscado…

Habían recorrido los caminos del lago desde Cafarnaúm hasta Magdala, y luego hasta Tiberíades, esperando encontrarte. Y se habían encontrado con Hermas y Esteban, que bajaban con otros a Jerusalén después de haberse hospedado en casa de Gamaliel unos días.

No quiero decirte lo que dijeron, lo que desean ardientemente decirte. Pero sus palabras habían aumentado el dolor de los discípulos que se descarriaron hasta el punto de unirse a quienes querían traicionarte con una falaz unción. Cuando vinieron, estaba conmigo José. Y fue una cosa buena.

¡Oh, José no ha llegado todavía a la Luz, pero está ya en el crepúsculo de su aurora! José ha entendido la insidia y… nuestro José te quiere mucho ahora. Te ama, no me atrevo a decir justamente, pero sí al menos como pariente mayor que sufre con tu sufrimiento, que vela por su incolumidad, que conoce a tus enemigos… Por esto sé lo que te han hecho, Hijo mío. Un dolor… y una alegría, porque más de uno te ha reconocido por lo que eres.

Para ti y para mí, este dolor y esta alegría. ¿Y perdonamos a todos, no es verdad? Yo ya he perdonado a los arrepentidos, hasta donde me era concedido.

-Mamá, podías haber concedido todo el perdón, también por mí. Porque Yo ya había perdonado viendo su corazón. Son hombres… ¡Tú lo has dicho!… Y Yo también tengo la alegría de ver a José caminando hacia la aurora de la verdadera Luz…

-Sí. Él esperaba verte. Hubiera sido bueno que lo hubieras visto.

-Hoy estaba fuera hasta la puesta del sol. Le dolerá no verte. Pero podrá hacerlo en Jerusalén.

-No, Madre. No estaré en Jerusalén de forma que me vean. Necesito evangelizar la Ciudad y sus aledaños; si me descubrieran, me expulsarían inmediatamente. Tendré que actuar, pues, como uno que hace el mal, si bien quiero hacer únicamente el bien… Pero es así.
-¿Entonces no vas a ver a José? Parte mañana para los Tabernáculos. Podíais hacer el viaje juntos…
-No puedo…

-¿Tanto te persiguen ya, Hijo mío?
¡Qué congoja hay en la voz de la Madre!
-No, Madre. No. No más que antes. Tranquilízate. Es más…

Vienen a mí espíritus buenos. Otros, no buenos, se detienen meditando, mientras que antes asestaban el golpe sin razonar. Los discípulos aumentan, los antiguos se forman cada vez más, los apóstoles se perfeccionan. No hablo de Juan, él ha sido siempre una gracia que me ha dado el Padre; hablo de Simón de Jonás y de los otros.

Simón, que puedo decir que día tras día va dejando de ser el hombre que era para hacerse apóstol, y tú sabes lo que quiero decir. Y me causa mucha alegría. Y Natanael y Felipe que se desatan del vínculo de sus ideas. Y Tomás y… Bueno, qué digo, ¡todos! Sí, créelo. Todos en esta hora son buenos: son mi alegría. Debes estar tranquila sabiendo que estoy con ellos: amigos, consoladores, defensores de tu Hijo. ¡Si tú estuvieras tan defendida y fueras tan amada!

-Oh, yo tengo a María, tengo a las mujeres de José y Simón y a ellos mismos y a los niños. Tengo al buen Alfeo. Y, bueno, ¿quién no quiere a María de Nazaret en Nazaret? Estáte tranquilo… Un entero pueblo ama a tu Mamá.

-Pero no a mí todavía, excepto unos pocos. Esto lo sé, y sé que su amor a ti está empapado de la compasión que se siente por la madre de un demente y de un vagabundo. Pero tú sabes que no lo soy y que te quiero. Tú sabes que el separarme de ti es la obediencia, no digo más grande, pero sí más amorosamente dolorosa que el Padre me pide…

-¡Sí, Hijo mío! Sí. Lo sé. Yo no me quejo de nada. La verdad es que querría estar, preferiría estar contigo, en medio del fango, con el viento, a la intemperie, perseguida, cansada, sin techo ni fuego, sin pan, como Tú muchas veces… antes que en mi casa, mientras Tú estás lejos y no sé cómo estás mientras pienso en ti. Tú conmigo y yo contigo, sufrirías menos y yo menos sufriría…

Porque eres mi Hijo y te podría tener siempre entre mis brazos y defenderte del frío, de la dureza de las piedras y, sobre todo, de la dureza de los corazones, con mi amor, con mi pecho, con mis brazos. Eres mi Hijo. Te tuve mucho sobre mi corazón en la gruta, en el viaje a Egipto, y al regreso, siempre, cuando las inclemencias del tiempo y las insidias de los hombres podían dañarte. ¿Por qué no iba a poder hacerlo ahora? ¿He dejado de ser acaso, tu Madre, porque Tú seas ahora el Hombre? ¿Es que ya no puede una madre ser todo para el hijo por el hecho de que él ya no sea pequeño?

Yo creo que si estoy contigo no podrán causarte daño… porque ninguno… No. Soy una ilusa… Tú eres el Redentor… y los hombres, lo he visto, no tienen piedad ni siquiera de la propia madre… Pero, déjame ir contigo. Todo es mejor para mí que estar lejos de ti.

-Si los hombres fueran mejores, habría vuelto a Nazaret todavía. Pero también Nazaret… No importa. Vendrán a mí. Por ahora, voy a otros…Y no puedo llevarte conmigo. Sólo volveré aquí cuando sepan quién soy. Ahora voy a Judea… Subo al Templo… Luego estaré por aquellas comarcas…

Recorreré una vez más Samaria. Trabajaré en los lugares donde más trabajo hay. Por ello, Madre, te aconsejo que te prepares para venir a mí al principio de la primavera y para establecerte cerca de Jerusalén. Nos veremos con más facilidad. Volveré a subir alguna vez todavía hasta la Decápolis y nos veremos todavía… Lo espero. Pero normalmente estaré en Judea.

Jerusalén es la oveja más necesitada de cuidado, porque, en verdad, es más testaruda que un carnero viejo y más pendenciera que una cabra enrudecida. Voy a esparcir la Palabra como rocío que no se cansa de caer sobre su aridez…

Jesús se levanta, se queda parado, mira a su Madre, que a su vez lo mira fija y atentamente. Abre la boca, luego menea la cabeza y dice:

-Queda todavía por decir esto, antes de la última cosa… Madre, si José quiere hablar conmigo, que esté hacia el alba de pasado mañana en el camino que de Nazaret por el Tabor va a Yizreel. Estaré solo o con Juan.

-Lo diré, Hijo mío.
Silencio, un profundo silencio, porque los pájaros han terminado de pelear entre las frondas y también el viento calla, mientras el crepúsculo se adensa. Luego Jesús, que parece haber buscado con dificultad las últimas palabras, dice:

-Mamá, este alto aquí ha terminado… Un beso, Mamá. Y tu bendición.
Se besan y bendicen mutuamente.

Luego Jesús, agachándose a recoger el velo de su Madre y llamando a Juan como para quitar gravedad a las palabras, dice:

-Cuando vayas a Judea, llévame mi túnica más bonita. La que me tejiste para las fiestas solemnes. En Jerusalén debo ser "Maestro" en el sentido más amplio, y más sensiblemente humano, porque esos espíritus cerrados e hipócritas miran más lo externo, la túnica, que lo interno, la doctrina. Y así también Judas de Keriot se sentirá contento… y también José, que me verá regiamente vestido. ¡Será un triunfo! Y la túnica que tejiste contribuirá a ello… -y sonríe, meneando la cabeza, para suavizar la verdad cortante que celan esas palabras.

Pero María no se engaña. Se levanta y, apoyándose en el brazo de Jesús, exclama:
-¡Hijo! -y, con una congoja que me hace sufrir, Jesús la recoge en su corazón, donde Ella llora…

-Mamá, he querido hablar contigo en esta hora de paz por esto… Te confío mi secreto y todo lo que amo aquí abajo.

Ninguno de los discípulos sabe que no volveremos a estos lugares sino cuando todo haya sido cumplido. Pero tú… Para ti no hay secretos… Te lo había prometido, Mamá. No llores. Todavía muchas horas hemos de estar juntos. Por esto te digo: "Ve a Judea". Tenerte al lado me compensará la fatiga de la más difícil evangelización a esos duros de corazón que ponen obstáculos a la Palabra de Dios.

Ve con las discípulas galileas. Me seréis muy útiles. Juan se ocupará del alojamiento tuyo y de ellas. Ahora, antes de que él regrese, vamos a orar juntos. Luego tú volverás al pueblo. Yo también me acercaré durante la noche…
Oran juntos, y están en las últimas palabras del Pater cuando aparece Juan, que, en la penumbra, cuando está cerca, ve la señal del llanto en el rostro de María, y se asombra; pero no dice nada al respecto. Se despide del Maestro y le dice:

-Estaré a la aurora fuera de Nazaret, en el camino… Ven, Madre. Fuera del bosque hay todavía luz, y abajo el camino está todo iluminado por los faroles de los carros que van de camino…

María besa de nuevo a Jesús, llorando en su velo. Luego, sujetada por Juan, que la lleva del codo, baja al sendero, y sigue hacia abajo, hacia el valle.

Jesús se queda solo, orando, pensando, llorando. Porque Jesús ora mientras ve bajar a su Madre. Luego vuelve a donde estaba antes y se pone en la postura que tenía, mientras la sombra y el silencio se adensan cada vez más en torno a Él.

Dice Jesús:

-No he olvidado tampoco este dolor de María, mi Madre. Haber tenido que lacerarla con la expectativa de mi sufrimiento, haber debido verla llorar. Por eso no le niego nada. Ella me dio todo. Yo le doy todo. Sufrió todo el dolor, le doy toda la alegría.

Quisiera que, cuando pensáis en María, meditarais en esta agonía suya que duró treinta y tres años y culminó al píe de la Cruz. La sufrió por vosotros: por vosotros, las burlas de la gente, que la juzgaba madre de un loco; por vosotros, las críticas de los parientes y de las personas de importancia; por vosotros, mi aparente desaprobación:

"Mi Madre y mis hermanos son aquellos que hacen la voluntad de Dios". ¿Y quién más que Ella la hacía? Y una Voluntad tremenda que le imponía la tortura de ver martirizar al Hijo. Por vosotros, la fatiga de ir acá o allá, a donde Yo estaba; por vosotros, los sacrificios desde el de dejar su casita y mezclarse con las muchedumbres, al de dejar su pequeña patria por el tumulto de Jerusalén; por vosotros, el deber estar en contacto con aquel que guardaba dentro de su corazón la traición; por vosotros, el dolor de oír que me acusaban de posesión diabólica, de herejía. Todo, todo por vosotros.

No sabéis cuánto he amado a mi Madre. No reflexionáis en cuán sensible a los afectos era el corazón del Hijo de María. Y creéis que mi tortura fue puramente física, al máximo añadís la tortura espiritual del abandono final del Padre.

No, hijos. También experimenté los afectos del hombre: sufrí por ver sufrir a mi Madre, por tener que llevarla como mansa cordera al suplicio, por tener que lacerarla con una cadena de despedidas (en Nazaret, antes de la evangelización; ésta que os he mostrado y que precede a mi Pasión, ya inminente; aquélla, antes de la Cena, cuando ya la Pasión está desarrollándose con la traición de Judas Iscariote; aquélla, atroz, en el Calvario).

Sufrí por verme escarnecido, odiado, calumniado, rodeado de malsanas curiosidades que no evolucionaban hacia el bien sino hacia el mal.

Sufrí por todas las falsedades que tuve que oír o ver activas a mi lado: las de los fariseos hipócritas, que me llamaban Maestro y me hacían preguntas no por fe en mi inteligencia sino para tenderme trampas; las de aquellos a quienes había favorecido y se volvieron acusadores míos en el Sanedrín y en el Pretorio; aquélla, premeditada, larga, sutil de Judas, que me había vendido y continuaba fingiéndose discípulo; que me señaló a los verdugos con el signo del amor. Sufrí por la falsedad de Pedro, atrapado por el miedo humano.

¡Cuánta falsedad, y cuán repelente para mí que soy Verdad! ¡Cuánta, también ahora, respecto a mí! Decís que me amáis, pero no me amáis. Tenéis mi Nombre en los labios, y en el corazón adoráis a Satanás y seguís una ley contraria a la mía.

Sufrí al pensar que en relación al valor infinito de mi Sacrificio -el Sacrificio de un Dios-demasiados pocos se salvarían.

A todos -digo: a todos-los que a lo largo de los siglos de la Tierra preferirían la muerte a la vida eterna, haciendo vano mi Sacrificio, los tuve presentes. Y con esta cognición fui a afrontar la muerte.

Ya ves, pequeño Juan, que tu Jesús y la Madre suya sufrieron agudamente en su yo moral. Y largamente.

Paciencia, pues, si es que debes sufrir. "Ningún discípulo es más que el Maestro", lo dije.

Mañana hablaré de los dolores del espíritu. Ahora descansa. La paz sea contigo.

476- Lección sobre el cuidado de las almas y perdón a los dos pecadores castigados con la lepra

El abrupto nudo de Yiftael domina al norte, impidiendo la visión del horizonte.

Pero, en los lugares en que las laderas escarpadas de este grupo montañoso comienzan y se muestran, casi a pico, al camino de caravanas que de Tolemaida va hacia Seforí y Nazaret, se ven muchas cavernas entre peñas saledizas, suspendidas sobre el abismo, que cumplen la función de techo, y base de estos antros.

Como siempre, cerca de los caminos más importantes, aislados pero, al mismo tiempo, lo suficientemente cercanos como para ser vistos y socorridos por los viandantes, hay leprosos. Una pequeña colonia de leprosos, que lanzan su grito de aviso e invocación al ver pasar a Jesús con Juan y Abel. Y Abel alza la cara hacia ellos diciendo:

-Éste es aquel de que os hablé. Estoy llevándolo a donde los dos que ya sabéis. ¿No tenéis nada que pedir al Hijo de David?

-Lo que pedimos todos: pan, agua, para saciarnos mientras los peregrinos pasan. Después, en invierno, el hambre…
-No tengo comida, hoy. Pero tengo conmigo la Salud…

Pero la sugestiva invitación a recurrir a la Salud no halla eco. Los leprosos se retiran del risco, volviendo las espaldas y dando la vuelta al espolón del monte para ver si otros peregrinos vienen por el otro camino.

-Creo que son marineros gentiles o completamente idólatras. Han venido hace poco, expulsados de Tolemaida.

Venían de África. No sé cómo se han enfermado. Sé que salieron sanos de sus países y, después de un viaje largo por las costas africanas para hacerse con marfil y también creo que con perlas para venderlas a los mercaderes latinos, han llegado aquí enfermos. Los magistrados del puerto los han aislado y han quemado hasta la nave. Unos han ido hacia los caminos de Siro-Fenicia y otros han venido aquí.

Los más enfermos son éstos, porque ya casi no andan. Pero tienen el alma más enferma todavía. He tratado de dar un poco de fe… No piden otra cosa que no sea comida…

-En las conversiones hay que tener constancia. Lo que no sale en un año sale en dos o más. Insistir en hablar de Dios, aunque parezcan como las rocas que los cobijan.

-¿Hago mal, entonces, en pensar en su comida?… Me había puesto a traer antes del sábado siempre comida, porque los sábados los hebreos no viajan y ninguno piensa en ellos…

-Has hecho bien. Tú lo has dicho. Son paganos. Por tanto, más cuidadosos de la carne y de la sangre que del alma. La amorosa diligencia que tienes por su hambre despierta su afecto hacia el desconocido que piensa en ellos. Y, cuando te quieran, te escucharán, aunque hables de cosas distintas de la comida. El amor preludia siempre el seguimiento de aquel a quien se ha aprendido a amar.

Ellos te seguirán un día en los caminos del espíritu. Las obras de misericordia corporal alisan el camino a las espirituales; las cuales lo hacen tan libre y llano, que la entrada de Dios en un hombre preparado en tal manera al divino encuentro se produce sin el conocimiento del propio individuo.

Éste se encuentra a Dios dentro de sí y no sabe por dónde ha entrado. ¿Por dónde? Algunas veces tras una sonrisa, tras una palabra de piedad, tras un pan, ha empezado la apertura de la puerta de un corazón cerrado a la Gracia y ha empezado el camino de Dios para entrar en ese corazón.

¡Las almas! Son la cosa más variada que existe. Ninguna materia -y son muchas las materias que hay en la Tierra-es tan variada en sus aspectos como lo son las almas en sus tendencias y reacciones.

¿Veis este corpulento terebinto? Está en medio de un entero bosque de terebintos, semejantes a él en la especie. ¿Cuántos son? Centenares, mil quizás, quizás más.

Cubren esta abrupta ladera de monte, dominando con su aroma áspero y saludable de resinas todos los demás olores del valle y del monte. Pero, fijaos. Mil y más, pero no hay siquiera uno que en grosor, altura, corpulencia, inclinación, disposición, sea igual a otro, si se observa bien.

Uno, derecho como hoja de cuchillo. Otro, vuelto hacia septentrión o mediodía, oriente u occidente. Uno, nacido todo en tierra; otro, allá, en un risco, que no se sabe ni cómo éste puede sostenerlo ni cómo el árbol puede sostenerse tan pendiente en el vacío, casi haciendo de puente con la otra ladera que se alza sobre aquel torrente, ahora seco, pero muy turbulento en las épocas de lluvia. Uno retorcido, como si un cruel lo hubiera forzado cuando era todavía tierna planta; otro, sin defectos.

Uno, acopado casi hasta el pie; otro, sin frondas, apenas con un penacho en su cima. Aquél, con ramas sólo en la derecha; aquel otro, frondoso abajo y reseco arriba, en la cima quemada por un rayo. Éste, muerto, que sobrevive en una obstinada rama, única, nacido casi en la raíz recogiendo un resto de savia que en lo alto había muerto.

Y éste, el primero que os he señalado, hermoso a más no poder, ¿tiene, acaso, una rama, una ramita, una hoja -¿qué digo diciendo una hoja, respecto a los miles que tiene?-igual a otra? Parecen iguales, pero no lo son Mirad esta rama, la más baja. Observad la parte alta de ella, sólo la cima de la rama. ¿Cuántas hojas habrá en ese extremo? Quizás doscientas agujas verdes y finas. Y, no obstante, mirad: ¿hay una igual a otra, en color, vigor, lozanía, flexibilidad, aspecto, edad? No la hay.

Así las almas. Hay tantas diversidades de tendencias y reacciones como almas existen. "Y no es buen maestro y médico de almas el que no sabe conocerlas y trabajarlas según sus distintas tendencias y reacciones. No es trabajo fácil, amigos míos. Se requiere estudio continuo, costumbre de meditar, que ilumina más que cualquier larga lectura de textos fijos. El libro que debe estudiar un maestro y médico de almas es las almas mismas. Tantas hojas como almas, y en cada hoja muchos sentimientos y pasiones pasados, presentes y en embrión.

Por tanto, estudio continuo, atento, meditativo. Paciencia constante, aguante. Fortaleza en saber curar las llagas más pútridas para curarlas sin dar muestras de asco, cosa que humillaría al llagado, y sin falsa piedad, que, por no hacer sufrir descubriendo la podredumbre y no limpiar por temor a hacer sufrir la parte corrompida, deja que el mal se haga gangrena y corrompa todo el ser. Prudencia, al mismo tiempo, para no profundizar con modos demasiado rudos las heridas de los corazones, y para no infectarse con su contacto por alarde de seguridad de que no se teme la infección al tratar con los pecadores.

Y todas estas virtudes, necesarias para el maestro y médico de almas, ¿dónde hallan su luz para ver y entender; su paciencia, a veces heroica, para perseverar recibiendo frialdad, alguna vez ofensas; su fortaleza para curar sabiamente; su prudencia para no perjudicar al enfermo ni perjudicarse a sí mismo? En el amor. Siempre en el amor.

El amor da luz a todo, da sabiduría, da fortaleza y prudencia; preserva de las curiosidades, que son vía de asunción de las culpas curadas. Cuando uno es todo amor, no pueden entrar en él ningún deseo ni ninguna ciencia sino los del amor.

¿Veis? Los médicos dicen que, cuando uno estuvo agonizando por una enfermedad, difícilmente vuelve a enfermar de ella, porque ya su sangre la ha recibido y la ha vencido. El concepto no es perfecto, pero tampoco yerra en todo.

Pero el amor, que es salud en vez de enfermedad, produce eso que dicen los médicos, y para todas las pasiones no buenas. El que ama fuertemente a Dios y a los hermanos, no hace nada que pueda causar dolor a Dios y a los hermanos; por eso, incluso acercándose a enfermos del espíritu y viniendo a saber cosas que el amor hasta entonces había velado, no se corrompe con ellas, porque permanece fiel al amor y el pecado no entra.

¿Qué fuerza puede tener la sensualidad para quien ha vencido la sensualidad con la caridad? ¿Qué fuerza, las riquezas para quien en el amor a Dios y a las almas encuentra todo tesoro? ¿Qué, la gula; qué, la avaricia; qué, la incredulidad; qué, la acidia; qué, la soberbia: para quien sólo siente apetito de Dios; para quien se da él mismo, incluso él mismo, para servir a Dios; para quien en su Fe encuentra todo su bien; para quien se siente aguijado por la llama incansable de la caridad y obra incansablemente para dar alegría a Dios; para quien conoce a Dios -amarlo es conocerlo ­y ya no puede ensoberbecerse, porque se ve cual es respecto a Dios?

Un día seréis sacerdotes de mi Iglesia. Seréis, por tanto, los médicos y maestros de los espíritus. Recordad estas palabras mías. No seréis sacerdotes, o sea, ministros de Cristo, maestros y médicos de almas, por el nombre que llevéis, ni por el indumento, ni por las funciones que ejerzáis, sino que lo seréis por el amor que poseáis. El amor os dará todo lo que se necesita para serlo; y las almas, todas distintas entre sí, alcanzarán una única semejanza: la del Padre, si sabéis trabajarlas con el amor.

-¡Qué hermosa lección, Maestro! -dice Juan.

-¿Pero lograremos algún día nosotros ser así? -añade Abel. Jesús mira al uno y al otro, y luego pasa el brazo sobre los hombros de ambos y los estrecha contra sí, el uno a la derecha, el otro a la izquierda, y los besa en el pelo; y dice:

-Vosotros lo lograréis, porque habéis comprendido el amor.
Siguen andando todavía un tiempo, cada vez con más dificultad por la escabrosidad del sendero tallado casi en el borde del monte. Abajo, lejos, hay un camino, y se ve a la gente en camino por él.

-Detengámonos, Maestro. Allí, ¿ves?, desde aquella plataforma de roca, los dos están descolgando hasta los viandantes un cesto con una soga, y tras la plataforma está su gruta. Ahora los llamo.

Y, adelantándose, lanza un grito, mientras Jesús y Juan se quedan retrasados, ocultos tras tupidos arbustos.
Pocos instantes y luego una cara… -llamémosla cara porque está encima de un cuerpo, pero podría llamarse también morro, monstruo, pesadilla…-se asoma por encima de unos arbustos de zarzamora.

-¿Tú? ¿Pero no te habías marchado para los Tabernáculos?
-He encontrado al Maestro y he vuelto atrás. ¡Él está aquí!

Si Abel hubiera dicho "Yeohveh aletea sobre vuestra cabeza" muy probablemente habría sido menos repentino y reverente el grito, el acto, el impulso de los dos leprosos -porque mientras Abel hablaba se había asomado también el otro-para echarse afuera, a la plataforma, en pleno sol, y para postrarse rostro en tierra gritando:

-¡Señor, hemos pecado! ¡Pero tu misericordia es más grande que nuestro pecado!

Lo gritan sin siquiera asegurarse sí Jesús está verdaderamente allí, o si está todavía lejos, en camino hacia ellos. Su fe es tal, que hace ver hasta lo que los ojos, por las llagas de los párpados y la rapidez con que ellos se han arrojado al suelo, sin duda, no han visto.
Jesús avanza mientras ellos repiten:

-¡Señor, nuestro pecado no merece perdón, pero Tú eres la Misericordia! Señor Jesús, por tu Nombre sálvanos. Tú eres el Amor que puede vencer sobre la Justicia.

-Yo soy el Amor. Es verdad. Pero sobre mí está el Padre. Y Él es la Justicia -dice severo Jesús, avanzando con Juan por el sendero.

Los dos alzan los desfigurados rostros entre las lágrimas que corren juntamente con sustancias purulentas. ¡Son rostros horribles de ver! ¿Viejos? ¿Jóvenes? ¿Quién es el siervo? ¿Quién es Aser? Imposible decirlo. La enfermedad los ha igualado, haciendo de ellos dos formas de horror y náusea.

¿Cuál debe ser el aspecto de Jesús para ellos, erguido en medio del sendero, envuelto de rayos de sol que encienden el color rubio de sus cabellos? No lo sé. Sé que lo miran y se cubren el rostro gimiendo:
-¡Yeohveh! ¡La Luz!

Pero luego vuelven a gritar:

-¡El Padre te ha mandado para salvar! ¡Te llama su amor predilecto! ¡En ti se complace! ¡No te negará que nos des el perdón!

-¡El perdón o la salud?
-El perdón -grita uno.
Y el otro:

-..Y luego la salud. Mi madre muere de dolor por mí.
-Aunque Yo os perdone, queda todavía la justicia de los hombres; para ti sobre todo. ¿Qué valor tiene entonces mi perdón para hacer feliz a tu madre? -prueba Jesús, para provocar las palabras que espera para obrar el milagro.

-Tiene valor. Ella es una verdadera israelita. Quiere para mí el seno de Abraham. Y para mí no existe ese lugar en espera del Cielo, porque he pecado demasiado.

-Demasiado. Tú lo has dicho.
-¡Demasiado!… Es verdad… Pero Tú… ¡Oh, aquel día estaba tu Madre… ¿Dónde está tu Madre ahora? Ella tenía compasión de la madre de Abel. Lo vi. Y si ahora oyera tendría compasión de la mía. ¡Jesús, Hijo de Dios, piedad en nombre de tu Madre!…

-¿Y qué haríais después?
-¿Después?

Se miran consternados. El "después" es la condena de los hombres, el desprecio, o la fuga, el destierro. Ante la perspectiva de la curación, tiemblan como por una incolumidad perdida. ¡Cuánto le importa al hombre la vida! Los dos, sorprendidos en el dilema de curarse y ser condenados por la ley de los hombres, o vivir leprosos, casi prefieren vivir leprosos. Lo dicen, lo confiesan con estas palabras:

-¡El suplicio es horrendo!
Lo dice, sobre todo, el que comprendo que es Aser, uno de los dos homicidas…

-Es horrendo. Pero al menos es justicia. Vosotros ibais a aplicárselo a éste, inocente; tú, por sucios fines; tú, por un puñado de monedas.

-¡Es verdad! ¡Oh, Dios mío! Pero él nos ha perdonado. Perdona Tú también. Significa que moriremos, pero el alma se salvará.

-La mujer de Joel fue lapidada por adúltera. Sus cuatro hijos viven en continuas privaciones con la madre de ella, porque los hermanos de Joel los han echado como a espurios, apoderándose de los bienes de su hermano. ¿Lo sabéis?

-Nos lo dijo Abel…

-¿Y quién los satisface por su desventura?

La voz de Jesús es un trueno, verdaderamente es voz de Dios Juez y da miedo. Solo bajo el sol, erguido y rígido, es figura de espanto. Los dos lo miran con miedo. A pesar de que el sol debe sulfurar sus heridas, no se mueven; como tampoco se mueve Jesús, envuelto todo por el sol. Los elementos pierden valor en esta hora de almas…

Pasa un rato y Aser dice:

-Que Abel vaya donde mi madre, si quiere amarme del todo, y le diga que Dios me ha perdonado y…

-Yo no te he perdonado todavía.

-Pero lo harás porque ves mi corazón… Y que le diga que todos mis bienes vayan a los hijos de Joel, por voluntad mía. Sea que muera, sea que viva, renuncio a la riqueza que me ha hecho vicioso.

Jesús sonríe. Se transfigura en la sonrisa, pasando del rostro severo al rostro compasivo, y, con mudada voz, dice:

-Veo vuestro corazón. Levantaos. Y alzad vuestro espíritu a Dios bendiciéndolo. Separados como estáis del mundo, podéis iros sin que el mundo sepa de vosotros. Y el mundo os espera para procuraros la manera de sufrir y expiar.
-¿Nos salvas, Señor? ¿Nos perdonas? ¿Nos curas?

-Sí. Os dejo la vida, porque la vida es sufrimiento especialmente para quien tiene recuerdos como los vuestros. Pero ahora no podéis salir de aquí. Abel debe venir conmigo, debe ir como todos los hebreos a Jerusalén.

Aguardad a que regrese, lo cual coincidirá con vuestra curación. Él se ocupará de llevaros al sacerdote y de avisar a tu madre. Yo le diré a Abel lo que debe hacer y cómo lo debe hacer. ¿Podéis creer en mis palabras, aunque me marche sin curaros?

-Sí, Señor. Pero repítenos que perdonas a nuestro espíritu. Esto sí. Luego todo vendrá cuando quieras Tú.

-Yo os perdono. Renaced con un espíritu nuevo y no queráis volver a pecar. Recordad que, además de absteneros de pecar, debéis llevar a cabo actos de justicia encaminados a anular completamente vuestra deuda ante los ojos de Dios, y que, por tanto, vuestra penitencia debe ser continua, porque grande es vuestra deuda, ¡muy grande! La tuya, en particular, toca todos los mandamientos del Señor.

Piensa y verás que ni uno queda excluido. Te olvidaste de Dios, pusiste a la carne como ídolo tuyo, transformaste las fiestas en días de delirios ociosos, ofendiste e infamaste a tu madre, contribuiste a matar y a querer matar, robaste la existencia y querías robar un hijo a una madre, privaste de padre y madre a cuatro niños, fuiste lujurioso, levantaste falsos testimonios, deseabas impúdicamente a una mujer que era fiel a su difunto esposo, deseaste los bienes de Abel, tanto que quisiste eliminar a Abel para apoderarte de ellos. Aser, ante cada una de estas proposiciones, gime:

-¡Es verdad, es verdad!

-Como ves, Dios habría podido reducirte a cenizas sin recurrir al castigo de los hombres. Te ha preservado para que Yo pudiera salvar a uno más. Pero la mirada de Dios te vigila y su inteligencia recuerda. Podéis marcharos -y se vuelve y regresa a la espesura, junto a Abel y Juan, que habían buscado refugio bajo los árboles de la ladera.

Y los dos, todavía desfigurados, quizás sonrientes -pero ¿quién puede decir cuándo sonríe un leproso?-con la voz típica de los leprosos, estridente, metálica, carente de continuidad, con bruscas disonancias, entonan, mientras Él baja el monte por el sendero pavoroso, el salmo 114…

(Salmo 114, citado aquí según la Vulgata, en la Neovulgata pasó a constituir la primera partedel salmo 116: “Amo al Señor porque escucha el grito de mi oración…”)

-¡Se sienten felices! -dice Juan.
-Yo también -dice Abel.
-Pensaba que los ibas a curar inmediatamente -dice Juan.
-Yo también, como haces siempre.

-Han sido grandes pecadores. Esta espera es justa para quien ha pecado tanto. Ahora escucha, Ananías…
-Me llamo Abel, Señor -dice sorprendido el joven, y mira a Jesús como para preguntarse: « ¿Por qué se equivoca?».
Jesús sonríe:

-Para mí eres Ananías, porque verdaderamente pareces nacido de la bondad del Señor. Sélo cada vez más. Y, escucha. Al regreso de los Tabernáculos irás a tu ciudad y le dirás a la madre de Aser que haga lo que el hijo desea, y que ello sea llevado a cabo de la manera más solícita, dando todo como reparación, menos un décimo. Esto es por compasión hacia la madre anciana.

Que ella, junto contigo, deje Belén de Galilea y vaya a Tolemaida, a esperar a su hijo que, contigo, irá donde ella con su compañero. Tú, una vez alojada la mujer en casa de algún discípulo de la ciudad, irás por todo lo necesario para la purificación de los leprosos, y no los dejarás hasta que esté todo hecho.
Que el sacerdote no sea de los que saben del pasado, sino de otros lugares.

-¿Y después?
-Después vuelves a tu casa o te unes a los discípulos. Y ellos, los curados, tomarán el camino de la expiación. Yo digo lo indispensable. Y dejo al hombre libre de actuar después…

Bajan, bajan, incansables, a pesar de las asperezas del camino y el calor del sol… Incansables, y silenciosos durante mucho tiempo. Luego Abel rompe el silencio diciendo:

-¿Señor, te puedo pedir una gracia?
-¿Cuál?
-Que me dejes ir a mi ciudad. Me desagrada dejarte, pero aquella madre…

-Ve. Pero no te demores. Apenas vas a tener tiempo de llegar a Jerusalén.

-¡Gracias, Señor! La veré sólo a ella: una pobre anciana avergonzada de todo desde que Aser pecó. Pero ahora volverá a sonreír. ¿Que debo decirle en tu nombre?

-Que sus lágrimas y oraciones han obtenido gracia y que Dios la anima a aumentar su esperanza, y que la bendice.

Pero antes de separarnos vamos a detenernos una hora. No más. No es tiempo de altos en el camino. Luego tú irás por tu parte; Yo y Juan, por la mía, y por atajos. Y tú, Juan, te adelantarás. A donde mi Madre. Le llevarás esta saca con la ropa de lino y vendrás con la de lana. Irás a decirle que quiero verla y que la espero en el bosque de Matatías, el de la mujer. Ya sabes. Habla a solas con Ella y ven pronto.

-Sé dónde está el bosque. ¿Y Tú? ¿Solo? ¿Te quedas solo?
-Me quedo con mi Padre. No temas -dice Jesús alzando la mano y poniéndola sobre la cabeza del discípulo predilecto, que está a su lado sentado en la hierba. Y le sonríe mientras dice:

-Pero deberíamos estar allí al caer de la tarde…
-Maestro, cuando debo darte una satisfacción no siento cansancio, ya lo sabes. ¡Y además, donde la Madre!… Es como ir llevado por los ángeles. Y, bueno, no está muy lejos.

-Nunca está lejos lo que se hace con alegría… Pero tú pasarás la noche en Nazaret.
-¿Y Tú?

-Y Yo… Estaré con el Padre mío después de haber estado con mi Madre un poco. Y luego, al alba, me pondré en camino, tomando el camino del Tabor sin entrar en Nazaret. Ya sabes que tengo que estar en Yizreel a la aurora de pasado mañana.

-Te vas a cansar mucho, Maestro; y ya lo estás.
-Tendremos tiempo de descansar en invierno. No temas. Y no esperes poder ir evangelizando siempre con paz como aquí. Haremos muchas paradas…

Jesús agacha la cabeza, pensativo, dando mordiscos a su pan más para hacer compañía a los dos -los cuales, jóvenes y contentos de estar con el Maestro, comen con gusto-que por ganas de comida. Tanto es así que deja de comer y se sume en uno de sus silencios, respetado por los dos, que callan y descansan a la sombra fresca del monte, descalzos los pies para buscar frescura en la hierba nacida a los pies de los robustos troncos. Y se adormilarían incluso, pero Jesús alza la cabeza y dice:

-Vamos. En la bifurcación nos separaremos.

Atadas las sandalias, se ponen en camino. La sombra del bosque y el viento que viene de septentrión los ayuda a soportar la pesantez de esta hora todavía caliente, aunque ya no tórrida como en los meses de pleno verano.

475- Abel de Belén de Galilea pide el perdón para sus enemigos

-Levantaos y vámonos -ordena Jesús a los suyos, que duermen profundamente sobre unos montones de heno -más espadaña que heno-que hay en un campo cercano a un arroyo que espera las lluvias de otoño para nutrir de aguas su lecho.

Los apóstoles, todavía medio dormidos, obedecen sin decir nada. Recogen los talegos, se ponen los mantos que habían usado como mantas durante la noche y se echan a andar con Jesús.

-¿Vamos por el Carmelo? -pregunta Santiago de Alfeo.
-No. Por Seforí. Y luego tomaremos el camino de Meguiddó. Apenas tenemos tiempo… -responde Jesús.

-Sí. Y las noches van siendo demasiado húmedas y frías como para dormir en las tierras, cuando por algún motivo no nos acoge una casa -observa Mateo.

-¡Los hombres! ¡Con cuánta facilidad olvidan!… ¿Señor, será siempre así? -pregunta Andrés.
-Siempre.

-¡Y entonces! Si así es contigo, cuando seamos nosotros, apenas vueltas las espaldas todo quedará cancelado -dice, desalentado, Tomás.

-Yo digo, de todas formas, que aquí hay alguno que hace olvidar. Porque los hombres, sí, olvidan con facilidad, pero no siempre olvidan. Yo veo que entre nosotros, entre los hombres, nos acordamos de las cosas recibidas y dadas. Sin embargo, para ti… No, son siempre ésos, son ellos los que trabajan para borrar tu recuerdo -dice Pedro. -No hagas juicios sin una base segura -dice Jesús.
-¡Maestro, es que tengo la base!

-¿La tienes? ¿Qué has descubierto? -pregunta Judas Iscariote, muy interesado; y con él también otros preguntan lo mismo. Pero el interés de Judas es el más vivo, yo diría ansioso.

Pedro, que estaba mirando a Jesús, se vuelve y mira a Judas… una mirada atenta, despierta, sospechosa, y, mirándolo unos momentos, calla. Luego dice:

-¡Bueno, nada… y todo!, si no te molesta saberlo. Tanto como para -si fuera uno que tuviera ganas de usar todos los medios para subir-tanto como para correr a denunciar muchas cosas a quien nos gobierna; y estoy seguro de que alguno se vería en apuros. Pero prefiero no subir, antes que recibir ayudas de esa parte. En las cosas de Dios meto sólo la ayuda de Dios, y me parecería profanar las cosas de Dios metiéndolos a ellos a… a ellos como… ayuda para aplastar a los reptiles. También ellos son reptiles… y… no me fiaría… Capaces de aplastar juntos a los denunciados y a los que denuncian… Así que… me las arreglo yo solo. Eso es.

-¿Pero no te das cuenta de que ofendes al Maestro?
-¿Yo? ¡Por qué?

-Porque Él tiene contacto con ellos.

-Él es Él, y, si tiene contacto con ellos, no lo hace con interés utilitario, sino para llevarlos a Dios. Él tiene capacidad para hacerlo… y lo hace. Pero no va corriendo detrás de ellos… Ya ves que… son ellos los que deben venir a Él, para oír al "filósofo", como dicen. Pero ahora me parece que ya no tienen tantas ganas. Y yo no me pongo
a llorar. -¡Parecías contento tú también en Pascua!

-Eso es lo que parecía. El hombre es estúpido muchas veces. Ahora ya no lo parece, y no lo es. Y tengo razón.

-Como criatura que no mezcla el beneficio humano con las cosas espirituales, tienes razón, Simón. Pero como apóstol que se alegra de que otros se alejen de la Luz, no. No tienes razón. Si pensaras que cada alma conquistada para la Luz es una gloria para tu Maestro, no hablarías así -dice Jesús.

Judas Iscariote mira a Pedro con una sonrisa sarcástica. Y Pedro lo ve… pero se domina y no dice nada.

Jesús también lo ve y, refiriéndose a Pedro, pero como hablando a todos, dice: -Pero habéis de saber que se justifica más fácilmente un exceso de escrúpulo religioso, con buena finalidad, que no el pasar con indiferencia por encima de todo con tal de alcanzar un fin humano.

Os lo he dicho varias veces: es la buena voluntad, o no buena, la que da peso a la acción. Y en este caso es buena voluntad, aunque imperfecta en cuanto a la forma, el oponerse a llevar lo humano a lo sobrehumano, y llevar ante Dios lo que uno considera impuro. No es justa su intransigencia porque Yo he venido para todos.

Pero está muy cercano a la perfección su juicio de que en las cosas de Dios se debe recurrir sólo a su ayuda sobrenatural, sin mendigar ayudas humanas interesadas o utilitarias.

Y con esta sentencia ecuánime, Jesús pone fin a la discusión.

Han vadeado a pies enjutos otro lecho fluvial reseco por el verano, y han llegado al camino de primer orden que va de Sicaminón hacia Samaria (creo, si recuerdo bien el lugar visto otra vez).

El camino está muy concurrido ante la inminencia de la fiesta y ya tiene el aspecto típico de los caminos palestinos en las épocas de peregrinaciones obligatorias al Templo.

Viandantes, asnos, carros con personas dentro, con tiendas, enseres para los altos entre una y otra etapa y en la propia Jerusalén, donde siempre se apiña la gente en las solemnidades, tanto que -basta que la estación lo permita-es aconsejable acampar en las colinas que la rodean.

Y además en esta de los Tabernáculos es aún más sensible la emigración de enteras familias, no porque sean más numerosos que en Pascua y Pentecostés los peregrinos, sino porque, debiendo obligatoriamente vivir bajo las tiendas durante unos días, tienen los enseres que en las otras solemnidades todos tratan de no llevarse consigo. Es verdaderamente el éxodo de un pueblo que afluye por todos los caminos hacia la capital, lo mismo que la sangre afluye desde todas las venas al corazón.

Para comprender también ahora la obstinada religión de Israel, tan tenaz, tan compacta -por lo cual los correligionarios se ayudan entre sí en cualquier lugar en que, impulsados por la suerte, se hallen; y, sea cual sea la nación en que nacieron, ello no es obstáculo para que otro hebreo de otra nación se sienta siempre hermano y compatriota del correligionario con que se encuentra-, hay que tener presente que los hebreos, aun estando dispersos o perseguidos, o siendo vilipendiados, y aparentemente sin una verdadera patria, no se sienten ninguna de estas cosas.

Tienen su Patria, la que su Yeohveh les ha dado; tienen su capital, Jerusalén, y en ella, de todas las partes del mundo, converge lo mejor de sus seres: el espíritu, el corazón. ¿Han pecado? ¿Dios los ha castigado?

¿Las profecías se han cumplido? Sí, es verdad. Pero queda aquélla, luminosa, causa para ellos de luminosa esperanza: la de la reconstrucción del reino de Israel… la de este Mesías que debe venir… Y tratan -con la experiencia de un dolor que teme el ser merecedores de la reprobación de Dios, y en un perpetuo interrogante:

"¿Pero era Jesús de Nazaret el verdadero Mesías?"-, tratan de reconstituirse como Nación para tener a este Mesías; tratan de conservar esta perseverante fidelidad a su religión para merecer el perdón de Dios y ver el cumplimiento de la promesa.

Yo soy una pobre mujer, no sé de problemas políticos, no me he interesado nunca por los hebreos actuales y por sus adversidades; alguna vez incluso me han hecho reír esperando todavía a quien ya ha venido y han crucificado; su llanto me ha parecido muy cocodrilesco; sus acciones no me han parecido ni me parecen merecedoras de lo que esperan de Dios: no el Cristo, que ya vendrá solamente en el Ultimo Día, sino tampoco la reconstrucción de la dispersa raza hebrea en Nación independiente.

Pero, ahora que veo, espiritualmente, a los padres de los hebreos actuales, comprendo su drama secular y su tenacidad, comprendo la fuente de esta tenacidad suya. Sigue siendo el Pueblo de Dios que por voluntad de Dios converge hacia la Tierra prometida a los Padres, a los Patriarcas; el pueblo que desde hace centenares de siglos cumple el rito mosaico, pensando en Jerusalén, en su Templo resplandeciente en el Moira. ¡Impedidos para ir? Sí. Pero va el espíritu.

(Israel se constituyó en nación independiente en l947, antes de que María Valtorta escribiera estas revelaciones, en 1946)

Las bayonetas, los cañones, las mazmorras sirven contra el hombre, no contra el espíritu. Israel no puede perecer porque ha permanecido en su religión.

¿Teórica, farisaica, ritual y carente de lo que es verdadera vida en una religión: la adhesión del espíritu al rito material? Todo lo que queráis. Pero las vendas de ideas, ritos, preceptos seculares, emanados de profetas y rabíes, ciñen el cuerpo trizado que fue Nación y ahora es infinitud de fragmentos esparcidos por toda la Tierra, y lo mantienen recogido; y, como faro visible desde todas las partes del mundo, resplandece un lugar, Jerusalén: su nombre es como un grito para reunirse, como un estandarte agitado al viento, que convoca, recuerda y promete. No. No puede ninguna fuerza humana acallar a este pueblo. En él hay una fuerza más grande que la fuerza humana.

Todo esto se comprende cuando se observa cómo este pueblo va por caminos difícilmente transitables, en estaciones del año incómodas, sin preocuparse de todo lo que signifique pena; gozoso con la alegría de ir a la Ciudad Santa. Todo esto se comprende viéndolos ir conjuntamente, ricos y pobres, niños y viejos, desde Palestina o desde la Diáspora, hacia su corazón: Jerusalén.

Todo esto se comprende oyéndoles cantar sus cantos… Y -lo confieso-y ya quisiera yo que nosotros, los cristianos y católicos, fuéramos como ellos, que tuviéramos para el corazón del catolicismo, Roma, la Iglesia, y para quien en él vive, el Pedro actual, el sentimiento de estos que veo que caminan, caminan, caminan; quisiera que todos tuviéramos lo que ellos tienen, más nuestra Fe perfecta por ser cristiana.

Me dirán: «Están llenos de defectos». ¿Y nosotros? ¿No los tenemos? ¿No los tenemos nosotros que estamos fortalecidos por la Gracia y los Sacramentos, nosotros que deberíamos ser "perfectos como lo es el Padre que está en los Cielos"?

He hecho una digresión. Pero, siguiendo la marcha de los apóstoles mezclados con las turbas de Israel, el pensamiento trabaja…

Y trabaja hasta que, en un cruce del camino, un grupo de discípulos ve al Maestro y se arremolina en torno a Él. Entre ellos está Abel de Belén, que se arroja inmediatamente a los pies de Jesús y dice:

-Maestro, he orado mucho al Altísimo para que hiciera que me encontrara contigo. Y ya no lo esperaba. Pero me ha escuchado. Ahora Tú sé propicio a tu discípulo.
-¿Qué quieres, Abel? Vamos allí, al lindero del campo.

Aquí hay demasiada gente y causamos atasco.
Van en masa al lugar indicado por Jesús, y allí Abel dice lo que desea.

-Maestro, Tú me salvaste de la muerte y la calumnia y has hecho de mí un discípulo tuyo. ¿Me quieres, entonces, mucho?
-¿Lo preguntas?

-Lo pregunto para estar seguro de que escuchas propicio mi petición. Cuando me salvaste, castigaste a mis enemigos con horrible castigo. Si lo has dado Tú, ciertamente es justo. Pero, ¡oh, Señor, es muy horrible! He buscado a esos tres. Cada vez que venía a donde mi madre los buscaba. En los montes, en las cavernas cercanas a mi ciudad. Y no los encontraba nunca.

-¿Por qué los buscabas?

-Para hablarles de ti, Señor. Para que, creyendo en ti, te invocaran y obtuvieran perdón y curación. Hasta el verano no los he encontrado, y no juntos. Uno, el que me odiaba por causa de mi madre, se ha separado de los otros, que han ido más arriba, hacia los montes más altos de Yiftael.

Ellos me dijeron dónde estaba… Y de ellos me dieron la pista unos pastores de Belén, los que te recibieron en su casa aquella noche. Los pastores con sus rebaños se mueven por muchos lugares y saben muchas cosas. Sabían que en el monte de la Fuente Hermosa estaban los dos leprosos que yo buscaba. Fui. ¡Oh!… -El horror se dibuja en el rostro de este hombre joven, casi todavía un jovencito. -Continúa.

-Me reconocieron. Yo no podía reconocer a mis paisanos en esos dos monstruos… Me llamaron… y me suplicaron, como si yo fuera un dios… El siervo, más que los otros, me ha conmovido. Por su arrepentimiento puro. Sólo quiere tu perdón, Señor… Aser quiere también la curación. Tiene una madre anciana, Señor, una madre anciana que se muere de dolor en la ciudad…

-¿Y el otro? ¿Por qué se ha separado?

-Porque es un demonio. Principal culpable, homicida y antes adúltero, incitador de Aser, corruptor del siervo de Joel ­que es un poco estúpido y fácilmente dominable-, sigue siendo un demonio. De su boca, odio y blasfemias; de su corazón, odio y crueldad. También lo he visto a él… Quería hacerlo bueno. Se abatió sobre mí como un buitre, y sólo en la fuga -en mí rápida y resistente, porque soy joven y estoy sano-encontré salvación. Pero no desespero de salvarlo.

Volveré… Una, dos, muchas veces con ayudas, con amor. Haré que me ame. Él cree que voy para reírme de su ruina. No, voy para reconstruir esta ruina. Si logra amarme, me escuchará; si me escucha, acabará creyendo en ti. Esto es lo que deseo. ¿Los otros? Fue fácil, porque por sí mismos han meditado y comprendido. Y el siervo ha venido a ser el sencillo maestro del otro, porque en el siervo hay mucha fe, mucho deseo de perdón. ¡Ven, Señor! Les he prometido que te llevaría a ellos cuando te encontrara.

-Abel, su delito era grande, muchos delitos en uno. Poco tiempo han expiado…
-Grande ha sido su tormento y su arrepentimiento. Ven.
-Abel, querían tu muerte.
-No importa, Señor. Yo quiero su vida.
-¿Qué vida?

-La que Tú das, la del espíritu, el perdón, la redención.
-Abel, eran tus Caínes y te odiaron como más no se puede. Querían quitarte todo: vida, honor y madre…

-Han sido mis benefactores, porque por ellos te tengo a ti. Yo los amo por este don suyo y te pido que estén donde estoy yo, siguiéndote a ti. Quiero su salvación como la mía, más que la mía, porque mayor es su pecado.
-¿Qué ofrecerías a Dios a cambio de su salvación, si te pidiera una ofrenda?

Abel piensa un momento… luego dice con seguridad:
-Hasta a mí mismo. Mi vida. Perdería un puñado de fango por poseer el Cielo. Feliz pérdida; grande ganancia, infinita: Dios, el Cielo. Y dos pecadores salvados: los primogénitos del rebaño que espero conducir a ti y ofrecerte, Señor.

Jesús cumple un acto que no hace nunca tan en público. Se agacha, porque es mucho más alto que Abel, y, tomándole la cabeza entre las manos, lo besa en la boca (costumbre judía, igual que en algunos países se besan en la mejilla los parientes) y dice:

-Así sea -al menos creo que eso quiere decir su «Maran Athá». Y añade: «por tus sentimientos te sea concedido lo que piden tus palabras. Ven conmigo. Me conducirás. Juan, ven conmigo. Y vosotros seguid adelante. Por el camino de Meguiddó a Enganním. Allí me esperaréis, si es que todavía no me habéis visto.

-Y te predicaremos a ti y también tu doctrina -dice Judas Iscariote.

-No. Me esperaréis. Simplemente. Comportándoos como justos y humildes peregrinos y nada más. Siendo entre vosotros como hermanos. Y por el camino pasaréis por donde los campesinos de Jocanán; les daréis la que tenéis y les diréis que el Maestro, si puede, pasará por Yizreel al amanecer de dentro de dos días. Id. La paz sea con vosotros.

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