468- Un episodio de enmendamiento de Judas Iscariote, y otros que ilustran su figura

Dice Jesús:

-El orden de los Evangelios es bueno, pero no perfecto desde el punto de vista cronológico. Un observador atento lo nota. Aquel que habría podido dar el exacto orden de los hechos, por haber estado conmigo desde el principio de la evangelización hasta la ascensión, no lo hizo; porque Juan, hijo verdadero de la Luz, se ocupó y preocupó de hacer refulgir la Luz a través de su exterioridad de Carne ante los ojos de los heréticos, que impugnaban la verdad de la Divinidad dentro de una carne humana.

El Evangelio sublime de Juan ha alcanzado su finalidad sobrenatural, pero no ha ayudado a la crónica de mi vida pública.

Los otros tres evangelistas muestran igualdades entre sí, en cuanto a los hechos; pero alteran el orden temporal de éstos, porque de tres sólo uno estuvo presente en casi toda mi vida pública: Mateo, que la escribió quince años después. Los otros escribieron más tarde, habiendo oído la narración de labios de mi Madre, de Pedro, de otros apóstoles y discípulos.

Quiero ofreceros una guía para cuando reunáis los hechos del trienio, año por año. Y ahora ve y escribe.

El episodio sigue al del miércoles (20, 9) (reseñado en el capítulo 406: lo sigue en cuanto a los episodios que quieren ilustrar la figura de Judas Iscariote pero no lo sigue inmediatamente en la narración completa de los hechos de la vida pública de Jesús)

Veo a Jesús paseando lentamente, yendo y viniendo, por un senderillo campestre luminoso de luna. Hay Luna llena, que resplandece con su carota sonriente en un cielo serenísimo; pero, por su posición en el cielo, en el que empieza a ponerse, deduzco que debe ser más tarde de la media noche.

Jesús camina pensando, y, sin duda, orando, a pesar de que yo no oiga ninguna palabra. Pero no pierde de vista las cosas de su alrededor. En un momento se detiene a escuchar, sonriendo, el gran canto de un ruiseñor enamorado, que hace toda una melodía de arpegios y trinos y notas de solo, bien sostenidas; tan fuertes y largas, que parece imposible que salgan de ese pequeño ser todo pluma.

Para no molestarlo ni siquiera con el crujido de las sandalias contra los pequeños cantos del sendero y de la túnica al rozar la hierba, Jesús se ha detenido, con los brazos cruzados y el rostro alzado y sonriente.
Entorna incluso los ojos para concentrarse mejor en oír, y, cuando el ruiseñor termina con un agudo que sube, sube, sube por la escala tercera (no sé si es así como digo, recordando) y termina con una nota agudísima, sostenida mientras resiste la espiración, Él aprueba y aplaude silenciosamente, agachando dos o tres veces la cabeza con una sonrisa contenta.

Y ahora se inclina hacia una mata de madreselva en flor, que a través de sus abundantísimos cálices blancos emana intenso perfume; cálices semejantes a bocas de serpientes bostezando, en que tembletea la lengua -los pistilos amarillentos-y brilla el trazo dactilado de oro en el pétalo inferior. Las flores, bajo la luna, parecen aún más blancas, casi argénteas. Jesús las admira y las huele y las acaricia con la mano.

Vuelve sobre sus pasos. Debe ser un lugar ligeramente elevado, porque el claro de Luna muestra al sur algo que brilla como vidrio bañado de luna, un trocito de lago, sin duda, porque río no es, ni tampoco mar, pues a éste se le ve, en el lado opuesto al en que está Jesús, bordeado por una serie de colinas.

Jesús observa este plácido titileo de aguas serenas en la calma de la noche estiva. Luego da media vuelta sobre sí mismo, de sur a oeste, y observa la albura de un pueblo, distante unos dos kilómetros al máximo, más menos que más. Todo un señor pueblo. Se para a mirarlo, y menea la cabeza, siguiendo un pensamiento que lo aflige mucho.

Luego reanuda su lento paseo, y su oración. Hasta que se sienta en una voluminosa piedra, al pie de un árbol muy alto, y toma su postura habitual: los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia afuera con las manos unidas en oración.

Está así un tiempo, y seguiría más tiempo… pero, un hombre, una sombra, desde la espesura, se está acercando a Él, y lo llama:

-¿Maestro?
Jesús se vuelve, puesto que el que está viniendo lo hace por detrás de Él, y dice: -¿Judas? ¿Qué quieres?
-¿Dónde estás, Maestro?

-Al pie del nogal. Acércate.
Y Jesús se pone en pie y junto al sendero, bajo el claro de Luna, para que Judas pueda verlo.
-¿Has venido, Judas, a hacer un poco de compañía a tu Maestro?

Ahora están el uno junto al otro, y Jesús pone con afecto un brazo en el hombro del discípulo.
-¿O es que tienen necesidad de mí en Corazín?
-No, Maestro. Ninguna necesidad. Ha sido un deseo mío de venir a ti.

-Ven, pues. Hay sitio para los dos en esta piedra.
Se sientan bien cerca. Silencio. Judas no habla. Mira a Jesús. Lucha. Jesús quiere ayudarle. Lo mira dulcemente, pero profundamente.

-¡Qué hermosa noche, Judas! ¡Mira qué puro es todo! Yo creo que no fue más pura la primera noche que sonrió sobre la Tierra y sobre el sueño de Adán en el Paraíso terrenal.

Fíjate cómo huelen esas flores. Huélelas. Pero no las arranques. ¡Son tan bellas y puras! Yo también me he abstenido de hacerlo, porque arrancarlas es profanarlas.

Siempre está mal usar la violencia. Tanto contra la planta como contra el animal; contra el animal como contra el hombre. ¿Por qué quitar la vida? ¡Es tan bella la vida cuando se emplea bien!… Y esas flores la emplean bien, porque perfuman, alegran con su aspecto y sus aromas, dan néctar a las abejas y a las mariposas, y ceden a éstas el oro de sus pistilos para poner gotitas de topacio en la perla de sus alas, y hacen de lecho a los nidos…

Si hubieras estado aquí hace poco, hubieras oído a un ruiseñor cantar con gran dulzura su alegría de vivir y de alabar al Señor. ¡Amados pajarillos! ¡Cuánto sirven de ejemplo para los hombres! Con poco se contentan, y sólo con aquello que es lícito y santo.

Un granito y un gusanillo, porque el Padre Creador se lo da; y si no hay no sienten ira o desdén, sino que engañan al hambre de la carne con el impulso del corazón, que les hace cantar las alabanzas del Señor y las alegrías de la esperanza. Se sienten felices de estar cansados por haber volado desde el alba hasta el anochecer para hacerse un nido calentito, blando, seguro; no por egoísmo, sino por el amor a la prole.

Y cantan por la alegría de amarse honestamente. El ruiseñor hacia su hembra, y ambos hacia los hijos. Los animales son siempre felices, porque no tienen remordimientos ni acusaciones en su corazón. Nosotros los hacemos infelices, porque el hombre es malo, desconsiderado, subyuga a los demás, es cruel. Y no le basta serlo con sus semejantes. Hace rebosar su maldad sobre los inferiores. Y cuantos más remordimientos internos tiene más le punza su conciencia y más cruel se muestra hacia los demás.

Estoy seguro, por ejemplo, de que aquel que iba a caballo y que hoy lo espoleaba -tan sudado y cansado como estaba-hasta hacerlo sangrar, y que lo azotaba hasta hacerle erizar en franjas el pelo en el cuello y en los lomos, y que le pegaba hasta en los ollares, tan delicados, y en los oscuros párpados que se cerraban dolientes sobre los ojos, tan dulces y resignados, no tenía el alma tranquila: o iba a un delito contra la honestidad o venía de él.
Jesús calla y piensa.

Judas guarda silencio. Piensa también él. Luego habla:
-¡Qué hermoso, Maestro, es oírte hablar así! Todo se ilumina ante los ojos, ante la mente, ante el corazón… y todo vuelve a ser fácil. También el decir: "¡Quiero ser bueno!". Incluso el decirte… incluso el decirte… decirte: "¡Maestro, yo también, también tengo turbada el alma! No sientas repulsa por mí, Maestro, Tú que amas tanto a los puros"».

-¡Oh, mi Judas! ¿Yo repulsa? Amigo, hijo, ¿qué es lo que te turba?

-Tenme junto a ti, Maestro. Estréchame a tu lado… Tras tan dulces palabras tuyas, he jurado ser bueno; he jurado volver a ser el Judas de los primeros días, que te seguía y te quería como el esposo ama a su esposa, y sólo suspiraba por ti, hallando en ti todo contento. Te quería así, Jesús…

-Lo sé… y te quise por eso… Pero todavía te quiero, mi pobre amigo herido…

-¿Cómo sabes que lo estoy? ¿Sabes de qué?…
Silencio. ¡Jesús mira a Judas con una mirada tan dulce!… Atisbo, de llanto parecen hacerla más abierta y dulce, mitigando su fulgor. Es una mirada de niño inocente e inerme que se dona entero en el amor. Judas cae a sus pies, con la cara sobre las rodillas y abrazado a sus caderas, y gime:

-Tenme junto a ti, Maestro… tenme… Mi carne grita como un demonio… y, si cedo, entonces sobreviene todo el mal… Sé que Tú sabes, pero que esperas a que yo diga… Pero es duro, Maestro, decir: "He pecado".

-Lo sé, amigo. Por eso habría que obrar bien. Para no tener luego que humillarse diciendo: "He pecado". De todas formas, Judas, hay en esto también una gran medicina. El tener que hacer el esfuerzo al manifestar la culpa retiene respecto a ella; y, si ya se ha verificado, la pena de acusarse es ya penitencia que redime. Y si luego uno sufre no tanto por orgullo propio y por miedo al castigo, sino porque sabe que faltando ha causado dolor, entonces, Yo te lo digo, la culpa se anula. El amor es lo que salva.

-Yo te amo, Maestro. Pero soy muy débil… ¡Oh! ¡Tú no puedes amarme! Eres puro y amas a los puros… No puedes amarme, porque yo soy… yo soy… ¡Oh! ¡Jesús, quítame el hambre de la carne! ¿Sabes qué demonio es?

-Lo sé. No la he seguido, pero sé qué voz tiene.
-¿Lo ves? ¿Lo ves? Sientes tanta repulsa que por sólo decirlo tu cara se turba… ¡Oh, no puedes perdonarme!
-Judas, ¿y no te acuerdas de María?, ¿no de Mateo?, ¿no de aquel publicano que cogió la lepra? ¿Y no te acuerdas de aquella mujer, meretriz romana, a la que profeticé celeste destino porque tras mi perdón tendría fuerza para una vida santa?

-Maestro… Maestro… Maestro… ¡Oh, qué mal tengo en el corazón!… Esta noche he huido… huido de Corazín… porque si me quedaba… si me quedaba… estaba perdido. Mira… es como uno que bebe y se pone enfermo… El médico le quita el vino y cualquier otra bebida embriagadora. Y se cura y está sano mientras no vuelve a sentir ese sabor…

Pero si cede, una sola vez, y vuelve a sentir su sabor… le viene una sed… una sed de beber eso.., que ya no resiste… y bebe y bebe… y se pone enfermo de nuevo… enfermo para siempre… pierde la razón… queda poseído… poseído por ese demonio suyo… por ese demonio suyo… ¡Oh, Jesús, Jesús, Jesús!… No se lo digas a los otros… No lo digas… Siento vergüenza ante todos…

-Pero no ante mí.

Judas comprende mal.

-¡Es verdad! ¡Perdón! Debería sentir más vergüenza ante ti que ante ningún otro, porque eres perfecto…

-No, hijo. No decía esto. No te pongan un velo tu dolor, tu angustia, tu postración. He dicho que ante todos puedes avergonzarte, pero no ante mí. Un hijo no tiene miedo y vergüenza ante el padre bueno, ni un enfermo ante un médico de valía. Y a ambos se confiesa uno sin temor, porque el uno ama y perdona y el otro comprende y sana. Yo te quiero y te comprendo. Por tanto, te perdono y te curo.

Pero dime, Judas. ¿Qué es lo que te pone en las manos de tu demonio? ¿Yo? ¿Los hermanos? ¿Las mujeres de vicio? No. Es tu voluntad. Ahora yo te perdono y te sano… ¡Oh, qué alegría me has dado, mi Judas! Ya de por sí mi gozo era grande por esta noche serena, perfumada, alegre de cantos, y por ello alababa al Señor.

Pero ahora la alegría que me das supera a este claro de Luna y a estos perfumes, a esta paz y a estos cantos. ¿Oyes? El ruiseñor parece unirse para decirte conmigo que se siente feliz de tu buena voluntad, él, el pequeño cantarín, tan lleno de buena voluntad para hacer aquello para lo que fue creado. Y también este primer viento del alba, que pasa sobre las flores y las despierta, haciendo caer en la cavidad del cáliz un diamante de rocío, para que poco después, lo encuentren la mariposa y el rayo de sol, y aquélla se refresque y el sol se proporcione exiguo espejo para su gran fulgor.

Mira: la Luna se pone. El alba se anuncia con este canto lejano de gallo. Las tinieblas de la noche y sus fantasmas se disipan. ¿Ves lo rápido y dulce que ha pasado este tiempo que, si no hubieras venido a mí, habría pasado envuelto en el sinsabor y el remordimiento? Ven siempre que tengas miedo de ti.

¡El propio yo! ¡Gran amigo, gran tentador, gran enemigo y gran juez, Judas! Y, ¿ves?, mientras que es amigo sincero y fiel si has sido bueno, sabe ser amigo insincero si no eres bueno, y después de haber sido cómplice tuyo, se yergue como juez implacable y te tortura con sus reproches… Él es despiadado cuando reprocha… ¡No Yo! Bien, pues vamos. La noche ha pasado…

-Maestro, no te he dejado descansar… y hoy vas a tener
que hablar mucho…

-He descansado con la alegría que me has dado. No tengo descanso mejor que el de decir: "Hoy he salvado a uno que estaba pereciendo". Ven, ven… ¡Vamos a bajar a Corazín! ¡Oh, si esta ciudad supiera imitarte, Judas!

-Maestro… ¿qué les vas a decir a mis compañeros?
-Nada si no preguntan… Si preguntan, diré que hemos hablado de las misericordias de Dios… Es tema verdadero; y tan ilimitado que la más larga de las vidas no basta para desarrollarlo. Vamos…

Y bajan, altos, distinta la hermosura pero igual la juventud, el Uno junto al otro, y desaparecen tras un grupo de árboles…

Dice Jesús:

-Es episodio de misericordia como los de la Magdalena.

Pero, si hacéis un libro, mejor será que pongáis ordenadamente en serie más que las categorías las épocas, y os limitéis a decir, como encabezamiento o a pie de página para cada episodio, a qué categoría pertenece.
¿Por qué ilustro la figura de Judas? Muchos se lo preguntarán. Respondo.

La figura de Judas ha sido demasiado alterada durante los siglos; y, últimamente, del todo desfigurada. Ciertas escuelas han hecho de él casi una apoteosis: la del segundo e indispensable artífice de la Redención.

Y otros muchos piensan que cedió ante un improviso, feroz asalto del Tentador. No. Toda caída tiene premisas en el tiempo. Cuanto más grave es la caída, más preparación tiene. Los preliminares explican el hecho. Uno no se hunde, ni asciende, al improviso. Ni en el bien ni en el mal.

Largos e insidiosos son los factores que cooperan a los descensos; pacientes y santos, los que cooperan a subir. Y el desventurado drama de Judas os puede proporcionar muchas enseñanzas para salvaros y conocer el método de Dios y sus misericordias, para salvar y perdonar a aquellos que bajan hacia el Abismo.

No se llega al delirio satánico, en que has visto que se debatía Judas después del Delito, si uno no está enteramente corrompido por hálitos infernales, interiorizados voluptuosamente durante años. Cuando uno lleva a cabo incluso un delito, pero ha sido arrastrado a él por un imprevisto acontecimiento que obnubila la razón, sufre pero sabe expiar; porque aún algunas partes del corazón están inmunes de veneno infernal.

Al mundo que niega a Satanás porque lo tiene tan dentro de sí que ya ni se da cuenta de su presencia, que lo ha interiorizado de forma que ha venido a ser parte del yo, a ese mundo le muestro que Satanás existe. Eterno e inmutable en el método usado para hacer de vosotros sus víctimas.

Basta ahora. Tú estáte con mi paz.

467- Parábola de la distribución de las aguas. Perdón condicionado para el campesino Jacob. Advertencias a los apóstoles camino de Corazín

Sin duda, se ha difundido la noticia de que está el Maestro y de que hablará antes del anochecer; de forma que la gente bulle en las cercanías de la casa, hablando en voz baja, porque saben que el Maestro está descansando y no quieren despertarlo. Esperan, pacientes, debajo de los árboles, protegidos del sol pero no del calor, que es fuerte todavía. No hay enfermos, al menos eso me parece; pero, como siempre, hay niños, y Ana, para tenerlos tranquilos, manda distribuir fruta.

Pero Jesús no tiene un sueño largo. Todavía está alto el sol cuando, descorriendo la cortina y sonriendo a la multitud, aparece. Está solo. Los apóstoles, probablemente, siguen durmiendo. Jesús se encamina hacia la gente, para ir a ponerse en el bajo brocal de un pozo que ciertamente sirve para regar los árboles de este huerto, porque del pozo salen en disposición radial una serie de canalillos de riego que se prolongan luego de uno a otro tronco. Se sienta en el bajo borde y empieza inmediatamente a hablar.

-Escuchad esta parábola.
Un rico señor tenía muchos subordinados esparcidos por muchos lugares de sus propiedades, que no eran todas ricas ni en aguas ni en fecundidad del suelo. Había, en efecto, lugares que sufrían la falta de agua; y más que los lugares sufrían las personas, porque, si bien se cultivaba la tierra con plantas resistentes a la sequedad, la gente sufría mucho por la escasez de agua. El señor rico, sin embargo, tenía, justo en el lugar donde vivía, un lago de abundantes aguas, procedentes de fuentes subterráneas.

Un día, el señor quiso realizar un viaje por todas sus propiedades. Vio que algunas, las más cercanas al lago, tenían abundante agua; las otras, lejanas, carecían de ella: sólo la poca agua que Dios mandaba con las lluvias.

Y vio también que los que tenían agua abundante no eran buenos para con sus hermanos que de ella carecían, y regateaban hasta un cubo de agua con la disculpa de que temían quedarse sin ella. El señor pensó… y decidió esto:

"Mandaré desviar las aguas de mi lago hacia los más cercanos, y les daré la orden de no negar ya más el agua a mis siervos lejanos que sufren por la sequedad del suelo".

E inmediatamente dio comienzo a las obras. Hizo cavar canales que llevaran el agua buena del lago a las propiedades más cercanas donde mandó excavar grandes cisternas, de forma que el agua se acumulara con abundancia, aumentando así la riqueza de agua que ya había en el lugar, y de estas cisternas hizo que salieran canales menores para alimentar otras cisternas más lejanas. Y luego llamó a los que vivían en estos lugares y dijo:

"Recordad que lo que he hecho no lo he hecho para daros algo superfluo, sino para favorecer a través de vosotros a los que carecen incluso de lo necesario. Sed, por tanto, misericordiosos como yo lo soy", y se despidió de ellos.

Pasó un tiempo. El señor rico quiso realizar un nuevo viaje por todas sus propiedades. Vio que las más cercanas se habían embellecido y que no sólo eran ricas en plantas útiles, sino que también lo eran en plantas ornamentales, y en pilas, piscinas y fuentes puestas por todas partes, en las casas y cerca de éstas.

-Habéis hecho de estas moradas casas de ricos -observó el señor. Ni siquiera yo tengo tantas cosas bellas superfluas.

Y preguntó:

-¿Pero los otros vienen? ¿Les habéis dado con abundancia? ¿Los canales menores están alimentados?

-Sí. Han recibido todo lo que han pedido. Y hay que decir que son exigentes. Nunca están satisfechos. No tienen prudencia ni medida. Vienen a todas horas a pedir, como si nosotros fuéramos sus siervos, Y tenemos que defendernos para tutelar nuestras cosas. No les bastaban ya los canales y las cisternas pequeñas; venían hasta las grandes.

-¿Es éste el motivo por el que habéis cercado los lugares y habéis puesto en cada uno estos perros feroces?
-Es por eso, señor. Entraban sin miramientos, pretendían quitarnos todo, y luego desperdiciaban…

-¿Pero vosotros realmente habéis dado? ¿Sabéis que por ellos hice esto y que a vosotros os he hecho intermediarios entre el lago y sus tierras áridas? No entiendo… Había dicho que se cogiese del lago lo que hiciera falta para que todos tuvieran, pero sin desperdicio".

-Pues, créenos, nunca hemos negado el agua.
El señor se dirigió hacia las propiedades lejanas. Los árboles altos, adecuados para un suelo árido, estaban verdes y frondosos.

-Han dicho la verdad -dijo el señor, viéndolos desde lejos agitarse con el viento. Pero, en cuanto se acercó a ellos y luego se adentró por entre ellos, vio el terreno quemado, muerta casi toda la hierba, que ovejas jadeantes fatigosamente rozaban, y vio arenosas las huertas cercanas a las casas; y luego vio a los primeros labriegos: ajados, febriles los ojos, descorazonados… Lo miraban y bajaban
la cabeza, y se retiraban como por miedo.

Él, asombrado de esa actitud, los llamó. Se acercaron temblorosos.

-¿De qué tenéis miedo? ¿No soy ya vuestro señor bueno que se ha tomado cuidado de vosotros y que con trabajo próvido os ha aliviado de la poquedad de agua? ¿Por qué esos rostros de enfermos? ¿Por qué estas tierras áridas? ¿Por qué los rebaños están tan escuálidos? Y vosotros ¿por qué parecéis tener miedo de mí? Hablad sin temor. Decid a vuestro señor qué es lo que os hace sufrir.
Un hombre habló por todos.

-Señor, hemos sufrido una gran desilusión y mucha pena. Nos habías prometido ayuda, y nosotros hemos perdido hasta lo que teníamos antes y también la esperanza en ti.
-¿Cómo? ¿Por qué? ¿No he hecho llevar el agua en abundancia a los más cercanos dándoles la orden de que la abundancia fuera para vosotros?

-¿Eso dijiste? ¿Exactamente así?
-Así. Sin duda. No podía, por razones del terreno, hacer llegar el agua aquí directamente. Pero, con buena voluntad, podíais ir a los pequeños canales de las cisternas, ir con odres y asnos a tomar toda la que quisierais. ¿No teníais suficientes asnos y odres? ¿No estaba yo para cedéroslos?

-¡Ah, ya lo había dicho yo! Dije: “No puede haber sido el señor el que haya dado la orden de negarnos el agua”. ¡Si hubiéramos ido! Hemos tenido miedo. Nos decían que el agua era un premio para ellos y que nosotros estábamos castigados.

Y contaron al buen amo que los encargados de las propiedades beneficiadas les habían dicho que el señor, para castigar a los siervos de las tierras áridas que no sabían producir más, había dado la orden de poner medida no sólo al agua de las cisternas, sino también a la de los antiguos pozos, de forma que, si antes disponían incluso de doscientos bates al día para ellos y para las tierras -tomados éstos con una gran fatiga de camino y de peso-, ahora ya ni siquiera tenían cincuenta, y que, para disponer de estos cincuenta bates para los hombres y los animales, debían ir a los regatos lindantes con los lugares bendecidos donde revertían las aguas de los jardines y baños, y coger esa agua limosa… y morían. Morían de enfermedad y de sed, y morían las hortalizas y las ovejas…

-¡Oh, esto es demasiado! Y debe terminar. Tomad todas vuestras cosas y vuestros animales y seguidme. Os será un poco fatigoso, porque estáis exhaustos, pero luego vendrá la paz. Iré despacio para permitir a vuestra debilidad seguirme. Yo soy un patrón bueno, un padre para vosotros, y soy providente para con mis hijos.

Y se puso en camino lentamente, seguido de la triste turba de sus siervos y de los animales; mas aquéllos ya exultaban por el alivio del amor de su buen señor.

Llegaron a las tierras riquísimas en agua, a las lindes de éstas El señor tomó a alguno de entre los más fuertes y dijo:

-Id en mi nombre a pedir ayuda.
-¿Y si nos enviscan los perros?

-Yo voy detrás de vosotros. No temáis. Decid que os envío yo y que no cierren el corazón a la justicia, porque las aguas son de Dios y todos los hombres son hermanos. Que abran inmediatamente los canales.

Fueron. Y el amo detrás.
Se presentaron delante de una cancilla. Y el amo se quedó escondido detrás de la tapia. Llamaron. Acudieron los encargados de las tierras.
-¿Qué queréis?

-Tened misericordia de nosotros. Morimos. Nos envía el amo con la orden de tomar las aguas que ha hecho venir para nosotros. Dice que las aguas se las ha dado Dios, y él a vosotros para nosotros, porque somos hermanos, y que abráis inmediatamente los canales.

-¡Ja, ja! -se echaron a reír los crueles -¿Hermanos esta turba de harapientos? ¿Que morís? Pues mucho mejor. Así nos quedaremos con vuestros terrenos y llevaremos allí el agua. ¡Entonces sí que la llevaremos! Y haremos buenos esos lugares. ¿Agua para vosotros? ¡Estáis locos! El agua es nuestra.

-Piedad. Morimos. Abrid. Lo ordena el amo.
Los malos encargados deliberaron entre sí y dijeron:
-Esperad un momento -y se marcharon deprisa. Luego volvieron y abrieron. Pero tenían los perros y gruesos garrotes… Los pobres tuvieron miedo.

-Entrad, entrad… ¿No entráis ahora que os hemos abierto? Luego diréis que no hemos sido generosos…
Un incauto entró, y le llovió una granizada de palos, mientras los perros, liberados de la cadena, se lanzaron contra los otros.

El amo salió de detrás de la tapia.
-¿Qué hacéis, crueles? Ahora os conozco, a vosotros y a vuestros animales, y os voy a castigar -y con dardos flechó a los perros, y entró luego, severo y airado.

-¿Es así como ejecutáis mis órdenes? ¿Para esto os he dado estas riquezas? Llamad a todos los vuestros. Quiero hablaros. Y vosotros -dijo a los siervos sedientos -entrad con vuestras mujeres e hijos, ovejas y asnos, palomas y todos los demás animales, y bebed y refrescaos, y coged estas frutas jugosas, y vosotros, pequeños inocentes, corred entre las flores. Gozad. Justicia hay en el corazón del amo bueno y justicia habrá para todos.

Y, mientras los sedientos corrían a las cisternas y se zambullían en las piscinas, y el ganado corría a las pilas, y todo era alborozo para ellos, los otros acudían temerosos de todas partes.

El señor subió al borde de una cisterna y dijo:

-Había hecho estas obras y os había hecho depositarios de mi mandato y de este tesoro, porque os había designado ministros míos. En la prueba habéis fallado. Parecíais buenos. Debíais serlo, porque el bienestar debería hacer buenas a las personas, agradecidas hacia su benefactor, y yo os había hecho siempre el bien, dándoos la administración de estas tierras bien regadas.

La abundancia y la elección os han hechos duros de corazón, más áridos que las tierras que habéis hecho áridas del todo, más enfermos que éstos, que tienen sed ardiente. Porque ellos pueden sanar con el agua, mientras que vosotros con el egoísmo habéis quemado vuestro espíritu y difícilmente sanará, y con mucha fatiga volverá a vosotros el agua de la caridad. Ahora yo os castigo: id a las tierras de éstos y sufrid lo que ellos han sufrido.

-¡Piedad, señor! ¡Piedad de nosotros! ¿Es que quieres que muramos? ¿Menos compasivo tú hacia nosotros, hombres, que nosotros hacia los animales?

-¿Y éstos qué son? ¿No son hombres hermanos vuestros? ¿Qué compasión habéis tenido vosotros? Os pedían agua, les habéis propinado palos y burlas. Os pedían lo que es mío y que yo había dado, y vosotros lo habéis negado, diciendo que era vuestro. ¿De quién son las aguas? Ni siquiera yo digo que el agua del lago sea mía aunque sea mío el lago.

El agua es de Dios. ¿Quién de vosotros ha creado una sola gota de rocío? ¡Id!… Y a vosotros os digo, a vosotros que habéis sufrido: sed buenos. Haced con ellos lo que hubierais querido que se hiciera con vosotros. Abrid los canales que ellos han cerrado y dejad que fluyan las aguas hacia ellos en cuanto podáis.

Os hago mis distribuidores para estos hermanos culpables; a ellos les dejo la manera y el tiempo para redimirse. Y el Señor Altísimo, más que yo, os confía la riqueza de sus aguas, para que vosotros seáis providencia para quien de ellas carece. Si sabéis hacer esto con amor y justicia. contentándoos con lo necesario, dando lo superfluo a los indigentes, siendo justos, no considerando vuestro aquello que es un don recibido, y más que don depósito, entonces grande será vuestra paz, y el amor de Dios y el mío estarán siempre con vosotros.

La parábola ha terminado. Todos pueden entenderla. Os digo sólo que quien es rico es el depositario de esta riqueza que Dios le concede con el mandato de ser distribuidor de ella para quien sufre. Pensad en la magnitud del honor que os otorga Dios llamándoos a ser cooperadores en la obra de la Providencia en favor de los pobres, enfermos, viudas, huérfanos. Dios podría hacer llover dinero, vestidos, alimentos sobre los pasos del pobre.

Pero entonces quitaría al hombre rico grandes méritos: los de la caridad hacia los hermanos. No todos los ricos pueden ser doctos, pero sí todos pueden ser buenos. No todos los ricos pueden atender a los enfermos, sepultar a los muertos, visitar a los enfermos y a los que están en la cárcel. Pero todos los ricos, o incluso simplemente los no pobres, pueden dar un pan, un sorbo de agua, un vestido usado, o acoger en torno al fuego a quien tiembla, o bajo su techo a quien no tiene casa y sufre la lluvia o el sol abrasador. El pobre es el que no tiene lo necesario para vivir. Los otros no son pobres. Tienen escasos medios, pero son siempre ricos respecto a quien muere de hambre, de privaciones, de frío.

Yo me marcho. No puedo ya practicar la beneficencia con los pobres de estos lugares. Mi corazón sufre pensando que pierden un amigo… Pues bien, Yo que os hablo -y vosotros sabéis quién soy-os pido que seáis la providencia de los pobres que se quedan sin su Amigo misericordioso. Dad limosna y amadlos en mi nombre, por recuerdo de mí… Sed mis continuadores.

Confortad con una promesa mi corazón abatido: que en los pobres me veréis siempre a mí, y que los acogeréis como a los más verdaderos representantes de Cristo, que es pobre, que quiso ser pobre por amor a los más infelices de la Tierra y para expiar con sus penurias y febril amor las injustas prodigalidades y los egoísmos de los hombres.

Recordad que la caridad, la misericordia, reciben premio eterno. Recordad que la caridad, la misericordia, son absolución de las culpas. Dios mucho perdona a quien mucho ama. Y el amor a los indigentes que no pueden corresponder es el más meritorio ante los ojos de Dios. Recordad estas palabras mías hasta el final de la vida, y os salvaréis y seréis bienaventurados en el Reino de Dios.

Descienda mi bendición sobre quienes aceptan la palabra del Señor y la ponen en práctica.

Los apóstoles y Margziam con los discípulos han ido saliendo de casa mientras Él hablaba, y ahora forman un grupo compacto detrás de la gente. Pero se abren paso cuando Jesús termina de hablar, y recogen al pasar las limosnas que muchos ofrecen. Llevan este dinero a Jesús.
Detrás de ellos se introduce un hombre ajado y de bien pobre aspecto. Camina tan cabizbajo, que no puedo verle la cara. Va a los pies de Jesús y dándose golpes de pecho, gime:

-He pecado, Señor, y Tú me has castigado. Me lo he merecido. Pero, al menos, dame tu perdón antes de marcharte. ¡Ten piedad del pecador Jacob!

Levanta la cara y reconozco, más porque se ha nombrado que por el aspecto -muy ajado-, al campesino una vez favorecido y castigado otra por su dureza con los dos huerfanitos.

-¡Mi perdón! Tú querías el perdón para la curación. Y te angustiabas porque las mieses estaban echadas a perder.

Éstos sembraron para ti. ¿Acaso no tienes pan?
-Tengo lo suficiente.

-¿Y no es esto acaso perdón?
Jesús se muestra muy severo.

-No. Quisiera morir de hambre pero sentir que el espíritu está en paz. He tratado, dentro de mis pocas posibilidades, de expiar… He orado y llorado… Pero sólo Tú puedes perdonar y dar paz a mi espíritu. Señor sólo te pido perdón…

Jesús lo mira fijamente… Le hace levantar la cara, que el hombre tiene reclinada, y lo perfora con sus ojos resplandecientes, mientras está un poco curvado hacia él… Luego dice:

-Ve. Tendrás o no tendrás el perdón dependiendo de cómo vivas en el tiempo que te queda.

-¡Oh! ¡Señor mío! ¡No así! Has concedido el perdón a culpas mayores…

-No eran personas favorecidas, como tú lo habías sido, y no habían pecado contra los inocentes. Siempre es sagrado el pobre, pero los más sagrados son el huérfano y las viudas. ¿No conoces la Ley?… El hombre llora. Quería un perdón inmediato.

Jesús resiste:

-Has descendido dos veces y no has tenido prisa de alzarte de nuevo… Acuérdate. Lo que tú, hombre, te has permitido. Dios puede permitírselo. Y muy bueno sigue siendo Dios, pues que te dice que no te niega el perdón del todo, sino que lo condiciona a tu modo de vivir hasta la muerte. Ve.

-Bendíceme al menos… Para que tenga más fuerza para ser justo.

-Ya he bendecido.

-No, así no. A mí en particular. Mira mi corazón…Jesús le pone la mano en la cabeza y dice:

-He dicho. Pero que esta caricia te persuada de que, si bien soy severo, no te odio. Mi amor severo es para salvarte, es para tratarte como a un amigo infeliz, no porque eres pobre, sino porque has sido malo. Recuerda que te amé, que tuve compasión de tu espíritu; y que este recuerdo te infunda deseos de tenerme como amigo que no sea ya severo.

-¿Cuándo, Señor? ¿Dónde te encontraré, si dices que te marchas?

-En mi Reino.

-¿Cuál? ¿Dónde lo fundas? Yo voy…

-Mi Reino estará en tu corazón si lo haces bueno, y luego estará en el Cielo. Adiós. Tengo que marcharme, porque atardece y debo bendecir a los que dejo -y Jesús se despide de él. Luego se dirige hacia los discípulos y los dueños de la casa y los bendice uno a uno.

Luego reemprende la marcha, después de haber dado a Judas el dinero… El verde de la campiña se traga a Jesús mientras va andando hacia el suroeste, en dirección a Cafarnaúm…

-¡Caminas demasiado, Maestro! -exclama Pedro -Estamos cansados. Hemos recorrido ya muchos estadios…
-Calma, Simón. Pronto estaremos a la vista de Corazín. Vosotros entraréis en ella e iréis a las pocas casas amigas que tenemos, especialmente a la casa de la viuda. Y diréis al pequeño José que quiero saludarlo al amanecer. Le llevaréis a mí al camino que sube hacia Yiscala…

-¿Pero Tú no entras en Corazín?
-No. Voy al monte a orar.
-Estás agotado. Estás pálido. ¿Por qué no te prestas cuidado? ¿Por qué no vienes con nosotros? ¿Por qué no entras en la ciudad?

Lo colman de preguntas. Su afecto a veces es pesado.
Pero Jesús es paciente… y pacientemente responde:

-Ya lo sabéis. Para mí la oración es descanso. Fatiga es estar entre la gente cuando no estoy para curar o evangelizar. Así que iré al monte. Al mismo lugar a donde he ido otras veces. Conocéis el lugar.

-¿En el sendero que va a casa de Joaquín?
-Sí. Sabéis dónde encontrarme. Al amanecer iré a vuestro encuentro…
-¿Y… vamos a ir hacia Yiscala?

-Es el camino adecuado para ir hacia los confines sirofenicios. Dije en Afeq que iba a ir, e iré.
-Es porque… ¿no te acuerdas de la otra vez?
-No temas, Simón. Han cambiado el sistema. Actualmente me ensalzan…
-¿Entonces te aman?

-No. Me odian más que antes. Pero, no pudiendo echarme a tierra con sus fuerzas, tratan de hacerlo con sus engaños. Tratan de seducir al Hombre… Y para seducir se usan los honores, aunque sean falsos. Es más… Acercaos todos aquí -dice luego a los otros, que caminaban en grupo al ver que Jesús hablaba privadamente con Pedro.

Se reagrupan todos. Jesús dice:

-Estaba diciendo a Simón -y lo digo a todos porque no tengo secretos para mis amigos-, decía a Simón que los enemigos míos han cambiado de sistema para perjudicarme, pero no han cambiado su idea respecto a mí. Por tanto, de la misma manera que antes usaban el insulto y la amenaza, ahora usan los honores. Para mi y, sin duda, también para vosotros. Sed fuertes y sabios. No os dejéis engañar por palabras falaces, ni por regalos, ni por seducciones.

Recordad lo que dice el Deuteronomio (Dt l6, l,4): "Los donativos ciegan los ojos de los sabios y corrompen las palabras de los justos".

Tened presente a Sansón. (Jueces l3-l6). Era nazireo de Dios desde el nacimiento, desde el seno de su madre, que lo concibió y lo formó en abstinencia por orden del ángel, para que fuera un justo juez de Israel.

Pero, ¿tanto bien dónde terminó? ¿Y cómo? ¿Y por quién? ¿Y no es verdad que otras veces, con honores y monedas y con mujeres asoldadas, fue abatida la virtud para hacer el juego a los enemigos? Ahora estad despiertos y vigilad para que no os engañen y para no servir, aun inconscientemente, a los enemigos. Sabed manteneos libres como los pájaros, que prefieren el alimento parco y la rama para su descanso, antes que las doradas jaulas, donde hay mucha comida, y cómodo es el lugar para el descanso, pero están prisioneros del capricho de los hombres. Pensad que sois mis apóstoles, siervos, por tanto, sólo de Dios, de la misma forma que Yo soy siervo sólo de la voluntad del Padre.

Tratarán de seduciros, quizás ya lo han hecho, tomándoos a cada uno por el punto más débil, porque los siervos del Mal son astutos, pues son instruidos por el Maligno. No creáis en sus palabras. No son sinceras. Si lo fueran, Yo sería el primero en deciros:

"Saludemos a éstos cual buenos hermanos nuestros". Sin embargo, hay que desconfiar de sus acciones y orar por ellos, para que se hagan buenos. Yo lo hago. Oro por vosotros, para que la nueva guerra no os haga caer en el engaño, y oro por ellos, para que terminen de urdir engaños al Hijo del hombre y ofensas a Dios su Padre Y vosotros imitadme. Orad mucho al Espíritu Santo. Que os dé la luz para ver. Y sed puros si queréis tenerlo por amigo.

Yo, antes de dejaros, quiero fortaleceros. Os absuelvo si habéis pecado hasta el momento. De todo os absuelvo. Sed buenos en el futuro. Buenos, sabios, castos, humildes, fieles. Que la gracia de mi absolución os fortalezca… ¿Por qué lloras, Andrés? ¿Y por qué te turbas tú, hermano mío?
-Porque esto me parece un adiós… -dice Andrés.

-¿Y piensas que me despediría de vosotros con tan pocas palabras? Es sólo un consejo para estos tiempos. Veo que estáis todos turbados. Eso no os debe suceder. La turbación turba la paz. Siempre debe haber paz en vosotros. Estáis al servicio de la Paz, y Ella os ama tanto, que os ha elegido como a los primeros siervos suyos. Os ama. Debéis, pues, pensar que os ayudará siempre, aun cuando os quedéis solos. La Paz es Dios.

Si sois fieles a Dios, Él estará en vosotros. Y, con Él en vosotros, ¿a qué vais a tenerle miedo? ¿Quién os podrá separar de Dios, si no os ponéis en condiciones de perderlo? Sólo el pecado separa de Dios. Pero el resto: tentaciones, persecuciones, muerte, ni siquiera la muerte, separan de Dios. Es más, unen más a Él, porque toda tentación vencida eleva en un escalón hacia el Cielo; porque las persecuciones os obtienen un redoblado amor protector de Dios; y la muerte del santo o del mártir no son sino fusión con el Señor Dios.

En verdad os digo que, menos los hijos de la perdición, ninguno de mis grandes discípulos morirá antes de que Yo haya abierto las puertas de los Cielos. Por tanto, ninguno de mis discípulos fieles deberá esperar al abrazo de Dios tras haber pasado de este destierro caliginoso a las luces de la otra vida. No os diría esto si no fuera verdad.

Vosotros mismos veis. Hoy mismo habéis visto a un hombre que, después de un descarrío, ha vuelto a los caminos de la justicia. No habría que pecar. Pero Dios es misericordioso y perdona a quien se arrepiente. Y el que se arrepiente puede incluso superar al que no ha pecado, si su arrepentimiento es absoluto y es heroica su virtud subsiguiente. ¡Será tan dulce encontrarnos allá arriba!

¡Veros subir hacia mí, y correr Yo a vuestro encuentro para abrazaros, y llevaros al Padre mío y decir: "Aquí tienes a un amado mío. Él me amó siempre, y, por tanto, te amó siempre, desde que le hablé de ti. Ahora ha venido.

¡Bendícelo, Padre mío, y que tu bendición sea su corona resplandeciente"! Amigos míos… Amigos aquí y amigos en el Cielo. ¿No os parece que todo sacrificio es ligero para obtener esta eterna alegría? "Ya habéis recobrado la serenidad. Separémonos aquí. Yo subo allá; vosotros estad calmos… Démonos un beso…
Y los besa uno a uno.

Judas, al besarlo, llora. Ha esperado a ser el último, él que busca siempre ser el primero. Y está fuertemente abrazado a Jesús, besándolo repetidamente y susurrándole al oído, entre el pelo:

-Pide, pide, pide por mí…

Se separan: Jesús va hacia el monte; los otros prosiguen hacia Corazín, que ya albea entre el verdor de los árboles.

466- Un alto en la casa de los ancianos cónyuges Judas y Ana

Llegan sudorosos, a pesar de que hayan andado entre tupidos árboles frutales, que se pliegan bajo el peso de la fruta madura. De los viñedos, numerosos y hermosísimos, viene el típico olor de las vides cuando los racimos están ya maduros y las hojas empiezan a acusar su marchitamiento otoñal.

A los primeros a los que se ve llegar es a dos campesinos que regresan de los árboles frutales cargados de cestas de hermosísimas manzanas, y que avisan a un doméstico, el cual a su vez avisa.

Entretanto, los dos campesinos saludan a Jesús y anuncian que «muchos discípulos, provenientes de los montes de la Gaulanítida y de Iturea, dirigidos a Jerusalén, están alojados en la casa» y que «sus señores han decidido ir con ellos a los Tabernáculos por la Decápolis y la Perea».

Pero apenas si han terminado de dar sus informaciones cuando ya aquéllos, precedidos y seguidos por muchos discípulos, salen fuera de la casa al encuentro del Maestro.

Entre los discípulos está casi todo el grupo de los pastores de Belén, y con ellos otros, como el primer leproso curado y el baldado restablecido, su amigo y otros más, o sea, los de la Transjordania, excepto Timoneo. No veo a Isaac, ni a Esteban ni a Hermas; no veo a Hermasteo ni a José de Emaús, ni a Abel de Belén ni a Nicolás de Antioquía, y tampoco a Juan de Éfeso. Mezclados con ellos, hay domésticos y campesinos, entre los cuales el niño curado milagrosamente de la parálisis durante la otra vendimia, y su madre.

-La paz sea con todos vosotros. Paz a esta casa» dice Jesús, alzando la mano para bendecir.

-Entra, Maestro, y descansa bajo nuestro techo. La época es todavía calurosa para caminar a esta hora. Pero te procuraremos alivio. Y las habitaciones son frescas para la noche.

-Voy a estar aquí sólo unas pocas horas. Al anochecer me marcho. Falta poco para los Tabernáculos y debo ir todavía a otros lugares.

Los dueños de la casa se quedan desilusionados, pero no insisten. Sólo dicen: -Esperábamos que nos aguardases. Mañana es la vendimia. La recolección de la fruta ha empezado ya.

Después de la pisa íbamos a partir todos, con estos discípulos tuyos. Somos viejos, y los caminos, desde cuando han venido, no sabemos de dónde, bandas de salteadores a infestar esta orilla del Jordán, son inseguros.

Se guarecen en los montes de Rabat-Ammón y de Galaad, a lo largo del valle del Yabboq, y se abaten sobre los caminos de caravanas. Los legionarios de Roma los persiguen… Pero… ¿Es, acaso, bueno encontrarse con ellos? Preferimos estar con éstos. Son tus discípulos Y Dios ciertamente los protege.

Jesús sonríe -una sonrisa perspicaz-pero no dice nada al respecto. Entra en la casa. Agradece los refrigerios que los huéspedes ofrecen a los miembros y a las gargantas sedientas, y después escucha a los discípulos, que refieren lo que ha sido su trabajo en los montes:

-Pero con poco fruto, Maestro. Poco también en Cesárea de Filipo, donde, de todas formas, no fuimos molestados. Pero volveremos allá contigo. ¡Y entonces!
Jesús los mira. No los desengaña. Responde:

-Perseverando, ciertamente los convertiréis. Dios ayuda siempre a sus siervos.

Y luego Jesús los deja. Va donde la dueña de la casa, que está preparando personalmente las mesas, y la invita a salir con Él porque debe decirle algo. La buena viejecita no se lo deja decir dos veces y, para no ir con el calor fuera de casa, lleva a Jesús a una habitación larga, fresca, orientada al norte.

-Ana, siempre dices que quisieras servirme en todos los modos…

-Sí, mi Señor. Yo y Judas. Pero no recurres nunca a nosotros. Ahora es una gran fiesta para nosotros, porque en tus discípulos hay un poco de ti, y teniéndolos en casa nos parece como servirte a ti.

-Efectivamente, lo es, porque lo que se hace a un discípulo se hace al Maestro, y un vaso de agua, incluso uno solo, o un pan, dados en ayuda de quien por mí se fatiga recibirá compensación de Dios mismo. Los discípulos cuidan el espíritu de los fieles, y los fieles deben tener amor por los discípulos, y ayudarlos, pensando que éstos han renunciado a todo, dispuestos incluso a renunciar a la vida con tal de dar a los fieles el Camino, la Vida y la Verdad, que su Maestro les ha dado a ellos con el mandamiento de dárselo a los fieles.

-¡Oh, Señor, deja que llame a mi Judas! ¡Son tan santas tus palabras!

-Llama a tu Judas -consiente, sonriendo, Jesús. Y la mujer sale, para volver con su marido, al cual le está repitiendo las palabras del Maestro.

-Nosotros, créelo, lo haríamos con gusto. Estamos apartados y, sin duda por eso, tus discípulos vienen poco aquí -dice el anciano, y se percibe un pesar por este hecho de ser dejado de lado.

-Les diré que vengan frecuentemente. Entretanto, os pido una gracia…

-¿Tú? ¡Pero si es gracia para nosotros servirte! Ordena, Señor. Somos viejos y no podemos seguirte corno muchos hacen. Pero de servirte sí que tenemos deseo. ¿Qué quieres? Si quieres incluso estos viñedos y esta casa, tan amados porque eran de mi padre y porque aquí nacieron nuestros hijos, te los damos. Prométenos sólo la misericordia divina para nuestros espíritus.

-No dudéis de que os pueda faltar. Pero no pido tanto sacrificio. Escuchad. Voy a Judea y el invierno viene. En Corazín hay una viuda con muchos hijos. El mayor es poco más que un niño. Su padre era carpintero…

-¡Ah, el carpintero! ¡Todos hablaron de tu gesto! Pero Corazín no se ha convertido, a pesar de que, más que la palabra, tu acción debía conseguirlo. La madre ha trabajado en las mieses… Pero es de salud débil… Sí, sabemos.

-Bueno, pues no os pido que hagáis de ellos personas ociosas, sino que los ayudéis. No os faltará alguna necesidad de arreglar una u otra cosa. Pensad en José y que la paga debida sea completada por la piedad amorosa.

-¡Oh, Maestro! ¡Tan poco! Yo diría… ¿qué dices mujer?… yo diría que tomamos a las dos niñitas que vinieron a espigar aquí. La casa es grande, y tú eres anciana, y son ancianas María y Noemí… Para las pequeñas cosas…

-Eso haremos, Judas. En recuerdo de nuestra pequeña… de la única hija, Señor… Floreció tres primaveras… y luego… Han pasado muchos años… pero el dolor está aquí… Si hubieras estado ya entre nosotros, no habría muerto… Yo no la habría perdido… Una hija es siempre una sonrisa… La anciana está emocionada y el anciano suspira.

-No está perdida… Os espera… Es un espíritu inocente y debéis estar seguros de encontrarlo de nuevo. Más hay que temer por los hijos adultos que no están completamente en los caminos del Señor…

-¡Es verdad! ¡Es verdad!… Tú sabes las cosas, Señor… Tú lo sabes todo. En esta casa tan serena existe este dolor… Maestro, ¿el sacrificio puede obtener gracia alguna vez?

-No alguna vez, siempre.

-¡Ah, dulce es oírse decir esto! Ve tranquilo, Maestro. La viuda de Corazín recibirá ayuda y Tú los encontrarás felices en primavera. Porque, si los confías para el invierno es señal de que no vuelves hasta la primavera.

-No vuelvo… Bajo a Judea y no vuelvo.
-¿Y va a Judea también el pequeño discípulo?
-Sí, Margziam viene también a Judea…
-Largo viaje, Maestro. Está muy ajado…

-Ha perdido a su último pariente. Vosotros conocéis su historia… y este nuevo dolor lo ha debilitado.

-Es también la edad y el desarrollo… Pero, sí, sabemos… y también conocemos el bien que hace. Un pequeño maestro, verdaderamente un pequeño maestro… El pariente estaba en la llanura de Esdrelón, ¿no es verdad? ¿Y ha muerto allí? ¿Y él allí sufrió?
-Sí, mujer. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque… Maestro, no debería decirte esto a ti, que eres Maestro; pero soy madre y he llorado… Te digo: ¿por qué quieres llevarlo a esos lugares. Déjamelo a mí hasta Jerusalén… Me parecerá bajar a la Ciudad Santa todavía con mis hijos jovencitos… y él no seguirá cansándose y sufriendo. Vienen también los otros discípulos…
Jesús piensa. Objeta:

-Margziam se siente feliz de estar conmigo y Yo con él.
-Sí. Pero, si se lo dices Tú, obedecerá contento. Serán solamente pocos días de separación. ¿Qué son poco más de dos semanas para uno tan joven? Tiempo tiene de gozar de ti…

Jesús la mira, mira al anciano, tan ajenos a la realidad de que no es mucho el tiempo que queda de gozar del Salvador. Pero no dice nada. Abre los brazos como queriendo decir "hágase como queréis" y dice solamente:
-Llamad, entonces, a Margziam y a Simón.

El viejo sale y vuelve con los dos. Simón tiene mirada indagadora. Parece sospechar algo, quién sabe qué. Pero cuando oye el motivo se calma y dice:
-¡Que Dios os beneficie! Este hijo está muy ajado y, digo la verdad, me parecía imprudencia el hacerle andar tanto…

-¡Pero yo iba de buena gana! Estaba con el Maestro, y si el Maestro me llevaba consigo, señal era de que podía ir… Él lo hace todo bien… -y casi le vienen a la voz las lágrimas a Margziam.

-Es verdad, Margziam. Pero también hay que ser condescendientes. Estos son dos buenos amigos. Para mí y para todos mis amigos. Yo asiento a este deseo suyo y tú…

-Como Tú quieras, Maestro mío. Pero a Jerusalén…
-A Jerusalén vienes conmigo -promete Jesús. Y Margziam, dócil, no replica nada.

Salen de la habitación y Jesús se reúne con sus discípulos, que se muestran contentos de este encuentro imprevisto.

El anciano dueño de la casa ronda en torno al grupo. Jesús se da cuenta. Le pregunta.

-Bueno, es que querría unas palabras tuyas. Estás cansado. Lo veo. Pero ¿antes de comer, antes del descanso -porque, al menos, hasta el atardecer, descansarás-, no vas a decir nada?

-Hablaré antes de partir. Así también los domésticos y los trabajadores de los campos podrán oírme. Ahora tu mujer nos llama. ¿Lo ves?…

Y Jesús se levanta y entra en la habitación, donde están preparadas las mesas para los benditos huéspedes.

465- En Betsaida para un encargo secreto a Porfiria. Apresurada partida de Cafarnaún

-Dirige la barca a Betsaida -ordena Jesús, que está con Juan en una pequeña barca, verdaderamente una cáscara de nuez, en medio del lago, que lentamente va aclarándose con el clarear del día.

Juan obedece sin decir nada. Un vientecillo más bien enérgico pone tirante la pequeña vela y da veloz movimiento a la barca, que hasta se inclina hacia uno de los lados, de tan veloz como es su marcha. La costa oriental va pasando rápidamente y la curva del lado septentrional se va acercando cada vez más.

-Aborda antes del pueblo. Quiero ir donde Porfiria sin que me vean otros, y luego ve al lugar de siempre y me esperas en la barca.

-Sí, Maestro. ¿Y si me ve alguien?
-Retenlos a todos, pero no les digas dónde estoy. Tardaré poco.

Juan observa si en la playa hay un lugar bueno para abordar. Lo encuentra: es un recuerdo, sólo un recuerdo, de torrente arenoso al que los hombres le han extraído tierra para alguna necesidad que tuvieran; de manera que forma un golfito de pocos metros, pero suficiente para que una barca se arrime a la orilla, elevada unos cincuenta centímetros por encima del agua. Va allí. La barca roza un poco en el guijo pero logra abordar, y Juan la mantiene arrimada a la orilla agarrando una raíz que sobresale de la tierra.

Jesús salta a la orilla. Juan dirige el remo contra ella y hace fuerza para impulsar a la barca de nuevo al lago. Lo consigue. Levanta la cara, iluminada con su sonrisa buena, y dice:
-Adiós, Maestro.

-Adiós, Juan -y Jesús se encamina por entre los árboles, mientras Juan da bordadas con su barquita.

Jesús tuerce hacia el interior, pasa entre unas huertas situadas a espaldas de Betsaida. Va raudo para evitar entrar en el pueblo cuando éste se anima. Llega, sin toparse con nadie en el camino, a la casa de Pedro. Llama a la puerta de la cocina. Pasados unos segundos, la cabeza de Porfiria se asoma cauta por encima del pretil de la azotea. Ve y emite una exclamación de estupor. Recoge con una mano sus espléndidos cabellos -su única belleza-que le caen sueltos por la espalda, y baja corriendo por la pequeña escalera, descalza (así está en este momento del apresurado aseo de la mañana).

-¡Señor, Tú! ¿Solo?
-Sí, Porfiria. ¿Margziam dónde está?
-Está durmiendo. Todavía duerme. El muchacho se ha quedado un poco triste, un poco lánguido… así que lo descargo un poco. Es también la edad… el desarrollo… Mientras duerme ni piensa ni llora..
-¿Llora a menudo?

-Sí, Maestro. Creo que es su debilidad actual. Y trato de fortalecerlo… y consolarlo… Pero dice: "Me quedo solo. Todas las personas a las que quiero se marchan. Cuando no esté ya Jesús…", y lo dice como si estuvieras para dejarnos… Es verdad que ha sufrido mucho en su vida…

Pero yo y Simón lo queremos… Mucho. Créelo, Maestro.
-Lo sé. Pero su alma siente… Porfiria, necesito hablarte precisamente de estas cosas. Por este motivo he venido, sin Simón, a esta hora. ¿Dónde podemos ir para hablar, de forma que Margziam no nos oiga y que nadie moleste?

-Señor… Sólo tengo… mi habitación nupcial, o el cuarto de las redes… Arriba está Margziam. Yo también estaba, porque, para huir del calor nos hemos ido a dormir ahí arriba…

-Vamos al cuarto de las redes. Está más lejos. Margziam no nos oirá aunque se despierte.
-Ven, Señor -y Porfiria lo guía hasta el rústico y amplio cuarto ocupado por un poco de todo: redes, remos, comestibles, heno para las ovejas, un telar…
Porfiria se apresura a liberar una especie de tabla adosada a la pared, y a desempolvarla con un ovillo de estopa, para que el Maestro se siente.

-No importa, mujer. No estoy cansado.
Porfiria alza sus mansos ojos para mirar el rostro ajado, fatigado de Jesús, y parecer querer decir: «Sí que lo estás». Pero, acostumbrada a callar, no habla.
-Escucha, Porfiria. Tú eres una mujer buena y una buena discípula.

Te he querido mucho desde que te conocí, y con mucha alegría te he recibido como discípula y he puesto en tus manos al niño. Se que eres prudente y virtuosa como pocas. Y sé que sabes guardar silencio, virtud rarísima en las mujeres.

Por todo esto he venido a hablarte en secreto y a confiarte una cosa que ninguno sabe, ni siquiera los apóstoles, ni siquiera Simón. Te la confío porque debo decirte cómo te debes comportar en el futuro con Margziam… y con todos… Estoy seguro de que complacerás a tu Maestro en lo que te pide y que serás prudente como siempre…

Porfiria, que se ha puesto como la púrpura al oír de su Señor este encomio, no hace más que asentir con la cabeza, estando, como está, demasiado conmovida -ella que es tan tímida y que está acostumbrada a sufrir siempre la presión de voluntades dominantes que imponen sin saber si ella está dispuesta a asentir…-, demasiado conmovida para poder decir con las palabras que acepta.
-Porfiria… Yo no volveré nunca más por aquí. Nunca más hasta que todo esté consumado… ¿Sabes, no es verdad, lo que debo consumar?…

Porfiria, al oír estas palabras, ha dejado sueltos sus cabellos, que tenía recogidos todavía en la nuca con la izquierda, y emite, más que un grito, un sollozo, un sollozo que sofoca llevándose las dos manos a la cara, mientras lentamente cae de rodillas gimiendo:

-Lo sé, Señor, mi Dios… -y llora con silencioso llanto, que no se acusa sino por las lágrimas, que gotean contra el suelo a través de los dedos que comprimen la cara.
-No llores, Porfiria. Para esto he venido. Yo estoy preparado… y también lo están los que, sirviendo al Mal, servirán al Bien, en verdad, porque harán surgir la hora de la Redención. Podría cumplirse incluso ahora, porque tanto Yo como ellos estamos preparados… y cada hora que pase o cada hecho que suceda no serán sino… perfeccionamiento para su delito… y para mi Sacrificio.

Y serán útiles, también, estas horas, todavía numerosas, que transcurrirán antes de esa hora… Hay todavía algunas cosas que cumplir y que decir, para que todo lo que debía cumplirse para conocimiento de mí quede realizado… Pero Yo no volveré a venir aquí… Miro por última vez este lugar… y entro por última vez en esta casa honrada… No llores…

No he querido irme sin darte el adiós y la bendición de tu Maestro. Me llevaré conmigo a Margziam. Lo llevaré conmigo ahora, yendo hacia los confines fenicios, y luego, cuando baje a Judea para los Tabernáculos. No me faltará el modo de mandarlo para acá antes del pleno invierno. ¡Pobre niño! Gozará de mí durante un tiempo. Y además… Porfiria, no es indicado que Margziam esté presente en mi hora. Por tanto, no lo dejarás partir para la Pascua…

-El precepto, Señor…
-Yo lo libero del precepto. Soy el Maestro, Porfiria, y soy Dios, tú lo sabes. Como Dios puedo absolver anticipadamente de una omisión, que ni siquiera lo es porque la ordeno Yo por un motivo de justicia.

La obediencia a mi orden es ya de por sí absolución a la omisión del precepto, porque la obediencia a Dios -y ésta es también un sacrificio para Margziam-es siempre superior a cualquier otra cosa. Y soy Maestro.

No es buen Maestro el que no sabe medir las cualidades y las reacciones de un discípulo suyo, y no sabe meditar sobre las consecuencias que un esfuerzo superior a lo que el discípulo puede soportar puede producir en él.

También cuando se impone la virtud hay que ser prudentes y no pretender un máximo que la formación espiritual o las fuerzas generales del ser no pueden dar. Exigiendo una virtud o un dominio espiritual demasiado fuertes respecto al grado de fuerzas espirituales, morales e incluso físicas alcanzado por la criatura, se puede producir una dispersión de las fuerzas ya acumuladas y un quebrantamiento del ser en sus tres grados: espiritual, moral, físico.

Margziam, un pobre niño, ha sufrido demasiado ya, y ha conocido demasiado la brutalidad de sus semejantes, hasta rozar el odio hacia ellos. No podría soportar lo que será mi Pasión: mar de amor doloroso en que lavaré los pecados del mundo, y mar de odio satánico que tratará de sumergir a todos aquellos que Yo he amado y de anular todo mi trabajo de Maestro. En verdad te digo que hasta los más fuertes se plegarán bajo la marea de Satanás, al menos durante un breve tiempo… Pero no quiero que Margziam se pliegue y que beba esa ola desoladora… Es un inocente… y lo quiero… Yo siento piedad, mucha, por quien ya ha sufrido más que lo que sus fuerzas consienten… He llamado al más allá al espíritu de Juan de Endor…

-¿Ha muerto Juan? ¡Oh! Margziam había escrito muchos rollos para él… Otro dolor para el niño…
-Le hablaré Yo de la muerte de Juan… Decía que lo he arrebatado a esta vida para preservarlo también a él del choque de esa hora. También Juan había sufrido demasiado por parte de los hombres. ¿Por qué despertar los sentimientos adormecidos? Dios es bueno. Prueba a sus hijos.

Pero no es un incauto experimentador… ¡Oh, si los hombres supieran hacer lo mismo! ¡Cuántas menos destrucciones de corazones, o simplemente cuántas menos borrascas peligrosas en los corazones!… Pero, volviendo a Margziam, él no debe venir a la Pascua próxima. Por ahora tú no hablarás. Cuando llegue el momento, le dirás esto: "El Maestro me ha dado la orden de no mandarte a Jerusalén. Y te promete un premio singular si lo obedeces". Margziam es bueno y obedecerá… Porfiria, esto es lo que quiero de ti, tu silencio, tu fidelidad, tu amor.

-Todo lo que quieras, mi Señor. Honras demasiado a tu pobre sierva… No merezco tanto… Ve tranquilo, Maestro y Dios. Haré lo que quieres…

Pero el dolor la vence y cae rostro en tierra antes había permanecido siempre arrodillada, relajada sobre los talones con los ojos fijos en la cara de Jesús-; cae al suelo, cubierta toda por el manto de sus cabellos de azabache, y solloza fuertemente:

-¡Qué dolor, Maestro! ¡Oh, qué dolor! ¡Qué termina! ¡Qué termina para el Mundo! ¡Qué, para nosotros que te amamos!

¡Qué, para tu sierva! ¡El Único! ¡El único que realmente me ha amado, que no me ha despreciado nunca, que no ha sido dominante conmigo, que me ha tratado como a las otras, a mí que soy tan ignorante, tan poca cosa, tan torpe! ¡Oh, y yo y Margziam, porque primero me lo dijo Margziam a mi nos habíamos serenado.,.! Todos decían que no podía ser cierto… Todos: Simón, Natanael, Felipe… sus mujeres… y ellos saben, son hombres sabios… y Simón… ¡hombre, mi Simón… si Tú lo has elegido debe valer algo!… ¡y todos… todos decían que no podía ser!… Pero ahora lo dices Tú, Tú lo dices… y no se puede dudar de tu palabra… Está verdaderamente desolada, y conmueve por su dolor.

Jesús se curva hasta ponerle una mano en la cabeza.
-No llores así… Va a oír Margziam… Ya sé que ninguno lo cree, ninguno quiere llegar a creer… y su propia sabiduría y su propio amor causa en ellos el no creer… Y, no obstante, así es… Porfiria, Yo me marcho.

Antes de dejarte, te bendigo para este momento y para siempre. Piensa siempre que te he amado y que he estado contento de tu amor por mí. No te digo: persevera en él.

Sé que lo harás, porque el recuerdo de tu Maestro será siempre tu dulzura, en la que te refugiarás. Tu dulzura y tu paz, incluso en la hora de la muerte. Piensa entonces que tu Maestro murió para abrirte el Paraíso, y que te espera allí… ¡Hala, levántate! Voy a despertar a Margziam y a entretenerlo un poco. Tú, mientras, borra las huellas de tu llanto, y luego ven donde nosotros. Juan me espera para llevarme a Cafarnaúm. Si tienes algo que mandar a Simón, prepáralo. Recuerda que tendrá necesidad de su ropa gruesa…

Porfiria, verdadera criatura de sumisión y solícita obediencia, besa los pies de Jesús y hace ademán de levantarse, pero una ola de amor le hace perder el control y, ruborizándose vivamente, toma las dos manos de Jesús y las besa: una, dos, diez veces. Luego se levanta y deja que se marche…

Jesús sale, sube a la terraza, entra en una especie de pabellón hecho de velas extendidas y sujetas por cuerdas, bajo el cual están los dos lechos. Margziam duerme todavía, con la cara casi hacia abajo, comprimida contra la pequeña almohada. Se ve solamente un pómulo de su cara morenita, y un brazo, largo y delgado, fuera de la -sábana que lo cubre.

Jesús se sienta en el suelo, al lado del lecho, y acaricia levemente los cabellos desordenados que caen sobre el pálido carrillo del durmiente, el cual se mueve un poco pero sin despertarse todavía. Jesús repite el gesto, y luego se inclina a besar en la frente el rostro, que ahora está descubierto. Margziam abre los ojos y ve a Jesús a su lado, inclinado hacia él. Casi no da crédito a lo que ve, quizás piensa que está soñando; pero Jesús lo llama, y entonces el jovencito se incorpora, y se echa en los brazos de Jesús, se refugia en sus brazos…

-¿Tú aquí, Maestro?
-He venido a recogerte, para llevarte conmigo durante unos meses. ¿Te gusta?
-¡Oh! ¿Y Simón?
-Está en Cafarnaúm. Hemos venido Yo y Juan…
-¿Ha vuelto también él? ¡Se va a alegrar! Le daré lo que he escrito.

-No hablo de Juan de Endor, sino de Juan de Zebedeo. ¿No estás contento?

-Sí. Lo quiero. Pero también al otro… casi más…
-¿Por qué, Margziam? Juan de Zebedeo es muy bueno.
-Sí, pero el otro es muy infeliz, y yo también he sido infeliz, y un poco infeliz me siento todavía… Entre los que sufrimos nos comprendemos y nos queremos…
-¿Te alegraría el saber que ya no sufre y que es muy feliz?

-Claro que me alegraría. Pero el sólo puede ser feliz si está contigo… O es que… ¿es que ha muerto, Señor?
-Está en la paz, y hay que alegrarse de ello, sin egoísmos, porque ha muerto como un justo y porque ahora ya no hay separación entre su espíritu y el nuestro. Tenemos un amigo más que ora por nosotros.

Margziam tiene dos lagrimones en la cara, verdaderamente muy enflaquecida y pálida; pero susurra:
-Es verdad.

Jesús no dice nada más al respecto, ni hace observaciones sobre el estado físico y moral de Margziam, que está visiblemente debilitado. Antes al contrario, dice:

-¡Hala, vamos! He hablado ya con Porfiria. Ya seguro que ha preparado tu ropa. Arréglate tú también, que Juan nos espera. Le daremos una sorpresa a Simón. ¿No es aquélla su barca, de vuelta para Cafarnaúm? Quizás ha pescado al regresar…

-Es aquélla, sí. ¿A dónde vamos, Señor?
-A septentrión y luego a Judea.
-¿Tanto?
-Tanto.

Margziam, animado por la idea de estar con Jesús, se alza rápidamente y baja corriendo al lago, a lavarse. Vuelve, todavía con el pelo húmedo, gritando:
-¡He visto a Juan! Me ha hecho una señal de saludo. Está en la desembocadura, en el cañizar…
-Vamos.

Bajan. Porfiria está terminando de cerrar dos sacas y explica
-He pensado mandar después la ropa gruesa. Al Getsemaní con mi hermano para los Tabernáculos. Así caminaréis más rápido tanto tú como tu padre -y, mientras termina de atar las correas, alude a lo que ha preparado: leche, pan, fruta…

-Tomamos todo. Comeremos en la barca. Quiero marcharme antes de que la orilla se llene de gente. Adiós, Porfiria. Que Dios te bendiga siempre y que la paz de los justos esté siempre en ti. Ven. Margziam…

Recorren pronto el pequeño tramo de camino y, mientras Margziam va donde Juan, Jesús va a la barca. Enseguida se reúnen con Él los dos, corriendo entre las cañas y saltando luego a la barca. Empujan enseguida con el remo contra la orilla para meterse en aguas profundas.

Pronto el pequeño trayecto queda recorrido. Se detienen en la playa de Cafarnaúm, en espera de la barca de Pedro, que está llegando. La hora los salva del asedio de la gente, así que pueden comer en paz su pan y su fruta, echados en la arena a la sombra de la barca.

Simón no conoce la barquita, y, por tanto, sólo cuando pone pie en la orilla y ve levantarse detrás de la barca a Jesús, se da cuenta de que está Él allí.
-¡Maestro! ¡Y tú, Margziam! ¿Pero, desde cuándo?
-Desde ahora. He pasado por Betsaida. Date prisa. Hay que partir inmediatamente…

Pedro lo mira y no dice nada. Él y los compañeros descargan de la barca los peces pescados, y las sacas de la ropa, incluida la de Juan, que por fin puede volverse a vestir. Y Simón dice algo a su compañero, el cual le hace un gesto como diciendo: -Espera…

Van a la casa. Entran. Los apóstoles que se habían quedado vienen.
-Daos prisa. Nos marchamos en seguida. Coged todo porque no volvemos aquí -ordena Jesús.

Los apóstoles se miran un momento unos a otros, y tiene lugar una serie de gestos entre uno y otro grupo. Pero obedecen. Es más, yo creo que lo hacen con solicitud para poder hablar entre sí en las otras habitaciones…

Jesús se queda en la cocina con Margziam y se despide de los dueños de la casa. Pero no les dice "no voy a volver", y tampoco dice esto, pasando por la calle, a quienes, de Cafarnaúm, lo ven y lo saludan. Simplemente los saluda, como hace todas las veces que se marcha. Se para sólo en la casa de Jairo. Pero Jairo no ha vuelto todavía…

Encuentra junto a la fuente a la viejecita que vive cerca de la casa de la madre del pequeño Alfeo, y le dice:
-Dentro de poco vendrá aquí una viuda. Te buscará. Viene a vivir aquí. Sé amiga suya y quered mucho al niño y a sus hermanos… Hacedlo santamente, en nombre mío…
Reanuda la marcha y dice:

-Hubiera querido saludar a todos los niños…
-Puedes hacerlo, Maestro. ¿Por qué no has descansado? Estás muy cansado. Tu cara está pálida y tienes la mirada cansada. Te va a dañar… Hace calor todavía y seguro que no has dormido ni en Tiberíades ni allí donde Cusa…
-No puedo, Simón. Debo ir a algunos lugares y hay poco tiempo…

Están junto a la orilla. Jesús llama a los mozos de Pedro y los saluda, y les da órdenes de que la pequeña barca sea llevada al pueblo que está antes de Ippo y que se le restituya a Saúl de Zacarías.

Toma el camino umbrío que orilla al río. Lo sigue hasta una bifurcación y se adentra por esta parte.
-¿A dónde vamos, Señor? -pregunta Simón, que hasta ahora había hablado en voz baja con los compañeros.
-A casa de Judas y Ana, y luego a Corazín. Quiero saludar a mis buenos amigos…

Otra ojeada de los apóstoles entre sí y otro cuchicheo.
En fin, Santiago de Alfeo se adelanta y alcanza a Jesús, que va por delante de todos con Margziam.
-Hermano, dices que quieres saludar a los amigos, ¿es que no vamos a volver por estos lugares? Deseamos saberlo.

-Volveréis, ciertamente, pero dentro de muchos meses.
-¿Y Tú?
Jesús hace un gesto evasivo… Margziam se retira, discretamente, para reunirse con los demás, o sea, con todos los demás excepto Santiago de Alfeo, que está con Jesús, y Judas Iscariote, que va solo en la cola, más bien taciturno, como apático.

-Hermano, ¿qué te ha sucedido? -dice Santiago mientras pone una mano en el hombro de Jesús.
-¿Por qué lo preguntas?

-Porque… No sé. Todos nos lo preguntamos. Nos pareces distinto… Has venido sólo con Juan… Simón ha dicho que habías estado como invitado en casa de Cusa… No descansas… Saludas sólo a pocas personas… Da la impresión de que no quieres volver aquí… Y tu cara… ¿Ya no merecemos saber? Yo tampoco… Tú me querías… Me has dicho cosas que sólo yo sé…

-Te sigo queriendo. Pero no tengo nada que decir. He perdido un día más de lo previsto. Lo estoy recuperando.
-¿Era necesario ir al septentrión?
-Sí, hermano.
-Entonces… ¡Has sufrido! Lo percibo…
Jesús lo abraza, pasándole un brazo por detrás de la espalda a su primo:

-Ha muerto Juan de Endor, ¿lo sabes?
-Me lo ha dicho Simón mientras preparaba yo la ropa. ¿Y otras cosas?…
-Un nuevo adiós a mi Madre.
-¿Y más cosas?
Santiago, más bajo que Jesús, lo mira de abajo arriba, insistente, indagador.

-Pues que estoy contento de estar contigo, con vosotros, con Margziam. Lo voy a tener conmigo algunos meses. Lo necesita. Está triste y sufre. ¿Lo has visto?

-Sí. Pero no es nada de esto… No quieres decirlo. No importa. Te quiero aun no tratándome como amigo.
-Santiago, tú para mí eres más que un amigo. Pero mi corazón necesita descansar…

-Y, por tanto, no hablar de lo que para ti constituye dolor. Comprendo. ¿Es Judas el que te aflige?
-¿Judas? ¿Tu hermano?

-No. El otro.
-¿Por qué esta pregunta?

-No sé. Mientras estabas fuera, uno, enviado no sabemos por quién, ha venido a buscar varias veces a Judas. Él lo ha rechazado siempre, pero…
-En vosotros toda acción de Judas es siempre un delito. ¿Por qué faltar a la caridad?…
-Porque siempre está tan torvo, tan turbado. Evita a los compañeros. Es apático…

-Déjalo. Hace más de dos años que está con nosotros y siempre ha sido así… Piensa en lo felices que se van a sentir los dos ancianos. ¿Y sabes por qué voy allí? Quiero confiarles el pequeño carpintero de Corazín…

Se alejan hablando. Detrás de ellos, en grupo, van los apóstoles, que han esperado a Judas para no dejarlo atrás solo, a pesar de que esté tan visiblemente hastiado, que no despierta ningún interés de tenerlo al lado.

464- En la casa de campo de Cusa, intento de elegir rey a Jesús. El testimonio del Predilecto

En la otra orilla, junto al paso constituido por el puente, espera ya un carro cubierto.

-Sube, Maestro. No te cansarás, a pesar de que el trayecto sea largo, y no tanto por razón de la distancia como por el hecho de que he ordenado que tengan siempre aquí parejas de bueyes… para no causar molestias a los invitados más cumplidores de la Ley… Debemos ser compasivos con ellos…

-Pero, ¿y dónde están ésos?
-Delante de nosotros, en otros carros. ¡Tobiolo!
-¿Señor? -dice el carretero, que está enyugando a los bueyes.

-¿Dónde están los otros invitados?
-¡Muy adelante! Estarán ya muy cerca de la casa.
-¿Has oído, Maestro?

-¿Y si Yo no hubiera venido?
-Estábamos seguros de que vendrías. ¿Por qué no ibas a haber venido?

-¿Que por qué? Cusa, Yo vengo para que veas que no soy un cobarde. Sólo son cobardes los malos, los que tienen culpas que les hacen temer la justicia… la justicia de los hombres, por desgracia mientras que deberían temer en primer lugar, en único lugar, la de Dios. Mas Yo no tengo culpas y no tengo miedo de los hombres.

-¡Pero Señor! ¡Todos los que están conmigo te veneran! Como yo también. ¡No deberíamos causarte miedo por nada! ¡Nuestro deseo es honrarte, no atacarte! -Cusa está apenado y casi indignado.

Jesús, sentado enfrente de él, mientras el carro avanza lentamente, chirriando, entre los verdes campos, responde:

-Más que a la guerra abierta de los enemigos, debo temer a la subrepticia de los falsos amigos, o al errado celo de amigos verdaderos que todavía no me han entendido. Y tú eres de éstos. ¿No te acuerdas de lo que dije en Béter?

-Yo te he entendido, Señor -susurra Cusa, aunque no muy seguro y sin responder directamente a la pregunta.

-Sí, me has entendido. Con la ventada del dolor y la alegría, tu corazón se había vuelto límpido, como aparece límpido el horizonte después de una tormenta y un arco iris. Y veías lo correcto. Luego… Vuélvete, Cusa, a mirar nuestro Mar de Galilea. ¡Parecía tan terso con la aurora!

Durante la noche el aguazo había limpiado el aire, y el fresco nocturno había calmado la evaporación del agua: cielo y lago eran dos espejos de zafiro claro que mutuamente se reflejaban sus bellezas; y las colinas de alrededor estaban frescas y limpias como si las hubiera creado Dios durante la noche. Mira ahora. El polvo de los caminos costeños, recorridos por personas y animales, el fuego del sol, que hace a los bosques y jardines vaporear, como calderas al fuego, e incendia el lago y evapora sus aguas, mira cómo han turbado el horizonte.

Primero las riberas, nítidas por la gran tersura del aire, parecían cercanas; ahora, mira… parecen temblar empañadas, confusas, semejantes a cosas vistas a través de un velo de impuras aguas. Eso ha sucedido en ti. Polvo: humanidad. Sol: orgullo. Cusa, no te perturbes a ti mismo…

Cusa agacha la cabeza y juguetea mecánicamente con los adornos de su túnica y con la hebilla del rico cinturón que sujeta la espada. Jesús calla. Permanece con los ojos casi cerrados, como bajo efecto de un momento de sopor.

Cusa respeta su descanso, o lo que cree que es descanso.
El carro avanza lentamente en dirección sudeste, hacia las leves ondulaciones que constituyen -eso creo al menos-el primer escalón de la meseta que limita el valle del Jordán por este lado, el oriental. Sin duda por riqueza de aguas subterráneas o de algún curso de agua, los campos son fertilísimos y hermosos; por todas partes se ven racimos y frutos.

El carro cambia de dirección, deja el camino de primer orden y toma uno particular; se adentra en un paseo frondosísimo en el que hay sombra y frescor, al menos relativo, respecto al horno que es el soleado camino principal.

En el fondo del paseo hay una casa blanca, baja, de aspecto señorial. Y, acá o allá, por los campos y los viñedos, están diseminadas casas pequeñas. El carro atraviesa un puente y un poste señalizador, a partir del cual el pomar se transforma en un jardín con un paseo recubierto de guijo. Al sonar de forma distinta las ruedas sobre la grava, Jesús abre los ojos.

-Hemos llegado, Maestro. Ahí están los invitados que nos han oído, y vienen hacia nosotros -dice Cusa.

Efectivamente, muchos, todos de rica condición, se agolpan donde comienza el paseo, y saludan con pomposas reverencias al Maestro, que está llegando. Veo y reconozco a Manahén, a Timoneo, a Eleazar, y me parece ver a otros no nuevos pero cuyo nombre no sé decir. Y luego muchos, muchos, jamás vistos, o por lo menos que nunca he advertido concretamente.

Hay muchos que llevan espada; otros, en vez de las espadas, ostentan abundantes perifollos farisaicos y sacerdotales o rabínicos.

El carro se detiene. Jesús es el primero en bajar. Se inclina, como saludo de conjunto para los presentes. Los discípulos Manahén y Timoneo se acercan y lo saludan en particular; luego también se acerca Eleazar (el fariseo bueno del convite en casa de Ismael), y, junto con éste, se abren paso dos escribas que tienen interés en ser reconocidos.

Estos son: aquel al que en Tariquea le fue curado su hijito el día de la primera multiplicación de los panes, y aquel que al pie del monte de las bienaventuranzas dio comida para todos. Otro más se abre paso: el fariseo que en casa de José, en el tiempo de la siega, fue instruido por Jesús acerca del verdadero móvil de sus injustos celos.

Cusa procede a las presentaciones. Se las ahorro a todos. Porque es para volverse mico entre tanto Simón, tanto Juan, tanto Leví, tanto Eleazar, entre tanto Natanael y tanto José y tanto Felipe, etc. etc.; saduceos, escribas, sacerdotes, herodianos ­y debería decir que estos últimos constituyen la mayoría-, algún que otro prosélito y fariseo, dos miembros del Sanedrín, cuatro arquisinagogos, y, perdido no sé cómo aquí dentro, un esenio.

Jesús se inclina al oír cada uno de los nombres, mirando penetrantemente a cada uno de los rostros, algunas veces sonriendo levemente (como cuando, para aclarar más su identidad, alguno especifica algún hecho que le puso en relación con Jesús).

Así, un cierto Joaquín de Bosra dice:

-Curaste de la lepra a mi mujer, María. ¡Bendito seas!
Y el esenio:

-Te oí cuando hablaste cerca de Jericó y un hermano nuestro dejó las orillas del Mar Salado para seguirte. Y volví a saber de ti por el milagro de Elíseo de Engadí. En aquellas tierras nosotros los puros vivimos esperando…

¿Qué es lo que esperarán?… No lo sé. Sí sé que, al decirlo, éste mira con un aire de superioridad un poco exaltada a los otros, que ciertamente no muestran apariencia de místicos, sino que, en su mayor parte, parecen disfrutar alegremente de las comodidades que su posición les concede.

Cusa libera a su Invitado de las ceremonias de los saludos y lo conduce a una cómoda estancia de baño, donde lo deja para las abluciones usuales, sin duda gratas con ese calor.

Vuelve con sus invitados. Habla animadamente con ellos. Y llegan casi a una disputa porque los presentes tienen dispares opiniones: unos quisieran abrir inmediatamente la conversación -¿cuál?-; otros, por el contrario, proponen no asaltar enseguida al Maestro, sino convencerlo antes de que le guardan un profundo respeto.

Triunfa esta última parte, que es la más numerosa; así que Cusa, como amo de la casa, llama a los criados para ordenar la preparación de un banquete que habrá de celebrarse hacia el atardecer, dejando tiempo a Jesús, "que está cansado y se ve, de descansar", cosa que es aceptada por todos, tanto que, cuando Jesús aparece de nuevo, los invitados se despiden con grandes reverencias y lo dejan con Cusa, que lo conduce a una habitación umbría donde hay un lecho bajo recubierto de ricas alfombrillas.

Pero Jesús, cuando se queda solo, tras haber dado a un doméstico las sandalias y la túnica para que les limpien el polvo y las señales de la peregrinación del día anterior, no duerme. Sentado en la orilla del lecho, descalzos sus pies apoyados en la estera del suelo, cubierto su cuerpo hasta los codos y las rodillas con la túnica corta (la prenda de debajo), piensa intensamente.

Y si, por una parte, el indumento tan reducido, con la espléndida y perfecta armonía de su cuerpo varonil, le da un aspecto más joven, por otra parte, la intensidad del pensamiento, que ciertamente no es dichoso, le incide arrugas y le carga el rostro con una expresión de doloroso cansancio que lo avejenta.

Ningún ruido en la casa, ninguno en el campo, donde maduran los racimos con el calor adusto. Las cortinas oscuras que cuelgan en las puertas y ventanas no ondean mínimamente.

Pasan así las horas… Merma el sol y la penumbra va creciendo, pero el calor persiste, y también la meditación de Jesús.

En fin, la casa da señales de revivir. Se oyen voces, pisadas, indicaciones.
Cusa mueve cuidadosamente la cortina para ver sin molestar.

-¡Entra! No estoy durmiendo -dice Jesús.
Cusa entra: lleva ya la túnica engalanada del banquete. Mira y ve que el lecho no presenta signos de haber recibido un cuerpo.

-¿No has dormido? ¿Por qué? Estás cansado…
-He descansado en el silencio y en la sombra. Me basta.
-Mandaré que te traigan una túnica…
-No. La mía seguro que ya está seca. La prefiero. Tengo intención de ponerme en camino en cuanto termine el banquete. Te ruego que te ocupes del carro y de la barca para mí.

-Como quieras, Señor… Hubiera deseado tenerte aquí hasta mañana al rayar el alba…
-No puedo. Tengo que irme…
Cusa hace una reverencia y sale… Se oye un abundante cuchicheo…

Pasa más tiempo. Vuelve el doméstico con la túnica de lino fresca de lavado, fragante de sol; y con las sandalias, que ya no tienen polvo y han sido suavizadas con aceite o lardo, que les dan brillo y flexibilidad. Otro le sigue con un barreño, un ánfora y unas toallas, y deposita todo encima de una mesa baja. Salen…

…Jesús va a donde los invitados, al atrio que divide la casa de norte a sur creando un lugar ventilado y agradable en que están diseminados unos asientos, adornado con cortinas ligeras, de coloridas franjas, que modifican la luz sin poner obstáculo al aire; ahora, recogidas, permiten ver la verde cornisa que rodea la casa.

Jesús está majestuoso. A pesar de no haber dormido, parece haberse nutrido de fuerza y su andadura es regia. El lino de la túnica -acaba de ponérsela-aparece blanquísimo. Sus cabellos, brillantes por el baño de la mañana, relucen suavemente encuadrando el rostro con su color dorado.

-Ven, Maestro. Te esperábamos sólo a ti -dice Cusa; y con prioridad sobre los demás, lo conduce a la estancia donde están las mesas. Tras la oración y una suplementaria ablución de las manos, se sientan. Empieza el banquete, pomposo como siempre, y silencioso al principio. Luego se vence la reserva.

Jesús está al lado de Cusa. Manahén está a su otro lado y tiene por compañero a Timoneo. A los demás los distribuye Cusa, con experiencia de cortesano, a ambos lados de la mesa de forma de U.

El esenio -sólo él-se niega obstinadamente a participar en el banquete y a sentarse a la mesa con los demás, y sólo cuando un criado, por orden de Cusa, le ofrece un cestillo precioso colmado de fruta, acepta sentarse detrás de una mesa baja, después de no sé cuántas abluciones, tras remangarse las amplias mangas de su cándida túnica por miedo a mancharlas, o por rito, no lo sé.

Es un banquete original, donde son más protagonistas las miradas que las palabras. Solamente algunas breves frases de cortesías y un recíproco examinarse, o sea: Jesús escruta a los presentes y éstos a Jesús.

Finalmente, Cusa hace una señal a los criados para que se retiren, tras haber dejado grandes bandejas de fruta, fresca porque quizás la han tenido en el pozo, hermosísima; diría: casi helada, pues claramente muestran esa capa escarchada que es típica de la fruta guardada en lugar friísimo. Los criados salen, tras encender también las lámparas, por ahora inútiles porque todavía el día está luminoso con su largo ocaso estival.

-Maestro -comienza Cusa -debes haberte preguntado la razón de este encuentro y de este silencio nuestro. Pero es que lo que te tenemos que decir es muy grave y no deben escucharlo oídos imprudentes. Ahora estamos solos y podemos hablar. Ya ves que todos los presentes te tienen el máximo respeto. Estás entre hombres que te veneran como Hombre y como Mesías. Tu justicia, tu sabiduría, los dones que Dios te ha otorgado son conocidos y admirados entre nosotros. Tú para nosotros eres el Mesías de Israel.

Mesías según la idea espiritual y según la idea política.

Eres el Esperado para poner fin al dolor, a la postración de todo un pueblo. Y no solamente de este pueblo comprendido en los confines de Israel -mejor: de Palestina-sino del pueblo de todo Israel, de las numerosísimas colonias de la Diáspora esparcidas por toda la Tierra, que hacen resonar el Nombre de Yeohveh bajo los cielos todos y hacen conocer las promesas y esperanzas, que ahora se cumplen, de un Mesías restaurador, de un Vengador, de un Libertador y creador de la verdadera independencia , de la Patria de Israel, o sea, de la Patria más grande que hay en el mundo, la Patria, reina y dominadora, canceladora de todo pasado recuerdo y de todo signo vivo de servidumbre, el Hebraísmo triunfante sobre todo y sobre todos, y para siempre, porque así fue dicho y así se cumple.

Señor, aquí, ante ti, tienes a todo Israel en los representantes de las distintas clases de este pueblo eterno, castigado pero estimado por el Altísimo, que lo proclama "suyo".

Tienes ante ti el corazón pulsante y sagrado de Israel: los miembros del Sanedrín y los sacerdotes; tienes el poder y la santidad: fariseos y saduceos; tienes la sabiduría: escribas y rabíes; tienes la política y el valor: los herodianos; tienes el patrimonio: los ricos; el pueblo: mercaderes y hacendados; tienes la Diáspora: los prosélitos; tienes incluso a los separados, que ahora se sienten dispuestos a unirse de nuevo, porque ven en ti al Esperado: los esenios, los inasequibles esenios.

Mira, Señor, este primer prodigio, este gran signo de tu misión, de tu verdad. Tú, sin violencia, sin medios, sin ministros, sin soldados, sin espadas, reúnes a todo tu pueblo como un depósito reúne las aguas de mil fuentes.

Tú, casi sin palabras, sin ninguna imposición en absoluto, nos reúnes, a nosotros, pueblo dividido por desventuras, por odios, por ideas políticas y religiosas, y nos pacificas.

¡Oh, Príncipe de la paz, exulta por haber redimido y restaurado aun antes de tomar el cetro y la corona! Tu Reino, el esperado Reino de Israel ha surgido. Nuestras riquezas, nuestro poder, nuestras espadas, están a tus pies. ¡Habla! ¡Ordena! La hora ha llegado.

Todos aprueban el discurso de Cusa. Jesús, con los brazos cruzados, guarda silencio.

-¿No hablas? ¿No respondes, Señor? Quizás es que esto te ha sorprendido… Quizás es que no te sientes preparado y, sobre todo, dudas de que esté preparado Israel… No, no es así. Escucha nuestras palabras. Yo hablo, y conmigo Manahén, por el Palacio, que ya no merece existir, que es el oprobio purulento de Israel, la tiranía vergonzosa que oprime al pueblo y se inclina, servil, a adular al usurpador. Su hora ha llegado. Álzate, Estrella de Jacob, y pon en fuga las tinieblas de ese coro de delitos y vergüenzas.

Aquí están los que, conocidos como herodianos, son los enemigos de los profanadores del nombre para ellos sagrado de la dinastía Herodiana. Hablad, vosotros.

-Maestro. Yo soy viejo, y recuerdo lo que fue el esplendor pasado. Como nombre de héroe puesto a una hedionda carroña, tal es el nombre de Herodes sobre los degenerados descendientes que envilecen a nuestro pueblo. Es la hora de repetir el gesto que otras veces hiciera Israel, cuando indignos monarcas se sentaron sobre los dolores del pueblo. Tú sólo eres digno de llevar a cabo este gesto.

Jesús calla.

-Maestro, ¿crees que podemos dudar? Hemos escudriñado las Escrituras. Eres Tú. Tú debes reinar -dice un escriba.

-Debes ser Rey y Sacerdote. Nuevo Nehemías, más grande que él debes venir y purificar. El altar está profanado. Que te sea acicate el celo del Altísimo -dice un sacerdote.

-Muchos de nosotros te han presentado batalla, los que temen tu reinado sabio. Pero el pueblo está contigo, y los mejores de nosotros con el pueblo. Necesitamos un sabio.
-Necesitamos un hombre puro.

-Un verdadero rey.
-Un santo.
-Un redentor. Cada vez somos más esclavos, de todo y de todos ¡Defiéndenos, Señor!

-Nos pisotean en este mundo porque, a pesar del número y la riqueza, somos como ovejas sin pastor. Llámanos a formar con el antiguo grito: "¡A tus tiendas, Israel!", y de todas las partes de la Diáspora, como un reclutamiento, se alzarán tus súbditos y volcarán los inseguros tronos de los poderosos a los que Dios no ama.

Jesús sigue en silencio. Es el único que está sentado, sereno, como si no se tratase de Él, en medio de esta cuarentena ­pocos más, pocos menos-de exaltados, de cuyas razones apenas si recojo la décima parte, porque hablan todos al mismo tiempo con algarabía de mercado; y conserva su postura y su silencio.

Todos gritan:

-¡Di una palabra! ¡Responde!

Jesús se pone lentamente en pie, apoyándose en las manos sobre el borde de la mesa. Se crea un profundo silencio.

Quemado por el fuego de ochenta pupilas, abre sus labios (los otros los abren como para aspirar su respuesta). Y la respuesta es breve pero neta:

-No.

-¿Pero cómo es eso? ¿Pero por qué? ¿Nos traicionas?

¡Traicionas a tu pueblo! ¡Reniega de su misión! ¡Rechaza la orden de Dios!…

¡Qué marimorena!… ¡Qué alboroto! Caras que se ponen de color carmesí, ojos que se encienden, manos que casi amenazan… Más que fieles parecen enemigos. Pero es así: cuando una idea política domina los corazones, hasta los mansos se vuelven fieras contra quien impugna esa idea suya.

Al alboroto le sigue un silencio extraño. Parece como si, agotadas las fuerzas, todos se sintieran exhaustos, vencidos. Se miran interrogativamente, la mayor parte desolados… algunos inquietos…

Jesús mira en torno a sí y dice:

-Sabía que queríais que viniera para esto. Y conocía la inutilidad de este paso vuestro. Cusa puede decir que lo he dicho en Tariquea. He venido para que vierais que no temo insidia alguna, porque no ha llegado la hora. Y tampoco la temeré cuando se cierna sobre mí la hora de la insidia, porque para esto he venido. Y he venido para convenceros.

Vosotros, no todos, pero sí muchos de vosotros, actuáis de buena fe. Pero debo corregir el error en que, con buena fe, habéis caído. ¿Veis? No os reprendo. No reprendo a ninguno, ni siquiera a los que, por ser mis discípulos fieles, deberían saber con justicia y regular las propias pasiones con justicia.

No te reprendo a ti, justo Timoneo, pero te digo que en el fondo de tu amor, que me quiere honrar, está todavía tu yo, que bulle y sueña un tiempo mejor en que puedas ver el daño en los que te dañaron.

No te reprendo a ti, Manahén, a pesar de que muestras haber olvidado la sabiduría y el ejemplo enteramente espirituales que recibiste de mí, y de Juan el Bautista antes que de mí; pero te digo que también en ti hay una raíz de humanidad que resurge después de la llamarada de mi amor.

No te reprendo a ti, Eleazar, hombre justo aunque sólo fuera por la anciana que te confiaron, justo siempre, pero ahora no justo. Y no te reprendo a ti, Cusa, aunque debería hacerlo porque en ti más que en todos los que queréis con buena fe verme rey está vivo tu yo. Rey, sí, quieres verme.

No hay insidia en tus palabras. No vienes para cogerme en renuncio, para denunciarme al Sanedrín, al rey, a Roma.

Pero más que por el amor -crees que es todo amor y no lo es-más que por el amor actúas para vengarte de ofensas que el palacio te ha infligido. Yo soy tu invitado. Debería mantener celada la verdad de tus sentimientos. Pero Yo soy la Verdad. Y hablo. Por tu bien. Y lo mismo te sucede a ti, Joaquín de Bosra, y a ti, escriba Juan, y a ti también, y a ti, y ati, y ati.

Señala a éste, a aquél, sin rencor, pero con tristeza… y prosigue:

-No os reprendo. Porque sé que no sois vosotros los que queréis esto, espontáneamente. Es la Insidia, es el Adversario el que actúa, y vosotros… vosotros sois, sin saberlo, títeres en sus manos. Y también del amor, también de vuestro amor, Timoneo, Manahén, Joaquín -vosotros que realmente me amáis-, también de vuestra veneración -vosotros que en mí sentís al Rabí perfecto-, también de esto él, el Maldito, se sirve para perjudicar y perjudicarme.

Pero Yo os digo -a vosotros, y también a los que no tienen vuestros sentimientos, sino que con fines cada vez más bajos, hasta constituir traiciones y delitos, quisieran que aceptara ser rey-, os digo: "No.

Mi Reino no es de este mundo. Venid a mí, para que instaure mi Reino en vosotros. No otra cosa". Y ahora dejad que me vaya.

-No, Señor. Estamos bien decididos. Hemos puesto ya en movimiento riquezas, preparado planes, hemos decidido salir de esta incertidumbre que tiene inquieto a Israel, de la cual, además, se aprovechan los otros para perjudicar a Israel. Te acosan, es verdad. Tienes enemigos en el Templo mismo. Yo, uno de los Ancianos, no lo niego.

Pero para acabar con esto hay esto: tu unción. Y estamos dispuestos a dártela. No es la primera vez que en Israel uno es proclamado rey así, para acabar con una serie de desventuras nacionales y discordias. Aquí hay quien en nombre de Dios lo puede hacer. Déjate ungir -dice uno de los sacerdotes.

-No. No os es lícito. No tenéis autoridad para hacerlo.

-El Sumo Sacerdote es el primero que quiere esto, aunque no se dé a ver. No puede seguir permitiendo este estado de dominación romana y escándalo regio.

-No mientas, sacerdote. En tus labios la blasfemia es doblemente impura. Quizás no sabes, y te engañan. Pero en el Templo eso no se quiere.

-¿Crees entonces que nuestra aserción es falaz?
-Sí. Si no de todos vosotros, de muchos de vosotros. No mintáis. Yo soy la Luz e ilumino los corazones…

-A nosotros nos puedes creer -gritan los herodianos -Nosotros no amamos a Herodes Antipas ni a ningún otro.
-No. Vosotros os amáis sólo a vosotros mismos. Es verdad.

Y no podéis amarme a mí. Yo sería la palanca para derribar el trono para abriros el camino a un poder más fuerte y para gravar al pueblo con una opresión peor. Un engaño a mí, al pueblo y a vosotros mismos. Roma aplastaría a todos, después de que vosotros hubierais hecho lo mismo.

-Señor, en las colonias de la Diáspora hay hombres dispuestos a amotinarse… nosotros empeñamos nuestros bienes ­dicen los prosélitos.

-Y los míos y todo el apoyo de la Auranítida y la Traconítida -grita el de Bosra. -Sé lo que me digo.

Nuestros montes pueden preparar un ejercito, y sin ser hostigado, para lanzarlo luego, como cohorte de águilas, a tu servicio.

-También la Perea.

-Y la Gaulanítida.

-¡El valle del Gahas está contigo!
-¡Y también las riberas del Mar Salado con los nómadas que nos creen dioses, si aceptas unirte a nosotros! -grita el esenio, y prosigue con un vaniloquio de exaltado que se pierde en el clamor.

-Los montañeses de Judea son de la raza de los reyes fuertes.

-Y los de la Alta Galilea son héroes del temple de Débora. ¡Y son héroes también las mujeres y los niños!

-¿Nos consideras pocos? Somos huestes numerosas. Todo el pueblo está contigo. ¡Tú eres el rey de la estirpe de David, el Mesías! Éste es el grito que sale de los labios de sabios e ignorantes, porque es el grito de los corazones… Tus milagros… tus palabras… Los signos…

Un alboroto en que me pierdo. Jesús, como roca bien firme rodeada por una vorágine, no se mueve. Ni siquiera reacciona. Está impasible. Y el torbellino de súplicas, imposiciones, razones, continúa.

-¡Nos defraudas! ¿Por qué quieres nuestra destrucción? ¿Quieres actuar solo? No puedes. Matatías Macabeo no rechazó la ayuda de los asideos y Judas liberó a Israel con su ayuda… ¡¡¡Acepta!!!

Cada cierto tiempo el grito se anuda en esta palabra. Jesús no cede.

Uno de los Ancianos -anciano, y mucho, también de edad-cuchichea con un sacerdote y un escriba más viejos que él.

Pasan adelante. Imponen silencio. Habla el escriba anciano, que ha llamado a Eleazar y a los dos escribas de nombre Juan:

-Señor, ¿por qué no quieres ceñir la corona de Israel?
-Porque no es mía. No soy hijo de príncipe hebreo.

-Señor. Quizás Tú no lo sabes, pero yo y éste y éste fuimos requeridos un día porque tres Sabios vinieron preguntando dónde estaba el que había nacido rey de los hebreos. ¿Comprendes? "Nacido rey". Herodes el Grande nos reunió, para la respuesta, a los príncipes de los sacerdotes y escribas del pueblo. Con nosotros estaba Hil.lel el Justo. Nuestra respuesta fue: "En Belén de Judá".
Tú, nos consta, naciste allí, y tu nacimiento estuvo acompañado de grandes signos. Algunos de tus discípulos son testigos de tu nacimiento. ¿Puedes negar que los tres Sabios te adoraron Rey?
-No niego.

-¿Puedes negar que los milagros te preceden y te acompañan
y te siguen, como signo del Cielo?
-No niego.

-¿Puedes negar que eres el Mesías prometido?
-No niego.

-Entonces, en nombre del Dios vivo, ¿por qué quieres defraudar las esperanzas de un pueblo?

-Yo vengo a cumplir las esperanzas de Dios.
-¿Cuáles?

-Las de la redención del mundo, de la formación del Reino de Dios. Mi Reino no es de este mundo. Devolved a su lugar vuestros bienes y vuestras armas. Abrid los ojos y el espíritu para leer las Escrituras y los Profetas y para acoger mi Verdad, y tendréis en vosotros el Reino de Dios.

-No. Las Escrituras hablan de un Rey libertador.

-De la esclavitud satánica, del pecado, del error, de la carne, del gentilismo, de la idolatría. ¿Qué ha hecho en vosotros Satanás, oh hebreos, pueblo sabio, para induciros a error acerca de las verdades proféticas?

¿Qué os hace, oh hebreos, hermanos míos, para cegaros de esta forma? ¿Qué, qué os hace, oh discípulos míos, para que ya tampoco comprendáis vosotros?

La mayor desventura de un pueblo y de un creyente es caer en una falsa interpretación de los signos. Y aquí se cumple esta desventura. Intereses personales, prejuicios, exaltaciones, pernicioso amor patrio, todo contribuye a crear esta vorágine… la vorágine del error en que un pueblo perecerá considerando a su Rey como lo que no es.

-Tú te consideras en modo erróneo.

-Vosotros os consideráis erradamente, y también a mí. Yo no soy el rey humano. Y vosotros… Vosotros, tres cuartas partes de los que estáis aquí reunidos, lo sabéis y queréis mi mal, no mi bien. Actuáis por encono, no por amor. Yo os perdono. Digo a los rectos de corazón:

"Volved en vosotros mismos, no seáis los inconscientes esclavos del mal". Dejadme irme. No hay nada más que decir.

Un silencio lleno de estupor…
Eleazar dice:

-Yo no soy enemigo tuyo. Creía que obraba bien. Y no soy el único… Otros amigos buenos piensan como yo.

-Lo sé. Pero dime, y sé sincero: ¿Qué dice Gamaliel?
-¿El rabí?… Dice… Sí, dice: "El Altísimo dará el signo si éste es su Cristo".

-Bien dice. ¿Y qué, José el Anciano?
-Que Tú eres el Hijo de Dios y reinarás como Dios.
-José es un justo. ¿Y Lázaro de Betania?

-Sufre… Habla poco… Pero dice… que reinarás solamente cuando te acojan nuestros espíritus.

-Lázaro es sabio. Cuando vuestros espíritus me acojan. Por ahora vosotros -incluso aquellos a quienes juzgaba espíritus abiertos-, no acogéis ni al Rey ni el Reino, y en ello está mi dolor.

-En definitiva, ¿te niegas? -gritan muchos.
-Lo habéis dicho.

-Nos has hecho comprometernos, nos perjudicas, nos… -gritan otros: herodianos, escribas, fariseos, saduceos, sacerdotes…

Jesús deja la mesa y va hacia este grupo, asaeteándolo con sus miradas. ¡Qué ojos! Ellos, involuntariamente, enmudecen, se aprietan contra la pared… Jesús va justamente cara a cara. Dice, lentamente pero con una incisividad que corta como un golpe de sable:

-Está escrito (Deuteronomio 27, 24-25): "Maldito el que encubiertamente descarga su mano contra su prójimo y acepta regalos para condenar a muerte a un inocente".

Yo os digo: os perdono. Pero el Hijo del hombre conoce vuestro pecado. Si no os perdonara Yo… Por mucho menos, Jeohveh redujo a cenizas a muchos de Israel.

Y se muestra tan terrible al decir esto, que ninguno se atreve a moverse. Jesús levanta la doble cortina y sale al atrio, y ninguno osa hacer un solo gesto.

Hay que esperar a que la cortina deje de moverse, es decir: unos momentos después, para verlos reaccionar.

-Hay que alcanzarlo…
-Hay que retenerlo… -dicen los más enfurecidos.

-Tenemos que ganarnos el perdón -suspiran los mejores, o sea, Manahén, Timoneo, algunos prosélitos, el de Bosra; en definitiva, los rectos de corazón.

Se arremolinan fuera de la sala. Buscan, preguntan a los criados:

-¿El Maestro? ¿Dónde está?
-¿El Maestro? Ninguno lo ha visto, ni siquiera los que estaban en las dos puertas del atrio. No está… Con antorchas y faroles lo buscan entre las sombras del jardín, en la habitación donde había descansado. No está, y tampoco está el manto, que había dejado en el lecho, ni su bolsa, que había dejado en el atrio…

-¡Se nos ha escapado!
-¡Es un Satanás!
-No. Es Dios.
-Hace lo que quiere.
-¡Nos traicionará!
-No. Nos conocerá en nuestra verdadera realidad.

Un clamor de pareceres y de recíprocos insultos. Los buenos gritan:

-Vosotros nos habéis seducido. ¡Traidores! ¡Debíamos haberlo imaginado!

Los malos, o sea, la mayoría, amenazan, y la riña, perdido el chivo expiatorio en que centrarse, revierte sus dos partes sobre sí misma…

¿Y Jesús, dónde está? Yo lo veo, por voluntad suya. Está muy lejos, hacia el puente de la embocadura del Jordán. Va raudo como llevado por el viento. Sus cabellos enmarcan ondeantes el pálido rostro; su manto, con esta marcha veloz, se entrechoca como una vela. Luego, cuando está seguro de haberse distanciado, se adentra entre los juncos de la orilla y toma la margen oriental.

En cuanto encuentra los primeros escollos del alto arrecife, se encarama a ellos, y no se preocupa de que la poca luz haga peligrosa la subida por la pronunciada ladera. Sube, sube hasta un peñasco que se asoma hacia el lago, velado por una encina solitaria; y allí se sienta, pone un codo en la rodilla, apoya el mentón en la palma de la mano, y, con la mirada fija en el espacio anchuroso que va entenebreciéndose, apenas visible aún por el claror del manto y la palidez del rostro, así permanece…

Pero alguien lo ha seguido. Juan. Un Juan semidesnudo, o sea, vestido sólo con la corta prenda de los pescadores, tiesos los cabellos, como cuando uno ha estado en el agua, jadeante (pero pálido). Se acerca despacio hacia su Jesús.

Parece una sombra deslizándose por el arrecife escabroso. Se detiene a poca distancia. Observa a Jesús… No se mueve. Parece una peña añadida al peñasco. La túnica oscura lo anula aún más; sólo la cara y las piernas y los brazos desnudos son un poco visibles en la sombra nocturna.

Pero cuando, más que verlo lo oye llorar a Jesús, entonces no resiste más, y se acerca, hasta llamarlo:
-¡Maestro!

Jesús oye el susurro y alza la cabeza; con ademán de huir, se recoge el manto.
Pero Juan grita:

-¿Qué te han hecho, Maestro, para que ya no conozcas a Juan?

Y Jesús reconoce a su Predilecto. Tiende sus brazos hacia él y Juan se arroja a ellos. Los dos lloran, por dos dolores distintos y un único amor.

Pero luego el llanto se calma y Jesús es el primero que recupera la neta percepción visual de las cosas. Oye y ve a Juan semidesnudo, con la túnica húmeda, las carnes heladas, descalzo.

-¿Cómo estás aquí, en este estado? ¿Por qué no estás con los demás?

-No me reprendas, Maestro. No podía estar… No podía dejarte irte… Me he quitado la ropa, todo menos esto, y me he echado a nadar; he regresado a Tariquea nadando; de allí, por la orilla, corriendo, hasta el puente; y luego más, más, detrás de ti; y me he quedado escondido en el foso que hay junto a la casa, preparado para auxiliarte, atento, al menos, para saber si te raptaban, si te hacían algún mal. Y he oído muchas voces que disputaban y luego te he visto a ti pasando veloz por delante de mí. Parecías un ángel.

Por seguirte sin perderte de vista, me he caído en hoyos y aguazales y estoy lleno de barro. Te habré manchado el vestido… Desde que has llegado aquí estaba mirándote…

¿Llorabas?… ¿Qué te han hecho, mi Señor? ¿Te han insultado? ¿Te han pegado?

-No. Me querían hacer rey. ¡Un pobre rey, Juan! Y muchos querían hacerlo con buena fe, por verdadero amor, con finalidad buena… La mayoría… para poderme denunciar y deshacerse de mí…

-¿Quiénes son éstos?
-No lo preguntes.
-¿Y los otros?
-Ni siquiera preguntes el nombre de éstos. No debes odiar ni criticar… Yo perdono…

-Maestro… ¿había discípulos?… Dime sólo esto.
-Sí.
-¿Y apóstoles?

-No, Juan. Ningún apóstol.

-¿Verdaderamente, Señor?
-Verdaderamente, Juan.

-¡Ah, alabado sea Dios por ello!… Pero, ¿por qué lloras todavía, Señor? Yo estoy contigo. Te amo por todos. Y también Pedro, y Andrés y los otros… Cuando han visto que me echaba al lago me han dicho que estaba loco, y Pedro estaba furioso, y mi hermano decía que quería morir en los remolinos. Pero luego han comprendido y me han gritado:

"Que Dios te acompañe. Ve. Ve…". Nosotros te amamos. Pero ninguno como este pobre niño que soy yo.

-Sí. Ninguno como tú. ¡Tienes frío, Juan! Ven aquí, debajo de mi manto…

-No, a tus pies, así… ¡Maestro mío! ¿Por qué no te aman todos como este pobre niño que soy yo?

Jesús se sienta a su lado y lo arrima contra su corazón.
-Porque no tienen tu corazón de niño…

-¿Te querían hacer rey? ¿Pero no han comprendido todavía que tu Reino no es de esta Tierra?

-¡No han comprendido!

-Sin decir nombres, cuenta, Señor…
-¿Pero no vas a decir lo que te diga?
-Si no quieres, Señor, no lo diré…

-Lo dirás solamente cuando los hombres quieran mostrarme como un común líder del pueblo. Un día esto llegará. Y tú estarás. Habrás de decir: "Él no fue rey de la Tierra porque no quiso. Porque su Reino no era de este mundo. Era el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, y no podía aceptar lo que es terreno.

Quiso venir al mundo y vestirse de carne para redimir los cuerpos y las almas y al mundo, pero no se sometió a las pompas del mundo y a los fomes del pecado, y en Él no hubo nada carnal ni mundano. La Luz no se recubrió de Tinieblas, el Infinito no aceptó cosas finitas; sino que de las criaturas limitadas por la carne y el pecado hizo criaturas que fueran más iguales a Él.

Llevó a los que creyeron en Él a la regalidad verdadera e instauró su Reino en los corazones, antes de instaurarlo en los Cielos, donde será completo y eterno con todos los salvados". Dirás esto, Juan, a quien pretenda verme enteramente humano, a quien pretenda verme enteramente espíritu, a quien niegue que Yo haya padecido la tentación… y el dolor… Dirás a los hombres que el Redentor lloró… y que ellos, los hombres, han sido redimidos también por mi llanto…

-Sí, Señor. ¡Cómo sufres, Jesús!…
-¡Cómo redimo! Pero tú me eres consuelo en mi sufrimiento. Al rayar el día nos marcharemos de aquí. Encontraremos una barca. ¿Crees, si digo que podremos ir sin remos?
-Creería aunque dijeras que iremos sin barca…
Permanecen abrazados, envueltos en el único manto de Jesús. Y Juan, con el calorcito, acaba durmiéndose, cansado, como un niño entre los brazos de su mamá.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-Esta página evangélica, desconocida y tan ilustrativa, tan ilustrativa, ha sido dada para los rectos de corazón. Juan, al escribir después de muchos lustros su Evangelio, hace una breve alusión a este hecho.

(Una brece alusión a este hecho es la de Juan 6, l4-l5, puesta al final del episodio de la primera multiplicación de los panes, que ocupa los precedentes versículos l-l3.

La multiplicación de los panes no fue contemporánea del intento de proclamar a Jesús rey, pero sirvió para suscitar la idea; tanto, que el evangelista une en la narración esos dos hechos, distantes en el tiempo)

Obediente al deseo de su Maestro, cuya naturaleza divina ilustra más que ningún otro evangelista, descubre a los hombres este detalle ignorado, y lo descubre con esa discreción virginal suya que envolvía todas sus acciones y palabras con pudor humilde y reservado.

Juan, mi confidente de los hechos más graves de mi vida, nunca se engalanó pomposamente con estos beneficios míos.

Antes al contrario -leed bien-, parece sufrir cuando los revela, y parece decir; "Debo decir esto porque es una verdad que exalta a mi Señor, pero os pido perdón de tenerme que mostrar como el único que la sabe", y con palabras concisas alude al detalle que sólo él conoce.

Leed el primer capítulo de su Evangelio, donde narra su encuentro conmigo: “Juan el Bautista se hallaba de nuevo con dos discípulos suyos… Los dos discípulos, oídas estas palabras… Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan y habían seguido a Jesús. El primero con que se topó Andrés…". Él no se nombra; es más, se cela tras Andrés, al que pone de relieve.

En Caná estaba conmigo, y dice: “Jesús estaba con sus discípulos… y sus discípulos creyeron en Él". Eran los otros los que tenían necesidad de creer. Él ya creía. Pero se unifica con los otros, cual criatura que necesitara ver milagros para creer.

Testigo de la primera expulsión de los mercaderes del Templo, y del coloquio con Nicodemo, del episodio de la
Samaritana, nunca dice: "Yo estaba allí", sino que conserva la línea de conducta que había tomado en Caná, y dice: "Sus discípulos" incluso cuando estaba él sólo o él y otro más. Y así continúa, no nombrándose nunca, antes al contrario, poniendo siempre delante a sus compañeros, cual si él no hubiera sido el más fiel, el siempre fiel, el perfectamente fiel.

Recordad la delicadeza con que alude al episodio de la Cena, del cual resulta que él era el predilecto, reconocido como tal también por los demás, que a él recurren cuando quieren saber los secretos del Maestro: “Así pues, empezaron los discípulos a mirarse unos a otros, no sabiendo a quién aludía el Maestro. Estaba uno de ellos, el predilecto de Jesús, recostado en el pecho
de Jesús. A éste le hizo una señal Simón Pedro y le preguntó: “¿De quién habla?'. Y aquél, estando recostado en el pecho de Jesús, le preguntó a Él: “¿Y quién es, Señor?”

Ni siquiera se nombra como llamado en el Getsemaní con Pedro y Santiago. Ni siquiera dice: "Yo seguí al Señor". Dice: "Le siguió Simón Pedro y otro discípulo; y este otro, siendo conocido por el Pontífice, entró con Jesús en el atrio del Pontíϳ̨ϛϩ̪̣ Sin Juan Yo no habría tenido el consuelo de verlos a él y a Pedro en las primeras horas de ta captura. Pero Juan no se jacta de ello.

Fue uno de los personajes principales en las horas de la Pasión, el único apóstol que en ella estuvo siempre presente, amorosamente, compasivamente, heroicamente presente junto a Cristo, junto a la Madre, frente a una Jerusalén desatada… y calla su nombre incluso en ese episodio especialmente importante de la Crucifixión y de las palabras del Moribundo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo",

"Ahí tienes a tu madre". Es el "discípulo", el sin nombre, sin otro nombre aparte del que, tras haber constituido su vocación, constituye su gloria: "el discípulo".

No se exalta siquiera después de haber recibido el honor de ser el "hijo" de la Madre de Dios, y en la Resurrección dice todavía: "Pedro y el otro discípulo (a los que María de Lázaro había hablado del sepulcro vacío) salieron y fueron… Corrían… pero aquel otro discípulo corrió más que Pedro y llegó antes y, agachándose, vio… pero no entró…". ¡Hechura de delicada humildad! Él, el predilecto, el fiel, deja que Pedro -pecador por cobardía, pero cabeza-entre antes. No lo juzga. Es su Pontífice.

Antes al contrario, lo socorre con su santidad porque también los que son "cabeza" pueden ser apoyados por sus súbditos; es más, tienen necesidad de ellos como apoyo.

¡Cuántos súbditos son mejores que sus "jefes"! ¡No neguéis nunca vuestra piedad, oh súbditos santos, a los "jefes" que se pliegan bajo el peso que no saben llevar, o a aquellos a los que el humo del honor produce ceguera y embriaguez! ¡Sed, oh súbditos santos, los cirineos de vuestros Superiores; sed -sé, mi pequeño Juan, porque te hablo a ti para todos esos “Juanes" que se adelantan corriendo y guían a los "Pedros", y luego se detienen dejándolos entrar, por respeto a su cargo, y que -¡oh obra maestra de humildad!-, y que, para no humillar a los "Pedros" que no saben comprender y creer, llegan al punto de dar de sí una imagen, y dejar creerlo, de que también

ellos como los "Pedros" son tardos e incrédulos!
Leed el último episodio del lago de Tiberíades. Es también Juan el que, repitiendo el acto de otras veces, reconoce al Señor en el Hombre que está en pie en la orilla y, después de haber compartido juntos el alimento, ante la pregunta de Pedro: "¿Y de éste que será? es siempre "el
discípulo", nada más.

Por lo que a él respecta, se anonada. Mas cuando debe decirse algo que haga resplandecer con luz cada vez más divina al Verbo de Dios Encarnado, ¡ah! entonces Juan alza los velos y revela un secreto.

En el sexto capítulo del Evangelio dice: "Dándose cuenta de que querían apoderarse de Él para hacerlo rey, huyó de nuevo solo al monte".

Y esta hora del Cristo es comunicada a los creyentes para que sepan que múltiples y complejas fueron las tentaciones y las luchas intentadas contra Él en sus distintas características de Hombre, Maestro, Mesías, Redentor, Rey, y que los hombres y Satanás -el eterno instigador de los hombres-no le evitaron ninguna insidia a Cristo, para rebajarlo, abatirlo, destruirlo. Contra el Hombre, contra el eterno Sacerdote, contra el Maestro, contra el Señor arremetieron las malicias satánicas y humanas, enmascaradas bajo los pretextos más aceptables como buenos; y todas las pasiones del ciudadano, del patriota, del hijo, del hombre, fueron hurgadas o tentadas para descubrir un punto débil que sirviera de fulcro.

¡Oh, hijos míos que no reflexionáis más que en la tentación inicial y en la última, y que de mis fatigas de Redentor os parecen "fatigas" sólo las últimas, y dolorosas sólo las últimas horas, y amargas y desengañadoras sólo las últimas experiencias, poneos sólo una hora en mi lugar, pensad que es a vosotros a quienes se os propone la paz con los coterráneos, su ayuda, la posibilidad de llevar a cabo el necesario acrisolamiento para hacer santo al País amado, las posibilidades de restaurar, de reunir a los diseminados miembros de Israel, de acabar con el dolor, con la servidumbre, con el sacrilegio! Y no digo: poneos en mi lugar pensando en vosotros como destinatarios de una corona que se os ofrece.

Digo sólo que tengáis mi Corazón de Hombre durante una hora, y que penséis en cómo habríais salido de esta seductora propuesta. ¿Como triunfadores fieles a la divina Idea, o, más bien, como vencidos? ¿Habríais salido de ella más santos y espirituales que nunca, u os habríais destruido a vosotros mismos adhiriéndoos a la tentación o cediendo a las amenazas? ¿Y con qué corazón habríais salido de ella, tras haber constatado hasta qué punto Satanás usaba sus armas para herirme en la misión y en los sentimientos, llevándome a los discípulos buenos por un camino desviado, poniéndome en estado de lucha abierta con los enemigos, en ese momento ya desenmascarados, agresivos ahora por haber sido descubiertas sus arterías?

No estéis ahí con el compás y la medida pequeña, con el microscopio y la ciencia humana; no andéis ahí midiendo, comparando, refutando, con pedantes razonamientos de escriba, sobre si Juan habló con exactitud y hasta qué punto es verdad esto o aquello. No superpongáis la frase de Juan y el episodio dado ayer, para ver si los contornos coinciden.

Ni erró Juan por debilidad senil, ni ha errado el pequeño Juan (María Valtorta) por debilidad de enferma. Éste ha dicho lo que ha visto. Juan, el grande, pasados muchos lustros después del episodio, narró lo que sabía y, con fina concatenación de lugares y hechos, reveló el secreto que sólo él conocía de cuando intentaron, no sin malicia, coronar a Cristo.

En Tariquea, después de la primera multiplicación de los panes, surge en el pueblo la idea de hacer del Rabí nazareno el rey de Israel. Están presentes Manahén, el escriba y otros muchos que, aún imperfectos en el espíritu pero honestos de corazón, recogen la idea y la apoyan para dar honor al Maestro, para acabar con la lucha injusta contra Él, por error en la interpretación de las Escrituras, un error difundido por todo Israel cegado por sueños de humana regalidad y por esperanzas de santificar a la Patria contaminada por muchas cosas.

Muchos, como era natural, se adhieren simplemente a la idea. Muchos fingen subrepticiamente su adhesión para perjudicarme. Unidos estos últimos por el odio contra mí, olvidan sus odios de casta, que los habían mantenido siempre separados, y se alían para tentarme, para poder dar después una apariencia legal al delito que ya sus corazones habían decidido. Esperan en una debilidad mía, en un orgullo mío.

El orgullo y la debilidad, con consiguiente aceptación de la corona que me ofrecían, darían una justificación a las acusaciones que querían lanzar contra mí. Y después… después ello serviría para dar la paz a su espíritu engañoso atrapado por los remordimientos, porque se dirían a sí mismos, esperando poder creerlo: "Roma, no nosotros, ha castigado al Nazareno revoltoso". La eliminación legal de su Enemigo (enemigo era para ellos su Salvador)…

Aquí están las razones de la proclamación que intentaron. Aquí está la clave de los odios, más fuertes, que siguieron. Aquí tenéis, en fin, la alta lección de Cristo.

¿La comprendéis? Es lección de humildad, de justicia, de obediencia, de fortaleza, de prudencia, de fidelidad, de perdón, de paciencia, de vigilancia, de saber soportar, respecto a Dios, respecto a la propia misión, respecto a los amigos, respecto a los ingenuos, respecto a los enemigos, respecto a Satanás, respecto a los hombres que de éste son instrumentos de tentación, respecto a las cosas, respecto a las ideas. Todo debe ser contemplado, aceptado, rechazado, amado o no, mirando al fin santo del hombre: el Cielo, la voluntad de Dios.

Pequeño Juan. Ésta fue una de las horas de Satanás para mí. Y como las tuvo el Cristo las tienen los pequeños Cristos. Es necesario sufrirlas y superarlas, sin soberbias ni desconfianzas. No carecen de finalidad, de finalidad buena.

Pero no temas, porque Dios, durante estas horas, no abandona, sino que sujeta al que es fiel. Y, luego, desciende el Amor para hacer reyes a los fieles. Y, posteriormente, acabada la hora de la Tierra, suben los fieles al Reino, en paz para siempre, victoriosos para siempre…

Mi paz, pequeño Juan coronado de espinas. Mi paz…

463- En Tariquea. Cusa, a pesar del discurso sobre la naturaleza del reino mesiánico, invita a Jesús a su casa. Conversión de una pecadora

La pequeña península de Tariquea se adentra en el lago formando una profunda ensenada al suroeste, de modo que no se yerra diciendo que, más que una península, es un istmo rodeado por las aguas a lo largo de casi todo su perímetro, y que queda unido a la tierra sólo por una pequeña parte.

Al menos así era en tiempos de Jesús, que es cuando yo la veo. No sé si luego, durante veinte siglos, las arenas y los guijarros, arrastrados por un torrentillo que desemboca justamente en la ensenada del suroeste, habrá modificado el aspecto del lugar, enarenando la pequeña bahía y, por tanto, ensanchando la lengua de tierra del istmo.

La bahía aparece serena, azulina con estrías de jade donde refleja el verde de los árboles que desde la costa se asoman al lago: Muchas barcas ondean levemente en las aguas apenas móviles.

Lo que llama mi atención es un dique arcado -de arcos que se apoyan en los guijarrales de la orilla-que forma como un paseo, un embarcadero, qué sé yo, orientado hacia el oeste. No comprendo si lo han construido para embellecimiento o con alguna finalidad útil que no capto.

Este paseo, dique o embarcadero, está recubierto de un espeso estrato de tierra, en que han sido plantados árboles tan juntos -aunque no grandes-, que forman una galería de follaje por encima del camino. Mucha gente ocia paseando bajo esa galería susurradora que de la brisa, las aguas y las frondas saca un grato coeficiente de frescor.

Se ve netamente la entrada del Jordán y el desagüe de las aguas del lago en el lecho del río, formando algún remolino, o alguna acumulación de agua en los pilones de un puente -yo diría que romano por su arquitectura de robustos pilones, puestos como tajamares. (no sé si me expreso bien; quiero decir que están construidos como un hexágono) -. Contra las aristas de los pilones se rompe la corriente de las aguas, formando todo un juego nacarado de luces bajo el sol que las hiere así, rotas y rebosantes, rebosantes para desaguar en la garganta del río, que, después de tanta anchura en el lago, se encajona ahora.

Casi al final del puente, en la otra orilla, una pequeña, blanca ciudad, extendida sobre el verde de la campiña óptima. Y, más arriba, hacia el norte, pero en la costa oriental del lago, el arrabal que precede a Ippo; y los bosques, altos sobre la vista del arrecife, tras los que está Gamala, bien visible en la cima de su monte.

Jesús, seguido por una cola de gente que viene con Él desde Emaús y que ha aumentado con los que ya lo esperaban en Tariquea -entre éstos está Juana, que ha venido en su barca-, se dirige precisamente hacia el dique arbolado, y se para en el centro de éste, de forma que tiene el agua a la derecha y la playa a la izquierda. Los que pueden se ponen en el camino arbolado; los que no pueden encontrar sitio en el camino se ponen abajo, en la playa, aún humedecida de la alta marea nocturna -o por alguna otra razón-y parcialmente en sombra debido a las frondas de los árboles del dique; otros abordan con las barcas y toman asiento a la sombra de las velas. Jesús hace ademán de querer hablar. Se hace silencio general.

-Está escrito (Habacuc 3, l3 y l8): "Te moviste a salvar a tu pueblo, para salvarlo con tu Cristo". Está escrito: "Y yo me alegraré en el Señor y exultaré en Dios mi Jesús".
(Las palabras “tu Cristo” (del versículo 13) y “mi Jesús” del versículo 18), presentes en la Vulgata, pasaron a ser tu consagrado (o tu mesías) y mi salvador en la Neovulgata)

El pueblo de Israel ha tomado para sí estas palabras y les ha dado un significado nacional, personal, egoísta, que no corresponde a la verdad sobre la persona del Mesías. Ha dado un significado limitado, que reduce la grandeza de la idea mesiánica a una mediocre manifestación de fuerza humana y de victoriosa superación de los dominadores encontrados por el Cristo en Israel.

Pero la verdad es otra. Es grande, ilimitada. Viene del Dios verdadero, del Creador y Señor del Cielo y de la Tierra, del Creador de la Humanidad, de Aquel que -de la misma manera que multiplicó los astros en el Firmamento y cubrió de plantas de todas las especies la Tierra y la pobló de animales y puso peces en las aguas y aves en el aire-ha multiplicado los hijos del Hombre que creó para que fuera rey de la Creación y criatura predilecta suya.

Ahora bien, ¿cómo podría el Señor, Padre de todo el género humano, ser injusto con los hijos, de los hijos, de los hijos de los que nacieron del Hombre y de la Mujer, formados por Él con la materia, la tierra, y con el alma, su aliento divino? ¿Cómo tratar a éstos diversamente que a aquéllos, como si no provinieran de una única raíz, como si otro ser sobrenatural y antagonista, y no Él, hubiera creado otras ramas, de manera que fueran extranjeros, bastardos, despreciables? El verdadero Dios no es un pobre dios de éste o aquel pueblo, un ídolo, una figura irreal.

Es la sublime Realidad, es la Realidad universal, es el Ser único, Supremo, Creador de todas las cosas y de todos los hombres. Es, por tanto, el Dios de todos los hombres.

Y los conoce aunque ellos no lo conozcan. Los ama aunque ellos, no conociéndolo, no lo amen; o aunque lo conozcan mal y, por tanto, lo amen mal; o aunque, aun conociéndolo, no sepan amarlo. La paternidad no cesa cuando un hijo es ignorante, torpe o malo. El padre se industria para instruir al hijo, porque instruirlo es amor; se afana en hacer menos torpe al hijo retrasado; con lágrimas, con indulgencias, con castigos saludables, con perdones misericordiosos trata de corregir al hijo malo y hacerlo bueno.

Éste es el padre-hombre. ¿Será, acaso, menos el Padre-Dios que un padre-hombre? Veis, pues, que el Padre-Dios ama a todos los hombres y quiere su salvación. Él, Rey de un Reino infinito, Rey eterno, mira a su pueblo, compuesto por todos los pueblos que pueblan la Tierra, y dice: "Éste es el pueblo de mis criaturas, el pueblo que debe ser salvado con mi Cristo; éste es el pueblo para el que ha sido creado el Reino de los Cielos. Y ésta es la hora de salvarlo con el Salvador".

¿Quién es el Cristo? ¿Quién, el Salvador? ¿Quién, el Mesías? Muchos son los griegos aquí presentes, y muchos, aunque no sean griegos, saben lo que quiere decir la palabra Cristo. Cristo es, pues, el consagrado, el ungido con óleo regio para cumplir su misión.

¿Consagrado para qué? ¿Será para la pequeña gloria de un trono? ¿Será para la gloria, más grande, de un sacerdocio? No. Consagrado para reunir bajo un único cetro, en un único pueblo, bajo una única doctrina, a todos los hombres, para que entre sí sean hermanos, e hijos de un único Padre, hijos que conocen al Padre y que siguen su Ley para tomar parte en su Reino.

Rey, en nombre del Padre que lo ha enviado, el Cristo reina como conviene a su Naturaleza, o sea, divinamente, al ser de Dios. Dios ha puesto todo como escabel de los pies del Cristo suyo, pero, ciertamente, no para que oprima, sino para que salve.

Efectivamente, su nombre es Jesús, que en lengua hebrea quiere decir Salvador. Cuando el Salvador salve de la insidia y herida más violentas, a sus pies habrá un monte cubierto por una multitud de toda raza, para simbolizar que Él reina sobre toda la Tierra y se yergue por encima de todos los pueblos.

Pero el Rey estará desnudo, sin más riqueza que su Sacrificio, para simbolizar que no tiende sino a las cosas del espíritu, y que las cosas del espíritu se conquistan con los valores del espíritu y se redimen con la heroicidad del sacrificio; no con la violencia y el oro.

Estará desnudo para responder -tanto a los que le temen como a aquellos que, por un falso amor, contemporáneamente, lo exaltan y lo rebajan queriendo que sea rey según el mundo, como a aquellos que lo odian sin más razón que el temor a ser despojados de lo que ellos aprecian-, para responder que es Rey espiritual, sólo esto, enviado para enseñar a los espíritus a conquistar el Reino, el único Reino que Yo he venido a fundar.

No os doy leyes nuevas. A los israelitas les confirmo la Ley del Sinaí; a los gentiles les digo: la ley para poseer el Reino no es otra sino la ley de virtud que toda criatura de moral elevada por sí misma se impone, y que, por la fe en el Dios verdadero, se transforma, de ley de moral o de virtud humana, en ley de moral sobrehumana.

¡Oh, gentiles! Acostumbráis a proclamar dioses a los hombres grandes de vuestras naciones, y los metéis en las filas de los numerosos e irreales dioses de que pobláis el Olimpo que os habéis creado para tener algo en que creer, porque la religión, una religión, es necesaria para el hombre, así como, siendo la fe el estado permanente del hombre y la incredulidad la anormalidad accidental, es necesaria una fe.

Y no siempre estos hombres elevados a deidades valen siquiera como hombres, pues unas veces son grandes por la fuerza bruta, otras por una gran astucia, otras por un poder de una u otra forma adquirido. De manera que llevan consigo, como dotes de superhombres, una serie de miserias que el hombre sabio ve como lo que son: podredumbre de pasiones desencadenadas.

Y que estoy afirmando la verdad lo demuestra el hecho de que en vuestro Olimpo quimérico no habéis sabido introducir siquiera uno de esos grandes espíritus que han sabido intuir el Ente supremo y han sido agentes intermedios entre el hombre animal y la Divinidad, instintivamente sentida por ellos con su espíritu meditador y virtuoso.

Del espíritu que razona del filósofo, del verdadero gran filósofo, al espíritu del verdadero creyente que adora al verdadero Dios, el paso es breve; mientras que del espíritu del creyente al yo del astuto, del hombre avasallador, o del que es héroe materialmente, hay un abismo. Y, aún siendo así, no habéis puesto en vuestro Olimpo a aquellos que, por la virtud de la vida, mucho se elevaron por encima de la masa humana, hasta acercarse a los reinos del espíritu; no, a éstos los habéis temido como a crueles amos, o los habéis adulado por un servilismo de esclavos, o los habéis admirado como ejemplares vivos de esas libertades de animales instintos que ante vuestros apetitos anormales se presentan como finalidad y meta en la vida.

Habéis envidiado a los que han sido adscritos al grupo de los dioses, y habéis dejado de lado a los que más se acercaron a la divinidad con la práctica y la doctrina enseñada y vivida de una vida virtuosa.

Ahora, en verdad, Yo os doy la manera de que seáis dioses. El que haga lo que digo y crea en lo que enseño, ése, subirá al verdadero Olimpo, y será dios, dios hijo de Dios en un Cielo donde no hay ningún tipo de corrupción y donde el Amor es la única ley.

(Será dios se refiere al hombre en cuanto dios hijo de Dios. Todo el contexto (especialmente donde se dice "en el Reino de Aquel que os ha creado") y el uso de la minúscula en la palabra "dios" expresan que no se le atribuye al hombre la misma naturaleza de Dios)

En un Cielo donde unos a otros se aman espiritualmente, sin ofuscación ni asechanzas de los sentidos que enemisten a unos contra otros a sus habitantes, como sucede en vuestras religiones. No vengo a pedir actos bulliciosamente heroicos. Vengo a deciros: vivid como la criatura dotada de alma y razón, y no como el bruto. Vivid de forma que merezcáis vivir, realmente vivir, con la parte inmortal vuestra en el Reino de Aquel que os ha creado.

Yo soy la Vida. Vengo a enseñaros el Camino para ir a la Vida. Vengo a daros la Vida a todos vosotros, y a dárosla para daros la resurrección de vuestra muerte, de vuestro sepulcro de pecado e idolatría. Yo soy la Misericordia.

Vengo a llamaros, a reuniros a todos. Yo soy el Cristo Salvador. Mi Reino no es de este mundo; y, no obstante a quien cree en mí y en mi palabra le nace un reino en el corazón ya desde los días de este mundo, y es el Reino de Dios, el Reino de Dios en vosotros.

De mí está escrito que soy Aquel que llevará la justicia a las naciones. (Isaías 42, l-9) Es verdad. Porque si los miembros de todas las naciones llevaran a cabo lo que Yo enseño, terminarían los odios, las guerras, los abusos.

Está escrito de mí que no levantaré la voz para maldecir a los pecadores, ni la mano para destruir a aquellos que, por su indecorosa manera de vivir, son como cañas rajadas y pabilos humeantes. Es verdad. Yo soy el Salvador y vengo a fortalecer a los lesionados, a dar líquido a aquellos cuya luz es fumosa por falta de la necesaria sustancia.

Está escrito de mí que soy Aquel que abre los ojos a los ciegos y saca de la cárcel a los prisioneros y lleva a la luz a los que estaban en las tinieblas de la mazmorra. Es verdad. Los ciegos más ciegos son los que ni siquiera con la vista del alma ven la Luz, o sea, al verdadero Dios. Yo vengo, Luz del mundo, para que vean. Los prisioneros más prisioneros son los que tienen por cadenas sus pasiones malas.

Cualquier otra cadena queda anulada con la muerte del prisionero, pero las cadenas de los vicios duran y encadenan incluso más allá de la muerte de la carne. Yo vengo a romperlas. Vengo a sacar de las tinieblas de la mazmorra subterránea de la ignorancia de Dios a todos aquellos a quienes el paganismo sofoca con el cúmulo de sus idolatrías.

Venid a la Luz y a la Salvación. Venid a mí, porque mi Reino er el verdadero y mi Ley es buena: os pide solamente que améis al único Dios y a vuestro prójimo, y, por tanto, que rechacéis a los ídolos y a las pasiones, cosas estas que os hacen duros de corazón, áridos, sensuales, ladrones, homicidas.

El mundo dice (Sabiduría 2, l0-l2)̢ “Avasallemos al pobre,, al débil, al solo. Sea la fuerza nuestro derecho, la dureza nuestro modo, nuestras armas la intransigencia, el odio, la crueldad. El justo, puesto que no reacciona, sea pisoteado; y avasallados la viuda y el huérfano, que tienen débil voz".

Yo digo: sed dulces y mansos: perdonad a los enemigos; socorred a los débiles; sed justos en las ventas y en las compras; aun teniendo el derecho de vuestra parte, sed magnánimos, no aprovechándoos de poder pisotear a los caídos. No os venguéis. Dejad a Dios el cuidado de tutelaros. Sed moderados en todas las tendencias, porque la templanza es prueba de fuerza moral, mientras que la concupiscencia lo es de debilidad. Sed hombres y no brutos, y no temáis haber caído demasiado y no poder izaros de nuevo.

En verdad os digo que de la misma manera que el lodo puede volver a ser agua pura -evaporándose al sol, purificándose dejándose consumir y elevándose al cielo para después volver a caer en forma de lluvia o de rocío no inficionado y beneficioso-, con tal de que sepa soportar el sol, así los espíritus que se acerquen a la gran Luz que es Dios y le eleven a Él su grito:

"¡He pecado, soy lodo, pero aspiro a ti, Luz!", se transformarán en espíritus que ascenderán purificados a su Creador. Quitad a la muerte su horror, haciendo de vuestra vida una moneda para adquirir la Vida. Despojaos del pasado, cual de un vestido sucio, y revestíos de virtud. Yo soy la Palabra de Dios y, en su Nombre, os digo que quien tenga fe en Él y buena voluntad, quien se arrepienta del pasado y tenga propósito recto para el porvenir, sea hebreo o gentil, vendrá a ser hijo de Dios y posesor del Reino de los Cielos.

Os he dicho al principio: "¿Quién es el Mesías?". Ahora os digo: Soy Yo, el que os habla, y mi Reino está en vuestros corazones, si lo acogéis, y luego estará en el Cielo que os abriré, si sabéis perseverar en mi Doctrina. Esto es el Mesías y nada más: Rey de un reino espiritual, cuyas puertas abrirá con su sacrificio a todos los hombres de buena voluntad.

Jesús ha terminado de hablar y ahora hace ademán de encaminarse hacia una pequeña escalera que desde el dique lleva a la orilla. Quizás quiere ir a la barca de Pedro, que arfa junto a un rudimentario embarcadero. Pero se vuelve de golpe y escruta a la multitud y grita:

-¿Quién me ha invocado para el espíritu y para la carne?
Nadie responde. Él repite la pregunta y va repasando con sus espléndidos ojos a la multitud, que se agolpa detrás de Él, no sólo en el camino sino también abajo, en la arena. Todavía silencio.

Mateo hace esta observación:
-Maestro, quién sabe cuántos, en este momento, habrán elevado su corazón a ti con la emoción de tus palabras…

-No. Un alma ha gritado: "Piedad" y la he oído. Y para deciros que es verdad respondo: "Hágase en ti según lo que pides, porque el movimiento de tu corazón es justo".
Y, enhiesto, espléndido, extiende imperiosamente la mano hacia la playa.

Trata de encaminarse de nuevo hacia la pequeña escalera, pero se pone enfrente de Él Cusa, que ha bajado -está claro­de alguna barca, y lo saluda con reverencia.

-Te estoy buscando desde hace muchos días. He dado la vuelta al lago tras de ti, Maestro. Es urgente que te hable. Acepta mi invitación a mi casa. Tengo a muchos amigos conmigo.

-Ayer estaba en Tiberíades.
-Me lo han dicho. Pero no estoy solo. ¿Ves aquellas barcas que se dirigen a la otra orilla? Allí hay muchos que quieren verte. Entro ellos también discípulos tuyos. Ven a mi casa, allende el Jordán; te ruego.
-Es inútil, Cusa. Sé lo que quieres decirme.
-Ven, Señor.

-Enfermos y pecadores me esperan; déjame…
-También nosotros te esperamos, enfermos de inquietud por tu bien. Y hay también enfermos de la carne, también…
-¿Has oído mis palabras? ¿Y entonces para qué insistes?
-Señor, no nos rechaces, nosotros…

Una mujer se ha abierto paso entre la multitud. Conozco ya lo suficiente los vestidos hebreos como para comprender que no es hebrea y los vestidos… honestos como para comprender que ésta es una deshonesta. Pero para celar sus rasgos y sus gracias, quizás demasiado procaces, se ha envuelto toda en un velo, cerúleo como su amplio vestido, que es de todos modos provocativo por la forma, que le deja destapados los bellísimos brazos. Se arroja al suelo y se arrastra por él hasta que llega a tocar la túnica de Jesús, y la toma entre sus dedos y besa su extremo, y llora, convulsa toda por los sollozos.

Jesús, que iba a responder a Cusa diciendo: «Erráis y…» baja la mirada y dice: -¿Eras tú la que me invocaba?

-Sí… y no soy digna de la gracia que me has concedido.

No habría debido siquiera llamarte con el espíritu. Pero tu palabra… Señor… yo soy pecadora. Si me destapara la cara, muchos te dirían mí nombre. Soy… una prostituta… y una infanticida… y el vicio me había enfermado…

Estaba en Emaús, te di una joya… me la devolviste… y una mirada tuya… me entró en el corazón… Te he seguido… Has hablado. He dicho dentro de mí tus palabras: "Soy lodo, pero aspiro a ti, Luz". He dicho:

"Cúrame el alma, y luego, si quieres, la carne". Señor, mi carne está curada… ¿y mi alma?…

-Tu alma ha quedado curada por el arrepentimiento. Ve y no vuelvas a pecar nunca. Te son perdonados tus pecados.

La mujer besa de nuevo el extremo de la túnica y se alza. Al hacerlo, se le desliza el velo.

-¡La Galacia! ¡La Galacia! -gritan muchos y lanzan contumelias, y también cogen grava y arena y se la arrojan a la mujer, que se agacha, quedándose atemorizada.

Jesús, severo, alza la mano. Impone silencio.
-¿Por qué la insultáis? No lo hacíais cuando era pecadora.

¿Por qué ahora que se redime?

-Lo hace porque está vieja y enferma -gritan muchos, y profieren burlas.

Verdaderamente, la mujer, aunque ya no sea muy joven, todavía está muy lejos de ser vieja y fea como dicen. Pero la masa es así.

-Pasa delante de mí y baja a aquella barca. Te acompañaré a casa por otro camino -ordena Jesús, y dice a los suyos:
-Ponedla en medio de vosotros y acompañadla.

La ira de la gente, azuzada por algún intransigente israelita, se vuelca enteramente contra Jesús. Y entre gritos de: « ¡Anatema! Falso Cristo! ¡Protector de prostitutas! ¡Quien las protege las aprueba! ¡Más aún! Las aprueba porque las goza» y frases similares gritadas, mejor: ladradas y rabiosamente ladradas, sobre todo por un grupito de energúmenos hebreos de no sé qué casta… entre esos gritos, unos puñados bien lanzados de arena húmeda alcanzan el rostro de Jesús y lo ensucian.

Él levanta el brazo y se limpia el carrillo sin protestar. No sólo eso, sino que detiene con un gesto a Cusa y a algún otro que querría reaccionar en defensa de Él, y dice:

-Dejadlos. ¡Por la salvación de un alma sufriría mucho más! ¡Yo perdono!

Zenón, el de Antioquía, que no se había apartado del Maestro en todo este tiempo, exclama:
-¡Ahora verdaderamente sé quién eres! ¡Un verdadero dios y no un orador falaz! ¡La griega dijo la verdad! Tus palabras en las termas me habían dejado desilusionado, éstas me han conquistado.

El milagro me ha asombrado, tu perdón a los ofensores me ha conquistado. ¡Adiós, Señor! Pensaré en ti y en tus palabras.

-Adiós, hombre. Que la Luz te ilumine el corazón.
Cusa insiste de nuevo mientras van hacia el embarcadero, mientras en el dique se enciende una gresca entre romanos y griegos por una parte e israelitas por la otra.

-¡Ven! Unas horas sólo. Es necesario. Luego te acompañaré yo mismo. ¿Eres benigno con las meretrices y quieres ser
intransigente con nosotros?
-Bien. Voy. Efectivamente, es necesario…

Y dice a los apóstoles que ya están en las barcas:
-Id adelante. Os alcanzaré…
-¿Vas solo? -pregunta Pedro poco contento.
-Estoy con Cusa…

-¡Mmm! ¿Y nosotros no podemos ir? ¿Para qué te quiere con sus amigos? ¿Por qué no ha venido a Cafarnaúm?
-Hemos ido. No estabais.
-¡Nos hubierais esperado y nada más!

-Pues hemos venido siguiendo vuestra pista.
-Venid ahora a Cafarnaúm, ¿Tiene que ser el Maestro el que vaya donde vosotros?

-Simón tiene razón -dicen los otros apóstoles.
-¿Pero por qué no queréis que venga conmigo? ¿Es, acaso, la primera vez que viene a mi casa? ¿Acaso no me conocéis?
-Sí que te conocemos. Pero… no conocemos a los otros.
-¿Y a qué tenéis miedo? ¿A que yo sea amigo de los enemigos del Maestro?

-¡Yo no sé nada! ¡De lo que sí me acuerdo es de cómo acabó Juan el profeta!

-¡Simón! Me ofendes. Yo soy un hombre de honor. Te juro que antes de que le tocaran un pelo al Maestro me dejaría ensartar, ¡Créeme! Mi espada está a su servicio…

-¿Y de qué serviría que te ensartaran a ti? Después… Sí, lo creo, te creo… Pero, una vez muerto tú, le tocaría a Él. Prefiero mi remo a tu espada, mi pobre barca y sobre todo, nuestros sencillos corazones puestos a su servicio.

-Pero conmigo está Manahén. ¿Crees en Manahén? Y está también el fariseo Eleazar, ese que conoces tú, y el arquisinagogo Timoneo, y Natanael ben Fada. A éste no lo conoces. Pero es un jefe importante y quiere hablar con el Maestro. Y está Juan, conocido por el Antipas de Antipátrida, favorito de Herodes el Grande, ahora viejo; poderoso, amo de todo el valle del Gahas, y…
-¡Basta, basta! Estás diciendo nombres grandes, pero a mí no me dicen nada, excepto dos… Voy también yo…

-No. Quieren hablar con el Maestro…

-¿Quieren! ¿Y quiénes son ellos? ¿Quieren? Y yo no quiero.

Sube aquí, Maestro, y vamos. No quiero saber nada de ninguno, me fío sólo de mí. Arriba, Maestro. Y tú ve en paz a decir a ésos que no somos errantes. Saben dónde encontrarnos -y empuja a Jesús sin muchos miramientos, mientras Cusa protesta alzando la voz.

Jesús interviene definitivamente:

-No temas, Simón. No me va a pasar nada malo. Lo sé. Y conviene que vaya. Me conviene, Entiéndeme… -y lo mira fijamente con sus ojos espléndidos, como para decirle: «No insistas. Compréndeme. Hay razones que aconsejan que vaya».

Simón cede; a regañadientes, pero cede, como dominado… De todas formas, masculla disgustado unas palabras entre dientes.

-Ve tranquilo, Simón. Yo mismo te acompañaré a tu Señor, y mío -promete Cusa.
-¿Cuándo?
-Mañana.

-¿Mañana? ¿Tanto tiempo hace falta para decir dos palabras? Estamos entre la tercera y la sexta… Antes del anochecer, si no está con nosotros, vamos a tu casa. Recuerda esto, y no nosotros solos… -lo dice con un tono que no deja dudas acerca de la intención.
Jesús pone la mano en el hombro de Pedro:

-Te digo, Simón, que no me harán daño. Muestra que crees en mi verdadera naturaleza. Te lo digo Yo. Yo sé las cosas. No me van a hacer nada. Quieren solamente explicarme algo… Ve… Lleva a Tiberíades a la mujer, estáte si quieres donde Juana, podrás ver que no me raptan con barcas y soldados…

-Ya, pero conozco su casa (y señala a Cusa). Sé que detrás hay tierra, no es una isla, detrás están Guilgal y Gamala, Aera, Arbela, Gerasa, Bosrá, y Pel.la y Ramot, ¡y muchas más!…

-¡Te digo que no temas! Obedece. Dame un beso, Simón. ¡Ve! También a vosotros -los besa y los bendice. Cuando ve que la barca se separa del embarcadero, les dice gritando:
-¡No es mi hora, y, mientras no lo sea, ni nada ni nadie podrá levantar su mano contra mí! ¡Adiós, amigos!

Se vuelve hacia Juana, que está visiblemente turbada y pensativa, y le dice:

-No temas. Está bien que suceda esto. Ve en paz.
Y a Cusa:

-Vamos. Para que veas que no tengo miedo. Y para curarte…

-No estoy enfermo, Señor…
-Lo estás. Yo te lo digo. Y muchos como tú. Vamos.

Sube a la barca ligera y rica y se sienta. Los remadores empiezan la boga en las aguas quietas, dibujando un arco para evitar la corriente, perceptible hacia donde termina el lago, cabe su desagüe en el río.

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