456- Despedida de Gamala y llegada a Afeq. Advertencia a la viuda Sara y milagro en su casa

Deben haber pernoctado en Gamala, porque ya se ha levantado la mañana (una ventilada mañana).

Quizás por su posición y construcción escalonada, formando gradas que descienden desde el punto más alto de la ciudad hasta el linde con las murallas -muy sólidas y provistas de puertas también sólidas, herradas: puertas que propiamente puede decirse que lo son de una fortaleza-, Gamala goza de este viento tan benigno en tierras de Oriente. Si ayer me pareció bella a una hora ya llena de sol, ahora se me presenta bellísima.

Las casas, en la forma en que están dispuestas, no obstaculizan la visión del vasto panorama, porque la terraza de una está al nivel del bajo de la de la calle superior, de forma que cada calle parece una larga terraza desde la cual puede verse el horizonte. Y es un horizonte que, en lo más alto del monte, se ve circular; más abajo, semicircular, pero en todo caso vasto y hermosísimo.

Al pie del monte, el verdor de los encinares o de las campiñas, pone un engaste de esmeralda más allá de la árida hoz que circunda la montañuela de Gamala. Luego, a oriente, hasta donde alcanza la vista, los cultivos de la altiplanicie, de la meseta.

(Me parece que se llaman así estas vastas y bajas elevaciones de la costra terrestre; pero, si me equivoco, ruego corregir mi palabra, no teniendo un diccionario al alcance de la mano y estando sola en mi habitación, imposibilitada, por tanto, para disponer del diccionario que está encima del escritorio a menos de tres metros de mí. Lo digo también para recordar que quien escribe es una mujer crucificada en la cama.)

Más allá de la vasta meseta, los montes de la Auranítida y, más lejos, las más altas cimas del Basán; al sur, la faja óptima entre el azul Jordán y la elevación compacta y continua que hay a oriente del río y que es como el contrafuerte de la vasta meseta; al norte, los montes lejanos de la cadena libanesa, sobre los cuales domina el imponente Hermón, de mil colores esfumados en esta hora matutina.

Y abajo, en el inmediato occidente, la gema del Mar de Galilea: verdaderamente una gema unida a un collar azul, de un azul distinto del suyo, del Jordán, afluente y emisario del lago, más estrecho en el lugar en que confluye, más nutrido en donde reanuda su carrera hacia el mediodía, brillante bajo el sol, sereno entre sus orillas verdes, verdaderamente bíblico. El pequeño lago de Merón, sin embargo, no se ve, pues está escondido detrás de los montes que hay al norte de Betsaida, pero se intuye por la densa verdura de los campos aledaños, que luego se extienden hacia el noroeste entre el Mar de Galilea y el de Merón, en la llanura donde está enclavada Corazín: me parece haber oído decir otras veces a los apóstoles que es la llanura de Genesaret.

Jesús se despide de los habitantes de la ciudad, los cuales, con orgullo ciudadano, se esfuerzan en mostrarle las bellezas del horizonte y las de la ciudad, dotada de acueductos, termas, bellos edificios:

-Todo esto es esfuerzo y dinero nuestros. Porque hemos aprendido de los romanos y hemos querido tomar de ellos lo ventajoso. ¡Pero nosotros no somos como los otros de la Decápolis! Nosotros pagamos, y ellos, los romanos, nos sirven. ¡Pero luego! Basta. Somos fíeles. También es fidelidad este aislarnos…

-Haced que la fidelidad no sea formal, sino real, íntima, justa. Si no, para nada servirán las obras de defensa. Os lo repito. ¿Veis? Habéis construido este acueducto. Sólido, útil. Pero si no estuviera alimentado por un manantial lejano, ¿acaso os daría agua para las fuentes y termas?

-No. No daría nada. Sería una construcción inútil.
-Vosotros lo habéis dicho: inútil. De la misma manera, las defensas naturales o materiales son inútiles si quien las manda construir no las hace poderosas con la ayuda de Dios, y Dios no ayuda si uno no es amigo suyo.

-Maestro, hablas como sabiendo que tenemos mucha necesidad de Dios…

-Todos los hombres tienen necesidad de Dios, para todas las cosas.

-Sí, Maestro. Pero… parece que nosotros debiéramos tener más necesidad que todas las otras ciudades de Palestina y…
-¡Oh!…
¡Un "oh" tan doloroso…!

Los de Gamala lo miran desorientados. El más osado pregunta

-¿Qué piensas? ¿Que conoceremos aún los antiguos horrores?
-Sí, si no acoge al Señor. Y más graves todavía, y más largos… largos… ¡oh! ¡Patria mía! Muy largos…

-Nosotros te hemos acogido. ¡Entonces estamos salvos! La otra vez fuimos unos necios, pero Tú nos has perdonado…
-Haced por conservaros en la justicia de hoy respecto a mí, y por crecer en justicia según la Ley.
-Lo haremos, Señor.

Desearían seguirle más y retenerlo más tiempo, pero Jesús quiere alcanzar a las mujeres, que han salido antes montadas en borriquillos, y se libra de sus insistencias y baja rápido por el camino recorrido ayer para venir. Sólo aminora la marcha cuando pasa por el lugar de los trabajos, para alzar la mano y bendecir a los desdichados, que lo miran como se mira a Dios.

El camino, en llegando al pie del monte, se bifurca en dos ramales: uno hacia el lago, el otro hacia el interior. Por este último van los cuatro borriquillos, con leve trote, levantando polvo del camino quemado por el verano y meneando las largas orejas.

De vez en cuando una de las mujeres se vuelve, a mirar si Jesús las alcanza. Quisieran pararse para estar con Él, pero Jesús les hace con la mano una señal de que continúen, para alejarse del tramo de camino descubierto, ya invadido por el sol, y llegar pronto a los bosques que suben hacia Afeq, refrescantes bosques que tejen una bóveda verde por encima del camino de caravanas. Se introducen alegres, con una exclamación de alivio.

Afeq está mucho más hacia el interior que Gamala Entre los montes. Por eso, ya no se ve el lago de Galilea; es más, ya no se ve nada, porque el camino sube entre dos prominencias montañosas que hacen de mampara.

La viuda va delante, indicando el camino más corto, o sea, deja el camino de caravanas por una vereda que trepa por el monte, aún más fresca y umbría. Pero entiendo el motivo de la desviación cuando, volviéndose sobre la silla, Sara dice:

-Estos bosques son míos. De árboles preciosos. Vienen a comprar madera hasta de Jerusalén, para las arcas de los ricos. Y éstos son los árboles viejos. Pero tengo también viveros que se renuevan siempre. Venid. Ved… -e incita al borrico cuesta abajo y cuesta arriba, y otra vez abajo, siguiendo la vereda entre sus bosques, donde, efectivamente, hay zonas de árboles adultos, ya en condiciones de ser talados, y zonas donde los árboles son todavía tiernos, a veces de pocos centímetros de altura, entre hierbas verdes que huelen a todos los aromas montanos.

-Son bellos estos lugares. Y están bien cuidados. Eres sabia» encomia Jesús.
-¡Oh!… Pero para mí sola… Con más gusto los cuidaría para un hijo…

Jesús no responde. Prosiguen el camino. Ya se ve Afeq, en medio de un círculo de manzanos y otros árboles frutales.

-También es mío aquel huerto. ¡Demasiado tengo para mí sola!… Era ya demasiado cuando tenía todavía a mi marido y al caer la tarde nos mirábamos en la casa demasiado vacía, demasiado grande, y ante las monedas, demasiadas, y ante las cuentas de los productos, también demasiados, y nos decíamos: "¿Y para quién?". Y ahora lo digo más todavía…

Toda la tristeza de un matrimonio estéril brota le las palabras de la mujer.
-Siempre hay pobres… -dice Jesús.
-¡Oh! ¡Sí! Y mi casa se abre a ellos todos los días. Pero luego…

-¿Quieres decir cuando mueras?
-Sí, Señor. Será un dolor dejar… ¿a quién?… las cosas tan cuidadas…

En Jesús se dibuja una sombra de sonrisa llena de compasión. Pero, con bondad, responde:

-Eres más sabia para las cosas de la tierra que para las del Cielo, mujer. Te preocupas porque tus plantas crezcan bien y no se formen calveros en tus bosques. Te afliges pensando que después ya no las cuidarán como ahora. Pero estos pensamientos son poco sabios; es más, son totalmente insipientes. ¿Crees que en la otra vida tendrán valor las pobres cosas que llevan por nombre "árbol", "fruta", "dinero", "casas"? ¿Y que será motivo de aflicción el verlas desatendidas? Endereza tu pensamiento, mujer. Allí no se dan los pensamientos de aquí, en ninguno de los tres reinos.

En el Infierno, el odio y el castigo ciegan ferozmente. En el Purgatorio, la sed de expiación anula cualquier otro pensamiento. En el Limbo, la bienaventurada espera de los justos no es profanada por nada de carácter terreno. La Tierra queda lejos, con sus miserias; cerca está sólo por sus necesidades sobrenaturales, necesidades de almas, no necesidades de objetos.

Los difuntos no réprobos, sólo por amor sobrenatural, orientan a la Tierra su espíritu, y a Dios sus oraciones en favor de los que están en la Tierra; no por otro motivo. Y una vez que los justos entren en el Reino de Dios, ¿qué crees tú que puede ser, para uno que contempla a Dios, esta mísera cárcel, este destierro que se llama "Tierra"?, ¿qué, las cosas dejadas en ella? ¿Podrá el día echar de menos una lámpara humeante, cuando lo ilumina el Sol?

-¡Oh! ¡No!
-¿Y entonces? ¿Por qué suspiras por lo que vas a dejar?
-Quisiera que un heredero siguiera…

-¿Gozando de las riquezas terrenas para tener en ellas un obstáculo para alcanzar la perfección, mientras que el desapego de las riquezas es escalera para poseer las riquezas eternas? ¿Ves, mujer? El mayor obstáculo para obtener a este inocente no es su madre, con sus derechos sobre el hijo, sino tu corazón.

Él es un inocente, un inocente triste, pero en todo caso un inocente que, por su mismo sufrimiento, es amado por Dios. Pero si tú lo hicieras un avaro, codicioso, quizás vicioso, por los medios de que dispones, ¿no lo privarías de la predilección de Dios? ¿Y podría Yo, que cuido de estos inocentes, ser un maestro desatento que, sin reflexionar, permitiera que un discípulo inocente suyo se descarriara?

Cuida primero de ti misma, despójate de la humanidad aún demasiado viva, libera tu justicia de esta costra de humanidad que la encoge, y entonces merecerás ser madre. Porque no es madre sólo quien engendra o quien ama a un hijo adoptivo y lo cuida y atiende en sus necesidades de criatura animal. También a éste lo ha engendrado su madre.

Pero ella no es madre, porque no tiene cuidado ni de su carne ni de su espíritu. Madre es la que se preocupa, sobre todo, de lo que no muere nunca, o sea, del espíritu, no sólo de lo que muere, o sea, de la materia. Y créeme, mujer, que quien ame el espíritu, amará también el cuerpo, porque poseerá un amor justo y, por tanto, será justo.

-He perdido el hijo, lo comprendo…
-No es seguro. Que tu deseo te mueva a santidad, que Dios te complacerá. Siempre habrá huérfanos en el mundo.

Ya han llegado a las primeras casas. Afeq no es una ciudad que pueda competir con Gamala o Ippo. Es, más que nada, rural, pero, quizás por estar situada en un nudo de caminos importante, no es pobre. Lugar de paso de caravanas dirigidas desde el interior al lago, o del norte hacia el sur, está obligada a disponer de los medios para proveer a los peregrinos alojamiento y vestidos, sandalias y alimentos; así que hay almacenes numerosos y numerosas posadas.

La casa de la viuda está cerca de una de éstas, en una plaza, y está ocupada, en el bajo, por un almacén grande donde hay un poco de todo, que lo lleva un anciano narigudo y barbudo que ahora grita como un condenado ante unos compradores roñosos.

-¡Samuel! -llama la mujer.
-¡Ama! -responde el anciano, inclinándose tanto cuanto lo permiten los bultos de mercancía apilados delante de él.
-Manda aquí a Elías o a Felipe y luego ven a casa -manda la viuda; y luego, volviéndose al Maestro:
-Ven. Entra en mi casa y sé su huésped bienvenido.

Entran todos, pasando por el fondac, mientras un mocetón que ha venido lleva los borriquillos no sé a dónde.

Después del fondac, que da a la casa un aspecto no demasiado artístico, hay un bello patio con dos lados de arcadas. En medio, la fuente (o, por lo menos, un pilón, porque no hay chorro de agua). A los lados, robustos plátanos, que dan sombra a las tapias blancas de cal. Una escalera sube a la terraza. En los lados sin arcadas, los más lejanos del fondac, se abren habitaciones.

-Antes, en tiempos de mi esposo, esto estaba lleno, y se hospedaba también a mercaderes a quienes la noche había sorprendido aquí. Arcadas para las mercancías, establos para los animales, y ahí el pilón para abrevar. Ven a las habitaciones -y cruza en diagonal el patio, yendo hacia la parte más bonita de la casa. Llama:
-¡María! ¡Juana!

Acuden dos mujeres de la servidumbre, una con las manos untadas de masa de pan, la otra con una escoba en la mano.
-¡Ama! La paz sea contigo y con nosotras, ahora que has vuelto.

-Y con vosotras. ¿Nada desagradable en estos días?
-José, ese atolondrado, ha roto el rosal que tanto querías. Le he pegado fuerte. Tú pégame a mí, que he sido una estúpida dejándolo ir a esa planta.
-No tiene valor… -pero se asoman lágrimas a los ojos de Sara, que las explica diciendo:

-Me lo había traído mi marido la última primavera que estuvo sano…

-Y Elías se ha roto una pierna, cosa que tiene furioso a Samuel, porque se ve sin ayuda en estos tiempos de mucha actividad de comercio… Se cayó de la escalera de la otra parte, exponiéndose mucho para que encontraras blanqueadas las paredes cuando volvieras -dice la otra mujer, y termina:

-Sufre mucho y se quedará renco. Y tú, ama, ¿has sido feliz en tu viaje?
-Como no me hubiera esperado nunca. Regreso con el Rabí de Galilea. ¡Pronto! Preparad para los que vienen conmigo. ¡Entra, Maestro!

Entran en la casa, pasando por delante de las dos criadas estupefactas.

Una amplia, fresca habitación, en penumbra, con asientos y arquibancos, los acoge. La viuda sale para dar indicaciones. Jesús llama a los apóstoles para mandarlos por la ciudad para preparar los corazones a su llegada. Entra Samuel, transformado de vendedor en jefe de casa, seguido por criadas con ánforas y jofainas para las abluciones de antes de la comida. Y la comida la traen en grandes bandejas: pan, fruta, leche.

Vuelve el ama:
-He dicho a mi criado que estás aquí. Te ruega que seas misericordioso con él. Yo también te digo que lo seas conmigo. Para los Tabernáculos mucha gente pasa por aquí. Y el paso empieza apenas pasada la neomenia de Tisrí. ¡No sé cómo nos las vamos a arreglar, estando él malo!…

-Dile que venga aquí.
-No puede. No se tiene.
-Dile que el Rabí no va donde él, pero que quiere verlo.
-Mandaré que lo traigan Samuel y José.
-¡Sólo faltaba eso! Yo soy viejo y estoy cansado -refunfuña Samuel.

-Di a Elías que venga con sus piernas. Lo quiero Yo.
-¡Un pobre rabí! Ni siquiera Gamaliel podría tanto -refunfuña todavía el viejo sirviente.
-¡Calla, Samuel!… ¡Perdónalo, Maestro! Es un sirviente fiel. Nacido aquí, de sirvientes de la casa de mi marido; diligente, honesto, pero testarudo en sus ideas de israelita anciano… -lo disculpa en voz baja la viuda.
-Comprendo su espíritu. Pero el milagro lo cambiará. Ve tú a decir a Elías que venga, y vendrá.

La viuda va. Y regresa:
Se lo he dicho. Y me he marchado inmediatamente para no verle poner en el suelo esa pierna todo negra e hinchada.
-¿No crees en el milagro?

-Yo sí. Pero esa pierna da horror… Temo que se pudra toda por la gangrena. Está brillante, brillante… horrenda y… ¡Oh!

La interrupción, la exclamación viene del hecho de ver al criado Elías correr mejor que un sano hacia ellos y arrojarse a los pies de Jesús diciendo:
-Sea loado el Rey de Israel.
-Loor sólo a Dios. ¿Cómo has venido? ¿Cómo has tenido este coraje?

-He obedecido. He pensado: "El Santo no puede mentir ni manda cosas estúpidas. Tengo fe. Creo", y he movido la pierna. Ya no dolía. Se movía. La he apoyado en el suelo. La pierna me sujetaba. He movido el paso. Podía hacerlo. Me he echado a correr. Dios no defrauda a quien cree en Él.

-Álzate, hombre. En verdad os digo que pocos tienen la fe de éste. ¿De qué te ha venido?
-De tus discípulos que pasaron por aquí a predicarte.
-¿Los has escuchado sólo tú?
-No. Todos, porque fueron hospedados aquí después de Pentecostés.

-Y sólo tú has creído… Tu espíritu está muy adelante en los caminos del Señor. Continúa.
El viejo Samuel está en fuerte conflicto entre sentimientos opuestos… Pero, como muchos en Israel, no se sabe despegar de lo viejo por lo nuevo y se cierra; dice:

-¡Magia! ¡Magia! Está escrito: "No se contamine mi pueblo con los magos y los adivinos. Si uno lo hace, Volveré contra él mi rostro y le exterminaré". ¡Teme, ama, ser infiel a las leyes! -y se marcha, severo, escandalizado, como si hubiera visto al demonio asentado en la casa.

-¡No le castigues, Maestro! ¡Es viejo! Siempre ha creído de esta manera…

-No temas. Si fuera a castigar a todos los que me llaman demonio, muchos sepulcros se abrirían para tragarse su presa. Sé esperar… Hablaré al caer de la tarde. Luego dejaré Afeq. Ahora acepto quedarme bajo tu techo.

455- La Iglesia es confiada a la maternidad de María. Discurso, al pie de Gamala, en pro de unos forzados

Cuando rompe el alba Jesús se despierta y se incorpora en su tosco lecho hecho de tierra y hierba.

Luego se pone en pie, coge sus sandalias y el manto que se había echado encima para defenderse del aguazo y del fresco nocturno, y, cautelosamente, pasa por entre la maraña de piernas, brazos, torsos y cabezas de los apóstoles, que dormían alrededor de El.

Se aleja algunos metros, aguzando la vista para ver -con la luminosidad insegura del alba, que bajo los árboles frondosos apenas si es un atisbo de luz-en dónde pone los pies, y llega a un prado descubierto, el cual por un trozo entre árboles y rocas muestra un pequeño recorte del lago, que se despierta, y un amplio recorte del cielo, que se hace claro, pasando del pardo cerúleo, propio del firmamento al salir de la noche, al celeste, mientras que a oriente ya se difumina con una pincelada amarillosa, cada vez más afianzada y cargada, hasta pasar del amarillo pálido al amarillo rosado y luego a un pálido coral hermosísimo.

El alba promete un hermoso día, a pesar de una levísima niebla que se resiste a ceder a la luz el campo del cielo, allá abajo, a oriente, y se disgrega en velos de nubes: tan ligeras, que el azul del cielo no se resiente, es más, se adorna como con muselina blanquísima orillada de oro y corales, una muselina que va cambiando sin cesar, que se hace cada vez más bella, como esforzándose en alcanzar la perfección de su efímera belleza antes de que el día la destruya con el triunfo del sol.

A occidente, por el contrario, resiste algún astro aún a la luz creciente, aunque carente ya del resplandor nocturno. La Luna, próxima ya a desaparecer por detrás de las crestas de los montes, navega pálida, sin brillo, como un planeta moribundo.

Jesús, erguido, desnudos los pies sobre la hierba cargada de rocío, cruzado de brazos, la cabeza alta mirando al día que surge, piensa… o habla con el Padre en un coloquio de espíritus. El silencio es absoluto; tal, que se oyen caer al suelo las gotazas del abundantísimo rocío.

Jesús, todavía de pie y con los brazos cruzados, baja la cara, y se abisma aún más en una meditación intensa. Está concentrado totalmente en sí mismo. Sus magníficos ojos bien abiertos miran fijamente al suelo, como para arrancar a las hierbas una respuesta.

Pero estoy segura de que no ven ni siquiera el lento movimiento de los tallitos, los cuales es como si se estremecieran con el viento fresco del alba (un estremezón semejante al de uno que sale de un sueño y se despereza y se da la vuelta y se despeja para volver a estar bien despierto, ágil en todos sus nervios y músculos).

Mira, pero no ve este despertar de las hierbas y flores silvestres, en las ramitas, en las hojas, en las corolas que forman umbelas o racimos o espigas o ramilletes…

Unas flores aisladas en los cálices; otras, que forman nimbos radiados, bocas de dragón, cornucopias, penachos, bayas; algunas, enhiestas sobre sus tallos; otras, sin tersura y colgadas de un tallo no suyo al que se han enroscado; otras, en el suelo, fláccidas, reptantes; unas, reunidas en familias de muchas plantitas bajas y humildes; otras, solitarias, anchas, de color y aspecto violentos…

Todas, tratando de sacudirse de los pétalos las gotas de rocío, deseosas ahora ya no de aguazo sino de sol… caprichosas tanto en los deseos como en sus composturas… Muy semejantes en esto a los hombres, que nunca están satisfechos de lo que tienen.

Jesús parece estar escuchando. Pero ciertamente no oye ni el frufrú del viento que va aumentando y se divierte en sacudir las gotas de rocío y hacerlas caer, ni el bisbiseo cada vez mayor de los pajarillos que se despiertan y se cuentan los sueños de la noche, o intercambian sus consideraciones sobre la cuna tibia y cóncava donde, en medio de pelusa y blando heno, los que ayer implumes hoy ya echan las primeras plumas, y abren desmesuradamente los desmedidos picos mostrando, ávidos, las gargantas rojas y chillando con su primera, exigente petición de alimento.

Parece estar escuchando. Ciertamente no es el primer reclamo burlón del mirlo, el primer canto dulce del curruco, ni de la alondra la nota de oro trinada alzándose festiva al encuentro de los primeros rayos del sol, ni de las numerosas golondrinas -que dejan las peñas donde han hecho el nido y empiezan a tejer su tela de vuelos incansables de la tierra al cielo-el chillar que rasga el aire quieto.

Y tampoco oye el grito roto de una urraca que se columpia en la rama del roble junto al que está Jesús y que parece preguntarle: «¿Quién eres? ¿En qué estás pensando?» y burlarse de Él. Tampoco esto interrumpe su meditación.

Pero ¿quién no sabe que las urracas hacen desaires? Ésta, cansada de ver a un intruso en su pradito, que quizás es su lugar de placer, arranca del roble dos hermosas bellotas unidas en un solo pecíolo y, con precisión de campeón de tiro, las deja caer sobre la cabeza de Jesús.

No es un proyectil pesado, que pueda herir, pero, por la altura desde la que viene, adquiere en todo caso la consistencia suficiente como para hacer reaccionar al Meditabundo, que mira hacia arriba y ve al ave que con las alas abiertas y jocosas inclinaciones de cabeza se complace del tiro llevado a cabo.

Jesús sonríe levemente, menea la cabeza, suspira como para coronar sus meditaciones y empieza a andar arriba y abajo. La urraca, con sonora risa y un gué gué de mofa, baja a aletear, buscar, escarbar en la hierba liberada del Intruso.

Jesús busca agua. Pero no la encuentra. Se resigna a volver donde los apóstoles.

Pero los pájaros le enseñan dónde hallarla. A manadas bajan hacia unas flores anchísimas en forma de cáliz, cada una de ellas una pequeña copa con agua; o se posan en unas hojas anchas, peludas, que en cada uno de esos pelos tienen retenida una gota de rocío, y ahí beben o hacen sus abluciones. Jesús los imita.

Recoge en el cuenco de las manos el agua de los cálices y se refresca la cara, toma las anchas hojas peludas y con ellas se quita el polvo de los pies descalzos… se limpia las sandalias, se las ata… con otras se lava las manos, hasta que las ve limpias; y sonríe mientras susurra:

-¡Las divinas perfecciones del Creador!
Ahora está refrescado, aseado -con la mano húmeda se ha ordenado también los cabellos y la barba-, y, mientras el primer rayo de sol hace del prado una alfombra sembrada de diamantes, va a despertar a los apóstoles y a las mujeres.

Las unas y los otros se muestran tardos en despertarse porque están cansados. Pero María está despierta, inmovilizada por el niño que duerme abrazado a su pecho, con la cabecita debajo de su mentón. Y la Madre, viendo aparecer a su Jesús por la entrada de la gruta, le sonríe con sus dulces ojos celestes, colorándose de rosa por la alegría de verlo. Y se libera del niño, el cual gimotea un poco al sentir que lo mueven; y se pone de pie y va donde Jesús con su silencioso paso levemente ondeante, de paloma pudorosa.

-Dios te bendiga, Hijo mío, en este día.
-Dios sea contigo, Mamá. ¿Has pasado una noche incómoda?
-No, no. Es más, bien feliz. Me parecía tenerte a Ti, cuando eras pequeñito, entre mis brazos… Y he soñado que de tu boca manaba un río de oro, emitiendo un sonido de inefable dulzura, y como si una voz dijera,… ¡oh, qué voz!:

"Ésta es la Palabra que enriquece al mundo y da beatitud a quien la escucha y obedece. Salvará sin limites de poder ni de tiempo ni de espacio". ¡Oh, Hijo mía! ¡Y esta Palabra eres Tú, mi Hijo! ¿Cómo podría vivir tanto y hacer tanto como para poder agradecer al Eterno el haberme hecho Madre tuya?

-Que no te preocupe eso, Mamá. Cada uno de los latidos de tu corazón contenta a Dios. Tú eres la viviente alabanza a Dios, y lo serás siempre, Mamá. Tú le das gracias desde que existes…

-No creo hacerlo suficientemente, Jesús. ¡Es tan grande, tan grande lo que Dios me ha hecho! Y, a fin de cuentas, ¿qué hago yo de más respecto a lo que hacen todas las mujeres buenas que son, como yo, tus discípulas? Hijo mío, dile a nuestro Padre, díselo Tú, que me dé la forma de darle gracias como el don merece.

-Madre mía, ¿tú crees que el Padre necesita que pida esto para ti? Ya te ha preparado el sacrificio que habrás de consumar para esta alabanza perfecta. Y perfecta serás cuando lo hayas cumplido…

-¡Jesús mío!… Comprendo lo que quieres decir… ¿Pero seré capaz de pensar en esa hora?… Tu pobre Mamá…

-¡La bienaventurada Esposa del Amor eterno! Esto eres, Mamá. Y el Amor pensará en ti.

-Lo dices Tú, Hijo, y yo descanso en tu Palabra. Pero Tú… ora por mí, en aquella hora incomprendida por todos éstos… y que es ya inminente… ¿No es verdad? ¿No es, acaso, verdad?

Describir la expresión del rostro de María mientras mantiene este diálogo es imposible. No existe escritor que pueda traducirla en palabra sin deteriorarla con melosidades o colores inciertos. Solo quien tiene corazón, y corazón bueno, aun siendo corazón viril, puede, dar mentalmente al rostro de María la expresión real que tiene en este momento.

Jesús la mira… Otra expresión intraducible en pobre palabra. Y le responde:

-Y tú ora por mí en la hora de la muerte… Sí. Ninguno de éstos comprende… No es por su culpa. Es Satanás quien crea los vapores para que no vean, y estén como ebrios y no comprendan, y no estén preparados por consiguiente… y sean más fáciles de doblegar… Pero Yo y tú los salvaremos, a pesar de la asechanza de Satanás. Desde ahora te los confío, Madre mía. Recuerda estas palabras mías: te los confío. Te doy mi herencia. No tengo nada en la Tierra sino una Madre, que ofrezco a Dios:

Hostia con la Hostia; y mi Iglesia, que te confío a ti. Sé Nutriz para ella. Hace poco pensaba en todos aquellos en quienes, a lo largo de los siglos, revivirá el hombre de Keriot con todas sus taras. Y pensaba que uno que no fuera Jesús rechazaría a este ser tarado.

Pero Yo no lo rechazaré. Soy Jesús. Tú, en el tiempo que permanezcas en la Tierra, segunda respecto a Pedro como jerarquía eclesiástica (él cabeza, tú fiel), primera respecto a todos como Madre de la Iglesia, habiéndome dado a luz a mí, Cabeza de este Cuerpo místico, tú no rechaces a los muchos Judas, sino socorre y enseña a Pedro, a los hermanos, a Juan, Santiago, Simón, Felipe, Bartolomé, Andrés, Tomás y Mateo, a no rechazar, sino a socorrer.

Defiéndeme en mis seguidores, y defiéndeme contra aquellos que quieran dispersar y desmembrar a la naciente Iglesia. Y a lo largo de los siglos, oh Madre, siempre tú sé la Mujer que intercede y protege, defiende, ayuda a mi Iglesia, a mis sacerdotes, a mis fieles, contra el Mal y el Castigo, contra sí mismos… ¡Cuántos Judas, oh Madre, a lo largo de los siglos! Y cuántos semejantes a limitados mentales que no saben entender, o a ciegos y sordos que no saben ver y oír, o a tullidos y paralíticos que no son capaces de venir…

¡Madre, todos bajo tu manto! Eres la única que puede y podrá cambiar los decretos de castigo del Eterno para uno o para muchos, porque nada podrá negar nunca la Tríada a su Flor.

-Así lo haré, Hijo. Por lo que depende de mí, ve en paz a tu meta. Tu Mamá está aquí para defenderte en tu Iglesia, siempre.

-Dios te bendiga, Mamá… ¡Ven! Voy a recoger para ti unos cálices de flor llenos de rocío perfumado, así te refrescas la cara como he hecho Yo. Nos los ha preparado el Padre nuestro Santísimo y los pájaros me los han señalado.

¡Mira como todo sirve en la ordenada Creación de Dios! Este rellano elevado y cercano al lago, muy fértil por las nieblas que suben del mar galileo y por los árboles altos que atraen el rocío, permitiendo esta exuberancia de hierbas y flores incluso en medio de la quemazón estiva; esta abundante lluvia de gotas de rocío para llenar estos cálices y que sus amados hijos puedan lavarse el rostro…

Ve lo que el Padre ha preparado para quien lo ama. Ten. Agua de Dios, en cálices de Dios, para refrescar a la Eva del nuevo Paraíso.

Y Jesús coge estas anchísimas flores -no sé cómo se llaman-vierte en las manos de María el agua recogida en el fondo…

Los otros, entretanto, se han arreglado y vienen buscando a Jesús, que se ha alejado algunos metros del lugar de descanso.
-Estamos ya listos, Maestro.
-Bien. Vamos por esta parte.

-¿Pero es buen camino? Aquí terminan los bosques; y la otra vez estábamos en los bosques… -objeta Santiago de Zebedeo.

-Porque subíamos del lago, pero ahora podemos tomar el camino bueno. ¿Veis? Gamala está allí, entre oriente y mediodía, y el único camino es éste. Porque los otros tres lados son impracticables para quien no es una cabra agreste.

-Tienes razón. Evitaremos la hoz árida de la que vimos venir a los endemoniados -dice Felipe.
Caminan a buen paso y pronto dejan atrás el bosque en el que han dormido. Van por un camino pedregoso allende una pequeña hoz que se va acentuando a medida que se acerca al caprichoso monte al que está aferrada Gamala, escarpado por tres partes, o sea, al este, norte y oeste, y unido al resto de la comarca por este único camino que sigue la dirección sur-norte; camino alto, entre dos pedregosos y agrestes valles que lo separan de las campiñas de oriente y de los bosques de encinas de occidente.

Muchos cuidadores de cerdos pasan en medio de su hozadora manada, en dirección a los encinares. Carros cargados de piedras labradas pasan chirriando, tirados por lentos bueyes enyugados. Algún que otro caballero pasa al trote levantando nubes de polvo. Equipos de cavadores -creo que la mayor parte son esclavos o condenados a trabajos por algún motivo-pasan andrajosos y consumidos, hacia los trabajos, bajo la vigilancia dura de los sobrestantes.

A medida que el monte se acerca y ya el camino sube, se ven cárcavas fortificadas que cortan el monte como anillos que ciñen sus laderas. Cavar esas cárcavas allí no debe ser fácil, especialmente en ciertos lugares casi cortados a pico. Y, a pesar de todo, muchos hombres trabajan arreglando fortificaciones ya existentes, preparando otras, llevando sobre sus desnudas espaldas cubos de piedra (que hacen plegarse a estos infelices y dejan surcos sangrantes en sus desnudas espaldas).

-¿Pero qué hacen los de esta ciudad? ¿Estamos, acaso, en tiempo guerra para trabajar de ese modo? ¡Están locos! ­comentan entre sí los apóstoles, mientras las mujeres muestran su compasión por los infelices semidesnudos, mal nutridos, obligados a fatigas superiores a sus fuerzas.

-¿Pero quién los hace trabajar? ¿El Tetrarca o los romanos? -preguntan los apóstoles y arguyen entre sí, porque parece que Gamala es -así diría yo-independiente de la Tetrarquía de Filipo y de la Tetrarquía de Herodes, y porque les parece imposible a muchos de los apóstoles que los romanos se preocupen de construir en casa ajena fortificaciones que mañana podrían ser usadas contra ellos. Y la eterna idea, fija como una idea maniática, del reino temporal del Mesías, se esgrime como enseña de una victoria ya segura y de gloria e independencia nacionales.

Gritan tanto, que algunos sobrestantes se acercan y escuchan. Son hombres rudos, de raza visiblemente no hebrea, bastantes ya camino de la vejez. Bastantes de ellos tienen cicatrices en el cuerpo. Pero lo que son lo dice la salida despreciativa de uno de ellos:

-¡”Nuestro reino"! ¿Has oído, Tito? ¡Narigudos! Vuestro reino está ya aplastado debajo de estas piedras. Quien se sirve del enemigo para construir contra el enemigo sirve al enemigo. Palabras de Publio Corfinio. Y, si no comprendéis, pues vivid, que las piedras os explicarán el enigma -se ríe mientras alza el azote, porque ve que uno de los trabajadores, agotado, vacila y se sienta, y le golpearía si Jesús no lo detuviera, adelantándose y diciendo:

-No te es lícito. Es hombre como tú.
-¿Quién eres, que te entrometes y defiendes a un esclavo?
-Yo soy la Misericordia. Mi nombre de hombre no te diría nada. Pero este atributo mío te recuerda que seas misericordioso.

Has dicho: Quien se sirve del enemigo para construir contra el enemigo sirve al enemigo". Has dicho una dolorosa verdad. Pero Yo te digo otra, luminosa: "Quien no emplea misericordia no hallará misericordia".
-¿Eres un orador?

-Soy la Misericordia, ya te lo he dicho.
Algunos, de Gamala o que se dirigen a esta ciudad, dicen:
-Es el Rabí de Galilea. El que manda a las enfermedades, a los vientos, a las aguas y a los demonios, y convierte las piedras en pan y nada se le resiste. Vamos corriendo a la ciudad a decirlo.

¡Que vengan los enfermos! Que escuchemos su palabra. ¡También nosotros somos de Israel! -y una parte de ellos se marchan rápidamente, mientras otra parte se queda en torno al Maestro.
El sobrestante de antes dice:

-¿Es verdad lo que éstos dicen de ti?
-Es verdad.
-Haz un milagro y creeré.
-No se piden milagros para creer. Se pide fe para creer, y obtener así el milagro. Fe y piedad hacia el prójimo.
-Soy pagano yo…

-No es razón válida. Vives en Israel, que te da dinero…
-Porque trabajo.
-No. Porque haces trabajar.
-Yo sé hacer trabajar.

-Sí, sin piedad. ¿No has pensado nunca que si en vez de ser romano hubieras sido de Israel habrías podido estar en el lugar de uno de éstos?

-¡Hombre, claro!… Pero no lo soy, por protección de los dioses.

-No podrían defenderte tus ídolos vanos, si el verdadero Dios quisiera castigarte. Todavía no has muerto. Sé, pues, misericordioso para obtener misericordia…

El hombre quisiera rebatir, discutir, pero luego se encoge de hombros despreciativamente y, volviendo las espaldas, se marcha a pegar a uno que ha parado de trabajar con el pico en una veta tenaz de roca.

Jesús mira al infeliz que recibe los golpes y mira al que golpea: dos miradas de igual, y al mismo tiempo distinta, piedad; y de una tristeza tan profunda, que me recuerda ciertas miradas de Cristo durante la Pasión.

¿Pero qué puede hacer? Impotente para intervenir, reanuda su camino, con el peso de las desventuras que ha visto y que le cargan el corazón.

Pero bajan apresuradamente algunos habitantes de Gamala, personas importantes ciertamente, y llegan donde Jesús, a quien saludan con gran veneración, invitándolo a que entre en la ciudad para hablar a los habitantes, los cuales, por su cuenta, están viniendo en nutridos grupos.

-Vosotros podéis ir a donde queráis. Ellos -y señala a los trabajadores-no pueden. La hora es aún fresca y la posición nos resguarda del sol. Vamos cerca de aquellos desdichados, para que también tengan ellos la palabra de Vida -responde Jesús.

Y es el primero en encaminarse, volviendo sobre sus pasos y tomando luego un sendero accidentado que lleva monte abajo al lugar en que el trabajo es más penoso. Se vuelve entonces hacia las personalidades de la ciudad y dice:
-Si tenéis facultad para hacerlo, ordenad que sea suspendido el trabajo.

-¡Claro que podemos hacerlo! Pagamos nosotros. Si pagamos horas vacías, nadie podrá quejarse -dicen los de Gamala, y van a hablar con los sobrestantes. Pasados unos momentos, veo que éstos se encogen de hombros como diciendo:

-Si estáis contentos vosotros, ¿a nosotros qué nos importa?

Y luego silban a los equipos una señal ciertamente de descanso.

Jesús, entretanto, ha hablado con otros de Gamala. Veo que éstos hacen gestos de asentimiento y que se marchan a paso rápido, de nuevo hacia la ciudad.

Los laborantes, temerosos, acuden donde los sobrestantes y se ponen en torno a ellos.

-Cesad el trabajo. El estrépito molesta al filósofo -ordena uno de éstos, quizás el jefe de todos. Los laborantes miran con ojos cansados a aquel que ha sido indicado como "filósofo" y que les concede el don de un alto en el trabajo.

Y este "filósofo", mirándolos con piedad, responde a su mirada y a las palabras del sobrestante diciendo:
-No me molesta el estrépito, sino que me da pena su miseria.
Y añade:

-Venid, hijos. Dad descanso a vuestros miembros, y más al corazón, junto al Cristo de Dios.

Pueblo, esclavos, condenados, apóstoles, discípulos se apiñan en el espacio libre que hay entre el monte y las trincheras, y quien allí no halla sitio trepa al anillo de trincheras más altas, o se coloca en los bloques que han sido volcados al suelo, y los menos afortunados se resignan a ir al camino, adonde ya llegan los rayos del sol. Y va viniendo continuamente gente nueva, de Gamala; o se detienen los que, procedentes de otros lugares, se dirigían a ella.

Mucha gente. Y entre ella se abren paso los que poco antes se habían marchado. Traen cestos y recipientes pesados. Se abren paso hasta Jesús, que ha ordenado a los apóstoles que lleven a la primera fila a los laborantes. Ponen cestos y ánforas a los pies de Jesús.

-Dad a éstos las ofrendas de la caridad -ordena Jesús.
-Ya han recibido su comida y allí hay todavía posca y pan. Si comen demasiado, están pesados en el trabajo -grita un sobrestante.

Jesús lo mira y repite la orden:
-Dad a éstos comida de hombres y traedme a mí su comida.
Los apóstoles, ayudados de gente solícita, lo llevan a cabo.

¡Su comida! Una especie de costra oscura, dura, indigna de ser dada a los animales, poca agua mezclada con vinagre: ¡éste es el alimento de estos forzados! Jesús mira y manda que apoyen en el monte esta miserable comida. Y mira a los que debían consumirlo, cuerpos desnutridos en los que sólo resisten los músculos, excesivamente desarrollados debido a los esfuerzos superiores a lo común, y haces de fibras que sobresalen bajo la piel fláccida; ojos febriles y atemorizados, bocas ávidas, animalescas incluso, en el acto de morder el alimento bueno, abundante, inesperado, y de beber el vino, el verdadero vino fortalecedor, fresco…

Jesús espera, paciente, a que terminen la comida. Y no tiene que esperar mucho, porque la avidez es tal, que pronto todo está terminado.
Jesús abre los brazos con el gesto habitual de cuando está para hablar, para atraer la atención e imponer silencio. Dice:

-En este lugar, ¿qué observan los ojos del hombre? Valles excavados más profundamente de cuanto lo fueran por la naturaleza que los creó, colinas formadas con masas de rocas y taludes fabricados por el hombre, caminos sinuosos que penetran en el monte como guaridas de animales. ¿Y todo esto para qué? Para detener un peligro que no se sabe de dónde viene, pero que se presiente amenazador como granizada de un cielo borrascoso.

En verdad, aquí se ha actuado humanamente, con fuerzas humanas y medios humanos, y también inhumanos, para defenderse y preparar medios de ofensiva, olvidando las palabras del Profeta, (Isaías 40, l-8; 56, 4-7; 6l, l) que enseña a su pueblo cómo se puede defender de las desventuras humanas con medios sobrehumanos, los más válidos:

"Consolaos… confortad a Jerusalén, porque su esclavitud ha terminado, su iniquidad está expiada, pues ha recibido de la mano del Señor el doble de sus pecados".

Y después de la promesa explica la forma que debe seguirse para traducirla en realidad: "Preparad los caminos del Señor, enderezad en la soledumbre los senderos de Dios.

Todo valle será colmado; toda montaña, rebajada; los caminos tortuosos se harán derechos, los escabrosos se harán lisos. Entonces aparecerá la gloria del Señor y todos los hombres, sin excepción, la verán, porque la boca del Señor ha hablado". Palabras pronunciadas de nuevo por el hombre de Dios, Juan el Bautista, y apagadas en sus labios sólo con muerte.

Ésta es, oh hombres, la verdadera defensa contra las desventuras del hombre. No armas contra armas, defensa contra ofensa, no orgullos, no la crueldad; sino armas sobrenaturales, virtudes conquistadas en la soledumbre, o sea, en el interior del individuo, solo consigo mismo, que trabaja en santificarse elevando montes de caridad, bajando cimas de soberbia, enderezando caminos tortuosos de concupiscencia, apartando de su camino obstáculos de sensualidad.

Entonces aparecerá la gloria del Señor, y el hombre gozará de la defensa de Dios contra las asechanzas de los enemigos espirituales y materiales. ¿Pero qué creéis que son unas pocas trincheras, unas pocas escarpas, unos pocos fortines contra el castigo de Dios provocado por las iniquidades o incluso sólo por las tibiezas del hombre? Contra estos castigos, que tendrán un nombre (romanos, como en otros tiempos tuvieron el de babilonios o filisteos o egipcios), pero que en realidad son castigo divino, nada más que castigo, y un castigo provocado por los demasiados orgullos, sensualidades, codicias, mentiras, egoísmos, desobediencias a la Ley santa del Decálogo.

El hombre, aun el más fuerte, puede morir por una mosca, y la ciudad mejor pertrechada puede ser expugnada: cuando el uno o la otra no gozan ya de la protección de Dios, protección desvanecida, rechazada, por causa de los pecados del hombre o de la ciudad.

Sigue diciendo el Profeta: "Todo hombre es como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo: se seca la hierba, cae la flor en cuanto las toca el soplo del Señor".

Vosotros, por deseo mío, miráis hoy con piedad a estos a los que hasta ayer habíais mirado como a máquinas obligadas a trabajar para vosotros. Hoy, porque os los he puesto como a hermanos entre hermanos, pobres hermanos en medio de vosotros, ricos y felices, hoy los veis como lo que son: hombres. El desprecio o la indiferencia han caído de muchos corazones para dejar lugar a la piedad. Pero consideradlos más íntimamente, más allá de la carne avasallada.

Dentro de ésta, dentro de ellos, hay un alma, un pensamiento, sentimientos como en vosotros. Un día eran como vosotros: estaban sanos, eran libres, vivían felices. Luego dejaron de serlo. Porque, si la vida del hombre es como hierba que se seca, aún más frágil es su bienestar. Los que hoy están sanos mañana pueden estar enfermos, los que hoy son libres mañana pueden ser esclavos, los que hoy viven felices mañana pueden vivir infelices. Entre éstos hay quienes ciertamente son culpables. Mas no juzguéis su culpa ni gocéis de su expiación.

Mañana, por muchos motivos, podríais ser culpables también vosotros y veros obligados a duras expiaciones. Sed, pues, misericordiosos, porque no conocéis vuestro mañana, que podría verse necesitado de toda la misericordia divina y humana: efectivamente, muy distinto del hoy podría ser.

Sed propensos al amor y al perdón. No hay hombre sobre la Tierra que no necesite de perdón por parte de Dios y por parte de alguno de sus semejantes. Perdonad, pues, para ser perdonados.

Sigue diciendo el Profeta: "La hierba se seca, la flor cae; mas la palabra del Señor permanece eterna".

Ésta es el arma y la defensa: la Palabra eterna, hecha ley de todas vuestras acciones. Levantad este verdadero baluarte contra el peligro que amenaza, y seréis salvos.

Acoged, pues, a la Palabra, Aquel que os habla, pero no la acojáis materialmente, durante una hora en el recinto de la ciudad; antes bien, en vuestro corazón y para siempre.

Porque Yo soy Aquel que sabe y que obra y gobierna con poder. Y soy el Pastor bueno que apacienta el rebaño que a Él se confía y no desatiendo a ninguno: ni al pequeño ni al cansado ni al herido -maltratado por la suerte ni al que llora por sus errores ni al que, rico y dichoso, margina todo en aras de la verdadera riqueza y dicha: la de servir a Dios hasta la muerte.

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los mansos, a vendar los corazones de aquellos que lo tienen roto, a predicar la libertad a los esclavos, la liberación a los prisioneros.

Y no se me puede llamar agitador, porque no incito a la insurrección, ni aconsejo la evasión a los esclavos y prisioneros; sino que, al hombre encadenado, al hombre que padece esclavitud enseño la verdadera libertad, la verdadera liberación, la que no puede ser arrebatada y tampoco limitada, la que, en la medida en que más se abandona a ella el hombre, más crece: la libertad espiritual, la liberación del pecado, la mansedumbre en el dolor, a saber ver a Dios más allá de los hombres que encadenan, el saber creer que Dios ama a quien lo ama, y perdona donde el hombre no perdona, saber tener esperanza en un lugar eterno, de premio, para quien sabe ser bueno en la desventura, para quien sabe arrepentirse de sus pecados, ser fiel al Señor.

No lloréis, vosotros para quienes hablo especialmente. He venido a consolar, a recoger a los desechados, a poner luz en sus tinieblas, paz en sus almas, a prometer una morada de gozo, tanto a quien se arrepiente como al no culpable.

Y no hay pasado que impida este Presente que espera en el Cielo a los que saben servir al Señor en la condición en que se encuentran.

No es difícil, pobres hijos, servir al Señor. Él os ha dado un modo fácil de servirle, porque os quiere felices en el Cielo. Servir al Señor es amar. Amar la voluntad de Dios porque amáis a Dios. La voluntad de Dios se cela incluso en las cosas más aparentemente humanas. Porque -os hablo a vosotros, que quizás habéis derramado sangre de hermanos-, porque, si es cierto que no era voluntad de Dios que fuerais violentos, ahora es voluntad suya que en la expiación canceléis vuestras deudas para con el Amor.

Porque, si no era voluntad de Dios que os rebelarais contra vuestros enemigos, es ahora voluntad el que os hagáis humildes, como entonces fuisteis soberbios para perjuicio vuestro. Porque, si no era voluntad de Dios que con robo, grande o pequeño, os apropiarais de lo que no era vuestro, ahora es voluntad de Dios que recibáis la pena para no llegar a Dios con vuestro pecado en el corazón.

Y esto no deben olvidarlo los que ahora viven dichosos, los que se creen seguros, los que, por esta torpe seguridad, no preparan en sí el reino de Dios, y serán en la hora de la prueba como hijos lejanos de la casa del Padre, a merced de la tempestad, bajo el flagelo del dolor.

Obrad todos con justicia, y alzad los ojos a la Casa paterna, al Reino de los Cielos que, cuando tenga abiertas de par en par sus puertas por mano de Aquel que ha venido a abrirlas, no se negará a recibir a ninguno que haya alcanzado la justicia.

Mutilados en las carnes, tullecidos, eunucos; o mutilados en el espíritu, tullecidos, eunucos en las potencias del espíritu, excluidos en Israel, no temáis no tener sitio en el Reino de los Cielos.

Las mutilaciones, tullimientos, minoraciones de la carne cesan con la carne. Las morales, como la prisión y la esclavitud, cesan también un día; las del espíritu, o sea, los frutos de las culpas pasadas, se reparan con la buena voluntad. Y las mutilaciones materiales no cuentan a los ojos de Dios, y las espirituales se anulan ante sus ojos cuando el arrepentimiento amoroso las cubre.

Y el ser extranjeros del Pueblo santo ya no es impedimento para servir al Señor. Porque ha llegado el tiempo en que las fronteras de la Tierra cesan ante el único Rey, el Rey de todos los reyes y pueblos, que congrega a todos los pueblos en uno solo para hacer de ellos su pueblo nuevo.

Ese pueblo del que serán excluidos sólo los que traten de engañar al Señor con una falaz obediencia a su Decálogo, a ese Decálogo que todos los hombres de buena voluntad pueden seguir, sean hebreos o gentiles o idólatras.

Porque donde hay buena voluntad hay tendencia natural a la justicia, y quien tiende a la justicia no halla dificultad en adorar al Dios verdadero, cuando llega a conocerlo, a respetar su Nombre, a santificar sus fiestas, a honrar a los padres, a no matar, robar, testificar con falsedad, a no ser adultero y fornicador, a no codiciar lo que no es suyo.

Y si hasta ahora no lo ha hecho, hágalo de ahora en adelante, para que se salve su alma y para conquistar su puesto en el Cielo. Está escrito: "Les daré un lugar en mi Casa, si mantienen mi pacto, y los alegraré". Y esto se dice para todos los hombres de santa voluntad, siendo el Santo de los santos el Padre común de todos los hombres.
He dicho. No tengo dinero para éstos. Y tampoco les sería útil.

Pero os digo a vosotros de Gamala, que tanto habéis progresado en el camino del Señor desde la primera vez que nos encontramos, que levantéis la mejor defensa para vuestra ciudad, la del amor entre vosotros y hacia éstos, socorriéndolos en mi Nombre mientras trabajan para vosotros. ¿Lo haréis?

-Sí, Señor -grita la multitud.
-Entonces vamos. No habría entrado en vuestro recinto, si la dureza de los corazones hubiera respondido "no" a mi petición. Y bendición para vosotros que os quedáis… Vamos…

Regresa al camino, ya todo lleno de sol. Sube a la ciudad, construida casi en roca como una ciudad troglodita, pero dotada de casas bien cuidadas y de un panorama bellísimo y variado (según desde el punto desde el que se mire, da a los montes de la Auranítida o al Mar galileo, o al lejano Gran Hermón o al verde valle del Jordán).

La ciudad es fresca por cómo está construida: en alto y con calles protectoras del sol intenso. Parece más un enorme castillo que una ciudad. Las casas, mitad muro mitad montaña excavada, tienen tal aspecto de fortines, que Gamala parece una sucesión de fortalezas.

En la plaza mayor, la más alta de todas, el punto más alto de la ciudad -de modo que los ojos se deleitan en el vasto horizonte de los montes, bosques, lagos, ríos que tienen bajo su mirada-están los enfermos de Gamala. Y Jesús pasa curando…

454- María Santísima y su amor perfecto. Conflicto de Judas Iscariote con el pequeño Alfeo

Se viene la noche, trayendo brisas que refrescan después de tanto calor, y penumbras de alivio después de tanto sol.

Jesús se despide de los de Ippo, bien firme en su propósito de no prorrogar la partida, pues quiere estar en Cafarnaúm para el sábado. La gente se aleja sin ganas. Alguno, obstinado, lo sigue incluso fuera de la ciudad.

Entre éstos está la mujer de Afeq, viuda, que en el arrabal del lago rogó al Señor que la eligiera como tutora del pequeño Alfeo, a quien su madre no quería. Se ha incorporado al grupo de las discípulas y ya está muy familiarizada con ellas (tanto, que la tratan como a una de la familia). Ahora está con Salomé, hablando muy animadamente con ella, en tono bajo.

Más atrás va María con su cuñada, y ajustan su paso al del pequeñuelo, que camina en medio de ellas, dando la mano a las dos. Se divierte en saltar en el borde de todas las piedras de la calzada construida por las romanos ciertamente por estar hecha así, de piedras regulares. Y ríe, diciendo cada vez:

-¿Ves qué bien lo hago? ¡Mira, mira otra vez!
Un juego que creo que habrán hecho todos los niños del mundo, cuando van de la mano de los que sienten para sí afectuosos. Y las dos santas criaturas, que lo sujetan de la mano muestran gran interés en su juego y lo alaban por la habilidad con que se ve que salta.

El pobre pequeñuelo ha recobrado lozanía en pocos días de vida pacífica y amorosa; la expresión de sus ojos es festiva, como la de los niños felices, y la sonrisa argentina de su boca lo hace incluso más guapo, y, sobre todo, más niño, no teniendo ya esa expresión que tenía en el anochecer de la partida de Cafarnaúm, de hombrecito prematuramente triste.

María de Alfeo, observando esto y oyendo algunas palabras de Sara, la viuda, dice a su cuñada:
-¡Así sería perfecto! Si yo fuera Jesús, se lo entregaría.
-Tiene una madre, María…

-¿Madre? ¡No lo digas! Es más madre una loba que esa desalmada.
-Es verdad. Pero aunque no sienta el deber hacia su hijo, sigue teniendo el derecho respecto al hijo.

-¡Mmm! ¡Para hacerle sufrir! ¡Fíjate, está mucho mejor!
-Ya lo veo. Pero… Jesús no tiene el derecho de arrebatar los hijos a las madres, ni siquiera para dárselos a quien los amaría.

-Tampoco los hombres tendrían derecho a… Basta. Yo sé a qué me refiero.

-Te comprendo… Quieres decir: tampoco los hombres tendrían derecho a quitarte el Hijo a ti, y, no obstante, lo harán… Pero, haciendo esto, un acto humanamente cruel, provocarán un bien infinito. Esto, sin embargo, no sé si sería un bien para aquella mujer…

-Para el niño sí. Pero ¿por qué Jesús nos dijo aquella cosa horrenda? No tengo paz desde que la sé…
-¿Y no sabías ya antes que el Redentor debía padecer y morir?

-¡Sí que lo sabía! ¡Pero no sabía que era Jesús! ¡Que lo he querido, ¿eh?! Más que a mis propios hijos. Tan guapo, tan bueno… ¡Oh! Te le envidiaba, María mía, cuando era niño, y también siempre… siempre… Me dolía un simple soplo de viento que sufriera Él… No puedo pensar que será torturado…

María Cleofás llora en su velo.
Y María, la Madre, la consuela:

-María mía, no mires la cosa desde el lado humano. Piensa en sus frutos… Yo, ya te puedes imaginar como veo irse la luz cada día… Cuando muere la luz, digo: un día menos de tener a Jesús… ¡Oh! ¡María! Por una cosa, sobre todo, doy gracias al Altísimo, por haberme concedido alcanzar el amor perfecto -perfecto hasta lo que puede poseer una criatura-, que me concede poder medicar y fortificar mi corazón diciendo: "Su dolor y el mío son útiles para mis hermanos: bendito sea el Dolor". Si no amara así al prójimo… no podría, no, pensar que van a matar a Jesús…

-¿De qué magnitud es, entonces, tu amor? ¿Qué amor hay que tener para poder decir esas palabras?, ¿para… para… no huir con el propio hijo, defenderlo y decir al prójimo: "Mi primer prójimo es mi hijo y a él lo amo sobre todas las cosas"?

-Es a Dios a quien hay que amar sobre todas las cosas.
-Y Él es Dios.

-Él hace la voluntad del Padre y yo con Él. ¿Que de qué magnitud es mi amor? ¿Que qué amor hay que tener para poder decir esas palabras? El amor de fusión con Dios, la unión total, el abandono total, vivir perdidas en Él, no ser ya sino una parte de Él, de la misma forma que la mano es una parte de ti misma y hace lo que tu cabeza ordena. Este es mi amor y es el amor que se debe tener para hacer siempre con buena voluntad la voluntad de Dios.

-Pero tú eres tú. Eres la Bendita entre todas las criaturas. Seguro que lo eras ya antes de tener a Jesús, porque Dios te eligió para tenerlo, y te es fácil…

-No, María. Yo soy la Mujer y la Madre como toda mujer y madre. El don de Dios no suprime a la criatura, que tiene su humanidad como todas las demás, aunque el don le dé una espiritualidad muy fuerte. Tú sabes ya que yo he debido aceptar el don con voluntad espontánea y con todas las consecuencias que el don comportaba. Porque todo don divino es una gran bienaventuranza, pero también un fuerte compromiso. Y Dios no violenta a ningún hombre para que acepte sus dones, sino que pregunta a la criatura, y si la criatura, a la voz espiritual que le habla, contesta: "No", Dios no la fuerza. Todas las almas, al menos una vez en la vida, reciben la propuesta de Dios acerca de…

-¡Yo no! ¡A mí no me ha pedido nunca nada! -exclama segura María de Alfeo.

María Virgen sonríe mansamente y responde:
-No te has percatado y tu alma ha respondido sin que te dieras cuenta; y eso es porque amas ya mucho al Señor.
-¡Te digo que no me ha hablado nunca!…

-¿Y por qué, entonces, estás aquí, como discípula, siguiendo a Jesús? ¿Y por qué, entonces, esa aflicción tuya porque tus hijos, todos, sean seguidores de Jesús? Sabes lo que significa seguirlo, y no obstante quieres que tus hijos lo sigan.

-¡Así es! Quisiera darle todos mis hijos. Entonces verdaderamente diría que he dado a luz, a la Luz, a mis hijos. Y oro, oro porque pueda darlos a Luz, a Jesús, con una verdadera, eterna maternidad.

-¡Pues ya lo ves! ¿Y por qué eso? Porque Dios te preguntó un día y te dijo: "María, ¿me concederías a tus hijos para ser mis ministros en la nueva Jerusalén?". Y tú respondiste: "Sí, Señor". Y también ahora, que sabes que el discípulo no es más que el Maestro, respondes a Dios -que te pregunta aún para probar tu amor-, respondes: "Sí, mi Señor. ¡Lo que quiero es que sean tuyos!". ¿No es así?

-Sí, María. Es así. Es verdad. Soy tan ignorante que no sé comprender lo que sucede en el alma. Pero cuando Jesús o tú me hacéis pensar, digo que es verdad. Es realmente verdad. Digo que… querría verlos muertos por los hombres antes que enemigos de Dios… Claro que… si los viera morir… si… ¡oh! Bueno, pero el Señor… el Señor me ayudaría, ¡eh!, en esa hora… ¿O te ayudará sólo a ti?

-Ayudará a todas sus hijas fieles y mártires en el espíritu, o en el espíritu y en la carne para gloria suya.
-¿Pero a quién van a matar? -pregunta el niño, que, oyendo esto que dicen, ha dejado de dar brincos y ha estado atentísimo. Y también pregunta, entre un poco curioso y un poco atemorizado, mirando acá y allá, hacia los campos solitarios que se van poniendo oscuros:

-¿Hay bandidos? ¿Dónde están?
-No hay bandidos, niño. Y, por ahora, a nadie van a matan Salta, sigue saltando… -responde María Stma.
Jesús, que estaba muy adelante, se ha parado a esperar a las mujeres. De los que lo han seguido desde Ippo, están todavía tres hombres y la viuda; los otros se han decidido, uno después de otro, a dejarlo y a volver a su ciudad.

Los dos grupos se reúnen. Jesús dice:

-Vamos a estar aquí a la espera de la Luna. Luego seguiremos, para entrar al amanecer en la ciudad de Gamala.

-¡Pero Señor! ¿No te acuerdas de cómo te echaron de allí? Te suplicaron que te marcharas…

-¿Y eso qué significa? Me marché y ahora vuelvo. Dios es paciente y prudente. En aquel momento, estando nerviosos, no eran capaces de acoger la Palabra, que para ser fructífera debe ser recibida con el ánimo en paz. Acordaos de Elías (lReyes l9, l3-l8) y de su encuentro con el Señor en el Horeb, y considerad que Elías era ya un ánimo amado del Señor y acostumbrado a entenderlo.

Sólo en la paz de una brisa ligera, cuando el ánimo descansaba, después de las zozobras, en la paz e la Creación y del yo honesto, habló el Señor; sólo entonces.

Y el Señor ha esperado a que la zozobra que dejara la legión de demonios como recuerdo de su paso por aquella región -porque si el paso de Dios es paz, el paso de Satanás es turbación-cesara, y se hicieran cristalinos corazón e intelecto, para volver a estos de Gamala, que todavía son sus hijos. No temáis. No nos causarán ningún daño.

La viuda de Afeq se acerca y se arrodilla:

-¿Y a mi casa no vas a venir, Señor? También Afeq está llena de hijos de Dios…

-Áspero es el camino y breve el tiempo. Tenemos con nosotros a las mujeres y tenemos que regresar para el sábado a Cafarnaúm. No insistas, mujer -dice Judas Iscariote casi apartándola,

-Es que… Quería que se persuadiera de que podría tener bien conmigo al niño.

-Pero tiene a su madre, ¿comprendes? -replica Judas Iscariote, y lo dice con descortesía.

-¿Sabes algún camino corto entre Gamala y Afeq? -pregunta Jesús a la mujer, que se ha quedado compungida.

-¡Sí! Un camino de montaña, pero bueno, y fresco porque atraviesa bosques. Y para las mujeres, pago yo; se pueden alquilar asnos…

-Iré a tu casa para consolarte, aunque no puedo darte al niño porque tiene a su madre. Pero te prometo que pensaré en ti si Dios determina que el inocente aborrecido halle amor de nuevo.

-Gracias, Maestro. Eres bueno -dice la viuda, y mira a Judas de una forma que quiere decir: "Y tú eres malo".

El niño, que ha oído y comprendido, al menos en parte, y que le ha cogido cariño también a la viuda (la cual lo conquista con caricias y dándole algunas cosas buenas de comer), un poco por un movimiento natural de reflexión y un poco por ese espíritu de imitación propio de los niños, repite exactamente lo que ha hecho la viuda, lo único que no hace es postrarse a los pies de Jesús, pero sí se agarra a sus rodillas y levanta la carita, blanca de luna, y dice:

-Gracias, Maestro. Eres bueno.
Y no se limita a eso; quiere dejar bien claro lo que piensa, así que termina:

-Y tú, malo -y, para que no haya posibles errores de persona, da una patadita con su pie en el pie de Judas Iscariote.

La carcajada de Tomás es fragorosa, y arrastra a los demás a reírse, mientras dice:

« -¡Pobre Judas! ¡Está escrito, ¿eh?, que los niños no te quieran! Cada cierto tiempo un niño te juzga, y siempre tan mal…

Judas tiene tan poco buen temple, que muestra su ira, una ira injusta, desproporcionada a la causa y al objeto que la provoca, y que se desahoga arrancando con malos modales al pequeñuelo de las rodillas de Jesús y empujándolo hacia atrás gritando:

-¡Esto pasa cuando en las cosas serias se representan pantomimas. No es ni decoroso ni útil llevar con nosotros a un apéndice de mujeres y bastardos…

-¡Eso sí que no! Tú has conocido a su padre. Era esposo legítimo y hombre justo -dice severo Bartolomé.

-¿Y? ¿Ahora éste no es un callejero, un futuro ladrón? ¿No es causa de que se hagan a nuestras espaldas comentarios poco buenos? Han pensado que era hijo de tu Madre… ¿Y dónde está el esposo de tu Madre para justificar un hijo de esta edad? 0 creen que es de uno de nosotros, y…

-Basta. Hablas el lenguaje del mundo. Pero es que el mundo habla en el fango, a las ranas, a las culebras, a los lagartos, a todos los animales inmundos… Ven, Alfeo. No llores. Ven conmigo. Te llevo en brazos Yo.

La pena del niño es grande. Todo su dolor de huérfano y de niño aborrecido por su madre, dolor adormecido en esos días de paz, emerge de nuevo, vuelve a bullir, se desborda.

Más que por las abrasiones que se ha hecho en la frente y en las manos al caer en el terreno pedregoso -abrasiones que las mujeres limpian y besan para consolarlo- él llora por su dolor de hijo sin amor.

Un llanto largo, desgarrador, con invocaciones a su padre muerto, a su madre… ¡Oh pobre niño!

Lloro con él yo, la siempre desestimada de los hombres; y como él me refugio en los brazos de Dios, hoy, aniversario de los funerales de mi padre; hoy, día en que una injusta decisión me priva de la Comunión frecuente…

Jesús lo toma, lo besa, lo acuna y consuela, y camina delante de todos, llevando en sus brazos al inocente, bajo el claro de luna… Y, mientras los sollozos menguan lentamente y enralecen, se puede oír en el silencio nocturno la voz de Jesús que dice:

-Estoy Yo, Alfeo. Yo por todos. Yo, para hacerte de padre y madre. No llores. Tu padre está mi lado y te besa conmigo. Los ángeles te cuidan como si fueran madres: todo el amor, todo el amor si eres bueno e inocente está contigo… y la voz ronca de uno de los tres de Ippo que están allí que dice:

«El Maestro es bueno, y atrae; pero sus discípulos no. Yo me voy…»; y la voz severa del Zelote, que dice a Judas Iscariote: « ¿Ves lo que haces?».

Y luego, cuando la única que queda entre las discípulas, suspirando con ellas, es la viuda de Afeq, se oye únicamente el rumor disminuido de los pasos, porque los tres de Ippo se han marchado. Y dura hasta que se detienen en una amplia gruta, quizás refugio de pastores (porque hay en ella un estrato de escobilla y helecho, poco antes cortados y extendidos en el suelo para que se sequen).

-Vamos a pararnos aquí. Vamos a agrupar este lecho de la Providencia para las mujeres. Nosotros podemos echarnos aquí fuera, en la hierba del suelo -dice Jesús. Y así lo hacen, mientras la Luna navega llena en el firmamento.

453- Llegada a Ippo y discurso en pro de los pobres. Curación de un esclavo paralítico

Jesús entra en Ippo una clara mañana. Debe haber pernoctado en la casa campestre de algún habitante de la ciudad que ha venido a escucharlo, para entrar luego en la ciudad en las primeras horas de la mañana de un rumoroso día de mercado.

Muchos de Ippo están con Él. Muchos de Ippo, habiendo sido avisados por otros de que ha llegado el Rabí, acuden solícitos a su encuentro. Mas no son sólo los habitantes de esta ciudad los que están alrededor de Jesús; están presentes también los del arrabal del lago. Falta sólo alguna mujer que, por sus condiciones físicas o por tener niños demasiado pequeños, no ha podido alejarse demasiado de casa.

La ciudad, ligeramente elevada sobre el nivel del lago, extendida sobre las primeras ondulaciones de la llanura elevada que está allende el lago y que va subiendo hacia oriente para alcanzar al sudeste los montes de la Auranítida y al nordeste el grupo montañoso presidido por el gran Hermón, tiene buena presencia: ciudad rica en comercio y en bienes; importante también como nudo de caminos, y eslabón de enlace entre muchas regiones de allende el lago, como se deduce de los postes de los caminos (están colocados en sus cercanías y llevan los nombres de Gamala, Gadara, Pel.la, Arbela, Bosra. Gerguesa, y otros más).

Muy poblada y muy visitada por forasteros que vienen de los pueblos vecinos para compras o ventas o por otros motivos de negocios. Veo a muchos romanos, civiles o militares, entre la multitud, la cual -no sé si es propiedad de esta ciudad o si lo es de la región-no me parece tan agresiva contra los romanos, no me parece que los rechace tanto. Quizás los negocios, más que en las zonas de la otra orilla, han estrechado vínculos recíprocos, que, si no son de amistad, por lo menos son de conveniencia.

La muchedumbre aumenta a medida que Jesús avanza hacia el centro de la ciudad, hasta que se detiene en una vasta plaza arbolada, donde, a la sombra de los árboles, se desarrolla el mercado, o sea, conciertan los negocios más importantes.

Porque la compraventa de poca envergadura de alimentos y enseres se realiza detrás de esta plaza, en un terreno sin pavimentar donde ya pega el sol. De éste se defienden los compradores y vendedores con toldos montados sobre estacas y que proyectan un pequeño espacio de sombra sobre las mercancías expuestas en el suelo.

El lugar, estando así cubierto con toldos poco elevados y de todos los colores, entre los cuales hormiguea la gente, vestida con indumentos variopintos, parece un prado engalanado con flores gigantescas: unas fijas, otras móviles por los senderillos que hay entre uno y otro toldo. Ello comunica al lugar un aspecto de belleza, que pierde, sin duda, cuando, desmontadas las… barracas prehistóricas, la explanada debe aparecer con su amarillenta desolación de lugar estéril y desierto.

Ahora está lleno de vocerío. ¡Pero cuánto gritan estos pueblos, y cuántas palabras dicen gritando para llegar a un acuerdo… pues… simplemente sobre una escudilla de madera, un cernedor, o un puñado de semillas! Y al vocerío de los que compran y venden se une todo un coro de mendigos que fuerzan la voz para que se les oiga por encima del vocerío.

-¡Pero aquí no puedes hablar, Maestro! -exclama Bartolomé -¡Tu voz es potente, pero no puede superar este ruido!
-Esperaremos. ¿Veis? El mercado está terminando. Ya hay quien empieza a quitar las mercancías. Entretanto, id a ofrecer a los mendigos la limosna, con lo que han dado los ricos de aquí. Será para el discurso prólogo y bendición, porque la limosna dada con amor pasa del grado de ayuda material al de amor al prójimo, y atrae gracias -responde Jesús.

Los apóstoles van a cumplir la orden.
Jesús sigue hablando entre la atenta gente:

-La ciudad es rica y próspera. Al menos en esta parte. Veo que estáis vestidos con túnicas limpias y bonitas. Vuestras caras denotan buena alimentación. Todo me dice que no sufrís la miseria. Lo que os pregunto ahora es si aquellos que allí se lamentan son de Ippo o son mendigos ocasionales que han venido aquí de otros lugares en busca de una ayuda. Sed sinceros…

-Mira. Te vamos a responder, aunque ya la reprensión se entrevé en tus palabras. Algunos han venido de fuera. La mayor parte son de Ippo.

-¿Y no hay trabajo para ellos? He visto que aquí se construye mucho y debería haber trabajo para todos…
-Los que alistan para el trabajo casi siempre son los romanos…

-Casi siempre. Tú lo has dicho. Porque también he visto a habitantes de aquí superentendiendo trabajos; y entre ellos he visto a muchos que tienen a gente que no es de aquí. ¿Por qué no ayudar primero a los del lugar?

-Porque… es difícil trabajar aquí, porque, sobre todo, hace años, antes de que los romanos construyeran buenas calzadas, era laborioso traer aquí los bloques de piedra y abrir los caminos… Y muchos enfermaron o quedaron maltrechos… y ahora son mendigos porque ya no pueden trabajar.

-Pero ¿vosotros disfrutáis del trabajo que hicieron?
-¡Por supuesto, Maestro! Fíjate qué bonita ciudad, qué cómoda, con agua abundante en cisternas profundas, y hermosos caminos que comunican con otras ciudades ricas. Fíjate qué construcciones más sólidas. Fíjate cuántos trabajadores. Fíjate…

-Veo todo. ¿Y a construir estas cosas os han ayudado los que ahora os piden quejumbrosamente un pan? ¿Respondéis que sí? ¿Y entonces por qué, si disfrutáis de lo que ellos os han ayudado a tener, no les dais ni una pequeña porción de disfrute? El pan, sin que lo pidan: una yacija, para que no se vean obligados a compartir las madrigueras de los animales agrestes; una ayuda para sus enfermedades (que si se curasen de ellas tendrían la manera de hacer todavía algo, en vez de sentirse rebajados a un ocio forzado y humillante).

¿Cómo podéis sentaros contentos a la mesa y participar con alegría de la abundante comida, rodeados de vuestros hijos festivos, sabiendo que, a poca distancia, hermanos vuestros tienen hambre? ¿Cómo ir a descansar en una cama bien cobijada, cuando sabéis que afuera, de noche, hay hombres que no disponen de camastro ni refugio? ¿No os queman la conciencia esas monedas que guardáis en las arcas, sabiendo que muchos no tienen ni una moneda con que comprarse un pan?

Me habéis dicho que creéis en el Señor Altísimo y que observáis la Ley, que conocéis a los Profetas y los libros de la Sabiduría. Me habéis dicho que creéis en mí y que deseáis con avidez mi doctrina. Bueno, pues entonces tenéis que hacer bueno vuestro corazón, porque Dios es Amor y preceptúa amor, porque la Ley es amor, porque los Profetas y los libros de la Sabiduría aconsejan el amor, y mi doctrina es doctrina de amor. Los sacrificios y oraciones son vanos si el amor al prójimo no es su base y altar, y especialmente al pobre indigente, al cual es posible ofrecer todas las formas de amor con el pan, la cama, los vestidos, con el consuelo y la enseñanza, y conduciéndolo a Dios.

La miseria, degradando, lleva al espíritu a perder esa fe en la Providencia que es saludable para resistir en las pruebas de la vida. ¿Cómo podéis pretender que el mísero sea siempre bueno, paciente, pío, cuando ve que los favorecidos por la vida -y, por tanto, según el concepto común, favorecidos por la Providencia­ son duros de corazón, carecen de verdadera religión -porque a su religión le falta la parte primera y esencial: el amor-, carecen de paciencia y, teniéndolo todo, no saben soportar ni siquiera la súplica del hambriento?

¿Que a veces imprecan contra Dios y contra vosotros? ¿Y quién los conduce a este pecado? ¿No meditáis nunca, vosotros, ricos ciudadanos de una rica ciudad, que tenéis un gran deber: el de instruir en la Sabiduría a los abandonados con vuestro modo de actuar?

Alguien me ha dicho: "Todos querríamos ser tus discípulos para predicarte". Y Yo digo a todos: podéis hacerlo. Estos que vienen amedrentados, avergonzados con sus vestidos andrajosos y sus caras demacradas, son los que esperan la Buena Nueva, la que es dada, sobre todo, para los pobres, para que tengan una confortación sobrenatural en la esperanza de una vida gloriosa después de la realidad de su triste vida presente. Vosotros podéis practicar esta doctrina mía con menor esfuerzo material, aunque con mayor esfuerzo espiritual, porque las riquezas son peligrosas para la santidad y la justicia.

Ellos pueden practicarla no sin toda suerte de fatigas. El pan que les falta, el vestido insuficiente, el techo inexistente los mueven a preguntarse:

"¿Cómo puedo creer que Dios es mi Padre, si no tengo lo que tienen las aves del aire?". ¿Cómo podrá la dureza del prójimo hacerles creer que hay que amarse como hermanos? Tenéis la obligación de darles la certeza de que Dios es Padre, y de que vosotros sois hermanos, con vuestro amor operativo. La Providencia existe, y vosotros sois sus ministros, vosotros, los ricos del mundo. Considerad este hecho de ser medios como el mayor honor que Dios os da y como la única vía para hacer santas las riquezas peligrosas.

Y actuad como si en cada uno de éstos me vierais a mí mismo. Yo estoy en ellos. He querido ser pobre y padecer persecución para ser como ellos y para que el recuerdo del Cristo pobre y perseguido perdurase a través de los siglos, proyectando una luz sobrenatural sobre los pobres y perseguidos como Cristo, una luz que os hiciera amarlos como a otros Cristos.

Y Yo, efectivamente, estoy en el mendigo al que se da comida, bebida, o vestido o posada; estoy en el huérfano recogido por amor, en el anciano socorrido, en la viuda ayudada, en el peregrino hospedado, en el enfermo asistido; estoy en el afligido consolado, en el vacilante confirmado, en el ignorante instruido; estoy donde se recibe amor. Y todo lo que se hace -o en medios materiales o en medios espirituales-a un hermano pobre se me hace a mí.

Porque Yo soy el Pobre, el Afligido, el Varón de Dolores; y lo soy para dar riqueza, alegría, vida sobrenatural a todos los hombres, que muchas veces -no lo saben pero así es­ son ricos sólo aparentemente, y tienen una alegría sólo aparente, mientras que en realidad son íntegramente pobres respecto a las riquezas y alegrías verdaderas, porque carecen de la Gracia por la Culpa original que de ella los priva.

Vosotros sabéis que sin la Redención no hay Gracia y sin Gracia no hay alegría y vida. Y Yo, para daros Gracia y Vida, no he querido nacer rey u hombre poderoso, sino pobre, lugareño, humilde. Porque ni la corona ni el trono ni el poder son nada para quien del Cielo viene para guiar al Cielo; mientras que el ejemplo que un verdadero Maestro debe dar para dar fuerza a su doctrina lo es todo. Porque la parte mayor está compuesta por los pobres e infelices, mientras que los poderosos y felices constituyen la menor parte.

Porque la Bondad es Piedad. Para esto he venido y el Señor ha ungido a su Cristo: para que anunciara la Buena Nueva a los mansos y sanase a los que tienen el corazón quebrantado, para que predicara la libertad a los esclavos, la liberación a los cautivos, para consolar a los que lloran y para poner a los hijos de Dios, a los hijos que saben seguir siéndolo tanto en la alegría como en el dolor, su diadema, la vestidura de la justicia, y transformarlos, de árboles agrestes, en árboles del Señor; en campeones suyos; en glorias suyas.

Yo soy todo para todos, y quiero conmigo a todos en el Reino de los Cielos, que está abierto para todos, a condición de saber vivir en la justicia. La justicia está en la práctica de la Ley y en el ejercicio del amor. A este Reino no se accede por derechos derivados de la riqueza, sino por heroísmos de santidad.

Quien quiera entrar en él que me siga y haga lo que Yo hago: ame a Dios sobre todas las cosas y a su prójimo como Yo lo amo; no blasfeme contra el Señor y santifique sus fiestas; honre a sus padres; no alce la mano violenta contra su semejante; no cometa adulterio; no robe a su prójimo en ningún modo; no levante falso testimonio; no desee lo que no tiene y tienen otros, antes bien, conténtese con su suerte, pensando que ésta es siempre transitoria y es camino y medio para conquistar un destino mejor y eterno; ame a los pobres, a los afligidos, a los mínimos de la Tierra, a los huérfanos, a las viudas; no preste con usura.

Quien haga estas cosas, independientemente de su nación o lengua, condición o grado de riqueza, podrá entrar en el Reino de Dios, cuyas puertas os abro Yo.

Venid a mí todos los que tengáis buena voluntad. No os asuste ni lo que sois ni lo que fuisteis, Yo soy el Agua que lava el pasado y fortalece para el futuro. Venid a mí los que tengáis pobreza de sabiduría. En mi palabra hay sabiduría. Venid a mí, haceos una vida nueva sobre la base de otros conceptos. No temáis no saber ni no poder hacer. Mi doctrina es fácil, mi yugo es ligero. Yo soy el Rabí que da sin pedir nada en cambio, nada sino vuestro amor.

Si me amáis, amaréis mi doctrina, y, por tanto, también a vuestro prójimo, y tendréis la Vida y el Reino. Ricos, despojaos del apego a las riquezas y comprad con ellas el Reino con todas las obras de misericordioso amor al prójimo; pobres, despojaos de vuestro sentimiento de humillación y caminad por el camino de vuestro Rey. Con Isaías (55, l) digo: "Sedientos, venid a las aguas; y también vosotros, los que no tenéis dinero, venid a comprar". Con el amor compraréis lo que es amor, lo que es alimento que no se estropea, alimento que verdaderamente sacia y fortalece.

Yo me marcho, hombres y mujeres, ricos y pobres de Ippo. Me voy para obedecer a la voluntad de Dios. Pero quiero marcharme de vuestra presencia menos afligido que como he llegado. Vuestra promesa será lo que consuele mi aflicción. Por el bien vuestro, ricos, por el bien de esta ciudad vuestra, sed, prometed ser, misericordiosos en el futuro respecto a los más pequeños de entre vosotros.

Todo es hermoso aquí; pero, como una nube negra de tormenta pone aspecto temible a la más bella de las ciudades, así aquí domina, cual sombra que hace desaparecer toda belleza, vuestra dureza de corazón. Eliminadla y gozaréis de bendición. Recordad que Dios prometió no destruir Sodoma, si en ella hubiera habido diez justos.

Vosotros no conocéis el futuro. Yo sí. Y en verdad os digo que está cargado de castigos más que una nube estival de granizo. Salvad vuestra ciudad con vuestra justicia, con vuestra misericordia. ¿Lo vais a hacer?
-Lo haremos, Señor, en tu nombre. ¡Háblanos, sigue hablándonos! Hemos sido duros y pecadores. Pero Tú nos salvas. Eres el Salvador. Háblanos…

-Estaré con vosotros hasta el anochecer. Pero hablaré con mis obras. Ahora, mientras el sol domina, id cada uno a su casa y meditad en mis palabras.

-¿Y Tú a dónde vas, Señor? ¡A mi casa! ¡A mi casa!
Todos los ricos de Ippo quieren que vaya con ellos, y casi discuten por defender cada uno el motivo por el que Jesús debe ir a casa de éste o de aquél.

Él levanta la mano imponiendo silencio. A duras penas lo obtiene. Dice:
-Voy a estar con éstos.

Y señala a los pobres, los cuales, apiñados en un grupo al margen de la multitud, lo miran con los ojos de quienes, siempre vilipendiados, se sienten queridos. Y repite:

-Voy a estar con éstos, para consolarlos y compartir el pan con ellos. Para darles un adelanto de la alegría del Reino, donde el Rey estará sentado entre los súbditos en el mismo banquete de amor. Entretanto, puesto que su fe está escrita en sus caras y en sus corazones, les digo a ellos: "Hágase lo que en vuestro corazón pedís, y alma y cuerpo exulten con la primera salvación que os dona el Salvador".

Habrá al menos un centenar de pobres. De éstos, al menos los dos tercios, tienen taras físicas, o están ciegos, o visiblemente enfermos; el otro tercio es de niños que mendigan para sus madres viudas o para sus abuelos…

Bien, pues es prodigioso ver que los brazos tullidos, las caderas baldadas, las espaldas contractas, los ojos apagados, las personas extenuadas que literalmente se arrastran, toda la flora dolorosa de las enfermedades y desdichas, debidas a accidentes de trabajo o contraídas por exceso de fatigas y de privaciones, se restauran, dejan de existir, y estos infelices vuelven a la vida, vuelven a sentirse capaces de bastarse a sí mismos. Los gritos llenan la vasta plaza y en ella retumban.

Un romano se abre paso a duras penas por entre la multitud delirante y se llega a Jesús mientras Él, también con dificultad, se dirige hacia los pobres que han sido curados y que desde su sitio lo bendicen, pues no pueden hender la muchedumbre compacta.

-¡Salve, Rabí de Israel! ¿Lo que has hecho es sólo para los de tu nación?

-No, hombre. Ni lo que he hecho ni lo que he dicho. Mi poder es universal, porque universal es mi amor. Y mi doctrina es universal, porque para ella no hay castas, ni religiones, ni naciones, que limiten. El Reino de los Cielos es para la Humanidad que sabe creer en el Dios verdadero. Y Yo soy para aquellos que saben creer en el poder del Dios verdadero.

-Yo soy pagano. Pero creo que eres un dios. Tengo un esclavo al que quiero, un anciano esclavo, que me sigue desde que yo era niño Ahora la parálisis lo está matando lentamente y con muchos dolores Pero es un esclavo y quizás Tú…

-En verdad te digo que no conozco sino una verdadera esclavitud que me produzca repulsión: la del pecado, la del pecado obstinado Porque quien peca y se arrepiente halla mi piedad. Tu esclavo será curado. Ve y cúrate de tu error, entrando en la verdadera fe.
-¿No vienes a mi casa?
-No, hombre.

-Verdaderamente… he pedido demasiado. Un dios no va a casas de mortales. Eso se lee sólo en las fábulas… Pero nadie hospedó jamás a Júpiter o a Apolo.

-Porque no existen. Pero Dios, el verdadero Dios entra en las casa del hombre que cree en Él, y lleva a ellas curación y paz.

-¿Quién es el verdadero Dios?

-El que es.
-¿No Tú? ¡No mientas! Te siento dios…
-No miento. Tú lo has dicho. Yo lo soy. Yo soy el Hijo de Dios venido para salvar a tu alma también, como he salvado a tu amado esclavo. ¿No es ése que viene llamando a voces?
El romano se vuelve, ve a un anciano, seguido por otras personas, que envuelto en una manta corre gritando:
-¡Mario! ¡Mario! ¡Amo mío!

-¡Por Júpiter! ¡Mi esclavo! ¡Y corre!… Yo… he dicho: Júpiter… No. Digo: por el Rabí de Israel. Yo… yo… -el hombre ya no sabe qué decir…

La gente se abre de buena gana para dejar pasar al viejo curado.

-Estoy curado, amo. He sentido un fuego en mis miembros y una orden: "¡Levántate!". Me parecía tu voz. Me he levantado… Me tenía en pie… He intentado andar… podía… Me he tocado las llagas de la cama… no había llagas. He gritado. Nereo y Quinto han venido inmediatamente. Me han dicho dónde estabas. No he esperado a tener vestidos. Ahora te puedo servir todavía… -el anciano, de rodillas, llora mientras besa las vestiduras del romano.

-No a mí. Él, este Rabí, te ha curado. Habrá que creer, Aquila. Él es el verdadero Dios. Ha curado a aquéllos con la voz, y a ti… con no sé qué… Debemos creer… Señor… soy pagano, pero… toma… No. Es demasiado poco. Dime a dónde vas y te retribuiré». Había ofrecido una bolsa, pero la vuelve a guardar.

-Voy debajo de aquel pórtico oscuro, con ellos.
-Te mandaré para ellos. ¡Salve, Rabí! Lo contaré a los que no creen…

-Adiós. Te espero en los caminos de Dios.
El romano se marcha con sus esclavos. Jesús se marcha con sus pobres y con los apóstoles y discípulas.

El pórtico -más calle cubierta que pórtico-es umbrío y fresco, y la alegría es tanta, que el lugar, de por sí muy común, también parece hermoso. De vez en cuando, uno de la ciudad viene y da dádivas. Vuelve el esclavo del romano con una pesada bolsa. Y Jesús otorga palabras de luz y consuelos de dinero, y, cuando regresan los apóstoles con una serie de provisiones, Jesús parte el pan y bendice el alimento y ofrece a los pobres, a sus pobres…

452- El ex leproso Juan se hace discípulo. Parábola de los diez monumentos

-¡Mi Señor! -grita el ex leproso, postrándose de rodillas, en cuanto ve aparecer a Jesús en la gándara que precede al lugar rocoso donde ha vivido durante muchos años. Y luego, levantándose, grita otra vez:

-¿Cómo es que vienes de nuevo a verme?
-Para darte el viático de la palabra, después del de la salud.

-El viático se da a uno que se pone en camino, y yo realmente me marcho hoy al atardecer para las purificaciones. Pero me marcho para volver y unirme a los discípulos, si me quieres acoger. Ya no tengo casa ni parientes, Señor. Soy viejo para volver a nueva actividad y vida. Me restituirán la posesión de los bienes.

¿Pero, cómo estará la casa, después de quince años sin ser de nadie? ¿Qué encontraré en ella? Quizás paredes derrumbadas… Soy un pájaro sin nido. Deja que me una a las filas de los que te siguen. Además… no me pertenezco ya a mí mismo, porque por lo que me has dado soy tuyo; ya no pertenezco al mundo, que durante tanto tiempo me apartó de sí (justamente, porque era impuro).

Ahora, después de conocerte, soy yo quien encuentro impuro al mundo, y me aparto del mundo para ir a ti.

-Y Yo no te rechazo. De todas formas, te digo que querría de ti que estuvieras un tiempo en esta región. Aera y Arbela tienen a un hijo suyo evangelizando. Tú sélo de Ippo, de Gamala, de Afeq y de los pueblos cercanos. Dentro de poco voy a bajar a Judea, y no regresaré a estos lugares. Quiero que tengan evangelizadores.

-Tu voluntad me hace amable cualquier renuncia. Haré lo que deseas. Lo haré en cuanto cumpla las purificaciones.

Había pensado no preocuparme ya más de mi casa. Pero ahora digo que la voy a arreglar para poder vivir en ella y recibir durante el invierno a almas deseosas de saber de ti, y pediré a alguno de los discípulos que te sigue desde hace años que venga conmigo, porque, si quieres que sea un pequeño maestro, necesito ser instruido por alguien que sea más maestro que yo. Y en primavera iré, como los otros, predicando tu Nombre.

-Es un pensamiento correcto. Dios te ayudará a cumplirlo.
-Ya he empezado, destruyendo con el fuego todo lo que me pertenecía: o sea, la mísera yacija y los enseres que usaba, la túnica que he llevado hasta ayer, todo lo que había tocado con mi cuerpo enfermo.

La gruta donde vivía está negra por el fuego que he encendido dentro para destruir y purificar. Nadie se contagiará si entra en ella para refugiarse en una noche de tormenta. Y… (la voz del hombre pierde fuerza, casi se empaña, y habla más lentamente…) y… tenía una vieja arca ya desvencijada… carcomida… parecía que la lepra la hubiera corroído también a ella… Pero para mí… era más preciosa que las riquezas del mundo… Dentro estaban las cosas amadas… recuerdos de mi madre… el velo de boda de mi Ana…

¡Ah, cuando se lo quité, lleno de felicidad, el día de nuestra boda al caer de la tarde, y contemplé aquel rostro de azucenas tan hermoso y puro, ¿quién me iba a decir que pocos años después lo iba a ver convertido todo en una llaga? Y… los vestidos de mis hijos… y sus juguetes… que sujetaron entre sus pequeñas manos mientras pudieron apretar… algo… y… ¡oh, es mucho el dolor!… perdona mi llanto… La llaga duele mucho ahora que los he quemado por justicia… sin poder besarlos… porque eran de leprosos… Soy injusto, Señor… Te muestro lágrimas… Pero ten conmiseración… He destruido el último recuerdo de ellos… y ahora me siento como uno extraviado en un desierto…

El hombre se agacha, llorando, junto al montón de ceniza, recuerdo de su pasado…

-No estás extraviado, Juan; ni solo. Yo estoy contigo. Y los tuyos pronto estarán conmigo, en el Cielo, esperándote. Esos recuerdos te los evocaban desfigurados por la enfermedad, o con la hermosura de la salud antes de la desgracia: recuerdos todos dolorosos. Déjalos entre las cenizas de la hoguera. Anúlalos en la certidumbre que te doy Yo de que volverás a encontrarlos, felices, con la hermosura de la alegría del Cielo.

El pasado ha muerto, Juan; no lo llores más. La luz ya no se demora en mirar a las tinieblas de la noche, sino que exulta por separarse de ellas y resplandecer, subiendo en el cielo tras el sol todas las mañanas. Y el sol no se demora en el oriente, sino que aparece, se muestra todo, hasta emitir sus rayos desde lo alto de la bóveda celeste que surca. Tu noche ha terminado. No la recuerdes ya. Sube con el espíritu a donde Yo, Luz, te llevo.

Allí, por la dulce esperanza y la hermosa fe, encontrarás la alegría, porque tu caridad podrá derramarse en Dios y en los amados que esperan. Es sólo una rápida ascensión… y pronto estarás arriba, con ellos. La vida es un soplo… La eternidad es el eterno presente.

-Tienes razón, Señor. Me confortas y me enseñas cómo superar esta hora con justicia… Pero Tú estás al sol por estar lo más cerca de mí que te es concedido. Retírate, Maestro. Ya me has dado bastante. Podría hacerte daño el sol, que ya es fuerte.

-He venido para estar contigo. Todos hemos venido para esto. Lo que puedes hacer es acercarte tú a los árboles, y estaremos cerca sin peligro.

El hombre obedece y deja la peña a cuyos pies está el montón de ceniza, el pasado, y va hacia el lugar a que se dirige Jesús, donde están, emocionados, los apóstoles y las mujeres y los habitantes del arrabal y los que han venido de las ciudades a escuchar al Maestro.

-Encended las hogueras para asar el pescado. Repartiremos la comida en banquete de amor -ordena Jesús.
Y, mientras los apóstoles llevan a cabo las indicaciones, Él se mueve por entre los árboles y matas crecidos en desorden en este lugar que todos evitan por la cercanía del leproso. Una tupida maraña, agreste, de plantas que no conocen podaderas ni hachas desde que nacieron.

Personas enfermas o afligidas por algo están bajo la sombra propicia de esta espesura y narran a Jesús sus angustias, y Jesús cura, aconseja o consuela, con paciencia y potencia. Más allá, en un pequeño prado, el niño de Cafarnaúm juega feliz con los niños del pueblo, y los gritos alegres de los niños compiten con el canto de muchos pájaros que hay en las tupidas frondas; mientras sus vestidos variopintos, agitados, al correr, contra el fondo verde de la hierba, hacen que parezcan grandes mariposas yendo de una flor a otra.

La comida está preparada. Llaman a Jesús, que pide prestado el cesto a un campesino que había traído higos y uva y lo llena de pan, del pescado más hermoso, de fruta muy sabrosa; añade a ello su cantimplora de agua endulzada con miel, y se dirige hacia el leproso.
-Te quedas sin cantimplora -le observa Bartolomé -No te la puede devolver.
Y Jesús, sonriendo:

-¡Hay mucha agua todavía para la sed del hijo del hombre! Está el agua que el Padre ha puesto en los pozos profundos. Y el Hijo del hombre tiene todavía las manos libres para usar sus cuencos… Día llegará en que no tendré ni éstas ni aquélla… ni tendré ya tampoco el agua del amor, que aplaque la sed del sediento… Ahora tengo mucho amor en torno a mí… -y prosigue, llevando con las dos manos la canasta ancha, redonda y baja, que deposita en la hierba a unos metros de Juan; y dice a éste:

-¡Toma y come! Es el banquete de Dios.

Luego vuelve a su lugar. Ofrece y bendice el alimento y lo manda distribuir entre los presentes, que han añadido a ello todo lo que tenían. Todos comen con gusto y pacífica alegría, y María se ocupa del pequeño Alfeo con maternal dulzura. Luego, acabada la refacción, Jesús se pone entre la gente y el ex leproso y empieza a hablar, mientras las madres colocan en sus regazos a los niños, saciados de alimento y juegos, y los mecen para dormirlos y que no molesten.

Escuchad todos. En un salmo de David (Salmo 15) el salmista se pregunta: “¿Quién habitará en el Tabernáculo de Dios?

¿Quién descansará en el monte de Dios?". Y pasa a enumerar a los que estarán en el número de los afortunados, y los motivos de su bienaventuranza. Dice: "El que vive sin mancha y practica la justicia. El que dice la verdad de corazón y no urde engaños con su lengua. El que no perjudica a su prójimo.

El que no se hace eco de palabras infamantes contra sus semejantes". Y en pocos renglones, después de decir quién habitará en los dominios de Dios, refiere el bien que hacen estos bienaventurados después de no haber hecho el mal. Así dice: “A sus ojos el malvado es nada. Honra a los que temen a Dios. No jura para engaño de su prójimo. No presta a usura su dinero, no recibe regalos en perjuicio del inocente". Y termina:

"Quien estas cosas hace no vacilará jamás".
En verdad, en verdad os digo que el salmista dijo la verdad, y confirmo con mi sabiduría que quien así obra no vacilará jamás.

Primera condición para entrar en el Reino de los Cielos: “Vivir sin mancha".

¿Pero puede el hombre, criatura débil, vivir sin mancha? La carne, el mundo y Satanás, en una continua agitación de pasiones, tendencias y odio, lanzan sus chorretadas para manchar a los espíritus y, si el Cielo estuviera abierto sólo para los que hubieran vivido sin mancha desde que tuvieron uso de razón en adelante, poquísimos de toda la Humanidad entrarían en el Cielo, de la misma forma que poquísimos son los hombres que llegan a la muerte sin haber conocido enfermedades más o menos graves durante la existencia. ¿Y entonces? ¿Está así cerrado el Cielo para los hijos de Dios? ¿Tendrán que decirse éstos a sí mismos:

"Lo he perdido" cuando un asalto de Satanás o un torbellino de la carne los hacen caer y ven manchada su alma? ¿No habrá ya perdón para el que haya pecado? ¿Nada borrará la mancha que desfigura al espíritu? No temáis a vuestro Dios con injusto temor. Él es Padre. Y un padre tiende siempre una mano a los hijos que vacilan, les ofrece ayuda para que se pongan en pie de nuevo, conforta con medios delicados para que su abatimiento no degenere en desesperación, sino que florezca en forma de humildad deseosa de ofrecer reparación para volver al amor del Padre.

Así es: el arrepentimiento del pecador: la buena voluntad de ofrecer reparación -nacidas ambas de un verdadero amor al Señor-, lavan la mancha de la culpa y hacen al hombre digno del perdón divino. Y cuando el que os habla haya cumplido su misión en la Tierra, a las absoluciones del amor, del arrepentimiento y de la buena voluntad, se unirá, poderosísima, la absolución que el Cristo os habrá obtenido a precio de su sacrificio.

Más cándidos en el alma que niños recién nacidos -mucho más cándidos porque a quien crea en mí le brotarán desde dentro de su seno ríos de agua viva que lavarán incluso el pecado original, causa primera de todas las debilidades del hombre-, podréis aspirar al Cielo, al Reino de Dios, a morar en sus Tabernáculos. Porque la Gracia que voy a devolveros os ayudará a practicar la justicia, que aumenta más cuanto más es practicada -el derecho que os da un espíritu sin mancha a entrar en la alegría del Reino de los Cielos.

Entrarán en él los niños pequeños y gozarán, por la bienaventuranza gratuitamente ofrecida; gozarán, porque el Cielo es alegría. Mas entrarán también los adultos, los viejos, los que hayan vivido, luchado, vencido, y que a la cándida corona de la Gracia unan la corona multicolor de sus obras santas, de sus victorias contra Satanás, el mundo y la carne, y grande, grandísima será su bienaventuranza de vencedores, grande, como el hombre no puede imaginar.

¿Cómo se practica la justicia? ¿Cómo se conquista la victoria? Con honestidad de palabras y de acciones, con caridad hacia el prójimo. Reconociendo que Dios es Dios y no poniendo en el lugar del Dios Santísimo los ídolos de las criaturas, el dinero, el poder. Ofreciendo cada uno el lugar que le corresponde, sin tratar de dar más ni de dar menos de aquello que debe darse.

No es justo el hombre que, porque uno sea amigo o pariente suyo influyente, lo honre y sirva incluso en las obras no buenas. Y quien -caso contrario-perjudique a su prójimo porque de él no pueda esperar ningún beneficio, y jure contra él, o se deje comprar con regalos para testificar contra el inocente o juzgar con favoritismo, no según la justicia sino según el cálculo de lo que el injusto juicio le puede producir del más poderoso de los contendientes, no es justo, y vanas son sus oraciones, sus dádivas, porque a los ojos de Dios están manchadas de injusticia.
Como veis, lo que digo sigue siendo Decálogo. Siempre es Decálogo la palabra del Rabí. Porque el bien, la justicia, la gloria están en cumplir lo que el Decálogo enseña y ordena hacer. No hay otra doctrina.

En el pasado fue dada entre los rayos del Sinaí, ahora es dada entre los resplandores de la Misericordia, pero es esa Doctrina. Y no cambia. Y no puede cambiar. Muchos, como propia disculpa, dirán en Israel, para justificar el no haber sido santos incluso después del paso del Salvador por la Tierra: "No he tenido posibilidad de seguirlo y escucharlo".

Mas su disculpa no tiene ningún valor, porque el Salvador no ha venido a instaurar una nueva Ley, sino a confirmar la primera, la única Ley; es más, a confirmarla precisamente en su santa desnudez, en su sencillez perfecta. A confirmar con amor, y con promesas de seguro amor de Dios, lo que en el pasado había sido dicho con rigor, por una parte, y había sido escuchado con temor, por la otra parte.

Para que comprendáis bien lo que son los diez mandamientos, y la importancia que tiene el seguirlos, os digo esta parábola.

Un padre de familia tenía dos hijos. Igualmente amados. De ambos quería ser, en igual medida, benefactor. Este padre tenía, además de la casa donde vivían los hijos, otras propiedades donde había grandes tesoros escondidos. Los hijos tenían noticia de estos tesoros, pero no sabían el camino que a ellos conducía, porque su padre, por motivos personales, no les había revelado a sus hijos el camino para llegar, y ello durante muchos, muchos años.

Un día llamó a sus dos hijos y dijo: "Ya conviene que sepáis dónde están los tesoros que vuestro padre ha tenido reservados para vosotros, para que podáis ir por ellos cuando os lo diga. Entretanto, sabed cuál es el camino y las señales que he puesto en él para que no os extraviéis.

Oídme. Los tesoros no están en la llanura, donde las aguas se depositan, arde el sol tórrido, el polvo deteriora, los espinos y los tríbulos ahogan, y adonde fácilmente los ladrones pueden llegar y robar. Los tesoros están en la cima de aquel alto monte, alto y abrupto. Los puse allá en la cima. Allí os esperan.

El monte tiene más de un sendero; es más, tiene muchos senderos. Pero sólo uno de ellos es bueno. Los otros terminan o en precipicio o en cavernas sin salida o en fosas de agua legamosa o en cubiles de víboras o en cráteres de azufre encendido o contra muros infranqueables.

El bueno, sin embargo, aunque es fatigoso, llega a la cima sin interrupción de precipicios u otros obstáculos. Para que lo podáis reconocer, he puesto a lo largo del sendero, a distancias uniformes diez monumentos de piedra en que están grabadas estas palabras de reconocimiento: amor, obediencia, victoria. Id, siguiendo este sendero, y llegad al lugar del tesoro. Yo, luego, por otro camino que sólo yo conozco, iré y os abriré las puertas para dicha vuestra".

Los dos hijos se despidieron de su padre, quien, hasta que podían oírlo, repitió: "Seguid el camino que os he dicho. Es por vuestro bien. No os dejéis tentar por los otros, aunque os parezcan mejores. Perderíais el tesoro, y a mí con él…".

Ya han llegado al pie del monte. El primer monumento estaba en la base, justo al principio del sendero que estaba en el centro de una estrella de sendas que subían a la conquista del monte en todas las direcciones. Los dos hermanos empezaron la subida por el sendero bueno. En los primeros momentos era muy ligero, aunque sin una pizca de sombra.

Desde lo alto del cielo, el sol descendía a pico inundándolo de luz y calor. La blanca roca en que el sendero se abría, el terso cielo sobre sus cabezas, el sol caliente que abrazaba sus cuerpos: esto veían y sentían los hermanos. Pero, animados aún por una buena voluntad, por el recuerdo de su padre y de sus recomendaciones, subían alegres hacia la cima. Llegan al segundo monumento… y luego al tercero.

El sendero se hacía cada vez más fatigoso, solitario y ardiente. Ya no se veían siquiera los otros senderos, los cuales tenían hierba y árboles o aguas claras, y, sobre todo, una subida más suave, porque era menos empinada y estaba trazada en la tierra, no en la roca.

"Nuestro padre quiere que lleguemos muertos" dijo uno de los dos hijos al llegar al cuarto monumento. Y empezó a aminorar el paso. El otro lo animó a continuar, diciendo:

"Si ha salvado para nosotros tan maravillosamente el tesoro, es que nos quiere como si fuéramos él mismo, y más todavía. Este sendero de la roca, que sube sin pérdida desde el pie hasta la cima, lo ha excavado él. Y ha hecho estos monumentos para que nos sirvan de guía. ¡Piensa, hermano mío, que él solo ha hecho todo esto, por amor! ¡Para dárnoslo a nosotros! Para hacer que lleguemos sin error posible y sin peligro".

Siguieron andando. Pero los senderos que quedaban abajo, de vez en cuando, se acercaban al sendero de la roca, y esto sucedía cada vez más, en la medida en que el monte, acercándose a la cima, se iba haciendo más estrecho en su cono. ¡Y qué hermosos eran, umbríos, tentadores!…

"Estoy por tomar uno de ésos" dijo el descontento al llegar al sexto monumento. "En realidad, también aquél va a la cima.”

"Hablas sin saber… No ves si sube o baja…"
"¡Ahí arriba está!”
"No sabes si es ése. Y además nuestro padre dijo que no dejásemos el recto camino…".
De mala gana continuó el insatisfecho. Ya llegó el séptimo monumento: "¡Bueno yo me voy, ¿eh?!".
"¡No lo hagas, hermano!”

Sendero arriba, un tramo verdaderamente dificilísimo; pero la cima ya estaba cercana…
Han llegado al octavo monumento, que está cerca del sendero florido, rayano con él.

"¿Ves cómo, aunque no sea en línea recta, lleva arriba también éste?".
"No sabes si es ése."
"Sí, que lo reconozco.”
"Te engañas.”
"No. Voy al otro".
"No lo hagas. Piensa en nuestro padre, en los peligros, en el tesoro”

"¡Pues prescindo de todo y de todos! ¿Para qué me sirve el tesoro, si llego a la cima agonizando? ¡Qué peligro es mayor que este camino? ¿Y qué odio, mayor que este de nuestro padre que se ha burlado de nosotros con este sendero para que muriésemos? Adiós. Llegaré antes que tú, y vivo…" y se lanzó al sendero contiguo, y desapareció con una exclamación de gozo tras los troncos que daban sombra al sendero.

"El otro prosiguió, con gran dificultad… ¡Oh, el último trecho del camino era verdaderamente tremendo! El viandante ya no podía más. Estaba como ebrio de fatiga, de sol. Al llegar al noveno monumento, se detuvo jadeando. Se apoyó en la piedra esculpida y leyó instintivamente las palabras en ella grabadas. A poca distancia había un sendero de sombra, de aguas, de flores… "Casi, casi… ¡No! No. Ahí está escrito, y lo ha escrito mi padre: amor, obediencia, victoria. Debo creer. En su amor, en su verdad, y debo obedecer para mostrar mi amor… Vamos… Que el amor me sostenga…". Llegó el décimo monumento…

El viandante exhausto, abrasado por el sol, caminaba encorvado como bajo un yugo… Era el amoroso y santo yugo de la fidelidad que es amor, obediencia, fortaleza, esperanza, justicia, prudencia, todo… En vez de apoyarse, se dejó caer, sentado, en la sombra insignificante que el monumento proyectaba en el suelo. Se sentía morir… Desde el sendero de al lado llegaba un rumor de arroyos y olor de bosque…

"¡Padre, padre, ayúdame con tu espíritu, en la tentación… ayúdame a ser fiel hasta el final!".
Desde lejos, la voz jubilosa de su hermano: "Ven, te espero. Esto es un edén… Ven…".
"¿Y si fuera?…" y gritando fuerte: "¿Estás seguro de que se sube la cima?".

"Sí, ven. Hay una galería fresca que lleva arriba. ¡Ven! Ya veo la cima, detrás de la galería que atraviesa la roca…".

"¿Voy? ¿No voy?… ¿Quién me socorre?… Voy…". Calcó las manos para levantarse, pero, mientras lo hacía, observó que las palabras incididas ya no eran seguras, como las del primer monumento: "En cada monumento que pasaba las palabras eran más ligeras… como si a mi padre, derrengado, le hubiera costado incidirlas. Y… ¡fíjate!…

Aquí también esas marcas rojas oscuras que ya se veían desde el quinto monumento… Pero aquí llenan las hendiduras de todas las palabras e incluso ha escurrido hacia afuera, formando rayas como de lágrimas oscuras en la piedra, como… de sangre…". Rascó con el dedo en el lugar en que había una mancha de la extensión de dos manos. Y la mancha se redujo a polvo, dejando al descubierto, frescas, estas palabras: "Así os he amado.

Hasta derramar la sangre por llevaros al Tesoro".
"¡Oh! ¡Oh! ¡Padre mío! ¡Y me venía la idea de no cumplir tu orden! ¡Perdón, padre mío! Perdón". El hijo lloró contra la piedra, y la sangre que llenaba las palabras recobró su frescura, resplandeciendo como el rubí, y las lágrimas fueron comida y bebida del hijo bueno, y le dieron fuerza… Se levantó… Por amor llamó a su hermano, lo llamó fuerte, fuerte… Quería que supiera lo que había descubierto… el amor de su padre, decirle: "Vuelve". Nadie respondió…

El joven reanudó la marcha, casi de rodillas sobre la piedra ardiente, porque su cuerpo estaba totalmente agotado por el esfuerzo pero su espíritu estaba sereno.
Ya se ve la cima… En ella, su padre.

"¡Padre mío!"
"¡Hijo amado!".
El joven se dejó caer sobre el pecho paterno, el padre lo acogió cubriéndolo de besos.
"¿Estás ͈̺͈̘̪͛
"Sí… Pero mi hermano llegará pronto…".

"No. No llegará jamás. Ha abandonado el camino de los diez monumentos. No ha vuelto a él después de los primeros desengaños admonitorios. ¿Quieres verlo? Allí está. En el abismo de fuego… Ha sido pertinazmente culpable. Si, después de conocer el error, hubiera vuelto sobre sus pasos y, aunque hubiera sido con retraso, hubiera pasado por donde el amor pasó primero, sufriendo hasta derramar su mejor sangre, la parte más preciada de sí mismo por vosotros, yo lo habría perdonado todavía, y le habría esperado". "Él no sabía…”

"Si hubiera mirado con amor las palabras incididas en los diez monumentos, habría leído su verdadero significado. Tú lo has leído desde el quinto monumento y se lo has observado al otro, diciéndole: “Nuestro padre aquí debe haberse herido”. Y lo has leído en el sexto, séptimo, octavo, noveno… cada vez con más claridad, hasta que has tenido el instinto de destapar lo que se ocultaba bajo mi sangre.

¿Sabes cómo se llama ese instinto?: “Tu verdadera unión conmigo”. Las fibras de tu corazón, fundidas con mis fibras, se han sobresaltado, y te han dicho: “Aquí hallarás la medida del amor de tu padre”. Ahora toma posesión del Tesoro, y de mí con él, tú, amoroso, obediente, victorioso para siempre".

Ésta es la parábola.

Los diez monumentos son los diez mandamientos. Vuestro Dios os ha grabado y colocado en el sendero que lleva al Tesoro eterno, y ha sufrido para conduciros a ese sendero. ¿Vosotros sufrís? También Dios. ¿Vosotros tenéis que forzaros a vosotros mismos? También Dios. ¿Y sabéis hasta qué punto?

Sufriendo el separarse de sí mismo y forzarse a conocer el hecho de ser hombre con todas las miserias que la humanidad lleva consigo: nacer, padecer frío, hambre, cansancio, burlas, afrentas, odios, insidias y finalmente la muerte, dando toda su Sangre para daros el Tesoro. Esto es lo que sufre Dios que ha bajado a salvaros. Esto es lo que sufre Dios en lo alto del Cielo, permitiéndose a sí mismo sufrirlo.

En verdad os digo que ningún hombre, por fatigosa que sea su senda para llegar al Cielo, recorrerá jamás un sendero más fatigoso y doloroso que el que el Hijo del hombre recorre para venir del Cielo a la Tierra y de la Tierra ir al Sacrificio para abriros las puertas del Tesoro.

En las tablas de la Ley ya está mi Sangre. En el Camino que os trazo está mi Sangre. La puerta del Tesoro se abre con el empuje de la ola de mi Sangre. Vuestra alma se hace cándida por el lavacro de mi Sangre, y fuerte por la nutrición de mi Sangre. Pero, para que no sea derramada en vano, vosotros debéis recorrer el camino inmutable de los diez mandamientos.

Ahora vamos a descansar. Cuando se ponga el sol iré hacia Ippo: Juan, a la purificación; vosotros, a vuestras casas. La paz del Señor esté con vosotros.

451- Discurso en el arrabal cercano a Ippo sobre los deberes de los cónyuges y de los hijos

Y es, sin embargo, ya de mañana, una fresca mañana, cuando se espera a que Jesús salga de una casa del arrabal del lago para empezar su predicación.

Yo creo que durante esa noche han dormido poco los vecinos de esta localidad, emocionados como estaban por los milagros ocurridos, por la alegría de tener entre ellos al Mesías, por el deseo de no perder ni un minuto de su presencia.

Lento en llegar el sueño, por haber sido precedido por muchas conversaciones, dentro de las casas, para recapitular los acontecimientos, para examinar si el espíritu de cada uno en particular estaba dotado de aquella fe, esperanza y caridad, resistentes contra todo hecho penoso, que el Maestro alabó y calificó de seguro medio para obtener gracia de parte de Dios en esta vida y en la otra; solícito en marcharse el sueño, alejado por el temor de que el Maestro pudiera salir a los caminos y marcharse temprano sin estar presentes cuando partiera: así que las casas pronto se han abierto para restituir a la calle sus moradores, los cuales, asombrados de verse numerosos, de ver que están ahí muchos, que están todos, movidos por los mismos pensamientos, se han dicho:

-Verdaderamente es la primera vez que un único pensamiento mueve nuestros corazones y los une -y con una amistad nueva, buena, fraterna, se han dirigido concordes a la casa en que se hospeda Jesús, y la han asediado, sin hacer ruido, sin impaciencias pero sin desistir, bien decididos a seguir al Maestro en cuanto salga a la calle.

Y muchos, hortelanos, han cogido los aljofarados frutos de sus huertos y los tienen resguardados del sol que surge, y del polvo y las moscas, bajo una cubierta de frescas pámpanas o de anchas hojas de higuera, por cuyo borde recortado se dejan entrever manzanas rosillas como pintadas por un miniaturista, y cárabes u ónices de granos de uvas, o blandas formas abultadas de higos de todos los tipos, cuáles bien cerrados dentro de la piel apenas sunsida que cubre la pulpa almibarada, cuáles túrgidos y lisos como si fueran seda bien alisada y adornados en el fondo con una gota de brillante, cuáles abiertos a una sonrisa de fibras blondas, róseas, rojas oscuras, según el tipo.

Y unos pescadores han traído en pequeñas nasas unos peces, sin duda pescados durante la noche, sacrificando el sueño, porque algunos están todavía vivos y dan las bocanadas de las últimas, penosas aspiraciones y convulsiones de la agonía, aumentando así con el leve golpeteo de la respiración y los débiles cuarteos los tornasoles argentinos o azulinos de los vientres o de los dorsos, extendidos sobre un lecho de grises-verdes hojas de sauce o de chopo.

El lago -tan puro, yo diría: tan angélico, casi absorto, por el cumplido reposo de las ondas lentas en el guijarral, que hacen apenas un delicado frufrú al asomarse entre los cantos-, el lago, entretanto, ha pasado del delicado color lácteo, que el alba transfunde a las aguas que dejan atrás la noche, al risueño, más humano, yo diría: de carne, de la aurora, que ilumina el agua con las primeras tonalidades rosas de las nubes róseas reflejadas en el lago, para volver a ser cerúleo con la luz segura de la aurora, y que recobra vida y palpita de nuevo con el vaivén de sus olitas corriendo a reír a la playa orladas de espuma, retrocediendo luego para danzar con otras ondas, decorando así todo el espejo lacustre con un encaje liviano, cándido, extendido sobre la seda celeste del agua que la brisa de la mañana recorre.

Y luego es el primer rayo de sol el que surca veloz el agua, allí, hacia Tariquea, allí, donde era tan verdeazul por el reflejo en ella de los bosques, y que ahora se tiñe de color dorado y resplandece como un espejo roto herido por el sol, y este espejo se va extendiendo cada vez más, vistiendo de oro y topacios nuevas aguas aún cerúleas, cancelando los tonos rosados de las nubes reflejadas en las olas, fajando las quillas de las últimas barcas que regresan al puerto después de la pesca, y las de las primeras que salen, mientras las velas, bajo la luz triunfal del sol ya alzado, albean como alas de ángel sobre el fondo azul y el verde del cielo y las colinas: ¡bellísimo lago de Galilea que, por la fecundidad de sus riberas, me recuerda al nuestro de Garda y, por la paz mística, al Trasimeno; gema de Palestina, digno marco para la mayor parte de la vida pública de Jesús!

Y Jesús se asoma a la puerta de la casa que lo hospeda, y sonríe, alzando los brazos para bendecir a los pacientes habitantes del lugar que lo están esperando…
-La paz sea con todos vosotros.

¿Me esperabais? ¿Temíais que me fuera a escapar sin saludaros? Nunca falto a mis promesas. Hoy me quedo aquí para evangelizaros y estar con vosotros, como he prometido, para bendecir vuestras casas, vuestros huertos y barcas; para santificación de todas las familias y del trabajo. Pero recordad que mi bendición, para que sea fructífera, debe estar ayudada por vuestra buena voluntad. Y ya sabéis cuál es la buena voluntad que debe animar a una familia para que sea santa la casa en que reside. El hombre, en la casa, debe ser cabeza, pero no déspota, ni respecto a la esposa ni respecto a los hijos ni respecto a los criados; y, al mismo tiempo, debe ser el rey, el auténtico rey en el sentido bíblico de la palabra.

¿Recordáis el capítulo octavo del primer libro de los Reyes? (l Samuel 8, 4-5)

Los ancianos de Israel se reunieron y fueron a Ramá, donde residía Samuel, y dijeron a éste: "Mira, te has hecho viejo y tus hijos no siguen tu camino. Constituye sobre nosotros, para que nos juzgue, a un rey, como tienen todas las naciones".

"Rey", pues, quiere decir "juez". Y debería ser juez justo, para no hacer de los súbditos personas infelices, en este tiempo, con guerras, atropellos, tributos injustos; ni en la eternidad, con un reino que sea sólo molicie y vicio. ¡Ay de aquellos reyes que faltan a su ministerio, que cierran los oídos a las voces de los súbditos, que cierran los ojos ante las llagas de la nación, que se hacen cómplices del dolor del pueblo, llevando a cabo alianzas injustas con tal de reforzar su poder con la ayuda de sus aliados!

Mas también, ¡ay de aquellos padres que faltan a su oficio, que son ciegos y sordos ante las necesidades y los defectos de los miembros de las familias, que son causa de escándalo o dolor para ésta, que descienden a pactos de indignas nupcias con tal de aliarse con familias ricas y fuertes, sin pensar que el matrimonio es una unión destinada a la elevación y consuelo del hombre y la mujer, además de a la procreación; es deber, es ministerio, no es comercio, no es dolor, no es humillación de uno u otro cónyuge.

Es amor y no odio. Justo ha de ser, pues, el que es cabeza, sin excesiva dureza o exigencias, sin excesivas condescendencias ni debilidades. Pero, si os vierais en dilema de elegir entre uno u otro exceso, elegid más bien el segundo. Porque por éste, al menos, sí, Dios podrá deciros:

"¿Por qué fuiste in bueno?", pero sin condenaros, dado que el exceso de bondad ya castiga al hombre con los abusos que los demás se permiten respecto al bueno; mientras que siempre os reprocharía la dureza, porque es falta contra el amor al prójimo más próximo.

Y justa ha de ser la mujer en casa respecto a su esposo, a los hijos y a los criados. Al esposo le dé obediencia y respeto, consuelo y ayuda. Obediencia no hasta el punto de que ésta asuma la sustancia de un consentimiento al pecado. Sumisión de la esposa, no degradación. Mirad, esposas, que el primero que os juzga, después de Dios, por ciertas culpables condescendencias, es el propio marido vuestro que a ellas os induce. No siempre son deseos de amor, son también pruebas respecto a vuestra virtud.

Aunque en ese momento no lo piense, puede llegar un día en que el esposo se diga: "Mi mujer es fuertemente sensual" y de ahí empezar a nutrir sospechas sobre vuestra fidelidad marital.

Sed castas en el vínculo matrimonial. Haced que vuestra castidad imponga a vuestro esposo esa moderación que se tiene ante las cosas puras, y os trate con consideración, como a personas iguales que él, no como a esclavas o concubinas mantenidas para ser sólo "placer", y rehusadas después, cuando ya no gustan.

La esposa virtuosa -Yo diría: la esposa que incluso consumado el matrimonio conserva ese “algo", que es virginal, en las acciones, en las palabras, en los abandonos de amor ­puede llevar a su marido a una elevación desde la carnalidad al sentimiento; siendo así que el marido se despoja de la lujuria y se hace verdaderamente una única cosa con su esposa, a la que trata con el respeto con que uno trata a una parte de sí mismo; y es justo que así sea, porque la mujer es "hueso de sus huesos y carne de su carne", y nadie maltrata a sus huesos ni a su carne, sino que, al contrario, los ama; de forma que el esposo y la esposa, como los dos primeros esposos, se miren y no se vean en su desnudez sexual, sino que se amen por el espíritu, sin humillantes vergüenzas.

Que la esposa sea paciente, materna con su marido. Considérele como al primero de sus hijos, porque la mujer es siempre madre y el hombre tiene siempre necesidad de una madre que sea paciente, prudente, afectuosa, consoladora. ¡Dichosa la mujer que sabe ser compañera del propio cónyuge, y al mismo tiempo madre para sostenerlo, e hija para ser guiada! Que la mujer sea hacendosa.

El trabajo, impidiendo el fantasear, beneficia a la honestidad, además de beneficiar a la bolsa. Que no atormente al marido con infundados celos que a nada son útiles.

¿El marido es honesto? Los celos vanos, moviéndolo a apartarse de casa, lo ponen en peligro de caer en las redes de una meretriz. ¿No es honesto y fiel? No serán las iras de la celosa las que lo corrijan, sino, más bien, el porte serio, sin caras de malhumor ni desaires, el porte digno y amoroso, y más amoroso, el que lo hagan reflexionar y volver a sus cabales.

Sabed reconquistar a vuestro marido con vuestra virtud, cuando una pasión lo haya alejado de vosotras, como en la juventud lo conquistasteis con vuestra belleza. Y, para sacar fuerzas ante este deber, y resistir el dolor que os podría hacer injustas, amad y considerad a vuestros hijos y su bien.

Una mujer tiene todo en sus hijos: la alegría, la corona regia para las horas joviales, en que realmente es reina de la casa y del consorte, y el bálsamo para las horas dolorosas en que una traición, u otras penosas experiencias de la vida conyugal, flagelan su frente y, sobre todo, su corazón, con las espinas de su triste regalidad de esposa mártir. ¡Tan pisoteadas como para desear volver a casa, divorciándoos, o buscar compensación en un falso amigo que, fingiendo piedad hacia el corazón de la traicionada, en realidad su apetito está puesto en la hembra?

¡No, mujeres, no! Esos hijos, esos hijos inocentes, ya turbados, precozmente tristes a causa de un ambiente doméstico que ya no es ni sereno ni justo, tienen derecho a una madre, a un padre, al consuelo de una casa en que, aun habiendo fenecido un amor, el otro permanezca atento velando por ellos.

Esos ojos suyos inocentes os miran, os escudriñan y comprenden más de lo que pensáis, y plasman sus espíritus según lo que ven y comprenden. No seáis nunca motivo de escándalo para vuestros inocentes; antes bien, refugiaos en ellos como en un baluarte de adamantinas azucenas contra las debilidades de la carne y las insidias de las serpientes.

Y que la mujer sea madre, esa madre justa que es al mismo tiempo hermana, que es amiga al mismo tiempo que hermana de sus hijos e hijas, y que es ejemplo, sobre todo, y en todo.

Velar por los hijos y por las hijas, corregir amorosamente, sostener, hacer meditar, y todo sin preferencias; porque todos los hijos han nacido de una semilla y de un seno materno, y, si es natural el cariño, por la alegría que dan, hacia los hijos buenos, también es un deber amar -aunque con amor doloroso-a los hijos no buenos, recordando que el hombre no debe ser más severo que Dios, que ama no sólo a los buenos sino también a los no buenos, y los ama para tratar de hacerlos buenos, para tratar de darles manera, y tiempo de hacerse buenos, y soporta hasta que muere el hombre, reservándose el ser justo Juez cuando el hombre ya no puede rectificar.

Y permitidme, llegado a este punto, que diga una cosa que no es propiamente inherente a esta materia, pero que es útil que tengáis presente. Muchas veces, demasiadas, se oye que los malos tienen más alegría que los buenos, y que ello no es justo. Antes de nada, os digo:

"No juzguéis las apariencias y lo que no conocéis". Las apariencias son a menudo falaces y el juicio de Dios está oculto en esta Tierra. Conoceréis en la otra parte, y veréis que el transitorio bienestar del malo fue concedido como medio para conducirlo al Bien y como merma de ese poco bien que hasta el más malvado puede hacer.

Mas, cuando veáis las cosas con la luz adecuada de la otra vida, veréis que más breve que la vida del tallito de hierba nacido en primavera en el guijarral de un torrente que el verano seca es el tiempo de dicha del pecador, mientras que un solo instante de gloria en el Cielo es, por la dicha que comunica al espíritu que de ello goza, más vasto que la vida humana más triunfal que jamás haya habido. No envidiéis, por tanto, la prosperidad del malo; antes bien, tratad, con buena voluntad, de alcanzar el tesoro eterno del justo.

Y volviendo a cómo deben ser los miembros de una familia y los moradores de una casa para que en ella se mantenga con fruto mi bendición, os digo, oh hijos, que vosotros estéis sometidos a vuestros padres, que seáis respetuosos, obedientes, para poder serlo también para con el Señor Dios vuestro.

Porque, si no aprendéis a obedecer las pequeñas indicaciones del padre o de la madre, a los que veis, ¿cómo podréis obedecer las indicaciones de Dios, que en su nombre se os dicen pero que ni veis ni oís? Y si no aprendéis a creer que quien ama, como un padre y una madre aman, no pueden mandar más que cosas buenas, ¿cómo vais a poder creer que sea bueno lo que se os dice como indicaciones de Dios?

¡Dios ama, y es Padre, eh! Pero, queridos jovencitos, precisamente porque os ama y quiere teneros con Él, quiere que seáis buenos. Y la primera escuela donde aprendéis a haceros buenos es la familia. En ella aprendéis a amar y a obedecer, y en ella empieza para vosotros el camino que conduce al Cielo.

Sed, pues, buenos, respetuosos, dóciles. Amad a vuestro padre, aunque os corrija, porque lo hace por vuestro bien; y a vuestra madre, si os impide acciones que su experiencia juzga no buenas. Honradlos, no haciendo que se avergüencen de vuestras malas acciones.

El orgullo no es cosa buena, pero existe un santo orgullo, el de decir: “No he causado dolor ni a mi padre ni a mi madre". Esto, que os hace gozar de su presencia mientras viven, os pone paz ante la herida de su muerte; mientras que, por el contrario, las lágrimas que un hijo hace derramar a su padre o a su madre hienden, como plomo fundido, el corazón del hijo malvado, y, por mucho que se industrie para adormecer esa herida, la herida duele, y duele, y duele más aún cuando la muerte del padre o de la madre le impiden al hijo reparar…

¡Oh, hijos, sed buenos, siempre, si queréis que Dios os ame! En fin, santa es la casa en que, por la justicia de sus dueños, se hacen justos también los criados y peones. Recuerden los señores que un mal comportamiento irrita y estraga al criado; y, el criado, que un mal comportamiento suyo disgusta al señor: que esté cada uno en su lugar, pero con un vínculo de amor al prójimo que colme la separación que hay entre siervos y señores.

Y entonces la casa bendecida por mí conservará su bendición y Dios permanecerá en ella.

Igualmente, conservarán mi bendición -por tanto, protección-las barcas, los huertos, los aperos de trabajo y de pesca, cuando, santamente activos en los días lícitos y santamente dedicados al culto de Dios en los sagrados sábados, viváis vuestra vida de pescadores u hortelanos, sin robar en las ventas ni en las medidas, sin maldecir el trabajo, y sin hacerlo tan rey de vuestra vida, que lo antepongáis a Dios; porque, si el trabajo os da un beneficio, Dios os da el Cielo.

Y ahora podemos ir a bendecir casas y barcas y remos y huertos y azadas, y luego iremos a hablar al lugar de Juan, antes de que vaya a ver al sacerdote. Porque Yo aquí ya no volveré, y justo es que me escuche al menos una vez. Tomad el pan, el pescado y la fruta; lo llevaremos allí, al bosque, y comeremos en presencia del leproso curado, dándole a él la parte mejor, para que también su carne exulte y se sienta ya hermano entre los creyentes del Señor.

Y Jesús se pone en marcha, seguido por la gente del arrabal y por más que han venido de las ciudades cercanas, a donde, quizás durante la noche, han ido algunos de este arrabal a llevar la noticia de que el Salvador está en esta ribera.

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