444- Las dotes de Margziam. Lección sobre la caridad, sobre la salvación, sobre los méritos del Salvador

-¿Dónde has dejado las barcas, Simón, cuando has venido a Nazaret? -pregunta Jesús mientras camina en dirección nordeste, dando la espalda a la llanura de Esdrelón y en dirección al Tabor.

-Las he mandado de nuevo a pescar, Maestro. Pero he dicho que cada tres días estén en Tariquea… No sabía cuánto tiempo me quedaría contigo.

-Muy bien. ¿Quién de vosotros quiere ir a advertir a mi Madre y a María de Alfeo que se agreguen a nosotros en Tiberíades? En casa de José es la cita.

-Maestro… quisiéramos todos. Di Tú quién debe ir y será mejor.

-Entonces Mateo, Felipe, Andrés y Santiago de Zebedeo. Los otros que vengan conmigo a Tariquea. Explicaréis a las mujeres el motivo del retraso. Y decidles que cierren la casa y que vengan. Estaremos juntos durante una luna entera. Marchaos, que aquí está la bifurcación. Y que la paz esté con vosotros.

Besa a los cuatro que se separan y reanuda la marcha con los otros.

Pero después de pocos pasos se detiene y observa a Margziam, que camina un poco retrasado, con la cabeza baja. Cuando el jovencito llega a donde Él, Jesús le pasa la mano por debajo del mentón y le fuerza a levantar la cara: dos líneas de llanto hay en el rostro morenito.
-¿Irías con gusto también tú a Nazaret?
-Sí, Maestro… Pero haz lo que Tú quieras.

-Quiero que te sientas confortado, hijo mío… Ve… corre detrás de aquéllos. La Madre te consolará.

Lo besa y lo deja partir. Margziam se echa a correr y pronto alcanza a los cuatro.

-Es todavía un niño… -observa Pedro.
-Y sufre mucho… Ayer por la noche, que lo encontré llorando en un rincón de la casa, me dijo: "Es como si se me hubieran muerto ayer mi padre y mi madre… La muerte del anciano padre me ha abierto de nuevo todo el corazón…" -dice Juan.

-¡Pobre hijo!… Pero ha sido buena cosa el que haya estado presente en esa muerte… -dice el Zelote.
-¡Se había hecho tantas ilusiones de poder hacer algo por el anciano!… Me decía Porfiria que hacía todo tipo de sacrificios para poder reunir el dinero. Ha trabajado en los campos, ha hecho haces de leña para los hornos, ha pescado, no ha comido los quesitos, para venderlos, ni la miel, para venderla… Tenía esa preocupación en su corazón y quería tener consigo al anciano… ¡En fin! -dice Pedro.
-Es un hombre de propósitos serios. No le pesa ni el sacrificio ni el trabajo. Buenas cualidades -dice Bartolomé.

-Sí, es un buen hijo y se contará entre los mejores discípulos. Ya veis con qué disciplina se guía incluso en los momentos más desazonados… Su corazón afligido añoraba a María, pero no ha pedido ir con ella. Ha entendido tan bien lo que es fuerza en la oración, que supera a muchos adultos -dice Jesús.
-¿Tú crees que hace los sacrificios con una finalidad determinada? -pregunta Tomás.

-Estoy seguro de ello.
-Es verdad. Ayer dio la fruta a un viejo diciéndole: "Reza por el padre de mi padre, que se me ha muerto hace poco", y yo le hice esta observación: "Él está en paz, Margziam. ¿No crees válida la absolución de Jesús?". Me respondió: "La creo válida. Pero al ofrecer sufragios pienso en las almas por las que ninguno reza, y digo: si a mi padre ya no le hace falta, pues que vayan estos sacrificios para aquellos en quien nadie piensa". Y me he sentido edificado -dice Santiago de Alfeo.

-Sí. Ayer se acercó a mí y, echándome los brazos al cuello, porque en el fondo es todavía un niño, me dijo: "Ahora sí que eres mi padre del todo… y te devuelvo lo que tu bondad me había posibilitado ahorrar. Ya no le sirve ese dinero a mi anciano padre,… y tú y Porfiria hacéis mucho por mí…". Yo, conteniendo a duras penas las lágrimas, le respondí:

"No, hijo mío. Vamos a usar ese dinero en limosnas para los ancianos pobres o para huerfanitos pobres, y Dios usará tus limosnas para aumentar la paz al pobre anciano". Y Margziam me dio dos besos tan fuertes, que… bueno… que ya no pude contener las lágrimas. Y, Bartolomé, como te está agradecido por haber corrido con los gastos, me decía: "Para mí, el honor dado al anciano no tiene precio. Le voy a decir a Bartolomé que me tenga como criado".

-¡Pobre hijo! ¡Ni durante una hora! Él sirve al Señor y nos edifica a todos. He honrado a un justo. Podía hacerlo, porque mi nombre es conocido y me es fácil encontrar a alguien que me anticipe. Desde Betsaida me encargaré de saldar la pequeña deuda, en el fondo una menudencia…
-Sí. Como dinero es poco, porque los de Yizreel han sido generosos. Pero tu amor hacia el condiscípulo no es una menudencia. Porque todo acto de amor tiene un valor grande.

Vosotros estáis formándoos en este amor al prójimo, que es la segunda parte del precepto básico de la Ley de Dios, y que en realidad en Israel ha caído mucho en abandono. Los muchos preceptos y ese andarse con tiquismiquis -cosas que han subseguido a la clara, coherente, completa Ley del Sinaí, dentro de su brevedad-han tergiversado la primera parte de ese precepto básico, reduciéndolo a un cúmulo de ritos exteriores a los que les falta lo que les da el nervio, el valor, la verdad; o sea, falta la adhesión activa del interior -con las obras que cumple, con las tentaciones que supera-a las formas de culto externo. ¿Qué valor puede tener a los ojos de Dios la ostentación de un culto, cuando luego en el interior el corazón no ama a Dios, no se anonada en un respetuosísimo amor a Dios, cuando no lo alaba y admira teniendo amor por las cosas hechas por Él, y en primer lugar por el hombre, que es la obra maestra de la Creación terrestre?

¿Veis dónde se ha producido el error en Israel?: en haber hecho, en un primer momento, de un único precepto dos preceptos, para separar luego netamente, con la decadencia de los espíritus, el segundo del primero, como si fuera una rama inútil. No era una rama inútil, no eran ni siquiera dos ramas: era un único tronco, que ya desde la base se había adornado con las distintas virtudes de los dos amores.

Mirad esa gruesa higuera que ha nacido allá arriba, encima de aquel collado. Nacida espontáneamente, casi en la raíz, o sea, apenas salida de la tierra, se ha formado en dos ramas tan unidas, que las dos cortezas se han fundido; pero cada una de las dos ramas han dado las propias frondas a los lados, en forma tan caprichosa, que ha dado el nombre de "Casa de la higuera gemela" a este pueblecillo que está en este pequeño collado.

Ahora bien, si uno quisiera ahora separar los dos troncos, que en el fondo son un solo tronco, debería usar la segur o la sierra. Pero, ¿qué haría? Haría morir a la planta, o, si fuera tan hábil que guiara la segur o la sierra de forma que lesionara a uno de los dos troncos solamente, salvaría uno de los dos, pero el otro moriría inexorablemente, y el que quedara, aunque siguiera vivo, estaría semimuerto, y probablemente perdería vigor y no daría ya fruto o lo daría muy escaso.

Lo mismo ha sucedido en Israel. Han querido cortar, separar las dos partes (tan unidas que son verdaderamente una cosa sola); han querido retocar lo que era perfecto. Porque todas las obras de Dios son perfectas, todos los pensamientos, todas las palabras. Por tanto, si Dios en el Sinaí mandó amar a Dios santísimo y al prójimo con un único precepto, está claro que no son dos preceptos que puedan ser practicados con independencia el uno del otro, sino que son un solo precepto.

Y, no bastándome nunca la formación de que os hago objeto en esta sublime virtud (la mayor de todas, la que sube con el espíritu al Cielo, porque es la única que subsiste en el Cielo), insisto en ella, que es alma de toda la vida del espíritu, el cual pierde la vida si pierde la Caridad, porque pierde a Dios.

Oídme. Imaginad que a vuestra puerta vengan un día a llamar dos riquísimos esposos, pidiendo hospitalidad para toda la vida. ¿Podríais decir: “Aceptamos al esposo, pero no queremos a la esposa", sin oír esta respuesta del esposo: "Eso no puede ser, porque no me puedo separar de la carne de mi carne. Si no queréis acogerla, yo tampoco me puedo alojar en vuestra casa, y me voy con todos mis tesoros, de los cuales os habría hecho copartícipes”?

Dios está aunado con la Caridad. Esta es verdaderamente, y más íntima y verdaderamente que dos esposos que se aman intensamente, espíritu de su Espíritu. Es Dios mismo la Caridad. La Caridad no es sino el aspecto más manifiesto, más ilustrativo de Dios.

Entre todos sus atributos, es el atributo rey y el atributo origen, porque todos los demás atributos de Dios nacen de la caridad. ¿Qué es la Potencia sino caridad que obra? ¡Qué es la Sabiduría sino caridad que enseña? ¿Qué es la Misericordia sino caridad que perdona? ¿Qué es la Justicia sino caridad que administra? Y podría continuar así para todos los innumerables atributos de Dios.

¿Y bien?, ¿teniendo en cuenta esto que digo, podéis pensar que quien no tiene la Caridad puede tener a Dios? No lo tiene. ¿Podéis pensar que pueda acoger a Dios y no la Caridad, esa Caridad que es única y abraza Creador y criaturas y no se puede tener de ella sólo una mitad, la tributada al Creador, sin tener también la otra mitad, la tributada al prójimo?

Dios está en las criaturas. Está en ellas con su señal imborrable, con sus derechos de Padre, de Esposo, de Rey.

El alma es su trono; el cuerpo, su templo. Ahora bien, el que no ama a un hermano suyo y lo hace objeto de desprecio, hace desprecio, produce dolor, niega su reconocimiento al Amo de la casa de su hermano, al Rey, al Padre, al Esposo de su hermano; y es natural que este gran Ser que es Todo, y que está presente en un hermano, en todos los hermanos, haga suya la ofensa infligida al ser menor, a la parte del Todo, o sea, a éste o a aquel hombre. Por este motivo os he enseñado las obras de misericordia corporales y espirituales; por esto, os he enseñado a no escandalizar a los hermanos; por esto, os he enseñado a no juzgar, a no despreciar, a no rechazar a los hermanos, ya sean buenos, ya sean no buenos, fieles o gentiles, amigos o enemigos, ricos o pobres.

Cuando en un tálamo se verifica una concepción, ésta se forma con el mismo acto, ya se produzca en un tálamo de oro, ya se produzca en el mullido de paja de un establo. Y la criatura que se forma en el seno regio no es distinta de la que se forma en el seno de una mendiga.

La concepción, el hecho de formar un nuevo ser es igual en todos los puntos de la Tierra, cualquiera que fuere su religión. Todas las criaturas nacen como nacieron Abel y Caín del seno de Eva. Y a la igualdad de la concepción, formación y modo de nacer, de los hijos de un hombre y una mujer en la Tierra, corresponde otra igualdad en el Cielo: la creación de un alma para ser infundida en el embrión, para que el embrión sea de hombre y no de animal y lo acompañe desde el momento en que es creada hasta la muerte, y sobreviva a él en espera de la resurrección universal para volver a unirse, entonces, al cuerpo resucitado y recibir con él el premio o el castigo. El premio o el castigo, según las acciones realizadas en la vida terrena.

Porque no os penséis que la Caridad es injusta y que, sólo porque muchos no vayan a ser de Israel o de Cristo, aun siendo virtuosos en la religión que siguen, convencidos de estar en la verdadera, vayan a permanecer para toda la eternidad sin premio. Después del fin del mundo, ninguna virtud sobrevivirá, sino la Caridad, o sea, la unión del Creador y de todas las criaturas que vivieron con justicia. No habrá muchos Cielos (uno para Israel, uno para los cristianos, uno para los católicos, uno para los gentiles, uno para los paganos); no los habrá, sino que habrá un solo Cielo. Igualmente, habrá un solo premio:

Dios, el Creador que se une de nuevo con aquellas criaturas suyas que han vivido en justicia, en las cuales, por la belleza de los espíritus y de los cuerpos de los santos, admirará su propio Ser con alegría de Padre y de Dios. Habrá un solo Señor. No un Señor para Israel, uno para el catolicismo, uno para cada una de las otras religiones.

Ahora os voy a revelar una gran verdad. Recordadla. Transmitidla a vuestros sucesores. No esperéis siempre a que el Espíritu Santo proyecte luz sobre las verdades, después de años o siglos de oscuridad. Oíd.

Vosotros quizás decís: "Pero entonces, ¿qué justicia hay en el hecho de ser de la religión verdadera, si al final del mundo vamos a ser tratados de la misma manera que los gentiles?". Os respondo: la misma justicia que hay -y es justicia verdadera­ para aquellos que aun siendo de la religión santa no serán bienaventurados por no haber vivido como santos. Un pagano virtuoso, por el solo hecho de haber vivido con virtud escogida, convencido de que su religión era buena, tendrá al final el Cielo.

¿Pero cuándo? Cuando llegue el fin del mundo, cuando de las cuatro moradas de los que han muerto queden sólo dos: el Paraíso y el Infierno. Porque la Justicia en ese momento deberá conservar y dar estos dos reinos eternos, respectivamente a quien del árbol del libre albedrío escogió los frutos buenos y a quien quiso los malos.

¡Pero, cuánta espera antes de que un pagano virtuoso llegue a ese premio!… ¿No consideráis esto? Y esa espera, especialmente desde el momento en que la Redención, con todos los consiguientes prodigios, se verifique, y el Evangelio sea predicado en el mundo, será la purgación de las almas que vivieron con justicia en otras religiones y que no pudieron entrar en la Fe verdadera después de conocerla como existente y efectivamente real. Para ellos el Limbo durante siglos y siglos, hasta el fin del mundo.

Para los creyentes que creen en el Dios verdadero y que no supieron ser heroicamente santos, el largo Purgatorio (y para algunos podrá terminar en el fin del mundo). Pero, después de la expiación y la espera, todos los buenos, cualquiera que fuere su procedencia, estarán a la derecha de Dios; los malos, cualquiera que fuere su procedencia, a la izquierda, y luego en el Infierno horrendo; mientras que el Salvador entrará con los buenos en el Reino eterno.

Señor, perdona si no te entiendo. Lo que dices es muy difícil… al menos para mí… Dices siempre que eres el Salvador y que redimirás a los que creen en ti. ¿Y entonces los que no creen, o porque no te han conocido por haber vivido antes, o porque -¡es tan grande el mundo!-no han tenido noticia de ti, cómo pueden ser salvados? -pregunta Bartolomé.

-Ya te lo he dicho: por su vida de justos, por sus obras buenas, por esa fe suya que consideran verdadera.
-Pero no han recurrido al Salvador…

-Pero el Salvador por ellos, también por ellos, sufrirá. ¿No consideras, Bartolmái, qué gran valor tendrán mis méritos de Hombre Dios?

-Mi Señor, en todo caso inferiores a los de Dios, a los que, por consiguiente, posees desde siempre.

-Respuesta correcta y no correcta. Los méritos de Dios son infinitos, dices, Todo es infinito en Dios. Pero Dios no tiene méritos, en el sentido de que no ha merecido. Tiene atributos, virtudes propias suyas. Él es el que es: la Perfección, el Infinito, el Omnipotente. Pero para merecer hay que llevar a cabo, con esfuerzo, algo que sea superior a nuestra naturaleza. No es un mérito comer, por ejemplo.

Pero puede ser un mérito el saber comer parcamente, haciendo verdaderos sacrificios para dar a los pobres lo que ahorramos. No es un mérito el estar callados, pero lo es cuando lo estamos no replicando contra una ofensa. Y así sucesivamente. Ahora bien, como tú puedes comprender, Dios, que es perfecto, infinito, no tiene necesidad de someterse a esfuerzo. Pero el Hombre Dios puede someterse a esfuerzo, humillando la infinita Naturaleza divina a la limitación humana, venciendo a la naturaleza humana, que no está ausente de Él ni en Él es metafórica, sino que es real, con todos sus sentidos y sentimientos, con sus posibilidades de sufrimiento y muerte, con su voluntad libre.

A nadie le gusta la muerte, especialmente si es dolorosa, precoz e inmerecida. A ninguno le gusta. Y, no obstante, todo hombre debe morir. Por tanto, el hombre debería mirar a la muerte con la misma alma con que ve que termina todo lo que tiene vida. Pues bien, Yo fuerzo a mi Humanidad a amar la muerte. No sólo esto. He elegido la vida para poder tener la muerte. Por la Humanidad.

Por eso, Yo, en mi condición de Hombre-Dios, adquiero esos méritos que en mi condición de Dios no podía adquirir. Y, con ellos, que son infinitos por la forma como los adquiero, por la Naturaleza divina unida a la humana, por las virtudes de caridad y obediencia con las cuales me he puesto en condiciones de merecerlos, por la fortaleza, la justicia, la templanza, la prudencia, por todas las virtudes que he puesto en mi corazón para hacerlo grato a Dios, mi Padre, Yo tendré un poder infinito no sólo como Dios, sino como Hombre que se inmola por todos, o sea, que alcanza el límite máximo de la caridad. Lo que da el mérito es el sacrificio.

Cuanto mayor es el sacrificio, mayor es el mérito. Si es completo el sacrificio, completo es el mérito; si perfecto el sacrificio, perfecto el mérito, y utilizable según la santa voluntad de la víctima, a la que el Padre dice:

"¡Sea como tú quieres!", porque la víctima lo ha amado sin medida y ha amado al prójimo sin medida.

Y os digo que el más pobre de los hombres puede ser el más rico y beneficiar a un número sin medida de hermanos, si sabe amar hasta el sacrificio. Os digo que, aunque no tuvierais ni una miga de pan ni un vaso de agua ni un vestido roto, podríais hacer un bien siempre. ¿Cómo? Orando y sufriendo por los hermanos. ¿Hacer un bien a quién? A todos. ¿De qué forma? De mil maneras, todas santas, porque si supierais amar sabríais obrar como Dios, y enseñar, perdonar, administrar, y, como el Hombre-Dios, redimir.

-¡Oh, Señor, danos esta caridad! -suspira Juan.
-Os la da Dios, porque se da a vosotros. Pero vosotros debéis acogerla y practicarla cada vez más perfectamente.

Ningún hecho debe estar para vosotros separado de la caridad. Desde los hechos materiales a los del espíritu.

Todo se haga con caridad y por la Caridad. Santificad vuestras acciones, vuestras jornadas; poned la sal en vuestras oraciones, la luz en vuestras acciones. La luz, el sabor, la santificación, es la caridad. Sin ella, nulos son los ritos y vanas las oraciones, falsas las ofrendas.

En verdad os digo que la sonrisa con que un pobre os saluda como a hermanos tiene más valor que el saco de monedas que uno puede arrojaros a los pies sólo para ser notado. Sabed amar y Dios estará con vosotros, siempre.
-Enséñanos a amar así, Señor.

-Hace dos años que lo estoy haciendo. Haced lo que me veis hacer y estaréis en la Caridad, y la Caridad estará en vosotros, y tendréis el sello, el crisma, la corona que harán que seáis verdaderamente reconocidos como ministros de Dios-Caridad. Ahora vamos a detenernos en este lugar umbrío. Aquí hay hierba tupida y alta, y los árboles mitigan el calor. Proseguiremos cuando atardezca…

443- La muerte del abuelo de Margziam

Jesús debe haber dejado ya a las mujeres, porque está con los apóstoles, con Isaac y con Margziam. Están bajando las últimas pendientes hacia la llanura de Esdrelón mientras la tarde cae lentamente.

Margziam está muy contento de que el Señor lo lleve a donde su querido abuelo. Menos contentos están los apóstoles, que recuerdan el reciente incidente con Joacana.

Pero guardan silencio, serios, para no apenar al jovencito, que se alegra de no haber tocado la miel que Porfiria le ha dado, «porque tenía la esperanza de que el Señor con-cediera a mi corazón la alegría de ver a mi padre.

No sé por qué… pero desde hace un tiempo lo tengo siempre presente en el espíritu, como si me llamara. Se lo he dicho a Porfiria y me ha dicho: "Me sucede también a mí lo mismo cuando Simón está lejos". Pero no debe de ser como dice, porque antes nunca me había sucedido».

-Porque antes eras un niño. Ahora eres un hombre y tu pensamiento piensa más -le dice Pedro.
-Tengo también dos quesitos y unas pocas aceitunas. Lo que he podido traer, mío mío, a mi querido padre. Y luego tengo una túnica y un manto de cáñamo. Porfiria los quería hacer para mí. Pero le he dicho: "Si me quieres, hazlos para el anciano". ¡Lleva siempre vestidos tan rotos, y está siempre tan sudoroso con sus vestidos de mala lana!… Sentirá alivio».

-Pero ya, para empezar, tú te has quedado sin vestidos frescos, y sudas como una esponja, con esos de lana -le dice Pedro.

-¡No importa! Se ha quedado tantas veces sin comer mi padre para dármelo a mí cuando yo estaba en el bosque… Por fin puedo darle yo también algo. ¡Ojalá pudiera ahorrar y darle lo suficiente para que pudiera rescatarse!
-¿Cuánto tienes hasta este momento? -pregunta Andrés.
-Poco. Con el pescado he sacado ciento diez didracmas. Pero voy a vender pronto los corderos, y entonces… ¡Si pudiera hacerlo antes del frío fuerte!…

-¿Lo recibís vosotros? -pregunta Natanael a Pedro.
-Sí. No nos vamos a quedar en la miseria si ese pobre anciano toma un bocado de nuestro plato…
-Y además… Puede hacer algún pequeño trabajo… Venir a Betsaida donde nosotros, ¿verdad Felipe?
-Claro… Te ayudaremos, Simón, dando esta alegría a nuestro buen Margziam y al anciano…

-Esperemos que no esté Jocanán… -dice Judas Tadeo.
-Iré yo delante para avisar -dice Isaac.
Caminan ligeros bajo la luz de la Luna… Llegados a un determinado punto, Isaac se separa, acelerando más aún el paso, mientras el grupo lo sigue más lentamente. Un gran silencio hay en la llanura. Hasta los ruiseñores callan.
Caminan, caminan, hasta que ven dos sombras que corren hacia ellos.

-Uno es Isaac, seguro… El otro… puede ser tanto Miqueas como el administrador; son igual de altos… -dice Juan.

Ya están cerca… cerquísima. Y es exactamente el administrador, seguido de Isaac, que está consternado.
-Maestro… Margziam… ¡pobre hijo!… Venid pronto… Tu padre, Margziam, está enfermo… mucho…
-Ay! ¡Señor!… -grita el jovencito, con dolor.
-Vamos, vamos… Sé fuerte, Margziam -y Jesús le toma la mano, echándose casi a correr mientras dice a los apóstoles:

-Seguidme vosotros…
-Sí… Pero con cuidado… Está Jocanán -grita el administrador, ya desde lejos.
El pobre anciano está en casa de Miqueas. Hasta un estúpido puede comprender que está a las puertas de la muerte. Su estado es de completa postración, tiene los ojos cerrados, sus facciones ya aparecen relajadas, como de uno que muere. Está céreo, excepto en le pómulos, donde resiste aún un rojo cianótico.

Margziam se agacha hacia la yacija y llama:
-¡Padre! ¡Padre mío! ¡Soy Margziam! ¿Entiendes? ¡Margziam! ¡Yabés! ¡Tu Yabés!… ¡Oh Señor! Ya no me oye… Ven aquí, Señor… Ven aquí. Inténtalo Tú. Cúralo… Haz que me vea, que me hable… ¿Voy a tener que ver morir así a todos los míos, sin que me den un adiós?…
Jesús se acerca, se inclina hacia el moribundo, le pone una mano en la cabeza y dice:

-Hijo del Padre mío, escúchame.
Como uno que sale de un sueño profundo, el anciano respira hondo y, abriendo los ojos ya vítreos, mira vacilante a las dos caras que están inclinadas hacia la suya. Hace ademán de hablar, pero la lengua está muy entorpecida. Pero debe haber reconocido ahora, porque sonríe y trata de coger las manos de los dos para llevárselas a los labios.
-Padre… había venido… ¡He rezado mucho para venir!… Te quería decir… que pronto tendré lo suficiente… para darte con qué rescatarte… y venir conmigo, a casa de Simón y Porfiria, ¡que son tan buenos, tan buenos con tu Yabés!… y con todos…

El anciano logra mover la lengua, y a duras penas dice:
-Que Dios los recompense, y te recompense a ti… Pero es tarde… Voy con Abraham… a no sufrir más…
Se vuelve hacia Jesús y, con ansia, pregunta:
-Así, ¿no es verdad?

-Así. ¡Estáte en paz! -y Jesús se yergue, majestuoso, y dice:
-Yo, con mi poder de Juez y Salvador, te absuelvo de todo lo que en tu vida hayas podido cometer en culpas u omisiones, y de los movimientos del corazón contra la caridad y hacia quien te ha odiado. De todo de perdono, hijo. ¡Ve en paz!

Jesús ha extendido las manos, altas, encima de la yacija, como si fuera un altar y Él, Sacerdote, estuviera para consagrar la víctima.
Margziam llora, mientras el viejo sonríe dulcemente susurrando:

-Se duerme uno en paz con tu ayuda… Gracias, Señor… -y se abate.

-¡Padre! ¡Padre! ¡Oh! ¡Se muere! ¡Se muere! ¡Hay que darle un poco de miel… tiene la boca seca…! ¡Está frío…! ¡La miel da calor…! -grita Margziam, y trata de rebuscar en el talego con una mano, mientras sujeta con la otra a su abuelo la cabeza, que se hace más pesada. En el umbral de la puerta han aparecido los apóstoles… y observan mudos…

-Bien, Margziam. Sujeto yo al padre -dice Jesús… y luego, a Pedro:
-Simón, ven aquí…

Y Simón, emocionado, se acerca…
Margziam trata de dar un poco de miel al viejo. Hunde un dedo en el tarro y lo saca cubierto de miel filamentosa, que pone en los labios de su abuelo; y éste vuelve a abrir sus ojos, lo mira, le sonríe, dice:
-Está buena.

-La he hecho para ti.., y también la túnica fresca de cáñamo…

El anciano levanta la mano temblorosa y trata de ponerla en la morena cabeza. Dice:

-Eres bueno.., más que la miel… Y es esto… el hecho de que seas bueno, lo que me hace bien… Pero tu miel… ya no hace falta… Y tampoco la túnica fresca… Ten tú esas cosas… Tenlas tú con mi bendición…
Margziam cae de rodillas y llora, apoyada la cabeza en la orilla del lecho, gimiendo:

-¡Solo! ¡Me quedo solo!

Simón da la vuelta en torno al lecho y, con voz más áspera que nunca, por la emoción, dice, mientras acaricia los cabellos de Margziam:

-No… Solo no… Yo te quiero. Porfiria te quiere… Los discípulos,.. Muchos hermanos… Y luego… Jesús… Jesús te quiere… ¡No llores, hijo mío!

-Tuyo… hijo… sí… dichoso yo… ¡Señor!… Señor… -el anciano gorgotea, hace movimientos bruscos… siente el fin.

Jesús lo rodea con el brazo, lo levanta algo, entona lentamente:

-Alzo los ojos hacia los montes, ¿de dónde vendrá mi auxilio? -y prosigue con todo el salmo l2l. Luego se para y observa al hombre que se le muere entre los brazos calmado por esas palabras… Entona el salmo l22. Pero dice poco de él, porque en cuanto empieza el cuarto versículo se interrumpe y dice:

-¡Ve en paz, alma justa! -y lo vuelve a recostar, lentamente, y le baja los párpados con la mano. Una muerte tan serena, que ninguno, excepto Jesús, se ha dado cuenta del tránsito; pero lo comprenden por este acto del Maestro. Inmediatamente se oye un murmullo.

Jesús hace un gesto de silencio. Va donde Margziam, el cual, llorando como está con la cabeza agachada y apoyada en el lecho, no se ha dado cuenta de nada. Jesús se agacha hacia él, lo abraza tratando de alzarlo y dice:

-Él está en paz, Margziam. Ya no sufre. La mayor gracia de Dios para con él es ésta: la muerte, ¡y en los brazos di Señor! No llores, hijo amado. Mira cómo está en paz… En paz… Pocos en Israel han recibido el premio de este justo: morir apoyado en el pecho del Salvador. Ven aquí, a mis brazos… No estás solo. Y además, está Dios, y es todo, que te ama por todo el mundo.

El pobre Margziam da verdaderamente pena, pero encuentra todavía la fuerza de decir:

-Gracias, Señor, por haber venido… Y a ti Simón, por haberme traído… Y a todos, a todos, gracias… por lo que me habéis dado para él… Pero ya no hace falta… Pero… la túnica sí… Somos pobres… No podemos hacer el embalsamamiento… ¡oh padre mío! ¡Ni siquiera un sepulcro te puedo dar!… Pero, si os fiáis, si podéis… haced los gastos y os daré en Octubre el precio de los corderos y del pescado…

-¡Oye! ¡Digo yo que todavía tienes un padre! ¡Lo arreglo yo! A costa de vender una barca. Daremos al anciano todos los h̥͈͈́͗onores. Lo más difícil es conseguir quién anticipe… y quién dé un sepulcro…

El administrador dice:

-En Yizreel, entre la gente del pueblo, hay discípulos. No negarán nada. Me voy a poner en camino enseguida. Volveré antes de que acabe la hora tercia…
-Sí, pero… ¿y el Fariseo?

-No temáis. Haré que sepa que hay un muerto y, por no contaminarse, no saldrá de casa. Me voy…
Y Miqueas y los otros van y vienen, preparando lo necesario para los últimos honores del compañero muerto, mientras Margziam, inclinado hacia su abuelo, llora y lo acaricia, y Jesús habla en voz baja con los apóstoles e Isaac.

Y aquí hago una observación mía. Me ha sucedido a veces que me he visto en semejantes vicisitudes, y frecuentemente he notado que los presentes, con finalidad buena o con actitudes intransigentes no buenas, recriminan a los que se sienten desolados por haber perdido a un pariente. Comparo esto con la dulzura de Jesús, que se compadece del sufrimiento del huérfano y no pretende de él un heroísmo innatural… ¡Cuánto hay que aprender de la más mínima acción de Jesús!….

442- Judas Iscariote en Nazaret en casa de María

Leve, levísimamente rojea oriente con el primer atisbo de aurora, cuando Judas de Keriot llama a la puerta de la pequeña casa de Nazaret.

En la calle sólo hay campesinos, mejor dicho: pequeños propietarios de Nazaret, en dirección a sus viñas u olivares, con sus herramientas de trabajo; y miran con asombro a ese hombre que llama a una hora tan mañanera a la casa de María. Cuchichean.

-Es un discípulo -dice uno, respondiendo al comentario de otro.
-Está claro que busca a Jesús de José.
-Es inútil. Ayer noche se ha marchado. Lo he visto yo. Voy a decírselo…-dice otro.
-¡Déjalo! Es Judas de Keriot. No me gusta ese hombre.

Nosotros quizás cometemos muchos errores con Jesús y hacemos mal. Pero él, ése, el año pasado ha hecho mucho daño aquí entre nosotros… Quizás nos hubiéramos convertido. Pero él…

-¿Qué? ¿Qué? ¿Cómo lo sabes?
-Yo estaba presente una noche en casa del arquisinagogo y, necio de mí, creí inmediatamente en todo… ¡Ahora… basta! Creo que he pecado.

-Quizás él también se ha dado cuenta de que ha pecado y…
Se alejan y ya no oigo nada de lo que dicen.

Judas vuelve a golpear en la puerta. Ha estado pegado a ella, la cara contra la madera, como para evitar ser visto y reconocido. Pero la pequeña puerta no se abre. Judas hace un gesto de contrariedad y se aleja por la callecilla que bordea el huerto. Da la vuelta hacia la parte de atrás de la casa. Da una ojeada por encima del seto al huerto quieto, animado sólo por las palomas.

Judas piensa qué hacer. Habla consigo mismo: «A lo mejor se ha marchado Ella también. No obstante… la habría visto. Bueno y… No. Ayer, al atardecer, oía su voz…

Quizás ha ido a dormir donde su cuñada… ¡Uf! Eso es tan latoso como tener una abeja delante de la cara, porque volverán juntas, y yo quiero hablarle estando sola, sin esa vieja como testimonio. Es una lenguaraz y me haría una serie de observaciones. No quiero observaciones yo. Y es astuta, como todas las viejas lugareñas. No aceptaría como buenas mis disculpas, y se lo comentaría a esa ignorante paloma de su cuñada… A ésa estoy seguro de engañarla en todos los sentidos. Es tarda como una oveja… Y debo poner remedio a lo que sucedió en Tiberíades. Porque si habla… ¿Habrá hablado, o habrá guardado silencio?

Si ha hablado… es más difícil arreglar las cosas… Pero no habrá hablado… Confunde la virtud con la necedad.

Como es la Madre, así es el Hijo… Y los otros actúan mientras ellos duermen. Y la verdad es que tienen razón.

¿Por qué dejarlos aparte si parece que quieren?… Pero, por otra parte, ¿qué es lo que quieren?… Tengo la cabeza tan embarullada… Tengo que dejar de beber y… ¡Ya!, pero es que el dinero tienta, y soy como un potro al que hubieran tenido demasiado tiempo encerrado. Dos años, eh!

¡Más de dos años! Dos años de todas las abstinencias… Pero… entretanto… ¿Qué decía anteayer Elquías? ¡No son malas sus enseñanzas! ¡Ciertamente! Todo es lícito con tal de lograr establecer a Jesús en el trono. ¿Pero si El no quiere? De todas formas, debo pensar, ciertamente, que, si no triunfamos, todos nosotros vamos a acabar como los seguidores de Teodas o de Judas el Galileo… Quizás haría bien en separarme porque… bueno porque no sé si lo que ellos quieren es bueno. Me fío poco de ellos… Demasiado cambiados de un tiempo a esta parte… Y si… ¡Qué horror!

¿Ser yo el medio para perjudicar a Jesús? No. Me separo. De todas formas, es amargo haber soñado el reino y volver a ser, ¿qué?… Nada… Pero mejor nada que… Él dice siempre: "aquel que cometa el gran pecado". ¿Oye? ¡No iré a ser yo, eh! ¿Yo? ¿Yo? Antes me ahogo en el lago… Me marcho. Es mejor que me marche. Iré donde mi madre. Le pediré dinero, porque está claro que no puedo pedirles a los miembros del Sanedrín el dinero para marcharme. Me… me ayudan porque esperan que yo los ayude a salir de la incertidumbre. Una vez que Jesús sea rey, estamos seguros.

La muchedumbre con nosotros… Herodes… ¿quién se va a preocupar de él? Los romanos no, el pueblo tampoco. ¡Todos lo odian! Y… y… Pero Jesús es capaz de renunciar nada más ser proclamado rey. ¡Oh! ¡Bien! ¡Si Eleazar de Anás me asegura que su padre está preparado para ceñirlo rey!…

Después ya no puede quitarse el carácter sagrado. En el fondo… yo hago como aquel administrador infiel de su parábola… Recurro a los amigos por mí, sí, es verdad, pero también por Él. Hago, por tanto, servir los medios injustos para… ¡Y, a pesar de todo, no! Debo tratar de persuadirlo. No estoy convencido de actuar bien haciendo este subterfugio… y… ¡Oh, si pudiera convencerlo!

¡Porque sería tan hermoso! Mucho… ¡Sí! Ésta es la mejor idea. Decir todo al Maestro con franqueza. Suplicarle…

Si es que María no le ha hablado de Tiberíades… ¿Cómo he dicho que hay que decir a María? ¡Ah! ¡Sí! La negativa de las romanas. ¡Maldita mujer aquélla! ¡Si no hubiera ido a donde ella aquella noche, no me habría encontrado con María! ¡Pero quién iba a imaginarse que María estuviera en Tiberíades! Y pensar que todos los días anteriores al sábado y durante el sábado y el día siguiente del sábado yo no salía nunca para no ver a ningún apóstol… ¡Necio! ¡Necio! ¿No podía haber ido yo a Ippo, a Guerguesa, a buscar mujeres? ¡No! ¡Precisamente allí! A Tiberíades, por donde los de Cafarnaúm tienen que pasar para venir aquí…

Pero todo por causa de las romanas… Tenía la esperanza… No, esto es lo que debo decir para disculparme, pero no es cierto. Es inútil que me lo diga a mí mismo, a mí que sé por qué fui allí: para reunirme con los poderosos de Israel y para gozar, porque estoy bien de dinero. De todas formas… qué pronto se consume el dinero… Dentro de poco ya no voy a tener más… ¡Ja! ¡Ja!, contaré algún cuento a Elquías y a los compinches y me darán más…

-¡Judas! ¿Estás loco? Te estoy mirando desde hace un rato, desde encima de un olivo. Gesticulas… hablas solo… ¿Te ha hecho daño el sol de Tammuz? -grita Alfeo de Sara, asomándose por una bifurcación de ramas de un gigantesco olivo que está a unos treinta metros del lugar donde está Judas.

Judas se estremece, vuelve la mirada, lo ve y barbota:
-¡Que te lleve la muerte! ¡Maldito pueblo de espías!
Pero con una sonrisa afable grita:
-No. Estoy preocupado porque María no abre… ¿No se encontrará mal? ¡He llamado mucho!…

-¿María? ¡Ya podías llamar! Está con una pobre anciana que se está muriendo. Cuando la han llamado era la tercera vigilia…

-Pues tengo que hablar con ella.
-Espera. Bajo y voy a avisarla. ¿Pero tienes verdadera necesidad?
-¡Hombre, digo yo! Estoy aquí desde los primeros rayos del sol.

Alfeo, solícito, baja del árbol y se aleja a buen paso.
-¡También me ha visto ése ahora! ¡Y está claro que va a volver con la otra! ¡Es que no me sale una a derechas! -y echa una letanía de improperios contra Nazaret, los nazarenos, María de Alfeo, e incluso contra la caridad de María Santísima, hacia la moribunda, y contra la propia moribunda…

No ha terminado todavía y ya la puerta -que desde el comedor introduce en el huerto-se abre. En el umbral aparece una María muy pálida y triste.

-¡Judas!, ¡María! -dicen al mismo tiempo.
-Ahora te abro la puerta. Alfeo sólo me ha dicho: "Ve a casa. Hay uno que pregunta por ti", y he venido rápidamente, y mucho más porque la pobre anciana ya no me necesita. Ha terminado de sufrir por un hijo malo…
Judas, mientras habla María, corre por la callejuela y vuelve a la parte de delante de la casa… María abre.
-La paz a ti, Judas de Keriot. Entra.
-La paz a ti, María.

Judas está un poco titubeante. María está tranquila, pero seria.
-He llamado mucho, esta mañana al amanecer.
-Ayer noche un hijo ha quebrantado el corazón de una madre… Y han venido a buscar a Jesús. Pero Jesús no está. También te lo digo a ti: Jesús no está. Has venido tarde.
-Ya sé que no está.

-¿Cómo lo sabes? Has llegado de reciente…
-Madre, quiero ser franco contigo, que eres buena: estoy aquí desde ayer…

-¿Y por qué no has venido? Tus compañeros, en estos sábados, sólo no han venido una vez…

-¡Ya lo sé! He ido a Cafarnaúm y no los he encontrado.
-No mientas, Judas. En Cafarnaúm no has estado en todo este tiempo. Bartolomé ha estado siempre allí y no te ha visto. Y Bartolomé no ha venido hasta ayer. Pero tú ayer estabas aquí. Por tanto… ¿Por qué mientes, Judas? ¿No sabes que la mentira es el primer paso hacia el hurto y el homicidio?…

La pobre Ester ha muerto incluso, matada por el dolor causado por la conducta de su hijo. Y Samuel, su hijo, empezó a ser la vergüenza de Nazaret con pequeñas mentiras, que cada vez se iban haciendo más grandes… De ellas a todo lo demás. ¿Quieres imitarlo tú, apóstol del Señor? ¿Quieres hacer morir de dolor a tu madre?

El reproche se verifica con voz baja, y lentamente. ¡Pero cómo incide! Judas no sabe qué replicar. Se sienta de golpe, con la cabeza entre las manos.

María lo observa. Luego dice:
-¿Entonces? ¿Para qué querías verme? Mientras asistía a la pobre Ester oraba por tu madre… y por ti… Porque me producís compasión, el uno y la otra, por dos motivos diferentes.

-Entonces, si sientes compasión, perdóname.
-Nunca he tenido rencor.
-¿Cómo?… ¿Ni siquiera por… aquella mañana de Tiberíades?…

-Mira, estaba así porque la noche anterior las romanas me habían tratado mal, como a un loco y como… traidor del Maestro. Sí, lo confieso. Hice mal en hablar con Claudia.

Me he equivocado respecto a ella. Pero lo hago buscando el bien. He causado dolor al Maestro. No me lo ha dicho, pero sé que sabe que he hablado. Seguro que ha sido Juana la que ha avisado. Juana no me ha podido ver nunca, y las romanas me causaron dolor… Para olvidar bebí…

-María reacciona con una expresión de compasión involuntariamente irónica, y dice:
-Pues Jesús, por todo el dolor que gusta todos los días, debería estar borracho todas las noches…

-¿Se lo has dicho?
-Yo no aumento la amargura del cáliz a mi Hijo con noticias de nuevas defecciones, caídas, pecados, asechanzas… He callado y callaré.

Judas cae de hinojos, tratando de besar la mano de María, pero ella se retira, sin descortesía, pero sí muy decidida a no dejarse besar ni tocar.

-¡Gracias, Madre! Tú me salvas. Había venido aquí para esto… y para que me facilitaras el camino de acercarme al Maestro sin reprensiones y vergüenza.
-Yendo a Cafarnaúm para venir con los otros, lo habrías evitado. Era muy sencillo.
-Es verdad… Pero los otros no son buenos, y me han puesto espías para luego amonestarme y acusarme.

-Judas, no ofendas a tus hermanos. ¡Basta de pecar! Tú has espiado, aquí, en Nazaret, patria del Cristo, tú…
Judas la interrumpe:

-¿Cuándo? ¿El año pasado? ¿Ves? Han tergiversado mis palabras. Pero créeme que yo…

-No sé lo que has dicho ni hecho el año pasado. Hablo de ayer. Tú estás aquí desde ayer. Sabes que Jesús se ha marchado. Así que has indagado. Y no en las casas amigas: de Aser, Ismael, Alfeo, ni donde los pocos que aquí aman a Jesús. Porque, si lo hubieras hecho, habrían venido a decírmelo. La casa de Ester se ha llenado de mujeres, al alba, cuando ella ha muerto. Pero ninguna tenía noticia de ti. Eran las mejores de entre las mujeres de Nazaret, las que me quieren y quieren a Jesús, y se esfuerzan en practicar su Doctrina a pesar de la hostilidad de sus maridos, padres e hijos. Por tanto, tú has indagado entre los enemigos de mi Jesús.

¿Cómo llamas tú a esto? Yo no lo digo. Lo debes decir tú.

A ti mismo. ¿Por qué lo has hecho? No quiero saberlo. Te digo sólo esto. En mi corazón serán clavadas muchas espadas, clavadas y vueltas a clavar, sin piedad, por los hombres que causan dolor a mi Jesús y lo odian. Y una será la tuya, y no será desclavada. Porque el recuerdo de ti, Judas, que no te quieres salvar, de ti que te destruyes, de ti que me produces miedo -no miedo por mí misma, sino por tu alma-no saldrá ya de mi corazón. Una la clavó en mi corazón el justo Simeón, mientras llevaba yo en mi pecho a mi Niño, al Corderito mío santo… La otra… la otra eres tú… La punta de tu espada ya me tortura el corazón.

Pero, no sintiéndote satisfecho todavía de producir esta pena en una pobre mujer, esperas a clavar del todo tu espada de verdugo en el corazón de quien no te ha dado sino amor… ¡Pero, estúpida soy pretendiendo de ti piedad, que no la has tenido con tu madre!… Es más, mira: con un solo golpe me atravesarás a mí y a ella, ¡oh hijo desgraciado, al que no salvan las oraciones de dos madres!…

María habla llorando, y las lágrimas no caen en la cabeza morena de Judas, porque él se ha quedado en el lugar donde
ha caído de rodillas, separado de María… Esas lágrimas santas las bebe el enlosado…Y la escena me trae el recuerdo de Áglae, sobre la que, por el contrario, puesto que ella se ceñía a María en un sincero deseo de redención, caían las lágrimas.

-¿No encuentras una palabra, Judas? ¿No consigues encontrar en ti la fuerza de un propósito bueno? ¡Oh! ¡Judas!
¡Judas! Pero, dime: ¿Estás contento de tu vida? Examínate,

Judas. Sé humilde, sincero contigo mismo lo primero. Y luego con Dios, para ir a Él con tu saco de piedras quitadas de tu corazón y decirle: “Mira, me he quitado estos pedruscos por amor a ti”.

-No tengo… el valor de confesarme a Jesús.
-No tienes la humildad para hacerlo.
-Es verdad. Ayúdame tú…
-Ve a Cafarnaúm y espéralo, con humildad.
-Pero, tú podrías…
-Lo único que podré será decir que se haga lo que mi Hijo hace siempre: tener misericordia. No soy yo la que adoctrina a Jesús, sino que es Jesús quien adoctrina a su discípula.

-Tú eres su Madre.
-Eso es para mi corazón. Pero, por derecho suyo, El es mi Maestro. Ni más ni menos que para todas las otras discípulas.

-Tú eres perfecta.
-Él es el Perfectísimo.
Judas calla y guarda silencio. Luego pregunta:
-¿A dónde ha ido el Maestro?
-A Belén de Galilea.
-¿Y después!
-No lo sé.
-¿Pero vuelve aquí?
-Sí.
-¿Cuándo?
-No lo sé.
-¡No me lo quieres decir!

-No puedo decir lo que no sé. Tú lo sigues desde hace dos años. ¿Puedes decir que haya tenido siempre un itinerario seguro? ¿Cuántas veces la voluntad de los hombres le ha obligado a cambios?

-Es verdad. Me marcharé… Iré a Cafarnaúm.
-El sol está demasiado caliente para ir. Quédate. Eres un peregrino como todos los demás. Y Él ha dicho que las discípulas deben atenderlos.

-Mi vista te es molesta…
-Tu no querer sanar me es doloroso! Sólo eso… Quítate el manto… ¿Dónde has dormido?

-No he dormido. He esperado al alba para verte sola.
-Entonces estarás cansado. En la habitación grande hay lechos. Los han usado Simón y Tomás. Todavía hay sosiego y frescor allí. Ve y duerme mientras te preparo de comer.

Judas se marcha sin replicar. Y María, sin descansar después de la noche pasada en vela, va a la cocina a preparar el fuego, y al huerto a coger las verduras. Y lágrimas, lágrimas, lágrimas caen silenciosas mientras se agacha hacia el hogar para colocar la leña, o hacia la tierra a coger las verduras, y mientras las limpia con agua en la palangana y las prepara… Y lágrimas caen junto con los granos de trigo mientras da la comida a las palomas, o en la ropa que saca del pilón y tiende al sol…

Las lágrimas de la Madre de Dios… de Aquella que, Sin Culpa, no estuvo exenta del dolor y sufrió más que ninguna otra mujer, por ser la Corredentora…

441- Partida de Nazaret. Un incendio de brezos durante el viaje viene a ser el tema de una parábola

Declina la tarde del verdadero sábado y la vida comienza de nuevo, después del descanso sabático; aquí, en la casita de Nazaret, comienza, después del descanso, con los preparativos para la partida: se colocan provisiones; se dispone la ropa aprovechando bien el espacio dentro de las alforjas -alforjas atadas fuertemente con prietos nudos -; se observan las sandalias (si están bien seguras sus correas de cuero y sus hebillas); se da de beber y comer a los burritos, cerca del seto del huerto… Y saludos, y alguna lágrima entre sonrisas y bendiciones.

Promesas de volver a verse pronto… Y el don, inesperado, de Tomás a María: una fíbula -nosotros diríamos un broche -, para tener recogida la túnica en el escote, hecha de tres delgados, livianos, perfectos tallitos de muguete, recogidos en dos hojas, cuya exactitud respecto a las verdaderas resulta del metal tratado por mano maestra.

-Sé, Madre, que no la llevarás. Pero, de todas formas, acéptala. Deseaba hacer esto para ti desde que un día mi Señor habló de ti comparándote a los lirios de los valles… No he hecho nada para tu casa… pero he hecho esto para ti, para que la alabanza de tu Hijo quedara traducida en símbolo, para ti que la mereces más que ninguna otra mujer.

Y si no he podido dar al metal la suavidad del tallo vivo y la fragancia de la flor, que mi sincero amor por ti, lleno de veneración, lo haga suave como una caricia y lo perfume con mi devoción hacia ti, Madre de mi Señor.

-¡Oh, Tomás! Es verdad, yo no llevo joyas, porque me parecen cosas vanas; pero esto no es vano: esto es amor de mi Jesús y de su apóstol, y lo recibo con amor. Lo miraré todos los días y pensaré en el buen Tomás, que ama tanto a su Maestro, que retiene no sólo la Doctrina suya, sino también sus más humildes palabras sobre las cosas más humildes y sobre las más humildes insignificantes personas. Gracia, Tomás. ¡No por el valor, sino por tu amor! Gracias.

Todos observan con admiración la obra perfecta, y Tomás, todo feliz, saca una cosita aún más pequeña que ha hecho: tres estrellitas de jazmín con minúsculas hojas y unidas en un círculo sutil. Se lo da a Áurea.

-Porque no lo has querido con coquetería, porque has estado aquí mientras el jazmín florece, y para que las estrellitas te recuerden a nuestra Estrella. Pero, pon atención: tú, con tus virtudes, debes perfumar a las flores y ser tú misma una flor, cándida, hermosa, pura, que perfume hacia el Cielo. Si no lo haces así, pido la restitución del broche. Ánimo, no llores… que todo pasa… y… y pronto volveremos a casa de María o Ella vendrá donde nosotros… y…

Pero Tomás, ante el aumento de las lágrimas de Áurea, siente que es mejor no proseguir. Y sale afligido. Dice a Pedro:

-Si hubiera imaginado que… se ponía a llorar más, no le hubiera dado nada… Ese broche lo he hecho precisamente para consolarla en este momento… No he acertado…

Y Pedro, con la confusión del momento, pierde el control y dice:

-Siempre es así en las despedidas… Si hubieras visto a Síntica enton…
Se da cuenta de que ha hablado, quiere recobrarse, se pone lívido… pero ya no tiene solución…

Tomás comprende y, con bondad, le echa un brazo alrededor del cuello y dice: -No te aflijas, Simón. Sé callar. Y comprendo por qué habéis callado… Por Judas de Simón. Yo, por el Dios de nuestros padres, te juro que lo que involuntariamente he sabido está olvidado. ¡No sufras, Simón!…

-Es que el Maestro no quería…

-Sin duda tenía todas las razones para hacerlo. No lo tomo a mal.
-Ya lo sé. Pero ¿qué dirá?…
-Nada, porque no sabrá nada. Fíate de mí.

-¡Ah, no! Yo al Maestro no le ando con ningún subterfugio. He errado, merezco reprensión, y además inmediatamente. No voy a tener paz si no le confieso mi error. Tomás, sé bueno, ve a llamarlo…

-Voy al taller. Ve y vuelve con Él. Yo estoy demasiado turbado para hacerlo y los otros lo notarían.
Tomás lo mira con admirada compasión y vuelve a la casa para llamar a Jesús: -Maestro, ven un momento. Tengo que decirte una cosa.

Jesús, que estaba saludando a María de Alfeo, lo sigue sin dilación:
-¿Qué quieres? -pregunta mientras camina a su lado.
-Yo nada. Es Simón el que tiene que decirte algo. Ahí está…

-¡Simón! ¿Qué te pasa que estás tan turbado?
Pedro se arroja a los pies de Jesús gimiendo:
-¡He pecado! ¡Absuélveme!
-¿Pecado? ¿En qué? Estabas con nosotros, contento, tranquilo…

-¡Maestro, te he desobedecido! He hecho mención de Síntica a Tomás… Estaba turbado por las lágrimas; él lo estaba más que yo y creía que las había aumentado él… Para consolarlo, he dicho: "Siempre sucede esto en las despedidas… Si hubieras visto a Síntica…", ¡y él ha comprendido!…

Pedro levanta su desencajada cara; su mirada está llena de humillación, de desolación.

-… ¡Alabado sea Dios, mi Simón! creía que hubieras hecho cosas mucho más graves que ésta. Y tu sinceridad anula incluso esta cosa. Has hablado sin malicia, has hablado a un compañero tuyo. Tomás es bueno y no divulgará…
-Sí, me lo ha jurado… Pero, ¿ves?, ahora tengo miedo de ser demasiado necio y de no saber custodiar un secreto.
-Hasta ahora lo has hecho.

-Sí, pero fíjate, jamás ni una palabra a Felipe y Natanael, y ahora…

-¡Vamos, levántate! El hombre es siempre imperfecto. Pero cuando lo es sin malicia no comete pecado. Vigílate. Pero no te aflijas más. Tu Jesús tiene para ti un beso, y ninguna otra cosa. Tomás, ven aquí.
Tomás se acerca inmediatamente.

-Sin duda has comprendido las razones del silencio, ¿no?
-Sí, Maestro. Y he jurado respetarlo por mi parte y según mi capacidad. Ya se lo he dicho a Simón…
-Al necio Simón -suspira Pedro.

-No, amigo. Me has edificado por tu humildad y sinceridad perfectas. Me has dado una gran lección y la recordaré. No puedo darla a conocer, por prudencia, y ello me duele, porque pocos de entre nosotros tienen y tendrían la justicia que tú has tenido… Pero, nos están llamando. Vamos.

En efecto, muchos están ya en la calle. Las tres mujeres -Noemí, Mirta y Aurea -están ya subidas a los burros. María está con su cuñada al lado de Áurea, y la besan de nuevo, y, cuando ven venir a Jesús, besan a las dos condiscípulas; como última cosa, saludan a Jesús, que las bendice antes de ponerse en camino…

María y María Cleofás vuelven a la casa… A la casa, en que quedan, como recuerdo de lo que poco antes había, sillas movidas, vajilla sin recoger… el desorden que sigue a una partida.

María, distraídamente, acaricia el pequeño telar en que enseñaba a Áurea a trabajar… Tiene los ojos brillantes de llanto contenido.

-¡Estás sufriendo, María! -le dice María Cleofás, que llora sin poner esfuerzo por no hacerlo -¡Le habías tomado cariño!… Viene aquí… luego se van… y nosotras sufrimos…

-Es nuestra vida de discípulas. Ya has oído lo que decía hoy Jesús: "Así haréis en el futuro; viendo en todas las criaturas almas fraternas, seréis hospitalarias, sobrenaturalmente hospitalarias, sintiéndoos peregrinas vosotras mismas que a los que acogéis los acogéis como peregrinos.

Ayudaréis, ofreceréis descanso, consejo, y luego dejaréis que los hermanos vayan hacia sus destinos sin retenerlos con amor celoso, seguras de que más allá de la muerte os volveréis a encontrar con ellos. Vendrán las persecuciones y muchos os dejarán para ir al martirio. Ni seáis cobardes ni aconsejéis la cobardía. Quedaos en oración en las casas vacías para sostener el coraje de los mártires, serenas para fortalecer a los más débiles, fuertes para estar preparadas a imitar a los héroes. Habituaos a las separaciones, a los heroísmos, al apostolado de la caridad fraterna, ya desde ahora…". Y nosotras lo hacemos.

Sufriendo,… ¡es verdad! Somos criaturas de carne… Pero el espíritu goza con una alegría espiritual suya que es hacer la voluntad del Señor y cooperar a su gloria. Y además… yo soy la Madre de todos… y no debo serlo de uno solo. No soy exclusivamente ni siquiera de Jesús… Ya ves que lo dejo marcharse sin retenerlo… Quisiera estar con Él, eso sí. Pero El juzga que debo quedarme aquí hasta que me diga: "Ven". Y me quedo aquí ¿Sus estancias aquí?: mis alegrías de Madre. ¿Mis peregrinaciones con Él?: mis alegrías de discípula. ¿Mis soledades aquí?: mis alegrías de fiel que hace la voluntad de su Señor.

-El Señor es tu Hijo, María…
-Sí. Pero no deja de ser mi Señor… ¿Vas a estar aquí conmigo María?
-Sí, si me dejas… ¡Está tan triste mi casa las primeras horas en que está vacía de mis hijos!… Mañana ya es otra cosa… Y
esta vez… bueno, esta vez lloraría más…
-¿Por qué, María? -Porque ya desde ayer estoy llena de llanto… Soy un aljibe, un aljibe en tiempo de lluvias. -¿Pero por qué, María?

-Por José… ayer… ¡Oh! No sé si ir y reprenderle severamente porque, al fin y al cabo… porque este seno lo ha llevado y estos pechos lo han amamantado, y no hay primogenitura que sea superior a una madre,… o si no volver a hablarle, jamás, a este bastardo que me nació y que ofende a mi Jesús y a ti y…

-No harás nada de eso. Serás para él siempre "la mamá". La mamá que se compadece del hijo obstinado, enfermo, descarriado, y lo amansa con la bondad y lo lleva a Dios con la oración y la paciencia… ¡Venga, ánimo, no llores!… Más bien, ven conmigo. Vamos a orar por él en mi habitación, por los que se marchan, por la joven, para que sufra poco y se forme santamente… Ven, ven, María mía -y la lleva consigo…

Mientras tanto los peregrinos van siguiendo su camino hacia el sudoeste. Adelante van las mujeres, montadas en sus burritos, los cuales, bien alimentados y descansados, van con un trote alegre, obligando a Margziam y a Abel -que por prudencia están a los lados de Áurea, que monta en silla por primera vez -a ir casi corriendo. Y, si bien la cosa es fatigosa, ello sirve para distraer a la joven del dolor por haberse separado de María. De vez en cuando, para dejar un momento de respiro a los dos jovencitos, Mirta para a su burrito ordenando el alto, y no se vuelve a poner en movimiento sino cuando las alcanza el grupo apostólico. Y, en las paradas, Áurea, al dejar de estar distraída por las peripecias de la equitación, vuelve a ponerse triste…

Margziam, experto en sus dolorosas, dilatadas vicisitudes de huerfanito, recogido por caridad por una madre adoptiva después de haber conocido a María, la consuela diciéndole cómo después uno le coge cariño a la madre adoptiva «exactamente igual que si fuera nuestra mamá», y cuenta sus impresiones, y cuenta cómo María y Matías son fe-ices con Juana, y Anastática con Elisa.

Áurea escucha estas narraciones, y, cuando Margziam termina con estas palabras: «Créeme que todas las discípulas son buenas y Jesús sabe a quién confiar a los pobrecillos como nosotros», y Abel remacha: «No debes desconfiar de mi madre, que está muy contenta de tenerte y ha orado mucho en estos días para conseguirte de las manos de Dios», Áurea dice:

-Lo creo. Y la quiero… Pero María es María… y debéis comprender…
-Sí. Pero es que nos duele el verte triste…
-¡Pero ya no estoy triste como en casa del romano y como en las primeras horas de la liberación!… Me siento sólo… desorientada. Yo hacía años que no recibía caricias… Nadie, hasta María, me había vuelto a hacer caricias, después de tantos años de amos…

-¡Alma mía! ¡Pero si yo estoy aquí para hacerte caricias! Seré una segunda María para ti. Ven aquí, cerca… Si fueras más pequeña, te llevaría en mi silla, como hacía con mi Abel cuando era niño… Pero ya eres una mujer… -dice Mirta acercándose y tomándole una mano -Una mujercita, para mí, a la que voy a enseñar muchas cosas; y, cuando Abel se marche lejos, a evangelizar, yo y tú acogeremos a los peregrinos, como dice el Señor, haremos mucho bien en su Nombre. Eres joven, me ayudarás…

-¡Fijaos qué luz hay allí, detrás de aquella loma! -exclama Santiago de Zebedeo, que les ha dado alcance.
-¿Se está quemando un bosque?
-¿0 un pueblo?
-Vamos corriendo a ver…

Ya ninguno está cansado, porque la curiosidad anula cualquier otra sensación. Jesús los sigue benévolo, dejando el camino para tomar una vereda que sube por una loma. Pronto llegan a la cima…

No es ni un bosque ni un pueblo lo que arde, sino una vasta depresión entre dos elevaciones, poblada de brezos, que resecos por el verano, han prendido fuego quizás por alguna chispa proveniente de los leñadores que han estado trabajando más arriba, talando árboles, y ahora arde: una alfombra de llamas bajas, pero vivas, que se desplaza, después de haber devastado los lugares en que ha prendido primero, en busca de nuevos brezos que quemar. Los leñadores intentan la acción contra el fuego. Pero es inútil. Son pocos y, si trabajan en un lado, el fuego se extiende por otro.

-Si llega al bosque es un desastre. Hay árboles de resinas -sentencia Felipe.
Jesús, con los brazos cruzados, erguido en el límite de la loma, mira y sonríe mientras piensa…

El contraste entre la luz blanca de la Luna, a oriente, y la roja de las llamas, a occidente, es vivo, y mientras que las espaldas de los que miran se presentan llenas de blancura por los rayos lunares, sus rostros se ven intensamente rojos por el reflejo de las llamas, las cuales corren, corren, como agua que crece, se desborda y se extiende por todas partes… Está a pocos metros del bosque el incendio, ya ilumina las pilas de leña colocadas en su límite, y el claror, que cada vez es más vivo, muestra las casitas de un pueblecito que está situado en la cima de la loma por la que sube el fuego.
-¡Pobre gente! ¡Van a perderlo todo! -dicen muchos de los presentes. Y miran a Jesús, que no habla y sonríe…
Pero luego… Jesús abre los brazos y grita:

-¡Detente! ¡Muere! Lo quiero.
Y, como si un moyo de grandes dimensiones bajase a sofocar las llamas, prodigiosamente el fuego deja de llamear y la viva y ágil danza de las lenguas se transforma en carbones rojos, encendidos pero sin llamas, luego el rojo se hace violáceo, gris rojo… algún zig-zagueo todavía entre la ceniza… y luego no queda más que la Luna con su plata para dar luz a la floresta.

Al nítido claror, se ve a los leñadores reunirse gesticulando, mirando a su alrededor, hacia arriba… buscando al ángel del milagro…

-Vamos a bajar. Voy a labrar esas almas con este inesperado motivo que me han proporcionado. Nos detendremos en el pueblecillo en vez de en la ciudad. Partiremos al alba. Tendrán un sitio para las mujeres. Para nosotros es suficiente el bosque -dice Jesús, y baja veloz, seguido por los demás.

-¿Pero por qué sonreías así? ¡Parecías dichoso! -pregunta Pedro.
-Lo sabrás por mis palabras.
Ya están donde el baldío se ha transformado en cenizas, todavía calientes y crujientes bajo las sandalias. La atraviesan. Cuando llegan al centro, al lugar en que la Luna incide de lleno, los leñadores los ven.

-¡Como decía yo! ¡El único que podía haber hecho esto era Él! Vamos a correr a venerarlo -grita un leñador, y lo hace arrojándose entre las cenizas a los pies de Jesús.
-¿Por qué crees que he podido hacerlo?
-Porque sólo el Mesías puede esto.

-¿Y cómo sabes que Yo soy el Mesías? ¿Es que me conoces?
-No. Pero sólo el Bueno que ama a los pobres puede haber tenido piedad, y sólo el Santo de Dios puede haber mandado al fuego y ser obedecido. ¡Bendito sea el Altísimo, que nos ha enviado a su Mesías! ¡Y el Mesías, que ha llegado a tiempo de salvarnos las casas!

-Deberíais tener más apremio por salvaros el alma.
-El alma se salva creyendo en ti y tratando de hacer lo que enseñas. Pero como puedes comprender, Señor, la desolación de ser despojados de todo puede hacer débiles a nuestras débiles almas… y llevarlas a dudar de la Providencia.

-¿Quién os ha instruido acerca de mí?
-Algunos discípulos tuyos… Ahí están nuestras familias… Temiendo que todo el collado prendiese fuego, habíamos dicho que los despertaran… Acercaos… Y luego enviamos a otro hombre para que dijera que había un milagro y que vinieran a ver, Aquí están, Señor. La mía.

La de Jacob. Ésta es la de Jonatán; ésta, la de Marco; ésta, la de mi hermano Tobías; y ésta, la de Eleazar; y luego las otras, de los que son pastores y ahora están en los altos montes, en los pastos…

Es un grupo de unas doscientas cincuenta personas como mucho, comprendidos los numerosos niños, todavía lactantes
o poco ha separados del pecho, que lloriquean despertados a la mitad o que duermen, desconocedores del peligro que han corrido.

-La paz a vosotros todos. El ángel de Dios os ha salvado. Alabemos juntos al Señor.
-¡Nos has salvado Tú! ¡Tú, que siempre estás presente donde hay fieles que creen en ti! -dicen muchas mujeres… Y los hombres asienten con gravedad.

-Sí. Donde hay fe en mí, está presente la Providencia. De todas formas, tanto en las cosas del espíritu como en las de la materia, es necesario actuar con continua prudencia. ¿Qué es lo que ha encendido los brezos? Probablemente una chispa que se ha escapado de vuestros fuegos, o una ramita que haya querido encender en el fuego uno de los niños, para divertirse en agitarla y lanzarla hacia abajo con la despreocupación de su edad.

En efecto, es bonito ver una flecha de fuego surcar el aire que oscurece. Pero, ¡ya veis lo que puede causar una imprudencia! Puede causar graves desastres. Una chispa, o una ramita caída entre los brezos secos, ha sido suficiente par hacer arder un valle, y, si el Eterno no me hubiera enviado, todo el bosque se habría transformado en un brasero que habría consumido en medio de una mordaza de fuego vuestros bienes y vuestras vidas.

Lo mismo con las cosas del espíritu. Hay que estar continua y prudentemente atentos, para que una flecha de fuego, una chispa, no prendan en vuestra fe y la destruyan, después de un proceso inadvertido de incubación en el corazón, con un fuego deseado por los que me odian y provocado para hacerme pobre en fieles. Aquí, el fuego, detenido a tiempo, se ha transformado de maléfico en benéfico, destruyendo el baldío inútil, que habíais dejado prosperar en el valle, y preparándoos, con su destrucción y con el abono que supone las cenizas, un terreno que, si sois trabajadores, podréis explotar con útiles cultivos.

¡Pero en los corazones lo que sucede es muy distinto cuando se os destruye todo el Bien, ya nada más puede brotar ahí, excepción de zarzas para cama de demonios.
Recordad esto y vigilad contra las insinuaciones de mis enemigos; que, como chispas infernales, serán lanzadas a vuestros corazones. Cuando llegue, estad preparados para el contrafuego.

¿Y cuál es este contrafuego? Es una fe cada vez más fuerte, una voluntad inquebrantable de ser de Dios. Es un pertenecer al Fuego santo. Porque el fuego no se come al fuego. Ahora bien, si sois fuego de amor al Dios verdadero, el fuego del odio a Dios no podrá perjudicaros. El Fuego del amor vence a cualquier otro fuego. Mi Doctrina es amor, y quien la recoge entra en el Fuego de la Caridad, y ya no puede ser torturado por el fuego del Demonio.

Desde lo alto de aquella loma, mientras veía arder los brezos y oía las palabras que vuestros espíritus dirigían al Señor Dios suyo -más aún que ver vuestras acciones orientadas a apagar las llamas -, Yo sonreía. Y un apóstol mío me ha dicho: "¿Por qué sonríes?". Le he prometido: "Te lo diré hablando a los salvados". Lo hago. Sonreía pensando en que, de la misma forma que las llamas se extendían entre los brezos del valle, en vano agredidos por vuestras maniobras, así se va a extender mi Doctrina por el mundo, en vano perseguida por quien no quiere la Luz.

Y habrá luz y purificación y bonificación. Cuántas pequeñas serpientes han perecido entre estas cenizas, y con ellas otros seres dañinos! Vosotros teníais miedo a este valle porque en él había demasiados áspides. Pues podéis ver que ni uno sólo se ha salvado. Igualmente el mundo será liberado de muchas herejías, de muchos pecados, de muchos dolores, cuando me haya conocido y haya sido purificado por el fuego de mi Doctrina. Limpiado y liberado de las plantas inútiles, capacitado para recibir la semilla, enriquecido en frutos santos.

Por esto sonreía… Veía en el fuego que avanzaba un símbolo de la extensión de mi Doctrina por el mundo… Luego la caridad hacia el prójimo, que no ha de separarse nunca de la caridad hacia el Señor, ha devuelto mi pensamiento a vuestras necesidades. Y he bajado la mirada mental desde la contemplación de los intereses de Dios hasta la de los intereses de los hermanos, y he parado el fuego para que en medio de vuestro júbilo alabaseis al Señor.

Veis, pues, que mi pensamiento ha subido a Dios, de
Él ha bajado, más poderoso aún porque el ensimismamiento con Dios aumenta siempre nuestras facultades, y ha vuelto a subir después, junto con el vuestro, a Dios. De esta forma, por la caridad, he realizado conjuntamente los intereses del Padre y de mis hermanos. Actuad también vosotros de modo semejante en el futuro de vuestra vida.

-Y ahora, para estas mujeres, os pido un lugar para pasar la noche. La Luna se está poniendo y el incendio ha retardado nuestro camino.

Así que no podemos proseguir hasta la ciudad cercana. -¡Venid! ¡Venid! Hay sitio para todos. ¡Podíamos estar nosotros sin techo! Nuestras casas son vuestras. Son casas de pobres, pero están limpias. ¡Venid! ¡Venid y quedarán bendecidas!-gritan todos.

Y lentamente suben la ladera, más bien empinada, hasta llegar al pueblecillo que milagrosamente se ha salvado de la destrucción, para desaparecer después cada uno con quien le da alojamiento…

440- Otro sábado en Nazaret. Obstinación de José de Alfeo

Un nuevo sábado en Nazaret, o sea, un nuevo comienzo de sábado, porque apenas está empezando la puesta del sol del viernes, cuando, sudorosas pero contentas, llegan Mirta y Noemí junto con el joven Abel. Se apean de sus burritos -Abel los lleva a otro lugar, ciertamente a algún establo amigo, quizás al de los dos asnerizos de Nazaret, ahora discípulos -y entran por la puerta del taller, abierta para dar ventilación a la amplia habitación, donde hasta poco antes el calor de la rústica chimenea se ha hecho cómplice del gran calor estival.

Tomás está dejando en su sitio los instrumentos y Simón barre el serrín, mientras Jesús limpia cazuelas y cazoletas, de colas y barnices.

-La paz a ti, Maestro, y a vosotros, discípulos -saludan las mujeres, inclinándose mucho ya desde el primer momento en que entran, para, atravesado el taller, terminar postrándose a los pies de Jesús.

-La paz a vosotras. ¡Sois muy fieles! ¡Venir con este calor!
-¡Oh, nada! Se está tan bien aquí, que se olvida todo. ¿Tu Madre dónde está?

-Está por allí, terminando una túnica de Áurea. Id si queréis.
Las dos se marchan deprisa con sus alforjas y se oyen sus voces armónicas, más bien bajas, que se funden con la vocecita aún no pulida de Áurea y con la voz argentina de María.

-¡Ahora se sentirán felices! -dice Tomás.
-Sí. Son buenas mujeres -responde Jesús.
-Maestro, Mirta, además de conservar el hijo que tenía, ha adquirido una nueva hija. Y en poco más de un año… -dice el Zelote.

-Sí. En poco más de un año. Hace ya más de un año que María de Lázaro se ha convertido. ¡Cómo pasa el tiempo! Me parece ayer… ¡Cuántas cosas también el año pasado! ¡Aquel hermoso retiro antes de la elección! ¡Luego Juan de Endor! ¡Luego Margziam! Luego Daniel de Naím y luego María de Lázaro y luego Síntica… Pero, ¿dónde estará Síntica?

Pienso en ello frecuentemente, y no sé comprender por qué… Tomás termina monologando consigo mismo, porque Jesús y Simón no le responden; es más, salen al huerto a lavarse para después llegarse donde las discípulas.

Y se nos reanuda la visión… Regresa Abel de Belén y encuentra todavía a Tomás, que está pensando, delante del lugar donde generalmente trabaja, mientras remueve distraídamente sus finas obras maestras de orfebre.
-¿Has encontrado en qué trabajar? -pregunta el discípulo inclinándose hacia esos objetos finos.

-¡Oh! He hecho felices a todas las mujeres de Nazaret. No habría imaginado nunca que hubiera que arreglar tantas hebillas y brazaletes y collares y lises. Hasta he tenido que rogar a Mateo que me trajera metal de Tiberíades. Me he hecho una clientela… ¡Ja! ¡Ja! (ríe alegre) como no la tiene ni siquiera mi padre. Verdad es que no pido dinero…

-¿Pones tú todo?
-No. Cobro sólo el valor del metal. El trabajo lo regalo.
-Eres generoso.

-No. Sabio. No estoy ocioso. Doy ejemplo de laboriosidad y de desapego del dinero y… predico… ¡Calla! Creo que actuando así he predicado más, sin decir una palabra, sin haber dicho una palabra en la sinagoga, que si hubiera estado hablando sin parar. Y además… hago práctica. Me he prometido a mí mismo que con el trabajo haré propaganda, cuando tenga que ir a predicar a Jesús en medio de los infieles; me estoy adestrando a ello.

-Eres sabio como orfebre y como apóstol.
-Me esfuerzo en serlo por amor a Jesús… ¿Así que tú has ganado una hermana? Trátala bien, ¿eh? Es como una palomita de nido; te lo digo yo, que estoy acostumbrado por mi oficio a tratar con las mujeres. Es una ingenua palomita que ha tenido gran miedo del gavilán, y que busca alas maternas y fraternas como defensa. Si tu madre no la hubiera deseado, la habría pedido yo para mi hermana gemela. ¡Un hijo más, un hijo menos! Es muy buena mi hermana, ¿sabes?

-También mi madre. Se le murió una niña cuando se quedó viuda. Quizás con el dolor de la muerte de su marido la leche se había hecho mala… Yo apenas me acuerdo de esa hermanita… y quizás ni siquiera la recordaría, si mi madre no la llorase frecuentemente, y si todas las niñitas pobres de Belén no hubieran tenido derecho a comida y vestidos de nuestra casa en recuerdo de la pequeñuela muerta… Y, como he crecido yo solo con mi madre, he acabado teniendo yo también un gran amor por las niñas pequeñas… Me doy cuenta de que ésta ya no es una niña pequeña… pero la veré como si lo fuera, por su corazón, si es como decís mi madre, Noemí y tú…
-Puedes estar seguro de ello. Vamos allá…

Allá, o sea, en el comedor, están las mujeres, Jesús y el Zelote. Y Mirta, que ha venido ya con una gran esperanza, está conquistando a Áurea, probándole una túnica de lino que ha cosido para la muchacha.

-Te cae muy bien -dice mientras se la quita y la acaricia, y mientras le coloca bien la túnica que, al meter la nueva, se ha descolocado -Te cae muy bien. Bueno, todo irá bien. Ya verás, hija mía… ¡Oh, ahí está mi Abel! Acércate, hijo. Ésta es Áurea. ¿Sabes que ahora va a ser nuestra?

-Lo sé, madre, y estoy contento junto contigo.
Mira a la muchacha… la estudia… sus ojos oscuros se quedan fijos y se pierden en los grandes iris de pálido cielo de ella. El examen le satisface. Le sonríe. Le dice:

-Nos amaremos en el Señor, que nos ha salvado, y lo amaremos a Él y haremos que lo amen. Y seré para ti hermano en el espíritu y en el afecto. Lo prometo delante del Maestro y de mi madre -y con una hermosa sonrisa límpida de joven puro, ya encaminado hacia la alta espiritualidad, le tiende la mano fuerte y morena.
Áurea titubea, pero luego, ruborizándose, pone su mano izquierda en la derecha que le ofrecen, y dice:

-Así lo haremos. En el Señor.

Los adultos se sonríen entre sí…
-Aquí se puede entrar sin llamar a las puertas…
-¡Ahí está Simón de Jonás! Esta vez no ha resistido la tentación… -ríe Tomás mientras se apresura a ir afuera.
-Sí, no he resistido… ¡La paz a ti, Maestro!
Besa a Jesús y Jesús lo besa.

-¿Quién puede resistir?

Ve a María y se inclina para saludar, luego prosigue:
-Pero, por escrúpulo, hemos pasado por Tiberíades y hemos buscado a Judas. Porque… ¡estamos todos, eh! Los otros están llegando. También Margziam… Bueno, estaba diciendo que hemos pasado por Tiberíades. ¡Mmm!… en fin, buscando a Judas, por si… hubiera pensado, al menos para el cuarto sábado, venir a Cafarnaúm…

Habría sido feo que no hubiéramos estado ninguno… Y lo hemos encontrado… En fin, bueno, lo ha encontrado Isaac, que iba a saludar a Jonatán… Porque Isaac ha terminado por venir a Cafarnaúm a esperarte con no sé cuántos, que se han quedado allí para hacerse más sabios bajo la guía de Hermas y Esteban, de tu hijo, Noemí, y del sacerdote Juan… Pero Isaac debe haber destruido las impaciencias, los resentimientos, las furias, en su larga enfermedad…

¡No reacciona nunca! Aunque le estén dando bofetadas, sonríe… ¡Qué hombre más pacífico! Bien. Nos dijo: "He visto a Judas. No va. No insistáis". Comprendí. Y dije: "¿Te ha respondido mal? Dilo. Soy el jefe y debo saberlo…". "¡Oh, no!" respondió. "No ha respondido mal él, sino su mal. Hay que compadecerse de él"… Pues nada, compadezcámoslo…

Bueno, en definitiva, que estamos aquí. Y bien contentos de… Ahí están los otros…
Y con los otros están también Judas y Santiago de Alfeo, con su madre y los discípulos de Nazaret: Aser, Ismael y Simón de Alfeo, y, cosa rara, también José de Alfeo.
Descargan sus bolsas. Natanael ha traído miel. Felipe una cesta pequeña de uva blonda como los cabellos de Áurea.

Pedro, pescado marinado, y lo mismo los hijos de Zebedeo. Mateo, que no tiene una casa gobernada por mujeres, y por tanto, no tiene ninguna cosa buena, ha traído un ánfora llena de tierra y dentro de ella un tronco sutil, que, por las hojas, diría que es un limonero o un naranjo u otra planta de agrios, y explica:

-Una primicia… Sólo quien haya estado en Cirene puede tenerlo, y conozco a uno que ha ido a Cirene, uno del fisco, como era yo antes. Ahora ya no trabaja y está en Ippo. He ido para que me diera esta plantita, porque se debe plantar con la Luna nueva. Son frutos buenos, hermosos, y la flor tiene un suave aroma y parece una estrella de cera, una estrella como tu nombre… Aquí tienes -y ofrece la planta a María.

-¡Pero cuánto has trabajado con este peso, Mateo! Te lo agradezco. Mi huerto cada vez es más bonito por vosotros: el alcanfor de Porfiria, las rosas de Juana, tu planta rara, Mateo, las otras, de flores, que trajo Judas de Keriot… ¡Cuántas cosas bonitas! ¡Qué buenos sois todos con la Madre de Jesús!

Todos los apóstoles están conmovidos; lo único, se miran con el rabillo del ojo unos a otros cuando María nombra a Judas.

-Sí. Te quieren. Pero también nosotros -dice serio y todo erguido José de Alfeo.

-¡Ciertamente! Vosotros sois los queridos hijos de Alfeo, pariente mío y de María, que es muy buena. Y me queréis. Pero esto es natural. Somos parientes… Éstos, sin embargo, no son de la sangre, y, no obstante, son como hijos para mí, como hermanos para Jesús, por lo mucho que lo aman y por cómo lo siguen…

José comprende la alusión; se aclara la voz buscando las palabras… Las encuentra… Dice:

-Ya, claro. Pero si yo no estoy todavía con ellos es porque pienso también en las consecuencias para Él, para ti… y… y… En definitiva, también es amor el mío, especialmente hacia ti, pobre mujer que te quedas sola demasiado tiempo… Y he venido a decir a Jesús que me alegro de que se haya recordado también de las necesidades de su Madre y haya hecho lo que era útil hacer aquí… -y, contento de ser la "cabeza" de la parentela y de poder alabar y reconvenir, se digna encomiar a Jesús por todos los trabajos de carpintería, barnizado y otros, hechos en ese mes:

« ¡Así hay que hacer! ¡Ahora se ve que esta mujer tiene un hijo! Y me alegro de poder decir que reconozco a mi sabio Jesús de Nazaret. ¡Sí, señor, muy bien!».
Y el sabio Jesús de José, el sapientísimo Verbo Divino humillado en una carne, manso y humilde, acoge estas alabanzas mezcladas con los… autorizados consejos de su primo José con una sonrisa tan dulce, que sirve para frenar cualquier intempestiva reacción apostólica en favor de Jesús.

Y José, que ya ha tomado carrerilla, viéndose escuchado de esa manera, no se refrena, sino que prosigue:
-Mi esperanza es que de ahora en adelante Nazaret no tenga ya la imagen de una pobre madre abandonada y de un hijo suyo que, imprudente, se sale del sendero común para recorrer caminos poco seguros respecto a las metas y a las consecuencias. Hablaré con mis amigos, con el arquisinagogo… Te perdonaremos… Nazaret se alegrará mucho de volverte a abrir sus brazos como a un hijo que vuelve, y que vuelve como ejemplo de virtud para todos los habitantes; mañana mismo, yo mismo, iré de nuevo contigo a la sinagoga y…

Jesús alza la mano, imponiendo silencio, y, sereno pero bien decidido, dice:

-A la sinagoga, como fiel, ciertamente iré, como he ido los otros sábados. Pero no hace falta que intercedas en favor mío. Porque una hora después de la puesta del sol me marcharé para evangelizar de nuevo, como es mi deber de obediencia al Altísimo.

-¡Oh, una humillación grande para José! … ¡Muy
grande!… Toda su mansedumbre se quebranta y vuelve a emerger su hostil intransigencia:

-De acuerdo. Pero no me busques cuando necesites algo. Yo he cumplido con mi deber. Tus seguras desventuras no caen sobre mí. Adiós. Aquí sobro, porque no puedo comprenderos a vosotros y vosotros no podéis comprenderme a mí. Me retiro, sin rencor, pero muy afligido… Que el Señor te proteja como protege a todos los… simples de mente, incompletos… ¡Adiós, María! ¡Sé fuerte, pobre madre!

-Adiós, José. Pero no es por Él por quien debo ser fuerte, sino por ti. Porque tú eres el que está fuera del camino de Dios, y me causas dolor -dice serena pero segura María.

-¡Lo que pasa es que eres un necio! Y, si no fuera porque ahora eres el jefe de casa, te pegaría, fruto de mi sangre pero no de mi espíritu… -grita María de Alfeo. Y diría más cosas, pero María le suplica:

-¡Calla! Por amor a mí.

-Callo. Sí. Pero… fijaos… ¡que tenga que ver entre mis hijos a un bastardo como ése!…

Entretanto, el bastardo se ha marchado, mientras la buena María de Alfeo descarga todo su peso por este hijo obstinado. Y termina su desahogo en un fuerte llanto, y, en medio de sollozos, manifiesta lo que, dentro de su pena, es su mayor pena:

-¡Y a ése no lo voy a tener conmigo en el Cielo, no lo voy a tener! ¡Lo veré en medio de tormentos! ¡Oh, Jesús, haz Tú el milagro!

-¡Sí, mujer! ¡Sí, María! ¡No llores! También tendrá su hora él. La undécima, quizás. Pero la tendrá. Te lo aseguro. No llores… -la consuela Jesús… Y, una vez terminado el llanto, dice a los apóstoles y discípulos:

-Venid al olivar mientras las mujeres preparan sus cosas. Vamos a hablar entre nosotros.

439- María Santísima enseña a Áurea a hacer la voluntad de Dios

Está muy cansada la Virgen cuando vuelve a poner pie en su casa. Pero viene muy feliz. Pregunta enseguida por su Jesús, el cual está todavía trabajando, con las últimas luces del día que ya muere, en la puerta del horno (ya va a colocarla de nuevo en su sitio).

Le ha abierto Simón, quien, después del saludo, se retira prudentemente a la sala-taller. A Tomás no lo veo. Quizás está fuera.

Jesús deja sus herramientas en cuanto ve a su Madre, y va hacia Ella limpiándose las manos manchadas de grasa (está suavizando con aceite los goznes y los cerrojos) en su mandil de trabajo. Su recíproca sonrisa parece hacer luminoso el huerto en que va mermando la luz.
-La paz a ti, Mamá.
-La paz a ti, Hijo.

-¡Qué cansada estás! No has descansado…
-Desde un alba a un ocaso en casa de José. Pero sin estos grandes calores me habría puesto en camino enseguida para venir a decirte que Aurea es tuya.
-¿Sí?

El rostro de Jesús hasta se hace más joven por esta gozosa sorpresa. Parece un rostro de poco más de veinte años, y, con la alegría, perdiendo esa gravedad que generalmente tienen su rostro y sus gestos, adquiere aún mayor semejanza con el de su Madre, siempre tan serenamente niña en los ademanes y en el aspecto.

-Sí, Jesús. Y he obtenido esto sin ningún esfuerzo. La dama ha aceptado inmediatamente. Se ha conmovido al reconocer que ella, y con ella sus amigas, están demasiado contaminadas para educar a una criatura en orden a Dios. Un reconocimiento muy humilde, muy sincero, verdadero. No es fácil encontrar a alguien que, sin ser forzado a ello, reconozca que es defectuoso.

-Sí, no es fácil. Muchos en Israel no lo saben hacer. Son almas hermosas sepultadas bajo una costra de suciedad. Pero cuando caiga la suciedad…
-¿Sucederá, Hijo?

-Estoy seguro. Tienden instintivamente al Bien. Acabarán adhiriéndose. ¿Qué te ha dicho?
-Pocas palabras… Nos hemos entendido enseguida. Pero bueno será tener aquí en seguida a Áurea. Quiero decirle yo esto; bueno, si Tú quieres, Hijo mío.
-Sí, Mamá. Mandamos a Simón -y llama con fuerte voz al Zelote, que viene enseguida.

-Simón, ve a casa de Simón de Alfeo y di que mi Madre ha vuelto; luego ven con la muchacha y con Tomás, que está allí para terminar ese trabajito que le ha rogado hacer Salomé.

Simón se inclina y sale acto seguido.

-Cuenta, Mamá… Tu viaje… tu coloquio… ¡Pobre Mamá, qué cansada estás por causa mía!

-¡Oh, no, Jesús! Ningún cansancio cuando Tú te sientes feliz… -y María cuenta su viaje y los miedos de María de Alfeo, el alto en el camino en casa del barquero, el encuentro con Valeria; y termina: «Dado que el Cielo lo permitía, he preferido verla a esa hora. Más libre ella, más libre yo, y María Cleofás consolada antes, porque de estar dos mujeres solas por Tiberíades sentía un terror que sólo el amor por ti, el pensamiento de servirte, podía superar…», y María sonríe, recordando las angustias de su cuñada…

Jesús también sonríe. Dice:

-¡Pobrecilla! Es la verdadera mujer de Israel, la antigua mujer, reservada, toda ella casa, la mujer fuerte según los Proverbios. Pero en la nueva Religión la mujer no será sólo fuerte en la casa… Serán muchas las que superarán a Judit y a Yael, siendo heroicas en sí, con un heroísmo propio de la madre de los Macabeos… Y también lo será nuestra María. Pero por ahora… es todavía así… ¿Has visto a Juana?

María ya no sonríe. Quizás teme otra pregunta, sobre Judas. Y responde rápidamente:

-No he querido imponer más angustias a María. Hemos estado dentro de casa hasta la mitad entre la nona y la caída de la tarde, descansando, y luego hemos partido… Pensé que pronto la veríamos, en el lago…

-Has hecho bien. Me has dado la prueba del sentimiento de las romanas hacia mí. Si Juana hubiera intervenido, se hubiera podido pensar que cedían ante la amiga. Ahora vamos a esperar hasta el sábado y, si Mirta no viene, iremos nosotros con Áurea.
-Hijo, yo quisiera quedarme…
-Estás muy cansada. Lo veo.
-No, no por ese motivo… Pienso que Judas podría venir aquí… Si conviene que en Cafarnaúm haya siempre alguien que lo espere para acogerlo como amigo, también conviene aquí que haya alguien que le acoja con amor.

-Gracias, Mamá. Tú eres la única que comprende lo que le puede salvar todavía…

Suspiran los dos por el discípulo causante de dolor…
Regresan Simón y Tomás con Áurea, que corre hacia María. Jesús la deja con su Madre y se dirige a casa con los apóstoles.
-Has orado mucho, hija, y el buen Dios te ha escuchado… -empieza a hablar María.

Pero la niña la interrumpe con un grito de alegría:
-¡Me quedo contigo! -le echa los brazos al cuello y la besa.
María devuelve el beso y, teniéndola aún entre sus brazos, dice:
-Cuando uno hace un gran favor hay que corresponder, ¿no es verdad?

-¡Oh, sí! Y yo corresponderé contigo con mucho amor.
-Sí, hija. Pero por encima de mí está Dios. Es Él el que te ha hecho este gran favor, el que te ha concedido esta gracia sin medida, de acogerte entre los miembros de su pueblo, de hacerte discípula del Maestro Salvador. Yo no he sido sino el instrumento de la gracia, pero la gracia ha sido Él, el Altísimo, el que te la ha concedido. ¿Qué vas a dar, pues, al Altísimo para decirle que se lo agradeces?

-Pues… no sé… Dímelo tú, Madre…
-Amor, esto sin duda. Pero el amor, para ser tal verdaderamente, debe estar unido al sacrificio, porque si una cosa cuesta tiene más valor, ¿no es verdad?
-Sí, Madre.

-Bien, pues entonces diría que tú, con la misma alegría con que has gritado: "¡Me quedo contigo!", deberías gritar: "¡Sí, oh Señor!" cuando yo, pobre sierva suya, te diga la voluntad del Señor para ti.
-Dímela, Madre -dice Áurea, aunque poniéndose serio su rostro.

-La voluntad de Dios te confía a dos buenas madres, a Noemí y a Mirta…

En los ojos claros de la muchacha brillan gruesos lagrimones, y ruedan luego abajo por su carita rosada.

-Son buenas. Jesús y yo las queremos. A una le ha salvado Jesús al hijo, a la otra yo se lo he alactado. Y tú misma has visto que son buenas…

-Sí… pero esperaba estar contigo…
-Hija, no todo se puede tener. Ta ves que yo tampoco estoy con mi Jesús. Os lo doy, y estoy lejos, muy lejos de Él, mientras va recorriendo Palestina, predicando, curando, salvando a las jovencitas…
-Es verdad…

-Si lo quisiera para mí sola, no habrías sido salvada; si lo quisiera para mí sola, vuestras almas no serían salvadas. Considera cuán grande es mi sacrificio. Os doy a un Hijo para que sea inmolado por vuestras almas. Por lo demás, yo y tú estaremos siempre unidas, porque las discípulas están y estarán siempre unidas en torno a Cristo, formando una gran familia unida por el amor a Él.

-Es verdad. Y luego… voy a volver aquí, ¿no es verdad? ¿Nos seguiremos viendo?
-Ciertamente. Mientras Dios lo quiera.
-Y orarás siempre por mí…
-Oraré siempre por ti.

-Y, cuando estemos juntas, ¿me vas a seguir instruyendo?
-Sí, hija…
-¡Ah, yo quería llegar a ser como tú! ¿Podré? Saber, para ser buena…

-Noemí es madre de un arquisinagogo y discípulo del Señor; Mirta, de un hijo que ha merecido la gracia del milagro y es discípulo bueno. Y las dos mujeres son buenas y sabias, además de personas muy llenas de amor.

-¿Me lo aseguras?
-Sí, hija.

-Entonces… bendíceme y hágase la voluntad del Señor… como dice la oración de Jesús. La he dicho muchas veces… Es justo que ahora haga lo que he dicho, para obtener el no volver jamás con los romanos…

-Eres una buena muchacha. Y Dios te ayudará cada vez más. Ven, vamos a decirle a Jesús que la más joven discípula sabe hacer la voluntad de Dios… -y, llevándola de la mano, María vuelve a entrar en casa, con la niña.

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