438- María Santísima con María de Alfeo en Tiberíades, donde Valeria. Encuentro con Judas Iscariote

Tiberíades está ya a la vista y las dos peregrinas, cansadas, prosiguen mientras desciende el crepúsculo.

-Dentro de poco será de noche… Y estamos todavía en medio de los campos… Dos mujeres solas… Y cerca de una ciudad grande llena de… ¡huy, qué gente! ¡Diablos, la mayor parte diablos!… -dice María de Alfeo mirando asustada a su alrededor.

-No temas, María. Belcebú no nos hará ningún mal. Sólo daña a quien lo acoge en su corazón…
-¡Pero estos paganos lo tienen!…
-En Tiberíades no hay sólo paganos, y entre los paganos también hay justos.

-¡Que no! ¡Que no tienen a nuestro Dios!…
María no rebate porque comprende que es inútil. La buena cuñada no es sino una de las muchas israelitas que se creen las únicas depositarias de la virtud… por ser israelitas.

Un momento de silencio en que se oye sólo el roce de las sandalias que calzan los pies cansados y polvorientos.
Hubiera sido mejor recorrer el camino habitual… Ése lo conocíamos… Lo recorre más gente… Éste… entre huertas, solitario… desconocido… ¡Bueno, que tengo miedo!

-¡No, María! Mira. La ciudad está allí, a dos pasos. Y aquí hay huertos tranquilos de los cultivadores de Tiberíades, y allí, a dos pasos, está la orilla. ¿Quieres que vayamos por la orilla? Encontraremos pescadores… Hay que atravesar sólo estas huertas.

-¡No, no! ¡Nos alejamos otra vez de la ciudad! Y además… los barqueros son casi todos griegos, cretenses, árabes, egipcios, romanos…-y parece como si nombrara clases infernales con cada una de estas palabras. María Santísima no puede evitar sonreír tras la sombra de su velo.
Prosiguen. El camino se transforma en una alameda; por tanto, la máxima sombra… y el ápice del miedo para María de Alfeo, que invoca a Yeohveh a cada paso que da, cada vez más lento.

-¡Venga, sé fuerte! ¡Rauda, si tienes miedo! -la anima María, que a cada invocación ha respondido: « ¡Maran Athá!».

Pero María de Alfeo se para del todo y pregunta:
-¿Pero por qué has querido venir aquí? ¿Quizás para hablar con Judas Iscariote?

-No, María. O, por lo menos, no exactamente para eso. He venido para hablar con la romana Valeria…
-¡Misericordia! ¿Vamos a su casa? ¡Ah! ¡No! ¡María! ¡No hagas eso! ¡Yo… yo ya no te acompaño! ¿Pero qué vas a hacer allí? ¡Donde ésas… donde ésas… donde esos reprobados!…

María Sanísima cambia su dulce sonrisa por una expresión seria, y pregunta:
-¿Y no recuerdas que Áurea ha de ser salvada? Mi Hijo ha comenzado su liberación. Yo la cumpliré. ¿Así practicas tú el amor hacia las almas?
-Pero no es de Israel…

-¡Verdaderamente no has entendido todavía ni una palabra de la Buena Nueva! Eres una discípula muy imperfecta… No trabajas para tu Maestro y me causas mucho dolor.
María de Alfeo agacha la cabeza… Y su corazón, lleno de los prejuicios de Israel, sí, pero congénitamente bueno, prevalece. Rompe a llorar, abraza a María y dice:

-¡Perdóname! ¡Perdóname! ¡No me digas que te causo dolor y que no sirvo a mi Jesús! ¡Sí, sí! Soy muy imperfecta, merezco reprensión… Pero no lo volveré a hacer… ¡Voy, voy! Hasta al Infierno, si vas tú a él a arrancar un alma para dársela a Jesús… Dame un beso, María, para decir que me perdonas…

María la besa y vuelven al camino, ágiles, alentadas de nuevo por el amor…

Ya están en Tiberíades, hacia el pequeño puerto de los pescadores. Buscan la casita de José, el barquero discípulo… La encuentran. Llaman…

-¡La Madre de mi Maestro! ¡Entra, Mujer! Y Dios esté contigo y conmigo que te recibo en mi casa. Entra también tú y que la paz sea contigo, madre de apóstoles.

Entran, mientras la mujer y la jovencita hija del barquero acuden para saludarlas, seguidas por un grupo de hijuelos más pequeños… Pronto toman la parca comida, y María de Cleofás, cansada, se retira con los niños de la casa. En la terraza alta, desde la cual se ve el lago -se oye, más que verse, porque no hay luna todavía -chocando en la playa con sus olas, se quedan María Santísima, el barquero y la mujer de éste, que se esfuerza en hacer buena compañía, pero que en realidad duerme cabeceando contra el pecho.

-¡Está cansada!… -la disculpa José.
-¡Pobrecilla! Las mujeres de casa están siempre cansadas por la noche.

-Sí, trabajan ellas. No son como aquéllas de allí, entregadas a la diversión -dice con desprecio el barquero, señalando a unas barcas iluminadas que se separan de la orilla entre cantos y sonidos -Ellas salen ahora. Para ellas empieza ahora la fatiga. Cuando las buenas personas duermen. Y perjudican a los que trabajan, porque van a fingir que pescan a los lugares mejores y nos echan a nosotros, que del lago sacamos el pan para la familia…

-¿Quiénes son?
-Romanas y sus semejantes. Y en las semejantes mete a Herodías, a su lujuriosa hija y también otras hebreas… Porque tenemos muchas Marías Magdalenas… Quiero decir Marías antes del arrepentimiento…

-Son infelices…
-¿Infelices? Infelices nosotros, que no las apedreamos para limpiar a Israel de esas que se han pervertido y nos acarrean las maldiciones de Dios.

Entretanto otras barcas se separan de la orilla y las luces de las barcas de los vividores rojean en el lago.

-¡Sientes qué hedor de resinas! Lo primero se embriagan con el humo, luego hacen el resto en los banquetes. Son capaces de ir a los manantiales calientes de la otra orilla… En las Termas de allí… suceden cosas de Infierno. Regresarán al alba, a la aurora, quizás más tarde… borrachos, tumbados como sacos los unos encima de los otros, hombres y mujeres; los esclavos los llevarán a sus casas, a que se les pase la orgía… ¡Esta noche es que van todas las barcas elegantes, eh! ¡Mira! ¡Mira!… Pero mi ira es más contra los judíos que se mezclan allí, que no contra ellos. ¡Ellos… ya se sabe! Animales sin recato. ¡Pero nosotros!… Mujer, ¿sabes que está aquí Judas el apóstol?

-Lo sé.
-No da buen ejemplo, ¿sabes?
-¿Por qué? ¿Va con aquéllos?…
-No… Pero… malos compañeros…, y una mujer. Yo no lo he visto… Ninguno de nosotros lo ve así. Pero unos fariseos se han mofado de nosotros diciéndonos: "Vuestro apóstol ha cambiado de maestro. Ahora tiene una mujer y está en buena compañía de publicanos".

-No juzgues, José, sobre lo que solamente has oído referir. Tú sabes que los fariseos no os aman y que tampoco alaban al Maestro.

-Eso es verdad… Pero la voz circula… y daña…
-De la misma forma que ha empezado terminará. Tú no peques contra tu hermano. ¿Sabes en qué casa está?
-Sí. En casa de un amigo, creo. Uno que tiene un almacén de vinos y especias. El tercer almacén del lado de oriente del mercado, después de la fuente…

-¿Todas las romanas son iguales?
-¡Más o menos!… Aunque eviten ser vistas, hacen el mal.
-¿Quiénes son las que evitan ser vistas?
-Las que fueron a casa de Lázaro en Pascua. Están más retiradas… Quiero decir que no siempre van a los banquetes. Pero en todo caso van lo suficiente como para poder decir que son impuras.

-¿Pero hablas así porque estás seguro de ello, o porque tu prejuicio hebreo te hace hablar así? Examínate de verdad…

-Bueno… en realidad… no sé… No las he vuelto a ver en las barcas de los inmundos… Pero van en barca de noche por el lago.
-Tú también vas.

-¡Claro! ¡Si quiero pescar!
-El calor es muy fuerte. Sólo hay alivio en el lago de noche. Son tus palabras mientras cenábamos.
-Es verdad.

-¿Y entonces, por qué no pensar que ellas también van por este motivo por el lago?

El hombre calla… Luego dice:

-Es tarde. Las estrellas dicen que es la segunda vigilia. Me voy a retirar, Mujer. ¿No vienes?

-No. Me quedo aquí en oración. Saldré pronto. No te asombres si no me ves al alba.

-Eres dueña de hacer lo que quieras. ¡Ana! ¡Venga! ¡Vamos a la cama! -y menea a su mujer, que duerme profundamente. Se marchan.

María se queda sola… Se arrodilla y ora, ora, ora… pero no pierde nunca de vista las barcas que surcan el lago, las barcas de los señores, las que navegan llenas de luz, entre flores, cantos e inciensos… Muchas van, van, van hacia oriente, se hacen pequeñas en la lejanía… y el sonido de los cantos ya no llega. Queda, solitaria, una barca, ante Tiberíades, resplandeciente en medio del lago luminoso por la luna menguante. Navega lentamente hacia arriba y hacia abajo… María la observa hasta que la ve volver la proa hacia la orilla.

Entonces se pone de pie y dice:
-¡Señor, ayúdame! Haz que sea…
Y desciende ágil la pequeña escalera, y entra despacio en una habitación que tiene la puerta entornada… Al blanco claror de la luna es posible distinguir un lecho. María se inclina hacia él y llama:

-¡María! ¡María! ¡Despiértate! ¡Vamos!
María de Alfeo se despierta y, atónita por el sueño, pregunta mientras se restriega los ojos:
-¿Ya es hora de marcharnos? ¡Qué pronto se ha hecho de día!

Está tan adormilada, que ni siquiera comprende que no es luz de alba sino de luna la tenue fosforescencia que entra por la puerta abierta. Pero se da cuenta de esto cuando está fuera, en el pequeño pedazo de tierra cultivada que hay delante de la casa del barquero.

-¡Pero si es de noche! -exclama.
-Sí. Pero vamos a acortar el tiempo y a salir antes de esta ciudad… al menos eso espero. ¡Ven! Por aquí, siguiendo la orilla. ¡Apresúrate! Antes de que la barca toque tierra…

-¿La barca? ¿Qué barca? -pregunta María. Pero corre detrás de la Virgen, que va muy deprisa por la orilla desierta en dirección al pequeño espigón hacia el que se dirige la barca.

Llegan, jadeantes, unos instantes antes que ésta… María agudiza la mirada. Exclama:
-¡Alabado sea Dios! Son ellas. Ahora ven detrás de mí… porque hay que ir a donde vayan ellas… No sé dónde viven…

-¡Pero María… por piedad!… ¡Nos van a tomar por meretrices! …

La Purísima menea la cabeza y susurra:
-Basta con no serlo. ¡Ven! -y la lleva a la penumbra de una casa.

La barca arriba, y, mientras hace las maniobras para abordar, una litera que estaba esperando cerca y que ahora estaban acercando, se detiene. Suben a ella dos mujeres, mientras que otras dos se quedan abajo y van andando al lado de la litera. La litera se pone en movimiento al paso cadencioso de cuatro númidas vestidos con una cortísima túnica sin mangas que apenas si les cubre el torso…
Y María detrás, a pesar de las protestas medio veladas de María de Alfeo:

-¡Dos mujeres solas!… ¡Detrás de ésos! Están medio desnudos… ¡Válgame Dios!…

Pocos metros de camino y luego la litera se detiene. Baja una mujer, mientras el guía llama a un portal.
-¡Adiós, Lidia!
-¡Adiós, Valeria! Acaricia a Faustina por mí. Mañana par la noche volveremos a leer en tranquilidad, mientras los otros juerguean.

El portal se abre, y Valeria, con su esclava o liberta, está ya para entrar.
María va hacia ella y dice:
-¡Señora! ¡Una palabra!

Valeria mira a las dos mujeres envueltas en un manto hebreo, muy sencillo y que cubre mucho el rostro, y cree que son unas mendigas. Ordena:

-¡Bárbara, da el óbolo!

-No, señora. No pido dinero. Soy la Madre de Jesús de Nazaret y ésta es mi pariente. Vengo en su Nombre para solicitarte una cosa.

-¡Dómina! Quizás… es que persiguen a tu Hijo…
-No más de lo habitual. Pero Él querría…
-Entra, Dómina. No es digno que te quedes en la calle como una mendiga.

-No. Lo digo pronto, si me escuchas en secreto…

-¡Fuera todos vosotros! -ordena Valeria a la esclava, o quizás liberta, y a los porteros -Estamos solas. ¿Qué quiere el Maestro? Yo no he ido por no ser causa de mal para Él en su ciudad. ¿Y Él? ¿No ha venido por no causarme daño ante mi esposo?

-No. Por consejo mío. A mi Hijo lo odian, señora.
-Lo sé.
-Encuentra consuelo sólo en su misión.
-Lo sé.
-No pide honores ni soldados, no aspira a reinos ni a riquezas. Pero hace valer su derecho sobre los espíritus.
-Lo sé.
-Señora… El debería traerte a aquella niña… Pero, y no te enojes si te lo digo, aquí ella no podría hacer que su espíritu fuera de Jesús. Tú eres mejor que las otras… Pero alrededor de ti… demasiado vivo está el fango del mundo.

-Es verdad. ¿Y entonces?

-Tú eres madre… Mi Hijo tiene sentimientos de padre para con todos los espíritus. ¿Soportarías tú que tu hija creciera en medio de quienes podrían causar su ruina?…

-No. Y he comprendido… Bueno, pues… di a tu Hijo estas palabras: "En recuerdo de Faustina, salvada en la carne, Valeria te deja a Áurea para que salves su espíritu…".

¡Es cierto! Estamos demasiado pervertidos como para inspirar confianza a un santo… ¡Señora, ora por mí! -y se retira antes de que María pueda darle las gracias. Se retira, yo diría, llorando…

María de Alfeo se ha quedado de piedra.
-Vamos, María… Mañana al anochecer partimos y al caer de la tarde estaremos en Nazaret…

-Vamos… La ha cedido como… como una cosa…

-Para ellos es una cosa. Para nosotras es un alma. Ven. Mira… Ya blanquea el cielo allá en el fondo. Se puede decir que no hay noche en este mes…

Van, en vez de por el camino de la orilla, por el que se abre ante ellas no ya en penumbra. Un camino que va por detrás de una fila de casitas modestas… Cuando están a la mitad del recorrido, de detrás de una esquina sale Judas, visiblemente embriagado; un Judas que viene de quién sabe qué festín, despeinado, arrugadas las vestiduras, el rostro ajado.

-¡Judas! ¿Tú? ¿En este estado?
A Judas no le da tiempo a fingir que no la conoce, tampoco puede huir… La sorpresa le aclara la mente y lo clava donde está, sin reacción.

María se le acerca, venciendo la repugnancia que despierta en ella el aspecto del apóstol, y le dice:
-Judas, desgraciado hijo, ¿qué haces? ¿No piensas en Dios? ¿En tu alma? ¿En tu madre? ¿Qué haces, Judas? ¿Por qué quieres ser pecador? ¡Mírame, Judas! No tienes derecho a matar tu alma… -y lo toca, tratando de tomarle una mano.

-Déjame tranquilo. Al fin y al cabo soy un hombre. Y… y soy libre de hacer lo que todos hacen. Dile a Él, que te manda para espiarme, que no soy todavía todo espíritu, y que soy joven.

-No eres libre de destruirte. ¡Judas, ten piedad de ti mismo!… Actuando así no serás nunca un espíritu santo… Judas… Él no me ha mandado para espiarte. Él ora por ti, sólo eso, y yo con Él. En nombre de tu madre…

-Déjame tranquilo -dice Judas con descortesía. Y luego, quizás sintiéndose ruin, corrige: «No merezco tu piedad… Adiós…» y huye…

-¡Qué demonio!… Se lo voy a decir a Jesús -exclama María de Alfeo. ¡Tiene razón mi Judas!

-Tú no dirás nada a nadie. Orarás por él, eso sí…

-¿Lloras? ¿Lloras por él? ¡Oh!…
-Lloro… Me sentía feliz de haber salvado a Áurea… Ahora lloro porque Judas es pecador. Pero a Jesús, que está muy afligido, le llevaremos sólo la noticia hermosa.

Y le arrebataremos, con penitencias y oraciones, el pecador a Satanás… ¡Como si fuera hijo nuestro, María!

¡Como si fuera hijo nuestro!… Tú también eres madre, y sabes… Por esa madre infeliz, por esta alma pecadora, por nuestro Jesús…

-Sí, oraré… Pero no creo que él lo merezca…

-¡María! No digas eso…
-No lo digo. Pero… es así. ¿No vamos a casa de Juana?
-No. Iremos pronto a su casa con Jesús…

436- En el huerto de Nazaret, revelado a apóstoles y discípulas el precio de la Redención

Y el sábado continúa, propiamente en el sábado.

En la espléndida mañana, no pesado aún el aire por el calor, es agradable estar sentados, reunidos fraternal y pacíficamente debajo de la pérgola llena de sombra, o donde el manzano que está al lado de la higuera y del almendro proyecta, con éstos, manchas de sombra, prolongando la de la pérgola en que madura la uva.

Es bonito ir y venir paseando por los senderos que hay entre los cuadros, yendo de la colmena hasta el palomar, desde éste hasta la pequeña gruta, y luego, pasando detrás las mujeres -María, María Cleofás, la nuera de ésta:

Salomé de Simón, Áurea -, ir hacia los pocos olivos que desde el promontorio se alargan hacia el huerto quieto. Y esto es lo que hacen Jesús y los suyos, María y las otras mujeres. Y Jesús adoctrina incluso sin querer. Y María adoctrina incluso sin querer. Y los discípulos del primero y las discípulas de la segunda están atentos a las palabras de los dos Maestros.

Áurea, sentada en su taburetito habitual a los pies de María, casi acuclillada, está con las manos entrelazadas alrededor de las rodillas, la cara levantada, con los ojos abiertos completamente y fijos en el rostro de María: parece una niña escuchando una fábula. Pero no es una fábula, es una hermosa verdad. María cuenta las antiguas historias de Israel a la pequeña paganita de ayer, y las otras, aunque conozcan las historias patrias, escuchan también con atención. Porque es muy dulce oír fluir de esos labios la historia de Raquel, la de la hija de Jefté, la de Ana de Elcaná.

Judas de Alfeo se acerca lentamente y escucha sonriendo. Está detrás de María, que, por tanto, no lo ve. Pero la mirada sonriente de María Cleofás a su Judas advierte a María de que alguno está detrás de Ella, y se vuelve:

-¡Oh, Judas! ¿Has dejado a Jesús por escucharme a mí, una pobre mujer?

-Sí. Te dejé a ti para ir con Jesús, porque la primera maestra mía fuiste tú, pero me es dulce alguna vez dejarlo a Él para venir contigo, a hacerme niño como cuando era un escolar tuyo. Continúa, te lo ruego…

-Áurea quiere su premio todos los sábados. El premio es narrarle aquello que más impresión le haya causado de nuestra Historia (yo se la voy explicando un poco cada día mientras trabajamos).

También los otros se han acercado… Judas Tadeo dice:
-¿Y qué te gusta, niña?
-Muchas cosas; todo, podría decir… Pero, mucho mucho, Raquel, y Ana de Elcaná, luego Rut… y luego… ¡ah!, es muy bonito Tobit y Tobías con el Ángel, y luego la esposa que ora para ser liberada….
-¿Y Moisés no?
-Me da miedo… Demasiado grande… Y en los profetas me gusta Daniel defendiendo a Susana.
Mira a su alrededor y susurra:
-…También a mí me ha defendido mi Daniel -y mira a Jesús.

-¡Pero también son bonitos los libros de Moisés!
-Sí. Donde enseñan a no hacer las cosas que son feas. Y también donde hablan de aquella estrella que nacerá de Jacob. Yo ahora sé su nombre. Antes no sabía nada. Y mi fortuna es mayor que la de aquel profeta, porque yo la veo, y además de cerca. Ella me ha dicho todo, así que sé también yo -termina con un cierto aire triunfal.
-¿Y la Pascua no te gusta?

-Sí… pero… también los hijos de los demás tienen mamá. ¿Por qué matarlos? Yo entre el Dios que salva y el que mata, prefiero al primero…
-Tienes razón… María, ¿no le has contado todavía nada de su Nacimiento? -dice Santiago, señalando al Señor, que escucha y calla.

-Todavía no. Quiero que conozca bien el pasado, antes del presente; para comprender este presente, que tiene su razón de ser en el pasado. Cuando lo conozca, verá que el Dios que le produce miedo, el Dios del Sinaí, es un Dios de amor severo, pero en todo caso amor.

-¡Oh, Madre, dímelo ahora, que me costará menos esfuerzo comprender el pasado cuando sepa el presente, que, por lo que yo sé de él, es muy bonito y hace amar a Dios sin miedo! ¡Yo necesito no tener miedo!

-La niña tiene razón. Recordad siempre todos esta verdad cuando evangelicéis. Las almas necesitan no tener miedo para ir a Dios con toda confianza. Es lo que Yo me esfuerzo en hacer, y más aún cuando, o por ignorancia o por culpas, están sujetos a temer mucho a Dios. Pero Dios, incluso el Dios que castigó a los egipcios y que te produce miedo, Áurea, es siempre bueno. Mira: cuando quitó la vida a los hijos de los egipcios crueles, tuvo piedad con ellos, los cuales, no creciendo, no se hicieron pecadores como sus padres, y dio tiempo de arrepentirse a sus padres del mal cometido. Así pues, fue una severa bondad. Hay que saber distinguir la verdadera bondad de lo que es sólo debilidad de educación. Cuando Yo era un pequeño infante, fueron asesinados muchos pequeñuelos en el pecho mismo de sus madres. Y el mundo gritó de horror.

Pero, cuando el Tiempo ya no exista ni para los individuos ni para la Humanidad entera, comprenderéis, una y mil veces, que fueron afortunados, benditos en Israel, en la Israel de los tiempos de Cristo, aquellos que, por haber sido exterminados en la infancia, fueron preservados del mayor de los pecados, el de ser cómplices de la muerte del Salvador.

-¡Jesús! -grita María de Alfeo poniéndose en pie, asustada, mirando a su alrededor como si temiera ver salir a los deicidas de detrás de los setos y de los troncos del huerto.
-¡Jesús! -repite mirándolo con pena.
-¿Es que ya no conoces las Escrituras, que tanto te asombras de esto que digo? -le pregunta Jesús.
-Pero… Pero… No es posible… No debes permitirlo… Tu Madre…

-Es Salvadora conmigo, y sabe. Mírala e imítala.
María, en efecto, está austera, regia con su palidez, que es intensa; e inmóvil. Tiene las manos apoyadas en su regazo, apretadas, como en oración; alta la cabeza, la mirada fija en el vacío…

María de Alfeo la mira. Luego se dirige de nuevo a Jesús:
-¡Pero, de todas formas, no debes hablar de este horrendo futuro! Le clavas una espada en el corazón.
-Hace treinta y dos años que está esta espada en su corazón.

-¡Nooo! ¡No es posible! María… siempre tan serena… María…
-Pregúntaselo a Ella, si no crees en lo que digo.
-¡Sí que se lo pregunto! ¿Es verdad, María? ¿Sabes esto?…

Y María, con voz blanca pero firme, dice:

-Es verdad. Tenía Él cuarenta días cuando me lo dijo un santo… Pero incluso antes… ¡oh!, cuando el Ángel me dijo que, sin dejar de ser la Virgen, concebiría un Hijo, que por su concepción divina sería llamado Hijo de Dios, lo que realmente es; cuando se me dijo esto, y que en el seno de Isabel estéril estaba formado un fruto por milagro del Eterno, no me fue difícil recordar las palabras de Isaías:

"La Virgen dará a luz un hijo que será llamado Emmanuel"… ¡Todo, todo Isaías! Y donde habla del Precursor… Y donde habla del Varón de dolores, rojo, rojo de sangre, irreconocible… un leproso… por nuestros pecados… La espada está en el corazón desde entonces, y todo ha servido para hincarla más: el cantar de los ángeles y las palabras de Simeón y la venida de los Reyes de Oriente, y todo, todo…

-¿Pero, todo, qué otras cosas, María mía? Jesús triunfa, Jesús hace prodigios, le siguen turbas cada vez más numerosas… ¿No es, acaso, verdad? -dice María de Alfeo.
Y María, siguiendo en la misma postura, dice a cada pregunta: «Sí, sí, sí» sin congoja, sin alegría, solamente asiente con serenidad, porque así es…
-¿Y entonces? ¿Qué otro todo te clava la espada en el corazón?
-¡Oh!… Todo…

-¿Y estás tan serena? ¡Tan serena? Siempre igual que cuando llegaste aquí, casada, hace treinta y tres años. Y me parece ayer todo este cúmulo de recuerdos… ¿Pero cómo tienes esta fuerza?… Yo… yo estaría como loca… yo haría… no sé lo que haría… Yo… ¡Bueno, que no, que no es posible que una madre sepa esto y esté serena!

-Antes de ser Madre, soy hija y sierva de Dios… Mi serenidad ¿dónde la encuentro? En hacer la voluntad de Dios. Mi serenidad ¿de qué me viene? De hacer esta voluntad. Si hiciera la voluntad de un hombre, podría sentirme turbada, porque un hombre, aun el más sabio, siempre puede imponer una voluntad errada.

¡Pero la de Dios!… Si Él ha querido que sea Madre de su Cristo, ¿deberé acaso pensar que es un hecho cruel, y perder en este pensamiento mi serenidad? ¿Saber lo que será la Redención para Él, y para mí, también para mí, deberá turbarme con el pensamiento de cómo voy a superar ese momento?

¡Oh! será tremenda… -y María sufre un involuntario sobresalto, como un escalofrío improviso, y cierra las manos como para impedirles temblar, como para orar más ardientemente, mientras que su cara se pone aún más blanca, y los párpados sutiles, con un parpadeo de angustia, se cierran sobre sus dulces ojos garzos. Pero, después de un profundo suspiro de congoja, reafirma su voz y termina:

«Pero Él, Aquel que me ha impuesto su voluntad y a quien sirvo con amor confiado, me dará la ayuda para ese momento. A mí, a Él… Porque no puede el Padre dictar designios demasiado fuertes para las fuerzas del hombre… y socorre… siempre… Y nos socorrerá, Hijo mío… nos socorrerá… Él nos socorrerá… y sólo podrá ser Él, que tiene medios infinitos, el que nos socorra…

-Sí, Madre. El Amor nos socorrerá, y en el amor nos socorreremos recíprocamente. Y en el amor redimiremos…

Jesús se ha puesto al lado de su Madre y ahora le pone una mano en el hombro. Ella levanta la cara para mirar a su hermoso y sano Jesús, destinado a quedar desfigurado por las torturas, muerto con mil heridas, y dice:
-En el amor y en el dolor… Sí. Y juntos…

Ya ninguno dice nada… En círculo -alrededor de los dos Protagonistas principales de la futura tragedia del Gólgota -, apóstoles y discípulas parecen estatuas pensativas…

Áurea se ha quedado petrificada en su taburete… Pero es la primera que se recobra, y, sin ponerse en pie, se arrodilla, de forma que se encuentra justo contra María; le abraza las rodillas y agacha su cabeza y la apoya en su regazo; diciendo: ­¡También por mí todo esto!… ¡Cuánto cuesto y cuánto os amo por lo que os cuesto! ¡Oh, Madre de Mi Dios, bendíceme para que no os cueste sin fruto…
-Sí, hija mía. No temas. Dios también te ayudará a ti, si aceptas siempre su voluntad.

Le acaricia los cabellos y las mejillas, y siente estas empapadas de llanto.

-¡No llores! Del Cristo lo primero que has conocido ha sido el destino de dolor, el final de su misión de Hombre.

No es justo que, habiendo conocido esto, ignores los momentos primeros de su vida en el mundo. Escucha… A todos les gustará salir de la contemplación amarga, tenebrosa, evocando el dulce momento, todo luz, todo canto, todo hosanna, de su Nacimiento…

Escucha… -y María, explicando la razón del viaje a Belén de Judá, ciudad anunciada como ciudad natal del Salvador, dulcemente narra la noche del Nacimiento de Cristo.

437- Coloquio de Jesús con su Madre

No sé si es la noche del mismo sábado. Sé que veo a Jesús y a María sentados en el asiento de piedra que hay contra la casa, cerca de la puerta del comedor, del que sale el tenue claror de una lámpara de aceite colocada cerca del umbral, una lámpara que late en el aire con aumentos y disminuciones de luz, como si su luminosidad estuviera regulada por un movimiento respiratorio; es la única luz de esta noche todavía sin Luna. Un mínimo de claror que sale al huerto, alumbrando una estrecha franja de terreno delante de la puerta, para morir en el primer rosal del parterre. Pero ese mínimo es suficiente para iluminar los dos perfiles de los Dos, reunidos en íntimo coloquio en la noche serena llena de perfumes de jazmines y otras flores de verano.

Hablan de los parientes… de José de Alfeo, siempre testarudo, de Simón, no muy valiente en su profesión de fe por estar dominado por el primero de los hermanos, que es autoritario y obstinado en sus ideas como lo era el padre.

El gran dolor de María, que quisiera ver a todos sus sobrinos discípulos de su Jesús…

Jesús la consuela; habla de la fuerte fe israelita de su primo, para disculparlo: -Es un obstáculo, ¿sabes? Un verdadero obstáculo. Porque todas las fórmulas y preceptos hacen de barrera para la aceptación de la idea mesiánica en su verdad. Es más fácil convertir a un pagano, si no es un espíritu totalmente pervertido. El pagano reflexiona y ve la diferencia buena entre su Olimpo y mi Reino. Pero a Israel… a Israel en su parte más culta… le cuesta trabajo seguir el concepto nuevo…

-¡Y a pesar de todo es el mismo concepto!

-Sí. Es el mismo Decálogo, son las mismas profecías. Pero han sido profundamente alterados por el hombre, que los ha tomado de las esferas sobrenaturales donde estaban y los ha bajado al nivel de la Tierra, al ambiente del mundo, los ha manipulado con su humanidad, y los ha alterado…

El Mesías, Rey espiritual del gran Reino -que se llama de Israel porque el Mesías nace del tronco de Israel, pero que es más justo llamarlo de Cristo, porque Cristo centra en sí lo mejor de Israel, actual y pasado, y lo sublima con su perfección de Dios-Hombre -, el Mesías, para ellos, no puede ser el hombre manso, pobre, sin aspiraciones al poder y a la riqueza, obediente para con los que nos dominan por castigo divino; porque en la obediencia hay santidad cuando esta obediencia no debilita la gran Ley. Y por esto se puede decir que su fe trabaja contra la Fe verdadera.

¿Personas así, tercas y convencidas de ser justas?… Hay muchas… en todas las clases… y también entre mis parientes y apóstoles. Sí, Madre, su cerrazón respecto a creer en mi Pasión está en esto. Sus errores de valoración tienen su origen en esto… Y también su actitud reacia, que se obstina en considerar idólatras a los gentiles, mirando al hombre y no al espíritu del hombre, ese espíritu que tiene un solo Origen y al cual Dios querría dar un solo Destino: el Cielo. Fíjate Bartolomé… Es un ejemplo.

Es óptimo, sabio, está dispuesto a todo para darme honor y consuelo… Pero ante -no digo ya una Áglae o una Síntica, que es una flor respecto a la pobre Áglae, a la que solamente la penitencia le hace cambiar de fango a flor -, ni siquiera ante una muchacha, una pobre muchacha cuyo sino suscita todas las compasiones y cuyo instintivo pudor induce admiración, ni siquiera ante ella cae su repugnancia hacia los gentiles; y ni siquiera mi ejemplo lo vence, ni mis palabras sobre que he venido para todos.

-Tienes razón. Es más, precisamente los dos más resistentes son Bartolomé y Judas de Keriot, los dos más doctos, o, por lo menos, el docto Bartolmái, y Judas de Keriot, que no sé exactamente en qué clase se puede colocar, pero que está embebido, saturado del ambiente del Templo. Pero… Bartolmái es bueno y su resistencia todavía se puede disculpar. Judas… no. Ya has oído lo que ha dicho Mateo, que fue a propósito a Tiberíades… Y Mateo es experto de la vida, sobre todo de esa vida… Y es apropiada la observación de Santiago de Zebedeo: "¿Pero quién es el que da tanto dinero a Judas?". Porque esa vida cuesta… ¡Pobre María de Simón!

Jesús hace su típico gesto con las manos, para decir: «Así es…» y suspira. Luego dice:

-¿Has oído? Las romanas están en Tiberíades… Valeria no me ha comunicado nada. Pero Yo, antes de reanudar mi camino, tengo que saber. Quiero que estés conmigo en Cafarnaúm durante un tiempo, Mamá… Luego regresas aquí. Yo iré hacia los confines siro-fenicios y luego volveré para saludarte antes de bajar hacia Judea, la oveja terca de Israel…

-Hijo, iré mañana por la noche… Llevaré conmigo a María de Alfeo. Áurea irá a casa de Simón de Alfeo, porque no pasaría sin crítica el que se quedara aquí con vosotros varios días… Así es el mundo… Y yo iré…

La primera etapa, Caná; luego, al alba, partiré para la casa de la madre de Salomé de Simón; después, al caer de la tarde, reanudo la marcha: llegaremos, todavía con luz, a Tiberíades. Iré a la casa del discípulo José, porque quiero ir yo, personalmente, a ver a Valeria, y, si fuera donde Juana, querría ir ella… No. Yo, Madre del Salvador, para Valeria, seré distinta de la discípula del Salvador… y no me dirá no. ¡No temas, Hijo mío!
-No temo. Pero me aflige tu fatiga.

-¡Oh… para salvar a un alma! ¿Qué es esta nada de unas veinte millas recorridas en un buen período?
-La fatiga será también moral. Pedir… ser, quizás, humillada…

-Poca cosa que pasa. ¡Pero un alma permanece!
-Serás como una golondrina extraviada en la pervertida Tiberíades… Lleva contigo a Simón.
-No, Hijo mío. Nosotras dos solas, dos pobres mujeres… Pero dos madres y dos discípulas, o sea, dos grandes fuerzas morales… No me demoraré. Déjame ir… únicamente bendíceme.

-Sí, Mamá. Con todo mi corazón de Hijo y con todo mi poder de Dios. Ve y que los ángeles te escolten por el camino.
-Gracias, Jesús. Ahora vamos a entrar. Me tendré que levantar con el alba para preparar todo, para quien parte y para quien se queda. Di la oración, Hijo…

Jesús se levanta, y también María, y juntos dicen el Pater… Luego entran de nuevo en la casa, cierran la puerta… la luz desaparece y cesa toda voz humana. Queda sólo el viento ligero entre las frondas y el gorgoteo ligero del hilo de agua en la pila…

435- Comienzo del tercer sábado en Nazaret y llegada de Pedro con otros apóstoles

El sábado es el descanso. Ya se sabe. Descansan los hombres y las herramientas, cubiertas o colocadas con buen orden en sus sitios.

Ahora que el ocaso rojo de un viernes de verano está para cumplirse, María, sentada a la sombra del gran manzano ante su telar más pequeño, se levanta, tapa el telar y, con la ayuda de Tomás, lo devuelve a la casa, a su sitio, e invita a Áurea ­que, sentada en un pequeño taburete a sus pies, cosía todavía, con mano desmañada, los vestidos que le habían dado las romanas y que María ha adaptados a su talle -, la invita a doblar el trabajo con orden y a poner todo encima de la repisa de su habitación.

Y, mientras Áurea lleva a cabo esto, la Madre entra con Tomás en el local laboratorio donde Jesús y el Zelote se dan prisa en poner de nuevo en sus sitios sierras, cepillos, destornilladores, martillos, botes de barniz y de cola, y a barrer el serrín y las virutas de los bancos y del suelo. Del trabajo realizado hasta ese momento sólo quedan dos tablas dispuestas en ángulo, apretadas en el torno para que se solidifique la cola en las junturas (quizás es un futuro cajón), y un taburete barnizado a la mitad; además de quedar el olor agudo de los barnices todavía frescos.

Entra también Áurea. Va hacia el trabajo de buril de Tomás, se curva hacia él, lo admira y pregunta, curiosita, que para qué sirve, y también, instintivamente coqueta, pregunta que si a ella le quedaría bien.
-Te quedaría bien, pero te queda mejor el ser buena. Éstos son adornos que sólo hacen más hermoso el cuerpo, pero que no sirven para el espíritu; es más, cultivando la coquetería, perjudican al espíritu.

-¿Y entonces por qué lo haces? -pregunta, lógica, la niña -¿Es que quieres perjudicar a un espíritu?
Tomás, siempre afable, sonríe ante esta observación y dice:

-Perjudica lo superfluo, a un espíritu débil. Pero, para un espíritu fuerte, el adorno se queda en lo que es, ni más ni menos: un alfiler necesario para tener sujeta la túnica.

-¿Para quién lo haces? ¿Para tu mujer?
-Yo no tengo mujer ni la tendré nunca.
-Entonces para tu hermana.
-Tiene más de los que necesita.
-Entonces para tu madre.
-¡Pobre anciana! ¿Y qué hace con él?
-Pero es para una mujer…
-Sí. Pero que no eres tú.

-¡Ni siquiera lo pienso!… Y además, ahora que has dicho que estas cosas perjudican al espíritu débil, no lo querría. Voy a quitar también esas guarniciones a los vestidos. ¡No quiero perjudicar a lo que es de mi Salvador!

-¡Eres una niña como se debe! Fíjate, tú, con esta voluntad tuya, has hecho un trabajo más bonito que el mío.
-Lo dices porque eres bueno…

-Lo digo porque es verdad. Mira: yo he cogido este bloque de plata, lo he reducido a hojas a medida que iba siendo necesario; luego, con el instrumento, o, mejor, con los instrumentos, lo he doblado así. Pero todavía tengo que hacer la parte mayor. Juntar las partes, y de forma natural. Por ahora completas sólo están estas dos hojitas con su florecita unida -y Tomás levanta entre sus gruesos dedos un liviano escapo de muguete, recogido en una hoja que imita a la perfección las naturales. Hace un cierto efecto ver esa cosita, que resplandece con el brillo blanco de la plata pura, entre los dedos fuertes y bronceados del orfebre.

-Oh! ¡Bonito! Había muchos de éstos en la isla y nos dejaban cogerlos antes de que el Sol saliera. Porque las rubias no debíamos nunca tomar el sol para valer más; a las morenas, sin embargo, las hacían estar fuera, al sol, hasta sentirse incluso mal, para que fueran más morenas. Las… ¿Cómo se dice vender una cosa diciendo que es una cuando en realidad es otra?…

-Pues… con engaño… con trampa… no lo sé.
-Las engañaban diciendo que eran árabes o del alto Nilo, de donde nace; a una la vendieron como descendiente de la reina Saba.

-¡Nada menos! Pero no las engañaban a ellas, sino a los compradores. Se dice entonces que timaban. ¡Qué gentuza! Una buena sorpresa para el comprador, cuando haya visto descolorirse la… falsa etíope! ¿Estás oyendo, Maestro?

¡Cuántas cosas que nosotros ignoramos! …
-Estoy oyendo. Pero lo más triste no está en el timo al comprador… sino en el destino de esas muchachas…
-Es verdad. Almas profanadas para siempre. Perdidas…
-No. Dios puede siempre intervenir…

-Respecto a mí lo ha hecho. ¡Tú me has salvado!… -dice Áurea, volviéndose hacia el Señor con su mirada clara, serena. Y termina: « ¡Y yo soy muy feliz!» y, no pudiendo ir a abrazar a Jesús, va a ceñir a María con un brazo, apoyando su rubia cabeza en el hombro de la Virgen en un gesto de confiado amor. Las dos cabezas rubias resaltan, con sus distintas coloraciones, contra la pared oscura: un grupo dulcísimo.

Pero María se acuerda de la cena. Se sueltan y se van.
-¿Se puede entrar? -dice tras la puerta del taller que da a la calle la voz un poco ronca de Pedro.

-¡Simón! ¡Abrid!
-¡Simón! ¡No ha sabido estar separado! -dice Tomás riendo, mientras se apresura a abrir.
-¡Simón! Era previsible… -dice sonriendo el Zelote.

Pero no es sólo el rostro de Pedro el que se enmarca en el cuadro de la puerta; son todos los apóstoles del lago, todos menos Bartolomé y menos Judas Iscariote. Y con ellos están ya Judas y Santiago de Alfeo.
-¡La paz a vosotros! ¿Pero, por qué habéis venido con este calor?

-Porque… ya no podíamos estar separados. Han pasado dos semanas y media, ¿sabes? ¿Comprendes? ¡Dos semanas y media que no te vemos! -y Pedro parece decir: ¡Dos siglos! ¡Una enormidad!

-Pero os había dicho que esperarais a Judas todos los sábados.

-Sí. Pero no ha venido dos sábados… y al tercero venimos nosotros. Allí se ha quedado Natanael, que no está demasiado bien. Si Judas va, lo recibirá… Pero ciertamente no irá… Benjamín y Daniel nos dijeron que lo habían visto en Tiberíades, pasando por Tiberíades para venir donde nosotros, antes de ir hacia el Hermón grande, y… bueno, ya te diré después… -dice Pedro, cuya palabra ha sido cortada por un tirón de la túnica por parte de su hermano.

-De acuerdo. Luego me dirás… ¡Pero, deseabais tanto descansar, y ahora que podéis reposar os pegáis estas carreras!… ¿Cuándo habéis salido?

-Ayer al caer de la tarde. Con un lago que era un espejo. Hemos desembarcado en Tariquea para evitar Tiberíades para… para no encontrar a Judas…

-¿Por qué?
-Porque, Maestro, queríamos gozar de ti en paz.
-¡Sois egoístas!
-No. El ya tiene sus alegrías… ¡En fin! No sé quién le da tanto dinero para gozárselo con… Sí, comprendido, Andrés. Pero deja de tirarme tan fuerte de la túnica. Ya sabes que sólo tengo ésta. ¿Quieres que me vaya con la túnica rasgada?

Andrés se pone colorado. Los otros se ríen. Jesús sonríe.
-Bien. Hemos bajado a Tariquea también porque… bueno no me regañes… Será el calor, será que lejos de ti me hago malo, será que pensar que él se ha separado de ti para unirse a… ¡Pero bueno, deja ya de arrancarme la manga! ¡Ya ves que sé pararme a tiempo!… En fin, Maestro, será por muchas cosas… Yo no quería pecar, y si veía a Judas lo hacía. Así que me he dirigido a Tariquea. Y al alba nos hemos puesto en camino.

-¿Habéis pasado por Caná?
-No. No queríamos alargar el viaje… Pero ha sido muy largo de todas formas. Y el pescado se ponía malo… Se lo dimos a la gente de una casa, en cambio de alojamiento durante algunas horas, las más calurosas. Y hemos partido de allí a mitad de tiempo de después de la nona… ¡Un horno!…

-Os lo podíais haber ahorrado. Yo habría ido pronto…
-¿Cuándo?
-Cuando el sol hubiera salido del León.
-¿Y Tú crees que podíamos estar tanto sin ti? ¡Hombre, desafiamos a mil calores semejantes pero venimos a verte! ¡Nuestro Maestro! ¡Nuestro adorado Maestro! -y Pedro se abraza a su Tesoro de nuevo hallado.

-Y pensar que cuando estamos juntos no hacéis otra cosa sino quejaros del tiempo, de lo largo que es el camino…

-Porque somos unos necios. Porque, mientras estamos juntos, no comprendemos bien lo que Tú eres para nosotros… Pero aquí nos tienes. Ya tenemos lugares. Quién en casa de María de Alfeo, quién con Simón de Alfeo, quién con Ismael, quién con Aser y quién con Alfeo, que está aquí cerca. Ahora descansamos y mañana, al caer de la tarde, otra vez en marcha, más contentos.

-El sábado pasado hemos tenido aquí a Mirta y a Noemí, que habían venido para ver otra vez a la niña -dice Tomás.
-¿Ves como quien tiene la posibilidad de venir, en cuanto puede viene aquí?

-Sí, Pedro. Y vosotros ¿qué habéis hecho en este tiempo?
-Hemos pescado… hemos barnizado barcas… reparado redes… Ahora Margziam sale frecuentemente con los mozos, cosa que hace disminuir los improperios de mi suegra contra "el holgazán que hace morir de hambre a su mujer después de traerle un bastardo".

¡Y pensar que Porfiria no ha estado nunca tan bien como ahora que tiene a Margziam, por el corazón y por todo lo demás! Las ovejas, de tres, han pasado a cinco, y pronto serán más… ¡No es poco útil esto para una pequeña familia como la nuestra! Y Margziam con la pesca suple a lo que yo no hago sino muy raramente. Pero esa mujer tiene lengua viperina, a pesar de que su hija la tiene de paloma… Veo que tú también has trabajado…

-Sí, Simón. Hemos trabajado. Todos. Mis hermanos en su casa, Yo con éstos en la mía; para procurar satisfacción y descanso a nuestras madres.

-¡Hombre, también nosotros! -dicen los hijos de Zebedeo.
-Y yo a mi mujer, trabajando en colmenas y viñas -dice Felipe.
-¿Y tú, Mateo?
-Yo no tengo a quién hacer feliz… y ahora me he hecho feliz a mí mismo, escribiendo las cosas que más me gusta recordar…

-Entonces te vamos a referir la parábola del barniz. La he provocado yo, muy inexperto pintor… -dice el Zelote.
-Pero has aprendido pronto el oficio. ¡Fijaos qué bien ha dejado esta silla! -dice Judas Tadeo.

El acuerdo entre ellos es perfecto. Y Jesús, cuya cara aparece más descansada desde que está en su casa, resplandece de alegría por tener en torno a sí a sus queridos apóstoles.

Entra Áurea y se queda sorprendida en el umbral de la puerta.

-¡Ah, ahí está! ¡Fíjate qué bien está! Pasa por una pequeña hebrea, vestida así.

Áurea se pone roja como la púrpura y no sabe qué decir. Pero Pedro se muestra tan afable y paternal, que en seguida se recobra y dice:

-Me esfuerzo en serlo y… con mi Maestra espero serlo pronto… Maestro, voy a decir a tu Madre que están ellos… -y se retira ágil.

-Es una buena muchacha -declara el Zelote.
-Sí. Quisiera que se quedara con nosotros israelitas. Bartolomé, rechazándola, ha perdido una buena ocasión y una alegría… -dice Tomás.

-Bartolomé está muy ligado a las… fórmulas -dice Felipe para disculparlo.
-Es su único defecto -observa Jesús. Entra María…
-La paz a ti, María -dicen los que han venido de Cafarnaúm.

-La paz a vosotros… No sabía que estabais aquí. Enseguida me ocupo de vosotros… Entretanto venid…
-De casa vendrá nuestra madre con bastante comida, y también Salomé. No te preocupes, María -dice Santiago de Alfeo.

-Vamos al huerto… Se está alzando el viento de la noche y se está bien… -dice Jesús.

Y entran en el huerto. Se sientan acá o allá. Hablan fraternalmente, mientras las palomas zurean disputándose la última comida, que Áurea esparce por el suelo… Luego es el riego de los cuadros florecidos, o simplemente de útiles y bonitas verduras necesarias para el hombre.

Quieren hacerlo los apóstoles, alegremente, mientras María de Alfeo, que ha llegado en ese momento, con Áurea y María, preparan la cena para los llegados.

Y el olor de los alimentos que chirrían se mezcla con el de la tierra regada, de la misma forma que el gorjeo de los pájaros, que se disputan, presuntuosos, un buen sitio entra las tupidas frondas del huerto, se mezclan con las voces profundas o agudas de los apóstoles…

434- Trabajos manuales en Nazaret y parábola de la madera barnizada

El tosco hogar del taller está encendido, después de tanto tiempo de inactividad, y el olor de la cola hirviendo en un recipiente se mezcla con el típico olor del serrín y las virutas recién sacados, es más, que están saliendo, al pie de uno de los bancos de carpintero.

Jesús trabaja con ahínco unas tablas de madera, que, con la ayuda de la sierra y del cepillo, se transforman en patas de sillas, cajones, etc. Unos muebles, los modestos muebles de la casita de Nazaret, han sido llevados al taller: la mesa para amasar el pan, para repararla; uno de los telares de María; dos taburetes; una escalera de hortelano; un pequeño arquibanco; y la puerta del horno, creo, corroída en la parte de abajo, quizás por los ratones. Jesús trabaja en arreglar lo que el uso y el tiempo han consumido.

Tomás, por su parte, con todo un equipo de pequeños instrumentos de orfebre, sacados de su talego, que yace encima de su lecho (colocado, como el del Zelote, contra la pared), trabaja con mano ligera unas láminas de plata. Y el golpeteo de su martillito en el buril, que da sonido de plata, se funde con el vigoroso ruido de los instrumentos de trabajo usados por Jesús.

De vez en cuando intercambian algunas palabras, y Tomás está tan contento de estar allí con el Maestro y en su trabajo de orfebre -y, efectivamente, lo dice -, que durante las pausas del diálogo silba entre dientes muy bajo. De vez en cuando levanta los ojos y piensa, fijando su mirada, absorto, en la pared ahumada de la espaciosa habitación.

Jesús advierte esto y dice:
-¿Sacas la inspiración de aquella pared negra, Tomás? Verdad es que así la ha puesto el largo trabajo de un justo, pero no me parece que pueda dar motivos a un orfebre…

-No, Maestro, un orfebre, efectivamente, no puede representar con el metal rico la poesía de la santa pobreza… Pero sí puede, con su metal, representar cosas bellas de la naturaleza, y ennoblecer así el oro y la plata imitando con ellos las flores, las hojas, que hay en la creación. Pienso en esas flores, en esas hojas, y, para recordar exactamente su aspecto, miro fijamente así con los ojos a la pared, pero en realidad veo los bosques y los prados de nuestra Patria, las hojas livianas, las flores que parecen copas o estrellas, la compostura de escapos y frondas…

-Eres un poeta, entonces, un poeta que canta en el metal lo que otro canta en el pergamino con la tinta.
-Sí. Efectivamente, el orfebre es un poeta que escribe en el metal las bellezas de la naturaleza. Pero nuestra obra, de arte y bella, no vale cuanto la tuya, humilde y santa, porque la nuestra sirve para la vanidad de los ricos, mientras que la tuya sirve para la santidad de la casa y la utilidad del pobre.

-Es como dices, Tomás -dice el Zelote, que se ha asomado a la puerta que da al huerto, con la túnica ceñida, remangado, un viejo mandil delante y en la mano un recipiente con barniz.

Jesús y Tomás se vuelven a mirarlo, sonriendo. Y Tomás responde:
-Sí, es como digo. Pero quiero que al menos en alguna ocasión el trabajo del orfebre sirva para adornar una… cosa buena, santa…

-¿Qué?
-Es un secreto mío. Hace mucho que pienso esto, y, desde que fuimos a Ramá, llevo conmigo un pequeño equipo de orfebre esperando este momento. ¿Y tu trabajo, Simón?
-¡Yo no soy un artífice perfecto como tú eres, Toma! Es la primera vez que tengo el pincel en la mano, y mis tinturas son desiguales, a pesar de que ponga toda mi buena voluntad. Por eso he empezado por las partes más… humildes… para coger algo de práctica… y te aseguro que mi impericia le ha hecho a la niña reírse con ganas.

¡Pero eso me hace feliz! Cada hora que pasa renace a una vida serena, y es lo que se requiere para borrar el pasado y hacerla completamente nueva, para ti, Maestro.
-Ya, pero quizás Valeria no cede… -dice Tomás.

-¿Y qué crees que le puede importar el tenerla o no tenerla? Si la tenía consigo, era sólo para no dejarla sola por el mundo. Y la verdad es que sería una buena cosa el que la niña estuviera a salvo para siempre y en todo, en el espíritu sobre todo. ¿No es verdad, Maestro?

-Es verdad. Hay que orar mucho por esto. La criatura es sencilla y buena realmente, y educada en la Verdad podría dar mucho. Tiende instintivamente a la Luz.

-¡Claro! No tiene consuelos en la Tierra… y la pobrecita los busca en el Cielo. Yo creo que, cuando tu Buena Nueva pueda ser predicada por el mundo, los primeros que la acogerán, y los más numerosos, van a ser precisamente los esclavos, los que no tienen ningún consuelo humano y se refugiarán en tus promesas para tenerlos… Y yo digo que, si me toca precisamente este honor de predicarte, tendré un especial amor por estos desdichados…

-Harás bien, Tomás -dice Jesús.
-Sí, pero ¿cómo vas a tomar contacto con ellos?
-Seré orfebre para las damas y… maestro para sus esclavos. Un orfebre entra en las casas, o a su casa vienen los siervos de los ricos… y trabajaré… Dos metales: los de la Tierra para los ricos… los de los espíritus para los esclavos.

-Que Dios te bendiga por estos propósitos, Tomás. Persevera en ellos… -Sí, Maestro.

Bueno, ahora que ya has respondido a Tomás, ven conmigo, Maestro… a ver mi trabajo y a decirme qué es lo que debo barnizar ahora. Cosas humildes todavía, porque soy un obrero con muy poca habilidad.

-Vamos, Simón… -y Jesús deja sus herramientas y sale con el Zelote…

Vuelven después de un poco de tiempo. Jesús señala la escalera de hortelano: -Pásale el barniz a ésa. El barniz hace impenetrable la madera y la conserva más, además de hacerla más bonita. Es como la defensa y embellecimiento de las virtudes en el corazón humano. Puede ser agreste, tosco…

Pero, en cuanto las virtudes lo visten, se hace hermoso, agradable. Mira, para obtener una tinta bonita y un servicio real de ella, es necesario tener en cuenta muchas cosas. La primera: tomar con atención lo que se necesita para hacerla. O sea, un recipiente que no tenga tierra o residuos de otras tintas anteriores, aceites buenos y buenos colores, y, con paciencia, mezclar, trabajar, hacer un líquido que no sea ni demasiado denso ni demasiado líquido.

No cansarse de trabajar mientras no esté disuelto hasta el más pequeño grumo. Una vez hecho esto, hay que coger un pincel que no pierda las cerdas, que no las tenga ni excesivamente duras ni excesivamente blandas, que esté bien limpio de cualquier tinte precedente. Antes de aplicar el barniz, hay que quitar las asperezas de la madera y los viejos barnices descascarillados y el barro y todo. Luego, así, con orden, hay que tener mano segura en ir siempre en una dirección, extender con paciencia, mucha paciencia, el barniz. Porque en una misma tabla hay distintas resistencias. En los nudos, por ejemplo, el barniz queda más liso, es verdad, pero en ellos la tintura se fija mal, como si la materia leñosa la rechazara.

Al contrario, en las partes blandas de la madera el barniz se fija enseguida, pero las partes blandas generalmente son poco lisas, y entonces pueden formarse pequeñas bolsas, o estrías… Estos casos se deben solucionar extendiendo el color con mano constante. Luego hay, en los muebles viejos, partes nuevas, como este peldaño, por ejemplo. Y, para que no se vea que la pobre escalera está apañada pero que es muy vieja, hay que arreglárselas para que tanto el peldaño nuevo como los viejos resulten iguales… ¡Mira, así!

Jesús, agachado al pie de la escalera, mientras habla trabaja…

Tomás, que ha dejado sus buriles para ir a ver, pregunta:
-¿Por qué has empezado por la parte de abajo en vez de por la de arriba? ¿No era mejor hacer lo contrario?
-Parecería mejor, pero no lo es. Porque la parte de abajo es la que está más deteriorada y la que está destinada a deteriorarse más, porque apoya en el suelo. Por ese motivo debe trabajarse varias veces abajo. Una primera mano, luego una segunda, y una tercera si es necesario… y para no estar ociosos esperando a que la parte de abajo se seque para poder dar una nueva mano, barnizar mientras tanto la parte alta, luego el centro de la escalera.
-Pero al hacerlo uno se puede manchar la túnica y puede estropear las partes barnizadas antes.

-Con cuidado, uno no se mancha y no se estropea nada. ¿Ves? Se hace así. Se recoge la túnica y se está separado. No por asco de la tintura, sino para no dañar la tintura que, por haber sido dada poco antes, es delicada.
Y Jesús, elevados los brazos, barniza ahora la parte alza de la escalera. Y sigue hablando.

-Así se hace con las almas. He dicho al principio que el barniz es como el embellecimiento de las virtudes en los corazones humanos. Embellecimiento y preservación de la madera contra la carcoma, las lluvias y el sol intenso. ¡Mal le irá al amo de casa que no tenga cuidado de las cosas barnizadas y las deje deteriorarse! Cuando se ve que la madera pierde su barniz, sin perder tiempo, hay que poner barniz nuevo. Refrescar la pintura… También las virtudes, puestas en un primer momento de impulso hacia la justicia, pueden deteriorarse o desaparecer del todo, si el amo de la casa no vigila; y la carne y el espíritu, desnudos, a merced de la intemperie y de los parásitos, o sea, de las pasiones y de las disipaciones, pueden sufrir el asalto de estos elementos, perder la túnica que los embellece, terminar siendo… válidos sólo para el fuego.

Por tanto, bien sea en nosotros, bien sea en aquellos a quienes amamos como discípulos nuestros, cuando se notan agrietamientos, decoloraciones, en las virtudes colocadas como defensa en nuestro yo, es necesario, enseguida, poner remedio con un trabajo asiduo, paciente, hasta el final de la vida, para que uno pueda dormirse en la muerte con una carne y un espíritu dignos de la resurrección gloriosa.

Y para que las virtudes sean verdaderas, buenas, hay que empezarlas con una intención pura, valiente, que elimina todo detrito, todo resto de tierra, y trabajar para no dejar imperfecciones en la formación virtuosa, y luego tomar una actitud ni demasiado dura ni demasiado indulgente, porque tanto la intransigencia como la excesiva indulgencia perjudican. Y el pincel, la voluntad, debe estar limpio de las preexistentes tendencias humanas, que podrían hacer vetas en la tintura espiritual con rayas materiales; y uno se debe preparar a sí mismo -o preparar a otros, con oportunas operaciones, trabajosas, es verdad, pero necesarias -para limpiar al viejo yo de toda vieja lepra, para tenerlo limpio en orden a recibir la virtud.

Porque no se puede mezclar lo viejo con lo nuevo.

Luego empezar el trabajo, con orden, con reflexión. No saltar acá o allá sin un serio motivo. No ir un poco en un sentido y un poco en otro. Uno se cansaría menos, es verdad. Pero el barniz quedaría irregular. Como sucede en las almas desordenadas. Presentan lugares perfectos, pero al lado de éstos se ven errores, color distinto…

Insistir en los puntos resistentes a la tinta, en los nudos, maraña de la materia o de pasiones desordenadas, que están mortificados, sí, por a voluntad (la cual, como un cepillo, los ha alisado fatigosamente), pero que siguen oponiendo resistencia como un nudo tajado pero no destruido. Y a veces engañan, porque parecen ya bien revestidos de virtud, cuando en realidad tienen sólo un velo ligero que cae inmediatamente. Estar atentos a los nudos de las concupiscencias.

Haced que encima de ellos, una y otra vez, sea puesta la virtud, para que no reemerjan y afeen el yo nuevo. Y en las partes blandas, en las partes tendentes a deformarse que reciben con demasiada facilidad el barniz, pero que lo reciben según su tendencia, con bolsas y rayas, insistir en lijar con la piel de pescado, lijar, lijar, para dar una o más manos de barniz, para que esas partes queden lisas como un esmalte compacto. Y atentos a no sobrecargar. Pretender excesivamente en las virtudes hace que la persona se rebele, se agite y salte al primer choque. No. Ni demasiado ni demasiado poco. Justicia en el trabajo con uno mismo y con las criaturas hechas de carne y alma.

Y si, como en la mayor parte de los casos -porque las personas como Áurea son excepciones y no regla -hay partes nuevas mezcladas con las viejas -y las tienen los israelitas, que de Moisés pasan al Cristo, y los paganos con su mosaico de creencias, que no podrán ser anuladas de repente y emergerán con nostalgias y recuerdos, al menos en las cosas más puras -, entonces son necesarios todavía más ojo y tacto, e insistir hasta que lo viejo se homogeneice con lo nuevo, haciendo uso de las cosas preexistentes para completar las nuevas virtudes.

Por ejemplo, en los romanos hay mucho espíritu de Patria y valor viril. Estas dos cosas son casi mitos. Pues bien, no tratéis de destruirlas, sino inculcad un espíritu nuevo al espíritu patrio: el espíritu de hacer grande también espiritualmente a Roma como centro de cristiandad; y usad la virilidad romana para hacer fuertes en la fe a quienes son fuertes en la batalla. Otro ejemplo: Áurea. El asco de una revelación brutal la impulsa a amar lo puro y a odiar lo impuro. Pues bien, usad estas dos cosas para conducirla a una perfecta pureza, odiando la corrupción como si fuera el romano brutal.

¿Me entendéis? Y haced de las costumbres medios para entrar. No destruyáis brutalmente. No tendríais a mano inmediatamente con qué edificar; substituid, más bien, poco a poco, lo que no debe seguir existiendo en un convertido, con caridad, paciencia, tenacidad. Y, puesto que la materia, especialmente en los paganos, predomina, y ellos, aunque estén convertidos, estarán siempre apoyados en el mundo pagano, pues en él viven, insistid mucho en que se preserven de la carnalidad. Detrás de la sensualidad entra todo lo demás.

Vigilad en los paganos la exasperación de la sensualidad, la cual, confesémoslo, también está vivísima entre nosotros; y cuando veáis que el contacto con el mundo abre el barniz que preserva, no sigáis dando pinceladas en lo alto, sino volved a la parte de abajo, manteniendo en equilibrio el espíritu y la carne, lo alto y lo bajo. Pero empezad siempre por la carne, por el vicio material, para preparar a recibir al Huésped que no inhabita en cuerpos impuros con espíritus malolientes por corrupciones carnales… ¿Me entendéis?

Y no temáis corromperos tocando con vuestra túnica lo bajo, lo material, de aquellos cuyo espíritu cuidáis. Con prudencia, para no ser causa de ruina en vez de causa de edificación. Vivid recogidos en vuestro yo nutrido de Dios, envuelto en virtud; moveos con delicadeza, especialmente cuando tengáis que ocuparos del sensibilísimo yo espiritual de los demás: ciertamente lograréis hacer seres dignos del Cielo incluso de los seres más despreciables.

-¡Qué parábola más hermosa nos has expuesto! Voy a escribirla para Margziam -dice el Zelote.
-Y para mí, que debo ser hecha toda hermosa para el Señor -dice lentamente, buscando las palabras, Áurea, que, descalza, está desde hace un poco de tiempo erguida en la puerta que da al huerto.

-¡Oh! ¡Áurea! ¿Nos estabas escuchando? -pregunta Jesús.
-Te estaba escuchando. ¡Es tan bonito! ¿He hecho mal?
-No, niña. ¿Hace mucho que estás aquí?
-No. Y lo siento, porque no sé lo que has dicho antes. Me ha mandado aquí tu Madre para decirte que dentro de poco es la hora de la comida. Se va a sacar de un momento a otro el pan del horno. He aprendido a hacerlo yo… ¡Qué bonito! Y he aprendido a blanquear la tela, y sobre el pan y la tela tu Madre me ha dicho otras dos parábolas.
-¿Ah, sí? ¿Qué ha dicho?

-Que yo soy como una harina todavía con el salvado, pero tu bondad me depura, tu gracia trabaja en mí y tu apostolado me forma, tu amor me cuece y de harina fea mezclada con mucho salvado pasaré a ser, si dejo que trabajes en mí, harina de hostia, harina y pan de sacrificio, que sirve para el altar. Y en la tela, que era oscura, oleosa, áspera, y que después de mucha jabonera y muchos golpes se ha limpiado y se ha hecho suave, ahora el Sol va a meter sus rayos, y será blanca… Y me dijo que lo mismo hará de mí el Sol de Dios, si yo estoy siempre bajo el Sol y acepto lavaduras y mortificaciones para llegar a ser digna del Rey de los reyes, de ti, mi Señor.

¡Qué cosas más bonitas aprendo!… Me parece un sueño… ¡Bonito! ¡Bonito! ¡Bonito! ¡Aquí todo es bonito… ¡No me mandes a otro sitio, Señor!

-¿No irías con gusto con Mirta y Noemí?
-Preferiría aquí… Pero… también con ellas. Pero con romanos no, no, Señor…
-¡Ora, niña! -dice Jesús poniendo su mano en sus cabellos color rubio-miel. ¿Has aprendido la oración?

-¡Oh! ¡Sí! ¡Es tan bonito decir: "^Padre mío!" y pensar en el Cielo… Pero… la voluntad de Dios me da un poco de miedo… porque no sé si Dios quiere lo que yo quiero…
-Dios quiere tu bien.

-¿Sí? ¿Dices eso Tú? Entonces ya no tengo miedo… Siento que me quedaré en Israel… a conocer cada vez más a este Padre mío… Y… a ser la primera discípula de Galia, ¡oh mi Señor!

-Tu fe será escuchada porque es buena. Vamos…
Y salen todos. Van a lavarse a la pila que está debajo del manantial, mientras Áurea corre ligera donde María. Y se oyen dos voces femeninas: de palabra ágil la de María; titubeante, como de quien busca las palabras, la otra; y risitas agudas por algún error lingüístico que María corrige dulcemente…

-Aprende pronto y bien la niña -observa Tomás.
-Sí. Es buena y voluntariosa.
-¡Y, además, tu Madre es maestra!… ¡Ni Satanás le opondría resistencia!… -dice el Zelote.
Jesús suspira pero no habla…

-¿Por qué suspiras así, Maestro? ¿No es como he dicho?
-Lo has dicho muy bien. Pero hay hombres más resistentes que Satanás, que al menos huye de la presencia de María.

Hay hombres que están a su lado y que, aun siendo adoctrinados por ella, no mejoran…

-¿Pero no nosotros, no? -dice Tomás.
-No vosotros… Vamos…

Entran en casa y todo termina.

433- Llegada a Nazaret. Alabanzas a la Virgen. Curación de Áurea

Viniendo de Sefori, se entra en Nazaret por el noroeste, o sea, por la parte más alta y pedregosa. El anfiteatro en que, a escalones, se extiende Nazaret se muestra todo en cuanto se alcanza la cresta del collado, que es el último si se viene de Seforí, y que desciende hacia la pequeña ciudad, por barrancos, con declive más o menos pronunciado. Si reconozco bien el lugar -ha pasado tiempo y muchos lugares de montaña se parecen -, este en que se encuentra Jesús es justamente el sitio en que sus conciudadanos intentaron lapidarlo y Él los detuvo con su poder y pasó en medio de ellos.

Jesús se para a mirar a su ciudad amada y hostil. Una sonrisa de contento le ilumina el rostro. ¡Qué bendición, ignorada e inmerecida por los nazarenos, esta sonrisa divina que se derrama y expande en gracias sobre esta tierra que lo recibió de niño y lo vio crecer, y donde su Madre nació y vino a ser Esposa de Dios y Madre de Dios!
También los dos primos miran a su ciudad con una visible alegría, aunque la de Judas Tadeo está impregnada de seriedad austera, grave, mientras que la de Santiago es más abierta y dulce, más semejante a la de Jesús.

Tomás, aunque no sea su ciudad, tiene la cara que es un luminar de alegría, y dice, señalando hacia la casita de María ­del horno salen círculos de humo:
-La Madre está en casa y está haciendo el pan… -y dice estas sencillas palabras con tanto fuego de amor, que parece como si hablara de la propia madre con todo el afecto de un hijo.

El Zelote, más sosegado por la edad y por la educación recibida, sonríe diciendo: -Sí, y su paz ya llega a nuestros corazones.

-Vamos pronto -dice Santiago -Vamos a pasar por este sendero para llegar sin que casi nos vean los nazarenos. Nos entretendrían…

-Pero os alejáis de vuestra casa… También vuestra madre deseará veros.
-Puedes estar seguro, Simón, de que nuestra madre está en casa de María. Está allí casi siempre… Y estará, porque están haciendo el pan, y por la niña enferma…
-Sí, vamos por aquí. Llegaremos al seto de nuestro huerto pasando por detrás del huerto de Alfeo -dice Jesús.

Bajan a buen paso por el sendero: muy inclinado al principio, más suave cuando está ya cerca de la ciudad.

Pasan por olivares, luego por pequeñas parcelas ya sin mieses, y pasan muy cerca de los primeros huertos de la ciudad. Y los altos setos de tupidas frondas que rodean a aquéllos o hacia los cuales se pliegan las frondas de los árboles pesados de fruta, o los muretes de piedra seca cubiertos enteramente por las ramas que cuelgan hacia fuera desde dentro de los huertezuelos, hacen que su tránsito pase inadvertido por las amas de casa, que van y vienen por los huertos, o hacen la colada y tienden la ropa en los pequeños prados que hay cerca de las casas…

El seto -toda una maraña de espinos durante el invierno, después del enrojecimiento de los pequeños frutos en otoño, o todo un adensarse de hojas durante el verano, después de la floración del espino albar en primavera -, que limita por un lado al huerto de María, ahora está embellecido con una exuberante planta de jazmín y con un ondear de cálices de una flor cuyo nombre desconozco; estas plantas, desde el interior del huerto, extienden sus ramas sobre el seto, de forma que hacen a éste más tupido y hermoso; un curruco canta en su espesura, y del interior del huerto llega el zureo de las palomas.

-También la barrera está resguardada y toda cubierta de ramas en flor -dice Santiago, que ha ido más deprisa y se ha adelantado a mirar la rústica cancilla de detrás del huerto, la que después de años de no servir para nada fue usada para que entrara y saliera el carrito de Pedro para Juan y Síntica.

-Vamos por el sendero y llamamos a la puerta. A mi Madre le dolería ver estropeada esta barrera -le responde Jesús.
-¡Su huerto cerrado!-exclama Judas Tadeo.
-Sí. Y Ella es su rosa -dice Tomás.
-El lirio entre los espinos -dice Santiago.
-La fuente sellada -dice el Zelote.

-Mejor: el manantial de agua viva que, brotando con ímpetu del monte hermoso, da a la Tierra el Agua de Vida y surte
con su perfumada pureza hacia el Cielo -dice Jesús.

(Huerto cerrado y las otras imágenes, que en el presente capítulo se aplican a María Stma., están sacadas de: Cantar de los Cantares 2, 2; 4, 8-l2; 4, l5; 5, l; 8, ll-l2)

-Dentro de poco estará dichosa viéndote -dice Santiago
-Hermano mío, dime una cosa que desde hace tiempo deseo saber. ¿Cómo ves Tú a María? ¿Como Madre o como súbdita? Es madre para ti, pero es mujer y Tú eres Dios… -dice Judas Tadeo.

-Como hermana y esposa, como delicia y reposo del Dios y como conforte del Hombre. Yo veo y tengo todo en María, como Dios y como Hombre. Aquella que era la Delicia de la Segunda de la Tríada en el Cielo, Delicia del Verbo y del Padre y del Espíritu, es la Delicia del Dios Encarnado, y lo será del Hombre Dios glorificado.

-¡Qué misterio! ¿Entonces Dios se ha privado dos veces de sus complacencias? En ti y en María, y os ha dado a la Tierra… -medita el Zelote.
-¡Qué amor! Esto es lo que debes decir. El amor impulsó a la Tríada a dar a María y a Jesús a la Tierra -dice Santiago.

-Y, no por ti que eres Dios, sino por su Rosa, ¿no temió confiarla a los hombres, todos ellos indignos de tutelarla? ­pregunta Tomás.

-Tomás, el Cantar te responde: "El Pacífico tenía una viña y la confió a los viñadores, los cuales, profanadores azuzados por el Profanador, muchas sumas de dinero habrían dado por poseerla, o sea, todas las seducciones para seducirla, pero la Viña hermosa del Señor se custodió por sí sola, y no quiso dar sus frutos sino al Señor y a Él abrirse y generar el Tesoro sin precio: el Salvador".

Ya han llegado a la puerta de la casa. Judas de Alfeo comenta, mientras Jesús golpea en la puerta cerrada:
-Habría que decir: "Ábreme, hermana mía esposa, amada, paloma, inmaculada"…

Pero, cuando la puerta se entreabre y aparece el dulce rostro de la Virgen, Jesús dice sólo la más dulce de las palabras, abriendo los brazos para recibirla:

-¡Mamá!
-¡Oh, Hijo mío! ¡Bendito! Entra. ¡La paz y el amor estén contigo!
-Y a mi Madre y a la casa y a quien en ella está -dice Jesús entrando, seguido por los otros.

-Allí está vuestra madre. Las dos discípulas están con el pan y la colada… -explica María después del saludo recíproco con los apóstoles y sobrinos. Y éstos, discretos, se retiran, para dejar solos a la Madre y al Hijo.

-Aquí me tienes, Madre mía. Estaremos juntos bastante… Qué dulce es el regreso… la casa y, sobre todo, tú, Madre, después de tanto camino en medio de los hombres…
-Que cada vez te conocen más y, por este conocimiento, se dividen en dos ramas: los que te aman… y los que te odian… Y la rama más gruesa es la última…

-El Mal siente que pronto va a ser vencido y está furioso… y hace enfurecer… ¿Cómo está la niña?
-Levemente mejor… Pero estuvo a punto de morir… Y sus palabras, ahora que no delira, corresponden, aunque más reservadas, a las que le salían en el delirio. Sería mentir decir que no hemos reconstruido su historia… ¡Pobrecilla!…
-Sí. Pero la Providencia veló por ella.
-¿Y ahora?…
-Y ahora… No sé. Áurea no me pertenece como tal niña. Su alma es mía; su cuerpo, de Valeria. Por ahora estará aquí, para olvidar…

-Mirta la querría.
-Lo sé… Pero no tengo el derecho a actuar sin el permiso de la romana. Tampoco sé si la adquirieron con dinero o si usaron sólo el arma de las promesas… Cuando la romana la solicite…

-Iré yo por ti, Hijo mío. Es mejor que no vayas Tú… Déjalo en manos de tu Mamá. Nosotras mujeres… seres ínfimos para Israel, no somos tan observadas, si vamos a hablar con los gentiles. ¡Y tu Mamá es tan desconocida para el mundo! Ninguno advertirá la presencia de una hebrea lugareña que, envuelta en su manto, va por las calles de Tiberíades y llama a la casa de una dama romana…

-Podrías ir a casa de Juana… y allí hablar con la dama…
-Lo haré así, Hijo mío. ¡Que tu corazón halle alivio, Jesús mío!… Estás muy afligido… Lo comprendo… y quisiera hacer mucho por ti…

-Y mucho haces, Mamá. Gracias por todo lo que haces…
-¡Oh! ¡Bien pobre ayuda soy, Hijo mío! Porque no consigo que te amen, ni darte… dicha… mientras se te concede tener un poco de dicha… ¿Qué soy, entonces? Una bien pobre discípula…

¡Mamá! ¡Mamá! ¡No digas eso! Mi fuerza me viene de tus oraciones. Pensando en ti descansa mi mente, y ahora el corazón halla conforte estando así, con mi cabeza en tu corazón bendito… ¡Mamá mía!…

Jesús, sentado en el arquibanco que está junto a la pared, ha arrimado hacia sí a su Madre, erguida al lado de Él, y apoya la frente sobre el pecho de María, la cual, levemente, acaricia sus cabellos… Una pausa todo amor.
Luego Jesús alza la cabeza y se pone de pie. Dice:

-Vamos donde los otros, y donde la niña -y sale con su Madre al huerto.

Las tres discípulas, en el umbral de la habitación donde está la joven enferma, hablan a ritmo rápido con los apóstoles. Pero cuando ven a Jesús se callan y se arrodillan.
-La paz a ti, María de Alfeo, y a vosotras, Mirta y Noemí. ¿La niña duerme?
-Sí, persiste la fiebre, que la aturde y la consume. Si sigue así, morirá. Su tierno cuerpo no resiste la enfermedad, y la mente se turba por los recuerdos -dice María de Alfeo.

-Sí… y no reacciona porque dice que quiere morirse para no volver a ver romanos… -confirma Mirta.
-Un dolor para nosotras que ya la queremos… -dice Noemí.

-¡No temáis! -responde Jesús mientras se acerca a la entrada de la pequeña habitación y levanta la cortina…
En el lecho que está pegado a la pared, frente a la puerta, se ve la carita enflaquecida, sepultada bajo la masa de los largos cabellos dorados, una carita de nieve, excepto en los pómulos, que presentan un color rojo encendido. Duerme con fatiga, profiriendo entre dientes palabras balbucientes, incomprensibles, mientras, con la mano relajada encima de la cubrecama, hace, de vez en cuando, un gesto como para rechazar algo.
Jesús no entra. La mira con mirada de compasión. Luego llama fuerte:

-¡Áurea! ¡Ven! ¡Está aquí tu Salvador!
La niña se sienta bruscamente en el lecho, lo ve y emitiendo un grito, baja y corre, vestida con una larga y suelta túnica, descalza, hacia Jesús, y se arroja a sus pies diciendo:

-¡Señor! ¡Ahora sí que me has liberado!
-Está curada. ¿Veis? No podía morir, porque antes debe conocer la Verdad.
Y a la niña, que le besa los pies, le dice:
-¡Arriba! Y vive en paz -y le pone la mano encima de la cabeza ya no febricitante.

Áurea, con su larga túnica de lino, quizás una de la Virgen, tan larga que le forma cola, con los cabellos sueltos como un manto sobre su esbelto cuerpo, con los ojos grises-azules brillantes todavía por la fiebre que acaba de desaparecer y por la alegría que acaba de nacer, parece un ángel.

-Adiós. Nos retiramos al taller mientras vosotras os ocupáis de la niña y de la casa… -dice el Maestro: y seguido por los cuatro, entra en el viejo taller de José, y se sienta con los suyos en los bancos de carpintero desusados…

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