432- Con los campesinos de Jocanán, cerca de Sefori

-¿Vendrán? -pregunta Mateo a los compañeros que están sentados en un bosque de acebos en las primeras pendientes de la colina donde se alza Sefori.

La llanura de Esdrelón, estando al otro lado del collado en que se encuentran, ya no es visible. Pero hay otra llanura, mucho más pequeña, entre este collado y los de la zona de Nazaret, que se distinguen netamente con el límpido claror de la Luna.

-Lo han prometido y vendrán -responde Andrés.
-Al menos algunos de ellos. Salían a la mitad de la primera vigilia. Estarán aquí al principio de la segunda -dice Tomás.

-Más tarde -dice Judas Tadeo.
-Nosotros hemos tardado menos de tres horas -objeta Andrés.
-Nosotros somos hombres, y vigorosos. Ellos están cansados y traerán con ellos algunas mujeres -responde otra vez Judas Tadeo.

-¡Si no se da cuenta el patrón!…-suspira Mateo.
-No hay peligro. Se ha ido a Yizreel, invitado por un amigo. Está el administrador. Pero viene también él, porque no odia al Maestro -dice Tomás.
-¿Será sincero aquel hombre? -pregunta Felipe.
-Sí. Porque no tiene motivo para no serlo.
-¡Hombre, pues atraerse la benevolencia del patrón y…
-No, Felipe. Después de las vendimias Jocanán lo despide, precisamente porque no odia al Maestro -responde Andrés.
-¿Quién os lo ha dicho? -preguntan varios.

-Él y los campesinos… por separado. Y cuando dos de distinta categoría están de acuerdo en decir una cosa es señal de que lo dicho es verdadero. Los campesinos lloraban porque el administrador se marchaba. Se había hecho muy humano. Y él nos dijo: "Soy un hombre y no un fantoche de arcilla. El año pasado me dijo: “Honra al Maestro, conócelo, hazte uno de sus fieles”. Obedecí.

Ahora me dice: ¡Ay de ti si amas a mi enemigo y permites que ellos lo amen. No quiero maldición para mis tierras recibiendo a ese maldito'. Pero ¿cómo puedo, ahora que lo he conocido, sentir justa esa orden? Le he dicho al patrón: Hablabas de forma distinta el año pasado, y Él sigue siendo el mismo. Me pegó una vez. Dije: No soy esclavo. Y, aunque lo fuera, no tendrías poder sobre mi pensamiento. Mi pensamiento juzga santo a Aquel a quien tú llamas maldito. Me pegó entonces otra vez. Esta mañana me ha dicho:

“El anatema de Israel está en mis lugares. ¡Ay de ti si infringes lo que te mando! Dejarás de ser servidor mío”. He respondido: `Bien has dicho. Dejaré de ser servidor tuyo. Busca a otro que tenga tu corazón, y tenga para con tus bienes la rapacidad que tú tienes para con las almas de los demás. Y me ha arrojado al suelo y me ha pegado…

Pero pronto termina el trabajo del año y, con la luna de Tisrí, quedo libre. Lo siento sólo por éstos…" y señalaba a los campesinos» narra Tomás.

-¿Pero dónde lo visteis?…
-En el bosque. Como ladrones. Miqueas -habíamos hablado con él -le había advertido y él vino, sangrando aún, y también vinieron en pequeños grupos los siervos y las siervas… -dice Andrés.

-¡Mmm! ¡Entonces tenía razón Judas! Conoce el humor del fariseo… -observa Bartolomé.
-¡Demasiadas cosas sabe Judas!… -dice Santiago de Zebedeo.

-¡Calla! ¡Te puede oír! -le aconseja Mateo.
-No. Se ha alejado, diciendo que tenía sueño y que le dolía la cabeza… -responde Santiago.
-¡Luna! Luna en el cielo y luna en su cabeza. Así es: más variable que el viento -sentencia Pedro, que hasta entonces había estado mudo.
-¡Ya! ¡Sí! ¡Una buena desgracia en medio de nosotros! -suspira Bartolomé.

-No. ¡No hables así! ¡No desgracia! Es más, es un modo de santificarse uno… -dice el Zelote.
-0 de condenarse, porque hace perder las virtudes… -dice secamente Judas Tadeo.
-Es un desdichado -comenta Andrés con tristeza.
-Un rato de silencio. Luego Pedro pregunta:
-¡Pero el Maestro sigue orando?

-No. Mientras estabas adormilado ha pasado y ha ido a donde Juan y su hermano, que estaban puestos de guardia en el camino. Quiere estar enseguida con los pobres campesinos. Quizás es la última vez que los va a ver -responde el Zelote.

-¿Por qué la última vez? ¿Por qué? No digas esa palabra. ¡Parece como si acarrease desventura! -dice, agitado, Judas Tadeo.

-¡Hombre, ya lo ves… cada vez más perseguidos!… No sé qué tendremos que hacer en el futuro…

-Simón tiene razón… Será una cosa hermosa el ser enteramente espirituales… Pero… si hubiera sido lícito tener un poquito de… humanidad… una miaja de protección de Claudia no habría perjudicado -dice Mateo.
-No. Mejor estar solos… y, sobre todo, puros en cuanto a contactos con los gentiles. Yo… no los apruebo -dice secamente Bartolomé.

-Yo también poco… Pero… el Maestro dice que su Doctrina debe extenderse por todo el mundo. Y que lo tendremos que hacer nosotros… Sembrar en todas partes su palabra… Y entonces tendremos que adaptarnos a tratar con gentiles e idólatras… -dice Judas Tadeo.

-Impuros. Me parece como hacer una cosa sacrílega. ¡La Sabiduría a los cerdos! …

-¡También tienen ellos un alma, Natanael! Tú has tenido compasión de la muchacha ayer…

-Porque… es una… es una nada a la que hay que formar. Es como una recién nacida… ¡Pero los otros!… Y además no es romana…

-¿Crees que los Galos no son idólatras? También ellos tienen a sus dioses crueles. ¡Lo advertirás, si tienes que ir a convertirlos!… -dice el Zelote, cuya cultura es más cosmopolita -voy a llamarla así -que la de los otros.
-Pero no es de la raza de los profanadores de Israel. No predicaré nunca a los enemigos de Israel, ni a los actuales ni a los antiguos.

-Entonces… tendrás que ir muy lejos, a los pueblos hiperbóreos, porque… no lo parece, pero Israel ya ha tenido experiencia de todos los pueblos vecinos… -dice Tomás.

-Iré lejos… ¡Ah, ahí está el Maestro! Vamos a acercarnos. ¡Cuánta gente! ¡Han venido todos, incluso los niños!…

-El Maestro estará contento…
Se unen al Maestro, que camina con dificultad por el prado (y es que va apretujado entre los muchos que le rodean).
-¿Judas todavía ausente? -pregunta Jesús.
-Sí, Maestro. Pero si quieres lo llamamos…
-No hace falta. Mi voz lo alcanza en el lugar donde esté.

Y su conciencia, libre, le habla con su propia voz. No es necesario añadir vuestras voces, y forzar una voluntad. Venid, sentémonos aquí con estos hermanos nuestros. Y perdonad si no he podido compartir con vosotros el pan en un ágape de amor.

Se sientan en círculo con Jesús en el centro, quien quiere alrededor de Él a todos los niños, los cuales, se pegan a Él mimosos y con confianza.

-¡Bendícelos, Señor! Que vean lo que nosotros anhelamos ver. ¡La libertad de amarte! -grita una mujer.
-Sí. Nos quitan incluso esa libertad. No quieren ver grabadas tus palabras en nuestro espíritu. Y ahora nos impiden vernos, y te prohíben a ti venir… ¡Ya no oiremos palabras santas! -gime un anciano.

-Abandonados así, nos volveremos pecadores. Tú nos enseñabas el perdón… Nos dabas tanto amor, que podíamos soportar la malevolencia del patrón… Pero ahora… -dice un joven (distingo mal su rostro, y no sé exactamente quiénes hablan; me baso en el sonido de las voces).
-No lloréis. No os dejaré sin mi palabra. Volveré, mientras pueda…

-No, Maestro y Señor. Él es malo, y también sus amigos. Podrían dañarte, y por causa nuestra. Nosotros hacemos el sacrificio de perderte, pero no nos des el dolor de decir: "Por nosotros lo prendieron"».
-Sí, sálvate, Maestro.

-No temáis. Se lee en Jeremías (Jeremías 36) cómo él mismo dijo a su secretario Baruc que escribiera lo que el Señor le dictaba, y que fuera a leer el escrito recibido a los que estaban reunidos en la casa del Señor, leerlo en vez del profeta, que estaba preso y no podía ir. Así voy a hacer Yo. Muchos y fieles Baruc tengo entre mis apóstoles y discípulos. Ellos vendrán a deciros la palabra del Señor, y no perecerán vuestras almas. Y Yo no seré prendido por causa vuestra, porque el Dios altísimo me ocultará a sus ojos hasta que llegue la hora en que el Rey de Israel deba ser mostrado a las turbas para que el mundo entero lo conozca.

Y no temáis tampoco perder las palabras que hay en vosotros. También en Jeremías se lee que, aun después de que Yoyaquim, rey de Judá -el cual esperaba destruir las palabras eternas y veraces quemando el rollo -, destruyera el volumen, el dictado de Dios permaneció, porque el Señor mandó al profeta: "Toma otro volumen y escribe en él todas las cosas que había en el volumen quemado por el rey". Y Jeremías dio un volumen a Baruc, un volumen sin escritura, y dictó nuevamente a su secretario las palabras eternas, y otras más como complemento de las primeras, porque el Señor remedia los estropicios humanos cuando el remedio es un bien para las almas, y no permite que el odio anule lo que es obra de amor.

Ahora bien, aunque a mí, comparándome a un volumen lleno de verdades santas, me destruyeran, ¿creéis que el Señor os dejaría perecer sin la ayuda de otros volúmenes? En ellos estarán mis palabras y las de mis testigos que narrarán lo que Yo no voy a poder decir por estar prisionero de la Violencia y ser destruido por ella. ¿Y creéis que lo que está impreso en el libro de vuestros corazones podrá borrarse por el paso del tiempo sobre las palabras? No. El ángel del Señor os las repetirá y las mantendrá frescas en vuestros espíritus deseosos de Sabiduría. Y no sólo eso, sino que os las explicará y seréis sabios en la palabra de vuestro Maestro. Vosotros selláis el amor a mí con el dolor. ¿Puede, acaso, perecer lo que resiste incluso la persecución? No puede perecer.

Yo os lo digo. El don de Dios no se cancela. El pecado es lo único que lo anula. Pero vosotros, ciertamente, no queréis pecar, ¿no es verdad, amigos míos?

-No, Señor. Significaría perderte también en la otra vida -dicen muchos.

-Pero nos harán pecar. Nos ha impuesto que no salgamos ya más de las tierras el sábado… y ya no volverá a haber Pascua para nosotros. Así que pecaremos… -dicen otros.
-No. No pecaréis vosotros. Pecará él. Sólo él. Él, que hace violencia al derecho de Dios y de los hijos de Dios de abrazarse y amarse en dulce coloquio de amor y enseñanza en el día del Señor.

-Pero él hace reparación con muchos ayunos y dádivas. Nosotros no podemos, porque ya es demasiado poca la comida en proporción al esfuerzo que hacemos, y no tenemos qué ofrecer… Somos pobres…

-Ofrecéis aquello que Dios aprecia: vuestro corazón. Dice Isaías (58, 37) hablando en nombre de Dios a los falsos penitentes: "En el día de vuestro ayuno aparece vuestra voluntad y oprimís a vuestros deudores. Ayunáis para reñir y discutir y, perversamente, pelear. Dejad de ayunar como hasta hoy, para hacer oír en las alturas vuestros clamores. ¿Es éste, acaso, el ayuno que Yo deseo? ¿Que el hombre se limite a afligir durante un día su alma y castigue su cuerpo y duerma sobre la ceniza? ¿Vas a llamar a esto ayuno y día grato al Señor? El ayuno que prefiero es otro. Rompe las cadenas del pecado, disuelve las obligaciones que abruman, da libertad a quien está oprimido, quita todo yugo. Comparte tu pan con quien tiene hambre, acoge a los pobres y a los peregrinos, viste a los desnudos y no desprecies a tu prójimo".

Pero Jocanán no hace esto. Vosotros, por el trabajo que le hacéis y que lo hace rico, sois sus acreedores, y os trata peor que a deudores morosos, y alza la voz para amenazaros y la mano para golpearos. No es misericordioso con vosotros y os desprecia por ser siervos. Pero el siervo es tan hombre como el patrón, y si tiene el deber de servir tiene también el derecho a recibir lo necesario para un hombre, tanto materialmente como en el espíritu. No se honra el sábado, aunque se pase en la sinagoga, si ese mismo día el que lo practica pone cadenas y da a sus hermanos áloe como bebida. Celebrad vuestros sábados razonando entre vosotros acerca del Señor y el Señor estará en medio de vosotros, perdonad y el Señor os glorificará.

Yo soy el buen Pastor y tengo piedad de todas las ovejas. Pero, sin duda, amo con especial amor a las que han recibido golpes de los pastores ídolos para que se alejen de mis caminos. Para éstas, más que para ninguna otra, he venido. Porque el Padre mío y vuestro me ha ordenado:

"Apacienta estas ovejas destinadas al matadero, matadas sin piedad por sus amos, que las han vendido diciendo: `¡Nos hemos enriquecido!', y de las que no han tenido compasión los pastores". Pues bien, apacentaré el rebaño destinado al matadero, ¡oh pobres del rebaño!, y abandonaré a sus iniquidades a los que os afligen y afligen al Padre, que en sus hijos sufre. Extenderé la mano hacia los pequeños de entre los hijos de Dios y los atraeré hacia mí para que tengan mi gloria.

Lo promete el Señor por la boca de los profetas que celebran mi piedad y mi poder como Pastor. Y os lo prometo Yo directamente a vosotros que me amáis. Cuidaré de mi rebaño. A quienes acusen a las ovejas buenas de enturbiar el agua y de deteriorar los pastos por venir a mí, les diré:

"Retiraos. Vosotros sois los que hacéis que falte el manantial y se agoste el pasto de mis hijos. Pero Yo los he llevado a otros pastos y los seguiré llevando. A los pastos que sacian el espíritu. Os dejaré a vosotros el pasto para vuestros gruesos vientres, dejaré el manantial amargo que habéis hecho manar vosotros, y Yo me iré con éstos, separando las verdaderas de las falsas ovejas de Dios; ya nada atormentará a mis corderos, sino que exultarán eternamente en los pastos del Cielo".

¡Perseverad, hijos amados! Tened todavía un poco de paciencia, de la misma forma que la tengo Yo. Sed fieles, haciendo lo que os permite el patrón injusto. Y Dios juzgará que habéis hecho todo y por todo os premiará. No odiéis, aunque todo se conjure para enseñaros a odiar. Tened fe en Dios. Ya visteis que Jonás fue liberado de su padecimiento y Yabés fue conducido al amor. Como con el anciano y el niño, lo mismo el Señor hará con vosotros: en esta vida, parcialmente; en la otra, totalmente.

Lo único que os puedo dar son monedas, para hacer menos dura vuestra condición material. Os las doy. Dáselas, Mateo. Que se las repartan. Son muchas, pero en todo caso pocas para vosotros que sois tantos y estáis tan necesitados. No tengo otras cosas… Otras cosas materiales. Pero tengo mi amor, mi potencia de ser Hijo del Padre, para pedir para vosotros los infinitos tesoros sobrenaturales como consuelo de vuestros llantos y luz de vuestras brumas.

¡Oh, triste vida que Dios puede hacer luminosa! ¡Él sólo! ¡Él sólo!… Y digo: "Padre, te pido por éstos. No te pido por los felices y ricos del mundo, sino por estos que lo único que tienen es a ti y a mí. Haz que asciendan tanto en los caminos del espíritu, que encuentren toda consolación en nuestro amor, y démonos a ellos con el amor, con todo nuestro amor infinito, para cubrir de paz, serenidad y coraje sobrenaturales, sus jornadas, sus ocupaciones, de forma que, como enajenados del mundo por el amor nuestro, puedan resistir su calvario y, después de la muerte, tenerte a ti, a Nosotros, beatitud infinita".

Jesús, mientras oraba, ha ido poniéndose de pie y librándose poco a poco de los niñitos que se habían dormido sobre Él. En su oración su aspecto es majestuoso y dulce.

Ahora baja de nuevo los ojos y dice:
-Me marcho. Es la hora, para que podáis volver a vuestras casas a tiempo. Nos veremos todavía. Y traeré a Margziam.

Pero, cuando ya no pueda volver, mi Espíritu estará siempre con vosotros, y estos apóstoles míos os amarán como Yo os he amado. Deposite el Señor sobre vosotros su bendición. Poneos en camino.

Y se inclina a acariciar a los niñitos, que duermen, y no opone resistencia a las expresiones de afecto de esta pobre turba que no sabe separarse de Él…
Pero, al final, cada uno se pone en camino por su parte, de forma que los dos grupos se separan mientras la Luna desciende y ramas encendidas deben dar algo de luz al camino. Y el humo acre de las ramas aún ligeramente húmedas es una buena justificación del brillo de los ojos…

Judas los está esperando apoyado en un tronco. Jesús lo mira y no dice nada, ni siquiera cuando Judas dice: «Estoy mejor».
Siguen caminando: durante la noche, como mejor pueden; luego, con el alba, más ágilmente.

A la vista de un cuadrivio Jesús se detiene y dice:
-Separémonos. Conmigo vienen Tomás, Simón Zelote y mis hermanos. Los otros irán al lago, a esperarme.

-Gracias, Maestro… No me atrevía a pedírtelo. Pero Tú me lo has facilitado. Estoy verdaderamente cansado. Sí lo permites, me detengo en Tiberíades…
-En casa de un amigo -Santiago de Zebedeo no se puede contener de decirlo.

Judas abre muchísimo los ojos… pero se limita a esto.
Jesús se apresura a decir:

-Me basta con que el sábado vayas a Cafarnaúm con los compañeros. Venid para que os bese a los que me dejáis.
Y, con afecto, besa a los que se marchan, dando a cada uno de ellos un consejo en voz baja…
Ninguno expresa objeción alguna. Sólo Pedro, ya cuando se marcha, dice:

-Ven pronto, Maestro.
-Sí, ven pronto -dicen los otros, y Juan termina:
-Estará muy triste el lago sin ti.
Jesús los bendice una vez más y promete:

-¡Pronto! -y luego cada uno se marcha por su parte.

431- Tomás prepara el encuentro de Jesús con los campesinos de Jocanán

Han seguido caminando, después del incidente, en silencio durante un tiempo; pero, llegados a una bifurcación que hay entre los campos, Santiago de Zebedeo dice:

-¡Por aquí se va a donde Miqueas!… Pero… ¿vamos a ir ahora? Ese hombre nos espera en sus propiedades para tratarnos mal…

-Y para impedirte hablarles a los campesinos. Santiago tiene razón. No vayas -aconseja Judas Iscariote.
-Me esperan. He mandado aviso de que voy. Su corazón está en fiesta. Soy el Amigo que va para consolarlos…
-Irás otra vez. Se resignarán -dice, encogiéndose de hombros, Judas.

-Tú no te resignas tan fácilmente cuando se te priva de una cosa con la que contabas.

-Las mías son cosas serias. Las de ellos…
-¿Y qué más serio, más grande que la formación y el consuelo de un corazón? Ellos son corazones a los que todo trata de alejar de la paz, de la esperanza… Y tiene sólo una esperanza: la de una vida futura. Y sólo tienen un medio para ir a ella: mi ayuda. No. Iré a verlos, a costa de que me apedreen.

-¡No, Hermano! ¡No, Señor! -dicen juntos el Zelote y Santiago de Alfeo -Serviría sólo para que castigaran a esos pobres siervos. Tú no oíste, pero Jocanán dijo:

"Hasta ahora he soportado. Pero ahora ya no soportaré más. ¡Y ay de aquel siervo que vaya a Él o lo reciba! Es un réprobo, es un demonio. No quiero corrupciones en mi casa", y a un compañero le dijo: “A costa de matarlos les curaré su endiablamiento por este maldito".
Jesús agacha la cabeza, pensando… y sufriendo. Es visible su dolor… Los otros se afligen por ello, pero ¿qué hacer?

La serenidad práctica de Tomás es la que resuelve la situación:

-Hagamos así. Quedémonos aquí hasta la puesta del sol, para no violar el sábado. Entretanto uno de nosotros va sin ser notado hasta las casas, y dice: "En plena noche, cabe la fuente de fuera de Sefori". Y nosotros, después del ocaso, vamos allí y los esperamos en las arboledas que hay al pie del monte sobre el que está Sefori. El Maestro habla a esos pobrecitos, los consuela, y con las primeras luces ellos vuelven a sus casas y nosotros, superando el collado, vamos a Nazaret.

-Tomás tiene razón. ¡Sí señor, Tomás! -dicen varios.
Pero Felipe observa:
-¿Y quién va a avisar? Nos conoce a todos y nos puede ver…

-Podría ir Judas de Simón. Conoce bien a los fariseos… -dice inocentemente Andrés.

-¿Qué quieres insinuar? -ataca Judas.

-¿Yo? Nada. Digo que los conoces porque has estado mucho en el Templo y tienes buenas amistades. Siempre te glorías de esto. A un amigo no le harán daño… -dice el manso Andrés.

-No estés tan seguro, ¡eh! Que ninguno lo esté. Si todavía nos protegiera Claudia, quizás… podría yo, pero ahora ya no. Porque ahora, en conclusión, ¿se ha desinteresado, no es verdad, Maestro?

-Claudia sigue admirando al Sabio. Nunca ha hecho nada ni distinto ni mayor que esto. De esta admiración pasará quizás a la fe en el Dios verdadero. Pero sólo la fantasía de una mente exaltada podía creer que ella tuviera otros sentimientos hacia mí. Y, si los tuviera, Yo no los querría. Puedo todavía aceptar su paganismo, porque espero cambiarlo en cristianismo. No puedo aceptar lo que sería su idolatría: la adoración de un Hombre pobre ídolo en un pobre trono humano.

Jesús dice esto con sosiego, como hablando a todos en una lección. Pero lo dice tan tajantemente, que no deja dudas acerca de su intención y sus decisiones de reprimir cualquier posible desviación en ese sentido entre sus apóstoles.

Ninguno replica, por tanto, acerca de la realeza humana. Pero sí preguntan:

-¿Entonces qué se hace respecto a los campesinos?
-Voy yo. Yo lo he propuesto, voy yo, si el Maestro lo consiente. En todo caso, no me van a comer los fariseos… -dice Tomás.
-Ve si quieres. Y que tu caridad sea bendecida.

-¡Es tan poca cosa, Maestro!…

-Es una cosa muy grande, Tomás. Sientes los deseos de tus hermanos, de Jesús y de los campesinos, y te compadeces. Y tu Hermano en la carne te bendice también por ellos -dice Jesús, poniendo la mano en la cabeza inclinada ante Él de Tomás, que, emocionado, su-surra: « ¿Yo… tu… hermano? Es demasiado honor, mi Señor. Yo, tu siervo; Tú, mi Dios… Esto sí… Me pongo en marcha».

-¿Vas solo? ¡Voy yo también! -dicen Judas Tadeo y Pedro.
-No. Sois demasiado fogosos. Yo sé cambiar todo en risa… el mejor medio para desarmar a ciertos… caracteres. Vosotros os calentáis enseguida… Voy solo.
-Voy yo -dicen Juan y Andrés.
-¡Sí! Uno de vosotros sí, y también uno como Simón Zelote o Santiago de Alfeo.
-No, no. Yo. Yo no reacciono mal. Callo y hago -insiste Andrés.

-Ven -y se marchan por una parte, mientras Jesús prosigue por la otra con los que se han quedado…

430- El nido caído y el escriba cruel.

La letra y el espíritu de la Ley
Veo a Jesús que va por un caminito boscoso -a una parte y a otra hay árboles y arbustos -, vestido de blanco y con su manto azul oscuro echado sobre los hombros.

Y una serie de senderillos corta la maraña verde. Pero no debe ser un lugar solitario y lejano de alguna zona habitada, porque a menudo se ven otras personas. Se diría que es un camino que une dos pueblos cercanos, y que atraviesa las propiedades agrícolas de sus habitantes. El lugar es llano, lejos se ven unos montes. No sé qué lugar es.

Jesús, que iba hablando con los discípulos, se detiene y escucha, y vuelve la mirada en torno a sí; luego toma un senderillo del bosque y va hacia una espesura formada por pequeños árboles y arbustos. Se agacha y busca. Y encuentra.

En la hierba hay un nido (no sé si derribado por una tormenta, como hace pensar el hecho de que el suelo esté húmedo y las ramas aún goteen como por una tormenta; o quizás agredido por mano de hombre y luego abandonado allí, para evitar el ser sorprendido con la nidada en la mano).

No lo sé. Lo único que veo es un pequeño nido hecho de heno entrelazado y lleno de hojitas secas, de pelusas de árboles y de lana, entre las cuales se mueven, piando, cinco pajaritos de pocos días, rojos, pelados, feos por sus picos abiertos totalmente y los ojos saltones. Arriba, en un árbol, chillan desesperados los que encobaban.

Jesús recoge con cuidado el nidito. Lo mantiene en el cuenco de una mano y busca con la mirada el lugar donde estaba o donde se puede poner en seguro. Encuentra unas ramas de zarza trenzadas, tan bien unidas que parecen una cestita, y seguras por estar muy adentro en la mata.

Sin preocuparse de las espinas que le arañan los brazos, El -primero da el nido a Pedro (y el apóstol, ya de edad y tan ancho y robusto de constitución, resulta muy curioso de ver con ese nidito en sus cortas y callosas manos) -se recoge las anchas y largas mangas y se afana en hacer todavía más defendido y cóncavo el trenzado de las zarzas.

¡Ya está! Toma otra vez el nido y lo pone allí, en el medio, y lo asegura arrancando hilos de largas hierbas cilíndricas que parecen delgadísimos juncos. Ahora está seguro. Se separa y sonríe. Luego pide un trozo de pan a un discípulo, que lleva una bolsa en bandolera, y desmigaja un poco de pan en el suelo, encima de una piedra.

Jesús, ahora, está contento. Se vuelve para regresar al camino principal, mientras los que encobaban, con chillidos de alegría, se lanzan hacia el nido salvado.

Un pequeño grupo de hombres está parado al margen del camino. Jesús se los encuentra delante. Los mira. Se borra la sonrisa de su rostro, que se pone muy severo -yo diría sombrío -; mientras que, cuando recogía el nido, era un rostro muy compasivo, y muy feliz al verlo colocado. Jesús se para a mirar a sus inesperados testigos; parece mirar su corazón y sus pensamientos escondidos. No puede seguir adelante, porque el grupito tapa el sendero. Pero calla. No calla Pedro.

-Dejad pasar al Maestro -dice.

-Calla, nazareno -responde uno del grupo -¿Tu Maestro cómo se ha permitido entrar en mi bosque y realizar una obra manual en sábado?

Jesús lo mira directamente con una expresión extraña. Es y no es sonrisa. Y, si es sonrisa, no es ciertamente de aprobación. Pedro está para replicar, pero Jesús toma la palabra.

-¿Quién eres?

-El amo de este sitio. Joacana ben Zaccái.
-Ilustre escriba. ¿Y qué me echas en cara?
-Haber violado el sábado.

Joacana ben Zaccái, ¿conoces el Deuteronomio?

-¿Me lo preguntas a mí? ¿A mí, que soy un verdadero rabí de Israel?

-Sé lo que quieres decirme: que Yo, porque no soy escriba, sino un pobre galileo, no puedo ser "rabí". Pero, te pregunto otra vez: "¿Conoces el Deuteronomio?"

-Mejor que Tú ciertamente.

-Respecto a la letra… ciertamente, si así quieres creerlo. Pero, ¿lo conoces en su verdadero significado?

-Lo que está escrito está escrito. No hay más que un significado.

-En efecto, no hay más que un significado. Y es de amor. 0 de misericordia, si no quieres llamarlo amor. O también, si te repele llamarlo así, pues llámalo humanidad. Y el Deuteronomio dice:

"Si ves que se pierde la oveja o el buey de tu hermano, aunque no sea vecino tuyo, no pasarás de largo. Antes bien, los llevarás a él, o los tendrás contigo hasta que él venga por ellos". Dice:

"Si ves que se cae el asno o el buey de tu hermano, no hagas como si no hubieras visto; antes bien ayúdale a levantarlos". Dice:

"Si encuentras en un árbol o por el suelo un nido con la madre encobando a los pequeñuelos o a los huevos, no tomarás a la madre (porque es sagrada para la procreación), sino que tomarás sólo a los pequeñuelos". (Deuteronomio 22, l-4 y 6-7)

Yo he visto en el suelo un nido, y a una madre que lloraba por él. He sentido compasión porque era una madre. Y le he restituido los pequeñuelos.

No he creído violar el sábado por haber consolado a una madre. No se debe permitir que se pierda la oveja del hermano, no dice la Ley si es culpa alzar a un asno en sábado; dice sólo que usemos misericordia con el hermano y humanidad con el asno, criatura de Dios. He pensado que Dios había creado a esa madre para que procreara, y que ella había obedecido a la orden de Dios, y que impedirle criar a su prole era poner obstáculo a su obediencia a una orden divina.

Pero tú, esto, no lo comprendes. Tú y los tuyos miráis a la letra y no al espíritu. Tú y los tuyos no pensáis que violáis dos veces el sábado, es más, tres veces, rebajando la Palabra divina a la pequeñez de la mentalidad humana, obstaculizando una orden de Dios y faltando de misericordia para con el prójimo.

Para herir con el reproche no juzgáis que mover la lengua sin necesidad está mal hecho. Eso, que también es un trabajo, y además inútil e innecesario y no bueno, no os parece violación del sábado.

Joacana ben Zaccái, escúchame. De la misma forma que hoy no tienes piedad de una curruca, y por la práctica farisaica la harías morir de dolor, y dejarías morir de congoja a su prole, abandonada al alcance del áspid y del hombre perverso, así mañana no tendrás piedad de una madre y la harás morir de congoja haciendo que le maten a su prole, diciendo que es una cosa buena por respeto a tu ley.

A la tuya. No a la de Dios. A la que tú y los que son como tú os habéis dictado para oprimir a los débiles y triunfar vosotros, los fuertes.

Pero, como puedes ver, los débiles encuentran siempre un salvador; mientras que los soberbios, los fuertes según la ley del mundo, serán aplastados por el peso de su misma pesada ley.

Adiós, Joacana ben Zaccái. Recuerda esta hora y pon cuidado en no violar tú otro sábado con la complacencia por un delito cumplido.

Y Jesús, fulminando las pupilas en el rostro encendido de ira del viejo iracundo, mirando al escriba desde arriba, porque éste es bajo y gordo, mientras que Jesús parece una palma respecto a él, pasa, pisando la hierba porque el escriba no se aparta.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-He querido levantarte el espíritu con una visión verdadera, aunque no la contemplen los Evangelios.

Para ti la enseñanza es ésta: que siento mucha compasión de los pajarillos sin nido, aunque en vez de llevar por nombre curruca, lleven por nombre María o Juan. Y me preocupo de darles de nuevo un nido cuando un hecho los ha despojado de él.

Para todos la enseñanza es ésta: que demasiados conocen las palabras de la Ley (demasiados aun siendo pocos, porque todos deberían saberlas). Pero únicamente conocen las “palabras". No las viven. Éste es el error.

El Deuteronomio prescribía leyes de humanidad porque los hombres, entonces, eran, por puericia espiritual, inhumanos, semillas silvestres. Había que llevarlos de la mano por los floridos senderos de la piedad, del respeto, del amor hacia el hermano que pierde un animal, hacia el animal que se cae, hacia el pájaro que encoba; para enseñarles a ascender a piedad, respeto y amor más altos.

Pero, cuando vine Yo, perfeccioné las normas mosaicas y abrí horizontes más vastos. La letra ya no era "el todo".

El espíritu pasó a ser "el todo". Más allá del pequeño acto humano, respecto a un nido y a sus habitantes, es necesario ver el significado que puse en mi gesto: inclinarme, Yo, el Hijo del Creador, ante la obra del Creador. Aquella nidada era también obra suya.

¡Oh, dichosos aquellos que en todas las cosas saben ver a Dios y servirle con espíritu de amor reverente! ¡Ay de aquellos que, como la serpiente, no saben levantar la cabeza de su fango, y no pudiendo entonar un canto de alabanza para Dios manifestado en las obras de los hermanos, muerden a éstos por un exceso de veneno que los ahoga! Demasiados hay que torturan a los mejores, diciendo como justificación de su perversidad que está bien actuar así por respeto a la ley. Ley suya. No de Dios, que, si no puede impedir sus obras malvadas, sabe vengar a sus "pequeñuelos".

Y esto es para aquellos a quienes hay que decírselo. Mi paz, que vela, esté contigo.

429- Con Judas Iscariote en la llanura de Esdrelón

Debe haber seguido lloviendo durante todo el día anterior y durante la noche, porque la tierra está muy húmeda y en los caminos ya tiende al barro.

Pero, en compensación, el ambiente está terso, sin rastro de polvo a ninguna altura. Y el cielo ríe allá arriba, casi nuevamente virgen, con aspecto primaveral por la tormenta que lo ha limpiado; y ríe la tierra, también regada, fresca, limpia, también con un recuerdo de primavera en el frescor de esta aurora serena de después de la tormenta.

Y las últimas gotas, retenidas en la maraña del follaje, o suspendidas de los zarcillos, brillan como diamantes bajo el sol que las hiere; mientras las frutas, limpias por el aguacero, muestran los colores de sus pieles que, con tonalidades de pintura al pastel, van tomando cada día más las tonalidades perfectas de la completa maduración. Sólo las uvas y las aceitunas, en agraz, duras, se confunden entre el verde del follaje; pero cada aceitunita tiene su gotita suspendida en el extremo, y los apretados racimitos son toda una red de gotas que cuelgan de los rabillos de los granos.

-¡Qué bien se anda hoy! -dice Pedro, pisando con gusto la tierra que no produce polvo, ni quema, y que tampoco está legamosa de barro.

-Da la impresión de respirar con pureza. ¡Fíjate que color de cielo! -le responde Judas Tadeo.

-¿Y aquellas manzanas, aquel grupo de allí, todas alrededor de esa rama, que no sé como puede soportar el peso, y que muestra bajo el racimo de las manzanas una mata de hojas? ¡Cuántos colores! Aquéllas, las más escondidas, levemente esfumadas del verde al amarillo, y las otras ya rosadas, y las dos más expuestas completamente rojas en la parte que da al sol. ¡Parecen cubiertas de lacre! -dice el Zelote.

Y caminan alegres, contemplando la belleza de la creación, hasta que Judas Tadeo -seguido inmediatamente por Tomás y luego por los otros -entona un salmo que celebra las glorias creativas de Dios.

Jesús sonríe al oírlos cantar contentos, y une su bella voz al coro; pero no puede terminar, porque Judas Iscariote, mientras los demás siguen cantando, se le acerca, y le dice:

-Maestro, mientras ellos están ocupados y distraídos con el canto, dime lo que hiciste, y cómo, en Cesárea. Todavía no me lo has dicho… Y es el primer momento en que podemos hablar de tú a tú. Primero los compañeros, los discípulos y los campesinos que nos han recibido en su casa. Luego los compañeros y los discípulos. Ahora que los discípulos nos han dejado y se han adelantado los compañeros… No he podido preguntarte nunca…

-Mucho interés tienes… De todas formas, en Cesárea hice lo mismo que voy a hacer en las propiedades de Jocanán: hablé de la Ley y del Reino de los Cielos.

-¿A quién?

-A la gente de la ciudad. Cerca de los mercados.
-¡Ah! ¿A los romanos, no? ¿No los viste?

-¿Cómo es posible estar en Cesárea, sede del Procónsul, y no ver romanos?

-Ya lo sé. Pero yo digo… Bueno… ¿Les hablaste expresamente a ellos?

-Repito: ¡mucho interés tienes!

-No, Maestro. Simple curiosidad.

-Bien, pues hablé a las romanas.

-¿También a Claudia? ¿Qué te dijo?

-Nada, porque Claudia no se ha presentado. Es más, me hizo entender que no desea que se sepa que tiene contactos con nosotros.

Jesús marca mucho la frase y observa mucho a Judas, el cual, a pesar de ser un descarado, cambia de color y tras un ligero rubor, se pone térreo. Pero se rehace inmediatamente y dice:

-¿No quiere? ¿Ya no te considera? Es una loca.

-No. No está loca, sino equilibrada. Sabe distinguir y separar su deber de romana y su deber hacia sí misma. Y si, para sí misma, para su espíritu, procura luz y respiro, viniendo hacia la Luz y la Pureza, siendo una criatura que busca instintivamente la Verdad y no halla paz en la mentira del paganismo, no quiere perjudicar a la Patria, ni siquiera con formas teóricas, como podrían ser el hacer que se piense que está de la parte de un posible rival de Roma…

-Pero… ¡Tú eres Rey de espíritu!…
-Pero de entre vosotros mismos, que sabéis esto, hay quien no sabe persuadirse de ello. ¿Puedes negarlo?

Judas vuelve a ponerse colorado y luego pálido; no puede mentir, así que dice:

-Nooo! Pero es el exceso de amor lo que…

-Con mayor razón quien no me conoce, o sea, Roma, puede temer en mí a un rival. Claudia actúa con rectitud, tanto hacia Dios como hacia su Patria, dándome honor a mí -si no como Dios, sí como rey y maestro de espíritus -y mostrándose fiel a su Patria. Admiro a los espíritus fieles. Y justos. Y no obstinados. Y quisiera que mis apóstoles merecieran la alabanza que doy a esta pagana.

Judas no sabe qué decir. Está a punto de separarse del Maestro, pero se siente todavía incitado por la curiosidad. Más que curiosidad, el deseo de saber hasta qué punto el Maestro sabe… y pregunta:

-¿Se interesaron por mí?
-Ni por ti ni por ningún otro apóstol.

-¿Pero, entonces, de qué hablasteis?
-De la vida casta. Y de su poeta Virgilio. Como puedes ver, no era un tema que tuviera que ver ni con Pedro ni con Juan ni con otros.

-Pero… ¿qué tenía que ver eso…? Palabras inútiles…
-No. Me sirvió para hacerles considerar que el hombre casto tiene intelecto luminoso y corazón honesto. Muy interesante para unas paganas… y no sólo para ellas.

-Tienes razón… Ya no te entretengo más, Maestro -y se marcha, casi corriendo, para alcanzar a los que ya han terminado de cantar y ahora están esperando a los dos que se habían quedado atrás…

Jesús los alcanza más lentamente y se une al grupo. Dice:
-Vamos a tomar este sendero boscoso. Acortaremos el camino y estaremos protegidos del sol, que ya toma nuevamente vigor. Podremos también detenernos en la espesura y comer en paz entre nosotros.

Y así lo hacen. Van hacia el noroeste, hacia las tierras de Jocanán, sin duda, porque oigo que hablan de los campesinos de este fariseo…

427- Bartolomé instruye a Áurea Gala

Son tan precoces las albas estivas, que breve es el tiempo que media entre el ocaso de la Luna y la aparición del primer albor.

De manera que, a pesar de que hayan andado ligeros, la fase más oscura de la noche los sorprende todavía en las cercanías de Cesárea; y tampoco da suficiente luz una rama encendida de un arbusto espinoso. Es necesario hacer un alto, incluso porque la jovencita, menos acostumbrada que ellos a andar de noche, tropieza a menudo en las piedras medio sepultadas en la arena.

-Es mejor pararse un poco. La niña no ve y está cansada -dice Jesús.

-No, no, puedo… Vamos lejos, lejos… Podría venir. Por aquí hemos pasado para ir a aquella casa -dice, entrechocando los dientes, la jovencita, mezclando hebreo y latín en un nuevo idioma, para que la entiendan.

-Iremos detrás de aquellos árboles y no nos verá nadie. No temas -le responde Jesús.

-Sí, no temas. Ese… romano a esta hora está debajo de la mesa como una cuba… -dice Bartolomé para tranquilizarla.

-Y además estás con nosotros. ¡Nosotros te queremos! No dejamos que te hagan daño. ¡Oye, que somos doce hombres fornidos!… -dice Pedro, poco más alto que ella, pero tan corpulento cuanto grácil es ella, tan quemado por el sol cuanto nívea es ella, pobre flor crecida a la sombra para que fuera más estimulante y valiosa.

-Eres una hermanita. Y los hermanos defienden a las hermanas… -dice Juan.

La jovencita, a la luz última de la improvisada antorcha, alza hacia sus consoladores los claros iris gris hierro apenas teñido de azul, dos limpios iris aún brillantes por el llanto vertido con el terror de poco antes… Es recelosa, pero, no obstante, de ellos se fía. Y cruza con los otros el reguero seco que está pasado el camino, para entrar en una propiedad que termina allí en un tupido huerto.

Se sientan. Es noche oscura. Esperan. Los hombres quizás dormirían. Pero cualquier ruido hace dar un gemido a la muchacha, y el galope de un caballo le hace agarrarse convulsa al cuello de Bartolomé, que, quizás, por ser muy anciano, atrae su confianza y confidencia. Por tanto es imposible dormir.

-¡Pero no tengas miedo! Cuando se está con Jesús ya no pasa nada malo -dice Bartolomé.
-¿Por qué? -pregunta la muchacha, temblorosa y enroscada todavía al cuello del apóstol.
-Porque Jesús es Dios en la Tierra, y Dios es más fuerte que los hombres.
-¿Dios? ¿Qué es Dios?

-¡Pobre criatura! ¡Pero cómo te han criado! ¿No te han enseñado nada?

-A tener blanca la piel, brillante el pelo, a obedecer a los amos… a decir siempre que sí… Pero yo no podía decir que sí al romano… era feo y me producía miedo… Todo el día miedo… Siempre allí… cuando el baño, cuando una se viste… y unos ojos… y las manos… ¡oh!… Y a quien no dice "sí" le dan de palos…
-No recibirás palos. Ya no está el romano, ni sus manos… Lo que hay es la paz… le responde Jesús.

Y los otros comentan:
-¡Pero qué horror! ¡Como a animales de valor, no más que como a animales! Y peor todavía… Porque un animal sabe al menos que le enseñan a arar o a llevar la montura y el bocado porque ésa es su función. ¡Pero esta criatura ha sido arrojada allí sin saber!…

-Yo, si hubiera sabido, me habría echado al mar. Había dicho: "Te haré feliz"…
-Efectivamente te ha hecho feliz. De una manera que no imaginaba. Feliz para la Tierra y para el Cielo. Porque conocer a Jesús es felicidad -le dice el Zelote.

Un silencio, en que cada uno medita en los horrores del mundo. Luego, en voz baja, la niña pregunta a Bartolomé:
-¿Me dices lo que es Dios? ¿Y por qué Él es Dios? ¿Porque es guapo y bueno?

-Dios… ¿Cómo arreglárselas para enseñarte tanto a ti que estás vacía de toda idea religiosa?
-¿Religiosa? ¿Qué es?

-¡Altísima Sabiduría! ¡Me siento como uno que se está ahogando en un gran mar! ¿Cómo me las arreglo ante esta sima?

-Es muy sencillo, Bartolomé, lo que difícil te parece. Es una sima, sí, pero vacía. Y puedes colmarla de Verdad. Peor es cuando las simas están colmas de fango, venenos, serpientes… Habla con la sencillez con que hablarías a un niño pequeño. Te comprenderá de forma que mejor que ella no te comprendería un adulto.

-¡Maestro! ¿Pero no podrías hacerlo Tú?
-Podría. Pero la muchacha aceptará las palabras de un semejante suyo más fácilmente que las mías de Dios. Y además es que… en el futuro os encontraréis ante estas simas, para llenarlas de mí, y debéis aprender a hacerlo.
-Es verdad. Voy a intentarlo. Escúchame, niña… ¿Te acuerdas de tu mamá?

-Sí, Señor. Hace siete años que las flores florecen sin ella. Pero antes estaba con ella.
-De acuerdo. ¿Y te acuerdas de ella? ¿La quieres?
-¡Oh! -un acceso de llanto unido a la exclamación dice todo.

-Pobre criatura, no llores… Escucha… El amor que sientes por tu mamá…
-…Y mi padre… y mis hermanitos… -dice entre sollozos la niña.

-Sí… por tu familia, el amor por tu familia, el pensamiento que tienes de tu familia, el deseo de volver a ella…
-¡Ya nunca!…

-Bueno pues… todo esto es una cosa que se puede llamar la religión de la familia. Las religiones, las ideas religiosas, por tanto, son el amor, el pensamiento y el deseo de ir a donde está Aquel o aquellos en quienes creemos, a quienes amamos y anhelamos.
-¡Ah! Y si yo creo en ese Dios, tendré una religión… ¡Es fácil!

-Bien. ¿Fácil qué? ¿Tener una religión o creer en ese Dios?
-Una cosa y la otra. Porque se cree fácilmente en un Dios bueno como ése. El romano nombraba muchos dioses y juraba… decía: "¡Por la diosa Venus!", "¡por el dios Cupido!". Pero debían ser dioses no buenos, porque él hacía cosas no buenas cuando los nombraba.
-No es estúpida la niña -comenta Pedro en voz baja.
-Pero todavía no sé qué es Dios. Yo lo veo hombre como tú… Es un hombre Dios entonces. ¿Y entonces cómo podemos comprenderlo? ¿En qué es más fuerte que todos? No tiene ni espadas ni siervos…

-Maestro, ayúdame…

-¡No, hombre, Natanael, que enseñas muy bien!…
-Lo dices por bondad… De todas formas vamos a intentar seguir adelante. Escucha, niña… Dios no es hombre. Él es como una luz, una mirada, un sonido, tan grandes, que llenan el cielo y la tierra e iluminan todo, y todo lo ve, instruye todo y a todo da órdenes…
-¿También al romano? Entonces no es un Dios bueno. ¡Tengo miedo!

-Dios es bueno y da órdenes buenas, y a los hombres les había dado órdenes de no hacer guerras, de no hacer esclavos, de dejar a las niñas con sus madres y no aterrorizar a las muchachas. Pero los hombres no escuchan siempre las órdenes de Dios.
-Pero tú sí…
-Yo sí.

-Pero, si es más fuerte que nadie, ¿por qué no se hace obedecer? ¿Y cómo habla, si no es hombre?
-Dios… ¡oh, Maestro!…

-Sigue, Bartolmái. ¿Siendo un maestro tan sabio y sabiendo decir con tanta sencillez los más altos pensamientos, tienes miedo? ¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

-¡Parece tan fácil cuándo uno te escucha!… Y todas tus palabras están aquí dentro… ¡Pero para sacarlas afuera cuando se debe hacer lo que Tú haces!… ¡Ay, míseros de nosotros, pobres hombres! ¡Qué maestros de tres al cuarto!
-Reconocer vuestra nada predispone al espíritu a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

-De acuerdo. Escucha, niña. Dios es fuerte, fortísimo, más que César, más que todos los hombres puestos juntos con sus ejércitos y máquinas de guerra. Pero no es un amo despiadado que haga decir siempre que sí, so pena del azote para quien no lo dice. Dios es un padre. ¿Tu padre te quería?

-¡Mucho! Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso y Galia es la patria, y decía que me quería más que al oro que un tiempo tuvo y más que a la patria…
-¿Tu padre te apaleaba?
-No. Nunca. Aunque fuese mala me decía: "¡Pobre hija mía!" y lloraba…

-¡Eso! Así hace Dios. Es padre, nos ama y llora si somos malos, pero no nos fuerza a obedecerle. Pero el que es malo será un día castigado con suplicios horrendos…
-¡Oh, qué bien! ¡En los suplicios el amo que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla y el romano! ¿Y lo voy a ver yo?

-Tú verás a Dios de cerca, si crees en Él y eres buena. Pero para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.
-¿No? ¿Y cómo lo hago?
-Orando por él o…
-¿Qué es orar?

Hablarle a Dios diciéndole lo que queremos…
-¡Pero yo quiero la mala muerte para los amos! -dice con salvaje vehemencia la muchacha.
-No, no debes hacerlo. Jesús no te quiere si hablas así…
-¿Por qué?

-Porque no se debe odiar a quien nos haya hecho el mal.
-Pero no puedo quererlos…
-Por ahora olvídalos… Trata de olvidarlos… Luego, cuando estés más… instruida en Dios, orarás por ellos… Bueno, estábamos diciendo que Dios es poderoso, pero deja libres a sus hijos.
-¿Yo hija de Dios? ¿Tengo dos padres? ¿Cuántos hijos
tiene?

-Todos los hombres son hijos de Dios, porque han sido hechos por Él. ¿Ves las estrellas allá arriba? Las ha hecho Él. ¿Y estos árboles? Los ha hecho Él. Y la tierra donde estamos sentados, y aquel pájaro que canta, y el mar con su grandeza, todo, y a todos los hombres. Y los hombres son más hijos que todo, porque son hijos por una cosa que se llama alma y que es luz, sonido, mirada, no grandes como su luz, su sonido, su mirada, que llenan el Cielo y la Tierra, pero bonitos de todas formas, y que no mueren nunca, como tampoco muere Él.

-¿Dónde está el alma? ¿Yo la tengo?
-Sí. En tu corazón, y es la que te ha hecho comprender que el romano era malo, y ciertamente no te hará desear ser como él. ¿No es verdad?
-Sí…

La jovencita reflexiona después del titubeante sí… Luego dice con seguridad:

-Sí! Era como una voz de dentro y una necesidad de que alguien me auxiliara… y con otra voz aquí dentro -pero esta era mía -llamaba a mi mamá… porque no sabía que existía Dios, que existía Jesús… Si lo hubiera sabido, le habría llamado a Él con aquella voz que tenía aquí dentro…

-Has comprendido bien, niña, y crecerás en la Luz. Yo te lo digo. Cree en el Dios verdadero, escucha la voz de tu alma virgen respecto a la sabiduría adquirida, pero virgen también respecto a la mala voluntad, y tendrás en Dios a un Padre, y en la muerte, que es paso de la Tierra al Cielo para los que creen en el Dios verdadero y son buenos, tendrás un puesto en el Cielo, cerca de tu Señor -dice Jesús, poniendo la mano en la cabeza de la jovencita, la cual cambia de postura, se arrodilla y dice:
-De ti. Es bonito estar contigo. No te separes de mí, Jesús. Ahora sé quién eres y me postro. En Cesárea tenía miedo de hacerlo… Pero me parecías un hombre. Ahora sé que eres un Dios escondido en un hombre y para mí eres
Padre, y Protector.

-Y Salvador. Áurea Gala.
-Y Salvador. Me has salvado.
-Y te salvaré más. Tendrás un nombre nuevo…

-¿Me quitas el nombre que me dio mi padre? El amo en la isla me llamaba Aurea Quintilia, porque nos dividían por color y por número y yo era la quinta rubia así… Pero ¿por qué no me dejas el nombre que me dio mi padre?
-No te lo quito. Llevarás, añadido a tu antiguo nombre, el nombre nuevo, eterno».
-¿Cuál?

-Cristiana. Porque Cristo te ha salvado. Pero ya clarea. Vamos… ¿Ves, Natanael, como es fácil hablar de Dios a las simas vacías?… Has hablado muy bien. La niña se formará rápidamente en la Verdad… Ve adelante con mis hermanos, Áurea…

La niña obedece, pero con temor. Preferiría permanecer junto a Bartolomé, el cual comprende y promete:
-Voy inmediatamente yo también. Ve, obedece…
Y va sólo con Jesús, Pedro, Simón y Mateo, observa:

-Es una pena que la tenga Valeria. Al fin y al cabo es una pagana…

-No puedo imponérsela a Lázaro…
-Está también Nique, Maestro -sugiere Mateo.
-Y Elisa… -dice Pedro.
-Y Juana… Es amiga de Valeria, y Valeria se la cede sin duda de buena gana. Estaría en una casa buena -dice el Zelote.

Jesús piensa y guarda silencio…

-Bueno, Tú verás… Yo voy donde la muchacha, que se vuelve continuamente. Se fía de mí porque soy viejo… La tomaría conmigo… una hija más… Pero no es de Israel… -y se marcha el bueno de Natanael, bueno aunque demasiado israelita.

Jesús lo mira mientras camina y menea la cabeza.
-¿Por qué ese gesto, Maestro? -pregunta el Zelote.
-Porque… me da pena ver que los sabios también son esclavos de los prejuicios…

-Pero… así, entre nosotros… Bartolmái tiene razón… y, es más, deberías tomar medidas… Acuérdate de Síntica y Juan… No vaya a suceder una cosa igual… Mándasela a Síntica… -dice Pedro, que tiene miedo de complicaciones por la presencia de la paganita entre ellos.

-Pronto morirá Juan… Síntica no está todavía suficientemente formada como para ser maestra de una niña como ésta… No es ambiente adecuado…

-De todas formas, no debes tenerla. Piensa que Judas pronto estará con nosotros. Y Judas, Maestro, déjame que lo diga, es un lujurioso y un… uno que suelta la lengua con facilidad con tal de obtener ganancias… y tiene demasiados amigos entre los fariseos… -insiste el Zelote.

-¡Sí, Simón tiene razón! ¡Es exactamente lo que pensaba yo! -exclama Pedro. ¡Hazle caso, Maestro!…
Jesús piensa y calla… Luego dice:
-Vamos a orar y el Padre nos ayudará… -y, al final del grupo, oran fervorosamente…

El alba se transforma en aurora… Pasan un pueblecillo, vuelven al camino que va entre los campos… El sol se hace cada vez más fuerte. Se paran a comer a la sombra de un gigantesco nogal.

-¿Estás cansada? -pregunta Jesús a la niña, que come sin apetito -Dilo y nos paramos.
-No, no. Vamos…

-Se lo hemos preguntado varias veces. Pero contesta siempre que no… -dice Santiago de Alfeo.
-¡Puedo, puedo! Vamos lejos…

Reanudan la marcha. Pero Áurea se acuerda:
-Tengo una bolsa. Me han dicho las damas: "La darás cuando empiecen los montes". Los montes están aquí. Y la doy.
Y hurga en la talega donde Livia le ha metido algún indumento… Saca la bolsa y se la da a Jesús.
-La dádiva… No han querido que les diéramos las gracias. Son mejores que muchos de nosotros… Toma, Mateo. Y conserva estas monedas. Servirán para limosnas secretas.
-¿No debo decírselo a Judas de Keriot?
-No.
-Pero verá a la niña…

Jesús no responde… Reanudan la marcha fatigosamente, por el gran calor, el polvo y la luz cegadora. Luego empieza la subida a las primeras estribaciones del Carmelo, creo. Pero, a pesar de que aquí haya más sombra y más frescor, Áurea va lentamente, tropezando a menudo.
Bartolomé vuelve hacia atrás, a donde el Maestro.

-Maestro, la niña está febricitante y exhausta. ¿Qué hacemos?

Se consultan. ¿Pararse? ¿Cargar con ella y seguir? Sí. No. Al final deciden que es necesario, al menos, llegar hasta el camino que va a Sicaminón, para pedir ayuda a algún viandante que tenga cabalgadura o carro. Ellos quisieran tomar en brazos a la niña, pero ella, heroica en su voluntad de alejarse, repite su:

« ¡Puedo! ¡Puedo!», y quiere caminar por sí sola. Está roja, tiene ojos febriles, está realmente exhausta. Pero no cede… Va lentamente, aceptando ser sujetada por Bartolomé y Felipe… Pero anda… Están todos cansados verdaderamente. Pero comprenden que es necesario andar, y andan…

Ya han superado la colina. Ya tienen enfrente la ladera opuesta… el llano de Esdrelón allá abajo, y más allá… las colinas donde se halla Nazaret…
-Si no encontramos, nos detendremos donde los campesinos… -dice Jesús…

Caminan, caminan… Ya casi en el llano, ven a un grupo de discípulos. Están Isaac y Juan de Éfeso con su madre, y Abel de Belén con la suya, y otros que no conozco de nombre. Y para las mujeres llevan un rústico carro tirado por un fuerte mulito. Están también los pastores Daniel y Benjamín, y el barquero José y otros.

-¡Es la Providencia, que nos socorre! -exclama Jesús, y ordena que se detengan mientras Él va a hablar con los discípulos y especialmente con las dos discípulas.

Las toma aparte, junto con Isaac, y cuenta en parte el caso de Áurea:

-Se la hemos arrebatado a un inmundo amo… Quisiera llevarla a Nazaret para atenderla, porque está enferma de miedo y de fatiga. Pero no tengo vehículo. ¿Vosotros a dónde ibais?

-A Belén de Galilea, a casa de Mirta. Es imposible resistir los calores del llano -responde Isaac.

-Id a Nazaret primero, os lo pido por caridad. Llevadle la niña a mi Madre y decidle que Yo, dentro de dos o tres días, llegaré. La niña está febril. Por tanto no hagáis caso de sus delirios. Más adelante os explicaré…
-Sí, Maestro. Lo que quieras. Partimos inmediatamente. ¡Pobre criatura! ¿La apaleaba? -preguntan los tres.
-Quería profanarla.

-¡Oh!… ¿Cuántos años tiene?
-A lo mejor ni trece…

-¡Qué vil! ¡Qué inmundo! Pero nosotros la querremos. No somos madres por ganancia, ¿verdad Noemí?
-Por supuesto, Mirta. Señor, ¿la recibes como discípula?
-No sé todavía…

-Si la recibes, estamos nosotras. Yo no vuelvo a Éfeso. He mandado a unos amigos para que liquiden todo. Me quedo con Mirta… Acuérdate de nosotras para la niña. Tú nos has salvado a nuestros hijos. Nosotras queremos salvar a esta niña.

-Veremos más adelante…
-Maestro, estas dos discípulas dan garantías de santidad… -intercede Isaac.
-No depende de mí… Orad mucho y guardad silencio con todos. ¿Entendéis? Con todos.
-Guardaremos silencio.
-Venid con el carro.

Y Jesús retrocede, seguido por Isaac (que guía el carro) y por las dos mujeres. La muchacha está echada en el prado, buscando refrigerio entre la hierba para la fuerte fiebre…

-¡Pobre criatura! Pero no morirá, ¿verdad?
-¡Qué niña más bonita!

-Bonita, no temas. Soy una mamá, ¿sabes? Ven… Sujétala, Mirta… Vacila… Ayúdanos, Isaac… Aquí donde hay menos traqueteos… El talego debajo de la cabeza… Vamos a meterle debajo nuestros mantos… Isaac, moja estos paños para ponérselos en la frente… ¡Qué fiebre, pobre hija!…

Las dos mujeres se muestras solícitas y maternales. Áurea, obnubilada por el febrón, está casi ausente…
Todo listo… El carro puede empezar a moverse… Isaac, antes de dar con la tralla, se acuerda:

-Maestro, si vas al puente encuentras a Judas de Keriot. Te espera como un mendigo… Es él el que nos ha dicho que ibas a pasar por aquí. La paz a ti, Maestro. Hoy por la noche estaremos en Nazaret.
-La paz a ti, Maestro -dicen las discípulas.
-¡La paz a vosotros!…

El carro se va al trote…
-¡Gracias sean dadas al Señor!… -dice Jesús.
-Sí. Bien para la niña y para Judas… Mejor si no sabe nada…

-Sí, es mejor; tanto, que pido a vuestro corazón un sacrificio: nos separaremos antes de llegar a Nazaret, y vosotros, los del lago, iréis con Judas a Cafarnaúm, mientras Yo con mis hermanos y Tomás y Simón iremos a Nazaret.

-Así lo haremos, Maestro. ¿Y a esos que te esperan qué les vas a decir?
-Que teníamos urgencia de advertir a mi Madre de mi llegada… Vamos… -y va donde los discípulos, que, demasiado felices por tener con ellos al Maestro, no hacen ninguna pregunta.

428- Parábola de la viña y del viñador, figuras del alma y del libre albedrío

-La paz a vosotros, amigos míos. El Señor es bueno. Nos concede reunirnos para un ágape fraterno, ¿A dónde ibais? ­pregunta Jesús a los ex pastores, mientras se adentra en un bosquete para resguardarse del sol.

-Unos hacia el mar, otros hacia los montes. Pero hasta aquí hemos venido juntos y creciendo cada vez más en número, por otros grupos que hemos encontrado por el camino -dice Daniel, el que fue pastor del Líbano.

-Sí, y nosotros dos quisiéramos ir hasta el gran Hermón, donde hemos pastoreado a los rebaños, para pastorear corazones -dice Benjamín, su compañero.

-Es una buena idea. Yo voy a estar un poco en Nazaret; luego estaré entre Cafarnaúm y Betsaida hasta la neomenia de Elul. Os lo digo para que, en caso de necesidad, podáis encontrarme. Sentaos, pongamos en común nuestros alimentos para repartirlos con justicia.

Así lo hacen. Extienden encima de un lienzo sus… riquezas: tortas de pan, quesos pequeños, pescado salado, aceitunas, algunos huevos, las primeras manzanas… y, de la misma forma que han entregado alegremente, con alegría reparten, después del ofrecimiento y la bendición de Jesús.

¡Qué contentos están de este inesperado banquete de amor! Inmersos en la alegría de escuchar a Jesús -que les hace preguntas acerca de las cosas que han hecho, y que los aconseja o les cuenta lo que Él ha hecho -, se han olvidado del cansancio y del calor. Y, a pesar de que esta hora calentísima de un día de bochorno produzca un atontamiento de somnolencia, el interés es tanto, que ninguno se abandona al sueño; antes al contrario, terminada la comida, recogidas las pocas provisiones que han sobrado, dividiéndolas en sendas partes iguales, se retiran aún más hacia la espesura de los primeros boscajes del collado, y, a la sombra fresca de los árboles, sentados en círculo en torno a Jesús, le ruegan que les exponga una bonita parábola que sirva como regla de vida y como enseñanza.

Jesús, que está sentado de forma que tiene enfrente la llanura de Esdrelón, ya despojada de mieses, pero rica en viñas y árboles frutales, extiende su mirada por el paisaje como buscando un tema en lo que ve. Sonríe. Ha encontrado. Empieza con una pregunta genérica:
-¿Verdad que son bonitas las viñas de esta llanura?
-Muy bonitas. Están increíblemente cargadas de uvas que maduran. Y muy bien cuidadas. Por eso producen tanto.
-Pero serán plantas selectas… -insinúa Jesús. Y termina:

«La llanura, estando casi toda dividida en propiedades de ricos fariseos, ha sido cultivada con plantas buenas sin dolerse del precio de adquisición».

-¡No serviría el haber adquirido las mejores plantas, si luego no hubieran seguido cuidándolas! Yo entiendo de esto, porque todos mis bienes consisten en vides. Pero, si no sudo yo, o sea, si no hubiera sudado, como ahora siguen sudando mis hermanos, créeme, Maestro, que no podría ofrecerte para la vendimia racimos iguales que los del año pasado -dice un hombre vigoroso, de unos cuarenta años, que me parece haber visto ya pero cuyo nombre no recuerdo.
-Tienes razón, Cleofás. Todo el secreto para tener buenos frutos está en el cuidado que se da a nuestros bienes -dice otro.

-Buenos frutos y buena ganancia. Porque, si la tierra diera sólo lo que se ha gastado por ella, sería siempre un mal empleo del dinero. La tierra debe producir el fruto del capital que nos cuesta, más una ganancia que nos permita aumentar nuestro patrimonio. Porque hay que pensar que un padre debe repartir entre los hijos. Y de unos bienes, sea en tierras o en dinero, debe hacer varias partes, tantas como hijos tiene, para dar a todos con qué vivir. No creo que multiplicar así los bienes en beneficio de los hijos sea una cosa reprochable -insiste Cleofás.
-No lo es si se consigue con el trabajo honrado y de forma honrada. ¿Entonces tú dices que, a pesar de la calidad de los vástagos plantados, para sacar ganancia es necesario trabajar mucho en ellos?

-¡Hombre claro! Antes de que den el primer racimo… ¡Porque tiene que pasar tiempo, eh! Y por tanto hay que tener paciencia y también hay que trabajar mientras las cepas tiernas tienen sólo hojas. Y después también, cuando ya dan fruto y son fuertes. Estar atentos a que no tengan ramas inútiles ni insectos nocivos, a que las hierbas parásitas no debiliten el terreno, o a que no se ahoguen los sarmientos bajo el follaje de las zarzas y de las enredaderas; mullir en la base, hacer los círculos para que el aguazo penetre y las aguas se detengan un poco más que en otras partes para nutrir a la planta, y abonar…

¡Trabajo duro! Pero es necesario, aunque sea muy arduo, porque la uva, tan dulce, tan espléndida que cada racimo parece una aglomeración de piedras preciosas, se forma precisamente absorbiendo ese negro y fétido estiércol. ¡Parece imposible pero es así! Y quitar hojas para dejar que baje el sol a los racimos; y, terminada la vendimia, arreglar las plantas, atando, podando, cubriendo las raíces con paja y excrementos para defenderlas del hielo; e ir también en invierno, a ver si los vientos o algún malandrín han arrancado los palos, y si el tiempo ha soltado los mimbres usados para sujetar las ramas a los soportes…

¡Siempre hay cosas que hacer mientras la vid no muere del todo!… Y después hay que trabajar todavía para sacarla de la tierra y limpiar el terreno de raíces para prepararla para recibir un nuevo vástago. ¿Y sabes qué mano tan suave y paciente y qué ojo tan fino hay que tener para desenredar los sarmientos de las plantas muertas, mezclados con los de las plantas todavía vivas! ¡Si se fuera con ignorancia y mano ruda, se harían daños! ¡Hay que dedicarse a este oficio para saber!… ¿Las vides? ¡Hombre, son como hijos! ¡Y, antes de que un hijo sea hombre, cuánto hay que sudar para mantenerlo sano de cuerpo y de espíritu!… Pero yo estoy hablando sin parar y no te dejo hablar a ti… Nos has prometido una parábola…

-Verdaderamente ya la has dicho tú. Bastaría con aplicar tu conclusión y decir que las almas son como las vides…
-¡No, Maestro! Habla Tú. Yo… he dicho simplezas y no podemos hacer por nosotros mismos la labor de aplicarlo…
-De acuerdo. Oíd.

Llegado el momento en que tuvimos una carne animal en el seno de nuestra madre, Dios, en los Cielos, creó el alma para hacer a semejanza de Él al futuro hombre, y la puso en esa carne en formación en un seno materno. Y el hombre, llegado su tiempo de nacer, nació con su alma, la cual, hasta el uso de razón, fue como una tierra no cultivada por su dueño. Pero, llegada la edad de la razón, el hombre empezó a razonar y a distinguir el Bien y el Mal. Fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía una viña, para cultivarla como él quisiera. Y se dio cuenta de que tenía a un viñador encargado de esa viña: su libre arbitrio. En efecto, la libertad de guiarse, que Dios ha dejado al hombre hijo suyo, es como un siervo idóneo dado por Dios al hombre hijo suyo para que le ayude a hacer fértil la viña, o sea, el alma.

Si el hombre no debiera trabajar con sus propias manos para hacerse rico, para construirse un futuro eterno de prosperidad sobrenatural; si hubiese tenido que recibir todo de Dios, ¿qué mérito tendría por restaurarse de nuevo en santidad, después de que Lucifer corrompió la santidad inicial, dada gratuitamente por Dios a los primeros hombres? Mucho es ya el que Dios conceda a las criaturas caídas por la herencia de la culpa merecer el premio y ser santas, volviendo, por voluntad propia, a aquella naturaleza inicial de criaturas perfectas que el Creador había dado a Adán y Eva, y a sus descendientes si sus progenitores se hubieran conservado inmunes de la culpa original. El hombre caído debe volver a ser hombre elegido, por su libre voluntad.

Ahora bien, ¿qué sucede en las almas? Esto. El hombre confía su alma a su voluntad, a su libre arbitrio, que se pone a trabajar la viña que hasta entonces había sido un terreno sin plantas, bueno, pero sin plantas duraderas; sólo gráciles hierbas y florecillas caducas habían estado esparcidas en aquélla: las bondades instintivas del niño que es bueno porque es todavía un ángel desconocedor del Bien y del Mal.

Diréis: "¿Durante cuánto tiempo permanece así?". Generalmente se dice: durante los primeros seis años. Pero verdad es que hay razones precoces, siendo así que tenemos niños responsables de sus acciones antes de los seis años. Tenemos niños responsables de sus acciones incluso a los tres o cuatro años, responsables porque saben que eso es Bueno, y que eso es Malo, y quieren libremente esto o aquello. Cuando una criatura sabe distinguir la mala acción de la buena acción ya es responsable. No antes.

Por tanto, un subnormal, incluso a los cien años, es irresponsable; pero se asumen su responsabilidad sus tutores, que deben velar amorosamente por él y por el prójimo que puede sufrir daño por parte del subnormal o del loco, a fin de que éste no se haga daño a sí mismo ni se lo haga a otros. Pero Dios no imputa al subnormal o al loco culpa alguna, porque, desgraciadamente para él, está privado de la razón. Pero nosotros hablamos de seres inteligentes y sanos de mente y cuerpo.

Así pues, el hombre confía su viña sin cultivar a su trabajador, el libre arbitrio, y éste empieza a cultivarla. El alma, la viña, tiene, no obstante, voz, y se la hace oír al arbitrio. Una voz sobrenatural, nutrida de voces sobrenaturales que Dios no niega nunca a las almas: la del Custodio, la de los espíritus enviados por Dios, la de la Sabiduría, la de los recuerdos sobrenaturales que toda alma recuerda aun sin la percepción exacta por parte del hombre entero.

(Recuerdos sobrenaturales que MV explica con la siguiente nota en una copia mecanografiada: “Dios ha puesto en el hombre la conciencia además de la razón. Y la conciencia tiene una voz propia que recuerda, advierte o amonesta. Recuerda aquello que debería hacerse y aquello que no se debe hacer porque está mal. Advierte que no se haga el mal, porque va contra toda ley natural y sobrenatural. Amonesta por el mal hecho, moviendo a la reparación y al arrepentimiento. Hace sentir que el mal obrado en la Tierra provoca la pérdida de un premio futuro, la pérdida del Bien supremo. Esto hace la conciencia, porque, habiendo sido dada por Dios, no puede sino mantener despierto o suscitar en la criatura el recuerdo de Aquel que se la dio al hombre como guía.”)

Y habla al arbitrio, con voz suave, incluso suplicante, para rogarle que la adorne con buenas plantas, y que sea activo y sabio para no hacer de ella un zarzal agreste, malo, venenoso, donde aniden serpientes y escorpiones y hagan su madriguera la zorra y la garduña y otros cuadrúpedos malos.

El libre albedrío no siempre es un buen cultivador; no siempre vigila la viña y la defiende con un seto infranqueable, o sea, con una voluntad firme y buena en actitud de defender al alma de ladrones y parásitos y de todas las cosas perniciosas, de los vientos violentos que podrían hacer caer las florecillas de las buenas resoluciones apenas formadas en el deseo. ¡Oh, qué alto y fuerte deberá ser el seto que hay que levantar en torno al corazón para salvarlo del mal! ¡Qué atención hay que tener para que no sea forzado, para que no abran en él ni grandes aberturas -puerta para disipaciones -, ni encubiertas y pequeñas aberturas en su base, por las que se introduzcan las víboras: los siete pecados capitales!

¡Cómo hay que escardar, quemar las malas hierbas, podar, mullir el terreno, abonar con la mortificación, cuidar con el amor a Dios y al prójimo, la propia alma! Y vigilar con ojo abierto y luminoso, y con mente despierta, para que los majuelos que podían parecer buenos no se manifiesten luego dañinos; y si sucede esto, arrancarlos sin piedad: mejor es una planta sola pero perfecta, que no muchas inútiles y dañinas.

Tenemos corazones, tenemos por tanto viñas siempre trabajadas, plantadas de nuevas plantas por un desordenado cultivador que hacina nuevas plantas: este trabajo, aquella idea, aquel deseo; incluso no malos, pero que luego se dejan sin cuidar y se hacen malos; caen al suelo, se degeneran, mueren… ¡Cuántas virtudes perecen por estar mezcladas con las sensualidades, por falta de cultivo, por… en conclusión, por no estar sostenido por el amor el libre arbitrio! ¡Cuántos ladrones entran a robar, a profanar, a devastar, porque la conciencia duerme en vez de velar, porque la voluntad se enerva y se corrompe, porque el arbitrio se deja seducir y, siendo libre, se hace esclavo del Mal.

¡Fijaos, Dios lo deja libre, y el arbitrio se hace esclavo de las pasiones, del pecado, de las concupiscencias, en definitiva, del Mal! Soberbia, ira, avaricia, lujuria, primero mezcladas, luego triunfadoras sobre las plantas buenas… ¡Un desastre! ¡Cuánto ardor que reseca las plantas por no existir ya la oración que es unión con Dios, y, por tanto, rocío de benéfica linfa en el alma! ¡Cuánto hielo que hiela las raíces con la falta de amor a Dios y al prójimo! ¡Cuánta pobreza del terreno por rechazar el abono de la mortificación, de la humildad!

¡Qué maraña inextricable de ramas buenas y no buenas, por no tener el valor de sufrir por amputarse lo que es nocivo! Éste es el estado de un alma que tiene como custodio y cultivador un arbitrio desordenado y vuelto hacia el Mal.

Mientras que el alma que tiene un arbitrio que vive en el orden, y por tanto en la obediencia de la Ley -que ha sido dada para que el hombre sepa lo que es el orden, cómo es el orden y cómo se conserva -, y que es heroicamente fiel al Bien ­porque el Bien eleva al hombre y lo hace símil a Dios, mientras que el Mal lo afea y lo hace símil al demonio -, es una viña regada por las aguas puras, abundantes, útiles, de la fe, y adecuadamente sombreada por los árboles de la esperanza, y calentada por el sol de la caridad, corregida por la voluntad, abonada por la mortificación, ligada con la obediencia, podada por la fortaleza, conducida por la justicia, vigilada por la prudencia y por la conciencia. Y la gracia crece, ayudada por tantas cosas, crece la santidad, y la viña viene a ser un maravilloso jardín al que baja Dios a gustar sus delicias hasta que, conservándose la misma viña siempre como jardín perfecto, hasta la muerte de la criatura, Dios manda a sus ángeles que lleven este trabajo de un libre arbitrio voluntarioso y bueno al grande y eterno jardín de los Cielos.

(Ángeles: MV precisa su papel en la siguiente nota escrita en una copia mecanografiada: No es que el alma tenga necesidad de los ángeles para subir a Dios. Lo que se quiere decir es que los ángeles de alguna forma presentan a Dios el trabajo "bueno" para que quede escrito en los libros eternos)

Ciertamente, vosotros queréis este destino. Pues entonces velad para que el Demonio, el Mundo, la Carne no seduzcan a vuestro albedrío y devasten vuestra alma. Velad porque en vosotros haya amor, y no amor propio, que apaga el amor y arroja al alma a merced de las distintas sensualidades y del desorden. Velad hasta el final, y las tempestades podrán mojaros pero no dañaros, y, cargados de frutos, iréis a vuestro Señor para el premio eterno.
He terminado. Ahora meditad y descansad hasta el ocaso mientras Yo me retiro a orar.

-No, Maestro. No debemos tardar en ponernos en camino para llegar a las casas -dice Pedro.
-¿Pero por qué? ¡Falta tiempo hasta la puesta del Sol! -dicen muchos.

-No estoy pensando ni en la puesta del sol, ni en el sábado. Pienso que no pasará una hora sin que venga una furiosa tempestad. ¿Veis aquellas lenguas negras que aparecen lentamente por las montañas de Samaria?, ¿y aquellas tan blancas que vienen veloces galopando desde Occidente?: un viento alto empuja a éstas; uno bajo, a las otras. Pero, cuando estén aquí encima, el viento alto cederá al siroco, y las nubes negras, cargadas de granizo, descenderán y chocarán contra las blancas, cargadas de rayos, ¡y ya oiréis la música!

-¡Venga, rápidos! ¡Soy pescador y leo el cielo!
Jesús es el primero en obedecer, y, diligentes, todos se ponen a caminar hacia las alquerías del llano…

En el puente se encuentran con Judas, que grita:
-¡Maestro mío! ¡Cómo he sufrido sin ti! ¡Alabado sea Dios, que ha premiado mi constancia esperándote aquí! ¿Cómo ha ido por Cesárea?

-Paz a ti, Judas -responde brevemente Jesús y añade: «Hablaremos en las casas. Ven, que la tormenta amenaza inminente».

Efectivamente, ya empiezan las oleadas de viento que levantan nubes de polvo por los caminos resecos; el cielo ya se cubre de nubes de todas las formas y colores; el aire se pone amarillo y cárdeno… Ya empiezan a caer las primeras, escasas gotazas calientes; ya surcan el cielo, que se ha puesto casi nocturno, los primeros relámpagos… Se echan a correr. Sólo sus buenas piernas, estimuladas por el deseo de no quedar empapados por un aguacero, les hace llegar a la primera casa cuando un diluvio de agua mezclada con granizo, entre un estampido de saeta que cae poco lejos, se abate sobre la zona, en medio de un gran olor a tierra mojada y a ozono liberado por los relámpagos sin pausa…

Entran. Por suerte, es una casa provista de pórticos y habitada por campesinos que creen en el Mesías. Con veneración invitan al Maestro a alojarse con sus compañeros «como si la casa fuera tuya. Pero levanta tu mano para alejar el pedrisco, por piedad de nuestro trabajo» dicen arremolinándose alrededor de Jesús.
Jesús alza la mano y señala los cuatro puntos cardinales: y del cielo baja sólo agua, para dar de beber a los pomares, a los viñedos, a los prados, y para purificar esa atmósfera tan cargada.

-¡Bendito seas, Señor! -dice el cabeza de familia -¡Entra, mi Señor!

Y, mientras sigue el chaparrón, Jesús entra en una habitación grandísima, sin duda un almacén, y se sienta cansado, rodeado de los suyos.

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