por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús es huésped de la humilde familia del soguero.
Una casita baja, y salitrosa por la proximidad de las aguas marinas. Detrás de la casa, unos almacenes poco fragantes, donde se descargan las mercancías antes de que los distintos compradores las retiren.
Delante, un camino polvoriento, surcado por pesadas ruedas, rumoroso a causa de los descargadores, de los muchachos traviesos, de los carreteros, de los marineros que van y vienen ininterrumpidamente.
Al otro lado del camino, una pequeña dársena, de agua oleaginosa por los detritos arrojados en ella y por su inmovilidad.
De la dársena sale un pequeño puerto-canal, que desemboca en el verdadero, amplio puerto capaz de recibir naves grandes. Por la parte occidental, una plaza arenosa donde se fabrica la cuerda en medio de un fuerte rechinar de cabrestantes de torsión movidos a mano. En la parte oriental otra plaza, mucho más pequeña y aún más ruidosa y desordenada, donde hombres y mujeres apañan redes y velas.
Luego casuchas bajas y salitrosas, llenas de críos semidesnudos.
Ciertamente no se puede decir que Jesús haya elegido un lugar señorial de alojamiento. Moscas, polvo, batahola, olor de agua detenida y cáñamo puesto a remojo antes de ser usado son los soberanos del lugar. Y el Rey de los reyes, echado con sus apóstoles encima de un montón de cáñamo sin elaborar, duerme, cansado, en ese pobre cuarto, medio trastero, medio almacén, que está en la parte de atrás de la casita y a través del cual se entra, por una puerta negra como el alquitrán, a la cocina, también negra, y por una puerta carcomida y corroída por el polvo y el salitre, que le dan una tonalidad blanco-gris de pómez, se sale a la plaza donde se fabrica la cuerda y de don-de llegan hedores de cáñamo en maceración.
El sol azota la plaza, a pesar de cuatro enormes plátanos, dos a un lado, dos al otro, de la plaza rectangular, bajo los cuales están los cabrestantes para retorcer el cáñamo. No sé si digo la palabra correcta para nombrar la máquina que usan. Los hombres, cubiertos con una túnica reducida a lo esencial para tapar lo que la decencia impone, empapados de sudor como si estuvieran debajo de una ducha, dan vueltas y vueltas a su cabrestante, con movimiento continuo como galeotes condenados… No hablan sino para decir las indispensables palabras inherentes al trabajo.
Por tanto, si se quita el chirrío de las ruedas de los cabrestantes y el del cáñamo estirado en la torsión, no hay ningún otro ruido en la plaza, extraño contraste con el que hay en los otros lugares de alrededor de la casa del soguero.
Por eso sorprende, como cosa no pensada, la exclamación de uno de los sogueros:
-¿Mujeres?! ¿A estas horas tremendas? ¡Mirad! Vienen justamente hacia aquí…
-Tendrán necesidad de cuerdas para atar a sus maridos… -dice bromeando un joven soguero.
-Pueden necesitar también cáñamo para labores.
-¡Mmm! ¿El nuestro, tan tosco como es, cuando hay quien lo da espadillado?
-Cuesta menos el nuestro. ¿Ves? Son pobres…
-Pero no son hebreas. Fíjate que el manto es distinto…
-Serán no hebreas. En Cesárea ya hay un poco de todo…
-Quizás buscan al Rabí. Estarán enfermas… Fíjate cómo están completamente tapadas a pesar de este calor…
-Con tal de que no sean leprosas… Miseria sí, pero lepra no; no la quiero ni siquiera por resignación a Dios -dice el soguero al que todos obedecen.
-¿Pero oyes lo que dice el Maestro?: "Hay que aceptar todo lo que Dios manda".
-Pero Dios no manda la lepra. La mandan los pecados, los vicios y los contagios…
Las mujeres han llegado ya a las espaldas, no de estos que hablan, y que están en el lado opuesto de la plaza, sino de los que están en la parte de la casa -más próximos, por tanto, para llegar a ellos -, y una se inclina a decir algo a uno de los sogueros, el cual se vuelve, asombrado, y se queda donde está como atolondrado.
-Vamos un poco a oír qué dicen… Tan tapadas… ¡Lo único que me faltaría sería lepra en casa, con todos los hijos que tengo!… -dice el soguero patrón, dejando de mover el cabrestante y poniéndose en camino. Sus compañeros lo siguen…
-Simón, esta mujer quiero algo, pero habla extranjero. Mira a ver tú, que has navegado -dice el hombre al que se ha dirigido la mujer.
-¿Qué quieres? -pregunta el rudo soguero, tratando de verla a través del lino cendalí teñido de oscuro que cubre su rostro.
Y en un griego purísimo la mujer responde:
-El Rey de Israel. El Maestro.
-¡Ah! Comprendo. ¿Pero… sois leprosas?
-No.
-¿Quién me lo asegura?
-Él mismo. Pregúntale a Él.
El hombre duda… Luego dice:
-Bien. Pondré un acto de fe y Dios me protegerá… Voy a llamarlo. Quedaos ahí.
Las mujeres, cuatro, no se mueven: grupo ceniciento y mudo, mirado con estupor y con muy claro temor por parte de los sogueros, que se han agrupado a algunos pasos de distancia.
El hombre va al almacén y toca a Jesús, que duerme.
-Maestro… Sal afuera. Te buscan.
Jesús se despierta y se alza enseguida, preguntando:
-¿Quién?
-¡Mmm!… Mujeres griegas… Tapadas completamente… Dicen que no son leprosas y que Tú me lo puedes asegurar…
-Voy enseguida -dice Jesús. Se anuda las sandalias que se había quitado, se ata la túnica en la parte del cuello y se ciñe el cinturón (se lo había quitado para estar más libre en el sueño). Y sale con el soguero.
Las mujeres hacen ademán de ir hacia Él.
-¡Estad ahí, os digo! No quiero que caminéis por donde juegan mis hijos… Primero quiero que Él diga que estáis sanas.
Las mujeres se paran.
Jesús se llega a ellas. La más alta, no la que ha hablado antes en griego, dice en voz baja una palabra. Jesús se vuelve al soguero:
-Simón, puedes estar tranquilo. Las mujeres están sanas y necesito escucharlas en paz. ¿Puedo entrar en casa?…
-No. Está la vieja, más charlatana y curiosa que una urraca. Ve allí, al final, debajo del cobertizo de los pilones. Hay también un cuartito. Allí estás solo y en paz.
Venid… -dice Jesús a las mujeres. Y va con ellas al final de la plaza, debajo del hediondo cobertizo, dentro del cuartucho -estrecho como una celda -donde hay herramientas rotas, trapajos, sobras de cáñamo, telas de araña gigantescas, y donde el olor de la maceración y del moho raspan la garganta, de lo penetrantes que son. Jesús, que está muy serio y pálido, sonríe levemente y dice:
-No es un lugar adecuado para vuestros gustos… Pero no tengo otro…
-No vemos el lugar, porque vemos a Aquel que está en él en este momento -responde Plautina quitándose el velo y el manto. Y las otras, que son Lidia, Valeria y la liberta Álbula Domitila, hacen lo mismo.
-De ello arguyo que, a pesar de todo, me creéis todavía un justo.
-Más que un justo. Y Claudia nos manda precisamente porque te cree más que un justo y no tiene en cuenta las palabras oídas. Pero quiere tu confirmación al respecto para tributarte doble veneración.
-O suspenderla, si le aparezco como han querido dibujarme. Pero, tranquilizadla. No tengo miras humanas. Mi ministerio y mi deseo son total y solamente sobrenaturales. Quiero, sí, reunir en un único reino a todos los hombres. ¿Pero qué de los hombres? ¿La carne y la sangre? No.
Eso se lo dejo, materia lábil, a las lábiles monarquías, a los imperios inseguros. Quiero reunir bajo mi cetro solamente a los espíritus de los hombres, espíritus inmortales en un reino inmortal. Yo repudio cualquier otra versión de mi voluntad, quienquiera que fuere el que la diese, distinta de ésta. Y os ruego que creáis y que digáis a la que os envía que la Verdad tiene solamente una palabra…
-Tu apóstol hablaba con tal seguridad…
-Es un muchacho exaltado, y tal hay que considerarlo cuando se le escucha.
-¡Pero te perjudica! Repréndelo… Despídelo…
-¿Y mi misericordia entonces dónde estaría? Hace eso por un amor errado. ¿No debo tener compasión, pues? ¿Y qué cambiaría si lo despidiera? Se haría doble mal a sí mismo y me haría doble mal a mí.
-¿Entonces para ti es como una bola atada al pie!…
-Para mí es como un infeliz al que redimir…
Plautina cae de rodillas extendiendo los brazos y
diciendo:
-¡Ah, Maestro más grande que cualquier otro, qué fácil es creerte santo cuando se siente tu corazón en tus palabras!
¡Qué fácil es amarte y seguirte por esta caridad tuya que es más grande aún que tu inteligencia!
-No más grande, sino más comprensible para vosotras… que tenéis vuestro intelecto estorbado por demasiados errores y no tenéis la generosidad de despojarlo de todo para acoger la Verdad.
-Tienes razón. Eres adivino y sabio.
-La sabiduría, siendo forma de santidad, da siempre luminosidad de juicio, ya sobre hechos pasados o presentes, ya sobre premoniciones de hechos futuros.
-Por eso vuestros profetas…
-Eran personas santas. Dios por eso se comunicaba a ellos con gran plenitud.
-¿Eran santos porque eran de Israel?
-Eran santos porque eran de Israel y porque eran justos en sus acciones. Porque no todo Israel es ni ha sido santo, aun siendo Israel. No es la pertenencia casual a un pueblo o a una religión lo que puede hacer a uno santo. Estas dos cosas pueden ayudar grandemente a serlo. Pero no son el factor absoluto de la santidad.
-¿Cuál es, entonces, el factor?
-La voluntad del hombre. La voluntad que conduce las acciones del hombre: a santidad, si es buena; a iniquidad, si es mala.
-Entonces… no se excluye que haya justos también entre nosotros.
-No se excluye. Es más, ciertamente hay justos entre vuestros antepasados, y ciertamente los habrá entre los que viven. Porque sería demasiado horrendo que todo el mundo pagano fuera de demonios. Los que, de entre vosotros, sienten atracción hacia el Bien, hacia la Verdad, y repugnancia contra el Vicio, y evitan las malas acciones como degradantes del hombre, habéis de creer que están ya en el sendero de la justicia.
-Entonces Claudia…
-Sí. Y vosotras. Perseverad.
-Pero, ¿en el caso de que muriéramos antes de habernos… convertido a Ti… de qué serviría el haber sido virtuosas?…
-Dios juzga con justicia. Pero ¿por qué aplazar el venir al Dios verdadero?
Las tres damas agachan la cabeza… Un silencio… Y luego la gran confesión, que será la que dé explicación de tantas crueldades y resistencias romanas hacia el cristianismo…
-Porque nos parecería traicionar a la Patria…
-Al contrario, serviríais a la Patria haciéndola moral, y espiritualmente más grande, porque tendría la fuerza de la posesión y protección de Dios, además de la de su ejército y riquezas. ¡Roma, la Urbe mundial, Urbe de la religión universal!… Fijaos…
Un silencio…
Luego Livia, poniéndose roja como la llama, dice:
-Maestro, hace tiempo te buscábamos a ti aun en las páginas de nuestro Virgilio. Porque para nosotros tienen más valor las… profecías de los completamente vírgenes respecto a la fe de Israel, que las de vuestros profetas, en los cuales podemos sentir la sugestión de creencias milenarias…
Y hemos discutido de ello… Comparando las diversas personas que en todo tiempo, nación y religión, te han presentido. Pero ninguno te sintió con tanta exactitud como nuestro Virgilio…
¡Cuánto hablamos aquel día con Diomedes, el liberto griego, astrólogo, que goza de la estima de Claudia! Él sostenía que esto ha sucedido porque los tiempos estaban más cercanos, y los astros hablaban con sus conjunciones… Y en apoyo de su tesis esgrimía el hecho de los tres Sabios de tres países de Oriente que vinieron a adorarte infante, y provocaron la matanza de que Roma se horrorizó…
Pero no nos convenció, porque… en más de cincuenta años ningún otro sabio de todo el mundo ha hablado de ti por noticia de los astros, a pesar de estar más próximos aún a tu manifestación actual. Claudia exclamó:
"¡Se requeriría aquí la presencia del Maestro! El daría la palabra de la verdad y sabríamos el lugar y el destino inmortal de nuestro máximo poeta". ¿Quisieras decirnos… para Claudia…? Un don para mostrarnos que no le tienes antipatía por su duda acerca de ti…
-He comprendido su reacción de romana y no le he guardado rencor. Tranquilizadla. Y escuchad. ¿Virgilio no fue grande únicamente como poeta, no es verdad?
-¡Oh, no! También como hombre. En medio de una sociedad ya corrompida y viciosa, resplandeció de pureza espiritual. Ninguno pudo decir que lo hubiera visto lujurioso, amante de orgías y de licencias. Sus escritos son castos, pero más casto tuvo el corazón. Tanto que en los lugares en que más vivió le llamaban "la virgencita": con burla los viciosos, con veneración los buenos.
-Y entonces, ¿en un alma límpida de hombre casto no habrá podido reflejarse Dios, aunque fuera un hombre pagano? ¿La Virtud perfecta no habrá amado al virtuoso? Y si le fueron concedidos el amor y la visión de la Verdad por la belleza pura de su espíritu, ¿no habrá podido tener una chispa de profecía, de una profecía que no es sino verdad que se revela a quien merece conocer la Verdad como premio y estímulo a una virtud cada vez mayor?
-¿Entonces… te profetizó realmente?
-Su mente encendida de pureza y genio ascendió para conocer una página referida a mí, y puede ser considerado el poeta pagano y justo, un espíritu profético y precristiano como premio a sus virtudes.
-¡Oh! ¡Nuestro Virgilio! ¿Y recibirá un premio?
-He dicho: "Dios es justo". Pero vosotras no imitéis al poeta deteniéndoos en su límite. Seguid, porque a vosotras la Verdad no se os ha mostrado por intuición y en parte, sino completa, y os ha hablado.
Plautina, sin dar respuesta, dice:
-Gracias, Maestro… Nos retiramos. Claudia nos ha dicho que te preguntemos si te puede ser útil en cosas morales.
-Y os ha dicho que me lo dijerais si no era un usurpador…
-¡Oh, Maestro! ¿Cómo lo sabes?
-Yo soy más que Virgilio y los profetas…
-¿Es verdad! ¡Todo es verdad! ¿Podemos servirte?…
-Para mí no tengo necesidad sino de fe y amor. Pero hay una criatura que está en gran peligro y cuya alma será muerta esta noche. Claudia podría salvarla.
-¿Aquí? ¿Quién? ¿Muerta el alma?
Un patricio vuestro ofrece una cena y…
-¡Ah, sí! Enio Casio. También mi marido está invitado… -dice Livia.
-Y también el mío… Y la verdad es que nosotras también.
Pero, dado que Claudia se abstiene de ir, también nosotras nos abstendremos. Habíamos decidido retirarnos nada más acabar la cena, en el caso de que hubiéramos ido…
Porque… nuestras cenas terminan en orgías… que ya no podemos soportar… Y, con el desdén de la esposa desatendida, dejamos que se queden allí nuestros maridos… -dice, severa, Valeria.
-No con desdén… Con piedad de su miseria moral… -corrige Jesús.
-Es difícil, Maestro… Sabemos lo que sucede allí dentro…
-Yo también sé muchas cosas que suceden en los corazones… y no obstante perdono…
-Tú eres santo…
-Vosotras debéis haceros santas. Por deseo mío y por acicate de vuestra voluntad…
-¡Maestro!…
-Sí. ¿Podéis afirmar que sois felices como antes de conocerme, con la pobre felicidad animal, sensual de paganas desconocedoras de que son más que carne, ahora que conocéis un poco de Sabiduría?..
-No, Maestro. Lo confesamos. Nos sentimos insatisfechas, inquietas, como uno que busca un tesoro y no lo encuentra.
-¡Pues lo tenéis delante! Lo que os pone inquietas es el anhelo de Luz de vuestro espíritu, la impaciencia de vuestro espíritu por vuestra tardanza… en darle lo que os pide…
Un momento de silencio… Luego, Plautina otra vez, sin dar respuesta, dice:
-¿Y qué podría hacer Claudia?
-Salvar a esa criatura. Una niña comprada por placer por el romano. Una virgen que mañana ya no lo será.
-Si la ha comprado… le pertenece.
-No es un mueble. Dentro de la materia hay un espíritu…
-Maestro… nuestras leyes…
-¡Mujeres: la Ley de Dios!…
-Claudia no va a la fiesta…
-No le digo que vaya. Os digo que le digáis: "El Maestro, para tener la certeza de que Claudia no lo acusa, le pide ayuda para esta alma niña"…
-Se lo diremos. Pero no podrá hacer nada… Esclava adquirida… objeto del que se puede disponer…
-El cristianismo enseñará que el esclavo tiene un alma como la del César, mejor en la mayor parte de los casos, y que el alma pertenece a Dios; y la maldición pesa sobre quien la corrompa.
Jesús se muestra majestuoso al decir esto.
Las mujeres sienten su imperiosidad y severidad. Se inclinan sin replicar. Se ponen de nuevo los mantos y los velos y dicen:
-Lo transmitiremos. ¡Maestro!
-Adiós.
Las mujeres salen a la plaza caliente. Pero Plautina se vuelve y dice:
-Para todos éramos mujeres griegas. ¿Entiendes?
-Entiendo. Marchaos tranquilas.
Jesús se queda solo, debajo del bajo cobertizo, y ellas se marchan por el mismo camino recorrido para venir.
Los sogueros vuelven al trabajo…
Jesús vuelve, lentamente, al almacén. Está pensativo. Ya no se echa: sentado encima de un montón de cuerdas enrolladas, ora intensamente… Los once siguen durmiendo profundamente…
Pasa un rato así… Una hora más o menos. Luego el soguero introduce la cabeza y hace un gesto a Jesús de que vaya a la puerta.
-Hay un esclavo. Pregunta por ti.
El esclavo, un númida, está afuera, en la plaza llena de sol todavía. Se inclina y, sin decir nada, entrega una tablilla encerada.
Jesús lee y dice:
-Dirás que esperaré hasta el alba. ¿Has comprendido?
El hombre asiente con la cabeza y, para que se entienda por qué no habla, abre la boca y enseña la lengua cortada.
-¡Pobrecillo! -dice Jesús acariciándolo.
Al esclavo le ruedan dos lágrimas por las negras mejillas. Toma la blanca mano entre las suyas negras -muy semejantes a las de un mono grande -y se la pasa por su cara, la besa, la pone sobre su corazón y luego se arroja al suelo, toma el pie de Jesús y se lo pone encima de la cabeza… Todo un lenguaje de gestos para expresar su gratitud por ese gesto de amor compasivo…
Y Jesús repite:
-¡Pobrecillo! -pero no hace el gesto curativo.
El esclavo se pone en pie y pide la tablilla encerada… Claudia no quiere dejar señales de su contacto epistolar… Jesús sonríe y devuelve la tablilla. El númida se marcha y Jesús se acerca al soguero.
-Tengo que quedarme hasta el alba… ¿Lo concedes?…
-Todo lo que quieras. Siento ser pobre…
-Y a mí me place el que seas honesto.
-¿Quiénes eran esas mujeres?
-Extranjeras necesitadas de consejo.
-¿Sanas?
-Como Yo y como tú.
-¡Ah! ¡Bien!… Ahí están tus apóstoles…
Efectivamente, restregándose los ojos, desperezándose, todavía medio adormilados, los once salen del almacén y van hacia el Maestro.
-Maestro… habrá que cenar, si quieres partir al anochecer… -dice Pedro.
-No. Ya no parto hasta el alba.
-¿Por qué?
-Porque me han rogado que lo haga así.
-¿Pero por qué? ¿Por quién? Era mejor andar de noche. Ya hay Luna nueva…
-Espero salvar a una criatura… Y ello es más luminoso que la Luna y más aliviador para mí que los frescores de la noche.
Pedro le lleva aparte:
-¿Qué ha sucedido? ¿Has visto a las romanas? ¿De qué humor están? ¿Son ellas las que se convierten? Dímelo…
Jesús sonríe:
-Si me dejas responder te lo digo, curiosísimo hombre. He visto a las romanas. Caminan hacia la Verdad, aunque lentamente. Pero no retroceden. Ya es mucho.
-Y… respecto a lo que decía Judas… ¿Qué hay?
-Que continúan venerándome como a un sabio.
-Pero… ¿por Judas? ¿No está él en medio?…
-Han venido a buscarme a mí, no a él…
-Pero entonces, ¿por qué ha tenido miedo de encontrarse con ellas? ¿Por qué no quería que vinieras a Cesárea?
-Simón, no es la primera vez que Judas tiene extraños caprichos…
-Eso es verdad. Y… ¿vienen esta noche las romanas?
-Ya han venido.
-¿Y entonces por qué esperamos al alba?
-¿Y por qué eres tan curioso?
-¡Anda, Maestro… dime todo!
-Bueno. Para quitarte toda sospecha… Tú también has oído la conversación de aquellos tres romanos…
-Sí. ¡Inmundos! ¡Peste! ¡Demonios! ¿Pero nosotros qué tenemos que ver con ello?… ¡Ah, comprendo! Las romanas van a la cena y luego vienen a pedir perdón de haber estado en la inmundicia… Me maravillo que des tu conformidad.
-¡Me maravillo de que hagas juicios temerarios!
-¡Perdóname, Maestro!
-Sí. Pero debes saber que las romanas no van a esa fiesta y que Yo he pedido a Claudia que intervenga en favor de aquella niña…
-¡Pero Claudia no puede hacer nada! ¡La muchacha ha sido comprada por el romano y él tiene plenos poderes respecto a ella!
-Pero Claudia tiene mucho poder sobre el romano. Y Claudia me ha mandado el mensaje de que espere al alba para partir. Nada más. ¿Estás contento?
-Sí, Maestro. Pero lo que está claro es que de momento no has descansado… Ven ahora… ¡Estás tan cansado…! Vigilaré para que te dejen en paz… Ven, ven… -y, amorosamente tiránico, tira de El, lo empuja, le obliga a echarse de nuevo…
Pasan las horas. Desciende el crepúsculo, cesa el trabajo, más fuerte chillan los niños por las calles y placitas, y las golondrinas en el cielo. Y luego descienden las primeras sombras. Las golondrinas van al nido y los niños a la cama. Uno a uno los ruidos cesan, hasta que queda solamente el leve chapoteo del agua en el canal y el ruido más fuerte de las olas en la playa. Las casas se cierran.
Estas casas de trabajadores cansados. Se apagan en ellas las luces. El descanso desciende a hacer a todos ciegos y mudos… a alejar a todos… Se levanta la Luna y ennoblece con su plata también la balsa sucia de la pequeña dársena, que ahora parece una lámina de plata…
Los apóstoles duermen de nuevo encima del cáñamo… Jesús, sentado en uno de los cabrestantes parados, apoyadas las manos en su regazo, ora, piensa, espera… No aparta los ojos del camino que viene de la ciudad.
La Luna se alza, se alza. Está perpendicular sobre la cabeza. El mar tiene ahora voz más fuerte y el agua del canal más fuerte olor, y el cono de la Luna que hunde sus rayos en el mar se hace más amplio, abraza toda la balsa de agua que está frente a Jesús, y se pierde cada vez más lejano: senda de luz que desde los confines del mundo parece venir hacia Jesús, remontando el canal, terminando en la balsa de la dársena. Y por esta senda viene una barca, pequeña, blanca. Avanza, avanza, sin dejar huellas de su paso en el camino de agua que se reconstruye después de su paso… Remonta el canal… Ya está en la dársena silenciosa. Aborda. Se para. Y tres sombras bajan. Un hombre musculoso, una mujer y una grácil figurita entre los dos. Se dirigen hacia la casa del soguero.
Jesús se pone en pie y va hacia ellos.
-La paz a vosotros. ¿A quién buscáis?
-A ti, Maestro -dice Lidia mientras se descubre y se aproxima sola. Y continúa:
«Claudia te ha servido. Porque era una cosa justa y completamente moral. Ésa es la muchacha. Valeria, dentro de un poco, la tomará como niñera de la pequeña Fausta. Pero, entretanto, te ruega que la tengas Tú; es más, que se la confíes a tu Madre o a la madre de tus parientes. Es completamente pagana. Bueno, más que pagana.
El amo con quien ha crecido ha metido en ella la absoluta nada. No sabe ni de Olimpo ni de ninguna otra cosa. Lo único que tiene es un terror loco de los hombres, porque la vida se le ha descubierto totalmente y en toda su brutalidad desde hace algunas horas…».
-¡Oh, triste palabra! ¿Demasiado tarde?
-No materialmente… Pero él ya la preparaba para su… digamos sacrilegio. Y la criatura está aterrorizada… Claudia ha tenido que dejarla durante toda la cena junto a ese sátiro, reservándose para entrar en acción cuando el vino le hubiera hecho menos capaz de reflexionar. No es necesario que yo te recuerde que, si el hombre es siempre lúbrico en sus amores sensuales, lo es en modo sumo cuando está ebrio… Pero sólo entonces es un juguete que puede ser instado por una fuerza y privado de su tesoro. Y Claudia se ha aprovechado de esto. Enio desea el regreso a Italia, de la que ha sido alejado por desaire… Claudia ha prometido el regreso a cambio de la muchacha. Enio se ha tragado el anzuelo… Pero mañana, pasada la embriaguez, se rebelará, la buscará, montará un jaleo. Verdad es que mañana Claudia tendrá la manera de hacerle callar.
-¿Violencia? ¡No!…
-¡La violencia usada con buen fin es útil! Pero no será usada. Lo único es que Pilatos, todavía un poco atontado por el mucho vino bebido esta noche, firmará la orden para Enio de ir a informar a Roma… ¡Ja! ¡Ja!… Y con la primera nave militar partirá.
Pero entretanto… conviene que la muchacha esté en otro lugar, por temor a que Pilatos se arrepienta y revoque la orden… ¡Es tan variable! Y conviene que la muchacha olvide, si puede, las porquerías humanas. Maestro… Hemos ido a la cena por esto… Pero, ¿cómo hemos podido ir a esas orgías hasta hace pocos meses sin sentir náusea? Hemos huido de allí en cuanto hemos obtenido lo que queríamos… Allí nuestros maridos emulan todavía a los animales… ¡Qué náusea, Maestro!… Y tenemos que recibirlos después de que… después de que…
-Sed austeras y pacientes. Con el ejemplo mejoraréis a vuestros consortes.
-¡Oh, no es posible!… No sabes…
La mujer llora más de indignación que de dolor. Jesús suspira.
Lidia continúa:
-Claudia te dice que ha hecho esto para mostrarte que te venera como al único Hombre que merece veneración. Y quiere que te diga que te agradece el que le hayas enseñado el valor de un alma y de la pureza. Lo recordará.
¿Quieres ver a la muchacha?
-Sí. ¿Y el hombre quién es?
-El númida mudo de quien se sirve Claudia en las cosas más secretas. No hay peligro de delación… No tiene lengua…
Jesús repite, como por la tarde: « ¡Pobrecillo!». Pero tampoco ahora hace el milagro.
Lidia va por la muchacha. La toma de la mano y casi la lleva a rastras frente a Jesús. Explica:
-Sabe pocas palabras latinas y menos aún judías… Un animalito salvaje… Únicamente objeto de placer. Y a la muchacha: «No tengas miedo. Dile "gracias". Es el que te ha salvado… Arrodíllate. Bésale los pies. ¡Ánimo! ¡No tiembles!… ¡Perdona, Maestro! Está aterrorizada por las últimas caricias de Enio ya borracho…
-¡Pobre criatura! -dice Jesús poniendo la mano en la cabeza cubierta de la muchacha -¡No temas! Te llevaré donde mi Madre durante un tiempo. Con una Mamá, ¿comprendes? Y tendrás a tu alrededor a muchos buenos hermanos… ¡No temas, hija mía!
¿Qué hay en la voz de Jesús y en la mirada? Todo: paz, seguridad, pureza, amor santo. La muchacha lo siente, echa hacia atrás el manto y la capucha para mirarlo mejor, y la figurita grácil, de joven que apenas si está en los umbrales de la pubertad, casi todavía niña, de gracias inmaduras e inocente aspecto, aparece envuelta en una túnica demasiado ancha para ella…
-Estaba semidesnuda… Le he puesto y le he metido en el fardel los primeros vestidos que he encontrado… -explica Lidia.
-¡Una niña! -dice con piedad Jesús, y tendiéndole la mano pregunta: « ¿Quieres venir conmigo, sin miedo?».
-Sí, amo.
-No. No amo. Dime: Maestro.
-Sí, Maestro -dice más segura la muchacha, y una tímida sonrisa substituye a la expresión de miedo que había antes en el rostro blanquísimo.
-¿Eres capaz de andar mucho camino?
-Sí, Maestro.
-Luego descansarás donde mi Madre, en mi casa, en espera de Fausta… una niñita a la que querrás mucho… ¿Te gusta?
-¡Oh, sí!… -y la muchacha levanta segura los claros ojos de un gris azul bellísimo, entre pestañas de oro, y osa preguntar:
-¿Ya nunca más aquel amo? -y un destello de terror todavía le turba la mirada.
-Jamás -vuelve a prometer Jesús, poniendo de nuevo la mano en los tupidos cabellos de color blondo miel de la muchacha.
-Adiós, Maestro. Dentro de pocos días estaremos en el lago también nosotras. Quizás nos veremos todavía. Ruega por las pobres romanas.
-Adiós, Livia. Dile a Claudia que estas son las conquistas que Yo pretendo, y no otras. Ven, niña. Partiremos. Dile a Claudia que estas son las conquistas que Yo pretendo, y no otras. Ven, niña. Partiremos inmediatamente…
Y, llevándola de la mano, se asoma a la puerta del almacén llamando a los apóstoles.
Mientras la barca, sin dejar huella de su venida, regresa al mar abierto, Jesús y los apóstoles, con la niña en medio del grupo cubierta con un manto, van, por las callejuelas periféricas y desérticas, hacia los campos…
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Cesárea tiene vastos mercados, a los que afluyen productos alimenticios finos para las refinadas mesas romanas.
Cerca de las plazas de los mercados donde, formando una imagen calidoscópica de rostros, colores y géneros, están los alimentos más humildes, se encuentran los almacenes para los alimentos más ricos, importados de todas partes -bien sea de las distintas colonias romanas o de la distante Italia -para hacer menos penosa la ausencia de la lejana Patria.
Y los almacenes de los vinos o de las finuras culinarias traídas de otros lugares están bajo profundos pórticos, porque a los romanos no les gusta que el sol los queme, ni que los mojen las lluvias, mientras buscan para sus paladares refinados los alimentos que consumirán en los festines. De acuerdo con ser epicúreos en el gusto del paladar, pero ello no debe faltar al respeto a los otros miembros… así que sombras de pórticos frescos, arcos protectores para las lluvias conducen desde el barrio romano -casi todo él reunido en torno al palacio del Procónsul, apretado entre la vía litoral y la plaza de los edificios militares y telonios -a los almacenes romanos cercanos a los mercados de los judíos.
Hay mucha gente bajo estos pórticos, que, si bien no son bonitos en esta parte extrema suya que desemboca en los mercados, cómodos sí que son. Gente de todos los tipos.
Esclavos y libertos, y también algún que otro epicúreo señor circundado de esclavos, que, dejada su litera en la vía, va indolente de una tienda a otra, comprando cosas que los esclavos llevan a casa. Las consabidas ociosas conversaciones, cuando dos señores romanos se encuentran: el tiempo, el aburrimiento de la ciudad, que no ofrece las satisfacciones de la Italia lejana, añoranzas de espectáculos grandiosos, programas de festines y conversaciones licenciosas.
Un romano, precedido por un grupo de unos diez esclavos cargados de sacos y paquetes, se cruza con otros dos de su clase. Saludos recíprocos:
-¡Salve, Enio!
-¡Salud, Floro Tulio Cornelio! ¡Salud, Marco Heracles Flavio!
-¿Cuándo has vuelto?
-Cansado, al alba de anteayer.
-¿Tú cansado? ¿Pero cuándo sudas tú! -dice, burlón, el joven llamado Floro.
-No te burles, Floro Tulio Cornelio. ¡También ahora estoy sudando por los amigos!
-¿Por los amigos? No te hemos pedido fatigas -objeta el otro, más anciano, llamado Marco Heracles Flavio.
-Pero mi amor piensa en vosotros. ¿Veis, vosotros, crueles que os burláis de mí, esta fila de esclavos cargados de pesos? Otros los han precedido con otros pesos. Y todo para vosotros. Para daros honores».
-¿Este es entonces tu trabajo? ¿Un banquete? ¿Y por qué? -gritan rumorosamente los dos amigos.
-¡Chist! ¡Un alboroto como éste entre nobles patricios! Os parecéis a la plebe de esta ciudad donde nos consumimos en…
-Orgías y ocio. Que no hacemos sino eso. Todavía me pregunto: ¿para qué estamos aquí?, ¿qué misiones tenemos?
-Morir de aburrimiento es una.
-Enseñar a vivir a estas plañideras quejumbrosas es otra.
-Y… sembrar a Roma en los sagrados bacinetes de las mujeres hebreas es otra más.
-Y otra es gozar, aquí como en otras partes, de nuestra riqueza y poder, al cual todo le está permitido.
Los tres se alternan como por una letanía, y ríen.
Pero el joven Floro se para y se pone serio, y dice:
-Pero desde hace ya un tiempo una neblina se abate sobre la alegre corte de Pilato. Las más hermosas damas parecen castas vestales y sus maridos las secundan en el capricho.
Ello quita mucho a las habituales fiestas…
-¡Ya! El capricho por ese tosco Galileo… Pero pasará pronto…
-Te equivocas, Enio. Sé que también Claudia está conquistada, y por eso una… extraña morigeración de costumbres se ha establecido en su palacio. Parece como si reviviera allí la austera Roma republicana…
-¡Uf! ¡Qué aburrimiento! ¿Pero desde cuándo?
-Desde el dulce Abril propicio a los amores. Tú no lo sabes… Estabas ausente. Nuestras damas han regresado fúnebres como las lloronas de las urnas cinerarias, y nosotros, pobres hombres, tenemos que buscar en otros lugares muchos solaces, que tampoco se nos conceden en presencia de las púdicas.
-Una razón más para que os socorra. Esta noche gran cena… y además gran orgía, en mi casa. En Cintium, donde he estado, he encontrado delicias que estos inmundos consideran impuras: pavos reales, perdices y zancudas de todas las especies, y crías de jabalíes: la madre matada y ellos cogidos vivos y criados para nuestras cenas. Y vinos…
¡Ah, delicados, preciosos vinos de las colinas romanas, de mis cálidas pendientes de Liternum y de tus soleadas playas en Aciri!… Y aromáticos vinos de Quío y de la isla en que Cintium es la gema. Y embriagadores vinos de Iberia, propicios para encender la sensualidad para el goce final. ¡Oh, tiene que ser una gran fiesta! Para sacudirnos el aburrimiento de este exilio. Para persuadirnos de que somos todavía viriles…
-¿También mujeres?
-También… Y más guapas que rosas. De todos los colores y… sabores. Un tesoro me ha costado adquirir todas las mercancías, y entre ellas las hembras… Pero soy generoso para los amigos… Ahora aquí estaba terminando de comprar las últimas cosas: las que en el viaje podían estropearse. ¡Después del banquete… a nosotros el amor!…
-¿Has tenido buena navegación?
-Magnífica. Venus marina me ha sido propicia. En fin… le dedico a ella el rito de esta noche…
Los tres se ríen de forma vulgar, catando ya con anticipación las próximas, indignas delicias…
Pero Floro pregunta:
-¿Por qué esta extraordinaria fiesta? ¿Hay un motivo para ella?…
-Tres motivos: mi amado nieto se pone en estos días la toga viril. Debo dar solemnidad a este acontecimiento. Una obediencia al presagio que me decía que Cesárea se transformaba en dolorosa morada y había que conjurar el hado con un rito a Venus. El tercero… -bajo, os lo digo bajo -es que estoy de boda…
-¡Tú! ¡Embustero!
-Estoy de boda. Es "boda" cada vez que uno saborea el primer trago de un ánfora cerrada. Yo esta noche lo voy a hacer. He pagado por ella veinte mil sextercios o, si lo preferís, doscientos áureos, porque en realidad es lo que he terminado por desembolsar entre intermediarios y… similares. Pero no la habría encontrado más hermosa y pura ni aunque la hubiera dado a luz Venus en una aurora de Abril y la hubiera hecho de espumas y rayos de oro. Un capullo, un capullo cerrado… ¡Ah, y yo soy su dueño!
-¡Profanador! -dice, burlón, Marco Heracles.
-¡No te pongas censor, que eres como yo!… Cuando se marchó Valeriano, aquí languidecíamos de aburrimiento. Pero yo tomo su lugar… Los tesoros de los antepasados están para esto. Y no voy a ser como él, tan necio que espere a que la más rubia que la miel, Gala Ciprina -la he llamado así -, sea corrompida por las melancolías y filosofías de los emasculados que no saben gozarse la vida…
-¡Sí señor! pero, de todas formas… la esclava de Valeriano era culta y…
-… y estaba desquiciada con sus lecturas de los filósofos… Alma, segunda vida, virtud… ¡qué va hombre!… vivir es gozar. Y aquí se vive. Ayer he arrojado a las llamas todos los volúmenes funestos, y so pena de muerte, he mandado a los esclavos que no recuerden miserias de filósofos ni de galileos. Y la muchacha me conocerá sólo a mí…
-¿Pero dónde la has encontrado?
-Ya ves, hubo quien fue sagaz y adquirió esclavos después de las guerras gálicas y no los usó más que como reproductores, manteniéndolos bien. Sólo debían procrear para dar flores nuevas… Y Gala es una de éstas. Ahora es púber, y el amo la ha vendido… Y yo la he comprado… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
-¡Libidinoso!
-Si no hubiera sido yo, hubiera sido otro… Por tanto… no debía nacer mujer…
-Si te oyera… ¡Oh, ahí está!
-¿Quién?
-El Nazareno que ha hechizado a nuestras damas. Está detrás de ti…
Enio se vuelve como si tuviera a sus espaldas un áspid. Mira a Jesús, que avanza lentamente entre la gente que se apiña alrededor de Él, pobre gente común y también esclavos de romanos, y, riendo maliciosamente, dice:
-¿Ese andrajoso? Las mujeres son unas depravadas. Pero vamos a largarnos, ¡no vaya a ser que nos hechice también a nosotros! Vosotros -dice por fin a sus pobres esclavos, que han estado todo el tiempo bajo sus cargas, semejantes a cariátides para las cuales no hay piedad -vosotros, id a casa, y raudos, que habéis perdido tiempo hasta ahora y los preparadores están esperando las especias, los perfumes. ¡Corriendo! Y recordad que os espera el azote, si todo no está preparado para la puesta del sol.
Los esclavos se marchan corriendo y más lentamente, los sigue el romano con los dos amigos…
Jesús avanza. Triste, porque ha oído el final de la conversación de Enio. Y desde lo alto de su estatura mira con infinita compasión a los esclavos que corren bajo sus pesos.
Se vuelve en torno a sí, busca otras caras de esclavos de romanos… Ve algunas, mezcladas entre la turba que le aprieta, temblorosas de miedo (los esclavos tienen miedo a ser sorprendidos por los encargados u obligados por los hebreos a marcharse), y, deteniéndose, dice:
-¿No hay entre vosotros alguno de aquella casa?
-No, Señor. Pero los conocemos -responden los esclavos presentes.
-Mateo, dales abundante limosna. Lo repartirán con sus compañeros, para que sepan que hay quien los quiere. Y vosotros sabed, y decídselo a los otros, que con la vida cesa el dolor sólo para los que fueron buenos y honestos en sus cadenas, y con el dolor cesa la diferencia entre ricos y pobres, esclavos y libres. Después hay un único y justo Dios para todos, el cual, sin tener en cuenta ni riquezas ni cadenas, dará premio a los buenos y castigo a los no buenos. Recordadlo.
-Sí, Señor. Pero nosotros los de las casas de Claudia y Plautina vivimos bastante felices, como también los de Livia y Valeria; y te bendecimos porque has mejorado nuestra condición -dice un anciano, al que todos escuchan como jefe.
-Para mostrarme que me estáis agradecidos, sed cada vez más buenos, y tendréis al verdadero Dios como vuestro eterno Amigo.
Jesús alza la mano como para despedirse y bendecir, y luego se pone junto a una columna y empieza a hablar en medio del atento silencio de la muchedumbre. Y ya no se marchan los esclavos, sino que se quedan a escuchar las palabras que salen de la boca divina.
-Oíd. Un padre que tenía muchos hijos dio a cada uno de ellos, ya adultos, dos monedas de mucho valor, y les dijo: "No pienso seguir trabajando para cada uno de vosotros. Ya estáis en la edad de ganaros la vida. Por tanto os doy a cada uno una cantidad igual de dinero, para que la empleéis como más os plazca y para vuestro interés.
Yo estaré esperando aquí, dispuesto a aconsejaros, dispuesto también a ayudaros, si por una involuntaria calamidad perdierais todo el dinero que ahora os doy o parte de él. Pero recordad bien que seré intransigente con el que lo disipe con malicia voluntaria y con los holgazanes que lo gasten o lo dejen como está, con el ocio o con los vicios. A todos os he mostrado el Bien y el Mal.
Así que no podéis decir que vais ignorantes al encuentro de la vida. A todos os he dado ejemplo de laboriosidad sabia y justa y de vida honesta. Por tanto, no podéis decir que os haya pervertido el espíritu con mi mal ejemplo. He cumplido con mi deber. Cumplid vosotros ahora con el vuestro, que ni sois tontos ni estáis sin la necesaria preparación ni sois analfabetos. Idos", y se despidió de ellos y se quedó solo, a la espera, en su casa.
Los hijos se dispersaron por el mundo. Tenían todos las mismas cosas: dos monedas de gran valor, de las que podían libremente disponer, y un tesoro mayor de salud, energía, conocimientos y ejemplos paternos. Por tanto, habrían debido llegar todos de la misma forma a un resultado positivo. Pero ¿qué sucedió?
Que entre los hijos hubo quien hizo buen uso de las monedas y consiguió pronto un grande y honesto tesoro con el trabajo asiduo y honesto y una vida moderada, conformada a las enseñanzas del padre; hubo quien al principio se enriqueció honestamente, pero luego despilfarró la fortuna con el ocio y las orgías; hubo quien hizo dinero con usura y comercio indigno; y hubo quien no hizo nada, porque fue pasivo, perezoso, vacilante, y acabó las monedas de mucho valor sin haber podido encontrar todavía una ocupación cualquiera.
Después de un tiempo, el padre de familia mandó servidores a todas las partes donde sabía que estaban sus hijos, y dijo a los servidores: "Diréis a mis hijos que se reúnan en mi casa. Quiero que rindan cuentas de lo que han hecho en este tiempo, y hacerme idea directa de sus condiciones". Y los servidores fueron por todos los lugares y encontraron a los hijos de su señor; transmitieron el mensaje y cada uno de ellos regresó con el hijo de su señor encontrado.
El padre de familia los recibió con mucha solemnidad. Como padre, pero también como juez. Y todos los parientes de la familia estaban presentes, y con los parientes los amigos, los conocidos, los criados, los convecinos y los de los lugares limítrofes. Una reunión solemne.
El padre estaba en su sitial de cabeza de familia. En torno, en semicírculo, todos los parientes, amigos, conocidos, servidores, convecinos y habitantes de zonas limítrofes. Enfrente, alineados, los hijos.
Incluso sin preguntas, su diverso aspecto daba respuesta acerca de la verdad: los que habían sido laboriosos, honrados, morigerados, y habían construido una santa fortuna, tenían el aspecto lozano, pacífico y holgado propio de quien tiene abundantes medios, buena salud y serenidad de conciencia.
Miraban a su padre con una sonrisa buena, agradecida, humilde pero al mismo tiempo triunfadora, esplendorosa por la alegría de haber honrado al padre y a la familia y por haber sido buenos hijos, buenos ciudadanos y buenos fieles. Los que habían derrochado sus haberes en la negligencia o en el vicio estaban apesadumbrados, mustios, deslucidos la cara y el vestido, con las señales de las orgías o del hambre claramente imprimidas en todos ellos.
Los que se habían enriquecido con maniobras delictivas tenían la agresividad, la dureza, en su rostro, la mirada cruel y turbada de fieras que temen al domador y se preparan a reaccionar…
El padre empezó el interrogatorio por estos últimos: "¿Cómo es que vosotros, que teníais un aspecto tan sereno cuando os marchasteis, ahora parecéis fieras preparadas a despedazar? ¿De dónde os viene ese aspecto?".
"Nos lo ha dado la vida. Y tu dureza de mandarnos fuera de casa. Tú nos pusiste en contacto con el mundo".
"Bien. ¿Y qué habéis hecho en el mundo?".
"Lo que hemos podido para obedecer a tu orden de ganarnos la vida con la nada que nos diste.”
"Bien. Poneos en aquel rincón… Y ahora a vosotros, delgados, enfermos y mal vestidos.
¿Qué habéis hecho para acabar así? Cuando os marchasteis estabais sanos y bien vestidos".
"En diez años la ropa se deteriora…" objetaron los holgazanes.
"¿Es que ya no hay telares en el mundo que hagan telas para los indumentos de los hombres?".
"Sí… Pero se necesita dinero para comprar estas cosas…". "Lo teníais.”
"En diez años… se han requeteterminado. Todo lo que tiene principio tiene fin".
"Sí, si se saca sin meter. Pero, ¿por qué habéis sacado sólo? Si hubierais trabajado, podíais meter y sacar sin que se terminara el dinero; es más, consiguiendo que aumentara. ¿Habéis estado enfermos?".
"No, padre".
"¿Y entonces?".
"Nos sentimos desorientados… sin saber qué hacer, sin saber qué fuera lo bueno… Temíamos actuar mal, y para no actuar mal no hicimos nada'".
"¿Y no estaba vuestro padre a quien dirigirse para ser aconsejados? ¿Es que he sido alguna vez un padre intransigente, amedrentador?".
"¡Oh, no! Pero nos avergonzábamos de decirte: `No somos capaces de tomar iniciativas'. ¡Tú has sido siempre tan activo!… Nos hemos escondido por vergüenza".
"Bien. Id al centro de la estancia. ¡A vosotros! ¿Qué me decís vosotros, vosotros que al aspecto del hambre unís el de la enfermedad? ¿Quizás os ha enfermado el excesivo trabajo? Sed sinceros y no os regañaré".
Algunos de los interpelados se hincaron de rodillas golpeándose el pecho y diciendo: "¡Perdónanos, padre! Ya Dios nos ha castigado, y nos lo merecemos. Pero tú, que eres nuestro padre, perdónanos… Habíamos empezado bien, pero no perseveramos. Viéndonos fácilmente ricos, dijimos: `Pues bien, ahora vamos a gozar un poco, como nos sugieren los amigos, y luego volveremos al trabajo y reconstruiremos lo perdido'. Y queríamos hacerlo así de verdad.
Volver a las dos monedas y luego volver a hacerlas producir, como por juego. Y dos veces -dos dicen dos, uno dice tres -lo conseguimos. Pero luego la suerte nos abandonó… y consumimos todo el dinero".
”Pero ¿por qué no os corregisteis después de la primera vez?”
"Porque el pan condimentado con el vicio corrompe el paladar y ya uno no puede prescindir de él...”
"Estaba vuestro padre…”
"Es verdad. Y te anhelábamos con añoranza y nostalgia. Pero te hemos ofendido… Suplicábamos al Cielo que te inspirara llamarnos para recibir tu reprensión y tu perdón; esto pedíamos y pedimos, más que las riquezas que ya no queremos porque nos han extraviado".
"Bien. Poneos también junto a los de antes, en el centro de la estancia. ¿Y vosotros, enfermos y pobres como éstos, pero que estáis silenciosos y no mostráis dolor, qué decís?".
"Lo que han dicho los primeros. Que te odiamos porque con tu imprudente modo de actuar nos has causado la ruina. Tú, que nos conocías, no debías lanzarnos a las tentaciones. Nos has odiado y te odiamos. Nos has preparado esta trampa para librarte de nosotros. ¡Maldito seas!".
"Bien. Id junto a los primeros a aquel rincón. Y ahora a vosotros, de lozano aspecto, serenos, ricos hijos míos. Decid. ¿Cómo habéis alcanzado esto?".
"Poniendo en práctica tus enseñanzas, ejemplos, consejos, órdenes, todo. Resistiendo a los tentadores por amor a ti, padre bendito que nos has dado la vida y los conocimientos".
"Bien. Venid a mi derecha. Y oíd todos mi juicio y mi defensa. Yo he dado a todos igual en dinero, ejemplo y conocimientos; mis hijos han respondido de formas diferentes. De un padre trabajador, honrado, morigerado, han salido algunos semejantes a él, luego ociosos, luego débiles que con facilidad caen en tentación, y crueles que odian a su padre, a sus hermanos y al prójimo, contra quien -aunque no lo digan, lo sé -han ejercitado usura y han cometido delitos. Y en los débiles y los ociosos están los arrepentidos y los impenitentes.
Ahora juzgo. Los perfectos ya están a mi derecha, a mi nivel en la gloria como en las obras; los arrepentidos estarán de nuevo sujetos, como niños que han de instruirse todavía, hasta que alcancen el grado de capacidad que los haga de nuevo adultos; los impenitentes y culpables, que sean arrojados fuera de mis fronteras y perseguidos por la maldición de quien ya no es su padre, porque su odio a mí anula las relaciones de paternidad y filiación entre nosotros. Y recuerdo a todos que cada uno se ha construido su destino, porque yo he dado a todos las mismas cosas, que, en los que las han recibido, han producido cuatro desenlaces distintos, y no puedo ser acusado de haber querido su mal".
La parábola ha terminado, oh vosotros que habéis escuchado. Ahora os doy sus equivalencias.
El Padre de los Cielos está celado en el padre de familia numerosa. Las dos monedas dadas por el padre a todos los hijos antes de mandarlos al mundo son el tiempo y la libre voluntad que Dios da a cada uno de los hombres, para que los use como mejor le parezca, después de haber sido adoctrinado y edificado con la Ley y los ejemplos de los justos.
A todos, iguales dones. Pero cada hombre los usa como su voluntad quiere: quién atesora el tiempo, los medios, la educación, la riqueza, todo, en el bien y se mantiene sano y santo, rico con una riqueza multiplicada; quién empieza bien y luego se cansa y disipa los bienes; quién no hace nada pretendiendo que sean los demás los que hagan las cosas; quién acusa al Padre de los propios errores; quién se arrepiente, dispuesto a ofrecer reparación; quién no se arrepiente y acusa y maldice como si su ruina hubiera estado forzada por otros. Y Dios a los justos les da inmediatamente premio; a los arrepentidos, misericordia y tiempo de expiar para alcanzar el premio por su arrepentimiento y expiación; y da maldición y castigo a quien pisotea el amor con la impenitencia después del pecado. A cada uno le da lo suyo.
No malgastéis nunca las dos monedas, el tiempo y el libre arbitrio; antes bien, usad éstos con justicia para estar a la derecha del padre, y, si habéis faltado, arrepentíos y tened fe en el misericordioso Amor. Idos. ¡La paz esté con vosotros!
Los bendice y los mira mientras se alejan bajo el sol que inunda la plaza y las calles. Pero los esclavos están todavía allí…
-¿Todavía aquí, pobres amigos? ¿Y no os van a castigar?
-No, Señor, si decimos que te hemos estado escuchando a ti. Nuestras amas te veneran. ¿A dónde vas ahora, Señor? Desean verte desde hace mucho…
-A casa del soguero del puerto. Pero me marcho esta noche, y vuestras amas estarán en la fiesta…
-Lo diremos igualmente. Nos tienen ordenado, desde hace meses y meses, que señalemos todas las veces que pases.
-De acuerdo. Marchaos. Y también vosotros haced buen uso del tiempo y del pensamiento, que es siempre libre aunque el hombre esté encadenado.
Los esclavos se prosternan y se marchan hacia los barrios romanos; Jesús y los suyos, por una callecita modesta, van hacia el puerto.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Desde las cimas de las últimas elevaciones, que ya no es propio llamar colinas, pues son de una altura muy relativa, aparece un amplio radio de la costa mediterránea, limitado al norte por la elevación del Carmelo, libre al sur hasta las extremas lejanías que la vista humana puede alcanzar. Una plácida costa, casi recta, que tiene a sus espaldas una llanura feraz, apenas interrumpida por levísimas ondulaciones.
Las ciudades marítimas son visibles con la blancura de sus casas entre el verde del interior y el azul espléndido del mar plácido y sereno que refleja el azul puro del cielo.
Cesárea se halla un poco al norte del lugar en que están los apóstoles con Jesús y algunos discípulos, encontrados quizás en los pueblos que han atravesado al anochecer o al alba.
Porque ahora ya está superada el alba, y superada la aurora, a pesar de que todavía el día transcurra sus primeras horas: esas horas tan hermosas de las mañanas estivales en que el cielo, después del rosicler de la aurora, vuelve a ser azul, y fresco el aire nítido, frescos los campos, intacto de velas el mar; horas virginales del día, en que se abren las nuevas flores, y las gotas de rocío, secándose con el primer sol, exhalan consigo los aromas de las hierbas, y confían el frescor y el perfume al respiro leve de la brisa matutina, que apenas si mueve las hojas en sus tallitos y riza apenas la superficie llana del mar.
La ciudad -bonita como todos los lugares en que el refinamiento romano tiene sede -aparece extendida sobre la orilla. Termas y palacios marmóreos albean, como bloques de nieve endurecida, en los barrios más cercanos al mar, custodiados por una torre, también blanca, alta, cuadrada, enclavada junto al puerto. Quizás un castro o un lugar de vigía. Luego las casitas más modestas, periféricas, construidas en estilo hebreo. Y, por todas partes, verdor de pérgolas y jardines elevados (más o menos fastuosos, ubicados en las terrazas que coronan las casas) y descollar de copas de árboles.
Los apóstoles admiran, se detienen a la sombra fresca de un grupo de plátanos puesto casi en la cima de la colina.
-¡Se ensancha el respiro viendo esta inmensidad! -exclama Felipe.
-Y a uno le parece ya sentir todo el frescor de aquellas bonitas aguas azules -dice Pedro.
-¡Sí, verdaderamente! ¡Después de tanto polvo, piedras, zarzas… mira que tersura! ¡Qué frescor! ¡Qué paz! El mar da siempre paz -comenta Santiago de Alfeo.
-¡Mmm! Menos cuando… te bambolea y te hace dar vueltas a ti y a la barca como a bolos en manos de chavales… -le responde Mateo, que probablemente recuerda su mal de mar.
-Maestro… yo pienso… pienso en todas las palabras de nuestros salmistas, en el libro de Job, en las palabras de los libros sapienciales… pienso en los lugares en que se celebra la potencia de Dios. Y, no sé por qué, este pensar, que me viene de lo que veo, me hace brotar el pensamiento de que seremos sublimados hasta una belleza perfecta en una pureza azul y luminosa, si somos justos hasta el final, hasta la gran revista, hasta el momento de tu triunfo eterno, el que Tú nos describes y que significará el final del Mal…
Y me parece ver poblada esta inmensidad celeste de luminosos cuerpos resucitados en ti, refulgente más que mil soles, en el centro de los bienaventurados, y ya no habrá dolor ni lágrimas ni insultos ni denigraciones como las de ayer al anochecer… y paz, paz, paz… Pero, ¿cuándo va a terminar de hacer daño el Mal? ¿Va a romper, acaso, las puntas de sus saetas contra tu Sacrificio? ¿Se va a persuadir de estar derrotado? -dice Juan, el cual, si al principio sonreía, ahora está angustiado.
-Jamás. Siempre creerá que es triunfador, a pesar de todos los mentís que le den los santos. Y mi Sacrificio no despuntará sus saetas. Pero llegará la hora, la hora final, en que el Mal será vencido, y en una belleza aún más infinita de la que tu espíritu prevé, los elegidos serán el único Pueblo, eterno, santo, el Pueblo verdadero del Dios verdadero.
-¿Y nosotros estaremos allí todos? -preguntan los apóstoles.
-Todos.
(Todos. María Valtorta precisa en una copia mecanografiada̢ ̩Puede decir "todos" porque Judas Iscariote no está
presente, y de los apóstoles sólo el hombre de Keriot se condenó”)
-¿Y nosotros? -pregunta el grupo, más numeroso, de los discípulos.
-Vosotros también estaréis todos.
-¿Todos los presentes o todos los que somos discípulos? Ya somos muchos, a pesar de los que se han separado.
-Y cada vez seréis más. Aunque no todos seréis fieles hasta el final. Pero muchos estarán conmigo en el Paraíso. Unos recibirán el premio después de una expiación, otros desde el primer momento después de la muerte; pero el premio será tal, que, de la misma forma que olvidaréis la Tierra y sus dolores, olvidaréis también el Purgatorio con sus penitenciales nostalgias de amor.
Maestro, Tú nos has dicho que sufriremos persecuciones y martirios. Entonces, podremos ser apresados y muertos sin tener tiempo de arrepentirnos; o nuestra debilidad nos hará faltar de resignación a la muerte cruenta… ¿Y entonces? -pregunta Nicolái de Antioquía, que está entre los discípulos.
-No creas eso. Por vuestra debilidad de hombres no podríais, efectivamente, sufrir resignados el martirio. Pero a los grandes espíritus, que deben dar testimonio del Señor, el Señor les infunde una ayuda sobrenatural…
-¿Cuál? ¿La insensibilidad quizás?
-No, Nicolái. El amor perfecto. Llegarán a un amor tan completo, que el suplicio de la tortura, el suplicio de las acusaciones, el suplicio de las separaciones de los parientes o de la vida o de todo, no serán ya una realidad que abate. Antes al contrario, y sobre todo, se transformará en base para elevarse al Cielo, para acoger este Cielo, para verlo; por tanto, para tender los brazos y el corazón hacia las torturas y así ir a donde ya estará su corazón: al Cielo.
-Uno que muera así estará muy perdonado entonces -dice un discípulo anciano cuyo nombre desconozco.
-No mucho, perdonado del todo, Papías. Porque el amor es absolución y el sacrificio es absolución, y la confesión heroica de la fe es absolución. Así pues, como ves, los mártires recibirán un ternario lavacro.
-¡Oh! Entonces… Yo he pecado mucho, Maestro, y he seguido a éstos para obtener perdón, y ayer me lo has dado y por eso has sido insultado por quien no perdona y es culpable. Yo creo que tu perdón es válido. Pero por mis largos años de culpa dame el martirio absolutorio.
-Mucho pides, hombre.
-No será nunca cuanto debo dar para obtener la bienaventuranza que Juan de Zebedeo ha descrito y Tú has confirmado. Te lo suplico, Señor: haz que muera por ti, por tu doctrina…
-Mucho pides, hombre. La vida del hombre está en las manos de mi Padre…
-Pero todas tus oraciones hayan acogida, como hayan acogida todos tus juicios. Pídele al Eterno este perdón para mí…
El hombre está de rodillas a los pies de Jesús, que lo mira á los ojos y dice:
-¿Y no te parece martirio vivir cuando el mundo ha perdido todo atractivo y cuando el corazón tiene su anhelo puesto en el Cielo; y vivir para adoctrinar a otros en orden al amor y conocer las desilusiones del Maestro y perseverar sin cansancios para darle almas al Maestro? Haz la voluntad de Dios, siempre, aunque te pareciera más heroica la tuya, y serás santo…
Pero ahí están los compañeros que vienen con las provisiones. Vamos a ponernos en camino para llegar a la ciudad antes de las horas tórridas.
Y se pone Él el primero en marcha por la suave bajada, que pronto toca la llanura cortada por la cinta blanca de la calzada que conduce a Cesárea Marítima.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Ya están en la otra margen.
Tienen a la derecha el monte Tabor y el pequeño Hermón; a la izquierda, los montes de Samaria; a sus espaldas, el Jordán; de frente, acabada la llanura en que se hallan, los collados ante los que se encuentra Meguiddó (si recuerdo bien este nombre, oído en una visión ya lejana, la en que Jesús se reúne con Judas de Keriot y Tomás, después de la separación causada por la necesidad de tener oculta la presencia de Síntica y Juan de Endor).
Deben haber descansado todo el día en alguna casa hospitalaria, porque ya cae de nuevo la tarde y es visible que están descansados. Hace todavía calor, pero el relente empieza a bajar y a suavizar el ardor. Y descienden las sombras violáceas del crepúsculo tras los últimos arreboles de un ocaso de fuego.
-Aquí se camina bien -observa, contento, Mateo.
-Sí. Andando tan bien, estaremos antes del galicinio en Meguiddó -le responde el Zelote.
-Y al alba habremos pasado los collados y veremos la llanura de Sarón -termina Juan.
-Y tu mar, ¿eh? -lo anima su hermano.
-Sí. Mi mar… -responde Juan sonriendo.
-Y te marcharás con el espíritu en una de tus peregrinaciones espirituales -le dice Pedro, agarrándole con fuerza un brazo con afecto rudo y benigno. Y termina:
«Enséñame también a mí la manera de extraer, a partir de la visión de las cosas, ciertos pensamientos tan… angélicos. Yo he mirado muchas veces el agua… la he amado… pero… nunca me ha servido para otra cosa sino para navegar y pescar. ¿Qué ves tú en el mar?…
-Veo agua, Simón. Como tú y como todos. De la misma forma que ahora veo campos y árboles frutales… Pero luego, además de los ojos de la cabeza, tengo como otros ojos aquí dentro y ya no veo la hierba y el agua, sino palabras de sabiduría que salen de esas cosas materiales. No soy yo quien piensa. No sería capaz de ello. Es otro quien piensa en mí.
-¿Eres acaso profeta? -pregunta un poco irónico Judas Iscariote.
-¡Oh, no! No soy profeta…
-¿Y entonces? ¿Crees que posees a Dios?
-Menos todavía…
-Entonces desvarías.
-Puede ser, porque soy muy pequeño y débil. Pero si es así, es un desvarío bien dulce y me lleva a Dios. Mi enfermedad se transforma entonces en un don, y bendigo por ello al Señor.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -ríe fragorosa y falsamente Judas.
Jesús, que ha escuchado, dice:
-No está enfermo, no es profeta. Pero el alma pura posee la sabiduría, que es la que habla en el corazón del hombre justo.
-Entonces yo no llegaré nunca, porque no he sido siempre bueno… -dice Pedro desconsolado.
-¿Y yo entonces? -le responde Mateo.
-Amigos, pocos, demasiado pocos serían los que podrían poseer la sabiduría por ser puros desde siempre. Pero el arrepentimiento y la buena voluntad hacen al hombre, antes culpable e imperfecto, justo; entonces la conciencia recobra su virginidad en el lavacro de la humildad, de la contrición y del amor; y, virgen así de nuevo, puede emular a los puros.
-Gracias, Señor -dice Mateo, inclinándose a besar la mano del Maestro.
Un silencio. Luego Judas Iscariote exclama:
-¡Estoy cansado! No sé si voy a ser capaz de andar toda la noche.
-¡Hombre, claro! ¡Hoy has querido estar dando vueltas por ahí como un moscardón mientras nosotros dormíamos! -le responde Santiago de Zebedeo.
-Quería ver si encontraba a algunos discípulos…
-¿Y qué te apuraba? El Maestro no lo ha dicho, así que…
-Bien. Y yo lo he hecho. Y, si el Maestro me lo permite, me quedo en Meguiddó. Creo que hay allí un amigo nuestro que baja todos los años por esta época, después de la cosecha de los cereales. Querría hablarle de mi madre y…
-Haz lo que creas conveniente. Una vez terminada tu ocupación te dirigirás a Nazaret. Allí llegaremos nosotros. Avisarás así a mi Madre y a María de Alfeo de que al cabo de poco estaremos en casa.
-Yo también te digo como Mateo: "Gracias, Señor".
Jesús no responde nada y acoge el beso en la mano como ha acogido el de Mateo. No es posible ver las expresiones porque es ese momento de la noche en que la luz diurna ha desaparecido ya totalmente y todavía no hay luz estelar.
Hay tanta oscuridad, que con dificultad siguen por el camino y para eliminar todo inconveniente, Pedro y Tomás se deciden a encender unas ramas -que arden crepitando -cogidas de las matas. Pero la luz, primero ausente, ahora móvil y humeante, no permite ver bien las expresiones de los rostros. Los collados, entretanto, se aproximan. Sus oscuras prominencias se delinean con un negro más negro que el de los campos segados y blancuzcos de rastrojos en medio de la negrura de la noche, y cada vez se delinean más por la cercanía y el claror de las primeras estrellas…
-Yo te dejaría aquí, porque mi amigo está un poco fuera de Meguiddó. Estoy muy cansado…
-Bien, ve. Que el Señor vele sobre tus pasos.
-Gracias, Maestro. Adiós, amigos.
-Adiós, adiós -dicen los otros sin dar mucha importancia al saludo.
Jesús repite:
-Que el Señor vele sobre tus acciones.
Judas se marcha raudo.
-¡Mmm! Ya no parece tan cansado -observa Pedro.
-Sí. Aquí iba arrastrando las sandalias. Allí corre como una gacela… -dice Natanael.
-Tu saludo ha sido santo, Hermano. Pero, a menos que el Señor lo someta con su voluntad, no servirá la asistencia de Dios para hacerle cumplir buenos pasos y acciones justas.
-¡Judas, no porque me seas hermano estás exento de reprensión! Te reprendo, por tanto, tu acritud e intransigencia hacia tu compañero. El tiene sus culpas.
Pero tú también tienes las tuyas. Y la primera es el no saber ayudarme a formar esa alma. Lo exasperas con tus palabras. Los corazones no se vencen con la violencia.
¿Crees que tienes derecho a censurar todas sus acciones?
¿Te sientes tan perfecto como para poder hacerlo? Te recuerdo que Yo, tu Maestro, no lo hago, porque amo a esa alma informe. Es la que más piedad me produce de todas… precisamente por ser informe. ¿Crees que goza de su estado? ¿Y cómo vas a poder ser mañana maestro de espíritus, si no te ejercitas con un compañero en usar la infinita caridad que redime a los pecadores?
Judas de Alfeo agacha la cabeza ya desde las primeras palabras. Pero, al final, hinca en tierra sus rodillas y dice:
-Perdóname. Soy un pecador. Y repréndeme cuando esté en culpa, porque la corrección es amor y el único que no comprende la gracia de ser corregido por el sabio es el necio.
-Ya ves que lo hago, por tu bien. Pero con la reprensión va unido el perdón, porque sé comprender la razón de tu rigor y porque la humildad del corregido desarma al que corrige. Levántate, Judas, y no peques más -y lo tiene a su lado con Juan.
Los otros apóstoles hacen comentarios entre sí, primero bisbiseando, luego más alto por el hábito que tienen de hablar en voz alta. Y así oigo que están comparando a los dos Judas.
-¡Si hubiera sido Judas de Keriot el que hubiera oído ese reproche! ¡Habría que haber visto cómo se habría sublevado! Tu hermano es bueno -dice Tomás a Santiago.
-Pero… bueno… no se puede decir que haya hablado mal.
Ha dicho una verdad sobre Judas de Keriot. ¿Tú crees eso del amigo que va a Judea? Yo no -dice con franqueza Mateo.
-Serán… cuestiones de viñas como en el mercado de Jericó -dice Pedro recordando la escena que no puede olvidar.
Todos ríen.
-Cierto que se necesita el Maestro para compadecerlo tanto… -observa Felipe.
-¿Tanto? "Siempre", debes decir -le rebate Santiago de Zebedeo.
-Si fuera yo, yo no sería tan paciente -dice Natanael.
-Tampoco yo. La escena de ayer ha sido verdaderamente desagradable -confirma Mateo.
-Ese hombre no debe estar completamente sano de mente -dice conciliador el Zelote.
-Pero siempre sabe hacer bien sus cosas, demasiado bien incluso. Me apostaría mi barca, mis redes, la casa incluso, con la seguridad de no perder nada, a que está yendo a ver a algún fariseo mendigando protecciones… -dice Pedro.
-¡Es verdad! ¡Ismael! ¡Ismael está en Meguiddó! ¿Cómo no lo hemos pensado?!Hay que decírselo al Maestro! -exclama Tomás, dándose un manotazo en la frente.
-Es inútil. El Maestro lo seguiría disculpando y a nosotros nos reprendería -dice el Zelote.
-De todas formas… vamos a probar. Ve tú, Santiago. Te ama, eres su pariente…
-Para Él somos todos iguales. Aquí, en nosotros, no ve parientes o amigos; ve solamente apóstoles, y es imparcial. Pero por complaceros voy -dice Santiago de Alfeo. Y acelera el paso para destacarse de los compañeros y alcanzar a Jesús.
-Pensáis que ha ido a ver a un fariseo. A uno o a otro, poco importa… Pero yo pienso que lo ha hecho por no venir a Cesárea. No va allí de buena gana… -dice Andrés.
-De un tiempo a esta parte, da la impresión de que siente repulsa por las romanas -nota Tomás.
-Y, a pesar de todo… mientras vosotros ibais a Engadí y yo a casa de Lázaro con él, estuvo todo contento de hablar con Claudia… -observa el Zelote.
-Sí… pero… Creo que precisamente entonces había hecho alguna cosa mal hecha. Y yo creo que Juana lo sabe y que llamó a Jesús por eso y… y… muchas cosas trituro aquí dentro desde que Judas se enfureció así en Betsur… -masculla Pedro.
-¿Dices que…? -pregunta curioso Mateo.
-Pues… No sé… Ideas… Veremos…
-¡No pensemos mal! El Maestro no quiere. Y no tenemos ninguna prueba de que haya hecho algo malo -dice Andrés con tono de ruego.
-¡No me querrás decir que hace bien causando dolor al Maestro, faltándole al respeto, creando malos humores…!
-¡Tranquilo, Simón! Te aseguro que está un poco loco… -dice el Zelote.
-Bien. Será así. Pero es uno que peca contra la bondad de nuestro Señor. Yo, aunque me escupiera en la cara, aunque me abofeteara, lo soportaría por ofrecérselo a Dios por su redención. Me he metido en la cabeza hacer todo tipo de sacrificio por esto, y para dominarme, me muerdo la lengua, me hinco las uñas en las palmas cuando se comporta como un loco. Pero lo que no puedo perdonar es que sea malo con nuestro Maestro. El pecado que comete contra Él es como si me lo hiciera a mí, y no lo perdono. ¡Además… si fuera de vez en cuando! ¡Qué va! ¡Está siempre detrás!
¡No consigo hacer que se me pase la rabia que me hierve dentro por alguna escena suya, y ya arma otra! Una, dos, tres… ¡Hay un límite!
Pedro habla casi gritando, y gesticulando lleno de genio.
Jesús, que va unos diez metros por delante, se vuelve -sombra blanca en la noche -y dice:
-No hay límite para el amor y el perdón. No lo hay. Ni en Dios ni en los verdaderos hijos de Dios. Mientras hay vida no hay límite. La única barrera que es obstáculo para que descienda el perdón y el amor es la resistencia impenitente del pecador. Pero, si éste se arrepiente, se le ha de perdonar siempre. Aunque pecase no una, dos, tres veces al día, sino muchas más.
Vosotros también pecáis y queréis perdón de Dios y a Él vais y decís: "¡He pecado! ¡Perdóname!". Y os es dulce el perdón, de la misma forma que a Dios le es dulce perdonar.
Y vosotros no sois dioses. Por eso, menos grave es la ofensa que un semejante vuestro os hace, que la que hace a Aquel que no es semejante de ningún otro. ¿No os parece? Y, sin embargo, Dios perdona. Haced también vosotros lo mismo. ¡Estad atentos a vosotros! Estad atentos a que vuestra intransigencia no se transforme en daño, provocando intransigencia de Dios hacia vosotros.
Ya lo he dicho, pero lo repito otra vez: Sed misericordiosos para obtener misericordia. Ninguno está tan sin pecado, que pueda ser intransigente con el pecador. Mirad vuestros pesos, antes de los que gravan el corazón ajeno; quitad primero de vuestro espíritu los vuestros, luego ocupaos de los ajenos, para mostrar a los demás no rigor que condena sino amor que enseña, y ayuda a ser liberados del mal.
Para poder decir -sin que el pecador te haga callar -, para poder decir: "Has pecado respecto a Dios y respecto al prójimo", es necesario no haber pecado, o, al menos, haber expiado el pecado. Para poder decir a quien se siente abatido por haber pecado: "Ten fe, que Dios perdona a quien se arrepiente", como siervos de este Dios que perdona a quien se arrepiente, debéis perdonar mostrando mucha misericordia.
Entonces podréis decir: "¿Ves, pecador arrepentido? Yo perdono tus culpas una y mil veces, porque soy siervo de Aquel que perdona innumerables veces a quien otras tantas veces se arrepiente de sus pecados. Piensa entonces cómo te perdona el Perfecto, si yo, sólo porque lo sirvo, sé perdonar. ¡Ten fe!". Esto debéis poder decir. Y decirlo con la acción, no con las palabras. Decir perdonando.
Por eso, si vuestro hermano peca, reprendedlo con amor y si se arrepiente, perdonadlo. Y si al cabo del día ha pecado siete veces y siete veces os dice: "Me arrepiento", otras tantas veces perdonadlo. ¿Habéis comprendido? ¿Me prometéis que lo haréis? Mientras está lejos, ¿me prometéis que tendréis compasión de él? ¿Me prometéis ayudarme a curarlo con vuestro sacrificio de conteneros cuando yerra? ¿No queréis ayudarme a salvarlo? Es un hermano vuestro de espíritu, al venir de un único Padre; de raza, al venir de un único pueblo; de misión, al ser apóstol como vosotros. Tres veces debéis amarlo pues. Si en vuestra familia tuvierais un hermano que diera dolor a vuestro padre y diera de sí motivo de críticas, ¿no trataríais de corregirlo para que vuestro padre no sufriera más y el pueblo no hablase mal de vuestra familia? ¿Y entonces? ¿No es la vuestra una más grande y santa familia cuyo Padre es Dios, cuyo Primogénito soy Yo? ¿Por qué, entonces, no queréis consolarnos al Padre y a mí, y ayudarnos a hacer bueno al pobre hermano que -creedme -no es feliz de ser así?…
Jesús, angustiadamente, suplica por el apóstol tan lleno de faltas… Y termina:
-Yo soy el gran Mendigo. Y os pido el óbolo más preciado: almas os pido. Las voy buscando. Pero vosotros me tenéis que ayudar… Saciad el hambre de mi Corazón, que busca amor y no lo encuentra sino en demasiado pocos. Porque los que no tienden a la perfección, para mí son como panes arrebatados a mi hambre espiritual. Dad almas a vuestro Maestro, afligido de ser aborrecido e incomprendido…
Los apóstoles están conmovidos… Muchas cosas quisieran decir. Y todas las palabras les parecen demasiado mezquinas… Se arriman al Maestro, todos quieren acariciarlo para hacerle sentir que lo quieren.
En fin, es el manso Andrés el que dice:
-Sí, Señor. Con paciencia y silencio y sacrificio, las armas que convierten, te daremos almas. También ésa… si Dios nos ayuda…
-Sí, Señor. Y Tú ayúdanos con tu oración.
-Sí, amigos. Entretanto, vamos a orar juntos por el compañero que se ha marchado. "Padre nuestro que estás en el Cielo…".
La voz perfecta de Jesús dice las palabras del Pater articulándolas clara y lentamente. Los otros le hacen coro en tono bajo. Y, orando, se alejan en la noche.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Y así el guijarral se ve blanco en la noche sin luna, pero clarísima por millares de estrellas, grandes, inverosímilmente grandes estrellas de cielo de Oriente.
No es luz intensa como la de la Luna, pero es una fosforescencia delicada que permite, a quien tiene la vista acostumbrada a la oscuridad, ver por dónde camina y lo que le rodea.
Aquí, a la derecha de los caminantes, que suben hacia el norte siguiendo el curso del río, la suave luminosidad estelar muestra el límite vegetal hecho de cañedos, de sauces y luego de árboles altos, y, dado que la luz es muy leve, parece formar un muro compacto, continuo, sin interrupción, sin posibilidad de penetración, apenas roto en el lugar en que el lecho de un riachuelo o torrente, completamente secos, coloca una raya blanca que se adentra hacia oriente y desaparece en la primera curva del minúsculo afluente ahora seco.
A la izquierda, sin embargo, los caminantes disciernen el brillo de las aguas que descienden hacia el Mar Muerto, borbollando, suspirando, susurradoras, tranquilas, serenas.
Y entre la línea brillante de las aguas de color añil, en la noche, y la masa negro-opaca de hierbas, arbustos y árboles, se extiende la cinta clara del guijarral, a veces más ancha, a veces más estrecha, a veces interrumpida por una minúscula balsa -residuo de la pasada avenida -, todavía con un poco de agua en curso de reabsorción, y donde forman aún mata verde las hierbas, que en otras partes están resecas en la sequedad del guijarral, sin duda ardiente en las horas de sol.
Los apóstoles se ven obligados -por estas pequeñas balsas, o también por marañas de juncos secos, pero peligrosos como cuchillos para el pie sólo semicubierto por las sandalias -a separarse de vez en cuando, para juntarse de nuevo luego en torno a su Maestro, que va siempre majestuoso, generalmente callado, con su paso largo, levantando la mirada hacia las estrellas más que inclinándola hacia el suelo. Los apóstoles no, no callan; hablan entre sí, recapitulando los hechos de la jornada, sacando las conclusiones de éstos o previendo su futuro desarrollo.
Alguna rara palabra de Jesús, la mayoría de las veces dicha para responder a una pregunta directa o para corregir alguna ponderación errada o no caritativa, se intercala en la parlería de los doce. Y el camino continúa en la noche, ritmando el silencio nocturno con un elemento nuevo en esas regiones desiertas: las voces humanas y el triscar de los pasos. Y se callan los ruiseñores entre las frondas, asombrados de que sonidos disonantes y ásperos se mezclen, turbadores, con el habitual rumor de las aguas y las brisas, habituales acompañamientos de sus solos virtuosos.
Pero una pregunta directa, que no tiene que ver con lo que ha pasado, sino con lo que ha de suceder, va a romper, con la violencia de una rebelión, además de con el tono más agudo de las voces agitadas por indignación o ira, la paz (no sólo la de la noche, sino también la más íntima de los corazones). Felipe pregunta si y dentro de cuántos días estarán en sus casas. Una latente necesidad de descanso, un no dicho pero sí implícito deseo de afectos familiares están presentes en la sencilla pregunta del apóstol ya entrado en años, que es marido y padre además de apóstol, que tiene intereses de que ocuparse…
Jesús siente todo esto y se vuelve a mirar a Felipe, se detiene para esperarlo, pues Felipe va un poco más atrás, con Mateo y Natanael. Cuando lo tiene a su lado, lo coge con un brazo mientras le dice:
-Pronto, amigo mío. Pero pido a tu bondad todavía otro pequeño sacrificio, a no ser que quieras separarte antes de mí…
-¿Yo? ¿Separarme? ¡Jamás!
-Entonces… te tengo todavía un poco de tiempo lejos de Betsaida. Quiero ir a Cesárea Marítima pasando por Samaria. Al regreso iremos a Nazaret y estarán conmigo los que no tienen familia en Galilea. Luego, después de un poco, os alcanzaré en Cafarnaúm… Y allí os evangelizaré, para haceros aún más aptos. Pero si crees que tu presencia en Betsaida es necesaria… vete si quieres, Felipe. Nos encontraremos allá…
-No, Maestro. ¡Es más necesario estar contigo! Pero… Es dulce la casa… y las hijas… Pienso que no las tendré mucho conmigo en el futuro… y quisiera gozar un poco de su casta dulzura. Pero si debo elegir entre ellas y Tú, te elijo a ti… y por más de un motivo… -termina, suspirando, Felipe.
-Y haces bien, amigo. Porque Yo te seré arrebatado antes que tus hijas…
-¡Maestro! … -dice con pena el apóstol.
-Así es, Felipe -termina Jesús, y besa al apóstol en la sien.
Judas Iscariote, que ha estado barbotando entre dientes desde que Jesús ha nombrado Cesárea, alza la voz, como si ver el beso dado a Felipe le hiciera perder el control de sus acciones. Y dice:
-¡Cuántas cosas inútiles! ¡Verdaderamente no sé qué necesidad hay de ir a Cesárea! -y lo dice con una impetuosidad llena de bilis; parece como si quisiera decir implícitamente: «y Tú que vas eres un necio».
-No eres tú quien tiene que juzgar sobre las necesidades de las cosas que hacemos, sino el Maestro -le responde Bartolomé.
-¿Sí, eh? ¡Casi como si Él viera claras las necesidades naturales!
-¡Oye! ¿Estás sano o estás loco? ¿Sabes de quién hablas? -le pregunta Pedro meneándole por un brazo.
-No estoy loco. Soy el único que tiene el cerebro sano. Y sé lo que digo.
-« ¡Pues vaya cosas que dices tú!», « ¡Ruega a Dios que no te lleve la cuenta de ellas!», « ¡La modestia no es amiga tuya!», «Se diría que tienes miedo de que, yendo a Cesárea, se te pueda conocer por lo que eres» -dicen juntos y respectivamente Santiago de Zebedeo, Simón Zelote, Tomás y Judas de Alfeo.
Judas Iscariote se vuelve contra este último:
-No tengo nada que temer y vosotros no tenéis nada que conocer. Lo que sucede es que estoy cansado de ver que se pasa de un error a otro y nos destruimos. Choques con los ancianos, disputas con los fariseos. Ahora nos faltan los romanos…
-¿Cómo? ¿Pero si hace apenas dos lunas que estabas exaltado de alegría, estabas seguro, estabas, estabas, estabas… todo estabas, porque tenías por amiga a Claudia! -observa con ironía Bartolomé, el cual, siendo el más… intransigente, es el que si no se rebela contra los contactos con los romanos es sólo por obediencia al Maestro. Judas enmudece un momento, porque la lógica de la irónica pregunta es evidente, y, so pena de aparecer ilógico, uno no puede contradecir lo que ha dicho antes.
Pero luego se recobra:
-No digo esto por los romanos. Me refiero a los romanos como enemigos. Ellas, porque en el fondo no son más que cuatro mujeres romanas, cuatro, cinco, seis como mucho, ellas nos han prometido ayuda y nos la darán. Pero lo que pasa es que ello aumentará el odio de sus enemigos, y Él no lo comprende y…
-Su odio es completo, Judas. Y tú lo sabes como Yo, e incluso mejor que Yo -dice con serenidad Jesús, recalcando la palabra "mejor".
-¿Yo? ¿Yo? ¿Qué quieres decir? ¿Quién sabe las cosas mejor que Tú?
-Acabas de decir que sólo tú conoces las necesidades y el cómo comportarse en ellas… -le rebate Jesús.
-Pero para las cosas naturales. Yo digo que conoces las cosas espirituales mejor que nadie.
-Eso es verdad. Pero precisamente por eso te decía que conoces mejor que Yo las cosas -feas si quieres, degradantes si quieres -naturales, como el odio de mis enemigos, como sus propósitos…
-¡Yo no sé nada! Nada sé yo. Lo juro por mi alma, por mi madre, por Yeohveh…
-¡Basta! Está escrito que no se ha de jurar -dice con tono tajante Jesús, con una severidad que parece endurecerle hasta los rasgos del rostro dándole perfección de estatua.
-Bueno, pues no juraré. Pero me será lícito decir, porque no soy un esclavo, que no es necesario, que no es útil, es más, que es peligroso ir a Cesárea, hablar con las romanas…
-¿Y quién te dice que va a ser así? -pregunta Jesús.
-¿Quién? ¡Hombre, pues todo! Tú tienes necesidad de asegurarte de una cosa. Estás siguiendo las huellas de una… -se para, porque comprende que la ira le hace hablar demasiado. Luego continúa: «Y yo te digo que deberías pensar también en nuestros intereses. Nos has arrebatado todo. Casa, ganancias, afectos, tranquilidad.
Somos gente perseguida por causa tuya y lo seguiremos siendo después. Porque Tú -lo dices de todos los modos -un buen día de marcharás. Nosotros, sin embargo, nos quedamos. Y nos quedaremos destruidos, y nosotros…
-Tú no serás perseguido cuando Yo ya no esté entre vosotros. Esto te lo digo Yo, que soy la Verdad. Y te digo que he tomado lo que espontánea e insistentemente me habéis dado. Así que no puedes acusarme de haberos arrebatado violentamente ni un solo cabello de los que se os caen cuando os peináis. ¿Por qué me acusas?
Jesús está ya menos severo, muestra ahora una tristeza deseosa de reconducir a la razón con dulzura, y creo que esta misericordia suya, tan plena, tan divina, es freno para los demás, que no la tendrían, no, hacia el culpable.
Judas también siente esto, y, con una de esas bruscas mudanzas de su alma atrapada entre dos fuerzas contrarias, se arroja al suelo y se golpea la cabeza y el pecho y grita:
-Porque soy un demonio. Un demonio soy yo. ¡Sálvame, Maestro, como salvas a tantos endemoniados! ¡Sálvame!
¡Sálvame!
-No esté inerte tu voluntad de ser salvado.
-La hay. Ya lo ves. Quiero ser salvado.
-Por mí. Pretendes que Yo haga todo. Pero Yo soy Dios y respeto tu libre arbitrio. Te daré las fuerzas para llegar a "querer". Pero querer no ser esclavo debe venir de ti.
-¡Lo quiero! ¡Lo quiero! ¡Pero no vayas a Cesárea! ¡No vayas! Escúchame a mí como escuchaste a Juan cuando querías ir a Acor. Tenemos todos los mismos derechos. Te servimos todos igualmente. Tienes la obligación de complacernos por lo que hacemos… ¡Trátame como a Juan! ¡Lo quiero! ¿Qué hay de distinto entre yo y él?
-¡El corazón! Mi hermano no habría hablado jamás como tú hablas. Mi hermano no…
-Silencio, Santiago. Hablo Yo. Y a todos. Y tú levántate y compórtate como un hombre, como Yo te trato, no como un esclavo lastimero a los pies de su amo. Sé hombre, puesto que tanto te importa ser tratado como Juan, el cual, en verdad, es más que un hombre, porque es casto y está saturado de Caridad. Vamos. Es tarde. Y al alba quiero pasar el río. A esa hora regresan los pescadores que han retirado las nasas y es fácil encontrar un bote para cruzar el río. La Luna en sus últimos días eleva cada vez más su arco fino, así que podemos, con su mayor luz, caminar más de prisa.
Oíd. En verdad os digo que ninguno debe gloriarse de cumplir con el propio deber y exigir por ello, que es una obligación, especiales favores.
Judas ha recordado que me habéis dado todo. Y me ha dicho que por ello tengo el deber de complaceros a cambio de lo que hacéis. Pero, considerad esto. Entre vosotros hay pescadores, propietarios de tierras, más de uno que tiene un obrador, y el Zelote que tenía un criado. Ahora bien, cuando los mozos de la barca, o los hombres que como subalternos os ayudaban en el olivar, en la viña o en los campos, o los aprendices del obrador, o simplemente el criado fiel que cuidaba la casa y la mesa, terminaban sus trabajos, ¿acaso os poníais vosotros a servirlos? ¿Y no es así en todas las casas e incumbencias? ¿Qué hombre que tiene un siervo arando o apacentando, o un obrero en el obrador, dice a éste cuando termina el trabajo:
"Ve inmediatamente a la mesa"? Ninguno. Más bien, sea que vuelva de los campos, sea que haya dejado las herramientas del trabajo, todo patrón dice: "Hazme de comer, límpiate, y, con túnica limpia y ceñida, sírveme mientras yo como y bebo. Después comerás y beberás tú". Y no se puede decir que ello sea dureza de corazón. Porque el siervo debe servir a su señor, y éste no le queda deudor porque el siervo haya hecho lo que por la mañana el señor había ordenado. Porque, si es verdad que el señor tiene el deber de ser humano con el propio siervo, así el siervo tiene el deber de no ser holgazán y dilapidador, sino de cooperar al bienestar de su señor, que lo viste y le da de comer.
¿Soportaríais vosotros que vuestros mozos de barca, los campesinos, los obreros, el criado de casa, os dijeran: "Sírveme porque he trabajado"? No creo.
Así también vosotros, mirando a lo que habéis hecho y hacéis por mí -y, en el futuro, mirando a lo que haréis para continuar mi obra y seguir sirviendo a vuestro Maestro -debéis decir siempre, porque veréis también que habréis hecho siempre mucho menos de cuanto era justo hacer para estar nivelados con la mucha ayuda recibida de Dios:
"Somos siervos inútiles, porque no hemos hecho sino nuestro deber". Si razonáis así, veréis como no sentiréis ya más surgir en vosotros ni exigencias ni malos humores, y obraréis con justicia.
Jesús calla. Todos reflexionan.
Pedro choca a Juan con el codo, que reflexiona teniendo sus ojos zarcos fijos en las aguas, las cuales del color añil pasan a un plata azul por el toque de la Luna, y le dice:
-Pregúntale cuándo uno hace más de su deber. Quisiera llegar a hacer más de mi deber, yo…
-Yo también, Simón. Estaba pensando precisamente en esto -le responde Juan con su hermosa sonrisa en los labios, y pregunta con voz fuerte: «Maestro, dime: ¿el hombre siervo tuyo no podrá nunca hacer más de su deber, para decirte con este "más" que te ama completamente?».
-Niño, Dios te ha dado tanto que, por justicia, todo heroísmo tuyo sería siempre poco. Pero el Señor es tan bueno, que mide lo que le dais no con su medida infinita. Lo mide con la medida limitada de la capacidad humana. Y, cuando ve que habéis dado sin parsimonia, con una medida colmada, rebosante, generosa, entonces dice: "Este siervo mío me ha dado más de cuanto era su deber. Por eso le daré la sobreabundancia de mis premios".
-¡Oh! ¡Qué feliz me siento! Entonces te voy a dar medida rebosante para recibir esta sobreabundancia! -exclama Pedro.
-Sí. Me darás esa medida. Vosotros me la daréis. Todos los que son amantes de la Verdad, de la Luz, me la darán. Y conmigo serán sobrenaturalmente felices.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Pasada la Semana Santa y la consecuente penitencia del no ver, vuelve esta mañana la visión espiritual del Evangelio. Y todas mis angustias se olvidan en esta alegría, que se anuncia siempre con una indescriptible sensación de júbilo sobrehumano…
…Y veo a Jesús -caminando todavía por las arboledas que bordean el río -que se detiene y ordena un alto en el camino, en estas horas demasiado calientes para permitir la marcha.
Porque, si es verdad que la tupida maraña de las frondas protege del sol, esta misma maraña forma también como una capa de impedimento al paso de las brisas, apenas sensibles, siendo así que el aire bajo las frondas es caliente, está parado, es pesado y húmedo (la humedad que emana del suelo cercano al río, una humedad que no es alivio, sino tormento pegajoso que se mezcla, aumentándolo, con el ya de por sí tormentoso sudor que se desliza por los cuerpos).
-Vamos a detenernos hasta el atardecer. Luego bajaremos al guijarral claro, visible incluso con la luz de las estrellas, y proseguiremos de noche. Ahora vamos a comer y a descansar.
¡-Ah!, antes de la comida me tomo el alivio del agua. Estará también tibia, como un brebaje para la tos; pero servirá para quitarme el sudor. ¿Quién viene conmigo? -pregunta Pedro.
Todos van con él. Todos, incluso Jesús, que está sudado como todos y con la túnica pesada de polvo y sudor. Toma cada uno, de la bolsa, una túnica limpia y bajan al río.
En la hierba, como señal de su presencia, no quedan más que las trece bolsas y los odres del agua, velado ello por los añosos árboles y por innumerables pájaros, que observan curiosos con sus ojitos de azabache las trece bolsas hinchadas y multicolores diseminadas en la hierba.
Las voces de los bañistas se alejan y se confunden entre el rumor del río. Sólo de vez en cuando alguna risa aguda vibra como una nota alta por encima de los acordes bajos y monótonos del río.
Pero pronto un rumor de pisaduras rompe el silencio. Algunas cabezas se asoman a través de unos ramajes, dan una ojeada, dicen con expresión contenta:
-Están aquí. Se han parado. Vamos a decírselo a los otros -y desaparecen alejándose tras las matas…
…Mientras tanto, refrescados, con los cabellos todavía húmedos a pesar de que hayan sido rudimentariamente secados, descalzos y con las sandalias lavadas, que gotean, sujetas de las correas, vestidos con túnicas frescas -quizás han dejado las otras sobre los cañizares, después de una enjuagadura en las aguas azules del Jordán -regresan los apóstoles con el Maestro. Visiblemente aliviados por el prolongado baño.
Ignorando que han sido descubiertos, se sientan, después de que Jesús ha ofrecido y distribuido la comida. Después de la comida, cargados de sueño, se tumbarían y dormirían. Pero… viene un hombre, y después del primero el segundo, y el tercero…
-¿Qué queréis? -pregunta Santiago de Zebedeo, que los ve venir y pararse cerca de una espesura, dudando si acercarse o no. Los otros, incluido Jesús, se vuelven para ver con quién habla Santiago. -¡Ah, son los del pueblo!…
¡Nos han seguido! -dice sin entusiasmo Tomás, que se disponía a dormir un poco. Entretanto los interpelados responden, un poco atemorizados al ver la manifiesta aversión de los apóstoles a recibirlos: -Queríamos hablar con el Maestro… Decir que… ¿Verdad Samuel?… -y, como no se atreven a seguir hablando, se
interrumpen.
Pero Jesús, benigno, alzándose y dirigiéndose hacia ellos, los anima:
-Hablad, hablad. ¿Tenéis otros enfermos?
-Maestro, estás cansado, incluso más que nosotros. Descansa un poco y que ellos esperen… - dice más de un apóstol.
-Aquí hay criaturas que me requieren. Por eso ellos tampoco tienen descanso de paz en el corazón. Y el cansancio del corazón supera al de los miembros. Dejad que los escuche.
-¡Bueno, pues bien! ¡Adiós descanso nuestro!… -dicen en tono malhumorado los apóstoles, subyugados por el cansancio y el calor hasta el punto de hacer un reproche a su Maestro en presencia de extraños, tanto que dicen: «Y cuando, sin prudencia, nos hayas enfermado a todos, demasiado tarde comprenderás que te éramos necesarios».
Jesús los mira… con piedad. No hay otra cosa en sus dulces ojos cansados… Pero responde:
-No, amigos. No pretendo que hagáis lo mismo que Yo. Mirad, vosotros quedaos aquí descansando; Yo me alejo un poco con éstos, los escucho y luego vengo a descansar con vosotros.
Es tan dulce la respuesta, que obtiene más que con un reproche. El buen corazón, el afecto de los doce se despierta y toma la iniciativa:
-¡No, hombre, no, Señor! Quédate ahí y habla con ellos. Nosotros vamos a dar la vuelta a las túnicas para que se sequen por el otro lado. Así vencemos el sueño y luego venimos y descansamos juntos.
Y los que más sueño tienen van hacia el río… Se quedan Mateo, Juan y Bartolomé.
Pero, mientras tanto, los tres habitantes del pueblo se han transformado en más de diez, y siguen aumentando…
-¿Entonces? Acercaos y hablad sin temor.
-Maestro, cuando te has marchado, los fariseos se han hecho todavía más violentos… Han arremetido contra el hombre que has liberado y… si no se vuelve loco será un nuevo milagro… porque… le han dicho que… que lo has liberado de un demonio que sólo obstaculizaba a la razón, pero que le has dado un demonio más fuerte, tan fuerte que ha vencido al primero, más fuerte que el primero porque éste condena y domina su espíritu, y por eso mientras que de la primera posesión no habría debido llevar las consecuencias a la otra vida, porque sus acciones no eran… ¿cómo han dicho, Abraham?…
-Han dicho… ¡oh, es un nombre extraño!… Bueno, que de esas acciones Dios no le habría pedido cuentas, porque habían sido hechas sin libertad de mente, mientras que ahora él, adorando por imposición del demonio que tiene dentro de su corazón, introducido por ti -¡perdona si te lo decimos! -, por ti, príncipe de los demonios, adorándote a ti con mente ya cuerda, es sacrílego y maldito, y será condenado.
Así que el pobre infeliz añora el estado de antes, y… casi impreca contra ti… Por tanto, más desquiciado que antes… y la madre se desespera por el hijo que desespera de salvarse… y toda alegría se ha transformado en congoja.
Nosotros, para dar paz, te hemos buscado, y ciertamente nos ha guiado hasta aquí el ángel… Señor, nosotros creemos que Tú eres el Mesías. Y creemos que el Mesías tiene dentro de sí al Espíritu de Dios. Por tanto, es Verdad y Sabiduría. Y te pedimos que nos des paz y explicación…
-Estáis en la justicia y en la caridad. Benditos seáis.
Pero, ¿dónde está el infeliz?
-Viene detrás de nosotros con su madre, llorando su desesperación. ¿Ves? Todo el pueblo, menos ellos, menos los crueles fariseos, viene hacia aquí, sin preocuparse de las amenazas de ellos. Porque nos han amenazado castigos porque creemos en ti. Pero Dios nos protegerá.
-Dios os protegerá. Llevadme donde el beneficiado.
-No. Te lo traemos aquí. Espera -y muchos se dirigen hacia el núcleo más numeroso, que se acerca gesticulando, mientras dos llantos agudos dominan el murmullo de la muchedumbre. Los otros, los que se han quedado, son muchos ya, y, cuando a éstos se unen los otros teniendo en el centro al endemoniado curado y a la madre de éste, alrededor de Jesús, entre los árboles, se apiña verdaderamente una muchedumbre. La gente se sube incluso a los árboles en busca de un sitio para oír y ver.
Jesús va hacia el beneficiado con el milagro. Éste, en cuanto lo ve, arrancándose los pelos y arrodillándose, dice:
-¡Devuélveme el primer demonio! ¡Por piedad de mí, de mi alma! ¿Qué te he hecho para que me perjudicaras tanto?
Y su madre, también de rodillas:
-¡Delira por el miedo, Señor! No escuches sus blasfemas palabras. No. Líbralo del miedo que esos crueles le han infundido, para que no pierda la vida del alma. Lo has liberado una vez… ¡Por piedad de una madre, libéralo otra vez!
-Sí, mujer. ¡No temas! ¡Hijo de Dios, escucha!
Y Jesús apoya sus manos sobre la cabeza despeinada del hombre que delira de miedo sobrenatural.
-Escucha. Y juzga. Juzga por ti mismo, porque ahora tienes un juicio libre y puedes juzgar con justicia. Hay un modo seguro para comprender si un prodigio viene de Dios o de un demonio. Y es lo que experimenta el alma.
Si el hecho extraordinario viene de Dios, se infunde paz en el alma, paz y júbilo majestuoso; si viene de un demonio, con el prodigio viene turbación y dolor. Y también viene paz y júbilo de las palabras de Dios, mientras que de las de un demonio -sea demonio espíritu o demonio hombre -viene turbación y dolor.
Y también de la proximidad de Dios viene paz y júbilo, mientras que de la proximidad de espíritus u hombres malvados viene turbación y dolor. Ahora reflexiona, hijo de Dios. ¿Cuando, cediendo al demonio de la lujuria, empezaste a acoger dentro de ti a tu opresor, gozabas de júbilo y paz?
El hombre reflexiona y, ruborizándose, responde:
-No, Señor.
-¿Y cuando el perpetuo Adversario se apoderó de ti del todo, tuviste paz y júbilo?
-No, Señor. Jamás. Mientras comprendía, mientras tuve un retal de mente libre, experimenté turbación y dolor por el atropello del Adversario. Luego… no sé… Ya mi intelecto no era capaz de comprender lo que yo sufría…
Era peor que un animal… Pero incluso en ese estado en que parecía menos inteligente que un animal… ¡oh, cuánto podía sufrir todavía! No sé decir de qué… ¡El infierno es tremendo! Es una totalidad horrenda… y no se puede decir lo que es…
El hombre tiembla ante el informe recuerdo de sus sufrimientos de poseído. Tiembla, palidece, suda… La madre lo abraza y lo besa en la mejilla para distraerlo de esa pesadilla… La gente susurra comentarios.
-¿Y cuando te has despertado con la mano en mi mano, que has experimentado?
-¡Oh, un estupor tan dulce!… y luego una alegría, una paz mayor aún… Parecía como si saliera de una cárcel oscura donde un sinnúmero de serpientes habían sido las cadenas, y el aire hedores de pútrida cloaca, y entrara en un jardín en flor, pleno de sol, de cantos… He conocido el Paraíso… pero tampoco esto se puede describir… -El hombre sonríe como arrobado en el recuerdo de su breve y reciente hora de júbilo. Luego suspira y termina: «Pero pronto ha terminado…».
-¿Estás seguro? Dime, ahora que estás a mi lado y lejos de los que te han turbado, ¿qué sientes?
-La paz también. Aquí contigo no puedo creer que esté condenado y sus palabras me parecen blasfemia… Pero yo las he creído… ¿No he pecado contra ti entonces?
-No has pecado tú. Ellos sí. Levántate, hijo de Dios, y cree en la paz que hay en ti. La paz viene de Dios. Tú estás con Dios. No peques y no temas -y quita las manos de la cabeza del hombre permitiéndole así levantarse.
-¿Verdaderamente es así, Señor? -preguntan muchos.
-Verdaderamente es así. La duda suscitada por estas palabras deliberadamente dañinas ha sido la última venganza de Satanás que ha salido de éste vencido y deseoso de recuperar la presa perdida.
Con muy buen sentido un lugareño dice:
-¡Pero entonces… los fariseos… han servido a Satanás! -y muchos aplauden esta justa observación.
-No juzguéis. Hay quien juzga.
-Pero al menos somos francos en nuestros juicios… y Dios ve que juzgamos por culpas claras. Ellos fingen ser lo que no son. Actúan con falsedad y con miras no buenas. Y, a pesar de ello, triunfan más que nosotros, que somos honrados y sinceros. Son nuestro terror. Extienden su poder hasta la libertad de fe. Se tiene que creer y practicar como les gusta a ellos. Y nos amenazan porque te amamos. Tratan de reducir tus milagros a brujerías, para que la gente te tema. Conspiran, oprimen, hacen
daño…
La muchedumbre habla tumultuosamente. Jesús hace un gesto imponiendo silencio y dice:
-No acojáis en el corazón lo que es de ellos. Ni sus insinuaciones ni sus sistemas. Y ni siquiera la idea: "son malos y, a pesar de ello, triunfan".
¿No os acordáis de las palabras de la Sabiduría: "Breve es el triunfo del pérfido" y de la otras, de los Proverbios:
"No sigas, hijo, los ejemplos de los pecadores y no escuches las palabras de los impíos, porque quedarán atrapados en las cadenas de sus culpas y engañados por su gran necedad"?
No introduzcáis en vosotros lo que es de aquellos que vosotros mismos, aún siendo imperfectos, juzgáis injustos.
Introduciríais en vosotros la misma levadura que los corrompe a ellos. La levadura de los fariseos es la hipocresía. Que la hipocresía no esté nunca en vosotros, ni respecto a las formas del culto a Dios, ni respecto al modo de manifestaros con los hermanos. Guardaos de la levadura de los fariseos. Pensad que no hay nada oculto que no pueda ser descubierto, nada escondido que no termine siendo conocido.
Ya veis. Me habían dejado partir y luego habían sembrado cizaña donde el Señor había esparcido selecta semilla.
Creían haber actuado fina y victoriosamente. Y habría sido suficiente que no me hubierais encontrado, que Yo hubiera pasado el río sin dejar huella mía en el agua, que se junta después de abrirla la proa, para que su mala forma de obrar, bajo apariencia de un obrar recto, triunfase.
Pero pronto ha sido descubierto el juego, y su mala acción ha sido anulada. Y así de todas las acciones del hombre, Uno al menos, Dios, las conoce, y provee. Lo que se dice en la oscuridad termina siendo revelado por la Luz, y lo que se trama en secreto en una habitación puede ser revelado como si hubiera sido preparado en una plaza. Porque todo hombre puede tener su delator. Y porque Dios ve a todos los hombres, y Dios puede intervenir y desenmascarar a los culpables.
Por eso hay que actuar siempre con honestidad para vivir con paz. Y quien vive así no tenga miedo. Ni miedo en esta vida, ni miedo por la otra vida. No, amigos míos, os digo: quien obra como justo no tema. Ni miedo de los que matan -sí, de los que pueden matar el cuerpo -, pero que después de eso no pueden hacer más. Os digo qué debéis temer.
Temed a aquellos que, después de haberos hecho morir, os pueden mandar al infierno, o sea temed a los vicios, a los malos compañeros, a los falsos maestros, a todos los que os insinúan el pecado o la duda en el corazón, temed a los que más que al cuerpo tratan de corromper al alma y llevaros a la separación de Dios y a pensamientos de desesperación de la divina Misericordia. Temed esto, os lo repito. Porque en ese caso vuestra muerte será eterna.
Pero, por lo demás, por vuestra existencia, no temáis. El Padre vuestro no pierde de vista ni siquiera a uno de estos pájaros pequeñitos que hacen sus nidos entre las frondas de los árboles. Ni uno de ellos cae en la red sin que su Creador lo sepa. Y, no obstante, es muy pequeño su valor material: cinco pájaros por dos ases. Y nulo es su valor espiritual. Y, a pesar de ello, Dios los cuida.
¿Cómo, entonces, no va a cuidar de vosotros, de vuestra vida, de vuestro bien? Hasta los cabellos de vuestra cabeza son manifiestos al Padre, y ninguna injuria que hagan a sus hijos le pasa desapercibida; porque vosotros sois sus hijos, o sea, mucho más que los pájaros que hacen sus nidos en los tejados o entre el follaje.
Hijos sois mientras no renunciáis por propia iniciativa a serlo por vuestra libre voluntad. Y se renuncia a esta filiación cuando uno reniega de Dios y del Verbo que Dios ha enviado al mundo para llevar a los hombres a Dios.
Entonces, si uno no me quiere reconocer ante los hombres, por temor a un daño por causa de este reconocimiento, entonces tampoco Dios lo reconocerá como hijo suyo, y el Hijo de Dios y del hombre tampoco lo reconocerá delante de los ángeles del Cielo; y quien haya renegado de mí delante de los hombres será negado como hijo ante los ángeles de Dios. Y quien haya hablado mal y contra el Hijo del hombre será todavía perdonado, porque Yo intercederé ante el Padre por su perdón; pero el que haya blasfemado contra el Espíritu Santo no será perdonado.
¿Por qué esto? Porque no todos pueden conocer la extensión del Amor, su perfecta infinidad, y ver a Dios en una carne semejante a toda otra carne de hombre. Los gentiles, los paganos no pueden creer esto por fe, porque su religión no es amor. También entre nosotros el respeto temeroso que tiene Israel por Yeohveh puede impedir el creer que Dios se haya hecho hombre, y el más humilde de los hombres. Es una culpa el no creer en mí. Pero, cuando ésta se apoya en un excesivo temor de Dios, todavía se perdona.
Sin embargo, no puede ser perdonado aquel que no se rinde a la verdad que se transparenta a través de mis actos, y niega al Espíritu de Amor el que haya podido mantener la palabra dada de enviar al Salvador en el tiempo establecido, el Salvador precedido y acompañado por los signos anunciados.
Éstos, los que me persiguen, conocen a los profetas. Las profecías están llenas de mí. Conocen las profecías y conocen lo que Yo hago. La verdad es manifiesta. Pero la niegan por voluntad de negarla. Sistemáticamente niegan que Yo sea no sólo el Hijo del hombre, sino también el Hijo de Dios anunciado por los profetas, el Nacido de una Virgen no por voluntad del hombre sino del Amor eterno, del eterno Espíritu que me ha anunciado para que los hombres me pudieran reconocer.
Ellos, para poder decir que la oscuridad de la espera del Cristo continúa, se obstinan en tener cerrados los ojos para no ver la Luz presente en el mundo, y por eso reniegan del Espíritu Santo, de su Verdad, de su Luz.
Y para éstos el juicio será más severo que para los que no saben. Y llamarme "satanás" no les será perdonado, porque el Espíritu por mí hace obras divinas, no satánicas. Y llevar a otros a la desesperación cuando el Amor los ha llevado a la paz no será perdonado.
Porque todas estas cosas son ofensas al Espíritu Santo, a este Espíritu Paráclito que es Amor y da amor y pide amor, y que espera mi holocausto de amor para derramarse en amor de sabiduría que iluminará los corazones de mis fieles.
Y cuando esto suceda, y os sigan persiguiendo acusándoos ante los magistrados y los príncipes en los tribunales y en las sinagogas, no os preocupéis pensando en cómo os justificaréis. El mismo Espíritu os dirá lo que habréis de responder para servir a la Verdad y conquistaros la Vida, de la misma forma que el Verbo os está dando cuanto es necesario para entrar en el Reino de la Vida eterna.
Idos en paz. En mi paz. En esa paz que es Dios y que Dios emana para saturar con ella a sus hijos. Idos y no temáis.
Yo no he venido para engañaros, sino para instruiros; no para perderos, sino para redimiros. Bienaventurados los que sepan creer en mis palabras. Y tú, hombre, dos veces salvado, sé fuerte y recuerda la paz mía para decir a los tentadores: "No tratéis de seducirme. Mi fe es que Él es el Cristo". Ve, mujer. Ve con él y queda en paz. Adiós.
Volved a las casas y dejad al Hijo del hombre con el humilde descanso sobre la hierba, antes de reanudar su perseguido camino en busca de otros a quienes salvar, hasta el final. Mi paz esté con vosotros.
Los bendice y regresa al lugar en donde han comido. Y los apóstoles con Él. Y, habiéndose marchado la gente, se echan, apoyadas las cabezas en las bolsas, y pronto el sueño se apodera de ellos, con el calor bochornoso de la tarde y el pesado silencio de estas horas tórridas.