por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús y los suyos siguen estando por los campos. Aquí la siega de los cereales está ya terminada y los campos muestran los rastrojos resecos.
Jesús camina por el margen de un sendero umbroso. Va hablando con unos hombres que se han unido al grupo de los apóstoles.
-Sí -dice uno -Nada lo cura. Está más que desquiciado. Mira, es el terror de todos, especialmente de las mujeres, porque las sigue con gestos o palabras obscenos. ¡Y ay si las echara mano?
-Nunca se sabe dónde está -dice otro.
-En los montes, en los bosques, en los surcos de los prados… aparece al improviso como una serpiente… Las mujeres tienen mucho miedo de él. Una, jovencita, murió a causa de él en pocos días por una fuerte fiebre.
-El otro día, mi cuñado había ido al lugar donde ha preparado para sí y los suyos el sepulcro, porque se le ha muerto el padre de su mujer, para aprestar todo para la sepultura. Pero tuvo que huir, porque dentro estaba el poseso, desnudo y gritando, como siempre, y lo amenazaba lanzándole piedras… Lo siguió hasta el pueblo y luego volvió al sepulcro, y ha tenido que sepultar al muerto en mi sepulcro.
-¿Y aquella vez que se recordó de que Tobías y Daniel lo habían cogido por la fuerza, lo habían atado y lo habían llevado de nuevo a su casa? Los esperó medio sepultado entre las cañas y el barro del río y, cuando montaron en barca para la pesca o para atravesar el río, no sé bien, con su fuerza de demonio alzó la barca y la volcó. Salvaron la vida de milagro, pero todo lo que había en la barca se perdió y la misma barca salió de aquello con la quilla rota y los remos destrozados.
-¿Pero no lo mostrasteis a los sacerdotes?
-Sí. Atado como una carga de mercancía lo llevaron hasta Jerusalén… ¡Qué viaje! ¡Qué viaje!… Te digo -yo estaba -que no necesito bajar al infierno para saber lo que sucede y se dice allí. Pero no sirvió de nada…
-¿Como antes?
-¡Peor!
-¡Y, sin embargo… el sacerdote!…
-Sí, ya, pero… Se necesitaría…
-¿Qué? Continúa…
Silencio.
-Habla, pues. No temas. No te voy a acusar.
-Bien… estaba diciendo… pero no quiero pecar… estaba diciendo… que… sí… el sacerdote lo podría conseguir si… si…
-Si fuese santo, quieres decir, y no te atreves a decirlo. Yo te digo: evita el juzgar. Pero es verdad cuanto dices. ¡Es dolorosamente verdadero! … -dice Pedro.
Jesús calla y suspira. Un breve silencio embarazoso.
Luego uno se atreve a hablar de nuevo.
-Si lo encontramos, ¿lo curas? ¿Liberas estas comarcas?
-¿Esperas que pueda hacerlo? ¿Por qué?
-Porque eres santo.
-Santo es Dios».
-Y Tú, que eres Hijo suyo.
-¿Cómo puedes saberlo?
-¡Hombre, corre la voz! Y además somos del río y sabemos lo que hiciste hace tres lunas. ¿Quién para una crecida, si no es Hijo o Dios?
-¿Y Moisés? ¿Y Josué?
-Obraban en nombre de Dios y para su gloria. Y podían porque eran santos. Tú los superas.
-¿Lo vas a hacer, Maestro?
-Lo haré, si lo encontramos.
Prosiguen. El calor, que aumenta, los induce a dejar el camino y a buscar alivio en una espesura de árboles que hay en la orilla del río, que ya no está agitado como cuando la crecida, sino que, aunque todavía baje rico en aguas, las tiene quietas y azules, llenas de resplandor bajo el sol.
El sendero se ensancha y muestra en el fondo una blancura de casas. Debe ser un pueblo que se va haciendo cada vez más cercano. En las márgenes, construcciones pequeñas, blanquísimas y sin más aberturas que una en una pared. Parte están abiertas; la mayoría, sin embargo, cerradas herméticamente. En los alrededores de ellas no hay nadie. Están diseminadas en un terreno yermo y agreste; parece abandonado. Sólo yerbajos y pedruscos.
-¡Vete! ¡Vete! ¡Retrocede o te mato!
-¡Ahí está el poseso y nos ha visto! Yo me marcho.
-Yo también.
-Y yo os sigo.
-No temáis. Quedaos y ved.
Jesús se muestra tan seguro que los… valientes obedecen, aunque, eso sí, se ponen detrás de Jesús. También se quedan atrás los discípulos. Jesús va adelante solo y solemne, como si nada viera ni oyera.
-¡Vete!
El grito de la voz es desgarrador, tiene componentes de gruñido y aullido. Parece imposible que pueda salir de garganta humana.
-¡Vete! ¡Atrás! ¡Te mato! ¿Por qué me persigues? ¡No quiero verte!
El poseso pega saltos, completamente desnudo, moreno, barba y pelo largos y enredados. Los mechones negros e hirsutos, llenos de hojas secas y polvo, le caen por encima de los ojos torvos, inyectados de sangre, móviles alrededor de sus órbitas; y llegan hasta la boca, abierta mientras grita y mientras emite demenciales carcajadas que parecen una pesadilla, hasta la boca que emite espuma y que sangra (porque el desquiciado se golpea la boca con una piedra puntiaguda) y dice:
-¿Por qué no te puedo matar? ¿Quién me ata la fuerza? ¿Tú? ¿Tú?
Jesús lo mira y sigue adelante.
El loco se revuelca por el suelo, se muerde, echa más espuma todavía, se golpea con su piedra, se pone de nuevo en pie bruscamente, apunta el índice hacia Jesús, mirándolo fuera de sí, y dice:
-¡Oíd! ¡Oíd! Este que viene es…
-¡Calla, demonio del hombre! Te lo ordeno.
-¡No! ¡No! ¡No! No me callo, no, no me callo. ¿Qué hay entre nosotros y Tú? ¿Por qué no nos dejas tranquilos? ¿No te ha bastado habernos encerrado en el reino de infierno?
¿No te basta venir, haber venido para arrebatarnos al hombre? ¿Por qué nos impeles hasta allá abajo? ¡Déjanos vivir en nuestras presas! Tú, grande y poderos pasa y conquista, si puedes. Pero déjanos a nosotros gozar y hacer daño.
Para eso estamos. ¡Oh! ¡Mal…! ¡No! ¡No puedo decirlo! ¡No te lo dejes decir! ¡No te lo dejes decir! ¡No puedo maldecirte! ¡Te odio! ¡Te persigo! ¡Te espero para torturarte! ¡Te odio a ti y a Aquel de quien procedes, y odio a Aquel que es vuestro Espíritu! ¡Odio el Amor, yo que soy Odio! ¡Quiero maldecirte! ¡Quiero matarte! Pero no puedo. ¡No puedo! ¡No puedo todavía! Pero te espero, Cristo, te espero. ¡Muerto te veré! ¡Oh, hora de felicidad! ¡No! ¡No felicidad! ¿Muerto Tú? No. No muerto.
¡Y yo vencido! ¡Vencido! ¡Siempre vencido!… ¡¡¡Ah!!!…
El paroxismo toca su culmen.
Jesús sigue andando hacia el poseso, teniéndolo bajo el rayo de sus ojos magnéticos. Ahora Jesús está completamente solo. Apóstoles y lugareños se han quedado atrás. Éstos, detrás de los apóstoles, los apóstoles, separados de Jesús unos treinta metros al menos.
Algunos habitantes del pueblo, que parece muy poblado y también rico, han salido, atraídos por los gritos; están observando la escena, preparados también para huir como el otro grupo. Así la escena se desarrolla de esta manera: en el centro el poseso y Jesús, ya a pocos metros el uno del otro; detrás de Jesús, a la izquierda, apóstoles y lugareños; a la derecha, detrás del poseso, los habitantes de pueblo.
Jesús, después de la orden de callar, no ha vuelto a hablar. Solamente mira fijo al poseso. Pero ahora Jesús se detiene y alza los brazos, los extiende hacia el endemoniado, está para hablar. Los gritos se hacen verdaderamente infernales.
El poseso se retuerce, da saltos a la derecha, a la izquierda, hacia arriba. Parece como si quisiera huir o arremeter, pero no puede. Está clavado allí y aparte de sus contorsiones no se le concede ningún otro movimiento. Cuando Jesús tiende sus brazos, con las manos extendidas como quien jura, el demente grita más fuerte y, después de mucho haber imprecado, reído y blasfemado, se pone a llorar y a suplicar.
-¡En el infierno no! ¡No en el infierno! ¡No me mandes allí! Horrenda es mi vida ya aquí, en esta cárcel de hombre, porque quiero recorrer el mundo y despedazarte a tus criaturas. ¡Pero allí, allí, allí! ¡No! ¡No! ¡No! ¡Déjame fuera!…
-Sal de éste. Te lo mando.
-¡No!
-¡Sal!
-¡No!
-¡Sal!
-¡No!
-¡En el nombre del Dios verdadero, sal!
-¡Oh! ¿Por qué me vences? Pero no salgo, no. Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, pero yo soy…
-¿Quién eres?
-Yo soy Belcebú, Belcebú soy, el Amo del mundo, y no me doblego. ¡Te desafío, Cristo!
El poseso se inmoviliza de golpe, rígido, casi hierático, y mira fijo a Jesús con ojos fosforescentes, apenas moviendo los labios con palabras no inteligibles y haciendo, con las manos llevadas hacia los hombros, los codos flexionados, leves movimientos.
Jesús también se ha detenido. Ahora tiene los brazos recogidos sobre el pecho. Lo mira. También Jesús mueve levemente los labios. Pero no oigo ninguna palabra.
Los presentes esperan con opiniones contrarias:
-¡No lo consigue!
-Sí, ahora el Cristo lo consigue.
-No. Vence el otro.
-Es bien fuerte.
-¡Sí!,
-¡No!
Jesús abre los brazos. Su rostro es un resplandor de imperio, su voz un trueno.
-Sal. Por última vez. ¡Sal, Satanás! ¡Lo mando Yo!
-¡Aaaaah! (es un grito larguísimo de aflicción infinita.
No lo emite así uno que sea traspasado lentamente por una espada). Y luego el grito se concreta en palabras:
-Salgo, sí. Me has vencido. Pero me vengaré. Tú me echas a mí, pero tienes un demonio a tu lado y en ése entraré para poseerlo, invistiéndolo con todos mis poderes. Y no habrá orden tuya que me lo arrebate. En todo tiempo, en todo lugar, me engendro hijos. Yo, el autor del Mal. Y como Dios se ha generado por sí mismo yo por mí mismo me genero.
Me concibo en el corazón del hombre, y éste me da a luz, da a luz un nuevo Satanás que es él mismo, y yo exulto, ¡exulto de tener tanta prole! Tú y los hombres siempre encontraréis estas criaturas mías que son otros idénticos a mí.
Voy, Cristo, a tomar posesión de mi nuevo reino, como Tú quieres, y te dejo este trapo de hombre maltratado por mí.
Por este que te dejo, limosna de Satanás a ti, Dios, me tomo ahora mil, diez mil, y los encontrarás cuando seas un sucio harapo de carne, arrojada como escarnio a los perros; y tomaré otros, en el transcurso de los siglos, millares y millares, para hacer de ellos mi instrumento y tu tormento. ¿Crees vencer alzando tu Signo? Los míos lo echarán abajo y yo venceré… ¡Ah! ¡No, no te venzo! ¡Pero te torturo en ti y en los tuyos! …
Se oye un fragor como de rayo. Pero no hay ni culebrina de luz ni rumor de trueno. Sólo un estallido seco y desgarrador, y, mientras el poseso cae como muerto al suelo y se queda allí, un grueso tronco que está cerca de los discípulos cae al suelo, como si a un metro de la base hubiera sido segado por una sierra de acción fulmínea. El grupo apostólico apenas si tiene tiempo de apartarse. ¿Y los lugareños?… Huyen del todo.
Pero Jesús, que se ha agachado a tomar de la mano al hombre caído, se vuelve, estando así agachado y teniendo la mano del liberado en la suya, y dice:
-¡Venid. No temáis!
Temerosa, la gente se acerca.
-Está curado. Traed una túnica.
Uno sale a la carrera.
El hombre vuelve en sí poco a poco. Abre los ojos y encuentra la mirada de Jesús. Se sienta. Con la mano libre se seca el sudor, la sangre y la baba, se echa hacia atrás el pelo, se observa. Se ve desnudo delante de tanta gente y se avergüenza. Se acurruca y pregunta:
-¿Qué ha sido? ¿Quién eres? ¿Por qué estoy aquí, desnudo?
-Nada, amigo. Ahora te traerán ropa y volverás a tu casa.
-¿De dónde vengo? ¿Y tú de dónde vienes?
Habla con voz de enfermo, cansada y blanca.
-Vengo del Mar de Galilea.
-¿Y cómo me conoces? ¿Por qué me socorres? ¿Cómo te llamas?
Llegan algunos hombres con una túnica. Se la ofrecen al hombre que ha recibido el milagro. Y llega una pobre vieja llorando y aprieta al curado contra su corazón.
-¡Hijo mío!
-¡Mamá! ¿Por qué me has dejado durante tanto tiempo?
La anciana llora más fuerte y lo besa y acaricia. Quizás iba a decir otras palabras, pero Jesús la domina con sus ojos y le inspira otras, más compasivas:
-¡Has estado muy enfermo, hijo mío! Alaba a Dios, que te ha curado, y a su Mesías, que ha obrado en el nombre de Dios.
-¿Éste? ¿Cómo se llama?
-Jesús de Galilea. Pero su nombre es Bondad. Bésale las manos, hijo; dile que te perdone por cuanto has hecho o dicho… Cierto que has hablado estando…
-Sí, ha hablado estando con fiebre -dice Jesús para detener las palabras imprudentes -Pero no era él el que hablaba, y Yo no soy severo con él. Sé bueno ahora. Sé continente-recalca la palabra. El hombre baja la cabeza, confundido.
Pero lo que Jesús ahorra no lo ahorran los ciudadanos ricos, que ahora ya están cerca. Entre ellos están los indefinibles fariseos.
-¡Te ha ido bien! ¡Suerte la tuya, que has encontrado a éste, amo de los demonios!
-¿Endemoniado yo?
El hombre está aterrorizado.
La vieja reacciona:
-¡Malditos! ¡Sin piedad ni respeto! ¡Víboras odiosas y crueles! Y tú también, inútil ministro de la sinagoga.
¿Amo de los demonios el Santo?
-¿Y quién crees que puede tener poder sobre ellos, si no su rey y padre?
-¡Sacrílegos! ¡Blasfemos! ¡M…!
-Silencio, mujer. Sé feliz con tu hijo. No impreques. A mí no me causa ni preocupación ni afrenta. Id en paz todos. A los buenos, mi bendición. Vamos, amigos.
-¿Puedo seguirte? -Es el curado el que habla.
-No. Quédate. Sé testimonio mío y alegría para tu madre. Ve.
Y, entre gritos de aplauso y cuchicheos de burla, Jesús atraviesa parte de la ciudad para luego entrar de nuevo en las sombras de los árboles que están a lo largo del río.
Los apóstoles se pegan a Él.
Pedro pregunta: -¿Por qué, Maestro, el espíritu inmundo ha opuesto tanta resistencia?
-Porque era un espíritu completo.
-¿Qué quiere decir esta palabra?
-Escuchadme. Hay quien se da a Satanás abriendo una puerta a un vicio capital. Hay quien se da dos veces, quién tres, quién siete. Cuando uno ha abierto el espíritu a los siete vicios, entonces entra en él un espíritu completo. Entra Satanás, el príncipe negro.
-¿Ese hombre, joven todavía, cómo podía estar poseído por Satanás?
-¡Oh! ¡Amigos! ¿Sabéis por qué sendero viene Satanás? Tres son las vías generalmente holladas, y una no falta nunca.
Tres: la carnalidad, el dinero, la soberbia de la mente.
La carnalidad es la que no falta nunca. Emisaria de las otras concupiscencias, pasa sembrando su veneno y todo florece con floración satánica. Por esto os digo:
"Sed dueños de vuestra carne". Que sea este dominio el comienzo de cualquier otro dominio, de la misma forma que esta esclavitud es el comienzo de cualquier otra. El esclavo de la lujuria se hace ladrón y tramposo, cruel, homicida, con tal de servir a su ama. La misma sed de poder está emparentada con la carne. ¿No os parece así?
Así es. Meditad y veréis si me equivoco. Por la carne
Satanás entró en el hombre, y feliz si puede hacerlo, por la carne entra de nuevo; él, uno y septipartito, con la proliferación de sus legiones de demonios menores.
-María de Magdala, Tú dijiste que tenía siete demonios, Tú lo dijiste, y ciertamente eran demonios de lujuria. Y, sin embargo, la liberaste con mucha facilidad.
-Sí, Judas, es verdad.
-¿Y entonces?
-Y entonces -dices -mi teoría se viene abajo. No, amigo. La mujer quería ya ser liberada de su posesión. Quería. La voluntad es todo.
-¿Por qué, Maestro, vemos que muchas mujeres están atrapadas por el demonio y -se puede decir -por este demonio?
-Mira, Mateo. La mujer no es igual que el hombre ni en su formación ni en las reacciones a la culpa original. El hombre tiene otras metas para su deseo, mejor o peor. La mujer tiene una meta: el amor.
El hombre tiene otra formación. La mujer tiene ésta, sensible, aún más perfecta porque está destinada a la generación. Tú sabes que toda perfección genera un aumento de sensibilidad. Un oído perfecto oye aquello que pasa desapercibido a otro oído menos perfecto, y goza en ello.
Y así el ojo, el paladar y el olfato. La mujer debía haber sido la dulzura de Dios en la Tierra; debía haber sido el amor, la encarnación de este fuego que mueve Aquel que es; la manifestación, el testimonio de este amor.
Dios, por eso, la había dotado de un espíritu supraeminentemente sensible, para que, madre un día, supiera y pudiera, a sus hijos, abrirles los ojos del corazón al amor hacia Dios y hacia sus semejantes, de la misma forma que el hombre habría abierto los ojos de la mente a sus hijos para la inteligencia y la acción.
Reflexiona sobre el imperativo de Dios a sí mismo:
"Hagámosle a Adán una compañera". Dios-Bondad no podía sino querer hacer una buena compañera a Adán. Quien es bueno ama. La compañera de Adán debía, por tanto, ser capaz de amar para acabar de hacer dichoso el día de Adán en el Jardín feliz.
Debía ser tan capaz de amar, que fuera segunda, colaboradora y sustituta de Dios en amar al hombre, su criatura, de forma que, incluso en las horas en que la Divinidad no se revelaba a su criatura con su voz de amor, el hombre no se sintiera infeliz por falta de amor.
Satanás sabía que existía esta perfección. Muchas cosas sabe Satanás. Es él el que habla en los labios de los pitones, diciendo mentiras entremezcladas con verdades. Y dice estas verdades, que él odia porque es Mentira, sólo -tenedlo presente todos vosotros y los futuros -para seduciros con la quimera de que no es la Tiniebla la que habla sino la Luz.
Satanás, astuto, tortuoso y cruel, se introdujo en esta perfección y ahí mordió, y ahí dejó su veneno. La perfección de la mujer en el amar se hizo así instrumento de Satanás para dominar a la mujer y al hombre y propagar el mal…
-¿Pero y nuestras madres, entonces?
-Juan, ¿temes por ellas? No todas las mujeres sirven de instrumento a Satanás. Perfectas en el sentimiento, son siempre extremas en la acción: ángeles, si quieren ser de Dios; demonios, si quieren ser de Satanás. Las mujeres santas, y tu madre entre ellas, quieren ser de Dios, y son ángeles.
-¿No te parece injusto el castigo de la mujer, Maestro? También el hombre pecó.
-¿Y el premio entonces? Está escrito que por la Mujer volverá al mundo el Bien y será vencido Satanás.
-No juzguéis nunca las obras de Dios. Esto lo primero. Pensad, más bien, que, como por la mujer entró el Mal, por la Mujer es justo que entre el Bien en el mundo. Debe ser anulada una página escrita por Satanás. Y lo hará el llanto de una Mujer. Y, puesto que Satanás gritará eternamente sus voces, he aquí que una voz de Mujer cantará para cubrir esas voces.
-¿Cuándo?
-En verdad os digo que su voz ya ha descendido de los Cielos donde eternamente cantaba su aleluya.
-¿Será más grande que Judit?
-Más grande que cualquier otra mujer.
-¿Qué hará? ¿Qué será lo que hará!
-Invertirá a Eva y a su ternario pecado. Obediencia absoluta. Pureza absoluta. Humildad absoluta. Sobre esta base se erguirá, regia y victoriosa…
-¿Pero no es tu Madre, Jesús, la más grande por haberte engendrado?
-Grande es quien hace la voluntad de Dios. Y María por esto es grande. Todo otro mérito viene de Dios. Pero éste es todo suyo, y bendita sea por ello.
Y todo termina.
Dice Jesús:
-Has visto a un "poseso" de Satanás. Muchas respuestas hay en mis palabras. No tanto para ti; más bien para otros.
¿Les servirán? No. A aquellos a quienes más necesidad tienen de ellas no les servirán. Descansa con mi paz.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Veo cuanto sigue. Un pueblecito fluvial de pocas casas muy modestas.
Debe ser aquel del que salió Jesús cuando atravesó en barca el Jordán cuando la avenida, porque veo que hacia Jesús -que había mandado delante a Judas Iscariote y a Tomás para prepararle la vía -se dirige el barquero con sus parientes.
El barquero, cuando lo ve venir de lejos, acelera el paso. Llegado a la presencia de Jesús, se inclina con suma reverencia y dice:
-Bien vienes, Maestro, a nuestros enfermos. Te esperan. He hablado mucho de ti. Todo el pueblo te saluda por mi boca diciendo: "¡Bendito el Mesías del Dios Altísimo!"
-La paz a ti y a este pueblo. Estoy aquí por vosotros. No quedarán defraudadas vuestras esperanzas. El que cree hallará compasivo el Cielo. Vamos.
Y Jesús se pone al lado del barquero, y sigue caminando hacia el centro del pueblecillo.
Mujeres, niños, hombres, salen a las puertas para seguir luego al pequeño cortejo, a medida que éste va avanzando. A cada metro que pasa, la gente va creciendo, porque incesantemente se une más gente a la que ya había. Unos saludan, otros bendicen, otros invocan.
-¡Maestro! -grita una madre -¡Mi hijo está enfermo! ¡Ven, bendito!
Y Jesús cambia de dirección, hacia una casa pobre; pone una mano en el hombro de la madre envuelta en lágrimas y pregunta
-¿Dónde está tu hijo?
-Aquí, Maestro. Ven.
Entran la madre, Jesús, el barquero, Pedro, Juan, el Tadeo y algunas personas del lugar. Los demás se arremolinan delante de la puerta y miran alargando los cuellos para ver.
En un rincón de la pobre y oscura cocina, hay una pobre yacija junto al hogar encendido. Y, encima, un cadaverito de niño de unos siete años. Digo un cadaverito por lo consumido, amarillento e inmóvil que está. El único movimiento es el jadeo estertoroso del pequeño pecho, enfermo -diría -de tuberculosis.
-Mira, Maestro. He gastado todos mis recursos para salvarlo, al menos, a él. Ya no tengo marido. Los otros dos hijos se me murieron a la misma edad de éste. Lo he llevado hasta Cesárea Marítima para que lo viera un médico romano. Pero lo único que ha sabido decirme ha sido: "Resígnate. Lo corroe la caries". Mira…
Y la madre descubre a la pobre criaturita echando hacia atrás las cobijas. En donde no hay vendas, se ven huesecitos que sobresalen bajo una piel reseca y amarillenta. Pero poca parte del cuerpo está descubierta.
La otra parte está bajo vendas y pañales, que, cuando los quita la madre, muestran los típicos agujeros exudativos de las caries óseas. Un espectáculo lastimoso.
El enfermito está tan decaído, que no hace ningún gesto. Da la impresión de que no se tratara siquiera de él. Abre levemente los ojos hundidos y alelados, echa una mirada indiferente -diría: molesta -a la gente. Luego los vuelve a cerrar.
Jesús lo acaricia. Pone su larga mano encima de la cabecita relajada y el niño abre de nuevo los ojos; ahora mira con más interés a ese hombre desconocido, que con tanto amor lo toca y con tanta piedad le sonríe.
-¿Quieres curarte?
Jesús habla quedo, agachándose hacia la carita macilenta.
Antes ha tapado el cuerpecito, diciendo a la madre, que quería poner otros lienzos:
-No hace falta, mujer. Déjalo así.
El enfermito asiente sin hablar.
-¿Para qué?
-Por mi mamá -dice la labilísima vocecita. La madre llora más fuerte.
-¿Vas a ser siempre bueno si te curas? ¿Un buen hijo? ¿Bueno en el pueblo? ¿Un buen fiel?
Hace las preguntas bien separadas, para darle tiempo al pequeñuelo de responder a cada una.
-¿Vas a recordar lo que ahora prometes? ¿Siempre?
Los leves, y no obstante tan profundos de deseo, síes, caen uno tras otro como suspiros de alma.
-Dame una mano, pequeño.
El enfermito quiere dar la sana, la izquierda. Pero Jesús dice:
-Dame la otra. No te voy a hacer daño.
-Señor -dice la madre -es toda una llaga. Deja que la vende. Por ti…
-No importa, mujer. Sólo me repugnan las impurezas de los corazones. Dame la mano y di conmigo: "Quiero ser siempre bueno como hijo, como hombre y como creyente del Dios verdadero".
El niño repite forzando la vocecita. ¡Oh, está toda su alma en esa voz, y la esperanza… y ciertamente también la de su madre!
Un silencio solemne se ha hecho en la habitación y en la calle. Jesús, que sujeta con la izquierda la derecha del enfermo, levanta su mano derecha -su gesto de cuando anuncia una verdad o de cuando impone su voluntad a las enfermedades y a los elementos -y, erguido, solemne, con potente voz, dice:
-Y Yo quiero que quedes curado. Levántate, niño, y alaba al Señor -y le suelta la manita, que ahora está completamente sana, delgada, pero sin la más mínima excoriación, y dice a la madre: «Destapa a tu criatura».
La mujer, que tiene la cara de quien está entre una sentencia de muerte y una de gracia, retira titubeante las cobijas… y grita y se echa encima del cuerpecito, delgadísimo pero sano, lo besa, lo abraza… está fuera de sí de la alegría. Tanto que no ve que Jesús se separa del lecho y se encamina hacia la puerta.
Pero el enfermito lo ve y dice:
-¡Bendíceme, Señor, y deja que yo te bendiga! ¿Mamá, no das las gracias?
-¡Oh! ¡Perdón!…
La mujer, con el niño entre sus brazos, se arroja a los pies de Jesús.
-Comprendo, mujer. Ve en paz y sé feliz. Adiós, niño. Sé bueno. Adiós a todos.
Y sale.
Numerosas mujeres aúpan a sus hijos para que la bendición de Jesús los preserve del mal en el futuro. Algunos niños se introducen entre los grandes en busca de caricias. Y Jesús bendice, acaricia, escucha, y se detiene a curar a tres enfermos de los ojos y a uno que tiembla muchísimo, como por el baile de San Vito. Ahora está en el centro del pueblo.
-Hay aquí un pariente mío que es sordo y mudo de nacimiento. Tiene inteligencia despierta, pero no puede hacer nada. Cúralo, Jesús -dice el barquero.
-Llévame donde él.
Entran en un huertecito en cuyo fondo hay un joven de unos treinta años que está sacando agua de un pozo y echándola en las verduras. Siendo sordo y estando vuelto de espaldas, no se percata de cuanto sucede, de modo que continúa inmutable su ocupación, a pesar de que los gritos de la gente sean tan fuertes que las palomas de los tejados se espanten. El barquero se llega a él. Lo toma de un brazo y lo lleva a Jesús. Jesús se pone enfrente del desdichado; muy cerca, rayanos los dos cuerpos, de forma que con su lengua toca la lengua del mudo, que tiene la boca abierta. Y con los dos medios en los oídos del sordomudo ora un instante, levantados los ojos hacia el cielo. Luego dice: « ¡Abríos!», y quita las manos y se separa.
-¿Quién eres, que me destraba la palabra y el oído? -grita el curado.
Jesús hace un gesto y trata de proseguir para salir por detrás de la casa. Pero tanto el curado como el barquero lo detienen, uno diciendo: «Es Jesús de Nazaret, el Mesías» y el otro exclamando: « ¡Quédate, que yo te adore!».
-Adora al Dios Altísimo y sé siempre fiel a Él. Ve. No pierdas tiempo en inútiles palabras, no hagas del milagro objeto de humano pasatiempo. Usa el habla en el bien; más que con los oídos, escucha con el corazón las voces del Espíritu Creador que te ama y bendice.
¡Ya, ya! ¡Decirle a uno que está felicísimo que no hable de su felicidad, es inútil! El curado se desquita de los muchos años de mutismo y sordera hablando con todos los presentes.
El barquero insiste para que Jesús entre en su casa a descansar y tomar algo. Se siente el autor de todo el respeto que circunda a Jesús, y se siente orgulloso de ello. Quiere que sea reconocido su derecho.
-Pero yo aquí en el pueblo soy el ciudadano ilustre -dice un anciano de aspecto grave.
-Pero si no hubiera estado yo con mis barcas, tú qué ibas a haber visto a Jesús -responde el barquero.
Y Pedro, siempre franco e impulsivo:
-La verdad es que… si no te hubiera dicho yo una cosita, tú… las barcas…
Jesús interviene providencialmente, contentando a todos.
-Vamos a la orilla del río. Allí, mientras esperamos la comida -y que sea parca y frugal, porque el alimento debe servir al cuerpo y no ser finalidad del cuerpo -, evangelizaré. Quien me quiera oír y hacerme preguntas que venga conmigo.
Podría decir que todo el pueblo lo sigue.
Jesús sube a una barca sacada al guijarral. Desde esa tribuna improvisada, habla a los que lo escuchan, que están frente a Él, sentados en semicírculo en la orilla y entre los árboles. Toma como motivo la pregunta que hace un hombre:
-Nuestra Ley Maestro, casi señala como castigados por Dios a los que nacen desdichados; tanto que les prohíbe cualquier servicio al altar. Pero, ¿qué culpa tienen de ello estas personas? ¿No sería justo considerar culpables a sus padres, que los traen a este mundo desdichados? Especialmente las madres. ¿Y cómo debemos comportarnos con estos que han nacido desgraciados?
-Escuchad. Un escultor sumo y perfecto hizo un día la forma de una estatua. Y su obra fue tan perfecta, que se complació en ella y dijo: "Quiero que la Tierra esté llena de una tal maravilla". Pero él solo no podía llevar a cabo un trabajo así. Pidió entonces ayuda a otras personas. Les dijo: "Con este modelo hacedme millares de estatuas igualmente perfectas. Yo después les daré el último retoque, infundiendo expresión a sus fisonomías".
Pero los ayudantes no eran capaces de tanto, pues, además de ser muy inferiores a su maestro en habilidad, se habían embriagado un poco saboreando un fruto cuyo jugo creaba delirios y ofuscaciones. Entonces el escultor les dio como formas y dijo: "Modelad en ellas la materia; será una obra adecuada, y yo la haré completa dándole la vitalidad del último golpe". Y los ayudantes se pusieron manos a la obra.
Pero el escultor tenía un gran enemigo, suyo personal y de sus ayudantes, que trataba con todos los medios de hacer quedar mal al escultor y de crear desavenencias entre él y los ayudantes. Por eso éste en las obras de ellos metió su astucia: acá, alterando la materia que había de ser vertida en la forma; allá, haciendo más débil el fuego; más allá, infundiendo sopor en los ayudantes. Por lo cual sucedió que el rector del mundo, para tratar de impedir lo más posible que la obra saliera en copias imperfectas, puso sanciones graves contra los modelos salidos en modo imperfecto.
Una de estas sanciones fue que tales modelos no pudieran ser expuestos en la Casa de Dios. Allí todo debe, o debería, ser perfecto. Digo: debería, porque no es así. La apariencia es buena, pero la realidad no lo es. Los que están en la Casa de Dios parecen sin defectos, pero el ojo de Dios descubre en ellos los más graves: los que están en el corazón.
¡Oh! ¡El corazón! Con él se sirve a Dios; en verdad, se le sirve con él. No hace falta ni es suficiente tener el ojo limpio y el oído perfecto, voz armoniosa, hermosos miembros, para cantar las alabanzas que a Dios placen.
No hace falta ni basta tener bonitos indumentos y limpios y perfumados. Limpio ha de ser el espíritu en la mirada, perfecto ha de tener el oído, y armoniosa la voz, bien construido ha de resultar en sus formas espirituales, que deben estar adornadas de pureza: ésta es la túnica hermosa y limpia y perfumada de caridad; éste, el aceite henchido de esencia que agrada a Dios.
¿Y qué caridad sería la de uno que, siendo feliz y viendo a un infeliz, manifestara hacia él burla y odio? Pues más aún para quien, inculpable, ha nacido desgraciado: ha de dársele doble y triple caridad. La desgracia es pena que da mérito a quien la lleva y a quien, familiar del que tiene la desgracia, la ve llevar y sufre por ello por amor de pariente y quizás se da golpes de pecho pensando:
"La causa de este dolor soy yo, con mis vicios". Y no debe ser jamás causa de culpa espiritual en quien la ve. Se transforma en culpa si viene a ser anticaridad. Por eso os digo: "Nunca seáis personas sin caridad hacia vuestro prójimo. ¿Ha nacido con una desgracia? Amadlo porque lleva su gran dolor. ¿La desgracia le ha venido por su culpa? Amadlo porque su culpa ya se ha transformado en castigo.
¿Es padre o madre de uno que ha nacido desgraciado o que lo ha venido a ser después': Amadlos, porque no hay dolor mayor que el de un padre o una madre heridos en su hijo. ¿Es una madre que ha engendrado a un monstruo? Amadla, porque está literalmente aplastada por ese dolor, que considera el más inhumano. Inhumano es.
Pero aún mayor es el dolor de una que es madre de un monstruo de alma y que se da cuenta de que ha dado a luz a un demonio y a un peligro para la tierra, la patria, la familia, los amigos. ¡Oh! ¡Esta mujer no se atreve ya ni siquiera a levantar la frente, pobre madre de un hombre feroz, de un abyecto, de un homicida, un traidor, un ladrón, un degenerado! Pues bien, os digo: amad también a estas madres, las más infelices. Las que a través de los siglos pasarán con el nombre de madres de un asesino, de un traidor.
En todas partes la Tierra ha oído el llanto de las madres torturadas por la muerte cruel del propio hijo. De Eva en adelante, cuántas madres han sentido desgarrárseles las entrañas más que en los dolores del parto. Y mucho más aún: han sentido que una mano feroz les arrancaba las entrañas y con ellas el corazón, ante el cadáver del hijo asesinado, ajusticiado, martirizado por los hombres; y han gritado su espasmo, revolcándose, con un delirio de espasmódico amor doliente, abrazadas a esos despojos que ya no las oían, que no se calentaban ya con su calor, que no podían ya hacer ningún movimiento para decir con la mirada o con el gesto, si no con la boca: "Madre, te oigo".
Y, a pesar de todo, os digo que todavía la Tierra no ha oído el grito y recogido el llanto de la más santa y de la más infeliz. De aquellas que estarán eternamente en el recuerdo del hombre. La Madre del asesinado Redentor y la madre del que será su traidor.
Estas dos, mártires en modos distintos, se oirán gemir; y será la Madre inocente y santa, la más inocente, la inocente Madre del Inocente, la que dirá a su hermana lejana, mártir de un hijo cruel más que de ninguna otra cosa: "Hermana, yo te amo".
Amad, para sed dignos de Esta que amará por todos y a todos. El amor es lo que salvará a la Tierra.
Jesús baja de su tosco púlpito y se agacha para acariciar a un niñito semidesnudo, sólo vestido con una camisita, que se revuelca en la hierba de la orilla. Después de tantas sublimes palabras de Maestro, es dulce el verlo así, interesándose por un niñito, como un hombre sencillo, y luego partir el pan y ofrecerlo y darlo a los que tiene más cerca, y sentarse y comer humanamente, mientras oye ya en su corazón, sin duda, el grito de su Madre y ve a Judas a su lado.
A mí, a mí que soy tan impulsiva, me impresiona más que muchas otras cosas este dominio suyo sobre los sentimientos. Para mí es una lección continua.
Pero los presentes, sin embargo, parece como si se hubieran quedado yo diría incluso hechizados. Comen, pensativos y silenciosos, mirando con veneración al dulce Maestro de amor.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús llega al pueblo de Salomón ya muy de noche.
La Luna, por la posición en que se encuentra, hace pensar que son más o menos las dos antemeridianas. Una bonita Luna, apenas un poco menguada, que desde el medio del cielo sereno resplandece expandiendo paz sobre la tierra.
Paz y abundante rocío, los fuertes rocíos de los países calientes, benéficos para las plantas después de la quemazón diurna del sol.
Los peregrinos deben haber seguido el guijarral del río, que hacia las orillas está seco, porque el caudal es más restringido por el estiaje. Y suben de los cañizares al bosque que limita las márgenes, y las sostiene con la red de las raíces hundidas en la tierra cercana al agua.
-Vamos a detenernos aquí, en espera de que llegue el día ̿ dice Jesús.
-Maestro… yo soy todo un dolor… -dice Mateo.
-Y yo temo que me haya venido la fiebre. No es sano este río en verano… Ya lo sabes -añade Felipe.
-De todas formas, hubiera sido peor si del río hubiéramos subido a los montes judíos. También se sabe esto -dice el Zelote, que siente piedad de Jesús, al cual todos manifiestan sus pequeños miedos y quejas y del cual ninguno comprende el estado de ánimo.
-Deja, deja, Simón. Tienen razón. Pero dentro de poco descansaremos… Os ruego un poco de camino todavía… Y un poco de espera aquí. Ya veis cómo la Luna cambia su curso hacia occidente. ¿Por que despertar a ese anciano y a José, que quizás está enfermo todavía cuando dentro de poco será de día?…
-Es que aquí está todo empapado de aguazo. No se sabe dónde estar… -refunfuña Judas Iscariote.
-¿Tienes miedo de estropearte la túnica? ¡Venga, hombre, que después de estas marchas de penados entre polvo y rocío, huelga ya presumir de túnica! Y además… así le gustaría más al afable Elquías. Tus grecas… ¡Ja! ¡Ja!, las de los bajos y de las mangas se han quedado, a jirones, en los arbustos espinosos del desierto de Judá, y el sudor te ha destruido la del cuello… Ahora eres un perfecto judío… -dice, siempre alegre, Tomás.
-Un perfecto sucio, y me da asco -replica airado Judas.
-Te sea suficiente tener el corazón limpio, Judas -dice serenamente Jesús -Es lo que tiene valor…
-¡Valor! ¡Valor! Estamos extenuados de cansancio, de hambre… Perdemos la salud, que es lo único que tiene valor dice con malos modales Judas.
-No te retengo a la fuerza… Tú eres el que quiere estar.
-¿A estas alturas?… Me conviene hacerlo. Estoy…
-¡Di la palabra que te quema, hombre!: "Estás comprometido ante los ojos del Sanedrín". Pero siempre puedes remediar… y volver a conseguir su confianza…
-No quiero remediar… porque te amo y quiero estar contigo.
-Verdaderamente lo dices de una forma que más que amor parece odio… -masculla entre dientes Judas de Alfeo.
-Bien, pues… cada uno tiene su manera de expresar el amor.
-Sí, claro. También hay quien ama a su mujer pero la mata a palos… No me gustaría este tipo de amor -dice Santiago de Zebedeo, tratando de cortar el incidente con una broma.
Pero ninguno se ríe. De todas formas, gracias a Dios, ninguno replica.
Jesús aconseja:
-Vamos a sentarnos a la puerta de la casa. El alero es ancho y protege del aguazo, y está ese resalto que hace de base a la casa…
Obedecen sin decir nada. Llegados a la casa, se sientan en fila en su base.
Pero la simple observación de Tomás:
-Tengo hambre. Estas caminatas nocturnas dan hambre -enciende de nuevo la cuestión.
-¡Caminatas! ¡Lo que pasa es que desde hace días se vive con nada! -sigue siendo Judas Iscariote el que responde.
-La verdad es que en casa de Nique y de Zaqueo hemos comido, y bien; y Nique nos dio tanto, que hemos tenido que dar a los pobres, porque se habría estropeado. El pan no nos ha faltado nunca. Nos dio también pan y compango aquel caravanero… -observa Andrés. Judas, que no puede negarlo, calla.
Un gallo lejano saluda el primer indicio de albor.
-¡Oh! ¡Bien! ¡Dentro de poco el alba! -dice Pedro desperezándose, porque se había dormido casi.
Esperan en silencio a que se aproxime el día.
Un balido en un aprisco… Luego un cascabillo lejano que viene del camino principal, a las espaldas de ellos… Un cercano cru-cru de las palomas de Ananías. Una ronca voz de hombre entre los cañizares… Es un pescador que vuelve con la pesca nocturna y que profiere imprecaciones porque es poca. Ve a Jesús y se para. Vacila. Dice:
-¡Si te doy la pesca, me prometes abundancia en el futuro?
-¿Por ganancia o por necesidad?
-Por necesidad. Tengo siete hijos, mi mujer y la madre de mi mujer.
-Tienes razón. Sé una persona benéfica y te prometo que no te faltará lo necesario.
-Ten, entonces. Está también allá dentro ese herido que no se recupera a pesar de los cuidados…
-Que Dios te remunere y te dé paz -dice Jesús.
El hombre saluda y se marcha, dejando sus peces ensartados
por la boca en una ramita de sauce.
Se abate de nuevo el silencio, quebrado apenas por el frufrú de las cañas, por algún silbo de pájaro… Luego un chirrido cercano… La rústica verja que Ananías ha construido gira chirriando, y el anciano se asoma al camino escrutando el cielo. Le sigue la oveja balando…
-¡La paz a ti, Ananías!
-¡Maestro! Pero… ¿desde cuándo estás ahí? ¿Por qué no has llamado para que se te abriera?
-Desde hace poco. No quería molestar a nadie… ¿Cómo está José?
-¿Lo sabes?… Está mal. Le sale materia de una oreja y sufre mucho de la cabeza. Creo que morirá. Quiero decir que creía. Ahora estás Tú y creo que se curará. Salía para buscar hierbas para unas cataplasmas…
-¿Están aquí los compañeros de José?
-Dos. Los otros se han adelantado ya. Aquí están Salomón y Elías.
-¿Os han molestado los fariseos?
-Poco después de tu partida. Luego ya no. Querían saber a dónde habías ido. Dije: “A casa de mi nuera, a Masada".
¿Hice mal?
-Hiciste bien.
-¿Y… has estado? -el anciano está ansioso y expectante.
-Sí. Está bien.
-Pero… ¿No te escuchó?
-No. Hace falta orar mucho por ella.
-Y por sus hijos pequeños… Que los eduque para el Señor… -dice el anciano, y dos lagrimones caen para decir lo que él calla.
-Termina:
-¿Los viste?
-A uno puedo decir que lo vi… A los otros sólo de refilón. Están todos bien.
-Ofrezco a Dios renuncia y perdón… De todas formas… es muy amargo decir: "No volveré a verlos"…
-Pronto verás a tu hijo, y con él estarás en el Cielo en paz.
-Gracias, Señor. Entra…
-Sí. Vamos enseguida donde el herido. ¿Dónde está?
-En la mejor cama.
Entran en el huerto, que está bien ordenado, y del huerto a la cocina y de la cocina a la pequeña habitación. Jesús se agacha hacia el enfermo, que duerme gimiendo. Se agacha, se agacha… y espira hacia la oreja, envuelta en hilas ya llenas de pus. Se endereza de nuevo. Retrocede sin hacer ruido.
-¿No lo despiertas? -pregunta el anciano en voz baja.
-No. Déjalo dormir. Ya no tiene dolor. Se repondrá. Vamos donde los demás.
Jesús entorna la puerta sin hacer ruido y pasa a la habitación grande, donde están los lechos comprados la otra vez. Los dos discípulos, cansados, duermen todavía.
-Velan hasta el alba. Yo del alba hasta la caída de la tarde. Así que están cansados. Son muy buenos.
Los dos deben dormir con los oídos abiertos, porque se despiertan inmediatamente:
-¡Maestro! ¡Nuestro Maestro! ¡A tiempo has llegado! José está…
-Curado. Ya lo he hecho. Duerme sin saberlo. Pero ya no tiene nada. Sólo tendrá que limpiarse la podredumbre y estará sano como antes.
-¡Oh! Entonces límpianos también a nosotros, porque hemos pecado.
-¿En qué?
-Por asistir a José no hemos estado en el Templo…
-La caridad hace un templo en todo lugar. Y en el Templo de la caridad está Dios. Si todos nos amáramos, la Tierra sería toda un Templo. Estad en paz. Día llegará en que Pentecostés quiera decir “Amor". Manifestación del amor.
Vosotros habéis celebrado, precediendo a los meses, el Pentecostés futuro, porque habéis amado a vuestro hermano.
Desde la otra habitación, la voz de José llama:
-¡Ananías! ¡Elías! ¡Salomón! ¡Que estoy curado! -y el hombre aparece, vestido sólo con la túnica corta, enflaquecido, todavía pálido, pero sin sufrimiento. Ve a Jesús y dice:
-¡Ah! ¡Has sido Tú, Maestro mío! -y corre a besarle los pies.
-Que Dios te dé paz, José; y perdóname si has sufrido por mí.
-Me glorío de haber derramado sangre por ti, como la derramó mi padre. Te bendigo por haberme hecho digno de esto.
El rostro rústico de José resplandece con la alegría de estas palabras y adquiere nobleza, una belleza que viene de una luz interior.
Jesús le hace una caricia y dice a Salomón:
-Tu casa sirve para hacer mucho bien.
-¡Porque es tuya, ahora! Antes servía sólo para el sueño pesado del barquero. Pero me alegro de que te haya servido y haya servido a este justo. Ahora tendremos algunos días buenos aquí contigo.
-No, amigo. Vosotros partiréis enseguida. Ya no se nos concede descanso. Este tiempo será verdaderamente de prueba, y sólo las voluntades fuertes permanecerán fieles. Ahora vamos a compartir el pan, luego partiréis, enseguida, siguiendo el curso del río, precediéndome en media jornada.
-Sí, Maestro. ¿También José?
-También. A menos que tema una nueva herida…
-¡Maestro! ¡Quisiera Dios que te precediera en la muerte dando mi sangre por ti!
Salen al huerto rociado, brillante bajo el sol primero. Y Ananías hace los honores recogiendo los higos tempranos de las ramas más propicias para la maduración, y pide disculpas por no poder ofrecer un pichoncito, debido a que las dos nidadas han sido usadas para el enfermo. Pero están los peces; y, con gran rapidez, se ponen a preparar la comida.
Jesús pasea entre Elías y José, los cuales cuentan la aventura pasada y la fuerza de Salomón, que llevó a hombros al herido durante kilómetros y kilómetros, recorridos de noche en pequeñas etapas…
-Pero tú, José, perdonas, ¿no? A quien te hirió.
-Nunca he sentido rencor hacia esos desdichados. He ofrecido el perdón y el sufrimiento por su redención.
-¡Es como hay que hacer, discípulo bueno! ¿Y Ogla?
-Ogla fue con Timoneo. No sé si continuará siguiéndolo o si se detendrá en el Hermón. Hablaba siempre de que quería ir al Líbano.
-Ya. Que Dios lo guíe para lo mejor.
Ahora un intenso trinar de pájaros hace coro en las frondas; y balidos, voces de niños, de mujeres, rebuznos, garruchas chirriantes en los pozos denotan que el pueblo está despierto.
En el mismo huerto se parten los panes y se distribuyen los peces. Se consume la comida y, sin dilación, los tres discípulos, bendecidos por Jesús, dejan la casa. Recorren raudos el camino que va hasta el río y se introducen en los cañaverales frescos y umbrosos… Ya no se los ve…
-Ahora vamos a descansar hasta la caída de la tarde. Luego los seguiremos -ordena Jesús.
Y, quién en las yacijas, quién encima de un montón de redes, trenzadas por Ananías -el cual explica que así no está ocioso y gana su pan de cada día -, se echan, buscando un buen sueño reparador.
Ananías, entretanto, recoge las túnicas sudadas, sale sin hacer ruido, cierra la puerta y la verja y baja al río a lavar aquéllas, para que estén frescas y secas para el atardecer…
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Veo una vasta plaza -parece un mercado -rica en sombra de palmeras y otros árboles más bajos y frondosos.
Las palmeras crecen, acá o allá sin orden, y cimbrean el penacho de sus hojas, que crepitan con un viento caliente y alto portador de abundante polvo rojizo como si viniera de un desierto o, por lo menos, de lugares agrestes de tierra rojiza.
Los otros árboles forman como una galería a lo largo de los lados de la plaza, una galería de sombra, bajo la cual están refugiados vendedores y compradores, en medio de un jaleo inquieto y vocinglero.
En un ángulo de la plaza, exactamente en donde termina el camino principal, hay una primitiva oficina de recaudación de impuestos donde se ven balanzas y medidas y un banco, tras el cual está sentado un hombre pequeño que vigila, observa y cobra, y con el cual todos hablan como si fuera conocidísimo.
Sé que es Zaqueo el recaudador, porque muchos lo llaman, quién para preguntarle sobre las cosas sucedidas en la ciudad -son los forasteros -, quién para depositarle sus impuestos. Muchos se asombran de su preocupación. En efecto, parece distraído y absorto en un pensamiento. Responde con monosílabos y a veces con gestos. Ello asombra a muchos, porque se ve que habitualmente Zaqueo es locuaz. Alguno le pregunta si se siente mal, o si tiene parientes enfermos. Pero él lo niega.
Sólo dos veces se interesa vivamente. La primera, cuando pregunta a dos que vienen de Jerusalén y que hablan del Nazareno, contando milagros y predicación. Entonces Zaqueo hace muchas preguntas:
-¿Es verdaderamente bueno como dicen que es? ¿Sus palabras corresponden a los hechos? ¿La misericordia que predica la usa realmente? ¿Para todos? ¿Incluso para los publicanos? ¿Es verdad que no rechaza a nadie?
Y escucha y piensa y suspira. Otra vez es cuando uno le señala a un hombre de poblada barba, que pasa con su jumento cargado de enseres.
-¿Ves, Zaqueo? Aquél es Zacarías el leproso. Hacía diez años que vivía en un sepulcro. Ahora que está curado compra de nuevo los enseres para su casa, vaciada por la Ley cuando él y los suyos fueron declarados leprosos.
-Llamadlo.
Zacarías viene.
-¿Tú eras leproso?
-Lo era, y conmigo mi mujer y mis dos hijos. La enfermedad se apoderó primero de ella y no nos dimos cuenta inmediatamente.
Los niños se contagiaron durmiendo en brazos de su madre y yo acercándome a mi mujer. ¡Todos estábamos leprosos! Cuando se dieron cuenta, nos echaron del pueblo… Habrían podido dejarnos en nuestra casa. Era la última… al final de la calle. No habríamos creado dificultades… Ya había dejado crecer mucho el seto, para que ni siquiera fuéramos vistos. Era ya un sepulcro… pero era nuestra casa… Nos echaron. Nos echaban. Ningún pueblo nos aceptaba. ¡Es justo! ¡Ni siquiera el nuestro nos había aceptado!
Nos instalamos cerca de Jerusalén, en un sepulcro vacío. Allí hay muchos desdichados. Pero los niños, con el frío de la caverna, murieron. Enfermedad, frío y hambre los mataron pronto…
Eran dos varones… guapos antes de la enfermedad. Fuertes y guapos. Brunos como dos moras de agosto, de cabellos rizados, despabilados… Se habían convertido en dos esqueletos cubiertos de llagas… Sin pelo, cerrados los ojos por las costras, cayéndose en escamas blancas los piececitos y las manos. ¡Se fueron deshaciendo ante mis ojos mis niños!…
No tenían ya figura humana aquella mañana en que murieron, a pocas horas de distancia… Los sepulté como a despojos de animales, debajo de poca tierra y muchas piedras, mientras la madre gritaba… Unos meses después murió la madre… y me quedé solo… Estaba esperando la muerte, y no habría tenido ni siquiera una fosa excavada con las manos de los demás… Estaba casi ciego ya, cuando un día pasó el Nazareno. Desde mi sepulcro grité: "¡Jesús! ¡Hijo de David, ten piedad de mí!".
Me había referido un mendigo, que no había tenido miedo de llevarme su pan, que él había sido curado de su ceguera invocando al Nazareno con aquel grito. Y decía: "No me ha dado sólo la vista de los ojos, sino también la del alma.
He visto que es el Hijo de Dios y veo a todos a través de Él. Por este motivo no huyo de ti, hermano, sino que te traigo pan y fe. Ve donde el Cristo. Que haya uno más que lo bendiga". Ir no podía. Los pies, llagados hasta el hueso, no me permitían caminar… y además… me habrían apedreado, si me hubieran visto. Estuve atento a cuando pasase (lo hacía frecuentemente para ir a Jerusalén).
Un día vi -lo que podía ver -una polvareda en el camino, y muchedumbre de gente, y oí voces. Me arrastré hasta el borde de la colina donde estaban las grutas sepulcrales, y cuando me pareció ver una cabeza rubia descubierta que resplandecía entre las otras cabezas cubiertas, grité. Fuerte. Con toda la voz que tenía: Tres veces grité. Hasta que le llegó mi grito.
Se volvió. Se detuvo. Vino hacia mí. Solo. Llegó justo debajo del lugar donde yo estaba y me miró. ¡Hermoso, bueno, con dos ojos, una voz, una sonrisa…! Dijo: "¿Qué quieres que te haga?".
“Quiero quedar limpio".
"¿Crees que puedo hacerlo?
¿Por qué?" me preguntó.
"Lo creo" respondí. "Veo el resplandor de la gloria del Altísimo sobre tu cabeza. ¡Hijo de Dios, piedad de mí!". Él entonces extendió la mano con un rostro que era todo fuego. Los ojos parecían dos soles azules. Dijo: "Lo quiero.
Queda limpio” ¡Y me bendijo con una sonrisa!… ¡Qué sonrisa! Sentí que una fuerza entraba en mí. Como una espada de fuego que corría buscándome el corazón, que corría por las venas. El corazón, que estaba muy enfermo, volvió a como cuando tenía veinte años; la sangre helada de mis venas se volvió de nuevo caliente y rápida. Cesaron el dolor y la debilidad, y… ¡una alegría…
una alegría…! Él me miraba, con esa sonrisa suya que me hacía feliz. Luego dijo: "Ve, preséntate a los sacerdotes. Tu fe te ha salvado".
Entonces comprendí que estaba curado. Miré mis manos y mis piernas. Ya no estaban las llagas. Donde antes estaba descubierto el hueso, había entonces carne rosada y fresca. Corrí a un regato y me miré. La cara también estaba limpia. ¡Estaba limpio! ¡Estaba limpio después de diez años de asquerosidad!… ¡Ah! ¿Por qué no había pasado antes, en los años en que estaba viva mi mujer y mis niños? Nos habría curado. Ahora, ¿ves? Compro para mi casa… ¡Pero estoy solo!…
-¿No lo has vuelto a ver?
-No. Pero sé que está por esta zona y he venido a
propósito. Quisiera bendecirlo una vez más y ser bendecido para tener fuerza en mi soledad.
Zaqueo baja la cabeza y calla. El grupo se disuelve.
Pasa un tiempo. La hora se hace calurosa. La gente desaloja el mercado. El recaudador, con la cabeza apoyada en la mano piensa, sentado tras su banco.
-¡Ahí está! ¡Ahí está el Nazareno! -gritan unos niños, señalando al camino principal.
Mujeres, hombres, enfermos, mendigos se apresuran a correr a su encuentro. La plaza se queda vacía. Sólo los asnos, los camellos, atados a las palmeras, permanecen en su sitio; y Zaqueo en su banco.
Pero luego se pone en pie. Se sube encima de su banco.
Todavía no ve nada, porque muchos han arrancado ramajes y los ondean como por júbilo y Jesús está inclinado hacia algunos enfermos. Entonces Zaqueo se quita el vestido, de forma que se queda sólo con la túnica corta, y trepa a uno de los árboles. Sube con dificultad, contra el tronco grueso y liso que mal aferran sus cortas piernas y sus cortos brazos. Pero lo consigue, y se pone entre dos ramas, como en una terraza: las piernas penden por delante de este barandal; y de la cintura para arriba se asoma, como uno a una ventana, y mira.
La muchedumbre llega a la plaza. Jesús alza los ojos y sonríe al solitario espectador acomodado entre las ramas.
-Zaqueo, baja enseguida. Hoy me alojo en tu casa -ordena.
Y Zaqueo, tras un momento de estupor, con la cara lívida por la emoción, se desliza hacia abajo como un saco. Está nervioso y, patosamente, se pone de nuevo su vestido.
Cierra sus registros y su caja con movimientos que, queriendo ser demasiado rápidos, son más lentos. Pero Jesús es paciente. Acaricia a unos niños mientras espera.
Por fin Zaqueo está preparado. Se acerca al Maestro y lo guía hasta una bonita casa, con un amplio jardín alrededor, que está en el centro de la ciudad (una ciudad bonita; es más, una ciudad inferior en poco a Jerusalén, si no en cuanto a las dimensiones, sí en cuanto a las construcciones).
Jesús entra. Mientras espera a que la comida esté preparada, se ocupa de enfermos y sanos. Con una paciencia… que sólo puede ser suya.
Zaqueo va y viene muy activamente. No cabe dentro de sí mismo de la alegría. Quisiera hablar con Jesús, pero Jesús está rodeado siempre de una muchedumbre.
Al fin, Jesús se despide de todos, diciendo:
-Volved a la puesta del sol. Ahora id a vuestras casas. La paz a vosotros.
El jardín se desaloja. Se sirve la comida en una bonita y fresca sala que da al jardín. Zaqueo ha hecho las cosas con riqueza. No veo a otros familiares, por lo cual pienso que Zaqueo era célibe y vivía solo con muchos criados.
Acabada la comida, cuando los discípulos se diseminan a la sombra de las matas para descansar, Zaqueo se queda con Jesús en la fresca sala. Es más, durante un poco se queda solo Jesús, porque Zaqueo se retira como para dejarlo descansar. Pero luego vuelve y mira por una rendija de una cortina. Ve que Jesús no está durmiendo, sino que piensa. Entonces se acerca. Trae en sus brazos una pesada arca. La pone en la mesa al lado de Jesús y dice:
-Maestro… hace tiempo me hablaron de ti. Un día dijiste en un monte muchas verdades que nuestros doctores ya no saben decir. Se me quedaron en el corazón… y desde entonces pienso en ti…
Me ha sido referido después que eres bueno y no rechazas a los pecadores. Yo soy pecador. Maestro. Me han dicho que curas a los enfermos. Yo tengo enfermo el corazón porque he cometido hurto, porque he cometido usura, porque he sido vicioso, ladrón, duro con los pobres.
Pero ahora, ahora estoy curado porque me has hablado. Te has acercado a mí y el demonio de la sensualidad y de la riqueza ha huido. Y desde hoy soy tuyo, si no me rechazas, y para mostrarte que nazco de nuevo en ti, mira, me despojo de las riquezas mal adquiridas y te doy la mitad de mis bienes para los pobres; la otra mitad la usaré para restituir, cuadruplicado, cuanto he tomado con fraude. Sé a quién he robado. Luego, después de haber devuelto a cada uno lo suyo, te seguiré, Maestro, si lo permites…
-Lo quiero. Ven. He venido para salvar y llamar a la Luz. Hoy Luz y Salvación han venido a la casa de tu corazón.
Los que allí, al otro lado de la cancilla, murmuran porque te he redimido sentándome a tu banquete, olvidan que eres hijo de Abraham como ellos y que he venido para salvar a quien estaba perdido y a dar Vida a los muertos del espíritu. Ven, Zaqueo. Has comprendido mi palabra mejor que muchos que me siguen sólo para poder acusarme. Por eso de ahora en adelante estarás conmigo.
La visión cesa aquí.
Dice Jesús (a María Valtorta):
-Hay levadura y levadura. Está la levadura del Bien y está la del Mal. La levadura del Mal, veneno satánico, fermenta con mayor facilidad que la del Bien, porque encuentra la materia más adecuada para su fermentación en el corazón del hombre, en el pensamiento del hombre, en la carne del hombre, seducidos los tres por una voluntad egoísta, contraria, por tanto, a la Voluntad universal que es la de Dios.
La voluntad de Dios es universal porque no se limita nunca a un pensamiento personal, sino que tiene presente el bien de todo el Universo. A Dios nada puede aumentarle ninguna perfección, habiendo poseído siempre todo de forma perfecta. Por tanto, no puede haber en Él un pensamiento de propia ganancia en la base de ninguna acción suya.
Cuando se dice: "Se hace esto para mayor gloria de Dios, en el interés de Dios", no es porque la gloria divina sea susceptible en sí misma de aumento, sino porque toda cosa que en la creación lleve una impronta de bien y toda persona que haga el bien -,y por tanto merezca poseerlo -, se adorna con el signo de la Gloria divina y da así gloria a la Gloria misma, que ha creado gloriosamente todas las cosas. Es un testimonio, en definitiva, dado a Dios por las personas y las cosas: testificando con hechos acerca del Origen perfecto del que proceden.
Por eso Dios, cuando os manda, os aconseja u os inspira una acción, no lo hace por interés egoísta, sino por un pensamiento altruista, caritativo, de bienestar vuestro. Por eso la voluntad de Dios no es nunca egoísta; antes bien, es una voluntad enteramente abierta al altruismo, a la universalidad; la única y verdadera fuerza en el mundo universo que tenga pensamiento de bien universal.
Pero la levadura del Bien, germen espiritual que viene de Dios, crece con mucha adversidad y esfuerzo, con mucha dificultad, teniendo como tiene, en contra, los estímulos propicios para la otra levadura: la carne, el corazón y el pensamiento del hombre, impregnados de un egoísmo que es la antítesis del Bien, que por su origen no puede ser sino Amor. Falta en la mayoría de los hombres la voluntad de bien, y por tanto el Bien pierde la fecundidad y muere, o vive tan precariamente, que no fermenta: se queda ahí. No hay culpa grave, pero tampoco hay un esfuerzo para hacer el máximo bien. Por eso el espíritu yace inerte; no muerto, pero sí infructífero.
Considerad que no hacer el mal sirve solamente para evitar el Infierno. Para gozar enseguida del hermoso Paraíso es absolutamente necesario hacer el bien. En la medida en que se logre hacer. Luchando contra uno mismo y contra los demás.
Porque Yo he dicho que había venido a traer guerra y no paz entre padre e hijos, entre hermanos y hermanas, cuando esta guerra viniera del hecho de defender la Voluntad de Dios y su Ley contra las supercherías de las voluntades humanas, orientadas en direcciones contrarias a lo que Dios quiere.
En Zaqueo, el pequeño puñado de levadura de bien había fermentado para masa grande. En su corazón había caído sólo una partícula originaria: le habían referido mi discurso de la Montaña. Incluso deficientemente, sin duda amputado en muchas de sus partes, como sucede con los discursos referidos.
Publicano y pecador, Zaqueo. Pero no por mala voluntad. Era como uno que con un velo de catarata en las pupilas viera mal las cosas. Pero sabe que la vista, liberada de ese velo, vuelve a tener la capacidad de ver bien. Y ese enfermo desea que le quiten ese velo. Lo mismo Zaqueo. Ni estaba convencido ni era feliz: no estaba convencido de las prácticas farisaicas, que habían llegado a sustituir a la verdadera Ley; no se sentía feliz de su manera de vivir.
Buscaba instintivamente la luz, la verdadera Luz. Vio un resplandor de Luz en ese fragmento de discurso y lo guardó en su corazón como un tesoro. Y, puesto que lo amaba -date cuenta, María, de esto -, dado que lo amaba, el resplandor se fue haciendo cada vez más vivo, amplio e impetuoso, y lo llevó a ver nítidamente el Bien y el Mal y a elegir rectamente, cortando con generosidad todos los tentáculos que antes, de las cosas al corazón y del corazón a las cosas, lo habían envuelto en una red de esclavitud maligna.
"Puesto que lo amaba". Éste es el secreto del éxito o del no éxito. Se tiene éxito cuando se ama. Se tiene poco éxito cuando se ama raquíticamente. No se tiene ningún éxito cuando no se ama. En cualquier cosa. Con mayor razón en las cosas de Dios, donde, por ser Dios invisible para los sentidos corporales, hace falta tener un amor que me atrevería a llamarlo perfecto, respecto a la perfección que puede tocar la criatura, para tener éxito en una empresa, en la santidad en este caso.
Zaqueo -sintiendo aversión del mundo y de la carne, asqueado también por las mezquindades de las prácticas farisaicas, tan capciosas, intransigentes para los demás y demasiado condescendientes para ellos -amó ese pequeño tesoro de mi palabra, llegado a él por puro azar, humanamente hablando; lo amó como a la cosa más hermosa que su vida de cuarenta años hubiera poseído. Y desde ese momento polarizó su corazón y su pensamiento hacia este punto.
Donde está el tesoro está el corazón del hombre. No sólo en el mal. También en el bien. ¿Los santos no han tenido, acaso, en la vida su corazón en donde estaba su tesoro: Dios? Sí. Y, por este motivo, mirando sólo a Dios, supieron pasar por la Tierra sin corromper su alma con el fango de la Tierra.
Aquella mañana, aunque no hubiera hecho acto de presencia, habría conseguido igualmente un prosélito. Porque la narración del leproso había acabado la metamorfosis de Zaqueo.
Tras el banco de la recaudación ya no estaba el publicano ladrón y vicioso, sino el hombre arrepentido de su pasado y decidido a cambiar de vida. Si no hubiera hecho acto de presencia en Jericó, él habría cerrado su banco, habría cogido su dinero y habría venido en busca de mí, porque no podía ya estar sin el agua de la Verdad, sin el pan del Amor, sin el beso del Perdón.
Esto no lo veían, y mucho menos lo entendían, los censores de siempre, que siempre me observaban para criticarme. Por eso se asombraban de que comiera con un pecador. ¡Ah, si no juzgarais nunca, y dejarais a Dios esta tarea, pobres ciegos incapaces incluso de juzgaros a vosotros mismos!
Nunca fui con los pecadores para aprobar su pecado. Iba para sacarlos del pecado, a menudo porque ellos ya sólo tenían lo externo del pecado: el alma contrita estaba ya transformada en una nueva alma viva para expiar ¿Entonces, estaba Yo con un pecador? No. Con un redimido que necesitaba sólo un guía para sujetarse en medio de su debilidad de resucitado de la muerte.
"¡Cuánto os puede enseñar el episodio de Zaqueo! El poder de la recta intención que suscita el deseo. El deseo recto que impulsa a buscar una cognición cada vez mayor del bien y a buscar a Dios continuamente hasta alcanzarlo.
Un recto arrepentimiento que da el coraje de la renuncia. Zaqueo tenía la recta intención de oír palabras de verdadera Doctrina. Habiendo oído alguna, su recto deseo le impulsa a mayor deseo y, por tanto, a una continua búsqueda de esta Doctrina. La búsqueda de Dios, oculto en la verdadera Doctrina, lo separa de los mezquinos dioses del dinero y la sensualidad y lo hace héroe de renuncia.
"Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y ven detrás de mí" dije al joven rico, que no lo supo hacer.
Pero Zaqueo, a pesar de estar más endurecido en la
avaricia y en la sensualidad, sabe hacerlo. Porque, a través de la escasa Palabra que le había sido transmitida, había visto a Dios, como el mendigo ciego y leproso que curé.
¿Podrá, acaso, un espíritu que ha visto a Dios encontrar ya atracción alguna en las pequeñas cosas de la Tierra?
¿Lo puede, acaso, mi pequeña esposa?
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Veo a Jesús yendo por una calzada de primer orden llena de polvo y sol. No hay ni un hilo de sombra ni una pizca de verdor. Polvo en el camino y en las incultas tierras que lo bordean. Ciertamente no son las dulces colinas de Galilea, ni los montes más bosquivos de Judea, tan ricos en agua y pastos. Este terreno no es desértico por propia naturaleza, pero ha venido a serlo por la acción del hombre, que lo ha dejado yermo. Es llanura. No veo ninguna colina, ni siquiera en la lejanía.
No conociendo en absoluto Palestina, no puedo decir qué región es. Eso sí, es una región que no he visto nunca en las precedentes visiones. A un lado de la calzada hay montones de pedralla; quizás acumulados para repararla, pues está en pésimas condiciones. Por ahora uno se hunde en la arena. Cuando llueve debe transformarse en un torrente de lodo. No veo ninguna casa, ni cercana ni lejana.
Jesús, como siempre, va algunos metros delante de los apóstoles, que lo siguen en grupo, sudorosos y cansados. Para resguardarse del sol se han echado sobre la cabeza los mantos: parecen una cofradía vestida con hábitos multicolores. Jesús, sin embargo, lleva la cabeza descubierta. Parece que no le da ninguna molestia el sol.
Viste una túnica de lino blanco, de mangas cortas hasta el codo, muy amplia y suelta; no lleva siquiera el habitual cinturón de cordones: es un indumento verdaderamente indicado para este lugar tórrido. También el manto debe ser de lino -teñido de azul -, porque es muy fino y cae liviano sobre el cuerpo, al que arropa mucho menos de lo habitual; cubre los hombros pero deja libres los brazos.
No sé cómo lo ha sujetado para hacer que esté así.
Sentado, semiechado más bien, en uno de los montones de pedralla, hay un hombre. Un pobre, un mendigo sin duda. Está vestido -digámoslo así -con una sucia y andrajosa, pequeña túnica que quizás ha sido blanca pero que ahora es de color barro.
Calza dos miserables sandalias destaconadas: dos suelas semidesfondadas sujetas con unos cordeles. En las manos, un bastón hecho con una rama de árbol. En la frente una venda sucia; en la pierna izquierda, entre la rodilla y el extremo superior, otro trapajo sucio y ensangrentado. El pobre está demacrado: un montón de huesos; abatido, sucio, hirsuto, despeinado.
Antes de que él invoque a Jesús, Jesús va hacia él. Se acerca al mísero y pregunta:
-¿Quién eres?
-Un pobre que pide pan.
-¿Por este camino?
-Voy a Jericó.
-El camino es largo y la región está despoblada.
-Lo sé, pero es más fácil que me den un pan y una moneda los gentiles que pasan por este camino, que no los judíos. Vengo de estar entre judíos.
-¿Vienes de Judea?
-Sí. De Jerusalén. Pero he tenido que dar una vuelta grande para pasar por donde ciertas personas buenas de los campos, que siempre me ofrecen ayuda. En la ciudad no. No hay piedad.
-Es como has dicho. No hay piedad.
-Tú la tienes. ¿Eres judío?
-No. De Nazaret.
-Hace tiempo tenían mal nombre los nazarenos. Pero ahora hay que decir que son mejores que los de Judá. También en Jerusalén sólo los seguidores de ese Nazareno que llaman Profeta son buenos. ¿Lo conoces?
-¿Y tú lo conoces?
-No. Había ido porque, mira, tengo la pierna muerta y agarrotada, y me muevo con dificultad. No puedo trabajar. Me muero de hambre, y también por los golpes. Tenía esperanza de encontrarlo, porque me dicen que cura a quien toca. Es verdad que no soy del pueblo elegido… pero dicen que es bueno con todos. Me habían dicho que estaba en Jerusalén para la fiesta de las Semanas. Pero yo andaba lento… y me han pegado, y he enfermado por el camino…
Cuando llegué a Jerusalén ya se había marchado, porque, me han dicho, los judíos le han tratado mal también a Él.
-¿Y a ti te han maltratado?
-Siempre. Sólo los soldados romanos me dan un pan.
-¿Y qué se dice en Jerusalén, entre el pueblo, de este Nazareno?
-Que es Hijo de Dios, un gran profeta, un santo, un justo.
-¿Y tú qué crees que es?
-Yo soy… soy un idólatra. Pero creo que es el Hijo de Dios.
-¿Cómo puedes creerlo, si ni siquiera lo conoces?
-Conozco sus obras. Sólo un Dios puede ser bueno como Él y decir las palabras que dice Él.
-¿Quién te ha referido esas palabras?
-Otros pobres, enfermos curados, niños que me traen el pan… Los niños son buenos y no saben nada ni de creyentes ni de idólatras.
-¿Pero de dónde eres?
-Dilo. Yo soy como los niños. No tengas miedo. Sólo sé sincero.
-Soy… samaritano. Pero no me pegues…
-No pego a nadie. No desprecio nunca a nadie. Tengo piedad de todos.
-Entonces… ¡Entonces eres el Rabí de Galilea!
El mendigo se postra, se arroja abajo desde su montón de piedras, como un cuerpo muerto, rostro en tierra delante de Jesús.
-Levántate. Soy Yo. No temas. Levántate y mírame.
El mendigo alza el rostro, aunque sigue de rodillas, muy ladeado por su deformidad.
-Dad un pan y de beber a este hombre -ordena Jesús a los discípulos que ya han llegado. Es Juan el que da pan y agua -Ponedlo sentado, que coma tranquilamente. Come, hermano.
El pobre llora. No come. Mira a Jesús con los ojos de un pobre perro vagabundo que por primera vez se ve acariciado y alimentado por una persona compasiva.
-¡Come! -ordena Jesús sonriendo.
El pobrecillo come entre un sollozo y otro, y las lágrimas mojan el pan. Pero en su llanto hay también una sonrisa. Poco a poco se tranquiliza.
-¿Quién te ha hecho esta herida? -pregunta Jesús, tocando con sus dedos la venda sucia de la frente.
-Me atropelló, adrede, con su carro, un fariseo rico… Yo me había puesto en un cruce pidiendo un pan. Dirigió contra mí a los caballos, tan rápido que no pude apartarme. Por eso he estado a punto de morir. Tengo todavía un agujero en la cabeza que mana materia putrefacta.
-¿Y ahí quién te ha golpeado?
-Me había acercado a la casa de un saduceo, donde había un banquete, para pedir las sobras de las mesas, después de que habían elegido los restos mejores para los perros. Me vio y me embriscó los perros. Uno me desgarró el muslo.
-¿Y esta cicatriz grande que te deforma la mano?
-Fue un golpe con un palo que me dio un escriba hace tres años. Me reconoció como samaritano y me golpeó y me rompió los dedos. Por esto no puedo trabajar. Deformada la derecha, muerta una pierna, ¿cómo puedo ganar para vivir?
-¿Pero por qué sales de la Samaria?
-La necesidad es dura, Maestro. Somos muchos los necesitados y no hay pan para todos. Si Tú me ayudaras…
-¿Qué quieres que haga contigo?
-Sanar para trabajar.
-¿Crees que puedo hacerlo?
-Sí, lo creo, porque Tú eres el Hijo de Dios.
-¿Crees tú esto?
-Lo creo.
-¿Tú, samaritano, lo crees? ¿Por qué?
-Por qué, no lo sé. Sé que creo en ti y en quien te ha enviado. Ahora que has venido, ya no hay diferencia de adoración. Basta adorarte a ti para adorar a tu Padre, Señor eterno. Donde Tú estás está el Padre.
-¿Oís, amigos? (Jesús se vuelve a los discípulos). Este hombre habla por el Espíritu que le ilumina la verdad. Y este hombre, en verdad os digo, es superior a los escribas y fariseos, a los saduceos crueles, a todos estos idólatras que mentirosamente se dicen hijos de la Ley.
La Ley dice que hay que amar al prójimo, después de a Dios. Y éstos al prójimo que sufre y pide pan le dan palos; contra el prójimo que suplica lanzan caballos y perros; al prójimo que se rebaja, que se coloca más abajo que los perros del rico, le embriscan a los mismos perros para hacerlo todavía más infeliz de lo que ya la enfermedad lo hace.
Despreciadores, crueles, hipócritas, no quieren que Dios sea conocido ni amado. Si lo quisieran, lo darían a conocer a través de las obras, como éste ha dicho. Son las obras, no las prácticas, las que revelan a Dios vivo en el corazón de los hombres y llevan a los hombres a Dios.
¿No debo, Judas que me echas en cara que soy imprudente, censurarlos? Callar, fingir que los apruebo, sería aprobar su conducta. No. Por la gloria de Dios, no puedo Yo, su Hijo, permitir que la gente humilde, infeliz, buena, crea que apruebo los pecados de éstos.
He venido para hacer, de los gentiles, hijos de Dios. ¿Pero cómo puedo hacerlo si ellos ven que los hijos de la Ley -se llaman eso a sí mismos, pero son bastardos -practican un paganismo más culpable que el suyo?, porque estos hebreos han conocido la Ley de Dios y ahora escupen encima de nosotros el vómito de sus pasiones apagadas a la manera de animales inmundos.
¿Debo creer, Judas, que tú eres como ellos? ¿Tú que me censuras por las verdades que digo? ¿O debo pensar que estás preocupado por tu vida? El que me sigue no debe tener preocupaciones humanas.
Lo he dicho. Estás a tiempo todavía, Judas, de elegir entre mi vida y la de los judíos que apruebas. Pero piensa: la mía va a Dios; la otra, al Enemigo de Dios.
Piensa y decide. Pero sé auténtico. Y tú, amigo, levántate y anda. Quítate esas vendas. Vuelve a tu casa. Estás curado por tu fe.
El mendigo lo mira asombrado. No se atreve a tratar de extender la mano… luego prueba. Está intacta. Vuelve a ser idéntica a la izquierda. Deja el bastón, apoya las manos en el montón de piedras y hace fuerza. Se levanta.
Se sujeta de pie. La parálisis que agarrotaba la pierna está curada. Mueve la pierna, la dobla… da un paso, dos, tres. Camina… Mira a Jesús con un grito y un sollozo de alegría. Se quita la venda de la cabeza de un tirón. Se toca hacia el occipital, donde estaba el agujero purulento. Nada. Todo curado. Se quita, también bruscamente, del muslo el andrajo ensangrentado: la piel está intacta.
-¡Maestro! ¡Maestro y Dios mío! -grita alzando los brazos para arrojarse luego de rodillas a besar los pies de Jesús.
-Ve a casa ahora y cree siempre en el Señor.
-¿Y a dónde debo ir, Maestro y Dios, sino tras ti, que eres santo y bueno? No me rechaces, Maestro…
-Ve a Samaria. Y habla de Jesús de Nazaret. La hora de la Redención está cercana. Sé mi discípulo entre tus hermanos. Ve en paz.
Jesús lo bendice y luego se separan. El curado va raudo hacia el norte. Se vuelve de vez en cuando para mirar otra vez.
Jesús con los apóstoles deja el camino, y se adentran hacia oriente por los campos incultos, para tomar una vereda que corta al camino de primer orden y que no se hace más ancha hasta mucho más adelante. Quizás es el camino de Jericó. No lo sé.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Sudorosos, llenos de polvo, le siguen los suyos. Y Jesús y los apóstoles son los únicos que desafían al horno del camino, poco amparado por los árboles que se extienden desde el Monte de los Olivos hasta los relieves de Betania.
El verano se intensifica. Pero más aún se intensifica el odio. Los campos están pelados y agostados: hornos son que reflejan soplos de fuego. Los corazones de los enemigos de Jesús están todavía más pelados, no digo ya de amor, sino de honradez, de moral incluso humana, agostados por el odio… Y para Jesús sólo hay una casa. Hay sólo un refugio: Betania. Allí hay amor, alivio, protección, fidelidad…
El Peregrino perseguido se dirige allí con su indumento blanco, su rostro apenado, su paso cansado -como quien no puede detenerse por venir detrás, aguijoneándole, los enemigos -y la mirada resignada como quien ya contempla la muerte que de hora en hora, a cada paso, se acerca, y que ya acepta, por obediencia a Dios…
La casa, en medio de su vasto jardín, está toda cerrada y muda, en espera de horas más frescas. El jardín está vacío y mudo; en él sólo el sol reina, despótico.
Tomás llama con su fuerte voz de barítono.
Una cortina se separa, una cara mira… Luego un grito:
-¡El Maestro! -y los siervos se apresuran a salir afuera, seguidos por las asombradas amas, que ciertamente no esperaban a Jesús en esa hora todavía de fuego.
-¡Rabbuní!, ¡Mi Señor!
Marta y María saludan desde lejos, ya inclinadas, preparadas para postrarse, cosa que hacen en cuanto, abierta la cancilla, Jesús no está ya separado de ellas.
-Marta, María, la paz a vosotras y a vuestra casa.
La paz a ti, Maestro y Señor… Pero, ¿cómo a esta hora? -preguntan las hermanas (indicando a los domésticos que se marchen para que Jesús pueda hablar libremente).
-Para dar reposo al cuerpo y al espíritu donde no se me odia… -dice con tristeza Jesús mientras tiende hacia ellas las manos como para decir: « ¿Me queréis con vosotras?», y se esfuerza en sonreír pero es una sonrisa bien triste, contradicha por la mirada de sus ojos apenados).
-¿Te han hecho algún mal? -pregunta María encendiéndose.
-¿Qué te ha sucedido? -pregunta Marta, y, materna, añade:
-Ven, te daré alivio. ¿Desde cuándo andas, que estás tan cansado?
-Desde el alba… y puedo decir que sin parar, porque la corta pausa en casa de Elquías el Anciano ha sido peor que un largo camino.
-¿Allí te han angustiado?…
-Sí… y antes en el Templo…
-¿Pero por qué has ido a casa de esa serpiente? -pregunta María.
-Porque no ir hubiera servido para justificar su odio, que me habría acusado de despreciar a los miembros del Sanedrín. Pero ya… vaya Yo o no vaya, la medida del odio farisaico está colmada… y ya no habrá tregua…
-¿En esta situación estamos? Quédate con nosotros.
Maestro. Aquí no te harán ningún mal…
-Faltaría a mi misión… Muchas almas esperan a su Salvador. Debo ir…
-¡Pero no te van a dejar ir!
-No. Me perseguirán permitiéndome moverme para estudiar todos los pasos que dé, dejándome hablar para estudiar todas mis palabras, vigilándome como los sabuesos a su presa para tener… algo que pueda parecer falta… y todo servirá para ese fin…
Marta, que es siempre tan discreta, se siente tan invadida de piedad, que alza la mano como para una caricia en la mejilla enflaquecida; pero se detiene y se ruboriza. Dice:
-¡Perdona! ¡Me has hecho sentir la misma pena que me hace sentir nuestro Lázaro! ¡Perdóname, Señor, por haberte amado como a un hermano que sufre!
-Soy el hermano que sufre… Amadme con puro amor de hermanas… Pero, ¿y Lázaro?
-Cada vez más desfallecido, Señor… -responde María, y a las lágrimas que ya le irritan los ojos da rienda suelta con esta confesión, que se une a la pena de ver tan afligido a su Maestro.
-No llores, María. Ni por mí ni por él. Hacemos la divina voluntad. Se debe llorar por quien no sabe hacer esta voluntad…
María se inclina para tomar la mano de Jesús y la besa en la punta de los dedos.
Entretanto han llegado a la casa. Entran y van inmediatamente a donde Lázaro; los apóstoles por su parte descansan y se refrescan con lo que ofrecen los criados.
Jesús se inclina hacia el consumido Lázaro, cada vez más consumido; lo besa sonriente para aligerar la tristeza de su corazón.
-¡Maestro, cuánto me quieres! Ni siquiera has esperado a la caída de la tarde para venir a mí. Con este calor…
-Amigo mío, Yo me deleito en ti y tú en mí. Lo demás es nada.
-Es verdad. Es nada. Incluso mi sufrimiento me es nada… Ahora sé por qué sufro, y qué puedo con mi sufrimiento -y Lázaro sonríe con una íntima, espiritual sonrisa.
-Así es, Maestro. Casi se diría que nuestro Lázaro ve con placer la enfermedad y… -un sollozo quiebra la voz de Marta, que calla.
-Sí, dilo, ¿por qué no?: y la muerte. Maestro, diles a ellas que me deben ayudar, como hacen los levitas con los sacerdotes.
-¿A qué, amigo mío?
-A consumar el sacrificio…
-¡Y sin embargo tenías miedo de la muerte hasta hace poco tiempo! ¿Entonces ya no nos quieres? ¿Ya no quieres al Maestro? ¿No le quieres servir?… -pregunta más fuerte, pero pálida de dolor, María, acariciando la mano amarillenta de su hermano.
-¿Y lo preguntas tú, precisamente tú, alma ardiente y generosa? ¿No soy tu hermano? ¿No tengo tu misma sangre y tus mismos santos amores: Jesús, las almas y vosotras, amadas hermanas?… Pero desde Pascua mi alma conserva una gran palabra. Y amo la muerte. Señor, te la ofrezco por tu misma intención.
-¿Entonces ya no me pides la curación?
-No, Rabbuní. Te pido bendición para saber sufrir y… morir… y, si no es demasiado pedir, para redimir… Tú lo dijiste…
-Lo dije. Y te bendigo para darte todas las fuerzas.
Y le impone las manos. Luego lo besa.
-Estaremos juntos y me instruirás…
-No ahora, Lázaro. No me detengo. He venido unas pocas horas. Cuando se haga de noche me marcho.
-¿Por qué -preguntan, desilusionados, los tres hermanos.
-Porque no puedo detenerme… Volveré en otoño. Y entonces… estaré mucho aquí y mucho haré aquí… y en los alrededores…
Silencio triste. Luego Marta suplica:
-Entonces, al menos, descansa y repón fuerzas…
-Nada me dará como vuestro amor nuevas fuerzas. Haced que descansen mis apóstoles y a mí dejadme estar aquí, con vosotros, con esta paz…
Marta sale, llorando, y vuelve con unas tazas de leche fría y fruta temprana…
-Los apóstoles han comido y ahora duermen cansados. Maestro mío, ¿verdaderamente no quieres descansar?
-No insistas, Marta. No habrá surgido todavía el alba y ellos ya me estarán buscando aquí, en el Getsemaní, en casa de Juana, en todas las casas amigas. Pero para el alba Yo ya estaré lejos.
-¿A dónde vas, Maestro? -pregunta Lázaro.
-Hacia Jericó, pero no por el camino usual… Tuerzo hacia Tecua y luego retrocedo hacia Jericó.
-Camino molesto en este período… - susurra Marta.
-Precisamente por eso está solitario. Caminaremos de noche. Las noches son claras, incluso antes de que se alce la Luna… Y el alba viene tan rápido…
-¿Y luego? -pregunta María.
-Y luego la Transjordania. Y a la altura de Samaria, en su septentrión, pasaré el río y vendré a esta parte.
-Ve pronto a Nazaret. Estás cansado… -dice Lázaro.
-Antes tengo que ir a la orilla del mar… Luego… iré a Galilea. Pero también me perseguirán allí…
-Tendrás en todo caso a tu Madre, que te consuela… -dice Marta.
-¡Sí, pobre Mamá!
-Maestro, Magdala es tuya. Ya lo sabes -recuerda María.
-Lo sé, María… Conozco todo el bien y todo el mal…
-¡Separados así!… ¡durante tanto tiempo! ¿Me encontrarás vivo, Maestro?
-No lo dudes. No lloréis… Hay que habituarse también a las separaciones. Y son útiles para probar la fuerza de los afectos. Se entienden mejor los corazones amados viéndolos con ojo espiritual, desde lejos. Cuando, no bajo el efecto del gusto humano por la cercanía física del amado, se puede meditar en su espíritu y en su amor… se comprende más el yo de la persona lejana… Estoy seguro de que pensando en vuestro Maestro lo comprenderéis mejor todavía cuando veáis y contempléis en paz mis acciones y mis afectos.
-¡Oh, Maestro! ¡Pero nosotros no tenemos dudas respecto a ti!
-Ni yo respecto a vosotros. Lo sé. Pero me conoceréis más todavía. Y no os digo que me améis, porque conozco vuestro corazón. Digo solamente: orad por mí.
Los tres hermanos lloran… ¡Está tan triste Jesús!…
¿Cómo no llorar?
-¿Qué queréis? Dios había puesto el amor entre los hombres. Pero los hombres, en su lugar, han metido el odio… Y el odio divide no sólo a los enemigos entre sí, sino que también se introduce astutamente para separar a los amigos.
Un silencio largo. Luego Lázaro dice:
-¡Maestro, vete de Palestina durante un tiempo!…
-No. Mi puesto está aquí. Para vivir, evangelizar, morir.
-Pero encontraste un remedio para Juan y la griega. Ve con ellos.
-No. A ellos había que salvarlos. Yo debo salvar. Y ésta es la diferencia que explica todo. El altar está aquí, y aquí está la cátedra. No puedo ir a otro lugar. Y además… ¿Creéis que ello cambiaría lo que está decidido?
No. Ni en la Tierra ni en el Cielo. Lo único que haría sería empañar la pureza espiritual de la figura mesiánica. Sería "el cobarde" que se salva con la fuga. Debo dar el ejemplo, a los del presente y a los del futuro, de que en las cosas de Dios, en las cosas santas, no hay que ser cobardes…
-Tienes razón, Maestro -suspira Lázaro…
Y Marta, apartando la cortina, dice:
-Tienes razón… La tarde avanza. Ya no hay sol…
María se echa a llorar angustiosamente, como si esta palabra hubiera tenido el poder de disolver su fuerza moral, que contenía su llanto vertiendo lágrimas sólo silenciosamente. Llora más desconsoladamente que en la casa del fariseo, cuando con su llanto pedía perdón al Salvador…
-¿Por qué lloras así? -pregunta Marta.
-¡Porque has dicho la verdad, hermana! Ya no hay Sol… El Maestro se marcha… Ya no hay Sol para mí… para nosotros…
-Calmaos. Os bendigo. Quede con vosotros mi bendición. Y ahora dejadme con Lázaro, que está cansado y necesita silencio. Velando a mi amigo descansaré. Asistid a los apóstoles y haced que estén preparados para la hora de las sombras…
Las discípulas se retiran y Jesús se queda silencioso, recogido en sí mismo, sentado al lado del amigo que pierde vigor y que, satisfecho con esa cercanía, se duerme con una leve sonrisa en el rostro.