por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Elquías ha invitado a Jesús a su casa, situada poco lejos del Templo, aunque un poco avanzada hacia el barrio que está al pie de Tofet. Jesús entra en ella. Es una casa decorosa, un poco severa, de cumplidor estricto.
Creo que hasta los clavos están puestos en número y posición tales, que alguno de los seiscientos trece preceptos lo indique como bueno. No hay ni un motivo ornamental en las cortinas, ni un friso en las paredes, ni un pequeño objeto de adorno… ninguna de esas mínimas cosas que hasta en las casas de José y Nicodemo y de los mismos fariseos de Cafarnaúm hay, para embellecerlas.
Gélida, de tan desnuda como está de todo lo que signifique ornamento; adusta, con sus muebles oscuros y pesados escuadrados como sarcófagos: rezuma por todas partes el espíritu de su amo: es una casa que repele, que no acoge, sino que se clausura, como casa enemiga, a quien en ella entra.
Y Elquías lo señala con jactancia:
-¿Ves, Maestro, como soy cumplidor? Todo lo dice. Mira: cortinas sin motivos ornamentales, muebles sin objetos de adorno, nada de vasijas de formas esculpidas o lámparas que imiten flores. No falta nada. Pero todo está regulado según el precepto: "No te harás ninguna escultura, ni representación de lo que hay arriba en el cielo, o abajo en la tierra, o en las aguas de debajo de la tierra". Tanto en la casa como en mis indumentos o los de mis familiares. Yo, por ejemplo, no apruebo en este discípulo tuyo (Judas Iscariote) estas labores en la túnica y en el manto. Me dirás: "Muchos las llevan". Dirás: "Es sólo una greca". De acuerdo. Pero con esos ángulos, con esas curvas, recuerda demasiado los signos de Egipto. ¡Qué horror! ¡Cifras demoníacas! ¡Signos de nigromancia!
¡Siglas de Belcebú! Llevar estas cosas no te honra, Judas de Simón; ni a ti tampoco, Maestro, el permitírselo.
Judas responde con una risita sarcástica. Jesús responde humildemente:
-Más que las señales en los vestidos, vigilo que no haya señales de horror en los corazones. De todas formas, solicitaré, es más, ya desde este momento solicito de mi discípulo que lleve indumentos menos adornados, para no escandalizar a nadie.
Judas tiene una buena reacción:
-Verdaderamente mi Maestro me ha dicho varias veces que
habría preferido más sencillez en mis indumentos. Pero yo… he hecho mi voluntad porque me gusta vestirme así.
-Mal, muy mal. Que un galileo enseñe a un judío está muy mal, además a ti, que eras del Templo… ¡oh!
Elquías muestra todo su escándalo, y sus amigos lo apoyan.
Judas está ya cansado de ser bueno, y replica:
-¡Entonces habría muchas pomposidades que quitaros también a vosotros del Sanedrín! Si os quitarais todos los motivos ornamentales con que cubrís las caras de vuestras almas, apareceríais bien feos.
-¡Mide tus palabras!
-Son las palabras de uno que os conoce.
-¡Maestro! ¿Lo estás oyendo?
-Oigo y digo que hace falta humildad por ambas partes, y, en ambas, verdad. Y recíproca indulgencia. Sólo Dios es perfecto.
-¡Bien dicho, Rabí! -dice uno de los amigos… Escuálida y solitaria voz en el grupo farisaico y doctoral.
-No. Está mal dicho -rebate Elquías -El Deuteronomio es claro en sus maldiciones. Dice: "Maldito el hombre que hace una imagen esculpida, o fundida, cosa abominable, obra de manos de artífice y…"
-Pero éstos son indumentos, no esculturas -responde Judas.
-Silencio tú. Habla tu Maestro. Elquías, sé justo y distingue Maldito quien hace ídolos. Pero no el que hace motivos ornamentales copiando la belleza que el Creador ha puesto en la creación. Cogemos las flores para adornar…
-Yo no cojo flores, ni quiero ver adornadas de flores las habitaciones. ¡Ay de las mujeres de mi casa, si cometen este pecado, aunque sea en las habitaciones propias! Sólo debe ser admirado Dios.
-Es un pensamiento justo. Sólo Dios. Pero se puede admirar a Dios también en una flor, reconociendo que Él es el artífice de la flor.
¡No, no! ¡Paganismo! ¡Paganismo!
-Judit se adornó, y se adornó Ester para finalidad santa…
¡Mujeres! Y la mujer es siempre un ser despreciable. Pero te ruego, Maestro, que entres en la sala del banquete mientras yo me retiro un momento, porque tengo que hablar con mis amigos.
Jesús da su consentimiento sin oposición.
-¡Maestro!… ¡Siento ahogo!… -exclama Pedro.
-¿Por qué? ¿Te sientes mal? -preguntan algunos.
-No. Pero sí, molesto… como uno que hubiera caído en una trampa.
-No te pongas nervioso. Y sed todos muy prudentes -aconseja Jesús.
Permanecen en grupo, de pie, hasta que vuelven los fariseos, seguidos por los criados.
-A las mesas sin demora. Tenemos una reunión y no podemos retrasarnos -ordena Elquías. Y distribuye los puestos, mientras ya los criados trinchan las carnes.
Jesús está al lado de Elquías y junto a Él Pedro. Elquías ofrece los alimentos y la comida empieza en medio de un silencio helador… Pero luego empiezan las primeras palabras, naturalmente dirigidas a Jesús, porque a los otros doce no se los considera; es como si no estuvieran.
El primero que pregunta es un doctor de la Ley.
-Maestro, ¿entonces estás seguro de que eres lo que dices?
-No es que sea Yo el que lo diga; ya los profetas lo habían dicho, antes de mi venida a vosotros.
-¡Los profetas!… Tú que niegas que nosotros somos santos, puedes también recibir como buenas mis palabras, si digo que nuestros profetas pueden ser unos exaltados.
-Los profetas son santos.
-Y nosotros no, ¿no es verdad? Considera que Sofonías une los profetas a los sacerdotes en la condena contra Jerusalén: "Sus profetas son unos exaltados, hombres sin fe, y sus sacerdotes profanan las cosas santas y violan la Ley". Tú nos echas en cara esto continuamente. Pero, si aceptas al profeta en la segunda parte de lo que dice, debes aceptarlo también en la primera, y reconocer que no hay base de apoyo en las palabras que vienen de los exaltados.
-Rabí de Israel, respóndeme. Cuando pocos renglones después Sofonías dice: "Canta y alégrate, hija de Sión… El Señor ha retirado el decreto que había contra ti… El Rey de Israel en medio de ti", ¿tu corazón acepta estas palabras?
-Mi gloria consiste en repetírmelas a mí mismo soñando aquel día.
-Pero son palabras de un profeta, por tanto de un exaltado…
El doctor de la Ley se queda desorientado un momento.
Le ayuda un amigo:
-Ninguno puede poner en duda que Israel reinará. No sólo uno, sino todos los profetas y los pre-profetas, o sea los patriarcas, han manifestado esta promesa de Dios.
-Y ninguno de los pre-profetas ni de los profetas ha dejado de señalarme como lo que soy.
-¡Sí! ¡Bueno! ¡Pero no tenemos pruebas! Puedes ser Tú también un exaltado. ¿Qué pruebas nos das de que eres el Mesías, el Hijo de Dios? Dame una seña para que pueda juzgar.
-No te digo mi muerte, descrita por David e Isaías, sino que te digo mi resurrección.
-¿Tú? ¿Tú? ¿Resucitar Tú? ¿Y quién te va a hacer resucitar?
-Vosotros no, está claro; ni el Pontífice ni el monarca ni las castas ni el pueblo. Resucitaré por mí mismo.
-¡No blasfemes, Galileo, ni mientas!
-Sólo doy honor a Dios y digo la verdad. Y con Sofonías te digo "Espérame en mi resurrección". Hasta ese momento podrás tener dudas, podréis tenerlas todos, podréis trabajar en instilarlas en el pueblo. Pero no podréis ya cuando el Eterno Viviente, por sí mismo, después de haber redimido, resucite para no volver a morir, Juez intocable, Rey perfecto que con su cetro y su justicia gobernará y juzgará hasta el final de los siglos y seguirá reinando en los Cielos para siempre.
-¿Pero no sabes que estás hablando a doctores y Ancianos? dice Elquías.
-¿Y qué, pues? Me preguntáis, Yo respondo. Mostráis deseos de saber, Yo os ilustro la verdad. No querrás hacerme venir a la mente, tú que por un motivo ornamental en un vestido has recordado la maldición del Deuteronomio, la otra maldición del mismo: "Maldito el que hiere a traición a su prójimo".
-No te hiero, te doy comida.
-No. Pero las insidiosas preguntas son golpes dados por la espalda. Ten cuidado, Elquías, porque las maldiciones de Dios se siguen, y la que he citado va seguida por esta otra: "Maldito quien acepta regalos para condenar a muerte a un inocente".
-En este caso el que aceptas regalos eres Tú, que eres mi invitado.
-Yo no condeno ni siquiera a los culpables si están arrepentidos.
-No eres justo, entonces.
-No, es justo, porque Él considera que el arrepentimiento merece perdón, y por eso no condena -dice el mismo que ya había manifestado su aprobación en el atrio de la casa a las palabras de Jesús.
-¡Cállate, Daniel! ¿Pretendes saber de estas cosas más que nosotros? ¿O es que estás seducido por uno sobre el cual mucho hay que decidir todavía y que no hace nada por ayudarnos a decidir en su favor? -dice un doctor.
-Sé que sois los que sabéis, y yo un simple judío, que ni siquiera sé por qué a menudo queréis que esté con vosotros…
-¡Pues porque eres de la familia! ¡Es fácil de entender! ¡Quiero que los que entran en mi parentela sean santos y sabios! No puedo consentir ignorancias en la Escritura, ni en la Ley, ni en los Halasiots, Midrasiots y en la Haggada. Y no las soporto. Hay que conocer todo. Hay que observar todo…
-Y te agradezco tanta preocupación. Pero yo, simple labriego de tierras, que indignamente he pasado a ser pariente tuyo, me he preocupado solamente de conocer la Escritura y los Profetas para consuelo de mi vida. Y, con la sencillez de un iletrado, te confieso que reconozco en el Rabí el Mesías, precedido por su Precursor, que nos lo ha señalado… Y Juan -no puedes negarlo -estaba penetrado del Espíritu de Dios.
Un momento de silencio. No quieren negar que Juan el Bautista fuera infalible; afirmarlo, tampoco.
Entonces otro dice:
-Bien… digamos que el Precursor es precursor del ángel que Dios envía para preparar el camino del Cristo. Y… admitamos que en el Galileo hay santidad suficiente para juzgar que Él es ese ángel. Después de Él vendrá el tiempo del Mesías. ¿No os parece a todos conciliador este pensamiento? ¿Lo aceptas, Elquías? ¿Y vosotros, amigos? ¿Y Tú, Nazareno?
-No. No. No.
Los tres noes son seguros.
-¿Cómo? ¿Por qué no lo aprobáis?
Elquías calla. Callan sus amigos. Solamente Jesús, sincero, responde:
-Porque no puedo aprobar un error. Yo soy más que un ángel. El ángel fue el Bautista, Precursor del Cristo, y el Cristo soy Yo.
Un silencio glacial, largo. Elquías, apoyado el codo sobre el triclinio y la cara en la mano, piensa, adusto, cerrado como toda su casa. Jesús se vuelve y lo mira. Luego dice:
-¡Elquías, Elquías, no confundas la Ley y los Profetas con las minucias!
-Veo que has leído mi pensamiento. Pero no puedes negar que has pecado incumpliendo el precepto.
-Como tú has incumplido el deber hacia el invitado; además con astucia, por tanto con más culpa. Lo has hecho con voluntad de hacerlo. Me has distraído y me has mandado aquí, mientras tú con tus amigos te purificabas, y cuando has vuelto nos has pedido que no nos demorásemos, porque tenías una reunión. Todo para poder decirme: "Has pecado".
-Podías recordarme mi deber de darte con qué purificarte.
-Te podría recordar muchas cosas, pero no serviría para nada más que para hacerte más intransigente y enemigo.
-No. Dilas. Dilas. Queremos escucharte y…
-Y acusarme ante los Príncipes de los Sacerdotes. Por este motivo te he recordado la última y la penúltima maldición.
Lo sé. Os conozco. Estoy aquí, inerme, entre vosotros.
Estoy aquí, aislado del pueblo que me ama, ante el cual no os atrevéis a agredirme. Pero no tengo miedo. Y no acepto arreglos ni me comporto cobardemente. Y os manifiesto vuestro pecado, de toda vuestra casta y vuestro, oh fariseos, falsos puros de la Ley, oh doctores, falsos sabios, que confundís y mezcláis a propósito lo verdaderamente bueno y lo falsamente bueno; que a los demás y de los demás exigís la perfección incluso en las cosas exteriores y a vosotros no os exigís nada.
Me criticáis, unidos al que nos ha invitado aquí, a mí y a vosotros, el que no me haya lavado antes de la comida.
Sabéis que vengo del Templo, donde no se entra sino tras haberse purificado de las suciedades del polvo y del camino. ¿Es que queréis confesar que el Sagrado Lugar es contaminación?
-Nosotros nos hemos purificado antes de la comida.
-Y a nosotros nos ha sido impuesto: "Id allí, esperad". Y después "A las mesas sin demora". Luego entonces, entre tus paredes desnudas de motivos ornamentales había un motivo intencional: engañarme.
¿Qué mano ha escrito en las paredes el motivo para poderme acusar? ¿Tu espíritu u otra potencia a la que escuchas y que dicta a tu espíritu sus reglas? Pues bien, oíd todos.
Jesús se pone en pie. Tiene las manos apoyadas en el borde de la mesa. Empieza su invectiva:
-Vosotros, fariseos, laváis la copa y el plato por fuera, y os laváis las manos y os laváis los pies, casi como si plato y copa, manos y pies, entrasen en ese espíritu vuestro que os place proclamar puro y perfecto. Pero no sois vosotros, sino Dios, quien tiene que proclamarlo.
Pues bien, sabed lo que Dios piensa de vuestro espíritu. Piensa que está lleno de mentira, suciedad y codicia; lleno de iniquidad está, y nada puede desde fuera corromper lo que ya está corrompido.
Quita la derecha de la mesa y empieza involuntariamente a hacer gestos con ella mientras prosigue:
-¿Y no puede, acaso, quien ha hecho vuestro espíritu, como ha hecho vuestro cuerpo, exigir, al menos en igual medida, para lo interno el respeto que tenéis para lo externo?
Necios que cambiáis los dos valores e invertís su potencia, ¿no querrá el Altísimo un cuidado aún mayor para el espíritu -hecho a semejanza suya y que por la corrupción pierde la Vida eterna -, que no para la mano o el pie, cuya suciedad puede ser eliminada con facilidad, y que, aunque permanecieran sucios no influirían en la limpieza interior?
¿Puede Dios preocuparse de la limpieza de una copa o de una bandeja, cuando no son sino cosas sin alma y que no pueden influir en vuestra alma?
Leo tu pensamiento, Simón Boetos. No. No es consistente.
Vosotros no tenéis estos cuidados, ni practicáis estas purificaciones, por una preocupación por la salud, ni por una tutela de la carne o de la vida. El pecado carnal, más claramente, los pecados carnales de gula, de intemperancia, de lujuria, son ciertamente más dañinos para la carne que no un poco de polvo en las manos o en el plato.
Y, a pesar de ello, los practicáis sin preocuparos de tutelar vuestra existencia y la incolumidad de vuestros familiares. Y cometéis pecados de más de una naturaleza, porque, además de la contaminación de vuestro espíritu y de vuestro cuerpo, además del despilfarro de bienes, de la falta de respeto a los familiares, ofendéis al Señor por la profanación de vuestro cuerpo, templo de vuestro espíritu, en que debería estar el trono para el Espíritu Santo; y lo ofendéis por el juicio que hacéis de que os debéis tutelar por vosotros mismos de las enfermedades que vienen de un poco de polvo, como si Dios no pudiera intervenir para protegeros de las enfermedades físicas si recurrierais a Él con espíritu puro.
¿Es que Aquel que ha creado lo interno no ha creado acaso también lo externo y viceversa? ¿Y no es lo interno lo más noble y lo más marcado por la divina semejanza?
Haced entonces obras que sean dignas de Dios, y no mezquindades que no se elevan por encima del polvo para el cual y del cual están hechas, del pobre polvo que es el hombre considerado como criatura animal, barro compuesto en una forma y que a ser polvo vuelve, polvo dispersado por el viento de los siglos.
Haced obras que permanezcan, obras regias y santas, obras que se coronen de la divina bendición. Haced caridad, haced limosna, sed honestos, sed puros en las obras y en las intenciones, y sin recurrir al agua de las abluciones todo será puro en vosotros.
¿Pero qué os creéis? ¿Que estáis en regla porque pagáis los diezmos de las especias? No.
¡Ay de vosotros, fariseos que pagáis los diezmos de la menta y de la ruda, de la mostaza y del comino, del hinojo y de todas las demás verduras, y luego descuidáis la justicia y el amor a Dios! Pagar los diezmos es un deber y hay que cumplirlo. Pero hay otros deberes más altos, que también hay que cumplir. ¡Ay de quien cumple las cosas exteriores y descuida las interiores basadas en el amor a Dios y al prójimo!
¡Ay de vosotros, fariseos, que estimáis los primeros puestos en las sinagogas y en las asambleas y deseáis que os hagan reverencias en las plazas, y no pensáis en hacer obras que os den un puesto en el Cielo y os merezcan la reverencia de los ángeles.
Sois semejantes a sepulcros escondidos, inadvertidos para el que pasa junto a ellos sin repulsa (sentiría repulsa si pudiera ver lo que encierran); pero Dios ve las más recónditas cosas y no se equivoca cuando os juzga.
Le interrumpe, poniéndose también de pie, en oposición, un doctor de la Ley.
-Maestro, hablando así nos ofendes también a nosotros; y no te conviene, porque nosotros debemos juzgarte.
-No. No vosotros. Vosotros no podéis juzgarme. Vosotros sois los juzgados, no los jueces, y quien os juzga es Dios. Vosotros podéis hablar, emitir sonidos con vuestros labios. Pero ni la más potente de las voces llega a los cielos, ni recorre toda la Tierra. Después de un poco de espacio es silencio…
Después de un poco de tiempo es olvido. Pero el juicio de Dios es voz que permanece y no está sujeto a olvidos.
Siglos y siglos han pasado desde que Dios juzgó a Lucifer y juzgó a Adán. Y la voz de ese juicio no se apaga, las consecuencias de ese juicio permanecen. Y si ahora he venido para traer de nuevo la Gracia a los hombres, mediante el Sacrificio perfecto, el juicio sobre la acción de Adán permanece igual, y siempre será llamado "pecado original".
Los hombres serán redimidos, lavados con una purificación que supera todas las demás, pero nacerán con esa marca, porque Dios ha juzgado que esa marca debe estar en todos los nacidos de mujer, menos para Aquel que, no por obra de hombre, sino por Espíritu Santo fue hecho, y para la Preservada y el Presantificado, vírgenes eternamente: la Primera, para poder ser la Virgen Deípara; el segundo, para poder preceder al Inocente naciendo ya limpio por un disfrute anticipado de los méritos infinitos del Salvador Redentor.
Y Yo os digo que Dios os juzga. Y os juzga diciendo: "¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque cargáis a la gente con pesos insoportables, transformando en castigo el paterno decálogo del Altísimo para su pueblo". Lo había dado con amor y por amor, para que una justa guía sostuviera al hombre, al hombre, a ese eterno e imprudente e ignorante niño.
Y vosotros, habéis cambiado la amorosa pollera con que Dios había abrazado a sus criaturas para que pudieran andar por el camino suyo y llegar a su corazón; la habéis cambiado por montañas de puntiagudas piedras, pesadas, angustiosas, un laberinto de prescripciones, una pesadilla de escrúpulos, a causa de lo cual el hombre se abate, se pierde, se detiene, teme a Dios como a un enemigo.
Obstaculizáis la marcha de los corazones hacia Dios. Separáis al Padre de los hijos. Negáis con vuestras imposiciones esta dulce, bendita, verdadera Paternidad.
Pero vosotros no tocáis ni con un dedo esos pesos que cargáis a los demás.
Os creéis justificados sólo por haberlos dado. Necios, ¿no sabéis que seréis juzgados precisamente por lo que habéis considerado necesario para salvarse? ¿No sabéis que Dios os va a decir:
“Juzgabais como sagrada, justa, vuestra palabra. Pues bien, también Yo la juzgo así.
Y os juzgo con vuestra palabra, porque se la habéis impuesto a todos y habéis juzgado a los hermanos conforme a cómo la acogieron y practicaron. Quedad condenados porque no habéis hecho lo que habéis dicho que había que hacer"?
¡Ay de vosotros, que erigís sepulcros a los profetas asesinados por vuestros padres! ¿Es que creéis disminuir con ello la dimensión de la culpa de vuestros padres?, ¿cancelarla ante los ojos de la posteridad?
No. Al contrario. Dais testimonio de estas obras de vuestros padres. No sólo eso, sino que las aprobáis, dispuestos a imitarlos, elevando luego un sepulcro al profeta perseguido para deciros a vosotros mismos: "Lo hemos honrado".
¡Hipócritas! Por esto la Sabiduría de Dios dijo: “Les enviaré profetas y apóstoles. A unos los matarán, a otros los perseguirán; para que se pueda pedir a esta generación la sangre de todos los profetas que ha sido derramada desde la creación del mundo en adelante, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, asesinado entre el altar y el santuario.
Sí, en verdad, en verdad os digo que de toda esta sangre de santos se pedirá cuentas a esta generación que no sabe distinguir a Dios en donde está, y persigue al justo y lo aflige porque el justo es el vivo cotejo con su injusticia.
¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, que habéis arrebatado la llave de la ciencia y habéis cerrado su templo para no entrar, y así no ser juzgados por ella, y tampoco habéis permitido que otros entraran! Porque sabéis que, si el pueblo fuera instruido por la verdadera
Ciencia, o sea, la Sabiduría santa, podría juzgaros. De forma que preferís que sea ignorante para que no os juzgue. Y me odiáis porque soy la Palabra de la Sabiduría, y quisierais encerrarme prematuramente en una cárcel, en un sepulcro para que ya no siguiera hablando.
Pero hablaré hasta que plazca a mi Padre que lo haga. Y después hablarán mis obras, más aún que mis palabras; y hablarán mis méritos, más aún que mis obras; y el mundo será instruido y sabrá y os juzgará. Este es el primer juicio contra vosotros. Luego vendrá el segundo, el juicio particular para cada uno de vosotros que muera.
En fin, el último: el universal. Y recordaréis este día y estos días, y vosotros, sólo vosotros, conoceréis a ese Dios terrible que os habéis esforzado en agitar, como una visión de pesadilla, ante los espíritus de los sencillos, mientras que vosotros, dentro de vuestro sepulcro, os habéis mofado de Él, y no habéis obedecido ni respetado los mandamientos, desde el primero y principal (el del amor) hasta el último que fue dado en el Sinaí.
Es inútil, Elquías, que no tengas figuras en tu casa. Es inútil, todos vosotros, que no tengáis objetos esculpidos en vuestras casas. Dentro de vuestro corazón tenéis el ídolo, los ídolos. El de creeros dioses, los de vuestras concupiscencias.
Venid, vosotros. Vamos.
Y, haciéndose preceder por los doce, sale el último.
Un silencio…
Luego, los que se han quedado en la casa, rompen en un clamor diciendo todos juntos:
-¡Hay que perseguirlo, pillarlo en un renuncio, encontrar motivos de imputación! ¡Hay que matarlo!
Otro silencio.
Y luego, mientras dos de ellos se marchan con la náusea del odio o de los propósitos farisaicos -son el pariente de Elquías y el otro que dos veces ha defendido al Maestro -, los que se quedan se preguntan:
-¿Y cómo?
Otro silencio.
Luego, con una carcajada ronca, Elquías dice:
-Hay que trabajar a Judas de Simón…
-¡Sí, claro! ¡Buena idea! ¡Pero lo has ofendido!…
-Me encargo yo -dice el que ha sido llamado Simón Boetos por Jesús -Yo y Eleazar de Anás… Lo embaucaremos…
-Unas pocas promesas…
-Un poco de miedo…
-Mucho dinero…
-No. Mucho no… Promesas, promesas de mucho dinero…
-¿Y luego?
-¿Cómo "y luego"?
-Sí. Luego. Terminada la cosa. ¿Qué le vamos a dar?
-Pues nada! La muerte. Así… no hablará nunca -dice lenta y cruelmente Elquías.
-¡Oh, la muerte!…
-¿Te aterroriza? ¡Venga hombre! Si matamos al Nazareno, que es un justo… podremos matar también al Iscariote, que es un pecador…
Hay vacilaciones…
Pero Elquías, poniéndose de pie, dice:
-Se lo diremos también a Anás… Y veréis como… juzgará buena la idea. Y vendréis también vosotros… ¡Claro que vendréis! …
Salen todos detrás del amo de la casa, que se marcha diciendo:
-Vendréis… ¡Claro que vendréis!
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La ciudad está llena de gente.
Jesús ha subido al Templo nada más entrar en Jerusalén, casi inmediatamente porque ha entrado por la puerta situada junto a la Probática, antes de que la gente se pudiera dar cuenta de que estaba en la ciudad, antes de que la noticia se propagase desde la casa en que han dejado las bolsas y se han limpiado el polvo y el sudor para entrar limpios en el Templo, que está abarrotado de gente.
La indecorosa algazara de siempre, de vendedores y cambistas; el aspecto calidoscópico de siempre, de colores y rostros.
Jesús con los apóstoles, que han comprado lo necesario para la ofrenda, va directamente al lugar de oración y allí se detiene largamente. Naturalmente lo ven muchos, buenos y malos, de forma que un susurro corre como el viento, y con rumor de viento entre frondas, por el vasto patio exterior donde la gente se detiene a orar. Y cuando, después de la oración, Él se mueve para volver sobre sus pasos, un séquito de gente, que se va engrosando cada vez más, lo sigue por los otros atrios, pórticos, patios, hasta que, ya muchedumbre, lo circunda y pide su palabra.
-En otro momento, hijos. En otro lugar -dice Jesús, y alza la mano para bendecir mientras trata de alejarse.
Pero si bien, esparcidos entre la gente, hay escribas, fariseos y doctores (éstos con sus discípulos) que hacen risitas y se dicen los unos a los otros medias frases que son burlas (como: «Lo aconseja la prudencia», o: «¡Eh, un poco de miedo…!», o: «Ha alcanzado la edad del discernimiento», o también: «Menos estúpido de cuanto pensábamos…»), la mayoría, los que o por conocerlo con amor o por un buen deseo de conocerlo no odian, insisten diciendo:
-¿Nos vas a privar de esta fiesta en la Fiesta? ¡Maestro bueno, no puedes hacerlo! Muchos de nosotros han hecho sacrificios para estar aquí esperándote… -y algunos tapan la boca, o responden bruscamente, a algún sarcástico.
Está claro que la masa estaría dispuesta a pisotear a estas minorías malvadas, las cuales, astutas y subrepticias, captan el mensaje y no sólo se callan sino que tratan de alejarse. Y, a pesar de estar dentro de los muros del Templo, muchos no vacilan en hacer, a espaldas de los que se alejan, gestos de burla, o en lanzar algún epíteto; mientras otros, de los más ancianos y por tanto más reflexivos, preguntan a Jesús:
-¿Qué va a ser, Tú que sabes, de este lugar, de esta ciudad, de todo Israel: que no se pliegan a la Voz del Señor?
Jesús mira con piedad a estas cabezas entrecanas, o blancas por completo, y responde:
-Jeremías (l8, l-ll, l9, l0; 20, l-2; 24, l-2) os dijo lo que será de aquellos que ante la centella del enojo divino responden con aumento de pecado, de aquellos que toman la piedad divina como prueba de debilidad por parte de Dios.
Porque de Dios nadie se burla, hijos. Vosotros, como dijo el Eterno por boca de Jeremías, sois como la arcilla en las manos del alfarero, como arcilla son los que se creen potentes, como arcilla son los habitantes de este lugar y los del palacio.
No hay poder humano que pueda oponer resistencia a Dios. Y si la arcilla se opone al alfarero y quiere tomar formas extrañas, horribles, el alfarero reduce de nuevo lo ya hecho a un puñado de arcilla y da nueva forma a su vasija, hasta que ésta se persuade de que el más fuerte es el alfarero y hasta que no se pliega a su voluntad. Y puede incluso suceder que la vasija, por obstinarse en no dejarse modelar, por repeler el agua con que el alfarero la moja para poder modelarla sin grietas, quede reducida a fragmentos.
Entonces el alfarero arroja a la basura la arcilla reacia, los cascos inútiles, intrabajables, y toma arcilla nueva y la plasma en la forma que mejor le parece.
¿No dice esto el Profeta narrando el símbolo del alfarero y de la vasija de arcilla? Esto dice. Y, repitiendo las palabras del Señor, dice “Así, como la arcilla en las manos del alfarero, tú estás, oh Israel, en las manos de Dios". Y añade el Señor, como aviso a los reacios, que sólo la penitencia y el arrepentimiento ante la corrección de Dios pueden hacer modificar el decreto de Dios de castigo hacia el pueblo rebelde.
Israel no se ha arrepentido. Por eso las amenazas de Dios contra Israel se han repetido una y mil veces con toda gravedad. Israel no se arrepiente ni siquiera ahora, ahora que no un profeta, sino más que un profeta, le habla. Y Dios, que ha tenido para con Israel la suprema misericordia y me ha enviado, ahora os dice: "Puesto que no escucháis a mi propia Voz, me doleré del bien que os he hecho y prepararé contra vosotros la desventura".
Y Yo, que soy la Misericordia, aun sabiendo que esparzo inútilmente mi voz, grito a Israel: "Que cada uno vuelva sobre sus pasos dejando su mal camino. Haced, cada uno, recta vuestra conducta y vuestras tendencias. Para que, al menos, cuando se cumpla el designio de Dios para la Nación culpable, los mejores de ella, en medio de la pérdida general de los bienes, de la libertad, de la unión, conserven su espíritu libre de la culpa, unido a Dios, y no pierdan los bienes eternos de la misma forma que habrán perdido los bienes terrenos".
Las visiones de los profetas no suceden sin una finalidad: la de avisar a los hombres de lo que puede ocurrir. Y ha sido dicho, por medio de la figura de la vasija de arcilla cocida, rota en presencia del pueblo, lo que les espera a las ciudades y reinos que no se dobleguen ante el Señor y…
Los ancianos, escribas, doctores y fariseos, que antes se habían marchado, deben haber ido a avisar a los guardias del Templo y a los magistrados encargados del orden. Y uno de ellos, seguido por un puñado de estos guardias de pasta de papel, que de guerrero sólo tienen las caras (una mixtura de estupidez con un poco de malicia y una buena dosis de dureza, por no decir de delincuencia), viene hacia Jesús, que está hablando apoyado en una columna del pórtico de los Paganos, y, no pudiendo atravesar la compacta barrera de la muchedumbre que hace círculo en torno al Maestro, grita:
-¡Vete! ¡O haré que mis soldados te pongan fuera de los muros…!
-¡Uf! ¡Uf! ¡Los moscardones verdes! ¡Los héroes contra corderos! ¿Y no sabéis entrar a arrestar a los que hacen de Jerusalén un lupanar, del Templo un mercado? Vete de aquí, cara de conejo, ve con las garduñas… ¡Uuu! ¡Uuu!
La gente se rebela contra estos soldados de caricatura, y muestra claramente que no tiene intención de dejar que se injurie al Maestro.
-Obedezco las órdenes recibidas… -dice, excusándose, el jefe de estos… tutores del orden.
-Tú obedeces a Satanás y no te das cuenta. Ve, ve a impetrar misericordia por haber osado insultar y amenazar al Maestro. ¡El Maestro no se toca! ¿Habéis entendido?
Vosotros, nuestros opresores; Él, el Amigo de los pobres.
Vosotros, nuestros corruptores; Él, nuestro Maestro santo.
Vosotros, ruina nuestra; Él, nuestra Salud. Vosotros,
pérfidos; Él, bueno. ¡Fuera! Si no, os haremos lo que Matatías hizo en Modín. Os tiramos abajo por la cuesta del Moira como a altares idolátricos y hacemos limpieza lavando con vuestra sangre el lugar profanado, y los pies del único Santo de Israel pisarán esa sangre para ir al Santo de los Santos a reinar, Él que lo merece. ¡Fuera de aquí! ¡Vosotros y vuestros jefes! ¡Fuera, esbirros siervos de esbirros!…
Un tumulto espantoso… De la Antonia acuden las guardias romanas con un suboficial viejo, severo, expeditivo.
-¡Abrid paso, asquerosos! ¿Qué pasa aquí? ¿Os estáis descuartizando entre vosotros por alguno de vuestros corderos sarnosos?
Se rebelan contra los guardias… -quiere explicar el magistrado.
-¡Por Marte invicto! ¿Estos… guardias? ¡Ja! ¡Ja! Ve a combatir contra las cucarachas, guerrero de bodega. Hablad vosotros… -ordena a la gente.
-Querían imponer silencio al Rabí galileo. Querían echarlo. Quizás arrestarlo…
-¿Al Galileo? Non licet. En la lengua de Roma os digo la frase del degollado. ¡Ja! ¡Ja! Vete a tu caseta tú y tus gozquezuelos. Y di que se estén en su caseta también los mastines (que la Loba los sabe también descuartizar)…
¿Comprendido? Sólo Roma tiene derecho de juicio. Y Tú, Galileo, cuenta tus fábulas si quieres… ¡Ja! ¡Ja! -y vuelve de golpe, con relumbre de corazas al sol, y se marcha.
-Exactamente como a Jeremías…
-Como a todos los profetas debes decir…
-Pero Dios triunfa igual.
-Maestro, sigue hablando. Las víboras han huido.
-No. Dejadlo que se marche. No vaya a ser que vuelvan con más fuerza y lo encadenen los nuevos Pasjures…
-No hay peligro… Mientras dura el rugido del león, no salen las hienas…
La gente habla y comenta formando una buena confusión.
-Os equivocáis -dice todo almibarado un fariseo pomposamente vestido, seguido de otros semejantes a él y de algunos doctores de Ley -Os equivocáis. No debéis creer que toda una casta sea como algunos de sus componentes.
¡En todos los árboles hay parte buena y parte mala!
-Sí. Efectivamente, los higos en general son dulces. Pero, si todavía no están maduros o lo están demasiado, son ásperos o ácidos. Vosotros, ácidos. Como los del pésimo cesto del profeta Jeremías dice en medio de la multitud uno que no conozco, pero que deben conocerlo bien muchos, y debe ser influyente además, porque veo que muchos se hacen señas y observo que el fariseo encaja el golpe sin reaccionar.
No sólo eso, sino que, aún más almibarado, se dirige al Maestro y le dice:
-Espléndido tema para tu sabiduría. Háblanos, Rabí, sobre este tema. Tus explicaciones son tan… nuevas… tan… doctas… Las saboreamos con ávida hambre.
Jesús mira fijamente a este ejemplo farisaico y le responde:
-Tienes también otra hambre, no confesada, Elquías, y también tus amigos. Pero recibiréis también ese alimento… Y más ácido que los higos. Y corromperá vuestro interior como los higos acedados corrompen las entrañas.
-No. Maestro. ¡Te juro en nombre del Dios vivo que ni yo ni mis amigos tenemos otra hambre aparte de la de oírte hablar!… Dios ve si nosotros…
-Basta así… El honesto no necesita juramentos. Sus obras son juramentos y testimonios. Pero no voy a hablar de los
higos óptimos y de los higos estropeados… -¿Por qué, Maestro? Temes que los hechos contradigan tus explicaciones? -¡No, no! Es más… -¿Entonces es que prevés para nosotros aflicciones y oprobios, espada, peste y hambre? -Eso y más. -¿Más todavía? ¿Y qué es? ¿Es que ya no nos ama Dios? -Os ama tanto, que ha cumplido la promesa. -¿Tú? ¿Porque Tú eres la promesa? -Lo soy. -¿Y entonces cuándo vas a fundar tu Reino?
-Ya están echados los cimientos.
-¿Dónde? ¿Dónde?
-En el corazón de los buenos.
-¡Pero eso no es un reino! ¡Es una enseñanza!
-Mi Reino, siendo espiritual, tiene por súbditos a los espíritus. Y los espíritus no tienen necesidad de palacios, casas, guardias, muros, sino de conocer la Palabra de Dios y ponerla en práctica: lo que se está produciendo en los buenos.
-¿Tú puedes decir esta Palabra? ¿Quién te autoriza?
-La propiedad.
-¿Qué propiedad?
-La propiedad de la Palabra. Doy lo que soy. Uno que tiene vida puede dar la vida. Uno que tiene dinero puede dar dinero. Yo tengo, por mi eterna naturaleza la Palabra que traduce el divino Pensamiento, y doy la Palabra; pues el Amor me mueve a este don de dar a conocer el Pensamiento del Altísimo, que es mi Padre.
-¡Cuidado con lo que dices! ¡Es un modo audaz de hablar! ¡Podría perjudicarte!
-Más me perjudicaría mentir, porque sería desnaturalizar mi Naturaleza y renegar de Aquel de quien procedo.
-¿Entonces eres Dios, el Verbo de Dios?
-Lo soy.
-¿Y lo dices así? ¿En presencia de tantos testigos que podrían denunciarte?
-La Verdad no miente. La Verdad no hace cálculos. La Verdad es heroica.
-¿Y esto es una verdad?
-La Verdad es el que os habla. Porque el Verbo de Dios traduce Pensamiento de Dios, y Dios es Verdad.
La gente escucha concentrada, en medio de un silencio atento, para seguir la disputa, la cual, de todas formas, se desarrolla sin asperezas. Otros, desde otros lugares, han ido allí. El patio está lleno, abarrotado de gente.
Centenares de caras dirigidas hacia un solo punto. Y por los desembocaderos que conducen de otros patios a éste se asoman muchas caras, alargando el cuello para ver y oír…
El Anciano Elquías y sus amigos se miran… Una verdadera telefonía de miradas. Pero se contienen. No sólo eso, sino que un viejo doctor pregunta todo amable:
-¿Y para evitar los castigos que prevés, qué tendríamos que hacer?
-Seguirme. Y, sobre todo, creerme. Y más aún, amarme.
-¿Eres una especie de mascota?
-No. Soy el Salvador.
-Pero no tienes ejércitos…
-Me tengo a mí mismo. Recordad, recordad, por vuestro bien, por piedad hacia vuestras almas, recordad las palabras del Señor a Moisés y a Aarón cuando estaban todavía en la tierra de Egipto:
"Cada miembro del pueblo de Dios tome un cordero sin mancha, macho, de un año. Uno por cada casa. Y, si no basta el número de los miembros de la familia para acabar el cordero, que llame a los vecinos. Lo inmolaréis el día decimocuarto de Abid, que ahora se llama Nisán, y con la sangre del inmolado untaréis las jambas y el dintel de la puerta de vuestras casas. Esa misma noche comeréis su carne asada al fuego, con pan sin levadura y hierbas silvestres. Y lo que pudiera sobrar destruidlo con el fuego. Comeréis así: ceñidas vuestras cinturas, calzados vuestros pies, el bastón en la mano. Comeréis deprisa, porque pasa el Señor. Y esa noche pasaré hiriendo a todos los primogénitos de hombre o de animal que se encuentren en las casas no señaladas con la sangre del cordero". (Éxodo l2, l-l3)
Al presente, ahora que pasa de nuevo Dios -el más verdadero paso porque realmente Dios pasa visible entre vosotros, reconocible por sus signos -, la salvación se detendrá en aquellos que estén señalados con la señal salvífica de la Sangre del Cordero. Porque, en verdad, todos seréis señalados por ella, pero sólo los que aman al Cordero y amen su Signo obtendrán de esa Sangre salvación.
Para los otros será la marca de Caín. Y ya sabéis que Caín no mereció volver a ver el rostro del Señor, y que jamás conoció descanso. Y, con el peso a sus espaldas del remordimiento, del castigo y de Satanás, su cruel rey, fue errante y fugitivo por la Tierra mientras tuvo vida. Gran figura, grande, del Pueblo que agredirá al nuevo Abel…
-También Ezequiel (9, 4-6) habla de la Tau… ¿Tú crees que tu Signo es la Tau de Ezequiel?
-Es ése.
-¿Entonces nos estás acusando de que en Jerusalén haya abominaciones?
-Quisiera no poder hacerlo. Pero es así.
-¿Y entre los signados con la Tau no hay pecadores? ¿Puedes jurarlo?
-Yo no juro nada. Pero digo que, si entre los signados hay pecadores, su castigo será aún más tremendo, porque los adúlteros del espíritu, los apóstatas, los que después de haber sido seguidores de Dios sean sus asesinos serán los más grandes en el Infierno.
-Pero los que no pueden creer que Tú seas Dios no tendrán pecado. Serán justificados…
-No. Si no me hubierais conocido, si no hubierais podido constatar mis obras, si no hubierais podido verificar mis palabras, no tendríais culpa. Si no fuerais doctores en Israel, no tendríais culpa. Pero vosotros conocéis las Escrituras y veis mis obras. Podéis confrontarlas. Y, si lo hacéis con honestidad, me veréis a mí en las palabras de la Escritura, y veréis las palabras de la Escritura traducidas en obras en mí. Por eso no seréis justificados de no reconocerme y de odiarme.
Demasiadas abominaciones, demasiados ídolos, demasiadas fornicaciones, donde sólo Dios debería estar. Y en todos los lugares donde estáis vosotros. La salvación está en repudiar estas cosas y en acoger a la Verdad que os habla.
Por eso, donde matáis o tratáis de matar seréis muertos. Y por eso seréis juzgados en las fronteras de Israel, donde todo poder humano viene a menos y solamente el Eterno es Juez de sus criaturas.
-¿Por qué hablas así, Señor? Te muestras severo.
-Me muestro veraz. Yo soy la Luz. La Luz ha sido enviada para iluminar las Tinieblas. Y la Luz debe resplandecer libremente. Sería inútil el que el Altísimo hubiera enviado su Luz, si luego la hubiera cubierto con el moyo.
No hacen eso los hombres cuando encienden una luz, porque habría sido inútil encenderla. Si la encienden es para que ilumine y que el que entre en la casa vea. Yo vengo a dar Luz a la entenebrecida casa terrena de mi Padre, para que los que la habitan vean. Y la Luz brilla. Bendecidla si con su rayo purísimo os descubre reptiles, escorpiones, trampas, telas de araña, grietas en las paredes. Os hace esto por amor.
Para daros la manera de conoceros, limpiaros, arrojar los animales perjudiciales -las pasiones, los pecados -; para daros la manera de reconstruiros antes de que sea demasiado tarde; para daros la manera de ver dónde ponéis el pie -en la trampa de Satanás -antes de que os hundáis.
Pero para ver, además de la luz nítida, es necesario tener el ojo limpio. A través de un ojo cubierto de materia por una enfermedad, no pasa la luz. Limpiad vuestros ojos. Limpiad vuestro espíritu para que la Luz pueda descender y entrar en vosotros. ¿Por qué perecer en las Tinieblas, cuando el Bonísimo os envía la Luz y la Medicina para curaros? No es todavía demasiado tarde.
Venid, en el tiempo que os queda, venid a la Luz, a la Verdad, a la Vida. Venid al Salvador vuestro, que os abre los brazos, que os abre el corazón, que os suplica que lo acojáis para vuestro eterno bien.
Jesús se muestra verdaderamente suplicante, amorosamente suplicante, despojado de cualquier otra cosa que no sea amor… Hasta las fieras más obstinadas, más ebrias de odio, lo sienten, y sus armas se sienten vencidas, sus rencores no tienen fuerza de escupir su ácido.
Se miran. Luego Elquías habla por todos:
-¡Has hablado bien Maestro! Te ruego que aceptes el convite que ofrezco en tu honor. -No pido ningún honor aparte del de conquistar vuestras almas. Déjame en mi pobreza…
-¿No querrás ofenderme negándote a aceptar?
-No hay ninguna ofensa. Te ruego que me dejes con mis amigos.
-¡También ellos! ¿Quién puede dudarlo? Ellos también contigo ¡Gran honor para mi casa!… ¡Gran honor!… Vas también a la casa de otros grandes. ¿Por qué no a la casa de Elquías?
-Bien, voy a ir. Pero cree que no podré decirte en el secreto de la casa palabras distintas de las que te he dicho aquí delante del pueblo.
-¡Tampoco yo! ¡Y tampoco mis amigos! ¿Lo dudas acaso?…
Jesús lo mira muy fijamente. Dice:
-No dudo sino de lo que ignoro. Pero no ignoro el pensamiento de los hombres. Vamos a tu casa… La paz a los que me han escuchado.
Y al lado de Elquías se dirige hacia la salida del Templo, seguido de la fila de sus apóstoles, mezclados -no entusiastas de ello -con los amigos de Elquías.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El grupo apostólico ha vuelto las espaldas a la llanura y, por caminos de colinas, entre montes y abiertos valles, se dirige hacia Jerusalén. Para abreviar, no han tomado el camino de primer orden, sino atajos solitarios, fatigosos pero muy rápidos.
En este momento están en el fondo de un verde valle, rico en aguas y florecillas, y no faltan los escapos olorosos de los muguetes, cosa que hace observar a Judas Tadeo que es muy apropiado el llamar "lirio del valle" al muguete y exaltar su belleza; frágil y al mismo tiempo resistente, y tan delicadamente fragante.
-Pero son lirios al revés -observa Tomás -Miran hacia abajo en vez de hacia arriba.
-¡Pero qué pequeños son! Tenemos flores más pomposas que ésta. No sé por qué la han alabado tanto… -dice Judas, golpeando con desprecio una matita de muguetes en flor.
-¡No! ¿Por qué? ¡Tan graciosas como son! -interviene Andrés en defensa de las pobres flores, y se agacha a recoger los escapos rotos.
-Parecen heno y nada más. Más bonita es la flor de la agave, tan majestuosa y potente. Digna de Dios y de florecer para Dios.
-Yo veo más a Dios en estos cálices menudos… ¡Fíjate qué finura!… Denticulados, y tan cóncavos… parecen de alabastro, de cera virgen, labrados por manitas pequeñísimas… ¡Sin embargo, los ha hecho el Inmenso! ¡Oh! ¡Potencia de Dios!…
Andrés está casi extático en la contemplación y meditación de las flores y de la Perfección creadora.
-¡Me pareces una mujercita enferma de los nervios!… -dice en tono de mofa Judas de Keriot, riendo maliciosamente.
-No. Verdaderamente encuentro también yo -y soy orfebre y, por tanto, entiendo de esto -que estos escapos son una perfección. En el metal es más difícil de hacer que la agave. Porque has de saber, amigo, que lo que revela la habilidad del artista es la infinita pequeñez. Dame un escapo, Andrés… Y tú, con tus ojos de buey que admiran sólo lo grandioso, ven aquí y observa. ¿Qué artista podría hacer estas copas tan ligeras, perfectas; decorarlas con este topacio minúsculo ahí en el fondo, y unirlas al tallo con este escapo de filigrana combado de esta forma, liviano como éste… ¡Es una maravilla!…
-¡Oh, qué poetas han surgido entre nosotros! También tú, Tomás, así…
-No soy ni un necio ni una mujer, ¿sabes? Soy un artista, y además sensible. Y me glorío de ello. Maestro, ¿te gustan estas flores? -Tomás pregunta al Maestro, que ha estado oyendo todo sin decir nada.
-De la creación todo me gusta. Pero estas flores están entre las cosas predilectas…
-¿Por qué? -preguntan varios. Y, al mismo tiempo, pregunta Judas:
-¿También te gustan las víboras? -y se ríe.
-También ellas. Son útiles…
-¿Para qué? -preguntan bastantes de los presentes.
-Para morder. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -se ríe, ofensivo, Judas.
-Entonces te deberían gustar muchísimo a ti -le rebate el Tadeo, truncándole la carcajada con esta alusión muy explícita. Ahora son los otros los que se ríen por el buen palo que le ha dado.
Jesús no ríe. Es más, está pálido y triste. Mira a sus doce, especialmente a los dos antagonistas, que se miran el uno con ira, el otro con severidad, y responde a todos para responder a Judas Iscariote en particular.
-Si Dios las ha hecho es señal de que son útiles. Nada inútil, totalmente nocivo, hay en la creación. Sólo el Mal es netamente, y solamente, nocivo. ¡Ay de aquellos que se dejan morder por él! Uno de los frutos de su mordisco es la posterior incapacidad de distinguir el Bien del Mal, es la desviación hacia cosas no buenas de la razón y de la conciencia pervertida, y es la ceguera espiritual, por la cual, ¡oh Judas de Simón!, ya no se ve resplandecer la potencia de Dios en las cosas… incluso en las diminutas.
En esta flor, la potencia de Dios está grabada, por la belleza, el perfume, la forma tan distinta de la de todas las demás flores, por esta gota de rocío que tiembla y brilla suspendida del borde céreo del minúsculo pétalo (y parece una lágrima de gratitud para el Creador que ha hecho todo, y todo bien, todo útil, todo variado). Pero está escrito que todo era hermoso para los dos primeros, hasta que les vinieron las cataratas del pecado… Y todo les hablaba de Dios, hasta que en las cosas, o mejor: en sus pupilas, fue instilado el humor que trastornó su capacidad de ver a Dios… También en el momento actual, cuanto más se revela Dios, más el espíritu es rey en una criatura…
-¡Salomón cantó las maravillas de Dios, y lo mismo David… y. ciertamente, no tenían como rey al espíritu! Maestro, esta vez te he pillado en un error.
-¡Pero qué descarado eres! ¿Cómo te atreves a decir esto? -reacciona bruscamente Bartolomé.
-Déjalo hablar… No tengo en cuenta sus palabras. Son palabras que disemina el viento. De ellas no se escandalizan ni las hierbas ni los árboles. Nosotros, los únicos que las escuchamos, sabemos darles el peso que merecen, ¿no es verdad? Y no nos acordamos ya de ellas. La juventud es frecuentemente irreflexiva, Bartolomé; sé comprensivo con ella… Pero uno de vosotros me había preguntado que por qué prefiero el lirio de los valles…
Bien, respondo: "Por su humildad". Todo en él habla de humildad… Los lugares que prefiere… la actitud de la flor… Me hace pensar en mi Madre… Esta flor… tan pequeña y sin embargo, fijaos cómo perfuma un solo escapo.
El aire de alrededor queda perfumado… También mi Madre humilde, modesta, ignorada y que no pedía otra cosa sino seguir siendo ignorada… Y sin embargo su perfume de santidad fue tan intenso, que me aspiró del Cielo…
-¿Ves un símbolo de tu Madre en esta flor?
-Sí, Tomás.
-¿Y piensas que nuestros antiguos, cantando al lirio de los valles, la presentían? -pregunta Santiago de Alfeo.
-La compararon con otros árboles y flores: con el olivo, con la rosa; y con los más graciosos animales: tórtolas, palomas… -dice casi con ira el Iscariote.
-Cada uno de ellos le decía lo más hermoso que veía en la creación. Y de la creación Ella es realmente la Toda Hermosa. Pero Yo, para cantar sus alabanzas, la llamaría Lirio del valle y pacífico Olivo -y Jesús se serena y se ilumina al pensar en su Madre, y se adelanta para aislarse…
La caminata continúa, a pesar de la hora calurosa, porque el fondo del valle es una sucesión de árboles que protegen del sol.
Pedro, pasado un rato, acelera el paso y alcanza al Maestro. Lo llama quedo: -¡Maestro mío!
-¡Mi Pedro!
-¿Te molesto si voy contigo?
-No, amigo. ¿Qué cosa tan urgente quieres decirme, que te mueve a venir al lado de tu Maestro?
-Una pregunta… Maestro, yo soy un hombre curioso…
-¿Y entonces? -Jesús mira a su apóstol sonriendo.
-Y me gusta saber muchas cosas…
-Eso es un defecto, Pedro mío.
-Lo sé… Pero no creo que esta vez sea defecto. Si quisiera saber cosas negativas, o bribonadas para poder criticar a quien las hizo, ¡ah entonces sería defecto!
Pero ya ves que no te he preguntado si Judas tenía que ver con la llamada a Béter, y para qué…
-Pero tenías muchas ganas de preguntar…
-Sí. Es verdad. Pero eso es un mérito mayor, ¿no?
-Es mérito mayor. Como es mérito grande el dominarse a sí mismo. Esto demuestra, en quien lo hace, una buena, seria evolución en lo espiritual, un verdaderamente activo aprender y asimilar las lecciones del Maestro.
-¿Sí, verdad? ¡Y Tú te sientes contento de ello?
-¿Me lo preguntas, Pedro? Me siento dichoso.
-¿Sí? ¿Verdaderamente? ¡Oh, Maestro mío! ¿Pero entonces es tu pobre Simón el que te hace feliz?
-Sí. Pero ¿no lo sabías ya?
-No osaba creerlo. Pero, al verte tan contento ayer, he mandado a uno a preguntarte. Porque pensaba que podía ser también Judas el que se mejoraba… aunque no tenga pruebas de ello… Pero puede ser que vea mal yo. Juan me dijo que le dijiste que te sentías feliz porque había uno que se hacía santo… Luego, hace un momento, me has dicho que estás contento de mí porque me hago mejor. Ahora sé.
El que te hace feliz y alegre soy yo, el pobre Simón… Pero ahora quisiera que mis sacrificios hicieran cambiar a Judas. No soy envidioso. Quisiera ver a todos perfectos para hacerte verdaderamente feliz. ¿Lo lograré?
-Confía, Simón, confía y persevera.
-¡Lo haré! Cierto que lo haré. Por ti… y también por él. Porque seguro que no goza de ser siempre así. En el fondo… podría ser casi hijo mío… ¡Mmm! ¡Verdaderamente prefiero ser padre de Margziam Pero… seré padre para él, trabajando para darle un alma digna de ti.
-Y de ti, Simón -y Jesús se inclina y lo besa en el pelo.
Pedro está lleno de felicidad… Pasado un momento, pregunta
-¿Y no me dices nada más? ¿No hay ninguna otra cosa buena, alguna flor entre las espinas que encuentras por todas partes?
-Sí. Un amigo de José que viene a la Luz.
-¿Sí? ¿Un miembro del Sanedrín?
-Sí. Pero no hay que decirlo. Se debe orar. Sufrir por esto. ¿No me preguntas quién es? ¿No tienes curiosidad?
-¡Mucha! Pero no lo pregunto. Un sacrificio por este
desconocido.
-¡Bendito tú, Simón! Hoy me haces verdaderamente feliz. Continúa así y te amaré cada vez más y cada vez más te amará Dios. Ahora vamos a pararnos a esperar a los demás…
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Cómo ayudar a quien se enmienda
Por una campiña toda gualda de mieses pasa Jesús con sus discípulos. Hace mucho calor, a pesar de que el día esté en sus primeras horas. Los segadores hacen vacíos en el oro de los cereales cortando con las hoces entre los surcos repletos de espigas.
Las hoces brillan un instante bajo el sol, desaparecen entre las altas espigas, vuelven luego un instante por la otra parte, y el manojo se pliega y se recuesta, como cansado de haber estado enhiesto muchos meses, en la tierra caliente de sol. Pasan unas mujeres, atando gavillas, detrás los segadores. La campiña, por todas partes, está dedicada a este trabajo.
La cosecha ha sido muy buena y los segadores exultan. Muchos, cuando el grupo apostólico pasa por el camino y están ya cerca, suspenden un momento el trabajo; se apoyan en la hoz, se secan el sudor y miran, y lo mismo las mujeres que atan las gavillas. Vestidas de colores vivos, cubierta su cabeza con un pedazo de tela blanca, parecen flores que emergen de la tierra despojada de trigo: amapolas, lises, margaritas. Los hombres, vestidos con cortas túnicas, pardas o amarillentas, son menos visibles. No tienen, de tono claro, nada más que el pedazo blanco de tela atado a la cabeza con una cuerdecita y que cae sobre el cuello y los carrillos. En el marco de ese blanco, los rostros bronceados por el sol parecen incluso más negros.
Jesús, cuando se ve observado, pasa saludando:
-La paz y la bendición de Dios sea con vosotros -y ellos responden: «Se revierta sobre ti la bendición de Dios», o también, más sencillamente: «Sea también contigo».
Algunos, más locuaces, reclaman el interés de Jesús por la cosecha diciendo:
-Ha sido buena este año. Mira qué espigas más granadas, y lo apretadas que están en los surcos. Se siegan con dificultad ¡Pero es pan!…
-Mostraos agradecidos al Señor. Y ya sabéis que la gratitud se debe mostrar no con palabras sino con obras.
Sed misericordiosos en esta cosecha vuestra, pensando en el Altísimo, que ha sido magnánimo en rocío y sol para vuestros campos, para que tuvierais mucho trigo. Recordad el precepto del Deuteronomio (24, l9). Pensad, mientras recogéis la riqueza que os ha dado Dios, en quien no la tiene, y dejad para ellos un poco de lo vuestro. Santa ficción esta que es caridad con el prójimo vuestro, y que Dios ve. Mejor ser diligentes en dejar que ávidos en recoger. Dios bendice a los generosos. Dar es mejor que recibir, porque obliga al justo Dios a dar más abundante retribución a aquel que fue compasivo.
Jesús pasa y va repitiendo sus consejos de amor.
Viene el sol más caliente. Los segadores suspenden el trabajo: los que están cerca de sus casas entran en ellas; los que están lejos se recogen a la sombra de árboles y allí descansan, comen, se adormecen.
También Jesús se refugia en una arboleda muy espesa que hay en el interior de la campiña, y, sentado en la hierba, después de haber orado ofreciendo la parca comida de pan, queso y aceitunas, distribuye las fracciones y come mientras habla con los suyos. Hay sombra y aire fresco y un gran silencio. El silencio de las horas llenas de sol del estío. Un silencio que invita al sueño. La mayoría, efectivamente, se quedan traspuestos después de la comida. Jesús no. Descansa con la espalda apoyada contra un árbol, y, entretanto, se interesa por el trabajo de los insectos en las flores.
Pasa un tiempo. Hace una señal a Juan, a Judas Iscariote y a uno de los más ancianos -Bartolomé -y, cuando están a su lado, dice:
-Observad qué trabajo está haciendo este pequeño insecto. Mirad. Hace bastante tiempo que lo observo. Quiere arrebatar a este cáliz tan pequeñito la miel que llena su fondo, y, dado que no pasa, mirad, alarga primero una patita y luego la otra, las unta en la miel y luego se la come.
Dentro de poco la habrá vaciado. ¡Observad qué cosa más admirable es la providencia de Dios! No ignorando que sin ciertos órganos el insecto, creado para ser un crisólito volador sobre la hierba de los prados, no podría nutrirse, lo ha provisto de esos minusculísimos filamentos en la superficie de sus patitas. ¿Los veis? ¿Tú, Bartolomé? ¿No? Mira. Ahora lo cojo y te le enseño a contraluz -y, delicadamente, coge el escarabajo, que parece de oro bruñido, y lo pone boca arriba en la mano.
El escarabajo se hace el muerto y los tres observan sus patitas. Y luego se pone a mover las patas para huir. No lo consigue, naturalmente, pero Jesús le ayuda y lo apoya sobre las patas. El animalito camina por la palma, sube a la punta de los dedos, se balancea, abre las alas. Pero está receloso.
-No sabe que no quiero sino el bien de todos los seres. Sólo dispone de su pequeño instinto; perfecto en relación con su naturaleza, suficiente para todo lo que necesita, pero muy inferior al pensamiento humano. Por eso el insecto no es responsable si hace una mala acción. No así el hombre. El hombre dispone de una luz de inteligencia superior, y la aumentará en la medida en que aumente su instrucción en las cosas de Dios. Por eso será responsable de sus acciones.
-¿Entonces, Maestro -dice Bartolomé -, nosotros, instruidos por Ti, tenemos mucha responsabilidad?
-Mucha. Y más tendréis en el futuro, cuando el Sacrificio se cumpla y venga la Redención y con ésta la Gracia, que es fuerza y luz. Y, después de ella, vendrá uno que os hará aún más capaces de querer. Quien, luego, no quiera, tendrá mucha responsabilidad.
-¡Entonces muy pocos se salvarán!
-¿Por qué, Bartolomé?
-¡Porque es muy débil el hombre!
-Pero, si fortalece su debilidad con la confianza en mí, se hace fuerte. ¿Creéis que no comprendo vuestras luchas y no me compadezco de vuestras debilidades? ¿Veis? Satanás es como esa araña que está tendiendo su lazo desde aquella ramita a este talluelo. ¡Es tan fina y subrepticia…!
Mirad cómo resplandece ese hilo. Parece plata de una impalpable filigrana. Por la noche será invisible, mañana al alba estará esplendoroso de gemas, y las moscas imprudentes, que dan vueltas por la noche en busca de alimento poco limpio, caerán dentro, y también las mariposas ligeras, que se ven atraídas por lo que resplandece…
Otros apóstoles se han acercado y están escuchando esta lección sacada de los reinos vegetal y animal.
-…Pues bien, mi amor hace, respecto a Satanás, lo que ahora hace mi mano. Destruye la tela. Mirad como huye la araña y se esconde. Tiene miedo del más fuerte. También Satanás tiene miedo del más fuerte. Y el más fuerte es el Amor.
-¿No sería mejor destruir a la araña? -dice Pedro, que es muy práctico en sus conclusiones.
-Sería mejor. Pero esa araña hace su deber. Es verdad que mata a las pobres mariposas, que son tan bonitas, pero extermina también a un gran número de moscas sucias que transmiten enfermedades y contaminaciones de enfermos a sanos, de muertos a vivos.
-¿Pero, en nuestro caso, qué hace la araña?
-¿Que qué hace, Simón? -Simón es muy anciano, y es el que se quejaba de los reumatismos -. Hace lo que hace la buena voluntad en vosotros. Destruye las tibiezas, los quietismos, las vanas presunciones. Os obliga a estar vigilantes
¿Qué es lo que os hace dignos de premio? La lucha y la victoria. ¿Podéis vencer sin luchar? La presencia de Satanás obliga a una vigilancia continua. Por su parte el Amor, que os ama, hace que esta presencia no sea inexorablemente nociva. Si estáis cerca del Amor, Satanás intenta, pero queda incapacitado para perjudicar verdaderamente.
-¿Siempre?
-Siempre. En las cosas grandes y en las pequeñas. Por ejemplo, una cosa pequeña: a ti inútilmente te aconseja tener cuidado de tu salud. Es un consejo subrepticio para tratar de separarte de mí. El Amor te tiene bien cogido, Simón, y tus dolores pierden valor incluso ante tus ojos.
-¡Señor! ¿Lo sabes?…
-Sí. Pero no te deprimas. ¡Ánimo, ánimo!
El Amor, que ahora es el primero en sonreír ante tu humanidad que tiembla por sus reumas, te dará mucho coraje.
Jesús ríe ante su desconcertado apóstol y, para consolarlo, lo abraza. Aun riendo muestra plena dignidad. También los otros ríen.
-¿Quién viene a ayudar a aquella pobre anciana? -dice Jesús señalando a una viejecita que, desafiando al sol tórrido, espiga en los surcos segados.
-Yo -dice Juan y, con él, Tomás y Santiago.
Pero Pedro toma a Juan por una manga, se lo lleva un poco aparte y le dice:
-Pregúntale al Maestro que qué es lo que le produce tanta felicidad. Yo ya se lo he preguntado, pero sólo me ha dicho: "Mi felicidad es ver que un alma busca la Luz".
Pero si se lo preguntas tú… A ti te dice todo.
Juan se debate entre la discreción y el deseo de complacer a Pedro. Se llega lentamente donde Jesús, que está ya en las tierras espigando. La viejecita, al ver a todos esos jóvenes, pone un gesto de desconsuelo y se empeña en ser rápida.
-¡Mujer! ¡Mujer! -grita Jesús -Estoy espigando para ti. No estés al sol, madre. Ahora voy.
La viejecita, desorientada por tanta bondad, lo mira fijamente; luego obedece y lleva su cuerpecito delgaducho, curvado y un poco tembloroso, a la estrecha faja de sombra del ribazo. Jesús se mueve diligentemente, recogiendo espigas. Juan le sigue de cerca. Más lejos están Tomás y Santiago.
-¡Maestro! -dice afanado Juan -¿Cómo encuentras tantas espigas? ¡Yo en el surco de al lado encuentro tan pocas!
Jesús sonríe y no habla. No podría jurarlo, pero me parece que donde se deposita la mirada divina surgen espigas cortadas y no recogidas. Jesús recoge y sonríe. Tiene un verdadero fajo de espigas entre los brazos.
-Ten, Juan, el mío. Así tienes muchas también tú y la pequeña madre se pondrá contenta.
-Pero, Maestro… ¿Estás haciendo un milagro? ¡No es
posible que encuentres tantas!
-¡Chist! Es para esa pequeña madre… pensando en la mía y en la tuya. ¡Mira de qué viejecita se trata!… El buen Dios, que da de comer al pajarillo recién nacido, quiere llenar el minúsculo granero de esta abuelita. Tendrá pan para estos meses que le quedan. No verá la nueva cosecha.
Pero no quiero que pase hambre en su último invierno.
¡Ahora vas a ver qué exclamaciones! Prepárate, Juan, que se te van a lastimar los oídos; como Yo me preparo a ser lavado de llanto y besos…
-¡Qué contento estás, Jesús, desde hace unos días! ¿Por qué?
-¿Lo quieres saber tú o alguien te manda?
Juan, ya rojo por el esfuerzo, se pone carmesí.
Jesús comprende:
-Di a quien te manda que hay un hermano mío que está enfermo y busca curación. Su voluntad de curarse me llena de alegría.
-¿Quién es, Maestro?
-Un hermano tuyo, uno a quien ama Jesús, un pecador.
-¿Entonces no es uno de nosotros?
-Juan, ¿crees que entre vosotros no exista el pecado? ¿Crees que Yo sólo exulto por vosotros?
-No, Maestro. Sé que también nosotros somos pecadores y que quieres salvar a todos los hombres.
-¿Entonces? Te dije: "No indagues" cuando se trataba de descubrir el mal. Te digo lo mismo ahora que hay una aurora de bien. ¡Paz a ti, madre! Aquí están nuestras espigas. Mis compañeros vendrán después con las suyas.
-Que Dios te bendiga, hijo. ¿Cómo has encontrado tantas? En verdad que veo poco, pero son dos gavillas grandísimas…
La anciana las palpa, su mano temblorosa las acaricia, las quiere alzar. No puede.
-Te ayudaremos. ¿Dónde está tu casa?
-Aquélla -señala a una casita que está detrás de los campos.
-¿Estás sola, verdad?
-Sí. ¿Cómo lo sabes? ¿Quién eres
-Soy uno que tiene una madre.
-¿Éste es tu hermano?
-Es mi amigo.
El amigo, desde detrás de Jesús, hace grandes gestos a la ancianita. Pero ésta, que tiene veladas sus pupilas, no los ve. Y además está demasiado centrada en observar a Jesús. Su anciano corazón de madre se conmueve.
-Estás sudando, hijo. Ven aquí a la sombra de este árbol. Siéntate. ¡Mira cómo te gotea el sudor! Sécate con mi velo. Está raído pero limpio. Toma, toma, hijo mío.
-Gracias, madre.
-¡Bendita la que es madre de ti, que eres bueno! Dime tu nombre y el suyo. Para decírselos a Dios y que os bendiga.
-María y Jesús.
-María y Jesús… María y Jesús… Espera. Una vez lloré mucho… El hijo de mi hijo había caído muerto por defender a su niño. Mi hijo murió de dolor por esto…
Entonces se decía que había caído el inocente porque se buscaba a uno de nombre Jesús… Ahora estoy a las puertas de la muerte y vuelve ese nombre…
-En aquellos días lloraste por aquel Nombre, madre. Bendígate ahora ese nombre…
-Eres Tú aquel Jesús… díselo a una que se acerca a la muerte, y que ha vivido sin maldecir porque le dijeron que su dolor era para salvar el Mesías, a Israel.
Juan redobla sus gestos. Jesús calla.
-¡Oh! ¡Dímelo! ¿Eres Tú? ¿Tú que me bendice al final de mi vida? En nombre de Dios, habla.
-Yo soy.
-¡Ah!
La viejecita se postra contra el suelo.
-¡Salvador mío! He vivido esperando y no esperaba ya verte. ¿Veré tu triunfo?
-No, madre. Como Moisés, morirás sin conocer ese día. Pero te anticipo la paz de Dios. Yo soy la Paz, el Camino y la Vida. Tú, madre y abuela de justos, me verás en otro, eterno triunfo, y te abriré las puertas, a ti y a tu hijo, al hijo de tu hijo y a su niño. ¡Consagrado al Señor aquel niño muerto por Mí! ¡No llores, madre!…
-¡Y yo te he tocado! ¡Y Tú me has recogido las espigas!
¡Oh, ¿cómo he merecido este honor?!
-Por tu resignación santa. Ven, madre. A tu casa. Y que este trigo te dé pan para el alma más que para el cuerpo.
Yo soy el Pan verdadero que ha bajado del Cielo para saciar todas las hambres de los corazones. Vosotros -Tomás y Santiago han llegado con sus manojos -tomad estas gavillas. Y vamos.
Y van los tres cargados de espigas, y Jesús los sigue con la abuelita que llora y susurra palabras de oración.
Llegan a la casita. Dos cuartitos, un horno minúsculo, una higuera, un poco de vid. Limpieza y pobreza.
-¿Este es tu nido?
-Este. ¡Bendícelo, Señor!
-Llámame hijo. Y pide porque mi madre tenga consuelo en su dolor, tú que sabes lo que es el dolor de una madre.
Adiós, madre. Te bendigo en el nombre del Dios verdadero.
Y Jesús alza la mano y bendice la pequeña morada. Luego se agacha para abrazar a la viejecita, la aprieta contra su corazón y la besa en la cabeza cubierta de pocos pelitos blancos. Y ella llora y pasa sus labios por las manos de Jesús, lo venera, lo ama… y a mí me abate el dolor, porque pienso en mi madre, que tuvo miedo de ti, Jesús, cuando te vio… ¿Por qué miedo de ti, Jesús?
Dice Jesús (a María Valtorta):
-La otra pregunta que tienes en tu corazón es saber si Yo sabía que Judas no se salvaría a pesar de aquel conato hacia la salvación. Lo sabía. ¿Y entonces por qué estaba contento? Porque el simple deseo de ese momento, flor en la landa del corazón de Judas, hacía que el Padre mirase benignamente a este discípulo mío que Yo amaba y que no podría salvar.
¡La mirada de Dios sobre un corazón! ¿Qué más quisiera Yo, sino que el Padre os mirase a todos y con amor? Y debía estar dichoso, para dar al desdichado también ese medio para resurgir. El acicate de mi alegría al verlo volver a mí.
Un día, después de mi muerte, Juan supo esta verdad, y la comunicó a Pedro, Santiago, Andrés y a los otros, porque así se lo había ordenado Yo al Predilecto, el cual no desconoció ningún secreto de mi corazón. Lo supo y lo dijo, para que todos dispusieran, después, de una norma en la guía de los discípulos y fieles.
Al alma que, caída, va al ministro de Dios y confiesa su error, al amigo o hijo, al marido o hermano que, habiendo errado, vienen diciendo:
"Tenme contigo. Quiero no cometer más errores para no causar dolor a Dios y a ti", no se le debe además de las otras cosas -privar de la satisfacción de ver nuestra dicha por verlos deseosos de hacernos felices.
Se requiere un tacto infinito en el cuidado de los corazones. Yo, Sabiduría, aun sabiendo que en el caso de Judas era inútil, tuve este tacto para enseñar a todos el arte de redimir, de ayudar a quien se redime.
Y ahora te digo a ti también, como a Simón cananeo: "¡Ánimo, ánimo!", y te abrazo para hacerte sentir que hay quien te ama. De estas manos descienden castigos y también caricias, y de mis labios palabras severas y también -más numerosas y dichas con mucha más alegría -palabras de complacencia.
Ve en paz, María. No has causado dolor a tu Jesús. Ello sea tu consuelo.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-¡Tengo unas ganas locas de estar en los montes! -exclama Pedro, resoplando y secándose el sudor que le gotea por los carrillos y el cuello.
-¿Cómo? ¿Tú que odiabas los montes ahora los añoras? -pregunta con sarcasmo Judas Iscariote, que, habiendo visto que su miedo de ser descubierto había terminado en nada, vuelve a mostrarse desconsiderado y atrevido.
-Sí, exactamente. Ahora los añoro. En esta época del año son benignos. Nunca como mi mar… ¡Mi mar… ah!… Pero, no sé por qué los campos están más calientes después de la siega. El sol es el mismo, y no obstante…
-No es que estén más calientes. Es que están más tristes y uno se cansa más al verlos así que cuando tienen cereales responde con buen sentido Mateo.
-No. Simón tiene razón. Después de la siega están de un caliente insoportable. Jamás he sentido un calor como éste dice Santiago de Zebedeo.
-¿Nunca? ¿Y dónde metes el que sentimos yendo a casa de Nique? -replica Judas de Keriot.
-No como éste -le responde Andrés.
-¡Vaya que sí! El verano está cuarenta días más adelantado y el sol calienta en proporción -insiste Judas.
-Hay una cosa objetiva: los rastrojos emanan más calor que los campos con espigas. Y esto tiene una explicación. El sol, que antes se detenía encima de las espigas, ahora escalda directamente el suelo desnudo y agostado, y el suelo refleja sus calores hacia arriba como respuesta al sol que de arriba baja abajo, y el hombre se encuentra entre dos llamas -sentencia Bartolomé.
El Iscariote se ríe irónicamente y hace un ampuloso saludo a su compañero diciendo:
-Rabí Natanael, te saludo y te agradezco tu docta lección.
Se muestra más ofensivo que nunca.
Bartolomé lo mira… y calla. Pero Felipe lo defiende:
-¡No veo de qué haya que hacer ironía! ¡Ha dicha una verdad! No querrás negar una verdad que millones de cerebros con sentido común han juzgado verdadera, lógica y constatable, ¿no?
-¡Sí, hombre, sí! Ya sé, ya sé que vosotros sois doctos, expertos, sensatos; buenos, perfectos… ¡Sois todo!
¡Todo! ¡Yo soy la única oveja negra de este rebaño blanco!… El único cordero bastardo, el oprobio manifiesto y que saca cuernos de carnero… Yo soy el único pecador, el imperfecto, la causa de todos nuestros males, y de Israel y del mundo… e incluso quizás de las estrellas… ¡Ya no aguanto más! No aguanto más el ver que soy el último, el ver que unas nulidades, como aquellos dos necios que están hablando con el Maestro, son admirados como dos oráculos santos. Estoy cansado de…
-Mira, muchacho… - empieza a decir Pedro, que está más rojo por el esfuerzo de contenerse
-Mira, muchacho… -empieza a decir Pedro, que está más rojo por el esfuerzo de contenerse que por el calor.
Pero Judas Tadeo le interrumpe:
-¿Mides a los demás con tu medida? Trata de ser tú "nulidad", como lo son Santiago, mi hermano, y Juan de Zebedeo, y dejará de haber imperfecciones en el grupo apostólico.
-¡Fijaos si no tengo razón yo! ¡La imperfección soy yo! ¡Ah, esto es demasiado! Esto es…
-Sí, efectivamente, creo que ha sido demasiado el vino que nos ha hecho beber José… y con este calor te hace daño… Malas pasadas de la sangre… -dice con toda tranquilidad Tomás, para transformar en broma la disputa que se está encendiendo…
Pero Pedro ha agotado ya su aguante y, apretando los dientes y los puños para dominarse todavía, dice:
-Mira, muchacho. Para ti es aconsejable una cosa. Sepárate durante un poco…
-¿Yo? ¿Separarme yo? ¿Porque lo dices tú? El único que me puede mandar es el Maestro y sólo lo obedezco a Él. ¿Quién eres tú? Un pobre…
-Pescador, ignorante, tosco, que no vale para nada. Tienes razón… Me lo digo yo antes que tú. Y, delante de nuestro Yeohveh omnipresente y omnividente, testifico que preferiría ser el último antes que el primero, testifico que querría verte a ti, a cualquier otro, en mi lugar, pera a ti más que a ninguno, para que te vieras liberado del monstruo de los celos que te hace injusto, y para no tener que hacer otra cosa sino obedecer, obedecerte, muchacho… Y, créeme, me costaría menos esfuerzo que tener que hablarte como "primero". Pero Él, el Maestro, me ha hecho "primero" entre vosotros… Y debo obedecerlo a Él lo primero, y a Él más que a ninguna otra persona… Y tú debes obedecer. Y con mi sentido común de pescador te digo, no que te separes, en el sentido que tú, viendo fuego en las palabras más frescas, has entendido, sino que te retrases un rato, que estés solo, que reflexiones…
¿No fuiste desde Béter al valle en la cola del grupo? Haz lo mismo ahora… El Maestro en cabeza… tú en la cola En medio, nosotros… las nulidades… Basta con estar solos para comprender, y para calmarse… Haz caso… Es mejor para todos, Para ti el primero…
Y lo toma por un brazo, lo separa del grupo y dice:
-Ahí, estáte ahí mientras nosotros alcanzamos al Maestro.
Y Luego… continúas muy lentamente… y verás como se te pasa… la tormenta -y lo deja plantado y da alcance a los compañeros, que ya están unos metros más adelante.
-¡Uf! He sudado más hablándole que andando… ¡Qué temperamento! ¿Pero se va a poder obtener algo alguna vez de él?
-Nunca, Simón. Mi hermano se empeña en tenerlo. Pero… nunca hará nada bueno -le responde Judas Tadeo.
-¡Es un buen castigo que tenemos en medio de nosotros!» suspira Andrés, y termina: «Yo y Juan tenemos casi miedo de él y siempre nos callamos por temor a otras discusiones».
-Es la medida mejor, efectivamente -dice Bartolomé.
-Yo no logro callarme -confiesa el Tadeo.
-Yo también lo logro a duras penas… Pero he encontrado el secreto -dice Pedro.
-¿Cuál? ¿Cuál? Enséñanoslo… -dicen todos.
-Trabajando como un buey en el arado. Un trabajo que puede ser inútil a lo mejor… Pero que sirva para hacerme arrojar lo que me bulle dentro sobre… algo que no sea Judas.
-¡Ah! ¡Comprendo! ¡Por eso hiciste esa devastación en los árboles cuando bajábamos el valle! ¿Por eso, no? -le pregunta Santiago de Zebedeo.
-Sí, por eso… Pero hoy… aquí… no tenía nada que romper sin hacer un daño. No hay más que árboles frutales y hubiera sido una pena destruirlos… Me ha costado tres veces más… romperme a mí mismo para no… para no ser el viejo Simón de Cafarnaúm… Tengo los huesos doloridos por ello…
Bartolomé y el Zelote hacen el mismo gesto y dicen las mismas palabras: abrazan a Pedro exclamando:
-¿Y te asombras de que Él te haya hecho el primero entre nosotros? Eres un maestro para nosotros…
-¿Yo? ¿Por esto?… ¡Bah! Son insignificancias… Soy un pobre hombre… Lo único que os pido es que me améis dándome sabios consejos, amorosos y sencillos consejos. Amor y sencillez, para que me haga como vosotros… Y únicamente por amor a Él, que tiene ya muchas penas…
-Tienes razón. ¡Al menos no se las demos nosotros! -exclama Mateo.
-Me dio mucho miedo la llamada de Juana. Vosotros dos que os habéis adelantado ¿no sabéis absolutamente nada? pregunta Tomás.
-No, con certeza no. Pero dentro de nosotros hemos pensado que ha sido ese que viene detrás, que… ha armado algún lío -responde Pedro.
-¡Calla! Tuve el mismo pensamiento cuando aquel sábado oí hablar al Maestro -confiesa Judas Tadeo.
-Yo también -añade Santiago de Zebedeo.
-¡Tate!… No lo había pensado… ni siquiera cuando vi a Judas tan sombrío aquel atardecer… y tan grosero, que ésa es la pura verdad -dice Tomás.
-Bien. No hablemos más de esto. Tratemos de… hacerlo mejor con mucho amor y mucho sacrificio, como nos ha enseñado Margziam… -dice Pedro.
-¿Qué hará Margziam? -pregunta, sonriendo, Andrés.
-¿Mmm?… Pronto estaremos con él. Tengo unas ganas locas… Me cuestan muchísimo estas separaciones.
-¿Quién sabe por qué las querrá el Maestro? Ya podría estar con nosotros también Margziam. Ya ni es un niño ni está físicamente frágil -observa Santiago de Zebedeo.
-Además… Si ha recorrido tanto camino el año pasado cuando estaba tan flaco, con mayor motivo podría caminar ahora -dice Felipe.
-Yo creo que es para que no presencie ciertas bribonadas… dice Mateo.
-O que no esté con ciertas compañías… -dice con enfado el Tadeo, que verdaderamente no soporta a Judas Iscariote.
-Quizás tenéis razón los dos -dice Pedro.
-¡No, hombre, no! Lo hará para que se fortalezca del todo. Ya veréis como para el año que viene está con nosotros afirma Tomás.
-¡El año que viene! ¿Estará todavía con nosotros el Maestro el año que viene? -pregunta pensativo Bartolomé -¡A mí sus discursos me parecen tan… significativos…!
-¡No digas eso! -suplican los otros.
-No quisiera decirlo. Pero no hablar no sirve para alejar lo que está designado.
-Bueno, pues… razón de más para nosotros para mejorarnos mucho en estos meses… Para no causarle penas y estar preparados. Quiero decirle que ahora, cuando estemos descansando en Galilea, nos instruya mucho, mucho, estrictamente a nosotros doce… Muy pronto llegaremos…
-Sí. Y tengo unas ganas locas. Soy viejo y estas marchas con este calor me dan muchas molestias que no se ven confiesa Bartolomé
-A mí también. He sido un vicioso y estoy más viejo de lo que se piensa contando los años. ¡Los excesos… claro! Ahora los siento todos en los huesos… Además nosotros, hijos de Leví, sufrimos de dolores ya por naturaleza…
-¿Y yo? He estado enfermo durante años… y aquella vida, en cavernas, con poca y mísera comida. ¡Estas cosas aparecen ahora!… -dice el Zelote.
-¿Pero no has dicho siempre que desde tu curación te has sentido siempre fuerte? -pregunta a sus espaldas Judas, que los ha alcanzado -¿Se te ha terminado el efecto dei milagro?
El Zelote pone una expresión típica en su rostro feo y expresivo; parece decir: «¡Está aquí! ¡Señor, dame paciencia!». Pero responde con suma cortesía:
-No. No se ha terminado el efecto del milagro, como puede verse, porque no he vuelto a enfermar. Estoy fuerte. Tengo resistencia. Pero los años son años y las fatigas fatigas.
Y estos calores que nos hacen sudar como si hubiéramos caído en una acequia, y luego estas noches, yo diría gélidas respecto al calor del día, que nos hielan el sudor encima, y luego el aguazo que termina de mojar ropa ya empapada de sudor, ciertamente no me hacen ningún bien. Y tengo unas ganas enormes de un tiempo de reposo para cuidarme un poco. Por la mañana, especialmente si dormimos al raso, estoy todo rígido. Si me enfermo del todo, ¿para qué sirvo?
-Para sufrir. Él dice que el sufrimiento vale como trabajo y como oración -le responde Andrés.
-De acuerdo. Pero yo preferiría servirle apostólicamente y…
-Y estás cansado también tú. Confiésalo. Estás cansado de continuar con esta vida sin perspectivas de tiempos buenos, sino, al contrario, con perspectivas de persecuciones y… derrotas. Empiezas a pensar que corres el peligro de volver a ser un proscrito -dice Judas de Keriot.
-No pienso nada. Digo que siento que enfermo.
-¡Oh, de la misma manera, que te ha curado una vez…! -y Judas ríe irónico.
Bartolomé siente cercana otra discusión y la desvía llamando a Jesús.
-¡Maestro! ¿Para nosotros no hay nada? ¡Siempre estás adelante! …
-Tienes razón, Bartolmái. Ahora nos paramos. ¿Ves aquella casita? Vamos allí, porque el sol es demasiado fuerte. Con el atardecer reanudaremos la marcha. Tenemos que apresurar el retorno a Jerusalén, porque Pentecostés está a las puertas.
-¿De qué hablabais entre vosotros? -pregunta Judas Tadeo a su hermano.
-¡Fíjate! Habíamos empezado a hablar de José de Arimatea y hemos terminado hablando de la vieja propiedad de Joaquín en Nazaret y de su costumbre -mientras pudo hacerlo -de tomar para sí la mitad de lo que recogía y dar el resto a los pobres, cosa que los viejos de Nazaret recuerdan muy bien.
¡Cuántas abstinencias aquellos dos justos que eran Ana y Joaquín! ¡Cómo no iban a obtener el milagro de la Hija, de esa Hija!… Y con Jesús evocaba cuando éramos
niños…
Continúa la narración mientras siguen caminando en dirección a la casa entre los campos llenos de sol.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
José de Arimatea descansa en una habitación que está semioscura debido a que todas las cortinas están echadas, para proteger del sol. En toda la casa hay un silencio absoluto. José duerme con sueño ligero en un bajo diván cubierto de esteras… Entra un criado, se dirige al patrón, le toca para despertarlo. José abre sus ojos cargados y mira al criado con gesto interrogativo.
-Señor, está aquí tu amigo Juan…
-¿Mi amigo Juan? ¿Cómo es que está aquí no habiéndose terminado el sábado?
José se ha despertado de golpe ante la sorpresa de la visita de un Anciano en sábado. Y ordena:
-Que entre enseguida.
El criado sale. José, mientras espera, pasea pensativo por
la habitación semioscura y fresca…
-¡Dios sea contigo, José! -dice el Anciano Juan, el que vimos ya en el primer banquete ofrecido a Jesús en Arimatea y también en casa de Lázaro en la última Pascua (siempre en una actitud que, aunque no fuera de discípulo, al menos no era hostil respecto a Jesús).
-¡Y contigo, Juan! Pero… sabiendo que eres justo, me asombra verte antes del ocaso…
-Es verdad. He quebrantado la ley sabática. Y he pecado sabiendo que pecaba. Por tanto, gran pecado el mío… Y grande será el sacrificio que ofreceré para ser perdonado. Pero también es muy grande el motivo que me ha incitado a este pecado… Yahveh, que es justo, tendrá compasión de su siervo culpable considerando el importante motivo que me ha impulsado a la culpa…
-Hace un tiempo no hablabas así. Para ti el Altísimo era sólo rigor, inflexibilidad. Y eras perfecto porque le temías como a un Dios intransigente…
-¡Oh! ¡Perfecto!… José, a ti nunca te he confesado mis culpas secretas… Pero es verdad. Consideraba a Dios intransigente. Como muchos en Israel. Nos han enseñado a considerarlo el Dios de las venganzas…
-Y has seguido creyéndolo después de que el Rabí ha venido a dar a conocer a su pueblo el verdadero Rostro de Dios, su verdadero Corazón… Un rostro y un corazón de Padre…
-Es verdad. Es verdad. Pero… todavía no le había oído hablar extensamente… De todas formas, como recordarás, desde la primera vez que lo vi, en el convite en tu casa, ya tomé una actitud hacia el Rabí que, si no era de amor, al menos era de… respeto.
-Es verdad… Pero por lo que yo te quiero quisiera que pasaras a una actitud de amor a El. Es demasiado poco el respeto…
-¿Tú lo amas, verdad, José?
-Sí. Y te lo digo, aun sabiendo que los príncipes de los sacerdotes odian a los que aman al Rabí. Pero tú no eres capaz de delación…
No. No soy capaz… Y quisiera ser como tú. Pero, ¿lo lograré alguna vez?
-Pediré porque lo logres. Significaría tu bienaventuranza eterna, amigo…
Un silencio lleno de reflexiones…
Luego José pregunta:
-Me has dicho que un importante motivo te ha movido a violar el sábado. ¿Y cuál? ¿Puedo preguntártelo sin ser demasiado indiscreto? Creo que has venido a casa de tu amigo en busca de ayuda… Y para ayudarte tengo que saber…
Juan se pasa la mano por la frente, aprieta esta frente de hombre en plena madurez, amplia y con ligeras entradas; se acaricia mecánicamente el pelo, que apenas ha empezado a encanecerse, y la tupida y escuadrada barba… Luego levanta la cabeza y mira fijamente a José. Dice:
-Sí. Un motivo importante, y penoso; y… y una gran esperanza…
-¿Cuáles?
-José, ¿te imaginas que mi casa es un infierno y que pronto ya no será una casa, sino… sino una cosa devastada, desbaratada, destruida, acabada?
-¿Qué? ¿Qué dices? ¿Desvarías?
-No. No desvarío… Mi mujer quiere marcharse… ¿Estás sorprendido?
-…Sí… porque… siempre la he visto buena y… porque vuestra familia me parecía ejemplar… tú, todo bondad… ella, toda virtud…
Juan se sienta y mete la cabeza entre las manos…
José prosigue:
-Ahora… esta… esta decisión… Yo… bueno que no puedo creer que Ana haya faltado… o que tú hayas faltado… Pero todavía menos lo creo de ella… toda casa, toda hijos… ¡No!… ¡En ella no puede haber culpa!…
-¿Estás seguro? ¿Estás completamente seguro?
-¡Oh! ¡Pobre amigo! No tengo el ojo de Dios. Pero, por lo que puedo juzgar, juzgo así…
-¿No crees que Ana sea… infiel…?
-¿Ana? ¡Pero, amigo! ¿El sol del verano te ha enfermado la cabeza? ¿Infiel con quién? No sale nunca de casa. Prefiere el campo a la ciudad. Trabaja como la primera de las domésticas. Es humilde, discreta, trabajadora, amorosa contigo y con los niños. Una mujer ligera no ama estas cosas. Créelo. ¡Oh, Juan!, pero ¿en qué fundas las sospechas? ¿Desde cuándo?
-Desde siempre.
-¿Desde siempre? ¡Ah, entonces esto tuyo es una enfermedad!…
-Sí. Y… José, yo he cometido muchos errores. Pero no quiero confesártelos a ti solo. Anteayer han pasado unos discípulos por mi casa, y también unos pobres. Decían que el Rabí estaba viniendo a tu casa. Y ayer… ayer fue un día muy turbulento para mi casa… tanto que Ana ha tomado la decisión que he dicho… Por la noche -¡y que noche! -he pensado mucho… Y he sacado la conclusión de que sólo Él, el Rabí perfecto…
-¡Divino, Juan, divino!
-..Como quieras… Que sólo Él puede curarme y reparar… reconstruir mi casa, darme de nuevo a Ana… y a mis hijos… reconstruirme todo…
El hombre llora. Entre lágrimas prosigue:
-Porque sólo Él ve y dice la verdad… y a Él lo creeré… José, amigo mío, déjame estar aquí esperándolo…
-El Maestro está aquí. Partirá después de la puesta del sol. Voy e llamarlo -y José sale…
Pocos minutos de espera y la cortina se separa nuevamente para dejar paso a Jesús… Juan se pone de pie y se inclina con deferente saludo.
-La paz a ti, Juan. ¿Por qué motivo me buscas?
-Para que me ayudes a ver… y para que me salves. Soy muy infeliz. He pecado contra Dios y contra mi carne gemela. Y de pecado en pecado he llegado a violar la ley del sábado. Absuélveme, Maestro.
-¡La ley del sábado! ¡Grande, santa ley! ¡Lejos de mí el pensamiento de considerarla pequeña y superada! Pero ¿por qué la antepones al primero de los mandamientos? ¿Y cómo es que pides absolución por haber violado el sábado y no la pides por haber faltado al amor y torturado a una inocente, y haber llevado a la desesperación y al umbral del pecado al alma de tu esposa? ¡Por esto debes angustiarte más que por todas las otras cosas! Por haberla calumniado…
-Señor, sólo con José, hace poco, he hablado de ella. Con ningún otro, créelo. Tenía tan celado mi dolor, que José, buen amigo mío, no se había percatado de nada y se ha quedado sorprendido. Ahora él te lo ha dicho. Pero ha sido para ayudarme. Con ninguna otra persona hablará el justo José.
-Conmigo no ha hablado. Me ha dicho solamente que me buscabas.
-¿Y entonces cómo lo sabes?
-¿Cómo lo sé? Como sabe Dios los secretos de los corazones. ¿Quieres que te diga el estado del tuyo?…
José hace ademán de retirarse discretamente. Pero es el propio Juan el que lo detiene diciendo:
-¡Quédate. ¡Tú eres amigo mío! ¡Puedes ayudarme ante el Rabí, tú, paraninfo de mi boda!… -y José vuelve a ponerse junto a los dos.
-¿Quieres que te lo diga? ¿Quieres que te ayude a conocerte? ¡No temas! No tengo mano cruel. Sé descubrir las heridas. No las hago sangrar para curarlas. Sé comprender y compadecerme. Y sé cuidar y curar; basta con que uno quiera ser curado. Tú tienes este deseo. Tanto que me has buscado. Siéntate aquí, a mi lado, entre mí y José.
Él fue el paraninfo de tu boda terrestre, Yo quisiera ser el paraninfo de tu boda espiritual… ¡Oh, cuánto lo quisiera!… ¡Así! Y ahora escúchame bien. Y responde con sinceridad a todo. ¿Tú cómo crees que fue el acto de Dios de crear al hombre y a la mujer para que estuvieran unidos? ¿Un acto bueno o un acto malo?
-Bueno, Señor. Como todas las cosas hechas por Dios.
-Has respondido bien. Ahora dime: si el acto era bueno, ¿cuáles debían ser sus consecuencias?
-Igualmente buenas, Señor. Y fueron buenas, a pesar de que Satanás entrara a disturbarlas, porque Adán siempre encontró confortación en Eva y Eva en Adán. Es más, fue aún más sensible esta confortación cuando solos, desterrados en la Tierra, fueron ayuda el uno para el otro. Y fueron buenas las consecuencias materiales, o sea, los hijos, por los cuales se propagó el hombre, y a través de los cuales brilló el poder y la bondad de Dios.
-¿Por qué? ¿Qué poder y bondad?
-Hombre, pues… la que ha sido desarrollada en favor de los hombres. Si miramos hacia atrás… sí… hay justos castigos, pero hay también, y más numerosos, actos de bondad… Bondad infinita es el pacto establecido con Abraham y repetido luego a Jacob, y así hasta… hasta el día de hoy. Y repetido por bocas sin mentira: los profetas… hasta Juan…
-Y por la boca del Rabí, Juan -interrumpe José.
-No es boca de profeta… No es boca de Maestro… Es… más.
Jesús sonríe, aunque casi imperceptiblemente, ante la… profesión de fe, aún vinculada, del Anciano, que no llega a decir: «Es boca divina» pero ya lo piensa.
-Entonces Dios ha hecho bien uniendo al hombre y a la mujer. Está escrito. ¿Pero cómo quiso que fueran el hombre y la mujer -pregunta Jesús.
-Una carne sola.
-Bien. ¿Entonces puede la carne odiarse a sí misma?
-No.
-¿Puede un miembro odiar al otro miembro?
-No.
-¿Puede un miembro separase del otro miembro?
-No. Sólo una gangrena o una lepra o una desventura pueden separar un miembro del resto del cuerpo.
-Muy bien. ¿Entonces solamente una cosa dolorosa o mala puede separar lo que por voluntad de Dios no es sino una unidad?
-Así es, Maestro.
-¿Y entonces por qué tú, convencido como estás de estas cosa, no amas a tu carne; y tanto la odias, que haces surgir una gangrena entre uno y el otro miembro, por lo cual, el miembro más débil, cayendo en mortificación, se separa y te deja solo?
Juan agacha la cabeza y guarda silencio mientras manosea las franjas de la túnica…
-Yo te digo el porqué. Porque Satanás ha entrado, a turbar, entre ti y tu mujer. Es más, ha entrado en ti con un amor desordenado hacia tu mujer. El amor, cuando es desordenado se transforma en odio. Juan. Satanás ha trabajado en tu sensualidad de varón para conseguir hacerte pecar. Porque ahí ha empezado tu pecado, a partir de tu desorden que ha ido engendrando nuevos y cada vez mayores desórdenes.
En tu mujer no has visto solamente la buena compañera y la madre de tus hijos, sino también el objeto de placer. Y esto te ha puesto pupilas como las del buey, que ve todo alterado. Has visto como tú veías. Así has visto a tu mujer. Objeto de placer para ti, la has juzgado lo mismo para los demás; y de aquí vienen tus febriles celos, tu miedo infundado, tu arrogancia pecaminosa que ha hecho de ella una miedosa, una encarcelada, una torturada, una calumniada
¿Qué importa si no le pegas, si públicamente no la vituperas? ¡Tu sospecha es un palo! ¡Tu duda es una calumnia! La calumnias pensando de ella que es capaz de traicionar. ¿Qué importa si la tratas como su rango te impone? En lo íntimo de tu casa es para ti menos que una esclava, por tu bestialidad lujuriosa, que la humilla sobremanera, y que ha sido soportada siempre por ella en silencio y con docilidad esperando persuadirte, calmarte, hacerte bueno, y lo cual no ha servido sino para aumentar tu exasperación, hasta el punto de que has hecho de tu casa un infierno donde rugen los demonios de la lujuria y de los celos.
¡Los celos! ¿Qué habrá más calumniador, para una esposa, que los celos? ¿Qué, más claramente indicador del estado real de un corazón que los celos? Debes creer que donde los celos se anidan -¡y tan estúpidos e irracionales, infundados, ofensivos, y obstinados! -no hay ni amor al prójimo ni amor a Dios. Lo que hay es egoísmo. ¡Por esto debes angustiarte, no por una fracción de sábado violado! Y para ser perdonado debes satisfacer por la devastación que has provocado…
-Pero Ana se quiere marchar ya… Ven a convencerla Tú… Sólo Tú puedes, oyéndola hablar, juzgar si verdaderamente es inocente y…
-¡Juan! ¿Quieres sanar y no quieres creer en lo que digo?
-Tienes razón, Señor. Cámbiame el corazón. Es verdad. No tengo motivo de fundada sospecha. Pero la quiero mucho… lujuriosamente, es verdad… Has visto bien… Y todo me es tiniebla…
-Entra en la luz. Sal de la maraña ardiente de una sensualidad tan feroz. Al principio te costará… Pero mucho más te costaría perder a una buena esposa y ganarte el infierno y pagar por tu pecado de desamor, calumnia y adulterio, y por el suyo, porque te recuerdo que quien mueve a una mujer al divorcio se pone a sí mismo y la pone a ella en el camino del adulterio. Si sabes resistir durante una luna, al menos durante una luna, a tu demonio, te prometo que terminará la pesadilla. ¿Me lo prometes?
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! Quisiera… Pero es un fuego… Apágamelo Tú. Tú que eres poderoso…
El Anciano Juan ha caído de rodillas delante de Jesús y llora con la cabeza en las manos apoyadas en el suelo.
-Te lo adormeceré. Te lo circunscribiré. Pondré frenos y límites a este demonio… Pero tú has pecado mucho, Juan, y tienes que trabajar tú mismo en tu resurrección.
Los que Yo he convertido han venido a mí con la plena voluntad de hacerse nuevos, de quedar liberados… Habían obrado ya, con sus propias fuerzas, el comienzo de su redención. Así Mateo y María de Lázaro y otros.
Tú has venido aquí sólo para saber si ella era culpable y para que te ayudase a no perder la fuente en que se sacia tu placer. Yo circunscribo el poder de tu demonio, no durante una luna, sino durante tres. Durante este tiempo medita y elévate. Propónte tomar una nueva vida de marido.
Una vida de hombre dotado de alma. Y no la vida animal que has llevado hasta ahora. Y, que sepas, fortalecido por la oración y la meditación, por la paz que te doy durante tres meses, luchar y conquistarte la Vida eterna y reconquistarte el amor de tu esposa y la paz de tu casa. Ve.
-¿Pero qué le voy a decir a Ana? Quizás me la encontraré ya preparada para marcharse… ¿Qué palabras, después de tantos años de… ofensas, para convencerla de que la amo y de que no quiero perderla? Ven Tú…
-No puedo. Pero, ¡es tan simple!… Sé humilde. Llámala aparte y confiesa tu tormento. Dile que has venido a verme porque quieres ser perdonado por Dios. Y dile que te perdone, porque recibirás el perdón de Dios sólo si ella te lo invoca y es la primera en dártelo… ¡Oh! ¡Desdichado!
¡Cuánto bien, cuánta paz has desparramado con tu fiebre!
¿Cuánto mal crea la indisciplina de los sentidos, el desorden en los afectos! ¡Ánimo, levántate! Y vete tranquilo. ¿Pero no comprendes que ella, siendo buena y fiel a ti, está más angustiada que tú por el pensamiento de dejarte y no espera más que una palabra tuya para decirte:
"Todo te es perdonado"? Ánimo, muévete. El ocaso ya está cumplido. No cometes, pues, pecado por volver a tu casa… Y de haberlo cometido por venir a tu Salvador; tu Salvador te absuelve. Vete en paz. Y no peques más.
-¡Oh! ¡Maestro! ¡Maestro!… ¡No merezco estas palabras!… Maestro… yo… querré amarte de ahora en adelante…
-Sí, sí, ve. No te demores. Y recuerda esta hora en la hora en que Yo sea el Inocente calumniado.
-¿Qué quieres decir?
-Nada. Ve. Adiós.
Y Jesús se retira, dejando a los dos miembros del Sanedrín conmovidos y, enardecidos, juzgándole verdaderamente santo y sabio como sólo Dios puede serlo.
(Nota: aquí se observa que el sanedrita Juan se excedía en su vida sexual con su mujer, buscando más el placer sexual que la comprensión, el afecto, la vida espiritual y conyugal con su esposa, ya que el placer sexual, dentro del matrimonio y siendo generosos en hijos ante Dios, no sólo no es malo sino positivo, pero sin obsesiones ni desviaciones, en las que, por lo visto, Juan, el sanedrita, incurrió con su esposa, por lo que pecó ante Dios y el diablo actuó contra él)