por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No sé cómo voy a poder escribir porque estoy agotada a causa de los continuos ataques cardíacos diurnos y nocturnos… Pero veo, y debo escribir.
Veo a Jesús en la parte de delante del palacio de Juana en Béter. Ahí el jardín que precede a la casa se ensancha, formando como dos alas verdes en forma de tenaza, creando así una pequeña explanada semicircular, desnuda de árboles en el centro, pero limitada en los bordes por árboles muy altos y añosos, frondosos, que, con la brisa que corre por esta cima de colina, susurran levemente su frufrú y proyectan una propicia sombra para protección del sol cuando éste está en occidente. Debajo de los árboles, un seto de rosas pone un semicírculo de colores y fragancias como linde de la explanada.
La hora se acerca al ocaso, porque el sol, que -estando este castillo sobre un lugar elevado -se ve nítidamente descender por un buen arco de horizonte, está para ocultarse detrás de los montes que hay a occidente y que Andrés señala a Felipe recordando el miedo de los dos, allí, en Bet Yinna, por tener que anunciar al Señor. Se comprende que en estos montes está Bet Yinna, donde el Señor, hace un año, curó a la hija del posadero, al principio de su peregrinaje hacia las orillas mediterráneas, si recuerdo bien.
Estoy sola y no puedo pedir que me den los fascículos de hace unos meses, para confrontar; y mi cabeza no es capaz de recordar.
Están presentes todos los apóstoles. No sé cómo ha tenido lugar el encuentro de Jesús con Judas. Aparentemente en el mejor de los modos, porque no noto caras serias ni alteradas, y Judas se muestra desenvuelto, alegre, como si no pasara nada; tanto que es todo amabilidad incluso con los subalternos más humildes, cosa que no es muy fácil en él y que desaparece del todo cuando está inquieto.
Está todavía Elisa, y también Anastática, que ha venido, sin duda, con los apóstoles y la doméstica de Elisa. Y está Cusa, respetuoso todo, con Matías de la mano; y Juana, junto a Elisa, con la pequeña María al lado. Y Jonatán está detrás de su ama.
Frente a Jesús -a quien protege del sol, que todavía cae sobre esta fachada occidental, un toldo tendido sobre unas cuerdas y unos postes, como un baldaquino -están todos los domésticos y jardineros de Béter, y no son sólo los habituales, sino también los adventicios, tomados del pueblo que depende del castillo. Están a la sombra fresca del frondoso semicírculo, protegidos del sol, silenciosos, alineados, esperando la bendición de Jesús, que parece ya próximo a la partida, en espera sólo de que el ocaso señale el final del sábado.
Jesús habla ahora con Cusa; están un poco retirados. No sé qué le dice, porque hablan en voz baja. Pero veo que Cusa se prodiga en reverencias y en declaraciones de garantías, poniéndose la mano derecha en el pecho como para decir:
«Empeño mi palabra, estáte seguro de que por mi parte» etc. etc.
Los apóstoles, discretos, se han reunido en un ángulo. Pero ninguno les puede impedir observar, y si en el rostro de Pedro y Bartolomé se ve la sencilla mirada de quien sabe ya un poco de qué se trata, en el rostro de los otros, menos Judas, hay aprensión, una expresión triste, especialmente en los rostros de Santiago de Alfeo, Juan y Simón y Andrés, mientras que Judas de Alfeo parece casi inquieto y severo; el otro Judas, que quiere aparecer desenvuelto, mira más que todos, y parece querer descifrar, por los movimientos de las manos, de los labios, lo que Jesús y Cusa dicen.
Las discípulas, calladas, respetuosas, también observan, y Juana sonríe involuntariamente, con un poco de ironía en medio de su tristeza, y parece compadecer a su esposo cuando Cusa, alzando la voz al final del coloquio, proclama:
-Mi deuda de gratitud es tal, que de ninguna manera podré jamás quedar desobligado. Por tanto, te concedo lo que más amo: mi Juana… Pero debes comprender mi prudente amor por ella… El enojo de Herodes… su legítima defensa… se habrían descargado en forma de represalias contra nuestros bienes, contra… contra nuestro poder… y Juana está habituada a estas cosas, está delicada… necesita estas cosas… Yo tutelo sus intereses. Pero te juro que ahora que estoy seguro de que Herodes no se va a enojar conmigo, como contra un siervo suyo cómplice de un enemigo, te voy a servir con absoluta alegría y nada más, y concederé a Juana toda libertad…
-Está bien. Pero recuerda que trocar los bienes eternos por un breve honor humano es como trocar la primogenitura por un plato de lentejas. Y mucho peor todavía…
Las discípulas han oído estas palabras. Pero también los apóstoles. Y, mientras que a la mayor parte les sabe a discurso académico, Judas de Keriot percibe en ellas un sabor especial: cambia de color y de expresión, y echa una mirada entre asustada e irritada a Juana. Intuyo que hasta este momento Jesús no ha hablado de cuanto ha sucedido, y que sólo ahora Judas tiene la primera sospecha de que su juego ha sido descubierto.
Jesús se vuelve a Juana y le dice:
-Bueno, pues ahora vamos complacer a la buena discípula. Voy a hablar, como has deseado, a tus dependientes antes de partir.
Da unos pasos hacia delante, hasta el límite de sombra que se va alargando cada vez más, debido a que el sol va descendiendo, va descendiendo lentamente (parece ya una naranja cortada por la base, y cada vez más se va ensanchando el corte, a medida que el astro va bajando por detrás de los montes de Bet -Yinna, dejando un enrojecimiento de fuego en el cielo terso).
-Amados amigos Cusa y Juana, y vosotros, servidores buenos de ella, que ya conocéis al Señor por boca de mi discípulo Jonatán, desde hace muchos años, y por boca de Juana desde cuando es fiel discípula mía, escuchad.
Me he despedido de todos los lugares judíos donde tengo mayor número de discípulos, por obra de mis primeros discípulos, los pastores, y también por la respuesta coherente al Verbo, que ha pasado instruyendo para salvar.
Ahora me despido de vosotros, porque no volveré nunca más a este Edén, bellísimo (no tanto por los rosales y la paz que reinan en él, y no sólo por la buena ama que en él es reina, cuanto porque aquí se cree en el Señor y se vive según su Palabra). ¡Un paraíso! Sí. ¿Qué era el paraíso de Adán y Eva? Un espléndido jardín donde se vivía sin pecado y donde resonaba la voz de Dios, amada, acogida con alegría por sus primeros dos hijos…
Ahora bien, Yo os exhorto a vigilar para que no os suceda lo que sucedió en el Edén: no suceda que se introduzca la serpiente de la mentira, de la calumnia, del pecado, y os muerda en el corazón y separe de Dios. Vigilad y manteneos firmes en la Fe… No os turbéis. No hagáis actos de incredulidad, lo cual podría suceder porque el Maldito entrará, tratará de entrar, por todas partes, como ya ha entrado en muchos lugares, para destruir la obra de Dios.
Y mientras que entre en los lugares, el Perspicaz, el Astuto, el Incansable, y escudriñe y se ponga a la escucha y tienda asechanzas y desbabe y trate de seducir, poco mal será todavía. Nada ni nadie pueden impedirle que lo haga. Lo hizo en el Paraíso Terrenal… Pero un mal mayor es dejarlo estar y no echarlo.
El enemigo que no se expulsa acaba haciéndose amo del lugar, porque se instala en él y en él construye sus defensas y sus ofensas. Id a la caza de él enseguida, ponedlo en fuga usando el arma de la fe, de la caridad, de la esperanza en el Señor. Pero es sumo mal cuando no sólo se le deja vivir tranquilamente entre los hombres, sino que se le deja penetrar desde el exterior hasta el interior, y se le deja hacer un nido en el corazón del hombre. ¡¡Ah, entonces!!
Y, a pesar de todo, ya muchos hombres lo han acogido en su corazón, contra Cristo. Han acogido a Satanás con sus malas pasiones, arrojando fuera a Cristo. Y si no hubieran conocido todavía a Cristo en su verdad; si su conocimiento hubiera sido superficial, como se conocen unos viandantes que se ven por casualidad en un camino, muchas veces sólo mirándose un momento, desconocidos que se ven por primera y última vez, otras veces intercambiando solamente algunas palabras para preguntar el camino procedente, para pedir un poco de sal, o yesca para encender el fuego, o el cuchillo para preparar la carne; si así hubieran conocido a Cristo estos corazones que ahora, y más mañana, cada vez más, arrojan a Cristo para dejar espacio a Satanás… aún podrían ser compadecidos y tratados con misericordia, por ser ignorantes respecto a Cristo.
Pero, ¡ay de aquellos que me conocen como lo que soy, realmente, que se han nutrido de mi palabra y de mi amor, y ahora me arrojan afuera, acogiendo a Satanás, que los seduce con falaces promesas de triunfos humanos cuya realidad será la eterna condenación!
Vosotros, vosotros que sois humildes y no soñáis tronos ni coronas, vosotros que no buscáis las glorias humanas, sino la paz y el triunfo de Dios, su Reino, su amor, la vida eterna, y sólo esto, no los imitéis jamás. ¡Vigilad!
¡Vigilad! Conservaos limpios de corrupciones, fuertes contra las acusaciones malignas, contra las amenazas, contra todo.
Judas, que ha comprendido que Jesús sabe algo, ha tomado el aspecto de una máscara térrea de hiel. Sus ojos lanzan fulgores malignos contra el Maestro y contra Juana… Se retira, detrás de sus compañeros, como para apoyarse en la pared. En realidad lo hace para que no se vea su contrariedad.
Jesús prosigue después de una breve interrupción, colocada como para separar la primera parte del discurso de la segunda. Dice:
-Hubo un tiempo en que el yizraelita Nabot tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaria. Una viña de sus padres, muy apreciada, por tanto, por su corazón, casi sagrada para él porque era la herencia que su padre le había dejado tras haberla heredado a su vez de su padre, y éste del suyo, y así sucesivamente. Generaciones de parientes habían sudado en aquella viña para que fuera cada vez más pujante y hermosa. Nabot la apreciaba mucho.
Ajab le dijo: "Cédeme tu viña, que está pegando a mi casa y me servirá para hacerme una huerta para mí y los que viven conmigo. Yo en cambio te daré una viña mejor,
o dinero si lo prefieres". Pero Nabot respondió "Siento no complacerte, oh rey. No puedo complacerte. Esta viña me viene en herencia de mis padres y me es sagrada. Dios me guarde de darte la herencia de mis padres". (1 Reyes 21)
Vamos a meditar esta respuesta. Se medita en ella demasiado poco, y demasiados pocos en Israel meditan en ella. Los otros, la mayoría, los que he mencionado antes, que con facilidad arrojan afuera a Cristo para acoger a Satanás, no tienen mucho respeto hacia la herencia de sus padres, y, con tal de tener mucho dinero o mucho terreno, o sea, los honores y la seguridad de que no los suplanten fácilmente, aceptan ceder la herencia de sus padres, a sea, la idea mesiánica en lo que ella es verdaderamente, como ha sido revelada a los santos de Israel, y que debía ser sagrada en todos sus detalles sin manipular en ella, sin alterarla, sin rebajarla con limitaciones humanas.
¡Cuántos, cuántos, cuántos truecan la luminosa idea mesiánica, enteramente santa y espiritual, por un títere de regiedumbre humana, agitado como un espantajo para perjuicio de la autoridad o blasfemo contra la verdad!
Yo, Misericordia, no llego a maldecirlos con las tremendas maldiciones de Moisés contra los transgresores de la Ley. Pero detrás de la Misericordia está la Justicia. ¡Deben recordarlo todos! Yo, por mi parte, les recuerdo a éstos -y, si entre los presentes hay alguno de éstos, que reciba la corrección con corazón bueno -, les recuerdo otras palabras de Moisés, dichas para los que querían ser más de lo que Dios había establecido para ellos.
Dijo Moisés a Coré, Datán y Abirón, que se consideraban santos al igual que Moisés y Aarón y se oponían a ser sólo hijos de Leví en el pueblo de Israel: "Mañana el Señor dará a conocer quién le pertenece y dejará que se acerquen a El los santos; aquellos a quienes haya elegido se acercarán a Él.
Meted fuego en vuestro incensario y, en el fuego, incienso delante del Señor, y venid vosotros y los vuestros con Aarón. Y veremos a quién elige el Señor. ¡Os ensalzáis un poco demasiado, hijos de Leví!". (Números 16)
Vosotros, buenos israelitas, conocéis cuál fue la respuesta de Dios a los que se querían ensalzar un poco demasiado, olvidándose de que el único que destina los puestos de sus hijos y elige es Dios, y elige con justicia, y elige hasta el punto exacto. Yo también tengo que decir: "Hay algunos que se quieren ensalzar un poco demasiado, y serán castigados de forma que los buenos comprendan que aquellos han blasfemado contra el Señor".
Los que truecan la idea mesiánica, tal y como la ha revelado el Altísimo, por la pobre idea suya, humana, onerosa, limitada, vindicativa, ¿no son, acaso, semejantes a aquellos que querían juzgar la santidad de Moisés y Aarón? ¿No os parece que los que, con tal de alcanzar su objetivo, la realización de su pobre idea, quieren tomar propias iniciativas motu proprio, considerándolas soberbiamente más justas que las de Dios, no os parece que quieren ensalzarse un poco demasiado y que quieren pasar ilegalmente de estirpe de Leví a estirpe de Aarón?
Aquellos que sueñan con un pobre rey de Israel y lo prefieren al Rey de reyes espiritual, aquellos que tienen por pupilas, enfermas, la soberbia y la ambición -por lo cual ven deformadas las verdades eternas que están escritas en los libros santos -y a los cuales la fiebre de una humanidad concupiscente les hace incomprensibles las palabras clarísimas de la Verdad revelada, ¿no son, acaso, los que truecan por una insignificancia sin valor la herencia de toda la estirpe, la más sagrada herencia?
Pero, aunque ellos lo hagan, Yo no trocaré la herencia del Padre y de los padres, y moriré fiel a esta promesa, que vive desde cuando la redención fue necesaria, fiel a esta obediencia que existe desde siempre, porque Yo no he defraudado nunca a mi Padre y nunca lo defraudaré por temor a la muerte, por horrenda que sea. Se procuren los enemigos los falsos testigos, finjan celo y práctica perfectas. No cambiará esto ni su delito ni mi santidad.
Mas aquel y aquellos que -cómplices suyos después de haber sido sus corruptores -crean poder extender la mano sobre lo que es mío, hallarán en la Tierra a perros y buitres para ingerir su cuerpo y su sangre, y en el Infierno a demonios para ingerir su sacrílego espíritu, sacrílego y deicida.
Os he dicho esto para vuestro conocimiento. Para que todos tengáis conocimiento, y quien sea malvado pueda arrepentirse mientras pueda hacerlo, imitando a Ajab, y quien es bueno no sea turbado en la hora de las tinieblas.
¡Oh, hijos de Béter, adiós! Que el Dios de Israel esté siempre con vosotros y la Redención haga descender su rocío sobre un campo limpio, para que en él se abran todas las semillas que el Maestro, que os ha amado hasta la muerte, ha esparcido en vuestros corazones.
Jesús los bendice y los mira mientras ellos se marchan lentamente. Ya se ha puesto el sol, del cual, como recuerdo, queda sólo un color rojo, que se va apagando lentamente, pasando a violáceo. El reposo sabático ha terminado.
Jesús puede partir. Besa a los pequeños, saluda a las discípulas, saluda a Cusa. Y en el umbral de la cancilla se vuelve y dice fuerte, para que todos oigan:
-Hablaré, cuando pueda, a esas criaturas. Pero tú, Juana, preocúpate de hacerles saber que en mí sólo se halla el, enemigo del pecado y el rey del espíritu. Y recuérdalo tú también, Cusa.
Y no temas. Ninguno debe tener miedo de mí. Ni siquiera los pecadores, porque soy la Salud. Sólo los impenitentes hasta la muerte deben tener miedo de Cristo, Juez después de haber sido el Todo Amor… La paz sea con vosotros.
Y es el primero en salir, y empieza a bajar…
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús pasea entre las florestas de rosas, donde bulle el trabajo de los recolectores. Halla así la manera de hablar con uno o con otro, y también con la mujer viuda y sus hijos, a la que Juana en la Pascua ha tomado, por su amor, a su servicio después del banquete de los pobres.
Ya no parecen los mismos. Con nueva vitalidad, serenos, cumplen su trabajo con alegría, cada uno según sus propias capacidades, y los más pequeños, que verdaderamente no saben todavía ni siquiera distinguir una rosa de otra por el color o por la lozanía para escogerlas, juegan con otros pequeñuelos en los sitios más tranquilos, y sus gorjeos de pajarillos humanos todavía en el nido se unen a los de los implumes que pían, que chillan entre las frondas de los árboles para saludar a sus padres que regresan con la comida para sus bocas.
Jesús se acerca a estas pequeñas nidadas humanas, y se agacha, se interesa, acaricia, calma pequeñas riñas, levanta al que se ha caído y gimotea, sucio de tierra, arañadas con el suelo la frente o las manitas. Y los llantos, las riñas, los celos, cesan de golpe con la caricia y la palabra del Inocente a los inocentes, o se transforman incluso en el ofrecimiento del objeto causa de la discusión o de la caída (el escarabajo dorado, la piedrecita de color o brillante, una flor cortada, etc.)… Jesús tiene llenas de estas cosas las manos y el cinturón, y, cuando deposita escarabajos y mariquitas entre el follaje, restituyéndolos así a la libertad, lo hace sin ser visto.
¡Cuántas veces he notado el perfecto tacto de Jesús incluso en los más pequeños, para no herirlos, para no defraudarlos! Tiene el arte y el atractivo para saber mejorarlos y para hacerse querer, con cosas aparentemente insignificantes, aunque en realidad son perfecciones de amor adaptado a la pequeñez del niño…
Como a mí. ¡A mí me ha tratado siempre como a un "niño" para mejorar mi miseria, para hacerse querer! Después, cuando lo he amado con todo mi ser, ha apretado la mano, me ha tratado como adulta, sordo a mis súplicas:
« ¿Pero no ves que soy una inútil?». Ha sonreído y me ha obligado a hacer obras de adultos… ¡Oh! Sólo cuando la pobre María está toda llena de aflicción, Él vuelve a ser el Jesús de los niños para mi pobre alma, tan incapaz, y se muestra satisfecho de… mis escarabajos y mis piedrecitas… y mis florecillas… de lo que logro darle… y me muestra que los ve bonitos… y que me ama porque soy “la nada que se abandona, se pierde, en el Todo”.
¡Querido Jesús mío! ¡Amado, amado hasta la locura! ¡Amado con todo mi ser! ¡Sí, lo puedo proclamar! En la vigilia de mi año 49, examinándome atentamente, en la vigilia de la sentencia humana sobre mi obra como portavoz, escudriñando atentamente mi espíritu y toda mí misma para descifrar las palabras verdaderas que hay en mí, puedo decir que ahora amo, comprendo que amo a mi Dios con todo mi ser.
He tardado 48 años en llegar a este amor total, tan total que excluye un pensamiento de temor personal en vistas de una condena, teniendo tan sólo una profunda aflicción por la repercusión que ésta pudiera tener en almas que yo he llevado a Dios, que estoy convencida de que han sido redimidas por el Jesús vivo dentro de mí, y que se separarían de la Iglesia, anillo de enlace entre la humanidad y Dios.
Dirán algunos: « ¿No te da vergüenza haber tardado tanto?». No, en absoluto. Era tan débil, tan nada, que he tardado todo este tiempo. Y además estoy convencida de que he tardado exactamente el tiempo que Jesús ha querido. Ni un minuto más ni un minuto menos; porque -esto puedo decirlo -desde que empecé a comprender -qué es Dios, no le he negado a Dios nada.
Desde cuando, teniendo yo cuatro años, lo sentía tan omnipresente, que creía incluso que estar en la madera del respaldo de la silla en que me sentaba y le pedía disculpa por darle la espalda y por apoyarme en Él; desde cuando también a los cuatro años, hasta en el sueño meditaba que nuestros pecados lo habían herido y matado, y me ponía de pie encima de mi cama, suplicando, vestida con mi camisón de noche, sin mirar a ningún cuadro sagrado, sino volviéndome a mi Amado matado por nosotros, suplicando:
«¡Yo no! ¡Yo no! ¡Quítame la vida, pero no me digas que yo te he herido!». Y así sucesivamente…
Amor mío, Tú conoces mis ardores, no desconoces ni siquiera uno… Tú sabes que bastaba que se perfilase una propuesta tuya para que ya inmediatamente fuera aceptación en tu María. Aunque me propusieras que te diera mi amor de novia -es más, precisamente entonces, en la Navidad del 1921, se reafirmó mi amor por ti -, o el amor de los parientes o la vida o la salud o la comodidad… y que, cada vez más, fuera una "nada" en la vida social, un desecho, mirado por el mundo con compasión o burla… Una que no puede tomar un vaso de agua si tiene sed si no hay quien se lo acerque, una que está clavada como Tú, como Tú, y como he deseado tanto estarlo, y como quisiera enseguida volver a estar si Tú me curaras. ¡Todo! La nada ha dado todo, su todo de criatura… Bien, pues también ahora, también ahora, que puedo ser juzgada negativamente, que puedo sufrir interdicción, que pueden actuar contra mí, ¿qué te digo?
«Déjame a ti, déjame tu Gracia. Todo el resto es nada. Lo único que te ruego es que no me suspendas tu amor y que no permitas que los que te he dado vuelvan a caer en las tinieblas.
¿Pero, a dónde he ido, oh Sol mío, mientras paseas entre los rosales? A donde mi corazón, que ha hecho esfuerzo de amor por ti, me lleva. Y late, y me enciende la sangre en las venas. Y la gente dirá: «Tiene fiebre y palpitaciones». No. Es que esta mañana te estás derramando en mí con la fuerza de un divino huracán de amor, y yo… y yo me anulo en ti, que me invades, y ya no coordino como criatura, y siento lo que debe ser el vivir de los serafines… y ardo y deliro y te amo, te amo, te amo. ¡Piedad, en tu amor! Piedad, si quieres que viva todavía para servirte, oh Amor divinísimo, eterno, oh Amor dulcísimo, oh Amor de los Cielos y de la Creación, Dios, Dios, Dios…
¡O… no… piedad, no! ¡Antes al contrario, más aún! ¡Hasta la muerte en la hoguera del amor! ¡Fundámonos! ¡Amémonos! Para estar en el Padre, como dijiste orando por nosotros: «Que estén (los que me aman) donde estamos Nosotros. Que sean uno». ¡Uno! Ésta es una de las afirmaciones del Evangelio que siempre me han hecho sumirme en un abismo de adoración amorosa.
¿Qué pediste para nosotros, mi Divino Maestro y Redentor? ¿Qué pediste, mi Divino loco de amor? Que nosotros seamos uno contigo, con el Padre, con el Espíritu Santo, porque quien está en Uno está en los Tres, ¡oh, inseparable y verdaderamente libre Trinidad del Dios uno y trino! ¡Bendito! ¡Bendito! ¡Bendito con cada uno de mis latidos y respiros!…
Pero volvamos a la visión, porque veo venir con paso veloz, tanto que sus vestiduras se mueven como una vela azotada por el viento, a Pedro, seguido por Bartolomé, que camina más tranquilo. Se presenta repentinamente a espaldas del Maestro, que está agachado acariciando a unos lactantes -los cuales son, sin duda, hijos de recolectoras -puestos en unos traspuntines a la sombra fresca de las plantas.
-¡Maestro!
-¡Simón! ¿Cómo es que estás aquí? ¿Y tú, Bartolomé? Teníais que partir mañana por la tarde, después de la puesta de sol del sábado…
-Maestro, no nos regañes… Escúchanos antes.
-Os escucho. Y no os regaño, porque pienso que habréis desobedecido por un grave motivo. Solamente aseguradme
que ninguno de vosotros está herido o enfermo. -No, no, Señor. No nos ha sucedido ningún mal -se apresura a decir Bartolomé. Pero Pedro, siempre sincero e impulsivo, dice: -¡Mmm! Yo por mí digo que hubiera sido mejor si tuviéramos todos las piernas rotas, o incluso la cabeza, antes que…
-¿Qué ha sucedido entonces?
-Maestro, hemos pensado que era mejor venir para acabar con… -está diciendo Bartolomé cuando Pedro le interrumpe:
-¡Pero habla más deprisa!
Y termina:
-Judas es un verdadero demonio desde que te has marchado.
Ya no podíamos hablar, no razonaba. Ha discutido con todos… Y ha escandalizado a todos los dependientes de Elisa y a otras personas…
-Quizás se ha puesto celoso porque has tomado a Simón contigo… -dice Bartolomé queriendo disculpar, al ver que la cara de Jesús se pone muy severa.
-¡Qué van a ser celos! ¡Deja de una vez de disculparlo!… O riño contigo para desahogarme de no haber podido reñir con él… ¡Porque Maestro, he logrado estar callado!
¡Fíjate! ¡Estar callado! Por pura obediencia y amor a ti… ¡Pero qué esfuerzo! Bien. En un momento en que Judas se marchó, dando portazos, hemos deliberado entre nosotros… y hemos pensado que era mejor partir para poner fin al escándalo en Betsur y… evitar… darle unos guantazos… Y yo y Bartolomé nos hemos marchado inmediatamente. He rogado a los otros que me dejaran marcharme enseguida, antes de que él volviera… porque… porque sentía realmente que no me iba a contener ya más… Esto es. He dicho. Ahora corrígeme, si te parece que he cometido un error.
-Has hecho bien. Habéis hecho todos bien.
-¿También Judas? ¡Ah, no, mi Señor! ¡No digas esto! ¡Ha dado un espectáculo indigno!
-No. Él no ha hecho bien. Pero no lo juzgues.
-…No, Señor…
El "no" sale con mucho esfuerzo.
Un momento de silencio. Luego Pedro pregunta:
-¿Me dices, al menos, por qué Judas, de repente, se ha vuelto así? ¡Parecía haberse vuelto tan bueno! ¡Se estaba tan bien! Yo había hecho oraciones y sacrificios para que continuara… Porque no puedo verte afligido. Y Tú estás afligido cuando nos causamos daño… Y, desde las Encenias, sé que incluso el sacrificio de una cucharada de miel tiene valor…
Esta verdad me la ha tenido que enseñar un discípulo, el más pequeño de los discípulos, un pobre niño, a mí, tu apóstol necio. Pero no la he desatendido. Porque he visto su fruto. Porque también yo, que soy un zopenco, he comprendido algo por luz de la Sabiduría que se ha inclinado benigna hacia mí, que ha bajado hasta mí, hasta el rudo pescador, hasta el hombre pecador.
He comprendido que es necesario amarte no sólo con las palabras, sino salvándote las almas con nuestro sacrificio. Para darte una alegría. Para no verte así como estás ahora, como estabas en Sebat. Tan pálido y triste, mi Maestro y Señor que no somos dignos de tenerte, que no te comprendemos: nosotros, gusanos al lado de ti, Hijo de Dios; nosotros, lodo al lado de ti, Estrella; nosotros, tinieblas al lado de ti, Luz.
¡Pero no ha servido para nada! ¡Para nada! Es verdad. Mis pobres ofrendas… tan pobres; tan defectuosas… ¿Y para qué iban a servir? Ha sido soberbia mía, creer que pudieran servir… Perdóname. Pero te he dado cuanto tenía. Me he ofrecido para darte todo lo que tengo. Y creía estar justificado porque te he amado, oh mi Dios, con todo mi ser, con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas, como está escrito.
Y ahora comprendo también esto y lo digo yo también como dice siempre Juan, nuestro ángel, y te ruego (y se arrodilla a los pies de Jesús) que aumentes tu amor en tu pobre Simón, para que aumente mi amor por ti, oh mi Dios.
Y Pedro se agacha a besar los pies de Jesús, y se queda así. Bartolomé, que ha estado escuchando, admirando y asintiendo, hace lo mismo.
-Alzaos, amigos. Mi amor crece sin pausa en vosotros, y crecerá cada vez más. Y benditos seáis por el corazón que tenéis. ¿Cuándo van a venir los otros?
-Antes de la puesta del sol.
-Está bien. También Juana y Elisa y Cusa volverán antes del ocaso. Pasaremos el sábado aquí y luego partiremos.
-Sí, Señor. ¿Pero para qué te ha llamado Juana con tanta urgencia? ¿No podía esperar? ¡Estaba ya concordado que vendríamos aquí!
-¡Con su imprudencia ha causado un buen jaleo!…
-No la acuses, Simón de Jonás. Ha actuado por prudencia y amor. Me ha llamado porque había almas cuya buena voluntad había que confirmar.
-¡Ah! Entonces ya no hablo más… Pero, Señor, ¿por qué Judas se ha alterado de esa forma?
-¡No pienses en ello! ¡No pienses en ello! Goza de este Edén, todo flores y paz. Goza de tu Señor. Y deja, y olvida, las formas peores de la Humanidad, sus asaltos contra el espíritu de tu pobre compañero Lo único que debes recordar es orar por él, mucho, mucho. Venid.
Vamos donde aquellos pequeños que nos miran asombrados. Hace poco les estaba hablando de Dios, de alma a alma, con el amor, y a los más grandecitos con las bellezas de Dios…
Y echa sus brazos alrededor del talle de sus dos apóstoles, para dirigirse a un círculo de niños que lo esperan.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús, seguido por el Zelote, que lleva de la rienda el burrito cabalgado por Elisa, llama a la puerta del guardián de Béter.
No han recorrido el camino de la otra vez. Han llegado a la propiedad de Juana por el pueblecillo que hay diseminado por las pendientes occidentales del monte sobre el que se alza el castillo.
El guardián, reconociendo al Señor, se apresura a abrir de par en par la cancilla que está a un lado de su casita y que introduce en el jardín que precede al edificio: es el principio de ese lugar de ensueño que son los jardines de rosas de Juana.
Un intenso olor de rosas frescas y de esencia de rosas está suspendido en el aire caliente del ere crepúsculo, y, cuando la primera corriente de aire de la noche, proveniente de levante, pasa cimbreando los rosales en flor, más penetrante se hace el perfume, más fresco, más genuino, porque viene de las lomas de rosales cultivados y sobrepuja el denso perfume de la esencia, proveniente de un bajo y vasto cobertizo colocado contra el muro occidental de la propiedad.
El guarda explica:
-Mi ama está allí. Todos los días, al anochecer va donde se reúnen a esta hora los recolectores y los de las esencias y habla con ellos, les pregunta cosas, los cura, los anima. Nuestra ama es muy buena. Siempre lo ha sido. ¡Y no digamos desde que es tu discípula!… Voy a llamarla…
Es una temporada de mucho trabajo y no son suficientes los recolectores fijos, a pesar de que hayan aumentado desde Pascua con los nuevos dependientes, hombres y mujeres, que ha contratado. Espérame, Señor…
-No, voy Yo donde ella. Que Dios te bendiga y te dé paz -dice Jesús mientras alza la mano para bendecir al anciano guarda, al que hasta ese momento, ha estado escuchando pacientemente. Lo deja y se dirige hacia el bajo y vasto cobertizo.
E1 ruido de los pasos contra la tierra dura del sendero hace sacar la cabeza a Matías, muy curiosón. Y el niño, dando un grito, sale corriendo, con los brazos abierto; y subidos, como invitación y deseo de abrazo.
-¡Está aquí Jesús! ¡Está aquí Jesús! -grita echándose a correr. Y cuando está ya entre los brazos del Señor, que lo besa, se asoma Juana y con ella sus dependientes.
-¡El Señor! -grita a su vez, y cae de rodillas para venerarlo inmediatamente desde el lugar en que se encuentra. Se postra y luego se alza (la faz teñida, por la emoción, de un color purpurino semejante a pétalo de rosa encendida). Luego se acerca a Jesús. Se postra otra vez para besarle los pies.
-La paz a ti, Juana. ¿Me requerías? He venido.
-Te requería… Sí, Señor…
La tez de Juana palidece de nuevo y su rostro se pone serio.
Jesús lo nota.
-Levántate, Juana. ¿Cusa está bien?
-Sí, mi Señor.
-¿Y María, la pequeña, que no la veo?
-También, Señor… Ha ido con Ester a llevar medicinas a un trabajador enfermo.
-¿Por ese hombre me has llamado?
-No, Señor… Por… ti.
Es bien visible que Juana no quiere hablar en presencia de todos, que se han aglomerado alrededor.
Jesús, comprendiéndolo, dice:
-Bien. Vamos a ver tus rosales…
-Estarás cansado, Señor. Tendrás que comer… Tendrás sed…
-No. Durante las horas de mayor calor nos hemos detenido en una casa de discípulos de los pastores. No estoy cansado…
-Entonces vamos… Jonatán, prepara todo para el Señor y los que han venido con Él… Baja, Matías… -indica al encargado, que está al lado de ella, respetuoso, y al niño, que se ha hecho un nido en los brazos de Jesús y cariñoso, tiene su cabecita morena en la concavidad del cuello de Jesús, como una tortolita bajo el ala paterna.
El niño lanza un suspirón de pena, pero hace ademán de obedecer.
Pero Jesús dice:
-No. Viene con nosotros. No molestará. Será un pequeño ángel, ante el cual no puede hacerse ni decirse nada escandaloso, y que impedirá que surja la más leve sospecha en los corazones. Vamos…
-Maestro, ¿yo y Elisa entramos en casa, o quieres que estemos contigo? -pregunta el Zelote.
-Id, id.
Juana guía a Jesús por un amplio paseo que divide el jardín, y dirige hacia las parcelas de rosales, que suben y bajan las opuestas ondulaciones que constituyen la propiedad florida de la discípula. Juana continúa, como buscando aislarse en donde no haya sino rosales y árboles, y pajaritos entre las frondas (en las últimas riñas por encontrar un sitio para el sueño, o en los últimos cuidados a las crías en los nidos). Las rosas, cerradas aún en su capullo en este atardecer -mañana, abiertas, caerán bajo las tijeras-, esparcen intensa fragancia antes de descansar bajo las gotas de rocío. Se paran en una hondonada entre dos pliegues del terreno en que, formando festones, ríen, por una parte rosas encarnadas, por la otra rosas rojas como manchas de sangre que se esté coagulando. Y hay una piedra grande, que sirve de asiento o de apoyo para los cestos de los recolectores. Hay rosas y pétalos ajados entre la hierba y encima de la piedra, testimonio del trabajo del día.
Juana, con la mano ensortijada, quita del asiento esos restos y dice:
-Siéntate, Maestro. Tengo que hablar contigo… mucho.
Jesús se sienta. Matías se pone a correr para acá o para allá por la hierba, hasta que encuentra un gran interés en perseguir a un grueso sapo que había venido a tomar el fresco del atardecer, y se aleja con gritos y saltos de alegría, yendo y viniendo, detrás del pobre sapo, hasta que distrae su atención la hura de un grillo, y se pone a hurgar en ella con un palito.
-Juana, estoy aquí para escucharte… ¿No hablas? -pregunta Jesús después de un rato de silencio, y deja de observar al niño para mirar a la discípula, que está frente a Él erguida, seria y silenciosa.
-Sí, Maestro. Pero… es muy difícil.., y creo que es una cosa dolorosa de escuchar…
-Habla con sencillez y confianza…
Juana se deja deslizar hasta la hierba, semisentada en los calcañares, baja respecto a Jesús, que está sentado más arriba, en su asiento, con actitud austera y rígida, distante como hombre más que si estuviera separado por muchos metros y por muchos obstáculos cercano como Dios y Amigo por la bondad de la mirada y la sonrisa Y Juana lo mira, lo mira, en el suave crepúsculo de la tarde de Mayo. Por fin habla:
-Mi Señor… antes de hablar… necesito preguntarte… necesito conocer tu pensamiento… comprender si me he
equivocado siempre al comprender tus palabras… Soy mujer, una mujer ignorante… quizás he soñado… y solamente ahora sé realmente las cosas… las cosas como las has dicho, como las has preparado, como la quieres para tu Reino… Quizás tiene razón Cusa… y yo estoy equivocada…
-¿Te ha regañado Cusa?
-Sí y no, Señor. Sólo me ha dicho, con autoridad de marido, que si es como los últimos hechos hacen pensar, debo dejarte, porque él, dignatario de Herodes, no puede permitir que su mujer conspire contra Herodes.
-¿Y cuándo has sido conspiradora! ¿Quién tiene intención de dañar a Herodes? Su pobre trono, tan ruin como es, es menos que este asiento entre los rosales. Aquí me siento, allí no me sentaría. ¡Se puede tranquilizar Cusa! No despierta mi interés el trono de Herodes, y ni siquiera el de César. No son ésos mis tronos, ni son ésos mis reinos.
-¿Sí, Señor? ¡Bendito seas! ¡Cuánta paz me das! Hacía días que sufría por esto. ¡Maestro mío, santo y divino, mi amado Maestro, mi Maestro de siempre, como te he comprendido, te he visto, te he amado, como te he creído, tan alto, tan por encima de la Tierra, tan… tan divino, mi Señor y Rey celeste! -y Juana, habiendo cogido la mano de Jesús, besa su dorso respetuosamente mientras está de rodillas, como en adoración.
-¿Qué es lo que ha pasado, entonces? ¿Qué cosa, que ignoro, capaz de turbarte de esta forma, capaz de empañar en ti la claridad de mi figura moral y espiritual? ¡Habla!
-¿Qué cosa? Maestro, los ríos del error, de la soberbia, de la codicia, de la obstinación, se han elevado, como de fétidos cráteres, y han empañado el concepto de ti en algunos, en algunas… y trataban de hacer lo mismo en mí.
Pero yo soy tu Juana; tu gracia, oh Dios. Y no me habría perdido, al menos eso espero, sabiendo lo bueno que es Dios. Pero el que es todavía sólo un embrión de alma que lucha por formarse, bien puede morir por una desilusión. Y quien todavía no es más que uno que desde el mar fangoso, agitado por corrientes violentas, trata de arribar a la orilla, al puerto, trata de purificarse, de conocer otros lugares de paz, de justicia, bien puede sucumbir de cansancio, si desespera de esta playa, de estos lugares, y dejarse atrapar de nuevo por las corrientes y el fango.
Y yo, por esta ruina de almas para las cuales impetro tu Luz, sentía dolor y tortura. Amamos más a las almas que damos a la Luz eterna que a los cuerpos que damos a la luz terrena. Ahora comprendo lo que es ser madre de una carne y madre de un alma. Se llora por el hijito que muere. Pero ese dolor es sólo el nuestro. Por un espíritu al que hemos tratado de formar en tu Luz, y que muere, se sufre no por nosotras solas. Se sufre contigo, con Dios… porque en nuestro dolor por la muerte espiritual de un alma está también tu dolor, infinito dolor de Dios… No sé si me explico bien…
-¡Te explicas muy bien! Pero cuéntame con orden las cosas. Si quieres que te consuele.
-Sí, Maestro. Mandaste a Simón Zelote y a Judas de Keriot a Betania, ¿no es verdad? Por aquella niña hebrea que te han dado las romanas y que has enviado a Nique…
-Sí. ¿Y entonces?
-Maestro… Debo darte un dolor… ¿Maestro, Tú eres un Rey del espíritu y no piensas de ninguna manera en reinos terrenos?
-¡Que no, Juana! ¿Cómo puedes pensar esto todavía?
Maestro, es para sentir de nuevo la alegría de verte divino, sólo divino. Pero, precisamente porque lo eres, te he de dar un dolor… Maestro, el hombre de Keriot no te comprende, y no comprende a quien te respeta como sabio, como gran filósofo, como Virtud sobre la Tierra, y aunque sólo sea por eso ya te admira y se profesa protectora tuya. Es extraño que unas mujeres paganas comprendan lo que un apóstol tuyo no comprende, después de estar contigo desde hace tanto…
-Lo ciega la humanidad, el amor humano.
-Lo disculpas… Pero te perjudica, Maestro. Mientras Simón hablaba con Plautina, Lidia y Valeria, Judas habló con Claudia, en tu nombre, como embajador tuyo. Quería arrancarle promesas para una restauración del reino de Israel. Claudia le hizo muchas preguntas… El habló mucho.
Ciertamente piensa que está a las puertas de su sueño demencial, en las regiones donde el sueño se transforma en realidad. Maestro, Claudia se ha enojado por esto.
Es hija de Roma… Lleva el imperio en su sangre… ¡Querer Tú que ella, precisamente ella, hija de los Claudios, vaya contra Roma! Ha sido para ella un choque tan hondo, que ha dudado de ti y de la santidad de tu doctrina. Ella todavía no puede concebir, comprender la santidad de tu origen…
Pero llegará a ello, porque tiene buena voluntad. Llegará a ello cuando se haya tranquilizado respecto a ti. Ahora le apareces como rebelde, usurpador, ambicioso, falso… Plautina y las otras han tratado de infundirle seguridad… Pero ella quiere una respuesta inmediata y tuya.
-Dile que no tema. Yo soy el Rey de los reyes, el que los crea y los juzga, y no tendré trono alguno aparte del Cordero, primero inmolado, luego triunfante en el Cielo. Transmíteselo inmediatamente.
-Sí, Maestro. Iré yo personalmente. Antes de que dejen Jerusalén, porque Claudia está tan enojada que no sigue ya más tiempo en la Antonia… para no… ver a los enemigos de Roma, dice.
-¿Quién te ha dicho esto?
-Plautina y Lidia. Vinieron… y Cusa estaba presente… y después… me puso en el dilema: o Tú eres el Mesías espiritual o dejarte para siempre.
En el rostro de Jesús, palidecido de dolor por lo que ha contado Juana, se ve una sonrisa de cansancio, y dice:
-¿Cusa no viene aquí?
-Mañana es sábado y estará él.
-Y Yo lo tranquilizaré. No temas. Ninguno tema. Ni Cusa por su puesto en la Corte, ni Herodes por posibles usurpaciones, ni Claudia por amor a Roma, ni tú por miedo a haberte equivocado, a verte separada… Ninguno tema… Sólo yo debo temer… y sufrir…
-Maestro. No hubiera querido darte este dolor. Pero callar hubiera sido un engaño… Maestro ¿cómo te vas a comportar con Judas?… Tengo miedo de sus reacciones… por ti, que conste que es por ti…
-Con verdad. Haciéndole comprender que estoy al corriente de las cosas y que desapruebo su acción y su obstinación.
-Me odiará, porque comprenderá que lo sabes por mí…
-¿Te duele?
-Tu odio me dolería, no el suyo. Soy mujer, pero más viril que él en servirte. Yo te sirvo porque te amo, no para recibir honores de ti. Si mañana por ti perdiera las riquezas, el amor de mi marido e incluso la libertad y la vida, te amaría más todavía. Porque entonces Tú serías el único para mi amor y para amarme -dice Juana, con ímpetu, poniéndose de pie.
También Jesús se levanta y dice:
-Bendita tú, Juana, por estas palabras. Y quédate tranquila. Ni el odio ni el amor de Judas pueden alterar lo que está escrito en el Cielo. Mi misión será cumplida como está decidido. No tengas remordimientos, nunca.
Estáte tranquila como el pequeño Matías, que después de haber trabajado en hacerle una casa, según él más bonita, a su grillo, se ha dormido con la frente contra unos pétalos de rosa, y sonríe… creyendo tenerla sobre las rosas. Porque es bonita la vida cuando uno es inocente.
Yo también sonrío, a pesar de que mi vida humana no tiene flores, sino pétalos deshojados, lacios. Pero en el Cielo tendré todas las rosas de los salvados… Ven. Está anocheciendo. Dentro de poco ya no veremos el sendero.
Juana hace ademán de tomar al niño en brazos.
-Deja… Lo tomo yo. ¡Mira cómo sonríe! Sin duda está soñando con el Cielo. Con su mamá. Y contigo… Yo también, en mis penas de todas las horas, sueño con el Cielo, con mi Madre y con las buenas discípulas.
Y lentamente se encaminan hacia la casa…
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El amor materno de Elisa
Acaba de hacerse de día cuando los infatigables caminantes ya ven Betsur.
Cansados, con sus túnicas arrugadas debido a un descanso ciertamente muy incómodo en los bosques, miran con alegría a la pequeña ciudad ya cercana donde están seguros de que hallarán hospitalidad.
Los campesinos que se dirigen a sus labores son los primeros que encuentran a Jesús, y piensan que lo mejor es olvidarse de sus tareas y volver a la ciudad para escuchar al Maestro. Lo mismo hacen unos pastores, después de haber preguntado si se va a detener o no. -A1 atardecer dejo Betsur -responde Jesús.
-¿Y vas a hablar, Maestro?
-Ciertamente».
-¿Cuándo?
-Enseguida.
-Nosotros tenemos los rebaños… ¿No podrías hablar aquí, en el campo? Las ovejas comerían la hierba y nosotros no perderíamos tu palabra.
-Seguidme. Hablaré en los pastos de septentrión. Tengo que ver antes a Elisa.
Los pastores con sus cayados hacen volver a las ovejas, y detrás de los hombres se ponen ellos y sus ovejas, que van balando. Cruzan el pueblo.
Mas ya ha llegado la noticia a la casa de Elisa. Y Elisa y Anastática rinden su homenaje de discípulas al Maestro, que las bendice en la plaza de delante de su casa.
-Entra en mi casa, Señor. La liberaste del dolor y ella quiere ser, en cada uno de sus habitantes y objetos, confortante para ti -dice Elisa.
-Sí, Elisa. Pero, ¿ves cuánta gente nos sigue? Ahora voy a hablar a todos; luego, después de la hora tercia, vendré y estaré en tu casa, para partir de nuevo al atardecer. Y hablaremos entre nosotros… -promete para consolar a Elisa, que esperaba una estancia más larga y que pone cara de desilusión al oír lo que tiene pensado hacer Jesús.
Pero Elisa es una buena discípula y no pone objeciones.
Solamente pide permiso para dar indicaciones a los subalternos antes de ir con los demás a donde Jesús se dirige. Y lo hace con rapidez: bien distinta de la mujer inactiva del año pasado…
Jesús está ya parado en un vasto prado sobre el cual juguetea el sol filtrándose a través de las leves frondas de agrestes árboles, que, si no me equivoco, son fresnos. Está curando a un niño y a un anciano: el primero, enfermo de alguna enfermedad interna; el segundo, de los ojos. No hay otros enfermos y Jesús bendice a los niños que las madres le acercan, y espera pacientemente a que Elisa llegue junto con Anastática. Ahí están, por fin.
Jesús empieza inmediatamente a hablar.
-Pueblo de Betsur, escucha. El año pasado os dije qué había que hacer para ganar el Reino de Dios. Ahora os lo confirmo, para que no suceda que perdáis lo que habéis ganado. Es la última vez que el Maestro os habla así, en una asamblea en que no falta ninguno. Después podré encontraros, por azar, separadamente o en pequeños grupos, por los caminos de nuestra patria terrena. Después, pasado más tiempo, podré veros en mi Reino. Pero, como ahora, no volverá a ser.
Llegará un momento en que os digan de mí muchas cosas, contra mí, y de vosotros y contra vosotros. Pretenderán aterrorizaros. Yo, con Isaías, os digo: No temáis, porque os he redimido y os he llamado por vuestro nombre.
Solamente los que quieran abandonarme tendrán motivo de temer; no los que, siendo fieles, son míos. ¡No temáis'. Sois míos y Yo soy vuestro. Ni aguas de ríos ni llamas de hogueras ni piedras ni espadas podrán separaros de mí, si en mí perseveráis; es más, llamas, aguas, espadas, piedras, reforzarán vuestra unión conmigo, y seréis otros Cristos y recibiréis mi premio. Yo estaré con vosotros en las horas de los tormentos, con vosotros en las pruebas, con vosotros hasta la muerte; y después, nada podrá separarnos jamás.
¡Oh, pueblo mío, pueblo al que he llamado y congregado, y más aún llamaré y congregaré cuando sea elevado, atrayéndote entero hacia mí, oh pueblo elegido, pueblo santo, no temas! Porque estoy y estaré contigo, y tú me anunciarás, pueblo mío, por lo cual, vosotros que lo componéis, seréis llamados ministros míos, y a vosotros os daré, os doy ya desde ahora, la orden de decir al septentrión, al oriente, al occidente y al mediodía, que restituyan a los hijos e hijas del Dios Creador, incluso a los de los extremos confines del mundo, para que todos me conozcan como Rey suyo y me invoquen según mi verdadero Nombre, y tengan aquella gloria para la que han sido creados y sean la gloria de quien los ha hecho y formado.
Dice Isaías que las tribus y naciones, para creer, invocarán testigos de mi gloria. ¿Y dónde encontraré testigos, si el Templo y el Palacio, si las castas poderosas me odian, y mienten por no querer decir que Yo soy quien soy? ¿Dónde los hallaré? ¡Aquí están, oh Dios, mis testigos! Estos a quienes he instruido en la Ley, estos cuyo cuerpo y cuyo espíritu he curado, estos que estaban ciegos y ahora ven, sordos y ahora oyen, mudos y ahora saben decir tu Nombre, estos que estaban subyugados y ahora están liberados, todos, todos estos para los cuales tu Verbo ha sido Luz, Verdad, Camino, Vida.
Vosotros sois mis testigos, los siervos que he elegido para que conozcan y crean y comprendan que soy Yo, Yo y no otro, el Salvador. Creedlo. Para bien vuestro. Fuera de mí no hay otro Salvador. Sabed creer esto contra toda calumnia humana o satánica. Olvidad todo lo que os haya sido dicho por otra boca que no sea la mía y que discrepe de mi palabra. Rechazad todo lo que en el futuro os puedan decir. Decid a quienquiera que os quiera hacer abjurar de Cristo: "Sus obras hablan a nuestro espíritu" y sed perseverantes en la fe.
Mucho he hecho para daros una fe intrépida. He curado a vuestros enfermos, he aliviado vuestros dolores, os he instruido como un Maestro bueno, os he escuchado como un Amigo, he partido con vosotros el pan y he compartido la bebida. Mas son éstas todavía obras de santo y profeta; otras haré, tales que harán desaparecer toda duda que las tinieblas puedan suscitar, como e1 torbellino pone nubes de tormenta en la claridad de un cielo de verano.
Dejad pasar el nimbo firmes en la caridad hacia vuestro Jesús, hacia este Jesús que ha dejado al Padre para venir a salvaros y que dejará la vida para daros la salud.
Vosotros, vosotros, a quienes he amado y amo mucho más que a mi mismo (porque no hay amor más grande que el de inmolarse por el bien de aquellos a quienes se ama), no aceptéis el ser inferiores a aquellos que en la profecía de Isaías son llamados bestias salvajes, dragones y avestruces, o sea, gentiles, idólatras, paganos, impuros, los cuales -cuando Yo solo haya testificado el poder de mi amor y de mi Naturaleza, venciendo solo incluso a la Muerte, cosa constatable y que ninguno, que no sea embustero, podrá negar -dirán:
"¡Era el Hijo de Dios!", y, venciendo obstáculos aparentemente insuperables de siglos y siglos de impuro paganismo y de tinieblas y vicio, vendrán a la Luz, a la Fuente, a la Vida. No seáis, no seáis como demasiado Israel, que no me ofrece su holocausto ni me honra con sus víctimas, sino que, al contrario, me produce dolor con sus iniquidades y me hace víctima de su duro corazón, y a mi amor que perdona responde con el odio subterráneo que me socava el suelo para hacerme caer y poder decir: "¿Lo veis? Ha caído porque Dios lo ha fulminado".
Habitantes de Betsur, sed fuertes. Amad mi Palabra porque es verdadera, y mi Señal porque es santa, ¡Que el Señor esté siempre con vosotros y vosotros con los siervos del Señor; todos unidos, para que cada uno de vosotros esté donde Yo voy y tengan una morada eterna en el Cielo todos los que, superada la tribulación y vencida la batalla, mueran en el Señor y en el Señor resuciten, para toda la eternidad!
-¡Señor, pero ¿qué has querido decir? ¡En tu discurso ha habido gritos de triunfo y de dolor! -dicen algunos de Betsur.
-Sí. Pareces a uno que se supiera rodeado de enemigos -dicen otros.
-Y nos has dado a entender que nosotros también lo estaremos -dicen otros.
-¿Qué hay en tu mañana, Señor? -otros.
-¡La gloria! -grita Judas de Keriot.
-¡La muerte! -suspira Elisa llorando.
-La Redención. El cumplimiento de mi misión. No temáis. No lloréis. Amadme. Yo me siento feliz de ser el Redentor. Ven, Elisa. Vamos a tu casa… -y Él el primero, se pone en marcha, abriéndose paso entre la gente, que está turbada por opuestas emociones.
-Pero, ¿por qué, Señor, siempre estos discursos? -dice Judas, de mal genio, preguntando y censurando.
Y añade:
-No son propios de un rey.
Jesús no le responde. Responde, sin embargo, a su primo Santiago, que le pregunta con los ojos empañados de llanto:
-¿Por qué, hermano, haces siempre citas del Libro en tus despedidas?
Para que quien me acuse no diga ni que desvarío ni que blasfemo, y para que quien no quiera rendirse ante la realidad de las cosas comprenda que desde siempre la Revelación me ha mostrado Rey de un reino no humano, que se configura, se construye y cimenta con la inmolación de la Víctima, de la única Víctima que puede recrear el Reino de los Cielos, destruido por Satanás y la primera pareja.
Soberbia, odio, mentira, lujuria, desobediencia, han destruido; humildad, obediencia, amor, pureza, sacrificio, reconstruirán… No llores, mujer. Los que tú amas, que esperan, suspiran por la hora de mi inmolación…
Entran en la casa y, mientras los apóstoles se dedican a reponer las fuerzas de sus cuerpos y a confortar su estómago, Jesús va al jardín (un jardín ordenado, florido) y, sólo con Elisa, la escucha.
-Maestro, Juana quiere hablar contigo en secreto; sólo yo lo sé. Me ha mandado aquí a Jonatán. Ha dicho: "Por cosas muy graves". Ni siquiera la hija que me diste -y bendito seas por ello -lo sabe. Juana ha enviado a servidores suyos en todas las direcciones para buscarte. Pero no te han encontrado…
-Estaba muy lejos, y habría ido aún más lejos, si no me hubiera impulsado el espíritu a volver… Elisa, vendrás conmigo y con el Zelote a casa de Juana. Los otros se quedarán aquí dos días descansando, luego irán a Béter. Tú regresarás con Jonatán.
-Sí, mi Señor…
Elisa lo mira, maternal, lo escudriña… No sabe contenerse una palabra:
-¿Sufres?
Jesús menea la cabeza sin un verdadero signo de negación, pero con claro desconsuelo.
-Soy una madre… Tú eres mi Dios… pero… ¡Oh, mi Señor! ¿Qué crees que quiere Juana? Hablabas de muerte y yo lo he comprendido, porque en el Templo las vírgenes leían mucho los lugares de las Escrituras donde se habla de ti, Salvador, y me acuerdo de esas palabras. Hablabas de muerte y tu rostro resplandecía de alegría celestial…
Ahora no resplandece tu rostro… María fue para mí como una hija… y Tú eres el Hijo de Ella… Por eso, si no es pecado decirlo, te veo un poco como hijo mío… Tu Madre está lejos… Pero tienes a tu lado a una madre. Bendito de Dios, ¿no puedo aliviar tu pena?
Ya la alivias porque me quieres. ¿Que qué pienso acerca de lo que Juana me tiene que decir? Mi vida es como este rosal. Las rosas sois vosotras, discípulas buenas. ¿Pero, si se quitan las rosas, que queda? Espinas…
-Pero a nosotras nos tendrás hasta la muerte.
-Es verdad. ¡Hasta la muerte! Y el Padre os bendecirá por el consuelo que me habréis de procurar. Vamos a entrar en la casa. Descansemos. A la puesta del sol partiremos para Béter.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Los delirios de Judas Iscariote.
Y ahí está Hebrón, en medio de sus montes ricos en bosques y prados. La entrada de Jesús en ella es recibida con gritos de hosanna de los primeros que lo ven, parte de los cuales van veloces a difundir la noticia por todo el pueblo. Viene el arquisinagogo, vienen los curados del año anterior, vienen los notables de la ciudad. Todos quieren que el Señor se aloje en su casa.
Pero Jesús, dando las gracias a todos, dice:
-No, me voy a detener sólo el tiempo indispensable para dirigiros unas palabras… Vamos, pues, a la pobre y santa casa del Bautista. Para saludar también a esa casa… Es lugar de milagro. Vosotros no lo sabéis.
-Sí que lo sabemos, Maestro. ¡Los que fueron curados allí viven entre nosotros!… -dicen muchos.
-Mucho antes de hace un año fue lugar de milagro. Lo fue, por primera vez, hace treinta y tres años, cuando la gracia del Señor reverdeció las entrañas aridecidas para hacer de ellas árbol para el dulce pomo de mi Precursor.
Lo fue hace treinta y dos años, cuando, por obra misteriosa lo presantifiqué, siendo Yo y él dos frutos que maduraban en profundo seno. Y luego cuando liberé la palabra trabada al padre de Juan. Pero, a las secretas operaciones del Encarnado que todavía no había nacido, se añade un gran milagro acaecido hace dos años y que todos vosotros ignoráis. ¿Os acordáis de la mujer que vivía en esa casa?…
-¿Quién? ¿Aglae? -preguntan muchos.
-Ella. La reverdecí, no respecto a sus entrañas sino a su alma aridecida por el paganismo y el pecado, y la hice fecunda en justicia, liberándola de lo que la sujetaba, ayudado por su buena voluntad. Y os la propongo como modelo. No os escandalicéis. En verdad os digo que ella debe ser citada como ejemplo digno de imitación, porque pocos en Israel han recorrido tanto camino como ella, pagana y pecadora, para alcanzar las fuentes de Dios.
-Creíamos que había huido con otros amantes… Había quien decía que había cambiado, que era buena… Pero decíamos: "¡Es un capricho!". Había quien decía que había ido a ti para… pecar… -explica el arquisinagogo.
-Vino a mí, en efecto; pero para ser redimida.
-Hemos cometido pecado de juicio…
-Por eso digo: "No juzguéis".
-¿Y dónde está ahora?
-Sólo Dios lo sabe. Sin duda cumpliendo áspera penitencia. Orad para sostenerla… ¡Te saludo, casa santa de mi Pariente y Precursor! ¡Paz a ti! ¡A pesar de que ahora estés sola y desolada, siempre la paz a ti, santa morada de paz y fe!
Jesús pone pie, bendiciendo, en el jardín ahora agreste, y se adentra en medio de las hierbas invasoras, y bordea lo que en otro tiempo eran pérgolas u ordenadas espalderas de laureles y bojes y ahora son una enmarañada familia de árboles o plantas ceñidos de hiedras, clemátides, convólvulos, que oprimen. Va hasta el fondo, hasta los restos de lo que era el sepulcro, y se detiene allí. La gente se apiña, ordenada y silenciosa, en círculo, alrededor de Él.
-¡Hijos de Dios, pueblo de Hebrón, escuchad!
Para que no os sintáis turbados ni caigáis en un error de juicio acerca de vuestro Salvador, como caísteis respecto a la pecadora, vengo a confirmaros y a fortaleceros en la fe. Vengo a daros el viático de mi palabra, para que permanezca luminosa en vosotros en la hora de las tinieblas, y Satanás no os haga perder el camino del Cielo.
Pronto llegarán horas en que vuestros corazones dirán con gemido las palabras del salmo de Asaf, cantor profético, y diréis: "¿Por qué, oh Dios, nos has rechazado para siempre? ¿Por qué tu furor se enciende contra las ovejas que pastoreas?", y verdaderamente podréis, en ese momento, alzar, cual derecho de protección, la redención cumplida, y gritar:
"¡Éste es tu pueblo, Tú lo has redimido!" para invocar protección contra los enemigos, que habrán llevado a cabo toda suerte de males en el verdadero Santuario donde Dios está como en el Cielo, en el Cristo del Señor, y, habiendo primero abatido al Santo, tratarán de abatir después los muros de aquél, sus fieles. Verdaderos profanadores y perseguidores de Dios, más que Nabucodonosor y Antíoco, más que los que habrán de venir, levantan ya sus manos para abatirme en su soberbia sin límites, que no quiere ser convertida, que no quiere tener fe, caridad, justicia, y que, como levadura en un montón de harina, crece y rebosa del Santuario, transformado en ciudadela de los enemigos de Dios.
¡Hijos, escuchad! Cuando os persigan por haberme amado, fortaleced vuestro corazón pensando que antes que vosotros Yo fui el Perseguido. Recordad que ya tienen en su garganta el ululato de sus gritos de triunfo, y ya preparan sus banderas para que ondeen al viento en una hora de victoria, y en cada una de esas banderas habrá una mentira contra mí, que pareceré el Vencido, el Malhechor, el Maldito.
¿Meneáis la cabeza? ¿No creéis? Vuestro amor os es obstáculo para creer… Gran cosa es el amor… gran fuerza… y gran peligro. Sí, peligro. El choque de la realidad en la hora de las tinieblas será de una violencia sobrehumana en aquellos corazones a los que el amor, no ordenado todavía en perfección, hace ciegos. No podéis creer que Yo, el Rey, el Poderoso, pueda ser entregado al capricho de los que no son nada. No lo podréis creer sobre todo entonces, y surgirá la duda: "¿Era realmente El? Si lo era, ¿cómo ha podido ser derrotado?".
¡Reforzad el corazón para esa hora! Sabed que, si "en un momento" los enemigos del Santo han cercenado las puertas, han derruido todo, y han incendiado con fuego de odio el Santo de Dios, si han abatido y derruido el Tabernáculo del Nombre santísimo, diciendo en su corazón: "Hagamos cesar sobre la faz de la Tierra todas las fiestas de Dios" (porque es fiesta tener a Dios entre vosotros), diciendo:
"No vuelvan a verse sus enseñas, no vuelva a haber ningún profeta que nos conozca por lo que somos", pronto, más pronto todavía, Aquel que hizo sólido el mar y aplastó en las aguas las impuras cabezas de los cocodrilos sagrados y de sus adoradores, Aquel que hizo brotar fuentes y torrentes y secar ríos perennes, Aquel de quien son el día y la noche, el verano y la primavera, la vida y la muerte, todo, hará resucitar, como está escrito, a su Cristo, y será Rey. Rey para toda la eternidad. Y los que se hayan mantenido firmes en la fe reinarán con Él en el Cielo.
Recordad esto. Y, cuando me veáis elevado y escarnecido, no vaciléis; y, cuando seáis elevados y escarnecidos, no vaciléis.
¡Oh, Padre! ¡Padre mío! ¡Te ruego en nombre de éstos,
amados por ti y por mí! ¡Escucha a tu Verbo, escucha al Propiciador!
No abandones en manos de las bestias a las almas de los que, amándome, te glorifican, no olvides para siempre a las almas de tus pequeñuelos; considera, oh Dios bueno, tu pacto, porque los lugares oscuros de la Tierra son cubiles de iniquidad de donde sale e1 terror para asustar a tus pequeñuelos.
¡Padre! ¡Oh, Padre mío! ¡No se marche confundido el humilde que espera en ti! ¡El pobre y el necesitado glorifiquen tu Nombre por la ayuda que de ti recibirán! ¡Manifiéstate, oh Dios! Te ruego por esa hora, por esas horas. ¡Manifiéstate, oh Dios! ¡Por el sacrificio de Juan y la santidad de tus patriarcas y profetas! ¡Por mi sacrificio, Padre, defiende a este rebaño tuyo y mío! ¡Dale luz en las tinieblas, fe y fortaleza contra los seductores! ¡Date Tú mismo a ellos, Padre! ¡Danos a Nosotros mismos a ellos, ahora, mañana y siempre, hasta la entrada en tu Reino! Nosotros en su corazón hasta la hora en que donde Nosotros estemos estén ellos también por los siglos de los siglos. Y así sea.
Y Jesús, en ausencia de milagros que cumplir, pasa por entre las filas de la gente, casi extática, y bendice, uno a uno, a los que lo escuchaban. Y reanuda el camino, bajo el sol ya alto, pero soportable por los frondosos árboles y el aire montano.
Detrás, en grupo, van hablando los apóstoles. Hablan sin parar.
-¡Qué palabras! ¡Son estremecedoras! -dice Bartolomé.
-¡Pero qué tristes son! ¡Provocan llanto! -suspira Andrés.
-¡Hombre, es su despedida! Tengo razón yo. Se está encaminando directamente al trono -exclama Judas Iscariote.
-¿Trono? ¡Mmm! ¡Me parece que hablan de persecuciones y no de honores! -observa Pedro.
-¿Pero qué dices, hombre? ¡El tiempo de las persecuciones se ha terminado! ¡Ah, soy feliz! -grita Judas Iscariote.
-¡Suerte la tuya! Yo querría estar todavía en los días en que no nos conocían, hace dos años… o en Agua Especiosa… Estoy angustiado por los días futuros… -dice Juan.
-Porque eres un corazón de cervatillo… ¡Pero yo! Veo ya en el futuro… ¡Cortejos!… ¡Cantores!… ¡Pueblo postrado!… ¡Honores de otras naciones!… ¡Oh, es la hora! Verdaderamente vendrán los camellos de Madián y las turbas de todas partes… y no serán los tres pobres Magos… sino una multitud… Israel grande como Roma…
Más que Roma… Superadas las glorias de los Macabeos, de Salomón… todas las glorias… Él, el Rey de los reyes… y nosotros sus amigos… ¡Oh, Dios Altísimo, ¿quién me dará fuerza para esa hora?!… ¡Si viviera mi padre todavía!…
Judas está exaltado. Resplandece evocando el futuro que sueña vivir…
Jesús está muy adelante. Pero se para el futuro rey según Judas, y, sediento, con el cuenco de las dos manos toma agua de un regatillo, y bebe… como un pajarillo de bosque o un cordero que pace; luego se vuelve y dice:
-Aquí hay frutos silvestres. Vamos a recoger algunos para nuestra hambre…
-¿Tienes hambre, Maestro? -pregunta el Zelote.
-Sí -confiesa humildemente Jesús.
-¡Hombre claro! ¡Ayer noche has dado todo a aquel pobrecillo! -exclama Pedro.
-¿Pero y por qué no has querido detenerte en Hebrón? -pregunta Felipe.
-Porque Dios me llama a otra parte. Vosotros no sabéis.
Los apóstoles se encogen de hombros y se ponen a recoger los pequeños frutos, todavía acerbos, de árboles silvestres esparcidos por las prominencias montanas. Parecen pequeñas manzanas silvestres. Y el Rey de los reyes se nutre de ellas, junto con sus compañeros, que ponen caras de disgusto por la aspereza del fruto silvestre y acerbo. Jesús, absorto, come y sonríe.
-¡Me das casi rabia! -exclama Pedro.
-¿Por qué?
-Porque podías estar bien y hacer felices a los de Hebrón, y, sin embargo, te estropeas el estómago y los dientes en este veneno más amargo y ácido que la cañarroya.
-¡Os tengo a vosotros, que me queréis! Cuando sea alzado y tenga sed y hambre, pensaré con añoranza en esta hora, en este alimento, en vosotros, que ahora estáis conmigo, y que entonces…
-¡Pero Tú en esa hora no tendrás ni sed ni hambre! ¡Un rey tiene de todo! ¡Y nosotros estaremos todavía más cerca de ti! -exclama Judas Iscariote.
-Lo dices tú.
-¿Y crees que no será así, Maestro? -pregunta Bartolomé.
-No, Bartolmái. Cuando te vi debajo de la higuera, sus frutos eran tan acerbos que a quien los hubiera cogido se le habrían abrasado la lengua y la garganta… Y, sin embargo, los frutos acerbos de la higuera o de estos árboles son, respecto a lo que será para mí mi elevación, más dulces que un panal de miel… Vamos…
E inicia de nuevo la marcha, delante de todos, meditabundo, mientras los doce, detrás, bisbisean, bisbisean.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús habla en una tranquila mañana a la gente de Yuttá.
Verdaderamente se puede decir que toda Yuttá está a sus pies. Incluso los pastorcillos -normalmente diseminados arriba en los montes -están allí, con sus ovejas, a los márgenes de la multitud; y también están allí los que normalmente se desplazan a los campos, a los bosques, a los mercados; y los ancianos caducos; y alrededor de Jesús, pegados a Él, los joviales pequeñuelos; y las jovencitas; y las recién casadas; y las que darán pronto a luz una criatura; y las que ya la lactan: toda Yuttá.
El espolón montano que se alarga hacia el sur es el anfiteatro que acoge a esta serena reunión de gente.
Sentados en la hierba o a caballo del murete de piedra seca, con el vasto horizonte alrededor, el cielo ilimitado encima, el torrente abajo, que ríe y brilla bajo el sol matutino, la belleza de los montes herbosos, boscosos, que se alzan por todas partes, los de Yuttá escuchan la palabra del Maestro, que habla en pie, erguido, apoyado en un altísimo nogal, vestido de blanco lino, contra el oscuro tronco, sonriente el rostro, encendidos los ojos por la alegría de ser amado y los cabellos por el sol de oriente que lo acaricia. En medio de un silencio reverente, atento, roto sólo por los cantos de los pájaros y la voz del torrente de allá abajo, sus palabras caen lentas en los corazones, y su voz perfecta llena de musicalidad el aire tranquilo.
Está repitiendo, mientras yo escribo, una vez más la necesidad de obedecer al Decálogo, perfeccionado en su aplicación en los corazones por su doctrina de amor «para edificar en los espíritus la morada donde el Señor vivirá hasta el día en que aquellos que hayan vivido fieles a la Ley vayan a vivir en Él al Reino de los Cielos» esto dice. Y prosigue:
-Porque es así. La inhabitación de Dios en los hombres y de los hombres en Dios se lleva a cabo con la obediencia a su Ley, que empieza con un precepto de amor y que es toda ella amor desde el primero al último precepto del Decálogo. Ésta es la verdadera casa que Dios quiere, donde Dios habita; y el premio del Cielo, premio por la obediencia a la Ley, es 1a verdadera Casa en que habitaréis con Dios, eternamente. Porque -tened presente el capítulo 66°-de Isaías -Dios no tiene morada en la Tierra, que es escabel, sólo escabel para su inmensidad Dios tiene por trono el cielo, que es en todo caso pequeño, una nada, para contener al Infinito, pero lo tiene en el corazón de los hombres.
Sólo la perfectísima bondad del Padre de todo amor puede conceder a sus hijos recibirlo; y el hecho de poder estar el Dios uno y trino, el purísimo triniforme Espíritu, en el corazón de los hombres es ya un infinito misterio que cada vez más se perfecciona. ¡Oh, ¿cuándo, cuándo, Padre santo, me vas a otorgar hacer, de estos que te aman, no sólo, no ya sólo un templo a nuestro Espíritu, sino, por tu perfección de amor y de perdón, un tabernáculo, y hacer de cada uno de los corazones fieles el arca donde esté el verdadero Pan del Cielo, como estuvo en el seno de la Bendita entre todas las mujeres?!
Amadísimos discípulos de Yuttá, que me fue preparada por un justo, tened presente al Profeta y lo que dice -y es el Señor el que habla -cuando se dirige a aquellos que edifican vacíos templos de piedra en que no hay justicia y amor, y no saben edificar en sí mismos el trono de su Señor con la obediencia a sus preceptos. Dice el Profeta:
"¿Qué es esta casa que me vais a edificar?, ¿qué es este lugar para mi descanso?". Y quiere decir: "¿Creéis que me tenéis, por edificarme unas pobres paredes?, ¿creéis que me dais alegría con unas prácticas falsas que no se manifiestan en una santidad de vida?".
No. A Dios no se le tiene por una serie de exterioridades que ocultan úlceras y vacío, cual manto de oro arrojado sobre un leproso o sobre una estatua de arcilla que por dentro está vacía, sin la vida del alma. Y dice el Señor, confesando -Él, que es el Amo del mundo -su pobreza de Rey con demasiado pocos súbditos, de Padre de demasiados hijos fugitivos de su casa:
"¿A quién volveré mi mirada, sino al pobre, al contrito de corazón trémulo ante mis palabras?". ¿A qué se debe su temblor? ¿Es sólo por temor a Dios? No. tiembla por profundo respeto, por auténtico amor. Por humildad de súbdito, de hijo, que dice, que reconoce que el Señor es el Todo y él la nada, y vibra de emoción sintiéndose amado, perdonado, asistido por el Todo.
¡Oh, no busquéis a Dios donde están los soberbios! Allí no esta: No lo busquéis donde están los duros de corazón. Allí no está. No le busquéis donde están los impenitentes.
Allí no está. Él está en los sencillos, en los puros, en los misericordiosos, en los pobres de espíritu, en los mansos, en los que lloran sin imprecar, en los buscadores de justicia, en los perseguidos, en los pacíficos.
Allí está Dios. Y está en los que se arrepienten y quieren perdón y piden expiar. Y no ofrecen, todos éstos, el sacrificio de un buey o de una oveja, la oblación de esto o de aquello, para ser aplaudidos, por terror supersticioso a un castigo, por la soberbia de aparecer perfectos.
Sino que hacen el sacrificio del propio corazón contrito y humillado, si son pecadores: del propio corazón obediente hasta el heroísmo, si son justos. Éstas son las cosas gratas al Señor; éstos son los ofrecimientos por los cuales Él se dona con sus inefables tesoros de amor Y de delicias sobrenaturales.
A los otros no se dona. Los otros tienen ya sus pobres delicias en las abominaciones, y es inútil que Dios los llame a sus caminos, dado que ellos ya han elegido su propio camino. A éstos les enviará sólo abandono, miedo, castigo, porque no han respondido al Señor, no han obedecido, han hecho el mal ante los ojos de Dios, con burla y malvada elección.
Mas vosotros, vosotros, mis amados de Yuttá, vosotros que vibráis de amor en el conocimiento de Dios, vosotros que por mi causa sois escarnecidos corno necios por los poderosos, y seguís amándome a pesar de las burlas, vosotros que sois rechazados, y lo seréis cada vez más, por causa de mi Nombre y de mí, y repudiados como hijos bastardos de Israel, como hijos bastardos de Dios, mientras que precisamente en vosotros y en quienes son como vosotros está injertado el sarmiento de la Vid eterna, de Aquel que tiene sus raíces en el Padre, y por tanto sois parte de Dios, de Dios, y de su savia vivís, vosotros a quienes quisieran convencer de error, y ante cuyos ojos, los vuestros, sencillos pero iluminados por la Gracia, querrían justificarse para no aparecer como sacrílegos y malhechores, vosotros a quienes se dice:
"Muestre el Señor su gloria y lo reconoceremos por vuestra misma alegría", sólo vosotros tendréis la alegría. Ellos quedarán confundidos.
-¡Oh, ya oigo, tras la confusión que los aplastará, pero sin hacerlos mejores; ya oigo las víboras, que no cesan de ser nocivas sino cuando se les aplasta su execrable cabeza, y muerden y matan aunque estén partidas en dos, aunque sobresalga sólo su cabeza de debajo de una aplastante manifestación de Dios; ya las oigo gritar:
"¿Cómo va a haber dado a luz el Señor de repente a su nuevo pueblo, si nosotros, a quienes lleva desde hace mucho tiempo en su seno, todavía no hemos nacido a la Luz? ¿Puede, acaso, una dar a luz sin que el grito de los dolores del parto llene toda la casa? ¿Ha podido el Señor dar alguna vez a luz antes del tiempo? ¿Puede, acaso, dar a luz la Tierra en un solo día; y puede, acaso, ser dado a luz un pueblo todo junto?".
Yo respondo, y acordaos de esta respuesta para dársela a los que os persigan con burla: “Jamás podrían nacer a la Luz
los que son fruto muerto en el seno de Dios, fruto que se ha secado porque se ha separado de la matriz y ha quedado inerte, como cosa mala oculta en el seno en vez de embrión que se completa. Y para expulsar del seno el fruto muerto, y tener hijos, de forma que no muera su Nombre en la Tierra, Dios se ha hecho fecundo en nuevos hijos, signados con su Tau, y, en el secreto, en el silencio, de forma que Satanás y los diablos que sirven a Lucifer no pudieran perjudicar, con anticipación debida a ardor de amor, ha dado a luz a su Hijo varón, y con Él da al mismo tiempo a Luz a su nuevo pueblo, porque el Señor lo puede todo".
¡Oh! Él lo dice por boca del profeta Isaías: "¿Acaso no voy a poder dar a Luz yo, que hago dar a luz a los otros? ¿Voy a ser estéril Yo, que a los demás concedo la fecundidad?".
¡Alegraos con la Jerusalén de los Cielos, exultad con ella, todos vosotros, los que amáis al Señor! Alegraos con ella con verdadera alegría, vosotros que esperáis, vosotros que esperáis, vosotros que sufrís!
¡Volved, volved a mí palabras! Palabras salidas del Verbo de Dios. Palabras pronunciadas por el portavoz de Dios, Isaías, su profeta. ¡Venid, volved a la Fuente, palabras eternas, para ser esparcidas sobre esta era de Dios, sobre este rebaño, sobre esta prole! ¡Oh, venid! ¡Ésta es una de las horas, una de las asambleas, para las que fuisteis dadas, vosotras proféticas palabras, sonido de amor, voces veraces! Ved, ya vuelven, ya vuelven a quien las inspirara. Y Yo, en nombre del Padre, de mi Ser y del Espíritu, las digo a estos a quienes Dios ama, a los elegidos de entre el rebaño de Dios, que debía estar formado sólo por corderos, pero que se ha degenerado con carneros e incluso con otros animales más inmundos.
Mamaréis y os hartaréis en los pechos de la Consolación divina y extraeréis abundantes delicias de la múltiple gloria de Dios.
Ved, os dice el Señor: Derramaré sobre vosotros como un río de paz, y os veréis inundados mucho más que por la gloria de las naciones, porque os inundará la gloria del Cielo cual torrente desbordante. De ella os alimentaréis, y seréis llevados en brazos y acariciados encima de sus rodillas.
Sí, como una madre acaricia a su niño, como Yo acaricio a este pequeñuelo al que puse mi nombre -y realmente Jesús toma al pequeño Iesaí de los brazos de su madre, que está casi a sus pies, entre sus tres hijos -, así os he de consolar Yo a vosotros, que me amáis y seguiréis amándome, y pronto seréis consolados para siempre en mi Reino.
Esto lo veréis, vosotros los libres de todo miedo por ser fieles a mí, y vuestro corazón exultará y vuestros huesos reverdecerán como la hierba, cuando el Señor venga en el fuego, en una carroza semejante a un torbellino, a guiar hacia el fuego del amor y de la justicia, y a castigar o a glorificar, separando a los corderos de los lobos, es decir, de aquellos que creían santificarse, y hacerse puros y, sin embargo, se hacían idólatras.
El Señor, que ahora se marcha, vendrá. ¡Bienaventurados aquellos a los que encuentre perseverantes hasta el final! Este es mi adiós, y con él mi bendición. Arrodillaos para que os fortalezca con ella. El Señor os bendiga y os guarde; os muestre su rostro y tenga misericordia de vosotros; os dé su paz el Señor. Podéis marcharos. Dejad que me despida de los buenos de entre los buenos de Yuttá.
La gente se marcha, aunque con pocas ganas. Y, cuando un niño dice:
-Señor, deja que te bese la mano -y, consintiéndolo Jesús, es el primero en hacerlo, entonces todos quieren dar un beso en la carne santa del Cordero de Dios, e incluso quien ya se estaba encaminando hacia el pueblo vuelve atrás: y besos de niños en la cara, de ancianos en las manos, de mujeres en los pies desnudos que pisan la hierba, caen junto con lágrimas y palabras de adiós y bendición. Jesús, paciente, los acoge y dedica a todos un saludo especial.
En fin, todos han sido complacidos… Se queda la familia de la casa hospitalaria, y se arriman a Jesús. Y Sara dice:
-¿Realmente no vas a volver?
-No, mujer. Nunca. Pero no nos separaremos. Mi amor estará siempre contigo, con vosotros, y el vuestro conmigo. Sé que no me olvidaréis. De todas formas os digo: no acojáis la Mentira ni siquiera en las horas más tremendas, que vendrán; no la acojáis ni siquiera como huésped que va de paso o como invasor inesperado… Déjame el pequeño, Sara.
La mujer le da a Iesaí y Jesús se sienta en la hierba con el pequeño en sus piernas, y, bajando su cara hacia los delicados cabellos del niño, habla. Dice:
-Recordad siempre que Yo soy el Cordero del que Isaac os enamoró antes incluso de que me conocierais. Y que un cordero es siempre inocente, como este niño pequeño, aunque lo cubran de piel de lobo para hacerlo pasar por un malhechor. Recordad que Yo soy más inocente aún que este niño…, que -¡dichoso él! -por su inocencia y niñez no podrá comprender la calumnia contra su Señor por parte de los hombres, y por este motivo no sufrirá turbación… y seguirá queriéndome así… como ahora… Tened su mismo corazón, tenedlo para el Cordero, el Amigo, el Inocente, el Salvador, que os ama y bendice de forma muy especial. ¡Adiós, María! Ven a darme un beso… ¡Adiós, Emmanuel! Ven tú también… ¡Adiós, Iesaí, corderito del Cordero!… Sed buenos… Amadme…
-¿Estás llorando, Señor? -pregunta asombrada la niña, viendo brillar una lágrima entre los cabellos de Iesaí.
-¿Llora? -pregunta el marido de Sara.
-¡Estás llorando, Maestro! ¿Por qué? -pregunta la mujer.
-No os aflijáis por mi llanto. Es amor y bendición…
¡Adiós, Sara! ¡Adiós, hombre! Venid, como los otros, a besar a vuestro Amigo que se marcha… -y tras recibir en sus manos el beso de los dos esposos pone de nuevo al pequeño en los brazos de su madre, bendice una vez más; luego, sin demora, empieza la bajada por la misma vereda usada para venir.
Las voces de adiós de los que se quedan le siguen: profunda, la del hombre; conmovida, la de la mujer; gorjeantes, las de los niños… hasta el pie del collado.
Luego es sólo el torrente, remontado hacia el norte, el que saluda todavía al Maestro, que para siempre deja la tierra de Yuttá.