por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Veo un lugar de montaña. No sé dónde está.
(No sé dónde está. La presente visión, en efecto, es anterior a las de los capítulos 76 y 212, relativas a las precedentes visitas de Jesús a Yuttá)
Hay una angostura formada por montes que entran y salen con sus ramales en un valle por cuyo lecho corre un riachuelo torrentoso lleno de saltos y espumas. Es estrecho, pero, como todos los cursos de agua montanos es rápido, todo un sonar de cascaditas. Va en dirección sur respecto a mí. Hay otros montes más lejanos, tras otra ladera de pendiente muy pronunciada, tras otro valle.
Comprendo que estoy en un grupo de montes, no excesivamente altos, pero ya montes, no colinas. Como son nuestros Apeninos en muchos lugares, como, por ejemplo, en el valle de la Magra o hacia Porretta. La vegetación es más adecuada para el pastoreo que para cultivos.
Veo prados verdes que descienden o suben, arriba y abajo, por las escarpas, que, en esta hora que me parece aviarse ya al ocaso, parecen teñirse, en las partes más bajas, de un violeta añil. La estación del año debe ser un comienzo de verano, porque la hierba está hermosa (ya alta, pero todavía no agostada).
Veo, desde el lugar en que me encuentro, un camino de herradura que sube hacia un pueblo y entra por entre sus casas. Un típico camino de montaña, pedregoso y con continuos desniveles. Sube de sur a norte (siempre respecto a mí), de forma que lo veo entrar en esa dirección en el pueblo y correr al encuentro del arroyo, que va en la dirección contraria, pero no por el pueblo sino abajo, por el valle.
Hay también otro caminito, que desde el valle trepa hacia lo alto de este espolón donde se anida el pueblo. Un caminito que es más un sendero que un camino, y que sigue exactamente la cresta del monte; por debajo de este sendero, la montaña desciende en pronunciado declive con pastos verdes que llegan hasta el torrentillo espumeante, allende el cual hay más pastos que acometen otros montes agrupados al este.
Por el sendero sube Jesús junto con los discípulos. No todos. Veo a Pedro y a Andrés, a Juan y a Judas Iscariote.
No veo a los otros. -Jesús está vestido de blanco, y envuelto en un manto azul oscuro, más azul marino que azul. Va con la cabeza descubierta y sube ágilmente, solo. Detrás, en grupo, los cuatro apóstoles, hablando entre sí. Jesús los precede unos metros y no habla. Piensa. Mira en torno a sí, pero no habla nunca.
En un cierto lugar, el caminito bordea un murete de piedra seca que delimita -al menos me lo parece -una propiedad, como para impedir que la tierra de ésta se deslice hacia el valle. Jesús entra en esta propiedad, de pastos muy bien cuidados, en los cuales hay, diseminados, manzanos, nogales e higueras, árboles todos ellos cuidados con esmero y ya llenos de frutos.
Jesús se detiene un instante justo en el punto donde el espolón del monte forma como un triángulo puntiagudo, semejante al tajamar de un barco. Se apoya en el murete y mira hacia abajo, hacia arriba, alrededor. Espera a los apóstoles, que suben, especialmente Pedro, más bien lentos. Luego, una vez juntos, les dice unas palabras que no capto. Lo veo inclinarse ligeramente para hablar, porque es mucho más alto que ellos. No comprendo las palabras, pero intuyo su significado, porque veo a Judas Iscariote dirigirse a buen paso hacia una casa que se alza al final del murete.
Es una casa muy distinta de la de Caná. Ésta no tiene terraza en el tejado, sino que está coronada por una especie de cúpula de doble curvatura, quizás para impedir que las nieves invernales se depositen en el tejado, porque, dada la zona, el invierno debe ser, sin duda, nevoso, o por lo menos muy lluvioso. En vez de la terraza que falta, tiene un ala que sobresale por un lado, ala en la que termina la escalera, externa pero protegida como por un techo saliente.
Esta ala tiene: en el bajo, un pórtico; encima, una galería cubierta. La casa es toda blanca y destaca contra el verde que la rodea. Tiene en la parte de delante una explanada herbosa, con un pozo en el centro, rodeado de árboles frutales plantados ya con la intención de hacer un jardín, porque hay florecillas sembradas alrededor de ellos formando parterres circulares. Me da la impresión de que es casa de personas acomodadas y más finas que las de la casa de Caná.
El camino de herradura pasa por el frente de la casa, de forma que se puede acceder a ésta tanto por el atajo como por este camino. El seto de espinos no es una barrera infranqueable, y mucho más si se considera que las dos toscas cancillas que en él se abren están sólo un poco entornadas.
Judas entra libremente en la casa, como si conociera muy bien a sus habitantes. Y sale enseguida una lozana mamá rodeada por tres niños y con el más pequeño en brazos. Se dirige sonriendo hacia Jesús, que entretanto se ha acercado hasta el pozo.
Observo que esta mujer es muy morena y de formas hermosas y agraciadas. Tiene unos treinta años. Lleva el pelo, negrísimo y más bien rizado, recogido en dos trenzas que rodean su cabeza. También los ojos son negros y grandes.
La nariz, aguileña; su boca, con labios más bien gruesos y muy rojos. Es alta, y bien modelada. Observo también que va vestida de forma distinta de como visten María y las otras mujeres vistas en Caná. Lleva también ésta una larga túnica de un azul casi blanco; pero está toda envuelta en una especie de chal azul oscuro, ceñido, que resalta sus formas y que pasa por debajo de las axilas, por las dos partes, y un extremo, el superior, va luego por detrás del hombro izquierdo, sube hasta velar la cabeza, para caer luego su punta franjeada sobre la frente. El conjunto de todo me hace pensar que no es galilea, porque los caracteres somáticos y el vestido son distintos de los observados en las mujeres galileas.
E1 pequeñuelo que está en brazos de la mujer, morenito como ella, tendrá dos años como mucho. Es un niño lindo, vestido con una especie de camisita de lana blanca. Los otros niños son: una niñita de aproximadamente seis años, de pelo muy rizado rubio castaño, vestida de color rosa pálido; y dos chiquillos, más pequeños, que llevan también dos tuniquitas de lana color azul claro, como su mamá. Deben conocer muy bien a Jesús, porque se arremolinan risueños alrededor de Él.
La joven mamá lo saluda:
-Entra, Maestro, que mi casa es tuya y sonríe.
Jesús le responde:
-El Señor te recompense -y luego alarga el brazo derecho -el izquierdo lo tiene doblado, en el pecho, y tiene recogido con la mano un extremo del manto -para acariciar al pequeñín. Veo la bonita mano de mi Jesús acariciando la frente del pequeñuelo, que se pone mimoso y esconde su cabecita, riendo, contra el cuello de su mamá, y desde ese nido mira a Jesús y ríe, ríe para invitarle a repetir la caricia.
Cerca del pozo, bajo un manzano, cargado de fruta que ya empieza a madurar, hay un banco de piedra, un lugar para sentarse. Jesús se sienta allí, mientras la mujer entra en casa y vuelve con un ánfora. Jesús le dice que le deje el niñito, y lo sienta en sus piernas mientras la mujer saca el agua y luego vuelve con una copa colmada de agua y otra de leche, y se las da a Jesús, y elige para Él manzanas maduras (entre otras agrias), y se las ofrece también, disponiendo todo en una bandeja colocada encima del banco, al lado de Jesús. Se comprende que ya otras veces lo ha hecho así. Sabe lo que le gusta a Jesús.
Los apóstoles han seguido a Judas y también beben bajo el pórtico.
Jesús bebe primero el agua; sigue teniendo al pequeñuelo en sus piernas, y ríe, porque el niño le coge el pelo y la barba. Los otros tres están alrededor de Jesús. Jesús coge las manzanas y da, una a una, a los tres más grandes y, por último, toma Él también una y se la come. A1 pequeño, sin embargo, le da de beber de la leche que hay en la copa y luego bebe Él también. Jesús está contento. Ríe como nunca lo he visto reír.
La niña se echa contra sus rodillas y, confidentemente, le pone la cabecita encima de las piernas. Jesús le acaricia los rizos. Los dos chiquitos, que se habían alejado corriendo, vuelven: uno con una palomita contra su pecho; el otro arrastrando, cogido de una oreja, a un corderito de pocos días, que bala desesperadamente. Muestran a Jesús sus tesoros.
Jesús se interesa, pero, apiadado de la condición de los dos pobres animales, dice que le den la palomita y, después de admirarla, la deja volar a su nido, y sube al corderito al banco y lo acaricia y lo tiene custodiado hasta que la mamá de los niños vuelve y lo lleva de nuevo a su sitio.
La niña, no teniendo otra cosa, se agacha, hace un ramito de flores y se lo da a Jesús.
El Maestro es maestro también con estos pequeñuelos, y habla de las flores a los más grandes, mientras sigue teniendo en brazos al más pequeño, de las flores «hechas tan bonitas por el Padre celestial, desde las más grandes a las más pequeñas; las flores, que son a los ojos de Dios bonitas como los niños cuando son buenos. Y para ser buenos hay que ser como las flores que no hacen el mal a nadie, sino que, al contrario, dan perfume y alegría a todos y hacen siempre la voluntad del Señor naciendo donde Él quiere, floreciendo cuando Él quiere, dejándose arrancar si le place a Él.
Habla de las palomas «tan fieles a su nido y tan limpias, que no se posan nunca encima de las cosas feas, y que recuerdan siempre su casa, y amadas por Dios porque son fieles y puras. También los hijos de Dios deben ser así: como tortolitas que aman la casa del Señor y en ella hacen su nido de amor y que, para ser dignos de ella, saben conservarse puros».
Habla de los corderitos «tan mansos, tan pacientes, tan resignados, que dan lana y leche y carne y se dejan inmolar para bien nuestro, dándonos un gran ejemplo de amor y mansedumbre; los corderitos, tan amados de Dios, que Dios llamará "Cordero" a su Hijo. El buen Dios ama, como a hijos predilectos, a aquellos que saben conservar su alma de cordero hasta la muerte».
Mientras Jesús habla, otros niños entran en el recinto y se arremolinan a su alrededor. Y no sólo niños. También hay adultos escuchando. Hay otras mamás, que ofrecen a los más pequeños y a algunos que están enfermos a Jesús para que los acaricie, los suba un momento a sus piernas. Los más grandecitos se las arreglan solos.
Jesús está rodeado de una nidada de niños. Tiene niños delante, a los lados, detrás, entre las piernas. No puede moverse. Pero ríe en medio de esta barrera agitada y también un poco reñidora. Todos querrían el primer puesto y los amitos de casa no tienen intención de cederlo, cosa que da la manera a Jesús de ser maestro una vez más:
-No hay que ser egoístas ni siquiera en el bien. Sé que me queréis, y me alegro por ello. Yo también os quiero, pero os querré más si ahora dejáis a los otros venir a mí. Un poco para cada uno. Como buenos hermanos. Sois todos hermanos e iguales ante los ojos de Dios y ante los ojos míos. Todos iguales. Es más, los que son obedientes y amorosos para con sus compañeros son los más amados por mí y por Dios.
El enjambre, para mostrar que… es obediente y amoroso, se aleja de golpe. Son todos buenos (¡). Jesús ríe.
Pero luego vuelve otra vez el enjambre inocente; vuelve a despecho de las mamás, que no querrían tanta extralimitación impertinente, y a despecho, sobre todo, de los discípulos. Judas Iscariote es el más intransigente, Juan el menos (se ha sentado en la hierba y ríe él también, rodeado de niños). Pero Judas pone ojos amenazadores y gruñe. También Pedro se queja.
Pero los niños, apiñados en torno a Jesús, no hacen caso. Miran desafiantes a los rezongadores y sólo el respeto a Jesús los contiene de hacer alguna mueca contra los dos. Se sienten protegidos por Jesús, que ha abierto los brazos y ha arrimado hacia sí a la mayor cantidad de niños que ha podido: un ramo de flores vivas.
Hay algunos niños que enseñan a Jesús unos juguetes… rotos. Y Jesús, con un trocito de rama, pone de nuevo el eje a las ruedas de un carrito, y arregla (con una cuerdecita y el refuerzo de un palo) la pierna a un caballito de madera que le enseña un niño morenito. Hay unos pastorcitos que, dejado un momento el rebaño en el camino -ya cae la tarde -, se acercan a Jesús, que los acaricia y bendice. Uno le trae una corderita herida, y Jesús, que no quiere que el patrón regañe a su pequeño amigo, detiene la sangre de la corderita y la devuelve.
Entra una mamá y se abre paso. Lleva en brazos a un niño céreo, enfermo. Está muy enfermo. Totalmente sin fuerzas sobre el pecho de su madre. Jesús, que ya ha tocado a otros niños enfermizos que le habían presentado las madres, abre los brazos y toma en sus piernas al casi muertecito. La madre implora llorando.
Jesús la escucha y la mira. Luego mira a la pobre criaturita flaca y pálida. La acaricia y la besa, y la acuna un poco porque llora. El niño, o niña -no distingo lo que es, porque tiene el pelito largo hasta las orejas -abre los ojos y mira a Jesús con una triste sonrisa. Jesús le habla en voz baja. No entiendo lo que dice, porque lo dice susurrando. El enfermito sonríe otra vez.
Jesús se lo devuelve a su mamá, que está llorando, y la mira fijamente con sus ojos dominadores:
-Mujer, ten fe. Mañana por la mañana, tu niño jugará junto con éstos. Ve en paz.
Y traza una señal de bendición en la carita de cera.
Y aquí tengo la impresión de acercarme a mi Jesús y decirle:
-Maestro, ¿qué hay en tu mano, que toda se arregla o se cura, o cambia de aspecto, cuando uno la toca?
Una pregunta muy tonta, verdaderamente. Pero a ella mi Jesús responde con divina bondad:
-Nada, hija, aparte del fluido de mi inmenso amor. Mira mi mano, obsérvala.
Y me ofrece la derecha.
La tomo con veneración, con la punta de los dedos, por la punta de los dedos. No me atrevo a más, mientras el corazón me late muy fuerte. No he tocado nunca a Jesús. El me ha tocado, pero yo no me había atrevido nunca. Ahora lo toco. Siento el leve calor de sus dedos. Siento su epidermis lisa, las uñas muy largas (no salientes, sino largas de forma en la última falange). Veo los largos dedos delgados, la palma marcadamente cóncava; noto que el metacarpo es mucho más corto que los dedos; observo, en donde empieza la muñeca, el recamo de las venas.
Jesús me deja su mano benignamente. Ahora se ha puesto de pie y yo estoy de rodillas. Por eso no veo su cara, pero siento que sonríe, porque su voz porta la sonrisa:
-Como puedes ver, alma amada, no hay nada. Mis años de trabajo me han proporcionado la habilidad de arreglar los juguetes de los niños, y uso esta habilidad mía porque sirve también para atraer hacia mí a las criaturas que prefiero: los niños. Mi humanidad, que se acuerda de haber sido obrera, obra en esto. Mi divinidad obra en esto otro de curar a los niños enfermos, de la misma forma que curo los juguetes enfermos y los corderitos.
No tengo nada aparte de mi amor y mi poder de Dios. Y no lo derramo sobre nadie con tanta alegría como sobre estos inocentes que os doy como modelo para entrar en el reino de los Cielos. En su compañía, Yo descanso. Son sencillos y francos. Y Yo, que soy el Traicionado, y siento horror de quien traiciona, hallo paz junto a estos que no saben traicionar; y Yo, que seré Aquel de quien tantos desconfiarán, hallo alegría junto a estos que no saben desconfiar.
Y Yo, que seré abandonado por quienes, con reflexión de adulto, piensen en ponerse a salvo en horas de borrasca, hallo consuelo junto a estos que creen en mí sin pensar si su fe puede acarrearles un bien o un mal; creen porque me aman. Sé tú también una niña. Como una de éstas, y tuyo será el reino de los Cielos, que se abre con el empuje impaciente de Jesús, que arde en deseos de tener a su lado a aquellos a quienes más ha amado porque lo han amado más. Puedes ir en paz ahora. Te acaricio como a uno de estos pequeñuelos para hacerte feliz. Ve en paz.
La visión ha venido mientras, con el sinsabor de una respuesta desconsiderada -que no es la primera de hoy -lloraba desconsolada y desolada y llena de nostalgia y sinsabor por las cosas que constato del corazón de otros.
La visión me ha tranquilizado desde que empezó, y luego me ha dado alegría. Y, cuando luego he podido experimentar la alegría de sentir los dedos de Jesús, he sentido la dulzura del éxtasis sobrepujando todas las amarguras.
Miro mi mano, que escribe y conserva la sensación de haber tocado la mano de Jesús, y me parece santa como una cosa que ha tocado una reliquia. ¡Bendito sea mi Jesús!
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Adiós a la madre de Judas
-¡Señor, aceptarías venir conmigo, sólo conmigo, a ver a una madre infeliz? Esto es lo que deseo, más que ninguna otra cosa -dice María de Simón, en actitud respetuosa delante de Jesús, mientras, después de la comida de mediodía, los apóstoles se han separado para el descanso, antes de reanudar el camino al atardecer. Jesús, por su parte, está bajo la sombra fresca de los manzanos plagados de manzanitas verdes que levemente empiezan a madurar. Da la impresión de que María reanudara una precedente conversación.
-Sí, mujer. Yo también he deseado estar contigo, solos en estas últimas horas, como en las primeras que estuve aquí. Vamos.
Y entran en la casa para tomar Jesús el manto y María el velo y el manto.
Van por unos caminos situados entre los campos, entre manzanos y otros árboles, agrestes. Hace todavía calor. De los campos de cereales maduros llegan hálitos ardientes; pero el viento de la montaña atenúa el calor, que en la llanura sería insoportable.
-Siento hacerte caminar con este calor. Pero después… ya no podríamos. Y he deseado mucho esto, aunque nunca me atrevía a pedírtelo. Hace poco me has dicho: "María, para mostrarte que te quiero como si fueras mi madre, te digo: pídeme lo que desees, que te complaceré", y entonces me he atrevido. Señor, ¿sabes a dónde vamos?
-No, mujer.
-Vamos a la casa de la que debería haber sido la suegra de Judas… (María suspira con dolor). Debería haber sido… Pero ni lo es ni lo será jamás, porque Judas abandonó a la muchacha, que murió de dolor… y la madre nos guarda rencor a mí y a mi hijo. Lo maldice siempre… Judas es tan… es tan… tan débil para el Mal, que la verdad es que necesita sólo bendiciones… Yo quisiera que hablaras con ella… Tú la puedes convencer… decirle que ha sido una gracia el que no se verificara esa boda… decirle que yo no tengo culpa de ello… decirle que muera sin rencor; porque esa mujer está muriendo lentamente, y con ese nudo en el alma. Querría que entre nosotras hubiera paz… porque he sufrido, y con vergüenza, por cuanto sucedió; y veo con dolor rota una amistad con una que era para mí una compañera desde que vine aquí cuando me casé. Bueno, ya lo sabes, Señor…
-Sí, no te angusties. Tu petición es justa, y Yo cumpliré esta petición buena.
Suben, después de dejar atrás un pequeño valle, a otra elevación sobre la cual hay un pueblecillo.
-Ana está aquí desde que ocurrió la muerte de su hija. En sus propiedades. Antes estaba en Keriot. Pero, mientras vivía allí, cuando nos veíamos, sus reproches me atormentaban el corazón.
Tuercen por un sendero poco antes del pueblo y llegan a una casa baja que está entre los campos.
-Hemos llegado. Se estremece mi corazón ahora que estoy aquí. No querrá verme… me echará… se irritará y su pobre corazón sufrirá más todavía… Maestro…
-Sí, voy Yo. Tú quédate aquí hasta que te llame. Y ora para ayudarme.
Y Jesús va adelante, solo, hasta la puerta de la casa, abierta de par en par; entra saludando con su dulce saludo.
Acude una mujer:
-¿Qué quieres? ¿Quién eres?
-Vengo a dar consuelo a tu ama. Llévame donde ella.
-¿Un médico? ¡No hace falta ya! ¡Ya no hay esperanza! Su corazón se está muriendo.
-Todavía hay que curar el alma. Soy el Rabí.
-No haces falta tampoco en ese sentido. Está irritada con el Eterno y no quiere oír sermones. Déjala tranquila.
-Precisamente porque está en ese estado, he venido. Déjame pasar y ella será menos infeliz en sus últimos días.
La mujer se encoge de hombros y dice:
-Entra.
Un pasillo semioscuro y fresco. Unas puertas. En el fondo, la última está entreabierta y por ella salen unos lamentos. La mujer va allí y entra. Dice:
-Ama mía, hay un rabí que quiere hablar contigo.
-¿Para qué?… ¿Para llamarme maldita? ¿Para decirme que no tendré paz ni siquiera en la otra vida? -dice, jadeando, inquieta, la enferma.
-No. Para decirte que tu paz será completa y que serás bienaventurada con tu Yoana, eternamente, con sólo quererlo tú -dice Jesús apareciendo en el umbral de la puerta.
La enferma, amarilla, hinchada, jadeante en la cama, apoyada sobre muchos almohadones, le mira y dice:
-¡Qué palabras! Es la primera vez que un rabí no me reprende… ¡Qué esperanza!… Mi Yoana… conmigo… en bienaventuranza… sin dolor ya… el dolor producido por un hombre maldito… no impedido por la que lo engendró… y que me traicionó… después de decirme lisonjas… Pobre hija mía…
Jadea cada vez más fuerte.
-¿Ves como la haces estar mal? Ya lo sabía yo. Sal.
-No. Sal tú. Déjame sólo…
La mujer sale meneando la cabeza.
Jesús se acerca a la cama lentamente. Seca con bondad el sudor de la enferma, que ella con dificultad trata de enjugar con sus manos increíblemente hinchadas; le da aire con un abanico de palma; le da de beber, pues ella busca refresco en la bebida que hay encima de una mesilla: parece un hijo junto a su madre enferma. Luego se sienta, dulcemente pero firmemente decidido a cumplir su misión.
La mujer lo observa y contemporáneamente se calma, y con una sonrisa impregnada de sufrimiento dice:
-Eres hermoso y bueno. ¿Quién eres, Rabí? Me alivias con la delicadeza de mi amada hija.
-¡Soy Jesús de Nazaret!
-¡¿Tú?! ¡¿Tú?!… ¿Has venido a mi casa?… ¿Por qué?…
-Porque te amo. Yo también tengo una madre, y en todas las madres veo a la mía, y en las lágrimas de las madres veo las de la mía…
-¿Por qué? ¿Llora tu Madre? ¿Por qué? ¿Es que se le ha muerto un hijo?
-Todavía no… Yo soy su unigénito y vivo todavía. Pero llora porque sabe que debo morir.
-¡Pobrecilla! ¡Saber con antelación que un hijo debe morir! Pero, ¿cómo lo sabe? Estás sano y fuerte. Eres bueno. ¡Yo me hice ilusiones hasta que se me murió, y estaba muy enferma!… ¿Cómo puede saber tu Madre que debes morir?
-Porque soy el Hijo del hombre, anunciado por los profetas. Soy el Varón de dolores que vio Isaías, el Mesías cantado por David y descrito en sus torturas de Redentor. Soy el Salvador, el Redentor, mujer. Y la muerte me espera, una muerte horrenda… y mi Madre asistirá a ella… y mi Madre sabe, desde que nací, que su corazón será abierto como el mío por el dolor… No llores… Con mi muerte abriré las puertas del Paraíso a tu Yoana…
-¡También a mí! ¡También a mí!
-Sí. A su tiempo. Pero antes debes aprender a amar y a perdonar. A volver a amar. A ser justa. Y a perdonar… Si no, no podrás ir al Cielo, con Yoana, conmigo…
La mujer llora con congoja. Gime:
-Amar… Amar cuando los hombres nos han enseñado a odiar… cuando Dios ha dejado de amarnos no usando piedad con nosotros, es difícil… ¿Cómo amar, cuando los hombres nos han torturado, las amigas nos han herido y Dios nos ha abandonado?…
-No. Abandonado, no. Yo estoy aquí. Para hablarte de promesas celestiales. Para asegurarte que tu dolor acabará en gozo con sólo quererlo tú. Ana, escúchame… Lloras por unas nupcias anuladas, a las que consideras causante de todos tus dolores; acusas de homicidio a un hombre por esto, y de cómplice a su infeliz madre. Escucha, Ana. No pasarán más que unos meses y verás que fue una gracia del Cielo el que Yoana no fuera mujer de Judas…
-¡No lo menciones! -grita la mujer.
-Lo menciono. Y es para decirte que debes dar gracias al Señor, y le darás gracias dentro de pocos meses…
-Pronto moriré…
-No. Estarás viva y me recordarás, y comprenderás que hay dolores mayores que el tuyo…
-¿Mayores? ¡Imposible!
-¿Dónde colocas el dolor de mi Madre, que me verá morir en una cruz?
Jesús se ha puesto de pie. Su aspecto es majestuoso.
-¿Y dónde colocas el de la madre del traidor de Jesucristo, del Hijo de Dios? Piensa, mujer, en esa madre… Tú… Toda Keriot, y los campos y otros lugares más lejanos, se han compadecido de tu dolor, del cual has podido gloriarte como de corona de mártir.
¡Pero esa madre! Como Caín, sin ser Caín, es más siendo Abel -la víctima de su hijo traidor, asesino de Dios, sacrílego, hombre maldito -, ella no podrá soportar la mirada de los hombres, porque todas las miradas serán como una piedra de lapidación, y en todas las palabras de los hombres, en todas las palabras, le parecerá oír una maldición, un improperio, y no encontrará refugio sobre la faz de la Tierra, jamás, hasta la muerte, hasta que Dios, que es justo, no tome consigo a la mártir y cancele de su memoria el hecho de ser la madre del asesino de Dios, dándole la posesión de Dios… ¿No es mayor este dolor de esta madre?
-¡Un inmenso dolor!…
-Ya lo ves… Sé buena, Ana. Reconoce que Dios ha sido bueno en su actuación…
-¡Pero mi hija ha muerto! Judas hizo que se me muriera, porque buscaba una dote mayor… Su madre lo aprobó.
-No. Eso no. Te lo digo Yo, que veo dentro de los corazones. Judas -es mi apóstol, pero lo digo -ha obrado mal, y recibirá su castigo. Pero la madre es inocente. Te ama, querría que tú la amaras… Ana, sois dos madres infelices. Pero tú te glorías de tu niña muerta, inocente, pura, celebrada con honor por el mundo… María de Simón no puede gloriarse de su hijo. Los hombres condenan sus acciones.
-Eso es verdad. Pero si se hubiera casado con Yoana no sería censurado.
-Pero dentro de poco verías morir de dolor a Yoana, porque Judas morirá de muerte violenta.
-¿Qué dices? ¡Oh, pobre María! ¿Cuándo? ¿Dónde?
-Pronto. Y de una manera horrenda… ¡Ana! ¡Ana! ¡Tú eres buena! ¡Eres madre! ¡Sabes lo que es el dolor de una madre! ¡Ana, vuelve a ser amiga de María! Que el dolor os una como habría debido uniros la alegría. Déjame partir contento sabiendo que ella tendrá una amiga, una sola, una al menos…
-Señor… amarla… quiere decir perdonarla… Es muy penoso… Me parece como sepultar de nuevo a mi hija… matarla yo también…
-¡Pensamientos que vienen de las Tinieblas! No los escuches. Escúchame a mí, Luz del mundo. La Luz te dice que la suerte de Yoana, muriendo virgen, ha sido menos amarga que muriendo viuda de Judas. Créeme, Ana. Y piensa que, más infeliz que tú es María de Simón…
La mujer piensa, piensa, lucha, llora, dice:
-Pero yo la he maldecido, a ella y al fruto de sus entrañas. He pecado…
-Y Yo te absuelvo de ello. Y, cuanto más la ames, mayor será tu absolución en el Cielo.
-Pero, si soy amiga suya… me veré con Judas. ¡No puedo hacer esto, Señor!…
-No te volverás a encontrar con él. Yo no volveré ya nunca más a Keriot, y Judas tampoco. Hemos saludado ya a los de Keriot…
-Has dicho…
-Que no volveré nunca más. Judas ha dicho que no podrá volver hasta después de mi elevación; pero él cree que me
verá subir a un trono. Y, sin embargo, me espera la muerte de cruz. Y cree que será un ministro mío. Y, sin embargo, le espera la muerte. Pero tú no has de decir esto. Jamás. Que la madre lo ignore hasta que todo se cumpla. Tú lo has dicho: "¡Pobrecilla!
¡Saber con antelación que el hijo debe morir!". Pero, si los sufrimientos de mi Madre, incluido ése, van a aumentar ya los méritos de mi sacrificio, para María de Simón es misericordioso el silencio. No hablarás.
-No, Señor. Lo juro en nombre de mi Yoana.
-¡Quiero otra promesa! ¡Grande! ¡Santa! Tú eres buena. Me amas ya…
-Sí. Mucho. Estoy en paz desde que estás aquí…
-Cuando María de Simón no tenga ya a su hijo y el mundo la cubra de… desprecio, tú - y serás la única - le abrirás casa y corazón. ¿Me lo prometes? En nombre de Dios y de Yoana. Ella lo habría hecho, porque María era siempre para ella la madre del siempre amado - insta Jesús.
-¡…Sí! - y un sollozo…
-¡Dios te bendiga, mujer, y te dé paz… y salud!… Ven, vamos a ver a María, a darle el beso de paz…
-Pero… Señor… Yo no puedo andar. Tengo hinchadas e inmóviles las piernas. ¿Ves? Estoy aquí, vestida, pero soy sólo un tronco…
-Lo eras. ¡Ven! - y alarga, invitante, hacia ella la mano.
La mujer, fijos sus ojos en los de Jesús, mueve las piernas, las saca de la cama, pone en el suelo sus pies descalzos, se levanta, anda… Parece hechizada, No se da cuenta siquiera de la curación que se ha producido…
Sale, cogida todo el tiempo de la mano de Jesús, al pasillo semioscuro… Va hacia la salida. Estando ya cerca, encuentra a la criada de antes, la cual da un grito
de gozoso susto… Acuden otros servidores, temiendo que sea indicio de muerte, y ven a su ama, que antes se moría y guardaba rencor a María de Simón, ir deprisa ahora, habiendo dejado a Jesús; ir hacia María, que está abatida; ir con los brazos abiertos y llamarla y recibirla en su corazón, llorando ambas…
…Y, regresando hacia la casa, después del saludo de paz, María de Simón da las gracias a su Señor y pregunta:
-¿Cuándo vas a venir otra vez a hacer otro bien?
-Nunca más, mujer. Ya se lo he dicho a los de Keriot. Pero mi corazón estará siempre contigo. Recuerda, recuerda
siempre que te he amado y que te amo. Recuerda que sé que eres buena, y que Dios te ama por ello. Recuérdalo siempre.
Incluso cuando lleguen tremendas horas. Que no se apodere de ti jamás el pensamiento de que Dios te juzga como culpable. A sus ojos, tu alma aparece y aparecerá siempre adornada con las gemas de tus virtudes y con las perlas de tu sufrimiento. María de Simón, madre de Judas, quiero bendecirte, quiero abrazarte y besarte, para que tu beso materno, sincero, fiel, me compense todos los otros… para que mi beso te compense de todos los dolores. Ven, madre de Judas. Y gracias, gracias por todo el amor y
honor que me has dado - y la abraza y la besa en la frente, como hace con María de Alfeo.
-¡Pero nos veremos todavía! Iré para la Pascua…
-No. No vayas. Te lo ruego. ¿Quieres hacerme feliz? No vayas. ¡Las mujeres en la próxima Pascua no!
-¿Y por qué?…
-Porque… Jerusalén estará tremendamente revuelta la próxima Pascua. ¡No es lugar para mujeres! Es más… María, ordenaré a tu pariente que venga aquí contigo.
Estad juntos. Lo necesitas, porque… Judas, de ahora en adelante, no va a poder ayudarte ni venir…
-Haré como Tú dices… ¿Y entonces ya nunca más voy a ver tu rostro, que refleja la paz del Cielo? ¡Cuánta paz has
vertido en mi corazón doliente a través de tus ojos!… - María llora.
-No llores. La vida es breve. Después me verás para siempre en mi Reino.
-¿Entonces piensas que tu humilde sierva va a entrar en él?…
-Veo ya tu sitio entre las filas de las mártires y de las corredentoras. No temas, María. El Señor será tu eterno premio.
Vamos. Cae la tarde y es hora de ponerse en camino…
Y recorren en sentido inverso el mismo camino entre los campos y las matas de árboles frutales, hasta la casa donde están esperando los apóstoles.
Jesús abrevia las despedidas, bendice, se pone a la cabeza de los suyos… Se marcha… María llora, de rodillas…
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús habla en el interior de la sinagoga de Keriot, que está increíblemente abarrotada de gente.
Está respondiendo a éste o a aquél, que le consultan aparte pidiéndole consejos íntimos. Luego, una vez que ha satisfecho a todos, empieza a hablar en voz alta.
-Gentes de Keriot, oíd mi parábola de despedida. Le vamos a dar el nombre de: "Las dos voluntades".
Un padre perfecto tenía dos hijos, amados ambos con igual amor sabio. Orientados los dos por caminos buenos. Ninguna diferencia en su modo de amar o de dirigir. Y sin embargo había entre los dos hijos una sensible diferencia. Uno, el primogénito, era humilde, obediente: hacía la voluntad paterna sin discutir; siempre jovial y contento de su trabajo.
El otro, aun siendo menor, frecuentemente se mostraba malcontento y tenía controversias con su padre y con su propio yo. Siempre meditaba -con meditación muy humana -acerca de las órdenes y consejos que recibía; y, en vez de llevarlos a cabo como le eran propuestos, se permitía el modificarlos en todo o en parte, como si quien lo mandaba fuera un necio. El mayor le decía:
"No te comportes así. ¡Das dolor a nuestro padre!". Pero él respondía: "Eres un necio. Ya eres grande y desarrollado, y además el primogénito, y ya adulto… yo no querría quedarme en el rango en que nuestro padre te ha puesto. Yo querría hacer más. Imponerme a los subalternos. Que comprendan que soy el amo.
Pareces un subalterno tú también, con tu perpetua mansedumbre. ¿No ves que en el fondo pasas desapercibido con toda tu primogenitura? Alguno se burla de ti incluso…".
El segundogénito, tentado -más que tentado, discípulo de Satanás, cuyas insinuaciones ponía atentamente en práctica -, tentaba al primogénito. Pero éste, que era fiel al Señor en el respeto de la Ley, se mantenía fiel también a su padre, al cual honraba con su conducta perfecta.
Pasaron los años. El segundogénito, molesto por no poder reinar como soñaba, después de haber rogado al padre varias veces: "Dame la facultad de actuar en tu nombre, por tu honor, en vez de confirmársela a ese necio que es más manso que una oveja", después de haber tratado de mover a su hermano a hacer más de lo que el padre hubiera dispuesto, para imponerse a los subalternos, a los conciudadanos y vecinos, se dijo a sí mismo: "¡Basta!
¡Aquí está en juego también nuestra reputación! Dado que ninguno quiere actuar, voy a actuar yo". Y se puso a hacer cosas según su propio criterio, abandonándose a la soberbia y a la mentira y desobedeciendo sin escrúpulos.
Su padre le decía: "Hijo mío, estáte sujeto al primogénito. Él sabe lo que hace". Decía: "Me dicen que has hecho esto. ¿Es verdad?". Y el hijo menor decía, encogiéndose de hombros, respectivamente, a una y a otra de las cosas que su padre le decía: "¡Ya… sabe, sabe! Es demasiado tímido, titubea demasiado. Pierde las ocasiones de triunfo"; "no lo he hecho". El padre decía:
"No busques ayudas de unos u otros. ¿Quién crees que podrá ayudarte mejor que nosotros a dar lustre a nuestro nombre? Son falsos amigos, que te azuzan para luego reírse a tus espaldas". Y el hijo menor respondía: "¿Estás celoso de que sea yo el que tiene iniciativa? Por lo demás, sé que estoy haciendo bien las cosas".
Pasó más tiempo. El primero crecía cada vez más en justicia y el otro nutría cada vez más las malas pasiones. Al final, el padre dijo: “¡Ya se ha terminado, ¡eh?: o te doblegas a lo que se ha dicho o pierdes mi amor!". Y el rebelde fue a decírselo a sus falsos amigos. "¡Y te preocupas por esto! ¡No, hombre, no! Hay una manera de poner al padre en la imposibilidad de preferir un hijo al otro. Ponlo en nuestras manos y nosotros lo resolvemos.
Tú no tendrás culpa material, y florecerán con nuevo vigor las riquezas, porque, una vez quitado de en medio el demasiado bueno, podrás darles gran esplendor. ¿No sabes que es mejor una acción fuerte, aunque produzca dolor, que no la inercia, que produce daño a los bienes?" respondieron. Y el segundogénito, ya saturado de malevolencia, prestó su adhesión al indigno complot.
Ahora decidme vosotros: ¿se puede acusar al padre de haber dado dos sistemas de educación a los dos hijos?; ¿se le puede llamar cómplice? No. ¿Y cómo es que, mientras que un hijo es santo, el otro es malo? ¿Acaso el hombre recibe, con anterioridad, la voluntad en dos modos? No. La voluntad es dada de una sola manera. Pero el hombre, en su propio interés, la muta: el que es bueno hace buena su voluntad; el malo, mala.
Os exhorto a vosotros de Keriot -y esta exhortación a que sigáis caminos de sabiduría será la última -a seguir únicamente la buena voluntad. Casi al final de mi ministerio, os repito las palabras que fueron cantadas cuando nací: "Paz hay para los hombres de buena voluntad".
¡Paz! O sea, éxito, o sea, victoria en la Tierra y en el Cielo, porque Dios está con quien tiene la buena voluntad de obedecerlo. Dios no mira tanto a las obras altisonantes que el hombre hace por propia iniciativa, cuanto a la humilde obediencia, diligente, fiel, a las obras que Él propone.
Os recuerdo dos episodios de la historia de Israel. Dos demostraciones de que Dios no está donde el hombre quiere actuar por su propia cuenta pisoteando la orden recibida.
Veamos los Macabeos. Está escrito en ellos que, mientras Judas Macabeo con Jonatán iba a combatir a Galaad, y Simón iba a liberar a los otros de Galilea, les había sido ordenado a José de Zacarías y a Azarías, jefes del pueblo, que permanecieran en Judea para defenderla. Y Judas les dijo:
"Cuidad de este pueblo y no entabléis batalla con las naciones hasta nuestro regreso". Pero José y Azarías, oyendo las grandes victorias de los Macabeos, quisieron actuar también, y dijeron: "Vamos a hacer célebre también nuestro nombre y vamos a combatir contra las naciones de los alrededores". Y fueron vencidos y castigados y "grande fue la huida del pueblo, porque no habían hecho caso a Judas y a sus hermanos, creyendo que obraban como héroes". La soberbia y la desobediencia.
¿Y qué se lee en los Reyes? Se lee que Saúl fue corregido una vez y luego otra, y la segunda fue tan corregido por haber desobedecido, que se eligió en su lugar a David.
¡Por haber desobedecido! ¡Recordad! ¡Recordad! "¿Acaso quiere el Señor holocaustos o víctimas, y no más bien que se obedezca la voz del Señor? La obediencia vale más que los sacrificios; el hacer caso, más que ofrecer la grasa de los carneros; porque la rebelión es como un reato de magia, el no querer someterse es como un delito de idolatría. Pues bien, como has rechazado la palabra del Señor, el Señor te ha rechazado a ti para no dejarte seguir siendo rey".
¡Recordad! ¡Recordad! Cuando Samuel, obediente, llenó su cuerno de aceite y fue a ver a Jesé Betlemita, porque allí el Señor se había procurado otro rey, habiendo entrado Jesé con sus hijos al banquete, después del sacrificio, le fueron presentados a Samuel estos hijos. Primero Eliab, hermoso de cara, edad y estatura. Pero el Señor dijo a Samuel:
"No te fijes en su cara ni en su gran estatura, porque Yo lo he descartado. No juzgo según los criterios humanos. Porque el hombre mira las cosas que ven sus ojos, pero el Señor ve el corazón". Y Samuel no quiso tomar como rey a Eliab. Le fue presentado a Abinadab, pero Samuel dijo:
"El Señor no ha elegido tampoco a éste". Y Jesé le presentó a Sammá. Pero Samuel dijo: "Tampoco éste es el elegido del Señor". Y así con los siete hijos de Jesé presentes en el banquete. Pero Samuel dijo: "¿Todos tus hijos están aquí?". "No" respondió Jesé. "Queda uno, todavía niño, que está apacentand͈ las ovejas.” "Dile que venga, porque no nos sentaremos a la mesa sino cuando él haya llegado.” Y vino David, rubio y hermoso, un niño. Y el Señor dijo: "Úngelo. Es él el rey". Porque,sabedlo siempre, Dios elige a quien quiere y depone a quien, habiendo degradado su voluntad con soberbia y desobediencia, desmerece.
No volveré a vuestra ciudad. El Maestro está para cumplir su ministerio. Después será más que Maestro. Preparad vuestro corazón para aquella hora; porque habéis de tener presente que, de la misma forma que mi nacimiento fue salud para los que tuvieron buena voluntad, así mi elevación significará salud para los que me hayan seguido como Maestro en mi doctrina con buena voluntad, y para los que en ella me sigan después, incluso después de mi elevación.
¡Adiós, hombres, mujeres, niños de keriot! ¡Adiós! ¡Mirémonos bien a los ojos! Hagamos que los corazones, el mío y los vuestros, se fundan en un abrazo de amor y de despedida, y que el amor permanezca, siempre vivo, incluso cuando Yo ya no esté, no vuelva a estar nunca más, entre vosotros… Aquí, la primera vez que vine, un justo expiró en el beso de su Salvador, en una visión de gloria… Aquí, esta vez, la última que vengo, os bendigo con el amor…
¡Adiós!… Que el Señor os dé fe, esperanza y caridad en medida perfecta. Os dé amor, amor, amor. Por El, por mí, por los buenos, por los desdichados, por los culpables, por los que llevan el peso de una culpa no propia…
Acordaos. Sed buenos. No seáis injustos. Recordad que Yo he perdonado siempre no sólo a los culpables, sino que he envuelto de amor a todo Israel. Todo Israel, que está compuesto de buenos y no buenos, de la misma forma que en una familia están los buenos y los no buenos, y sería una injusticia decir que toda una familia es mala porque lo fuera uno de sus miembros.
Yo me marcho… Si todavía alguno de vosotros tiene que hablar conmigo, que venga esta noche a la casa de labranza de María de Simón.
Jesús levanta la mano y bendice, luego sale raudo por la puertecita secundaria, seguido de los suyos.
La gente susurra:
-¡No vuelve!
-¿Qué ha querido decir?
-En la despedida tenía lágrimas…
-¿Habéis oído? ¡Ha hablado de su elevación!
-¡Entonces verdaderamente tiene razón Judas! Está claro que después, como rey, ya no estará entre nosotros como ahora…
-Pero yo he hablado con sus hermanos. Dicen que no será rey como nosotros pensamos, sino Rey de redención como dicen los profetas. O sea, que será el Mesías.
-¡Sí, claro, el Rey Mesías!
-¡Que no, hombre! El Rey Redentor. El varón de dolores.
-Sí.
-No…
Jesús, entretanto, camina ligero hacia los campos.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Llegan a la casa de campo de Judas, en una fresca y espléndida mañana.
Los manzanos están aljofarados de rocío, y la hierba a sus pies es una alfombra de flores sobre la cual zumban las abejas. La casa tiene ya abiertas de par en par las ventanas. La que la dirige, la mujer fuerte que mitiga su autoridad con una gran bondad, está impartiendo órdenes a los criados y campesinos, y distribuye con sus propias manos los alimentos antes de mandar a cada uno a su trabajo.
Por la amplia puerta, abierta también de par en par, de la vasta cocina, se la ve pasar una y otra vez, vestida de oscuro, hablando con uno u otro, haciendo las fracciones según las necesidades del trabajador. Una banda de palomas espera su parte arrullando delante de la puerta.
Jesús se aproxima sonriendo, y ya está casi en la puerta cuando, con un saquito de grano en la mano, María de Salomé se asoma diciendo:
-Y ahora a vosotras, palomitas. Ésta es la primera comida. Luego id, felices, a alabar al Señor. ¡Tranquilas, tranquilas, que hay para todas sin necesidad de picaros!…
Y esparce las semillas, arrojándolas en todas las direcciones para impedir peleas violentas entre las voraces palomas. No ve a Jesús porque tiene la cabeza baja, y se agacha incluso a acariciar a algunas aves que le picotean suavemente los dedos de los pies como caricia de amor. María toma una de ellas entre sus manos y la acaricia. Luego la deja en el suelo y suspira.
Jesús da un paso hacia delante y dice:
-¡La paz a ti, María, y a tu casa!
-¡El Maestro! -exclama la mujer, dejando caer el saquito que tenía debajo del brazo, y corre hacia Jesús, y al hacerlo espanta a las palomas, las cuales, no obstante, se posan inmediatamente en el suelo, y trabajan con ahínco en la cuerdecita del saquito para soltarla y en su tela para aflojarla y satisfacer su voracidad.
-¡Oh! ¡Señor! ¡Qué día más santo y dichoso! -y hace ademán de arrodillarse a besar los pies de Jesús.
Pero Él se lo impide diciendo:
-Las madres de mis apóstoles y las israelitas santas no deben humillarse como esclavas en mi presencia. Me han dado su espíritu fiel y su hijo, Yo les doy a ellas un amor de predilección.
La madre de Judas, emocionada, le besa entonces las manos susurrando:
-¡Gracias, Señor!
Luego alza la cabeza y mira al pequeño grupo de los apóstoles, que se había detenido a la altura de los últimos árboles, y, extrañada de no ver que su hijo venga a ella, observa mejor al grupo. Su rostro palidece por el temor. Casi se le escapa un grito para preguntar:
-¡Mi hijo dónde está? -y mira con miedo y dolor a Jesús.
-No temas, María. Lo he mandado con Simón Zelote a casa de Lázaro para una misión. Si me hubiera podido detener en Masada el tiempo que había decidido, lo habría encontrado aquí; pero no he podido quedarme allí: la ciudad hostil me ha expulsado. Y he venido sin demora a buscar consuelo en una madre y a darle a ella el consuelo de saber que su hijo sirve al Señor -dice Jesús subrayando las últimas palabras para darles un significado más amplio.
María es como una flor mustia que cobrase nuevo vigor. Recupera e1 color de sus mejillas y la luz de su mirada. Pregunta:
-¡Verdaderamente, Señor, es bueno y te es motivo de satisfacción? ¿Sí? ¡Oh, gozo, gozo del corazón de la madre! ¡He orado mucho! ¡Mucho! ¡He dado muchas limosnas! ¡Muchas! Y he hecho muchas penitencias… Muchas… ¿Y qué no haría para hacer de mi hijo un santo? ¡Gracias, Señor! Gracias por amarlo tanto. Porque tu amor es lo que salva a mi Judas…
-Sí. Lo… sostiene "nuestro" amor…
-¡Nuestro amor! ¡Qué bueno eres, Señor! ¡Poner mi pobre amor al lado del tuyo, unido al tuyo, divino!… ¡Oh, qué palabra me has dicho! ¡Cuánta seguridad! ¡Cuánto consuelo y paz me das con ella! Mientras se trataba de mi pobre amor, poco beneficio podía obtener -Judas de él. Pero Tú, con tu perdón… porque conoces sus pecados, Tú, con tu infinito amor, que parece crecer en la medida en que él, después de un pecado, lo necesita, ¡oh! Tú… mi Judas se vencerá a si mismo, finalmente, para siempre. ¿No es verdad, Maestro?
La mujer lo mira fijamente, con sus ojos serios y profundos, las manos juntas suplicantes.
Jesús… Jesús, que no puede decirle que sí y que no quiere negarle esta hora de paz, de dispersión de sus temores, encuentra unas palabras que no son una mentira, y que tampoco son una promesa, pero que pueden ser recibidas por la mujer con alivio. Dice:
-Su buena voluntad unida a nuestro amor puede hacer verdaderos milagros, María. Ten paz en tu corazón pensando siempre que Dios te ama. Mucho. Te comprende. Mucho. Y será siempre amigo tuyo.
María le besa de nuevo las manos en señal de agradecimiento. Y luego dice:
-Entra entonces en mi casa hasta que llegue Judas. Aquí hay amor y paz, Maestro bendito.
Jesús llama a los suyos y entra en la casa para descansar y reponer fuerzas.
Atardece. La noche desciende lentamente sobre la campiña. Cesan los ruidos, uno a uno, y no queda más que el viento ligero entre las frondas como voz en el silencio. Luego… óyese el primer grillo en los campos de mieses. Otro… otro… y toda la campiña canta monótonamente… hasta que un ruiseñor lanza la primera pregunta canora a las estrellas… calla escuchando y luego repite.
Calla de nuevo… ¿Qué espera?… ¿Quizás el primer rayo de luna?… Musita quedamente. Debe haberse metido en el tupido nogal que hay junto a la casa; quizás tiene ahí su nido. Parece cuchichear con su compañera, que quizás está encobando… Un balido insistente poco lejano. Un sonar de cascabeles en el camino que conduce a Keriot. Luego silencio.
Jesús está sentado al lado de María, en unos asientos que han sido colocados delante de la casa. Descansa en ambiente sereno, entre los suyos y los domésticos. Es una hora dulce, sosegada. Y ello es descanso para los cuerpos y los espíritus. Jesús habla poco, sólo de vez en cuando; deja que hablen los apóstoles, de Engadí, del anciano jefe de la sinagoga, del milagro. María y los criados escuchan atentos.
Algo se mueve entre los troncos de los manzanos. Pero, si bien aquí, en la plazoleta de delante de la casa, aún se ve un poco, por las claras estrellas que pueblan el cielo, allí, bajo el tupido follaje, no hay ni pizca de luz, y solamente llega a los oídos el ruido de algo que se mueve.
-¿Algún animal nocturno? ¿Alguna oveja descarriada? -se preguntan varios. Y el haber mencionado una oveja evoca en el pensamiento de muchos una oveja que se queja porque le han quitado a su cordero para matarlo.
-¡No acaba de resignarse! -dice el administrador -Temo que se le coagule la leche. Desde esta mañana no come y no hace otra cosa que balar… ¡Oídla!…
-Se le pasará… Tienen hijos para que nosotros nos comamos el cordero -dice filosóficamente uno de los domésticos.
-Pero no todas son iguales. Ésta es más inteligente y sufre más. ¿Oyes? ¿No parece realmente llanto? No me llames tonta, Maestro… Me duele como el llanto de una mujer que hubiera perdido a su hijo.
-¡Tú, por el contrario, madre, encuentras a tu hijo! -dice Judas de Keriot apareciendo a sus espaldas junto con Simón y haciéndoles sobresaltarse a todos por la sorpresa.
-¡Maestro! Danos tu bendición ahora que regresamos, como nos la diste cuando nos marchamos.
-Sí, Judas -y Jesús abraza a los dos que han vuelto.
-La tuya, mamá…
También María besa y abraza a su hijo.
-¡No creíamos verte ya aquí, Maestro. Hemos andado incansablemente, casi siempre por atajos para evitar que nos entretuvieran. Pero hemos encontrado a algunos discípulos y hemos avisado a Juana y a Elisa de que pronto nos verán -explica Simón.
-Sí. Y Simón caminaba como un joven. Maestro, hemos llevado el mensaje. Lázaro está muy mal. El calor le hace sufrir más todavía. Solicita que vayamos pronto a verlo… Maestro, no he ido a ningún sitio aparte de a la Antonia, por caridad hacia Egla, que antes de partir para Jericó quería dar las gracias a Claudia. ¿Verdad, Simón?
-Es verdad. Y a la Antonia fuimos a la hora sexta, un día de bochorno que aconsejaba a todos quedarse en casa.
Mientras Judas hablaba con Claudia, a la que Álbula Domitila había llamado al jardín, me hacían preguntas las otras mujeres. No creo haber hecho mal explicando como podía lo que querían saber.
-Hiciste bien. En ellas hay verdadera voluntad de conocer la Verdad.
-Y en Claudia hay verdadera voluntad de ayudarte. Se despidió de Egla, que fue a saludar a Plautina y a las otras, y me hizo muchas preguntas. Si entendí bien, quiere convencer a Poncio de que no crea las calumnias fariseas, saduceas, etc. Poncio sólo hasta cierto punto se fía de sus centuriones, que son buenos para la batalla pero poco buenos para transmitir mensajes.
Y, para saber con seguridad las cosas, se sirve mucho de su mujer, que debe ser inteligente hasta rayar con la astucia. La verdad es que el Procónsul es Claudia. Poncio debe ser una nulidad que si está arriba es porque ella es quien es, como poder y como consejera. Quisieron darnos dinero para tus pobres.
Aquí está.
-¿Cuándo habéis llegado? No parecéis cansados ni traéis polvo -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Entre la hora tercera y la sexta. Hemos ido a Keriot para ver si estaba mi madre y para avisar de tu llegada. Pero me he comportado como Tú quieres, Maestro. No me he dejado tentar por deseos humanos. ¿No es verdad, Simón?
-Es verdad.
-Has hecho bien. Obedece siempre y te salvarás.
-Sí, Maestro. ¡Oh, ahora que sé que Claudia está con nosotros, ya no tengo mis necias prisas! Todas amor, de todas formas. Tienes que reconocerlo. Amor desordenado… Desordenado porque se sentía sin protección, sin ayuda para conseguir su finalidad, que es que te amen, que te respeten como mereces, como debe ser. Ahora estoy más tranquilo. Ya no tengo miedo. Y me resulta suave incluso esperar…
Judas sueña con los ojos abiertos.
-No te abandones a los sueños, Judas. Estáte en la verdad. Yo soy la Luz del mundo y la luz será siempre odiada por las tinieblas… advierte Jesús.
La Luna se ha levantado. Su blancura inunda la campiña, pone pálidos los rostros, viste de plata las casas y los árboles. El nogal está envuelto todo de luna a oriente. El ruiseñor recoge la invitación lunar y desata su canto, largo, melodioso, que tenía reservado, para saludar a la noche y a la Luna.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Están ascendiendo por una subida de cabras a una ciudad que parece un nido de águilas en la cima de un pico alpino. Sí, es verdaderamente un pico alto, solitario, de laderas escarpadas, como les gusta a las águilas para sus regios amores, que desdeñan testigos y colectividades. Y con gran fatiga lo acometen, yendo de occidente hacia oriente, volviendo las espaldas a una cadena continua de montes que ya forman parte del sistema montañoso judío, y que, con un ramal poderoso, semejante al contrafuerte de una colosal muralla, se extiende hacia el Mar Muerto en su lado occidental extremo, o sea, hacia el extremo sur de este mar.
-¡Qué camino, Dios mío! -gime Pedro.
-Peor todavía que el de Yiftael -confirma Mateo.
-Pero aquí no llueve, no hay humedad, no resbala uno; lo cual ya es algo… -observa Judas Tadeo.
-¡Sí, bueno, tenemos este consuelo… pero sólo éste! ¡Que no, hombre, que no caes en manos de los enemigos! ¡Si no te echa abajo un terremoto, tú, por mano de hombre, no caes! -dice Pedro hablando a la ciudad-fortaleza, bien cerrada dentro del anillo estrecho de sus defensas, con sus casas apiñadas, apretadas unas contra otras como las semillas de una granada en el escriño de su gruesa cáscara.
-¿Tú crees, Pedro? -pregunta Jesús.
-¿Que si lo creo? ¡Lo veo, que es más!
Jesús mueve la cabeza, pero no rebate.
-Quizás hubiera sido mejor venir por la parte del mar. Si hubiera estado Simón… Conoce bien estos lugares -suspira Bartolomé, que ya no puede más.
-Cuando estemos en la ciudad, y veáis el otro camino, me agradeceréis haber elegido éste. Por aquí puede subir con fatiga un hombre. Por el otro, con fatiga sube una cabra -responde Jesús.
-¿Cómo lo sabes? ¿Alguno te ha informado, o…?
-Sé. Y, además, por esta parte está la nuera de Ananías. La primera cosa que quiero hacer es hablar con ella.
-Maestro… ¿no habrá peligros allá arriba?… Porque… aquí no puede uno escaparse rápidamente, y, si nos siguen… no volvemos a ver nuestra casa. ¡Mira qué precipicios! ¡Y qué piedras tan cortantes! … -dice Tomás.
-No tengáis miedo. No encontraremos una Engadí. Poquísimas hay como Engadí en Israel. Pero no nos sucederá nada malo.
-Es porque… ¿Sabes que es una fortaleza de Herodes?…
-¿Y qué quieres decir con eso? ¡Que no tengas miedo, Tomás! Hasta que no llega la hora, nada sucede verdaderamente grave.
Caminan, caminan, y llegan al pie de los adustos muros cuando el sol ya está alto. Pero la altura mitiga el calor.
Entran en la ciudad pasando bajo el arco de una puerta estrecha, tenebrosa. Los muros de los bastiones son robustos, con macizas torres y estrechas aberturas.
-¡Qué trampa para caza! -dice Mateo.
-Yo pienso en los desdichados que hayan traído aquí los materiales, estos bloques, estas grandes láminas de hierro… dice Santiago de Alfeo.
-El amor santo a la patria y a la independencia les hizo ligeros los pesos a los hombres de Jonatán Macabeo; el amor malvado de sí mismo y el terror a la ira del pueblo impuso un pesado yugo, no a súbditos sino a peor que esclavos, por voluntad de Herodes el Grande. Y, bautizada con sangre y lágrimas, perecerá en la sangre y en las lágrimas, cuando llegue la hora del castigo divino.
-Maestro, ¿pero qué culpa tienen los habitantes?
-Ninguna. Y toda. Porque cuando los súbditos emulan a los jefes en las culpas o en los méritos, reciben el mismo premio o castigo que sus jefes. Pero hemos llegado a la casa, que es la tercera de la segunda calle, la que tiene el pozo delante. Vamos…
Jesús llama a la puerta cerrada de una casa alta y estrecha. Abre un niño. -¿Eres pariente de Ananías? -Llevo su nombre porque es padre de mi padre. -Llama a tu madre.
Dile que vengo del pueblo donde está Ananías y el sepulcro de su marido fallecido. El niño se marcha y vuelve.
-Ha dicho que no le interesa saber nada del viejo. Que te puedes marchar.
Jesús pone una cara muy severa.
-No me iré sino después de haber hablado con ella. Niño, ve y dile que Jesús de Nazaret, en quien creía su marido, está aquí y quiere hablar con ella. Dile que no tema. El anciano no está…
El niño se marcha otra vez. La espera es larga. Algunas personas se han parado a observar y alguno pregunta a los discípulos. Pero se percibe un ambiente arisco, o indiferente, o irónico… Los apóstoles tratan de ser amables, pero están visiblemente influenciados por la situación. Y terminan de estarlo cuando llegan los notables de la ciudad y hombres de armas; tanto unos como otros con unas caras de… delincuentes, que no inspiran ni pizca de confianza.
Jesús, en el umbral de la puerta, apoyado en una jamba, con los brazos cruzados, espera, paciente, absorto.
Por fin sale la mujer. Alta, morena, de mirada dura y perfil desabrido. No es ni vieja ni fea, pero su expresión la hace parecer vieja y fea.
-¿Qué quieres? Date prisa, que tengo cosas que hacer -dice altanera.
-No quiero nada. Nada. Tranquila. Que sólo te traigo el perdón de Ananías, su afecto, su súplica…
-¡No lo tomo conmigo de nuevo! Inútil suplicar. No quiero viejos lamentosos. Ya no tenemos nada que ver yo y él. Y, además, pronto me voy a casar otra vez y no puedo imponer en la casa de un rico a ese burdo labriego que es él.
¡Ya he tenido de sobra con mi error de aceptar casarme con su hijo! Pero entonces era una niña ignorante y me fijé sólo en la belleza del hombre. ¡Qué desventura para mí!
¡Qué desventura! ¡Maldito sea el motivo que me lo puso en mi camino! ¡Y maldito el recuerdo de…
Parece una máquina…
-¡Basta! Respeta, mujer más árida que el sílex, a los vivos y a los muertos que no merecías tener. ¡Desventura para ti! ¡Sí! ¡Desventura! Porque en ti no hay amor al prójimo, y por tanto Satanás está en ti. ¡Pues teme, mujer! ¡Teme que las lágrimas del anciano, que las del marido, al cual ciertamente has oprimido con tu aborrecimiento, no se vuelvan lluvia de fuego sobre lo que tú amas! ¡Tienes hijos, mujer!…
-¡Hijos! ¡Ojalá no los tuviera! ¡Habría desaparecido el último vínculo! Y… bueno, además no quiero oír nada. No quiero oírte. ¡Vete! Estoy en mi casa, en casa de mi hermano. No te conozco. No quiero recordar al viejo. No… -grita como una urraca desplumada viva. Una verdadera arpía…
-Atenta! -dice Jesús.
-¿Me estás amenazando?
-Es un llamamiento que te hago en orden a Dios, a su Ley, por piedad hacia tu alma. ¿Qué hijos vas a educar con estos sentimientos? ¿No temes el juicio de Dios?
-¡Basta! Saúl, ve a llamar a mi hermano y dile que venga con Jonatán. ¡Ahora verás! Te…
-No. No hace falta. Dios no va a forzar tu alma. Adiós.
Y Jesús se marcha abriéndose paso entre la gente.
La calle es estrecha, entre altas casas. Pero la ciudad, adecuada para la defensa, tiene el corazón como la propia defensa de la parte oriental, donde todo cae a plomo por cientos de metros, y donde la delgada cinta de un sendero sinuoso, de una inclinación verdaderamente impresionante, sube desde la llanura, desde las orillas del mar, hasta la cima del pico.
Jesús va precisamente allí, donde hay una placita para las máquinas de guerra, y empieza a hablar, repitiendo una vez más su llamada al Reino de los Cielos, del cual expone las líneas esquemáticas.
Y está para desarrollarlas cuando, abriéndose un pasaje entre la pequeña muchedumbre, más curiosa que creyente, van hacia Él, voceando entre sí, unos notables. En cuanto están frente a Jesús, dicen -confusamente porque hablan todos juntos, concordes sólo en expulsarlo -en tono conminatorio:
-¡Vete de esta ciudad! Aquí nos bastamos nosotros para educar a los hijos de Israel.
-¡Márchate! ¡Nuestras mujeres no necesitan de tus recriminaciones, galileo!
-¡Vete con tus ultrajes! ¿Cómo te atreves a ofender a la mujer de un herodiano, en una de las ciudades predilectas del gran Herodes? ¡Usurpador, ya desde el nacimiento, de sus derechos soberanos! ¡Fuera de aquí!
Jesús los mira, especialmente a estos últimos, y dice una sola palabra:
-¡Hipócritas!
-¡Fuera! ¡Fuera!
Un verdadero tumulto de voces discordes, y, cada una por su cuenta, acusa o defiende a la propia casta. No hay quien se aclare. En la placita estrecha, hay mujeres que chillan y se desmayan, niños que lloran, soldados que tratan de abrirse paso salen de la fortaleza propiamente dicha -y que para abrirse paso hacen daño a la gente que está apiñada en la plaza, la cual reacciona imprecando contra Herodes y sus soldados, contra el Mesías y sus seguidores. ¡Un buen jaleo! Los apóstoles, formando una barrera en torno a Jesús -son los únicos que lo defienden, más o menos valientemente -gritan a su vez improperios punzantes, y no se salva de sus improperios ninguno.
Jesús los llama y dice:
-Nos marchamos de aquí. Torcemos por detrás de la ciudad y nos marchamos…
-¡Y para siempre, ¿eh?! ¡Para siempre! -grita Pedro, lívido de ira.
-Sí, para siempre…
Se marchan, uno después de otro. Contra todas las insistencias de los suyos, el último es Jesús. Los soldados, a pesar de sus burlas hacia el «profeta burlado», como dicen, haciendo todo tipo de gestos burlescos, tienen la prudencia de cerrar enseguida el portillo de la muralla y apoyarse contra él con las armas vueltas hacia la plaza.
Jesús camina por un senderito que bordea las murallas, un sendero de dos palmos de ancho, bajo el cual está el vacío, la muerte. Los apóstoles lo siguen, evitando mirar al abismo pavoroso. Ya están otra vez delante de la puerta por la que habían entrado. Jesús, sin detenerse, empieza a bajar. La ciudad tiene cerrada la puerta también por este lado…
A muchos metros de la ciudad, Jesús se para y pone la mano en el hombro de Pedro, el cual, secándose el sudor, dice:
-¡De buena nos hemos librado! ¡Maldita ciudad! ¡Y maldita mujer! ¡Pobre Ananías! ¡Esa es peor que mi suegra!… ¡Qué serpiente!
-Sí. Tiene el corazón frío de las serpientes… Simón de Jonás, ¿tú qué opinas? ¿Te parece segura esta ciudad, a pesar de todas las defensas?
-¡No, Señor! No tiene a Dios consigo. Digo que compartirá con Sodoma y Gomorra la misma suerte.
-Bien has respondido, Simón de Jonás. Está acumulando contra sí los rayos de la ira divina. Y no tanto por haberme echado, cuanto porque en ella se violan todos los mandamientos del Decálogo. Vámonos. Nos acogerá la sombra fresca de una gruta, en estas horas de sol. Y, cuando se ponga el sol, nos encaminaremos hacia Keriot, mientras lo permita la Luna…
-¡Maestro mío! -gime Juan en un improviso acceso de llanto.
-¿Pero qué te pasa? -preguntan todos.
Juan no se explica. Llora, llevadas las manos a la cara, un poco agachado… Parece ya el Juan desolado del día de la Pasión…
-¡No llores! Ven aquí… Nos quedan todavía horas dulces por delante -dice Jesús arrimándolo hacia sí (lo cual consuela el corazón, pero hace aumentar el llanto).
-¡Oh! ¡Maestro! ¡Maestro mío! ¿Cómo voy a resistir? ¿Cómo voy a resistir?
-¿Pero el qué, hermano? ¿El qué, amigo? -preguntan Santiago y los otros.
Juan no logra hablar. Luego, levantando la cara y
echándole los brazos al cuello a Jesús, y obligándole a agacharse hacia su rostro desolado, grita, respondiendo a Jesús en vez de a los que le han preguntado:
-¡El verte morir!
-¡Dios te socorrerá, niño suyo predilecto! No te faltará su ayuda. No llores más. ¡Vamos! Vamos… -y Jesús se echa a andar, llevando de la mano al ciego a causa de las lágrimas…
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Deben haber adelantado la hora de salida, quizás por consejo de los propios habitantes de Engadí, porque es totalmente de noche y la Luna, que se prepara al plenilunio, ilumina con vivísima luz la ciudad.
Las callecitas son cintas de plata entre los cubos de las casas y las tapias de los jardines, que parecen transformar la cal en mármol escultóreo por el efecto del mágico rayo lunar. Las palmeras y los otros árboles, envueltos en la fosforescencia de la luna, adquieren un aspecto fantasmal.
Las fuentes, los regatillos de agua, son, respectivamente, pequeñas cascadas y collares de diamantes. Y en las frondas los ruiseñores desgranan collares de notas de oro, uniendo sus prodigios a las voces de las aguas, que, en la noche, parecen sonar cada vez más nítidas.
La ciudad duerme. Pero algunas personas están con Jesús, que se marcha: son los hombres de las casas que lo habían hospedado a Él y también a los apóstoles. Algunos otros vecinos se han añadido. E1 arquisinagogo camina al lado de Jesús.
¡No quiere renunciar a acompañarlo, ni siquiera cuando Jesús se lo ruega antes de adentrarse en abierta campiña! Y marchan, en dirección al camino que conduce a Masada: no el camino bajo, el que bordea el Mar Muerto y que oigo que lo catalogan como insalubre y peligroso por la noche, sino el camino del interior, hendido en la ladera montana, casi en las cimas de los collados que bordean el lago.
¡Es espléndido el oasis en la noche de luna! Da la impresión de caminar por un país de ensueño. Luego el oasis, el verdadero oasis, termina, y se hacen más raras las palmeras. Entonces empieza el terreno de monte propiamente dicho, con sus árboles agrestes y sus prados y sus laderas escindidas por cavernas, como casi todos los montes palestinos. Pero yo diría que aquí las cavernas son más abundantes, y sus bocas extrañas -unas longitudinales, otras planas, unas derechas, otras oblicuas, unas redondas, a mitad de la ladera, otras reducidas a una fisura -presentan espantosos aspectos bajo el claro de luna.
-Abraham, el camino está más abajo. ¿Por qué subes de nuevo? ¡Alargas el camino y tomas un sendero impracticable! dice con tono autoritario uno de Engadí.
-Porque tengo que enseñarle al Mesías una cosa, y pedirle que sume una cosa más a los grandes favores que ya ha hecho para nosotros. Pero, si estáis cansados, volved a casa o esperadme aquí. Iré yo solo -responde el viejo arquisinagogo, que va renqueando y jadeando por el sendero difícil y empinado.
-¡No! Vamos contigo. Pero nos da pena tu fatiga. Tu corazón trabaja demasiado…
-No es el sendero… Es otra cosa. Es una espada que me da vueltas dentro del corazón… es una esperanza que lo hincha. Venid, hijos míos, y sabréis cuánto dolor, cuánto dolor había en el corazón del que consolaba todos vuestros dolores. Cuánta… no desesperación, eso no, pero sí… aceptación de que no había que hacerse ya ilusiones de volver a ser feliz había en el que siempre os decía que esperaseis en el Señor, que todo lo puede… Os he enseñado a creer en el Mesías… ¿Os acordáis de la seguridad con que hablaba de Él, cuando podía hacerlo ya sin perjudicarlo? Vosotros decíais:
"¡Pero la matanza de Herodes?". ¡Sí! ¡Era una espina muy grande en el corazón!
Pero me agarraba con todo mi ser a la esperanza… Decía: "Si Dios a tres que no eran ni siquiera de Israel les mandó la estrella para invitarlos a adorar al Niño Mesías, y los guió con ella a la casa pobre ignorada por los rabíes de Israel y los príncipes de los sacerdotes y escribas; si con un sueño les advirtió que no volvieran donde Herodes, para salvar al Niño, ¿no va a haber avisado, con más poder aún, a su padre y a su Madre, de que huyan para poner a salvo la esperanza de Dios y del hombre?".
Y la fe en que se había salvado crecía, inútilmente acosada por la duda humana y por las palabras de otros… y cuando… y cuando el mayor dolor de un padre se apoderó de mí… cuando tuve que conducir a un sepulcro a un vivo… y decirle… y decirle… "Estáte aquí mientras dure tu vida… y piensa que si el deseo de las caricias maternas u otro motivo te impulsaran hacia las casas, Yo tendría que maldecirte, tendría que ser el primero en golpearte, y relegarte al lugar donde ni siquiera ya mi desolado amor podría darte auxilio", cuando tuve que hacer esto… me aferré aún más a la fe en Dios, Salvador de su Salvador; y también cuando tuve que decirme a mí mismo y a mi hijo… a mi hijo leproso… ¿os dais cuenta?, leproso… decir…
"¡Inclinemos nuestra cabeza ante la voluntad del Señor y creamos en su Mesías! Yo, Abraham, y tú, Isaac, inmolado por 1a enfermedad, no por el fuego, ofrezcamos el dolor para obtener el milagro…". Y cada mes, en cada neomenia… al venir aquí a escondidas, cargado de alimentos… de vestidos… de amor… que debía depositar lejos de mi hijo… porque tenía que volver donde vosotros… hijos míos… y donde mi esposa ciega, la esposa que había perdido la razón, cegada y alelada por el tremendo dolor… volver a mi casa que ya no tenía hijos… que ya no tenía la paz de un recíproco consciente amor… a mi sinagoga y hablaros de Dios… de sus grandezas… de sus bellezas esparcidas por la creación… y tenía ante mis ojos la figura corroída de mi hijo… y ni siquiera podía defenderlo cuando llegaban a mis oídos murmuraciones contra él, en que se decía que era un ingrato, o un malhechor escapado de casa… y todos los meses, al hacer este peregrinaje de padre a la tumba de mi hijo vivo, le decía, para sostener su corazón, le repetía:
"El Mesías está entre nosotros. Vendrá. Te curará…". El año pasado, en Pascua en Jerusalén, mientras te buscaba, durante el breve tiempo que estaba lejos de mi mujer ciega, me dijeron: "Es verdad que está entre nosotros. Ayer ha estado aquí. Incluso ha curado a unos leprosos. Va por toda Palestina curando, consolando, adoctrinando". ¡Oh! ¡Regresé tan veloz, que parecía un joven yendo a su boda! Ni siquiera me detuve en Engadí, sino que vine aquí y llamé a mi niño, a mi hijo varón, al fruto mío que se muere, y le dije:
"¡Vendrá!". "Señor… Has beneficiado en todo a nuestra ciudad. Te marchas sin dejar ni siquiera a uno enfermo… Has bendecido incluso nuestras plantas y nuestros animales… ¿No vas a querer?… Me has curado a mi mujer… ¿No vas a tener piedad del fruto de sus entrañas?… ¡Un hijo a la madre! ¡Devuelve un hijo a la madre, Tú que eres el Hijo perfecto de la Madre de todas las gracias! ¡En nombre de tu Madre, ten piedad de mí, de nosotros!…
Lloran todos junto con el anciano, que ha hablado al mismo tiempo con fuerza y con angustia…
Y Jesús lo recibe entre sus brazos mientras él solloza, y le dice:
-¡No llores más! Vamos a donde tu Eliseo. Tu fe, tu justicia, tu esperanza, merecen esto y más todavía. ¡No llores, padre! Bien, no nos demoremos más en liberar del horror a una criatura.
-La Luna se oculta. El sendero es difícil. ¿No podríamos esperar a la aurora? -dicen algunos.
-No. Abundan en torno a nosotros los árboles de resina. Coged unas ramas, encendedlas, y vamos -ordena Jesús.
Suben todavía por un sendero estrecho y penoso; parece el lecho desecado de alguna agua aluvial. Las antorchas crepitan humosas y rojizas, esparciendo un fuerte olor de resinas por el aire.
Una caverna, estrecha de abertura, casi celada tras una frondosa espesura, nacida a los lados de un manantial, muéstrase allende un estrecho rellano dividido en medio por una hendidura en la que aquél vierte su agua.
-Allí está Eliseo, desde hace años… en espera de la muerte o de la gracia de Dios… -dice el anciano en voz baja señalando hacia la gruta.
-Llama a tu hijo. Consuélalo. Que no tenga miedo, sino fe.
Y Abraham llama fuerte:
-¡Eliseo! ¡Eliseo! ¡Hijo mío! -y repite el grito temblando de miedo por el silencio que sólo le responde.
-¿Habrá muerto? -dicen algunos.
-¡No! ¡Muerto ahora, no! ¡A1 final de la tortura! ¡Sin ninguna alegría, no! ¡Oh, mi hijo! -gime el padre…
-No llores. Llama otra vez.
-¡Eliseo! ¡Eliseo! ¿Por qué no respondes al…?
-¡Padre! ¡Padre mío! ¿Cómo es que vienes fuera del tiempo normal? ¿Es que ha muerto mi madre y me lo vienes a… -la voz, primero lejana, se ha acercado, y un espectro separa las ramas que ocultan la abertura, un horrendo espectro, un esqueleto, semidesnudo, corroído… el cual, al ver a tanta gente con antorchas y palos, quién sabe qué se imaginará, y retrocede gritando: «Padre, ¿por qué me has traicionado? No he salido nunca de aquí… ¿Por qué me traes a mis apedreadores?!
La voz se aleja, mientras de la aparición no queda como recuerdo sino el ondear de las ramas.
-¡Confórtalo! ¡Dile que está aquí el Salvador -insta Jesús. Pero el hombre ya no tiene fuerzas… Llora desolado…
Es Jesús el que habla:
-Hijo de Abraham y del Padre de los Cielos, escucha. Se cumple lo que tu justo padre te profetizaba. Aquí está el Salvador, y con Él tus amigos de Engadí y los apóstoles del Mesías, que han venido a gozar de tu resurrección. ¡Ven sin miedo! Acércate hasta la quebraja. Yo también me acerco. Te tocaré y quedarás limpio. ¡Ven sin miedo al Señor, que te ama!
Las ramas vuelven a separarse y el leproso mira adelante lleno de miedo. Mira a Jesús, forma blanca que camina sobre la hierba del rellano y que se detiene en el límite de la quebraja… Mira a los otros… especialmente a su anciano padre, que, como hechizado, sigue a Jesús con los brazos extendidos y los ojos fijos en el rostro de su hijo leproso. Se acerca, ya más tranquilo; cojea mucho, por las llagas de los pies… extiende los brazos con sus manos corroídas… Se pone frente a Jesús… Lo mira… Y Jesús alarga sus bellísimas manos, alza los ojos al cielo, recoge, parece recoger en sí, toda la luz de las infinitas estrellas, e irradiar su esplendor purísimo sobre las carnes maculadas, pútridas, desprendidas, que las antorchas, agitadas para que den más luz, hacen aparecer aún más terribles a la luz roja de las ramas encendidas.
Jesús se inclina hacia la quebraja y toca con el extremo de sus dedos el extremo de los dedos leprosos y dice:
-¡Quiero! -y lo dice con una sonrisa de belleza indescriptible.
Repite:
-¡Quiero! -otras dos veces.
Ora y manda con esa palabra…
Luego se separa, retrocede un paso, abre los brazos en cruz y dice:
-Purifícate y luego predica al Señor porque a Él perteneces. Recuerda que Dios te ha amado para que fueras un buen israelita y un hijo bueno. Ten una esposa e hijos, y edúcalos para el Señor. Tu amarguísima amargura ha quedado anulada. ¡Bendice a Dios y vive gozoso!
Luego se vuelve y dice:
-¡Vosotros, los de las antorchas! Acercaos y ved lo que puede el Señor para los que lo merecen.
Baja los brazos -que, abiertos y cubiertos con el manto, obstaculizaban la visión del leproso -y se separa.
El primer grito es el del anciano, arrodillado detrás de Jesús:
-¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo, como eras a tus veinte años! ¡Guapo como entonces! ¡Sano como entonces! ¡Guapo, oh, más guapo que entonces!… ¡Oh, una tabla, una rama, algo para pasar adonde estás! -y hace ademán de lanzarse.
Pero Jesús le retiene:
-¡No! Tu alegría no te haga violar la Ley. Antes debe purificarse. ¡Míralo! Bésalo con los ojos y el corazón. Sé fuerte ahora como lo has sido durante tantos años. Y sé feliz…
Efectivamente éste es un milagro completo. No es sólo curación, sino restauración de lo que la enfermedad había destruido, y el hombre, de unos cuarenta años, está intacto como si no hubiera tenido nunca nada; sólo sigue muy delgado: una delgadez que le da un aspecto ascético de una belleza no común y sobrenatural. Y él agita los brazos, se arrodilla, bendice… no sabe qué hacer para decirle a Jesús que le da las gracias. En fin, ve unas flores entre la hierba, las arranca, las besa y las arroja al otro lado de la grieta, a los pies del Salvador.
-¡Vamos! Vosotros de Engadí quedaos con vuestro arquisinagogo. Nosotros proseguimos hacia Masada.
-Pero no sabéis… No veis…
-Sé, sé el camino. ¡Sé todo! Y conozco los caminos de la Tierra y los de los corazones por los que pasan Dios y el Enemigo de Dios, y veo quién acepta a éste o a Aquél. ¡Quedaos! ¡Quedaos con mi paz! Además, pronto se hará de día y con ramas encendidas iluminaremos hasta el alba. Abraham, ven que te dé el beso de despedida. El Señor esté siempre contigo, como lo ha estado hasta ahora, y con los tuyos y con tu ciudad buena.
-¿No vas a volver a ella, Señor?, ¿para ver mi casa feliz?
-No. Mi camino está ya cercano a su meta. Pero en el Cielo estarás conmigo, y los tuyos contigo. Amadme y educad a los pequeños en la fe de Cristo… Adiós a todos. Paz y bendición a todos los presentes y a sus familias. Paz a ti, Eliseo. Sé perfecto por agradecimiento al Señor. Venid vosotros, apóstoles míos…
Y se pone a la cabeza del pequeño cortejo, que lleva en alto ramas encendidas, y camina, y tuerce tras un peñasco saledizo, y desaparece con su indumento blanco; luego desaparecen, uno a uno, los apóstoles; se aleja el rumor de sus pasos; se desvanece la rojura de las ramas encendidas…
Se quedan en el rellano padre e hijo, sentados en los márgenes de la grieta, en mutua contemplación… Y, detrás, en grupo, con bisbiseos de admiración, los de Engadí… Esperan al alba para volver al pueblo con la noticia de la prodigiosa curación.