378- La parábola de los pájaros, criticada por unos judíos enemigos que tienden una trampa

Jesús está en Betania (toda fértil y florida en este hermoso mes de Nisán, sereno, puro, como si la creación hubiera sido lavada de toda suciedad). Pero las turbas, que sin duda lo han buscado en Jerusalén y que no quieren marcharse sin antes escucharlo, para poderse llevar en su corazón su palabra, le dan alcance.

Es tanta gente, que Jesús ordena reunirla para poder adoctrinarla. Y los doce con los setenta y dos -que han vuelto a formar ese número, más o menos con los nuevos discípulos que se han agregado a ellos en estos últimos tiempos -se diseminan por todas partes para llevar a cabo la orden recibida.

Entretanto, Jesús, en el jardín de Lázaro, se despide de las mujeres (especialmente de su Madre), que por orden suya vuelven a Galilea acompañadas por Simón de Alfeo, Jairo, Alfeo de Sara, Margziam, el marido de Susana y Zebedeo. Hay saludos y lágrimas. No faltan tampoco muchos deseos de no obedecer, deseos que nacen también del amor al Maestro. Pero más fuerte aún es la fuerza del amor perfecto, perfecto, por ser enteramente sobrenatural, hacia el Verbo Stmo: y esta fuerza hace que obedezcan aceptando la dolorosa separación.

La que menos habla es María, la Madre de Jesús. Pero su mirada dice más que todas las otras juntas. Jesús, que lee su mirada, la tranquiliza, la consuela, la sacia de caricias, si es que una madre puede ser saciada, y especialmente esta Madre toda amor y congoja por el Hijo perseguido. Y las mujeres al final se marchan, y se vuelven una y otra vez saludando al Maestro, saludando a los hijos y a las afortunadas discípulas judías que todavía se quedan con el Maestro.

-Han sufrido por marcharse… -observa Simón Zelote.
-Pero convenía que se marcharan, Simón.
-¿Prevés días tristes?

-Turbulentos, por lo menos. Las mujeres no pueden soportar las fatigas como nosotros. Además, ahora que tengo un número casi igual de judías y galileas, conviene que estén separadas. Me tendrán por turnos, y por turnos tendrán la alegría de servirme; y Yo el consuelo de su afecto santo.

La gente, mientras tanto, va aumentando. El pomar que hay entre la casa de Lázaro y la que era del Zelote hormiguea de gente. Hay personas de todas las castas y condiciones; y no faltan fariseos de Judea, miembros del Sanedrín y mujeres veladas.

De la casa de Lázaro salen en grupo, bien juntos alrededor de una litera en que aquél es transportado, los miembros del Sanedrín que el sábado pascual estaban de visita en casa de Lázaro en Jerusalén, y otros más. Lázaro, al pasar, dedica a Jesús un gesto y una sonrisa feliz. Jesús se lo devuelve mientras se pone al final del pequeño cortejo para ir al lugar donde ya espera la gente.

Los apóstoles vienen a Él, y Judas Iscariote, al que desde hace algunos días se le ve jubiloso, en una fase felicísima, lanza en todas las direcciones las miradas de sus ojos negrísimos y centelleantes, y anuncia al oído de Jesús los descubrimientos que va haciendo.

-¡Mira, hay también sacerdotes!… ¡Mira, mira, está también Simón el del Sanedrín! Y Elquías. ¡Mira qué mentiroso! Hace sólo unos pocos meses decía cosas infernales de Lázaro, y ahora lo reverencia como si fuera un dios… Y allí están Doro el Anciano y Trisón. ¿Ves que saluda a José? Y el escriba Samuel con Saulo… ¡Y el hijo de Gamaliel! Y allí hay un grupo de los de Herodes…

Y aquel grupo de mujeres tan veladas son, sin lugar a dudas, las romanas; están apartadas, pero ¿ves cómo observan dónde te diriges para poder cambiar de sitio y oírte? Reconozco sus figuras, a pesar de los mantos. ¿Ves? Dos altas, una más bien ancha que alta, las otras de media estatura, pero en la justa proporción. ¿Voy a saludarlas?

-No. Vienen como desconocidas, como personas anónimas que desean la palabra del Rabí. Debemos considerarlas como tales.

-Como quieras, Maestro. Lo decía por… recordarle a Claudia la promesa…

-No hay necesidad. Y aunque la hubiera, no nos volveremos nunca pedigüeños, Judas. ¿No es verdad? El heroísmo de la fe debe formarse en medio de las dificultades.
-Pero era por… por ti, Maestro.

-Y por tu perenne idea de un triunfo humano. Judas, no te crees ficciones, ni sobre mi modo de actuar futuro ni sobre las promesas recibidas. Tú crees en lo que te dices tú solo. Pero nada podrá cambiar el pensamiento de Dios, que es que Yo sea Redentor y Rey de un reino espiritual.
Judas no replica.

Jesús está en su sitio, con los apóstoles en círculo en torno a Él. Casi a sus pies está Lázaro en su triclinio; poco lejos de Él, las discípulas judías, o sea, las hermanas de Lázaro, Elisa, Anastática, Juana con los pequeños, Analía, Sara, Marcela, Nique. Las romanas, o al menos las mujeres a las que Judas ha señalado como tales, están más atrás, casi en el fondo, mezcladas entre un montón de gente poblana.

Los miembros del Sanedrín, fariseos, escribas, sacerdotes, están -es inevitable -en primera fila; pero Jesús les ruega que dejen paso a tres camillas con enfermos, a los cuales hace algunas preguntas, aunque sin curarlos enseguida.

Jesús, para tomar la idea de su discurso, centra la atención de los presentes en el gran número de pájaros que tienen sus nidos en las frondas del jardín de Lázaro y del huerto en que está reunido el auditorio.

-Observad. Hay pájaros autóctonos y exóticos, de todas las razas y dimensiones. Y, cuando desciendan las sombras, en su lugar, aparecerán las aves nocturnas, que también son numerosas aquí, a pesar de que, sólo por el hecho de no verlas, es casi posible olvidarlas.

¿Por qué hay tantas aves del aire aquí? Porque encuentran de qué vivir felices: sol, paz, abundante comida, lugares de amparo seguros, frescas aguas. Y se congregan, viniendo de oriente y occidente, de mediodía y septentrión, si son migratorias, o permaneciendo fieles a este lugar, si son autóctonas.

¿Qué pensar? ¿Que las aves del aire superan en sabiduría a los hijos del hombre? ¡Cuántos de estos pájaros son hijos de pájaros ya muertos pero que el año pasado, o más lejos en el tiempo, nidificaron aquí y encontraron el bienestar!

Ellos se lo han dicho a sus hijos antes de morir. Han indicado este lugar, y éstos, los hijos, han venido obedientes. Y el Padre que está en los Cielos, el Padre de los hombres todos, ¿no ha dicho a sus santos sus verdades?, ¿no ha dado todas las indicaciones posibles para el bienestar de sus hijos?

Todas las indicaciones: las que tienen por objeto el bien de la carne y las que tienen por objeto el bien del espíritu.

¿Pero qué observamos? Vemos que lo que fue enseñado para la carne -desde las túnicas de pieles que Él hizo a Adán y Eva, despojados ya ante sus propios ojos del vestido de la inocencia que el pecado había desgarrado, hasta los últimos descubrimientos que el hombre, por la luz de Dios, ha hecho ­se recuerda, transmite y enseña; mientras que lo otro, lo que fue enseñado, mandado, indicado para el espíritu, no se conserva, no se enseña, no se practica.

Muchos del Templo cuchichean. Pero Jesús los calma con un gesto.

-El Padre, de una bondad que el hombre ni con mucho puede pensar, manda a su Siervo a recordar su enseñanza, a reunir a las aves en los lugares de salvación, a darles exacto conocimiento de aquello que es útil y santo, a fundar el Reino en que toda angélica ave, todo espíritu, encontrará gracia y paz, sabiduría y salvación. Y en verdad, en verdad os digo que, de la misma forma que los pájaros nacidos en este lugar en primavera dirán a otros de otros lugares:

“Venid con nosotros, que hay un lugar bueno donde exultaréis con la paz y la abundancia del Señor", siendo así que se verá para el nuevo año nuevos pájaros que afluirán aquí; del mismo modo, de todas las partes del mundo, como dicen los profetas, veremos afluir gran número de espíritus a la Doctrina venida de Dios, al Salvador fundador del Reino de Dios.

Pero entre las aves diurnas están mezcladas en este lugar pájaros nocturnos, rapaces, que alteran el orden, capaces de sembrar terror y muerte entre los pajaritos buenos.

Éstas son las aves que desde hace años, desde una serie de generaciones, son lo que son, y nada las puede desanidar porque sus obras se hacen en las tinieblas y en lugares impenetrables para el hombre.

Éstas, con su cruel mirada, con su vuelo mudo, con su voracidad, con su crueldad, trabajan en las tinieblas, y siembran, ellas inmundas, inmundicia y dolor. ¿A quién podremos compararlas?

A cuantos en Israel no quieren aceptar la Luz que ha venido a iluminar las tinieblas, la Palabra que ha venido a adoctrinar, la Justicia que ha venido a santificar. Para ellos he venido inútilmente. Es más, para ellos soy motivo de pecado, porque me persiguen a mí y persiguen a mis fieles. ¿Qué diré entonces? Una cosa que ya he dicho otras veces:

"Muchos vendrán de oriente y occidente y se sentarán con Abraham y Jacob en el Reino de los Cielos. Pero los hijos de este reino serán arrojados a las tinieblas exteriores".

-¿Los hijos de Dios a las tinieblas? ¡Blasfemas! -grita uno de los miembros del Sanedrín que están en contra. Es la primera salpicadura de la baba de los reptiles que han estado demasiado tiempo callados, y que no pueden seguir callados porque se ahogarían en su propio veneno.

-No los hijos de Dios -responde Jesús.
-¡Lo has dicho Tú! Has dicho: "Los hijos de este reino serán arrojados a las tinieblas exteriores".

-Y lo repito. Los hijos de este reino. Del reino donde señorean la carne, la sangre, la avaricia, el hurto, la lujuria, el delito. Pero éste no es mi Reino, que es Reino de la Luz. Éste, el vuestro, es el reino de las tinieblas.

Al Reino de la Luz vendrán de oriente y occidente, mediodía y septentrión, los espíritus rectos, incluso los que por ahora son paganos, idólatras, despreciables para Israel. Y vivirán en santa comunión con Dios, habiendo acogido dentro de ellos la luz de Dios, en espera de ascender a la verdadera Jerusalén, donde ya no habrá lágrimas ni dolor, y sobre todo, donde no hay mentiras. La mentira que ahora gobierna el mundo de las tinieblas y satura a los hijos de ese mundo hasta el punto de que en ellos no cabe ni una pizca de luz divina. ¡Oh!

¡Que vengan los hijos nuevos a ocupar el lugar de los hijos apóstatas! ¡Vengan! ¡Cualquiera fuere su procedencia, Dios los iluminará y reinarán por los siglos de los siglos!

-¡Has hablado para insultarnos! -gritan los judíos enemigos.

-He hablado para decir la verdad.

-Tu poder está en la lengua; con ella Tú, serpiente nueva, seduces a las multitudes y las perviertes.

-Mi poder está en la potencia que me viene de ser uno con mi Padre.

-¡Blasfemo! -gritan los sacerdotes.

-¡Salvador!… Tú, que yaces a mis pies, ¿qué mal padeces?
-De niño tuve rota la columna, y desde hace treinta años estoy echado sobre la espalda.

-¡Levántate y anda! Y tú, mujer, ¿qué mal padeces?

-Mis piernas penden inertes desde que este que me lleva con mi marido vio la luz -y señala a un joven de al menos dieciséis años.

-También tú levántate y alaba al Señor. Y ese niño ¿por qué no va solo?

-Porque nació idiota, sordo, ciego, mudo. Un amasijo de carne que respira -dicen los que están con el desdichado.
-En el nombre de Dios, recibe inteligencia, palabra, vista y oído. ¡Lo quiero!

Y, realizado el tercer milagro, se vuelve a los enemigos y dice:

-¿Qué decís ahora?

-Milagros de dudoso valor. Si lo puedes todo, ¿por qué no curas a tu amigo y defensor?

-La voluntad de Dios es otra.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ya! ¡Dios! ¡Cómoda disculpa! Si te trajéramos nosotros un enfermo, o mejor dos, ¿los curas?

-Sí. Si lo merecen.

-Espéranos entonces -y se marchan raudos sonriendo maliciosamente.

-¡Ten cuidado, Maestro! ¡Te están tendiendo alguna trampa!» dicen muchos.

Jesús hace un gesto como queriendo decir: « ¡Bah, dejadlos!», y se inclina a acariciar a unos niños que poco a poco se han ido acercando É1 dejando a sus padres; algunas madres también se acercan, y llevan a Jesús a los que todavía andan inseguramente o a los lactantes.

-¡Bendice a nuestras criaturas, Tú, bendito, para que sean amantes de la Luz -dicen las madres.

Y Jesús impone las manos bendiciendo. Ello origina todo un movimiento en la multitud. Todos los que tienen niños quieren la misma bendición, y empujan y gritan para abrirse paso. Los apóstoles, en parte porque están nerviosos por las habituales ruindades de los escribas y fariseos, en parte por compasión hacia Lázaro, en peligro de ser arrollado por la oleada de padres que conducen a los pequeñuelos a la divina bendición, se inquietan, y llaman la atención a unos o a otros gritando, y rechazan a unos o a otros, especialmente a los niños pequeños que han llegado allí solos.

Pero Jesús, dulce, amoroso, dice:

-¡No, no! ¡No hagáis eso! No impidáis nunca a los niños venir a mí, ni les impidáis a los padres traérmelos. E1 Reino es precisamente de estos inocentes. Ellos serán inocentes del gran Delito, y crecerán en mi Fe. Dejad, pues, que los consagre a ella. Los traen a mí sus ángeles.

Jesús está ahora rodeado por un seto hecho de niños mirándolo arrobados, un seto de caritas alzadas, de ojos inocentes, de boquitas sonrientes…

Las mujeres veladas han aprovechado el desorden para dar un rodeo por detrás de la multitud y venir detrás de Jesús, como incitadas por la curiosidad.

Vuelven los fariseos, escribas, etc. etc., con dos que parecen muy enfermos. Uno, especialmente, gime en su camilla, todo cubierto con el manto. El otro está, al menos aparentemente, menos grave, pero ciertamente muy enfermo porque está en los huesos y respira con dificultad.

-Éstos son nuestros amigos. Cúralos. Estos están verdaderamente enfermos. Sobre todo, éste -y señalan al que gime.

Jesús baja los ojos hacia los enfermos, luego los alza de nuevo, hacia los judíos. Asaetea a sus enemigos con una mirada terrible. Erguido detrás del seto inocente de niños, que no le llegan ni a la ingle, parece alzarse sobre una macolla de pureza para ser el Vengador, como si de esta pureza sacara la fuerza para serlo. Abre los brazos y grita:

-¡Embusteros! ¡Éste no está enfermo! Yo os lo digo. ¡Destapadlo! Si no, realmente estará muerto dentro de un instante por este engaño contra Dios.

El hombre salta bruscamente de su camilla gritando:
-¡No, no'. ¡No descargues tu mano sobre mí! ¡Y vosotros, malditos, quedaos con muestras monedas! -y arroja una bolsa a los pies de los fariseos y huye a todo correr…

La gente gruñe, ríe, silba, aplaude…

El otro enfermo dice:

-¿Y yo, Señor? A mí me han sacado de mi cama con la fuerza y ya desde esta mañana me molestan… Pero no sabía que estaba en manos de tus enemigos…

-¡Para ti, pobre hijo, salud y bendición! -y le impone las manos abriendo el seto vivo de los niños.
El hombre levanta por un momento la manta que estaba extendida encima de su cuerpo, mira no sé qué… Luego se pone en pie. Aparece desnudo de los muslos hacia abajo. Y grita, grita hasta quedarse ronco:

-¡Mi pie! ¡Mi pie! ¿Pero quién eres, quién eres, que devuelves las cosas perdidas? -y cae a los pies de Jesús, y se pone otra vez de pie, se pone de un brinco, en equilibrio inestable, encima de su camilla y grita: «¡La enfermedad me roía los huesos! ¡El médico me había arrancado los dedos, me había quemado la carne, me había sajado hasta el hueso de la rodilla! ¡Mirad! ¡Mirad las señales! ¡Y me moría de todas formas! Y ahora… ¡Todo curado! ¡Mi pie! ¡Mi pie recompuesto!… ¡Y ya no tengo dolor! Y siento fuerza y bienestar… ¡El pecho libre…! ¡El corazón sano!… ¡Madre! ¡Madre! ¡Voy a llevarte la alegría!

Hace ademán de echarse a correr. Pero el agradecimiento lo detiene. Vuelve de nuevo donde Jesús y besa continuamente los benditos pies hasta que Jesús no le dice, acariciándole en el pelo:
-Ve. Ve donde tu madre y sé bueno.

Luego mira a sus chasqueados enemigos y dice con voz de trueno:

-¿Y ahora? ¿Qué debería hacer con vosotros? ¿Qué debería hacer, digo a todos los presentes, después de este juicio de Dios?

La muchedumbre grita:

-¡A la lapidación los ofensores de Dios! ¡A muerte! ¡Basta ya de insidiar al Santo! ¡Malditos seáis! -y agarran terruños, ramas, cantos, ya dispuestos a empezar a apedrear.

Los detiene Jesús.

-Esta es la palabra de la multitud, ésta es su respuesta.

La mía es distinta. Digo: ¡Marchaos! No me ensucio descargando mi mano sobre vosotros. El Altísimo, que es mi defensa contra los impíos, se encargará de vosotros.

Los culpables, en vez de callarse, a pesar de tener miedo de la multitud, tienen el descaro de ofender al Maestro, y echando baba de ira gritan:

-¡Nosotros somos judíos y poderosos! ¡Te ordenamos que te vayas! ¡Te prohibimos enseñar! Te expulsamos de aquí. ¡Vete! ¡Vete! ¡Basta ya de ti! Tenemos el poder en nuestras manos y hacemos uso de él, y cada vez más lo haremos, maldito, usurpador…

Quieren todavía decir más cosas, en medio de un tumulto de gritos, llantos, silbidos, cuando la más alta de las mujeres veladas, que ha avanzado con movimiento rápido e imperioso hasta colocarse entre Jesús y sus enemigos, descubre su rostro. Y, con mirada y voz aún más imperiosos, cae su frase, cortante, más zaheridora que un látigo para los galeotes y que una segur para el cuello:

-¿Quién olvida que es esclavo de Roma?

Es Claudia. Vuelve a bajar el velo. Se inclina levemente ante el Maestro. Vuelve a su sitio.

Pero ha sido suficiente. Los fariseos se calman de golpe. Uno solo, en nombre de todos, y con un servilismo arrastrado, dice:

-¡Dómina, perdona! Pero es que Él turba el antiguo espíritu de Israel. Tú, que eres poderosa, deberías impedirlo; haz que lo impida el justo y valeroso Procónsul. ¡A él vida y larga salud!

-No son cosas nuestras. Basta con que no altere el orden de Roma. ¡Y no lo hace! -responde desdeñosa la patricia; luego da una seca orden a sus compañeras y se aleja, yendo hacia una espesura de árboles que hay en el fondo del sendero, y tras los árboles desaparece de la escena, para volver a aparecer montada en el carro chasqueante, cubierto, cuyas cortinas han sido echadas por orden de ella.

-¿Estás contento de habernos expuesto al insulto? -preguntan volviendo al ataque los judíos, fariseos, escribas y otros compañeros.

La muchedumbre grita indignada. José, Nicodemo y todos los que han dado muestras de amistad -y con éstos, sin unirse a ellos pero con palabras iguales, está el hijo de Gamaliel -sienten la necesidad de intervenir reprochándoles su exceso. La discusión pasa de ser de los enemigos contra Jesús a ser de los dos grupos opuestos, de forma que dejan fuera de la disputa al más relacionado con ella.

Y Jesús guarda silencio, con los brazos cruzados, escuchando. Yo creo que despide fuerza para contener a la multitud, y especialmente a los apóstoles, que de la ira que sienten ven rojo.

-¡Tenemos que defendernos y defender! -grita un judío exaltado.
-¡Ya está bien de ver a las turbas siguiéndole hechizadas! -dice otro.
-¡Nosotros somos los poderosos!
-¡Sólo nosotros! Sólo a nosotros se nos tiene que escuchar y seguir -vocea un escriba. -¡Que se marche de aquí! ¡Jerusalén es nuestra! -se desgañita un sacerdote, rojo como un pavo.

-¡Sois pérfidos!
-¡Estáis más que ciegos!
-¡Las turbas os abandonan porque os lo merecéis!
-¡Sed santos, si queréis ser amados!
-¡No se conserva el poder cometiendo vejaciones! ¡El poder se funda en la estima del pueblo hacia quien le gobierna! ­gritan a su vez los del partido opuesto y muchos de la multitud.

-¡Silencio! -impone Jesús.

Y, cuando se hace el silencio, dice:

-La tiranía y las imposiciones no pueden modificar ni los sentimientos íntimos ni las consecuencias del bien recibido. Recojo lo que he dado: amor. Vosotros, persiguiéndome, lo único que hacéis es aumentar este amor que quiere compensarme de vuestro desamor.

¿No sabéis, con toda vuestra sabiduría, que perseguir una doctrina no sirve sino para aumentar su poder, especialmente cuando corresponde en los hechos a lo que se enseña? Oíd una profecía mía, vosotros de Israel.

Cuanto más persigáis al Rabí de Galilea y a sus seguidores, tratando con esa tiranía de anular su doctrina, que es divina, más próspera y extendida por el mundo haréis a esta doctrina. Cada una de las gotas de los mártires que hagáis, esperando triunfar y reinar con vuestros preceptos y leyes corrompidos e hipócritas, que ya no responden a la Ley de Dios, y cada lágrima de los santos vilipendiados, será semilla de futuros creyentes.

Y seréis vencidos cuando creáis que habréis triunfado. Marchaos. Yo también me marcho. Los que me aman que me busquen en los confines de Judea y en Transjordania, o que me esperen allí, porque veloz como relámpago que corre de oriente a occidente será el paso del Hijo del hombre hasta que suba al altar y al trono, como Pontífice y Rey nuevo, y en ellos permanezca, bien firme ante la presencia del mundo, de la creación y de los Cielos, en una de sus muchas epifanías, que solamente saben comprender los buenos.

Los fariseos hostiles y sus compañeros se han marchado. Se quedan los otros. El hijo de Gamaliel lucha dentro de sí por acercarse a Jesús, y, al final, se marcha sin decir nada…
-Maestro, no nos odiarás por ser de sus mismas castas, ¿no? -pregunta Eleazar.

-Nunca pronuncio un anatema contra el individuo por el hecho de que la clase sea rea. No temas -responde Jesús.
-Ahora nos van a odiar… -susurra Joaquín.

-¡Honor para nosotros, si nos odian! -exclama Juan, el miembro del Sanedrín.

-Fortalezca Dios a los que vacilan y bendiga a los fuertes. Yo os bendigo a todos en nombre del Señor -y, abiertos los brazos, da la bendición mosaica a todos los presentes.

Luego se despide de Lázaro y de las hermanas de éste, de Maximino, de las discípulas, y empieza su marcha…

Las verdes campiñas paralelas al camino que va a Jericó lo reciben con su verdor que enrojece ahora por un fastuoso ocaso.

377- Parábola del agua y del junco para María de Magdala, que ha elegido la mejor parte

Comprendo inmediatamente que la figura de la Magdalena ocupa todavía el lugar central, porque lo primero que veo es a ella, vestida con una sencilla túnica de un rosa lila semejante a la flor de la malva. Ningún adorno precioso, los cabellos simplemente recogidos en trenzas sobre la nuca.

Parece más joven que cuando era una obra maestra de tocador.

No tiene ya los ojos altaneros de cuando era la "pecadora", ni la mirada humillada de cuando escuchaba la parábola de la oveja, avergonzada y brillante de llanto de cuando estaba en la sala del fariseo… Ahora tiene una mirada serena, límpida otra vez como la de un niño, y una sonrisa pacífica resplandece en sus ojos.

Está apoyada en un árbol, cerca del linde de la propiedad de Betania, y mira hacia la calle. Espera. Luego lanza un grito de alegría. Se vuelve hacia la casa y grita fuerte, para ser oída, grita con su espléndida voz pastosa y pasional, inconfundible:

-¡Está llegando!… ¡Marta, era como nos habían dicho! ¡El Rabí está aquí! -y corre a abrir la pesada cancilla. No les da a los domésticos el tiempo de hacerlo y sale a la calle con los brazos abiertos, como hace un niño hacia su mamá, y con un grito de amorosa alegría:

-¡Rabbuní mío! -(yo escribo "Rabbuní" porque veo que el Evangelio dice eso. Pero todas las veces que he oído a la Magdalena llamarlo me ha parecido como si dijera "Rabbumí", con la eme y no con la ene), y se postra a los pies e Jesús y se los besa entre el polvo de la calle.

-Paz a ti. María. Vengo a descansar bajo tu techo.

-¡Maestro mío! -repite María levantando la cara con una expresión de reverencia, y de amor que dice muchas cosas… Es gratitud, bendición, alegría, invitación a entrar, y júbilo por el hecho de que entre…

Jesús le ha puesto la mano sobre la cabeza y parece como si la absolviera una vez más.

María se levanta y, al lado de Jesús, vuelve a entrar en el recinto de la propiedad. Entretanto han acudido ya los domésticos y Marta: éstos, con ánforas y copas; Marta sólo con su amor, pero es mucho.

Los apóstoles, sudorosos, beben las frescas bebidas que los criados vierten. Hubieran querido ofrecérselo primero a Jesús, pero Marta se les ha adelantado: ha tomado una copa llena de leche y se la ha ofrecido a Jesús; debe saber que le gusta mucho.

Una vez que los discípulos han apagado su sed, Jesús les dice:

-Id a advertir a los fieles. Por la noche hablaré para ellos.

Los apóstoles, dejado apenas el jardín, se diseminan en distintas direcciones.

Jesús se adentra en él entre Marta y María.
-Ven, Maestro -dice Marta -Mientras llega Lázaro, descansa y repón fuerzas.

Están poniendo pie en una fresca habitación que da al pórtico umbroso, cuando regresa María, que se había alejado a paso rápido. Vuelve con un ánfora de agua, seguida por uno de los domésticos, que trae una jofaina.

Pero es María la que quiere lavar los pies a Jesús. Desata sus sandalias polvorientas y se las da al criado para que las traiga limpias, junto con el manto (también se lo ha dado para que le sacuda el abundante polvo). Luego sumerge los pies en el agua, que está un poco rosada por algún aroma que contiene, los seca, los besa. Luego cambia el agua y ofrece agua limpia a Jesús para las manos. Y, mientras espera a que el criado vuelva con las sandalias, acoclada a los pies de Jesús, se los acaricia, y, antes de meterle las sandalias, se los besa una vez más diciendo:

-¡Santos pies que tanto habéis andado para buscarme!
Marta, con un amor más práctico, va a lo humanamente positivo: pregunta:

-Maestro, ¿además de tus discípulos, quién va a venir?
Y Jesús: -No lo sé con exactitud todavía. Pero puedes preparar para otros cinco además de los apóstoles.
Marta se marcha.

Jesús sale al fresco del jardín umbroso. Lleva simplemente su túnica azul marina. El manto, cuidadosamente plegado por María, queda encima de un arquibanco de la habitación.

María sale al lado de Jesús.

Caminan por paseos bien cuidados, entre parterres floridos, hasta el estanque de los peces, que parece un espejo caído entre el verde. Sólo el zigzagueo argénteo de algún pez y la menudísima lluvia del finísimo surtidor alto y central rompe apenas, acá o allá, el agua límpida. Junto al amplio estanque, que parece un pequeño lago, hay unos lugares para sentarse; de él salen pequeños canales de riego Más exactamente: creo que uno es el que alimenta el estanque y los otros, más pequeños, son los de desagüe y se utilizan para el riego.

Jesús se sienta en un asiento que está colocado justo contra el borde del estanque. María se sienta a los pies de Jesús, en la hierba verde y bien cuidada. En un primer momento no hablan. Jesús, visiblemente, goza del silencio y del descanso en el fresco del jardín. María se deleita en mirarlo.

Jesús juega con el agua cristalina del estanque. Sumerge en ella sus dedos, la peina separándola en pequeñas estelas, y luego deja que toda la mano se sumerja en ese frescor puro.

-¡Qué bonita es esta agua límpida! -dice.
Y María:

-¿Tanto te gusta, Maestro?

-Sí, María. Porque es cristalina. Mira, no tiene ni un vestigio de barro. Hay agua, pero es tan pura que parece que no hay nada, casi como si no fuera un elemento, sino espíritu. Podemos leer en el fondo las palabras que se dicen los pececillos…

-Como se lee en el fondo de las almas puras. ¿No es verdad, Maestro? -y María suspira con una celada nostalgia.

Jesús oye el suspiro cortado, lee la nostalgia celada con una sonrisa, y medica inmediatamente la pena de María.

-¿Dónde tenemos las almas puras, María? Es más fácil que un monte ande que no que una criatura sepa mantenerse pura con las tres purezas. Demasiadas cosas se mueven y fermentan en torno a un adulto. Y no siempre se puede impedir que entren dentro. Sólo los niños tienen el alma angélica, preservada por su inocencia de las cogniciones que pueden transformarse en fango. Por esto los amo tanto.

Veo en ellos un reflejo de la Pureza infinita. Son los únicos que llevan consigo este recuerdo de los Cielos.

Mi Madre es la Mujer de alma de niño. Más aún, es la Mujer de alma de ángel. Cual era Eva cuando salió de las manos del Padre. ¿Te imaginas, María, qué sería la primera azucena florecida en el jardín terrenal? También son muy bonitas estas que hacen de guía a esta agua.

¡Pero la primera que salió de las manos del Creador!…

¡Ah!, ¿era flor o diamante?, ¿eran pétalos o láminas de plata purísima? Pues bien, mi Madre es más pura que esa primera azucena que perfumó el viento. Y su perfume de Virgen intacta llena Cielo y Tierra, y tras él irán los buenos por los siglos de los siglos. El Paraíso es luz, perfume y armonía. Pero si en él no se deleitara el Padre en contemplar a la Toda Hermosa que hace de la Tierra un paraíso, y si el Paraíso no tuviere en el futuro a la Azucena viva en cuyo seno están los tres pistilos de fuego de la Divina Trinidad, quedarían disminuidos en la mitad la luz, el perfume y la armonía, la alegría del Paraíso.

La pureza de la Madre será la gema del Paraíso.

(El Paraíso es luz… Todos los elementos del discurso, considerados en su contexto, no pueden llevar sino a la siguiente interpretación: El Paraíso sin la Virgen estaría disminuido a su mitad, no en la bienaventuranza (que consiste en la posesión y contemplación de Dios, y, en cuanto tal, es inalterable), sino en la preciosidad del pueblo de los bienaventurados, que son como gemas que, todas juntas, valen lo que la gema por excelencia: a Virgen Stma.)

¡Pero el Paraíso es inconmensurable! ¿Qué diríais de un rey que tuviera sólo una gema en su tesoro?, ¿aunque fuera la Gema por excelencia? Cuando Yo abra las puertas del Reino de los Cielos… no suspires, María: para esto he venido -muchas almas de justos y de niños entrarán, estela de candor, detrás de la púrpura del Redentor. Pero serán todavía pocas gemas para poblar los Cielos, pocos para formar los ciudadanos de la Jerusalén eterna.

Y después… cuando los hombres conozcan la Doctrina de verdad y santificación, cuando mi Muerte haya dado de nuevo la Gracia a los hombres, ¿cómo podrían los adultos conquistar los Cielos, si la pobre vida humana es continuo lodo que contamina? ¿Será entonces sólo de los niños el Paraíso? ¡No!, ¡no! Es necesario saber hacerse niños, pero el Reino se abre también para los adultos. Como niños…
Esta es la pureza.

¿Ves esta agua? Parece muy limpia. Pero, observa: basta con que Yo, con un junco, remueva el fondo, para que se vuelva turbia. Afloran detritos, y lodo. Su cristal se pone amarillento y ninguno bebería de ella. Pero si quito el, junco, vuelve la paz, y el agua, poco a poco, vuelve a ser cristalina y bonita. El junco: el pecado. Así sucede con las almas. El arrepentimiento, créeme, es lo que depura…

Llega improvisamente Marta, apurada:

-¿Estás todavía aquí, María? ¡Y yo agobiada!… Pasa el tiempo. Los invitados vendrán pronto y hay muchas cosas que hacer. Las criadas están con el pan, los domésticos desollando y cociendo las carnes, yo estoy con la vajilla, las mesas y las bebidas. Pero todavía hay que coger la fruta y preparar el agua de menta y miel…

María medio escucha las quejas de su hermana. Con una sonrisa dichosa sigue mirando a Jesús, sin cambiar de posición.

Marta invoca la ayuda de Jesús:

-Maestro, mira cómo sudo. ¿Te parece justo que trajine yo sola? Dile que me ayude. Marta está verdaderamente inquieta.

Jesús la mira con una sonrisa mitad dulce mitad un poco irónica, mejor: un poco de broma.

Marta se inquieta un poco más:

-Lo digo de verdad, Maestro. Mira cómo está ociosa mientras yo trabajo. Y está aquí y ve…

Jesús se pone más serio:

-No es ocio, Marta. Es amor. El ocio era antes. Y tú lloraste mucho por aquel ocio indigno. Tu llanto puso más alas a mi marcha para salvarla para mí y devolverla a tu honesto afecto. ¿Vas a querer impedirle amar a su Salvador? ¿Preferirías, entonces, verla lejos de aquí para no verte trabajar, pero lejos también de mí?

¡Marta, Marta! ¿Tendré que decirte, entonces, que ésta (Jesús le pone una mano en la cabeza), venida de tan lejos, te ha superado en el amor? ¿Debo decirte, entonces, que ésta, que no conocía ni una palabra de bien, es ahora docta en la ciencia del amor? ¡Déjala en su paz! ¡Ha estado muy enferma! Ahora es una convaleciente que se cura bebiendo las bebidas que la fortalecen.

Ha vivido muy atormentada… Ahora que se ha liberado de la pesadilla, mira alrededor de sí y hacia dentro de sí, y se descubre nueva y descubre un mundo nuevo. Déjala que se refuerce con ello. Con esta "novedad" suya debe olvidar el pasado, y conquistarse la eternidad… que no será conquistada únicamente con el trabajo, sino también con la adoración. El que dé un pan a un apóstol o a un profeta recibirá recompensa. Sí.

Pero doble recompensa recibirá el que, por amarme, se olvide incluso de comer, porque más grande que la carne habrá tenido el espíritu, que habrá oído voces más fuertes que las de las necesidades -incluso lícitas -humanas.

Tú te preocupas de demasiadas cosas, Marta; ella, de una sola. Pero es la que es suficiente para su espíritu y sobre todo, para su Señor y el tuyo. Deja pasar las cosas inútiles. Imita a tu hermana. María ha escogido la parte mejor, la que no le será arrebatada jamás.

Cuando todas las virtudes queden atrás, al no serles ya necesarias a los ciudadanos del Reino, quedará sólo la caridad, La caridad permanecerá siempre. Ella sola. Soberana. Ella, María, ha escogido la caridad, la ha tomado por escudo y bordón, y con ella, como impulsada por alas de ángel, vendrá a mi Cielo.

Marta agacha su cara avergonzada y se marcha.

-Mi hermana te quiere mucho y se preocupa por darte honor… -dice María para disculparla.

-Lo sé. Y será recompensada por ello. Pero necesita ser depurada de su modo de pensar humano, como se ha limpiado esta agua. ¡Mira cómo se ha aclarado otra vez mientras hablábamos! Marta se depurará por las palabras que le he dicho. Tú… tú por la sinceridad de tu arrepentimiento…

-No. Por tu perdón, Maestro. No bastaba mi arrepentimiento para lavar mi gran pecado…

-Bastaba y bastará a las hermanas tuyas que te imiten; a todos los pobres enfermos del espíritu. El arrepentimiento sincero es filtro que depura; y el amor es sustancia que preserva de todo nuevo emponzoñamiento. Por eso aquellos a quienes la vida hace adultos y pecadores podrán volver a ser inocentes como niños, y entrar como ellos en mi Reino.

Vamos ahora a la casa. Que Marta no esté demasiado en su dolor. Vamos a llevarle nuestra sonrisa de Amigo y hermana.

Dice Jesús:

-No hace falta hacer un comentario. La parábola del agua es comentario de la operación del arrepentimiento en los corazones.

Así tienes completo el ciclo de la Magdalena. De la muerte a la Vida. Es la más grande de las resucitadas de mi Evangelio. Resucitó de siete muertes. Nació de nuevo. Ya has visto cómo, cual planta que da flores, ha alzado del lodo el tallo de su nueva flor, cada vez más alto; y luego la has visto florecer para mí, esparcir fragancia para mí, morir para mí. La has visto pecadora, luego mujer sedienta que se acercaba a la Fuente, luego arrepentida, luego perdonada, luego amante, luego piadosa ante el Cuerpo despojado de vida de su Señor, luego sirviendo a mi Madre, amada por ser Madre mía; en fin, penitente ante el umbral de su Paraíso.

Almas que teméis, aprended a no tener miedo de mí leyendo la vida de María de Magdala. Almas que amáis, aprended de ella a amar con seráfico ardor. Almas que habéis cometido errores, aprended de ella la ciencia que prepara para el Cielo.

Os bendigo a todos para ayudaros a subir. Ve en paz.

376- Lección sobre la obra salvífica de los santos, y condena al Templo corrompido

Muchos discípulos y discípulas ya se han despedido, y han regresado a las casas que los hospedan, o han tomado de nuevo el camino por el que habían venido.

En la espléndida tarde de este Abril ya avanzado, quedan en la casa de Lázaro los discípulos en el verdadero sentido de la palabra, y especialmente los más consagrados a la predicación, o sea, los pastores, Hermas y Esteban, el sacerdote Juan, Timoneo, Hermasteo, José de Emaús, Salomón, Abel de Belén de Galilea, Samuel y Abel de Corazín, Agapo, Aser e Ismael de Nazaret, Elías de Corazín, Felipe de Arbela, José (el barquero de Tiberíades), Juan de Éfeso, Nicolái de Antioquía.

De las mujeres, quedan, además de las discípulas más conocidas, Analía, Dorca, la madre de Judas, Mirta, Anastática, las hijas de Felipe. Ya no veo a Miriam de Jairo, ni al propio Jairo (quizás ha regresado a donde estaba hospedado).

Pasean lentamente por los patios, o también por la terraza de la casa. Alrededor de Jesús, que está sentado junto al triclinio de Lázaro, están casi todas las mujeres y todas las antiguas discípulas. Lo escuchan mientras habla con Lázaro describiendo los pueblos que han atravesado en las últimas semanas que han precedido al viaje pascual.

-Has llegado justo a tiempo de salvar al pequeño -comenta Lázaro después de la narración de lo del castillo de Cesárea de Filipo, señalando al lactante que duerme feliz en los brazos maternos. Y Lázaro añade: « ¡Es un niño muy bonito! Mujer, ¿me lo dejas ver de cerca?

Dorca se levanta y, silenciosamente, pero triunfalmente, ofrece a su hijo a la admiración del enfermo.
-¡Un niño muy bonito! ¡Precioso! Que el Señor te lo proteja y lo haga crecer sano y santo.

-Y fiel a su Salvador. Si no fuera fiel en el futuro, lo querría muerto, ya ahora. ¡Todo menos que, después de haber sido salvado, sea ingrato con el Señor! -dice Dorca firmemente, y vuelve a su sitio.

-Señor llega siempre a tiempo de salvar -dice Mirta, madre de Abel de Belén -El mío no estaba menos cerca de la muerte que el pequeñuelo de Dorca. ¡Y qué muerte! Pero llegó Él… y salvó. ¡Qué hora tan tremenda!…
Mirta palidece todavía al recordarlo…

-Entonces vendrás a tiempo también para mí, ¿no es verdad? Para darme paz… -dice Lázaro acariciando la mano de Jesús.

-¿Pero no estás un poco mejor, hermano mío? -pregunta Marta. Ya desde ayer te veo mejorado…
-Sí. Estoy asombrado yo mismo. Quizás Jesús…
-No, amigo. Es que vierto en ti mi paz. Tu alma está saturada de esta paz, y ello atenúa el sufrimiento de los miembros. Es decreto de Dios que sufras.

-Y que muera. Dilo, dilo. Bien, pues… hágase su voluntad, como Tú enseñas. Desde este momento no volveré a pedir ni curación ni alivio. He recibido tanto de Dios (y mira involuntariamente a María, su hermana), que es justo que con mi docilidad corresponda a lo mucho que he recibido…

-Haz más, amigo mío. Ya es mucho el que uno se resigne y sufra el dolor. Tú, no obstante, da al dolor un valor mayor.

-¿Cuál, mi Señor?
-Ofrecerlo por la redención de los hombres.
-Yo soy también un pobre hombre, Maestro. No puedo aspirar a ser un redentor.

-Lo dices tú. Pero estás equivocado. Dios se ha hecho Hombre para ayudar a los hombres. Pero los hombres pueden ayudar a Dios. Las obras de los justos serán unidas a las mías en la hora de la Redención; de los justos muertos ya hace siglos, de los que viven y de los futuros. Tú, ya desde ahora, agrega las tuyas. ¡Es tan hermoso unirse a la Bondad infinita, agregar a ella aquello que podamos ofrecer de nuestra bondad limitada, y decir:

"Yo también contribuyo, Padre, al bien de los hermanos"! No puede haber amor más grande, hacia el Señor y hacia el prójimo, que este de saber padecer y morir por dar gloria al Señor y salvación eterna a nuestros hermanos. ¿Salvarse uno para sí mismo? Es poco. Es un "mínimo" de santidad. Hermoso es salvar. Darse para salvar. Impulsar el amor hasta convertirnos en hoguera inmoladora para salvar. Entonces el amor es perfecto. Y grandísima será la santidad del generoso.

-Qué bonito es todo esto, ¿no es verdad, hermanas mías? -dice Lázaro con embelesada sonrisa en su rostro afilado.
Marta asiente, emocionada, con la cabeza.
María, que está sentada en un almohadón a los pies de Jesús, en su postura habitual de humilde y ardiente adoradora, dice:

-¿Cuesto yo estos sufrimientos a mi hermano? ¡Dímelo, Señor, para que mi congoja sea completa!…

Lázaro exclama:
-¡No, María, no! Yo… debía morir a causa de ello. No te claves flechas en el corazón.

Pero Jesús, sincero hasta el extremo, dice:
-¡Sí, ciertamente! Yo he oído las oraciones de tu buen hermano, y los latidos de su corazón. Pero esto no debe producirte una angustia gravosa; antes bien, debe darte la voluntad de ser perfecta, por lo que cuestas. ¡Y exulta! Exulta porque

Lázaro, por haberte arrebatado al demonio…
-¡No yo! Tú, Maestro.

…Por haberte arrebatado al demonio, ha merecido de Dios un premio futuro, por el que hablarán de él las gentes y los ángeles. Y, lo mismo que para el caso de Lázaro, también de otros, y especialmente de otras, que han arrancado con su heroísmo la presa de las manos de Satanás.

-¿Quiénes son? ¿Quiénes son? -preguntan curiosas las mujeres, y quizás todas esperan ser ellas, una por una.
María de Judas no habla. Pero mira, mira al Maestro… Jesús también la mira. Podría darle falsas esperanzas. No lo hace. No la mortifica, pero tampoco le infunde falsas esperanzas. Responde a todas:

-Lo sabréis en el Cielo.

La siempre angustiada madre de Judas pregunta:
-¿Y sí una, a pesar de quererlo, no logra el objetivo? ¿Cuál será su destino?

-El que merece su alma buena.

-¿El Cielo? Pero, Señor, una esposa, una hermana, una madre que… que no lograra salvar a aquellos a quienes ama y los viera condenados, ¿podría tener el Paraíso aun estando en el Paraíso? ¿No crees que esa mujer no tendrá jamás alegría, porque… la carne de su carne y la sangre de su sangre habrán merecido condena eterna? Yo creo que no podrá gozar mientras ve a su amado en atroz pena…

-Estás en un error, María. La visión de Dios, la posesión de Dios, son fuentes de una dicha tan infinita, que para los bienaventurados no subsiste ninguna pena. Diligentes y atentos para ayudar todavía a los que pueden ser salvados, no sufren por los que están separados de Dios y, por tanto, de ellos mismos que están en Dios. La comunión de los santos es para los santos.

-Pero si siguen ayudando a los que pueden ser salvados, es señal de que estos que reciben la ayuda no son todavía santos -objeta Pedro.

-Pero tienen voluntad, al menos pasiva, de serlo. Los santos en Dios ayudan incluso en las necesidades materiales para hacer pasar a aquéllos de una voluntad pasiva a una activa. ¿Me comprendes?

-Sí y no. Te pongo un ejemplo. Si yo estuviera en el Cielo y viera, vamos a suponerlo, un movimiento apenas perceptible de bondad en… digamos Elí el fariseo, ¿qué haría?

-Echarías mano de todos los medios para aumentar sus movimientos buenos.
-¿Y si no sirviera para nada? ¿Después?
-Después, una vez condenado, te desinteresarías de él.

-Y si, como sucede ahora, mereciera completamente la condenación, pero lo estimase -cosa que no sucederá jamás ­¿qué debería hacer?

-En primer lugar has de saber que corres peligro de condenarte si dices que jamás lo estimarás; en segundo lugar, has de saber que si estuvieras en el Cielo, formando unidad con la Caridad, pedirías por él, por su salvación, hasta el momento de su juicio. Habrá espíritus que serán salvados en el último momento, después de toda una vida de oración por ellos.

Entra un criado diciendo:

-Ha venido Manahén. Quiere ver al Maestro.

-Que venga. Sin duda querrá hablar de cosas serias.

Las mujeres, discretas, se retiran; los discípulos las siguen. Pero Jesús llama a Isaac, al sacerdote Juan, a Esteban y a Hermas, y de los pastores discípulos, a Matías y a José.

-Conviene que lo oigáis también vosotros que sois discípulos -explica.
Entra Manahén y se inclina.
-La paz a ti -saluda Jesús.
-La paz a ti, Maestro. El sol se está poniendo. Para ti el primer paso después del sábado, mi Señor.
-¿Has tenido una buena Pascua?

-¿Buena? ¡Nada bueno puede suceder donde están Herodes y Herodías! Espero haber comido por última vez el cordero con ellos. ¡A costa de la vida, no prolongo mi permanencia con ellos!

-Creo que cometes un error. Puedes servir al Maestro quedándote -objeta Judas Iscariote.

-Eso es verdad. Y es lo que hasta ahora me ha retenido.

Pero, ¡qué náusea! Podría substituirme Cusa…

Bartolomé le hace una observación:

-Cusa no es Manahén. Cusa es… Sí. Se mueve entre dos aguas. No denunciaría jamás a su señor. Tú eres más franco.

-Eso es verdad. Y es verdad lo que dices. Cusa es el cortesano. Es sensible al hechizo de la realeza… ¿Realeza? ¿Qué estoy diciendo? ¡Del fango regio! Pero se ve rey estando con el rey… Le acongoja la pérdida de la privanza del rey.

La otra noche parecía un lebrel apaleado cuando, casi arrastrándose, se presentó ante Herodes, que lo había llamado tras haber escuchado las quejas de Salomé, a la que Tú habías arrojado de tu presencia. Cusa estaba en un momento muy escabroso. El deseo de salvarse, a toda costa, incluso quizás acusándote a ti, criticándote, estaba escrito en su cara. Pero Herodes…

Quería sólo reírse a espaldas de la muchacha, de la cual ya ha llegado un momento que siente náuseas, como también de la madre de ella. Y se reía como un desquiciado oyendo tus palabras dichas por Cusa. Repetía: "Demasiado, demasiado dulces todavía, para esa joven… (y dijo una palabra tan indecente que no te la digo). Habría debido pisotear sus entrañas insaciables… ¡Pero se habría contaminado!" y reía. Luego, poniéndose serio, dijo:

"Pero… la afrenta, merecida por esa hembra, no se puede permitir para la corona. Yo soy magnánimo (está obsesionado con que lo es, y, dado que nadie se lo dice, pues se lo dice él a sí mismo) y perdono al Rabí, incluso considerando que ha dicho a Salomé la verdad.

Pero quiero que venga a la Corte para perdonarlo del todo.

Quiero verlo, oírlo y hacerle obrar milagros. Que venga y yo me haré protector suyo". Esto decía la otra noche. Y Cusa no sabía qué responder. No quería decirle que no al monarca. Por otra parte, no podía decirle que sí. Porque Tú, ciertamente, no puedes condescender con los caprichos de Herodes. Hoy me ha dicho a mí: "Tú que vas donde Él…

Hazle saber mi voluntad". La hago saber. Pero… ya sé la respuesta. De todas formas dímela, para poder transmitirla.

-¡No!
Un "no" que parece un rayo.
-¿No te crearás un enemigo demasiado fuerte? -pregunta Tomás.
-Y un verdugo también. Pero no puedo responder sino: "no".

-Nos perseguirá…

-Dentro de tres días ya no se acordará -dice Manahén encogiéndose de hombros. Y añade: «Le han prometido unas mimas… Llegan mañana… ¡Se olvidará de todo!…

Vuelve el doméstico:

-Señor -dice a Lázaro -, han venido Nicodemo, José,

Eleazar y otros fariseos y jefes del Sanedrín. Quieren saludarte.

Lázaro mira a Jesús interrogativamente. Jesús comprende:
-Que vengan. Los saludaré de buena gana.

Poco después entran: José; Nicodemo; Eleazar, aquel justo del banquete de Ismael; Juan, aquel del banquete, ya lejano en el tiempo, del de Arimatea; otro, que oigo que le llaman Josué; otro, Felipe; otro, Judas; el último, Joaquín. Saludos sin fin. Menos mal que la sala es grande… si no, ¿cómo habrían podido meter en ella tantas reverencias y tanto abrir de brazos y tantas ampulosidades? Pero, a pesar de ser grande, se llena tanto, que los discípulos deciden desaparecer. ¡Quizás no dan crédito al hecho de no estar bajo el fuego de tantas pupilas de miembros del Sanedrín! Se quedan solamente Lázaro y Jesús.

-Lázaro, sabemos que estás en Jerusalén. ¡Así que hemos venido! -dice el que tiene por nombre Joaquín.

-Me asombra y me alegra. Ya casi que no recordaba tu cara -dice, un poco irónico Lázaro.

-¡Hombre!… ya sabes… Queríamos venir. Pero… habías desaparecido…

-¡Lo cual hubiera sido maravilloso! ¡Efectivamente, es muy difícil visitar a un desdichado!

-¡No! ¡No digas eso! Nosotros… respetábamos tu deseo. Pero ahora que… ahora que… ¿verdad Nicodemo?
-Sí, Lázaro. Los viejos amigos vuelven. Incluso por el deseo de saber noticias tuyas y de venerar al Rabí.

-¿Qué noticias me traéis?
-¡Mmm!… Las cosas de siempre… El mundo… Ya… -miran de reojo a Jesús, que está rígido en su asiento, un poco absorto.

-¿Y cómo es que estáis todos juntos hoy nada más terminar el sábado?

-Ha habido una reunión extraordinaria.

-¿Hoy? ¿Pues qué motivo había tan urgente?…
Los recién llegados miran furtiva y significativamente a Jesús. Pero Él está absorto…

Muchos motivos… -responden luego.
-¿No tienen que ver con el Rabí?
-Sí, Lázaro. También con Él. Pero también se ha juzgado un hecho grave, acaecido mientras estábamos todos reunidos en la ciudad por las fiestas… -explica José de Arimatea.
-¿Un hecho grave? ¿Cuál?

-Un… un error de… juventud… ¡Mmm! ¡En fin! Una grave controversia… porque… Rabí, escúchanos. Estás entre personas honestas. No somos discípulos tuyos, pero tampoco somos enemigos. En casa de Ismael me dijiste que no estaba lejos de la justicia -dice Eleazar.

-Es verdad. Y lo confirmo.

-Y yo te defendí contra Félix en el banquete de José -dice Juan.

-Eso también es verdad.

-Y éstos piensan como nosotros. Hoy hemos sido llamados a decidir… y no estamos contentos de lo que se ha decidido. Porque se han salido con la suya la mayoría, que estaban contra nosotros. Escucha y juzga Tú, que eres más sabio que Salomón.

Jesús los perfora con su profunda mirada. Luego dice:

-Hablad.
-¿Estamos seguros de que nadie nos oye? Porque es… una cosa horrenda… -dice el que se llama Judas.

-Cierra la puerta y corre la cortina, y estaremos en una tumba -le responde Lázaro.

-Maestro, ayer por la mañana dijiste a Eleazar de Anás que no se contaminara por ninguna razón. ¿Por qué se lo dijiste? -pregunta Felipe.
-Porque había que decirlo. Él se contamina, Yo no; los libros sagrados lo dicen.
-Es verdad. Pero ¿cómo sabes que se contamina? ¿Te habló quizás la joven antes de la muerte? -pregunta Eleazar.
-¿Qué joven?

-La que ha muerto después de la violencia, y con ella su madre. Y no se sabe si las ha matado el dolor o si se han matado, o si las han matado con veneno para que no hablaran.

-Yo no sé nada de esto. Veía el alma depravada del hijo de Anás. Sentía su mal olor. Hablé. Ni sabía ni veía más cosas.

-¿Pero qué ha pasado? -pregunta Lázaro con interés.

-Ha pasado que Eleazar de Anás vio a una joven, hija única de una viuda, y… la atrajo a sí con el pretexto de encargarle un trabajo, porque para vivir hacían labores de costura, y… abusó de ella. La joven murió… tres días después, y con ella la madre. Pero, antes de morir, a pesar de las amenazas recibidas, dijeron todo a su único pariente… Y éste fue donde Anás con la acusación. Pero, no contento todavía, se lo dijo a José, a mí y a otros… Anás ha mandado que lo arresten y lo metan en la cárcel.

De ahí pasará a la muerte, o no volverá a ser libre. Hoy Anás ha querido saber nuestra opinión -dice Nicodemo.

-No lo habría hecho, si no hubiera sabido que nosotros ya estábamos al corriente -masculla entre dientes José.
-Sí… Vamos que con una apariencia de votación, con una simulación de juicio, se ha decidido sobre el honor y la vida de tres desdichados y sobre la pena para el culpable -termina Nicodemo.
-¿Y entonces?

-¡Pues entonces! ¡Es natural! Nosotros, que hemos votado por la libertad del hombre y el castigo de Eleazar, hemos sido amenazados y expulsados como personas injustas. ¿Tú qué opinas?

-Que Jerusalén me produce náuseas, y que en Jerusalén el bubón más fétido es el Templo -dice pausada y terriblemente Jesús. Y termina: «Se lo podéis decir a los del Templo».

-¿Y Gamaliel qué ha hecho? -pregunta Lázaro.
-En cuanto oyó el hecho, se tapó la cara y salió diciendo: "¡Venga pronto el nuevo Sansón para acabar con los filisteos depravados!".

-¡Bien ha dicho! Pronto vendrá.

Un momento de silencio.

-¿Y de El no se ha hablado? -pregunta Lázaro señalando a Jesús.

-¡Sí, claro! Antes que de ninguna otra cosa. Ha habido quien ha referido que calificaste de mezquino al reino de Israel. Por eso te han tachado de blasfemo; es más, de sacrílego. Porque el reino de Israel viene de Dios.

-¿Ah, sí? ¿Y cómo ha llamado el Pontífice al violador de una virgen, al profanador de su ministerio? ¡Responded! ­pregunta Jesús.

-Es el hijo del Sumo Sacerdote. Porque el verdadero rey allí dentro es Anás -dice, atemorizado por la majestuosidad de Jesús, Joaquín, que está frente a Él, alto, de pie, con el brazo extendido…

-Sí. El rey de la depravación. ¿Y queréis que no llame mezquino a un País en que tenemos un Tetrarca que es un sucio y un homicida un Sumo Sacerdote cómplice de un violador y asesino?…

-Quizás la joven se ha matado o ha muerto de dolor -susurra Eleazar.

-Asesinada, en cualquier caso, por su violador… ¿Y ahora no se hace una tercera víctima con el pariente, encarcelado para que no hable? ¿Y no se profana el altar acercándose a él con tantos delitos? ¿Y no se ahoga la justicia imponiendo silencio a los justos, demasiado escasos, del Sanedrín? ¡Sí, venga pronto el nuevo Sansón, y abata este lugar profanado; extermine para dar nueva salud!…

Yo, a punto de vomitar, por la náusea que siento, no sólo llamo mezquino a este País desdichado, sino que me alejo de su corazón lleno de podredumbre, lleno de delitos sin nombre, cueva de Satanás… Me marcho. No por miedo a la muerte. Os demostraré que no tengo miedo. Me marcho porque no ha llegado mi hora y no doy perlas a los puercos de Israel, sino que se las llevo a los humildes, diseminados por las cabañas, por los montes, por los valles de los pueblos pobres. Lugares donde todavía se sabe creer y amar, si alguien lo enseña; lugares donde, bajo las toscas vestiduras hay espíritus.

Aquí, por el contrario, las túnicas y mantos sagrados, y más todavía el efod y el racional, sirven para cubrir inmundas carroñas y para contener armas homicidas.

Decid a éstos que en nombre del Dios verdadero los consagro a su condena, y, como nuevo Miguel, los arrojo del Paraíso. Y para siempre. Ellos que quisieron ser dioses y son demonios. No necesitan estar muertos para ser juzgados. Ya están juzgados. Y sin remisión.

Los miembros del Sanedrín y los fariseos, antes solemnes, se arrinconan de tal forma, ante la tremenda ira de Cristo, que parecen hacerse pequeños. Jesús, por el contrario, parece hacerse un gigante, de tanto fulgor como hay en sus miradas y de tanta impetuosidad como hay en sus gestos.

Lázaro gime:

-¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

Jesús lo oye, y, cambiando de tono y aspecto, dice:

-¿Qué te sucede, amigo mío?

-¡No! ¡No con ese aspecto terrible! ¡No eres ya el mismo! ¿Cómo se podrá tener esperanza en la misericordia, si te muestras tan terrible?

-Y, no obstante, así estaré, y más todavía, cuando juzgue a las doce tribus de Israel. Pero, ten valor, Lázaro.

Quien cree en Cristo ya ha sido juzgado…

Se sienta de nuevo. Un momento de silencio. Al final, Juan pregunta: -¿Y nosotros, por haber preferido los improperios a mentir en el ejercicio de la justicia, cómo seremos juzgados? -Con justicia. Perseverad y llegaréis a donde Lázaro ya ha llegado: a la amistad con Dios. Se levantan. -Maestro, nos marchamos. La paz a ti. Y a ti, Lázaro. -La paz a vosotros. Varios suplican: -Que lo que se ha dicho quede aquí. -No temáis. Marchaos. Que Dios os guíe en todos los nuevos actos. Salen.

Se quedan solos Jesús y Lázaro. Después de un poco, éste dice: -¡Qué horror!

-Sí. ¡Qué horror!… Lázaro, voy a preparar la partida de Jerusalén. Seré huésped tuyo en Betania hasta el final de los Ázimos.

Y sale…

375- La cena ritual en casa de Lázaro y el banquete sacrílego en la casa de Samuel

Cuando Jesús entra en el palacio, ve que está invadido por una gran cantidad de personas de servicio que han venido de Betania y se apresuran en los preparativos.

Lázaro, echado en un triclinio y con muchos dolores, saluda con una pálida sonrisa a su Maestro, el cual acelera el paso hacia él y se inclina, todo amor, hacia el triclinio, diciendo:

-Has sufrido mucho con los bamboleos del carro, ¿no es verdad, amigo mío?

-Mucho, Maestro -responde Lázaro, tan postrado que con sólo evocar lo que ha sufrido le vuelven de nuevo las lágrimas a los ojos.

-¡Por culpa mía! ¡Perdóname!

Lázaro coge una de las manos de Jesús y se la lleva a la cara, frota contra ella el carrillo enflaquecido, la besa, y susurra:

-¡No por culpa tuya, Señor! Y estoy muy contento de que celebres conmigo la Pascua… mi última Pascua…

-Si Dios lo quiere, a pesar de todo, celebrarás muchas otras todavía, Lázaro. Y tu corazón siempre estará conmigo.

-Ha llegado mi fin. Me quieres consolar… pero ya es el fin. Y lo siento…
Llora.

-¿Lo ves, Señor? Lázaro no hace más que llorar -dice Marta compasiva -Dile que no lo haga. ¡Se agota!

-La carne tiene también sus derechos. El sufrimiento es penoso, Marta, y la carne llora. Necesita este desahogo. Pero el alma está resignada, ¿no es verdad, amigo mío? Tu alma de justo hace complacientemente la voluntad del Señor…

-Sí… Pero ahora lloro porque Tú, estando tan perseguido, no vas a poder asistirme en la muerte… Me estremece la muerte, tengo miedo de morir… Si estuvieras Tú, no tendría nada de esto. Me refugiaría en tus brazos… y me dormiría así… ¿Cómo voy a lograr morir sin sentir movimientos contra la obediencia a esta tremenda voluntad?

-¡Ánimo, hombre! ¡No pienses en estas cosas! ¿Ves? Haces llorar a tus hermanas… El Señor te ayudará tan paternamente que no sentirás miedo. Son los pecadores los que tienen que tener miedo…

-¿Pero Tú, si puedes, vienes a mi agonía? ¡Prométemelo!
-Te lo prometo. Esto y más todavía.

-Mientras preparan las cosas, cuéntame lo que has hecho esta mañana…

Y Jesús, sentado en el borde del triclinio, con una de las enflaquecidas manos de Lázaro entre las suyas, cuenta can pelos y señales todo lo que ha sucedido, hasta que Lázaro, rendido, se adormece; y Jesús no lo deja ni siquiera entonces; permanece inmóvil para no disturbar ese sueño reparador, y hace señas de que se haga el menor ruido posible, tanto que Marta, después de traer a Jesús algo de comer, se retira de puntillas, corre la tupida cortina y cierra la robusta puerta. El ruido de la casa, toda en movimiento, se atenúa así para transformarse en un susurro apenas sensible. Lázaro duerme. Jesús ora y medita.
Pasan las horas así, hasta que María de Magdala viene a traer una lamparilla, porque cae la tarde y ya se cierran las ventanas.

-¿Duerme todavía? -susurra.

-Sí. Está muy tranquilo. Le viene bien.
-Hacía meses que no dormía tanto… Creo que mucha de su agitación era el miedo a la muerte. Contigo al lado, no hay miedo… a nada… ¡Qué fortuna para él!
-¿Por qué, María?

-Porque te podrá tener a su lado cuando muera. Pero yo…
-¿Por qué tú no?

-Porque Tú quieres morir… y pronto. Y yo, ¿quién sabe cuándo moriré? ¡Haz que muera antes de ti, Maestro!

-No, debes servirme mucho tiempo todavía.

-¡Entonces tengo razón al hablar de la fortuna de Lázaro!
-Todos los amados tendrán su misma fortuna, y más que él.
-¿Quiénes son? ¿Las personas puras, verdad?
-Los que saben amar totalmente. Por ejemplo tú, María.
-¡Oh, Maestro mío!

María se deja caer al suelo, encima de la estera multicolor que cubre el piso de esta habitación, y ahí permanece en adoración a su Jesús.
Marta, buscándola, introduce la cabeza.

-¡Ven, oye! Tenemos que decorar la sala roja para la cena del Señor.

-No, Marta. Dejad esa sala para los más humildes, para los campesinos de Jocanán, por ejemplo.

-¿Pero por qué, Maestro?

-Porque cada pobre es otro Jesús y Yo estoy en ellos. Honrad siempre al pobre al que ninguno ama, si queréis ser perfectas. Para mí preparad en el atrio. Teniendo abiertas las puertas de las muchas habitaciones que dan a él, todos me verán por igual, y Yo veré a todos.

Marta, no demasiado satisfecha, objeta:
-¡Pero Tú en un vestíbulo!… ¡No es digno para ti! …
-Ve, ve. Haz lo que te digo. Es dignísimo hacer lo que el Maestro aconseja.

Marta y María salen sin hacer ruido y Jesús se queda, paciente, velando al amigo que descansa.

Las cenas están en pleno desarrollo: con una poca justa distribución de los invitados, según el punto de vista humano, pero con una visión superior, tendente a dar honor y amor a aquellos que el mundo normalmente no considera.
Así, en la espléndida, regia sala roja, cuya bóveda apoya en dos columnas de pórfido rojo, entre las cuales ha sido colocada la larga mesa, están sentados los campesinos de Jocanán, junto con Margziam e Isaac, más otros discípulos, hasta completar el número adecuado.

En la sala en que tuvo lugar la cena de la noche precedente hay otros discípulos de entre los más humildes. En la sala blanca -un sueño de candor -están las discípulas vírgenes, y con ellas, que son sólo cuatro, están las hermanas de Lázaro y Anastática y otras jóvenes; pero la reina de la fiesta es María, la Virgen por excelencia. En la habitación de al lado, que quizás es una biblioteca -porque está recubierta de altas arcas oscuras que quizás contienen rollos, o los contenían ­, están las viudas y las mujeres casadas; presiden el grupo Elisa de Betsur y María de Alfeo. Y así sucesivamente.

Pero lo que impresiona es ver a Jesús en el atrio marmóreo. Es verdad que el gusto señorial de las dos hermanas de Lázaro ha hecho del cuadrado vestíbulo un verdadero salón luminoso, floreteado, más espléndido que una sala. ¡Pero sigue siendo un vestíbulo! Jesús está con los doce; a su lado, Lázaro y con Lázaro Maximino.
Prosiguen las cenas según el rito… Jesús rebosa de alegría por estar en el centro de todos sus discípulos fieles.

Terminada la cena, bebido el último cáliz, cantado el último salmo, todos los que estaban en las distintas salas afluyen al atrio; pero no caben, dada la presencia de la mesa, que ocupa no poco espacio.

-Vamos a la sala roja, Maestro. Corremos la mesa contra la pared y nos ponemos todos alrededor de ti -sugiere Lázaro, y hace una señal a los criados para que así lo hagan.

Ahora Jesús, sentado en el centro, entre dos columnas de preciado valor, bajo la lámpara rutilante, elevado encima de un pedestal hecho con dos triclinios usados para la cena, parece verdaderamente un rey sentado en el trono en medio de sus cortesanos.

La túnica de lino que se ha puesto antes de la cena resplandece como si estuviera confeccionada con hilos preciosos, y parece aún más blanca en el contraste con el rojo mate de las paredes y el rojo brillante de las columnas. Y su rostro es verdaderamente divino y regio mientras habla o escucha a los que tiene alrededor. Los más humildes -a quienes ha querido tener muy cerca -, sintiéndose amados por los demás fraternalmente, hablan con seguridad, manifestando sus esperanzas y congojas con sencillez y fe.

¡Pero el más feliz entre tantas personas felices es el abuelo de Margziam! No se separa ni un instante de su nieto, goza mirándolo y escuchándolo… De vez en cuando, dado que está sentado junto a Margziam, que está de pie, reclina su cabeza cana en el pecho de su nieto, y éste la acaricia.

Jesús ve este gesto varias veces y pregunta al anciano:
-¿Padre, tu corazón se siente feliz?
-¡Muy feliz, mi Señor! Ni siquiera me parece verdad. Sólo quisiera una cosa…

-¿Cuál?
-Morir, si fuera posible, en esta paz. Pronto por lo menos. Porque el máximo bien ya lo he recibido. Más no puede tener una criatura sobre la faz de la tierra…

Irme… no sufrir más… Marcharme… Como has dicho justamente en el Templo, Señor. "Quien ofrece sacrificios con los bienes de los pobres es como quien degüella a un hijo ante los ojos de su padre.” Lo único que retiene a Jocanán para emular a Doras es el miedo a ti. Está empezando a pasársele el recuerdo de lo que le sucedió al otro.

Sus campos prosperan y él los fertiliza con nuestro sudor.

¿No es el sudor, acaso, un bien de los pobres, su propio yo que se exprime en trabajos superiores a sus fuerzas? No nos pega, nos da lo que hace falta para mantenernos fuertes para el trabajo. Pero, ¿no nos explota más que a los bueyes? Decidlo vosotros, compañeros míos…

Los labriegos de Jocanán -los viejos y los nuevos -asienten.

-¡Mmm! Creo que… Sí, que tus palabras le hacen ser más vampiro que nunca; y a costa de éstos… ¿Por qué las dijiste, Maestro? -pregunta Pedro.

-Porque se las merecía. ¿No es verdad, vosotros de los campos?

-¡Sí! Los primeros meses… fue bien. Pero ahora… peor que antes -afirma Miqueas.

-El cubo del pozo por su propio peso desciende -sentencia el sacerdote Juan.
-Sí, y el lobo pronto se cansa de aparecer como cordero añade Hermas.
Las mujeres hablan bajo entre sí, compasivas. Jesús, dilatados sus ojos por la compasión, mira a los pobres labriegos, afligido de verse impotente para quitarles este peso.

Lázaro dice:
-Había ofrecido sumas locas para conseguir esos campos y dar a éstos la paz. Pero no he logrado hacerme con ellos. Doras me odia. Es semejante en todo a su padre.

-Bueno… pues moriremos así. Este es nuestro destino.

¡Pero bienvenido será el descanso en el seno de Abraham! ­exclama Saulo, otro campesino de Jocanán.
-¡En el seno de Dios, hijo! En el seno de Dios. La Redención se cumplirá, los Cielos se abrirán, y vosotros iréis al Cielo y…

Alguien golpea vigorosamente el portón. Los golpes

retumban fuertes. Nace la alarma entre los presentes.

-¿Quién es?
-¿Quién está por la calle la noche de Pascua?
-¿Soldados?
-¿Fariseos?
-¿Soldados de Herodes?

Pero, mientras la agitación se extiende, aparece Leví, el guardián del palacio:

-Perdona, Rabí dice -hay un hombre que pregunta por ti.

Está en la entrada. Parece muy afligido. Es una persona
anciana; del pueblo llano, me parece. Pregunta por ti. Y con urgencia.

-¡Hala! ¡No es ésta la noche más adecuada para milagros! Que vuelva mañana… -dice Pedro.

-No. Todas las noches son tiempo de milagros y de misericordia -dice Jesús poniéndose en pie; y desciende de su sitial para ir hacia el atrio.

-¿Vas solo? ¡Voy yo también! -dice Pedro.

-No. Quédate donde estás.

Sale al lado de Leví.

En el fondo, junto al pesado portón, en el atrio semioscuro -han sido apagadas las lámparas que antes lo iluminaban ­hay un anciano. Está muy nervioso. Jesús se acerca a él.

-Detente, Maestro. Quizás he tocado un muerto y no quiero contaminarte. Soy el pariente de Samuel, el prometido de Analía. Estábamos consumiendo la cena, y Samuel bebía, bebía, bebía… contra lo que es lícito. Pero es que ese joven, desde hace un tiempo, me parece un desquiciado. ¡Es el remordimiento, Señor! Medio borracho y bebiendo más, decía: "Así no me acordaré de que le he dicho que lo odio.

Porque yo, sabedlo, he maldecido al Rabí". Y me parecía Caín, porque repetía: "Mi iniquidad es demasiado grande.

¡No merezco perdón! ¡Tengo que beber! Beber para no recordar. Porque está escrito que quien maldice a su Dios llevará consigo su pecado y es reo de muerte". Deliraba ya así, cuando ha entrado en la casa un pariente de la madre de Analía para preguntar el porqué del repudio. Samuel, medio borracho, ha reaccionado con malas palabras. El hombre, por su parte, lo ha amenazado con llevarlo al magistrado por el perjuicio que causa al honor de la familia. Samuel ha sido el primero en darle una bofetada.

Se han enzarzado… Yo soy viejo, como también es vieja mi hermana, y viejos son el criado y la criada. ¿Qué podíamos hacer nosotros cuatro, y qué podían hacer las dos niñas, hermanas de Samuel? ¡Podíamos gritar! ¡Podíamos tratar de separarlos! Nada más… Y Samuel ha cogido el hacha con que habíamos preparado la leña para el cordero y le ha dado con ella en la cabeza… No le ha abierto la cabeza porque ha golpeado con el reverso, no con al tajo. Pero el otro ha empezado a tambalearse, borbotando, y se ha caído…

Hemos dejado de gritar… para… para que no viniera gente… Nos hemos atrincherado en casa…

Aterrorizados… Esperábamos que el hombre volviera en sí echándole agua en la cabeza. Pero sigue borbotando, borbotando. Se va a morir, está claro. En algunos momentos parece ya muerto. Yo, en uno de estos momentos, me he marchado para venir a llamarte. Mañana… quizás antes, los parientes buscarán al hombre. En nuestra casa, porque sabían que había venido. Y lo encontrarán muerto… Y matarán a Samuel, según la Ley… ¡Señor! ¡Señor! La deshonra ya ha caído sobre nosotros… ¡Pero esto no! ¡Por mi hermana piedad, Señor! El te ha maldecido… pero su madre te ama… ¿Qué debemos hacer?

-Espérame aquí. Voy Yo -y Jesús vuelve a la sala y desde la puerta, dice:

-Judas de Keriot, ven conmigo.

-¿A dónde, Señor? -dice Judas obedeciendo inmediatamente.
-Lo sabrás. Vosotros todos seguid aquí con paz y amor. Volvemos pronto.

Salen de la sala, del vestíbulo, de la casa. Pronto recorren las calles, desiertas y oscuras. Llegan a la casa fatal.

-¿La casa de Samuel? ¿Por qué?…
-Silencio, Judas. Te he tomado conmigo porque tengo confianza en tu buen sentido.

El viejo se ha dado a reconocer. Entran. Suben al comedor, hasta donde han arrastrado al hombre agredido.

-¿Un muerto? ¡Pero Maestro! ¡Nos contaminamos!
-No está muerto. ¿No ves que respira?, ¿no oyes los estertores? Ahora lo voy a curar…

-¡Pero tiene un golpe en la cabeza! ¡Aquí ha habido un delito! ¿Quién ha sido?… ¡Y en el día del cordero!

Judas está horrorizado.

-Ha sido él -dice Jesús señalando a Samuel, que está en el suelo, en un rincón, hecho un ovillo, más moribundo que el propio moribundo, con estertores de terror como el otro de agonía, cubierta su cabeza con el extremo del manto, para no ver y no ser visto, mirado por todos con horror, por todos menos por la madre, que al horror por el homicida une la angustia por el hijo culpable y condenado ya de antemano por la férrea ley de Israel.

-¿Ves a dónde conduce un primer pecado? ¡A esto. Judas! Empezó siendo perjuro contra la mujer, luego contra Dios; luego se ha hecho calumniador, embustero, blasfemo, luego se ha dado al vino y ahora es un homicida. Así se cae en el poder de Satanás. Judas. Tenlo siempre presente…
Jesús se muestra terrible mientras señala a Samuel con su brazo extendido.

Pero luego mira a la madre, que, agarrada a una contraventana, apenas si se tiene en pie, temblorosa (parece ya cercana a la muerte), y con tristeza dice:

-¡Y así, Judas, se mata, sin más arma que la del delito del hijo, a las pobres madres!… De ella siento compasión. ¡Yo siento compasión por las madres! Yo, el Hijo que no verá compasión hacia su Madre…

Jesús llora… Judas lo mira estupefacto…

Jesús se inclina hacia el moribundo y le pone una mano en la cabeza. Ora. El hombre abre los ojos. Parece como un poco ebrio. Atónito… Pero pronto vuelve en sí.
Hincando los puños contra el suelo, se sienta. Mira a Jesús. Pregunta:

-¿Quién eres?
-Jesús de Nazaret.

-¡El Santo! ¿Por qué aquí junto a mí? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi hermana y su hija? ¿Qué ha sucedido?
Trata de recordar.

-Hombre, tú me llamas santo. ¿Me crees santo entonces?
-Sí, Señor. Tú eres el Mesías del Señor.

-¿Entonces mi palabra es sagrada para ti?
-Sí, Señor.

-Entonces -Jesús se yergue, está majestuoso -…entonces Yo, como Maestro y Mesías, te ordeno que perdones. Has venido aquí y has sido insultado…

-¡Ah! ¡Samuel! ¡Sí!… ¡El hacha! Lo denun…» dice mientras se levanta.

-No. Perdona en nombre de Dios. Te he curado para esto.

Nutres afecto por la madre de Analía porque ha sufrido; pues esta de Samuel sufriría más todavía. Perdona.
El hombre se muestra muy elusivo. Mira con claro rencor al que lo ha herido. Mira a la madre angustiada. Mira a Jesús, que lo domina… No se sabe decidir.

Jesús le abre los brazos y lo arrima contra su pecho, diciendo:

-¡Por amor a mí!

El hombre rompe a llorar… ¡Estar entre los brazos del Mesías, sentir su aliento en los cabellos y un beso que desciende al lugar donde estaba el golpe!… Llora, llora…
Jesús dice:

-¿Sí, no es verdad? ¿Perdonas por amor a mí? ¡Dichosos los misericordiosos! Llora, llora en mi corazón. ¡Salga con el llanto todo rencor! ¡Completamente nuevo! ¡Completamente puro! ¡Así! ¡Manso, manso como debe ser un hijo de Dios!…

El hombre levanta la cara y dice entre lágrimas:
-Sí. Sí. ¡Tu amor es muy dulce! ¡Tiene razón Analía! Ahora la comprendo… ¡Mujer! ¡No llores más! El pasado es pasado. Nadie sabrá nada por boca mía. Goza de tu hijo, si es que puede darte alegría. Adiós, mujer. Regreso a mi casa -y hace ademán de salir.

Jesús le dice:

-Voy contigo, hombre. Adiós, madre. Adiós, Abraham. Adiós, niñas.

No dice una sola palabra a Samuel, el cual, a su vez, no encuentra ninguna palabra.

La madre le quita de la cabeza bruscamente el manto, y, como reacción al momento pasado, se abalanza hacia el hijo:

-¡Da gracias al Salvador, alma dura! ¡Dale gracias, hombre indigno, que no eres otra cosa!…

-Déjalo, déjalo, mujer. Su palabra no tendría valor. El vino lo tiene alelado y su alma está cerrada. Ora por él… Adiós.

Baja las escaleras, alcanza en la calle a Judas y al otro, se libera del anciano Abraham, que quiere besarle las manos, y se pone a andar raudo bajo los primeros rayos de la Luna.

-¿Estás lejos? -pregunta al hombre.
-Al pie del Moria.

-Entonces tenemos que separarnos.
-Señor, me has conservado para los hijos, para mi mujer, para mi vida. ¿Qué debo hacer por ti?

-Ser bueno, perdonar y callar. Jamás, por ningún motivo, debes decir ni una palabra de cuanto ha sucedido. ¿Lo prometes?

-¡Lo juro por el sagrado Templo! A pesar de que me duela el no poder decir que me has salvado…
-Sé un hombre justo y Yo salvaré tu alma. Y esto sí que lo podrás decir. Adiós, hombre. La paz sea contigo.

El hombre se arrodilla, saluda, se separan.
-¡Qué cosas! ¡Qué cosas! -dice Judas, ahora que están solos.

-Sí. Horrendas. Judas, tú tampoco debes hablar.

-No, Señor. Pero, ¿por qué has querido que viniera yo contigo?

-¿No estás contento de mi confianza?
-¡Mucho! Pero…

-Pues porque quería que meditaras sobre esto: a dónde puede conducir la mentira, la avidez de dinero, la crápula y las prácticas inertes de una religión que ha dejado de sentirse, y de practicarse, espiritualmente. ¿Qué era el banquete simbólico para Samuel? ¡Nada! Crápula. Un sacrilegio. Y en él se ha hecho homicida.

Muchos en el futuro serán como él, y con el sabor del Cordero en la lengua -y no del cordero nacido de oveja, sino del Cordero divino -irán al delito. ¿Y por qué sucede eso? ¿Cómo sucede? ¿No te lo preguntas? Pues te lo digo igualmente: porque habrán preparado esa hora con muchos hechos precedentes cometidos, primero por desatenciones, por obstinación después. Recuerda esto, Judas.

-Sí, Maestro. ¿Y qué vamos a decir a los demás?
-Que había uno muy grave. Es verdad.

Tuercen rápidamente por una calle y los pierdo de vista.

374- El día de la Parasceve. Por las calles de Jerusalén y en el barrio de Ofel

Salen del Templo, que hormiguea de gente, para sumergirse en el hormigueo de las calles en que todos se mueven presurosos, atareados en los últimos preparativos pascuales; y los que llegan con retraso buscan afanosamente una habitación, un vestíbulo, un sitio cualquiera, y transformarlo en cenáculo para comer el cordero.

Es fácil así encontrarse. También es fácil no reconocerse, en medio de este gentío que se agolpa, agitado continuamente, y que hace pasar ante los ojos caras de todas las edades, de todas las regiones en que hay israelitas y donde la sangre pura de Israel ha contraído, por mezclas de sangre o simplemente por mimetismo, semejanzas con otras razas. De forma que se ven hebreos que parecen egipcios, y también que, por los labios salientes, las narices chatas y el ángulo facial, parecen cruzamientos con nubienses; otros que, por las caras afiladas, pequeñas, las extremidades gráciles, las miradas perspicaces, delatan su procedencia de las colonias griegas o su mezcla con griegos; mientras que otros, hombres altos y fuertes, de rostros escuadrados, revelan claramente que no son del todo ajenos a los latinos; y hay también muchos que nosotros modernos diríamos que son circasianos o persas, con un vestigio de ojos mongólicos o indios: en los rostros blanquísimos de los primeros, en los rostros aceitunados de los segundos. ¡Un bonito calidoscopio de caras y vestidos! Los ojos se cansan, tanto que es fácil que al final miren sin ver. Pero lo que a uno le pasa desapercibido otro lo observa. Es, pues, comprensible que lo que le pasa desapercibido al Maestro, siempre un poco absorto dentro de sí cuando lo dejan en paz y no le hacen preguntas, lo note uno u otro de los que están con El. Y los apóstoles, los que van más cerca de Jesús, se señalan unos a otros lo que ven, y cuchichean entre sí una serie de comentarios… muy humanos, respecto a las personas señaladas.

Jesús capta uno de estos comentarios incisivos, sobre un ex discípulo que pasa con empaque fingiendo no verlos:
-¿A quién decís esas palabras? -pregunta.

-A ese mochuelo -dice Santiago de Zebedeo mientras lo señala -Ha hecho como que no nos veía. Y no es el único que lo hace. Pero cuando debías curarlo y te buscaba, ¡ah, entonces sabía vernos! ¡A ver si le viene la pústula maligna! -¡¡Santiago!! ¿Con estos sentimientos estás a mi lado y te preparas a comer el cordero? Verdaderamente tú eres más incoherente que él. Él se ha separado con franqueza, cuando ha sentido que no podía hacer lo que Yo decía. Tú te quedas, pero no haces lo que digo. ¿No eres entonces más pecador que él?

Santiago se pone colorado hasta de los compañeros, avergonzado.

-¡Es que duele ver que actúan así, Maestro! -dice Juan, para ayudar a su hermano que ha sido corregido -Nuestro amor se rebela al ver su desamor…

-Sí, ya. ¿Y pensáis que los vais a llevar al amor de esta
forma? Desaires, malas palabras, insultos nunca han llevado a un rival o a uno que piense de forma distinta al punto a donde se querría llevar. Son la dulzura, la paciencia, la caridad ­perseverantes a pesar de todas las negativas -, las que al final consiguen. Yo comprendo vuestro corazón, que sufre al no verme amado, y lo compadezco.

Pero querría percibiros, veros más sobrenaturales en vuestras acciones y en vuestros medios para hacer que me amen. ¡Ánimo, Santiago, ven aquí! No he hablado para avergonzarte. Comprendámonos, amémonos al menos entre nosotros, amigos míos… ¡Que ya hay mucha incomprensión y dolor para el Hijo del hombre!

Santiago, tranquilizado, vuelve junto a Jesús.

Andan un rato en silencio. Luego Tomás interviene bruscamente con una fuerte exclamación:

-¡Pero es una verdadera vergüenza!
-¿El qué? -pregunta Jesús.

-¡Pues la vileza de muchos! Maestro, ¿no ves cuántos fingen que no te conocen?

-¿Y qué? ¿Cambiará, acaso, su modo de actuar una iota de lo que está escrito acerca de mí? No. Sólo para ellos se cambia lo que se podría escribir. Porque en los libros eternos se podría decir de ellos:

"Los discípulos buenos", y se escribirá: "Los que no fueron buenos, aquellos para quienes fue nada la venida del Mesías". Palabra tremenda, ¿sabéis? Peor que la de: "Adán, con Eva, pecó". Porque Yo puedo anular aquel pecado. Pero no podré anular este de renegar del Verbo Salvador… Vamos a torcer por esta parte. Yo me detengo con los hermanos, con Simón Pedro y Santiago en el barrio de Ofel. Judas de Simón se quedará también. Pero Simón Zelote, Juan y Tomás irán al Getsemaní por las bolsas…
-Sí, así no se le atravesará el cordero a Jonás -dice Pedro todavía inquieto. Los otros ríen…

-¡Tranquilo, tranquilo! No te asombres de que tenga miedo. Mañana podrías tener miedo tú.
-¿Yo, Maestro? Es más fácil que el mar de Galilea se transforme en vino que no que tenga miedo yo -afirma Pedro con seguridad.

-Sin embargo… la otra noche… Simón… no parecías muy valiente en la escalera del palacio de Cusa -muerde Judas de Keriot, sin mucha ironía pero… siempre con el sarcasmo suficiente como para punzar a Pedro.
-¡Estaba agitado porque… temía por el Señor! No por otra cosa.

-¡Bien! ¡Bien! Esperemos que no tengamos nunca… miedo a quedar mal nosotros, ¿eh?» responde Judas de Keriot dándole una palmada en el hombro, protector y maligno… En otros momentos su modo de actuar habría desencadenado una reacción. Pero Pedro, desde la noche anterior, vive en estado de… admiración por Judas y lo soporta en todo.

Jesús dice:

-Felipe y Natanael con Andrés y Mateo que vayan al palacio de Lázaro, a decir que estamos yendo.
Se separan estos últimos, y los otros siguen con Jesús. Los discípulos, menos Esteban e Isaac, van con los apóstoles que han sido enviados al palacio.

En el barrio de Ofel, una nueva separación. Los encargados de ir al Getsemaní se encaminan, raudos, junto con Isaac. Esteban se queda con Jesús, los hijos de Alfeo, Pedro, Santiago y Judas Iscariote: y, para no estar parados en el cruce, prosiguen lentamente en la misma dirección de los que van al Getsemaní.

Van precisamente por la callecilla que será recorrida por Jesús entre sus torturadores la noche del Jueves Santo. Ahora, que es hacia mediodía, está vacía de gente. Después de pocos pasos, hay una pequeña placita, con una fuente sombreada por una higuera que abre sus tiernas hojas sobre la balsa del agua quieta.

-Ahí está Samuel de Analía -dice Santiago de Alfeo, que debe conocerlo bien. El joven está para entrar en casa con el cordero… Va cargado también con otros alimentos.
-Se ocupa de la cena pascual también para su pariente -observa Judas de Alfeo.

-¿Pero ahora se ha establecido aquí? ¿No estaba fuera? -dice Pedro.
-Sí. Se ha establecido aquí. Se dice que tiene relaciones con la hija de Cleofás, el fabricante de sandalias. Tiene mucho dinero esa mujer…

-¡Ah! ¿Y por qué dice, entonces, que Analía lo ha abandonado? -pregunta Judas Iscariote.
-¡Es una mentira!

-El hombre se sirve fácilmente de la mentira. Y no sabe que haciéndolo se mete por el camino del mal. Basta el primer paso, un paso, para no poderse ya liberar… Es como el ajonje… es un laberinto… una armadija. Una armadija en bajada… -dice Jesús a Judas

-¡Qué pena! ¡Parecía tan bueno el año pasado ese hombre! -dice Santiago de Zebedeo.

-Sí. Yo creía que imitaría a su prometida en cuanto a entregarse totalmente a ti, haciendo así una pareja de esposos ángeles y siervos tuyos. ¡Vamos que lo habría jurado!… -dice Pedro.

-¡Simón mío! No jures nunca sobre el futuro de un hombre. Es la cosa más incierta que hay. Ningún elemento presente en el momento del juramento puede ser fianza de juramento seguro. Hay delincuentes que se hacen santos, y hay justos, o que tienen apariencia de justos, que se hacen delincuentes -le responde Jesús.

Samuel, entretanto, después de entrar en casa, ha vuelto a salir para ir a la fuente por agua pura… Y ve a Jesús. Lo mira con visible desprecio y lanza un insulto; sí, ciertamente es un insulto, pero es en hebreo y no lo entiendo.

Judas Iscariote se lanza repentinamente hacia delante, lo coge por un brazo y le da unos meneos como si fuera un árbol del que se quisiera hacer caer la fruta madura:

-¿Así hablas al Maestro, pecador? ¡Abajo! ¡De rodillas! ¡Inmediatamente! ¡Pídele perdón, lengua sucia de inmundicia de cerdo! ¡Abajo! ¡o te destrozo!

Es terrible este Judas con esta violencia repentina. Su rostro se altera terriblemente. Inútilmente Jesús trata de calmarlo. Hasta que no ve al blasfemo arrodillado en la tierra fangosa que hay alrededor de la fuente, no afloja la presión.

-Perdón -dice entre dientes el malaventurado, que debe sentirse torturado por la tenaza de los dedos de Judas. Pero lo dice mal. Sólo porque se ve forzado. Jesús responde:

-No guardo rencor. Tú sí, a pesar de lo que dices. La palabra es inútil, si no está acompañada del movimiento del corazón. Tú, en el corazón, blasfemas contra mí todavía. Y con doble culpa; porque me acusas y me odias por un motivo que tu conciencia, en lo profundo, te dice que no es verdad, y porque tú eres el único que ha faltado, no Analía, ni tampoco Yo. Pero te lo perdono todo. Ve y trata de volver a ser honesto y grato a Dios.

Déjalo, Judas.

-Me marcho. ¡Pero te odio! Me has pervertido a Analía y te odio…

-De todas formas, te consuelas con Rebeca, hija del fabricante de sandalias; y te consolabas con ella ya desde cuando Analía era tu prometida y, estando enferma, pensaba sólo en ti…

-Me veía ya sin mujer… eso pensaba… y me buscaba esposa… Ahora he vuelto a Rebeca porque… porque…

Analía no me acepta -dice Samuel disculpándose, al ver descubiertos sus enjuagues.

Judas Iscariote termina:

…Y porque Rebeca es muy rica. Fea como una sandalia destaconada… y vieja como una suela perdida en el sendero… pero rica, eso sí, rica… -y ríe sarcásticamente mientras el otro huye.

-¿Cómo lo sabes? -pregunta Pedro.
-¡Es fácil saber dónde hay vírgenes y dinero!
-¡Bien! ¿Vamos por esa calle estrecha, Maestro? Esta plaza es un horno de pan. Allí hay sombra y ventilación -suplica Pedro, que está sudando.

Y caminan, despacio porque esperan a los otros de regreso. La pequeña calle está desierta.

Una mujer se separa de una puerta y viene a postrarse a los pies de Jesús llorando.

-¿Qué te pasa?
-¡Maestro!… ¿Ya te has purificado?
-Sí. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque quería decirte… Pero no te puedes acercar a él. Es todo podredumbre… El médico dice que está infectado. Después de la Pascua voy a llamar al sacerdote… y… Hinnon lo recibirá. No me culpes. No lo sabía… Trabajó durante muchos meses en Joppe y me volvió así, diciendo que se había herido. Usé bálsamos y lavados con aromas…

Pero no aprovechaban. Consulté a un herbolario. Me dio polvos para la sangre… Separé a los hijos… separé la cama… porque… me empezaba a dar cuenta. Empeoró. Llamé a un médico. Me dijo: "Mujer, tú sabes tu deber y yo el mío.

Esto es herida de lujuria. Sepáralo de ti; yo lo separaré del pueblo; el sacerdote, de Israel. Tenía que haber reflexionado cuando ofendía a Dios, te ofendía a ti y se ofendía a sí mismo. Ahora que pague". Obtuve el silencio suyo hasta el día siguiente de los Ázimos.Pero, si Tú tuvieras piedad del pecador, y de mí, que todavía lo amo, y de los cinco hijos inocentes…

-¿Qué quieres que te haga? ¿No crees que quien ha pecado es justo que expíe?

-¡Sí, Señor! ¡Pero Tú eres la Misericordia viviente!

Toda la fe de que una mujer es capaz está presente en la voz, en la mirada, en el gesto de la mujer arrodillada con los brazos extendidos hacia el Salvador.
-¿Y él que tiene en su corazón?

-Humillación… ¿Qué otra cosa podría tener, Señor?
-¡Sería suficiente un movimiento sobrenatural de arrepentimiento, de justicia, para obtener piedad!…

-¿Justicia?

-Sí. Decir: "He pecado… Mi pecado merece esto y mucho más, y a los que he ofendido les pido misericordia".

-Yo ya se la he dado. Tú, Dios, dásela. No puedo decirte: entra… Ya ves que no te toco ni siquiera yo… Pero, si quieres, lo llamo, y le digo que hable desde la terraza.

-Sí.

La mujer mete la cabeza dentro de la puerta de casa y llama fuerte:

-¡Jacob! ¡Jacob! Sube al tejado. Asómate. No temas.

El hombre, pasados unos momentos, se asoma por el antepecho de la terraza. Una cara amarillenta, hinchada; vendados el cuello y una mano… Una ruina tábida de hombre… Mira con los ojos aguosos propios del enfermo de innobles enfermedades. Pregunta:

-¿Quién me requiere?

-¡Jacob, está aquí el Salvador!…

La mujer no dice nada más, pero parece como si quisiera hipnotizar al enfermo, infundirle su pensamiento…

El hombre, sea porque siente este pensamiento de ella, sea por un movimiento espontáneo, extiende los brazos y dice:

-¡Libérame! ¡Creo en ti! ¡Es horrible morir así!

-Es horrible faltar al propio deber. ¿No pensabas en ésta, ni en los hijos?

-Piedad, Señor… Por ellos, por mí… ¡Perdón! ¡Perdón!
Y se deja caer encima del murete, llorando. Las manos, vendadas, sobresalen con todo el brazo, descubierto ahora por haberse subido la manga, con manchas por las ya próximas pústulas, hinchado, repelente… El hombre, así como está, parece una marioneta macabra, un cadáver arrojado allí, ya próximo a la descomposición: da pena y náusea al mismo tiempo.

La mujer llora, todavía en el polvo del suelo, de rodillas.

Jesús parece esperar aún una palabra… que, por fin, baja, entre sollozos:

-¡Elevo mi dolor a ti contrito de corazón! Dame al menos la promesa de que ellos no sufrirán hambre… y luego… me marcharé, resignado, a expiar. ¡Y salva mi alma, Salvador bendito! ¡Al menos mi alma! ¡Al menos mi alma!

-Sí. Te curo. Por los inocentes. Para darte el modo de mostrarte justo. ¿Comprendes? Recuerda que el Salvador te ha curado. Dios, por el modo en que respondas a esta gracia, te absolverá de tus pecados. Adiós. La paz a ti, mujer.

Y se marcha, casi corriendo, al encuentro de los que regresan del Getsemaní. Ni siquiera los gritos del hombre, que siente y ve que se está curando, lo detienen, ni tampoco los de la mujer…

-Vamos a torcer por esta callejuela, para no pasar otra vez por allí -dice Jesús después de haberse reunido con los otros.

Entran por una callejuela miserable, tan estrecha que a duras penas dos pasan de lado, y, si viene por ella un burro con albardas, no queda otra solución sino aplastarse contra la pared como un sello. Hay penumbra, por los tejados que casi se tocan, y soledad, silencio y mal olor. Van en fila, como si fueran frailes, hasta el final de la callejuela miserable. Luego, en una placita llena de muchachos, se reúnen otra vez en grupo.

-¿Por qué has dicho esas palabras a aquel hombre? No las usas nunca… -pregunta curioso Pedro.
-Porque aquel hombre será uno de mis enemigos. Y este pecado agravará el que ya tiene.

-¡¿Y lo has curado?! -preguntan todos, estupefactos.
-Sí. Por los pequeñuelos inocentes.

-¡Mmm! Volverá a enfermar…
-No. De la vida del cuerpo, después del susto y el sufrimiento pasados, tendrá cuidado; no volverá a enfermar.

-Pero dices que pecará contra ti. Yo le quitaba la vida.
-Tú eres un hombre pecador, Simón de Jonás.
-Y Tú demasiado bueno, Jesús de Nazaret -replica Pedro.

Los absorbe una calle central y ya no veo nada más. Nota mía. (de María Valtorta.-) Reconozco tanto al hombre curado como a Samuel. El primero es el que, en la Pasión, golpea con una piedra a Jesús en la cabeza. Reconozco más que a él a su mujer, doliente ahora como entonces; y la casa, que tiene una puerta sui generis, alta, sobre tres peldaños. Y lo mismo, con la máscara de odio que lo transforma, reconozco en Samuel al joven que mata a su madre de una patada, para poder ir a golpear al Maestro con un garrote.

373- El día de la Parasceve. En el Templo

Jesús entra en el Templo.

Y, desde sus primeros pasos en él, es fácil comprender el humor de los ánimos hacia el Nazareno: miradas hostiles; órdenes a los miembros de la guardia del Templo de vigilar al «conturbador», órdenes dadas abiertamente, para que todos vean y oigan; palabras de desprecio para los que vienen con Él; incluso empujones voluntarios a los discípulos…

En fin, el odio es tal, que los relumbrantes fariseos, escribas y doctores asumen posturas y acciones de mozos de cuerda o peor todavía: y están tan cegados por el rencor, que no piensan que se rebajan mucho, incluso como hombres, actuando así.

Jesús pasa tranquilo, ¡como si ni siquiera se refiriera a Él eso que hacen! Es el primero en saludar, en cuanto ve a algún personaje que, por grado sacro o por poder, es un "superior" del mundo hebreo.

Y, si éste no responde al saludo correcto que Jesús le dirige, no por ello Jesús cambia de actitud. Eso sí, su rostro, cuando se vuelve de uno de estos soberbios hacia uno o varios de los muchos humildes que hay, toma un aspecto de sonrisa dulcísimo.

Y muchos son los mendigos y enfermos pobres que ayer ha recogido y que, debido a la suerte imprevista que han tenido, pueden celebrar una Pascua como quizás desde hacía años no celebraban.

Ahora, reunidos en grupos, en pequeñas sociedades nacidas espontáneamente, van a comprar los corderos que habrán de ser inmolados, contentos de ser -ellos que eran los despreciados -iguales que los demás, en vestidos y posibilidades. Y Jesús se para, benigno, a escucharlos: sus propósitos, sus narraciones de asombro, sus bendiciones…

Ancianos, niños, viudas, enfermos ayer, ahora curados; miserables ayer, andrajosos, hambrientos, despreciados, hoy vestidos, ¡y felices de ser hombres como los demás en estos días de la gran fiesta de los Ázimos!

Las voces -muy variadas: desde las de plata de los pequeñuelos a las temblorosas de los viejos, y, entre estos dos extremos, las voces vibrantes de las mujeres -saludan, acompañan, siguen a Jesús. Llueven los besos en sus vestiduras y en sus manos. Y Jesús sonríe y bendice, mientras sus enemigos, lívidos de rabia por la gran luminosidad de paz que hay en Él, se concomen de ira impotente.

Capto fragmentos de lo que dicen unos u otros…
-¡Tienes razón! Pero a nada que hagamos nos destrozan -(y un fariseo señala al pueblo que se apiña en torno a Jesús).

-¡Fijaos! Nos ha recogido, nos ha dado de comer, nos ha vestido, nos ha curado, y muchos, por medio de los discípulos ricos, han encontrado trabajo y asistencia. Pero la verdad es que todo ha venido por Él. ¡Que Dios lo salve siempre! -dice un hombre que quizás ayer estaba enfermo y mendigaba.

-¡Claro, así yo también! ¡Este sedicioso compra a la plebe así, para lanzarla contra nosotros! -gruñe entre dientes un escriba, hablando con un colega.

-Una discípula suya ha tomado mi nombre, y me ha dicho que vaya a su casa después de la Pascua, que me va a llevar a los campos que tiene en Béter. ¿Comprendes, mujer? Yo y mis hijos. Voy a trabajar. Pero, ¿qué es trabajar cuando hay protección y seguridad? ¡Es una alegría! Y mi Leví ya no tendrá que destrozarse trabajando en los cereales, porque la discípula que se hace cargo de nosotros lo va a poner en las rosaleras… ¡Vamos, te digo que un juego!

¡El Eterno dé gloria y bien a su Mesías! -dice 1a viuda de la llanura de Sarón a una israelita de clase más bien rica que le está preguntando.

-¡Oh! ¿Y yo no puedo?… ¿Estáis ya todos situados, todos a los que ayer ha recogido? -dice la mujer rica israelita.
-No, mujer. Hay todavía otras viudas con hijos, y otros hombres.

-Quisiera decirle que si me concede la gracia de ayudarle.
-¡Llámalo!
-No me atrevo.
-Ve tú, Leví mío, a decirle que una mujer quiere hablar con Él…

El niño va raudo y refiere esto a Jesús.
Entretanto, un saduceo trata con violencia a un anciano, que pontifica en medio de una masa de gente venida de la Transjordania y que teje el elogio del Maestro de Galilea.
El anciano se defiende diciendo:

-¿Qué estoy haciendo de malo? ¿Querías que te alabara a ti? Bastaría con que hicieras lo que hace Él. Pero tú -que Dios te perdone -desprecias las canas y la miseria en vez de amarlas; falso israelita, que no respetas el Deuteronomio teniendo piedad de los pobres.

-¿Estáis oyendo? ¡Este es el fruto de la doctrina del agitador! Enseña a la plebe a ofender a los santos de Israel.

Le responde un sacerdote del Templo:

-Pero la culpa es nuestra si sucede esto. No hacemos más que amenazar, sin traducir en acción las amenazas.
…Jesús, mientras tanto, dice a la mujer de Israel:

-Si verdaderamente te comprometes a ser madre de los huérfanos y hermana de las viudas, ve al palacio de Cusa, al Sixto. Di a Juana que te mando Yo. Ve, y fructifique tu tierra como la del Edén por tu piedad, y más aún fructifique tu corazón en un amor cada vez mayor a tu prójimo.

En esto, ve a los miembros de la guardia que arrastran al anciano que había hablado antes. Grita.:
-¿Qué le hacéis a ese anciano? ¿Qué ha hecho?
-¡Ha insultado a los oficiales que le reprendían!
-¡No es verdad! Un saduceo ha arremetido contra mí porque hablaba de ti a aquellos peregrinos. Y, como ha levantado contra mí su mano, porque soy viejo y pobre, le he dicho que es un falso israelita que pisotea las palabras del Deuteronomio.

-Soltad a ese anciano. Está conmigo. Su boca ha expresado la verdad. No la sinceridad: la Verdad. Dios habla por los labios de los niños, pero también por los de los ancianos.

Está escrito: "No desprecies al hombre en su vejez, porque son de los nuestros los que envejecen". Y también: "No desprecies las palabras de los ancianos sabios: antes bien, te sean familiares sus máximas, porque de ellos aprenderás la sabiduría y las enseñanzas de la inteligencia". Y también: "Donde hay ancianos no hables mucho".

Recuerde esto Israel, esa parte de Israel que quiere llamarse perfecta, porque en caso contrario el Altísimo sabe cómo desmentirla. Padre, ven a mi lado.

El anciano, de porte señorial, va donde Jesús, mientras los saduceos, afectados por el reproche, se marchan airados.

-Soy una mujer hebrea de la Diáspora, Rey esperado. ¿Podría servirte como esa mujer que has enviado a Juana? -dice una que me recuerda en todo a la que, de nombre Nique, enjugó el rostro de Jesús en el Gólgota y obtuvo el Sudario. Pero las hebreas son muy semejantes entre sí, y pasados ya meses desde aquella visión, podría equivocarme.
Jesús la mira. Ve a una mujer de unos cuarenta años, bien vestida, de maneras francas. Le pregunta:

-¿Eres viuda, no es verdad?
-Sí, y sin hijos. He vuelto hace poco y he adquirido unas tierras en Jericó. Para estar cerca de la Ciudad Santa. Pero ahora veo que Tú eres más grande que ella. Y te sigo. Y te ruego que me recibas a tu servicio. Sé de ti por discípulos. Pero superas lo que ellos cuentan.
-De acuerdo. Concretamente, ¿qué quieres?

-Ayudarte en los pobres y, según mis posibilidades, hacer que seas amado y conocido. Conozco a muchos de las colonias de la Diáspora, porque he seguido a mi marido en sus actividades comerciales. Dispongo de medios y me basta con poco, así que puedo hacer mucho; y quiero hacer mucho, por tu amor y para sufragio del espíritu de aquel que me tomó, virgen, hace veinte años, y fue para mí dulce compañero hasta el último suspiro. Parecía profetizar cuando moría. Decía:

"Cuando muera, entrega a la tumba la carne que te amó, y ve a nuestra patria. Encontrarás al Prometido. ¡Tú lo verás! Búscalo. Síguelo. Es el Redentor y Resucitador, y me abrirá las puertas de la Vida. Sé buena para ayudarme a estar preparado cuando abra los Cielos a los que no tengan ya deudas con la Justicia; y sé buena para merecer encontrarlo pronto. Jura que lo harás y que cambiarás en fortaleza hacendosa las estériles lágrimas de una viudez. Ten, esposa, a Judit como ejemplo tuyo, y todas las naciones conocerán tu nombre"̣

¡Pobre esposo mío! Lo único que pido es que me conozcas Tú…
-Te conoceré como discípula buena. Ve tú también donde Juana, y que Dios esté contigo…

..Pesados como abejas, vuelven al asalto los enemigos de Jesús, mientras Él, inmolado el cordero y habiendo esperado a que fueran inmolados los que habían tomado los discípulos para tener los necesarios para tantos, regresa hacia las murallas del Templo.

-¿Cuándo tienes pensado acabar con estas ostentaciones de rey? ¡Tú no eres rey! ¡Tú no eres profeta! ¿Hasta cuándo vas a abusar de nuestra bondad, hombre pecador, rebelde, causa de mal para Israel? ¿Cuántas veces te tenemos que decir que no tienes derecho a venir aquí como rabí?

-He venido a inmolar el cordero. No podéis impedírmelo. No obstante, os recuerdo a Adonías y Salomón.
-¿Qué tienen que ver con esto? ¿Qué quieres decir? ¿Eres Tú Adonías?

-No. Adonías se hizo rey fraudulentamente, pero la Sabiduría velaba y aconsejaba, de forma que fue rey sólo Salomón. Yo no soy Adonías, sino Salomón.

-¿Y Adonías quién es?
-Todos vosotros.

-¿Nosotros? ¡Atento a lo que dices!
-Hablo con verdad y justicia.

-Observamos todos los puntos de la Ley, creemos en los profetas y…

-No. No creéis en los profetas. Ellos me nombran, y vosotros no creéis en mí. No. No observáis la Ley. La Ley aconseja obras justas. Vosotros no las hacéis. Ni siquiera son rectas esas ofrendas que venís a hacer.

Está escrito: "Inmunda es la ofrenda de quien sacrifica bienes malamente adquiridos". Está escrito: "El Altísimo no acepta los dones de los inicuos, no vuelve su mirada hacia sus oblaciones, ni perdonará sus pecados porque acumulen muchos sacrificios".

Está escrito: "Quien ofrece sacrificio con los bienes de los pobres es como quien degüella a un hijo ante los ojos de su padre". ¡Esto está escrito, Jocanán! Está escrito:

"El pan de los indigentes es la vida de los pobres, quien se lo arrebata es un asesino". ¡Esto está escrito, Ismael!
Está escrito: "Quien arrebata el pan del sudor es como si matara al pobre". ¡Esto está escrito, Doras hijo de Doras!
Está escrito: "Quien vierte la sangre y quien quita su jornal al jornalero son hermanos". ¡Esto está escrito, Jocanán, Ismael, Cananías, Doras, Jonatán. Y recordad también que está escrito:

"Quienquiera que sea el que cierre sus oídos a los gritos de los pobres, gritará también él y no será escuchado".
Y tú, Eleazar ben Anás, recuerda, y recuerda a tu padre, que está escrito: "Mis sacerdotes han de ser santos y no se contaminarán por ningún motivo".

Y tú, Cornelio, ten presente que está escrito: "Quien maldiga a su padre y a su madre sea muerto", y no es muerte sólo la que procura el verdugo: una muerte mayor espera a los que pecan contra los padres, eterna, tremenda muerte.

Y tú, Tolmé, recuerda que está escrito: “Al que practica la magia lo extermino Yo".

Y tú, Sadoq, escriba de oro, recuerda que entre el adúltero y su paraninfo en el adulterio no hay diferencia a los ojos de Dios; y está escrito que quien jura lo falso es consumido por las llamas sin fin. Y di a aquel que lo ha olvidado que quien toma a una virgen y saciado ya, la separa de sí con acusaciones falsas, recibe condena. ¡No aquí! En la otra vida: por la mentira, el juramento falso, el daño contra la esposa, y por el adulterio.

¿Qué sucede? ¿Huís? ¿Ante el inerme que dice palabras no suyas, sino de aquellos a quienes vosotros citáis como santos en Israel? De forma que no podéis decir que el inerme sea un blasfemo, porque, si lo dijerais, llamaríais blasfemos a los libros sapienciales y a los libros mosaicos, que han sido dictados por Dios.

¿Huís ante el inerme? ¿Son, acaso, piedras mis palabras? ¿0 es que despiertan en vosotros, golpeando en el bronce duro de vuestro duro corazón, la conciencia, y la conciencia siente el deber de purificarse -ella y no sólo los miembros -en esta Parasceve, para poder consumir, sin pecado de impureza, e1 cordero santo? ¡Oh, si así es, gloria al Señor!

Porque, os lo digo a vosotros que queréis ser alabados como sabios, verdadera sabiduría es conocerse a sí mismo, reconocer los propios errores, arrepentirse de ellos e ir a los ritos con "verdadera" devoción, o sea, con culto y rito en el alma, y no rito externo… -¡Se han marchado!
Vámonos también nosotros, a dar paz a quien nos espera…

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