por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
¡Ciertamente no brillan por su heroísmo los que siguen a Jesús! La noticia que ha traído Judas es semejante a la aparición de un gavilán en una era llena de pollitos; o de un lobo en el ribazo, cercano a m rebaño. Terror, o por lo menos agitación, se ven en, al menos, nueve décimos de los rostros presentes, y especialmente de los rostros masculinos.
Yo creo que muchos tienen ya la impresión del filo de la espada o del azote contra la epidermis, y a decir poco piensan que tendrán que experimentar las mazmorras de las cárceles en espera de juicio. Las mujeres están menos agitadas.
Más que agitadas, están preocupadas por los hijos o los maridos y aconsejan a unos o a otros que desaparezcan en pequeños grupos diseminándose por los campos.
María de Magdala arremete contra esta ola de miedo exagerado:
-¡Cuántas gacelas hay en Israel! ¿No os da vergüenza temblar de ese modo? Os he dicho que en mi residencia estaréis más seguros que en una fortaleza. Así que venid. Os aseguro, y empeño mi palabra, que no os sucederá nada de nada. Si, además de los que ya ha designado Jesús, hay otros que piensan que estarán seguros en mi casa, que vengan.
Hay camas o divanes para una centuria. ¡Vamos, decidid, en vez de acoquinaros! Lo único que ruego a Juana es que ordene a sus criados seguirnos con provisiones. Porque en nuestra casa no hay comida para tantos, y ya es de noche. Una buena comida es la mejor medicina para dar nuevas fuerzas a los pusilánimes.
Y no sólo está majestuosa con su túnica blanca, sino que tiene también una buena dosis de ironía en sus espléndidos ojos mientras mira, desde su alta estatura, a este rebaño aterrorizado que se apiña en el vestíbulo de Juana.
-Me encargo enseguida. Podéis marcharos, que Jonatán os seguirá con los criados; y yo iré con él, os lo aseguro, tan sin miedo que voy a llevar conmigo a los niños -dice Juana.
Se retira a dar las indicaciones oportunas, mientras los de vanguardia del aterrado ejército asoman cautos la cabeza por el portal, y, viendo que no hay nada temible, se aventuran a salir a la calle y a encaminarse seguidos por los otros.
El grupo virginal va en el centro, inmediatamente después de Jesús, que está en las primeras filas. Detrás… ¡oh, detrás de las vírgenes las mujeres, y luego los más… vacilantes en el coraje, cubiertas sus espaldas por María de Lázaro, que se ha unido a las romanas, decididas a no separarse de Jesús tan pronto! Pero luego María de Lázaro, rauda, va adelante a decir algo a su hermana, y las siete romanas se quedan con Sara y Marcela, que se mantienen también en la retaguardia por orden de María, quien intenta que pasen aún más desapercibidas las siete romanas.
En esto, llega, a paso rápido, Juana, trayendo de la mano a los niños; detrás de ella, Jonatán con los criados cargados de bolsas y cestas. Estos se ponen en la cola de la pequeña multitud que, a decir verdad, pasa desapercibida de todos, porque en las calles pululan grupos dirigidos a las casas o a los campamentos, y la penumbra hace menos reconocibles las caras. Ahora María de Magdala, junto con Juana, Anastática y Elisa, va en primera fila, guiando hacia su residencia, por callejuelas secundarias, a sus huéspedes.
Jonatán camina casi a la altura de las romanas, y les dirige la palabra como si fueran siervas de las discípulas más ricas. Aprovecha Claudia para decirle:
-Hombre, te ruego que vayas a llamar al discípulo que ha traído la noticia. Dile que venga aquí. Pero dilo sin llamar la atención. ¡Ve!
El vestido es humilde, pero el modo es, involuntariamente, potente, como de persona habituada a mandar. Jonatán abre mucho sus ojos tratando de ver, a través del velo bajado, quién le habla así. Pero no logra ver sino el centelleo de dos ojos imperiosos. Debe intuir que no es una sierva la mujer que le habla, y antes de obedecer hace una reverencia.
Llega adonde Judas de Keriot, que va hablando animadamente con Esteban y Timoneo, y le tira de la túnica.
-¿Qué quieres?
-Tengo que decirte una cosa.
-Dila.
-No. Ven atrás conmigo. Te requieren, creo que para una limosna…
La disculpa es buena y es aceptada con tranquilidad por los compañeros de Judas y con entusiasmo por él, de forma que, ligero, se retrasa junto con Jonatán.
Ya está en la última fila.
-Mujer, aquí tienes al hombre que querías -dice Jonatán a Claudia.
-Te quedo agradecida por este servicio -responde ella, que permanece velada. Y luego, dirigiéndose a Judas: «Ten a bien quedarte n momento a escucharme».
Judas, que oye un modo de hablar muy refinado y ve dos ojos espléndidos a través del velo sutil, y sintiéndose quizás próximo a una gran aventura, acepta sin poner dificultad.
El grupo de las romanas se separa. Se quedan, con Claudia, Plautina y Valeria; las otras siguen adelante. Claudia mira alrededor, ve que la callecita en que se han detenido está solitaria, y, con su bellísima mano, aparta el velo y descubre la cara.
Judas la reconoce y, pasado un momento de estupor, se inclina para saludar con una mezcla de gestos judíos y palabra romana:
-¡Dómina!
-Sí. Yo. Yérguete y escucha. Tú amas al Nazareno. Te preocupas por su bien. Eso es correcto. Es una persona virtuosa y se le debe defender. Nosotros lo veneramos como grande y justo. Los judíos no lo veneran. Lo odian. Lo sé. Escucha y comprende bien, recuerda bien y aplica bien.
Quiero protegerlo. No como la lujuriosa de poco antes, sino con honestidad y virtud. Cuando tu amor y sagacidad te hagan comprender que se trama contra Él, ven o envía a alguien. Claudia tiene todo el poder sobre Poncio. Claudia obtendrá protección para el Justo. ¿Entiendes?
-Perfectamente, dómina. Que nuestro Dios te proteja. Iré, si puedo, yo personalmente. Pero ¿cómo puedo pasar a ti?
-Pregunta siempre por Albula Domitila. Es una segunda yo misma, y ninguno se sorprende si habla con los judíos, siendo ella la que se ocupa de mi prodigalidad. Te creerán un cliente. Quizás te humilla…
-No, dómina. Servir al Maestro y obtener tu protección es un honor.
-Sí. Os protegeré. Soy mujer. Pero soy de los Claudios. Tengo más poder que todos los grandes de Israel, porque detrás de mí está Roma. Entretanto, ten. Para los pobres del Cristo. Es nuestro óbolo. Pero… quisiera permanecer entre los discípulos esta noche. Procúrame este honor y Claudia te protegerá.
En una persona como el Iscariote, las palabras de la patricia obran prodigiosamente. ¡Sube al séptimo cielo!… Osa incluso preguntar:
-¿Pero verdaderamente le vas a ayudar?
-Sí. Su Reino merece ser fundado, porque es reino de virtud. Bienvenido sea en oposición a las ruines corrientes que cubren los reinos actuales y me dan asco.
Roma es grande, pero el Rabí es mucho más grande que Roma. Nosotros tenemos las águilas en nuestras enseñas y la soberbia sigla. Pero en las suyas estarán los Genios y su santo Nombre. Grandes serán, verdaderamente grandes, Roma y la Tierra, cuando pongan ese Nombre en sus enseñas y esté su signo en los lábaros y en los templos, en los arcos y columnas.
Judas está maravillado, soñante, extático. Sopesa en forma mecánica la pesada bolsa que le han dado, y dice con la cabeza "sí", "sí", "sí'', a todo…
-Bien, ahora vamos a alcanzarlos. ¿Somos aliados, no es verdad? Aliados para proteger a tu Maestro y al Rey de los corazones honestos.
Se echa el velo y ágil, va presurosa, casi corriendo a alcanzar al grupo que la ha adelantado, seguida por las otras y por Judas, que jadea, no tanto por el ritmo veloz, cuanto por lo que ha oído. La residencia de Lázaro está engullendo las últimas parejas de discípulos cuando llegan a ella. Entran rápidamente y el portón se cierra con fragor de cerrojos que el guardián echa.
Una solitaria lámpara, que lleva la mujer del guardián, a duras penas da claridad al cuadrado vestíbulo, todo blanco, de la residencia de Lázaro. Se comprende que la casa no está habitada, a pesar de que esté bien guardada y mantenida en orden. María y Marta guían a los huéspedes a un vasto salón -reservado para banquetes, ciertamente -de fastuosas paredes cubiertas de preciosos tejidos que dejan ver sus arabescos a medida que van siendo encendidas las lámparas y puestas las luces encima de los aparadores, o de los baúles preciosos colocados junto a las paredes alrededor de la sala, o en las mesas arrimadas a un lado, listas para ser usadas, pero desde hace tiempo ineficientes. María ordena, en efecto, que las lleven al centro de la sala y las preparen con las cosas para la cena con los alimentos que los criados de Juana están ya extrayendo de las bolsas y cestas y poniendo encima de los aparadores.
Judas toma aparte a Pedro y le dice algo al oído.
Veo a Pedro que pone los ojos como platos y sacude una mano como si se hubiera quemado los dedos, mientras exclama:
-¡Rayos y ciclones! ¿Pero qué dices?
-Sí. Mira. ¡Y fíjate! ¡No tener ya miedo, no estar ya tan angustiados!
-¡Es maravilloso! ¡Maravilloso! ¿Pero qué ha dicho? ¿Que nos protege? ¿Ha dicho eso? ¡Que Dios la bendiga! ¿Pero cuál es?
-Aquella vestida de color tórtola silvestre, alta, esbelta. Nos está mirando…
Pedro mira a la alta mujer de cara armónica y seria, de ojos dulces pero imperiosos.
-¿Y… cómo has conseguido hablar con ella? No has tenido…
-No, no, en absoluto.
-¡Pues tú aborrecías todo contacto con ellos! Como yo, como todos…
-Sí, pero lo he superado por amor al Maestro. Como también he superado el deseo de truncar las relaciones con mis antiguos compañeros del Templo… ¡Todo por el Maestro! Todos vosotros, y mi madre también, creéis que soy ambiguo. Tú., recientemente, me has echado en cara las amistades que tengo. Pero si no las mantuviera, no sin fuerte dolor, no sabría muchas cosas. No debemos ponernos vendas en los ojos y cera en los oídos por miedo a que el mundo entre en nosotros por los ojos y los oídos. Cuando uno está en una empresa como la nuestra, es necesario vigilar con ojos y oídos más que libres. Vigilar por Él, por su bien, por su misión, por la fundación de este reino bendito…
Muchos de los apóstoles y algún discípulo se han acercado y están escuchando, asintiendo con la cabeza; porque, efectivamente, no se puede decir que Judas hable mal.
Pedro, honesto y humilde, lo reconoce y dice:
-¡Tienes toda la razón! Perdona mis recriminaciones. Tú vales más que yo, eres hábil. Vamos a decírselo al Maestro, a su Madre, a la tuya. Estaba muy angustiada.
-Porque malas lenguas han murmurado… Pero por ahora calla. Después, más tarde. ¿Ves? Se están sentando a la mesa y el Maestro nos hace señales de que vayamos…
…La cena es rápida. Las romanas, sentadas en la mesa de las mujeres, entremezcladas con ellas, de forma que precisamente Claudia está entre Porfiria y Dorca, también comen en silencio lo que les ponen, y entre ellas y Juana y María de Magdala se intercambian misteriosas palabras hechas de sonrisas y guiños. Parecen escolaras en vacaciones.
Jesús, después de la cena, ordena que se forme un cuadrado de sillas y que tomen asiento para escucharlo. Él se pone en el centro y empieza a hablar en medio de un cuadrado de rostros atentos, de los que sólo los inocentes ojos del hijito de Dorca, que duerme en el regazo de su madre, están cerrados, y están velándose de sueño los de María, que está sentada en las rodillas de Juana, y los de Matías, que se ha acurrucado encima de las rodillas de Jonatán.
-Discípulos y discípulas aquí reunidos en nombre del Señor, o atraídos por un deseo de Verdad, deseo que también viene de Dios, que quiere luz y verdad en todos los corazones, escuchad.
Esta noche se nos concede estar todos juntos, y nos lo procura precisamente la maldad que nos quiere ver separados. Vosotros, de sentidos limitados, no sabéis cuán profunda y vasta es esta unión, verdadera aurora de las que habrán de venir, cuando el Maestro ya no esté entre vosotros físicamente sino con su espíritu. Entonces sabréis amar. Entonces sabréis practicar. Por ahora sois como niños todavía de pecho; entonces seréis como adultos que podréis comer todo tipo de alimentos sin que ello os perjudique; entonces sabréis, como Yo digo, decir: "Venid a mí todos vosotros, porque todos somos hermanos, y El se ha inmolado por todos".
¡Demasiados prejuicios en Israel!: cada uno un dardo que lesiona la caridad. Os hablo a vosotros, fieles, porque entre vosotros no hay traidores, ni personas llenas de prejuicios que separan, que se transforman en incomprensión, en obcecación, en odio hacia mí que os señalo los caminos del futuro. Yo no puedo hablar de otra forma. Y de ahora en adelante hablaré menos, porque veo que las palabras son inútiles o casi. Habéis oído palabras capaces de santificaros e instruiros de forma perfecta.
Pero poco habéis avanzado, especialmente vosotros, hombres hermanos, porque os gusta la palabra pero no la ponéis por obra. De ahora en adelante, y con una medida cada vez más restringente, os haré realizar lo que tendréis que hacer una vez que el Maestro haya vuelto al Cielo del que viniera. Haré que presenciéis lo que es el Sacerdote futuro. Más que las palabras, observad mis hechos; repetidlos, aprendedlos, unidlos a la enseñanza. Entonces seréis discípulos perfectos.
¿Qué ha hecho hoy el Maestro? ¿Qué os ha hecho hacer y practicar hoy el Maestro? La caridad en sus múltiples formas. Caridad hacia Dios. No la caridad de oración, vocal, de rito solamente; sino la caridad activa que renueva en el Señor, que despoja del espíritu del mundo, de las herejías del paganismo, el cual no está sólo en los paganos, sino también en Israel con las mil costumbres que han desplazado a la verdadera Religión, santa, abierta, simple como todo lo que de Dios viene. No acciones buenas, o aparentemente buenas, para ser alabados por los hombres, sino acciones santas para merecer la alabanza de Dios.
Todo el que ha nacido muere. Ya lo sabéis. Pero la vida no termina con la muerte. Prosigue de otra forma y eternamente con un premio para quien fue justo, con un castigo para quien fue malvado. Este pensamiento de un juicio cierto no signifique parálisis durante la vida ni a la hora de la muerte; antes bien, acicate y freno: acicate que estimula al bien; freno que contiene de malas pasiones. Sed, por tanto, verdaderamente amantes del Dios verdadero y actuad en la vida siempre con la finalidad de merecerlo en la vida futura. Vosotros que amáis las grandezas, ¿cuál grandeza mayor que haceros hijos de Dios y, por tanto, dioses? Vosotros que teméis el dolor, ¿cuál seguridad de no sufrir mayor que la que os espera en el Cielo? Sed santos. ¿Queréis fundar también un reino en la Tierra? ¿Os sentís hostigados y teméis no lograrlo? Si obráis como santos, lo lograréis. Porque ni la misma autoridad que nos domina podrá impedirlo, a pesar de sus cohortes, porque convenceréis a las cohortes de que sigan la doctrina santa, de la misma forma que Yo, sin coacción, he persuadido a las mujeres de Roma que aquí hay Verdad…
-¡Señor!… -exclaman las romanas, viéndose descubiertas.
-Sí, mujeres. Escuchad y recordad. Yo manifiesto a mis seguidores de Israel y a vosotras -que no sois de Israel pero tenéis corazón justo -el estatuto de mi Reino.
No motines. No hacen falta. Santificar a la autoridad impregnándola de nuestra santidad. Será un largo trabajo, pero victorioso. Con mansedumbre y paciencia, sin estúpidas prisas, sin desviaciones humanas, sin inútiles sublevaciones, obedeciendo donde obedecer no perjudique a la propia alma, llegaréis a hacer de la autoridad que ahora os domina paganamente una autoridad protectora y cristiana. Cumplid vuestro deber de súbditos para con la autoridad, como cumplís el de fieles para con Dios. Ved en cualesquiera autoridades no a un opresor sino a alguien que eleva, porque os proporciona la manera de santificarlo y de santificaros con el ejemplo y el heroísmo.
De la misma forma que sois buenos fieles y ciudadanos, sed buenos maridos, buenas esposas, santos, castos, obedientes, amorosos recíprocamente, unidos para educar a los hijos en el Señor, para ser paternos y maternos incluso con los que estén a vuestro servicio y con los esclavos, porque también ellos tienen alma y carne, sentimientos y afectos como vosotros los tenéis. Si la muerte os arrebata al compañero o la compañera, no queráis, si podéis, desear nuevo matrimonio; amad a los huérfanos también por la parte del compañero desaparecido.
Y vosotros, criados, estad sometidos a vuestros señores, y, si son imperfectos, santificadlos con vuestro ejemplo.
Tendréis gran mérito a los ojos del Señor. En el futuro, en mi Nombre, no habrá ya amos y siervos, sino hermanos; no habrá ya razas, sino hermanos; no habrá ya oprimidos y opresores que se odien, porque los oprimidos llamarán hermanos a sus opresores.
Amaos vosotros de la misma fe, ayudándoos recíprocamente, como hoy os he puesto a hacer. Pero no os limitéis a la ayuda a los pobres, peregrinos o enfermos, de vuestra raza; abrid los brazos a todos, de la misma forma que la Misericordia os abre los brazos a vosotros. El que tenga más que dé a quien no tiene o tiene poco. El que sepa más que enseñe al que no sabe o sabe poco, y que enseñe con paciencia y humildad, recordando que, en verdad, antes de que Yo os instruyera nada sabíais. Buscad la Sabiduría no para prestigio vuestro, sino como ayuda en el camino por las vías del Señor.
Las mujeres casadas que amen a las vírgenes, y éstas a las casadas, y que ambas den afecto a las viudas; todas sois útiles en el Reino del Señor. Los pobres no envidien, los ricos no susciten odios creando sus riquezas y siendo duros de corazón. Preocupaos de los huérfanos, de los enfermos, de los que no poseen una casa. Abrid el corazón antes incluso que la bolsa y la casa, porque si dais, pero con mal garbo, no honráis a Dios, que está presente en todos los desdichados; antes al contrario, lo ofendéis.
En verdad, en verdad os digo que no es difícil servir al Señor. Es suficiente con amar. Amar al Dios verdadero, amar al prójimo, quienquiera que sea. En todas las heridas o fiebres que sanéis, Yo estaré. En todas las desventuras que socorráis, Yo estaré. Y todo lo que me hagáis a mí en el prójimo, si está bien, habrá sido hecho a mí; y, si mal, también habrá sido hecho a mí. ¿Queréis hacerme sufrir? ¿Queréis perder el Reino de paz? ¿Queréis no haceros dioses? ¿Sólo por no ser buenos con vuestro prójimo?
Nunca volveremos a estar todos unidos de esta forma. Vendrán otras Pascuas… y no podremos estar juntos por muchas causas. Respecto a las primeras: una prudencia santa en parte y en parte excesiva -y todo exceso es culpa -que nos hará estar divididos. Respecto a las otras Pascuas, porque ya no estaré entre vosotros… Pero acordaos de este día. Haced en el futuro, y no sólo en Pascua sino siempre, lo que os he hecho hacer.
Nunca he sido lisonjero diciéndoos que era fácil pertenecerme. Pertenecerme quiere decir vivir en la Luz y la Verdad, pero comer también el pan de la lucha y de las persecuciones. Ahora bien, cuanto más fuertes seáis en el amor, más fuertes seréis en la lucha y en la persecución.
Creed en mí. En lo que soy realmente: Jesucristo, el Salvador, cuyo Reino no es de este mundo, cuya venida señala la paz a los buenos, cuya posesión quiere decir conocer y poseer a Dios; porque verdaderamente quien me tiene a mí en sí y se tiene a sí en mí está en Dios, y posee a Dios en su espíritu para poseerlo después en el Reino celeste para siempre.
La noche ha descendido. Mañana es Parasceve. Id. Purificaos, meditad, cumplid una Pascua santa.
Mujeres de raza distinta, pero de recto espíritu, podéis iros; la buena voluntad que os anima sea para vosotras camino para alcanzar la Luz. En nombre de los pobres, de los que Yo mismo soy uno, os bendigo por la limosna generosa y os bendigo por vuestras buenas intenciones hacia el Hombre que ha venido a traer amor y paz a la tierra. ¡Id! Y tú, Juana, y los demás que ya no temen asechanzas, podéis marcharos también.
Un rumor de asombro recorre a la asamblea mientras las romanas, reducidas a seis porque Egla se queda con María de Magdala, guardadas en una bolsa las tablillas enceradas que Flavia ha escrito mientras Jesús hablaba, salen después de un saludo colectivo. Tanto es el estupor, que ninguno de los presentes se mueve, excepto Juana, Jonatán y los siervos de Juana, que llevan en brazos a los pequeños durmientes. Pero, cuando el ruido sordo del portón al cerrarse dice que las romanas se han marchado, un clamor sucede al rumor.
-¿Pero quiénes son? ¿Cómo entre nosotros? ¿Qué han hecho?
Y más que nadie, grita Judas:
-¿Cómo tienes noticia, Señor, de la limosna que me han dado?
Jesús apacigua el tumulto con un gesto y dice:
-Son Claudia y sus damas. Y, mientras que las altas damas de Israel, temiendo la ira de sus consortes, o con el mismo pensamiento y corazón de sus consortes, no se atreven a ser seguidoras mías, las despreciadas paganas, con santa astucia, saben venir a recibir la Doctrina que, aunque por ahora la acepten sólo humanamente, siempre eleva… Y esta niña, que fue esclava, pero de raza judía, es la flor que Claudia ofrece a las filas de Cristo, devolviéndola a la libertad y dándola a la fe de Cristo.
Respecto a lo de tener noticia de la limosna… ¡Judas!
¡Todos menos tú podrían hacerme esta pregunta! Tú sabes que veo dentro de los corazones.
-¡Entonces verás que dije la verdad hablando de que había una asechanza y que yo la he disuelto yendo a hablar con… seres culpables!
-Es verdad.
-Dilo entonces bien fuerte. Que mi madre lo oiga… Madre, soy un muchacho, sí, pero no un truhán… Madre, vamos a hacer las paces. Vamos a comprendernos, a amarnos, unidos sirviendo a nuestro Jesús.
Y Judas va, humilde y amoroso, a abrazar a su madre, que dice:
-¡Sí, hijito! ¡Sí, Judas mío! ¡Sé bueno! ¡Sé bueno! ¡Sé siempre bueno, hijo mío! ¡Por ti, por el Señor, por tu pobre mamá!
Entretanto, la sala se ha llenado de agitación y comentarios, y muchos definen imprudente el haber acogido a las romanas y censuran a Jesús.
Judas lo oye. Deja a su madre y acude en defensa del Maestro. Cuenta su coloquio con Claudia y termina:
-No es una ayuda despreciable. Antes de recibirla entre nosotros tampoco nos hemos librado de la persecución.
Dejémosla actuar. Y tened bien presente que es mejor callar con todo el mundo. Pensad que, si es peligroso para el Maestro, no lo es menos para nosotros el ser amigos de paganos. El Sanedrín, que en el fondo se contiene por miedo hacia Jesús por un temor que les queda a alzar la mano contra el Ungido de Dios, no tendría muchos escrúpulos en matarnos como a perros, a nosotros, que somos unos pobres hombres cualesquiera.
En vez de poner esas caras escandalizadas, acordaos de que hace poco erais como gorrionas aterrorizadas; y bendecid al Señor porque nos ayuda, con medios impensados, ilegales si queréis, pero muy fuertes, a fundar el Reino del Mesías.
¡Todo lo podremos si Roma nos defiende! ¡Yo ya no temo! ¡Gran día hoy! Más que por todas las otras cosas, por ésta… ¡Ah, cuando Tú seas la Cabeza! ¡Qué poder tan dulce, fuerte y bendito! ¡Qué paz! ¡Qué justicia! ¡El Reino fuerte y benévolo del Justo! ¡Y el mundo que se acerca a él lentamente!…
¡Las profecías cumpliéndose! ¡Turbas, naciones… el mundo a tus pies! ¡Oh, Maestro! ¡Maestro mío! Tú, Rey; nosotros, tus ministros… En la Tierra paz, en el Cielo gloria… Jesucristo de Nazaret, Rey de la estirpe de David, Mesías Salvador, te saludo y te adoro.
Y Judas, que parece en un rapto de éxtasis, se postra y termina:
-En la Tierra, en el Cielo y hasta en los Infiernos tu Nombre es conocido, infinito tu poder. ¿Qué fuerza puede resistirte, Cordero y León, Sacerdote y Rey, Santo, Santo, Santo? -y se queda en actitud de gran reverencia, en esta sala muda de estupor.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-Paz a esta casa y a todos los presentes -es el saludo de Jesús mientras entra en el vasto vestíbulo, muy fastuoso, que está todo iluminado a pesar de ser de día.
Y no son superfluas las lámparas. Y es que, si bien es cierto que es de día, no es menos cierto que afuera hay un sol cegador, en las calles y en las fachadas blancas de cal, mientras que aquí, en este amplio, pero sobre todo largo, corredor vestíbulo, que debe cortar toda la casa, desde el sólido portal hasta el jardín -cuyo verde lleno de sol aparece allá, en el fondo, y parece lejano por un juego de la perspectiva -, debe haber habitualmente una penumbra que, para quien viene de fuera, cegados sus ojos por el intenso sol, es sombra completa. Por eso, Cusa se ha preocupado de que las grandes y numerosas lamparillas de cobre repujado, fijadas a distancias constantes en ambas paredes del vestíbulo, estén todas encendidas, y también la lámpara central (un cuenco grande de alabastro rosa en que están incrustados, en el róseo leve del alabastro, diaspros y otras lascas preciosas y multicolores que, por la luz encendida dentro, resplandecen como si fueran estrellas, proyectando arcoiris sobre las paredes pintadas de azul oscuro, sobre las caras, sobre el suelo de mármol veteado).
Y parece como si menudas estrellas se posaran en las paredes, en los rostros, en el suelo, menudas y móviles estrellitas multicolores, porque la lámpara ondea levemente debido a la corriente de aire que recorre el vestíbulo y los tornasoles de las lascas preciosas cambian continuamente de posición.
-Paz a esta casa -repite Jesús mientras se adentra y va bendiciendo sin cesar a los criados, que le hacen una profunda reverencia, y a los invitados, asombrados de estar allí reunidos, en contacto con el Rabí, en un palacio principesco…
¡Los invitados! El pensamiento de Jesús se delinea claramente. El convite de amor querido por Él en casa de la buena discípula es una página del Evangelio traducida en acción.
Son mendigos, tullidos, ciegos, huérfanos, ancianos, jóvenes viudas con sus pequeñuelos agarrados a los vestidos o que maman la escasa leche de su desnutrida madre. La riqueza de Juana ya ha proveído a sustituir los vestidos harapientos con vestidos modestos pero limpios y nuevos.
Mas si las cabelleras ordenadas, como oportuna medida de aseo, y si los vestidos limpios dan a estos desdichados -a quienes los criados alinean o sujetan para llevarlos al sitio -un aspecto ciertamente menos miserable del que tenían cuando Juana dispuso que fueran a recogerlos a los callejones, a los cruces, a los caminos que conducen a Jerusalén, a aquellos lugares en que su miseria se celaba abochornada o se exponía en busca de limosnas; si ello es así, por el contrario, resultan todavía visibles las penalidades en las caras, las debilidades en los miembros, las desventuras, las soledades en las miradas…
Jesús pasa y bendice. Cada infeliz recibe su bendición. Si la derecha está levantada bendiciendo, la izquierda baja a acariciar temblorosas y canas cabezas de ancianos, o inocentes cabecitas de niños. Recorre así, hacia arriba y hacia abajo, el vestíbulo, para bendecir a todos, incluso a los que entran mientras ya está bendiciendo y todavía haraposos, se esconden con miedo y empacho en un rincón, hasta que los criados, con modos corteses, los llevan a otro sitio para ser lavados y vestidos con ropa limpia, como los que han llegado antes que ellos.
Pasa una joven viuda con su nidada de niños… ¡Qué miseria! El más pequeño, completamente desnudo, envuelto en el velo desgarrado de su madre… los más grandecitos sólo con lo indispensable para salvar la decencia; sólo el mayor, un jovencito flaquísimo, lleva un vestido que puede llamarse tal, pero como contrapartida va descalzo.
Jesús observa esto, llama a la mujer y dice:
-¿De dónde vienes?
-De la llanura de Sarón, Señor. Leví ya me ha llegado a la mayoría de edad… He tenido que acompañarle al Templo… yo… porque ya no tiene padre -y la mujer llora quedo, ese llanto mudo de quien ha llorado demasiado.
-¿Cuándo se te ha muerto tu marido?
-Ha hecho un año en Sebat. Hacía dos lunas que estaba encinta… -y traga los sollozos para no causar turbación, curvándose toda hacia el pequeñuelo.
-¿El niño tiene entonces ocho meses?
-Sí, Señor.
-¿Qué hacía tu marido?
La mujer susurra tan bajo, que Jesús no entiende. Se inclina para oír, diciendo:
-Repite sin temor.
-Mí marido trabajaba como herrador en una forja… Pero se enfermó mucho… porque tenía heridas que supuraban.
Y termina en voz bajísima:
-Era un soldado de Roma.
-Pero ¿tú eres de Israel?
-Sí, Señor. No me arrojes de tu presencia como impura, como hicieron mis hermanos cuando fui a implorar piedad después de la muerte de Cornelio…
-¡No tengas esos miedos! ¿Qué haces ahora como trabajo?
-Soy criada, si me aceptan; espigadora, batanera, bato el cáñamo… hago de todo… para el pan de éstos. Leví ahora va a ponerse a trabajar en el campo… si lo aceptan, porque… es bastardo de raza.
-¡Confía en el Señor!
-Si no hubiera confiado, me habría matado con todos ellos, Señor.
-Ve, mujer. Nos veremos aún -y la saluda.
Juana, entretanto, se ha acercado y está arrodillada, a la espera de que el Maestro la vea. Él, efectivamente, se vuelve y la ve.
-Paz a ti, Juana. Me has obedecido a la perfección.
-Obedecerte es mi alegría. Pero no he sido la única que te ha procurado "la corte" como Tú querías. Cusa me ha ayudado en todos los modos, y Marta y María también. Y Elisa. Quién mandando a los criados por lo necesario y a ayudar a los criados míos a reunir a los invitados, quién ayudando a las siervas y a los siervos de los baños a limpiar a los "bienamados", como Tú los llamas. Ahora, con tu permiso, voy a dar a todos un poco de comida, para que no desfallezcan mientras esperan las viandas.
-Sí, sí, como quieras. ¿Dónde están las discípulas?
-En la terraza superior, donde he dispuesto que se preparen las mesas. ¿He pensado bien?
-Sí, Juana. Arriba estarán tranquilos, y también nosotros.
-Sí, yo también he pensado lo mismo. Y es que, además, en ninguna sala habría podido preparar para tantos… Y no quería hacer separaciones para no crear celos y dolor. ¡Las personas desagraciadas tienen una sensibilidad, es más, una dolorabilidad, tan aguda!… Son todo una llaga, y basta una mirada para hacerlos sufrir.
-Sí, Juana. Tienes alma compasiva y comprendes. Que Dios te recompense tu piedad. ¿Hay muchas discípulas?
-¡Todas las que están en Jerusalén!… Pero… Señor… yo quizás he pecado… Querría decirte una cosa en secreto.
-Llévame a un lugar solitario.
Van los dos solos a una habitación. Por los juguetes que hay diseminados par todas partes, se intuye que es lugar de juegos de María y Matías.
-¿Entonces, Juana?
-Mí Señor, sin duda he sido imprudente… Pero el gesto me ha venido tan espontáneo, tan impetuoso… Cusa me ha regañado. Pero la verdad es que ya… Ha venido al Templo un esclavo de Plautina con una tablilla. Ella y sus compañeras preguntaban si era posible verte. He respondido: "Sí, por la tarde en mi casa". Y vendrán…
¿He hecho mal? ¡No por ti!… Por los demás, por las que son enteramente Israel… y no amor como Tú. Si he faltado, repararé como convenga… Pero es que deseo tanto que el mundo, el mundo entero, te ame, que… que no me he parado a pensar que en el mundo sólo Tú eres Perfección, y demasiados pocos tratan de parecerse a ti.
-Has hecho bien. Hoy os predico a todos vosotros con las obras. Y en el futuro una de las cosas que habrán de hacer los que crean en mí será el que entre los creyentes en Jesús Salvador haya gentiles. ¿Dónde están los niños?
-Por todas partes, Señor -sonríe Juana, ya tranquilizada, y termina: «La fiesta los exalta y corren de un lado para otro como pajarillos felices».
-Jesús la deja. Vuelve al vestíbulo, hace un gesto a los hombres que estaban con Él y se encamina hacia el jardín para luego subir a la amplia terraza.
Una alegre laboriosidad llena la casa desde los subterráneos hasta el tejado. Unos van, otros vienen, con comida o enseres, con fajos de vestidos, con asientos; otros acompañan a invitados o responden a quien pregunta. Todos con alegría y amor. Jonatán, solemne en su función de administrador, incansable, dirige, vigila, aconseja.
La anciana Ester, feliz de ver a Juana tan animada y lozana, ríe en medio de un círculo de niños pobres, y les distribuye unos bollos mientras relata cosas maravillosas.
Jesús se detiene un momento a escuchar la conclusión espléndida de uno de estos relatos: «Dios concedió a la buena Alba de mayo, que nunca se rebelaba contra el Señor por motivo de los dolores que habían sobrevenido a su casa, muchas ayudas, por las que en Alba de mayo pudieron hallar salvación y bien sus hermanitos. Los
ángeles llenaban la pequeña masera, terminaban el trabajo en el telar para ayudar a la niña buena, diciendo: “Es nuestra hermana porque ama al Señor y a su prójimo. Tenemos que ayudarla".
-¡Que Dios te bendiga, Ester! ¡Casi que me paro Yo también a. escuchar tus parábolas! ¿Me aceptas? -dice Jesús sonriendo.
-¡Oh, mi Señor!¡Soy yo quien debe escucharte a ti! ¡Pero para los pequeñuelos basto yo, que soy una pobre vieja ignorante!
-Tu alma justa es útil también para los adultos. Sigue, sigue, Ester… -y le sonríe mientras se marcha.
Ya están diseminados por el vasto jardín los invitados y consumen su primer bocado mirando a su alrededor y mirándose recíprocamente con asombro. Hablan, se intercambian comentarios sobre esta inesperada suerte. Pero, cuando ven pasar a Jesús, se ponen en pie si pueden hacerlo y se inclinan adorando.
-Comed, comed. Sentíos con libertad y bendecid al Señor ̿ dice Jesús al pasar, yendo hacia las dependencias de los jardineros, desde las cuales empieza la escalera que por una ventilada rampa conduce a la amplia terraza.
-¡Rabbuní mío! -grita la Magdalena, saliendo rauda de una habitación, con los brazos cargados de pañales y camisolas para los párvulos. Y su voz aterciopelada de órgano de oro llena el pasaje umbrío, bajo el cual hay festones de rosas.
-María, Dios esté contigo. ¿A dónde vas tan deprisa?
-¡Tengo a diez bebés que vestir! Los he lavado y ahora voy a vestirlos, y luego te los traeré, frescos como flores. Voy corriendo, Maestro, porque… ¿no los oyes? parecen diez corderitos que balan… -y se marcha corriendo y sonriente, espléndida y serena, con su sencilla y señorial túnica de blanco lino, ceñida a la cintura con un cinturón delgado de plata, y los cabellos recogidos en un moño simple sobre la nuca, sujetos con una cinta blanca anudada a la frente.
-¡Qué distinta de la que estaba en el Monte de las Bienaventuranzas! -exclama Simón Zelote.
En la primera rampa de las escaleras se cruzan con la hija de Jairo y Analía, que bajan tan veloces que parecen volar.
-¡Maestro! ¡Señor! -exclaman.
-Dios esté con vosotras. ¿A dónde vais?
-Por unos manteles. Nos ha mandado la criada de Juana. ¿Vas a hablar, Maestro?
-¡Por supuesto!
-¡Entonces corre, Miriam! ¡Vamos a darnos prisa! -dice Analía.
-Tenéis todo el tiempo que queráis para hacer eso que tenéis que hacer. Espero a otras personas. Pero, ¿desde cuándo, niña, te llamas Miriam? -dice mirando a la hija de Jairo.
-Desde hoy. Desde ahora. Me ha puesto este nombre tu Madre. Porque… ¿verdad, Analía? Hoy es un gran día para cuatro vírgenes…
-¡Oh, sí! ¡Se lo decimos al Señor, o dejamos que sea María la que lo diga?
-María, María. Ve, ve, Señor, Tu Madre te hablará -y se marchan ágiles, apenas en la flor de su juventud, humanas en sus hermosas formas, angélicas en sus miradas radiantes…
Están en la tercera rampa cuando se cruzan con Elisa de Betsur, que baja sosegadamente junto con la mujer de Felipe.
-¡Ah, Señor! -grita esta última -¡A unos quitas y a otros das!… ¡De todas formas, bendito seas!
-¿De qué hablas, mujer?
-Ahora lo sabrás… ¡Qué dolor y qué gloria, Señor! Me mutilas y me coronas.
Felipe, que está al lado de Jesús, dice:
-¿Qué dices? ¿De qué hablas? Eres mi mujer, y lo que a ti te pasa me toca también a mí…
-Lo sabrás, Felipe. Ve, ve con el Maestro.
Jesús, entretanto, le está preguntando a Elisa si está bien curada. Y la mujer, a la cual el gran dolor de los tiempos pasados ha dado una majestad de reina doliente, dice:
-Sí, mi Señor. Pues sufrir con la paz en el corazón no es congoja. Y yo ahora tengo la paz en mi corazón.
-Y pronto tendrás más todavía.
-¿Qué, Señor?
-Ve y vuelve, y lo sabrás.
-¡Está Jesús! ¡Está Jesús!»
Es el trino de dos niños, que tienen su carita apoyada en la baranda de arabescos que limita la terraza por los dos lados que miran al jardín; y de la baranda penden ramas florecidas de rosas y jazmines (porque la terraza -sobre la cual, en esta hora de sol, está extendido un toldo multicolor -es un vasto jardín pénsil).
Todas las personas que en la terraza se mueven de un lado para otro en preparativos se vuelven al oír el grito de María y Matías, y dejando a medias lo que estaban haciendo, van hacia Jesús, en cuyas rodillas ya están enroscados los dos niños.
Jesús saluda a las numerosas mujeres que se aglomeran. Mezcladas con las que son discípulas en el verdadero sentido de la palabra, o con las esposas, hijas o hermanas de apóstoles y discípulos, están otras menos conocidas, menos íntimas, como la mujer del primo Simón, las madres de los asnerizos de Nazaret, la madre de Abel de Belén de Galilea, Ana de Judas (casa junto al lago Merón), María de Simón, madre de Judas de Keriot, Noemí de Éfeso, Sara y Marcela de Betania (Sara es la mujer a la que curó Jesús en el Monte de las Bienaventuranzas y envió a casa de Lázaro con el anciano Ismael; ahora parece doméstica de María de Lázaro), luego la madre de Yaia, la madre de Felipe de Arbela, Dorca (la joven madre de Cesárea de Filipo) y su suegra, la madre de Analía, María de Bosrá (la curada de lepra que ha venido con su marido a Jerusalén), y otras, y otras… nuevas para la vista, pero a las que la mente no sabe mencionar con nombre propio.
Jesús se adentra en la vasta terraza rectangular que por un lado mira al Sixto, y va a colocarse al lado de la habitación en que termina la escalera interior -creo -y que asemeja a un hexaedro bajo puesto en el ángulo septentrional de la terraza. Jerusalén se muestra toda, y sus cercanías con ella: una vista estupenda. Todas las discípulas, o mejor: todas las mujeres, dejan de ocuparse de las mesas para juntarse alrededor de Él. Los criados prosiguen sus trabajos.
María está al lado de su Hijo. Bajo la luz dorada que se filtra a través del gran toldo extendido sobre buena parte de la terraza, y que se hace luz delicadamente esmeraldina en los lugares en que, para llegar a las caras, debe filtrarse a través de un enredo de jazmines y rosales dispuestos como pérgola, Ella parece todavía más joven y esbelta: una hermana de las más jóvenes discípulas, apenas un poco mayor, y hermosa, hermosa como la más espléndida de las rosas florecidas en el jardín pénsil, en los vastos macetones que lo rodean para contener rosas, jazmines, muguetes, lirios y otras plantas finas.
-Madre, mi mujer ha dicho una serie de cosas que… ¿Qué ha pasado para que mi mujer se pueda considerar mutilada y coronada al mismo tiempo? -pregunta Felipe, que se consume en el deseo de saber.
María sonríe dulcemente mientras lo mira y -Ella que es tan poco dada a confidencias -le toma la mano y le dice:
-¿Serías capaz de dar a mi Jesús lo que más amas? La verdad es que deberías… porque Él te da a ti el Cielo y el camino para ir.
-Por supuesto, Madre, que sabría… especialmente si lo que le diera tuviera el poder de hacerlo feliz
-Lo tiene. Felipe, también tu otra hija se consagra al Señor. Nos lo ha dicho hace poco a mí y a su madre, en presencia de muchas discípulas…
-¿Tú? ¿Tú? -pregunta Felipe turbado, señalando con el índice a la gentil muchacha, que se arrima a María casi buscando protección. El apóstol encaja con dificultad este segundo golpe, que le priva para siempre de la esperanza de unos nietos. Se seca el sudor repentino que le ha producido la noticia… vuelve su mirada hacia las caras que tiene alrededor. Lucha… Sufre.
La hija gime:
-Padre… tu perdón… y tu bendición… -y cae a sus pies.
Felipe le acaricia mecánicamente los cabellos castaños, despeja su garganta del nudo que la comprime, y, en fin, habla:
-Se perdona a los hijos que pecan… Tú no pecas consagrándote al Maestro… y… y… y tu pobre padre sólo puede decirte… decirte: "¡Bendita seas!”… ¡Ah! ¡Hija! ¡Hija mía!… ¡Cuán suave y tremenda es la voluntad de Dios!
-Y se inclina, la levanta, la abraza, la besa en la frente y en el pelo, llorando… Y luego, teniéndola todavía entre sus brazos, va hacia Jesús y le dice: «Mira, yo la he engendrado, pero Tú eres su Dios… Tu derecho es mayor que el mío… Gracias… gracias, Señor, por la… por la alegría que… -no puede continuar. Cae de rodillas a los pies de Jesús y se agacha para besarle los pies gimiendo: « ¡Nunca más, nunca más tendré nietos!… ¡Mí sueño!… ¡La sonrisa de mí ancianidad!… Perdona este llanto, Señor… Soy un pobre hombre…».
-Levántate, amigo mío. Y alégrate de ofrecer las primicias a los jardines angélicos. Ven. Ven aquí, entre mí y mi Madre. Oigamos de Ella cómo ha sucedido la cosa, porque te aseguro que por mi parte no tengo ni culpa ni mérito.
María explica:
-Poco sé yo también. Estábamos hablando las mujeres entre nosotras y, como sucede a menudo, me preguntaban acerca de mi voto virginal, y también sobre cómo serán las vírgenes del futuro, y sobre qué oficios y glorias preveía para ellas. Yo respondía como sé… Para el futuro preveía para ellas vida de oración, de consuelo de los sufrimientos que el mundo dará a mi Jesús. Decía. "Serán las vírgenes las que sostendrán a los apóstoles, las que lavarán este mundo ensuciado, y lo vestirán con su pureza y con ella lo perfumarán; serán los ángeles que cantarán las alabanzas para cubrir las blasfemias. Y Jesús se sentirá feliz, y otorgará gracias al mundo, y misericordia a estas corderas diseminadas en medio de lobos…" y otras cosas decía.
Ha sido entonces cuando la hija de Jairo me ha dicho: "Dame un nombre, Madre, para mi futuro de virgen, porque no puedo conceder el que un hombre goce el cuerpo que fue reanimado por Jesús. Sólo de Él es este cuerpo mío, hasta que no sea la carne del sepulcro y el alma del Cielo"; y Analía dijo: "Yo también he sentido que debo hacer lo mismo. Y hoy estoy más alegre que las golondrinas, porque se han roto todas las ataduras". Y ha sido también entonces cuando tu hija, Felipe, ha dicho:
"Yo también seré como vosotras. ¡Virgen para toda la eternidad!". Su madre se acercó entonces y le hizo considerar que así no se podía tomar una decisión tan importante. Pero ella no cambió de parecer. Y a quien le preguntaba si era un pensamiento ya viejo decía "no", y a quien le preguntaba cómo le había venido decía: "No lo sé. Como una flecha de luz, me ha abierto en dos el corazón y he comprendido con qué amor amo a Jesús".
La mujer de Felipe dice a su marido:
-¿Has oído?
-Sí, mujer, la carne gime… y debería cantar, porque es su glorificación. Nuestra carne pesada ha engendrado a dos ángeles. No llores, mujer. Tú has dicho antes que Él te ha coronado… Una reina no llora cuando recibe la corona…
Pero llora también Felipe, "y otros muchos lloran, hombres y mujeres, ahora que todos están recogidos aquí arriba. María de Simón llora a lágrima viva en un rincón… María de Magdala llora en otro, manoseando el lino de su túnica y arrancando mecánicamente los hilos del ribete que la adorna. Anastática llora mientras trata de esconder con la mano su cara llorosa.
-¿Por qué lloráis? -pregunta Jesús.
Ninguno responde.
Jesús llama a Anastática y le pregunta de nuevo, y ella: -Porque, Señor, por un goce nauseabundo de una sola noche he perdido el ser una virgen tuya.
-Todos los estados son buenos, si en ellos se sirve al Señor. En la Iglesia futura harán falta vírgenes y matronas. Todas útiles para el triunfo del Reino de Dios en el mundo y para el trabajo de los hermanos sacerdotes. Elisa de Betsur, ven aquí. Consuela a esta casi niña… -Y pone con sus propias manos a Anastática entre los brazos de Elisa.
Las observa mientras Elisa la acaricia y la otra se abandona en esos brazos de madre, y luego pregunta:
-Elisa, ¿conoces su historia?
-Sí, Señor. Y me da mucha pena de esta pobre paloma sin nido.
-Elisa, ¿amas a esta hermana?
-¿Amarla? Mucho. Pero no como hermana. Ella podría ser hija mía. Y ahora que la tengo entre mis brazos me parece volver a ser la madre feliz del tiempo pasado. ¿A quién vas a confiar esta dulce gacela?
-A ti, Elisa.
-¿A mí?
La mujer desata el círculo de sus brazos para mirar, incrédula, al Señor…
-A ti. ¿No la quieres?
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Señor!…
Elisa, de rodillas, se arrastra hasta Jesús, y no sabe, no sabe qué decir, ni cómo, ni qué hacer, para expresar su alegría.
-Levántate. Sé para ella una madre santa, y que ella sea para ti una hija santa, y caminad las dos por el camino del Señor. María de Lázaro, ¿por qué lloras, tú que estabas hace poco tan alegre? ¿Dónde están esas diez flores que me querías traer?…
-Duermen satisfechos en la limpieza, Maestro… Y yo lloro porque ya jamás tendré esa limpieza de las vírgenes, y mi alma siempre llorará, nunca satisfecha, porque… porque pequé…
-Mi perdón y tu llanto te hacen más limpia que esas flores. Ven aquí. No llores más. Deja el llanto para quien tenga algo de qué avergonzarse. ¡Ánimo! Ve por tus flores; id también vosotras, esposas y vírgenes. Id a decir a los invitados de Dios que suban. Hay que despedirlos antes de que cierren las Puertas, porque muchos de ellos viven diseminados por los campos.
Obedecen. En la terraza se quedan solamente: Jesús, donde estaba, acariciando a María y a Matías; Elisa y Anastática, que, un poco más allá están cogidas de la mano, mirándose a los ojos, con una sonrisa embebida en un llanto dichoso; María de Simón, hacia la cual se inclina piadosamente María Stma.; y Juana, que está en la puerta de la habitación y mira titubeante, un poco hacia dentro un poco hacia fuera (hacia Jesús). Los apóstoles y discípulos han bajado, junto con las mujeres, para ayudar a los criados a traer a los tullidos, ciegos, cojos, lisiados, ancianos, por la larga escalera.
Jesús, que tenía inclinada su cabeza hacia los dos niños, la alza y ve a María que está atendiendo a la madre de Judas. Se levanta y se acerca a ellas. Pone la mano encima de la cabeza entrecana de María de Simón:
-¿Por qué lloras, mujer?
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Yo he dado a luz a un demonio! ¡Ninguna otra madre de Israel me igualará en el dolor!
-María, otra madre, y también por ese motivo tuyo, me ha dicho y dice estas palabras. ¡Pobres madres!…
-¡Mi Señor! ¿Entonces hay otro que sea como mi Judas, pérfido y desalmado contigo? ¡No puede ser! Él, que te tiene a ti, se ha dado a prácticas inmundas; él, que respira tu aliento, es un lujurioso y un ladrón, y quizás se hará homicida. ¡Mentira es su pensamiento, fiebre su vida! ¡Haz que muera, Señor! ¡Por piedad, haz que muera!
María, tu corazón te lo hace ver peor de lo que es; el miedo te enajena. Cálmate y razona. ¿Qué pruebas tienes de su actuación?
-Respecto a ti, nada. Pero es un alud que está descendiendo. Lo he sorprendido y no ha podido ocultar las pruebas de… Ahí está… ¡Calla, por piedad! Me mira. Sospecha. Es mi dolor. ¡No hay ninguna Madre más desdichada que yo en Israel!…
María susurra:
-Yo… Porque a mi dolor uno el de todas las madres infelices… Porque la causa de mi dolor es el odio no de uno sino de todo un mundo.
Jesús va donde Juana, que ha solicitado su presencia. Entretanto, Judas viene donde su madre, a la que María sigue consolando. Y le regaña:
-¿Ya has podido manifestar tus delirios? ¿Calumniarme?
¿Estás contenta ya?
-¡Judas! ¿Hablas así a tu madre? -pregunta, severa, María. Es la primera vez que la veo así…
-Sí, porque estoy cansado de su persecución.
-¡Hijo mío, no es una persecución! Es amor. Dices que estoy enferma. Pero el enfermo eres tú. Dices que te calumnio y que escucho a tus enemigos. Pero tú te haces daño a ti mismo y sigues a personas nefastas que te arrastrarán tras sí, y cultivas su compañía. Porque eres débil, hijo mío, y ellos se han dado cuenta… Escucha a tu madre. Escucha a Ananías, anciano y sabio. ¡Judas! ¡Judas! ¡Piedad de ti, de mí! ¡¡¡Judas!!! ¿A dónde vas, Judas?
Judas, que está cruzando casi corriendo la terraza, se vuelve y grita:
-¡A donde soy útil y venerado! -y baja atropelladamente la escalera, mientras la infeliz madre, asomándose al antepecho, le grita:
-¡No vayas! ¡No vayas! ¡Quieren tu ruina! ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo mío!…
Judas ha llegado abajo, y los árboles lo ocultan a la vista de su madre. Se le vuelve a ver un momento en un espacio vacío antes de entrar en el vestíbulo.
-Va… La soberbia le devora -gime su madre.
-Vamos a orar por él, María. Las dos juntas… -dice la Virgen teniendo cogida de la mano a la triste madre del futuro deicida.
Mientras tanto, empiezan a subir los invitados… y Jesús habla con Juana.
-De acuerdo. Que vengan. Sí. Mucho mejor si se han puesto vestidos hebreos, para no chocar con el prejuicio de muchos. Las espero aquí. Ve a llamarlas -y, apoyado a la jamba, observa el aflujo de los invitados, guiados con amorosidad a las mesas por discípulos y discípulas según un orden ya establecido. En el centro está la mesa baja de los niños; luego, a una parte y a otra, todas las otras mesas, paralelas.
Y, mientras ciegos, cojos, lisiados, tullidos, ancianos, viudas y mendigos, imprimidas en sus rostros sus historias de dolores, se colocan, he aquí que traen -delicados como cestos de flores unos cestos transformados en cunas, e incluso unas pequeñas arquetas, donde duermen satisfechos, colocados encima de almohadones, los lactantes tomados de sus madres mendigas. Y María de Magdala, ya tranquila, se acerca a Jesús presurosa y dice:
-Han llegado las flores. Ven a bendecirlas, Señor.
Pero contemporáneamente aparece Juana por la escalera interior y dice:
-Maestro, están aquí las discípulas paganas.
Son siete mujeres, que vienen con vestidos oscuros y humildes semejantes a los de las hebreas. Todas traen los rostros velados y vienen cubiertas hasta los pies con un manto. Dos son altas y de aspecto majestuoso; las otras, de media estatura. Pero cuando, habiendo venerado antes al Maestro, se quitan el manto, es fácil reconocer a Plautina, a Lidia, a Valeria, a la liberta Flavia (la que escribió las palabras de Jesús en el jardín de Lázaro). Y otras tres desconocidas: una que, a pesar de tener mirada acostumbrada a mandar, se arrodilla y le dice al Señor: «Y que conmigo se postre Roma a tus pies»; otra es una venusta matrona de unos cincuenta años; en fin, una jovencita grácil y serena como una flor del campo.
María de Magdala reconoce a las romanas, a pesar de sus vestidos hebreos, y susurra: «¡¡¡Claudia!!!», con los ojos como platos. «Yo. ¡Basta ya de oír por palabras ajenas! La Verdad y la Sabiduría deben ser recogidas directamente de la fuente».
-¿Crees que nos reconocerán? -pregunta Valeria a María de Magdala.
-Si no os descubrís nombrándoos, creo que no. Además, os voy a poner en un sitio seguro.
-No, María. A las mesas, a servir a los mendigos. Ninguno podrá pensar que las patricias sean siervas de los pobres, de los ínfimos del mundo hebraico -dice Jesús.
-Bien sentencias, Maestro. Porque la soberbia es innata en nosotros.
-Y la humildad es el signo más claro de mi doctrina. Quien me quiera seguir debe amar la Verdad, la Pureza y la Humildad, debe tener caridad con todos y heroísmo para desafiar la opinión de los hombres y las presiones de los tiranos. Vamos.
-Perdona, Rabí. Esta jovencita es una esclava hija de esclavos. La he rescatado porque es de origen israelita y Plautina la tiene consigo. Pero yo te la ofrezco, porque pienso que es lo correcto. Su nombre es Egla. Te pertenece.
-María, acógela. Luego veremos cómo… Gracias, mujer.
Jesús va a la terraza a bendecir a los niños. Las damas despiertan mucha curiosidad, pero vestidas y peinadas así a la hebrea, con túnicas casi pobres, no levantan sospechas. Jesús va al centro de la terraza, junto a la mesa de los niños, y ora, ofreciendo por todos el alimento al Señor, bendice y da la orden de empezar la comida.
Apóstoles, discípulos, discípulas, damas, son los siervos de los pobres, y Jesús da ejemplo remangándose las amplias mangas de la túnica roja y ocupándose de "sus" niños, ayudado por Miriam de Jairo y por Juan. Las bocas de muchos desnutridos trabajan egregiamente, pero todos los ojos se centran en el Señor. Cae la tarde y se recoge el toldo; contemporáneamente, los criados traen lámparas que todavía son innecesarias.
Jesús circula entre las mesas. No deja a ninguno sin el consuelo de unas palabras o de una ayuda. Así, pasa varias veces casi rozando a las regias Claudia y Plautina, que, humildes, cortan el pan o acercan el vino a los labios de los ciegos, paralíticos y mancos; sonríe a las vírgenes, que se ocupan de las mujeres; a las madres discípulas llenas de piedad para con estos pobrecillos; a María de Magdala, dedicada solícitamente a una mesa de personas muy ancianas, la mesa más triste de todas, llena de toses, de temblores, de mandíbulas desdentadas que mascujan y de bocas que babean; y ayuda a Mateo que da unos zarandeos a un niñito al que se le ha atravesado una miga de torta que estaba chupando y mordiendo con sus dientecitos nuevos; felicita a Cusa, quien, llegado al principio de la comida, está trinchando las carnes y sirviendo como un criado experto.
La comida termina. En las caras con color, en los ojos ahora más alegres, se manifiesta la satisfacción de estos pobrecillos.
Jesús se inclina hacia un anciano tembloroso y dice:
-¿En qué piensas, padre, que sonríes?
-Pienso que no es un sueño. No, no lo es. Hasta hace poco creía dormir y estar soñando. Pero ahora siento que realmente es verdad. ¿Pero quién te hace tan bueno, que haces tan buenos a tus discípulos? ¡Viva Jesús! -grita para terminar.
Y todas las voces de estos desdichados -y son centenares gritan: «¡Viva Jesús!».
Jesús va de nuevo al centro y abre los brazos haciendo señal de que guarden silencio y estén quietos, y empieza a hablar, sentado con un niñito encima de sus rodillas.
-Viva, sí, viva Jesús. No porque Yo sea Jesús, sino porque Jesús quiere decir el amor de Dios hecho carne y venido aquí abajo, en medio de los hombres, para que lo conozcan y para dar a conocer el amor, que será el signo de la nueva era. Viva Jesús porque Jesús quiere decir
"Salvador". Y Yo os salvo. A todos: ricos y pobres, niños y ancianos, israelitas y paganos. A todos. Con tal de que vosotros queráis darme la voluntad de ser salvados. Jesús es para todos, no es para éste o para aquél, es de todos; de todos los hombres y para todos los hombres. Para todos soy el Amor misericordioso y la Salvación segura. ¿Qué es necesario hacer para ser de Jesús, y, por tanto, para ser salvados? Pocas cosas, pero grandes. No grandes porque sean cosas difíciles como las que hacen los reyes, sino grandes porque exigen que el hombre se renueve para llevarlas a cabo y para ser de Jesús. Por tanto, amor, humildad, fe, resignación, compasión. Esto es. Vosotros, que sois discípulos, ¿qué habéis hecho hoy de grande?
Diréis: "Nada. Hemos servido una comida". No. Habéis servido el amor. Os habéis humillado. Habéis tratado como hermanos a desconocidos de todas las razas, sin preguntar quiénes son, si están sanos, si son buenos. Y lo habéis hecho en nombre del Señor. Quizás esperabais de mí grandes palabras, para vuestra instrucción. He querido que hicierais grandes hechos. Hemos empezado el día con la oración, hemos socorrido a leprosos y mendigos, hemos adorado al Altísimo en su Casa, hemos comenzado los ágapes fraternos y el cuidado de peregrinos y pobres, hemos servido porque servir por amor es asemejarse a mí, que soy Siervo de los siervos de Dios, Siervo hasta el anonadamiento de la muerte para daros salvación…
(Y Yo os salvo. A todos: …Con tal de que vosotros queráis darme la voluntad de ser salvados. Este concepto, que aparece repetidamente en la Obra, sirve para justificar ciertas expresiones de impotencia por parte de Jesús. Incluso cuando no está cuestionada la salvación Jesús puede no ejercitar la propia omnipotencia divina si falta la adhesión de la libre voluntad del hombre)
Un fuerte rumor de voces y pasos interrumpe a Jesús. Un grupo exaltado de israelitas está subiendo apresuradamente las escaleras. Las romanas más conocidas, o sea, Plautina, Claudia, Valeria y Lidia, buscan un lugar retirado y se echan el velo. El grupo perturbador irrumpe en la terraza como si buscaran.., ¡qué sé yo que cosa! Cusa, ofendido, se pone delante de ellos y pregunta:
-¿Qué queréis?
-Nada que se refiera a ti. Buscamos a Jesús de Nazaret, no a ti.
-Aquí estoy. ¿No me veis? -pregunta Jesús dejando en el suelo al niño e irguiéndose majestuoso.
-¿Qué haces aquí?
-Ya lo veis. Hago lo que enseño, y enseño lo que se debe hacer: el amor a los pobres. ¿Qué os habían dicho?
-Se han oído gritos de sedición. Y, dado que donde Tú estás hay sedición, hemos venido a ver.
-Donde Yo estoy hay paz. El grito era: "Viva Jesús"».
-Precisamente eso. Se ha pensado, tanto en el Templo como en el palacio de Herodes, que aquí hubiera una conjura contra…
-¿Quién? ¿Contra quién? ¿Quién es rey en Israel? No es el Templo, ni Herodes. Domina Roma. Y quien piense en proclamarse rey donde Roma impera es un loco.
-Tú dices que eres rey.
-Soy Rey. Pero no de este reino. ¡Demasiado mísero para mí! Demasiado mísero es también el imperio. Soy Rey del Reino santo de los Cielos, del Reino del Amor y del Espíritu. Idos en paz, o quedaos, si queréis, y aprended cómo se entra en este Reino mío. Estos son mis súbditos: los pobres, los infelices, los oprimidos; y también los buenos, los humildes, los caritativos. Quedaos, uníos a ellos.
-Pero siempre estás en banquetes en casas lujosas, entre mujeres guapas y…
-¡Basta! No se provoca ni se ofende al Rabí en mi casa.
¡Salid! -grita Cusa con voz de trueno.
Pero en esto, de la escalera interna, sale al improviso a la terraza una figurita esbelta de joven velada. Corre ligera, como una mariposa, hasta Jesús, y arroja velo y manto; cae a sus pies y trata de besárselos.
-¡Salomé! -grita Cusa, y con él otros.
Jesús se ha retirado tan violentamente, para huir del contacto, que su asiento se vuelca y Él aprovecha para ponerlo entre sí y Salomé como separación. Sus ojos están fosforescentes, son terribles: tanto que dan miedo.
Salomé, frívola y descarada, zalamera al máximo, dice:
-Sí, yo. La aclamación ha llegado al Palacio. Herodes envía una embajada para decirte que desea verte. Pero la he precedido. Ven conmigo, Señor. ¡Yo te amo mucho y te deseo mucho! Yo también soy carne de Israel.
-Márchate a tu casa.
-La Corte te espera para tributarte honor.
-Mi Corte es ésta. No conozco otra Corte, ni otros honores -y con la mano señala a los pobres que están sentados a las mesas.
-Te traigo presentes para ella. Aquí tienes mis joyas.
-No las quiero.
-¿Por qué las rechazas?
-Porque son inmundas y se ofrecen con inmunda finalidad.
¡Vete!
Salomé se levanta confundida. Mira de refilón al Terrible, al Purísimo que la fulmina con su brazo extendido y su mirada de fuego. Mira furtivamente a todos, y ve burla y náusea en las caras. Los fariseos están petrificados observando la fuerte escena. Las romanas se aventuran a acercarse para ver mejor.
Salomé intenta una última prueba:
-Tratas incluso con los leprosos… -dice en tono sumiso y
suplicante.
-Son personas enfermas. Tú eres una impúdica. ¡Vete!
El último « ¡vete!» es tan imperioso que Salomé recoge velo y manto, y, agachada, se arrastra hacia las escaleras.
-¡Ten cuidado, Señor!… Tiene poder… ¡Podría perjudicarte! -susurra Cusa en voz baja.
Pero Jesús responde con voz fortísima, para que todos puedan oír, sobre todo la expulsada.
-No importa. Prefiero que me maten antes que aliarme con el vicio. Sudor de mujer lasciva y oro de meretriz son venenos de infierno. Las alianzas viles con los poderosos son pecado. Yo soy Verdad, Pureza y Redención. Y no cambio. Ve. Acompáñala…
-Castigaré a los criados que la han dejado pasar.
-No castigarás a nadie. Sólo una debe ser castigada. Ella.
Y ya lo es. Y que sepa, y sepáis vosotros, que conozco su pensamiento, y me repele. Que vuelva la serpiente a su guarida, que el Cordero vuelve a sus jardines.
Se sienta. Suda. Guarda silencio. Luego dice: -Juana, da a cada uno el óbolo, para que durante algunos días sea menos triste la vida… ¿Qué más debo hacer con vosotros, hijos del dolor? ¿Qué queréis, que os pueda dar? Leo en los corazones.
¡A los enfermos que saben creer, paz y salud!
Un instante de pausa y luego un grito… y son muchísimos los que se alzan curados. Los judíos, que habían venido con ánimo de pillar a Jesús en renuncio, se marchan atónitos por el milagro y la pureza de Jesús, y desapercibidos en medio del delirio general de aclamaciones.
Jesús sonríe mientras besa a los niños. Luego despide a los invitados. Pero detiene un momento a las viudas y habla con Juana en favor de ellas. Juana toma nota y las invita para el día siguiente; luego se marchan también ellas. Los últimos en salir son los ancianos…
Se quedan los apóstoles, los discípulos, las discípulas y las romanas. Jesús dice:
-Así es y debe ser la unión futura. No hay palabras. Que sean los hechos los que hablen con su evidencia a los espíritus y a las mentes. La paz sea con vosotros.
Se dirige hacia la escalera interior y desaparece seguido por Juana y luego por los demás.
Al pie de la escalera se topa con Judas:
-¡Maestro, no vayas a Getsemaní! Hay enemigos que te buscan allí. Y tú, madre, ¿qué dices ahora?, tú que me acusas. Si no hubiera ido, no me habría enterado de la asechanza que tienden al Maestro. ¡A otra casa! ¡Vamos a otra asa!
-A la nuestra, entonces. En casa de Lázaro sólo entran los que son amigos de Dios -dice María de Magdala.
-Sí. Los que ayer estaban en Getsemaní que vengan con las hermanas a la residencia de Lázaro. Mañana tomaremos una serie de medidas.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Y en el camino de regreso hacia la casa de Juana, estando un poco aislados en medio de la gente que se aglomera en los caminos y que separa a unos de otros a los componentes de la nutrida comitiva que sigue a Jesús, Pedro, que va con el Maestro y con los dos hijos de Alfeo, pregunta:
-Ahora que podemos hablar un poco entre nosotros, Señor, ¿me dices una cosa que estoy pensando desde ayer por la noche? -Sí, Simón. Dime de qué se trata y te responderé.
-Ya desde ayer por la noche pienso en la gracia especial que concedes a Juan en Antigonio. Es muy grande esa gracia, ¿eh? Es una cosa única. ¡Exclusivamente para él! Y la verdad es que Síntica también merece mucho… Y, en fin, hay mucha gente magnífica que… merecería verte… y que no te ve sino cuando está a tu lado. Nosotros, por ejemplo, ¡qué consolados nos habríamos sentido cuando nos has mandado por los caminos! Y hemos atravesado momentos en que una palabra tuya nos habría sacado de la incertidumbre… Pero a nosotros no vienes nunca… ¿Por qué esta diferencia?
-Concluyendo, ¿tú, Simón mío, estás un poco celoso?…
-¡No, hombre, no! Pero… Bueno… querría saber tres cosas: ¿por qué a Juan de Endor?; si sólo a él; y si no existe la posibilidad de que un día nos suceda también a nosotros, a mí, por ejemplo, que te vea milagrosamente y sepa de tu boca cómo actuar.
-Te respondo. A Juan porque es un espíritu lleno de buena voluntad, que, no obstante, tiene debilidades, más bien de tipo físico, que podrían derrumbar el edificio de su elevación a Dios, que él ha construido. ¿Ves, amigo mío?
El pasado, habiendo estado mucho tiempo sobre nosotros como una costra profundamente radicada, no sólo ha incidido signos indelebles, sino que deja indelebles tendencias en todos los hombres. Mira, por ejemplo, aquella casucha construida al pie del monte. Las aguas del suelo, las que corren monte abajo durante las lluvias, se han filtrado lentamente en ella. Ahora hay sol caliente, y lo habrá durante meses. Pero el moho que ha penetrado en la argamasa estará siempre presente cual manchas de lepra.
La casa ha sido abandonada por haber sido declarada leprosa. En otros tiempos menos irrespetuosos la casa habría sido demolida, según la Ley. ¿Porque le ha acaecido este desastre a la pobre casa? Porque los propietarios no se han preocupado de disponer zanjas alrededor para no permitir que las aguas se estancaran en la base, para desviar, lejos del lado que apoya en el monte, las aguas que bajan. Ahora la casa no sólo es fea, sino que está minada por la humedad. Si un hombre voluntarioso se preocupara de hacer esos trabajos, y luego la limpiara bien, y raspara las paredes y cambiara los adobes enmohecidos por otros nuevos; podría ser usada todavía.
Pero, de todas formas, presentaría unas debilidades tales, que en un terremoto sería la primera en derrumbarse. Juan ha estado, durante años, penetrado de los venenos del mal del mundo. Ha puesto los medios, con su voluntad, para desterrarlos de su alma revivida. Pero en la base escondida en la carne, en la parte inferior, han quedado debilidades… El espíritu está fuerte, pero su carne es débil; y la carne se desata incluso en tempestades, cuando sus fómites se juntan con elementos del mundo, capaces de zarandear el yo. ¡Juan!… ¡Qué remoción de partículas del pasado por cuanto ha sucedido! Yo le ayudo en la resistencia, en la depuración, en la victoria sobre el pasado que tiende a resurgir; doy consuelo a su excesivo sufrimiento en la manera que puedo. Porque lo merece.
Porque es justo ayudar a una voluntad santa que sufre el asalto de toda la iniquidad del mundo. ¿Te convences?
-Sí, Maestro. ¿Y… sólo te muestras a él?
Jesús sonríe mirando a Pedro, que a su vez lo mira desde abajo y parece un niño observando la cara de su padre. Responde:
-No sólo a él. También a otros que están lejos construyéndose su santidad, fatigosamente y solos.
-¿Quiénes son?
-No es necesario saberlo.
Santiago de Alfeo pregunta:
-¿Y a nosotros, por ejemplo, cuando estemos solos y -¡a saber cuánto! -atormentados por el mundo?… ¿no nos vas a ayudar con tu presencia?
-Tendréis al Paráclito con sus luces.
.De acuerdo… Pero yo… no lo conozco… y… creo que no lograré jamás comprenderlo. Tú… es otra cosa… Diré: "¡Oh, el Maestro!" y te preguntaré lo que hay que hacer, con la seguridad de que eres Tú…» dice Pedro. Y termina:
« ¡El Paráclito! ¡Demasiado excelso para este pobre pescador! ¡Quién sabe lo difícil que habla y lo… ligero que es: un soplo que pasa…! No sé si alguno se dará cuenta siquiera… Yo necesito un buen meneo, un grito, para que mi cocota se despierte y pueda entender. ¡Pero, si te me apareces Tú, te veo, y entonces!… Prométeme, o mejor a todos, prométenos que te nos vas a aparecer también a nosotros. ¡Pero así, ¿eh?! De carne y sangre.
Que se te vea bien y se te oiga mejor.
-¿Y si lo hiciera para regañar?
-¡No importa! Al menos -¿verdad, vosotros dos? -, al menos sabríamos lo que tendríamos que hacer.
Los dos hijos de Alfeo asienten.
-Pues os lo prometo. A pesar de que -creedlo -el Paráclito sabrá hacer que vuestras almas lo entiendan. Pero iré Yo a deciros: "Santiago, haz esto o aquello. Simón Pedro, no está bien que hagas esa otra cosa. Judas, fortalécete para estar preparado para esto o para aquello".
-Muy bien. Ahora estoy más tranquilo. ¡Y ven a menudo, ¿eh?! Porque yo estaré como un pobre niño desamparado que no hará sino que llorar y… hacer cosas no buenas…
Y casi casi Pedro ya se echa a llorar desde ahora…
Judas Tadeo pregunta:
-¿No podrías hacerlo para todos desde ahora? Quiero decir: para los que dudan, para los culpables, los desleales. Quizás un milagro…
-No, hermano. El milagro hace mucho bien, especialmente el milagro de ese tipo, cuando se da a tiempo y en el lugar oportuno, a personas no maliciosamente culpables. Dado a personas maliciosamente culpables, aumenta su culpabilidad porque aumenta su soberbia. Toman el don de Dios como debilidad de Dios, que les suplicaría a ellos, a los orgullosos, permitir amarlos. Toman el don de Dios como producto de sus grandes méritos. Se dicen a sí mismos:
"Dios se humilla conmigo porque soy santo". Entonces es la ruina completa. La ruina, por ejemplo, de un Marcos de Josías, y con él de otros… ¡Ay de aquel que entra por este camino satánico!: el don de Dios se transforma en él en veneno de Satanás. Ser agraciado con dones extraordinarios constituye la prueba más grande y segura del grado de elevación y de voluntad santa en un hombre. Muy frecuentemente, el hombre se embriaga de ello humanamente, y de espiritual, pasa a ser todo humanidad, y luego baja y se hace satanicidad.
-¿Y entonces por qué los concede Dios? ¡Sería mejor que no los concediera!
-Simón de Jonás, ¿para enseñarte a andar tu madre te tuvo siempre entre pañales y en brazos?
-No. Me ponía en el suelo, y me soltaba.
-¡Pero te caerías, ¿no?!
-¡Una infinidad de veces! Bueno y mucho más porque yo era muy… Bueno, que ya desde pequeño tenía pretensiones de actuar por mí mismo y de hacer todo bien.
-¡Pero ahora ya no te caes!
-¡Estaría bueno! Ahora sé que subirme al respaldo de una silla es peligroso, sé que pretender usar los desagües para bajar del tejado al patio es un error, sé que querer volar desde la higuera hasta dentro de la casa, como si fuéramos pájaros, es cosa de locos. Pero de pequeño no lo sabía. Y lo que es un misterio es que no me matara. Pero poco a poco fui aprendiendo a usar bien las piernas y la cabeza.
-Entonces Dios ha hecho bien dándote piernas y cabeza; y tu madre, dejándote aprender sufriendo en ti las consecuencias, ¿no?
-¡Claro está!
-Lo mismo hace Dios con las almas. Les da los dones y, como una madre, advierte y enseña. Pero luego cada uno debe razonar por sí mismo sobre cómo usarlos.
-¿Y si es un deficiente mental?
-Dios no da los dones a los deficientes mentales. A éstos los ama, porque son infelices, pero no les da aquello de cuya posesión no tendrían conciencia.
-¡Pero si se los diera y los usaran mal?
-Dios los trataría según su realidad, es decir, como a personas incapaces y por tanto, sin responsabilidad. No los juzgaría.
-¿Y si uno es inteligente cuando los recibe y luego se vuelve necio o loco?
-Si es por enfermedad, no es culpable de no usar el don recibido.
-¿Pero… uno de nosotros, por ejemplo? ¿Josías… o… ¡bueno… u otro!?
-¡Más le valdría no haber nacido! Pero así se separan los buenos los malos… Operación dolorosa, pero justa.
-¿Qué decís de bueno? ¿Nada para nosotros? -preguntan otros apóstoles que, dada la anchura de la calle, pueden reunirse con Jesús.
-Hablábamos de muchas cosas. Jesús me ha dicho una parábola sobre la lepra de las casas. Luego os la digo yo responde Pedro.
-¡De todas formas, qué supersticiones, ¿eh?! Dignas de aquellos tiempos. Las paredes no cogen lepra. Los antiguos, ignorantes, aplicaban a vestidos y a paredes propiedades animales. Cosas ridículas que nos hacen ridículos -dice con aires de sabio Judas Iscariote. -No son como dices, Judas. Bajo la apariencia -que era como era necesaria para las mentes de aquel tiempo -hay una finalidad grande formada de santas previsiones. Como muchos otros preceptos del viejo Israel. Preceptos orientados a la salud del pueblo.
Conservar sano a un pueblo es deber de los legisladores, es honrar a Dios y servirle, porque el pueblo está constituido por criaturas de Dios. No se le debe desatender, de la misma forma que no se desatiende ni a los animales ni a las plantas. Las casas definidas leprosas no tienen, es verdad, la enfermedad carnal de la lepra. Pero tienen defectos de construcción y de ubicación que las hacen malsanas y que se manifiestan con las manchas definidas "lepra de las paredes". Con el paso del tiempo se hacen no sólo malsanas para el hombre, sino peligrosas porque están expuestas a un fácil derrumbamiento. Por eso bien prescribe la Ley, y ordena abandonarlas y reconstruirlas, e incluso destruirlas si, una vez reconstruidas, vuelven a aparecer enfermas.
-¡Hombre, pero un poco de humedad, qué va a hacer? Se seca con braseros.
-Y la humedad no aparece externamente, y el engaño aumenta. La humedad aumenta por dentro, y mina, y un buen día se derrumba la casa y sepulta a sus habitantes. ¡Judas, Judas! ¡Mejor tener excesiva vigilancia que ser imprudentes!
-Yo no soy una casa.
-Eres la casa de tu alma. No dejes que en la casa se filtre el mal y corroa… Vigila por la incolumidad de tu alma. Vigilad todos.
-Vigilaré, Maestro. Pero, dime la verdad, ¿estás impresionado por las palabras de mi madre? Esta mujer está enferma. Ve fantasmas. Tengo que llevarla al médico. Cúramela Tú, Maestro.
-La consolaré. Pero tú eres el único que puedes curarla, calmando su congoja.
-Congoja sin fundamento. Créeme, Señor.
-Mejor así, Judas. Mejor así. Pero tú, con una conducta cada vez más justa, trata de anular esa congoja. Si ha surgido, habrá habido un motivo. Anula incluso el recuerdo de ese motivo, y tu madre y Yo te bendeciremos.
-¡Maestro, temías que me pusiera de acuerdo con Marcos de Josías?
-No temo nada.
-¡Ah! ¡Bien! Porque yo trataba de convencerlo. Creo que era mi deber. ¡Ninguno lo hace! ¡Yo tengo celo por las almas!
-Ten cuidado de que no te ocurra un mal -dice Pedro bondadosamente.
-¿Qué quieres decir? -dice Judas agresivo.
-Nada más que esto: que para tocar algo que quema hay que coger algo que aísle.
-¿Qué, en nuestro caso?
-¿Qué? Una gran santidad.
-¿Y yo no la tengo, no es verdad?
-Ni tú, ni yo, ni ninguno de nosotros. Por eso… podríamos quemarnos y quedar marcados.
-¿Y entonces quién se va a ocupar de las almas?
-Por ahora el Maestro. Después, cuando, según la promesa, tengamos los medios para poderlo hacer, nosotros.
-Pero yo quiero actuar antes. Nunca se trabaja demasiado pronto para el Señor.
-Creo que lo que dices está bien, pero también creo que el primer trabajo para el Señor lo tenemos que hacer en nosotros. ¿Ir a predicar santidad a los otros antes que a nosotros mismos?…
-Eres egoísta.
-En absoluto.
-Sí.
-No.
Empieza la discusión. Interviene Jesús:
-Pedro tiene razón en buena parte. Tú también tienes un poco de razón. Porque la predicación se debe apoyar sobre los hechos. Por eso santificarse para poder decir: "Haced lo que digo porque es justo". Y esto apoya lo que dice Pedro.
Pero también el trabajar en los espíritus de los demás sirve para formar los propios, porque nos obliga a mejorarnos para no ser objeto de observaciones por parte de los que se hayan de convertir. Pero ya hemos llegado a la casa de Juana…
Vamos a entrar a gozar del amor de contarnos entre los obreros del Señor; y a predicar, con los hechos, el tiempo futuro.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No veo la distribución de comida a los leprosos de Hinnon, de los cuales sólo oigo hablar. No creo que se hayan producido milagros entre ellos, porque Simón Pedro dice:
-La soledad atroz no les ha dado la gracia de creer y saber dónde está la Salud.
Después la ciudad los recibe por la Puerta que introduce en el bullicioso y poblado barrio de Ofel.
Después de algunos metros, por la puerta entreabierta de una casa, aparece al improviso, jubilosa, Analía, que hace un acto de veneración al Maestro mientras dice:
-Tengo permiso de mi madre para estar hasta la noche contigo, Señor.
-¿No se sentirá molesto Samuel?
-Ya no existe Samuel en mi vida, Señor. Y gracias sean dadas al Altísimo. Solamente me conceda que no te deje a ti, mi Dios, como me ha dejado a mí.
La boca juvenil sonríe heroicamente, mientras un brillo de llanto resplandece en sus ojos castos.
Jesús la mira fijamente y, por toda respuesta, le dice:
-Únete a las discípulas -y reanuda el camino.
Pero la anciana madre de Analía, más anciana por los dolores que por la edad, se acerca a su vez, muy inclinada en un saludo devotísimo y rendido, y dice:
-La paz a ti, Maestro. ¿Cuándo podría hablar contigo? ¡Estoy muy acongojada!…
-Enseguida, mujer.
Y, volviéndose a los que están con Él, ordena:
-Quedaos aquí fuera. Voy a entrar un momento en esta casa -y hace ademán de seguir a la mujer.
Pero Analía, desde el grupo de las mujeres, reclama su atención, con una sola palabra: « ¡Maestro!», ¡pero cuánto hay en esa palabra! Y junta las manos al decirla, como si suplicara…
-No temas. Ten paz. Tu causa está en mis manos, y también tu secreto -la tranquiliza Jesús. Y luego, raudo, entra por la puerta entreabierta.
Fuera se hacen comentarios sobre este hecho, y curiosidades masculinas y femeninas compiten para saber… saber… saber… Dentro se escucha y se llora. Jesús escucha. Apoyado de espaldas contra la puerta, que ha cerrado tras sí en cuanto ha entrado, con los brazos recogidos sobre el pecho, escucha a la madre de la muchacha, que le habla de la volubilidad del novio, el cual habría aprovechado un pretexto para liberarse completamente del vínculo…
-De forma que Analía es como una repudiada, y nunca más se casará, porque ha declarado que Tú no apruebas a quien después del repudio vuelve a casarse. Pero no es así. ¡Ella es célibe todavía! No se vende a otro hombre, porque de ningún hombre ha sido. Y él es culpable de crueldad. Y más. Porque le han venido ganas de otras bodas; pero es mi hija la que va a aparecer como culpable, y el mundo la escarnecerá. Haz algo, Señor, porque es por ti por quien sucede esto.
-¿Por mí, mujer? ¿En qué he pecado?
-¡No, Tú no has pecado! Pero él dice que Analía te ama. Y finge estar celoso. Ayer noche ha venido. Ella había ido a verte. Se enfureció y juró que ya no la querría por esposa. Analía, que llegó en ese momento, le respondió:
"Haces bien. Lo único que siento es que vistas la verdad de mentira o de calumnia. Sabes que a Jesús se le ama sólo con el alma. Pero es precisamente tu alma la que se ha corrompido y deja la Luz por la carne, mientras que yo dejo la carne por la Luz. No podríamos ser ya un solo pensamiento, como dos esposos deben ser. Ve, pues, y que Dios te ampare". Ni una lágrima, ¿comprendes? ¡Nada que tocara el corazón del hombre! ¡Mis esperanzas defraudadas! Ella… ciertamente por superficialidad, causa su ruina.
Llámala, Señor. Habla con ella. Doblégala a la razón. Busca a Samuel. Está en casa de Abraham su pariente, en la tercera casa después de la Fuente de la higuera. ¡Ayúdame! Pero primero habla enseguida con ella…
-Hablar, hablaré. Pero deberías dar gracias a Dios, que rompe un vínculo humano que está claro que no prometía mucho. Ese hombre es voluble e injusto para con Dios y para con su novia…
-Sí, pero es atroz que el mundo la crea culpable, y que te crea culpable a ti, por el simple hecho de que sea discípula tuya.
-El mundo acusa y luego olvida. El Cielo, por el contrario, es eterno. Tu hija será una flor del Cielo.
-¿Entonces por qué has permitido que viviera? Habría sido una flor sin sufrir la lapidación de las calumnias. Tú que eres Dios llámala, hazla razonar, y luego haz razonar a Samuel…
-Recuerda, mujer, que ni siquiera Dios puede avasallar la voluntad y libertad del hombre. Ellos, Samuel y tu hija, tienen derecho a seguir lo que sienten que es bueno para ellos. Especialmente Analía tiene derecho…
-¿Por qué?
-Porque Dios la ama más que a Samuel. Porque ella da a Dios más amor que Samuel. ¡Tu hija es de Dios!
-No. En Israel no es así. La mujer debe casarse… Es mía la hija… Sus esponsales me prometían paz para el futuro…
-Tu hija estaría en el sepulcro desde hace un año, si Yo no hubiera actuado. ¿Quién soy Yo para ti?
-El Maestro y Dios.
-Y como Dios y Maestro digo que el Altísimo tiene más derecho que nadie sobre sus hijos, y que mucho va a cambiar en la Religión, y de ahora en adelante podrán las vírgenes ser vírgenes eternamente por amor a Dios. No llores, madre. Deja tu casa y ven con nosotros, hoy. ¡Ven! Ahí afuera está mi Madre y otras madres heroicas que han dado sus hijos al Señor. Únete a ellas…
-Habla con Analía… ¡Inténtalo, Señor! -gime la mujer entre sollozos.
-De acuerdo. Haré como quieres -dice Jesús. Y, abierta la puerta, llama: «Madre, ven con Analía».
Las dos requeridas van presurosas. Entran.
-Muchacha, tu madre quiere que te diga que lo pienses más. Quiere que hable con Samuel. ¿Qué debo hacer? ¿Qué respuesta me das?
-Habla con Samuel si quieres. Es más, te suplico que lo hagas. Pero sólo porque querría que se hiciera justo oyéndote. Respecto a mí, ya sabes; te ruego que le des a mi madre la respuesta más verdadera.
-¿Has oído, mujer?
-¿Cuál es la respuesta? -pregunta con voz quebrada la anciana, la cual al principio de las palabras de su hija creía que ésta se hubiera vuelto atrás y luego ha comprendido que no es así.
-La respuesta es que desde hace un año tu hija es de Dios, y el voto es perenne mientras dura la vida.
-¡Pobre de mí! ¿Qué madre hay más infeliz que yo?
María suelta la mano de la joven para abrazar a la mujer y decirle dulcemente:
-No peques con tu pensamiento y con tu lengua. Dar a Dios un hijo no es una desdicha; antes al contrario, es una gran gloria. Un día me dijiste que tu dolor era el haber tenido sólo una hija, porque querrías haber tenido el varón consagrado al Señor. Tú tienes no un varón sino un ángel, un ángel que precederá al Salvador en su triunfo.
¿Y te vas a considerar infeliz? Mi madre, habiéndome concebido en tarda edad, espontáneamente me consagró al Señor desde el primer latido mío que oyó en su seno. Y me tuvo sólo tres años. Y yo tampoco la tuve, sino en mi corazón. Pues bien, su paz al morir fue el haberme dado a Dios… ¡Ánimo, ven al Templo a cantar las alabanzas a Aquel que tanto te ama que ha elegido a tu hija como esposa! Ten una verdadera sabiduría en tu corazón. Verdadera sabiduría es no poner límites a la propia generosidad hacia el Señor.
La mujer ha dejado de llorar. Escucha… Luego se decide. Toma el manto y se envuelve en él. Y al pasar por delante de la hija suspira:
-Primero la enfermedad, luego el Señor… ¡Se ve que no debía tenerte!…
-No, mamá. No digas eso. Nunca me has tenido tanto como ahora. Tú y Dios. Dios y tú. Sólo vosotros, hasta la muerte… -y la abraza dulcemente y le pide: «¡Una bendición, madre! Una bendición… porque he sufrido por tener que hacerte sufrir. Pero Dios me quería así…».
Se besan llorando. Luego salen, precedidas por Jesús y María, y cierran la casa; luego se ponen detrás del grupo de las discípulas…
-¿Por qué entramos por aquí, Señor? ¿No era mejor entrar por la otra parte? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Porque, pasando por aquí, pasamos por delante de la Antonia.
-Y esperas… ¡Ten cuidado, Maestro!… El Sanedrín te espía -dice Tomás.
-¿Cómo lo sabes? -le pregunta Bartolomé.
-Basta reflexionar en el interés de los fariseos para comprender. ¡Me decís que con mil disculpas vienen continuamente a observar lo que hacemos!… ¿Con qué finalidad, si no es buscando de qué acusar al Maestro?
-Tienes razón. Entonces es mejor no pasar por delante de la Antonia, Maestro. Si los romanos no te ven, pues mejor.
-Y en esta razón está contenido más el asco por ellos que la solicitud por mí, ¿no es verdad, Bartolmái? ¡Qué sabio serías si quitaras de tu corazón estas miserias! -responde Jesús, que sigue de todas formas por su camino sin escuchar a nadie.
Para ir a la Antonia tienen que pasar por el Sixto, donde están el palacio de Juana y el de Herodes, poco separados el uno del otro. Jonatán está en la puerta del palacio de Cusa. En cuanto ve a Jesús, da la voz a los de la casa. Sale inmediatamente Cusa y hace una reverencia. Le sigue Juana, ya preparada para unirse al grupo de las discípulas.
Cusa habla:
-He oído que hoy estarás donde Juana. Concede a tu siervo tenerte como invitado en un banquete.
-Sí. Con tal de que me concedas que haga de él un banquete de caridad para los pobres y los infelices.
-Como te parezca, Señor. Ordena y haré lo que Tú quieras.
-Gracias. La paz sea contigo, Cusa.
Juana pregunta:
-¿Tienes órdenes para Jonatán? Está a tu disposición.
-Las daré cuando vuelva del Templo. Vamos, porque nos esperan.
Pasan poco después junto al bonito y cruel palacio de Herodes (cerrado como si estuviera deshabitado). Pasan junto a la Antonia. Los soldados observan el pequeño cortejo del Nazareno.
Entran en el Templo. Mientras las mujeres se detienen en la parte inferior, los hombres prosiguen por el lugar concedido a ellos. Llegan así al sitio donde se presenta a los niños y se purifican las mujeres. Un pequeño grupito de gente acompaña a una joven madre y se detiene para cumplir las ceremonias del rito.
-¡Un pequeñuelo consagrado al Señor, Maestro! -dice Andrés, que observa la escena.
-Es, si no me equivoco, la mujer de Cesárea de Filipo, la del castillo. Pasó por delante de mí mientras te esperábamos en la Puerta Dorada -dice Santiago de Alfeo.
-Sí. Está también la suegra y el administrador de Felipe. No nos han visto. Pero nosotros los hemos visto a ellos -añade Judas Tadeo.
Y Mateo añade:
-Y nosotros dos hemos visto a María de Simón con un anciano. Pero Judas no estaba. Parecía muy triste la mujer. Miraba afligida a su alrededor.
-Luego la buscaremos. Ahora vamos a orar. Y tú, Simón de Jonás, presenta la ofrenda en el gazofilacio. Por todos.
Oran largamente. La gente advierte claramente su presencia y unos a otros se señalan al Maestro.
Un breve altercado, del que sobresale la nota aguda de una voz femenina, hace volver la cabeza a los que oran menos recogidos.
-¡Si he estado aquí para ofrecer el hijo varón a Dios, puedo quedarme otro poco para ofrecérselo a quien lo salvó para el Señor! -dice la voz aguda.
La joven Dorca, implicada en medio, causa de tanto jaleo, rompe a llorar y grita:
-¡No le hagáis ningún mal por causa mía!
Pero ya algunos exaltados han llegado donde el Señor y le dicen impositivamente:
-¡Ven aquí y responde!
Los apóstoles y discípulos están agitados de ira y temor. Jesús, sereno y solemne, sigue a los que lo han llamado.
-¿Reconoces a esta mujer? -gritan mientras lo empujan al centro del corro que se ha formado alrededor de Dorca, a la que señalan como si fuera una leprosa.
-Sí. Es una joven viuda y madre de Cesárea de Filipo. Y ésa es su suegra. Y ése es el administrador del castillo. ¿Y entonces…?
-Ella te acusa de que entraste en su habitación mientras se producía el parto.
-¡No es verdad, Señor! No he dicho eso. He dicho que me reviviste a mi hijo. ¡Y nada más! Quería rendirte honor, y te he perjudicado. ¡Perdón, perdón!
El administrador de Filipo interviene para ayudarla y dice:
-No es verdad. Vosotros mentís. La mujer no ha dicho eso, y yo soy testigo y puedo jurarlo; como también que el Rabí no entró en la habitación, sino que obró el milagro desde la puerta.
-¡Calla, siervo!
-¡No! ¡No callaré! ¡Y se lo diré a Filipo, que venera al Rabí más que vosotros, falsos devotos del Dios altísimo!
El altercado pasa de la mujer al terreno religioso y político. Jesús guarda silencio. Dorca llora.
Eleazar, el invitado justo del banquete de la casa de Ismael, dice:
-Creo que se ha aclarado la duda y no tiene ya objeto la acusación; y que el Rabí, justificado, puede libremente marcharse.
-No. Quiero saber si se purificó después de tocar al muerto. ¡Que lo jure por Yeohveh! -grita Jonatán de Uziel.
-¡No me purifiqué porque el niño no estaba muerto, sino que sólo tenía dificultad para respirar.
-Ah, ahora te va bien decir que no resucitó, ¿eh?! -grita
un fariseo.
-¿Por qué no haces ostentación como en Quedes? -pregunta otro.
-¡No perdamos tiempo en palabras! Vamos a echarlo de aquí y a llevar esta nueva imputación al Sanedrín. ¡Un cúmulo de imputaciones!
-¿Qué otra? -pregunta Jesús.
-¿Que qué otra! ¡El haber tocado a la leprosa sin purificarte después! ¿Puedes negarlo? ¿Y haber blasfemado en Cafarnaúm, tanto que los más justos te han abandonado? ¿Puedes negarlo?
-No niego nada. Pero no tengo pecado, porque tú, Sadoq, tú que acusas, sabes por el marido de Anastática que no estaba leprosa; tú lo sabes, paraninfo del adulterio de Samuel, tú, embustero con él ante el mundo para favorecer la lujuria de un inmundo, dando el nombre de lepra a lo que no era tal, y condenando a una mujer a la tortura que significa el ser llamado "leproso" en Israel, sólo porque eres cómplice del marido culpable.
El escriba Sadoq, uno de los que estaban en Yiscala y luego en Quedes, herido en pleno centro, se escabulle sin decir nada más. Le siguen los gritos burlones de la gente.
-¡Silencio! Es lugar sagrado -dice Jesús. Y ordena a la mujer y a los que estaban con ella: «Vamos. Venid conmigo a donde me esperan». Y se encamina, severo y majestuoso, seguido por los suyos.
Entretanto, la mujer, ante las preguntas de muchos, cuenta una y otra vez, repitiendo siempre: «Mi hijo es suyo y a Él se lo consagro». El administrador se acerca a Jesús y dice:
-Maestro, he referido a Filipo el milagro. Me ha enviado para decirte que te estima. Tenlo presente en las insidias de Herodes… y de los otros. Querría ver también él, y oírte. ¿No vienes hoy a su casa? Te acogería con gusto, incluso en la Tetrarquía.
-No soy ni un histrión ni un mago. Soy el Maestro de la Verdad. Que venga a la Verdad y no lo rechazaré.
Están en el patio de las mujeres.
-¡Ahí está! ¡Ahí está! -dicen las discípulas a María, que está preocupada por el retraso.
Se reúnen. Jesús quisiera despedirse de los de Cesárea, para ir a buscar a María, madre de Judas; pero Dorca se arrodilla y dice:
-Te buscaba yo antes que ella, antes que esa mujer que buscas y que es madre de un discípulo. Te buscaba para decirte: "Este hijo es tuyo. Varón unigénito. Te lo consagro. Tú eres el Dios vivo. Que sea siervo tuvo".
-¿Sabes lo que esto significa? Quiere decir consagrar a tu hijo al dolor, perderlo como madre y ganarlo como mártir en el Cielo. ¿Te sientes con fuerzas de ser mártir en tu hijo?
-Sí, mi Señor. Mártir me habría hecho su muerte, un martirio de una pobre mujer madre. Por ti seré mártir de forma perfecta, grata al Señor.
-¡Pues así sea!… ¡Oh, María de Simón! ¿Cuándo has venido?
-Ahora. Con Ananías, un pariente mío… Yo también te buscaba, Señor…
-Lo sé. Y había enviado a Judas a decirte que vinieras. ¿No ha ido?
La madre de Judas agacha la cabeza, y susurra:
-Salí inmediatamente después de él para ir al Getsemaní.
¡Pero ya te habías marchado!… He venido rápidamente al Templo… Ahora te encuentro… A tiempo de oír a esta muchacha, ya madre, ¡y tan dichosa!… ¡Cómo desearía poder decirte sus mismas palabras, Señor, respecto a un Judas recién nacido… lleno de dulzura… como uno de estos corderitos… -y, llorando, señala a los corderitos baladores que van hacia los que los han de inmolar. Se envuelve en el manto para esconder su llanto.
-Ven conmigo, madre. Hablaremos en casa de Juana. Este no es el sitio apropiado.
Las discípulas toman consigo, en medio de ellas, a María, madre de Judas. El pariente Ananías, por su parte, se mezcla con los discípulos. Entre las discípulas también van Dorca y su suegra. María de Alfeo y Salomé entran en éxtasis haciendo mimos al pequeñuelo.
Se encaminan hacia la salida. Pero, antes de llegar, he aquí que un esclavo romano trae una tablilla encerada a Juana, que la lee y responde:
-Dirás que sí. Por la tarde en mi casa, en el palacio.
Y luego es el gorjeo de Yaia y su madre al ver al Salvador:
-¡Ahí está el Donador de la luz! ¡Bendito seas, Luz de Dios! -y están rostro en tierra, felices.
La gente se arremolina, pregunta, comprende, aclama.
Y luego es el anciano Matías el que venera y bendice (el hombre que ofreció hospedaje en la noche de tormenta a Jesús y a los suyos cerca de Yabés Galaad).
Luego es el abuelo de Margziam y los otros campesinos. Jesús, después de hablar con Juana, les dice: «Venid conmigo». Y ya se lo ha dicho a Dorca, a Yaia, a Matías.
Pero, cerca de la Puerta Dorada, están Marcos de Josías (el discípulo apóstata) y Judas Iscariote hablando animadamente. Judas ve venir al Maestro y se lo dice a su compañero; éste, cuando tiene a Jesús detrás, se vuelve.
Las miradas se entrecruzan. ¡Qué mirada la de Cristo! Pero el otro ya está sordo ante cualquier santo poder. Para huir antes, casi echa a Jesús contra una columna. Y Jesús no reacciona sino diciendo:
-¡Marcos, detente! ¡Por piedad de tu alma y de tu madre!
-¡Satanás! -grita el otro. Y se marcha.
-¡Qué horror! -gritan los discípulos.
-¡Maldícelo, Señor!
Y el primero en decirlo es Judas Iscariote.
-No. Dejaría de ser Jesús… Vamos…
-¿Pero cómo, cómo es que se ha vuelto así? ¡Tan bueno como era! -dice Isaac, que parece como traspasado por una flecha de lo apenado que está por el cambio de Marcos.
-Es un misterio. ¡Una cosa inexplicable! -dicen muchos.
Y Judas de Keriot:
-Sí. Le dejaba hablar. Todo una herejía. ¡Pero cómo la dice! Casi te persuade. No era tan sabio cuando era justo.
-Debes decir que no estaba tan enajenado cuando estaba endemoniado cerca de Gamala -dice Santiago de Zebedeo.
Y Juan pregunta:
-¿Por qué, Señor, cuando estaba endemoniado te causaba menos daño que ahora? ¿No puedes curarlo para que no te perjudique?
-Porque ahora ha recibido dentro de sí a un demonio inteligente. Antes era una posada tomada por la fuerza por una legión de demonios. Pero faltaba en él el consenso de tenerlos. Ahora su inteligencia ha querido a Satanás, y Satanás ha puesto en él una fuerza demoníaca inteligente.
Contra esta segunda posesión nada puedo. Debería violentar la voluntad libre del hombre.
-¿Sufres, Maestro?
-Sí. Son mis angustias… mis derrotas… Y si me aflijo es porque son almas que se pierden. Sólo por esto. No por el mal que me hacen a mí.
Estando todos parados, a la espera de que el camino quede libre de un atasco de gente y caballerías, forman corrillo. La mirada de la madre de Judas es de una potencia tal, que su hijo le pregunta:
-¡Pero bueno!, ¿qué te pasa? ¿Es la primera vez que ves mi cara? Tú es que estás enferma. Tengo que llevarte al médico…
-¡No estoy enferma, hijo! ¡Ni es la primera vez que te veo!
-¿Y entonces?
-Entonces… nada. Lo único es que quisiera que no merecieras jamás estas palabras del Maestro.
-Yo ni lo abandono ni lo acuso. ¡Soy su apóstol!
Reanudan la marcha, hasta que Jesús se detiene para saludar a Juana y a las discípulas que van con Juana a su casa. Los hombres, todos, van al Getsemaní.
-Podíamos haber ido todos allá. Hubiera querido ver lo que decía Elisa -masculla Pedro.
-Lo verás. Porque será hoy cuando sepa, y de mi boca, que a Anastática se la confío a ella.
-¿Y esta noche banquete?
-Sí. Ya he dicho a Juana lo que debe hacer.
-¿Qué debe hacer? ¿Cuándo se lo has dicho? -pregunta más de uno.
-Lo veréis. Antes de dejarla. Mientras la saludaba. Vamos sin demora, para estar pronto en el jardín de Juana.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Apenas un principio de aurora. Mas ya los hombres imitan a las aves, que bullen con sus primeros vuelos y trabajos y cantos del día. La casa del Getsemaní, poco a poco, se va despertando; y se ve precedida por el Maestro, que regresa ya de la oración hecha en las primeras luces del alba, después de una noche entera de oración; pero no entra.
Se va despertando poco a poco el cercano campo de los galileos en la planicie del Monte de los Olivos, y gritos y llamadas van por el aire sereno, atenuados por la distancia, aunque suficientemente netos como para comprender que los píos peregrinos reunidos allí de un momento a otro van a reanudar las ceremonias pascuales interrumpidas la noche anterior.
Se despierta la ciudad, más abajo. Empieza el clamor que la llena (superpoblada en estos días), con los rebuznos de los burritos (de hortelanos y vendedores de corderos que se apretujan en las puertas para entrar), y con el llanto -¡qué conmovedor! -de centenares de corderos que, montados en carros, o dentro de bastos más o menos grandes, o simplemente a hombros, se dirigen a su trágico destino, y llaman a las madres… lloran su lejanía, sin saber que deberían llorar la vida que tan precozmente llega a su fin.
Y sigue aumentando, sin cesar, el rumor en Jerusalén, por el ruido de los pasos en las calles y las llamadas de una terraza a otra o de éstas a la calle, o viceversa; y el rumor llega, como el de las ondas marinas, atenuado por la distancia, hasta la serena hondonada del Getsemaní.
Un primer rayo de sol corta el aire en dirección a una exquisita cúpula del Templo, y la inflama toda, como si un sol hubiera descendido a la Tierra, un pequeño sol posado encima de un cándido pedestal, pero bellísimo a pesar de su pequeñez.
Los discípulos y las discípulas miran admirados ese punto de oro. ¡Es la Casa del Señor! ¡Es el Templo! Para comprender lo que era este lugar para los israelitas, basta ver cómo fijan en él sus miradas. Parecen ver relampaguear, entre el rutilar del oro encendido por el sol, la Faz Santísima de Dios. Adoración y amor patrio, santo orgullo de ser hebreos, aparecen evidentes en esas miradas, más que si hablaran los labios.
Porfiria, que no ha vuelto a Jerusalén desde hace muchos años, vierte incluso lágrimas de emoción, mientras, inconscientemente, aprieta el brazo de su marido, que le está señalando no sé qué con la mano, y se abandona un poco sobre él, como una recién casada, enamorada de su esposo, admirada de él, feliz de ser por él instruida.
Entretanto, las otras mujeres hablan quedo, casi en monosílabas, para consultarse lo que debe hacerse este día. Anastática, todavía sin práctica y un poco ajena a este nuevo ambiente, está ligeramente separada, absorta en sus pensamientos.
María, que estaba hablando con Margziam, la ve, se acerca a ella y le pasa un brazo alrededor de la cintura:
-¿Te sientes un poco sola, hija mía? Bueno, hoy irá mejor.
¿Ves? Mi Hijo está indicando a los apóstoles que vayan a las casas de las discípulas para advertirles que se reúnan y lo esperen por la tarde en casa de Juana. Se ve que quiere hablarnos, concretamente a las mujeres; bueno, antes te habrá dado ya una madre. ¿Es buena, sabes? La conozco desde cuando estaba yo en el Templo.
Era una madre ya desde entonces para con las más pequeñas de las consagradas. Y comprenderá tu corazón, porque también ella ha llorado mucho. Mi Hijo la curó el año pasado de una melancolía mortal que se había apoderado de ella después de la muerte de sus dos hijos. Te lo digo sólo para que sepas quién es la que de ahora en adelante te va a querer, y a la que tú vas a querer. Pero te digo lo mismo que el año pasado dije a Simón cuando recibía por hijo a Margziam: "Que este afecto no debilite la voluntad de tu corazón de servir a Jesús". Si así fuera, el don de Dios te sería más pernicioso que la lepra, porque apagaría en ti la voluntad buena que un día te dará la posesión del Reino».
-No temas, Madre. En lo que está de mi parte, haré una llama de este afecto para encenderme a mí misma cada vez más al servicio del Salvador. No me gravaré con él, ni gravaré a Elisa, sino que, al contrario, juntas, apoyándonos y estimulándonos recíprocamente en una santa competición, volaremos, con la ayuda del Señor, por sus caminos.
Mientras están hablando, del campo de los galileos, de la ciudad, de casas esparcidas por las laderas, del suburbio -o quizás es un barrio -que está ligeramente fuera de la ciudad (en una de las dos vías que van de Jerusalén a Betania, y, más exactamente, en la más larga, la que Jesús recorre sólo raras veces), empiezan a llegar discípulos antiguos y recientes; los últimos son: Felipe y su familia, Tomás solo, Bartolomé con su mujer.
-¿Dónde están los hijos de Alfeo, Simón y Mateo? -pregunta Tomás, que no los ve.
Jesús le responde:
-Ya van delante. Los dos últimos, a Betania, para avisar a las hermanas de que estén por la tarde en casa de Juana; los dos primeros, a ver a Juana y a Analía, para avisarlas de lo mismo. Nos encontraremos a la hora tercera en la Puerta Dorada. Vamos entretanto a dar la limosna a los mendigos y leprosos. Que Bartolomé se adelante con Andrés, para comprar alimentos para ellos. Nosotros los seguiremos lentamente. Nos detendremos en el barrio de Ofel, junto a la Puerta. Y luego iremos donde los pobres leprosos.
-¿Todos? -dicen poco entusiastas algunos.
-Todos y todas. La Pascua, este año, nos reúne como hasta ahora nunca había sido posible. Vamos a hacer juntos lo que serán los deberes futuros de los hombres y mujeres que trabajen en mi Nombre. Ahí viene deprisa Judas de Simón. Me alegro, porque quiero que esté él también con nosotros.
En efecto, Judas viene jadeante.
-¿Llego con retraso, Maestro? Culpa de mi madre. Ha venido, en contra de la costumbre y de lo que le había dicho. La he encontrado ayer noche en casa de un amigo de nuestra familia. Y esta mañana me ha entretenido hablándome… Quería venir conmigo, pero yo no he querido.
-¿Por qué? ¡María de Simón no merece, acaso, estar donde tú estás? Es más, lo merece mucho más que tú. Así que ve corriendo a recogerla y luego nos alcanzas en el Templo, en la Puerta Dorada.
Judas se marcha sin poner objeciones. Jesús se pone en camino, delante, con los apóstoles y los discípulos; las mujeres, con María en el centro, detrás de los hombres.
por makf | 5 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús ha dejado Betania junto con los que estaban con Él, o sea, Simón Zelote y Margziam; pero a ellos se ha unido Anastática, la cual, velada toda, camina al lado de Margziam. Jesús va un poco retrasado con Simón. Las dos parejas conversan mientras caminan, cada una por su cuenta y del tema que prefieren.
Dice Anastática a Margziam, continuando un tema ya empezado:
-Ardo en deseos de conocerla.
Quizás la mujer se refiera a Elisa de Betsur.
-Creo que no estaba tan nerviosa cuando mis bodas ni cuando me declararon leprosa. ¿Cómo la voy a saludar?
Y Margziam, sonriendo dulce y seriamente al mismo tiempo:
-¡Con su verdadero nombre! ¡Mamá!
-¡Pero si yo no la conozco! ¿No es demasiada confidencia? A fin de cuentas, ¿quién soy yo respecto a ella?
-Lo que yo el año pasado. ¡Bueno, tú mucho más que yo! Yo era un pobre huerfanito sucio, aterrorizado, paleto. Y, a pesar de todo, ella me ha llamado siempre hijo, desde el primer momento, y ha sido para mí una verdadera madre. El año pasado era yo el que estaba tan agitado que temblaba, en espera de verla. Pero luego, sólo con verla, se me paró el temblor.
Se pasó del todo el terror que se me había quedado en la sangre desde que había visto con mis ojos de niño, primero, la furia de la naturaleza que había destruido todo de mí casa y de mi familia, y luego… y luego, con estos ojos míos de niño, había podido, había tenido que ver cómo el hombre es una fiera más cruel que el chacal y el vampiro… Temblar siempre… llorar siempre… sentir un nudo aquí, estrecho, duro, doloroso, de miedo, de sufrimiento, de odio, de todo… En pocos meses conocí todo el mal, el dolor y la crueldad que hay en el mundo… Y ya no podía creer que existieran todavía la bondad, el amor, el amparo…
-¿Y cómo es eso? ¿Y cuando el Maestro te tomó consigo?… ¿Y cuando te viste entre esos discípulos suyos tan buenos?
-Temblaba todavía, hermana… y odié todavía. Ha hecho falta tiempo para convencerme de no tener miedo… Y más tiempo todavía para no odiar a quien había hecho sufrir a mi alma dándole a conocer lo que puede ser un hombre: un demonio con aspecto de fiera. No se sufre, especialmente cuando uno es niño, sin que haya consecuencias largas… Queda la señal, porque nuestro corazón está todavía tierno y tiene aún el calor materno de los besos; más hambriento de besos que de pan. Y, en vez de besos, ve dar golpes…
-¡Pobre niño!
-Sí. Pobre. ¡Muy pobre! No tenía ni siquiera ya la esperanza en Dios ni el respeto por el hombre… Tenía miedo del hombre. Incluso al lado de Jesús y en los brazos de Pedro tenía miedo… Decía: "¿Es posible? No, no durará así. Ellos también se cansarán de ser buenos…". Y suspiraba por llegar donde María.
Una mamá es siempre una mamá, ¿no es verdad? Y así fue: cuando la vi, cuando me vi entre sus brazos, dejé de temer. Comprendí que todo el pasado había terminado y que del infierno había pasado al paraíso… El último dolor fue que vi que me olvidaban aparte, solo… Siempre sospechaba algo malo. Y lloré con ganas. ¡Ah! ¡Con qué amor me tomó entonces! No. No he vuelto a llorar añorando a mi madre desde aquel momento, no he vuelto a temblar… María es la dulzura y la paz de los infelices…
-Y de dulzura y paz tengo necesidad yo… -suspira la mujer.
-Dentro de poco las tendrás. ¿Ves aquella zona verde de allá abajo? Allí la dulzura y la paz, ocultas dentro de la casa del Getsemaní.
-¿Estará también Elisa? ¿Y qué les voy a decir? ¿Qué me dirán?
-No sé si estará Elisa. Estaba enferma.
-¿No se morirá? ¿Quién me tomaría como hija, en ese caso?
-No temas. Él ha dicho: "Tendrás madre y casa". Y así será. Vamos a seguir un poco más ligeros. No sé frenarme cuando estoy cercano a María.
Aceleran y ya no oigo lo que dicen.
El Zelote los ve casi correr por el poblado camino y hace a Jesús esta observación: -Parecen hermanos. Mira qué buenos amigos son.
-Margziam sabe estar con todos. Es una virtud difícil y muy necesaria para su futura misión. Pongo cuidado en aumentar en él esta oportuna disposición, porque le servirá mucho.
-A él lo modelas a tu gusto, ¿verdad, Maestro?
-Sí. La edad me lo permite.
-Pero también has podido modelar al anciano Juan Félix…
-Sí. Pero porque se ha dejado abatir y crear de nuevo, completamente, por mí.
-Es verdad. He notado que los más grandes pecadores, cuando se convierten, nos superan en la justicia a nosotros, hombres de relativa culpabilidad. ¿Por qué?
-Porque su contrición es proporcional a su pecado. Inmensa. Por tanto, los tritura con la muela del dolor y la humildad. "Mi pecado está siempre frente a mí" dice el salmista. Ello mantiene humilde al espíritu. Es un recuerdo bueno, cuando está unido a esperanza y confianza en la Misericordia. Las medias perfecciones, o incluso menos que medias, muchas veces se detienen porque carecen del acicate del remordimiento de haber pecado gravemente y de tener que expiar, carecen de este acicate que las haga continuar hacia la perfección verdadera. Se estancan como aguas cerradas. Se sienten satisfechas de ser límpidas.
Pero hasta el agua más cristalina, si no se depura con el movimiento de las partículas de polvo, de los detritos que e1 viento le aporta, termina siendo lodosa y putrefacta.
-¿Y las imperfecciones que dejamos existir y persistir en nosotros son polvo y detritos?
-Sí, Simón. Todavía tendéis demasiado a estancaros. Tenéis un movimiento casi imperceptible hacia la perfección. ¿No sabéis que el tiempo es veloz? ¿No sabéis que en el espacio que queda deberíais esforzaros por alcanzar vuestra perfección? Si no poseéis la fuerza de 1a perfección, conquistada con decidida voluntad en este tiempo que queda, ¿cómo podréis resistir a la tempestad que Satanás y sus hijos desencadenarán contra el Maestro y su Doctrina? Llegará un día en que, desconcertados, os preguntaréis: "¿Cómo es que fuimos arrollados, nosotros que estuvimos tres años con Él?". La respuesta está en vosotros, en vuestro modo de actuar. El que más se esfuerce en alcanzar la perfección en este tiempo que queda será más capaz de ser fiel.
-Tres años… Pero, entonces… ¡Oh! ¡Mi Señor!… ¿Entonces te vamos a perder la primavera que viene?
-Estos árboles tienen ya frutos incipientes. Los comeré maduros. Pero no volveré a probar, después de los frutos de este año, nuevas cosechas… No te abatas, Simón. El abatimiento es estéril. Debes saber esto y poner los medios para confirmarte en la justicia, para poder ser fiel en el momento terrible.
-Sí. Lo haré. Con todas mis fuerzas. ¡Puedo decir esto a los demás? Para que se preparen también ellos.
-Puedes decirlo. Pero sólo quien tenga fuerte voluntad querrá.
-¿Y los otros? ¿Perdidos?
-No, pero sí duramente probados por su propio acto. Serán como uno que se creía fuerte y se encuentra en el suelo y vencido. Desconcertados. Humillados. ¡Humildes, por fin! Porque -créelo, Simón -, si no hay humildad, no se avanza.
El orgullo es la piedra que Satanás usa como pedestal.
¿Por qué tenerla en el corazón? ¿Es maestro agradable este horrendo ser?
-No, Maestro.
-Y, no obstante, tenéis en el corazón el punto de apoyo, la tarima para sus lecciones. Estáis penetrados de orgullo. Tenéis orgullo en todo y por todos los motivos.
Incluso del hecho de ser "míos". ¡Cortos de inteligencia! ¿No os cura el comparar lo que sois con Aquel que os ha elegido? No es porque os haya llamado por lo que seréis santos. Será por el modo en que hayáis evolucionado después de mi llamada. La santidad es edificio que cada uno eleva por sí mismo. La Sabiduría le puede indicar el método y el proyecto. Pero la obra material os toca a vosotros.
Es verdad. ¿Pero entonces no nos vamos a perder? ¿Después de la prueba vamos a ser más santos por ser más humildes?…
-Sí.
El "sí" es breve y grave.
-¿Lo dices así, Maestro?
-Así lo digo.
-Querrías de nosotros santidad antes de la prueba…
-Eso querría. Y para todos.
-¿Para todos? ¿No seremos iguales en la prueba?
-No seréis iguales ni antes ni durante ni después de ella… a pesar de que a todos os haya ofrecido la misma palabra…
-Y el mismo amor, Maestro. Nuestra culpa hacia ti es grande…
Jesús suspira…
El Zelote, después de un silencio más bien largo, está ya para hablar cuando, casi corriendo, vienen hacia ellos los apóstoles y discípulos que han encontrado a Margziam en las primeras subidas del Getsemaní. Simón guarda silencio.
Jesús responde a los saludos de todos, para caminar luego al lado de Pedro en dirección al olivar y a la casa.
Pedro informa de que estaban alerta desde el alba; de que Elisa está todavía enferma en casa de Juana; de que la noche anterior habían venido unos fariseos; de que… de que… de que… un haz muy enmarañado de noticias, de las cuales, al final, surge la pregunta: «¿Y Lázaro?», pregunta a la que Jesús responde exhaustivamente. Pedro, muy curioso, no sabe contenerse y pregunta: « ¿Y… nada, Señor? Ninguna… noticia…».
-Sí. A su tiempo las sabrás. ¿Dónde están Margziam y la mujer? ¿Ya en la casa?
-¡No, no! La mujer no se ha atrevido a seguir adelante. Está sentada en un cembo y te espera. Margziam… Margziam… me ha desaparecido. Habrá ido corriendo a la casa.
-Vamos a acelerar el paso.
Pero, a pesar de acelerar, no llegan a la casa antes de que María con su cuñada, Salomé, Porfiria y las mujeres de Bartolomé y Felipe hayan salido ya, venerantes. Jesús las saluda de lejos, pero se dirige hacia el lugar en que, humilde, está Anastática; la toma de la mano y la conduce hacia su Madre y las mujeres.
-Mira, ésta es la flor de esta Pascua, Madre. Aunque sea sólo una este año, que te signifique delicadeza, puesto que te la traigo Yo.
La mujer se ha arrodillado. María se agacha y la levanta mientras dice:
-Las hijas están en el corazón de sus madres, no a sus pies. Ven, hija. Conozcamos nuestras caras como ya se conocen nuestros espíritus. Aquí están las hermanas. Vendrán otras. Que sea una dulce familia, toda ella santidad para la gloria de Dios y amor entre sus miembros.
Las discípulas se dan recíprocamente el beso de amor, y recíproca y profundamente se miran. Entran y suben a la terraza de la casa, circundada del glauco de centenares de olivos. Los grupos se separan: Jesús con los hombres; las mujeres, aparte, en torno a la nueva llegada. Regresa Susana, que había ido a la ciudad con su marido. Viene
Juana con los niños. Aparece Analía con su cara de ángel. Jairo, mezclado con los discípulos que venían presurosos hacia Jesús, regresa con su hija, la cual va al grupo de las mujeres y se pone junto a María, que la acaricia.
Paz y amor hay en esta reunión de personas. Luego el sol declina, y Jesús, antes de saludar a los que regresan a sus propias casas o a las casas en que se alojan, reúne a todos en oración y los bendice. Luego los saluda. Se queda solamente con los que prefieren estar estrechos en la casa del Getsemaní o pernoctar debajo de los olivos antes que marcharse. Así pues, se quedan María, María de Alfeo, Salomé, Anastática, Porfiria y otras mujeres; y Jesús, Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo, Santiago y Juan de Zebedeo, Simón Zelote, Mateo, Margziam y otros hombres.
Pronto consumen la cena. Después, Jesús invita a su Madre y a María de Alfeo a ir con Él y con los discípulos por el olivar silencioso. Quizás las otras tres mujeres irían también de buena gana. Pero Jesús no las llama; es más, dice a Salomé y a Porfiria:
-Hablad santas palabras con la nueva hermana y luego acostaos. No nos esperéis. La paz sea con vosotros.
Y las tres se resignan a su destino.
Pedro está un poco enfurruñado, y calla mientras todos hablan yendo en grupo, precisamente hacia el futuro peñasco de la agonía. Se sientan en el ribazo. Tienen frente a ellos a Jerusalén, la cual, tras el ajetreo de la jornada, se aquieta.
-Enciende unas ramas, Pedro -ordena Jesús.
-¿Para qué?
-Quiero leeros lo que escriben Juan y Síntica. Y has de saber, tú que estás enfadado, que éste es el motivo por el que no he dejado venir a las tres mujeres.
-¡Pero si mi mujer estaba aquella noche!…
-Pero excluir de las antiguas discípulas sólo a Salomé habría sido feo… Además esto te dará la manera de desahogar tu lengua contando a tu prudente esposa lo que ahora vas a oír.
Pedro, alborozado por el elogio dado a Porfiria y por la concesión de poderla poner al corriente del secreto, pierde de golpe su gesto de enfado, y se dedica a encender una alegre hoguera de la que se elevan llamas derechas, quietas en el ambiente calmo.
Jesús saca de su cinturón las dos cartas. Las abre. Lee en medio del círculo atento de once rostros:
"A Jesús de Nazaret, honor y bendición. A María de Nazaret, bendición y paz. A los hermanos santos, paz y salud. Al bien amado Margziam, paz y caricias.
Lágrimas y sonrisas hay en mi corazón y en mi rostro mientras me siento a escribir esta carta para todos vosotros. Recuerdos, nostalgias, esperanzas y paz del deber cumplido hay en mí. Tengo ante mí todo el pasado que considero de valor, es decir, el que empezó hace doce meses; y un salmo de agradecimiento a Dios, demasiado compasivo con el culpable, brota de mi corazón. ¡Bendito seas, y contigo la Santa que te ha dado al mundo, y la otra madre que recuerdo como la compasión encarnada; y contigo Pedro, Juan, Simón, Santiago y Judas y el otro Santiago, y Andrés y Mateo, y, en fin, el amadísimo Margziam, a quien pongo en mi pecho para bendecirlo!
¡Benditos por todo lo que me habéis dado desde el momento en que os conocí hasta el momento en que os dejé, ciertamente no por voluntad mía! Os he sido arrebatado. ¡Que Dios los perdone! ¡Que Dios los perdone! Y que aumente en mí la capacidad de perdonar por mi parte. Por ahora, con su ayuda, junto con Él lo puedo hacer. Pero solo no puedo; no, todavía no podría, porque demasiado quema la herida que me han hecho arrancándome de mi verdadera Vida, de ti, Santísimo. Demasiado quema todavía, a pesar de que tus consuelos sean una lluvia continua y balsámica que desciende sobre mí…"
Jesús pasa muchas líneas sin leerlas. Y reanuda: «"Mi vida…"».
Pero Pedro, que para ayudar al Maestro a ver ha cogido una rama encendida y la mantiene alzada, estando junto al Maestro y alargando el cuello para ver el escrito, dice:
-¡No, no, no es así! ¿Por qué no lees, Maestro? ¡Hay otras cosas entre medias! Soy animal, pero no tanto como para no saber leer despacio. Yo leo: "Tus promesas han superado mis esperanzas…"
-Eres terrible, ¿eh? ¡Peor que un muchacho! -dice Jesús sonriendo.
-¡Hombre, claro! ¡Ya me estoy haciendo viejo! Por eso tengo más malicia que un muchacho.
-Deberías tener también más prudencia.
-Es buena para los enemigos. Aquí estamos entre amigos. Aquí Juan dice una serie de cosas bonitas de ti. Quiero saberlas. Para saber cómo tendría que hacer yo, cuando me expidieras a otro lugar como una mercancía. ¡Venga, hombre, lee todo! Madre, dile tú también que no es justo darnos las noticias triadas como si fueran pececillos.
¡Saca! ¡Saca todo! Algas, barro, peces pequeños y peces excelentes. ¡Todo! ¡Ayudadme vosotros! Parecéis un conjunto de estatuas. ¡Es que me sacáis de quicio! ¡Y se ríen!
Ante la agitación de Pedro, que salta acá y allá como un potro encabritado, sacudiendo su rama encendida sin preocuparse de las chispas que le llueven encima, es difícil no reírse.
Jesús tiene que ceder para calmarlo y poder seguir leyendo:
"Tus promesas han superado mis esperanzas en ellas.
Maestro santo, cuando, aquella triste mañana de invierno, me prometiste que vendrías a consolar a tu discípulo triste, no comprendí el verdadero valor de tu promesa. El dolor y la relatividad del hombre oprimían las facultades del espíritu, de forma que éste era tardo en entender el alcance de tu promesa.
¡Bendito seas, espiritual visitador de mis noches, que no son por eso desolación ni dolor, como pensaba, sino una espera de ti. ¡Oh, gozoso encuentro contigo! La noche -horror de los enfermos, de los desterrados, de los que están solos, de los culpables -, para mí, que soy verdaderamente Félix haciendo tu voluntad y sirviéndote, se ha convertido en “la espera de las vírgenes prudentes a que llegue el esposo”. E incluso más tiene mi pobre alma: la beatitud de ser la esposa que espera a su Amor, que viene a la a la estancia nupcial para darle todas las veces la alegría del primer encuentro y el éxtasis fortalecedor de la fusión.
¡Oh, Señor y Maestro mío, mientras te bendigo por lo mucho que me das, te ruego que recuerdes las otras dos promesas que me hiciste. La más importante, para este hombre débil en demasía que soy yo, es no mantenerme en vida para la hora de tu dolor Conoces mi debilidad. No permitas que aquel que por tu amor se ha despojad del odio haya de volver a vestir, por el odio hacia los hombres tus verdugos, el uniforme híspido e hiriente del odio.
La segunda es para tu pobre discípulo, igualmente débil en demasía e incompleto en la perfección: ven a mi lado, como dijiste, a la hora de mi muerte. Ahora que sé que para ti no existen distancias, y que ni mares ni monte ni ríos ni voluntad de hombre te impiden dar a quien te ama el consuelo de tu sensible presencia, no dudo poder tenerte cuando expire.¡Ven, Señor Jesús! Y ven pronto a introducirme en la paz.
Y ahora que he hablado del espíritu, te daré noticias de mi trabajo.
Tengo muchos discípulos, de todas las razas y países. Para no herir la sensibilidad de unos u otros y dada la ausencia de pedagogo aquí, he dividido los días, de forma que alterno un día a los paganos, uno a los fieles, con mucho provecho. Doy lo que gano a los pobres, así los atraigo hacia el Señor. He vuelto a tomar mi viejo nombre; no por apego, sino por prudencia. En las
horas en que soy del mundo soy “Félix”. En las horas en que soy sólo de Jesús, soy “Juan”: la gracia de Dios. He explicado a Felipe que el verdadero nombre era Félix que me llamaban Juan sólo para distinguirme entre los hermanos.
Y la cosa no ha ha creado ningún estupor, dada la facilidad con que cambiamos de nombre o llamamos por sobrenombres.
Espero hacer aquí mucho trabajo, para preparar el camino a los hermanos santos. Si tuviera más fuerzas, querría adentrarme en la campiña para dar a conocer tu Nombre.
Quizás pueda al principio del verano o con el frescor del otoño. Basta que pueda y lo haré. El aire puro de Antigonio, estos jardines tan serenos y hermosos, las flores, los niños, las gallinitas, el afecto de los jardineros, y sobre todo, el grande, sabio, filial afecto de Síntica me hacen mucho bien. Yo diría que he mejorado.
No piensa lo mismo Síntica… Bueno, esta opinión suya se manifiesta solamente por los solícitos y continuos cuidados que me dispensa: mi comida, mi descanso, que no coja frío… Pero me siento mejor. ¿Esta sensación no viene, quizás, del deber heroicamente cumplido? Eso dice Síntica. Querría saber si está acertada. Porque el deber es cosa moral, mientras que la enfermedad es cosa carnal.
Y querría saber también si Tú vienes realmente o sólo te me apareces a los sentidos espirituales, aunque de forma tan perfecta que no me dejas distinguir dónde termina la realidad material de tu Presencia.
Maestro amado y bendito, tu Juan se arrodilla pidiéndote tu bendición. A la Madre, a María, a los hermanos santos, paz y bendición. A Margziam un beso para que se acuerde de enviar las santas palabras, pan para los que estamos en tierras lejanas trabajando en la viña del Señor".
-Esta es la carta de Juan… ¿Qué opináis?
Se cruzan diversas impresiones… Pero la más fuerte de todas es la que se refiere a la presencia de Jesús. Le abruman a preguntas… sobre cómo puede ser, sobre si puede ser, si Síntica ve, etc. etc.
Jesús hace un gesto de silencio y abre el rollo de Síntica. Lee: "Síntica al Señor Jesús con todo el amor de que es capaz. A la Madre bendita, veneración y alabanza. A los hermanos en el Señor, gratitud y bendición. A Margziam el abrazo de su hermana distante. Juan te ha expuesto, Maestro, nuestra vida.
Muy sintéticamente, te ha dicho lo que hace y lo que yo, como mujer, hago. Tengo mi pequeña escuela llena de niñas.
Gano mucho espiritualmente, porque las gano para ti, ¡oh mi Señor!, hablando del verdadero Dios a través incluso del trabajo. Esta región, donde tantas razas se han mezclado, es una maraña enredada de religiones. Tan enredada, que… ya no son sino religiones impracticables, deshiladuras de religiones que ya no sirven para nada. En medio, rígida e intransigente, la fe de los israelitas, que con su peso rompe los hilos ya deteriorados de las otras, sin obtener nada.
Juan, teniendo varones, debe actuar con prudencia. Yo, con las niñas, me muevo más libremente. Ser mujer es siempre una inferioridad; tanto, que a las familias de distintas religiones no les importa si las niñas se mezclan en una única escuela. Basta con que aprendan el productivo arte del bordado. Y bendito sea este concepto despreciativo que el mundo tiene de nosotras las mujeres, porque así me permite extender cada vez más mi radio de acción. Los bordados se venden maravillosamente, la fama se difunde, vienen damas de lejos. A todas les puedo hablar de Dios…
¡Ah, los hilos, que, en el telar o en la tela, se transforman en flores, animales, estrellas, también sirven, con sólo quererlo, para encauzar a las almas hacia la Verdad! Conociendo varias lenguas, puedo usar el griego con los griegos, el latín con los romanos, el hebreo con los hebreos; es más, en esta última lengua progreso cada vez más con la ayuda de Juan.
Otro medio de penetración es el ungüento de María. He hecho mucho ungüento nuevo, con las esencias que existen aquí, mezclando en él una porcioncita del originario para santificarlo. Úlceras y dolores, heridas y dolor de pecho desaparecen. Verdad es que yo, mientras unto y vendo, no ceso de repetir los dos Nombres santos: Jesús-María. Es más, haciendo una relación con el significado griego de Cristo, he llamado a este bálsamo “Ungüento Mirra”.
¿Es así, no? ¿No posee, acaso, la esencia salutífera de la Mirra de Dios que te engendró, Óleo precioso que nos haces reyes? Muchas veces me debo quedar levantada para poder preparar más ungüento. Le rogaría a la Santa que preparase también Ella más, y que me lo mandase para los Tabernáculos, para poderlo mezclar con el otro, hecho por la ínfima sierva de Dios. De todas formas, si no fuera correcto lo que hago, dímelo, Señor, y jamás lo volveré a hacer.
El amado Juan me ensalza mucho. ¿Qué debería decir yo de él, entonces? Sufre agudamente, pero tiene una fortaleza maravillosa. Si no conociera su secreto, estaría asombrada. Pero desde aquella noche en que, regresando de un enfermo, lo descubrí extático y transfigurado, y oí sus palabras y me arrodillé porque intuí que Tú estabas presente ante tu siervo, ya no puedo asombrarme. Quizás algún hermano sí que se asombrará si oye que no deploro el no haber visto yo misma. ¿Por qué debería hacerlo? Todo está bien, todo lo que Tú das es suficiente. Cada uno recibe la parte que merece y que le es necesaria. Bien está, pues, que Juan te tenga en forma visible y yo sólo en el espíritu.
¿Soy feliz? Como mujer, hecho de menos el tiempo en que estaba contigo y María. Pero como alma, soy felicísima, porque sólo ahora te sirvo, mi Señor. Pienso que el tiempo es nada. Pienso que la obediencia es moneda para entrar en tu Reino. Pienso que ayudarte es gracia que supera cuanto la pobre esclava podía soñar, incluso en horas de delirio, y que Tú me has concedido ayudarte. Pienso que, separada ahora, te tendré al final para toda la eternidad. Y canto la canción de Juan cual calandria en primavera por los campos de oro de la Hélade. Mis niñas la cantan porque dicen que es bonita. Yo las dejo cantar al compás del telar, tan semejante al del remo de aquel día lejano, porque pienso que decir tu nombre, Madre, es prepararse a la Gracia.
Juan me ruega que añada la noticia de que te ha enviado un magnífico ciudadano de Antioquía. Se llama Nicolái. Es su primera conquista para tu rebaño. Tenemos mucha confianza en que Nicolái no defraude el concepto que tenemos de él en nuestro corazón.
Bendice a tu sierva, Señor. Bendícela, Madre. Bendecidme todos, santos, y tú, niño bendito que creces en sabiduría junto al Señor".
-Esto escribe Síntica. Y ha añadido una apostilla sin que Juan lo supiera. Dice: “Juan sólo en el espíritu se manifiesta grande y se refuerza; en lo demás declina, a pesar de todos los cuidados. Tiene muchos proyectos para el principio del verano, pero creo que no podrá llevar a cabo lo que dice. Creo que el invierno ahogará su exigua vida… Pero está en paz. Y se santifica con las obras y el sufrimiento. ¡Mantenle la fuerza con tu presencia, mi Señor! Te pido que me sometas a mí a cualquier pena a cambio de este don para tu discípulo. Enviando las presentes con Tolmái a Lázaro, te suplico que les digas a él y a sus hermanas que recordamos su bondad hacia nosotros y que constante y ardientemente oramos por ellos".
Todos se intercambian de nuevo impresiones.
Andrés se inclina para preguntar algo a María, pero se queda sorprendido al ver lágrimas en su cara.
-¿Lloras? -pregunta.
-¿Por qué llora? ¿Cómo es eso, Madre? -dicen muchos de los presentes.
-Yo sé por qué llora -dice Margziam.
-¿Por qué llora?
-Porque Juan ha recordado la muerte del Señor.
-Ya, claro. ¿Es verdad? ¿Y cómo lo sabe, si ya no estaba cuando la predijiste?
-Porque lo ha sabido de mi boca, para su consuelo.
-¡Mmm! ¡Consuelo! …
-Sí, consuelo. La promesa de que no esperará mucho a tener el Reino. El lo merece porque os ha superado en la voluntad y obediencia. Vamos a volver a casa. Vamos a preparar las respuestas para dárselas a Tolmái; tú, Margziam, adjuntarás tus libros.
-¡Ah! ¡Comprendo! ¡Comprendo! ¡Escribía para ellos!…
-Sí. Vamos. Mañana iremos al Templo…