365- Judas Iscariote insidia la inocencia de Margziam. Un nuevo discípulo, hermano de leche de Jesús. En Betania, en la casa de Lázaro, enfermo

Jesús entra en la verde quietud del Huerto de los Olivos.
Margziam sigue a su lado, y sonríe al pensar en la afanosa carrera que va a pegarse Pedro para alcanzarlos. Dice:
-Maestro, quién sabe lo que dirá! Y, si hubieras seguido hasta Betania sin pararte aquí, se sentiría verdaderamente desconsolado.

También sonríe Jesús, mirando al jovencito, y responde:
-Sí. Me va a sepultar a lamentos. De todas formas, le servirá para otra vez. Así estará más atento. Yo hablaba y él se distraía charlando con unos o con otros…

-Es que le preguntaban, Señor -dice Margziam para disculpar, sin reírse ya.

-Se hace un gesto delicado de que se responderá después, cuando calle la Palabra del Señor. Acuérdate de esto para tu vida futura. Para cuando seas sacerdote. Exige el máximo respeto en las horas y lugares de instrucción.

-Pero entonces será el pobre Margziam, Señor, el que hable…

-No importa. Es Dios el que habla por los labios de sus siervos en las horas de su ministerio, y como tal debe ser escuchado con silencio y respeto.

Margziam hace una leve mueca significativa, como comentario de un razonamiento suyo interior.

Jesús, que lo observa, dice:
-¿No estás convencido? ¿Por qué esa expresión? Habla, hijo, sin temor.

-Señor mío, me preguntaba si Dios está también en los labios y en el corazón de sus sacerdotes de ahora… y… con terror me decía si serían iguales los futuros… Y concluía diciendo que… muchos sacerdotes hacen quedar mal al Señor… He pecado, sin duda… Pero son tan malos y antipáticos, tan secos… que…

-No juzgues. Pero recuerda esta impresión de disgusto. Tenla presente en el futuro. Y, con todas tus fuerzas, preocúpate de no ser como estos que te desagradan; y que tampoco lo sean los que dependan de ti. Haz servir para el bien incluso el mal que ves. Toda acción y toda cognición deben ser transformadas en bien pasando por un juicio y una voluntad rectos.

-¡Señor, antes de entrar en la casa, que ya se ve, respóndeme a otra cosa! Tú no niegas que el actual sacerdocio sea defectuoso. Me dices a mí que no juzgue. Pero Tú juzgas. Y puedes hacerlo. Y juzgas con justicia.

Escucha, Señor, mi pensamiento. Cuando los actuales sacerdotes hablan de Dios y de la religión -siendo la mayoría de ellos como son, y me refiero ahora a los peores -, ¿deben ser escuchados como verdad?

-Siempre, hijo mío. Por respeto a su misión. Cuando realizan actos de su ministerio, no son el hombre Anás, el hombre Sadoq… Son "el sacerdote". Separa siempre del ministerio la pobre humanidad.

-Pero si realizan mal también su ministerio…

-Dios suplirá. ¡Y, además!… ¡Escúchame, Margziam! No hay ningún hombre completamente bueno ni completamente malo. Y ninguno es tan completamente bueno que tenga derecho a juzgar a los hermanos como completamente malos. Tenemos que tener presentes nuestros defectos, contrastar con ellos las buenas cualidades de los que queremos juzgar. Entonces tendríamos una medida justa de juicio caritativo. Yo todavía no he encontrado un hombre completamente malo.

-¿Ni siquiera Doras, Señor?
-Ni siquiera él, porque es marido honesto y padre amoroso.

-¿Ni siquiera el padre de Doras?

-También él era marido honesto y padre amoroso.

-Pero nada más que eso, ¿eh?

-Sólo eso. Pero en eso no era malo. Por tanto, no era completamente malo.

-¿Y tampoco Judas es malo?
-No.

-Pero no es bueno.

-No es totalmente bueno, como no es totalmente malo. ¿No estás convencido de lo que digo?

-Estoy convencido de que Tú eres totalmente bueno, y que estás absolutamente exento de maldad. Tanto, que no encuentras nunca una acusación para ninguno. Esto sí.

-¡Oh, hijo mío! ¡Si pronunciara la primera sílaba de una palabra de acusación, todos vosotros arremeteríais como fieras contra el acusado!… Yo, actuando así, evito que os manchéis con pecado de juicio. Entiéndeme, Margziam. No es que Yo no vea el mal donde lo hay.

No es que no vea la mezcla de mal y bien que hay en algunos. No es que no comprenda cuándo un alma sube o baja del nivel en que la puse. No es nada de esto, hijo mío. Es prudencia, para evitar las anticaridades entre vosotros. Y actuaré siempre así. También en los siglos venideros, cuando tenga que pronunciarme sobre una criatura.

¿No sabes, hijo, que a veces vale más una palabra de alabanza, de ánimo, que mil reprensiones? ¿No sabes que de cien casos pésimos, señalados como relativamente buenos, al menos la mitad vienen a ser realmente buenos al no faltarles, después de mi benévola palabra, la ayuda de los buenos, que, en caso distinto, huirían del individuo señalado como pésimo? Hay que sostener a las almas, no hundirlas. Pero si Yo no soy el primero en sostener, en celar las partes feas, en solicitar para ellas vuestra benevolencia y ayuda, jamás os entregaríais a ellas con activa misericordia. Recuérdalo, Margziam…

-Sí, Señor… (un fuerte suspiro). Lo recordaré… (otro fuerte suspiro)… Pero es muy difícil ante ciertas evidencias…

Jesús lo mira fijamente. Pero del jovencito no ve sino la parte alta de la frente porque baja mucho la cara.
-Margziam, levanta la cara. Mírame. Y respóndeme.

¿Qué evidencia es esa que es difícil pasar por alto?
Margziam se azora… Se pone rojo bajo el color morenito de la piel… Responde:

-Pues… son muchas, Señor…
Jesús insta:

-¿Por qué has nombrado a Judas? Porque es una "evidencia".

Quizás la que te es más difícil superar… ¿Qué te ha hecho Judas? ¿En qué te ha escandalizado? -y Jesús pone las manos encima de los hombros del muchacho, que ahora está tan colorado que es todo púrpura oscura.

Margziam lo mira, con los ojos brillantes… luego se suelta y se marcha gritando:

-¡Judas es un profanador!… Pero no puedo hablar… ¡Respétame, Señor!… -y se introduce en el bosque, llorando, en vano llamado por Jesús, que pone un gesto de desconsolado dolor.

Su voz, de todas formas, ha llamado la atención de los que están en la casa del Getsemaní. Y a la puerta de la cocina se asoma Jonás, luego la Madre de Jesús, detrás las discípulas: María de Cleofás, María Salomé y Porfiria. Ven a Jesús y se echan a andar hacia Él.

-¡La paz a todos vosotros! ¡Aquí me tienes, Mamá!
-¿Sólo? ¿Por qué?
-Me he adelantado. He dejado a los demás en el Templo…

Pero estaba con Margziam…
-¿Y dónde está ahora mi hijo, que no lo veo? -pregunta Porfiria un poco inquieta.

-Ha subido allá arriba… Pero ahora vendrá. ¿Tenéis comida para todos? Dentro de poco vendrán los demás.
-No, Señor. Habías dicho que ibas a Betania…
-Sí, claro… Pero he pensado que convenía hacer esto. Id sin demora por todo lo necesario, y volved sin demora. Yo me quedo con mi Madre.

Las discípulas obedecen sin replicar.
Se quedan solos Jesús y María, y pasean lentamente bajo los enmarañados ramajes de los árboles, a través de cuyas copas se filtran agujas solares que ponen circulitos de oro en la hierbecilla verde y florida.

-Después de comer iré a Betania con Simón.
-¿Simón de Jonás?
-No. Con Simón Zelote. Y llevaré conmigo a Margziam…
Jesús calla pensativo.

María lo observa. Luego pregunta:
-¿Te causa sinsabores Margziam?
-¡No, Mamá, todo lo contrario! ¿Por qué piensas eso?
-¿Por qué estás pensativo?… ¿Por qué lo llamabas con autoridad? ¿Por qué te ha dejado? ¿Por qué se ha separado de ti como vergonzoso? ¡No ha venido siquiera a saludar a su madre ni a mí!

-El niño ha huido por una pregunta que le he hecho.
-¡Oh!… -el estupor de María es profundísimo. Guarda silencio por un momento y luego susurra, como hablando para sí:

-Los dos en el Paraíso Terrenal huyeron, después del pecado, al oír la voz de Dios… Pero, Hijo mío, hay que tener compasión del niño. Empieza a ser hombre… y quizás… Hijo mío, Satanás muerde a todos los hombres…

Es una María toda compasiva y suplicante…
Jesús la mira y le dice:

-¡Cuán madre eres! ¡Cuánto eres "la Madre"! Pero no pienses que el niño ha pecado. Debes pensar que sufre por la quemadura de una revelación. Es muy puro. Es muy bueno… Lo llevaré conmigo, hoy. Para que comprenda, sin palabras, que lo comprendo. Cualquier palabra sobraría… y no encontraría ninguna para disculpar al profanador de un inocente. Es un Jesús severo en estas últimas palabras.

-¡Hijo! ¿En esto estamos? No te pido nombres. Pero si uno de entre nosotros ha sido capaz de turbar al niño, sólo puede haber sido uno… ¡Hay que ver qué diablo!

-Vamos a buscar a Margziam, Mamá. Ante ti no huirá.
Van y lo descubren detrás de una mata de espino albar.
-¿Estabas cogiendo flores para mí, hijo mío? -pregunta María mientras se acerca a él y lo abraza…
-No. Pero te echaba de menos -dice Margziam con lágrimas en la cara todavía.

-Y yo he venido. ¡Ánimo, sin demora! ¡Que hoy tienes que ir con mi Jesús a Betania! Y debes estar arreglado como conviene.

La cara de Margziam, ya olvidado de su turbación de antes, se ilumina, y dice:

-¿Yo solo con El?
-Y con Simón Zelote.

Margziam, muy niño todavía, da un salto de alegría, sale inmediatamente de su escondite y va a caer en el pecho de Jesús… Está confuso.

Pero Jesús sonríe y le instiga diciendo:
-Corre a ver si ha venido tu padre.
Margziam se echa a correr, y Jesús observa:
-Es un niño todavía, a pesar de ser ya juicioso de pensamiento. Turbar su corazón es un gran delito. Pero pondré una solución -y mientras tanto camina con María hacia la casa.

Pero antes de llegar ya ven a Margziam galopando tras ellos.
-Maestro… Madre… Hay personas… personas de las que estaban en el Templo… Los prosélitos… Hay una mujer… Una mujer que quiere verte, Madre… Dice que te conoció en Belén… Se llama Noemí.

-¡Conocí a muchas entonces! Pero vamos…
Llegan a la pequeña explanada donde está la casa. Un grupo de personas espera. En cuanto ven a Jesús se postran. Pero, enseguida, una mujer se levanta y corre a arrojarse a los pies de María mientras la saluda con su nombre.
-¿Quién eres? No me acuerdo de quién eres. Levántate.
La mujer se alza, pero, cuando está para hablar, llegan, jadeantes, los apóstoles.

-¡Pero Señor! ¿Por qué? Hemos corrido como locos por Jerusalén. Pensábamos que habías ido a casa de Juana o de Analía… ¿Por qué no has esperado? -preguntan, e informan, confusamente.

-Ahora estamos juntos. Es inútil explicar el porqué. Dejad que esta mujer hable tranquila.

Todos se apiñan para escuchar.

-Tú no te acuerdas de mí, María de Belén. Pero yo recuerdo desde hace treinta y un años tu nombre y tu rostro como nombre y rostro de piedad. Había venido yo también de lejos, de Perge, por el Edicto. Estaba embarazada. Pero esperaba regresar a tiempo. Mi marido enfermó por el camino, y en Belén se debilitó hasta el extremo de que murió. Yo había dado a luz veinte días antes de que muriera. Mis gritos perforaron el cielo y me secaron la leche y la hicieron veneno. Me cubrí de pústulas, y de pústulas se cubrió mi hijo… Nos arrojaron a una gruta a morir…

Pues bien… tú, sólo tú, viniste, cautelosa, cada poco tiempo durante toda la luna, a traerme comida y a curar mis llagas, y llorabas conmigo y dabas leche a mi criatura, que si vive es sólo por ti… Corriste el riesgo de que te lapidaran, porque me llamaban "la leprosa"…

¡Oh, mi estrella delicada! Esto no lo he olvidado. Una vez curada, me marché. En Éfeso tuve noticias de la matanza. ¡Te busqué mucho! ¡Mucho! ¡Mucho! No podía pensar que te hubieran matado con tu Hijo en aquella noche tremenda. Pero jamás te encontré. El verano pasado, uno de Éfeso oyó a tu Hijo, supo quién era, lo siguió durante un tiempo, fue, acompañado de otros, a los Tabernáculos… Y, cuando volvió, contó. He venido para verte, ¡oh Santa!, antes de morir. Para bendecirte tantas veces cuantas fueron las gotas de leche que diste a mi Juan, en detrimento incluso de tu Hijo bendito…

La mujer llora, en una posición reverencial, un poco inclinada, agarrando con sus manos los brazos de María…
-La leche no se niega nunca, hermana. Y…
-¡Oh, no! ¡No hermana tuya! Tú, Madre del Salvador. Yo era una pobre mujer sola, lejos de su casa, viuda, con un hijo de pecho y con el pecho agotado como torrente en verano… Sin ti me habría muerto.

Me diste todo, y, si pude volver donde mis hermanos, mercaderes de Éfeso, fue por ti.
-Éramos dos madres, dos pobres madres, con dos hijos, por el mundo. Tú tenías el dolor de haberte quedado viuda, yo el de tener que ser traspasada en mi Hijo, como decía en el Templo el anciano Simeón. No hice otra cosa sino cumplir con mi deber de hermana dándote lo que tú ya no tenías. ¿Y tu hijo vive?

-Está ahí. Tu Hijo santo me lo ha curado esta mañana. ¡Bendito sea! -y la mujer se postra ante el Salvador gritando:

-¡Ven, Juan, a dar gracias al Señor!
Se aproxima, dejando a sus compañeros, un hombre de la edad de Jesús, fuerte, de rostro no hermoso pero leal; de hermoso tiene la expresión de sus ojos profundos.
-La paz a ti, hermano de Belén. ¿De qué te he curado?
-De la ceguera, Señor. Un ojo perdido, el otro próximo a perderse. Era arquisinagogo, pero ya no podía leer los sagrados rollos.

-Ahora los leerás con mayor fe.
-No, Señor. Ahora te leeré a ti. Quiero quedarme como discípulo. Y sin pretender derechos por las gotas de leche extraídas del pecho en que Tú te nutrías. Nada son los días de una luna para crear un vínculo; todo, la piedad de tu Madre entonces y la tuya de esta mañana.
Jesús se vuelve hacia la mujer:
-¿Y tú que opinas?

-Que mi hijo te pertenece doblemente. Acéptalo, Señor. Y se cumplirá el sueño de la pobre Noemí.
-De acuerdo. Serás de Cristo. A vosotros: recibid a este compañero en nombre del Señor -dice volviéndose a los apóstoles.

Los prosélitos están exaltados de emoción. Los hombres querrían quedarse también inmediatamente. Todos. Pero Jesús dice con firmeza:

-No. Vosotros seguid siendo lo que sois. Volved a vuestras casas, conservad la fe y esperad la hora de la llamada. El Señor esté siempre con vosotros. Podéis marcharos.
-¿Podremos encontrarte todavía aquí? -preguntan.

-No. Como un pájaro que vuela de rama en rama me moveré continuamente. No me encontraréis aquí. No tengo ni itinerario ni morada. Pero, si es justo, nos veremos y me escucharéis. Marchaos. Que se quede la mujer con el nuevo discípulo.

Y entra en casa, seguido por las mujeres y los apóstoles, que comentan con emoción el episodio ignorado hasta ese momento y la caridad profunda de María.

Jesús, con paso raudo, va hacia Betania; a un lado y otro de Él, Simón Zelote y Margziam. Felices de ser ellos dos los preferidos para esta visita.

Margziam, ya completamente tranquilo, hace mil preguntas sobre la mujer que ha venido de Éfeso, pregunta si Jesús sabía ese hecho, etc.

-No lo sabía. E1 tesoro de bondades de mi Madre es infinito, y lo hace con un silencio tan delicado, que, la mayor parte de las veces, sus buenas acciones quedan secretas.

-Pero es un episodio muy bonito, ¿eh?» dice el Zelote.
-Sí. Tanto que quiero contárselo a Juan de Endor. Maestro, ¿crees que vamos a encontrar sus cartas en Betania?
-Estoy casi seguro.
-Debería estar también la mujer curada de la lepra -observa el Zelote.

-Sí. Ha observado con fidelidad los preceptos. Pero ya debe haberse cumplido el tiempo de la purificación.
Betania aparece en su llanura elevada. Pasan por delante de la casa en que en otros tiempos había pavos reales, flamencos y grullas. Ahora está abandonada y cerrada. Simón lo observa.

Pero su observación se ve interrumpida por el jovial saludo de Maximino que improvisamente sale por la cancilla.

-¡Maestro santo! ¡Qué felicidad en medio de tanto dolor!
-Paz a ti. ¿Por qué, dolor?
-Porque Lázaro tiene dolores lancinantes a causa de sus piernas ulceradas. Y no sabemos qué hacer para aliviar ese dolor. Pero viéndote a ti estará mejor, al menos de espíritu.

Entran en el jardín, y, mientras Maximino se adelanta veloz, ellos siguen a paso lento hacia la casa.
Corre afuera María de Magdala con su grito adorador:
-Rabbuní!

La sigue, más sosegada, Marta. Ambas están pálidas como quien ha sufrido y velado.

-Levantaos. Vamos inmediatamente donde Lázaro.
-¡Maestro, Maestro que todo lo puedes, cúrame a mi hermano! -suplica Marta.

-¡Sí, Maestro bueno! ¡Sufre por encima de sus fuerzas! Se está consumiendo. Gime. Y, claro, morirá si sigue así. ¡Ten piedad de él, Señor! -insta María.
-Tengo toda la piedad. Pero no es para él hora de milagro.
Debe ser fuerte, y vosotras con él. Ayudadle a hacer la voluntad del Señor.

-¿Quieres decir que deberá morir? -pregunta, gimiendo, Marta en lágrimas.

Y María, nadando sus ojos en el llanto y la pasión en la voz, la dúplice pasión por Jesús y por su hermano:
-¡Oh, Maestro, pero de esta forma me impides seguirte y servirte, e impides a mi hermano gozar de mi resurrección!

¿Es que no quieres en casa de Lázaro el júbilo por una
resurrección?

Jesús la mira con una sonrisa buena y perspicaz, y dice:
-¿Por una? ¿Sólo una? ¡Pero entonces me creéis muy poca cosa, si creéis que puedo una cosa sola! Sed buenas y fuertes. Vamos. Y no lloréis de esa forma. Lo abatiríais con dolorosas conjeturas.

Y, Él el primero, se encamina hacia donde está Lázaro, el cual, sin duda para que sea más fácil asistirle, ha sido acomodado en una sala que está junto a la biblioteca, en frente de la sala mayor, dedicada a convites. Maximino señala la puerta, pero deja a Jesús que entre solo.

-¡Paz a ti, Lázaro, amigo mío!

-¡Oh, Maestro santo! La paz a ti. Para mí, en mis miembros, la paz ya no existe. Y siento abatido mi espíritu. ¡Sufro mucho, Señor! Pronuncia para mí la amada orden: "Lázaro, sal afuera", y me pondré en pie, curado, para servirte…

-Te daré esa orden, Lázaro. Pero no ahora -responde Jesús abrazándolo.

Lázaro está muy delgado, amarillento, visiblemente muy enfermo y muy debilitado, y tiene hundidos los ojos. Llora como un niño al enseñar sus piernas hinchadas, azuladas, con llagas que yo diría varicosas, abiertas en varios puntos. Quizás espera que Jesús, al mostrarle ese destrozo, se conmueva y haga un milagro. Pero Jesús se limita a colocar de nuevo, con delicadeza, sobre las llagas, las vendas untadas de bálsamo.

-¿Has venido para quedarte? -pregunta Lázaro, no sin desilusión.

-No. Pero vendré a menudo.
-¿Cómo? ¿Tampoco vas a celebrar este año la Pascua conmigo? He dicho que me trajeran aquí por ese motivo. Me habías prometido, cuando los Tabernáculos, que ibas a estar mucho conmigo, después de las Encenias…
Y estaré. Pero no ahora. ¿Te molesto si me siento aquí en
la orilla de tu cama?

-¡No, no! Todo lo contrario. La frescura de tu mano parece como si mitigara el ardor de mi fiebre. ¿Por qué no te quedas, Señor?

-Porque como a ti te atormentan las llagas, a mí los enemigos. A pesar de que Betania esté considerada dentro de los límites para la Cena, y para todos; para mí, celebrar aquí la Pascua se consideraría pecado. De lo que Yo hago, para el Sanedrín y los fariseos, todo son camellos y vigas…

-¡Ah! ¡Los fariseos! ¡Es verdad! Pero entonces en una casa mía… ¡Esto al menos!
-Eso sí. Pero lo diré en el último momento. Por prudencia.
-¡Ah, sí, no te fíes! Te ha ido bien con Juan, ¡eh!, ¿sabes? Ayer ha venido Tolmái con otros y me ha traído cartas para ti. Las tienen mis hermanas. ¿Pero dónde se han quedado Marta y María? ¿No se preocupan de recibirte con honor?

Lázaro está inquieto, como muchos enfermos.
-Tranquilo. Están afuera, con Simón y Margziam. He venido con ellos. Y no necesito nada. Ahora los llamo.
Y así es; llama a los que prudentemente se habían quedado afuera.

Marta sale y vuelve con dos rollos y se los entrega a Jesús. María, entretanto, refiere que el siervo de Nicodemo ha dicho que precede a su señor, que viene con José de Arimatea. Y, contemporáneamente, Lázaro se acuerda de una mujer («que ha llegado ayer en nombre tuyo» dice).
-¡Ah! ¡Sí! ¿Sabes quién es?

-Nos lo ha dicho. Es hija de un rico de Jericó que hace años fue a Siria, de joven. La llamó Anastásica, en recuerdo de la flor del desierto. Pero no ha querido revelar el nombre de su marido -explica Marta.
-No es necesario. La ha repudiado. Por tanto, ella es únicamente "la discípula". ¿Dónde está?
-Duerme. Está cansada. Ha vivido muy mal estos días y estas noches. Si quieres la llamo.

-No. Deja que duerma. Me ocuparé mañana.
Lázaro mira admirado a Margziam, el cual está en ascuas; y es que quisiera saber lo que dicen los rollos. Jesús lo comprende y los abre. Lázaro dice: ¿Cómo? ¿Él lo sabe?
-Sí. Él y los otros, excepto Natanael, Felipe, Tomás y Judas…

-¡Has hecho bien en no revelárselo a él! -interviene bruscamente Lázaro -Tengo muchas sospechas…
-No soy imprudente, amigo -le interrumpe Jesús. Lee los rollos y luego refiere las noticias principales, o sea, que los dos se han aclimatado, que la escuela prospera y que, si no fuera por el declinar de Juan, todo iría bien.
Pero no puede decir nada más porque se anuncia la llegada de Nicodemo y José.

-¡Dios te salve, Maestro, esta mañana y siempre!
-Gracias, José. ¿Y tú, Nicodemo, no estabas?
-No. Pero, sabido que habías llegado, he pensado en venir a casa de Lázaro, casi seguro de que te encontraría. Y José se ha unido a mí.

Hablan alrededor de la cama de Lázaro de los hechos de la mañana. Y él se interesa tanto, que parece aliviado de su sufrimiento.
-¿Y Gamaliel, Señor? ¿Oíste? -dice José de Arimatea.
-Oí.

Nicodemo dice:
-Yo, sin embargo, digo: ¿Y Judas de Keriot, Señor? Después de tu partida, me lo encontré vociferando como un demonio en medio de un grupo de alumnos de los rabíes. Te acusaba y defendía al mismo tiempo. Estoy seguro de que estaba convencido de actuar bien. Ellos querían encontrarte culpas, ciertamente estimulados por sus maestros. Él rebatía las acusaciones con pasión enardecida. Decía:

«Sólo una culpa tiene mi Maestro: hacer resaltar demasiado poco su poder. Deja pasar el momento oportuno. Cansa a los buenos con su excesiva mansedumbre. ¡Rey es, debe actuar como rey! Vosotros lo tratáis como a un siervo, porque es manso. Y El, por ser sólo manso, se destruye. Para vosotros, que sois viles y crueles, no hay otra cosa aparte del azote de un poder absoluto y violento. ¡Ah, si pudiera hacer de El un violento Saúl!”
Jesús menea la cabeza sin decir nada.

-De todas formas, a su manera, te ama -observa Nicodemo.
-¡Qué hombre más desconcertante! -exclama Lázaro.
-Sí. Bien has dicho. Yo no lo entiendo, y hace dos años que estoy con él -confirma el Zelote.
María de Magdala se alza, con majestuosidad de reina, y con su espléndida voz proclama:

-Yo lo he entendido más que todos: es el oprobio al lado la Perfección. Y no hay nada más que decir -y sale para alguna gestión, llevándose consigo a Margziam.
-Quizás María tiene razón -dice Lázaro.
-También lo creo yo -dice José.

-¿Y Tú, Maestro, qué dices?

-Digo que Judas es "el hombre". Como lo es Gamaliel. El hombre limitado junto a Dios infinito. El hombre está tan restringido en su pensamiento, mientras no lo airean sobrenaturalmente, que puede acoger una sola idea, incrustarla dentro de sí, o incrustarse en ella, y quedarse así. Incluso contra la evidencia. Terco.

Obstinado. Incluso por fidelidad hacia la cosa que más le ha impresionado. En el fondo, Gamaliel tiene una fe, como pocos en Israel, en el Mesías que vislumbró y reconoció en un niño. Y es fiel a las palabras de aquel niño… Y lo mismo Judas. Saturado de la idea mesiánica como la mayor parte de Israel la a cultiva, confirmado en ella por mi primera manifestación a él, ve, quiere ver, en el Cristo el rey. El rey temporal y poderoso… Y es fiel a este concepto suyo. ¡Cuántos, incluso en el futuro, se malograrán por una concepción de fe equivocada, terca contra toda razón! ¿Pero qué creéis, que es fácil seguir la verdad y la Justicia en todas las cosas? ¿Qué creéis, que es fácil salvarse sólo porque se sea un Gamaliel y un Judas apóstol?

No. En verdad, en verdad os digo que es más fácil que se salve un niño, un fiel común, que uno elevado a especial cargo y a especial misión. Generalmente entra, en los llamados a extraordinaria suerte, la soberbia de su vocación, y esta soberbia abre las puertas a Satanás, expulsando a Dios. Las caídas de las estrellas son más fáciles que las de las piedras. El Maldito trata de apagar los astros y se insinúa, se insinúa tortuoso para hacer de palanca contra los elegidos y poder volcarlos. Si miles de hombres caen en los errores comunes, su caída no arrastra nada más que a ellos mismos. Pero si cae uno de los elegidos para una extraordinaria suerte, y viene a ser instrumento de Satanás en vez de serlo de Dios, su voz en vez de "mi" voz, su discípulo en vez de "mi" discípulo, entonces la ruina es mucho mayor y puede dar origen incluso a profundas herejías que dañan a un número sin número de espíritus. El bien que Yo doy a una persona producirá mucho bien si cae en un terreno humilde y que sabe permanecer humilde; pero, si cae en un terreno soberbio o que se hace soberbio por el don recibido, entonces de bien se transforma en mal. A Gamaliel le fue concedida una de las primeras epifanías del Cristo. Debía ser su precoz llamada a Cristo; sin embargo, es la razón de su sordera a mi voz que lo llama.

A Judas le ha sido concedido ser apóstol: uno de los doce apóstoles entre los millares de hombres de Israel. Debía ser esto su santificación. Pero, ¿qué será?… Amigos míos, el hombre es el eterno Adán… Adán tenía todo. Todo menos una cosa. Quiso ésa.

¡Y si el hombre se queda en Adán! ¡Ah, pero muy a menudo se transforma en Lucifer! Tiene todo menos la divinidad. Quiere la divinidad. Quiere lo sobrenatural para causar asombro, para ser aclamado, temido, conocido, celebrado…

Y, para conseguir algo de eso que sólo Dios puede gratuitamente dar, se agarra fuertemente a Satanás, que es el Simio de Dios y da sucedáneos de dones sobrenaturales.

¡Qué horrenda suerte la de estos que se han transformado en demonios! Os dejo, amigos. Me retiro bastante. Tengo necesidad de recogerme en Dios…

Jesús, muy turbado, sale… Los que se quedan (Lázaro, José, Nicodemo y el Zelote) se miran.
-¿Has visto cómo se ha turbado? -pregunta en voz baja José a Lázaro.

-Sí, lo he visto. Parecía como si estuviera viendo un espectáculo horrendo.

-¿Qué tendrá en el corazón? -pregunta Nicodemo.
-Sólo Él y el Eterno lo saben -responde José -¿Tú no sabes nada, Simón?

-No. Lo cierto es que hace meses que está muy angustiado.
-¡Dios lo proteja! Pero lo cierto es que el odio aumenta.
-Sí, José. El odio aumenta… Creo que pronto el Odio va a vencer al Amor.

-¡No digas eso, Simón! ¡Si debe suceder así, no volveré a pedir la curación! Mejor morir que asistir al más horrendo de los errores».

-De los sacrilegios, debes decir, Lázaro…
.Y… Israel es capaz de esto. Está maduro para repetir el gesto de Lucifer declarando la guerra al Señor bendito -suspira Nicodemo.

Un silencio penoso se forma, cual mordaza que estrangula todas las gargantas… Declina la tarde en la habitación en que cuatro hombres honestos piensan en los futuros delincuentes.

364- En el Templo. Oración universal y parábola del hijo verdadero y los hijos bastardos

Dice Jesús:

-Levántate, María. Vamos a santificar el día con una página del Evangelio. Porque mi Palabra es santificación.

Ve, María. Porque ver los días terrenos de Cristo es santificación. Escribe, María. Porque escribir acerca de Cristo es santificación, repetir lo que dice Jesús es santificación, predicar a Jesús es santificación, instruir a los hermanos es santificación. Grande será tu recompensa por esta obra de caridad.

Jesús ha dejado Rama y ya está a la vista de Jerusalén.

Mientras anda -como el año pasado -va cantando los salmos prescritos. Muchos, en la vía llena de gente, se vuelven para mirar al grupo apostólico que pasa. Quién saluda con reverencia; quién se limita a echar una ojeada curiosa (éstas son por lo general las mujeres), sonriendo respetuosamente; quién se limita a observar; quién dibuja en sus labios una sonrisita irónica y desdeñosa; quién, en fin, pasa altivo y con evidente malevolencia. Jesús va tranquilo, vestido con una túnica limpia y buena. También Él, como todos, se ha cambiado, para entrar con orden y, diría, con elegancia, en la ciudad santa.

Y también Margziam este año está a la altura de las circunstancias con su ropa nueva. Camina al lado de Jesús, cantando a pleno pulmón, con esa voz suya que la verdad es que es un poquillo áspera porque no es todavía viril. Pero su tono imperfecto se pierde en el coro, lleno, de las voces de sus compañeros, emergiendo sólo, límpido como tintín de plata, en los agudos que emite todavía con voz blanca y segura. Está feliz Margziam…

En un intervalo de los cantos -ya a la vista de la Puerta de Damasco, porque entran por allí para ir inmediatamente al Templo -, mientras esperan a que pase una pomposa caravana que ocupa toda la vía y crea obstrucciones (de forma que los prudentes se detienen en los márgenes), Margziam pregunta:

-Señor mío, ¿no vas a decir otra parábola bonita para tu hijo lejano? Querría unirla a los otros escritos que tengo; porque está claro que en Betania vamos a encontrar a sus enviados y sus noticias. Y me consume el deseo de darle una alegría, según le prometí y su corazón y el mío queremos…

-Sí, hijo mío. Te daré la parábola.
-Pero una que lo consuele, que le diga que sigue siendo tu amado…

-Así lo diré. Y será para mí alegría porque será decir una verdad.
-¿Cuándo la vas a decir, Señor?
-Inmediatamente. Vamos a ir enseguida al Templo, como es deber, y allí hablaré antes de que se me impida hacerlo.
-¿Y vas a hablar para él?
-Sí, hijo mío.

-¡Gracias, Señor! Debe ser muy doloroso el estar separado así… -dice Margziam, que tiene casi un brillo de llanto en sus ojos negros. Jesús le pone la mano encima del pelo y se vuelve para indicar a los doce que se acerquen y así reemprender la marcha. Y es que los doce se habían detenido a oír lo que decían algunos, no sé si creyentes en el Maestro o deseosos de conocerlo, que a su vez se habían parado por la misma causa que había detenido a Jesús y a los suyos.

-Ya vamos, Maestro. Estábamos escuchando a éstos. Algunos de ellos son prosélitos que vienen de lejos y preguntaban que dónde podrían acercarse a conocerte -dice Pedro yendo.
-¿Por qué motivo lo desean?

Y Pedro, ya al lado de Jesús -que está reanudando la marcha -dice:

-Porque quieren oír tu palabra, y para ser curados de algunas enfermedades. ¿Ves ese carro cubierto, después de ellos? Dentro hay prosélitos de la Diáspora que han venido por mar o con un largo viaje, movidos a realizarlo además de por el respeto a la Ley por la fe en ti. Los hay de Éfeso, Perge e Iconio, y hay uno, pobre, de Filadelfia, al que han acogido en el carro por piedad los otros, que son mercantes ricos por lo general, pensando propiciarse al Señor.

-Margziam, ve a decirles que me sigan al Templo. Tendrán lo uno y lo otro: salud del alma, con la palabra, y salud para los cuerpos si saben tener fe.

El jovencito va ligero. Pero de los doce se eleva un coro de desaprobación por "la imprudencia" de Jesús, que quiere mostrarse públicamente en el Templo…

-Vamos a propósito, para que vean que no tengo miedo. Para que vean que ninguna amenaza me puede hacer desobedecer al precepto. ¿Pero es que no habéis entendido todavía su juego? Todas estas amenazas, todos estos consejos, amigables sólo en apariencia, tienen la pretensión de hacerme pecar, para poder disponer de un elemento verdadero de acusación. No seáis cobardes. Tened fe. No es mi hora.

-¿Pero por qué no vas antes a tranquilizar a tu Madre? Te espera… -dice Judas Iscariote.

-No. Primero voy al Templo, que, hasta el momento señalado por el Eterno para la nueva época, es la Casa de Dios. Mi Madre, esperándome, sufrirá menos de lo que sufriría sabiendo que estoy predicando en el Templo. De esta forma, honraré al Padre y a la Madre, dándole al Primero la primicia de mis horas pascuales, y a la segunda la tranquilidad. Vamos. No temáis. Por lo demás, quien tenga miedo que vaya al Getsemaní, a incubar su miedo entre las mujeres.

Los apóstoles, con la pulla de esta última observación, no hablan más. Se ponen de nuevo en fila, de tres en tres. Sólo en la fila donde está Jesús, la primera, son cuatro, hasta que llega Margziam y la hace de cinco (tanto que Judas Tadeo y el Zelote se ponen detrás de Jesús, dejándolo así en el centro entre Pedro y Margziam).
En la Puerta de Damasco ven a Manahén.

-Señor, he pensado que era mejor que me vieran, para disolver toda posible duda sobre la situación. Te aseguro que, aparte de la malevolencia de los fariseos y escribas, no hay nada que sea peligroso para ti. Puedes ir seguro.

-Lo sabía, Manahén. De todas formas, te lo agradezco. Ven conmigo al Templo, si no te es molestia…
-¿Molestia? ¡Por ti desafiaría al mundo entero! ¡Afrontaría cualquier fatiga!

Judas Iscariote barbota algunas palabras. Manahén se vuelve ofendido. Dice con voz segura:
-No, hombre. No son "palabras". Le ruego al Maestro que compruebe mi sinceridad.

-No hace falta, Manahén. Vamos.
Siguen adelante entre el atasco de gente. Llegados a una casa amiga, se liberan de los talegos; Santiago, Juan y Andrés los depositan por todos en un atrio largo y oscuro, y luego dan alcance a sus compañeros.

Entran en el recinto del Templo pasando cerca de la Antonia. Los soldados romanos miran, pero no se mueven. Se susurran algunas cosas. Jesús los observa, para ver si hay alguno que conozca. Pero no ve ni a Quintiliano ni al mílite Alejandro.

Ya están en el Templo, en medio del hormigueo de gente, poco sagrado, de los primeros patios, donde hay mercaderes y cambistas. Jesús mira y vibra. Se pone pálido. Su andadura severa es tan solemne, que parece aumentar más todavía de estatura.

Judas Iscariote lo tienta:

-¿Por qué no repites aquel gesto santo? Ya ves… lo han olvidado… De nuevo la profanación ha entrado en la Casa de Dios. ¿No te duele? ¿No te lanzas a defender?

Este rostro moreno y bello, pero irónico y falso (a pesar de todas las artes de Judas para que no aparezca así), toma un aspecto incluso zorruno mientras, un poco agachado, como por reverencial respeto, dice estas palabras a Jesús, escrutándolo de abajo arriba.

-No es la hora. Pero todo eso será purificado. ¡Y para siempre!.. -dice secamente Jesús.

Judas sonríe ligeramente y comenta:

-¡El "para siempre" de los hombres! ¡Ya ves, Maestro, que es muy precario!…

Jesús no le responde, pues trata de saludar desde lejos a José de Arimatea, que pasa seguido por otras personas, envuelto en sus vistosos indumentos.

Recitan las oraciones rituales y luego regresan al Patio de los Gentiles, bajo cuyos pórticos se agolpa la gente.

Los prosélitos a los que habían encontrado viniendo al Templo han seguido todo este tiempo a Jesús. Han traído con ellos a sus enfermos y ahora los están colocando a la sombra, debajo de los pórticos, cerca del Maestro.

Sus mujeres, que los han esperado aquí, se acercan muy despacio. Todas veladas. Pero una está ya sentada, quizás por estar enferma, y las compañeras la llevan al lado de los otros enfermos. Más gente se agolpa alrededor de Jesús. Veo estupor y desorientación en los grupos rabínicos y sacerdotales por la abierta venida y la abierta predicación de Jesús.

-¡La paz sea con todos vosotros que escucháis!
La Pascua Santa trae de nuevo a los hijos fieles a la Casa del Padre. Parece, esta Pascua bendita nuestra, una madre que piensa solícita en el bien de sus hijos, que los llama con fuerte voz para que vengan de todas partes, aplazando todas las ocupaciones por una más importante, la única que es verdaderamente grande y útil: honrar al Señor y Padre.

En esto se comprende que somos hermanos; de esto, con testimonio delicado, surge el orden y el compromiso de amar al prójimo como a uno mismo. ¿No nos hemos visto nunca? ¿No sabíamos los unos de los otros? Así es. Pero, si estamos aquí, porque somos hijos de un único Padre que quiere congregarnos en su Casa para el banquete pascual, entonces, aunque no sea con los sentidos materiales, sí ciertamente con la parte superior, sentimos que somos iguales, hermanos, provenientes de Uno solo, y nos amamos, por tanto, como si hubiéramos crecido juntos. Y esta unión de amor nuestra es anticipación de la otra, más perfecta, de que gozaremos en el Reino de los Cielos, bajo la mirada de Dios, abrazados todos por su Amor: Yo, Hijo de Dios y del hombre, con vosotros, hombres hijos de Dios; Yo, Primogénito, con vosotros, hermanos amados sobre toda humana medida, hasta hacerme Cordero por los pecados de los hombres.

Recordemos también, nosotros que gozamos en el momento presente de nuestra fraterna unión en la Casa del Padre, a los que están lejos y también son hermanos nuestros en el Señor y en el origen. Tengámoslos en nuestro corazón. Llevemos en nuestro corazón ante el altar santo a los ausentes. Oremos por ellos, recogiendo con el espíritu sus lejanas voces, sus añoranzas de estar aquí, sus anhelos. Y, de la misma forma que recogemos estos conscientes anhelos de los israelitas lejanos, recojamos también los de las almas que pertenecen a hombres que no saben siquiera que tienen un alma y que son hijos de Uno solo.

Todas las almas del mundo gritan en las prisiones de los cuerpos hacia el Altísimo. Alzan, en oscura cárcel, su gemido hacia la Luz. Nosotros, que estamos en la luz de la fe verdadera, tengamos misericordia de ellos. Oremos así:
Padre nuestro que estás en los Cielos, sea santificado por toda la humanidad tu Nombre. Conocer tu Nombre es encaminarse hacia la santidad. Haz, Padre santo, que los gentiles y paganos conozcan tu existencia, y que vengan a Dios, a ti, Padre, guiados por la Estrella de Jacob, por la Estrella de la Mañana, por el Rey y Redentor de la estirpe de David, por tu Ungido, ya ofrecido y consagrado para ser Víctima por los pecados del mundo; que vengan como los tres sabios de entonces, de un tiempo ya lejano pero no inoperante, porque nada de lo que tiene algo que ver con la venida de la Redención al mundo es inoperante.

Venga tu Reino a todos los lugares de la tierra: donde se te conoce y ama, y donde aún no se te conoce; y, sobre todo, a los que son triplemente pecadores, los cuales, aun conociéndote, no te aman en tus obras y manifestaciones de luz, y tratan de rechazar y apagar la Luz que ha venido al mundo, porque son almas de tinieblas, que prefieren las obras de tinieblas, y no saben que querer apagar la Luz del mundo es ofenderte a ti mismo, porque Tú eres Luz santísima y Padre de todas las luces, comenzando por la que se ha hecho Carne y Palabra para traer tu luz a todos los corazones de buena voluntad.

Padre santísimo, que todos los corazones de este mundo hagan tu voluntad, es decir, que se salven todos los corazones y no quede para ninguno sin fruto el sacrificio de la Gran Víctima; porque ésta es tu voluntad: que el hombre se salve y goce de ti, Padre santo, después del perdón que está para ser otorgado.

Danos tu ayuda, Señor: todas tus ayudas. Ayuda a todos los que esperan, a los que no saben esperar, a los pecadores con el arrepentimiento que salva, a los paganos con la herida de tu llamada que estremece; ayuda a los infelices, a los reclusos, a los desterrados, a los enfermos en el cuerpo o en el espíritu, a todos, Tú que eres el Todo; porque el tiempo de la Misericordia ha llegado.

Perdona, Padre bueno, los pecados de tus hijos. Los de tu pueblo, que son los más graves, los de los culpables de querer estar en el error, mientras que tu amor de predilección ha dado la Luz precisamente a este pueblo.

Perdona a los que están afeados por un paganismo corrompido que enseña el vicio, y se hunden en la idolatría de este paganismo pesado y mefítico, mientras que entre ellos hay almas preciadas y que Tú amas porque las has creado. Nosotros perdonamos, Yo el primero, para que Tú puedas perdonar. E invocamos tu protección sobre la debilidad de las criaturas para que libres del Principio del Mal, del cual vienen todos los delitos, idolatrías, culpas, tentaciones y errores, a tus criaturas. Líbralas, Señor, del Príncipe horrendo, para que puedan acercarse a la Luz eterna.

La gente ha seguido atenta esta solemne oración. Se han
acercado rabíes famosos, entre los cuales, sujetándose pensativo el barbado mentón, está Gamaliel… Y se ha acercado también un grupo de mujeres, enteramente envueltas en mantos, con una especie de capucha que oculta sus rostros. Y los rabíes se han acercado con desprecio…

Y también han venido, reclamados por la noticia de que había llegado el Maestro, muchos discípulos fieles, entre los cuales están Hermas, Esteban y el sacerdote Juan. Y también Nicodemo y José, inseparables, y otros amigos suyos que creo haber visto ya.

Durante la pausa que sigue a la oración del Señor, recogido ahora dentro de sí, solemnemente austero, se oye a José de Arimatea decir:

-¿Y entonces, Gamaliel? ¿No te parece todavía palabra del Señor?

-José, se me dijo: "Estas piedras se estremecerán con el sonido de mis palabras" -responde Gamaliel.
Esteban, impetuosamente, grita:

-¡Cumple el prodigio, Señor! ¡Da la orden, y se desarticularán! ¡Gran don sería que se derrumbase el edificio, pero se elevaran en los corazones las murallas de tu Fe! ¡Házselo a mi maestro!

-¡Blasfemo! -grita un grupo rabioso de rabíes con sus alumnos.

-No -grita a su vez Gamaliel -Mi discípulo habla con palabra inspirada. Pero nosotros no somos capaces de aceptarla porque el Ángel de Dios todavía no nos ha purificado del pasado con el tizón tomado del Altar de Dios… Y, quizás, ni aunque el grito de su voz -y señala a Jesús -desencajara los quicios de estas puertas, sabríamos creer…

Se recoge un extremo del amplio manto blanquísimo y con él se cubre la cabeza, ocultándose casi el rostro; luego se marcha. Jesús lo mira mientras se va… Luego continúa hablando. Ahora responde a algunos que murmuran entre sí, que se muestran escandalizados y que hacen más visible su escándalo descargándolo sobre Judas de Keriot, con una rociada de protestas que el apóstol encaja sin reaccionar, encogiéndose de hombros y poniendo una cara que de satisfecha no tiene nada.

Jesús dice:

-En verdad, en verdad os digo que los que parecen ilegítimos son hijos verdaderos, y que los que son hijos verdaderos se hacen ilegítimos. Escuchad todos una parábola.

Hubo una vez un hombre que, debido a algunas ocupaciones, tuvo que ausentarse durante largo tiempo de casa, dejando en ella a algunos hijos que todavía eran poco más que unos niños. Desde el lugar en que se hallaba, escribía cartas a sus hijos mayores para mantener siempre en ellos el respeto hacia el padre lejano y para recordarles sus enseñanzas.

El último, nacido después de su partida, se estaba criando todavía con una mujer que vivía lejos de allí, de la región de la esposa, que no era de su raza. Y la esposa murió, siendo pequeño y viviendo lejos de casa todavía este hijo. Los hermanos dijeron: "Dejémoslo allí, donde está, con los parientes de nuestra madre. Quizás nuestro padre se olvida de él. Saldremos ganando porque tendremos que repartir con uno menos, cuando nuestro padre muera". Y así lo hicieron. De esta forma, el niño lejano creció con los parientes maternos, ignorando las enseñanzas de su padre, ignorando que tenía un padre y unos hermanos, o, peor, conociendo la amargura de esta reflexión: "Todos ellos me han desechado como si fuera ilegítimo", y tanto se sentía repudiado por su padre, que llegó incluso a creer que ello fuera verdad.

Siendo ya un hombre y habiéndose puesto a trabajar -porque, agriado como estaba por los pensamientos mencionados, aborrecía también a la familia de su madre, a quien consideraba culpable de adulterio -, quiso el azar que este joven fuera a la ciudad donde estaba su padre. Y entró en contacto con él, aunque no sabía quién era, y tuvo la ocasión de oírlo hablar. El hombre era un sabio.

No teniendo la satisfacción de los hijos, que estaban lejos -a esas alturas ya vivían por su cuenta y mantenían con su padre lejano sólo unas relaciones convencionales… bueno, para recordarle que eran "sus" hijos y que, como consecuencia, se acordara de ellos en el testamento -, se ocupaba mucho en dar rectos consejos a los jóvenes a quienes tenía ocasión de conocer en esa tierra en que estaba. El joven se sintió atraído por esa rectitud, que era paterna hacia muchos jóvenes; no sólo se acercó a él, sino que atesoró todas sus palabras, y vino a hacer bueno su agriado ánimo. El hombre enfermó. Tuvo que decidir regresar a su patria.

El joven le dijo: "Señor, eres la única persona que me ha hablado con justicia y me ha elevado el corazón. Deja que te siga como siervo. No quiero volver a caer en el mal de antes". "Ven conmigo. Ocuparás el puesto de un hijo del que no he podido volver a tener noticias". Y regresaron juntos a la casa paterna.

Ni el padre ni los hermanos ni el propio joven intuyeron que el Señor hubiera congregado de nuevo a los de una única sangre bajo un único techo.

Mas el padre hubo de llorar mucho por sus hijos conocidos, porque los encontró olvidados de sus enseñanzas, codiciosos, duros de corazón, con muchas idolatrías en sus corazones en vez de creyentes en Dios: la soberbia, la avaricia y la lujuria eran sus dioses, y no querían oír hablar de nada que no fuera ganancia humana. El extranjero, sin embargo, cada vez se acercaba más a Dios; se hacía cada vez más justo, bueno, amoroso, obediente. Los hermanos lo odiaban porque el padre quería a ese extranjero. Él perdonaba y amaba porque había comprendido que en el amor estaba la paz.

El padre, un día, disgustado con la conducta de sus hijos, dijo: "Vosotros os habéis desinteresado de los parientes de vuestra madre, y hasta de vuestro hermano. Me recordáis la conducta de los hijos de Jacob hacia su hermano José. Quiero ir a esas tierras para tener noticias de él. Quizás lo encuentro para consuelo mío". Y se despidió, tanto de los hijos conocidos como del joven desconocido, dando a este último una reserva de dinero para que pudiera volver al lugar de donde había venido y montar allí un pequeño comercio.

Llegado a la región de su difunta esposa, los familiares de ella le contaron que el hijo abandonado había pasado a llamarse Manasés, de Moisés que se llamaba, porque realmente con su nacimiento había hecho olvidar al padre que era justo, pues lo había abandonado.

"¡No me ofendáis! Me habían referido que se había perdido el rastro del niño. Y no esperaba siquiera encontrar aquí a ninguno de vosotros. Pero habladme de él. ¿Cómo es? ¿Ha crecido robusto? ¿Se parece a mi amada esposa que se consumió dándomelo? ¿Es bueno? ¿Me ama?".

"Robusto, es robusto, y guapo como su madre, aparte de tener los ojos de un color negro intenso. De su madre tiene hasta la mancha de forma de algarroba en la cadera, y de ti ese estorbo ligero de la pronunciación. Cuando se hizo hombre, se marchó, agriado por su sino, con dudas sobre la honestidad de su madre, y sintiendo rencor hacia ti. Habría sido bueno, si no hubiera tenido este rencor en el alma. Se marchó más allá de los montes y de los ríos. Llegó a Trapecius para…"

"¿Decís Trapecius? ¿En Sinopio? Seguid, seguid, que yo estaba allí, y vi a un joven con este ligero estorbo en la pronunciación, solo y triste, y muy bueno por debajo de su costra de dureza. ¿Es él? ¡Hablad!".

«Quizás es. Búscalo. En la cadera derecha tiene la algarroba saliente y oscura como la tenía tu mujer".
El hombre se marchó a toda velocidad, con la esperanza de encontrar todavía al extranjero en su casa. Había partido ya para regresar a la colonia de Sinopio. El hombre fue detrás… Lo encontró. Le hizo acercarse para descubrirle la cadera. Lo reconoció. Cayó de rodillas alabando a Dios por haberle devuelto el hijo, y más bueno que los otros, que cada vez se hacían más animales, mientras que éste, en estos meses que habían pasado, se había hecho cada vez más santo. Y dijo al hijo bueno: "Recibirás la parte de tus hermanos, porque, sin ser amado por nadie, te has hecho más justo que todos los demás".

¿No era, acaso, justicia? Lo era. En verdad os digo que son verdaderos hijos del Bien aquellos que, rechazados por el mundo y despreciados, odiados, vilipendiados, abandonados como ilegítimos, considerados oprobio y muerte, saben superar a los hijos crecidos en la casa pero rebeldes a las leyes de ésta. No es el hecho de ser de Israel lo que da derecho al Cielo; ni asegura el destino el ser fariseos, escribas o doctores. La cosa es tener buena voluntad y acercarse generosamente a la Doctrina de amor, hacerse nuevos en ella, hacerse por ella hijos de Dios en espíritu y verdad.

Sabed todos los que me escucháis que muchos, que se creen seguros en Israel, serán sustituidos por los que para ellos son publicanos, meretrices, gentiles, paganos y galeotes. El Reino de los Cielos es de quien sabe renovarse acogiendo la Verdad y el Amor.

Jesús se vuelve hacia el grupo de los enfermos prosélitos.
-¿Sabéis creer en cuanto he dicho? -pregunta con voz fuerte.

-¡Sí! ¡Señor! -responden en coro.
-¿Queréis acoger la Verdad y el Amor?
-¡Sí! ¡Señor!
-¿Os quedaríais satisfechos aunque no os diera más que Verdad y Amor?

-Señor, Tú sabes qué es lo que necesitamos más. Danos, sobre todo, tu paz y la vida eterna.
-¡Levantaos e id a alabar al Señor! Estáis curados en el Nombre santo de Dios. Y, rápido, se dirige hacia la primera puerta que encuentra, y se mezcla con la muchedumbre que satura Jerusalén, antes de que la emoción y el estupor que hay en el Patio de los Paganos puedan transformarse en aclamadora búsqueda de Él…

Los apóstoles, desorientados, lo pierden de vista. Sólo Margziam, que no ha dejado nunca de tenerle cogido un extremo del manto, corre a su lado, feliz, y dice:

-¡Gracias, gracias, gracias, Maestro! ¡Por Juan, gracias! He escrito todo mientras hablabas. Sólo me queda añadir el milagro. ¡Qué bonito! ¡Justo para él! ¡Se pondrá muy contento!…

363-En Rama, en casa de la hermana de Tomás. Jesús habla sobre la salvación. Apóstrofe a Jerusalén

Tomás, que iba en la cola de la comitiva hablando con Manahén y Bartolomé, se separa de los compañeros y alcanza al Maestro, que va delante con Margziam e Isaac.

-Maestro, dentro de poco estaremos cerca de Rama. ¿Quieres venir a bendecir al hijo de mi hermana? ¡Ella tiene muchos deseos de verte! Podremos hacer un alto allí. Hay sitio para todos. ¡Dime que sí, Señor!

-Te complaceré, y además con alegría. Mañana entraremos en Jerusalén descansados.

-¡Oh! ¡Entonces me adelanto para avisar! ¿Me dejas ir?
-Ve. Pero recuerda que no soy el amigo mundano. No obligues a los tuyos a un gasto grande. Trátame como "Maestro". ¿Entiendes?
-Sí, mi Señor. Se lo diré a mi familia. ¿Vienes conmigo, Margziam?

-Si Jesús quiere…
-Ve, ve, hijo.

Los otros, que han visto a Tomás y a Margziam marcharse en dirección a Rama, situada un poco a la izquierda del camino que de Samaria, creo, va a Jerusalén, aceleran el paso para preguntar que qué pasa.

-Vamos a casa de la hermana de Tomás. He estado en las casas de todas vuestras familias. Es justo que vaya también a su casa. Lo he mandado adelante por esto.
-Entonces, con tu permiso, hoy me adelanto yo también, para sondear si no hay novedades. Cuando entres por la puerta de Damasco, si hay dificultades, estaré yo. Si no, te veo… ¿dónde, Señor? -dice Manahén.

-En Betania, Manahén. Me dirijo sin demora a casa de Lázaro. Pero dejaré a las mujeres en Jerusalén. Voy solo. Es más, te ruego que después de la pausa de hoy las escoltes a sus casas.
-Como quieras, Señor.

-Avisad al conductor que nos siga hacia Rama.

En efecto, el carro sube lentamente para ir detrás de la comitiva apostólica. Isaac y el Zelote se detienen para esperarlo, mientras todos los demás toman el camino secundario que, con suave desnivel, conduce a la colina, muy baja, sobre la cual está Rama.

Tomás, que no cabe dentro de sí y que aparece aún más rubicundo por la alegría que resplandece en su rostro, está a la entrada del pueblo, esperando. Corre al encuentro de Jesús:

-¡Qué felicidad, Maestro! ¡Está toda mi familia! ¡Mi padre, que tantos deseos tenía de verte, mi madre, mis hermanos! ¡Qué contento estoy!

Y se pone al lado de Jesús, y va tan derecho mientras atraviesa el pueblo, que parece un conquistador en la hora del triunfo.

La casa de la hermana de Tomás está en un cruce situado hacia el este de la ciudad. Es la típica casa acomodada israelita: fachada casi sin ventanas, puerta principal herrada, con su ventanillo; por techo la terraza; los muros del jardín, altos y oscuros ­por encima de los cuales sobresalen las copas de los árboles frutales -, que se prolongan por detrás de la casa. Pero hoy la doméstica no necesita mirar por el ventanillo.

La puerta está abierta de par en par. Todos los habitantes de la casa están dispuestos en orden en el atrio. Y continuamente se ven manos adultas alargarse para sujetar a un niño o a una niña del nutrido grupo de los niños, los cuales, agitados, exaltados por el anuncio, rompen continuamente filas y jerarquías, se escabullen y van a la delantera de la familia, a los sitios de honor, donde, en primera fila están los padres de Tomás, y la hermana con su marido.

Pero cuando Jesús llega al umbral de la puerta, no hay quien sujete a los rapazuelos. Parecen una nidada saliendo del nido después de una noche de descanso. Y Jesús recibe el choque de este pelotón gorjeador y primoroso que se abate contra sus rodillas y lo ciñe, y que levanta las caritas en busca de besos y no se separa a pesar de las llamadas maternas o paternas, ni por algún que otro pescozón afectuoso propinado por Tomás para poner orden.

-¡Dejadlos! ¡Dejadlos! ¡Ojalá fuera todo el mundo así! -exclama Jesús, que se ha agachado para complacer a todos estos rapazuelos.

Por fin puede entrar, entre saludos más reverenciales de los adultos. Pero el que me gusta especialmente es el saludo del padre de Tomás, un anciano típicamente judío, al que Jesús invita y ayuda a levantarse, y luego lo besa «en señal de gratitud por la generosidad de haberle dado un apóstol.

-Dios me ha amado más que a ningún otro en Israel, porque mientras todo hebreo tiene un varón, el primogénito, consagrado al Señor, yo tengo dos: el primero y el último; y la consagración del último es incluso mayor, porque, sin ser levita ni sacerdote, hace lo que ni siquiera el Sumo Sacerdote hace: ve constantemente a Dios y acoge sus mandatos -dice con esa voz un poco temblorosa de los ancianos, y aún más trémula por la emoción. Y termina:

-Dime sólo una cosa, para hacer dichosa mi alma. Tú, que no mientes, dime: ¿este hijo mío, por la forma en que te sigue, es digno de servirte y de merecer la Vida eterna?
-Reposa en la paz, padre. Tu Tomás tiene un gran puesto en el corazón de Dios por el modo como vive, y tendrá un gran puesto en el Cielo por la forma como habrá servido a Dios hasta el último respiro.

Tomás boquea como un pez, de la emoción por lo que está oyendo decir.

El anciano levanta sus trémulas manos, mientras dos hilos de llanto se deslizan por las incisiones de las profundas arrugas para perderse entre la barbota patriarcal, y dice:
-Descienda sobre ti la bendición de Jacob; la bendición del patriarca al más justo de sus hijos: "Te bendiga el Omnipotente con las bendiciones del cielo, que está arriba, con las bendiciones del abismo, que abajo yace, con las bendiciones de los pechos y del seno. Las bendiciones de tu padre sobrepujen las de mis padres, y, hasta que no se cumpla el anhelo de los collados eternos, desciendan sobre la cabeza de Tomás, sobre la cabeza del consagrado entre sus hermanos".

Y todos responden:
-¡Así sea!
-Y ahora bendice Tú, Señor, a esta casa, y, sobre todo, a éstos que son sangre de mi sangre -dice el anciano señalando a los niños.

Y Jesús, abriendo los brazos, recita con voz potente la bendición mosaica, y la alarga diciendo:

-Dios, en cuya presencia caminaron vuestros padres, Dios que me nutre desde mi adolescencia hasta hoy, que me ha librado de todo mal, bendiga a estos niños, lleven ellos mi Nombre y los nombres de mis padres y se multipliquen copiosamente sobre la tierra -y termina tomando de los brazos de la madre al último nacido para besarlo en la frente y dice: «Y a ti desciendan, como miel y mantequilla, las virtudes selectas que vivieron en el Justo cuyo nombre te he dado, y lo hagan pingüe cual palma de dorados dátiles, adornado como cedro de regia copa, para los Cielos».

(La bendición de Jacob está en Génesis 49, 25-26; la sucesiva bendición mosaica está en Números 6, 22-27)

Todos los presentes están emocionados y extáticos. Pero luego un gorjeo de alegría estalla en todas las bocas y acompaña a Jesús, que entra en la casa y no se detiene hasta llegar al patio, donde hace la presentación de su Madre, de las discípulas, apóstoles y discípulos, a los huéspedes.

Ya no es por la mañana, ni mediodía. El rayo enfermo de un sol que a duras penas orada las desmadejadas nubes de un tiempo que lucha por restablecerse dice que el astro se encamina al ocaso y el día al crepúsculo.

Las mujeres ya no están, y tampoco Isaac y Manahén; Margziam sí, se ha quedado y está feliz al lado de Jesús, que sale de casa y va caminando con los apóstoles y todos los familiares varones de Tomás a ver algunas vides, que al parecer tienen un especial valor. Tanto el anciano como el cuñado de Tomás explican la posición del majuelo y la rareza de las plantas, que por ahora tienen sólo pequeñas y tiernas hojas.

Jesús, benignamente, escucha estas explicaciones, interesándose de podas y escardaduras como de las cosas más útiles del mundo. A1 final dice a Tomás sonriendo:
-¿Debo bendecir esta dote de tu gemela?
-¡Mi Señor! Yo no soy Doras ni Ismael. Sé que tu respiro,

tu presencia en un lugar, son ya bendición. Pero si quieres levantar tu diestra sobre estas plantas hazlo, y su fruto ciertamente será santo.
-¿Y abundante, no? ¿Tú que opinas, padre?
-Basta que sea santo. ¡Santo basta! Y lo pisaré y te lo mandaré para la próxima Pascua. Lo usarás en el cáliz del rito.

-Está dicho. Cuento con ello. Quiero, en la próxima Pascua, consumir el vino de un verdadero israelita.
Salen de la viña para volver al pueblo.
La noticia de la presencia en el pueblo de Jesús de Nazaret se ha esparcido, y todos los de Rama están en las calles, y con fervientes ganas de acercarse.
Jesús lo ve y dice a Tomás:

-¿Por qué no vienen? ¿Es que tienen miedo de mí? Diles que los quiero.

¡Tomás no deja que se lo repita dos veces! Va de uno a otro corrillo, tan rápido que parece una mariposa volando de flor en flor. Y los que oyen la invitación tampoco esperan a que se lo digan dos veces. Todos se pasan la voz y, corriendo, van alrededor de Jesús; de forma que, llegados al cruce donde está la casa de Tomás, hay ya una discreta aglomeración de personas que respetuosamente habla con los apóstoles y los familiares de Tomás, preguntando esto o aquello.

Comprendo que Tomás ha trabajado mucho durante los meses de invierno, y mucho de la doctrina evangélica se conoce en el pueblo.

Pero desean una explicación más detallada, y uno, que se ha quedado muy impresionado por la bendición que Jesús ha dado a los niños de la casa que lo hospeda y por cuanto ha dicho de Tomás, pregunta:
-¿Entonces todos serán justos por esta bendición tuya?

-No por la bendición. Por sus acciones. Les he dado la fuerza de la bendición para confirmarlos en sus acciones. Pero son ellos los que tienen que cumplir las acciones, y que éstas sean sólo acciones justas, para conseguir el Cielo. Yo bendigo a todos… pero no todos se salvarán en Israel.

-Es más, se salvarán muy pocos, si siguen como ahora -dice Tomás en tono de queja.
-¿Qué dices?

-La verdad. El que persigue a Cristo y lo calumnia, el que no practica lo que Él enseña, no tendrá parte en su Reino -dice Tomás con su voz fuerte.
Uno le tira de la manga:

-¿Es muy severo? -pregunta, señalando a Jesús.
-¡Lo contrario, demasiado bueno!
-¿Yo? ¿Tú que opinas, que me salvaré? No estoy entre los discípulos. Pero tú sabes cómo soy y cómo he creído siempre en lo que me decías. Más no sé hacer. ¿Qué tengo que hacer, exactamente, para salvarme, además de lo que ya hago?

-Pregúntaselo a Él. Tendrá mano más suave que la mía, y juicio más justo.
El hombre avanza hacia Jesús y dice:
-Maestro, yo observo la Ley, y, desde que Tomás me repitió tus palabras, trato de ser todavía más observante. Pero soy poco generoso. Hago lo que no tengo más remedio que hacer. Me abstengo de hacer lo que no está bien porque tengo miedo del Infierno. Pero estoy apegado a mis comodidades, y… lo confieso, me las ingenio mucho para hacer las cosas sin pecar pero tampoco incomodándome demasiado a mí mismo. ¿Con esta forma de actuar me salvaré?

-Te salvarás. Pero, ¿por qué ser avaro con el buen Dios, que tan generoso es contigo? ¿Por qué pretender para uno mismo sólo la salvación, a duras penas arrebatada, y no la gran santidad que produce inmediatamente eterna paz? ¡Ánimo, hombre! ¡Sé generoso con tu alma!
El hombre dice humildemente:

-Lo pensaré, Señor. Lo pensaré. Siento que tienes razón, y que perjudico a mi alma obligándola a una larga expiación antes de conseguir la paz.
-¡Eso es! Este pensamiento ya es un comienzo de perfeccionamiento.

Otro de Rama pregunta:
-¿Señor, son pocos los que se salvan?

-Si el hombre supiera vivir con respeto hacia sí mismo y amor reverencial a Dios, todos los hombres se salvarían, como Dios desea. Pero el hombre no actúa así. Como un necio, se entretiene con el simulacro, en vez de coger el oro verdadero. Sed generosos en vuestro deseo del Bien.

¿Os cuesta? En eso está el mérito. Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. La otra, bien ancha y engalanada, es una seducción de Satanás para descaminaros. La del Cielo es estrecha, baja, austera, adusta. Para pasar por ella hay que ser ágiles y ligeros y no estar apegados a la pompa ni a la materialidad. Para poder pasar hay que ser espirituales. Si no, cuando llegue la hora de la muerte, no lograréis cruzarla. En verdad, se verá a muchos que tratarán de entrar, pero tan engrosados de materialidad, tan engalanados de pompas humanas, tan endurecidos por una costra de pecado, tan incapaces de agacharse a causa de la soberbia que ya es su esqueleto, que no lo lograrán. Irá entonces el Amo del Reino para cerrar la puerta, y los que estén afuera, los que no hayan podido entrar en el debido momento, desde fuera, llamarán a la puerta gritando:

"¡Señor, ábrenos! ¡Estamos también nosotros aquí!". Pero Él dirá: "En verdad os digo que no os conozco, ni sé de dónde venís". Y ellos: "¿Cómo es posible? ¿No te acuerdas de nosotros? Hemos comido y bebido contigo, te hemos escuchado cuando enseñabas en nuestras plazas". Pero Él responderá: "En verdad no os reconozco. Cuanto más os miro, más os veo saciados de aquellas cosas que declaré alimento impuro.

En verdad, cuanto más os escruto, más veo que no sois de mi familia. En verdad, veo ahora de quién sois hijos y súbditos: del Otro. Tenéis por padre a Satanás, por madre la Carne, por nodriza la Soberbia, por siervo el Odio, por tesoro tenéis el pecado y vuestras gemas son los vicios. En vuestro corazón está escrito "Egoísmo". Vuestras manos están manchadas de fraudes contra los hermanos. ¡Fuera de aquí! ¡Lejos de mí todos vosotros obradores de iniquidad!".

Y entonces, mientras que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas y justos del Reino de Dios se presentarán viniendo de lo profundo del Cielo fúlgidos de gloria, ellos, los que no tuvieron amor sino egoísmo, no sacrificio sino molicie, serán arrojados lejos, recluidos en el lugar donde el llanto es eterno y no hay sino terror.

Y los resucitados gloriosos, venidos de oriente y occidente, de septentrión y mediodía, se congregarán a la mesa nupcial del Cordero, Rey del Reino de Dios. Entonces se verá que muchos que parecieron "mínimos" en el ejército de la tierra serán los primeros en la ciudadanía del Reino.

Y, de la misma forma, verán que no todos los poderosos de Israel serán poderosos en el Cielo, ni todos los que Cristo eligiera para el destino de siervos suyos habrán sabido merecer la elección para la mesa nupcial. Antes al contrario, verán que muchos, considerados "los primeros", serán no sólo los últimos, sino que no serán ni siquiera últimos. Porque muchos son los llamados, mas pocos los que de la elección saben hacerse una verdadera gloria.

Mientras Jesús está hablando, al improviso llegan unos fariseos. Forman parte de un peregrinaje que se dirige a Jerusalén, o que viene, en busca de alojamiento, de una Jerusalén saturada. Ven la concentración de gente y se acercan para ver. Pronto descubren la rubia cabeza de Jesús resplandeciente contra el fondo oscuro de la casa de Tomás.

-¡Dejad paso, que queremos decir unas palabras al Nazareno! -irrumpen gritando.

Sin ningún entusiasmo se separa la gente. Los apóstoles ven venir hacia ellos al grupo farisaico.

-¡Maestro, paz a ti!
-La paz a vosotros. ¿Qué queréis?
-¿Vas a Jerusalén?
-Como todo fiel israelita.
-¡No vayas! Te espera un peligro allí. Lo sabemos porque venimos de allá al encuentro de nuestras familias. Hemos venido a advertirte, porque hemos sabido que estabas en Rama.

-¿Quién os lo ha dicho, si es lícito preguntarlo? -dice Pedro, escamado y dispuesto a empezar una discusión.

-No es asunto de tu incumbencia, hombre. Basta con que sepas, tú que nos llamas serpientes, que hay muchas serpientes cerca del Maestro, y que deberías desconfiar de los demasiados, y de los demasiado poderosos, discípulos.

-¿Cómo dices? ¿No querrás insinuar que Manahéno…
-Silencio, Pedro. Y tú, fariseo, has de saber que ningún peligro puede apartar de su deber a un fiel. Si se pierde la vida, no pasa nada. Lo grave es perder la propia alma contraviniendo a la Ley. Pero tú lo sabes, y sabes que Yo lo sé. ¿Por qué, entonces, me tientas? ¿No sabes, acaso, que sé por qué lo haces?

-No te tiento. Te digo la verdad. Muchos de nosotros serán enemigos tuyos, pero no todos. Nosotros no te odiamos. Sabemos que Herodes te busca, y te decimos: márchate. Márchate de aquí, porque si Herodes te captura te mata seguro. Lo está deseando.

-Lo está deseando, pero no lo hará. Esto lo sé Yo. ¿Y sabéis lo que os digo?: id a decirle a esa vieja raposa que la persona que él busca está en Jerusalén. Pues vengo expulsando demonios y obrando curaciones, sin esconderme.

Y lo seguiré haciendo hoy, mañana y pasado mañana, mientras dure mi tiempo. Y es que es necesario que siga caminando hasta tocar el final. Y es necesario que hoy y luego otra vez, y otra, y otra más, entre en Jerusalén; porque no es posible que mi camino se detenga antes. Y debe cumplirse en justicia, o sea, en Jerusalén.

-El Bautista murió en otro lugar.

-Murió en santidad, y santidad quiere decir: Jerusalén". Porque, si bien ahora Jerusalén quiere decir "Pecado", ello se refiere sólo a lo que sólo es terrestre y pronto perecerá. Yo me refiero a lo eterno y espiritual, o sea, a la Jerusalén de los Cielos. En ella, en su santidad, mueren todos los justos y los profetas.

En ella moriré Yo, e inútil es vuestro deseo de inducirme al pecado. Y moriré, además, entre las colinas de Jerusalén; pero no por mano de Herodes, sino por voluntad de quien me odia más refinadamente que él, porque ve en mí al usurpador del Sacerdocio apetecido, al purificador de Israel, de todas las enfermedades que lo corrompen.

No le carguéis, pues, a Herodes todo el afán de matar; tomad, más bien, cada uno vuestra parte… en efecto, el Cordero está encima de un monte al que suben por todas partes lobos y chacales, para degollarlo y…

Los fariseos huyen bajo la granizada de estas verdades que queman…

Jesús los mira mientras huyen. Luego se vuelve hacia mediodía, hacia un claror más luminoso, que quizás indica la zona de Jerusalén, y, con tristeza, dice:

-¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a tus profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como reúne el ave en el nido a sus pequeñuelos bajo sus alas, y tú no has querido!

Pues bien, tu verdadero Amo dejará desierta tu Casa. Él vendrá, hará -como establece el rito -lo que deben hacer el primero y el último de Israel, y luego se marchará.

Ya no permanecerá dentro de tu recinto, para purificarte con su presencia. Y te aseguro que ni tú ni tus habitantes me volveréis a ver, en mi verdadera figura, hasta que llegue el día en que digáis: "Bendito el que viene en nombre del Señor"… Y vosotros de Rama recordad estas palabras, y todas las otras, para no tener parte en el castigo de Dios. Sed fieles… Podéis marcharos. La paz sea con vosotros.

Y Jesús se retira a la casa de Tomás con todos los familiares de éste y con sus apóstoles.

362- La misión de las «voces» en la Iglesia futura. El encuentro con la Madre y las discípulas

Están ahora en la otra parte del Jordán y andan ligeros en dirección suroeste, orientados hacia una segunda cadena de montes -más elevada que la primera, formada por bajas colinas -pasada la cual se ve la llanura del Jordán. Por lo que comentan, comprendo que han evitado la llanura para no caer de nuevo en el limo que han dejado en la otra parte, y piensan ir a donde deben siguiendo los caminos internos, mejor mantenidos y más transitables, especialmente en tiempo de lluvia.

-¿A qué altura estaremos? -pregunta Mateo, que se orienta mal.
-Sin duda, entre Silo y Betel. Reconozco los montes -dice Tomás.
-Pasamos hace poco por aquí, con Judas, que en Betel se hospedó donde algunos fariseos.

-Te podían hospedar también a ti. No quisiste venir. Pero ni yo ni ellos te dijimos: "No vengas".

-Yo tampoco digo que me lo dijerais. Digo sólo que preferí quedarme con los discípulos que evangelizaban aquí.
Y el incidente termina. Es más, Andrés manifiesta su alegría:

-Si en Betel tenemos fariseos amigos, no vendrán contra nosotros.
-Pero estamos volviendo, no estamos yendo a Jerusalén -le objetan.
-¡Tendremos que ir en todo caso para la Pascua! Y no sé cómo nos las vamos a ingeniar…

-¡Sí, claro! ¿Por qué ha dicho que vuelve a Caná? Podían volver las mujeres, y nosotros cumplir el peregrinaje…
-¡Está escrito que mi mujer no celebre la Pascua en Jerusalén! -exclama Pedro.
Juan le consulta a Jesús, que está hablando animadamente con el Zelote:

-Maestro, ¿cómo nos las vamos a ingeniar para que nos dé tiempo a ir y volver?
-No lo sé. Me pongo en las manos de Dios. Si nos retrasamos, no será culpa mía.

-Has hecho bien siendo prudente -dice el Zelote.
-¡Por mí habría seguido! Porque no ha llegado todavía mi hora. Esto Yo lo siento.

-Pero, ¿cómo habríais soportado, vosotros, la aventura; vosotros que de un tiempo a esta parte estáis tan… cansados?

-Maestro… tienes razón. Parece como si un demonio hubiera espirado su aliento entre nosotros. ¡Estamos muy cambiados!

-El hombre se cansa. Quiere las cosas rápidas. Y sueña cosas estúpidas. Cuando se percata de que el sueño es distinto de la realidad, se agita y, si no tiene buena voluntad, cede. Olvida que el Omnipotente, que hubiera podido, en un instante, hacer del Caos el Universo, lo hizo en fases ordenadas y separadas en espacios de tiempo que se han llamado días. Yo debo sacar del Caos espiritual de todo un mundo el Reino de Dios. Y lo haré. Construiré sus bases.

Ya las estoy construyendo. Y debo quebrar la roca durísima, para labrar dentro de ella los cimientos que no han de derrumbarse. Vosotros levantaréis lentamente los muros. Vuestros sucesores continuarán la obra, en altura y anchura. De la misma manera que Yo moriré en la obra, vosotros también moriréis, y habrá muchos otros que morirán cruenta o incruentamente, consumidos, de todas formas, por este trabajo que requiere espíritu de inmolación, de generosidad, y lágrimas y sangre y paciencia sin medida…

Pedro introduce su cabeza entrecana entre Jesús y Juan. «
-¿Se puede saber qué decís?
-¡Hombre, Simón! Ven aquí. Hablábamos de la futura Iglesia. Estaba explicando que, al contrario de vuestras prisas, cansancios, desánimos, etc. requiere calma, constancia, esfuerzo, confianza. Estaba explicando que requiere el sacrificio de todos sus miembros.

Desde mí, que soy su Fundador, su Cabeza mística, hasta vosotros, hasta todos los discípulos, hasta todos aquellos que lleven el nombre de cristianos y el de pertenecientes a la Iglesia universal. Y, en verdad, los que harán verdaderamente vital a la Iglesia, no pocas veces, serán los más humildes de la gran escala de las jerarquías, es decir, aquellos que parezcan simplemente "números".

Verdaderamente, no pocas veces tendré que refugiarme en éstos para seguir manteniendo viva la fe y la fuerza de los colegios apostólicos que se renovarán siempre; y tendré que hacer de estos apóstoles personas atormentadas por Satanás y por los hombres envidiosos, soberbios e incrédulos. Y su martirio moral no será menos penoso que el martirio material: sí, se verán entre la voluntad activa de Dios, y la voluntad mala del hombre, instrumento de Satanás, que tratará con todas las artes y violencias de presentarlos embusteros, locos, obsesos, para paralizar mi obra en ellos y los frutos de mi obra, cada uno de los cuales es un golpe victorioso contra la Bestia.

-¿Y resistirán?

-Resistirán. Incluso sin tenerme materialmente a su lado. Deberán creer no sólo en lo que se debe creer, sino también en su secreta misión; creerla santa, creerla útil, creerla proveniente de mí. Y, mientras, en torno a ellos, Satanás, sibilante, tratará de aterrorizarlos, y el mundo g-ritará para escarnecerlos, y gritarán los no siempre perfectamente luminosos ministros de Dios para condenarlos. Éste es el destino de mis futuras voces.

Y, con todo, no tendré otro modo de hacer reaccionar a los hombres y llevarlos al Evangelio y a Cristo. Ahora bien, como contrapartida de todo lo que les pida y les imponga y de todo lo que reciba de ellos, ¡oh, les daré eterno gozo, una gloria especial! En el Cielo hay un libro cerrado. Sólo Dios puede leerlo. En él están todas las verdades. Pero Dios alguna vez quita los sellos y despierta las verdades ya dichas a los hombres, y constriñe a un hombre, elegido para tal destino, a conocer el pasado, presente y futuro como están contenidos en el libro misterioso.

¿Habéis visto alguna vez a un hijo, el mejor de la familia, o a un alumno, el mejor de la escuela, ser convocados por el padre o el maestro para leer en un libro de adultos y para escuchar la explicación? Está al lado de su padre o de su maestro, abarcado por uno de sus brazos, mientras la otra mano, del padre o maestro, señala con e1 índice los renglones que quiere que lea y conozca el predilecto. Lo mismo hace Dios con sus consagradas para tal destino. Los acerca hacia sí, los tiene cogidos con su brazo, y los fuerza a leer lo que Él quiere, y a saber su significado, y luego a decirlo, y recibir a cambio burlas y dolor.

Yo, el Hombre, encabezo la estirpe de los que dicen las Verdades del libro celeste; y recibo burlas, dolor y muerte. Pero el Padre ya prepara mi Gloria. Y Yo, cuando haya subido a ella, prepararé la gloria de aquellos a quienes haya forzado a leer en el libro cerrado los puntos que quería que leyeran, y, en presencia de toda la Humanidad resucitada y de los coros angélicos, los señalaré como lo que fueron, y los invitaré a acercarse; entonces abriré los sellos del Libro que ya será inútil tener cerrado, y ellos sonreirán al verlas de nuevo escritas, al volver a leer las palabras que ya les fueran iluminadas cuando sufrían en la tierra.

-¿Y los otros? -pregunta Juan, que está atentísimo a la lección.

-¿Qué otros?

-Los otros, que como yo no han leído en la tierra aquel libro, ¿no sabrán nunca lo que dice?
-Los bienaventurados en el Cielo, absorbidos en la Sabiduría infinita, sabrán todo.
-¿Inmediatamente? ¿Nada más morir?

-Nada más entrar en la Vida.
-¿Pero entonces por qué en el Ultimo Día vas a hacer ver que los llamas para conocer el Libro?

-Porque no estarán sólo los bienaventurados viendo esto, sino toda la Humanidad. Y muchos, en la parte de los condenados, serán de aquellos que se burlaron de las voces de Dios como de voces de locos y de endemoniados, y los atormentaron por causa de aquel don suyo. Tardía pero obligada revancha concedida a estos mártires del malvado embotamiento del mundo.

-¡Qué bonito será verlo! -exclama Juan arrobado.
-Sí. Y ver a todos los fariseos amolar los dientes de rabia -dice Pedro, y se frota las manos.
-¡Yo creo que miraré sólo a Jesús y a los benditos que lean con Él el Libro!… -responde Juan con una sonrisa de niño en sus labios rojos, soñando con esa hora, perdidos sus ojos en quién sabe qué visión de luz, ahora más brillantes por un acceso de llanto emotivo que no brota pero pone esplendorosos sus iris garzos.

El Zelote lo mira, también Jesús lo mira. Pero Jesús no dice nada. El Zelote, sin embargo, dice:
-¡Te mirarás entonces a ti mismo! Porque si entre nosotros hay uno que será "voz de Dios" en la tierra y será llamada a leer los puntos del Libro sellado, ése eres tú, Juan, predilecto de Jesús y amigo de Dios.

-¡No digas eso! Yo soy el más ignorante de todos. Soy tan negado para todo, que, si Jesús no dijera que de los niños es el Reino de Dios, pensaría que no podría nunca alcanzarlo. ¿No es verdad, Maestro, que yo valgo sólo porque soy semejante a un niño?
-Sí, perteneces a la bienaventurada infancia. ¡Y bendito seas por ello!

Siguen andando todavía un rato; luego Pedro, que mira hacia atrás por el camino de caravanas en que ya se encuentran, exclama:
-¡Misericordiosa Providencia! ¡Aquél es el carro de las mujeres!

Todos se vuelven. Es realmente el pesado carro de Juana. Viene tirado por dos robustos caballos al trote. Se paran para esperarlo. La cubierta de cuero, enteramente echada, impide ver a las personas que vienen dentro del carro. Pero Jesús hace un gesto de que se detenga, y el conductor reacciona con una exclamación de alegría cuando ve a Jesús erguido y con el brazo levantado al borde del camino.
Mientras el hombre para a los dos caballos que venían resoplando, se asoma por la apertura del tendal el rostro flaco de Isaac:

-¡El Maestro! grita -¡Madre, alégrate! ¡Está aquí!

Voces de mujeres y confuso rumor de pisadas se producen en el interior del carro; pero antes de que una sola de las mujeres baje, ya han saltado al suelo Manahén, Margziam e Isaac, y corren para venerar al Maestro.

-¿Todavía aquí, Manahén?

-Fiel a la consigna. Y ahora más que nunca, porque las mujeres tenían miedo… Pero… Te hemos obedecido porque se debe obedecer, aunque -créelo -no había nada preocupante. Sé con certeza que Pilatos ha llamado al orden a los turbulentos, diciendo que quienquiera que provoque sediciones en estos días de fiesta será castigado duramente. Creo que no es ajena a esta protección de Pilatos su mujer, y, sobre todo, las damas amigas de su mujer. En la Corte se sabe todo y nada. Pero se sabe lo suficiente… -y Manahén se aparta para ceder el sitio a María, que ha bajado del carro y ha recorrido los pocos metros de camino, trémula y emocionada toda.

Se besan, mientras las discípulas, todas, veneran al Maestro. Pero no están ni María ni Marta de Lázaro.
María susurra:

-¡Cuánta congoja desde aquella noche! ¡Hijo, cómo te odian todos! -y unas lágrimas descienden siguiendo las líneas rojas que son señal en el rostro de muchas otras vertidas esos días.

-Pero ya ves que el Padre provee. ¡Así que no llores! Yo desafío con coraje a todo el odio del mundo. Pero una sola lágrima tuya me abate. ¡Ánimo, Madre santa! -y, teniéndola arrimada contra sí con un brazo, se vuelve hacia las discípulas para saludarlas; y dedica palabras especiales a Juana, que ha querido regresar para acompañar a María.

-¡Maestro, no es ningún esfuerzo estar con tu Madre! María está retenida en Betania por los sufrimientos de su hermano. He venido yo. He dejado los niños a la mujer del guardián del palacio; es una mujer buena y maternal. Y ya está también Cusa. ¡Fíjate Tú si le va a faltar algo a nuestro querido Matías, predilecto de mi marido! Pero también Cusa me dijo que partir era inútil.

La medida de contención impuesta por el Procónsul le ha roto las uñas también a Herodías. Y además él, el Tetrarca, tiembla de miedo, y no tiene más que un pensamiento: vigilar para que Herodías no lo destruya ante los ojos de Roma. La muerte de Juan ha echado abajo muchas cosas que estaban a favor de Herodías. Y Herodes siente también, y muy bien, que el pueblo está rebelado contra él por la muerte de Juan. La raposa intuye que el peor castigo sería perder la odiosa y humillante protección de Roma. El pueblo arremetería contra él inmediatamente. Por tanto, no dudes que no hará nada por propia iniciativa.

-¡Entonces volvemos a Jerusalén! Podéis caminar tranquilos respecto a vuestra incolumidad. Vamos. Que las mujeres monten de nuevo en el carro, y con ellas Mateo y quien esté cansado. Descansaremos en Betel. Vamos.

Las mujeres obedecen. Suben con ellas Mateo y Bartolomé.

Los otros prefieren seguir al carro a pie junto con Manahén, Isaac y Margziam. Y Manahén cuenta cómo ha hecho las averiguaciones para saber lo que había de verdad en la bravata del herodiano que había extendido un velo de dolor sobre el grupo tranquilo reunido en Betania en casa de Lázaro, «que sufre mucho» (dice Manahén).

-¿Ha ido una mujer a Betania?

-No, Señor. Pero nosotros hace tres días que faltamos de allí. ¿Quién es?
-Una discípula. Se la daré a Elisa, porque es joven, está sola y no tiene medios.

-Elisa está en el palacio de Juana. Quería venir. Pero está muy constipada. Ardía en deseos de verte. Decía: "¿Pero no comprendéis que mi paz está en verlo?"

-Voy a darle también una alegría con esta joven. ¿Y tú, Margziam, no hablas?

-Escucho, Maestro.

-El muchacho escucha y escribe. De uno u otro requiere que le repitamos tus palabras, y escribe, escribe. ¿Pero las habremos dicho bien? -dice Isaac.

-Las miraré Yo y añadiré lo que falte en el trabajo de mi discípulo -dice Jesús acariciando el carrillo morenito de Margziam. Y pregunta: « ¿Y el anciano padre? ¿Lo has visto?».

-¡Sí! No me reconocía. Lloró de alegría. Pero lo veremos en el Templo porque Ismael los envía. Es más, les ha dado más días este año. Tiene miedo de ti.

-¡Claro, mira tú éste! ¡Después de la bromita que le sucedió a Cananías en Sebat! -dice Pedro, y ríe.

-Pero el miedo a Dios no construye; al contrario, destruye. No es amistad. Es sólo una espera que a menudo se transforma en odio. Pero cada uno da lo que puede…
Prosiguen el camino y los pierdo de vista.

361- Los dos injertos que transformarán a los apóstoles. María de Magdala advierte a Jesús de un peligro. Milagro ante la riada del Jordán

Por fin puedo escribir lo que desde el rayar del alba de esta mañana ocupa mi vista y oído mentales, y me hace sufrir por el esfuerzo de oír cosas externas y de casa mientras que lo que debo ver y oír son las cosas de Dios, y me hace intolerante respecto a todas las demás cosas que no sean lo que el espíritu ve.

¡Cuánta paciencia necesito para… no perder la paciencia esperando el momento de decir a Jesús: «¡Aquí me tienes!

¡Ahora puedes seguir adelante»! Porque -lo he dicho otras veces y ahora lo repito -cuando no puedo proseguir o empezar la narración de lo que veo, la escena se detiene al principio, o en el punto en que me interrumpen, y luego continúa su secuencia o empieza de nuevo, cuando puedo seguirla libremente. Creo que Dios quiere esto para que no omita o confunda ni siquiera un detalle particular, lo cual podría sucederme si escribiera un tiempo después de haber visto.

Aseguro por mi conciencia, que cuanto escribo, por verlo u oírlo, lo escribo mientras lo veo y oigo.

Así pues, esto es lo que veo desde el comienzo de la mañana, y mi interno consejero me dice que es el comienzo de una larga y hermosa visión.

Jesús, con un tiempo de lobos, va por un camino campestre embarradísimo. El camino es un pequeño río de lodo que a cada pisada cede y salpica; un lodo amarillento, pegajoso, resbaladizo cual jabón blando, que se agarra a las sandalias y las aspira como si fuera una ventosa, y al mismo tiempo se desliza bajo sus suelas, haciendo penosa la marcha en medio de muchos patinazos.

Debe haber llovido y requetellovido en esos días. Y el cielo (un cielo bajo, plúmbeo, recorrido por nubarrones densos impulsados por los vientos siroco o gregal, tan densos que el aire parece, en la boca, un cuerpo dulzarrón, una pátina empalagosa) todavía promete más lluvia.

No alivia este rítmico soplo de viento, que plega hierbas y ramas y luego pasa para tornar todo a la inmovilidad pesada del bochorno tempestuoso. De vez en cuando, un nubarrón se abre, y gruesas gotas, calientes como si provinieran de una ducha templada, caen para formar borbollones en el lodo, que salpica aún más en las túnicas y las piernas.

Los bajos de las túnicas -a pesar de que Jesús y los suyos las hayan recogido, disponiéndolas muy abolsadas en torno a las caderas con la ayuda del cordón que las ciñe a las cinturas -son una entera cazcarria de fango, muy húmedo en la parte más baja, casi seco en las salpicaduras más altas. Túnicas y mantos -éstos también los llevan lo más alto posible: los han plegado en dos y así los llevan, por limpieza y para protegerse doblemente de los chaparrazos breves pero violentos -están enteramente sucios de barro.

¿Y los pies y las piernas?: hasta la mitad de las espinillas parecen cubiertos de una espesa media de lana cascarriosa, y que, sin embargo, es lodo, lodo y más lodo encostrado.

Hasta aquí el comienzo. Ahora prosigue.

Los discípulos se quejan un poco del tiempo y del camino, y, digámoslo también, de las ganas poco… aconsejables del Maestro de estar por ahí caminando con un tiempo como éste.

Jesús parece que no oye. Pero oye. Y dos o tres veces se vuelve levemente -van casi en fila india para seguir el lado izquierdo del camino, que, por su nivel un poco más alto que el derecho, está menos cenagoso -, se vuelve para mirarlos, pero no habla.

La última vez es el más anciano de los apóstoles el que dice:

-¡Pobre de mí! ¡Con esta humedad que se me está secando encima voy a tener dolores para tomar y dejar! ¡Yo ya soy viejo! ¡Ya no tengo treinta años!

También Mateo refunfuña:

-¿Y yo, entonces? Yo es que no estaba acostumbrado… Cuando llovía en Cafarnaúm, ya sabes, Pedro, que no salía de mi casa. Ponía a unos siervos en la mesa de los impuestos y ellos me traían a los que tenían que pagar. Había organizado un verdadero servicio para esto. ¡Hombre, claro! ¿Quién salía cuando hacía mal tiempo? ¡Pues… algún que otro melancólico y nada más! Mercados y viajes se hacen con el buen tiempo…

-¡Callad! ¡Que oye! -dice Juan.

-No, hombre, que no oye. Está pensando, y cuando piensa… es como si nosotros no existiéramos -dice Tomás.
-Y cuando establece una cosa no la remueve ninguna justa consideración. Quiere hacer lo que quiere Él. Sólo se fía de sí mismo. Será su ruina. Si se asesorase un poco conmigo… ¡Que yo sé muchas cosas! -dice Judas con ese empaque de "yo hago todo" y de "soy más que los demás".

-¿Qué sabes tú?-pregunta Pedro, ya rajo como un gallito.

¡Tú sabes todo! ¿Qué amigos tienes? ¿Qué es, que eres una personalidad de Israel? ¡Vete por ahí, hombre! Tú eres un pobre hombre como yo y los demás. Un poco más guapo… Pero la belleza de juventud es una flor que dura un día. ¡Yo también era guapo!

-Una fresca carcajada de Juan quiebra el aire. También los otros se ríen, y toman un poco el pelo a Pedro por sus arrugas, sus piernas divergentes, como las de todos los marineros, sus ojos un poco prominentes y enrojecidos por los vientos del lago.

-Reíos si queréis, pero es así. Y… no me interrumpáis.

Di, Judas. ¿Qué amigos tienes? ¿Qué sabes? Para saber lo que das a entender, debes tener amigos entre los enemigos de Jesús. Y quien tiene amigos entre los enemigos es un traidor. ¡De modo que, muchacho, cuida de ti, si te preocupa tu belleza! Porque, si bien es verdad que ya no soy guapo, es verdad que soy todavía fuerte, y no me costaría mucho esfuerzo dejarte desdentado o deshacerte un ojo -dice Pedro.

-¡Qué modos de hablar! ¡Verdaderamente propios de un tosco pescador! -dice Judas con un desprecio de príncipe ofendido.

-Sí señor, y a mucha honra. Pescador, pero sincero como mi lago, que si quiere hacer tormenta no dice: "Hago bonanza", sino que se estremece y se pone, como testigos en el zócalo del cielo, unas borlas de nubes que para qué; de forma que basta con que uno no sea un animal o esté borracho para que entienda la alusión y tome las medidas que correspondan. Tú… tú me asemejas a este barro, que parece sólido y, mira» (y pisa enérgicamente, y el barro salpica hasta el mentón del guapo Iscariote).

-¡Pero Pedro! ¡Son modales indignos! ¡Pues sí que dan en ti buen fruto las palabras del Maestro sobre la caridad!
-Y en ti sobre la humildad y la sinceridad. Venga. Escupe lo que sabes. ¿Qué sabes? ¿Es verdad que sabes, o te das importancia para hacer creer que tienes amigos poderosos? ¡Tú, que eres sólo un pobre gusano!

-Yo sé lo que sé, y no vengo a decírtelo a ti para que se produzcan riñas como te gustaría, como galileo que eres. Repito que sería una cosa muy buena que el Maestro fuera menos testarudo. Y menos violento. La gente se cansa de oír que la ofenden.

-¡Violento! Si lo fuera, debería hacerte volar al río, inmediatamente. Un buen vuelo por encima de aquellos árboles. Así te lavarías el barro que te ensucia el perfil. ¡Ojalá sirviera para lavarte el corazón, que… me equivocaré, pero debe estar más costroso que mis piernas embarradas!

Efectivamente, Pedro, velludo y bajo de estatura, tiene las piernas más embarradas. El y Mateo son verdaderamente de arcilla casi hasta la rodilla.

-Dejadlo, ¿no?! ¡Ya está bien! -dice precisamente Mateo.
Juan, que ha notado que Jesús ha aminorado la marcha, sospecha que haya oído, y, acelerando el paso, pasando a dos o tres compañeros, se llega hasta Él, se pone a su lado y lo llama:

-¡Maestro! -dulcemente como siempre, y con esa mirada suya de amor, volviendo la cabeza hacia arriba, porque es más bajo y porque va hacia el centro del camino y, por tanto, fuera del ligero desnivel por el que todos marchan.
-¡Juan! ¿Me has alcanzado?

Jesús le sonríe.

Juan, estudiando con amor y preocupación su rostro para tratar de ver si ha oído, responde:

-Sí, Maestro mío. ¿Me quieres contigo?
-Siempre te quiero conmigo. A todos os querría tener al lado, ¡y con tu corazón! Pero, si sigues caminando por ahí, te acabarás de mojar.
-¡No me importa, Maestro! ¡Nada me importa, con tal de estar a tu lado!

-¿Siempre quieres estar conmigo? Tú no piensas que soy imprudente y que puedo meteros en líos también a vosotros. ¿No te sientes ofendido porque no atiendo tus consejos?
-¡Maestro! ¿Entonces has oído? -Juan está consternado.

-He oído todo. Desde las primeras palabras. De todas formas, no te aflijas. No sois perfectos. Lo sabía desde cuando os llamé. Y no pretendo que seáis perfectos rápidamente. Antes deberéis ser transformados de agrestes en delicados, con dos injertos…

-¿Cuáles, Maestro?
-Uno de sangre, otro de fuego. Después seréis héroes del Cielo y convertiréis al mundo, empezando por vosotros.
-¿De sangre? ¿De fuego?
-Sí, Juan. La Sangre: la mía…
-¡No, Jesús!

Juan le interrumpe con un gemido.

-Serénate, amigo. No me interrumpas. Sé tú el primero en escuchar estas verdades. Lo mereces. La Sangre: la mía. Ya sabes que para esto he venido. Soy el Redentor… Piensa en los Profetas. No omitieron ni una iota describiendo mi misión.

Seré el Hombre descrito por Isaías. Y, cuando me desangren, mi Sangre os fecundará a vosotros. Pero no me limitaré a esto. Sois tan imperfectos, débiles, obtusos y miedosos, que Yo, glorioso al lado del Padre, os enviaré el Fuego, la Fuerza que procede de mi ser por generación del Padre y que vincula al Padre y al Hijo en una arra indisoluble, haciendo de Uno, Tres: el Pensamiento, la Sangre, el Amor.

Cuando el Espíritu de Dios, o mejor, el Espíritu del Espíritu de Dios, la Perfección de las Perfecciones divinas, descienda sobre vosotros, vosotros dejaréis de ser lo que ahora sois. Seréis nuevos, potentes, santos… Pero para uno nula será la Sangre y nulo el Fuego. Porque la Sangre, para él, significará poder de condenación, y para toda la eternidad conocerá otro fuego, en el cual arderá, arrojando y tragando sangre, porque verá sangre en todos los lugares donde ponga sus ojos mortales o sus ojos espirituales, desde cuando haya traicionado la Sangre de un Dios.

-¡Oh, Maestro! ¿Quién es?

-Lo sabrás un día. Ahora ignora. Y, por la caridad, no trates ni siquiera de indagar. La averiguación presupone sospecha. No debes sospechar de tus hermanos, porque la sospecha es ya falta de caridad.
-Me basta con que me asegures que no seremos ni yo ni Santiago los que te traicionemos.

-¡No, tú no! Y tampoco Santiago. ¡Tú eres mi consuelo, Juan bueno! -y Jesús le pone un brazo encima de los hombros y lo arrima hacia sí, y prosiguen así unidos.
Van en silencio un rato. También los demás ahora guardan silencio. Se oyen sólo las pisaduras sobre el lodo.

Luego, otro ruido. Es un susurro, un gorgoteo: me asemeja al pesado ronquido de una persona acatarrada. Un ronquido monótono, interrumpido de vez en cuando por pequeños chasquidos.

-¿Oyes? -dice Jesús -El río está cerca.
-Pero al vado no llegaremos antes de la noche. Dentro de poco empezará a oscurecer.

-Dormiremos en alguna cabaña. Y mañana pasaremos. Hubiera querido llegar antes, porque cada hora que pasa se engrosa más el río. ¿Oyes? Los cañizares de las orillas se rompen bajo el peso de las aguas crecidas.

-¡Te han entretenido mucho en las ciudades de la Decápolis! Nosotros se lo decíamos a aquellos enfermos: "¡Otra vez será!" pero…

-Pero quien está enfermo quiere curarse, Juan. Y quien tiene piedad cura inmediatamente, Juan. No importa. Pasaremos de todas formas. Quiero recorrer la otra orilla antes de volver a Jerusalén para Pentecostés.

Callan de nuevo. Cae la tarde con la rapidez de las tardes lluviosas. La marcha, en el crepúsculo cada vez más oscuro, se hace aún más difícil. Y los árboles que hay a lo largo del camino aumentan la oscuridad con su follaje.
-Vamos a pasar a la otra margen del camino. Ya estamos muy cerca del vado. Vamos a buscar una cabaña.

Cruzan. Los demás los siguen. Salvan un pequeño canal cenagoso -más cieno que agua -que va a afluir, burbujeando, al río. Casi a tientas pasan entre los árboles, y se dirigen hacia el río, cuyo rumor se oye cada vez más cercano y fuerte.

Un primer rayo de luna perfora las nubes, penetra entre dos nubes y baja haciendo brillar el agua limosa del Jordán, que está muy engrosado y ancho en ese punto. (Si calculo bien, el río tiene una anchura de cincuenta o sesenta metros. Soy una verdadera calamidad en cuestión de cálculo de medidas, pero creo que mi casa cabría en ese cauce, al menos, nueve o diez veces, y tenía una anchura de aproximadamente cinco metros y medio).

Ahora no es el hermoso, calmo y azul Jordán, de aguas pacíficas y bajas que dejan al descubierto la fina arena del guijarral en las orillas, donde empiezan los cañizares, que siempre son un temblor sonoro. Ahora el agua ha invadido toda, y los primeros cañizares, combados, rotos y sumergidos, ya no se ven; todo lo más, alguna cinta de las hojas ondea en la superficie del agua y parece hacer un gesto de adiós y pedir ayuda. E1 agua está ya al pie de los primeros árboles gruesos. No sé qué árboles son. Son altos y frondosos, compactos como una muralla, oscura en la noche oscura. Algún sauce hunde las cimas de sus desordenadas frondas en el agua amarillenta.
-Por aquí ya no se puede vadear -dice Pedro.
-Por aquí no. ¿Pero allí? ¿Ves? Se pasa todavía -dice Andrés.

Efectivamente, dos cuadrúpedos están pasando con cautela e1 río. El agua toca el vientre de los animales.
Si pasan ellos, pasan también las barcas.
-Pero es mejor pasar enseguida, aunque ya sea de noche. Hay menos nubes, y hay luna. No dejemos pasar este momento. Vamos a buscar si hay una barca…
Y Pedro lanza tres veces un largo y lamentoso “¡0… eh!”Ninguna respuesta.

Vamos abajo, al pie del vado. Melquías con sus hijos debe estar. Es el mejor período del año para él. Nos pasará.
Andan lo más deprisa que pueden por el senderillo que, casi lamido por el río, lo bordea.

-¿Pero aquélla no es una mujer? -dice Jesús, mirando a los dos que ya han cruzado el río con los caballos y que ahora están parados en el sendero.
-¿Una mujer?
Pedro y los demás no ven ni distinguen si es hombre o mujer el bulto oscuro que ha bajado del caballo y está esperando.

-Sí. Es una mujer. Es… es María. Mirad, ahora que cae bajo el rayo de la luna.

-¡Dichoso Tú que ves! ¡Dichosos tus ojos!
-María es. ¿Qué querrá? -y Jesús grita: « ¡María!».

-¡Rabbuní! ¿Eres Tú? ¡Gloria a Dios, que te he encontrado! -y María corre como una gacela hacia Jesús. No me explico cómo no tropieza en el accidentado sendero. Ha dejado caer un primer manto grande y grueso, y ahora viene con su velo y un manto más ligero arrollado al cuerpo encima de una túnica oscura.

Cuando llega donde Jesús, se arroja a sus pies sin tener en cuenta el barro. Jadea, pero se la ve feliz. Repite:

-¡Gloria a Dios, que me ha hecho encontrarte!

-¿Por qué, María? ¿Qué sucede? ¿No estabas en Betania?

-Estaba en Betania con tu Madre y las mujeres, como habías dicho… Pero he venido a tu encuentro… Lázaro no podía porque sufre mucho… Entonces he venido yo con el doméstico…

-¡Tú salir de casa sola con un muchacho y con este tiempo!
-¡Rabbuní, no irás a decirme que piensas que tengo miedo!

No he tenido miedo de hacer tanto mal… no lo tengo ahora de hacer el bien.

-¿Y bien? ¿Para qué has venido?

-Para decirte que no pases… En la otra parte te esperan con intención de hacerte daño… Lo he sabido… Lo he sabido de un herodiano que hace tiempo… que hace tiempo me amaba… No sé si lo habrá dicho por amor, todavía, o por odio… Sé que anteayer me vio a través de la cancilla y me dijo: "María necia, ¿estás esperando a tu Maestro?

Haces bien, porque será la última vez, porque en cuanto pase y venga a Judea le echan mano. Míralo bien y luego huye, porque no es prudente estar cerca de Él ahora…".

Entonces… te puedes imaginar con qué coraje… he indagado… Como sabes… he conocido a muchos… y, aunque quizás llamándome loca y… poseída, todavía me hablan… He sabido que es verdad. Entonces he tomado dos caballos y he venido, sin decir nada a tu Madre… para no causarle dolor. Regresa…, vuélvete inmediatamente,

Maestro. Si saben que estás aquí, pasado el Jordán, vienen. Y estás ya demasiado cerca de Maqueronte. ¡Vete, vete por piedad, vete por piedad, Maestro!…

-No llores, María…

-¡Tengo miedo, Maestro!

-¡No! ¿Miedo tú, tan valiente que has pasado el río crecido y de noche?..,

-Pero esto es un río y ésos son hombres enemigos tuyos y que te odian… Tengo miedo del odio a ti… Porque te quiero, Maestro.

-No temas. No me prenderán aún. No es mi hora. Aunque pusieran a lo largo de todos los caminos formaciones y más formaciones de soldados, no me prenderían. No es mi hora. Pero seguiré tu deseo. Regresaré…

Judas barbota unas palabras entre dientes. Jesús responde:
-Sí, Judas. Es exactamente como dices. Exactamente en la primera mitad de tu frase. Hago caso de ésta; sí, hago caso de ella. Pero no porque sea mujer, como insinúas, sino porque es la que ha recorrido más camino de amor.

María, vuelve a casa mientras puedas hacerlo. Yo regreso. Pasaré… por donde pueda, y me iré a Galilea. Ven con mi Madre y las otras a Caná, a casa de Susana. Allí os daré instrucciones. Ve en paz, bendita. Dios está contigo.

Jesús le pone la mano en la cabeza, bendiciéndola así. María toma las manos de Cristo y las besa, luego se levanta y se vuelve. Jesús la mira mientras se marcha. La mira mientras recoge el grueso manto y se lo pone, mientras va hasta el caballo y monta, mientras entra de nuevo en el vado y pasa.

-Y ahora vamos -dice.

-Quería que descansarais, pero no me es posible. Me preocupo de vuestra incolumidad, piense lo que piense Judas en contra. Creedme: si cayerais en manos de mis enemigos sería peor para vuestra salud que el agua y el barro…

Todos bajan la cabeza, porque han comprendido el reproche velado, y dado como respuesta a sus conversaciones de antes.

Caminan, caminan, caminan toda la noche, entre disipaciones de nubes y breves chubascos. A la entrada de una pobrísima aldea, que se extiende junto al río con sus casuchas de barro, los sorprende una aurora cenicienta. El río es un poco menos ancho que en el vado. Hay algunas barcas que han sido arrastradas a la tierra, incluso hasta dentro de la propia aldea, para salvarlas de la crecida.
Pedro lanza su grito:

Sale de un tugurio un hombre vigoroso, aunque anciano.
-¿Qué quieres?
-Barcas para pasar.
-¡Imposible! El río está demasiado crecido… La corriente….
-¡Eh, amigo! ¿A quién se lo estás diciendo? Soy pescador de Galilea.

-Una cosa es el mar… esto es río… no quiero quedarme sin barca. Y además… sólo tengo una, y tú y los que te acompañan sois muchos.

-¡Embustero! ¿Me vas a contar que tienes una barca sólo?

-¡Que se me sequen los ojos si miento, yo…
-Ten cuidado, no sea que se te vayan a secar de verdad. Éste es el Rabí de Galilea, que da ojos a los ciegos y que… puede complacerte secándote los tuyos…

-¡Misericordia! ¡El Rabí! ¡Perdóname, Rabbuní!

-Sí. Pero no vuelvas a mentir. Dios ama a los sinceros. ¿Por qué decir que tienes una barca sólo, cuándo todo el pueblo puede desmentirte? ¡Demasiado humillante es para un hombre la mentira y el quedar desenmascarado! ¿Me prestas tus barcas?

-Todas, Maestro.
-¿Cuántas hacen falta, Pedro?
-En tiempos normales son suficientes dos. Pero con el río crecido es más difícil la maniobra y hacen falta tres.
-Tómalas, pescador. Pero, ¿cómo voy a recuperarlas?
-Ven en una. ¿No tienes hijos?
-Tengo un hijo y dos yernos y algunos nietos.
-Dos por cada barca son suficientes para regresar.
-Vamos.

El hombre llama a los otros, y, con la ayuda de Pedro, Andrés, Santiago y Juan, empujan las barcas adentro. La corriente es fuerte y trata de arrastrarlas enseguida corriente abajo. Las cuerdas que sujetan las barcas a los troncos más cercanos están tensas come las de un arco, y crujen por la tensión. Pedro mira. Mira las barcas, el río; mira y menea la cabeza y se alborota con una mano sus cabellos entrecanos; luego lanza una ojeada curiosa a Jesús.

-¿Tienes miedo, Pedro?
-¡Hombre!… casi, casi…
-No temas. Ten fe. Y también tú, hombre. Quien lleva a Dios y a sus enviados no debe temer. Vamos a bajar a las barcas. Yo a la primera.

El dueño de las barcas hace un gesto de resignación. Estará pensando que ha llegado la última hora para sí y para sus parientes; lo mínimo que estará pensando es que va a perder las barcas o que quién sabe dónde van a terminar.

Jesús ya está en la barca. De pie, en la proa. Bajan también los otros, a ésta o a las otras dos barcas. Queda en tierra solamente un viejecito, el ayudante quizás, que vigila las sogas.

-¿Ya?
-Sí, ya.
-¿Preparados los remos?
-Preparados.
-Suelta, tú, de la orilla.
El viejecito desanuda los cabos de la espiga con que formaban nudo cabe el tronco. Las barcas, a medida que van quedando libres, dan un bandazo un poco hacia el sur en la dirección de la corriente.

Pero Jesús tiene la expresión del rostro de cuando obra milagros. No sé lo que le dice al río. Lo que sé es que la corriente casi se para (tiene sólo el movimiento lento del Jordán cuando no está crecido). Las barcas cortan el agua sin esfuerzo; es más, a una velocidad que debe asombrar al dueño de las barcas.

Ya están en la otra parte. Bajan fácilmente; y la corriente, mientras están parados los remos, no intenta arrastrar hacia abajo a las barcas.
-Maestro, veo que eres verdaderamente poderoso -dice el dueño de las barcas. Bendice a tu siervo y acuérdate de mí, que soy un pecador.
-¿Por qué poderoso?

-¿Hombre, te parece poco? ¡Has detenido la corriente impetuosa del Jordán!…
-Josué ya hizo este milagro, y mayor aún, porque desaparecieron las aguas del río, para que pasara el Arca…

-Y tú, hombre, has pasado a la verdadera Arca de Dios -dice Judas con su empaque.

-¡Oh, Dios Altísimo! ¡Sí, lo creo! ¡Tú eres el verdadero Mesías! El Hijo de Dios Altísimo. Voy a decir esto por ciudades y pueblos de la ribera. Voy a decir esto, lo que has hecho, lo que te he visto hacer. ¡Vuelve, Maestro! Mi pobre aldea tiene muchos enfermos. ¡Ven a curarlos!
-Iré. Tú, mientras, predica en mi Nombre la fe y la santidad para ser gratos a Dios. Adiós, hombre. Ve en paz. Y no temas por el regreso.

-No tengo miedo. Si tuviera miedo, te habría pedido que tuvieras compasión de mi vida. Pero creo en ti y en tu bondad y voy a la otra orilla sin pedir nada. Adiós.
Vuelve a subir a la barca. Es el primero en meter la proa en el río. Y marcha seguro y veloz. Toca la orilla.
Jesús, que ha estado parado hasta que lo ha visto en tierra, hace un gesto de bendición. Luego se retira hacia el camino.

El río reemprende su marcha vortiginosa… Y todo termina así.

360- El malhumor de los apóstoles y el descanso en una gruta. El encuentro con Rosa de Jericó

La llanura del lado oriental del Jordán, por las continuas lluvias, parece haberse convertido en una laguna, especialmente en el lugar en que se encuentran ahora Jesús y los apóstoles. Hace poco, han cruzado un torrente que desciende por una estrechura de las cercanas colinas, las cuales parecen formar verdaderamente una presa ciclópica, de norte a sur, paralela al Jordán, interrumpida acá o allá por estrechos valles por los que surge el inevitable torrente. Parece como si Dios hubiera puesto un gran festón de collados para orla del gran valle del Jordán, por esta parte. Diría, incluso, que son tan iguales sus salientes, formas y alturas, que es un festón monótono.

El grupo apostólico está entre los dos últimos torrentes, que además se han desbordado y han ocupado las zonas rayanas de sus orillas, ampliando así su lecho; especialmente el que está al sur, imponente por la masa de agua que trae de las montañas, que rumorea, turbia, en dirección al Jordán, cuyo rumor, a su vez, se oye fuerte, especialmente en las zonas en que las curvas naturales -podría decir, las estrechuras que continuamente presenta
o la desembocadura de un afluente producen una excesiva acumulación de aguas. Pues bien, Jesús está dentro de este triángulo truncado, formado por tres cursos de agua crecidos; y salir de ese pantano no es cosa fácil.

E1 humor apostólico está más turbio que el día. Con eso está todo dicho. Todos quieren expresar su opinión. Todas las cosas que se dicen celan, bajo la apariencia de un consejo, una crítica. Es la hora de los: «Yo lo había dicho», «si se hubiera hecho como aconsejaba yo»… tan violentos para una persona que haya cometido un error, para alguien que ya de por sí se sienta abatido por ello.

Aquí se dice: «Hubiera sido mejor pasar el río a la altura de Pel.la y luego ir por la otra parte, que es menos dificultosa», o: « ¡Hubiera convenido tomar aquel carro! Sí, hemos cumplido, ¿pero luego?…», y también: «¡Si nos hubiéramos quedado en los montes, no habría este barro!».

Juan dice:

-Sois los profetas de las cosas realizadas. ¿Quién podía prever esta insistencia de la lluvia?
Es su tiempo. Era natural -sentencia Bartolomé.

-Los otros años no han sido así antes de la Pascua. Cuando fui donde vosotros, el Cedrón no estaba crecido, y el año pasado hemos tenido incluso tiempo seco. Vosotros que os quejáis, ¿no os acordáis de la sed que pasamos en la llanura filistea?

-Dice el Zelote. -¡Claro! ¡Natural! ¡Hablan los dos sabios y nos contradicen! -dice con ironía Judas de Keriot. -Tú cállate, por favor. Sabes sólo criticar. Pero, en los momentos importantes, cuando hay que hablar con algún fariseo o similar, te quedas callado como si tuvieras trabada la lengua -le dice, inquieto, Judas Tadeo.

-Sí. Tiene razón. ¿Por qué no has replicado ni una palabra a esas tres serpientes en el último pueblo? Sabías que habíamos estado también en Yiscala y en Meirón, respetuosos y obsequiosos; y que allí quiso ir Él, justamente Él, que honra a los grandes rabíes difuntos.

¡Pero no has hablado! Sabes cómo exige de nosotros respeto a la Ley y a los sacerdotes. ¡Pero no has hablado! Hablas ahora. Ahora, porque hay alguna ironía que hacer sobre los mejores de entre nosotros, y críticas que hacer a las acciones del Maestro -dice, en tono apremiante, Andrés, que normalmente es paciente pero que hoy se manifiesta muy nervioso.

-Calla tú. Judas está equivocado. Él, que es amigo de muchos, demasiados, samaritanos… -dice Pedro.
-¡Yo! ¿Quiénes son? Dime sus nombres, si puedes.
-¡Sí, sí, amigo! Todos los fariseos, saduceos y gente influyente de cuya amistad te jactas. ¡Se ve que te conocen! A mí no me saludan nunca. A ti, sí. -¡Estás celoso! Bueno, yo pertenezco al Templo y tú no. -Por gracia de Dios soy un pescador. Sí, y me glorío de ello.

-Un pescador tan necio, que no ha sabido ni siquiera prever este tiempo.

-¿No? Ya lo dije: "Luna de Nisán mojada, agua a cantaradas" -sentencia Pedro.
-¡Ah! ¡Aquí te quería ver! ¿Y tú qué opinas, Judas de Alfeo? ¿Y tú, Andrés? ¡También Pedro, el Jefe, critica al Maestro!

-Yo no critico absolutamente a ninguno. Estoy diciendo un proverbio.

-Que, para quien lo oye, significa crítica y reproche
-Sí… pero todo esto no sirve para secar la tierra, me parece. Ya estamos aquí, y aquí debemos estar. Vamos a reservar el aliento para desencajar los pies de este pantano -dice Tomás.

¿Y Jesús? Jesús guarda silencio. Va un poco adelantado, chapoteando en el lodo, o buscando pedazos de tierra herbosa no sumergidos. Pero también basta con pisarlos para que salpiquen agua hasta la mitad de las espinillas, como si el pie hubiera pisado una bolsa, en vez de un trozo de tierra con hierba. Guarda silencio, los deja hablar, descontentos, enteramente hombres, nada más que hombres a quienes la mínima molestia vuelve irascibles e injustos.

Ya está cerca el río más meridional. Jesús, viendo pasar a lo largo del ribazo inundado a un hombre a lomos de un mulo, pregunta:

-¿Dónde está el puente?
-Más arriba. Yo también paso por él. El otro, hacia abajo, el romano, está ya sumergido.
Otro coro de quejas… Pero se apresuran a seguir al hombre, que habla con Jesús.

-De todas formas, te conviene subir hacia las colinas -dice. Y termina: «Vuelve al llano cuando encuentres el tercer río después del Yaloc. Tendrás ya cerca el vado. Pero apresúrate. No te detengas. Porque el río crece cada hora que pasa. ¡Qué estación más horrible! Primero el hielo, luego el agua. Y fuerte como ahora. Un castigo de Dios.

¡Pero es justo! Cuando no se apedrea a los blasfemos de la Ley, Dios castiga. ¡Y tenemos blasfemos de ésos! ¿Tú eres galileo, no es verdad? Entonces conocerás a ese de Nazaret del que todos los buenos se separan porque provoca todos los males. ¡Atrae las potencias destructoras con su palabra! ¡Los castigos! Hay que oír lo que cuentan de Él los que lo seguían. Tienen razón los fariseos en perseguirlo. ¡Qué gran ladrón será! Debe dar miedo como Belcebú.

Me vinieron ganas de ir a escucharlo, porque antes me habían hablado muy bien de Él. Pero… eran discursos de los de su banda. Todos gente sin escrúpulos como Él. Los buenos lo abandonan. Y hacen bien. Yo, por mi parte, ya no trataré de verlo otra vez. Y si me coincide en mi camino, lo apedreo, como se debe hacer contra los blasfemos.

-Apedréame entonces. Soy Yo Jesús de Nazaret. No huyo ni te maldigo. He venido para redimir al mundo derramando mi Sangre. Aquí me tienes. Sacrifícame, pero hazte justo.
Jesús dice esto abriendo un poco los brazos, hacia abajo; lo dice lentamente, mansamente, con tristeza. Pero, si hubiera maldecido al hombre, no le habría impresionado más. Éste tira tan bruscamente de los ramales, que el mulo pega una reparada que por poco si no se cae por el ribazo al río hinchado. Jesús echa mano al bocado y sujeta al animal, a tiempo de salvar hombre y mulo.

El hombre no hace sino repetir:

-¡Tú! ¡Tú!… -y, viendo el acto que lo ha salvado, grita:
-¡Pero si te he dicho que te apedrearía!… ¿No comprendes?

-Y Yo te digo que te perdono y que sufriré también por ti para redimirte. Esto es el Salvador.

El hombre lo mira todavía; luego da un golpe de talón en el costado del mulo y se marcha veloz… Huye… Jesús agacha la cabeza… Los apóstoles sienten la necesidad de olvidarse del barro, la lluvia y todas las otras miserias, para consolarlo. Lo circundan y dicen: -¡No te aflijas! No tenemos necesidad de bandidos. Y ése lo es. Porque sólo una persona mala puede creer que son verdaderas las calumnias que se dicen de ti, y tener miedo de ti.

-De todas formas -dicen también -¡qué imprudencia, Maestro! ¿Y si te hubiera agredido? ¿Por qué decir que eras Tú Jesús de Nazaret?
-Porque es la verdad… Vamos hacia las colinas, como ha aconsejado. Perderemos un día, pero vosotros saldréis del pantano.

-También Tú -objetan.
-¡Para mí no cuenta! El pantano que me cansa es el de las almas muertas -y dos lágrimas gotean de sus ojos.
-No llores, Maestro. Nosotros nos quejamos, pero te queremos. ¡Si encontramos a los que te difaman!… Nos vengaremos.

-Vosotros perdonaréis como perdono Yo. Pero dejadme llorar. ¡Al fin y al cabo, soy el Hombre! Y que me traicionen, que renieguen de mí, que me abandonen, me causa dolor.

-Míranos a nosotros, a nosotros. Pocos pero buenos. Ninguno de nosotros te traicionará ni te abandonará. Créelo, Maestro.

-¡Ciertas cosas no hay ni que decirlas! ¡Pensar que podamos cometer una traición es una ofensa a nuestra alma! ­exclama Judas Iscariote.

Pero Jesús está afligido. Guarda silencio. Y lentas lágrimas ruedan por las pálidas mejillas de un rostro cansado y enflaquecido.

Se acercan a los montes.

-¿Vamos a subir allá arriba o sólo vamos a bordear las bases de los montes? Hay pueblos a mitad de la ladera. Mira. De esta parte del río y de la otra -le indican.

-Está cayendo la tarde. Vamos a tratar de llegar a un pueblo. Que sea uno u otro es lo mismo.

Judas Tadeo, que tiene muy buenos ojos, escruta las laderas. Se acerca a Jesús. Dice: -En caso de necesidad, hay grietas en el monte. ¿Las ves allí? Nos podemos refugiar en ellas. Siempre será mejor que no el barro.
-Encendemos fuego -dice Andrés queriendo consolar.

-¿Con la leña húmeda? -pregunta con ironía Judas de Keriot. Ninguno le responde.
Pedro susurra:

-Bendigo al Eterno porque no están con nosotros ni las mujeres ni Margziam.

Pasan el puente -verdaderamente prehistórico -, que está justo en los lindes del valle. Toman el lado meridional de éste, por un camino de herradura que lleva a un pueblo.

Las sombras descienden rápidamente; tanto, que deciden refugiarse en una amplia gruta para huir de un chaparrón violento. Quizás es una gruta que sirve de refugio a los pastores, porque hay paja, suciedad y un tosco hogar.
-Como cama no sirve. Pero para hacer fuego… -dice Tomás, señalando los ramajes sucios y desmenuzados que hay por el suelo, desperdigados; y helechos secos y ramas de enebro o de otra planta similar. Y los arrima al hogar ayudándose con un palo. Los amontona. Prende fuego.

Humo y hedor, junto a olor de resina y enebro, se alzan del fuego. Y, no obstante, se agradece ese calor; todos hacen un semicírculo, y comen pan y queso a la luz móvil de las llamas.

-De todas formas se habría podido intentar en el pueblo -dice Mateo, que está ronco y resfriado.

-¡Sí, ya! ¿Para repetir la historia de hace tres noches? De aquí no nos echa nadie. Estamos sentados en aquella leña y hacemos fuego hasta que podamos. Ahora que se ve, ¿hay leña en cantidad, eh? ¡Mira, mira, también paja!… Es un redil. Para verano, o para cuando trashuman. ¿Y por aquí? ¿A dónde se va? Coge una rama encendida, Andrés, que quiero ver -ordena Pedro, mientras se mueve buscando hacer algún descubrimiento.

Andrés obedece. Se meten por una estrecha hendidura que hay en una pared de la gruta.
-¡Tened cuidado, no vaya a haber algún animal peligroso! -gritan los otros.

-O leprosos -dice Judas Tadeo.
A1 cabo de poco, llega la voz de Pedro.
-¡Venid! ¡Venid! Aquí se está mejor. Está limpio y seco, y hay bancos de madera, y leña para el fuego. ¡Es un palacio para nosotros! Traed ramas encendidas, que hacemos fuego inmediatamente.

Debe ser, sí, un refugio de pastores: ésta es la gruta donde duermen los que están de descanso, mientras que en la otra velan los que, por turno, vigilan el rebaño. Es una excavación en el monte, mucho más pequeña, quizás hecha por el hombre, o por lo menos ampliada y reforzada con palos, colocados para sujetar la bóveda. Una campana de chimenea primitiva se pliega en forma de gancho hacia la primera gruta, para aspirar el humo que, si no, no tendría salida. Contra las paredes, toscos bancos y paja; en éstas hay clavados unos ganchos para colgar lámparas, indumentos o bolsas.

-¡Está magnífico, hombre! ¡Venga, vamos a hacer un buen fuego! Estaremos calientes y se secarán los mantos. Fuera los cintos; vamos a usarlos como cuerdas para tender los mantos -indica Pedro.

Luego se pone a colocar los bancos y la paja y dice:
-Y ahora, un poco cada uno, dormimos y nos turnamos en mantener vivo el fuego. Para ver y estar calientes. ¡Qué gracia de Dios!

Judas barbota entre dientes. Pedro se vuelve resentido:

-Respecto a la gruta de Belén, donde nació el Señor, esto es un palacio; si Él nació allí, podremos estar una noche nosotros aquí.

-También es más bonita que las grutas de Arbela. Allí lo único hermoso que había era nuestro corazón, que era mejor que ahora -dice Juan, internándose en un místico recuerdo suyo.

-También es mucho mejor que la que hospedó al Maestro para prepararse a la predicación -dice en tono severo el Zelote, mirando a Judas Iscariote como diciéndole "ya está bien, ¿no?".

Jesús, por último, abre su boca y dice:
-Y es, sin comparación, más caliente y cómoda que en la que hice penitencia por ti, Judas de Simón, el pasado Tébet.

-¡Penitencia por mí! ¿Por qué? ¡No hacía falta!
-¡Verdaderamente deberíamos tú y Yo pasar la vida en penitencia para liberarte de todo lo que te grava! Y no sería suficiente todavía.

La sentencia, muy decidida aunque haya sido dada con serenidad, cae como un rayo en el grupo atónito… Judas baja la cara y se retira a un rincón. No tiene la audacia de reaccionar.

-Yo me quedo despierto. Me encargo del fuego. Dormid vosotros -ordena Jesús pasado un rato.

Y, poco después, a los chasquidos de la leña se une la respiración pesada de los doce cansados, echados entre paja encima de los toscos bancos. Y Jesús, sí la paja se cae y los deja descubiertos, se levanta y vuelve a extenderla encima de los durmientes, amoroso como una madre. Y llora incluso mientras contempla los rostros herméticos de algunos en el sueño, o plácidos, o contrariados.

Mira a Judas Iscariote, que parece sonreír maliciosamente incluso en el sueño, torvo, con los puños cerrados… Mira a Juan, que duerme con una mano debajo de la cara, velado el rostro por sus rubios cabellos, róseo, sereno como un niño en la cuna. Mira el rostro honesto de Pedro y el grave de Natanael, el picado de viruelas del Zelote, el rostro aristocrático de su primo Judas, y se detiene largamente a mirar a Santiago de Alfeo, que es un José de Nazaret muy joven. Sonríe al oír los monólogos de Tomás y Andrés, que parecen hablar al Maestro.

Tapa muy bien a Mateo, que respira con dificultad, cogiendo más paja para que esté caliente; paja que extiende encima de sus pies después de haberla calentado al fuego. Sonríe al oír a Santiago proclamar: «Creed en el Maestro y tendréis la Vida»… y continuar predicando a personajes de sueño. Y se inclina a recoger una bolsa donde Felipe conserva entrañables recuerdos, y se la coloca despacio debajo de la cabeza. En los intervalos medita y ora…

El primero en despertarse es el Zelote. Ve a Jesús todavía cabe el fuego encendido en la gruta ya bien caliente. Y, por el montón de la leña, reducido a una miseria, comprende que han pasado muchas horas. Baja de su yacija y se acerca de puntillas a Jesús.

-¿Maestro, no vienes a dormir? Velo yo.
-Ya amanece, Simón. Hace poco he ido allí y he visto que el cielo se está aclarando.
-Pero, ¿por qué no nos has llamado? ¡Tú también estás cansado!

-Simón, tenía mucha necesidad de pensar… y de orar -y le apoya la cabeza sobre el pecho.
El Zelote, en pie, junto a Él sentado, lo acaricia, y suspira. Pregunta:

-¿Pensar en qué, Maestro? Tú no tienes necesidad de pensar. Tú sabes todo.

-Pensar no en lo que debo decir, sino en lo que debo hacer. Estoy desarmado frente al mundo astuto, porque no tengo ni la malicia del mundo ni la astucia de Satanás. Y el mundo me vence… Y estoy muy cansado…
-Y apenado. Y nosotros contribuimos a ello, Maestro bueno inmerecido por nuestra parte. Perdóname a mí y a mis compañeros. Lo digo por todos.

-Os amo mucho… Sufro mucho… ¿Por qué tantas veces no me comprendéis?

E1 bisbiseo de los dos despierta a Juan, que es el que está más cerca. Abre sus ojos azul claro, mira a su alrededor extrañado, luego recuerda y enseguida, se pone de pie, y se acerca por detrás a los dos que están hablando.

Por este motivo, oye las palabras de Jesús:
-Para que todo el odio y las incomprensiones se transformaran en una insignificancia soportable, me bastaría vuestro amor, vuestra comprensión… Pero vosotros no me comprendéis… Y ésta es mi primera tortura. ¡Es dura! ¡Dura! Pero no tenéis culpa de ello.

Sois hombres… Será vuestro dolor el no haberme comprendido, cuando ya no podáis repararlo… Por eso, porque entonces expiaréis las superficialidades de ahora, las mezquindades de ahora, las cerrazones de ahora, Yo os perdono y digo anticipadamente: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, ni el dolor que me causan".
Juan cae delante y de rodillas, y abraza las rodillas de su Jesús afligido, y ya está para llorar cuando susurra:

-¡Oh, Maestro mío!

El Zelote, que sigue teniendo en su pecho la cabeza de Jesús, se inclina a besarlo en los cabellos y dice:
-¡Y, a pesar de todo, te queremos mucho! Sólo que pretenderíamos de ti una capacidad de defenderte, de defendernos, de triunfar. Nos deprime el verte hombre, sujeto a los hombres, a las inclemencias, a la miseria, a la maldad, a las necesidades de la vida… Somos unos necios. Pero así es. Para nosotros eres el Rey, el Triunfador, el Dios. No logramos comprender la sublimidad de tu renuncia a tanto por amor nuestro. Porque Tú sólo sabes amar. Nosotros no sabemos…

-Sí, Maestro. Simón ha hablado bien. No sabemos amar como ama Dios: Tú. Y lo que es infinita bondad, infinito amor, lo interpretamos como debilidad y nos aprovechamos de ello… Aumenta nuestro amor, aumenta tu amor, Tú que eres su fuente; hazlo desbordarse como ahora se desbordan los ríos; empápanos, satúranos de amor, como están los prados en todo el valle. No son necesarios la sabiduría, el coraje, la austeridad, para ser perfectos como Tú quieres.

Basta con tener el amor… Señor, yo me acuso por todos: no sabemos amar.

-Vosotros, los dos que más comprenden, os acusáis. Sois la humildad. Y la humildad es amor. Pero también los otros tienen sólo una barrera para ser como vosotros. Y Yo la abatiré. Porque efectivamente soy Rey, Triunfador y Dios.

Eternamente. Pero ahora soy el Hombre. Mi frente pesa ya bajo el suplicio de mi corona. Siempre ha sido una corona torturadora el ser Hombre… Gracias, amigos. Me habéis consolado. Porque esto tiene de bueno el ser hombres: tener una madre que ama y amigos sinceros. Ahora vamos a despertar a los compañeros. Ya no llueve. Los mantos están secos. Los cuerpos descansados. Comed y nos ponemos en marcha.

Alza la voz lentamente, hasta que el «nos ponemos en marcha» es una orden firme. Todos se levantan y manifiestan su contrariedad por haber dormido todo el tiempo mientras Jesús velaba. Se arreglan un poco, comen, cogen los mantos, apagan el fuego y salen al sendero húmedo, y empiezan a bajar hasta el camino de herradura, que tiene el suficiente desnivel como para no ser un mar de lodo. La luz todavía es poca, porque ni hay sol ni el cielo está claro. Suficiente, de todas formas, para ver.

Andrés y los dos hijos de Alfeo van delante de todos. Llegados a un punto del camino, se inclinan, miran y rápidamente vuelven.

-¡Hay una mujer! ¡Parece muerta! Tapa el sendero.
-¡Qué lata! Ya empezamos mal. ¿Cómo es posible? ¡Ahora vamos a tener que purificarnos incluso!». Las primeras quejas del día.

-Vamos a ver nosotros si está muerta -dice Tomás a Judas Iscariote.
-Voy yo contigo, Tomás -dice el Zelote, y va adelante.
-Llegan adonde la mujer, se agachan, y Tomás regresa corriendo y gritando.
-Quizás la han asesinado -dice Santiago de Zebedeo.
-O ha muerto de frío -responde Felipe.
Pero Tomás se llega a ellos y grita:

-¡Lleva la túnica descosida de los leprosos…! (está tan desconcertado, que parece como si hubiera visto al diablo).

-¿Pero está muerta? -preguntan.
-¿Qué sé yo? He salido corriendo.
El Zelote se levanta y a buen paso, viene hacia Jesús. Dice:

-Maestro, una hermana leprosa. No sé si está muerta. Creo que no. Creo que el corazón todavía late.
-¿La has tocado?! -gritan bastantes separándose.
-Sí. Desde que soy de Jesús, no tengo miedo de la lepra. Y siento compasión, porque sé lo que es ser leproso. Quizás le han dado un golpe, porque está sangrando por la cabeza.

Quizás había bajado buscando algo de comer. Es tremendo, ¿sabéis?, morirse de hambre y tener que hacer frente a los hombres para conseguir un pan.

-¿Está muy maltrecha?

-No. Es más, no sé cómo es que está con los leprosos. No tiene ni escamas ni llagas ni gangrenas. Quizás es leprosa desde hace poco. Ven, Maestro. Te lo ruego. ¡Como de mí, ten piedad de esta hermana leprosa!
-Vamos. Dadme pan, queso y ese poco de vino que tenemos todavía.
-¿No le irás a dar de beber de donde bebemos nosotros! -grita aterrorizado Judas Iscariote.

-No temas. Beberá en mi mano. Ven, Simón.

Van hacia delante… pero la curiosidad manda adelante también a los otros. Sin sentir ya molestias por el agua del follaje (que llueve de las ramas encima de las cabezas cuando menean aquéllas) ni por el musgo empapado, suben por la ladera para ver a la mujer sin acercarse. Y ven que Jesús se agacha, la toma por las axilas, la arrastra sentada y la apoya contra una roca. La cabeza pende como si estuviera muerta.

-Simón, vuélvele la cabeza, para que pueda echarle en la garganta un poco de vino.
El Zelote obedece sin miedo, y Jesús, manteniendo en alto el calabacino, deja caer unas gotas de vino dentro de los labios entreabiertos y lívidos. Y dice:

-¡Está helada esta infeliz! Y empapada.
-Si no fuera leprosa, la podíamos llevar adonde hemos estado nosotros -dice Andrés compadecido.

-¡Sí! -prorrumpe Judas -¡sólo faltaba eso!
-¡Pero si no está leprosa! No tiene señales de lepra.
-Tiene la túnica y es suficiente.

E1 vino actúa mientras tanto. La mujer emite un suspiro cansado. Jesús, viendo que traga, le vierte un chorro en la boca. La mujer abre los ojos obnubilados y asustados. Ve a algunos hombres. Trata de alzarse y de huir, mientras grita:

-¡Estoy contaminada! ¡Estoy contaminada!
Pero las fuerzas no le ayudan. Se tapa el rostro con las manos y gime:

-¡No me apedreéis! He bajado porque tengo hambre… Hace tres días que ninguno me echa nada…

-Aquí hay pan y queso. Come. No tengas miedo. Bebe un poco de vino en mi mano -dice Jesús echando en el cuenco de su mano un poco de vino y dándoselo.

-¡Pero no tienes miedo! -dice, asombrada, la infeliz.
-No tengo miedo -responde Jesús. Y, poniéndose en pie, sonríe; se queda, de todas formas junto a la mujer, que come con avidez el pan y el queso.

Parece una fiera hambrienta. Jadea incluso, por el ansia de nutrirse. Luego, sedada la animalidad de las entrañas vacías, mira alrededor de sí… Cuenta en voz alta:

-Uno… dos… tres… trece… ¿Pero entonces?… ¿Quién es el Nazareno? ¿Tú, no? ¡Sólo Tú puedes tener compasión como has tenido de una leprosa!…

La mujer se pone de rodillas con dificultad por la flaqueza.

-Soy Yo, sí. ¿Qué quieres? ¿Curarte?
-Eso también… Pero antes debo decirte una cosa… Yo tenía noticia de ti. Me habían hablado hace mucho unos que pasaron… ¿Mucho? No. El otoño pasado. Pero para un leproso… cada día es un año… Hubiera deseado verte.

Pero ¿cómo podía ir a Judea o a Galilea? Me llaman
"leprosa". Pero lo único que tengo es una llaga en el pecho, que me la ha transmitido mi marido, que me tomó virgen y sana, y él no estaba sano.

Pero es una persona importante… y puede todo. Incluso decir que le había traicionado yendo a él ya enferma, y así repudiarme, para tomar a otra mujer de la que estaba prendado. Me denunció como leprosa. Por pretender justificarme, empezaron a pedradas conmigo. ¿Era justo, Señor? Ayer tarde, un hombre ha pasado, de Bet Yaboc, avisando que venías, y exhortando a salir a tu encuentro para echarte de aquí. Yo estaba… Había bajado hasta las casas porque tenía hambre. Habría hurgado incluso en los estercoleros para matar mi hambre… Yo, que era la "señora", habría querido quitarles a los pollos un poco de su frangollo agriado…

Llora… Luego continúa:

-La ansiedad por encontrarte -por ti, para decirte:

"¡Huye!"; por mí, para decirte: "¡Piedad!" -me ha hecho olvidarme de que, infringiendo nuestra ley, perros, cerdos y pollos viven junto a las casas de Israel pero que el leproso no puede bajar a pedir un pan, ni siquiera cuando es una que de leprosa sólo tiene el nombre. Y he venido, preguntando dónde estabas. No me vieron en ese momento, por la oscuridad, y me dijeron: "Sube por el ribazo del río".

Pero luego me vieron, y en vez de pan me dieron piedras. Salí corriendo, en la noche, para venir a tu encuentro, para evitar los perros. Tenía hambre, tenía frío, tenía miedo. Caí donde me has encontrado. Aquí. Creía que moría. Sin embargo, te he encontrado a ti.

Señor, no estoy leprosa. Pero esta llaga que tengo aquí en el pecho me impide volver con los vivos. No pido volver a ser la Rosa de Jericó de los tiempos de mi padre; pero por lo menos vivir con los demás hombres y seguirte a ti. Los que me hablaron en Octubre dijeron que tienes discípulas y que estabas con ellas… Pero primero sálvate Tú. ¡No mueras, Tú que eres bueno!

-No moriré hasta que no llegue mi hora. Ve allí, a aquella peña. Hay una gruta segura. Descansa. Luego ve al sacerdote.

-¿Para qué, Señor?
La mujer tiembla de ansiedad.

Jesús sonríe:

-Vuelve a ser la Rosa de Jericó que florece en el desierto y que siempre está viva aunque parezca muerta. Tu fe te ha curado.

La mujer alza ligeramente la parte de vestido que cubre el pecho, mira… y grita:

-¡Ya no hay nada! ¡Oh, Señor, mi Dios! -y cae rostro en tierra.

-Dadle pan y otras cosas de comer. Y tú, Mateo, dale un par de sandalias tuyas. Yo doy un manto. Para que pueda ir, después de reponer fuerzas, al sacerdote. Dale también el óbolo, Judas. Para los gastos de purificación. La esperaremos en Getsemaní para dársela a Elisa, que me pidió una hija.

-No, Señor. No descanso. Me pongo en marcha ya. Enseguida. Enseguida.

-Baja, entonces al río, lávate, ponte encima el manto…
-Señor, se lo doy yo a la hermana leprosa. Deja que lo haga. Yo la guío adonde Elisa. Me curo otra vez viéndome a mí en ella, así, dichosa -dice el Zelote.

-Sea como quieres. Dale todo lo necesario. Mujer, escucha bien. Irás a purificarte. Luego irás a Betania y preguntarás por Lázaro. Le dices que te dé hospedaje hasta que llegue Yo. Ve en paz.

-¡Señor! ¿Cuándo voy a poder besarte los pies?
-Pronto. Ve. Pero has de saber que sólo el pecado me produce horror. Y perdona a tu marido, porque por medio suyo me has encontrado a mí.

-Es verdad. Lo perdono. Me voy… ¡Oh, Señor! No te detengas aquí que te odian. Piensa que he caminado exhausta, durante una noche, para venir a decírtelo, y que si en vez de encontrarte a ti hubiera encontrado a otros me podían haber matado a pedradas como a una serpiente.

-Lo recordaré. Vete, mujer. Quema la túnica. Acompáñala, Simón. Nosotros os seguiremos. En el puente os alcanzaremos.

Se separan.

-Pero ahora tenemos que purificarnos. Todos estamos contaminados.

-No era lepra, Judas de Simón. Yo te lo digo.
-Bueno, pues, de todas formas me voy a purificar. No quiero cargar con impuridades.

-¡Que cándida azucena! -exclama Pedro. ¡No se siente impuro el Señor, y te vas a sentir tú impuro!
-¿Y por una que El dice que no está leprosa? Pero, ¿qué tenía, Maestro? ¿Has visto la llaga?

-Sí. Un fruto de la lujuria masculina. Pero no era lepra. Y si el hombre hubiera sido honesto no la habría repudiado, porque estaba más enfermo que ella. Pero todo les sirve a los lujuriosos para saciar su hambre. Tú, Judas, si quieres, vete también. Nos encontraremos en el Getsemaní. ¡Y purifícate! ¡Purifícate! Pero la primera purificación es la sinceridad. Tú eres hipócrita. No lo olvides. Vete, vete, si quieres.

-¡No, no, que me quedo! Si Tú lo dices, creo. No estoy, por tanto, contaminado y me quedo contigo. Tú quieres decir que soy lujurioso y que aprovechaba la ocasión para… Te demuestro que mi amor eres Tú.

Y caminan raudos cuesta abajo.

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