359- En la cabaña de Matías cerca de Yabés Galaad

El valle profundo y boscoso donde surge Yabés Galaad se oye rumoroso debido a un arroyuelo muy cargado de agua, que va espumando hacia el cercano Jordán. El crepúsculo y la jornada, tenebrosos, agravan los aspectos sombríos de las frondas; así que el pueblo se presenta triste e inhóspito ya desde los primeros momentos.

-¡Mmm! No quisiera que después de siglos se vengara en nosotros este pueblo, de la desagradable sorpresa que le dio Israel. ¡Basta! ¡Vamos a sufrir por el Señor! -dice Tomás, que conserva su buen humor, a pesar de que su ropa esté como recién sacada de una tina (barro caminando, de la cabeza a las caderas, de las caderas a los pies). (La desagradable sorpresa que le dio Israel está narrada en: I Macabeos 5, 9-36)

No los vapulean, eso no. Pero los echan de todas partes, llamándolos ladrones, y peor todavía. Felipe y Mateo tienen que pegarse una buena carrera para salvarse de un perro de grandes dimensiones embriscado por un pastor cuando habían ido a la puerta de un aprisco a pedir alojamiento para la noche «al menos en el cobertizo de los animales».

-¿Y ahora qué hacemos? No tenemos pan.
-Ni dinero. ¡Sin dinero no se encuentra ni pan ni posada!
-Y estamos empapados, helados, hambrientos.
-Y llega la noche. ¡Sí que vamos a estar cucos mañana, después de una noche en el bosque!

De doce que son, siete rezongan abiertamente; tres tienen escrito en el rostro su mal humor, y aunque de hecho guardan silencio, es como si hablaran. Simón Zelote va cabizbajo, indescifrable. Juan parece como sobre las brasas encendidas, y su cabeza se vuelve veloz, de los rezongones a Jesús y de éste a aquéllos, con la pena dibujada en la cara. Jesús continúa llamando de casa en casa, personalmente, puesto que los apóstoles no quieren o lo hacen con temor; continúa recorriendo, paciente, las callejuelas convertidas en pantanos resbaladizos y fétidos. Pero en todas partes es rechazado.

Ya están en el extremo del pueblo. Allí el valle se abre en los pastos de la llanura transjordánica. Alguna que otra casa, todavía… Todo son desilusiones…
-Busquemos en los campos. ¿Juan, eres capaz de subir a este olmo? Desde arriba puedes ver.

-Sí, mi Señor.

-El olmo está resbaladizo de lluvia. El muchacho no va a subir y se va a hacer daño. Y, por si fuera poco, vamos a tener un herido -dice Pedro descontento.
Y, Jesús, mansamente:

-¡Subo Yo!
-¡De ninguna manera! -gritan en coro. Los que más alzan la voz son los pescadores, que añaden: «Si es peligroso para nosotros, que somos pescadores, ¿cómo vas a poder Tú, que no has trepado nunca por las costanas ni por las cuerdas?
-Lo hacía por vosotros. Para buscaros un alojamiento. Para mí es indiferente. No es el agua lo que me resulta penoso…

¡Cuánta tristeza! ¡Cuánta noción a la piedad por El hay en la voz!

Algunos se aperciben y callan. Otros, que son, para mayor exactitud, Bartolomé y Mateo, dicen:

-Ya es demasiado tarde para poner remedio. Se debía haber pensado antes.

-Sí, y no hacer caprichos queriendo salir de Pel.la aunque ya lloviera. Has sido un testarudo, y un imprudente, y ahora todos tenemos que pagar las consecuencias.

¿Qué remedio vas a poner ahora? ¡Si hubiéramos tenido una bolsa bien nutrida, hubieras visto como se habrían abierto todas las casas! ¡Pero Tú!… ¿Por qué no haces un milagro, al menos un milagro para tus apóstoles, puesto que los haces hasta para los indignos? -dice Judas de Keriot, gesticulando como un loco, agresivo; tanto que los otros, aunque en el fondo piensen en parte come él, sienten la necesidad de exigirle respeto.

Jesús parece ya el Condenado mirando pacífico a sus verdugos. Y calla. Este callar, que va siendo cada vez más frecuente en Jesús desde hace un tiempo, preludio del "gran silencio" ante el Sanedrín, ante Pilatos y ante Herodes, me da mucha pena. Me semejan esas pausas de silencio que se oyen en el quejido de un moribundo, que no son signo de calma de los dolores, sino preludio de la muerte. Siento la impresión de que estos silencios de Jesús gritan, más que cualquier otra palabra, con su callar, y que expresan todo el dolor de Jesús ante la incomprensión de los hombres y su desamor. Y su mansedumbre que no reacciona, esta postura suya con la cabeza un poco baja, me lo presentan ya atado, consignado al odio de los hombres.

-¿Por qué no hablas? -le preguntan.

-Porque diría palabras que vuestro corazón no entendería en este momento… Vamos. Vamos a andar para no congelarnos… Y perdonad…

Se vuelve sin demora y se pone a la cabeza de esta comitiva que en parte es comprensiva; en parte, acusadora; en parte, polémica con los compañeros.

Juan se rezaga un poco, pero de forma que ninguno se dé cuenta. Luego se acerca a un árbol grande, alto -creo que es chopo o fresno-, y, arrojados manto y túnica, se pone a subir semidesnudo, fatigosamente, hasta que las primeras ramas no le facilitan la subida. Sube, sube, sube, como un gato.

Alguna vez también resbala, pero se afianza de nuevo. Está ya casi en la cima. Escudriña el horizonte bajo las últimas luces del día, más claras aquí -en abierta llanura -que en el valle, porque además las plomizas nubes son menos espesas. Agudiza la mirada en todas las direcciones. Por fin un gesto de alegría. Se deja resbalar rápidamente hasta el suelo, se pone los indumentos que se había quitado, se echa a correr hasta alcanzar y pasar a sus compañeros. Ya llegó donde el Maestro. Dice, jadeante por el esfuerzo realizado y por la carrera:

-Una cabaña, Señor… una cabaña hacia oriente… pero hay que volver atrás… He subido a un árbol… Ven, ven…
-Voy con Juan por esta parte. Si queréis venir, venid; si no, proseguid hasta el próximo pueblo siguiendo el río. Allí nos encontraremos -dice Jesús serio y decidido.
Los siguen todos por los prados empapados.
-¡Pero estamos volviendo a Yabés!
-Yo no veo casas…

-¿Quién sabe lo que habrá visto el muchacho!
-¡Quizás un pajar!
-O la cabaña de un leproso.
-Así terminamos de mojarnos. Estos prados parecen esponjas -se lamentan los apóstoles.

Pero no es ni la cabaña de un leproso ni un pajar lo que se presenta a sus ojos detrás de una espesura de troncos. Es una cabaña, eso sí. Ancha, baja, semejante a un aprisco pobre. Tejado de paja hasta la mitad, paredes de barro que apenas si se sujetan con los cuatro machones angulares de piedras sin desbastar. Una serie de estacas circuye la casucha; en el espacio intermedio, hortalizas que chorrean agua.

Juan da una voz. Se asoma un anciano.
-¿Quién es?

-Peregrinos camino de Jerusalén. ¿Posada en nombre de Dios! -dice Jesús.

-Siempre. Es un deber. Pero mal sitio os ha tocado. Tengo poco espacio y no tengo camas.
-No importa. Tendrás fuego al menos.

El hombre se afana en abrir el cierre y lo abre.
-Entrad. La paz sea con vosotros.
Pasan por la minúscula huerta. Entran en la habitación única, que es cocina y dormitorio. En el hogar está encendido el fuego. Hay orden y pobreza. No hay ni un utensilio más de los necesarios.

-¿Veis? ¡Lo único que tengo es un corazón grande y adornado! Pero si os adaptáis… ¿Tenéis pan?
-No. Un puñado de aceitunas…

-Yo no tengo pan para todos. Pero os voy a hacer una cosa con la leche, Tengo dos ovejas. Me bastan. Voy a ordeñarlas. ¿Me dais los mantos? Así los extiendo en el aprisco, aquí detrás. Se secarán un poco. Mañana con la llama se acabarán de secar.

El hombre sale cargado con la ropa húmeda. Todos están cerca del fuego y se alegran por el calor.
Vuelve el hombre trayendo una tosca estera. La extiende.
-Quitaos las sandalias. Así las lavo y les quito el barro y las cuelgo para que se sequen. También os voy a dar agua caliente para quitaros el barro de los pies. La estera es tosca, pero es gruesa y está limpia; la agradeceréis más que el suelo frío.

Descuelga un caldero lleno de agua verdosa, por las verduras que cuecen dentro, y vierte el agua mitad en un barreño mitad en una tina. La alarga con agua fría y dice:
-Aquí tenéis. Os reanimará. Lavaos. Éste es un paño limpio.

Y, entretanto, se afana avivando la llama, vierte leche en un caldero y la pone en el fuego. Y, en cuanto empieza a hervir, echa semillas dentro de la leche (creo que son o cebada molida o millo descascarado). Y remueve la papilla.
Jesús, que ha sido uno de los primeros que se ha lavado, se acerca a él:

-Que Dios te recompense por tu caridad.

-No hago sino restituir lo que he recibido de El. Estaba leproso. De los treinta y siete a los cincuenta y uno, leproso. Luego me curé. Pero en el pueblo me encontré ya que mis padres habían muerto, y mi mujer; y la casa estaba devastada. Además yo era "el leproso"… Vine aquí y me hice mi nido; yo solo y con la ayuda de Dios. Primero una cabaña de juncos, luego de madera. Luego tapias… Todos los años una cosa nueva.

El año pasado hice el lugar para las ovejas. Las he comprado fabricando esteras que vendo, y también platos y vasos de madera. Tengo un manzano, un peral, una higuera, una vid. Detrás tengo una parcelita de cebada; delante, las hortalizas. Cuatro parejas de palomas y dos ovejas. Dentro de poco tendré corderos. Esperemos que sean hembras esta vez. Bendigo al Señor y no pido más cosas. ¿Y Tú quién eres?

-Un galileo. ¿Tienes prejuicios?
-Ninguno, aunque sea de raza judía. Si hubiera tenido hijos, habría podido tener uno como Tú… Hago de padre a las palomitas…
-Estoy acostumbrado a estar solo.
-¿Y para las Fiestas?

-Lleno los comederos y me marcho. Alquilo un asno. Corro, hago lo que tengo que hacer, y vuelvo. Jamás me ha faltado ni una sola hoja. Dios es bueno.

-Sí, con los buenos y con los menos buenos; pero los buenos están bajo sus alas.
-Sí. Lo dice también Isaías… A mí me ha protegido.
-De todas formas, has sido leproso» observa Tomás.
-Y me he quedado pobre y solo. Pero, mira, volver a ser un hombre y tener techo y pan es gracia de Dios. Mi modelo en la desventura fue Job. Espero merecer como él la bendición de Dios, no en riquezas sino en gracia.

-La tendrás. Eres un justo. ¿Cómo te llamas?
-Matías.

Y quita del fuego su caldero, lo lleva a la mesa, añade mantequilla y miel, remueve, vuelve a ponerlo en el fuego y dice:

-Tengo sólo seis piezas de vajilla entre platos y cuencos. Os turnáis.
-¿Y tú?

-El que da hospitalidad es el último en servirse. Primero los hermanos que Dios envía. Bueno, ya está a punto. Esto sienta bien.

Y echa unos cazos de papilla humeante en cuatro platos y dos cuencos. Cucharas de madera sí que hay.
Jesús sugiere a los más jóvenes que coman.
-No. Tú, Maestro -dice Juan.

-No, no. Conviene que se sacie Judas, y vea que hay siempre comida para los hijos.

Judas Iscariote cambia de color, pero come.
-¿Eres un rabí?
-Sí. Éstos son mis discípulos.

-Yo iba donde el Bautista, cuando él estaba en Betabara. ¿Sabes algo del Mesías? Dicen que ya ha venido y que Juan lo señaló. Siempre que voy a Jerusalén espero verlo. Pero nunca lo he logrado. Cumplo el rito y no me detengo. Será por esto por lo que no lo veo. Aquí vivo aislado, y además… gente no buena en Perea. Hablé con unos pastores que vienen aquí por los pastos. Ellos sabían del Mesías. Me hablaron. ¡Qué palabras! ¿Qué será cuando las diga Él!…

Jesús no se da a conocer. Le toca ahora comer y lo hace serenamente, al lado del buen anciano.
-¿Y ahora? ¿Cómo vamos a hacer para dormir? Os cedo la cama. Pero es solo una… Yo voy donde las ovejas.
-No, vamos nosotros. El heno es bueno para quien está cansado.

La cena ha terminado. Ahora piensan en acostarse para partir al alba. Pero el anciano insiste y a su cama va Mateo, que está muy constipado.

Pero la aurora es un diluvio. ¿Cómo ponerse en marcha bajo esas cataratas? Siguen el consejo del viejo y se quedan. Entretanto cepillan y secan las túnicas, untan las sandalias, dan descanso a sus cuerpos. El viejo cuece otra vez cebada en la leche, para todos; luego mete unas manzanas entre las cenizas. La comida de todos. Lo están consumiendo cuando llega de fuera una voz.

-¿Otro peregrino? ¿Cómo nos vamos a arreglar? -dice el anciano. Pero se pone en pie y sale, envuelto en una manta de lana basta, impermeable.
En la cocina hay calor de fuego, pero no de humor bueno. Jesús guarda silencio.

Vuelve el anciano, con los ojos desmesuradamente abiertos. Mira a Jesús, mira a los otros. Parece sentir miedo… parece en duda y escrutador. Al fin dice:

-¿Uno de vosotros es el Mesías? Decidlo, porque los de Pel.la lo buscan para adorarlo, por un gran milagro que ha hecho. Llevan llamando, desde ayer tarde, a todas las casas, hasta el río, hasta el primer pueblo… Ahora, regresando, han pensado en mí. Alguno ha indicado mi casa. Están afuera, con los carros. ¡Mucha gente!
Jesús se levanta. Los doce dicen:

-No vayas. Si has dicho que era prudente no detenernos en Pel.la, es inútil mostrarte ahora.
-¡Pero entonces!… ¡Oh! ¡Bendito! ¡Bendito Tú y quien te ha enviado! ¡Y bendito yo, que te he acogido! Eres el rabí Jesús, aquel… ¡Oh!

E1 hombre está de rodillas, con la frente contra el suelo.
-Soy Yo. Pero deja que vaya a estos que me buscan. Luego vendré a ti, hombre bueno. Se libera los tobillos apresados por las manos del anciano y sale a la huerta inundada.

-¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Hosanna!
Se apean rápidamente de los carros. Son hombres y mujeres, y está el cieguito de ayer con su madre, y está la gerasena. Sin preocuparse del barro, se arrodillan y suplican:

-¡Regresa, regresa donde nosotros, a Pel.la!
-¡No: a Yábés! -gritan otros, que son ciertamente de allí.
-¡Te queremos con nosotros! ¡Estamos arrepentidos de haberte echado! -gritan los de Yabés.

-No, donde nosotros. A Pel.la, donde está vivo tu milagro. A ellos los ojos; a nosotros, la luz del alma.
-No puedo. Voy a Jerusalén. Allí me encontraréis.
-Estás enfadado porque te hayamos echado.
-Estás disgustado porque sabes que habíamos creído las calumnias de un pecador.

La madre de Marcos se tapa la cara y llora.
-Dile tú, Yaia, al que te ha amado, que vuelva.
-Me encontraréis en Jerusalén. Marchaos. Y perseverad. No seáis como los vientos, que van en todas las direcciones. Adiós.

-No. Ven. Te raptamos por la fuerza, si no vienes.
-Vosotros no alzaréis contra mí vuestra mano. Esto es idolatría, no verdadera fe. La fe cree incluso sin ver. Persevera aunque se la combata. Crece aun sin milagros. Me quedo en casa de Matías, que ha sabido creer sin ver nada y que es un justo.

-A1 menos, acepta nuestros presentes. Dinero, pan. Nos han dicho que habéis dado todo lo que teníais a Yaia y a su madre. Toma un carro. Irás en él. Lo dejas en Jericó, en casa de Timón el posadero. Tómalo. Llueve. Y va a seguir lloviendo. Estarás resguardado. Llegarás antes. Muéstranos que no nos odias.

Ellos al otro lado de la estacada, Jesús a este lado, se miran; los de la parte de allá están agitados. Detrás de Jesús está el anciano Matías, de rodillas, con la boca abierta; luego, de pie, los apóstoles.
Jesús tiende la mano y dice:

-Acepto para los pobres. Pero no acepto el carro. Soy el Pobre entre los pobres. No insistáis. Yaia, mujer, y tú de Gerasa, venid que os bendiga en particular.

Y cuando los tiene a su lado, puesto que Matías ha abierto la estacada, los acaricia y bendice, y se despide de ellos. Bendice luego a los otros, que se han aglomerado en torno a la entrada y están dando a los apóstoles monedas y víveres, y los despide.
Vuelve a casa…

-¿Por qué no les has hablado?
-Habla el milagro de los dos ciegos.
-¿Por qué no has tomado el carro?
-Porque ir a pie está bien.
Y se vuelve a Matías:

-Te habría recompensado con las bendiciones. Ahora puedo darte, además, un poco de dinero por los gastos que te ocasionamos…

-No, Señor Jesús… No lo quiero. Esto lo he hecho de buen corazón. Ahora… ahora lo hago sirviendo al Señor. No paga el Señor. No está obligado a ello. ¡He sido yo quien ha recibido, no Tú! ¡Este día vendrá, con su recuerdo, hasta la otra vida!

-Bien has hablado. Encontrarás tu misericordia hacia los peregrinos escrita en el Cielo, y también tu fe solícita.

En cuanto se aclare el cielo un poco, te dejo. Aquellos podrían volver. Insistentes mientras están bajo la impresión del milagro; luego… tardos como antes, o enemigos. Yo continúo mi camino. Hasta ahora me he detenido, tratando de convertirlos. Ahora vengo y paso, sin detenerme. Voy al destino mío que me apremia. Dios y el hombre me acucian. No puedo ya detenerme. Me aguija el amor y me aguija el odio. Quien me ama puede seguirme.

Pero el Maestro ya no va a correr detrás de las ovejas indóciles.
-¿No te aman, Maestro divino? -pregunta Matías.
-No me comprenden.
-Son malos.

-Los gravan las concupiscencias.
El hombre ya no se atreve a mostrarse con la libertad de antes. Parece como si estuviera delante del altar. Jesús, por el contrario, ahora que ya no es el Desconocido, se muestra menos reservado y habla al anciano como a un familiar.

Y así pasan las horas, hasta un principio de sol de mediodía. La nube, rota, promete suspensión de la lluvia. Jesús ordena la partida. Y, mientras el anciano va a recoger los mantos ya secos, deposita en un cajón unas monedas y dispone que metan panes y quesos en una masera.

Regresa el anciano. Jesús lo bendice. Luego reanuda su camino, y se vuelve todavía a mirar a la blanca cabeza que sobresale de la estacada oscura.

358- En Pel.la. El jovencito Yaiay la madre de Marcos de Josías

El camino que de Gadara va a Pel.la recorre una zona fértil extendida entre dos órdenes de collados, uno más alto que el otro. Parecen dos enormes peldaños de una escalera de gigantes fabulosos, para subir del valle del Jordán a los montes de Aurán.

Cuando el camino se junta más al escalón de occidente, la mirada se enseñorea no sólo sobre los montes del otro lado ­creo que son los de la Galilea meridional, y ciertamente los de Samaria -, sino también sobre la verde lindura que hace de ala al río azul por una y otra parte; cuando se separa, acercándose a las cadenas de oriente, entonces pierde de vista el valle del Jordán, pero ve todavía las cimas de las cadenas de Samaria y Galilea recortadas con su verde en el fondo gris del cielo.

En día de sol sería un hermoso panorama, con tonalidades vivas de graciosa belleza. Hoy que el cielo está ya enteramente cubierto de nubes bajas, acumuladas por un siroco que aumenta sin cesar y va empujando nuevas masas de nubes densas para superponerse a las ya existentes, bajando así el cielo con toda esta guata gris y enredada, el panorama pierde la luminosidad de los colores verdes, que aparecen apagados como por una opacidad de niebla.

Llegan a algún que otro pueblecito, y los dejan atrás, sin que suceda nada particular. La indiferencia acoge y sigue al Maestro. Sólo los pordioseros, que van pidiendo limosna, no dejan de interesarse por el grupo de peregrinos galileos. No faltan los ciegos, que en su mayor parte tienen los ojos destruidos por el tracoma, o los casi ciegos, que van con la cabeza baja, soportando malamente la luz, pegados a las tapias, unas veces solos, otras con una mujer o un niño.

En un pueblo, donde se entrecruza el camino hacia Pel.la con el de Gerasa y Bosra hacia el Lago de Tiberíades, hay un grupo numeroso que asalta las caravanas con sus quejidos semejantes a gruñidos de perros, quebrados de tanto en tanto por verdaderos ululatos. Están atentos. Es un grupo de miseria, mugre y harapos, pegado a las tapias de las primeras casas.

Mordisquean cortezas de pan, y aceitunas; o están adormilados, y las moscas pican con toda libertad en los párpados ulcerados. Pero, al primer ruido de cascos o de roces de numerosos pies, se alzan y van -harapiento coro de tragedia antigua -, todos con las mismas palabras y los mismos gestos, hacia los que llegan. Alguna moneda vuela y algún mendrugo de pan, y los ciegos o semiciegos exploran nerviosamente el polvo y la inmundicia para encontrar el óbolo.

Jesús los observa y dice a Simón Zelote y a Felipe:
-Llevadles dinero y pan. Judas tiene el dinero; el pan, Juan.

Los dos se adelantan solícitos a realizar lo que ha sido ordenado, y se detienen a hablar mientras Jesús se acerca despacio, impedido por una fila de asnos que tapa el camino.

Los mendigos se asombran de la forma de saludarlos y de la gracia que les ofrecen los recién llegados, y preguntan:

-¿Quiénes sois, que nos tratáis amablemente?
-Los discípulos de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel, el que ama a los pobres y a los infelices porque es el Salvador, y pasa anunciando la Buena Nueva y haciendo milagros.

-Este es el milagro -dice uno que tiene los párpados atrozmente devastados. Y le da un mordisco a su pedazo de pan limpio; un verdadero animal que no siente y admira sino las cosas materiales.

Una mujer que, al pasar con sus ánforas de cobre, oye y dice:

-¡Cállate ahí, holgazán indecente!

Y se vuelve a los discípulos para decir:

-No es del pueblo. Es pendenciero y violento con sus semejantes. Habría que echarlo, porque roba a los pobres del pueblo. Pero tenemos miedo de sus venganzas -y, en voz baja, verdaderamente una pizca de voz, susurra:

«Se dice que es un ladrón que, durante años, ha robado y matado -bajando de los montes de Caracamoab y Sela, que ahora los dominadores llaman Petra -a los que recorren los caminos de los desiertos. Se dice que es un soldado desertor de aquel romano que fue allí para… que vieran lo que es Roma… Elio, me parece, y otro nombre más… Si le hacéis beber, habla… Ahora, ciego, ha venido a parar aquí… ¿Es aquel el Salvador? -pregunta luego señalando a Jesús, que ha pasado recto.

-Es ése. ¿Quieres decirle algo?

-¡No, no! -dice la mujer con indiferencia.

Los dos apóstoles se despiden de ella y se encaminan para alcanzar al Maestro. En esto, se produce un alboroto entre los ciegos, y se alza un llanto casi de niño. Varios se vuelven. La mujer de antes, que está en el umbral de la puerta de su casa, explica:

-Será ese despiadado que quita el dinero a los más débiles. Siempre lo hace.
También Jesús se ha vuelto, a mirar.

Efectivamente, un niño, o más bien un adolescente, sale sangrando y llorando del grupo y se queja:
-¡Me ha quitado todo! ¡Y mi madre ya no tiene pan!

Unos se muestras compasivos, otros se ríen…
-¿Quién es? -pregunta Jesús a la mujer.
-Un niño de Pel.la. Pobre. Viene mendigando. Todos ciegos en su casa, por una enfermedad cogida los unos de los otros. El padre ha muerto. La madre está en casa. E1 jovencito pide limosna a los que pasan y a los campesinos.

El muchacho se acerca con su bastoncito, secándose con un ribete de su manto desgarrado el llanto y la sangre, que le mana de la frente.

La mujer lo llama:

-¡Párate, Yaia! ¡Te lavo la frente y te doy un pan!
-¡Tenía dinero y pan para varios días! ¡Ahora nada! Mi madre me espera para comer… -se lamenta el desdichado mientras se lava con el agua de la mujer.
Jesús se acerca y dice:

-Yo te doy todo lo que tengo. No llores.
-¿Pero Señor? ¿Por qué? ¿Dónde vamos a hospedarnos? ¿Qué haremos? -dice inquieto Judas.

-Alabaremos a Dios, que nos conserva sanos. Es ya suma gracia.

El muchacho dice:
-¡Sí que lo es! ¡Si yo viera! Trabajaría para mi madre.
-¿Querrías curarte?
-Sí.

-¿Por qué no vas a los médicos?

-Ninguno nos ha curado nunca. Nos han dicho que hay Uno en Galilea que no es médico pero que cura. Pero, ¿cómo vamos a donde Él?

-Ve a Jerusalén. Al Getsemaní. Es un olivar que está en las faldas del monte de los olivos, cerca del camino de Betania. Pregunta por Marcos y Jonás. Todos los del arrabal de Ofel te darán indicaciones. Puedes unirte a una caravana. Pasan muchas. A Jonás pregúntale por Jesús de Nazaret…

-¡Eso! ¡Es ese nombre! ¿Me curará?
-Si tienes fe, sí.

-Tengo fe. ¿Tú a dónde vas, Tú que eres bueno?
-A Jerusalén, para la Pascua.

-¡Llévame contigo entonces! No te daré fastidio. Dormiré al raso, me bastará un pedazo de pan. Vamos a Pel.la ¿Tú vas allí, verdad? Y se lo decimos a mi madre, y luego vamos… ¡Ver! ¡Eres bueno, Señor!… -y el jovencito se arrodilla buscando los pies de Jesús para besarlos.
-Ven. Te llevaré a la luz.
-¡Bendito seas!

Reanudan el camino y la mano de Jesús sujeta de un brazo al niño para guiarlo solícitamente. Y el niño habla:
-¿Quién eres? ¿Un discípulo del Salvador?
-No.
-¿Pero lo conoces al menos?
-Sí.
-¿Y crees que me va a curar?
-Lo creo.

-Pero… ¿querrá dinero? No tengo. ¡Los médicos quieren mucho dinero! Por las curas hemos conocido el hambre…
-Jesús de Nazaret sólo quiere fe y amor.

-Es muy bueno entonces. Pero también Tú eres bueno -dice el jovencito, y, para coger y acariciar la mano que lo guía, palpa la manga de la túnica.

-¡Qué buena túnica llevas! ¡Eres un señor! ¿No te avergüenzas de mí, que voy andrajoso?

-Me avergüenzo sólo de las culpas que deshonran al hombre.

-Yo tengo las de murmurar alguna vez por mi estado, y de desear ropa caliente, pan y, sobre todo, la vista.
Jesús lo acaricia:

-No son culpas que deshonren. Pero trata de no tener ni siquiera esas imperfecciones y serás santo.

-Pero, si me curo, ya no las tendré… ¿O es que no me voy a curar y Tú lo sabes y me estás preparando para mi destino y enseñándome a santificarme como Job?

-Te curarás. Pero después, sobre todo después, tienes que estar siempre contento de tu condición, aun no siendo de las más halagüeñas.

Llegan a Pel.la. Las huertas que siempre preceden a las ciudades exponen la fecundidad de sus cuadros con un pujante verdecer de hortalizas.

Algunas mujeres que están trabajando en los surcos, o en las tinas de la colada, saludan a Yaia y le dicen:
-Vuelves pronto hoy. ¿Te ha ido bien? ¿Has encontrado un protector? Pobre hijo.

Una, anciana, grita desde el fondo de una huerta:
-¡Yaia! Si tienes hambre, hay una escudilla para ti. Si no, para tu madre. ¿Vas a casa? Tómala.

-Voy a decir a mi madre que voy con este señor bueno a Jerusalén para curarme. Conoce a Jesús de Nazaret y me guía a donde Él.

El camino, casi a las puertas de Pel.la, está lleno de gente. Hay mercaderes, pero hay también peregrinos.

Una mujer de buen aspecto, que hace su viaje en un burro, acompañada de una sierva y un siervo, al oír hablar de Jesús, se vuelve; luego tira de las riendas, para al burro, baja, y se dirige a Jesús.

-¿Conoces a Jesús de Nazaret? ¿Vas a donde El? Yo también voy… Para la curación de un hijo. Quisiera hablar con el Maestro porque… -se echa a llorar debajo del tupido velo.

-¿Qué enfermedad tiene tu hijo? ¿Dónde está?
-Es de Gerasa. Pero ahora está camino de Judea. Va como un poseso… ¡Oh!, ¿qué he dicho?
-¿Está endemoniado?

-Señor, lo estaba y fue curado. Ahora… es más demonio que antes, porque… ¡Esto sólo se lo puedo decir a Jesús de Nazaret!

-Santiago, tomad al niño entre Simón y tú, e id adelante con los otros. Esperadme fuera de la puerta. Mujer, puedes decir a los siervos que sigan adelante. Hablaremos entre nosotros.

La mujer dice:
-¡Pero Tú no eres el Nazareno! Yo quiero hablarle sólo a Él. Porque sólo Él puede comprender y tener misericordia.
Entretanto se han quedado solos. Los otros ya se han adelantado por su cuenta. Jesús espera a que la calle se desaloje y luego dice:

-Puedes hablar. Yo soy Jesús de Nazaret.
La mujer gime y hace ademán de arrodillarse.
-No. La gente no debe saberlo por ahora. Vamos. Allí hay una casa abierta. Vamos a pedir un lugar para estar y vamos a hablar. Ven.

Van por una callecita que discurre entre dos huertas, a una casa aldeana en cuya era retozan unos niños.
-La paz sea con vosotros. ¿Me permitís que pueda descansar unos momentos esta mujer? Debo hablar con ella. Venimos de lejos para podernos hablar y Dios nos ha hecho confluir antes de la meta.

-Entrad. El huésped es bendición. Os daremos leche y pan, y agua para los pies cansados -dice una anciana.
-No hace falta. Nos basta un lugar tranquilo para poder hablar.

-Venid -y sube con ellos a una terraza enguirnaldada con una vid en que ya brotan hojas esmeraldinas.
Se quedan solos.

-Habla, mujer. Ya he dicho que Dios nos ha hecho encontrarnos antes de la meta para alivio tuyo.

-¡No hay, no hay ya alivio para mí! Tenía un hijo. Quedó poseído por el demonio. Una fiera entre los sepulcros. Nada lo tenía sujeto. Nada lo curaba. Te vio. Te adoró con la boca del demonio, y Tú le curaste. Quería seguirte. Tú pensaste en mí, su madre, y me lo enviaste. Para que me diera nueva vida y nuevo juicio, que vacilaban por el dolor de un hijo endemoniado. Le enviaste también para que te predicara, dado que quería amarte.

Yo… ¡Oh! ¡Ser madre de nuevo; y además, de un hijo santo, de un siervo tuyo! Pero, ¡dime, dime! Cuándo le dijiste que regresara, ¿sabías que era… que sería otra vez un demonio? Porque es un demonio, que te deja después de tanto bien recibido, después de haberte conocido, después de haber sido elegido para el Cielo… ¡Dímelo! ¿Lo sabías? ¡Oh, estoy desvariando! Hablo y no te digo por qué es un demonio…

Hace algo de tiempo que ha caído otra vez en locura. Pocos días, pero para mí más penosos que los largos años que vivió endemoniado… Y entonces creía que nunca sufriría penas más grandes que ésa… Ha venido… y ha demolido la fe que Gerasa cultivaba hacia ti por mérito tuyo y suyo, diciendo infamias de ti. ¡Y ahora te precede hacia el vado de Jericó, procurándote daño, procurándote daño!

La mujer, que no se ha quitado en todo este tiempo el velo bajo el cual solloza desconsoladamente, se arroja a los pies de Jesús suplicando:

-¡Márchate! ¡Aléjate! ¡No te dejes insultar! Yo me he puesto en camino, de acuerdo con mi marido enfermo, rogando a Dios hallarte. ¡Me ha escuchado! ¡Bendito sea! ¡No quiero, no quiero permitir que Tú, Salvador, seas maltratado por causa de mi hijo! ¿Por qué lo he traído al mundo? ¡Te ha traicionado, Señor! Cita mal tus palabras. El demonio se ha apoderado de nuevo de él. Y… ¡oh, Altísimo y Santo!… ¡piedad de una madre! Y se condenará.

¡Mi hijo, mi hijo! Antes no tenía culpa de estar lleno de demonios. Era una desventura que le había sucedido. ¡Pero ahora, ahora que lo habías liberado, ahora que había conocido a Dios, ahora que Tú lo habías instruido! ¡Ahora ha querido ser un demonio, y ya ninguna fuerza lo liberará! ¡Oh!

La mujer está por el suelo: un amasijo de vestidos y carne agitándose en medio de los sollozos. Y gime:
-Dime, dime qué debo hacer por ti, por mi hijo. ¡Para desagraviar! ¡Para salvar! No. ¡Desagraviar! Ya ves que mi dolor es desagravio. ¡Pero salvar! No puedo salvar al que reniega de Dios. Está condenado… Y, para mí, israelita, ¿qué es esto? Tormento.

Jesús se agacha. Le pone la mano en el hombro.
-¡Álzate, cálmate! Te tengo amor. Escucha, pobre madre.
-¿No me maldices por haberlo generado?

-¡No! No eres responsable de su error. Has de saber, además, para consuelo tuyo, que sí puedes ser causa de su salvación. Los quebrantos de los hijos pueden ser reparados por las madres. Y tú lo vas a hacer. Tu dolor, siendo bueno como es, no es estéril; es fecundo. Por tu dolor será salvada el alma que amas. Expías por él, y expías con una intención tan recta, que eres la indulgencia de tu hijo. Volverá a Dios. No llores.
-¿Pero cuándo? ¿Cuándo será?

-Cuando tu llanto se disuelva en mi Sangre.
-¿Tu Sangre? ¿Entonces es verdad lo que dice él? ¿Que te matarán porque mereces la muerte?… ¡Blasfemia horrenda!
-Es verdad verdadera en la primera parte. Me matarán para haceros dignos de Vida. Soy el Salvador, mujer. La salvación se da con la palabra, con la misericordia y con el holocausto. Para tu hijo es necesario esto. Y lo daré.

Pero ayúdame. Dame tu dolor. Ve con mi bendición. Consérvala en ti para poder ser misericordiosa y paciente con tu hijo, y recordarle así que Otro fue misericordioso con él. Ve, ve en paz.

-¡Pero no hables en Pel.la! ¡No hables en Perea! Te los ha puesto en contra. Y no está solo. Pero yo veo sólo a él y hablo sólo de él…

-Hablaré con un hecho, que será suficiente para anular la obra de otros. Ve en paz a tu casa.

-Señor, ahora que me has absuelto de haberlo generado, ve mi rostro, para saber cómo es el rostro de una madre acongojada -y se destapa la cara diciendo «Aquí ves la cara de la madre de Marcos de Josías, renegador del Mesías y torturador de la que lo engendró» y baja de nuevo el tupido velo para cubrir su rostro devastado por el llanto, y dice gimiendo:

-¡Ninguna otra madre de Israel me igualará en el dolor!
Bajan del lugar hospitalario. Toman la calle otra vez. Entran en Pel.la y se reúnen de nuevo la mujer con los siervos y Jesús con los apóstoles.

Pero la mujer le sigue, como hechizada, mientras Jesús va detrás del muchacho, que se dirige a su pobre casuca: una casa situada en un sótano de una construcción pegada a la ladera del monte, característica de esta ciudad que sube a escalones, de forma que el bajo del lado oeste es el segundo piso del lado este, pero en realidad es un bajo también allí, porque se puede acceder a él desde el camino que pasa por arriba, que está al nivel del último piso.

El muchacho llama con fuerza:
-¡Madre! ¡Madre!
Del interior del antro mísero y oscuro sale una mujer todavía joven, ciega, desenvuelta porque conoce bien el recinto.

-¿Ya de regreso, hijo mío? ¡Tan numerosas han sido las limosnas, que regresas estando todavía alto el día?
-Mamá, he encontrado a uno que conoce a Jesús de Nazaret y que dice que me lleva a donde Él para que me cure. Es muy bueno. ¿Me dejas ir, mamá?

-¡Claro, Yaia! Me quedo sola, pero ve, ve, bendito, ¡y mira también por mí al Salvador!
La adhesión, la fe de la mujer es absoluta. Jesús sonríe. Habla:

-¿No dudas, mujer, ni de mí ni del Salvador?
-No. Si Tú lo conoces y eres amigo suyo, tienes que ser bueno sin duda. ¡Él puede hacerlo! ¡Ve, ve, hijo! No te retrases ni un momento. Vamos a darnos un beso y ve con Dios.

A tientas se encuentran y se besan.
Jesús pone encima de la tosca mesa un pan y unas monedas.
-Adiós, mujer. Aquí tienes con qué procurarte comida. La paz sea contigo.

-Salen. La comitiva reanuda la marcha. Caen las primeras gotas de lluvia.
-¿Pero no nos paramos? Llueve… -dicen los apóstoles.
-En Yabés Galaad nos detendremos. Caminad.
Se echan los mantos por encima de las cabezas. Jesús extiende el suyo sobre la cabeza del muchacho. La madre de Marcos de Josías le sigue con los siervos, en su asno. Da la impresión de que no se puede separar de Él.
Salen de Pel.la. Se adentran en la verde campiña, triste en este día lluvioso.

Recorren al menos un kilómetro. Luego Jesús se para. Toma la cabeza del cieguito entre sus manos, le besa en los ojos extinguidos y dice:
-Y ahora regresa. Ve a decir a tu madre que el Señor premia a quien tiene fe, y ve a decir a los de Pel.la lo que es el Señor.

Lo deja marcharse y se aleja rápido.

Pero no han pasado tres minutos cuando el muchacho grita:
-¡Pero si veo! ¡Oh! ¡No te vayas! ¡Tú eres Jesús! ¡Haz que Tú seas lo primero que vea! -y cae de rodillas en el camino mojado de lluvia.

Por una parte la mujer gerasena y los siervos, por otra los apóstoles, corren a ver el milagro.
También Jesús vuelve, lentamente, sonriente. Se agacha a acariciar al muchacho. -Ve; ve donde tu mamá. ¡Que sepas creer en mí, siempre!

-Sí, Señor mío… ¿Pero a mi madre nada? ¿En la oscuridad ella, que cree como yo?

Jesús sonríe aún más luminosamente. Mira a su alrededor. Ve en el borde del camino una mata de pequeñas margaritas aljofaradas de agua. Se agacha. Las coge. Las bendice. Se las da al niño.

-Pásalas por encima de los ojos de tu madre y ella verá. Yo no vuelvo para atrás. Voy adelante. El que sea bueno que me siga con su espíritu, y que hable de mí a los que vacilan. Tú habla de mí en Pel.la, que titubea en la fe. Ve. Dios está contigo.

Y luego se vuelve a la mujer de Gerasa:
-Y tú síguele. Ésta es la respuesta de Dios a todos los que tratan de disminuir la fe de los hombres en el Cristo.

Que esto refuerce tu fe y la de Josías. Ve en paz.
Se separan. Jesús reanuda la marcha hacia el sur; el niño, la gerasena y los siervos, hacia el norte. El velo tupido del agua los separa como tras una cortina de humo…

357- Juan y las culpas de Judas Iscariote. Los fariseos y la cuestión del divorcio

Las magníficas estrellas de una serena noche de marzo resplandecen en el cielo de Oriente; tan amplias y vivaces, que parece que el firmamento haya descendido, como un baldaquino, hacia la terraza de la casa que ha acogido a Jesús: una casa muy alta, y edificada en uno de los puntos más altos de la ciudad; de modo que el horizonte infinito se abre delante, y alrededor, de quien mira, desde cualquier ángulo.

Y, si la tierra -no alegrada todavía por la Luna, que está en su fase menguante -se anula en la oscuridad de la noche, el cielo resplandece con un sinfín de luces. Es verdaderamente la revancha del firmamento, que expone victoriosamente sus pensiles de astros, sus praderas de Galatea, sus gigantes planetarios, sus bosques de constelaciones contra la efímera vegetación de la tierra, que, aunque sea secular, es, en todo caso, de una hora respecto a éstas, que existen desde cuando el Creador hizo el firmamento.

Y, perdiéndose mirando arriba, paseando la mirada por esas esplendorosas avenidas, en que las estrellas son los árboles, uno tiene la impresión de percibir las voces, los cantos de aquellas florestas de esplendores, de ese enorme órgano de la más sublime de las catedrales, en que gustosamente imagino que hacen de fuelles y registros los vientos de las carreras astrales, y de voces las estrellas lanzadas en sus trayectorias.

Y parece percibirse mucho más, dado que el silencio nocturno de esta Gadara durmiente es absoluto. No canta una fuente, no canta un pájaro. El mundo duerme, duermen las criaturas. Duermen los hombres -menos inocentes que las otras criaturas -sus sueños, más o menos tranquilos, en las casas oscuras.

Pero, por la puerta de la habitación que da a la terraza inferior -porque hay otra, superior, que está encima de la habitación más alta -se muestra una sombra alta, apenas visible en la noche, por la blancura del rostro y de las manos que contrastan con el indumento oscuro; le sigue otra más baja. Caminan de puntillas para no despertar a los que quizás duermen en la habitación de abajo, y de puntillas suben la escalera externa que conduce a la última terraza. Luego se toman de la mano y van, así, a sentarse en un banco que está adosado a todo lo largo del antepecho, muy alto, que circunda la terraza.

El banco bajo y el antepecho alto hacen que todas las cosas desaparezcan ante sus ojos. Aunque hubiera en el cielo la más clara Luna, que bajara a iluminar el mundo, para ellos no sería nada; porque la ciudad está escondida toda, y con ella las sombras más oscuras, en la oscuridad de la noche, de los montes cercanos. Solamente se les muestra el cielo con sus constelaciones de primavera y las magníficas estrellas de Orión (Rigel y Betelgeuse), Aldebarán, Perseo, y Andrómeda y Casiopea, y las Pléyades unidas como hermanas. Y Venus (zafíreo y diamantino), Marte (de pálido rubí) y el topacio de Júpiter son los reyes del pueblo astral, y titilan, titilan como saludando al Señor, acelerando sus latidos de luz para la Luz del mundo.

Jesús levanta la cabeza, apoyándola contra el alto pretil, para mirarlas; Juan hace lo mismo, perdiéndose mirando arriba, donde se puede ignorar el mundo… Luego Jesús dice:

-Y ahora que nos hemos limpiado en las estrellas, vamos a orar.

Se pone en pie. Juan también. Una larga oración, silenciosa, apremiante, toda alma, con los brazos abiertos en cruz, la cara alzada vuelta hacia oriente, donde se preludia un primer claror de luna. Y luego el Pater dicho en común, lentamente, no una vez sino tres, y -lo manifiesta claramente la voz -con un progresivo aumento de insistencia en la súplica; una súplica que es tan ardiente, que separa de la carne el alma y deja a ésta por los caminos del infinito.

Luego silencio. Se sientan donde estaban antes, mientras la Luna blanquece cada vez más la tierra durmiente.
Jesús pasa un brazo por los hombros de Juan, lo arrima hacia sí, y dice:

-Dime, pues, lo que sientes que tienes que decirme. ¿Qué cosas son las que mi Juan ha intuido, con ayuda de la luz espiritual, en el alma tenebrosa del compañero?

-Maestro… estoy arrepentido de haberte dicho eso. Cometeré dos pecados…

-¿Por qué?

-Porque te voy a causar dolor manifestándote incluso lo que no sabes, y… porque… Maestro, ¿es pecado manifestar el mal que vemos en otro? Sí, ¿no es verdad? ¿Y entonces cómo puedo decir esto si lesiono la caridad!…
Juan está angustiado.

Jesús da luz a su alma:
-Escucha, Juan. ¿Para ti es más el Maestro o el condiscípulo?

-El Maestro, Señor. Tú estás por encima de todos.
-¿Y qué soy Yo para ti?

-El Principio y el Fin. Eres el Todo.

-¿Crees que Yo, siendo Todo, conozco también todo lo que existe?

-Sí, Señor. Por esto siento una gran contrariedad dentro de mí. Porque pienso que sabes y sufres. Y porque recuerdo que un día me dijiste que en ocasiones Tú eres el Hombre, sólo el Hombre, y por tanto el Padre te hace conocer lo que es ser hombre que debe conducirse según razón. Y pienso también que Dios, por compasión hacia ti, podría ocultarte estas feas verdades…

-Atente a este pensamiento, Juan. Y habla. Con confidencia. Confiar lo que sabes a quien para ti es "Todo" no es pecado. Porque el "Todo" no se escandaliza, ni murmura, ni faltará a la caridad, ni siquiera con el pensamiento, hacia el desdichado. Sería pecado si dijeras lo que sabes a quien no puede ser todo amor, a tus compañeros por ejemplo, que murmurarían, e incluso agredirían sin misericordia al culpable, dañándolo a él y a sí mismos.

Porque hay que tener misericordia, una misericordia que ha de ser mucho mayor en la medida en que tengamos ante nosotros a una pobre alma enferma de todas las enfermedades: un médico, un enfermero compasivo, o una madre, si es poco el mal que sufre un enfermo, se impresionan poco, y poco luchan por curarle; pero si el hijo, o el hombre, está muy enfermo, en peligro de muerte, ya gangrenoso y paralizado, ¡cómo luchan, venciendo repugnancias y fatigas, para curarlo! ¿No es así?

-Así es, Maestro -dice Juan, que ahora está en esa postura suya del brazo en torno al cuello del Maestro y la cabeza apoyada en su hombro.
-Pues bien, no todos saben tener misericordia con las almas enfermas. Por eso hay que ser prudentes en dar a conocer sus males, para que el mundo no las rehúya y no las dañe con el desprecio. Un enfermo que se ve menospreciado se entristece, y empeora.

Si, por el contrario, le asisten con alegre esperanza, puede sanar, porque la alegría esperanzada del que le asiste entra en él y ayuda a la acción de la medicina.

Pero tú sabes que Yo soy la Misericordia y que no humillaré a Judas. Habla, pues, sin escrúpulos. No eres un espía. Eres un hijo que confía a su padre, con amorosa solicitud, el mal que ha descubierto en su hermano, para que el padre le asista. ¡Animo, pues…!

Juan emite un fuerte suspiro, luego inclina aún más la cabeza, dejándola caer hasta el pecho de Jesús, y dice:

-¡Cuán penoso es hablar de cosas corrompidas!… Señor…

Judas es un impuro… y me tienta a la impureza. No me importan sus escarnios hacia mí, lo que me duele es que se acerque a ti manchado de sus amores. Desde que ha vuelto me ha tentado varias veces. Cuando las circunstancias nos dejan solos -cosa que él provoca en todos los modos -no hace otra cosa que hablar de mujeres… y yo siento la repulsa que sentiría si me sumergieran en materias fétidas que trataran de introducirme en la boca…

-¿Pero en lo profundo te sientes turbado?
-¿En qué sentido turbado? Mi alma se estremece. La razón grita contra estas tentaciones… No quiero ser corrompido…

-¿Y tu carne qué hace?
-Se retrae horrorizada.

-¿Solamente esto?

-Esto, Maestro, y lloro entonces, porque me parece que Judas no podría ofender más a quien se ha consagrado a Dios. Dime: ¿esto va a lesionar mi ofrenda?

-No. No más que un puñado de barro arrojado a una lámina de diamante. No raya la lámina, no penetra en ella. Para limpiarla basta echar encima una copa de agua. Y queda más bonita que antes.

-Límpiame entonces.

-Tu caridad te limpia, y tu ángel. Nada queda en ti. Eres un altar limpio y Dios baja a él. ¿Qué más hace Judas?
-Señor, él… ¡Oh, Señor! -la cabeza de Juan desciende más todavía.

-¿Qué?

-El… No es verdad que sea dinero suyo el que te da para los pobres; es el dinero de los pobres que roba para sí: para ser alabado por una generosidad no verdadera. Le enfureciste al quitarle todo el dinero al regreso del Tabor. Y a mí me dijo: "Hay soplones entre nosotros". Yo dije: "¿Soplones de qué? ¿Acaso robas?". "No" me respondió, "pero soy previsor y hago dos bolsas. Alguno se lo ha dicho al Maestro y El me ha impuesto que dé todo; tan enérgicamente lo ha impuesto, que me he visto constreñido a hacerlo". Pero no es verdad, Señor, que haga eso por previsión. Lo hace para tener dinero. Podría declararlo con la casi certeza de decir la verdad.

-¡Casi certeza! Esta duda sí que es leve culpa. No puedes acusarlo de ser ladrón si no estás absolutamente seguro de ello. Las acciones de los hombres a veces tienen apariencia mala y son buenas.

-Es verdad, Maestro. No lo volveré a acusar, ni siquiera con el pensamiento. De todas formas, eso de que tiene dos bolsas, y que la que dice que es suya y te da es tuya, y que lo hace buscando alabanza, eso es verdad. Y yo eso no lo haría. Siento que no está bien hacerlo.

-¡Tienes razón. ¿Qué más debes decir?

Juan alza una cara asustada, abre la boca para hablar, pero la cierra. Se desliza hasta caer de rodillas. Esconde la cara en la túnica de Jesús. Él le pone una mano sobre sus cabellos.

-¡Ánimo! Quizás has juzgado equivocadamente. Yo te ayudaré a juzgar bien. Me debes decir también lo que piensas acerca de las posibles causas de que Judas peque.

-Señor, Judas se siente sin la fuerza que querría para hacer milagros… Tú sabes que siempre lo ha deseado fogosamente… ¿Te acuerdas de Endor? Y, sin embargo, es el que hace menos milagros. Y… bueno… desde que ha regresado, ya no consigue nada… y por la noche se queja de ello incluso en sueños, como si fuera una pesadilla, y… ¡Maestro, Maestro mío!

-Venga. Habla. Todo.
-Impreca… y practica la magia. Esto no es una mentira ni una duda. Lo he visto. Me elige como compañero porque tengo un sueño profundo. Es más, lo tenía. Ahora, lo confieso, lo vigilo, y mi sueño es menos profundo porque en cuanto se mueve lo oigo… Quizás he hecho mal. Pero he fingido dormir para ver lo que hacía. Y dos veces le he visto y oído hacer cosas feas. No es que yo entienda de magia, pero eso es magia.

-¿Sólo?

-No y sí. En Tiberíades lo seguí. Fue a una casa. Después pregunté quién vivía allí. Uno que practica la necromancia con otros. Y, cuando Judas salió, casi de mañana, por las palabras que dijeron, comprendí que se conocen y que son muchos… y no todos extranjeros. Pide al demonio la fuerza que Tú no le das. Por esto sacrifico yo mi fuerza al Padre, para que se la pase a él, y él deje de ser pecador.

-Haría falta que le dieras tu alma. Pero eso no lo permitiríamos ni el Padre ni Yo…

Un largo silencio. Luego dice Jesús con voz cansada:
-Vamos. Juan. Vamos a bajar y a descansar en espera del alba.

-¡Estás más triste que antes, Señor! ¡No debía haber hablado!

-No. Yo ya lo sabía. Pero tú al menos estás más tranquilo… y eso es lo que importa…
-Señor, ¿debo evitarlo?

-No. No temas. Satanás no perjudica a los Juanes. Los aterroriza, pero no puede quitarles la gracia que Dios continuamente les otorga. Ven. Por la mañana voy a hablar.

Luego iremos a Pel.la. No podemos demorarnos, porque el río está crecido, por la fusión de las nieves y el agua de los días pasados. Pronto estará colmo, y mucho más teniendo en cuenta que la Luna aureolada predice lluvias abundantes…

Bajan y deja de vérselos en la habitación de debajo de la terraza.

Es por la mañana. Una mañana de Marzo. Por tanto, nubes y claros se alternan en el cielo. Pero las nubes sobrepujan a los claros y tratan de apoderarse del cielo. Un aire caliente, con rachas rítmicas, sopla y carga el ambiente enrareciéndolo con polvo venido probablemente de las zonas del altiplano.

-¡Si no cambia el viento, esto es agua! -sentencia Pedro al salir de la casa con los otros.

El último en salir es Jesús, que se despide de las dueñas de la casa. El dueño acompaña a Jesús. Se dirigen hacia una plaza.

Dados pocos pasos, los para un suboficial romano que está con otros soldados.

-¿Eres Tú Jesús de Nazaret?
-Lo soy.
-¿Qué haces?
-Hablo a las gentes.
-¿Dónde?
-En la plaza.

-¿Palabras sediciosas?
-No. Preceptos de virtud.

-¡Ojo! No mientas. Roma ya tiene suficientes falsos dioses.

-Ven tú también. Verás como no estoy mintiendo.
El hombre que ha alojado a Jesús siente el deber de intervenir:

-¿Pero desde cuándo tantas preguntas a un rabí?
-Denuncia de hombre sedicioso.

-¿Sedicioso? ¿Él? ¡Pero hombre, Mario Severo, eso es una ilusión! Éste es el hombre más manso de la Tierra. Te lo digo yo.

El suboficial se encoge de hombros y responde:

-Mejor para Él. Pero esta es la denuncia que ha recibido el centurión. Que vaya si quiere. Está avisado.

Se da la media vuelta y se marcha con los subalternos.
-¿Pero quién puede haber sido? ¡No lo entiendo! -dicen varios. Jesús responde: -Dejad de entender. No hace falta.

Vamos a la plaza mientras haya muchos. Luego nos marcharemos también de aquí.

Debe ser una plaza más bien comercial. No es un mercado pero poco le falta, porque está circundada de fondaques en los que hay depósitos de mercancías de todos los tipos. Y la gente se aglomera en ellos. Por tanto, hay mucha gente en la plaza, y alguno hace señas de que está Jesús, de forma que pronto un círculo de gente está alrededor del "Nazareno". Un círculo compuesto de personas de todo tipo, clase y nación. Quién por veneración, quién por curiosidad.

Jesús hace un gesto de querer hablar.

-¡Vamos a escucharlo! -dice un romano que sale de un almacén.

-¿No nos tocará oír alguna lamentación? -le responde un compañero suyo.

-No lo creas, Constancio. Es menos indigesto que uno de nuestros oradores de rigor.

-¡Paz a quien me escucha! Está escrito en el libro de Esdras, en la oración de Esdras: "¿Qué vamos a decir ahora, Dios nuestro, después de las cosas que han sucedido? ¿Qué, si hemos abandonado los preceptos que habías decretado por medio de tus siervos…?".

-¡Detente, Tú que hablas! ¡Nosotros proponemos el tema! -grita un puñado de fariseos que se abre paso entre la gente.

Casi al mismo tiempo, vuelve a aparecer la unidad armada y se detiene en el ángulo más cercano. Los fariseos están ya frente a Jesús.

-¿Eres Tú el Galileo? ¿Eres Jesús de Nazaret?

-¡Lo soy!

-¡Bendito sea Dios por haberte encontrado!

La verdad es que tienen unas caras de tanta mala uva, que no se ve que estén alegres por el encuentro…

El más viejo habla:

-Te seguimos desde hace muchos días, pero llegamos siempre cuando Tú ya te has marchado.

-¿Por qué me seguís?

-Porque eres el Maestro y deseamos ser adoctrinados sobre un punto oscuro de la Ley.

-No hay puntos oscuros en la Ley de Dios.
-En ella no. Pero… en fin… pero la Ley ha sufrido "superposiciones", como Tú dices… en fin… que han proyectado oscuridad.

-Penumbras, al máximo. Y basta volver el intelecto a Dios para eliminarlas.

-No todos lo saben hacer. Nosotros, por ejemplo, permanecemos en penumbra. Tú eres el Rabí, así que ayúdanos.

-¿Qué queréis saber?

íamos saber si le es lícito al hombre repudiar por un motivo cualquiera a su mujer. Es una cosa que sucede
frecuentemente y siempre, donde sucede esto, da mucho que hablar. Vienen a nosotros para saber si es lícito. Y nosotros, según el caso, respondemos.

-Aprobando lo sucedido en el noventa por ciento de los casos. Y el diez por ciento que queda desaprobado pertenece a la categoría de los pobres o de vuestros enemigos.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque sucede así en todas las cosas humanas. Y agrego a la categoría la tercera clase: la que - si fuera lícito el divorcio - más derecho tendría, por ser la de los verdaderos casos penosos: como una lepra incurable, o una cadena perpetua, o enfermedades innominables…
-¿Entonces para ti nunca es lícito?

-Ni para mí ni para el Altísimo ni para ninguno de corazón recto. ¿No habéis leído que el Creador, al comienzo de los días, creó al hombre y a la mujer? Y los creó varón y hembra; y no tenía necesidad de hacerlo, porque, si hubiera querido, habría podido, para el rey de la creación, hecho a su imagen y semejanza, crear otro modo de procreación, y hubiera sido igualmente bueno aun siendo distinto de todos los otros naturales.

Y dijo: “Así, por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne". Así pues, Dios los unió en una sola unidad. No son, por tanto, ya "dos" sino "una" sola carne. Lo que Dios ha unido, porque vio que "es buena cosa", no lo separe el hombre, pues si así sucediera sería una cosa ya no buena.

-¿Pero por qué, entonces, Moisés dijo: "Si el hombre ha tomado consigo una mujer, pero la mujer no ha hallado gracia ante sus ojos por algún defecto desagradable, él escribirá un libelo de repudio, se lo entregará en mano y la despedirá de su casa"?

-Lo dijo por la dureza de vuestro corazón. Para evitar, con una orden, desórdenes demasiado graves. Por esto os
permitió repudiar a vuestras mujeres. Pero desde el principio no fue así. Porque la mujer es más que el animal, el cual sigue el capricho del amo o de las libres circunstancias naturales, y va a este o a aquel macho, es carne sin alma que hace pareja para reproducirse. Vuestras mujeres tienen un alma como vosotros, y no es justo pisotearla despiadadamente. Porque, si bien la condena dice:

"Estarás sometida a la potestad de tu marido y él te dominará", ello debe acaecer según justicia y no con atropello lesivo de los derechos del alma libre y digna de respeto. Vosotros, con el repudio, que no os es lícito, ofendéis al alma de vuestra compañera, a la carne gemela que se ha unido a la vuestra, a ese todo que es la mujer con que os habéis casado exigiendo su honestidad, mientras que vosotros, ¡perjuros!, vais a ella deshonestos, minorados, a veces corrompidos, y seguís corrompidos, y
aprovecháis todas las ocasiones para herirla y dar mayor campo a la lujuria insaciable que hay en vosotros.

¡Prostituidores de vuestras esposas! Por ningún motivo podéis separaros de la mujer que está unida a vosotros según la Ley y la Bendición.

Sólo en el caso de que la gracia os toque, y comprendáis que la mujer no es una propiedad sino un alma, y que, por tanto, tiene iguales derechos que vosotros de ser reconocida parte del hombre y no su objeto de placer, y sólo en el caso de que vuestro corazón sea tan duro que no sepáis elevarla a esposa, después de haber gozado de ella como una prostituta, sólo en el caso de anular este escándalo de dos que conviven sin que Dios bendiga su unión, podéis despedirla.

Porque entonces vuestra unión no es tal, sino que es fornicación, y frecuentemente sin el honor de unos hijos, porque, o son eliminados forzando la naturaleza, o repudiados como una vergüenza. En ningún otro caso. En ningún otro. Porque si tenéis hijos ilegítimos de vuestra concubina, tenéis el deber de poner término al escándalo casándoos con ella, si sois libres.

No contemplo el caso del adulterio consumado contra la esposa ignara. Para ese caso, santas son las piedras de la lapidación y las llamas del Seol. Y para el que repudia a su esposa legítima, porque está saciado de ella, y toma a otra, hay sólo una sentencia: ése es adultero. Y es adúltero el que toma a la repudiada, porque, si el hombre se ha arrogado el derecho de separar lo que Dios ha unido, la unión matrimonial continúa ante los ojos de Dios, y maldito aquel que pasa a segunda esposa sin ser viudo.

Y maldito aquel que toma otra vez a su mujer primera después de haberla despedido por repudio y haberla abandonado a los miedos de la vida, siendo así que ella haya cedido a nuevo matrimonio para ganarse el pan, si queda viuda del segundo marido. Porque, aunque sea viuda, fue adúltera por culpa vuestra, y haríais doble su adulterio.

¿Habéis comprendido, fariseos que me tentáis?
Éstos se van humillados, sin responder.

-Es un hombre severo. Si fuera a Roma, vería que allí fermenta un fango aún más hediondo - dice un romano.
También algunos de Gadara se quejan:

-¡Dura cosa ser hombres, si hay que ser castos de esa forma!…

Y algunos, más fuerte:

-¡Si tal es la condición del hombre respecto a la mujer, es mejor no casarse!

Y también los apóstoles repiten este razonamiento mientras toman de nuevo el camino que conduce a los campos, tras haber dejado a los de Gadara. Lo dice Judas con sarcasmo.

Lo dice Santiago de Zebedeo con respeto y reflexión. Y Jesús responde al uno y al otro:

-No todos comprenden esto, ni lo comprenden bien. Algunos, efectivamente, prefieren el celibato para tener libertad de secundar sus vicios; otros para evitar la posibilidad de pecar siendo maridos no buenos. Sólo algunos - a los cuales les es concedido - comprenden la belleza de estar limpios de sensualidad e incluso de una honesta hambre de mujer. Y son los más santos, los más libres, los más angélicos sobre la faz de la tierra. Hablo de aquellos que se hacen eunucos por el Reino de Dios.

Hay hombres que nacen así. A otros los hacen eunucos. Los primeros son personas deformes que deben suscitar compasión; los segundos… son abusos que hay que reprimir.

Mas está esa tercera categoría de eunucos voluntarios, los cuales, sin usar violencia para consigo - por tanto con doble mérito -, saben adherirse a eso que Dios pide, y viven como ángeles para que el altar abandonado de la tierra tenga todavía flores e inciensos para el Señor.

Éstos no complacen a su parte inferior, para crecer en la parte superior, de forma que ésta florezca, en el Cielo, en los arriates más próximos al trono del Rey. Y en verdad os digo que no son personas mutiladas, sino seres dotados de aquello que a la mayor parte de los hombres les falta.

No son, pues, objeto de necio escarnio; antes al contrario, de gran veneración. Comprenda esto quien debe, y respete, si puede.

Los apóstoles casados musitan entre sí.
-¿Qué os pasa? - pregunta Jesús.
-¿Y nosotros? No sabíamos esto, y hemos tomado mujer. Pero nos gustaría ser como Tú dices… - dice por todos
Bartolomé.

-Y no os está prohibido hacerlo de ahora en adelante. Vivid en continencia, viendo en vuestra compañera a vuestra hermana, y tendréis gran mérito ante los ojos de Dios. Vamos a acelerar el paso. Para estar en Pel.la antes de la lluvia.

356- Hacia Gadara. Las herejías de Judas Iscariote y las renuncias de Juan, que quiere sólo amar

Jesús está ya en Transjordania. Y, por lo que entiendo, la ciudad que se ve en lo alto de una colina toda verde es Gadara; es también la primera ciudad que tocan después de haber bajado de las barcas en la orilla suroriental del lago de Galilea, porque allí han puesto pie en tierra, sin bajar a Ippo, adonde habían llegado ya las barcas que llevaban a los contrarios de Jesús. Creo que han desembarcado, por tanto, justo enfrente de Tariquea, en la salida del Jordán del lago.

-¿Sabes el camino más corto para ir a Gadara, ¿no? ¿Te acuerdas de por dónde es? -pregunta Jesús.
-¡Hombre, claro! Cuando lleguemos a las caldas del Yarmok, sólo tendremos que seguir el camino -responde Pedro.
-¿Y dónde vas a encontrar los manantiales? -pregunta Tomás.

-¡Basta tener buen olfato para encontrarlos! ¡Huelen desde algunas millas antes de llegar! -exclama Pedro arrugando con disgusto la nariz.

-No sabía que sufrieras de dolores… -observa Judas Iscariote.

-¿Dolores yo? ¿Y cuándo!

-¡Es que conoces tan bien las caldas del Yarmok que debes haber estado allí!

-¡Nunca he tenido necesidad de baños para estar bien! Me han salido los venenos de los huesos con las sudaderas del trabajo honrado… y, además, habiendo trabajado más que gozado, han entrado pocos venenos, siempre pocos, en mí…

-Lo dices por mí, ¿no es verdad? ¡Ya! ¡Yo tengo la culpa de todo!… -dice inquieto Judas.

-¿Pero quién te ha picado? Tú preguntas, yo respondo; a ti como habría respondido al Maestro o a un compañero. Y creo que ninguno de ellos, ni siquiera Mateo, que… ha sido una persona de mundo, se lo habría tomado a mal.

-¡Pues yo me lo tomo a mal!

-No te creía tan delicado. Pero te pido perdón de esa supuesta insinuación. Por amor al Maestro, ¿sabes? Al Maestro, que tanta aflicción recibe de los extraños y no tiene necesidad de recibir más de nosotros. Míralo, en vez de correr tras tus sensibilidades, y verás que necesita paz y amor.

Jesús no habla. Se limita a mirar a Pedro y a sonreírle agradecido. Judas no responde al respecto de la justa observación de Pedro. Está cerrado e inquieto. Quiere aparecer amable, pero la rabia, el malhumor, la desilusión que tiene en su corazón, se manifiestan a través de la mirada, la voz, la expresión, y hasta a través de su paso arrogante, que choca fuertemente las suelas, como para desahogarse, golpeando con ira el suelo para desfogarse de todo lo que le hierve dentro.

Pero se esfuerza en parecer sereno y en ser amable; no lo consigue, pero lo intenta… Pregunta a Pedro:

-¿Y entonces cómo conoces estos lugares? Quizás es que has estado aquí con tu mujer…

-No. He pasado por aquí en Etanim, cuando vinimos a Aurán con el Maestro. Acompañé a su Madre y las discípulas hasta las tierras de Cusa; por eso, viniendo de Bosra, pasé por aquí -responde sincera y prudentemente Pedro.

-¿Estabas tú solo? -pregunta con ironía Judas.
-¿Por qué? ¿No crees que valgo solo por muchos, cuando hay que valer y hay que hacer un encargo de confianza y, además, se hace por amor?

-¡Cuánta soberbia! ¡Querría haberte visto!
-Habrías visto a un hombre serio acompañando a mujeres santas.

-¿Pero estabas realmente solo? -pregunta Judas con acto verdaderamente de inquisidor.
-Estaba con los hermanos del Señor.

-¡Ah! ¡Ya empiezan las admisiones!
-¡Y empiezan a ponérseme de punta los nervios! ¿Se puede saber qué te pasa?

-Es verdad. Es una vergüenza -dice Judas Tadeo.
-Y ya es hora de acabar con esto -añade Santiago de Zebedeo.

-No te es lícito injuriar a Simón -dice Bartolomé en tono de reproche.

-Porque deberías recordar que es el jefe de todos nosotros -termina el Zelote.

Jesús no habla.

-No injurio a nadie, y no me pasa nada en absoluto; lo único es que me gusta pincharle un poco…

-¡No es verdad! ¡Mientes! Haces preguntas astutas porque quieres llegar a precisar algo. El artero considera a todos arteros. Aquí no hay secretos. Estábamos todos. Todos hicimos lo mismo: lo que había ordenado el Maestro.

Y no hay nada más. ¿Comprendes? -grita, verdaderamente airado, el otro Judas.

-Silencio. Parecéis mujeres riñendo. Todos estáis en error. Y me avergüenzo de vosotros -dice severo Jesús.

Se abate un profundo silencio, mientras van hacia la ciudad situada sobre la colina.

Rompe el silencio Tomás diciendo:

-¡Qué mal olor!

-Son las caldas. Aquél es el Yarmok y aquellas construcciones son las termas de los romanos. Detrás de las termas hay una calle bonita toda adoquinada que va a Gadara. Los romanos quieren viajar bien. ¡Gadara es muy bonita! -dice Pedro.

-Será todavía más bonita porque no nos encontraremos en ella a ciertos.., seres… A1 menos no abundantes -murmura Mateo entre dientes.

Cruzan el puente del río entre acres olores de aguas sulfurosas. Pasan muy cerca de las termas, entre los vehículos romanos; toman una bonita calle pavimentada con losas grandes, que conduce a la ciudad edificada en lo alto de la colina, hermosa dentro de sus murallas.
Juan se pone al lado del Maestro:

-¿Es verdad que donde están aquellas aguas, antiguamente, fue arrojado a las entrañas de la tierra un réprobo? Mi madre, cuando éramos pequeños, nos lo decía, para que comprendiéramos que no se debe pecar; si no, el infierno se abre bajo los pies de aquel a quien Dios maldice, y se lo traga. Y luego, como recuerdo y advertencia, quedan fisuras de las que sale olor, calor y aguas de infierno. Yo tendría miedo a bañarme en esas aguas…

-¿De qué, muchacho? No te corromperían. Es más fácil ser corrompidos por los hombres que llevan dentro el infierno y de él emanan hedor y venenos. Pero se corrompen solamente aquellos que, por sí mismos, tienen ya tendencia a corromperse.

-¿Me podrían corromper a mí?
-No. Aunque estuvieras en medio de una turba de demonios, no.

-¿Por qué? ¿Qué tiene de distinto de los demás? -pregunta inmediatamente Judas de Keriot.

-Tiene que es puro bajo todos los aspectos. Por tanto, ve a Dios -responde Jesús. Y Judas ríe maliciosamente.

Juan pregunta otra vez:

-¿Entonces no son bocas del infierno esos manantiales?

-No. Son, al contrario, cosas buenas puestas por el Creador para sus hijos. El infierno no está bajo la tierra. Está sobre la tierra, Juan; en el corazón de los hombres. Más allá, se completa.

(Aquí Jesús no niega que el Infierno esté en el centro de la Tierra, sino que, lo que quiere decir es que el Infierno, fundamentalmente, está, en primer lugar, en el alma del condenado, lo lleva cada réprobo en su propia alma, lo que no quiere decir que no exista el Infierno como lugar físico, real, en el centro de la Tierra, como afirman San Francisco Javier, la Beata Ana Catalina Emmerick, etc.)

-¿Pero existe verdaderamente el Infierno? -pregunta Judas Iscariote.

-¿Pero qué dices?-le preguntan, escandalizados, los compañeros.

-Digo: ¿existe verdaderamente? Yo -y hay otros, no soy sólo yo -no lo creo.

-¡Pagano! -gritan con horror.

-No. Israelita. Somos muchos en Israel los que no creemos en ciertas patrañas.

-¿Pero, entonces, cómo puedes creer en el Paraíso?, ¿y en la justicia de Dios?, ¿dónde metes a los pecadores?, ¿cómo explicas a Satanás? -gritan muchos.

-Digo lo que pienso. Se me ha echado en cara hace poco que soy un embustero. Os demuestro que soy sincero, aunque esto os haga escandalizaros de mí y me haga odioso ante vuestros ojos. Además, no soy el único en Israel que cree esto, desde que Israel ha progresado en el saber, en contacto con helenistas y romanos. Y el Maestro, el único cuyo juicio respeto, y que protege a los griegos y es visiblemente amigo de los romanos, no puede censurarnos ni a mí ni a Israel… Yo parto de este concepto filosófico: si Dios controla todo, todo lo que hacemos es por su voluntad; por tanto, nos debe premiar a todos de una única forma, porque no somos sino autómatas movidos por Él. Somos seres desprovistos de voluntad. Lo dice también el Maestro. Dice:

"La voluntad del Altísimo. La voluntad del Padre". Ésa es la única Voluntad. Y es tan infinita, que aplasta y anula la voluntad limitada de las criaturas. Por tanto, Dios hace tanto el bien como el mal, porque nos los impone, aunque parezcan hechos por nosotros. Y, por tanto, no nos castigará por el mal y así quedará ejercida su justicia, porque nuestras culpas no son voluntarias, sino impuestas por quien quiere que las hagamos para que en la tierra haya bien y mal. El malo es el medio de expiación de los menos malos. Y él sufre el no poder ser considerado bueno, expiando así su parte de culpa. Jesús ha dicho que el infierno está sobre la tierra y en el corazón de los hombres.
Yo no siento a Satanás. No existe. Tiempo hace lo creía. Pero ya desde hace algo de tiempo estoy seguro de que todo es una patraña. Y creer de esta forma es llegar a la paz.

Judas exhibe estas… teorías con un engreimiento tan formidable, que los otros se quedan sin respiración…

Jesús guarda silencio. Y Judas le incita:

-¿No tengo razón, Maestro?

-No.

El "no" es tan seco, que parece un estallido.

-Pues a pesar de todo yo… no siento a Satanás y no admito el libre albedrío, el Mal. Y todos los saduceos están conmigo, y muchos otros, de Israel o de fuera de Israel. No. Satanás no existe.

Jesús lo mira. Una mirada tan compleja, que no se puede analizar: de juez, de médico, de persona afligida, asombrada… hay todo en esa mirada…

Judas, ya lanzado, termina:

-Será que he superado el terror de los hombres hacia Satanás porque soy mejor que los demás, más perfecto.

Y Jesús guarda silencio.

Y él pincha:

-¡Pero habla! ¿Por qué no siento terror de él?

Jesús calla.

-¿No respondes, Maestro? ¿Por qué? ¿Tienes miedo?

-No. Soy la Caridad. Y la Caridad retiene su juicio hasta que no se ve obligada a emitirlo… Déjame, y retírate -dice, terminando, porque Judas intenta abrazarlo; y termina, susurrando, estrechado a la fuerza entre los brazos del blasfemo: « ¡Me horrorizas! ¡No ves ni sientes a Satanás porque forma unidad contigo! ¡Márchate, diablo!

Judas, con verdadero descaro, lo besa y ríe, como si el Maestro le hubiera hecho en secreto algún elogio.

Vuelve donde los otros, que se han detenido horrorizados, y dice:

-¿Os dais cuenta? Yo sé abrir el corazón al Maestro. Y lo hago feliz porque me abro a Él y de Él recibo la lección correspondiente. ¡Vosotros, por el contrario!… Jamás os atrevéis a hablar. Porque sois soberbios. ¡Oh, yo seré el que más sepa de Él! Y podré hablar…

Llegan a las puertas de la ciudad. Entran todos juntos, porque Jesús los ha esperado. Pero, mientras cruzan el pasaje, Jesús ordena:

-Que mis hermanos y Simón se adelanten para reunir a la gente.

-¿Por qué no yo, Maestro? ¿Ya no me encargas misiones? ¿No son ahora ya necesarias? Me diste dos seguidas, y de varios meses…

-Y te quejaste diciendo que quería tenerte lejos. ¿Ahora te quejas porque te tengo cerca?

Judas no sabe qué responder y calla. Se pone delante con Tomás, el Zelote, Santiago de Zebedeo y Andrés. Jesús se detiene para dejar pasar a Felipe, a Bartolomé, a Mateo y a Juan, como si quisiera estar solo. No se oponen.

Pero Juan, cuyos ojos durante las disputas y blasfemias de Judas más de una vez han brillado de lágrimas, movido por su amoroso corazón, se vuelve poco después: a tiempo para ver que Jesús, creyendo pasar desapercibido en la callecita solitaria y sombría (por las ininterrumpidas arcadas que la cubren), se lleva las manos a la frente con un gesto de dolor, y se curva como quien sufre mucho. Deja plantados a sus compañeros el rubio Juan y vuelve donde su Maestro:

-¿Qué te pasa, Señor mío? ¿Sufres otra vez tanto como cuando nos reunimos contigo en Akcib? ¡Oh, mi Señor!

-¡Nada, Juan, nada! Ayúdame tú, con tu amor. Y calla ante los demás. Ora por Judas.

-Sí, Maestro. ¿Es muy infeliz, no es verdad? Está en las tinieblas y no lo sabe. Cree haber alcanzado la paz… ¿Es paz ésa?

-Es muy infeliz -dice Jesús abatido.

-No te abatas de esta forma, Maestro. Piensa en cuántos pecadores, endurecidos en el pecado, han vuelto a ser buenos. Lo mismo hará Judas. ¡Oh, Tú ciertamente lo salvarás! Pasaré esta noche en oración por esto. Le voy a decir al Padre que haga de mí uno que sólo sepa amar; no deseo ninguna otra cosa. Soñaba con dar la vida por ti y hacer brillar tu potencia a través de mis obras. Ahora sólo esto. Renuncio a todo, elijo la vida más humilde y común y pido al Padre que dé todo lo mío a Judas… para hacerlo feliz… y para que así se vuelva hacia la santidad… Señor… tendría que decirte algunas cosas…

Creo saber por qué Judas es así.

-Ven esta noche. Oraremos juntos y hablaremos.

-¿Y el Padre me escuchará? ¿Aceptará mi sacrificio?

-El Padre te bendecirá. Pero sufrirás por ello…

-No, no; me basta con verte a ti contento… y con que Judas… y con que Judas…

-Sí, Juan. Mira, nos están llamando. Corramos.
La callecita se transforma en una bonita calle, y luego en una arteria adornada con pórticos y fuentes; y se adorna de plazas, a cuál más hermosa; se cruza con otra arteria igual. Al final, hay ciertamente un anfiteatro. Y en un ángulo de los pórticos ya están reunidos en espera del Salvador distintos enfermos.

Pedro viene al encuentro de Jesús:

-Han conservado la fe en lo que dijimos de ti en Etanim. Han venido inmediatamente.

-Y Yo inmediatamente voy a premiar su fe. Vamos.
Y se dirige, en el ocaso ya avanzado que tiñe de rojo los mármoles, a sanar a los que con fe le esperan.

355- El nuevo discípulo Nicolái de Antioquíay el segundo anuncio de la Pasión

Jesús está completamente solo en la terraza de la casa de Tomás de Cafarnaúm. El pueblo ocia por el sábado.

Un pueblo ya muy reducido de habitantes, porque los más cuidadosos en cumplir las prácticas de fe se han puesto ya en marcha hacia Jerusalén; como también aquellos que van con las familias, y tienen niños que no pueden hacer marchas largas y obligan a los adultos a pararse y a hacer breves trayectos.

Así que falta, en este día ya de por sí un poco nublado, la nota de oro de la infancia festiva.

Jesús está muy pensativo: sentado en un banco pequeño y bajo, en un rincón, junto al pretil, de espaldas a la escalera, casi escondido por el antepecho; tiene un codo apoyado en la rodilla, y la frente en la mano con gesto cansado, casi de sufrimiento.

Interrumpe su meditación la llegada de un niñito que quiere saludarlo antes de salir para Jerusalén. « ¡Jesús! ¡Jesús!» llama, a cada peldaño que sube (no ve a Jesús, que está celado por el murete a la vista de quien está abajo). Y Jesús está tan concentrado que no oye la vocecita ligera ni el paso de palomita… de forma que, cuando el pequeño llega a la terraza, está todavía en esa postura de sufrimiento. El niño se atemoriza. Se para en el umbral de la terraza, se mete un dedito entre los labios y piensa… luego decide: lentamente se acerca… ya está casi junto a Jesús por detrás… se inclina para ver lo que hace… y dice:

-¡No, bonito! ¡No llores! ¿Por qué? ¿Por esos hombrachos feos de ayer? Lo hablaba mi padre con Jairo, que son indignos de ti. Pero no debes llorar. Yo te quiero. Y también te quiere mi hermanita y Santiago y Tobías, y Juana y María y Miqueas y todos, todos los niños de Cafarnaúm. No llores más… -y se echa a su cuello, muy cariñoso, para terminar: «Si no, voy a llorar también yo, y siempre… durante todo el viaje…

-No, David, ya no lloro. Tú me has consolado. ¡Has venido solo ¿Cuándo partís?

-Después de que se ponga el sol. Con la barca hasta Tiberíades Ven con nosotros. Mi padre te quiere, ¿sabes?
-Lo sé, querido mío. Pero tengo que ir a ver a otros niños… Gracias por haber venido a saludarme. Te bendigo, pequeño David. Vamos a darnos el beso de adiós y luego vuelve con tu mamá. ¿Sabe que estás aquí?…
-No. Me he escabullido porque no te he visto con tus discípulos y he pensado que estabas llorando.

-Ya ves que ya no lloro. Ve, ve donde tu mamá, que quizás te está buscando temiendo mucho por ti. Adiós. Ten cuidado con los asnos de las caravanas. ¿Ves? En todas partes hay asnos parados.

-¿Pero ya de verdad que no lloras?
-No. Ya no estoy afligido. Tú me has consolado. Gracias, niño.

El niño baja la escalera saltando. Jesús lo observa. Menea la cabeza. Luego vuelve a su sitio, a la dolorosa meditación de antes. Pasa un rato. El sol, cuando se abren las nubes, se muestra descendiendo.

Un paso más pesado en la escalera. Jesús alza la cara. Ve a Jairo, que viene hacia El. Lo saluda. Recibe de Jairo un saludo respetuoso.
-¿Cómo por aquí, Jairo?

-¡Señor! Quizás me he equivocado. Pero Tú que ves el corazón de los hombres verás que en mi error no había mala voluntad. Yo hoy no te he invitado a la sinagoga para que hablaras. Pero he sufrido mucho por ti, ayer, y te he visto sufrir tanto, que… no me he atrevido. He consultado a los tuyos y me han respondido:

"Quiere estar solo"… Pero hace poco ha llegado Felipe, padre de David, diciéndome que su hijo te ha visto llorar. Ha dicho que le has dado las gracias por haber venido a ti. He venido yo también. Maestro, los que quedan todavía en Cafarnaúm están para reunirse en la sinagoga. Y mi sinagoga es tuya, Señor.

-Gracias, Jairo. Hoy hablarán otros en ella. Iré como simple fiel…
-No estarías obligado. Tu sinagoga es el mundo. ¿Entonces no vienes, Maestro?
-No, Jairo. Estoy aquí con mi espíritu ante el Padre, que me conoce y que no encuentra culpas en mí.
Un titileo de lágrimas aparece en los ojos tristes de Jesús.

-Yo tampoco encuentro culpas en ti… Adiós, Señor.
-Adiós, Jairo.
Y Jesús se sienta de nuevo. Sigue meditabundo.
Ligera como una paloma sube, vestida de blanco, la hija de Jairo. Mira… Llama delicadamente:

-¡Salvador mío!

Jesús vuelve la cabeza, la ve, le sonríe, le dice:
-Ven a mí.
-Sí, mi Señor. Pero quisiera llevarte a los demás. ¿Por qué debe estar hoy muda la sinagoga?

-Están tu padre y muchos otros para llenarla de palabras.
-Pero son palabras… La tuya es la Palabra. ¡Oh, mi Señor! Con tu palabra me restituiste para mi madre y mi padre, y estaba muerta. ¡Mira a los que se dirigen a la sinagoga! Muchos están más muertos que yo entonces. Ven a darles la Vida.

-Hija, tú la merecías; ellos… Ninguna palabra puede dar vida a uno que para sí elige la muerte.
-Sí, mi Señor. Pero ven de todas formas. Hay también personas que, oyéndote, viven cada vez más,.. Ven. Pon tu mano en la mía y vamos. Yo soy el testimonio de tu poder, y estoy pronta para testificarlo incluso ante tus enemigos, aunque me costara perder esta segunda vida, que la verdad es que ya no es mía. Tú me la has dado, Maestro bueno, por compasión hacia una madre y un padre. Pero yo…

La niña, una bonita niña, ya mujercita, de dulces ojos grandes que brillan en su rostro puro e inteligente, se detiene a causa de un acceso de llanto que la ahoga y gotea de las largas pestañas a las mejillas.

-¿Por qué lloras ahora? -pregunta Jesús poniéndole la mano en el pelo.

-Porque… me han dicho que Tú dices que vas a morir…
-Todos morimos, niña.

-¡Pero no como Tú dices! Yo… no querría ahora estar viva de nuevo, para no verlo, para no estar cuando… suceda este horror…

-Entonces no habrías estado tampoco para darme el consuelo que ahora me das. ¿No sabes que la palabra -una sola incluso de una persona pura y de una persona que me ama me quita todas las penas?

-¿Sí? ¡Oh! ¡Entonces no tienes que tener ya penas, porque te quiero más que a mi padre, más que a mi madre y más que a mi vida!

-Así es.

-Entonces ven. No estés solo. Habla para mí, para Jairo, para mi madre, para el pequeño David, en fin, para los que te quieren. Somos muchos. Y seremos más todavía. Pero no estés solo. Viene melancolía -y, materna por instinto, como toda mujer honesta, termina así: «Conmigo cerca, ninguno te hará ningún mal. Y además yo te defenderé».
Jesús la complace y se levanta. La mano en la mano, atraviesan las calles y entran en la sinagoga por una puerta lateral.

Jairo, que está leyendo en voz alta un libro, suspende la lectura y, mediando un reverente saludo, dice:
-Maestro, te ruego que hables para los rectos de corazón. Prepáranos para la Pascua con tu santa palabra.
-¿Estás leyendo de los Reyes, no?

-Sí, Maestro. Quería que meditaran que quien se separa del Dios verdadero cae en idolatría de becerros de oro.
-Bien has hablado. ¿Ninguno tiene nada que decir?
Se crea rumor entre la gente. Quién quiere que hable Jesús, quién grita:

-¡Tenemos prisa! ¡Que se digan las oraciones y se concluya la reunión! Además, vamos a Jerusalén; allí oiremos a los rabíes.
Los que gritan así son los muchos desertores de ayer, retenidos en Cafarnaúm por el sábado.
Jesús los mira con suma tristeza y dice:
-Tenéis prisa. Es verdad. También Dios tiene prisa de juzgaros. Marchaos, marchaos. Luego, volviéndose hacia los que los reprenden, dice: «No los increpéis. Cada planta da su fruto».

-¡Señor! ¡Repite el gesto de Nehemías! ¡Habla contra ellos, Tú, Sacerdote supremo! -grita, indignado, Jairo; y le hacen coro los apóstoles, los discípulos fieles y los de Cafarnaúm.

Jesús extiende en cruz los brazos. Palidísimo (un rostro verdaderamente mortificado, y, no obstante, dulcísimo), grita:

-¡Acuérdate, propicio, de mí, oh mi Dios! ¡Y acuérdate también propiciamente de ellos! ¡Yo los perdono!
La sinagoga se vacía. Quedan los que son fieles a Jesús…
Hay un extranjero en un rincón. Un hombre robusto, no observado por ninguno, al que ninguno dirige la palabra; bueno, él tampoco habla con nadie. Sólo mira fijamente a Jesús; tanto que el Maestro vuelve su mirada en aquella dirección, lo ve y pregunta a Jairo que quién es.
-No sé. Sin duda uno de paso.

Jesús lo interpela:
-¿Quién eres?
-Nicolái, prosélito de Antioquía. Me dirijo a Jerusalén para la Pascua.
-¿A quién buscas?
-A ti, Señor Jesús de Nazaret. Deseo hablarte.
-Ven.

Y sale, ya con él al lado, al huerto de detrás de la sinagoga para escucharlo.

-Hablé en Antioquía con un discípulo tuyo de nombre Félix. He deseado ardientemente conocerte. Me dijo que Cafarnaúm es lugar en que te detienes, y que tienes a tu Madre en Nazaret; y también que vas al Getsemaní o a Betania. El Eterno ha hecho que te encuentre en el primer lugar.

Estaba ayer… Estaba no lejos de ti, esta mañana, mientras llorabas orando cabe la fuente… Te amo, Señor. Porque eres santo y manso. Creo en ti. Tus acciones, tus palabras, me habían hecho ya tuyo. Pero tu misericordia de hace un rato para con los culpables me ha determinado.

¡Señor, acógeme en cambio de quien te abandona! Vengo a ti con todo lo que tengo: la vida, los bienes, todo.
Se ha arrodillado diciendo las últimas palabras.
Jesús lo mira fijamente… luego dice:

-Ven. Desde hoy serás del Maestro. Vamos adonde tus compañeros.

Vuelven a la sinagoga, donde hay una intensa conversación de los discípulos y los apóstoles con Jairo.
-Aquí tenéis a un nuevo discípulo. El Padre me consuela. Amadlo como a un hermano. Vamos con él a compartir el pan y la sal. Luego, ya de noche, saldréis con él hacia Jerusalén; nosotros iremos a Ippo con las barcas… Y no digáis mi camino a nadie, para que no me entretengan.

Entretanto el sábado ha terminado, y los que quieren evitar a Jesús se agolpan en la playa para contratar las barcas para Tiberíades. Y discuten con Zebedeo, que no quiere ceder su barca ya preparada para la partida nocturna de Jesús con los doce y cercana a la de Pedro.
-¡Voy a ayudarle! -dice Pedro, que está irritado.
Jesús, para evitar choques demasiado fuertes, lo retiene y dice:

-Vamos todos, no tú solo.
Y así lo hacen… Y saborean la amargura de ver que los que huyen se van sin siquiera un saludo, cortando netamente toda discusión con tal de alejarse de Jesús… y oyen algún que otro epíteto despreciante y consejos mordaces a los discípulos fieles…

Jesús se vuelve para regresar a casa, una vez que la turba hostil se ha marchado, y dice al nuevo discípulo:

-¿Los has oído? Esto es lo que te espera siguiéndome.
-Lo sé. Por eso me quedo. Te había visto en un día glorioso, entre la muchedumbre que te aclamaba y te saludaba como rey. Me encogí de hombros diciendo: "¡Otro pobre iluso! ¡Otro azote para Israel!", y no te seguí porque parecías un rey. Ya me había olvidado de ti. Ahora te sigo porque en tus palabras y en tu bondad veo al Mesías prometido».

-Verdaderamente eres más justo que muchos otros. Y digo, una vez más, que se retire quien espere de mí un rey terreno; se retire quien siente que se va a avergonzar de mí ante el mundo acusador; se retire quien se vaya a escandalizar de verme tratado como un malhechor. Os digo esto mientras todavía podéis hacerlo sin veros comprometidos ante los ojos del mundo. Imitad a los que huyen en aquellas barcas, si no os sentís dispuestos a compartir mi destino en el oprobio para poder compartirlo después en la gloria. Porque va a suceder pronto esto: van a acusar al Hijo del hombre, lo van a entregar en manos de los hombres, los cuales lo van a matar como a un malhechor y creerán que lo han vencido. Pero habrán cometido su delito inútilmente, porque resucitaré a los tres días y triunfaré. ¡Dichosos aquellos que sepan estar conmigo hasta el final!

Ya han llegado a la casa. Jesús confía a los discípulos el nuevo llegado, y sube solo al lugar de antes; más exactamente, entra en la habitación de arriba, y se sienta a pensar.
Pasa un rato. Suben Judas Iscariote y Pedro.
-Maestro, Judas me ha hecho reflexionar en cosas convenientes.
-Dilas.

-Tomas contigo a este Nicolái, un prosélito cuyo pasado además ignoramos. Ya hemos tenido muchas complicaciones… y las tenemos todavía. ¿Y ahora? ¿Qué sabemos de él? ¿Podemos fiarnos? Judas, con razón, dice que podría ser un espía enviado por los enemigos.

-¡Que sí! ¡Un traidor! ¿Por qué no quiere decir de dónde viene ni quién lo envía? Le he hecho preguntas, pero sólo dice: "Soy Nicolái de Antioquía, prosélito". Yo tengo serias sospechas.

-Te recuerdo que viene porque me ve traicionado.
-¡Puede ser mentira! ¡Puede ser una traición!

-Quien por todas partes ve mentira o traición es alma capaz de esas cosas. Porque se mide con el propio modelo -dice serio Jesús.

-¡Señor, me ofendes! -grita Judas indignado.
-Pues déjame y vete con los que me abandonan.
Judas sale dando un portazo con malos modales.

-De todas formas, Señor, Judas no está equivocado en todo… Y además no quisiera que… ese hombre hablara de Juan. Sólo puede ser el hombre de Endor el Félix que te lo manda…

-Ciertamente es así. Pero Juan de Endor es prudente y ha tomado de nuevo su viejo nombre. Estáte tranquilo, Simón. Un hombre que se hace discípulo porque siente que mi causa humana está ya perdida, no puede ser sino una persona recta de espíritu. Muy distinto es el que ha salido ahora, que vino a mí porque esperaba ser príncipe de un rey poderoso… y no se convence de que Yo soy Rey sólo para el espíritu…

-¿Sospechas de él, Señor?
-De ninguno. Pero, en verdad te digo que adonde llegará Nicolái, discípulo y prosélito, Judas de Simón, apóstol, israelita y judío, no llegará.

-Señor, quisiera preguntar a Nicolái sobre… Juan.
-No lo hagas. Juan no le ha dado ningún encargo porque es prudente. No seas tú el imprudente.
-No, Señor. Sólo te lo preguntaba…
-Vamos a bajar para acelerar la cena. Partiremos con la noche plena… Simón… ¿me amas tú?

-Maestro, pero ¿qué dices?
-Simón, mi corazón está más oscuro que el lago en una noche de tormenta, y tan desazonado como él…

-¡Oh, Maestro mío!… ¿Qué te puedo decir, si yo estoy todavía más… oscuro y desazonado que Tú? Te digo: "Aquí tienes a tu Simón. Si mi corazón te puede confortar, tómalo". Es lo único que tengo. Pero es sincero.

Jesús pone unos momentos la cabeza en ese pecho amplio y fuerte; luego se pone de pie y baja con Pedro.

[Inicio] [ Blog] [Mision] [El Rosario] [Documentos] [Asesorias] [ Pol�tica de Privacidad] [Contacto ]

Copyright © 2026 Maria Luz Divina

354- Jesús habla sobre el Pan del Cieloen la sinagoga de Cafarnaúm

La playa de Cafarnaúm bulle de gente que desembarca de una verdadera flotilla de barcas de todas las dimensiones. Y los primeros que echan pie a tierra se ponen a buscar entre la gente para ver si ven al Maestro, a un apóstol o, al menos, a un discípulo. Y van preguntando…
Un hombre, por fin, responde:

-¿Maestro? ¿Apóstoles? No. Se han marchado después del sábado, enseguida, y no han vuelto. Pero volverán porque hay algunos discípulos. Acabo de hablar con uno de ellos. Debe ser un discípulo importante. ¡Habla como Jairo! Ha ido hacia aquella casa que está entre los campos, costeando el mar.

El hombre que ha preguntado hace extender la voz, y todos se ponen en rápido movimiento hacia el lugar indicado. Pero, recorridos unos doscientos metros por la orilla, encuentran a todo un grupo de discípulos que vienen hacia Cafarnaúm gesticulando animadamente. Los saludan y preguntan:

-¿El Maestro dónde está?
Los discípulos responden:
-Durante la noche, después del milagro, se ha marchado con los suyos con las barcas atravesando el mar. Hemos visto las velas bajo el claror de la Luna, en dirección a Dalmanuta.

-¡Ah! ¡Claro! ¡Lo hemos buscado en Magdala, en casa de María, y no estaba! ¡De todas formas… nos lo podían haber dicho los pescadores de Magdala!

-No lo sabrían. Quizás había subido a los montes de Arbela a orar. Ya fue allí una vez el año pasado antes de la Pascua. Lo encontré en esa ocasión por suma gracia del Señor a su pobre siervo -dice Esteban.

-¿Pero no va a volver aquí?

-Ciertamente volverá. Nos debe despedir y darnos las indicaciones. Pero, ¿qué queréis?

-Seguirle oyendo. Seguirlo. Hacernos suyos.

-Ahora va a Jerusalén. Lo encontraréis allí. Allí, en la Casa de Dios, el Señor os hablará. Si os conviene ir tras El. Porque debéis saber que, si bien Él no rechaza a nadie, nosotros tenemos dentro aspectos que rechazan la Luz. De forma que quien tenga tantos aspectos de éstos que no sólo esté ya saturado -lo cual no sería un gran mal, porque Él es la Luz y cuando nos hacemos lealmente suyos con voluntad decidida, su Luz penetra en nosotros venciendo a las tinieblas -, sino que esté incluso unido a ellos como a la carne de nuestro cuerpo, y los estime como a la carne de su cuerpo, entonces éste conviene que se abstenga de venir, a menos que no se destruya para rehacerse nuevo.

Meditad, pues, sobre si tenéis en vosotros la fuerza de asumir un nuevo espíritu, un nuevo modo de pensar, un nuevo modo de querer. Y luego, si lo juzgáis conveniente, venid. Quiera el Altísimo, que guió a Israel en su "paso", guiaros a vosotros en este "pésac" a seguir la estela del Cordero, allende los desiertos, hacia la Tierra eterna, hacia el Reino de Dios -dice Esteban, hablando por todos sus compañeros.

-¡No, no! ¡Inmediatamente! ¡Inmediatamente! Nadie hace las cosas que Él hace. Queremos seguirle -dice, agitada, la muchedumbre.

Esteban expresa con una sonrisa muchas cosas. Abre los brazos y dice:

-¿Porque os haya dado pan bueno y abundante queréis venir? ¿Creéis que os va a dar siempre sólo esto? A los que le siguen les promete aquello que constituye su acervo: dolor, persecución, martirio: no rosas sino espinas, no caricias sino bofetadas, no pan sino piedras están preparadas para los "cristos". Y diciendo esto no blasfemo, porque sus verdaderos fieles serán ungidos con el aceite santo hecho con su Gracia, generado con su sufrimiento; nosotros seremos "ungidos" para ser víctimas en el altar y reyes en el Cielo.

-¡Y! ¿Es que tienes celos? ¿No estás tú? Pues también queremos estar nosotros. El Maestro es de todos.

-Bien. Os lo decía porque os amo y quiero que sepáis lo que significa ser "discípulos", de forma que después no sea uno un desertor. Vamos entonces todos juntos a esperarlo a su casa. Se está empezando a poner el sol y comienza el sábado. Vendrá para pasarlo aquí antes de partir.

Y se dirigen, conversando, a la ciudad. Muchos hacen preguntas a Esteban y a Hermas (que ha llegado también); los israelitas ven a los dos con una luz especial por ser alumnos predilectos de Gamaliel.

Muchos preguntan:
-¿Pero qué dice Gamaliel de Él?», otros: « ¿Os ha dicho él que vinierais?», y otros: « ¿No le ha dolido perderos?», o: « ¿Y el Maestro qué dice del gran rabí?».
Los dos, pacientemente, responden:

-Gamaliel habla de Jesús de Nazaret como del hombre más grande de Israel.

-¿Más grande que Moisés? -dicen casi escandalizados.
-Dice que Moisés es uno de los muchos precursores del Cristo, pero que no es sino el siervo suyo.

-¿Entonces para Gamaliel es el Cristo? ¿Es esto lo que dice? Si dice eso el rabí Gamaliel, la cosa está clara: ¡es el Cristo!

-No dice eso. Todavía no es capaz de creerlo, por desgracia para él. Pero dice que el Cristo está ya en la Tierra porque habló con Él hace muchos años; él y el sabio Hil.lel. Espera una señal que aquel Cristo le prometió para reconocerlo -dice Hermas.

-¡Pero por qué creyó que aquél era el Cristo? ¿Qué hacía? Yo tengo tantos años como Gamaliel y no he oído nunca que en nuestra tierra alguien hiciera las cosas que el Maestro hace. Si no se convence con estos milagros, ¿qué vio de milagroso en aquel Cristo para poder creer en El?
-Vio que estaba ungido con la Sabiduría de Dios. Así dice -responde otra vez Hermas.

-¿Y entonces qué es éste para Gamaliel?

-El mayor de entre los hombres, maestro y precursor de Israel. Si pudiera decir: "Es el Cristo", quedaría salvada el alma sabia y justa de mi primer maestro -dice Esteban, y termina: «Y pido porque se cumpla esto cueste lo que cueste».

-Y si no cree que es el Cristo, ¿por qué os ha dicho que vinierais?

-Nosotros queríamos venir. Nos ha dejado venir, diciendo que estaba bien venir.

-Quizás para sacar informaciones y referírselas al Sanedrín… -insinúa uno.

-¿Qué dices? Gamaliel es una persona honesta. No espía al servicio de nadie, ¡y menos al servicio de los enemigos de un inocente! -reacciona inmediatamente Esteban (y tanto es su desdén, casi radiante santamente indignado, que parece un arcángel).

-De todas formas, le habrá dolido perderos -dice otro.
-Sí y no: como hombre que nos quería, sí; como espíritu muy recto, no. Porque dijo: "El es más que yo y más joven; por tanto podré cerrar los ojos en paz respecto a vuestro futuro, sabiendo que sois del Maestro de los maestros».

-¿Y Jesús de Nazaret qué dice del gran rabí?
-¡Sólo tiene para él palabras selectas!
-¿No le tiene envidia?

-Dios no envidia -dice Hermas en tono severo -No hagas suposiciones sacrílegas.

-¿Pero para vosotros entonces es Dios? ¿Estáis seguros?
Y los dos, a una sola voz:

-Como de que estamos vivos en este momento.
Y Esteban termina:

-Y os exhorto a que queráis creerlo también vosotros para obtener la verdadera Vida.

Están otra vez en la playa, que se ha transformado en plaza; la atraviesan para ir a la casa. En la puerta está Jesús acariciando a unos niños.

Discípulos y curiosos se aglomeran y preguntan:
-Maestro, ¿cuándo has venido?
-Hace unos momentos.

El rostro de Jesús presenta todavía esa majestuosidad solemne un poco extática de cuando ha orado mucho.
-¿Has estado en oración, Maestro? -pregunta Esteban en voz baja por reverencia (y, por el mismo motivo, tiene inclinado su cuerpo)

-Sí. ¿Qué te lo hace pensar, hijo mío? -pregunta Jesús mientras le pone, con una dulce caricia, la mano sobre su pelo oscuro.

-Tu rostro de ángel. Yo soy un pobre hombre, pero tu aspecto es tan límpido que en él se leen los latidos y acciones de tu espíritu.

-También el tuyo es límpido. Tú eres uno de esos que permanecen niños…
-¿Qué hay en mi rostro, Señor?

-Ven aparte y te lo digo -y lo toma de la muñeca y lo lleva a un pasillo oscuro. -Caridad, fe, pureza, generosidad, sabiduría. Te las ha dado Dios. Tú las has cultivado y las cultivarás más todavía. En fin, de acuerdo con tu nombre, tienes la corona: de oro puro con una gran gema que brilla en la frente. En el oro y en la gema hay dos palabras grabadas: "Predestinación" y "Primicia". Sé digno de tu destino, Esteban. Ve en paz con mi bendición. Y le pone nuevamente la mano en el pelo mientras Esteban se arrodilla para luego inclinarse y besar los pies de Jesús.

Vuelven adonde los demás.
-Esta gente ha venido para escucharte… -dice Felipe.
-Aquí no se puede hablar. Vamos a la sinagoga. Jairo se pondrá contento.

Jesús delante, detrás el cortejo de los demás, se encaminan hacia la bonita sinagoga de Cafarnaúm. Jesús es saludado por Jairo y luego entra. Ordena que todas las puertas queden abiertas para que los que no logren entrar puedan oírle desde la calle y la plaza, que están a los lados de la sinagoga.

Jesús va a su sitio, en esta sinagoga amiga en que hoy, por buena ventura, no están los fariseos (quizás se han puesto ya en marcha pomposamente hacia Jerusalén). Empieza a hablar.

-En verdad os digo: me buscáis no por escucharme y por los milagros que habéis visto, sino por el abundante pan que os he dado, gratis, con que saciar vuestra hambre. Las tres cuartas partes de vosotros por esto me buscabais, y por curiosidad, viniendo de todas las partes de nuestra patria. Es, pues, una búsqueda sin espíritu sobrenatural.

Domina el espíritu humano con sus curiosidades malsanas (o, al menos, de una imperfección infantil: no por ser curiosidad sencilla como la de los niños, sino deficiente cual la inteligencia de un obtuso mental). Y, con la curiosidad, quedan la sensualidad y el sentimiento viciado: la sensualidad, que se esconde, sutil como el demonio, de quien es hija, detrás de apariencias y en actos aparentemente buenos; el sentimiento viciado, que es simplemente una desviación morbosa del sentimiento y que, como todo aquello que es "enfermedad" necesita drogas, y tiende a ellas, drogas que no son el alimento sencillo (el buen pan, el agua buena, el aceite genuino, la leche pura) suficiente para vivir, y vivir bien. El sentimiento viciado quiere cosas extraordinarias para sentirse impresionado y sentir el estremecimiento placentero, el estremecimiento enfermo de los paralizados, que necesitan drogas para experimentar sensaciones con que creerse aún íntegros y vigorosos. La sensualidad que quiere satisfacer sin esfuerzo la gula (en este caso con el pan no sudado recibido por bondad de Dios).

Estos regalos de Dios no son lo habitual, sino lo extraordinario. No se pueden exigir. No se puede uno volver perezoso y decir: "Dios me los dará". Está escrito:

"Comerás el pan mojado con el sudor de tu frente", o sea, el pan ganado con el trabajo. Porque si Aquel que es Misericordia dijo: "Siento compasión de las turbas, que me siguen desde hace tres días y no tienen ya nada que comer y podrían desfallecer por el camino antes de llegar a Ippo, en la orilla del lago, o a Gamala o a otros ciudades", y proveyó a esta necesidad, no quiere ello decir que deba ser seguido por esto. A mí se me ha de seguir por mucho más que por un poco de pan, destinado a estiércol después de la digestión; no por el alimento que llena el vientre, sino por el que nutre al alma. Porque no sois sólo animales que deben rozar y rumiar, u hozar en el plato y engordar. ¡Sois almas! ¡Esto es lo que sois! La carne es la vestidura, el ser es el alma. Es el alma la que perdura. La carne, como todo vestido, se aja y acaba, y no merece la pena ocuparse de ella cual si fuere una perfección a la que hubiera que prestar todos los cuidados.

Buscad, pues, lo que es oportuno procurarse, no lo que no lo es. Tratad de procuraros no el alimento perecedero, sino el que permanece para la vida eterna. El Hijo del hombre os dará siempre este alimento, cuando lo queráis. Porque el Hijo del hombre tiene a su disposición todo lo que viene de Dios, y puede darlo, El, que es el dueño, magnánimo dueño, de los tesoros del Padre Dios, que ha imprimido en El su sello para que los ojos honestos no sean confundidos. Y, si tenéis en vosotros el alimento imperecedero, siendo nutridos con el alimento de Dios, podréis hacer obras de Dios.

¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? Observamos la Ley y los Profetas. Por tanto, ya nos nutrimos de Dios y hacemos obras de Dios.

Es verdad. Observáis la Ley; más exactamente: "conocéis" la Ley. Pero conocer no es practicar. Nosotros conocemos, por ejemplo, las leyes de Roma, y, no obstante, un fiel israelita no las practica sino en aquellas fórmulas impuestas por su condición de súbdito. Por lo demás, nosotros -hablo de los fieles israelitas -no practicamos las costumbres paganas de los romanos aunque las conozcamos. La Ley que todos vosotros conocéis, y los Profetas, debería, efectivamente, nutriros de Dios, y daros, por tanto, capacidad de realizar obras de Dios.

Pero, para hacer esto, debería haberse hecho unidad en vosotros, como sucede con el aire que respiráis y el alimento que asimiláis, que se transforman en vida y sangre. Sin embargo, os son extraños, a pesar de estar en vuestra casa, como lo es un objeto de la casa, que conocéis y os es útil pero que si un día faltara no os quitaría la existencia. Mientras que… ¡privaos unos minutos de respirar, o, durante muchos días, de comer, a ver qué sucede! Veréis que no podéis vivir. Pues así debería sentirse vuestro yo en la desnutrición y asfixia de una Ley y unos Profetas conocidos pero no asimilados y hechos unidad con vosotros. Yo he venido a enseñar y dar esto: la savia, el aire de la Ley y los Profetas; para procurar de nuevo sangre y respiro a vuestras almas agonizantes por inanición y asfixia. Sois semejantes a niños incapacitados, por una enfermedad, para distinguir aquello que puede nutrirlos.

Tenéis ante vosotros mucha abundancia de alimentos, pero no sabéis que deben ser ingeridos para transformarse en algo vital, o sea, que debemos hacerlos verdaderamente nuestros, con una fidelidad pura y generosa a la Ley del Señor, que habló a Moisés y a los Profetas por todos vosotros. Venir, pues, a mí para recibir aire y savia de Vida eterna es un deber. Pero este deber presupone en vosotros una fe. Porque si uno no tiene fe no puede creer en mis palabras, y si no cree no viene a decirme:

"Dame el verdadero pan". Y si no tiene el verdadero pan no puede hacer obras de Dios, no teniendo la capacidad de realizarlas. Por tanto, para nutriros de Dios y realizar obras de Dios es necesario que realicéis la obra-base, que es ésta: creer en Aquel que Dios ha enviado.

-Bien, ¿pero qué milagros haces para que podamos creer en ti como en el Enviado de Dios, y para que podamos ver en ti el sello de Dios? ¿Qué haces Tú que ya -aunque de forma menor -no hayan hecho los Profetas? Moisés incluso te superó, porque durante cuarenta años, y no sólo alguna que otra vez, nutrió con maravilloso alimento a nuestros padres. Así está escrito: que nuestros padres, durante cuarenta años, comieron el maná en el desierto; y está escrito que, por eso, Moisés -él, que podía dárselo -les dio de comer pan bajado del cielo.

-Estáis en un error. No Moisés, sino el Señor, pudo hacer eso. En el Éxodo se lee: "Mira: haré llover pan del cielo.

Que el pueblo salga y recoja la cantidad suficiente cada día; así probaré si el pueblo camina según mi ley. Y que el sexto día recoja el doble, por respeto al séptimo día, que es el sábado". Y los hebreos vieron que el desierto se cubría cada mañana de aquella "cosa menuda, como algo machacado en el mortero, semejante a la escarcha de la tierra, semejante a la semilla de cilantro, con agradable sabor a flor de harina mezclada con miel".

Así pues, no fue Moisés, sino Dios, quien proporcionó el maná. Dios, que todo lo puede. Todo. Castigar y bendecir.

Privar de algo y concederlo. Y os digo que de estas dos cosas prefiere siempre bendecir y conceder, antes que castigar o negar.

Dios, como dice la Sabiduría, por amor a Moisés -de quien el Eclesiástico dice que era "amado de Dios y de los hombres, de bendita memoria, hecho por Dios semejante en gloria a los santos, grande y terrible para los enemigos, capaz de suscitar prodigios y poner fin a ellos, glorioso delante de los reyes, ministro suyo ante su pueblo, conocedor de la gloria de Dios y de la voz del Altísimo, custodio de los preceptos y de la Ley de vida y ciencia" -, Dios, decía, por amor a Moisés, alimentó a su pueblo con el pan de los ángeles; le dio un pan que bajaba del cielo, ya bien hechito, sin necesidad de trabajo, y que contenía todas las delicias, todas las suavidades de sabor. Y -tened bien presente lo que dice la Sabiduría -, y, como venía del Cielo, de Dios, y revelaba su dulzura hacia sus hijos, para cada uno tenía el sabor que cada uno quería, y en cada uno producía los efectos deseados: era útil tanto al niño, con su estómago todavía imperfecto, como al adulto, con su apetito y digestión vigorosos; tanto a la niña delicada, como al anciano caduco.

Y también, para testificar que no era obra de hombre, subvirtió las leyes de los elementos, de forma que resistió al fuego ese misterioso pan que cuando salía el sol se derretía como escarcha. 0 más exactamente: el fuego -sigue diciendo la Sabiduría -olvidó su propia naturaleza por respeto a la obra de Dios su Creador y a las necesidades de los justos de Dios; de forma que, mientras que lo que normalmente hace es inflamarse para consumir, aquí se hizo suave para hacer el bien a los que confiaban en el Señor.

Por eso entonces, transformándose todo, sirvió a la gracia del Señor que a todos sustentaba, según la voluntad de quien oraba al Eterno Padre, para que sus hijos amados aprendieran que no es la reproducción de los frutos lo que alimenta a los hombres, sino que es la palabra del Señor la que conserva a quien cree en Dios. Efectivamente, el fuego no consumió -como habría podido -el suave maná, a pesar de que la llama era alta y viva, mientras que bastaba para derretirlo el suave sol de la mañana; para que los hombres recordaran y aprendieran que deben buscar los dones de Dios desde el principio de la jornada y de la vida, y que, para recibirlos, es necesario adelantarse a la luz, y erguirse para alabar al Eterno desde el rayar del día.

Esto les enseñó el maná a los hebreos. Yo os lo recuerdo porque es un deber que permanece, y permanecerá, hasta el final de los siglos. Buscad al Señor y sus dones celestes, sin ser perezosos, hasta las postreras horas del día o de la vida. Levantaos para alabarlo antes incluso de que lo haga el naciente sol; alimentaos con su palabra, que conserva, preserva y conduce a la Vida verdadera.

No fue Moisés el que os dio el pan del Cielo; en verdad, fue el Padre Dios el que lo dio; y ahora, verdad de las verdades, es mi Padre el que os da el verdadero Pan, el Pan nuevo, el Pan eterno que baja del Cielo, el Pan de misericordia, de Vida, el Pan que da al mundo la Vida, que calma toda hambre y elimina toda flaqueza, el Pan que da, a quien lo toma, la Vida eterna y la eterna alegría.
-Danos, Señor, ese pan, y ya no moriremos.

-Vosotros moriréis como muere todo hombre. Pero, si os alimentáis santamente con este Pan, resucitaréis para Vida eterna, porque hace incorruptible a quien lo come.

Respecto a dároslo, será dado a quienes se lo piden a mi Padre con puro corazón, recta intención y santa caridad. Por eso he enseñado a decir: "Danos el pan cotidiano".

Pero los que se nutran indignamente con este Pan vendrán a ser un hervidero de gusanos infernales, como los gomor de maná conservados en contra de la orden recibida. Ese Pan de salvación y vida se transformará para ellos en muerte y condena. Porque el sacrilegio más grande lo cometerán aquellos que pongan ese Pan en una mesa espiritual corrompida y fétida, o lo profanen mezclándolo con la sentina de sus incurables pasiones. ¡Más les valdría no haberlo tomado nunca!

-¿Pero dónde está este Pan? ¿Cómo se halla? ¿Qué nombre tiene?

-Yo soy el Pan de Vida. En mí se halla. Su nombre es Jesús. Quien viene a mí no tendrá ya hambre, y quien cree en mí no tendrá ya sed, porque los ríos celestes verterán sobre él sus aguas y extinguirán toda sed material. Ya os lo he dicho. Ya me habéis conocido. Y, a pesar de todo, no creéis. No podéis creer que todo está en mí. Y, sin embargo, es así. En mí están todos los tesoros de Dios.

Todas las cosas de la tierra me han sido dadas. De forma que en mí se reúnen el glorioso Cielo y la tierra militante; e incluso está en mí la masa, la que purga y espera, de los muertos en gracia de Dios. Porque todo poder está en mí y a mí me es dado todo poder. Y os digo que todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y no rechazaré a quien venga a mí, porque he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la de Aquel que me ha enviado.

Y la voluntad del Padre mío, del Padre que me ha enviado, es ésta: que no pierda ni siquiera uno de los que me ha dado, sino que los resucite en el último día. Ahora bien, la voluntad del Padre que me ha enviado es que todo el que conoce al Hijo y cree en Él tenga la Vida eterna y Yo lo pueda resucitar en el Ultimo Día, viéndolo nutrido de la fe en mí y signado con mi sello.

Se oye no poco rumor en la sinagoga y fuera de ella por las nuevas e intrépidas palabras del Maestro, el cual, tras un momento para recuperar el aliento, vuelve sus ojos centelleantes de arrobamiento hacia el lugar donde más se murmura (son exactamente los grupos en que hay judíos). Reanuda su discurso.

-¿Por qué murmuráis entre vosotros? Sí, Yo soy el Hijo de María de Nazaret, hija de Joaquín de la estirpe de David, virgen consagrada en el Templo, luego casada con José de Jacob, de la estirpe de David. Muchos de vosotros conocieron a los justos que dieron vida a José, carpintero regio, y a María, virgen heredera de la estirpe regia. Por ello murmuráis: "¿Cómo puede éste decir que ha bajado del Cielo?" y surge en vosotros la duda.

Os recuerdo a los Profetas, sus profecías sobre la Encarnación del Verbo. Os recuerdo también cómo -más para nosotros israelitas que para cualquier otro pueblo --, es dogmático que Aquel que no osamos nombrar no podía darse una Carne según las leyes de la humanidad, y de una humanidad, además, caída. El Purísimo, el Increado, si se ha humillado haciéndose Hombre por amor al hombre, no podía sino elegir un seno de Virgen más pura que las azucenas para revestir de Carne su Divinidad.

E1 pan bajado del Cielo en tiempos de Moisés fue depositado en el arca de oro cubierta por el propiciatorio, custodiada por los querubines, tras los velos del Tabernáculo. Y con el pan estaba la Palabra de Dios. Así debía ser, porque debe prestarse sumo respeto a los dones de Dios y a las tablas de su santísima Palabra.

Pues bien, ¿qué habrá preparado entonces Dios para su misma Palabra y para el Pan verdadero venido del Cielo? Un arca más inviolada y preciosa que el arca de oro, y cubierta con el precioso propiciatorio de su pura voluntad de inmolación, custodiada por los querubines de Dios, velada tras el velo de un candor virginal, de una humildad perfecta, de una caridad sublime, de todas las más santas virtudes.

¿Entonces? ¿No comprendéis todavía que mi paternidad está en el Cielo y que, por tanto, de allí vengo? Sí, Yo he bajado del Cielo para cumplir el decreto de mi Padre, el decreto de salvación de los hombres, según cuanto prometió en el momento mismo de la condena y repitió a los Patriarcas y Profetas.

Pero esto es fe. Y la fe la da Dios a quien tiene una disposición de buena voluntad. Por tanto, nadie puede venir a mí si mi Padre no lo trae, viéndolo en las tinieblas pero rectamente deseoso de luz. Está escrito en los Profetas: "Serán todos adoctrinados por Dios". Está escrito. Es Dios quien les enseña a dónde ir para ser instruidos en orden a Dios. Todo aquel, pues, que ha oído, en el fondo de su espíritu recto, hablar a Dios ha aprendido del Padre a venir a mí.

-¿Y quién puede haber oído a Dios o haber visto su Rostro? -preguntan no pocos de los presentes, y empiezan a dar señales de irritación y de escándalo. Y terminan: «0 deliras o eres un iluso».

-Nadie ha visto a Dios excepto Aquel que viene de Dios. Éste ha visto al Padre. Éste soy Yo.
Y ahora escuchad el "credo" de la vida futura, sin el cual ninguno se puede salvar.

En verdad, en verdad os digo que quien cree en mí tiene la Vida eterna. En verdad, en verdad os digo que Yo soy el Pan de la Vida eterna.

Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Porque el maná era un alimento santo pero temporal, y daba la vida en la medida necesitada para llegar a la tierra prometida por Dios a su pueblo. Mas el Maná que Yo soy no tendrá límites ni de tiempo ni de poder. No sólo es celeste, es divino; produce aquello que es divino: la incorruptibilidad, la inmortalidad de cuanto Dios ha creado a su imagen y semejanza.

Este Maná no durará sólo cuarenta días, cuarenta meses, cuarenta años, cuarenta siglos. Durará mientras dure el tiempo, y será dado a todos aquellos que tengan hambre de él, hambre santa y grata al Señor, que exultará dándose sin medida a los hombres por quienes se ha encarnado, para que tengan la Vida que no muere.

Yo puedo darme, puedo transubstanciarme por amor a los hombres, para que el pan sea Carne y la Carne sea Pan, para saciar el hambre espiritual de los hombres, que sin este Alimento morirían de hambre y enfermedades espirituales. Pero el que coma de este Pan con justicia vivirá eternamente. El pan que Yo daré será mi Carne inmolada para la vida del mundo, será mi Amor distribuido en las casas de Dios para que a la mesa del Señor se acerquen todos los que aman o son infelices, y encuentren la satisfacción de su necesidad de unirse con Dios o de sentir aliviada su pena.

-¿Pero cómo puedes darnos de comer tu carne? ¿Por quién nos has tomado? ¿Por fieras sanguinarias?, ¿por salvajes?, ¿por homicidas? Nos repugna la sangre y el delito.

-En verdad, en verdad os digo que muchas veces el hombre es peor que una fiera, y que el pecado hace al hombre más que salvaje, que el orgullo provoca sed homicida y que no a todos los presentes les repugnará ni la sangre ni el delito. Y también en el futuro el hombre será así, porque Satanás se pone ferino con la sensualidad y el orgullo.

Por tanto, más necesidad que nunca tiene y tendrá el hombre de eliminar de sí los terribles gérmenes con la infusión del Santo. En verdad, en verdad os digo que si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre no tendréis en vosotros la Vida.

Quien come dignamente mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida eterna y Yo lo resucitaré en el último Día. Porque mi Carne es verdaderamente Comida y mi Sangre es verdaderamente Bebida.

El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y Yo en él. Como el Padre que vive me envió, y Yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí e irá a donde lo envíe, y hará lo que Yo deseo; vivirá austero como hombre, ardiente como serafín; será santo, porque para poder nutrirse de mi Carne y de mi Sangre se prohibirá a sí mismo los pecados y vivirá ascendiendo para acabar su ascensión a los pies del Eterno.

-¡Pero éste está desquiciado! ¿Quién puede vivir así? En nuestra religión sólo el sacerdote debe ser purificado para ofrecer la víctima. Aquí Él quiere hacer de cada uno de nosotros una víctima de su demencia. ¡Esta doctrina es demasiado penosa y este lenguaje es demasiado duro! ¿Quién puede escuchar esto y practicarlo? -murmuran los presentes, y muchos son de los ya reputados discípulos.

La gente desaloja el lugar haciendo comentarios. Y muy mermadas aparecen las filas de los discípulos cuando se quedan solos en la sinagoga el Maestro y los más fieles.

No los cuento, pero digo que, a ojo de buen cubero, no sé si llegarán a cien. Es decir que la defección ha debido ser abundante incluso en las filas de los antiguos discípulos que ya estaban al servicio de Dios.

Entre los que quedan están los apóstoles, el sacerdote Juan y el escriba Juan, Esteban, Hermas, Timoneo, Hermasteo, Ágapo, José, Salomón, Abel de Belén de Galilea y Abel el que fue leproso de Corazín, con su amigo Samuel, Elías (el que dejó de enterrar a su padre por seguir a Jesús), Felipe de Arbela, Aser e Ismael de Nazaret, y otros que no conozco de nombre. Todos éstos hablan en voz baja entre sí, comentando la defección de los otros y las palabras de Jesús, que está pensativo, con los brazos cruzados y apoyado en un alto ambón.

-¿Y os escandalizáis de lo que he dicho? ¿Y si os dijera que veréis un día al Hijo del hombre subir al Cielo adonde estaba antes y sentarse al lado del Padre? ¿Qué habéis entendido, absorbido, creído hasta ahora? ¿Con qué habéis escuchado y asimilado? ¿Sólo con vuestra humanidad?

Es el espíritu lo que vivifica y tiene valor. La carne nada aprovecha. Mis palabras son espíritu y vida; hay que oírlas y comprenderlas con el espíritu para que den vida.

Pero muchos de vosotros tienen muerto el espíritu porque no tienen fe. Muchos de vosotros no creen con verdad. Inútilmente permanecen conmigo. No recibirán Vida, sino Muerte. Porque están, como he dicho al principio, o por curiosidad o por humano gusto, o, peor, con fines todavía más indignos. No los trae el Padre como premio a su buena voluntad, sino Satanás. En verdad, ninguno puede venir a mí si no le es concedido por mi Padre. Marchaos, sí, vosotros que permanecéis a duras penas porque humanamente os avergonzáis de abandonarme pero sentís más vergüenza aún de estar al servicio de Uno que os parece "loco y duro". Marchaos. Mejor lejos que aquí para perjudicar.

Y muchos otros se separan del grupo de los discípulos (entre ellos el escriba Juan y Marcos, el geraseno endemoniado que había sido curado mandando los demonios a los cerdos). Los discípulos buenos se consultan y corren tras estos renegados tratando de pararlos.

En la sinagoga están ahora Jesús, el arquisinagogo y los apóstoles…

Jesús se vuelve a los doce -que, apesadumbrados, están en un rincón -y dice: -¿Queréis marcharos también vosotros?

Lo dice sin acritud, sin tristeza, pero sí con mucha seriedad.

Pedro, con ímpetu doloroso, le dice:
-Señor, ¿y a dónde quieres que vayamos? ¿Con quién? Tú eres nuestra vida y nuestro amor. Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos conocido que eres el Cristo, Hijo de Dios. Si quieres, recházanos. Pero nosotros, por nosotros, no te dejaremos, ni aunque… ni aunque dejaras de amarnos… -y Pedro llora quedo, con grandes lagrimones…

También Andrés, Juan, las dos hijas de Alfeo, lloran abiertamente. Los otros, pálidos o rojos por la emoción, no lloran, pero sufren visiblemente.

-¿Por qué habría de rechazaros? ¿No os he elegido Yo a vosotros doce?…

Jairo, prudentemente, se ha retirado para dejar a Jesús que conforte o reprenda a sus apóstoles. Jesús, notando su silencioso alejamiento, sentándose abatido, como si la revelación que hace le costase un esfuerzo superior a lo que puede hacer, cansado, disgustado, apenado, dice:
-Y, sin embargo, uno de vosotros es un demonio.

La frase cae lenta, terrible, en la sinagoga en que la única cosa alegre es la luz de las muchas lámparas… y ninguno se atreve a decir nada. Pero se miran unos a otros con pávido horror, angustiosamente inquisitivos; y cada uno, con un interrogante aún más angustioso e íntimo, se examina a sí mismo…

Pasa un tiempo en que ninguno se mueve. Jesús está ahí, solo, en su asiento, con las manos cruzadas encima de las rodillas y la cara baja. La alza, en fin, y dice:
-Venid. ¡No me he vuelto leproso! ¿O creéis que lo soy?…

Entonces Juan corre adelante, se enrosca a su cuello y dice:

-Contigo entonces en la lepra, mi único amor. Contigo en la condena, contigo en la muerte, si crees que te espera eso…

Pedro se arrastra hasta sus pies, los toma y los pone encima de sus hombros y dice entre singultos:

-¡Aquí, aprieta, pisa! Pero evita que piense que desconfías de tu Simón.

Los otros, viendo que Jesús acaricia a los dos primeros, se acercan y besan a Jesús en el vestido, en las manos, en el pelo… Sólo Judas Iscariote osa besarle en la cara.

Jesús se levanta de repente, y su reacción es tan improvisa que casi lo aparta bruscamente, y dice:

Vamos a casa. Mañana por la noche partiremos con las barcas hacia Ippo.

Categorías