por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Veo un lugar que ciertamente no es llanura -no es tampoco montaña: hay unos montes a oriente, pero bastante lejanos; luego hay un pequeño valle y otras elevaciones más bajas y planas: planicies elevadas, herbosas -. Parecen los primeros relieves de un sistema de colinas. El terreno es más bien adusto y carente de árboles. Puede verse algo de hierba, corta y rala, diseminada por el terreno pedregoso.
Acá o allá algún que otro matojo muy bajo de plantas espinosas. Hacia occidente el horizonte se abre amplio y luminoso. No veo nada más, en cuanto a paisaje.
Es todavía de día, pero yo diría que declina la tarde, porque el poniente está rojo, por el ocaso, mientras que los montes de oriente están ya violáceos con la luz que se hace crepuscular: un comienzo de crepúsculo, que hace más negras las hendeduras profundas y pone apenas violeta las partes más elevadas.
Jesús está erguido encima de una voluminosa piedra. Habla a mucha, a muchísima gente que está esparcida por el páramo. Los discípulos lo circundan. El, sobrepujando en altura, porque su pedestal lo eleva, domina la muchedumbre de todas las edades y condiciones que está en torno a Él.
Debe haber realizado milagros, pues oigo que dice:
-No a mí, sino al que me ha enviado, debéis ofrecer alabanza y gratitud. Y la alabanza no es la que sale, como el sonido del viento, de labios distraídos; es la que sale del corazón y es el sentimiento verdadero de vuestro corazón. Ésta es la alabanza que le es grata a Dios. Los curados amen al Señor con un amor de fidelidad; y así también los parientes de los curados.
No hagáis mal uso del don de la salud recuperada. Tened más miedo de las enfermedades del corazón que de las del cuerpo. Y no queráis pecar. Porque todo pecado es una enfermedad. Y las hay que pueden acarrear la muerte.
Así pues, vosotros que ahora exultáis, no destruyáis la bendición de Dios con el pecado. Cesaría vuestro júbilo, porque las malas acciones quitan la paz, y donde no hay paz no hay júbilo. Antes al contrario, sed santos. Sed perfectos como el Padre vuestro quiere. Lo quiere porque os ama, y a los que ama quiere darles un Reino. Mas en su Reino santo sólo entran aquellos a quienes la fidelidad a la Ley hace perfectos.
La paz de Dios sea con vosotros.
Y Jesús calla. Recoge sobre el pecho los brazos y con los brazos así, observa a la muchedumbre que tiene alrededor. Luego mira en torno a sí. Alza los ojos al cielo sereno, que se está oscureciendo al menguar la luz. Piensa. Baja de su roca. Habla a los discípulos. -Siento compasión de esta gente. Me siguen desde hace tres días. No tienen ya provisiones. Estamos lejos de todos los lugares habitados.
Temo que los más débiles sufran demasiado si los despido sin alimentarlos.
-¿Y cómo quieres resolverlo, Maestro? Tú mismo dices que estamos lejos de todo centro habitado. ¿Dónde encontrar pan en este lugar desierto? ¿Y quién nos daría tanto dinero como para comprarlo para todos?
-¿No tenéis nada vosotros ahí?
-Tenemos unos pocos peces y algún pedazo de pan. Las sobras de nuestra comida. No es suficiente para nadie. Si se lo das a los más cercanos se produce una revolución. Nos privas a nosotros y no haces un bien a nadie.
Es Pedro el que habla.
-Traedme todo lo que tenéis.
Traen, dentro de una cesta pequeña, siete pedazos de pan. No son ni siquiera panes enteros. Parecen gruesas rebanadas cortadas de hogazas grandes. Los pececillos… un puñado de pobres animalitos chamuscados por la llama.
-Encargaos de que esta muchedumbre se siente en corros de cincuenta y que estén quietos y callados si quieren comer.
Los discípulos, parte subiendo encima de piedras, parte circulando entre la gente, se afanan, solícitos, para poner el orden que ha pedido Jesús. Con empeño, lo consiguen. Algún niño lloriquea porque tiene hambre y sueño, algún otro gimotea porque, para hacerle obedecer, su mamá, o algún otro pariente, le ha administrado un bofetón.
Jesús toma los panes, no todos, naturalmente: dos, uno en cada mano, y los ofrece; luego los deposita en la cesta y los bendice. Toma los pececillos (son tan pocos, que caben casi todos en la concavidad de sus largas manos), los ofrece también, los deposita y también los bendice.
-Y ahora tomad, circulad por entre la muchedumbre y dad a cada uno con abundancia.
Los discípulos obedecen.
Jesús, de pie, erguido, blanca figura que sobresale en medio de este pueblo de personas sentadas en vastos círculos que cubren toda la planicie, observa y sonríe.
Los discípulos se alejan cada vez más, y dan sin cesar, y la cesta siempre está llena de comida. La gente come mientras llega la noche, y hay un gran silencio y una gran paz.
Dice Jesús (a María Valtorta):
-He aquí otra cosa que molestará a los doctores difíciles: cómo aplico esta visión evangélica. No te propongo meditar en mi poder y bondad, ni en la fe y obediencia de los discípulos. Nada de esto. Quiero que veas la analogía del episodio con la obra del Espíritu Santo.
Mira: Yo ofrezco mi palabra, todo aquello que podéis comprender y, por tanto, asimilar como alimento del alma. Pero la fatiga y el tedio os han vuelto tan tardos, que no podéis asimilar todo el alimento que hay en mi palabra. Os haría falta mucha, mucha, mucha. Pero no sabéis recibir mucha. ¡Estáis tan pobres de fuerzas espirituales! Os pesa sin daros ni sangre ni fuerza.
He aquí que entonces el Espíritu obra el milagro para vosotros. El milagro espiritual de la multiplicación de la Palabra. Os ilumina -y por tanto, la multiplica -todos sus más recónditos significados, de forma que vosotros, sin cargaros con un peso que os aplastaría sin fortaleceros, os nutrís de ella, de forma que ya no caéis, quebrantados, en el desierto de la vida.
¡Siete panes y pocos peces!
Prediqué durante tres años, y, como dice mi amado Juan, "si se escribieran todas las palabras que dije y los milagros que llevé a cabo para daros un alimento abundante, capaz de llevaros sin debilidades hasta el
Reino, no bastaría la Tierra para contener los volúmenes".
Pero, aunque se hubiera hecho esto, no habríais podido leer una mole tan grande de libros. ¡No leéis ni siquiera, como deberíais lo poco que de mí se ha escrito!… Lo único que deberíais conocer, como conocéis las palabras más necesarias desde la más tierna edad.
Y entonces el Amor viene y multiplica. También Él, Uno conmigo y con el Padre, siente "compasión de vosotros que morís de hambre" y, con un milagro que se repite desde siglos, dobla, decuplica, centuplica los significados, las luces, el alimento de todas mis palabras. Y así tenéis un tesoro sin fondo de celeste alimento que la Caridad os ofrece. Extraed de él sin miedo. Cuanto más extraiga vuestro amor de ese tesoro, éste, fruto del Amor, ampliará más su afluencia.
Dios no conoce límites en sus riquezas ni en sus posibilidades. Vosotros sois relativos, Él no. Es infinito. En todas sus obras. También en ésta, o sea, en poderos dar en cada momento, en cada cosa que sucede, aquellas luces que necesitáis en ese determinado instante.
Y, de la misma forma que el día de Pentecostés, el Espíritu derramado sobre los apóstoles hizo la palabra de éstos comprensible pan: Partos, Medas, Escitas, Capadocios, Pónticos y Frigios, y, como lengua natal, para Egipcios y Romanos, Griegos y Libios; de la misma forma, os consolará si lloráis, os dará consejo si pedís, compartirá vuestra alegría si estáis alegres, con la misma Palabra.
Porque, verdaderamente, si el Espíritu os manifiesta: "Ve en paz,, no quieras pecar", esta frase significa premio para quien no ha pecado, ánimo para el que todavía es débil pero no quiere pecar, perdón para el culpable que se arrepiente, reprensión no sin misericordia para aquel que no tiene más que un barrunto de arrepentimiento. Y es sólo una frase, y de las más sencillas.
¡Y cuántas hay en mi Evangelio! Cuántas que, como capullos de flor que después de un aguacero y un sol abrileño se abren para poblar la rama en que había uno sólo florecido, y la cubren por entero, para gozo de quien los mira, se abren en nosotros con su espiritual perfume para atraernos hacia el Cielo. Descansa, ahora. La paz del Amor esté contigo.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Y justo mientras se incendian el cielo y el lago por el fuego del ocaso, regresan hacia Cafarnaúm. Están contentos. Vienen hablando unos con otros. Jesús habla poco, pero sonríe. Hacen la observación de que, si el mensajero hubiera sido más preciso, habrían podido ahorrar camino. Pero también dicen que la fatiga ha merecido la pena, porque un grupo de hijos de tierna edad ha recuperado a su padre sano, cuando ya se estaba enfriando por la cercana muerte; y también porque ya no están sin un mínimo de dinero.
-Ya os había dicho que el Padre proveería a todo -dice Jesús.
-¿Y es un antiguo amante de María de Magdala? -pregunta Felipe.
-Parece… Según lo que nos han dicho… -responde Tomás.
-¿A ti, Señor, que te dijo el hombre? -pregunta Judas de Alfeo.
Jesús sonríe evasivamente.
-Yo lo he visto más de una vez con ella cuando iba a Tiberíades con amigos. Esto es cierto -afirma Mateo.
-¡Venga hombre, hermano, condesciende a nuestra pregunta!… ¡El hombre te pidió sólo la salud o también ser perdonado? -pregunta Santiago de Alfeo.
-¡Qué pregunta más sin sentido! ¿Pero cuándo el Señor no exige arrepentimiento para conceder una gracia? -dice Judas Iscariote con mucho desdén hacia Santiago de Alfeo.
-Mi hermano no ha dicho una estupidez. Jesús cura, o libera, y luego dice: "Ve y no peques más" -le responde Judas Tadeo.
-Porque ve ya el arrepentimiento en los corazones -rebate Judas Iscariote.
-En los endemoniados no hay arrepentimiento ni voluntad de ser liberados. Lo cual no lo ha demostrado sólo uno. Recuerda todos los casos y verás que o huían o arremetían como enemigos, o por lo menos intentaban una o la otra cosa, y si no lo llevaban a cabo era sólo porque se lo impedían sus parientes -replica Judas Tadeo.
-Y por el poder de Jesús añade el Zelote.
-Pero en ese caso Jesús tiene en cuenta la voluntad de los parientes, que representan la voluntad del endemoniado, el cual, si no estuviera impedido por el demonio, desearía la liberación.
-¡Cuántas sutilezas! ¿Y para los pecadores entonces? Me da la impresión de que usas la misma fórmula, aunque no sean endemoniados -dice Santiago de Zebedeo.
-A mí me dijo: "Sígueme", y no le había dicho todavía ni una palabra respecto a mi estado» observa Mateo.
-Pero te la veía en el corazón -dice el Iscariote, que quiere tener siempre razón, a toda costa.
-¡Bueno, bien! Pero ese hombre, que según la opinión general era un gran lujurioso y un gran pecador, no endemoniado, o, mejor, no poseído -porque un demonio, con los pecados que tenía ese hombre, lo debía tener por maestro, si no incluso por posesor -, moribundo, etc. etc., ¿qué ha pedido?, en definitiva. Estamos paseando por las nubes, me parece… Estamos en la primera pregunta -dice Pedro.
Jesús condesciende a su deseo:
-Ese hombre ha querido estar solo conmigo para poder hablar con libertad. Lo primero que ha expuesto no ha sido su estado de salud… sino el de su espíritu. Ha dicho:
"Estoy muriendo, pero no cuanto he hecho creer a los demás para poderte tener pronto. Necesito tu perdón para sanar.
Pero me basta tu perdón. Si no me curas, me resignaré. Lo he merecido. Lo que te pido es que salves mi alma" y me ha confesado sus muchos pecados. Una nauseante cadena de pecados…
Jesús dice esto, pero su rostro resplandece de alegría.
-¿Y sonríes, Maestro? ¡Me sorprende! -observa Bartolomé.
-Sí, Bartolmái. Sonrío. Porque esos pecados ya no existen, y porque junto con los pecados he sabido el nombre de la redentora. En este caso el apóstol ha sido una mujer.
-¡Tu Madre! -dicen bastantes.
Otros:
-¡Juana de Cusa! Si él iba a menudo a Tiberíades, quizás la conoce.
Jesús menea la cabeza.
Le preguntan:
-¿Entonces quién?
-María de Lázaro -responde Jesús.
-¿Ha venido aquí? ¿Por qué sin que la viéramos ninguno de nosotros?
-No ha venido. Ha escrito a su antiguo compañero de pecado. He leído las cartas. Todas suplican lo mismo: escucharla, redimirse como ella se ha redimido, seguirla en el Bien como la había seguido en el pecado, y, con palabras de lágrimas, esas cartas le ruegan que alivie el alma de María del remordimiento de haber seducido su alma.
Y lo ha convertido. Tanto, que se había aislado en su campiña para vencer las tentaciones de las ciudades. La enfermedad, más de remordimiento del alma que física, ha acabado de prepararlo a la Gracia. Eso es. ¿Estáis contentos ahora? ¿Comprendéis ahora por qué sonrío?
-Sí, Maestro -dicen todos.
Y luego, viendo que Jesús alarga el paso como para aislarse, se ponen a conversar en tono bajo entre sí…
Están a la vista de Cafarnaúm cuando, en la confluencia del camino que han recorrido ellos con el que bordea el lago viniendo de Magdala, se cruzan con los discípulos, que han venido a pie, evangelizando desde Tiberíades.
Todos, menos Margziam, los pastores y Manahén, que han ido desde Nazaret hacia Jerusalén con las mujeres. Es más, los discípulos han aumentado, por algún otro que se ha unido a ellos de retorno de la misión y que trae consigo nuevos prosélitos de la doctrina cristiana.
Jesús los saluda dulcemente. Pero enseguida se vuelve a aislar en una meditación y oración profundas, unos pasos más adelante que ellos.
Los apóstoles, por su parte, se unen al grupo de los discípulos, especialmente con los más influyentes, o sea, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan, Juan el escriba, Timoneo, José de Emaús, Hermasteo (que por lo que entiendo vuela en el camino de la perfección), Abel de Belén de Galilea, cuya madre va al final del nutrido grupo con otras; mujeres. Y discípulos y apóstoles se intercambian preguntas y respuestas sobre las cosas acaecidas desde que se dejaron. Así, se habla de la curación y conversión de hoy, y del milagro del estáter en la boca del pez… Esto, por las causas que lo han originado, suscita grandes comentarios, que se propagan de fila en fila cual fuego aplicado a pajas secas…
Veo, andando por un camino, a Jesús, seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos.
Se entrevé poco lejano el lago de Galilea, resplandeciente, todo sereno y azul, bajo un lindo sol de primavera o de otoño (porque no es un sol violento como el de verano). Pero me inclinaría a pensar que es primavera, porque la naturaleza se ve muy fresca, sin esos tonos dorados y cansinos del otoño.
Parece que, acercándose la noche, Jesús se está retirando a la casa que lo hospeda; parece que se dirige, por tanto, al pueblo que se ve ya aparecer. Jesús, como hace frecuentemente, va unos pasos más adelante de los discípulos; dos o tres, no más: lo suficiente como para poder aislarse en sus pensamientos, necesitado de silencio después de una jornada de evangelización. Camina absorto. Lleva en la mano derecha una ramita verde, que, sin duda, ha arrancado de alguna mata, y con ella golpea levemente, ensimismado, las hierbas del ribazo.
Por el contrario, los discípulos, detrás de Él van hablando animadamente. Evocan los episodios de la jornada y no son demasiado delicados al sopesar los defectos o bribonadas ajenos. Todos, más o menos, critican el hecho de que los de la recaudación del tributo al Templo hayan querido que Jesús les pagara.
Pedro, siempre vehemente, define el hecho como un sacrilegio, porque el Mesías no está obligado a pagar el tributo:
-Esto es como pretender que Dios se pague a sí mismo ̿ dice -Y no es justo. Y si lo que pasa es que creen que no es el Mesías, pues entonces ya es un sacrilegio.
Jesús se vuelve un momento y dice:
-¡Simón, Simón, muchos habrá que duden de mí! Incluso de los que se creen seguros e inquebrantables en la fe en mí. No juzgues a los hermanos, Simón. Júzgate, siempre primero a ti mismo.
Judas, con una sonrisita irónica, dice al humillado Pedro que ha agachado la cabeza: -Ésta es para ti. Por ser el más anciano siempre quieres hablar como un doctor. ¿Quién ha dicho que a uno lo juzguen los méritos por la edad? Entre nosotros hay quien te supera en saber y en poder social.
Se enciende una disputa sobre los respectivos méritos: quién se jacta de ser uno de los primeros discípulos, quién apoya su tesis de preferencia en que para seguir a Jesús ha dejado un puesto influyente, quién dice que ninguno tiene tantos derechos como él porque ninguno se ha convertido tanto a sí mismo como él al pasar de publicano a discípulo. La disputa se alarga, y, si no temiera ofender a los apóstoles, diría que asume el tono de una verdadera discusión.
Jesús se abstrae de ello. Da la impresión de no oír ya nada. Mientras tanto, han llegado a las primeras casas del pueblo, que sé que es Cafarnaúm. Jesús prosigue, y los otros detrás discutiendo todavía.
Un niño pequeño, de unos siete u ocho años, viene tras Jesús corriendo y dando brincos. Adelanta al grupo vocinglero de los apóstoles. Es un niño guapo, de cabellos castaño oscuro muy rizados, cortos. En su faz morena tiene dos ojitos negros e inteligentes. Llama: confidencialmente al Maestro como si lo conociera bien.
-Jesús dice -¿me dejas ir contigo hasta tu casa?
-¿Tu mamá lo sabe? -pregunta Jesús, mirándolo con una sonrisa buena.
-Lo sabe.
-¿De verdad?
Jesús, aunque sigue sonriendo, mira con una mirada penetrante.
-Sí, Jesús, de verdad.
-Entonces ven.
El niño da un salto de alegría, y agarra la mano izquierda que Jesús le tiende. ¡Con qué amorosa confianza el niño mete su manita morena en la larga mano de mi Jesús! ¡Quisiera hacer lo mismo yo!
-Cuéntame una parábola bonita, Jesús -dice el niño, que va dando saltitos al lado de Jesús y mirándolo de abajo arriba con una carita resplandeciente de alegría.
También Jesús lo mira con una alegre sonrisa que le entreabre la boca sombreada por el bigote y la barba rubio-roja, que el sol enciende como si fuera de oro; los ojos de zafiro oscuro le ríen de alegría mientras mira al niño.
-¿Y qué vas a hacer con la parábola? No es un juego.
-Es más bonita que un juego. Cuando me voy a la cama la pienso para mí y la sueño y mañana la recuerdo y me la repito para mis adentros para ser bueno. Me hace ser bueno.
-¿La recuerdas?
-Sí. ¿Quieres que te diga todas las que me has dicho?
-Eres grande, Benjamín; más que los hombres, que olvidan. Como premio te voy a decir la parábola.
El niño ya no salta. Camina serio y mesurado como un adulto, y no se pierde ni una palabra, ni una inflexión, de Jesús, al cual mira atentamente sin preocuparse siquiera de en dónde pisa.
-Un pastor muy bueno, habiendo venido a saber que en un lugar del mundo había muchas ovejas que habían sido abandonadas por pastores poco buenos, y que corrían peligro por caminos perversos y en pastos nocivos, y que se acercaban cada vez a barrancos sombríos, fue a ese lugar, y, sacrificando todo lo que poseía, adquirió esas ovejas y corderos. Quería llevarlos a su reino, porque ese pastor era también rey, como lo han sido muchos reyes en Israel.
En su reino, esas ovejas y esos corderos encontrarían pastos sanos, frescas y puras aguas, caminos seguros y refugios invulnerables contra los ladrones y lobos feroces. Por eso ese pastor reunió a sus ovejas y corderos y les dijo: "He venido a salvaros, a llevaros a un lugar donde ya no sufriréis, donde ya no conoceréis peligros ni dolor. Amadme, seguidme, porque yo os amo mucho y por teneros me he sacrificado en todos los modos. Pero, si me amáis, mi sacrificio no me pesará. Venid tras mí y vamos".
Y el pastor delante, detrás las ovejas, tomaron el camino que conducía al reino de la alegría. El pastor, a cada momento, se volvía para ver si le seguían; para exhortar a las cansadas, infundir coraje a las desanimadas, socorrer a las enfermas, acariciar a los corderos. ¡Cómo las quería! Les ofrecía su pan y su sal. Probaba antes él el agua de las fuentes y la bendecía, para experimentar si era sana y hacerla santa. Pero las ovejas -¿lo crees, Benjamín? -, las ovejas, pasado un tiempo, se cansaron.
Primero una, luego dos, luego diez, luego cien, se quedaron atrás a rozar la hierba hasta llenarse y no poder moverse; luego se echaron, cansadas y llenas en el polvo y en el lodo. Otras se asomaban prominentemente a los precipicios, a pesar de que el pastor dijera: "No lo hagáis"; y algunas, dado que él se ponía donde había mayor peligro para impedirles que fueran a esos sitios, le chocaron con la cabeza proterva y trataron de despeñarlo más de una vez. Así, muchas terminaron en los barrancos y murieron míseramente. Otras se enzarzaron y, a fuerza de cornadas y mochadas, se mataron unas a otras. Sólo un corderito no se distrajo nunca.
Corría, balando, y con su balido decía al pastor: "Te quiero". Corría tras el pastor bueno. Cuando llegaron a las puertas de su reino, sólo quedaban ellos dos: el pastor, el corderito fiel. Entonces el pastor no dijo: "entra", sino dijo: "ven" y lo tomó en brazos y lo estrechó contra su pecho y lo llevó adentro; luego llamó a todos sus súbditos y les dijo: "Mirad. Este me ama. Quiero que esté eternamente conmigo. Vosotros amadlo, porque es el predilecto de mi corazón". La parábola ha terminado, Benjamín. ¿Ahora sabes decirme quién es ese pastor bueno?
-Tú, Jesús.
-¿Y ese corderito quién es?
-Soy yo, Jesús.
-Pero Yo ahora me voy a marchar y te olvidarás de mí.
-No, Jesús. No me olvidaré de ti porque te quiero.
-Se te terminará el amor cuando dejes de verme.
-Diré dentro de mí las palabras que me has dicho y será como si estuvieras presente. Te voy a querer y a obedecer así. ¿Y Tú, Jesús, dime: te vas a acordar de Benjamín?
-Siempre.
-¿Y cómo vas a hacer para acordarte?
-Me diré a mí mismo que me has prometido amarme y obedecerme; y así me acordaré de ti.
-¿Y me vas a dar tu Reino?
-Si eres bueno, sí.
-Seré bueno.
-¿Cómo vas a llevarlo a cabo? La vida es larga.
-Pero también tus palabras son muy buenas. Si me las repito y hago lo que tus palabras dicen que hay que hacer, me conservaré bueno toda la vida. Y lo voy a hacer porque te quiero. Cuando se ama no cuesta ser bueno. A mí no me cuesta obedecer a mi mamá, porque la quiero. Y no me va a
costar obedecerte a ti porque te quiero.
Jesús se ha parado y está mirando a esta carita encendida más que por el sol por el amor. La alegría de Jesús es tan viva, que parece que otro sol se ha encendido en su alma y emite sus resplandores a través de las pupilas. Se agacha y besa en la frente al niño.
Se ha detenido a la altura de una casita modesta que tiene en la parte de delante un pozo. Jesús va luego a sentarse junto al pozo, y allí le alcanzan los discípulos, que siguen todavía midiendo las respectivas prerrogativas.
Jesús los mira. Luego los convoca:
-Venid aquí, alrededor, y oíd la última enseñanza de la jornada, vosotros que os quedáis roncos celebrando vuestros méritos y tenéis vuestro pensamiento centrado en adjudicaros un puesto según la medida de ellos. ¿Veis a este niño? Está más que vosotros en la verdad. Su inocencia le da la llave para abrir las puertas de mi Reino.
Ha comprendido, en su sencillez infantil, que en el amor está la fuerza para llegar a ser grandes, y en la obediencia realizada por amor la fuerza para entrar en mi Reino. Sed sencillos, humildes; amad con un amor que no sea sólo para mí, sino recíproco entre vosotros; sed obedientes a mis palabras, a todas, también a éstas, si queréis llegar al lugar en que habrán de entrar estos inocentes. Aprended de los pequeños. Como el Padre les revela a ellos la verdad, no se la revela a los sabios.
Jesús, mientras habla, mantiene contra sus rodillas, derecho, a Benjamín, y tiene apoyadas las manos en los hombros del niño. El rostro de Jesús ahora se muestra lleno de majestad. Está serio; no enojado, pero sí serio.
Verdaderamente como Maestro. El último rayo de sol forma un nimbo de rayos encima de su cabeza rubia.
La visión se me termina aquí, y me deja llena de dulzura en medio de mis dolores.
Bien, pues los discípulos no han podido entrar en la casa. Es natural. Por el número y por respeto. Nunca lo hacen, si no es por invitación del Maestro a todos o a algunos en particular. Observo siempre un gran respeto, una gran discreción, a pesar de la afabilidad del Maestro y la ya duradera familiaridad con él. Incluso Isaac (del que podría decir que es el primero del número de los discípulos), no se permite jamás la libertad de acercarse a Jesús si una sonrisa, al menos una sonrisa del Maestro, no lo llama.
¿Un poco distinto, no? respecto al modo como muchos tratan lo sobrenatural: a la ligera y casi burlescamente… Es un comentario mío que veo justo, porque no acabo de digerir el que la gente tenga para con lo que está por encima de nosotros maneras que no usamos para con los hombres como nosotros por el solo hecho de que estén una miaja por encima… ¡En fin!… Vamos a seguir adelante…
Los discípulos, pues, se han esparcido, por la margen del lago, para comprar pescado para la cena, pan y las demás cosas necesarias. Vuelve también Santiago de Zebedeo y llama al Maestro, que está sentado en la terraza, con Juan, que está acoclado a sus pies, en un dulce y sosegado coloquio. Jesús se levanta y se asoma por el guardalado.
Santiago dice:
-¡Cuánto pescado, Maestro! Mi padre dice que has bendecido las redes con tu llegada. Mira: esto es para nosotros -y enseña una cesta de pescado, de un pescado que parece de plata.
-Dios le sea grato por su generosidad. Preparadlo, que después de cenar vamos a ir a la orilla, donde los discípulos.
Y así lo hacen. La noche pone negro el lago, en espera de la Luna, que se levanta tarde. Más que vérsele, se le oye borbollar, gorgotear entre los cantos del guijarral. Sólo las inverosímiles estrellas propias de los países de oriente se reflejan en las aguas tranquilas. Se sientan en círculo, alrededor de una barca vuelta, sobre la que se ha sentado Jesús. Han traído al centro del círculo los pequeños faroles de las barcas, los cuales apenas si iluminan las caras más cercanas. El rostro de Jesús está todo iluminado, de abajo arriba, por un farolillo colocado a sus pies; todos, por tanto, lo pueden ver bien mientras habla a uno o a otro de los presentes.
A1 principio es una conversación sencilla, familiar. Pero luego adquiere el tono de una lección. Es más, Jesús lo dice abiertamente:
-Venid. Escuchad. Dentro de poco nos vamos a separar. Quiero adoctrinaros más para formaros mejor.
Hoy os he oído disputar, y no siempre con caridad. A los mayores de entre vosotros les he dado ya la lección. Pero quiero dárosla a vosotros también. No les vendrá mal tampoco a éstos, mayores que vosotros, oírla repetir.
Ahora no está aquí, apoyado contra mis rodillas, el pequeño Benjamín. Está durmiendo en su cama, soñando sus sueños inocentes. Pero quizás su alma cándida está de todas formas aquí, en medio de nosotros. Imaginad que él, o cualquier otro niño, estuviera aquí, para ejemplo vuestro.
En vuestro corazón tenéis todos una obsesión que os preocupa, una curiosidad, un peligro. La obsesión: ser el primero en el Reino de los Cielos. La curiosidad: saber quién será este primero. Y, en fin, el peligro: el deseo, aún humano, de oírse responder: "Tú eres el primero en el Reino de los Cielos", o bien de los compañeros con un sentido de aprobación, o bien y sobre todo del Maestro, cuya verdad y penetración de las cosas futuras conocéis. ¿No es, acaso, así? Las preguntas tiemblan en vuestros labios y viven en el fondo del corazón.
El Maestro, mirando a vuestro bien, secunda esta curiosidad, a pesar de que aborrezca condescender con las curiosidades humanas. Vuestro Maestro no es un charlatán al que se le consulta por dos centavos en medio del bullicio de un mercado; no es uno poseído por un espíritu pitónico que le procura dinero con el oficio de adivino, para secundar las restringidas mentes del hombre, que quiere conocer el futuro para "saberse guiar". El hombre no se puede guiar por sí solo. Dios lo guía, ¡si el hombre tiene fe en Él! Y no aprovecha el conocer, o creer que se conoce, el futuro, si luego no se dispone de los medios para desviar ese futuro profetizado.
Sólo hay un medio: la oración al Padre y Señor para que por su misericordia nos ayude. En verdad os digo que la oración confiada puede transformar un castigo en bendición. Pero quien recurre a los hombres para intentar, como hombre y con los medios de los hombres, desviar el futuro no sabe orar o sabe orar muy mal. Yo, esta vez, dado que esta curiosidad puede daros una buena enseñanza, le doy respuesta, aunque aborrezco las preguntas dictadas por la curiosidad e irrespetuosas.
Os preguntáis: "¿Quién de entre nosotros es el mayor en el Reino de los Cielos?".
Anulo la limitación "entre nosotros". Amplío los límites a todo el mundo, presente y futuro, y respondo: "El mayor en el Reino de los Cielos es el más pequeño entre los hombres". O sea, aquel que es considerado "mínimo" por los hombres. El sencillo, el humilde, el que no desconfía, el inexperto. Por tanto: el niño, o aquel que sabe construirse de nuevo un alma de niño. No es la ciencia ni el poder ni la riqueza o la actividad (aunque sea buena) lo que os harán "el mayor" en el Reino bienaventurado, sino el ser como los pequeñuelos, en benevolencia, humildad, sencillez, fe.
Observad cómo me aman los niños, e imitadlos; cómo creen en mí, e imitadlos; cómo recuerdan lo que digo, e imitadlos; cómo ponen en práctica mis enseñanzas, e imitadlos; cómo no se ensoberbecen de lo que hacen, e imitadlos; cómo no experimentan rivalidades contra mí o contra sus compañeros, e imitadlos. En verdad os digo que si no cambiáis vuestra manera de pensar, actuar y amar, reconstruyéndola según el modelo de los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Ellos saben lo mismo que vosotros sabéis de esencial en mi doctrina. ¡Pero con qué diferencia practican lo que enseño! Vosotros, a cada acto bueno que realizáis, decís: "Lo he hecho yo"; el niño me dice: `Jesús, me he acordado de ti hoy, y por ti he obedecido, he amado, he contenido un deseo de reñir… y estoy contento porque Tú, lo sé, sabes cuándo soy bueno y te alegras". Observad también a los niños cuando cometen una falta. Con qué humildad me confiesan: "Hoy he sido malo. Lo siento, porque te he apenado". No buscan disculpas. Saben que Yo sé las cosas. Creen. Sienten dolor por mi dolor.
¡Oh, amados de mi corazón, niños, en los cuales no hay soberbia, doblez, lujuria! Os digo: Haceos como los niños, si queréis entrar en mi Reino. Amad a los niños como al ejemplo angélico que todavía podéis tener. Porque como ángeles deberíais ser. Podríais decir para disculparos:
"No vemos a los ángeles". Pero Dios os da a los niños por modelos, y los tenéis en medio de vosotros. Y si veis a un niño abandonado material o moralmente, y que puede perecer, acogedlo en mi Nombre, porque son los muy amados de Dios. Quienquiera que reciba a un niño en mi Nombre me recibe a mí mismo, porque Yo estoy en el alma de los niños, que es inocente. Y quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado, es decir, al Señor Altísimo.
Y guardaos de escandalizar a uno de estos pequeños, cuyos ojos ven a Dios. No se debe nunca escandalizar a nadie. Pero, ¡ay!, ¡tres veces ay de aquel que tan sólo roce el ingenuo candor de los niños! Dejadlos ángeles lo más que podáis. ¡Demasiado repugnante es el mundo y la carne para el alma que viene del Cielo! Y el niño, por su inocencia, es todavía todo alma.
Tened respeto hacia el alma del niño, y a su propio cuerpo, como lo tenéis para con un lugar sagrado. También el niño es sagrado, porque tiene a Dios dentro de sí. En todo cuerpo está el templo del Espíritu; pero el templo del niño es el más sagrado y profundo, está más allá del doble Velo. No mováis tan siquiera las cortinas de la sublime ignorancia de la concupiscencia con el viento de vuestras pasiones.
Yo querría un niño en cada familia, en medio de cada grupo de personas, para que fuera freno de las pasiones de los hombres. El niño santifica, da confortación y frescura, con sólo el rayo de sus ojos sin malicia. Pero, ¡ay de aquellos que sustraen santidad al niño con su manera de actuar escandalosa! ¡Ay de aquellos que con sus licencias infunden malicia en los niños! ¡Ay de aquellos que con sus palabras e ironías lesionan la fe en mí de los niños! Sería mejor que a todos éstos se les atara al cuello una piedra de molino y se los arrojara al mar para que se ahogaran junto con su escándalo. ¡Ay del mundo por los escándalos que da a los inocentes! Porque, si es inevitable que sucedan escándalos, ¡ay del hombre que los provoca!
Nadie tiene derecho de hacer violencia a su cuerpo ni a su vida, porque vida y cuerpo nos vienen de Dios y solamente Él tiene derecho a tomar o partes o el todo. Pero Yo os digo que si vuestra mano os escandaliza es mejor que la cortéis, que si vuestro pie os lleva a dar escándalo conviene que lo cortéis. Es mejor para vosotros entrar mancos o cojos en la Vida, que ser arrojados al fuego eterno con las dos manos y los dos pies.
Y si no es suficiente tener un pie cortado o una mano, haced que os corten también la otra mano o el otro pie, para no escandalizar más y para tener tiempo de arrepentiros antes de ser arrojados adonde el fuego no se extingue y roe eternamente como un gusano. Y, si es vuestro ojo el que os es motivo de escándalo, sacáoslo: es mejor no tener un ojo que estar en el infierno con los dos: con un ojo sólo, o incluso sin ojos, llegados al Cielo veríais la Luz, mientras que con los dos ojos escandalosos sólo tinieblas y horror veríais en el infierno. Recordad todo esto.
No despreciéis a los pequeños, no los escandalicéis, no os burléis de ellos. Son más que vosotros, porque sus ángeles ven siempre a Dios, que les dice las verdades que han de revelar a los niños y a los que tienen el corazón de niño.
Y vosotros, como niños, amaos unos a otros. Sin disputas, sin orgullos. Estad en paz unos con otros. Tened espíritu de paz con todos. Sois hermanos, en el nombre del Señor; no enemigos. No hay, no debe haber enemigos para los discípulos de Jesús. El único Enemigo es Satanás. De ése sed enemigos acérrimos. Descended a combatir contra él y contra los pecados que llevan a Satanás a los corazones.
Sed incansables en combatir el Mal, cualquiera que fuere la forma que asuma. Y pacientes. No hay limitación al actuar del apóstol, porque no hay limitación al actuar del Mal. El demonio no dice nunca:
"Basta. Ahora estoy cansado, así que voy a descansar". Es el incansable. Pasa de un hombre a otro, ágil como el pensamiento y más aún; tienta y atrapa y seduce y atormenta y no da tregua. Asalta traidoramente y derriba, si uno no está más que vigilante.
A veces se instala como conquistador por debilidad de la víctima; otras veces entra como amigo, porque el modo de vivir de la víctima buscada es ya tal que constituye alianza con el Enemigo. Hay veces que, habiendo sido arrojado de uno, da vueltas para caer sobre el mejor, para vengarse de la afrenta recibida de Dios o de un siervo de Dios. Pues bien, vosotros debéis decir lo mismo:
"No descanso". Él no descansa para poblar el infierno, vosotros no debéis descansar para poblar el Paraíso. No le deis tregua. Os predigo que cuanto más combatáis contra él más os hará sufrir. Pero no debéis tener en cuenta esto. Puede recorrer, agresivo, la tierra, pero en el Cielo no entra. Por tanto, allí no os molestará más. Y allí estarán todos aquellos que hayan combatido contra él…
Jesús interrumpe bruscamente y dice:
-Pero bueno, ¿por qué estáis siempre molestando a Juan? ¿Qué quieren de ti?
Juan se pone rojo como el fuego. Bartolomé, Tomás y Judas Iscariote, viéndose descubiertos, agachan la cabeza.
-¿Entonces? -pregunta imperativamente Jesús.
-Maestro, mis compañeros quieren que te diga una cosa.
-Pues dila.
-Hoy, mientras estabas en casa de ese enfermo y nosotros estábamos por el pueblo como habías dicho, hemos visto a un hombre, que no es discípulo tuyo y que nunca hemos visto entre los que escuchan tu doctrina, que arrojaba demonios en tu nombre de un grupo de peregrinos que iban a Jerusalén. Y lo conseguía. Ha curado a uno que tenía un temblor que le impedía cualquier tipo de trabajo; y ha devuelto el habla a una niña que había sido agredida en el bosque por un demonio con apariencia de perro que le había trabado la lengua. Decía:
"Vete, demonio maldito, en nombre del Señor Jesús, el Cristo, Rey de la estirpe de David, Rey de Israel. Él es el Salvador y Vencedor. ¡Huye ante su Nombre!", y el demonio huía realmente. Nosotros nos hemos resentido. Y se lo hemos prohibido. Nos ha dicho: "¿Qué hago de malo? Honro al Cristo liberándole el camino de los demonios que no son dignos de verlo". Le hemos respondido:
"No eres exorcista según Israel ni discípulo según Cristo. No te es lícito hacerlo". Ha dicho: "Hacer el bien es siempre lícito", y se ha rebelado contra nuestra orden diciendo: "Y seguiré haciendo lo que hago". Bien, querían que te dijera esto, especialmente ahora que has dicho que en el Cielo estarán todos aquellos que hayan combatido contra Satanás. -Bien. Ese hombre será uno de ellos. Lo es. Tenía razón. Los equivocados habéis sido vosotros.
Los caminos del Señor son infinitos. No se puede afirmar que sólo los que tomen el camino directo llegarán al Cielo. En cualquier lugar, siempre, de mil modos distintos, habrá criaturas que vendrán a mí quizás por un camino inicialmente malo. Dios verá su recta intención y los atraerá hacia el camino bueno. Y, de la misma forma, habrá algunos que por concupiscente y ternaria embriaguez saldrán del camino bueno y tomarán un camino más largo, o incluso desviado. Por tanto, no debéis jamás juzgar a vuestros semejantes. Sólo Dios ve. Cuidad de no saliros vosotros del camino bueno, en el que, más que vuestra voluntad, la voluntad de Dios os ha puesto. Y, cuando veáis a uno que cree en mi Nombre y por él actúa, no lo llaméis extranjero ni enemigo ni sacrílego. Es en todo caso un súbdito mío, amigo y fiel, porque cree en mi
Nombre, espontáneamente y mejor que muchos de vosotros.
Por eso mi Nombre, en sus labios, obra prodigios como los vuestros y quizás mayores. Dios lo ama porque me ama, y terminará de llevarlo al Cielo. Ninguno que haga prodigios en mi Nombre puede ser enemigo mío ni hablar mal de mí; antes al contrario, con su actuación da honor a Cristo y testimonio de fe. En verdad os digo que creer en mi Nombre es Salvación. Así que os digo: si lo encontráis otra vez, no se lo volváis a prohibir. Antes al contrario, llamadle "hermano", porque lo es, aunque esté todavía fuera del recinto de mi Redil. Quien no está contra mí está conmigo. Quien no está contra vosotros está con vosotros.
-¿Hemos pecado, Señor? -pregunta, afligido, Juan.
-No. Habéis actuado por ignorancia, pero sin malicia. Por tanto, no hay pecado. Pero en lo sucesivo sería pecado, porque ahora ya sabéis. Y ahora vamos a nuestras casas. La paz sea con vosotros.
Dice luego Jesús(a los que leen este Evangelio):
-Lo que he dicho a mi pequeño discípulo os lo digo también a vosotros. El Reino es de los corderos fieles que me aman y me siguen sin perderse en lisonjas. Me aman hasta el final. Y os digo también a vosotros lo que dije a mis discípulos adultos: `Aprended de los pequeños".
Lo que hace conquistar el Reino de los Cielos no es el hecho de ser doctos, ricos, audaces. No es serlo humanamente, sino con la ciencia del amor, que hace a uno docto, rico, audaz, sobrenaturalmente: ¡Cómo ilumina el amor para comprender la Verdad!., ¡cuán rico lo hace a uno para adquirirla, cuán audaz para conquistarla!, ¡qué confianza inspira, qué seguridad!
Haced lo que el pequeño Benjamín, mi pequeña flor que perfumó mi corazón en aquel atardecer y cubrió el olor de la humanidad que fermentaba en los discípulos; que le cantó una música angélica y cubrió el rumor de las disputas humanas.
¿Quieres saber lo que fue de Benjamín después? Siguió siendo el pequeño cordero de Cristo, y, una vez perdido su gran Pastor, porque había vuelto al Cielo, se hizo discípulo del que más se me parecía, y de la mano de éste recibió el bautismo y el nombre de Esteban, el primer mártir mío. Fue fiel hasta la muerte, y con él sus parientes, que fueron atraídos a la Fe por el ejemplo de su pequeño apóstol de familia.
¿No es conocido? Son muchos los desconocidos de los hombres que son conocidos por mí en mi Reino. Y esto los hace felices. La fama del mundo no añade ni un destello a la aureola de los bienaventurados.
Pequeño Juan (a María Valtorta), camina siempre con tu mano en la mía. Irás segura, y, cuando llegues al Reino, no te diré "entra", sino "ven", y te tomaré en mis brazos para colocarte en el lugar preparado por mi Amor y merecido por el tuyo.
Ve en paz. Te bendigo.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Las dos barcas tomadas para volver a Cafarnaúm se deslizan por un lago inverosímilmente calmo: una verdadera lastra de cristal zarco, que, en cuanto pasan las dos barcas, recompone su lisa unidad. Pero no son las barcas de Pedro y Santiago, sino otras dos, quizás alquiladas en Tiberíades. Y oigo que Judas se lamenta un poco por haberse quedado sin dinero después de este último gasto.
-Hemos pensado en los demás. ¿Pero en nosotros? ¿Cómo nos las vamos a arreglar ahora? Tenía esperanzas de que Cusa… Pero nada Estamos en las condiciones de un mendigo, uno de tantos como ahora salen a los caminos a pedir limosna a los peregrinos -dice a Tomás, rezongando, en voz baja.
Pero éste, bondadoso, responde:
-¿Y qué tendría de malo si fuera así? Yo no me preocupo de
nada.
-Sí, pero a la hora de comer eres el que quiere comer más que ninguno.
-¡Claro! Tengo hambre. También en el hambre soy vigoroso Bien, pues hoy, en vez de pedir al que suministra el pan y las viandas, pediré directamente a Dios.
-¡Hoy! ¡Hoy! Mañana estaremos en las mismas condiciones, y pasado mañana lo mismo; y estamos yendo hacia la Decápolis, donde no nos conocen y son medio paganos. Y no es sólo el pan, también se gastan las sandalias, y luego… los pobres que te dan la lata, y uno se podría sentir mal y…
-Y, si sigues más todavía, dentro de poco ya me habrás imaginado muerto y tendrás que proveer para un funeral. ¡Pero cuántas preocupaciones! Yo… es que no tengo ninguna preocupación. Estoy alegre, tranquilo como un recién nacido.
Jesús, que parecía absorto en sus pensamientos, sentado en la proa, casi en el borde, se vuelve y dice fuerte a Judas, que está en la popa (pero lo dice como hablando a todos): -Está muy bien no tener ni una perra, así brillará más la paternidad de Dios incluso en las cosas más pequeñas.
-Desde hace unos días para ti está todo bien. Bien si no se produce un milagro, bien si no nos dan dinero, bien haber dado todo lo que teníamos; en definitiva, todo bien… Pero yo me siento muy incómodo… Eres un Maestro grato, un santo Maestro, pero para la vida material… no vales nada -dice sin acritud Judas, como haciendo una observación a un hermano bueno de cuya bondad imprevisora incluso se gloría.
Y Jesús, sonriendo, le responde:
-Es mi mejor cualidad, ser un hombre que no vale nada para la vida material… Y, repito: está muy bien no tener ni una perra -y sonríe luminosamente.
La barca roza en el guijarral. Se detiene. Bajan de ella. Mientras tanto, la otra barca se acerca para detenerse. Jesús, con Judas, Tomás, Judas y Santiago, Felipe y Bartolomé, se encamina hacia la casa…
Pedro baja de la segunda barca, con Mateo, los hijos de Zebedeo, Simón Zelote y Andrés. Pero Pedro no se pone en marcha como todos, sino que se queda en la orilla hablando con los barqueros que los han traído, y que quizás conoce, y luego los ayuda a partir de nuevo. Después, se vuelve a poner la túnica larga y remonta la playa en dirección a la casa.
Atravesando la plaza del mercado, vienen hacia él dos, lo paran y dicen:
-Escucha, Simón de Jonás.
-Escucho. ¿Qué queréis?
-¿Tu Maestro, por el hecho de serlo, paga o no las dos dracmas que corresponden al Templo?
-¡Claro que las paga! ¿Por qué no lo iba a hacer?
-Pues… porque dice que es el Hijo de Dios y…
-Y lo es -replica secamente Pedro, que ya está rojo de indignación. Luego añade: «Pero, dado que también es un hijo de la Ley, el mejor que tiene la Ley, paga sus dracmas como todo israelita…
-Según lo que sabemos no es así. Nos han dicho que no paga, así que le aconsejamos que pague.
-Mmm-m-m -balbuce Pedro, cuya paciencia está para agotarse -Mmm-m-m… Mi Maestro no necesita vuestros consejos. Id en paz y decid al que os envía que las dracmas serán depositadas en la primea ocasión.
-¡En la primera ocasión!… ¿Y por qué no enseguida? ¿Quién nos asegura que lo vaya a hacer, si está siempre acá o allá sin rumbo fijo?
-Enseguida no, porque en este momento no tiene ni una perra. Podríais ponerlo boca abajo y no caería al suelo ni una sola moneda. Estamos todos sin un solo denario, porque nosotros, que no somos fariseos, que no somos escribas, que no somos saduceos, que no somos ricos, que no somos espías, que no somos áspides, normalmente damos lo que tenemos a los pobres, por su doctrina. ¿Entendéis? Y ahora hemos dado todo, y mientras no intervenga el Altísimo podemos morir de hambre o ponernos a pedir limosna en una esquina de la calle. Decid también esto a los que dicen que Él es un comilón ¡Adiós! -y los deja plantados y se marcha barbotando y ardiendo de enojo.
Entra en casa y sube a la habitación de arriba, donde está Jesús escuchando a uno que le ruega que vaya a una casa que está en el monte de detrás de Magdala, donde hay uno muriéndose.
Jesús despide al hombre prometiendo que irá enseguida, Luego cuando éste se marcha, se vuelve hacia Pedro, que se ha sentado en un rincón y está pensativo, y le dice: -¿Qué opinas, Simón? ¿Según las reglas, los reyes de la tierra de quién reciben los tributos y el censo?, ¿de sus propios hijos o de los extraños?
Pedro se sobresalta. Dice:
-¿Cómo sabes, Señor, lo que debía decirte?
Jesús sonríe haciendo un gesto como diciendo: «No le des importancia»; luego dice: -Responde a lo que te pregunto.
-De los extraños, Señor.
-Entonces los hijos están eximidos, como efectivamente es justo Porque un hijo es de la sangre y casa de su padre, y no debe pagar al padre sino el tributo del amor y la obediencia. Así que Yo, Hijo del Padre, no debería pagar tributo al Templo, que es la casa del Padre. Les has respondido bien. Pero, como hay una diferencia entre tú y ellos, y es ésta: que tú crees que Yo soy el Hijo de Dios, y ellos y quienes los han enviado no lo creen, pues, para no escandalizarlos, pagaré el tributo, y además enseguida, mientras están todavía en la plaza recaudando.
-¿Y con qué, si no tenemos ni una perra? -pregunta Judas, que se ha acercado con los otros.
-¿Ves como es necesario tener algo?
-Se lo pedimos prestado al dueño de la casa -dice Felipe.
Jesús hace con la mano un gesto de guardar silencio y dice:
-Simón de Jonás, ve a la orilla del mar y echa lo más lejos que puedas un sedal provisto de un anzuelo resistente. En cuanto pique el pez, tira hacia ti el
sedal. Será un pez grande. En la orilla ábrele la boca. Encontrarás dentro un estáter. Tómalo, ve donde aquellos dos y paga por mí y por ti. Luego trae el pez. Lo asaremos; y Tomás, caritativamente, nos proveerá de un poco de pan. Comeremos e iremos enseguida donde el hombre que está muriéndose. Santiago y Andrés, preparad las barcas, que las usaremos para ir a Magdala; la vuelta la haremos esta noche a pie para no estorbar la pesca a Zebedeo y al cuñado de Simón.
Pedro se marcha. Un rato después se le ve en la orilla montando en una barca cuya proa está ya metida en el agua.
Echa un cordel delgado y fuerte, provisto hacia el final de una piedra pequeña, o plomo, y que termina en el hilo fino del sedal propiamente dicho. Las aguas del lago se abren con salpicaduras de plata cuando el peso se hunde en él; luego todo vuelve a la calma mientras las aguas se serenan después de un alejarse de giros concéntricos…
Pasa un rato. El cordel, que estaba flojo en las manos de Pedro, se tensa y vibra… Pedro tira, tira, tira. La cuerda sufre sacudidas cada vez más enérgicas. Al final, da un tirón y el sedal emerge con su presa, que se contorsiona en el aire, formando un arco por encima de la cabeza del pescador, para luego caer en la arena amarillenta, donde se contuerce, sufriendo el espasmo del anzuelo que le hiende el paladar y el de la asfixia que comienza.
Es un magnífico pez, grande como un rombo del peso de al menos tres quilos. Pedro le arranca el anzuelo de los labios carnosos, le mete en la garganta su grueso dedo y extrae una gruesa moneda de plata. La coge entre el pulgar y el índice y la alza para mostrársela al Maestro, que está en el pretil de la terraza. Luego recoge el cordel, lo enrolla, toma el pez y se echa a correr en dirección a la plaza.
Los apóstoles se han quedado todos de piedra… Jesús sonríe y dice:
-Así habremos eliminado un escándalo…
Regresa Pedro:
-Ya estaban para venir aquí. Y además con Elí, el fariseo.
He tratado de ser delicado como una niña. Los he llamado y he dicho: "¡Eh, enviados del Fisco! Tomad. ¿Son cuatro dracmas, verdad? Pues dos por el Maestro y dos por mí.
¿Estamos en paz, no? Hasta que nos veamos en el valle de Josafat, especialmente contigo, querido amigo".
Se han ofendido porque he dicho "Fisco". "Somos del templo, no del Fisco.” "Cobráis impuestos como los recaudadores. Todo recaudador para mí es “fisco” "' he respondido. Pero él me ha dicho: "¡Insolente! ¿Me estás deseando la muerte?".
"¡No, amigo! De ninguna manera. Te deseo un feliz viaje al valle de Josafat. ¿No vas para la Pascua a Jerusalén? Pues podremos encontrarnos por allí, amigo". "No lo deseo, ni quiero que te permitas llamarme amigo tuyo.”
"Efectivamente, es demasiado honor" he respondido. Y me he vuelto. Lo mejor es que estaba allí medio Cafarnaúm, que ha visto que he pagado por ti y por mí. Así esa vieja serpiente ya no podrá decir nada.
Los apóstoles no han podido evitar reírse por la narración y la mímica de Pedro. Jesús quiere estar serio, pero una leve sonrisa se escapa, no obstante, de sus labios mientras dice:
-Eres peor que la mostaza - y termina: «Asad el pez; y vamos a darnos prisa, que para la puesta del sol quiero estar aquí de nuevo.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Están ahora nuevamente en la casa de Nazaret. Es más, para ser más exactos, están esparcidos en el rellano de los olivos, en espera de separarse para ir a descansar.
Ya ha oscurecido y la Luna se alza tarde, así que han encendido una pequeña hoguera para aclarar la noche; noche tibia, «demasiado incluso» como sentencian los pescadores previendo próximas lluvias.
Y es bonito estar allí, todos unidos: las mujeres en el huerto florecido, alrededor de María; los hombres aquí arriba; y, en el borde del rellano, de forma que lo vean tanto éstos como aquéllas, Jesús, respondiendo a uno o a otro, mientras las discípulas escuchan atentas. Deben haber referido lo del lunático curado al pie del monte y todavía siguen los comentarios al respecto.
-¡Vamos, que has hecho falta Tú! -exclama el primo Simón.
-¡Pero ni siquiera el ver que incluso sus exorcistas no podían nada, a pesar de haber dicho que habían usado las fórmulas más fuertes, ha convencido a esos cernícalos! -dice, meneando la cabeza, el barquero Salomón.
-Y no convencerán a sus escribas ni siquiera diciéndoles sus conclusiones.
-¡Ya, claro! Me parecía que hablaban bien, ¿no es verdad? -pregunta uno que no conozco.
-Muy bien. Excluyeron todo tipo de sortilegio demoníaco en el poder de Jesús, y dijeron que se sintieron invadidos de profunda paz cuando el Maestro hizo el milagro; mientras que -decían -cuando sale de uno un poder malvado lo sienten como un sufrimiento -responde Hermas.
-¡Pero hay que ver qué espíritu más fuerte! ¡No se quería marchar! Pero, ¿cómo es que no lo tenía continuamente poseído?
-¿Era un espíritu rechazado, solitario; o era tan santo el muchacho, que por sí mismo lo repelía?-pregunta otro discípulo cuyo nombre desconozco.
Jesús responde espontáneamente:
-He explicado varias veces que toda enfermedad, siendo un tormento y un desorden, puede esconder a Satanás, y Satanás se puede esconder en una enfermedad, usarla, crearla, para atormentar y hacer blasfemar contra Dios. El niño era un enfermo, no un poseído. Un alma pura. Por eso con gran alegría la he liberado del astutísimo demonio, que quería dominarla hasta el punto de hacerla impura.
-¿Y por qué, si era una simple enfermedad, no hemos podido resolverlo nosotros? -pregunta Judas de Keriot.
-¡Sí, eso! Se comprende que los exorcistas, si no era un endemoniado, no hayan podido hacer nada. Pero nosotros… observa Tomás.
Y Judas de Keriot (que no ha encajado la afrenta de haber intentado muchas veces con el muchacho y haber obtenido sólo que cayera en un estado de agitación o incluso en convulsiones) dice:
-Pero nosotros… hasta parecía que se le empeorase.
¿Recuerdas, Felipe? Tú que me ayudabas oíste y viste las burlas que me dirigía. Me dijo incluso: "¡Vete! De los dos el más demonio eres tú". Lo cual hizo que a mis espaldas se rieran los escribas.
-¿Y ello te ha dolido? -pregunta Jesús como sin interés.
-¡Claro que sí! No es una cosa bonita que se burlen de uno. Y no es útil cuando se es apóstol tuyo. Se pierde autoridad.
-Cuando uno tiene a Dios tiene autoridad, aunque el mundo entero se burle, Judas de Simón.
-De acuerdo. Pero Tú aumenta, al menos en nosotros los apóstoles, el poder, para no sufrir otra vez ciertas derrotas.
-Ni es justo ni sería útil que Yo aumentara el poder. Por vosotros mismos lo tenéis que hacer, para salir vencedores. Si habéis fracasado ha sido por vuestra insuficiencia, y también por haber disminuido cuanto os había dado, con elementos no santos que habéis querido añadir esperando mayores triunfos.
-¿Lo dices por mí, Señor? -pregunta Judas Iscariote.
-Tú sabrás si lo mereces. Hablo a todos.
Bartolomé pregunta:
-¿Pero entonces qué hay que tener para vencer a estos demonios?
-Oración y ayuno. No se necesita nada más. Orad y ayunad.
Y no sólo en la carne. Por eso bien está el que vuestro orgullo haya quedado en ayunas, sin ser satisfecho. El orgullo saciado vuelve apáticas la mente y el alma, y la oración se hace tibia, inerte; de la misma forma que el cuerpo demasiado lleno está somnoliento y pesado. Y ahora vamos también nosotros al justo descanso. Que mañana al amanecer todos, menos Manahén y los discípulos pastores, estén en el camino de Caná. La paz sea con vosotros.
Y retiene a Isaac y a Manahén y da particulares instrucciones para el día siguiente, día de la partida para las discípulas y María, que, junto con Simón de Alfeo, y Alfeo de Sara empiezan el peregrinaje pascual.
-Pasaréis por Esdrelón para que Margziam vea al anciano. Daréis a los labriegos la bolsa que por indicación mía os ha dado Judas de Keriot. Y durante el viaje socorreréis a todos los pobres que os encontréis con la otra que os he dado hace poco. Cuando lleguéis a Jerusalén, id a Betania, y decid que me esperen para la neomenia de Nisán.
Poco podré tardar a partir de ese día. Os confío a la persona que más estimo y a las discípulas. Pero estoy tranquilo de que estarán seguras. Partid. Nos volveremos a ver en Betania y estaremos bastante tiempo juntos.
Los bendice y, mientras ellos se alejan en la noche, salta hacia abajo, al huerto, y entra en casa, donde ya están las discípulas y su Madre, que, con Margziam, están apretando los cordones de los fardos de viaje, y disponiendo todas las cosas para esta ausencia cuya duración no se conoce.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Un comentario para los predilectos.
¿Hay, acaso, algún hombre que no haya visto, al menos una vez, un alba serena de Marzo? Si tal hombre existe, es un gran desagraciado, porque desconoce una de las gracias más hermosas de la naturaleza despertada de primavera, de nuevo virgen, niña, cual debía ser el primer día.
En esta gracia, que es pura en todos sus aspectos y cosas -desde las hierbas nuevas y cargadas de rocío, hasta las florecillas que se abren, como niños que nacen. ante la primera sonrisa de la luz del día: hasta los pájaros que se despiertan con un batir de alas y dicen su primer "¿chip?" interrogativo, preludio de todos sus canoros discursos de la jornada; hasta el mismo olor del aíre, que ha perdido durante la noche, por la lavación del rocío y la ausencia del hombre, hasta la más mínima contaminación de polvo, humo e indicio de cuerpos humanos -, en medio de esta gracia, van Jesús, los apóstoles y los discípulos.
Está con ellos también Simón de Alfeo.
Van en dirección sureste, superando las colinas que hacen de corona a Nazaret, vadeando un torrente, atravesando una llanura estrecha situada entre las colinas nazarenas y un grupo de montes hacia el este. Estos montes están precedidos por el cono semitruncado del Tabor, cuya cima, curiosamente, me recuerda, vista de perfil, la punta del gorro de nuestra policía nacional.
Llegan al monte. Jesús se para y dice:
-Pedro, Juan y Santiago de Zebedeo subirán conmigo al monte. Vosotros diseminaos por la base, separándoos hacia los caminos que la bordean, y predicad al Señor. Al atardecer quiero estar de nuevo en Nazaret, así que no os alejéis mucho. La paz sea con vosotros. Y, volviéndose a los tres que había nombrado, dice:
-Vamos.
Y empieza a subir sin volverse ya, y con un paso tan expedito, que pone a Pedro en dificultad para seguirle.
En un alto que hacen, Pedro, rojo y sudado, le pregunta con respiración afanosa:
-¿Pero a dónde vamos? No hay casas en el monte. En la cima, aquella vieja fortaleza. ¿Quieres ir a predicar allí?
-Habría subido por la otra vertiente. Como puedes ver, le vuelvo las espaldas. No vamos a ir a la fortaleza, y quien esté en ella ni siquiera nos verá. Voy a unirme con mi Padre. He querido teneros conmigo porque os amo. ¡Venga, ligeros!
-¡Oh, mi Señor! ¿Y no podríamos ir un poco más despacio, y hablar de lo que oímos y vimos ayer, que nos ha tenido despiertos toda la noche para comentarlo?
-A las citas con Dios hay que ir siempre sin demora.
¡Ánimo, Simón Pedro! Que arriba os permitiré que descanséis.
Y reanuda la subida…
Suben más alto todavía y la mirada se expande por dilatados horizontes que un hermoso día sereno hace detalladamente nítidos hasta en las zonas más lejanas.
El monte no forma parte de un sistema montañoso como el de Judea; se yergue aislado, teniendo, respecto al lugar en que nos encontramos, el oriente de frente, el norte a la izquierda, el sur a la derecha, y, detrás, al oeste, la cima, que se alza aún unos centenares de pasos. Es muy alto, y la mirada puede ver libremente en un vasto radio.
El lago de Genesaret parece un recorte de cielo engastado en el verde de la tierra, una turquesa oval ceñida de esmeraldas de distintas tonalidades; un espejo trémulo, que se riza con el viento leve y por el que se deslizan, con agilidad de gaviotas, las barcas con sus velas desplegadas, ligeramente inclinadas hacia la superficie azulina, con la misma gracia del vuelo cándido de una gaviota cuando sigue el curso de la onda en busca de presa. Luego, de la vasta turquesa sale una vena, de un azul más pálido en los lugares donde el guijarral es más ancho, y más oscuro donde las orillas se estrechan y el agua es más profunda y opaca por la sombra que proyectan los árboles que crecen vigorosos junto al río, nutridos con su linfa. El Jordán parece una pincelada casi rectilínea en el verde de la llanura.
A uno y otro lado del río, diseminados por la llanura, hay unos pueblecillos. Algunos de ellos son realmente un puñado de casas, otros son más grandes, ya con aire de pequeñas ciudades. Las vías de comunicación son rugosidades amarillentas en el verde. Pero aquí, en la parte del monte, la llanura está mucho más cultivada y es mucho más fértil, muy bonita. Se ve a los distintos cultivos, con sus distintos colores, sonreír al bonito sol que desciende del cielo sereno.
Debe ser primavera, quizás Marzo, si calculo la latitud de Palestina, porque veo los cereales ya altos, aunque todavía verdes, ondear como un mar glauco, y veo a los penachos de los más precoces de entre los árboles frutales colocar como nubecillas blancas y róseas sobre este pequeño mar vegetal, y luego prados enteramente florecidos, por los altos henos, sobre los cuales, ovejitas al pasto parecen pequeños cúmulos de nieve amontonadas acá o allá sobre la hierba.
Al pie del monte, en las colinas que constituyen su base -bajas y breves colinas -, hay dos pequeñas ciudaditas, una hacia el sur, la otra hacia el norte. La llanura ubérrima se extiende especial y más ampliamente hacia el sur.
Jesús, después de una breve pausa al fresco de un puñado de árboles (pausa que, sin duda, ha sido concedida por piedad hacia Pedro, que en las subidas se cansa visiblemente), reanuda la ascensión. Sube casi hasta la cima, hasta un rellano herboso con un semicírculo de árboles hacia la parte de la ladera.
-Descansad, amigos. Yo voy allí a orar.
Y señala con la mano una voluminosa roca que sobresale del
monte y que se encuentra, por tanto, no hacia la ladera sino hacia dentro, hacia la cima.
Jesús se arrodilla en la tierra herbosa y apoya las manos y la cabeza en la roca, en la postura que tomará también en la oración del Getsemaní. El sol no incide en Él, porque la cima lo resguarda. Pero el resto de la explanada herbosa está toda alegre de sol, hasta el límite de sombra del borde arbolado a cuya sombra se han sentado los apóstoles.
Pedro se quita las sandalias y las sacude para quitar el polvo y las piedrecitas, y se queda así, descalzo, con sus pies cansados entre la hierba fresca, casi echado, apoyada la cabeza, como almohada, en un matojo esmeraldino que sobresale más que los demás en su trozo de prado. Santiago hace lo mismo, pero, para estar cómodo, busca un tronco de árbol; en él apoya su manto, y en el manto la espalda.
Juan permanece sentado, observando al Maestro. Pero la calma del lugar, el vientecíllo fresco, el silencio y el cansancio lo vencen a él también, y se le caen: sobre el pecho, la cabeza; sobre los ojos, los párpados. Ninguno de los tres duerme profundamente; están en ese estado de somnolencia veraniega que atonta.
Los despabila una luminosidad tan viva, que anula la del Sol y se esparce y penetra hasta debajo del follaje de las matas y árboles bajo los cuales se han puesto.
Abren, estupefactos, los ojos, y ven a Jesús transfigurado. Es ahora como lo veo en las visiones del Paraíso, tal cual. Naturalmente sin las Llagas y sin la enseña de la Cruz.
Pero la majestad del Rostro y del Cuerpo es igual; igual es su luminosidad, igual el indumento, que, de un rojo oscuro, se ha transformado en el adiamantado y perlino tejido inmaterial que le viste en el Cielo. Su Rostro es un sol de luz sideral, pero intensísima, en el cual centellean los ojos de zafiro.
Parece más alto aún, como si su glorificación hubiera aumentado su estatura. No sabría decir si la luminosidad, que pone incluso fosforescente el rellano, proviene enteramente de El, o si a la luz propia se une toda la luz que hay en el universo y en los cielos, concentrada en su Señor. Sé que es algo indescriptible.
(Nota de María Valtorta sobre la Transfiguración “Para desviar las intrigas de Satanás y las insidias de los futuros -y no desconocidos para Dios Padre -enemigos del Verbo Encarnado, Dios envolvió a Cristo de aspectos que son comunes a todos los nacidos de mujer, y no sólo mientras fue "el niño y el hijo del carpintero", sino también cuando fue "el Maestro".
Sólo la sabiduría y los milagros lo distinguían de los demás. Pero Israel -aunque en menor medida -conocía otros maestros (los profetas) y obradores de milagros. Ello debía seriar también para probar la fe de sus elegidos: los apóstoles y discípulos-quienes debían "creer sin ver" cosas extraordinarias y divinas. Así, veían al Hombre docto y santo que, también, hacía milagros, pero que, en todo lo demás, era similar a ellos en sus necesidades humanas.
Pero, para confirmar a los tres, después de la turbación sufrida por el anuncio de la futura muerte de cruz, El ahora se manifiesta en toda la gloria de su Naturaleza Divina. Después de ello, ya no podía subsistir la duda que el anuncio de la muerte de cruz había insinuado en sus más cercanos seguidores. Habían visto a Dios, a Dios en el Hombre que sería crucificado. Era la manifestación de las dos Naturalezas hipostáticamente unidas, manifestación innegable que no podía dejar dudas. Y al Hijo-Dios que como tal se manifiesta se une el Padre-Dios con sus palabras y el Cielo, representado por Moisés Y Elías.
Después de zarandear su fe por el anuncio de su muerte, Jesús restablece -es más, la aumenta -la fe de los tres apóstoles, transfigurándose)
Jesús está ahora de pie; bueno, diría incluso que está levantado del suelo, porque entre Él y la hierba del prado hay como una luz en evaporación, un espacio constituido únicamente por una luz, sobre el cual parece erguirse Él.
Pero es tan viva, que podría incluso engañarme, y el no ver el verde de la hierba bajo las plantas de Jesús podría estar provocado por esta luz intensa que vibra y produce ondas como algunas veces se ve en los fuegos intensos. Ondas, aquí, de un color blanco, incandescente. Jesús tiene el Rostro alzado hacia el cielo y sonríe como respuesta a una visión que lo sublima.
Los apóstoles sienten casi miedo y lo llaman, porque ya no les parece que sea su Maestro, de tanto como está transfigurado.
-¡Maestro, Maestro! -dicen bajo, pero con ansia. Él no oye.
-Está en éxtasis -dice Pedro temblando -¿Qué estará viendo?
Los tres se han puesto en pie. Querrían acercarse a Jesús, pero no se atreven.
La luz aumenta todavía más, debido a dos llamas que bajan del cielo y se colocan a ambos lados de Jesús. Una vez asentadas en el rellano, se abre su velo y aparecen dos majestuosos y luminosos personajes. Uno, más anciano, de mirada aguda y grave y con barba larga bipartida. De su frente salen cuernos de luz que me dicen que es Moisés.
El otro es más joven, enjuto, barbudo y velloso, aproximadamente como el Bautista, al cual yo diría que se asemeja por estatura, delgadez, conformación y gravedad.
Mientras que la luz de Moisés es cándida como la de Jesús, especialmente en los rayos de la frente, la que emana Elías es solar, de llama viva.
Los dos Profetas toman una postura reverente ante su Dios Encarnado, y, aunque Él les hable con familiaridad, ellos no abandonan esa su postura reverente. No comprendo ni siquiera una de las palabras que dicen.
Los tres apóstoles caen de rodillas temblando, cubriéndose el rostro con las manos. Querrían ver, pero tienen miedo.
Por fin Pedro habla:
-¡Maestro, Maestro, óyeme!
Jesús vuelve la mirada sonriente hacia su Pedro, el cual recobra vigor y dice:
-Es hermoso estar aquí contigo, con Moisés y con Elías. Si quieres hacemos tres tiendas para ti, para Moisés y para Elías, y nosotros os servimos…
Jesús vuelve a mirarlo y sonríe más vivamente. Mira también a Juan y a Santiago: una mirada que los abraza con amor. También Moisés y Elías miran a los tres fijamente.
Sus ojos centellean. Deben de ser como rayos que atraviesan los corazones.
Los apóstoles no se atreven a decir nada más.
Atemorizados, callan. Dan la impresión de personas un poco ebrias, como personas aturdidas. Pero, cuando un velo, que no es niebla, que no es nube, que no es rayo, envuelve y separa a los Tres gloriosos detrás de una pantalla aún más luminosa que la que ya los circundaba, celándolos a la vista de los tres, y una Voz potente y armónica vibra y llena de sí el espacio, los tres caen con el rostro contra la hierba.
-Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido.
Escuchadlo.
Pedro, al arrojarse rostro en tierra, exclama:
-¡Misericordia de mí, que soy un pecador! ¡La Gloria de Dios está descendiendo!
Santiago no dice nada. Juan susurra, con un suspiro, como si estuviera próximo a desmayarse:
-¡El Señor habla!
Ninguno se atreve a levantar la cabeza, ni siquiera cuando el silencio se hace de nuevo absoluto. No ven, por tanto, siquiera el retorno de la luz a su naturaleza de luz solar, que muestra a Jesús solo, de nuevo el Jesús de siempre, con su túnica roja.
Él anda en dirección a ellos, sonriendo; los mueve y toca y llama por su nombre.
-Alzaos. Soy Yo. No temáis -dice, porque los tres no se atreven a levantar la cara e invocan misericordia para sus pecados, temiendo que sea el Ángel de Dios queriendo mostrarles al Altísimo.
-Alzaos. Os lo ordeno -repite Jesús con tono imperioso.
Alzan el rostro y ven a Jesús sonriente.
-¡Oh, Maestro, Dios mío! -exclama Pedro -¿Cómo vamos a
vivir a tu lado, ahora que hemos visto tu gloria? ¿Cómo vamos a vivir en medio de los hombres, y nosotros, hombres pecadores, ahora que hemos oído la voz de Dios?
-Deberéis vivir conmigo y ver mi gloria hasta el final.
Sed dignos de ello, porque el tiempo está próximo. Obedeced al Padre mío y vuestro. Volvemos ahora con los hombres, porque he venido para estar con ellos y para llevarlos a Dios. Vamos. Sed santos en recuerdo de esta hora, fuertes, fieles. Participaréis en mi más completa gloria. Pero no habléis ahora de esto que habéis visto a nadie, ni siquiera a vuestros compañeros. Cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos y vuelva a la gloria del Padre, entonces hablaréis. Porque entonces será necesario creer para tener parte en mi Reino.
(Pero no habléis… ni siquiera a vuestros compañeros. La prudencia, perfecta en Cristo, lo impuso así para evitar fanatismos de veneración y de odio, ambos prematuros y nocivos: así lo anota MV en una copia mecanografiada)
-¿Pero no tiene que venir Elías para preparar tu Reino? Los rabíes dicen eso.
-Elías ha venido ya y ha preparado los caminos al Señor.
Todo sucede como ha sido revelado. Pero los que enseñan la Revelación no la conocen ni la comprenden, y no ven ni reconocen los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios. Elías ha vuelto una vez. Vendrá la segunda cuando esté cercano el último tiempo, para preparar a los últimos para Dios.
Ahora ha venido para preparar a los primeros para Cristo, y los hombres no lo han querido reconocer, le han hecho sufrir y lo han matado. Lo mismo harán con el Hijo del hombre, porque los hombres no quieren reconocer lo que es su bien.
(Elías ha vuelto una vez. El Elías que "ha vuelto una vez", al que alude Jesús, era Juan el Bautista: así lo anota MV en una copia mecanografiada)
Los tres agachan la cabeza pensativos y tristes, y bajan con Jesús por el mismo camino por el que han subido.
… Y es otra vez Pedro el que, en un alto a mitad de camino, dice:
-¡Ah, Señor! Yo también digo como tu Madre ayer: "¿Por qué nos has hecho esto?", y también digo: "¿Por qué nos has dicho esto?". ¡Tus últimas palabras han borrado de nuestro corazón la alegría de la gloriosa visión! ¡Ha sido un día de grandes miedos! Primero, el miedo de la gran luz que nos ha despertado, más fuerte que si el monte ardiera, o que si la Luna hubiera bajado a resplandecer al rellano ante nuestros ojos; luego tu aspecto, y el hecho de separarte del suelo como si estuvieras para echar a volar y marcharte.
He tenido miedo de que Tú, disgustado por las iniquidades de Israel, volvieras a los Cielos, quizás por orden del Altísimo. Luego he tenido miedo de ver aparecer a Moisés, al que los suyos de su tiempo no podían ver ya sin velo, de tanto como resplandecía en su rostro el reflejo de Dios, y todavía era hombre, mientras que ahora es espíritu bienaventurado y encendido de Dios; y a Elías…
¡Misericordia divina! He pensado que había llegado a mi último momento, y todos los pecados de mi vida, desde cuando robaba de pequeño la fruta de la despensa hasta el último de haberte aconsejado mal hace unos días, me han venido a la mente.
¡Con qué temblor me he arrepentido! Luego me dio la impresión de que me amaban esos dos justos… y he tenido la intrepidez de hablar. Pero incluso su amor me producía miedo, porque no merezco el amor de semejantes espíritus.
¡Y después… después!… ¡El miedo de los miedos! ¡La voz de Dios!… ¡Yeohveh ha hablado! ¡A nosotros! Nos ha dicho: "¡Escuchadle!". Tú. Y te ha proclamado "su Hijo amado en el cual Él se complace". ¡Qué miedo! ¡Yeohveh!…
¡A nosotros!… ¡Verdaderamente sólo tu fuerza nos ha mantenido en vida!… Cuando nos has tocado y tus dedos ardían como puntas de fuego, he sentido el último momento de terror. He creído que era la hora de ser juzgado y que el Ángel me tocaba para tomar mi alma y llevársela al Altísimo…
¡Pero, ¿cómo pudo tu Madre ver… oír… vivir en definitiva, ese momento del que hablaste ayer, sin morir, Ella que estaba sola, siendo jovencita aún, sin Ti?!
-María, la Sin Mancha, no podía tener miedo de Dios. Eva no tuvo miedo de Dios mientras fue inocente. Y Yo estaba en ese lugar. Yo, el Padre y el Espíritu, Nosotros, que estamos en el Cielo y en la tierra y en todas partes, y que teníamos nuestro Tabernáculo en el corazón de María -dice dulcemente Jesús.
-¡Qué cosa! ¡Qué cosa!… Pero después hablaste de muerte… Y toda alegría se borró… Pero, ¿por qué a nosotros tres todo esto?, ¿por qué a nosotros? ¿No convenía dar a todos esta visión de tu gloria?
-Precisamente porque desfallecéis al oír hablar de muerte, y muerte de suplicio, del Hijo del hombre, el Hombre-Dios os ha querido fortalecer para aquella hora y para siempre, con la precognición de lo que seré después de la Muerte: recordad todo esto, para decirlo a su tiempo… ¿Habéis entendido?
-¡Oh, sí, Señor. No es posible olvidar. Y sería inútil decirlo. Dirían que estaríamos ebrios.
Reanudan la marcha hacia el valle. Pero, llegados a un punto, Jesús tuerce por un sendero pino en dirección a Endor, o sea, por el lado opuesto al otro en que dejó a los discípulos.
-No los encontraremos -dice Santiago -El sol empieza a bajar. Se estarán agrupando para esperarte en el lugar donde los dejaste.
-Ven y no te crees pensamientos necios.
En efecto, en cuanto la espesura se abre dando lugar a una pradera que desciende suavemente hasta tocar el camino de primer orden, ven a toda la masa de los discípulos, aumentada por la presencia de viandantes curiosos, de escribas venidos de no sé dónde, moviéndose en la base del monte.
-¡Vaya! ¡Escribas!… ¡Y ya disputan! -dice Pedro señalándolos. Y baja los últimos metros disgustado.
Pero también los que están abajo los han visto y unos a otros se los señalan, y luego se echan a corren hacia Jesús, gritando:
-¿Cómo es que vienes por esta parte, Maestro? Estábamos para encaminarnos al lugar establecido. Pero nos han entretenido en disputas los escribas, y con sus súplicas un padre afligido.
-¿De qué discutíais entre vosotros?
-Por un endemoniado. Los escribas se han burlado de
nosotros porque no hemos podido liberarlo. Lo ha intentado de nuevo, ya por pundonor, Judas de Keriot; pero ha sido inútil. Entonces hemos dicho: "Intentadlo vosotros". Han respondido:
"No somos exorcistas". Ha coincidido que pasaban algunos, que venían de Caslot -Tabor, entre los que había dos exorcistas. Pero ellos tampoco nada. Aquí viene el padre a suplicarte. Escúchalo.
Un hombre, en efecto, se acerca suplicante. Se arrodilla frente a Jesús, que se ha quedado en el prado en pendiente, estando, pues, al menos, tres metros por encima del camino, y, por tanto, bien visible a todos.
-Maestro -le dice el hombre -venía a Cafarnaúm con mi hijo, buscándote. Te traía a mi hijo infeliz para que lo liberaras, Tú que expulsas los demonios y curas toda enfermedad. Frecuentemente se apodera de él un espíritu mudo.
Cuando se apodera de él sólo puede emitir gritos roncos, como un animal que se estuviera ahogando. El espíritu lo tira al suelo, y él, en el suelo, se revuelca, le crujen los dientes, echa espuma como un caballo que muerde el bocado, y se hiere, o puede incluso morir por asfixia, o quemado, o destrozado, porque el espíritu, más de una vez, lo ha arrojado al agua, al fuego, o lo ha tirado por las escaleras. Tus discípulos lo han intentado, pero no han podido. ¡Oh, Señor bueno! ¡Piedad de mí y de mi niño!
Jesús centellea de poder mientras grita:
-¡Oh generación perversa, oh turba satánica, legión rebelde, pueblo del infierno incrédulo y cruel, ¿hasta cuándo tendré que estar contigo?, ¿hasta cuándo tendré que soportarte?
Se muestra majestuoso, tanto, que se hace un silencio absoluto y cesan las risitas maliciosas de los escribas.
Jesús dice al padre:
-Levántate y tráeme a tu hijo.
El hombre se marcha y regresa con otros hombres; en medio de éstos viene un muchacho de unos doce o catorce años. Un muchacho guapo, pero con una mirada un poco cretina, como si estuviera aturdido. En su frente rojea una herida alargada; más abajo se ve una cicatriz vieja, blanquecina.
Nada más ver a Jesús, que lo está mirando fijamente con sus ojos magnéticos, lanza un grito ronco, y se contuerce todo su cuerpo convulsivamente, y cae al suelo echando espuma y girándole los ojos (de forma que se ve solamente el bulbo blanco, mientras se revuelca por el suelo con una típica convulsión epiléptica).
Jesús se acerca unos pasos para llegar a su lado y dice:
-¿Desde cuándo le sucede esto? Habla fuerte, que todos te oigan.
Y el hombre, gritando, mientras se va estrechando el círculo, y los escribas se ponen más arriba de Jesús para dominar la escena, dice:
-Desde niño. Ya te he dicho que a menudo cae en el fuego, en el agua, o desde las escaleras o desde los árboles, porque el espíritu lo asalta desprevenidamente y lo empuja con violencia para acabar con él. Está todo lleno de cicatrices y quemaduras. Ya es mucho que no se haya quedado ciego a causa de las llamas de la lumbre. Ningún médico, ningún exorcista, ni siquiera tus discípulos lo han podido curar. Pero Tú, si, como creo firmemente, puedes algo, ten piedad de nosotros v socórrenos.
-Si puedes creer así, todo me es posible, porque todo se le concede al que cree.
-¡Oh, Señor, claro que creo! Pero, si no creo todavía suficientemente, aumenta mi fe: para que sea completa y obtenga el milagro -dice el hombre llorando de rodillas junto al hijo, que padece más convulsiones que nunca.
Jesús se endereza, retrocede dos pasos, y, mientras la muchedumbre, más que nunca, restringe su círculo, grita fuerte:
-¡Espíritu maldito que haces sordo y mudo al niño y lo atormentas, te ordeno que salgas de él y no vuelvas a entrar nunca!
El niño, a pesar de su postura (está echado en el suelo), da unos botes espantosos, haciendo presión contra el suelo con la cabeza y los pies, en forma de arco, y lanza gritos no humanos. Un último salto, con el que se vuelve boca abajo y golpea la frente y la boca contra una roca que sobresale de la hierba; ésta se pone roja de sangre. Luego se queda inmóvil.
-« ¡Se ha muerto!» gritan muchos. « ¡Pobre niño!», « ¡Pobre padre!» -dicen, compasivos, los mejores.
Y los escribas, riéndose burlonamente, dicen:
-¡Buen servicio te ha hecho el Nazareno! -o: « ¡Maestro ¿cómo es esto?! Esta vez Belcebú te ha hecho quedar mal…» y se echan a reír venenosamente.
Jesús no responde a nadie. Ni siquiera al padre, que ha dado la vuelta a su hijo y ahora le está secando la sangre de la frente herida y de los labios heridos, gimiendo, invocando a Jesús. Pero el Maestro se inclina y toma de la mano al niño. Y éste abre los ojos dando un fuerte suspiro, como si se despertase de un sueño, luego se sienta y sonríe. Jesús lo acerca hacia sí, le hace ponerse de pie y se lo entrega a su padre, mientras los presentes gritan de entusiasmo y los escribas huyen seguidos de las burlas de la gente…
-Y ahora vamos -dice Jesús a sus discípulos.
Despide a la gente, costea el lado del monte y va al camino recorrido por la mañana.
Dice Jesús (a María Valtorta):
-No te elijo sólo para conocer las tristezas de tu Maestro, y sus dolores; quien sabe estar conmigo en el dolor debe tener parte conmigo en la alegría.
Quiero que tengas, delante de tu Jesús, que se te muestra, los mismos sentimientos de humildad y arrepentimiento de mis discípulos. Jamás soberbia. Serías castigada perdiéndome.
Continuo recuerdo de quién soy Yo y de quién eres tú.
Continuo pensamiento de tus faltas y de mi perfección, para tener un corazón lavado por la contrición; pero, al mismo tiempo, también mucha confianza en mí.
He dicho: "No temáis. Alzaos. Vamos. Vamos con los hombres, porque he venido para estar con ellos. Sed santos, fuertes y fieles en recuerdo de esta hora". Te lo digo a ti también, y a todos mis predilectos de entre los hombres, a los que me tienen de forma especial. No tengáis miedo de mí. Me muestro para elevaros, no para reduciros a cenizas.
Alzaos: que la alegría del don os dé vigor y no os embote en el sopor del quietismo, creyéndoos ya salvados porque os haya mostrado el Cielo.
Vamos juntos a los hombres. Os he invitado a obras sobrehumanas con sobrehumanas visiones y lecciones, para que podáis servirme más de ayuda. Os asocio a mi obra. Pero Yo no he conocido, ni conozco, descanso. Porque el Mal no descansa nunca y el Bien debe estar siempre activo para anular lo más que se pueda la obra del Enemigo.
Descansaremos cuando el Tiempo llegue a su cumplimiento. Ahora es necesario caminar incansablemente, obrar continuamente, consumirse infatigablemente por la mies de Dios. Que mi continuo contacto os santifique, mi continua lección os fortalezca, mi amor de predilección os haga fieles contra toda insidia.
No seáis como los antiguos rabíes, que enseñaban la Revelación y luego no le prestaban fe, hasta el punto de que no reconocían los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios. Reconoced a los precursores de Cristo en su segunda venida, porque las fuerzas del Anticristo están en marcha, y, haciendo una excepción a la medida que me he impuesto, porque sé que bebéis de ciertas verdades no por espíritu sobrenatural sino por sed de curiosidad humana, os digo en verdad que lo que muchos creerán victoria sobre el Anticristo, paz ya próxima, no será sino un alto para dar tiempo al Enemigo de Cristo de recuperar fuerzas, curarse las heridas, reunir su ejército para una lucha más cruel.
Reconoced, vosotros que sois las "voces" de este vuestro Jesús, del Rey de reyes, del Fiel y Veraz, que juzga y combate con justicia y será el Vencedor de la Bestia y de sus siervos y profetas, reconoced vuestro Bien y seguidle siempre. Que ningún engañoso aspecto os seduzca y ninguna persecución os aterre. Diga vuestra "voz" mis palabras.
Sea vuestra vida para esta obra. Y si tenéis destino, en la tierra, común con Cristo, su Precursor y Elías, destino cruento o atormentado por vejaciones morales, sonreíd a vuestro destino futuro y seguro, el que tendréis en común con Cristo, con su Precursor, con su Profeta. Iguales en el trabajo, en el dolor, en la gloria. Aquí Yo Maestro y Ejemplo; allí Yo Premio y Rey.
Tenerme será vuestra bienaventuranza. Será olvidar el dolor. Será algo que para hacéroslo comprender ninguna revelación es suficiente, porque la alegría de la vida futura es demasiado superior a la posibilidad de imaginar de la criatura que todavía está unida a la carne.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Revelación de las transfiguraciones de la Virgen
Cuando ponen pie en la playita de Cafarnaúm, los recibe el griterío de los niños, que, tanto corren, veloces, chillando con sus vocecitas, desde la playa a las casas, que emulan a las golondrinas afanadas en la construcción de los nuevos nidos; alborozados con esa sencilla alegría de los niños, para los cuales es espectáculo maravilloso un pececito muerto encontrado en la orilla, y mágico objeto una piedrecita pulida por las olas y que por su color asemeja a una piedra preciosa, o la flor descubierta entre dos piedras, o el escarabajo tornasolado capturado en vuelo: prodigios todos dignos de ser mostrados a las mamás, para que participen de la alegría de su hijito.
Mas ahora estas golondrinitas humanas han visto a Jesús, y todos sus vuelos convergen hacia Él, que está para desembarcar en la playita. Entonces se abate sobre Jesús una templada, viva avalancha de carnes niñas, y lo ciñe; una cadena suave de tiernas manitas, que lo ata; un amor de corazones infantiles, que, cual dulce fuego, le da calor.
-¡Yo! ¡Yo!
-¡Un beso!
-¡A mí!
-¡También yo!
-¡Jesús! ¡Te quiero!
-¡No te vuelvas a marchar por tanto tiempo!
-¡Venía todos los días aquí para ver si venías!
-¡Yo iba a tu casa!
-Ten esta flor. Era para mi mamá. Pero te la doy.
-Otro beso más para mí, muy fuerte. El de antes no me ha tocado, porque Yael me ha empujado para atrás…
Y las vocecitas continúan mientras Jesús trata de caminar entre esa red de ternuras.
-¡Pero dejadlo un poco en paz! ¡Fuera! ¡Basta! -gritan discípulos y apóstoles tratando de aflojar el cerco. ¡Ya, ya! ¡Parecen lianas provistas de ventosas! Por esta parte las separan, por allá se pegan.
-¡Dejad! ¡Dejadlos! Con paciencia llegaremos -dice Jesús sonriendo, y da pasos increíblemente pequeños para poder andar sin pisar piececitos descalzos.
Pero lo que le libra del amoroso cerco es la improvisa llegada de Manahén con otros discípulos, entre los cuales los pastores que estaban en Judea.
-¡La paz a ti, Maestro! -dice con voz potente el solemne Manahén, espléndidamente vestido, aunque ya sin objetos de oro en la frente y en los dedos; eso sí, con una magnífica espada a la cintura que suscita la admiración llena de reverencia de los niños, los cuales, ante este magnífico caballero vestido de púrpura y con un arma tan estupenda en su cintura, se apartan atemorizados.
Y así Jesús puede abrazarlo, y abrazar a Elías, a Leví, a Matías; a José, a Juan, a Simeón, y no sé a cuántos otros más.
-¿Cómo es que estás aquí? ¿Y cómo has sabido que había arribado?
-Saberlo, se ha sabido por los gritos de los niños. Han traspasado los muros como flechas de alegría. Pero he venido aquí porque pensaba que está próximo tu viaje a Judea y que ciertamente tomarán parte en él las mujeres… He querido estar también yo… Para protegerte, Señor, si no es demasiada soberbia pensarlo. Hay mucha efervescencia en Israel contra ti. Esto es una cosa dolorosa de decir. Per no la ignoras.
Hablando así, llegan a la casa y entran en ella. Manahén continúa hablando después de que el jefe de casa y su mujer han saludado reverentemente al Maestro.
-Ya en estos momentos la efervescencia y el interés que suscitas ha penetrado por todas partes, agitando y llamando la atención incluso de los más insensibles y distraídos por cosas muy distintas de lo que Tú eres. Las noticias de tus obras han penetrado incluso dentro de las sucias murallas de Maqueronte y en los lujuriosos refugio de Herodes, bien sean éstos el palacio de Tiberíades, o los castillos de Herodías o la espléndida mansión de los Asmoneos cerca del Sixto. Franquean, como oleadas de luz y poder, las barreras de tinieblas y mezquindad. Abaten los cúmulos de pecados dispuestos como trinchera y refugio para los sucios amores de la Corte y los atroces delitos.
Asaetean, como dardos de fuego, escribiendo palabras mucho más graves que las del banquete de Baltasar en las licenciosas paredes de las alcobas y de las salas del trono y de los banquetes. Gritan tu Nombre y tu poder, tu naturaleza y tu misión. Y Herodes tiembla de miedo por ello; y Herodías se contuerce en los lechos, con miedo a que Tú seas el Rey vengador que habrá de arrebatarle riquezas e inmunidades, si no incluso la vida, y arrojarla a merced de las turbas, que vengarían sus muchos delitos.
En la Corte tiemblan. Y es por ti. Tiemblan de miedo humano y sobrehumano. Desde que la cabeza de Juan cayó cortada, un fuego parece devorar las entrañas de quienes lo mataron. Ya no tienen siquiera su mísera paz de antes, paz de puercos hartos de comilonas, que encuentran el silencio a las acusaciones de la conciencia en la ebriedad y en la cópula. Ya no hay nada que les dé paz… Están perseguidos… Y después de cada una de las horas de amor se odian, hartos el uno de la otra, culpándose recíprocamente de haber cometido el delito que turba, que ha sobrepasado la medida; mientras que Salomé, como poseída por un demonio, vive zarandeada por un erotismo que degradaría a una esclava de las moliendas.
El Palacio es más hediondo que un albañal. Herodes me ha preguntado varias veces acerca de ti. Siempre he respondido: "Para mí es el Mesías, el Rey de Israel de la única estirpe real, la de David. Es el Hijo del hombre a que se refieren los Profetas, es el Verbo de Dios, Aquel que, por ser el Cristo, el Ungido de Dios, tiene derecho a reinar sobre todos los vivientes".
Y Herodes palidece de miedo sintiéndote el Vengador. Y rechaza el miedo, el grito de la conciencia desmembrada por el remordimiento, diciendo -porque los de la Corte para confortarlo dicen que Tú eres Juan falsamente considerado muerto, y con ello le hacen deprimirse más que nunca, de horror; o Elías, o algún otro profeta del pasado -, diciendo:
"¡No, no puede ser Juan! Lo decapitaron por orden mía y su cabeza la tiene Herodías en segura custodia. Y no puede ser uno de los profetas. No se vive de nuevo una vez muertos. Pero tampoco puede ser el Cristo. ¿Quién lo dice? ¿Quién dice que lo es? ¿Quién osa decirme que es el Rey de la única estirpe regia? ¡Yo soy el rey! ¡Yo! Y ningún otro.
El Mesías fue matado por Herodes el Grande: fue ahogado, recién nacido, en un mar de sangre. Fue degollado como un corderito… y tenía pocos meses… ¿Oyes cómo llora? Su balido me grita continuamente dentro de la cabeza, junto con el rugido de Juan: No te es lícito'... ¿No me es lícito? Sí. Todo me es lícito, porque yo soyel rey'.
Aquí vino y mujeres, si Herodías rechaza mis abrazos amorosos, y que dance Salomé para despertar mis apetitos aterrorizados por esas cosas pavorosas que dices". Y se emborracha entre las mimas de la Corte, mientras en sus habitaciones grita la desquiciada mujer sus blasfemias contra el Mártir, y sus amenazas contra ti; y, en las suyas, Salomé conoce lo que es el haber nacido del pecado de dos lujuriosos y el haber sido cómplice de un delito conseguido con el abandono del propio cuerpo a los frenesíes lúbricos de un hombre inmundo.
Pero luego Herodes vuelve en sí y quiere saber de ti, y querría verte. Y por este motivo favorece el que yo venga a ti, con la esperanza de que te lleve a su presencia; cosa que no haré nunca, para no llevar tu santidad a un antro de fieras inmundas. Y querría tenerte Herodías para agredirte; y lo grita con su estilete en las manos… Y querría tenerte Salomé, que te vio en Tiberíades sin que Tú lo supieras, el pasado Etanim, en su insania por ti…
¡Éste es el Palacio, Maestro! Pero yo permanezco en él, porque así vigilo las intenciones respecto a ti.
-Yo te lo agradezco y el Altísimo te bendice por ello. También esto es servir al Eterno en sus decretos.
-Lo he pensado. Y por este motivo he venido.
-Manahén, dado que has venido, te ruego una cosa. No bajes a Jerusalén conmigo, sino con las mujeres. Yo voy con éstos por camino ignoto; no podrán hacerme ningún mal. Pero ellas son mujeres indefensas, y el que las acompaña es de corazón manso y está enseñado a ofrecer la mejilla a quien ya lo ha golpeado. Tu presencia será segura protección. Un sacrificio, lo comprendo. Pero estaremos juntos en Judea. No me niegues esto, amigo.
-Señor, todo deseo tuyo es ley para tu siervo. Estoy al servicio de tu Madre y de las condiscípulas, desde este momento hasta cuando quieras.
-Gracias. Esta obediencia tuya también será escrita en el Cielo. Ahora vamos a dedicar la espera de las barcas para todos a curar a los enfermos que me aguardan.
Y Jesús baja al huerto, donde hay camillas o enfermos, y los cura rápidamente, mientras recibe el saludo deferente de Jairo y de los amigos, pocos, de Cafarnaúm.
Las mujeres, entretanto -y son Porfiria y Salomé, más la anciana esposa de Bartolomé y la menos anciana de Felipe con sus hijas jovencitas -se ocupan de la comida para el numeroso grupo de los discípulos, que habrán de saciar el hambre con las nasas de pescado que Betsaida y Cafarnaúm han ofrecido. Y una intensa actividad de abrir vientres argénteos todavía palpitantes, de enjuagar peces en los barreños, y una intensa crepitación de frito sobre las parrillas, se produce en la cocina, mientras Margziam, con otros discípulos, alimenta los fuegos y trae cántaros de agua para ayudar a las mujeres.
La comida pronto está hecha y pronto consumida. Y habiendo sido ya reclutadas las barcas para el transporte de tanta gente, no falta sino embarcarse en dirección a Magdala, por un lago de encanto: tan sereno… tan angélico, engastado en sus orillas esmeraldinas. Los jardines y la casa de María de Magdala se abren hospitalarios en el mediodía solar para recibir al Maestro y a sus discípulos, y toda Magdala se lanza a la calle a saludar al Rabí que va hacia Jerusalén.
Y las frescas laderas de las colinas galileas sienten la marcha diligente y alegre de la turba fiel, seguida de un cómodo carro en que van Juana con Porfiria, Salomé, las mujeres de Bartolomé y Felipe y las dos hijas jovencitas de este último, más los risueños María y Matías, de aspecto irreconocible respecto a lo que eran cinco meses antes. Margziam marcha con bravura con los adultos; es más, por voluntad de Jesús, está incluso en el grupo apostólico, entre Pedro y Juan, y no se pierde ni una palabra de cuanto dice Jesús.
El sol resplandece en un cielo purísimo. Tibias rachas de viento traen olor a bosque, a calamanto, a violeta, y el olor de los primeros muguetes y de los rosales que se van poblando cada vez más de flores; soberano, sobrepujando a todos, ese olor fresco, levemente amargoso, de las flores de los árboles frutales, que, desde todas partes, esparcen nieve de pétalos sobre los prados.
Todos tienen algunos de estos pétalos entre el pelo, mientras caminan en medio de un continuo gorjeo de pájaros, en medio de cantos de seducción y vibrantes reclamos de unas frondas a otras entre los audaces machos y las púdicas hembras; y mientras las ovejas rozan, pingües de maternidad, y los primeros corderitos chocan el morrito rosado contra la torneada ubre para aumentar la secreción de leche, o, como niños felices, corretean haciendo círculos por los prados de hierba reciente.
¡Qué pronto llega Nazaret después de Caná!, donde Susana se une a las otras mujeres llevando consigo los productos de su tierra en cestas y frascos, y una rama entera de rosas rojas, todas en capullo todavía, próximos a abrirse, que -dice -«son ofrenda para María».
-Yo también, ¿ves? -dice Juana, y destapa una especie de caja donde están cuidadosamente colocadas bastantes rosas entre musgo húmedo: «Las primeras y las más bonitas. ¡Siempre será nada para Ella, que es tan encantadora!
Veo que todas las mujeres han traído consigo provisiones para el viaje pascual; y, con las provisiones, quién esta flor, quién esa otra planta, para el huerto de María…
Porfiria se disculpa porque no ha traído más que una maceta de alcanfor, espléndido con esas diminutas hojitas glaucas que emanan su aroma con sólo rozarlas.
-María deseaba esta planta balsámica… -dice.
Y todas la elogian por la belleza exuberante del arbolito.
-¡Oh! Lo he vigilado todo el invierno, resguardándolo del hielo y del granizo en mi habitación. Margziam me ayudaba a llevarla al sol todas las mañanas y a retirarla cuando caía la tarde… Este niño encantador, si no hubiera estado la barca y ahora el carro, se lo habría cargado a las espaldas para llevárselo a María, por cortesía con Ella y conmigo -dice la humilde mujer, que cada vez se siente más segura por la bondad de Juana, y que no cabe en sí de la alegría de estar en viaje hacia Jerusalén, y además con el Maestro, con su marido y con su Margziam.
-¿No has estado nunca en Jerusalén?
-Mientras vivía mi padre, todos los años. Pero luego… Mi madre no volvió a ir… Mis hermanos me habrían llevado, pero yo servía de ayuda a mi madre y ella no me dejaba partir. Después me casé con Simón… y no he vuelto a estar muy bien de salud. Simón habría debido estar mucho de viaje, y se aburría… Así que me quedaba en casa esperándolo… El Señor veía mi deseo… y era como si hiciera el sacrificio en el Templo… -dice la mansa mujer.
Y Juana, que la tiene cerca, le pone una mano en sus espléndidas trenzas y le dice: -¡Querida mía!
Y en esa expresión hay mucho amor, mucha comprensión, mucho significado.
Llegan a Nazaret… Llegan a la casa de María de Alfeo, que ya está entre los brazos de sus hijos, y ella, con las manos goteando y rojas por la colada que está haciendo, los acaricia, para correr luego, secándoselas en el tosco mandil, a abrazar a Jesús… Llegan a la casa de Alfeo de Sara, que precede inmediatamente a la de María. Alfeo ordena al nietecito más grande que corra a avisar a María, mientras se dirige a pasos de gigante hacia Jesús, con una brazada de nietecitos encima; y lo saluda junto con esa nidada estrechada entre sus brazos como un ramo de flores ofrecido a Jesús.
He ahí a María, asomándose a la puerta, bajo el sol, con su vestido de casa de un azul claro un poco descolorido, y con el oro -brillante, vaporoso sobre la frente virginal, macizo en el tupido nudo de las trenzas sobre la nuca -el oro de sus cabellos; hela cayendo sobre el pecho de su Hijo, que la besa con todo su amor. Los demás se detienen, prudentes, para dejarlos libres en los primeros momentos.
Pero Ella se separa enseguida y vuelve el rostro, inexpugnable a la edad, ahora todo rosado por la sorpresa y luminoso por la sonrisa, y saluda con su voz de ángel:
-La paz a vosotros, siervos del Señor y discípulos de mi Hijo. La paz a vosotras, hermanas en el Señor y, con las discípulas, que han bajado del carro, intercambia un beso fraterno.
-¡Oh, Margziam, ya no voy a poder tenerte entre mis brazos! Ya eres un hombre. Pero ven con la Mamá de todos los buenos, que sí te daré un beso todavía. ¡Tesoro mío! Que Dios te bendiga y te haga crecer en sus caminos, robusto como crece tu joven cuerpo, y más aún. Hijo mío, habrá que llevarlo a que lo vea su abuelo. Se pondrá muy contento de verlo así -dice luego volviéndose hacia Jesús.
Y luego abraza a Santiago y a Judas de Alfeo. Y les da la noticia que ciertamente desean oír:
-Este año Simón viene conmigo, como discípulo del Maestro. Me lo ha dicho.
Luego saluda, uno por uno, a los más conocidos, a los más influyentes, y tiene para cada uno de ellos una palabra de gracia. Jesús acerca a Manahén a Ella y se lo presenta como escolta suya en el viaje hacia Jerusalén.
-¿No vienes con nosotros, Hijo?
-Madre, tengo más lugares que evangelizar. Nos veremos en Betania.
-Hágase tu voluntad ahora y siempre. Gracias, Manahén. Tú: ángel humano; nuestros custodios: ángeles del Cielo; estaremos tan seguras como estando en el Santo de los Santos. Y ofrece su mano menuda a Manahén en señal de amistad. El caballero, crecido en el fasto, se arrodilla para besar la gentil mano que se le ofrece.
Entretanto, han descargado las flores y todas las otras cosas que deben quedarse en Nazaret. Luego el carro va a su lugar: alguna de las caballerizas de la ciudad.
La pequeña casa parece una rosalera por las rosas que las discípulas han distribuido por todas partes. Pero la planta de Porfiria, que ha sido puesta encima de la mesa, recoge la más viva admiración de María; y dice que la lleven a un lugar apropiado según las indicaciones de la mujer de Pedro.
Ciertamente no pueden entrar todos en la minúscula casa, ni en el huerto, que no es ni un latifundio ni una hacienda, pero que, eso sí, parece ascender hacia el cielo sereno, hacerse etéreo (por la gran cantidad de nubes de flores de los árboles de este hortezuelo).
Y Judas de Alfeo, sonriendo, pregunta a María:
-¿Has cortado hoy también la rama para tu ánfora?
-Claro, Judas. La estaba contemplando cuando habéis llegado…
-Y soñando de nuevo, Mamá, tu vasto misterio -dice Jesús, ciñéndola con su brazo izquierdo y arrimándola contra su pecho.
María alza su rostro enrojecido, y suspira:
-Sí, Hijo mío… y también el primer latido de tu corazón en mí…
Jesús dice:
-Que se queden las discípulas, los apóstoles, Margziam, los discípulos pastores, el sacerdote Juan, Esteban, Hermas y Manahén. Los demás que se dispersen en busca de alojamiento…
-Muchos pueden alojarse en mi casa… -grita desde la puerta, donde está retenido, Simón de Alfeo.
-Soy condiscípulo de ellos y los reclamo.
-¡Hermano, acércate para que te pueda besar -dice, efusivo, Jesús, mientras Alfeo de Sara e Ismael y Aser, los dos discípulos ex arrieros de asnos, de Nazaret, dicen, a su vez:
-¡A nuestra casa. ¡Venid, venid!
Los discípulos que no habían sido nombrados se marchan. Se puede entonces cerrar la puerta… para ser abierta de nuevo inmediatamente, por la llegada de María de Alfeo, que no puede estar lejos aunque se estropee su colada. Son casi cuarenta personas, así que se esparcen por el huerto tibio y calmo. Se distribuyen los alimentos. Todos, tan contentos como están de consumirlos en la casa del Señor y además distribuidos por María, los encuentran de un sabor celestial.
Regresa Simón, después de acomodar convenientemente a los discípulos, y dice:
-No me has llamado como a los demás, pero soy hermano tuyo y vengo de todas formas.
-Bien. Ven, Simón. He querido que estuvierais aquí para daros a conocer a María. Muchos de vosotros conocéis a la "madre" María algunos a la "esposa" María. Pero ninguno conoce a la "virgen" María. Os la quiero dar a conocer en este jardín en flor, al cual vuestro corazón viene, con el deseo, en los momentos de lejanía forzada, como a un lugar de reposo, durante las fatigas del apostolado.
He oído lo que decíais, apóstoles, discípulos y parientes; he oído vuestras impresiones, vuestros recuerdos, vuestras afirmaciones acerca de mi Madre. Quiero transfiguraros todo esto -cargado de admiración pero todavía muy humano -en conocimiento sobrenatural. Porque mi Madre, antes de mí, debe ser transfigurada ante los ojos de los más merecedores, para ser mostrada cual Ella es. Veis a una mujer. Una mujer que por su santidad os parece distinta de las demás, y que veis en realidad como un alma envuelta en la carne, como la de todas sus hermanas de sexo. Pero ahora quiero descubriros el alma de mi Madre, su verdadera y eterna belleza.
Ven aquí, Madre mía. No te ruborices. No te eches hacia atrás atemorizada, paloma suave de Dios. Tu Hijo es la Palabra de Dios, No puede hablar de ti y de tu misterio, de tus misterios, ¡oh sublime Misterio de Dios! Vamos a sentarnos aquí, bajo esta sombra ligera de árboles en flor, junto a la casa, junto a tu habitación santa. ¡Así! Vamos a descorrer esta cortina ondeante.
Que salgan olas de santidad y de Paraíso de esta habitación virginal para saturarnos de ti a todos… Sí. A mí también, y quede perfumado de ti, Virgen perfecta, para poder soportar los hedores del mundo, para, teniendo saturada la pupila de tu Candor, poder ver candor… Venid aquí, Margziam, Juan, Esteban, y vosotras, discípulas, poneos bien de frente a la puerta abierta de la morada casta de la que es Casta entre todas las mujeres. Y detrás vosotros, amigos míos. Y aquí, a mi lado, tú, amada Madre mía.
Poco antes os he dicho: "la eterna belleza del alma de mi Madre". Soy la Palabra y por ello sé hacer uso de la palabra sin error. He dicho: eterna, no inmortal. Y no lo he dicho sin una finalidad. Inmortal es quien, habiendo nacido, ya no muere. Así, el alma de los justos es inmortal en el Cielo, el alma de los pecadores es inmortal en el Infierno; porque el alma, una vez creada, ya no muere sino a la gracia. Pero el alma tiene vida, existe desde el momento en que Dios la piensa. La crea el Pensamiento de Dios. El alma de mi Madre desde siempre es pensada por Dios. Por tanto es eterna en su belleza, en la cual Dios ha vertido todas las perfecciones para recibir de ella delicia y confortación.
Está escrito en el Libro de nuestro antepasado Salomón, que te antevió, y, por tanto, puede ser llamado profeta tuyo: "Dios me poseyó al principio de sus obras, desde el mismo principio, antes de la Creación. Ab aeterno fui establecida, al principio, antes de que fuera hecha la Tierra. No existían todavía los abismos y yo había sido ya concebida. No manaban aún las fuentes de las aguas, no habían sido asentadas aún las montañas sobre su pesada mole y yo ya existía. Antes de las colinas había sido dada a luz.
Él no había hecho todavía la Tierra, ni los ríos, ni los fundamentos del mundo, y yo ya existía Cuando preparaba los cielos y el Cielo, estaba presente. Cuando con ley inviolable cerró debajo de la bóveda el abismo, cuando afianzó en lo alto la bóveda celeste y colgó de ella las fuentes de las aguas, cuando fijó al mar sus confines y dictó a las aguas la ley de no superarlos, mientras echaba los cimientos de la Tierra, yo estaba con Él dando orden a todas las cosas. En medio de una constante alegría, jugaba en su presencia continuamente. Jugaba en el orbe".
¡Sí, oh Madre de la que Dios, el Inmenso, el Sublime, el Virgen, el Increado, estaba grávido, y te llevaba como al dulcísimo fruto de su seno, exultando al sentirte agitarte dentro de Él, dándole las sonrisas con las que hizo la Creación! Tú, a la que dio a luz al dolor para darte al Mundo, alma suavísima, nacida del Virgen para ser la "Virgen", Perfección de la Creación, Luz del Paraíso, Consejo de Dios, el cual, mirándote, pudo perdonar la Culpa, porque sólo tú, tú sola, sabes amar como no sabe hacerlo toda la Humanidad junta. ¡En ti e1 Perdón de Dios!
¡En ti la Medicina de Dios, tú, caricia del Eterno en la herida infligida por el hombre a Dios! ¡En ti la Salud del mundo, Madre del Amor encarnado y del Redentor concedido!
¡Oh, el alma de mi Madre! ¡Fundido en el Amor con el Padre, te miraba dentro de mí, oh alma de mi Madre!… Tu esplendor, tu oración, la idea de que tú me llevaras, eran eterno consuelo de mi destino de dolor y de experiencias inhumanas, de lo que significa para el Dios perfectísimo el mundo corrompido. ¡Gracias, Madre! He venido ya saturado de tus consuelos, he descendido sintiéndote sólo a ti, tu perfume, tu canto, tu amor… ¡Alegría, alegría mía!
Pero, oíd, vosotros que ahora sabéis que una sola es la mujer en la que no hay mancha, una sola la Criatura que no cuesta heridas al Redentor, oíd la segunda transfiguración de María, la Elegida de Dios.
Era una tarde serena de Adar. Estaban en flor los árboles en el huerto silencioso. María, desposada con José, había cogido una rama de árbol florecido para sustituir a la otra que había en su habitación. Hacía poco que María había venido a Nazaret, tomada del Templo para adornar una casa de santos.
Y, con el alma tripartita (entre el Templo, la casa y el Cielo), miraba la rama florecida, pensando que con una parecida a ésa, florecida en modo insólito, una rama cortada en este hortezuelo en pleno invierno y que había echado flores como en primavera delante del Arca del Señor -quizás le había dado calor el Sol-Dios radiante en el lugar de su Gloria -Dios le había expresado su voluntad…
Y pensaba también que el día de la boda José le había llevado otras flores, aunque no como esa primera, que tenía escrito en sus pétalos ligeros: "Te quiero unida a José"… Muchas cosas pensaba… Y pensando subió a Dios. Las manos se movían diligentes entre la rueca y el huso, e hilaban un hilo más delgado que un cabello de su joven cabeza…
El alma tejía un tapiz de amor, yendo diligente, como la lanzadera del telar, de la tierra al Cielo; de las necesidades de la casa, de su esposo, a las del alma, de Dios. Y cantaba y oraba. El tapiz se formaba en el místico telar, se desenrollaba desde la tierra al Cielo, subía para perderse arriba… ¿Formado con qué? Con los hilos finos, perfectos, fuertes, de sus virtudes; con el veloz hilo de la lanzadera que Ella creía "suya", y, sin embargo, era de Dios: la lanzadera de la Voluntad de Dios en la cual estaba arrollada la voluntad de la pequeña, grande Virgen de Israel, la Desconocida para el Mundo, la Conocida para Dios; su voluntad arrollada, hecha una con la Voluntad del Señor.
Y el tapiz se adornaba con flores de amor, de pureza, con palmas de paz, de gloria, con violetas, jazmines… Todas las virtudes florecían en el tapiz del amor que la Virgen de Dios extendía, invitante, desde la tierra hasta el Cielo. Y, no bastando el tapiz, lanzaba su corazón cantando: "Venga mi Amado a su jardín y coma el fruto de sus árboles frutales… Baje mi Amado a su jardín, a la era de los aromas, a halagarse en los jardines, a recoger lirios. ¡Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío; Él, que se halaga entre los lirios!".
Y, desde lejanías infinitas, entre torrentes de Luz, venía una Voz cual oído humano no puede oír, ni garganta humana formar. Decía: "¡Cuán hermosa eres, amiga mía! ¡Qué hermosa!… Miel gotean tus labios… ¡Un jardín cerrado eres tú, una fuente sellada, oh hermana, esposa mía!…", y las dos voces se unían para cantar la eterna verdad: "El amor es más fuerte que la muerte. Nada puede extinguir o ahogar `nuestro' amor". La Virgen se transfiguraba así…, así… así… mientras descendía Gabriel y la reclamaba, con su llamear, a la Tierra; uníale de nuevo el espíritu al cuerpo, para que Ella pudiera oír y comprender la demanda de Aquel que la había llamado "Hermana" pero que la quería "Esposa".
Pues bien, allí tuvo lugar el Misterio… Y una púdica, la más púdica entre todas las mujeres, Aquella que ni siquiera conocía el estímulo instintivo de la carne, se turbó ante el ángel de Dios, porque hasta un ángel turba la humildad y la verecundia de la Virgen; y sólo se calmó oyéndolo hablar; y creyó; y dijo la palabra por la que el amor "de Ella y Él " se hizo Carne y vencerá a la Muerte, y no habrá agua que pueda apagarlo ni maldad que pueda sumergirlo…
Jesús se inclina dulcemente hacia María, que ha caído a sus pies, casi extática, al rememorar la lejana hora, iluminada con una luz especial que parece exhalar del alma; y le pregunta quedo:
-¡Cuál fue, ¡Purísima!, tu respuesta a aquel que te aseguraba que viniendo a ser Madre de Dios no perderías tu perfecta Virginidad?
Y María, casi en sueño, lentamente, sonriendo, con los ojos dilatados por un feliz llanto:
-¡He aquí a la Sierva del Señor! Hágase en mí según su Palabra -y reclina, adorando, la cabeza en las rodillas de su Hijo.
Jesús la cubre con su manto, celándola así a los ojos de todos, y dice:
-Y se cumplió. Y se cumplirá hasta el final. Hasta sus otras transfiguraciones. Ella será siempre "la Sierva de Dios". Hará siempre lo que diga "la Palabra". ¡Ésta es mi Madre! Bueno es que empecéis a conocerla en toda su santa Figura… ¡Madre! ¡Madre! Alza tu cara, Amada… Llama a tus devotos a esta Tierra en que por ahora estamos… -dice mientras destapa a María, después de un rato en que no se ha oído ningún sonido aparte del zumbido de las abejas Y el gorgoteo de la fuentecita.
María levanta la cara, cubierta de llanto, y susurra:
-¿Por que me has hecho esto Hijo? Los secretos del Rey son sagrados…
-Pero el Rey los puede revelar cuando quiere. Madre, lo he hecho para que se comprenda lo que dijo un Profeta: "Una Mujer abarcará al Hombre", y lo otro del otro Profeta: "La Virgen concebirá y dará a luz a un Hijo". Y también para que ellos, que se horrorizan por demasiadas cosas del Verbo de Dios que consideran humillantes, tengan como contrapeso otras muchas cosas que los confirmen en el gozo de ser "míos". Así no se volverán a escandalizar, y conquistarán así también el Cielo… Ahora los que tengan que ir a las casas hospitalarias que vayan. Yo me quedo aquí con las mujeres y Margziam. Que mañana, al alba, estén aquí todos los hombres; quiero llevaros a un lugar cercano. Luego regresaremos para saludar a las discípulas.
Después volveremos a Cafarnaúm y reuniremos a los otros discípulos para enviarlos detrás de ellas…