por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No sé dónde han pernoctado los peregrinos. Sé que es de nuevo por la mañana, que están en camino, por lugares montañosos como antes, que Jesús tiene vendada la mano y Santiago de Alfeo la frente, que Andrés cojea bastante y Santiago de Zebedeo no lleva el talego (lo ha cogido su hermano Juan).
Jesús ha preguntado dos veces:
-¿Puedes seguir andando, Andrés?
-Sí, Maestro. Camino mal por el vendaje. Pero el dolor no es fuerte.
Y la segunda vez añade:
-¿Y tu mano, Maestro?
-Una mano no es una pierna. Está en descanso y duele poco.
-¡Mmm! Poco no creo, tan hinchada como está y tan abierta, hasta el hueso… El aceite hace bien. Pero quizás hubiera sido mejor si de ese ungüento de tu Madre le hubiéramos pedido un poco a…
-A mi Madre. Tienes razón -dice rápidamente Jesús, sintiendo lo que está para salir de los labios de Pedro, el cual, confuso, se pone colorado y mira con mirada desolada a su Jesús; tan desolada, que Él sonríe y apoya la mano, precisamente la herida, encima del hombro de Pedro, para arrimársele a sí.
-Te hará daño estar así.
-No. Simón. Tú me quieres y tu amor es un magnífico aceite saludable.
-¡Oh, entonces, si es por eso, ya deberías estar curado! Hemos sufrido todos de verte tratado de ese modo, y hay quien ha llorado.
Pedro mira a Juan y a Andrés…
-Aceite y agua son buena medicina, pero el llanto de amor y piedad es más potente que cualquier otra cosa. ¿Veis? Estoy mucho más alegre hoy que ayer. Porque hoy sé cuán obedientes sois y cuánto me queréis. Todos -y Jesús los mira con su mirada dulce, en cuya ya habitual tristeza hay una tenue luz de alegría esta mañana.
Pero qué hienas, ¡eh! ¡Jamás he visto un odio como ése! -dice Judas de Alfeo. -Debían ser todos judíos.
-No, hermano. La región no tiene nada que ver. El odio es igual en todos los sitios. Recuerda que en Nazaret, hace meses, fui expulsado y me querían apedrear. ¿No te acuerdas? -dice sereno Jesús (y ello sirve de consuelo de las palabras de Judas Tadeo para los que son judíos).
Tanto consuelo, que el Iscariote dice:
-¡Ah, pero esto lo voy a decir! ¡Vaya que si lo voy a decir! No estábamos haciendo nada malo No hemos reaccionado. Y Él ha hablado lleno de amor al principio.
Han empezado a pedradas con nosotros, como si fuéramos serpientes. Lo voy a decir.
-¿Y a quién se lo vas a decir, si están todos contra nosotros?
-Yo sé a quién decírselo. De momento, en cuanto vea a Esteban y a Hermas se lo digo. Lo sabrá enseguida Gamaliel. Pero para Pascua se lo digo a quien yo me sé.
Voy a decir: "No es justo actuar así. Con vuestro furor sois ilegales. Vosotros sois culpables, no Él"
-Mejor sería que no te acercaras mucho a esos "señores"!… Tengo la impresión de que para ellos tú también eres culpable -aconseja sabiamente Felipe.
-Es verdad. Mejor es que no vuelva a tener nunca contacto con ellos. Sí. Es mejor. Pero a Esteban sí se lo digo. Es bueno y no envenena…
-¡Déjalo, hombre, Judas! No harías mejorar nada. Yo he perdonado. No pensemos más en ello -dice sereno y persuasivo Jesús.
Dos veces que encuentran riachuelos, tanto Andrés como los
dos Santiagos se mojan las vendas que cubren sus contusiones. Jesús no. Prosigue tranquilo, como si no sintiera dolor.
Y, sin embargo, el dolor debe ser notable, si, cuando se detienen para comer, debe pedir a Andrés que le parta el pan; si, cuando se le desata una sandalia, debe rogar a Mateo que se la ate de nuevo; si, sobre todo, al bajar por un atajo con fuerte declive, y yendo a chocar contra un tronco porque su pie ha resbalado, no puede reprimir un quejido; si se le pone otra vez roja de sangre la venda (tanto que, en la primera casa de un pueblo, al que llegan hacia el crepúsculo, se detienen y piden agua y aceite para medicarle la mano, la cual, quitadas las vendas, aparece muy hinchada y de un color aturquesado en el dorso, con la herida rojiza en el centro).
Mientras esperan a que la mujer de la casa llegue con lo que han pedido, se arriman todos a la mano herida para observarla, y hacen sus respectivos comentarios. Pero Juan se retira un poco más allá para esconder su llanto.
Jesús lo llama:
-Ven aquí. No es una cosa grave. No llores.
-Lo sé. Si lo tuviera yo, no lloraría. Pero lo tienes Tú; y no dices todo el daño que te hace esta amada mano, que no ha dañado nunca a nadie -responde Juan. Jesús le ha dejado la mano relajada. Juan la acaricia dulcemente, en la punta de los dedos, en la muñeca, todo alrededor de la moradura, y la vuelve con dulzura, para besar su palma y apoyar su mejilla en el cuenco de la mano, y dice: «Está ardiendo… ¡Cuánto te debe doler! -y lágrimas de piedad caen sobre ella.
La mujer trae el agua y el aceite. Con un pedazo de tela, Juan quiere limpiar la mano manchada de sangre; con delicadeza, hace circular agua tibia sobre la parte herida; luego la unge, la venda con unas tiras limpias de tela, y en el lazo pone un beso. Jesús le coloca la otra mano en la cabeza, que tiene agachada.
La mujer pregunta:
-¿Es tu hermano?
-No. Es mi Maestro, nuestro Maestro.
La mujer sigue preguntando, esta vez a los otros:
-¿De dónde venís?
Del Mar de Galilea. ¡Lejos! ¿Para qué?
Para predicar la Salud.
-Es casi de noche. Quedaos en mi casa. Casa de pobres, pero de gente honrada. Puedo daros leche en cuanto vuelvan mis hijos con las ovejas. Mi marido os acogerá con gusto.
-Gracias, mujer. Si el Maestro quiere, nos quedamos aquí.
La mujer va a sus labores mientras los apóstoles le preguntan a Jesús qué deben hacer.
-Sí. Bien. Mañana vamos a ir a Quedes y luego hacia Panéade. He reflexionado, Bartolomé. Conviene hacer como dices. Me has dado un buen consejo. Espero encontrar así a otros discípulos y enviarlos delante de mí a Cafarnaúm. Sé que a estas alturas ya deben haber estado algunos discípulos en Quedes, entre los cuales los tres pastores libaneses.
Vuelve la mujer y pregunta:
-¿Entonces?
-Sí, buena mujer. Pasamos aquí esta noche.
-Y cenáis. Aceptadlo. No me pesa. Y, además, algunos, que son discípulos de ese Jesús de Galilea, al que llaman Mesías, que hace tantos milagros y predica el Reino de Dios, nos han enseñado la misericordia. Pero El no ha venido nunca aquí. Quizás porque estamos en los confines sirofenicios. Pero sí han venido sus discípulos. Y ya es mucho.
Para Pascua, los del pueblo queremos ir todos a Judea para ver si vemos a este Jesús. Porque tenemos enfermos y los discípulos han curado a algunos, pero a otros no. Y entre éstos está un hijo, joven, de un hermano de la mujer de mi cuñado.
-¿Qué le pasa? -pregunta Jesús sonriendo.
-Es… No habla y no oye. Nació así. Quizás un demonio entró en el vientre de la madre para hacerla desesperarse y sufrir. Pero es bueno. Un endemoniado no sería así. Los discípulos han dicho que para él es necesario Jesús de Nazaret, porque debe faltarle algo, y sólo este Jesús…
¡Ah, aquí están mis hijos y mi marido! Melquías, he acogido a estos peregrinos en nombre del Señor. Estaba hablando de Leví… Sara, ve pronto a ordeñar la leche, y tú, Samuel, baja a la gruta por aceite y vino, y trae manzanas del desván. Date prisa, Sara; preparamos las camas en las habitaciones altas.
-No te afanes, mujer. Estaremos bien en cualquier sitio. ¿Podría ver al hombre de que hablabas?
-Sí… Pero… ¡Oh! ¡Señor! ¿No serás Tú el Nazareno?
-Soy Yo.
La mujer cae de rodillas, y grita:
-¡Melquías, Sara, Samuel! ¡Venid a adorar al Mesías! ¡Qué gran día! ¡Qué gran día! ¡Y yo lo tengo en mi casa! ¡Y estaba hablando con Él, así! ¡Y le he traído el agua para lavar la herida!… ¡Oh!… -se ahoga de emoción. Y corre a donde el barreño. Lo ve vacío: « ¿Por qué habéis tirado esa agua? ¡Era santa! ¡Melquías! ¡El Mesías en nuestra casa!
-Sí. Pero tranquilízate, mujer. Y no se lo digas a nadie.
Más bien, ve por el sordomudo y tráemelo… -dice Jesús sonriendo…
…Y pronto regresa Melquías con el joven sordomudo, los parientes de él y medio pueblo al menos… La madre del infeliz adora a Jesús y le suplica.
-Sí, será como tú quieres.
Toma de la mano al sordomudo, le separa un poco de la masa de personas que se apiña, mientras los apóstoles, por compasión hacia la mano herida, luchan por mantener a la gente separada. Jesús arrima a sí bien al sordomudo; le pone los índices en las orejas y la lengua en los entreabiertos labios; luego, alzando los ojos al cielo ya algo oscurecido, expele su aliento sobre el rostro del sordomudo y grita fuertemente: «¡Abríos!» y lo suelta.
El joven lo mira por un momento, mientras la gente cuchichea.
Es sorprendente el cambio de la cara del sordomudo: primero apática y triste, ahora sorprendida y sonriente.
Se lleva las manos a las orejas. Aprieta y suelta… Se convence de que realmente oye… Abre a boca y dice:
-¡Mamá! ¡Oigo! ¡Oh, Señor, yo te adoro!
Se apodera de la gente el entusiasmo habitual; mucho más todavía, porque se preguntan:
-¿Y cómo puede saber hablar, si nunca, desde que nació, oyó palabra alguna? ¡Un milagro en el milagro! Le ha soltado el habla y al mismo tiempo le ha enseñado a hablar. ¡Viva Jesús de Nazaret! ¡Hosanna al Santo, al Mesías!
Y se apiñan contra Él, que levanta su mano herida para bendecir, mientras algunas personas, informadas por la mujer de la casa, se mojan la cara y los miembros con las gotas de agua que habían quedado en el barreño.
Jesús los ve y grita:
-Por vuestra fe, quedad todos curados. Id a vuestras casas. Sed buenos, honestos. Creed en la palabra del Evangelio. Y conservad para vosotros lo que sabéis, hasta que llegue la hora de proclamarlo en las plazas y por los caminos de la tierra. Mi paz sea con vosotros.
Y entra en la amplia cocina, donde resplandece el fuego y tiemblan las luces de dos lámparas.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Dejando el pueblo de Meirón, Jesús, con sus apóstoles, toma un camino, también éste de montaña, que va en dirección noroeste, entre bosques y prados. Sigue subiendo. Quizás han venerado ya algunas tumbas, porque oigo que hablan de ello.
Ahora es precisamente Judas Iscariote el que va delante con Jesús. Se comprende que en Meirón han recibido y dado limosnas. Judas rinde cuentas, diciendo los donativos que han recibido y las limosnas que han dado. Termina diciendo:
-Y ahora, aquí, mi donativo. He jurado esta noche que te lo iba a dar para los pobres, como penitencia. No es mucho. Pero no tengo mucho dinero. De todas formas, he convencido a mi madre de que me mande dinero a menudo a través de muchos amigos. Las otras veces que dejaba mi casa era con mucho dinero. Pero esta vez, teniendo que ir por los montes solo, o sólo con Tomás, he tomado lo suficiente para la duración del viaje. Prefiero hacerlo así.
La única cosa es que… tendré que pedirte alguna vez autorización para separarme de vosotros durante unas horas para ir donde mis amigos. Ya he dispuesto todo… Maestro, ¿sigo teniendo el dinero yo? ¿Todavía yo? ¿Te fías todavía de mí?
-Judas, tú solo dices todo. Y no sé el motivo por el que lo haces. Has de saber que para mí nada ha cambiado… porque espero con ello que cambies tú y vuelvas a ser el discípulo que fuiste, y llegues a ser el justo por cuya conversión oro y sufro.
-Tienes razón, Maestro. Pero, con tu ayuda, ciertamente lo seré. Por lo demás… son imperfecciones de juventud. Cosas sin peso. Es más, sirven para poder comprender a los semejantes y para curarlos.
-¡Verdaderamente, Judas, tu moral es muy extraña! Y debería decir más. Nunca se ha visto a un médico que enferme voluntariamente para poder decir después: "Ahora sé curar mejor a los que tienen esta enfermedad". ¿Así que Yo soy un incapaz?
-¿Quién lo dice, Maestro?
-Tú. Yo no cometo pecados; por tanto, no sé curar a los pecadores.
-Tú eres Tú. Pero nosotros no somos Tú, y tenemos necesidad de la experiencia para saber hacer…
-Es tu vieja idea. La misma de hace unas veinte lunas.
Sólo que entonces opinabas que Yo debía pecar para ser capaz de redimir. Verdaderamente me sorprende que no hayas tratado de corregir este… defecto mío, según tus modos de juzgar, y de dotarme de esta… capacidad de comprender a los pecadores.
-Estás bromeando, Maestro. Bien, me agrada que bromees. Me causabas pena. Estabas muy triste. Y para mí es doble satisfacción el que sea precisamente yo quien te hace bromear. Pero nunca he pensado en elevarme a ser tu pedagogo. Además, ya ves que he corregido mi modo de pensar; tanto, que digo que esta experiencia es necesaria sólo para nosotros. Para nosotros, pobres hombres. Tú eres el Hijo de Dios, ¿no es verdad? Tienes, por tanto, una sabiduría que, para ser sabiduría, no tiene necesidad de experiencias
-Bueno, pues, has de saber que la inocencia también es sabiduría, mucho mayor que el bajo y peligroso conocimiento del pecador. Donde la santa ignorancia del mal limitaría la capacidad de guiarse y de guiar, suple el ministerio angélico, que jamás se ausenta de un corazón puro.
Cree que los ángeles, aun siendo purísimos, saben distinguir el Bien y el Mal, y conducir al hombre puro que custodian por el sendero recto y hacia actos rectos. El pecado no es aumento de sabiduría. No es luz. No es guía. Jamás. Es corrupción. Es privación de ver. Es caos.
De modo que quien lo cometa conocerá su sabor, mas perderá también la capacidad de saber muchas otras espirituales cosas y ya no tendrá a un ángel de Dios, espíritu de orden y amor, que lo guíe; sino a un ángel de Satanás, para conducirlo por la vía de un desorden cada vez mayor, por el odio insaciable que devora a estos espíritus diabólicos.
-Y… escucha, Maestro. ¿Si uno quisiera volver a tener la guía angélica? ¿Basta el arrepentimiento, o, por el contrario, el veneno del pecado perdura incluso después de que uno se ha arrepentido y ha sido perdonado?… Ya sabes… uno que se ha dado al vino, por ejemplo, aunque jure no volver a emborracharse, y lo jure con verdadera voluntad de cumplirlo, sigue sintiendo la incitación a beber. Y sufre…
-Claro. Sufre. Por este motivo uno no se debería hacer nunca esclavo de lo malo. Pero sufrir no es pecar. Es expiar. Como un borracho arrepentido no comete pecado, sino que adquiere mérito, si resiste heroicamente a la incitación y deja de beber vino; asimismo, quien ha pecado y se arrepiente y resiste a todas las incitaciones, adquiere un mérito; y no le falta la ayuda sobrenatural para esta resistencia. Ser uno tentado no es pecado. Es más, es batalla que procura victoria. Y -cree también esto
-Dios desea sólo perdonar y ayudar a quien habiendo errado luego se arrepiente…
Judas está en silencio un rato… Luego, toma la mano de Jesús y la besa, y curvado todavía hacia la mano que ha besado, dice:
-Pero yo ayer por la noche me he pasado de la raya. Te he insultado, Maestro… Te he dicho que acabaré odiándote…
¡He dicho estas blasfemias! ¿Pueden acaso serme perdonadas?
-El mayor pecado es desesperar de la misericordia divina… Judas, Yo he dicho: "Todo pecado contra el Hijo del hombre será perdonado". El Hijo del hombre ha venido para perdonar, salvar, curar, para llevar al Cielo. ¿Por qué quieres perder el Cielo? ¡Judas! ¡Judas!. ¡Mírame!
Lávate el alma en el amor que brota de mis ojos…
-¿Pero no te causo repulsa?
-Sí… Pero el amor es mayor que la repulsa. Judas, pobre leproso, el mayor leproso de Israel, ven a invocar la salud a Aquel que te la puede dar…
-Dame la salud, Maestro.
-No. No así. No hay en ti arrepentimiento verdadero y voluntad firme. Hay sólo un conato de amor sobreviviente por mí, por tu pasada vocación. Hay un pulular de sentimiento, pero enteramente humano. No es que sea malo todo esto. Es más, es el primer paso hacia el Bien.
Cultívalo, auméntalo, injértalo en lo sobrenatural, haz de ello un verdadero amor por mí, una vuelta verdadera a lo que eras cuando viniste a mí, ¡eso al menos!, ¡eso al menos! Haz de ello, no un latido transitorio, emotivo, de sentimentalismo inactivo, sino un verdadero sentimiento, activo, de atracción al Bien. Judas, Yo espero. Sé esperar. Yo oro. Soy Yo quien suple, en esta espera, a tu ángel disgustado. Mi piedad, mi paciencia, mi amor; siendo perfectos, son superiores a los angélicos, y pueden permanecer a tu lado, en medio de los desagradables hedores de lo que te fermenta en el corazón, para ayudarte…
Judas se estremece, no fingidamente, sino en la realidad.
Con labios temblorosos, con voz quebradiza por lo que le estremece, pálido, pregunta:
-¿Pero Tú sabes realmente lo que he hecho?
-Todo, Judas. ¿Quieres que te lo diga o prefieres que te ahorre esta humillación?
-Pero… bueno, es que no puedo creer…
-Bien, pues entonces vamos a recorrer hacia atrás el camino y a decirle al incrédulo la verdad. Esta mañana ya has mentido más de una vez, sobre el dinero y sobre cómo has pasado la noche. Tú ayer por la noche has tratado de ahogar con la lujuria todos tus otros sentimientos, todos los odios, los remordimientos. Tú…
-¡Basta! ¡Basta! ¡Por caridad, no sigas! O huiré de tu presencia.
-Deberías, por el contrario, abrazarte a mis rodillas pidiendo perdón.
-¡Sí, sí! ¡Perdón! ¡Perdón, Maestro mío! ¡Perdón! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Es más fuerte que yo! Todo es más fuerte que yo.
-Menos el amor que deberías tener por Jesús… Pero, ven aquí, para vencerte la tentación y librarte de ella.
Y lo toma entre sus brazos y llora silenciosas lágrimas encima de la cabeza morena de Judas.
Los demás, que están algunos metros más atrás, se han detenido prudentemente y ahora comentan:
-¿Veis? Quizás Judas tiene verdaderamente algún pesar.
-Y esta mañana se ha abierto con el Maestro.
-¡Qué tonto! Yo lo hubiera hecho inmediatamente.
-Serán cosas penosas.
-¡Seguro que no es por mala conducta de su madre! ¡Es una santa mujer! ¿Qué puede ser de penoso?
-Quizás intereses que van mal…
-¡No, hombre, no! ¡Él gasta y da, según le parece, con generosidad!
-¡Bueno! ¡Asuntos suyos! Lo importante es que esté concorde con el Maestro, y parece que es así. Ya llevan mucho tiempo hablando y en paz. Ahora están abrazados… Muy bien.
-Sí, porque es una persona con capacidad y que conoce a mucha gente. Es buena cosa que esté en armonía y con buena voluntad con nosotros, y especialmente con el Maestro.
-Jesús dijo en Hebrón que las tumbas de los justos son lugares de milagros, o más o menos… En estos lugares hay muchas tumbas de justos. Quizás las de Meirón han hecho un milagro respecto a la turbación de Judas.
-¡Entonces terminará de hacerse santo ahora ante la tumba de Hil.lel! ¿Aquello no es Yiscala?
-Sí, Bartolomé.
-Pues el año pasado no pasamos por aquí…
-¡Hombre, claro; como que vinimos por la otra parte!
Jesús se vuelve y los llama. Se acercan alegres.
-Venid. La ciudad está cerca. Tenemos que cruzarla para encontrar la tumba de Hil.lel. Hagámoslo en grupo -dice Jesús sin explicar nada más, mientras los once miran curiosos con el rabillo del ojo tanto a Él como a Judas.
Pero si éste último muestra un rostro pacificado, aunque mustio, Jesús no lo tiene radiante: su expresión es solemne, pero seria.
Entran en Yiscala, que es vasta y bonita, y está bien cuidada Debe haber en ella un floreciente centro rabínico porque veo a muchos doctores reunidos acá o allá, con alumnos a su lado escuchando sus lecciones. Bien se nota el paso de los apóstoles, y especialmente, del Maestro, y muchos se ponen detrás del grupo. Alguno sonríe maliciosamente, otros llaman a Judas de Keriot; pero él va al lado del Maestro y ni siquiera se vuelve.
Salen de la ciudad y se dirigen a la tumba de Hil.lel.
-¡Qué descaro!
-¡Es imprudente.
-Nos provoca.
-¡Profanador!
-¡Díselo, Uziel!
-Yo no me contamino. Díselo tú, Saúl, que eres sólo alumno.
-No. Se lo decimos a Judas. Ve a llamarlo.
El joven llamado Saúl, menudo, pálido, todo ojos y boca, va a donde Judas y le dice: -Ven. Te llaman los rabíes.
-No voy. Me quedo donde estoy. Dejadme.
El joven vuelve y refiere esto a sus jefes.
Entretanto, Jesús, circundado por los suyos, ora con veneración ante el sepulcro de Hil.lel, bien cándido de cal.
Los rabíes se acercan despacio, como serpientes silenciosas, y observan. Dos de ellos, barbudos, ancianos, tiran de la túnica de Judas, el cual, al ponerse a hacer oración ha quedado desprotegido de las parejas de los otros compañeros.
-Pero bueno, ¿qué queréis? -pregunta en voz baja, aunque con resentimiento. ¿Ni siquiera orar se puede?
-Sólo una palabra. Luego te dejamos en paz.
Simón Zelote y Judas Tadeo se vuelven y se callan los cuchicheadores.
Judas se separa dos o tres pasos y pregunta:
-¿Qué queréis?
No percibo lo que el más viejo le susurra al oído. Pero sí veo bien la reacción de Judas, que, sin mediar reflexión alguna, se separa de repente y dice:
-No. Dejadme en paz, ánimas de veneno. No os conozco, no quiero seguiros conociendo.
Una carcajada de burla sale del grupito rabínico, y una amenaza:
-¡Atento a lo que haces, muchacho estúpido!
-Atentos vosotros. ¡Fuera! Id a decírselo también a los demás. A todos los demás. ¿Habéis entendido? Hablad con quien queráis, pero no conmigo, demonios, que es lo que sois -y los deja plantados.
Ha hablado tan fuerte que los apóstoles, atónitos, se han vuelto; Jesús, no, ni siquiera por la carcajada burlona y la promesa: « ¡Nos volveremos a ver, Judas de Simón!» que resuena en el silencio del lugar.
Judas vuelve a su sitio; es más, aparta a Andrés, que se había puesto al lado de Jesús, y, casi como para buscar defensa y protección, toma con sus manos un extremo del manto de Jesús.
La ira, entonces, arremete contra Jesús. Se aproximan, amenazadores, y gritan:
-¿Qué haces aquí, anatema de Israel? ¡Fuera! No turbes los huesos del Justo al que no eres digno de acercarte. Se lo diremos a Gamaliel para que seas castigado.
Jesús se vuelve y los mira, uno por uno.
-¿Por qué nos miras así, endemoniado?
-Para conocer bien vuestras caras y vuestros corazones.
Porque no sólo mi apóstol os volverá a ver. Yo también, y entonces querré haberos conocido bien para poderos reconocer enseguida.
-Bien, ¿ya nos has visto? Márchate de aquí. Gamaliel, si estuviera, no lo permitiría.
-El año pasado he estado con él aquí…
-¡No es verdad, embustero!
-Preguntádselo. Como es una persona honesta, os dirá que es verdad. Yo amo y venero a Hil.lel, y respeto y honro a Gamaliel. Son dos hombres en los cuales, por su justicia y sabiduría, se pone de manifiesto el origen del hombre, recordando que el hombre ha sido hecho a semejanza de Dios.
-¿En nosotros no, eh? -interrumpen los energúmenos.
-En vosotros está entenebrecido por los intereses y el odio.
-¿Pero lo estáis oyendo? ¡En casa ajena así habla y ofende! ¡Fuera! ¡Fuera de aquí, corruptor de los mejores de Israel! Si no, echamos mano a las piedras. Que aquí no está Roma para protegerte, amigo de contubernios con el enemigo pagano…
-¿Por qué me odiáis? ¿Por qué me perseguís? ¿Qué mal os he hecho? Algunos de vosotros han recibido beneficios de mí; todos, respeto. ¿Por qué, pues, sois crueles conmigo?
Jesús se muestra humilde, manso, afligido y amoroso. Les suplica su amor.
Ellos toman esto como signo de debilidad y miedo, y acosan: la primera piedra vuela, y roza a Santiago de Zebedeo. Éste, rápido, hace el gesto de reaccionar lanzándola a los agresores. Mientras, todos se apiñan en torno a Jesús. Pero son doce contra aproximadamente un centenar. Otra piedra le da a Jesús en la mano, que está ordenando a los suyos que no reaccionen. La mano, herida en el dorso, sangra: parece ya la herida del clavo…
Entonces Jesús ya no ora. Se yergue, imponente; los mira, los fulmina con sus miradas. Pero otra piedra hace sangrar a Santiago de Alfeo en la sien. Jesús debe paralizar cualquier otro acto con su poder, para defender a sus apóstoles, los cuales, obedientes, sufren la apedrea sin reaccionar. Y cuando la voluntad de Jesús domina a los viles, Él -su imponencia es terrible-dice con voz de trueno:
-Me voy. Pero sabed que, por lo que hacéis, Hil.lel os habría maldecido. Me voy. Pero recordad que ni siquiera el mar Rojo detuvo a los israelitas en el camino que Dios les había señalado. Todo se allanó y quedó abierto el camino ante la voluntad de Dios que pasaba. Y lo mismo para mí.
De la misma forma que ni egipcios ni filisteos ni amorreos ni cananeos ni ningún otro pueblo detuvieron la marcha triunfal de Israel, así vosotros, que sois peores que ellos, tampoco detendréis mi camino ni mi misión: Israel.
Recordad que fue cantado al pozo del agua por Dios dada: "Mana, pozo, pozo cavado por los príncipes, preparado por los jefes del pueblo, con el dador de la Ley, con los propios bastones". ¡Yo soy aquel Pozo! ¡Aquel Pozo soy Yo!
Cavado desde los Cielos por todas las oraciones y la justicia de los verdaderos príncipes y jefes del Pueblo santo, que no sois vosotros. No. No lo sois. Por vosotros jamás el Mesías habría venido, porque no os lo merecéis.
Porque su venida es vuestra ruina. Porque el Altísimo conoce todos los pensamientos de los hombres, y los conoce desde siempre, desde antes de que existiera Caín, del cual procedéis, y Abel, al que asemejo; desde antes de Noé, figura mía; antes que Moisés, que fue el primero en usar mi símbolo; desde antes de que existiera Balaam, que profetizó la Estrella, e Isaías, y todos los profetas.
Y conoce los vuestros, Dios, y le horrorizan. Siempre le han horrorizado, de la misma forma que siempre ha exultado por los justos por quienes justo era enviarme, y que verdaderamente, ¡oh, sí, verdaderamente!, me han aspirado desde las profundidades de los Cielos para portar el Agua viva para la sed de los hombres. Yo soy la Fuente de Vida eterna. Pero vosotros no queréis beber. Y moriréis.
Y pasa lentamente por entre los paralizados rabíes y alumnos, y sigue su camino, lento, solemne, en un silencio atónito de hombres y cosas.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Una bonita aurora de primavera pone rosicler el cielo y alegra las colinas. Los discípulos se manifiestan unos a otros su contento por ello, mientras se reúnen a la entrada del pueblo en espera de los rezagados.
-Es el primer día que no hace frío, después de las granizadas -dice Mateo frotándose las manos.
-¡Ya era hora de que llegara! ¡Estamos en la neomenia de Adar! -exclama Andrés.
-¡Bien! ¡Bien! ¡Si hubiéramos tenido que subir a los montes con el fresco de estos días pasados!… -comenta Felipe.
-¿Pero luego a dónde vamos? -pregunta Andrés.
-No sé… De aquí vamos a Sefet o a Meirón. ¿Pero luego…? -le responde Santiago de Zebedeo, y se vuelve a preguntar a los dos hijos de Alfeo: «¿Sabéis vosotros a dónde vamos?».
-Jesús nos ha dicho que quiere ir hacia septentrión; nada más -dice lacónico Judas de Alfeo.
-¿Otra vez? Para la próxima luna tenemos que empezar el peregrinaje de Pascua… -dice no demasiado entusiasta Pedro.
-Tendremos tiempo de sobra -le rebate Judas Tadeo.
-Sí, pero nada de descanso en Betsaida…
-Pasaremos por allí seguro para recoger a las mujeres y a Margziam -responde Felipe a Pedro.
-Lo que os ruego es que no deis muestras de fastidio, desgana u otras cosas por el estilo. Jesús está muy afligido… Ayer por la noche lloraba. Me lo he encontrado llorando mientras preparábamos la cena. No estaba orando afuera, en la terraza, como creíamos. Lloraba -dice Juan.
-¿Por qué? ¿Se lo preguntaste? -dicen todos.
-Sí. Pero sólo me dijo: "Ámame, Juan".
-Quizás… es por los de Corazín.
El Zelote, que está llegando en ese momento, dice:
-El Maestro está viniendo con Bartolomé. Vamos a su encuentro.
Van… pero siguen con lo que estaban comentando:
-O es por Judas. Ayer por la noche se habían quedado solos… -dice Mateo.
-¡Ya! Y Judas había declarado antes que estaba inquieto y no quería a ninguno consigo -observa Felipe.
-¡No ha querido estar ni siquiera con el Maestro! ¡Y yo que de tan buena gana habría estado! -suspira Juan.
-¡También yo! -dicen todos los demás.
-Ese hombre no me gusta… o está enfermo o hechizado o
loco o endemoniado… Algo le pasa -dice seguro Judas Tadeo.
-Y, sin embargo, creedlo, en el viaje de regreso fue ejemplar. Defendió constantemente al Maestro y los intereses del Maestro como ninguno de nosotros ha hecho nunca. ¡Lo vi yo, lo oí yo! Espero que no dudéis de mi palabra -afirma Tomás.
-¿Cómo piensas que no te creemos? ¡No, hombre, no, Tomás! Y estamos contentos de que Judas sea mejor que nosotros. Pero ya lo ves tú. ¿Es extraño, sí o no? -pregunta Andrés.
-¡Extraño lo es! Pero quizás es que sufre por cosas íntimas… Quizás también porque no ha hecho milagros. Es un poco orgulloso. ¡Con buena finalidad, claro! Pero para él es importante hacer mucho y ser encomiado…
-¡Mmm…! ¡Será así! La cosa es que el Maestro está triste. Miradlo allí, decidme si asemeja al hombre que conocimos. Pero, ¡vive Dios, que si logro descubrir quién es el que hace sufrir al Maestro!… ¡Basta! ¡Yo sé lo que le hago! -dice Pedro.
Jesús, que viene en vivaz conversación con Natanael, los ve y acelera el paso sonriendo.
-Paz a vosotros. ¿Estáis todos?
-Falta Judas de Simón… Creía que estaba contigo, porque en la casa donde dormía me han dicho que han encontrado la habitación vacía y todo en orden… -explica Andrés.
Jesús frunce un momento la frente, agacha la cabeza y se concentra en su pensamiento. Luego dice:
-No importa. Vámonos de todas formas. Decid a los de las últimas casas que vamos a Meirón y luego a Yiscala. Si Judas nos busca, que lo manden allí. Vamos.
Todos sienten borrasca en el ambiente y obedecen sin rechistar. Jesús sigue hablando con Bartolomé, adelantado algunos pasos respecto a los demás. Y oigo pasar grandes nombres en lo que dicen, Hil.lel, Yael, Barac; y glorias patrias, que pasan por la mente y las palabras; y comentarios de admiración sobre grandes doctores; y añoranzas en Bartolomé…
-¡Si viviera todavía el Sabio! Hil.lel era bueno. Pero también era fuerte. No se habría dejado turbar. ¡Habría emitido su propio juicio acerca de ti!
-¡No te lo tomes a pecho, Bartolmái! Bendice al Altísimo que lo ha llamado a su paz. El espíritu del Sabio no conoció así la turbación de tanto odio contra mí.
-¡Mi Señor! ¡No sólo odio!…
-Más odio que amor, amigo. Y así será siempre.
-No estés triste. Nosotros te defenderemos…
-No me angustia la muerte… sino el ver el pecado de los hombres.
-¡La muerte no!… No hables de muerte. No llegarán a tanto… porque tienen miedo…
-El odio será más fuerte que el miedo. Bartolomé, después de mi muerte, luego, cuando esté lejos, en el Cielo santo, di a los hombres: "El, más que por la muerte, sufrió por vuestro odio"…
-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡No hables así! Nadie te va a odiar hasta el punto de hacer que mueras. Y Tú siempre puedes impedirlo, Tú que eres poderoso…
Jesús sonríe con tristeza (yo diría: cansado), mientras sube con su paso mesurado el camino montano que conduce a Meirón, y que a medida que se eleva va descubriendo un vasto y bonito panorama sobre el lago de Tiberíades, visible a través de la brecha de una hoz, y sobre colinas cercanas que, en forma de arco, hacen de mampara a la vista del lago de Merón, y luego, más allá del lago de Tiberíades, sobre el altiplano de la Transjordania, hasta los recortados montes lejanos de Aurán, Traconítida y Perea.
Jesús señala, no obstante, en dirección norte-nordeste diciendo:
-Después de la Pascua tendremos que ir allá, a la tetrarquía de Filipo; en cuanto tengamos tiempo, para estar de nuevo para Pentecostés en Jerusalén.
-¿Pero no te convendría más hacerlo ahora? Pasando a la Transjordania, hacia el nacimiento del Jordán… volviendo por la Decápolis…
Jesús se pasa la mano por la frente, con gesto cansado, como cuando uno tiene la mente ofuscada, y susurra:
-No sé, no sé todavía!… ¡Bartolomé!…
¡Cuánto desconsuelo, dolor, invocación hay en la voz!…
Bartolomé se curva un poco, como herido por ese tono extraño y nuevo en Jesús, y dice, congojoso de amor:
-¿Maestro? ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres del viejo Natanael?
-Nada, Bartolmái… Tu oración… Por que vea bien lo que hay que hacer… Pero, nos llaman, Bartolmái… Parémonos aquí…
Y se paran junto a un grupo de árboles.
Se ve por la curva del sendero a los otros, en grupo:
-Maestro, Judas nos sigue, corriendo a toda velocidad…
-Bueno, pues lo esperamos.
Judas, en efecto, aparece pronto, corriendo…
-Maestro… Me he retrasado… Me he quedado dormido y…
-¿Dónde, si en casa no te he encontrado? -pregunta extrañado Andrés.
Judas se queda confundido un momento, pero rápidamente se rehace y dice:
-¡Oh, siento que mi penitencia haya quedado manifiesta! He estado en el bosque, toda la noche, orando, haciendo sacrificio… Al alba me ha vencido el sueño… Soy una persona débil… Pero el Señor altísimo tendrá compasión de su pobre siervo. ¿No es verdad, Maestro? Me he despertado tarde y todo dolorido.
-Efectivamente, tienes una cara muy deslucida -observa Santiago de Zebedeo.
Judas se echa a reír:
-¡Sí! ¡Ya! Pero tengo el alma más contenta. La oración sienta bien. La penitencia da un corazón alegre, y también humildad y generosidad. Maestro, perdona a tu necio Judas… -y se arrodilla a los pies de Jesús.
-Sí. Levántate y vamos.
-Dame la paz con un beso tuyo. Será la señal de que me has perdonado los malos humores de ayer. No deseé estar contigo, es verdad. Pero era porque quería orar…
-Habríamos podido orar juntos…
Judas se ríe y dice:
-No, no podías orar conmigo esta noche, estar donde yo estaba…
-¡Esta sí que es buena! ¿Por qué? ¡Está siempre con nosotros, y nos ha enseñado Él a orar! -dice Pedro asombrado.
Todos se echan a reír. Pero Jesús no se ríe. Fija sus ojos en Judas, que lo ha besado y ahora lo está mirando con ojos jocosos de punzante malicia, como si lo desafiara.
Tiene la osadía de repetir:
-¿No es verdad que no podías estar conmigo esta noche?
-No podía. No podía y no podré nunca, en efecto, compartir los abrazos de mi espíritu y mi Padre con un tercero, todo carne y sangre, como eres tú, y en los lugares a donde tú vas.
Amo la soledad poblada de ángeles, para olvidar que el hombre es un hedor de carne corrompida por la sensualidad, el oro, el mundo y Satanás.
Judas ya no se ríe ni siquiera con los ojos. Responde serio:
-Tienes razón. Tu espíritu ha visto la verdad. ¿A dónde vamos ahora?
-A venerar las tumbas de los grandes rabíes y héroes de Israel.
-¿Qué? ¿Cómo? Pero si Gamaliel no te ama. Pero si los otros te odian -dicen muchos de los presentes.
-No importa. Yo me inclino ante las tumbas de los justos que esperan Redención. Voy a decir a sus huesos: "Pronto Aquel que os espiró vuestro espíritu estará en el Reino de los Cielos, pronto para bajar de allí al extremo Día, para hacer que viváis de nuevo, eternamente, en el Paraíso". Caminan, caminan hasta que encuentran el pueblo de Meirón. Bonito, bien cuidado, lleno de luz y de sol, situado entre fértiles colinas y cumbres.
-Detengámonos. Por la tarde iremos hacia Yiscala. Las grandes tumbas están esparcidas por estas pendientes, en espera de su glorioso despertar.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La vía que conduce a Sefet deja la llanura de Corazín para arremeter contra un grupo montañoso bastante notable y muy poblado de árboles. Un curso de agua desciende de estos montes para dirigirse ciertamente al lago de Tiberíades.
Los peregrinos esperan en este puente a que lleguen los otros, los que habían sido enviados al lago de Merón. No esperan mucho. Puntuales a la cita, vienen ligeros, y se reúnen alegres con el Maestro y los compañeros. Luego refieren cómo se ha desarrollado su viaje, que ha sido bendecido por algunos milagros hechos a turno por «todos los apóstoles» dicen; pero Judas de Keriot corrige:
«Menos por mí, que no he logrado hacer nada», y su bochorno al confesarlo es penoso.
-Ya te hemos dicho que era porque estábamos frente a un gran pecador -le responde Santiago de Zebedeo. Y explica:
«¿Sabes, Maestro? Era Jacob. Estaba muy enfermo. Te invoca por este motivo. Porque tiene miedo a la muerte y al juicio de Dios. Pero ahora es más avaro que nunca, porque prevé un verdadero desastre para su cosecha, que ha sido completamente destruida por el hielo.
Ha perdido toda la simiente de trigo, y no puede sembrar más porque está enfermo, y la sierva, agotada de fatigas y hambre -porque él economiza incluso la harina para el pan, pues tiene miedo a quedarse un día sin comer -, no tiene fuerzas para arar el campo.
Nosotros -quizás hemos pecado, porque trabajamos todo el viernes, y después de la puesta del sol, hasta la última luz, e incluso con antorchas y hogueras encendidas para ver -, nosotros aramos una gran extensión de terreno. Felipe, Juan y Andrés saben, y yo también. ¡Lo que hemos currado!…
Simón, Mateo y Bartolomé venían detrás de nosotros limpiando las glebas del trigo nacido pero luego muerto. Judas fue, en tu nombre, a pedir un poco de simiente a Judas y Ana, y les prometió nuestra visita de hoy. Se la dieron, y además selecta. Entonces dijimos: "Mañana sembramos". Por este motivo hemos tardado un poco. Porque empezamos al principio de la puesta del sol.
Que el Eterno nos perdone por el motivo por el que hemos pecado.
Judas, mientras tanto, estaba al pie de la cama de Jacob para convertirlo. Él sabe hablar mejor que nosotros. Al menos eso es lo que dijeron también Bartolomé y el Zelote.
Pero Jacob se mostraba sordo a toda razón. Quería la curación porque la enfermedad le cuesta, e injuriaba a la mujer llamándola holgazana. Para calmarlo, visto que decía "Me convertiré si me curo", Judas le impuso las manos.
Pero Jacob siguió enfermo como antes. Judas, desconsolado, nos lo dijo. Lo intentamos nosotros antes de irnos a dormir. Pero no obtuvimos el milagro. Ahora Judas sostiene que es porque él, habiéndote disgustado, ha caído en desgracia tuya; y está deprimido. Pero nosotros decimos que es porque teníamos frente a nosotros a un pecador obstinado, que pretende obtener todo lo que quiere, poniendo condiciones y dando órdenes hasta a Dios.
¿Quién tiene razón?
-Vosotros siete. Es como habéis dicho. ¿Y Judas y Ana? ¿Sus campos?
-Muy dañados. Pero tienen recursos y ya está todo solucionado. ¡Pero ellos son buenos! Ten. Te mandan este donativo y estos alimentos. Esperan verte en alguna ocasión. Lo que entristece es el estado espiritual de Jacob. Habría deseado curarle el alma más que el cuerpo… -dice Andrés.
-¿Y en los otros lugares?
-¡Oh! En el camino de Debaret, cerca del pueblo, curamos -fue Mateo -a uno que tenía fiebres y que volvía de un médico que lo había desahuciado. Nos hospedamos en su casa y la fiebre no volvió desde la puesta del sol hasta la aurora, y él afirmaba que se sentía bien y fuerte. Luego, en Tiberíades, fue Andrés el que curó a un barquero que se había roto un hombro cayendo en el puente. Le impuso las manos y el hombro quedó curado.
¡Imagínate el hombre! Nos quiso llevar sin pagar a Magdala y a Cafarnaúm, luego a Betsaida, y allí se ha quedado, porque allí están los discípulos Timoneo de Aera, Felipe de Arbela, Hermasteo y Marcos de Josías, uno de los liberados del demonio cerca de Gamala. Quiere ser discípulo también José el barquero… Los niños, en casa de Juana, están bien. Ya no parecen los mismos. Estaban en el jardín jugando con Juana y Cusa…
-En Magdala fue Bartolomé el que convirtió a un corazón vicioso y curó un cuerpo vicioso. ¡Qué bien habló! Explicó que el desorden del espíritu genera desorden en el cuerpo, y que toda concesión a la deshonestidad degenera en pérdida de la tranquilidad, de la salud y al final del alma. Cuando lo vio arrepentido y convencido, le impuso las manos y el hombre quedó curado. Querían retenernos en Magdala. Pero nosotros obedecimos: pasada la noche, proseguimos para Cafarnaúm. Allí había cinco que pedían les concedieras una gracia. Y ya estaban para marcharse desconsolados. Los curamos.
No vimos a ninguno porque embarcamos de nuevo enseguida para Betsaida, para evitar preguntas de Elí, Urías y sus compañeros. ¡En Betsaida!… ¡Cuenta tú, Andrés, a tu hermano!… -termina Santiago de Zebedeo, que era el que hablaba.
-¡Oh! ¡Maestro! ¡Simón! ¡Si vierais a Margziam! ¡No se le reconoce!…
-¡Maldición! ¿Qué?, ¿es mujer ahora? -exclama y pregunta Pedro.
-¿Pero qué dices, hombre? Un jovencito muy majo, alto, delgado, porque ha crecido mucho… ¡Una cosa maravillosa! Nos costó reconocerlo. Está tan alto como tu mujer y yo…
-¡Hombre, ni yo ni tú ni Porfiria somos palmas! Al máximo se nos podrá comparar con una zarza… -dice Pedro (pero exulta de alegría al oír que su hijo adoptivo se ha desarrollado).
-Sí, hermano. Pero en las Encenias, no más, era todavía un niñito escasamente desarrollado, que apenas si nos llegaba a los hombros. Ahora es verdaderamente un hombre joven, por la estatura, la voz y la gravedad. Ha hecho como esas plantas que no crecen durante años y luego, al improviso, se desarrollan de forma asombrosa. Tu mujer ha estado muy ocupada en alargar túnicas o hacerlas nuevas. Y las hace con dobladillos muy anchos y amplios pliegues en la cintura, porque prevé, con razón, que Margziam seguirá creciendo. Y en sabiduría crece todavía más. Maestro, la humildad de Natanael no te había dicho que durante casi dos meses Bartolomé ha sido maestro del más pequeño y heroico de los discípulos, que se levanta antes del amanecer para llevar a pastar a las ovejas, cortar la leña, sacar agua, encender el fuego, barrer, hacer las compras por amor a su mamá de adopción, y luego, por la tarde y hasta bien de noche, estudia y escribe como un pequeño doctor. ¡Fíjate! Ha reunido a todos los niños de Betsaida y los sábados les imparte pequeñas lecciones evangélicas.
Así, los pequeños, excluidos de la sinagoga porque no molesten en las funciones, tienen su jornada de oración como los mayores. Y me han dicho las madres que es bonito oírle hablar, y que los niños lo quieren y le obedecen con respeto y se hacen mejores. ¡Qué discípulo va a ser!
-¡Pues fíjate!, ¡fíjate! Yo… estoy emocionado… ¡Mi Margziam! Pero ya también en Nazaret, ¿eh?: ¡qué heroísmo por… aquella niña! ¿Raquel, verdad?
Pedro se para a tiempo, y se pone como la púrpura por el miedo a haber dicho demasiado.
Por suerte, Jesús viene en su auxilio, y Judas está meditabundo o distraído., o finge estarlo. Jesús dice:
-Raquel. Tienes buena memoria. Está curada. Y sus campos producirán mucho trigo. Hemos pasado por allí Yo y Santiago. Mucho puede el sacrificio de un niño justo.
-En Betsaida fue Santiago el que realizó un milagro en aquel pobre lisiado; y Mateo, por el camino, yendo a la casa de Jacob, curó a un niño. Y precisamente hoy, en la plaza de aquel pueblecito que está al pie del puente, Felipe y Juan han hecho curaciones: el primero a un enfermo de los ojos; el segundo, a un niño endemoniado.
-Lo habéis hecho todos bien. Muy bien. Ahora vamos a ir hasta aquel pueblo de las laderas. Nos detendremos en alguna casa para dormir.
-¿Y tú, Maestro mío, qué has hecho? ¿Cómo está María? ¿Y la otra María? -pregunta Juan.
-Están bien y os saludan a todos. Están preparando túnicas y cuanto se necesita para el peregrinaje de primavera. Están ya deseando que llegue, para estar con nosotros.
-Susana y Juana y nuestra madre tienen la misma ansia -dice también Juan.
Bartolomé dice:
-También mi mujer, con las hijas, quiere ir este año, después de tantos, a Jerusalén. Dice que nunca volverá a ser tan bonito como este año… No sé por qué lo dice.
Pero ella sostiene que lo siente en el corazón.
-Entonces seguro que vendrá también la mía. No me lo ha dicho… Pero lo que hace Ana lo hace siempre María -dice Felipe.
-¿Y las hermanas de Lázaro? Vosotros que las habéis visto… -pregunta Simón Zelote.
-Obedecen con sufrimiento a la orden del Maestro y a la necesidad… Lázaro está muy enfermo, ¿verdad, Judas? Casi siempre está en la cama. Pero esperan con mucha ansia al Maestro -dice Tomás.
-Pronto será Pascua e iremos a casa de Lázaro.
-¿Pero Tú qué has hecho en Nazaret y Corazín?
-En Nazaret he saludado a los parientes y amigos y a los parientes de los dos discípulos. En Corazín he hablado en la sinagoga y he curado a una mujer. Nos hemos detenido donde la viuda. Se le ha muerto la madre. Un dolor y un alivio al mismo tiempo, por los pocos recursos y por el tiempo que la asistencia a la enferma quitaba del trabajo de la viuda, que se ha puesto a hilar por cuenta de terceros. Pero ya no está desesperada. Tiene asegurado lo necesario y se siente satisfecha con eso. José va todas las mañanas donde un carpintero del Pozo de Jacob para aprender el oficio.
-¿Son mejores los de Corazín? -pregunta Mateo.
-No, Mateo. Son cada vez peores -confiesa con franqueza Jesús -Y nos han tratado mal. Los notables, es natural, no el pueblo llano.
-Es un lugar muy poco recomendable. No vuelvas -dice Felipe
-Sería causa de dolor para el discípulo Elías, y para la viuda y la mujer curada hoy y las otras personas buenas.
-Sí. Pero son tan pocos, que… yo no me ocuparía más de ese lugar. Tú lo has dicho: "Es imposible de labrar" -dice Tomás.
-Una cosa es la resina y otra los corazones. Algo permanecerá, como semilla hundida bajo muchas glebas muy compactas. Tardará mucho en nacer, pero, al final, nacerá.
Lo mismo Corazín. Un día nacerá lo que he sembrado. No hay que desmoralizarse ante las primeras derrotas.
-Oíd esta parábola. Podría ser titulada: "La parábola del buen labrador".
Un rico tenía una grande y hermosa viña. En ella había también higueras de distintas variedades. A la viña se dedicaba un sirviente, experto viñador y podador de árboles frutales, que cumplía con su deber con amor a su señor y a las plantas. Todos los años, el rico, en el mejor período del año, iba reiteradas veces a su viña para ver madurar las uvas y los higos y probar estos frutos cogiéndolos de las plantas con sus manos. Un día, pues, se acercó a una higuera de muchísima calidad, el único árbol de esa calidad que había en la viña. Pero también aquel día, como en los dos años anteriores, la encontró todo follaje y nada fruta.
Llamó al viñador y dijo: "Hace tres años que vengo a buscar fruta a esta higuera y no encuentro sino hojas. Se ve que el árbol ha terminado de dar frutos. Córtalo, pues. Es inútil que esté aquí ocupando sitio y ocupando tu tiempo, para después no acabar en nada. Córtala, échala al fuego, limpia de raíces el terreno, y en el lugar suyo planta un arbolito nuevo. Dentro de algunos años dará fruto". El viñador, que era paciente y amoroso, respondió:
"Tienes razón. Pero déjame todavía un año. No corto el árbol. Es más, con mayor dedicación aún, le cavaré el suelo de alrededor, lo abonaré, lo podaré. ¿Quién sabe, a lo mejor da todavía fruto? Si después de esta última prueba no da fruto, obedeceré tu deseo y lo cortaré".
Corazín es la higuera que no da frutos. Yo soy el buen Labrador. El rico impaciente sois vosotros. Dejad actuar al buen Labrador.
-De acuerdo. Pero tu parábola no concluye. ¿La higuera, al año siguiente, dio fruto? -pregunta el Zelote.
-No dio fruto y fue cortada. Pero el labrador quedó justificado de haber cortado un árbol que todavía era joven y pujante, porque había hecho todo su deber. Yo también quiero ser justificado por aquellos a quienes tenga que meter la segur y separarlos de mi viña, donde son árboles estériles o plantas venenosas, cobijos de serpientes, acaparadores de jugos nutritivos, parásitos o elementos tóxicos, que deterioran y dañan a los compañeros discípulos; o bien, que entran sin haber sido llamados, reptando con sus malignas raíces para proliferar en mi viña, rebeldes a todo injerto, venidos sólo para espiar, menoscabar y hacer estéril mi campo. A éstos los cortaré cuando todo haya sido intentado para convertirlos. Por ahora, antes de la segur, alzo las tijeras y el cuchillo del podador, desramo e injerto… Será un trabajo duro, para mí, que lo hago, y para los que lo sufran. Pero hay que hacerlo. Para que se pueda decir en el Cielo: "Ha cumplido todo. Pero ellos, cuanto más los ha podado, cuanto más ha injertado o removido la tierra de alrededor o abonado, con sudor y lágrimas, fatiga y sangre, ellos se han hecho cada vez más estériles y malos"… Hemos llegado al pueblo. Id todos adelante y pedid alojamiento. Tú, Judas de Keriot, quédate conmigo.
Se quedan solos y, en la penumbra de la noche, caminan uno al lado del otro en el máximo silencio.
Por fin Jesús dice, como hablando consigo mismo:
-Y, no obstante, aunque se haya caído en desgracia de Dios por haber infringido su Ley, siempre podemos volver a ser lo que éramos, renunciando al pecado…
Judas no responde nada.
Jesús sigue:
-Y si hemos comprendido que no podemos seguir recibiendo de Dios el poder, porque Dios no está donde está Satanás, con facilidad se puede solucionar, prefiriendo lo que Dios concede a lo que quiere nuestra soberbia.
Judas calla.
Jesús -y ya están a la altura de la primera casa del pueblo -todavía como hablando consigo mismo, dice:
-Y pensar que he sufrido áspera penitencia para que se enmiende y torne al Padre suyo…
Judas se estremece, levanta la cabeza, lo mira… pero no dice nada.
También Jesús lo mira… y luego pregunta:
-Judas, ¿a quién estoy hablando?
-A mí, Maestro. Por ti ya no tengo poder. Porque me lo has quitado para aumentárselo a Juan, a Simón, a Santiago, a todos, excepto a mí. ¡No me amas, eso es lo que pasa! Y acabaré por no amarte y por maldecir la hora en que te amé, y me hundí ante los ojos del mundo por un rey imbele que se deja supeditar incluso por la plebe. ¡No esperaba esto de ti!
-Ni Yo tampoco de ti. Pero nunca te he engañado, ni te he obligado. ¿Por qué, pues, permaneces a mi lado?
-Porque te amo. No puedo ya separarme de ti. Me atraes y me produces repulsión. Te deseo como el aire que respiro y… me das miedo. ¡Ah, soy un maldito! ¡Estoy condenado!
¿Por qué no arrojas de mí el demonio, Tú que puedes?
La cara de Judas está lívida y descompuesta, enajenada, llena de miedo y odio… Recuerda ya, aunque pálidamente, la máscara satánica del Judas del Viernes Santo.
Y el rostro de Jesús recuerda el del Nazareno flagelado, que, sentado en el patio del Pretorio encima de la artesa puesta boca abajo, mira a los que se burlan de Él con toda su piedad amorosa. Dice, y parece que hay ya un sollozo en su voz:
-Porque no hay arrepentimiento en ti, sino solamente ira contra Dios, casi como si El fuera el culpable de tu pecado.
Judas dice entre dientes una fea imprecación…
-¡Maestro, hemos encontrado lo que buscábamos. Cinco en un sitio, tres en otro, dos en otro, y uno y uno en otros dos. No hemos podido mejor -dicen los discípulos.
-Está bien. Yo voy con Judas de Keriot -dice Jesús.
-No. Prefiero estar solo. Estoy inquieto. No te dejaría descansar…
-Como quieras… Entonces iré con Bartolomé. Vosotros haced lo que queráis. Entretanto vamos a donde haya más sitio, para poder cenar juntos.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús está en Corazín, en la sinagoga, que se va llenando lentamente de gente. Los notables del lugar deben haber insistido para que Jesús este sábado adoctrinase allí. Lo comprendo por las razones que aducen y por las respuestas de Jesús.
-No somos más arrogantes que los judíos o que los de la Decápolis dicen -y, sin embargo, vas una y otra vez… y vuelves allí a menudo.
-También aquí lo mismo. Con palabras y obras, con mi silencio y mis actos, os he adoctrinado.
-Pero, si somos más duros que los otros, razón de más para insistir…
-Bien, bien.
-¡Claro que sí; que bien! Te dejamos que uses nuestra sinagoga como lugar de adoctrinamiento, precisamente porque juzgamos que está bien hecho. Acepta, pues, la invitación y habla.
Jesús abre los brazos -señal de silencio para los presentes -y empieza su discurso, y habla con tono de salmo: una recitación lenta, melodiosa y enfática:
- -Arauná respondió a David: “Que el rey mi señor tome y ofrende como quiera. Ahí están los bueyes para el holocausto, el carro y los yugos de los bueyes como leña; todo, ¡oh rey!, da Arauná al rey'. Y añadió: “Que el Señor Dios acepte propicio tu voto”. Mas el rey respondió y dijo: “No será como quisieras. No. Quiero comprar con dinero. No quiero ofrecer al Señor mi Dios
holocaustos que me hayan sido regalados".
Jesús baja la mirada, pues hablaba con la cara casi vuelta hacia el techo; mira fijamente, agudamente, al arquisinagogo y a los cuatro notables que estaban con él, y pregunta:
-¿Habéis comprendido el significado?
-Esto está en el segundo de los Reyes, cuando el rey santo compró la era de Arauná… Pero no comprendemos por qué nos lo has citado. Aquí no hay pestilencia y no se tiene que ofrecer un sacrificio. Tú no eres rey… Bueno, queremos decir: no todavía.
-En verdad, tarda es vuestra mente para comprender los símbolos, e insegura vuestra fe. Si fuera segura, veríais que ya soy Rey como he dicho; si tuvierais intuición despierta, comprenderíais que aquí hay una pestilencia muy grave, más que la que preocupaba a David: tenéis la de la incredulidad que os hace perecer.
-¡Bien! Pues si somos tardos e incrédulos, danos inteligencia y fe y explícanos lo que has querido decir.
-Digo: no ofrezco a Dios los holocaustos forzados, los que se ofrecen por mezquino interés. Y Aquel que para hablar ha venido no acepta el hablar sólo si se le concede: es mi derecho y me lo tomo. Bajo el sol o entre cerradas paredes, encima de los montes o en el fondo de los valles, en el mar o sentado en las orillas del Jordán, en todas partes, tengo el derecho y el deber de adoctrinar y de comprar con mi esfuerzo los únicos holocaustos agradables a Dios: los corazones convertidos y hechos fieles por mi palabra.
Aquí, vosotros de Corazín, habéis concedido al Verbo la palabra no por respeto y fe, sino porque tenéis en vuestro corazón una voz que os tortura como carcoma que roe la madera: "Este castigo del hielo es por nuestra dureza de corazón". Y queréis arreglar las cosas. Por la economía, no por el alma. ¡Oh, Corazín pagana y obcecada! Pero no toda Corazín es igual. Para los que no son así, hablaré, con una parábola.
Oíd. Un necio rico llevó a un artista un trozo grande de una sustancia blonda como la miel más fina, y le ordenó que lo trabajara para hacer de él un ánfora decorada.
"No es un material bueno para ser trabajado" dijo el artista al adinerado. "¿Ves? Es blando, elástico. ¿Cómo puedo esculpirlo y modelarlo?".
"¿Cómo! ¿No es bueno? Es una resina preciada. Y un amigo mío tiene una pequeña ánfora de esta resina y en ella su vino adquiere un sabor delicioso. La he pagado a precio de oro, para disponer de un ánfora más grande y humillar así a mi amigo jactancioso. Házmela inmediatamente. Si no, diré que eres un artista incapaz".
"La de tu amigo será de alabastro blondo.” "No. Es de este material".
"Será de ámbar fino.” "No. Es de este material".
"Aunque fuera de este material -vamos a suponerlo -habrá adquirido compacidad, dureza, por siglos de antigüedad o con la mezcla de otras substancias solidificantes. Pregúntaselo y vuelve a decirme cómo fue hecha la suya".
"No. Me la ha vendido él mismo, asegurándome que se usa así". "Pues entonces te ha timado para castigarte por envidiar su bonita ánfora.”
"¡Mide tus palabras! Trabaja. Si no, te castigo quitándote el taller; que todo lo que tienes no vale cuanto me cuesta esta estupenda resina".
El artista, desconsolado, se puso manos a la obra.
Plasmaba la sustancia… Pero ésta se le quedaba pegada a las manos. Trataba de solidificar un trocito con mástiques y polvos… Pero la resina perdía su transparencia de oro.
La ponía junto al horno de fusión esperando que el calor la endureciera… Pero, desesperado, tenía que quitarla porque se licuaba. Mandó por nieve helada a la cima del alto Hermón; metió la resina dentro de la nieve… Se endurecía, seguía siendo bonita, pero ya no se podía modelar. "La voy a modelar con el cincel" dijo. Pero al primer golpe de cincel la resina se hizo pedazos.
El artista, totalmente desesperado, convencido ya de que nada podía hacer apto para ser trabajado a aquel material, intentó una última prueba. Reunió los trozos, los hizo de nuevo líquidos al calor del horno, los volvió a congelar con la nieve, aunque esta vez no demasiado, e intentó trabajar en la masa ligeramente blanda con el cincel y la espátula. ¡Se modelaba!, ¡sí!… Pero, nada más dejar cincel y espátula, volvía a la forma de antes, como si fuera masa de pan en fermentación en la artesa.
El hombre se dio por vencido. Y para huir de las represalias del rico, y de la ruina, durante la noche cargó en un carro a su mujer, a sus hijos, los enseres y los instrumentos de trabajo; y dejó en el centro del taller completamente vacío la masa blonda de la resina con una tira de papel encima con las palabras: "Imposible de labrar". Luego huyó allende los confines…
Yo he sido enviado a labrar los corazones en orden a la Verdad y la Salud. Han venido a mis manos corazones de hierro, plomo, estaño, alabastro, mármol, plata, oro, jaspe, piedras preciosas. Corazones duros, corazones toscos, corazones demasiado tiernos, corazones volubles, corazones endurecidos por las penas, corazones valiosísimos: todo tipo de corazones. Los he labrado a todos. Y a muchos los he modelado según el deseo de Aquel que me ha enviado. Algunos me han herido mientras los trabajaba, otros han preferido romperse antes que dejarse trabajar con toda profundidad. Pero, quizás con odio, conservarán siempre un recuerdo mío.
Vosotros sois imposibles de labrar. Calor de amor, paciencia de instrucción, frío de reprensiones, fatiga de cincel… nada sirve con vosotros. Nada más retirar mis manos, volvéis a ser como erais. Tendríais que hacer una única cosa para ser cambiados: abandonaros totalmente en mí. No lo hacéis. No lo haréis nunca. El Trabajador, desconsolado, os abandona a vuestro destino. Pero, dado que es justo, no os abandona a todos igual. Desconsolado, sabe todavía elegir a los que merecen su amor, y los consuela y bendice.
-¡Mujer, ven aquí! -dice señalando a una mujer que está junto a la pared, tan encorvada que parece un signo de interrogación.
La gente ve a dónde señala Jesús, pero no ve a la mujer, la cual por su conformación, no puede ver a Jesús ni tampoco su mano.
-¡Ve Marta! Que te llama -le dicen varias personas. Y la pobrecita va renqueando con su bastón, que le llega a la altura de la cabeza.
Ahora está delante de Jesús, que le dice:
-Mujer, quédate con un recuerdo de mi paso y con un premio a tu fe silenciosa y humilde Queda liberada de tu enfermedad -grita al final, poniéndole las manos en la espalda.
Y enseguida la mujer se alza y, derecha como una palma, levanta los brazos y grita: -¡Hosanna! ¡Me ha curado! Ha visto a su sierva fiel y la ha agraciado. ¡Sea alabado el Salvador y Rey de Israel! ¡Hosanna al Hijo de David!
La gente responde con sus "¡hosanna!" a los de la mujer, la cual ahora está de rodillas a los pies de Jesús, besándole el borde de la túnica, mientras Él le dice:
-Ve en paz y persevera en la fe.
El arquisinagogo -deben quemarle todavía las palabras dichas por Jesús antes de la parábola -quiere responder con veneno a la reprensión, y, mientras la muchedumbre se abre para dejar pasar a la mujer curada milagrosamente, grita indignado:
-¡Hay seis días para trabajar, seis días para pedir y dar! ¡Venid, pues, en esos días, tanto para pedir como para dar! ¡Venid a recobrar la salud en esos días, sin violar el sábado, pecadores e infieles, corrompidos y corruptores de la Ley! -y trata de empujar a todos fuera de la sinagoga, como para arrojar la profanación del lugar de oración.
Pero Jesús, que lo ve ayudado en su acción por los cuatro notables de antes y por otros que están repartidos entre la muchedumbre (los cuales dan los signos más manifiestos de estar escandalizados, torturados por el… delito de Jesús), a su vez grita (mientras con los brazos recogidos sobre el pecho, severo, majestuoso, lo mira):
-¡Hipócritas! ¿Quién de vosotros en este día no ha desatado el buey o el asno del pesebre y lo ha llevado a beber? ¿Y quién no ha llevado los haces de hierba a las ovejas del rebaño y no ha extraído la leche de las ubres llenas? ¿Y por qué, si tenéis seis días para hacerlo, lo habéis hecho también hoy, por unos pocos denarios de leche, o por miedo de perder el buey y el asno a causa de la sed? ¿Y no debía soltar Yo a ésta de sus cadenas, después de que Satanás la ha tenido atada durante dieciocho años, sólo porque es sábado? Idos.
He podido soltar a esta mujer de su desventura involuntaria; mas no podré jamás soltaros a vosotros de las vuestras, que son voluntarias, ¡oh enemigos de la Sabiduría y de la Verdad!
La gente buena, de entre los muchos no buenos de Corazín, aprueba y alaba; la otra parte, lívida de rabia, huye, dejando plantado al también lívido arquisinagogo.
También Jesús lo deja plantado y sale de la sinagoga, rodeado de los buenos, que siguen circundándole hasta que llega a los campos, lugar donde Él bendice una última vez, para tomar luego la vía de primer orden, junto con los primos y Pedro y Tomás…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús con los suyos están de nuevo en la vía que va de la llanura Esdrelón a Nazaret. Deben haber pernoctado en algún lugar, porque es otra vez por la mañana. Van en silencio durante un tiempo. Primero va Jesús solo delante; luego Jesús con Pedro y Simón (los ha llamado); después todos juntos, hasta una bifurcación que es intersección de la vía de Nazaret con una que va hacia el nordeste. Los montes ya están cercanos por los dos lados.
Jesús indica a los que van hablando que guarden silencio, y dice:
-Dividámonos ahora. Yo voy a Nazaret con los hermanos, con Pedro y con Tomás. Vosotros, dirigidos por Simón Zelote, id, por la vía del Tabor y de las caravanas, a Debaret, a Tiberíades, Magdala, Cafarnaúm; y de allí iréis hacia Merón y os detenéis en casa de Jacob para ver si se ha convertido, y lleváis mi bendición a Judas y Ana. Os alojaréis donde os hospeden con más insistencia.
Una noche sólo en cada sitio, porque la noche del sábado nos encontraremos en la vía de Sefet. Pasaré el sábado en Corazín, en casa de la viuda. Pasad a avisarle. Así terminaremos de dar paz al alma de Judas, que se persuadirá de que Juan no está tampoco en estos cobijos hospitalarios…
-¡Maestro, que yo creo!…
-Pero siempre conviene que te asegures, para que no tengas que ponerte colorado delante de Caifás y Anás, como no me pongo colorado Yo delante de ti ni delante de ningún otro hombre afirmando que Juan ya no está con nosotros. A Tomás me lo llevo a Nazaret. Así podrá tranquilizarse también respecto a ese lugar, viendo con sus propios ojos…
-¡Pero yo, Maestro! ¿Qué crees que me puede interesar! Al contrario, siento que no esté ya con nosotros ese hombre. Habrá sido lo que haya sido. Pero, desde que lo hemos conocido, ha sido siempre mejor que muchos ilustres fariseos. Me bastaría con saber que no te ha renegado ni causado dolor. Y además… sea que esté en la tierra, sea que lo tenga Abraham en su seno, a mí no me interesa. Créeme. Aunque estuviera en mi casa… no sentiría ninguna repulsa. Espero que no pienses que tu Tomás tenga en el corazón más que una natural curiosidad, y ninguna mala intención, ningún estímulo de investigar con más o menos rectitud, ninguna tendencia al espionaje, ni voluntario ni involuntario ni autorizado, ningún deseo de causar daño…
-¡Tú me ofendes! ¡Estás haciendo insinuaciones! ¡Mientes! ¿Por qué dices eso, si has visto que en todo este tiempo no he tenido sino un único modo santo de actuar? ¿Qué puedes decir de mí? ¡Habla! -Judas está encolerizado, furioso-.
-¡Silencio! Tomás me responde a mí. A mí sólo, que soy quien le ha hablado. Creo en las palabras de Tomás. Pero quiero que se haga así, y así sea, y ninguno de vosotros tiene derecho a criticar mi modo de actuar.
-No te estoy criticando. Es que la insinuación me ha tocado y…
-Sois doce. ¿Por qué te ha tocado sólo a ti lo que he dicho a todos? -pregunta Tomás.
-Porque he sido yo el que ha buscado a Juan.
Jesús dice:
-También lo han hecho otros compañeros tuyos, y otros discípulos lo harán, y por ello ninguno se considerará ofendido por las palabras de Tomás. No es pecado preguntar honestamente por un condiscípulo. No duele oír palabras como las que han sido dichas cuando en nosotros no hay sino amor y honestidad; cuando nada remuerde en el corazón y cuando, por no haber sido herido ya el corazón por el diente del remordimiento, nada le hace ultrasensible.
¿Por que quieres hacer estas protestas en presencia de tus compañeros? ¿Quieres que sospechen pecado en ti?
La ira y la soberbia son dos malas compañeras, Judas.
Arrastran al delirio, y uno que delira ve lo que no existe, dice lo que no debería decir… de la misma forma que la avaricia y la lujuria arrastran a acciones culpables con tal de satisfacerse… Líbrate de estas malvadas siervas… Y de momento has de saber que durante estos muchos, muchos días de ausencia tuya ha habido buena concordia entre nosotros, siempre, y ha habido obediencia y respeto siempre. Nos hemos amado, ¿comprendes?… Adiós, amados amigos.
Idos, y amad. ¿Comprendéis? Amaos, sed compasivos los unos para con los otros, hablad poco y actuad bien. La paz sea con vosotros.
Los bendice. Mientras ellos van a la derecha, Jesús continúa su camino con los primos y con Pedro y Tomás.
Continúa en medio de un gran silencio, hasta que Pedro salta con un potente y solitario:
-¡Sabe Dios!… -puesto como corolario de quién sabe qué larga meditación. Los demás lo miran…
Jesús, al quite, desvía otras preguntas diciendo:
-Estáis contentos vosotros dos de venir a Nazaret conmigo?
-y pasa los brazos por los hombros a Pedro y a Tomás.
-¿Y lo preguntas? -dice Pedro con su exuberancia.
Tomás, más tranquilo, pero con su cara regordeta resplandeciente de alegría, añade: -¿No sabes que para mí estar al lado de tu Madre es una dulzura que no encuentro palabras para describírtela? María es mi amor. No estoy consagrado virgen, y no era contrario a tener una familia; ya había puesto mi mirada en algunas jóvenes, sin decidirme sobre cuál elegir por esposa.
¡Pero ahora… ahora!… ¡Que sí, que mi amor es María! El inasible amor para la carne. ¡Pero la carne muere con sólo pensar en Ella! El letificante amor para el espíritu.
¡Ah!, todo lo que he visto en las mujeres -incluso las más queridas, como mi madre y mi hermana gemela -, todo lo que de bueno veo en ellas, lo comparo con lo que veo en tu Madre, y digo dentro de mí: "En Ella habita toda justicia, toda gracia y belleza. Plantío de flores paradisíacos es su espíritu amable… un poema su figura…".
¡Oh, porque nosotros israelitas no osamos pensar en los ángeles y con pávida reverencia observamos a los querubines del Santo de los Santos!… ¡Qué necios! ¿Y no sentimos luego diez veces más de devotísimo temblor mirándola a Ella! Ella, que -estoy seguro -supera ante los ojos de Dios toda belleza angélica…
Jesús mira al enamorado de su Madre, que parece espiritualizarse de tanto como su sentimiento hacia María le muda la expresión bondadosa del rostro.
-Bueno, pues unas horas, pocas, estaremos con Ella. Nos detendremos hasta pasado mañana. Luego vamos a ir a Tiberíades, a ver a los dos niños y a tomar una barca para Cafarnaúm.
-¿Y a Betsaida? -pregunta Pedro.
-Al regreso, Simón. A1 regreso iremos a Betsaida para recoger a Margziam para el peregrinaje de Pascua…
…Y es la noche del mismo día, en Nazaret, en la casita pacífica, donde Pedro y Tomás ya duermen. Y se oye el coloquio delicado entre la Madre y el Hijo.
-Todo ha ido bien, Madre mía. Ahora tienen paz. Tus oraciones han ayudado a los peregrinos, y ahora, como rocío en flores agostadas, están curando su dolor.
-¡Quisiera curar el tuyo, Hijo mío! ¡Cuánto debes haber sufrido!
-Mira. Aquí, en las sienes, tu carne se hunde, y aquí, en las mejillas una arruga corta tu frente como señal de espada. ¿Quién te ha herido de este modo, corazón mío?
-El dolor de tener que dar dolor, Mamá.
-¿Eso sólo, Jesús mío? ¿Tus discípulos no te han dado dolor?
-No, Mamá. Han sido de una bondad de santos.
-Los que estaban contigo… Pero yo me refiero a todos…
-Como puedes ver, he traído a Tomás para premiarlo, y hubiera querido traer también a los que no habían estado aquí la otra vez. Pero tenía que enviarlos a otro lugar, adelante…
-¿Y Judas de Keriot?
-Judas está con ellos.
María abraza a su Hijo y reclina la cabeza en su hombro llorando.
-¿Por qué lloras, Mamá? -pregunta Jesús acariciando su pelo.
María guarda silencio y llora. Sólo a la tercera pregunta susurra:
-Por el terror que siento… Siempre deseo que te abandone… ¿Peco -no es verdad, deseando esto? Pero es tan fuerte, tan fuerte el miedo que le tengo, por ti…
-Sólo si desapareciera muriendo cambiarían las cosas. Pero, ¿por qué debería morir?
-No soy tan mala como para desearlo… ¡Él también tiene una madre! Y tiene un alma… Un alma que todavía puede salvarse. Pero… ¡oh, Hijo mío!… ¿no sería, acaso, un bien para él la muerte?
Jesús suspira y susurra:
-Para muchos sería un bien la muerte…
Y luego, en voz alta:
-¿Has sabido algo de la anciana Juana? -¿Sus campos?…
-He ido con María de Alfeo y Salomé de Simón después de las granizadas. Pero su trigo, al haber sido sembrado con retraso, no había nacido todavía y no se ha dañado. Hace tres días volvió María para ver cómo iba. Dice que parece una alfombra.
Los campos más lindos de esta tierra. Raquel está bien y la anciana contenta. También María de Alfeo está contenta, ahora que Simón es todo para ti. Mañana lo verás. Viene todos los días. Hoy acababa de salir cuando has llegado. ¿Sabes?, ninguno se dio cuenta de nada.
Alguno habría hablado, si se hubiera dado cuenta de que estaban aquí. Pero… si verdaderamente no estás cansado, cuéntame su viaje…
Y Jesús cuenta todo a la Madre atenta, menos su sufrimiento en la gruta de Yiftael.