323- La visita a Antigonio

-Mi hijo Tolmái ha venido para los mercados. Hoy, a la sexta, regresa a Antigonio. El día está templado. ¿Queréis ir, según vuestro deseo? -pregunta el anciano Felipe mientras sirve a los huéspedes leche humeante.

-Iremos, seguro. ¿Cuándo has dicho?
-A la sexta. Podréis volver mañana, si queréis; o, si no, si preferís, en la víspera del sábado, al caer de la tarde, cuando vienen para las funciones del sábado todos los subalternos hebreos o los que han entrado en la fe.

-Lo haremos así. Y se podría incluso elegir ese lugar para que vivieran éstos.

-Será un placer en todo caso, aunque los pierda. Porque es un lugar salubre. Y podríais hacer mucho bien con los subalternos, algunos de los cuales son todavía los que dejó el amo. Otros provienen de la bondad de la bendita ama, que los rescató de amos crueles. Por eso no son todos israelitas. Pero ahora ya no son tampoco paganos. Hablo de las mujeres. Los hombres, todos, están circuncidados. No sintáis aversión… Pero están todavía muy lejos de la justicia de Israel. Los santos del Templo, que son perfectos, se escandalizarían de ellos…

-¡Ah, ya! ¡Ya! ¡Ya!… ¡Bueno, bien! Ahora podrán progresar aspirando sabiduría y bondad de los enviados del Señor… ¿Estáis oyendo cuántas cosas que hacer tenéis aquí? -termina Pedro, dirigiéndose a los dos.
-Lo haremos. No defraudaremos al Maestro -promete Síntica. Y sale para preparar lo que cree oportuno.
Juan de Endor pregunta a Felipe:

-¿Piensas que en Antigonio voy a poder hacer un poco de bien también a otros, enseñando como pedagogo?
-Mucho bien. El anciano Plauto ha muerto ya hace tres lunas y los niños de los gentiles no tienen escuela. En cuanto a los hebreos, no hay maestro, porque todos los nuestros huyen de ese lugar que está cerca de Dafne. Se necesita uno que sea… que sea… como era Teófilo… Sin rigideces para… para…

-Sí, en fin, sin fariseísmo, quieres decir -concluye Pedro expeditivo.
-Eso… sí… No quiero criticar… Pero pienso… Maldecir no sirve para nada. Mejor sería ayudar… Como hacía la ama, que con su sonrisa conducía a la Ley más y mejor que un rabí.

-¡Ahora comprendo por qué me ha enviado aquí el Maestro! Soy exactamente el hombre con los requisitos precisos…

¡Haré su voluntad! ¡Hasta el último respiro! Ahora creo, creo con firmeza que es exclusivamente una misión de predilección ésta mía. Voy a decírselo a Síntica. Vais a ver como nos quedamos allí… Voy, voy a decírselo -y sale, animado como hacía tiempo no lo estaba.

-¡Altísimo Señor, te doy las gracias y te bendigo! Sufrirá todavía, pero no como antes… ¡Ah, qué alivio! -exclama Pedro. Y luego siente el deber de explicar a Felipe un poco, de la forma que puede, el por qué de su alegría:

«Debes saber que los… "rígidos" de Israel -tú los llamas "rígidos" -persiguen a Juan.
-¡Ah, comprendo! Perseguido político como… como… -y mira al Zelote.

-Sí, como yo y más; por otros motivos también. Porque, además de por la casta distinta, los irrita por ser del Mesías. Por lo cual, dicho sea de una vez por todas, él y ella quedan confiados a tu fidelidad… ¿Comprendes?
-Comprendo. Y sabré cómo moverme.

-Ante los demás, ¿cómo los vas a llamar?
-Dos pedagogos recomendados por Lázaro de Teófilo, él para los niños, ella para las niñas. Veo que tiene bordados y telares… Gente extranjera hace y vende muchas labores femeninas en Antioquía. Pero son labores toscas y recargadas. Ayer he visto una labor suya que me ha recordado a la buena ama mía… Serán labores muy solicitadas…

-Una vez más, alabado sea el Señor -dice Pedro.
-Sí. Esto disminuye en nosotros el dolor de la ya próxima despedida.

-¿Ya os queréis marchar?
-Tenemos que marcharnos. La tormenta nos ha hecho perder tiempo. Para los primeros días de Sabat tenemos que estar con el Maestro. Nos está esperando, porque ya vamos con retraso explica Judas Tadeo.

Se separan y va cada uno a sus incumbencias: Felipe a donde lollama una mujer; los apóstoles al sol, en la azotea.

-Podríamos partir el día siguiente del sábado. ¿Qué os parece? -pregunta Santiago de Alfeo.

-¡Por mí!… ¡Fíjate tú! Todos los días me levanto con el tormentode Jesús solo, sin ropa, desatendido, y todas las noches me acuesto con el mismo tormento. De todas formas, hoy lo decidimos.

-Decidme. ¿Creéis que el Maestro sabía todo esto? Hace días que me pregunto cómo sabía que encontraríamos al cretense; cómo ha visto con anticipación el trabajo de Juan y Síntica; cómo, cómo… en definitiva, muchas cosas -dice Andrés.

-Verdaderamente creo que el cretense tiene épocas fijas de
estancia en Seleucia. Quizás Lázaro se lo dijo a Jesús, y Él, por ello, decidió la partida sin esperar a la Pascua… -explica el Zelote.

-¡Sí! ¡Eso! ¿Y Juan cómo va a celebrar la Pascua? -pregunta Santiago de Alfeo.
-Pues como todos los israelitas… -dice Mateo.
-No. Sería caer en la boca del lobo».
-¿Pero qué dices, hombre? Entre tanta gente, ¿quién lo va a descubrir?

-El Iscar… ¡Oh, ya hablé! No penséis en ello. Es un capricho de mi mente…
Pedro está colorado, afligido por haber hablado.
Judas de Alfeo le pone una mano en el hombro, sonriendo con su sonrisa grave, y dice:

-¡Bueno, hombre! Todos pensamos lo mismo… Pero mejor no decírselo a ninguno. Bendigamos, más bien, al Eterno, que ha desviado la mente de Juan de este pensamiento.
Todos, abstraídos, guardan silencio. Pero para ellos, verdaderos israelitas, es una preocupación el cómo va a poder celebrar la Pascua en Jerusalén el discípulo exiliado… y vuelven sobre el tema.

-Yo creo que Jesús proveerá. Quizás Juan lo sabe. Basta preguntárselo -dice Mateo.
-No lo hagáis. No creéis deseos y espinas donde apenas si se acaba de establecer la paz -suplica Juan apóstol.
-Sí. Es mejor preguntárselo al Maestro mismo -confirma Santiago de Alfeo.

-¿Cuándo lo veremos? ¿Qué pensáis vosotros? -pregunta Andrés.
-Si partimos el día siguiente del sábado, para el final de la luna estaremos seguro en Tolemaida… -dice Santiago de Zebedeo.
-Si encontramos nave… -observa Judas Tadeo.
Y su hermano añade:
-Y si no hay tempestad.

-Por lo que se refiere a la nave, siempre hay alguna que parte para. Y, pagando, haremos que se haga escala en Tolemaida aunque la nave vaya para Joppe. ¿Tienes todavía? -pregunta el Zelote a Pedro.

-Sí. Contando incluso con que me ha pelado bien ese ladrón del cretense, a pesar de todas sus declaraciones de querer favorecer a Lázaro. Pero tengo que pagar la permanencia de la barca y la de Antonio… Y no toco los denarios que me han dado para Juan y Síntica. Sagrados. Los dejo intactos, a costa incluso de no comer.

-Haces bien. Ese hombre está muy enfermo. Él cree que podrá ejercer la función de pedagogo. Yo creo que su única función será la de enfermo, pronto… -juzga el Zelote.
-Sí, también yo creo eso. Síntica, más que labores, tendrá que hacer ungüentos -confirma Santiago de Zebedeo.
-¿Ese ungüento, eh? ¡Qué prodigio! Síntica me ha dicho que quiere hacer más y usarlo para poder entrar en familias de aquí» dice Juan.

-¡Buena idea! Un enfermo que se cura es siempre un discípulo conquistado, y con él los suyos -proclama Mateo.
-¡Ah, no, eso no! -exclama Pedro.
-¿Cómo? ¿Quieres decir que el milagro no arrastra hacia el Señor? -le pregunta Andrés, y también dos o tres más.

-Sois unos niñitos! ¡Parece que acabáis de bajar del Cielo! ¿Pero no veis lo que le hacen a Jesús? ¿Se ha convertido Elí de Cafarnaúm? ¿Y Doras? ¿Y Oseas de Corazín? ¿Y Melquías de Betsaida? ¿Y -perdonad los de Nazaret -y toda Nazaret por los cinco, seis, diez milagros cumplidos, hasta el último, el de vuestro sobrino? -pregunta Pedro.

Ninguno replica, porque es la amarga verdad…
-No hemos encontrado todavía al soldado romano. Jesús ya lo había dado a entender… -dice Juan después de un poco.
-Se lo diremos a los que se quedan. Es más, será otra misión más en su vida -responde el Zelote.
-Vuelve Felipe:

-Mi hijo está ya listo. Se ha dado prisa. Está con su madre, que prepara regalos para los nietos.

(Mi hijo: así llama a Tolmái el anciano Felipe, abuelo suyo, padre de su padre José. Los hebreos llamaban hijo también al nieto, de la misma forma que a los abuelos los llamaban padre y madre; y extendían la calificación de hermano o hermana a los primos y cuñados. En la Obra valtortiana se encuentran los dos modos de llamar a los distintos grados de parentesco: el de los tiempos de Jesús y el de nuestros tiempos)

-¿Es buena tu nuera, no?
-Buena. Ha sido consuelo mío en la pérdida de mi José. Es como una hija. Era sierva de Euqueria. La educó ella. Venid a reponer fuerzas antes de poneros en marcha. Los otros ya lo están haciendo…

…Y, precedidos por el carro de Tolmái, nieto de Felipe, trotan hacia Antigonio…

Llegan pronto a esta pequeña ciudad. Sepultada en la feracidad de sus jardines, protegida de las corrientes por las cadenas de montes que tiene alrededor -suficientemente lejanas para no ahogarla, pero suficientemente cercanas para protegerla y derramar sobre ella los efluvios de sus bosques de árboles resinosos y esenciales -, toda llena de sol, alegra la vista y el corazón con sólo cruzarla.

Los jardines de Lázaro están al sur de la ciudad. Están precedidos por un paseo, por ahora sin frondas, a lo largo del cual están las casas de los que trabajan en los jardines. Son casitas bajas, pero bien cuidadas. A sus puertas se asoman caras de niños que observan curiosos, y de mujeres que saludan sonriendo. Las razas distintas se manifiestan en la diversidad de los rostros.

Tolmái, en cuanto traspasan la cancilla donde empieza la propiedad, hace un especial chasquido de tralla al ir pasando por delante de todas las casas; debe ser como una señal. Y los que viven en ellas, tras haber observado, entran de nuevo y luego vuelven a salir, cierran las puertas y empiezan a caminar por el paseo, detrás de los dos carros, que van al paso y luego se paran en el centro de una confluencia de senderos (dirigidos, como los radios de una rueda, en todas las direcciones, entre muchos campos dispuestos en cuadros, cuáles desnudos, cuáles de un verde perenne, custodiados por laureles, por acacias o árboles semejantes, o por otros árboles que a través de los tajos incididos en su tronco rezuman leche olorosa y resinas). En el ambiente hay un olor mixto de aromas balsámicos, resinosos, fragantes. Panales por todas partes. Y pilones para el riego, en que beben palomas blanquísimas. Y, en zonas especiales, de tierra desnuda, recientemente cavada, escarban gallinitas también blancas custodiadas por muchachas.

Tolmái restalla la tralla repetidas veces, hasta que todos los súbditos del pequeño reino se reúnen en torno a los llegados. Entonces empieza su discursito:

-Escuchad. Felipe, jefe nuestro y padre de mi padre, manda y recomienda a estos santos de Israel, venidos aquí por voluntad de nuestro patrón. Que Dios esté siempre con él y con su casa.

Mucho nos quejábamos porque aquí faltaba la voz de los rabíes santos. He aquí que la bondad del Señor y de nuestro patrón, lejano pero que mucho nos ama -Dios le compense el bien que ofrece a sus siervos -, nos procuran lo que nuestro corazón soñaba. En Israel ha aparecido Aquel que había sido prometido a las gentes. Ya nos lo habían dicho durante las Fiestas en el Templo y en la casa de Lázaro. Pero ahora realmente ha llegado para nosotros el tiempo de la gracia, porque el Rey de Israel ha pensado en sus siervos más pequeños y ha enviado a sus ministros a portarnos sus palabras. Éstos son sus discípulos, y dos de ellos vivirán en medio de nosotros, aquí o en Antioquía, enseñando la Sabiduría para ser instruidos en orden al Cielo, y también la otra que se necesita para la tierra.

Juan, pedagogo y discípulo de Cristo, enseñará a nuestros niños estas dos sabidurías; Síntica, discípula y maestra con la aguja, enseñará la ciencia del amor a Dios y el arte del trabajo femenil a las muchachas. Recibidlos como bendición del Cielo, y amadlos como los ama Lázaro de Teófilo y Euqueria -gloria a sus almas y paz -y como los aman las hijas de Teófilo, Marta y María, nuestras amadas señoras y discípulas de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel, el Prometido, el Rey.

El pequeño pueblo de hombres, vestidos con cortas túnicas, de manos terrosas que sostienen utensilios de jardinería, de mujeres, de niños de todas las edades, escucha asombrado. Luego bisbisean. En fin, saludan con una profunda reverencia.

Tolmái empieza las presentaciones:

-Simón de Jonás, el jefe de los enviados del Señor; Simón el Cananeo, amigo de nuestro señor; Santiago y Judas, hermanos del Señor; Santiago y Juan, Andrés y Mateo.
Y luego, a los apóstoles y discípulos:

-Ana, mi mujer, de la tribu de Judá, como, por lo demás, mi madre, porque somos puros, venidos con Euqueria de Judá. José, el varón consagrado al Señor, y Teoqueria, primogénita, que en el nombre lleva e1 recuerdo de los justos señores, sabia hija y amante de Dios como una verdadera israelita. Nicolái y Dositeo. Nicolái es nazireo. Dositeo es el tercero de los hijos; ya lleva casado (y un fuerte suspiro acompaña el anuncio de esto) varios años con Hermiona. Ten aquí, mujer…

Se adelanta una jovencísima morenita con un lactante en brazos.

-Ésta es. Es hija de un prosélito y de una griega. Mi hijo la vio en Alejandrocena de Fenicia cuando fue para unas compraventas… y la quiso para sí… y Lázaro no se opuso, antes al contrario me dijo: "Mejor así que al mal".

Y no es ningún mal. Pero yo quería sangre de Israel…
La pobre Hermiona está con la cabeza agachada como una acusa-da. Dositeo está visiblemente agitado y se ve que sufre. Ana, la madre y suegra, mira con ojos entristecidos…

Juan, a pesar de ser el más joven, siente la necesidad de elevar los espíritus humillados y dice:
-En el Reino del Señor no hay ya griegos o israelitas, romanos o fenicios, sino solamente hijos de Dios. Cuando, a través de estos que han venido, conozcas la Palabra de Dios, sentirás elevarse tu corazón a nuevas luces, y ésta ya no será "la extranjera" sino la discípula, como tú y como todos, del Señor nuestro Jesús.

Hermiona levanta la humillada cabeza y sonríe con gratitud a Juan. En los rostros de Dositeo y de Ana se ve la misma expresión de agradecimiento.

Tolmái responde austero:
-Y Dios quiera que sea así, porque, aparte del origen, nada tengo que recriminar a mi nuera. El que está en sus brazos es Alfeo, el último nacido, que del padre de ella, prosélito, ha tomado el nombre. La pequeña de los ojos de cielo bajo los rizos de ébano es Mírtica, del nombre de la madre de Hermiona, y éste, el primogénito, es Lázaro, porque así lo quiso el señor nuestro, y el otro es Hermas.

-El quinto se debe llamar Tolmái y la sexta Ana, para decir al Señor y al mundo que tu corazón se ha abierto a nuevas comprensiones -dice otra vez Juan.

Tolmái se inclina sin decir nada. Luego reanuda las presentaciones:

-Éstos son dos hermanos de Israel: Miriam y Silvano, de la tribu de Neftalí. Y éstos son Elbónides Danita y Simeón judío. Luego, aquí están los prosélitos, que eran romanos, o, al menos, de romanos, caridad de Euqueria hecha obra, arrancados por ella al yugo y a gentilidad: Lucio, Marcelo, Solón, hijo de Elateo.
-Nombre griego -observa Síntica.

-De Tesalónica. Esclavo de un siervo de Roma -el desprecio es manifiesto al decir "siervo de Roma" -Euqueria lo tomó, junto con el padre agonizante, en un momento confuso; si el padre murió pagano, Solón es prosélito… Priscila ven aquí adelante con tus hijos…

Una mujer alta y delgada, de rostro aquilino, se adelanta empujando a una niña y a un niño; cogidas de la falda lleva a dos rapazuelos.

-Ésta es la mujer de Solón, que fue liberta de una romana ya difunta, y Mario, Cornelia, María y Martila, gemelas.

Priscila es experta en esencias. Amiclea, ven con tus hijos. Ésta es hija de prosélitos. Y prosélitos son los dos niños, Casio y Teodoro. Tecla, no te escondas. Es la mujer de Marcelo. Su dolor es que es estéril. También hija de prosélitos. Éstos son los colonos. Ahora a los jardines. Venid.

Y los guía por la vasta propiedad, seguido de los jardineros, que explican los cultivos y trabajos, mientras las muchachas vuelven a sus gallinitas, que han aprovechado la ausencia de las guardianas para irse a otros lugares sobrepasando los límites establecidos.
Tolmái explica:

-Se las trae aquí para limpiar la tierra de larvas antes de la siembra de los cultivos anuales.

Juan de Endor sonríe a las gallinitas, que cloquean, y dice:

-Parecen las que tenía yo… -y se agacha para echar miguitas de pan que tenía en el talego, hasta que se ve rodeado de polluelas, y ríe porque una de ellas, petulante, le arrebata el pan de los dedos.

-¡Menos mal! -exclama Pedro dando con el codo a Mateo y señalando a Juan, que juega con los pollos, y a Síntica, que está hablando griego con Solón y Hermiona.
Luego vuelven hacia la casa de Tolmái, que explica:

-Éste es el sitio. Pero, si queréis enseñar, se puede hacer un lugar. ¿Os quedáis aquí o…?

-¡Sí, Síntica! ¡Aquí! ¡Es más bonito! Antioquía me ahoga de recuerdos… -ruega quedamente Juan a su compañera.

-¡Sí, hombre, claro! Como quieras. Basta con que tú estés bien. Para mí todo es igual. No miro ya hacia atrás… sólo adelante, adelante… ¡Ánimo, Juan! Aquí estaremos bien. Niños, flores, palomas y gallinas para nosotros, pobres criaturas. Y para nuestra alma el gozo de servir al Señor. ¿Qué opináis vosotros? -pregunta volviéndose a los apóstoles.

-Pensamos como tú, mujer.
-Pues ya está dicho.
-Muy bien. Nos iremos contentos…

-¡Oh, no os marchéis! ¡No os volveré a ver! ¿Por qué tan pronto? ¿Por qué?… -Juan vuelve a su dolor.

-¡No nos marchamos ahora! Estamos aquí hasta… hasta que seas…

Pedro no sabe expresar lo que será Juan, y, para que no se vea que también él está repleto de lágrimas, abraza a Juan, que está llorando, y trata de consolarlo así.

322- Partida de Seleucia en un carro y llegada a Antioquía

-En los mercados encontraréis seguro un carro. Pero, si queréis el mío, os lo dejo, en recuerdo de Teófilo. Si vivo tranquilo, se lo debo a él. Me defendió, porque era justo. Ciertas cosas no se olvidan -dice el anciano posadero, erguido enfrente de los apóstoles bajo el primer sol de la mañana.

-Es que tú estarías sin tu carro varios días… Y, además, ¿quién lo guía? Yo con un burro… todavía… ¡pero con un caballo!…

-¡Es igual! No te voy a dar un potro indómito. Te doy un prudente caballo de tiro, bueno como un cordero. Llegaréis pronto y sin fatigaros. Para la hora novena estaréis en Antioquía; mucho más considerando que el caballo conoce muy bien el camino y va solo. Me lo devolverás cuando quieras, sin interés por mi parte, si no es el de hacer una cosa grata al hijo de Teófilo. Decidle que todavía le debo muchas cosas, y que lo recuerdo y me siento siervo suyo.

-¿Qué hacemos? -pregunta Pedro a sus compañeros.
-Lo que te parezca mejor. Tú juzga y nosotros obedecemos…

-¿Probamos con el caballo? Por Juan lo digo… y también para abreviar… Me siento como si estuviera llevando a uno a la muerte y estoy deseando acabar todo esto lo antes posible…

-Tienes razón -dicen todos.
-Entonces, hombre, acepto.
-Y yo ofrezco con alegría. Voy a aparejar el vehículo.

El hospedero se marcha. Pedro da rienda suelta a su pensamiento:

-He consumido en estos pocos días la mitad del tiempo de vida que tenía. ¡Una pena!… ¡Una pena!… Habría querido tener el carro de Elías, el manto que cogió Eliseo, cualquier cosa rápida para abreviar el tiempo… Pero, sobre todo, habría deseado, a costa de morir, dar a esos pobres algo que los consolase, que les hiciera olvidar, que les… ¡No sé! Algo, en definitiva, que no les hiciera sufrir tanto… Pero, si logro saber quién es la causa principal de este dolor, dejo de ser Simón de Jonás si no lo retuerzo como a un paño empapado. No digo matarlo, ¡no!, pero sí exprimirlo, como él ha exprimido la alegría y la vida a esos dos pobrecillos…

-Tienes razón. Es una gran pena. Pero Jesús dice que se debe perdonar las ofensas… -dice Santiago de Alfeo.
-Si me las hubieran hecho a mí, debería perdonar. Y podría. Estoy sano y fuerte, y si alguien me ofende tengo fuerza para reaccionar incluso contra el dolor. ¡Pero, el pobre Juan! No, no puedo perdonar la ofensa contra el redimido del Señor, contra uno que muere afligido de esta forma…

-Yo pienso en el momento en que lo dejemos del todo… -suspira Andrés.
-Yo también. Es un pensamiento fijo y que aumenta a medida que se acerca el momento… -susurra Mateo.
-Hagámoslo pronto, por piedad -dice Pedro.

-No, Simón. Perdona si te observo que te equivocas deseando eso. Tu amor al prójimo se está transformando en un amor desviado, y esto no debe suceder en ti, que siempre has sido recto -dice sereno el Zelote, poniendo una mano en el hombro de Pedro.

-¿Por qué, Simón? Eres culto y bueno. Muéstrame mi error, y yo, si así lo veo, te diré: tienes razón.
-Tu amor se está haciendo malsano, porque está para transformarse en egoísmo.

-¿Cómo? ¿Me aflijo por ellos y soy egoísta?
-Sí, hermano, porque tú, por exceso de amor -todo exceso es desorden y, por tanto, induce al pecado -te envileces. Quieres no sufrir tú de ver sufrir. Eso es egoísmo, hermano en el nombre del Señor.

-¡Es verdad! Tienes razón. Y te agradezco esta advertencia. Así se debe hacer entre buenos compañeros. Bien. Entonces ya no tendré prisa… Pero, decid la verdad, ¿no es un acto de piedad?
-Lo es, lo es… -dicen todos.

-¿De qué forma los vamos a dejar?
-Propondría hacerlo cuando nos haya recibido Felipe, pero quedándonos quizás ocultos un tiempo en Antioquía y preguntándole a Felipe cómo se van adaptando… -sugiere Andrés.

-No. Sería hacerles sufrir demasiado con una separación tan brusca -dice Santiago de Alfeo.

-Entonces… sigamos a medias el consejo de Andrés. Quedémonos en Antioquía, pero no en casa de Felipe, y durante unos días vamos a verlos, cada vez menos, cada vez menos, hasta que… no volvemos -dice el otro Santiago.
-Dolor renovado una y otra vez, y cruel desilusión. No. No se debe hacer -dice Judas Tadeo.

-¿Qué hacemos, Simón?
-¡Ah!, por lo que a mí respecta, quisiera estar en su lugar más bien que tener que decir: "Me despido de vosotros" -dice Pedro abatido.

-Propongo una cosa. Vamos con ellos a casa de Felipe. Nos quedamos allí. Luego, siguiendo todavía juntos, vamos a Antigonio. Es un lugar ameno… Y allí también estamos un tiempo. Una vez que ellos se hayan aclimatado, nos retiramos, con dolor pero con virilidad. Yo diría esto. A menos que Simón-Pedro tenga órdenes distintas del Maestro -dice Simón Zelote.

-¿Yo? No. Me dijo: "Haz todo, bien, con amor, sin pereza y sin prisa, y de la forma que juzgues mejor". Hasta ahora creo que lo he hecho. ¡Está eso de que dije que era pescador!… Pero, si no lo hubiera dicho no me habría dejado estar en el puente.

-No te crees escrúpulos tontos, Simón. Son puntadas del demonio para turbarte -conforta Judas Tadeo.

-¡Verdaderamente es así! Creo que está alrededor de nosotros como no lo ha estado jamás, poniéndonos obstáculos y creándonos miedos para movernos a actos viles -dice Juan apóstol, y concluye en voz baja: «Creo que quería inducir a la desesperación a ellos dos reteniéndolos en Palestina… y ahora que se escapan de su asechanza se venga en nosotros… Me lo siento alrededor como una serpiente escondida entre la hierba… Y ya hace meses que me lo siento alrededor así… Mirad, ahí vienen el hospedero por un lado y Juan y Síntica por el otro. Os diré el resto cuando estemos solos, si os interesa.

En efecto, por un lado del patio viene el carro, un carro sólido al que está unido un robusto caballo guiado por el hospedero; por el otro, vienen hacia ellos los dos discípulos.

-¿Es hora de marcharnos? -pregunta Síntica.
-Sí. Es la hora. ¿Estás cubierto bien, Juan? ¿Van mejor tus dolores?
-Sí. Estoy envuelto en lana y la unción con el ungüento me ha hecho bien.

-Entonces sube, que ahora subimos también nosotros.
…Y, ultimada la carga, todos ya en el carro, salen por la amplia puerta, después de repetidos aseguramientos del hospedero de que e1 caballo es dócil. Cruzan una plaza que les ha sido indicada y entran por una calle que bordea los muros de la ciudad, hasta que salen por una puerta; después siguen el curso de un profundo canal y luego el propio río. Es un camino bonito y bien mantenido, que va en dirección norte-este, pero siguiendo los meandros del río. Por el otro lado hay montes muy verdes, con sus pendientes, sus concavidades, sus barrancas; y ya se ven en los matorrales del monte bajo, en los lugares más expuestos al sol, llenarse las gemas de mil arbustos.

-¡Cuántos arrayanes! -exclama Síntica.
-¡Y laurel! -añade Mateo.
-Cerca de Antioquía hay un lugar sagrado dedicado a Apolo -dice Juan de Endor.
-Quizás el viento ha traído las semillas hasta aquí…

-Quizás. Pero éste es un lugar todo lleno de plantas hermosas -dice el Zelote.

-Tú, que has estado aquí, ¿crees que pasaremos por Dafne?
-Por fuerza. Veréis uno de los valles más bonitos del mundo. Aparte del culto obsceno y degenerado en orgías que cada vez son más asquerosas, es un valle de paraíso terrenal, y si en él entra la Fe se transformará en un paraíso verdadero. ¡Cuánto bien podréis hacer aquí! Os deseo corazones fértiles como fértil es el suelo… -dice el Zelote para suscitar en los dos discípulos pensamientos consoladores.

Pero Juan agacha la cabeza y Síntica suspira.
E1 caballo trota cadencioso. Pedro, estando todo centrado en el esfuerzo de guiar, aunque el animal va seguro sin necesidad de guía o estímulo, no habla. Así que el camino discurre bastante rápidamente. Llegan a un puente y se detienen para comer y para que el caballo descanse. El sol está en su culmen; vese toda la hermosura de la bellísima naturaleza.

-De todas formas… prefiero estar aquí antes que en el mar… -dice Pedro observando en derredor.
-¡Pero qué tempestad!

-El Señor ha orado por nosotros. Lo he sentido cerca cuando orábamos en el puente de la nave. Cerca como si estuviera en medio de nosotros… -dice sonriendo Juan.
-¿Y dónde estará? No estoy tranquilo pensando que no tiene ropa… ¿Y si se moja? ¿Y qué come? Es capaz de hacer ayuno…

-Puedes estar convencido de que lo hace, para ayudarnos a nosotros -dice con seguridad Santiago de Alfeo.
-Y también por otros motivos. Nuestro hermano está muy afligido desde hace un tiempo. Creo que se mortifica continuamente para vencer al mundo -dice Judas Tadeo.
-Querrás decir: al demonio que hay en el mundo dice Santiago de Zebedeo.
-Es lo mismo.

-No lo va a conseguir. Tengo el corazón oprimido por mil miedos… -suspira Andrés.
-¡Ahora que nosotros estarnos lejos, todo irá mejor! ̿ dice, no sin aflicción, Juan de Endor.

-No pienses eso. Tú y ella no erais nada respecto a las "grandes culpas" del Mesías según los grandes de Israel -dice resueltamente Judas Tadeo.

-¿Estás seguro? Yo, dentro de mi sufrimiento, tengo en el corazón también la espina de haber sido con mi llegada causa de mal para Jesús. Si estuviera seguro de que no es así, sufriría menos -dice Juan de Endor.
-¿Me crees veraz, Juan? -pregunta Judas Tadeo.
-¡Sí que lo creo!

-Pues bien, entonces, en nombre de Dios y mío, te aseguro que tú has dado sólo una pena a Jesús: la de tener que mandarte aquí en misión. En todas las otras penas suyas, pasadas, presentes y futuras, tú no estás implicado.
La primera sonrisa, después de tantos días de lóbrega melancolía ilumina el rostro asendereado de Juan de Endor, que dice:

-¡Qué alivio me das! E1 día me parece más luminoso, más ligero mi mal, más consolado el corazón. ¡Gracias, Judas de Alfeo! ¡Gracias!

Vuelven a subir al carro, y pasando por el puente, toman la otra orilla del río, el otro camino, que va derecho hacia Antioquía, a través de una zona fertilísima.

-¡Allí está! En aquel valle poético está Dafne, con su templo y sus bosquecillos. Y allá, en aquella llanura, se ve Antioquía, y sus torres que se alzan sobre las murallas. Entraremos por la puerta que hay al lado del río. La casa de Lázaro no está muy lejos de las murallas.

Las casas más bonitas han sido vendidas. Queda ésta, que fue lugar de parada tanto para el personal de Teófilo como para sus clientes, con muchas caballerizas y graneros.

Ahora vive en ella Felipe. Un buen viejo. Un fiel de Lázaro. Os encontraréis bien. Y, juntos, iremos a Antigonio, donde estaba la casa en que vivían Euqueria y sus hijos, que entonces eran niños…

-Muy fortificada esta ciudad, ¿eh?-observa Pedro, que respira tranquilo ahora que ve que su primer intento como auriga ha ido bien.

-Mucho. Murallas de altura y anchura grandiosas. Más de cien torres, que, como veis, parecen gigantes enhiestos encima de las murallas, y fosos infranqueables al pie de ellas. El Silpio también contribuye con sus cimas a la defensa, y hace de contrafuerte de las murallas en la parte más débil… Ahí está la puerta. Es mejor que pares y entres sujetando el bocado. Yo te guío porque sé el camino…

Pasan la puerta, vigilada por romanos.
Juan apóstol dice:
-Quién sabe si está aquí ese soldado de la puerta de los Peces… Jesús se alegraría de saberlo…
-Lo buscaremos. Pero ahora camina raudo -ordena Pedro, turbado por la idea de ir a una casa desconocida.

Juan obedece sin decir nada; se limita a mirar atentamente a todos los soldados que ve.

Un camino corto, luego una casa sólida y sencilla, o sea, un alto muro sin ventanas. Solamente un portal en el centro del muro.

-Aquí es. Para -dice el Zelote.
-¡Anda, Simón, habla tú ahora!
-¡Sí, hombre, si ello te agrada, hablo yo! -y el Zelote llama al recio portalón.

Simón se presenta como un enviado de Lázaro. Entra solo. Sale con un anciano alto y de noble porte, que se prodiga en profundas reverencias y da a uno del servicio la orden de abrir el portón para permitir entrar al carro; luego se disculpa por hacerles pasar a todos por esa puerta, en vez de por la puerta de casa.

El carro se para en un vasto patio con pórticos, bien cuidado, con cuatro recios plátanos en los cuatro ángulos y otros dos en el centro que amparan un pozo y un pilón para abrevar a los caballos.

-Preocúpate del caballo -ordena el administrador a su subordinado. Y dice a los que recibe como huéspedes: «Por favor, venid. Bendito sea el Señor, que me manda siervos suyos y amigos de mi jefe. Ordenad, que vuestro siervo escucha».

Pedro se pone colorado, porque especialmente a él van esas palabras y esas reverencias, y no sabe qué decir…
Le ayuda el Zelote.

-Los discípulos del Mesías de Israel, de que te habla Lázaro de Teófilo, que a partir de ahora vivirán en tu casa para servir al Señor, no necesitan sino descansar.

¿Nos enseñas dónde pueden habitar?

-Siempre tenemos preparadas habitaciones para peregrinos, como era costumbre de mi ama. Venid, venid…

Y, seguido por todos, entra en un pasillo y luego en un pequeño patio. A1 final de este patio está la verdadera casa. Abre la puerta. Va por un vestíbulo. Tuerce a la derecha. Una escalera. Suben. Otro pasillo con habitaciones a los lados.

-Aquí tenéis. Que sea agradable vuestra permanencia. Voy a decir que traigan agua y ropa. Dios sea con vosotros -dice el anciano, y se marcha.

Abren las contraventanas de las habitaciones que eligen. Las murallas y fuertes de Antioquía están frente a las ventanas de un lado; el tranquilo patio ornado de rosales trepadores, por ahora pobres a causa del período del año en que están, se ve por las del otro lado.

Y, después de tanto caminar, por fin una casa, una habitación, un lecho… Para algunos, sólo una etapa; para otros, meta…

321- Arribo a Seleucia. Se despiden de Nicomedes

En una bellísima puesta de sol, se delinea la ciudad de Seleucia como un voluminoso aglomerado blanco en el límite de las aguas azules del mar calmo y risueño (todo un jugueteo de olitas bajo un cielo que funde su cobalto sin nubes con la púrpura del ocaso). La nave, desplegadas sus velas, enfila veloz hacia la ciudad lejana, y tanto inciden en ella los esplendores del sol poniente, que parece incendiarse, con fuego de alegría por la fiesta de la llegada ya cercana.

En el puente de la nave, entre los marineros, que ya ni trajinan ni están inquietos, están los pasajeros, que ven acercarse la meta. Sentado junto a Juan de Endor (más macilento aún que cuando partió), se ve al marinero herido. Todavía tiene fajada la cabeza con una venda ligera; su tez, pálida-marfil por la gran cantidad de sangre que ha perdido. Pero sonríe y habla con sus salvadores, o con los compañeros que, pasando, se congratulan con él de verlo en el puente.

También el cretense se percata de su presencia. Deja por un momento su puesto, poniéndolo en manos del jefe de la tripulación, para ir a saludar a su «óptimo Demetes», que ha vuelto al puente por primera vez después de sufrir la herida. «Y gracias a todos vosotros» dice a los apóstoles.

«No tenía ninguna esperanza de que sobreviviera, después del golpe de ese pesado travesaño y del hierro que lo hacía todavía más pesado. Verdaderamente, Demetes, éstos te han dado de nuevo a la vida, porque estabas ya dos veces muerto.

La primera, yaciendo como una mercancía en el puente, donde habrías perecido por la sangre que salía y por las olas, que te hubieran llevado al mar; habrías descendido al reino de Neptuno, a hacer compañía a nereidas y tritones.

La segunda, por haberte curado con esos maravillosos ungüentos. ¡Déjame, pues, ver la herida!

El hombre se suelta la venda y muestra la cicatriz: bien cerrada, es como una señal roja desde la sien hasta la nuca, hasta el límite de los cabellos, que se ven cortados (quizás los cortó Síntica para que no entrasen en la herida).

Nicomedes toca apenas, levemente, la señal:
-¡También está soldado el hueso! ¡Te ha mostrado su amor Venus marina! Ha querido tenerte sólo en la superficie del mar y en las riberas de Grecia. Séate, pues, propicio Eros, ahora que ponemos pie en tierra, y contribuya a quitarte el recuerdo de la desgracia y el terror de Tánatos, que a te tenía en sus manos.

La cara de Pedro, al oír todas estas filigranas mitológicas, es todo un panorama de impresiones: apoyado en un mástil, con las manos detrás de la espalda, no habla; pero todo en él habla para aplicar un epíteto incisivo al pagano Nicomedes y a su paganismo, y para expresar su asco por todo lo que significa gentilismo.

No menos los otros… Judas de Alfeo tiene la cara de los momentos peores; su hermano se da la vuelta mostrando un gran interés por el mar. Santiago de Zebedeo y Andrés optan por dejar plantados a todos y bajar por los talegos y el telar. Mateo manosea su cinturón; el Zelote también se ocupa exageradamente de sus sandalias como si fueran una cosa nueva. Juan de Zebedeo se extasía mirando al mar.

Son tan manifiestos el desprecio y el tedio de los ocho -y no lo es menos el mutismo de los dos discípulos que están sentados junto al herido -, que el cretense se da cuenta y presenta disculpas:

-Mirad, es nuestra religión. Como vosotros creéis en la vuestra, yo y todos nosotros creemos en la nuestra…

Ninguno responde, y el cretense opta por dejar en paz a sus dioses y bajar del Olimpo a la tierra, o mejor, al mar, a la nave, e invita a los apóstoles a ir a la proa para ver bien la ciudad que ya se va acercando.

-Ahí tenéis, ¿veis? ¿Habéis estado alguna vez aquí?
-Yo una vez, pero viniendo por tierra -dice el Zelote, serio y seco. «

-¡Ah, bien! Entonces, al menos sabes que el verdadero puerto de Antioquía es Seleucia, en la costa, en la desembocadura del Oronte, que también se presta gentilmente a acoger a las naves, y, cuando las aguas son profundas, puede ser remontado por embarcaciones ligeras hasta Antioquía. Estáis viendo Seleucia, la más grande; la otra, orientada al sur, no es una ciudad, sino ruinas de un lugar devastado. Engañan: es sólo una ciudad muerta.

Aquella cadena montañosa es el Pierio que da a la ciudad el nombre de Seleucia Pieria. Aquel pico más hacia dentro, después de la llanura, es el monte Casio, que domina como un gigante la llanura de Antioquía. La otra cadena, al norte, es la del Amán. ¡Ya veréis qué obras han hecho los romanos en Seleucia y Antioquía! Mayores ya no podían. Un puerto de tres fondeaderos, que es uno de los mejores; y canales, y rompeolas, y diques. Tanto no se ve en Palestina. Pero Siria es mejor que otras provincias del Imperio…

Sus palabras caen en un silencio glacial. Hasta Síntica, que por ser griega es menos quisquillosa que los demás, aprieta los labios y su rostro adquiere más que nunca la expresividad de un rostro esculpido en una medalla o un bajorrelieve: un rostro de diosa, desdeñosa de los contactos terrenos.

El cretense se da cuenta y se disculpa:
-¡En el fondo, yo gano con los romanos!…

La respuesta de Síntica es tajante cual golpe de sable: «Y el oro hace perder el filo a la espada del honor nacional y de la libertad», y lo dice de tal forma y con un latín tan puro que el otro se queda paralizado…

Luego se atreve a preguntar: -¿Pero no eres griega?

320- Prodigios en la nave en medio de una tempestad

El Mediterráneo es una planicie borrascosa de aguas verdeazules que se embisten entre sí formando altísimas olas con cresta de espuma.

Hoy no hay niebla de calina, no. Pero el agua marina, pulverizada por los continuos embates de unas olas contra otras, se transforma en líquidas partículas saladas, que abrasan, que traspasan incluso los vestidos, enrojecen los ojos, queman las gargantas, y parecen esparcirse como un velo de polvos de tocador salinos por todas partes, tanto en el aire, haciéndola opaca como por una niebla sutil, como encima de las cosas, que parecen asperjadas con una harina brillante: los diminutos cristales salinos.

Esto no sucede en los lugares a donde llegan los embates de las olas, o sus vigorosas mojaduras, que lavan el puente de un lado al otro, y se precipitan hacia dentro, saltando por encima de una parte de la obra muerta, para volver a caer al mar, con estrépito de cascada, por los vanos de la parte opuesta. Y la nave se alza y se hunde, pajuela a merced del océano, reducida a una nada respecto a éste, y cruje y se queja desde las sentinas a lo más alto de los mástiles… El mar es realmente el amo y la nave su juguete…

Aparte de los que están maniobrando, no hay ya nadie en el puente. Ni ninguna mercancía. Sólo los botes de salvamento. Los hombres de la tripulación (el primero de todos el cretense Nicomedes), completamente desnudos, bamboleándose como se bambolea la nave, corren acá o allá, a protegerse o a hacer maniobras, que son difíciles porque el puente está continuamente inundado y resbaladizo. Las escotillas, trancadas, no permiten ver lo que sucede bajo cubierta. Pero, ciertamente, no creo que ahí dentro estén muy tranquilos…

No logro hacerme una idea de dónde están, porque alrededor sólo hay mar, y una costa lejana, que se ve muy montañosa, con verdaderos montes, no colinas. Yo diría que ya ha pasado más de una jornada de navegación, porque se ve claramente que son horas de la mañana, dado que el sol, que aparece y desaparece tras nimbos muy densos, viene todavía de oriente. Creo que la nave, a pesar del zarandeo a que se ve sometida, avanza muy poco. Y el mar parece ponerse cada vez más feo.

Con una terrible, fragorosa avalancha, se rompe un trozo de mástil -desconozco el nombre exacto de esta parte de la arboladura -, y al caer, arrastrado ahora por una avalancha de agua que irrumpe en el puente junto con un verdadero torbellino de viento, abate un trozo del casco.

Los que están debajo deben tener la sensación de estar naufragando… Como demostración de esto, después de unos momentos, se ve que se entreabre el portillo de una escotilla y aparece la cabeza entrecana de Pedro. Mira, ve, vuelve a cerrar a tiempo de impedir a un torrente de agua descender por la escotilla entreabierta. Pero luego, en un momento de ausencia de ola, vuelve a abrir y salta afuera. Se agarra a los soportes y observa ese infierno en que se ha convertido el mar; silba como todo comentario, y masculla algunas palabras.

Lo ve Nicomedes:
-¡Fuera! ¡Fuera! grita -¡Cierra ese portillo! ¡Si la nave se carga, se va a pique! ¡Ya es mucho si no me veo obligado a deshacerme de la carga!… ¡Jamás he visto una tempestad como ésta! ¡Vete, te digo! No quiero hombres de tierra estorbándome. Éste no es sitio para jardineros, y…

No puede seguir, porque otra ola barre el puente, cubriendo a los que están en él.

-¿Lo ves? -grita a Pedro, que chorrea agua.
-Lo veo. Pero esto no me altera. No sólo sé vigilar jardines. He nacido en el agua. De lago, es verdad…

¡Pero también el lago!… Antes de… cultivador fui pescador y conozco…

Pedro está tranquilísimo y sabe acompañar las oscilaciones a la perfección con sus piernas separadas, y musculosas.
El cretense lo observa mientras se mueve para acercarse a él.
-¿No tienes miedo? -le pregunta.

-¡En absoluto!
-¿Y los otros?»

-Tres son pescadores como yo, o sea, lo eran… Los otros, excepto el enfermo, son fuertes.

-¿También la mujer?… ¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Sujétate!
Otra avalancha de agua señorea en el puente.

Pedro espera a que pase y luego dice:
-Este frescor me habría hecho falta este verano… ¡Paciencia! ¿Decías que qué hace la mujer? Reza… y tú también deberías ponerte a rezar. Pero, ¿dónde estamos hora exactamente? ¿En el canal de Chipre?

-¡Si así fuera!… Me arrimaría a la isla y esperaría a que se calmaran los elementos. Apenas si estamos a la altura de Colonia Julia, o Bertius si lo prefieres. Y ahora viene lo feo… Aquellas son las montañas del Líbano.

-¿Y no podrías entrar allí, en aquel pueblo?
-El puerto no es bueno y hay bajíos y escollos. No se puede.¡Cuidado!…

Otro torbellino y otro pedazo de mástil que se va; pero antes ha caído sobre un hombre, que, si no es arrastrado por las aguas, es sólo porque la ola lo lleva contra un obstáculo.

-¡Ve abajo! ¡Ve abajo! ¿Ves?
-Ya veo, ya veo… ¿Pero aquel hombre?…
-Si no está muerto, volverá en sí. ¡Ya ves que no puedo atenderlo!…

Efectivamente, el cretense debe estar atento a todo por la vida de todos.
-Déjamelo a mí. Le atenderá la mujer…
-¡Lo que quieras, pero vete!…

Pedro se arrastra hasta el hombre inmóvil. Lo agarra por un pie tirando, lo acerca a sí. Lo mira, silba… Masculla:

-Tiene la cabeza abierta como una granada madura. Aquí haría falta el Señor… ¡Si estuviera Él! ¡Señor Jesús! Maestro mío, ¿por qué nos has dejado?
Un gran dolor acompaña a su voz…
Se carga al moribundo a hombros. Se llena de sangre. Vuelve a la escotilla.

El cretense le grita:
-Esfuerzo inútil. Nada que hacer. ¿No lo ves? … Pero Pedro, yendo cargado, le hace un gesto como diciendo:

«Veremos» y se arrima contra un palo para resistir una nueva ola. Abre la escotilla y grita:

-¡Santiago, Juan! ¡Aquí! -y con la ayuda de ellos descuelga al herido y baja también él; luego tranca el portillo.

A la luz humeante de lámparas suspendidas ven a Pedro lleno de sangre:

-¿Estás herido? -preguntan.
-Yo no. Es sangre de éste… Pero… poneos a rezar, porque… Síntica, mira aquí un momento. Una vez me dijiste que sabías curar heridos. Mira esta cabeza…
Síntica deja de sujetar a Juan de Endor, que está bastante mal, para acercarse a la mesa sobre la que han extendido al desdichado, y mira…

-¡Una herida fea! La he visto dos veces, en dos esclavos: uno por un golpe del amo; el otro por un golpe de una piedra grande en Caprarola. Haría falta agua, mucha agua, para limpiar y cortar la hemorragia…

-¡Si solamente quieres agua!… ¡Hay incluso demasiada! Ven, Santiago, con la artesa. Es mejor entre dos.
Van y vuelven, chorreando. Y Síntica, con paños empapados en agua, lava y aplica compresas en la nuca… Pero la herida es fea. Desde la sien hasta la nuca el hueso está al descubierto. No obstante, el hombre abre de nuevo los ojos, vagarosos. Está estertoroso. Se apodera de él el miedo instintivo de morir.

-¡Tranquilízate! Ahora te curas -le dice, maternal, la griega para consolarlo (se lo dice en griego, porque él habla en griego).

El hombre, a pesar de estar aturdido, la mira con asombro y con un atisbo de sonrisa al oír la lengua natal, y busca la mano de Síntica… el hombre, que es niño en cuanto siente el sufrimiento, y busca a la mujer, que es siempre madre en esos casos.

-Voy a probar con el ungüento de María -dice Síntica cuando la sangre mana menos.

-Pero es para los dolores… -objeta Mateo, pálido como un muerto, no sé si por el mar o por la sangre, o si por las dos cosas.

-¡Lo ha hecho María con sus manos! Yo lo uso orando… Orad también vosotros. Mal no puede hacer. El aceite es siempre medicamentoso…

Va al talego de Pedro, saca un recipiente -yo diría que es de bronce -, lo abre, toma un poco de ungüento y lo calienta sobre una lámpara en la misma tapadera de la vasija. Lo vierte encima de un paño, doblado varias veces, y lo aplica en la cabeza herida. Luego, con unos pedazos de tela hechos tiras, hace un vendaje apretado. Pone un manto plegado debajo de la cabeza del herido, que parece adormecerse, y se sienta junto a él para orar; también los demás oran.

Arriba se sigue abatiendo la furia de los elementos sobre la nave, que se hunde y se empina sin tregua. Pasado un rato, se abre el portillo y entra presuroso un marinero.
-¿Qué pasa? -pregunta Pedro.

-Que estamos en peligro. Vengo por los inciensos y las oblaciones para un sacrificio…
-¡Olvídate de esas historias!
-¡Nicomedes quiere sacrificar a Venus! Estamos en su mar…

-Que está desenfrenado, como ella -barbota en voz baja Pedro, luego dice más fuerte: «Venid vosotros. Vamos al puente. Quizás tenemos que intervenir… ¿Tienes miedo de quedarte con el herido y con estos dos?
Los dos son Mateo y Juan de Endor, que están hechos unos guiñapos por el mal de mar.

-No, no. Id, id -responde Síntica.
De camino hacía el puente se topan con el cretense, que está tratando de encender los inciensos, y que arremete furioso contra ellos, para mandarlos dentro de nuevo, gritando:

-¿Pero no veis que sin milagro naufragamos? ¡La primera vez! ¡La primera vez desde que navego!
-¡Vas a ver como ahora dice que somos nosotros los del maleficio! -susurra Judas de Alfeo.

En efecto, el hombre grita más fuerte:
-¡Malditos israelitas, ¿qué lleváis con vosotros? ¡Perros hebreos, me habéis traído el maleficio! Fuera, que voy a sacrificar a Venus naciente…

-No, de ninguna manera. Sacrificamos nosotros…
-¡Fuera! Sois paganos, sois demonios, sois…
-¡Escucha! Te juro que si nos dejas verás el prodigio.
-No. ¡Fuera! -y enciende los inciensos, y tira al mar, como mejor puede, unos líquidos, que primero ha ofrecido y gustado, y unos polvos que no sé lo que son. Pero las olas apagan los inciensos, y, en vez calmarse, el mar se pone más furioso y se lleva todos los aparejos del rito, y por poco, también al propio Nicomedes…

-¡Buena respuesta te da tu diosa! Ahora a nosotros. También nosotros tenemos Una, más pura que ésta, hecha de espuma, y además… Canta, Juan, como ayer; nosotros te acompañamos; ¡vamos a ver qué sucede!

-¡Sí, vamos a ver! Pero, sí sucede algo peor, os arrojo al mar como víctimas propiciatorias.
-Bien. ¡Ánimo, Juan!

Y Juan entona su canción, acompañado por todos los demás, incluso Pedro, que normalmente no canta, porque desafina.

El cretense, con los brazos cruzados y una sonrisa entre colérica e irónica en su rostro, los mira. Luego, terminada la canción, oran con los brazos abiertos. Debe ser el "Pater noster", pero está recitado en hebreo y no entiendo nada. Luego cantan más fuerte. Y siguen así, alternativamente, sin miedo, sin interrupción, a pesar de los embates que reciben de las olas. Ni siquiera se sujetan a los soportes, y, no obstante, están seguros, como si formaran un bloque con la madera del puente. Y las olas realmente disminuyen de violencia poco a poco. No cesan del todo, y tampoco el viento, pero ya no es la furia de antes; de hecho las olas ya no llegan al puente.

La cara del cretense es todo un poema de estupor… Pedro lo mira de reojo y sigue orando. Juan sonríe, y canta más fuerte… Los otros lo acompañan, y van triunfando cada vez más netamente sobre el fragor, a medida que el mar para volver a su movimiento regular, y el viento para soplar normalmente, se van aplacando.

-¿Y ahora… qué tienes que decir?
-¿Pero, qué habéis dicho? ¿Qué fórmula es?
-La del Dios verdadero y de su santa Sierva. Puedes izar las velas y arreglar todos los desperfectos, esto… ¿Aquello no es una isla?

-Sí. Es Chipre… Y en el canal el mar está todavía más calmo… ¡Extraño! Pero, ¿esa estrella a la que adoráis quién es? En todo caso Venus, ¿no?

-Veneráis, se dice; se adora sólo a Dios. Pero nada de Venus. Es María. María de Nazaret, María hebrea, la Madre de Jesús, Mesías de Israel.

-¿Y eso otro qué era? No era hebreo eso…
-No, era nuestro dialecto, el de nuestro lago, de nuestra patria. Pero no te lo podemos decir a ti, que eres pagano.

Es una oración a Yeohveh. Sólo los creyentes la pueden conocer. Hasta luego, Nicomedes. Y no te preocupes por lo que ha ido al fondo. Un… sortilegio me-nos para poderte atraer una desgracia. Hasta luego, ¡eh! ¿Eres de sal?
-No… Pero… Perdonad… Antes os he insultado.
-No importa. Son efectos del… del culto de Venus… Vamos, muchachos, a donde los demás… -y, sonriendo feliz, Pedro se encamina hacia la escotilla.

El cretense los sigue:
-¡Eh! ¿Y el hombre? ¿Muerto?

-¡No, hombre, no! Quizás te le devolvemos pronto sano… Otro juego de nuestros… maleficios…

-¡Perdonad! ¡Perdonad! Decidme: ¿dónde se pueden aprender, para gozar de su ayuda? Yo pagaría por esto…
-¡Adiós, Nicomedes! Es un trato largo y… no permitido. No se deben dar las cosas sagradas a los paganos. ¡Adiós!

¡Que te vaya bien, amigo! ¡Que te vaya bien!
Y Pedro, seguido de los demás, baja adentro, sonriente.

También sonríe el mar calmado, con un viento mistral armónico que favorece la navegación, mientras declina el sol y, a oriente, se dibuja un huso de luna tendente a su plenitud…

319- Partida de Tiro en la nave del cretense Nicomedes

Tiro se despierta entre ráfagas de mistral. El mar es todo un cabrilleo de olitas, azul-blanco, esplendor agitado bajo un cielo azul y altos cirros blancos en movimiento (como abajo se mueve la espuma de las olas). El sol goza de su jornada de cielo claro después de tanta oscuridad de mal tiempo.

-Entendido -dice Pedro poniéndose en pie en la barca, donde ha dormido -Es hora de moverse. Y "él" (y señala al mar que entra inquieto incluso en el puerto) nos ha proporcionado el agua lustral… ¡Mmm! Vamos a consumar la segunda parte del sacrificio… Dime, Santiago… ¿No te da la impresión realmente de que estamos llevando a dos víctimas al sacrificio? A mí sí.

-También a mí, Simón. Y… le agradezco al Maestro la estima en que nos tiene, pero.., no hubiera querido ser yo el que viera tanto dolor; y nunca me habría imaginado que habría visto esto…

-Tampoco yo… Pero… ¿Sabes? Digo que el Maestro no lo habría hecho si el Sanedrín no hubiera metido el hocico…
-Ya lo ha dicho… Pero ¿quién habrá informado al Sanedrín? Esto es lo que querría saber…

-¿Quién? ¡Dios eterno, hazme guardar silencio, haz que no piense! Es un voto que he hecho, para quitarme esta sospecha que me trepana. Ayúdame, Santiago, a no pensar. Habla de otra cosa completamente distinta.

-Pero ¿de qué? ¿Del tiempo?
-Sí, por ejemplo.
-Es que no entiendo de mar…

-Yo creo que vamos a bailar -dice Pedro mirando al mar.
-¡No, hombre, no! Un poco de oleaje. Una cosa amena, nada más… Más feo estaba ayer. Desde encima de la nave será bonito este mar agitado. A Juan le va a gustar… Hará que se ponga a cantar. ¿Cuál será la nave?

Se pone de pie también Santiago, y observa las naves que están en la otra parte; visibles, con sus altas superestructuras, sobre todo cuando la ola alza la barquita de ellos con un movimiento de sube y baja. Miran, estudiando las distintas naves, haciendo pronósticos… El puerto se anima.

Pedro pregunta a un barquero, o algo parecido, que trajina en el muelle:

-¿Sabes si está en el puerto, en aquel puerto de allí, la nave de… espera que leo este nombre (y saca del cinturón un pergamino atado)… aquí está: Nicomedes Filadelfio de Filipo, cretense de Paleocastro…

-¡El gran navegante! ¿Quién no lo conoce? Creo que lo conocen no sólo desde el Golfo de las Perlas hasta las Columnas de Hércules, sino incluso hasta los mares fríos, aquellos de que se dice que durante meses enteros es de noche! ¿Cómo es que no lo conoces, tú que eres marinero?
-No. No lo conozco, pero pronto lo conoceré, porque lo busco de parte de nuestro amigo Lázaro de Teófilo, que fue gobernador en Siria.

-¡Ah! Cuando yo navegaba -ahora soy viejo -en Antioquía estaba él… Hermosos tiempos… ¿Tu amigo? ¿Y buscas a Nicomedes el cretense? Ve seguro entonces. ¿Ves aquella nave de allí, la más alta, con esos estandartes al viento? Es la suya. Zarpa antes de la hora sexta. ¡No le teme al mar! …

-Efectivamente, no hay por qué tenerle miedo. No es nada del otro mundo -observa Santiago. Pero un rudo embate de una ola le demuestra lo contrario, mojando a los dos de los pies a la cabeza.

-Ayer, demasiado quieto; hoy, demasiado agitado. ¡Caramba, qué loco! Prefiero el lago… -refunfuña Pedro mientras se seca la cara.
-Os aconsejo que entréis en las dársenas. Van todos, ¿veis?

-Pero nosotros tenemos que partir. Tenemos que marcharnos con la nave de… de… espera: Nicomedes, y todo lo demás -dice Pedro, que no logra recordar los nombres extraños del cretense.
-¡No querréis cargar la barca en la nave!
-¡No, claro!

-Entonces en las dársenas hay sitio para la custodia, y hombres de guardia hasta el regreso. Una moneda al día hasta el regreso. Porque supongo que volveréis…
-¡Claro, claro! Vamos y volvemos… una vez visto el estado de los jardines de Lázaro.

-¡Ah!, ¿sois sus administradores?
-Y más que eso…
-Bien. Venid conmigo. Os enseño el sitio. Está pensado precisamente para los que dejan, como vosotros, las barcas…

-Espera… Ahí están los otros. Te alcanzamos enseguida.
Y Pedro salta al andén del puerto y corre al encuentro de los compañeros, que están viniendo.
-¿Has dormido bien, hermano? -pregunta solícito Andrés.
-Como un niño en la cuna. Y no me han faltado ni el meneo ni la canción…

-Me parece que tampoco te ha faltado el chapuzón -dice sonriendo el Tadeo.
-Tampoco. El mar es… tan bueno, que me ha lavado la cara para quitarme el sueño.

-Un poco rudo, me parece -objeta Mateo.
-¡Si supierais con quién vamos! ¡Uno conocido hasta por los peces de los hielos!
-¿Ya lo has visto?

-No. Pero me ha hablado de él uno que me dice que hay un sitio para las barcas, un depósito… Venid, vamos a descargar los arcones y nos ponemos en marcha, porque Nicodemo, no, Nicomedes el cretense, parte dentro de poco.
-En el canal de Chipre sí que vamos a bailar bien -dice Juan de Endor.

-¿Sí? -pregunta, preocupado, Mateo.
-Sí. Pero Dios nos ayudará.
Ya están otra vez al pie de la barca.

-Aquí estamos, hombre. Ahora descargamos estas cosas y luego vamos allí, dado que eres tan bueno.
-Nos ayudamos unos a otros… -dice el hombre de Tiro.
-¡Sí, claro! Nos ayudamos, nos deberíamos ayudar. Nos deberíamos amar unos a otros, porque ésta es la Ley de Dios…

-Me dicen que en Israel ha surgido un nuevo Profeta que predica esto. ¿Es verdad?

-¡Vaya que si es verdad! ¡Esto y otras cosas! ¡Y qué milagros hace! Ánimo, Andrés, aúpa, aúpa, más a la derecha.

Venga, mientras la ola levanta la barca… ¡Eso es! ¡Ya está…! Te estaba diciendo, hombre: ¡y qué milagros! Muertos que resucitan, enfermos que quedan curados, ciegos que recuperan la vista, ladrones que se convierten, y hasta… ¿Ves? Si estuviera aquí, diría al mar: "Detente" y el mar se calmaría… ¿Puedes, Juan? Espera, voy yo. Vosotros sujetad fuerte y bien pegado… ¡Arriba!, ¡arriba!… Un poco más… Tú, Simón, agarra el asa…Cuidado con la mano, Judas! ¡Arriba!, ¡arriba!, gracias, hombre… ¡Cuidado, no os caigáis al agua, vosotros los de Alfeo!… ¡Arriba!… ¡Eso es! ¡Loado sea Dios! Ha sido menor el trabajo para meterlas abajo que para sacarlas arriba… Yo es que tengo los brazos deshechos del ejercicio de ayer… Volviendo a lo que decía del mar…

-Pero, ¿y es verdad eso?
-¡Verdad! ¡Lo he visto yo!
-¡Sí!… Pero ¿dónde?

-En el lago de Genesaret. Sube a la barca, que te explico mientras vamos allí… -y se marcha, con el hombre y con Santiago, remando por el canal que conduce a las dársenas.

Y Pedro se queja de incapacidad… -observa el Zelote.
-Sin embargo, tiene el arte de explicar las cosas así, con sencillez; y hace más que todos.
-Lo que me gusta mucho de él es su honestidad -dice el hombre de Endor.

-Y su constancia -añade Mateo.
-Y su humildad. ¡Fijaos cómo no se ensoberbece sabiendo que es el "jefe"! Trabaja más que ninguno. Se preocupa más de nosotros que de sí mismo… -dice Santiago de Alfeo.
-Y así es virtuoso, como él entiende. Un hermano bueno. Ni más ni menos… -termina Síntica.

-¿Así que está decidido? ¿Pasáis por hermanos? -pregunta después de un rato el Zelote a los dos discípulos.
-Sí. Es mejor. Y no es mentira. Es una verdad espiritual.

Es mi hermano mayor. No de las mismas nupcias, pero sí de un único padre: el Padre es Dios; las nupcias distintas, Israel y Grecia. Y Juan es mayor que yo, y se ve, en edad y como discípulo más antiguo que yo (eso no se ve, pero es así). Ahí vuelve Simón…

-Ya está todo hecho. Vamos…
Se cargan con los arcones y, por el istmo estrecho, pasan al otro puerto. El hombre de Tiro los acompaña -tiene ya experiencia -por las callejuelas que forman las balas de mercancías apiladas bajo vastísimas cubiertas; los acompaña hasta la poderosa nave del cretense, que está haciendo las maniobras de la ya próxima partida, y da una voz a los marineros para que vuelvan a echar la pasarela que habían alzado.

-No se puede. Terminada la carga -grita el contramaestre.
-Debe entregar en mano unas cartas -dice el hombre señalando a Simón de Jonás.
-¿Cartas? ¿De quién?

-De Lázaro de Teófilo, el que fue gobernador de Antioquía.
-¡Ah! Voy a decírselo al patrón.
Simón dice al otro Simón y a Mateo:

-Ahora os toca a vosotros. No soy hábil para tratar con estas personas…

-No. Tú eres el jefe. Actúas, y sabes actuar. Nosotros, eso sí, te ayudaremos, si hace falta. Pero no hará falta.

-¿Dónde está el hombre de las cartas? Que suba» dice, asomándose por la obra muerta, un hombre moreno como un egipcio, delgado, guapo, esbelto, severo, de cuarenta años o poco más. Y manda que echen de nuevo la pasarela.
Simón de Jonás, que se ha puesto túnica y manto mientras esperaba la respuesta, sube todo digno. Detrás de él, el Zelote y Mateo.

-La paz a ti, hombre -saluda gravemente Pedro.
El cretense responde al saludo y pregunta:
-¿La carta dónde está?
-Es ésta.

El cretense rompe el sello, desenrolla y lee.
-¡Bienvenidos sean los enviados de la familia de Teófilo! Los cretenses no olvidan su bondad y buen trato. Pero agilizad la operación. ¿Tenéis mucho que cargar?
-Lo que ves en el andén.
-¿Y cuántos sois…?
-Diez.

-Bien. Prepararemos un sitio para la mujer. Vosotros os arreglareis como mejor podáis. Apresuraos. Hay que zarpar y llegar a alta mar antes de que el viento aumente, lo cual sucederá después de la hora sexta.

Y ordena, con silbidos lacerantes, cargar y estibar los arcones. Luego suben los apóstoles y los dos discípulos.

Se alza la pasarela, se cierra la obra muerta, se sueltan las amarras, se izan las velas. Y la nave empieza su marcha. Bascula fuertemente al salir del puerto. Luego, las velas, muy hinchadas por el viento, se ponen tirantes y crujen. Y, con un amplio cabeceo, la nave sale a alta mar y huye rauda en dirección a Antioquía…

A pesar de la violencia del viento, Juan y Síntica, cerca el uno del otro, agarrados a un aparejo, en la popa, observan cómo la costa se va alejando, la tierra de Palestina, y lloran…

318- En barca de Tolemaida a Tiro

La ciudad de Tolemaida da la impresión de que va a ser aplastada por un cielo bajo, de plomo, sin una rendija azul, sin una sola variación en su lóbrego aspecto. No. Ni una nube o un cirro o un nimbo que surquen aislados la capa cerrada del firmamento.

Es una única bóveda cóncava y pesada como una tapa que fuera a ser abatida sobre una caja; una enorme tapa de estaño sucio, fuliginoso, opaco, agobiante. Las casas blancas de la ciudad parecen de yeso, un yeso áspero, crudo, desolado, bajo esta luz… y el verde de las plantas siempre verdes parece empañado, triste; los rostros de las personas, lívidos y espectrales; los colores de los vestidos, apagados. La ciudad se ahoga en el cargante siroco.

El mar responde al cielo con su mismo aspecto de muerte. Un mar sin límites, quieto, desierto. No es siquiera plomizo, sería errado definirlo así. Es una extensión ilimitada, diría incluso sin repliegues, de una sustancia oleaginosa, gris como deben ser los lagos de petróleo crudo, o, mejor, si fuera posible, los lagos de una plata mezclada con hollín, con ceniza, para formar una pomada. Tiene un especial brillo de lasca cuarzosa, y, no obstante, se ve tan muerto y paco, que no parece brillar.

Su resplandor no se advierte sino con la molestia que sufren los ojos, deslumbrados por este cabrilleo de madreperla negruzca que cansa y no alegra. No se ve ni una sola ola hasta donde alcanza la vista. La mirada llega al horizonte, donde el muerto mar toca el cielo muerto, sin ver movimiento alguno de ola, aunque, por su subyacente ondeo, apenas sensible en la superficie con el cabrilleo sucio de las aguas, se comprende que no son aguas solidificadas.

Tan muerto, que en la orilla las aguas están detenidas como agua de un pilón, sin el más mínimo indicio de ola o resaca. Y la arena está claramente marcada de humedad a poco más de un metro del agua, confesando así que no ha habido movimiento de olas en la orilla desde hace muchas horas. Es la calma chicha absoluta.

Las naves, pocas, que hay en el puerto están completamente inmóviles. Tan inmóviles, que parecen clavadas en una materia sólida. Los pocos paños tendidos en los altos puentes -enseñas o indumentos, no lo sé -penden inmóviles.

Por una callecita del barrio popular del puerto, vienen hacia la marina los apóstoles con los dos que van a Antioquía. No sé qué ha sido del burro y el carro. No están ya. Pedro y Andrés llevan un arcón, Santiago y Juan el otro; Judas de Alfeo, por su parte, se ha liado a los hombros el telar, desmontado; Mateo, Santiago de Alfeo y Simón Zelote van cargados con los talegos de todos, incluido el de Jesús.

Síntica lleva en la mano solamente un cesto con comida. Juan de Endor no lleva nada. Caminan deprisa por entre la gente que, en general, regresa de los mercados con las compras, o que, si son gente de mar, se apresura en dirección al puerto, para cargar o descargar las naves, o repararlas, según las necesidades.

Simón de Jonás camina seguro. Debe saber ya a dónde ir porque no mira a los lados. Todo colorado, sujeta de su parte el arcón, por una lazada de la cuerda, puesta como asidero; Andrés, de su parte, hace lo propio. Y se ve, tanto en ellos como en los compañeros Santiago y Juan, el esfuerzo del peso que llevan, porque se les ponen turgentes los músculos de las pantorrillas y de los brazos (y es que, para estar más libres, llevan sólo la prenda de debajo, corta y sin mangas); en todo, semejantes a los mozos de cuerda, que, ágiles, van de los fondaques a las naves, o viceversa, para sus operaciones. Por tanto, pasan completamente desapercibidos.

Pedro no va al muelle grande, sino a otro más pequeño, a través de una pasarela chirriante: es un andén construido en forma de arco, que delimita como un segundo embarcadero, mucho más pequeño, para las barcas de pesca. Mira y da una voz.

Responde un hombre, alzándose del fondo de una barca fuerte y bastante grande.

-¡Estás decidido a zarpar de verdad? Ten en cuenta que la vela hoy no sirve. Tendrás que ir a fuerza de remos.
-Así me caliento y se me abre el apetito.
-¿Pero sabes de verdad navegar?
-¿Pero qué dices, hombre? No sabía decir "mamá" y ya mi padre me había puesto en la mano la sondaleza y las cuerdas de las velas. He amolado con ellas los dientes de leche…

-Es porque… ¿sabes?… esta barca es todo lo que poseo, ¿sabes?…
-Ya desde ayer me lo estás diciendo. ¿No sabes otra canción?
-Lo que sé es que si te vas a pique pierdo todo y…
-¡Yo sí que pierdo todo, que me dejo la piel ahí, no tú!
-Pero esto es mi bien, mi pan, la alegría mía y de mi mujer, y es la dote de mi niña, y…

-¡Uf! ¡Mira, no me pinches más los nervios, que tienen ya un calambre… un calambre… mucho peor que el de los nadadores! Te he dado tanto, que podría decir: "he comprado la barca". No te he regateado lo que me has pedido. Tú eres un barquero largo de uñas, hombre. Te he demostrado que conozco el remo y la vela mejor que tú. Ya todo estaba acordado. Ahora, si la ensalada de puerros que has cenado ayer -que te huele la boca como una sentina -te ha dado una pesadilla y ahora te arrepientes, me importa un bledo. El acuerdo se ha efectuado delante de dos testigos, uno tuyo, otro mío, y es suficiente. Baja de ahí, cangrejo peludo, y déjame entrar.

-Pero yo… al menos una garantía… Si mueres, ¿quién me paga la nave?
-¿La nave? ¿Llamas nave a esta calabaza despulpada? ¡Miserable! ¡Soberbio! De todas formas, te voy a calmar, para que te decidas: te voy a dar otras cien dracmas. Con éstas y con lo que has pedido como alquiler te construyes otros tres topos de éstos…

Bueno, no… de dinero nada. Serías capaz incluso de llamarme loco, y luego pedirme más todavía, a la vuelta.

¡Porque vuelvo, eh, puedes estar seguro! A lo mejor para quitarte la barba a tortazos, si me has dado una barca con los fondos defectuosos. Te dejo como seña el burro y el carro… ¡No! ¡Tampoco eso! No dejo en tus manos a mi Antonio. Te creo capaz de cambiar de oficio y pasarte de barquero a carretero, y escaparte en mi ausencia. Mi Antonio vale diez veces lo que tu barca. Mejor te dejo el dinero. Pero ten en cuenta que son como seña, y tú me lo devuelves a mi regreso. ¿Está bien claro? ¡Eh, los de esa nave! ¿Quién es de Tolemaida?

En una nave cercana se asoman tres caras:
-Nosotros.
-Venid aquí…
-No, no, no hace falta. Nos arreglamos entre nosotros -suplica el barquero.
Pedro lo mira indagador, razona para sí, y, viendo que el hombre baja de la barca y se apresura a cargar el telar que Judas había dejado en el suelo, susurra:
-¡Comprendo!

Luego grita a los de la nave:
-¡Ya no hace falta. Quedaos ahí -y extrae de una bolsa pequeña unas monedas, las cuentas, las besa y dice: « ¡Adiós, amigas!» y se las da al barquero.
-¿Por qué las has besado? -pregunta éste extrañado.
-Un… rito. ¡Adiós, ladrón! Arriba, vosotros; tú, al menos, sujeta la barca. Ya las contarás. Verás que están justas. No quiero tenerte como compañero en el infierno, ¡eh! Yo no robo… ¡Aaarriba! ¡Aaarriba!

Y embarca el primer baúl. Luego ayuda a los otros a estibar el suyo, los talegos y todo, equilibrando el peso y colocando los objetos de forma que pueda estar libre para las maniobras; y, después de las cosas, las personas.
-¿Ves como sé, vampiro? Suelta ahora y ve a tu destino.

Y, junto con Andrés, hinca el remo contra el andén para separar la barca.

Una vez tomada la dirección de la corriente, deja el timón a Mateo mientras le dice:
-Bueno, tú, para sacarnos los hígados, venías a pescarnos cuando pescábamos, y sabes llevar el timón pasablemente.
Luego se sienta en la proa, dando la espalda a la proa, en el primer banco, con Andrés a su lado. Frente a él están sentados Santiago y Juan de Zebedeo, que bogan con ritmo regular y poderoso.

La barca avanza -sin tirones, rápida, a pesar de ir bastante cargada -muy cerca del flanco de las naves grandes, desde cuya borda descienden palabras de alabanza por la perfecta boga. Luego, superados los espigones, el mar abierto… Tolemaida, al estar construida a orillas del mar y teniendo su puerto en el sur de la ciudad, desfila toda ante los ojos del grupo que parte. En la barca el silencio es absoluto. Sólo se oyen los chirridos de los remos en los toletes.

Pasado un buen rato, habiendo ya dejado atrás Tolemaida, Pedro dice:
-Pero si hubiera un poco de viento… ¡Pero nada! ¡Ni un hilo!…
-¡Con tal de que no llueva!… -dice Santiago de Zebedeo.
-¡Mmm! Tiene muchas ganas de llover…
Silencio y cansancio de remos durante largo tiempo.

Luego Andrés pregunta:
-¿Por qué has besado las monedas?
-Porque se saluda a quien parte para siempre. No las volveré a ver. Y lo siento. Hubiera preferido dárselas a algún necesitado…

¡Paciencia!… La barca la verdad es que es buena y fuerte y está bien construida. Es la mejor de Tolemaida. Por eso he cedido a las pretensiones de su dueño. También para evitar muchas preguntas sobre el lugar adonde vamos. Por eso le he dicho: "A comprar al Jardín blanco"… ¡Ay, ay, ay, que empieza a llover! Cubríos, vosotros que podéis hacerlo. Tú, Síntica, dale el huevo a Juan. Es la hora… Y a mayor razón porque con un mar así no se revuelve nada en el estómago… ¿Y que me estará haciendo Jesús? ¿Qué estará haciendo? ¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Y dónde estará ahora?

-Sin duda, orando por nosotros -responde Juan de Zebedeo.
-Sí, pero ¿dónde?…
Ninguno puede decir dónde. Y la barca da bordadas, con dificultad, pesada, bajo el cielo de plomo, en un mar de betún cinéreo, en medio de un sirimiri fino como niebla y latoso como cosquillas prolongadas. Los montes, que tras una zona de llanura vuelven a arrimarse al mar, se acercan, lívidos en el ambiente neblinoso. El mar, de cerca, sigue produciendo molestia a los ojos con su extraña fosforescencia; más lejos, se pierde en un velo brumoso.

-En aquel pueblo nos detendremos para descansar y comer -dice Pedro, que boga incansablemente. Los demás asienten.
Llegan al pueblo: un pequeño conglomerado de casas de pescadores al abrigo del espolón de un monte que penetra en el mar.

-Aquí no se desembarca. No se toca fondo… -dice Pedro entre dientes -Bien, pues comeremos aquí donde estamos.
Y así es: los bogadores comen con buen apetito; los dos exiliados, sin ganas. La lluvia, alternativamente, sigue o se para.

No se ve a gente en el pueblo; como si estuviera deshabitado. Pero, vuelos de palomas de una casa a otra y ropa tendida en las azoteas dicen que hay gente. En fin, aparece en la orilla un hombre semidesnudo que va hacia una barquita sacada al margen.

-¡Eh! ¡Tú, hombre! ¿Eres pescador? -grita Pedro haciendo embudo con las manos.
-Sí.
El sí llega débil por la distancia.
-¿Qué tiempo hará?

-Mar tendida dentro de poco. Si no eres de aquí, te aconsejo que vayas enseguida más allá del cabo. Allá la ola es más calma, sobre todo si vas bordeando la orilla. Puedes, porque es profundo el mar. Pero ve sin demora…
-Sí. ¡Paz a ti!

-¡Paz y suerte a vosotros!
-Ánimo, entonces -dice Pedro a sus compañeros -Y que Dios esté con nosotros.

-Está ciertamente con nosotros. Jesús ciertamente ora por nosotros -responde Andrés mientras se pone de nuevo a remar.

Pero la ola tendida, en efecto, ya se ha formado, y repele y aspira la pobre barca cada vez que viene; mientras tanto, la lluvia se hace cada vez más tupida… y un viento rítmico se agrega para torturar a los pobres navegantes.

Simón de Jonás lo gratifica con todos los más pintorescos epítetos, porque es un viento malo que no puede ser usado para la vela y que trata de empujar a la barca contra los escollos de1 cabo ya cercano.

La barca navega con dificultad en la curva de este pequeño golfo, más oscuro que la tinta. Reman, reman, con dificultad, rojos, sudados, apretando los dientes, sin desaprovechar ni una miaja de fuerza en palabras. Los otros, sentados frente a ellos -yo los veo de espaldas -callan, mudos, bajo la tediosa lluvia. Juan y Síntica, en el centro (junto al mástil de la vela); detrás de ellos, los hijos de Alfeo; últimos, Mateo y Simón, que luchan por mantener derecho el timón a cada golpe de ola.

Doblar el cabo es empresa fatigosa. Por fin lo hacen… Los remadores, que deben estar extenuados, pueden gozar de un poco de paz. Se consultan sobre si refugiarse en un pueblecillo de allende el cabo. Pero se impone la idea de que «se debe obedecer al Maestro incluso contra lo sensato. Y Él dijo que se debe llegar a Tiro todo en una jornada». Y continúan…

El mar se calma al improviso. Notan el fenómeno. Alfeo dice:
-El premio de la obediencia.
-Sí, Satanás se ha marchado porque no ha logrado hacernos desobedecer -confirma Pedro.
-De todas formas llegaremos a Tiro de noche. Esto nos ha retrasado mucho… -dice Mateo.

-No importa. Iremos a dormir, y mañana buscaremos la nave -responde Simón Zelote.
-¿Y la encontraremos?
-Jesús lo ha dicho. Por tanto, la encontraremos -dice seguro el Tadeo.

-Podemos izar la vela, hermano -observa Andrés -Ahora hay viento bueno. Iremos raudos.
La vela, efectivamente, se hincha, no mucho, pero lo suficiente como para que sea mucho menos necesario remar; y la barca se desliza, como aligerada, hacia Tiro, cuyo promontorio -mejor: cuyo istmo -albea allá, al norte, con las últimas luces del día.

Y la noche cae rápida. Y parece extraño, después de tanta lobreguez de cielo, ver asomarse las estrellas a través de un imprevisto claro, y titilar resplandecientes los astros de la Osa, mientras el mar se ilumina con los serenos rayos de luna, tan blancos que casi parece rayar el alba, después de un día penoso, sin el intervalo de la noche…
Juan de Zebedeo alza la cabeza al cielo, mira y sonríe, y, al improviso, abre su boca al canto, acompañando el movimiento del remo con la estrofa y ritmando ésta con el remo:

“Ave, Estrella de la Mañana,
Jazmín de la noche,
Luna de oro de mi Cielo,
Madre santa de Jesús.
Espera en ti el navegante,
Te sueña el que sufre y muere,
¡Ilumina, Estrella santa y pía,
a quien te ama, oh María!…"

Canta feliz, a pleno pulmón, con voz de tenor.
-¿Pero qué haces? Estamos hablando de Jesús ¿y tú hablas de María? -pregunta su hermano.

-Él está en Ella y Ella en Él. Pero si Él está aquí es porque ha estado antes Ella… Déjame cantar…
Y pone ahínco y arrastra a los demás… Llegan así a Tiro. La arribada es cómoda en el puertecito más pequeño, el que está al sur del istmo, velado por lámparas que cuelgan de muchas barcas. Los que están allí no niegan su ayuda a los recién llegados. Pedro y Santiago de Zebedeo se quedan en la barca para vigilar los baúles. Mientras tanto, los otros, con un hombre de otra barca, se dirigen al hospedaje para descansar.

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