522- Llegada a Jericó. El amor terreno de la muchedumbre y el amor sobrenatural del convertido Zaqueo

Hay gran expectación allí por la llegada de Jesús.

Numerosa gente espera en los campos cercanos a la ciudad, y en cuanto uno -que ha trepado a un alto nogal con la misión de observar-lanza el grito: « ¡Allí está el Cordero de Dios!», la gente se pone en pie y va presurosa hacia Jesús, que avanza entre las primeras nieblas crepusculares.

-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Te esperamos desde hace mucho! ¡Nuestros enfermos! ¡Nuestros niños! ¡Tu bendición! Los viejos te esperan para morir en paz. Si nos bendices, Señor, quedaremos preservados de la desventura -hablan todos a la vez, mientras Jesús alza la mano con sucesivos gestos de bendición, y repite:

-¡Paz, paz, paz a todos vosotros!
Los apóstoles que están todavía con Él se ven alcanzados y arrollados par la muchedumbre, separados de Jesús -quien casi no puede andar-por las mismas personas que se quejan dulcemente de tanta espera.

El pobre Zaqueo lucha nerviosamente para llegar hasta Jesús para que lo oiga; para que, al menos, lo vea. Pero, siendo tan bajo como es, y ni muy ágil ni muy fuerte, se ve siempre rechazado por nuevas oleadas de gente, y su grito se pierde en el clamor; y en el jaleo de cabezas, de brazos, de indumentos que se agitan, se pierde su persona.

Inútilmente suplica, y alguna vez se enfada, para obtener un poco de piedad. La gente es siempre egoísta para lo que le gusta, y cruel con los más débiles. El pobre Zaqueo, agotado por los esfuerzos, convencido de la inutilidad de éstos, pierde la voluntad de luchar y se resigna mortificado.

En efecto, ¿cómo podrá conseguirlo, si por todas las calles sale más gente y cada calle parece un riachuelo que va a desembocar a un único río: el camino recorrido por Jesús? Y cada nuevo afluente, con una nueva oleada que hace cada vez más densa la muchedumbre -hasta el punto de que se hace peligroso encontrarse en medio-rechaza al pobre Zaqueo.

Judas Tadeo lo ve y trata de abrirse paso para sacarlo -en una de las calles-del rincón al que lo ha relegado y fijado la muchedumbre. Pero a su vez Judas de Alfeo es impelido por los que le empujan por detrás, y el intento fracasa. Tomás, haciendo arma de su robusta persona, empuja con los codos y grita con su vozarrón potente: «

¡Dejad paso!» con el mismo intento.

Pero… ¡ya, ya! La gente es un muro más sólido que la roca, y flexible como el caucho: se pliega pero no se rompe; ya no es un abrazo lo suyo: es una cadena indestructible. También Tomás se resigna.

Zaqueo pierde toda esperanza, porque Dídimo es el último de los apóstoles enganchados por el aluvión de gente, que, por fin, pasa. Ha pasado… Trozos de tela, mechones, orlas, horquillas de mujer, hebillas, quedan en el suelo como testimonio de su violencia. Hay incluso una sandalia pequeña, de niño, pisoteada… Parece esperar tristemente al piececito que la ha perdido… Zaqueo se pone en la cola, también él triste como ese calzado pequeño que la muchedumbre ha arrancado a su pequeño propietario.

A Jesús ya ni siquiera se le ve. Un esquina de la calle lo ha escondido para los ojos del pobre Zaqueo… Pero cuando -el último de la muchedumbre-llega a la plaza donde antes tenía su banco, ve que la gente se ha parado, gritando, orando, suplicando.

Y ve que Jesús, subido en la escalinata de una casa, hace con los brazos y con la cabeza gesto negativo. Y dice algo que, en medio del bramido de la muchedumbre, no se puede comprender. En fin, ve que Jesús, bajando, no sin dificultad, de su pedestal, reanuda el camino y tuerce, sí, tuerce justamente por la parte en donde se encuentra su casa. Entonces Zaqueo recupera todo el coraje. La gente es mucha, pero la plaza es amplia, y, por tanto, la masa de gente es menos compacta y puede ser… atravesada como un seto no muy tupido por una persona que tenga voluntad de hacerlo y no tenga miedo de herirse.

Y Zaqueo, transformado en cuña, en catapulta, en ariete, arremete, choca, penetra, distribuye y recibe puñetazos en la cara y codazos en el estómago y patadas en las espinillas, pero se abre paso, avanza… Ya está en el lado opuesto, donde… el ensanchamiento termina, y de nuevo se encuentra delante del muro impenetrable. Pocos pasos lo separan de Jesús, que ya está parado junto a su casa. Pero si lo separaran desiertos y ríos podría tener más esperanza en lograr llegar a Él. Se inquieta, vocea, impone:

-¡Tengo que ir a mi casa! ¡Dejadme pasar! ¿No veis que Él quiere ir a mi casa?
¿Cómo se le habrá ocurrido decirlo? Ello enciende de nuevo a la muchedumbre, en su deseo de tener en otras casas al Maestro. Quién se ríe burlándose del pobre Zaqueo, quién le responde con malos modales. No hay uno sólo que tenga piedad.

Al contrario, se ponen a gritar y a moverse para que el Maestro ni oiga ni vea a Zaqueo. Y algunos gritan:

-¡Hasta demasiado has recibido de Él, viejo pecador!
Creo que en tanta malevolencia está presente el recuerdo de las pasadas exacciones y vejaciones… El hombre, incluso el más dispuesto a lo sobrenatural, conserva casi siempre un rinconcito en que está vivo el amor por su peculio y donde, aún más vivo, está el recuerdo de quien perjudicó a este peculio…

Pero la hora de la prueba para Zaqueo ha pasado, y Jesús lo premia por su constancia. Grita Jesús con toda la fuerza de su voz:

-¡Zaqueo! ¡Ven a mí! ¡Dejadlo pasar, que quiero entrar en su casa!

Es inevitable obedecer. La gente se comprime para abrirse y Zaqueo pasa adelante, rojo por el esfuerzo, rojo de alegría, tratando de poner en orden sus cabellos despeinados, la túnica desabotonada, el cinturón que ahora tiene las borlas en los riñones en vez de por delante.

Busca el manto… ¿Quién sabe dónde estará el manto?… No importa.

Ya está delante de Jesús, semiencorvado como acto de deferencia hacia Él. No puede hacer más, porque tiene el mínimo espacio para inclinarse un poco.

-Paz a ti, Zaqueo. Ven, pues, que quiero darte el beso de paz Bien lo has merecido -dice Jesús, sonriendo con una sonrisa verdaderamente alegre, juvenil, que, efectivamente, le hace aparecer rejuvenecido.

-¡Oh, sí, Señor. Bien lo he merecido! ¡Qué difícil es llegar a ti, Señor! -dice Zaqueo alzándose lo más que puede para ponerse al nivel de Jesús, que se inclina para besarlo. Y alzándose pone a la vista una cara sangrante por un arañazo en la mejilla derecha, y lívido un ojo por algún codazo sufrido en la órbita.
Jesús lo besa y dice:

-Pero mi premio a ti no es por esta fatiga, sino por las otras, para muchos secretas, pero que Yo conozco. Sí, es verdad. Llegar a mí es difícil, y no es la muchedumbre el único obstáculo, ni es el obstáculo más difícil que uno encuentra. Pero, ¡oh pueblo que casi me has paseado como triunfador!, el obstáculo más difícil, el más hecho, y que vuelve a rehacerse después de haber intentado romperlo o superarlo, es el propio yo.

Yo parecía que no veía, pero he visto todo. Y he valorado todo. ¿Y qué he visto? He visto a un pecador convertido, a un hombre que era duro de corazón, que era amante de las comodidades, soberbio, vanidoso, lujurioso y avaro.

Y lo he visto despojarse de su yo viejo, incluso en las cosas menores, cambiar en sus modos y apegos como para venir donde su Salvador, luchar y suplicar humildemente-y lo he visto recibir pullas y reproches pacientemente, y sufrir en su cuerpo por los empujones de la muchedumbre, y en su corazón por verse relegado a la cola, sin poder recoger ni siquiera una mirada mía. Y he visto otras cosas en él; cosas que también vosotros conocéis, pero que no queréis tener en cuenta, a pesar de que os hayan producido alivio.

Diréis: "¿Y cómo lo conoces, Tú que no vives con nosotros?". Os respondo: de la misma forma que leo en el corazón de los hombres, no ignoro las acciones de los hombres, y sé ser justo y premiar en proporción al camino recorrido para llegar a mí, a los esfuerzos realizados para desplantar de la agreste selva que cubría al espíritu todo aquello que no fuera el árbol vital, y fertilizar al espíritu y ponerlo como rey en el yo, y rodearlo de árboles de virtudes para que recibiera honor, y velar para que ningún animal -las distintas pasiones malas-inmundo, porque repta, por su avidez de corrupción, o lascivo u ocioso, anidara en este bosque, sino que el espíritu vuestro espíritu-estuviera habitado sólo por lo que es bueno y capaz de alabar al Señor, o sea, por los afectos sobrenaturales: aves cantoras y mansos corderos, dispuestos a ser sacrificados, dispuestos a la perfecta alabanza por amor a Dios.

Y, de la misma forma que no he ignorado las obras de Zaqueo, sus pensamientos, sus fatigas, tampoco he ignorado que en muchos de esta ciudad, muchos que me han aclamado, hay más un amor sensible que espiritual. Si me amarais con justicia, habríais sido compasivos con vuestro convecino; no lo habríais mortificado recordándole el pasado. Ese pasado que él ha borrado y que Dios no recuerda. Porque el perdón concedido ya no se toca. A menos que el hombre vuelva a pecar. Pero se le juzga de nuevo por el pecado nuevo, no por el que fue perdonado.

Ahora Yo -y esto os lo doy como compañía en las meditaciones de la noche-os digo que el amarme de verdad no consiste en aclamarme, sino en hacer lo que Yo hago y enseño, en practicar el amor recíproco, en ser humildes y misericordiosos, recordando que un único barro os ha formado respecto a la parte material, y que el barro siempre tiende al pantano y que, por tanto, si hasta ahora lo que en vosotros es fuerza -el espíritu-que os ha tenido suspendidos por encima del pantano, no ha conocido nunca derrotas y ello es imposible, porque el hombre es pecador y sólo Dios carece de pecado, mañana vuestro espíritu podría conocerlas, y en número y alcance aún mayores que las del antiguo pecador que ha renacido a la Gracia, que ha sido rejuvenecido por ella y renovado, como un niño nacido poco antes, y que tiene a favor de él esa humildad que le viene del recuerdo de haber sido pecador, y la enardecida voluntad de hacer, en el resto de la vida, tanto bien como sea requerido para llenar una vida longeva y enteramente consagrada al bien, hasta el punto de reparar, con medida llena y rebosante, todo el mal que haya podido hacer.

Mañana os voy a hablar. Por ahora, en este atardecer, he terminado. Id, llevando en vosotros esta advertencia mía, y bendecid a Dios, que os manda al Médico que extirpa vuestras sensualidades celadas bajo un velo de santidad espiritual, como enfermedades escondidas que roen la vida bajo un velo de salud aparente… Ven, Zaqueo.
-Sí, mi Señor. Tengo sólo un anciano doméstico. Yo mismo abro la puerta, y con ella mi corazón lleno de emoción por tu infinita bondad.

Y, abierta la cancilla, invita a Jesús y a los apóstoles a entrar. Guía a Jesús hacia la casa, a través del jardín, que ahora es huerto… La casa también está despojada de todas las cosas superfluas. Zaqueo enciende una lámpara y llama al doméstico.

-Mira, el Maestro está aquí. Duerme aquí con los suyos y cena aquí. ¿Has preparado las cosas como te dije?
-Sí, todo está preparado, menos las verduras, que voy a echar ahora en el agua hirviendo.

-Entonces cámbiate de vestido y ve a decir a los que tú sabes que Él está aquí, que vengan.
-Voy, señor. ¡Bendito seas, Maestro, que me das la ocasión de morir feliz!
Se marcha.

-Servía ya a mi padre y se ha quedado en mi casa. De todos los demás he prescindido. Pero a él lo estimo. Ha sido la voz que no callaba nunca cuando pecaba. Y yo, por eso, lo maltrataba. Ahora, después de ti, es al que más quiero… Venid, amigos. Allí hay fuego y todo lo que puede aliviar a los cuerpos cansados y helados. Tú, Maestro, en mi misma habitación… -y lo guía hacia un cuarto que está en el fondo del pasillo.

Entra, cierra la puerta, echa agua humeante en un barreño, descalza a Jesús, le sirve. Antes de calzarle las sandalias, besa un pie desnudo y se lo pone encima del cuello y dice:

-¡Así! ¡Para que aplastes los residuos del viejo Zaqueo!
Se levanta. Mira a Jesús con una sonrisa que le tiembla en los labios, una sonrisa humilde, hecha un poco de llanto. Con un gesto señala todo el cuarto, diciendo:

-Aquí dentro he pecado mucho. Pero he cambiado todo, para que lo que tenía ese sabor ya no estuviera presente en mí… Los recuerdos… Yo soy débil… He dejado que viviera entre estas paredes desnudas, en este lecho duro, sólo el recuerdo de la conversión… Lo demás… Lo he vendido, porque me había quedado sin dinero y quería hacer el bien. Siéntate, Maestro…

Jesús se sienta en un asiento de madera y Zaqueo se pone en el suelo, a sus pies, medio sentado, medio arrodillado. Sigue hablando:

-No sé si he hecho bien; si aprobarás lo que he hecho. Quizás he empezado por donde tenía que terminar. Pero ellos también existen. Y sólo un viejo publicano puede no sentir rechazo hacia ellos en Israel. No. Lo he dicho mal.

No sólo un viejo publicano. Tampoco Tú. Es más, eres Tú el que me ha enseñado a amarlos verdaderamente. Antes eran mis cómplices en el vicio, pero no los quería. Ahora me opongo a ellos, pero los quiero. Tú y yo. El todo Santo, el pecador convertido.

Tú, porque no has pecado nunca y quieres darnos tu alegría, la de un Hombre sin culpa; yo, porque he pecado mucho, y sé lo dulce que es la paz que proviene de haber sido perdonado, redimido, renovado… La he deseado para ellos. Los he buscado. ¡Al principio ha sido duro! Quería hacerlos buenos a ellos y tenía que hacerme bueno yo mismo…

¡Qué fatiga! Vigilarme porque sentía que me vigilaban. La más mínima cosa habría bastado para que se alejaran… Y además… muchos pecaban por necesidad, por necesidad de oficio. He vendido todo para tener dinero para mantenerlos hasta que encontraran otros oficios menos fructíferos, más cansados, pero honestos. Y siempre hay alguno de ellos que viene, mitad curioso, mitad deseoso de ser un hombre y no sólo un animal. Y debo hospedarlos, hasta que se hacen mansos para el nuevo yugo. Muchos se han circuncidado. El primer paso hacia el verdadero Dios. Pero no lo impongo.

Tengo amplios los brazos para abrazar las miserias, yo que no puedo sentir asco de ellas. Quisiera también yo dar a éstos lo que Tú querrías dar a todos: la alegría de no tener ya remordimientos, dado que no podemos como Tú carecer de culpa. Ahora dime, mi Señor, si he sido demasiado osado.

-Has obrado bien, Zaqueo. Les das a ellos más de lo que esperas y de lo que piensas que Yo quiero dar a los hombres. No sólo la alegría del perdón, de no tener remordimientos, sino también la alegría de ser pronto ciudadanos de mi Reino celeste. No ignoraba estas obras tuyas. Observaba tu marcha por el arduo, pero glorioso, camino de la caridad; porque esto es caridad, y de la más genuina.

Has aprendido la palabra del Reino. Pocos la han comprendido, porque sobrevive en ellos la concepción antigua y la convicción de ser ya santos y doctos. Tú, eliminado de tu corazón el pasado, te has quedado vacío, y has podido, es más, has querido, meter dentro de ti las palabras nuevas, lo futuro, lo eterno. Sigue así, Zaqueo, y serás el exactor de tu Señor Jesús -concluye Jesús, sonriendo y poniendo su mano en la cabeza de Zaqueo.
-¿Estás conforme conmigo, Señor? ¿En todo?

En todo, Zaqueo. Se lo he dicho también a Nique, que me hablaba de ti. Nique te comprende. Es una mujer abierta a la piedad universal.

-Nique me ayudaba mucho. Pero ahora la veo sólo cada nueva luna… Hubiera querido seguirla. Pero Jericó es un lugar propicio para mi nuevo trabajo…
-No estará mucho tiempo en Jerusalén… Viajarías por nada. Nique volverá después aquí…

-¿Después?… ¿Cuándo, Señor?
-Cuando mi Reino haya sido proclamado.

-Tu Reino… Tengo miedo de ese momento. Los que ahora se dicen fieles tuyos, ¿sabrán serlo entonces? Porque, sin duda, habrá tumultos y luchas entre los que te aman y los que te odian… ¿Sabes, Señor, que tus enemigos pagan incluso a bandoleros, a la hez del pueblo, para tener partidarios preparados a crear alboroto para imponerse? Esto lo he sabido por uno de mis pobres hermanos… ¡Oh!

¿Entre quien roba legalmente, entre quien roba el honor y el que desvalija a un viandante, hay, acaso, mucha diferencia? Yo he robado también legalmente, hasta que Tú me salvaste, pero ni siquiera entonces habría secundado a los que te odian… Es un joven. Un ladrón. Sí. Un ladrón.

Una noche, que había ido hacia el Adomín a esperar a tres como yo, que venían de Efraím con ganado que había comprado a menos precio, lo encontré apostado en una hoz. Hablé con él… Nunca he tenido familia, pero creo que si hubiera tenido hijos les habría hablado de la misma manera para convencerlos de cambiar de vida. Me explicó cómo y por qué se hizo ladrón. Sí, ¡cuántas veces los verdaderos culpables son los que parece que no hacen nada malo!… Le dije:

"Deja de robar. Si tienes hambre, hay un pan también para ti. Te encontraré un trabajo honrado. Dado que todavía no te has hecho homicida, detente, sálvate". Y lo convencí.

Me dijo que se había quedado solo, porque los otros habían sido comprado con mucho dinero por los que te odian, y ahora están preparados para crear tumultos y para decirse tuyos y escandalizar al pueblo, escondidos en las grutas del Cedrón, en los sepulcros, hacia el Faselo en las cavernas del norte de la ciudad, entre las tumbas de los Reyes y de los Jueces, en todas partes… ¿Qué pretenden hacer, Señor?

-Josué pudo detener el Sol, pero ellos, a pesar de todos los medios, no podrán detener la voluntad de Díos.
-¡Tienen el dinero, Señor! El Templo es rico, y para ellos no es korbán el oro ofrecido al Templo, si les sirve para triunfar.

-No tienen nada. La fuerza es mía. Su edificio caerá como si fuera de hojas secadas por los vientos de otoño y colocadas en forma de castillo por un niño. No temas, Zaqueo. Tu Jesús será Jesús.

-¡Dios lo quiera, Señor!… Nos llaman. Vamos…

521- En Tecua, Jesús se despide de los habitantes del lugar y del anciano Elí-Ana

La parte posterior de la casa de Simón de Tecua no es otra cosa sino una plaza, a la cual hacen de alas los lados de la casa, que es de forma de U. Digo plaza porque en los días de mercado, como el que veo yo, se abre por tres sitios el fuerte enrejado que la separa de una plaza pública más grande, y muchos vendedores invaden con sus puestos los pórticos que hay en los tres lados de la casa (comprendo ahora la utilidad… financiera de estos pórticos, porque Simón, como buen hebreo, pasa exigiendo de cada mercader el alquiler del lugar ocupado). Y Simón se lleva consigo al viejecito, vestido ahora decentemente, y a todos se lo presenta diciendo:

-De ahora en adelante le pagaréis a él la suma establecida.

Luego, recorridos ya todos los pórticos, dice a Elí-Ana:

-Éste es tu trabajo aquí; dentro, con la posada y los establos. No es difícil ni fatigoso, pero te demuestra cuánta estima te tengo. He echado, a uno después del otro, a tres que me ayudaban, porque no eran honestos. Pero tú me satisfaces. Y además te ha traído Él. Y el Maestro sabe conocer los corazones. Vamos donde Él ahora a decirle que, si quiere, la hora es buena para hablar.

Y se marcha, seguido por el viejecito…
La gente va llenando cada vez más la plaza, y el rumor también va aumentando.

Mujeres para las compras; mercaderes de ganado; compradores de bueyes para los arados o de otros animales; campesinos encorvados bajo el peso de cestos de fruta alabando sus mercancías; cuchilleros con todo lo que corta, bien expuesto encima de esteras, y que, con una bulla infernal, descargan las segures sobre leños para mostrar la consistencia de la hoja, o con un martillo golpean en hoces que tienen colgadas en caballetes para que se vea el perfecto temple de la hoja, o que levantan rejas de arado y con las dos manos las golpean contra la tierra, que se abre herida, para dar una prueba de la dureza de la reja, a la que ningún terreno se resiste; y los que trabajan el cobre -con ánforas y cubos, sartenes y lámparas-, que golpean en el metal sonoro, hasta aturdir, para que se vea que es macizo, o se desgañitan ofreciendo muchas lamparillas, de una o más llamas, para las próximas fiestas de Kisléu; y, dominando a todos, monótono y penetrante como lamento de lechuza nocturna, el grito de los mendigos esparcidos en los puntos estratégicos el mercado.

Jesús viene desde la casa, junto con Pedro y Santiago de Zebedeo. No veo a los otros. Pero pienso que estarán yendo por la ciudad anunciando al Maestro, porque veo que la gente lo reconoce en seguida, y muchos acuden, mientras el vocerío se hace menos intenso, y el ruido también. Jesús ordena dar limosna a algunos mendigos y se para a saludar a dos hombres, los cuales, seguidos de sus criados, habiendo acabado las compras, estaban para dejar el mercado.

Pero ahora se quedan también ellos para escuchar al Maestro. Y Jesús empieza a hablar, tomando el tema de lo que ve:

-Cada cosa a su tiempo, cada cosa en su lugar. No se realiza el mercado en sábado, ni se comercia en las sinagogas, y tampoco se trabaja por la noche, sino que más bien mientras es de día.

Sólo el pecador trafica en el día del Señor, o profana con negocios humanos los lugares destinados a la oración, o se da a la rapiña durante la noche cometiendo hurtos y delitos. Igualmente: el que comercia honestamente se esfuerza en probar a sus compradores la calidad de sus productos y la consistencia de sus instrumentos, y el que compra se marcha contento de la buena compra que ha hecho.

Pero si, por ejemplo, con mucha astucia, el vendedor lograra engañar al comprador, y el utensilio o el producto alimenticio le resultase a éste no bueno, inferior al precio pagado, ¿no recurriría el comprador a medidas de defensa, que irían desde un mínimo de no volver a comprar nunca donde ese vendedor, a un máximo de recurrir al juez para recuperar su dinero? Eso sucedería, y sería justo. Y, a pesar de esto, ¿no vemos en Israel al pueblo engañado por los que venden, como buenos, productos en malas condiciones, y que ese pueblo desacredita a quien da buenos productos, siendo éste el Justo del Señor? Sí, todos lo vemos.

Ayer noche muchos de vosotros vinieron a referir las artes de los malos vendedores, y Yo dije: "Dejadlos. Tened firmes vuestros corazones y Dios proveerá". ¿Estos que venden cosas no buenas, a quien ofenden?

¿A vosotros? ¿A mí? No. A Dios mismo. La culpabilidad no es tanto del engañado cuanto del que engaña. El pecado no ha sido cometido tanto contra el hombre cuanto contra Dios, al tratar de vender cosas no buenas para que el que tiene deseos de comprar vaya a las cosas buenas.

Yo no os digo: reaccionad, vengaos. No son palabras que puedan salir de mi boca. Sólo digo: escuchad el sonido verdadero de las palabras, observad bien, bajo la gran luz, las acciones de los que os hablen, saboread el primer sorbo o el primer bocado que os ofrezcan y, si oís un sonido áspero, si sus acciones tienen tenebroso aspecto, si el sabor que os queda en el corazón os turba, rechazad, como cosa no buena, aquello que os ofrecen. La sabiduría, la justicia, la caridad no son nunca ásperas ni turbadoras ni amantes de actuar en la sombra.

Sé que he sido precedido por discípulos míos, y ahora os dejo a dos apóstoles míos; además, ayer noche, con las acciones más que con las palabras, he testificado de dónde vengo y con qué misión. No hacen falta, pues, largos discursos para atraeros hacia mi camino. Pensad, y quered estar en él. Imitad a los que fundaron esta ciudad en los límites del árido desierto.

Pensad siempre que fuera de mi doctrina hay aridez de desierto, mientras que en mi doctrina están las fuentes de la Vida. Y, a pesar de todos los hechos que puedan acaecer, no os turbéis, no os escandalicéis. Recordad las palabras del Señor en Isaías (50, 2; 59, l).

Nunca será acortada mi mano ni se hará pequeña pa-favorecer a los que siguen mis caminos; de la misma forma que nunca será anulada la mano del Altísimo para castigar a aquellos que a mí -que vine y bien pocos encontré para acogerme, llamé y pocos respondieron-me ofenden y causan dolor. Porque, de la misma manera que quien me honra honra al Padre que me ha enviado, el que me desprecia desprecia a Aquel que me ha enviado. Y, por la ley antigua del talión, el que me repudia será repudiado.

Pero vosotros, que habéis acogido mi palabra, no temáis los oprobios de los hombres, ni os acongojéis por sus ultrajes, primero contra y luego contra vosotros porque me amáis. Yo, aunque parezca perseguido y vaya a parecer quebrantado, os consolaré y protegeré. No temáis, no temáis al hombre mortal, que hoy es y mañana no es sino un recuerdo y polvo. Temed al Señor, temed con un santo amor, no con miedo, temed no saberlo amar con medida proporcionada a su amor infinito. Yo no os digo: haced esto o aquello. Sabéis lo que debe hacerse. Os digo: amad. Amad a Dios y a su Cristo. Amad a vuestro prójimo como Yo os he enseñado. Y, si sabéis amar, todo lo haréis.

Yo os bendigo, habitantes de Tecua, ciudad situada en los lindes del desierto, pero oasis de paz para el perseguido Hijo del hombre, y que mi bendición permanezca en vuestros corazones y en vuestras casas, ahora y siempre.

-¡Quédate, Maestro! Quédate con nosotros. ¡El desierto fue siempre bueno para los santos de Israel!
-No puedo. Tengo a otros que me esperan. Vosotros estáis en mí, Yo en vosotros, porque nos queremos.

Jesús, con dificultad, pasa a través de la gente, que le sigue, olvidada de comprar o vender y de todas las demás cosas. Enfermos curados que todavía lo bendicen, corazones consolados que le dan las gracias, mendigos que lo saludan: «Maná vivo de Dios»…

El viejecito está pegado a Él; así hasta el extremo de la ciudad. Y sólo cuando Jesús bendice a Mateo y a Felipe, que se quedan en Tecua, se decide a dejar a su Salvador, y lo hace con besos en los pies desnudos del Maestro, y con llanto y palabras de agradecimiento.

-Levántate, Elí-Ana, y ven, que quiero besarte. Un beso de hijo a padre, y que ello te compense todo. Te aplico las palabras del profeta: "Tú que lloras no llorarás más, porque el Misericordioso ha tenido piedad de ti". El Señor te dará pan racionado y poca agua. Más no he podido hacer. Si a ti te ha expulsado de tu casa uno, a mí me expulsan todos los poderosos de un pueblo, y ya es mucho si encuentro comida y alojamiento para mí y mis apóstoles.

Pero tus ojos han visto a Aquel que deseabas ver y tus oídos han escuchado mis palabras de la misma forma que tu corazón debe sentir mi amor. Ve y está en paz, porque eres un mártir de la justicia, uno de los precursores de todos aquellos que hayan de ser perseguidos por causa mía. ¡No llores, padre!

Y lo besa en la cabeza cana.
El viejecito le devuelve, en la mejilla, el beso y le susurra al oído:

-Desconfía del otro Judas, mi Señor. Yo no quiero manchar mi lengua… Pero desconfía. No viene con pensamiento bueno a casa de mi hijo…

-Sí. Pero no pienses ya en el pasado. Pronto acabará todo y ya nadie me podrá hacer daño alguno. Adiós, Elí-Ana. El Señor está contigo.

Se separan…
-Maestro, ¿qué te ha dicho el anciano con voz tan leve? -pregunta Pedro, que va al lado de Jesús, con esfuerzo porque Jesús da largos pasos con sus largas piernas, cosa que, siendo tan bajo, no puede hacer Pedro.

-¡Pobre anciano! ¿Qué crees que me podía decir que Yo ya no supiera? -responde Jesús eludiendo una respuesta precisa.

-Hablaba de su hijo, ¿no? ¿Te ha dicho quién es?
-No. Pedro. Te lo aseguro. Ha conservado ese nombre en su corazón.
-¿Pero Tú lo conoces, no?
-Lo conozco, pero no te lo diré.

Silencio durante mucho tiempo. Luego, angustiosa, la pregunta de Pedro y su confesión.

-Maestro, pero ¿para qué?, ¿qué va a hacer Judas a casa de un pésimo hombre como es el hijo de Elí-Ana? ¡Yo tengo miedo, Maestro! No tiene buenos amigos éste. No va abiertamente. No hay en él fuerza para resistir al mal.

Tengo miedo, Maestro. ¿Para qué? ¿Para qué va Judas donde éstos, y a escondidas?

La cara de Pedro es una expresiva máscara de angustiosa interrogación.

Jesús lo mira y no responde. Efectivamente, ¿qué debe responder?; ¿qué, para no mentir ni lanzar al fiel Pedro contra el infiel Judas? Prefiere dejar hablar a Pedro.

-¿No respondes? Yo, desde ayer, desde cuando el viejo creyó reconocer entre nosotros a Judas, no tengo paz. Es como aquel día que hablaste con la esposa del saduceo. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas mi sospecha?

-Lo recuerdo. ¿Y tú recuerdas mis palabras de entonces?
-Sí, Maestro.

-No hay nada más que decir, Simón. Las acciones del hombre tienen apariencias distintas de la realidad. Pero Yo estoy contento de haber proveído a la necesidad de ese anciano.

Es como si Ananías hubiera vuelto. Y realmente si Simón de Tecua no lo hubiera acogido lo habría llevado a la casita de Salomón, para tener allí a un padre que siempre esperara nuestra llegada. Pero, para Elí es mejor así. Simón es bueno, tiene muchos nietos. A Elí le gustan los niños… los niños hacen olvidar muchas cosas dolorosas…

Con su habitual ciencia de distraer al interlocutor y conducirlo hacia otros temas, cuando no considera conveniente responder a preguntas peligrosas, Jesús ha distraído a Pedro de su pensamiento. Y sigue hablándole de niños, conocidos acá o allá, hasta llegar a recordar a Margziam, que quizás a esa hora está retirando las redes después de la pesca en el bonito lago de Genesaret.
Y Pedro, ya lejos de Elí y Judas con el pensamiento, sonríe y pregunta:

-Pero después de Pascua vamos allá, ¿no? Es tan hermoso.

Mucho más que esto. Nosotros galileos somos pecadores para los de Judea… ¡Pero si se vive aquí! ¡Oh, Misericordia eterna! Si a nosotros se nos hubiera de castigar, no, aquí ciertamente no va a haber un premio.

Jesús llama a los otros que se han quedado atrás y se aleja con ellos por el camino calentado por el sol de Diciembre.

520- Conversaciones en torno a Judas Iscariote, ausente. Llegada a Tecua con el anciano Elí-Ana

Son todavía once cuando toman de nuevo el camino. Once caras pensativas y desazonadas en torno al rostro triste de Jesús.

Él se despide de las hermanas; luego, después de un momento de reflexión, antes de cruzar la cancilla, ordena a Simón Zelote y a Bartolomé:

-Quedaos aquí. Os reuniréis conmigo en Tecua, en casa de Simón, o en la casa de Nique en Jericó, o en Betabara; eso si él viene. Y… servid a la caridad. ¿Entendéis?
-Ve tranquilo, Maestro. No iremos contra el amor al prójimo en ningún modo -asegura Bartolomé.

-Cualquiera que fuera la hora en que él llegue, partid enseguida.

-Enseguida, Maestro. Y… gracias por la confianza que tienes en nosotros -dice el Zelote.

Se besan y, mientras un doméstico cierra la cancilla y Jesús se aleja, los dos que se han quedado vuelven hacia la casa junto con las hermanas.

Jesús delante, solo; detrás Pedro, entre Mateo y Santiago de Alfeo; detrás Felipe, con Andrés, Santiago y Juan de Zebedeo; últimos, silenciosos como los demás, van Tomás y Judas Tadeo. Tampoco habla Pedro. Sus dos compañeros intercambian algunas, pocas palabras, pero él, que va entre los dos, no habla. Va taciturno, cabizbajo. Parece tejer un mudo coloquio con las piedras y las hierbas que pisa.

También los dos últimos tienen una actitud casi igual. Lo único es que -mientras que Tomás parece sumido en la contemplación por una ramita de sauce a la que va quitando una a una las hojas, y mirando a cada hoja que separa como si estudiara su color glauco por un lado y argénteo por el otro, o los filamentos de la nervadura-Judas Tadeo mira fijamente y recto frente a sí; no sé si mira al horizonte que, superada una cima, se abre a una claridad vaporosa de llanura a la luz de la aurora, o si mira sencillamente a la cabeza rubia de Jesús, que ha echado hacia atrás el extremo del manto, como para gozar del tenue sol de Diciembre.

Coinciden en el mismo momento el final de la ocupación de Tomás y el final de la contemplación del horizonte, o del Maestro, por parte de Judas Tadeo. Este último baja los ojos y vuelve la cabeza para mirar a su compañero, mientras Tomás, reducida su ramita a delgada vara, alza los ojos para mirar a Judas Tadeo: una mirada aguda y, al mismo tiempo, buena y triste, que encuentra una mirada igual.

-¡Así es, amigo! ¡Exactamente así! -dice Tomás como concluyendo una conversación.
-Sí, es así. Y mi dolor es muy grande… Para mí es también amor de familia…

-Comprendo. Pero… Tú tienes en el corazón un tormento de afecto. ¿Pero, yo? Tengo un remordimiento que me atormenta. Y eso es peor todavía.

-¿Un remordimiento, tú? No tienes motivos de remordimiento. Eres bueno y fiel. Jesús está contento de ti, y nosotros en ti no tenemos nunca motivo de escándalo.

¿Cómo es que te viene esa sensación de remordimiento?
-De un recuerdo. El recuerdo del día en que decidí seguir al nuevo Rabí que había aparecido en el Templo… Yo y

Judas estábamos cerca el uno del otro, y admiramos la acción y las palabras del Maestro. Y decidimos buscarlo…

Yo estaba aún más decidido que Judas; casi lo moví yo. Él dice lo contrario, pero es así. Mi remordimiento es haber insistido para que viniera… Le he traído un permanente dolor a Jesús. Pero yo sabía que Judas era estimado por muchos y pensaba que podría ser útil. Necio como todos, que no saben pensar sino en un rey de Israel mayor que David y Salomón, pero sólo un rey… un rey como Él dice que nunca será, ¡ansiaba que entre los discípulos estuviera éste que podía servir!…

Yo esperaba esto. Y sólo ahora comprendo, y cada vez más, la justa actuación de Jesús, que no lo recibió enseguida y que incluso prohibió buscarlo… ¡Te digo que tengo un remordimiento!, ¡un remordimiento!… Ese hombre no es bueno.

-No es bueno. Pero no te crees remordimientos. Aquello no lo hiciste con malicia. Por tanto, te digo que no tienes culpa.

-¿Estás totalmente seguro? ¿O lo dices por consolarme?
-Lo digo porque es verdad. Tomás, no pienses más en el pasado. No sirve para borrarlo…

-Es como dices. Pero, piensa esto: si por causa mía mi Maestro sufriera desgracias… Tengo el corazón lleno de angustia y de sospechas. Soy un pecador porque juzgo al compañero, y con juicio no piadoso. Y soy pecador porque debería creer en las palabras del Maestro,… Él disculpa a Judas… Tú… ¿crees eso de tu hermano?

Lo creo en todo menos en eso. Pero, no desfallezcas. Todos nosotros tenemos el mismo pensamiento. Incluso Pedro, que se consume tanto, lucha por pensar de ese hombre todo lo bueno; y Andrés, que -más manso que un corderito; y Mateo, el único de entre nosotros que no tiene horror a ningún pecador o pecadora; y el tan amoroso y puro Juan, que tiene la feliz fortuna de no temer ni al mal ni al vicio, porque está tan colmado de caridad y de pureza que no le cabe sitio para recibir otra cosa; y mi hermano, me refiero a Jesús, que ciertamente tiene otros pensamientos junto a éste, pensamientos por los que ve la necesidad de tener a Judas… hasta haber agotado todo intento de o bueno.

-Sí. Pero… ¿cómo terminará? Él tiene muchas… No tiene… Bueno, ya me entiendes sin que hable. ¿A qué punto llegará?

-No lo sé… Quizás se separe de nosotros… Quizás se quede a esperar a ver quién es más fuerte en esta lucha entre Jesús y el mundo hebreo…
-¿Y otras cosas? ¡No crees que él ya en este momento sirve a dos señores?
-Esto es seguro.

-¿Y no temes que pueda servir a los más numerosos, de forma que dañe totalmente al Maestro?

-No. No lo amo. Pero no puedo pensar que él… Al menos por ahora, no. Pero sí temería esto si llegara el día en que el favor de la muchedumbre abandonara al Maestro. Como estoy seguro de que, si el pueblo en aclamación lo consagrara rey y caudillo nuestro, Judas abandonaría a todos por Él. Es un oportunista… ¡Que Dios lo retenga, y proteja a Jesús y a todos nosotros!…

Los dos se dan cuenta de que han aminorado mucho el paso. Ven que se han distanciado mucho de los compañeros. Así que, dejando de hablar, se ponen a andar rápidos para llegar donde ellos.

-¿Pero qué hacíais? -pregunta Mateo. El Maestro os requería.

Tomás y Judas Tadeo siguen hacia Jesús con paso presuroso.
-¿De qué hablabais entre vosotros? -pregunta Jesús mirándolos fijamente a los ojos.

Los dos se miran. ¿Decir? ¿No decir? Vence la sinceridad.
-De Judas -dicen al mismo tiempo.

-Lo sabía. Pero quería poner a prueba vuestra sinceridad. Me habríais causado dolor, si hubierais mentido… De todas formas, no habléis ya más de él; especialmente, de esa manera. Hay muchas cosas buenas de las que hablar.

¿Por qué descender siempre a considerar, lo que es muy, demasiado, material? Isaías dice (Isaías 2, 22): "Dejad al hombre que tiene el espíritu en las narices". Yo os digo: dejad de analizar a este hombre y preocupaos de su espíritu. El animal que hay en él, su monstruo, no debe atraer vuestras miradas ni vuestros juicios; más bien, tened amor, un amor doloroso y activo, por su espíritu.

Liberadlo del monstruo que lo tiene sujeto. ¿No sabéis…?

Se vuelve para llamar a los otros siete:

-Venid aquí todos. Os viene bien lo que os voy a decir, porque todos tenéis los mismos pensamientos en vuestro corazón… ¿No sabéis que aprendéis más a través de Judas de Keriot que a través de cualquier otra persona? Muchos Judas encontraréis, y poquísimos Jesús, en vuestro ministerio apostólico. Los Jesús serán dulces, buenos, puros, fieles, obedientes, prudentes, no ambiciosos. Serán bien pocos…

Pero cuántos, ¡cuántos Judas de Keriot encontraréis vosotros y vuestros seguidores y sucesores por los caminos del mundo! Y, para ser maestros y saber, debéis pasar por este aprendizaje… Él, con sus defectos, os muestra al hombre como es; Yo os muestro al hombre como debería ser. Dos ejemplos igualmente necesarios. Vosotros, conociendo bien al uno y al otro, debéis tratar de transformar al primero en el segundo…

Mi paciencia sea vuestra norma.
-Señor, yo he sido un gran pecador. Sin duda, yo también seré muestra. Pero quisiera que Judas, que no es tan pecador como lo fui yo, se convirtiera como me convertí yo. ¿Es soberbia decir esto?

-No, Mateo, no es soberbia. Diciéndolo, rindes honor a dos verdades.

La primera es que veraz es la sentencia que dice: "La buena voluntad del hombre obra milagros divinos". La segunda es que Dios te ha amado infinitamente, ya desde antes de que pensaras en ello, y lo hacía porque no desconocía tu capacidad de heroísmo. Tú eres el fruto de dos fuerzas: tu voluntad y el amor de Dios. Y digo antes tu voluntad, porque sin ella vano habría sido el amor de Dios. Vano, inoperante…

-¿Pero sin nuestra voluntad no podría Dios convertir? ̿ pregunta Santiago de Alfeo.

-Ciertamente. Pero luego se requeriría, en todo caso, la voluntad del hombre para persistir en la conversión obtenida milagrosamente.

-Entonces en Judas no ha habido esta voluntad ni la hay, ni antes de conocerte ni ahora… -dice impetuosamente Felipe.

Algunos ríen, otros suspiran.
Jesús es el único que defiende al apóstol ausente:
-¡No digáis eso! La ha tenido y la tiene. Pero la funesta ley de la carne, a intervalos, la supera. Es un enfermo…

Un pobre hermano enfermo. En todas las familias está el
débil, el enfermo, aquel que es el dolor, la angustia, el peso de la familia. Y, a pesar de ello, ¿no es, acaso, al hijito de salud frágil al que más quiere la madre? ¿No es el hermanito desdichado el más servido por sus hermanos? ¿No es él al que el padre ofrece el bocado selecto, quitándoselo de su propio plato, para darle una alegría, para no darle a entender que es un peso y no hacerle, por tanto, pesada su enfermedad?

-Es verdad. Es justamente así. Mi hermana gemela era frágil en su primera edad. Yo había tomado toda la robustez. Pero el amor de toda la familia la socorrió, tanto que ahora es una floreciente esposa y madre -dice Tomás.

-Pues haced con vuestro hermano espiritual débil lo que haríais con un hermano carnal débil. Yo no voy a pronunciar palabras de recriminación. Vosotros no sois más que Yo. Vuestro paciente amor es la recriminación más fuerte, una recriminación contra la que no se puede reaccionar. En Tecua voy a dejar a Mateo y a Felipe para que esperen a Judas… El primero ha de acordarse de que fue pecador: el segundo, de que es padre…

-Sí, Maestro. Lo recordaremos.

-En Jericó, si todavía no está con nosotros, dejaré a Andrés y a Juan, que han de recordar que no todos han recibido con igual medida los dones gratuitos de Dios… Pero. id donde aquel anciano mendigo que va por el camino con paso vacilante. La ciudad está a la vista. Con la limosna podrá procurarse pan.

-Señor, no podemos. Judas se ha marchado con la bolsa… ̿ dice Pedro -Y las hermanas no nos han dado nada.

-Tienes razón, Simón. Están como aturdidas por el dolor, y nosotros también. No importa. Tenemos un poco de pan. Somos jóvenes y estamos fuertes. Vamos a dárselo al anciano, para que no se caiga por el camino.

Hurgan en los talegos, recogen pequeños pedazos de pan, se los dan al ancianito, que los mira asombrado.
-¡Come, come! -anima Jesús. Y le da de beber de su zaque mientras le pregunta a dónde va.

-A Tecua. Mañana hay un gran mercado. Pero desde ayer no comía.
-¿Estás solo?
-Más que solo… Mi hijo me ha echado…
Oír esta voz senil rompe el corazón.
-Dios te abrirá las puertas de su Reino si sabes creer en su misericordia.

-Y en la de su Mesías. Pero mi hijo no tendrá Mesías, porque no puede tener al Mesías él, que lo odia tanto como para odiar al padre suyo porque ama al Mesías.
-¿Por eso te ha echado?

-Por eso. Y para no perder la amistad de algunos que persiguen al Mesías. Ha querido mostrarles que su odio supera al de ellos, tanto que supera incluso la voz de la sangre.

-¡Qué horror! -dicen todos.
-Sería más horroroso si yo tuviera los mismos pensamientos que mi hijo -dice con vehemencia el viejecito.

-¿Pero quién es éste? Si no he comprendido mal, debe ser uno que tiene poder y voz… -dice Tomás.
-Hombre, no será un padre el que diga el nombre del hijo culpable porque sea despreciado. Tengo que decir que tengo hambre y frío yo que con mucho trabajo había aumentado el bienestar de la casa para hacer feliz a mi hijo varón.

Pero no más que esto. Piensa que yo soy uno de Judea, y él uno de Judea, y que, por tanto, somos iguales por la raza y distintos por el pensamiento. Lo demás no hace falta.
-¿Y no le pides nada a Dios, tú que eres un justo? -pregunta dulcemente Jesús.

-Que toque el corazón de mi hijo y lo conduzca a creer lo que yo creo.
-Pero para ti, enteramente para ti, ¿no pides nada?

-Encontrar al que para mí es el Hijo de Dios. Para venerarlo y luego morir.

-Pero si mueres ya no lo verás más. Estarás en el Limbo…
-Poco tiempo. ¿Eres un rabí, no es verdad? Veo muy poco…

La edad… y el mucho llorar, y también el hambre… Pero veo los flecos de tu cinturón… Si eres un buen rabí, y así me lo parece, debes sentir tú también que el tiempo ha llegado, quiero decir el tiempo del que habló Isaías (52, 7-l5; 53, l-l2). Y está para llegar la hora en que el Cordero cargará sobre sí todos los pecados del mundo y sobrellevará todos nuestros males y dolores, y será traspasado e inmolado para que nosotros seamos sanados y estemos en paz con el Eterno. Y entonces también los espíritus tendrán paz… Lo espero confiando en la misericordia de Dios.

-¿No has visto nunca al Maestro?
-No. Lo oí hablar en el Templo en las fiestas. Pero yo soy bajo, y todavía más bajo me hace la edad, y, como he dicho, veo poco. Por eso, si voy entre la gente el de delante no me deja ver, y si estoy lejos no veo, por eso mismo, porque estoy lejos. ¡Querría verlo! ¡Al menos una vez!

-Lo verás, padre. Dios te concederá esta alegría. ¿Y en Tecua tienes a dónde ir?
-No. Estaré debajo de un pórtico o en un portal. Ya estoy acostumbrado.

-Ven conmigo. Conozco un buen israelita. Te acogerá en nombre de Jesús, el Maestro galileo.
-Pero Tú también eres galileo. Se percibe por cómo hablas.
-Sí… ¡Estás cansado? Bueno, pero ya hemos llegado a las primeras casas. Pronto descansarás y tendrás con qué reponer tus fuerzas.

Jesús se inclina para decir a Pedro algo. Pedro, a su vez, se separa y va a decir a los otros lo que ha dicho Jesús (no lo capto). Luego, con los hijos de Alfeo y con Juan, acelera el paso, entrando en la ciudad. Jesús lo sigue con los otros, adecuando el paso al del pobre viejecito, que ya no habla (está muy agotado, de forma que acaba quedándose detrás, con Andrés y Mateo). La ciudad parece vacía. Es el mediodía y muchos están en las casas comiendo.

Recorridos pocos metros, vuelve Pedro:
-Ya está hecho, Señor. Simón lo recibe porque Tú lo traes, y te da las gracias por haber pensado en él.
-¡Bendigamos al Señor! Todavía hay justos en Israel. Este anciano es uno, y Simón otro. Sí, hay todavía personas buenas, misericordiosas, fieles al Señor. Y esto compensa muchas amarguras, y hace esperar que la justicia divina se mitigará por estos justos.

-¡Hombre, pero… un hijo que echa de casa a su padre por no perder la amistad de algún poderoso fariseo!
-¿A tanto puede llegar el odio por ti? ¡Estoy indignado! -dice Felipe.

-¡Veréis mucho más que esto! -responde Jesús.
-¡Más! ¿Qué puede ser más que un padre echado de casa porque no te odia? ¡Es enorme el pecado de ese hombre!…».

-Más enorme será el pecado de un pueblo contra su Dios… Pero vamos a esperar al anciano…
-¿Quién será su hijo?
-¡Un fariseo!
-¡Uno del Sanedrín!
-¡Un rabí!

Las opiniones son distintas.

-Un desdichado. No indaguéis. Hoy ha arremetido contra su padre. Mañana arremeterá contra mí. Así pues, veis que el pecado de Judas, el hecho de haberse alejado así, como un hijo díscolo, no es nada comparado con esto. Y, no obstante, oraré por este hijo ingrato, por este hebreo ofensor de Dios. Para que se enmiende. Haced vosotros lo mismo… Ven, padre, ¿cómo te llamas?

-Elí-Ana. ¡Nunca he sido una persona feliz! Se me murió mi padre antes de nacer yo; mi madre, dándome a luz. La madre de mi madre, que me crió, me dio por nombre los dos nombres, unidos, de mi padre y de mi madre.

-Verdaderamente eres un Elí, y tu hijo es igual que Finnes -dice Felipe, que no se resigna ante un pecado de esa naturaleza.

-Dios no lo quiera, hombre. Finnes murió pecador. Murió cuando cogieron el arca. (l Samuel l, 3; 2,l2-l7.22-34; 3,l-l8; 4, 4-l8) Para su alma y para todo Israel, estas cosas serían una desventura -responde el viejecito.

-Escucha. Ésta es casa amiga. Lo que le pido lo obtengo. Es de un cierto Simón, hombre justo ante los ojos de Dios y de los hombres. Te recibe por amor mío, si aceptas el lugar -dice Jesús antes de llamar a la puerta.

-¿Tengo, acaso, posibilidad de elegir? Invocaré las bendiciones del Cielo para quien me dé el pan y el amparo de la caridad. Pero quiero trabajar. Ser siervo no es una vergüenza, pecar sí lo es.

-Se lo diremos a Simón -dice con una sonrisa de compasión Jesús, mientras mira al viejecito, reducido a nada por las penalidades y el dolor moral.

Abren la puerta:
-Entra, Maestro. La paz sea contigo y con quien te acompaña. ¿Dónde está este hermano mío que me traes? Para que pueda darle el beso de paz y bienvenida -dice un hombre de unos cincuenta años.

-Éste es. Que el Señor te lo pague.

-Ya me ha recompensado: te tengo a ti como huésped. No te esperaba y no puedo honrarte como quisiera. Pero oigo que tienes intención de volver por aquí dentro de unos días. Bueno, pues estaré preparado para recibirte como conviene.

Ahora están en una habitación donde hay unas palanganas humeantes preparadas para las abluciones. El viejecito está acobardado, contra la puerta. Pero el dueño de la casa lo agarra de la mano y lo lleva a que se siente. Quiere descalzarlo y lo hace-él mismo, y servirle como si fuera un rey, y luego ponerle sandalias nuevas, mientras el viejecito dice:

-¿Por qué? ¿Pero por qué? ¡Yo he venido a servir y tú me sirves! No es justo.

-Es justo, hombre. No puedo seguir al Rabí porque mi casa requiere mi asistencia. Pero, como último discípulo del Maestro santo, busco la forma de poner en práctica sus palabras.

-Tú lo conoces bien. Verdaderamente lo conoces, porque eres bueno. Muchos en Israel lo conocen, pero ¿con qué? Con los ojos y con el odio. Por tanto, no lo conocen. A una mujer se la conoce sólo cuando ya de ella nada se ignora y se la posee enteramente. Lo mismo sucede con Jesús de Nazaret, que no conozco con los ojos, pero que conozco más que muchos, porque yo creo que en Él está la Sabiduría. Pero tú lo conoces con plenitud: de vista y de doctrina.

El hombre mira a Jesús, pero no dice nada.
El viejecito prosigue:

-He dicho a este rabí que quiero trabajar…
-Sí, sí. Encontraremos un trabajo para ti. Ahora de momento ven a la mesa. Maestro, tus discípulos vendrán dentro de poco. ¿Podemos sentarnos a la mesa aunque no
hayan venido, o prefieres esperarlos?

-Preferiría esperarlos. Pero si tienes que trabajar…
-¡Oh, Maestro! Sabes que para mí es una alegría obedecer el más mínimo de tus deseos.

El viejecito tiene en este momento una primera sospecha acerca de la identidad del Hombre que lo ha socorrido en el camino, y lo mira, lo mira… luego mira a sus compañeros… un atento examen… y se mueve en torno a ellos… Entran los hijos de Alfeo con Juan. Jesús los llama por el nombre.

-¡Oh, Dios Altísimo! ¡Pero entonces… Tú eres Tú! -exclama el viejecito y se arroja al suelo venerando.
El estupor suyo no es inferior al de los demás ¡Es tan extraño ese modo de reconocimiento del Maestro! Tanto, que Pedro le pregunta:

-¿Qué de especial hay en estos nombres, tan comunes en Israel, para hacerte comprender que estás frente al Mesías?
-Porque conozco a Judas. Va siempre a casa de mi hijo y…-el viejecito se detiene, turbado por haber nombrado a su hijo…

-Pero yo no te he visto nunca, hombre -dice Judas Tadeo poniéndose bien delante de él, agachado para estar cara a cara muy cerca.

-Yo tampoco te conozco. Pero un Judas, discípulo del Cristo, va frecuentemente a casa de mi hijo, y he oído hablar de un Juan, de un Santiago y de un Simón amigo de Lázaro de Betania, y de muchas otras cosas… ¡Oír tres nombres conocidos como de los discípulos más íntimos del Maestro, y Él tan bueno!… ¡Bueno, pues he comprendido! Pero ¿dónde está el otro Judas?

-No está. Pero es verdad, has comprendido. Soy Yo. El Señor es bueno, padre. Deseabas verme y me has visto. Bendigamos las misericordias de Dios… No te apartes, Elí-Ana. Estabas a mi lado cuando para ti era un viandante y nada más. ¿Por qué quieres alejarte de mí, ahora que sabes que soy la Meta? ¡No sabes cuánto me ha consolado tu corazón! No lo puedes saber. Yo, no tú, soy el que más ha recibido…

Cuando tres cuartos de Israel, y más, me odian hasta llegar al delito, cuando los débiles se alejan de mi camino, cuando las espinas de la ingratitud, del rencor, de la calumnia me hieren por todas partes, cuando no puedo encontrar alivio en el pensamiento de que mi Sacrificio será salud para Israel… encontrar uno como tú, oh padre, es recibir compensación por el dolor… Tú no sabes…

Ninguno conocéis las tristezas, cada vez más profundas, del Hijo del hombre Tengo sed de amor… y demasiados corazones son manantiales secos a los que inútilmente me acerco… Pero, vamos…

Y, teniendo cerca al viejecito, entra en la habitación donde están ya preparadas las mesas.

519- Inexplicable ausencia de Judas Iscariote y alto en Betania, en casa de Lázaro

Jesús despide a los discípulos Leví, José, Matías y Juan -no sé dónde los ha encontrado-y les confía al neodiscípulo Sidonio, llamado Bartolmái.

Esto sucede en las primeras casas de Betania. Y los discípulos pastores se van con el nuevo llegado y con otros siete hombres que tenían con ellos. Jesús los mira mientras se marchan. Luego se vuelve, a mirar a sus apóstoles, y dice:

-Ahora vamos a esperar aquí a Judas de Simón…
-¡Ah! ¿Te has dado cuenta de que se ha marchado? -dicen asombrados los otros. -Creíamos que no te hubieras percatado. La gente era mucha, y has estado hablando todo el tiempo, primero con el joven y después con los pastores…

-Desde el primer momento, he visto que se había alejado. Nada me pasa inadvertido. Por este motivo he entrado en las casas amigas, diciendo que manden a Judas a Betania, si preguntara por mí…

-Dios quiera que no -refunfuña, entre dientes, el otro Judas. Jesús lo mira, pero hace ademán de no haber notado la frase, y continúa, hablando a todos porque los ve a todos del parecer de Judas Tadeo (las caras, a veces, hablan mejor que las palabras): -Será bueno este descanso en espera de su regreso. Aliviará a todos. Luego iremos hacia Tecua.

El tiempo está frío pero la tendencia es a cielo sereno. Evangelizaré esa ciudad. Luego subiremos de nuevo pasando por Jericó, e iremos a la otra orilla. Me han dicho los pastores que muchos enfermos me buscan y les he enviado el mensaje de que no emprendan el viaje, sino que me esperen en estos lugares.

-Pues vamos, sí -suspira Pedro.
-¿No estás contento de ir donde Lázaro? -pregunta Tomás.
-Estoy contento.
-¡Lo dices de una manera!…

-No lo digo por Lázaro. Lo digo por Judas…
-Eres pecador, Pedro -advierte Jesús.

-Lo sé. Pero… él, Judas de Keriot, que se marcha, que es impertinente, que es un tormento, ¿no lo es? -salta Pedro, que ya no aguanta más.

-Lo es. Pero si él lo es, tú no debes serlo. Ninguno de nosotros debe serlo. Recordad que Dios nos pedirá cuentas -digo: nos pedirá porque a mí antes que a vosotros Dios Padre me ha confiado ese hombre-de lo que hayamos hecho para redimirlo.

-¿Y esperas lograrlo, hermano? No puedo creerlo. Tú, esto sí que lo creo, Tú conoces el pasado, el presente y el futuro. Y por tanto, no puedes engañarte respecto a ese hombre. Y… bueno, es mejor que no diga lo demás.

-Efectivamente, saber callar es una gran virtud. Pero debes saber que el prever más o menos exactamente el futuro de un corazón no dispensa a nadie de perseverar hasta el final para apartarlo de la ruina. No caigas tú también en el fatalismo de los fariseos, que sostienen que lo que está destinado debe cumplirse y nada impide el cumplimiento de lo que está destinado; razón con la cual avalan también sus culpas y avalarán el último acto de su odio hacia mí.

Muchas veces Dios está esperando el sacrificio de un corazón -que supera sus náuseas y sentimientos de desdén, sus antipatías, incluso justificadas-para arrancar a un espíritu del pantano en que se está hundiendo. Sí, Yo os lo digo.

Muchas veces Dios (el Omnipotente, el Todo) espera a que una criatura (una nada), haga o no haga un sacrificio, una oración, para signar o no signar la condena de un espíritu. Nunca es tarde, nunca es demasiado tarde para intentar y esperar salvar un alma. Y os daré pruebas de ello. Incluso a las puertas de la muerte, cuando tanto el pecador como el justo que por él se aflige, están próximos a dejar la Tierra para ir al primer juicio de Dios, siempre es posible salvar y ser salvados.

Entre la copa y los labios, dice el proverbio, siempre hay lugar para la muerte. Y Yo digo: entre la extrema agonía y la muerte hay siempre tiempo para obtener un perdón, para uno mismo o para aquellos que queremos que sean perdonados.

Ni una palabra de réplica de ninguno.
Jesús, que ya ha llegado a la pesada cancilla, da una voz a un doméstico para que le abran. Entra. Pregunta por Lázaro.

-¡Oh, Señor! ¿Ves? Vuelvo de recoger hojas de laurel y alcanfor y bayas de ciprés, y otras hojas y frutos olorosos, para hervirlo con vino y resinas y con ello hacerle baños a mi señor. Su carne se cae a pedazos y no se soporta el hedor. Has venido, pero no sé si te dejarán pasar…

Por miedo a que el aire oiga, el doméstico apaga su voz en un susurro:

-Ahora, que ya no se puede ocultar que tiene las llagas, las dueñas rechazan a todos… por miedo. Ya sabes… a Lázaro lo quieren realmente pocos… Y muchos, por muchos motivos gozarían si… ¡Oh, no quiero pensar en lo que es el miedo de toda la casa!

-Hacen bien ellas. Pero no temáis. No sucederá esta desventura.

-Pero… curarse, ¿podrá? Un milagro tuyo…
-No se curará. Pero servirá para glorificar al Señor.
El doméstico se siente defraudado… ¡Jesús, que cura a todos y que aquí no hace nada!… De todas formas, se limita a emitir un suspiro como única manifestación de lo que piensa. Luego dice:

-Voy donde las dueñas de la casa a anunciarte.
Jesús se ve rodeado por los apóstoles, que están interesados en las condiciones de Lázaro, y que se quedan consternados cuando Jesús habla de ellas. Pero ya vienen las dos hermanas.

Su florida y distinta belleza parece empañada por el dolor y la fatiga de las velas prolongadas. Pálidas, alicaídas, demacradas, cansados los ojos que en otro tiempo -en ambas-eran radiantes; sin anillos ni pulseras, vestidas con dos vestidos ceniza oscuro, parecen más siervas que señoras. A cierta distancia de Jesús, se arrodillan, ofreciéndoles sólo llanto. Un llanto resignado, mudo, que desciende como de una fuente interna, y que no puede pararse.

Jesús se acerca. Marta alarga los brazos susurrando:

-Apártate Señor. En verdad, tememos ser ya pecadoras contra la ley sobre la lepra. (Levítico l3,-l4) ¡Pero no podemos, oh Dios, no podemos provocar un decreto de esa clase contra nuestro Lázaro! Pero tú no te acerques, porque, no tocando sino llagas, estamos contaminadas. Sólo nosotras. Porque hemos apartado a todos los demás, y todo nos lo dejan en la puerta y nosotras tomamos las cosas, y lavamos, y quemamos, en la habitación contigua a la de nuestro hermano.

¿Ves nuestras manos? Están corroídas de la cal viva que usamos para los vasos que tenemos que devolver a los criados. Pensamos con ello que somos menos culpables -y llora.

María de Magdala, que hasta este momento ha guardado silencio, gime a su vez: -Tendríamos que llamar al sacerdote. Pero… Yo, yo soy la más culpable porque me opongo a esto y digo que no es la terrible enfermedad maldita en Israel. ¡No es, no es! Pera nos odian tanto, y tantos, que dirían que lo es. ¡Por mucho menos, Simón, tu apóstol, fue declarado leproso!

-No eres sacerdote ni médico, María -dice, entre accesos de llanto, Marta.

-No lo soy. Pero tú sabes lo que he hecho para estar segura de lo que digo. Señor, he ido y he recorrido todo el valle de Hinnón, todo Siloán, todos los sepulcros cercanos a En Rogel. Vestida de sierva, velada, con la luz de las auroras, cargada de víveres y aguas con sustancias medicinales, vendas y vestidos. Y daba, daba. Decía que era un voto por mi amado.

Era verdad. Pedía sólo poder ver las llagas de los leprosos. Deben haber pensado que estaba loca… ¿Alguien, acaso, quiere ver esos horrores? Pero yo, puestos mis presentes en los bordes de las rocas, pedía ver. Y ellos arriba, yo más abajo; ellos asombrados, yo con repugnancia; llorando ellos, llorando yo… ¡he mirado, mirado, mirado! He visto cuerpos cubiertos de escamas, de costras, de llagas; caras corroídas, cabellos blancos y más duros que cerdas, ojos que eran huras de podredumbre, carrillos que dejaban ver los dientes, calaveras en cuerpos vivos, manos reducidas a garras de monstruos, pies como ramas nudosas, hedores, horrores, podredumbre.

¡Oh, si pequé adorando la carne, si gocé con los ojos, con el olfato, con el oído, con el tacto, de lo hermoso; de lo perfumado, de lo armonioso, de lo suave y liso, oh, te aseguro que los sentidos se han purificado ya con la mortificación de esto que he conocido!

Los ojos, contemplando aquellos monstruos, han olvidado la belleza seductora del hombre; los oídos, con esas voces ásperas, que ya no son humanas, han expiado el pasado gozo de voces viriles; y se ha estremecido mi carne, y se ha rebelado mi olfato… y todo resto de culto a mí misma ha muerto, porque he visto lo que somos después de la muerte…

Pero he traído conmigo esta certeza: que Lázaro no está leproso. Su voz no está lesionada, sus cabellos y todo el vello están intactos, y las llagas son distintas.

¡No es! ¡No es! Y Marta me aflige -que no cree, porque no conforta a Lázaro en el sentido de no creerse contaminado. ¿Ves? Ahora, que sabe que estás aquí, no quiere verte para no contaminarte. ¡Los miedos tontos de mi hermana le privan incluso de tu consuelo!…

La naturaleza vehemente la lleva a la cólera. Pero, viendo que su hermana rompe a llorar desoladamente, su vehemencia cesa enseguida y abraza a Marta y la besa, y le dice:
-¡Marta, perdón! ¡Perdón! ¡El dolor me hace injusta! ¡Es el amor con que os amo a ti y a Lázaro el que querría convenceros! ¡Pobre hermana mía! ¡Pobres mujeres, eso es lo que somos!

-¡Venga, ánimo! ¡No lloréis así! Necesitáis paz y compasión recíproca, por vosotras y por él. Y Lázaro no está leproso, os lo digo Yo.

-¡Oh, ven a verlo, Señor! ¿Quién mejor que tú puede juzgar si está leproso? -suplica Marta.

-¿No te he dicho que no lo está?».

-Sí. ¿Pero cómo puedes decirlo, si no lo ves?

-¡Marta! ¡Marta! Dios te perdona porque sufres y eres como uno que delira. Tengo compasión de ti y voy a ver a Lázaro; le destaparé las llagas y…

-¡Y las curarás! -grita Marta poniéndose de pie.

-Ya te he dicho otras veces que no puedo hacerlo… Pero os daré la paz de saber que estáis en regla con la ley sobre los leprosos. Vamos…

Y abre la marcha hacia la casa, haciendo señas a los apóstoles de no seguirlo.

María se adelanta corriendo, abre una puerta, corre por un pasillo y de éste abre otra puerta, que da a un pequeño patio interior, anda pocos pasos y entra en una habitación estorbada por barreños, vasijas, ánforas, vendas… Un olor que es mezcla de aromas y de descomposición penetra en las narices. Hay una puerta frente a la de antes, y María la abre y, con una voz que quiere ser radiante de alegría, grita:

-¡Aquí está el Maestro! ¡Viene a decirte que tengo razón, hermano mío! ¡Ánimo, sonríe, que está entrando el amor nuestro, nuestra paz! -y se agacha hacia su hermano, lo incorpora en las almohadas, lo besa, sin hacer caso del olor que a pesar de todos los paliativos emana de su cuerpo llagado; y está todavía agachada para colocarlo cuando ya el dulce saludo de Jesús suena en la habitación, que, envuelta en una luz mortecina, parece iluminarse por la presencia divina.

-Maestro ¿no tienes miedo?… Estoy…
-¡Enfermo! Nada más que eso. Lázaro, las normas han sido dadas, muy amplias y severas, por un comprensible sentido de prudencia. Mejor exagerar en prudencia que en imprudencia, en ciertos casos como los de enfermedades contagiosas. Pero tú no eres contagioso, pobre amigo mío, no estás contaminado. Tanto, que no creo faltar a la prudencia respecto a los hermanos si te abrazo y te beso así y tomando el cuerpo consumido, besa a Lázaro.

-¡Tú eres realmente la Paz! Pero todavía no has visto. María está destapando el horror. Soy ya un muerto, Señor. No sé cómo mis hermanas pueden resistir…

Yo tampoco sabría cómo, pues verdaderamente son espantosas y repugnantes las llagas que han salido a lo largo de las varices de las piernas. Las espléndidas manos de María trabajan suaves en ellas, mientras con su voz maravillosa responde:

-Tus males son rosas para tus hermanas. Rosas espinosas porque tú sufres, sólo por ello. ¿Ves, Maestro? ¡La lepra no es así!

-No es así. Es una enfermedad muy mala la que te consume, pero no es causa de peligro. ¡Cree en tu Maestro! Tapa, María. Ya he visto.

-¿Y… no vas a tocar? -dice Marta suspirando, tenaz en la esperanza.

-No hace falta. No por repulsa, sino para no hurgar en las llagas.

Marta se agacha, sin insistir más, hacia una palangana donde hay vino o vinagre aromatizado, y sumerge unos paños, que luego pasa a su hermana. Lágrimas mudas caen en el líquido rojizo…

María venda las míseras piernas y extiende de nuevo las mantas sobre los pies, ya inertes y amarillentos como los de un muerto.

-¿Estás solo?
-No. Con todos, menos con Judas de Keriot, que se ha quedado en Jerusalén, y vendrá… Es más, si ya estoy lejos, lo mandáis a Betabara. Allí estaré. Y que me espere allí.

-Te vas a marchar pronto…
-Y volveré pronto. Dentro de poco es la Dedicación. En esos días estaré contigo.

-No podré honrarte para las Encenias…
-Estaré en Belén para ese día. Necesito volver a ver mi cuna…

-Estás triste… Lo sé… ¡Y no poder hacer nada!…
-No estoy triste. Soy el Redentor… Pero, tú estás cansado. No luches contra el sueño, amigo mío.
-Era por tributarte honor…
-Duerme, duerme. Luego nos veremos… -y Jesús se retira sin hacer ruido.

-¿Has visto, Maestro? -pregunta Marta afuera, en el patio.

-Sí, ya he visto. Mis pobres discípulas… Yo lloro con vosotras… pero, en verdad, os digo en confianza que mi corazón está mucho más llagado que vuestro hermano. Está comido por el dolor mi corazón… -y las mira con una tristeza tan viva, que las dos olvidan su dolor por el de Él, y, no pudiendo abrazarlo por ser mujeres, se limitan a besarle las manos y la túnica y a querer servirle como hermanas afectuosas.

Y le sirven en una salita y lo envuelven en amor.
Las voces fuertes de los apóstoles se oyen más allá del patio… Todos, menos la voz del discípulo malo. Jesús escucha y suspira… Suspira esperando pacientemente al fugitivo.

518- En Jerusalén, encuentro con el ciego curado y palabras que revelan a Jesús como buen Pastor

Jesús, que ha entrado en la ciudad por la puerta de Herodes; está cruzándola en dirección hacia el Tiropeon y el barrio de Ofel.

-¿Vamos al Templo? -pregunta Judas Iscariote.
-Si.

-¡Cuidado con lo que haces! -advierten muchos.
-Estaré allí sólo el tiempo de la oración.
-Te van a salir al paso.

-No. Vamos a entrar por las puertas de septentrión y saldré por las de mediodía, y no tendrán tiempo de organizarse para hacerme algún daño. A menos que esté siempre detrás de mí uno que vigile e informe.

Ninguno replica, y Jesús prosigue hacia el Templo, que aparece, en lo alto de su colina, casi espectral bajo la luz verde amarillenta de una plomiza mañana de invierno, en la que el sol nacido es sólo recuerdo que se obstina en mantenerse presente tratando de abrir una brecha en la densa masa de nubes. ¡Esfuerzo vano! El alegre lucir de la aurora ha quedado reducido al reflejo mate de un amarillo irreal, no extendido, sino agrupado en manchas que contienen también tonalidades de plomo veteado de verde.

Y, debajo de esta luz, los mármoles y el oro del Templo aparecen sin brillo, tristes, yo diría lúgubres, como ruinas que aún despuntan en una zona de muerte.

Jesús lo mira intensamente mientras sube hacia la muralla.

Y mira las caras de los viandantes matutinos. Son, por lo general, gente humilde: hortelanos, pastores con los animalitos que han de ser matados, criados o amas de casa dirigidos a los mercados. Y todos se alejan silenciosos, arrebujados en los mantos, un poco encorvados para defenderse del viento más bien frío de la mañana.

También los rostros parecen más pálidos de como son normalmente los de esta raza. Es la luz extraña la que los pone así, verdosos o casi perlinos, con el fondo de los mantos de colores, que, verdes o de vivo color violado o amarillos intensos, no son, ciertamente, adecuados para proyectar reflejos róseos en las caras. Alguno saluda al Maestro, pero no se detiene. No es la hora propicia.

Todavía no hay mendigos lanzando sus quejumbrosos gritos en los cruces y debajo de las amplias bóvedas que, cada poco, cubren las calles. La hora y el período del año contribuyen a la libertad -para Jesús-de caminar sin obstáculos.

Ya están en las murallas. Entran. Van al atrio de los Israelitas. Oran mientras un sonido de trompetas -diría que son de plata por timbre-anuncia algo que es, sin duda, importante, y se esparce por la colina; y, mientras un perfume de incienso se esparce suavemente, sobrepujando todos los otros olores menos agradables que puedan percibirse en la cima del Moria, o sea: el perpetuo -diría: natural-olor a carne de animales degollados y consumidos por el fuego; el olor a harina quemada; el olor a aceite ardiendo: olores éstos que se detienen siempre ahí arriba, más o menos fuertes, pero que siempre están presentes, por los continuos holocaustos.

Se marchan siguiendo otra dirección, y empiezan a ser notados por los primeros que vienen al Templo, por gente que pertenece al templo, por los cambistas y vendedores, que están montando sus mesas o recintos. Pero son demasiado pocos; y la sorpresa es tal, que no saben reaccionar. Entre sí intercambian palabras de estupor:

-¡Ha vuelto!
-¡No ha ido a Galilea, como decían!
-¿Pero dónde estaba escondido, si no se le ha encontrado en ninguna parte?

-Quiere realmente desafiarlos­
-¡Qué necio!

-¡Qué santo! -etcétera, según la disposición de cada uno.

Jesús está ya fuera del Templo y baja hacia la calle que lleva a Ofel. En esto, se encuentra al ciego de nacimiento, curado hace poco, el cual, cargado de cestas llenas de manzanas olorosas, camina alegre, bromeando con otros jóvenes igualmente cargados, que van en sentido opuesto al suyo.

Quizás al joven le pasaría inadvertido el encuentro, dado que desconoce el rostro de Jesús y el de los apóstoles.

Pero Jesús no desconoce la cara del que fue curado milagrosamente. Y lo llama. Sidonio, llamado Bartolmái, se vuelve y mira interrogativamente al hombre alto y majestuoso -a pesar de ir vestido humildemente-que lo llama por el nombre dirigiéndose hacia una callejuela.

-Ven aquí -ordena Jesús.
El joven se acerca sin dejar su carga. Mira a Jesús. Cree que desea comprar manzanas. Dice:

-Mi jefe las ha vendido ya. Pero tiene más todavía, si quieres. Son bonitas y buenas. Traídas ayer de los pomares de Sarón. Y, si compras muchas, tienes un importante descuento, porque…

Jesús sonríe mientras alza la derecha para poner freno a la locuacidad del joven. Y dice:

-No te he llamado para comprar las manzanas, sino para alegrarme contigo y bendecir contigo al Altísimo, que te ha concedido su favor.

-¡Oh, sí! Yo lo hago continuamente, por la luz que veo y por el trabajo que puedo realizar, ayudando a mi padre y a mi madre, por fin. He encontrado un buen jefe. No es hebreo, pero es bueno. Los hebreos no me querían por… porque saben que he sido expulsado de la sinagoga -dice el joven, y pone las cestas en el suelo.

-¿Te han expulsado? ¿Por qué? ¿Qué has hecho?
-Yo nada. Te lo aseguro. El Señor es el que lo ha hecho. En sábado, el Señor hizo que me encontrara con ese hombre que se dice que es el Mesías, y Él me curó, como ves. Por eso me han expulsado.

-Entonces el que te curó no te ha hecho en todo un buen servicio-prueba Jesús.

-¡No digas eso, hombre! ¡Esto que dices es una blasfemia! Ante todo, me ha mostrado que Dios me ama, luego me ha dado la vista… Tú no sabes lo que es "ver", porque has visto siempre. ¡Pero uno que no había visto nunca! ¡Oh!…

Es… Con la vista se tienen juntamente todas las cosas. Yo te digo que cuando vi, allá en Siloé, reí y lloré, pero de alegría ¿eh? Lloré como no había llorado en el tiempo de la desventura. Porque entendí entonces cuán grande era ella y cuán bueno era el Altísimo. Y, además, puedo ganarme la vida, y con trabajo decoroso. Y, además… -esto es lo que, más que todo, espero que me conceda el milagro recibido-, además, espero poder encontrar al hombre al que llaman Mesías y a su discípulo que me…

-¿Y qué harías entonces?
-Quisiera bendecirlo. A Él y a su discípulo. Y quisiera decirle al Maestro, que tiene que venir realmente de Dios, que me tome a su servicio.

-¿Cómo? Por causa suya estás anatematizado, con fatiga encuentras trabajo, puedes ser incluso más castigado, ¿y quieres servirle? ¿No sabes que están perseguidos todos aquellos que siguen al que te curó?

-¡Ya lo sé! Pero Él es el Hijo de Dios. Eso se dice entre nosotros. A pesar de que aquellos de arriba (y señala al Templo) no quieran que diga. Y ¿no merece la pena dejarlo todo para servirle a Él?

-¿Crees, entonces, en el Hijo de Dios y en su presencia en Palestina?

-Lo creo. Pero quisiera conocerlo, para creer en Él no sólo en la mente, sino con todo mi ser. Si sabes quién es y dónde se encuentra, -dímelo, para ir donde Él, verlo, creer completamente en él y servirle.

-Ya lo has visto, y no tienes necesidad de ir donde Él. El que ves y te habla en este momento es el Hijo de Dios.

Y -no podría afirmarlo con plena seguridad-me ha parecido que al decir estas palabras Jesús ha tenido casi una brevísima transfiguración, adquiriendo un aspecto bellísimo y, diría, esplendoroso. Yo diría que, para premiar y confirmar en su fe a este humilde creyente que cree en Él, ha descubierto, durante el tiempo que dura un destello, su belleza futura (quiero decir la que asumirá después la Resurrección y conservará en el Cielo, su belleza de criatura humana glorificada, de cuerpo glorificado y hecho uno con la inefable belleza de su Perfección).

Un instante, digo. Un destello. Pero el rincón semioscuro donde se han refugiado para hablar, bajo el arco de calleja, se ilumina extrañamente con una luminosidad que emana de Jesús, el cual, lo repito, adquiere una grandísima hermosura.

Luego todo vuelve a ser como antes, excepto el joven, que ahora está en el suelo, rostro en tierra, y que adora y dice:
-¡Yo creo, Señor, mi Dios!

-Levántate. He venido al mundo para traer la luz y el conocimiento de Dios y para probar a los hombres y juzgarlos.

Este tiempo mío es tiempo de opción, de elección y de selección. He venido para que los puros de corazón e intención, los humildes, los mansos, los amantes de la justicia, de la misericordia, de la paz, los que lloran y los que saben dar a las distintas riquezas su valor real y preferir las espirituales a las materiales encuentren aquello que su espíritu anhela; y para que los que eran ciegos ­porque los hombres habían alzado gruesos muros para impedir el paso de la luz, o sea, impedir el conocimiento de Dios-vean, y los que se creen con vista se queden ciegos…

-Entonces Tú odias a una parte grande de los hombres y no eres bueno como dices ser. Si lo fueras, buscarías que todos vieran, y que quien ya viera no se quedara ciego -interrumpen algunos fariseos, que han llegado al improviso por la calle principal y, cautamente, se han acercado con otros a espaldas del grupo apostólico.
Jesús se vuelve y los mira.

¡Ciertamente ya no está transfigurado en dulce belleza! Es un Jesús bien severo el que fija en sus perseguidores sus miradas de zafiro. Su voz ya no tiene la nota de oro de la alegría, sino que es broncínea, y, cual sonido de bronce, es incisiva y severa en la respuesta:

-No soy Yo el que quiere que no vean la verdad los que actualmente combaten contra ella. Son ellos mismos los que levantan delante de sus pupilas un muro de adoquines para no ver. Y se hacen ciegos por su libre voluntad. Y el Padre me ha enviado para que esta división tenga lugar, y sean verdaderamente conocidos los hijos de la Luz y los de las Tinieblas, los que quieren ver y la que quieren hacerse ciegos.

-¿Acaso estamos nosotros también entre estos ciegos?
-Si lo fuerais y trataseis de ver, no seríais culpables. Pero es porque decís: "Vemos", y luego no queréis ver, por lo que pecáis. Vuestro pecado permanece porque no tratáis de ver aun siendo ciegos.

-¿Y qué tenemos que ver?

-El Camino, la Verdad, la Vida. Un ciego de nacimiento, como era éste, con su bastoncito puede en todo caso encontrar la puerta de su casa e ir por ella, porque conoce su casa. Pero si lo llevaran a otros lugares, no podría entrar por la puerta de la nueva casa, porque no sabría dónde estaría y se chocaría contra las paredes.

El tiempo de la nueva Ley ha llegado. Todo se renueva y un mundo nuevo, un nuevo pueblo, un nuevo reino surgen. Ahora los del tiempo pasado no conocen todo esto. Conocen su tiempo. Son como ciegos llevados a una ciudad nueva, donde está la casa regia del Padre, pero cuya ubicación no conocen. Yo he venido para guiarlos e introducirlos en ella y para que vean. Pero soy Yo mismo la Puerta por la cual se pasa a la casa paterna, al Reino de Dios, a la Luz, al Camino, a la Verdad, a la Vida. Y soy también Aquel que ha venido a reunir el rebaño que había quedado sin guía, y a conducirlo a un único redil: el del Padre.

Yo soy la puerta del Redil, porque soy al mismo tiempo Puerta y Pastor. Y entro y salgo como y cuando quiero Y entro libremente, y por la puerta, porque soy el verdadero Pastor.

Cuando uno viene a dar a las ovejas de Dios otras indicaciones, o trata de descaminarlas llevándolas a otras moradas y a otros caminos, no es el buen Pastor; es un pastor ídolo. Y el que no entra por la puerta del redil, sino que trata de entrar por otra parte saltando el recinto, no es el pastor, sino un ladrón y un asesino que entra con intención de robar y matar, para que los corderos de que se han apoderado no emitan voces de lamento y no atraigan la atención de los guardianes y del pastor.

También entre las ovejas del rebaño de Israel tratan de introducirse falsos pastores para desviarlas de los pastos y alejarlas del Pastor verdadero. Y entran dispuestos incluso a arrancarlas del rebaño con violencia, y, si llega el caso, están dispuestos a matarlas y a dañarlas de muchas maneras, para que no hablen y no le manifiesten al Pastor las astucias de los falsos pastores, ni griten invocando la protección de Dios contra sus adversarios y los adversarios del Pastor.

Yo soy el Buen Pastor y mis ovejas me conocen, y me conocen los eternos porteros del verdadero Redil. Ellos me han conocido y han conocido mi Nombre, que han manifestado para que Israel lo conociera; me han descrito y han preparado mis caminos, y, cuando mi voz se ha oído, el último de ellos me ha abierto la puerta y ha dicho al rebaño que esperaba al verdadero Pastor, al rebaño que estaba agrupado en torno a su cayado:

"Aquí tenéis a Aquel de quien he dicho que viene después de mí. Uno que me precede porque existía antes de mí y yo no lo conocía.

Pero para esto, para que estéis preparados a recibirlo, he venido a bautizar con agua, para que fuera manifestado en Israel". Y las ovejas buenas han oído mi voz y, cuando las he llamado por el nombre, han venido solícitas y las he llevado conmigo, como hace un verdadero pastor al que conocen las ovejas, que lo reconocen por la voz y lo siguen a dondequiera que vaya. Y, cuando ha sacado a todas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen porque aman la voz del pastor.

Por el contrario, no siguen a un extranjero; antes bien, huyen lejos de él porque no lo conocen y le temen. Yo también camino delante de mis ovejas para señalarles el camino y hacer frente, Yo el primero, a los peligros y señalárselos al rebaño, al cual quiero guiar a mi Reino y ponerlo a salvo.

-¿Acaso Israel ya no es el reino de Dios?
-Israel es el lugar desde donde el pueblo de Dios debe elevarse hasta la verdadera Jerusalén y hasta el Reino de Dios.

-¿Y el Mesías prometido, entonces? Ese Mesías que afirmas que eres, ¿no debe, pues, hacer a Israel triunfante, glorioso, dueño del mundo, sometiendo a su cetro todos los pueblos, y vengándose, sí, vengándose ferozmente de todos los que lo han sometido desde que es pueblo? ¿Entonces nada de esto es verdad? ¿Niegas a los profetas? ¿Llamas necios a nuestros rabíes? Tú…

-El Reino del Mesías no es de este mundo. Es el Reino de Dios, fundado sobre el amor. No es otra cosa. Y el Mesías no es rey de pueblos y ejércitos, sino rey de espíritus.

Del pueblo elegido vendrá el Mesías, de la estirpe real, y, sobre todo, de Dios, que lo ha generado y enviado. Por el pueblo de Israel ha comenzado la fundación del Reino de Dios, la promulgación de la Ley de amor, el anuncio de la buena Nueva de que habla el profeta (Isaías 6l, l). Pero el Mesías será Rey del mundo, Rey de los reyes, y su Reino no tendrá límite en el tiempo ni confín en el espacio. Abrid los ojos y aceptad la verdad.

-No hemos entendido nada de tu desvarío. Dices palabras sin nexo. Habla y responde sin parábolas: ¿Eres o no eres el Mesías?

-¿Y no habéis entendido todavía? Os he dicho que soy Puerta y Pastor por esto. Hasta ahora ninguno ha podido entrar en el Reino de Dios, porque estaba murado y no tenía salidas. Pero ahora he venido Yo y está hecha la puerta para entrar en él.

-¡Oh! Otros han dicho que eran el Mesías, y luego han sido descubiertos como bandidos y rebeldes, y la justicia humana ha castigado su bellaquería. ¿Quién nos asegura que no eres como ellos? ¡Estamos cansados de sufrir y hacer sufrir al pueblo el rigor de Roma, por mérito de embusteros que se dicen reyes y hacen que el pueblo se levante en rebelión!

-No. No es exacta vuestra frase. Vosotros no queréis sufrir, eso es verdad. Pero que el pueblo sufra no os duele. Tanto es así, que al rigor de quien domina unís vuestro rigor, oprimiendo con décimos insoportables y otras muchas cosas al pueblo modesto. ¿Que quién os asegura que no soy un malandrín? Mis acciones. No soy Yo el que hace pesada la mano de Roma; al contrario, la aligero, aconsejando a los dominadores humanidad, a los dominados paciencia. Al menos estas cosas.

Mucha gente -ya mucha gente se ha congregado, y crece cada vez más, tanto que obstaculizan el paso por la calle grande y, por tanto, todos van a confluir en la callejuela, bajo cuyas bóvedas las voces retumban-aprueba diciendo:

-¡Bien dicho lo de los décimos! ¡Es verdad! A nosotros nos aconseja sumisión y a los romanos piedad».

Los fariseos, como siempre, se envenenan por las aprobaciones de la muchedumbre, y se muestran aún más mordaces en el tono con que se dirigen a Cristo. -Responde sin tantas palabras y demuestra que eres el Mesías.

-En verdad, en verdad os digo que lo soy. Yo, sólo Yo, soy la Puerta del redil de los Cielos. Quien no pasa por mí no puede entrar. Es verdad. Ha habido otros falsos Mesías, y más que habrá. Pero el único y verdadero Mesías soy Yo. Todos los que hasta ahora han venido presentándose como tales, no lo eran; eran sólo ladrones y salteadores.

Y no sólo aquellos que se hacían llamar, de parte de unos pocos de su misma forma de ser, Mesías, sino también otros que, sin darse ese nombre, exigen una adoración que ni siquiera al verdadero Mesías se le da. Quien tenga oídos para oír que oiga. De todas formas, observad: ni a los falsos Mesías ni a los falsos pastores y maestros las ovejas los han escuchado, porque su espíritu sentía la falsedad de su voz, que quería aparecer dulce y, sin embargo, era cruel.

Sólo los cabros los han seguido para ser sus compañeros en sus fechorías. Cabros salvajes, indómitos, que no quieren entrar en el Redil de Dios, bajo el cetro del verdadero Rey y Pastor. Porque esto, ahora, se da en Israel: que Aquel que es el Rey de los reyes viene a ser el Pastor del rebaño, mientras que, en el pasado, aquel que era pastor de rebaños vino a ser rey, y el Uno y el otro vienen de la misma raíz, de la raíz Iesaí, como está escrito en las promesas y profecías.

Los falsos pastores no han pronunciado palabras sinceras ni sus acciones han sido consoladoras. Han dispersado y torturado al rebaño, o lo han abandonado a los lobos, o lo han matado para sacar provecho vendiéndolo y así asegurarse la vida, o le han quitado los pastos para hacer de ellos moradas de placer y bosquecillos para los ídolos.

¿Sabéis cuáles son los lobos? Son las malas pasiones, los vicios que los mismos falsos pastores han enseñado al rebaño, practicándolos ellos los primeros. ¿Y sabéis cuáles son los bosquecillos de los ídolos? Son los propios egoísmos, ante los cuales demasiados queman inciensos. Las otras dos cosas no necesitan ser explicadas, porque son hasta demasiado claras estas palabras mías. Pero que los falsos pastores actúen así es lógico.

No son sino ladrones que vienen para robar, matar y destruir, para llevar fuera del redil a pastos traicioneros, o conducir a falsos apriscos, que en realidad son mataderos. Pero los que pasan por mí están en seguro y podrán salir para ir a mis pastos, o volver para venir a mis descansos, y hacerse robustos y pingües de sustancias santas y sanas. Porque he venido para esto.

Para que mi pueblo, mis ovejas, hasta ahora flacas y afligidas, tengan la vida, y vida abundante, y de paz y alegría. Y tanto quiero esto, que he venido a dar mi vida porque mis ovejas tengan la Vida plena y abundante de los hijos de Dios.

Yo soy el Pastor bueno. Y un pastor, cuando es bueno, da la vida por defender a su rebaño de los lobos y de los salteadores; por el contrario, el mercenario, que no ama a las ovejas sino al dinero que gana por llevarlas a pastar, se preocupa sólo de salvarse a sí mismo y -salvar la pequeña suma que lleva en el pecho, y, cuando ve venir al lobo o al salteador, huye, aunque luego vuelva para tomar alguna oveja que el lobo haya dejado medio muerta, o que haya sido desperdigada por el salteador, y matar a la primera para comérsela, o vender la segunda como suya, aumentando así su suma, para decir luego al amo, con falsas lágrimas, que ni siquiera una de las ovejas se ha salvado.

¿Qué le importa al mercenario si el lobo adentella y desperdiga a las ovejas, y el salteador hace saqueo de ovejas para llevarlas al carnicero? ¿Acaso veló por ellas mientras crecían, acaso trabajó esforzadamente para ponerlas robustas? Pero el que es amo y sabe cuánto cuesta una oveja, cuántas horas de trabajo, cuántos desvelos, cuántos sacrificios, las quiere y les presta cuidado, a ellas que son su bien. Pero Yo soy más que un amo.

Yo soy el Salvador de mi rebaño y sé cuánto me cuesta la salvación de una sola alma; por tanto, estoy dispuesto a todo con tal de salvar a un alma. Esa alma me ha sido confiada por el Padre mío. Todas las almas me han sido confiadas, con el mandato de que salve un grandísimo número de ellas. Cuantas más logre arrancar a la muerte del espíritu, más gloria recibirá mi Padre. Por tanto, lucho para liberarlas de todos sus enemigos, o sea, de su yo, del mundo, de la carne, del demonio, y de mis adversarios, que me las disputan para producirme dolor.

Yo hago esto porque conozco el pensamiento del Padre mío. Y el, Padre mío me ha enviado a hacer esto porque conoce mi amor por Él y por las almas. También las ovejas de mi rebaño me conocen a mí y conocen mi amor, y sienten que estoy dispuesto a dar mi vida para darles la alegría.

Tengo otras ovejas. Pero no son de este Redil. Por tanto, no me conocen en lo que Yo soy, y muchas ignoran mi existencia e ignoran quién soy Yo. Ovejas que a muchos de nosotros parecen peor que cabras salvajes y son consideradas indignas de conocer la Verdad y de poseer la Vida y el Reino. Y, sin embargo, no es así.

El Padre desea también éstas; por tanto, tengo que acercarme también a éstas, darme a conocer, hacer conocer la buena Nueva, guiarlas a mis pastos, reunirlas. Y éstas también escucharán mi voz porque acabarán amándola. De manera que habrá un solo Redil y un solo Pastor, y el Reino de Dios quedará reunido en la Tierra, ya preparado para ser transportado y acogido en los Cielos, bajo mi cetro, mi signo y mi verdadero Nombre.

¡Mi verdadero Nombre! ¡Sólo Yo lo conozco! Mas cuando el número de los elegidos esté completo y, entre himnos de alborozo, se sienten a la gran cena de bodas del Esposo con la Esposa, entonces mi Nombre será conocido por mis elegidos que por fidelidad a él se hayan santificado, aunque haya sido sin conocer toda la extensión ni profundidad de lo que era estar signado por mi Nombre y ser premiados por su amor a él, ni cuál era el premio… Esto es lo que quiero dar a mis ovejas fieles. Lo que constituye mi propia alegría…

Jesús recorre, con una mirada brillante de llanto extático, lo rostros dirigidos hacia él, y una sonrisa le tiembla en los labios, un sonrisa tan espiritualizada en su rostro espiritualizado, que se siente estremecer la muchedumbre, que intuye el rapto de Cristo a una visión beatífica, y su deseo de amor de verla cumplida. Vuelve a su estado normal. Cierra un instante los ojos, celando así el misterio que ve su mente y que los ojos podrían dejar transparentar demasiado y prosigue:

-Por esto me ama el Padre, ¡oh pueblo mío, o rebaño mío! Porque por ti, por tu bien eterno, doy la vida. Luego la tomaré de nuevo. Pero primero la daré para que tengas la vida y a tu Salvador como vida de ti mismo. Y la daré de forma que tú te nutras de ella, transformándome de Pastor en pasto y fuente que darán alimento y bebida, no durante cuarenta años como para los hebreos del desierto, sino durante todo el tiempo de exilio por los desiertos de la Tierra. Nadie, en realidad, me quita la vida.

Ni los que amándome con todo su ser merecen que la inmole por ellos, ni los que me la quitan por un odio desorbitado y un miedo estúpido. Nadie podría quitármela si por mí mismo no consintiera en darla y si el Padre no lo permitiera, invadidos los dos por un delirio de amor hacia la Humanidad culpable.

Por mí mismo la doy. Y tengo el poder de tomarla de nuevo cuando quiera, pues no es conveniente que la Muerte prevalezca contra la Vida. Por esto el Padre me ha dado este poder; es más, el Padre me ha mandado hacer esto. Y por mi vida, ofrecida e inmolada, los pueblos serán un único Pueblo: el mío, el Pueblo celeste de los hijos de Dios, separándose en los pueblos las ovejas de los cabros y siguiendo las ovejas a su Pastor al Reino de la Vida eterna.

Y Jesús, que hasta ahora ha hablado fuerte, se vuelve, en voz baja, a Sidonio, llamado Bartolmái, que ha estado durante todo este tiempo delante de Él con su canasta de manzanas olorosas a los pies, y le dice:

-Has olvidado todo por mí. Ahora, ciertamente, te castigarán y perderás el trabajo. ¿Lo ves? Yo te traigo siempre dolor. Por mí has perdido la sinagoga y ahora vas a perder al patrón…

-¿Y qué me importa todo eso si te tengo a ti? Sólo Tú tienes valor para mí. Dejo todo por seguirte. Basta que me lo concedas. Deja sólo que lleve esta fruta a quien la ha
comprado y luego estoy contigo.

-Vamos juntos. Después iremos a casa de tu padre. Porque tienes un padre y debes honrarlo pidiéndole su bendición.
-Sí, Señor. Todo lo que quieras. Pero enséñame mucho porque no sé nada, nada de nada, ni siquiera leer y escribir, porque era ciego.

-No te preocupes de eso. La buena voluntad te enseñará.

Y se encamina para volver a la calle principal, mientras la masa de gente hace comentarios, confronta pareceres, discute incluso, insegura entre las distintas opiniones, que son siempre las mismas: ¿es Jesús de Nazaret un poseído o un santo? La gente, en desacuerdo, discute mientras Jesús se aleja.

517- Hacia Nob. Judas Iscariote, tras un momento polémico, reconoce su error

El viento húmedo y frío peina los árboles del otero y empuja en el cielo cúmulos de nubes cenicientas.

Arrebujados en sus gruesos mantos, Jesús y los doce y Esteban bajan de Gabaón al camino que conduce hacia la llanura. Hablan entre sí mientras Jesús, absorto en uno de sus silencios, está lejos de lo que le rodea. Y ahí está, hasta que, llegados a un cruce a media ladera -es más, casi al pie del otero-, dice:

-Tomamos esta dirección y vamos a Nob.
-¿Cómo? ¿No vuelves a Jerusalén? -pregunta Judas Iscariote.
-Nob y Jerusalén es casi una sola cosa para quien está habituado a caminar mucho. Pero prefiero estar en Nob. ¿Lo lamentas?

-¡Oh! ¡Maestro! Por mí, acá o allá… Más bien lo que lamento es que en un lugar tan propicio para ti hayas figurado tan poco. Hablaste más en Bet-Jorón, que ciertamente no se mostraba amiga tuya. Deberías hacer lo contrario.

¡Vamos, eso me parece! Tratar de atraer cada vez más a ti las ciudades que sientes propicias, hacer de ellas… contraarmas para las ciudades dominadas por enemigos tuyos. ¿Sabes qué valor, tener de tu parte las ciudades cercanas a Jerusalén? Al fin y al cabo, Jerusalén no es todo. También pueden contar los otros lugares y hacer pesar su voluntad sobre el sentir de Jerusalén. Los reyes generalmente son proclamados en ciudades fidelísimas; consumada la proclamación, las otras se resignan…

-Cuando no se rebelan, y entonces hay luchas fraticidas. No creo que el Mesías quiera empezar su reinado con una guerra interna-dice Felipe.

-Yo quisiera una sola cosa: que hubiera comenzado en vosotros con visión precisa.Pero vosotros no veis todavía con precisión… ¿Cuándo vais a comprender?

Sintiendo que quizás es una reprensión lo que está para venir Judas Iscariote pregunta otra vez:

-¿Y por qué aquí, en Gabaón, has hablado tan poco?
-He preferido escuchar y descansar. ¿No comprendéis que Yo también necesito descanso?

-Hubiéramos podido quedarnos y darles esta satisfacción. Si estás tan cansado, ¿por qué te has puesto de nuevo en camino? -pregunta afligido Bartolomé.

-No son mis miembros los que están cansados. No necesito quedarme para darles reposo. Es mi corazón el que está cansado y necesita descanso. Y Yo descanso donde encuentro amor. ¿Creéis, acaso, que sea insensible a tanto odio?, ¿que los rechazos no me causen dolor?, ¿que las conjuras contra mí me dejen insensible?, ¿que las traiciones de quien se finge amigo, y es un espía de mis enemigos, puesto a mi lado para…?

-¡Jamás suceda eso, Señor! Y no debes siquiera sospecharlo. ¡Hablando así, nos ofendes! -protesta Judas Iscariote, con una apasionada irritación, que es superior a la de todos los demás; en efecto, todos protestan diciendo:

-Maestro, nos afliges con estas palabras. ¡Dudas de nosotros!

Y Santiago de Zebedeo, impulsivo, exclama:

-Me despido de ti, Maestro, y vuelvo a Cafarnaúm. Con el corazón roto. Pero me marcho. Y si no es suficiente Cafarnaúm, me iré con los pescadores de Tiro y Sidón, iré a Cintium, iré no sé a dónde. Pero lejos, que sea imposible que puedas pensar que te traiciono. ¡Dame tu bendición como viático!

Jesús lo abraza, diciendo:«-Paz, apóstol mío. Son muchos los que se dicen amigos míos, no sois sólo vosotros. Te afligen, os afligen mis palabras. ¿Pero en qué corazones deberé derramar la congoja y buscar consuelo, sino en los de mis amados apóstoles y discípulos de confianza? Busco en vosotros una parte de la unión que he dejado para unir a los hombres: la unión con el Padre mío en el Cielo; y una gota del amor que he dejado por amor a los hombres: el amor de mi Madre. Las busco como apoyo mío. ¡Oh, la ola amarga rebasa mi corazón, el peso inhumano oprime al Hijo del hombre!… La Pasión mía, la Hora mía, se hace cada vez más plena… ¡Ayudadme a soportarla y a cumplirla… porque es muy dolorosa!

Los apóstoles se miran conmovidos por el dolor profundo que vibra en las palabras del Maestro, y no saben hacer otra cosa sino pegarse a Él, acariciarlo, besarlo… y son simultáneos los besos de Judas a la derecha y de Juan a la izquierda, en el rostro de Jesús, que baja los párpados celando los ojos mientras Judas Iscariote y Juan lo besan…

Reanudan la marcha, y Jesús puede terminar su pensamiento interrumpido:

-En medio de tanta congoja mi corazón busca lugares donde halla amor y descanso; donde, en vez de hablar a secas piedras o a engañosas serpientes o a distraídas mariposas, puede escuchar las palabras de otros corazones y consolarse porque las siente sinceras, amorosas, justas.

Gabaón es uno de estos lugares. No había ido nunca. Pero he encontrado allí un campo arado y sembrado por magníficos obreros de Dios. ¡Ese arquisinagogo! Ha venido hacia la Luz, pero era ya espíritu luminoso. ¡Lo que puede hacer un buen siervo de Dios! Gabaón, ciertamente, no está exenta de los manejos de los que me odian.

Allí también intentarán acusaciones malignas y corrupciones. Pero tiene un arquisinagogo que es un justo, y los venenos del mal pierden su sustancia tóxica en esa ciudad. ¿Creéis, acaso, que me resulte agradable el tener siempre que corregir, censurar, e incluso reprender? Mucho más dulce me resulta poder decir: “Tú has comprendido la Sabiduría. Sigue por tu camino y sé santo” como he dicho al arquisinagogo de Gabaón.

-¿Vamos a volver, entonces?

-Cuando el Padre hace que encuentre un lugar de paz, lo saboreo y bendigo al Padre mío. Pero no he venido para esto. He venido a convertir para el Señor los lugares culpables y lejanos de Él. Vosotros mismos veis que podría estar en Betania y no estoy allí.

-También por no perjudicar a Lázaro.

-No, Judas de Simón. Hasta las piedras saben que Lázaro es amigo mío. Por tanto, por este motivo, sería vano que Yo pusiera frenos a mi deseo de confortación. Es por…

-Por las hermanas de Lázaro, por María en particular.

-Tampoco, Judas de Simón. Hasta las piedras saben que la lujuria de la carne no me turba. Observa que, entre las muchas acusaciones que me han sido lanzadas, la primera en caer ha sido ésta porque hasta mis más sañudos adversarios han comprendido que sostenerla era desenmascarar su habitual inclinación a la mentira

Ninguna persona honesta habría creído que Yo era un sensual. La sensualidad puede tener atractivo sólo para los que no se nutren de lo sobrenatural y aborrecen el sacrificio. Pero, para el que se ha consagrado al sacrificio, para el que es víctima, ¿qué atractivo crees que puede tener el placer de una hora?

El gozo de las almas víctimas está enteramente en el espíritu, y, si visten una carne, ésta no es más que un vestido. ¿Tú crees que los vestidos que llevamos tienen sentimientos? Lo mismo es la carne para los que viven de espíritu: un vestido, nada más.

El hombre espiritual es el verdadero superhombre, porque no es esclavo de los apetitos, mientras que el hombre material es un no-valor, según la dignidad verdadera del hombre porque tiene en común con el animal demasiados apetitos, y es incluso inferior a él, superándolo, haciendo del instinto vinculado al animal un vicio degradante.

Judas, perplejo, se muerde los labios; luego dice:
-Sí. Y además no podrías perjudicar a Lázaro; dentro de poco la muerte lo pondrá al margen de todo peligro de venganzas… ¿Y entonces por qué vas a Betania más a menudo?

-Porque no he venido para gozar, sino para convertir. Ya te lo he dicho.

-Pero… ¿Te es motivo de gozo el tener contigo a tus hermanos?

-Sí. Pero también es verdad que no tengo parcialidad hacia ellos. Cuando tenemos que dividirnos para buscar sitio en las casas, no se quedan conmigo generalmente, sino que sois vosotros los que os quedáis. Y esto es para demostraros que, para los ojos y la mente de quien se ha consagrado a la redención, la carne y la sangre no tienen valor, sino que solamente tiene valor la formación de los corazones y su redención. Ahora vamos a ir a Nob y de nuevo nos distribuiremos para dormir. Y, una vez más, Yo te tendré conmigo, y tendré también a Mateo, a Felipe y a Bartolomé.

-¿Es, acaso, que somos los menos formados? ¿Yo, especialmente, quien siempre retienes a tu lado?
-Tú lo has dicho, Judas de Simón.

-Gracias, Maestro. Ya me había dado cuenta -dice con ira mal reprimida Judas Iscariote.

-Y, si te has dado cuenta, ¿por qué no te esfuerzas en formarte? ¿Crees, acaso, que por no causarte una mortificación Yo pudiera mentir? Y, además, estamos entre hermanos, y no deben ser objeto de menosprecio las deficiencias de otro, o de abatimiento el ser amonestado delante de los demás, que ya saben, unos de otros, en qué falta cada uno de los hermanos. Ninguno es perfecto, Yo os lo digo. Pero incluso las imperfecciones de unos y otros, tan penosas de verse y de soportarse, deben ser motivo para mejorarse uno a sí mismo y no aumentar así la recíproca desazón.

Créeme, Judas, que, aunque te vea como realmente eres, ninguno, ni siquiera tu madre, te quiere como Yo te quiero, ni se esfuerza ninguno como tu Jesús en hacerte bueno.

-Ya, pero me reprendes y humillas, y en la presencia de un discípulo.

-¿Es la primera vez que te llamo la atención en orden a la justicia?
-Judas calla.

-¡Responde, te digo! -dice Jesús imperiosamente.
-No.

-¿Y cuántas veces lo he hecho públicamente? ¿Puedes decir que te he puesto en evidencia? ¿O debes decir que te he cubierto y defendido? ¡Habla!
-Me has defendido, es verdad. Pero ahora…

-Pero ahora es por tu bien. El que acaricia a un hijo culpable deberá vendar después las llagas, dice el proverbio. Y dice otro proverbio que el caballo no domado se hace intratable; y el hijo abandonado a sí mismo, un tarambana.

-¿Pero es que soy para ti un hijo? -pregunta Judas, mientras su cara alisa el ceño fruncido.

-Si te hubiera generado no podrías serlo más. Y me dejaría arrancar las entrañas para darte mi corazón y hacerte como
quisiera…

Judas tiene uno de sus recobros… y, sincero, verdaderamente sincero, se arroja a los brazos de Jesús y grita:

-¡No te merezco! ¡Soy demonio y no te merezco! ¡Eres demasiado bueno! ¡Sálvame, Jesús y llora, realmente llora con un llanto entrecortado por el jadeo, llanto de corazón turbado por cosas no buenas y por un contraste de éstas con el remordimiento de haber causado dolor a quien lo ama.

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