516- En Gabaón, milagro del mudito y elogio de la sabiduría como amor a Dios

En primavera, verano y otoño, Gabaón, construida en el copete de un suave y bajo otero aislado en medio de una llanura fertilísima debe ser una ciudad graciosa, ventilada y de bellísimo panorama.

Sus casas blancas se esconden casi entre el verde de los árboles -de todas clases-de hoja perenne, que están mezclados con árboles desnudos ahora por la estación del año, pero que en la estación buena deben transformar el otero en una nube de pétalos ligeros y, más tarde, en exuberancia de frutas.

Ahora, con el tono gris del invierno muestra las laderas listeadas de desnudas vides y grises por los olivos, y con manchas de árboles frutales, desnudos, de oscuros troncos; a pesar de lo cual, es bonita y aparece ventilada, y la mirada descansa en la ladera del monte y en la arada llanura.

Jesús se dirige hacia una cisterna grande o pozo, que me recuerda un poco el de la samaritana, o también En Rogel y, más todavía los depósitos cercanos a Hebrón. Hay allí mucha gente: quiénes se apresuran a tomar mucha agua para el sábado, que ya está cerca, quiénes concluyen los últimos tratos, quiénes, habiendo terminado ya sus ocupaciones, se entregan al descanso del sábado (entre éstos, los ocho apóstoles, que anuncian al Maestro y ya han tenido éxito. porque veo que traen a enfermos y se congregan mendigos y otras personas vienen de sus casas).

Cuando Jesús llega a donde está el pilón, se forma un murmullo que se transforma en un grito unánime:
-¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Está entre nosotros el Hijo de David! ¡Bendita la Sabiduría, que viene al lugar donde fue invocada!

-Benditos vosotros, que la sabéis acoger. ¡Paz! Paz y bendición.

Y enseguida se dirige hacia los enfermos y los tullidos (por desgracias o enfermedades), hacia los indefectibles ciegos o que están en camino de serlo, y los cura. Hermoso es el milagro de un mudito. La madre se lo presenta llorando. Jesús lo cura con un beso en la boca. Y él usa las palabras que la Palabra le da para gritar los dos nombres más bonitos:

«¡Jesús! ¡Mamá!». Y de los brazos de su madre, que lo tenía alzado por encima de la gente, se arroja a los brazos de Jesús, se abraza a su cuello, hasta que Jesús lo devuelve a la madre feliz. Ella explica a Jesús cómo este hijo suyo primogénito, destinado desde antes que naciera, en el corazón de los padres, para ser levita, podrá serlo ahora que no tiene defectos:

-No le había pedido al Señor, junto con mi esposo Joaquín, para mí, sino para que sirviera al Señor. Y no he pedido para él la palabra para que me llamase madre y me dijera que me quiere. Sus ojos y sus besos ya me lo decían. La pedía para que pudiera, como cordero sin defecto, ser consagrado enteramente al Señor y alabar su Nombre.

A lo cual Jesús responde:

-El Señor oía la palabra de su alma, -que Él, como una madre, hace de los sentimientos palabras y actos. Pero bueno ha sido tu deseo y el Altísimo lo ha acogido. Ahora esfuérzate en educar a tu hijo para la alabanza perfecta, para que sirva siempre con perfección al Señor.
-Sí, Rabí. Pero dime Tú qué es lo que debo hacer.

-Haz que ame al Señor Dios con todo su ser, y espontáneamente florecerá en su corazón la alabanza perfecta, y perfecto será en su servicio a su Dios.

-Bien has hablado, Rabí. La Sabiduría está en tus labios. Te ruego que nos hables a todos -dice un gabaonita de aspecto señorial que se ha abierto paso hasta Jesús y lo ha invitado a la sinagoga. Sin duda es el arquisinagogo.

Jesús se dirige hacia ella, seguido de todos, y dado que es imposible hacer que entren todos los de la ciudad, más los que ya estaban con Él, acepta el consejo del jefe de la sinagoga de hablar desde la terraza de su casa, contigua a la sinagoga. Una casa ancha y baja, fajada por dos lados por el verde tenaz de una espaldera de jazmines.

Y la voz de Jesús, potente y armoniosa, se expande en el aire apacible de la tarde que declina, y se propaga por la plaza y por las tres calles que en ella desembocan, mientras un pequeño mar de cabezas está con la cara alzada escuchando.

-La mujer de vuestra ciudad que ha deseado la palabra para su hijo, no por un deseo de oír de los labios de su hijo dulces palabras, sino para que fuera hábil para servir a Dios, me recuerda otras palabras, ya lejanas, brotadas de los labios de un gran hombre en esta misma ciudad. A éstas, como a las de la mujer de esta ciudad, Dios ha asentido, porque en ambos ha visto una petición de justicia, una justicia que debería estar en todas las oraciones para que encontraran acogida de parte de Dios y gracia.

¿Qué es necesario durante la vida para obtener luego el premio eterno, la verdadera Vida sin fin en una bienaventuranza sin fin? Es necesario amar al Señor con todo el propio ser, y al prójimo como a uno mismo. Y ésta es la cosa más necesaria para tener a Dios por amigo y obtener de Él gracias y bendiciones. Cuando Salomón, (2 Crónicas l, .3-l2; l Reyes 3, 4-l5), hecho rey después de la muerte de David, asumió de hecho el reino, subió a esta ciudad y ofreció un gran sacrificio de víctimas. Y en esa noche se le apareció el Altísimo y le dijo:

"Pídeme lo que desees de mí". Gran benignidad por parte de Dios. Gran prueba por parte del hombre. Porque a todo don le corresponde una gran responsabilidad por parte de quien lo recibe, responsabilidad que es tanto mayor cuanto mayor es el don. Y ésta es una prueba del grado de formación alcanzado por el espíritu.

Si un espíritu favorecido por Dios, en lugar de perfeccionarse, desciende hacia la materialidad, ha fallado la prueba y muestra con esto su no formación, o su parcial formación.

Hay dos cosas que son índice del valor espiritual del hombre: su modo de comportarse en la alegría y el modo de comportarse en el dolor. Sólo el que está formado en la justicia sabe ser humilde en la gloria, fiel en la alegría, agradecido-, constante aun después de haber obtenido algo, aun cuando no desee ya nada más. Y sólo el que es realmente santo sabe ser paciente y seguir siendo amante de su Dios cuando las penas se ensañan con él.

-¿Maestro, puedo preguntarte una cosa? -dice uno de Gabaón.
-Habla.

-Todo lo que dices es verdad. Y, si he comprendido bien, quieres decir que Salomón superó la prueba felizmente. Pero luego pecó. Ahora dime: ¿por qué Dios lo favoreció tanto si luego iba a pecar? (l Reyes ll, l-l3) Sin duda, el Señor conocía el futuro pecado del rey. ¿Y entonces por qué le dijo: "Pídeme lo que quieras"? ¡Fue un bien o un mal?

-Siempre un bien, porque Dios no cumple acciones malas.

-Pero has dicho que a todo don corresponde una responsabilidad. Ahora bien, habiendo Salomón pedido y obtenido la sabiduría…

-Tenía la responsabilidad de ser sabio y no lo fue, quieres decir. Es verdad. Y te digo que ciertamente esta falta suya respecto a la sabiduría fue castigada, y con justicia. Pero el acto de Dios de concederle la sabiduría que había pedido fue bueno. Y bueno fue el acto de Salomón de pedir la sabiduría y no otras cosas materiales.

Y, puesto que Dios es Padre y es Justicia, en el momento del error buena parte de error lo perdonó, teniendo presente que el pecador en el pasado había amado la Sabiduría más que a ninguna otra cosa o criatura Un acto habrá disminuido el otro acto. Una buena acción hecha antes del pecado permanece, y vale para el perdón, pero cuando el pecador después del pecado se arrepiente.

Por esto os digo que no dejéis pasar la ocasión de llevar a cabo buenas acciones, para que sean como monedas para pagar vuestros pecados (cuando, por gracia de Dios, de ellos os arrepentís).

Las acciones buenas -aunque parezcan pasadas, y por tanto se pueda pensar equivocadamente que ya no fermentan en nosotros y crean nuevos estímulos y fuerzas para cosas buenas-están siempre activas, aunque sea con el recuerdo que resurge desde el fondo de un alma humillada y suscita una añoranza del tiempo en que la persona era buena.

Y la añoranza es, a menudo, un primer paso por el camino del regreso a la Justicia. Yo he dicho que incluso un vaso de agua dado con amor a un sediento no queda sin premio.

Un sorbo de agua no es nada en cuanto al valor material, pero la caridad lo hace grande. Y no queda sin premio. A veces el premio puede ser volver al Bien que se forma con el recuerdo de esa acción, de las palabras del hermano sediento, de los sentimientos del corazón de aquella ocasión, de ese corazón que daba de beber en nombre de Dios y por amor.

Y entonces Dios, por sucesión de recuerdos, vuelve, como un sol que renace después de la noche oscura, para resplandecer en el horizonte de un pobre corazón que lo perdió y que, hechizado por su inefable Presencia, se humilla y grita:

"¡Padre, he pecado! Perdona. Te amo de nuevo". El amor a Dios es sabiduría. Es la sabiduría de las sabidurías, porque el que ama conoce todo y posee todo. Aquí, mientras cae la tarde y el viento vespertino hace tiritar a los cuerpos arropados y agita las antorchas que habéis encendido, no os repito lo que ya sabéis: los puntos del libro sapiencial donde está escrito cómo Salomón obtuvo la sabiduría, y la oración (Sabiduría 9) que hizo para obtenerla.

Pero, para memoria mía, para ir por sendero seguro, para tener luz de guía, os exhorto a meditar con vuestro arquisinagogo esas páginas. El Libro de la Sabiduría debería ser un código de vida espiritual. Como una mano materna debería guiaros -e introduciros en él-al perfecto conocimiento de las virtudes y de mi doctrina. Porque la Sabiduría me prepara los caminos y hace de los hombres “de corta vida e incapaces de entender los juicios y las leyes, siervos e hijos de siervas de Dios” los dioses del Paraíso de Dios.

Buscad, sobre todo, Sabiduría para honrar al Señor y oír que Él, el día eterno, os dice: "Porque has estimado sobre todo esto y no riqueza, bienes, gloria, larga vida, ni triunfo sobre los enemigos, te sea concedida la Sabiduría", o sea, Dios mismo, porque el Espíritu de Sabiduría es Espíritu de Dios.

Buscad, sobre todo, la Sabiduría santa, y Yo os digo que todas las demás cosas os serán dadas, y en un modo en que ninguno de los grandes del mundo puede procurárselas. Amad a Dios. Preocupaos sólo de amarlo. Amad al prójimo vuestro para honrar a Dios.

Consagraos al servicio de Dios, a su triunfo en los corazones. Convertid a quien no es amigo de Dios, convertidlo al Señor. Sed santos. Acumulad las obras santas para defensa vuestra contra las posibles debilidades del ser creado. Sed fieles al Señor.

No critiquéis ni a los vivos ni a los muertos. Pero esforzaos en imitar a los buenos, y, no para alegría vuestra terrena, sino para alegría de Dios, pedid al Señor gracias y os serán dadas.

Vamos. Mañana oraremos juntos y Dios estará con nosotros.
Y Jesús los bendice y los despide.

515- Las razones del dolor salvífico de Jesús. Elogio de la obediencia y lección sobre la humildad

Pero poco puede estar Jesús con sus pensamientos. Juan y su primo Santiago, luego Pedro y Simón, lo alcanzan y atraen su atención hacia el panorama que desde lo alto del collado se ve. Y, quizás con intención de distraerlo, porque está visiblemente muy triste, evocan hechos acontecidos en esas zonas que se muestran a sus ojos.

El viaje hacia Ascalón… la casa de los campesinos de la llanura de Sarón, donde Jesús devolvió la vista al anciano padre de Gamala y Jacob… el retiro de Jesús y Santiago en el Carmelo… Cesárea Marítima y la jovencita Áurea Gala… el encuentro con Síntica… los gentiles de Joppe… los ladrones de cerca de Modín… el milagro de las mieses en casa de José de Arimatea… la ancianita espigadora… Sí, son cosas, todas ellas, que tienen la intención de alegrar… pero que contienen, para todos o para Él sólo, un hilo de llanto y un recuerdo dolor. Se dan cuenta de ello los propios apóstoles, y susurran:

-Verdaderamente en todas las cosas de la Tierra uno encuentra un dolor. Es lugar de expiación…

Pero, justamente, Andrés, que se ha unido al grupo junto con Santiago de Zebedeo, observa:

-Es ley justa para nosotros, pecadores, pero para Él ¿por qué tanto dolor?

Surge una benévola discusión, y continúa también cuando, atraídos por las palabras de los primeros, que hablan en tono alto, se unen al grupo todos los otros. Menos Judas Iscariote, que está muy enfrascado con algunas personas modestas -a las cuales está enseñando-, imitando al Maestro en la voz, en el gesto, en el concepto.

Pero es una imitación teatral, pomposa, a la cual le falta el calor del convencimiento. Y los que lo escuchan se lo dicen, incluso sin rodeos, lo cual pone nervioso a Judas, que les echa en cara el ser obtusos y el que no comprenden nada por eso. Y Judas declara que los deja porque «no conviene arrojar las perlas de la sabiduría a los cerdos».

Pero se detiene, porque esta gente modesta, mortificada, le ruega que sea indulgente, confesándose «inferiores a él como un animal es inferior a un hombre»…

Jesús está distraído de lo que dicen en torno a Él los once, para escuchar lo que dice Judas; y, ciertamente, no le alegra lo que oye… pero suspira y calla. Hasta que Bartolomé le hace participar directamente. Somete a su consideración los distintos puntos de vista acerca de la razón de por qué Él, inocente sin pecado, debe sufrir. Bartolomé dice:

-Yo sostengo que esto sucede porque el hombre odia al bueno. Hablo del hombre culpable, o sea, de la mayoría.

Esta mayoría comprende que, comparada con quien está libre de pecado, resaltan aún más su culpabilidad y sus vicios, y por rabia se venga haciendo sufrir al bueno.

-Yo, sin embargo, sostengo que sufres por el contraste entre perfección y nuestra miseria. Aunque ninguno te despreciara en ningún modo, igualmente sufrirías, porque tu perfección debe ser una dolorosa repulsa de los pecados de los hombres -dice Judas Tadeo.

-Yo, por el contrario, sostengo que Tú, no careciendo de humildad, sufres por el esfuerzo de deber dominar con tu parte sobrenatural los impulsos de tu humanidad contra tus enemigos -dice Mateo.

-Yo, que sin duda me equivoco porque soy un ignorante, digo que sufres porque tu amor es rechazado. No sufres por no poder castigar como tu lado humano puede desear, sino que sufres por no poder beneficiar como querrías -dice Andrés.

-Y yo sostengo que sufres porque debes padecer todo el dolor para redimir todo el dolor. No predominando en ti una u otra naturaleza, sino estando igualmente estas dos naturalezas tuyas en ti, fundidas, con un perfecto equilibrio, para formar la Víctima perfecta ( tan sobrenatural, que puede ser válida para aplacar la ofensa hecha a la Divinidad; tan humana, que puede representar a la Humanidad y conducirla nuevamente a la pureza inmaculada del primer Adán, para anular el pasado y generar una nueva humanidad; recrear una humanidad nueva, conforme al pensamiento de Dios, o sea, una humanidad en que esté realmente la imagen y la semejanza de Dios y el destino del Hombre: la posesión, el poder aspirar a la posesión de Dios, en su Reino), debes sufrir sobrenaturalmente, y sufres, por todo lo que ves hacer y por lo que te rodea -podría decir-con perpetua ofensa a Dios, y debes sufrir humanamente, y sufres, para cercenar las tendencias de nuestra carne envenenada por Satanás. Con el sufrimiento completo de tus dos perfectas naturalezas, anularás completamente la ofensa a Dios, la culpa del hombre ­dice el Zelote.

Los demás guardan silencio. Jesús pregunta:
-¿Y vosotros no decís nada? ¿Cuál es, según vosotros, la definición más apropiada?

Unos dicen una, otros otra. Sólo callan Santiago de Alfeo y Juan.
-¿Y vosotros dos? ¿No aprobáis ninguna de ellas? -dice

Jesús para moverlos a hablar.
-No. Sentimos en todas algo de verdad, o mucho de verdad.

Pero sentimos también que falta la verdad más verdadera.
-¿Y no sabéis encontrarla?

-Quizás yo y Juan la hemos encontrado. Pero nos parece casi una blasfemia el decirla, porque… Somos unos buenos israelitas y tememos tanto a Dios, que casi no podemos pronunciar su Nombre. Y el pensar que, si el hombre del pueblo elegido, el hombre hijo de Dios, no puede pronunciar casi el Nombre bendito y crea nombres sustitutivos para nombrar a su Dios, el que pueda Satanás osar perjudicar a Dios nos parece pensamiento blasfemo. Y, no obstante, sentimos que el dolor es siempre activo contra ti porque Tú eres Dios y Satanás te odia. Te odia como ningún otro. Tú encuentras el odio, hermano mío, porque eres Dios -dice Santiago.

-Sí, encuentras el odio porque eres el Amor. No es que los fariseos o los rabíes, o éste o aquél, o por éste o por aquél, se alcen para hacerte sufrir. Sino que es el Odio el que inviste de sí a los hombres y los lanza contra ti, lívidos de odio, porque con tu amor arrancas demasiadas víctimas al Odio -dice Juan.

-A las muchas definiciones les falta todavía una cosa. Buscad la razón más verdadera. La razón por la cual he…» anima Jesús.

Pero ninguno la encuentra. Piensan, piensan. Se rinden, diciendo:

-No la encontramos…

-¡Es tan simple! Está siempre ante vosotros. Resuena en las palabras de nuestros libros, en las figuras de nuestras historias… ¡Animo, buscad! En todas vuestras definiciones hay algo de verdad, pero falta la primera razón. Buscadla no en nuestros días, sino en el pasado más lejano, antes de los profetas, antes de los patriarcas, antes de la creación del Universo…

Los apóstoles están pensativos… pero no hallan la razón. Jesús sonríe. Luego dice:

-Pues, si recordarais mis palabras, encontraríais la razón. Pero podéis recordar todo todavía. Eso sí, un día recordaréis. Escuchad. Remontemos juntos el curso de los siglos, hasta más allá de los límites del tiempo. Vosotros sabéis quién fue el que dañó el espíritu del hombre.

Satanás, la Serpiente, el Adversario, el Enemigo, el Odio.

Llamadlo como queráis. Pero ¿por qué lo dañó? Por una gran envidia: la de ver al hombre destinado al Cielo del que él había sido expulsado. Deseó para el hombre el mismo destierro que había recibido.

¿Por qué había sido expulsado? Por haberse rebelado contra Dios. Esto lo sabéis. ¿Pero en qué? En la obediencia. En el principio del dolor hay una desobediencia. Y entonces, ¿no es también necesariamente lógico que lo que restablezca el orden, que es siempre alegría, sea una obediencia perfecta?

Obedecer es difícil, especialmente si se trata de una materia grave. Lo difícil produce dolor a aquel que lo lleva a cabo. Pensad, pues, si Yo, al que el Amor solicitó si quería devolver la alegría a los hijos de Dios, no tendré que sufrir infinitamente, para llevar a cabo la obediencia al Pensamiento de Dios. Yo, pues, debo sufrir para vencer, para borrar no uno o mil pecados, sino el propio Pecado por excelencia que, en el espíritu angélico de Lucifer o en el que animaba a Adán, fue y será siempre hasta el último hombre, pecado de desobediencia a Dios.

Vosotros, hombres, debéis obedecer limitadamente a eso poco -os parece mucho pero es muy poco-requerido por Dios, que, en su justicia, os pide solamente aquello que podéis dar. Vosotros, de lo que Dios quiere, conocéis solamente lo que podéis cumplir. Pero Yo conozco todo su Pensamiento, respecto a los grandes y pequeños acontecimientos. Yo no tengo puestos límites en el conocimiento ni en la ejecución.

El amoroso sacrificador, el Abraham divino, no exime a su Víctima e Hijo suyo. Es el Amor no satisfecho y ofendido el que exige reparación y ofrecimiento. Y, aunque viviera millares de años, nada sería, si no consumara el Hombre hasta la última fibra; de la misma forma que nada habría sido, si ab aeterno no hubiera dicho Yo “sí” al Padre mío, disponiéndome a obedecer como Dios Hijo y como Hombre, en el momento que mi Padre considerara bueno.

La obediencia es dolor y es gloria. La obediencia, como el espíritu, no muere nunca. En verdad os digo que los verdaderos obedientes serán dioses, aunque después de una lucha continua contra sí mismos, contra el mundo y contra Satanás. La obediencia es luz. Cuanto más se es obediente, más luminoso se es y más se ve. La obediencia es paciencia, y, cuanto más se es obediente, más se soportan las cosas y a las personas. La obediencia es humildad, y, cuanto más obediente se es, más humilde se es para con nuestro prójimo.

La obediencia es caridad porque es un acto de amor, y, cuanto más obediente se es, más numerosos y perfectos son los actos. La obediencia es heroísmo. Y el héroe del espíritu es el santo, el ciudadano de los Cielos, el hombre divinizado.

Si la caridad es la virtud en que uno encuentra a Dios Uno y Trino, la obediencia es la virtud en que soy hallado Yo, vuestro Maestro. Haced que el mundo os reconozca como discípulos míos por una obediencia absoluta a todo lo santo. Llamad a Judas. Tengo que decirle algo también a él…

Judas acude. Jesús señala al panorama que se estrecha a medida que bajan, y dice:

-Una pequeña parábola para vosotros, futuros maestros de espíritu. Cuanto más subáis por el camino de la perfección, que es arduo y penoso, más veréis. Antes veíamos las dos llanuras, filistea y de Sarón, con sus muchos pueblos y campos y árboles frutales, e incluso un azul lejano, que era el gran mar, y el Carmelo verde allá en el fondo.

Ahora no vemos más que un poco. El horizonte se ha estrechado y se seguirá estrechando, hasta desaparecer en el fondo del valle. Lo mismo sucede con quien desciende en el espíritu en vez de subir. Su virtud y sabiduría se van haciendo cada vez más limitadas, y restringido su juicio hasta quedar anulado. En ese momento, un maestro de espíritu ha muerto en orden a su misión. Ya ni discierne ni guía. Es un cadáver y, de la misma manera que se ha corrompido, puede corromper. La bajada, a veces, es estimulante, casi siempre lo es, porque abajo hay satisfacciones de los apetitos.

También nosotros bajamos al valle en busca de descanso y alimento. Pero, si ello es necesario para nuestro cuerpo, no es necesario satisfacer los apetitos de la carne y la desgana del espíritu, bajando a los valles de la sensualidad moral y espiritual. Sólo en un valle se concede poner pie: en el de la humildad. Y es porque a éste el mismo Dios desciende a raptar al espíritu humilde para elevarlo hasta Él. Quien se humilla será enaltecido. Cualquier otro valle es letal, porque aleja del Cielo».

-¿Me has llamado para esto, Maestro?
-Para esto. Has hablado mucho con los que te preguntaban.
-Sí, y no merece la pena; son más duros de mente que los mulos.

-Y Yo he querido expresar un pensamiento donde todo quede reflejado. Para que puedas nutrir tu espíritu.
Judas lo mira confundido. No sabe sí es un don o un reproche. Los otros, que no se habían percatado de la conversación de Judas con los seguidores, no comprenden que Jesús está reprendiendo a Judas por su soberbia.
Y Judas prefiere prudentemente llevar la conversación por otros derroteros, así que pregunta:

-¿Maestro, Tú que piensas? ¿Esos romanos, y lo mismo el hombre de Petra, que han tenido un contacto muy limitado contigo, podrán llegar alguna vez a tu doctrina? ¿Y aquel Alejandro? Se marchó… No volveremos a verlo. Y éstos lo mismo. Se diría que en ellos hay una instintiva búsqueda de la verdad, pero están sumergidos hasta el cuello en el paganismo. ¿Lograrán alguna vez concluir alguna cosa buena?

-¿Quieres decir encontrar la Verdad?
-Sí, Maestro.
-¿Y por qué no iban a lograrlo?

-Porque son pecadores.

-¿Sólo ellos son pecadores? ¿Entre nosotros no hay
pecadores?

-Muchos, lo admito. Pero precisamente lo que yo digo es que si nosotros, nutridos de sabiduría y verdad ya desde hace siglos, somos pecadores y no conseguimos hacernos justos y seguidores de la Verdad que representas, ¿cómo podrán hacerlo ellos, si están saturados de impurezas?

-Todos los hombres, cualquiera que fuera el punto del que partieran, pueden llegar a alcanzar y poseer la Verdad, o sea, a Dios Cuando no hay soberbia de la mente ni depravación de la carne, sino sincera búsqueda de la Verdad y de la Luz, pureza de finalidad y anhelo de Dios, una criatura está ciertamente en el camino de Dios.

-Soberbia de la mente… y depravación de la carne… Maestro… entonces…

-Continúa tu pensamiento, que es bueno.

Judas elude continuar, y dice:

-Entonces ellos no pueden alcanzar a Dios, porque son unos depravados.

-No era eso lo que querías decir, Judas. ¿Por qué has amordazado tu pensamiento y tu conciencia? ¡Oh, qué difícil es que el hombre suba a Dios! Y el obstáculo mayor está en sí mismo, que no quiere confesar y reflexionar sobre sí mismo y sus defectos.

Verdaderamente también Satanás es calumniado muchas veces, cargándole a él toda causa de ruina espiritual. Y más calumniado aún es Dios, al cual se le cargan todos los hechos que suceden. Dios no viola la libertad del hombre.

Satanás no puede prevalecer contra una voluntad asentada en el Bien. En verdad os digo que setenta veces sobre cien el hombre peca por su voluntad. Y -no se considera esto, pero es así-y no se restablece de su pecado porque evita el examinarse, y a pesar de que la conciencia, con imprevisto impulso, se yergue dentro de él y grita las verdades que él no ha querido meditar, el hombre ahoga ese grito, borra esa figura que, severa y dolorosa, se yergue delante de su intelecto, modifica con esfuerzo su pensamiento influido por la voz acusadora, y no quiere decir, por ejemplo:

"Pero entonces nosotros, yo, no podemos alcanzar la Verdad, porque tenemos soberbia de la mente y corrupción de la carne". Sí, en verdad, en nuestro pueblo no se camina hacia la senda de Dios, porque en nuestro pueblo hay soberbia de la mente y corrupción de la carne. Una soberbia que es verdaderamente imitadora de la satánica, tanto que se juzgan u obstaculizan las acciones de Dios cuando son contrarias a los intereses de los hombres y de los partidos. Y este pecado hará de muchos de Israel réprobos eternos.

-Bueno, pero no somos todos así.

-No. Todavía hay espíritus buenos, en todos los niveles; más numerosos entre los humildes del pueblo que entre los doctos y ricos, pero los hay. Mas ¿cuántos son?, ¿cuántos, respecto a este pueblo de Palestina al que desde hace casi tres años evangelizo y favorezco, y por el cual me consumo? Hay más estrellas en una noche nubosa que en Israel espíritus deseosos de venir al Reino mío.
-¿Y los gentiles, esos gentiles, irán?

-No todos, pero sí muchos. Incluso entre mis propios discípulos algunos no perseverarán hasta el final. ¡Pero no nos preocupemos de los frutos que, podridos, caen de la rama! Tratemos, hasta cuando se pueda, de impedir que se pudran, con la dulzura, con la firmeza, con la recriminación y el perdón, con la paciencia y la caridad.

Luego, si dicen "no" a Dios y a los hermanos que quieren salvarlos, y se arrojan en los brazos de la Muerte, de Satanás, y mueren impenitentes, bajemos la cabeza y ofrezcamos a Dios nuestro dolor por no haberlo podido alegrar con esa alma, salvándosela. Todos los maestros tienen experiencia de estas derrotas; las cuales también son útiles, para mantener mortificado el orgullo del maestro de almas y probar la constancia de éste en el ministerio. La derrota no debe cansar la voluntad del educador de espíritus. Es más, debe impulsarlo a hacer más y mejor, en el futuro.

-¿Por qué has dicho al decurión que lo vas a volver a ver en un monte? ¿Cómo puedes saberlo?
Jesús mira a Judas con una mirada larga y extraña, mezcla de tristeza y sonrisa juntas, y dice:

-Porque será uno de los que estén presentes en mi exaltación, y dirá al gran doctor de Israel una severa palabra verdadera. Y desde ese momento comenzará su seguro camino hacia la Luz. Pero ya estamos en Gabaón. Que Pedro vaya con otros siete a anunciarme. Voy a hablar enseguida, para despedir a los que me han seguido desde los pueblos cercanos.

Los demás permanecerán conmigo hasta después del sábado.

Tú, Judas, estáte con Mateo, Simón y Bartolomé.

(No he reconocido en el decurión a ninguno de los soldados presentes en la Crucifixión. Pero debo decir también que centrada en la observación atenta de mi Jesús, no me di mucha cuenta de ellos. Eran, para mí, un grupo de soldados encargados de hacer ese servicio. Nada más. Y además, cuando habría podido observarlos mejor porque "todo estaba consumado", había una luz tan no luz que sólo las caras muy familiares podían ser reconocidas. De todas formas, por las palabras de Jesús pienso que es ese soldado que dice a Gamaliel algunas palabras que no recuerdo y que no puedo verificar, porque estoy sola y no puedo pedir a nadie que me dé el cuaderno de la Pasión).

514- Consejos sobre la santidad a un joven indeciso. Reprensión a los habitantes de Bet-Jorón después de la curación de un romano y una judía

Y Jesús está todavía en medio de montes, seguido por gente además de por los apóstoles y discípulos; entre éstos, ahora se encuentran también algunos discípulos expastores (quizás los han encontrado en algún pueblecillo por el que hayan pasado).

Jesús está subiendo desde un valle hacia un monte, por una calzada que orilla con sus recodos la ladera de éste, y que es, sin duda una calzada romana, por la inconfundible pavimentación, y por la buena manutención, cosas ambas que únicamente pueden encontrarse en las calzadas construidas y mantenidas por los romanos.

Algunas personas transitan por ella, dirigidas hacia el valle, o desde el valle hacia este grupo montañoso que está coronado en sus cimas con pueblos o ciudades. Y alguno, al ver a Jesús y a los que le siguen, pregunta que quién es, y se pone a la zaga del grupo; otros simplemente observan; y otros menean la cabeza sonriendo maliciosamente.

Una patrulla de soldados romanos los alcanza con paso trabajoso y tintineo de armas y corazas. Se vuelven y miran a Jesús, el cual, dejando la calzada romana, está para meterse por un camino… hebreo que se dirige hacia una cima en que hay un pueblo. Un camino pedregoso y fangoso -ha llovido-, donde el pie o patina en las piedras o se hunde en las pozas.

Los soldados, que ciertamente van a la misma ciudad, después de un pequeño alto, vuelven a ponerse en movimiento, y la gente se ve obligada a echarse a un lado para ceder el paso, en este camino tan estrecho, a la patrulla que pasa rígidamente escuadrada. Algún insulto surca, sibilante, el aire, pero la disciplina de estar en columna prohíbe a los soldados responder parejamente.

Ya están otra vez cerca de Jesús, que se ha hecho a un lado para dejarlos pasar, y que los mira con su mirada mansa, que parece ben-decir y acariciar con la luz de los iris zafirinos. Y las caras ceñudas de los soldados se aclaran con un asomo de sonrisa que no es de escarnio, sino que, al contrario, es respetuosa como un saludo.
Pasan. La gente reanuda la marcha detrás del Rabí, que va delante de todos.

Un joven se separa de la gente y llega hasta el Maestro. Lo saluda con respeto. Jesús devuelve el saludo.
-Quisiera preguntarte una cosa, Maestro.
-Habla.

-Una mañana, después de la Pascua, coincidió que te escuché en un monte cercano a las hoces del Carit. Y desde entonces he pensado que… podía contarme yo también entre los llamados por ti. Pero antes de venir he querido saber muy bien lo que es necesario hacer y lo que se debe no hacer. Y preguntaba a tus discípulos cada vez que me encontraba con ellos. Quién me decía una cosa, quién otra.

Y yo dudaba, y estaba muy asustado porque en una cosa todos concordaban, quién con más intransigencia, quién con menos: en la obligación de ser perfectos. Yo… soy un pobre hombre, Señor, y la perfección es sólo de Dios… Te oí por segunda vez… y Tú mismo decías:

"Sed perfectos". Y he sentido desaliento. Por tercera vez, hace pocos días, en el templo. Y, a pesar de que te mostraras riguroso, no me pareció que era imposible el llegar a serlo, porque… ni siquiera yo sé por qué, cómo explicármelo o explicártelo, pero me parecía que, si fuera una cosa imposible, o si el hecho de querer serlo, como querer ser dioses, fuera muy peligroso, Tú, que quieres salvarnos, no nos lo propondrías.

Porque la presunción es pecado. El querer ser dioses es el pecado de Lucifer. Pero quizás hay una manera de serlo, de venir a serlo, sin pecar, y es siguiendo tu Doctrina, que, no cabe duda de ello, es de salud. ¿Es como digo?

-Es como dices. ¿Y entonces?
-Pues que seguí preguntando a unos o a otros. Y, habiendo sabido que estabas en Ramá, fui. Y, desde entonces, con permiso de mi padre, te he seguido. Y… bueno, pues que, cada vez más, quisiera ir contigo…
-¡Pues ven! ¿Qué temes?

-No lo sé… No lo sé siquiera yo… Pregunto, pregunto… Pero siempre, mientras que escuchándote a ti me parece fácil y decido ir, después, reflexionando, y, peor: preguntando a unos o a otros, me parece demasiado difícil.

-Te voy a decir cómo sucede: es una insidia del demonio para impedir que vengas. Te asusta con fantasmas, te confunde, te hace preguntar a personas que, como tú, tienen necesidad de Luz… ¿Por qué no has venido a mí directamente?

-Porque… tenía… no miedo, pero… ¡Nuestros sacerdotes y rabíes! ¡Tan duros y soberbios! Y Tú… No me atrevía a acercarme a ti. ¡Pero en Emaús ayer!… Creo haber entendido que no debo tener miedo. Y ahora estoy aquí, para preguntarte esto que quisiera saber. Un apóstol tuyo, hace poco, me dijo: "Ve y no temas. También es bueno con los pecadores". Y otro: "Hazle feliz con tu confianza.

Quien confía en El lo halla más dulce que una madre". Y otro: "No sé si me equivoco, pero te digo que te dirá que la perfección está en el amor”. Esto es lo que han dicho tus apóstoles, más dulces que los discípulos, al menos algunos; aunque no todos, porque entre los discípulos hay algunos que parecen eco de tu voz, aunque éstos son demasiado pocos, y entre los apóstoles hay algunos que… asustan a un pobre hombre, como soy yo. Uno me dijo, con una sonrisa no buena: "¿Quieres ser perfecto? No lo somos nosotros, que somos sus apóstoles, ¿y quieres serlo tú? Es imposible". Si no hubieran hablado los otros, habría huido desanimado. Pero pruebo por última vez… y, si Tú también me dices que es imposible…

-Hijo mío, ¿podría haber venido Yo a proponer cosas imposibles a los hombres? ¿Quién crees que ha sido el que ha puesto en tu corazón este deseo de ser perfecto? ¿Tu propio corazón?

-No, Señor. Creo que has sido Tú con tus palabras.
-No estás lejos de la verdad. Pero, respóndeme a otra cosa. ¿Para ti mis palabras qué palabras son?
-Justas.
-De acuerdo. Pero quiero decir: ¡palabras de hombre o más que de hombre?

-Tú hablas como la Sabiduría, y más dulce y claro todavía.

Por eso digo que tus palabras son más que de hombre. Y no creo equivocarme, si he comprendido bien lo que decías en el Templo. Porque me pareció que en esa ocasión decías que eres la Palabra de Dios misma y por eso hablas como Dios.

-Has comprendido bien y es como dices. ¿Y entonces quién te ha puesto en el corazón el deseo de perfección?
-Me lo ha puesto Dios, por medio de ti, su Palabra.

-Así pues, ha sido Dios. Ahora piensa: si Dios dice a los hombres conociendo sus capacidades: "Venid a mí. Sed perfectos", es señal de que el hombre, si quiere, puede serlo.

Ésta es una palabra antigua La primera vez la escuchó Abraham como una revelación (Génesis l7, l), una orden, una invitación: "Yo soy el Dios omnipotente. Camina en mi presencia. Sé perfecto". Dios se manifiesta para que el Patriarca no tenga dudas sobre la santidad de la orden ni sobre la verdad de la invitación. Ordena caminar en su presencia porque el que camina en la vida convencido de hacerlo bajo la mirada de Dios no cumple malas acciones.

Consiguientemente, se pone en condiciones de poder hacerse perfecto como Dios invita a serlo.

-¡Es así! ¡Es justamente así! Si Dios lo ha dicho, es porque se puede. ¡Oh, Maestro, cómo se comprende todo cuando hablas Tú! Pero, entonces, ¿por qué tus discípulos, y también ese apóstol, ofrecen una idea tan… amedrentadora de la santidad? ¿Es que no creen que sean verdaderas esas palabras, ni las tuyas? ¿O es que no saben caminar en la presencia de Dios?

-No pienses en lo que es. No juzgues. Mira, hijo. Algunas veces, su propio anhelo de ser perfectos y su humildad les hace temer el no poder llegar a serlo nunca.
-¿Pero entonces el deseo de perfección y la humildad son obstáculos para que uno sea perfecto?

-No, hijo. El deseo y la humildad no son obstáculos. Es más, hay que esforzarse en que sean profundos, aunque ordenados. Están ordenados cuando uno no tiene prisas impulsivas, postraciones injustificadas, dudas y desconfianzas como las de creer que, dada la imperfección del ser, el hombre no puede llegar a ser perfecto. Todas las virtudes son necesarias, y necesario es un vivo deseo de alcanzar la justicia.

-Sí. Esto me lo decían también aquellos a los que preguntaba. -Me decían que es necesario tener las virtudes. Pero unos me decían que era necesaria una, otros otra, y todos sostenían la absoluta necesidad de tener una, que ellos consideraban virtud indispensable para ser santos. Ello me causaba miedo, porque ¿cómo se puede poseer todas las virtudes en forma perfecta, hacerlas nacer juntas como un ramo de flores distintas? Se necesita tiempo… ¡y la vida es tan breve! Tú, Maestro, explícame cuál es la virtud indispensable.

-Es la caridad. Si amas, serás santo, porque del amor al Altísimo y al prójimo provienen todas las virtudes y todas las obras buenas.

-¿Sí? Así es más fácil. La santidad, entonces, es amor. Si tengo la caridad, tengo todo… La santidad está hecha de esto.

-De esto y de otras virtudes. Porque la santidad no es ser sólo humildes, o sólo prudentes, o sólo castos, etc. Sino que es ser virtuosos. Fíjate, hijo mío, cuando un rico quiere preparar una comida, ¿encarga, acaso, un solo plato? Otro ejemplo: cuando uno quiere preparar un ramo de flores para ofrecerlo como obsequio, ¿toma, acaso, una sola flor? No, ¿no es verdad? Porque, aunque pusiera en las mesas montones y montones de un solo manjar, los comensales lo criticarían como inepto, preocupado sólo de mostrar sus posibilidades de compra, pero no de mostrar su finura de señor atento a los gustos distintos de sus invitados y que quiere que cada uno de ellos, con un alimento u otro, no sólo se sacie, sino que se deleite.

Y lo mismo el que hace un ramo de flores. Una sola flor, por grande que sea, no hace un ramo. Pero muchas flores lo hacen, y con los distintos colores y aromas satisfacen al ojo y al olfato y hacen alabar al Señor. La santidad, que debemos considerar como un ramo de flores ofrecido al Señor, debe estar hecha de todas las virtudes.

En un espíritu predominará la humildad, en otro la fortaleza, en otro la continencia, en otro la paciencia, en el otro el espíritu de sacrificio o de penitencia: todas estas son virtudes nacidas a la sombra del árbol regio Y perfumadísimo del amor, cuyas flores predominarán siempre en el ramo; pero todas las virtudes componen la santidad.

-¿Y cuál debe ser cultivada con más esmero?»
-La caridad. Te lo he dicho.
-¿Y luego?
-No hay un método, hijo mío. Si amas al Señor, Él te dará sus dones, o sea, se manifestará a ti, y entonces las virtudes que tratas de hacer crecer robustas crecerán bajo el sol de la Gracia.

-En otras palabras, ¡en el alma amante es Dios el que actúa grandemente?

-Sí, hijo. Es Dios el que actúa grandemente, dejando que el hombre ponga por su parte su libre voluntad de tender a la perfección, sus esfuerzos en rechazar las tentaciones para mantenerse fiel a su propósito, sus luchas contra la carne, el mundo, el demonio, cuando le asaltan. Y ello para que su hijo tenga mérito en la santidad.

-¡Ah, eso! Entonces es muy acertado decir que el hombre está hecho para ser perfecto como Dios quiere. Gracias, Maestro. Ahora sé. Y ahora haré. Y ora por mí.
-Te tendré en mi corazón. Ve y no temas el que Dios pueda dejarte sin ayuda.

El joven, contento, se separa de Jesús…
Ya están cerca del pueblo. Bartolomé y Esteban se llegan donde Jesús para contarle que, mientras hablaba con el joven, uno de Bet-Jorón, pariente de Elquías el fariseo, ha venido a rogarles que lo lleven enseguida donde su esposa, que está agonizando.

-Vamos. Hablaré después. ¡Sabéis dónde está?
-Ha dejado con nosotros a un criado. Está detrás, con los demás.

-Decidle que venga. Vamos a acelerar el paso.
El criado acude. Es un viejo robusto, y está consternado. Saluda y mira con curiosidad a Jesús, que le sonríe y le pregunta:

-¿De qué muere tu ama?
-De… Tenía que tener un niño. Pero se le ha muerto dentro y su sangre se ha corrompido. Delira como una loca y tiene que morir. Le han abierto las venas para hacer bajar la fiebre. Pero la sangre está toda envenenada y tiene que morir. La han sumergido en la cisterna para apagar el ardor. Está bajo mientras está en el agua helada; luego es más fuerte que antes, y tose y tose… y tiene que morir.

-¡Mira tú éste! ¡Con esas curas! -gruñe entre dientes Mateo.
-¿Desde cuándo está enferma?
El criado está para responder, cuando llega corriendo por la bajada el jefe de la patrulla romana. Se para delante de Jesús.

-¡Salve! ¿Tú eres el Nazareno?
-Lo soy. ¿Qué quieres de mí?

Los que siguen a Jesús acuden creyendo quién sabe qué…
-Un día un caballo nuestro dio un golpe a un niño hebreo y Tú lo curaste para impedir que los hebreos armaran una algarabía contra nosotros. Ahora las piedras hebreas han hecho caer a un soldado, y yace en el suelo con una pierna rota. No puedo detenerme. Estoy de servicio. Ninguno en el pueblo quiere tenerlo. No puede andar. No puedo llevármelo tirando de él con la pierna rota. Sé que no nos desprecias, como hacen todos los hebreos.

-¿Quieres que cure al soldado?
-Sí. Curaste también al siervo del Centurión y a la hija de Valeria. Salvaste a Alejandro de la ira de tus compatriotas. Estas cosas se saben, en las capas altas y en las bajas.

-Vamos donde el soldado.
-¿Y mi ama? -pregunta descontento el criado.
-Después.

Y Jesús va detrás del suboficial, que devora el camino con sus largas piernas musculosas y libres de estorbos de vestiduras. Pero, aún caminando así, delante de todos, encuentra la manera de decir alguna palabra a quien le sigue inmediatamente, que es Jesús, y dice:

-Hace tiempo estaba con Alejandro. Él te… Hablaba de ti. El azar te acerca a mí en este momento.
-¿El azar? ¿Por qué no decir Dios, el verdadero Dios?
El soldado calla unos momentos y luego dice, de forma que sólo oiga Jesús:

-El Dios verdadero sería el hebreo… Pero no se atrae nuestro amor. ¡Si es como los hebreos! Ni siquiera de un herido tienen compasión…

-El verdadero Dios es el Dios de los hebreos, como lo es también de los romanos, de los griegos, de los árabes, de los partos, escitas, iberos, galos, celtas, líbicos y de los hombres hiperbóreos.

¡Hay un solo Dios! Pero muchos no lo conocen. Otros lo conocen mal. Si lo conocieran bien, serían todos, unos para con otros, como hermanos, y no habría atropellos, odios, calumnias, venganzas, actos de lujuria, hurtos y homicidios, adulterios y mentiras. Yo conozco al verdadero Dios y he venido para darlo a conocer.

-Se dice -nosotros tenemos que tener bien abiertos los oídos para referir al Centurión, y éste a su vez al Procónsul-, se dice que Tú eres Dios. ¿Es verdad?
El soldado se muestra muy… preocupado mientras dice esto; mira a Jesús bajo la sombra del yelmo y parece casi asustado.

-Lo soy.
-¡Por Júpiter! ¿Entonces es verdad que los dioses bajan a conversar con los hombres? ¡Haber recorrido el mundo detrás de las enseñas y venir aquí, ya viejo, a encontrar a un dios!

-A Dios. Único. No a un dios -corrige Jesús.

Pero el soldado está anonadado por la idea de preceder a un dios… No dice nada más… piensa. Piensa, hasta que, justo a la entrada del pueblo, encuentran a la patrulla, parada, en torno al herido, que gime en el suelo.

-¡Ahí tienes! -dice muy concisamente el suboficial.
Jesús se abre paso y se acerca. La pierna -ya hinchada y lívida-tiene una fea rotura, con el pie girado hacia dentro. El hombre debe sufrir mucho, y, al ver que Jesús extiende una mano, suplica:

-¡Hazme poco daño!

Jesús sonríe. Apenas toca con la punta de los dedos en el lugar donde el círculo lívido del traumatismo señala la fractura. Y luego dice:
-¡Levántate!

-Tiene otra rotura más arriba, en la cadera -explica el suboficial queriendo decir, sin duda: « ¿No tocas esa?».
Justo en ese momento, llega un habitante de Bet-Jorón:
-¡Maestro, Maestro! ¡Te malempleas con paganos y mi mujer se muere!

-Ve y tráemela, si tienes fe en mí.

-Maestro, no se la puede dominar. Está desnuda y no se puede vestir. Está como loca y se rasga los vestidos. Está moribunda y no se tiene en pie.

-Ve y tráemela, si no eres inferior en la fe a estos
gentiles.

El hombre se marcha descontento.
Jesús mira al romano que está tendido a sus pies:

-¿Y tú sabes tener fe?
-Yo sí. ¿Qué tengo que hacer?
-Levantarte.

-Mira, Camilo, que… -está diciendo el suboficial. Pero el soldado está ya de pie, ágil, sano.

Los israelitas no aclaman. No es un hebreo el curado. Es más, parecen descontentos, o, por lo menos, su cara expresa crítica contra el gesto de Jesús. Pero los soldados no lo están. Desenvainan las anchas dagas y las levantan en el aire plomizo, después de haberlas golpeado contra los escudos como para hacer ruido de fiesta. Jesús está en medio del círculo de armas blancas.

El suboficial lo mira. No sabe como expresarse, ni qué hacer, él, hombre al lado de un dios, él, pagano al lado de Dios… Piensa y juzga que al menos debe hacer a Dios lo que haría al César. Y ordena el saludo militar al emperador (yo al menos creo que es así, porque oigo que resuena un « ¡Ave!» potente, mientras las dagas refulgen poniéndose casi horizontales en lo alto del brazo extendido). Y, no contento todavía, el suboficial dice en voz baja:

-Ve tranquilo incluso de noche. Los caminos… todos vigilados. Servicio contra los bandidos. Estarás seguro. Yo…
Deja de hablar. Ya no sabe qué más decir. Jesús le sonríe y dice:

-Gracias. Ve y sé bueno. Incluso con los bandidos sé humano. Fiel a tu servicio, pero sin crueldad. Son unos infelices. Y tendrán que rendir cuentas de sus acciones a Dios.

-Lo seré. ¡Salve! Quisiera volver a verte…
Jesús lo mira muy fijamente. Luego dice:
-Volveremos a vernos. En otro monte.
Y repite:

-Sed buenos. Adiós.

Los soldados reanudan su camino. Jesús entra en el pueblo. Recorre pocos metros y, hacia Él y los que le siguen, ve venir a un grupo numeroso y vociferador (comentan cosas a gritos). Y del grupo se adelantan un hombre y una mujer -el hombre de antes-y se inclinan delante de Jesús: la mujer, de rodillas; el hombre, sólo inclinado. -Levantaos y alabad al Señor. Pero tengo que decirte a ti, hombre, que tu conciencia no es clara. Has venido a mí por egoísmo, no por amor a mí y por fe en mí. Y has dudado de mi palabra. ¡Y sabes quién soy! Luego has tenido un pensamiento no bueno, porque me paraba a curar a un gentil; de la misma forma que todo el pueblo había obrado mal negándose a acoger al herido. Por un exceso de misericordia y para tratar de hacer bueno tu corazón, te he curado a tu esposa sin entrar en tu casa. No lo merecías.

Lo he hecho para que sepas que no es necesario que Yo vaya para actuar; basta con que quiera. Pero, en verdad os digo, a todos vosotros, que aquellos a los que despreciáis son mejores que vosotros y saben creer en mi poder más que vosotros. Levántate, mujer. Tú no eres culpable, porque no razonabas. Ve, y que sepas creer de ahora en adelante por gratitud a Señor.

La expresión de los habitantes del pueblo se enfría y se hace altiva ante el reproche de Jesús; lo siguen amoscados hasta la plaza, donde se detiene a hablar, visto que el arquisinagogo no lo invita a entrar en la sinagoga y que ninguna casa se abre para el Maestro.

-Cuando Dios está con los hombres, ellos pueden todo contra la desventura, contra cualquier tipo de desventura.

Cuando Dios, por el contrario, no está con los hombres, ellos no pueden nada contra la desventura. Esta ciudad, en sus crónicas, (Josué l0, 8-ll) recuerda esto más de una vez. Dios estaba con Josué y Josué derrotó a los reyes cananeos, y en este camino Dios le ayudó a destruir a los enemigos de Israel "lanzando del cielo sobre ellos grandes piedras, y fueron más los que murieron por las piedras del granizo que a filo de espada" se lee en el libro de Josué.

Dios estaba con Judas Macabeo, (l Macabeos 3,l3­24) que se asomó a este monte con su pequeño ejército a mirar al ejército poderoso de Serón, jefe de los ejércitos sirios, y Dios confirmó las palabras del caudillo de Israel con una victoria estrepitosa.

Pero la condición necesaria para tener a Dios con nosotros es moverse por un motivo de justicia.

"En las batallas la victoria no depende del número, sino de la ayuda que viene del Cielo" dice Judas Macabeo. En todas las cosas de la vida, el bien viene no del patrimonio de la potencia o de otra causa, sino de la ayuda que viene del Cielo. Y viene porque se pide ayuda para cosas buenas; "por nuestras vidas y nuestras leyes", sigue diciendo Judas Macabeo. Pero cuando se recurre a Dios para un fin malvado o impuro, vano es invocar su ayuda. Dios no responderá, o responderá con castigos en vez de con bendiciones.

Esta verdad está demasiado olvidada ahora en Israel. Se quiere que Dios ayude y se le invoca para fines no buenos.

No se practican las virtudes, y se observan los mandamientos no con verdadera observancia; o sea, de ellos se hace aquello que puede ser visto o alabado por los hombres.

Pero distinto es lo que sucede detrás de la apariencia. Yo vengo a decir: sed sinceros en vuestras obras, porque Dios ve todas las cosas. Inútiles son los sacrificios y vanas las oraciones hechos por pura ostentación cultual, mientras se tiene el corazón lleno de pecado, de odio, de malos deseos.

Bet-Jorón, no hagan tus habitantes lo que Abdías dice de Edom. Edom, creyéndose seguro, se permitía avasallar a Jacob y exultar por las derrotas de éste. No hagas lo mismo, ciudad sacerdotal. Toma el volumen de Abdías y medita en él. Medita. Medita. Medita. Y modifica tu camino. Sigue la justicia, si no quieres conocer días de horror. No te salvará entonces ni el estar en esta cima, ni el estar, aparentemente, al margen de los caminos de la guerra.

Veo en ti a muchos que no tienen a Dios consigo y que no quieren la presencia Dios. ¿Murmuráis? Yo os digo la verdad. He subido hasta aquí para decírosla. Para salvaros todavía.

¿Nuestro nombre no era uno sólo? ¿No era todo Israel? ¿Por qué, entonces, se ha dividido y ha tomado dos nombres?

¡Oh! Esto verdaderamente me recuerda el matrimonio de Oseas (2, l-2) con la mujer de prostituciones y a los hijos que de su fornicación nacieron. ¿Pero qué dice el profeta? "El número de los hijos de Israel será como la arena del mar… Y entonces en vez de decirles: “No sois mi pueblo” se les dice: “Sois los hijos del Dios vivo”. Y los hijos de Judá y de Israel se reúnan y elegirán a un solo jefe y desbordarán la Tierra, porque grande es el día de Yizreel".

¿Por qué criticáis, entonces, a Aquel que debe reunir todo y hacer un solo pueblo, un gran pueblo, único como único es Dios; por qué le criticáis el que ame a todos los hijos del hombre, porque todos son hijos de Dios, y el que deba hacer hijos del Dios vivo también a aquellos que actualmente asemejan a muertos?

¿Podéis juzgar mis acciones y su corazón y el vuestro? ¿De dónde os viene la luz? La luz viene de Dios. Pero si Dios me envía a mí con el encargo de reunir a todos bajo un solo cetro, ¿cómo podéis tener vosotros una luz verdaderamente divina que os muestre las cosas contrariamente a como las ve Dios? Y es así: veis lo contrario de lo que ve Dios.

No murmuréis. Es verdad. Estáis fuera de la justicia. Pero aún más que vosotros lo están los que os seducen a la injusticia. Y serán doblemente castigados. Me acusáis de contubernio con el enemigo, con el dominador. Leo vuestros corazones. ¿Vosotros no tenéis contubernio con Satanás haciéndoos seguidores de los que combaten al Hijo del hombre, al Enviado de Dios? Por eso me odiáis. Pero conozco el rostro de quienes os instilan el odio.

Como está escrito en Oseas (2, l-2), Yo he venido con las manos cargadas de regalos, y el corazón de amor; he tratado de atraeros con los más dulces modos para suscitar vuestro amor hacia mí. He hablado a mi pueblo como el esposo a la esposa, ofreciéndole eterno amor y paz, y justicia y misericordia.

Queda un tiempo todavía para evitar que el pueblo que me rechaza y los jefes que agitan al pueblo -Yo los conozco-, se queden sin rey, príncipe, sacrificio y altar. Pero en la guarida, donde más fuerte es el odio y más fuerte será el castigo, se trabaja para comprar las conciencias y encaminarlas al delito. ¡Oh, en verdad, los que desvían y descarrían a las conciencias serán juzgados siete veces siete más severamente que los descarriados!

Vamos. He venido y he hecho un milagro, y os he dicho la verdad para manifestaros quién soy Yo y convenceros de mi realidad. Ahora me marcho. Si de entre vosotros hay uno sólo justo, que me siga, porque triste es el futuro de este lugar donde anidan las serpientes para seducir y traicionar.

Y Jesús se vuelve y vuelve a tomar el camino por el que ha venido.

-¿Por qué, Rabí, les has hablado así? Te odiarán -le preguntan los apóstoles.

-No busco conquistar amor negociando acuerdos, ni mintiendo.

-¿Pero no hubiera sido mejor no venir?
-No. Es necesario no dejar duda alguna.
-¿Y a quién has convencido?

-A ninguno. Por ahora, a ninguno. Pero pronto alguien dirá: "No podemos maldecir a nadie por haber sido avisados y no actuar". Y, si reprochan a Dios el haberlos castigado, su reproche será como una blasfemia.

-Pero a quién querías aludir diciendo…
-Preguntádselo a Judas de Keriot. Él conoce a muchos de este lugar y conoce sus astucias.

Todos los apóstoles miran a Judas.

-Sí. Este lugar está casi en estado de servidumbre respecto a Elquías. Pero… no creo que Elquías… -las palabras mueren en los labios de Judas, que, levantando la mirada de su cinto -se lo estaba colocando para aparentar normalidad-, encuentra la mirada de Jesús. Una mirada tan centelleante y penetrante que parece incluso magnética.

Agacha la cabeza y termina:
-Pero, eso sí, es un pueblo soberbio y odioso, que se merece a quien lo domina. Cada uno tiene lo que se merece. Ellos tienen a Elquías. Nosotros a Jesús. Y el Maestro ha hecho bien haciéndoles saber que no ignora. Ha hecho muy bien.

-No cabe duda de que son malos. ¿Habéis visto? ¡Ni siquiera un saludo después del milagro! ¡Ni siquiera una limosna! Nada -observa Felipe.

-Pues yo siento temor cuando el Maestro los desenmascara así -suspira Andrés.

-Hacerlo o no hacerlo es igual. Lo odian igualmente. ¡Quisiera volver a Galilea! -dice Juan.

-¡A Galilea, claro! -suspira Pedro, y baja la cabeza muy pensativo. Detrás, los que han seguido a Jesús y no lo dejan, comentan, comentan junto con los discípulos.

513- En Emaús Montana, una parábola sobre la verdadera sabiduría y una advertencia a Israel

La plaza de Emaús. Está llena de gente. Abarrotada. Y, en el centro de la plaza, Jesús a duras penas se mueve, pues está muy rodeado, muy oprimido por los que lo asedian.

Jesús está entre el hijo del arquisinagogo y el otro discípulo; alrededor, con la hipotética intención de protegerlo, los apóstoles y los discípulos; entre éstos y aquéllos, propensos a introducirse por todas partes, como lagartijas entre la maraña de un tupido matorral, muchos niños.

¡Es maravilloso el atractivo que ejercía Jesús sobre los pequeñuelos! Jamás hay un lugar donde, conocido o desconocido, no se vea inmediatamente rodeado por los niños, felices de pegarse a sus vestiduras; más felices aún, si Él los roza con la mano haciéndoles una caricia llena de amor, aunque al mismo tiempo hable severamente a los adultos; felicísimos, si se sienta en un asiento, en un murete, en una piedra, en un tronco derribado o incluso en la hierba: entonces, teniéndolo a su altura, pueden abrazarlo, apoyar la cabecita en su hombro o en sus rodillas, introducirse por debajo del manto para hallarse dentro del círculo de sus brazos como pollitos que hubieran encontrado la más amorosa y protectora de las defensas. Y siempre Jesús los defiende de los desafueros de los adultos, del imperfecto respeto de éstos hacia Él: un respeto que, ausente por muchos y más serios motivos, quiere mostrarse celoso alejando a los pequeñuelos del Maestro…

También ahora lo que habitualmente dice Jesús resuena para defensa de sus pequeños amigos:

-¡Dejadlos! ¡No molestan! ¡No son, ciertamente, los niños los que causan molestias y dolor!

Jesús se agacha hacia ellos, con una sonrisa resplandeciente que lo rejuvenece, siendo así que le da casi el aspecto de un hermano mayor suyo, benigno cómplice de algunos de sus inocentes pasatiempos, y susurra:

-Estad en calma, estad muy callados: así no os echan y estamos juntos todavía otro rato.
-¿Y nos cuentas una parábola bonita? -dice el más… audaz.

-Sí. Toda para vosotros. Luego hablo a vuestros padres.

Escuchad todos, porque lo que sirve para los pequeños sirve también para los hombres.

Un hombre un día fue convocado por un gran rey, que le dijo: "He sabido que eres merecedor de un premio, porque eres sabio y honras tu ciudad con el trabajo y la ciencia. Ahora bien, no te voy a dar una cosa, sino que te voy a conducir a la sala de mis tesoros, de forma que elegirás lo que quieras y yo te lo daré. Así, juzgaré también si eres como la fama te describe".

Y, contemporáneamente, el rey, acercándose a la terraza que rodeaba su atrio, echó una mirada a la plaza que estaba delante del palacio real. Vio pasar a un niñito vestido pobremente, un niño que ciertamente pertenecía a una familia pobrísima, y quizás era huérfano o mendigo. Se volvió hacia sus criados y dijo: "Id donde ese niño y traédmelo".

Y los criados fueron, y volvieron con el niño, que temblaba por estar en presencia del rey.
A pesar de que los dignatarios de la corte le decían:

"Inclínate, saluda, di: “Honor y gloria a ti, mi rey. Doblo mi rodilla ante ti, poderoso al que la Tierra exalta como al ser mayor que ningún otro", el niño no quería inclinarse y decir esas palabras, y los dignatarios, escandalizados, le daban fuertes meneos y decían:

"¡Oh, rey, este niño paleto y sucio es un oprobio en tu morada! Permite que lo echemos de aquí y le pongamos en medio de la calle. Si anhelas tener a tu lado a un niño, iremos a buscártelo entre los ricos de la ciudad, si es que estás cansado de los nuestros, y te lo traeremos. ¡Pero no este paleto, que no sabe siquiera saludar!…".

El hombre rico y sabio, que antes se había humillado con cien reverencias serviles, profundas, como hallándose ante el altar, dijo: "Tus dignatarios tienen razón. Por la majestad de tu corona, debes impedir que no se tribute a tu sagrada persona el homenaje que le corresponde", y, diciendo estas palabras, se postraba otra vez, hasta besar el pie del rey.

Pero el rey dijo: "No. Quiero tener a este niño conmigo. Y no sólo eso, sino que quiero conducirlo a él también a la habitación de mis tesoros, para que elija lo que quiera; yo se lo daré. ¿Acaso no me es concedido, por el hecho de ser rey, hacer feliz a un pobre niño? ¿No es, acaso, súbdito mío como todos vosotros? ¿Acaso tiene la culpa de ser infeliz? No, ¡viva Dios que, al menos una vez, quiero hacerlo feliz! Ven, niño, y no tengas miedo de mí" y le tendió la mano y el niño la tomó con sencillez y le dio en ella un beso espontáneo. El rey sonrió.

Así que, entre dos filas de dignatarios inclinados en actitud de reverencia, por alfombras purpúreas con motivos de flores de oro, se dirigió hacia la estancia de los tesoros, llevando a la derecha al hombre rico y sabio y a la izquierda al niño ignorante y pobre. Y el manto regio contrastaba mucho con el vestidito deshilachado y los piececitos descalzos del pobre niño.

Entraron en el aposento de los tesoros, cuya puerta había sido abierta por dos grandes de la corte. Era una estancia alta, redonda, sin ventanas. Pero la luz llovía a través del techo, que era todo él una enorme lastra de mica.

Una luz que a pesar de ser suave hacía lucir los bullones de oro de las arcas y las cintas purpuradas de muchos rollos colocados encima de altos y ornados ambones; rollos pomposos, con baqueta preciosa, cierre y marbete ornados de piedras brillantes.

Obras raras, que sólo un rey podía poseer. Y, descuidado encima de un ambón de austero aspecto, oscuro, bajo, un rollo pequeño, retorcido alrededor de un palito blanco, atado con un basto cordón, lleno de polvo, como es propio de una cosa descuidada.

El rey, señalando a las paredes, dijo: "Ved, aquí están todos los tesoros de la Tierra, y otros aún más grandes que los tesoros terrestres. Porque aquí están todas las obras del ingenio humano, y hay también obras que proceden de fuentes sobrehumanas. Id, tomad lo que queráis". Y se puso en el centro de la estancia, con los brazos cruzados, observando.

El hombre rico se dirigió primero a las arcas; alzó las tapas, con ansia cada vez más febril. Oro en barras y oro en joyas, plata, perlas, zafiros, rubíes, esmeraldas, ópalos… centelleo en todas las arcas… gritos de admiración a cada apertura…

Luego se dirigió a los ambones y, al leer el título de los rollos, nuevos gritos de admiración brotaban de sus labios. En fin, el hombre, encendido por el entusiasmo, se volvió hacia el rey y dijo: "¡Tienes un sin par tesoro, y las piedras igualan en valor a los rollos y éstos a aquéllas! ¿Realmente puedo elegir libremente?".

"Lo he dicho. Como si todo te perteneciera".
El hombre se arrojó al suelo, rostro en tierra, y decía: "¡Yo te adoro, gran rey!". Se levantó y corrió primero a las arcas y luego a los ambones y tomó de éstos y de aquéllas las mejores cosas que veía.

El rey, que había sonreído tras la barba una vez al principio, al ver la fiebre con que el hombre corría de una arca a otra, y luego otra vez al verlo arrojarse al suelo adorando, y que sonreía por tercera vez al ver con qué codicia y con qué regla y preferencias elegía gemas y rollos, se volvió hacia el niño, que se había quedado a su lado, y le dijo: "¿Y tú no vas ahí a elegir las piedras bonitas y los rollos de valor?".

El niño meneó la cabeza para decir que no.
"¿Y por qué?”
"Porque no sé leer los rollos, y respecto a las piedras… no conozco su valor. Para mí son piedrecitas normales y nada
más".
"Pero te harían rico…”

"No tengo padre ni madre ni hermanos. ¿De qué me serviría ir a mi refugio con un tesoro en mi pecho?".
"Pero podrías comprarte con ello una casa…”
"Seguiría viviendo en ella solo".
"Vestidos".

"Seguiría teniendo frío, porque falta el amor de mis padres.”
"Alimentos".

"No podría saciarme con los besos de mi madre, ni comprarlos a ningún precio.”
"Maestros, y aprender a leer…”

"Eso me gustaría más. Pero, ¿y qué leer?".
"Las obras de los poetas, de los filósofos, de los sabios… y las palabras antiguas y las historias de los pueblos".

"Son cosas inútiles, vanas o pasadas… No merece la pena".

"¡Qué niño más estúpido!" exclamó el hombre, que ya tenía los brazos cargados de rollos, y el cinturón y la túnica en la delantera hinchados de gemas.

El rey sonrió una vez más tras la barba. Y, tomando al niño en brazos, lo llevó a las arcas y, hundiendo la mano en las perlas, en los rubíes, en los topacios, en las amatistas, haciendo caer todo esto como lluvia llena de brillos, lo incitó a que cogiera.

"No, rey, no quiero. Quisiera otra cosa…".
El rey lo llevó a los ambones y leyó estrofas de poetas, episodios de héroes, descripciones de países.

"¡Leer es más bonito! Pero no es eso lo que yo querría…".

"¿Y entonces qué? Habla y yo te lo daré, niño".
"No creo, rey, que puedas hacerlo, a pesar de tu poder. No es nada de aquí abajo…".

"¡Ah, quieres obras no terrestres! Mira, entonces: aquí están las obras dictadas por Dios a sus siervos. Escucha" y leyó páginas inspiradas.

"Esto es mucho más bonito. Pero para entenderlo hay que saber primero bien el lenguaje de Dios. ¿No hay un libro que lo enseñe, que nos haga comprender qué es Dios?".
El rey hizo un gesto de estupor y se cortó su sonrisa, pero apretó contra su corazón al niño.

El hombre, por el contrario, se rió burlonamente y dijo: "Ni los mayores sabios saben lo que es Dios, ¿y tú, niño ignorante, quieres saberlo? ¡Si quieres hacerte rico con eso!…".

El rey lo miró severo, mientras el niño respondió: "Yo no busco riquezas; busco amor, y un día me dijeron que Dios es Amor".

El rey lo llevó al ambón de austero aspecto donde estaba el pequeño rollo, atado con una cuerdecita y empolvado. Lo tomó, lo desenrolló y leyó las primeras líneas: "El que sea pequeño venga a mí, y Yo, Dios, le enseñaré la ciencia del amor. En este libro está contenida, y Yo…".

"¡Esto es lo que quiero! Y conoceré a Dios. Y, teniéndolo a Él, tendré todo. Dame este rollo, rey, y seré feliz".
"¡Pero si no tiene valor en dinero! ¡Ese niño es realmente estúpido! No sabe leer y coge un libro. No sabe y no se quiere instruir. Es pobre y no coge tesoros".
̩͈ͅ“Yo me esforzaré en poseer el amor y este libro me lo enseñará. ¡Bendito seas, oh rey, porque me das algo con lo que ya puedo no sentirme ni huérfano ni pobre!".

“¡Al menos adóralo, como he hecho yo, si crees que ahora por él eres feliz".
"Yo no adoro al hombre, sino a Dios que lo ha hecho tan bueno.”

Este niño es el verdadero sabio de mi reino, oh hombre que usurpas la fama de sabio. El orgullo y la codicia te han embriagado hasta el punto de que has sustituido la adoración a Dios por la adoración a criatura. Y eso por el hecho de que la criatura te daba piedras y obras humanas.

Y no has pensado que tienes las gemas, y yo las he tenido, porque Dios las ha creado, y tienes los rollos raros, donde está el pensamiento del hombre, porque Dios ha dado al hombre el intelecto.

Este pequeño, que tiene hambre y frío, que está solo, que ha sufrido el azote de todos los dolores, que estaría disculpado y sería disculpable si se embriagase con la vista de las riquezas, pues mira: sabe dar a Dios un justo gracias por haber hecho bueno mi corazón, y sólo busca la única cosa necesaria: amar a Dios, conocer el amor para tener las verdaderas riquezas aquí y después. Hombre, yo he prometido que te daría lo que eligieras. La palabra del rey es sagrada.

Vete, pues, con tus piedras y tus rollos: piedrecitas multicolores y… paja de humano pensamiento. Y vive temblando por los ladrones y las polillas: los primeros, enemigos de las gemas; las segundas, de los pergaminos. Y deslúmbrate con los vanos resplandores de esas lascas; desazónate con el sabor dulzón de la ciencia humana, que es sólo sabor y no alimento. Márchate, pues. Este niño se quedará a mi lado, y juntos nos esforzaremos en leer este libro que es amor, o sea, Dios.

Y no veremos brillos vanos de frías gemas, ni el sabor de paja, dulzón, de las obras de humano saber. No. Los fuegos del Espíritu Eterno nos darán, ya desde aquí, el éxtasis del Paraíso y poseeremos la Sabiduría, más fortalecedora que el vino, más alimenticia que la miel. Ven, niño. A ti la Sabiduría te ha mostrado su rostro, para que la anhelases como esposa veraz".

Y, expulsado el hombre, tomó consigo al niño y lo instruyó en la divina Sabiduría, para que fuera, en la Tierra, un justo y un rey digno de la sagrada unción, y un ciudadano del Reino de Dios después de la vida.
Ésta es la parábola, prometida a los niños y propuesta a los adultos.

-¿Os acordáis de lo que dice Baruc? (3,l0-l3, 20-2l, 26-28): "¿Por qué, oh Israel, estás en tierra enemiga, envejeces en un país extranjero, estás contaminado con los muertos, y eres del número de los que bajan al abismo?". Y responde: "Porque has abandonado la fuente de la Sabiduría. Si hubieras caminado por el camino de Dios, habrías vivido en paz y para siempre".

Escuchad, vosotros que demasiado frecuentemente os quejáis -porque sobremanera la patria ya no es nuestra, sino del dominador-de estar exiliados a pesar de vivir en la patria; os quejáis de esto y no sabéis que, respecto a lo que os espera en el futuro, esto es como una gota de posca respecto al cáliz inebriativo que se da a los condenados y que, vosotros lo sabéis, es amargo como ninguna otra bebida.

El pueblo de Dios sufre porque ha abandonado la Sabiduría. ¿Cómo podéis poseer prudencia, fuerza, inteligencia; cómo podéis siquiera saber dónde se hallan, para poder saber consiguientemente las cosas menores, si ya no bebéis en las fuentes de la Sabiduría? Su Reino no es de esta Tierra, sino que es la misericordia de Dios la que concede su fuente. Ella está en Dios. Es Dios mismo. Y Dios abre su seno para que descienda a vosotros.

Y bien, ¿acaso ahora Israel, que tiene, o ha tenido -y cree tener todavía, con la necia soberbia de los despilfarradores que han derrochado y que se creen todavía ricos y, creyéndose tales, exigen atenciones, y en realidad recogen solamente compasión o burla-Israel, que tiene o ha tenido riquezas, conquistas, honores, posee ya el único verdadero tesoro? No. Y pierde también los otros, porque el que pierde la Sabiduría pierde la capacidad de ser grande. De error en error va el que no conoce la Sabiduría. E Israel conoce muchas cosas, incluso demasiadas, pero ya no conoce la Sabiduría.

Bien dice Baruc: "Los jóvenes de este pueblo vieron la luz, habitaron en la tierra, pero no saben el camino de la Sabiduría ni conocen sus senderos, y sus hijos no la han recibido y ella se ha alejado". ¡Se ha alejado de ellos! ¡Los hijos no la han recibido! ¡Proféticas palabras!
Yo soy la Sabiduría que os habla. Las tres cuartas partes de Israel no me acoge. Y la Sabiduría se aleja, y se alejará más, y lo dejará sólo…

¿Qué harán entonces los que se creen gigantes y, por tanto, capaces de forzar al Señor a ayudarlos, a servirlos? ¿Gigantes útiles a Dios para fundar su Reino? No. Yo con Baruc digo esto: "Para fundar el Reino verdadero de Dios, Dios no elegirá a estos soberbios, y los dejará perecer en su necedad" fuera de sus senderos. Porque, para subir al Cielo con el espíritu y comprender las lecciones de la Sabiduría, se necesita un espíritu humilde, obediente y, sobre todo, un espíritu que sea todo amor, ya que la Sabiduría habla su lenguaje, o sea, habla el lenguaje del amor, pues es Amor. Para conocer sus senderos se requiere una mirada clara y humilde, libre de la ternaria concupiscencia. Para poseer la Sabiduría hay que comprarla con las monedas vivas: las virtudes.

Esto no lo tenía Israel, y Yo he venido a explicar la Sabiduría, a guiaros a su camino, a sembrar en vuestro corazón las virtudes. Porque Yo todo lo conozco y lo sé, y he venido a enseñárselo a Jacob mi siervo y a Israel, mi dilecto.

He venido a la Tierra a conversar con los hombres, Yo, Palabra del Padre, a tomar de la mano a los hijos del hombre, Yo, Hijo de Dios y del hombre, Yo, Camino de la Vida. He venido para introduciros en la estancia de los tesoros eternos, Yo, a quien todo le ha sido dado por el Padre mío. He venido, Yo, Amador eterno, a tomar a mi Esposa, la Humanidad a la que quiero elevar a mi trono y a mi tálamo para que esté conmigo en el Cielo; y a introducirla en la estancia de los vinos para que se embriague con la verdadera Vid de la cual los sarmientos extraen la Vida.

Pero Israel es esposa holgazana y no se levanta de la cama para abrir a Aquel que ha venido. Y el Esposo se marcha. Pasará. Está para pasar. Después, Israel lo buscará en vano, y encontrará no la misericordiosa caridad de su Salvador, sino los carros de guerra de los dominadores, y será aplastado y soltará soberbia y vida, después de haber querido aplastar incluso a la misericordiosa voluntad de Dios.

¡Oh, Israel, Israel, que pierdes la verdadera Vida por conservar una falaz ilusión de poder! ¡Oh, Israel, que crees salvarte y quieres salvarte por caminos que no son de Sabiduría, y que te pierdes vendiéndote a la Mentira y al Delito, náufrago Israel que no te aferras al fuerte cable lanzado para tu salvación, sino a los despojos de tu quebrantado pretérito; y la tempestad te lleva a otro lugar, a alta mar, en un mar aterrador y sin luz!

¡Oh Israel, ¿de qué te vale salvar tu vida, o presumir de salvarla, durante una hora, un año, un decenio, dos, tres decenios, a costa de un delito, y luego perecer eternamente? La vida, la gloria, el poder, ¿qué son?

Burbuja de agua sucia en la superficie de un aguazal usado por los lavanderos; iridiscente no porque esté hecha de gemas, sino por la grasienta suciedad que con el nitro se hincha para formar bolas vacías destinadas a estallar sin que nada quede, aparte de un círculo en el agua limosa cargada de los sudores humanos.

Una sola cosa es necesaria, oh Israel, poseer la Sabiduría. A costa incluso de la vida. Porque la vida no es la cosa más preciosa. Y más vale perder cien vidas que perder la propia alma.

Jesús ha terminado en medio de un silencio de admiración. Trata de abrirse paso y marcharse… Pero reclaman su beso los niños; y su bendición los adultos. Y sólo después de éstas, despidiéndose de Cleofás y Hermas de Emaús, puede marcharse.

512- Profecía ante un pueblo destruido

No sé en qué lugar está Jesús. Es claro que entre montes. En un sitio destruido o por algún cataclismo o por una operación bélica y después abandonado.

Y me inclinaría a pensar que por esto último, porque las ruinas de las casas muestran también señales de llamas en las bóvedas protegidas del agua y que aún pueden verse entre la maraña de las zarzas, hiedras y otras plantas trepadoras o parásitas, nacidas por todas partes.

Las anchas hojas vellosas de una planta cuyo nombre desconozco, pero que he visto también en Italia, cubren por entero los restos -parecen un montecito de pronunciada pendiente-de una construcción.

Más allá, una pared permanece enhiesta y sola contemplando el resto de la casa caída; está invadida por alcaparras y parietaria; y, por el antepecho de ojos de lo que era una terraza, cuelga una clemátide que ondea al viento sus ramas cual cabellera suelta.

Otra casa derrumbada en el centro, pero que tiene en pie aún las paredes exteriores, parece un enorme jarrón de flores que, en vez de cabillos contiene árboles, nacidos espontáneamente en la cavidad en que antes había habitaciones.

Otra, que, escalonadamente está en parte en pie, parece un altar preparado para un rito y ornado todo de verde. Dominando estas ruinas, un chopo, delgado y derecho como arista de espada, parece preguntar al cielo el porqué de una catástrofe de tanta magnitud.

Y, entre casa y casa, entre montón y montón de escombros, obstinados árboles frutales ya silvestres, ensilvecidos, que aventajan a la otra vegetación o son aventajados por ella, nacidos de frutos caídos -árboles retorcidos, o erguidos, o rastreros, o nacidos en una abertura de una pared o en un pozo agotado-, parecen un bosque hechizado.

Y pájaros y palomas, que salen de entre las quebraduras de las ruinas, se lanzan ávidos a los lugares cercanos donde antes había ciertamente campos arados, y ahora sólo hay una maraña de veza dura -reseca por el sol, y que abre sus vainas para dejar caer las semillas y luego volver a nacer en primavera-de cizañas, de joyos.

Las palomas apartar con feroces aletazos a los pájaros más pequeños, que buscan algún que otro granito de mijo o algún cañamón, nacidos quién sabe de qué lejana semilla que durante años y años se ha perpetuado, con siembra espontánea, en los campos no cultivados. Y los pájaros se vengan, especialmente los reñidores, arrancando las gráciles espigas de mijo desmedrado, y llevándoselas a sus nidos, volando con dificultad muy sesgados por el peso y el estorbo de la panoja.

Jesús no tiene consigo sólo a los apóstoles, sino también a un buen grupo de discípulos, entre los cuales a Cleofás y Hermas de Emaús, hijos del viejo arquisinagogo Cleofás, y a Esteban. Y hay también hombres y mujeres: como si hubieran venido desde algún pueblo a invitar a Jesús para que fuera al suyo, o como si lo hubieran seguido después de que ya hubiera estado allí.

Y Jesús, cruzando el lugar destruido, se detiene a mirar a menudo, y se para del todo cuando desde el lugar más alto puede dominar esa maraña de escombros y vegetales en que la vida está representada solamente por las palomas (un día, ciertamente, domésticas; ahora otra vez agrestes y feroces). Contempla, cruzados los brazos, la cabeza un poco agachada; y, cuanto más mira, más triste y pálido se pone.

-¿Por qué te quedas aquí, Maestro? El lugar te aflige, se ve. No te pares a contemplarlo. Me arrepiento de haberte hecho pasar por aquí, pero es un camino mucho más corto -dice Cleofás de Emaús.
-No miro lo que vosotros veis.

-¿Qué, entonces, Señor? ¿Será que ves el hecho pasado? Fue pavoroso, sin duda. -Éste es el sistema de Roma… ­dice el otro de Emaús

-Y esto debería mover a reflexión… Observad todos. Aquí había una ciudad, no grande pero sí bonita. Hecha más de casas señoriales que de casas humildes. Y estos lugares que ahora son bosques agrestes eran de ricos. Y de ricos eran estos campos ahora estériles, cubiertos de zarzas, joyos, ortigas…

Entonces había pingües árboles frutales y campos llenos de mieses. Y las casas eran bonitas en aquel entonces, con jardines llenos de flores, y pozos y fuentes en las que se bañaban las palomas y jugaban los niños. Eran felices todos los habitantes de este lugar. Y la felicidad no los hizo justos. Se olvidaron del Señor y de sus palabras…

¡Y ya veis! Ya no hay casas ni flores ni fuentes ni mieses ni frutos. Quedan sólo las palomas; y, ya no felices como entonces, en vez de disponer del trigo dorado y el comino -entonces los buscaban ávidas y de ellos se saciaban-, batallan ahora por conseguir unas pocas vezas ásperas, unos joyos amargos. ¡Y hay fiesta, si encuentran todavía una espiga de cebada renacida entre los espinos!…

Y, mirando, ya no veo las palomas… Veo caras, caras… muchas de las cuales no han nacido todavía… Veo ruinas, ruinas, y zarzas y lambrusca, y vezas silvestres que cubren tierras de la Patria… Y todo esto porque no se ha querido acoger al Señor. Oigo llantos de niños extenuados, más infelices que estos pájaros, a los que todavía Dios provee de un mínimo de ayuda para vivir, mientras que esos niños carecerán de toda ayuda, incluidos en el castigo general, y languidecerán en el pecho seco de sus madres, moribundas de inanición y dolor y espanto sin nombre. Y oigo los lamentos de las madres ante sus hijos muertos de hambre en su pecho. Y los lamentos de las esposas que ya no tienen esposo; de las vírgenes capturadas para placer de los vencedores; de los hombres encaminados hacia las cadenas tras haber conocido toda suerte de humillación de guerra; y de viejos que han vivido hasta ver cumplida la profecía de Daniel.

(Capítulo 9) Y oigo la voz incansable de Isaías (28,ll-l2, l5,l6-l9) en el soplo de este viento entre las ruinas, en el quejido de las palomas entre los escombros:

"Con palabras extrañas, con lengua extranjera hablará el Señor a este pueblo, al cual ha dicho: Aquí está mi reposo. Dad reposo al fatigado; éste es mi alivio"'. Pero ellos no han querido escuchar. No. No han querido, y el Señor no puede hallar reposo en su pueblo. El cansado, que se ha cansado recorriendo sus comarcas, enseñando, curando, convirtiendo, consolando, no encuentra descanso sino persecución; no encuentra alivio, sino insidia y traición. Perfectamente uno es el Hijo con el Padre.

Y, si la Verdad os ha enseñado que hasta un vaso de agua dado a un hombre tendrá su recompensa, porque todo acto de misericordia hecho al hermano a Dios mismo se le hace, ¿qué castigo habrá para aquellos que hasta la piedra del sendero como almohada le niegan al Hijo del hombre, y el manantial montano que brota por bondad del Creador, y el fruto olvidado en la rama por estar enfermo o verde, y la espiga substraída a las palomas, y tienen ya preparado el lazo para estrangular el aire en la garganta y con el aire la vida?

¡Oh, desventurado Israel, que has perdido en ti la justicia y que has perdido la misericordia de Dios!
Y de nuevo se oye la voz de Isaías en el viento del atardecer, más tremenda que el grito del pájaro de muerte, casi tan tremenda como la que sonó en el Jardín terrenal para la condena de los dos culpables, y -¡oh, tremenda cosa!-¡y no está unida esta voz del Profeta a la promesa de un perdón, como entonces, como entonces! No. No hay perdón para los que intentan burlarse de Dios, para los que dicen:

"Hemos hecho alianza con la muerte, hemos estrechado un pacto con el infierno. Los flagelos, cuando vengan, no nos vendrán a nosotros, porque hemos puesto nuestras esperanzas en la Mentira y ella, que es poderosa, nos protege".

Oíd, oíd cómo repite Isaías lo que oyó al Señor: "Yo pondré, como fundamento de Sión, una piedra angular, elegida, preciosa… Juzgaré sopesando, haré justicia midiendo; y el granizo destruirá la esperanza en la Mentira, y las aguas arrasarán las protecciones, y será destruida vuestra alianza con la muerte, dejará de existir vuestro pacto con el infierno. Cuando pase, violento, el flagelo, os arrastrará tras sí; cada vez que pase os arrastrará, cada hora, y sólo los castigos os harán comprender la lección".

¡Desventurado Israel! Como estos campos -en que subsiste sólo la veza pobre y el amargo joyo, y donde ya no hay trigo­ será Israel; y la tierra que no aceptó al Señor no tendrá pan para sus hijos, y los hijos que no quisieron acoger al cansado pasarán, castigados, enrudecidos, como galeotes amarrados al remo, a ser esclavos de aquellos a quienes despreciaron como inferiores.

Dios verdaderamente trillará al pueblo soberbio bajo el peso de su justicia, y lo ahogará con la agramadera de su juicio…

Esto es lo que veo en estas ruinas. ¡Ruinas! ¡Ruinas! A Septentrión, a Mediodía, a Oriente y Occidente, y, sobre todo, en el centro, en el corazón, donde la ciudad culpable será transformada en putrefacta fosa…

Y lágrimas lentas descienden por el pálido rostro de Jesús, que levanta el manto para taparse la cara y deja descubiertos sólo los ojos, dilatados por la dolorosa visión.

Y reanuda la marcha, mientras los que están con Él van bisbiseando apenas, helados de espanto…

511- En la casa de Juan de Nob, otra alabanza a la Corredentora. Embustes de Judas Iscariote

Jesús está en Nob. Y debe ser desde hace poco, porque está organizándose y dividiendo en tres grupos de cuatro personas a sus doce para distribuirlos en las casas.

Él se queda con Pedro, Juan, Judas Iscariote y Simón Zelote, mientras que Santiago de Zebedeo tiene a cargo el grupo compuesto por Mateo, Judas de Alfeo y Felipe, y Bartolomé está a la cabeza del tercero, y los que a él están sujetos son Santiago de Alfeo, Andrés y Tomás.

-Iréis a donde han ofrecido recibiros, después de cenar. Volveréis aquí por la mañana y os diré lo que tenéis que hacer. En las horas de las comidas estaremos juntos.

Recordad lo que os he dicho muchas veces: que también con el modo de vivir y convivir entre vosotros y con quien os recibe debéis predicar mi Doctrina. Sed, pues, sobrios, pacientes, honestos en vuestras palabras, en vuestras acciones, en vuestras miradas, de manera que la justicia emane de vosotros como un perfume. Ya veis cómo los ojos del mundo están siempre sobre nosotros, para calumniarnos o para estudiarnos, y también por veneración.

Pero éstos son los menos entre los muchos ojos que nos observan. Y, no obstante, de estos pocos debemos tener sumo cuidado, porque sobre su fe carga el trabajo del mundo, para desmoronarla, y todo sirve al mundo como arma para destruir el amor de los buenos hacia mí, y, como consecuencia, hacia vosotros.

No ayudéis, pues, al mundo con un modo de vida no santo, y no hagáis, siendo para ellos objeto de escándalo, más pesada la fatiga de los que deben defender su fe de las insidias de mis adversarios. El escándalo deja desorientadas a las almas, las aleja, las debilita. ¡Ay de aquel apóstol que sea escándalo para las almas! Peca contra su Maestro y contra su prójimo, contra Dios y contra el rebaño de Dios. Me fío de vosotros. No hagáis que a mi dolor, que es mucho, se una otro dolor que me venga de vosotros.

-No temas, Maestro. De nosotros no recibirás dolor, a menos que Satanás nos extravíe a todos -dice Bartolomé.
Entra Anastática, que está en la cocina con Elisa, y dice:
-La cena está preparada, Maestro. Baja mientras está caliente. Te repondrás.
-Vamos.

Y Jesús se levanta y sigue a la mujer hacia abajo por la pequeña escalera que desde la habitación de arriba -donde están preparadas ya unas camas modestas-baja hasta el huertecito. Y de este entra en la cocina, alegrada por un fuego vivo.

Está el anciano Juan junto al fuego, y Elisa ajetreada con las cosas de comer. Ella se vuelve con una sonrisa materna a mirar a Jesús cuando entra, y se apresura a volcar en una bandeja grande el trigo o cebada cocidos en la leche (esto ya lo he visto hacer a María de Alfeo en Nazaret antes de la partida de Juan y Síntica).

-Mira. He tenido siempre presente que María Cleofás me dijo que te gustaba. Y había reservado la mejor miel para hacerlo también para Margziam… Siento que el niño no haya venido…

-Nique ha querido que se quedara, junto con Isaac, dado que mañana a la aurora salen, y ella aprovecha el carro hasta Jericó para llevar a cabo la misión que ya sabes…
-¿Qué misión, Maestro? -pregunta interesado Judas Iscariote.

-Una misión muy femenina. Criar a un niño. Lo único que el niño no necesita leche, sino fe, porque es un niño en el espíritu. Pero la mujer es siempre madre, y sabe hacer estas cosas. ¡Y una vez que ha comprendido!… Vale cuanto el hombre. Y con la superioridad de la fuerza de su dulzura materna.

-¡Qué bueno eres con nosotras, Maestro! -dice Elisa acariciándolo con la mirada.

-Soy veraz, Elisa. Nosotros de Israel, y no sólo nosotros, estamos acostumbrados a ver a la mujer como si fuera un ser inferior, a pensar en ella así. No. Si está sujeta al hombre, como es justicia, si en ella recae más el castigo por el pecado de Eva, si su misión está destinada a desarrollarse entre velos y penumbras, sin gestos ni gritos llamativos, si todo en ella sucede como celado bajo un entrecielo, no por ello es menos fuerte o menos capaz que los hombres.

Incluso sin traer a la memoria a las grandes mujeres de Israel, Yo os digo que hay mucha fuerza en el corazón de la mujer. En el corazón. Como para nosotros, varones, en la mente. Y os digo que está para cambiar la posición de la mujer respecto a las tradiciones, como respecto a muchas otras cosas. Y ello será justo, porque de la misma manera que Yo para los hombres todos, así, una Mujer obtendrá en modo especial para las mujeres gracia y redención.

-¿Una mujer? ¿Y, según Tú, cómo va a redimir una mujer? -y Judas de Keriot se ríe.
-En verdad te digo que Ella ya está redimiendo. ¿Tú sabes lo que es redimir?

-¡Claro que lo sé! Es liberar del pecado.
-Sí. Pero liberar del pecado no serviría de mucho, porque el Adversario es eterno y volvería a insidiar. Pero del Jardín terrenal una voz surgió, la Voz de Dios, diciendo:

"Pondré enemistad entre ti y la Mujer… Ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar". Nada más que una asechanza, porque la Mujer tendrá, tiene en sí, aquello que vence al Adversario. Y redime, por tanto, desde que existe. Redención ya presente, aunque celada. Pero pronto se manifestará al mundo, y las mujeres se fortalecerán en Ella.

-Que Tú redimas… de acuerdo. Pero una mujer que pueda… No lo acepto, Maestro.
-¿No recuerdas a Tobías? ¿Su cántico? (Tobías l3).
-Sí. Pero habla de Jerusalén.

-¿Tiene, acaso, ya Jerusalén un Tabernáculo en que esté Dios? ¿Puede Dios asistir desde su gloria a los pecados que se consuman dentro de las murallas del Templo? Otro Tabernáculo era necesario, y que fuera santo, y que fuera estrella que recondujera los errantes al Altísimo. Y esto se da en la Corredentora, que por los siglos de los siglos exultará de ser la Madre de los redimidos. "Tú brillarás con luz espléndida. Todos los pueblos de la Tierra se postrarán ante ti. Las naciones llegarán a ti desde lejos, llevando dones, y adorarán en ti al Señor… Invocarán tu gran nombre…

Los que no te escuchen estarán entre los malditos, y benditos aquellos que se adhieran a ti… Serás feliz en tus hijos, porque ellos serán los benditos reunidos con el Señor". El verdadero cántico de la Corredentora. Y ya en el Cielo lo cantan los ángeles, que ven… La Jerusalén nueva y celeste comienza en Ella. ¡Oh, sí, esto es verdad! Y el mundo la ignora. Y la ignoran los ofuscados rabíes de Israel…

Jesús se sumerge en sus pensamientos…
-¿Pero de quién habla? -pregunta Judas Iscariote a Felipe, que está a su lado.

Antes de que Felipe responda, Elisa, que está poniendo en la mesa queso y aceitunas negras, dice, más bien con dureza:

-De su Madre habla. ¿No lo comprendes?

-Nunca he sabido que sea nombrada por los profetas como mártir… Se habla únicamente del Redentor, y…

-¿Y piensas que existe sólo la tortura de la carne? ¿Y no sabes que esa cosa no es nada, para una madre, respecto a la de ver morir a un hijo? ¡Tu mente -no hablo de tu corazón, no sé qué latido tiene, tu mente de que te jactas no te dice que un sinfín de veces una madre se sometería a la tortura y a la muerte con tal de no oír un gemido del hijo?

Hombre, tú eres hombre y conoces el saber. Yo sé ser mujer y madre; no sé otra cosa. Pero te digo que eres más ignorante que yo, porque ni siquiera conoces el corazón de tu madre…

-¡Me ofendes!
-No. Soy anciana y te aconsejo. Haz sagaz tu corazón y evitarás llanto y castigo. Haz eso, si puedes.

Los apóstoles, especialmente Judas de Alfeo, Santiago de Zebedeo, Bartolomé y el Zelote, se miran de reojo disimuladamente y agachan la cabeza para ocultar la sonrisita que aflora en sus labios por las francas palabras de Elisa al apóstol que se cree perfecto. Jesús sigue absorto y no oye nada.

Elisa se vuelve a Anastática y dice:

-Ven. Mientras terminan de comer vamos a preparar otras dos camas, porque tres son pocas -y hace ademán de querer salir.

-¡Elisa, no dejaréis la vuestra, ¿no?! -exclama Pedro -No está bien. Yo y Juan podemos dormir en las tablas. Estamos acostumbrados.

-No, Simón. Hay cañizos y esteras. Están guardados. Ahora los montamos en los caballetes.
Sale con la otra.

A los apóstoles, cansados y con el calorcito de la cocina, casi se les cae la cabeza. Jesús, apoyados el codo en la mesa y la cabeza en la mano, piensa.

Un golpe en la puerta. Tomás, que es el más cercano, se levanta vara abrir. Exclama:

-¿Tú, José? ¿Y con Nicodemo? ¡Entrad! ¡Entrad!

-Paz a ti, Maestro, y a los que están en esta casa. Vamos a Ramá, Maestro; Nicodemo me ha invitado a ir allí. Pasando, hemos dicho: Detengámonos a saludar al Maestro".

Queríamos saber si… te habían importunado más, visto que han ido a casa de José a buscarte. Te han buscado ya por todas partes, después de que has curado a aquel ciego. Es verdad que no han paseado fuera de las murallas. No han movido una silla, para no profanar el sábado. Y por eso se creen puros. Pero, para buscarte, para seguir a Bartolmái, han recorrido mucho más del máximo.

-¿Y cómo lo han sabido, si el Maestro no ha hecho nada en la calle? -pregunta Mateo.

-¡Eso! Ni siquiera nosotros hemos sabido si estaba curado. Hemos ido a la sinagoga y luego a saludar a Nique y a Isaac y a Margziam, que se quedan donde ella. Y luego, después del ocaso, rápidamente hemos venido aquí -dice Pedro.

-Vosotros no lo habéis sabido. Pero los enviados de los fariseos sí. Vosotros no lo habéis visto, pero yo sí. Dos de ellos estaban presentes cuando el Maestro tocó los ojos al ciego. Desde horas antes estaban esperando.

-¿Y eso? ¿Por qué? -pregunta Judas de Keriot con aire de inocente.

-¿A mí me lo preguntas?
-Es una cosa extraña. Por eso lo pregunto.

-Cosa más extraña es que de un tiempo a esta parte donde está el Maestro hay siempre espías.

-Los buitres van donde está el despojo; los lobos, donde el rebaño.

-Y los ladrones, donde un cómplice les señala una caravana. Es como has dicho.
-¿Qué quieres insinuar?

-Nada. Completo tu proverbio aplicándolo a los hombres.

Porque Jesús es hombre; y hombres son sus trasechadores.

-Cuenta, José, cuenta… -dicen muchos de los presentes.
-Si el Maestro quiere… he venido para contar.
-Habla -dice Jesús.

Y José narra minuciosamente todo lo que ha observado. Pero omite el detalle de que fue Judas el que habló al ciego del domicilio de Jesús.

Los comentarios son muchos, furiosos, doloridos, según los corazones. Y Judas de Keriot es el más -en apariencia­afligido e inquieto. Contra todos, y especialmente contra el ciego imprudente que ha venido a ponerse en el sendero de Jesús en día de sábado, confiando en la conocida bondad del Maestro…

-¡Pero si has sido tú el que se lo has señalado! Estaba cerca de ti y he oído -dice Felipe asombrado.

-Señalar no quiere decir ordenar hacer.

-¡Ah, te creo, que no te habrías permitido dar órdenes al Maestro!… -dice Judas Tadeo.

-¿Yo? ¡Nada que ver! Se lo he señalado sólo para pedir explicación.

-Sí. Pero señalar, a veces, es también tentar a hacer. Y esto lo has hecho -rebate Judas Tadeo.
-Eso lo dices tú, pero no es verdad -afirma Judas con desfachatez.

-¿Que no es verdad? ¿Estás completamente seguro? ¿Seguro como de vivir, de no haber hablado nunca de Jesús al ciego, de no haberlo sugestionado para que se dirigiera a Jesús, y, estás seguro, naturalmente, de no haberlo inducido a hacerlo inmediatamente, antes que Jesús dejara la ciudad? -pregunta José de Arimatea.

-¡Por supuesto! ¡Y quién ha hablado a ese hombre? Yo seguro que no. Estoy siempre con el Maestro, día y noche, y si no con Él con los compañeros…

-Creía que lo habías hecho ayer, cuando saliste con las mujeres -dice Bartolomé.

-¿Ayer? Tardé menos en ir y volver que una golondrina volando. ¿Cómo hubiera podido buscar al ciego, encontrarlo y hablar con él en tan poco tiempo?
-Quizás te encontraste con él…
-¡Jamás lo había visto!

-Entonces ese hombre es un mentiroso, porque ha afirmado que tú le habías dicho que viniera, y dónde, y cómo hacer las cosas; y le habías garantizado que Jesús le prestaría oídos y… -dice José de Arimatea.

Judas le interrumpe con violencia:

-¡Basta! ¡Basta! ¡Merece volverse ciego otra vez por todas las mentiras que dice! Yo, y puedo jurarlo por el Santo, no lo conozco nada más que de vista, y nunca he hablado con él.

-Verdaderamente basta así. Tu alma está en regla, Judas de Keriot, que no temes a Dios porque sabes que tus obras son santas. Dichoso tú… que no temes nada -le dice José, mirándolo con severidad, con unos ojos que perforan.

-No temo, no, porque no tengo pecado.

-Todos pecamos, Judas. ¡Y poco aún es si sabemos arrepentirnos después de los primeros pecados y no aumentarlos en número y en maldad! -dice Nicodemo, que hasta ahora no ha hablado.

Y luego se vuelve hacia el Maestro y dice:
-Lo penoso es que José de Seforí ha sido amenazado con ser expulsado de la sinagoga, si vuelve a hospedarte, y Bartolmái ya ha sido expulsado. Iba a ella con su padre y su madre, pero unos fariseos lo esperaban y le negaron la entrada, y lo anatematizaron.

-¡Esto ya es demasiado! ¿Hasta cuándo, Señor…? -gritan muchos de los presentes.

-¡Calma! ¡Calma! No pasa nada. Bartolmái está en el camino del Reino. ¿Qué ha perdido, pues? Está en la Luz. ¿No es, entonces, más hijo de Dios que antes? ¡Oh, no confundáis los valores! ¡Calma! ¡Calma! No iremos tampoco a casa de José… Lo que siento es que Isaac piensa llevar allí a mi Madre y a María de Alfeo… Pero, en todo caso, serían pocas horas, porque ya hay uno que ha proveído a ello.
Se dirige a Juan de Nob:

-Padre, ¿tienes miedo del Sanedrín? Ya ves lo que cuesta dar posada al Hijo del hombre… Eres anciano. Eres un fiel israelita. Podrías ser expulsado de la sinagoga en tus últimos sábados. ¿Serías capaz de soportarlo? Habla con sinceridad, y Yo, si temes, me iré. Una cueva quedará en los montes de Israel para el Hijo de Dios…

-¿Yo, Señor? ¿A quién crees que puedo temer, sino a Dios? No tengo miedo de la boca del sepulcro -es más, la miro como a cosa amiga-, ¿y crees que puedo tener miedo de la boca de los hombres? Sólo temería el juicio de Dios si, por miedo a los hombres, alejara de mí a Jesús, ¡el Cristo de Dios!

-De acuerdo. Eres un hombre justo… Me quedaré aquí… cuando no esté en las ciudades cercanas, como tengo pensado hacer todavía otra vez.

-Ve a Ramá y vienes a mi casa, Señor -dice Nicodemo.
-¿Y si te perjudica?

-¿Acaso no te invitan, por mala fe, los fariseos? ¿No podría hacerlo yo, para profundizar en tu corazón?

-Sí, Maestro. Vamos a Ramá. Mi padre se alegrará mucho, si está en casa. Y, si no está, como sucede a menudo, encontrará tu bendición a su regreso -suplica Tomás.

-El primer lugar al que iremos será Ramá, mañana…

-Maestro, nosotros te dejamos. Tenemos afuera las cabalgaduras y estaremos en Ramá antes del final de la segunda vigilia. La Luna pone blancos los caminos, como de pálido sol. Adiós, Maestro. La paz sea contigo -dice Nicodemo.

-La paz a ti, Maestro… y, escucha un consejo bueno de José el Anciano. Sé un poco astuto. Vigila alrededor de ti. Abre los ojos y cierra la boca. Haz, y no digas nunca antes lo que quieres hacer… Y no vengas a Jerusalén durante un tiempo; y, si vienes, no vayas al Templo sino el tiempo necesario para orar. ¿Me comprendes? Adiós, Maestro. La paz a ti.

José ha remarcado mucho las palabras que subrayo, y, mientras las decía, miraba intensamente a Jesús; ya simplemente su mirada era un aviso.

Salen al huertecito, blanco de luna. Desatan dos robustos asnos que estaban atados al tronco del nogal; suben a la silla y se marchan por el camino desierto y blanco…

Jesús vuelve a la cocina con los suyos…
-Pero ¿qué habrá querido decir aquí al final?
-Y ¿cómo se habrán enterado ésos?
-¿Qué le harán a José de Seforí?
-Nada. Palabras. Sólo palabras. No penséis ya más en ello. Son cosas pasadas y sin consecuencias. Vamos. Decimos la oración y nos separamos para la noche. "Padre nuestro…"».

Los bendice, los mira mientras se marchan. Luego sube, con los cuatro con que se ha quedado, a la habitación donde están las camas.

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