por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-¿Pero quieres ir por este camino?, ¿precisamente por éste? No me parece prudente por muchas razones…-objeta Judas Iscariote.
-¿Cuáles? ¿No han venido, acaso, a mí, hasta Cafarnaúm, hombres de estos pueblos, buscando salud y sabiduría? ¿No son ellos también criaturas de Dios?
-Sí… Pero… No es prudente para ti acercarte demasiado a Maqueronte… Es lugar infausto para los enemigos de Herodes.
-Maqueronte está lejos. Y no tengo tiempo de ir hasta allá. Quisiera ir hasta Petra, e incluso más allá… Pero llegaré sólo a mitad de camino, y ni siquiera. De todas formas, vamos…
-José te ha aconsejado…
-Que estuviera por caminos vigilados. Éste es precisamente el camino de Transjordania, intensamente vigilado por los romanos. No soy un cobarde, Judas, y tampoco un imprudente.
-Yo no me fiaría. No me alejaría de Jerusalén. Yo…
-Pero déjalo al Maestro. Él es el Maestro y nosotros sus discípulos. ¿Pero cuándo se ha visto que el discípulo sea el que aconseje al Maestro? -dice Santiago de Zebedeo.
-¿Cuándo? No hace años que tu hermano dijo al Maestro que no fuera a Acor y Él lo escuchó. Ahora que me escuche a mí.
-Eres celoso y prepotente. Si mi hermano habló y fue escuchado, señal es que eran palabras justas y había que atenderlas. ¡Bastaba mirar a Juan aquel día para comprender que era justo darle oídos!
-Con toda su sabiduría, nunca ha sabido defenderlo, y nunca sabrá hacerlo. Sin embargo, está reciente aún lo que hice yo yendo a Jerusalén.
-Cumpliste con tu deber. Mi hermano también lo habría hecho en esas circunstancias; con otras maneras, porque no sabe mentir ni siquiera para cosas buenas, lo cual me alegra…
-Me estás ofendiendo. Me estás llamando embustero…
-¿Y quieres que te llame sincero, si mentiste con tanta habilidad sin cambiar de color!
-Lo hacía…
-Sí. Lo sé. ¡Lo sé! Para salvar al Maestro. Pero eso no va conmigo, ni con ninguno de nosotros. Preferimos la sencilla respuesta del anciano (Ananías). Preferimos guardar silencio y que nos llamen tontos, e incluso que nos maltraten, pero no mentir. Se empieza por una cosa buena y se acaba con una cosa no buena.
-El malo, no yo; el necio, no yo.
-¡Basta! Teniendo razón, acabáis en el yerro, un yerro distinto del que os impugnáis, porque es un yerro contra la caridad. Todos sabéis lo que pienso sobre la sinceridad. Y también lo que exijo en la caridad. Vamos. Estas disputas vuestras me son más penosas que los insultos de los enemigos.
Y Jesús, visiblemente enojado, se pone a andar rápidamente, Él solo, por una calzada que, sin necesidad de ser arqueólogo, se comprende que ha sido hecha por los romanos, y que va hacia el sur, casi recta hasta donde alcanza la vista, entre dos cadenas de montes respetables.
Calzada monótona, oscura a causa de las laderas boscosas que la cierran e impiden a la vista desplegarse hasta el horizonte; pero bien cuidada. De tanto en tanto, algún puente romano construido sobre torrentes y pequeños ríos, que, sin duda, bajan al Jordán o al Mar Muerto. No lo sé con exactitud, porque los montes me impiden ver hacia Occidente, donde deben estar el río y el mar. Y alguna caravana por la calzada, caravana que quizás sube desde el Mar Rojo para ir quién sabe a dónde, con muchos camellos y camelleros y mercaderes de raza visiblemente distinta de la hebrea.
Jesús continúa delante, solo. Detrás, divididos en dos grupos, los apóstoles, cuchicheando unos con otros: los galileos, delante; detrás, los judíos, más Andrés, Juan y los dos discípulos que se han unido a ellos. Los dos grupos tratan, uno, de consolar a Santiago, que se ha quedado deprimido por la severa corrección del Maestro, otro, de convencer a Judas de no ser siempre tan obstinado y agresivo. Y los dos grupos están de acuerdo en aconsejar a los dos corregidos a ir donde el Maestro y hacer la paz con Él.
-¿Yo? Hombre, pues voy enseguida. Sé que tengo razón. Conozco mis acciones. No he sido yo el que ha metido cizaña; así que voy -dice Judas Iscariote. Se muestra atrevido, yo diría descarado. Acelera el paso para alcanzar a Jesús. Me pregunto una vez más si en esos días estaba ya dispuesto a traicionar y conspiraba ya con los enemigos de Cristo…
Santiago, por el contrario, que en el fondo es el menos culpable, está tan abatido por haber causado dolor al Maestro, que no se atreve a ir adelante. Mira a su Maestro, que ahora está hablando con Judas… Lo mira, y es vivo en su rostro el deseo de las palabras de perdón de Jesús. Pero su mismo amor, sincero, constante, fuerte, le hace parecer imperdonable su yerro.
Ahora los dos grupos se han reunido, y también Simón Zelote, Andrés, Tomás y Juan dicen:
-¡Venga, hombre! ¡Si no lo conocieras! ¡Ya te ha perdonado! -y, con mucha agudeza de juicio, Bartolomé, anciano y sabio, dice, poniendo la mano en el hombro de Santiago:
-Yo te lo digo: por no suscitar otras disputas, os ha corregido imparcialmente a vosotros dos. Pero su corazón lo decía sólo a Judas.
-¡Así es, Tolmái! Mi hermano se consume en soportar a ese hombre, al cual se empeña en querer convertirlo; y se cansa en tratar de mostrárnoslo… como nosotros somos. El es el Maestro, y yo… soy yo… Pero, si yo fuera Él, ciertamente el hombre de Keriot no estaría con nosotros -dice Judas Tadeo con centellas en esos hermosísimos ojos suyos que recuerdan a los de Cristo.
-¿Tú piensas?, ¿sospechas? ¿Qué? -dicen varios.
-Nada. Nada concretamente. Pero ese hombre no me gusta.
-No te ha gustado nunca, hermano. Es una repulsa irracional, porque surgió con el primer encuentro. Tú me lo has confesado. Es contraria al amor. Deberías vencerla, aunque sólo fuera por dar una alegría a Jesús -dice, calmo y persuasivo, Santiago de Alfeo.
-Tienes razón, pero… no soy capaz. Ven, Santiago, vamos juntos donde mi hermano -y Judas de Alfeo toma resueltamente el brazo de Santiago de Zebedeo y se lo lleva consigo.
Judas los oye venir y se vuelve, y luego dice a Jesús algo. Jesús se para y los espera. Judas, con mirada maliciosa, observa al compungido apóstol.
-Perdona, apártate un poco. Necesito hablar con mi Hermano -dice Judas Tadeo. La frase es amable, pero el tono con que la dice es muy seco.
Una risita de Judas Iscariote, que luego se encoge de hombros y vuelve sobre sus pasos y se une a los otros.
-Jesús, somos pecadores… -dice Judas Tadeo.
-Yo soy pecador, no tú -susurra Santiago, cabizbajo.
-Nosotros somos pecadores, Santiago, porque lo que tú has dicho yo lo he pensado, lo he aprobado, lo tengo en el corazón. Por tanto, yo también estoy en pecado. Porque de mi corazón sale -y ello contamina mi caridad-el juicio sobre Judas…
Jesús, ¿no dices nada a tus discípulos que reconocen su pecado?
-¿Qué debo decir que no sepáis ya? ¿Cambiáis, acaso, respecto a vuestro compañero, por mis palabras?
-No. No más de lo que él cambie por las que Tú le dices -le responde, sincero, por sí y por los otros, su primo.
-¡Deja, Judas, deja! Yo he errado. De mí se trata y debo ocuparme de mí, no de otros. Maestro, no estés enojado conmigo…
-Santiago, Yo quisiera de ti, de todos, una cosa. Mucho dolor me causan las muchas incomprensiones que encuentro… las muchas resistencias obstinadas. Ya lo veis vosotros…
Por cada lugar que me da alegría, tres no me la dan, y me expulsan como a un malhechor. Pero, esa comprensión, esa adhesión que los otros no me dan quisiera recibirla al menos de vosotros.
Que el mundo no me ame, que me sienta asfixiado por todo este odio, por esta antipatía, enemistad, sospecha, que me rodea, y por todo tipo de indignidades, por los egoísmos, por todo lo que sólo mi amor infinito hacia el hombre me hace soportar… todo esto es penoso. Pero, bueno, pues lo sufro con paciencia.
He venido para sufrir esto por parte de los que odian la Salud. ¡Pero vosotros! ¡No, esto no lo soporto! Esto, es decir, el que no seáis capaces de amaros entre vosotros, y, por tanto, de comprenderme; esto, es decir, el que no prestéis adhesión a mi espíritu, esforzándoos en hacer lo que Yo hago.
¿Creéis, podéis creer todos vosotros, que no veo los errores de Judas?, ¿que ignoro cosa alguna de él? Convenceos de que no es así. Pero, si Yo hubiera querido tener personas perfectas en el espíritu, habría hecho que se encarnaran los ángeles y me habría rodeado de ellos. Habría podido hacerlo. ¿Habría sido un verdadero bien? No.
Por mi parte, hubiera sido egoísmo y desprecio. Habría evitado el dolor que me viene de vuestras imperfecciones, pero habría despreciado a los hombres a quienes el Padre mío ha creado y a los que ama tanto, que me ha enviado para que los salve. Y, por parte del hombre, habría sido un perjuicio para el futuro. Una vez terminada mi misión, una vez que hubiera subido de nuevo al Cielo con mis ángeles, ¿qué cosa apta para continuar mi misión habría quedado, y quién?
¿Qué hombre hubiera podido esforzarse en hacer lo que digo, si sólo un Dios y unos ángeles hubieran dado el ejemplo de una vida nueva reglada por el espíritu? Ha sido necesario que Yo me revistiera de carne para convencer al hombre de que, si quiere, puede ser casto y santo en todos los modos. Y ha sido necesario que tomara conmigo unos hombres… así… aquellos que con su espíritu respondieron a la llamada de mi espíritu, sin mirar si eran ricos o pobres, doctos o ignorantes, de ciudad o de pueblo. Que los tomara así, como los iba encontrando, y que mi voluntad y la suya los transformara lentamente en maestros de otros hombres.
El hombre puede creer en el hombre, en el hombre al que ve. Le es difícil al hombre, tan postrado, creer en Dios a quien no ve. No habían terminado todavía los rayos en el Sinaí, y ya al pie del monte había surgido la idolatría…
No había muerto Moisés todavía, cuyo rostro no se podía mirar, y ya se pecaba contra la Ley. Pero, cuando vosotros, transformados en maestros, estéis como ejemplo, como testimonio, como levadura, entre los hombres, ya no podrán decir: "Son seres que han descendido a estar entre los hombres y no podemos imitarlos". Deberán decir: "Son hombres como nosotros. Ciertamente tienen los mismos instintos y estímulos nuestros, las mismas reacciones; y, a pesar de todo, saben resistir contra los estímulos e instintos, y saben tener otras reacciones bien distintas de las nuestras, que son viles". Y se convencerán de que el hombre puede divinizarse, con sólo querer entrar en los caminos de Dios.
Observad a los gentiles y a los idólatras. ¿Todo su Olimpo, todos sus ídolos, acaso los hacen mejores? No. Porque ellos, si son incrédulos, dicen que sus dioses son una patraña; si son creyentes, piensan: "Son dioses y yo hombre" y no se esfuerzan en imitarlos. Vosotros, pues, tratad de haceros como Yo. Y no tengáis prisas. El hombre evoluciona lentamente de animal racional a ser espiritual. ¡Sed compasivos, sed compasivos los unos para con los otros! Nadie, excepto Dios, es perfecto.
Y ahora, todo ha pasado, ¿no es verdad? Transformaos con firme voluntad imitando a Simón de Jonás, que en menos de un año ha dado pasos de gigante. Y… ¿Quién, de entre vosotros, era hombre, más hombre que Simón con todas las imperfecciones de una humanidad muy material?
-Es verdad, Jesús. Es mi objeto de estudio continuo ese hombre. Y mi admiración -confiesa Judas Tadeo.
-Sí. Yo estoy con él desde la niñez. Lo conozco como si fuera hermano mío. Pero ahora tengo ante mí a un Simón nuevo. Te confieso que cuando dijiste que era nuestro jefe, yo -y no sólo yo-me quedé desorientado. Me parecía el menos indicado de todos. ¡Simón respecto al otro Simón y a Natanael! ¡Simón respecto a mi hermano y a tus hermanos! Sobre todo, respecto a estos cinco. Me parecía un completo error… Ahora digo que tenías razón.
-¡Y vosotros no veis más que la superficie de Simón! Pero Yo veo su profundidad. Para ser perfecto, aún tiene que hacer mucho y mucho que padecer. Pero quisiera en todos vosotros su buena voluntad, su sencillez, su humildad y su amor…
Jesús mira hacia delante, y parece que viera… ¿quién sabe qué? Está absorto en un pensamiento suyo y sonríe a lo que ve; luego baja los ojos hacia Santiago y le sonríe.
-¿Entonces… estoy perdonado?
-Quisiera poder perdonar a todos como a ti… Mirad, esa ciudad debe ser Esebón. El hombre dijo que después del puente de tres arcos estaba la ciudad. Vamos a esperar a los otros para entrar en ella juntos.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No sé dónde están. Sin duda, ya no en el valle del Jordán, sino en los montes que lo orillan, porque veo abajo el verde valle y el hermoso río azul, mientras que cimas de montes bien altos emergen sobre la meseta extendida al oriente del Jordán.
Veo a Pedro que, solitario en una pequeña elevación, está mirando atentamente al nordeste y suspira muy triste. A sus pies hay leña (sin duda, recogida en los bosques que cubren esta pequeña altura). Un pueblecito anida entre el verde. Pedro está verdaderamente muy abatido. Acaba sentándose en su haz y metiendo su cabeza entre las manos, todo acurrucado. Está así, perdida la noción del tiempo y de todas las cosas; tan absorto, que no le hacen reaccionar ni siquiera algunos niños que pasan detrás de algunas cabritas caprichosas. Los niños lo observan y luego se marchan corriendo detrás de las cabras, hacia el pueblecillo. El Sol declina lentamente y Pedro no se mueve.
Por el sendero que sube desde el pueblecillo a esta elevación, se está aproximando Jesús. Camina despacio, evitando hacer ruido. Llega así al lugar donde está Pedro. Y, erguido delante él, lo llama:
-¡Simón!
-¡Maestro!
Pedro se sobresalta y alza un rostro turbado, al decir esa palabra.
-¿Qué estabas haciendo, Simón? Tus compañeros, todos, han regresado. El único que no volvías eras tú. Estábamos preocupados. Tanto, que tu hermano y los hijos de Zebedeo, con Tomas y Judas, han ido en distintas direcciones por los montes, y mis hermanos, con Isaac y Margziam, han bajado hacia la llanura.
-Lo siento… Siento haber causado aflicción y molestias…
-Tus compañeros te quieren… Ha sido precisamente Judas el primero que se ha preocupado, y ha regañado a Margziam por haberte dejado marcharte solo.
-¡Mmm!…
-Simón, ¿qué te pasa?
-Nada, Maestro.
-¿Qué hacías aquí, en este risco, solo, al caer de la tarde?
-Estaba mirando…
-Habrás mirado, Simón. Pero ahora no estabas mirando… Han pasado cerca de ti unos niños, y estabas tan acurrucado, que han tenido casi miedo de que estuvieras muerto. Han venido corriendo al aprisco que nos ha acogido y me lo han dicho. He venido… ¿Qué estabas mirando, Simón?
-Estaba mirando… miraba hacia Ramot Galaad, hacia Gerasa, Bosra, Arbela… Nuestro viaje del año pasado, tan bonito, tan… ¡La Madre con nosotros! Las discípulas… Juan de Endor… Esto es lo que miraba: el pasado.
-Y el futuro, Simón mío.
Y Jesús se sienta sobre el haz, al lado de Pedro, y le pasa un brazo por los hombros mientras le habla:
-Mirabas al horizonte… y la tristeza te lo ha anublado. El presente, como un remolino ha levantado nubes temibles y te ha celado el sereno recuerdo lleno de promesas y esperanzas, y te ha atemorizado. Simón, te oprime una de esas horas de tristeza y tedio que nuestra naturaleza humana encuentra en su camino. Ninguno está exento de ello. Porque estas horas las suscita quien odia al hombre. Y cuanto más sirve a Dios el hombre, más trata Satanás de atemorizarlo y cansarlo para apartarlo de su ministerio.
Tú también atraviesas una hora de cansancio… El continuo martillear de la persecución contra tu Maestro te cansa. Y, en fin -y no sabes que no eres tú, sino que es el Tentador-, escuchas una voz que te susurra: "¿Y mañana?
¿Qué sucederá mañana?…".
-Señor, es verdad. Lees en mi corazón. Pero también ves que si pregunto esto no es por miedo por mí. Es porque… No. Jamás podría verte atormentado… A menudo, hablas de delito, de traición. Yo… ¡oh, no sólo yo!… ¿Cuántos, especialmente entre los viejos, te han pedido morir antes de ver agredido a su Rey? ¡Y yo!… Yo, Tú lo sabes, Tú eres todo para mí. Nada más que no seas Tú me interesa. No es como dice Judas, nostalgia de mi barca y de mi esposa…
Mira, ves que digo la verdad. Insistí mucho para tener a Margziam. Mi humanidad quería al menos un hijo adoptivo en lugar de los hijos que mi mujer no me ha dado, mortificando mi virilidad, que quería perpetuarse. Pero ahora, pero hoy, yo… Lo quiero, sí; pero, si Tú me le quitaras, no reaccionaría. Sólo te diría… ¡No, no diría nada!
-¿Sólo me dirías? Termina.
-Es inútil, Maestro.
-¡Di!
-Diría: "Dáselo a quien le haga, más que yo, crecer como justo". ¡Nada más! O sea… y esto te lo digo, llorando, por él, por mí, por mi hermano, y también por Juan y Santiago… y también por los demás… nosotros… nosotros somos tus primeros…
Pedro cae de rodillas y se apoya en las rodillas de Jesús, las manos altas, con las palmas hacia arriba, suplicantes, y con lágrimas en las mejillas que van a perderse entre la barba…
…Lo digo por nosotros: danos la muerte, llévanos de aquí antes de que nosotros… ¡Oh! Yo pensaba, sigo pensando, desde hace meses -y Tú ves que es un pensamiento que me corroe y me avejenta, es un continuo temor que no me deja libre ni siquiera en el sueño-, pienso que, si va a ser justamente como dices, podría ser yo también el traidor, o serlo Andrés, o Juan, o Santiago, o Margziam… Y, si no se llega a esto, ser uno de esos que decías también hace tres noches donde Ananías, uno de esos que llegan a querer ver derramada tu Sangre, o uno, incluso uno de esos que, por vileza, no saben oponerse a esto y condescienden con el mal por miedo al mal…
Yo… si se diera el caso, aunque sólo fuera eso, de que consintiera no reaccionando, por miedo… Maestro, ¡oh, Maestro mío!, yo me mataría para castigarme, o… mataría, si los encontrara, a tus asesinos. Yo… si no quieres esto, haz que muera antes, enseguida, aquí… La vida no es nada, pero faltar al amor a ti… Ser uno de ésos… ser… ver y no… Está tan inquieto, que hasta le faltan las palabras. Baja su cara hasta las rodillas de Jesús, llorando con un llanto áspero de hombre rudo, viejo, poco acostumbrado al llanto, y profundamente agitado por demasiados sentimientos.
Jesús le pone las manos en la cabeza, como para calmar ese dolor y alejar los pensamientos intranquilizadores, y habla:
-Amigo mío, ¿y crees que, aun cuando… no fueras perfecto en aquella hora, el Señor, que es justo, no pesaría tu error con el contrapeso de tu amor y deseo presentes? ¿Y temes que este áureo amor y este áureo deseo puedan pesar menos que tu momentánea imperfección, y ser insuficientes para obtenerte de Dios indulgencia, y con la indulgencia todas las ayudas para volver a ser tú, mi Simón amado?
-¡Haz que muera! ¡Sálvame! ¡Tengo miedo!
-Tú eres mi Piedra, Simón. ¿Podré desmenuzar la Piedra sobre la cual fundaré a Aquella que debe perpetuarme en la Tierra?
-Yo soy indigno de ello. Lo percibo. Soy un pobre hombre, ignorante, pecador. Todas las malas tendencias están en mí. ¡No soy digno, no soy digno! Me haré perverso, homicida, todo lo peor… Haz que muera. Comprende que si viniera a descubrir a quien te odia…
-Todo un mundo me odia, Simón. Hay que perdonar…
-Hablo del principal culpable. Habrá uno que sea el principal, y…
-Habrá muchos uno, y todos tendrán su papel principal…
-¿Qué papel? El de… ¡Oh, no dejes que lo diga! Pero yo…
-Pero tú debes perdonar, como Yo y conmigo. ¿Por qué te inquietas de esa forma, Simón, pensando en lo que podrías hacer para castigar? Deja esa tarea al Señor. Tú ama y perdona, sé compasivo y perdona. Ellos, todos los que serán culpables para con tu Jesús, tienen mucha necesidad de ser ayudados para obtener perdón.
-No hay perdón para ellos.
-¡Qué severo eres con tus hermanos, Simón! Sí que hay perdón; también para ellos lo hay, si se enmiendan. ¡Ay si ninguno de mis ofensores fuera a ser perdonado! Venga, levántate, Simón. Seguro que la congoja de tus compañeros ha aumentado, al ver que ahora tampoco Yo estoy en el aprisco. Pero, aun a costa de hacerlos sufrir todavía un rato, antes de ir donde ellos, vamos a orar. Vamos a orar juntos.
No ha de hacerse nada más para recuperar la paz, la fuerza espiritual, el amor, la compasión… incluso hacia nosotros mismos. La oración aleja los fantasmas de Satanás, nos hace sentir cercano a Dios. Y, con Dios cerca, todo se puede afrontar y soportar con justicia y mérito. Vamos a orar así, Yo y tú juntos, aquí, en este monte desde el que se abre tanta parte de nuestra Patria, como a Moisés se le abrió desde el Nebo la vista de la Tierra Prometida. Nosotros, más afortunados que él, a esta Tierra que será del Cristo, le llevamos la Palabra y la Salud.
Yo el primero, y luego tú. ¡Mira! Al claror de las últimas luces se ven todavía los montes de Judea. Pero más allá está la llanura, el mar, luego otras tierras, el mundo… Ellas, él, te esperan, Pedro. Te esperan a ti para saber que hay un Dios verdadero. Un Dios que dará verdadera luz a las almas que caminan a tientas en la oscuridad del gentilismo y la idolatría. Mira, la luz terrena se entenebrece.
¿Cómo podrían los viandantes no perder la dirección en una noche sin luz? Más allá se ve la estrella de la Polar, que ya surge para guiar a los viandantes. Mi Religión será la estrella que guíe a los viandantes espirituales por el camino del Cielo. Y tú estarás tan unido a ella que serás una sola luz conmigo y con mi Doctrina, ¡oh Pedro mío, oh Piedra mía bendita! Oremos por aquella hora en que los hombres se salvarán por mi Nombre. "Padre nuestro que estás en el Cielo"…
Dice lentamente el Pater, teniendo de la mano a Pedro; y parece como si, alzando así los brazos y las manos -en su derecha la izquierda del apóstol-, lo estuviera presentando al Padre.
-Ahora vamos a bajar. Y dejemos aquí las tristezas inútiles y las inútiles congojas por el mañana. Junto con el pan cotidiano, el Padre nos dará mañana, todos los mañanas, sus ayudas. ¿Estás persuadido de esto, Simón?
-Sí, Maestro, lo creo -dice con firmeza Pedro, cuyo rostro ya no está turbado, sino que tiene aspecto austero, como siempre desde hace unos pocos meses; un rostro que le hace aparecer muy cambiado respecto al pescador rudo y jocoso de los primeros dos años.
Bajan: Jesús delante, detrás Pedro con su haz; y, casi a la altura de la primera casa del pueblo, encuentran a los inquietos apóstoles.
-¿Pero a dónde habías ido? -gritan a Pedro.
-Habríamos estado aquí desde hace mucho, pero me he parado con él a hablar mirando hacia Gerasa… -responde por él Jesús.
Tuercen hacia la derecha, hacia unas ruinas (de un aprisco semi-derrumbado). Dentro de un valladar -mitad caído, el resto enmohecido y vacilante-hay un cobertizo de toscos muros, mal cubierto, mal cerrado con paredes por tres lados y con tablas en el cuarto. Dentro, nada, aparte de un poco de paja en el suelo y un hogar primitivo en un rincón. Pienso que en el pueblo no los han recibido y que se han refugiado ahí…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Para no ser vistos por la gente, entran en el pueblecillo donde está la casita de Salomón subiendo por el ribazo del río. Precaución que me parece inútil, porque cae el precoz atardecer de Noviembre o de finales de Octubre y la gente está ya en las casas. La calle se ve vacía, completamente vacía, y, si no fuera por algún balido, se diría que es un lugar desierto.
Mueven la cancela. Está cerrada: bien cerrada a la entrada del huertecillo, que en la penumbra vese todo ordenado.
-¡Llamad! Está en la cocina. Un hilo de luz se filtra por los cuarterones -dice Jesús.
Tomás, con su voz potente, se encarga de llamar al anciano, el cual abre enseguida la puerta y mira hacia la calle. Se muestra incierto a causa de la poca luz externa, él que viene de la cocina, donde resplandece el fuego y hay una lámpara encendida. Pero cuando Jesús dice: «Somos nosotros», el anciano reconoce inmediatamente la voz y grita: « ¡El Maestro!». Luego baja el tosco escalón y se apresura a abrir.
-¡Mi Señor! Entra, entra en tu casa. ¡Bendito sea este día que concluye con tu venida! -dice mientras se afana en abrir los cierres de la cancilla, y explica:
-Estoy solo y cierro muy bien… Los bandidos son capaces de todo. Hay algunos que hacen daño, ora aquí ora allá, bajando de los montes de Galaad. No es que tema por mi vida, pero tenía cosas preparadas para ti y… Mira, Maestro, ven. Este anochecer es húmedo. Tienes el pelo mojado por el relente…
-Y tú eres más solícito que la esposa del Cántico, padre. No te pe-a incomodarte para acoger al Peregrino -dice Jesús sonriendo.
-¿Incomodarme? ¡Qué largo era este tiempo! Un día y otro, y otro y otro. Había sembrado vuestras semillas y veía crecer bien las verduras. Decía: "Si viniera, esto seguro que le gustaría". Pero han madurado y no has venido… Y veía que tomaban color las frutas en los árboles, y las comía con dolor porque Tú no las comías. Aquella oveja me ha dado un cordero, todo blanco. Lo reservé, por tanto, para comerlo contigo. Esperaba verte antes de los Tabernáculos. Luego… un cordero todo para mí…
¡Demasiado! Lo cambié por una ovejita, y fueron buenos conmigo no queriendo ninguna diferencia. Pero de frutas y quesos he reservado lo más que he podido para ti, y pescado seco y legumbres, y todavía tengo algún melón; y un poco de vino… Yo no bebo vino, pero lo he preparado para ti, para el invierno.
Habla mientras limpia la mesa, pone encima la loza, atiza el fuego, aumenta el agua del caldero. Trajina contento. Ya no parece el mismo pobre viejo de pocos meses antes.
Sale, vuelve con leche, pide disculpas:
-Es poca, porque una es la oveja que da leche. Pero dentro de poco serán dos. De todas formas, para ti es suficiente.
Se muestra paternal, devoto y paternal al mismo tiempo. Ha tomado los mantos húmedos, las sandalias embarradas, y los ha llevado a otro lugar. Ha vuelto con unas manzanas y unas granadas y uvas y todavía algunos higos medio pasos, y explica:
-Los he secado así, al menos para que los probaras. Pensaba… pensaba que a mi Ananías le gustaban mucho preparados así…
La voz, antes serena, se baja, adquiriendo un tono triste, mientras dice estas palabras, y termina:
-Y… y pensaba que te gustarían, y, preparándolos, me parecía prepararlos todavía para el hijo de mi hijo.
Menea la cabeza, se esfuerza en sonreír con un brillo de llanto en los ojos.
Jesús, que se había sentado a la mesa, se levanta y le pasa un brazo por los hombros y estrecha contra sí al viejecito:
-Me gustan mucho. Es una cosa que me recuerda mi infancia… Y a mi padre. Pero no debías privarte de tantas cosas por mí. A los ancianos les vienen bien.
Tienes que estar sano y fuerte, para acogerme así siempre. ¡Es tan dulce encontrar una casa así, con un padre que nos espera! ¿No es verdad, vosotros, amigos míos?
-¡Cierto, es verdad! Tan bonito, que uno se empereza sin ayudar a Ananías -dice Pedro, y se levanta diciendo:
-Venga, vamos a preparar nuestras camas mientras Jesús habla con el hombre.
-¡No hace falta! Siempre están preparadas. Y todo está limpio allí… La única cosa es que… No son suficientes. Sois más de doce. Pero duermo en el heno y…
-Eso no, padre. Voy yo al heno, entonces -dice Juan.
-No, yo -dicen Andrés y otros.
-No es necesario. Yo me amodorro aquí, encima de esta mesa. Seguro que no es más dura que el fondo de mi barca, y Margziam… -dice Pedro.
-Duerme conmigo -le interrumpe Jesús.
-O conmigo, si quieres… como hacía el pequeño Ananías -dice el anciano, y sus ojos suplican.
-Sí, Maestro. Tú me tienes todavía. Él… Voy con él -dice Margziam.
Jesús lo acaricia, comprendiendo su gesto.
-Han venido varias veces a buscarte después de Pentecostés. Más no han vuelto a venir -dice luego el viejecillo.
-¿Quién lo buscaba?
-¡Pues fariseos! Y otros como ellos. Querían hacerte
preguntas. Pero yo les he dicho: "Id a su ciudad. No está aquí, ni sé cuándo vendrá…". Era verdad. Y se cansaron de venir. Y buscaban a otro, a un cierto Juan, que decían que estaba contigo y que pensaban que quizás se escondía aquí. Yo dije: "Pero si es su apóstol. Está con Él".
Dijeron: "Acaso es tuerto su apóstol? ¿Es viejo?, ¿está enfermo?, ¿moribundo?''. Comprendí que no eras tú y respondí: "Conozco sólo al apóstol Juan, un joven más bueno que un niño y sano de corazón y de carne". Me amenazaron. Pero ¿qué podía decir sino eso? Ésta es la verdad…
-Sí. Esto es verdad. Sé siempre veraz; aunque tuvieras que perjudicarme, no mientas nunca, padre.
-Señor, mi pelo ha encanecido tratando siempre de obedecer al Señor. Y entre las obediencias está también la de no decir cosas falsas. Pero… ¿por qué te buscan así, Señor?
Yo estaba ciego. Por tanto, no iba a Jerusalén. Ahora he vuelto… Por el puro rito. Porque quería estar aquí esperándote… Y he percibido odio y amor respecto a ti… Y he juzgado que hay más odio que amor entre los jefes del pueblo. Estaba en el Templo aquella mañana que te querían agredir… y huí desolado a esperarte y llorar aquí. ¿Por qué el hombre es tan malo?
-Porque ha matado su espíritu, y con el espíritu su capacidad de sentir el remordimiento de ser injusto.
-¡Es verdad!… ¿Y te buscan para hacerte algún daño?
-Sí.
-¿Sí!? ¿Israel quiere dañar a su Rey? ¡Qué horror! ¡Israel se condena a los castigos proféticos!… ¡Oh, me siento contento, ahora, de que mi hijo haya muerto… y quisiera morir también yo para no ver el pecado de Israel…
Se produce un gran silencio. Sólo tiene voz la leña en el hogar.
-¡Hablemos de otra cosa! ¡Siempre voces de muerte, de odio, de traición! ¡Basta! ¡Basta! ¡No tolero oírlas! -dice Judas Iscariote, profundamente alterado, torvo, agitado y agitándose por la cocina con las piernas, con los brazos, con todo su ser.
-Judas tiene razón -dicen muchos.
-Pero, no querer oír no es útil. Lo útil es no consentir -dice Jesús con su gesto de resignación de abrir las manos, con las palmas hacia arriba, sobre la tosca mesa.
-¿Qué quieres decir? ¡Consentir! ¿Quién consiente con esto?
Judas le agita las manos casi delante de la cara, estando curvado, casi echado a lo largo de la mesa para acercarse al Maestro.
-¿Que quién? Todos los que ya sueñan verme perecer en mi sangre. ¡Sangre! ¡Sangre de tu Mesías! ¡Sangre sobre ti, Tierra que no quieres a tu Señor! ¡Sangre más resplandeciente que esas llamas! ¡Sangre, fuego en el hielo y en las tinieblas de un mundo de delito! Esperan matar la Luz quitándole la sangre.
Pero Luz es el espíritu; la sangre es todavía materia. La materia grava al espíritu. La sangre arrojada a una lámina de mica debilita la luz, ¿no es, acaso, verdad? Pues bien, en verdad, en verdad os digo que, de la misma forma que aquella leña no ha lucido hasta que no se ha hecho llama y hasta que sus resinas, encendiéndose, no se han transformado en esplendor -de forma que ahora es un resplandor incandescente-, cuando todo esté cumplido y la sangre y la carne hayan sido consumidos por el sacrificio, entonces, como aquel fuego, que ahora ha transformado todo en luz, el espíritu mío más que nunca resplandecerá sobre el mundo, y seré Luz más que nunca.
Una Luz de tal naturaleza, que cegará para siempre a los que odian la Luz, a sus asesinos. Una Luz de tal naturaleza, que se fundirán las áureas puertas de los Cielos, cerradas para la Humanidad desde hace tantos siglos, y el Cielo se abrirá para los justos. Una Luz de tal naturaleza, que perforará las rocas que son bóveda del Abismo, y el atroz fuego del Infierno se hará atrocísimo bajo los resplandores de mis rayos. Y ¡ay, ay, ay de aquellos que hayan atentado contra la Luz! ¡Sangre y Luz! Estas dos cosas estarán ante ellos hasta convertirlos en locos y desesperados. ¡Demonios!
Jesús -que se había puesto en pie cuando decía «en verdad» y que había infundido miedo, de tan majestuoso como estaba, en esta baja cocina, de paredes oscuras, aureolado por las llamas del hogar-ahora se sienta y calla.
Se miran todos unos a otros. Todos, menos Judas, que parece hipnotizado mirando la leña que arde… Hipnotizado y espantado. Un espanto que le pone una máscara atroz de una palidez lívido-verdastra en que el fuego de la leña traza dedadas rojizas.
Me recuerda su espantosa cara del Viernes Santo. Luego se vuelve repentinamente y grita:
-¡Calla! ¡Calla! ¿Por qué nos atormentas? -y sale, dando un violento portazo…
-A su manera. Es verdad. Pero te quiere mucho… y sufre al oír ciertas palabras -dice Tomás. Y termina:
-¡Nos hacen tanto daño a nosotros también…! Pero nosotros somos menos.., extraños, digamos: extraños…
Ningún otro habla. El mismo Jesús calla…
-Las verduras están cocidas, la leche está caliente… -dice en tono bajo el viejecito, que se ha quedado atemorizado y casi no se atreve a decir ni estas comunes palabras, después de un incidente como el que se ha producido…
-Llamad a Judas. Vamos a cenar -ordena Jesús.
Juan sale a llamar a su compañero. Entran… Judas tiene un rostro atormentado. Pero el suyo es un tormento sin paz… De todas formas, se sienta a la mesa y se alza junto con los otros cuando Jesús ofrece y bendice, y mira a Jesús de reojo, cuando hace las partes y reserva para sí la última.
Todos quisieran romper la tristeza que reina en el lugar. Ninguno lo logra, hasta que el mismo Jesús habla al viejecito preguntándole si el pueblecillo y los lugares cercanos han acogido la palabra del Señor.
-Sí, sí, Maestro. Y muy muy bien. Yo diría que aquí mejor que en la otra orilla. Ya sabes… está muy viva aquí la memoria de Juan el Bautista; y sus discípulos, que ahora son tuyos, la mantienen viva, y sobre la base de sus palabras te explican a ti. Además… aquí… pocos fariseos hay en Perea y en la Decápolis, así que…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús ha dado alcance a los diez apóstoles y a los principales discípulos en las faldas del Monte de los Olivos, cerca de la fuente de Siloán. Cuando ellos ven venir, a paso expedito, a Jesús entre Pedro y Juan, van a su encuentro, y se juntan al pie de la fuente.
-Subimos al camino de Betania. Dejo la ciudad por un tiempo. Yendo, os diré lo que debéis hacer -ordena Jesús.
Entre los discípulos están también Manahén y Timoneo, que, tranquilizados, han vuelto a ocupar su lugar. Y están Esteban y Hermas, Nicolái, Juan de Éfeso, el sacerdote Juan y, en definitiva, todos los más destacables por sabiduría, además de los otros, sencillos pero muy activos por gracia de Dios y voluntad propia.
-¿Dejas la ciudad? ¿Te ha sucedido algo? -preguntan muchos.
-No. Pero hay lugares que esperan…
-¿Qué has hecho esta mañana?
-He hablado… Los profetas… Una vez más. Pero no entienden…
-¿Ningún milagro, Maestro? -pregunta Mateo.
-Ninguno. Un perdón. Y una defensa.
-¿Quién era? ¿Quién ofendía?
-Los que se creen libres de pecado acusaban a una pecadora. La he salvado.
-Pero, si era pecadora, tenían razón ellos.
-Su carne era ciertamente pecadora. Su alma… Mucho podría decir sobre las almas. Y no llamaría pecadoras sólo a aquellas cuya culpa es visible. Son pecadoras también aquellas que empujan a otros a pecar. Y con un pecado más astuto. Cumplen al mismo tiempo la función de la serpiente y del pecador.
-Pero ¿qué había hecho la mujer?
-Adulterio.
-¿Adulterio? ¿Y Tú la has salvado? ¡No debías haberlo hecho! -exclama Judas Iscariote.
Jesús lo mira fijamente, luego pregunta:
-¿Por qué no debía?
-Pues porque… Te puede perjudicar. ¡No sabes cómo te odian y cómo buscan de qué acusarte! Es cierto… Salvar a una adúltera es ir contra la Ley.
-Yo no he dicho que la salvaba. Les he dicho que sólo quien estuviera libre de pecado lanzase la piedra contra ella. Y ninguno lo ha hecho, porque ninguno estaba libre de pecado. Así que he confirmado la Ley, que conmina con la lapidación a los adúlteros; pero también he salvado a la mujer, porque no se encontraba ya un lapidador. -Pero Tú…
-¿Querías que la lapidara Yo? Habría sido justicia, porque Yo la habría podido lapidar. Pero no habría sido misericordia.
-¡Ah! ¡Estaba arrepentida! Te ha suplicado y Tú…
-No. No estaba siquiera arrepentida. Estaba sólo humillada y con miedo.
-¡Pero entonces!… ¿Por qué?… ¡Yo ya no te comprendo! Antes lograba todavía comprender tus perdones a María de Magdala, a Juan de Endor, a… en definitiva, a muchos peca…
-Dilo: a Mateo. No me lo tomo a mal. Es más, te quedo agradecido si me ayudas a recordar mi deuda de gratitud a mi Maestro -dice Mateo, calmo y digno.
-Sí, pues también a Mateo… Pero eran personas arrepentidas de su pecado, de su vida licenciosa. ¡Pero ésta!… ¡Yo ya no te comprendo! Y no soy el único que no te comprende…
-Lo sé. No me entiendes… Siempre me has comprendido poco. Y no sólo tú. Pero eso no cambia mi modo de actuar.
-El perdón se da a quien lo pide.
-¡Si Dios debiera dar el perdón sólo a quien lo pide! ¡Si debiera castigar inmediatamente a quien a la culpa no hace seguir el arrepentimiento! ¿Tú no te has sentido nunca perdonado antes de haberte arrepentido? ¿Puedes decir con certeza que te has arrepentido y que por eso has sido perdonado?
-Maestro, yo…
-Escuchadme todos, puesto que muchos de entre vosotros consideran que he errado y que Judas tiene razón. Aquí están Pedro y Juan. Ellos han oído lo que he dicho a la mujer y os lo pueden referir. No he sido un insensato en el perdón. No he dicho lo que dije a otras almas, a las que perdonaba porque estaban completamente arrepentidas.
Pero he dado modo y tiempo a esa alma de llegar al arrepentimiento y a la santidad, si quiere alcanzar estas cosas. Recordadlo para cuando seáis maestros de las almas.
Dos cosas es esencial tener para poder ser verdaderos maestros y dignos de ser maestros. Primera cosa: una vida austera respecto a nosotros mismos, de forma que podamos juzgar sin las hipocresías de condenar en los otros lo que a nosotros nos perdonamos.
Segunda: una paciente misericordia para dar a las almas la forma de sanar y fortalecerse.
No todas las almas se curan instantáneamente de sus heridas. Algunas lo hacen por fases sucesivas, y a veces lentas y con el riesgo de recaídas. Alejarlas, condenarlas, atemorizarlas, no es arte de médico espiritual. Si las alejáis de vosotros, volverán, resurtiendo, a arrojarse a los brazos de los falsos amigos y maestros.
Abrid vuestros brazos y vuestro corazón, siempre, a las pobres almas. Que sientan en vosotros un verdadero y santo confidente, sobre cuyas rodillas no se avergüencen de llorar. Si las condenáis y las priváis de las ayudas espirituales, cada vez más las haréis enfermas y débiles. Si les infundís temor en vosotros y en Dios, ¿cómo podrán alzar los ojos a vosotros y a Dios?
El hombre encuentra como primer juez al hombre. Sólo el ser que vive espiritualmente sabe encontrar primero a Dios. Pero la criatura que ha llegado ya a vivir espiritualmente no cae en culpa grave. Su parte humana puede todavía tener debilidades, pero el espíritu fuerte vela y las debilidades no pasan a ser culpas graves.
Mientras que el que todavía es mucha carne y sangre peca, y encuentra al hombre. Ahora bien, si el hombre que le debe indicar a Dios y formar el espíritu le infunde miedo, ¿cómo podrá el culpable abandonarse en él? ¿Y cómo puede decir: "Me humillo porque creo que Dios es bueno y que perdona", si ve que uno que es como él no es bueno?
Vosotros debéis ser el término de parangón, la medida de lo que es Dios, de la misma forma que una moneda pequeñísima es la parte que hace comprender la riqueza de un talento. Pero si vosotros -pequeños que sois una parte del Infinito y lo representáis-sois crueles con las almas, ¿qué creerán ellas, entonces, que es Dios? ¿Qué dureza intransigente pensarán que tiene Él?
Judas, tú que juzgas con severidad, si en este momento te dijera: "Te denunciaré ante el Sanedrín por prácticas mágicas…"
-Señor! ¡No lo harás! Sería… sería… Tú sabes que eso…
-Sé y no sé. Pero, como puedes ver, inmediatamente invocas piedad para ti… y sabes que no serías condenado por ellos porque…
-¿Qué quieres decir, Maestro? ¿Por qué dices esto? -dice, muy agitado, Judas, interrumpiendo a Jesús.
El cual, muy calmo, pero con una mirada que barrena el corazón a Judas, y al mismo tiempo frena a su turbado apóstol, en quien convergen las miradas de los otros once apóstoles y de muchos discípulos, dice:
-Pues porque te estiman. Tienes buenos amigos tú allí dentro. Lo has dicho varias veces.
Judas suelta un suspiro de alivio, se seca el sudor, un sudor extraño en este día frío y ventoso, y dice:
-Es verdad. Viejos amigos. Pero no creo que si pecara…
-¿Y entonces pides piedad?
-Ciertamente. Soy todavía imperfecto y quiero llegar a ser perfecto.
-Tú lo has dicho. También aquella criatura es muy imperfecta. Le he dado tiempo para ser buena, si quiere.
Judas deja de rebatir.
Están ya en el camino que va a Betania, lejos ya de Jerusalén. Jesús se detiene y dice: -¿Y vosotros habéis entregado a los pobres lo que os he dado? ¿Habéis hecho todo lo que os había dicho?».
-Todo, Maestro -dicen apóstoles y discípulos.
-Entonces escuchad. Ahora os voy a bendecir y nos vamos a despedir. Os diseminaréis, como siempre, por Palestina. Os reuniréis de nuevo aquí para la Pascua.
No faltéis para entonces… y en estos meses fortaleced vuestro corazón y los de quienes creen en mí. Sed cada vez más justos, desinteresados, pacientes. Sed lo que os he enseñado que debéis ser. Recorred las ciudades, los pueblos, las casas situadas en lugares recónditos. No evitéis a nadie.
Soportad todo. No servís a vuestro yo, de la misma forma que Yo no sirvo al yo de Jesús de Nazaret, sino que sirvo al Padre mío. Vosotros también servid al Padre vuestro.
Por tanto no vuestros intereses, sino los suyos, deben ser sagrados para vosotros, aunque procurasen dolor o lesión a vuestros intereses humanos. Tened espíritu de abnegación y de obediencia. Podrá suceder que Yo os llame, u os ordene permanecer donde estéis. No juzguéis mi orden. Sea cual fuere, obedeced, creyendo firmemente que es buena y es dada para vuestro bien. Y no tengáis envidia, si a algunos los llamo y a otros no. Ya veis… algunos se han separado de mí… y he sufrido por ello. Eran personas que todavía querían guiarse según su mente.
La soberbia es la palanca que derriba a los espíritus y la calamita que me los arrebata. No maldigáis a quien me ha dejado. Orad para que vuelva… Mis pastores estarán, de dos en dos, en los aledaños de Jerusalén.
Isaac por ahora viene conmigo junto con Margziam. Amaos mucho entre vosotros. Ayudaos los unos a los otros. Amigos míos, que todo lo demás os lo diga vuestro espíritu, recordándoos lo que he enseñado, y que os lo digan vuestros ángeles. Yo os bendigo.
Todos se arrodillan, mientras Jesús pronuncia la bendición mosaica. Luego se juntan para saludarlo. En fin, se separan de Él, que, con los doce, Isaac y Margziam, prosigue por el camino de Betania.
-Ahora nos detendremos, el tiempo necesario para saludar a Lázaro; luego continuaremos hacia el Jordán.
-¿Vamos a Jericó? -pregunta, interesado, Judas de Keriot.
-No. A Betabara.
-Pero… la noche…
-No faltan casas y pueblos de aquí al río…
Ya ninguno habla, y, aparte del frufrú de los olivos y el rumor de las pisaduras, no se oye ningún otro ruido.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Veo el interior del recinto del Templo, o sea, uno de los muchos patios rodeados de pórticos. Y veo también a Jesús, el cual, muy arropado en su manto, que lo envuelve encima de la túnica -no blanca, sino roja oscura (parece un tejido de lana gruesa)-habla a un grupo de gente que está en torno a Él.
Yo diría que es un día invernal, porque veo que todos están muy arropados en sus mantos; y que hace más bien frío, porque en vez de estar parados, todos caminan deprisa como para entrar en calor. Hace viento, un viento que agita los mantos y levanta el polvo de los patios.
El grupo que se apiña en torno a Jesús -único grupo parado, mientras que todos los otros grupos, en torno a éste o a aquel maestro, van y vienen-se abre para dejar pasar a un pelotón de escribas y fariseos, gesticulantes y más venenosos que nunca. Lanzan veneno a través de la mirada, a través del color de la cara, por la boca.
¡Que víboras! Más que conducir, arrastran a una mujer de unos treinta años, despeinada, que lleva desordenados sus vestidos como persona maltratada. La mujer llora. La arrojan a los pies de Jesús como si fuera un montón de andrajos o despojos muertos. Y ella se queda ahí, acurrucada, apoyado el rostro en los dos brazos, oculto por éstos, que le hacen de almohada entre la cara y el suelo.
-Maestro, ésta ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Su marido la amaba y no permitía que nada le faltara. Ella era reina en su casa. Y ha traicionado a su marido porque es una pecadora, una viciosa, una ingrata, una profanadora. Adúltera es, y como tal debe ser lapidada. Moisés lo dijo. En su ley manda que las que son como ésta sean lapidadas como animales inmundos. Y son inmundas.
Porque traicionan la fidelidad y al hombre que las ama y las cuida, porque como tierra nunca saciada siempre están hambrientas de lujuria. Son peores que las meretrices, porque sin el aguijón de la necesidad se dan para dar alimento a su impudicia. Están corrompidas. Son contaminadoras. Deben ser condenadas a muerte. Moisés lo dijo. Y Tú, Maestro, ¿qué dices?»
Jesús -que había dejado de hablar al llegar tumultuosos los fariseos, y que había mirado a la jauría aviesa con mirada penetrante y luego había bajado su mirada hacia la mujer humillada, arrojada a sus pies calla. Se ha agachado, quedando en posición de sentado, y escribe con un dedo en las piedras del pórtico, que el polvo levantado por el viento cubre de tierrilla. Ellos hablan y Él escribe.
-¡Maestro! Hablamos contigo. Escúchanos. Respóndenos. ¿No has comprendido? Esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. En su casa. En el lecho de su marido. Ella lo ha manchado con su libídine.
Jesús escribe.
-¡Pero este hombre es un deficiente! ¿No veis que no entiende nada y que está trazando signos en la tierra como un pobre demente?
-Maestro, por tu buena reputación, habla. Que tu sabiduría responda a nuestra pregunta. Te repetimos: a esta mujer no le faltaba nada; tenía vestidos, comida, amor; y ha traicionado.
Jesús escribe.
-Ha mentido al hombre que confiaba en ella. Con boca mendaz lo ha saludado y con la sonrisa lo ha acompañado a la puerta, y luego ha abierto la puerta secreta y ha admitido a su amante. Y, mientras su marido estaba ausente para trabajar para ella, ella, como un animal inmundo, se ha revolcado en su lujuria.
-Maestro, es una profanadora, no sólo del tálamo sino también de la Ley; una rebelde, una sacrílega, una blasfema.
Jesús escribe. Escribe, y borra, con el pie calzado con sandalia, lo escrito; y escribe más allá, volviéndose despacio en torno a sí buscando espacio nuevo. Parece un niño jugando. Pero lo que escribe no son palabras de juego; ha ido escribiendo: «Usurero», «Falso», «Hijo irreverente», «Fornicador», «Asesino», «Profanador de la Ley», «Ladrón», «Lujurioso», «Usurpador», «Marido y padre indigno», «Blasfemo», «Rebelde contra Dios», «Adúltero». Escrito una y otra vez, mientras nuevos acusadores siguen hablando.
-¡Pero, en fin, Maestro! Tu juicio. Esta mujer debe ser juzgada. No puede con su peso contaminar la Tierra. Su aliento es veneno que turba los corazones.
Jesús se alza. ¡Misericordia! ¡Qué rostro! Es todo un fulgir de relámpagos lanzados contra los acusadores. Tiene tan erguida la cabeza, que parece aún más alto. Tan severo y solemne se manifiesta, que parece un rey en su trono. El manto se le ha descolgado de un hombro y forma una ligera cola tras Él; pero Él no se preocupa de ello.
Serio el rostro, sin la más lejana huella de sonrisa en la boca y en los ojos, planta éstos en la cara de la gente, que retrocede como frente a dos puñales puntiagudos. Mira fijamente a cada uno. Con una intensidad de escudriñamiento que produce miedo. Los mirados tratan de retroceder entre la gente y de esconderse entre ella. El círculo, así, se ensancha y se disgrega como minado por una fuerza oculta.
Hasta que habla:
-Quien de vosotros esté sin pecado que tire contra la mujer la primera piedra.
Y la voz es un trueno, acompañado de un aún más vivo centelleo de la mirada. Jesús ha recogido los brazos sobre el pecho, y está así, erguido como un juez, esperando. Su mirada no da paz; hurga, penetra, acusa.
Primero uno, luego dos, luego cinco, luego en grupos, los presentes se alejan cabizcaídos. No sólo los escribas y los fariseos, sino también los que estaban antes en torno a Jesús y otros que se habían acercado para oír el juicio y la condena y que, tanto aquéllos como éstos, se habían unido para injuriar a la culpable y pedir la lapidación. Se queda sólo con Pedro y Juan. No veo a los otros apóstoles.
Jesús se ha vuelto a poner a escribir, mientras se produce la fuga de los acusadores; ahora escribe: «Fariseos», «Víboras», «Sepulcros de podredumbre», «Embusteros», «Traidores», «Enemigos de Dios», «Insultadores de su Verbo»…
Una vez que todo el patio se ha vaciado y se ha hecho un gran silencio -no quedando sino el frufrú del viento y el susurro de una pequeña fuente en un ángulo-, Jesús alza la cabeza y mira. Ahora su rostro se ha calmado. Es un rostro triste, pero ya no está airado. Mira un momento a Pedro, que se ha alejado ligeramente y se ha apoyado en una columna; y también a Juan, que, casi detrás de Jesús, lo mira con su mirada cariñosa. Hay en Jesús un asomo de sonrisa al mirar a Pedro, y una sonrisa más marcada al mirar a Juan. Dos sonrisas distintas.
Luego mira a la mujer, todavía postrada y llorosa, a sus pies. La observa. Se alza, se coloca el manto, como si fuera a ponerse en camino. Hace una señal a los dos apóstoles para que se encaminen hacia la salida.
Cuando está solo, llama a la mujer.
-Mujer, escúchame. Mírame.
Repite la orden, porque ella no se atreve a alzar la cara.
-Mujer, estamos solos; mírame.
La desdichada alza la cara, en que el llanto y la tierra han creado una máscara de abatimiento.
-¿Dónde están, mujer, los que te acusaban? Jesús habla en tono bajo, con seriedad compasiva; tiene el rostro y el cuerpo levemente inclinados hacia el suelo, hacia esa miseria. Una expresión indulgente y sanadora llena su mirada.
-¿Ninguno te ha condenado?
La mujer, entre un sollozo y otro, responde:
-Ninguno, Maestro.
-Y tampoco Yo te condenaré. Ve. Y no peques más. Ve a tu casa. Y gánate el perdón. El de Dios y el del ofendido. No abuses de la benignidad del Señor. Ve.
Y la ayuda a levantarse tomándola de una mano. Pero no la bendice ni le da la paz. La mira mientras se pone en camino, cabizbaja, levemente tambaleante bajo el peso de su vergüenza; y luego, cuando ya no se la ve, se pone a su vez en camino con sus discípulos.
Dice Jesús:
-Lo que me hería era la falta de caridad y de sinceridad en los acusadores. No que acusaran con falsedad. La mujer era realmente culpable. Pero eran insinceros al escandalizarse de algo que ellos habían cometido mil veces y que sólo una mayor astucia y una mayor suerte habían permitido que quedase oculto. La mujer, en su primer pecado, había sido menos astuta y había tenido menos suerte. Pero ninguno de sus acusadores y acusadoras -porque también las mujeres la acusaban en el fondo del corazón, aunque no alzaran su palabra, estaba libre de culpa.
Adúltero es el que pasa al acto y el que a él se inclina y lo desea con todas sus fuerzas. La lujuria está tanto en quien peca como en quien desea pecar. Recuerda, María, la primera palabra de tu Maestro, cuando te llamé desde el borde del precipicio en que estabas:
"No basta no hacer el mal, también hay que no desear hacerlo". El que acaricia pensamientos de sensualidad y suscita con lecturas y espectáculos buscados de propósito y con hábitos malsanos sensaciones de la carne es tan impuro como el que comete materialmente la culpa. Digo incluso: es mayormente culpable. Porque va con el pensamiento contra la naturaleza, además de contra la moral.
Y no hablo siquiera de aquel que pasa a verdaderos actos contrarios a la naturaleza. El único atenuante de éste es una enfermedad orgánica o psíquica. El que no tiene este atenuante es diez veces inferior al animal más sucio.
Para condenar con justicia se requeriría la ausencia de toda culpa. Os remito a dictados anteriores, cuando hablo de las condiciones esenciales para ser juez. No me eran desconocidos los corazones de aquellos fariseos y de aquellos escribas; ni los de los que se habían unido a ellos en el ataque contra la culpable. Pecadores contra Dios y contra el prójimo, había en ellos culpas contra el culto, culpas contra los padres, culpas contra el prójimo, culpas, especialmente numerosas, contra sus esposas. Si, por un milagro, hubiera ordenado a su sangre escribir en su frente su pecado, entre las muchas acusaciones habría imperado la de "adúlteros" de hecho o de deseo.
Yo dije: "Lo que contamina al hombre es lo que viene del corazón". Y, aparte de mi corazón, no había ninguno entre los jueces que tuviera el corazón incontaminado. Sin sinceridad ni caridad. Ni siquiera el hecho de ser semejantes a ella en el hambre concupiscente los inducía a la caridad. Yo era el que tenía caridad con la humillada.
Yo, el único que habría debido sentir asco. Pero, recordad esto: que cuanto más bueno es uno, más compasivo es para con los culpables. No es indulgente con la culpa en sí misma. Eso no. Pero se compadece de los débiles que a la culpa no han sabido resistir.
¡El hombre! ¡Oh!, fácil de ser plegado -más que una frágil caña y que un delgado convólvulo-por la tentación y ser movido a abrazarse a aquello en que espera hallar confortación. Porque muchas veces la culpa se produce, especialmente en el sexo más débil, por esta búsqueda de confortación.
Por eso Yo digo que el que carece de afecto hacia su mujer, y también hacia la propia hija, es en noventa de cien partes responsable de la culpa de su mujer o de su hija, por quienes responderá. Tanto el afecto estúpido -que es sólo estúpida esclavitud de un hombre para con una mujer o de un padre para con una hija-, como el desatender los afectos -o, peor, una culpa de propia libídine que lleva a un marido a otros amores y a unos padres a otros cuidados que no son los hijos-son fómite para adulterio y prostitución. Y, como tales, Yo los condeno.
Sois seres dotados de razón y guiados por una ley divina y por una ley moral. Rebajarse, por tanto, a una conducta de salvajes o de animales debería causar horror a vuestra gran soberbia. Pero la soberbia, que, en este caso, sería incluso útil, vosotros la tenéis para cosas muy distintas.
Miré a Pedro y a Juan de forma distinta, porque al primero, hombre, quise decirle: "Pedro, no carezcas tú también de caridad y de sinceridad", y decirle también, como a futuro Pontífice mío: "Recuerda esta hora y juzga, en el futuro, como tu Maestro"; mientras que al segundo, joven de alma de niño, quise decirle: "Tú puedes juzgar y no juzgas, porque tienes mi mismo corazón. Gracias, amado, porque eres tan mío que eres un segundo Yo".
Alejé a los dos antes de llamar a la mujer para no aumentar su mortificación con la presencia de dos testigos. Aprended, hombres sin piedad. Aunque uno sea culpable, ha de ser tratado con respeto y caridad. No alegrarse de su aniquilamiento. No ensañarse contra él, ni siquiera con miradas curiosas. ¡Piedad, piedad para el que cae!
A la culpable le indico el camino que debe seguir para redimirse. Volver a su casa, humildemente pedir perdón y obtenerlo con una vida recta, no volver a ceder a la carne, no abusar de la bondad divina y de la bondad humana, para no pagar más duramente que entonces la dúplice o múltiple culpa. Dios perdona, y perdona porque es la Bondad. Pero el hombre, a pesar de haber dicho Yo: "Perdona a tu hermano setenta veces siete", no sabe perdonar dos veces.
No le di paz y bendición porque no había en ella aquella completa separación de su pecado, y ello se requiere para ser perdonados. En su carne, y, por desgracia, en su corazón, no había náusea por el pecado. María de Magdala, saboreado mi Verbo, había sentido repulsa por el pecado y había venido a mí con la voluntad total de ser otra. En ésta había todavía vacilación entre las voces de la carne y las del espíritu. Y, además, en la turbación del momento, no había podido poner todavía la segur contra el tronco de la carne y cortarlo para ir, mutilado su peso de avidez, al Reino de Dios; mutilado lo que significaba destrucción, pero crecido en ella lo que significaba salvación.
¿Quieres saber si luego se salvó? No para todos fui Salvador. Para todos lo quise ser, pero no lo fui, porque no todos tuvieron la voluntad de ser salvados. Y éste fue uno de los más penetrantes dardos de mi agonía del Getsemaní.
Ve en paz tú, María de María, y no quieras ya pecar ni siquiera en las cosas insignificantes. Bajo el manto de María está sólo lo puro; recuérdalo.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús regresa de Betania por el camino bajo (empleo esta palabra para referirme al más largo, que no pasa por el Monte de los Olivos y que entra en la ciudad pasando por el barrio de Tofet).
Primero se detiene para ofrecer unas ayudas a los leprosos que no han sabido pedirle más que pan. Luego va derecho a un amplio receptáculo cuadrangular, cubierto, cerrado por todos los lados menos por uno. Un pozo, un pozo grande cubierto, el más grande que he visto. Es más grande que el de la Samaritana, y debe ser también más rico en aguas, porque el suelo de alrededor acusa su nutrición y muestra mucha fertilidad, en contraste con el árido y sepulcral valle de Hinnon, que se vislumbra de refilón al noroeste.
Sólo una construcción de sólida piedra, como es la del pozo y su cubierta, habría podido resistir a la humedad del suelo. Y las piedras -no hace falta ser expertos para considerarlas antiguas-resisten, oscuras y robustas, como protección del agua preciosa.
A pesar del aspecto tétrico del día, y a pesar de la proximidad de los sepulcros de los leprosos, que infunden siempre en las cercanías una gran tristeza, el lugar es sereno, sea por su gran fertilidad, sea porque tiene detrás, al norte, vastos jardines, ricos en árboles de todo tipo, que alzan sus tupidas copas contra el fondo del cielo pardo que se abate sobre la ciudad; y, delante, al sur, el valle del Cedrón, que ensancha su lecho y se hace más nutrido de aguas, de la misma forma que el valle se hace más alegre y rico en luz, siguiendo el camino que va a Betania y a Jericó por un buen trecho.
Mucha gente (mujeres con ánforas, asnerizos con cubos, caravanas que van a salir o que están llegando) se paran junto al pozo y sacan agua. Un largo trecho de suelo está húmedo por los cubos que gotean cuando se vierte su contenido en los recipientes. Tranquilidad y dulces voces de mujeres, gorjeantes vocecitas de niños, voces graves, roncas, fuertes de hombres, rebuznos de burros y estridentes gritos de camellos que, acoclados bajo su carga, esperan a que el camellero vuelva con el agua.
Una escena muy típica, en un ocaso fosco, en que el cielo tiene extrañas pinceladas de un amarillo innatural, improviso, que esparce una luz extraña sobre todas las cosas; mientras, más arriba, nubes densas y plúmbeas se encabalgan corriendo hacia Occidente. Las partes más altas de la ciudad, con esa luz extraña contra el fondo del horizonte plúmbeo estriado con pinceladas sulfúreas, son espectrales.
-Esto es todo agua, y viento… -sentencia Pedro, y pregunta:
-¿A dónde vamos esta noche?
-A casa del hombre de los jardines. Mañana subo al Templo y…
-¿Todavía? ¡Mira bien lo que haces! Sería mejor que aceptaras la invitación de los libertos a su sinagoga -aconseja Simón Zelote.
-Entonces, sinagoga por sinagoga; hay otras, ¡y que han dado muestras de desear su presencia! ¿Por qué tienen que ser ellos? -dice Judas de Keriot.
-Porque son los más seguros. Y la razón se comprende sin que yo la diga -rebate el Zelote.
-¡Seguros! ¿Qué es lo que te da esa certeza?
-El hecho de que han sabido permanecer fieles, a pesar de lo que han pasado.
-No discutáis entre vosotros. Mañana voy a subir al Templo. Ya lo he dicho. Ahora, quedémonos aquí un poco. Siempre es un lugar de buena evangelización.
-No más que otro. No sé por qué lo prefieres.
-¿Que por qué, Judas? Por muchas razones que diré a los que se están congregando, y por una que os digo a vosotros en particular. En este pozo de la fuente de Royel se detuvieron, inseguros y contrariados los tres Sabios de Oriente, pues que había desaparecido la estrella que los había guiado desde tan lejos. Cualquier otro hombre habría dudado de Dios y de sí mismo. Ellos estuvieron en oración hasta el alba, junto a sus cansados camellos (los únicos que estaban despiertos, entre los servidores que dormían).
Y luego, al alba, se alzaron y se dirigieron a las puertas, desafiando el peligro de ser tomados por locos y agitadores, desafiando también el peligro de morir.
Recordad que reinaba Herodes, el sanguinario. Y bastaba mucho menos de la frase que los Sabios querían decirle para que les decretara su muerte. Pero ellos me buscaban a mí. No buscaban gloria, riquezas, honores. Me buscaban a mí, sólo a mí. A un niño: a su Mesías, a su Dios.
La búsqueda de Dios, siendo buena, proporciona siempre todas las ayudas y todo el coraje. Los miedos, las cosas bajas, son la herencia de los que sueñan cosas bajas.
Ellos aspiraban a adorar a Dios. Este amor suyo los hacía fuertes. Y, pocas horas después, el amor tuvo un premio, porque aquí, en la noche lunar, reapareció la estrella ante sus ojos. Nunca le falta la estrella de Dios a quien con justicia y amor lo busca.
¡Los tres Sabios! Hubieran podido quedarse entre los falsos honores que Herodes les daba, después de la respuesta de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas y doctores. Y estaban muy cansados… Pero no se quedaron ni siquiera una noche, y, antes de que se cerraran las puertas, salieron para esperar aquí al alba. Luego… no el alba solar, sino el alba de Dios apareció de nuevo para hacer de plata el camino. La estrella los llamó con sus luces y ellos fueron a la Luz.
¡Bienaventurados! ¡Bienaventurados ellos y quien sabe imitarlos!
Los apóstoles y Margziam con Isaac están centrados en escuchar, con ese rostro feliz que tienen siempre que Jesús evoca su nacimiento; e Isaac, absorto, suspira, sonríe ante este recuerdo… con un rostro extático, lejano del lugar y del tiempo, regresando a más de treinta años antes, a aquella noche, a aquella estrella que ciertamente vio entre su rebaño…
Más gente se ha acercado, porque el camino es de mucho tránsito, y está escuchando; y alguno recuerda la fantástica caravana, y la noticia que trajo… y las consecuencias de ella.
-Éste siempre es lugar de consejo. La historia siempre se repite. Este siempre es lugar de prueba. Para los buenos, para los malos. Pero toda la vida es una prueba de la fe y justicia del hombre.
Os recuerdo la fidelidad de Jusay, de Sadoq y Abiatar, de Jonatán y Ajimaas, que de este lugar partieron para salvar a su rey y fueron protegidos por Dios porque obraban con justicia.
Os recuerdo (2 Samuel l7 y en l Reyes l) un hecho relacionado con este mismo lugar y que no tuvo buenas consecuencias por tratarse de un abuso y, por tanto, no estar bendecido por Dios. Junto a la piedra de Zojélet, cerca de la fuente de Royel, Adonías conspiró contra la voluntad de su padre y se hizo proclamar rey por los de su partido.
Pero el abuso no lo favoreció, porque, antes del final del banquete, los gritos de hosanna que resonaban en Guijón le notificaron -aún antes de que Jonatán de Abiatar hablara-, que Salomón era rey, y él, que había querido usurpar el trono, debía confiar sólo en la misericordia de Salomón.
Demasiados repiten el gesto de Adonías y se oponen al verdadero Rey, o conjuran contra Él siguiendo el partido aparentemente más fuerte. Y demasiado pocos, actuando así, sabrán luego abrazarse al altar pidiendo perdón y confiando en la misericordia de Dios. ¿Podremos, nosotros que hemos considerado tres sucesos de este pozo, decir que el lugar está sujeto a influjos buenos o no buenos? No. No el lugar. No el tiempo. No los sucesos, sino la voluntad del hombre es la que turba las acciones del hombre.
En Royel ha visto la fidelidad de los súbditos de David y el pecado de Adonías, de la misma forma que ha visto la fe de los tres Sabios. Es el mismo pozo. En sus piedras se han apoyado y en sus aguas han apagado su sed Jonatán y Ajimaas, como Adonías y los suyos, como los tres Sabios.
Pero el agua y las piedras han visto tres cosas distintas: la fidelidad al rey David, la traición al rey David, la fidelidad a Dios y al Rey de los reyes. Es siempre la voluntad del hombre la que hace cumplir el bien o el mal.
Y sobre la voluntad del hombre proyecta sus luces la voluntad de Dios, y sus vapores venenosos la voluntad de Satanás. Del hombre depende el acoger la luz o el veneno y venir a ser justo o pecador.
En este pozo está colocado un guardián para que nadie corrompa las aguas. Y, además del guardián, le han sido dados unas paredes y un techo, para que el viento no meta dentro de él hojas y cosas sucias que contaminen las preciosas aguas.
También ha puesto Dios un guardián al hombre: la voluntad inteligente y consciente del hombre; y protecciones: los mandamientos y los consejos angélicos, para que el espíritu del hombre no fuera corrompido consciente o inconscientemente. Pero cuando el hombre corrompe su conciencia, su intelecto, no escucha las inspiraciones del Cielo, pisotea la Ley, es como si fuera un guardián que dejara sin custodia el pozo, o como un demente que desmantelara sus defensas. Deja libre el campo a los enemigos satánicos, a las concupiscencias del mundo y de la carne, y a las tentaciones que, aunque no sean secundadas después, siempre es prudente tenerlas vigiladas y rechazarlas.
Hijos de Jerusalén, hebreos, prosélitos, viandantes que el destino ha reunido aquí a escuchar la voz de Dios, sed sabios, con la verdadera sabiduría, que es saber defender el propio yo de las acciones que deshonran al hombre.
Veo aquí a muchos gentiles. A ellos les digo que no existen sólo las riquezas y las mercancías como únicas cosas que conquistar, sino que hay otra cosa que hay que conquistar: la vida para la propia alma.
Porque el hombre tiene un alma dentro de sí, una cosa impalpable, pero que es la que le hace vivir, una cosa que no muere ni siquiera cuando la carne ha muerto, una cosa que tiene derecho a vivir su verdadera, eterna vida, y no la puede vivir sí el hombre mata su verdadero yo con sus malas acciones.
La idolatría y el gentilismo no son insuperables. El sabio medita y dice: "¿Por qué tengo que seguir a unos ídolos y vivir sin esperanza de una vida más buena, mientras que, yendo al verdadero Dios, puedo conquistar la alegría para toda la eternidad?". El hombre es avaro de sus días y la muerte le causa horror.
Cuanto más envuelto está en las tinieblas de falsas religiones o en la no fe, más teme a la muerte. Pero el que viene a la verdadera Fe pierde el terror a la muerte, porque sabe que más allá de la muerte hay una vida eterna, donde los espíritus se volverán a encontrar y no habrá ya ni dolores ni separaciones. No es difícil seguir el camino de la Vida. Basta creer en el único verdadero Dios, amar al prójimo y amar la honestidad en todas las acciones.
Vosotros, de Israel, sabéis cuáles son las cosas mandadas y cuáles las prohibidas. Pero Yo digo a estos que escuchan y que llevarán lejos, consigo, mis palabras, cuáles son estas cosas… (y dice el Decálogo). La verdadera religión está en esto, no en los sacrificios vanos y pomposos.
Obedecer a los preceptos de una moral perfecta, de una virtud sin defecto, usar misericordia, eludir lo que deshonra al hombre, dejar las vanidades, las adivinaciones del error, los augurios falaces, los sueños de los malvados, como dice el libro sapiencial (Eclesiástico 34, l-8); usar con justicia los dones de Dios, o sea, la salud, la prosperidad, las riquezas, la inteligencia, el poder; no tener soberbia, que es signo de necedad, porque el hombre vive, está sano, es rico o sabio o poderoso mientras Dios se lo concede; no tener deseos inmoderados que algunas veces llevan incluso al delito; vivir, en una palabra, como hombres y no como los animales, por dignidad incluso hacia uno mismo.
Bajar es fácil; subir de nuevo, difícil. Pero, ¿quién querría vivir en un abismo fétido sólo por el hecho de haber caído en él, y no trataría de dejarlo subiendo hasta su sumidad florida y llena de sol? En verdad os digo que la vida del pecador está situada en un abismo, y también la vida que vive en el error. Pero aquellos que acogen la Palabra de la verdad y van a la Verdad suben a la sumidad, a la Luz.
Id ahora todos a vuestro lugar de destino. Y recordad que, junto a la fuente de En Royel, la Fuente de la Sabiduría os ha dado de beber sus aguas para que tengáis otra vez sed y a Ella volváis.
Jesús se abre paso y se encamina hacia la ciudad, dejando a la gente comentando, preguntando, respondiendo.