492- En Betania se evoca la memoria de Juan de Endor

Una casa de Betania cada vez más triste, pero siempre acogedora…

La presencia de amigos y discípulos no le quita a la casa la tristeza. Están José, Nicodemo, Manahén, Elisa y Anastática. Éstas, por lo que entiendo, no han sabido resistir estar lejos de Jesús, y se disculpan de ello como de una desobediencia, aunque estando bien decididas a no marcharse. Y Elisa explica las válidas razones que existen: la imposibilidad para las hermanas de Lázaro de seguir al Maestro, para darles a Él y a los apóstoles aquellos cuidados femeninos que son necesarios para un grupo de hombres solos y, además, perseguidos.

-Sólo nosotras podemos. Porque Marta y María no pueden dejar a su hermano. Juana no está. Analía es demasiado joven para ir con vosotros. Nique conviene que esté donde está, para recibiros allí. Mis canas evitan las murmuraciones. Yo te precederé a donde vayas, o estaré donde me digas, y tendrás siempre a tu lado a una madre, y yo creeré que tengo todavía un hijo. Haré lo que Tú quieras, pero déjame servirte.

Jesús, sintiendo que todos consideran justa la cosa, accede. Quizás también, en medio de las grandes amarguras que ciertamente tiene en su corazón, desea tener cerca un corazón en que hallar un reflejo de la dulzura materna… Elisa exulta en su triunfo.

Jesús dice:
-Estaré frecuentemente en Nob. Irás a la casa del anciano Juan. Me la ha ofrecido para mis estadías. Te encontraré cada vez que regresemos…

-¿Tienes pensado irte, a pesar de las lluvias? -pregunta José de Arimatea.

-Sí. Quiero ir todavía hacia la Perea y detenerme en la casa de Salomón. Luego hacia Jericó y Samaria. ¡Oh, quisiera ir todavía a muchos lugares!…

-No te alejes demasiado, Maestro, de los caminos presidiados y de las ciudades presidiadas por un centurión. Ellos están vacilantes. Y también lo están los otros. Dos miedos. Dos vigilancias. A ti y recíprocamente. Pero, créelo, para ti son menos peligrosos los romanos…

-¡Nos han abandonado!… -prorrumpe Judas de Keriot.
-¿Lo crees? No. ¡Entre los gentiles que escuchan al Maestro, puedes distinguir, acaso, los enviados por Claudia o por Poncio? Entre los libertos de la primera y de sus amigas, no son pocos los que podrían hablar en el Bel Nidrás, si fueran israelitas. No olvides nunca que en todas partes hay doctos; que Roma somete al mundo, que a sus patricios les gusta tomar el mejor botín para ornato de sus casas.

Si cada uno de los gimnasiarcas y de los que presiden los Circos eligen lo que puede proporcionarles ganancia y gloria, los patricios eligen a aquellos que por cultura o belleza son decoro y satisfacción de las casas y de sí mismos… Maestro, este tema me suscita un recuerdo… ¿Se me concede una pregunta?
-Habla.

-Aquella mujer, aquella griega que estaba aquí el año pasado… y que era un elemento de acusación contra ti, ¿dónde está? Muchos han tratado de saberlo… no con buena finalidad. Pero yo no tengo en mí un deseo malo… Sólo… El que haya vuelto al error no me parece posible. Había en ella una gran inteligencia y una justicia sincera. Pero, el no verla ya…

-En un lugar de la Tierra, ella, la pagana, ha sabido ejercitar, para un israelita perseguido, la caridad que los israelitas no tenían.
-¿Te refieres a Juan de Endor? ¿Está con ella?
-Ha muerto.
-¿Muerto?

-Sí. Y se le podía haber dejado morir cerca de mí… No había que esperar mucho… Aquellos que trabajaron para provocar su separación, y son muchos, cometieron un homicidio como si hubieran alzado la mano, armada de cuchillo, contra él. Le quebrantaron el corazón. Y, aun sabiendo que ha muerto de esto, no piensan que son unos homicidas.

No sienten remordimiento de haberlo sido. Se puede matar de muchas maneras a los hermanos. Con un arma y con la palabra, o con una acción malvada. Como el hecho de referir, a quien persigue, los lugares del perseguido; el hecho de quitar a un desdichado un cobijo que le sirva de conforto… ¡Oh, de cuántas formas se mata!… Pero el hombre no siente remordimiento. El hombre, y éste es el signo de su decadencia espiritual, ha matado el remordimiento.

Se muestra tan severo Jesús al decir estas palabras, que ninguno encuentra la fuerza para hablar. Se miran de reojo, cabizbajos, confundidos, incluso los más inocentes y buenos.

Jesús, después de un momento de silencio, dice:
-No hace falta que ninguno lleve a los enemigos del muerto y a los míos las palabras que he dicho, para que exulten satánicamente. Pero, si os preguntan, podéis responder que Juan está en paz, con el cuerpo en un sepulcro lejano y el espíritu en espera de mí.

-Señor, ¿esto te ha producido mucho dolor? -pregunta Nicodemo.

-¿El qué? ¿Su muerte?
-Sí.
-No. Su muerte me ha producido paz, porque ha significado su paz. Dolor, un gran dolor me han producido aquellos que, por un bajo sentimiento humano, han denunciado al Sanedrín su presencia entre los discípulos y han provocado su partida. Mas, cada uno tiene su sistema, y sólo una gran voluntad buena puede cambiar los instintos y los sistemas. Y os digo: "Quien denunció denunciará. Quien hizo morir hará morir". Pero, ¡ay de él! Cree vencer y pierde. Y le espera el juicio de Dios.

-¿Por qué me miras así, Maestro? -pregunta Juan de Zebedeo, turbándose y ruborizándose como si fuera culpable.

-Porque, si te miro a ti, ninguno pensará, ni siquiera el más malvado, que hayas podido odiar a un hermano tuyo.
-Habrá sido algún fariseo o algún romano… Él los proveía de huevos… -dice Judas de Keriot.

-Un demonio ha sido. Pero le ha hecho un bien queriéndolo perjudicar. Ha acelerado su completa purificación y su paz.

-¿Cómo lo supiste? ¿Quién te trajo la noticia? -pregunta José.
-¿Acaso el Maestro necesita tener a alguien que le traiga las noticias? ¿No ve, acaso, las acciones de los hombres? ¿No fue a llamar a Juana para que viniera donde Él y se curase? ¿Qué es imposible para Dios? -dice, vehemente, María de Magdala.

-Es verdad, mujer. Pero pocos poseen tu fe… Y por este motivo he hecho una pregunta necia.
-Bien. Pero, ahora, Maestro, ven. Lázaro se ha despertado y te espera…

Y se lo lleva, cortante y decidida, atajando cualquier otro posible tema de conversación y cualquier otra posible pregunta.

491- En el Templo el último día de la fiesta de los Tabernáculos. Sermón sobre el Agua viva

El Templo rebosa de gente. De todas formas, falta mucho el elemento femenino, y los niños.

La persistencia de una temporada ventosa y con precoces chaparrones, breves pero violentos, debe haber persuadido a las mujeres de ponerse en camino junto con los niños.

Pero los hombres de todos los lugares de Palestina y los prosélitos de la Diáspora atestan -ésta es la palabra-el Templo para hacer las últimas oraciones, las últimas ofrendas, y escuchar las últimas lecciones de los escribas.

Los galileos seguidores de Jesús están en su totalidad: los jefes más importantes en primera fila; en el centro, muy identificado con su condición de pariente, está José de Alfeo con su hermano Simón. Otro grupo, apiñado, que espera, es el de los setenta y dos discípulos.

Con esta expresión me refiero a los discípulos elegidos por Jesús para evangelizar, y que han cambiado de número y de caras, porque algunos de los antiguos, después de la defección que siguió al discurso del Pan del Cielo, ya no están, y se han agregado otros nuevos, como Nicolái de Antioquía. El tercer grupo, también muy apiñado y numeroso, es el de los judíos; entre ellos, veo a los arquisinagogos de Emaús, de Hebrón, de Keriot; de Yuttá está presente el marido de Sara; de Betsur los parientes de Elisa.

Están junto a la puerta Hermosa, y es clara su intención de rodear al Maestro en cuanto aparezca. Efectivamente, Jesús no puede dar un paso dentro del recinto amurallado sin que estos tres grupos lo circunden, casi como aislándolo de los malévolos, o también de los que, simplemente, están allí por curiosidad.

Jesús se dirige al atrio de los Israelitas para las oraciones; los otros le siguen, compactos -en la medida en que lo permite la gran densidad de gente-, sordos a las expresiones de desagrado de quienes tienen que apartarse y dejar paso al gran número de personas que va con Jesús. Él va entre sus hermanos. Y no es dulce como la de Jesús la mirada, ni humilde como la de Jesús la actitud de José de Alfeo, que, expresivamente, fija sus ojos en algunos fariseos…

Oran. Luego regresan al patio de los Paganos. Jesús se sienta humildemente en el suelo, apoyando la espalda en la pared del pórtico. Lo rodea un semicírculo que cada vez se va haciendo más compacto, debido a la sucesión de filas de personas que se van poniendo a espaldas de las filas más cercanas a Él, sentándose o apoyándose y permaneciendo de pie: rostros y miradas que convergen en el único Rostro.

Los curiosos, los que han venido de lejos y no están al corriente, y los malévolos, están detrás de esta barrera de fieles, esforzándose por ver, alargando los cuellos, levantándose sobre las puntas de los pies.

Jesús, entretanto, está escuchando a éste y a aquél, que piden consejos o refieren noticias. Hablan así los parientes de Elisa, dando noticias de ella y preguntando si puede venir a servir al Maestro. Él responde:
-No me quedo aquí. Más tarde vendrá.

Y habla el pariente de María de Simón, madre de Judas de Keriot, diciendo que se ha quedado, él, custodiando las propiedades, pero que María está casi siempre con la madre de Yoana. A Judas, que está atónito, se le salen los ojos de las órbitas, pero no habla. Y habla el marido de Sara, diciendo que pronto le nacerá a él otro hijo, y pregunta que cómo puede llamarlo. Jesús responde:
-Si es varón, Juan; si es mujer. Ana.

Y el anciano arquisinagogo de Emaús le susurra, bajo, algún caso de conciencia, y Jesús, en voz baja, le responde. Y así sucesivamente.

Mientras, la gente va aumentando. Jesús alza la cabeza y mira. Estando el pórtico elevado unos cuantos escalones, Él, a pesar de estar sentado en el suelo, domina buena parte del patio, por ese lado, y ve muchas caras.
Se pone en pie y dice con fuerte voz, con toda su entonada y fuerte voz:

-¡El que tenga sed que venga a mí y beba! Del interior de los que crean en mí brotarán ríos de agua viva.
Su voz llena el vasto patio, los espléndidos pórticos.

Ciertamente, atraviesa los de este lado, y se propaga a otros lugares, y sobrepuja todas las demás voces, cual armónico trueno lleno de promesas. Dice esto, y luego calla unos instantes, como habiendo querido enunciar el tema y dar tiempo a quienes no tienen interés en oírlo de marcharse sin causar molestias. Los escribas y doctores callan, o sea, bajan sus voces (ahora son un susurro, aunque, ciertamente, malévolo). No veo a Gamaliel.

Jesús camina de frente, entre el semicírculo, que se abre según va llegando y se va cerrando a sus espaldas, transformándose de semicírculo en anillo. Camina despacio, majestuosamente. Parece deslizarse sobre los mármoles policromos del suelo, con el manto un poco suelto, que le forma por detrás una incipiente cola. Va al ángulo del pórtico, al extremo del escalón que penetra hacia el patio; allí se detiene. Domina, así, dos lados de la primera muralla. Alza el brazo derecho, con su gesto habitual de cuando empieza a hablar, mientras con la mano izquierda apretada contra el pecho tiene sujeto el manto.

Repite las palabras iniciales:
-¡El que tenga sed que venga a mí y beba! ¡Del interior de los que crean en mí manarán ríos de agua viva!

Aquel que vio la teofanía del Señor, el gran Ezequiel, (Ezequiel l; 8-l0; 37, l-l4; 47, l-l9) sacerdote y profeta, después de ver proféticamente los actos impuros en la profanada casa del Señor, después de ver, también proféticamente, que sólo los signados con el Tau vivirán en la Jerusalén verdadera, mientras que los demás conocerán más de un exterminio, más de una condena, más de un castigo -y el tiempo está cercano, oh vosotros que me escucháis, está cercano, está más cercano de lo que pensáis; por lo cual, os exhorto, como Maestro y Salvador, a no tardar más en signaros con el signo que salva; a no tardar más en poner en vosotros la Luz y la Sabiduría, a no tardar más en arrepentiros y llorar, por vosotros y por los demás, para poderos salvar-, Ezequiel, después de ver todo esto y más, habla de una terrible visión: la de los huesos secos.

Día llegará en que en un mundo muerto, bajo un firmamento apagado, aparecerán al sonido angélico numerosísimos huesos de muertos. Como un vientre que se abre para dar a luz, así la Tierra arrojará de sus entrañas todo hueso de hombre que sobre ella murió y en su fango fue sepultado, desde Adán al último hombre.

Y se producirá entonces la resurrección de los muertos para el grande y supremo juicio, después del cual, como un pomo de Sodoma, el mundo se vaciará para transformarse en una nada, y terminará el firmamento con sus astros. Todo tendrá fin, menos dos cosas eternas, lejanas, en los extremos de dos abismos de una profundidad incalculable, totalmente antitéticos en la forma y en el aspecto y en el modo con que en ellos proseguirá eternamente la potencia de Dios: el Paraíso: luz, alegría, paz, amor; el Infierno: tinieblas, dolor, horror, odio.

-¿Pero creéis que por el hecho de que el mundo no esté todavía muerto y no suenen, convocadoras, las trompetas angélicas, el inmenso campo de la Tierra no está cubierto de huesos sin vida, requetesecos, inertes, separados, muertos, muertos, muertos? En verdad os digo que es así. Entre los que viven, porque respiran todavía, innumerables son los que son como cadáveres, como los huesos secos vistos por Ezequiel. ¿Quiénes son? Aquellos que no tienen en sí la vida del espíritu.

Hay en Israel de éstos, como en todo el mundo. Y el que entre los gentiles y los idólatras no haya sino muertos que esperan ser vitalizados por la Vida es una cosa natural, y causa dolor sólo a aquellos que poseen la verdadera Sabiduría, porque Ella les hace comprender que el Eterno ha creado a las criaturas para Él y no para la idolatría, y se aflige viendo a tantas criaturas en la muerte.

Pero, si el Altísimo tiene este dolor, y es ya grande, ¿cuál será su dolor por aquellos que, de su Pueblo, son huesos que albean, sin vida, sin espíritu?

Los elegidos, los predilectos, los protegidos, los nutridos, los instruidos por Él directamente o por sus siervos y profetas, ¿por qué tienen que ser, culpablemente, huesos secos, siendo así que para ellos siempre ha descendido un hilo de agua vital del Cielo y les ha dado a beber Vida y Verdad? ¿Por qué, plantados en la tierra del Señor, se han secado? ¡Por qué su espíritu ha muerto, si el Espíritu Eterno puso a su disposición todo un tesoro sapiencial para que de él bebieran y vivieran? ¿Quién?, ¿con qué prodigio podrán volver a la Vida, si han dejado las fuentes, los pastos, las luces que Dios les ha dado, y caminan a tientas entre las calígines, y beben fuentes no puras, y se nutren de alimentos no santos?

¿No volverán, pues, a vivir? Sí. En nombre del Altísimo Yo lo juro. Muchos resucitarán. Dios tiene ya preparado el milagro; es más, el milagro ya está activo, ya ha actuado en algunos, y algunos huesos secos se han revestido de vida, porque el Altísimo -al cual nada le está prohibido-ha mantenido la promesa y la mantiene, y cada vez la completa más.

Él, desde lo alto de los Cielos, grita a estos huesos que están esperando la Vida: "Ved que Yo infundiré en vosotros el espíritu y viviréis". Y ha tomado su Espíritu, a sí mismo se ha tomado, y ha formado una Carne para revestir su Palabra, y la ha enviado a estos muertos para que, hablándoles, se infundiera de nuevo en ellos la Vida.

¡Cuántas veces, en el transcurso de los siglos, Israel ha gritado: "Están secos nuestros huesos, nuestra esperanza ha muerto, estamos separados"! Pero, toda promesa es sagrada, toda profecía es verdadera. Y ha llegado el tiempo en que el Enviado de Dios abre las tumbas para sacar de ellas a los muertos y vivificarlos para conducirlos consigo a la verdadera Israel, al Reino del Señor, al Reino del Padre mío y vuestro.

¡Yo soy la Resurrección y la Vida! ¡Yo soy la Luz que ha venido a iluminar a quien yacía en las tinieblas! ¡Soy la Fuente de la que, impetuosa, brota Vida eterna! El que venga a mí no conocerá la Muerte. El que tenga sed de Vida venga y beba. Quien quiera poseer la Vida, o sea, a Dios, crea en mí, y de su interior brotarán no gotas, sino ríos de agua viva. Porque el que crea en mí formará conmigo el nuevo Templo del que manan las aguas saludables de que habla Ezequiel.

¡Venid a mí, pueblos! ¡Venid a mí, criaturas! Venid a formar un único Templo; pues que no rechazo a ninguno, sino que, por amor, os quiero conmigo, en mi trabajo, en mis méritos, en mi gloria.

"Y vi aguas que brotaban de debajo de la puerta de la casa, a * oriente… y las aguas bajaban al lado derecho, al sur del altar". (Ezequiel cap. 47).

Aquel Templo son los que creen en el Mesías del Señor, en el Cristo, en la Nueva Ley, en la Doctrina del tiempo de Salud y de Paz. Así como de piedras están formados los muros de este templo, de espíritus vivos estarán formados los místicos muros del Templo, que no morirá por los siglos de los siglos y que desde la Tierra ascenderá hasta el Cielo, como su Fundador, después de la lucha y la prueba.

Aquel altar del que brotan las aguas, aquel altar situado a levante soy Yo. Y mis aguas brotan de la derecha porque la derecha es el lugar de los elegidos para el Reino de Dios. Brotan de mí para verterse sobre mis elegidos y hacerlos ricos en aguas vitales, portadores de ellas, distribuidores de ellas hacia el Septentrión, hacia el Mediodía, hacia Oriente, hacia Occidente, para dar Vida a los pueblos de la Tierra que esperan la hora de la Luz, la hora que llegará, que sin falta llegará a todos los lugares antes de que la Tierra deje de existir.

Brotan y se esparcen mis aguas, mezcladas con las que Yo mismo he dado y daré a mis seguidores; y, a pesar de estar esparcidas para hacer apta la Tierra, formarán un único río de Gracia, cada vez más profundo, cada vez más grande, que irá creciendo día tras día, paso a paso, con las aguas de los nuevos seguidores, hasta que forme como un mar; un mar que, con sus aguas, tocará todos los lugares para santificar toda la Tierra.

Dios quiere esto. Dios hace esto. Un diluvio lavó el mundo dando muerte a los pecadores. Un nuevo diluvio, de otro líquido, que no será lluvia, lavará el mundo y dará Vida. Y, por un misterioso acto de gracia, los hombres podrán formar parte de ese diluvio santificador, uniendo sus voluntades a la mía, sus fatigas a la mía, sus sufrimientos al mío. Y el mundo conocerá la Verdad y la Vida. Y el que quiera participar podrá hacerlo. Sólo el que no quiera ser nutrido por las aguas de Vida se transformará en lugar palúdico y pestífero, o seguirá siéndolo, y no conocerá las pingües cosechas de los frutos de gracia, sabiduría, salvación, que conocerán los que vivan en mí.

En verdad os digo, otra vez, que el que tenga sed y venga a mí beberá y no volverá a tener sed, porque mi Gracia abrirá en él fuentes y ríos de agua viva. Y quien no crea en mí perecerá, como salina donde la vida no puede subsistir.

En verdad os digo que después de mí no se interrumpirá la Fuente, porque Yo no moriré, sino viviré, y, cuando me haya ido, ido y no muerto, para abrir las puertas de los Cielos, Otro, que es igual que Yo, vendrá y completará mi obra haciéndoos comprender las cosas que Yo os he dicho, y encendiéndoos para haceros "luces", ya que habéis acogido la Luz.
Jesús calla.

La muchedumbre, que ha estado en silencio bajo el imperio del discurso, ahora musita y hace distintos comentarios:
Quién dice:

-¡Qué palabras! ¡Es un verdadero profeta!
Quién:

-Es el Cristo. Os lo digo. Ni siquiera Juan hablaba así. Y ningún profeta tiene su fuerza.

-Y además nos hace comprender a los profetas; incluso a Ezequiel, que es tan oscuro en sus símbolos.

-¿Habéis oído, no? ¡Las aguas! ¡El altar! ¡Está claro!
-¿Y los huesos secos? ¿Has visto cómo se han turbado escribas, fariseos y sacerdotes? ¡Han comprendido la alusión!

.Sí. Y han mandado a la guardia. Pero ellos… se han olvidado de prenderlo y se han quedado como niños que ven a los ángeles. ¡Miradlos allí! Están como apapanatados. -¡Mira! ‘Mira! Un magistrado los llama y los reprende. ¡Vamos a oír!

Mientras tanto, Jesús está curando a unos enfermos que le están siendo acercados y no se ocupa de nada más, hasta que, abriéndose paso entre la gente, un grupo de sacerdotes y fariseos, capitaneados por un hombre de unos treinta o treinta y cinco años -veo que todos lo evitan, con un temor que es casi terror-llega hasta Él.

-¿Todavía estás aquí? ¡Vete! ¡En nombre del Sumo Sacerdote!

Jesús se alza -estaba agachado hacia un paralítico-y lo mira con calma y mansedumbre. Luego vuelve a agacharse para imponer las manos al enfermo.
-¡Vete! ¿Has entendido? Seductor de muchedumbres. O haremos que te prendan.

-Ve y alaba al Señor con una vida santa -dice Jesús al enfermo, que se alza curado; y ésta es su única respuesta. Los que amenazan, por su parte, echan espuma venenosa, y la muchedumbre los intima, con sus voces de hosanna, que no causen daño a Jesús.

Pero, si Jesús se muestra manso, no así se muestra José de Alfeo, el cual, irguiéndose engallado, echando hacia atrás la cabeza para parecer más alto, grita: -¡Eleazar, tú que con los que te asemejan querrías abatir el cetro del Hijo escogido de Dios y de David, has de saber que estás cortando todas las plantas, la tuya la primera, esa de que tanto te jactas! ¡Porque tu maldad hace pender sobre tu cabeza la espada del Señor! -y diría más cosas; pero Jesús le pone la mano en el hombro y dice:

-¡Paz, paz, hermano mío! -y José, lívido de indignación, calla.

Se encaminan hacia la salida. Ya fuera de la muralla, refieren a Jesús que los jefes de los sacerdotes y los fariseos han reprendido a la guardia por no haberlo arrestado, y que ellos se habían justificado diciendo que nunca nadie había hablado como Él. Respuesta que había enfurecido a los príncipes de los sacerdotes y a los fariseos, entre los cuales había muchos del Sanedrín.

Tanto que, para probar a los soldados que sólo los necios podían ser seducidos por un loco, querían ir a arrestarlo, como blasfemo. Y también para enseñar a la gente a comprender la verdad. Pero Nicodemo, que estaba presente, se había opuesto diciendo:

-No podéis actuar contra Él. Nuestra Ley prohíbe condenar a un hombre antes de haberlo escuchado y haber visto lo que hace. Y nosotros de su boca hemos oído, y de Él hemos visto, cosas no condenables.

Ante estas palabras la ira de los enemigos de Jesús se había volcado contra Nicodemo, con amenazas e insultos y burlas, como contra un necio y un pecador. Y Eleazar ben Anás se había puesto en movimiento, personalmente, con los más enfurecidos, para ir a echar a Jesús, pues a más no se atrevía por la muchedumbre.

José de Alfeo está furioso. Jesús lo mira y dice:
-¿Lo ves, hermano?
No dice nada más… ¡pero hay mucho en esas palabras! Contienen la advertencia de que Él, ya hable, ya calle, tiene razón, contienen el recuerdo de sus palabras, contienen el índice de lo que son las castas más importantes de Judea, de lo que es el Templo, etc.
José agacha la cabeza y dice:

-Tienes razón…
Guarda silencio, pensativo. Luego, al improviso, echa sus brazos en torno a la espalda de Jesús y llora sobre el pecho de Él, mientras dice:
-¡Pobre hermano mío! ¡Pobre María! ¡Pobre Madre!
Creo que José intuye claramente, en este momento, la suerte de Jesús…

-¡No llores! Haz tú también, como Yo hago, la voluntad de nuestro Padre -lo conforta Jesús, y lo besa para consolarlo.
Cuando José está un poco calmado, se ponen en marcha en dirección a la casa en que se hospeda, y allí se saludan besándose. Y José, muy emocionado, mucho, dice como últimas palabras:

-¡Ve en paz, Jesús! Respecto a todo. Lo que te dije cerca de Nazaret te lo repito, y con más fuerza todavía. Ve en paz. Ten sólo las preocupaciones de tu trabajo. De lo demás me ocuparé yo. Ve y que Dios te conforte.
Y lo besa una vez más, paternal en el rostro, y en la caricia que, como bendición de jefe de familia, le deposita en la cabeza.

Luego José saluda a sus hermanos. Se saludan también éstos y Simón. Pero noto que Santiago, no sé por qué motivo, se muestra más bien distante con José, y viceversa. Sin embargo, con Simón, hay más afectuosidad. Lo último que José dice a Santiago es: -¿Entonces tengo que pensar que te he perdido?

-No, hermano. Debes pensar que tú sabes dónde estoy y que, por tanto, de ti depende el encontrarme. Sin rencor. Es más, con muchas oraciones por ti. Pero en las cosas del espíritu no hay que tomar dos senderos juntos. Tú sabes lo que quiero decir…

-Ya ves que lo defiendo…

-Defiendes al hombre y al pariente. No es suficiente para darte esos ríos de Gracia de que Él hablaba. Defiende al Hijo de Dios, sin miedo al mundo, sin cálculo de intereses, y serás perfecto. Adiós. Cuida de nuestra madre, cuida a María de José…

Jesús -no sé si ha oído, porque está centrado en saludar a los otros nazarenos y galileos-, terminados los saludos, ordena:

-Subamos al Monte de los Olivos. Desde allí nos dirigiremos a algún lugar…

490- En el campo de los Galileos con los primos apóstoles y encuentro con el levita Zacarías

-Judas y Santiago, venid conmigo.

A los dos hijos de Alfeo no hay que repetírselo. Se levantan inmediatamente y salen con Jesús de una casita de un arrabal situado al sur de Jerusalén, donde los hospedan hoy.

-¿A dónde vamos, Jesús? -pregunta Santiago.
-Al Monte de los Olivos, a saludar a los galileos.
Caminan un rato hacia Jerusalén. Pasan muy cerca de unas pequeñas colinas donde hay casas -sin duda, solariegas­entre el verde. Cortan el camino que va a Betania y a Jericó, y el que está más al sur, que termina entre Tofet y Siloán. Dan la vuelta, por detrás, a otra colina, que ya es estribación del Monte de los Olivos.

Cortan el otro camino que lleva directamente a Betania desde el Monte de los Olivos. Y, por un camino secundario que va entre olivos, suben al campo de los Galileos, donde las tiendas son mucho menos numerosas, y quedan, como recuerdo del agolpamiento, ramajes arrojados al suelo y ya deslucidos, restos de hogares rudimentarios -que han dejado hierba chamuscada y cenizas y palos carbonizados-, morralla: lo que siempre queda donde hubo gente acampada.

La temporada fría y precozmente lluviosa ha acelerado la partida de los peregrinos. También ahora se están poniendo en camino caravanas de mujeres y niños. Los hombres, especialmente los vigorosos, se han quedado todavía para terminar la fiesta.

Los galileos que creen en el Señor han debido ser avisados, quizás por algún discípulo, porque los veo a todos, y procedentes de todos aquellos lugares que más conozco. Nazaret está presente con los dos discípulos, con Alfeo -aquel a quien Jesús perdonó después de la muerte de su madre-y con algún otro. De todas formas, no veo ni a José ni a Simón de Alfeo.

Pero, como contrapartida, no faltan otros, entre los cuales el arquisinagogo, que se muestra visiblemente apurado al saludar con deferencia a Jesús después de haberle puesto tantos obstáculos. Pero se ayuda diciendo que los parientes de Jesús están hospedados en casa de «ese amigo que sabes», por razón de los niños, que sufrían con el viento de la noche. Y Caná está presente, con el marido de Susana, su padre y otros; y así Naím, con su resucitado y otros; y Belén de Galilea, con muchos vecinos; y las ciudades occidentales del lago, con sus moradores…

-¡La paz a vosotros! ¡La paz a vosotros! -saluda Jesús, pasando entre ellos, acariciando a los niños que todavía están ahí -sus pequeños amigos de los lugares galileos-; y escucha a Jairo, que le refiere lo mucho que sintió el no haber estado la última vez.

Jesús se informa sobre si la viuda de Afeq se ha establecido en Cafarnaúm y si ha aceptado al huérfano de Yiscala.

-No sé, Maestro. Quizás yo ya me había marchado… -dice Jairo.

-Sí, sí, ha venido una mujer que da mucha miel y muchas caricias a los niños. Y, fíjate, hace tortas. Y aquellos niños que iban a donde estabas Tú van siempre donde ella a comer. Y el último día nos mostró un niñito muy pequeño.

Ha comprado dos cabras para la leche. Y nos ha dicho que es el hijo del Cielo y del Señor. No vino a la fiesta, como quería, porque no podía llevar consigo a un niño tan pequeño. Y nos dijo, a nosotros, que te dijéramos que lo querrá con justicia y que te bendice.

Los niños de Cafarnaúm gorjean como gorrioncillos alrededor de Jesús, orgullosos de saber, ellos, lo que ni siquiera el arquisinagogo sabe, y de verse, ellos, haciendo de embajadores ante el Maestro bueno, que los escucha con la atención con que escucharía a los adultos, y que responde:

-Y vosotros le diréis que Yo también la bendigo y que quiera a los niños por mí. Y vosotros queredla; no os aprovechéis porque sea buena; no la queráis sólo por la miel y las tortas, sino porque es buena. Tan buena, que ha comprendido que quien ama en mi nombre a un niño me hace feliz. E imitadla todos, ya seáis pequeños, ya seáis adultos, pensando siempre que aquel que recibe a un niño en mi nombre tiene su sitio señalado en el Cielo.

Porque, si la misericordia siempre recibe premio -aunque fuere un solo vaso de agua dado en mi nombre-, la que se practica con los niños -salvándolos no sólo del hambre, de la sed, del frío, sino también de la corrupción del mundo-es infinitamente premiada… He venido a bendeciros antes de que os marchéis. Llevaréis mi bendición a vuestras mujeres, a vuestras casas…

-Pero, ¡no vas a volver donde nosotros, Maestro?
-Volveré… Pero no ahora. Después de Pascua…
-¡Si estás tanto, seguro que te olvidas de la promesa!…
-No temáis. Antes podrá dejar de resplandecer el Sol que Jesús olvidarse de quien espera en Él.

-¡Será un tiempo largo!…
-¡Y triste!
-Si enfermamos…
-Si desciende la muerte a nuestras casas…

-¿Quién nos ayudará? -dicen no pocas personas de no pocos lugares.
-Dios. El está con vosotros, si permanecéis en mí con vuestra voluntad.

-¿Y nosotros? Hace poco que creemos en ti. Lo confesamos. ¿No tendremos ayuda, entonces? Pero ahora que te hemos visto hacer milagros y te hemos oído hablar en el Templo, ¡te creemos,..!

-Esto me es motivo de gran gozo, porque el que mis coterráneos vayan por el camino de la Salud es mi más ardiente deseo.

-¿Nos amas así? ¡Pero nosotros durante mucho tiempo te hemos escarnecido!…

-Es pasado. Ya no existe. Sed fieles en el futuro, y en verdad os digo que tanto en la Tierra como en el Cielo está borrado vuestro pasado.

-¿Vas a estar con nosotros? Compartiremos el pan como muchas veces en Nazaret, cuando éramos todos iguales y los sábados descansábamos en los olivares, o cuando Tú eras sólo Jesús y venías con nosotros y como nosotros a Jerusalén para las fiestas…

Hay añoranza y deseo de los tiempos pasados en la voz de los nazarenos que se han convencido.

-Quería ir donde José y Simón. Pero iré después. Todos sois para mí hermanos en Dios, y para mí tiene más valor el espíritu y la fe que la carne y la sangre, porque estos últimos perecen, mientras que los otros son inmortales.

Y, mientras algunos se apresuran a preparar los fuegos para asar las carnes y a limpiar algunos lugares del olivar para hacerlos aptos para las mesas, los más ancianos y altos de grado, de todos los lugares de Galilea, se arriman a Jesús en círculo y le preguntan que cómo esa mañana y el día anterior no estaba en el Templo, y que si va a volver al día siguiente, último día de la fiesta.

-Estaba en otro lugar… Mañana seguro que estaré.
-¿Y vas a hablar?
-Si puedo…
Alfeo de Sara baja la voz y mirando a su alrededor, susurra al Maestro:

-Tus hermanos han ido a la ciudad para asegurarte ayudas… Ese hombre sabe muchas cosas, porque es pariente de uno del Templo por línea femenina… José se preocupa de ti, ¡eh! En el fondo… es bueno.
-Lo sé. Y será cada vez mejor, cuando sea espiritualmente bueno.

Llegan de la ciudad otros galileos. El número de los que están alrededor de Jesús aumenta, con gran desagrado de los niños, que se ven apartados por los adultos y no logran abrirse paso hasta Jesús; hasta que Él se apercibe del tropel inocente y enfurruñado y, sonriendo, dice:
-Dejad venir a mí a mis niños.

¡Ah, entonces, mientras el círculo se rompe, alegres otra vez como una bandada de pájaros, corren hacia Jesús! Y El los acaricia, mientras sigue hablando con los adultos. Y su mano, larga y todavía morenita por el mucho sol tomado en el verano, pasa una y otra vez sobre las cabecitas negras y castañas, con alguna cabecita de oro diseminada entre las cabezas morenas, que están lo más que pueden pegadas a Él, con la carita escondida entre sus indumentos, bajo el manto, abrazados a las rodillas, a la cadera, ávidos de su caricia, dichosos si la obtienen.

Comen en círculo -después de bendecir Jesús los alimentos, y repartirlos-, con una serena y amigable unión de corazones. Los otros, los que no son seguidores de Jesús, miran desde lejos, sarcásticos e incrédulos. Pero ninguno les presta atención…

La comida termina. El primero en levantarse es Jesús. Llama a Jairo, a Alfeo, a Daniel de Naím, a Elías de Corazín, a Samuel (el ex tullido de no sé dónde), también a un cierto Urías, a uno de los tantos Juanes, a uno de los tantos Simones, a un Leví, a un Isaac, a Abel de Belén, etc. etc.; en definitiva, a uno por pueblo. Ayudado por sus primos, hace de dos bolsas bien llenas tantas partes iguales cuantos son los llamados, y da una parte a cada uno de ellos, para que la usen para los pobres de cada uno de los pueblos.

Luego, cuando ya no tiene ni una moneda, bendice a todos y se despide de ellos. Y querría despedirse para dirigirse hacia el Getsemaní y así volver a la ciudad por la puerta de las Ovejas. Pero casi todos lo siguen, especialmente los niños, que no le sueltan la túnica ni los bordes del manto, y, sin duda, le causan molestia, pero Él no se lo impide…

Y aquel niño de Magdala, Benjamín, que un día dijo claramente su juicio a Judas de Keriot, le tira de la túnica hasta que Jesús se inclina para escucharlo particularmente. -¿Sigues teniendo contigo a ese malo?
-¿Qué malo? Conmigo no hay malos… -dice Jesús sonriéndole.

-¡Sí que los hay! Aquel hombre alto y moreno que se reía… ¿no sabes?, aquel al que le dije que era guapo por fuera y feo por dentro… Ése es malo.
-Habla de Judas -dice Judas Tadeo, que está detrás de Jesús y oye.

-Lo sé -le responde Jesús volviéndose; y luego, al niño:
-Sí que está conmigo ese hombre. Es un apóstol mío. Pero ahora es muy bueno… ¿Por qué meneas la cabeza? No se debe pensar mal del prójimo, especialmente de aquel al que no se conoce.

El niño agacha la cabeza y calla.

-¿No me respondes?

-Tú no quieres que diga mentiras… y te prometí no decirlas y lo he hecho. Pero, si ahora te digo que sí, que creo que es bueno, digo algo no verdadero, porque pienso que es malo. Puedo tener cerrada la boca, por agradarte, pero no puedo tener cerrada la cabeza para no pensar.
La salida es tan espontánea y lógica, dentro de su sencillez aún infantil, que todos los que la oyen se echan a reír. Todos menos Jesús, que suspira y dice:

-Bien, pues debes hacer una cosa. Orar para que se haga bueno, si es que realmente te parece malo. Debes ser su ángel. ¿Lo vas a hacer? Si se hace mejor, mayor será mi alegría; así que tú, rezando por esto, rezas porque Yo me sienta feliz.

-Lo haré. Pero si es malo y no se hace bueno contigo, el que yo rece no va a hacer nada.

Jesús zanja esta confrontación de criterios parándose y agachándose a besar a los niños. Luego ordena a todos que regresen… Cuando están solos Jesús y sus dos primos, Judas de Alfeo, pasado un rato de silencio, como si antes hubiera razonado dentro de sí, dice a manera de conclusión:

-¡Tiene razón! ¡En todo tiene razón! Yo soy de su misma opinión.

-¿Pero de qué hablas? -le pregunta su hermano Santiago, que caminaba absorto un poco adelantado por el senderillo que permite el paso de uno en uno solamente.

-De Benjamín hablo. Y de lo que ha dicho. Y… bueno, pero Tú no lo quieres oír, y te digo también yo que Judas es… No es un verdadero apóstol… No es sincero, no te quiere, no…

-¡Judas! ¡Judas! ¿Por qué apenarme?
-Hermano mío, porque te quiero. Y tengo miedo de Judas Iscariote; más miedo a él que a una serpiente…

-Eres injusto. Sin él, quizás Yo habría sido ya capturado.

-Jesús tiene razón. Judas ha hecho mucho. Ha atraído hacia sí, sin poner límites, odios y burlas… pero ha trabajado y trabaja para Jesús -dice Santiago.

-No puedo pensar ni que Tú seas necio ni que mientas… Y me pregunto por qué entonces defiendes a Judas. No hablo por celos ni por odio… Hablo porque siento dentro que es malo, que es insincero… Todo lo más que, por tu amor, puedo admitir es que esté loco. Un pobre loco que hoy delira en un sentido y mañana en otro. Pero bueno no, no lo es.

¡Desconfía, Jesús! Desconfía… Ninguno de nosotros es bueno. Pero, míranos bien. Nuestra mirada es transparente. Obsérvanos bien. Nuestra conducta es igual. Pero… ¿no te dice nada el hecho de que los fariseos no le hagan pagar las burlas contra ellos?: ¿nada, el que los del Templo no reaccionen contra sus palabras?; ¿nada, el que tenga siempre amigos precisamente entre aquellos a quienes aparentemente ofende?; ¿nada, el que tenga siempre dinero?

No digo nosotros dos, pero incluso Natanael, que es rico, y Tomás, que no tiene escasez de medios, tienen sólo lo necesario. Él… ¡Oh!…

Jesús calla…

Santiago observa:

-En parte mi hermano tiene razón. Cierto es que Judas encuentra siempre la manera de… estar solo, de ir solo… de… Bueno, no quiero ni murmurar ni juzgar. Tú ya sabes…

-Sí, sé. Y por eso digo que no quiero juicios. Cuando estéis en el mundo sustituyéndome, trataréis con criaturas bastante más extrañas que Judas.

¿Qué apóstoles seríais si los eliminarais por ser extraños? Es más, precisamente por serlo, habréis de amarlos con paciente amor para transformarlos en corderos del Señor. Ahora vamos donde José y Simón. Habéis oído, ¿no? Ellos trabajaban en secreto para beneficiarme a mí.

Diréis: amor de familia. Sí. Es verdad. Pero, en todo caso, es amor. Os habéis dejado mal la última vez. Echad los pelillos a la mar, ahora. Ellos y vosotros tenéis, y no tenéis, razón. Que cada uno reconozca su error, y no alce la voz en la parte que tiene de razón.

-Él me ha ofendido mucho ofendiéndote muchísimo a ti -dice Santiago.

-Tú te asemejas en mucho a José, mi padre. Y José, tu hermano, se asemeja en mucho a Alfeo, tu padre. Pues bien, José fue a menudo criticado por su hermano mayor, pero José fue siempre indulgente con él y lo perdonó siempre.

¡Porque mi padre era un gran justo! Sélo tú igual.
-¿Y si me regaña como si fuera todavía un niño? Ya sabes que cuando está nervioso no atiende a razones…

-Pues calla. Es la única medicina para calmar las iras.

Calla con humildad y paciencia; y si sientes que no puedes callar sin desaires, te marchas. ¡Saber callar! ¡Saber marcharse! No por vileza, no por falta de palabras, sino por virtud, por prudencia, por caridad, por humildad. ¡Es tan difícil conservar la justicia en las disputas! Y la paz del espíritu.

Alguna cosa baja siempre a perturbar en las profundidades, a enturbiar, a hacer bullicio. Y la imagen de Dios que se refleja en todo espíritu bueno queda empañada, desaparece, y ya no se pueden oír las palabras de Dios. ¡Paz! Paz entre hermanos. Paz también con los enemigos. Si son enemigos nuestros, son amigos de Satanás.

Pero, ¿querríamos hacernos nosotros también amigos de Satanás, odiando a quien nos odia? ¿Cómo podríamos conducirlos al amor si estuviéramos fuera del amor? Me diréis: “Jesús, lo has dicho ya muchas veces, y lo haces; pero te siguen odiando siempre". Siempre lo diré. Cuando ya no esté entre vosotros, os lo inspiraré desde el Cielo.

Y también os digo que no contéis las derrotas, sino las victorias. ¡Alabemos por éstas al Señor! No pasa una luna sin la nota de alguna conquista. Esto debe constatar el obrero de Dios, y por ello exultar en el Señor, sin la rabia que tienen los del mundo cuando pierden una de sus pobres victorias. Si lo hacéis así…

-La paz a ti, Maestro. ¿No me conoces? -dice un joven que subía hacia el Getsemaní de regreso de la ciudad.
-¿Tú?… Tú eres el levita que el año pasado estuviste con nosotros junto con el sacerdote.

-Soy yo. ¿Cómo me has reconocido, Tú que ves a todo un mundo alrededor de ti?
-No olvido los rostros ni los espíritus en sus características.

-¿Qué característica tiene mi espíritu?

-Buena. E insatisfecha. Estás cansado de lo que te rodea. Tu espíritu tiende a cosas mejores. Sientes que existen. Sientes que es la hora de decidirte por un Bien eterno. Sientes que tras las brumas hay un Sol, la Luz. Tú quieres
la Luz.

El joven se arroja al suelo de rodillas:

-¡Maestro, Tú lo has dicho! Es verdad. Tengo estas cosas en el corazón. Y no sabía decidirme. El viejo sacerdote Jonatán ha creído, y después ha muerto. Era viejo. Yo soy joven. Pero te he oído hablar en el Templo… No me rechaces, Señor, porque no todos te odian allí, y yo soy de los que te quieren. Dime qué debo hacer, siendo levita…

-Tu deber hasta el tiempo nuevo. Reflexionar, porque, viniendo a mí, no vas al encuentro de la gloria terrena, sino del dolor. Si perseveras, tendrás gloria en el Cielo.

Instruirte en mi doctrina. Confirmarte en ella…
-¿Con qué?
-El Cielo mismo te confirmará con sus signos. Reconfirmarte con la ayuda de mis discípulos y conocer y practicar cada vez más lo que he enseñado. Haz esto y tendrás la vida eterna.

-Lo haré, Señor. Pero… ¿puedo seguir sirviendo en el Templo?

-Te lo he dicho: hasta el tiempo nuevo.
-Bendíceme, Maestro. Será mi nueva consagración.
Jesús lo bendice y lo besa. Se separan.

-¿Veis? Así es la vida de los obreros del Señor. Hace un año, en ese corazón cayó la semilla. Y no pareció una victoria, porque no vino inmediatamente a nosotros. Pasado un año, como confirmación de mis palabras de poco antes, he aquí que viene. Una victoria. ¿Y no hace, éste, hermoso el día para nosotros?

-Tienes siempre razón, Jesús mío… ¡Pero ten cuidado con Judas! Soy un necio al decírtelo. Lo sé. Tú sabes… Pero en el corazón está este tormento… y no lo manifiesto a los otros, pero está… y estoy seguro de que también los otros lo tienen.

Jesús no rebate. Dice:

-Estoy contento de que José y Nicodemo me dieran ese dinero. Así puedo enviar una ayuda a mis pobrecitos de Galilea…

Han llegado a la puerta. Entran por ella. Se confunden con el gentío.

489- En Nob. Parábola del rey no comprendido por sus súbditos. Jesús calma el viento

Es un pueblo recogido, bastante cuidado. Los habitantes están en las casas porque hace mucho viento.

Pero, cuando los discípulos van a advertir que está Jesús, todas las mujeres y niños y viejos (a quienes la edad ha obligado a quedarse en el pueblo) se arremolinan en torno a Jesús, que se ha detenido en la placita principal. El pueblo, al estar en un alto, tiene aire y luz incluso en este día lóbrego; y la vista se extiende: al sur hacia Jerusalén; al norte hacia Rama (digo Rama porque está escrito en un poste, con la indicación de la distancia).

La gente está muy emocionada. ¡Haber pasado a ser los que dan hospedaje al Señor es para ellos una cosa tan nueva y conmovedora!… Un viejo, un verdadero patriarca, lo dice por todos, y las mujeres, con la cabeza, asienten, asienten.

Acostumbrados a ser aplastados por la soberbia sacerdotal y farisaica, se muestran temerosos… Pero Jesús los pone enseguida a sus anchas tomando en brazos a una niñita que da sus primeros pasitos, acariciando al anciano, diciendo:
-¿No me habíais visto todavía?

-Desde lejos… Pasar por el camino… Algún hombre, en el Templo. Pero para nosotros, que estamos tan cerca de la ciudad, es aún más difícil obtener lo que otros consiguen viniendo de lejos -dice el anciano.

-Es siempre así, padre. Lo que parece facilitar las cosas las hace difíciles, porque todos se apoyan en la idea de que es fácil. Pero ahora nos conoceremos. Retírate, padre. El otoño desata sus vientos, que no son propicios a los patriarcas.

-¡Si me he quedado sólo! Los días ya no tienen valor para mí…
-Su hija se ha casado lejos, y la mujer se le murió en las Encenias -explica una mujer.

-Juan, no debes hablar así, hoy que tienes al Rabí contigo. ¡Lo deseabas mucho! -le dice una viejecita.
-Es verdad. Pero… Tú eres el Mesías, ¿no es verdad?
-Sí, padre.

-Y entonces, ¿qué más puedo desear, ahora que lo he visto y veo cumplida la promesa hecha a Abraham? Un anciano ­entonces el anciano era él-profirió un canto un día en el Templo -yo estaba porque ese día mi Lía se purificaba de su único parto, y yo estaba al lado de ella, y antes de nosotros había cumplido el rito Una poco más que niña…-, un anciano profirió este canto, besando al Hijo de la Muchacha:

"Ahora deja, oh Señor, que tu siervo se marche en paz, porque mis ojos han visto al Salvador". Aquel Recién Nacido eras Tú, entonces. ¡Oh, dichoso yo! En aquel momento oré al Señor diciendo: "Haz que yo también pueda morir después de haberlo conocido". Ahora te conozco. Estás aquí. La mano del Señor está apoyada en mi cabeza.

Su voz me ha hablado. El Eterno me ha escuchado. ¿Y qué diré, sino las palabras del anciano Simeón, docto y justo? Las digo: "¡Deja, oh Señor, que tu siervo se marche en paz, porque los ojos míos han conocido a tu Cristo!"
-¿No quieres esperar a ver su Reino? -dice una mujer.

-No, María. Las fiestas no son para los viejos. Y yo no creo lo que la mayoría dice. Recuerdo las palabras de Simeón… Prometió una espada en el corazón de aquella Muchacha, porque no todo el mundo amará al Salvador… Dijo que ruina o resurrección vendrían a muchos por Él… Y tenemos a Isaías… y a David… No. Prefiero morir y esperar su gracia desde allá… y desde allá, a su Reino…

-Padre, tú ves mejor que los jóvenes. Mi Reino es el de los Cielos. Pero para ti mi venida no significa ruina, porque sabes creer en mí. Vamos a tu casa. Yo permanezco contigo -y, guiado por el viejo, va a una casita blanca situada en un caminito entre huertos, que se desnudan de hojas por la violencia del viento, y entra con Pedro, los dos hijos de Alfeo y Juan.

Los demás se distribuyen por las otras casas… para, pasado un rato, regresar y abarrotar la casita, el huerto, la terraza del tejado, hasta el punto de que se suben a una albarrada baja que separa de la calle un lado del huerto, y a un robusto nogal y a un manzano robusto cuanto el primero, sin preocuparse del viento, que sigue aumentando y levanta mucho polvo. Quieren oír a Jesús.

Y Jesús hace un poco de tiempo. Hasta que empieza a hablar, permaneciendo en el umbral de la cocina (de forma que la voz se esparza dentro y fuera de la casa).

-Un rey poderoso, cuyo reino era muy vasto, quiso ir un día a visitar a sus súbditos. Vivía en un excelso palacio desde el que, por medio de sus servidores y mensajeros, enviaba sus órdenes y mercedes a los súbditos, los cuales, por eso, sabían que existía y conocían el amor que tenía por ellos y conocían sus propósitos; pero, de ninguna manera, conocían su persona, su voz ni su lenguaje. En una palabra, sabían que existía y que era su Señor, pero nada más.

Y, como a menudo sucede, por este hecho, muchas de sus leyes y mercedes sufrían variación, o por mala voluntad o por incapacidad de comprenderlas; tanto que esto perjudicaba los intereses de los súbditos y los deseos del rey, que quería que fueran felices. Él se veía obligado a castigarlos alguna vez, y, al hacerlo, sufría más que ellos. Mas los castigos no producían mejora.

Dijo entonces: "Iré yo. Les hablaré directamente. Me daré a conocer. Me amarán y me seguirán mejor y serán felices". Y dejó su excelsa morada para ir con su pueblo.

Mucho estupor causó su llegada. El pueblo sufrió una fuerte impresión, se agitó: quién con júbilo, quién con terror, quién con ira, quién con desconfianza, quién con odio. El rey, paciente, sin cansarse nunca, se puso a tratar tanto con los que lo querían como con los que le temían y con los que lo odiaban.

Se puso a explicar su ley, escuchó a sus súbditos, los favoreció, los soportó. Y muchos acabaron queriéndolo, no evitándolo por su excesiva grandeza; algunos, pocos, dejaron también de desconfiar y de odiar. Eran los mejores. Pero muchos siguieron siendo lo que eran, pues no tenían en sí buena voluntad.

Mas el rey, que era muy sabio, soportó también esto, refugiándose en el amor de los mejores como premio a sus fatigas.

Pero, ¿qué es lo que sucedió? Pues sucedió que incluso entre los mejores no todos lo comprendieron. ¡Venía de tan lejos! ¡Su lenguaje era tan nuevo! ¡Lo que quería era tan distinto de lo que querían los súbditos! Y no fue comprendido por todos…

Es más, algunos le causaron dolor, y con el dolor perjuicio, o al menos corrieron el riesgo de procurárselo, por comprenderlo mal. Y, cuando se dieron cuenta de que le habían causado dolor y perjuicio, huyeron de su presencia desolados, y, temiendo su palabra, no volvieron a acercarse a él.

Pero el rey había leído en sus corazones, y todos los días los llamaba con su amor, oraba al Eterno que le concediera encontrarlos de nuevo para decirles: "¿Por qué me teméis? Es verdad.

Vuestra incomprensión me ha causado dolor; pero la he visto sin malicia, fruto solamente de una incapacidad para comprender mi lenguaje, tan distinto del vuestro. Lo que me causa dolor es vuestro temor hacia mí.

Ello me dice que no sólo no me habéis comprendido como rey. Sino que tampoco como amigo. ¿Por qué no venís? Volved, pues. Lo que la alegría de amarme no os había hecho comprender, os lo ha esclarecido el dolor de haberme causado dolor.

¡Oh, venid, venid amigos míos! No aumentéis vuestro desconocimiento estando lejos de mí, vuestras brumas escondiéndoos, vuestras amarguras impidiéndoos a vosotros mismos mi amor. ¿Veis? Sufrimos tanto yo como vosotros estando separados. Yo más que vosotros todavía. Venid, pues, y alegrad mi corazón".

Así quería hablar el rey. Y así habla. Y Dios también habla así a aquellos que pecan. Y así habla el Salvador a aquellos que hayan podido cometer errores. Y así habla el Rey de Israel a sus súbditos.

El verdadero Rey de Israel, el que quiere llevar a sus súbditos desde el pequeño reino de la Tierra al grande de los Cielos. En éste no pueden entrar aquellos que no siguen al Rey, aquellos que no aprenden a comprender sus palabras y su pensamiento.

Pero, ¿cómo aprender si al primer error se elude al Maestro? Que ninguno se deprima si ha pecado y está arrepentido, si ha errado y reconoce su error. Venga a la Fuente que borra los errores y da luz y sabiduría; y en ella apague su sed; en ella, que ardientemente desea donarse y ha venido del Cielo para donarse a los hombres.

Jesús termina de hablar. Solamente el viento hace oír su voz, cada vez más fuerte (en el copete del montecito en que está Nob se ensaña tanto, que los árboles crujen temiblemente).

La gente se ve obligada a retirarse a las casas. Pero, cuando ya se han dispersado y Jesús entra de nuevo en la casa y cierra la puerta Matías, seguido por Manahén y Timoneo, aparece de detrás de la albarrada, entra en el huertecillo y llama a la puerta cerrada. Jesús mismo sale a abrir.

-¡Maestro, aquí los tienes!… -dice Matías señalando a los dos que, acobardados, se han quedado en el umbral del huerto y no se atreven a alzar la cara para mirar a Jesús.

-¡Manahén! ¡Timoneo! ¡Amigos míos! -dice Jesús mientras cierra la puerta -para dar a entender a los de dentro que no salgan a curiosear-y sale al huerto. Y va hacia los dos, con los brazos abiertos, ya abiertos para el abrazo.

Los dos alzan la cara, tocados por el amor, trémulo en la voz del Maestro; le ven la cara y los ojos, henchidos de amor, y su miedo cae; se echan a correr hacia Él con un grito ronco de llanto:

-¡Maestro! -caen a sus pies, le abrazan los tobillos y besan sus pies desnudos, bañándolos de lágrimas.

-¡Amigos míos! No ahí. Aquí, en mi corazón. ¡Os he
esperado mucho! ¡Y os he comprendido mucho! ¡Venga!… -y trata de ponerlos de pie.

-¡Perdón! ¡Perdón!… No nos lo niegues, Maestro. ¡Hemos sufrido mucho!

-Lo sé. Pero, si hubierais venido antes, antes os hubiera dicho: "Os quiero".

-¿Nos quieres? ¿Maestro? ¿Como antes? -es Timoneo el primero que habla, alzando un rostro interrogativo.

-Más que antes, porque ahora estáis curados de todo lo humano en vuestro amor por mí.

-¡Es verdad! ¡Oh, Maestro mío! -y Manahén, como movido por un resorte, se pone en pie. Ya no resiste, se arroja al pecho de Jesús. Timoneo hace lo mismo…

-¿Veis lo bien que se está aquí? ¿No es mejor aquí que en un pobre palacio? ¿Dónde se me podrá tener más, y más poderoso, dulce, rico de tesoros sin fin, sino allí donde se me tiene como Salvador, Redentor, Rey espiritual, Amigo amoroso?

-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Oh! ¡Nos habían seducido! ¡Y nos parecía que te honrábamos, y que era justa su idea!
-No penséis ya más en ello. Ha pasado. Pertenece al pasado. Dejad que el tiempo, fluyendo veloz como el torbellino que nos choca, lo lleve lejos, lo disuelva para siempre… Pero, vamos a entrar en casa. No es posible seguir aquí…

Es verdaderamente un torbellino lo que arremete contra el pueblo desde el norte. Ramas que se tronchan, tejas que vuelan, algún antepecho inseguro de las terrazas de los techos que cae con fragor. El nogal y el manzano se tuercen como si quisieran descuajarse del suelo. Entran en casa y los cuatro apóstoles miran sorprendidos el rostro aún húmedo de lágrimas de los dos discípulos, que contrasta con la sonrisa que también muestran. Pero no dicen nada.

-Alguna catástrofe se está preparando -dice el anciano Juan.
-Sí. No sé qué van a hacer los que están todavía en las cabañas… -dice Pedro.

El viento es tan fuerte, que las llamitas de una lámpara de tres boquillas, encendida para iluminar la habitación cerrada, vacilan, a pesar de que las puertas estén bien cerradas.

Con el estrépito del viento, que continuamente aumenta y golpea la casa con tierra y detritos -tanto que parece que cayera un granizo menudo-, se mezclan gritos de mujeres, cada vez más cercanos; son esposas asustadas, madres angustiadas:

-¡Nuestros maridos! ¡Nuestros hijos! Están en camino. Tenemos miedo. Se ha derrumbado una pared de la casa abandonada… ¡Señor! ¡Jesús! ¡Piedad!».

Jesús se pone en pie, apenas puede abrir la puerta que el viento comprime con toda su violencia. Algunas mujeres, curvadas para resistir el viento -una verdadera tromba de aire bajo un cielo terrorífico-gimen echando hacia delante los brazos.

-Entrad. ¡No temáis! -dice Jesús. Y mira al cielo y a los árboles ya próximos a quebrarse.

-Entra, Jesús! ¿Ves cómo se rompen las ramas y caen tejas? No es prudente estar afuera -grita Judas de Alfeo.
-¡Pobres olivos! Esto es granizo. Donde caiga se pueden despedir de recoger -sentencia Pedro.

Jesús no entra. Es más, sale del todo, en medio del torbellino, que le retuerce la túnica y le alza los cabellos. Abre los brazos, ora, y luego ordena:

-¡Basta! ¡Lo quiero! -y vuelve a la casa.
El viento, después de un último mugido, cesa de golpe. Es impresionante el silencio que reina, después de tanto fragor. Es tal, que a las puertas o ventanas de las casas se asoman caras asombradas. Quedan las señales del huracán: hojas, ramas quebradas, telas hechas jirones.

Pero todo está calmo. El firmamento responde a la tierra, que ya no está agitada, aligerándose de nubes que de negras pasan a ser claras y se esparcen sin causar daño. Antes al contrario, dejan éstas caer una salpicadura de agua que termina de purificar el aire enturbiado por tanta tierra.

-¿Pero que ha sucedido?
-¿Así ha terminado?
-¿Parecía el fin, y ahora viene la calma?
Voces que preguntan, de una casa a otra.
Las mujeres que habían corrido hacia Jesús ahora corren hacia afuera.

-¡El Señor! ¡El Señor está con nosotros! ¡Ha hecho el milagro! ¡Ha detenido el viento! ¡Ha roto las nubes! ¡Hosanna! ¡Hosanna'. ¡Alabanza al Hijo de David! ¡Paz! ¡Bendición! ¡Cristo está con nosotros! ¡Con nosotros está el Bendito! ¡El Santo! ¡El Santo! ¡El Santo'. ¡El Mesías está con nosotros! ¡Aleluya!

Todos los habitantes del pueblo se echan a la calle, los reales y los ocasionales (o sea, apóstoles y discípulos, que acuden todos, a la casita donde está Jesús). Todos quieren besarlo, tocarlo, ensalzarlo.
-¡Alabad al Señor Altísimo. Él es el Amo de los vientos y las aguas. Si ha escuchado a su Hijo, ha sido para premiar vuestra fe y amor para con Él.

Y querría despedirlos. Pero ¿quién calma a un pueblo que está de fiesta, agitado por un milagro manifiesto? Especialmente, si es un pueblo lleno de mujeres. Los esfuerzos de Jesús son vanos. Él sonríe, paciente, mientras el anciano que le da hospedaje le lava con sus lágrimas la mano izquierda y se la llena de besos.
Llegan los primeros hombres de regreso de Jerusalén, jadeantes, asustados. Temen quién sabe qué catástrofe. Ven al pueblo de fiesta.

-¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Pero no habéis tenido una borrasca? Desde el monte se veía desaparecer a la ciudad tras nubes de polvo. Creíamos que se hubiera venido abajo. ¡Y aquí todo está en pie!

-¡El Señor! ¡El Señor! Ha venido a tiempo de salvarnos de la destrucción. Sólo la casa maldita se ha derrumbado, y alguna teja y alguna rama. ¿Y vosotros? ¿Qué ha sucedido en Jerusalén?

Las preguntas y las respuestas se cruzan. Pero los hombres se abren paso para ir a venerar al Salvador. No antes de venerarlo, explican que había miedo en la ciudad por la borrasca inminente, y que todos huían de las cabañas hacia las casas, y los dueños de los olivos lloraban ya su recolección… cuando, de repente, el viento se ha calmado, el cielo se ha aclarado con poca lluvia… de modo que toda la ciudad se ha quedado asombrada.

Y, dado que la fantasía trabaja inmediatamente en ciertos casos, los hombres refieren que, mientras la gente huía, muchos que habían estado en el Templo los días antes, viendo que el Moria era el más embestido por las ráfagas, tanto que el viento había volcado los bancos de los cambistas y había habido daños en la casa del Pontífice, decían que era el castigo de Dios por los insultos contra su Mesías.

Y más y más y más… Llegan otros hombres y la narración toma más colorido. Casi que se hace más apocalíptica que la narración del Viernes Santo…

488- En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos. Partida secreta hacia Nob después de la oración

Sin preocuparse lo más mínimo de la malevolencia ajena, Jesús vuelve al Templo el tercer día.

No debe haber dormido en Jerusalén porque sus sandalias muestran abundante polvo del camino. Quizás ha pasado la noche en las colinas que hay alrededor de la ciudad. Y con El deben haber estado sus hermanos Santiago y Judas, junto con José (pastor) y Salomón. Se encuentra con los otros apóstoles y discípulos al pie de la muralla oriental del Templo.

-Han venido, ¿sabes? Tanto a nosotros como a los discípulos más conocidos. ¡Buena cosa ha sido que no estuvieras!

-Siempre tenemos que hacerlo así.
-Está bien. Pero hablaremos de ello después. Vamos.
-Una gran turba te ha, y nos ha, precedido exaltando tus milagros. ¡Cuántos se han persuadido y creen en ti! Tenían razón tus hermanos, en esto -dice Juan apóstol.

-Han ido a buscar incluso a casa de Analía, ¿sabes?
-Y al palacio de Juana. Pero han encontrado sólo a Cusa… ¡y con un humor! Los ha echado como a perros, diciendo que en su casa no quiere espías y que ya está aburrido de ellos. Nos lo ha dicho Jonatán, que está aquí con su jefe -dice Daniel (pastor).

-¿Sabes? Los escribas querían dispersar a los que te esperaban, convenciéndolos de que no eres el Cristo. Pero ellos respondieron: "¿No es el Cristo? Y entonces, según vosotros, ¿quién lo es? ¿Podrá, acaso, otro hombre hacer los milagros que hace Él? ¿Acaso los han hecho los otros que se presentaban como el Cristo? No, no. Podrán surgir cien, mil impostores -a lo mejor, incluso, creados por vosotros-, y que digan que son el Cristo. Pero ninguno de los que puedan venir hará jamás milagros como los que Él hace, ni tantos como hace".

Y, dado que los escribas y fariseos sostenían que los haces porque eres un Belcebú, ellos respondieron: “Entonces vosotros debíais hacer milagros estrepitosos, porque está claro que sois unos Belcebúes respecto al Santo" cuenta Pedro, y se ríe, y se ríen todos recordando la salida de la gente y el escándalo de los escribas y fariseos, que se habían marchado enojados.

Ya están dentro del Templo. Enseguida los rodea una multitud, aún más numerosa de la de los días precedentes.
-¡Paz a ti, Señor! -saludan los gentiles.

-La paz y la luz vengan a vosotros -responde Jesús con un único saludo.
-Temíamos que te hubieran apresado, o que no vinieras por prudencia o por desagrado. Y nos hubiéramos desparramado buscándote por todas partes -dicen muchos.
Jesús sonríe levemente, y pregunta:
-¿Entonces no queréis perderme?

-Y si te perdemos, Maestro, ¿quién nos va a dar las lecciones y gracias que Tú nos das?
-Mis lecciones permanecerán en vosotros, y las comprenderéis aún más cuando Yo me haya ido… Y no cesarán, a pesar de mi ausencia entre los hombres, de descender las gracias a aquellos que oren con fe.

-¡Oh! ¡Maestro! ¿Pero estás decidido a marcharte? Di a dónde vas y nosotros te seguiremos. ¡Tenemos mucha necesidad de ti!

-El Maestro lo dice para experimentar si lo amamos. Pero, ¿a dónde pensáis que puede ir el Rabí de Israel, sino quedarse aquí, en Israel?

-En verdad os digo que todavía un poco estaré con vosotros, y que voy donde aquellos a quienes el Padre me ha enviado. Después me buscaréis y no me encontraréis. Y a donde Yo estoy vosotros no podréis ir. Pero ahora dejadme irme. Hoy no voy a hablar aquí dentro. Tengo unos pobres que me esperan en otro lugar y no pueden venir, porque están muy enfermos. Después de la oración iré donde ellos.

Y, con la ayuda de los discípulos se abre paso, para ir al patio de los Israelitas. Los que se quedan se miran unos a otros.

-¿Y a dónde irá?
-Sin duda, a casa de su amigo Lázaro. Está muy enfermo.
-Yo decía: dónde irá no hoy, sino cuando nos deje para siempre ¿No habéis oído que ha dicho que no podremos encontrarlo?

-Quizá vaya a reunir a Israel, evangelizando a los dispersos de nosotros en las naciones. La Diáspora espera como nosotros al Mesías.

-O quizás vaya a enseñar a los paganos, para atraerlos hacia su Reino.

-No. No debe ser así. Siempre podríamos encontrarlo, aunque estuviera en la Asia lejana, a en el centro de África, o en Roma, o en Galia, o en Iberia, o en Tracia o entre los Sármatas. Si dice que no lo encontraremos ni siquiera buscándolo, es señal de que no estará en ninguno de estos lugares.

-¡Claro! ¿Qué querrán decir estas palabras suyas: "Me buscaréis y no me encontraréis, y a donde Yo estoy vosotros no podréis ir"? "Yo estoy…". No: "Yo estaré…". ¿Dónde está, pues? ¿No está aquí entre nosotros?

-¡Te lo voy a decir yo, Judas! ¡Parece un hombre, pero es un espíritu!

-¡No, hombre, no! Entre los discípulos hay algunos que lo vieron recién nacido. ¡Más todavía! Vieron a su Madre cuando lo llevaba en su seno pocas horas antes de nacer.

-¿Pero y será el mismo aquel niño que ahora se ha hecho hombre? ¿Quién nos asegura que no es otro ser?
-¡No, eh! Podría ser otro. Podrían equivocarse los pastores. ¿Pero la Madre? ¿Y los hermanos? ¿Y todo el pueblo?
-¿Los pastores han reconocido a la Madre?
-Por supuesto…
-Entonces… Pero ¿por qué dice entonces: “A dónde Yo estoy vosotros no podréis ir?” Para nosotros, el futuro: podréis.

Para Él queda el presente: estoy. ¿Es que no tiene un mañana este Hombre?
-No sé qué decirte. Es así.
-Yo os digo que es un loco.
-Loco lo serás tú, espía del Sanedrín.
-¿Yo espía? Yo soy un judío que lo admira. ¿Y habéis dicho que va a casa de Lázaro?

-Nada hemos dicho, viejo soplón. No sabemos nada. Y si lo supiéramos no te lo diríamos. Ve a decir a los que te mandan que lo busquen por sí mismos. ¡Espía! ¡Espía! ¡Pagado!…

El hombre ve el peligro que corre y pone tierra por medio.
-¿Y nosotros estamos aquí? Sí hubiéramos salido, lo habríamos visto. ¡Corre por esa parte! ¡Corre por esta otra!… Decidnos qué camino ha tomado. Decidle que no vaya donde Lázaro.

Los que tienen piernas ligeras se marchan a todo correr… Y vuelven…
-Ya no está… Se ha mezclado entre la multitud. Ninguno sabe dar razón de Él…
Desilusionada, la aglomeración se disuelve lentamente…

…Pero Jesús está mucho más cerca de lo que creen. Habiendo salido por alguna puerta, ha dado la vuelta a la torre Antonia y ha salido de la ciudad por la puerta del Rebaño, para bajar luego al valle del Cedrón, que en el centro de su lecho lleva poquísima agua.

Jesús lo atraviesa saltando por las piedras que sobresalen del agua, y entra en el Monte de los Olivos, denso en ese lugar e incluso mezclado con espesuras que hacen tétrica -yo diría: fúnebre-esta parte de Jerusalén, comprendida entre las sombrías murallas del Templo -que, con todo su monte, domina por ese lado-y el Monte de los Olivos. Más al sur, el valle se aclara y se ensancha; pero aquí es verdaderamente estrecho, una uñada de gigantesca garfa que ha excavado un surco profundo entre los dos montes: el Moria y el de los Olivos.

Jesús no va hacia el Getsemaní. Es más, va en dirección opuesta, hacia el norte. Sigue caminando por el monte, que luego se ensancha formando un valle agreste, por donde -más pegado a otra hilera corva de colinas bajas, aunque agrestes y pedregosas-fluye el torrente, que dibuja un arco al norte de la ciudad. En vez de olivos, ahí hay arbolillos estériles, espinosos, retorcidos, de enmarañadas frondas, mezclados con zarzas que, hacia todas las partes, lanzan sus tentáculos. Un lugar muy triste, muy solitario. Tiene algo de lugar infernal, apocalíptico.

Algún sepulcro, y nada más; ni siquiera leprosos. Y es extraña esta soledad que contrasta con el gentío de la ciudad, tan cercana y tan llena de gente y ruido. Aquí, aparte del gorgoteo del agua entre los cantos y el frufrú del viento entre las plantas nacidas entre las piedras, no se oye ningún ruido.

Falta, incluso, la nota alegre de los pájaros, tan numerosos entre los olivos del Getsemaní y del Monte de los Olivos. El viento, más bien fuerte, que viene del nordeste y levanta pequeños remolinos de tierra, rechaza el ruido de la ciudad; y el silencio, un silencio de lugar de muerte, reina en el paraje, oprimente, casi aterrador.

-¿Pero se va exactamente por aquí? -pregunta Pedro a Isaac.

-Sí, sí. Se va también por otros caminos, saliendo por la puerta de Herodes, y mejor por la de Damasco. Pero os conviene saber los senderos menos conocidos. Nosotros hemos recorrido todos los alrededores para conocerlos y para enseñároslos. Así podréis ir a donde queráis, en las cercanías, sin pasar por los caminos habituales. -Y… ¿se puede uno fiar de los de Nob? -dice Pedro.

-Como de tu misma casa. Tomás el año pasado, Nicodemo siempre, el sacerdote Juan, discípulo de Él, y otros, han hecho de ese pueblecito un lugar suyo.

-Y tú has hecho más que todos -dice Benjamín (pastor).
-¿Yo? Entonces todos hemos hecho, si yo he hecho. Pero, créeme, Maestro: ahora todo alrededor de la ciudad tienes lugares seguros…

-También Rama… -dice Tomás, que tiene amor a su ciudad Mi padre y mi cuñado, con Nicodemo, han pensado en ti.

-Entonces también Emaús -dice un hombre que no me resulta nuevo, aunque no sé decir exactamente quién es… bueno, incluso porque he encontrado más de una Emaús en Judea, sin hablar de aquel lugar cercano a Tariquea.
-Está lejos para ir y venir, como hago ahora. Pero no dejaré de ir alguna vez.
-Y a mi casa -dice Salomón.

-Allí, sin duda, al menos una vez, para saludar al anciano.
-También está Béter.
-Y Betsur.
-No iré a casa de las discípulas. Pero, cuando llegue la necesidad, las llamaré.

-Yo tengo un amigo sincero en En Royel. Su casa está abierta para ti. Y nadie pensará, de los que te odian, que estás tan cerca de ellos -dice Esteban.

-El jardinero de los jardines reales te puede hospedar. Manahén -que le consiguió ese puesto-y él son una misma cosa… Y además… lo curaste un día…
-¿Yo? No lo conozco…

-Estaba, durante la Pascua, entre los pobres que curaste en casa de Cusa. Un golpe de hoz sucia de estiércol le estaba descomponiendo una pierna, y su primer jefe lo había echado por esto. Mendigaba para sus hijos. Y Tú lo curaste. Manahén, luego, obteniéndole el puesto en un momento bueno de Antipas, lo puso en los Jardines. Ahora ese hombre hace todo lo que Manahén dice. Y si además es por ti… -dice Matías (pastor).

-No he visto nunca a Manahén con vosotros… -dice Jesús mirando fijamente a Matías, que cambia de color y se turba.

-Ven adelante conmigo.

El discípulo lo sigue.

-¡Habla!
-Señor… Manahén ha cometido un error… y sufre mucho, y con él Timoneo y algún otro más. No tienen paz porque Tú…

-No creerán que los aborrezco…
-¡Nooo! Pero… tienen miedo de tus palabras y de tu rostro.

-¡Oh! ¡Qué error! Precisamente por haber errado deben venir a la Medicina. ¿Sabes dónde están?
-Sí, Maestro.

-Entonces ve a ellos y diles que los espero en Nob.
Matías se va sin perder tiempo.

El sendero del monte sube, de forma que es visible toda Jerusalén vista desde el norte… Jesús con los suyos, yendo justo en dirección contraria a la ciudad, le vuelve las espaldas.

487- En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos. Discurso sobre la naturaleza del Cristo

El Templo está aún más lleno de gente que el día anterior.

Y, entre el gentío que llena el primer patio y en él hormiguea, veo a muchos gentiles, muchos más que ayer. Todos esperan con gran interés, tanto los israelitas como los gentiles. Y hablan gentiles con gentiles y hebreos con hebreos, formando corrillos esparcidos acá o allá, sin perder de vista las puertas.

Los doctores, debajo de los pórticos, se esfuerzan en alzar la voz como reclamo y para hacer alarde de elocuencia. Pero la gente está distraída y predican a pocos alumnos.

Está Gamaliel. En su sitio. Pero no habla. Pasea atrás y adelante sobre su suntuosa alfombra, con los brazos cruzados, la cabeza baja, meditando. La larga túnica y el manto aún más largo -que está suelto y pende sujeto a los hombros por dos broches de plata, en forma de rosetones-forman por detrás una cola que él aparta con el pie cuando vuelve sobre sus pasos. Sus discípulos, los más fieles, bien juntos al muro, lo miran en silencio, con temor, y respetan la meditación de su maestro.

Algunos fariseos y algunos sacerdotes dan muestra de tener muchas cosas que hacer, y van y vienen… La gente, que comprende sus verdaderas intenciones, los señala -unos a otros se los señalan-, y algún comentario surge, como un cohete abrasador, para abrasar su hipocresía. Pero ellos fingen no oír.

Ven prudente no reaccionar, porque son pocos respecto a los muchos que no odian a Jesús y que, por el contrario, los odian a ellos.

-¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Hoy viene por la puerta Dorada!
-¡Corramos!
-Yo me quedo. Vendrá aquí a hablar. No pierdo el sitio.
-Yo tampoco. Además, los que se marchan dejan el sitio a los que nos quedamos.
-Pero ¿lo dejarán hablar?

-¡Si lo han dejado entrar!…
-Sí, pero es distinto. Como hijo de la Ley, no pueden impedirle entrar. Pero como rabí pueden echarlo si quieren.

-¡Cuántas distinciones! Si lo dejan ir a hablar al Dios, ¿por que no tienen que dejarlo hablar a hombres? -el que habla es un gentil.

-Es verdad -dice otro gentil.
-A nosotros, porque somos impuros, no nos dejáis ir allá, pero venir aquí sí, esperando que nos hagamos circuncisos…

-Calla, Quinto. Por esto le dejan que nos hable a nosotros. Esperando podarnos como si fuéramos árboles. Pero no, nosotros venimos para poner sus ideas como ramas de injerto en nosotros, silvestres.

-Así es. ¡Es el único que no nos desprecia!
-¡Respecto a esto! Cuando vamos con una bolsa de monedas a comprar no nos desprecian tampoco los otros.

-¡Mira! Los gentiles nos hemos quedado como dueños y señores de este sitio. ¡Oiremos bien! ¡Y vamos a ver mejor! Me gusta ver lar caras de sus enemigos ¡Por Júpiter! Un combate de caras…

-¡Calla! Que no te oigan nombrar a Júpiter. Está prohibido aquí.

-¡Bueno, entre Júpiter y Yeohveh hay poca diferencia! Y entre dioses no se ofenderán… Yo he venido movido por un buen deseo de escuchar; no para burlarme. ¡Se habla mucho, por todas partes, de este Nazareno! Me dije: en esta época hace bueno y voy a oírlo hablar. Hay quien va más lejos para oír los oráculos…
-¿De dónde vienes?
-De Perge. ¿Y tú?
-De Tarso.

-Yo soy casi hebreo. Mi padre era un helenista de Iconio. Pero se casó en Antioquía de Cilicia con una romana, y luego murió antes de que yo naciera. Pero la progenie es hebrea.

-Tarda en venir… ¿Será que lo han detenido?
-No temas. Nos lo dirían los gritos del gentío. Estos hebreos chillan como urracas, siempre…
-¡Ahí está! ¡Es Él! ¿Va a venir justamente aquí?

-¿No ves que, arteramente, han ocupado todos los sitios menos este rincón? ¿Oyes cuántas ranas croan fingiéndose maestros?

-Pero aquel de allí está callado. ¿Es verdad que es el mayor doctor de Israel?

-Sí, pero… ¡Qué pedante! Un día lo escuché y, para digerir su ciencia, tuve que beber muchas copas de falerno en casa de Tito, en Beceta.
Se ríen.

Jesús se acerca lentamente. Pasa por delante de Gamaliel -que ni siquiera alza la cabeza-, y va al sitio de ayer.

La gente, mezcla, ahora, de israelitas, prosélitos y gentiles, comprende que va a empezar a hablar y susurra:

-Fijaos que habla públicamente y no le dicen nada.
-Quizás los príncipes y los jefes han reconocido en Él al Cristo. Ayer Gamaliel, cuando se marchó el Galileo, habló mucho con unos Ancianos.

-¡Pero es posible! ¿Cómo han hecho para reconocerlo de repente, si sólo un poco antes lo consideraban hombre merecedor de la muerte?

-Quizás Gamaliel tenía pruebas…

-¿Y qué pruebas? ¿Qué pruebas queréis que tenga en favor de ese hombre? -arremete uno.

-Cállate, ventajista. No eres más que el último de los escribanos. ¿Quién te ha preguntado? -y lo abuchean. Él se marcha.

Pero, en su lugar, aparecen otros, que no pertenecen al Templo, sino -ciertamente-a los incrédulos judíos:

-Nosotros tenemos las pruebas. Nosotros sabemos de dónde es éste. Pero, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es. No sabremos su origen. ¡Pero de éste! Es hijo de un carpintero de Nazaret, y todo su pueblo puede traer aquí su testimonio contra nosotros si mentimos…
Entretanto, se oye la voz de un gentil, que dice:

-Maestro, háblanos un poco a nosotros hoy. Nos ha sido dicho que afirmas que todos los hombres provienen de un solo Dios, el tuyo. Tanto que los llamas hijos del Padre.

Algunos poetas nuestros estoicos tuvieron también una idea semejante a ésta. Dijeron: "Somos estirpe de Dios". Tus connacionales dicen que somos más impuros que animales.

¿Cómo concilias las dos tendencias?

Se plantea la cuestión según las costumbres de las disputas filosóficas, al menos eso creo. Y, cuando Jesús está para responder, aumenta de tono la disputa entre los judíos incrédulos y los creyentes, y una voz estridente repite:

-¡Es un simple hombre! ¡El Cristo no será eso! ¡Todo en Él tendrá carácter excepcional: forma, naturaleza, origen!…
Jesús se vuelve en esa dirección y dice fuerte:

-¿Entonces me conocéis y sabéis de dónde vengo? ¿Estáis bien seguros de ello? ¿Y lo poco que sabéis no os dice nada? ¿No os resulta confirmación de las profecías? Pero no, vosotros no sabéis todo de mí.

En verdad, en verdad os digo que Yo no he venido por mí mismo, ni tampoco de donde vosotros creéis que he venido. Es la misma Verdad la que me ha enviado, y vosotros no la conocéis.

Prorrumpen los enemigos en un grito de enfado.

-La misma Verdad. Vosotros no conocéis sus obras. No conocéis sus caminos, los caminos por los que Yo he venido. El odio no puede conocer ni los caminos ni las obras del Amor. Las tinieblas no pueden aguantar la vista de la Luz. Mas Yo conozco a Aquel, que me ha enviado, porque Yo soy suyo, parte suya y un Todo con El. Y Él me ha enviado para que cumpla lo que su Pensamiento quiere.

Nace un tumulto. Los enemigos se lanzan contra Él para ponerle las manos encima, para capturarlo y pegarle.

Apóstoles, discípulos pueblo, gentiles, prosélitos reaccionan para defenderlo. Acuden otros a ayudar a los primeros, y quizás hubieran logrado su objetivo, pero Gamaliel, que hasta ese momento parecía ajeno a todo, deja su alfombra y va hacia Jesús ­apartado hacia el pórtico por quienes lo quieren defender-y grita:

-¡Dejadlo! Quiero oír lo que dice.

Más que el pelotón de legionarios que, de la Antonia, acude para calmar el tumulto, hace la voz de Gamaliel. El tumulto cesa cual torbellino que se deshace, y el clamor se calma transformándose en rumor. Los legionarios, por prudencia, se quedan cerca del muro externo, pero ya sin función alguna.

-Habla -ordena Gamaliel a Jesús -Responde a los que te acusan.

El tono es imperioso, pero no burlón.

Jesús da unos pasos hacia delante, hacia el patio.

Tranquilo, reanuda el discurso. Gamaliel permanece donde está, y sus discípulos se apresuran a llevarle alfombra y escabel para que esté cómodo. Pero él se queda de pie: los brazos cruzados, la cabeza baja, los ojos cerrados; concentrado en escuchar.

-Me habéis acusado sin motivo, como si hubiera blasfemado en lugar de decir la verdad. Yo, no para defenderme, sino para daros la luz con el fin de que podáis conocer la Verdad, hablo. Y no hablo por mí mismo, sino que hablo recordando las palabras en que creéis y por las que juráis.

Ellas me dan testimonio. Vosotros, lo sé, no veis en mí sino a un hombre semejante a vosotros, inferior a vosotros. Y os parece imposible que un hombre pueda ser el Mesías. Como mínimo pensáis que tendría que ser un ángel este Mesías, el cual debe tener un origen tan misterioso como para poder ser rey por la simple autoridad que el misterio de su origen suscita.

Pero, ¿acaso alguna vez en la historia de nuestro pueblo, en los libros que forman esta historia -y que serán libros tan eternos cuanto el mundo, porque a ellos los doctores de todas las naciones y de todos los tiempos irán a beber, para corroborar su ciencia y sus investigaciones sobre el pasado con las luces de la verdad-, acaso alguna vez se dice en estos libros que Dios haya hablado a un ángel suyo para decirle (Salmo 2, 7; ll0, l y 4): "Tú serás para mí, de ahora en adelante, Hijo, porque Yo te he engendrado"?».

Veo que Gamaliel pide una tablilla y pergaminos, se sienta y escribe…

-Los ángeles, criaturas espirituales siervas del Altísimo y mensajeras suyas, han sido creados por Él como el hombre, como los animales, como todo lo que fue creado.

Pero no han sido engendrados por Él. Porque Dios engendra únicamente a otro Sí mismo, pues no puede el Perfecto engendrar sino a un Perfecto, a otro Ser parejo a Sí mismo, para no rebajar su perfección engendrando a una criatura inferior a Él. Ahora bien, si Dios no puede engendrar a los ángeles, y ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos, (Dios no puede… ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos: Debe leerse a la luz de la frase Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel, de unos renglones más abajo, donde se aduce un motivo de conveniencia, no de imposibilidad divina), ¿cómo será el Hijo al que dice:

"Tú eres mi Hijo. Hoy te he engendrado"? ¿Y de qué naturaleza será si, engendrándolo, y señalándoselo a sus ángeles, dice: "Y le adoren todos los ángeles de Dios"? ¿Y cómo será este Hijo, para merecer oír que el Padre -Aquel a cuya gracia se debe el que los hombres lo puedan nombrar con el corazón anonadado en adoración-le dice: "Siéntate a mi derecha hasta que haga de tus enemigos escabel para tus pies"?

Ese Hijo no podrá ser sino Dios como el Padre, con quien comparte atributos y poderes y con quien goza de la Caridad que los letifica en los inefables e incognoscibles amores de la Perfección hacia sí misma.

Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel, ¿habría podido decir de un hombre lo que, al final de éste hará tres años, dijo de quien aquí os habla en el vado de Betabara? (y muchos de vosotros que os oponéis a mí estabais presentes cuando lo dijo).

Vosotros lo oísteis y temblasteis. Porque la voz de Dios es inconfundible, y sin una especial gracia suya abate a quien la oye, y estremece su corazón.

¿Qué es, entonces, el Hombre que os habla? ¿Es, acaso, uno que ha nacido de principio y de voluntad de hombre, como todos vosotros? ¿Habría podido poner el Altísimo a su Espíritu a vivir en una carne carente de gracia, como es la de los hombres nacidos por voluntad carnal? ¿Y podría el Altísimo, como satisfacción de la gran Culpa, aplacarse con el sacrificio de un hombre?

Pensad. Él no designa a un ángel para ser Mesías y Redentor. ¿Podrá, entonces, designar a un hombre para serlo? ¿Y podía el Redentor ser sólo Hijo del Padre, sin asumir naturaleza humana; ser el Redentor con medios y poderes que superaran las humanas deducciones? ¿Y el Primogénito de Dios podía, acaso, tener padres, si es el Primogénito eterno? ¿No se os trastoca el soberbio pensamiento ante estos interrogantes, que suben hacia los reinos de la Verdad, acercándose cada vez más a ella, y que hallan respuesta sólo en un corazón humilde y lleno de fe?

¿Quién debe ser el Cristo? ¿Un ángel? Más que un ángel. ¿Un hombre? Más que un hombre. ¿Un Dios? Sí, un Dios. Pero con una carne unida a Él, para que ésta pueda cumplir la expiación de la carne culpable. Todas las cosas deben ser redimidas a través de la materia con que pecaron. Dios, por tanto, habría debido enviar a un ángel para expiar las culpas de los ángeles caídos, y que expiara por Lucifer y sus seguidores angélicos.

Porque ya sabéis que Lucifer también pecó. Pero Dios no envía a un espíritu angélico a redimir a los ángeles tenebrosos. Ellos no han adorado al Hijo de Dios, y Dios no perdona el pecado contra su Verbo engendrado por su Amor.

Pero Dios ama al hombre y envía al Hombre, al único perfecto, a redimir al hombre y a obtener paz con Dios. Y es justo que sólo un Hombre-Dios pueda cumplir la redención del hombre y aplacar a Dios.

El Padre y el Hijo se han amado y se han comprendido. Y el Padre ha dicho:

"Quiero". Y el Hijo ha dicho: "Quiero". Y luego el Hijo ha dicho: "Dame". Y el Padre ha dicho: "Toma", y el Verbo tuvo una carne, cuya formación es misteriosa, y esta carne se llamó Jesucristo, Mesías, Aquel que debe redimir a los hombres, llevarlos al Reino, vencer al demonio, quebrar las esclavitudes.

¡Vencer al demonio! No podía un ángel, no puede cumplir lo que el Hijo del hombre puede. Y, por esto, Dios no llama a los ángeles a la gran obra, sino al Hombre. Aquí tenéis al Hombre cuyo origen se os presenta incierto, o es negado por vosotros u os pone pensativos. Aquí tenéis al Hombre.

Al Hombre aceptable para Dios. Al Hombre representante de todos sus hermanos. Al Hombre que es como vosotros en la semejanza; al Hombre superior y distinto de vosotros por la proveniencia; el cual -que no por un hombre sino por Dios ha sido engendrado y consagrado para su ministerio-está ante el excelso altar para ser Sacerdote y Víctima por los pecados del mundo, eterno y supremo Pontífice, Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

¡No temáis! No tiendo mis manos hacia la tiara pontifical. Otra corona me espera. ¡No temáis! No os voy a quitar el racional. Otro está ya preparado para mí. Temed sólo, más bien, el que para vosotros no sirva el sacrificio del Hombre y la misericordia del Cristo. Os he amado tanto, tanto os amo, que he obtenido del Padre mi anonadamiento. Os he amado tanto, tanto os amo, que he pedido asimilar todo el dolor del mundo para daros la salud eterna.

¿Por qué no me queréis creer? ¿No podéis creer todavía? ¿No está escrito del Cristo: "Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec"? ¿Y cuándo comenzó el sacerdocio?

¿Quizás en tiempos de Abraham? No. Y vosotros lo sabéis. El rey de justicia y de paz (Génesis l4, l8-20) que viene a anunciarme, con figura profética, en la aurora de nuestro pueblo, ¿no os apercibe acerca de la existencia de un sacerdocio más perfecto, que viene directamente de Dios?; como Melquisedec, de quien nadie pudo jamás señalar sus orígenes y que es llamado "el sacerdote" y sacerdote será para siempre.

¿No creéis ya en las palabras inspiradas? Y, si creéis, ¿cómo es que vosotros, doctores, no sabéis dar una explicación aceptable a las palabras que dicen -y de mí hablan-: "Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec"? Hay, pues, otro sacerdocio, más allá, antes del de Aarón. Y de éste está escrito "eres"; no, "fuiste"; no, "serás". Eres sacerdote para siempre. He aquí, pues, que esta frase anticipa que el eterno Sacerdote no será de la estirpe, conocida, de Aarón, no será de ninguna estirpe sacerdotal. No; será de proveniencia nueva, misteriosa, como Melquisedec. Es de esta proveniencia. Y si la Potencia de Dios lo manda, señal es de que quiere renovar el Sacerdocio y el rito para que sea provechoso para la Humanidad.

¿Conocéis vosotros mi origen? No. ¿Conocéis mis obras? No. ¿Intuís sus frutos? No. Nada sabéis de mí. Podéis ver, pues, que también en esto soy el "Cristo", cuyo origen y naturaleza y misión deben permanecer desconocidos hasta que a Dios le plazca revelarlos a los hombres.

Bienaventurados los que sepan, los que saben creer antes de que la revelación tremenda de Dios los aplaste contra el suelo con su peso y ahí los clave y triture bajo la fulgurante, poderosa verdad pronunciada: como trueno desde los Cielos; como grito desde la Tierra: "Éste era el Cristo de Dios".

Vosotros decís: "Es de Nazaret. Su padre era José. Su Madre es María". No. Yo no tengo padre que me haya engendrado hombre; no tengo madre que me haya engendrado Dios. Y, no obstante, tengo una carne, y la he asumido por misteriosa obra del Espíritu, y he venido a vosotros pasando por un tabernáculo santo. Y os salvaré después de haberme formado a mí mismo por voluntad de Dios; os salvaré haciendo salir a mi verdadero Yo mismo del tabernáculo de mi Cuerpo para consumar el gran Sacrificio de un Dios que se inmola por la salvación del hombre.

¡Padre! ¡Padre mío! Te lo dije al principio de los días: "Aquí estoy, para hacer tu voluntad". Te lo dije en la hora de gracia antes de dejarte para revestirme de carne, y así padecer: “Aquí estoy, para hacer tu voluntad". Te lo digo una vez más para santificar a aquellos por quienes he venido: “Aquí estoy, para hacer tu voluntad". Y volveré a decírtelo, siempre te lo diré, hasta que tu voluntad sea cumplida…

Jesús baja los brazos -los tenía levantados hacia el cielo, orando-, los recoge en su pecho y agacha la cabeza, cierra los ojos y se sume en una oración secreta.

La gente bisbisea. No todos han comprendido; es más, la mayoría (y yo con ellos) no ha comprendido. Somos demasiado ignorantes. Pero intuimos que ha enunciado cosas grandes. Y, admirados, guardamos silencio.

Los maliciosos, que no han comprendido o no han querido comprender, sonriendo malévolamente dicen: «¡Éste delira!». Pero no se atreven a decir más y se apartan o se encaminan hacia las puertas meneando la cabeza. Tanta prudencia creo que es el fruto de las lanzas y dagas romanas que brillan al sol contra la muralla externa.
Gamaliel se abre paso entre los que quedan. Llega hasta Jesús, que sigue en oración, absorto, lejanos la gente y el lugar, y lo llama:

-¡Rabí Jesús!

-¿Qué quieres, rabí Gamaliel? -pregunta Jesús alzando la cabeza, todavía absortos sus ojos en una interna visión.
-Que me des una explicación.
-Habla.

-¡Apartaos todos! -ordena Gamaliel, y lo hace con un tono tal, que apóstoles, discípulos, seguidores, curiosos, y los propios discípulos de Gamaliel se apartan rápidamente.

Se quedan solos, uno frente al otro. Y se miran. Jesús siempre manso y dulce; el otro, autoritario sin querer e involuntariamente soberbio de aspecto (expresión que ciertamente le ha venido de los años de deferencia exagerada).

-Maestro… Me han sido referidas unas palabras tuyas dichas en un banquete… que yo desaprobé porque era insincero. Yo contradigo o no contradigo, pero siempre abiertamente… He meditado en esas palabras. Las he cotejado con las que tengo en mi recuerdo… Y te he esperado, aquí, para preguntarte acerca de ellas… Y primero he querido oírte hablar… Ellos no han comprendido. Yo espero poder comprender. He escrito tus palabras mientras las pronunciabas. Para meditarlas. Y no para perjudicarte. ¿Me crees?

-Te creo. Y quiera el Altísimo hacerlas llamear ante tu espíritu.

-Que así sea. Escúchame. Las piedras que deben estremecerse ¿no serán las de nuestros corazones?
-No, rabí. Éstas (y señala a las murallas del Templo con gesto circular). ¿Por qué lo preguntas?

-Porque mi corazón se estremeció cuando me fueron referidas tus palabras del banquete, y tus respuestas a los tentadores. Creía que ese estremecimiento era el signo…

-No, rabí. Es demasiado poco el estremecimiento de tu corazón y el de pocos otros para ser el signo que no deja dudas… Aunque tú, con raro juicio de humilde conocimiento de ti, defines tu corazón como piedra. ¡Oh, rabí Gamaliel, ¿te es imposible hacer de tu corazón petrificado un luminoso altar que acoja a Dios? No por interés mío, rabí, sino para que tu justicia sea completa…

Y Jesús mira dulcemente al anciano maestro, que zalea su barba e introduce los dedos por debajo de la prenda que cubre su cabeza y corruga su frente; susurra, bajando la cabeza para decirlo:

-No puedo… No puedo todavía… De todas formas, espero… ¿Sigue en pie ese signo que vas a dar?
-Lo daré.
-Adiós, Rabí Jesús.

-El Señor venga a ti, rabí Gamaliel.
Se separan. Jesús hace una señal a los suyos y con ellos se encamina hacia fuera del Templo.

Escribas, fariseos, sacerdotes, discípulos de rabíes, como buitres, circundan velozmente a Gamaliel, que está metiéndose en el ancho cinturón los folios que ha escrito.

-¿Entonces? ¡Qué te parece? ¡Un loco? Has hecho bien en escribir esos delirios. Nos serán útiles. ¿Has decidido?

¡Estás convencido? Ayer… hoy… Más que suficiente para convencerte. Hablan tumultuariamente, y Gamaliel calla, y, mientras, se coloca el cinturón, cierra el tintero que lleva colgado a éste, devuelve a su discípulo la tablilla en que se ha apoyado para escribir en los pergaminos.

-¿No respondes? Desde ayer no hablas… -insta un colega suyo.

-Escucho. No a vosotros. A Él. Y trato de reconocer en las palabras de ahora la palabra que me habló un día. Aquí.
-¿Y… la encuentras? -ríen muchos.

-Como un trueno, que tiene voz distinta según esté más cercano o más lejano. Pero siempre es ruido de trueno.
-Sonido sin significado, entonces -dice uno, burlón.
-No te rías, Leví. En el trueno puede estar también la voz de Dios; y nosotros ser tan necios que la tomemos por rumor de nubes laceradas… No te rías tú tampoco,

Elquías, ni tú, Simón; no sea que el trueno se transforme en rayo y os reduzca a cenizas…

-Entonces… tú… casi estás diciendo que el Galileo es aquel niño que con Hil.lel creíste profeta; y que aquel niño y ese hombre son el Mesías… -inquieren, con mordacidad (aunque velada, porque Gamaliel se hace respetar).

-No digo nada. Digo que el ruido del trueno es siempre ruido trueno.

-¿Más cercano o más lejano?

-¡Ay! Las palabras son más fuertes, producto de la edad. Pero veinte años pasados han hecho veinte veces más cerrado mi intelecto ante el tesoro que posee. Y el sonido penetra más débilmente… -Gamaliel deja caer la cabeza sobre el pecho, meditabundo.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Te haces viejo y te haces necio, Gamaliel! Tomas por realidad los fantasmas. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -todos ríen.

Gamaliel se encoge de hombros con desdén. Luego recoge su manto, que le pendía de los hombros; se envuelve con más de una vuelta -es muy amplio-y da las espaldas a todos sin replicar nada, despreciativo en su silencio.

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