600- La última Cena pascual. Empieza el sufrimiento del Jueves Santo.

Los apóstoles -son diez-se dedican intensamente a preparar el Cenáculo.

Judas, encaramado encima de la mesa, observa si hay aceite en todas las ampollas de la lámpara, que es grande y parece una corola de fucsia doble. Y es que está formada por una barra -el tallo- rodeada de cinco lámparas en ampollas que asemejan a pétalos; luego tiene una segunda vuelta, más abajo, que es toda una coronita de pequeñas llamas; luego, por último, tiene tres pequeñas lamparitas colgadas de delgadas cadenas y que parecen los pistilos de la flor luminosa.

Luego baja de un salto y ayuda a Andrés a colocar la vajilla en la mesa con arte. Sobre ésta se ha extendido un finísimo mantel.

Oigo que Andrés dice:
-¡Qué espléndido lino!
Y Judas Iscariote:

-Uno de los mejores manteles de Lázaro. Marta se ha empeñado en traerlo.

-¿Y estas copas? ¿Y estas jarras, entonces? -observa Tomás, que ha puesto el vino en las preciosas jarras y las mira una y otra vez con ojos de experto, espejándose en sus panzas estilizadas y acariciando sus asas trabajadas con cincel.

-¿Quién sabe lo que costarán, eh? -pregunta Judas Iscariote.

-Está trabajado con martillo. A mi padre le encantarían. La plata y el oro en hojas se pliegan con facilidad cuanto están calientes. Pero tratado así… Para estropearlo basta un momento; es suficiente a un golpe mal dado. Se necesitan fuerza y ligereza al mismo tiempo.
-¿Ves las asas? Sacadas del bloque, no soldadas. Cosas de ricos… Fíjate que toda la limadura y lo desbastado se pierden. No sé si entiendes lo que te digo.

-¡Claro que entiendo! En pocas palabras, es como uno que hace una escultura.
-Exactamente.

Todos observan con admiración. Luego vuelven a su trabajo: quién coloca los asientos, quién prepara los aparadores.
Entran juntos Pedro y Simón.
-¡Oh, por fin habéis venido! ¿A dónde habéis ido otra vez? Habéis llegado con el Maestro y con nosotros y os habéis escapado de nuevo -dice Judas Iscariote.
-Una gestión que había que hacer antes de la hora» responde escuetamente Simón.
-¿Sientes melancolías?

-Creo que con lo que hemos oído durante estos días, y en esos labios que nunca hemos encontrado falaces, hay buenas
razones para sentirlas. -Y con ese tufo de… Bien, cállate, Pedro -masculla Pedro entre dientes. -¿Tú también?… Me pareces un desquiciado desde hace algunosdías. Tienes cara de conejo agreste cuando siente tras sí al chacal -responde Judas Iscariote.

-Y tú tienes morros de garduña. Tú tampoco estás muy guapo desde hace unos días. Miras de una manera… Hasta se te han torcido los ojos… ¿A quién esperas, o qué esperas ver? Pareces seguro. Quieres parecerlo. Pero se te ve como a uno temeroso de algo -replica Pedro.

-¡En cuanto a miedo!… ¡Tampoco tú eres ningún héroe!
-¡Ninguno lo somos, Judas. Tú llevas el nombre del Macabeo, pero no lo eres. El mío significa: "Dios otorga gracias", pero te juro que tiemblo por dentro como quien se supiera portador de desgracia y, sobre todo, tengo miedo de caer en desgracia ante Dios. Simón de Jonás, a pesar de su nuevo nombre de "piedra", ahora se manifiesta blando como cera en el fuego. Ya no es estable en su voluntad. ¡Y yo nunca lo vi con miedo en medio de desatadas tempestades! Mateo, Bartolmái y Felipe parecen sonámbulos. Mi hermano y Andrés no hacen más que suspirar.

Los dos primos, en quienes se une el dolor de la sangre con el del amor al Maestro, pues ya los ves: parecen hombres ya viejos. Tomás ha perdido su jovialidad. Y Simón está tan ajado por el dolor -yo diría: tan corroído, lívido y abatido-, que parece otra vez el leproso consumido de hace tres años -le responde Juan.
-Sí. Nos ha sugestionado a todos con su melancolía -observa Judas Iscariote.

-Mi primo Jesús, el Maestro y Señor mío y vuestro, está y no está melancólico. Si con esta palabra quieres decir que está triste por el exceso de dolor que todo Israel le está dando -y nosotros vemos este dolor-y por el otro, oculto dolor que sólo Él ve, te digo: "Tienes razón"; pero si usas ese término para decir que está desquiciado, eso te lo prohíbo -dice Santiago de Alfeo.

-¿Y no es demencia una idea fija de melancolía? Yo he estudiado también lo profano, y tengo conocimientos. Jesús ha dado demasiado de sí, y ahora tiene la mente cansada.
-Lo cual significa "demente", ¿no es verdad? -pregunta el otro primo, Judas, que está aparentemente calmo.

-¡Justamente eso! ¡Había visto con claridad tu padre, justo de santa memoria, a quien tú tanto te pareces en justicia y sabiduría! Jesús -triste destino de una ilustre casa demasiado vieja y que padece senilidad psíquica-ha tenido siempre una tendencia a esta enfermedad. Suave al principio, luego cada vez más agresiva. Tú mismo has visto cómo ha atacado a fariseos y escribas, saduceos y herodianos.

Él se ha hecho imposible la vida, como un camino sembrado de esquirlas de cuarzo. Y se las ha sembrado Él solo. Nosotros… lo hemos amado tanto, que el amor nos ha puesto un velo delante de nuestros ojos. Pero los que lo amaron sin idolatrarlo: tu padre, tu hermano José, y primero Simón, vieron las cosas con equilibrio… Hubiéramos debido abrir los ojos ante sus palabras. Sin embargo, su dulce hechizo de enfermo nos sedujo. Y ahora… ¡En fin!

-Judas Tadeo, que -de la misma altura de Judas Iscariote-está justo frente a él y parece oírlo con calma, reacciona violentamente. Con un fuerte revés arroja a Judas, supino, a uno de los asientos, y con una cólera contenida en la voz, inclinándose sobre la cara del cobarde que no reacciona -quizás temiendo que Judas Tadeo esté al corriente de su crimen-le dice con voz penetrante:

-¡Esto por la demencia, reptil! Y si no te estrangulo es porque Jesús está allí y es noche de Pascua. ¡Pero piensa, piénsalo bien! Si le ocurre algo malo y ya no está Él para detener mi fuerza, nadie te salva. Es como si ya tuvieras el nudo corredizo en el cuello; y serán estas manos mías honradas y fuertes de artesano galileo y de descendiente del hondero de Goliat, las que te lo hagan. ¡Levántate, enervado libertino! Y atento a lo que haces, ¡eh!
Judas se alza, lívido, sin la más mínima reacción. Y lo que me maravilla es que ninguno reacciona ante este gesto nuevo de Judas Tadeo. Al contrario… está claro que todos lo aprueban.

Vuelve el ambiente a la normalidad y un instante después Jesús entra. Se asoma en el umbral de la pequeña puerta por la que su alto físico apenas pasa. Pone pie en el tan reducido descansillo, y, con su mansa, triste sonrisa, abriendo los brazos, dice:
-La paz sea con vosotros.

Es una voz cansada, como la de uno que estuviera languideciendo en lo físico o en lo moral.
Baja. Acaricia la cabeza rubia de Juan, que ha ido a su encuentro. Sonríe, como si no supiera nada, a su primo Judas, y dice al otro primo:
-Tu madre te ruega que seas dulce con José. Ha preguntado por mí y por ti hace poco a las mujeres. Siento no haberle saludado.
-Lo vas a hacer mañana.

-¿Mañana?… Bueno… tendré tiempo de verlo…
-¡Oh, Pedro, por fin estaremos un poco juntos! Desde ayer me pareces un fuego fatuo: te veo y luego no te veo. Hoy casi puedo decir que te he perdido. Tú también, Simón.
-Nuestro pelo más blanco que negro te puede dar la seguridad de que no nos hemos ausentado por apetito carnal -dice serio Simón.

-Aunque… a todas las edades se pueda tener esa hambre… ¡Los viejos! Son peores que los jóvenes… -dice ofensivo Judas Iscariote.
Simón lo mira. Ya iba a replicar. Pero también lo mira Jesús y dice:
-¿Te duele una muela? Tienes el carrillo derecho hinchado y rojo.

-Sí. Me duele. Pero no tiene mayor importancia.
Los otros no dicen nada y la cosa muere así.
-¿Habéis hecho todo lo que había que hacer? ¿Tú, Mateo? ¿Y tú, Andrés? ¿Y Tú, Judas, has pensado en la ofrenda al Templo?

Tanto los dos primeros como Judas Iscariote dicen:

-Todo hecho, todo lo que dijiste que había que hacer para hoy. No te preocupes.
-Yo he llevado las primicias de Lázaro a Juana de Cusa. Para los niños. Me han dicho: "¡Eran mejores aquellas manzanas!". ¡Aquellas tenían el sabor del hambre! Y eran tus manzanas -dice Juan con rostro sonriente y de ensoñación.

También Jesús sonríe ante un recuerdo…
-Yo he visto a Nicodemo y a José -dice Tomás.
-¿Los has visto? ¿Has hablado con ellos? -pregunta Judas Iscariote con exagerado interés.
-Sí, ¿qué hay de raro en ello? José es un buen cliente de mi padre.

-No lo habías dicho antes… ¡Por eso me he asombrado!…
Judas trata de remediar la impresión que ha dado, una impresión de ansiedad, por el encuentro de José y Nicodemo con Tomás.
-Me resulta extraño que no hayan venido a presentarte su obsequioso saludo. Ni ellos ni Cusa ni Manahén… Ninguno de los…

Pero Judas Iscariote se ríe con una falsa carcajada interrumpiendo a Bartolomé, y dice:

-El cocodrilo vuelve a su madriguera en el momento apropiado.

-¿Qué quieres decir? ¿Qué insinúas? -pregunta Simón con una agresividad como nunca ha tenido.

-¡Calma, calma! ¿Qué os sucede? ¡Es la noche de Pascua! Nunca hemos tenido aparejo tan digno para consumir el cordero. Celebremos, pues, la cena con espíritu de paz. Veo que os he turbado mucho con mis instrucciones de estas últimas noches. Pero, ¿veis? ¡He terminado! Ahora ya no os voy a causar más turbación. No está todo dicho en cuanto a mí se refiere. Sólo lo esencial. El resto… lo comprenderéis después. Se os dirá… ¡Sí, vendrá el que os lo dirá! Juan, ve con Judas y algún otro por las copas para la purificación. Y luego nos sentamos a la mesa.

La dulzura de Jesús verdaderamente parte el corazón.
Juan con Andrés, Judas Tadeo con Santiago, traen una copa grande, echan agua en ella y ofrecen a Jesús la toalla, y también a los compañeros, los cuales hacen luego lo mismo con ellos. Y ponen la copa (en realidad es una palangana de metal) en un rincón.

-Y ahora cada uno a su sitio. Yo aquí, y aquí, a la derecha, Juan; al otro lado, mi fiel Santiago: los dos primeros discípulos. Después de Juan mi Piedra fuerte. Y después de Santiago el que es como el aire, que no se advierte pero siempre está y consuela: Andrés. A su lado mi primo Santiago. ¿No te duele, dulce hermano, el que asigne el primer puesto a los primeros? Eres el sobrino del Justo, cuyo espíritu, más que nunca en esta hora, late en suspendido vuelo sobre mí. ¡Ten paz, padre de mi debilidad de niño, encina a cuya sombra hallaron alivio la Madre y el Hijo! ¡Ten paz!… Después de Pedro, Simón… Simón, ven un momento aquí. Quiero mirar fijamente tu rostro leal. Después te veré ya sólo mal, porque otros me cubrirán tu honesto rostro. Gracias, Simón. Por todo -y lo besa.

Simón, dejado ya, va a su sitio y, un instante, se lleva las manos a la cara con un gesto de aflicción.
-En frente de Simón mi Bartolmái. Dos honradeces y sabidurías que se reflejan recíprocamente. Están bien juntos. Y, al lado, tú, Judas, hermano mío. Así te veo… y me parece estar en Nazaret… cuando alguna fiesta nos reunía a todos en torno a una mesa… También en Caná… ¿Recuerdas? Estábamos el uno al lado del otro. Una fiesta… una fiesta de boda… el primer milagro… el agua transformada en vino… También hoy una fiesta… y también hoy habrá un milagro… el vino cambiará de naturaleza… y será… -Jesús se sume en su pensamiento. Con la cabeza baja, está como aislado en su mundo secreto. Los demás lo miran sin decir nada.

Alza de nuevo la cabeza y mira fijamente a Judas Iscariote, y le dice:

-Tú estarás frente a mí.
-¿Tanto me quieres? ¿Más que a Simón, que siempre quieres tenerme enfrente?
-Mucho. Tú lo has dicho.

-¿Por qué, Maestro?
-Porque eres el que más ha hecho de todos para esta hora.
Judas mira al Maestro y a sus compañeros con una mirada muy cambiante: al primero con una cierta, irónica compasión; a los otros, con aire de triunfo.

-Y a tu lado, en una parte, Mateo; en la otra, Tomás.
-Entonces Mateo a mi izquierda y Tomás a mi derecha.
-Como quieras, como quieras -dice Mateo -Me basta con tener bien de frente a mi Salvador.

-Por último, Felipe. ¿Veis? El que no está a mi lado en el lado de honor, tiene el honor de estar frente a mí.
Jesús, en pie en su sitio, vierte en la amplia copa que está colocada delante de Él -todos tienen altas copas, pero El tiene una mucho más grande, además de la que tienen todos; debe ser la copa ritual-, vierte el vino. Alza la copa, la ofrece, la pone en la mesa.
Luego todos juntos preguntan con tono de salmo:

-¿Por qué esta ceremonia?
Pregunta formal, de rito, está claro.
A la cual Jesús, como cabeza de familia, responde:
-Este día recuerda nuestra liberación de Egipto. Bendito sea Yeohveh, que ha creado el fruto de la vid.
Bebe un sorbo de este vino ofrecido y pasa el cáliz a los demás. Luego ofrece el pan, lo parte, lo distribuye; luego las hierbas empapadas en la salsa rojiza que hay en cuatro salseras.

Terminada esta parte de la comida cantan salmos, todos en coro. Se lleva a la mesa, desde el aparador, la amplia bandeja del cordero asado, y la ponen delante de Jesús.
Pedro, que desempeña el papel de… primera parte, de coro, si le gusta más, pregunta:
-¿Por qué este cordero, así?

-Como recuerdo de cuando Israel fue salvado por el cordero inmolado. No murió ningún primogénito donde la sangre brillaba en las jambas y el dintel. Y, después, mientras todo Egipto lloraba a los primogénitos varones muertos, desde el palacio del faraón hasta los tugurios, los hebreos, capitaneados por Moisés, se movieron hacia la tierra de la liberación y la promesa. Ceñidas ya sus cinturas, calzados los pies, cayado en mano, fue diligente el pueblo de Abraham para ponerse en marcha cantando los himnos del júbilo.

Todos se ponen en pie y entonan:
-Cuando Israel salió de Egipto y la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, Judea vino a ser su santuario» etc., etc. (en la Neovulgata Salmo 114).

Ahora Jesús corta el cordero, llena un nuevo cáliz, bebe de él y lo pasa. Luego entonan otro canto:
-Niños, alabad al Señor; bendito sea el Nombre del Eterno, ahora y por los siglos de los siglos. De Oriente a Occidente debe ser alabado» etc. (Salmo 113).

Jesús da los trozos de cordero cuidando de que todos queden bien servidos, justamente como haría un padre de familia rodeado de los amados hijos de su corazón. Solemne, un poco triste, mientras dice:

-He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua. Ha sido para mí el deseo de los deseos, desde que fui -ab aeterno-"el Salvador". Sabía que esta hora precedería a esa otra. Mas la alegría de darme infundía, anticipadamente, este consuelo a mi padecer… He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua, porque ya nunca comeré del fruto de la vid hasta la llegada del Reino de Dios. Entonces me sentaré nuevamente con los elegidos en el Banquete del Cordero, para el desposorio de los Vivientes con el Viviente. Pero vendrán a él solamente los que hayan sido humildes y limpios de corazón como Yo soy.

-Maestro, hace un momento has dicho que el que no tiene el honor del sitio lo tiene por estar enfrente de ti. ¿Cómo podemos saber, entonces, quién es el primero de entre nosotros? -pregunta Bartolomé.

-Todos y ninguno. Una vez… volvíamos cansados… nauseados por el odio farisaico. Pero no estabais cansados de discutir entre vosotros acerca de quién era el mayor… Un niño vino a mí rápido… un pequeño amigo mío… Y su inocencia endulzó la desazón que Yo tenía por muchas cosas (no la última, vuestra humanidad obstinada). ¿Dónde estás ahora, pequeño Benjamín que tuviste aquella sabia respuesta que te vino del Cielo porque -ángel como eras-el Espíritu te hablaba? En aquel momento os dije: "Si uno quiere ser el primero, sea el último y el servidor de todos". Y os puse como ejemplo al sabio niño. Ahora os digo:

"Los reyes de las naciones las dominan. Y los pueblos oprimidos, aun odiándolos, los aclaman, y los reyes son llamados“Benefactores”, “Padres de la Patria”. Mas el odio se anida bajo el falso obsequio". Pero entre vosotros no debe ser así.

Que el mayor sea como el menor; el que es cabeza, como uno que sirve. Efectivamente: ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa. Yo, sin embargo, os sirvo; y, dentro de poco, os serviré más.

Vosotros sois los que habéis estado conmigo en las pruebas. Y Yo dispongo para vosotros un puesto en mi Reino de la misma forma que en Él Yo seré Rey según la voluntad del Padre-, para que comáis y bebáis en mi mesa eterna y estéis sentados en tronos juzgando a las doce tribus de Israel. Habéis permanecido a mi lado en mis pruebas… Esto y no otra cosa es lo que os hace grandes ante los ojos del Padre.

-¿Y los que vendrán después? ¿No tendrán un lugar en el Reino? ¿Sólo nosotros?

-¡Oh, cuántos príncipes habrá en mi Casa! Todos los que hayan sido fieles a Cristo en las pruebas de la vida serán príncipes en mi Reino. Porque los que hayan perseverado hasta el final en el martirio de la existencia serán como vosotros, que conmigo habéis perseverado en mis pruebas.

Yo me identifico en mis creyentes. A los predilectos les doy, como enseña, ese Dolor que abrazo por vosotros y por todos los hombres. El que me sea fiel en el Dolor será un bienaventurado mío; como vosotros, mis amados.

-Nosotros hemos perseverado hasta el final.
-¿Tú crees, Pedro? Pues te digo que la hora de la prueba debe llegar todavía. Simón, Simón de Jonás, mira que Satanás ha pedido cribaros como al trigo. He orado por ti, para que tu fe no vacile. Tú, una vez enmendado, confirma a tus hermanos.

-Sé que soy un pecador. Pero te seré fiel hasta la muerte. Este pecado no lo tengo. Nunca lo tendré.
-No seas soberbio, Pedro mío. Esta hora cambiará muchas cosas que antes eran de un modo y ahora serán distintas.

¡Cuántas!… Y esas cosas traen y comportan necesidades nuevas. Vosotros lo sabéis. Siempre os he dicho, incluso cuando íbamos por lugares lejanos recorridos por bandoleros: "No temáis. No nos sucederá nada malo, porque los ángeles del Señor están con nosotros. No os preocupéis de nada". ¿Os acordáis de cuando os decía: "No estéis preocupados por lo que comeréis o por el vestido. El Padre sabe qué necesitamos"? También os decía:

"El hombre es mucho más que un pájaro y que una flor que hoy es hierba y mañana heno. Y veis que el Padre cuida también de la flor y del pajarillo. ¿Podréis, entonces, dudar de que cuide de vosotros?". Y os decía: "Dad a quien os pida, a quien os hiera presentadle la otra mejilla". Os decía: "No llevéis ni bolsa ni cayado". Porque he enseñado amor y confianza. Pero ahora… ahora ya no es ese tiempo. Ahora os digo: "¿Os ha faltado alguna vez algo hasta ahora? ¿Alguna vez os han hecho algún daño?".

-Nada, Maestro. Y sólo a ti te lo han hecho.
-Así veis que mi palabra era veraz. Pero ahora los ángeles son, todos, convocados por su Señor. Es hora de demonios… Con las alas de oro, los ángeles del Señor se tapan los ojos, se vendan, y les duele el color de sus alas, porque no es color de amargura y ésta es hora de luto, y de un luto cruel, sacrílego… Esta noche no hay ángeles en la Tierra. Están junto al trono de Dios para cubrir con su canto las blasfemias del mundo deicida y el llanto del Inocente. Y nosotros estamos solos… Yo y vosotros: solos. Los demonios son los dueños de esta hora.

Por eso nuestro aspecto ahora y nuestra actitud serán como los de los pobres hombres que recelan y no aman. Ahora el que tenga una bolsa tome consigo también una alforja, el que no tenga espada venda su manto y cómprese una. Porque también se dice de mí en la Escritura, (Isaías 53, 12) y debe cumplirse: "Fue contado entre los malhechores". En verdad, todo lo que a mí se refiere toca a su fin.

Simón, que se ha alzado y ha ido al arquibanco donde había dejado su rico manto -y es que esta noche todos visten sus mejores indumentos, y, por tanto, llevan puñales, damasquinados pero muy cortos (más cuchillos que puñales), colgados de los ricos cinturones-, coge dos espadas, dos verdaderas espadas, largas, levemente curvadas, y se las lleva a Jesús:

-Yo y Pedro nos hemos armado esta noche. Tenemos éstas. Pero los demás tienen sólo el puñal corto.

Jesús toma las espadas, las observa, desenvaina una y prueba su tajo contra una uña. Es una extraña visión, y produce una impresión todavía más extraña el ver ese fiero instrumento en las manos de Jesús.

-¿Quién os las ha dado? -pregunta Judas Iscariote mientras Jesús observa y calla. Judas parece muy inquieto…
-¿Quién? Te recuerdo que mi padre era noble y muy poderoso.

-Pero Pedro…
-¿Pero qué? ¿Desde cuándo tengo que dar cuentas de los regalos que quiero hacer a mis amigos?
Jesús alza la cabeza. Antes ha metido el arma en su vaina y ahora devuelve las dos espadas al Zelote.

-Está bien. Son suficientes. Has hecho bien en cogerlas. Pero ahora, antes de beber el tercer cáliz, esperad un momento. Os he dicho que el mayor es como el menor y que Yo estoy como quien sirve en esta mesa y que más os serviré. Hasta ahora os he dado alimentos. Es un servicio en orden al cuerpo. Ahora quiero daros un alimento para el espíritu. No es un plato del rito antiguo; es del nuevo rito.

Yo quise bautizarme antes de ser el "Maestro". Para esparcir la Palabra bastaba ese bautismo. Ahora será derramada la Sangre. Vosotros necesitáis otro lavacro, aunque os hayáis purificado (con Juan el Bautista en su momento y hoy también, en el Templo). No es suficiente. Venid para que os purifique. Suspended la comida. Hay algo más importante que la comida que se da al vientre para que se llene, aunque sea alimento santo, como este del rito pascual; y ello es un espíritu puro, en disposición de recibir el don del cielo que ya desciende para hacerse un trono en vosotros y daros la Vida. Dar la Vida a quienes están limpios.

Jesús se levanta -debe también alzarse Juan, para dejar a Jesús salir mejor de su sitio-, va a un arquibanco y se quita la túnica roja; la pone doblada encima del manto, ya doblado, se ciñe a la cintura una toalla grande, luego va a otra palangana, que todavía está vacía y limpia. Echa en ella agua, lleva la palangana al centro de la habitación, junto a la mesa, y la pone encima de un taburete. Los apóstoles lo miran estupefactos.

-¿No me preguntáis que qué hago?
-No lo sabemos. Te digo que ya estamos purificados -responde Pedro.

-Y Yo te repito que eso no importa. Mi purificación le sirve al que ya está purificado para estarlo más.

Se arrodilla. Desata las sandalias a Judas Iscariote y le lava los pies; uno primero, otro después. Es fácil hacerlo, porque los triclinios están hechos de tal manera que los pies quedan hacia la parte externa. Judas está estupefacto. No dice nada. Pero, cuando Jesús, antes de calzar el pie izquierdo y levantarse, pone el gesto de besarle el pie derecho ya calzado, Judas retrae bruscamente el pie y da un golpe con la suela en la boca divina. Lo hace sin querer. No es un golpe fuerte, pero a mí me causa mucho dolor. Jesús sonríe, y, al apóstol, que le dice: «¿Te he hecho daño? Ha sido sin querer… Perdona», le responde:

-No, amigo. Lo has hecho sin malicia y no hace daño.
-Judas lo mira… Es una mirada inquieta, huidiza…
Jesús pasa a Tomás, luego a Felipe… Rodea el lado estrecho de la mesa y va donde su primo Santiago. Lo lava, y lo besa en la frente al levantarse. Pasa a Andrés, que está rojo de vergüenza y hace esfuerzos por no llorar; lo lava, lo acaricia como a un niño. Luego está Santiago de Zebedeo, que no hace sino susurrar:

« ¡Oh, Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Anonadado y sublime Maestro mío!». Juan se ha desatado ya las sandalias y, mientras Jesús está agachado secándole los pies, él se inclina y lo besa en el pelo.

¡Pero, a Pedro!… ¡No es fácil convencerlo para este rito!

-¿Tú lavarme a mí los pies? ¡Ni por asomo! Mientras viva, no te lo permitiré. Yo soy un gusano, Tú eres Dios. Cada uno en su lugar.

-Lo que Yo hago tú no puedes comprenderlo por ahora. Más adelante lo comprenderás. Déjame.

-Todo lo que Tú quieras, Maestro. ¿Quieres cortarme el cuello? Hazlo. Pero no me lavarás los pies.

-¡Oh, mi Simón! ¿No sabes que si no te lavo no tendrás parte en mi Reino? ¡Simón, Simón! Necesitas esta agua para tu alma y para el mucho camino que debes recorrer. ¿No quieres venir conmigo? Si no te lavo, no vienes a mi Reino.

-¡Oh, Señor mío bendito! ¡Pues entonces lávame todo! ¡Los pies, las manos y la cabeza!

-El que, como vosotros, se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque ya está enteramente purificado. Los pies… El hombre con los pies camina sobre cosas sucias. Y ello sería poco, pues ya os dije que lo que ensucia no es lo que entra y sale con el alimento, ni contamina al hombre lo que se pega a los pies por el camino. No. Lo que le contamina es lo que incuba y madura en su corazón y de allí sale y contamina sus acciones y sus miembros.

Y los pies del hombre de corazón no limpio se dirigen hacia la crápula, la lujuria, los tratos ilícitos, los delitos… Por tanto, son, de entre los miembros del cuerpo, los que tienen mucha parte que purificar… como también los ojos, y la boca… ¡Oh, hombre!, ¡hombre!, ¡perfecta criatura un día, el primero, y luego tan corrompido por el Seductor! ¡Y no había en ti malicia, oh hombre, ni pecado!… ¿Y ahora? ¡Eres todo malicia y pecado y no hay parte en ti que no peque!

Jesús ha lavado los pies a Pedro. Los besa. Y Pedro llora y toma con sus gruesas manos las dos manos de Jesús, se las pasa por los ojos y las besa luego.

También Simón se ha quitado las sandalias y, sin decir nada, se deja lavar. Pero luego, cuando Jesús está ya para pasar a Bartolomé, Simón se arrodilla, le besa los pies y dice:

-¡Límpiame de la lepra del pecado como me limpiaste de la lepra del cuerpo, para no quedar confundido en la hora del juicio, Salvador mío!

-No temas, Simón. Vendrás a la Ciudad celeste, blanco como nieve alpina.

-¿Y yo, Señor? ¿A tu viejo Bartolmái qué le dices? Me viste a la sombra de la higuera y leíste mi corazón. ¿Ahora qué ves?, ¿dónde me ves? Tranquiliza a este pobre anciano que teme no tener ni fuerza ni tiempo para llegar a como quieres que seamos.
Se le ve muy emocionado a Bartolomé.

-Tampoco temas tú. En aquel momento dije: "He aquí a un verdadero israelita en quien no hay engaño". Ahora digo: "He aquí a un verdadero cristiano digno del Cristo". ¿Que dónde te veo? Sentado en un trono eterno, vestido de púrpura. Yo estaré siempre contigo.

Le toca el turno a Judas Tadeo, el cual, cuando ve a sus pies a Jesús, no sabe contenerse y reclina la cabeza sobre el brazo que tiene apoyado en las mesa y llora.

-No llores, dulce hermano. Te sientes como uno que debiera soportar que le arrancasen un nervio, y te parece que no puedes soportarlo. Pero será un dolor breve. Luego…

¡Serás feliz, porque me quieres! Te llamas Judas. Y eres como nuestro gran Judas (1 Macabeos 3, 1-9): como un gigante. Eres el protector. Tus acciones son de león y cachorro de león rugientes. Desanidarás a los impíos, que ante ti retrocederán, y los inicuos sentirán terror. Yo sé las cosas. Sé fuerte. Una eterna unión estrechará y hará perfecto nuestro parentesco, en el Cielo -Lo besa también a él, en la frente, como a su otro primo.

-Yo soy pecador, Maestro. A mí no…
-Eras pecador, Mateo. Ahora eres el Apóstol. Eres una "voz" mía. Te bendigo. ¡Cuánto camino han recorrido estos pies para avanzar sin cesar, hacia Dios!… El alma los incitaba y ellos han abandonado todo camino que no fuera mi camino. Continúa. ¿Sabes dónde termina el sendero? En el seno del Padre mío y tuyo.

Jesús ha terminado. Deja la toalla, se lava en agua limpia las manos, se pone de nuevo la túnica, vuelve a su sitio y, al sentarse, dice:

-Ahora estáis limpios, aunque no todos. Sólo los que han tenido la voluntad de estarlo.

Mira fijamente a Judas de Keriot, que ha hecho como si no hubiera oído, ocupado en explicar a su compañero Mateo cómo su padre se decidió a mandarlo a Jerusalén: palabras inútiles que tienen para Judas -quien, a pesar de su audacia, debe sentirse incómodo-la única finalidad de guardar las apariencias.

Jesús vierte vino por tercera vez en el cáliz común. Bebe. Ofrece de beber. Luego canta, y los otros le siguen en coro: «Amo porque el Señor escucha la voz de mi oración, porque inclina su oído hacia mí. Le invocaré durante toda mi vida. Me rodeaban dolores de muerte» etc. (Según la numeración de la Neovulgata, se recitan por orden: Salmo 116 (que agrupa el 114 y el 115 de la Vulgata), Salmo 117, Salmo 118 (largo himno), Salmo 119 (el que no termina nunca)

Un momento de pausa. Luego sigue cantando: «Tuve fe y por eso hablé. Me había humillado profundamente y en medio de mi turbación decía: "Todo hombre es mentiroso"». Mira fijo a Judas.

La voz de mi Jesús, esta noche cansada, recobra fuerza cuando exclama: «Valiosa es ante los ojos de Dios la muerte de los santos» y «Has roto mis cadenas. Te ofreceré un holocausto de alabanza invocando el nombre del Señor» etc. etc. (Salmo 115).

Otra breve pausa en el canto, y luego continúa: «Alabad todas al Señor, naciones, todos los pueblos alabadlo. Porque se ha afianzado en nosotros su misericordia y la verdad del Señor permanece eterna».

Otra breve pausa y luego un largo himno: «Celebrad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia…».

Judas de Keriot canta tan desentonado, que Tomás dos veces lo conduce al tono con su potente voz de barítono y lo mira fijamente. También los otros lo miran, porque, por lo general está siempre bien entonado, y de su voz, como de todas las otras cosas -lo he podido comprender-se siente orgulloso. ¡Pero esta noche! Ciertas frases le turban, hasta el punto de que le salen gallos, y lo mismo ciertas miradas de Jesús que subrayan las frases. Una de estas frases es:

«Es mejor confiar en el Señor que confiar en el hombre». Otra es: «Se me empujó y vacilaba, y estaba para caer.
Pero el Señor me sujetó». Otra es: «No moriré, sino que viviré y referiré las obras del Señor». Y, en fin, estas dos que voy a decir, le estrangulan la voz al Traidor en la garganta: «La piedra desechada por las constructores ha venido a ser piedra angular» y « ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!».

Acabado el salmo, mientras Jesús corta y de nuevo pasa trozos de cordero, Mateo pregunta a Judas de Keriot:

-¿Te encuentras mal?
-No. Déjame tranquilo. No te preocupes de mí.
-Mateo se encoge de hombros.
Juan, que ha oído esto, dice:

-Tampoco el Maestro está bien. ¿Qué te sucede, Jesús mío?

Tienes la voz quebrada; como la de un enfermo o la de uno que haya llorado mucho -y lo abraza, estando con la cabeza apoyada en el pecho de Jesús.

-Sólo es que ha hablado mucho; y yo, lo único es que he andado mucho y he cogido frío -dice Judas nervioso.
Y Jesús, sin responderle a él, dice a Juan:
-Tú ya me conoces… y sabes qué es lo que me cansa…
El cordero está casi terminado.

Jesús, que ha comido poquísimo y ha bebido sólo un sorbo de vino por cada cáliz -sin embargo, como si se sintiera febril, ha bebido mucha agua-continúa hablando:

-Quiero que comprendáis mi gesto de antes. Os he dicho que el primero es como el último, y que os daría un alimento que no es corporal. Os he dado un alimento de humildad.

Para vuestro espíritu. Vosotros me llamáis: Maestro y Señor. Decís bien, porque lo soy. Entonces, si Yo os he lavado los pies, también debéis lavároslos vosotros los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que Yo he hecho. En verdad os digo: el siervo no es más que su señor, ni el apóstol más que Aquel que lo ha constituido apóstol. Tratad de comprender estas cosas. Y si, comprendiéndolas, las ponéis por obra, seréis bienaventurados. Pero no seréis todos bienaventurados.

Yo os conozco. Sé a quiénes he elegido. No de la misma manera me refiero a todos. Pero digo la verdad. Por otra parte, debe cumplirse lo que en relación a mí fue escrito (Salmo 41, 10)“Aquel que conmigo el pan ha alzado contra mí su calcañar".

Os digo todo antes de que suceda, para que no abriguéis dudas respecto a mí. Cuando todo esté cumplido, creeréis todavía más que Yo soy Yo. El que me recibe a mí recibe al que me ha enviado: al Padre santo que está en los Cielos. Y el que reciba a los que Yo envíe me recibirá a mí mismo. Porque Yo estoy con el Padre y vosotros estáis conmigo… Pero ahora vamos a cumplir el rito.

Vierte de nuevo vino en el cáliz común y, antes de beber de él y de pasarlo para que beban, se levanta, y con Él se levantan todos, y canta otra vez uno de los salmos de antes: «Tuve fe y por eso hablé… » Y luego uno que no termina nunca. ¡Hermoso… pero eterno! Creo identificarlo, por el comienzo y lo largo que es, como el salmo 118. Lo cantan así: un trozo todos juntos; luego, por turnos, uno dice un dístico y los otros, juntos, un trozo; y así hasta el final. ¡Yo creo que al final tienen que sentir sed!

Jesús se sienta. No se recuesta; se queda sentado, como nosotros. Y habla:

-Ahora que el antiguo rito ha sido cumplido, voy a celebrar el nuevo. Os he prometido un milagro de amor. Es la hora de realizarlo. Por esto he deseado esta Pascua. De ahora en adelante, ésta será la hostia inmolada en perpetuo rito de amor. Os he amado durante toda la vida de la Tierra, amigos amados. Os he amado durante toda la eternidad, hijos míos. Y quiero amaros hasta el final. No hay cosa mayor que ésta. Recordadlo. Yo me marcho. Pero permaneceremos siempre unidos mediante el milagro que voy a cumplir ahora.

Jesús toma un pan todavía entero. Lo pone encima del cáliz, que está completamente lleno. Bendice y ofrece ambos, luego parte el pan y toma de él trece trozos. Se los da, uno a uno, a los apóstoles, y dice:
-Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo. Haced esto en memoria mía, que me marcho.

Pasa el cáliz y dice:

-Tomad y bebed. Ésta es mi Sangre. Éste es el cáliz del nuevo pacto en la Sangre y por la Sangre mía, que será derramada por vosotros para el perdón de vuestros pecados y para daros la Vida. Haced esto en memoria mía.
Jesús está tristísimo. Toda huella de sonrisa, de luz, de color, lo han abandonado. Su rostro es ya de agonía. Los apóstoles lo miran angustiados.
Jesús se levanta y dice:

-No os mováis. Vuelvo enseguida». Toma el trozo decimotercero de pan y el cáliz y sale del Cenáculo.
-Va donde su Madre -susurra Juan.

Y Judas Tadeo suspira:
-¡Pobre mujer!

Pedro pregunta en voz baja:
-¿Crees que Ella sabe?

-Sabe todo. Siempre lo ha sabido todo.

Hablan todos en voz bajísima, como delante de un muerto.
-Pero, creéis que realmente… -pregunta Tomás, que no quiere creer todavía.

-¿Y lo dudas? Es su hora -responde Santiago de Zebedeo.
-Que Dios nos dé la fuerza de ser fieles -dice el Zelote.
-¡Oh! Yo… -Pedro está para decir algo, pero Juan, que está alerta, dice:
-¡Chss! Está aquí.

Jesús vuelve. Trae en la mano el cáliz vacío. En su fondo, una mínima señal de vino, que, bajo la luz de la lámpara, parece realmente sangre.

Judas Iscariote, que tiene ante sí el cáliz, lo mira como
hechizado, y luego desvía la mirada.

Jesús lo observa y se estremece. Juan, estando apoyado en el pecho de Jesús, siente este estremecimiento, y exclama:
-Dilo, ¿no?! Estás temblando…

-No. No tiemblo por fiebre… Todo os lo he dicho y todo os lo he dado. Más no podía daros. Os he dado a mí mismo.
Hace ese dulce gesto suyo de las manos, las cuales, antes unidas, ahora se separan y abren, mientras agacha la cabeza, como queriendo decir: "Perdonad si más no puedo. Así es."

-Os he dicho todo y os he dado todo. Y repito que el nuevo rito se ha cumplido. Haced esto en memoria mía. Os he lavado los pies para enseñaros a ser humildes y puros como el Maestro vuestro. Porque en verdad os digo que los discípulos deben ser como es el Maestro. Recordadlo, recordadlo. Incluso cuando estéis en una posición superior. Ningún discípulo está por encima de su Maestro.

De la misma manera que Yo os he lavado, hacedlo entre vosotros. O sea, amaos como hermanos, ayudándoos los unos a los otros, venerándoos recíprocamente, siendo ejemplo los unos para los otros. Y sed puros.

Para ser dignos de comer el Pan vivo que ha bajado del Cielo y tener dentro de vosotros, por su virtud, la fuerza de ser mis discípulos en el mundo enemigo que os odiará por causa de mi Nombre. Pero uno de vosotros no es puro.

Uno de vosotros me traicionará. Por este motivo estoy intensamente conturbado en el espíritu… La mano del que me traiciona está conmigo en esta mesa. Ni mi amor, ni mi Cuerpo y mi Sangre, ni mi palabra, lo convierten y le hacen arrepentirse. Yo lo perdonaría yendo a la muerte también por él.

Los discípulos se miran aterrorizados, se escrutan, no sin recelos los unos de los otros. Pedro, despertándose todas sus dudas, mira fijamente a Judas Iscariote. Judas Tadeo se pone en pie como impulsado por un resorte, para mirar también a Judas por encima del cuerpo de Mateo.

¡Pero éste se muestra tan seguro! A su vez, clava sus ojos en Mateo, como si sospechara de él. Luego fija su mirada en Jesús. Sonríe y pregunta:
-¿Soy yo, acaso, ése?

Parece el más seguro de su honestidad, y parece que si hace esta pregunta es sólo porque no se interrumpa la conversación.

Jesús repite su gesto y dice:

-Tú lo dices, Judas de Simón. No Yo. Tú lo dices. Yo no te he nombrado. ¿Por qué te acusas? Pregúntale a tu voz interior, a tu conciencia de hombre, a esa conciencia que Dios Padre te ha dado para que vivas como hombre, y mira a ver si te acusa. Tú, antes que ningún otro, lo sabrás. Pero, si ella te tranquiliza, ¿por qué dices palabras que son malditas con sólo decirlas, y piensas en un hecho igualmente maldito con sólo pensarlo, aunque sea por juego?

Jesús habla con calma. Parece sostener la tesis propuesta como lo podría hacer un maestro con sus alumnos. La agitación es fuerte, pero la calma de Jesús la aplaca.

De todas formas, Pedro, que es el que más sospecha de Judas -quizás también Judas Tadeo, pero lo parece menos, porque la desenvoltura de Judas Iscariote lo desarma-, tira de una manga a Juan, y cuando Juan, que se había pegado fuertemente a Jesús al oír hablar de traición, se vuelve, le susurra:

-Pregúntale que quién es.
Juan vuelve a su postura de antes. Lo único es que alza levemente la cabeza, como para besar a Jesús, y entretanto le susurra al oído:

-¿Maestro, quién es?
Y Jesús, con voz bajísima, devolviéndole el beso entre los cabellos:

-Aquel al que dé un pedazo de pan untado.
Toma un pan todavía entero, no el resto del usado para la Eucaristía; separa un buen trozo, lo unta en el jugo que ha dejado el cordero en la bandeja, alarga por encima de la mesa el brazo y dice:

-Toma, Judas. Esto te gusta.

-Gracias, Maestro. Sí que me gusta -y, sin saber lo que es ese bocado, se lo come, mientras Juan, horrorizado, hasta cierra los ojos para no ver la horrenda sonrisa que tiene Judas mientras muerde con sus fuertes dientes el pan acusador.

-Bien. Ahora que te he dado esta satisfacción, márchate -dice Jesús a Judas. -Todo está cumplido, aquí (marca mucho la palabra). Lo que en otro lugar queda por hacer hazlo pronto, Judas de Simón.

-Te obedezco enseguida, Maestro. Luego me reuniré contigo en el Getsemaní. ¿Vas allí, verdad?, ¿como siempre?
-Voy allí… como siempre… sí.

-¿Qué tiene que hacer? -pregunta Pedro -¿Va solo?
-No soy ningún niño -dice en tono socarrón Judas, que se está poniendo el manto.

-Déjalo que se marche. Yo y él sabemos lo que se debe hacer -dice Jesús.

-Sí, Maestro.
Pedro guarda silencio. Quizás piensa que ha pecado de desconfianza hacia su compañero. Con la mano en la frente, piensa.

Jesús aprieta contra su corazón a Juan y le susurra otra cosa entre sus cabellos:
-No digas nada a Pedro, por ahora. Sería un inútil escándalo.
-Adiós, Maestro. Adiós, amigos -Judas se despide.
-Adiós -dice Jesús.
Y Pedro:

-Adiós, muchacho.

Juan, con la cabeza casi en el regazo de Jesús, susurra:
-¡Satanás!
Sólo Jesús lo oye, y suspira.

Hay unos minutos de absoluto silencio. Jesús está cabizbajo, mientras mecánicamente acaricia los rubios cabellos de Juan.

Luego reacciona. Alza la cabeza, mira alrededor de sí, sonríe (una sonrisa consoladora para los discípulos). Dice:

-Quitamos la mesa. Vamos a sentarnos todos bien juntos, como hijos en torno a su padre.

Toman los triclinios que había detrás de la mesa (los de Jesús, Juan, Santiago, Pedro, Simón, Andrés y el primo Santiago) y los llevan al otro lado.

Jesús toma asiento en el suyo, igual que antes, entre Santiago y Juan. Pero, cuando ve que Andrés va a sentarse en el sitio que ha dejado Judas Iscariote, grita:
-No, ahí no.

Un grito impulsivo que su suma prudencia no logra evitar.
Luego modifica de esta manera:

-No es necesario tanto espacio. Sentados, se puede estar en éstos; son suficientes. Os quiero tener muy cerca. Ahora, respecto a la mesa, están así: o sea, forman una U alargada con Jesús en el centro y, enfrente, la mesa -una mesa ya sin comida-y el sitio de Judas. Santiago de Zebedeo llama a Pedro: -Siéntate aquí. Yo me siento en este taburete, a los pies de Jesús. -¡Que Dios te bendiga, Santiago! ¡Lo estaba deseando! -dice Pedro, y se arrima a su Maestro, que viene a hallarse estrechado entre Juan y Pedro, y tiene a Santiago a los pies. Jesús sonríe:

-Veo que empiezan a obrar las palabras que he dicho antes. Los buenos hermanos se quieren. Yo también te digo, Santiago: "Que Dios te bendiga". Tampoco este acto tuyo será olvidado por el Eterno, y lo encontrarás allá arriba.
Todo lo que pido lo puedo. Ya lo habéis visto. Ha bastado un solo deseo para que el Padre concediera al Hijo el darse en Alimento al hombre.

Con todo lo que ha sucedido ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, porque el milagro, sólo posible para los amigos de Dios, es testimonio de poder. Cuanto mayor es el milagro, más segura y profunda es esta divina amistad.

Éste es un milagro que, por su forma, duración y naturaleza, por su magnitud y los límites a que llega, no admite otro posible mayor. Os digo que es tan poderoso, tan sobrenatural, tan incomprensible para el hombre soberbio, que muy pocos lo entenderán como debe entenderse, y muchos lo negarán. ¿Qué diré, entonces? ¿Condena para ellos? No. Diré: ¡piedad!

Pero, cuanto mayor es el milagro, mayor es la gloria que recibe su autor. Es Dios mismo quien dice: "Sí, este amado mío ha recibido lo que ha querido, y Yo lo he concedido, porque grande es la gracia que posee ante mis ojos". Y aquí dice:

"Posee una gracia sin límites, como infinito es el milagro que ha hecho". La gloria que de Dios revierte en el autor del milagro y la gloria que del autor del milagro revierte en el Padre son parejas: porque toda gloria sobrenatural, procediendo de Dios, a su fuente retorna. Y la gloria de Dios, aun siendo ya infinita, crece y crece y resplandece por la gloria de sus santos.

Así, digo: de la misma forma que ha sido glorificado por Dios el Hijo del hombre, Dios ha sido glorificado por Este. Yo he glorificado a Dios en mí mismo, a su vez Dios glorificará en sí a su Hijo; muy
pronto lo glorificará.

¡Exulta, Tú que vuelves a tu Sede, oh Esencia espiritual de la Segunda Persona! ¡Exulta, Carne que vuelves a subir después de tanto destierro en el fango! Y lo que se te va a dar como morada ciertamente no es el Paraíso de Adán, sino el excelso Paraíso del Padre. Que, si se dijo que sorprendido por un mandato de Dios -dado por boca de un hombre-se detuvo el Sol, (Josué 10, 12­14) ¿qué no sucederá en los astros cuando vean el prodigio de la Carne del Hombre subir y sentarse a la derecha del Padre en su Perfección de materia glorificada?

Hijitos míos, ya poco tiempo estaré con vosotros. Luego me buscaréis como los huérfanos buscan al padre o a la madre muertos. Y, llorando, hablando de Él iréis y llamaréis en vano al mudo sepulcro, y luego llamaréis a las puertas azules de los Cielos, con vuestra alma lanzada en suplicante búsqueda de amor, y diréis:

"¿Dónde está nuestro Jesús? Queremos tenerlo. Sin Él ya no hay luz en el mundo, ni alegría ni amor. O devolvédnoslo o dejadnos entrar. Queremos estar donde Él". Mas no podéis, por ahora, ir a donde Yo voy. Se lo dije también a los judíos: "Luego me buscaréis, pero a donde voy Yo vosotros no podéis ir". Os lo digo también a vosotros.

Considerad que ni siquiera mi Madre podrá ir a donde Yo voy. Y fijaos que dejé al Padre para ir a Ella y hacerme Jesús en su seno sin mancha. Fijaos que de la Inviolada vine en el éxtasis luminoso de mi Natividad; y de su amor, hecho leche, me nutrí.

Yo estoy hecho de pureza y amor porque María me nutrió con su virginidad fecundada por el Amor perfecto que vive en el Cielo. Y fijaos que por Ella crecí, costándole fatigas y lágrimas… Y fijaos que le pido un heroísmo que supera a todos los realizados hasta ahora, respecto al cual los de Judit y Yael son como heroísmos de pobres mujeres en oposición con su rival en la fuente del pueblo. Y fijaos que ninguno la iguala en amor a mí. Pues bien, a pesar de todo, la dejo y voy a donde Ella no irá hasta dentro de mucho tiempo. Para Ella no es el mandato que os doy a vosotros:

"Santificaos año tras año, mes tras mes, día tras día, hora tras hora, para poder venir a mí cuando llegue vuestro momento". En Ella reside toda gracia y santidad. Es la criatura que ha tenido todo y ha dado todo. Nada hay que añadir en Ella, y nada hay que quitar. Es el santísimo testimonio de lo que puede Dios.

Pero para estar seguro de que en vosotros exista la aptitud de venir a mí y de olvidar el dolor del luto de la separación de vuestro Jesús, os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como Yo os he amado, amaos igualmente los unos a los otros. Por esto se sabrá que sois mis discípulos.

Cuando un padre tiene muchos hijos, ¿en qué se sabe que son sus hijos? No tanto por el aspecto físico -porque hay hombres que son en todo semejantes a otro hombre con el que no tienen ninguna relación de sangre, y ni siquiera de nación-, cuanto por el común amor a la familia, a su padre y entre sí. E incluso cuando muere el padre la buena familia no se disgrega, porque la sangre es una, que es la que recibieron genéticamente de su padre y anuda vínculos que ni siquiera la muerte desata, porque más fuerte que la muerte es el amor. Pues bien, si me amáis aun después de que os deje, todos reconocerán que sois hijos míos, y por tanto, discípulos míos, y que, habiendo tenido un único padre, entre vosotros sois hermanos.

Señor Jesús, pero ¿a dónde vas? -pregunta Pedro.
-Voy a donde tú, por ahora, no puedes seguirme. Pero después me seguirás.

-¿Y por qué no ahora? Te he seguido siempre, desde que me dijiste: "Sígueme". He dejado todo sin añoranzas… Marcharte ahora sin tu pobre Simón, dejándome privado de ti, mi Todo, después de que yo he dejado mi poco bien de antes, no es ni razonable ni bonito por tu parte. ¿Vas a la muerte? Bien, pues yo también voy. Iremos juntos al otro mundo. Pero antes te habré defendido. Estoy preparado para dar la vida por ti.

-¿Tú darás tu vida por mí? ¿Ahora? Ahora, no. En verdad, en verdad te lo digo: antes de que cante el gallo me negarás tres veces. Estamos todavía en la primera vigilia. Luego vendrá la segunda… y luego la tercera. Antes del galicinio, renegarás de tu Señor tres veces.

-¡Imposible, Maestro! Creo en todo lo que dices, pero no en esto; estoy seguro de mí.

-Ahora, por ahora estás seguro; pero es porque ahora me tienes todavía a mí. Tienes contigo a Dios. Dentro de poco el Dios encarnado será prendido y ya no lo tendréis. Y Satanás, después de poneros rémoras -tu propia seguridad es una astucia de Satanás, morralla para ponerte rémoras-os amedrentará. Os insinuará: "Dios no existe. Yo existo".

Y, dado que, a pesar de que el espanto os empañe la mente, todavía razonaréis, lo que comprenderéis será que si Satanás es el amo de esa hora, es que ha muerto el Bien y lo que obra es el Mal; que el espíritu ha sido abatido y triunfa lo humano. Entonces os quedaréis como guerreros sin caudillo, perseguidos por el enemigo, y, en medio del desconcierto propio de los vencidos, os doblegaréis ante el vencedor, y, para evitar que os maten, renegaréis del héroe caído.

Pero -os lo ruego-, no se turbe vuestro corazón. Creed en Dios. Creed también en mí. Contra todas las apariencias, creed en mí. Creed en mi misericordia y en la del Padre tanto el que se quede como el que huya; tanto el que calle como el que abra su boca para decir: "No lo conozco".

Igualmente, creed en mi perdón. Y creed que, cualesquiera que sean en el futuro vuestras acciones, en el Bien y en mi Doctrina (por tanto, en mi Iglesia), esas acciones os darán un igual lugar en el Cielo.

En la casa del Padre mío hay muchas moradas. Si no fuera así, os lo habría dicho. Porque Yo voy por delante. A preparar un lugar para vosotros. ¿No hacen, acaso, eso los padres buenos, cuando tienen que llevar a sus pequeñuelos a otro lugar? Van por delante, preparan la casa, los enseres, las provisiones. Y luego vuelven y toman consigo a sus más amadas criaturas.

Eso hacen, por amor. Para que a sus pequeñuelos no les falte nada, ni se sientan incómodos en el nuevo pueblo. Lo mismo hago Yo, y por el mismo motivo. Me marcho, ahora. Cuando haya preparado para cada uno su puesto en la Jerusalén celestial, volveré y os tomaré conmigo, para que estéis conmigo donde Yo estoy, donde no habrá ya muerte ni lutos ni lágrimas ni gritos ni hambre ni dolor ni tinieblas ni quemazón, sino sólo luz, paz, bienaventuranza y canto.

¡Oh, canto de los Cielos altísimos cuando los doce elegidos estén en los tronos con los doce patriarcas de las tribus de Israel y, encendidos en el fuego del amor espiritual, canten, erguidos frente al mar de la bienaventuranza, el cántico eterno cuyo arpegio será el eterno aleluya del ejército angélico…!
Quiero que donde voy a estar estéis vosotros. Y ya sabéis a dónde voy, y sabéis el camino.

-¡Pero Señor! Nosotros no sabemos nada. No nos dices a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino que hay que tomar para ir hacia ti y abreviar la espera? -pregunta Tomás.
-Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida. Me lo habéis oído decir y explicar repetidas veces. Y, en verdad, algunos que ni siquiera sabían que existía un Dios se han encaminado antes por mi camino y ya os preceden.

¡Oh!, ¿dónde estás, oveja descarriada de Dios traída por mí de nuevo al redil?, ¿dónde estás tú, resucitada de alma?

-¿Quién? ¿De quién hablas? ¿De María de Lázaro? Está allí, con tu Madre. ¿Quieres que venga? ¿O quieres que venga Juana? Estará, sin duda, en su palacio. Pero, si quieres, vamos a llamarla…

-No. No me refiero a ellas… Pienso en aquella que será mostrada sólo en el Cielo… y en Fotinai… Ellas me han encontrado. Y desde entonces no han dejado mi camino.

A una le indiqué al Padre como Dios verdadero y al espíritu como levita en esta individual adoración; a la otra, que ni siquiera sabía que tenía un espíritu, le dije: "Mi nombre es Salvador; salvo a quien tiene buena voluntad de salvarse. Yo soy Aquel que busca a los perdidos, que da la Vida, la Verdad y la Pureza. Quien me busca me encuentra". Y ambas han encontrado a Dios… Os bendigo, débiles Evas que habéis venido a ser más fuertes que Judit… Voy a donde estáis… Vosotras me consoláis… ¡Benditas seáis!…

-Muéstranos al Padre, Señor, y seremos como estas mujeres -dice Felipe.

-¡Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, ¿y tú, Felipe, no me has conocido todavía?! El que me ve a mí ve al Padre mío. ¿Cómo es que dices: "Muéstranos al Padre"? ¿No logras creer que Yo estoy en el Padre y Él en mí? Las palabras que os digo no os las digo motu propio, sino que el Padre, que mora en mí, cumple cada una de mis obras. ¿Y no creéis que Yo esté en el Padre y Él en mí? ¿Qué tengo que decir para haceros creer? Pues si no creéis en las palabras creed al menos en las obras.

Yo os digo, y os lo digo con verdad: el que cree en mí hará las obras que Yo hago, y las hará aun mayores, porque voy al Padre. Y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Yo lo haré para que el Padre sea glorificado en su Hijo. Y haré lo que me pidáis en nombre de mi Nombre. Mi Nombre, en lo que realmente es, es conocido por mí sólo y por el Padre que me ha engendrado y por el Espíritu que de nuestro amor procede. Por ese Nombre todo es posible. El que piensa en mi Nombre con amor me ama, y obtiene; pero no basta amarme, es necesario observar mis mandamientos para tener el verdadero amor.

Son las obras las que dan testimonio de los sentimientos. Y por este amor rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador, que permanezca para siempre con vosotros, Uno en quien Satanás y el mundo no pueden ensañarse, el Espíritu de la Verdad que el mundo no puede recibir ni herir, porque ni lo ve ni lo conoce. Dirigirá contra Él sus escarnios, pero Él es tan excelso que el escarnio no lo podrá herir; mientras que su piedad superará toda medida para aquellos que lo amen, aunque sean pobres y débiles. Vosotros lo conoceréis, porque ya vive con vosotros y pronto estará en vosotros.

No os dejaré huérfanos. Ya os he dicho que volveré a vosotros. Pero antes de que llegue la hora de venir a recogeros para ir a mi Reino Yo vendré; a vosotros vendré. Dentro de poco el mundo ya no me verá. Pero vosotros me veis y me veréis. Porque Yo vivo y vosotros vivís. Porque Yo viviré y vosotros también viviréis.

Ese día conoceréis que estoy en el Padre mío y vosotros en mí y Yo en vosotros. Porque el que acoge mis preceptos y los observa es el que me ama, y el que me ama será amado por el Padre mío y poseerá a Dios porque Dios es caridad y quien ama tiene en sí a Dios. Y Yo lo amaré porque en él veré a Dios, y me manifestaré a él dándome a conocer en los secretos de mi amor, de mi sabiduría, de mi Divinidad encarnada. Serán mis regresos a los hijos del hombre, a quienes amo, aunque sean débiles e incluso enemigos. Pero éstos serán sólo débiles, y yo los fortaleceré. Les diré: "¡Álzate!", diré "¡Sal afuera!", diré: "¡Sígueme!", diré "Escucha", diré "Escribe"… y vosotros estáis entre éstos.

-¿Por qué, Señor, te manifiestas a nosotros y no al mundo? -pregunta Judas Tadeo.

-Porque me amáis y ponéis por obra mis palabras. El que haga esto será amado por el Padre y Nosotros iremos a él y viviremos con él, en él; mientras que el que no me ama no pone por obra mis palabras y actúa según la carne y el mundo.

Ahora bien, sabed que lo que os he dicho no son palabras de Jesús Nazareno sino palabras del Padre, porque Yo soy el Verbo del Padre, que me ha enviado. Os he dicho estas cosas hablando así, con vosotros, porque quiero Yo mismo prepararos a la completa posesión de la Verdad y la Sabiduría. Pero todavía no podéis comprender ni recordar.

Pero, cuando venga a vosotros el Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi Nombre, podréis comprender, y os enseñará todo y os recordará todo lo que Yo os he dicho.

Mi paz os dejo, mi paz os doy. Os la doy no como la da el mundo, y ni siquiera como hasta ahora os la he dado: saludo bendito del Bendito a los bendecidos. La paz que ahora os doy es más profunda.

En este adiós, os comunico a mí mismo, mi Espíritu de paz, de la misma manera que os he comunicado mi Cuerpo y mi Sangre, para que tengáis en vosotros una fuerza en la inminente batalla. Satanás y el mundo desatan su guerra contra vuestro Jesús. Es su hora. Tened en vosotros la Paz, mi Espíritu que es espíritu de paz, porque Yo soy el Rey de la paz. Tened esta paz para no sentiros demasiado desvalidos. El que sufre con la paz de Dios dentro de sí, sufre, pero ni blasfema ni se desespera.

No lloréis. Habéis oído también que he dicho: "Voy al Padre y luego regresaré". Si me amarais por encima de la carne, os alegraríais, porque voy con el Padre después de este gran destierro… Voy donde Aquel que es mayor que Yo y que me ama. Os lo he dicho ahora, antes de que se cumpla -como también os he revelado todos los sufrimientos del Redentor antes de ir a ellos- para que, cuando todo se cumpla, creáis más en mí.

¡No os turbéis de esa manera! No os descorazonéis. Vuestro corazón necesita equilibrio…

Poco me queda para hablaros… ¡y todavía tengo mucho que decir! Llegado al final de esta evangelización mía, me parece como si no hubiera dicho todavía nada, y que mucho, mucho, mucho quede por hacer. Vuestro estado aumenta esta sensación mía. ¿Qué diré entonces? ¿Que he desempeñado con deficiencias mi función?, ¿o que vosotros sois tan duros de corazón, que para nada ha servido mi obra? ¿Dudaré? No. Me pongo en las manos de Dios, y os pongo a vosotros, mis predilectos, en sus manos. Él dará cumplimiento a la obra de su Verbo.

No soy como un padre que muere sin más luz que la humana; Yo espero en Dios. Y aun sintiendo en mí el apremio de daros todos los consejos de que os veo necesitados, y aun sintiendo que el tiempo huye, voy tranquilo a mi destino. Sé que sobre las semillas caídas en vosotros está para descender el rocío, un rocío que las hará germinar a todas ellas; y luego vendrá el sol del Paráclito, y las semillas se transformarán en árboles corpulentos.

Muy pronto llegará el príncipe de este mundo, aquel con quien Yo nada tengo que ver; y, si no hubiera sido por la finalidad redentora, ningún poder hubiera tenido en orden a mí. Pero esto sucede para que el mundo sepa que amo al Padre y que lo amo hasta la obediencia de muerte y que por eso hago lo que me ha mandado.

Es la hora de marcharnos. Levantaos. Oíd las últimas palabras. Yo soy la verdadera Vid. El Padre es el Viñador.

Al sarmiento que no produce fruto el Padre lo corta y al que produce fruto lo poda para que dé aún más fruto.

Vosotros estáis ya purificados por mi palabra. Permaneced en mí -Yo permanezco en vosotros-para mantener esa pureza.

El sarmiento separado de la vid no puede producir fruto. Igualmente vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la Vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece unido a mí produce abundantes frutos. Pero si uno se separa se seca, y es arrojado al fuego y allí arde. Porque sin la unión conmigo no podéis hacer nada. Permaneced, pues en mí; que mis palabras permanezcan en vosotros; luego pedid lo que queráis y se os concederá.

El Padre mío, cuanto más fruto deis y cuanto más discípulos míos seáis, más glorificado será. Como el Padre me ha amado, así os he amado Yo. Permaneced en mi amor, que salva. Amándome, seréis obedientes. La obediencia aumenta el recíproco amor. No digáis que me repito. Conozco vuestra debilidad. Quiero que os salvéis. Os digo estas cosas para que la alegría que os he querido dar esté en vosotros y sea completa.

Amaos. ¡Amaos! Éste es mi mandamiento nuevo. Amaos unos a otros más de lo que cada uno ame a sí mismo. No hay mayor amor que el del que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos y Yo doy la vida por vosotros. Haced lo que os enseño y mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, mientras que vosotros sabéis lo que Yo hago. Todo lo sabéis acerca de mí. Me he manifestado a vosotros, pero no sólo esto, sino que también os he revelado al Padre y al Paráclito y todo lo que he oído a Dios.

No os habéis elegido a vosotros mismos, sino que os he elegido Yo, y os he elegido para que vayáis a los pueblos y deis fruto en vosotros y en los corazones de los evangelizados y vuestro fruto permanezca, y el Padre os dé todo lo que en mi Nombre le pidáis.

No digáis: "Y entonces, si nos has elegido, ¿por qué has elegido a un traidor? Si lo sabes todo, ¿por qué has hecho esto?". No os preguntéis ni siquiera quién es ése. No es un hombre. Es Satanás. Se lo dije al amigo fiel y lo he dejado decir al hijo predilecto.

Es Satanás. Si Satanás no se hubiera encarnado -el eterno, torpe remedador de Dios, en una carne mortal-, este poseído no hubiera podido quedar al margen de mi poder de Jesús. He dicho: "poseído". No. Es mucho más: es uno que está anulado en Satanás».

-¿Por qué, Tú que has expulsado los demonios, no lo has liberado? -pregunta Santiago de Alfeo.
-¿Lo preguntas por amor a ti, temiendo ser él? No temas eso.
-¿Yo, entonces?
-¿Yo?
-¿Yo?

-Callad. No digo ese nombre. Uso misericordia. Haced vosotros lo mismo.

-¿Pero por qué no lo has vencido? ¿No podías?
-Podía. Pero para impedir a Satanás encarnarse para matarme habría debido exterminar a la raza humana antes de la Redención. ¿Qué habría redimido, entonces?

-¡Dímelo, Señor, dímelo!

Pedro ha caído de rodillas ante Jesús y lo zarandea frenéticamente, como si el delirio se hubiera apoderado de él.

-¿Soy yo? ¿Soy yo? ¿Me examino? No me parece serlo. Pero Tú… has dicho que te negaré… Y tiemblo… ¡Qué horror ser yo!…

-No, Simón de Jonás, tú no.

-¿Por qué me has quitado mi nombre de "Piedra"? ¿Entonces soy de nuevo Simón? ¿Lo ves? ¡Lo estás diciendo! … ¡Soy yo! ¿Cómo he podido llegar a esto? Decidlo… decidlo vosotros… ¿Cuándo me he hecho traidor?… ¿Simón?… ¿Juan?… ¡Hablad!…

-¡Pedro! ¡Pedro! ¡Pedro! Te llamo Simón porque pienso en el primer encuentro, cuando eras Simón. Y pienso en cómo has sido leal desde el primer momento. No eres tú. Lo digo Yo: Verdad.

-¿Quién, entonces?
-¡Pues Judas de Keriot! ¿No lo has entendido todavía? -grita Judas Tadeo, que ya no es capaz de seguir conteniéndose.

-¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Por qué? -grita también Pedro.
-Silencio. Es Satanás. No tiene otro nombre. ¿A dónde vas, Pedro?

-A buscarlo.
-Deja inmediatamente ese manto y esa arma. ¿O es que tengo que expulsarte y maldecirte?

-¡No, no! ¡Oh, Señor mío! Pero yo… pero yo… ¿estaré enfermo de delirio? ¡Oh! ¡Oh!

Pedro llora arrojado al suelo a los pies de Jesús.
-Os doy el mandamiento de que os améis. Y que perdonéis

¿Habéis comprendido? Aunque en el mundo haya odio, en vosotros haya sólo amor. Hacia todos. ¡Cuántos traidores encontraréis en vuestro camino! Pero no debéis odiarlos y devolverles mal por mal. Si eso hiciereis, el Padre os aborrecerá a vosotros.

Antes de vosotros, fui odiado y traicionado Yo. Y ya veis que Yo no odio. El mundo no puede amar lo que no es como él. Por tanto, no os amará. Si fuerais suyos, os amaría; pero no sois del mundo, pues que Yo os he tomado de entre el mundo. Y por esto sois odiados.

Os he dicho: el siervo no es más que su señor. Si me han perseguido a mí os perseguirán también a vosotros. Si me han escuchado a mí os escucharán también a vosotros. Pero todo lo harán por causa de mi Nombre, porque no conocen, no quieren conocer al que me ha enviado.

Si no hubiera venido y no hubiera hablado, no serían culpables, pero ahora su pecado no tiene disculpa. Han visto mis obras, oído mis palabras, y, no obstante, me han odiado, y conmigo a mi Padre. Porque Yo y el Padre somos una sola Unidad con el Amor. Pero estaba escrito (Salmos 35, 19; 69, 5): "Me odiaste sin motivo". Mas cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad que del Padre procede, dará testimonio de mí, y también vosotros lo daréis, porque desde el principio estuvisteis conmigo.

Os digo esto para que cuando sea la hora no quedéis abatidos y escandalizados. Pronto llegará el momento en que os echen de las sinagogas y en que el que os mate pensará que con ello está dando culto a Dios. No han conocido al Padre y tampoco a mí. En esto está su atenuante. Estas cosas no os las he dicho con tanta amplitud antes de ahora porque erais como niños recién nacidos. Pero ahora la madre os deja. Yo me marcho. Deberéis habituaros a otro alimento. Quiero que lo conozcáis.

Ya ninguno me pregunta: "¿A dónde vas?". La tristeza os hace mudos. Y, no obstante, es bueno también para vosotros que me marche; si no, no vendrá el Consolador. Yo os lo enviaré. Y, cuando venga, a través de la sabiduría y la palabra, las obras y el heroísmo que infundirá en vosotros, convencerá al mundo de su pecado deicida, y de justicia en orden a mi santidad.

Y el mundo será netamente dividido en réprobos, enemigos de Dios, y creyentes. Éstos serán más o menos santos, según su voluntad. Pero se llevará a cabo el juicio del príncipe del mundo y de sus siervos. Más no puedo deciros, porque todavía no podéis entender.

Pero Él, el divino Paráclito, os dará la Verdad entera porque no hablará de sí mismo, sino que dirá todo lo que ha oído de la Mente de Dios y os anunciará el futuro. Tomará lo que de mí viene -o sea, aquello que igualmente es del Padre-y os lo dirá.

Todavía un poco nos veremos. Luego ya no me veréis. Después todavía un poco, y me veréis de nuevo.
Hacéis comentarios entre vosotros y en vuestro corazón. Escuchad una parábola. La última de vuestro Maestro.
Cuando una mujer ha concebido y le llega la hora del parto, se encuentra muy afligida porque sufre y gime. Pero, cuando da a luz a su hijito y lo estrecha contra su corazón, cesa toda pena y la tristeza se transforma en alegría porque un hombre ha venido al mundo.

Lo mismo vosotros. Lloraréis y el mundo reirá a costa de vosotros. Pero luego vuestra tristeza se transformará en alegría, una alegría que el mundo nunca conocerá. Vosotros ahora estáis tristes. Pero cuando volváis a verme vuestro corazón se llenará de un gozo que ninguno podrá arrebataros, una alegría tan plena, que acallará toda necesidad de pedir, tanto para la mente como para el corazón como para la carne. Sólo os alimentaréis de verme de nuevo, y olvidaréis todas las demás cosas.

Y, precisamente desde ese momento, podréis pedir todo en mi Nombre, y el Padre os lo dará, para que vuestra alegría sea cada vez mayor. Pedid, pedid, y recibiréis.

Llega la hora en que podré hablaros abiertamente del Padre. Ello será porque habréis sido fieles en la prueba y todo habrá quedado superado; perfecto, pues, vuestro amor, porque os habrá dado fuerza en la prueba. Y lo que os falte a vosotros Yo os lo añadiré tomándolo de mi inmenso tesoro, y diré: "Padre, Tú lo ves: me han amado y han creído que he venido de ti". Bajé a este mundo y ahora lo dejo y voy al Padre, y rogaré por vosotros.

-¡Oh, ahora te explicas! Ahora sabemos lo que quieres decir y que Tú sabes todo y respondes sin que nadie te pregunte. ¡Verdaderamente vienes de Dios!

-¿Ahora creéis? ¿En el último momento? ¡Llevo tres años hablándoos! Pero es que ya obra en vosotros el Pan que es Dios y el Vino que es Sangre no venida de hombre, y os comunican el primer estremecimiento de deificación. Seréis dioses si perseveráis en mi amor y en la pertenencia a mí. No como se lo dijo Satanás a Adán y Eva, sino como Yo os lo digo. Es el verdadero fruto del árbol del Bien y de la Vida.

El Mal queda vencido en quien se alimente con este fruto, y queda vencida la Muerte. El que coma de él vivirá eternamente y será "dios" en el Reino de Dios. Vosotros seréis dioses si permanecéis en mí. Y, no obstante…, pues, a pesar de tener en vosotros este Pan y esta Sangre -pues está llegando la hora en que os desperdigaréis-, os marcharéis por vuestra cuenta y me dejaréis solo… Pero no estoy solo. Tengo al Padre conmigo. ¡Padre! ¡Padre! ¡No me abandones! Todo os lo he dicho… Para daros paz. Mi paz. Todavía sufriréis opresión. Pero tened fe. Yo he vencido al mundo.

Jesús se levanta, abre los brazos en cruz y dice, luminoso su rostro, la sublime oración al Padre. Juan la reseña integralmente. (Juan 17)

Los apóstoles lloran más o menos visible y ruidosamente. Por último, cantan un himno.

Jesús los bendice. Luego ordena:

-Vamos a ponernos los mantos, ahora. Y vámonos. Andrés, di al dueño de la casa que deje todo así, por deseo mío. Mañana… os agradará volver a ver este lugar. Jesús lo mira. Parece bendecir las paredes, los muebles, todo. Luego se pone el manto y se encamina, seguido de los discípulos.

A su lado, Juan, en quien se apoya.

-¿No saludas a tu Madre? -le pregunta el hijo de Zebedeo.
-No. Todo está ya hecho. Es más, caminad cautelosos.

Simón, que ha encendido un cirio del candelabro, ilumina el vasto pasillo que conduce a la puerta. Pedro abre cautelosamente la puerta de fuera y salen todos a la calle; luego, accionando un mecanismo, cierran desde fuera. Y se ponen en camino.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-Del episodio de la Cena, aparte de la consideración de la caridad de un Dios que se hace Alimento para los hombres, resaltan cuatro enseñanzas principales.

Primera: la necesidad para todos los hijos de Dios de obedecer a la Ley.

La Ley decía que por Pascua se debía comer el cordero según el ritual que había dado el Altísimo a Moisés; y Yo, Hijo verdadero del Dios verdadero, no me consideré, por mi condición divina, exento de la Ley. Estaba en la Tierra:

Hombre entre los hombres y Maestro de los hombres. Tenía, por tanto, que cumplir, respecto a Dios, mi deber de hombre como los demás y mejor que los demás. Los favores divinos no eximen de la obediencia y del esfuerzo en orden a una santidad cada vez mayor. Si comparáis la santidad más excelsa con la perfección divina, la encontráis siempre llena de imperfecciones, y, por tanto, obligada a esforzarse a sí misma para eliminarlas y alcanzar un grado de perfección semejante lo más posible al de Dios.

Segunda: el poder de la oración de María.

Yo era Dios hecho Carne. Una Carne que por ser sin mancha poseía la fuerza espiritual para dominar la carne. Y, no obstante, no rehúso -antes al contrario: invoco-la ayuda de la Llena de Gracia, la cual también en esos momentos de expiación encontraría, es verdad, sobre su cabeza, cerrado el Cielo, pero no tanto como para no lograr -siendo Ella Reina de los ángeles­ arrebatar al Cielo un ángel para el consuelo de su Hijo. ¡Oh, no para ella, pobre Mamá!

También Ella saboreó la amargura del abandono del Padre. Pero, por este dolor suyo ofrecido a la Redención, me obtuvo el poder superar la angustia del Huerto de los Olivos y el poder llevar a cumplimiento la Pasión en todo su multiforme rigor (cada uno de cuyos aspectos estaba orientado a lavar una forma y un medio de pecado).

Tercera: el dominio de uno mismo y la suportación de la ofensa, -el acto de caridad más sublime de todos-pueden poseerlo únicamente aquellos que hacen vida de su vida la ley de caridad, que Yo había proclamado; y no sólo proclamado, sino realmente practicado.

No os podéis hacer una idea lo que fue para mí el tener a mi lado, a la mesa, a mi Traidor; el deber darme a él; el tener que humillarme ante él; el tener que compartir con él el cáliz del rito y poner los labios donde él los había puesto y ofrecer a mi Madre que los pusiera. Vuestros médicos han discutido y discuten sobre mi rápido fin, y lo atribuyen a un daño cardiaco debido a los golpes de la flagelación. Sí, también debido a estos golpes se debilitó mi corazón, pero ya había enfermado en la Cena, quebrantado, quebrantado en el esfuerzo de tener que sufrir a mi lado a mi Traidor. Empecé a morir físicamente entonces. El resto no fue sino un aumento de la agonía ya existente.

Todo lo que pude hacer lo hice, porque era uno con la Caridad. Incluso en el momento en que Dios-Caridad se retiraba de mí supe ser caridad, porque había vivido de caridad en mis treinta y tres años. No se puede llegar a una perfección como se requiere para perdonar y soportar a nuestro ofensor si no se tiene el hábito de la caridad. Yo lo tenía y pude perdonar y soportar a esta obra singular de Ofensor que fue Judas.

Cuarta: el Sacramento obra más cuanto más digno es uno de recibirlo; cuanto más se ha hecho digno de él uno con una constante voluntad que quebranta la carne y hace señor al espíritu, venciendo las concupiscencias, doblegando el ser a las virtudes, tendiendo el ser, cual arco, hacia la perfección de las virtudes, sobre todo, de la caridad. Porque cuando uno ama tiende a alegrar a aquel a quien ama. Juan, que era puro y era el que más me quería, recibió del Sacramento el máximo de la transformación.

Empezó desde ese momento a ser esa águila al que le resultaba familiar y fácil la altura en el Cielo de Dios, fácil fijar su mirada en el Sol eterno. Pero, ¡ay de aquel que recibe el Sacramento sin haberse hecho digno de él, sino que, al contrario, haya aumentado su siempre humana indignidad con las culpas mortales! Entonces el Sacramento pasa de ser germen de preservación y vida, a serlo de corrupción y muerte.

Muerte del espíritu y putrefacción de la carne, por lo cual ésta "revienta", como dice Pedro (Hechos 1, 18) de la de Judas. No vierte la sangre, líquido siempre vital y hermoso en su púrpura, sino que esparce sus vísceras, negras de toda su libídine, podredumbre que se esparce fuera de la carne corrompida, como de la carroña de un animal inmundo, objeto de repulsa para los que pasan.

La muerte del profanador del Sacramento es siempre la muerte de un desesperado, y, por tanto, no conoce el plácido tránsito propio de quien está en gracia, ni el heroico tránsito de la víctima que sufre agudamente con la mirada fija en el Cielo y el alma segura de la paz. La muerte del desesperado es atroz en contorsiones y terror, es convulsión horrenda del alma ya aferrada por la mano de Satanás, que la estrangula para descuajarla de la carne, y que la ahoga con su nauseabundo hálito.

Ésta es la diferencia entre el que pasa a la otra vida habiéndose nutrido en ésta de caridad, fe, esperanza, y de todas las otras virtudes y de toda doctrina celeste, y del Pan angélico que le acompaña con sus frutos -y mejor si es con su presencia real-en el extremo viaje, y el que muere después de una vida bestial con muerte bestial no confortada ni por la Gracia ni por el Sacramento: lo primero es el sereno fin del santo al que la muerte le abre el Reino eterno; lo segundo es la espantosa caída del condenado que siente que se hunde en la muerte eterna y conoce en un instante aquello que ha querido perder, sin poder ya reparar. Para uno, ganancia; para el otro, ser despejado. Para uno, alegría; para el otro, terror.

Esto es lo que os dais, según que creáis en mi don y lo améis, o que no creáis en él y lo despreciéis. Y ésta es la enseñanza de esta contemplación.

599- La llegada al Cenáculo y el adiós de Jesús a su Madre

Veo el cenáculo donde ha de celebrarse la cena pascual.

Lo veo con claridad. Podría enumerar todas las rugosidades de las paredes y las grietas del suelo.

Es una habitación grande, no perfectamente cuadrada, pero también poco rectangular. Habrá, como mucho, una diferencia de un metro o poco más entre el lado más largo y el más corto. El techo es bajo; quizás da esta impresión también por sus amplias dimensiones no proporcionadas con la altura.

Es un techo levemente combado; concretamente, los dos lados más cortos no terminan en ángulo recto con el techo, sino en un ángulo rebajado hecho así:

En estos dos lados más cortos hay dos anchas ventanas, anchas y bajas, una enfrente de la otra. No veo a dónde dan; si a un patio o a la calle, porque ahora tienen las contraventanas cerradas. He dicho: contraventanas. No sé si será exacto el término. Son hojas, de tablones, bien cerradas por una barra de hierro que las pasa de una a otra jamba.

El suelo está hecho de grandes losas de terracota, descoloridas por el paso del tiempo, cuadradas.
Del centro del techo cuelga una lámpara de aceite, de varias boquillas.

De las dos paredes más largas, una no tiene ninguna abertura, mientras que la otra tiene una puertecita en un ángulo; se tiene acceso a ésta por una escalerita sin barandilla y de seis peldaños, que terminan en una meseta de un metro cuadrado en la que hay, dentro de la pared, otro escalón, al filo del cual se abre la puerta.

Las paredes están simplemente blanqueadas, sin listas o rayas. En el centro de la habitación, una mesa grande, rectangular, muy larga respecto a su anchura, colocada paralela a la pared más larga, de madera y sencillísima.

Contra las paredes largas, lo que serán los asientos; contra las cortas, debajo de las ventanas, en una de ellas, una especie de arquibanco que tiene encima jofainas y ánforas; bajo la otra ventana, un aparador bajo y largo, sobre cuyo plano superior, por ahora, no hay nada.

Y ésta es la descripción de la habitación donde se celebrará la cena pascual. Todo el día de hoy llevo viéndola claramente; tanto que he podido contar los escalones y observar todos los detalles. Ahora, dado que anochece, mi Jesús me conduce al resto de la contemplación.

Veo que la habitación, por la escalera de los seis peldaños, lleva a un pasillo oscuro que, a la izquierda respecto a mí, se abre a la calle con una puerta ancha, baja y muy robusta, reforzada con bullones y barras de hierro.

Frente a la puertecita que del cenáculo lleva al pasillo hay otra puerta, que lleva a otra habitación, menos grande. Yo diría que el cenáculo se ha hecho aprovechando un desnivel del suelo respecto al resto de la casa y de la calle; es como un semisótano, una bodega semienterrada, o limpiada o adaptada, pero, en todo caso, hundida al menos un metro en el suelo, quizás para hacerlo más alto y proporcionado a sus vastas dimensiones.

En la habitación que ahora veo está María con otras mujeres. Reconozco a María Magdalena y a María madre de Santiago, Judas y Simón.

Da la impresión de que acaban de llegar, acompañadas por Juan, porque se están quitando los mantos y los están dejando doblados en los taburetes que hay diseminados por la habitación, mientras se despiden del apóstol, que se marcha, y saludan a una mujer y a un hombre, que han venido, a su vez, a saludarlas, y que me parece que son los dueños de la casa, y también discípulos o simpatizantes del Nazareno, porque se manifiestan llenos de solicitud y respetuosa confidencia hacia María, la cual está vestida de color celeste oscuro, un azul de añil oscurísimo.

Lleva en la cabeza un velo blanco (que aparece cuando se quita el manto, que le cubría también la cabeza). Su cara se ve muy ajada. Parece envejecida María.

Muy triste, a pesar de sonreír con dulzura. Muy pálida. También sus movimientos son cansinos y vacilantes, como los de una persona absorta en un pensamiento suyo.
Por la puerta entreabierta veo que el dueño de la casa va y viene al pasillo y al cenáculo.

Enciende éste completamente, prendiendo los restantes mecheros de la lámpara. Luego va a la otra puerta de la calle y la abre. Entra Jesús con los apóstoles. Veo que anochece, porque las sombras de la noche descienden ya sobre la estrecha calle que pasa entre casas altas.

Viene con todos los apóstoles. Saluda al propietario con su habitual: «Paz a esta casa» y luego, mientras los apóstoles bajan al cenáculo, Él entra en la habitación donde está María. Las pías mujeres saludan con profundo respeto y se marchan, cerrando la puerta y dejando así libres a la Madre y al Hijo.

Jesús abraza a su Madre y la besa en la frente. María besa primero la mano de su Hijo y luego lo besa en la mejilla derecha. Jesús invita a su Madre a que se siente -hay dos taburetes, cerca el uno del otro-, y Él se sienta al lado. La ha invitado a sentarse acompañándola de la mano a los taburetes, y sigue agarrándole la mano aun cuando Ella ya se ha sentado.

También Jesús está absorto, pensativo, triste, a pesar de que se esfuerce en sonreír. María estudia ansiosa la expresión de su Hijo. ¡Pobre Mamá, que por la gracia y por el amor comprende qué momento es éste! Contracciones de dolor recorren el rostro de María, sus ojos se dilatan por una interna visión de agudo dolor. Pero no crea un drama. Su porte es majestuoso, como el del Hijo.

Él la saluda, se acoge a sus oraciones, le habla:
-Mamá, he venido para tomar de ti fuerza y consuelo. Soy como un niño pequeño, Mamá, que tiene necesidad del corazón de su madre para su dolor y del pecho de su madre para sacar fuerzas. Soy de nuevo, en estos momentos, tu pequeño Jesús de hace años.

No soy el Maestro, Mamá. Soy sólo el Hijo tuyo, como en Nazaret cuando era pequeño, como en Nazaret antes de dejar la vida oculta. A ti sola te tengo. Los hombres, en este momento, no son amigos leales de tu Jesús. No son ni siquiera valientes en el bien.

Sólo los malvados saben ser constantes y fuertes en obrar el mal. Pero tú me eres fiel y eres mi fuerza, Mamá, en estos momentos. Sostenme con tu amor y tu oración. De entre los que en mayor o menor grado me aman, eres la única que sabes orar en estos momentos; orar y comprender.

Los otros tienen sentimiento de celebración y están absortos en pensamientos celebrativos o en pensamientos delictivos, mientras Yo sufro por muchas cosas. Muchas cosas morirán después de estos momentos; entre ellas, su humanidad; y sabrán ser dignos de mí, todos menos el que se ha perdido (y ninguna fuerza sirve para llevarlo, al menos, al arrepentimiento).

Pero, por ahora, son todavía hombres tardos que no sienten mi muerte y exultan creyendo más cercano que nunca mi triunfo. Las aclamaciones de hace pocos días los han puesto ebrios. Mamá, he venido para esta hora y, sobrenaturalmente, con alegría la veo llegar. Pero mi Yo también la teme, porque este cáliz tiene por nombre "traición", "renegamiento", "crueldad", "blasfemia", "abandono".

Infúndeme fuerzas, Mamá. De la misma manera que con tu oración atrajiste a ti al Espíritu de Dios y diste por Él al mundo a Aquel al que esperaban las gentes, atrae ahora para tu Hijo la fuerza que le ayude a cumplir la obra para la que ha venido. Mamá, adiós. Bendíceme, Mamá; también por el Padre. Y perdona a todos.

Perdonemos juntos, perdonemos desde ahora a quienes nos torturan.

Jesús ha pasado a arrodillarse y habla a los pies de su Madre mientras la mira abrazado a su cintura.

María llora, sin gemidos, levemente alzada la cara por una interna oración a Dios. Las lágrimas ruedan por las mejillas pálidas y caen en su regazo y en la cabeza de Jesús (que la ha apoyado en el corazón de María).

Luego Ella pone su mano sobre la cabeza de Jesús como para bendecirlo, luego se inclina, lo besa en el pelo, le acaricia los cabellos, le acaricia los hombros, los brazos, toma su cara entre las manos y la vuelve hacia Ella, la aprieta contra su corazón.

Besa una vez más, entre lágrimas, en la frente, en las mejillas, en los ojos dolientes, esa cabeza, acuna esa pobre cabeza cansada; como si fuera un niño; como la vi acunar en la Gruta al recién nacido divino. Pero ahora no canta. Dice solamente: « ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Jesús! ¡Jesús mío!». Pero lo dice con una voz tal, que me desgarra el corazón.

Luego Jesús se alza. Se coloca el manto, se queda en pie frente a su Madre, que sigue llorando, y, a su vez, la bendice. Luego se dirige hacia la puerta. Antes de salir le dice:

-Mamá, vendré una vez más, antes de ofrecer mi Pascua. Ora esperándome.

Y sale.

598- Jueves Santo. Preparativos de la Cena pascual. La manifestación del Padre y el homenaje de los Gentiles

Una nueva mañana. ¡Tan serena! ¡Tan festiva! Ni las escasas nubes que ayer erraban lentamente por el cobalto del cielo se ven hoy.

Tampoco se siente ese bochorno pesado que ayer era tan gravoso. Una leve brisa sopla en las caras, una brisa que huele a flores, a heno, a aire limpio, y que mece lentamente las hojas de los olivos: parece desear que se admire el color argénteo de las hojitas lanceoladas, y sembrar flores, pequeñas, cándidas, olorosas para los pasos de Cristo y sobre su rubia cabeza, y besarlo, darle frescor -porque cada uno de los pequeños cálices tiene una gotita de rocío-, besarlo, darle frescor y morir luego, antes de ver el horror que amenazador pende.

Y se inclinan las plantas de las laderas meneando las campanillas, las corolas, las paletas de mil flores. Estrellas de corazón de oro, las grandes margaritas silvestres se yerguen altas en su tallo como para besarle la mano que será traspasada, y las mayas y las matricarias le besan los pies generosos que detendrán su paso por el bien de los hombres sólo cuando sean clavados para dar un bien aún mayor, y los escaramujos perfuman y el espino albar ya sin flores agita las hojas denticuladas. Parece decir "no, no" a quienes lo usarán para dar tormento al Redentor.

Y "no" dicen las cañas del Cedrón; tampoco quieren ellas herir, su voluntad de pequeñas cosas no quiere dañar al Señor. Y quizás también las piedras de las laderas se felicitan por estar fuera de la ciudad, en el olivar, porque así no herirán, no, al Mártir. Y lloran las gráciles correhuelas rosadas que Jesús quería tanto y los corimbos de las acacias cándidas como racimos de mariposas apiñadas en torno a un tallito, quizás pensando:

"No volveremos a verlo". Y las miosotas tan gráciles y puras, dejan caer su corola al toque de la túnica purpúrea que Jesús viste de nuevo. Debe ser hermoso morir cuando es por el impacto de algo de Jesús. Todas las flores -incluso un aislado muguete, quizás caído allí fortuitamente y que ha arraigado entre las raíces salientes de un olivo-están contentas de ser cortadas y cogidas por Tomás y ofrecidas al Señor…
Como también se sienten felices de saludarlo con cantos de alegría los mil pájaros que hay entre las ramas. ¡No, no blasfeman contra Él los pájaros que ha amado siempre! Hasta incluso un grupito de ovejas parece querer saludarlo -aunque ahora lloren por haberles sido arrebatados los hijos, vendidos para el sacrificio pascual. Y, balando -un lamento de madres, al aire, llamando a sus hijos que jamás volverán-, vienen a rozar a Jesús con su cuerpo, y lo miran con su mansa mirada.

Al ver a las ovejas, los apóstoles se acuerdan del rito, y preguntan a Jesús, ya casi en el Getsemaní:
-¿A dónde iremos a celebrar la cena pascual? ¿Qué lugar eliges? Dilo, e iremos a prepararlo todo -dicen.
Y Judas de Keriot:
-Dame indicaciones e iré.
-Pedro, Juan, oídme.

Los dos, que estaban un poco adelantados, se acercan a Jesús, que los ha llamado.

-Precedednos y entrad en la ciudad por la Puerta del Estiércol. Al entrar, encontraréis a un hombre que vuelve de En Rogel con una tinaja de aquella agua buena. Seguidlo hasta que entre en una casa. Diréis al que está en ella: "El Maestro dice:

“¿Dónde está la habitación donde pueda celebrar la cena pascual con mis discípulos?". Él os mostrará un cenáculo grande ya
dispuesto. Preparadlo todo allí. Id ligeros y luego venid al Templo. Ya estaremos nosotros en él.
Los dos se marchan a toda prisa.

Jesús, sin embargo, camina lentamente. En realidad está todavía fresca la mañana, y por los caminos que introducen en la ciudad empiezan ahora a aparecer los primeros peregrinos. Cruzan el Cedrón por el puentecillo que hay antes del Getsemaní. Entran en la ciudad. Las puertas, quizás por una contraorden de Pilatos, tranquilizado por la ausencia de disputas con centro en Jesús, no están ya vigiladas por los legionarios. Efectivamente, reina en todas partes la máxima calma.

¡Desde luego, no se puede decir que no hayan sabido contenerse los judíos! Ninguno ha molestado al Maestro ni a los discípulos. Gestos de obsequio bien educados, si no incluso afectuosos, lo han saludado siempre (aunque los que los otorgaban eran los más aviesos del Sanedrín). Un aguante inasequible ha acompañado también a la reconvención de ayer.

Y precisamente ahora -la casa de campo de Caifás está muy cerca de aquella puerta-, justamente ahora, pasa, viniendo de la casa, un nutrido grupo de fariseos y escribas, entre los cuales el hijo de Anás, y Elquías con Doras y Sadoq, quienes, en medio de un ondear de túnicas y franjas y amplísimos gorros, plegando sus espaldas vestidas de amplios mantos, saludan reverentes.

Jesús saluda y pasa, regio con su túnica de lana roja y su manto de color más oscuro, llevando aquel gorro de Síntica en la mano, y haciendo el sol de sus cabellos rojo-cobre una corona de oro y un velo refulgente hasta los húmeros. Las espaldas se alzan después de su paso y aparecen las caras: de hienas hidrófobas.

Judas de Keriot, que iba mirando siempre en torno a sí con su cara de traidor, con la disculpa de abrocharse una sandalia, se pone en el margen del camino y -lo veo bien-les hace una seña de que lo esperen… Deja que el grupo de Jesús y los discípulos vaya adelante, mientras sigue manipulando la hebilla de su sandalia para fingir, y luego, rápido, pasa cerca de aquéllos y susurra:

«En la Hermosa, a eso de la hora sexta. Uno de vosotros», y se echa a correr velozmente y da alcance a sus compañeros. ¡Espontáneo, desvergonzadamente espontáneo!…

Suben al Templo. Pocos hebreos todavía. Pero muchos gentiles. -Jesús va a adorar al Señor. Luego regresa e indica a Simón y Bartolomé que pidan dinero a Judas de Keriot y compren el cordero.
Y Judas dice:

-¿Podría hacerlo yo!
-Vas a estar ocupado en otras cosas. Lo sabes. Está la viuda a la que hay que llevar el donativo de María de Lázaro, y decirle que después de las fiestas vaya a Betania, a casa de Lázaro. ¿Sabes dónde está? ¿Has comprendido bien?

-¡Ya sé, ya sé! Me indicó el lugar Zacarías, que la conoce bien.
Y añade:
-Estoy muy contento de ir, más que de comprar el cordero. ¿Cuándo voy?
-Más tarde. No estaré mucho tiempo aquí. Hoy voy a descansar, porque quiero estar fuerte para esta noche y para mi oración nocturna.
-De acuerdo.

Y yo me pregunto: Jesús, que en los días pasados había mantenido ocultos sus propósitos para no dar detalles a Judas, ¿por qué ahora dice y repite lo que hará por la noche? ¿Es que la Pasión ha empezado ya con la ceguera de previdencia; o es que esta previdencia ha aumentado tanto, que Jesús lee en los libros de los Cielos que ésa es "la noche" y que, por tanto, hay que darlo a conocer a quien espera a saberlo para entregarlo a los enemigos; o es que siempre ha sabido que en esa noche debe comenzar su inmolación?

No sé darme la respuesta. Jesús tampoco me responde. Y me quedo en mis porqué mientras observo a Jesús que cura a los últimos enfermos. Los últimos… Mañana, dentro de pocas horas, ya no podrá… la Tierra quedará privada del poderoso Curador de cuerpos. Pero la Víctima, en su patíbulo, empezará la serie, ininterrumpida desde hace veinte siglos, de sus curaciones de espíritus.

Hoy, más que describir, contemplo. Mi Señor hace proyectar mi vista espiritual desde lo que veo que sucede en el último día de libertad de Cristo hasta lo que sucede en los siglos… Hoy contemplo los sentimientos, los pensamientos, del Maestro, más que lo que sucede en torno a Él. Ya estoy en la angustiosa comprensión de su tortura del Getsemaní…

Jesús, como de costumbre, se ve sobrepujado por la muchedumbre, que ya ha aumentado y que ahora está formada en su mayor parte por hebreos que… se olvidan de acudir presurosos al lugar del sacrificio de los corderos, para acercarse a Jesús, Cordero de Dios que está para ser inmolado. Y siguen preguntando, y siguen queriendo explicaciones.

Muchos son hebreos venidos de la Diáspora, los cuales, habiendo tenido noticias de la fama del Cristo, del Profeta galileo, del Rabí de Nazaret, sienten la curiosidad de oírlo hablar y la ansiedad de disolver cualquier posible duda. Y se abren paso, suplicando a los de Palestina:

-¡Vosotros siempre lo tenéis. Sabéis quién es. Tenéis su palabra cuando queréis. Nosotros hemos venido de lejos y regresaremos a nuestras tierras nada más cumplir el precepto. ¡Dejad que nos acerquemos a Él!

La muchedumbre con dificultad se abre, para ceder el sitio a éstos, que se acercan a Jesús y lo observan con curiosidad. Comentan entre sí, grupo por grupo.
Jesús los observa, escuchando simultáneamente a un grupo que ha venido de Perea. Luego despide a estos últimos, que le han ofrecido dinero para sus pobres, como otros muchos hacen, y que Él, como siempre, ha pasado a Judas. Empieza a hablar:

-Muchos de los presentes -que sois una sola cosa en la religión aunque de procedencia distinta-os preguntáis: "¿Quién es éste al que llaman el Nazareno?", y vuestra esperanza y duda chocan. Escuchad.

Está escrito de mí (Es el comienzo de otra serie de citas, textuales o parafraseadas, referidas (en la sucesión bíblica) a: (Salmo 78, 23-25; Isaías 9, 5; 11, 1-4.10-12; 40, 10-11; 42, 1-7; 50, 6; 53, 2-12; 55,1-3; 61, 1-2; 63, 1; Ezequiel 34,11.16; 47,1-12; Daniel 9, 24-27; Oseas 14, 2; Miqueas 5, 3-4; Zacarías 9, 9-10; Isaías 7, 14; Miqueas 5, 1):

"Un retoño brotará de la raíz de Jesé, una flor saldrá de esta raíz, y sobre Él descansará el Espíritu del Señor. No juzgará según lo que se presenta ante los ojos, no condenará por lo que se oye con los oídos; antes bien, juzgará con justicia a los pobres, se hará defensor de los humildes. El retoño de la raíz de Jesé, puesto como señal en medio de las naciones, será invocado por los pueblos y su sepulcro será glorioso. Él, alzada una bandera para las naciones, reunirá a los expatriados de Israel, a los dispersos de Judá; los recogerá de los cuatro puntos de la Tierra".

Está escrito de mí: "He aquí que viene el Señor, con señorío; su brazo triunfará. Trae consigo su retribución, ante sus ojos tiene su obra. Como un pastor, apacentará a su rebaño".

Está escrito de mí: "Éste es mi Siervo, Yo estaré con Él. En Él se complace mi alma. En Él he derramado mi espíritu.

Llevará la justicia a las naciones. No gritará, no romperá la caña quebrada, no apagará la mecha humeante, hará justicia según la verdad. Sin desfallecer ni avasallar, hará que se establezca la justicia sobre la Tierra, y las islas esperarán su ley".

Está escrito de mí: "Yo, el Señor, en la justicia te he llamado, te he tomado de la mano, te he preservado, te he constituido alianza del pueblo y luz de las naciones para abrir los ojos a los ciegos y sacar de 1a cárcel a los prisioneros, y de la mazmorra subterránea a los que yacen en las tinieblas".

Está escrito de mí: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque el Señor me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los mansos, para curar a los que tienen el corazón quebrantado, para predicar la libertad a los esclavos, la liberación a los prisioneros, para predicar el año de gracia del Señor".

Está escrito de mí: "Él es el Fuerte. Apacentará el rebaño con la fortaleza del Señor, con la majestad del nombre del Señor Dios suyo; A Él se convertirán, porque ya desde ahora será glorificado hasta los últimos confines del mundo".

Está escrito de mí "Yo mismo iré a buscar a mis ovejas. Iré a la búsqueda de las extraviadas, restituiré al redil a las expulsadas de él, fajaré a las que tengan fracturas, reconfortaré a las débiles, vigilaré a las gruesas y robustas, a todas las apacentaré con justicia".

Está escrito: "Él es el Príncipe de paz y será la paz".
Está escrito: "Mira que viene tu Rey, el Justo, el Salvador. Es pobre, cabalga sobre un jumento. Anunciará paz a las naciones. Su dominio será de mar a mar, hasta los extremos de la Tierra".

Está escrito: "Setenta semanas han sido fijadas para tu pueblo, para tu ciudad santa, para que sea eliminada la prevaricación, tenga fin el pecado, quede borrada la iniquidad, venga la eterna justicia, se cumplan visión y profecía y sea Ungido el Santo de los santos. Después de siete más setenta y dos vendrá el Cristo. Después de sesenta y dos será entregado a la muerte. Después de una semana confirmará el testamento, pero a mitad de la semana vendrán a faltar las víctimas y los sacrificios y se dará en el Templo la abominación de la desolación y durará hasta el final de los siglos".

¿Faltarán, pues, las víctimas en estos días? ¿No tendrá víctima el altar? Tendrá la gran Víctima. Y la ve el profeta: "¿Quién es este que viene con sus vestiduras teñidas de rojo? Está hermoso con sus vestiduras, camina envuelto en la grandeza de su fuerza". ¿Y cómo se ha teñido de púrpura las vestiduras Aquel que es pobre? Ved que lo dice el profeta:

"He abandonado mi cuerpo a los que me golpean, mis mejillas a quienes me arrancan la barba; no he separado el rostro del que me ultraja. Mi hermosura y esplendor se han perdido y los hombres han dejado de amarme. ¡Me han despreciado los hombres, me han considerado el último! Varón de dolores, será velado mi rostro y vejado y me mirarán como a un leproso, cuando en realidad por todos estaré llagado y moriré".

Ahí está la Víctima. ¡No temas, Israel! ¡No temas! ¡No falta el Cordero pascual! ¡No temas, Tierra! No temas. Ahí está el Salvador. Como oveja será conducido al matadero, porque lo ha querido y no ha abierto su boca para maldecir a los que lo matan. Después de la condena, será levantado y consumido en los padecimientos; sus miembros descoyuntados, los huesos al descubierto, pies y manos traspasados.

Pero después de la aflicción con que justificará a muchos, poseerá las multitudes, porque, después de haber entregado su vida a la muerte para salud del mundo, resucitará y gobernará la Tierra, nutrirá a los pueblos con las aguas vistas por Ezequiel, aguas que salen del verdadero Templo, el cual, aun habiendo sido abatido, resurge por virtud propia. Y nutrirá con el vino con que ha teñido de púrpura su cándida túnica de Cordero sin mancha, y con el Pan bajado del Cielo.

¡Sedientos, venid a las aguas! ¡Hambrientos, nutríos! ¡Exhaustos, bebed mi vino; y vosotros, enfermos! ¡Venid, vosotros que no tenéis dinero, vosotros que no tenéis salud, venid! ¡Y vosotros, los que estáis muertos, venid! Yo soy Riqueza y Salud, soy Luz y Vida. ¡Venid, vosotros que buscáis el camino! ¡Venid, vosotros que buscáis la verdad! ¡Yo soy Camino y Verdad! No temáis no poder consumir el Cordero porque falten las víctimas verdaderamente santas en este Templo profanado.

Todos tendréis posibilidad de comer del Cordero de Dios venido a quitar los pecados del mundo, como dijo de mí el último de los profetas de mi pueblo. Del pueblo al que pregunto: Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, ¿en qué te he contristado?, ¿qué más podía darte de lo que te he dado? He instruido tus mentes, he curado a tus enfermos, favorecido a tus pobres, he dado de comer a tus turbas, te he amado en tus hijos, he perdonado, he orado por ti. Te he amado hasta el Sacrificio. ¿Y tú qué preparas a tu Señor? Una hora, la última, se te ofrece, ¡oh pueblo mío, oh ciudad santa y regia! ¡Conviértete, en esta hora, al Señor tu Dios!

-¡Ha dicho las palabras verdaderas!
-¡Así está escrito!

-¡Y Él verdaderamente hace lo que está escrito!
-¡Como un pastor ha cuidado de todos!

-Como siendo nosotros esas ovejas desperdigadas, enfermas, que están entre las brumas, ha venido a llevarnos al camino recto, a curarnos el alma y el cuerpo, a iluminarnos.

-Verdaderamente, todos los pueblos acuden a Él. ¡Observad qué maravillados están esos gentiles!
-Ha predicado paz.
-Ha dado amor.
-No comprendo lo que dice del sacrificio. Habla como uno que tuviera que morir, como si lo fueran a matar.

-Así es, si es el Hombre visto por los profetas, el Salvador.

-Y habla como si todo el pueblo fuera a maltratarlo. Eso no sucederá jamás. El pueblo, o sea, nosotros, lo amamos.
-Es nuestro amigo. Lo defenderemos.
-Es Galileo. Los galileos daremos la vida por Él.
-Es de David, y nosotros, los de Judea, si alzamos la mano es para defenderlo.

-¿Y nosotros podremos olvidarlo? Siendo de Auranítida, de Perea, de la Decápolis, nos amó como a vosotros. No. Todos, todos lo defenderemos.

Éstas son las manifestaciones que se oyen entre esta multitud ya muy numerosa: ¡labilidad de las intenciones humanas! Juzgo por la posición del sol que serán hacia las nueve de la mañana de nuestra hora. Veinticuatro horas más tarde, esta gente llevará ya muchas horas en torno al Mártir para torturarlo con el odio y los golpes, y gritará pidiendo su muerte.

Pocos, muy pocos, demasiado pocos, entre los millares de personas que se agolpan procedentes de todas las partes de Palestina y de fuera, y que han recibido de Cristo luz, salud, sabiduría, perdón, serán los amigos. Y éstos no sólo no tratarán de arrancarlo de las manos de los enemigos, por impedirlo su escasez numérica respecto a la multitud de los ofensores, sino que no sabrán consolarlo tampoco siguiéndole con cara amiga como prueba de amor.

Las alabanzas, las manifestaciones de consenso, los comentarios maravillados se esparcen por el vasto patio como olas que desde alta mar vayan lejos a morir en la playa.

Escribas, judíos, fariseos, tratan de neutralizar el entusiasmo del pueblo, y también la agitación de la gente contra los enemigos de Cristo, diciendo:

-Dice incongruencias. Está muy cansado y por ello delira.

Ve persecuciones donde hay honores. En sus palabras fluyen los ríos de su habitual sabiduría, pero mezclados con frases de delirio. Nadie quiere causarle ningún mal. Comprendemos. Hemos comprendido quién es…
Pero la gente desconfía de tanta conversión de ánimos, y alguno se rebela diciendo:

-Pues Él me curó a un hijo demente. Conozco la locura. ¡Un demente no habla así!

Y otro:
-¡Déjalos que hablen! Son víboras que temen que el bastón del pueblo les rompa los lomos. Cantan la dulce canción del ruiseñor para engañarnos, pero, si escuchas bien, su voz contiene silbido de serpiente.
Y un tercero:

-¡Escoltas del pueblo de Cristo, alerta! Cuando el enemigo acaricia, tiene el puñal escondido en la manga y alarga su mano para agredir. ¡Ojos abiertos y corazón preparado! Los chacales no pueden transformarse en dóciles corderos.
-Bien dices: el búho halaga y hechiza a los pajaritos ingenuos con la inmovilidad de su cuerpo y la falsa alegría de su saludo. Ríe e invita con su grito, pero está preparado para devorar.

Y otros grupos otras cosas.

Pero también hay gentiles. Esos gentiles que han escuchado en estos días de fiesta al Maestro, con constancia y en número cada vez mayor. Siempre a los márgenes de la multitud -porque el exclusivismo hebreo-palestino es fuerte y los rechaza, queriendo los primeros puestos en torno al Rabí-, ahora desean acercarse a Él y hablar con Él.

Un nutrido grupo de ellos reparan en Felipe, al que la multitud ha empujado a un rincón. Se acercan a él y le dicen:

-Señor, deseamos ver de cerca a Jesús, tu Maestro, y hablar con Él al menos una vez.
Felipe se alza sobre la punta de los pies, para ver si ve a algún apóstol que esté más cerca del Señor. Ve a Andrés, lo llama y le grita estas palabras:

-Aquí hay unos gentiles que quisieran saludar al Maestro. Pregúntale si puede atenderlos.
Andrés, separado de Jesús unos metros, comprimido entre la multitud, se abre paso sin miramientos, usando abundantemente los codos y gritando:

-¡Dejad paso!, Digo que dejéis paso. Tengo que ir donde el Maestro.

Llega donde Él y le transmite el deseo de los gentiles.
-Llévalos a aquel ángulo. Voy donde ellos.
Y mientras Jesús trata de pasar entre la gente, Juan, que ha vuelto con Pedro, Pedro mismo, Judas Tadeo, Santiago de Zebedeo y Tomás, que para ayudar a sus compañeros deja el grupo de sus familiares -los había encontrado entre la multitud-, luchan para abrirle camino. Ya está Jesús donde los gentiles, que lo reciben con muestras de obsequio.
-La paz a vosotros. ¿Qué queréis de mí?

-Verte. Hablar contigo. Lo que has dicho nos ha conturbado. Hemos deseado siempre hablar contigo para decirte que tu palabra nos impresiona. Esperábamos el momento propicio para hacerlo. Hoy… hablas de muerte… Tememos no poder hablar contigo, si no aprovechamos este momento. ¿Pero es posible que los hebreos sean capaces de matar a su mejor hijo? Nosotros somos gentiles, y no hemos recibido beneficio de tu mano. Tu palabra nos era desconocida. Habíamos oído hablar de ti vagamente. Pero nunca te habíamos visto ni nos habíamos acercado a ti. Y, a pesar de todo, ya ves: te tributamos homenaje; todo el mundo con nosotros te honra.

-Sí, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre debe ser glorificado, por los hombres y por los espíritus.
Ahora la gente, de nuevo, está en torno a Jesús. Con la diferencia de que en primera fila están los gentiles y detrás los demás.

-Pero entonces, si es la hora de tu glorificación, no morirás como dices, o como hemos entendido. Porque morir de esa manera no significa ser glorificado. ¿Cómo podrás reunir al mundo bajo tu cetro, si mueres antes de haberlo hecho? Si tu brazo se inmoviliza en la muerte, ¿cómo podrá triunfar y reunir a los pueblos?

-Muriendo doy vida. Muriendo edifico. Muriendo creo el Pueblo nuevo. La victoria se consigue en el sacrificio. En verdad os digo que si el grano de trigo que cae a la tierra no muere, queda sin fruto; mas si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la perderá. El que aborrece su vida en este mundo la salvará para la vida eterna. Y Yo tengo el deber de morir, para dar esta vida eterna a todos los que me siguen para servir a la Verdad.

El que me quiera servir que venga: no está limitado el sitio en mi reino a este o aquel pueblo. El que me quiera servir, quienquiera que sea, que venga y me siga, y donde Yo esté también estará mi servidor. Y al que me sirva lo honrará el Padre mío, único, verdadero Dios, Señor del Cielo y de la Tierra, Creador de todo lo que existe, Pensamiento, Palabra, Amor, Vida, Camino, Verdad; Padre, Hijo, Espíritu Santo, Uno siendo Trino. Trino siendo Único, Solo, Verdadero Dios. "Pero ahora mi alma esta turbada. Y ¿qué diré? ¿Acaso: "Padre, líbrame de esta hora"? No. Porque he venido para esto: para llegar a esta hora. Entonces diré "¡Padre, glorifica tu Nombre!".

Jesús abre los brazos en cruz, una cruz purpúrea contra el fondo cándido de los mármoles del pórtico; y levanta su rostro, ofreciéndose, orando, subiendo con el alma al Padre.

Y una voz, más fuerte que el trueno, inmaterial en el sentido de que no asemeja a ninguna voz de hombre, pero perceptibilísima para todos los oídos, llena el cielo sereno de este bellísimo día abrileño, vibrando más poderosa que el acorde de un órgano gigante, con una tonalidad bellísima, y proclama:

-Lo he glorificado y lo seguiré glorificando.

La gente ha sentido miedo. Esa voz, tan potente que ha hecho vibrar el suelo y lo que sobre él se halla, esa voz misteriosa, distinta de todas las otras voces, procedente de una fuente desconocida, esa voz que llena todo, de septentrión a mediodía, de oriente a occidente, aterroriza a los hebreos y asombra a los paganos. Los primeros, si pueden hacerlo, se arrojan al suelo susurrando atemorizados:

« ¡Vamos a morir ahora! Hemos oído la voz del Cielo. ¡Un ángel le ha hablado!», y se dan golpes de pecho esperando la muerte. Los segundos gritan: « ¡Un trueno! ¡Un estruendo! ¡Huyamos! ¡La Tierra ha bramado! ¡Ha temblado!». Pero huir es imposible en medio de ese gentío que aumenta por los que estaban fuera de las murallas del Templo y ahora entran presurosos gritando:

« ¡Piedad de nosotros! ¡Corramos! Éste es lugar santo. ¡No se abrirá el monte donde se alza el altar de Dios!». Y, por tanto, la gente -quién obstruido por la multitud, quién paralizado por el espanto-permanece donde estaba.

Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, que estaban esparcidos por los vericuetos del Templo, suben a las terrazas, y lo mismo levitas y magistrados del Templo.

Agitados, desconcertados. De todos ellos, bajan a donde está la gente sólo Gamaliel y su hijo. Jesús lo ve pasar, todo blanco con su túnica de lino, tan blanca que refulge incluso, bajo este fuerte sol que sobre ella incide.
Jesús, mirando a Gamaliel, pero como hablando para todos, alza la voz diciendo:

-No por mí, sino por vosotros, ha venido esta voz del Cielo.

Gamaliel se detiene, se vuelve, perfora con las miradas de sus ojos profundos y negrísimos -involuntariamente duros como los de las aves rapaces, por la costumbre de ser un maestro venerado como un semidiós-, perfora la mirada zafírea, límpida, dulce y al mismo tiempo majestuosa, de Jesús… que prosigue:

-Ahora el mundo es juzgado, ya el Príncipe de las Tinieblas está para ser expulsado, y Yo, cuando sea alzado, atraeré a todos hacia mí, porque así salvará el Hijo del hombre.

-Hemos aprendido en los libros de la Ley que el Cristo vive eternamente. Tú te presentas como el Cristo y dices que debes morir. Dices también que eres el Hijo del hombre y que salvarás siendo elevado. ¿Quién eres, pues?, ¿el Hijo del hombre o el Cristo? ¿Y quién es el Hijo del
hombre? -dice la gente, ya más tranquila.

-Soy una única Persona. Abrid los ojos a la Luz. Todavía un poco la Luz está con vosotros. Caminad hacia la Verdad mientras tengáis la Luz entre vosotros, para que no os sorprendan las tinieblas. Los que caminan en la oscuridad no saben en dónde acabarán. Mientras tenéis entre vosotros la Luz, creed en Ella, para ser hijos de la Luz -Jesús se calla.

La muchedumbre está perpleja y dividida. Una parte se marcha meneando la cabeza. Una parte observa la actitud de los principales dignatarios: fariseos, jefes de los sacerdotes, escribas… (especialmente observan la actitud de Gamaliel), y según estas actitudes orientan sus reacciones. Otros hacen un gesto de aprobación con la cabeza, inclinándose ante Jesús con clara señal de querer decirle: "¡Creemos! Te honramos por lo que eres". Pero no se atreven a ponerse abiertamente de su parte. Tienen miedo de los ojos atentos de los enemigos de Cristo, de los poderosos, que los vigilan desde lo alto de las terrazas que dominan las soberbias galerías que ciñen los patios del Templo.

También Gamaliel -se ha quedado pensativo unos minutos, pareciendo interrogar a los mármoles que pavimentan el suelo, para obtener una respuesta a sus íntimas preguntas-continúa su marcha hacia la salida, no sin antes menear la cabeza y encogerse de hombros, como por desazón o desprecio… y pasa derecho por delante de Jesús sin mirarlo.

Jesús, sin embargo, lo mira con compasión… y alza de nuevo la voz, fuertemente -es como un tañido de bronce-, para superar todo ruido y ser oído por el gran escriba que se marcha desilusionado. Parece hablar para todos, pero es evidente que habla sólo para él.

Dice con voz altísima:

-El que cree en mí no cree, en verdad, en mí, sino en Aquel que me ha enviado, y quien me ve a mí ve al que me ha enviado, que justamente es el Dios de Israel, porque no existe ningún otro Dios aparte de Él.

Por esto digo: si no podéis creer en mí en cuanto hijo de José de David, y que es hijo de María, de la estirpe de David, de la Virgen vista por el Profeta, nacido en Belén, como dicen las profecías, precedido por Juan el Bautista, como también está anunciado desde hace siglos, creed al menos en la Voz de vuestro Dios que os ha hablado desde el Cielo. Creed en mí como Hijo de este Dios de Israel.

Porque si no creéis en Aquel que os ha hablado desde el Cielo, no me ofendéis a mí, sino a vuestro Dios, de quien soy Hijo.

¡No queráis permanecer en las tinieblas! Yo he venido -Luz para el mundo-para que el que cree en mí no permanezca en las tinieblas. No queráis crearos remordimientos que no podríais aplacar nunca, una vez vuelto Yo al lugar de donde he venido, y que serían un duro castigo por vuestra obstinación. Yo estoy dispuesto a perdonar mientras estoy con vosotros, mientras no se haya cumplido el juicio, y, por mi parte, tengo el deseo de perdonar. Pero distinto es el pensamiento de mi Padre, porque Yo soy la Misericordia y Él es la Justicia.

En verdad os digo que si uno escucha mis palabras y no las observa Yo no lo juzgo. No he venido al mundo para juzgar, sino para salvar al mundo. Pero aunque Yo no juzgue, en verdad os digo que hay quien os juzga por vuestras acciones. El Padre mío, que me ha enviado, juzga a los que rechazan su Palabra. Sí, el que me desprecia y no reconoce la Palabra de Dios y no recibe la palabra del Verbo, tiene a quien lo juzgue: lo juzgará en el último día la propia Palabra que he anunciado.

De Dios nadie se burla, está escrito. Y el Dios objeto de burla será terrible para aquellos que lo juzgaron loco y mentiroso.

Recordad todos que las palabras que me habéis oído pronunciar son de Dios. Porque no he hablado de cosas mías, sino que el Padre que me ha enviado, Él mismo, me ha prescrito lo que debo decir y de qué debo hablar. Y Yo obedezco su orden porque sé que su precepto es justo. Toda orden de Dios es vida eterna. Yo, vuestro Maestro, os doy el ejemplo de obediencia a todo precepto de Dios. Por tanto, estad seguros de que las cosas que os he dicho y os digo las he dicho y las digo como me ha dicho que os las diga el Padre mío. Y el Padre mío es el Dios de Abraham, Isaac, Jacob; el Dios de Moisés, de los patriarcas, de los profetas, el Dios de Israel, el Dios vuestro.
¡Palabras de luz que caen en las tinieblas que ya van espesándose en los corazones!

Gamaliel, que de nuevo se había detenido, cabizbajo, reanuda su marcha… Otros lo siguen, meneando la cabeza o haciendo risitas… También Jesús se marcha… Pero antes dice a Judas de Keriot:

-Ve a donde tienes que ir -y a los otros:
-Todos tenéis libertad para marcharos, a donde cada uno deba o quiera. Que se queden conmigo los discípulos pastores.

-¡Déjame también a mí quedarme, Señor! -dice Esteban.
-Ven…

Se separan. No sé a dónde va Jesús. Pero sí sé a dónde va Judas de Keriot. Va a la puerta Especiosa o Bella. Sube la serie de escalones que desde el Atrio de los Gentiles lleva al de las mujeres. Cruza éste y sube otros escalones. Da una ojeada al Atrio de los Hebreos y, con ira, golpea con el pie en el suelo al no encontrar a los que está buscando. Vuelve sobre sus pasos. Ve a uno de los guardianes del Templo. Lo llama. Ordena, con su consabida arrogancia:

-Ve donde Eleazar ben Anás. Que venga inmediatamente a la Bella. Lo espera Judas de Simón para cosas graves.
Se apoya en una columna y espera. Poco tiempo. Eleazar, hijo de Anás, Elquías, Simón, Doras, Cornelio, Sadoq, Nahúm y otros acuden en medio de un intenso ondear de vestiduras.

Judas habla en voz baja, pero nerviosa:

-Esta noche! Después de la cena. En el Getsemaní. Venid y prendedlo. Dadme el dinero.

-No. Te lo daremos cuando vengas por nosotros esta noche. ¡No nos fiamos de ti! Queremos tenerte con nosotros. ¡Nunca se sabe! -ríe maliciosamente Elquías. Los otros le hacen coro asintiendo. Judas se pone colorado de enojo, por la insinuación. Jura:

-¡Juro por Yeohveh que digo la verdad!
Sadoq le responde:

-De acuerdo. Pero es mejor hacerlo así. A la hora señalada vienes. Tomas contigo a los encargados de la captura y vas con ellos; no vaya a suceder que los estúpidos guardias arresten a Lázaro, al azar, y creen complicaciones. Tú les indicas con una señal quién es el hombre… ¡Entiéndelo! Es de noche…, habrá poca luz… los guardias estarán cansados, tendrán sueño… ¡Pero si tú guías!… Bueno, eso. ¿Qué pensáis vosotros? El pérfido Sadoq se vuelve a sus compañeros y dice:

-Yo propondría como señal un beso. ¡Un beso! ¡La mejor señal para indicar al amigo traicionado. ¡Ja! ¡Ja!
Todos se ríen: un coro de demonios riéndose maliciosamente.

Judas está furioso. Pero no se echa para atrás en su decisión. Ya no se echa para atrás. Sufre por la burla de que le hacen objeto, no por lo que está para llevar a cabo. Tanto es así que dice:

-Pero recordad que quiero las monedas contadas en la bolsa antes de salir de aquí con los guardias.

-¡Las tendrás! ¡Las tendrás! Te daremos incluso la bolsa, para que puedas conservar esas monedas como reliquia de tu amor. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Adiós, sierpe!

Judas está lívido. Ya está lívido. Ya no perderá ese color y esa expresión de espanto desesperado; es más, esto se irá acentuando con el paso de las horas, hasta hacerse insoportable para la vista cuando penda del árbol… Huye…

Jesús se ha refugiado en el jardín de una casa amiga. Un tranquilo jardín de las primeras casas de Sión, rodeado por altos y antiguos muros. Un jardín cubierto por las frondas ondeantes de viejos árboles; por tanto, silencioso y fresco. Una voz de mujer canta poco lejos una dulce nana.

Deben haber pasado algunas horas, porque los servidores de Lázaro, de regreso después de haber ido no sé a dónde, dicen:

-Tus discípulos están ya en la casa donde se está aparejando para la cena. Juan ha llevado con nosotros los frutos a los hijos de Juana de Cusa y luego se ha marchado a recoger a las mujeres para acompañarlas a casa de José de Alfeo, que no ha venido hasta hoy, cuando ya su madre no esperaba verlo; y luego, desde allí, a la casa de la cena, porque ya cae la tarde.

-Iremos también nosotros. Han llegado las horas de las cenas…

Jesús se levanta y se pone el manto.
-Maestro, afuera hay gente. Son personas de alta condición. Quisieran hablar contigo sin ser vistos por los fariseos ­dice un doméstico.

-Diles que pasen. Ester no se opondrá -dice Jesús, y añade, dirigiéndose a una mujer de edad madura que está viniendo a saludarle:
-¿Verdad, mujer?
-No, Maestro. Mi casa es tuya, ya lo sabes. ¡Demasiado poco has hecho uso de ella!

-Lo suficiente como para decir en mi corazón: era una casa amiga. Indica al doméstico:
-Conduce aquí a los que esperan fuera.

Entran unas treinta personas de noble aspecto. Saludan reverentes. Uno habla en nombre de todos:
-Maestro, tus palabras nos han impresionado. Hemos oído en ti la voz de Dios. Pero nos dicen que estamos locos porque creemos en ti. ¿Qué hacer, entonces?

-No en mí cree el que cree en mí, sino que cree en Aquel que me ha enviado, cuya voz santísima hoy habéis oído. No me ve a mí el que me ve, sino que ve al que me ha enviado, porque Yo soy una sola cosa con el Padre mío. Por eso os digo que debéis creer para no ofender a Dios, que es Padre mío y Padre vuestro, y que os ama hasta el punto de ofreceros a su Unigénito como holocausto.

Porque si hay dudas en los corazones de que Yo sea el Cristo, no las hay de que Dios esté en el Cielo. Y la voz de Dios, al que he llamado Padre hoy en el Templo pidiéndole que glorificara su Nombre, ha respondido al que le llamaba Padre; y ha respondido sin llamarlo "embustero" o "blasfemo", como muchos dicen. Dios ha confirmado quién soy Yo: su Luz.

Soy la Luz venida a este mundo. He venido como Luz al mundo para que quien cree en mí no permanezca en las Tinieblas. Si uno escucha mis palabras y luego no las observa, Yo no lo juzgo. No he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo.

Quien me desprecia y no acoge mis palabras ya tiene quién lo juzgue. La Palabra anunciada por mí será la que lo juzgará en el último día; porque era sabia, perfecta, dulce, simple: como es Dios. Porque esa Palabra es Dios.

No soy Yo el que ha hablado, Jesús de Nazaret, conocido como el hijo de José carpintero de la estirpe de David, e hijo de María, muchacha hebrea, virgen de la estirpe de David casada con José. No. Yo no he hablado de cosas mías, sino que ha hablado mi Padre, Aquel que está en los Cielos y cuyo nombre es Yeohveh, Aquel que me ha enviado y me ha prescrito lo que debo decir y las cosas de que debo hablar. Y sé que en su precepto hay vida eterna.

Las cosas que digo las digo, pues, como me las ha dicho el Padre, y en ellas hay Vida. Por eso os digo: escuchadlas. Ponedlas en práctica y tendréis la Vida. Porque mi palabra es Vida, y quien la acoge acoge, al mismo tiempo que a mí, al Padre de los Cielos que me ha enviado para daros la Vida. Y quien tiene en sí a Dios tiene en sí la Vida. Podéis marcharos. La Paz descienda sobre vosotros y en vosotros permanezca.

Los bendice y los despide. Bendice también a los discípulos. Retiene solamente a Isaac y a Esteban. A los otros los besa y los despide. Y, cuando se marchan, Él sale, el último junto a estos dos discípulos, y va con ellos por las callejuelas más solitarias, ya oscuras, hacia la casa del Cenáculo. Llegado allí, con especial amor, abraza y bendice a Isaac y a Esteban; los besa, los bendice de nuevo, los mira mientras se alejan. Luego llama y entra…

597- El miércoles por la noche en el Getsemaní con los apóstoles

-Os he dicho: "Estad atentos, velad y orad para no ser sorprendidos bajo el peso del sueño". Pero veo que vuestros ojos cansados desean cerrarse y vuestros cuerpos, incluso sin intención, buscan posturas de descanso.

¡Tenéis razón, pobres amigos míos! Vuestro Maestro ha pretendido mucho de vosotros en estos días, y estáis muy cansados. Pero dentro de pocas horas, ya pocas horas, os alegraréis de no haber perdido ni siquiera un momento de estar a mi lado. Os alegraréis de no haber negado nada a vuestro Jesús.

Por lo demás, es la última vez que os hablo de estas cosas de lágrimas. Mañana os hablaré de amor y os haré un milagro que será todo amor. Preparaos con una gran purificación a recibirlo. ¡Oh, cuánto más de acuerdo con mi Yo el hablaros de amor que el hablaros de castigo! ¡Qué dulce me es decir: "Os amo. Venid. ¡Durante toda mi vida he soñado esta hora!"

Pero también es amor hablar de muerte. Es amor en cuanto que la muerte, por los que os aman, es la suprema prueba de amor. Es amor porque prevenir a los amigos queridos en orden a la desventura significa afectuosa previsión que quiere verlos preparados, y no desconcertados, cuando llegue la hora.

Es amor porque confiar un secreto es prueba de la estima que se tiene puesta en aquellos a quienes se confía. Sé que habéis asediado a Juan con interrogatorios, para saber qué le he dicho cuando hemos estado solos. Y no habéis creído que no hubiera habido palabras. Y, sin embargo, así ha sido; me ha bastado tener al lado una criatura…

-¿Por qué, entonces, él, y no otro? -pregunta Judas Iscariote. Y lo pregunta con desdeñosa altanería.

También Pedro, y con él Tomás y Felipe, dicen:

-Sí. ¿Por qué a él y no a los otros?
Jesús responde a Judas:

-¿Hubieras querido ser tú? ¿Puedes pretenderlo?

Era una fresca y serena mañana de Adar… Yo era un desconocido viandante que iba por el camino cercano al río… Cansado, lleno de polvo del camino, palidecido por el ayuno, desarreglada la barba, rotas las sandalias: parecía un mendigo por los caminos del mundo… Él me vio… y me reconoció como Aquel sobre el que había descendido la Paloma de fuego eterno. En esa primera transfiguración mía, ciertamente debió revelarse un átomo de mi divino esplendor.

Los ojos abiertos por la Penitencia de Juan el Bautista y los que la Pureza había conservado angélicos vieron lo que los otros no vieron.

Y los ojos puros llevaron esa visión al tabernáculo del corazón; allí la guardaron como perla en un arca… Cuando se alzaron, pasados casi dos meses, hacia el viandante de rasgadas vestiduras, su alma me reconoció… Yo era su amor. Su primer y único amor. El primer y único amor no se olvida. El alma lo siente venir, aunque se haya alejado, lo siente venir de distantes lejanías, y vibra de alegría y despierta a la mente y ésta a la carne, para que todas participen en el banquete de la alegría de volver a encontrarse y a amarse. Y los labios temblorosos me dijeron: "Te saludo, Cordero de Dios".

¡Oh, fe de los puros, qué grande eres! ¡Cómo superas todos los obstáculos! No sabía mí Nombre. ¿Quién era Yo? ¿De dónde venía? ¿Qué hacía? ¿Era rico? ¿Era pobre? ¿Era sabio? ¿Era ignorante? ¿Qué importa saber todo esto para la fe? ¿Aumenta o disminuye ella por saber? Él creía en todo lo que el Precursor le había dicho. Como estrella que transmigra, por orden creador, de uno a otro cielo, se había separado de su cielo, Juan el Bautista, de su constelación, y había venido a su nuevo cielo, el Cristo, a la constelación del Cordero. Y, aun no siendo la estrella más grande, sí es la más hermosa y pura de la constelación de amor.

Han pasado tres años desde entonces. Estrellas grandes y pequeñas se han unido a mi constelación y se han separado de ella. Algunas han caído y han muerto, otras, debido a densos vapores, se han convertido en estrellas brumosas. Pero él ha permanecido fijo con pura luz junto a su Polar.
Dejadme mirar su luz. Dos serán las luces en las tinieblas del Cristo: María y Juan.

Pero tanto será el dolor, que casi no podré verlas. Dejad que me imprima en mis pupilas estos cuatro iris, trozos de cielo entre pestañas rubias, para llevar conmigo, a donde ninguno podrá venir, un recuerdo de pureza. ¡Todo el pecado! ¡Todo sobre los hombros del Hombre! ¡Oh! ¡Oh! ¡Esta gotita de pureza!…

¡La Madre mía! ¡Juan! ¡Y Yo!… ¡Los tres náufragos a flote en el naufragio de una humanidad en el mar del Pecado!

Será la hora en que Yo, el retoño de la estirpe davídica, diga, gimiendo, el antiguo suspiro de David. "Dios mío, vuelve tus ojos hacia mí. ¿Por qué me has abandonado? De ti me alejan los gritos de los delitos que he cargado sobre mí por todos… Soy un gusano, ya no un hombre, el oprobio de los hombres, el desecho de la plebe". (Salmo 22, 2.7.13-19)

Y escuchad a Isaías: "He abandonado mi cuerpo a los castigadores, mis mejillas a quienes me arrancaban la barba; no he apartado la cara de quien me ultrajaba y me cubría de esputos". (Isaías 50, 6; 53; 63, 3)
Oíd de nuevo a David: "Estoy rodeado de muchos becerros, asaltado de muchos toros. Contra mí han abierto sus fauces para despedazarme como leones que desmiembran y rugen. Me he derramado como el agua".

E Isaías completa: "Yo mismo he teñido mis vestiduras". ¡Oh, mis vestiduras! Yo mismo las tiño, no con mi furor, sino con mi dolor y el amor mío por vosotros. Como las dos piedras planas de la prensa, el dolor y el amor me estrujan y me exprimen la Sangre. No soy distinto del racimo prensado, que entró hermoso en el trujal y después era papilla exprimida sin jugo ni hermosura.

Y mi corazón, hablo con David, "se hace como de cera y se oprime dentro de mi pecho". ¡Oh, Corazón perfecto del Hijo del hombre!, ¿en qué te conviertes ahora? Semejante al que una vida de crápula deshace y enerva. Todo mi vigor se seca. La lengua se me queda pegada a1 paladar por fiebre y agonía. Y la muerte va avanzando con su ceniza asfixiante y cegadora.

¡Y todavía sin piedad! "Una manada, una jauría de perros me asedia y me muerde. En las heridas caen los mordiscos, en los mordiscos los palos. Ni un jirón de mi carne queda sin dolor. Los huesos chirrían dislocados con el infame estiramiento. No sé dónde apoyar mi cuerpo. La terrible corona es círculo de fuego que penetra en la cabeza. Estoy colgado de los pies y las manos traspasados. Elevado presento mi cuerpo al mundo y todos pueden contar mis huesos"…

-¡Calla! ¡Calla! -dice Juan entre accesos de llanto.
-¡No hables más! ¡Nos haces agonizar! -suplican los primos. Andrés no habla, pero ha metido la cabeza entre las rodillas y llora en silencio. Simón está lívido. Pedro y Santiago de Zebedeo parecen sometidos a tortura. Felipe, Tomás, Bartolomé asemejan a tres estatuas de piedra con expresión de angustia.

Judas Iscariote es una máscara macabra, demoníaca. Parece un réprobo que al fin haya comprendido lo que ha hecho: tiene la boca abierta para un aullido que le grita dentro y que queda estrangulado en la garganta; ojos de loco, dilatados y aterrados; mejillas térreas, bajo el velo moreno de la barba afeitada; cabellos alborotados, porque de vez en cuando se los desordena con la mano; está sudado y frío: parece próximo a desmayarse.

Mateo, alzando la mirada abatida en busca de una ayuda para su tormento, lo ve y dice:
-¡Judas! ¿Te sientes mal?… ¡Maestro, Judas está sufriendo!

-Yo también -dice Cristo -Pero Yo sufro con paz. Haceos espíritu para poder soportar la hora. Uno que sea "carne" no la puede vivir sin enloquecer…

-Sigue hablando David, que ve las torturas de su Cristo: "Todavía no están contentos y me miran y se burlan, y se reparten mis despojos echando a suertes mi túnica. Yo soy el Malhechor. Están en su derecho".

¡Oh, Tierra, mira a tu Cristo! Sabe reconocerlo, aunque esté tan deshecho. Escucha, recuerda las palabras de Isaías y comprende el porqué, el gran porqué, de que Él quedara así, de que el hombre pudiera dar muerte, reduciéndolo a aquellas condiciones, al Verbo del Padre.

"Él no tiene hermosura ni esplendor. Lo hemos visto, no era hermoso su aspecto. Y no lo hemos amado. Despreciado como el último de los hombres, Él, el varón de los dolores acostumbrado a padecer, mantenía tapado su rostro. Vejado, no le hicimos ningún caso. Su belleza de Redentor era esa máscara de tortura. ¡Mas tú, necia Tierra, preferías su rostro sereno!

"Verdaderamente ha cargado sobre sí nuestros males, ha llevado nuestros dolores. Y lo hemos mirado como a un leproso, como a uno al que Dios hubiera maldecido, como a persona despreciada. Cuando, en realidad, ha sufrido las llagas por nuestros delitos. Sobre Él ha recaído el castigo a nosotros destinado, el castigo que nos devuelve la paz con Dios. Por sus moraduras somos sanados. Éramos como ovejas errantes. Todos se habían apartado del camino recto y el Señor puso sobre Él las iniquidades de todos".

Aquel, aquellos que piensen haberse aportado algo a sí mismos y haberlo aportado a Israel desengáñense. Y lo mismo aquellos que piensen que han sido más fuertes que Dios. Y también los que piensen que no tienen que imputarse culpa por este pecado por el simple hecho de que me dejo matar sin resistencia. Yo llevo a cabo mi tarea santa, la perfecta obediencia al Padre. Pero ello no elimina su obediencia a Satanás ni su nefanda tarea.
Sí. Tu Redentor fue sacrificado, oh Tierra, porque Él lo quiso. "No abrió la boca para expresar una palabra de súplica y así ser indultado, ni una palabra de maldición para sus asesinos. Como una oveja se dejó llevar al matadero para que le dieran muerte, como cordero mudo conducido a la presencia del que lo esquila".

"Después de la captura y la condena fue alzado. No tendrá descendencia. Como un árbol ha sido talado y apartado de la tierra de los vivos. Dios ha descargado sobre Él su mano por el pecado de su pueblo. ¿Ninguno de su descendencia de la Tierra participará de su dolor? ¿No tendrá hijos el que fue segregado de la Tierra?".

Te voy a responder, profeta de tu Cristo. Si es cierto que mi pueblo no sentirá compasión del Matado sin culpa, los ángeles del pueblo celeste sí la sentirán. Si su virilidad no tendrá humanamente hijos, porque su Naturaleza no podía hallar desposorio con carne mortal, sí que tendrá hijos, claro que tendrá hijos, según una generación que recibirá la vida no de la carne y de la sangre, sino del amor y la Sangre divinos, una generación del espíritu, por lo que su prole será eterna.

Y te explico más, oh mundo que no comprendes al profeta. Te explico quiénes son los impíos entregados a su sepultura; quién, el rico entregado a su muerte. ¡Observa, oh mundo, si tan siquiera uno de los que le dieron muerte gozó de paz y larga vida! Él, el Viviente, pronto dejará la muerte.

Mas, como hojas que el viento de otoño, una a una, deposita en el pliegue del surco tras haberlas arrancado con repetidas ráfagas, ellos, uno a uno, serán pronto depositados en la innoble sepultura que para Él había sido decretada; y uno que para el oro vivió podría -si fuera lícito poner al inmundo donde estuvo el Santo-ser depositado donde aún quedará la humedad de las innumerables heridas de la Víctima inmolada en el monte.

Acusado sin culpas, Dios toma venganza de Él, porque nunca hubo engaño en su boca ni iniquidad en su corazón.

Consumido de padecimientos. Pero, ya consumido, ya truncada su vida como sacrificio de expiación, comenzará su gloria ante los que vendrán. Todos los deseos y las santas disposiciones de Dios en orden a Él tendrán cumplimiento. Por las angustias de su alma, verá la gloria del verdadero pueblo de Dios, y se gozará en ello. Su celeste doctrina, que Él sellará con su Sangre, será la justificación de muchos de entre los mejores.

Y tomará la iniquidad de los pecadores. Por eso tendrá una gran multitud, oh Tierra, este Rey desconocido que los pérfidos escarnecieron y que no fue por los mejores comprendido. Y con los suyos se repartirá los despojos de los vencidos, los despojos de los fuertes, Él, único Juez de los tres reinos y del Reino.

Todo lo ha merecido porque todo lo dio. Todo le será entregado porque entregó su vida a la muerte y fue contado entre los malhechores, Él que no conocía pecado; sin otro pecado que no fuera el de un perfecto amor, una infinita bondad: dos culpas que el mundo no perdona, un amor y una bondad que lo movieron a tomar sobre sí los pecados de muchos, de todo el mundo, y a orar por los pecadores. Por todos los pecadores, incluso por aquellos que lo entregaron a la muerte.

He terminado. No tengo más que decir. Todo lo que quería decir en orden a las profecías mesiánicas está dicho.

Desde el nacimiento hasta la muerte, todas os las he ilustrado, y lo he hecho para que me conocierais y no tuvierais dudas; ni justificaciones de vuestro pecado.
Ahora vamos a orar juntos. Es la última noche que podemos orar así, todos unidos como granos de uva al racimo que los sostiene. Venid. Oremos.

"Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre. Venga tu Reino. Hágase tu Voluntad en la Tierra como se hace en el Cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdónanos nuestras deudas como nosotros las perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Así sea".

"Santificado sea tu Nombre.” Padre, Yo lo he santificado. Piedad de tu Semilla.

"Venga tu Reino.” Para fundarlo muero. Piedad de mí.
"Hágase tu Voluntad.” Socorre mi debilidad. Tú que has creado la carne del hombre y con ella has revestido a tu Verbo para que Yo en esta Tierra te obedezca como siempre te he obedecido en el Cielo. Piedad del Hijo del hombre.

"Danos el Pan"… Para el alma un pan. Un pan que no es de esta Tierra. No lo pido para mí. No necesito más que tu consuelo espiritual. Por ellos Yo, Mendigo, te tiendo la mano. Dentro de poco será traspasada y clavada y ya no podrá hacer gesto de amor. Pero ahora puedo todavía.

Padre, concédeme darles el Pan que diariamente fortalezca la debilidad de los pobres hijos de Adán. Son débiles, oh Padre, inferiores son porque no tienen ese Pan que es fuerza, el angélico Pan que espiritualiza al hombre y lo conduce a divinizarse en Nosotros. "Perdónanos nuestras deudas"…

Jesús, que ha hablado en pie y ha orado con los brazos abiertos ahora se arrodilla y alza los brazos y la cara hacia el Cielo. Una cara surcada por un llanto quedo, palidecida por la fuerza de la súplica y el beso de la Luna

¡Perdona a tu Hijo, oh Padre, si en algo te faltó! Ante tu Perfección puedo aún aparecer imperfecto, Yo, tu Cristo que la carne grava. Ante los hombres… no. Mi consciente intelecto me asegura que he hecho todo por ellos. Pero Tú perdona a tu Jesús…

(Que Jesús no conoció pecado alguno está claro unos renglones más abajo y en toda la obra de María Valtorta. Las expresiones que en este texto pudiera causar perplejidad hacen relación a la naturaleza humana de Cristo y al hecho de que Jesús cargó con nuestros pecados)

Yo también perdono. Para que Tú me perdones, Yo perdono.

¡Cuánto debo perdonar! ¡Cuánto!… Y, sin embargo, perdono. A estos presentes, a los discípulos ausentes, a los sordos de corazón, a los enemigos, a los burladores, a los traidores, a los asesinos, a los deicidas… Ve que he perdonado a toda la Humanidad.

En cuanto a mí, Padre, considera anulada toda deuda del hombre al Hombre. Para darles a todos tu Reino Yo muero, y no quiero que sea imputado como condena el pecado contra el Amor encarnado. ¿No? ¿Dices "no"? Es mi dolor. Este "no" me infunde en el corazón el primer sorbo del cáliz atroz. Pero, Padre a quien siempre he obedecido, Yo te digo: "Hágase como Tú quieres".

"No nos dejes caer en la tentación.” ¡Oh, si Tú quieres, nos puedes alejar el demonio! Es él la tentación que azuza la carne, la mente, el corazón. Es él el Seductor. ¡Aléjale, Padre! ¡Tu arcángel en nuestra ayuda! ¡Para poner en fuga a aquel que desde el nacimiento hasta la muerte nos acosa!… ¡Oh, Padre santo, piedad de tus hijos!

"¡Líbranos, líbranos del mal!” Tú puedes hacerlo. Nosotros aquí lloramos… Tan hermoso es el Cielo, y tememos perderlo. Tú dices: "Mi Santo no puede perderlo". Pero Yo quiero que veas en mí al Hombre, al Primogénito de los hombres. Soy su hermano. Oro por ellos y con ellos. ¡Padre, piedad! ¡Oh, piedad!…

Jesús se postra. Luego se levanta:
-Vamos. Despidámonos esta noche. Mañana por la noche no encontraremos ya la manera de hacerlo. Estaremos demasiado turbados. Y el amor no está donde hay turbación. Démonos el beso de paz. Mañana… mañana cada uno será de sí mismo… Esta noche todavía podemos ser uno para todos y todos para uno.

Y los besa, uno por uno, empezando por Pedro; luego a Mateo, Simón, Tomás, Felipe, Bartolomé, Judas Iscariote, los dos primos, Santiago de Zebedeo, Andrés y, por último, a Juan, en el que luego se apoya mientras salen del Getsemaní.

596- Miércoles santo. El mayor de los mandamientos y el óbolo de la viuda. Los discursos sobre los escribas y fariseos, sobre el Templo nuevo, sobre los últimos tiempos

Jesús -todo blanco hoy con su túnica de lino-entra en el Templo, que tiene aún más gente que en los días precedentes. Hace bochorno.

Va al Atrio de los Israelitas, a adorar, y luego a los pórticos, seguido por mucha gente.

Otros ya han cogido los mejores lugares, bajo los pórticos, y son, por lo general, gentiles, los cuales, no pudiendo superar el primer patio, no pudiendo ir más allá del Pórtico de los Paganos, han aprovechado el hecho de que los hebreos han seguido a Cristo para tomar posiciones favorables.

Pero un grupo muy numeroso de fariseos los descompagina -siempre se muestran igualmente arrogantes-abriéndose paso con desconsideración para acercarse a Jesús, que está inclinado hacia un enfermo. Esperan a que lo cure, luego le mandan a un escriba para que le haga unas preguntas.

Verdaderamente había habido antes entre ellos una breve disputa, porque quería haber ido uno, Joel llamado Alamot, a preguntarle al Maestro. Pero un fariseo se había opuesto, sostenido por los otros que decían:

-No. Sabemos que estás de la parte del Rabí, aunque sea secretamente; deja que vaya Urías…
-Urías no -había dicho otro escriba, joven, al que no he visto nunca -Urías habla demasiado bruscamente. Haría que la gente se agitara. Voy yo.

Y sin prestar oídos ya a las protestas de los otros, se había acercado al Maestro, justo en el momento en que Jesús estaba despidiendo al enfermo con estas palabras: -Ten fe. Estás curado. Esta fiebre y este dolor no volverán nunca.

-Maestro, ¿cuál es el mayor de los mandamientos de la Ley?
Jesús, que lo tenía a sus espaldas, se vuelve y lo mira.

Una 1uz tenue de sonrisa ilumina su rostro. Luego levanta la cara -tenía la cabeza algo agachada, pues el escriba es de baja estatura y además está inclinado en actitud reverente-y recorre con su mirada la multitud; se fija en el grupo de los fariseos y doctores y descubre la cara pálida de Joel, semiescondido tras un grueso fariseo envuelto en su pomposo manto. Su sonrisa se acentúa. Es como una luz que vaya a acariciar al escriba honesto.
Luego baja de nuevo la cabeza y mira a su interlocutor. Responde:

-El primero de todos los mandamientos es: "Escucha, Israel: el Señor Dios nuestro es el único Señor. Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas"(Deuteronomio 6, 4-5). Éste es el primero y supremo mandamiento. El segundo es semejante a éste es: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"(Levítico 19, 18). No hay mandamientos mayores que éstos, que encierran toda la Ley y los Profetas.

-Maestro, has respondido con sabiduría y verdad. Así es. Dios es Único y no hay otro dios aparte de Él. Amarlo con todo el propio corazón, con toda la propia inteligencia, con toda el alma y todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale mucho más que cualquier holocausto y sacrificio. Pienso mucho en esto cuando medito las palabras davídicas:

"No te agradan los holocaustos; el sacrificio a Dios consiste en un espíritu contrito" (Salmo 51, 18-19).
-No estás lejos del Reino de Dios porque has comprendido cuál es el holocausto que agrada a Dios.

-¿Pero cuál es el holocausto más perfecto? -pregunta rápidamente y en voz baja el escriba, como si estuviera diciendo un secreto. Jesús resplandece de amor dejando caer esta perla en el corazón de este que se abre a su doctrina, a la doctrina del Reino de Dios, y, inclinado hacia él, dice:

-El holocausto perfecto es amar como a nosotros mismos a aquellos que nos persiguen, y no tener rencores. El que hace esto poseerá la paz. Está escrito: los mansos poseerán la Tierra y gozarán de la abundancia de la paz. En verdad te digo que el que sabe amar a sus enemigos alcanza la perfección y posee a Dios.

E1 escriba lo saluda con deferencia y regresa a su grupo, que, en voz baja, le censura por haber alabado al Maestro, y con ira le dicen:
-¿Qué le has preguntado en secreto? ¿No será que también te ha seducido a ti?

-He sentido al Espíritu de Dios hablar por su boca.
-Eres un necio. ¿Es que crees que es el Cristo?
-Creo que lo es.

-¡En verdad, dentro de poco veremos vacías de nuestros escribas nuestras escuelas, y los veremos ir errabundos detrás de ese Hombre! ¡Pero dónde ves en Él al Cristo!
-¿Dónde?, no lo sé. Sé que siento que es Él. -¡Loco! Le vuelven, inquietos, las espaldas.

Jesús ha observado el diálogo, y, cuando los fariseos pasan por delante de Él en grupo compacto para marcharse inquietos, los llama y dice:

-Escuchadme. Quiero preguntaros una cosa. Según vosotros, ¿qué os parece?, ¿de quién es hijo el Cristo?

-Será hijo de David -le responden, remarcando el "será", porque quieren hacerle comprender que para ellos Él no es el Cristo.
-¿Y cómo, entonces, David, inspirado por Dios, le llama Señor diciendo: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como escabel para tus pies"'? Si, pues, David lama al Cristo "Señor", ¿cómo el Cristo puede ser su hijo?».

No sabiendo qué responderle, se alejan rumiando su veneno. Jesús se cambia de sitio. Estaba en un lugar ahora completamente invadido por el sol; ha ido más allá, donde las bocas del Tesoro, junto a la sala del gazofilacio. Este lado, todavía en la sombra, está ocupado por rabíes que arengan con grandes gestos dirigidos a sus oyentes hebreos, los cuales van aumentando con el paso de las horas, como también va aumentando continuamente la gente que afluye al Templo.

Los rabíes se esfuerzan en demoler con sus discursos las enseñanzas que Cristo ha dado en los días precedentes o esa misma mañana. Y, a medida que ven que aumenta la muchedumbre de los fieles, más alzan la voz. En efecto, este lugar, aunque sea muy grande, pulula de gente que va y viene en todas las direcciones…

Hoy y con insistencia, no antes, veo aparecer la siguiente visión Al principio veo sólo patios y pórticos, que reconozco que son del Templo. Veo también a Jesús, tan solemne con su túnica de color rojo vivo y manto también rojo, más oscuro, que parece un emperador. Está apoyado en una enorme columna cuadrada que sostiene un arco del pórtico. Me mira fijamente. Me pierdo mirándolo, gozándome en Él, al que hacía dos días que ni veía ni oía.

La visión dura así un tiempo largo. Mientras está siendo así, no la transcribo, porque es gozo mío. Pero ahora que veo animarse la escena comprendo que hay otras cosas y escribo.

El lugar se va llenando de gente que va y viene en todas las direcciones. Hay sacerdotes y fieles, hombres, mujeres y niños. Unos pasean, otros están parados escuchando a los doctores, otros se dirigen a otros lugares -quizá de sacrificio-tirando de corderitos o llevando palomas.

Jesús está apoyado en su columna. Mira. No habla. Incluso en dos ocasiones en que los apóstoles le han hecho unas preguntas ha hecho gesto de negación, pero no ha hablado.

Observa atentísimo. Por la expresión, parece juzgar a los que mira. Su mirada y toda su cara me recuerdan el aspecto que le vi en la visión del Paraíso cuando juzgaba a las almas en el juicio particular. Ahora, naturalmente es Jesús, Hombre; allí era Jesús glorioso, así que más solemne aún. Pero la mutabilidad del rostro, que observa fijamente, es igual. Está serio, escrutador. Pero si algunas veces refleja una severidad que haría temblar al más descarado, otras se le ve tan dulce -dulzura que es tristeza sonriente-, que parece acariciar con la mirada.

Parece no oír nada. Pero debe escuchar todo, porque cuando, de entre un grupo que está separado por bastantes metros y recogido alrededor de un doctor, se alza una voz nasal que proclama:

-Más que cualquier otro precepto, vale éste: todo lo que es para el Templo debe ir al Templo. El Templo está por encima del padre y la madre, y si alguno quiere dar a la gloria del Señor todo aquello que le sobre puede hacerlo, y será bendecido por ello, porque no hay ni sangre ni afecto que sean superiores al Templo.

Entonces Él vuelve lentamente la cabeza en aquella dirección y mira con una cierta expresión… que no querría que fuera para a mí.

Parece mirar en general. Pero cuando un viejecito tembloroso va a empezar a subir los cinco escalones de una especie de terraza próxima que parece conducir a otro patio más interior, y apoya el bastoncito y casi se cae al trabarse en la propia túnica, Jesús le tiende su largo brazo y lo sujeta, y no lo deja hasta que lo ve en seguro.

El viejecito levanta la rugosa cabeza y mira a su alto salvador susurrando una palabra de bendición. Jesús le sonríe y le hace una caricia en la cabeza semicalva. Luego vuelve a su columna, a apoyarse en ella, de la cual se separa otra vez para levantar a un niño que se ha soltado de la mano de su madre y ha caído de bruces contra el primer escalón, justo a sus pies, y que llora. Lo levanta, lo acaricia, lo consuela. La madre, azarada, da las gracias. Jesús le sonríe también a ella y le da el niño.

Pero no sonríe cuando pasa un pomposo fariseo; tampoco cuando pasan en grupo escribas y otros que no sé quiénes son. Este grupo saluda con exagerados gestos con los brazos y exageradas reverencias. Jesús los mira tan fijamente, que parece perforarlos; saluda, pero sin abierta expresividad; su expresión es severa. También a un sacerdote que viene -y debe ser un pez gordo porque la gente se hace a un lado y saluda, y él pasa pomposo como un pavo-Jesús lo mira largamente: es una mirada de tales características, que el sacerdote, aun estando lleno de soberbia, agacha la cabeza; no saluda, pero no resiste su mirada.

Jesús deja de mirarlo para observar a una pobre mujercita vestida de marrón oscuro, que sube tímida los escalones y se dirige hacia una pared en que hay como unas cabezas de león con la boca abierta, u otros animales parecidos. Muchos van en esa dirección, y Jesús parecía no haberles hecho caso. Ahora sigue el camino de la mujer. Sus ojos la miran compasivos y se llenan de dulzura cuando ve que alarga una mano y echa algo en la boca de piedra de uno de esos leones. Y cuando la mujercita, retirándose, le pasa cerca, dice:
-La paz a ti, mujer.

Ella, sorprendida, alza la cabeza y muestra azoramiento.
-La paz a ti -repite Jesús -Ve. El Altísimo te bendice.
La pobrecita se queda extática. Luego susurra un saludo y se marcha.

-Es feliz en medio de su infelicidad -dice Jesús saliendo de su silencio -Ahora es feliz porque la bendición de Dios la acompaña.

Oíd, amigos, y vosotros que estáis aquí cerca de mí. ¿Veis a esa mujer? Ha dado sólo dos monedas, una cantidad que no es suficiente para comprar la comida de un pájaro enjaulado, y, a pesar de ello, ha dado más que todos los que han echado su donativo en el Tesoro desde la apertura del Templo, al rayar el alba.

Oíd. He visto a muchos ricos meter en esas bocas dinero suficiente como para darle de comer a ella durante un año y para revestir su pobreza, que es decente solamente por su limpieza. He visto a ricos meter con visible satisfacción, allí dentro, sumas que hubieran podido saciar el hambre de los pobres de la Ciudad Santa durante uno a varios días y hacerles bendecir al Señor. Pero os digo en verdad que ninguno ha dado más que ésta.

Su óbolo es caridad; lo otro, no. Lo suyo es generosidad; lo otro no. Lo suyo es sacrificio; lo otro, no. Hoy esa mujer no comerá, porque ya no le queda nada. Antes tendrá que trabajar para ganar algo y así poder dar un pan a su hambre. No tiene a sus espaldas ni riquezas ni familiares que ganen por ella. Está sola. Dios se le ha llevado padres, marido e hijos; y también el poco bien que ellos le habían dejado (esto, más que Dios, se lo han arrebatado los hombres, esos hombres que ahora con gestos ampulosos, ¿veis?, siguen echando allí lo superfluo, de lo cual mucho ha sido sonsacado con usura de las pobres manos de los débiles y hambrientos).

Dicen que no hay ni sangre ni afectos que sean superiores al Templo y así enseñan a no amar al prójimo. Yo os digo que por encima del Templo está el amor. La ley de Dios es amor y quien no tiene piedad para el prójimo no ama. El dinero superfluo, el dinero manchado con el fango de la usura, del desprecio, de la dureza de corazón, de la hipocresía, no canta la alabanza a Dios ni atrae hacia el donador la bendición celeste. Dios lo repudia.

Enriquece esta caja, pero no es oro para el incienso: es fango que os sumerge, oh ministros, que no servís a Dios sino a vuestros intereses; es lazo que os estrangula, doctores que enseñáis una doctrina vuestra; es veneno que os corroe, fariseos, ese resto de alma que todavía tenéis.

Dios no quiere las cosas que sobran. No seáis Caínes. Dios no quiere el fruto de la dureza del corazón. Dios no quiere lo que alzando voz de llanto dice:

"Debía saciar a un hambriento, pero lo he negado a él para crear pompa aquí dentro; debía ayudar a un padre anciano, a una madre caduca, y lo he negado porque esa ayuda no habría sido conocida por la gente.; debo emitir mi sonido para que el mundo vea al donador".

No, rabí que enseñas que ha de darse a Dios todo lo que sobra, y que es lícito denegar al padre y a la madre para dar a Dios. El primer precepto es:

"Ama a Dios con todo tu corazón, tu alma, tu inteligencia, tu fuerza". Por tanto, no es lo superfluo, sino lo que es sangre nuestra, lo que hay que darle, amando sufrir por Él. Sufrir, no hacer sufrir. Y, si dar mucho cuesta -porque despojarse de las riquezas no gusta y el tesoro es el corazón del hombre, vicioso por naturaleza-, precisamente porque cuesta hay que dar.

Por justicia, porque todo lo que uno tiene lo tiene por bondad de Dios; por amor, porque es prueba de amor amar el sacrificio para dar alegría al amado. Sufrir por ofrecer. Pero, repito, sufrir; no, hacer sufrir. Porque el segundo precepto dice: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Y la ley especifica que después de Dios los padres son el prójimo a quienes estamos obligados a honrar y ayudar.

Por lo cual, os digo, en verdad, que aquella pobre mujer ha comprendido la Ley mejor que los sabios y está más justificada que todos los demás; y bendecida, porque en su pobreza ha dado a Dios todo, mientras que vosotros dais lo que os es superfluo, y lo dais para crecer en la estima de los hombres. Sé que me odiáis porque hablo así. Pero mientras esta boca pueda hablar hablará de esta manera.

Unís a vuestro odio hacia mí el desprecio hacia la pobrecita a la que Yo alabo. Pero no penséis que haréis de estas dos piedras un doble pedestal para vuestra soberbia: serán la muela que os triturará.

Vámonos. Dejemos que las víboras se muerdan, aumentando así su veneno. Los que tengan corazón puro, bueno, humilde, contrito, y quieran conocer el verdadero rostro de Dios, que me sigan.

Apóstoles, discípulos y numerosa gente lo siguen, en grupo compacto, mientras Él regresa al lugar del primer cerco, que está casi resguardado por la muralla del Templo, al lugar que conserva un poco de frescor (y es que este día se siente un fuerte bochorno).

Allí, estando la tierra revuelta por las pezuñas de los animales, y sembrada de piedras que han servido a los mercaderes y cambistas para sujetar sus recintos y sus toldos, allí no están los rabies de Israel, los cuales permitían que en el Templo se montara un mercado, pero sentían repulsa de llevar las suelas de sus sandalias a los lugares donde malamente estaban canceladas las huellas de los cuadrúpedos que apenas unos días antes habían sido desalojados de allí…

Jesús no siente esta repulsa, y allí se refugia, dentro de un círculo denso de oyentes. Pero, antes de hablar, llama a sus apóstoles y les dice:

-Venid y escuchad bien. Ayer queríais saber muchas de las cosas que voy a decir ahora. A ellas aludí vagamente mientras descansábamos en el huerto de José. Así que estad bien atentos porque son grandes lecciones para todos, sobre todo, para vosotros, ministros y continuadores míos.

Oíd. En la cátedra de Moisés, en el momento justo, se sentaron escribas y fariseos. Tiempos tristes, ésos, para la Patria. (Esdras 1-10; Nehemías 1-13; 1 Macabeos 1-2) Terminado el destierro de Babilonia, reconstruida la nación por magnanimidad de Ciro, los dirigentes del pueblo sintieron la necesidad de reconstruir también el culto y el conocimiento de la Ley.

Porque ¡ay de aquel pueblo que no los tenga como defensa, guía y apoyo, contra los más poderosos enemigos de una nación, que son la inmoralidad de los ciudadanos, la rebelión contra los jefes, la desunión entre las distintas clases y grupos, los pecados contra Dios y contra el prójimo, la irreligiosidad, elementos todos que son disgregadores por sí mismos y por los castigos celestes que provocan!

Surgieron, pues, los escribas, o doctores de la Ley, para poder adoctrinar al pueblo que, hablando el lenguaje caldeo, herencia del duro destierro, no comprendía ya las escrituras redactadas en hebreo puro. Surgieron como ayuda de los sacerdotes, que eran insuficientes en número para acometer la tarea de adoctrinar a las multitudes.

Un laicado culto y dedicado a honrar al Señor llevando el conocimiento de Él a los hombres y los hombres a Él; tuvo su razón de ser e incluso hizo un bien. Porque, recordad esto todos, incluso las cosas que, por debilidad humana luego degeneran, como fue esta que se corrompió en el transcurso de los siglos, tienen siempre algo bueno y una razón -al menos inicial-de ser, y es por ello que el Altísimo permite que surjan y se mantengan hasta que, colmada la medida de su degradación, Él las desbarata.

Vino luego, de la transformación de la secta de los asideos, la otra secta, la de los fariseos, surgida para sostener con la más rígida moral la más intransigente obediencia a la Ley de Moisés y el espíritu de independencia de nuestro pueblo, cuando el partido helenista -que se había formado por las presiones y seducciones que comenzaron en tiempos de Antíoco Epifanes, y que pronto se transformaron en persecuciones contra los que no cedían a las presiones de este hombre astuto que más que con sus armas contaba con la disgregación de la fe en los corazones-, buscando reinar en nuestra Patria, trataba de esclavizarnos.

Recordad también esto: temed más las fáciles alianzas y halagos de un extranjero que a sus legiones. Porque, si sois fieles a las leyes de Dios y de la Patria, venceréis aunque estéis rodeados de ejércitos poderosos; pero si el sutil veneno dado como miel embriagadora por el extranjero que ha hecho planes sobre vosotros os corrompe, entonces Dios os abandonará por vuestros pecados, y quedaréis vencidos y -sujetos, incluso sin que el falso aliado presente cruenta batalla contra vuestro suelo.

¡Ay de aquel que no esté alerta como vigilante escolta y no rechace la insidia sutil de uno, astuto y falso, que esté a su lado, o sea aliado, o dominador que empieza su dominación sobre los individuos enervando el corazón de ellos y corrompiéndolo con usos y costumbres que no son nuestros, que no son santos, y que, por tanto, los hacen no gratos al Señor! ¡Ay de él!

Traed todos a la memoria las consecuencias que le ha acarreado a la Patria el que alguno de sus hijos haya adoptado usos y costumbres del extranjero para atraerse -sus simpatías y gozar. Buena cosa es la caridad con todos, incluso con los pueblos que no tienen nuestra fe, que no tienen nuestros usos, que a lo largo de los siglos nos han perjudicado. Pero el amor a estos pueblos, que siguen siendo nuestro prójimo, nunca debe haceros repudiar la Ley de Dios y de la Patria por el cálculo de algún beneficio arrebatado así a los pueblos vecinos. No. Los extranjeros desprecian a aquellos que se manifiestan serviles hasta el punto de repudiar las cosas más santas de la Patria. El respeto y la libertad no se obtienen renegando del Padre y de la Madre: Dios y la Patria.

Fue, pues, una cosa buena, el que, en su debido momento, surgieran también los fariseos para poner un dique contra el desbordamiento fangoso de usos y costumbres extranjeros. Lo repito: toda cosa que surge y dura tiene su razón de ser. Y hay que respetarla, si no por lo que hace, por lo que hizo. Y si ahora es culpable no es función de los hombres el vituperarla, y, menos aún, arremeter contra ella, hay quien sabe hacerlo:

Dios y Aquel al que Dios ha enviado y tiene el derecho y deber de abrir su boca y vuestros ojos para que vosotros y ellos conozcáis el pensamiento del Altísimo y obréis con justicia. Yo y ningún otro. Yo porque hablo por mandato divino. Yo porque puedo hablar, no teniendo en mí ninguno de los pecados que os escandalizan cuando los veis cometidos por escribas y fariseos, pero que, si podéis, también vosotros los cometéis.

Jesús, que había empezado en tono bajo su discurso, ha ido alzando la voz y en estas últimas palabras ésta es potente como un toque de trompeta.

Hebreos y gentiles, respectivamente, están centrados en lo que dice o simplemente atentos. Y si los primeros aplauden cuando Jesús recuerda a la Patria y llama abiertamente por sus nombres a los que, extranjeros, los han sometido y les han hecho sufrir, los otros admiran la forma oratoria del discurso y se felicitan por estar presentes en este discurso digno -según comentan entre ellos-de un gran orador.

Jesús baja de nuevo la voz al reanudar su discurso:

-Os he dicho esto para recordaros la razón de ser de escribas y fariseos, y cómo y por qué se han sentado en la cátedra de Moisés, y cómo y por qué hablan y no son vanas sus palabras. Haced, pues, lo que dicen, mas no los imitéis en sus acciones.

Porque dicen que se debe actuar en un cierto modo, pero luego no hacen lo que dicen que debe ser hecho. Efectivamente, enseñan las leyes de humanidad del Pentateuco, pero luego cargan con pesos grandes, insoportables, inhumanos, a los demás, mientras que respecto a sí mismos no extienden un solo dedo, no sólo para llevar esos pesos, sino tampoco para tocarlos.

Su regla de vida es ser vistos y notados y aplaudidos por sus obras (las hacen de manera que puedan ser vistas para ser alabados por ellas). E infringen la ley del amor, porque les gusta definirse separados y desprecian a los que no pertenecen a su secta y exigen el título de maestros y un culto por parte de sus discípulos, cosas que ellos no dan a Dios.

Dioses se creen por sabiduría y poder, superiores al padre y a la madre quieren ser en el corazón de sus discípulos, y pretenden que su doctrina supere a la de Dios, y exigen que sea practicada al pie de la letra, aun siendo una manipulación de la verdadera Ley, inferior a ella más aún que este monte respecto a la altura del Gran Hermón, que supera a toda Palestina.

Son herejes creyendo algunos, como los paganos, en la metempsicosis y la fatalidad; negando los otros lo que los primeros admiten y -si no de resultado, sí de hecho-lo que Dios mismo ha dado como fe, es decir que Él es el único Dios, al que debe darse culto, y que el padre y la madre van después sólo de Dios, y que, como tales, tienen el derecho de ser obedecidos más que un maestro no divino.

Porque, si Yo ahora os digo: "El que ama al padre y la madre más que a mí no es apto para el Reino de Dios", ciertamente no es para inculcaros el desamor hacia los padres, a quienes debéis respeto y ayuda, y a quienes no es lícito privar de una ayuda diciendo:

"Es dinero del Templo", u hospitalidad diciendo: “Mi cargo me lo prohíbe” o la vida diciendo: “Te mato porque amas al Maestro”. Os lo digo para que tengáis el amor justo a los padres, o sea, un amor paciente y fuerte dentro de su mansedumbre, un amor que -sin caer en el aborrecimiento del padre o la madre que pecan y causan dolor, no siguiéndoos por el camino de la Vida: la mía-sabe elegir entre la ley mía y el egoísmo y abuso familiares.

Amad a los padres, obedecedlos en todo lo santo. Pero estad dispuestos a morir -no a dar muerte, sino a morir, digo-si quieren induciros a traicionar la vocación que Dios ha puesto en vosotros de ser ciudadanos del Reino de Dios que Yo he venido a formar.

No imitéis a escribas y fariseos, divididos entre sí aunque finjan estar unidos. Vosotros, discípulos de Cristo, estad verdaderamente unidos, los unos para los otros. Los jefes sean dulces con los subordinados; los subordinados, con los jefes. Una cosa sola en el amor y en el fin de vuestra unión: conquistar mi Reino y estar a mi derecha en el eterno Juicio. Recordad que un reino dividido deja de ser un reino y no puede subsistir.

Estad, pues, unidos entre vosotros en el amor a Mí y a mi doctrina. Que el distintivo del cristiano -ese será el nombre de mis discípulos-sea el amor y la unión, la igualdad entre vosotros en lo tocante al vestir, la comunidad de bienes, la fraternidad de los corazones.

Todos para uno, uno para todos. Quien dé, que lo haga con humildad; quien no tiene, que acepte con humildad y humildemente exponga sus necesidades a sus hermanos, sabiendo que son eso: hermanos. Y que los hermanos escuchen amorosamente lo tocante a las necesidades de sus hermanos, sintiéndose verdaderamente hermanos de éstos.

Recordad que vuestro Maestro a menudo pasó hambre, frío y otras mil necesidades e incomodidades y, humildemente, Él, siendo Verbo de Dios, las expuso a los hombres. Recordad que hay un premio reservado para quien es misericordioso hasta sólo en ofrecer un sorbo de agua. Recordad que dar es mejor que recibir.

Que recordando estas tres cosas el pobre halle la fuerza de pedir sin sentirse humillado, pensando que Yo lo hice antes que él; de perdonar si lo rechazan, pensando que muchas veces al Hijo del hombre le fueron negados el sitio y el alimento que se dan a los perros que cuidan el rebaño. Y que el rico halle la generosidad de dar sus riquezas, pensando que la vil moneda, el odioso dinero sugerido por Satanás, causa de los nueve décimos de las desgracias del mundo, si es dado por amor se transforma en gema inmortal y paradisíaca.

Vestíos con vuestras virtudes. Han de ser éstas ricas, pero sólo conocidas por Dios. No hagáis como los fariseos, que llevan las filacterias más anchas y las franjas más largas, y buscan los primeros puestos en las sinagogas y las reverencias en las plazas y quieren que el pueblo los llame "rabí".

Sólo uno es el Maestro: el Cristo. Vosotros, que en el futuro seréis los nuevos doctores -os hablo a vosotros, apóstoles míos y discípulos-, recordad que sólo Yo soy vuestro Maestro. Y lo seguiré siendo cuando ya no esté aquí entre vosotros. Porque sólo adoctrina la Sabiduría.

Así pues, no dejéis que os llamen maestros, porque vosotros mismos sois discípulos. Y ni exijáis ni deis el nombre de padre a nadie en la Tierra, porque sólo uno es el Padre de todos: el Padre vuestro que está en los Cielos. Que esta verdad -haga sabios en el hecho de sentiros verdaderamente todos hermanos entre vosotros, bien sea los que dirigen, bien sea los dirigidos, y amaos, pues, como buenos hermanos. Y tampoco quiera ser llamado guía ninguno de los que dirijan, porque sólo uno es vuestro guía común: Cristo.

El mayor de entre vosotros sea vuestro servidor. No es humillarse el ser siervo de los siervos de Dios, sino que es imitarme a mí, que fui manso y humilde, y estuve siempre dispuesto a tener amor hacia mis hermanos en la carne de Adán y a ayudarlos con el poder que como Dios, tengo en mí. Y no he humillado lo divino sirviendo a los hombres. Porque el verdadero rey es aquel que sabe dominar no tanto sobre los hombres cuanto sobre las pasiones del hombre, de las cuales la primera es la necia soberbia. Recordad esto: quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

La Mujer de que habló el Señor en el segundo del Génesis, la Virgen de quien se habla en Isaías (7, 14), la Madre-Virgen del Emmanuel, profetizó (21, 5) esta verdad del tiempo nuevo cantando: "El Señor ha derribado a los poderosos de su trono y ha ensalzado a los humildes". La Sabiduría de Dios hablaba en los labios de Aquella que era Madre de la Gracia y Trono de la Sabiduría.

Y Yo repito las inspiradas palabras que me alabaron unido al Padre y al Espíritu Santo, por nuestras obras admirables, cuando, sin detrimento para la Virgen, Yo, el Hombre, me formaba en su seno sin dejar de ser Dios. Que sean norma para aquellos que quieran dar a luz a Cristo en sus corazones y entrar en el Reino de Dios. No tendrán a Jesús, el Salvador, ni a Cristo, el Señor, ni tendrán Reino de los Cielos, los soberbios, los fornicadores, los idólatras que se adoran a sí mismos y adoran su propia voluntad.

Por tanto, ¡ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que creéis que podéis cerrar con vuestras impracticables sentencias -realmente serían, si estuvieran avaladas por Dios, cierre inquebrantable para la mayoría de los hombres-, que creéis que podéis dejar plantados ante la puerta del Reino de los Cielos a los hombres que a él levantan su espíritu para hallar fuerza en su penosa jornada terrena! ¡Ay de vosotros, que no entráis, no queréis entrar porque no acogéis la Ley del celeste Reino, y no dejáis entrar a los otros que están ante esa puerta, a la que vosotros, intransigentes, reforzáis con cerrojos no puestos por Dios!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que devoráis las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones! ¡Por esto sufriréis un juicio severo!
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que vais por mar y tierra, consumiendo haberes no vuestros, para conseguir un solo prosélito, y, una vez conseguido, le hacéis el doble que vosotros hijo del infierno!

¡Ay de vosotros, guías ciegos, que decís: "Si uno jura por el Templo, nada es su juramento, pero si jura por el oro del Templo queda obligado". ¡Necios y ciegos! ¿Qué es más?, ¿el oro o el Templo, que santifica al oro? Y que decís: "Si uno jura por el altar, su juramento no tiene valor, pero, si jura por la ofrenda que está sobre el altar, entonces es válido su juramento y a él queda obligado".

¡Ciegos! ¿Qué es mayor, la ofrenda o el altar, que santifica a la ofrenda? Así pues, el que jura por el altar jura por el altar y por todo lo que el altar tiene encima, y el que jura por el Templo jura por el Templo y por Aquél que en él mora, y el que jura por el Cielo jura por el Trono de Dios y por Aquel que en él está sentado.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis los diezmos de la menta y de la ruda, del anís y del comino, y luego descuidáis los preceptos más graves de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!

¡Éstas son las virtudes que hay que tener, sin descuidar las otras cosas menores!

Guías ciegos, que filtráis las bebidas por miedo a contaminaros bebiendo una mosquita ahogada, y luego os tragáis un camello sin sentiros impuros por ello. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que laváis por fuera la copa y el plato, pero por dentro estáis henchidos de ambición e inmundicia! Fariseo ciego, lava primero lo de dentro de tu copa y de tu plato, de forma que también lo de fuera quede limpio.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que voláis como murciélagos en las tinieblas por vuestras obras de pecado y pactáis por la noche con paganos, bandidos y traidores, y luego, por la mañana, canceladas las huellas de vuestros ocultos pactos, subís al Templo elegantemente vestidos!

¡Ay de vosotros, que enseñáis las leyes de la caridad y de la justicia contenidas en el Levítico, y luego sois ambiciosos, ladrones, falaces, calumniadores, opresores, injustos, vengativos, aborrecedores, y que llegáis a derribar a quien os causa fastidio, aunque sea de vuestra propia sangre, y a repudiar a la virgen que se casó con vosotros y a los hijos de ella tenidos porque padecen alguna desventura, y a acusar de adulterio a vuestra mujer, que ya no os gusta, o a acusarla de enfermedad impura, para quedar libres de ella, vosotros, que sois impuros en vuestro corazón libidinoso, aunque no lo parezcáis ante los ojos de la gente que no conoce vuestros actos! Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos mientras que por dentro están llenos de huesos de muertos y podredumbre.

Lo mismo sucede en vosotros. ¡Sí, lo mismo! Por fuera parecéis justos pero por dentro estáis henchidos de hipocresía e iniquidad.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que erigís suntuosos sepulcros a los profetas y embellecéis las tumbas de los justos: decís: "Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos sido cómplices y partícipes de los que derramaron la sangre de los profetas"! Y así testificáis, contra vosotros mismos, que sois descendientes de aquellos que mataron a vuestros profetas. Y vosotros además, colmáis la medida de vuestros padres… ¡Oh, serpientes, raza de víboras, ¿cómo os libraréis de la condenación de la Gehena?!

Por esto, Yo, Palabra de Dios, os digo: Yo, Dios, os enviaré nuevos profetas y sabios y escribas. Y, de éstos, a una parte los mataréis, a una parte los crucificaréis, a una parte los flagelaréis en vuestros tribunales, en vuestras sinagogas, fuera de vuestras murallas, a otra parte los perseguiréis de ciudad en ciudad, hasta que recaiga sobre todos vosotros la sangre justa, derramada sobre la Tierra, desde la sangre del justo Abel (Génesis 4, 8) hasta la de Zacarías hijo de Barquías, (2 Crónicas 24, 20­22) al que disteis muerte entre el atrio y el altar, porque, por amor a vosotros, os había recordado vuestro pecado para que os arrepintierais de él y volvierais al Señor. Así es. Odiáis a los que quieren vuestro bien y amorosamente os llaman a los senderos de Dios.

En verdad os digo que todo esto está para cumplirse, tanto el delito como sus consecuencias. En verdad os digo que todo esto se cumplirá con esta generación.

¡Oh, Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Jerusalén que apedreas a los que te son enviados y matas a tus profetas! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, y tú no has querido! ¡Pues oye esto, Jerusalén! ¡Escuchad todos vosotros los que me odiáis y odiáis todo lo que de Dios viene!

¡Escuchad los que me amáis y os veréis envueltos en el castigo reservado para los perseguidores de los Enviados de Dios! Y oíd también vosotros que no sois de este pueblo, pero que igualmente me estáis escuchando; escuchad para saber quién es el que os habla y que predice sin necesidad de estudiar el vuelo, el canto de los pájaros, ni los fenómenos celestes y las vísceras de los animales sacrificados, ni la llama y el humo de los holocaustos, porque todo el futuro es presente para Aquel que os habla. Escuchad:

"Os dejarán desierta esta Casa vuestra. Yo os digo, dice el Señor, que no volveréis a verme hasta que -también vosotros no digáis: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

Jesús está visiblemente cansado y sudoroso, por el esfuerzo del largo e impetuoso discurso y por el bochorno de este día sin viento.

Oprimido contra el muro por una multitud, objeto de los dardos de numerosísimas pupilas, sintiendo todo el odio que lo escucha desde los pórticos del Patio de los Paganos, y todo el amor -o, al menos, admiración-que lo rodea y que no se preocupa del sol que incide sobre las espaldas y en las caras enrojecidas y sudadas, se le ve verdaderamente sin fuerzas y necesitado de descanso. Y lo busca diciendo a sus apóstoles y a los setenta y dos que como cuñas se han ido abriendo lentamente paso entre el gentío y ahora están en primera línea (barrera de amor fiel en torno a Él):

-Vamos a salir del Templo. Vamos a un lugar despejado, entre los árboles. Necesito sombra, silencio y frescor. En verdad, este lugar parece arder ya con el fuego de la ira celeste.

Le dejan paso no sin dificultad. Así pueden salir por la puerta más cercana, donde Jesús se esfuerza en despedir a muchos, pero sin conseguirlo: quieren seguirlo a toda costa.

Entretanto, los discípulos observan el cubo del Templo, centelleante bajo el Sol casi cenital, y Juan de Éfeso llama la atención del Maestro acerca de la robustez de la construcción:

-¡Mira qué piedras qué construcción!
-Pues de ello no quedará piedra sobre piedra -responde Jesús.

-¿No? ¿Cuándo? ¿Cómo? -preguntan muchos.

Pero Jesús no habla. Baja el Moria y sale a buen paso de la ciudad, cruzando Ofel y la Puerta de Efraím o del Estiércol, para refugiarse en la espesura de los Jardines del Rey lo antes que puede, o sea, cuando los que se han obstinado en seguirle -los que no son ni apóstoles ni discípulos-se marchan lentamente cuando Manahén, que ha mandado abrir las pesadas cancillas, pasa adelante, solemne, para decir a todos:

-Marchaos. Aquí entran sólo los que yo quiero.
Sombras, silencio, perfume de flores, aromas de alcanfor y claveles, canela, espliego y mil otras hierbas olorosas, y frufrú de arroyos, alimentados, sin duda, de las fuentes y cisternas cercanas, bajo galerías de frondas, trinar de pájaros… hacen de este lugar un sitio de descanso paradisíaco. La ciudad, con sus calles estrechas, oscuras donde hay bóvedas, o cegadoras de sol, con sus olores y hedores: alcantarillas no siempre limpias y de calles recorridas por demasiados cuadrúpedos como para estar limpias (especialmente las de segundo orden), parece estar a muchas millas de distancia.

El guardián de los Jardines debe conocer muy bien a Jesús, porque lo saluda con respeto y confidencia al mismo tiempo, y Jesús pregunta acerca de sus hijos y su esposa.

El hombre quisiera recibir en su casa a Jesús, pero el Maestro prefiere la paz fresca, reposante, del vasto Jardín del Rey, un verdadero parque de delicias. Y antes de que los dos incansables y fidelísimos servidores de Lázaro se marchen por la cesta de la comida, Jesús les encarga:

-Decid a vuestras amas que vengan. Estaremos aquí algunas horas con mí Madre y las discípulas fieles. Será muy dulce…

-¡Estás muy cansado, Maestro! Tu cara lo dice -observa Manahén.
-Sí. Tanto, que no he tenido fuerzas de proseguir.
-Yo te había ofrecido estos jardines varias veces en estos días: ¡Bien sabes lo contento que estoy de poder ofrecerte paz y descanso!
-Lo sé, Manahén.

-¡Y ayer quisiste ir a ese triste lugar, de aledaños tan áridos, tan extrañamente escaso de vegetación este año, tan cercano a esa triste puerta!
-Quise dar esa satisfacción a mis apóstoles. Son niños, en el fondo; niños grandes. ¡Míralos allí cómo descansan felices!… En poquísimo tiempo olvidados de todo lo que fermenta contra mí tras esa murallas…

-Y olvidados de que estás muy afligido… Pero no creo que haya mucho de qué alarmarse. Me parecía más peligroso el lugar otras veces.

Jesús lo mira y calla. ¡Cuántas veces veo a Jesús mirar y callar así en estos últimos días!

Luego se pone a mirar a los apóstoles y discípulos. Ellos se han quitado las prendas que cubrían sus cabezas, se han despojado de mantos y sandalias y ahora se refrescan las caras y las extremidades en los frescos regatos. Muchos de los setenta y dos -ahora creo que en realidad son muchos más-los imitan. Y, todos unidos por la fraternidad de ideales, se echan a descansar acá o allá, un poco distantes para dejar a Jesús que descanse tranquilo.

También Manahén lo deja en la paz y se retira. Todos respetan el descanso del Maestro, cansadísimo, que ha buscado refugio bajo una tupidísima pérgola de jazmines en flor, hecha en forma de cabaña, aislada por un anillo de aguas que fluyen susurrantes por un canalillo en que se bañan hierbas y flores: un verdadero refugio de paz al que se accede por un puentecito de dos palmos de ancho y cuatro de largo, cuya barandilla es toda una guirnalda de corolas de jazmines.

Regresan los servidores, aumentados en número porque Marta ha querido asistir a todos los siervos del Señor, y refieren que las mujeres estarán allí poco después.
Jesús manda llamar a Pedro y le dice:
-Junto con mi hermano Santiago, bendice, ofrece y distribuye como Yo hago.

-Distribuir sí, pero bendecir no, Señor. Te corresponde a ti ofrecer y bendecir, no a mí.
-Cuando, lejos de mí, estabas a la cabeza de tus compañeros, ¿no lo hacías?

-Sí. Pero entonces… lo hacía por fuerza. Ahora, como Tú estás con nosotros, bendices Tú. Todo me parece mejor cuando ofreces para nosotros y distribuyes… -y el fiel Simón abraza a su Jesús, que -está cansadamente sentado en esa sombra, y baja su cabeza para apoyársela en el hombro, feliz de poderlo abrazar y besar así.

Jesús se levanta y lo complace. Va hacia los discípulos. Ofrece, bendice, reparte el alimento. Los mira mientras comen contentos, les dice:

-Después dormid, descansad mientras hay tiempo, y para que podáis velar y orar cuando necesitéis hacerlo, sin que la fatiga y el cansancio carguen de sueño vuestros ojos y vuestro espíritu cuando sea necesario que estéis preparados y bien despiertos.

-¿No te quedas aquí con nosotros? ¿No comes?
-Dejadme descansar. Sólo esto necesito. ¡Comed, comed!
Acaricia al pasar a los que encuentra en su camino, y vuelve a su lugar…

Dulce, suave es la llegada de la Madre al lado de su Hijo. María camina segura, porque Manahén, que ha estado vigilando en la cancilla, menos cansado que los otros, le señala el lugar donde está Jesús. Las otras -todas las discípulas hebreas, y Valeria como única representante de las romanas-, están paradas un rato, en silencio para no despertar a los discípulos que duermen bajo la fresca sombra de los frondosos árboles, y que parecen ovejas recostadas en la hierba en la hora sexta.

María entra bajo la pérgola de jazmines sin hacer crujir el pequeño puente de madera, ni los guijarros del suelo, y, con más cautela aún, se acerca a su Hijo, que, vencido por el cansancio, se ha dormido (apoyada la cabeza en la mesa de piedra y con el brazo izquierdo como almohada debajo del rostro cubierto por el pelo).

María se sienta, paciente, al lado de su Criatura cansada.

Y lo contempla… mucho… Una sonrisa doliente y amorosa se dibuja en sus labios mientras, quedamente, le caen en el regazo gotas de llanto. Pero, si sus labios están cerrados y mudos, su corazón ora, con toda la fuerza que posee, y la potencia de esa oración y de su sufrimiento se percibe en la posición de sus manos, unidas sobre el regazo, apretadas, entrelazadas para que no tiemblen (aunque, a pesar de ello, las recorre un leve temblor).

Manos que se desunen sólo para alejar a una mosca insistente que quiere posarse en el Durmiente y podría despertarlo.

Es la Madre que vela al Hijo. Es el último sueño que podrá velar de su Hijo. Y, si bien la cara de la Madre en este miércoles pascual es distinta de la de la Madre en la Natividad del Señor, porque el dolor la quiebra y surca, la dulce pureza amorosa de la mirada, el trémulo esmero, son iguales que los que tenía cuando, inclinada sobre el pesebre de Belén, protegía con su amor el primer, incómodo sueño de su Criatura.

Jesús se mueve y María se enjuga rápidamente los ojos para no mostrar lágrimas a su Hijo. Pero Jesús no se ha despertado. Sólo ha cambiado la postura de la cabeza, volviéndola para la otra parte, así que María vuelve a su inmovilidad y vela.

Pero algo traspasa el corazón de María, y es que oye a su Jesús llorar en el sueño y susurrar con un bisbiseo confuso ­habla con la boca apretada contra el brazo y la túnica-el nombre de Judas…

María se levanta, se acerca, se inclina hacia su Hijo, sigue ese confuso bisbiseo, con las manos apretadas contra el corazón, porque lo que dice Jesús, aunque fragmentario, no lo es tanto como para no poder seguirlo, y permite comprender que sueña una y otra vez el presente y el pasado, y luego también el futuro… hasta que con un brusco movimiento, como para huir de alguna cosa horrenda, se despierta. Mas encuentra el pecho de su Madre, los brazos de su Madre, la sonrisa de su Madre, la dulce voz de su Madre, su beso, su caricia, el leve roce de su velo sobre su rostro para enjugar lágrimas y sudor, mientras le dice:

-Estabas incómodo y soñabas… Estás sudoroso y cansado, Hijo mío.

Y le pone en orden el pelo alborotado, le seca la cara y lo besa, ciñéndolo con su brazo, apoyándolo sobre su corazón, porque no puede ya recogerlo en su regazo como cuando era pequeñito.
Jesús le sonríe diciendo:

-Siempre eres la Madre, la que consuela, la que compensa todo, ¡la Madre mía!

La sienta a su lado y deja una mano desmayada en su regazo. María toma esa mano larga, tan señoril y al mismo tiempo tan fuerte, de artesano, entre sus manos pequeñas, y acaricia sus dedos y el dorso, y alisa las venas que se habían hinchado pendiendo durante el sueño. Y trata de distraer su atención a otras cosas…

-Hemos venido. Estamos aquí todas. Incluso Valeria. Las otras están en la Antonia. Las ha llamado Claudia, que, según la liberta, “está muy triste”; dice que -no sé por qué cosa- siente presagios de mucho llanto.

¡Supersticiones!… Sólo Dios conoce las
cosas…
-no sé por qué cosa-siente presagios de mucho llanto. ¡Supersticiones!… Sólo Dios conoce las cosas…
-¿Dónde están las discípulas?

-Allá, a la entrada de los Jardines. Marta quería
prepararte alimentos y refrescos y bebidas reconfortantes pensando en lo mucho que te cansas. Así lo ha hecho. Pero yo, mira: esto siempre te gusta, y te lo he traído. Es mi parte. Es mejor, porque es de Mamá. Le muestra miel y una pequeña torta de pan. Extiende la miel en la torta y se la da a su Hijo diciendo:

-Como en Nazaret, cuando descansabas durante la hora más tórrida y luego te despertabas sudoroso y yo venía de la gruta fresca con esta miel reconfortante…
Se corta porque le tiembla la voz.
Su Hijo la mira y dice:

-Y cuando estaba José, traías para dos comida, y agua fresca de la tinaja porosa que habías tenido en la corriente para que estuviera más fresca, y todavía la hacían más fresca los tallitos de menta silvestre que echabas dentro. ¡Cuánta menta, allá, bajo los olivos! ¡Y cuántas abejas en las flores de la menta! Nuestra miel tenía siempre un poco el sabor de ese perfume…
Piensa… recuerda…

-Hemos visto a Alfeo, ¿sabes? José se ha retrasado porque tenía a uno de los hijos un poco enfermo. Pero mañana seguro que estará aquí con Simón. Salomé de Simón guarda nuestra casa y la de María.

-Mamá, cuando te quedes sola ¿con quién vas a estar?
-Con quien Tú digas, Hijo mío. Te obedecía antes de tenerte, Hijo. Seguiré haciéndolo después de que me dejes.
Le tiembla la voz, pero la sonrisa es heroica en los labios.

-Tú sabes obedecer. ¡Cuánto descanso estar contigo! Porque, ¿ves, Mamá?, el mundo no puede comprender, pero Yo encuentro un completo descanso con los obedientes… Sí, Dios descansa con los obedientes. Dios no se habría visto sufriendo, ni importunándose, si la desobediencia no hubiera venido al mundo. Todo sucede porque no se obedeció. Por esto el dolor del mundo… Por esto nuestro dolor.

-Pero también nuestra paz, Jesús. Porque sabemos que nuestra obediencia consuela al Eterno. ¡Oh, para mí en particular, qué cosa es este pensamiento! ¡Yo, criatura, puedo consolar a mi Creador!

-¡Oh, Alegría de Dios! ¡No sabes, oh Alegría nuestra, qué son para Nosotros estas palabras tuyas! Superan a las armonías de los celestes coros… ¡Bendita! ¡Bendita que me enseñas la última obediencia, y, con este pensamiento, me la haces tan grata de cumplir!

-Tú no necesitas que yo te enseñe, Jesús mío. Yo todo lo he aprendido de ti.
-Todo ha aprendido de ti Jesús de María de Nazaret, el Hombre.

-Era tu luz la que de mí salía, la Luz que eres Tú y que iba a la Luz Eterna anonadada bajo figura de hombre… Me han referido los hermanos de Juana las palabras que has pronunciado. Estaban arrobados de admiración. Te has mostrado contundente con los fariseos…

-Es la hora de las supremas verdades, Mamá. Para ellos no pasan de verdades muertas, pero para los otros serán verdades vivas. Y con el amor y el rigor tengo que intentar la última batalla para arrancarlos de las manos del Mal.

-Es verdad. Me han dicho que Gamaliel, que estaba con otros en una de las salas de los pórticos, ha dicho, al final, estando muchos inquietos: "Cuando uno no quiere ser censurado obra como un justo" y que después de esta observación se ha marchado.

-Me alegra que el rabí me haya oído. ¿Quién te lo ha dicho?

Lázaro. Y a él se lo ha dicho Eleazar, que estaba en la sala con los otros. Lázaro ha venido a la hora sexta, ha saludado y se ha vuelto a marchar sin prestar oídos a sus hermanas, que querían que estuviera en casa hasta la puesta del sol. Ha pedido que mandaras a Juan, o a otros, a recoger la fruta y las flores, que están ya en su punto. -Mandaré mañana a Juan.

-Lázaro viene todos los días. Pero María se intranquiliza, porque dice que parece una aparición; sube al Templo, vuelve, da una serie de indicaciones y se marcha otra vez.
-También Lázaro sabe obedecer. Le he dicho Yo que lo haga así, porque también lo están acechando a él. Pero no se lo digas a sus hermanas. No le sucederá nada. Ahora vamos donde las discípulas.

-No te muevas. Voy a llamarlas yo. Todos los discípulos duermen…

-Los dejaremos que duerman. Por la noche duermen poco, porque los instruyo en la paz del Getsemaní.
María sale, y regresa con las mujeres, que, por lo leves que son sus pasos, se diría que han dejado los pesos. Lo saludan con profunda expresión de respeto, familiar sólo en María Cleofás.

Marta, de una bolsa grande, extrae una tinajilla rezumante, mientras María saca de un recipiente, también poroso, piezas de fruta fresca venida de Betania, y las pone encima de la mesa, al lado de lo que ha preparado su hermana, o sea, de una paloma asada a la llama, crujiente, apetitosa, y ruega a Jesús que coma, diciendo:

-Come. Esta carne da fuerzas. Yo misma la he preparado.
Juana lo que ha traído es vinagre rosado, y explica:
-Refresca mucho en estos primeros calores. Lo bebe también mi marido cuando se cansa durante las largas cabalgadas.

-Nosotras no tenemos nada -presentan sus excusas María Salomé, María Cleofás, Susana y Elisa. Y, a su vez, Nique y Valeria:

-Tampoco nosotras. No sabíamos que debíamos venir.
-Me habéis dado todo vuestro corazón. Me es suficiente. Y todavía me daréis más…

Jesús come. Pero, sobre todo, bebe el agua fresca melada que Marta le vierte de la tinaja porosa, y la fruta fresca, que son alivio para el Fatigado.

Las discípulas no hablan mucho. Lo miran mientras come. En sus ojos hay amor y congoja. Y, de improviso, Elisa se echa a llorar, y se justifica diciendo:
-No sé. Tengo el corazón cargado de tristeza…

-Todas lo tenemos. Incluso Claudia en su palacio… -dice Valeria.

-Yo quisiera que fuera ya Pentecostés -susurra Salomé.
-Yo, sin embargo, quisiera detener en esta hora el tiempo -dice María de Magdala.

-Serías egoísta, María -le responde Jesús.

-¿Por qué, Rabbuní?

-Porque querrías para ti sola la alegría de tu redención.

Son millares y millones de seres los que esperan esta hora; o los que por esta hora serán redimidos.

-Es verdad. No pensaba en eso… -agacha la cabeza mordiéndose los labios para que no se vean las lágrimas de sus ojos y el temblor de sus labios. Pero sigue siendo la fuerte luchadora, y dice:

-Si vienes mañana, podrás ponerte la túnica que me has encargado. Es una túnica fresca y limpia, digna de la cena pascual.

-Vendré… ¿No tenéis nada que decirme? Estáis mudas y afligidas. ¿Ya no soy Jesús?… -sonríe con gesto invitante a las mujeres.

-¡Claro que eres Tú! ¡Pero tan grande en estos días, que ya no sé verte como el infante que llevé en mis brazos! ­exclama María de Alfeo.

-Y yo como al rabí sencillo que entraba en mi cocina buscando a Juan y Santiago -dice Salomé.
-Yo siempre te he conocido así: ¡Rey del alma mía! -proclama María de Magdala.

Y Juana, mansa y dulce:
-Yo también: divino, desde aquel sueño en que, cuando agonizaba, te me apareciste para llamarme a la Vida.
-Todo nos has dado, Señor. ¡Todo! -suspira Elisa, que se ha calmado ya.

-Y todo me habéis dado.

-¡Demasiado poco! -dicen todas.

-No termina el dar, después de este momento. Terminará solamente cuando estéis conmigo en mi Reino. Mis discípulas fieles. No os sentaréis a mi lado en los doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel, pero cantaréis el hosanna junto con los ángeles, haciendo coro de honor a mi Madre, y entonces, como ahora, el corazón de Cristo hallará su gozo contemplándoos.

-¡Yo soy joven! Queda largo tiempo hasta que suba a tu Reino ¡Dichosa Analía! -dice Susana.
-Yo soy vieja, y estoy contenta de serlo. Espero que pronto llegue la muerte -dice Elisa.

-Yo tengo hijos… ¡Quisiera servir a estos siervos de Dios! -suspira María Cleofás.

-¡No te olvides de nosotras! -dice la Magdalena, con ansia contenida, yo diría: con un grito de alma (y es que su voz, mantenida baja para no despertar a los que duermen, vibra de fuerza más que un grito).

-No me olvidaré de vosotras. Vendré. Tú, Juana, sabes que puedo venir aunque esté muy lejano… Las otras lo deben creer. Y os dejaré una cosa… un misterio que me tendrá a mí en vosotras y a vosotras en mí, hasta que estemos reunidos, Yo y vosotras, en el Reino de Dios. Ahora marchaos. Diréis que os he dicho poco, que casi era inútil el haceros venir para tan poco. Pero deseaba tener conmigo corazones que me han amado sin sopesar nada. Por mí, por mí: Jesús; no por el futuro, soñado Rey de Israel. Idos.

Una vez más, benditas seáis. También las otras, que no están aquí pero que piensan en mí con amor: Ana, Mirta, Anastática, Noemí, y Síntica lejana, y Fotinai, y Áglae y Sara, Marcela, las hijas de Felipe, Miriam de Jairo, las vírgenes, las redimidas, las esposas, las madres que a mí han venido, que han sido hermanas para mí, y madres; mejores, ¡oh, mucho mejores que los hombres!, ¡incluso que los mejores hombres!… ¡Todas, todas! Yo os bendigo a todas. La gracia empieza ya a descender, la gracia y el perdón, sobre la mujer, por esta bendición mía. Marchaos…

Se despide de ellas, pero retiene un momento a su Madre:
-Antes de que anochezca estaré en el Palacio de Lázaro. Necesito verte todavía. Y vendrá Juan conmigo. Pero deseo que estéis sólo tú, Madre, y las otras Marías, Marta y Susana. Estoy muy cansado…

-Estaremos sólo nosotras. Adiós, Hijo…
Se besan. Se separan… María se marcha lentamente. Se vuelve antes de salir, se vuelve antes de dejar el puentecito, se vuelve más veces, mientras puede ver a Jesús… Parece no poder alejarse de él…

Y Jesús está de nuevo solo. Se levanta, sale. Va a llamar a Juan, que duerme boca abajo entre las flores, como un niño, y le da la tinajilla del vinagre rosado que le ha traído Juana. Le dice:

-Al atardecer vamos donde mi Madre. Pero nosotros dos solos.
-Comprendo. ¿Han venido?
-Sí. He preferido no despertaros.
-Has hecho bien, porque así tu alegría habrá sido mayor. Ellas saben amarte mejor que nosotros… -dice Juan desconsolado.
-Ven conmigo.
Juan lo sigue.

-¿Qué te pasa? -le pregunta Jesús cuando de nuevo están en la penumbra verde de la pérgola donde todavía hay restos de comida.
-Maestro, somos muy malos. Todos. No hay obediencia en nosotros… y no hay deseo de estar contigo. Incluso Pedro y Simón se han marchado, no sé a dónde. Y Judas ha encontrado en esto la ocasión vara discutir.
-¿Se ha marchado también Judas?

-No, Señor, no se ha marchado. Dice que no lo necesita, que él no tiene cómplices en los manejos que hacemos para tratar de obtener protección para ti. ¡Pero, si yo he ido a casa de Anás y si otros han ido a ver a los galileos que residen aquí, no ha sido con mal fin!… Y no creo que Simón de Jonás y Simón Zelote sean hombres capaces de manejos rateros…

-No pienses en ello. Efectivamente, Judas no necesita ausentarse mientras vosotros descansáis. Él sabe cuándo y a dónde ir para cumplir todo lo que debe hacer.
-¿Entonces por qué habla así? ¡No es un

a cosa agradable, delante de los discípulos!
-No lo es, pero es así. Tranquilízate, cordero mío.
-¿Yo, cordero tuyo? ¡Sólo Tú eres Cordero!

-Sí, tú. Yo, Cordero de Dios; tú, cordero del Cordero de Dios.

-¡¡¡Oh, otra vez!!! Era en los primeros días de estar contigo. Tú me dijiste estas mismas palabras. Estábamos los dos solos, como ahora, entre el verdor de las plantas, como ahora, y en primavera -Juan está todo contento por este recuerdo que vuelve. Y susurra:
-Sigo siendo, todavía lo soy, el cordero del Cordero de Dios…

Jesús lo acaricia, y le ofrece parte de la paloma asada que ha quedado encima de la mesa en un folio de pergamino en que estaba envuelta. Luego le abre unos higos jugosos y se los ofrece, alegre de verlo comer.

Jesús se ha sentado oblicuamente en un lado de la mesa y mira a Juan con una intensidad que éste le pregunta:
-¿Por qué me miras así? ¿Porque como como un glotón?
-No. Porque eres como un niño… ¡Oh, mi predilecto! ¡Cómo te quiero por tu corazón! -y Jesús se inclina a besar al apóstol en el rubio pelo y le dice:

-Permanece así, siempre así, con ese corazón tuyo que no tiene ni orgullo ni rencores. Así, incluso durante los momentos de la saña desatada. No imites a los que pecan, niño.

Juan se ha recuperado de su sinsabor. Ahora dice:
-Pero no puedo creer que Simón y Pedro…
-Verdaderamente te equivocarías, si los creyeras pecadores. Bebe. Está buena y fresca esta bebida. La ha preparado Marta… Ahora estás repuesto. Estoy seguro de que no habías terminado tu comida…

-Es verdad. Me había venido el llanto. Porque, mientras sea el mundo el que se odie, se comprende, pero que uno de nosotros insinúe…

-No pienses más en eso. Yo y tú sabemos que Simón y el Zelote son dos hombres honestos. Y es suficiente. Y, por desgracia, tú sabes que Judas es pecador. Pero guarda silencio. Cuando pasen muchos, muchos lustros, y sea oportuno referir toda la grandeza de mi dolor, entonces dirás también lo que sufrí por las acciones de ese hombre, y por las acciones de ese apóstol. Vamos. Es hora de dejar este lugar para ir hacia el campo de los Galileos y….

-¿Vamos a pasar también esta noche allí? ¿Y vamos a ir antes al Getsemaní? Judas quería saberlo. Dice que está cansado de estar al relente y con poco e incómodo descanso.

-Pronto terminará. Pero no manifestaré a Judas mis intenciones…

-No estás obligado. Eres Tú el que debe guiarnos a nosotros y no nosotros a ti. La traición queda tan lejos de Juan, que ni siquiera comprende la razón de prudencia por la que Jesús desde hace unos días no dice nunca lo que planea hacer. Y ahí están, entre los que duermen. Los llaman. Se despiertan. También Manahén, el cual, terminada su tarea, se excusa ante el Maestro por no poder quedarse, y por no poder tampoco al día siguiente estar con Él en el Templo porque tiene que quedarse en el palacio. Y, diciendo esto, mira fijamente a Pedro y Simón, que, mientras, han regresado, y Pedro hace un gesto rápido con la cabeza como para decir: «Comprendido».

Salen de los Jardines. Todavía hace calor. Todavía hace sol. Pero ya la brisa del atardecer templa el calor e impulsa alguna nubecilla en el cielo terso.

Se encaminan hacia arriba por Siloán, evitando los lugares de los leprosos a los que va Simón Zelote para llevarles -a los pocos que quedan, que no han sabido creer en Jesús-lo que ha sobrado de su comida.

Matías, el ex pastor, se acerca a Jesús y pregunta:
-Señor y Maestro mío, he pensado mucho, junto con los compañeros, en tus palabras, hasta que nos ha vencido el cansancio, y nos hemos dormido antes de poder resolver la pregunta que nos habíamos hecho. Ahora somos más ignorantes que antes.

Si hemos comprendido bien los discursos de estos días, has predicho que muchas cosas cambiarán, aunque la Ley permanezca inalterada, y que se deberá edificar un nuevo Templo, con nuevos profetas, sabios y escribas, contra el que se presentará batalla, y que no sucumbirá, mientras que éste -si no he entendido mal-parece destinado a sucumbir.

-Está destinado a sucumbir. Recuerda la profecía de Daniel (Daniel 9, 20-27)… -Pero nosotros, que somos pobres y pocos, ¿cómo podremos edificarlo de nuevo, si no sin esfuerzo los reyes lograron edificar éste? ¿Dónde vamos a construirlo? Aquí no, porque dices que este lugar va a quedarse desierto hasta que no te bendigan como a un enviado de Dios.
-Así es.

-En tu Reino, no. Estamos convencidos de que tu Reino es espiritual. Y, entonces, ¿cómo, dónde lo estableceremos? Ayer dijiste que el verdadero Templo -¿y no es ése el verdadero Templo?-, que el verdadero Templo, cuando crean haberlo destruido, subirá triunfante a la verdadera Jerusalén. ¿Y dónde está la verdadera Jerusalén? Hay mucha confusión en nosotros.

-Así es. Destruyan si quieren los enemigos el verdadero Templo, que Yo en tres días lo alzaré de nuevo, y, subiendo a donde el hombre no puede dañarlo, ya no conocerá insidias.

Respecto al Reino de Dios, está en vosotros y dondequiera que haya hombres que crean en mí. Diseminado por ahora, sucediéndose sobre la Tierra durante los siglos; eterno luego, unido, perfecto, en el Cielo. En el Reino de Dios será edificado el nuevo Templo, o sea, donde hay espíritus que aceptan mi doctrina, la doctrina del Reino de Dios, y practican sus preceptos.

¿Cómo será edificado, si sois pobres y pocos? En verdad, no hace falta ni dinero ni poder para construir el edificio de la nueva morada de Dios, individual o colectiva. El Reino de Dios está en vosotros. Y la unión de todos aquellos que tengan en sí el Reino de Dios, de todos los que tengan a Dios en ellos -Dios, la Gracia; Dios, la Vida: Dios, la Luz; Dios, la Caridad-constituirá el gran Reino de Dios en la Tierra, la nueva Jerusalén que llegará a expandirse por todos los confines del mundo, y que, completa y perfecta, sin imperfecciones ni sombras, vivirá eterna en el Cielo.

¿Cómo edificaréis el Templo y la ciudad? No seréis vosotros, sino Dios, el que edificará estos lugares nuevos. Lo que tendréis que hacer será solamente darle vuestra buena voluntad. Buena voluntad y permanecer en mí.

Vivir mi doctrina es buena voluntad. Estar unidos es la buena voluntad. Unidos a mí hasta formar un solo cuerpo, nutrido por una única savia en cada una de sus partes individuales, más pequeñas o más grandes. Un único edificio sostenido por una única base y mantenido en su unión por una mística cohesión. Pero, dado que sin la ayuda del Padre -al cual os he enseñado a orar y al cual yo oraré por vosotros antes de morir-, no podríais estar en la Caridad, en la Verdad, en la Vida, o sea, en mí y conmigo en Dios Padre y en Dios Amor (porque somos una única Divinidad), por esto os digo que tengáis a Dios en vosotros para poder ser el Templo que no conocerá fin. Por vosotros mismos no podríais hacerlo. Si Dios no edifica -y no puede edificar donde no puede hacer morada­ inútilmente los hombres dan en edificar y reedificar.

El Templo nuevo, mi Iglesia, surgirá solamente cuando vuestro corazón aloje a Dios y Él, con vosotros, piedras vivas, edifique su Iglesia.

-¿Pero no dijiste que Simón de Jonás es la Cabeza, la Piedra, sobre la cual se habrá de edificar tu Iglesia? ¿Y no has dado a entender, también, que Tú eres su piedra angular? ¿Entonces quién es la cabeza? ¿Existe o no existe esta Iglesia? -interrumpe Judas Iscariote.

-Yo soy la Cabeza mística. Pedro es la cabeza visible. Porque Yo regreso al Padre dejándoos la Vida, la Luz, la Gracia, por mi Palabra, mis padecimientos, por el Paráclito, que será amigo de los que me fueron fieles. Yo soy una única cosa con mi Iglesia, mi Cuerpo espiritual del que soy la Cabeza.

La cabeza contiene el cerebro o mente. La mente es sede del saber, el cerebro es el que dirige los movimientos de los miembros con sus órdenes inmateriales, que son más válidos para poner en movimiento a los miembros que cualquier otro estímulo. Observad un muerto, en el cual está muerto el cerebro.

¿Tiene acaso ya movimiento en sus miembros? Observad a uno completamente subnormal. ¿No está, acaso, inerte, hasta el punto de no saber tener esos rudimentarios movimientos instintivos que el animal más inferior, el gusano que al pasar aplastamos, tiene? Observad a uno en que la parálisis haya quebrado el contacto de los miembros -uno o más-con el cerebro. ¿Acaso tiene movimiento en aquella parte que ya no tiene vínculo vital con la cabeza?

Pero, si la mente dirige con sus inmateriales órdenes, son los otros órganos: ojos, oídos, lengua, nariz, piel, los que comunican las sensaciones a la mente, y son las otras partes del cuerpo las que ejecutan y hacen ejecutar aquello que la mente, advertida por los órganos -materiales y visibles ellos, invisible el intelecto-ordena. ¿Podría Yo, sin deciros "sentaos", obtener que os sentarais en esta ladera?

Aunque pensara que quiero que os sentéis, no lo sabríais hasta que no tradujera mi pensamiento en palabras; y éstas las digo usando lengua y labios. ¿Podría Yo mismo sentarme, si lo pensara por el simple hecho de que siento el cansancio de las piernas, si éstas se negaran a doblarse y, así, sentarme Yo? La mente tiene necesidad de órganos y miembros para cumplir y hacer cumplir las operaciones que el pensamiento piensa.

De la misma manera, en el cuerpo espiritual que es mi Iglesia, Yo seré el Intelecto, o sea, la cabeza, sede del intelecto. Pedro y sus colaboradores serán los que observen las reacciones y perciban las sensaciones y las transmitan a la mente para que ella ilumine y ordene lo que debe hacerse para el bien de todo el cuerpo, y luego, iluminados y dirigidos por mi orden, hablen y guíen a las otras partes del cuerpo.

La mano que rechaza el objeto que puede herir el cuerpo, o aleja aquello que, corrompido, puede corromper, el pie que salva el obstáculo sin chocarse y caer y herirse, han recibido orden de hacerlo de la parte que dirige. El niño, y también el hombre, que se han salvado de un peligro o que, por un consejo recibido, por una palabra dicha, obtienen un beneficio de cualquier especie (instrucción, negocios buenos, matrimonio, buena alianza), es por ese consejo y esa palabra por lo que o no sufren un daño o ganan un bien.

Pues lo mismo sucederá en mi Iglesia. La cabeza y los que son cabeza, guiados por el divino Pensamiento e iluminados por la divina Luz e instruidos por la eterna Palabra, darán las órdenes y los consejos, y los miembros lo harán, recibiendo espiritual salud y espiritual beneficio.

Mi Iglesia ya existe, porque ya posee su Cabeza sobrenatural y su Cabeza divina, y tiene sus miembros: los discípulos. Pequeña todavía: semilla que se está formando; perfecta sólo en la Cabeza que la dirige, imperfecta en el resto, que necesita el toque de Dios para ser perfecta, y tiempo para crecer.

Pero, en verdad os digo que ya existe, y que es santa por Aquel que constituye su Cabeza y por la buena voluntad de los justos que la componen. Santa e invencible. Contra ella arremeterá, una y mil veces, y con mil formas de batalla, el infierno compuesto de demonios y hombres-demonios. Pero éstos no prevalecerán. El edificio será indestructible.

Pero el edificio no está hecho de una sola piedra. Observad el Templo allí, grande, hermoso, bajo el sol que declina. ¿Acaso está hecho de una sola piedra? Es un complejo de piedras que forman un único, armónico todo. Se dice: el Templo, esto es, una unidad. Pero esta unidad está hecha de las muchas piedras que la han constituido y formado. Inútil habría sido echar los cimientos, si éstos no hubieran debido luego sujetar paredes y techo, si sobre ellos no hubiera que haber debido levantar las paredes. E imposible habría sido levantar las paredes y sostener el techo si antes no se hubieran hecho los cimientos fuertes, proporcionados a una mole tan grande.

Así con esta dependencia de las distintas partes, una de la otra, surgirá el Templo nuevo. Durante el transcurso de los siglos, lo edificaréis sobre la base de los cimientos que Yo le he dado, perfectos, para su gran mole. Lo edificaréis con la dirección de Dios, con la bondad de las cosas usadas para construirlo: espíritus en que Dios inhabita.

Dios en vuestro corazón, para hacer de él piedra pulida y sin fisuras para el Templo nuevo. Su Reino establecido con sus leyes en vuestro espíritu. Si no, seríais ladrillos mal cocidos, madera carcomida, piedras toscas y quebradizas, no resistentes y que el constructor si es juicioso, rechaza; o que fallan, ceden, provocando la caída de una parte, si el constructor, los constructores puestos por el Padre para dirigir la construcción del Templo, son constructores ídolos que se pavonean en la propia gloria sin velar y trabajar por la construcción que se lleva a cabo y los materiales usados para hacerla.

Constructores ídolos, tutores ídolos, guardianes ídolos.

¡Ladrones! Ladrones de la confianza de Dios, de la estima de los hombres. Ladrones, orgullosos, que se complacen en el modo de obtener ganancia y de tener un voluminoso montón de materiales, y no observan si éstos son buenos o de mala calidad, causa de destrucción.

Vosotros, nuevos sacerdotes y escribas del nuevo Templo, escuchad. ¡Ay de vosotros, y de quienes después de vosotros, se hagan ídolo y no velen y vigilen en orden a sí mismo y a los demás, los fieles, para observar, probar la calidad de las piedras y de la madera, sin fiarse de las apariencias, y causen destrucción dejando que los materiales de mala calidad, o incluso negativos, se dejen usar para el Templo, escandalizando y provocando destrucción!

¡Ay de vosotros, si dejáis que se creen hendiduras, y que se construyan paredes inseguras, torcidas, que puedan fácilmente derrumbarse al no estar equilibradas sobre bases sólidas y perfectas! El desastre no vendría de Dios, Fundador de la Iglesia, sino de vosotros, y seríais responsables ante el Señor y ante los hombres.

¡Diligencia, observación, discernimiento, prudencia! La piedra o el ladrillo o la viga débiles, que en una pared maestra comportarían derrumbamientos, pueden servir para partes de menor importancia, y servir bien. Así debéis saber elegir. Con caridad, para no provocar el desagrado de las partes débiles; con firmeza, para no provocar el desagrado de Dios ni la ruina de su Edificio. Y si os dais cuenta de que una piedra, ya puesta para soporte de un ángulo maestro, no es buena o no está equilibrada, sed valientes, audaces, y sabed quitarla de ese lugar.

Mortificadla escuadrándola con el cincel de un santo celo. Si grita de dolor, no importa; os bendecirá por siempre, porque la habréis salvado. Cambiadla de lugar, ponedla a desarrollar otra tarea. No tengáis miedo ni siquiera de prescindir totalmente de ella, si veis que es causa de escándalo y destrucción, rebelde a vuestro trabajo. Es mejor pocas piedras que mucho lastre.

No tengáis prisa. Dios no tiene nunca prisa, sino que lo que crea es eterno porque está bien sopesado antes de llevarlo a cabo. Si no es eterno, dura tanto cuanto los siglos todos. Observad el Universo. Desde hace siglos, desde hace millares de siglos, es como Dios lo hizo con sucesivos actos. Imitad al Señor. Sed perfectos como el Padre vuestro. Tened su Ley en vosotros, su Reino en vosotros. Y no fracasaréis.

Pero si no fuerais así, se derrumbaría el edificio; vano habría sido vuestro esfuerzo para levantarlo. Se vendría abajo, de forma que quedaría solamente de él la piedra angular, los cimientos… ¡Lo mismo que le sucederá a ese edificio! En verdad os digo que le sucederá eso. Y lo mismo le sucederá al vuestro, si metéis en él lo que hay en éste: las partes enfermas de orgullo, de ambición, de pecado, de lujuria.

De la misma forma que por un soplo del viento se ha deshecho ese dosel de nubes que parecía posado, tan sugestivamente bello, en la cima de aquel monte, se vendrán abajo, con un soplo de viento de castigo sobrenatural y humano, los edificios que de santo no tengan más que el nombre…

Jesús calla pensativo. Cuando toma de nuevo la palabra es para ordenar: -Sentémonos aquí a descansar un poco.
Se sientan en una ladera del monte de los Olivos, teniendo enfrente el Templo, al que besa el sol poniente. Jesús mira fijamente a ese lugar, con tristeza; los otros, con orgullo por su belleza, pero es un orgullo velado por la pena que han originado las palabras del Maestro. ¿Y si realmente esa belleza hubiera de desaparecer?…

Pedro y Juan hablan entre sí y luego susurran algo a Santiago de Alfeo, que está a su lado, y éstos asienten con la cabeza. Entonces Pedro se dirige al Maestro y le dice: -Ven aparte y explícanos cuándo se cumplirá tu profecía sobre la destrucción del Templo. Daniel habla de ello. Lo que pasa es que si fuera como él dice y como Tú dices, pocas horas tendría ya de vida el Templo. Pero no vemos ni ejércitos ni preparativos de guerra.

¿Cómo sucederá, entonces, esto? ¿Cuál será la señal? Tú has venido. Dices que estás para marcharte. Y, sin embargo, se sabe que eso se cumplirá estando Tú entre los hombres. ¿Es que vas a volver? ¿Cuándo, este regreso tuyo? Explícanoslo para que podamos saberlo…

-No hace falta ir aparte. ¿Ves? Aquí están los discípulos más fieles, los que a los doce os servirán de gran ayuda. Pueden oír las palabras que os digo a vosotros. ¡Acercaos todos! -grita al final, para reunirlos a todos.
Los discípulos, que estaban diseminados por la ladera, se acercan, forman un grupo compacto, ceñido en torno al grupo principal formado por Jesús y los apóstoles, y escuchan.

-Estad atentos a que nadie os seduzca en el futuro. Yo soy el Cristo y no habrá otros Cristos. Por tanto, cuando muchos vengan a deciros: "Yo soy el Cristo" y seduzcan a muchos, no creáis en esas palabras, aunque vinieran acompañadas de prodigios.

Satanás, padre de la mentira y protector de los embusteros, ayuda a sus siervos y secuaces con falsos prodigios, que, de todas formas, pueden ser identificados como no buenos porque siempre están acompañados de miedo, turbación y mentira. Vosotros conocéis los prodigios de Dios: dan santa paz, alegría, salud, fe; conducen a deseos y obras santas. Los otros, no.

Por tanto, reflexionad sobre la forma y las consecuencias de los prodigios que podréis ver en el futuro obrados por falsos Cristos y por todos aquellos que se vistan con el manto de salvadores de los pueblos, cuando en realidad serán las fieras que causarán la destrucción de éstos.

Oiréis y veréis, también, hablar de guerras y rumores de guerras y os dirán: "Son las señales del final". No os turbéis. No será el final. Todo esto debe suceder antes del final, pero todavía no será el fin. Se levantará pueblo contra pueblo, reino contra reino, nación contra nación, continente contra continente, y después habrá pestilencias, carestías, terremotos en muchos lugares.

Pero esto será sólo el principio de los dolores. Entonces os arrojarán a la tribulación y os matarán, acusándoos de ser los culpables de su sufrimiento y con la esperanza de que persiguiendo y destruyendo a mis siervos se acabará su sufrimiento.

Los hombres siempre acusan a los inocentes de ser causa del mal que ellos, pecadores, se crean. Acusan al mismo Dios, perfecta Inocencia y Bondad suprema, de ser causa de su sufrimiento; y lo mismo harán con vosotros, y seréis odiados por causa de mi Nombre. Es Satanás quien los azuza. Y muchos se escandalizarán y se traicionarán y odiarán recíprocamente. Es también Satanás quien los azuza. Y surgirán falsos profetas que inducirán a muchos al error. Y también será Satanás el autor de tanto mal.

Por el progreso de la iniquidad, en muchos se enfriará la caridad. Pero el que persevere hasta el final se salvará. Y antes es necesario que este Evangelio del Reino de Dios sea predicado en todo el mundo, testimonio para todas las naciones. Entonces vendrá el final. Regreso de Israel, que acogerá a Cristo; predicación de mi Doctrina en todo el mundo.

Y luego otra señal. Una señal para el final del Templo y el fin del Mundo. Cuando veáis la abominación de la desolación predicha por Daniel -el que me escucha entienda bien, y quien lea al Profeta sepa leer entre las palabras-, entonces el que esté en Judea huya a los montes, el que esté en la terraza no baje a tomar lo que tiene en casa, Y el que esté en su campo no regrese a casa a tomar el manto; antes bien, huya, sin volverse para atrás, no vaya a sucederle que ya no pueda huir; y que ni siquiera se vuelva a mirar mientras huye, para no conservar en el corazón el horrendo espectáculo y no vaya a enloquecer por causa de ello.

¡Ay de las que estén encintas y de las que amamanten en aquellos días! ¡Ay si la fuga se debiera hacer en sábado! No sería suficiente la fuga para salvarse sin pecar.

Rogad, pues, para que esto no suceda ni en invierno ni en sábado, porque la tribulación de esos momentos será tan grande como nunca la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá nunca como ella porque será el final. Si no fueran abreviados esos días en consideración de los elegidos, ninguno se salvaría, porque los hombres-satanás se aliarán con el infierno para atormentar a los hombres.

Y también entonces, para corromper y apartar del camino recto a aquellos que permanezcan fieles al Señor, surgirán quienes digan: "El Cristo está ahí, el Cristo está aquí.

Está en aquel lugar. Ahí lo tenéis". No lo creáis. Que ninguno crea porque surgirán falsos Cristos y falsos profetas que harán prodigios y portentos capaces de inducir a1 error, si ello fuera posible, hasta a los propios elegidos, y expresarán doctrinas aparentemente tan consoladoras y buenas que podrían seducir incluso a los mejores, si con ellos no estuviera el Espíritu de Dios, que los iluminará acerca de la verdad y el origen satánico de tales prodigios y doctrinas. Yo os lo digo. Yo os predico esto para que podáis obrar en consecuencia.

Pero no temáis caer. Si estáis en el Señor, no seréis arrastrados a la tentación y a la destrucción. Recordad lo que os dije: "Os he dado el poder de andar sobre serpientes y escorpiones, y de todo el poder del Enemigo nada os causará daño, porque todo estará sujeto a vosotros". Pero también os recuerdo que para obtener esto debéis tener a Dios en vosotros, y debéis alegraros no porque dominéis las potencias del Mal y los venenos, sino porque vuestro nombre está escrito en el Cielo.

Permaneced en el Señor y en su verdad. Yo soy la Verdad y enseño la verdad. Por tanto, os repito una vez más: os digan lo que os digan acerca de mí, no lo creáis. Yo he dicho sólo la verdad. Yo os digo sólo que Cristo vendrá, pero cuando llegue el fin. Por tanto, si os dicen: "Está en el desierto", no vayáis. Si os dicen:

"Está en aquella casa", no hagáis caso. Porque el Hijo del hombre en su segunda venida será semejante al relámpago que sale de levante y zigzaguea hasta poniente en menos tiempo que se parpadea. Y cruzará el gran Cuerpo (la Tierra, el mundo, como anota MV en una copia mecanografiada), súbitamente transformado en Cadáver, seguido de sus refulgentes ángeles, y juzgará. Donde esté el cuerpo se reunirán las águilas Inmediatamente después, pasada la tribulación de esos días últimos de que os he hablado -hablo del final de los tiempos y del mundo, y de la resurrección de los huesos, que son cosas de que hablan los profetas (Ezequiel 37, 1-14)-, se oscurecerá el Sol, la Luna dejará de dar luz, las estrellas del cielo caerán como granos de un racimo demasiado maduro sacudido por un viento tempestuoso, y las potencias de los Cielos temblarán.

Entonces en el firmamento oscurecido aparecerá refulgente el signo del Hijo del hombre. Entonces llorarán todas las naciones de la Tierra, y los hombres verán al Hijo del hombre venir en las nubes del cielo con gran poder y gloria. Él dará órdenes a sus ángeles para que cosechen y vendimien, y para que separen la cizaña y el trigo, y que echen las uvas en el lagar, porque habrá llegado el tiempo de la gran recolección de la semilla de Adán, y ya no habrá necesidad de guardar ni racimo ni semilla porque para nunca más habrá perpetuación de la especie humana en la Tierra muerta.

Y mandará a sus ángeles que con gran sonido de trompetas reúnan a los elegidos, desde los cuatro vientos, desde una extremidad a la otra de los cielos, para que se pongan al lado del Juez divino y juzgar con Él a los últimos vivos y a los resucitados.

Aprended de la higuera la parábola: cuando veis que sus ramas se ponen tiernas y echa las hojas, sabéis que el verano está cercano; de la misma manera, cuando veáis todas estas cosas, sabed que Cristo está para llegar. En verdad os digo: no pasará esta generación que no me ha querido sin que todo esto suceda.

Mi palabra no cae. Lo que digo se cumplirá. El corazón y el pensamiento de los hombres pueden cambiar, pero no cambia mi palabra. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Y por lo que respecta al día y a la hora precisa, nadie los conoce, ni siquiera los ángeles del Señor; solamente el Padre.

En la venida del Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al Diluvio, los hombres comían, bebían, se casaban, y establecían sus moradas, sin preocuparse de la señal (Génesis 6, 13-22), hasta el día en que Noé entró en el arca y se abrieron las cataratas de los cielos y el Diluvio sumergió a todos los seres vivos y todas las cosas.

Lo mismo sucederá en la venida del Hijo del hombre. Dos hombres estarán juntos en el campo, uno será tomado y el otro dejado, dos mujeres estarán ocupadas en mover la rueda de molino, una será tomada y la otra dejada: por los enemigos de la Patria, y más aún por los ángeles, que separarán de la cizaña la buena semilla; y no tendrán tiempo de prepararse para el juicio de Cristo.

Velad, pues, porque no sabéis a qué hora vendrá vuestro Señor. Pensad en esto: si el jefe de la familia supiera a qué hora viene el ladrón, vigilaría y no dejaría depredar su casa. Así pues, velad y orad, estando siempre preparados a la venida, sin que vuestros corazones caigan en un torpor por toda suerte de abusos e intemperancias, y vuestros espíritus se distraigan y se hagan insensibles para las cosas del Cielo por las excesivas atenciones a las cosas de la Tierra, y no os sorprenda de improviso el lazo de la muerte estando impreparados.

Porque, recordadlo, todos debéis morir. Todos los hombres que han nacido deben morir. Y esta muerte y el subsiguiente juicio son una venida individual de Cristo, que se verá repetida universalmente cuando venga solemnemente el Hijo del hombre.

¿Cuál será la ventura de aquel siervo fiel y prudente, encargado por su señor de distribuir el alimento a los domésticos en su ausencia? Dichosa ventura tendrá, si su señor, al volver de improviso, lo encuentra haciendo con diligencia, justicia y amor lo que debe. En verdad os digo que le dirá: "Ven, siervo bueno y fiel. Has merecido mi premio. Ten: administra todos mis bienes". Mas si parecía bueno y fiel, pero no lo era y en su interior era malo como hacia afuera hipócrita, y una vez que hubo partido su señor dijo en su corazón:

"¡Mi señor tardará en volver! Dediquémonos a la buena vida", y empezó a golpear y maltratar a sus compañeros de servicio y a sacar ganancia en perjuicio de la comida de éstos y de todas las otras cosas para tener más dinero que consumir con los crapulosos y borrachos, ¿qué sucederá? Sucederá que el señor volverá de improviso, cuando el siervo no crea que esté cerca, y será descubierto su obrar injusto, le serán arrebatados puesto y dinero y será arrojado a donde la justicia exige, y allí se quedará.

Y lo mismo respecto al pecador impenitente que no piensa en que la muerte puede estar cercana, y cercano su juicio, y goza y abusa diciendo: "Más adelante me arrepentiré". En verdad os digo que no tendrá tiempo de hacerlo y será condenado a estar eternamente en el lugar del tremendo horror donde sólo hay blasfemia y llanto y tortura, y saldrá de él sólo para el Juicio final, cuando se revestirá de la carne resucitada para presentarse completo al Juicio último, como completo pecó en el tiempo de la vida terrena, y con cuerpo y alma se presentará ante el Juez Jesús, a quien no quiso por Salvador.

Todos allí, reunidos ante el Hijo del hombre. Una multitud infinita de cuerpos restituidos por la tierra y por el mar y recompuestos tras haber sido ceniza durante mucho tiempo. Y los espíritus en los cuerpos. A cada carne, ya de nuevo en los esqueletos, le corresponderá su propio espíritu, el que en su tiempo la animó. Y estarán en pie ante el Hijo del hombre, espléndido en su Majestad divina, sentado en el trono de su gloria sostenido por sus ángeles.

Y Él separará a unos hombres de otros poniendo en una parte a los buenos y en la otra a los malos, como un pastor separa ovejas y cabritos, y pondrá a sus ovejas a la derecha y a los cabros a la izquierda. Y dirá, con dulce voz y benigno aspecto, a aquellos que, pacíficos y hermosos, con la belleza gloriosa de su cuerpo santo esplendoroso, lo mirarán con todo el amor de su corazón: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde el origen del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, anduve peregrino y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, prisionero y vinisteis a consolarme".

Y los justos le preguntarán: "¿Pero cuándo, Señor, te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos peregrino y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo y prisionero y fuimos a visitarte?".

Y el Rey de los reyes les dirá: "En verdad os digo que cuando hicisteis una de estas cosas con uno de éstos, los más pequeños de mis hermanos, lo hicisteis conmigo".
Y luego se volverá hacia los que estén a su izquierda y les dirá, con rostro severo -sus miradas serán como saetas fulminadoras para los réprobos y en su voz resonará como un trueno la ira de Dios-:

"¡Fuera de aquí! ¡Lejos de mí, malditos! ¡Al fuego eterno preparado por el furor de Dios para el demonio y los ángeles tenebrosos, y para los que de ellos han escuchado las voces de libídine triple y obscena. Yo tuve hambre y no me disteis de comer; sed, y no me disteis de beber; estuve desnudo y no me vestisteis, fui peregrino y me rechazasteis, estuve enfermo y encarcelado y no me visitasteis. Porque teníais una sola ley: el placer de vuestro yo".

Y ellos le dirán: "¿Cuándo te vimos hambriento, sediento, desnudo, peregrino, enfermo, prisionero? En verdad, no te conocimos; no vivíamos cuando estabas en la Tierra".
Y Él les responderá: "Es verdad. No me conocisteis. Porque no vivíais cuando Yo estaba en la Tierra. Pero conocisteis mi palabra y tuvisteis a pobres entre vosotros, a hambrientos, a sedientos, a desnudos, enfermos, prisioneros.

¿Por qué no les hicisteis a ellos lo que quizás me hubierais hecho a mí? Porque, ciertamente, no se puede decir que los que me tuvieron fueran misericordiosos con el Hijo del hombre. ¿No sabéis que en mis hermanos estoy Yo, y que donde haya uno de ellos que sufra allí estoy Yo, y que lo que no hicisteis con uno de estos hermanos menores míos me lo negasteis a mí, Primogénito de los hombres? Id y arded en vuestro egoísmo. Id y os envuelvan las tinieblas, y el hielo porque tinieblas, y hielo fuisteis, a pesar de saber dónde estaban la Luz y el Fuego de Amor".

Y éstos irán al eterno suplicio, mientras que los justos entrarán en la vida eterna. Éstas son las cosas futuras…
Ahora podéis marcharos. Y no os separéis. Yo voy con Juan y estaré con vosotros a la mitad de la primera vigilia, para la cena y para ir luego a nuestros momentos de instrucción.

-¿También esta noche? ¿Todas las noches vamos a hacer eso? Yo estoy todo dolorido de la humedad. ¿No sería mejor entrar ya en alguna casa que nos dé alojamiento? ¡Siempre en las tiendas! Siempre de vela por las noches, frescas y húmedas… ­se queja Judas.

-Es la última noche. Mañana… será distinto.
-¡Ah! Creía que querías ir al Getsemaní todas las noches. Pero si es la última…

-No he dicho eso, Judas. He dicho que será la última noche que tendremos que pasar en el campo de los Galileos todos juntos. Mañana prepararemos la Pascua y comeremos el cordero, y luego iré Yo solo a orar al Getsemaní. Y vosotros podréis hacer lo que queráis.

-¡Nosotros vamos contigo, Señor! ¿Pero cuándo tenemos deseos de dejarte? -dice Pedro.

-Tú calla, que no eres inocente. Tú y el Zelote no hacéis más que revolotear de un lado para otro en cuanto el Maestro no os ve. No os pierdo de vista. En el Templo… durante el día… en las tiendas, arriba… -dice Judas Iscariote, contento de denunciar.

-¡Basta! Si lo hacen, hacen bien. De todas formas, no me dejéis solo… Os lo ruego…

-Señor, créenos que no hacemos nada malo. Dios conoce nuestras acciones y su mirada no se aparta, disgustada, de ellas -dice el Zelote.

-Lo sé. Pero es inútil. Y lo que es inútil puede siempre ser dañino. Estad lo más posible unidos.
Luego se vuelve a Mateo:
-Tú, mi buen cronista, les referirás a estos la parábola de las diez vírgenes sensatas y de las diez necias, y la del amo que da talentos a sus tres servidores para que los hagan producir y dos ganan el doble y el holgazán lo entierra. ¿Recuerdas?

-¡Sí, Señor mío, con exactitud.

-Entonces nárraselas a éstos. No todos las conocen. Y también los que las saben las escucharán de nuevo con gusto. Ocupad así, diciendo sabias palabras, el tiempo hasta mi regreso. ¡Velad! ¡Velad! Tened despierto vuestro espíritu. Esas parábolas son también apropiadas para lo que acabo de decir. Adiós. La paz esté con vosotros.

Toma de la mano a Juan y se aleja con él hacia la ciudad… Los demás se encaminan hacia el Campo galileo.

595- El martes por la noche en el Getsemanícon los apóstoles

-Hoy habéis oído hablar a gentiles y judíos.

Y habéis visto cómo los primeros me han aceptado con reverencia, mientras que los segundos por poco no me han agredido. Tú, Pedro, casi llegas a las manos al ver que arteramente mandaban contra mí corderos, carneros y chotos para hacerme caer al suelo entre los excrementos.

Tú, Simón, a pesar de la gran prudencia que tienes, has abierto tu boca al insulto contra los miembros más aviesos del Sanedrín, que ruinmente se chocaban contra mí diciéndome: "Apártate, demonio, mientras pasan los enviados de Dios". Tú, Judas, primo, y tú, Juan, mi predilecto, habéis gritado, y, raudos, me habéis evitado: uno el ser embestido, tomando el caballo por las bridas; el otro, metiéndose delante de mí y recibiendo el golpe, dirigido a mí, del pértigo cuando, con risa burlona, Sadoq ha venido contra mí con su pesado carro lanzado adrede con veloz carrera.

Os agradezco vuestro amor, que os hace alzaros contra los agresores del Inerme; pero veréis otras agresiones; actos crueles, mucho mayores. Cuando esta Luna ría en el cielo por segunda vez, a partir de esta noche, las agresiones, por ahora verbales o apenas esbozadas desde el punto de vista material, se harán concretas, más densas que las flores que ahora pueblan los árboles frutales y se apiñan cada vez más por la prisa de florecer.

Habéis visto una higuera secada y todo un pomar sin flores. La higuera, como Israel, negó confortación al Hijo del hombre y murió en su pecado; el pomar, como los gentiles, espera la hora que he dicho para florecer y anular el último recuerdo de la crueldad humana con la dulzura de las abundantes flores esparcidas sobre la cabeza y bajo los pies del Vencedor.

-¿Qué hora, Maestro? -pregunta Mateo -¡Has hablado tanto y de tantas cosas hoy! No recuerdo bien. Y quisiera recordar todo ¿Quizás la hora del regreso del Cristo? También aquí has hablado de ramas que se vuelven tiernas y dan hojas.

-¡Que no, hombre, que no! -exclama Tomás -El Maestro habla como si esta conjura que le espera fuera inminente. ¿Cómo puede entonces, en poco tiempo suceder todo lo que Él dice que precederá a su regreso? Guerras, destrucciones, esclavitud, persecuciones, Evangelio predicado a todo el mundo, desolación de la abominación en la casa de Dios, y terremotos, pestes, falsos profetas, señales en el Sol y las estrellas…

¡Hombre!, ¡hacen falta siglos para hacer todo esto! ¡Fresco estaría ese amo del pomar, si su huerto tuviera que esperar a ese tiempo para florecer!
-Ya no comería sus frutos. Porque yo digo que entonces será el fin del mundo -comenta Bartolomé.

-Para llevar a cabo el fin del mundo sólo haría falta un pensamiento de Dios, y todo volvería a la nada. Por eso, podría ser que ese pomar tuviera que esperar poco. Pero las cosas sucederán como Yo he dicho. Por tanto, transcurrirán siglos entre éste y aquél, o sea, hasta el definitivo triunfo del Cristo -explica Jesús.

-¿Y entonces? ¿Cuándo será?
-¡Yo sé cuándo será! -dice Juan, y llora -Yo sé cuándo será. ¡Será después de tu muerte y tu resurrección!… -y Juan lo abraza fuertemente. -¿Y lloras si va a resucitar? -dice con mofa Judas Iscariote.

-Lloro porque antes debe morir. No te burles de mí, demonio. Yo comprendo. Y no puedo pensar en esa hora.

-Maestro, me ha llamado demonio. Ha pecado contra el compañero.

-Judas: ¿sabes que no lo mereces? Pues entonces no te resientas con su culpa. A mí también me han llamado "demonio", y todavía me lo llamarán.

-Pero Tú tienes dicho que quien insulta a su hermano es culpable…

-Silencio. Ante la muerte se acaben por fin estas odiosas acusaciones, disputas y mentiras. No turbéis a quien está muriendo.

-Perdóname, Jesús -susurra Juan -Con el sonido de su risa, he sentido que se me revolvía algo dentro… y no he podido contenerme.

Juan está abrazado a Jesús, y le llora en su corazón.

-No llores. Te comprendo. Déjame hablar.
Pero Juan no se despega de Jesús, ni siquiera cuando Él se sienta en una gruesa raíz saliente. Se queda pasándole un brazo por la espalda y otro alrededor del pecho y con la cabeza apoyada en un hombro, y llora quedo.

Sólo se ve brillar, con la luz de la luna, las gotas de su llanto, que caen en la túnica purpúrea de Jesús y parecen rubíes: gotas de pálida sangre heridas por una luz.

-Hoy habéis oído hablar a judíos y a gentiles. No os debe asombrar, pues, el que os diga: "De mi boca salieron siempre palabras de justicia, y no serán revocadas"; o el que os diga, también con Isaías, (Isaías 45, 23-25; 49, 2-6) hablando de los gentiles que vendrán a mí después de ser elevado de la tierra:

“Ante mí se doblará toda rodilla, por mí y en mí jurará toda lengua". Y tampoco dudaréis, habiendo visto cómo actúan los judíos, que es fácil decir, sin temor a equivocarse, que serán conducidos a mi presencia, y avergonzados, todos los que se oponen a mí.

Mi Padre no me ha hecho siervo suyo sólo para que haga revivir a las tribus de Jacob y para convertir a lo que queda de Israel, el resto; sino que ha hecho don de mí como luz para las Naciones para que sea el "Salvador" de toda la Tierra.

Por este motivo, en estos treinta y tres años de exilio del Cielo y del seno del Padre, he crecido siempre en Gracia y Sabiduría ante Dios y ante los hombres, alcanzando la edad perfecta, y en estos tres últimos años, después de poner incandescentes mi alma y mi mente en el fuego del amor, y de templarlas con el hielo de la penitencia, he hecho de mi boca "como una espada cortante".

El Padre Santo, que es mío y vuestro, hasta este momento me ha custodiado bajo la sombra de su mano, porque todavía no había llegado la hora de la Expiación. Ahora me deja, y la flecha elegida, la flecha de su divina aljaba, tras haber herido para sanar (herido a los hombres para abrir brecha en los corazones para la Palabra y Luz de Dios), ahora se dirige, rápida y segura, a herir a la Segunda Persona, al Expiador, al Obediente que obedece por todo Adán desobediente…Y, como guerrero alcanzado, caigo, diciendo por demasiados: "En vano me he fatigado, sin razón, sin obtener nada. He consumido mis fuerzas por nada".

¡Pero… no! ¡No, por el Señor eterno que no hace nunca nada sin objetivo! ¡Atrás, Satanás, que quieres que ceda al desánimo y tentarme a la desobediencia! En el alfa y la omega de mi ministerio, viniste y vienes. Pues bien, aquí estoy. Me pongo en pie de guerra -realmente se levanta-, me mido contigo. Y, me lo juro a mí mismo, te venceré. No es orgullo decir esto: es verdad.

El Hijo del hombre será vencido en su carne por el hombre, el gusano miserable que muerde y envenena desde su corrompido fango. Pero, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la inefable Tríada, no será vencida por Satanás. Tú eres el Odio. Y eres poderoso en tu acto de odio y de tentación. Pero conmigo habrá una fuerza que escapa a tu acción, porque no puedes ni alcanzarla ni mirarla. ¡El Amor está conmigo!

Sé cuál es esa desconocida tortura que me espera. No la que os diré mañana, para que sepáis que nada de lo que por mí o en torno a mí se hacía y se movía, que nada de lo que se formaba en vuestro corazón, me era desconocido. No. La otra tortura… La que no le viene al Hijo del hombre ni de lanzas ni de palos, ni de burlas y golpes, sino de Dios mismo, y que será conocida sólo por pocos en lo que de atroz tendrá, y aceptada como posible por menos todavía.

Pero en esa tortura, en que dos serán los principales agentes: Dios con su ausencia y tú, demonio, con tu presencia, la Víctima tendrá consigo al Amor, el Amor que vive en la Víctima, fuerza primera de su resistencia a la prueba, y el Amor en el consolador espiritual, que ya bate sus alas de oro por el ansia de bajar a enjugar mis sudores, y que ya recoge todas las lágrimas de los ángeles en el celeste cáliz y diluye en él la miel de los nombres de mis redimidos, de los que me aman, para calmar con esa bebida la gran sed del Torturado y su amargura sin límites.

Y tú, demonio, serás derrotado. Un día, saliendo de un poseído, me dijiste: "Espero a vencerte cuando seas un harapo de carne sangrante". Pero Yo te respondo: "No me tendrás. Yo venzo. Mi fatiga fue santa, mi causa está en manos de mi Padre, que defiende las obras de su Hijo y no permitirá que ceda el espíritu mío".

Padre, ya desde ahora te digo para esa hora atroz: "En tus manos abandono mi espíritu".
Juan, no me dejes… Vosotros marchaos. La paz del Señor esté donde no es huésped Satanás. Adiós.
Todo termina.

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