por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
Las mujeres reanudan sus labores con los ungüentos, que durante la noche, con el fresco del patio, se han solidificado para formar una manteca densa.
Juan y Pedro piensan que es conveniente ordenar el Cenáculo, limpiando las piezas de la vajilla y luego poniendo todo como si hubiera acabado de terminar la Cena.
-Él lo dijo -dice Juan.
-También había dicho: "¡No durmáis!". Había dicho: "No seas soberbio, Pedro. ¿No sabes que la hora de la prueba está a las puertas?". Y… y dijo: "Me negarás…" -Pedro llora de nuevo, mientras dice con desmesurado dolor:
-¡Y lo he negado!
-¡Basta, Pedro! Al presente, eres de nuevo tú. ¡Basta de ese tormento!
-Jamás, jamás bastará. Aunque me hiciera tan viejo como los primeros patriarcas, aunque viviera los setecientos o los novecientos años de Adán y de sus primeros descendientes, jamás dejaría de tener este tormento.
-¿No esperas en su misericordia?
-Sí. Si no creyera en ello, sería como el Iscariote: un desesperado. Pero aunque Él de hecho me perdona desde el seno del Padre a donde ha vuelto, yo no me perdono.
¡Yo! ¡Yo! Yo que dije: “No lo conozco”, porque en ese momento era peligroso conocerlo, porque sentí vergüenza de ser discípulo suyo, porque tuve miedo a la tortura… Él iba a la muerte y yo… pensé en salvar mi vida. Y para salvarla lo rechacé, como una mujer en pecado rechaza el fruto de su seno, peligroso de tener al lado, después de darlo a luz y antes de que regrese su marido, desconocedor de los hechos. Soy peor que una adúltera… peor que…Entra, atraída por los gritos, María Magdalena.
-No grites ese modo. María te oye. ¡Está verdaderamente agotada! No tiene fuerzas para nada. Todo le hace daño. Tus gritos inútiles y descomedidos le traen de nuevo el tormento de lo que fuisteis…
-¿Ves? ¿Ves, Juan? Una mujer puede imponerme silencio. Y tiene razón. Porque nosotros, los varones consagrados al Señor, hemos sabido sólo mentir o huir. Las mujeres se han comportado como es debido. Tú, poco más que una mujer por tu gran juventud y pureza, has sabido permanecer.
Nosotros, nosotros, los fuertes, los varones, hemos huido. ¡Oh, cómo debe despreciarme el mundo! ¡Dímelo, dímelo, mujer! ¡Tienes razón! Pon tu pie en esta boca que ha mentido. En la suela de la sandalia hay quizás algo de su Sangre. Y sólo esa Sangre mezclada con el barro del camino, puede dar un poco de perdón, poco de paz a este hombre que abjuró. ¡Debo empezar a acostumbrarme al desprecio del mundo! ¿Qué soy yo? ¡Decidlo, venga: ¿qué soy?
-Una gran soberbia -responde tranquila la Magdalena -¿Dolor? También dolor. Pero, créeme, de diez partes de tu dolor, cinco -por no ofenderte diciendo seis-son del dolor de ser un hombre que puede ser despreciado. ¡Y verdaderamente yo te voy a despreciar, si sigues sólo gimiendo y entregándote a histerias, justo como hace una mujer necia! Lo hecho, hecho está. Y no son los gritos descomedidos los que lo reparan y lo borran. Lo único que hacen es llamar la atención y mendigar una compasión no merecida. Sé viril en tu arrepentimiento. No grites. Haz.
Yo… tú sabes quién era yo… Pero, cuando comprendí que era más despreciable que el vómito, no me entregué a convulsiones. Hice. Públicamente. Sin indulgencias conmigo misma y sin pedir indulgencia. ¿Que el mundo me despreciaba? Tenía razón. Me lo había merecido. ¿Que el mundo decía: "Un nuevo capricho de la prostituta"? ¿Que calificaba con nombre blasfemo mi seguimiento de Jesús?
Tenía razón. El mundo se acordaba de mi conducta precedente, y esa conducta justificaba todo pensamiento.
¿Y bien? ¿Qué? El mundo tuvo que convencerse de que María la pecadora ya no existía. Con los hechos he convencido al mundo. Haz tú lo mismo, y calla.
-Eres severa, María -objeta Juan.
-Más conmigo que con los demás. Lo reconozco. No tengo la mano suave de la Madre. Ella es el Amor. Yo… ¡Oh, yo! He quebrantado mi carnalidad con el azote de mi voluntad. Y más que lo haré. ¿Tú crees que me he perdonado el haber sido la Lujuria? No. Pero sólo me lo digo a mí. Y me lo seguiré diciendo siempre. Consumida moriré en este secreto, doloroso recuerdo de haber sido la corruptora de mí misma, en este inconsolable dolor de haberme profanado y de no haberle podido dar a Él otra cosa sino un corazón pisoteado… ¿Ves?… he trabajado más que todas en los bálsamos… Y con más coraje que las otras le quitaré la mortaja… ¡Oh, Dios, cómo estará ya! (María de Magdala, sólo de pensarlo, se pone pálida).
Y lo cubriré con nuevos bálsamos, quitando los que, sin duda, estarán completamente podridos en sus llagas sin número… Lo haré porque las otras parecerán convólvulos después de un aguacero… Pero siento el dolor de hacerlo con estas manos mías que tantas caricias lascivas han dado; de acercarme a su santidad con esta carne mía manchada… Quisiera… quisiera tener la mano de la Madre Virgen para llevar a cabo la última unción…
María ahora llora quedo, sin convulsiones. ¡Qué distinta de la Magdalena teatral que siempre nos presentan! Es el mismo llanto silencioso que tuvo el día de su perdón en la casa del fariseo.
-¿Dices que… las mujeres tendrán miedo? -le pregunta Pedro.
-No miedo… Pero se turbarán ante su Cuerpo, que estará ya descompuesto… hinchado… negro. Y además, esto es seguro, tendrán miedo de los soldados que están de guardia.
-¿Quieres que vaya yo? ¿Yo con Juan?
-¡Eso no! Nosotras vamos todas. Porque, de la misma forma que estuvimos todas ahí arriba, justo es que todas estemos en torno a su lecho de muerte. Tú y Juan quedaos aquí.
¡Ella no se puede quedar sola!…
-¿No va Ella?
-¡No la dejamos ir!
-Está convencida de que va a resucitar… ¿Y tú?
-Yo, después de María, soy la que más cree. Siempre he creído que pudiera ser. Él lo decía. Y Él no miente nunca… ¡Él!… ¡Oh, antes lo llamaba Jesús, Maestro, Salvador, Señor… Ahora, ahora lo siento tan grande, que no sé, no me atrevo ya a darle un nombre… ¿Que diré cuando lo vea?…
-¿Pero crees firmemente que va a resucitar?…
-¡Vaya, otro! ¡Diciéndoos una y otra vez que creo y oyéndoos decir una y otra vez que no creéis, voy a acabar no creyendo tampoco yo! He creído y creo. He creído y le he preparado desde hace ya tiempo la túnica. Y para mañana, porque mañana es el tercer día, la traeré aquí ya lista…
-Pero si dices que estará negro, hinchado, feo…
-Feo nunca. Feo es el pecado. ¿Negro?… ¡Pues sí, estará negro! ¿Y qué? ¿Lázaro no estaba ya descompuesto? Y, no obstante, resucitó. Y recuperó la integridad de su carne. ¡Pero… sí, lo digo!: ¡Callaos incrédulos! También mi razón humana me dice dentro: "Está muerto y no resucitará". Pero mi espíritu, "su" espíritu -porque he recibido de Él un nuevo espíritu-grita (y parecen toques de trompetas de plata):
"¡Resucita! ¡Resucita! ¡Resucita!". ¿Por qué me zarandeáis como a una barquichuela contra el arrecife de vuestras dudas? ¡Yo creo! ¡Creo, mi Señor! Lázaro, lleno de aflicción, ha obedecido al Maestro y se ha quedado en Betania… Yo, que sé quién es Lázaro de Teófilo, un fuerte, no un lebrato miedoso, puedo medir su sacrificio de permanecer en la sombra y no junto al Maestro. Pero ha obedecido.
Más heroico en esta obediencia que si, con armas, hubiera arrancado a Jesús de las manos de los soldados. Yo he creído y creo. Y aquí estoy. En espera, como Ella. Pero, dejadme que me vaya. El día nace. En cuanto se vea lo mínimo indispensable, iremos al Sepulcro…
Y la Magdalena se va, con su rostro quemado por el llanto, pero siempre fuerte.
Entra de nuevo donde María.
-¿Qué le pasaba a Pedro?
-Una crisis de nervios. Pero se le ha pasado.
-No seas dura, María. Pedro sufre.
-También yo. Y ya ves que no te he pedido ni tan siquiera una caricia. A él ya lo has medicado tú… Yo, sin embargo, lo que pienso es que solamente tú, Madre mía, necesitas bálsamo. ¡Madre mía, santa, amada! Pero, ánimo… mañana es el tercer día. Estaremos aquí dentro, cerradas, nosotras dos: sus enamoradas: Tú, la Enamorada santa, yo, la pobre enamorada… Pero, como puedo, lo soy con todo mi ser. Y lo esperaremos… A ellos, a los que no creen, los dejaremos cerrados allí, con sus dudas. Y aquí voy a poner muchas rosas… Hoy mandaré que se lleven el arca… Ahora pasaré por el palacio y daré esta indicación a Leví.
¡Fuera todas estas cosas horribles! No debe verlas nuestro Resucitado… Muchas rosas… Y tú te pondrás una túnica nueva… No debe verte así. Te peinaré, te lavaré esta pobre cara que el llanto ha desfigurado. Eterna niña, yo te haré de madre…
¡Tendré, sí, la bienaventuranza de dispensar cuidados maternos a una criatura más inocente que un recién nacido! ¡Mi querida María! -y, con su exuberancia afectiva, la Magdalena estrecha contra su pecho la cabeza de María, que está sentada; y besa a María, la acaricia, le coloca detrás de las orejas los livianos mechones de pelo desordenados, la enjuga, con el lino de su túnica, las lágrimas, esas lágrimas que María sigue, sigue incesantemente vertiendo…
Entran las mujeres con lámparas y ánforas y recipientes de anchas bocas. María de Alfeo trae un mortero grande y recio.
-No se puede estar fuera. Hace un poco de viento y apaga las lámparas -explica. Se ponen en un lado. Encima de una mesa, estrecha pero larga, colocan todas sus cosas. Luego dan un último toque a sus bálsamos, mezclando en el mortero, en un polvo blanco que sacan a puñados de un saquito, la ya de por sí densa manteca de las esencias.
Mezclan trabajando con ahínco. Luego llenan un recipiente de amplia boca. Lo ponen en el suelo. Repiten con otro la misma operación. Perfumes y lágrimas caen sobre las resinas.
María Magdalena dice:
-No era ésta la unción que esperaba poderte preparar.
Porque es la Magdalena la que, más experta que las otras, ha estado regulando y dirigiendo la composición del perfume (tan intenso que deciden abrir la puerta y entreabrir la ventana que da al jardín, que apenas empieza a vestirse de claridad).
Todas, después de la observación que la Magdalena ha hecho en voz baja, lloran más fuerte.
Han terminado. Todos los recipientes están llenos.
Salen con las ánforas vacías, el mortero que ya no hace falta y muchas lámparas. En la pequeña habitación quedan sólo dos lámparas, temblorosas (parecen llorar también con el titileo de sus luces)…
Entran de nuevo las mujeres y cierran la ventana, porque el amanecer está fresco. Se ponen los mantos y toman consigo unos talegos grandes, donde colocan los recipientes del bálsamo.
María se levanta y busca su manto. Pero todas se arremolinan en torno a Ella convenciéndola de que no vaya.
-No te tienes en pie, María. Hace dos días que no tomas alimento. Un poco de agua sólo.
-Sí, Madre. Lo haremos pronto y bien. Y volveremos enseguida.
-No temas. Lo embalsamaremos como a un rey. ¡Ya ves qué bálsamo tan valioso hemos hecho! ¡Y cuánto!…
-Y no dejaremos parte o herida alguna sin ungir. Y con nuestras manos lo colocaremos en su lugar. Somos fuertes, y somos madres. Lo pondremos como a un niño en su cuna. Los otros no tendrán que hacer nada más que cerrar su lugar.
Pero María insiste:
-Es mi deber ̀ dice -Siempre lo he cuidado yo. Sólo en estos tres años que ha estado en el mundo he cedido a otros la función de cuidarlo cuando estaba lejos de mí. Ahora que el mundo lo ha rechazado y negado, de nuevo es mío; y yo de nuevo soy su sierva.
Pedro, que con Juan se había acercado a la puerta, al oír estas palabras se aparta. Huye a algún rincón escondido para llorar por su pecado. Juan permanece junto a la jamba de la puerta. Pero no dice nada. Quisiera también ir él, pero hace el sacrificio de quedarse con la Madre.
María Magdalena lleva a María a su silla. Se arrodilla delante de Ella, abraza las rodillas de María, alza hacia Ella su rostro doliente y enamorado y le promete:
-Él, con su Espíritu, todo lo sabe y todo lo ve. Pero a su Cuerpo, con besos, le expresaré tu amor, tu deseo. Yo sé lo que es el amor. Sé qué aguijón, qué hambre significa amar, qué nostalgia de estar con quien para nosotros es nuestro amor. Y esto sucede también en los amores viles, que parecen oro y son en realidad fango. Si, además, la pecadora puede saber lo que es el amor santo a la Misericordia viviente, a quien los hombres no han sabido amar, entonces ella puede comprender mejor qué es tu amor, Madre. Tú sabes que sé amar. Y sabes que Él dijo, en aquel atardecer de mi verdadero nacimiento, en las orillas de nuestro lago sereno: “María sabe amar mucho”.
Ahora este amor mío exuberante, como agua que rebosa de un pilón vencido, como rosal en flor que sobrepasa un muro y de él pende, como llama que, encontrando yesca, más se enciende y aumenta, se ha derramado en Él por entero, y de Él-Amor ha sacado nueva fuerza… ¡Oh, mi potencia de amar no ha podido sustituirlo en la Cruz!… Pero lo que por Él no he podido hacer y padecer y sangrar y morir en vez de Él, en medio de las burlas de todos, dichosa, dichosa, dichosa de sufrir en vez de Él; y, estoy segura de ello, el estambre de mi pobre vida habría sido consumido más por el amor triunfal que por el patíbulo infame, y de las cenizas habría germinado la nueva, cándida flor de la nueva vida pura, virginal, ignorante de todo lo que no es Dios-, todo esto que no he podido hacer por Él, por ti puedo hacerlo todavía…. Madre a la que amo con todo mi corazón. Confía en mí.
Yo que supe acariciar tan dulcemente sus pies santos en la casa de Simón el fariseo, ahora, con esta alma que cada vez más se abre a la Gracia, sabré aún más dulcemente acariciar sus miembros santos, medicar las heridas, embalsamarlo, más con mi amor, más con el bálsamo sacado de mi corazón exprimido por el amor y el dolor, que no con el ungüento. Y la muerte no hincará su diente en esa carne que tanto amor ha dado y tanto amor recibe. Huirá la Muerte. Porque el Amor es más fuerte que ella. El Amor es invencible. Y yo, Madre, con amor, con tu perfecto amor, con mi total amor, embalsamaré a mi Rey de Amor.
María besa a esta apasionada que, por fin, ha sabido encontrar a quien tanta pasión merece. Y cede ante sus ruegos.
Las mujeres salen llevando consigo una lámpara, de forma que en la habitación queda sólo una. La última en salir es la Magdalena, después de un último beso a la Madre, que se queda.
La casa está del todo oscura y silenciosa, y el camino todavía oscuro y solitario.
Juan pregunta:
-¿Verdaderamente no queréis que vaya con vosotras?
-No. Puedes hacer falta aquí. Adiós.
Juan vuelve donde María.
-No han querido que fuera con ellas… - dice quedo.-dice quedo.
-No te atormentes. Ellas donde Jesús. Tú, conmigo. Juan, vamos a orar un poco juntos. ¿Dónde está Pedro?
-No lo sé. Por la casa. Pero no lo veo. Está… Lo creía más fuerte… También yo siento dolor, pero él…
-Él tiene dos dolores; Tú, uno sólo. Ven. Vamos a orar también por él.
Y María recita lentamente el Pater noster.
Luego acaricia a Juan:
-Ve donde Pedro. No lo dejes solo. Ha estado tanto en las tinieblas, durante estas horas, que no soporta quiera la leve luz del mundo. Sé el apóstol de tu hermano zozobrante y angustiado. Comienza por él tu predicación. En tu camino ̀ y será largo-encontrarás siempre a hombres semejantes a él. Con tu compañero empieza el trabajo…
-¿Y qué diré?… No sé… Todo le hace llorar…
-Recuérdale el precepto de amor de Jesús. Dile que quien solamente teme no conoce todavía suficientemente a Dios, porque Dios es Amor. Y si te dice: "Yo he pecado", respóndele que Dios ha amado tanto a los pecadores, que por ellos ha enviado a su Unigénito. Dile que amor es la respuesta a tanto amor. Y el amor infunde confianza en el bonísimo Señor. Esta confianza aleja el temor a su juicio, porque con ella reconocemos la Sabiduría y Bondad divinas, y decimos: "Yo soy una pobre criatura. Pero Él lo sabe. Y me da a Cristo como garantía de perdón y columna en que apoyarme. Mi miseria queda vencida por mí unión con Cristo". Es en el nombre de Jesús en el que todo se perdona… Ve, Juan. Dile eso. Yo me quedo aquí, con Jesús…
Juan sale cerrando tras sí la puerta, mientras María acaricia el Sudario.
María se pone de rodillas, como la noche anterior, cara a Cara con el velo de la Verónica. Y ora, y habla con su Hijo. Fuerte para dar fuerza a los demás, cuando está sola se pliega bajo el peso de la quebrantadora cruz. Y, a pesar de ello, de cuando en cuando, como una llama liberada del estorbo del celemín, su alma se alza hacia una esperanza que en Ella no puede morir; es más, que con el paso de las horas va aumentando. Y manifiesta su esperanza también al Padre; su esperanza y su súplica:
-¡Jesús, Jesús! ¿No vuelves todavía? Tu pobre Mamá ya no resiste sabiendo que estás muerto allí. Hablaste y ninguno te comprendió. ¡Pero yo sí te he comprendido!
"Destruid el Templo de Dios y lo reconstruiré en tres días.” Éste es el principio del tercer día. ¡Oh mi Jesús! No esperes al final del día para volver a la vida, a tu Mamá, que necesita verte vivo para no morir recordándote muerto; que necesita verte hermoso, sano, triunfante, para no morir recordándote en ese estado en que te dejaron.
¡Oh, Padre! ¡Padre! ¡Dame a mi Hijo! Que yo lo vea de nuevo Hombre y no cadáver, Rey y no condenado. Sé que después volverá contigo al Cielo. Pero yo lo habré visto curado de tanto mal; fuerte, después de tanta debilidad; triunfador, después de tanta lucha; Dios, después de tanta humanidad padecida por los hombres. Y me sentiré feliz aun perdiéndolo de mi lado. Sabré que está contigo, Padre santo, sabré que para siempre está fuera del Dolor. Pero ahora no puedo, no puedo olvidar que está en un sepulcro, que está allí, matado por tanto dolor como le han causado, no puedo olvidar que Él, mi Hijo-Dios, esta agregado a la suerte de los hombres en la oscuridad de un sepulcro, Él, tu Viviente.
Padre, Padre, escucha a tu sierva. Por aquel "sí"… No te he pedido nunca nada por mi obediencia a tus designios; era tu Voluntad, y tu Voluntad era la mía; nada debía exigir por el sacrificio de la mía a Ti, Padre Santo. ¡Pero ahora, pero ahora, por aquel "sí" que dije al Ángel mensajero, oh Padre, escúchame!
Él está libre de las torturas, porque todo lo ha consumado con la agonía de tres horas después de las vejaciones de la mañana. Pero yo llevo tres días en esta agonía. Tú ves mi corazón y sientes sus latidos. Nuestro Jesús dijo que no caía una pluma de ave sin que Tú la vieras; que no moría una flor en el campo sin que Tú consolaras su agonía con tu sol y tu rocío. ¡Oh, Padre, yo muero de este dolor! Haz conmigo como con el ave al que recubres con nuevas plumas, como con la flor a la que calientas y das de beber compasivo. Yo muero de frío por el dolor. Ya no tengo sangre en las venas. En el pasado, toda se hizo leche para nutrir a tu Hijo e Hijo mío; ahora se ha hecho por entero llanto, porque ya no tengo Hijo. Me lo han matado, matado, Padre. ¡Y Tú sabes de qué manera!
¡Estoy exangüe! He derramado mi sangre con Él en la noche del Jueves, en el Viernes funesto. Tengo frío como una persona desangrada. Ni tengo ya Sol, porque Él ha muerto, mi Sol santo, el Sol mío bendito, el Sol nacido de mi seno para alegría de su Mamá, para salud del mundo. Ni siento refrigerio, porque ya no lo tengo a Él, la más dulce de las fuentes para su Madre, que bebía su palabra, que con la presencia de Él saciaba su sed. Soy como una flor en arena desecada.
Muero, muero, Padre santo. No me da miedo morir, porque Él también ha muerto. Pero… ¿y estos pequeñuelos?, ¿el pequeño rebaño de mi Hijo?, tan débiles, tan asustadizos, tan volubles… ¿qué será de ellos, si nadie los sostiene? No soy nada, Padre; pero, para los deseos de mi Hijo, soy como un cuerpo de ejército. Defiendo, defenderé su Doctrina y su herencia como una loba defiende a sus lobeznos. Yo, cordera, me haré loba para defender lo que pertenece a mi Hijo y, por tanto, lo que te pertenece a ti.
Tú lo has visto, Padre. Hace ocho días esta ciudad ha despojado sus olivos, sus casas, sus jardines, a los propios habitantes, y se ha quedado ronca gritando: "Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en el nombre del Señor". Y, mientras Él pasaba sobre alfombras de ramas, de vestidos, de telas, de flores, los habitantes de la ciudad, unos a otros, se señalaban a Jesús y decían:
"Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea. Es el Rey de Israel". Y, cuando aún no se habían ajado esas ramas y la voz estaba todavía ronca de tanto grito de alabanza, transformaron su grito en acusaciones y maldiciones y en peticiones de condena a muerte; de las ramas arrancadas para la exaltación hicieron palos para golpear a tu Cordero, y lo conducían a la muerte. Si todo esto han hecho mientras Él estaba en medio de ellos y les hablaba y les sonreía y los miraba con esa mirada suya que diluye el corazón y que hasta hace estremecerse a las piedras si en ellas recae, y los favorecía y adoctrinaba, ¿qué harán cuando Él haya vuelto a ti?
Sus discípulos -ya lo has visto-, uno lo ha traicionado, los otros han huido. Bastó que le golpearan para que huyeran como cobardes ovejas, y no han sabido estar a su lado mientras moría. Uno sólo, el más joven; ha permanecido. Ahora viene el anciano. Pero ya ha sabido abjurar una vez. Cuando Jesús no esté ya aquí mirándolo, ¿sabrá permanecer en la Fe?
Yo no soy nada, pero en mí hay un poco de mi Hijo, y mi amor cubre de plenitud mi flaqueza y la anula. Me hago así útil para la causa de tu Hijo, para su Iglesia, que no encontrará nunca paz y que necesita echar raíces profundas para no ser desarraigada por los vientos. Yo seré la que la cuide. Como hortelana diligente, velaré para que crezca fuerte y derecha en su amanecer. Luego no me preocupará morirme. Pero no puedo vivir si sigo más tiempo sin Jesús.
¡Oh, Padre que abandonaste al Hijo por el bien de los hombres, pero que luego lo confortaste, porque ciertamente lo has recibido en tu seno después de la muerte, no me dejes más tiempo en este abandono. Yo lo padezco y lo ofrezco por el bien de los hombres. Pero consuélame, ahora, Padre. ¡Padre, piedad! ¡Piedad, Hijo mío! ¡Piedad, divino Espíritu! ¡Acuérdate de tu Virgen!
Después, prosternada, María parece orar con su postura, además de con su corazón: es verdaderamente un pobre ser abatido: parece esa flor muerta de sed de que ha hablado.
No advierte tan siquiera la sacudida de un breve pero violento terremoto que hace gritar y huir al dueño y a la dueña de la casa, mientras Pedro y Juan, pálidos como muertos, arrastran sus pasos hasta la entrada de la habitación.
Pero, al ver a María tan absorta en su oración, olvidada, lejana de todo lo que no es Dios, se retiran y cierran la puerta y vuelven, atemorizados, al Cenáculo.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
Entra cautelosa María de Alfeo y escucha. Quizás piensa que la Virgen se ha adormecido. Se acerca, se inclina. La ve de rodillas, rostro en tierra contra el Sudario. Susurra:
-¡Oh, pobrecilla, así se ha quedado!
Debe pensar que se ha dormido o que se ha desmayado así.
Pero María, saliendo de su oración, dice:
-No. Estaba orando.
-¡Pero de rodillas! ¡A oscuras! ¡Con frío! ¡La ventana abierta! ¡Fíjate, estás helada!
-Pero estoy mucho mejor, María. Mientras oraba -y sólo el Eterno sabe cuánto era mi agotamiento después de haber sostenido tantas fes vacilantes, y de haber iluminado tantas mentes que ni siquiera su muerte ha aclarado-me ha parecido sentir un perfume angélico, un frescor de Cielo, una caricia de ala… Un instante… Sólo un instante.
Pero me ha parecido que, en el mar de mirra que embravecido me sumerge desde hace ya tres días, se infundiera una gota de pacificadora dulzura; me ha parecido como si la bóveda clausurada de los Cielos se entreabriera y un hilo de luminoso amor descendiera a la Abandonada; me ha parecido como si, viniendo de lejanías infinitas, un murmullo incorpóreo dijera: "Realmente ha terminado". Mi oración, hasta ese momento desolada, se ha hecho más tranquila, se ha teñido de esa luminosa paz -¡oh, solamente una leve pincelada!-, de esa luminosa paz de que estaban hechos mis contactos con Dios en la oración… ¡Mis oraciones!… María: ¿amaste mucho, tú, a tu Alfeo, cuando eras la virgen desposada?
-¡Oh, María!… Exultaba a cada amanecer, diciendo: "Ha pasado una noche. Una menos de espera". Exultaba a cada puesta de sol, diciendo: "Otro día ha terminado. Más próxima mi entrada bajo su techo". Y nada más ponerse el sol cantaba como una alondra, pensando: "Dentro de poco viene". Y cuando lo veía venir, hermosa su cara como la de mi Judas -por eso Judas es mi predilecto-, con ojos de ciervo enamorado como es mi Santiago, ¡oh, entonces yo ya no sabía donde me encontraba!
Y cuando me saludaba diciendo: “¡Dulce esposa!” y yo podía decirle: "Señor mío", entonces yo…… yo creo que si hubiera sido triturada en ese momento por un pesado carro, o alcanzada por una flecha, no habría sentido dolor. ¡Y después!… ¡Cuando fui su mujer… ah!…- María se pierde en el éxtasis de los recuerdos. Luego dice
-Pero ¿por qué esta pregunta?
-Para explicarte lo que eran para mí las oraciones. Centuplica los sentimientos, poténcialos miles de veces, y comprenderás lo que siempre fue para mí la oración, la espera de aquella hora… Ya de por sí creo que, aun cuando no estaba orando en la paz de la gruta o de mi habitación, sino que trabajaba en las labores de la mujer, mi alma oraba sin pausa… Pero cuando podía decir:
"Llega la hora de recogerme en Dios", mi corazón ardía latiendo veloz. Y cuando en Él me perdía… entonces… No… Esto no te lo puedo explicar. Cuando estés en la Luz de Dios lo comprenderás… Todo esto desde hacía tres días estaba perdido… Y era todavía más angustioso que el no tener ya Hijo… Y Satanás trabajaba en estas dos llagas sobrepuestas: la de la muerte de mi Hijo y la del abandono de Dios, creando la tercera llaga del terror de la no fe.
María, te quiero y eres pariente mía. Esto se lo dirás después a tus hijos apóstoles, para que sepan resistir en el apostolado y triunfar sobre Satanás.
Estoy segura de que si yo hubiera aceptado la duda, si hubiera cedido a la tentación de Satanás y hubiera dicho:
"No es posible que resucite", negando a Dios -porque decir eso hubiera sido negar a Dios con su Verdad y su Poder-, tanta Redención vanamente se habría verificado. Yo, nueva Eva, habría vuelto a morder el fruto de la soberbia y de la sensualidad espiritual y habría deshecho la obra de mi Redentor. Los apóstoles continuamente serán tentados así, por el mundo, por la carne, por el poder, por Satanás. Manténganse firmes. Contra todas las torturas -y las corporales serán las más leves-para no destruir lo que Jesús ha hecho.
-Díselo tú, María, a mis hijos… ¡¿Qué crees que sabrá decir tu pobre cuñada?! ¡De todas formas! ¡Si hubieran venido! ¡Huir en la primera hora… paciencia! ¡Pero después!…
-Fíjate, Lázaro y Simón habían recibido la orden de llevarlos a Betania. Jesús sabe todo…
-Sí… Pero… cuando los vea los voy a reprender ásperamente. Han sido unos cobardes. ¿Que lo fueran todos los demás? Pero ellos. ¡Mis hijos! No se lo perdonaré nunca…
-Perdona, perdona… Ha sido un momento de desconcierto… No creían que pudieran capturarlo… Él lo había dicho…
-Precisamente por eso no los perdono. Lo sabían. Estaban preparados. ¡Cuando una cosa se sabe y se cree en quien la dice, nada sorprende!
-María, también a vosotras os dijo: "Resucitaré". Y… si pudiera abrir vuestro pecho y vuestra cabeza, en el corazón y en el cerebro vería escrito: "no puede ser".
-Pero, al menos… Sí… Es difícil creer… Pero nosotras hemos estado en el Calvario.
-Por gracia gratuita de Dios. Si no, habríamos huido también nosotras. ¿Has oído lo que ha dicho Longinos? Ha dicho: "cosa horrible". Y es un guerrero. Nosotras, mujeres, solas con un muchacho, hemos resistido por ayuda directa de Dios. Por tanto, no te gloríes de ello. No es mérito nuestro.
-¿Y por qué no a ellos?
-Porque ellos serán los sacerdotes del mañana. Deben, por tanto, saber. Saber, por haberlo experimentado, cuán fácil le es al fiel de un Credo caer en la abjuración. Jesús no quiere sacerdotes como esos que lo son tan poco, que han sido sus más tenaces enemigos…
-Hablas de Jesús como si ya hubiera vuelto.
-¿Lo ves? Tú también confiesas que no crees. ¿Cómo, pues, censuras a tus hijos?
María de Alfeo no sabe qué replicar. Se queda cabizbaja. Mueve mecánicamente una serie de objetos. Encuentra una lamparita y sale, para volver después con ella encendida y ponerla en el sitio suyo usual.
María se ha sentado otra vez junto al Sudario desplegado. El Sudario que, con la luz amarilla de la lámpara de aceite, a la luz de la llamita temblorosa, adquiere una vida especial y parece mover boca y ojos.
-¿No tomas nada? -pregunta un poco pesarosa la cuñada.
-Un poco de agua. Tengo sed.
María va y vuelve… con leche.
-No insistas. No puedo. Agua sí. No me queda agua dentro… Creo que no tengo ya ni siquiera sangre. Pero…
Llaman a la puerta de la casa. María de Alfeo sale. Se oye cuchichear en el vestíbulo. Luego Juan asoma la cabeza.
-Juan. ¿Has vuelto? ¿Todavía nada?
-Sí. Simón Pedro… y el manto de Jesús… juntos… En el Get-Sammí. El manto…
Juan se arrodilla y dice:
-Aquí está… pero está todo desgarrado y ensangrentado.
Las huellas de las manos son de Jesús. Sólo Él las tenía así de largas y delgadas. Pero los desgarros son de dientes. Se ve claramente que esto es una boca de hombre.
Pienso que habrá sido… que habrá sido Judas Iscariote, porque junto al lugar donde Simón Pedro encontró el manto había un trozo de la túnica amarilla de Judas. Ha vuelto allí… después… antes de quitarse la vida. Mira, Madre.
María no ha hecho otra cosa sino acariciar y besar el grueso manto rojo de su Hijo. Pero instada por Juan lo abre, y ve las huellas sangrientas, oscuras sobre el rojo de la Sangre, y los desgarros de los dientes. Tiembla y susurra:
-¡Cuánta sangre! -Parece no ver más que la Sangre.
-Madre… la tierra está roja de sangre. Simón, que ha ido allí sin demora en las primeras horas de la mañana, dice que el verde tenía todavía en las hojas sangre fresca… Jesús… No sé… No me parecía que estuviera herido…
¿De dónde tanta sangre?
-De su Cuerpo. En la angustia… ¡Oh! Jesús Víctima total. ¡Oh! ¡Mi Jesús!
María llora tan angustiosamente, con un lamento exhausto, que las mujeres se asoman a la puerta y miran y luego se retiran.
-Esto, esto mientras todos te abandonaban… ¿Qué hacíais vosotros mientras Él sufría su primera agonía?
-Dormíamos, Madre…
Juan llora.
-¿Allí estaba Simón? Cuenta.
-Yo había ido para buscar el manto. Había pensado pedírselo a Jonás y a Marcos… Pero habían huido. La casa estaba cerrada y todo abandonado. Entonces bajé a las murallas, para recorrer todo el camino del jueves…
Estaba tan cansado aquella noche, y apenado, que no podía recordar, ahora, dónde se había quitado Jesús el manto. Me parecía que lo llevaba y que, en un determinado momento, ya no lo llevaba… En el lugar de la captura, nada… Donde habíamos estado nosotros tres, nada… Fui por el sendero que tomó el Maestro… Y cuando vi a Simón Pedro allí, todo acurrucado y apoyado en una roca, pensé que hubiera muerto también él. Grité. Levantó la cabeza…
y, de tan cambiado como lo vi, pensé que se había vuelto loco. Lanzó un grito y trató de huir. Pero se tambaleaba, cegado por el llanto que había vivido. Yo lo agarré. Me dijo:
"Déjame. Soy un demonio. He renegado de Él, como Él decía… y el gallo ha cantado y Él me ha mirado. He huido… he corrido arriba y abajo por los campos. Luego me he visto aquí. Y ¿ves? Aquí Yeohveh ha hecho que encontrara su Sangre acusadora. Todo sangre. ¡Todo sangre!
En la roca, en la tierra, en la hierba. Yo he hecho que esta Sangre fuera derramada. Como tú, como todos. Pero yo he renegado de esa Sangre". Me parecía que deliraba. Traté de calmarlo y de sacarlo de allí. Pero no quería. Decía:
“Aquí. Aquí. A hacer guardia a esta Sangre y a su manto. Y con las lágrimas quiero lavarlo. Cuando ya no haya sangre en la tela, quizás entonces vuelva con los vivos dándome golpes de pecho y diciendo: “¡He renegado del Señor!”. Le dije que querías verlo.
Que me había mandado a buscarlo. Pero no quería creerlo. Entonces le dije que habías querido ver también a Judas, para perdonarlo, y que sufrías por no poder ya hacerlo por su suicidio. Entonces lloró más sosegadamente. Quiso saber. Todo. Y me contó que la hierba tenía todavía Sangre fresca y que el manto había sido maltratado por Judas, de cuya túnica había encontrado un trozo. Lo dejé hablar y hablar.
Luego dije: "Ven a ver a la Madre". ¡Oh, cuánto tuve que suplicar para convencerlo! Y cuando me parecía haber logrado convencerlo y me levantaba para venir, él ya no quería. Ha habido que esperar hasta el anochecer para que viniera. Pero cruzada la puerta, otra vez se escondió, en un huerto desierto y dijo: "No quiero que la gente me vea.
Llevo escrito en la frente la palabra: Renegador de Dios. Ahora, ya en plena oscuridad, he logrado arrastrarlo hasta aquí.
-¿Dónde está?
-Detrás de esa puerta.
-Dile que entre.
-Madre…
-Juan…
-No le reprendas. Está arrepentido.
-¿Tan poco me conoces todavía? Dile que entre.
Juan sale. Vuelve. Solo. Dice:
-No se atreve. Mira a ver si llamándolo tú…
Y María, dulcemente:
-Simón de Jonás, ven.
Nada.
-Simón Pedro, ven.
Nada.
-Pedro de Jesús y de María, ven.
Un áspero estallido de llanto. Pero no entra. María se alza. Deja el manto encima de la mesa y va a la puerta.
Pedro está acurrucado afuera. Como un perro sin amo. Llora con tanta fuerza, y todo encogido, que no oye el ruido de la puerta que se abre chirriando, ni el roce de las sandalias de María. Se da cuenta de que Ella está allí cuando María se inclina hasta tomarle una mano con que está apretando sus ojos y le obliga a levantarse. Entra en la habitación tirando de él, como si de un niño se tratara. Cierra la puerta con el agarrador y el cerrojo, y, encorvada por el dolor como él por la vergüenza, vuelve a su sitio.
Pedro va a sus pies, de rodillas, y llora sin freno. María acaricia sus cabellos entrecanos y sudados por el dolor.
Nada más que esta caricia, hasta que él está más calmado. Luego, cuando por fin Pedro dice: «No puedes perdonarme; por tanto, no me acaricies. Porque yo lo he negado», María dice:
-Pedro, tú lo has negado. Es verdad. Has tenido la valentía de negarlo en público, la valentía cobarde de hacerlo. Los otros… Todos, menos los pastores, Manahén, Nicodemo, José y Juan, han tenido sólo cobardía. Lo han negado todos: hombres y mujeres de Israel, menos unas pocas mujeres… No nombro a los sobrinos ni a Alfeo de Sara. Eran parientes y amigos. ¡Pero los otros!… Y ni siquiera han tenido la valentía satánica de mentir para salvarse, ni la valentía espiritual de arrepentirse y llorar, ni la valentía, aún más alta, de reconocer públicamente el error.
Eres un pobre hombre. Es más: lo eras. Mientras te jactabas de ti. Ahora eres un hombre. Mañana serás un santo. Pero aunque no fueras como eres, yo te habría perdonado igualmente. Habría perdonado a Judas, con tal de salvar su espíritu.
Porque el valor de un espíritu, de uno solo, justifica todo esfuerzo por superar repugnancias y resentimientos, hasta quedar destrozados por ese esfuerzo. Recuerda esto, Pedro. Te lo repito: El valor de un alma es tal, que aun a costa de morir por el esfuerzo de sufrirla a nuestro lado, hay que tenerla así, entre los brazos, como yo tengo tu cabeza canosa, si se comprende que teniéndola así se la puede salvar.
Así. Como una madre que, después del castigo paterno, pone en su corazón la cabeza del hijo culpable, y, con las palabras de su corazón deshecho de dolor, que palpita, que palpita de amor y dolor, más con esas palabras que con los golpes del padre, hace cambiar y obtiene. Pedro de mi Hijo, pobre Pedro que has estado, como todos, en las manos de Satanás en esta hora de tinieblas, y no te has dado cuenta de ello, y crees que todo lo has hecho tú solo, ven, ven aquí, al corazón de la Madre de los hijos de mi Hijo.
Aquí Satanás no puede ya causarte daño. Aquí se calman las tormentas y -a la espera del Sol, de mi Jesús que resucitará para decirte: "Paz, Pedro mío"-se alza estrella de la mañana, pura, hermosa, y que hace puro y hermoso todo aquello que por ella es besado, como sucede con las claras aguas de nuestro mar en las frescas mañanas de primavera. Por esto te anhelado tanto. Al pie de la Cruz yo padecía martirio por Él y por vosotros, y -¿cómo no lo oíste?-, y llamaba a vuestros espíritus con tanta fuerza, que creo que vinieron realmente a mí. Y, dentro de corazón -es más: puestos en mi corazón como los panes de la proposición-los he tenido bajo el ̜ lavacro de su Sangre y llanto. Podía hacerlo, porque Él, en Juan, me ha hecho Madre de toda su prole… ¡Cuánto te he anhelado!… Esa mañana, esa tarde, esa noche y el nuevo día…
¿Por qué has hecho esperar tanto a una madre, pobre Pedro herido y pisoteado por el Demonio? ¿No sabes que es misión de las madres enderezar, curar, perdonar, guiar? Yo te conduzco a Él. ¿Querrías verlo? ¿Querrías ver su sonrisa para convencerte de que te ama todavía? ¿Sí? ¡Oh, entonces sepárate de mi pobre pecho de mujer y apoya la frente en su frente coronada, tu boca en su boca herida, y besa a tu Señor!
-Está muerto… No podré volver a hacerlo.
-Pedro. Respóndeme. ¿Cuál crees que es el último milagro de tu Señor?
-El de la Eucaristía. No, no, el del soldado que curó allí… ¡Oh, no me hagas recordar!…
-Una mujer, fiel, amorosa, fuerte, se llegó a Él en el Calvario y le secó la Cara. Y Él, para decir cuánto puede el amor, fijó su Rostro en la tela. Aquí lo tienes, Pedro.
Esto obtuvo una mujer, en momentos de tinieblas infernales y de enojo divino. Sólo porque amó. Recuerda esto Pedro.
Para las horas en que te parezca que el Demonio es más fuerte que Dios. Dios se hallaba prisionero de los hombres, ya avasallado, condenado, flagelado, ya agonizando… Y, a pesar de todo-dado que Dios, incluso en medio de las más duras persecuciones, siempre es Dios, y, si se puede abatir a la Idea, intocable es Dios que la suscita-, Dios, a los que niegan, a los que no creen, a los hombres de los necios "¿por qué?'; de los culpables "no puede ser"; de los sacrílegos "lo que yo no comprendo no es verdad", responde, sin palabras con esta tela.
Míralo. Un día -me lo dijiste tú-dijiste a Andrés: "¿El Mesías manifestarse a ti? ¡No puede ser cierto!", y luego tu razón humana se debió doblegar a la fuerza del espíritu que veía al Mesías donde la razón no lo veía. Otra vez, en el mar embravecido, preguntaste: "¿Voy, Maestro?", y luego, a mitad de camino, sobre el agua agitada, dudaste y dijiste: "El agua no puede sostenerme", y con el lastre de la duda te faltó poco para ahogarte. Sólo cuando contra la razón humana prevaleció el espíritu que supo creer, pudiste hallar la ayuda de Dios. Otra vez dijiste: "¿Si Lázaro ha muerto ya hace cuatro días, a qué hemos venido? Para morir inútilmente".
Y es que no podías, con tu razón humana, admitir otra solución. Y tu razón quedó desmentida por el espíritu, que, indicándote con el resucitado la gloria del Resucitador, te mostró que no habías ido allí en vano. Otra, bueno… otras veces, al oír hablar de muerte, y muerte atroz, a tu Señor, dijiste: "¡Eso no te sucederá nunca!". Y ya ves qué mentís ha recibido tu razón. Yo espero, ahora, oír la palabra de tu espíritu, en este último caso…
-Perdón.
-Eso no. Otra palabra.
-Creo.
-Otra.
-No sé…
-Amo. Pedro, ama. Serás perdonado. Creerás. Serás fuerte.
Serás Sacerdote, y no el fariseo que avasalla y no posee sino formalismos y no una fe activa. Míralo. Ten el valor de mirarlo. Todos lo han mirado y venerado. Incluso Longinos… ¿Tú no ibas a saber hacerlo? ¡Has sabido incluso renegar de Él! Si no lo reconoces ahora, a través del fuego de mi materno, amoroso dolor que os une, que os pone de nuevo en armonía, ya no podrás hacerlo.
Él resucita. ¿Cómo podrás mirarlo con su nuevo fulgor, si no conoces su rostro en la transición del Maestro que conoces al Triunfador que no conoces? Porque el dolor, todo el Dolor de los siglos y del mundo, lo ha labrado con cincel y mazo en esas horas que van desde el caer de la tarde del Jueves hasta la hora nona del Viernes. Y han cambiado su Rostro. Antes era solo el Maestro y el Amigo.
Ahora es el Juez y Rey. Ha subido a su sitial para juzgar.
Y se ha ceñido la corona. Así permanecerá. Lo único es que después de la gloriosa Resurrección no será ya el Hombre Juez y Rey, sino el Dios Juez y Rey. Míralo. Míralo. Míralo mientras la Humanidad y el Dolor lo entrevelan, para poderlo mirar cuando triunfe en su Divinidad.
Pedro levanta por fin la cabeza del regazo de María, y la mira, con sus ojos enrojecidos por el llanto en rostro de anciano niño desolado por el mal cumplido y asombrado por tanto bien como encuentra.
María lo fuerza a mirar a su Señor. Y entonces -mientras Pedro, como delante de un rostro vivo, gime: «¡Perdón, perdón! No sé cómo ha sucedido, no sé qué ha sucedido. No era yo. Era algo que me hacía no ser yo. Pero… ¡yo te quiero, Jesús!, ¡te quiero, Maestro mío! ¡Vuelve! ¡Vuelve!
¡No te marches así, sin decirme que me has comprendido!»-entonces, María repite el gesto que ya hizo en la cámara sepulcral. Con los brazos extendidos, en pie, parece la sacerdotisa en el momento de la ofrenda. Y, de la misma manera que allí ofreció la Hostia sin mancha, aquí ofrece al pecador arrepentido. ¡Verdad mente es la Madre de los santos y de los pecadores!
Luego levanta a Pedro. Lo consuela más. Y le dice, como a un niño:
-Ahora estoy más contenta. Te veo aquí. Ahora ve, ve allí, con las mujeres y Juan. Necesitáis descanso y alimento. Ve. Y sé sé bueno…
Y luego, mientras en la casa -más serena en esta noche segunda desde su muerte-tienden a volver las costumbres humanas del sueño y del alimento, en una casa que presenta el aspecto cansado y resignado de las moradas donde los supervivientes, despacio, vuelven en sí de la impresión recibida por la muerte, María es la única que quiere permanecer en píe. Inmóvil en su sitio, en su espera, en su oración. Siempre, siempre, siempre; por los vivos, por los muertos, por los justos, por los pecadores, por el regreso, el regreso, el regreso de su Hijo.
Su cuñada quería estar con Ella. Pero ahora duerme profundamente, sentada en un rincón, con la cabeza apoyada hacia atrás contra la pared. Marta y María vienen dos veces, pero luego, cargadas de sueño, se retiran a una habitación próxima, y después de alguna palabra, caen también ellas en las profundidades del sueño…
Más allá, en un cuartito pequeño como un cuarto de juguete, duermen Salomé y Susana; mientras que, encima de dos esteras echadas en el suelo, duermen rumorosamente Pedro y Juan: el primero, todavía con mecánicas inspiraciones convulsas que se pierden en su ronquido; el segundo, con una sonrisa de niño soñando alguna visión feliz.
La vida vuelve a sus funciones y la carne a sus derechos… Sólo la Estrella de la Mañana resplandece insomne, con su amor que vela junto a la imagen de su Hijo.
Y la noche del Sábado pasa así. Hasta que el canto del gallo, con el primer claror del alba, hace levantarse, con un grito, a Pedro; y su grito, impregnado de miedo y dolor, despierta a los otros durmientes.
Ha terminado la tregua para ellos y empieza otra vez la pena; para María, sólo va aumentando el ansia de la espera.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
El alba, fatigosamente, avanza débil. La aurora tarda -cosa extraña-aunque no haya nubes en el cielo. Parece como si los astros hubieran perdido todo elemento de vigor. Y, al igual que la nocturna Luna era pálida, el Sol que aparece también es pálido. Opacos… ¿Será que también ellos han llorado, y por eso tienen este aspecto empañado como lo tienen los ojos de los buenos, que han llorado y lloran por la muerte del Señor?
En cuanto Juan comprende que han abierto las puertas, sale, sordo a las súplicas maternas. Las mujeres se atrincheran en casa, ahora más atemorizadas porque también el apóstol se ha marchado.
María, que sigue en su habitación, desmayadas las manos sobre su regazo, mira fijamente hacia fuera a través de la ventana que da a un jardín no excesivamente grande, pero sí bastante amplio, y todo lleno de rosas florecidas que orillan las altas tapias y los caprichosos cuadrados de jardín. En las matas de los lirios, por el contrario, no hay todavía tallos de futuras flores: están tupidas, hermosas, pero sólo con hojas. Mira, mira, y yo creo que no ve nada, sino lo que hay en su pobre cerebro cansado: la agonía de su Hijo.
Las mujeres van y vienen. Se acercan a Ella, la acarician, le ruegan que tome algo que la reconforte… y cada una de estas veces, al venir ellas, viene una oleada de un perfume denso, compuesto, un perfume que aturde.
María se estremece cada vez, pero nada más. No dice nada. No hace nada. Nada. Está exhausta. Espera. Sólo espera. Es la Mujer que espera.
Un golpe en la puerta… Las mujeres corren a abrir. María se vuelve en su asiento, pero no se levanta. Mira fijamente a la puerta entreabierta.
Entra la Magdalena.
-Está Manahén… Quisiera ser útil para algo…
-Manahén… Dile que entre. Siempre ha sido bueno. No creía que fuera él…
-¿Quién pensabas que fuera, Madre?…
-Después… después. Que entre.
Entra Manahén. No viene pomposo como de costumbre. Trae una túnica normalísima, de un marrón casi negro, y el manto es casi igual. Ninguna joya. Tampoco la espada. Nada. Parece un hombre de condición económica buena, pero del pueblo. Se inclina para saludar. Primero cruza las manos en el pecho, luego se arrodilla como ante un altar.
-Levántate. Y perdona si no respondo a la reverencia. No puedo…
-No debes. Yo no lo permitiría. Sabes quién soy. Por eso te ruego que cuentes conmigo como tu siervo. ¿Me necesitas? Veo que no tienes a tu lado ningún hombre. Sé por Nicodemo que todos han huido. No había ninguna solución, es verdad, pero al menos darle el consuelo de vernos. Yo… yo lo saludé en el Sixto. Y luego ya no pude, porque… Bueno, es inútil decirlo. Esto también ha sido deseo de Satanás. Ahora estoy libre y vengo a ponerme a tu servicio. Ordena, Mujer.
-Quisiera saber y hacer saber a Lázaro… Sus hermanas están preocupadas, y también mi cuñada y la otra María. Quisiéramos saber si Lázaro, Santiago, Judas y el otro Santiago están en salvo.
-¿Judas? ¡Judas Iscariote! ¡Pero si lo ha traicionado!
-Judas el hijo del hermano de mi esposo.
-¡Ah! Voy -y se levanta.
Pero, al hacerlo, hace un gesto de dolor.
-¿Estás herido?
-¡Mmm!… Sí. No es nada. Un brazo que me duele un poco.
-¿Por causa nuestra? ¿Por esto no estabas arriba?
-Sí, era por esto. Y sólo eso me duele; no la herida. El resto de fariseísmo, de hebraísmo, de satanismo que había en mí porque en satanismo se ha transformado el culto de Israel-ha salido por entero con esa sangre. Soy como un recién nacido que después de cortado el sagrado ombligo deja de tener contacto con la sangre materna, y las pocas gotas que todavía quedan en el cordón cortado no entran él, pues están estranguladas por el lazo de lino.
Caen… ya inútiles. El recién nacido vive con su corazón y su sangre. Lo mismo yo. Hasta ahora no estaba todavía formado del todo. Ahora he llegado al final, y vengo, y he sido dado a Luz. Ayer nací. Mi madre es Jesús de Nazaret. Y me dio a Luz cuando dio el último grito. Lo sé… porque he huido a casa de Nicodemo esta noche. Lo único que quisiera es verlo. Cuando vayáis al Sepulcro, decídmelo. Iré yo también… ¡Ignoro su Rostro de Redentor!
-Te está mirando, Manahén. Vuélvete.
El hombre, que había entrado con la cabeza inclinada profundamente y que luego había tenido ojos sólo para María, se vuelve casi asustado y ve el Sudario. Se arroja al suelo, rostro en tierra, adorando… Y llora.
Luego se pone en pie. Se inclina ante María y dice:
-Me marcho.
-Es sábado. Ya lo sabes. Ya nos acusan de violar la Ley por instigación suya.
-Estamos empatados, porque ellos violan la ley del Amor. La primera y más grande. Él lo decía. Que el Señor te consuele. Sale.
Pasan las horas. ¡Qué lentas son para el que espera!…
María se levanta y, apoyándose en los muebles, va a la puerta. Trata de atravesar el vasto vestíbulo de entrada, pero cuando ya no tiene dónde apoyarse vacila como si estuviera ebria.
Marta, que ha presenciado la escena desde el patio que hay pasada la puerta, acude.
-¿A dónde quieres ir?
-Ahí dentro. Me lo habéis prometido.
-Espera a Juan.
-Basta de esperar. Como veis, estoy serena. Id y que abran, dado que habéis dicho que cierren por dentro. Yo espero aquí.
Susana -han venido todas-se marcha a llamar al dueño, para que venga con las llaves. Mientras tanto, María se apoya en la puertecita, como si quisiera abrirla con la fuerza de su deseo.
Ya viene el hombre. Amedrentado, abatido, abre y se retira. María, del brazo de Marta y de María de A1feo, entra en el Cenáculo. Todo está todavía como al final de la Cena. La cadena de los acontecimientos y la orden dada por Jesús han impedido que alguien cambiara las cosas. Lo único es que se han colocado en su sitio los asientos. Y María, a pesar de no haber estado en el Cenáculo, va directamente al sitio donde había estado sentado su Jesús.
Parece como si una mano la guiara. Y va tan rígida grande es el esfuerzo que hace por ir-, que parece casi sonámbula… Va. Da la vuelta en torno al asiento-lecho, se mete entre éste y la mesa… permanece erguida un momento. Luego cae derrengada sobre la mesa, rompiendo a llorar de nuevo. Luego se calma. Se arrodilla y ora con la cabeza apoyada en el borde de la mesa. Acaricia el mantel, el asiento, los objetos de la vajilla, el borde de la bandeja grande en que estaba cordero, el cuchillo grande usado para trinchar, el ánfora puesta delante de ese sitio. No sabe que está tocando lo que también ha tocado Judas Iscariote. Luego permanece como aturdida, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la mesa.
Callan todas. Hasta que la cuñada dice:
-Ven, María. Tenemos miedo de los judíos. ¿No quisieras que entraran aquí, no?
-No, no. Es un lugar santo. Vamos. Ayudadme… Habéis hecho bien en decírmelo. Quisiera también una arca, bonita, grande, cerrada, para meter dentro todos mis tesoros.
-Mañana dispongo que te la traigan del palacio. Es la más bonita de la casa; fuerte y segura. Te la doy con alegría promete la Magdalena.
Salen. María está verdaderamente derrengada. Se tambalea al subir los pocos escalones. Y, si su dolor es menos dramático, es porque ya no tiene fuerza para serlo; pero, en su moderación, es un dolor aún más trágico.
Vuelven a entrar en la habitación de antes. Y, antes de regresar a su sitio, María acaricia, como si de un rostro de carne se tratara, el santo Rostro del Sudario.
Otra llamada al portal. Las mujeres se apresuran a salir y a tornar la puerta.
Con su voz cansada, María dice:
-Si fueran los discípulos, y especialmente Simón Pedro y Judas, que vengan enseguida.
Pero es el pastor Isaac. Entra llorando, después de algún minuto, y se postra delante del Sudario; luego delante de la Madre, y no sabe qué decir. Es Ella la que dice: -Gracias. Te ha visto y te he visto. Yo lo sé. Os miró mientras pudo.
Isaac llora todavía más fuerte. Sólo cuando termina su llanto, puede hablar.
-No queríamos marcharnos. Pero Jonatán nos rogó que lo hiciéramos. Los judíos amenazaban a las mujeres… Luego ya no pudimos volver. Todo… todo había terminado… ¿A dónde íbamos a ir? Nos hemos diseminado por los campos y, ya completamente de noche, nos hemos reunido a mitad de camino entre Jerusalén y Belén. Nos parecía como si alejáramos su Muerte yendo hacia su Gruta… Pero luego hemos sentido que no era justo ir allá… Era egoísmo. Así que hemos vuelto hacia la Ciudad… Y, sin saber cómo, nos hemos encontrado en Betania…
-¡Mis hijos!
-¡Lázaro!
-¡Santiago!
-Están todos allá. En los campos de Lázaro, al amanecer, había personas diseminadas, errantes, que lloraban… ¡Sus inútiles amigos y discípulos!… Yo… he ido donde Lázaro. Creía que sería el primero… Sin embargo, allí estaban ya tus dos hijos, mujer, y el tuyo, junto con Andrés, Bartolomé, Mateo. Simón Zelote los había convencido de que fueran allí. Y Maximino, que había salido por los campos desde los primeros albores de la mañana, había encontrado a otros. Lázaro los ha socorrido a todos. Dice que el Maestro se lo había ordenado. Y lo mismo dice el Zelote.
-Pero Simón y José, los otros hijos míos, ¿dónde están?
-No lo sé, mujer. Habíamos estado juntos hasta el terremoto. Luego… no sé ya nada más con exactitud. Entre las tinieblas y los rayos, los muertos resucitados y el temblor del suelo y el torbellino de viento perdí la razón. Me encontré en el Templo. Y todavía me pregunto cómo es que estaba allí dentro, traspasado el límite sagrado.
Fíjate: entre mí y el altar de los perfumes había sólo un codo. ¡Fíjate! ¡Yo donde ponen pie sólo los sacerdotes de turno!… ¡Y… y he visto el Santo de los Santos!… Sí… Porque el Velo del Santo está desgarrado de arriba abajo, como si lo hubiera desgarrado la voluntad de un gigante… Si me hubieran visto allí dentro, me hubieran lapidado. Pero ya ninguno veía. Me he encontrado sólo espectros de muertos y espectros de vivos. Porque a la luz de los rayos, con la claridad de los incendios, encendido el terror en los rostros, parecían espectros…
-¡Oh, mi Simón! ¡Mi José!
-¿Y Simón Pedro? ¿Y Judas de Keriot? ¿Y Tomás y Felipe?
-No lo sé, Madre… Lázaro me envió a ver, porque le habían dicho que os habían matado.
-Entonces ve inmediatamente a tranquilizarlo. Ya he mandado a Manahén. Pero ve tú también y di… di que sólo a Él lo han matado y a mí con Él. Y si ves a otros discípulos llévalos contigo allá. Pero a Judas Iscariote y a Simón Pedro los quiero yo personalmente.
-Madre… perdónanos si no hemos hecho más.
-Todo lo perdono… Ve.
Isaac sale. Y Marta y María, Salomé y María de Alfeo, lo sofocan con multitud de súplicas, recomendaciones, indicaciones. Susana llora quedo, porque nadie le habla de su marido. Es entonces cuando Salomé se acuerda del suyo, y también llora.
Silencio de nuevo, hasta nuevos golpes en el portal.
Estando la ciudad ya tranquila, las mujeres sienten menos temor. Pero, cuando tras la puerta entreabierta ven aparecer el rostro sin barba de Longinos, huyen todas como si hubieran visto a un muerto envuelto en su lienzo fúnebre o al Demonio en persona. El dueño de la casa, que, por curiosidad, vaga por el vestíbulo, es el primero en huir.
Viene la Magdalena (estaba con María). Longinos, con una involuntaria sonrisita burlona en los labios, ha entrado, y ha cerrado el pesado portón. No viene de uniforme, sino que viste un indumento gris y corto debajo de un manto también oscuro.
María Magdalena lo mira y él la mira a ella. Luego, siguiendo junto a la puerta, solicita:
-¿Puedo entrar sin contaminar a nadie? ¿Sin aterrorizar a nadie? He visto esta mañana, al amanecer, al ciudadano José, y me ha expresado el deseo de la Madre. Pido disculpas si no lo he pensado por mí mismo. Aquí está la lanza. La había reservado como recuerdo de un… del Santo de los Santos. ¡Oh, este sí que lo es! Pero es justo que la tenga la Madre. Respecto a las vestiduras… es más difícil. No se lo digáis… pero quizás ya han sido vendidas por pocos denarios… Es un derecho de los soldados. De todas formas, trataré de encontrarlas…
-Ven. Está allí.
-¡Pero yo soy pagano!
-No importa. Voy a decírselo. Si lo deseas.
-¡Oh, no… no pensaba merecerlo!
-María Magdalena va donde la Virgen.
-Madre, Longinos está ahí fuera… Te ofrece la lanza.
-Que pase.
El dueño de la casa, que está en la puerta, refunfuña:
-Pero es un pagano.
-Soy Madre de todos, hombre. Como Él es el Redentor de todos.
Longinos entra y, en el umbral, saluda a la romana con el gesto, con el brazo (se ha quitado el manto) y luego con la voz:
-¡Ave, Dómina! Un romano te saluda: Madre del género humano. La verdadera Madre. No hubiera querido estar yo en… en… en esa cosa. Pero era una orden. De todas formas, si sirvo para darte lo que tú deseas, perdono al destino el haberme elegido para esa cosa horrenda. Aquí tienes -y le da la lanza envuelta en un paño rojo; sólo el hierro, no el asta.
María la toma. Se pone aún más pálida. Tanta es la palidez, que hasta los labios quedan borrados. Parece como si la lanza la desangrara. Y tiembla, hasta con los labios, mientras dice:
-Que Él te guíe por tu bondad.
-Era el único Justo que he encontrado en el vasto imperio de Roma. Me arrepiento de no haberlo conocido sino a través de las palabras de mis compañeros. ¡Ahora… es tarde!
-No, hijo. Él ha terminado de evangelizar, pero su Evangelio permanece, en su Iglesia.
-¿Dónde está su Iglesia?
Longinos se muestra levemente irónico.
-Aquí está. Hoy maltratada y dispersa, pero mañana se reunirá como un árbol que endereza sus frondas después de la tormenta. Y, aunque ya no quedara nadie, yo sí que estoy. Y el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios y mío, está enteramente escrito en mi corazón. Me basta mirar a mi corazón para podéroslo repetir.
-Vendré. Una religión que tiene como cabeza a un héroe de esta categoría no puede ser sino divina. ¡Ave, Dómina!
Y también Longinos se marcha.
María besa la lanza donde todavía está la Sangre de su Hijo… No quiere quitar esa Sangre, sino que la deja.
-Rubí de Dios en la lanza cruel -dice…
El día, entre claros en el cielo nublado y tenebrosidades de tormenta, pasa así.
Juan vuelve sólo cuando el sol cenital dice que es mediodía.
-Madre, no he encontrado a ninguno. Sólo… a Judas de Keriot.
-¿Dónde está?
-¡Oh!, ¡Madre! ¡Qué horror! Pende de un olivo, hinchado y negro como si hubiera muerto hace varias semanas. Podrido.
Horrible… Es pasto de buitres, cuervos, no sé, que emiten chillidos en medio de peleas atroces… Ha sido su clamor lo que ha llamado mi atención en esa dirección.
Estaba en el camino del Monte de los Olivos y, por encima de una loma, he visto círculos y círculos de pajarracos negros. He ido… ¿Por qué? No lo sé. Y he visto. ¡Qué horror!…
-¡Qué horror! Bien dices. Sobre la Bondad se ha manifestado la Justicia. Efectivamente, la Bondad está ausente, ahora… ¡Pero Pedro… Pedro!… Juan: tengo la lanza. Pero los vestidos… Longinos no ha hecho mención de ellos.
-Madre, quiero ir al Get-Sammí. Fue capturado sin manto. Quizás esté allí todavía. Luego iré a Betania.
-Ve. Ve por el manto… Los otros están donde Lázaro. Así que no vayas a casa de Lázaro. No es necesario. Ve y vuelve aquí.
Juan se marcha, corriendo, sin comer nada. Lo mismo que María, que tampoco ha comido. Las mujeres han comido de pie pan y aceitunas mientras trabajan en sus bálsamos.
Y viene Juana de Cusa con Jonatán. Es una máscara, a causa del mucho llanto. En cuanto ve a María, dice:
-¡Me salvó! Me salvó y Él ha muerto. ¡Ahora ya no quisiera estar salvada!
Es la Madre Dolorosa la que debe consolar a esta mujer, curada pero con sensibilidad enfermiza. Y la consuela y fortalece diciéndole:
-No lo habrías conocido ni amado, ni podrías servirle ahora. ¡Cuanto habrá que hacer en el futuro! Y nosotras tendremos que hacerlo, porque, ya lo ves… nosotras seguimos aquí y los hombres han huido. Es siempre la mujer la que verdaderamente genera. En el Bien. En el Mal.
Nosotras generaremos la nueva Fe. De esta Fe, depositada en nosotras por el Esposo Dios, estamos llenas; y la generaremos para la Tierra, para el bien del mundo.
¡Míralo, qué hermoso! ¡Cómo sonríe y suplica este santo trabajo nuestro! Juana, sabes que te quiero. No llores más».
-¡Pero Él ha muerto! Sí, ahí asemeja todavía a un vivo, pero ahora ya no está vivo. ¿Qué es el mundo sin Él?
-Volverá. Ve. Ora. Espera. Cuanto más creas, antes resucitará. Este creer es mi fuerza… Y sólo yo, Dios y Satanás sabemos cuántos asaltos sufre esta fe mía en su Resurrección.
También Juana se marcha, grácil y encorvada como una azucena demasiado cargada de agua.
Y, cuando ella sale, María queda sumida de nuevo en el tormento
-¡A todos, a todos debo dar la fuerza! ¿Y a mí quién me la da?
Y llora mientras acaricia la Faz de la imagen, porque ahora se ha sentado junto al arca sobre la cual está extendido el Sudario.
Vienen José y Nicodemo. Y ahorran a las mujeres el salir para comprar mirra y áloe, porque los traen ellos en unos saquitos. Pero su fuerza cede ante el Rostro imprimido en el lienzo y ante el rostro deshecho de la Madre. Se sientan en un rincón, después de saludarla, y guardan silencio. Serios, fúnebres… Luego se marchan.
Y Ella no tiene tampoco fuerza para hablar: cuanto más declina la tarde -precoz por la nubosidad bochornosa-más se convierte en una pobre criatura atormentada. Las sombras de la tarde son también para Ella, como para todos los que sufren, fuente de mayor dolor. También las otras se ponen más tristes. Especialmente Salomé, María de Alfeo y Susana.
Pero para ellas, en fin, llega el alivio, porque en grupo llegan Zebedeo, el esposo de Susana y Simón y José de Alfeo. Los dos primeros se quedan en el vestíbulo mientras explican que los ha visto Juan al pasar hacia el barrio de Ofel.
A los otros dos los ha visto Isaac, errante por los campos, dudando si volver a la ciudad o dirigirse donde los hermanos, a quienes suponían en Betania.
Simón dice:
-¿Dónde está María? Quiero verla -y, precedido por su madre, entra y besa a su pariente acongojada.
-¿Estás solo? ¿Por qué no está contigo José? ¿Por qué os habéis dejado? ¿Todavía roces entre vosotros? No debéis.
¿Veis? ¡El motivo de vuestros roces ha muerto!
Y señala el Rostro del Sudario. Simón lo mira y llora. Dice:
-No nos hemos vuelto a dejar. Y no nos dejaremos. Sí: el motivo de los roces ha muerto. Pero no como tú crees. Ha muerto porque José, ahora, ha comprendido… José está ahí fuera… y no se atreve a entrar…
-¡Oh, no! Yo nunca infundo miedo. No soy sino piedad. Habría perdonado incluso al Traidor. Pero ya no puedo hacerlo. Se ha quitado la vida.
Y se levanta. Camina encorvada. Llama:
-¡José! ¡José!
Pero José, ahogado en el llanto, no responde.
Ella va a la puerta (como estaba para hablar con Judas), y, apoyándose en la jamba, extiende la mano y la pone encima de la cabeza del más mayor y tenaz de sus sobrinos. Lo acaricia y dice:
-¡Deja que la apoye en un José! Todo era paz y serenidad mientras tuve ese nombre como rey en mi casa. Luego mi santo se me murió… Y todo el bien humano de la pobre María murió también. Quedó el bien sobrenatural de mi Dios e Hijo… Ahora soy la Abandonada… Pero si puedo estar en el círculo de los brazos de un José al que quiero -y tú sabes si te quiero-me sentiré menos abandonada. Me parecerá volver atrás en el tiempo; poder decir: “Jesús está ausente, pero no ha muerto. Está en Caná, en Naím para hacer trabajos, pero ahora volverá…". Ven, José.
Vamos a entrar juntos adonde Él te espera para sonreírte. Nos ha dejado su sonrisa para decirnos que no guarda rencor.
José entra, de la mano de Ella, y en cuanto la ve sentada se arrodilla delante de Ella, con la cabeza en el regazo, y solloza:
-¡Perdón! ¡Perdón!
-No a mí. A Él debes pedírselo.
-No puede dármelo. En el Calvario he tratado de atraer hacia mí su mirada. Ha mirado a todos. Pero a mí no… Tiene razón… Demasiado tarde lo he conocido y amado como Maestro. Ahora todo ha terminado.
-Ahora empieza. Irás a Nazaret y dirás: "Yo creo". Tu fe tendrá un valor infinito. Lo amarás con la perfección de los apóstoles futuros, que tendrán el mérito de amar a Jesús habiéndolo conocido sólo por el espíritu. ¿Lo harás?
-¡Sí! ¡Sí! Para hacer reparación. Pero quisiera oír de sus
labios una palabra. Y no la oiré jamás…
-Al tercer día resucitará y hablará a aquellos a quienes ama. El mundo entero espera su Voz.
-¡Bendita tú, que puedes creer!…
-¡José! ¡José! Mi esposo era tío tuyo. Y creyó en algo que es más difícil de creer que esto. Supo creer que la pobre María de Nazaret fuera la Esposa y Madre de Dios. ¿Por qué tú, sobrino de este Justo, portador de su nombre, no puedes creer que un Dios puede decir a la Muerte:
"¡Basta!" y a la Vida: "¡Vuelve!"?
-No merezco esta fe porque he sido malo. Fui injusto con Él. Pero tú… tú eres la Madre. Bendíceme. Perdóname… Dame paz…
-Sí… Paz… … Perdón… ¡Oh! ¡Dios! Una vez dije: "¡Qué difícil es ser los “redentores". ¡Piedad, mi Dios! ¡Piedad!… Ve, José.
Tu madre ha sufrido mucho en estas horas. Consuélala… Yo me quedo aquí… Con todo lo que tengo de mi Niño… Y mis lágrimas solitarias obtendrán para ti la Fe. Adiós, sobrino mío. Di a todos que deseo callar…pensar… orar…
Soy… soy una pobre mujer pendiente de un hilo sobre un abismo… El hilo es mi Fe… Y vuestra no-fe -porque ninguno sabe creer total y santamente-choca continuamente contra este hilo mío… Y no sabéis qué esfuerzo me imponéis… No sabéis que estáis ayudando a Satanás a atormentarme. Ve… Y María se queda sola… Se arrodilla ante el Sudario. Besa la frente, los ojos, la boca de su Hijo y dice: -¡Así! ¡Así! Para tener fuerza… Debo creer.
Debo creer. Por todos. Ha anochecido. Es una noche sin estrellas, oscura, bochornosa. María se queda en la sombra con su dolor. El día del Sábado ha terminado.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
Ahora -ya es de noche- dice Jesús (a María Valtorta):
-Has visto cuánto cuesta ser Salvadores. Lo has visto en mí y María. Has tenido conocimiento de nuestras torturas.
Has visto qué generosidad, heroísmo, paciencia, mansedumbre, constancia y fortaleza las hemos sufrido por la caridad de salvaros.
Todos aquellos que quieran, que pidan al Señor Dios hacer ellos "salvadores", deben pensar que Yo y María somos el modelo que ésas son las torturas que hay que compartir para salvar: la cruz, las espinas, los clavos, los azotes no serán materiales. Serán otros, con otra forma y naturaleza; pero igualmente dolorosos e inmoladores. Y sólo inmolándose en medio de estos dolores se puede ser salvador.
Es misión austera, la más austera de todas. Una misión respecto a la cual la vida del monje o de la religiosa de la más severa regla es como una flor comparada con un montón de espinas. Porque ésta es no regla de Orden humana, sino Regla de un sacerdocio y un rito de ingreso en el estado monacal divinos, cuyo Fundador soy Yo. Yo soy el que consagra y acoge -en mi Regla, en mi Orden-a los elegidos para ella. Y soy el que les impone el hábito (el mío): el Dolor total llevado hasta el sacrificio.
Has visto mis sufrimientos, dirigidos a hacer reparación por vuestras culpas. Nada en mi Cuerpo ha estado exento de ellos, porque nada en el hombre está exento de culpas, y todas las partes de vuestro yo físico y moral -ese yo que Dios os ha dado con una perfección de obra divina y que vosotros habéis degradado con la culpa del progenitor y con vuestras tendencias al mal, con vuestra voluntad mala-son instrumentos de los que os servís para cumplir el pecado.
Pero Yo he venido para cancelar los efectos del pecado con mi Sangre y mi dolor, lavando en ellos cada una de vuestras partes físicas y morales, para purificarlas y fortalecerlas contra las tendencias culpables.
Mis Manos fueron heridas y aprisionadas, después de haberse cansado llevando la Cruz, para reparar por todos los delitos cometidos con la mano del hombre. Desde los verdaderos actos de sujetar y usar un arma contra un hermano, haciéndoos así Caínes, hasta de robar o escribir acusaciones falsas o llevar a cabo actos contrarios al respeto de vuestro cuerpo o del cuerpo ajeno, o de estar ociosos en una holgazanería que es terreno propicio para vuestros vicios. Por las ilícitas libertades de vuestras manos, he dejado crucificar las mías, clavándolas al madero, privándolas de todo movimiento más que lícito y necesario.
Los Pies de vuestro Salvador, después de haberse fatigado y herido en las piedras de mi camino de Pasión, fueron traspasados, inmovilizados, para hacer reparación por todo el mal que vosotros hacéis con los pies, haciendo de ellos el medio para ir a vuestros delitos, hurtos, fornicaciones. He marcado las calles, las plazas, las casas, las escaleras de Jerusalén, para purificar todas las calles, las plazas, las escaleras, las casas de la tierra, de todo el mal que dentro y fuera de ellas había nacido, todo lo que había sido sembrado y sería sembrado, en los siglos pasados y en los futuros, por vuestra mala voluntad obediente a las instigaciones de Satanás.
Mi Carne se manchó, recibió contusiones y heridas, para castigar en mí todo el culto exagerado, la idolatría, que vosotros ofrecéis a esta carne y a la de quien amáis, por capricho sensual o incluso por afecto, que en sí no es reprobable, pero que lo hacéis reprobable al amar a un padre, a un cónyuge, a un hijo o a un hermano, más que a Dios.
No. Por encima de cualquier amor y vínculo terrenos está, debe estar, el amor al Señor Dios vuestro. Ninguno, ningún otro afecto de ser superior a éste. Amad a los vuestros en Dios, no por encima de Dios. Amad con todo vuestro ser a Dios. Ello no absorberá vuestro amor hasta el punto de haceros indiferentes para con los vuestros; antes al contrario, la perfección tomada de Dios -quien ama a Dios tiene en sí a Dios y, teniendo a Dios, tiene la Perfección-alimentará vuestro amor hacia ellos.
Yo hice de mi Carne una llaga para extraer de las vuestras el veneno de la sensualidad, del no pudor, del no respeto, de la ambición y admiración por la carne destinada a volver al polvo. No es dando culto a la carne como se lleva la carne a la belleza; antes bien, es con el desapego de ella con lo que se le da la Belleza eterna en el Cielo de Dios. Mi Cabeza fue torturada con mil torturas (golpes, sol, gritos, espinas) para hacer reparación por las culpas de vuestra mente. Soberbia, impaciencia, insoportabilidad, falta de aguante, pululan en vuestro cerebro como terreno fungífero. Yo hice de él un órgano torturado, cerrado dentro de un arca decorada con sangre, para hacer reparación por todo lo que brota de vuestro pensamiento.
Has visto la única corona que Yo he querido: una corona que sólo un loco o un torturado pueden llevar. Ninguno, que sea sano de mente (humanamente hablando) y que esté en posesión de su libertad, se impone. Pero a mí me consideraban loco, y loco, sobrenaturalmente, divinamente loco lo era, queriendo morir por vosotros -que no me amáis o que me amáis tan poco-, queriendo morir para vencer al Mal en vosotros, sabiendo que lo amáis más que a Dios. Y estuve a merced del hombre; y prisionero del hombre, condenado suyo. Yo, Dios, condenado por el hombre.
¡Cuántas impaciencias tenéis, por naderías; cuántas incompatibilidades, por bagatelas; cuántas exasperaciones, por simples malestares! Mirad a vuestro Salvador. Meditad en lo exasperante que debían ser esas punzadas continuas en nuevos sitios, esos enredos en los mechones del cabello, ese desplazamiento continuo sin posibilitar mover la cabeza, apoyarla, en ningún modo que no produjera tormento.
Pensad en lo que debieron significar para mi Cabeza torturada, dolorida, febril, los gritos de la muchedumbre, los golpes en la cabeza, el sol abrasador. Reflexionad en el dolor que debía tener en mi pobre cerebro, que había ido a la agonía del Viernes convertido ya por entero en un dolor por el esfuerzo sufrido durante la noche del Jueves; en mi pobre cerebro al que le subía la fiebre de todo el Cuerpo lacerado y de las intoxicaciones provocadas por las torturas.
Y, en la Cabeza, también los ojos tuvieron su parte, y la boca, y la nariz y la lengua. Para hacer reparación por vuestras miradas tan amantes de ver lo malo y tan olvidadas de buscar a Dios; para hacer reparación por las demasiadas y demasiado embusteras y sucias y lujuriosas palabras que decís en vez de usar los labios para orar, para enseñar, para confortar. Y recibieron su tortura la nariz y la lengua para hacer reparación por vuestra avidez gustativa y por vuestra sensualidad olfativa, por las cuales cometéis imperfecciones que son terreno para más graves culpas, y cometéis pecados con la avidez de alimentos superfluos sin tener piedad de los que tienen hambre, de alimentos que os podéis permitir, muchas veces recurriendo a medios ilícitos de ganancia.
Mis entrañas no quedaron exentas de sufrimiento. Ninguna de ellas. Sofocación y tos para los pulmones, los cuales, por la bárbara flagelación recibida, estaban contusos, y edemáticos por la postura en la cruz; congoja y dolor en el corazón, que había sido desplazado y estaba enfermo, por causa de la cruel flagelación, y del dolor moral que había precedido a ésta, por el esfuerzo de la subida bajo la pesada carga del madero y por la anemia consiguiente a toda la sangre que ya había vertido. El hígado congestionado, el bazo congestionado, los riñones contusos y congestionados.
Has visto la corona de moratones que estaba alrededor mis riñones. Vuestros científicos, para dar una prueba para vuestra incredulidad respecto a esa prueba de mis padecimientos que es la Sábana Santa (se conserva y venera en Turín: para los escritos valtortianos, es auténtica), explican que la sangre, el sudor cadavérico y la urea de un cuerpo ultrafatigado pudieron, mezclándose con los ungüentos, producir esa pintura natural de mi Cuerpo extinto y torturado.
Mejor sería creer sin tener necesidad de tantas pruebas para creer. Mejor sería decir: "Esto es obra de Dios" y bendecir a Dios, que os ha concedido disponer de la prueba irrefutable de mi Crucifixión y de las torturas que la precedieron.
Pero, dado que, ahora, no sabéis ya creer con la sencillez de los niños, sino que tenéis necesidad de pruebas científicas pobre fe vuestra que sin el apoyo y el acicate de la ciencia no sabe mantenerse en pie y caminar-, sabed que las atroces contusiones de mis riñones fueron el agente químico más potente en el milagro de la Sábana Santa. Mis riñones, casi rotos por los azotes, ya no pudieron trabajar.
Como los de los que han ardido en una llamarada, no fueron capaces de filtrar, y la urea se acumuló y se esparció en mi sangre, en cuerpo, produciendo los sufrimientos de la intoxicación urémica y el reactivo que, rezumando de mi cadáver, fijó la imagen en la tela. Pero los que de entre vosotros son médicos, o los que de entre vosotros están enfermos de uremia, pueden comprender qué sufrimientos debieron producirme las toxinas urémicas, tan abundantes como para ser capaces de producir una huella indeleble.
La sed. ¡Qué tortura, la sed! Y, a pesar de todo, ya has visto que no hubo ni siquiera uno, de entre tantos, que supiera en aquellas horas darme una gota de agua. Desde después de la Cena, no tuve ninguna confortación. Y la fiebre, el sol, el calor, el polvo, el desangramiento, producían mucha sed a vuestro Salvador.
Has visto que rechacé el vino mirrado. No quería atenuaciones de mi sufrimiento. Cuando nos hemos ofrecido como víctimas, tenemos que serlo sin transacciones piadosas, sin arreglos, sin atenuaciones. Es necesario beber el cáliz como se nos da. Saborear el vinagre y la hiel, hasta la hez. No el vino con añadido de drogas que produce una mitigación del dolor.
¡Oh, muy severo es el sino victimal! ¡Pero, bienaventurado el que lo elige como suyo!
Esto respecto al sufrimiento de tu Jesús en su Cuerpo inocente. Y no te hablo de las torturas de mi sentimiento hacia mi Madre y hacia su dolor. Se requería ese dolor. Pero para mí fue la congoja más cruel. ¡Sólo el Padre sabe lo que sufrió su Verbo en el espíritu, en lo moral y en lo físico! Y la presencia de mi Madre, aunque fue la cosa más deseada por mi corazón, que tenía necesidad de esa confortación en la soledad infinita que lo rodeaba, infinita, soledad procedente de Dios y de los hombres, fue tortura.
Ella debía estar allí, ángel de carne, para impedir el asalto de la desesperación, de la misma forma que el ángel espiritual la había impedido en el Getsemaní; debía estar allí para unir mi Dolor con el suyo para vuestra Redención; debía estar allí para recibir la investidura de Madre del género humano. Pero verla morir a cada uno de mis estremecimientos fue mi mayor dolor. Ni siquiera la traición, ni siquiera el saber que mi Sacrificio sería inútil para muchos – esos dos dolores que pocas horas antes me habían parecido tan grandes que me habían hecho sudar sangre-, eran comparables a éste.
Pero tú has visto lo grande que fue María en aquella hora. La congoja no le impidió ser mucho más fuerte que Judit. Ésta mató (Judit 13). María se dejó matar a través de su Hijo. Y ni imprecó ni odió. Oró, amó, obedeció. Siempre Madre, hasta el punto de pensar, en medio esas torturas, que su Jesús tenía necesidad de su velo virginal para cubrir sus carnes inocentes, para defensa de su pudor, supo al mismo tiempo ser Hija del Padre de los Cielos y obedecer a la tremenda voluntad del Padre en
aquella hora. No imprecó, no se rebeló; ni contra Dios ni contra los hombres: a éstos los perdonó; a Aquél le dijo “Fiat”. También después la has oído: "¡Padre, te amo, y Tú nos has amado!". Recuerda y proclama que Dios la ha amado y le renueva su acto de amor. ¡En aquella hora! Después de que el Padre la había traspasado y privado de su razón de ser. Lo ama.
No dice: "Ya no te amo por haber descargado tu mano sobre mí". Lo ama. Y no se aflige por el propio dolor, sino por el que sufre su Hijo. No grita por el propio corazón quebrantado, sino por mi corazón traspasado. De esto pide razón al Padre, no del propio dolor. Pide razón al Padre en nombre del Hijo de ambos.
Ella es auténticamente la Esposa de Dios. Ella es auténticamente la que concibió por unión con Dios. Sabe que a su Hijo no lo engendró un contacto humano, sino que fue solamente Fuego que descendió del Cielo para entrar en su seno inmaculado y depositar en él el Germen divino, la Carne del Hombre-Dios, del Dios-Hombre, del Redentor del mundo. Ella lo sabe, y como Esposa y Madre pide razón de esa herida. Las otras debían producirse. Pero ésta, cuando todo estaba cumplido, ¿por qué?
¡Pobre Mamá! Hubo un porqué que tu dolor no te ha permitido leer en mi herida. Y ese porqué fue el que los hombres vieran el Corazón de Dios. Tú lo has visto, María. Y no lo olvidarás nunca.
Pero ya ves que María, a pesar de no ver en ese momento las razones sobrenaturales de esa herida, enseguida piensa que no me ha hecho daño, y por ella bendice a Dios. No se preocupa del mucho daño que esa herida le haya hecho a Ella; no me ha hecho daño a mí, y eso le basta y le sirve para bendecir a Dios, a ese Dios que la inmola. Lo único que pide es un poco de confortación para no morir. Es necesaria para la naciente Iglesia de la que ha sido creada Madre pocas horas antes.
La Iglesia, como un recién nacido, necesita cuidado y leche maternos. María dará esto a la Iglesia sosteniendo a los apóstoles, hablándoles del Salvador, orando por la Iglesia. ¿Pero cómo podría hacerlo si expirara esa noche? La Iglesia, a la que le quedan pocos días para estar ya sin quien es su Cabeza, se quedaría huérfana del todo si además expirara la Madre. Y la suerte de los recién nacidos huérfanos es siempre precaria.
Dios nunca defrauda una justa oración y conforta a los hijos suyos que en Él esperan. María lo experimenta en el consuelo de la Verónica. Ella, la pobre Mamá, había imprimido en sus ojos la efigie de mi Rostro apagado. No podía resistir verlo. No es su Jesús ese Jesús envejecido, hinchado, con esos ojos cerrados que ya no la miran, con esa boca torcida que ni le habla ni le sonríe. El de la Verónica es un rostro de Jesús vivo; doliente, herido, pero todavía vivo. Su mirada la mira, su boca parece decirle: "¡Mamá!". Su sonrisa la saluda todavía.
¡Oh, María! Busca a Jesús en tu dolor. Él vendrá siempre y te mirará, te llamará, te sonreirá. Compartiremos el dolor, ¡pero estaremos unidos!
Juan, oh pequeño Juan, compartió con María y Jesús el dolor. Sé siempre como Juan. También en esto. Ya te lo he dicho: "No serás grande por las contemplaciones y los dictados -esto es mío-, sino por tu amor; y el amor más alto está en compartir el dolor". Esto proporciona la manera de intuir hasta los más pequeños deseos de Dios y hacerlos realidad a pesar de todos los obstáculos.
Mira con qué viva y delicada sensibilidad Juan actúa desde la noche del Jueves hasta la del Viernes. Y pasada esa noche. Pero, observémoslo en aquellas horas.
Un momento de desconcierto. Una hora de pesantez. Pero, una vez superado el sueño con la agitación de la captura, y esa agitación con el amor, viene, trayéndose tras sí a Pedro, para que el Maestro sienta confortación al ver a la Cabeza de los apóstoles y al Predilecto de entre los Apóstoles.
Y luego piensa en la Madre, a quien algún cruel puede gritar que su Hijo ha sido capturado. Y va donde Ella. No sabe que María ya vive la congoja del Hijo y que, mientras los apóstoles dormían, Ella velaba y oraba, agonizando con su Hijo. Él no lo sabe. Y va donde Ella y la prepara para la noticia.
Y luego hace de enlace entre la casa de Caifás y el Pretorio, entre la casa de Caifás y el palacio de Herodes, y otra vez va de la casa de Caifás al Pretorio. Hacer eso esa mañana, cruzando por entre la muchedumbre ebria de odio, con un atuendo que lo delata como galileo, no es una cosa cómoda. Pero el amor lo sostiene, y Juan no piensa en sí mismo, sino en los dolores de Jesús y de la Madre. Podría ser apedreado por ser seguidor del Nazareno. No importa. Desafía todo. Los otros han huido, están escondidos: la prudencia y el miedo los guían. A él lo guía el amor, y se queda y se muestra. Es un hombre puro. El amor prospera en la pureza.
Y si su piedad y su buen sentido de lugareño lo inducen a mantener a María alejada de la multitud y del Pretorio -no sabe que María participa de todas las torturas de su Hijo padeciéndolas espiritualmente-, cuando juzga que ha llegado la hora en que Jesús necesita a su Madre y que no es lícito tener más tiempo a la Madre separada del Hijo, la lleva a Él, la sostiene, la defiende.
¿Qué es ese puñado de personas fieles (un hombre solo, indefenso, joven, sin autoridad, a la cabeza de unas pocas mujeres) contra toda una muchedumbre embrutecida? Nada. Un montoncito de hojas que el viento puede desparramar. Una barquichuela en un océano borrascoso que puede sumergirla. No importa. El amor es su fuerza y su vela. Éste es su arma, y con éste protege a la Mujer y a las mujeres hasta el final.
Juan poseyó el amor de compasión como nadie más en el mundo, excepción hecha de mi Madre. Juan es el príncipe de los que aman con este amor. Es tu maestro en esto. Sigue el ejemplo que te da de pureza y caridad, y serás grande.
Y, dado que preveo las observaciones de los demasiados Tomases (incrédulos) y de los demasiados escribas de ahora sobre una frase de este dictado, que parece contrastar con el sorbo de agua ofrecido por Longinos… -¡oh, cómo gozarían los negadores de lo sobrenatural, los racionalistas de la perfección al revés, si pudieran encontrar una fisura en el magnífico complejo de esta obra de bondad divina y sacrificio tuyo, pequeño Juan, para poder, haciendo palanca en esa fisura con el pico de su mortífero racionalismo, provocar el derrumbamiento de todo!-previniendo a éstos, digo y explico.
Aquel pobre sorbo de agua -una gota en el incendio de la fiebre y en la sequedad de las venas vaciadas-tomado por amor a un alma a la que había que persuadir de amor para llevarla a la Verdad, tomado con suma fatiga en medio del jadeo agudo que me estrangulaba la respiración y obstaculizaba la deglución -tan quebrantado estaba por los atroces azotes-no proporcionó más alivio que el sobrenatural.
Desde el punto de vista de la carne no fue nada, por no decir un tormento… Ríos habrían sido necesarios para mi sed de entonces… Y no podía beber por el jadeo del dolor precordial. Y tú sabes lo que es este dolor… Ríos habrían sido necesarios después… y no me fueron dados. Y tampoco hubiera podido aceptarlos por el sofoco cada vez más fuerte. ¡Pero cuánto alivio habrían procurado a mi Corazón si me hubieran sido ofrecidos! Era de amor de lo que moría. De amor no dado. La piedad es amor. Y en Israel no hubo piedad.
Cuando contempláis, vosotros los buenos, o analizáis, vosotros los escépticos, aquel "sorbo", dadle su justo nombre: "piedad", no bebida. Puede, por tanto, decirse, sin incurrir por ello en falsedad, que "desde la Cena no recibí alivio". De toda la masa que me circundaba, no hubo ni uno que me procurase alivio, considerando que el vino drogado no quise sorberlo. Recibí vinagre y burlas. Recibí traiciones y golpes. Eso es lo que recibí. Nada más.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
María, ayudada de las mujeres, que lloran, vuelve en sí, y llora; su única fuerza consiste en llorar y llorar. Parece, verdaderamente como si su vida, hubiera de pasar y consumirse toda con ese llanto.
Quieren ofrecerle algo que le devuelva las fuerzas: Marta le ofrece un poco de vino; la dueña de la casa quisiera que tomara al menos un poco de miel; María de Alfeo, de rodillas delante de Ella, le ofrece una taza de leche tibia, diciendo:
-Yo misma la he ordeñado, de la cabrita de la pequeña Raquel (será una hija de estos que están en casa de Lázaro, no sé si como inquilinos o como guardas). Pero María no quiere nada. Llorar, sólo llorar; y pedir y oír la promesa de que serán buscados apóstoles y discípulos, que serán buscadas lanza y vestiduras, y que, cuando sea de día -dado que ahora, de ninguna manera, quieren dejarla entrar-la dejarán entrar en la habitación del Cenáculo.
-Sí. Si estás un poco tranquila, si descansas un poco, te llevaré a esa habitación -dice la cuñada -Nosotras dos entraremos y, de rodillas, buscaré para ti cualquier señal de Jesús… -dice María de Alfeo con un sollozo.
-Fíjate. Aquí tienes la copa y el pan que Jesús partió usado por Él para la Eucaristía. ¿Qué recuerdo más santo que este? ¿Ves? Juan te los ha traído ya desde esta mañana, para que los vieras esta noche… Pobre Juan que está allí llorando, y con miedo… -¿Miedo? ¿Por qué? Ven, Juan.
Juan sale de la sombra (es que esta pequeña habitación hay sólo una lamparilla, colocada encima de la mesa, junto a los objetos de la Pasión). Se arrodilla a los pies de María, la cual lo acaricia y le pregunta:
-¿Por qué tienes miedo?
Y Juan, besándole las manos y llorando:
-Porque tú estás mal. Tienes fiebre y jadeas… Y no te tranquilizas. Y si sigues así, morirás como ha muerto Él…
-¡Ah, si fuera verdad!
-¡No, Madre! ¡Mamá! ¡Es más dulce decir "Mamá"! Como a la mía. Deja que te llame así… Pero, de la misma manera que no encuentro diferencia entre mi madre y tú -es más: te quiero más que a ella porque eres la Madre que Él me ha dado y eres su Madre-, tú no hagas demasiada diferencia entre el Hijo que ha nacido de ti y el que te ha sido dado… Y ámame un poco como lo amas a Él… ¿Si fuera Él el que te dijera: "Tengo miedo de que mueras" responderías: “¡Ah!, si fuera verdad"? No. No lo lo dirías. Es más, te dolería marcharte y dejarlo a Él, a tu Cordero, en un mundo de lobos… ¿Y no te apenas por mí?… Soy mucho más cordero que Él: no por bondad y pureza, sino por ingenuidad y miedo. Si me faltas, el pobre Juan será despedazado por los lobos sin haber sabido dar un balido que hable de su Maestro… ¿Quieres que muera así, sin haberle servido? ¿Atolondrado en la muerte como en la vida? No, ¿verdad? Entonces, Mamá, trata de tranquilizarte… Por Él… ¡Oh! ¿No dices que resucita?
Sí, lo dices y es verdad. ¿Y entonces quieres que cuando resucite encuentre sin ti la casa? Porque seguro que vendrá aquí… ¡Pobre, pobre Jesús, si en vez de tu grito de amor oyera los nuestros de pésame; si en vez de encontrar tu pecho en el que reclinar su cabeza martirizada y gloriosa encontrara el cierre de tu sepulcro!… Debes vivir. Para saludarlo cuando vuelva… no digo "a nuestro amor" –nosotros merecemos todos los reproches, por la manera como hemos obrado-digo "a tu amor". ¿Qué será este encuentro? ¿Y Él, qué aspecto tendrá? Madre de la Sabiduría, Mamá del ignorantísimo Juan, tú que lo sabes todo, dinos qué aspecto tendrá cuando aparezca resucitado.
-Lázaro tenía las heridas cerradas de las piernas; pero se veían las señales. Y apareció envuelto en vendas llenas de podre -dice Marta.
-Tuvimos que lavarlo y lavarlo… -añade María.
-Y estaba débil y tuvimos que reconfortarlo, por orden suya -termina Marta.
-El hijo de la viuda de Naím estaba como ofuscado y parecía un niño incapaz de andar y hablar con soltura; tanto fue así, que Él se lo devolvió a la madre para que le enseñara a usar de nuevo de las cosas buenas de la vida. Y a la hijita de Jairo Él mismo la guió en sus primeros pasos… -dice Juan.
-Pienso que mi Señor nos enviará a un ángel a decirnos: "Venid con una túnica limpia". Y mi amor la ha preparado ya. Está en el palacio. No la he podido hilar yo, pero se la di a hilar a mi nodriza, que ahora vive tranquila respecto a mi futuro, y no llora ya. Tomé el más precioso lino. Plautina me proporcionó la púrpura y Noemí tejió su orla. Yo hice el cinturón, la bolsa y el taled, bordándolos de noche para que no me vieran. He aprendido de ti, Madre. No es perfecto, pero recibe la hermosura, más que de las perlas que componen su Nombre en el cinturón y en la bolsa, de mi llanto de amor y de mis besos: cada puntada es un latido de devoción por Él. Le llevaré esa túnica Lo permites, ¿no?
-¡Oh!… No creía que le fueran a privar de su túnica… No estoy habituada a los usos del mundo y a su crueldad…
Creía conocerlos ya… (y las lágrimas ruedan de nuevo por las mejillas céreas) pero me doy cuenta de que todavía no sabía nada… Y pensaba: "Tendrá también después la túnica de su Madre". ¡Le gustaba tanto…! Él la había querido así. Y me lo había dicho mucho tiempo antes: "Harás una túnica así y así. Me la llevarás para la Pascua… Porque Jerusalén me debe ver vestido con purpúrea túnica de rey…". ¡Oh, esa lana, más cándida que la nieve, mientras la hilaba se volvía roja ante los ojos de Dios y los míos, porque mi corazón recibió una nueva herida por aquellas palabras… Las otras, después de años o meses, habían dejado de rezumar sangre, aunque no se hubieran cerrado.
¡Pero ésta…! Todos los días, cada hora que pasaba, me removía la espada el corazón: "¡Un día menos! ¡Una hora menos! ¡Y luego morirá!". ¡Oh!… Y el hilado en el huso o en el telar se me volvía rojo… Se ha materializado luego en el color, por causa del mundo… Pero ya era rojo…
María llora de nuevo.
Tratan de consolarla hablándole de la Resurrección. Pregunta Susana:
-¿Qué dices tú respecto al aspecto que tendrá de resucitado? ¿Y cómo resucitará?
Y Ella, confusa, cegada en estos momentos de martirio redentor, responde:
-No sé… Ya no sé nada… ¡Sólo sé que Él ha muerto!…
Rompe otra vez a llorar, violentamente, y besa el velo que cubría las caderas de su Hijo, y lo aprieta contra su corazón y lo acuna como si de un niño se tratara…
Y toca los clavos, las espinas, la esponja, y grita:
-¡Esto! ¡Esto es lo que ha sabido darte tu Patria! ¡Hierro, espinas, vinagre y hiel! ¡Insultos, insultos, insultos! Y, de entre todos los hijos de Israel, hubo que elegir a uno de Cirene para llevarte la cruz. Ese hombre para mí es sagrado como un esposo. Y si supiera de otro que haya socorrido a mi Niño, le besaría los pies. ¿Pero es que ninguno tuvo compasión? ¡Salid! ¡Marchaos! ¡Veros a vosotros también me causa dolor! Porque entre todos, entre todos, no habéis sabido obtener ni siquiera una tortura menos cruel. ¡Siervos inútiles y pasivos de vuestro Rey: salid!
Con esta reacción, su aspecto es terrible: erguida, rígida, parece hasta más alta; los ojos, imperiosos; el brazo extendido y señalando a la puerta: ordena como una reina en su trono.
Salen todos sin reaccionar para no intranquilizarla más, y se sientan fuera de la puerta, que queda cerrada. Escuchan sus gemidos y cualquier otro ruido que haga. Pero, después del ruido de correr la silla, y de sus rodillas contra el suelo -porque se arrodilla y apoya la cabeza en la mesa en que están los objetos de la Pasión-ya no oyen sino su llanto, sin pausas y sin consuelo.
Ella susurra (pero tan bajo, que los de fuera no pueden oírlo):
-¡Padre, Padre, perdón! Me vuelvo soberbia y mala. Pero, ya lo ves, es verdad lo que digo. Había masas de gente en torno a Él. Toda Palestina está, en estas fiestas, dentro de las murallas santas… ¿Santas? No. Ya no son santas…
Hubieran seguido siéndolo si Él hubiera expirado dentro de ellas. Pero Jerusalén lo ha expulsado como a la regurgitación que produce náusea. Por tanto, en Jerusalén está presente sólo el Delito… Y de todo este pueblo que iba tras Él, ni siquiera ha podido reunirse un puñado de gente que se impusiera, no digo ya para salvarlo -debía morir para redimir-, pero sí para que muriera sin tantas torturas. Se han mantenido en la sombra o incluso han huido… Mi corazón se rebela frente a tanta vileza. Soy la Madre. Por esto, perdona mi pecado de dureza soberbia… -y llora…
… Afuera los otros están en ascuas, por muchos motivos. Regresa el dueño de la casa, que había salido a curiosear, y trae noticias terribles. Se dice que muchos han muerto en el terremoto, muchos han resultado heridos en refriegas entre los seguidores del Nazareno y los judíos; muchos han sido arrestados; y se dice que habrá nuevas ejecuciones por alborotos y amenazas a Roma; se dice que Pilato ha ordenado la detención de todos los seguidores del Nazareno y de los jefes del Sanedrín presentes en la ciudad o que hayan huido por Palestina; que Juana está agonizando en su palacio; que Manahén ha sido detenido por Herodes por haberle echado en cara en plena Corte el haber sido cómplice del Deicidio. En fin, un montón de noticias catastróficas…
Las mujeres gimen. No tanto por miedo por ellas mismas, cuanto por sus hijos y maridos. Susana piensa en su esposo, conocido como uno de los seguidores de Jesús en Galilea. María de Zebedeo piensa en su marido, que se hospeda en casa de un amigo, y en su hijo Santiago, del que no tiene noticias desde la noche anterior. Y Marta solloza diciendo:
-¡Habrán ido ya a Betania! ¿Quién no sabía quién era Lázaro para el Maestro?
-Pero a él lo protege Roma -replica María Salomé.
-¿Protegido? A saber, con el odio que nos tienen los jefes de Israel qué acusaciones esgrimirán contra él ante Pilato… ¡Oh, Dios!
Marta se lleva las manos a la cabeza y grita:
-¡Las armas! ¡Las armas! ¡La casa está llena de armas.., y también el palacio! ¡Lo sé! Esta mañana, al amanecer, ha venido Leví, el guarda, y me ha puesto al corriente…
¡Pero sí tú también lo sabes! Y se lo dijiste a los judíos en el Calvario… ¡Necia! ¡Has puesto en las manos de esos crueles el arma para matar a Lázaro!…
-Se lo dije, sí. Dije la verdad sin saberlo. ¡Pero… calla, gallina asustada! Lo que dije es la garantía más segura para Lázaro. ¡Pondrán mucho cuidado en no aventurarse a buscar donde saben que hay gente armada!
¡Son cobardes!
-Los judíos, sí; los romanos, no.
-No temo a Roma. Sus disposiciones son justas y medidas.
-María tiene razón -dice Juan -Longinos me dijo: "Espero que no os molesten. Pero, si lo hicieran, ven, o manda a alguien al Pretorio. Pilatos es benévolo con los seguidores del Nazareno. Era benigno también con Él. Os defenderemos".
-Pero, ¿si los judíos actúan por su cuenta? ¡Ayer noche fueron los capturadores de Jesús! Y, si dicen que somos profanadores, tiene derecho a prendernos. ¡Oh, mis hijos!
¡Tengo cuatro! ¿Dónde estarán José y Simón? Estaban en el Calvario y luego bajaron cuando Juana ya no resistía más.
Por ayudar y defender a las mujeres. Ellos, los pastores, Alfeo… ¡todos! ¡Oh, seguro que ya los han matado! ¿Has oído que Juana está agonizando? Está claro que es por herida. Y ellos, antes de que pudiera la plebe agredir a una mujer, la habrán defendido, ¡y habrán muerto!… ¿Y Judas y Santiago? ¡Mi pequeño Judas! ¡Mi tesoro! ¿Y Santiago, dulce como una muchacha? ¡Oh, ya no tengo hijos! ¡Soy como la madre de los jóvenes Macabeos!… (cuyo sacrificio está narrado en 2 Macabeos 7)
Lloran todas desesperadamente. Todas menos la dueña de la casa que ha ido a buscar un escondite para su marido; y María Magdalena, que no llora. Ésta arroja fuego por los ojos, adquiriendo de nuevo esa sobrepujanza que tenía en otros tiempos. No habla, pero asaetea con su mirada a sus compañeras abatidas. Y en sus ojos bulle un epíteto muy claro: « ¡Pusilánimes!».
Pasa así un rato… De vez en cuando alguien se levanta, abre despacio la puerta, da una ojeada, vuelve a cerrar.
-¿Qué hace? -preguntan los otros.
Y la persona que ha mirado responde:
-Sigue de rodillas. Ora.
O: -Parece como si hablara con alguien. O también: -Se ha levantado y gesticula, caminando a un lado y a otro de la habitación. Lamento de la Virgen: -¡Jesús! Jesús! ¡Jesús! ¿Dónde estás? ¿Me oyes todavía? ¡Oyes a tu pobre Mamá que grita, ahora, tu Nombre, después de haberlo llevado en el corazón durante tantas horas? Tu Nombre santo y bendito, que ha sido mi amor, el amor de mis labios, que sentían sabor de miel diciendo tu Nombre; de mis labios que ahora, por el contrario, diciéndolo parecen beber el amargor que te quedó en los labios, el amargor de la atroz mixtura.
Tu Nombre, amor de mi corazón que se henchía de alegría cuando lo pronunciaba, de igual manera que se había dilatado para transvasar su sangre y acogerte y vestirte con ella, cuando bajaste a mí desde el Cielo, tan pequeño, tan minúsculo, que habrías podido posarte en el cáliz de la menta silvestre; Tú, tan grande, Tú, el Poderoso, anonadado en una semilla de hombre por la salvación del mundo. Tu Nombre, dolor de mi corazón ahora que te han privado de las caricias de tu Madre para arrojarte en las manos de los verdugos, que te han torturado hasta darte muerte.
Tengo el corazón triturado por este Nombre tuyo que he tenido que cerrar dentro de mí durante tantas horas y cuyo grito crecía en la medida en que crecía tu dolor, hasta quedar hecho trizas como algo que hubiera sido pisoteado por el pie de un gigante: ¡sí, que mi dolor es gigantesco y me aplasta, me tritura y no hay nada que pueda aliviarlo! ¿A quién le digo tu Nombre? Nada responde a mi grito. Aunque gritara hasta quebrantar la piedra que cierra tu sepulcro no lo oirías, porque estás muerto. ¿No oyes ya a tu Mamá?
¡Cuántas veces te habré llamado, Hijo, en estos treinta y cuatro años! (no porque Jesús haya vivido 34 años sino porque María considera también los 9 meses de gestación) Desde que supe que iba a ser Madre y que mí pequeñuelo había de llamarse “Jesús”. Aún no habías nacido y yo ya, acariciando mi vientre, donde te ibas desarrollando, te llamaba suavemente "¡Jesús!", y¡Jesús!", y me parecía sentirte mover para decirme: "¡Mamá!".
Te daba ya una voz, ya soñaba tu voz; la oía antes de que existiera. Y cuando la oí, débil como la de un corderito recién nacido, temblar en la noche fría en que naciste, conocí las profundidades de la alegría… y creía haber conocido el abismo del dolor, porque era el llanto de mi Criatura que tenía frío, que sentía incomodidades, que lloraba su primer llanto de Redentor y yo no tenía ni fuego ni cuna, y no podía sufrir en tu lugar, Jesús; no tenía sino mi pecho como fuego, y almohada, y mi amor para adorarte, Hijo mío santo.
Creía haber conocido el abismo del dolor… Era el amanecer de aquel dolor, era el borde de aquel dolor. Ahora es el mediodía, ahora es el fondo. Éste es el abismo, este que toco ahora, después de haber descendido en estos treinta y cuatro años empujada por muchas cosas, y postrada hoy en el fondo horrendo por tu cruz.
Cuando eras pequeño te acunaba cantando: "¡Jesús! ¡Jesús" ¿Qué armonía será más hermosa y santa que este Nombre que hace sonreír a los ángeles en el Cielo? Para mí tu Nombre era más hermoso que el canto -¡tan dulce!-de los ángeles en la noche de tu Nacimiento, y dentro de él veía el Cielo; todo el Cielo yo veía a través de este Nombre. Pero ahora, diciéndotelo a ti que has muerto y no me oyes ni me respondes, como si nunca hubieras existido, veo el Infierno, todo el Infierno. Ahora comprendo lo que significa ser réprobo; es no poder ya decir: "¡Jesús!". ¡Horror! ¡Horror! ¡Horror!…
¿Cuánto durará este infierno para tu Mamá? Dijiste: "Después de tres días reedificaré este Templo". Hasta hoy me repito a mí misma estas palabras tuyas, para no caer muerta, para estar preparada para saludarte a tu regreso, para seguir sirviéndote… Pero ¿cómo resistiré el saberte muerto durante tres días? ¿Tres días en la muerte Tú, Vida mía?
¡Cómo! Tú que lo sabes todo, porque eres la Sabiduría infinita, ¿no conoces el dolor agudísimo de tu Madre? ¿No puedes imaginártelo recordando cuando te perdí en Jerusalén y Tú me viste abrirme paso entre la gente que estaba alrededor de ti, con un rostro de náufraga que tocase la playa después de dura lucha con las olas y la muerte; con el rostro de una que saliera de una tortura, derrengada, desangrada, envejecida, quebrantada? Y en aquella ocasión podía pensar que sólo te hubieras perdido, podía autoconvencerme de que sólo te hubieras perdido.
Hoy no. Hoy no. Hoy sé que estás muerto. No es posible crear una ilusión. He visto que te daban muerte. Mira: aunque el dolor me hiciera perder la memoria, aquí está tu Sangre, en mi velo, diciéndome: "¡Ha muerto! ¡No le queda más sangre! ¡Ésta fue la última, brotada de su Corazón!". ¡De su Corazón! Del corazón de mi Niño. ¡De mi Hijo! ¡De mi Jesús! ¡Oh, Dios, Dios compasivo, no dejes que recuerde que le abrieron el Corazón!…
Jesús, no puedo estar aquí sola mientras Tú estás solo allí. Yo, que nunca he amado los caminos del mundo ni las multitudes, y que -Tú lo sabes-desde que dejaste Nazaret, te seguí cada vez más frecuentemente, para no vivir lejos de ti. No podía vivir lejos de ti. Hice frente a curiosidades y a burlas -no cuento las fatigas, porque se anulaban al verte-, con tal de vivir donde Tú estabas. Y ahora estoy aquí sola. ¡Y Tú estás allí solo! ¿Por qué no me han dejado en tu sepulcro? Me habría sentado al lado de tu helado lecho, teniendo la mano tuya entre las mías para que sintieras que estaba a tu lado… No: para sentir que estabas a mi lado. Tú ya no sientes nada. ¡Estás muerto!
¡Cuántas veces pasé las noches junto a tu cuna, orando, amando, regocijándome en ti! ¿Quieres que te diga cómo dormías, con los puñitos cerrados como dos botones de flor junto a la carita santa? ¿Quieres que te diga cómo sonreías durante el sueño y -sin duda, acordándote de la leche de tu Mamá-cómo, durmiendo, hacías el gesto de succionar? ¿Quieres que te diga cómo te despertabas y abrías los ojitos y reías viéndome inclinada sobre tu cara y tendías las manitas con alegría impaciente para que te tomara en brazos y, con un gritito dulce como el trino de una curruca, reclamabas tu alimento? ¡Oh, sí me sentía dichosa cuando aferrabas mi seno y sentía el calor liso de tu mejilla, la caricia de tus manitas, en mi pecho!
No sabías estar sin tu Mamá. ¡Y ahora estás solo! Perdóname, Hijo, el haberte dejado solo; el no haberme rebelado por primera vez en mí vida decidiendo quedarme allí. Era mí sitio. Me habría sentido menos desolada, si hubiera estado al lado de tu fúnebre lecho, colocándote y cambiando, como en el pasado, las vendas… Aunque no hubieses podido sonreírme ni hablarme, a mí me habría parecido tenerte de nuevo como cuando eras pequeño. Te habría acogido en mi corazón, para evitarte sentir el frío de la piedra, la dureza del mármol. ¿No te he tenido también hoy? El regazo de una madre siempre es capaz de acoger a su hijo, aunque sea ya un hombre. El hijo es siempre un niño para su madre, aunque haya sido bajado de una cruz y esté cubierto de llagas y de heridas.
"¡Cuántas! ¡Cuántas heridas! ¡Cuánto dolor! ¡Oh, mi Jesús, mi Jesús tan herido! ¡Herido de esa manera! ¡Matado de esa manen No. No. ¡Señor, no! ¡No puede ser verdad! ¡Estoy loca! ¿Jesús muerto? Estoy delirando. ¡Jesús no puede morir! Sufrir, sí; morir, no. ¡Él es la Vida! Él es Hijo de Dios. Es Dios. Dios no muere.
¿No muere? ¿Y entonces por qué se ha llamado Jesús? ¿Qué quiere decir “Jesús”? Quiere decir… ¡Oh, quiere decir:
"Salvador"!
Ha muerto. Ha muerto porque es el Salvador. Ha tenido que salvar a todos perdiéndose a sí mismo… No estoy delirando, no. No estoy loca. No. ¡Ojalá lo estuviera! ¡Sufriría menos! Él está muerto. Aquí está su Sangre; aquí, su corona, y los tres clavos. ¡Con éstos, con éstos me lo han traspasado!
¡Hombres, mirad con qué habéis traspasado a Dios, a mi Hijo! Y debo perdonaros. Y debo amaros. Porque Él os ha perdonado. ¡Por qué Él me ha dicho que os ame! Me ha hecho Madre vuestra. ¡Madre de los asesinos de mi Hijo! Una de sus últimas palabras, luchando contra el estertor de la agonía… "Madre, he ahí a tu hijo… a tus hijos". Aunque yo no fuera "la que obedece", hoy habría debido obedecer, porque era el imperativo de un moribundo.
Sí, Jesús, yo perdono, yo los amo. ¡Ah, se me parte el corazón en este perdón, en este amor! ¿Me oyes? ¿Oyes que los perdono y los amo? Ruego por ellos. Sí: ruego por ellos… Cierro los ojos para no ver estos objetos de tu tortura, para poder perdonarlos, para poder amarlos, para poder orar por ellos. Cada uno de estos clavos sirve para crucificar el movimiento mío de no perdonar, de no amar, de no orar por tus verdugos.
Debo, quiero pensar que estoy al pie de tu cuna. Oraba también en aquellos momentos por los hombres. Pero en aquellos momentos era fácil. Tú estabas vivo, y yo, por muy crueles que viera a los hombres, no llegaba nunca a pensar que pudieran serlo tanto contigo que los habías favorecido sin medida. Oraba convencida de que tu Palabra los haría buenos. En mi corazón, mirándolos, les decía:
Ahora sois malos, estáis enfermos, hermanos. Pero dentro de poco hablará, dentro de poco vencerá a Satanás en vosotros, y os dará ida que habíais perdido". ¡La vida perdida! Tú, Tú has perdido la vida por ellos. ¡Jesús mío!
Si hubiera visto el horror de este día cuando todavía estabas en pañales, mi leche dulce se habría transformado en veneno a causa del dolor. Simeón lo dijo:
"Una espada te traspasará el corazón". ¿Una espada? ¡Un sinfín de espadas! ¿Cuántas heridas te han abierto Hijo? ¿Cuántos gemidos te han brotado? ¿Cuántos dolores agudísimos? ¿Cuántas gotas de sangre has derramado? Pues cada uno de estos es una espada en mí. Soy una selva de espadas. En ti no hay trozo de piel que no esté llagado, en mí no lo hay que no esté traspasado; traspasan mis carnes y penetran en el corazón.
Esperando tu nacimiento, te preparaba fajos y pañales, hilando el hilo más suave de la Tierra. No tenía en cuenta su precio, con tal disponer de la hebra más lisa. ¡Qué lindo estabas envuelto en los fajos hechos por tu Mamá! Todos me decían:
"¡Es hermoso tu Niño, Mujer!” ¡Eras hermoso! Asomaba tu carita rosada bajo el blancor del lino. Tenías dos ojitos más azules que el cielo, y la cabecita parecía -de tan rubio y esponjoso como tenías el pelito-envuelto en una niebla de oro; tenían tus cabellos sabor a flor de almendro recién abierta. Creían que te perfumaba. No. Mi tesoro tenía sólo el perfume de los fajos lavados por su Mamá, calentados en su corazón, besados con sus labios. Nunca me sentía cansada de trabajar para ti…
¿Y ahora? Ya no tengo nada que hacer para ti. Hacía tres años que estabas lejos de casa, pero seguías siendo el objeto de mis días. Pensar en ti, en tu ropa, en tu comida: amasar la harina y hacer pan, cuidar las abejas para darte la miel, tener cuidado de los árboles para que te dieran fruta. ¡Cómo amabas las cosas que te llevaba tu Madre! Ninguna comida de rica mesa, ningún indumento de tela preciosa, eran para ti como estas cosas tejidas, cosidas, cuidadas, recogidas por las manos de tu Madre.
Cuando iba a donde Tú estabas, mirabas enseguida mis manos, como cuando eras pequeño y yo y José te dábamos modestos regalos para que sintieras que eras "nuestro" Rey. Nunca fuiste antojadizo, Niño mío. Lo que buscabas era el amor, que era tu alimento, y lo encontrabas en nuestras atenciones a ti. Ahora también hallabas, buscabas, lo mismo, ¡pobre Hijo mío tan poco amado del mundo!
Ahora ya nada. Todo está cumplido. Ya nada hará por ti tu Mamá. No necesitas ya nada… Ahora estás solo… Y yo estoy sola… ¡Oh, dichoso José, que no ha vivido este día! ¡Ojalá no hubiera estado yo tampoco ya en este mundo! Pero en ese caso no habrías tenido ni siquiera el consuelo de ver a tu pobre Mamá. Habrías estado solo en la cruz, como estás solo en el sepulcro. Solo con tus heridas.
"¡Oh, Dios! ¡Dios, cuántas heridas tiene tu Hijo, el Hijo mío! ¿Cómo he podido verlas sin morir, yo que me desvanecía cuando de pequeño te hacías daño? Una vez te caíste en el huerto de Nazaret y te hiciste una herida en la frente. Pocas gotas de sangre. Pero yo me sentí morir al ver gotear tu sangre en la circuncisión, tanto que José tuvo que sujetarme porque temblaba como una moribunda-sentí como si esa herida minúscula te hubiera de llevar a la muerte y más con el llanto que con agua y aceite, la curé, y no me quedé tranquila hasta que dejó de manar sangre. Otra vez estabas aprendiendo a trabajar y te heriste con el serrucho. Una herida pequeña. Pero para mí fue como si el serrucho me hubiera serrado en dos.
No hallé descanso hasta que vi curada tu mano seis días después.
¿Y ahora? ¿Y ahora? Ahora tienes las manos, los pies, el costado abiertos; ahora tu carne está hecha jirones; tu cara, magullada, esa cara que no te rozaba -yo no osaba hacerlo-con mi beso; llagada : tienes la frente y la nuca. Y nadie te ha curado, nadie te ha confortado.
¡Mira mi corazón, oh Dios que me has herido en mi Hijo! ¡Míralo! ¿No está, acaso, llagado, como el Cuerpo del Hijo tuyo y mío? Los azotes han caído sobre mí como granizo, mientras Él los recibía. ¿Que es la distancia para el amor? ¡Yo he padecido la tortura de mi Hijo! ¡Ojalá la hubiera padecido sólo yo! ¡Ojalá estuviera yo en la piedra sepulcral! ¡Mírame, Dios! ¿No gotea sangre mi corazón?
Ahí está el círculo de las espinas. Lo siento. Es una corona que me oprime y perfora el corazón. Ahí están los agujeros de los clavos: tres puñales clavados en el corazón. ¡Oh, esos golpes! ¡Esos golpes! ¿Cómo no se ha desplomado el cielo con esos golpes sacrílegos en carnes de Dios? ¡Y no poder gritar! ¡No poder lanzarme a arrebatar el arma a los asesinos y defender con ella a mi Hijo moribundo! ¡Tener que oír, oír sin hacer nada! Un golpe en el clavo, y el clavo entra en las carnes vivas. Otro golpe, y entra más. Otro y otro, y se rompen huesos y nervios y quedan traspasados la carne de mi Niño y el corazón de su Mamá. ¿Y cuando te han levantado en la cruz? ¡Cuánto debes haber sufrido! ¡Hijo santo! Veo aún cómo tu mano se desgarra con el golpe de la caída. Tengo desgarrado el corazón como ella.
Estoy magullada, lacerada, flagelada, punzada, golpeada, traspasada, como Tú. No estaba contigo en la cruz. Pero, mira a tu Madre. ¿No está como Tú? Sí. No hay diferencia de martirio. Es más: el tuyo ha terminado, el mío continúa. Tú no oyes ya las acusaciones mentirosas, yo las oigo. Tú ya no oyes las blasfemias horrendas, yo las oigo todavía. Tú ya no sientes la mordedura de las espinas y los clavos, ni la sed ni la fiebre, yo estoy llena de puntas de fuego y me siento como que muriera de quemazón y delirio.
¡Si al menos me hubieran dejado darte una gota de agua!: mi llanto, si la crueldad de los hombres negaba al Creador el agua que Él había creado. Te di mucha leche porque éramos pobres, Hijo mío, y en la huida a Egipto habíamos perdido mucho y habíamos tenido que conseguir un nuevo techo y muebles, ropa y comida; y no sabíamos cuánto iba a durar el destierro ni lo que íbamos a encontrar cuando regresáramos a nuestra tierra. Te di leche durante más tiempo del normal, para que no sintieras la falta de alimento. Hasta que no adquirimos la cabrita, yo fui tu cabrita, ¡oh Niño de tu Mamá! ya tenías muchos dientecitos y mordías… ¡Oh, qué alegría verte reír en el juego infantil!…
Querías andar. Estabas muy sano y fuerte. Yo te sujetaba durante horas y horas y no sentía quebrantados mis riñones a pesar de estar inclinada hacia ti, que dabas tus pasitos y a cada uno de ellos me decías: "¡Mamá!", "¡Mamá!". ¡Oh, feliz dicha el oírte cantar ese nombre! Lo decías también hoy: "¡Mamá, Mamá!". Pero tu Mamá no podía hacer otra cosa sino verte morir. Yo no podía siquiera acariciarte los pies. ¿Los pies? Aunque hubiesen estado al alcance de mi mano, no habría podido tocarlos, por no aumentar tu tormento. ¡Cómo debías sufrir tus pobres pies, mi Jesús!
¡Ah, si hubiera podido subir donde estabas y ponerme entre la madera y tu cuerpo e impedir que, con las convulsiones de la agonía, tocaras contra el madero! Oigo todavía tu cabeza golpear contra el madero en medio de las últimas convulsiones. Y ese sonido, ese sonido me enloquece. Lo tengo en la cabeza… como un martillo…
¡Vuelve, vuelve, amado Hijo, Hijo adorado, Hijo santo! Estoy muriendo. No resisto esta desolación mía. Muéstrame de nuevo tu rostro. Llámame otra vez. ¡No puedo pensar en ti y verte sin voz, sin mirada, cadáver frío y sin vida!
¡Oh, Padre, socórreme Tú! ¡Jesús no me oye! ¿No ha terminado la Pasión? ¿No está todo cumplido? ¿No bastan estos clavos, estas espinas, esta sangre, este llanto mío? ¿Todavía más es necesario para curar al hombre?
Padre, te nombro los instrumentos de su dolor y mi llanto.
Pero esto es lo menor. Lo que le ha hecho morir sobrehumanamente acongojado ha sido tu abandono. Lo que me hace gritar es tu abandono. Ya no te siento. ¿Dónde estás, Padre santo? Yo era la Llena de Gracia͘
Lo dijo el Ángel: “Ave María, llena de Gracia, el Señor es contigo y tú eres bendita entre todas las mujeres".
No. ¡No es verdad! ¡No es verdad! Yo soy como una mujer por ti maldecida por su pecado. Ya no estás conmigo. La Gracia se ha retirado como si yo fuera una segunda Eva pecadora. Pero te he sido siempre fiel. ¿En qué te he desagradado? Has hecho de mí lo que has deseado y siempre te he dicho: "Sí, Padre. Estoy dispuesta". ¿Pueden, entonces, mentir los ángeles? ¿Y Ana, que me aseguró que me darías tu ángel en la hora del dolor? Estoy sola. No tengo ya gracia ante tus ojos, no te tengo ya a ti, Gracia, en mí. No tengo ya ángel. ¿Mienten, entonces, los santos? ¿En qué te he desagradado, si ellos no mienten y yo he merecido esta hora?
¿Y Jesús? ¿En qué ha faltado tu Cordero puro y manso? ¿En qué te hemos ofendido, para que, además del martirio dado por mano de los hombres, tengamos que recibir la tortura incalculable de tu abandono? ¿Y además Él, Él, que era Hijo tuyo y que te llamaba con esa voz que ha hecho a la Tierra estremecerse y reaccionar en un acceso de piedad! ¿Cómo lo has dejado solo en medio de tanto tormento?
¡Pobre Corazón de Jesús, que te amaba tanto! ¿Dónde está la señal de la herida del Corazón? Aquí está. Mira, Padre, esta señal. Aquí está la huella de mi mano que entró en la abertura de la lanzada. Aquí… Aquí… Y no la cancelan ni el llanto ni el beso de la Madre, que tiene ya abrasados los ojos de llorar y consumidos los labios de besar. Esta señal grita y acusa.
Más que la sangre de Abel, grita a ti desde la Tierra esta señal. Y Tú, que maldijiste a Caín y no dejaste aquello sin castigo, no has intervenido en favor de mi Abel, ya desangrado por sus Caínes, y has permitido el último desprecio. Le has triturado el corazón con tu abandono y has dejado que un hombre lo pusiera al descubierto para que yo lo viera y también resultara triturada. Pero por mí no me importa. Es por Él, por Él te pregunto y solicito tu respuesta. No debías…
¡Oh, perdón! ¡Perdón, Padre santo! Perdona a una Madre que llora por su Hijo… ¡Ha muerto! ¡Ha muerto mi Hijo! Muerto con el corazón abierto. ¡Padre, Padre, piedad! ¡Yo te amo! Nosotros te hemos amado y Tú mucho nos has amado. ¿Cómo has permitido que fuera herido el Corazón de nuestro Hijo? ¡Padre!… ¡Padre, piedad de esta pobre mujer!
¡Estoy blasfemando, Padre! Yo sierva tuya, tu nada, ¿y oso hacerte un reproche? ¡Piedad! Has sido bueno. Has sido bueno. La herida, la única herida que no le ha hecho daño ha sido ésta. Tu abandono ha servido para que muriera antes de la puesta de sol y así evitarle otras torturas.
Has sido bueno. Todo lo haces con un fin de bondad. Somos nosotros, criaturas, los que no comprendemos. Has sido bueno. ¡Bueno has sido! Di, alma mía, estas palabras para sacar este aguijón de tu sufrimiento, a tu sufrimiento.
Dios es bueno y te ha amado siempre, alma mía. Desde la cuna a este momento, siempre te ha amado. Te ha dado toda la alegría del Tiempo. Toda. Se te ha dado Él mismo. Ha sido bueno. Bueno. Bueno. Gracias, Señor. ¡Bendito seas por tu infinita bondad!
Gracias. Jesús, también por ti digo gracias. ¡Ésta, al menos, no la has sentido, Hijo mío! Sólo yo la he sentido en el mío, cuando he visto tu Corazón abierto. Ahora está en el mío tu lanza, y hurga y me llena de aflicción. Pero es mejor así. Tú no la sientes. Pero, Jesús, ¡piedad! ¡Una señal tuya! ¡Una caricia, una palabra para tu pobre Mamá que tiene lleno de congoja el corazón! ¡Una señal, una señal, Jesús, si me quieres encontrar viva cuando regreses!
Una llamada enérgica a la puerta hace que todos se sobresalten. El dueño de la casa huye “valientemente”… María de Zebedeo quisiera que su Juan lo siguiera y lo invita a ir al patio. Las otras, excepto la Magdalena, se apiñan gimiendo.
Es María de Magdala la que va erguida y fuerte a la puerta y pregunta:
-¿Quién llama?
Responde una voz de mujer:
-Soy Nique. Tengo una cosa para la Madre. Debo dársela.
¡Abrid! Pronto. La ronda está patrullando.
Juan, que se ha desembarazado de su madre y ha ido presuroso donde la Magdalena, se afana con los muchos cierres (todos bien asegurados esta noche). Abre. Entra Nique, acompañada de una sirvienta y de un hombre fornido que viene de escolta. Cierran.
-Tengo una cosa…
Nique llora y no puede hablar…
-¿Qué? ¿Qué es?
Todos, curiosos, se han arrimado a ella.
-En el Calvario… He visto al Salvador en ese estado… Había reparado el velo lumbar para que no usara los andrajos de los verdugos… Pero estaba tan sudado -además con sangre en los ojos-, que pensé dárselo para que se secara. Y Él así lo hizo… Me devolvió el velo. Yo ya no lo usé. Quería conservarlo como reliquia con su sudor y su sangre. Viendo la saña de los judíos, pasado un rato, con Plautina y las otras romanas Lidia y Valeria, decidimos volvernos por miedo a que nos quitaran este lienzo. Las romanas son mujeres viriles. Nos habían puesto en medio a mí y a la criada y nos protegían.
Es verdad que son contaminación para Israel… y que tocar a Plautina es un peligro. Pero eso se piensa en momentos de calma. Hoy estaban todos ebrios… En casa he llorado… durante horas… Luego ha venido el terremoto y he perdido el conocimiento… Una vez vuelta en mí, he querido besar ese lienzo y he visto… ¡oh!… ¡En él está la cara del Redentor!…
-¡A ver! ¡A ver!
-No. Antes a la Madre. Está en su derecho.
-¡Está derrengada! No resistirá…
-¡No digáis eso! Al contrario, le servirá de consuelo. ¡Llamadla Juan llama suavemente a la puerta.
-¿Quién es?
-Yo, Madre. Afuera está Nique… Ha venido en la oscuridad. Te ha traído un recuerdo… un regalo… Espera consolarte con él.
-¡Sólo un regalo me puede consolar! La sonrisa de su Rostro…
-¡Madre!
Juan la abraza por temor a que se caiga, y dice, como confiando el Nombre verdadero de Dios:
-Es eso. La sonrisa de su Rostro imprimido en el lienzo con que Nique lo enjugó en el Calvario.
-¡Oh! ¡Padre! ¡Dios altísimo! ¡Hijo santo! ¡Eterno Amor! ¡Benditos seáis! ¡La señal! ¡La señal que os he pedido! ¡Que entre! ¡Que entre!
María se sienta porque ya no se tiene en pie, y se arregla un poco mientras Juan hace una señal a las mujeres, que ojean, una señal para que pase Nique.
Entra Nique. Se arrodilla a los pies de María, con la criada al lado. Juan, en pie, erguido, al lado de María, tiene su brazo por detrás de los hombros de la Madre, como para sostenerla. Nique no dice nada, pero, eso sí, abre el arca, saca el lienzo, lo abre. Y el Rostro de Jesús, el Rostro vivo de Jesús, el doloroso y, no obstante, sonriente Rostro de Jesús mira a la Madre, sonriéndole.
María emite un grito de amor doliente y extiende los brazos. Las mujeres hacen lo mismo desde el vano de la puerta donde están apiñadas; y la imitan también en el arrodillarse ante el Rostro del Salvador.
Nique no encuentra palabras. Pasa el lienzo de sus manos a las manos maternas y se inclina para besar un borde de aquél. Luego sale hacia atrás, sin esperar a que María vuelva en sí de su éxtasis.
Se marcha… Ya está fuera, en la oscuridad, cuando piensan en ella… Sólo queda cerrar el portal, como estaba antes.
María está otra vez sola, en un coloquio de su alma con la imagen de su Hijo, porque todos se retiran de nuevo.
Pasa más tiempo. Luego Marta dice:
-¿Cómo vamos a hacer con los ungüentos? Mañana es sábado…
-Y no vamos a poder ir por nada… -dice Salomé.
-Y habría que hacerlo… Muchas libras de áloe y mirra… pero ¡estaba tan mal lavado!…
-Habría que tener todo dispuesto para el amanecer del primer después del sábado -observa María de Alfeo.
-¿Y los que hacen la guardia? ¿Cómo vamos a hacer? -pregunta Susana.
-Si no nos dejan entrar, se lo decimos a José -responde Marta.
-No podremos correr nosotras solas la piedra.
Responde la Magdalena:
-¡Oh, siendo cinco, ¿dices que no vamos a poder?! Todas somos fuertes… y el amor hace el resto.
-Y además iré yo con vosotras -dice Juan.
-Tú de ninguna manera. No quiero perderte también a ti, hijo.
-No te preocupes. Nos bastaremos nosotras.
-Bueno, pero… ¿quién nos proporciona los ungüentos?
Un sentido de desánimo se apodera de todas… Luego Marta dice:
-Habríamos podido preguntarle a Nique si era verdad lo de Juana… y lo de las revueltas…
-¡Claro! Estamos atontadas. Hubiéramos podido obtener también los ungüentos antes. Isaac estaba en la puerta de su casa cuando hemos vuelto…
-En el palacio hay muchos tarros de esencias, y también incienso. Voy por ello. Y María Magdalena se levanta de su sitio y se pone el manto.
Marta grita:
-¡No irás!
-Iré.
-¡Estás loca! ¡Te prenderán!
-Tu hermana tiene razón. ¡No vayas!
-¡Oh, no sois más que unas mujeres inútiles y gritadoras!
¡Hay que ver qué buena comitiva de seguidoras tenía Jesús! ¿Ya habéis agotado vuestra reserva de valentía? A mí, por el contrario, cuanto más valor uso, más me viene.
-Voy con ella. Soy hombre.
-Y yo soy tu madre y te lo prohíbo.
-Tranquila, María Salomé; tranquilo, Juan. Voy sola. No tengo miedo. Sé lo que es ir de noche por las calles. Lo hice mil veces por el pecado… ¿Debería temer ahora que voy a servir al Hijo de Dios?
-Pero hoy la ciudad está agitada. Ya has oído a ese hombre.
-Es un conejo. Y vosotras lo mismo. Me marcho.
-¿Y si te ven los soldados?
-Les diré: "Soy la hija de Teófilo, sirio, siervo fiel de César". Y no me pararán. Y además… El hombre ante una mujer joven y guapa es un juguete más inocuo que un tallito de paja. Yo esto lo sé, para vergüenza mía…
-¿Pero dónde pretendes encontrar perfumes en el palacio, si desde hace años está deshabitado?
-¿Tú crees? ¡Marta! ¿No te acuerdas de que Israel os obligó a dejarlo porque era uno de mis lugares de encuentro con los amantes? Allí tenía yo todo lo necesario para aumentarles su locura por mí. Cuando mi Salvador me salvó, escondí en un lugar que sólo yo conocía los recipientes de alabastro y los inciensos que usaba para orgías de amor. Y juré que sólo el llanto por mi pecado sería el agua perfumada de María arrepentida; y la adoración de Jesús santísimo sus ardientes inciensos. Y juré que esos signos de culto profano de la sensualidad y la carne los usaría únicamente para santificarlos en Él y ungirlo. Ahora es la hora. Voy. Vosotras quedaros aquí.
Tranquilas. Viene conmigo el ángel de Dios y no me sucederá nada malo. Adiós. Os traeré noticias. A Ella no le digáis nada… Aumentaríais su congoja…
Y María de Magdala sale segura, regia.
-Madre, que te sirva de lección… y que te diga: no hagas que el mundo diga que tu hijo es un cobarde. Mañana, o, mejor, hoy, porque ya estamos en la segunda vigilia, voy a la búsqueda de los compañeros, como Ella quiere…
-Es sábado… no puedes hacer eso… -objeta Salomé para retenerlo.
-"El sábado ha muerto" digo yo también con José. La era nueva ha comenzado. En ella habrá otras leyes, otros sacrificios y ceremonias.
María Salomé, sin protestar ya más, apoya la cabeza en las rodillas y llora.
-¡Oh, si pudiéramos saber de Lázaro! -gime María Cleofás.
-Si me dejáis ir, tendréis noticias. Porque Simón Cananeo, que recibió la orden de hacerlo, ha llevado donde Lázaro a los compañeros; Jesús se lo dijo a Simón estando yo presente.
-¡Ay, ay… ¿todos allí?! ¡Entonces están todos perdidos! -María Cleofás y Salomé lloran desconsoladamente.
Pasa más tiempo, entre llantos y esperas.
Luego vuelve María Magdalena, triunfadora (cargada de bolsas llenas de preciosos tarritos).
-¿Veis como no ha pasado nada? Aquí están: aceites de todo tipo, y nardo, y olíbano, y benjuí. No hay mirra ni áloe… No quería cosas amargas yo… que ahora bebo todas las amarguras… Entretanto, amasamos éstas y mañana conseguimos… Pagando, Isaac dará aunque sea sábado… Adquiriremos mirra y áloe.
-¿Te han visto?
-Nadie. Ni un murciélago por las calles.
-¿Los soldados?
-¿Los soldados? Creo que están roncando en sus jergones.
-Pero las sediciones… los arrestos…
-Los ha visto el miedo de ese hombre…
-¿Quién está en el palacio?
-Pues Leví y su mujer. Tranquilos como críos. Los hombres armados han huido… ¡Ja! ¡Ja! ¡Lo que yo digo es que buenos héroes tenemos!… En cuanto tuvieron noticia de la condena, huyeron. Digo la verdad: Roma es dura y usa el látigo… pero así se hace temer y servir. Y tiene hombres, no conejos… Jesús decía: "Mis seguidores conocerán mi mismo destino". ¡Mmm! Si se hacen de Jesús muchos romanos, puede ser; pero si esos mártires tienen que ser israelitas… se quedará solo… Aquí está mi saco. Y éste es de Juana, que… sí… no solo somos cobardes, sino que también somos embusteros. Juana está abatida, nada más. Ella y Elisa se han sentido mal en el Gólgota: una es una madre a la que se le murió un hijo, y el oír los estertores de Jesús ha hecho que se sintiera mal; la otra es una mujer delicada, que no está acostumbrada a tanto camino ni a tanto sol.
Pero nada de heridas, nada de agonías. Llora, como nosotras, eso sí, claro; nada más. Lo que le duele es que la hayan alejado de allí. Mañana vendrá. Manda estos perfumes. Los que tenía. Con ella se había quedado Valeria, por orden de Plautina; pero ahora Valeria se ha marchado con los esclavos, a casa de Claudia, porque tienen muchos inciensos. Cuando venga -porque tampoco ella, por gracia del Cielo, es una liebre eternamente temblorosa-no os pongáis a gritar como sintiendo la espada en el cuello. Arriba. Levantaos. Vamos a coger unos morteros y a trabajar. Llorar no sirve. A1 menos, llorad y trabajad. El llanto diluirá nuestro bálsamo. Y Él lo sentirá sobre sí… Sentirá nuestro amor.
Y se muerde los labios para no llorar y para dar fuerza a las otras, que están verdaderamente deshechas.
Trabajan con ahínco.
María llama a Juan.
-¿Qué te ocurre, Madre?
-Esos golpes…
-Están triturando los inciensos…
-¡Ah!… Pero… perdonad… no hagáis ese ruido… me parece oír los martillos…
Efectivamente, los majaderos de bronce contra el mármol de los morteros hacen verdaderamente ruido de martillos.
Juan dice esto a las mujeres, que salen al patio para que se las oiga menos. Juan regresa donde la Madre.
-¿Cómo los han conseguido?
-María de Lázaro ha ido por ellos a su casa y a casa de Juana… Y traerán otros más…
-¿No ha venido nadie?
-Nadie después de Nique.
-¡Míralo, Juan! ¡Qué hermoso es incluso en medio de su dolor! -María se ensimisma, con las manos juntas, frente al lienzo (lo ha extendido sobre una arqueta y lo ha sujetado con unos pesos).
-Hermoso. Sí, Madre. Y te sonríe… No llores más… Ya han pasado algunas horas. Menos que esperar para su regreso… y, mientras dice esto, Juan llora…
María le acaricia la mejilla. Pero sólo mira la imagen de su Hijo. Juan sale, cegado por el llanto.
También la Magdalena, que ha vuelto para tomar unas ánforas está en las mismas condiciones. Pero dice al apóstol:
-No debemos permitir que nos vean llorar. Porque, si no, aquéllas no sabrán hacer nada ya. Y hay que hacer…
-…Y hay que creer -termina Juan.
-Sí. Creer. Si no se pudiera creer, vendría la desesperación. Yo creo. ¿Y tú?
-Yo también…
-No lo dices bien. No amas todavía lo suficiente. Si
amaras con todo tu ser, no podrías no creer. El amor es luz y voz. Incluso contra las tinieblas de la negación y el silencio de la muerte, dice: "Yo creo".
Se muestra espléndida la Magdalena, tan alta y regia, imperiosa en su confesión de fe. Debe tener el corazón torturado (sus ojos, quemados por el llanto, lo dicen), pero el ánimo está invicto.
Juan la mira admirado y susurra:
-Eres fuerte».
-Siempre. Lo fui tanto que supe desafiar al mundo. Y entonces no tenía a Dios. Ahora que lo tengo, siento que sé desafiar hasta al infierno. Tú que eres bueno deberías ser más fuerte que yo. Porque la culpa deprime, ¿eh? Más que el agotamiento. Pero tú eres inocente… Por eso te amaba tanto…
-También a ti te amaba…
-Y yo no era inocente. Pero era su conquista y…
-Llaman fuertemente al portal.
-Será Valeria. Abre.
Juan abre sin miedo, dominado por la calma de María. Efectivamente, es Valeria, y sus esclavos, que traen la litera de la que ella ha bajado. Entra saludando a la latina:
-Salve.
-La paz sea contigo, hermana. Entra -dice Juan.
-¿Puedo ofrecer a la Madre el presente de Plautina?
Claudia también ha contribuido. Pero si no le causa dolor el verme.
Juan entra donde María.
-¿Quién llama? ¿Pedro? ¿Judas? ¿José?
-No. Es Valeria. Ha traído resinas preciosas. Quisiera ofrecértelas, si no te causa pena.
-Debo superar la pena. Él ha llamado a su Reino a los hijos de Israel y a los paganos. A todos ha llamado. Ahora… está muerto… Pero yo estoy aquí por Él. Recibo a todos. Que entre.
Valeria entra. Se ha quitado el manto oscuro y aparece toda blanca con su estola. Se inclina profundamente. Saluda y habla.
-Dómina. Sabes quiénes somos. Las primeras redimidas del oscurantismo pagano. Fango y tinieblas éramos. Tu Hijo nos ha dado ala y luz. Ahora está… dormido en paz. Conocemos vuestros usos. Y queremos que sobre el Triunfador sean esparcidos también los bálsamos de Roma.
-Que Dios os bendiga, hijas de mi Señor. Y… perdonad si no sé decir nada más…
-No te esfuerces, Dómina. Roma es fuerte. Pero también sabe comprender el dolor y el amor. Te comprende, Madre Dolorosa. Adiós.
-¡La paz sea contigo, Valeria! Para Plautina, para todas vosotras, bendición.
Valeria deja sus inciensos y otras esencias y se retira.
-¿Ves, Madre, como todo el mundo da para el Rey del Cielo y de la Tierra?
-Sí -dice María. Todo el mundo. Y la Madre sólo habrá podido darle el llanto.
Un gallo canta alegre en algún lugar cercano. Juan se estremece.
-¿Qué te sucede, Juan? -pregunta la Virgen.
-Pensaba en Simón Pedro…
-¿Pero no estaba contigo? -pregunta la Magdalena, que ha vuelto a entrar en la habitación.
-Sí. En casa de Anás. Luego he comprendido que yo tenía que venir aquí. Y no he vuelto a verlo.
-Dentro de poco amanecerá.
-Sí. Abrid.
Abren las contraventanas y las caras parecen aún más
térreas en la luz verdosa del alba.
La noche del Viernes Santo ha terminado.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
José de Arimatea apaga una de las antorchas, da una última ojeada y se dirige a la apertura del sepulcro manteniendo encendida y levantada la otra antorcha.
María se inclina una vez más para besar a su Hijo a través de los elementos que lo cubren. Y quisiera hacerlo dominando su dolor, conteniendo éste como forma de respeto al Cadáver, que, estando embalsamado, no le pertenece.
Pero, cuando está cerca del rostro velado, ya no se domina; se sume en una nueva crisis de desolación.
No sin dificultad, la alzan. La alejan, con mayor dificultad aún, del lecho fúnebre. Arreglan las telas desordenadas y, más en vilo que sujetándola, se llevan a la pobre Madre, que se aleja con la cara hacia atrás, para ver, para ver a su Jesús, ya solo en la oscuridad de sepulcro.
Salen al huerto silencioso bajo la luz vespertina. Ya la claridad que renació después de la tragedia del Gólgota vuelve a oscurecerse por la noche que desciende. Y allí, bajo los tupidos ramajes -tupidos aunque carezcan todavía de hojas y estén apenas adornados por las bocas blanco-rosas de los manzanos que empiezan a echar flores (extrañamente retrasados en este pomar de José, mientras que en otros lugares están ya enteramente cubiertos de flores abiertas e incluso fecundadas, constituyendo ya minúsculos frutos)-, bajo esos tupidos ramajes, la penumbra es aún más densa que en otros lugares.
Corren hasta su surco la pesada piedra del sepulcro. Largas ramas de un enmarañado rosal, que penden de lo alto de la gruta, parecen llamar a esa puerta de piedra y decir: "¿Por qué te cierras ante una madre que llora?".
Y parecen verter también ellas lágrimas de sangre con sus pétalos rojos deshojados, con las corolas distribuidas sobre la superficie de la piedra oscura, con los botones cerrados que golpean contra el inexorable cierre.
Pero pronto otra sangre humedecerá esa puerta sepulcral, y otro llanto. María, hasta ahora sujeta por Juan y sollozando, aunque bastante sosegada, se libera ahora del apóstol y, emitiendo un grito que creo que ha hecho temblar hasta las entrañas de las plantas, se arroja contra la puerta, se agarra al saliente de ésta para descorrerla, se excoria los dedos y se rompe las uñas, sin conseguir moverla, y hasta hace palanca apretando la cabeza contra este saliente áspero.
Su gemido tiene notas del rugido de una leona que se abra las venas contra el cierre de una trampa donde estén encerrados sus cachorros, compasiva y furiosa por amor de madre.
Nada tiene ahora de la mansa virgen de Nazaret, de la paciente mujer que hasta ahora hemos conocido. Es: la madre; sólo y simplemente: la madre aferrada a su criatura con todos los nervios de la carne y todas las entrañas del amor. Es la más verdadera "dueña" de esa carne que Ella generó, la única dueña después de Dios, y no quiere que le roben esta propiedad. Es la "reina" que defiende su corona: el hijo, el hijo, el hijo.
Toda la rebelión y las rebeliones que en treinta y tres años en cualquier otra mujer habría habido contra la injusticia del mundo hacia un hijo, toda la santa y lícita ira que cualquier otra madre habría manifestado durante aquellas últimas horas, para herir y matar con las manos y los dientes a los asesinos de su hijo; todas estas cosas que Ella, por amor al género humano, ha dominado siempre, ahora se agitan en su corazón, hierven en su sangre, pero, mansa incluso en medio de ese dolor suyo que la hace delirar, ni impreca ni acomete. Solamente pide a la piedra que se abra, que la deje pasar porque su sitio está ahí dentro, donde está Él; sólo pide a los hombres, despiadadamente piadosos, que la obedezcan y abran.
Después de haber golpeado y manchado de sangre con los labios y las manos la piedra tenaz, se vuelve, se apoya con los brazos abiertos, aferrando todavía los dos bordes de la piedra, y, terrible en su majestuosidad de Madre dolorosa, ordena:
-¡Abrid! ¿No queréis? Pues yo me quedo aquí. ¿No dentro? Pues afuera. Aquí están mi pan y mi lecho, aquí está mi morada. No tengo ni otras casas ni otro objetivo. Vosotros marchaos si queréis. Volved al asqueroso mundo. Yo me quedo aquí, donde no hay ambiciones ni olor de sangre.
-¡No puedes, Mujer!
-¡No puedes, Madre!
-¡No puedes, María amada!
Y tratan de separarle las manos de la piedra, asustados por esos ojos que ellos no conocían con ese destello que los hace duros e imperiosos, vítreos, fosforescentes.
La sobrepujanza mal conviene a los mansos, y los humildes saben persistir en la soberbia… Y enseguida cede en María el querer vehemente y el mandar imperioso. Vuelve a Ella su mirada mansa de paloma torturada, pierde el gesto impositivo y se inclina otra vez suplicante, y une las manos rogando:
-¡Oh, dejadme! ¡Por vuestros difuntos, por los vivos a los que amáis, piedad de una pobre madre!… Oíd… oíd mi corazón. Necesita paz para que cese en él este latido cruel; así se ha puesto a latir arriba, en el Calvario. El martillo hacía "ton", "ton", "ton".., y cada uno de esos golpes hería a mi Niño… y golpeaba mi cerebro y mi corazón… y tengo llena de esos golpes la cabeza, y mi corazón late rápido al ritmo de ese "ton", "ton”, "ton" descargado sobre las manos, sobre los pies de mi Jesús, de mi pequeño Jesús… ¡Mi Niño! ¡Mi Niño!…
Le vuelve todo el tormento que parecía calmado después de su oración a1 Padre junto a la mesa de la unción. Todos lloran.
-Necesito no oír gritos ni golpes. El mundo está lleno de voces y ruidos. Cada voz me parece ese "gran grito" que me ha petrificado la sangre en las venas; cada ruido, el del martillo en los clavos. Necesito no ver rostros de hombre.
El mundo está lleno de rostros… Hace casi doce horas que veo rostros de asesinos… Judas… los verdugos… los sacerdotes… los judíos… ¡Todos, todos asesinos!…
¡Fuera! ¡Fuera!… No quiero ver a nadie… En cada hombre hay un lobo y una serpiente. Siento escalofrío ante el hombre, siento miedo del hombre… Dejadme aquí, bajo estos árboles serenos, en esta hierba poblada de flores…
Dentro de poco saldrán las estrellas… que siempre fueron sus amigas y mis amigas… Ayer las estrellas han hecho compañía a nuestra solitaria agonía… Ellas saben muchas cosas… Ellas vienen de Dios… ¡Oh! ¡Dios! ¡Dios!…
Llora y se arrodilla.
-¡Paz, mi Dios! ¡No me quedas sino Tú!
-Ven, hija. Dios te dará paz. Pero ven. Mañana es el
sábado pascual. No podríamos venir a traerte comida…
-¡Nada! ¡Nada! ¡No quiero comida! ¡Quiero a mi Hijo! Sacio hambre con mi dolor; mi sed, con mi llanto… Aquí… ¿Oís cómo llora ese autillo? Llora conmigo, y dentro de poco llorarán los ruiseñores. Y mañana, con la luz del sol, llorarán las calandrias y los currucos y los pájaros que Él amaba, y las tórtolas vendrán conmigo a golpear a esta puerta y a decir, a decir: "¡Álzate, amor mío y ven! Amor que estás en la hendidura de la roca, en el refugio de la escarpada, déjame ver tu rostro, déjame escuchar tu voz".
¡Aaaah! ¿Qué digo? ¡Ellos, ellos también, los torvos asesinos, se han dirigido a Él con las palabras del Cantar! (Cantar de los cantares 2, 13-14; 3, 11) Sí, venid, oh hijas de Jerusalén, a ver a vuestro Rey con la diadema, como lo coronó su Patria en el día de su desposorio con la Muerte, en el día de su triunfo como Redentor.
-¡Mira, María! Están viniendo guardias del Templo. Aléjate de aquí. No te vayan a injuriar.
-¿Guardias? ¿Injurias? No. Son viles. Viles son. Y si yo saliera a su encuentro, terrible en mi dolor, huirían como Satanás frente a Dios. Pero yo recuerdo que soy María… y no arremeteré contra ellos, como tendría derecho a hacer. Estaré pacífica… ni siquiera me verán. Y, si me ven y me preguntan: "¿Qué quieres?", les diré: "La limosna de respirar el aire balsámico que sale por esta fisura". Diré: “En nombre de vuestra madre". Todos tienen una madre… hasta el ladrón compasivo lo ha dicho…
-Pero éstos son peor que los bandoleros. Te insultarán.
-¿Acaso hay un insulto que, después de los de hoy, yo no conozca?
Es la Magdalena la que encuentra la razón capaz de conseguir la obediencia de la Dolorosa.
-Tú eres buena, eres santa, y crees y eres fuerte. Pero nosotros ¿qué somos?… ¡Ya lo ves! La mayor parte han huido; los que han quedado estamos aterrados. La duda, ya presente en nosotros, nos haría ceder. Tú eres la Madre.
No tienes sólo el deber y el derecho respecto a tu Hijo, sino el deber y el derecho respecto a lo que es del Hijo.
Debes volver con nosotros, estar entre nosotros, para recogernos, para confirmarnos, para infundirnos tu fe. Tú has dicho, después de tu justo reproche de nuestra pusilanimidad e incredulidad: "Más fácil le será resucitar si está libre de estas vendas". Yo te lo digo: "Si nosotros logramos reunirnos en la fe en su Resurrección, resucitará antes. Lo llamaremos con nuestro amor…".
¡Madre, Madre de mi Salvador, vuelve con nosotros, tú, amor de Dios, para darnos este amor tuyo! ¿Acaso quieres que se pierda de nuevo la pobre María de Magdala, a la que Él ha salvado con tanta piedad?
-No. Me pesaría. Tienes razón. Debo volver… buscar a los apóstoles… a los discípulos… a los parientes… a todos… Decir… decir: creed. Decir: os perdona… ¿A quién se lo dije esto?… ¡Ah! A Judas Iscariote… Habrá que… sí, habrá que buscarlo también a él… porque es el mayor pecador…
María está ahora con la cabeza reclinada sobre su propio pecho y tiembla como por repulsa; luego dice
-Juan: lo buscarás. Y me lo traerás. Debes hacerlo. Y yo debo hacerlo.
Padre: hágase esto también por la redención de la Humanidad. Vamos.
Se levanta. Salen del huerto semioscuro. Los guardias los ven salir y no dicen nada.
El camino, polvoriento y revuelto por la riada de gente que lo ha recorrido y batido con pies, piedras y palos, dibuja una curva en torno al Calvario para llegar al camino de primer orden que va paralelo a las murallas. Y aquí las huellas de lo que ha sucedido son aún más intensas.
Dos veces María emite un grito y se inclina para examinar bajo la incierta luz el suelo, porque le parece ver sangre y piensa que es de su Jesús. Pero son sólo jirones de tela desgarrada (yo creo que con el jaleo de la fuga).
El pequeño torrente que corre a lo largo de este camino susurra un rumor leve en medio del gran silencio que lo envuelve todo. La ciudad, no viniendo de ella sino un profundo silencio, parece abandonada.
Ahí está el puentecillo que conduce a la empinada vereda del Calvario. Y, frente al puente, la puerta Judicial. Antes de desaparecer tras ella, María se vuelve para mirar la cima del Calvario… y llora desconsoladamente. Luego dice:
-Vamos. Pero guiadme vosotros. No quiero ver ni Jerusalén, ni sus calles ni sus habitantes.
-Sí, sí, pero démonos prisa. Están para cerrar las puertas y, ¿lo ves?, han reforzado la guardia en ellas. Roma teme alborotos.
-Con razón. ¡Jerusalén es una guarida de tigres! ¡Es una tribu de asesinos! Una turba de depredadores; y no sólo dirigen estos usurpadores sus colmillos rapaces hacia las riquezas, sino también contra las vidas. Hace ya treinta y dos años que acechan contra la vida de mi Niño… Era un corderito de leche, un corderito rosa de oro ensortijado… Apenas sabía decir "Mamá", y dar los primeros pasitos, y reír con sus pocos dientecitos entre los labios de pálido coral, y ya vinieron para degollarlo… Ahora dicen que había blasfemado y violado el sábado y que había movido a la sublevación y aspirado al trono y pecado con las mujeres… Pero, en aquellos tiempos, ¿qué había hecho?, ¿qué blasfemia podía haber dicho, si apenas sabía llamar a su Mamá?, ¿qué podía violar de la Ley, si Él, el eterno Inocente, era entonces también el inocente pequeñuelo del hombre?, ¿qué sublevación podía promover, si ni siquiera sabía tener un capricho? ¿A que trono podía aspirar? Tenía ya su trono en la Tierra y en el Cielo, y no pedía otros tronos: en el Cielo, el seno del Padre; en la Tierra, el mío. Jamás tuvo ojos para la carne, y vosotras, jóvenes y hermosas, podéis decirlo. Pero en aquel tiempo, en aquel tiempo… su "sensualidad” estaba limitada a la necesidad de calor y nutrición, y sus amores eran sólo con mi tibio pecho, buscando poner encima la carita y dormir así; y con el romo pezón del que mi amor fluía convertido en leche… ¡oh, Criatura mía!… ¡Y querían verte muerto! ¡Esto querían: quitarte la vida!
Tu único tesoro. La Madre al Hijo; el Hijo a la Madre, para convertirnos en los más míseros y desolados del Universo. ¿Por qué quitarle al Vivo la vida? ¿Por qué arrogaros el derecho de quitar esto que es la vida: bien de la flor y del animal, bien del hombre? Nada os pedía mi Jesús. Ni dinero, ni joyas, ni casas. Una casa tenía, pequeña y santa, y la había dejado por amor a vosotros hombres -hiena.
Había renunciado por vosotros a aquello que hasta una cría de animal posee, y fue pobre y solo por el mundo, sin tener siquiera el lecho que le había hecho el Justo, sin el pan tan siquiera que le hacía su Madre; y durmió donde pudo y comió donde pudo: sobre la yacija herbosa de los prados, velado por las estrellas; o en las casas de los buenos, como cualquier hijo de hombre.
Sentado a una mesa, o compartiendo con los pájaros de Dios los granos de trigo y el fruto de la zarza silvestre. Y no os pedía nada. Al contrario: os daba. Quería sólo la vida para daros con su palabra la Vida. Y vosotros, y Jerusalén, lo habéis despojado de la vida. ¿Te has saciado con su Sangre? ¿Te has llenado con su Carne? ¿O todavía no te llena, y quieres -tras vampiro y buitre, hiena-comer su Cadáver, y, no satisfecha aún de los oprobios y tormentos, quieres ensañarte y gozar arañando sus despojos y viendo otra vez sus lacerantes dolores, sus temblores, sus lágrimas, sus convulsiones, en mí: en la Madre del Asesinado? ¿Hemos llegado? ¿Por qué os paráis? ¿Qué quiere de José ese hombre? ¿Qué dice?
En efecto, uno de los escasos transeúntes ha parado a José y, en el silencio absoluto de la ciudad desierta, se oyen muy bien sus palabras:
-Es sabido que has entrado en la casa de Pilato. Profanador de la Ley. Rendirás cuentas de ello. ¡Tienes censura en orden a la Pascua! Estás contaminado.
-Tú también, Elquías. ¡Me has tocado y estoy cubierto de la sangre de Cristo y de su sudor mortal!
-¡Ah! ¡Horror! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera esa sangre!
-No tengas miedo. Ya te ha abandonado; y maldecido.
-Tú también estás maldecido. Y no te vayas a pensar que ahora que te entiendes con Pilato vas a poder llevarte el Cadáver. Hemos tomado medidas para que se termine el juego.
Nicodemo se ha acercado lentamente mientras las mujeres se han detenido con Juan y se han pegado a un profundo portón cerrado.
-Ya lo hemos visto -continúa José -¡Cobardes! ¡Tenéis miedo hasta de un muerto! Pero de mi huerto y de mi sepulcro hago lo que yo creo conveniente.
-Eso lo veremos.
-Lo veremos. Recurriré a Pilato.
-Sí. Fornica ahora con Roma.
Nicodemo toma la palabra:
-Mejor con Roma que con el Demonio, como vosotros, ¡deicidas! Y, oye, ¿me podrías decir cómo es que te has recobrado? Porque hace un momento huías aterrorizado. ¿Se te esta pasando? ¿No te es suficiente lo que te sucedió? ¿No se te quemó una casa? ¡Échate a temblar! No ha terminado el castigo. Es más: está llegando. Se cierne sobre tu cabeza como la Némesis de los paganos Ni guardias ni precintos impedirán al Vengador alzarse y descargar su mano.
-¡Maldito!
Elquías huye y va a toparse con las mujeres. Comprende y lanza un atroz insulto a María.
Juan no dice ni una palabra. Pero, con un salto de pantera, lo aferra fuertemente y lo tira al suelo y, sujetándolo con las rodillas y apretándole el cuello con las manos, le dice:
-¡Pídele perdón o te estrangulo, demonio!
Y no lo deja hasta que el otro, apretado y medio estrangulado por las manos de Juan, no masculla: «Perdón».
Pero su grito ha atraído a la patrulla.
-¿Quién va? ¿Qué pasa? ¿Más alborotos? Quietos todos o cargamos sobre vosotros. ¿Quiénes sois?
-José de Arimatea y Nicodemo, autorizados por el Procónsul para sepultar al Nazareno al que han dado muerte.
Regresamos del sepulcro con la Madre, el hijo y las familiares y amigas. Éste ha ofendido a la Madre y ha sido obligado a pedir perdón.
-¿Sólo eso? Debíais haberlo estrangulado. Marchaos.
Soldados arrestad a éste. ¿Qué más quieren esos vampiros? ¿También el corazón de las madres? ¡Adiós, judíos!
-¡Qué horror! Pero ya no son hombres… Juan, sé bueno con ellos. Ten presente el recuerdo de mi Jesús y de tu Jesús. Él predicaba perdón.
-Madre, tienes razón. Pero son unos malhechores y me sacan de mis cabales. Son sacrílegos. Te ofenden a ti. Y esto no puedo permitirlo.
-Son unos malhechores, sí. Y saben que lo son. Mira qué pocos por las calles; y esos pocos, cómo se escabullen furtivos. Después del delito, los malhechores tienen miedo. Verlos huir así, entrar en las casas, encerrarse en ellas por miedo, me suscita horror. Los siento a todos culpables del Deicidio. Mira, María ese viejo. Ya se asoma a la tumba y, no obstante -ahora que la luz de aquella puerta lo ilumina me parece haberlo visto pasar acusando a mi Jesús, allí, en la cima del Calvario… Lo llamaba ladrón… ¡¿Ladrón mi Jesús?!… Aquel joven, casi niño todavía, pronunciaba torpes blasfemias invocando que cayera sobre él su sangre… ¡Oh, desdichado!… ¿Y aquel hombre? Siendo tan musculoso y fuerte, ¿se habrá abstenido de golpearlo? ¡Oh, no quiero ver! Mirad: encima del rostro que tienen se superpone el rostro del alma y… y ya no tienen imagen de hombres, sino de demonios… Tanto valor tenían contra el Atado, el Crucificado…y ahora huyen, se esconden, se encierran. Tienen miedo.
¿De quién? De un muerto. Para ellos no es más que un muerto, porque niegan que sea Dios. ¿A qué tienen miedo entonces? ¿A qué cierran sus puertas? Al remordimiento. Al castigo. No sirve. El remordimiento está en vosotros. Y os seguirá eternamente. Y el castigo no es humano; no valen ni cierres ni palos, ni puertas ni barras contra él. El castigo baja del Cielo, de Dios, vengador de su Inmolado, y atraviesa paredes y puertas, y con su llama celeste os marca para el castigo sobrenatural que os espera. El mundo irá a Cristo, al Hijo de Dios y mío. Irá a aquel que vosotros habéis traspasado, pero vosotros seréis signados para siempre, los Caínes de un Dios, marcados como oprobio de la raza humana.
Yo, que he nacido de vosotros, yo que soy Madre de todos, tengo que decir que para mí, vuestra hija, habéis sido peores que padrastros, y que, en el inmenso número de mis hijos, vosotros sois los que más esfuerzo me imponéis para acogeros, porque os habéis ensuciado con el delito contra mi Criatura. Y no os arrepentís diciendo: "Eras el Mesías. Te reconocemos y te adoramos".
Ahí hay otra patrulla romana. El Amor ya no está en la Tierra, la Paz ya no está entre los hombres.
El Odio y la Guerra bullen como esas antorchas humeantes. Los dominadores tienen miedo a la muchedumbre desmandada. Saben por experiencia que cuando la fiera que se llama hombre ha sentido el sabor de la sangre se vuelve ávida de masacre…
Pero no temáis a éstos, que no son ni leones ni panteras reales, sino cobardísimas hienas que se lanzan contra el cordero inerme pero temen al león armado de lanzas y autoridad. No tengáis miedo a estos chacales reptantes.
Vuestro paso de hierro los hace huir y el brillo de vuestras lanzas los hace más mansos que conejos.
¡Esas lanzas! ¡Una ha abierto el corazón del Hijo mío!
¿Cuál de ellas? Verlas es para mí una flecha en mi corazón… Y, no obstante, quisiera tenerlas todas entre mis manos temblorosas para ver cuál es la que todavía conserva huellas de sangre y decir: "¡Es ésta! ¡Dámela, soldado! Dásela a una madre en memoria de tu madre lejana, y yo oraré por ella y por ti". Y ningún soldado me la negaría. Porque los hombres de guerra han sido los mejores ante la agonía del Hijo y de la Madre. ¡Oh, ¿por qué no he pensado arriba esto?! Me sentía como una persona a la que le hubieran golpeado la cabeza. Yo la tenía atontada por esos golpes… ¡Oh, esos golpes! ¿Quién hará que deje de sentirlos aquí, en mi pobre cabeza? La lanza ¡Cuánto quisiera tenerla!…
-Podemos buscarla, Madre. El centurión me ha parecido muy bueno con nosotros. Creo que no me la negará. Iré mañana.
-Sí, sí, Juan. Soy Pobre. Tengo poco dinero; pero me desprenderé hasta de la última moneda con tal de tener ese hierro… ¡Oh, ¿cómo es que no lo he pedido en ese momento?!
-María amada, ninguno de nosotros tenía noticia de esa herida Cuando la has visto, ya estaban lejos los soldados.
-Es verdad… Estoy ofuscada por el dolor. ¿Y las vestiduras? ¡Nada suyo tengo! Daría mi sangre por tenerlas…
María llora de nuevo desconsoladamente.
Y llega así a la calle del Cenáculo; a tiempo, porque ya está agotada y camina verdaderamente a rastras, como una anciana decrépita. Y además lo manifiesta.
-Ánimo, que ya hemos llegado.
-¿Ya? ¿Tan corto el camino que esta mañana me ha parecido largo? ¿Esta mañana? ¿Ha sido esta mañana? ¿Sólo? ¿Cuántas horas, o cuántos siglos, han pasado desde que ayer noche entré y desde que salí de aquí esta mañana? ¿Soy verdaderamente yo: la madre cincuenta años o una anciana secular, una mujer que abarca épocas, rica en siglos que pesan sobre sus espaldas arqueadas y sobre su cabeza cana? Siento como haber vivido todo el dolor del mundo y éste pese enteramente sobre mis espaldas, que se encorvan bajo su peso. Cruz incorpórea, ¡pero tan pesada…! De piedra.
Una cruz quizás más pesada que la de mi Jesús, porque llevo la mía y la suya con el recuerdo de su agonía y la realidad de la agonía mía. Vamos a entrar. Porque debemos entrar. Pero no es ningún consuelo. Es un aumento de dolor. Por esta puerta entró mi Hijo para su última cena. Por ella salió para ir al encuentro de la muerte. Y tuvo que poner pie donde lo puso el traidor, que salió para llamar a los capturadores del Inocente.
Apoyado en esa puerta he visto a Judas… ¡He visto Judas! Y no lo he maldecido, sino que le he hablado como habla una madre llena de congoja. Llena de congoja por el Hijo bueno y por el hijo malvado… ¡He visto a Judas! ¡He visto al Demonio en él! Yo que he tenido siempre a Lucifer bajo mi calcañar y, mirando sólo a Dios, nunca he bajado los ojos a mirar a Satanás-he conocido el rostro de
Satanás mirando al Traidor. He hablado con el Demonio… ha huido, porque no soporta mi voz. ¿Lo habrá dejado ahora, de forma que yo pueda hablar a ese muerto y concebirlo de nuevo -yo, la Madre-con la Sangre de un Dios para darlo a luz a la Gracia? Juan: júrame que lo buscarás y que no serás cruel con él. No lo soy yo que tendría derecho a serlo… ¡Oh, dejadme entrar en esa habitación donde mi Jesús tomó su última comida!, ¡donde la voz de mi Niño pronunció en paz sus últimas palabras!
-Sí. Entraremos. Pero, ahora, ven aquí, a donde estábamos ayer. Descansa. Despídete de José y Nicodemo, que se marchan.
-Sí. Me despido de ellos. ¡Oh, sí, me despido de ellos! Les doy las gracias. ¡Los bendigo!
-Pero, ven, ven; ¡lo harás más cómodamente!
-No. Aquí. José… ¡Oh, no he conocido a nadie con este nombre que no me quisiera!…
María de Alfeo se echa bruscamente a llorar.
-No llores… También José… Por amor, erraba tu hijo. Quería darme humanamente paz… ¡Pero hoy!… Ya lo habéis visto… ¡Oh, todos los Josés son buenos con María!… José, yo te digo "gracias". Y a Nicodemo… Mi corazón se postra a vuestros pies, ante esos pies vuestros cansados por el mucho camino recorrido por Él… por darle los últimos honores… Yo sólo puedo daros mi corazón; no tengo otra cosa… Y os lo doy, amigos leales de mi Hijo… y… y perdonad a una Madre traspasada las palabras que os he dicho en el sepulcro…
-¡Oh! ¡Santa! ¡Perdona tú! -dice Nicodemo.
-Estáte tranquila ahora. Descansa en tu Fe. Mañana vendremos -añade José.
-Sí, vendremos. Estamos a tus órdenes.
-Mañana es sábado -objeta la dueña de la casa.
-El sábado ha muerto. Vendremos. Adiós. El Señor sea con vosotros -y se marchan.
-Ven, María.
-Sí, Madre, ven.
-No. Abrid. Me habéis prometido hacerlo después de las despedidas. ¡Abrid esta puerta! No podéis cerrársela a una madre, a una madre que busca respirar en el aire el olor del aliento, del cuerpo de su Niño. ¿No sabéis, acaso, que ese aliento y ese cuerpo se los di yo? Yo, yo que lo llevé nueve meses, que le di a luz, que lo amamanté, lo crié, lo cuidé. ¡Ese aliento es mío! ¡Ese olor de carne es mío! Es el mío, pero más hermoso en mi Jesús. Dejádmelo percibir otra vez.
-Sí, querida. Mañana. Ahora estás cansada. Estás ardiendo de fiebre. No puedes así. Estás mal.
-Sí. Mal. Pero es porque tengo en los ojos la percepción de su Sangre y en el olfato el olor de su Cuerpo llagado. Quiero ver la mesa en que se apoyó vivo y sano, quiero percibir el perfume de su cuerpo juvenil. ¡Abrid! ¡No me lo sepultéis por tercera vez! Ya me lo habéis ocultado bajo los perfumes y las vendas; luego me lo habéis encerrado tras la piedra. ¿Ahora por qué, por qué negarle a una Madre que halle el último rastro de Él en el aliento que ha dejado detrás de esa puerta? Dejadme entrar.
Buscaré en el suelo, en la mesa, en el asiento, las huellas de sus pies, de sus manos. Y las besaré, las besaré hasta consumirme los labios. Buscaré… buscaré… Quizás encuentre un cabello de su cabeza rubia, un cabello no untado de sangre. ¿Sabéis vosotros qué es para una madre un cabello de su hijo? Tú, María de Cleofás, tú, Salomé, sois madres. ¿Y no comprendéis? ¡Juan! ¡Juan! Escúchame. Yo soy Madre para ti. El me ha constituido tal.
¡Él! Tú me debes obediencia. ¡Abre! Yo te amo, Juan. Siempre te he amado porque lo amabas. Te amaré más todavía. Pero abre. ¡Abre digo! ¿No quieres? ¿No quieres? ¡Ah, ¿entonces ya no tengo hijo?! Jesús no me negaba nunca nada. Porque era hijo. Tú niegas. No eres hijo. No comprendes mi dolor… ¡Oh, Juan!, perdona… perdona.
Abre… No llores… Abre… ¡Oh, Jesús! ¡Jesús!… Escúchame… ¡Obre tu espíritu un milagro! ¡Abre a tu pobre Mamá esta puerta que nadie quiere abrir! ¡Jesús! ¡Jesús!
María llama con los puños cerrados a la puertecita, a esa puertecita bien cerrada. Está en un momento de paroxismo de su congoja. Hasta que palidece y, susurrando:
-¡Oh, mi Jesús! ¡Voy! ¡Voy!», se desploma sin fuerzas sobre los brazos de las mujeres, que lloran y la sujetan para impedir que caiga a los píes de esa puerta; luego la llevan así, a la habitación que hay enfrente.