por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Dice Jesús:
-Las razones que me han movido a iluminar y a dictar episodios y palabras míos al pequeño Juan (como así llamaba Jesús a María Valtorta) son -además de la alegría de comunicar una exacta cognición acerca de mí a esta alma -víctima y amante múltiples.
Pero de todas ellas es alma el amor mío hacia la Iglesia, tanto docente como militante, y el deseo de ayudar a las almas en su ascensión hacia la perfección. El conocimiento de mí es ayuda en esta ascensión. Mi Palabra es Vida.
Nombro las principales:
I. La razón más profunda del don de esta obra es que en estos tiempos en que el modernismo, condenado por mi Santo Vicario Pío X, se corrompe cayendo en doctrinas cada vez más dañinas, la Santa Iglesia, representada por mi Vicario, tenga más materia para combatir a los que niegan:
-La sobrenaturalidad de los dogmas; la divinidad de Cristo.
-La verdad del Cristo Dios y Hombre, real y perfecto, tanto en la fe como en la historia que acerca de Él ha sido transmitida (Evangelio, Hechos de los Apóstoles, Epístolas apostólicas, tradición).
-La doctrina de Pablo y Juan y de los concilios de Nicea, Éfeso y Calcedonia, y otros más recientes, como verdadera doctrina mía por mí enseñada oralmente o inspirada.
-Mi sabiduría ilimitada por ser divina y perfecta.
-El origen divino de los dogmas, de los Sacramentos, de la Iglesia una, santa, católica, apostólica.
-La universalidad y continuidad, hasta el final de los siglos, del Evangelio dado por mí y para todos los hombres.
-La naturaleza perfecta, desde el comienzo, de mi doctrina, que no se ha formado como es a través de sucesivas transformaciones, sino que como es ha sido dada: doctrina del Cristo, del tiempo de Gracia, del Reino de los Cielos y del Reino de Dios en vosotros; divina, perfecta, inmutable; Buena Nueva para todos los sedientos de Dios.
Al dragón rojo de las siete cabezas, diez cuernos y siete diademas en la cabeza (Daniel 7; Apocalipsis 12-20), que con la cola arrastra tras sí a la tercera parte de las estrellas del cielo y las hace caer y en verdad os digo que caen más abajo de la tierra, y que persigue a la Mujer, oponed, como también a las bestias del mar y de la tierra que muchos, demasiados, al estar seducidos por sus aspectos y prodigios, adoran, oponed, digo, mi Ángel volador que surca el cielo llevando el Evangelio eterno bien abierto, incluso por las páginas cerradas hasta ahora, para que los hombres puedan salvarse, por su luz, de las roscas de la gran serpiente de las siete fauces, que quiere ahogarlos en sus tinieblas… y a mi regreso encuentre todavía la fe y la caridad en el corazón de los perseverantes, y sean éstos más numerosos que lo que, por la obra de Satanás y de los hombres, cabría esperar.
II. Despertar en los sacerdotes y en los laicos un vivo amor al Evangelio y a todo lo que a Cristo se refiere. Lo primero de todo, una renovada caridad hacia mi Madre, en cuyas oraciones está el secreto de la salvación del mundo.
Ella, mi Madre, es la Vencedora del Dragón maldito. Ayudad a su poder con vuestro renovado amor a Ella y con renovada fe y renovado conocimiento respecto a lo que a Ella se refiere. María ha dado al mundo al Salvador. El mundo aún recibirá de Ella la salvación.
III. Dar a los maestros de espíritu y directores de almas una ayuda para su ministerio: estudiando el mundo de los espíritus distintos que se movieron en torno a mí y los distintos modos que Yo usé para salvarlos. Porque de necios sería querer tener un método único para todas las almas. Distinto es el modo de atraer hacia la Perfección a un justo que espontáneamente a ella tiende, del modo que hay que usar con un gentil.
Muchos gentiles tenéis entre vosotros, si llegáis a ver -como vuestro Maestro- como a gentiles a esos pobres seres que han sustituido al Dios verdadero por el ídolo del poder y la prepotencia, o del oro, o de la lujuria, o de la soberbia de su saber. Y distinto es el modo que ha de usarse para salvar a los modernos prosélitos, o sea, a los que han aceptado la idea cristiana pero no la ciudadanía cristiana, perteneciendo a las Iglesias separadas. Que ninguno sea despreciado, y estas ovejas perdidas menos que ninguno. Amadlas y tratad de llevarlas de nuevo al único Redil, para que se cumpla el deseo del Pastor Jesús.
Algunos, leyendo esta Obra, objetarán: "No consta en el Evangelio que Jesús tuviera contactos con romanos o griegos; por tanto, rechazamos estas páginas".
¡Cuántas cosas no constan en el Evangelio, o apenas se vislumbran, tras densas cortinas de silencio, aludidas por los Evangelistas acerca de episodios que por su inquebrantable mentalidad de hebreos ellos no aprobaban! ¿Creéis que conocéis todo lo que hice?
En verdad os digo que ni siquiera después de la lectura y aceptación de esta ilustración de mi vida pública conocéis todo acerca de mí. Habría matado -con la fatiga de ser el cronista de todos los días de mi ministerio, y de cada uno de los actos llevados a cabo en cada uno de los días-, habría matado a mi pequeño Juan, si le hubiera dado a conocer todo para que os transmitiera todo.
"Y otras cosas hizo Jesús, las cuales, si fueran escritas una a una, creo que el mundo no podría contener los libros que se deberían escribir", dice Juan. Aparte de la hipérbole, en verdad os digo que si se hubieran escrito cada una de mis acciones, todas mis particulares lecciones, mis penitencias y oraciones para salvar a un alma, se habrían necesitado las salas de una de vuestras bibliotecas -y una de las mayores-para contener los libros que de mí hablaran.
Y también os digo, en verdad, que sería mucho más útil para vosotros echar al fuego tanta inútil ciencia cargada de polvo y de veneno, para hacer lugar para mis libros, que no adorar tanto esas publicaciones casi siempre sucias de libídine o de herejía y luego saber tan poco de mí.
IV. Restituir a su verdad las figuras del Hijo del Hombre y de María, verdaderos hijos de Adán por la carne y la sangre, pero de un Adán inocente. Como nosotros debían ser los hijos del Hombre, si el Progenitor y la Progenitora no hubieran mancillado su perfecta humanidad -en el sentido de ser humano, o sea, de criatura en que existe la doble naturaleza espiritual, a imagen y semejanza de Dios, y la naturaleza material-, como sabéis que hicieron. Sentidos perfectos, o sea, sometidos a la razón, aun siendo sentidos de gran agudeza.
Entre los sentidos incluyo los morales junto a los corporales. Amor completo y perfecto, por tanto; tanto hacia el esposo, con quien no tiene vínculo de sensualidad, sino sólo de espiritual amor, como hacia el Hijo. Amadísimo. Amado con toda la perfección de una perfecta mujer hacia la criatura de ella nacida. Así debería haber amado Eva: como María: o sea, no por lo que de gozo carnal representaba el hijo, sino porque ese hijo era hijo del Creador, y era obediencia cabal al imperativo del Creador de multiplicar la especia humana. Y amado con todo el ardor de una perfecta creyente que sabe que su Hijo, no figuradamente sino realmente, es Hijo de Dios.
A los que juzgan demasiado amoroso el amor de María hacia Jesús, les digo que consideren quién era María: la Mujer sin pecado y, por tanto, sin taras en su caridad hacia Dios, hacia los padres, hacia su esposo, hacia su Hijo, hacia el prójimo; que consideren lo que veía la Madre en mí, además de ver al Hijo de sus entrañas; y, en fin, que consideren la nacionalidad de María: raza hebrea, raza oriental, y tiempos muy lejanos de los actuales. Por ello, de estos elementos surge la explicación de ciertas amplificaciones verbales de amor que a vosotros os pueden parecer exageradas. Estilo florido y pomposo, incluso en el habla común, el estilo oriental y hebreo; todos los escritos de aquel tiempo y de aquella raza son documento de esto… y el paso de los siglos no ha modificado mucho el estilo de oriente.
¿Tendríais la pretensión de que -por el hecho de que, veinte siglos después, y cuando la perversidad de la vida ha matado tanto amor, debáis examinar estas páginas-Yo os diera a una María de Nazaret como la mujer árida y superficial de vuestro tiempo?
María es lo que es. No se transforma a la dulce, pura, amorosa Doncella de Israel, Esposa de Dios, Madre virginal de Dios, en una excesiva, enfermizamente exaltada, o glacialmente egoísta, mujer de vuestro siglo.
A los que juzgan demasiado amoroso el amor de Jesús a María, les digo que consideren que en Jesús estaba Dios y que el Dios uno y trino hallaba confortación en amar a María, a aquella que le compensaba el dolor de toda la raza humana, el medio por el que Dios podía volver a gloriarse de su Creación que da ciudadanos a su Cielo. Y consideren, en fin, que los amores se hacen culpables cuando, y sólo cuando, desordenan, o sea, cuando van contra la voluntad de Dios y el deber que hay que cumplir.
Y ahora considerad si el amor de María hizo esto, si mi amor hizo esto. ¿Me estorbó Ella, por amor egoísta, el cumplir toda la voluntad de Dios? ¿Por un desordenado amor hacia mi Madre renegué, acaso, de mi misión? No. Ambos amores tuvieron un solo deseo: que se cumpliera la voluntad de Dios para la salvación del mundo. Y la Madre dijo adiós a su Hijo todas las veces, entregando a su Hijo a la cruz del magisterio público y a la cruz del Calvario, y el Hijo dijo adiós a su Madre todas las veces, entregando a la Madre a la soledad y a la congoja, para que fuera la Corredentora, sin pararse a mirar nuestra humanidad, que se sentía desgarrar, ni nuestro corazón, que se partía con el dolor. ¿Es esto debilidad?, ¿sentimentalismo? ¡Es amor perfecto, oh hombres que no sabéis amar y no comprendéis ya el amor ni sus voces!
Y también esta Obra tiene la finalidad de iluminar algunos puntos que un conjunto de circunstancias ha cubierto de tinieblas, de manera que forman zonas oscuras en la luminosidad del cuadro evangélico; y puntos que parecen de fractura, y no son sino puntos entenebrecidos, entre uno y otro episodio evangélico, puntos indescifrables y que en poder descifrarlos está la clave para comprender exactamente ciertas situaciones que se habían creado y ciertos modos fuertes que tuve que poner, tan contrastantes con mis continuas exhortaciones al perdón, a la mansedumbre y humildad, ciertas actitudes de inflexibilidad hacia los tenaces, inconvertibles adversarios.
Recordad todos que, después de haber usado toda la misericordia, Dios, por el honor de sí mismo, sabe también decir "basta" a aquellos que, porque es bueno, creen que es lícito abusar de su longanimidad y tentarlo. De Dios nadie se burla. Son palabras antiguas y sabias.
V. Conocer exactamente la complejidad y duración de mi larga pasión (que culmina en la Pasión cruenta, verificada en pocas horas), que me había consumido en un tormento cotidiano que duró lustros y que había ido aumentando cada vez más; y con mi pasión la de mi Madre, cuyo corazón fue traspasado, durante el mismo tiempo, por la espada del dolor; y, por este conocimiento, moveros a amarnos más.
VI. Demostrar el poder de mi Palabra y los distintos efectos de ella en el que la recibía, según que perteneciera al conjunto de los hombres de buena voluntad o al de los que tenían una voluntad sensual, que no es nunca recta.
Los apóstoles y Judas. Éstos son los dos ejemplos opuestos. Los primeros, imperfectísimos, rudos, no instruidos, violentos… pero con buena voluntad. Judas, más instruido que la mayoría de los apóstoles, refinado por la vida en la capital y en el Templo… pero de mala voluntad. Observad la evolución de los primeros en el Bien, observad su progreso; observad la evolución del segundo en el Mal y su descenso.
Y que observen esta evolución en la perfección en los once buenos, sobre todo, los que por un defecto visual de su mente acostumbran a desnaturalizar la realidad de los santos, haciendo del hombre que alcanza la santidad con dura, durísima lucha contra las fuerzas recias y oscuras un ser innatural sin solicitaciones ni emociones y, por tanto, sin méritos. Porque el mérito viene justamente de la victoria sobre las pasiones desordenadas y las tentaciones, alcanzada por amor a Dios y por conseguir el fin último: gozar de Dios eternamente.
Que lo observen los que pretenden que el milagro de la conversión deba venir sólo de Dios. Dios da los medios para que uno se convierta, pero no fuerza la voluntad del hombre, y, si ese hombre no quiere convertirse, inútilmente tiene lo que a otro le sirve para la conversión.
Y los que examinan consideren los múltiples efectos de mi Palabra, no sólo en el hombre humano, sino también en el hombre espiritual; no sólo en el hombre espiritual, sino también en el hombre humano: mi Palabra, acogida con buena voluntad, transforma al uno y al otro, conduciendo hacia la perfección externa e interna.
Los apóstoles, que por su ignorancia y por mi humildad trataban con excesiva llaneza al Hijo del Hombre (un buen maestro entre ellos, nada más, un maestro humilde y paciente con el que era lícito tomarse una serie de libertades, a veces excesivas, aunque sin irreverencia, porque lo suyo no era irreverencia, sino ignorancia, una ignorancia que debe ser excusada), los apóstoles, polémicos entre sí, egoístas, celosos en su amor y celosos de mi amor, impacientes con la gente, un poco orgullosos de ser "los Apóstoles", deseosos de las cosas asombrosas que les señalara ante los ojos de la gente como personas dotadas de un poder extraordinario, lentamente, pero continuamente, se van transformando en hombres nuevos, dominando primero sus pasiones por imitarme a mí y porque Yo estuviera contento, y luego -conociendo cada vez más mi verdadero Yo cambiando los modos y el amor, hasta verme, amarme y tratarme como a Señor divino.
¿Son, acaso, al final de mi vida en la Tierra, todavía los compañeros superficiales y alegres de los primeros tiempos? ¿Son, sobre todo después de la Resurrección, los amigos que tratan al Hijo del Hombre como a un Amigo? No. Son los ministros del Rey, antes; los sacerdotes de Dios, después: completamente distintos, transformados completamente.
Consideren esto los que encuentren ruda, y juzguen no natural la forma de ser de los apóstoles, que era como se describe. Yo no era ni un doctor difícil ni un rey soberbio, no era un maestro que juzgase indignos de Él a los otros hombres. Supe ser indulgente.
Quise formar a partir de materia no desbastada, llenar de todo tipo de perfecciones vasos vacíos, demostrar que Dios todo lo puede, y puede de una piedra sacar un hijo de Abraham, un hijo de Dios, y de donde nada hay sacar un maestro, para confundir a los maestros que se jactan de su ciencia, que muy frecuentemente ha perdido el perfume de la mía.
VII. En fin: haceros conocer el misterio de Judas, ese misterio que es la caída de un espíritu al que Dios había favorecido en modo extraordinario. Un misterio que, en verdad, se repite demasiado frecuentemente, y que es la herida que duele en el Corazón de vuestro Jesús.
Daros a conocer cómo se cae transformándose de siervos e hijos de Dios en demonios y deicidas que matan a Dios en ellos matando la Gracia; daros a conocer esto para impediros que pongáis los pies en los senderos por los que uno cae al Abismo, y para enseñaros cómo comportarse para tratar de detener a los corderos imprudentes que avanzan hacia el abismo. Aplicar vuestro intelecto en el estudio de la horrenda -y, no obstante, común-figura de Judas, complejo en que se agitan serpentinos todos los vicios capitales que encontráis y debéis de combatir en las personas. Es la lección que preferentemente debéis aprender, porque será la que más os sirva en vuestro ministerio de maestros de espíritu y directores de almas.
¡Cuántos, en todos los estados de la vida, imitan a Judas entregándose a Satanás y encontrando la muerte eterna!
Siete razones, como son siete las partes:
I. Pre-Evangelio (desde la Concepción inmaculada de María Siempre virgen, hasta la muerte de San José).
II. Primer año de la vida pública.
III. Segundo año de la vida pública.
IV.Tercer año de la vida pública.
V Pre-Pasión (desde Tébet a Nisán, o sea, desde la agonía de Lázaro hasta la cena de Betania).
VI. Pasión (desde el adiós a Lázaro hasta mi Sepultura y los días siguientes hasta el alba pascual).
VI. Desde la Resurrección hasta Pentecostés. Manténgase esta división de las partes como Yo aquí la indico, que es la adecuada.
¿Y ahora? ¿Qué decís a vuestro Maestro? No me habláis a mí. Pero en vuestro corazón habláis, y -basta con que podáis hacerlo- habláis al pequeño Juan. Pero en ninguno de estos dos casos habláis con la justicia que quisiera ver en vosotros. Porque al pequeño Juan le habláis para causarle dolor, pisoteando la caridad hacia la cristiana, la hermana y el instrumento de Dios.
En verdad os digo, una vez más, que no es plácida alegría el ser instrumento mío: es una fatiga y esfuerzo continuos; en todo es dolor porque a los discípulos del Maestro el mundo les da lo que dio al Maestro: dolor; y sería preciso que, al menos los sacerdotes, y especialmente los hermanos de las congregaciones religiosas, ayudaran a estos pequeños mártires que caminan bajo su cruz… y porque en vuestro corazón, hablándoos a vosotros mismos, expresáis quejas de soberbia, envidia, incredulidad y otras cosas. Pero Yo os daré respuesta a vuestras quejas y a vuestros sentimientos de escandalizado estupor.
En la noche de la última Cena, a los once que me amaban les dije: "Cuando el Espíritu Consolador venga, os recordará todo lo que Yo he dicho". Cuando hablaba, tenía siempre presente, además de a los presentes, a todos los que serían discípulos míos en el espíritu y con sincera y resuelta voluntad. El Espíritu Santo -que, ya con su Gracia, sacando a las almas del aturdimiento del Pecado original y liberándolas de los ofuscamientos que por la triste herencia de Adán velan la luminosidad de los espíritus que fueron creados para gozar de la visión y conocimiento espirituales del Creador, infunde en vosotros la facultad de recordar a Dios-completa su obra de Maestro "recordando" en el corazón de aquellos que Él guía, y que son los hijos de Dios, todo lo que Yo he dicho, que constituye el Evangelio.
Recordar significa aquí iluminar el espíritu del Evangelio, porque nada vale recordar las palabras del Evangelio si no se comprende su espíritu. Y el Amor, o sea, el Espíritu Santo ---el cual, de la misma forma que ha sido el verdadero Escritor del Evangelio, es también su único Comentador (porque sólo el autor de una obra conoce el espíritu de esa obra y lo comprende, aunque no logre hacerlo comprender a los lectores)-, puede hacer comprender el espíritu del Evangelio, que es amor.
Y a donde no llega un autor humano, porque toda perfección humana es rica en lagunas, el Espíritu perfectísimo y sapientísimo sí llega. Por eso, sólo el Espíritu Santo, autor del Evangelio, es el que lo recuerda y comenta y completa en el fondo de las almas de los hijos de Dios.
“El Consolador, el Espíritu Santo, que el Padre os enviará en mi Nombre, os enseñará todas las cosas, os recordará todo lo que he dicho". (Juan, cap. 14, v 26).
"Y cuando venga el Espíritu de la Verdad os enseñará toda la verdad, pues no os hablará por su propia cuenta, sino que dirá todo lo que ha oído y os anunciará el futuro. El me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío; por esto he dicho que Él recibirá de lo mío y os lo anunciará". (Juan, cap. 16, v 13-14-15).
Y si objetáis que siendo el Espíritu Santo el Autor verdadero del Evangelio, no se comprende cómo es que no ha recordado lo que se dice en esta obra y lo que Juan, con las palabras que cierran su Evangelio, hace comprender que sucedió; si objetáis esto, os respondo que los pensamientos de Dios son distintos de los de los hombres, y siempre justos y no susceptibles de revisión.
Y si objetáis que la revelación se cerró con el último Apóstol y no había nada más que añadir, porque el propio Apóstol dice en el Apocalipsis: "Si alguien añade algo, Dios pondrá en él las plagas escritas en este libro" (cap. 22, v. 18), y ello puede entenderse respecto a toda la Revelación, de la que el Apocalipsis de Juan es la última coronación, Yo os respondo que no se ha hecho con esta obra añadidos a la Revelación, sino que se han colmado las lagunas que se habían producido por causas naturales y por decisiones sobrenaturales.
Y si Yo me he querido complacer en reconstruir el cuadro de mi divina Caridad de la misma manera como lo hace un restaurador de mosaicos, que pone nuevas las teselas deterioradas o que faltan, restituyendo al mosaico su completa belleza, y me he reservado el hacerlo en este siglo en que la Humanidad se hunde en el Abismo de tinieblas y horror, ¿podéis prohibírmelo vosotros?
¿Podéis, acaso, decir que no lo necesitáis, vosotros que tenéis el espíritu tan obnubilado, sordo, mortecino, para las luces, voces y propuestas de arriba?
En verdad deberíais bendecirme porque aumente con nuevas luces la luz que tenéis y que ya no os es suficiente para "ver" a vuestro Salvador. Ver el Camino, la Verdad y la Vida, y sentir renacer en vosotros esa espiritual emoción de los justos de mi tiempo, llegando a través de este conocimiento a una renovación de vuestros espíritus en el amor, que sería salvación, pues que es ascensión hacia la perfección.
No digo que estéis "muertos", digo que dormís o estáis adormilados. Sois semejantes a plantas durante el sueño invernal. El Sol divino os da sus fulgores. Despertaos y bendecid al Sol que se dona, acogedlo con alegría para que os dé calor, desde la superficie hasta lo profundo; para que os despierte y os cubra de flores y frutos. Alzaos. Venid a mi Don.
"Tomad y comed. Tomad y bebed" dije a los apóstoles.
"Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, tú misma se lo habrías pedido a Él, y Él te habría dado agua viva" dije a la samaritana.
Lo digo también ahora, tanto a los doctores como a los samaritanos. Porque estas dos clases extremas lo necesitan. Y también lo necesitan los que están entre los dos extremos. Los primeros para no quedar desnutridos y sin fuerzas incluso para sí mismos, y carentes de sobrenatural alimento para quienes desfallecen por falta de conocimiento de Dios, del Dios-Hombre, del Maestro y Salvador. Los segundos porque las almas necesitan agua viva cuando están pereciendo lejos de las fuentes.
Los que están entre los primeros y los segundos, la gran masa de los que viven en los pecados no graves, pero también de los que, estáticos, no progresan, por pereza, tibieza, por un equivocado concepto de la santidad, los escrupulosos respecto a no condenarse o a ser observantes o a meterse en un laberinto de prácticas superficiales, pero que no se atreven a dar un paso por el camino empinado, empinadísimo del heroísmo, para que de esta obra reciban el impulso inicial para salir de ese estatismo y empezar el camino heroico.
Soy Yo quien os dice estas palabras. Os ofrezco este alimento y esta bebida de agua viva. Mi Palabra es Vida. Y os quiero en la Vida, conmigo. Y multiplico mi palabra para contrapesar los miasmas de Satanás, que destruyen las fuerzas vitales de vuestro espíritu.
No me rechacéis. Tengo sed de darme a vosotros. Porque os amo. Es mi inextinguible sed. Tengo el ardiente deseo de comunicarme a vosotros para prepararos para el banquete de las bodas celestes. Y vosotros tenéis necesidad de mí para no desfallecer, para vestiros con vestiduras engalanadas para las bodas del Cordero, para la gran fiesta de Dios, después de haber superado la tribulación en este desierto lleno de insidias, zarzas y serpientes que es la Tierra, para pasar por entre las llamas y no recibir de ellas daño, y pisar a los reptiles y deber absorber venenos sin morir, al tenerme a mí dentro de vosotros.
Y os digo todavía esto: "Tomad, tomad esta obra y no la selléi ”, sino leedla y hacedla leer“, porque el tiempo estácercano” (Juan, Apocalipsis, cap. 22, v 10) , “y quien es santo que se santifique más'” (v 11)
La gracia del Señor vuestro Jesucristo esté con todos los que en este libro ven un acercamiento mío y solicitan que se cumpla, para defensa de ellos, con el grito del Amor: "¡Ven, Señor Jesús!".
A mí en particular (escribe María Valtorta) me dice después Jesús:
-Y tu fatiga ha terminado. Ahora queda el amor y la fruición de la recompensa.
Alma mía, ¿y qué debería decirte? Me preguntas, con tu espíritu perdido en mí: "¿Y ahora qué harás, Señor, de mí, tu sierva?".
Podría decirte: "Romperé el vaso de arcilla para extraer de él la esencia y traerla a donde estoy Yo". Ello sería alegría para ambos. Pero todavía te necesito durante un poco y aún otro poco, ahí, exhalando tus perfumes, que son todavía el perfume de Cristo que inhabita dentro de ti. Y entonces te diré como dije para Juan: "Si quiero que permanezcas hasta que vaya a tomarte, ¿qué te importa permanecer?".
Paz a ti, mi pequeña, incansable voz. Paz a ti. Paz y bendición.
El Maestro te dice: "Gracias". El Señor te otorga su bendición. Jesús, tu Jesús, te dice: "Yo siempre estaré contigo, porque me es dulce estar con los que me aman".
Mi paz, pequeño Juan. Ven y reposa en mi Pecho.
Y con estas palabras han terminado también las indicaciones para la composición de la Obra y han sido dadas las últimas explicaciones.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Dice María:
-¿Yo morí? Sí, si se quiere llamar muerte a la separación acaecida entre la parte superior del espíritu y el cuerpo; no, si por muerte se entiende la separación entre el alma vivificante y el cuerpo, la corrupción de la materia carente ya de la vivificación del alma y, antes, la lobreguez del sepulcro, y, como primera de todas estas cosas, el angustioso sufrimiento de la muerte.
¿Cómo morí, o, mejor, cómo pasé de la Tierra al Cielo, antes con la parte inmortal, después con la perecedera? Como era justo que fuera para la Mujer que no conoció mancha de culpa.
En ese anochecer -ya había empezado el descanso sabático-hablaba con Juan. De Jesús. De sus cosas. Aquella hora vespertina estaba llena de paz. El sábado había apagado todos los rumores de humanas obras. Y la hora apagaba toda voz de hombre o de ave. Sólo los olivos de alrededor de la casa emitían su frufrú con la brisa del anochecer: parecía como si un vuelo de ángeles acariciara las paredes de la casita solitaria.
Hablábamos de Jesús, del Padre, del Reino de los Cielos. Hablar de la Caridad y del Reino de la Caridad significa encenderse con el fuego vivo, consumir las cadenas de la materia para dejar libre al espíritu en sus vuelos místicos.
Si el fuego está contenido dentro de los límites que Dios pone para conservar a las criaturas en la Tierra a su servicio, es posible arder y vivir, encontrando en el fuego no consumición sino perfeccionamiento de vida.
Pero cuando Dios quita los límites y deja libertad al Fuego divino de incidir sin medida en el espíritu y de atraerlo hacia sí sin medida, entonces el espíritu, respondiendo a su vez sin medida al Amor, se separa de la materia y vuela al lugar desde donde el Amor le incita y a donde el Amor le invita: y es el final del destierro y el regreso a la Patria.
Aquel atardecer, al ardor incontenible, a la vitalidad sin medida de mi espíritu, se unió una dulce postración, una misteriosa sensación de que la materia se alejaba de todo lo que la rodeaba; como si el cuerpo se durmiera, cansado, mientras el intelecto, avivado más su razonar, se abismara en los divinos esplendores.
Juan, amoroso y prudente testigo de todos mis actos desde que fue mi hijo adoptivo según la voluntad de mi Unigénito, dulcemente me persuadió de que buscara descanso en el lecho, y me veló orando. El último sonido que oí en la Tierra fue el susurro de las palabras del virgen Juan.
Para mí fueron como la nana de una madre junto a la cuna. Y acompañaron a mi espíritu en el último éxtasis, demasiado sublime como para ser descrito. Acompañaron a mi espíritu hasta el Cielo.
Juan, único testigo de este delicado misterio, me avió. Él solo me avió, envolviéndome en el manto blanco, sin cambiarme de túnica ni de velo, sin lavacro y sin embalsamamiento. El espíritu de Juan -como se ve claro por sus palabras del segundo episodio de este ciclo que va de Pentecostés a mi Asunción- ya sabía que no me iba a descomponer, e instruyó al apóstol sobre lo que había de hacerse.
Y él, casto y amoroso, prudente respecto a los misterios de Dios y a los compañeros lejanos, decidió custodiar el secreto y esperar a los otros siervos de Dios, para que me vieran todavía y sacaran, de verme, consuelo y ayuda para las penas y fatigas de sus misiones. Esperó como estando seguro de que llegarían.
Pero el decreto de Dios era distinto. Como siempre, bueno para el Predilecto; justo, como siempre, para todos los creyentes. Cargó los ojos del primero, para que el sueño le ahorrara la congoja de ver cómo se le arrebataba también mi cuerpo; dio a los creyentes otra verdad que los ayudara a creer en la resurrección de la carne, en el premio de una vida eterna y bienaventurada concedida a los justos; en las verdades más poderosas y dulces del Nuevo Testamento -mi inmaculada Concepción, mi divina Maternidad virginal-; en la naturaleza divina y humana de mi Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, nacido no por voluntad carnal sino por desposorio divino y por divina semilla depositada en mi seno; en fin, para que creyeran que en el Cielo está mi Corazón de Madre de los hombres, palpitante de vibrante amor por todos, justos y pecadores, deseoso de teneros a todos junto a sí, en la Patria bienaventurada, por toda la eternidad.
Cuando los ángeles me sacaron de la casita, ¿mi espíritu había vuelto a mí? No. El espíritu ya no tenía que bajar de nuevo a la Tierra. Estaba en adoración delante del trono de Dios. Pero cuando la Tierra, el destierro, el tiempo y el lugar de la separación de mi Señor Uno y Trino fueron dejados para siempre, entonces el espíritu volvió a resplandecer en el centro de mi alma, despertando a la carne de su dormición; por lo que es cabal hablar, respecto a mí, de Asunción al Cielo en alma y cuerpo, no por mi propia capacidad, como sucedió en el caso de Jesús, sino por ayuda angélica.
Me desperté de aquella misteriosa y mística dormición, me alcé, en fin, volé, porque ya mi carne había conseguido la perfección de los cuerpos glorificados. Y amé. Amé a mi Hijo y a mi Señor, Uno y Trino, de nuevo hallados, los amé como es destino de todos los eternos vivientes.
Dice Jesús:
-Llegada su última hora, como una azucena cansada que, después de haber exhalado todos sus aromas, se pliega bajo las estrellas y cierra su cáliz de candor, María, mi Madre, se recogió en su lecho y cerró los ojos a todo lo que la rodeaba, para recogerse en una última, serena contemplación de Dios.
Velando reverente su reposo, el ángel de María esperaba ansioso que el éxtasis urgente separara ese espíritu de la carne, durante el tiempo designado por el decreto de Dios, y lo separara para siempre de la Tierra, mientras ya del Cielo descendía el dulce e invitante imperativo de Dios.
Inclinado también Juan, ángel terreno, hacia ese misterioso reposo, velaba a su vez a la Madre que estaba para dejarlo. Y cuando la vio extinguida siguió velando, para que, no tocada por miradas profanas y curiosas, siguiera siendo, incluso más allá de la muerte, la inmaculada Esposa y Madre de Dios que tan plácida y hermosa dormía. Una tradición dice que en la urna de María, abierta por Tomás, se encontraron sólo flores. Pura leyenda.
Ningún sepulcro engulló el cadáver de María, porque nunca hubo un cadáver de María, según el sentido humano, dado que María no murió como todos los que tuvieron vida.
Ella se había separado, por decreto divino, sólo del espíritu, y con éste, que la había precedido, se unió de nuevo su carne santísima. Invirtiendo las leyes habituales, por las cuales el éxtasis termina cuando cesa el rapto, o sea, cuando el espíritu vuelve al estado normal, fue el cuerpo de María el que se unió de nuevo con el espíritu, después de la larga permanencia en el lecho fúnebre.
Todo es posible para Dios. Yo salí del Sepulcro sin ayuda alguna; sólo con mi poder. María vino a mí, a Dios, al Cielo, sin conocer el sepulcro con su horror de podredumbre y lobreguez.
Es uno de los más fúlgidos milagros de Dios.
No único, en verdad, si se recuerda a Enoc y a Elías, (Génesis 5, 24; Eclesiástico 44, 16; 49, 14 (para Enoc); 2 Reyes 2, 1-13; Eclesiástico 48, 9, para Elías) quienes, por el amor que el Señor les tenía, fueron raptados de la Tierra sin conocer la muerte, y fueron transportados a otro lugar, a un lugar que sólo Dios y los celestes habitantes de los Cielos conocen. Justos eran, y, de todas formas, nada respecto a mi Madre, la cual es inferior en santidad sólo a Dios.
Por eso no hay reliquias del cuerpo y del sepulcro de María, porque María no tuvo sepulcro, y su cuerpo fue elevado al Cielo.
Dice María:
-Un éxtasis fue la concepción de mi Hijo. Un éxtasis aún mayor el darlo a luz. El éxtasis de los éxtasis fue mi tránsito de la Tierra al Cielo. Sólo durante la Pasión ningún éxtasis hizo soportable mi atroz sufrimiento.
La casa en que se produjo mi Asunción se debió a uno de los innumerables actos de generosidad de Lázaro para con Jesús y su Madre: la pequeña casa del Getsemaní, cercana al lugar de la Ascensión. Inútil es buscar los restos.
Durante la destrucción de Jerusalén, por obra de los romanos, fue devastada, y sus ruinas fueron dispersadas durante el transcurso de los siglos.
De la misma forma que para mí fue un éxtasis el nacimiento de mi Hijo, y que, del rapto en Dios que en aquella hora se apoderó de mí, volví a la presencia de mí misma y a la Tierra teniendo ya a mi Hijo en los brazos, así mi impropiamente llamada "muerte" fue un rapto en Dios.
Confiando en la promesa recibida en el esplendor de la mañana de Pentecostés, yo pensaba que el acercamiento de la hora de la última venida del Amor, para llevarme consigo en rapto, debía manifestarse con un aumento del fuego de amor que siempre ardía en mí; y no me equivoqué.
Por parte mía, a medida que iba pasando la vida, en mí iba aumentando el deseo de fundirme con la eterna Caridad. Me instaba a ello el deseo de unirme de nuevo con mi Hijo, y la certidumbre de que nunca haría tanto por los hombres como cuando estuviera, orando y obrando en favor de ellos, a los pies del trono de Dios. Y con impulso cada vez más encendido y acelerado, con todas las fuerzas de mi alma, gritaba al Cielo: "¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Eterno Amor!".
La Eucaristía, que para mí era como el rocío para una flor sedienta, era, sí, vida; pero a medida que iba pasando el tiempo, cada vez era más insuficiente para satisfacer la incontenible ansia de mi corazón. Ya no me bastaba recibir en mí a mi divina Criatura y llevarla en mi interior en las Sagradas Especies, como la había llevado en mi carne virginal.
Todo mi ser deseaba al Dios uno y trino, pero no celado tras los velos elegidos por mi Jesús para ocultar el inefable misterio de la Fe, sino como Él -en el centro del Cielo- era, es y será. El propio Hijo mío, en sus arrobos eucarísticos, ardía dentro de mí con abrazos de infinito deseo; y cada vez que a mí venía, con la potencia de su amor, casi arrancaba de cuajo mí alma en el primer impulso y luego permanecía, con infinita ternura, llamándome "¡Mamá!", y yo lo sentía ansioso de tenerme consigo.
Yo no deseaba ya otra cosa. Ni siquiera ya estaba en mí, en los últimos tiempos de mi vida mortal, el deseo de tutelar a la naciente Iglesia: todo estaba anulado en el deseo de poseer a Dios, por la persuasión que tenía de que todo se puede cuando se le posee.
Alcanzad, oh cristianos, este total amor. Pierda valor todo lo terreno. Mirad sólo a Dios. Cuando seáis ricos de esta pobreza de deseo que es inconmensurable riqueza, Dios se inclinará hacia vuestro espíritu, primero para instruirlo, luego para tomarlo en sus manos, y ascenderéis con vuestro espíritu al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo, para conocerlos y amarlos en toda la bienaventurada eternidad y para poseer sus riquezas de gracias para los hermanos.
Nunca somos tan activos para los hermanos como cuando no estamos ya con ellos, sino que somos luces unidas de nuevo con la divina Luz.
El acercarse del Amor eterno tuvo el signo que pensaba. Todo perdió luz y color, voz y presencia, bajo el fulgor y la Voz que, descendiendo de los Cielos, abiertos a mi mirada espiritual, descendían hacia mí para tomar mi alma.
Suele decirse que habría exultado de júbilo si me hubiera asistido en aquella hora mi Hijo. ¡Ah!, mi dulce Jesús estaba muy presente con el Padre cuando el Amor, o sea, el Espíritu Santo, Tercera Persona de la Trinidad Eterna, me dio su tercer beso en mi vida, ese beso tan potentemente divino, que en él mi alma se fundió, perdiéndose en la contemplación cual gota de rocío aspirada por el sol en el cáliz de una azucena. Y ascendí con mi espíritu en canto de júbilo hasta los pies de los Tres a quienes siempre había adorado.
Luego, en el momento exacto, como perla en un engaste de fuego, ayudada primero y luego seguida por el cortejo de los espíritus angélicos venidos a asistirme en mí eterno, celeste nacimiento, esperada ya antes del umbral de los Cielos por mi Jesús y en el umbral de ellos por mi justo esposo terreno, por los Reyes y Patriarcas de mi estirpe, por los primeros santos y mártires, entré como Reina, después de tanto dolor y tanta humildad de pobre sierva de Dios, en el reino del júbilo sin límite.
Y el Cielo volvió a cerrarse en este acto de la alegría de tenerme, de tener a su Reina, cuya carne, única entre todas las carnes mortales, conocía la glorificación antes de la resurrección final y del último juicio.
Mi humildad no podía dejarme pensar que me estuviera reservada tanta gloria en el Cielo. En mi pensamiento estaba casi la certidumbre de que mi carne humana, santificada por haber llevado a Dios, no conocería la corrupción, porque Dios es Vida y, cuando de sí mismo satura y llena a una criatura, esta acción suya es como ungüento preservador de la corrupción de la muerte.
Yo no sólo había permanecido inmaculada, no sólo había estado unida a Dios con un casto y fecundo abrazo, sino que me había saturado, hasta en mis más profundas entrañas, de las emanaciones de la Divinidad escondida en mi seno y que quería velarse de carne mortal. Pero el que la bondad del Eterno tuviera reservado a su sierva el gozo de volver a sentir en sus miembros el toque de la mano de mi Hijo, su abrazo, su beso, y de volver a oír con mis oídos su voz, y de ver con mis ojos su rostro… esto no podía pensar que me fuera concedido, y no lo anhelaba.
Me habría bastado que estas bienaventuranzas le fueran concedidas a mi espíritu, y con ello ya se habría sentido lleno de beata felicidad mi yo.
Pero, como testimonio de su primer pensamiento creador respecto al hombre, destinado por el Creador a vivir, pasando sin muerte del Paraíso terrenal al celestial, en el Reino eterno, Dios quiso que yo, Inmaculada, estuviera en el Cielo en alma y cuerpo… inmediatamente después del fin de mi vida terrena.
Yo soy el testimonio cierto de lo que Dios había pensado y querido para el hombre: una vida inocente y sin conocimiento de culpas; un dulce paso de esta vida a la Vida eterna, paso con el que, como quien cruza el umbral de una casa para entrar en un palacio, el hombre, con su ser completo hecho de cuerpo material y de alma espiritual, habría pasado de la Tierra al Paraíso, aumentando esa perfección de su yo que Dios le había dado, con la perfección completa, tanto de la carne como del espíritu, que el pensamiento divino tenía destinada para todas las criaturas que permanecieran fieles a Dios y a la Gracia.
Perfección que habría sido alcanzada en la luz plena que hay en el Cielo y lo llena, pues que de Dios viene; de Dios, Sol eterno que ilumina el Cielo.
Delante de los Patriarcas, Profetas y Santos, delante de los Ángeles y los Mártires, Dios me puso a mí, elevada a la gloria del Cielo en alma y cuerpo, y dijo:
-Esta es la obra perfecta del Creador; la obra que, de entre todos los hijos del hombre, Yo creé a mi más verdadera imagen y semejanza; fruto de una obra maestra divina y creadora, maravilla del Universo que ve, dentro de un solo ser, a lo divino en el espíritu eterno como Dios y como Él espiritual, inteligente, libre, santo, y a la criatura material en el más inocente y santo de los cuerpos, criatura ante la que todos los demás vivientes de los tres reinos de la Creación están obligados a inclinarse.
Aquí tenéis el testimonio de mi amor hacia el hombre, para el que quise un organismo perfecto y un bienaventurado destino de eterna vida en mi Reino.
Aquí tenéis el testimonio de mi perdón al hombre, al que, por la voluntad de un Trino Amor, he concedido nueva habilitación y creación ante mis ojos.
Ésta es la mística piedra de parangón, éste es el anillo de unión entre el hombre y Dios, Ella es la que lleva de nuevo el tiempo a sus días primeros, y da a mis ojos divinos la alegría de contemplar a una Eva como Yo la creé, aún más hermosa y santa por ser Madre de mi Verbo y por ser Mártir del mayor de los perdones.
Para su Corazón inmaculado que jamás conoció mancha alguna, ni siquiera la más leve, Yo abro los tesoros del Cielo; y para su Cabeza, que jamás conoció la soberbia, con mi fulgor hago una corona, y la corono, porque es para mí santísima, para que sea vuestra Reina.
En el Cielo no hay lágrimas. Pero, en lugar del jubiloso llanto que habrían derramado los espíritus si les estuviera concedido el llanto -humor que rezuma destilado por una emoción-, hubo, después de estas divinas palabras, un centelleo de luces, y visos de esplendores resplandeciendo aún más esplendorosos, y un incendio de fuegos de caridad que ardían con más encendido fuego, y un insuperable e indescriptible sonido de celestes armonías, a las cuales se unió la voz del Hijo mío, en alabanza a Dios Padre y a su Sierva bienaventurada para toda la eternidad.
Dice Jesús:
-Hay diferencia entre que el alma se separe del cuerpo por verdadera muerte y que momentáneamente el espíritu se separe del cuerpo y del alma vivificante por un éxtasis o rapto contemplativo.
El que el alma se separe del cuerpo provoca la verdadera muerte, pero la contemplación extática, o sea, la temporal evasión del espíritu fuera de las barreras de los sentidos y de la materia, no provoca la muerte. Y ello porque el alma no se aleja y separa totalmente del cuerpo, sino que lo hace sólo con su parte mejor, que se sumerge en los fuegos de la contemplación.
Todos los hombres, mientras viven, tienen en sí el alma, sea que esté muerta por el pecado, sea que esté viva por la justicia; pero sólo los grandes amantes de Dios alcanzan la contemplación verdadera.
Esto demuestra que el alma, que conserva la vida mientras está unida al cuerpo -y esta particularidad está presente igual en todos los hombres-, tiene en sí misma una parte superior: el alma del alma, o espíritu del espíritu, que en los justos es fortísima, mientras que en los que desprecian a Dios y su Ley -incluso sólo con su tibieza y los pecados veniales- se hace débil, privando a la criatura de la capacidad de contemplar y conocer -hasta donde puede hacerlo una humana criatura, según el grado de perfección alcanzado-a Dios y sus eternas verdades.
Cuanto más ama y sirve a Dios la criatura con todas sus fuerzas y posibilidades, esa parte superior de su espíritu tiene más capacidad de conocer, de contemplar, de penetrar las eternas verdades.
El hombre, dotado de alma racional, es una capacidad que Dios llena de sí. María, siendo la más santa de las criaturas después del Cristo, fue una capacidad colmada -hasta el punto de rebosar sobre los hermanos en Cristo de todos los siglos, y por los siglos de los siglos-de Dios, de sus gracias, de su caridad, de su misericordia.
El Tránsito de María se produjo sumergida Ella por las olas del amor. Ahora, en el Cielo, hecha océano de amor, derrama sobre los hijos que le son fieles, y también sobre los hijos pródigos, sus olas de caridad para la salvación universal, Ella que es Madre universal de todos los hombres.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
¿Cuántos días han pasado? Es difícil establecerlo con seguridad. A juzgar por las flores que forman una corona alrededor del cuerpo exánime, debería decirse que han pasado pocas horas.
Pero si se juzga por las ramas de olivo sobre las cuales están las flores frescas, ramas con hojas ya lacias, y por las otras flores mustias puestas -cada una de ellas como una reliquia- sobre la tapa del arca, se debe concluir que ya han pasado algunos días.
Pero el cuerpo de María presenta el aspecto que tenía instantes después de haber expirado. Ninguna señal de muerte hay en su cara, ni en sus pequeñas manos. Ningún olor desagradable hay en la habitación; es más, aletea en ella un perfume indefinible, que huele a mezcla de incienso, lirios, rosas, muguetes y hierbas montanas.
Juan -a saber cuántos días lleva velando se ha dormido vencido por el cansancio, sentado en el taburete, con la espalda apoyada en la pared, junto a la puerta abierta que da a la terraza. La luz de la lámpara, colocada en el suelo, lo ilumina de abajo hacia arriba y permite ver su rostro cansado, palidísimo, excepto en torno a los ojos, enrojecidos por el llanto.
El alba debe haber empezado ya; en efecto, su débil claror hace visibles la terraza y los olivos que rodean a la casa, un claror que se va haciendo cada vez más intenso y que, entrando por la puerta, hace más nítidos los contornos de los objetos de la habitación, de esos objetos que, por estar lejos de la lamparita, antes apenas se vislumbraban.
De repente, una gran luz llena la habitación, una luz argéntea con tonalidades azules, casi fosfórica; y aumenta sin cesar, anulando la del alba y la de la lamparita. Una luz igual que la que inundó la gruta de Belén en el momento de la Natividad divina.
Luego, en esta luz paradisíaca, se hacen visibles criaturas angélicas (luz aún más espléndida en la luz, ya de por sí poderosísima, que ha aparecido antes).
Como ya sucedió cuando los ángeles se aparecieron a los pastores, una danza de centellas de todos los colores surge de sus alas dulcemente agitadas, de las cuales procede un armónico susurro ornado de arpegios, dulcísimo.
Las criaturas angélicas se disponen en corona en torno al lecho, se inclinan hacia él, levantan el cuerpo inmóvil y, con un batir más fuerte de sus alas -que aumenta el sonido que antes existía-, por una abertura que se ha creado prodigiosamente en el techo (como prodigiosamente se abrió el Sepulcro de Jesús), se van, llevándose consigo el cuerpo de su Reina, santísimo, sin duda, pero aún no glorificado y, por tanto, sujeto a las leyes de la materia, sujeción que no tuvo Cristo porque cuando resucitó de la muerte ya estaba glorificado. El sonido producido por las alas angélicas aumenta, y ahora es potente como sonido de órgano.
Juan, que ya -aun permaneciendo adormecido-se había movido dos o tres veces en su taburete, como si le molestaran la gran luz y el sonido de las alas angélicas, se despierta totalmente por ese sonido potente y por una fuerte corriente de aire que, descendiendo del techo destapado y saliendo por la puerta abierta, forma como un remolino que agita las cubiertas del lecho ya vacío y las vestiduras de Juan, y que apaga la lámpara y cierra, con un fuerte golpe, la puerta abierta.
El apóstol mira a su alrededor, todavía soñoliento, para percatarse de lo que está sucediendo. Se da cuenta de que el lecho está vacío y el techo está descubierto. Intuye que ha tenido lugar un prodigio. Sale corriendo a la terraza y, como por un instinto espiritual, o por llamada celeste, alza la cabeza protegiendo sus ojos con la mano para mirar sin el obstáculo del naciente Sol.
Y ve. Ve el cuerpo de María, todavía inerte, e igual en todo al de una persona que duerme; lo ve subir cada vez más alto, sostenido por la multitud angélica. Como dirigiendo un último saludo, un extremo del manto y del velo se mueven, quizás por la acción del viento producido por la rápida asunción y por el movimiento de las alas angélicas; y unas flores, las que Juan había colocado y renovado alrededor del cuerpo de María, y que se habían quedado entre los pliegues de las vestiduras, llueven sobre la terraza y la tierra del Getsemaní, mientras el potente himno de alabanza de la multitud angélica se va haciendo cada vez más lejano y, por tanto, más leve.
Juan sigue mirando fijamente a ese cuerpo que sube hacia el Cielo y, sin duda, por un prodigio que Dios le concede, para consolarlo o premiarlo por su amor a su Madre adoptiva, ve, con claridad, que María, envuelta ahora por los rayos del Sol, que ya ha salido, sale del éxtasis que le ha separado el alma del cuerpo, vuelve a la vida y se pone en pie (porque ahora Ella también goza de los dones propios de los cuerpos glorificados).
Juan mira, mira... el milagro que Dios le concede le da la facultad, contra toda ley natural, de ver a María como es ahora mientras sube en rapto hacia el Cielo, rodeada, ya no ayudada a subir, por los ángeles que entonan cantos de júbilo. Y Juan se ve raptado por esa visión de hermosura que ninguna pluma usada por mano humana, ninguna palabra humana ni obra alguna de artista podrán jamás describir o reproducir, porque es de una belleza indescriptible.
Juan, permaneciendo apoyado en el antepecho de la terraza, sigue mirando fijamente esa espléndida y resplandeciente forma de Dios -porque realmente puede llamarse así a María, formada en modo único por Dios, que la quiso inmaculada, para que fuera forma para el Verbo encarnado que sube cada vez más.
Y un último, supremo prodigio concede Dios-Amor a este perfecto amante suyo: el de ver el encuentro de la Madre Santísima con su Santísimo Hijo, quien -también Él espléndido y resplandeciente, hermoso con una hermosura indescriptible-desciende rápido del Cielo, llega junto a su Madre, la abraza contra su corazón y, juntos, más refulgentes que dos astros mayores, con Ella regresa al lugar de donde ha venido.
La visión de Juan ha terminado. Baja la cabeza. En su rostro cansado están presentes el dolor por la pérdida de María y el júbilo por su glorioso destino. Pero ahora ya el júbilo supera al dolor.
Dice:
-¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias! Presentía que habría sucedido esto. Y quería estar en vela para no perder ningún episodio de su Asunción. ¡Pero llevaba ya tres días sin dormir! El sueño, el cansancio, unidos al dolor, me han abatido y vencido en el momento en que era inminente la Asunción...
Pero quizás Tú mismo lo has querido, oh Dios, para que no perturbara ese momento y no sufriera demasiado... Sí, sin duda, Tú lo has querido así, de la misma forma que ahora has querido que viera lo que sin un milagro tuyo no habría podido ver. Me has concedido verla otra vez, aun estando ya muy lejana, ya glorificada y gloriosa, como si estuviera cerca de mí. ¡Y ver de nuevo a Jesús! ¡Oh, visión beatísima, inesperada, inesperable!
¡Oh, don de los dones de Jesús-Dios a su Juan! ¡Gracia suprema! ¡Volver a ver a mi Maestro y Señor! ¡Verlo a Él junto a su Madre! ¡Él semejante a un Sol y Ella a una Luna, esplendidísimos ambos por su estado glorioso y por la felicidad de estar unidos de nuevo y eternamente!
¿Qué será el Paraíso, ahora que vosotros resplandecéis en él, vosotros, astros mayores de la Jerusalén celestial?
¿Cuál será el júbilo de los angélicos coros y de los santos? Es tal la alegría que me ha producido el ver a la Madre con el Hijo cosa que anula toda pena suya, toda pena de ambos-, que también mi pena cesa y, en su lugar, en mí entra la paz. De los tres milagros que había pedido a Dios, dos se han cumplido. He visto volver la vida a María, y siento que vuelve a mí la paz. Todas mis angustias cesan, porque os he visto unidos de nuevo en la gloria.
Gracias por ello, oh Dios. Y gracias por haberme dado la forma de ver, incluso respecto a una criatura (santísima, pero, en todo caso, humana), cuál es el destino de los santos, cual será después del último juicio y la resurrección de los cuerpos y su nueva unión, su fusión con el espíritu subido al Cielo a la hora de la muerte. No tenía necesidad de ver para creer.
Porque siempre he creído firmemente en todas las palabras del Maestro. Pero muchos dudarán de que, después de siglos y milenios, la carne, convertida en polvo, pueda volver a ser cuerpo vivo.
A éstos les podré decir, jurando por las cosas más excelsas, que no sólo Cristo volvió a la vida, por su propio poder divino, sino que también la Madre suya, tres días después de la muerte, si tal muerte puede llamarse muerte, reemprendió vida, y, con la carne unida de nuevo al alma, tomó su eterna morada en el Cielo, al lado de su Hijo.
Podré decir: "Creed, cristianos todos, en la resurrección de la carne al final de los siglos, y en la vida eterna del alma y de los cuerpos, vida bienaventurada para los santos y horrenda para los culpables impenitentes.
Creed y vivid como santos, de la misma forma que como santos vivieron Jesús y María, para alcanzar su mismo destino. Yo vi a sus cuerpos subir al Cielo. Os lo puedo testificar.
Vivid como justos para poder un día estar en el nuevo mundo eterno, en alma y cuerpo, junto a Jesús-Sol y junto a María, Estrella de todas las estrellas".
¡Gracias otra vez, oh Dios! Y ahora recojamos todo lo que queda de Ella. Las flores que han caído de sus vestiduras, las ramas de olivo que han quedado en su lecho, y conservémoslo. Servirán... sí, servirán para ayudar y consolar a mis hermanos, en vano esperados. Antes o después los encontraré...
Recoge incluso los pétalos de las flores que se han deshojado al caer. Y con las flores y pétalos en un extremo de su túnica, entra en la habitación.
Advierte entonces más atentamente la abertura del techo y exclama:
-¡Otro prodigio! ¡Y otro admirable paralelismo en los prodigios de las vidas de Jesús y María! Él, Dios, por sí sólo resucitó, y sólo con su voluntad volcó la piedra del Sepulcro, y sólo con su poder ascendió al Cielo. Por sí solo. Para María, santísima pero hija de hombre, con ayuda angélica se abrió la vía para su asunción al Cielo, y con ayuda angélica se ha verificado su asunción al Cielo.
En Cristo el espíritu volvió a animar al Cuerpo mientras el Cuerpo estaba todavía en la Tierra, porque así debía ser, para hacer callar a sus enemigos y confirmar en la fe a todos sus seguidores. En María el espíritu ha vuelto cuando el santísimo Cuerpo estaba ya en el umbral del Paraíso, porque para Ella no era necesaria ninguna otra cosa. ¡Oh, potencia perfecta de la infinita Sabiduría de Dios!...
Juan ahora recoge en una tela las flores y las ramas que han quedado en el lecho, une a ello lo que había recogido afuera, y pone todo encima de la tapa del arca. Luego abre el arca y mete dentro la almohadita de María y la cubierta de la cama. Baja a la cocina, recoge otros objetos usados por Ella -el huso y la rueca y las piezas de la vajilla usados por Ella-y los une a las otras cosas.
Cierra el arca y se sienta en el taburete. Exclama:
-¡Ahora todo está cumplido también para mí! ¡Ahora puedo marcharme, libremente, a donde el Espíritu de Dios me conduzca! ¡Ir y sembrar la divina Palabra que el Maestro me ha dado para que yo se la dé a los hombres! Enseñar el Amor. Enseñarlo para que crean en el Amor y en su poder.
Dar a conocer a los hombres lo que Dios-Amor ha hecho por ellos. Su Sacrificio y su Sacramento y Rito perpetuos por los que, hasta el final de los siglos, podremos estar unidos a Jesucristo por la Eucaristía y renovar el rito y el sacrificio como Él mandó hacer.
¡Dones, todos ellos, del Amor perfecto! Hacer amar al Amor, para que crean en el Amor como nosotros hemos creído y creemos. Sembrar el Amor, para que sea abundante la recolección y la pesca, para el Señor.
María me ha dicho, en sus últimas palabras, que el amor todo lo obtiene; en sus últimas palabras a mí, a quien Ella cabalmente ha definido, en el colegio apostólico, como el que ama, el amante por excelencia, la antítesis de Judas Iscariote, que fue el odio; como Pedro la impulsividad y Andrés la mansedumbre; y los hijos de Alfeo la santidad y sabiduría unidas a nobleza de modos; etc.
Yo, el amante, ahora que ya no tengo ni al Maestro ni a la Madre, a quienes amar en la Tierra, iré a esparcir el amor entre las gentes.
El amor será mi arma y doctrina. Y con él venceré al demonio y al paganismo, y conquistaré a muchas almas. Continuaré así a Jesús y a María, que fueron el amor perfecto en la Tierra.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
María, en su pequeño cuarto solitario situado arriba en la terraza, vestida enteramente de cándido lino (de cándido lino son la túnica que cubre sus miembros, y el manto que, sujeto en la base del cuello, desciende por sus espaldas, y el velo sutilísimo que le pende de la cabeza), está ordenando sus vestidos y los de Jesús, que siempre ha conservado.
Elige los mejores. Éstos mejores son pocos. De los suyos, toma la túnica y el manto que tenía en el Calvario; de los de su Hijo, una túnica de lino que Jesús acostumbraba a llevar en los días veraniegos y el manto encontrado en el Getsemaní, todavía manchado de la sangre brotada con el sudor sanguíneo de aquella hora tremenda.
Dobla bien estos indumentos, besa el manto ensangrentado de su Jesús, y se dirige hacia el arca en que están, ya desde hace años, recogidas y conservadas las reliquias de la última Cena y de la Pasión. Las reúne en una única parte, la superior, y pone todos los indumentos en la inferior.
Está cerrando el arca cuando Juan, que ha subido silenciosamente a la terraza, donde debe haber subido María a pasar las horas de la mañana, y se ha asomado a ver qué hace, quizás impresionado por su larga ausencia de la cocina, le hace volverse bruscamente al preguntarle:
-¿Qué haces, Madre?
-He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo que constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos.
-¿Por qué, Madre, volverte a abrir las heridas del corazón viendo de nuevo esas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla -le dice Juan acercándose a Ella, como temiendo que -tan pálida y temblorosa como está-pueda sentirse mal y caer al suelo.
-¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… que, en verdad, nunca se han cerrado completamente. En realidad, siento en mí paz y gozo, una paz y un gozo que nunca han sido tan completos como ahora.
-¡Nunca como ahora! No entiendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…
-Y, como tal, debería sufrir más, quieres decir. Y, humanamente, no yerras. Pero no es así. Yo estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de Él. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra.
Pero también siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre suyo, eran actos de obediencia a la Voluntad divina, y, por tanto, yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí.
Cuando Jesús me dejaba, sufría. ¡Claro! Me sentía sola.
El dolor que sufrí cuando, siendo niño, me dejó ocultamente por el debate con los doctores del Templo, sólo Dios lo ha medido en su más auténtica intensidad; y, a pesar de ello, aparte de la justa pregunta que, como madre, le hice por haberme dejado así, no le dije nada más. Y tampoco lo retuve cuando me dejó para manifestarse como Maestro… y ya había enviudado de José, y, por tanto, estaba sola, en una ciudad que, excepción hecha de algunas escasas personas, no me quería. Y no mostré estupor por su respuesta en el banquete de Caná. Él hacía la voluntad del Padre, yo lo dejaba libre para hacerla.
Podía llegar a darle un consejo o a pedirle algo: un consejo sobre los discípulos, una súplica por algún desdichado. Pero más, no. Yo sufría cuando me dejaba para ir al mundo, a ese mundo que le era hostil, a ese mundo tan pecador, que el hecho de vivir en él le resultaba ya un sufrimiento. ¡Pero, cuánta alegría cuando volvía! Era una alegría tan profunda, que me compensaba setenta veces siete el dolor de la separación. Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su Muerte, pero ¿con qué palabras podré expresar el gozo que sentí cuando se me apareció resucitado?
Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta el acabamiento de mi vida terrena. Ahora experimento el gozo, inmenso gozo como inmensa ha sido la pena, porque siento que mi vida toca a su fin.
He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra, la celeste, no tendrá fin. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que he consumado -yo también, como mi Jesús-todo lo que debía consumar. Y
tengo dentro de mí esa secreta alegría -única gota de bálsamo en medio de sus amarguísimos, finales, atroces sufrimientos-que tuvo Jesús cuando pudo decir:
"Todo está consumado".
-¿Alegría en Jesús? ¿En aquella hora?
-Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas bajo los velos que el Eterno corre sobre sus secretos de Rey, gracias a esa luz. Yo, tan angustiada como estaba, profundamente turbada por lo que estaba sucediendo, asociada a Él, a mi Hijo, en el abandono en las manos del Padre, no comprendí en esos momentos. La Luz se había apagado para el mundo todo que no la había querido acoger.
Y también para mí. No por un justo castigo, sino porque, debiendo ser la Corredentora, yo también debía padecer la angustia del abandono de los consuelos divinos, la tiniebla, la desolación, la tentación de Satanás de que no creyera ya posible lo que Él había dicho; todo lo que Él padeció en el espíritu desde el Jueves hasta el Viernes.
Pero luego comprendí. Cuando la Luz, resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo. Incluso la secreta, final alegría de Cristo cuando pudo decir: "Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido.
He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu". Yo también he cumplido todo lo que, ab aeterno, estaba escrito que cumpliera.
Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente. La Iglesia, actualmente, está formada y es fuerte.
El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica; mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más, y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan.
Dios está contento de ello, y quiere que lo sepáis a través de mis labios, como también quiere que os diga que continuéis creciendo en la caridad para poder crecer en la perfección, y lo mismo en número de cristianos y en potencia de doctrina. Porque la doctrina de Jesús es doctrina de amor. Porque la vida de Jesús, y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor.
Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos los perdonamos; sólo a uno no pudimos otorgarle el perdón, porque él, siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro amor sin límites. Jesús, en su último adiós antes de la muerte, os mandó que os amarais los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais guardaros, diciéndoos:
“Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”. La Iglesia, para vivir y crecer, tiene necesidad de la caridad. Caridad, sobre todo, en sus ministros. Si no os amarais entre vosotros con todas vuestras fuerzas, y, de la misma manera, no amarais a vuestros hermanos en el Señor, la Iglesia se haría estéril, y raquítica y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres, para el grado de hijos del Altísimo y coherederos del Reino del Cielo, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión.
Dios es Amor. Todos sus actos han sido actos de amor. Desde la Creación hasta la Encarnación, desde ésta hasta la Redención, desde ésta, a su vez, hasta la fundación de la Iglesia, y, en fin, desde ésta hasta la Jerusalén celestial, que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros…
Juan la interrumpe diciendo:
-También los otros aman y se aman».
-Sí. Pero tú eres el Amante por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica, como, por lo demás, la tienen todas las criaturas. Tú, en el número de los doce, fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Quizás -es más, ciertamente-por ser tan puro amas tanto. ¿Y Pedro? Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso. Su hermano, Andrés, tuvo todo el silencio y timidez que el otro no tenía. Santiago, tu hermano, impulsivo, tanto que Jesús lo llamó hijo del trueno. El otro Santiago, hermano de Jesús, justo y heroico. Judas de Alfeo, su hermano, noble y leal, siempre; la descendencia de David era evidente en él.
Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas. Simón el Zelote, el prudente. Tomás, el pacífico. Mateo, el hombre humilde que, teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido. Y Judas de Keriot, ¡ay!, la oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor, fue el satánico embustero, siempre. Pero tú, todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros, para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío.
Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo. Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me habría acarreado ello.
Los profetas estaban presentes en mi mente, y sus palabras la luz divina me las hacía clarísimas. Por tanto, desde mi primer "fiat" al Ángel, supe que me consagraba al mayor de los dolores que madre alguna pudiera padecer. Pero nada puso límite a mi amor. Porque yo sé que el amor es, para cualquiera que lo use, fuerza, luz, imán que atrae hacia arriba, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende, y transforma y transhumana a todos los que ciñe en su abrazo. Sí, el amor es realmente llama.
Es llama que, aun destruyendo todo lo caduco, hace de ello -aunque se trate de un desecho, un detrito, un despojo de hombre-un espíritu purificado y digno del Cielo. ¡Cuántos desechos, cuántos hombres manchados, corroídos, acabados, encontraréis en vuestro camino de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Antes al contrario, amadlos, para que nazcan al amor y se salven. Infundid en ellos la caridad.
Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie lo amó nunca o lo amó mal. Vosotros amadlos para que el Espíritu Santo vaya de nuevo a vivir -después de la purificación-en esos templos vaciados y ensuciados por muchas cosas. Dios, para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta. Luego, infundiendo en ella su soplo, o sea, otra vez su amor, elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo de Dios.
Mi Hijo, en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. Al contrario, con amor los recogió y acogió, y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre.
Y actuad como Él actuó. Recordad todo, hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, vividlas, o sea, ponedlas en práctica; y escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos, para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas.
No podréis, no, repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad; pero escribid cuantas más podáis escribir. El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo, y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios.
Continuaréis así la maternidad espiritual que empecé yo en el Calvario para dar muchos hijos al Señor. Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera, que para ellos será dulce el morir entre tormentos, padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su amor a Cristo y unirse a Él en el Cielo, como ya hicieron Esteban y Santiago, mi Santiago, y otros más… Cuando estés solo, salva esta arca…
Juan, palideciendo y turbándose, más pálido aún de lo que ya se ha puesto cuando María ha dicho que siente cumplida su misión, la interrumpe exclamando y preguntando:
-¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?
-No.
-¿Entonces es que quieres dejarme?
-No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate, Juan mío, a estar solo.
-¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!…
-No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que… sí, que pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no; y está sujeta, como todo cuerpo humano, a la muerte.
-¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!
-Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió! Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero, morir, moriré.
Y, además, has de saber, hijo mío, que si tengo un deseo entero y solamente mío, y que permanece desde que Él me dejó, es precisamente éste. Éste es el primero, intenso deseo del todo mío. Es más, puedo decir: la primera voluntad mía. Todas las otras cosas de mi vida no fueron sino consentimiento de mi voluntad a la Voluntad divina.
Voluntad de Dios, puesta por Él mismo en mi corazón de niña, fue el querer ser virgen; voluntad suya, mi boda con José; voluntad suya, mi Maternidad virginal y divina. Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios, y obediencia mía a su voluntad. Pero ésta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía. ¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con Él eterna y continuamente! ¡Mi deseo de hace ya muchos años! Y ahora siento que próximamente se va a hacer realidad. ¡No te turbes de esa manera, Juan!
Escucha, más bien, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz, no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos. Ya no soy la hebrea, sino la cristiana, la primera cristiana, si bien se piensa, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre, en mí, porque fui su primera discípula, porque fui con Él Corredentora y continuadora suya aquí, entre vosotros, siervos suyos.
Ningún ser humano, excepto mi padre y mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo. Tú a menudo me llamas: “Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”.
Ahora bien, tú sabes que sólo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca. Tú eres sacerdote, y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver, en su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… Pero, ¿por qué lloras, Juan?
-Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!
-Resistirás. Dios te ayudará a vivir, y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si Él no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo, habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos.
-¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas, y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven, para ti, cristiana, para ti, la Purísima que -estoy seguro de ello-no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, divinado como ningún otro cuerpo de mortal -por no haber tenido Pecado original y, más aún, porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma, al Verbo; por lo cual tú eres la más verdadera reliquia suya-, conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada como eres ahora…
-¡No sigas llorando! -exclama María mirando a la cara desencajada, enteramente bañada en lágrimas, del apóstol. Y añade:
-Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!
-Te perderé de todas formas, aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado por un huracán de dolor, un huracán que me quebranta y me abate. Tú eras mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos, de sangre y de misión, están lejos, incluido el queridísimo Margziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo, y en medio de la más fuerte tempestad! -y Juan cae a sus pies, llorando aún más fuertemente.
María se agacha hacia él, le pone una mano sobre la cabeza, que se mueve por los sollozos y le dice:
-No. Así no. ¿Por qué me das dolor? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡y era una escena de horror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡¿Tan fuerte, tan consolador para Él y para mí, en aquel momento… y hoy, en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado, y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, te turbas de esta manera?!
Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz. Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve frufrú, la calma absoluta de esta hora. Pero ¡es tan dulce este susurro, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa!
Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí, uno o muchos, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida. Estuvieron en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estaba turbado y titubeante, por mi estado y respecto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto.
Y en Egipto, cuando nos dieron la orden de volver a Palestina. Y a las pías mujeres -si no a mí, fue porque el propio Rey de los ángeles había venido a mí-se les aparecieron ángeles en el amanecer del primer día después del sábado, y dieron la orden de decirte a ti y de decirle a Pedro lo que debíais hacer.
Ángeles y luz, siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. Luz y ardor de amor que, descendiendo del trono de Dios a mí, su sierva, y subiendo de mi corazón a Dios, mi Rey y Señor, nos unían a mí con Dios y a Dios conmigo, para que se cumpliera todo lo que estaba escrito que había de cumplirse, y también para crear un entrecielo de luz extendido sobre los secretos de Dios, de forma que Satanás y sus siervos no conocieran, antes del tiempo justo, el cumplimiento del misterio sublime de la Encarnación.
También en este atardecer siento, aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí. Y siento que crece en mí, dentro de mí, la luz, una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando lo di al mundo; luz que viene de un impulso de amor más poderoso que el habitual en mí.
Por una potencia de amor similar a ésta, arrebaté, antes del tiempo, del Cielo al Verbo, para que fuera el Hombre y Redentor. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve al lugar a donde deseo ir con mi espíritu para cantar, eternamente, con el pueblo de los santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero "Magníficat" a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva.
-No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo, aunque veladamente, de ti Tobit, (Tobías 13, 13-18) porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú, y no el Santo de los Santos.
Tú has dado a Dios, tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará beatísima.
-Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor, cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios, todo lo obtiene, incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. Recuerda esto, Juan.
Y di también esto a tus hermanos. ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por parte de cristianos de moral… iscariótica deprimirán vuestro espíritu.
No temáis. Amad y no temáis. En la proporción de vuestro modo de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín.
Entonces el alma, esa admirable, eterna cosa que es el mismo soplo de Dios, por Él infundido en nosotros, se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios y es escuchada por Dios, y obtiene del Omnipotente lo que desea.
Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley y como amó y enseñó a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como Él murió por exceso de dolor.
La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: "¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo!".
¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!
Juan, que, escuchando a María, se había calmado un poco aunque permanecía turbado, y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él, palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima, acude a ella para sujetarla mientras exclama:
-¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor! ¡Tu carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como lastra de diamante colocada frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. Él, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa.
Y, amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse siquiera el manto.
Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos, fúlgidos de amor, con sus párpados, dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:
-Yo estoy en Dios y Dios está en mí. Mientras lo contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará.
Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel, y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…
Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo -lo cual observa María con una sonrisa, diciendo: -¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús! -entona el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. (En la "neovulgata" se hallan, respectivamente, en: Salmo 119; Salmo 42, 1-3; Salmo 39, 1-8; Salmo 23; Salmo 1; Tobías 13; Eclesiástico 24) Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 a 146; por último, entona el Magníficat. Pero, en llegando al noveno verso, se da cuenta de que María ya no respira, aun permaneciendo con postura y aspecto naturales; sonriente, calma, como si no hubiera advertido el cese de la vida.
Juan, con un grito de desgarro, se arroja al suelo, contra la orilla del lecho; y llama, llama a María. No sabe persuadirse de que Ella ya no puede responderle; de que su cuerpo ya no tiene el alma vital. ¡Pero, claro, tiene que rendirse a la evidencia!
Se inclina hacia su cara, que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural, y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho. Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús.
Pasado el primer ímpetu de dolor, Juan, recordando el deseo de María, recoge los extremos del amplio manto de lino, que pendían de las orillas del lecho, y los del velo, que penden de la almohada, y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza. María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago. Juan la contempla durante largo tiempo, y mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos.
Luego dispone de otra manera la habitación, quitando los enseres superfluos. Deja sólo: la cama; la pequeña mesa, contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias; un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace María; y una repisa sobre la que está la lamparita que Juan ha encendido (porque ya va llegando la noche).
Presuroso, baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar, y ramas de olivo ya con olivas formadas.
Vuelve a subir al pequeño cuarto y, a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María; y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.
Mientras realiza esto, habla con María yacente, como si pudiera oírle. Dice (haciendo referencia al Cantar de los Cantares 2, 1-2; Eclesiástico 24, 14-17; Salmo 104, 13-15):
-Fuiste siempre lirio de los valles, rosa suave, oliva especiosa, via fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes, el óleo de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú sencillas y puras, como tú adornadas de espinas, como tú pacíficas. Ahora acercamos esta lamparita.
Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro. El primero es que, según su deseo, Pedro, y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez. El segundo es que tú; de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como Él te despiertes al tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano.
El tercero es que Dios me dé paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú. Pero, ¿y por qué no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que, entonces, obró el Maestro… Pero Él está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por obra de Cristo.
¿Pero tú realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no. Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo, y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo en que tu tránsito ha sucedido, pienso que esto no es sino una transitoria separación de tu alma, sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo.
¡Debe ser así! ¡Es así! Cómo y cuándo tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo sé. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí, a tu lado, hasta que Dios, o con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino.
Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete, poniendo en el suelo, junto al lecho, la lamparita; y contempla, orando, a María yacente.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
En la terraza de la casa de Simón, enteramente iluminada por la Luna, que ha alcanzado su máximo apogeo, están Pedro y Juan. Hablan en voz baja, y señalan hacia la casa de Lázaro, del todo cerrada y silenciosa. Hablan durante largo rato, yendo y viniendo por la terraza. Luego -no sé por qué motivo-el coloquio se hace más animado, y sus voces, antes contenidas, aumentan de tono y se hacen bien claras.
Pedro, dando un puñetazo en el antepecho de la terraza, exclama:
-¡¿Pero no comprendes que se debe hacer así?! Te hablo en nombre de Dios. Escúchame sin obstinarte. Conviene hacer como digo yo. No por cobardía y miedo, sino para impedir el exterminio total, que sería deletéreo para la Iglesia de Cristo.
Sé, lo he visto, que siguen cada uno de nuestros pasos. Y Nicodemo me ha confirmado que he visto bien. ¿Por qué no hemos podido quedarnos en Betania? Por este motivo. ¿Por qué ya no es prudente estar en esta casa, o en la de Nicodemo, o en la de Nique o de Anastática? Por el mismo motivo. Para impedir que la Iglesia muera por la muerte de sus jefes.
-El Maestro nos aseguró muchas veces que ni siquiera el Infierno podrá exterminarla y prevalecer sobre ella, nunca -le responde Juan.
-Es verdad. Y el Infierno no prevalecerá, como no prevaleció contra Cristo. Pero los hombres sí, como prevalecieron sobre el Hombre-Dios, que venció a Satanás, pero que no pudo vencer sobre los hombres.
-Porque no quiso vencer. Debía redimir y, por tanto, morir. Y con esa muerte. ¡Pero si hubiera querido vencerlos! ¡Cuántas veces logró eludir sus insidias, de todo tipo!
-También la Iglesia será insidiada, pero no perecerá totalmente, siempre y cuando tengamos la suficiente prudencia como para impedir el exterminio de los jefes actuales, antes de crear nosotros a muchos -los primeros-sacerdotes de la Iglesia, en sus distintos grados; crearlos y formarlos para su ministerio.
¡No te hagas falsas ilusiones, Juan! Los fariseos, escribas y miembros del Sanedrín harán de todo para matar a los pastores, para conseguir así la dispersión del rebaño, del rebaño todavía débil y medroso; sobre todo, este rebaño de Palestina.
No debemos dejarlo sin pastores hasta que muchos corderos no hayan pasado, a su vez, a ser pastores. Ya has visto a cuántos han matado.
¡Piensa en cuánta parte de mundo nos espera! La orden fue clara: "Id y evangelizad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado".
Y a mí, en la orilla del lago, tres veces me mandó apacentar sus ovejas y corderos, y profetizó que de viejo, pero no antes, seré atado y conducido a confesar a Cristo con mi sangre y mi vida. ¡Y muy lejos de aquí! Si comprendí bien unas palabras suyas, antes de la muerte de Lázaro, yo debo ir a Roma, y allí fundar la Iglesia inmortal.
¿Y no juzgó Él mismo que era bueno retirarse a Efraím, porque todavía no se había cumplido su evangelización? Y sólo en el momento preciso volvió a Judea para ser apresado y crucificado. Imitémoslo. No se puede decir, no cabe duda de esto, que Lázaro, María y Marta eran personas miedosas. Y, sin embargo, ya ves que, si bien con todo el dolor de su corazón, se han alejado de aquí para llevar a otros lugares la Palabra divina que aquí habría quedado ahogada por los judíos.
Yo, elegido por Él Pontífice, he decidido, y, conmigo, los otros apóstoles y discípulos han decidido igualmente: nos dispersaremos. Habrá quien irá a Samaria, o hacia el gran mar, o hacia Fenicia, yendo cada vez más allá, a Siria, a las islas, a Grecia, al Imperio romano.
Si aquí en estos lugares la cizaña y el veneno judío hacen estériles los campos y las viñas del Señor, nos vamos a otros lugares y sembramos otras semillas, en otros campos y viñas, para que no sólo haya recolección, sino que incluso sea abundante. Si en estos lugares el odio judío envenena las aguas y las corrompe, para que ni yo, pescador de almas, ni mis hermanos, podamos pescar almas para el Señor, nos marchamos a otras aguas. Hay que ser, al mismo tiempo, prudentes y astutos. Créelo, Juan.
-Tienes razón. Pero si insistía era por María. Yo no puedo, no debo dejarla. Ello nos causaría demasiado dolor a ambos. Y sería una mala acción por parte mía… -le responde Juan.
-Tú te quedas aquí. Y Ella también, porque separarla de aquí sería una cosa absurda…
-A la que María nunca prestaría consentimiento. Me uniré a vosotros más adelante, cuando ya Ella no esté en la Tierra.
-Sí. Te unirás a nosotros. Eres joven… Vivirás todavía mucho.
-Y María muy poco.
-¿Por qué? ¿Es que está enferma?, ¿o sufre?, ¿o está débil?
-¡No! Ni el tiempo ni los sufrimientos han tenido poder sobre Ella. Siempre está joven, de aspecto y de espíritu; serena… yo diría, gozosa.
-¿Y entonces por qué dices…?
-Porque comprendo que este nuevo florecimiento en belleza y gozo es señal de que Ella siente ya cercano que vuelve a unirse con su Hijo. Quiero decir unión total, porque la espiritual nunca ha cesado. No descorro el velo de los misterios de Dios, pero estoy seguro de que Ella ve diariamente a su Hijo en su figura gloriosa. De ahí su beatitud. Yo creo que, contemplándolo, su espíritu se ilumina y llega a conocer todo el futuro como lo conoce Dios, incluido el suyo.
Está todavía en la Tierra, con su cuerpo, pero podría casi decir, sin temor a equivocarme, que su espíritu está casi siempre en el Cielo. Tanta es su unión con Dios, que no creo pronunciar palabras sacrílegas si digo que en Ella está Dios como cuando lo llevaba en su seno materno.
Más aún: de la misma manera que el Verbo se unió a Ella para ser Jesucristo, ahora Ella se une de tal manera a Cristo, que es un segundo Cristo, que ha asumido una nueva humanidad, la del propio Jesús. Si esto es herejía, que Dios me dé a conocer el error y que me perdone.
Ella vive en el amor. Este fuego de amor la enciende, la nutre, la ilumina, y ese mismo fuego de amor nos la arrebatará, en el momento designado, sin dolor para Ella, sin corrupción para su cuerpo… El dolor será sólo nuestro… mío, sobre todo… Ya no tendremos a la Maestra, a la Guía, a la Consoladora nuestra… Y yo estaré verdaderamente solo…
Y Juan, cuya voz ya temblaba por un contenido llanto, rompe a llorar con sollozos desgarradores como nunca tuvo, ni siquiera a los pies de la Cruz o en el Sepulcro.
También Pedro, si bien más serenamente, rompe a llorar, y, entre las lágrimas, suplica a Juan que le avise, si puede, para estar presente en el tránsito de María, o, al menos, en su sepultura.
-Lo haré, si tengo, aunque lo dudo mucho, la posibilidad de hacerlo. Algo me dice en mi interior que, como sucedió con Elías (2 Reyes 2, 11; Eclesiástico 48, 9), que fue arrebatado por el torbellino celeste en el carro de fuego, así sucederá con Ella: casi antes de que me percate de su inminente tránsito, Ella estará ya con su alma en el Cielo.
-Pero, al menos el cuerpo quedará. ¡Quedó incluso el del Maestro, y era Dios!
-Para Él era necesario que así sucediera; para Ella, no.
Él debía, con la resurrección, desmentir las calumnias judías; con sus apariciones, convencer al mundo, que dudaba, o incluso negaba, por causa de su muerte de cruz.
Pero Ella no tiene necesidad de ello. Pero, si puedo, te avisaré. Adiós, Pedro, Pontífice y hermano mío en Cristo. Vuelvo con Ella, que, ciertamente, me espera. Dios esté contigo.
-Y contigo. Y di a María que ore por mí y que me perdone una vez más por mi cobardía durante la noche del Proceso… recuerdo que no logro borrar de mi corazón, cosa que no me deja tranquilo… -y algunas lágrimas ruedan por las mejillas de Pedro, que termina:
-Sea Madre para mí. Madre de amor para su desdichado hijo pródigo…
-No es necesario que se lo diga. Te quiere más que una madre según la carne, te quiere como Madre de Dios, y con caridad de Madre de Dios. Si estaba dispuesta a perdonar a Judas, cuya culpa no tenía medida, ¡figúrate, si no te va a haber perdonado a ti! La paz esté contigo, hermano. Yo me marcho.
-Y yo te sigo, si me lo concedes. Quiero verla todavía otra vez.
-Ven. Sé el camino que hay que tomar para entrar en el Getsemaní sin ser vistos.
Se ponen en marcha y andan, a buen paso y en silencio, hacia Jerusalén. Pero pasan por el camino alto, que llega hasta el Monte de los Olivos por la parte que está más lejos de la ciudad.
Llegan al rayar del alba. Entran en el Getsemaní. Van cuesta abajo hacia la casa. María, que está en la terraza, los ve llegar y, emitiendo un grito de alegría, baja a su encuentro.
Pedro se arroja a sus pies -sí, incluso se arroja a sus pies y rostro en tierra-, diciéndole:
-¡Madre, perdón!
-¡¿De qué?! ¿Es que has pecado en algo? El que me revela todas las verdades, no me ha revelado sino que tú eres su digno sucesor en la Fe. Como hombre, siempre te he visto justo, aunque algunas veces impulsivo. ¿Qué te debo perdonar, pues?
Pedro llora y calla.
Juan explica:
-Pedro no logra apaciguarse por lo de haber renegado de Jesús en el patio del Templo.
-Eso es cosa pasada, y borrada, Pedro. ¿Acaso te reprendió Jesús?
-¡No, no!
-¿Mostró quererte menos que antes?
-No. La verdad… no. ¡Al contrario!…
-¿Y eso no te dice que Él, y yo con Él, te hemos comprendido y perdonado?
-Es verdad. Sigo siendo el mismo necio.
-Pues ve y permanece en paz. Yo te digo que nos encontraremos todos, yo, tú, los otros apóstoles y diáconos, todos en el Cielo, junto al Hombre-Dios. Por lo que de mi poder depende, te bendigo -y, como hizo con Gamaliel, María pone sus manos en la cabeza de Pedro trazando una señal de la cruz.
Pedro se inclina para besarle los pies. Luego se levanta, mucho más sereno que antes, y, acompañado también ahora por Juan, regresa a la cancilla superior, la cruza y se marcha, mientras Juan, después de cerrar bien esa entrada, regresa donde María.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Deben haber pasado algunos años, porque se ve que Juan está ya en la plena edad adulta (miembros más robustos, rostro más maduro, cabellos, barba y bigote de un rubio mucho más oscuro).
María -que está hilando mientras Juan pone de nuevo en orden la cocina de la casita del Getsemaní, cuyas paredes han sido recientemente blanqueadas y cuyos enseres de madera (banquetas, puerta, un bazar que hace también de repisa para la lámpara) han sido barnizados- no aparece cambiada. En absoluto aparece cambiada. Su aspecto es fresco y sereno. Han desaparecido todas las huellas que el dolor por la muerte y regreso de su Hijo al Cielo había dejado en su cara (por las primeras persecuciones contra los cristianos).
El tiempo no ha dejado grabadas sus huellas en ese rostro dulce; la edad no ha tenido el poder de alterar su fresca y pura belleza.
La lámpara, encendida, encima de la mesa, proyecta su luz palpitante sobre las pequeñas y diligentes manos de María, sobre el estambre cándido envuelto en la rueca, sobre el hilo delgado, sobre el huso que da vueltas, sobre los rubios cabellos recogidos en denso moño tras la nuca.
Por la puerta abierta, un rayo tersísimo de luna penetra en la cocina, extendiendo una franja de plata desde la puerta hasta el pie de la banqueta en que María está sentada.
María, por ello, tiene los pies iluminados por el rayo lunar, mientras que sus manos y su cabeza lo están por la luz rojiza de la lámpara. Fuera, en los olivos que rodean la casa del Getsemaní, unos ruiseñores cantan su canto de amor.
De repente los pajarillos enmudecen, como asustados. Al cabo de unos momentos, se oyen pisadas que se acercan cada vez más, hasta llegar al umbral de la puerta de la cocina; y, contemporáneamente, desaparece la blanca franja lunar que antes vestía de plata las toscas y oscuras baldosas del suelo.
María alza la cabeza y la vuelve hacia la puerta. Juan también mira. Un «¡Oh!» lleno de maravilla sale de los labios de los dos, mientras, con un único movimiento, ambos, presurosos, se dirigen hacia la puerta sobre cuyo umbral ha aparecido, y se ha detenido, Gamaliel.
Es un Gamaliel ya muy anciano; está muy delgado; trae vestiduras blancas que la luna, incidiendo en él por detrás, hace casi fosforescentes: parece espectral.
Es un Gamaliel abatido, triturado, por los sucesos, por sus remordimientos, por muchas cosas, más aún que por la edad.
-¿Tú aquí, rabí? ¡Entra! ¡Ven! La paz sea contigo -le dice Juan, que está frente a él y muy cerca, mientras que María está algunos pasos más atrás.
-Si me guías… Estoy ciego… -responde el anciano rabí, con voz trémula más por un secreto llanto que por la edad.
Juan, asombrado, pregunta con emoción y piedad en la voz:
-¡¿Ciego?! ¿Desde cuándo?
-¡Oh!… ¡Desde hace mucho! La vista empezó a debilitárseme enseguida… después de que… sí… después de que no supe reconocer la Luz verdadera que había venido a iluminar a los hombres; hasta que el terremoto desgarró el velo del Templo y zarandeó las robustas murallas, como Él había dicho. Verdaderamente un dúplice velo, que cubría el Santo de los Santos del Templo y al aún más verdadero Santo de los Santos, a la Palabra del Padre, su eterno Unigénito, celado por el velo de una humana, purísima carne, que sólo su Pasión y su gloriosa Resurrección revelaron, incluso a los más obtusos yo el primero-, en lo que realmente era: el Cristo, el Mesías, el Emmanuel.
Desde ese momento las tinieblas empezaron a descender sobre mis pupilas y a hacerse cada vez más densas. Justo castigo para mí. Desde hace un tiempo, estoy totalmente ciego. Y he venido…
Juan le interrumpe preguntándole:
-¿Quizás para pedir un milagro?
Sí. Un gran milagro. Se lo pido a la Madre del Dios verdadero.
-Gamaliel, yo no tengo el poder que tenía mi Hijo. Él podía devolver vida y vista a las pupilas apagadas, palabra a los mudos, movimiento a los paralizados. Pero yo no -le responde María. Y prosigue:
-Pero ven aquí, junto a la mesa, y siéntate. Estás cansado y eres anciano, rabí. No te fatigues más -y, piadosamente, junto con Juan, lo conduce a la mesa y le ayuda a sentarse en una banqueta.
Gamaliel, antes de soltarle la mano, se la besa con veneración; luego le dice: -No te pido, María, el milagro de que vea de nuevo. No. No pido esta cosa material. Lo que te pido, Bendita entre todas las mujeres, es una vista de águila para mi espíritu, para ver toda la Verdad. No te pido la luz para mis pupilas apagadas, sino la luz sobrenatural, divina, la verdadera luz, que es sabiduría, verdad, vida, para mi alma y corazón lacerados y exhaustos por los remordimientos, que no me dan tregua.
No tengo ningún deseo de ver con los ojos este mundo hebreo tan… sí, tan obstinadamente rebelde a Dios, a Dios que con él fue y es tan compasivo como, en verdad, no merecimos que lo fuera. Es más, estoy contento de no tener que verlo ya, y de que mi ceguera me haya librado de todo compromiso con el Templo y el Sanedrín, tan injustos para con tu Hijo y para con sus seguidores.
A quien deseo ver, con la mente, el corazón y el espíritu, es a Él, a Jesús. Verlo en mí, en mi espíritu, verlo espiritualmente, como, ciertamente, tú, oh santa Madre de Dios, y Juan, tan puro, y Santiago, mientras tuvo vida, y los otros, para ayuda en su grave y obstaculado ministerio, lo veis.
Verlo para amarlo con todo mi ser y con este amor poder expiar mis culpas y recibir perdón de Él, para tener esa vida eterna de la que me he hecho indigno…
Apoya la cabeza en los brazos, apoyados a su vez en la mesa, y llora.
María le pone una mano en su cabeza estremecida por los sollozos, y le responde:
-¡No! ¡Que no te has hecho indigno de la vida eterna! Todo lo perdona el Salvador a quien se arrepiente de sus errores pasados. Incluso a su traidor le habría perdonado, si se hubiera arrepentido de su horrendo pecado. Y la culpa de Judas de Keriot es inmensa respecto a la tuya.
Considera esto: Judas era el apóstol recibido por Cristo, instruido por Cristo, amado por Cristo más que los demás (si se piensa que, no ignorando nada sobre él, Cristo no lo expulsó del grupo de sus apóstoles, sino que, al contrario, hasta el último momento, recurrió a todos los medios para que ellos no comprendieran lo que Judas era y lo que tramaba).
Mi Hijo era la Verdad misma, y no mintió nunca, por ningún motivo. Pero, cuando veía que los otros once, sospechando, le preguntaban sobre Judas, Él, sin mentir, conseguía desviar sus sospechas y lograba no responder a sus preguntas, y les imponía que no preguntaran, por prudencia y caridad respecto al hermano. Tu culpa es mucho menor. Es más, ni siquiera puede llamarse culpa. Esto tuyo no es incredulidad; es exceso de fe. Tanto creíste en aquel Niño de doce años que te habló en el Templo, que, obstinadamente pero con una recta intención que venía de tu absoluta fe en aquel Niño por cuyos labios habías oído palabras de infinita sabiduría, has esperado el signo para creer en Él y ver en Él al Mesías.
Dios perdona a quien tiene una fe tan fuerte y fiel. Y más aún perdona a quien, aun estando todavía en duda respecto a la verdadera Naturaleza de un hombre acusado injustamente, no quiere tomar parte en su condena porque la siente injusta.
Tu espiritual visión de la Verdad ha crecido sin cesar desde que dejaste el Sanedrín por no consentir en aquella sacrílega acción. Y aún creció más cuando, estando en el Templo, viste que se verificó el tan esperado signo, que signó el comienzo de la era cristiana. Y aún más aumentó cuando, con aquellas potentes, angustiadas palabras, rogaste al pie de la cruz de mi Hijo, ya gélido y exánime.
Y se ha hecho casi perfecta cada una de las veces que, o con las palabras o poniéndote al margen, has defendido a los fieles de mi Hijo y no has querido tomar parte en la condena de los primeros mártires. Créeme, Gamaliel, cada uno de tus actos de dolor, de justicia, de amor, ha aumentado en ti tu espiritual visión.
-¡No basta todo esto! Es que… yo recibí la insólita gracia de conocer a tu Hijo desde su primera pública manifestación, en el momento de su mayoría de edad.
¡Habría debido ver desde entonces!, ¡comprender! Fui un ciego y un necio… ni vi ni comprendí; ni entonces ni otras veces en que tuve la gracia de verlo, hecho ya Hombre y Maestro, y de oír sus cada vez más precisas y poderosas palabras. Tercamente esperaba la señal humana, el estremecimiento de las piedras… ¡Y no veía que todo en Él era una señal segura! ¡Y no veía que Él era la Piedra angular anunciada por los profetas (Salmo 118, 22-23; Isaías 28,16); la Piedra que ya estremecía al mundo, a todo el mundo, al hebreo y al gentil; la Piedra que estremecía las piedras de los corazones con su palabra, con sus prodigios!
¡No veía en Él la señal evidente del Padre suyo en todo lo que hacía o decía! ¿Cómo puede Él perdonar tanta obstinación?
-Gamaliel, ¿puedes creer que yo -que soy la Sede de la Sabiduría, la Llena de Gracia, y que, de la Sabiduría que en mí ha tomado Carne y de la Gracia de que estoy llena, he recibido la plenitud del conocimiento de las cosas sobrenaturales-puedo aconsejarte bien?
-¡Claro que lo creo! Precisamente porque creo que eres esto, vengo a ti en busca de luz. Tú, Hija, Madre, Esposa de Dios, el cual, sin duda, desde tu concepción te colmó de sus luces sapienciales, no puedes sino indicarme el camino que debo tomar para tener paz, para encontrar la verdad, para conquistar la verdadera Vida. Tengo tanta conciencia de mis errores, estoy tan aplastado por mi miseria espiritual, que necesito ayuda para atreverme a ir a Dios.
-Eso que tú juzgas como un obstáculo es, por el contrario, ala para elevarte hacia Dios. Has demolido el edificio de ti mismo, te has humillado; eras un monte poderoso, te has hecho valle profundo. Debes saber que la humildad es semejante a un fertilizante que prepara el más árido terreno para que dé plantas y feraces cosechas. Es peldaño para subir; es más, es escalera para subir a Dios, el cual, viendo al humilde, lo llama hacia sí para ensalzarlo, para encenderlo con su caridad e iluminarlo con sus luces para que vea. Por esto te digo que tú estás ya en la Luz, en el Camino justo, hacia la Vida verdadera de los hijos de Dios.
-Pero para tener la Gracia debo entrar en la Iglesia, recibir el Bautismo que limpia de la culpa y nos hace nuevamente hijos adoptivos de Dios. Yo no me opongo a ello. ¡Al contrario! He destruido en mí al hijo de la Ley, no puedo ya sentir estima ni amor por el Templo. Pero ser nada no quiero. Por tanto, debo edificar de nuevo, sobre las ruinas de mi pasado, el hombre nuevo y la fe nueva.
Pero los apóstoles y los discípulos, respecto a mí, el gran rabí de dura cerviz, sentirán desconfianza y prejuicios…
Juan lo interrumpe diciendo:
-Te equivocas, Gamaliel. Yo soy el primero que te quiero y que anotaría como día de suma gracia el día en que pudiera llamarte cordero del rebaño de Cristo. No sería discípulo de Cristo si no pusiera en práctica sus enseñanzas. Y Él nos mandó amor y comprensión para todos, y especialmente para los más débiles, enfermos, descaminados.
Nos ordenó que imitáramos sus ejemplos. Y nosotros siempre lo vimos lleno de amor hacia los culpables arrepentidos, o hacia los hijos pródigos que volvían al Padre, o hacia las ovejas descarriadas. Desde la Magdalena a la Samaritana, desde Áglae al ladrón, ¡a cuántos redimió con misericordia! Habría perdonado también a Judas su supremo delito, si se hubiera arrepentido.
¡Muchas veces lo había perdonado! Sólo yo sé cuánto lo amaba, aun conociéndolo en todas sus acciones. Ven conmigo. Haré de ti un hijo de Dios y hermano del Cristo Salvador.
-Tú no eres el Pontífice. Pontífice es Pedro. ¿Y Pedro será tan bueno como tú? Yo sé que es muy distinto de ti.
-Era. Pero desde que vio cuán débil fue -hasta el punto de ser cobarde y renegar de su Maestro-ya no es lo que era, y tiene misericordia para todos y con todos.
-Entonces llévame inmediatamente donde él. Soy viejo, y ya demasiado me he demorado. Me sentía demasiado indigno, y temía que todos los fieles de Jesús me juzgaran de la misma manera. Ahora, que las palabras de María y tuyas me han confortado, quiero entrar en seguida en el Redil del Maestro, antes de que mi viejo corazón, por tantas cosas quebrantado, se pare.
Guíame tú, porque he dicho al siervo que me ha traído hasta aquí que se marchara, para que no oyera nada.
Volverá a la hora primera. Pero para entonces yo ya estaré lejos. En dos sentidos: lejos de esta casa y lejos del Templo. Para siempre. Primero iré, yo, hijo rebelde, a la casa del Padre, yo, oveja descarriada, al verdadero Redil del Pastor eterno. Luego volveré a mi lejana casa, para morir allí en paz y en gracia de Dios.
María, con un gesto espontáneo, lo abraza y le dice:
-Que Dios te dé paz. Paz y gloria eterna, porque te lo has merecido mostrando tu verdadero pensamiento a los poderosos jefes de Israel sin miedo a sus reacciones. Que Dios esté contigo siempre. Que Dios te dé su bendición.
Gamaliel busca de nuevo las manos de Ella. Las toma entre las suyas. Las besa. Se arrodilla y le ruega que ponga esas manos benditas sobre su anciana cabeza cansada.
María lo complace. Hace incluso más. Traza una señal de la cruz sobre su cabeza inclinada. Luego, junto con Juan, le ayuda a ponerse en pie, lo acompaña hasta la puerta y lo mira mientras, guiado por Juan, se encamina hacia la verdadera Vida; mira a este hombre humanamente llegado a su fin pero sobrenaturalmente creado de nuevo.