por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Están todos los apóstoles, todos los discípulos pastores (incluido Jonatán, al que Cusa ha relevado de sus servicios).
Y Margziam y Manahén y muchos discípulos de los setenta y dos; y muchos otros. Están a la sombra fresca de los árboles, que mitigan luz y calor con su tupido ramaje y hojas; no arriba, hacia la cima, donde se produjo la Transfiguración, sino a media altura, en un lugar en que un encinar parece querer celar la cima y sujetar los lados del monte con sus poderosas raíces.
Por la hora, y a causa de la inactividad y la larga espera, casi todos están adormilados. Pero basta el grito de un niño -no sé quien es, porque no lo veo desde el lugar en que me encuentro-para que todos se pongan en pie (éste es el primer movimiento, impulsivo, que enseguida se transforma en ponerse de rodillas y con el rostro entre la hierba).
-La paz a todos vosotros. Aquí me tenéis entre vosotros. Paz a vosotros. Paz a vosotros.
Jesús pasa en medio de ellos saludando, bendiciendo.
Muchos lloran, otros sonríen dichosos. Pero en todos hay mucha paz.
Jesús se detiene en el lugar en que los apóstoles y los pastores forman un compacto grupo, junto con Margziam, Manahén, Esteban Nicolái, Juan de Éfeso, Hermas y algún otro de los discípulos más fieles, cuyo nombre no recuerdo. Veo al de Corazín, que dejó la sepultura de su padre por seguir a Jesús, y a otro que he visto otras veces. Jesús toma entre sus manos la cabeza de Margziam -que, mirándolo, llora-, lo besa en la frente y lo estrecha contra su corazón.
Se vuelve luego hacia los demás y dice:
-Muchos y pocos. ¿Dónde están los otros? Sé que son muchos mis discípulos fieles. ¿Por qué, entonces, aquí a duras penas se llega entre todos a quinientos, excluidos los niños, hijos de alguno de vosotros?
Pedro se pone de pie -había estado de rodillas en la hierba-y habla en representación de todos:
-Señor, entre el decimotercero y el vigésimo día, empezando a contar desde el día de tu muerte, han venido aquí muchos de muchas ciudades de Palestina, diciendo que estabas donde ellos. Por eso, muchos de nosotros, para verte antes, se han marchado, unos con unos, otros con otros. Algunos se han marchado hace muy poco. Decían, los que vinieron, que te habían visto y que habían hablado contigo en lugares distintos, y -lo cual era asombroso-todos decían que te habían visto en el duodécimo día de después de tu muerte. Nosotros hemos pensado que se trataba de una falacia de alguno de esos falsos profetas que dijiste que surgirían para engañar a los elegidos. Lo dijiste allá, en el monte de los Olivos, la noche que precedió… que precedió a… -Pedro, otra vez bajo los efectos de su dolor ante este recuerdo, agacha la cabeza y calla. Dos lágrimas, seguidas de otras, caen al suelo por las hebras de su barba…
Jesús le pone la mano derecha en el hombro. Pedro, al sentir ese contacto, se estremece, y, no atreviéndose a tocar esa Mano con las suyas, pliega el cuello, inclina la cara, para acariciar con la mejilla y rozar con los labios esa Mano adorable.
Santiago de Alfeo continúa refiriendo:
-Y hemos desaconsejado creer en esas apariciones. Se lo hemos desaconsejado a los nuestros que se alzaban para ponerse en camino presurosos hacia el gran mar, o hacia Bosra o Cesárea de Filipo o Pel.la o Quedes, hacia el monte cercano a Jericó o la llanura, o hacia la llanura de Esdrelón, hacia el Gran Hermón o Bet-Jorón o Betsemes, y a otros lugares que, por tratarse de casas aisladas en la llanura cercana a Jafia o a Galaad, carecen de nombre.
Demasiado inciertas. Algunos decían “Lo hemos visto y oído”. Otros enviaban el recado de decir que te habían visto, e incluso que habían comido contigo. Sí, queríamos retenerlos, porque pensábamos que fueran o celadas de los que nos atacan o fantasmas vistos por justos que están tan embargados en ti, que acaban viéndote donde no estás. Pero han querido ir. Unos a unos lugares, otros a otros. De forma que nos hemos quedado reducidos a menos de un tercio.
-Teníais razón en insistir para retenerlos. No porque Yo no haya estado realmente donde los que han venido a decíroslo han dicho, sino porque había ordenado que estuvierais aquí unidos en oración esperando a que Yo viniera, y también porque quiero que mis palabras sean obedecidas, especialmente por mis siervos. Si empiezan a desobedecer éstos, ¿qué van a hacer los fieles?
Escuchad todos los que estáis aquí. Recordad que en un organismo, para que verdaderamente sea activo y esté sano, se necesita una jerarquía, o sea, alguien que mande, y alguien que transmita las órdenes y alguien que obedezca. Así sucede en las cortes de los reyes Y en las religiones, desde la nuestra, la hebrea, hasta las otras, aunque sean tan imperfectas. Hay siempre una cabeza y ministros de esa cabeza y asistentes de esos ministros y en fin, fieles.
No puede un pontífice actuar solo, no puede un rey actuar solo. Y sus disposiciones son cosas que se refieren únicamente a contingencias humanas o a formalismos de ritos… Sí, por desgracia, incluso en la propia religión mosaica, no queda sino el formalismo de los ritos, la continuación de los movimientos de un mecanismo que sigue realizando los mismos gestos, incluso ahora que el espíritu de los gestos está muerto. Muerto para siempre. El divino Animador de esos gestos, Aquel que daba a los ritos un valor, se ha retirado, y los ritos son gestos, nada más, gestos que cualquier histrión podría mimar en el escenario de un anfiteatro.
¡Qué desdicha, cuando una religión muere y lo que antes era una potencia real pasa a ser una pantomima desarreglada, externa, una cosa vacía tras un escenario barnizado, tras unas vestiduras pomposas y un movimiento de mecanismos que realizan una serie de movimientos, de la misma manera que una llave acciona un resorte, pero ni éste ni la llave tienen conciencia de lo que hacen! ¡Desdicha! ¡Pensad!
Recordad siempre, y decídselo a vuestros sucesores, para que esta verdad sea conocida en el decurso de los siglos. Menos temible es la caída de un planeta que la caída de la religión. El que el cielo quedara vacío de astros y planetas no sería para los pueblos una desventura de la magnitud de la de quedarse sin una real religión. Dios cubriría con providente poder las necesidades humanas, porque Dios todo lo puede para aquellos que, por el camino sabio o por el camino que su ignorancia conoce, buscan, aman la Divinidad con recto espíritu. Pero, si llegara un día en que los hombres ya no amaran a Dios, porque los sacerdotes de todas las religiones hubieran hecho de ellas únicamente una vacía pantomima, siendo ellos los primeros en no creer en la religión, ¡ay de la Tierra!
Ahora bien, si esto lo digo incluso por las religiones imperfectas -algunas con origen en parciales revelaciones otorgadas a un sabio, otras con origen en la necesidad instintiva del hombre de crearse una fe para saciar el hambre del alma de amar a un dios (y esta necesidad es el estímulo más fuerte del hombre, el estado permanente de búsqueda de Aquel que es, deseado por el espíritu aunque la inteligencia soberbia niegue reverencia a cualquier dios, o aunque el hombre, desconocedor del alma, no sepa dar nombre a esta necesidad que dentro de él bulle)-, si esto lo digo incluso para las religiones imperfectas, ¿qué habré de decir para esta que Yo os he dado, para esta que lleva mi Nombre, para esta de la que Yo os he creado pontífices y sacerdotes, para esta que os ordeno que propaguéis por toda la Tierra?… Para esta única, verdadera, perfecta, inmutable en la Doctrina enseñada por mí, Maestro, completada por la enseñanza continua del que vendrá, el Espíritu Santo, Guía Santísimo de mis Pontífices y de los que los ayudarán como jefes segundos en las distintas Iglesias creadas en las distintas regiones en que se afiance mi Palabra.
Y estas Iglesias no serán, por ser múltiples en cuanto al número, múltiples en cuanto al pensamiento, sino que serán una sola cosa con la Iglesia, y formarán con sus individuales elementos el gran edificio, mayor cada vez; el grande, nuevo Templo que con sus distintos pabellones tocará todos los confines del mundo. No tendrán diversidad de pensamiento ni habrá oposición entre ellas, sino que estarán unidas, hermanas las unas de las otras, sujetas todas a la Cabeza de la Iglesia, a Pedro y a los sucesores de él, hasta el final de los siglos.
Y aquellas que por cualquier motivo se separaran de la Iglesia Madre serían miembros amputados que carecerían de la mística sangre que es Gracia que de Mí, Cabeza divina de la Iglesia, viene. Como hijos pródigos, separados por voluntad propia de la casa paterna, estarían -efímera su riqueza y constante y cada vez más grave su miseria-embotándose el intelecto espiritual con alimentos y vinos demasiado pesados, y luego languidecerían comiendo las amargas bellotas de los animales impuros, hasta que, con corazón contrito, no volvieran a la casa paterna diciendo:
"Hemos pecado. Padre, perdónanos y ábrenos las puertas de tu morada". Y entonces, ya se trate de un miembro de una Iglesia separada, ya se trate de una Iglesia entera, bien sea una persona o una asamblea los que regresan, abridles las puertas. ¡Oh, ojalá así fuera! Pero ¿dónde, cuándo surgirán muchos imitadores míos idóneos para redimir a estas Iglesias separadas, a costa de la vida, para hacer, para rehacer un único Rebaño bajo el cayado de un solo pastor, como ardientemente deseo?
Sed paternos. Pensad que todos, durante una o muchas horas, quizás durante años, fuisteis, cada uno en particular, hijos pródigos envueltos en la concupiscencia.
No os mostréis duros para con los que se arrepienten. ¡Recordad! ¡Recordad! Muchos de vosotros huisteis, hace veintidós días. ¿Y esta huida no era, acaso, abjuración de vuestro amor hacia mí? Pues bien, si Yo os he acogido en cuanto, arrepentidos, habéis vuelto a mí; haced vosotros lo mismo. Todo lo que Yo he hecho hacedlo vosotros. Este es mi mandamiento. Habéis vivido tres años conmigo. Conocéis mis obras y mi pensamiento. Cuando, en el futuro, os encontréis frente a un caso para el que tengáis que tomar una decisión, volved vuestra mirada al tiempo en que estuvisteis conmigo, y comportaos como Yo me he comportado. Nunca os equivocaréis. Yo soy el ejemplo vivo y perfecto de lo que debéis hacer.
Y recordad también que no me negué a mí mismo al propio Judas de Keriot… El Sacerdote debe, con todos los medios, tratar de salvar. Predomine el amor, siempre, entre los medios usados para salvar. Pensad que Yo no ignoraba el horror de Judas… Y, no obstante, superando toda repugnancia, traté al mezquino como traté a Juan. A vosotros… a vosotros, muchas veces, se os ahorrará la amargura que supone el saber que todo es inútil para salvar a un discípulo amado… Se debe trabajar incluso en ese caso… siempre… hasta que todo quede cumplido…
-¡¿Pero Tú estás sufriendo, Señor?! ¡Oh, no creía que pudieras sufrir ya más! ¡Sufres por Judas, todavía! ¡Olvídale, Señor! -grita Juan, que no desvía ni un instante su mirada de su Señor.
Jesús abre los brazos con su gesto habitual de resignada confirmación ante un hecho penoso, y dice:
-Así es… Judas ha sido y es el dolor más grande en el
mar de mis dolores. Es el dolor que permanece…
(El dolor que permanece, como su llanto en la gloria, es de tal naturaleza, que únicamente puede ser comprendido en la luz de los Cielos, porque Él lo sufrirá en su espíritu de amor)
Los otros dolores han terminado al terminar el Sacrificio. Pero éste permanece. Lo he amado. Me he consumido todo en el esfuerzo de salvarlo… He podido abrir las puertas del Limbo y sacar de él a los justos, he podido abrir las puertas del Purgatorio y sacar de él a los penantes. Pero el lugar de horror estaba cerrado en torno a él. Para él, inútil mi muerte.
-¡No sufras! ¡No sufras! ¡Eres glorioso, mi Señor! Gloria y gozo a ti. ¡Tú has apurado tu dolor! -insiste Juan en tono suplicante.
-¡Verdaderamente, ninguno pensaba que Él pudiera sufrir todavía! -susurran todos, unos a otros, asombrados y conmovidos.
-¿Y no pensáis el dolor que deberá aún padecer mi Corazón a lo largo de los siglos, por cada pecador impenitente, por cada herejía que me niegue, por cada creyente que abjure de mí, por cada desgarro de los desgarros-, por cada sacerdote culpable, causa de escándalo y perdición? ¡Vosotros no conocéis esto! Todavía no lo conocéis. No lo conoceréis nunca completamente, sino cuando estéis conmigo en la luz del Cielo. Entonces comprenderéis…
Contemplando a Judas, he contemplado a los elegidos para quienes la elección se transforma en perdición por su perversa voluntad…
¡Oh, vosotros que sois fieles, vosotros que formaréis a
los sacerdotes futuros, recordad mi dolor; formadlos santos para que, en la medida de lo posible, no se repita este dolor; exhortad, velad, enseñad, luchad, estad atentos como madres, sed incansables como maestros, estad despiertos como pastores, sed viriles como guerreros, para sostener a los sacerdotes que serán formados por vosotros! ¡Haced, oh, haced que la culpa del duodécimo apóstol no se vea demasiadas veces repetida en el futuro!…
Sed como Yo fui con vosotros, como soy con vosotros. Os dije: "Sed perfectos como el Padre de los Cielos". Y vuestra humanidad tiembla ante tal orden. Ahora más que cuando os la di, porque ahora conocéis vuestra debilidad.
Pues bien, para animaros, os diré: "Sed como vuestro Maestro". Yo soy el Hombre. Lo que Yo he hecho vosotros podéis hacerlo. Incluso los milagros. Sí, incluso los milagros. Para que el mundo sepa que soy Yo el que os envía, y para que el que sufre no llore ante el pensamiento desconsolado de decir: "El ya no está entre nosotros para curar a nuestros enfermos y consolar nuestros dolores".
En estos días he hecho milagros para consolar los corazones y convencerlos de que Cristo no ha sido destruido por haber sido conducido a la muerte, sino que, antes al contrario, es más fuerte, eternamente fuerte y poderoso. Pero, cuando Yo ya no esté en medio de vosotros, vosotros haréis las cosas que Yo he hecho hasta ahora y que seguiré haciendo. Pero el amor a la nueva Religión crecerá no tanto por el poder de los milagros, sino por vuestra santidad. Y es de vuestra santidad, no del don que Yo os transmito, de lo que debéis estar celosamente atentos. Cuanto más santos seáis, más os amará mi Corazón, y el Espíritu de Dios os iluminará, mientras la Bondad de Dios y su Poder colmarán vuestras manos de los dones del Cielo.
El milagro no es acto común e indispensable para la vida en la fe. Es más, ¡dichosos los que sepan permanecer en la fe sin medios extraordinarios que ayuden a su acto de creer! Pero tampoco el milagro es un acto tan exclusivamente reservado a tiempos especiales que tenga que cesar con el cese de éstos. El milagro estará en el mundo. Siempre. Y, cuanto más numerosos sean los justos en el mundo, más numerosos serán los milagros. Cuando se vean escasear mucho los milagros verdaderos, dígase entonces que la fe y la justicia están languideciendo. Porque Yo he dicho:
"Si tenéis fe, podréis mover las montañas". Porque Yo he dicho: "Las señales que acompañarán a los que tengan verdadera fe en mí serán la victoria sobre los demonios y sobre las enfermedades, sobre los elementos y las insidias". Dios está con quien lo ama. Señal de cómo mis fieles estén en mí será el número y la fuerza de los prodigios que harán en mi Nombre y para glorificar a Dios. A un mundo sin milagros verdaderos, se le podrá decir, sin falsedad: “Has perdido la fe y la justicia. Eres un mundo sin santos”
Así pues, para volver al principio, habéis hecho bien en tratar de retener a los que, como niños seducidos por un rumor de músicas -por un brillo extraño, corren despreocupados lejos de las cosas seguras. Pero, ¿veis?
Tienen su castigo, porque pierden mi palabra. De todas formas, también vosotros habéis tenido vuestra parte de error. Os habéis acordado de que Yo había dicho que no se corriera acá o allá ante cualquier voz que dijera que estaba en un determinado lugar. Pero no os habéis acordado de que también había dicho que, en la segunda venida, el Cristo será semejante al relámpago que sale de Oriente y culebrea hasta Occidente, en menos tiempo de lo que dura un parpadeo.
Ahora bien, esta segunda venida ha empezado desde el momento de mi Resurrección. Culminará en la aparición del Cristo Juez a todos los resucitados. Pero antes ¡cuántas veces me apareceré para convertir, curar, consolar, enseñar, dar órdenes!
En verdad os digo: Estoy para volver al Padre mío, pero la Tierra no perderá mi Presencia. Estaré, en actitud vigilante y como amigo, como Maestro y como Médico, en donde cuerpos o almas, pecadores o santos, tengan necesidad de mí o sean elegidos por mí para transmitir a otros mis palabras.
Porque, y también esto es verdad, la Humanidad tendrá necesidad de un continuo acto de amor por mi parte, pues es tan poco dócil y tan tendente a entibiarse y a olvidar, tan tendente a seguir la bajada en vez de la subida, que, si Yo no la sujetara con los medios sobrenaturales, no servirían la ley y el Evangelio, las ayudas divinas que mi Iglesia administrará, para conservar a la Humanidad en el conocimiento de la Verdad y en la bondad de alcanzar el Cielo. Y estoy hablando de la Humanidad que crea en mí… siempre poca respecto a la gran masa de los habitantes de la Tierra.
Yo vendré. El que me tenga que siga humilde; el que no, que no esté ávido de tenerme para recibir alabanzas. Que ninguno desee lo extraordinario. Dios sabe cuándo y dónde darlo. Y no es necesario poseer lo extraordinario para entrar en el Cielo; es más, ello es un arma que, si se usa mal, puede abrir el Infierno en vez del Cielo. Y ahora os voy a decir cómo.
Porque la soberbia puede surgir. Porque puede venir un estado de espíritu abyecto ante los ojos de Dios (abyecto porque es semejante a un entorpecimiento en que uno se acomoda para acariciar el tesoro recibido, considerándose ya en el Cielo por haber recibido ese don). No. En ese caso, en vez de llama y ala, el don se transforma en hielo y pesada piedra, y el alma se hunde y muere. Y también: un don mal usado puede suscitar la avidez de recibir todavía más dones para recibir mayores alabanzas. Entonces, en este caso, el Espíritu del Mal podría entrar en lugar del Señor, para seducir a los imprudentes con no genuinos prodigios.
Manteneos siempre alejados de todas las seducciones, de cualquier género que sean. Huid de ellas. Sentíos contentos de lo que Dios os conceda. Él sabe lo que os es útil y en qué manera. Y siempre pensad que todo don, además de don, es prueba, una prueba de vuestra justicia y voluntad. Yo os he dado a todos vosotros las mismas cosas.
Pero lo que a vosotros os hizo mejores perdió a Judas. ¿Era, pues, un mal el don? No. Maligna era la voluntad de aquel espíritu…
De la misma manera ahora. Me he aparecido a muchos. No sólo para consolar y conceder dones, sino también para felicidad vuestra. Me habíais pedido que convenciera al pueblo -al que tratan de convencer los del Sanedrín respecto a lo que es su pensamiento-de que he resucitado.
Me he aparecido a niños y a adultos, en el mismo día, en puntos tan distantes entre sí, que haría falta muchos días de camino para llegar a ellos. Pero para mí ya no existe la esclavitud de las distancias. Y este hecho de aparecerme simultáneamente os ha desorientado también a vosotros. Os habéis dicho: "Éstos han visto fantasmas".
Vosotros, pues, habéis olvidado una parte de mis palabras: que de ahora en adelante estaré en Oriente y Occidente, en Septentrión y Mediodía, donde juzgue justo estar, sin que nada me lo impida y rápido como rayo que surca el cielo.
Soy verdadero Hombre. Aquí veis mis miembros y mi Cuerpo, sólido, caliente, capaz de movimiento, respiración y palabra como el vuestro. Pero soy verdadero Dios. Y si durante treinta y tres años la Divinidad estuvo, en vistas de un fin supremo, escondida en la Humanidad, ahora la Divinidad, aunque esté unida a la Humanidad, ha tomado preponderancia, y la Humanidad goza de la libertad perfecta de los cuerpos glorificados. Reina es con la Divinidad y ya no está sujeta a todo lo que significa limitación para la Humanidad. Aquí me veis. Estoy aquí, con vosotros, y podría, si quisiera, estar dentro de un instante en los confines del mundo para atraer hacia mí a un espíritu que me buscara.
¿Y qué fruto tendrá el que Yo haya estado cerca de Cesárea marítima y en la otra Cesárea, en el Carit y en Engadí, en Pel.la y en Yuttá y en otros lugares de Judea, y en Bosra y en el Gran Hermón, en Sidón y en los confines galileos? ¿Y qué fruto tendrá el que haya curado a un niño, y resucitado a uno fallecido poco antes, y confortado a una persona acongojada; y el que haya llamado a servirme a uno que se había macerado en dura penitencia, y a Dios a un justo que me lo había suplicado; y el que haya dado mi mensaje a unos inocentes y mis órdenes a un corazón fiel?
¿Convencerá esto al mundo? No. Los que creen seguirán creyendo, con más paz pero no con mayor fuerza, porque ya sabían verdaderamente creer. Los que no han sabido creer con verdadera fe seguirán en la duda, y los malvados dirán que las apariciones son delirios y embustes, y que el muerto no estaba muerto sino que dormía…
¿Os acordáis cuando os dije la parábola del rico Epulón? Dije que Abraham respondió al réprobo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no creerán ni a uno que resucite de entre los muertos para decirles lo que deben hacer".
¿Han creído, acaso, en mí, Maestro, y en mis milagros? ¿Qué obtuvo el milagro de Lázaro? Mi apresurada condena. ¿Qué, mi resurrección? Un aumento de su odio. Tampoco estos milagros realizados en este último tiempo mío entre vosotros persuadirán al mundo, sino que sólo persuadirán a aquellos que, habiendo elegido el Reino de Dios con sus fatigas y penas actuales y su gloria futura, no son ya del mundo.
Pero me complace el que hayáis sido confirmados en la fe y que os hayáis mostrado fieles a mi indicación quedándoos en este monte, esperando, sin prisas humanas de gozar de cosas que, aun siendo buenas, eran distintas de las que yo os había indicado. La desobediencia aporta un décimo y arrebata nueve décimos. Ellos se han marchado, y oirán palabras de hombres, las mismas de siempre. Vosotros habéis permanecido aquí y habéis oído mi Palabra que, aunque recuerde cosas ya dichas, es siempre buena y útil.
Esta lección os servirá de ejemplo a todos vosotros, y también a ellos, para el futuro.
Jesús recorre con su mirada esos rostros ahí congregados alrededor de Él y dice: -Ven, Eliseo de Engadí, que tengo que decirte una cosa.
No había reconocido al ex leproso hijo del anciano Abraham. Entonces era un esqueleto espectral, ahora es un galán en la flor de la vida.
Se acerca, se postra a los pies de Jesús, que le dice:
-Una pregunta se asoma temblorosa a tus labios desde que has sabido que he estado en Engadí. Es ésta: "¿Has consolado a mi padre?". Yo te digo: "¡Más que consolado! Lo he tomado conmigo".
-Contigo, mi Señor. ¿Y dónde está, que no lo veo?
-Eliseo, voy a estar aquí ya poco tiempo. Luego iré a mi Padre…
-¡Señor!… Quieres decir… ¡Mi padre ha muerto!
-Se durmió en mi Corazón. También para él terminó el dolor. Lo apuró todo, y permaneciendo siempre fiel al Señor. No llores. ¿No lo habías dejado, acaso, por seguirme a mí?
-Sí, mi Señor…
-Mira, tu padre está conmigo; por tanto, siguiéndome, vuelves al lado de tu padre.
-¿Pero cuándo? ¿Y cómo?
-En su viña, donde oyó hablar de mí por primera vez. Tu padre me recordó su súplica del pasado año. Le dije: "Ven". Murió feliz porque tú has dejado todo por seguirme a mí.
-Perdona si lloro… Era mi padre…
-Sé comprender el dolor.
Le pone la mano sobre la cabeza para consolarlo, y dice a los discípulos:
-Aquí tenéis a un nuevo compañero. Que goce de vuestro cariño, porque Yo lo arrebaté de las garras de su sepulcro para que me sirviera.
Luego dice:
-Elías, ven a Mí. No estés ahí todo tímido como un extranjero entre hermanos. Todo el pasado ha quedado destruido. Y tú, Zacarías, ven también, tú que has dejado padre y madre por mí, ponte con los setenta y dos junto con José de Cintio. Lo merecéis porque, por mí, habéis plantado cara a los modos de los poderosos. Y tú, Felipe, y también tú, su compañero, que no quieres ser llamado por tu nombre, porque te parece horrendo, y tomas el del padre tuyo, que es un justo aunque todavía no esté entre los que me siguen abiertamente.
¿Lo veis? ¿Veis todos que no excluyo a ninguno que tenga buena voluntad? Ni a los que me siguieron antes como discípulos, ni a los que hacían buenas obras en Nombre mío aun no hallándose en las filas de mis discípulos, ni a los que pertenecían a sectas no estimadas por todos, que pueden siempre entrar en el buen camino y no han de ser rechazados. Como Yo hago las cosas, hacedlas vosotros. A éstos los uno a los discípulos antiguos. Porque el Reino de los Cielos está abierto a todos los que tienen buena voluntad. Y, aunque no estén presentes, os digo que no rechacéis ni siquiera a los gentiles. Yo no los he rechazado cuando los he visto deseosos de Verdad. Haced lo que Yo he hecho.
Y tú, Daniel, que has salido, verdaderamente has salido de la fosa (Daniel 14, 31-42), no de los leones pero sí de los chacales, ven, únete a éstos. Y ven tú, Benjamín. Os uno a éstos (señala a los setenta y dos, que están casi al completo), porque la mies del Señor fructificará mucho y son necesarios muchos obreros.
Ahora vamos a estar un poco aquí juntos, mientras transcurre el día. A1 anochecer dejaréis el monte y al amanecer vendréis conmigo vosotros los apóstoles, vosotros dos a los que he nombrado aparte (señala a Zacarías y a este José de Cintium que no me resulta nuevo) y los que están aquí de los setenta y dos. Los otros se quedarán aquí, esperando a los que, presurosos, han ido a uno u otro lugar, como avispas ociosas, para decirles en mi Nombre que no es imitando a los niños perezosos y desobedientes como se encuentra al Señor. Y que estén en Betania, todos, veinte días antes de Pentecostés, porque después me buscarían en vano. Sentaos todos. Descansad. Vosotros, venid conmigo un poco aparte.
Se encamina, seguido de los once apóstoles y llevando todo el tiempo agarrado de la mano a Margziam.
Se sienta en la parte más tupida del encinar. Arrima a sí a Margziam, que está muy triste. Tan triste, que Pedro dice:
-Consuélalo. Señor. Ya estaba triste y ahora lo está más todavía.
-¿Por qué, niño? ¿No estás, acaso, conmigo? ¿No deberías estar contento de saber que he superado el dolor?
Por toda respuesta, Margziam se echa a llorar del todo.
-No sé lo que le pasa. Le he preguntado inútilmente. ¡Y hoy menos me esperaba este llanto! -refunfuña Pedro un poco inquieto.
-Yo, sin embargo, lo sé -dice Juan.
-¡Suerte la tuya! ¿Y por qué llora?
-No llora desde hoy. Hace ya días…
-¡Hombre, ya me he dado cuenta! Pero ¿por qué?
-El Señor lo sabe. Estoy seguro. Y sé que sólo Él tendrá la palabra que consuela -añade Juan sonriendo.
-Es verdad. Lo sé. Y sé que Margziam, discípulo bueno, es un niño, verdaderamente un niño, en este momento, un niño que no ve la verdad de las cosas. Pero, predilecto mío entre todos los discípulos. reflexiona: ¿no ves que he ido a reforzar fes vacilantes, a absolver, a recibir existencias consumidas, a anular venenos de duda inoculados en los más débiles, a responder con un acto de piedad o de rigor a los que aún quieren presentarme batalla, a testificar con mi presencia que he resucitado, donde más empeño se ponía en decir que estaba muerto?; ¿había necesidad, acaso, de ir a ti, niño, cuya fe, esperanza y caridad, cuya voluntad y obediencia conozco?; ¿ir a ti un instante, cuando en realidad te tendré conmigo, como ahora, todavía más veces? ¿Quién, sino tú, y sólo tú entre todos los demás discípulos, celebrará el banquete de Pascua conmigo? ¿Ves a todos éstos? Han celebrado su Pascua, y el sabor del cordero, del caroset y los ázimos y del vino se transformó por entero en ceniza y hiel y vinagre para sus paladares, en las horas que siguieron. Pero Yo y tú, niño mío, la celebraremos jubilosos, y nuestra Pascua será miel que desciende y permanece. Quien entonces lloró ahora gozará. Quien entonces gozó no puede pretender gozar de nuevo.
-Verdaderamente… no estábamos muy contentos ese día… -susurra Tomás.
-Sí. Nos temblaba el corazón… -dice Mateo.
-Y un bullir de sospechas e ira estaban dentro de nosotros, al menos dentro de mí -dice Judas Tadeo.
-Y entonces decís que quisierais celebrar la Pascua suplementaria todos…
-Así es, Señor -dice Pedro.
-Un día te quejaste porque las discípulas y tu hijo no iban a participar en el banquete pascual. Ahora te quejas porque el que no gozó entonces debe recibir su gozo.
-Es verdad. Soy un pecador.
-Y Yo soy "el que se compadece". Quiero que en torno a mí estéis todos; no sólo vosotros, sino también las discípulas. Lázaro nos ofrecerá una vez más su hospitalidad. No quise que estuvieran tus hijas, Felipe, ni vuestras esposas, ni Mirta ni Noemí, ni la jovencita que está con ellas, ni éste. ¡Jerusalén no era lugar adecuado para todos en esos días!
-¡Es verdad! Ha sido una buena cosa el que no estuvieran -suspira Felipe.
-Sí. Habrían visto nuestra cobardía.
-Calla., Pedro. Está perdonada.
-Sí. Pero yo se la he confesado a mi hijo, y creía que ése era el motivo de su tristeza. Se la he confesado porque siempre que la confieso siento un alivio. Es como si me quitara una voluminosa piedra del corazón. Me siento más absuelto cada vez que me humillo. Pero si Margziam está triste porque Tú te has mostrado a otros…
-Por esto y no por otro motivo, padre mío.
-¡Pues alégrate, entonces! Él te ha querido y te quiere. Ya lo ves. De todas formas, yo te había dicho lo de la segunda Pascua…
-Pensaba que la obediencia que Porfiria me había puesto en tu nombre, Señor, la había cumplido demasiado poco gustosamente, y que me castigabas por eso. Y pensaba también que no te aparecías a mí porque odiaba a Judas y a tus verdugos -confiesa Margziam.
-No odies a nadie. Yo he perdonado.
-Sí, mi Señor. No volveré a odiar.
-Y deja de estar triste.
-Ya no estaré triste, Señor.
Margziam, como todos los de edad muy joven, se muestra menos tímido con Jesús que los demás, y, ahora que está seguro de que Jesús no está enojado con él, se abandona a su abrazo con toda confianza; es más, se refugia en pleno, como un polluelo bajo el ala materna, en el cerco del brazo que lo estrecha y, cesando ese pesar que lo ponía triste e inquieto desde hacía muchos días, se duerme feliz.
-Es un niño todavía -observa el Zelote.
-Sí. ¡Pero cuánto ha sufrido! Me lo dijo Porfiria cuando la avisó José de Tiberíades y me lo trajo -le responde Pedro. Luego, al Maestro:
-¡También Porfiria a Jerusalén?
¡Cuánto deseo hay en la voz de Pedro!
-Todas. Quiero bendecirlas antes de subir a mi Padre. También ellas han prestado servicio, y muchas veces mejor que los hombres.
-¿Y donde tu Madre no vas? -pregunta Judas Tadeo.
-Nosotros estamos juntos.
-¿Juntos? ¿Cuándo?
-Judas, Judas, ¿tú crees que Yo, que siempre he hallado alegría a su lado, no voy a estar ahora con Ella?
-Pero María está sola en su casa. Me lo dijo ayer mi madre.
Jesús sonríe y responde: -Detrás del velo del Santo de los Santos entra solamente el Sumo Sacerdote.
-¿Y entonces? ¿Qué quieres decir?
-Que hay bienaventuranzas que no pueden ser descritas ni conocidas. Esto es lo que quiero decir.
Se separa delicadamente a Margziam, confiándolo a los brazos de Juan, que es el más cercano. Se pone en pie. Los bendice. Y mientras ellos, todos de rodillas, agachada la cabeza -menos Juan, que tiene en su regazo la cabeza de Margziam-, reciben su bendición, desaparece.
-Realmente es como ese relámpago de que habla -dice Bartolomé…
Permanecen meditabundos en espera de la puesta de sol.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Es una noche tranquila y sofocante. No hay una brizna de viento. Las estrellas, extendidas, titilantes, atestan el cielo sereno. El lago, calmo e inmóvil -tanto, que parece una vastísima pila resguardada de los vientos-refleja en su superficie la gloria de ese cielo que palpita por los astros que lo pueblan. Los árboles de las orillas son un bloque sin susurros. Tan quieto está el lago, que sus olas, en la orilla, se reducen a un levísimo murmullo.
Hay alguna barca, lago adentro, apenas visible como forma errante que, a trechos, con su farolito atado en el mástil de la vela para dar claridad al interior del bote, pone una estrellita a poca distancia de la superficie de las aguas.
No sé qué parte del lago es. Yo diría que se trata de la parte más meridional, donde el lago se prepara a ser de nuevo río; diría que se trata de la periferia de Tariquea: no porque vea la ciudad me lo impide una espesura arbórea que penetra en el lago formando un pequeño promontorio montuoso-, sino porque lo deduzco de la estrellitas de las luces de las barcas, que se alejan hacia el norte separándose de las orillas del lago. Y digo "periferia" porque una pequeña agrupación de casuchas -tan pocas, que no constituyen siquiera una aldea-están allí concentradas, al pie del pequeño promontorio; casas pobres, situadas
casi en la playa, pertenecientes, sin duda, a pescadores.
Hay algunas barcas fuera del agua, en la pequeña playa, y otras en el agua, junto a la orilla, preparadas ya para navegar, pero tan quietas que, en vez de estar flotando, parecen estar clavadas en el suelo.
Por la puerta de una de estas casuchas, Pedro asoma la cabeza. La luz oscilante de una lumbre encendida en la cocina humosa ilumina por detrás la figura torosa del apóstol, haciéndola resaltar como un boceto. Mira al cielo, mira al lago… Avanza hasta el límite de la playa. Luego -lleva una túnica corta y va descalzo--entra en el agua, hasta medio muslo, y acaricia el borde de una barca extendiendo su brazo musculoso.
Se unen a él los hijos de Zebedeo.
-Bonita noche.
-Dentro de poco saldrá la Luna.
-Noche de pesca.
-Pero con remos.
-No hay viento.
-¿Qué hacemos?
Hablan bajo, con frases cortadas, como hombres acostumbrados a la pesca y a las maniobras de las velas y las redes, que requieren atención y, por tanto, pocas palabras.
-Convendría salir. Venderíamos parte de la pesca.
Se unen a ellos, en la orilla, Andrés, Tomás y Bartolomé.
-¡Qué calor esta noche! -exclama Bartolomé.
-¿Habrá tormenta? ¿Os acordáis de aquella noche? ̀ pregunta Tomás.
-¡No! Calma chicha. Quizás niebla. Pero no tormenta. Yo… yo voy a pescar. ¿Quién viene conmigo?
-Vamos todos. Quizás se esté mejor allá dentro -dice Tomás, que suda; y añade: «A la mujer le hacía falta esa lumbre, pero es como si hubiéramos estado en las termas calientes…
-Voy a decírselo a Simón, que está allí todo solo» -dice Juan.
Pedro ya prepara la barca, junto con Andrés y Santiago.
-¿Vamos hasta casa? Una sorpresa para mi madre… -pregunta Santiago.
-No. No sé si puedo traer a Margziam. Antes de… de la… ¡bueno, sí!… antes de ir a Jerusalén -estábamos todavía en Efraím-el Señor me dijo que quería celebrar la segunda Pascua con Margziam. Pero luego no me ha vuelto a decir nada más…
-A mí me parece que ha dicho que sí -dice Andrés.
-Sí. La segunda Pascua, sí. Pero hacerle venir antes, no sé si quiere. He cometido tantos errores, que… ¡Ah, ¿vienes también tú?!
-Sí, Simón de Jonás. Me recordará muchas cosas esta pesca…
-¡Ya, claro! A todos nos recordará muchas cosas… Cosas que ya no volverán… Íbamos con el Maestro en esta barca por el lago… Y yo la apreciaba como si fuera un palacio, y me parecía que no podía vivir sin ella. Pero, ahora que Él no está en la barca… pues… estoy en ella y no me produce alegría -dice Pedro.
-Ya ninguno siente alegría por las cosas pasadas. Ya no es la misma vida. Y, además, mirando hacia atrás… entre aquellas horas pasadas y estas presentes, están en medio esos momentos horrendos… -suspira Bartolomé.
-Preparados. Venid. Tú, al timón; nosotros, a los remos.
Vamos hacia la curva de Ippo. Es buen sitio. ¡Upa! ¡Op! ¡Upa! ¡Op!
Pedro dirige la boga y la barca se desliza por las aguas quietas. Bartolomé al timón. Tomás y el Zelote haciendo de mozos ayudantes, preparados para echar las redes (ya las tienen extendidas). Se alza la Luna, o sea, supera los montes de Gadara, si no me equivoco. Gamala (en fin, los que están en la costa oriental, pero hacia el sur del lago), y el rayo de la Luna incide en el lago y traza un camino de diamantes sobre las aguas quietas.
-Nos acompañará hasta la mañana.
-Si no viene bruma.
-Los peces dejan el fondo atraídos por la luna.
-Bueno será que tengamos buena pesca. Porque ya no tenemos dinero. Compraremos pan, y a los que están en el monte les llevaremos pescado y pan.
Palabras lentas, con pausas largas entre una y otra voz.
-Remas bien, Simón. ¡No has perdido la boga!… -dice el Zelote admirado.
-Sí… ¡Maldición!
-¿Qué te pasa? -preguntan los otros.
-Lo que me pasa… es que el recuerdo de ese hombre me persigue por todas partes. Me acuerdo de aquel día que íbamos con dos barcas viendo a ver quién remaba mejor, y él…
-Yo, sin embargo, pensaba que una de las primeras veces que tuve la visión de su abismo de perfidia fue aquella vez que encontramos, o mejor: que chocamos, las barcas de los romanos. ¿Os acordáis? -dice el Zelote.
-¡Claro que nos acordamos! ¡En fin!… Él lo defendía… y nosotros… entre las defensas del Maestro y la doblez del… del nuestro, nunca comprendimos bien… -dice Tomás.
-¡Mmm! Yo, más de una vez… Pero Él decía: "¡No juzgues, Simón!".
-Judas Tadeo siempre sospechó de él.
-Lo que no puedo creer es que éste no haya sabido nunca nada -dice Santiago, dando un codazo a su hermano. Pero Juan agacha la cabeza y calla.
-Ya lo puedes decir… -dice Tomás.
-Me esfuerzo en olvidar. Es la orden que he recibido. ¿Por qué queréis hacerme desobedecer?
-Tienes razón. Dejémoslo en paz -dice el Zelote saliendo en defensa de Juan.
-Echad las redes. Lentamente… Remad vosotros. Boga lento. Vira a la izquierda, Bartolomé. Acércate. Vira. Acércate. Vira. ¿Extendida la red? ¿Sí? Arriba los remos y esperamos -ordena Pedro.
¡Qué hermosura la de este lago, encantador, en la paz de la noche, bajo el beso de la Luna! Verdaderamente es paradisíaco, por su pureza. La Luna se refleja toda desde el cielo y viste de diamante las aguas. Su fosforescencia parpadea sobre las colinas y las muestra; viste de nieve las ciudades de las orillas…
De tanto en tanto sacan la red: cascada de diamantes y arpegios sobre la plata del lago; vacía. La sumergen de nuevo. Cambian de posición. No tienen suerte…
Las horas pasan. La Luna se pone, mientras la luz del alba se abre camino, incierta, verdeazul… Una cálida bruma, cerca de las orillas, huma, especialmente hacia el extremo sur del lago. Tiberíades se vela de bruma, y también Tariquea. Es una niebla baja, poco densa, que el primer sol disolverá. Para evitarla, prefieren costear el lado de oriente, donde es menos densa (mientras que en el lado occidental, al venir del aguazal que hay más allá de Tariquea en la ribera derecha del Jordán, se hace más densa, como si el aguazal humara). Bogan atentos para evitar algún peligro del fondo, de este lago que ellos bien conocen.
-¡Vosotros, los de la barca! ¿Tenéis algo para comer?
Una voz masculina viene de la orilla. Una voz que los estremece.
Pero se encogen de hombros y responden con fuerte voz:
-No.
Y luego comentan entre ellos:
-¡Siempre nos parece oírlo!…
-Echad las redes a la derecha y encontraréis.
La derecha está lago adentro. Echan la red, con un poco de perplejidad. Sacudidas, peso que hace inclinar la barca hacia el lado de la red.
-¡Pero si es el Señor! -grita Juan.
-¿El Señor, dices? -pregunta Pedro.
-¿Pero lo dudas? Nos ha parecido su voz. Pero ésta es la prueba. ¡Mira la red! ¡Como aquella vez! ¡Te digo que es Él! ¡Oh, Jesús mío!
-¿Dónde estás?
Todos aguzan la vista, queriendo perforar los velos de la niebla, después de haber asegurado bien la red para arrastrarla tras la estela de la barca, puesto que pretender izarla sería una maniobra peligrosa; y reman para ir a la orilla. Pero Tomás debe agarrar el remo de Pedro, el cual, de prisa y corriendo, se ha puesto la túnica corta encima del cortísimo calzón -que era su único vestido, como es también el único de los otros, excepto de Bartolomé-, se ha echado a nadar al lago, y ahora hiende con grandes brazadas el agua quieta, precediendo a la barca, de forma que es el primero en llegar a la playita desierta, donde, sobre dos piedras protegidas por un matorral espinoso, brilla un fuego de hornija. Y allí, cerca del fuego, está Jesús, sonriente y benévolo.
-¡Señor! ¡Señor!
Pedro jadea a causa de la emoción y no puede decir nada más. Chorrea agua, de forma que no se atreve siquiera a tocar la túnica de su Jesús, y permanece postrado en la arena, con la túnica pegada a sus carnes, adorando.
La barca roza el fondo del guijarral y se detiene. Todos están de pie, inquietos por la alegría…
-Traed aquí algunos de esos peces. La lumbre está preparada. Venid y comed -ordena Jesús.
Pedro corre hasta la barca y ayuda a izar la red. Mete la mano en el montón de peces zigzagueantes y agarra tres de ellos, grandes. Los golpea contra el borde de la barca, para matarlos, y los vacía con su cuchillo. Pero le tiemblan las manos (no de frío, ciertamente). Los enjuaga, los lleva a donde está el fuego, los coloca encima y vigila cómo se asan. Los otros están adorando al Señor, un poco separados de Él; temerosos ante Él, como siempre, ahora que, resucitado, se le ve tan divinamente poderoso.
-Mirad, aquí está el pan. Habéis trabajado toda la noche y estáis cansados. Ahora recuperaréis fuerzas. ¿Ya está, Pedro?
-Sí, mi Señor -dice Pedro con una voz aún más ronca de lo habitual, inclinado hacia el fuego, y se seca los ojos, que gotean, como si el humo, irritándolos, les hiciera llorar, al mismo tiempo que irrita también la garganta. Pero no es el humo el que produce esa voz y esas lágrimas…
Lleva el pescado. Lo ha dispuesto encima de una hoja rasposa -parece una hoja de calabaza-que le ha llevado Andrés después de haberla enjuagado en el lago.
Jesús hace el ofrecimiento y bendice, parte el pan y los peces. Hace ocho partes. Lo distribuye. Él también lo prueba. Comen con la reverencia con que celebrarían un rito. Jesús los mira y sonríe. Pero guarda silencio también Él, hasta que pregunta:
-¿Dónde están los otros?
-En el monte. Donde dijiste. Nosotros hemos venido para pescar porque ya no tenemos dinero y no queremos abusar de los discípulos.
-Hacéis bien. Pero, de ahora en adelante, vosotros, los apóstoles, estaréis en el monte, en oración, edificando con el ejemplo a los discípulos. Enviadlos a ellos a pescar. Conviene que vosotros estéis allí en oración, y también para escuchar a los que necesiten un consejo o puedan ir a daros noticias. Tened muy unidos a los discípulos. Pronto iré Yo.
-Lo haremos, Señor.
-¿Margziam no está contigo?
-No me dijiste que lo trajera tan pronto.
-Dispón que venga. Su obediencia ha terminado.
-Así lo haré, Señor.
Un momento de silencio. Luego Jesús, que había estado un poco con la cabeza agachada, pensando, alza la cabeza y clava la mirada en Pedro. Lo mira con su mirada de las horas de más poderosos milagros y de más poderoso imperio. Pedro se sobresalta, casi de miedo, se echa un poco hacia atrás… Pero Jesús, poniendo una mano en el hombro de Pedro, lo sujeta fuertemente y, teniéndolo así, le pregunta:
-Simón de Jonás, ¿me quieres?
-¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero -responde Pedro con seguridad.
-Apacienta mis corderos… Simón de Jonás, ¿me quieres?
-Sí, mi Señor. Y Tú sabes que te quiero.
En la voz hay menos sentido de seguridad; es más, hay un poco de estupor por la repetición de la pregunta.
-Apacienta mis corderos… Simón de Jonás, ¿me quieres?
-Señor… Tú lo sabes todo… Tú sabes… sabes si te quiero… -le tiembla la voz a Pedro, que está seguro de su amor, pero que tiene la impresión de que Jesús no esté seguro.
-Apacienta mis ovejas. Tu triple profesión de amor ha borrado tu triple negación. Estás todo puro, Simón de Jonás. Y Yo te digo: asume la vestidura pontifical y lleva a mi rebaño la Santidad del Señor. Cíñete las vestiduras a tu cintura y tenlas bien ceñidas, hasta que, de Pastor, también tú pases a ser cordero. En verdad te digo que cuando eras más joven tú solo te ceñías e ibas a donde querías, pero, cuando seas anciano, extenderás las manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no querrías ir. Pero ahora soy Yo el que te dice: "Cíñete y sígueme por mi mismo camino". Álzate y ven.
Se alza Jesús y se alza Pedro. Van hacia la orilla. Los otros se ponen a apagar el fuego ahogándolo bajo la arena.
Pero Juan, recogidos los restos del pan, sigue a Jesús. Pedro oye el roce de los pasos y vuelve la cabeza. Ve a Juan y, señalándoselo a Jesús, dice:
-¿Y de él qué será?
-Si quiero que permanezca hasta que Yo regrese, ¿a ti qué?
Tú sígueme.
Ya están en la orilla. Pedro quisiera decir todavía algo, pero la majestuosidad de Jesús y las palabras que ha oído lo retienen. Se arrodilla -imitado en esto por los otros-y adora. Jesús los bendice y se despide de ellos, que suben a la barca y se marchan remando. Jesús los mira mientras se alejan.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
I. A la madre de Analía.
Elisa, la madre de Analía, llora desconsoladamente en su casa, cerrada dentro de un cuarto de reducidas dimensiones, donde hay una cama pequeña sin cobertores, que quizás es la de Analía. Tiene la cabeza relajada sobre los brazos, desmayados a su vez, extendidos sobre la cama como para abrazarla por entero. El cuerpo pesa, desfallecido, sobre las rodillas. Lo único vigoroso es su llanto.
Poca luz entra por la ventana abierta. El día ha renacido hace poco. Pero una luz viva brilla cuando entra Jesús.
Digo "entra" para expresar que está en el cuarto, mientras que antes no estaba. Y lo diré siempre así para significar sus apariciones en lugares cerrados, sin repetirme respecto a cómo Él se descubre tras una gran luminosidad que recuerda a la de la Transfiguración, tras un fuego blanco -se me permita la comparación-que parece licuar paredes y puertas para permitirle entrar con su verdadero, respirador, sólido Cuerpo glorificado (un fuego, una luminosidad que se repliega sobre Él y lo oculta cuando se marcha). Después, adquiere el aspecto hermosísimo de Resucitado, pero Hombre, verdaderamente Hombre, de una belleza centuplicada respecto a la que ya tenía antes de la Pasión. Es Él, pero glorioso, Rey.
-¿Por qué lloras, Elisa?
No sé cómo la mujer no reconoce esa Voz inconfundible.
Quizás el dolor la aturde. Responde como si hablara con un pariente que, quizás, ha ido donde ella después de la muerte de Analía.
-¿Has oído ayer por la tarde a esos hombres? Él no era nada. Poder mágico, no divino. Y yo que me resignaba a la muerte de mi hija figurándomela amada por un Dios, en paz… ¡Me lo había dicho!… -llora aún más fuerte.
-Pero muchos lo han visto resucitado. Sólo Dios puede resucitarse por sí mismo.
-Esto se lo dije yo también a los de ayer. Tú lo oíste. Me opuse a sus palabras, porque sus palabras significaban la muerte de mi esperanza, de mi paz. Pero ellos -¿lo oíste?- ellos dijeron: "No es más que una comedia de sus seguidores, para no reconocer su falta de cordura. Él está muerto y bien muerto, y ya en estado de descomposición han robado su cadáver y lo han destruido, y dicen que ha resucitado". Esto dijeron… Y también dijeron que por eso el Altísimo ha mandado el segundo terremoto, para hacerles sentir su ira por su sacrílego embuste. ¡Oh, ya no tengo consuelo!
-Pero si vieras al Señor resucitado, con tus ojos, y lo palparas con tus manos, ¿creerías?
-No soy digna de ello… Pero ¡claro que creería! Me bastaría con verlo. No me atrevería a tocar sus Carnes, porque, si así fuera, serían carnes divinas, y una mujer no puede acercarse al Santo de los Santos.
-¡Alza la cabeza, Elisa, y mira quién tienes delante!
La mujer alza la cabeza cana, alza la cara desfigurada por el llanto, y ve… Cae más aún su cuerpo, gravitando más en los talones; se restriega los ojos; abre la boca, por un grito que quiere subir pero que el estupor estrangula en la garganta…
-Soy Yo. El Señor. Toca mi Mano. Bésala. Me has sacrificado tu hija. Lo mereces. Y halla de nuevo, en esta Mano, el beso espiritual de tu hija. Está en el Cielo. Bienaventurada. Dirás esto a los discípulos, y se lo dirás este día.
La mujer está tan arrobada, que no se atreve a llevar a cabo ese gesto. Es Jesús mismo el que le aprieta la punta de sus dedos contra los labios.
-¡Oh! ¡¡¡Verdaderamente has resucitado!!! ¡Feliz! ¡Soy feliz! ¡Bendito seas, Tú que me has consolado!
Se inclina para besarle los pies, y lo hace, y se queda así.
La luz sobrenatural envuelve en su esplendor a Cristo y la habitación queda vacía de Él; pero la madre tiene el corazón lleno de inquebrantable certeza.
II. A María de Simón, en Keriot, con Ana, madre de Yoana, y el anciano Ananías.
Es la casa de Ana, madre de Yoana; la casa de campo donde Jesús, acompañado de la madre de Judas, obró el milagro de la curación de Ana. También aquí una habitación, y una mujer que yace sobre un lecho; irreconocible ella, de tan desfigurada como está a causa de una mortal angustia.
Su rostro aparece consumido, devorado por la fiebre que enciende los pómulos, salientes de tan ahondados como están los carrillos. Los ojos, dentro de un círculo negro, rojos de fiebre y llanto, están semicerrados bajos los párpados hinchados. Donde no hay enrojecimiento de fiebre hay amarillez intensa, verdastra, como por bilis esparcida en la sangre. Los brazos descarnados, las manos afiladas, están desmayados sobre las mantas que un veloz jadeo levanta.
Junto a la enferma, que no es sino la madre de Judas, está la madre de Yoana, Ana, secando lágrimas y sudor, agitando un abanico, cambiando en la frente y la garganta de la enferma paños impregnados en un vinagre aromatizado, acariciando a la enferma las manos y los sueltos cabellos, esos cabellos que, en poco tiempo, han pasado a ser más blancos que negros y que están esparcidos sobre la almohada o aglutinados por el sudor tras las orejas ahora transparentes. Y llora también Ana, diciendo palabras de consuelo:
-¡Así no, María! ¡Así no! ¡Basta! Él… él ha pecado. Pero tú, tú sabes cómo el Señor Jesús…
-¡Calla! Ese Nombre… diciéndomelo a mí… se profana…
¡Soy la madre… del Caín… de Dios! ¡Ay!
El llanto quedo se transforma en extremo, lacerante sollozo. La mujer siente ahogarse, se agarra al cuello de su amiga, que la socorre; un vómito bilioso le sale por la boca.
-¡Cálmate! ¡Cálmate, ¡María! ¡Así no! ¡Oh!, ¿qué puedo decirte para convencerte de que Él, el Señor, te quiere? ¡Te lo repito! ¡Te lo juro por las cosas para mí más santas: por el Salvador y por mi hija! Él me lo dijo cuando lo condujiste a mí. Él tuvo para ti palabras y detalles de un amor infinito. Tú eres inocente. Él te quiere. Estoy segura, segura estoy de que se entregaría otra vez por darte paz, pobre madre mártir.
-¡Madre del Caín de Dios! ¿Oyes? El viento, ahí afuera… lo dice… Va por el mundo la voz… la voz del viento, y dice: "María de Simón, madre de Judas, el que traicionó al Maestro y lo entregó a sus crucifixores". ¿Oyes? Todo lo dice… El arroyo, ahí afuera… Las tórtolas… las ovejas… Toda la Tierra grita que soy yo… No, no quiero curarme. ¡Morir es lo que quiero!… Dios es justo y no descargará su mano contra mí en la otra vida. Pero aquí, no. El mundo no perdona… no distingue… Me vuelvo loca porque el mundo grita…: "¡Eres la madre de Judas!".
Vuelve a caer, exhausta, sobre la almohada. Ana la coloca y sale para llevarse los paños ya sucios…
María, con los ojos cerrados, exangüe después del esfuerzo realizado, gimiendo, dice:
-¡La madre de Judas!, ¡de Judas!, ¡de Judas!
Jadea. Luego continúa:
-Pero ¡qué es Judas? ¿Qué di a luz? ¿Qué es Judas? ¡Qué di…?
Jesús está en la habitación, que una trémula luz clarea (y es que todavía la luz del día es demasiado escasa como para iluminar esta vasta habitación, en la que la cama está en el fondo, muy lejos de la única ventana que hay). Llama dulcemente:
-¡María! ¡María de Simón!
La mujer está casi en estado de delirio y no da relevancia a la voz. Está ausente, enajenada dentro de los torbellinos de su dolor, y repite las ideas que obsesionan su cerebro, monótonamente, como el tictac de un péndulo:
-¡La madre de Judas! ¿Qué di a luz? El mundo grita: "¡La madre de Judas!"…
Jesús tiene dos lágrimas en el lagrimal de sus ojos dulcísimos. Me asombran mucho. No creía que Jesús pudiera llorar después de su resurrección…
Se agacha. ¡La cama es tan baja para Él tan alto…! Pone la mano en la frente febril, apartando los paños impregnados en vinagre, y dice:
-Un desdichado. Esto. Nada más. Si el mundo grita, Dios cubre el grito del mundo diciéndote: "Ten paz, porque Yo te quiero". ¡Pobre madre, mírame! Recoge tu espíritu desorientado y ponlo en mis manos. ¡Soy Jesús!…
María de Simón abre los ojos como saliendo de una pesadilla y ve al Señor, siente su Mano en su frente, se lleva las manos temblorosas a la cara y, gimiendo, dice:
-¡No me maldigas! Si hubiera sabido lo que engendraba, me habría arrancado las entrañas para impedir que naciera.
-Y habrías pecado. ¡María! ¡Oh, María! No te apartes de tu justicia por el pecado de otro. Las madres que han cumplido con su tarea no deben considerarse responsables del pecado de sus hijos. Tú has cumplido con tu deber, María. Dame tus pobres manos. Pobre madre, tranquilízate.
-Soy la madre de Judas. Impura estoy como todo lo que ese demonio tocó. ¡Madre de un demonio! No me toques.
Forcejea tratando de evitar las Manos divinas, que quieren sujetarla.
Las dos lágrimas de Jesús le caen a la mujer en la cara, que otra vez está encendida de fiebre.
-Yo te he purificado, María. Tienes en ti mis lágrimas de piedad. Por ninguno he llorado desde que consumí mi dolor. Pero por ti lloro con toda mi amorosa piedad.
Ha logrado tomarle las manos y se sienta, sí, realmente se sienta en el borde la cama, y tiene esas manos temblorosas entre las suyas.
La piedad amorosa de sus fúlgidos ojos acaricia, envuelve, a la infeliz, que se calma y llora quedamente, y susurra:
-¿No me guardas rencor?
-Te tengo amor. He venido por esto. Ten paz.
-¡Tú perdonas! ¡Pero el mundo! ¡Tu Madre! Me odiará.
-Ella piensa en ti como en una hermana. El mundo es cruel. Es verdad. Pero mi Madre es la Madre del Amor, y es buena. Tú no puedes ir por el mundo, pero Ella vendrá a ti cuando todo esté en paz. El tiempo pacifica…
-Hazme morir, si me quieres…
-Todavía un poco. Tu hijo no supo darme nada. Tú dame un tiempo de tu sufrimiento. Será breve.
-Mi hijo te dio demasiado… Te dio el horror infinito.
-Y tú el dolor infinito. El horror ha pasado. Ya no tiene utilidad Tu dolor sí; se une a estas llagas mías, y tus lágrimas y mi Sangre lavan al mundo. Todo el dolor se une para lavar al mundo. Tus lágrimas están entre mi Sangre y el llanto de mi Madre, y alrededor está todo el dolor de los santos que sufrirán por Cristo y por los hombres, por amor mío y amor a los hombres. ¡Pobre María!
La recuesta dulcemente, le cruza las manos, la mira mientras se tranquiliza…
Vuelve Ana. Se queda atónita en la puerta.
Jesús, que de nuevo se ha alzado, la mira diciendo:
-Has obedecido a mi deseo. Para los obedientes, paz. Tu alma me ha comprendido. Vive en mi paz.
Baja de nuevo los ojos hacia María de Simón, que lo mira detrás de un fluir de lágrimas ahora más serenas; y le sonríe y le dice todavía:
-Pon todas tus esperanzas en el Señor. El te dará todas sus consolaciones.
La bendice y hace ademán de marcharse.
María de Simón emite un grito apasionado:
-¡Se dice que mi hijo te traicionó con un beso! ¿Es verdad, Señor? Si es así, deja que yo lo lave besándote las Manos. ¡No puedo hacer otra cosa! No puedo hacer otra cosa para borrar… para borrar…
El dolor le vuelve, más fuerte.
Jesús, ¡oh!, no es que le dé a besar las Manos -esas Manos que quedan semicubiertas por la ancha manga de la cándida túnica, que pende hasta la mitad del metacarpo y esconde las heridas-, lo que hace es que toma la cabeza de la mujer entre sus manos y se agacha para rozar con los labios divinos la frente ardiente de esta mujer desdichadísima entre todas las mujeres. Y al alzarse le dice:
-¡Mis lágrimas y mi beso! Ninguno ha recibido tanto de mí. Quédate, pues, con la paz de saber que entre tú y Yo no hay sino amor.
La bendice y, cruzando rápidamente la habitación, sale detrás de Ana, que no se ha atrevido a entrar ni a hablar, sino que sólo llora de emoción. Pero, una vez en el pasillo que lleva a la puerta de casa, Ana se atreve a hablar, a hacer la pregunta que tiene en su corazón:
-¿Mi Yoana?
-Desde hace quince días goza en el Cielo. No lo he dicho ahí porque demasiado grande es el contraste entre tu hija y su hijo.
-¡Es verdad! ¡Gran congoja! Creo que morirá de ello.
-No. No enseguida.
-Ahora tendrá más paz. La has consolado. ¡Tú, Tú que más que nadie…!
-Yo que más que nadie me compadezco de ella. Yo soy la divina Compasión. Soy el Amor. Te digo, mujer, que hubiera bastado con que Judas me hubiera dirigido una mirada de arrepentimiento para que le hubiera obtenido el perdón de Dios…
¡Qué tristeza hay en el rostro de Jesús!
La mujer se siente impresionada por esta tristeza. Palabras y silencio luchan en sus labios, pero es mujer, y la curiosidad la vence. Pregunta:
-Pero fue una… un… Sí, lo que quiero decir es que si ese desdichado pecó de repente o…
-Hacía meses que pecaba. Y tan fuerte era su voluntad de pecar, que ninguna palabra mía ni acto mío valieron para frenarlo. Pero no le digas esto a ella…
-¡No se lo diré!… ¡Señor! Fíjate, cuando Ananías, que en la misma noche de la Parasceve había huido de Jerusalén sin siquiera concluir la Pascua, entró aquí gritando: "¡Tu hijo ha traicionado al Maestro y lo ha entregado a sus enemigos! Con un beso lo ha traicionado. Y yo he visto al Maestro cargado de golpes y esputos, flagelado, coronado de espinas, cargando con la cruz, crucificado y muerto por obra de tu hijo. Y los enemigos del Maestro gritan nuestro nombre con un repugnante sentido de triunfo. Y se narran las hazañas de tu hijo, que ha vendido al Mesías por menos de lo que cuesta un cordero y lo ha señalado ante la gente armada con un beso de traición", María cayó al suelo, ennegrecida de repente. Y el médico dice que se esparció su hiel y se rompió su hígado, quedando corrompida toda su sangre. Y… el mundo es malo… ella tiene razón… Tuve que traerla aquí, porque en Keriot se acercaban a la casa para gritar: "¡Tu hijo deicida y suicida! ¡Se ha ahorcado! Belcebú ha atrapado su alma, y hasta ha ido por el cuerpo Satanás". ¿Es verdad que ha sucedido este horrendo prodigio?
-No, mujer. Fue hallado muerto colgado de un olivo…
-¡Ah! Y gritaban: "Cristo ha resucitado y es Dios. Tu hijo ha traicionado a Dios. Eres la madre del traidor de Dios. Eres la madre de Judas". De noche, con Ananías y un criado fiel, el único que me ha quedado, porque ninguno ha querido permanecer al lado de ella… la traje aquí. Pero María oye esos gritos en el viento, en el rumor de la tierra, en todo.
-¡Pobre madre! Es horrendo, sí.
-¿Pero ese demonio no pensó en esto, Señor?
-Era una de las razones que yo usaba para pararlo. Pero no fue eficaz. Judas, que nunca había amado con verdadero amor ni a su padre ni a su madre ni a ningún prójimo suyo, llegó a odiar a Dios.
-¡Sí, nunca había amado!
-Adiós, mujer. Que mi bendición te conforte para soportar los ultrajes del mundo por tu piedad con María. Besa mi mano. A ti te la puedo enseñar; a ella le habría hecho demasiado daño el ver esto-Retira la manga, descubriendo así la muñeca traspasada.
Ana emite un gemido mientras roza apenas con los labios la punta de los dedos.
Se oye el ruido de una puerta que se abre y un grito ahogado:
-¡El Señor!
Un hombre ya entrado en años se arrodilla y permanece postrado.
-Ananías, bueno es el Señor. Ha venido a confortar a tu pariente y también a nosotros -dice Ana, que quiere también confortar al anciano en su demasiada gran emoción.
Pero el hombre no se atreve a hacer movimiento alguno. Llora mientras dice: -Somos de una sangre horrible. No puedo mirar al Señor.
Jesús se acerca a él. Le toca la cabeza y dice las mismas palabras ya dichas a María de Simón:
-Los parientes que han cumplido con su deber no deben considerarse responsables del pecado de su pariente.
¡Ánimo, Ananías! Dios es justo. La paz a ti y a esta casa.
Yo he venido y tú irás a donde te envío. Para la Pascua suplementaria los discípulos estarán en Betania. Irás a ellos y les dirás que el duodécimo día después de su muerte viste en Keriot al Señor, vivo y verdadero, en Carne y Alma y Divinidad. Te creerán, porque ya mucho he estado con ellos. Pero los confirmará en la fe en mi Naturaleza divina el saber que estoy en todas partes en el mismo día. Y antes, hoy mismo, irás a Keriot y le pedirás al arquisinagogo que reúna al pueblo, y dirás en presencia de todos que Yo he venido aquí, y que recuerden las palabras de mi despedida. Te dirán: "¿Por qué no ha venido a nosotros?". Responderás así: "El Señor me ha dicho que os diga que, si hubierais hecho lo que Él os había dicho que hicierais respecto a la madre no culpable, se habría mostrado. Habéis faltado contra el amor y el Señor no se ha mostrado por eso". ¿Lo harás?
-¡Es difícil esto, Señor! ¡Difícil de hacer! Todos nos consideran leprosos del corazón… No me escuchará el arquisinagogo y no me dejará que hable al pueblo. Quizás me pegue… De todas formas, puesto que Tú lo quieres, lo haré.
El anciano no alza la cabeza; habla permaneciendo inclinado en actitud de postración profunda.
-¡Mírame, Ananías!
El hombre alza un rostro trémulo de veneración.
Jesús refulge y está hermoso como en el Tabor… La luz lo cubre, celando su aspecto y su sonrisa… Y vacío de Él se queda el pasillo, sin que ninguna puerta se haya movido para abrirle paso.
Los dos adoran, siguen adorando, en adoración viviente convertidos por la divina manifestación.
III. A los niños de Yuttá con su mamá Sara.
Es el huerto de la casa de Sara. Los niños juegan bajo los frondosos árboles. El más pequeño se revuelca junto a una tupida hilera de vides; los otros, más mayores, corren unos tras otros con gritos de golondrinas festivas, jugando a esconderse tras los setos y las vides y a descubrirse.
Jesús se aparece junto al pequeñuelo a quien dio el nombre. ¡Oh, santa sencillez de los inocentes! Iesaí no se asombra al verlo ahí de repente, sino que tiende a Él sus bracitos para que Jesús lo suba en brazos, y Jesús lo hace: la máxima naturalidad en el acto de ambos.
Acuden presurosos, los otros y -también aquí se ve esa sencillez gozosa de los niños-, sin expresiones de asombro, se acercan a Él felices. Parece como si para ellos nada hubiera cambiado. Quizás no saben lo que ha sucedido. Pero, después de la caricia de Jesús a cada uno de ellos, María, la más grandecita y de juicio más maduro, dice: -Entonces, ahora que has resucitado, ¿ya no sufres, Señor? ¡He sufrido mucho!…
-Ya no sufro. He venido a bendeciros antes de subir al Cielo, al Padre mío y vuestro. Pero desde allí seguiré bendiciéndoos siempre, si sois siempre buenos. Decid a los que me quieren que os he dejado hoy a vosotros mi bendición. Recordad este día.
-¿No entras en casa? Está nuestra mamá. A nosotros no nos creerán -dice María. Pero su hermano no pregunta. Grita:
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡El Señor está aquí!… -y, corriendo hacia la casa, repite ese grito.
Sara, presurosa, sale, se asoma… a tiempo de ver a Jesús, hermosísimo en el linde del huerto, anulándose en la luz que lo absorbe…
-¡El Señor! ¿Pero por qué no me habéis llamado antes?… -dice Sara en cuanto puede hablar.
-¿Pero cuándo? ¿Por dónde ha venido? ¿Estaba solo? ¡Qué calamidades que sois!
-Lo hemos encontrado aquí. Un minuto antes no estaba… Por el camino no ha venido, ni tampoco por el huerto. Y tenía en brazos a Iesaí… y nos ha dicho que había venido a bendecirnos y a darnos la bendición para los que lo quieren de Yuttá, y que recordemos este día. Ahora va al Cielo. Pero nos querrá si somos buenos. ¡Qué guapo estaba! Tenía las manos heridas. Pero ya no le hacen daño. También los pies estaban heridos. Los he visto entre la hierba. Esa flor de ahí tocaba justo la herida de un pie. Voy a cogerla… -hablan todos al tiempo, encendidos de emoción. Hasta sudan con la ansiedad de hablar.
Sara los acaricia susurrando:
-¡Dios es grande! Vamos. Venid. Vamos a decírselo a todos. Hablad vosotros, que sois inocentes. Vosotros podéis hablar de Dios.
IV Al jovencito Yaia, en Pel.la.
El jovencito está trabajando con ardor en cargar un carrito de verduras (recogidas en un huerto cercano). El burrito golpea con su casco en el suelo duro del camino campestre.
Al volverse para coger un canasto de lechugas, ve a Jesús, que le sonríe. Deja caer el cesto al suelo y se arrodilla; se restriega los ojos, incrédulo de lo que ve, y susurra:
-¡Altísimo, no me pongas ante un espejismo; no permitas, Señor, que me engañe Satanás con falsas imágenes seductoras! ¡Mi Señor está bien muerto! Y fue sepultado y ahora dicen que robaron el cadáver. ¡Piedad, Señor altísimo! Muéstrame la verdad.
-Yo soy la Verdad, Yaia. Yo soy la Luz del mundo. Mírame. Veme. Por esto te devolví la vista, para que pudieras dar testimonio de mi poder y de mi Resurrección.
-¡Oh, es realmente el Señor! ¡Eres Tú! ¡Sí! ¡Tú eres Jesús!
Se arrastra de rodillas para besarle los pies.
-Dirás que me has visto y que has hablado conmigo, y que estoy bien vivo. Dirás que me has visto hoy. La paz a ti y mi bendición.
Yaia está otra vez solo. Feliz. Se olvida del carrito y de las verduras. En vano el burro patea inquieto el camino y rebuzna protestando por la espera… Yaia está en éxtasis.
Una mujer sale de la casa cercana al huerto y lo ve allí, pálido de emoción y con un rostro ausente. Grita:
-¡Yaia! ¿Qué te pasa? ¿Qué te ha sucedido?
Se acerca a él, lo zarandea, le hace volver a este mundo…
-¡El Señor! ¡He visto al Señor resucitado! Le he besado los pies y le he visto las llagas. Han mentido. Era realmente Dios y ha resucitado. Yo tenía miedo de que fuera un engaño. ¡Pero es Él! ¡Es El!
La mujer tiembla por un escalofrío de emoción y susurra:
-¿Estás completamente seguro?
-Tú eres buena, mujer. Por amor a Él nos has aceptado como criados, a mí y a mi madre. ¡No quieras no creer!…
-Si tú estás seguro, creo. ¿Pero era verdaderamente de carne y hueso? ¿Estaba caliente? ¿Respiraba? ¿Hablaba? ¿Tenía verdaderamente voz o sólo te lo ha parecido?
-Estoy seguro. Su carne tenía el calor de la carne viva. Era una voz verdadera. Era respiración. Hermoso como Dios, pero Hombre como yo y como tú. Vamos, vamos a decírselo a los que sufren o dudan.
V. A Juan de Nob.
El anciano está solo en su casa, pero sereno. Está arreglando una especie de silla que se ha desclavado por un lado. Sonríe (¿quién sabe ante qué sueño?).
Llaman a la puerta. El anciano, sin dejar su trabajo, dice:
-¡Adelante! ¿Qué queréis, vosotros que venís? ¿Todavía de aquéllos? ¡Soy viejo para cambiar! Aunque todo el mundo me gritara: "¡Está muerto!", yo diría: "Está vivo". Aunque ello me acarreara la muerte. ¡Pasad, pues!
Se levanta para ir a la puerta, para ver quién es el que llama y no entra. Pero, cuando está ya cerca, la puerta se abre y Jesús entra.
-¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Mi Señor! ¡Vivo! ¡He creído y viene a premiar mi fe! ¡Bendito! Yo no he dudado. En mi dolor dije: "Si me ha mandado el cordero para el banquete de alegría, señal es de que este día resucitará". Entonces comprendí todo. Cuando moriste y la tierra tembló, comprendí lo que hasta ese momento no había entendido. Y parecí un loco, en Nob, porque, tras la puesta del sol del día siguiente del sábado, preparé el banquete y fui a invitar a unos mendigos diciendo: "¡Ha resucitado nuestro Amigo!". Ya se decía que no era verdad. Se decía que habían robado tu cadáver por la noche. Pero yo creí, porque desde que moriste comprendí que morías para resucitar, y que ésta era la señal de Jonás.
Jesús, sonriendo, lo deja hablar. Luego pregunta:
-¿Y ahora quieres todavía morir, o quieres seguir viviendo para dar testimonio de mi gloria?
-¡Lo que Tú quieras, Señor!
-No. Lo que tú quieras.
El anciano piensa. Luego decide:
-Sería hermoso salir de este mundo en el que ya no estás como antes. Pero renuncio a la paz del Cielo para decir a los incrédulos: "¡Yo lo he visto!"
Jesús le pone la mano en la cabeza, lo bendice y añade:
-Pero pronto llegará también la paz y tú vendrás a mí con el grado de confesor del Cristo.
Y se marcha. Aquí, quizás por piedad hacia el longevo anciano, no ha dado una forma maravillosa a su aparecer y desaparecer, sino que, en todo, se ha manifestado como si fuera el Jesús de antes, que entraba y salía de una casa humanamente.
VI. A Matías, el solitario de los aledaños de Yabés Galaad.
Está trabajando el anciano en sus verduras. Monologa:
-Todos estos bienes los tengo por Él. Y Él no los saboreará ya nunca más En vano he trabajado. Yo creo que Él era el Hijo de Dios, que ha muerto y resucitado. Pero ya no es el Maestro que se sienta a la mesa del pobre o del rico y comparte con igual amor… quizás, bueno, seguro, con más amor… el alimento con el pobre y con el rico. Ahora es el Señor resucitado. Ha resucitado para confirmarnos en la fe a nosotros sus fieles. Y esa gente dice que no es verdad. Que nadie nunca se ha resucitado a sí mismo. Nadie. No. Ningún hombre. Pero Él sí. Porque Él es Dios.
Da unas palmadas para que se alejen sus palomas, que bajan a robar semillas de la tierra recientemente layada y sembrada, y dice:
-¡Ya es inútil que criéis! ¡Él no comerá ya de vuestra prole! ¿Y vosotras, inútiles abejas? ¿Para qué fabricáis la miel? Había abrigado la esperanza de tenerlo conmigo, al menos una vez ahora que soy menos pobre. Todo ha prosperado aquí después de su venida… ¡Ah!, pero con ese dinero que nunca he tocado quiero ir a Nazaret, donde su Madre, y decirle: "Hazme siervo tuyo, pero déjame aquí donde tú estás, porque tú eres todavía Él"…
Se seca una lágrima con el dorso de la mano…
-Matías, ¿tienes un pan para un peregrino?
Matías alza la cabeza. Pero estando, como está, de rodillas, no ve quién es el que habla detrás del alto seto que rodea su pequeña propiedad perdida en esta soledad verde que es este lugar de la Transjordania. Pero responde:
-Quienquiera que seas, ven, en nombre del Señor Jesús.
Y se pone en pie para abrir la barrera.
Se encuentra enfrente a Jesús y se queda con la mano en el cerrojo, sin poder hacer ya ningún movimiento.
-¿No me quieres como huésped, Matías? Una vez me abriste tu casa. Te estabas lamentando de no poder hacerlo ya. Estoy aquí… ¿y no me abres? -dice Jesús sonriendo.
-¡Oh! Señor… yo… yo… no soy digno de que mi Señor entre aquí… Yo…
Jesús pasa la mano por encima de la barrera y libera el cerrojo diciendo:
-El Señor entra donde quiere, Matías.
Entra, se adentra en el humilde huerto, va hacia la casa y ya en el umbral de la puerta, dice:
-Sacrifica, pues, a los hijos de tus palomas. Saca de la tierra tus verduras. Recoge la miel de tus abejas. Compartiremos el pan, y no habrá sido inútil tu trabajo ni vano tu deseo. Y amarás este lugar; sin ir a Nazaret, donde pronto habrá silencio y abandono. Yo estoy en todas partes, Matías. El que me ama está conmigo, siempre. Mis discípulos estarán en Jerusalén. Allí surgirá mi Iglesia. Haz plan de estar en la Pascua suplementaria.
-Perdóname, Señor, pero no supe resistir en aquel lugar, y huí. Había llegado a la hora nona del día antes de la Parasceve, y al día siguiente… ¡Oh, huí por no verte morir! Sólo por eso, Señor.
-Lo sé. Y sé que volviste -uno de los primeros-para llorar ante mi sepulcro. Pero ya estaba vacío. Yo ya no estaba en él. Sé todo. Mira, Yo me siento aquí y descanso. Aquí siempre he descansado… Y los ángeles lo saben.
El hombre se pone manos a la obra. Pero se mueve con gestos tan reverentes, que parece moverse dentro de una iglesia. De vez en cuando se seca una lágrima que quiere mezclarse con su sonrisa, mientras va y viene para tomar los pichones, matarlos, prepararlos, atizar la lumbre, arrancar y enjuagar las verduras, disponer en un plato los higos tempranos, aparejar la pobre mesa con las mejores piezas de vajilla. Ya está todo preparado. Pero ¿cómo sentarse a comer? Quiere servir, y ello ya le parece mucho; no quiere nada más.
Pero Jesús, que ha ofrecido y bendecido los alimentos, le da la mitad del pichón (lo ha cortado y ha puesto la carne en un trozo de hogaza que antes ha untado en el jugo).
-¡Como a un predilecto! -dice el hombre, y come, llorando de alegría y de emoción, sin quitar los ojos de Jesús, que come… que bebe, que saborea las verduras, la fruta, la miel, y que le ofrece su copa después de haber bebido un sorbo de vino. Antes había bebido sólo agua.
Termina la comida.
-Estoy bien vivo. Ya lo ves. Y tú bien contento. Recuerda que hace doce días Yo moría por voluntad de los hombres. Pero que nula es la voluntad de los hombres cuando no goza del consenso de la voluntad de Dios. Es más, la voluntad contraria de los hombres se vuelve instrumento servil de la Voluntad eterna. Adiós, Matías. Porque he dicho que conmigo estará quien me haya dado de beber, quien dio de beber cuando era el Peregrino al respecto del cual todavía era lícito tener dudas; así, Yo te digo: tú tendrás parte en mi Reino celeste.
-¡Pero ahora te pierdo, Señor!
-Veme en todos los peregrinos, en todos los mendigos, en todos los enfermos, en todos los que necesitan pan, agua y ropa. Yo estoy en todos los que sufren, y lo que se hace con uno que sufre a mí se me hace.
Abre los brazos bendiciendo y desaparece.
VII. A Abraham de Engadí, que muere en sus brazos.
La plaza de Engadí: templo hipóstilo de palmeras susurrantes. La fuente: espejo para este cielo abrileño. Las palomas: murmullo bajo de órgano.
El anciano Abraham la cruza con sus instrumentos de trabajo cargados al hombro. Aún más viejo, pero sereno, como quien hubiera hallado calma después de mucha tempestad. Cruza también el resto de la ciudad y va a las viñas cercanas a las fuentes, las hermosas viñas fecundas, ya llenas de promesas de vendimia copiosa. Entra, se pone a sachar, a podar, a atar. De vez en cuando se endereza, se apoya en la azada y piensa. Se alisa esa barba suya patriarcal, suspira, menea la cabeza… desarrollando un discurso interior.
Un hombre muy arropado en su manto sube por el camino hacia las fuentes y las viñas. Digo: un hombre. Pero es Jesús, porque es su indumento y es su modo majestuoso de andar. Pero para el viejo es un hombre. Y el Hombre pregunta a Abraham:
-¿Puedo hacer un alto aquí?
-Sagrada es la hospitalidad. No se la he negado nunca a nadie. Ven. Entra. Te sea dulce el descanso a la sombra de mis vides. ¿Quieres leche? ¿Pan? Te daré lo que poseo, aquí.
-¿Y Yo que te puedo dar? No tengo nada.
-El que es el Mesías me ha dado todo, por todos los hombres. Y por mucho que dé, nada doy respecto a lo que Él me ha dado.
-¿Sabes que lo han crucificado?
-Sé que ha resucitado. ¿Eres tú un crucifixor? Yo no puedo odiar, porque E1 no quiere odio. Pero, si pudiera, te odiaría si lo fueras.
-No soy un crucifixor suyo. Estáte tranquilo. Tú, entonces, sabes todo sobre Él.
-Todo. Y Eliseo, que es mi hijo, no ha vuelto de Jerusalén. Había dicho: "Despídeme, padre, porque dejo todos los bienes para predicar al Señor. Iré a Cafarnaúm, a buscar a Juan, y me uniré a los discípulos fieles".
-¿Entonces tu hijo te ha dejado? ¿Tan anciano y tan solo?
-Esto que llamas abandono es mi gozo soñado. ¿No me había despojado de él la lepra? ¿Y quién me lo devolvió? El Mesías. ¿Y lo pierdo, acaso, porque predique al Señor? ¡Por supuesto que no! Lo encontraré de nuevo en la vida eterna. Pero… hablas de una manera que despierta en mí sospechas. ¿Eres un emisario del Templo? ¿Vienes a perseguir a los que creen en el Resucitado? ¡Descarga tu mano! No huyo. No imito a los tres sabios del pasado lejano. Yo me quedo. Porque, si caigo por Él, lo encuentro en el Cielo y se cumple mi súplica del año anterior a éste.
-Es verdad. Tú dijiste entonces: "He esperado ansiosamente al Señor y É1 se ha inclinado hacia mí".
-¿Cómo lo sabes? ¿Eres uno de sus discípulos? ¿Estabas aquí con Él cuando le hice esta súplica? ¡Oh, si lo eres, ayúdame a hacerle llegar mi grito, para que lo recuerde.
Se postra, creyendo que está hablando con un apóstol.
-Abraham de Engadí, Soy Yo, y te digo: "Ven".
Jesús le abre los brazos manifestándose, y lo invita a lanzarse a ellos, a abandonarse en su Corazón.
Entra en ese momento en la viña un niño, seguido por un jovencito; viene llamando:
-¡Padre! ¡Padre! Venimos en tu ayuda.
Pero el trinado grito del niño queda ahogado por el poderoso grito del anciano, un verdadero grito de liberación:
-¡Sí, voy!
Y Abraham se arroja a los brazos de Jesús, gritando todavía estas palabras: -¡Jesús, Mesías Santo! ¡En tus manos encomiendo mi espíritu!
¡Oh, muerte dichosa! ¡Muerte que envidio! Sobre el Corazón de Cristo, en la paz serena del campo floreciente de Abril…
Jesús deposita serenamente al anciano sobre la hierba florecida que ondea con la brisa; lo deposita al pie de una hilera de vides, y, a los niños, que se han quedado casi llorando atónitos y asustados, les dice:
-No lloréis. Ha muerto en el Señor. ¡Bienaventurados los que mueren en Él! Id, niños, a avisar a los de Engadí de que su arquisinagogo ha visto al Resucitado y Él ha escuchado su súplica. ¡No lloréis! ¡No lloréis!
Los acaricia mientras los guía hacia la salida.
Luego vuelve donde el difunto y le alisa la barba y el pelo, le baja los párpados que habían quedado semicerrados, lo extiende encima del manto que Abraham se había quitado para trabajar y le coloca los brazos y las piernas.
Está allí hasta que oye voces procedentes del camino. Entonces se yergue. Espléndido… Los que llegan lo ven. Gritan. Aceleran su ya veloz marcha para llegar donde Jesús. Pero Él se cela a sus miradas en el fulgor de un rayo más vivo que el Sol.
VIII. A Elías, el esenio del Carit.
La soledad áspera de la abrupta montaña por cuyo pie corre el Carit. Elías orando, aún más flaco y barbado, vestido con una áspera túnica de lana, ni gris ni marrón, que le hace semejante a las rocas que lo rodean.
Oye un ruido como de viento o trueno. Alza la cabeza. Jesús ha aparecido sobre una peña suspendida en equilibrio sobre el precipicio por cuyo fondo corre el torrente.
-¡El Maestro!
Se arroja al suelo, rostro en tierra.
-Yo, Elías. ¿No sentiste el terremoto de Parasceve?
-Lo sentí y bajé a Jericó y a casa de Nique. No encontré a ninguno de los que te quieren. Pedí noticias sobre ti. Me pegaron. Luego sentí otra vez temblar la tierra, pero más ligeramente, y volví aquí, en actitud de penitencia, pensando que se había abierto el dique de la ira celeste.
-De la Misericordia divina. Yo he muerto y he resucitado. Mira mis llagas. Únete, en el Tabor, a los siervos del Señor y diles que te he enviado Yo.
Lo bendice y desaparece.
IX. A Dorca y a su hijo, en el castillo de Cesárea de Filipo.
El hijo de Dorca, sujetado por su madre, da los primeros pasos sobre el bastión de la fortaleza. Dorca, estando encorvada, no ve aparecer al Señor. Pero cuando, habiendo dejado un poco libre al niñito y viendo que éste camina seguro y rápido hacia el ángulo del bastión, se yergue para correr (para impedir que se caiga, y quizás perezca, si pasa por entre las almenas o pasajes hábilmente hechos para las armas ofensivas), entonces ve a Jesús, que está recogiendo en su pecho al infante y lo está besando.
La mujer no se atreve a moverse. Pero grita, grita fuerte; un grito que hace levantar la cabeza a los que están en los patios, y hace asomar las caras por las ventanas: -¡El Señor! ¡El Señor! ¡El Mesías está aquí! ¡Ha resucitado verdaderamente!
Pero, antes de que la gente pueda acudir, Jesús ya ha desaparecido.
-¡Estás loca! ¡Soñabas! Un juego de luz te ha hecho ver un fantasma.
-¡Estaba bien vivo! Mirad cómo mira mi hijo hacia allá.
Mirad, tiene en sus manos una linda manzana, tan linda como su carita. La está mordiendo con sus dientecitos y sonríe. Yo no tengo manzanas…
-Nadie tiene manzanas maduras en estos días, y tan frescas… -dicen impresionados.
-Vamos a preguntarle a Tobías -dicen algunas mujeres.
-¿Pero qué pretendéis! ¡Apenas sabe decir "mamá"! -dicen algunos hombres en tono sarcástico.
Pero las mujeres se agachan hacia el niñito y dicen:
-¿Quién te ha dado la manzana?
Y esa boca, que casi no sabe pronunciar las más elementales palabras, sonriente toda con sus diminutos dientecitos y sus encías todavía vacías, dice segura:
-Jesús.
-¡Oh!
-¡Claro, le llamáis Iesaí! Sabe decir su nombre.
-¿Jesús tú o Jesús el Señor? ¿Qué Señor? ¿Dónde lo has visto? -insisten, apremiantes, las mujeres.
-Allí, el Señor. Jesús el Señor.
-¿Dónde está? ¿A dónde se ha ido?
-Allí.
Señala hacia el cielo lleno de sol, y ríe feliz mordiendo su manzana.
Y, mientras los hombres se marchan meneando la cabeza, Dorca dice a las mujeres:
-Estaba hermoso. Parecía vestido de luz. Y tenía en las manos la señal de los clavos, rojas como una gema en medio de una gran blancura. He visto bien, porque tenía al niño así -y repite el gesto de Jesús.
Acude el superintendente. Pide que le repitan lo acaecido, piensa, concluye:
-El salmo (8, 3) lo dice: "En la boca de los niños y de los lactantes has puesto la alabanza perfecta". ¿Y por qué no va a ser así?
Ellos son inocentes. Y nosotros… Recordemos este día…
-¡Qué va hombre… lo que hago es que voy al pueblo donde están los discípulos! Voy a ver si está allí el Rabí… Pero el caso es que… había muerto… ¡En fin!…
Y diciendo este « ¡en fin!», que se concluye internamente, el superintendente se marcha, mientras las mujeres, exaltadas, siguen haciendo preguntas al niño, que ríe y repite: «Jesús, allí. Y luego allí. Jesús Señor», y señala al lugar donde estaba Jesús, luego hacia el sol, tras el que lo vio desaparecer, feliz, feliz.
X. A las personas reunidas en la sinagoga de Quedes.
La gente de Quedes está reunida en la sinagoga y comenta con el viejo Matías, el arquisinagogo, los últimos acontecimientos. La sinagoga aparece más bien semioscura, y es que las puertas están cerradas y las cortinas de las ventanas echadas, cortinas gruesas apenas movidas por el viento de Abril.
Un relámpago ilumina el interior de la sinagoga. Parece un relámpago, pero es la luz que precede a Jesús. Y Jesús, ante el estupor de las muchas personas presentes, se manifiesta. Abre los brazos y, bien visibles, aparecen las heridas de las manos; y también de los pies, porque se ha presentado en el último de los tres peldaños que conducen a una puerta cerrada. Dice:
-He resucitado. Os recuerdo la disputa que hubo entre mí y los escribas. A esta generación malvada le he dado la señal que había prometido. La señal de Jonás. A quien me ama y me es fiel le doy mi bendición.
Nada más. Ha desaparecido.
-¡Era Él! ¿De dónde? ¡Y estaba vivo! ¡Él lo había dicho! ¡Ahora comprendo! La señal de Jonás: tres días en las entrañas de la Tierra y luego la resurrección…
Murmullo de comentarios…
XI. A un grupo de rabíes en Yiscala.
Un grupo venenoso de rabíes que tratan de persuadir de sus exigencias a algunos hombres que titubean. Lo que quieren es conseguir que éstos vayan donde Gamaliel, que se ha encerrado en su casa y no quiere ver a nadie.
Dicen estos hombres:
-Os decimos que no está aquí. No sabemos dónde está. Ha venido. Ha consultado unos rollos. Se ha marchado. No ha dicho una sola palabra.
Y otros añaden:
-Tenía un aspecto tan alterado, y estaba tan envejecido, que metía miedo.
Con gesto de descortesía, los rabíes dan la espalda a estos que están hablando, y se marchan diciendo:
-¡Gamaliel también está loco, como Simón! ¡No es verdad que el Galileo ha resucitado! No es verdad. ¡No es verdad! No es verdad que es Dios. No es verdad. Nada es verdad. Sólo nosotros estamos en la verdad.
El propio afán con que dicen que no es verdad muestra su miedo a que sea verdad y su necesidad de afianzarse.
Han bordeado la pared de la casa, ahora van en dirección a la tumba de Hil.lel. Mientras siguen ladrando sus negaciones, alzan la cara… y huyen lanzando un grito.
Jesús, bonísimo con los buenos, está allí, lleno de terrible potencia, con los brazos abiertos como en la cruz… Las llagas en las manos rojean como si todavía gotearan sangre. No dice una sola palabra. Pero sus miradas fulminan.
Los rabíes huyen, caen, vuelven a levantarse, se hieren contra plantas y piedras, enloquecidos, trastornados por el miedo. Asemejan a homicidas a los que se condujera a la presencia de la víctima.
XII. A Joaquín y María, en Bosra.
-¡María! ¡María! ¡Joaquín y María! ¡Venid fuera!
Los dos, que están en una habitación tranquila e iluminada por una lámpara, ella cosiendo, él haciendo cuentas, alzan la cabeza, se miran… Joaquín, palideciendo de miedo, susurra:
-¡La voz del Rabí! Viene de la otra vida…
La mujer, aterrada, se abraza al hombre.
Pero la llamada se repite, y los dos, bien estrechados el uno con el otro, para infundirse valor recíprocamente, se atreven a salir, a ir en la dirección de la voz.
En el jardín, iluminado por el hocino de una luna nueva, resplandece, envuelto por una luz más fuerte que muchas lunas, Jesús. La luz lo rodea y lo hace Dios; la sonrisa dulcísima y la mirada amorosa lo hacen Hombre:
-Id a decir a los de Bosra que me habéis visto vivo y real. Y decidlo en el Tabor, tú, Joaquín, a los que estén congregados allí.
Los bendice. Desaparece.
-¡Era Él! ¡No era un sueño! Yo… Mañana voy a Galilea. ¿Ha dicho al Tabor, verdad?…
XIII. A María de Jacob, en Efraím.
La mujer está amasando harina para hacer pan. Se vuelve al oír que la llaman. Ve a Jesús. Rostro en tierra, las manos en el suelo, muda de adoración, un poco asustada.
Jesús habla:
-Dirás a todos que me has visto y que te he hablado. El Señor no está sujeto al sepulcro. He resucitado al tercer día, como había predicho. Perseverad, vosotros que estáis en mi camino, y no os dejéis seducir por las palabras de los que me crucificaron. Mi paz a ti.
XIV A Síntica, en Antioquía.
Síntica está preparando una bolsa de viaje. Es de noche. En efecto, puesta encima de una mesa, junto a 1a mujer, que está doblando unos vestidos, arde una lámpara pequeña, temblorosa, de luz bastante limitada.
La habitación se ilumina vivamente. Síntica alza la cabeza, asombrada, para ver qué es lo que sucede, de dónde viene esa luz tan clara en esa habitación enteramente cerrada. Pero, antes de ver, Jesús la previene:
-Soy Yo. No temas. Me he mostrado a muchos para confirmarlos en la fe. También a ti me muestro, discípula obediente y fiel. He resucitado. ¿Ves? Ya no tengo dolor. ¿Por qué lloras?
La mujer, ante la belleza del Glorificado, no encuentra las palabras… Jesús le sonríe para animarla, y añade:
-Soy el mismo Jesús que te acogió en el camino cerca de Cesárea. Supiste hablar entonces, estando tan atemorizada como estabas y siendo Yo para ti "el Desconocido", ¿y ahora no sabes decirme una palabra?
-¡Oh, Señor! Yo me estaba marchando… para quitarme del corazón tanta inquietud y dolor.
-¿Por qué dolor? ¿No te han dicho que había resucitado?
-Han dicho y han contradicho. Pero no me han turbado sus contradicciones. Yo sabía que no podías descomponerte en un sepulcro. He llorado por tu martirio. He creído en tu resurrección antes incluso de que me la refirieran. Y he seguido creyendo cuando han venido otros a decirme que no era verdad. Pero quería ir a Galilea. Pensaba: a Él ya no lo puedo perjudicar. Él ahora es más Dios que Hombre. No sé si me sé expresar bien…
-Comprendo tu pensamiento.
-Y decía: lo adoraré, y veré a María. Pensaba que Tú no ibas a permanecer mucho tiempo entre nosotros. De forma que estaba acelerando la partida. Decía: una vez vuelto al Padre, como Él decía, su Madre estará un poco triste dentro de su alegría. Porque es un alma, pero es también una madre… Y voy a tratar de consolarla, ahora que está sola… ¿Era soberbia yo!
-No. Compasiva. Le referiré a mi Madre este pensamiento tuyo. Pero no vayas allá. Quédate aquí donde estás y sigue trabajando para mí. Ahora más que antes. Tus hermanos, los discípulos, tienen necesidad del trabajo de todos para poder propagar mi doctrina. Me has visto, María está confiada a Juan. Cesen todas tus penas. Podrás fortalecer tu espíritu en la certidumbre de haberme visto y con la potencia de mi bendición.
Síntica siente grandes deseos de besarlo. Pero no se atreve. Jesús le dice:
-Ven.
Y ella se determina a arrastrarse de rodillas hasta Jesús, y hace el ademán de besarle los pies. Pero ve las dos llagas y no se atreve a hacerlo. Susurra:
-¡Qué te hicieron¡
Luego pregunta:
-¿Y Juan-Félix?
-Vive feliz. Sólo recuerda el amor, y en él vive. La paz a ti, Síntica.
Desaparece.
La mujer permanece en su actitud de adoración, de rodillas, alzada la cara, las manos un poco tendidas hacia delante, lágrimas en el rostro, una sonrisa en los labios…
XV. Al levita Zacarías.
Es una habitación pequeña. Pensativo está sentado, reclinada la cabeza sobre una mano, Zacarías, el levita.
-No abrigues dudas, no acojas las voces que te turban. Yo soy la Verdad y la Vida. Mírame. Tócame.
El joven, que al oír las primeras palabras ha levantado la cara y ha visto a Jesús, y luego ha caído de rodillas, grita:
-¡Perdóname, Señor! He pecado. He acogido dentro de mí la duda acerca de tu verdad.
-Más que tú, son culpables los que tratan de seducir tu espíritu. No cedas a sus tentaciones. Soy cuerpo vivo y real. Siente el peso y el calor, la consistencia y la fuerza de mi Mano.
Lo toma por un antebrazo y lo alza con fuerza, diciendo:
-Álzate y camina por los caminos del Señor. Al margen de la duda y del miedo. Bienaventurado serás si sabes perseverar hasta el final.
Lo bendice y desaparece.
El joven, pasados unos instantes de perpleja maravilla, sale precipitadamente de la habitación gritando:
-¡Madre! ¡Padre! He visto al Maestro. ¡No es verdad lo que dicen los otros! No estaba loco. No queráis persistir en creer en la mentira. No. Bendecid conmigo al Altísimo, que ha tenido piedad de su siervo. Me marcho. Voy a Galilea. Encontraré a algunos de los discípulos. Voy a decirles que crean, que realmente ha resucitado.
No toma consigo ninguna bolsa con alimento o vestidos. Se echa el manto encima y sale presuroso, sin dar siquiera tiempo a sus padres de salir de su estupor y poder intervenir para retenerlo.
XVI. A una mujer de la llanura de Sarón, que obtiene la curación de su hijo enfermo.
Un camino litoral. Quizás es el que une Cesárea con Joppe, o quizás otro; no lo sé. Lo que sé es que veo campos hacia dentro y el mar hacia fuera, azul vivo después de la línea amarillenta de la orilla. El camino es, esto sí es seguro, una arteria romana: su pavimentación lo atestigua.
Una mujer llorando va por él en las primeras horas de una mañana serena. La aurora poco ha que ha nacido. La mujer debe estar cansadísima porque de vez en cuando se detiene y se sienta en un poste kilométrico o en el mismo camino.
Y luego vuelve a alzarse y sigue, como si algo le aguijara a andar a pesar del fuerte cansancio.
Jesús, un viandante arropado en su manto, se pone a su lado. La mujer no lo mira. Camina absorta en su dolor. Jesús le pregunta
-¿Por qué lloras, mujer? ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas tan sola?
-Vengo de Jerusalén y vuelvo a mi casa.
-¿Lejos?
-A mitad de camino entre Joppe y Cesárea.
-¿A pie?
-En el valle, antes de Modín, unos bandidos me han quitado el burro y todo lo que llevaba el animal.
-Ha sido una imprudencia venir sola. No es costumbre ir solos para la Pascua.
-No había venido para la Pascua. Me había quedado en casa, porque tengo, espero tenerlo todavía, un hijito enfermo. Mi marido había ido con los otros. Yo dejé que se adelantara, y cuatro días después fui yo. Porque dije:
"Sin duda, Él estará en Jerusalén para la Pascua. Lo buscaré". Tenía un poco de miedo. Pero dije: "No hago nada malo. Dios lo ve. Yo creo. Y sé que es bueno. No me rechazará, porque…" -Para de hablar, como con miedo, y dirige una fugaz mirada al hombre que va caminando a su lado, tan tapado que apenas se le ven los ojos, esos inconfundibles ojos de Jesús.
-¿Por qué callas? ¿Tienes miedo de mí? ¿Crees que soy enemigo del que tú buscabas? Porque buscabas al Maestro de Nazaret, para pedirle que fuera a tu casa a curar al niño mientras tu marido estaba ausente…
-Veo que eres profeta. Así es. Pero cuando llegué a la ciudad el Maestro había muerto.
El llanto la ahoga…
-Ha resucitado. ¿No lo crees?
-Lo sé. Lo creo. Pero yo… Pero yo… durante algunos días, también he tenido la esperanza de verlo… Se dice que se ha mostrado a algunos. Y he retardado mi salida de la ciudad… cada día que pasaba una congoja, porque… mi hijo está muy enfermo… Mi corazón está dividido… Ir para consolarlo en su muerte… Quedarme para buscar al Maestro… No pretendía que fuera a mi casa; pero sí, que me prometiera la curación.
-¿Y habrías creído? ¿Tú piensas que desde lejos?…
-Creo. ¡Oh, si me hubiera dicho: "Ve en paz, que tu hijo se curará", no habría dudado. Pero no lo merezco porque… llora, apretándose el velo contra los labios como para impedirles hablar.
-Porque tu marido es uno de los acusadores y verdugos de Jesucristo. Pero Jesucristo es el Mesías. Es Dios. Y Dios es justo, mujer. No castiga a un inocente por el culpable.
No tortura a una madre porque un padre sea pecador. Jesucristo es Misericordia viva…
-¡No serás tú uno de sus apóstoles! ¡Quizás sabes dónde está Él! Tú… Quizás te ha enviado a mí Él para decirme esto. Ha sentido, ha visto mi dolor, mi fe, y te envía a mí igual que a Tobías el Altísimo mandó al arcángel Rafael (Tobías 5-12). Dime si es así, y yo, a pesar de estar tan cansada que hasta tengo fiebre, volveré sobre mis pasos para buscar al Señor.
-No soy un apóstol. Pero en Jerusalén se quedaron los apóstoles bastantes días después de su Resurrección…
-Es verdad. Hubiera podido dirigirme a ellos.
-Eso es. Ellos continúan al Maestro.
-No creía que pudieran hacer milagros.
-Aún los han hecho…
-Pero ahora… Me han dicho que sólo uno permaneció fiel, y yo no creía…
-Sí. Tu marido te ha dicho eso, escarneciéndote movido por su delirio de falso triunfador. Pero Yo te digo que el hombre puede pecar, porque sólo Dios es perfecto. Y puede arrepentirse. Y, si se arrepiente, su fortaleza crece, y Dios le aumenta sus gracias por su contrición. ¿No perdonó, acaso, a David el Señor altísimo? (2 Samuel 12, 13)
-¿Pero quién eres? ¿Quién eres, que hablas con tanta dulzura y sabiduría, si no eres apóstol? ¿Eres un ángel? El ángel de mi hijo. Quizás es que ha expirado y Tú has venido a prepararme…
Jesús deja caer, de la cabeza y de la cara, el manto, y, pasando del aspecto modesto de un peregrino común a la majestuosidad suya de Dios-Hombre, resucitado de la muerte, dice con dulce solemnidad:
-Soy Yo. El Mesías crucificado en vano. Soy la Resurrección y la Vida. Ve, mujer. Tu hijo vive porque he premiado tu fe. Tu hijo está curado. Porque, aunque la misión del Rabí de Nazaret haya terminado, la del Emmanuel continúa hasta el final de los siglos para todos los que tienen fe en el Dios Uno y Trino, y esperanza en el Dios Uno y Trino, y caridad hacia el Dios Uno y Trino, del que el Verbo encarnado es una Persona, que por divino amor ha dejado el Cielo para venir a enseñar, a padecer y morir para dar a los hombres la Vida. Ve en paz, mujer. Y sé fuerte en la fe, porque ha llegado el tiempo en que en una familia el marido esté contra su esposa, el padre contra los hijos y éstos contra su padre, por odio o amor hacia mí. ¡Y bienaventurados aquellos a los que la persecución no aparte de mi Camino!
La bendice y desaparece.
XVII. A unos pastores en el Gran Hermón.
Un grupo de rebaños y pastores. Han hecho un alto en su marcha en unas laderas de espléndidos pastos. Hablan de los acontecimientos de Jerusalén. Están apenados. Se dicen unos a otros:
-Ya no tendremos en la Tierra al Amigo de los pastores -y evocan los muchos momentos en que se encontraron, acá o allá, con Él…
-Encuentros -dice un anciano -que no volveremos a tener.
Jesús aparece, como saliendo de una espesura de tupidas y enmarañadas frondas, de un bosque de altos troncos abrazados por matorrales que impiden la visión del sendero. No lo reconocen en este hombre solitario, y, viéndolo tan envuelto en vestiduras blancas, comentan en tono bajo:
-¿Quién es? ¿Un esenio? ¿Aquí? ¿Un fariseo rico?
Muestran perplejidad.
Jesús pregunta:
-¿Por qué decís que no volveréis a encontraros con el Señor? Porque este de que habláis es el Señor.
-Lo sabemos. ¿Y Tú no sabes lo que le hicieron? Ahora hay quien dice que ha resucitado, y hay quien dice que no. Pero aunque, como preferimos creer nosotros, haya resucitado, se habrá marchado. ¿Cómo puede seguir amando a un pueblo que lo ha crucificado? ¿Cómo puede seguir entre la gente de ese pueblo? Y nosotros, que lo queríamos, aunque no todos lo habíamos conocido, estamos tristes porque lo hemos perdido.
-Hay una manera de tenerlo todavía. Él lo enseñaba.
-¡Sí! Haciendo lo que Él enseñaba. Entonces se tiene el Reino de los Cielos y se está con Él. Pero antes uno debe vivir y luego morir. Y Él ya no está en medio de nosotros para confortarnos.
Menean la cabeza.
-Hijitos míos, los que viven lo que Él ha enseñado, teniendo en el corazón su enseñanza, es como si tuvieran a Jesús en su corazón. Porque Palabra y Doctrina son una sola cosa. No era un Maestro que enseñara cosas que no fueran como Él era. Por eso, el que hace lo que Él ha dicho tiene a Jesús vivo dentro y no está separado de Él.
-Así es. Pero somos pobres seres humanos y… queremos ver también con los ojos para sentir bien la alegría… Yo no lo vi nunca, y tampoco mi hijo; ni Jacob, ése; ni Melquías, ése; ni ése, Santiago; ni Saúl. ¿Ves? Ya entre nosotros, sin ir más lejos, hay muchos que no lo han visto. Lo buscábamos siempre, y cuando llegábamos ya se había marchado.
-¿No estabais en Jerusalén ese día?
-¡Sí que estábamos! Pero cuando supimos lo que querían hacerle huimos como locos a los montes, y volvimos a la ciudad después del sábado. No somos culpables de su Sangre, porque no estábamos en la ciudad. Pero hicimos mal siendo cobardes. Al menos, lo habríamos visto, y dirigido nuestro saludo. Sin duda, nos habría bendecido por nuestro saludo… Pero no, verdaderamente no tuvimos el valor de verlo entre tormentos…
-Él os bendice ahora. Mirad a Aquel cuyo Rostro deseáis
conocer.
Se manifiesta, espléndidamente divino sobre el verdor del prado. Y ante su estupor, que les hace arrojarse al suelo, pero que también clava sus pupilas en el Rostro divino, desaparece envuelto en un fulgor de luz.
XVIII. Al niño que era ciego de nacimiento, en Sidón.
E1 niño está jugando completamente solo bajo una tupida enramada. Oye que lo llaman y se encuentra delante a Jesús. Le pregunta, bien poco tímido:
-¿Pero Tú eres el Rabí que me dio los ojos? -y clava sus límpidos ojos de niño, de un azul igual que el de los de Jesús, en loa fulgurantes ojos divinos.
-Soy Yo, niño. ¿Tú no tienes miedo de mí? -Lo acaricia en la cabeza.
-Miedo no. Pero yo y mamá lloramos mucho cuando mi padre volvió antes de lo previsto y nos dijo que había huido porque habían apresado al Rabí para matarlo. No hizo la Pascua y tiene que marcharse otra vez para hacerla. Pero ¿entonces no moriste?
-Morí. Mira las heridas. Morí en la cruz. Pero he resucitado. Vas a decirle a tu padre que se detenga un tiempo en Jerusalén después de la segunda Pascua, y que esté en las cercanías del Monte de los Olivos, en Betfagé. Allí encontrará a alguien que le dirá lo que ha de hacer.
-Mi padre pensaba buscarte. Durante la Fiesta de los Tabernáculos no pudo hablar contigo. Quería decirte que te quería por los ojos que me diste. Pero no pudo hacerlo entonces, ni tampoco ha podido esta vez…
-Lo hará con la fe en mí. Adiós, niño. La paz a ti y a tu familia.
XIX. A los campesinos de Jocanán.
La Luna besa los campos de Jocanán. Silencio absoluto. Las
pobres moradas de los labriegos, en una noche de bochorno que obliga a tener abierta al menos la puerta para no morir de calor en esas habitaciones bajas en que se agrupan demasiados cuerpos respecto a la cabida de los espacios.
Jesús entra en una de esas habitaciones. Parece como si la propia Luna alargara su rayo para poner una alfombra regia sobre el suelo de tierra. Se inclina hacia uno de los que duermen, que está boca abajo por el pesado sueño cargado de fatiga. Lo llama. Pasa a otro, y a otro. Llama a todos estos fieles y pobres amigos suyos. Pasa ligero y rápido como un ángel en vuelo. Entra en otros cuchitriles…
Luego va a esperarlos fuera, al pie de un grupo de árboles.
Los labriegos, medio dormidos, salen de sus chamizos: dos, tres, uno solo, cinco juntos, algunas mujeres. Están asombrados de haber sido llamados así, por una voz conocida que ha dicho a todos las mismas palabras: «Venid al pomar».
Van allí, terminando de ponerse las pobres ropas los hombres, o de fijarse los cabellos las mujeres, y hablan en voz baja.
-A mí me ha parecido la voz de Jesús de Nazaret.
-Quizás su espíritu. Lo han matado. ¿Habéis oído?
-Yo no puedo creerlo. Era Dios.
-Pues Joel lo vio incluso pasar cargado de la cruz…
-A mí me han dicho ayer, mientras esperaba a que el encargado hiciera sus compraventas, que han pasado por Jesrael los discípulos y han dicho que realmente ha resucitado.
-¡Calla! Ya sabes lo que dice el patrón. A1 que diga esto le espera la flagelación.
-La muerte, quizás. Pero ¿no sería mejor que sufrir de esta manera?
-¡Y ahora ya no está Él!
-Ahora que han conseguido matarlo son incluso peores.
-Son malos porque ha resucitado.
Hablan en voz baja mientras se dirigen al punto que les ha sido indicado.
-¡El Señor! -grita una mujer (y es la primera en caer de rodillas).
-¡Su fantasma! -gritan otros. Y algunos tienen miedo.
-Soy Yo. No temáis. No gritéis. Acercaos. Soy realmente Yo. He venido a confirmar vuestra fe, que sé que se ve insidiada por otros. ¿Veis? Mi Cuerpo proyecta sombra porque es verdadero cuerpo. No estáis soñando, no. Mi voz es verdadera voz. Soy el mismo Jesús que compartía con vosotros el pan y os daba amor. También ahora os doy amor.
Enviaré a mis discípulos a vosotros. Y seguiré siendo Yo, porque ellos os darán lo que Yo os daba y lo que les he dado para entrar en comunión con los que creen en mí.
Soportad vuestra cruz, como Yo he soportado la mía. Sed pacientes. Perdonad. Os dirán cómo morí. Imitadme. El camino del dolor es el camino del Cielo. Seguidlo con paz y tendréis el Reino mío. No hay otro camino sino el de la resignación a la voluntad de Dios y la generosidad y la caridad hacia todos. Si hubiera habido otro, os lo habría indicado.
Yo lo he recorrido, porque es el auténtico camino. Sed fieles a la Ley del Sinaí, que es inmutable en sus diez preceptos, y a mi Doctrina. Vendrán los que os van a instruir para que no estéis abandonados a las maniobras de los malvados. Yo os bendigo. Recordad siempre que os he amado y que he venido a vosotros antes y después de mi glorificación. En verdad os digo que muchos desearían verme ahora, pero no me verán. Muchos grandes. Pero Yo me muestro a los que amo y me aman.
Uno de los hombres se resuelve a decir:
-Entonces… ¿existe verdaderamente el Reino de los Cielos? ¿Tú eres verdaderamente el Mesías? Ellos tratan de influir en nosotros…
-No escuchéis sus palabras. Recordad las mías y acoged las de los discípulos míos que conocéis. Son palabras veraces. Y quien las acoge y practica, aunque aquí sea siervo o esclavo, será ciudadano y coheredero de mi Reino.
Los bendice abriendo los brazos y desaparece.
-¡Oh! ¡Yo… yo ya no temo nada!
-Y yo tampoco. ¿Has oído? ¡También para nosotros hay un lugar!
-¡Debemos ser buenos!
-¡Perdonar!
-¡Tener paciencia!
-Saber resistir.
-Buscar a los discípulos.
-Ha venido a visitarnos a nosotros, que somos unos pobres siervos.
-Se lo diremos a sus apóstoles.
-¡Si lo supiera Jocanán!
-¡Y Doras!
-Nos matarían para que no habláramos.
-Pero nosotros guardaremos silencio. Sólo se lo diremos a los siervos del Señor.
-Miqueas, ¿no tienes que ir con aquella carga a Seforí? ¿Por qué no vas a Nazaret a decir…?
-¿A quién?
-A la Madre. A los apóstoles. Quizás estén con Ella…
Se alejan comentando en voz baja sus proyectos.
XX. A Daniel, pariente del fariseo Elquías, con el Anciano Simón.
Elquías, el fariseo, con otros de su misma índole, está deliberando sobre las medidas que deben tomarse con el Anciano Simón (el que echó de su casa al padre, por haberse hecho seguidor de Jesús, Quien lo colocó con un justo en su negocio, aún allí, Simón mandó asesinar a su propio padre), el cual, enloquecido el viernes santo, habla y dice demasiadas cosas. Varias son las propuestas.
Hay quien propone aislarle en algún lugar desierto, donde sus gritos no puedan ser oídos sino por un criado fidelísimo y de las mismas ideas que ellos; hay quien, más benigno, confía en que, siendo un trastorno pasajero, bastaría dejarlo donde está.
Elquías responde:
-Lo he traído aquí porque no sabía a qué otro lugar llevarlo. Pero vosotros sabéis que tengo muchas dudas sobre mi pariente Daniel…
Otros, más malvados aún que Elquías, dicen:
-Quiere huir, irse por el mar. ¿Por qué no complacerlo?
-Porque es incapaz de actos ordenados. En el mar él solo perecería; y ninguno de nosotros es capaz de guiar una barca.
-¡Y aunque lo fuéramos! ¿Qué sucedería en el lugar de llegada con esas cosas que dice? Dejadlo a él elegir el camino… En presencia de todos, incluso de tu pariente, haz que él exprese su voluntad: y que se haga como él desea.
Se aprueba esta propuesta. Elquías, llamando a un criado, ordena que lleven a Simón y llamen a Daniel. Aparecen ambos, y, si Daniel tiene aspecto de un hombre que se siente violento en compañía de cierta gente, el otro tiene verdaderamente el aspecto de un demente.
-Óyenos, Simón. Dices que te tenemos prisionero porque queremos matarte…
-Debéis. Porque ésa es la orden.
-Tú deliras, Simón. Calla y escucha. ¿Dónde te parecería que te curarías?
-En el mar. En el mar. En medio del mar, donde no hay ninguna voz, donde no hay ningún sepulcro; porque los sepulcros se abren y salen los muertos y mi madre dice…
-¡Calla! Escucha. Nosotros te estimamos. Como si fueras carne nuestra. ¿Estás seguro de que quieres ir al mar?
-Claro que lo quiero. Porque aquí los sepulcros se abren y mi madre…
-Pues irás. Te llevaremos al mar, te daremos una barca y tú…
-¡Haciendo eso, cometéis un homicidio! ¡Está fuera de sí! ¡No puede ir solo! -grita el honesto Daniel.
-Dios no fuerza la voluntad del hombre. ¿Podríamos nosotros hacer lo que Dios no hace?
-¡Pero él no razona! No tiene voluntad ya. ¡Tiene menos inteligencia que un recién nacido! ¡No podéis…!
-Tú calla, que no eres más que un labriego. Nosotros sabemos… Mañana partiremos para el mar. Puedes estar contento, Simón. ¿Al mar, comprendes?
-¡Ah! ¡Dejaré de oír las voces de la Tierra! Ya sin las voces… ¡Ah! -un grito largo, un espasmo de agitación, un taparse los ojos y los oídos. Y otro grito, el de Daniel, que huye aterrorizado.
-¿Pero qué pasa? ¿Qué sucede? ¡Parad a ese loco y a ese necio! ¿Pero es que estamos todos perdiendo el juicio? -grita Elquías.
Pero ese al que Elquías llama "el necio", o sea, su pariente Daniel, tras haber corrido durante unos metros, se postra en el suelo; el otro, por el contrario, en el sitio en que está, echa espuma mientras sufre una convulsión horrorosa, y grita, grita:
-¡Hacedle callar! ¡No está muerto, y grita, grita, grita! ¡Más que mi madre, más que mi padre, más que en el Gólgota! ¡Allí, allí! ¿No veis allí? -Señala hacia donde está Daniel, sereno, sonriente, alzado su rostro, después de haber estado rostro en tierra.
Elquías llega adonde Daniel. Lo zarandea bruscamente, furioso, sin ocuparse de Simón, que se revuelca por el suelo y echa espuma y emite gritos bestiales en el centro del aterrorizado círculo que forman los demás. Elquías increpa a Daniel:
-Visionario ocioso, ¿quieres decirme qué es lo que haces?
-Déjame. Ahora te conozco. Y me alejo de ti. He visto -para mí benigno, para vosotros terrible-a Aquel que queréis hacerme creer que está muerto. Yo me marcho. Más que el dinero y todas las otras riquezas, lo que tutelo es mi alma. ¡Adiós, maldito! Y, si puedes, procura merecer el perdón de Dios.
-¿Pero, a dónde vas? ¿A dónde? ¡Yo no quiero!
-¿Tienes, acaso, el derecho de tenerme prisionero? ¿Quién te ha dado ese derecho? Te dejo a ti lo que tú amas y sigo lo que yo amo. Adiós -le vuelve la espalda y se marcha rápido, como arrastrado por una fuerza sobrehumana, hacia abajo, por la ladera vestida del verde de olivos y árboles frutales.
Elquías -y no sólo él-está lívido. La ira los ahoga a todos. Elquías amenaza venganza contra su pariente, contra todos los que «con sus frenesíes», dice, afirman que el Galileo vive. Quiere decir quiere actuar…
Uno -no sé quién es-dice:
-Actuaremos, actuaremos, pero no podremos cerrar todas las bocas, ni las pupilas, que hablan porque ven. ¡Estamos derrotados! Pesa sobre nosotros el delito. Ahora viene la expiación… -y se golpea el pecho, envuelto en una angustia que le hace parecerse a uno que esté subiendo los peldaños de un patíbulo -La venganza de Yeohveh -dice, y todo el terror milenario de Israel aflora en su voz.
Entretanto, herido, echando espuma, aterrorizado, Simón brama con gritos de réprobo:
-¡Parricida me ha llamado! ¡Haced que se calle! ¡Que se calle! ¡Parricida! ¡La misma palabra de mi madre! ¡¿Es que todos los muertos dicen las mismas palabras?!…
XXI. A una mujer galilea, que obtiene la resurrección de su marido muerto.
La Luna, casi en su ocaso, está para esconder tras la giba de un monte su arco, aún sutil, de Luna nueva. Su luz, pues, es muy relativa, y dentro de poco habrá desaparecido de la amplia campiña.
Pero por el camino solitario -más que nada, una senda, un sendero, entre los campos-va un viandante. Camina llevando cogido de una argolla un rudimentario farol (de los que -yo creo que tan viejos como el mundo-generalmente usan los carreteros para alumbrar su camino por la noche).
Éste, no siendo el cristal una cosa común -es más, creo que lo desconocen por completo, porque nunca he tenido ocasión de ver cristal en ninguna casa, ni como vaso, ni como recipiente, ni como protección de las ventanas-, tiene, como protección de la llama, una cosa que puede ser tanto mica como pergamino. La luz la traspasa, tan leve, que apenas es suficiente para dar claridad a un pequeño espacio alrededor del farol. Pero, en cuanto la Luna se esconde del todo, esa luz del pobre farol parece crecer en vigor y pone un oscilante punto claro en la oscuridad de la campiña.
El viandante camina, camina… En el cielo se insinúa un principio de alba en el extremo horizonte. Pero es tan tenue, que, por ahora, no ilumina nada, y el pobre farolillo es útil todavía.
En un puentecito está esperando -o descansando-otro viandante, arropado todo en su manto.
El del farol, que va en la dirección de ese puente, se detiene incierto: duda si pasar por allí o volver hacia atrás, a un lugar en que el guijarral de un pequeòo torrente tiene anchas piedras que pueden servirle de paso por la poca agua del fondo.
El que está sentado en la rústica orilla del puente, hecha con un tronco sin desbastar de corteza blanco-verde, alza la cabeza y observa al que se ha detenido. Se pone en pie y dice:
-No tengas miedo de mí. Acércate. Soy un buen compañero, no un salteador.
Es Jesús. Lo reconozco más por la voz que por el aspecto, velado por el oscuro crepúsculo que el farol no consigue romper en el lugar donde Él se encuentra. Pero la persona, parada, todavía duda.
-Mujer, ven. No temas. Incluso caminaremos juntos un trecho. Será bueno para ti.
La mujer -ahora sé que es una mujer-, vencida por la dulzura de la voz o por una fuerza arcana, se acerca; menea la cabeza mientras camina, y susurra:
-Para mí ya no hay nada bueno.
Ahora van caminando juntos por ese estrecho sendero cuya anchura sólo permite el paso de dos personas. El alba avanza y muestra, a un lado del camino, una inmóvil selva en miniatura, de cereales maduros que esperan la hoz. En el otro lado los cereales, ya segados, están extendidos en gavillas sobre el campo desvestido de su gloria de mieses maduras.
-¡Malditos! -dice en voz baja la mujer, lanzando una mirada hacia las gavillas acostadas.
Jesús calla.
El día avanza. La mujer apaga el humilde farol, y, para hacerlo, descubre su cara devastada por el llanto. Y alza la cara para mirar al oriente, donde una estría amarillo-rosa anuncia el surgir del sol. Agita el puño hacia oriente y dice otra vez:
-¡Y maldito tú!
-¿El día? Dios lo ha hecho. Como también ha hecho el trigo. Son dones de Dios y no se les debe maldecir… -dice Jesús con dulzura.
-Yo los maldigo. Maldigo al sol y a las mieses. Y tengo razón en hacerlo.
-¿No han sido buenos para ti durante muchos años? ¿No te ha madurado, el primero, el pan de cada día y la uva que se hace vino y las verduras y las frutas del huerto?, ¿no te ha hecho crecer los pastos para alimentar ovejas y corderos con cuya leche y carne te has alimentado y con cuya lana te tejes los vestidos? ¿Y el trigo no os ha dado pan a ti, a tus hijos, a tu padre y a tu madre, a tu marido?
Un estallido de llanto y un grito:
-¡Ya no tengo marido! ¡Ellos me lo han matado! Había ido a trabajar como jornalero, porque tenemos siete hijos y no nos bastaba lo poco nuestro que teníamos para dar de comer a diez personas. Y ayer, al anochecer, vino; decía: "Estoy cansado y aturdido", y se echó en la yacija, ardiendo de fiebre. Yo y su madre lo socorrimos como pudimos.
Pensábamos llamar hoy al médico de la ciudad… Pero después del galicinio se me ha muerto. Lo ha matado el sol. Voy, sí, a la ciudad, a tomar todas las cosas que hacen falta. A la vuelta me preocuparé de avisar a los hermanos. He dejado a la madre velando a su hijo y cuidando de los míos… y yo me he marchado para hacer las cosas que hay que arreglar… ¿Y no debería maldecir al sol ardiente y a los cereales?
A1 principio estaba muy contenida (tanto, que no habría imaginado que fuera una mujer, y, menos todavía, una mujer afligida), pero ahora ha dado rienda suelta a su dolor, que rebosa impetuoso. Dice todo lo que no ha dicho en su casa «para no despertar a los niños que dormían en la habitación de al lado»; todo lo que tanto le pesaba en su corazón, que le daba la impresión de que se le fuera a estallar. Recuerdos de amor, abatimiento ante el futuro, las angustias propias de una viuda… se entremezclan y pasan, como sobre las hinchadas ondas durante una riada los detritos arrancados con violencia…
Jesús la deja hablar. Y es que Jesús, como sabe comprender el dolor, deja que éste se desahogue, para que la criatura se vea aliviada y el propio cansancio que sigue a la impetuosidad del dolor haga a la criatura capaz de entender al que la consuela. Entonces dice dulcemente:
-En Naím y en Nazaret, y en los lugares entre ambas cíudades, están los discípulos del Rabí de Nazaret. Ve donde ellos…
-¿Y qué crees que van a hacer? ¡Si Él estuviera aquí todavía' ¿Pero ellos? ¡Ellos no son santos! Mí marido estaba en Jerusalén ese día. Y sabe… ¡No, no sabe!… ¡Sabía; que ya no sabe nada, porque está muerto!
-¿Qué hizo tu marido ese día?
-Cuando el clamor de la calle lo despertó, corrió a la terraza de la casa donde estaba con sus hermanos, y vio pasar al Rabí -lo llevaban al Pretorio-y, con otros galileos, lo siguió hasta que murió. A mi marido y a los otros les tiraron piedras cuando se dieron cuenta de que eran galileos, y los obligaron a distanciarse hacia abajo.
Pero estuvieron allí hasta el final. Luego… se marcharon… Y ahora ha muerto él. ¡Sí al menos supiera sí por su piedad para con el Rabí descansa en paz!
Jesús no responde a este deseo. Pero dice:
-Vería, entonces, que había discípulos en el Gólgota. ¿Acaso todos los galileos fueron como tu marido?
-¡No, no! Muchos, incluso de Nazaret, lo injuriaron. Esto se sabe ¡Una vergüenza!
-Pues si muchos, incluso de Nazaret, no tuvieron amor hacia su Jesús, y, a pesar de ello, Él los ha perdonado, y muchos incluso se santificarán en el futuro, ¿por qué quieres medir a todos los discípulos de Cristo con el mismo rasero? ¿Quieres ser tú más severa que Dios? Dios concede mucho a quien perdona…
-¡Ya no está el Rabí bueno! ¡Ya no está aquí! Y mi marido está muerto.
-El Rabí ha dado a sus discípulos el poder de hacer lo que Él hacía.
-Quiero creerlo. Pero sólo Él vencía a la muerte. ¡Sólo Él!
-¿Y no se lee (1 Reyes 17, 17-24) que Elías devolvió el espíritu al hijo de la viuda de Sarepta? En verdad te digo que Elías era un gran profeta, pero que los siervos del Salvador, que ha muerto y resucitado porque era el Hijo de Dios verdadero, encarnado para redimir a los hombres, tienen un poder todavía mayor, porque Él, en la Cruz, les ha perdonado sus pecados, a ellos los primeros, conociendo por divina sabiduría el verdadero dolor de sus espíritus contritos, los ha santificado después de la resurrección con un nuevo perdón, y ha infundido en ellos el Espíritu Santo, para que pudieran representarme dignamente, tanto con las palabras como con los actos, de manera que el mundo no se quedara desolado después de que Yo me marchara.
La mujer retrocede briosamente, sorprendida. Echa hacia atrás el velo para mirar bien a su compañero. Pero no lo reconoce. Cree que ha entendido mal. Pero ya no se atreve a hablar…
-¿Tienes miedo de mí? Al principio me has tomado por un salteador que quería robarte los denarios que llevas en el pecho y que sirven para comprar las cosas necesarias para la sepultura. Y has tenido miedo. ¿Ahora tienes miedo de saber que soy Jesús? ¿Y no es Jesús el que da y no toma, el que salva y no destruye? Vuelve sobre tus pasos, mujer.
Yo soy la Resurrección y la Vida. No son necesarios ni el sudario ni los perfumes, para uno que no está muerto, que ya no está muerto, porque Yo soy Aquel que vence a la muerte y premia a quien tiene fe. ¡Ve! Ve a tu casa! Tu marido vive. La fe en mí nunca queda sin premio.
Hace un gesto de bendecirla y querer marcharse.
La mujer sale de su estatismo. No pregunta, no duda… Nada. Cae de rodillas adorando. Y luego, por fin, abre su boca y, buscando en su pecho, saca una bolsa, pequeña, una bolsa raquítica, como las bolsas de la gente pobre, a quienes la miseria impide hacer solemnes honras a sus muertos; y, ofreciendo la bolsa, dice:
-No tengo nada más… Nada más con que expresarte mi agradecimiento, con que honrarte, con que…
-Yo ya no necesito dinero, mujer. Llévaselo a mis apóstoles.
-¡Oh, sí! Iré con mi marido… ¿Pero qué puedo darte entonces, mi Señor? ¿Qué? Tú, aparecerte a mí… este milagro… y yo no reconocerte… y yo tan nerviosa… sí, incluso injusta con las cosas…
-Sí. Y no pensabas que las cosas existen porque Yo existo, y que todo lo que Dios ha hecho es bueno. Si no hubiera habido Sol, si no hubieran existido los cereales, no habrías recibido esta gracia de ahora
-Sí… ¡pero cuánto dolor!… -La mujer llora al recordar.
Jesús sonríe y muestra sus manos diciendo:
-Ésta es una parte mínima de mi dolor. Y lo he sorbido todo, sin quejarme, por vuestro bien.
La mujer agacha su cabeza profundamente y confiesa:
-Es verdad. Perdona mi queja.
Jesús desaparece envuelto en su luz, y, cuando ella alza
la cara se ve sola. Se levanta, mira a su alrededor. Nada puede ser obstáculo para la vista, porque ya el día está luminoso y alrededor no hay sino campos de cereales. La mujer se dice a sí misma: -¡Pues no he soñado!
Quizás la está tentando el demonio para hacerla dudar, porque se ve en ella un momento de incertidumbre mientras sopesa la bolsa entre sus manos.
Pero vence la fe y vuelve la espalda al lugar hacia el que se dirigía; vuelve sobre sus pasos, rápida como si el viento la llevara sin que ella tuviera que hacer esfuerzo, iluminada su cara con una tan serena alegría, que mayor es que la alegría humana. Va repitiendo de trecho en trecho:
« ¡Qué bueno es el Señor! ¡Él, verdaderamente es Dios! Él es Dios. ¡Benditos sean el Altísimo y su Enviado!». No sabe decir nada más. Y esta letanía suya se mezcla ahora con los cantos de los pájaros.
La mujer está tan absorta en sus palabras, que no oye el saludo de algunos segadores que la ven pasar y le preguntan de dónde viene a esa hora… Uno se llega a ella y le dice:
-¿Marcos está mejor? ¿Has ido a llamar al médico?
-Marcos ha muerto en la hora del galicinio y ha resucitado. Porque el Mesías del Señor lo ha hecho -responde ella manteniendo su rápido paso.
-¡El dolor la ha desquiciado! -susurra el hombre, meneando la cabeza y volviendo donde sus compañeros, que han empezado a segar la mies.
Los campos se van poblando cada vez más. Pero la curiosidad vence a muchos, que se deciden a seguir a la mujer, la cual camina cada vez más deprisa.
Y camina, camina. Se ve una casa pobrísima, baja, solitaria, perdida en medio del campo. A ella se dirige, apretando las manos contra su corazón.
Entra. Pero, en cuanto cruza la puerta, una anciana se arroja a sus brazos gritando:
-¡Oh, hija mía, qué gracia del Señor! ¡Cobra ánimo, hija, porque lo que he de decirte es tan grande, tan dichoso, que…
-Lo sé, madre. Marcos ya no está muerto. ¿Dónde está?
-¡Lo sabes!… ¿Y cómo?
-He visto al Señor por el camino. No lo reconocí, pero Él me habló y cuando quiso, me dijo: "Tu marido vive". Pero aquí… ¿cuándo?
-Acababa de abrir la ventana y estaba mirando el primer rayo de sol en la higuera. Sí, justamente así. Y, al tocar el primer rayo la higuera de enfrente de la habitación… oí un suspiro fuerte, como de uno que se despertara. Me volví aterrada y vi a Marcos que se estaba sentando y que apartaba la sábana con que le había cubierto la cara, y que miraba hacia arriba ¡con una expresión en su rostro!… Luego me miró y me dijo: "¡Madre! ¡Estoy curado!". Yo… poco faltó para que no me muriera yo. Él me socorrió, y comprendió que había estado muerto. No recuerda nada. Dice que recuerda hasta cuando lo metimos en la cama, y ya nada más, hasta el momento en que vio un ángel, una especie de ángel que tenía la cara del Rabí de Nazaret y que le dijo: "¡Levántate!". Se levantó. Justo a la hora en que el Sol aparecía por entero.
-A la hora en que me ha dicho: "Tu marido vive". ¡Oh, madre, qué don! ¡Cuánto nos ha amado Dios!
Los que llegan en ese momento las encuentran abrazadas, llorando. Y creen que Marcos ha muerto y que su esposa, en un destello de lucidez, se ha percatado de la desventura. Pero Marcos, que oye las voces, aparece sereno con un niño en brazos y los otros agarrados a su túnica, y dice fuerte:
-Aquí estoy. ¡Bendigamos al Señor!
Los llegados lo asedian con sus preguntas, y, como siempre pasa en las cosas humanas, surge la contradicción. Hay quien cree en una verdadera resurrección; otros -la mayoría-dicen que solamente había caído en un sopor, pero que no ha estado muerto. Hay quien admite el que Cristo se haya aparecido a Raquel. Y hay quien dice que todo eso son patrañas, porque unos dicen-«Él está muerto», o porque -dicen otros-«Ha resucitado, pero está tan indignado, debe estarlo, que ya no hace milagros para su pueblo asesino».
-Decid lo que os parezca -dice el hombre perdiendo la paciencia -y decidlo donde os parezca. Basta con que no lo digáis aquí, donde el Señor Jesús me ha resucitado. ¡Y marchaos de aquí, desdichados! ¡Quiera el Cielo abriros la cerviz para creer! Pero ahora marchaos y dejadnos en paz.
Los empuja afuera y cierra la puerta. Estrecha contra su corazón a su esposa y a su madre
-Nazaret no está lejos. Voy allí a proclamar el milagro.
-Así lo quiere el Señor, Marcos. Llevaremos estos denarios a sus discípulos. Vamos a bendecir al Señor. Así, como estamos. Somos pobres, pero Él también lo era, y sus apóstoles no nos despreciarán.
Se pone a atar las sandalias a los niños mientras la madre echa algunos alimentos en una bolsa y cierra puertas y ventanas, y Marcos va a hacer no sé qué.
Salen cuando están todos listos y caminan a buen paso, los más pequeños en brazos, los otros niños, felices y un poco desconcertados alrededor; hacia el este, hacia Nazaret lógicamente. Quizás este lugar está todavía en la llanura de Esdrelón, pero es un punto distinto del de las propiedades de Jocanán.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Jerusalén ya arde bajo el sol meridiano.
Un umbrío espacio abovedado ofrece descanso a la vista cegada por este sol que incide sobre las paredes blancas de las casas y hace arder el suelo de las calles.
Y lo blanco incandescente de las paredes y lo oscuro de estas bóvedas hacen de Jerusalén una caprichosa pintura en blanco y negro, una alternancia violenta de luces y penumbras -en contraste con la luz violenta, éstas parecen tinieblas-, una alternancia atormentadora como una obsesión, porque quita la facultad de ver o por demasiada luz o por demasiada penumbra.
Se camina con los ojos semicerrados, tratando de apresurarse en las zonas de luz y calor y aminorando la marcha bajo las bóvedas, donde es necesario ir despacio porque el contraste entre las luces y las tinieblas hace que incluso con los ojos abiertos no se vea nada.
Así caminan los apóstoles por esta ciudad desierta a causa de la hora meridiana; y sudan y se secan la cara y el cuello con la prenda que cubre su cabeza; y resoplan…
Cuando tienen que salir de la ciudad, cesa para ellos el alivio de los tramos abovedados. El camino, que bordea las murallas y se pierde hacia el norte y hacia el sur como una cinta cegadora de polvo incandescente, da la impresión de un terreno de horno: sube de él un calor de horno, un calor que seca los pulmones.
El torrentillo que discurre por fuera de las murallas lleva un hilo de agua que fluye por el centro de un guijarral, de cantos blancos de sol como cráneos calcinados. Los apóstoles se acercan presurosos a ese hilo de agua, y beben; sumergen en ella la prenda que llevan en la cabeza y se la ponen de nuevo, chorreando, después de haberse lavado la cara. Se descalzan y chapotean con los pies en ese hilo de agua. Pero… es un alivio bien chico, porque el agua está caliente como si hubiera salido de un caldero colgado sobre una llama. Y dicen:
-Está caliente y hay poca. Sabe a barro y a jabonera. Cuando baja tan escasa, retiene el sabor de las coladas de la aurora.
Acometen la subida del Gólgota, del reseco Gólgota en que el sol ardiente ha secado la poca hierba que parecía pelusa rala en el amarillento monte unos quince días antes.
Ahora sólo los rígidos y escasísimos matojos de plantas espinosas, llenas de espinas y exentas de hojas, elevan acá o allá sus dedos como de esqueletos desenterrados, de un verde que es amarillo por el polvo del monte, verdaderamente semejantes a huesos recién sacados de la tierra.
Sí, parecen realmente haces de huesos calcinados plantados en el suelo. Hay uno que, después de unos dos palmos de palo derecho, forma bruscamente un codo que termina en cinco palitos después de una especie de paleta. Parece justo la osambre de una mano extendida para agarrar a quien pase y retenerlo en ese lugar de pesadilla.
-¿Queréis ir por el camino largo o por el corto? -pregunta Juan, que es el único que ya ha subido el monte.
-¡La más corta! ¡La más corta! ¡Vamos a darnos prisa, que aquí uno se muere de calor! -dicen todos, menos el Zelote y Santiago de Alfeo.
-¡Vamos!
Las piedras del camino adoquinado están ardiendo, como lastras sacadas del fuego.
-¡No se puede continuar por aquí! ¡No se puede! -dicen al cabo de pocos metros.
-Y, a pesar de ello, el Señor subió hasta allá, hasta donde aquella zarza, y estaba ya herido y llevaba a cuestas la cruz observa Juan, que ha empezado a llorar desde que ha llegado al Calvario.
Continúan. Pero luego se echan al suelo agotados, jadeando. Las prendas mojadas en el río, que cubren sus cabezas, están ya secas por el sol; en cambio las túnicas se manchan de sudor.
-¡Demasiado empinada y ardiente! -dice Bartolomé resoplando.
-¡Sí, demasiado! -confirma Mateo, que está congestionado.
-Por lo que respecta al sol, es igual todo. Pero para la subida vamos a tomar ese camino. Es más largo, pero menos fatigoso. También Longinos lo tomó para poder hacer que el Señor subiera. ¿Veis ese lugar?, ¿allí, donde está esa piedra un poco oscura? Allí se cayó el Señor, y lo creímos muerto, nosotros que mirábamos desde allí, al norte, allí, ¿veis?, donde está ese entrante antes de que la ladera empiece a empinarse. No se movía. ¡Oh, el grito de su Madre! ¡Me resuena aquí! ¡No olvidaré nunca ese grito! No olvidaré ni uno de sus gemidos… ¡Ah, hay cosas que le hacen a uno anciano en una hora y dan la medida del dolor del mundo!… ¡Ánimo, venid! ¡Menos que vosotros se detuvo nuestro Mártir Señor! -exhorta Juan.
Se levantan algo aturdidos y lo siguen hasta donde el sendero de trazado en espiral corta a la calzada pavimentada, y lo toman. Sí, es un camino menos empinado, pero… ¡en cuanto al sol!… Y el calor es todavía más intenso porque la ladera bordeada por el sendero refleja su fuego contra los viandantes, ya quemados por el sol.
-¡¿Pero por qué hacernos subir por aquí a esta hora?! ¿No hubiera podido traernos al amanecer, en cuanto hubiera habido la luz suficiente para ver dónde pisábamos? En realidad, como estábamos fuera de las murallas, hubiéramos podido venir sin esperar a la apertura de las puertas.
Se quejan y refunfuñan entre sí.
Hombres, todavía y siempre hombres: ahora, después de la tragedia del Viernes Santo, que es tragedia de la humanidad orgullosa y cobarde, más aún que tragedia de Cristo, siempre héroe, siempre victorioso, incluso en el morir; hombres como antes, cuando los embriagaban los gritos de hosanna de las multitudes, y exultaban pensando en las fiestas y en los banquetes suntuosos en casa de Lázaro… Sordos, ciegos, obtusos ante todos los signos y advertencias de cercana tempestad.
Santiago de Alfeo y el Zelote callan y lloran. Tampoco Andrés se queja después de las últimas palabras de Juan, quien sigue hablando, recordando, y en su acto de recordar, pone amonestación fraterna y exhortación a no quejarse…
Dice:
-Él subió aquí a esta hora, y ya llevaba mucho tiempo caminando. ¿Podría decir que, desde que salió del Cenáculo, no tuvo un momento de descanso? Y ese día hacía mucho calor. Se sentía el bochorno de la tormenta que se acercaba… y estaba ardiendo de fiebre. Nique dice que cuando le aplicó el paño al rostro tuvo la sensación de tocar fuego. Debe estar aquí cerca el lugar preciso en que se encontró con las mujeres… Nosotros, desde el lado opuesto no vimos el encuentro. Pero, a juzgar por lo que me dijeron Nique y las otras.
¡Ánimo, vamos! Pensad que las romanas, acostumbradas a la litera recorrieron a pie este camino, y habían estado al sol desde la mañana, desde la hora tercera, cuando fue condenado. ¡Oh, precedieron a todos, ellas, las paganas.
Enviaron incluso a esclavos para que avisaran a las otras que por algún motivo se habían ausentado…
Continúan… ¡Un martirio de fuego ese camino! Incluso se tambalean.
Pedro dice:
-Si Él no hace un milagro, nos vamos a desplomar por insolación.
-Sí, a mí el corazón me estalla en la garganta -confirma Mateo. Bartolomé ya no habla. Parece borracho. Juan lo agarra de un codo y lo sostiene, como hizo con la Madre el Viernes cruento. Y dice para consolar:
-Dentro de poco hay algo de sombra. En el sitio a donde llevé a la Madre. Allí descansaremos.
Caminan, cada vez más lentamente…
Ya están apoyados en la roca en la que estuvo María. Y Juan lo dice. En efecto, hay un poco de sombra. Pero el aire está inmóvil, y abrasa.
-¡Si hubiera, al menos un tallito de anís, una hoja de menta, un tallo de hierba! Tengo la boca como pergamino arrimado al fuego. Pero no hay nada. ¡Nada! -gime Tomás, que tiene hasta hinchadas las venas del cuello y de la frente.
-Daría cuanto me queda de vida por una gota de agua -dice Santiago de Zebedeo.
Judas Tadeo rompe a llorar. Es un llanto fuerte. Y grita:
-¡Oh, pobre hermano mío, cuanto sufriste! ¡Dijo… dijo… ¿os acordáis?… que se moría de sed! ¡Ahora comprendo! ¡No había comprendido la extensión de esas palabras! ¡Se moría de sed! ¡Y no hubo nadie que le diera, mientras todavía podía beber, un sorbo de agua! ¡Y Él tenía fiebre, además del sol!
Juana le había llevado algo para aliviarlo… -dice Andrés.
-Ya no podía beber. Tampoco podía hablar… Cuando se encontró con su Madre, allí, a diez pasos de nosotros, sólo pudo decir: "¡Mamá!", y no pudo darle un beso, ni siquiera a distancia, a pesar de que Simón de Cirene lo hubiera liberado de la cruz. Tenía los labios endurecidos a causa de las heridas, abrasados… ¡Oh, yo veía bien, desde detrás de la fila de los legionarios! Porque yo no pasé aquí. ¡Habría tomado su cruz, si me hubieran dejado pasar! Pero temían por mí… y a causa de la muchedumbre, que quería apedrearnos. No podía hablar… ni beber… ni besar…
¡No podía ya casi ni mirar con sus ojos doloridos, bajo las costras de sangre, de la sangre que bajaba de la frente!… Tenía rota la túnica por una rodilla, y se veía la rodilla abierta y sangrante… Tenía las manos hinchadas y heridas… Tenía herido el mentón y una mejilla… La cruz había hecho una llaga en el hombro, ya abierto por los azotes… Tenía herida la cintura, por las cuerdas… La sangre provocada por las espinas goteaba por sus cabellos… Tenía…
-¡Calla! ¡Calla! ¡No es posible oírte! ¡Calla! ¡Te lo ruego y te lo mando! -grita Pedro, que asemeja a uno al que estuvieran torturando.
-¡No es posible oírme! ¡No podéis oírme! ¡Pero yo tuve que presenciar sus atroces sufrimientos! ¿Y su Madre? ¿Y su Madre, entonces?
Agachan la cabeza, llorando. Reanudan la marcha. Caminan… caminan… Ya no se quejan por sí mismos, sino que ahora lloran todos por los dolores de Cristo.
Ya están en la cima. En el primer rellano: una plancha de fuego. La reverberación es tal, que parece como si vibrara la tierra, a causa de ese fenómeno típico del sol cuando incide en las arenas encendidas de los desiertos.
-Venid. Vamos a subir por aquí. El centurión permitió que pasáramos aquí. También a mí. Me creyó hijo de María. Las mujeres estaban allí. Y allí los pastores. Y allí los judíos…
Juan señala los lugares, y termina:
-Pero la turba estaba abajo, abajo; cubría la ladera, hasta el valle, hasta el camino, y estaba incluso en las murallas, y en las terrazas cercanas a las murallas… había gente hasta donde alcanzaba la vista. Lo vi cuando el sol empezó a velarse; antes de eso era como ahora… y no podía ver…
En efecto, Jerusalén, abajo, parece un espejismo trémulo.
El exceso de luz hace de velo para el que quiere verla. Y Juan dice:
-A otras horas -María de Lázaro lo ha dicho, pero yo desconocía el momento y el motivo de su venida-se ven los restos negros de las casas quemadas por los rayos. Las casas de los más culpables… al menos de muchos de ellos… Aquí (Juan mide los pasos, reconstruye la escena), aquí estaba Longinos, y aquí estábamos María y yo. Aquí estaba la cruz del ladrón arrepentido, y ahí la otra.
Aquí echaron a suerte la ropa. Allí cayó al suelo su Madre cuando Él murió… Desde aquí vi el lanzazo en el Corazón (Juan se pone pálido como un muerto), porque aquí estaba su Cruz -y se arrodilla y adora, rostro en tierra, en la tierra que se ve excavada en un espacio que correspondía a la tierra ensangrentada bajo la sombra del palo transversal de la cruz y alrededor del tronco vertical de ella.
Debe haber trabajado duro la Magdalena para excavar tanta tierra, y con una profundidad de al menos un palmo largo, y en una tierra tan dura, mezclada con piedras y una serie de objetos de desecho, que hacen de ella una costra compacta.
Todos se han arrojado al suelo, a besar esa tierra, que ahora se baña de lágrimas…
Juan es el primero en levantarse, y, amorosamente despiadado, va recordando cada uno de los momentos… Ya no siente el sol… Ninguno lo siente… Habla, habla de cuando Jesús rechazó el vino mirrado, de cuando se desnudó y se ciñó el velo materno, de cuando apareció tan atrozmente flagelado y herido, de cuando se extendió sobre la cruz y gritó por el primer clavo, y luego ya no, para que no sufriera demasiado su Madre, y de cuando le desgarraron la muñeca y le dislocaron el brazo para estirarlo hasta el punto requerido, también habla de cuando, clavado del todo, volvieron la cruz para remachar los clavos y el peso de la cruz pesó sobre el Mártir, cuyo jadeo se oía, y de cuando dieron de nuevo la vuelta a la cruz y la levantaron mientras la arrastraban, y ésta cayó secamente en el agujero y la calzaron; y describe el Cuerpo pendiendo hacia abajo desgarrando las manos, y cómo la corona se descoloca y hace desgarros en la cabeza; y refiere las palabras al Padre de los Cielos, las palabras que pedían perdón para los crucifixores, y que daban el perdón al ladrón arrepentido, y las palabras a su Madre y a Juan, y la llegada de José y Nicodemo, tan abiertamente heroicos desafiando a todo un mundo, y el valor de María de Magdala, y el grito de angustia al Padre que lo abandonaba; y habla de la sed y del vinagre con hiel, y de la última agonía y de cómo llamaba débilmente a su "Mamá", y refiere las palabras de María, ya con el alma en la frontera de la vida por la congoja, la congoja… y la resignación y abandono en Dios; y refiere, horrenda, la última convulsión y el grito que hizo temblar al mundo, y el grito de María cuando lo vio muerto…
-¡Calla! ¡Calla! ¡Calla! -grita Pedro.
Parece traspasado él por la lanza. También los otros suplican:
-¡Calla! ¡Calla!…
Ya no tengo nada que decir. Ya el sacrificio había terminado. La sepultura… nuestra congoja, no suya. En ella sólo tiene valor el dolor de la Madre. ¡Nuestra congoja! ¿Acaso merece compasión? Ofrezcámosela a Él, en vez de pedir piedad para nosotros. Demasiado y siempre hemos evitado el dolor, las fatigas, los abandonos, dejando todas esas cosas para Él, sólo para Él.
Verdaderamente hemos sido unos discípulos indignos, que lo hemos amado por la alegría de ser amados, por el orgullo de ser grandes en su reino; pero no supimos amarlo en el dolor… De ahora en adelante, no. Aquí, aquí debemos jurar -esto es un altar, y alto-, ante el Cielo y ante la Tierra, que no volverá a ser así. Ahora, a Él la alegría; a nosotros, la cruz.
Jurémoslo. Sólo así daremos paz a nuestras almas. Aquí ha muerto Jesús de Nazaret, el Mesías, el Señor, para ser Salvador y Redentor. Muera aquí ese hombre que somos nosotros y resucite el discípulo verdadero. ¡Alzaos! Juremos en el Nombre santo de Jesucristo que queremos abrazar su doctrina hasta el punto de saber morir por la redención del mundo.
Juan parece un serafín. Con los movimientos se ha descubierto y la rubia cabeza resplandece bajo el sol. Ha subido a un montón de objetos desechados (quizás las estacas de sostén de las cruces de los ladrones) y ha tomado involuntariamente la postura (con los brazos abiertos) que tiene frecuentemente Jesús cuando enseña, y especialmente la postura que tenía en la cruz.
Los otros lo miran, tan hermoso, tan ardoroso, tan joven (el más joven de todos) y tan maduro espiritualmente. El Calvario le ha dado la edad perfecta… Lo miran y gritan:
-¡Lo juramos!
-Oremos, entonces, para que el Padre convalide nuestro juramento: "Padre nuestro que estás en el Cielo…".
El coro de las once voces se hace seguro, cada vez más seguro a medida que va adelante. Y Pedro se golpea el pecho cuando dice: «perdónanos nuestras deudas», y todos se arrodillan cuando dicen la última súplica: «líbranos del mal». Permanecen así, arrodillados y profundamente corvados, meditando…
Jesús está con ellos. No he visto ni cuándo ni por dónde ha aparecido. Se diría que por la parte inaccesible del monte. Resplandece de amor en la intensa luz meridiana. Dice:
-El que permanece en mí no recibirá daño del Maligno. En verdad os digo que los que estén unidos a mí sirviendo al Altísimo Creador, cuyo deseo es la salvación de todos los hombres, podrán expulsar demonios, hacer inocuos reptiles y venenos, pasar por entre fieras y llamas sin recibir daño, hasta que Dios quiera que permanezcan en la Tierra sirviéndole.
-¿Cuándo has venido, Señor? -dicen, volviendo la cabeza pero permaneciendo de rodillas.
-Me ha llamado vuestro juramento. Y ahora, ahora que los pies de mis apóstoles han pisado este terreno, bajad rápidos a la ciudad, al Cenáculo. A1 anochecer se marcharán las mujeres de Galilea con mi Madre. Tú y Juan iréis con ellas. Nos congregaremos todos en Galilea, en el Tabor -dice al Zelote y a Juan.
-¿Cuándo, Señor?
-Juan lo sabrá y os lo dirá.
-¿Nos dejas, Señor? ¿No nos bendices? Tenemos mucha necesidad de tu bendición.
-Aquí y en el Cenáculo os la daré. ¡Postraos!
Los bendice. El fulgor del sol lo envuelve como en la Transfiguración. La diferencia es que aquí lo esconde. Jesús ya no está.
Alzan la cabeza. Ya nada: sol y tierra quemada…
-¡Levantémonos y vamos! ¡Se ha marchado! -dicen con tristeza.
-¡Cada vez son más breves sus permanencias entre nosotros!
-Pero hoy parecía más contento que ayer por la noche. ¿No te lo ha parecido, hermano? -pregunta Judas Tadeo a Santiago de Alfeo.
-Lo que le ha alegrado ha sido nuestro juramento. ¡Bendito tú Juan, que nos lo has hecho hacer! -dice Pedro abrazando a Juan.
-Yo esperaba que hablara de su Pasión. ¿Por qué nos ha traído aquí para no decir nada luego? -dice Tomás.
-Se lo preguntaremos esta noche -dice Andrés.
-Sí. Ahora vámonos. El camino es largo y deseamos estar un poco con María antes de que se marche -dice Santiago de Alfeo.
-¡Otra dulzura que termina! -suspira Judas Tadeo.
-¡Nos quedamos huérfanos! ¿Qué haremos?
Se vuelven hacia Juan y el Zelote y, con una miaja de envidia en la voz, dicen: -¡Vosotros, al menos, vais con la Madre! Y os quedáis siempre con Ella.
Juan hace un gesto como para decir: «Así es».
Pero ellos, que no tienen envidia mala sino buena, confiesan inmediatamente: -Pero es justo. Porque tú estabas aquí con Ella, y tú has renunciado a estar por obediencia. Nosotros…
Empiezan a bajar. Pero en cuanto llegan al segundo rellano, el más bajo, ven a una mujer que sube allí bajo el sol por el camino escarpado y que los mira de hito en hito sin decir nada, para dirigirse luego, con paso seguro, a la explanada más alta.
-¡Ya hay quien viene aquí! No es sólo María la que viene. Pero ¿qué hace? Llora y busca por el suelo. ¿Será una que haya perdido algo aquel día? -se preguntan.
Pudiera ser, en efecto, porque no se ve quién es. El rostro de la mujer está completamente cubierto con un velo.
Tomás alza su potente voz:
-¡Mujer! ¿Qué has perdido?
-Nada. Busco el lugar de la cruz del Señor. Tengo un hermano que se está muriendo, y ya no está en la Tierra el Maestro bueno… -llora en su velo -¡Los hombres lo han echado de este mundo!
-Ha resucitado, mujer. Permanece para siempre.
-Sé que permanece para siempre. Porque es Dios, y Dios no perece. Pero ya no está entre nosotros. Un mundo no lo ha recibido y Él se ha marchado. Un mundo ha renegado de Él. Hasta sus discípulos lo han abandonado como si fuera un bandido; y Él… pues ha abandonado el mundo. Vengo a buscar un poco de su Sangre. Tengo fe en que esto curará a mi hermano. Más que la imposición de las manos de sus discípulos, porque ya no creo que ellos puedan hacer prodigios después de haberle sido infieles.
-El Señor ha estado aquí hace poco, mujer. Ha resucitado en alma y cuerpo y está todavía entre nosotros. El perfume de su bendición está todavía en nosotros. Mira, aquí ha puesto sus pies hace un momento -dice Juan.
-No. Busco una gota de su Sangre. Yo no estaba aquí y no sé el lugar… -agachada, busca en el suelo.
Juan le dice:
-Éste era el punto de su cruz. Yo estaba.
-¿Estabas? ¿Como amigo o como crucifixor? Se dice que sólo uno de sus discípulos predilectos estaba al pie de la cruz, y pocos otros discípulos fieles con él, aquí cerca. Pero no quisiera hablar con un crucifixor suyo.
-No lo soy, mujer. Mira, aquí, donde estaba la cruz, hay todavía tierra roja de sangre, a pesar de que hayan excavado. Tanta fue la sangre que perdió, que penetró profundamente. Ten, y que tu fe se vea premiada.
Juan ha excavado con los dedos en el agujero donde estaba la cruz y ha extraído tierra rojiza. La mujer lo recoge en un pequeño paño y, dando las gracias, se marcha rauda con su tesoro.
-Has hecho bien en no revelar quiénes somos…
-¿Por qué no has dicho quién eras?… -dicen los apóstoles (como siempre, el pensamiento humano es contrastante).
Juan los mira y no dice nada. Es el primero en encaminarse hacia abajo por la pronunciada cuesta del camino adoquinado. Aunque sea más fácil bajar que subir, todavía el sol luce despiadado, de forma que cuando se ven al pie del Gólgota están verdaderamente sedientos. Pero hay ovejas en el regato, y unos pastores con ellas. Vienen, sin duda, de algún aprisco cercano; para el pasto, antes de que anochezca. El agua está turbia. Es imposible beberla.
La sed es tal, que Bartolomé se dirige a un pastor diciendo:
-¿Tienes un sorbo de agua en tu zaque?
El hombre los mira con severidad. No dice nada.
-Un poco de leche, entonces. Las ubres de tus animales están túrgidas. La pagaremos. Desearíamos líquido helado, pero nos basta beber.
-No tengo ni agua ni leche para los que han abandonado a su Maestro. Os reconozco, no penséis que no. Os vi y oí una vez en Betsur. Precisamente a ti, que pides… Pero no os vi cuando me encontré con los que bajaban al Crucificado. Sólo éste estaba. No hubo agua para Él, me dijeron los que estuvieron en el monte. Tampoco para vosotros hay agua.
Silba a su perro, reúne a las ovejas y se marcha hacia el norte, en donde empiezan elevaciones cubiertas de olivos y, a trechos, de hierba. Los apóstoles, abatidos, cruzan el puente y entran en la ciudad. Van pegados a las paredes, muy cubiertas sus cabezas, hasta los ojos, un poco encorvados. Es que ahora las calles, habiendo pasado ya el calor de las primeras horas de la tarde, vuelven a animarse con gente.
Pero deben cruzar toda la ciudad antes de llegar a la casa del Cenáculo, y demasiados son los que conocen a los apóstoles como para que su paso pueda producirse sin incidentes.
Y pronto sucede que llega a ellos el latigazo de una carcajada, mientras un escriba -estaba convencida de que ya no iba a ver escribas, y me sentía contenta-grita a la gente (numerosa en este estrecho cruce donde gorgotea una fuente): -¡Ésos son! ¡Mirad! ¡Ahí tenéis a los restos del ejército del gran rey! Los jabatos incapaces de pelear.
Los discípulos del seductor. Desprecio y escarnio para ellos. ¡Y compasión, la compasión que se siente por los locos!
Es el principio de una barahúnda de ultrajes. Hay quien grita.
-¿Dónde estabais mientras Él sufría su pena?
-¿Convencidos ahora de que era un falso profeta?
-¡En vano lo habéis robado y escondido! La idea está apagada. El Nazareno está muerto. El Galileo ha sido fulminado por Yeohveh. Y vosotros con Él.
También hay quien, con falsa piedad, dice:
-Dejadlos tranquilos. Han recapacitado y se han arrepentido; demasiado tarde, pero a tiempo de huir en el momento justo.
Y hay quien enardece a la masa popular (en general compuesta por mujeres, que parecen propensas a ponerse de la parte de los apóstoles), diciendo:
-A vosotros, a los que todavía dudáis de nuestra justicia: os sirva de luz lo que han hecho los más leales seguidores del Nazareno. Si hubiera sido Dios, los habría fortalecido. Si ellos lo hubieran conocido como al verdadero Mesías, no habrían huido, porque habrían pensado que una fuerza humana no podía vencer al Cristo. Sin embargo, Él ha muerto en la presencia del pueblo. Y en vano ha sido robado su cadáver, tras haber agredido a los soldados que estaban de guardia y se habían dormido.
Preguntádselo a los soldados, si fue o no así. El ha muerto y su gente está desperdigada. Y grande es ante los ojos del Altísimo el que libera el suelo santo de Jerusalén de los últimos vestigios suyos. ¡Maldición a los seguidores del Nazareno! ¡Echemos mano a las piedras, oh pueblo santo, y sean lapidados éstos fuera de las murallas!
Es demasiado para la todavía poco estable valentía de los apóstoles. Ya se habían retirado bastante hacia las murallas para no fomentar la algarada con un imprudente desafío a los acusadores. Pero ahora, más que la prudencia, lo que vence es el miedo. Y vuelven las espaldas y se salvan huyendo en dirección a la puerta.
Santiago de Alfeo y Santiago de Zebedeo, con Juan, Pedro y el Zelote, más serenos y dueños de sí mismos, siguen a sus compañeros sin correr. Alguna piedra los alcanza antes de salir por la puerta, y sobre todo, son alcanzados por muchas porquerías.
Los soldados que están de guardia y salen de sus sitios impiden que los sigan más allá de las murallas. Pero los apóstoles corren, corren, y se refugian en el huerto de José, donde estaba el Sepulcro.
Hay serenidad y silencio en ese lugar. Suave es la luz bajo los árboles, que en esos días han echado hojas, todavía escasas, pero tan esmeraldinas, que proyectan un velo de color suave bajo los robustos troncos. Se echan al suelo para calmarse de las fuertes palpitaciones.
En el fondo del huerto un hombre está cavando, y recalzando verduras, ayudado por un jovencito. No los ve -se han escondido detrás de un seto-sino cuando, después de haber escrutado el cielo y dicho fuerte: «Ven, José, y trae al burro para atarle a la noria», se dirige hacia ellos, a un rústico pozo escondido entre un grupo de zarzas que le dan sombra.
-¿Qué hacéis? ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis en el huerto de José de Arimatea? Y tú, necio, ¿por qué dejas abierta la cancilla que José quiere que esté cerrada, ahora que la ha puesto? ¿No sabes que no quiere a nadie aquí donde fue sepultado el Señor?
Digo la verdad: envuelta en la pena de asistir a la sepultura de Jesús y en el estupor de la Resurrección, nunca me había percatado de si este huerto, además de la cerca de un seto verde de bojes y zarzas, tenía o no una cancilla; pero, en efecto, creo que haya sido colocada hace poco porque está completamente nueva y la sostienen dos machones cuadrangulares cuyo revoque no presenta señales de largo tiempo. José también, como Lázaro, ha cerrado los lugares santificados por Jesús.
Juan se alza, junto con el Zelote y Santiago de Alfeo, y, sin miedo, dice:
-Somos los apóstoles del Señor. Yo, Juan; éste, Simón, amigo de José; y éste, Santiago, hermano del Señor. El Señor nos había llamado al Gólgota y habíamos ido. Nos dio la orden de ir a la casa donde está su Madre. La muchedumbre nos ha acosado. Hemos entrado aquí en espera de la noche…
-Pero… ¿estás herido? ¡Y también tú! ¡Y tú! Venid que os cure ¿Tenéis sed?, ¿hambre? Tú, rápido, saca agua. La primera agua es pura, luego los cangilones la ponen fangosa. Y da de beber. Y luego lava algunas lechugas de esas frescas y alíñalas con el aceite que tenemos para fajar los injertos. No tengo más cosas que daros. No tengo casa aquí. Pero, sí esperáis, os llevo conmigo…
-No. No. Tenemos que ir donde el Señor. Que Dios te lo pague.
Beben y se dejan curar. Todos tienen heridas en la cabeza. ¡Apuntan bien los judíos!
-Ve al camino tú y mira a ver sí hay alguno merodeando, pero sin levantar sospechas -le ordena el hortelano al muchacho.
Éste vuelve y dice:
-Nadie, padre. El camino está desierto.
-Ve a dar una ojeada hacia la puerta y vuelve rápidamente.
Arranca unos tallos de anís y los ofrece, disculpándose por no tener más que legumbres, lechuga y esos anises; y es que -dice-los árboles frutales han perdido las flores muy recientemente.
Vuelve el muchacho.
-Nadie, padre. El camino, fuera de la puerta, está vacío.
-Vamos entonces. Ata el burro al carro y echa encima las hierbas de la mondadura. Pareceremos hombres que vuelven de los campos. Venid conmigo. Alargaréis el camino… pero es mejor que las pedradas.
-En todo caso, tendremos que entrar en la ciudad…
-Sí. Pero entraremos por otra parte, por callejuelas no expuestas. Venid seguros.
Cierra con una llave grande la sólida cancilla. Ofrece a los más mayores que suban al carro. Da azadas y rastrillos a los otros. Carga a Tomás con un haz de mondadura y con un atado de hierba a Juan
Y se da a caminar seguro, orillando las murallas en dirección al sur.
-Pero, tu casa… Esto está desierto.
-La casa está allá, en el otro lado, y no se escapa. La mujer esperará. Primero sirvo a los siervos del Señor.
Los mira…
-¡Todos cometemos errores! ¡Yo también tuve miedo! Y todos somos odiados por su Nombre. También José. Pero ¿qué importa? Dios está con nosotros. ¿La gente?… Odia y ama, ama y odia. ¡Además, lo que hoy hace lo olvida mañana! Claro… ¡si no estuvieran esas hienas!… Son ellos los que incitan a la gente. Están enfurecidos porque ha resucitado ¡Si se presentara en un pináculo del Templo para dar seguridad al pueblo de que ha resucitado! ¿Por qué no lo hace? Yo creo. Pero no todos saben creer. Y ellos pagan bien a los que dicen al pueblo que su cadáver ha sido robado; que vosotros lo habéis robado, ya descompuesto, y lo habéis sepultado o quemado en una gruta de Josafat.
Ya están en el lado sur de la ciudad, en el valle de Hinnón.
-Ahí está la Puerta de Sión. ¿Sabéis ir desde allí a la casa? Está a un paso.
-Sabemos. Que Dios esté contigo por tu bondad.
-Para mí seguís siendo los santos del Maestro. Hombres sois y hombre soy. Sólo Él es más que Hombre y pudo no temblar. Sé comprender y compadecerme. Y digo que vosotros, hoy débiles, mañana seréis fuertes. La paz a vosotros.
Los libera de hierbas y herramientas agrícolas y se vuelve, mientras los apóstoles, rápidos como liebres, entran en la ciudad y, por callejuelas periféricas, a hurtadillas, van hacia la casa del Cenáculo.
Pero las peripecias de ese día no han terminado todavía. Un grupo de legionarios dirigidos hacia la cercana taberna se cruza con ellos. Uno de los legionarios los observa e indica su presencia a los otros. Y se ríen todos. Y, cuando estos pobres, maltratados discípulos se ven obligados a pasar por delante de ellos, uno de los soldados que están apoyados en la puerta los apostrofa:
-¡Hala… ¿no os ha lapidado el Calvario y han atinado los hombres?! ¡Por Júpiter! ¡Os creía más valientes! Y creía que no teníais miedo a nada… porque como os habíais atrevido a subir allá… ¿No os han echado en cara las piedras del monte vuestra cobardía? ¿Tanto valor habéis tenido que habéis subido? Siempre he visto a los culpables huir de los lugares que recuerdan la culpa. La Némesis los sigue. Pero quizás a vosotros os ha llevado hasta allá arriba para haceros temblar de horror, hoy, porque no quisisteis temblar de piedad entonces.
Una mujer -quizás es la dueña de la taberna-se asoma a la puerta y se ríe. Tiene una cara de fascinerosa que mete miedo, y grita fuerte:
-¡Mujeres hebreas, mirad lo que brota de vuestras entrañas: cobardes perjuros que salen de sus madrigueras cuando el peligro ha terminado! ¡El vientre romano sólo concibe héroes! ¡Venid, vosotros, a beber por la grandeza de Roma!¡Vino selecto y hermosas jóvenes!… -se adentra, seguida por los soldados, en su antro oscuro.
Una hebrea mira -alguna mujer está en la calle, con las ánforas; ya se oye el gorgoteo de la fuente cercana a la casa del Cenáculo-y siente compasión. Es una mujer anciana. Dice a sus compañeras:
-Han errado… Pero todo un pueblo ha errado.
Se acerca a los apóstoles y los saluda:
-La paz a vosotros. Nosotras no olvidamos… Sólo queremos saber si verdaderamente ha resucitado el Maestro.
-Ha resucitado. Lo juramos.
-Pues entonces no temáis. Él es Dios, y Dios vencerá. Paz a vosotros, hermanos. Y decid al Señor que perdone a este pueblo.
-Y vosotras orad para que el pueblo a nosotros nos perdone y olvide el escándalo que hemos dado. Mujeres, a vosotras, yo, Simón Pedro, os pido perdón.
Pedro llora…
-Somos madres y hermanas y esposas, hombre. Tu pecado es el de nuestros hijos, hermanos y maridos. ¡Que el Señor tenga piedad de todos!
Los han acompañado a la casa estas mujeres compasivas, y ellas mismas llaman a la puerta cerrada. Abre la puerta Jesús, llenando el espacio oscuro con su Cuerpo glorificado, y dice:
-Paz a vosotras por vuestra piedad.
Las mujeres están petrificadas por el estupor. Se quedan así, hasta que la puerta vuelve a cerrarse tras los apóstoles y el Señor. Entonces vuelven en sí.
-¿Lo has visto? Era Él. ¡Qué hermoso! Más que antes. ¡Y vivo! ¡Ciertamente no era un fantasma! Un hombre verdadero. ¡La voz! ¡La sonrisa! Movía las manos. ¿Has visto qué rojas estaban las heridas? No, miraba que su pecho respiraba exactamente igual que el de un vivo. ¡Que no nos vengan a decir que no es verdad! ¡Vamos! ¡Vamos a decirlo por las casas! No. Vamos a llamar aquí para verlo otra vez. ¿Qué piensas tú? Es el Hijo de Dios, resucitado.
¡Ya es mucho el que se haya mostrado a nosotras, pobres mujeres! Está con su Madre y las discípulas y los apóstoles. No. Sí…
Vencen las prudentes y el grupo se aleja.
Jesús, entretanto, ha entrado con sus apóstoles en el Cenáculo. Los observa. Sonríe. Ellos, antes de entrar en casa, se han quitado las prendas que cubrían como vendas sus cabezas y se las han puesto como impone el uso normal.
Las moraduras, por tanto, no se ven. Se sientan, cansados y silenciosos; más afligidos que cansados.
-Habéis tardado -dice Jesús con dulzura.
Silencio.
-¿No me decís nada? ¡Hablad! Soy Jesús también ahora. ¡Ya ha cedido vuestra intrepidez de hoy?
-¡Oh, Maestro! ¡Señor! -grita Pedro cayendo de rodillas a los pies de Jesús -No ha cedido nuestra intrepidez. Pero nos abate el constatar el daño que hemos causado a tu Fe.
¡Estamos machacados!
-Muere el orgullo, nace la humildad. Surge el conocimiento, crece el amor. No temáis. Estáis haciéndoos apóstoles ahora. Esto es lo que Yo quería.
-¡Pero no vamos a poder hacer ya nada! ¡El pueblo, y tiene razón, se burla de nosotros! Hemos destruido tu obra. ¡Hemos destruido tu Iglesia!
Están llenos de angustia. Gritan, gesticulan…
Jesús está majestuosamente sereno. Dice, ayudando a sus palabras con el gesto: -¡Tened paz! Ni el infierno destruirá mi Iglesia. No hará perecer el edificio la inestabilidad de una piedra aún no bien asegurada. ¡Tened paz! Haréis, haréis cosas bien hechas, porque ahora os conocéis humildemente en vuestra verdadera realidad, porque ahora poseéis una gran sabiduría: la de saber que todo acto tiene muy vastas repercusiones, a veces imborrables, y que quien está arriba -recordad lo que dije de la luz, que debe ponerse en un lugar alto para que sea vista, pero, precisamente porque todos la ven, debe tener una llama pura-, que quien está arriba, más que quien no lo está, tiene el deber de ser perfecto. ¿Veis, hijos míos? Lo que, si lo hace un fiel, pasa desapercibido o es excusable no pasa desapercibido y severo es el juicio del pueblo si lo hace un sacerdote.
Pero vuestro futuro borrará vuestro pasado. No os he dicho nada en el Gólgota, sino que he dejado que el mundo hablara. Yo os consuelo. ¡Ánimo, no lloréis! Comed y bebed ahora, y dejad que os cure, así.
Toca levemente las cabezas heridas. Luego dice:
-Pero conviene que os alejéis de aquí. Por eso he dicho: "Id, orantes, al Tabor". Podréis estar en los pueblos cercanos y subir a cada amanecer a esperarme.
-Señor, el mundo no cree que hayas resucitado -dice en tono bajo Judas Tadeo.
-Convenceré al mundo. Os ayudaré a vencer al mundo. Vosotros sedme fieles. No pido más. Y bendecid a quien os humilla, porque os santifica.
Parte el pan, lo divide en partes, lo ofrece y distribuye:
-Éste es mi viático para los que os marcháis. Allí he preparado ya el alimento para mis peregrinos. Haced también esto en el futuro con aquellos de entre vosotros que se pongan en viaje. Sed paternos con todos los fieles.
Todo lo que Yo hago, o hago que hagáis, hacedlo vosotros también. También el ir al Calvario, meditando y moviendo a meditar en la vía dolorosa, hacedlo en el futuro. ¡Contemplad! Contemplad mi dolor. Porque por él, no por la presente gloria, os he salvado. Allí está Lázaro con sus hermanas. Han venido a saludar a mi Madre. Id vosotros también, porque mi Madre se va a marchar pronto en el carro de Lázaro. La paz a vosotros.
Se levanta y, rápidamente, sale.
-¡Señor! ¡Señor! -grita Andrés.
-¿Qué quieres, hermano? -le pregunta Pedro.
-Quería pedirle muchas cosas. Hablarle de los que piden curaciones… ¡No sé! ¡Cuando está en medio de nosotros ya no sabemos decir nada! -y sale corriendo en busca del Señor.
-¡Es verdad! ¡Estamos como desmemoriados! -convienen en ello todos.
-¡Pues es muy bueno con nosotros! ¡Nos ha llamado "hijos" con una dulzura tal, que me ha abierto el corazón! exclama Santiago de Alfeo.
-¡Pero es tan… Dios, ahora!… Tiemblo cuando lo tengo cerca, como si estuviera junto al Santo de los Santos -dice Judas Tadeo.
Vuelve Andrés:
-Ya no está. El espacio, el tiempo, las paredes, están bajo su dominio.
-¡Es Dios! ¡Es Dios! -dicen todos, y permanecen en actitud de gran veneración…
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Los apóstoles se ponen sus mantos y preguntan:
-¿A dónde vamos, Señor?
Su forma de hablar ahora no es tan familiar como lo era antes de la Pasión. Mi impresión, si es que esto se puede decir, es que hablan con el alma arrodillada.
Más que la postura de su cuerpo -siempre levemente inclinado en señal de reverencia ante el Resucitado-, más que su reserva en cuanto a tocarlo, más que su trémula alegría cuando Él los toca, acaricia o besa, o cuando les dirige en particular la palabra, más que todo esto, lo que expresa que es su espíritu -más que su humanidad-el que no puede ser como era en sus relaciones con el Maestro y el que informa con su nuevo sentimiento todos los actos de la persona, lo que expresa esto es todo su aspecto, es un "algo" que no se puede describir y que, sin embargo, es perfectamente manifiesto.
Antes era "el Maestro". El Maestro al que su fe creía Dios, pero sus sentidos consideraban… un hombre. Ahora es "el Señor". Es Dios. No hay necesidad ya de hacer actos de fe para creerlo.
La evidencia ha abolido esta necesidad. Él es Dios. Es el Señor, al que el Señor ha dicho: "Siéntate a mi derecha" y lo ha proclamado con la palabra y con el prodigio de la Resurrección. Dios como el Padre. Y es el Dios al que ellos han abandonado por miedo, después de haber recibido tanto de Él…
Lo miran siempre con esa mirada de veneración reverencial con que un verdadero creyente mira a la Hostia radiosa en el ostensorio, o mira el Cuerpo de Cristo alzado por el sacerdote en el Sacrificio cotidiano. En su mirada, que quiere ver la amada figura, aún más hermosa que antes, está también la expresión de quien no se atreve a ver, de quien no se atreve a detener su mirada… El amor los incita a detenerse en su Amado. El temor hace bajar enseguida los párpados y la cabeza, como si un intenso resplandor hubiera ofuscado su vista.
En efecto, aunque Jesús, el Resucitado Jesús, sea realmente Él, ya… ya no es Él. Si se le observa bien, es distinto. Iguales son las facciones de su rostro, el color de los ojos y el pelo, la estatura, las manos, los pies… y, de todas formas, es distinto. Es igual su voz, y son iguales sus gestos… pero es distinto. Es un verdadero cuerpo, tanto es así que ahora intercepta la luz del sol poniente que entra, con su último rayo, en la estancia por la ventana abierta; proyecta tras sí la sombra de su alto cuerpo.
Y, a pesar de todo, es distinto. No se ha hecho reservado, distante, y, sin embargo, es distinto.
Una majestad nueva, continua, está presente donde tanto reinaba el humilde, modesto aspecto -a veces tan modesto, que podría parecer abatido-del incansable Maestro.
Desaparecida la demacración del último período, borrado ese aspecto de cansancio físico y moral que lo envejecía, perdida esa mirada afligida, suplicante, que demandaba sin hablar: "¿Por qué me rechazáis? Acogedme…", el Cristo Resucitado parece incluso más alto y fuerte, libre de todo peso, seguro, victorioso, majestuoso, divino. Ni siquiera cuando se hacía poderoso en los momentos de poderosos milagros, o majestuoso en los momentos sobresalientes de su magisterio, era como ahora, ya resucitado y glorificado. No emana luz. No. No emana luz como en la transfiguración y como en las primeras apariciones después de la Resurrección. Y, de todas formas, parece luminoso.
Es verdaderamente el Cuerpo de Dios, con la belleza de los cuerpos glorificados. Y atrae e intimida al mismo tiempo.
Quizás son esas heridas, tan visibles en las manos y pies, las que infunden este respeto profundo; no lo sé. Lo que sé es que los apóstoles se manifiestan de forma distinta, a pesar de que Cristo se muestre muy dulce con ellos y trate de crear nuevamente ese ambiente de otros tiempos.
Tan insistentes y habladores antes, ahora hablan poco. Y, si Él no responde, no insisten. Si les sonríe a todos o a uno de ellos, cambian de color y no se atreven a responder a su sonrisa con una sonrisa. Si, como hace ahora, tiende la mano para coger su manto blanco -desde que ha resucitado, siempre lleva una túnica blanca esplendorosa, más brillante que si fuera de blanquísimo raso-ninguno de ellos se adelanta, como hacían antes, disputándose la alegría y el honor de ayudarle. Parece como si tuvieran miedo a tocar sus vestiduras y su Cuerpo. Y debe decir Él, como hace ahora:
-Ven, Juan. Ayuda a tu Maestro. Estas heridas son verdaderas heridas…: las manos heridas no son tan ágiles como antes…
Juan obedece y ayuda a Jesús a ponerse el amplio manto; y lo hace con movimientos tan atentos y concentrados, que parece estar vistiendo a un Pontífice, poniendo cuidado en no rozarle las Manos en que rojean los estigmas. Pero, a pesar del cuidado que pone, choca 1a izquierda de Jesús y grita como si fuera él el chocado, y fija los ojos en el dorso de esa Mano temiendo ver gotear otra vez sangre.
¡Está tan viva esa atroz herida!
Jesús le pone la derecha en la cabeza y dice:
-Tuviste más valor cuando me recibiste separado ya de la Cruz. Y entonces todavía goteaba sangre; tanta, que se te tiñó de rojo incluso el pelo. Nuevo rocío de la noche sobre el nuevo amador. Me recogiste como racimo arrancado de la cepa… ¿Por qué lloras? Yo te di mi rocío de Mártir. Tú, en mi Cabeza, esparciste tu rocío de piedad.
Pero entonces podías llorar… No ahora. ¿Y tú, por qué lloras, Simón Pedro? Tú no me has chocado la Mano. Tú no me viste muerto…
-¡Ah, mi Dios! ¡Es por eso por lo que lloro! Por mi pecado.
-Te he perdonado, Simón de Jonás.
-Pero yo no me perdono. No. Nada hará terminar mi llanto. Ni siquiera tu perdón.
-Pero mi gloria, sí.
-Tú glorioso, yo pecador.
-Tú glorioso, después de ser mi pescador. Pesca grande, abundante, milagrosa, harás, Pedro. Y luego te diré: "Ven al banquete eterno". Y ya no llorarás. Pero todos tenéis las lágrimas en las pupilas. Y tú, Santiago, hermano mío, estás ahí echado en ese rincón como si hubieras perdido todos los bienes. ¿Por qué?
-Porque esperaba que… ¿Entonces sientes las Heridas? ¿Las sientes todavía? Esperaba que todo el dolor, para ti, hubiera quedado anulado; que estuviera borrada toda señal. También por nosotros. Por nosotros, pecadores. ¡Esas Llagas!… ¡Qué dolor verlas!
-Sí. ¿Por qué no las has borrado? A Lázaro no le quedaron señales… ¡Son una… una censura esas Llagas! ¡Gritan con tremenda voz! Son más fulgurantes y terribles que los rayos del Sinaí -dice Bartolomé.
-Gritan nuestra cobardía. Porque nosotros huimos mientras Tú las recibías… -dice Felipe.
-Y, cuanto más se miran, la conciencia más censura y echa en cara cobardía, necedad, incredulidad -dice Tomás.
-¡Por nuestra paz y la de este pueblo pecador, puesto que moriste y has resucitado para el perdón del mundo, borra esas Llagas que acusan al mundo, Señor! -dice Andrés en tono de súplica.
-Son la Salud del mundo. En ellas está la Salud. Las ha abierto e1 mundo que odia, pero el Amor ha hecho de ellas Medicina y Luz. En ellas ha quedado clavada la Culpa. En ellas quedaron colgados y sujetos todos los pecados de los hombres, para que el Fuego del Amor los consumiera en el verdadero Altar.
Cuando el Altísimo prescribió a Moisés el arca y el altar del perfume, ¿no quiso que estuvieran perforados por anillos para ser alzados y llevados a donde quería el Señor? (Éxodo 25, 12-15; 30, 4; 37, 3-5.27) Yo, también perforado. Yo soy más que arca y altar, mucho más que arca y altar. He quemado el perfume de mi caridad hacia Dios y el prójimo y he llevado el peso de todas las iniquidades del mundo. Y el mundo debe recordar esto. Para recordar cuánto le ha costado a un Dios. Para recordar cómo lo ha amado un Dios.
Para recordar lo que producen los pecados. Para recordar que sólo en Uno está la salvación: en Aquel al que traspasaron. Si el mundo no viera rojear mis Llagas, en verdad pronto olvidaría que por sus pecados un Dios se inmoló, olvidaría que verdaderamente morí en el más atroz de los tormentos, olvidaría cuál es el bálsamo para sus heridas. Aquí está el bálsamo. Venid y besad. Cada beso es un aumento de purificación y gracia para vosotros. En verdad os digo que purificación y gracia no son suficientes nunca, porque el mundo consume lo que el Cielo infunde, y se hace necesario compensar con el Cielo y sus tesoros los descalabros del mundo. Yo soy el Cielo. Todo el Cielo está en mí, y los tesoros celestes manan de las Llagas abiertas.
Ofrece las Manos para que las besen sus apóstoles. Y debe apretar Él, esas Manos heridas, contra las bocas ávidas y temerosas, porque el temor a aumentar su dolor contiene a esos labios de apretar en las Heridas.
-No es esto lo que produce dolor, aunque sí produzca rigidez. ¡El dolor es otro!…
-¿Cuál, Señor? pregunta Santiago de Alfeo.
-El haber muerto por demasiados inútilmente… Pero, vamos; o, mejor, id adelante. Vamos al Getsemaní… ¿Qué pasa? ¿Tenéis miedo?
-No por nosotros, Señor… Es que los grandes de Jerusalén te odian más que antes.
-No temáis. Ni por vosotros, porque Dios os protege, ni por mí, porque han terminado para mí las opresiones de la Humanidad. Yo voy donde mí Madre y luego me uno de nuevo a vosotros. Tenemos muchas cosas que cancelar, muchas cosas horrendas del reciente pasado de pecado y odio; y lo haremos con el amor, con lo contrario de lo que fue pecado…
¿Veis? Vuestro beso cancela y mitiga el dolor y la consecuencia de los clavos en las carnes vivas. De la misma forma, lo que haremos cancelará las señales horrendas y santificará los lugares profanados por los pecados. Para que, al verlos, no os causen demasiado dolor…
-¿También al Templo vamos?
El más encrespado de los temores se dibuja en el rostro de todos.
-No. Lo santificaría con mi Presencia. Y no puede; podía, pero no ha querido. No hay redención para él. Es un cadáver que rápidamente se descompone. Dejémoslo a sus muertos. Que lleven a cabo su entierro. En verdad, los leones y los buitres despedazarán sepulcro y cadáver, y no quedará ni siquiera el esqueleto del Gran Muerto que no quiso la Vida.
Jesús sube por la escalera y sale. Los demás, en silencio, hacen lo mismo. Pero, cuando ponen pie en el pasillo que hace de atrio, Jesús ya no está. La casa está silenciosa y parece desierta. Todas las puertas cerradas.
Juan señala a la puerta que hay frente al Cenáculo y dice:
-María está allí. Está siempre allí. Como en un éxtasis continuo. Su cara resplandece con luz inefable. Es la alegría que irradia su Corazón. Ayer me decía: "Considera, Juan, cuánta felicidad se ha esparcido por todos los reinos de Dios". Le pregunté: "¿Qué reinos?". Yo pensaba que Ella supiera alguna maravillosa revelación sobre el reino del Hijo suyo, vencedor incluso sobre la muerte. Me respondió: "En el Paraíso, en el Purgatorio, en el Limbo.
Perdón a los purgantes. Todos los justos y los perdonados subiendo al Cielo. El Paraíso poblado de bienaventurados.
Dios glorificado en ellos. Nuestros antepasados y parientes allá arriba, en el júbilo. Y felicidad también en este reino que es la Tierra, donde ahora resplandece el signo y se ha abierto la fuente que vence a Satanás y cancela la Culpa y las culpas. Ya no sólo paz para los hombres de buena voluntad, sino que también redención y nueva elección para el grado de hijos de Dios. Veo las turbas -¡oh, cuántas!-bajar a esta Fuente y hundirse en ella y salir renovadas, hermosas, en vestido de boda, en vestido regio. Las bodas de las almas con la Gracia, la regiedumbre de ser hijos del Padre y hermanos de Jesús".
Han salido, hablando, a la calle. Ahora se alejan, mientras se viene la noche.
No hay mucha gente por la calle, y más en esta hora, en que la gente se recoge en torno a las mesas para cenar. Jerusalén, después del río de gente que la ha inundado durante la Pascua y que, pasadas las fiestas (¡tan trágicas este año!), la ha dejado, parece aún más vacía de cuanto lo está habitualmente. Y Tomás lo observa; lo observa él y se lo hace notar a los demás.
-Así es. Los extranjeros, aterrorizados, la han abandonado precipitadamente después del viernes, y quien todavía había resistido al gran miedo de ese día huyó cuando el segundo terremoto, el que se produjo, sin duda, cuando el Señor salió del Sepulcro. Y los no gentiles también han huido. Muchos, lo sé con certeza, ni siquiera comieron el cordero y tendrán que volver para la Pascua suplementaria.
Y también habitantes de este lugar huyeron y se alejaron: unos para llevarse a sus muertos, los que habían perecido en el terremoto de la Parasceve; otros por miedo a la ira de Dios. La lección ha sido fuerte -dice el Zelote.
-Como debía ser. ¡Rayos, piedras, sobre todos los pecadores! -impreca Bartolomé.
-¡No digas eso! ¡No digas eso! Nosotros somos los que más merecemos los castigos del Cielo. Nosotros también somos pecadores… ¿Os acordáis?, en este lugar… ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Diez?, ¿diez noches?… ¿o diez años?, ¿o diez horas? ¡Tan lejano y tan cercano me parece mi pecado, y esas horas, y esa noche… que nunca sé, que… estoy aturdido! ¡Nos sentíamos tan seguros, tan belicosos, tan heroicos! ¿Y luego? ¿Y luego? ¡Ah!… -y Pedro se golpea con la mano la frente, y, llegados ya a la placita, señala:
-¡Ahí… ahí yo ya tenía miedo!
-¡Basta ya, Simón! ¡Basta, Simón! Él te ha perdonado. Y antes de Él, María. ¡Basta! Te torturas -dice Juan.
-¡Ah, si así fuera! Tú, mira, tú, Juan, sostenme siempre.
¡Siempre! Jesús ha puesto en tus manos a su Madre porque sabes guiar ¡Claro! Pero yo, un gusano cobarde y embustero, tengo más necesidad que María de ser guiado, porque tengo escamas en las pupilas: no veo…
-En esa actitud, verdaderamente te van a aparecer las escamas. Te vas a quemar las pupilas. Y no estará el Señor para curártelas… -le dice Juan, pasándole por los hombros un brazo para consolarlo.
-Me sería suficiente ver bien con el alma. Y además… los ojos no cuentan.
-¡¡Pero sí para muchos!! ¿Qué van a hacer, entonces, los enfermos? ¡Ya has visto lo desesperada que estaba ayer aquella mujer! -dice Andrés.
-Sí, claro…
Se miran unos a otros a la cara, y luego todos juntos confiesan: -Y ninguno de nosotros se sintió merecedor de imponerle las manos…
La humildad, causada por el recuerdo de sus comportamientos, los aplasta.
Pero Tomás dice a Juan:
-Pero tú hubieras podido hacerlo. Tú no huiste, no renegaste, no has tenido incredulidad…
-Yo también tengo mi pecado. Y, como el vuestro, es pecado contra el amor. Yo, junto al arco de la casa de Josué, agarré por el cuello a Elquías, y lo habría estrangulado, porque vejaba a la Madre. ¡Y odié y maldije a Judas de Keriot! -dice Juan.
-¡Calla! No menciones ese nombre. Es el de un demonio, y tengo la impresión de que todavía no está en el infierno y que merodea en torno a nosotros para hacernos pecar otra vez -dice, con verdadero terror, Pedro.
-No. ¡Vaya que si está en el infierno! Pero, aunque estuviera aquí, su poder ahora ha terminado. Tenía todo para ser ángel y fue el demonio, y Jesús ha vencido al demonio -dice Andrés.
-Bien… Pero es mejor no nombrarlo. Yo tengo miedo. Ahora sé lo débil que soy. Respecto a ti, Juan, no te sientas culpable ¡Todos maldecirán al hombre que traicionó al Maestro!
-Y justo es hacerlo -dice Judas Tadeo, que siempre ha tenido la misma idea respecto al Iscariote.
-No. María me ha dicho que basta sobre él el juicio de Dios, y que en nosotros debe haber un sólo sentimiento: de agradecimiento por no haber sido nosotros los traidores.
Y, si Ella no maldice, Ella, la Madre que ha visto las torturas de su Hijo, ¿habremos de hacerlo nosotros? Olvidemos…
-¡Es de necios! -exclama su hermano Santiago.
-Y, sin embargo, es la palabra del Maestro respecto a los pecados de Judas…
Juan calla y suspira.
-¿Qué? ¿Hay otros? Tú sabes… ¡Habla!
-Yo he prometido tratar de olvidar, y me esfuerzo en hacerlo. Respecto a Elquías… he transgredido… Pero ese día cada uno de nosotros tenía su ángel y su demonio al lado, y no siempre escuchamos al ángel de luz…
Dice el Zelote:
-¿Sabes que Nahúm se ha quedado baldado, y a su hijo lo aplastó una pared o una parte de monte? Sí. El día de la muerte. Lo encontraron más tarde. ¡Oh, mucho más tarde, cuando ya hedía! Le descubrió uno que venía a comerciar. Y Nahúm estaba con otros de su clase y no sé qué le pasó, si fue una roca o si fue un ataque de algo. Lo que sé es que está como partido y ni siquiera comprende. Parece un animal, echa baba y balbucea, y ayer, con la única mano sana, agarró por el cuello a su… amo, que había ido donde él, y gritaba, gritaba: "¡Por ti! ¡Por ti!". Si no hubieran acudido los criados…
-¿Cómo lo sabes, Simón? -le preguntan al Zelote.
-He visto a José ayer -responde éste lacónicamente.
-Creo que el Maestro tarda en venir. Y estoy preocupado -dice Santiago de Alfeo.
-Volvemos para atrás… -propone Mateo.
-O nos paramos aquí en el puentecillo -dice Bartolomé.
Se paran. Pero Santiago de Zebedeo y el otro Santiago, Andrés y Tomás, vuelven sobre sus pasos y, pensativos, miran hacia el suelo, miran a las casas.
Andrés, palideciendo, apunta con el dedo hacia la pared de una casa en que resalta, sobre el blanco de la cal, una mancha rojo-parda, y dice:
-¡Es sangre! ¿Sangre del Maestro, quizás? ¿Perdía ya sangre aquí? ¡Decidme!
-¿Y qué podemos decirte nosotros, si ninguno lo siguió? -dice desconsolado Santiago de Alfeo.
-Pero mi hermano y, sobre todo, Juan lo siguieron…
-No inmediatamente. No inmediatamente. Me ha dicho Juan que lo siguieron desde la casa de Malaquías. Aquí no había ninguno. Ninguno de nosotros… -dice Santiago de Zebedeo.
Miran hipnotizados la extensa mancha oscura que aparece sobre la pared blanca, a poca distancia del suelo, y Tomás hace esta observación:
-Ni siquiera la lluvia la ha lavado. Ni siquiera la ha desconchado el granizo que ha caído con tanta fuerza en estos días… Si supiera que es Sangre suya, levantaría el revoque de esa parte de la pared…
-Preguntémoselo a los de la casa. Quizás saben… -aconseja Mateo, que se ha unido a ellos.
-¡No! Podrían reconocernos como apóstoles suyos. Podrían ser enemigos del Cristo y… -responde Tomás.
-Y nosotros somos unos cobardes todavía… -termina Santiago de Alfeo con un gran suspiro.
Poco a poco, todos se han ido acercando a esa pared y miran… Pasa una mujer, una rezagada que vuelve de la fuente, goteándole los cántaros de agua fresca. Los observa. Deja los cántaros en el suelo y les pregunta:
-¿Estáis mirando esa mancha de la pared? ¿Sois discípulos del Maestro? Me lo parecéis, aunque sean poco visibles vuestras caras, y… aunque no os viera detrás del Señor cuando pasó por aquí, apresado para conducirlo a la muerte. Esto me hace titubear, porque un discípulo que sigue al Maestro en las horas buenas, y se siente orgulloso de ser discípulo suyo, y mira con severidad a los que no están dispuestos como él a dejar todo para seguir al Maestro, debe también seguir al Maestro en las horas malas. Al menos, debería hacerlo. Y yo no os vi. No.
No os vi. Y, si no os vi, señal es que yo, mujer de Sidón, seguí a aquel al que sus discípulos israelitas no siguieron. Ya, pero yo recibí un don de Él. ¡A vosotros… a vosotros, acaso, no os había concedido nunca ningún don? Me parece extraño, porque se lo concedía a gentiles y samaritanos, a pecadores e incluso a bandidos dándoles la vida eterna, si ya no podía dar la de la carne. ¿Es que no os quería? Señal es, entonces, de que erais peor que inmundas áspides o hienas; aunque, la verdad es que creo que Él quería incluso a las víboras y a los chacales, no porque lo fueran, sino por haber sido creados por su Padre.
Eso es sangre. Sí. Es sangre. Sangre de una mujer de la ribera del gran mar. En el pasado eran tierras filisteas, y todavía los hebreos desprecian algo a aquellos habitantes. Y, a pesar de todo, ella supo defender al Maestro, hasta que su marido la mató dándole un golpe tan fuerte -después de haberle pegado-, que se le abrió la cabeza y saltaron sangre y masa cerebral contra la pared de su casa, donde ahora lloran los huérfanos. Pero es que ella había recibido un don: el Maestro había curado a su marido, inmundo por una enfermedad horrenda. Y ella quería al Maestro por eso. Ha amado hasta morir por Él. Le ha precedido en el seno de Abraham, decís vosotros.
También Analía le precedió, y habría sabido morir igual ella, si la muerte no la hubiera visitado antes. Y también una madre, más arriba, lavó con su sangre la calle, con la sangre de su vientre abierto por su hijo brutal, porque defendía al Maestro. Y una anciana murió de dolor, al ver pasar herido y maltratado a Aquel que había devuelto los ojos a su hijo. Y un anciano, un pordiosero, murió, porque se irguió en actitud de defensa y recibió en su cabeza la piedra que estaba destinada a la cabeza de vuestro Señor.
Porque ¿vosotros lo creíais vuestro Señor, no? Los valientes de un rey mueren en torno a él. Sin embargo, ninguno de vosotros ha muerto. Estabais lejos de los que le pegaban. ¡Ah, no! Uno murió. Se quitó la vida. Pero no por dolor. No por defender al Maestro. Primero lo vendió, luego indicó quién era con un beso, luego se suicidó. No tenía más perspectivas. No podía crecer ya en maldad. Era perfecto. Como Belcebú. El mundo lo habría apedreado para eliminarlo de la faz de la Tierra. Yo creo que esta mujer piadosa, que murió por evitar golpes al Mártir, y la anciana Ana, que murió por el dolor de verlo en esas condiciones, y el anciano pordiosero y la madre de Samuel y la virgen que murió, y yo, que no sé subir al Templo porque siento pena de los corderos y tórtolas que inmolan, ¡oh, sí, yo creo que habríamos tenido el valor de lapidarlo, y que no habríamos vacilado al verlo lacerado por nuestras piedras!… Él lo sabía, y ha ahorrado al mundo la fatiga de matarlo; y, a nosotras, el ser verdugos para vengar al Inocente…
Los mira con desprecio. Su desprecio se ha ido haciendo cada vez más visible, a medida que iba hablando. Sus ojos, grandes y negros, mientras miran al grupo que no sabe, que no puede, reaccionar, tienen la dureza de los de una ave rapaz… Emite, silbante entre dientes, la última palabra: « ¡Villanos!», y recoge sus cántaros y se marcha, contenta de haber escupido su desdén contra los discípulos que han abandonado al Maestro…
Éstos están anihilados, cabizcaídos, enervados, desmayados sus brazos… aplastados bajo el peso de la verdad. Meditan en las consecuencias de su cobardía… Guardan silencio… No se atreven a mirarse unos a otros. Incluso Juan y el Zelote, los dos que son inocentes de esta culpa, están como los demás, quizás por el dolor de ver tan humillados a sus compañeros y por la imposibilidad de medicar la herida provocada por las sinceras palabras de la mujer…
La calle ya está en penumbra. La Luna, ya en sus últimos días, se alza tarde, por lo cual el crepúsculo se entenebrece rápido. El silencio es absoluto. Ni un ruido ni una voz humana. Y, en el silencio, el frufrú del Cedrón reina solo. De manera que, cuando la voz de Jesús resuena, se sobresaltan cual si hubiera sido un sonido estremecedor, cuando en realidad es muy dulce al decir:
-¿Qué hacéis en este lugar? Os esperaba entre los olivos… ¿Qué hacéis ahí contemplando cosas muertas cuando os espera la Vida? Venid conmigo.
Jesús parece venir del Getsemaní hacia ellos. Se detiene al lado de ellos. Mira la mancha en que están todavía fijas las miradas aterradas de los apóstoles, y dice:
-Esa mujer está ya en la paz. Y ha olvidado el dolor.
¿Inactiva respecto a sus hijos? No. Doblemente activa. Y los santificará porque es lo único que pide a Dios.
Se encamina. Lo siguen en silencio.
Pero Jesús se vuelve y dice:
-¿Por qué os preguntáis en vuestro corazón: "¿Y por qué no pide conversión para su marido? No es santa, si lo aborrece…". No lo aborrece. Perdonó desde el momento en que él la mataba. Pero es un alma que ha entrado en el Reino de la Luz y ve con sabiduría y justicia, y ella ve que no hay conversión ni perdón para el marido. Por eso vuelve su oración hacia quien puede recibir de su oración un bien. No es mi sangre, no. ¡Aunque de hecho perdí mucha también en esta calle!… Pero los pasos de los enemigos la esparcieron, mezclada con tierra e inmundicias, y la lluvia la coló, disuelta, entre los estratos de tierra. Pero queda mucha, visible todavía… Porque fluyó tanta, que ni pasos ni agua podrán cancelarla fácilmente. Iremos juntos y veréis mi Sangre derramada por vosotros…
-¿A dónde? ¿A dónde quiere ir? ¿A1 lugar de su llanto? ¿A1 Pretorio? -se preguntan.
Y Juan dice:
-Pero Claudia se ha marchado dos días después del sábado, enojada, se dice, temerosa incluso de la presencia de su marido… Me lo ha referido el astero. Claudia separa su responsabilidad de la de su consorte. Porque ella le había advertido de no perseguir al Justo, pues que era mejor ser perseguido de los hombres que no del Altísimo, cuyo Mesías era el Maestro. Y no están tampoco ni Plautina ni Lidia. Han seguido a Claudia a Cesárea. Y Valeria se ha marchado con Juana a Béter. Si estuvieran ellas, podríamos entrar.
Pero ahora… no sé… Falta también Longinos, al que Claudia ha querido en su escolta… -dice Juan.
-Irá al lugar donde viste la hierba mojada de sangre…
Jesús, que va delante, se vuelve y dice:
-A1 Gólgota. Allí hay tanta Sangre mía, que la tierra parece duro mineral ferroso. Y ya alguien os ha precedido…
-¡Pero es lugar impuro! -grita Bartolomé.
Jesús exterioriza una sonrisa compasiva y responde:
-Todo lugar de Jerusalén es impuro después del atroz pecado; y, sin embargo, vosotros no sentís incomodidad en estar, aparte de la del miedo a la gente…
-Allí han muerto siempre los bandidos…
-Allí he muerto Yo. Y para siempre lo he santificado. En verdad os digo que, hasta el final de los siglos, no habrá lugar alguno más santo que ése, y convergerán las muchedumbres de toda la Tierra y de todas las épocas para besar esa tierra. Y ya alguien os ha precedido, sin temer vejaciones ni venganzas, sin temer contaminarse. Y quien os ha precedido tenía doble razón para temer esto.
-¿Quién es, Señor? -pregunta Juan, al cual Pedro hurga con el codo en el costado para que pregunte.
-¡María de Lázaro! De la misma manera que recogió -recuerdo de júbilo que luego distribuyó a sus compañeras-las flores pisadas por mis pies cuando entraba, antes de la Pascua, en su casa, ahora ha sabido subir al Calvario y escarbar con sus manos en la tierra, dura por mi Sangre, y bajar con su carga y depositarla en el regazo de mi Madre.
No ha tenido miedo. Y era conocida como "la Pecadora" y como "la discípula". Ni tampoco la que ha recibido en su regazo esa tierra del lugar del Cráneo ha creído contaminarse. Todo lo ha anulado mi Sangre, y santa es la tierra sobre la cual mi Sangre ha caído. Mañana, antes de la sexta, subiréis al Gólgota. Yo me uniré a vosotros… Pero el que quiera ver mi Sangre, ahí la tiene.
Señala al pretil del puentecillo.
-Aquí mi boca golpeó, y salió sangre de ella… Mi boca sólo había pronunciado palabras santas y palabras de amor. ¿Por qué, entonces, fue golpeada, y no hubo nadie que la medicara con un beso?…
Entran en el Getsemaní. Pero Jesús debe abrir antes una puerta que ahora impide el acceso al Huerto de los Olivos.
Una puerta nueva. Una valla fuerte, terminada en agudas puntas, alta, cerrada con una fuerte y novísima cerradura.
Jesús tiene la llave; una llave tan nueva, que resplandece como el acero; y abre la cerradura a la luz de la rama encendida que Felipe ha prendido para ver, pues ya es del
todo de noche.
-No estaba… ¿Por qué?… -musitan entre sí, observando la valla que aísla el Getsemaní.
-Está claro que Lázaro no ha querido ya a nadie aquí. Mira allí: piedras, ladrillos y cal. Ahora es madera, luego será un muro…
Jesús dice:
-Venid. Os digo que no os ocupéis de cosas muertas… Mirad, aquí estabais… Y aquí me rodearon y me prendieron, y por allí huisteis vosotros… Si hubiera estado esa valla entonces… habría impedido vuestra rápida fuga. ¡Pero cómo podía pensar Lázaro -vehemente él en querer seguirme, vehementes vosotros en huir-, que huiríais? ¿Os hago sufrir? Primero he sufrido Yo. Y quiero cancelar ese dolor. Bésame, Pedro…
-¡No, Señor! ¡No! ¡El gesto de Judas, aquí, a la misma hora, no, no!
-Bésame. Tengo necesidad de que repitáis con amor sincero el gesto insincero de Judas. Después seréis felices. Seremos más felices. Yo y vosotros. Ven, Pedro. Besa.
Pedro no sólo besa. Lava con lágrimas la mejilla del Señor y se retira, cubriéndose la cara, y se sienta en el suelo para llorar. Uno tras otro, los demás lo besan en el mismo sitio. Unos más otros menos, todos tienen lágrimas en su rostro…
-Y ahora vamos. Todos juntos. Esa noche os separé de mí, por pocas horas, después de haberos fortalecido con mi Cuerpo; pero enseguida caísteis. Recordad siempre lo débiles que fuisteis, y que sin la ayuda de Dios no podríais permanecer ni una hora en la justicia. Mirad, aquí dije que se velara. Se lo dije a aquellos que se creían los más fuertes; tan fuertes, que unos habían pedido beber de mi cáliz, otro había proclamado que incluso a costa de morir no renegaría de mí. Y los dejé, advirtiéndoles que oraran… Los dejé y se durmieron.
Recordadlo, y enseñad que aquel del que Jesús se separa, si no mantiene contacto de oración con Él, puede ser atrapado. Si no os hubiera despertado, verdaderamente os hubieran podido incluso matar durante el sueño, y hubierais debido comparecer ante el juicio de Dios cargados de humanidad. Unos pasos más… Mirad. Baja la rama, Felipe. ¡Mirad! El que quiera ver Sangre mía que mire. Aquí, en medio de la mayor angustia, como un agonizante, sudé sangre. Mirad… Tanta, que la tierra está endurecida y, todavía, roja la hierba porque la lluvia no ha podido disolver los grumos que se secaron entre tallos o corolas. Y allí me arrimé. Y aquí aleteó sobre mí el ángel del Señor para confortarme en mi voluntad de hacer la Voluntad de Dios.
Porque -recordad esto-si siempre quisierais hacer la Voluntad de Dios, en aquellos momentos en que la criatura no puede continuar, viene Dios con su ángel para sostener al héroe agotado. En la hora de la angustia, no tengáis miedo a caer en vileza o en abjuración si persistís en querer lo que Dios quiere. Dios os convertirá en gigantes de heroísmo si permanecéis fieles a su Voluntad. ¡Recordadlo! ¡Recordadlo! Un día os dije que, después de la tentación en el desierto, los ángeles me asistieron.
Ahora sabed que también aquí, después de la extrema tentación, fui asistido por un ángel. Y lo mismo sucederá con vosotros y con todos mis futuros fieles. Porque en verdad os digo que las ayudas que Yo he recibido las tendréis vosotros también. Yo mismo os obtendría estas ayudas si no os las concediera ya de por sí el Padre en su amorosa justicia. Sólo el dolor será siempre inferior al mío… Sentaos. Se alza en el Oriente la Luna. Nos dará luz.
No creo que durmáis esta noche, aunque sigáis siendo tan humanos y solamente humanos. No. No dormiréis porque ha entrado en vosotros un elemento activo que antes no teníais. Es el remordimiento. Una tortura, es verdad. Pero sirve para pasar a estadios más altos, tanto en el bien como en el mal.
En Judas de Keriot -habiéndose alejado él de Dios-produjo la desesperación y la condenación. En vosotros, que nunca os habéis apartado de la cercanía de Dios -os lo aseguro, porque no había en vosotros ni la voluntad ni la advertencia plenas respecto a lo que hacíais-, el remordimiento producirá un arrepentimiento confiado que os llevará hacia la sabiduría y la justicia. Quedaos donde estáis. Yo me separo hacia allá, a la distancia de un tiro de piedra, en espera del amanecer.
-¡No nos dejes, Señor! ¡Tú mismo has dicho lo que somos si estamos lejos de ti! -suplica Andrés, arrodillado, alargando los brazos como pidiendo una piadosa limosna.
-Tenéis el remordimiento, que es un buen amigo en los buenos.
-¡No te vayas, Señor! Nos habías dicho que íbamos a orar
juntos… -suplica Judas Tadeo, que ya no se atreve a manifestarse con los gestos propios de un pariente hacia el Resucitado, sino que tiene un poco inclinado hacia adelante su alto cuerpo en señal de veneración.
-¿Y no es la meditación la oración más activa? ¿Y no os he movido a la contemplación y meditación?, ¿no os he dado tema de meditación desde que me llegué a vosotros por el camino, moviendo vuestro corazón con verdaderos actos de santos sentimientos?
Ésta es la oración, oh hombres: ponerse en contacto con el Eterno y con las cosas que sirven para llevar al espíritu mucho más allá de la Tierra, y, a partir de la meditación de las perfecciones de Dios y de la miseria del hombre, del yo, suscitar actos de voluntad amorosa, o reparadora, siempre adoradora…. aunque fuera una voluntad que surgiera de una meditación sobre una culpa o un castigo.
El mal y el bien sirven para el fin último, si se saben usar. Lo he dicho muchas veces. El pecado es insanable quebranto sólo si no está seguido de arrepentimiento y reparación; en caso contrario, con la contrición del corazón se hace fuerte argamasa para mantener compactos los cimientos de la santidad, cuyas piedras son las buenas resoluciones.
¿Podrías mantener unidas las piedras sin argamasa?, ¿sin esa sustancia de malo y pobre aspecto sin la cual las piedras pulidas, los brillantes mármoles, no mantendrían su cohesión para formar el edificio?
Jesús hace ademán de marcharse.
Juan -su hermano y el otro Santiago y Pedro y Bartolomé le han dicho algo en voz baja-se alza y le sigue. Dice:
-Jesús, mi Dios. Esperábamos decir contigo la oración al Padre tuyo. Tu oración. Nos sentimos poco perdonados si no nos concedes decirla contigo. Sentimos que nos es muy necesario…
-Donde dos están unidos en oración, Yo estoy en medio de ellos. Decid, pues, la oración y Yo estaré en medio de vosotros.
-¡Ya no nos consideras dignos de orar contigo! -grita Pedro con fuerte llanto, con el rostro escondido entre la hierba, no toda ella exenta de Sangre divina.
Santiago de Alfeo exclama:
-Nos sentimos infelices, herm… Señor.
Se controla enseguida, diciendo "Señor" en vez de "hermano" Y Jesús lo mira y dice.
-¿Por qué no me llamas hermano tú que eres de mi sangre? Soy hermano de todos los hombres, y de ti doblemente, triplemente: como hijo de Adán, como hijo de David, como hijo de Dios. Termina tus palabras.
-Hermano, mi Señor, nos sentimos infelices y necios. Tú esto lo sabes. Y más necios nos hacen el abatimiento en que nos encontramos. ¿Cómo podemos decir con el alma tu oración si no comprendemos su significado?
-¡Cuántas veces, como a muchachos menores de edad, os lo he explicado! Pero vosotros, más duros de cerviz que el más distraído de los escolares de un pedagogo, no habéis retenido mis palabras.
-¡Es verdad! Pero ahora nuestra mente está clavada en nuestra tortura de no haberte entendido… ¡Oh, nada hemos entendido! ¡Yo lo confieso por todos! Y todavía no te comprendemos bien, Señor. Pero, te lo ruego, saca la indulgencia para nuestro mal del mismo mal que nos hace tardos de entendimiento. Cuando moriste, el gran rabí, al pie de tu Cruz, gritó la verdad de la ofuscación de Israel.
Y Tú, Dios omnipresente, liberado Espíritu de Dios de la cárcel de la Carne, oíste esas palabras: "Siglos y siglos de ceguera espiritual cubren la vista interior"; y te rogó: "En este pensamiento prisionero de las fórmulas, penetra Tú, Libertador". ¡Oh, mi adorado y adorable Jesús, Tú que nos has salvado de la Culpa original y has cargado sobre ti nuestros pecados y los has consumido en el fuego de tu amor perfecto, toma, consume también nuestro intelecto de obstinados israelitas; danos una mente nueva, virgen como la de un recién nacido; cancela los recuerdos de nuestra memoria para llenarnos sólo de tu sabiduría.
Muchas cosas del pasado han muerto en ese horrendo día. Han muerto contigo. Pero, ahora que has resucitado, haz que nazca en nosotros una nueva mente. Créanos un corazón y una mente nuevos, Señor mío, y te comprenderemos -suplica Juan.
-Esa tarea no es mía, sino de Aquel de quien os hablé en la última Cena. Todas mis palabras se pierden en el abismo de vuestro pensamiento, total o parcialmente, o permanecen cerradas, y celadas en cuanto a su espíritu. El Paráclito, sólo Él, cuando venga, extraerá de vuestro abismo mis palabras y os las abrirá para haceros comprender su espíritu.
-Pero Tú ya nos lo has infundido -objeta el Zelote.
Y Mateo, junto al Zelote, objeta:
-Pero dijiste que cuando fueras al Padre, Él, el Espíritu de Verdad, vendría.
-Decidme: ¿cuando un niño nace tiene infundida el alma?
-¡Claro que la tiene infundida! -responden todos.
-¿Pero esta alma tiene la Gracia de Dios?
-No. El Pecado original está en ella y la priva de la Gracia.
-¿Y el alma y la Gracia de dónde vienen?
-¡De Dios!
-¿Por qué entonces Dios no le da, sin más, un alma en gracia a la criatura?
-Porque Adán fue castigado, y nosotros en él. Pero, ahora que Tú ya eres el Redentor, será así.
-No. No será así. Los hombres nacerán siempre impuros respecto a su alma, alma que Dios ha creado y que la herencia de Adán ha manchado. Pero, por un rito que en otra ocasión os explicaré, el alma infundida en el hombre será vivificada con la Gracia, y el Espíritu del Señor tomará posesión de esa alma. En cuanto a vosotros, bautizados con agua por Juan, seréis bautizados con el fuego de la Potencia de Dios. Y entonces verdaderamente el Espíritu de Dios estará en vosotros. Y será el Maestro al que los hombres no podrán ni perseguir ni expulsar. Él, en vuestro interior, os expresará el espíritu de mis palabras y os instruirá sobre muchas otras cosas. Yo os lo he infundido porque nada puede recibirse ni ser válido si no es por mis méritos: recibir a Dios; tener validez la palabra de un delegado de Dios. Pero todavía no está en vosotros, como Maestro, el Espíritu de la Verdad.
-Bien. Que así sea. En su momento vendrá. Pero, mientras tanto, haznos sentir tu perdón. Sé Maestro con nosotros, Señor. Una vez más, una vez más, porque Tú dijiste que hay que perdonar setenta veces siete -insiste Juan, y termina:
-Tú, que eres la Luz eterna, no permitas que tus siervos permanezcan en las tinieblas -y -siempre Juan es el que muestra más confianza y cariño-, al decirlo, tiene la intrepidez de tomar, entre las suyas, la Mano izquierda de Jesús, que pende paralela al cuerpo y en la que la luna parece hacer aún más grande el desgarrón del clavo; y besa levemente la punta de los dedos, de estos dedos que se han quedado un poco retraídos, justo como los de una persona que haya sido herida y ya se haya curado pero que los nervios le quedan levemente contraídos.
-Venid. Vamos a subir más. Diremos juntos la oración ̀ asiente Jesús, y deja su mano entre las de Juan mientras va caminando hacia el límite más alto del Getsemaní, hacia el camino alto que va a Betania a través del Campo de los Galileos.
Aquí también se ve que se están llevando a cabo las obras de delimitación indicadas por Lázaro; es más, en este lugar, más alejado de la casa del guarda del olivar, ya está levantada una tapia lisa y alta paralela al trazado serpenteante del seto y el sendero que eran el límite del Getsemaní.
Jerusalén, abajo, sale lentamente de las tinieblas, incluso en sus zonas occidentales, porque la Luna está ahora en el cenit y albea todas las cosas con su fino honcejo, brillante cual diamantada llama posada en la oscuridad del firmamento en que titilan las corolas luminosas de un número incalculable de estrellas, de esas estrellas tan increíbles de los cielos de Oriente.
Jesús abre los brazos, tomando su habitual postura de oración y entona:
-Padre nuestro que estás en el Cielo.
Se para y comenta:
-El haberos perdonado os ha dado prueba de que es Padre. ¿Qué Señor que no fuera Padre vuestro no os habría castigado, a vosotros que tenéis más deber que los demás de ser perfectos, a vosotros que tantas gracias habéis recibido y que, como decís vosotros, sois tan negados para vuestra misión?
Yo no os he castigado. El Padre no os ha castigado. Porque lo que hace el Padre el Hijo lo hace, porque lo que hace el Hijo el Padre lo hace, pues que Nosotros somos una sola Divinidad unida en el Amor. Yo estoy en el Padre y el Padre está conmigo. El Verbo está siempre junto a Dios, que no tiene principio. Y el Verbo precede a todas las cosas, desde siempre, desde una eternidad cuyo nombre es siempre, desde un presente eterno junto a Dios, y es Dios como Dios, pues que es el Verbo del Pensamiento divino.
Así pues, cuando me vaya, al orar así al Padre nuestro, al mío y vuestro (siendo así que somos hermanos: vosotros, menores; Yo, primogénito), ved, sí, vedme siempre también a mí en el Padre mío y vuestro; ved, sí, ved al Verbo, que fue "el Maestro" vuestro y que os amó hasta la muerte y más allá de la muerte, dejándoos en alimento y bebida a sí mismo para que estuvierais en Mí, y Yo en vosotros, mientras dura el destierro, y luego Yo y vosotros estuviéramos en el Reino por el que os he enseñado a orar:
"Venga a nosotros tu Reino", después de vuestra invocación para que vuestras obras santifiquen el Nombre del Señor dándole gloria en la Tierra y en el Cielo. Sí, no sería para vosotros, ni para los que creerán como vosotros, el Reino de Dios del Cielo, si antes no hubierais querido ese Reino de Dios en vosotros con la práctica real de la Ley de Dios y de mi palabra, que es el perfeccionamiento de la Ley, pues que he dado, en el tiempo de la Gracia, la Ley de los elegidos, o sea, la de aquellos que están más allá de las constituciones civiles, morales, religiosas del tiempo mosaico, que están ya en la Ley espiritual del tiempo de Cristo.
Ya veis qué significa el tener a Dios cerca pero no tenerlo en vosotros; qué significa el tener la palabra de Dios pero no tener la práctica real de esa palabra. Los mayores delitos se han llevado a cabo por este tener a Dios cerca pero no tenerlo en el corazón; por este tener conocimiento de la palabra pero no la obediencia a ella.
¡Todo! Todo por esto. La cerrazón y los desmanes, el deicidio, la traición, las torturas, la muerte del Inocente y de su Caín, todo, ha venido por eso. Y en realidad, ¿a quien amé tanto cómo a Judas? Pero él no me tuvo a mí-Dios en su corazón, y es el condenado deicida, el infinitamente culpable como israelita y como discípulo, como suicida y como deicida, además de por sus siete vicios capitales y todos sus otros pecados.
Ahora podéis tener en vosotros el Reino de Dios con más facilidad, porque Yo os lo he obtenido con mi muerte. Con mi dolor os he comprado de nuevo. Recordadlo. Y que ninguno pisotee la Gracia, porque ha costado la vida y la Sangre de todo un Dios.
Esté, pues, el Reino de Dios en vosotros, oh hombres, por la Gracia; tanto en la Tierra respecto a la Iglesia, como en el Cielo respecto al pueblo de los bienaventurados que, habiendo vivido con Dios en su corazón, unidos al Cuerpo de que Cristo es la Cabeza, unidos a la Vid de que cada cristiano es un sarmiento, merecen descansar en el Reino de Aquel por quien todas las cosas han sido hechas: Yo, Quien os habla, que me he entregado a mí mismo a la Voluntad paterna para que todo pudiera cumplirse.
Por lo que, sin hipocresía, puedo enseñaros que ha de decirse: "Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo". Y hasta los terruños y la hierba, las flores y las piedras de Palestina, y mis carnes heridas y todo un pueblo pueden decir cómo he hecho la voluntad del Padre mío.
Haced lo que he hecho Yo, hasta el extremo, hasta la muerte de cruz, si así lo quiere Dios. Porque, recordad esto, Yo lo he hecho y no hay discípulo que merezca más misericordia que Yo; y, a pesar de ello, Yo he encarnado el mayor de los dolores; a pesar de ello, he obedecido con perpetuas renuncias. Vosotros lo sabéis. Y más lo comprenderéis en el futuro, cuando os asemejéis a mí bebiendo un sorbo de mi cáliz…
Traed constantemente a vuestra mente este pensamiento: "Por su obediencia al Padre, Él nos ha salvado". Y, si queréis ser salvadores, haced lo que Yo he hecho. Quién conocerá la cruz, quién la tortura de los tiranos, quién la tortura del amor, del destierro del Cielo al que tenderá hasta la más anciana edad antes de subir a él. Bueno, pues que en todo se haga aquello que Dios quiera. Pensad que un suplicio de muerte y un suplicio de vida -cuando en realidad quisierais morir para ir a donde Yo estaré-son iguales ante los ojos de Dios si se viven con alegre obediencia: son su Voluntad; por tanto, son santos.
“Danos hoy nuestro pan de cada día". Día tras día, hora tras hora. Es fe, es amor, es obediencia, es humildad, es esperanza el pedir el pan de un día y aceptarlo como es: hoy dulce, mañana amargo, mucho, poco, con especias o con ceniza. Siempre es justo, así como es. Lo da Dios, que es Padre; por tanto, es bueno.
En otro momento os hablaré del otro Pan -saludable sería querer comerlo todos los días-y de orar al Padre para que lo mantenga. Porque, ¡ay del día y de los lugares en que faltara por voluntad de hombres! Ahora -ya veis cuánto-los hombres son poderosos en sus obras de tinieblas. Orad al Padre para que defienda su Pan y os lo dé. Cuanto más lo dé, más querrán las tinieblas ahogar la Luz y la Vida, como hicieron en la Parasceve.
La segunda Parasceve no tendría resurrección. Recordad esto todos. El Verbo ya no podrá ser matado, pero sí se podría dar muerte a su doctrina y se podría ahogar en demasiados la libertad y la voluntad de amarlo. Pero entonces Vida y Luz también terminarían para los hombres. ¡Ay de aquel día! Os sirva de ejemplo el Templo. Recordad que he dicho: "es el gran Cadáver".
“Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos nuestros deudores".
Pecadores todos, sed dulces con los pecadores. Recordad mis palabras: "¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano si antes no quitas la viga del tuyo?". El Espíritu que os he infundido, la orden que os he dado, os dan facultad para perdonar, en nombre de Dios, los pecados del prójimo. Pero ¿cómo podríais hacerlo si a vosotros no os los perdona Dios?
Hablaré en otra ocasión de esto. Por el momento os digo: perdonad a quien os ofende, para ser perdonados y tener derecho a absolver o condenar. Quien está libre de pecado puede hacerlo con plena justicia. El que no perdona y está en pecado y finge escándalo es un hipócrita; el Infierno lo espera. Porque, si cabe misericordia para los tutelados, severo será el veredicto para sus tutores, culpables de pecados iguales, o mayores aun, teniendo la plenitud del Espíritu como ayuda.
"No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal." Aquí tenéis la humildad, piedra básica de la perfección. En verdad os digo que bendigáis a los que os humillan, porque os proporcionan lo necesario para, vuestro celeste trono.
No. La tentación no significa perdición, si el hombre, humildemente, está junto al Padre y le pide que no permita que Satanás, el mundo y la carne lo venzan. Las coronas de los bienaventurados están adornadas de las gemas de las tentaciones vencidas.
No las busquéis, pero no seáis cobardes cuando lleguen.
Con humildad y, por tanto, con fortaleza, gritad al Padre mío y vuestro.
Líbranos del mal y venceréis al mal. Y santificaréis realmente el Nombre de Dios con vuestras acciones, como he dicho al principio, porque los hombres al veros dirán:
"Dios existe, porque éstos tienen una conducta tan perfecta, que viven como deidades" y a Dios se acercarán, multiplicando así los ciudadanos del Reino de Dios.
Arrodillaos para que Yo os bendiga y mi bendición os abra la mente para meditar.
Se postran y los bendice, y desaparece como absorbido por la luz lunar.
Al cabo de un breve rato, los apóstoles alzan la cabeza, extrañados de no oír más palabras, y ven que Jesús ha desaparecido… Vuelven a caer rostro en tierra, envueltos en el temor, secular temor, de todo israelita que tenga la percepción de haber estado en contacto con Dios, con Dios como está en el Cielo.
por makf | 11 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Los apóstoles están recogidos en el Cenáculo. Alrededor de la mesa en que fue celebrada la Pascua. Pero, por respeto, el sitio del centro, el de Jesús, está desocupado.
También los apóstoles, faltando quien los polarice y distribuya por voluntad propia y por elección de amor, se han colocado de forma distinta. Pedro está todavía en su sitio. Pero en el sitio de Juan está ahora Judas Tadeo.
Luego viene el más anciano de los apóstoles, que no sé todavía quién es no sé todavía quién es, considerada la fecha de la presente "visión", que precede a casi todas las de la vida pública de Jesús); luego Santiago, hermano de Juan, casi en la esquina de la mesa por la parte derecha, respecto a mí, que miro.
Al lado de Santiago, pero en el lado corto de la mesa, está sentado Juan. Y después de Pedro viene Mateo, y después de Mateo Tomás, luego uno cuyo nombre no sé, luego Andrés, luego Santiago, hermano de Judas Tadeo, y otro cuyo nombre no sé, en los otros lados. El lado largo que está enfrente de Pedro aparece vacío, pues los apóstoles están más arrimados en los asientos de lo que lo estaban en la Pascua.
Las ventanas están bien trancadas, y también las puertas. La lámpara, de la que están encendidos sólo dos mecheros, esparce luz, tenue, sólo sobre la mesa. El resto de la amplia estancia está en la penumbra.
Juan, a cuyas espaldas hay un aparador, tiene el encargo de pasar a sus compañeros lo que desean de la parca comida (compuesta de pescado, que está en la mesa, pan, miel y pequeños quesos frescos). Y es en el acto de volverse hacia la mesa, para dar a su hermano el queso que le ha pedido, cuando Juan ve al Señor.
Jesús se ha aparecido de forma muy curiosa. La pared que está a espaldas de los comensales -una pared continua excepto en el ángulo donde está la pequeña puerta-, en su centro, se ha iluminado, a una altura de un metro del suelo aproximadamente, con una luz tenue y fosforescente, como la que emanan ciertos cuadraditos que son luminosos sólo en la oscuridad de la noche. La luz, de una altura de casi dos metros, tiene forma oval, como si fuera un nicho.
En la luminosidad, como si avanzara desde detrás de velos de niebla luminosa, va emergiendo cada vez más netamente Jesús.
No sé si logro explicarme bien. Parece como si su Cuerpo fluyera a través del espesor de la pared, que no se abre, sino que permanece compacta; pero el Cuerpo pasa igual. La luz parece la primera emanación de su Cuerpo, el anuncio de estarse acercando. El Cuerpo, primero, está formado por leves líneas de luz (como veo en el Cielo al Padre y a los ángeles santos): es inmaterial. Luego se va materializando cada vez más, hasta tomar, en todo, el aspecto de un cuerpo real, de su divino Cuerpo glorificado.
Mi descripción ha sido larga, pero la cosa se ha producido en pocos segundos.
Jesús está vestido de blanco, como cuando resucitó y se apareció a su Madre. Hermosísimo, amoroso, sonriente.
Tiene los brazos extendidos a lo largo de los lados del Cuerpo, un poco separados de éste, con las Manos hacia abajo y con la palma vuelta hacia los apóstoles. Las dos Llagas de las Manos parecen dos estrellas de diamantes, de las que salen dos rayos vivísimos. No veo los Pies, pues están cubiertos por la túnica, tampoco veo el Costado.
Pero a través de la tela de su vestido no terreno se filtra luz en los lugares en que aquélla oculta las divinas Heridas. Al principio parece que Jesús es sólo Cuerpo de candor lunar; ahora, después de haberse concretado apareciendo fuera del halo de luz, tiene los colores naturales de sus cabellos, ojos y piel: es Jesús, en fin, Jesús-Hombre-Dios; pero, ahora que ha resucitado, ha adquirido mayor solemnidad.
Juan lo ve cuando Él está ya así. Ningún otro se había percatado de la aparición. Juan se pone bruscamente de pie, dejando caer sobre la mesa el plato de los pequeños quesos redondos. Apoyando las manos en el borde de la mesa, se inclina un poco, oblicuamente, hacia ésta, como si un imán lo atrajera, y exhala un « ¡Oh!» quedo pero intenso.
Los otros, que habían alzado los ojos de sus platos al caer, ruidoso, el plato de los quesos y al ver la repentina reacción de Juan, y que lo habían mirado asombrados al ver su postura extática, ahora siguen su mirada. Vuelven la cabeza o se vuelven ellos, según la posición en que se encontraran respecto al Maestro, y ven a Jesús. Se ponen todos en pie, emocionados y dichosos, y se apresuran a ir donde Él, que, acentuando su sonrisa se está acercando, caminando ahora sobre el suelo, como todos los mortales.
Jesús, que antes miraba, fijamente, sólo a Juan -y yo creo que Juan se ha vuelto atraído por esa mirada que lo acariciaba-mira a todos y dice:
-Paz a vosotros.
Ahora todos están a su alrededor, quién de rodillas a sus pies (entre éstos, Pedro y Juan -es más, Juan besa un borde de la túnica y se la pone en la cara como buscando su caricia-), quién más atrás de pie, pero muy inclinado en actitud de reverencia.
Pedro, para llegar antes, ha dado un verdadero brinco por encima del asiento, saltándolo, sin esperar a que Mateo, saliendo antes, dejara libre el sitio (hay que recordar que los asientos servían para dos personas simultáneamente).
El único que se queda un poco lejos, con gesto de embarazo, es Tomás. Se ha arrodillado al lado de la mesa, pero no se atreve a ir más adelante, es más, parece como si intentara esconderse tras la esquina de la mesa.
Jesús, dando a besar sus Manos -con ardor santo y amoroso buscan estas Manos los apóstoles-, pasa su mirada sobre las cabezas agachadas, como buscando al undécimo. Pero desde el primer momento lo ha visto (su gesto tiene sólo la finalidad de dar tiempo a Tomás de recobrarse y acercarse).
Viendo que el incrédulo, avergonzado por su falta de fe, no se atreve a hacerlo, lo llama:
-Tomás, ven aquí.
Tomás alza la cabeza, confundido, casi llorando, pero no se atreve a ir. Baja de nuevo la cabeza.
Jesús da algunos pasos hacia él y vuelve a decir:
-Ven aquí, Tomás.
La voz de Jesús es más imperiosa que la primera vez.
Tomás se alza, retraído y confuso, y va hacia Jesús.
-¡Aquí está el que no cree si no ve! -exclama Jesús. Pero en su voz hay una sonrisa de perdón.
Tomás lo percibe, se decide a mirar a Jesús, y ve que verdaderamente sonríe; entonces gana coraje y se acerca más deprisa.
-Ven aquí, bien cerca. Mira. Mete un dedo, si no te basta mirar, en las heridas de tu Maestro.
Jesús ha extendido las Manos y luego ha abierto la túnica en la parte del pecho, descubriendo el desgarro del Costado. La luz no nace ya de las Heridas. No surge ya desde que, saliendo de su halo de luz lunar, ha empezado a caminar como un Hombre mortal. Las Heridas se muestran en su cruenta realidad: dos agujeros irregulares, izquierdo hasta el pulgar, que atraviesan, respectivamente, una muñeca y la base de una palma, y un largo corte, que en el lado superior tiene ligera forma de acento circunflejo, en el Costado.
Tomás tiembla, mira, y no toca. Mueve los labios, pero no logra hablar claramente.
-Dame tu mano, Tomás -dice Jesús con mucha dulzura. Y toma con su derecha la mano derecha del apóstol, agarra el índice y lo lleva al desgarrón de su Mano izquierda y lo introduce bien dentro para que sienta que la palma está traspasada, y luego de la Mano lo pasa al Costado. Es más, ahora agarra los cuatro dedos de Tomás, por su base, por el metacarpo y pone estos cuatro gruesos dedos en el desgarrón del Pecho, y los introduce -no se limita a apoyarlos en el borde-y los tiene ahí dentro mientras mira fijamente a Tomás. Es una mirada severa, pero también dulce… mientras continúa:
…Mete aquí tu dedo, pon los dedos, y la mano, si quieres, en mi Costado, no seas incrédulo, sino fiel.
Dice esto mientras hace lo que he dicho antes.
Tomás -parece que la proximidad del Corazón divino, al que casi toca, le ha infundido valor-logra por fin articular las palabras y hablar; dice, cayendo de rodillas, con los brazos alzados y un estallido de llanto de arrepentimiento:
-¡Señor mío y Dios mío!
No sabe decir otra cosa.
Jesús lo perdona. Le pone la derecha sobre la cabeza y responde:
-¡Tomás, Tomás! Ahora crees porque has visto… ¡Bienaventurados los que crean en mí sin haber visto! Si os he de premiar a vosotros y vuestra fe ha recibido la ayuda de la fuerza de la visión, ¿qué premio habré de darles a ellos?…
Luego Jesús pone el brazo en el hombro de Juan, mientras toma la mano de Pedro, y se acerca a la mesa. Se sienta en su sitio. Ahora están sentados como en la noche pascual. Pero Jesús quiere que Tomás se siente después de Juan.
-Comed, amigos -dice Jesús.
Pero ya ninguno tiene hambre. La alegría los sacia, la alegría de la contemplación.
Entonces Jesús coge los quesitos que están esparcidos y los reúne en el plato; los corta, los distribuye, y el primer trozo se lo da precisamente a Tomás, poniéndolo encima de un pedazo de pan y pasándolo por detrás de Juan.
Vierte el vino de las ánforas en la copa, y se lo pasa a sus amigos; esta vez el primero en ser servido es Pedro. Luego pide que le den panales; los parte y da un trozo a Juan ̀esta vez a Juan el primero-con una sonrisa que es más dulce que la filamentosa y dorada miel que escurre. Y esto, para animarlos, lo come también El: sólo prueba la miel.
Juan -es su gesto habitual-reclina su cabeza sobre el hombro de Jesús, quien lo arrima a su Corazón y habla teniéndolo así.
-No debéis turbaros, amigos, cuando me aparezco a vosotros. Sigo siendo vuestro Maestro, que ha compartido con vosotros alimento y sueño y que os ha elegido porque os ha amado. También ahora os quiero.
Jesús resalta mucho estas últimas palabras.
-Vosotros ̀ prosigue -habéis estado conmigo en las pruebas… estaréis conmigo también en la gloria. No bajéis la cabeza. En el anochecer del domingo, cuando vine a vosotros por primera vez después de mi Resurrección, os infundí el Espíritu Santo… también sobre ti, que no estabas presente, descienda el Espíritu… ¿No sabéis que la infusión del Espíritu es como un bautismo de fuego, porque el Espíritu es Amor, y el amor cancela las culpas?
Vuestro pecado, por tanto, de deserción mientras Yo moría,
os queda condonado.
Al decir esto, Jesús besa a Juan en la cabeza, a Juan, que no desertó. Y Juan llora de alegría.
-Os he dado la potestad de condonar los pecados. Pero no se puede dar lo que no se posee. Vosotros debéis, pues, estar seguros de que esta potestad Yo la poseo perfecta y la uso por medio de vosotros, que debéis estar limpios en máximo grado para poder limpiar a quien se acerque a vosotros manchado de pecado.
¿Cómo podría uno juzgar y limpiar, si fuera merecedor de condena y estuviera él mismo sucio? ¿Cómo podría uno juzgar a otro, si tuviera vigas en su ojo y pesos infernales en su corazón?
¿Cómo podría decir: "Yo te absuelvo en nombre de Dios" si, por sus pecados, no tuviese consigo a Dios?
Amigos, pensad en vuestra dignidad de sacerdotes.
Antes Yo estaba en medio de los hombres para juzgar y perdonar. Ahora me marcho con mi Padre. Vuelvo a mi Reino. No soy despojado de la facultad de juicio; antes bien, toda ella está en mis manos, porque el Padre a mí me la ha confiado.
Pero tremendo juicio. Porque se producirá cuando ya no le será posible al hombre atraerse el perdón con años de expiación sobre la Tierra. Todas las criaturas vendrán a mí con su espíritu cuando éste deje, por muerte material, la carne como despojo inútil. Y Yo las juzgaré, una primera vez. Luego, la Humanidad volverá con su vestido de carne, que habrá tomado de nuevo por imperativo celeste; volverá para ser separada en dos partes: los corderos con el Pastor; los cabros agrestes con su Torturador. Pero ¿cuántos serían los hombres que estarían con su Pastor, si después del lavacro del Bautismo no tuvieran ya a nadie que los perdonara en Nombre mío?
Por eso creo a los sacerdotes. Para salvar a los salvados por mi Sangre. Mi Sangre salva. Pero los hombres siguen cayendo en la muerte, siguen volviendo a caer en la Muerte. Es necesario que quien tenga la potestad los lave continuamente en mi Sangre, setenta y setenta veces siete, para que no caigan en manos de la Muerte. Vosotros y vuestros sucesores lo haréis.
Por ello os absuelvo de todos vuestros pecados. Porque tenéis necesidad de ver, y la culpa, al quitarle al espíritu la Luz que es Dios, ciega. Porque tenéis necesidad de comprender, y la culpa, al quitarle al espíritu la Inteligencia que es Dios, embrutece. Porque tenéis un ministerio de purificación, y la culpa, al quitarle al espíritu la Pureza que es Dios, ensucia.
¡Gran ministerio este vuestro de juzgar y absolver en nombre mío!
Cuando vosotros consagréis para beneficio vuestro el Pan y el Vino y hagáis de ellos mi Cuerpo y mi Sangre, haréis una grande, sobrenaturalmente grande y sublime cosa. Para cumplirla dignamente deberéis ser puros, porque tocaréis a Aquel que es el Puro y os nutriréis de la Carne de un Dios.
Puros de corazón, de mente, de miembros y de lengua deberéis ser, porque con el corazón deberéis amar la Eucaristía, y no deberán ser mezclados con este amor celeste profanos amores que serían sacrilegio.
Puros de mente, porque deberéis creer y comprender este misterio de amor, y la impureza del pensamiento mata la Fe y el Intelecto. Queda la ciencia del mundo, pero muere en vosotros la Sabiduría de Dios.
Puros de miembros deberéis ser, porque a vuestro interior descenderá el Verbo como descendió al seno de María por obra del Amor.
Tenéis el ejemplo vivo de cómo debe ser un seno que acoge al Verbo que se hace Carne. El ejemplo es la Mujer que me llevó, la Mujer sin pecado original y sin pecado individual.
Observad cuán pura es la cima del Hermón, envuelta todavía en el velo de la nieve invernal. Desde el Monte de los Olivos, parece un cúmulo de azucenas deshojadas o de espuma marina, elevándose como una ofrenda sobre el fondo del otro candor, el de las nubes transportadas por el viento de Abril por los campos azules del cielo. Observad, si no, una azucena que abra la boca de su corola para una sonrisa de fragancia.
Pues bien, ambas purezas son menos vivas que la del seno que me fue materno. Polvo transportado por los vientos ha caído sobre la nieve del monte y sobre la seda de la flor. El ojo humano no lo percibe, de tan ligero como es; pero está, y deteriora el candor.
Y más aún: observad la perla más pura arrancada al mar, arrancada de su concha nativa, para adornar el cetro de un rey. Es perfecta en su apretada textura iridiscente, que ignora el contacto profanador de carne alguna, pues que se ha formado en el cuenco de la madreperla de la ostra, aislada en el fluido zafiro de las profundidades marinas. Y, a pesar de todo, es menos pura que el seno que me tuvo.
En su centro está el granito arenoso: un corpúsculo diminutísimo, pero terrestre. En Aquella que es la Perla del Mar no existe partícula de pecado, ni siquiera el fomes del pecado. Perla nacida en el Océano de la Trinidad para traer a la Tierra a la Segunda Persona, Ella es compacta en torno a su centro, que no es semilla de terrena concupiscencia, sino centella del Amor eterno. Centella que, encontrando en Ella respuesta, ha generado los vórtices de la divina Exhalación que ahora a sí llama y atrae a los hijos de Dios: Yo, el Cristo, Estrella de la Mañana.
Esta Pureza inviolada es la que os doy como ejemplo.
Y cuando, como vendimiadores en un tino, hundís las manos en el mar de mi Sangre y de él sacáis para limpiar las vestiduras de los desdichados que pecaron, sed, además de puros, perfectos, para no mancharos con un pecado mayor, es más: con pecados mayores, derramando y tocando con sacrilegio la Sangre de un Dios o faltando a la caridad y a la justicia negándola, o dándola con un rigor que no es de Cristo -que fue bueno con los malos, para atraerlos a su Corazón, y tres veces bueno con los débiles, para animarlos a la confianza-, usando de este rigor tres veces indignamente, al ir contra mi Voluntad, contra mi Doctrina y contra la Justicia. ¿Cómo puede ser riguroso con los corderos un pastor ídolo?
¡Oh, muy amados míos, amigos a los que envío por los caminos del mundo para continuar la obra que Yo he empezado y que será proseguida mientras dure el Tiempo, recordad estas palabras mías! Os las digo para que se las digáis a los que consagréis para el ministerio en que Yo os he consagrado.
Veo… Miro el paso de los siglos… el tiempo y las turbas infinitas de los hombres que estarán -todos-ante mí… Veo… matanzas y guerras, paces falaces y horrendas carnicerías, odio y latrocinio, sensualidad y orgullo.
De tanto en tanto un oasis verde: un período de retorno a la Cruz. Como obelisco que señala una onda pura entre 1as áridas arenas del desierto, mi Cruz después de que el veneno del mal haya infectado de rabia a los hombres-será alzada con amor, y alrededor de ella, plantadas en los bordes de las aguas salubres, florecerán las palmeras de un período de paz y bien en el mundo.
Los espíritus, como ciervos y gacelas, como golondrinas y palomas, se acercarán a ese reposado, fresco, nutricio refugio para curarse de sus dolores y recuperar la esperanza. Refugio que apretará sus ramas cual cúpula protectora de las tormentas y el fuerte sol, y mantendrá alejados a serpientes y fieras con el Signo que le hace huir al Mal. Así mientras los hombres quieran.
Veo… Muchos hombres… mujeres, viejos, niños, guerreros, hombres de estudio, doctores, campesinos… Todos vienen y pasan con su peso de esperanzas y dolores. Y veo que muchos vacilan porque el dolor es demasiado y la esperanza ha sido la primera en caer de la carga, de la carga demasiado pesada, para hacerse añicos en el suelo…
Y veo a muchos que caen en los bordes del camino porque otros más fuertes los empujan, más fuertes o más afortunados respecto a su carga, leve. Y veo a muchos que, sintiéndose abandonados por los que pasan, pisoteados incluso, sintiéndose morir, llegan incluso a odiar y a maldecir.
¡Pobres hijos! En medio de todos éstos, maltratados por la vida, de estos que pasan o caen, mi Amor, intencionadamente, ha diseminado a los samaritanos compasivos, a los médicos buenos, luces en la noche, voces en el silencio, para que los débiles que caen encuentren una ayuda, vuelvan a ver la Luz, vuelvan a oír la Voz que dice: "Ten esperanza. No estás solo. Sobre ti está Dios.
Contigo está Jesús". He puesto, intencionadamente, a estas caridades operantes para que mis pobres hijos no se me murieran en el espíritu y perdieran la morada paterna, y para que siguieran creyendo en mí-Caridad viendo en mis ministros mi reflejo.
Pero, ¡oh dolor que me haces sangrar la Herida del Corazón como cuando fue abierta en el Gólgota! ¿Qué ven mis Ojos divinos? ¿Acaso no hay sacerdotes entre las turbas infinitas que pasan? ¿Por esto sangra mi Corazón? ¿Están vacíos los seminarios? ¿Mi divina propuesta no suena ya en los corazones?
¿El corazón del hombre ya no es capaz de oírla? No. En los siglos habrá seminarios, y en ellos levitas. De ellos saldrán sacerdotes porque en la hora de su adolescencia mi propuesta habrá sonado con voz celeste en muchos corazones y ellos la habrán seguido.
Pero otras, otras, otras voces habrán venido después, con la juventud y la madurez, y mi Voz habrá quedado achicada en esos corazones, mi Voz que habla durante los siglos a sus ministros para que sean siempre lo que vosotros ahora sois: los apóstoles formados en la escuela de Cristo.
La vestidura ha quedado, pero el sacerdote ha muerto. En demasiados, durante los siglos, sucederá este hecho.
Sombras inútiles y oscuras, no serán una palanca que eleva, una cuerda que tira, una fuente que calma la sed, trigo que sacia el hambre, corazón que sirva de almohada, una luz en las tinieblas, una voz que repita lo que el Maestro le dice; sino que serán para la pobre Humanidad un peso de escándalo, un peso de muerte, parásitos, una putrefacción… ¡Qué horror! ¡Los Judas más grandes del futuro Yo los tendré, de nuevo y siempre, en mis sacerdotes!
Amigos, Yo me hallo en la gloria y a pesar de ello, lloro.
Siento compasión de estas turbas infinitas, rebaños sin pastores o con demasiado escasos pastores.
¡Una compasión infinita! Pues bien, juro por mi Divinidad que les daré el pan, el agua, la luz, la voz que los elegidos para estas obras no quieren dar. Repetiré a lo largo de los siglos el milagro de los panes y los peces.
Con pocos, despreciables pececillos y con escasos mendrugos de pan -almas humildes y laicas-daré de comer a muchos, y quedarán saciados, y sobrará para los que vengan después, porque "tengo compasión de este pueblo̫ y no quiero que perezca.
Benditos los que merezcan ser eso. No benditos porque son eso, sino porque lo habrán merecido con su amor y sacrificio. Y benditísimos aquellos sacerdotes que sepan mantenerse en su condición de apóstoles: pan, agua, luz, voz, descanso y medicina para mis pobres hijos. Con una luz especial resplandecerán en el Cielo. Yo os lo juro, Yo que soy la Verdad.
Vamos a levantarnos, amigos. Venid conmigo para enseñaros todavía a orar. La oración es la que alimenta las fuerzas del apóstol, porque lo funde con Dios.
Y aquí Jesús se levanta y va hacia la pequeña escalera.
Pero, cuando está al pie de la escalera, se vuelve y me mira (a María Valtorta). ¡Me mira! ¡Piensa en mí! Busca a su pequeña "voz".
¡La alegría de estar con sus amigos no le hace olvidarse de mí! Me mira por encima de las cabezas de los discípulos, y me sonríe. Alza la mano bendiciéndome y dice:
-La paz sea contigo.
Y la visión termina.