622- Aparición a Juana de Cusa

En una rica estancia, donde malamente logra filtrarse la luz exterior, llora Juana, desmayados sus miembros, sentada en un asiento junto a la baja cama cubierta con espléndidos cobertores.

Llora con un brazo apoyado en el borde del lecho y la frente sobre el brazo, estremecida por unos sollozos que deben romperle el pecho.

Cuando, con la fatiga del llanto, levanta un momento la cabeza, buscando aire, su cara está literalmente bañada en lágrimas, y se ve una vasta mancha húmeda en el cobertor precioso. Luego vuelve a reclinar la cabeza sobre el brazo y vuelve a verse de ella solamente el cuello, delgado y blanquísimo, la masa de sus cabellos morenos, los hombros -muy gráciles-y la parte superior del tronco. El resto se pierde en la penumbra que anula al cuerpo envuelto en un vestido morado-oscuro.

Sin descorrer la cortina ni entreabrir la puerta, entra Jesús; sin ruido, se acerca a ella. Roza sus cabellos con la Mano y pregunta con voz susurrante:

-¿Por qué lloras, Juana?

Y Juana, que debe creer que es su ángel el que le hace esta pregunta, y que no ve nada porque no levanta la cabeza del borde de la cama, con un llanto aún más desolado, expresa la causa de su tormento:

-Porque no tengo ni siquiera el Sepulcro del Señor para ir a verter mi llanto y no estar sola…

-Pero si ha resucitado. ¿No te sientes feliz de ello?
-¡Oh, sí! Pero todas lo han visto, menos yo y Marta. Y Marta lo verá, sin duda, en Betania… porque aquélla es casa amiga. La mía… la mía ya no lo es… Todo he perdido con su Pasión… He perdido a mi Maestro y también el amor de mi marido… Y su alma… porque no cree… no cree… y se burla de mí… y me impone no venerar siquiera la memoria de mi Salvador… para evitar su propio quebranto… Para él es más importante el interés humano… Yo… yo… yo no sé si seguir amándolo o si despreciarlo; no sé si obedecerle como esposa o desobedecerle -como querría mi alma-, por el desposorio, mayor, del espíritu con el Cristo a quien permanezco fiel… Yo… yo quisiera saber… ¿Y quién me aconseja, si ya la pobre Juana no puede ya llegar a Él? ¡Oh… para mi Señor la Pasión ha terminado!… Para mí, ha comenzado el Viernes, y sigue… ¡Es que soy muy débil y no tengo fuerza para llevar esta cruz!…

-¿Pero si Él te ayudara, querrías por Él llevarla?

-¡Sí! Si me ayuda, sí… Él sabe lo que es llevar solo la cruz… ¡Oh, piedad de mi desventura!…

-Sí. Yo sé lo que es llevar solo la cruz. Por eso he venido y estoy a tu lado. Juana, ¿comprendes quién es el que te está hablando? ¿Dices que tu casa ya no es amiga de Cristo? ¿Por qué? Él, el esposo terreno, es como un astro cubierto por una nube de miasmas humanos, pero tú sigues siendo Juana de Jesús. No te ha dejado el Maestro. Jesús no deja nunca a las almas que con Él se desposan.

Es siempre el Maestro, el Amigo, el Esposo… también ahora, que es el Resucitado. Alza la cabeza, Juana.

Mírame. En este momento de adoctrinamiento secreto, y más dulce que si me hubiera aparecido a ti como a las otras, te digo cuál debe ser tu conducta futura. La que deberá ser la de muchas hermanas tuyas. Ama con paciencia y sumisión a tu turbado esposo. Aumenta tu dulzura cuanto más alimente en sí amarguras de miedos humanos; aumenta tu luminosidad espiritual cuanto más genere por sí mismo sombras de terrenos intereses. Sé fiel por dos. Y sé fuerte en tu desposorio del espíritu. ¡Cuántas, en el futuro, deberán elegir entre la voluntad de Dios y la del esposo! Pero serán grandes cuando, por encima del amor y la maternidad, sigan a Dios. Tu pasión está comenzando. Sí. Pero ya ves que toda pasión termina en una resurrección…

Juana ha ido poco a poco levantando la cabeza. Sus sollozos se han ido espaciando más. Ahora mira, y ve, y se deja caer de rodillas, adorando y susurrando: -¡El Señor!

-Sí, el Señor. Ya ves que en este modo como he estado contigo no he estado con ninguna de ellas. Es que veo las necesidades particulares y valoro el auxilio que ha de prestarse a las almas que de mí esperan ayuda. Sube a tu calvario de esposa con la ayuda de mi caricia y de la de tu inocente. Ha entrado conmigo en el Cielo y me ha dado su caricia por ti. Yo te bendigo, Juana. Ten fe. Te he salvado. Tú salvarás si tienes fe.

Juana ahora sonríe, y se atreve a preguntar:

-¿No vas donde los niños?

-Los he besado al amanecer, mientras todavía dormían en su camita. Han creído que era un ángel del Señor. A los inocentes puedo besarlos cuando quiero. Pero no los he despertado para no turbarlos demasiado. Su alma conserva el recuerdo de mi beso… y lo transmitirá, a su debido tiempo, a la mente. Nada mío se pierde. Tú sé siempre una madre para ellos. Y siempre sé hija de mi Madre. No te separes nunca totalmente de Ella. Ella te recordará siempre, con suavidad materna, lo que fue nuestra amistad.

Y llévale los niños. Tiene necesidad de estar con niños para sentirse menos sola por la ausencia de su Hijo…
-Cusa no va a querer…
-Cusa te va a dejar actuar.

-¿Me va a repudiar, Señor?

Es un grito de nueva congoja.

-Es un astro eclipsado. Condúcelo de nuevo a la luz con tu heroísmo de esposa y de cristiana. Adiós. Aparte de a mi Madre, no hables a otros de esta visita mía. Las revelaciones también han de manifestarse a quien, y cuando, conviene hacerlo.

Jesús le sonríe radioso, y en su fulgor desaparece.

Juana se alza, enajenada, con opuestos sentimientos de alegría y pena, entre el temor de haber soñado y la certidumbre de haber visto. Pero lo que siente dentro le da seguridad. Va donde los niños, que están jugando tranquilos en la terraza de arriba, y los besa.

-¿Ya no lloras, mamá? -pregunta tímidamente María, que ya no es la pobre niña menesterosa, sino una grácil y delicada niñita, de vestido cuidado y pelito bien peinado; y Matías, moreno y esbelto, con su exuberancia de hombrecito, dice:

-Dime quién te hace llorar, que yo lo escarmiento.
Juana los recoge en un solo abrazo contra su pecho y, hablando sobre la cabecita castaña de María y los cabellos morenos de Matías, dice:
-Ya no lloro. Jesús ha resucitado y nos bendice.
-¿Entonces ya no sangra? ¿Ya no tiene dolor? -pregunta María.

-¡No seas ignorante! Di: ¡ya no está muerto!, ¡entonces ahora es feliz!… Porque estar muerto debe ser triste… -dice Matías.

-¿Entonces, mamá, ya no tenemos motivo para llorar? -pregunta María.

-No. Vosotros, inocentes, no. Alegraos con los ángeles.

-¡Los ángeles!… Esta noche, no sé en qué vigilia, he sentido una caricia y me he despertado diciendo: "¡Mamá!", pero no te llamaba a ti. Llamaba a mi mamá muerta, porque esa caricia era más ligera y dulce que las tuyas, y he abierto un momento los ojos. Pero he visto sólo una luz, muy grande, y he dicho: "Mi ángel me ha besado para consolarme por el gran dolor que tengo por la muerte del Señor" -dice María.

-Yo también. Pero tenía mucho sueño, y he dicho: "¿Eres tú?". Pensaba en mi ángel de la guarda y quería decirle: "Ve a besar a Jesús y a Juana, para que ya no tengan miedo". Pero no lo he conseguido. Me he vuelto a dormir, y he vuelto a soñar, y me parecía que estaba en el Cielo contigo y María. Luego ha venido ese terremoto y me he despertado asustado. Pero Ester me ha dicho: "No tengas miedo. Ya ha pasado". Y he seguido durmiendo.

Juana los besa de nuevo, y luego los deja con sus juegos serenos y va a la casa del Cenáculo.

Pregunta por María. Entra en su cuarto. Cierra la puerta y dice su gran noticia: -Lo he visto. A ti te lo digo. Me siento consolada y feliz. Ámame, porque Él ha dicho que debo estar unida a ti.

La Madre responde:

-Ya te he dicho que te quiero. Te lo he dicho el sábado. Ayer. Porque fue ayer… aunque parezca tan lejano de éste, de luz y sonrisa, ese día de llanto y tinieblas.

-Sí… Ya dijiste -ahora lo recuerdo-lo que Él ahora me ha repetido. Dijiste: "Nosotras las mujeres tendremos que actuar, porque nosotras hemos permanecido y los hombres han huido… Es siempre la mujer la que genera…". ¡Oh, Madre, ayúdame a generar a Cusa: ¡Él ha huido de la Fe!…

-Juana llora de nuevo.

María la toma entre sus brazos:

-Más fuerte que la fe es el amor. Es la virtud más activa. Con ella crearás el alma nueva de Cusa. No temas. Pero yo te ayudaré.

621- Aparición a Lázaro

El sol de una serena mañana abrileña llena de visos los bosques de rosas y jazmines del jardín de Lázaro.

Y los setos de boj y de laurel, el penacho de una alta palmera que ondea leve en el linde del paseo, el tupidísimo laurel que está junto al estanque de los peces, parecen lavados por una mano misteriosa, de tanto como el copioso rocío nocturno ha limpiado y regado las hojas, tan brillantes y limpias ahora, que parecen cubiertas por un esmalte nuevo.

Pero la casa calla como si estuviera llena de muertos. Las ventanas están abiertas, pero ninguna voz llega de las habitaciones (las cuales, con las cortinas cerradas, aparecen en penumbra), y tampoco ningún ruido.

Dentro, pasado el vestíbulo al que dan muchas puertas, todas abiertas -y es extraño ver sin ningún aparejo las salas que normalmente se usan para banquetes más o menos numerosos-, hay un amplio patio enlosado, rodeado de un soportal en el que hay, acá o allá, asientos. En éstos, e incluso sentados en el suelo, en esterillas o sobre el mismo mármol, hay numerosos discípulos. Entre ellos, veo a los apóstoles Mateo, Andrés, Bartolomé, los hermanos Santiago y Judas de Alfeo, Santiago de Zebedeo y los discípulos pastores con Manahén, además de a otros que no conozco. No veo ni al Zelote ni a Lázaro ni a Maximino.

Por fin veo a este último, que entra con algunos criados y distribuye a todos pan con alimentos varios, o sea, con aceitunas o queso, o miel, y también leche fresca para quien la quiere. Pero no hay ganas de comer, a pesar de que Maximino exhorte a todos a hacerlo. Y es que la postración es profunda.

Estos pocos días han excavado sus rostros, térreos a causa de la rojez producida por el llanto. Especialmente los apóstoles y los que huyeron desde las primeras horas muestran un aspecto deprimido; los pastores y Manahén, sin embargo, están menos postrados, o mejor: menos avergonzados, y Maximino aparece sólo virilmente afligido.

Entra casi corriendo el Zelote y pregunta:
-¿Está aquí Lázaro?

-No. Está en su habitación. ¿Qué quieres?
-En el linde del sendero, junto a la Fuente del sol, está Felipe. Viene de la llanura de Jericó. Está agotado. No quiere acercarse, porque… como todos, se siente pecador.

Pero Lázaro lo convencerá.
Se levanta Bartolomé y dice:
-Voy también yo…

Van donde Lázaro, el cual, cuando lo llaman, sale -lleno de aflicción su rostro-de la habitación semioscura, donde ha llorado y orado. Salen todos. Cruzan, primero, el jardín; luego, el pueblo por la parte que se dirige ya a las faldas del Monte de los Olivos; luego llegan al extremo del pueblo, por la parte donde termina el rellano elevado en que está construido.

Prosiguen ya sólo por el camino montano que baja y sube formando escalones naturales por las montañas que descienden gradualmente hacia la llanura, al este, y suben hacia la ciudad de Jerusalén, situada al oeste.

Ahí hay una fuente de amplia pila, en la que calman su sed ganados y hombres. El lugar se ve en esta hora solitario y fresco, porque hay mucha sombra de tupidos árboles en torno a la cisterna llena de un agua pura que se va renovando continuamente, descendiendo de algún manantial de montaña, un agua que al desbordarse mantiene húmedo el suelo.

Felipe está sentado en el borde más alto de la fuente, cabizcaído, despeinado, cubierto de polvo del camino, con unas sandalias rotas que le cuelgan de los pies excoriados.

Lázaro lo llama con piedad:

-¡Felipe, ven a mí! Amémonos por amor a Él. Debemos estar unidos en su Nombre. ¡Hacer esto todavía es amarlo!

-¡Oh, Lázaro! ¡Lázaro! Yo huí… y ayer, más allá de Jericó, supe que había muerto… Yo… no puedo perdonarme el haber huido…

-Todos lo hemos hecho. Menos Juan, que le ha sido fiel, y Simón, que nos ha reunido por orden suya, después de que habíamos huido como cobardes. Y… de nosotros, apóstoles, ninguno le fue fiel -dice Bartolomé.

-¿Y te lo puedes perdonar?
-No. Pero pienso expiar, como puedo, no cayendo en el abatimiento estéril. Debemos unirnos entre nosotros. Unirnos a Juan. Conocer las últimas horas de Jesús. Juan lo ha seguido siempre -responde a Felipe su compañero Bartolomé.

-Y no dejar que muera su Doctrina. Hay que predicársela al mundo. Mantener viva, al menos, la doctrina, dado que, demasiado cargados de lastres y demasiado tardos, no hemos sabido tomar las medidas oportunas con tiempo para salvarlo de sus enemigos -dice el Zelote.

-No podíais salvarlo. Nada podía salvarlo. Él me lo dijo. Lo repito otra vez -dice seguro Lázaro.

-¿Tú lo sabías, Lázaro? -pregunta Felipe.
-Lo sabía. Mi tortura ha sido el saber, desde el atardecer del sábado, por boca suya, cuál era su destino, y conocer los detalles, y saber cómo íbamos a reaccionar nosotros…

-No: tú no. Tú sólo has obedecido y sufrido. Nosotros hemos actuado como cobardes. Tú y Simón sois los sacrificados a la obediencia corta, sin vacilación alguna Bartolomé.

-Sí. A la obediencia. ¡Oh, qué duro es oponer resistencia al amor por obediencia al Amado! Ten, Felipe. En mi casa están casi todos los discípulos. Ven tú también.

-Me avergüenzo de que me vea el mundo, y mis compañeros…
-¡Todos somos iguales! -gime Bartolomé.

-Sí. Pero yo tengo un corazón que no se perdona.

-Eso es orgullo, Felipe. Ven. Él me dijo el atardecer del sábado: "Ellos no se perdonarán. Diles que Yo los perdono, porque sé que no son ellos, libremente, los que obran; sino que los descarría Satanás". Ven.

Felipe llora más fuerte, pero cede. Y, encorvado como si en pocos días se hubiera hecho viejo, va al lado de Lázaro hasta el patio donde todos lo están esperando. Y la mirada de él a sus compañeros y la de sus compañeros a él es la confesión más clara del abatimiento total en que se encuentran.

Lázaro lo advierte y dice:

-Una nueva oveja del rebaño de Cristo, atemorizada por la presencia de los lobos, y que huyó después de la captura del Pastor, ha sido recogida por el amigo de Jesús. A esta oveja dispersa, que ha conocido la amargura de la soledad, sin tener siquiera el consuelo de llorar el común error entre los hermanos, le repito yo el testamento de amor de Jesús.

Él, lo juro ante la presencia de los coros celestiales, me dijo, entre otras muchas cosas que vuestra presente debilidad no puede soportar (porque, verdaderamente, son de una desolación que desde hace diez días me laceran el corazón -y, si no supiera que mi vida es útil a mi Señor, aun siendo tan pobre y deficiente como es, me abandonaría a la herida de este dolor de amigo y discípulo que perdiéndolo a Él todo ha perdido-), me dijo:

"Los miasmas de la corrompida Jerusalén sacarán de sus cabales incluso a mis discípulos. Huirán e irán a ti". Efectivamente, como podéis ver, todos habéis venido.

Todos, Podría decir. Porque, menos Simón Pedro y el Iscariote, todos habéis venido a mi casa y a mi corazón de amigo. Dijo: "Reunirás, animarás a mis ovejas dispersas, les dirás que las perdono. Te confío mi perdón para ellos.

No se perdonarán el haber huido. Diles que no caigan en el pecado mayor de desesperar de mi perdón".

Esto dijo. Y yo el perdón suyo os he transmitido. Y he sentido rubor de daros en su Nombre esta cosa tan santa, tan suya, como es el Perdón, o sea, el Amor perfecto, porque perfectamente ama el que perdona al culpable. Este ministerio ha confortado mi áspera obediencia… Porque hubiera querido estar allí, como María y Marta, mis dulces hermanas. Y, si Él fue crucificado en el Gólgota por los hombres, yo aquí, os lo juro, estoy crucificado por la obediencia, y es un martirio muy congojoso.

Pero, si sirve para dar consuelo al Espíritu, si sirve para salvarle a sus discípulos hasta el momento en que Él los reúna para perfeccionarlos en la fe, yo inmolo una vez más mi deseo de ir al menos a venerar su Cadáver antes de que el tercer día muera.

Sé que dudáis. No debéis hacerlo. Yo conozco sus palabras del banquete pascual sólo por lo que vosotros me habéis referido. Pero, cuanto más las pienso, más alzo, uno a uno, estos diamantes de sus verdades y más siento que esos diamantes hacen segura referencia al mañana inmediato. El no puede haber dicho: "Voy al Padre y luego volveré" si verdaderamente no fuera a volver. No puede haber dicho: "Cuando me volváis a ver os llenaréis de gozo" si hubiera desaparecido para siempre. Él siempre dijo: "Resucitaré".

Vosotros me dijisteis que dijo: "Sobre las semillas que han sido depositadas en vosotros está para venir un rocío que las hará germinar, a todas, y luego vendrá el Paráclito, que las transformará en recios árboles". ¿No dijo eso? ¡Oh, no hagáis que esto se produzca sólo en el último de sus discípulos, en el pobre Lázaro, que sólo pocas veces estuvo con Él! Cuando vuelva, haced que encuentre germinadas sus semillas rociadas con su Sangre.

En mí hay todo un resplandor de luz, todo un irrumpir de
fuerzas desde la hora tremenda en que subió a la Cruz.

Todo se ilumina, todo nace y echa tallo. Ninguna palabra se me queda en su pobre significado humano, sino que todo lo que oí de su boca o referido acerca de Él, ahora toma vida, y realmente mi landa yerma se transforma en fértil cuadro de jardín en que toda flor lleva su Nombre y en que la savia extrae su vida de su Corazón bendito.

¡Yo creo, Cristo! Pero, porque éstos crean en ti, en todas tus promesas, en tu perdón, en todo lo que eres Tú, te ofrezco mi vida. ¡Inmólala, pero haz que tu Doctrina no muera! Quebranta al pobre Lázaro, pero reúne a los miembros dispersos del núcleo apostólico. Todo lo que Tú, quieras, en cambio de que se mantenga viva y para siempre tu Palabra, y a ella ahora y siempre se acerquen aquellos que sólo por ti pueden alcanzar la vida eterna.

Lázaro está realmente inspirado. El amor lo transporta muy alto. Y su arrobo es tan fuerte, que eleva también a sus compañeros: quién lo llama a la derecha, quién a la izquierda, como si fuera un confesor, un médico, un padre.

El patio de la rica casa de Lázaro me hace pensar, no sé por qué, en las moradas de los patricios cristianos en tiempos de persecución y de heroica fe…

Está inclinado hacia Judas de Alfeo, que no logra encontrar una razón para calmar su angustia de haber dejado a su Maestro y primo, cuando algo le hace erguirse de improviso. Mira a su alrededor y luego dice claramente:
-Voy Señor.

Es su palabra de diligente adhesión de siempre. Y sale, corriendo como detrás de alguien que lo amara y precediera.

Todos se miran asombrados, interrogativos unos con otros.
-¿Qué ha visto?
-¡Pero si no hay nada!
-¿Has oído una voz tú?
-Yo no.
-Yo tampoco.
-¿Y entonces? ¿Será que está otra vez enfermo Lázaro?
-Quizás… Ha sufrido más que nosotros, y a nosotros, cobardes, nos ha dado mucha fuerza. Quizás ahora ha caído en estado de delirio.

-Sí, tiene la cara muy desmejorada.
-Y sus ojos ardían cuando hablaba.
-Será Jesús, que lo ha llamado al Cielo.
-Sí, Lázaro le acababa de ofrecer la vida… Lo ha recogido enseguida como a una flor… ¡Oh, pobres de nosotros! ¿Qué haremos ahora?

Los comentarios son heterogéneos y dolorosos.

Lázaro cruza el vestíbulo, sale al jardín. Sigue corriendo, sonriendo, susurrando (y en su voz está su alma): «Voy, Señor».

Llega a una espesura de bojes que forman un verde rincón apartado y solitario (nosotros diríamos un cenador, verde), y cae de rodillas, rostro en tierra, gritando:
-¡Oh, mi Señor!

Y es que Jesús, en su belleza de Resucitado, está en el límite de este verde rincón y le sonríe… y le dice:

-Todo está cumplido, Lázaro. He venido a decirte "gracias, amigo fiel". He venido a decirte que digas a los hermanos que, inmediatamente, vayan a la casa de la Cena.

Tú -otro sacrificio, amigo, por amor a mí-, tú quédate, por el momento, aquí… Sé que ello te hace sufrir. Pero sé que eres generoso. María, tu hermana, está ya consolada, porque la he visto y me ha visto.

-Ya no sufres, Señor. Esto me compensa todos los sacrificios He… sufrido sabiendo que sufrías… y no estando…

-¡Estabas! Tu espíritu estaba al pie de mi Cruz, y estaba en la oscuridad de mi sepulcro. Tú me has llamado antes, como todos los que me han amado totalmente, de las profundidades en que estaba. Ahora te he dicho: "Ven, Lázaro".

Como en el día de tu resurrección. Pero tú hacía ya muchas horas que me decías: "Ven". He venido. Y te he llamado.

Para sacarte yo también de las profundidades de tu dolor. Ve. ¡Paz y bendición a ti, Lázaro! Crece en mi amor. Volveré aún.

Lázaro ha estado todo este tiempo de rodillas sin atreverse a hacer gesto alguno. La majestad del Señor, a pesar de estar suavizada con el amor, es tal, que paraliza el modo habitual de actuar de Lázaro.

Pero Jesús, antes de desaparecer en un torbellino de luz que lo absorbe, da un paso y roza con su Mano la frente fiel.

Es entonces cuando Lázaro se despierta de su arrobamiento gozoso. Se alza y corre presurosamente donde sus compañeros, con luminosidad de alegría en los ojos y luminosidad en la frente rozada por el Cristo, grita:

-¡Ha resucitado, hermanos! Me ha llamado. He ido. Lo he visto. Me ha hablado. Me ha dicho que os dijera que fuerais inmediatamente a la casa de la Cena. ¡Id! ¡Id! Yo me quedo aquí, porque Él así lo quiere. Pero mi júbilo es completo…

Y Lázaro, en su alegría, llora mientras anima a los apóstoles a ser los primeros en ir donde Él manda ir.
-¡Id! ¡Id! ¡Os requiere! ¡Os quiere! No le tengáis miedo… ¡Oh, más que nunca ahora es el Señor, la Bondad, el Amor!

También los discípulos se levantan… Betania se vacía. Se queda Lázaro con su gran corazón consolado…

620- Consideraciones sobre la Resurrección. Dice Jesús (a María Valtorta)

-Las oraciones ardientes de María anticiparon algo mi Resurrección.

Yo había dicho: "Al Hijo del hombre lo matarán, pero al tercer día resucitará". Había muerto a las tres de la tarde del viernes.

Tanto si calculáis los días por su nombre como si calculáis las horas, no era el alba dominical la que debía verme resucitar. En cuanto a horas, mi Cuerpo había estado sin vida treinta y ocho, en vez de setenta y dos; en cuanto a días, habría debido, al menos, llegar la tarde de este tercer día para decir que había estado tres días en la tumba.

Pero María anticipó el milagro. Como cuando con su oración abrió los Cielos algunos años antes respecto a la época fijada para dar al mundo su Salvación, así ahora Ella obtiene la anticipación de algunas horas para dar consuelo a su corazón agonizante.

Y Yo, al rayar el alba del tercer día, bajé como sol que desciende, y con mi fulgor derretí los sellos humanos, tan inútiles ante el poder de un Dios; con mi fuerza hice palanca para volcar la piedra inútilmente vigilada; con mi aparición creé un fulgor que echó por tierra a los tres veces inútiles soldados que habían sido puestos de guardia para custodia de una muerte que era Vida y que ninguna fuerza humana podía impedir que lo fuera.

Mucho más potente que vuestra corriente eléctrica, mi Espíritu entró como espada de Fuego divino a dar calor a los fríos restos mortales de mi Cadáver, y al nuevo Adán el Espíritu de Dios le sopló la vida, diciéndose a sí mismo: "Vive. Lo quiero".

Yo, que había resucitado a los muertos cuando no era sino el Hijo del hombre, la Víctima designada para cargar con las culpas del mundo, ¿no iba a poder resucitarme a mí mismo, ahora que era el Hijo de Dios, el Primero y el último, el Viviente eterno, Aquel que tiene en sus manos las llaves de la Vida y la Muerte? Y mi Cadáver sintió que la Vida volvía a Él.

Mira: respiro profundamente, como un hombre que se despierte después del sueño producido por una enorme fatiga. Y todavía no abro mis ojos. La sangre vuelve a circular, todavía poco rápida, en las venas, y devuelve el pensamiento a la mente. ¡Y venía de tan lejos! Mira: como en un hombre herido y sanado por una fuerza milagrosa, la sangre vuelve a las venas vacías, llena el Corazón, da calor a los miembros del Cuerpo, y las heridas se cierran, desaparecen cardenales y llagas, la fuerza vuelve. ¡Y estaba tan herido! Interviene la Fuerza y Yo quedo curado, me despierto, vuelvo a la Vida. Estuve muerto. ¡Ahora vivo! ¡Ahora me pongo en pie!

Me quito la mortaja, aparto de mí la capa de ungüentos. No los necesito para aparecer como Belleza eterna, como eterna Integridad. Me visto con vestiduras que no son de esta Tierra, sino que las ha tejido quien es mi Padre, Él, que teje la seda de las virginales azucenas. Estoy vestido de esplendor. Mi adorno son las llagas, que ya no -rezuman sangre sino que irradian luz, esa luz que será el gozo de mi Madre y de los bienaventurados, y el terror, la visión insoportable de los malditos y de los demonios en la Tierra y en el último día.

E1 ángel de mi vida de hombre y el ángel de mi dolor están postrados delante de mí y adoran mi Gloria. Están mis dos ángeles. Uno, para gozarse en la visión de su Custodiado, que ahora ya no tiene necesidad de la angélica defensa. El otro, que ha visto mis lágrimas, para ver mi sonrisa; que ha visto mi batalla, para ver mi victoria; que ha visto mi dolor, para ver mi dicha.

Y salgo al huerto lleno de capullos de flores y rocío. Y los manzanos abren sus corolas para formar un arco florecido sobre mi cabeza de Rey. Las hierbas hacen de alfombra de gemas y de corolas a mi pie, que vuelve a pisar la Tierra redimida después de haber sido alzado sobre ella para redimirla. Me saluda el primer sol, y el viento dulce de Abril, y la leve nube que pasa, rosácea como mejilla infantil, y los pájaros entre las frondas.

Soy su Dios. Me adoran.

Paso entre los soldados desvanecidos, símbolo de las almas en pecado mortal, que no oyen el paso de Dios.

¡Es Pascua, María! ¡Esto sí que es el "Paso del Ángel de Dios"! Su Paso de la muerte a la vida. Su Paso para dar Vida a los que creen en su Nombre. ¡Es Pascua! Es la Paz que pasa por el mundo. La Paz ya sin el velo de la condición de hombre; libre, completa en su restablecida eficiencia de Dios.

Y voy donde mi Madre. Muy justo es que vaya. Lo fue para mis ángeles, mucho más lo es para aquella que, además de custodiadora mía y consuelo mío, fue la que me dio la vida. Antes incluso de volver al Padre con mi figura humana glorificada, voy a mi Madre.

Voy con el fulgor de mi figura paradisíaca y de mis Gemas vivas. Ella me puede tocar, Ella puede besarlas, porque es la Pura, la Hermosa, la Amada, la Bendita, la Santa de Dios.

El nuevo Adán va donde la nueva Eva. El mal entró en el mundo a través de la mujer, y la Mujer lo ha vencido. El Fruto de la Mujer ha desintoxicado a los hombres de la baba de Lucifer. Ahora, si ellos quieren, pueden salvarse. Ha salvado a la mujer que tan frágil quedó después de la mortal herida.

Y después de a la Pura -a la que por derecho de santidad y maternidad es justo que vaya el Hijo-Dios-me presento a la mujer redimida, a la que es cabeza, representante de todas las femeniles criaturas a que he venido a liberar de la presa de la lujuria.

Para que les diga a ellas que se acerquen a mí para curarse; que tengan fe en mí: que crean en mi Misericordia que comprende y perdona; que para vencer a Satanás, que atormenta su carne, miren a mi Carne adornada con las cinco heridas.

No dejo que ella me toque. Ella no es la Pura, que puede tocar sin contaminar al Hijo que vuelve al Padre. Mucho debe purificar todavía con la penitencia. Pero su amor merece este premio.

Ella ha sabido resucitar por su voluntad del sepulcro de su vicio; estrangular a Satanás, que la tenía apresada; desafiar al mundo por amor a su Salvador; ha sabido despojarse de todo lo que no fuera amor; ha sabido ser sólo amor que se consume por su Dios. Y Dios la llama: "María". Oye cómo responde: "¡Rabbuní!". En ese grito está su corazón.

A ella, que lo ha merecido, le doy el encargo de ser la mensajera de la Resurrección. Y una vez más sufrirá el escarnio, leve escarnio, como si delirara. Pero no le importa nada a María de Magdala, a María de Jesús, el juicio de los hombres.

Me ha visto resucitado, y ello le produce una alegría que calma todo otro sentimiento.

¿Ves cómo amo a quien fue culpable, pero quiso salir de la culpa? Ni siquiera es a Juan al primero que me aparezco.

Me aparezco a la Magdalena. Juan había recibido ya de mí el grado de hijo. Podía recibirlo, porque era puro y podía ser hijo no sólo espiritual, sino también dador y receptor -a la Pura y de la Pura de Dios-de los cui-dados o necesidades que están ligados a la carne.

Magdalena, la resucitada a la Gracia, tiene la primera visión de la Gracia Resucitada.

Cuando me amáis hasta el punto de vencer todo por mí, Yo tomo vuestra cabeza y vuestro corazón enfermos entre mis manos traspasadas y espiro en vuestro rostro mi Poder. Y os salvo, os salvo, amados hijos. Y de nuevo aparecéis hermosos, sanos, libres, felices; volvéis a ser los amados hijos del Señor; hago de vosotros los portadores de mi Bondad en medio de los indigentes seres humanos, aquellos que les dais a ellos testimonio de mi Bondad, para convencerlos de ella y de mí.

Tened, tened, tened fe en Mí. Tened amor. No temáis. Que os infunda seguridad en el Corazón de vuestro Dios todo lo que ese Corazón ha padecido para salvaros.

Y tú, pequeño Juan (María Valtorta), sonríe después de haber llorado. Tu Jesús ya no sufre. Ya no hay ni Sangre ni heridas, sino que hay luz, luz, luz y alegría y gloria.

Que mi luz y mi alegría estén en ti hasta que llegue la hora del Cielo.

619- Las pías mujeres al pie del Sepulcro

Entretanto las mujeres, dejada ya la casa, caminan, sombras en la sombra, muy cerca del muro. Durante un rato guardan silencio, bien arrebozadas y medrosas por tanto silencio y soledad. Luego, recobrando los ánimos a la vista de la calma absoluta que hay en la ciudad, se reúnen en grupo y encuentran el valor para hablar.

-¿Estarán abiertas ya las puertas? -pregunta Susana.
-Claro que sí. Mira allí el primer hortelano que entra con las verduras.
-Va al mercado -responde Salomé.
-¿Nos dirán algo? -Es también Susana la que hace esta pregunta.
-¿Quién? -pregunta la Magdalena.

-Los soldados, en la puerta Judicial. Por esa puerta… entran pocos y, menos todavía, salen… Crearemos recelos…

-¿Y qué? Nos mirarán. Verán a cinco mujeres que van hacia el campo. Podríamos ser también personas que después de la Pascua regresan a sus pueblos.
-Pero… Para no llamar la atención de algún malintencionado, ¿por qué no salimos por otra puerta y luego volvemos siguiendo el muro bien pegadas a él?…
-Alargamos el camino.
-Pero estaremos más seguras. Pasamos por la puerta del Agua…

-Yo que tú, Salomé, pasaría por la puerta Oriental. ¡Así sería más larga la vuelta que tendrías que dar! Tenemos que darnos prisa y volver pronto.

La que habla tan resueltamente es la Magdalena.

-Entonces otra, pero no la puerta Judicial. Esto sí, mujer… -le ruegan todas.

-De acuerdo. Pero entonces pasamos por casa de Juana. Nos insistió en que la advirtiéramos. Si hubiéramos ido directamente, hubiéramos podido no pasar por su casa, pero, dado que queréis dar una vuelta más grande, pues vamos donde ella…

-¡Sí! ¡Sí! Incluso por los soldados que están allí de guardia… Ella es conocida y se la teme…
-Yo sugeriría también pasar por casa de José de Arimatea. Es el dueño del sitio.

-¡Claro, y ahora formamos un cortejo para no llamar la atención! ¡Pero qué hermana más temerosa tengo! Mira, Marta, más bien hacemos esto: yo me adelanto y observo; vosotras venís detrás con Juana; si hay peligro, me pongo en medio del camino, de forma que me veáis; en ese caso, regresamos. Pero, os aseguro que los soldados, al ver esto -ya lo he previsto yo (y enseña una bolsa llena de monedas)-nos dejarán hacer todo.

-Se lo decimos también a Juana. Tienes razón.
-Entonces marchaos. Y yo también.
-¿Vas sola, María? Voy contigo -dice Marta, temerosa por su hermana.

-No. Tú ve donde Juana con María de Alfeo. Salomé y Susana te esperan cerca de la puerta por la parte de fuera de las murallas. Y luego venís por la vía principal todas juntas. Adiós.

Y María Magdalena corta otros posibles comentarios yéndose rauda con su bolsa de bálsamos y sus monedas en el pecho.

Va tan rápida, que parece volar por el camino, que se hace más alegre con el primer rosicler de la aurora. Pasa la puerta Judicial para ahorrar tiempo. Y nadie la para…
Las otras la ven alejarse.

Luego vuelven las espaldas a la bifurcación de calles en que estaban y toman otra, estrecha y oscura, que luego se abre, ya cerca del Sixto, para formar una calle más ancha y abierta, donde hay hermosas casas.

Se separan: Salomé y Susana siguen por esa misma calle; Marta y María de Alfeo llaman al portón herrado, y se ponen delante de la pequeña ventana -un ventanillo- entreabierta por el portero.

Entran y van donde Juana, la cual, ya levantada y vestida toda de un morado oscurísimo que resalta aún más su palidez, está trabajando también con unos bálsamos, junto con la nodriza y una criada.

-¿Habéis venido? Dios os lo pague. Pero, si no hubierais venido, habría ido yo… En busca de consuelo… Porque, después de ese tremendo día, muchas cosas se han alterado.

Y para no sentirme sola, debo ir a apoyarme en esa piedra y llamar y decir: "Maestro, soy la pobre Juana… No me dejes sola también Tú…
Juana llora quedo, pero con mucha desolación, mientras Ester, la nodriza, hace vistosos gestos indescifrables detrás de Juana mientras le coloca el manto.

-Yo me marcho, Ester.
-¡Dios te dé consuelo!

Salen del palacio para unirse a las compañeras. Es en este momento cuando se produce el breve y fuerte terremoto, que hace cundir el pánico de nuevo entre los jerosolimitanos, aterrorizados todavía por los hechos acaecidos el viernes. Las tres mujeres vuelven sobre sus pasos precipitadamente, y se quedan en el amplio vestíbulo, -en medio de las criadas y criados que gritan e invocan al Señor, temerosas de nuevos temblores de tierra…

…La Magdalena, sin embargo, está ya en la entrada del caminito que lleva al huerto de José de Arimatea cuando la sorprende el potente estampido, potente pero armónico, de este signo celeste.

Al mismo tiempo, en la luz levemente rosada de la aurora que va avanzando en el cielo -donde todavía en el Occidente resiste una tenaz estrella-y que va poniendo dorado el aire hasta ahora levemente verdoso, se enciende una gran luz, que desciende como si fuera un globo incandescente, brillantísimo, cortando en zigzag el aire sereno.

Pasa muy cerca de María de Magdala (casi hace que se caiga al suelo). Ella se pliega un poco susurrando: « ¡Mi Señor!», y luego, como un tallito tras el paso del viento, se endereza de nuevo y, más veloz, corre hacia el huerto.

Entra en él rápidamente: va hacia el sepulcro de roca como un pájaro perseguido en busca de su nido. Pero, a pesar de toda su prisa, no puede estar allí cuando el celeste meteoro hace de palanca y de llama en la argamasa con que está sellada y reforzada la pesada piedra; ni cuando, con fragor final, la puerta de piedra cae produciendo una vibración que se une a la del terremoto, el cual, a pesar de ser breve, es de una violencia tal, que echa por tierra a los soldados como muertos.

María, al llegar, ve a estos inútiles carceleros del Triunfador arrojados al suelo como un haz de espigas cortadas.

María Magdalena no relaciona el terremoto con la Resurrección, sino que, al ver ese espectáculo, cree que se trata del castigo de Dios contra profanadores del Sepulcro de Jesús, y cae de rodillas diciendo:

-¡Ay, se lo han llevado!

Está verdaderamente desolada. Llora como una niña que hubiera venido a buscar a su padre, con la seguridad de encontrarlo, y se hubiera encontrado vacía la casa.

Luego se alza y se marcha corriendo en busca de Pedro y Juan. Y, dado que ya sólo piensa en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de las compañeras, ni se acuerda de detenerse en el camino, sino que, veloz como una gacela, vuelve a pasar por el camino recorrido antes, atraviesa la puerta Judicial y corre presurosa por las calles, que ahora tienen un poco más de gente, para toparse contra el portón de la casa amiga y golpearlo y empujarlo furiosamente.

Le abre la dueña.

-¿Dónde están Juan y Pedro? -pregunta jadeante y angustiada María Magdalena.

-Allí -y la mujer señala hacia el Cenáculo.
María de Magdala entra y, nada más entrar, enfrente de los dos asombrados apóstoles, dice (y en su voz, mantenida baja por piedad hacia la Madre, hay más angustia que si hubiera gritado):

-¡Se han llevado del Sepulcro al Señor! ¿Quién sabe dónde lo habrán puesto? -y por primera vez se tambalea y vacila y, para no caerse, se agarra donde puede.
-¡Cómo! ¿Qué dices? -preguntan los dos.
Y ella, jadeante:

-Yo me adelanté… para comprar a los soldados que estaban de guardia… para que nos permitieran embalsamar. Ellos están allí como muertos… El Sepulcro está abierto, la piedra por el suelo… ¿Quién? ¿Quién habrá sido? ¡Venid! Vamos corriendo…

Pedro y Juan se encaminan. María los sigue a algunos pasos de distancia. Luego vuelve, agarra a la dueña de la casa, la zarandea con violencia movida de su amor previsor y le dice junto a la cara con voz sibilante:

-Que no se te ocurra dejar pasar a nadie donde está Ella (y señala la puerta de la habitación de María). Recuerda que yo mando en ti. Obedece y calla.

Y, dejándola verdaderamente sobrecogida, da alcance a los
apóstoles, que con paso veloz van hacia el Sepulcro…

…Entretanto, Susana y Salomé, en llegando a las murallas, habiendo dejado a sus compañeras, se ven sorprendidas por el terremoto. Atemorizadas, se refugian debajo de un árbol, y se quedan allí, con el dilema de si ir hacia el Sepulcro o si huir hacia la casa de Juana: pero el amor vence al miedo y van hacia el Sepulcro.

Entran, todavía turbadas, en el huerto, y ven a los soldados, como muertos… Ven una gran luz salir del Sepulcro abierto. Aumenta su turbación, y termina haciéndose completa cuando, cogidas de la mano para infundirse recíprocamente ánimos, se asoman a la entrada y, en la oscuridad de la gruta sepulcral, ven a una criatura luminosa y hermosísima, dulcemente sonriente, saludarlas desde el sitio donde está: apoyada en la parte derecha de la piedra de la unción, cuyo gris volumen, detrás de tanto incandescente esplendor, se desvanece.

Caen de rodillas, aturdidas por el estupor.

Pero el ángel les habla dulcemente:

-No tengáis miedo de mí. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para experimentar la dicha de su final: ya no existe el dolor del Cristo ni su anonadamiento en la muerte.

Jesús de Nazaret, el Crucificado al que vosotras buscáis, ha resucitado. ¡Ya no está aquí! Vacío está el lugar en que había sido colocado. Exultad conmigo. Id. Decidle a Pedro y decid a los discípulos que ha resucitado y que os precede hacia Galilea. Allí lo veréis todavía, aunque por poco tiempo, según ha dicho.

Las mujeres caen rostro en tierra y, cuando lo alzan, huyen como si un castigo las persiguiera. Están aterrorizadas y susurran:

-¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto al ángel del Señor!
Ya en pleno campo se calman un poco, y se consultan recíprocamente. ¿Qué hacer? Si dicen lo que han visto, no las creerán; si dicen que vienen de allí, pueden ser acusadas por los judíos de haber matado a los soldados que estaban de guardia. No, no pueden decir nada; ni a los amigos ni a los enemigos…

Atemorizadas, enmudecidas, vuelven por otro camino hacia casa. Entran y se refugian en el Cenáculo. Ni siquiera piden ver a María… Y allí piensan que lo que han visto ha sido un engaño del Demonio. Siendo, como son, humildes, juzgan que «no puede ser que a ellas les haya sido concedido ver al enviado de Dios. Es Satanás el que ha querido atemorizarlas para alejarlas de allí».

Lloran y oran como dos niñas asustadas por una pesadilla…

…El tercer grupo, el de Juana, María de Alfeo y Marta, visto que nada nuevo sucede, se decide a ir al lugar donde, sin duda, están las compañeras esperando. Salen a las calles, donde ya hay gente, gente asustada que habla del nuevo terremoto y lo relaciona con los hechos del viernes y ve incluso lo que no existe.

-¡Mejor, si están todos asustados! Quizás también lo estén los soldados de la guardia y no pongan objeciones -dice María de Alfeo. Y van raudas hacia las murallas.

Pero, mientras ellas van allá, al huerto han llegado ya Pedro y Juan, seguidos por la Magdalena. Y Juan, más rápido, es el primero en llegar al Sepulcro. Los soldados ya no están. Tampoco está ya el ángel.

Juan se arrodilla, temeroso y afligido, en la entrada totalmente abierta; se arrodilla para hacer un acto de veneración y para captar algún indicio de las cosas que ve. Pero sólo ve, en el suelo, los paños de lino, puestos en un montón encima de la Sábana.

-¡Pues verdaderamente no está, Simón! Es como lo había visto María. Ven, entra mira.

Pedro, jadeando por la gran carrera realizada, entra en el Sepulcro. Por el camino había dicho: «No me voy a atrever a acercarme a ese sitio». Pero ahora sólo piensa en descubrir dónde puede estar el Maestro. E incluso lo llama, como si pudiera estar escondido en algún rincón oscuro.

La oscuridad, en esta hora matutina, es todavía fuerte en el profundo Sepulcro cuya única fuente de luz es la pequeña abertura de la puerta, en la que proyectan sombra ahora Juan y la Magdalena… Y Pedro tiene dificultad para ver, de forma que tiene que ayudarse con las manos… Toca, temblando, la mesa de la unción y la siente vacía…

-¡No está, Juan! ¡No está!… ¡Ven también tú! Yo he llorado tanto, que casi no veo con esta poca luz.
Juan se pone de pie y entra. Mientras Juan hace esto, Pedro descubre el sudario, colocado en un rincón, bien doblado; y, dentro del sudario, cuidadosamente enrollada, la sábana.

-Verdaderamente se lo han llevado. Los soldados estaban no por nosotros sino para hacer esto… Y nosotros les hemos dejado actuar. Marchándonos, lo hemos permitido…

-¡Oh! ¿Dónde lo habrán puesto!

-Pedro… Pedro… ahora sí que ya no hay nada que hacer.
Los dos discípulos salen abatidos por completo.
-Vamos, mujer. Díselo tú a su Madre…

-Yo no me marcho. Me quedo aquí… Alguno vendrá… No, no me voy… Aquí hay todavía algo que de Él. Tenía razón su Madre… Respirar el aire donde Él ha estado es el único consuelo que nos queda.

-El único consuelo… Ahora tú también te percatas de que esperar era una quimera… -dice Pedro.

María ni siquiera responde. Se deja caer al suelo, justo junto a la entrada, y llora mientras los otros se marchan lentamente.

Luego levanta la cabeza y mira adentro, y, a través de las lágrimas, ve a dos ángeles, sentados el uno en la cabecera y el otro en los pies de la piedra de la unción. Está tan aturdida la pobre María, en su más fiera batalla entre la esperanza que muere y la fe que no quiere morir, que los mira alelada, sin asombro siquiera. Ya no tiene sino lágrimas la mujer fuerte que con heroísmo ha resistido todo.

-¿Por qué lloras, mujer? -pregunta uno de los dos luminosos muchachos (porque su aspecto es el de dos hermosísimos adolescentes).
-Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.

María habla con ellos sin miedo. No pregunta: « ¿Quiénes sois?». Nada. Ya nada le causa estupor. Todo lo que puede asombrar a una criatura ella ya lo ha sufrido. Ahora es sólo un ser quebrantado que llora sin fuerzas y sin reserva.

El jovencito angélico mira a su compañero y sonríe. Y el otro también. Y, resplandeciendo de júbilo angélico, ambos miran afuera, hacia el huerto del todo florecido por los millones de corolas que se han abierto con el primer sol en los tupidos manzanos del pomar.

María se vuelve para ver a quién miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo, al que no sé como puede no reconocer inmediatamente. Un Hombre que la mira con piedad y le pregunta:

-Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

Es verdad que es un Jesús velado por su propia piedad hacia la criatura, a la que las demasiadas emociones han agotado y podría morir a causa de la repentina alegría; pero de verdad me pregunto cómo puede no reconocerlo.
Y María, entre sollozos:

-¡Se me han llevado al Señor Jesús! Había venido a embalsamarlo en espera de que resucitara… He tenido recogido todo mi coraje y mi esperanza, y mi fe, en torno a mi amor… y ahora ya no lo encuentro… No, más bien he puesto mi amor en torno a la fe, a la esperanza y al coraje, para defenderlos de los hombres… ¡Pero todo es inútil! Los hombres me han robado a mi Amor, y con Él me han arrebatado todo… ¡Oh, mi señor, si eres tú el que se lo ha llevado, dime dónde lo has puesto! Y yo iré por Él… No se lo diré a nadie… Será un secreto entre tú y yo. Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy de rodillas delante de ti suplicándote, como una esclava. ¿Quieres que te compre su Cuerpo? Lo haré.

¿Cuánto quieres? Soy rica. Puedo darte tanto oro y gemas como pesa su Cuerpo. Pero devuélvemelo. No te denunciaré.

¿Quieres golpearme? Hazlo. Haciéndome verter sangre, si quieres. Si sientes odio hacia Él, descárgalo sobre mí.

Pero devuélvemelo. ¡Oh, mi señor, no me hagas pobre de esta manera, con esta indigencia! ¡Piedad de una pobre mujer!… ¿Por mí no quieres? Por su Madre, entonces.

¡Dime! Dime dónde está mi Señor Jesús. Soy fuerte. Lo tomaré entre mis brazos y lo llevaré como a un niño a lugar seguro. Señor… señor… ya lo ves… hace tres días que la ira de Dios se descarga sobre nosotros por lo que se hizo al Hijo de Dios… No añadas la Profanación al Delito…

-¡María!

Jesús aparece radioso al llamarla. Se revela con su esplendor triunfante.
-¡Rabhuní!

El grito de María es verdaderamente "el gran grito" que cierra el ciclo de la muerte. Con el primero, las tinieblas del odio fajaron a la Víctima con vendas fúnebres; con el segundo, las luces del amor aumentaron su esplendor. Y María, al emitir este grito que llena el huerto, se alza y, presurosa, va a los pies de Jesús, a esos pies que quisiera besar.

Jesús, tocándola apenas con 1a punta de los dedos en la frente, la separa:

-¡No me toques! No he subido con esta figura todavía a mi Padre. Ve donde mis hermanos y amigos y diles que subo al Padre mío y vuestro, a mi Dios y a vuestro Dios, y luego iré donde ellos.

Y Jesús, absorbido por una luz irresistible, desaparece.

María besa el suelo donde Él estaba y corre hacía la casa.

Entra como un rayo -la puerta está entornada para dejar paso al amo de la casa, que se dirige hacía la fuente-, abre la puerta de la habitación de María y se deja caer en el corazón de Ella, gritando: -¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado! -y llora llena de dicha.

Y, mientras acuden Pedro y Juan y del Cenáculo vienen las asustadas Salomé y Susana y escuchan lo que la Magdalena dice, también vuelven de la calle María de Alfeo y Marta y Juana, las cuales, con respiro entrecortado, dicen que ellas también han estado allí, y que han visto a dos ángeles que decían ser el Custodio del Hombre Dios y el Ángel de su Dolor, y que les han dado la orden de decir a los discípulos que había resucitado. Y, al ver que Pedro menea la cabeza, insisten diciendo:

-Sí. Han dicho: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado, como dijo estando todavía en Galilea. ¿No os acordáis? Dijo: “El Hijo del hombre debe ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado. Pero al… Pedro menea la cabeza diciendo:

-¡Demasiadas cosas en estos días! Os han ofuscado.
La Magdalena alza la cabeza del pecho de María y dice:
-¡Lo he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y luego viene. ¡Qué hermoso estaba! -y llora como nunca ha llorado, ahora que ya no ha de torturarse a sí misma para hacer fuerza contra la duda procedente de todas partes.

Pero Pedro, y también Juan, se quedan muy dudosos. Se miran y sus ojos dicen: "¡Imaginación de mujeres!".

Entonces también Susana y Salomé se atreven a hablar. Pero la misma, inevitable diferencia en los detalles de los soldados, que primero están como muertos y luego ya no están; y de los ángeles, que en un momento son uno y en otro dos, y que no se han mostrado a los apóstoles; y de las dos versiones sobre el hecho de que Jesús va allí o que precede a los suyos hacia Galilea… esto hace que la duda, es más, la persuasión de los apóstoles crezca cada vez más.

María, la Madre dichosa, calla, sujetando a la Magdalena… No comprendo el misterio de este silencio materno.

María de Alfeo dice a Salomé:

-Vamos a volver allá nosotras dos: Vamos a ver si estamos todas borrachas… -y se marchan rápidas. Las otras se quedan --comedidamente no tomadas en consideración por los dos apóstoles-junto a María, que guarda silencio, absorta en un pensamiento que cada uno interpreta a su manera y que ninguno comprende que es un éxtasis.

Vuelven las dos mujeres ya más bien ancianas: -¡Es verdad! ¡Es verdad! Lo hemos visto. Nos ha dicho junto al huerto de Bernabé: “Paz a vosotras. No temáis. Id a decir
a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de unos días a Galilea. Allí estaremos todavía un tiempo juntos”. Esto ha dicho. María tiene razón. Hay que decírselo a los de Betania, a José, a Nicodemo, a los discípulos más leales, a los pastores. Hay que ir, hay que hacer, hacer… ¡Oh! ¡Ha resucitado!… -lloran todas, felices.

-No estáis en vuestros cabales, mujeres. El dolor os ha ofuscado. La luz os ha parecido ángel; el viento, voz; el Sol, Cristo. Yo no os critico. Os comprendo, pero sólo puedo creer en lo que he visto: el Sepulcro abierto y vacío, y los soldados que habían sustraído el Cadáver y habían huido.

-¡Pero si lo dicen los propios soldados, que ha resucitado! ¡Si la ciudad está toda revuelta, y los príncipes de los sacerdotes están locos de ira, porque los soldados, huyendo aterrorizados, han hablado! Ahora quieren que digan lo contrario y les pagan por hacerlo.

Pero ya se sabe. Y, si los judíos no creen en la Resurrección, no quieren creer, muchos otros creen…
-¡Mmm! ¡Las mujeres!…

Pedro se encoge de hombros y hace ademán de marcharse.

Entonces la Madre, que sigue teniendo sobre su corazón a la Magdalena (que llora como un sauce bajo un aguacero por su desmesurada dicha), besándole sus rubios cabellos, alza su rostro transfigurado y dice una breve frase:

-Realmente ha resucitado. Yo le he tenido entre mis brazos y he besado sus Llagas -y luego reclina otra vez su cabeza sobre los cabellos de la apasionada y dice: -Sí, la dicha es mayor aún que el dolor. Y no es más que un granito de arena respecto a lo que será tu océano de dicha eterna.

¡Oh, bienaventurada que por encima de la razón has hecho hablar al espíritu!

Pedro ya no osa negar… y, con uno de esos virajes del Pedro antiguo, que ahora vuelve a aflorar, dice, y grita, como si de los otros y no de él dependiera el retraso:

-¡Pues entonces, si es así, hay que comunicárselo a los otros; a los que están dispersos por los campos… buscar… hacer… ¡Venga, moveos! Si realmente fuera allí… al menos que nos encuentre -y no se da cuenta de que todavía está confesando que no cree ciegamente en la Resurrección.

618- Jesús resucitado se aparece a su Madre

María ahora está postrada rostro en tierra. Parece un pobre ser abatido. Parece esa flor de que ha hablado, esa flor muerta a causa de la sed.

La ventana cerrada se abre con un impetuoso golpeo de las recias hojas, y, bajo el primer rayo del Sol, entra Jesús.

María, que se ha estremecido con el ruido y que alza la cabeza para ver qué ráfaga de viento ha abierto la ventana, ve a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso que cuando todavía no había padecido; sonriente, vivo, más luminoso que el Sol, vestido con un blanco que parece luz tejida. Y lo ve avanzar hacia Ella.

María se endereza sobre sus rodillas y, uniendo las manos sobre el pecho, dice con un sollozo que es risa y llanto:

«Señor, mi Dios». Y se queda arrobada, contemplándolo con su rostro lavado todo en lágrimas, pero sereno ahora, sosegado por la sonrisa y el éxtasis.

Pero El no quiere ver a su Madre de rodillas como una sierva. Y la llama tendiéndole las Manos, cuyas heridas emanan rayos que hacen aún más luminosa su Carne gloriosa:

«¡Mamá!». Y no es esa palabra afligida de los coloquios y despedidas anteriores a la Pasión, ni el lamento desgarrado del encuentro en el Calvario y de la agonía. Es un grito de triunfo, de alegría, de liberación, de fiesta, de amor, de gratitud. Y se inclina hacia su Madre, que no osa tocarlo, y le pone sus Manos bajo los codos doblados, la pone en pie, la aprieta contra su Corazón y la besa.

¡Oh, entonces María comprende que no es una visión, sino que es su Hijo realmente resucitado; que es su Jesús, el Hijo que sigue amándola como Hijo! Y, con un grito, se le arroja al cuello y lo abraza y lo besa, riendo y llorando.

Lo besa en la Frente, donde ya no hay heridas; en la Cabeza, que ya no está despeinada ni sangra; en los Ojos fúlgidos; en las Mejillas ahora sanas; en la Boca que ya no está hinchada. Y luego toma sus Manos y besa los dorsos y las palmas, en las radiosas heridas. Y, con un impulso repentino, se agacha a sus Pies, retira el vestido resplandeciente que los cubre, y los besa.

Luego se levanta, lo mira, no se atreve…
Pero Él comprende y sonríe. Retira levemente su vestido en la parte del pecho y dice:

-¿Y esta llaga, Mamá, no la besas; esta que tanto te ha hecho sufrir y que sólo tú eres digna de besar?

Bésame en el Corazón, Mamá. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que significa dolor, y me dará ese gozo que todavía le falta a mi Gozo de Resucitado.

Y toma entre sus manos la cara de su Madre y apoya los labios de Ella en los labios de la herida del Costado, de donde manan chorros de luz vivísima. El rostro de María, sumergido en ese torrente de rayos, aparece aureolado por esa luz.

Ella besa, besa, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que ha pegado su boca a la fuente y de la fuente esté bebiendo esa vida que se le escapaba.

Ahora Jesús habla.

-Todo ha terminado, Mamá. Ya no tienes que llorar por tu Hijo. La prueba está consumada. La Redención se ha producido.

Mamá, gracias por haberme concebido, criado, ayudado en la vida y en la muerte.

He sentido llegar a mí tus oraciones, que han sido mi fuerza en el dolor, mis compañeras en mi viaje por este mundo y más allá de este mundo; tus oraciones han estado conmigo en la Cruz y en el Limbo.

Eran el incienso que precedía al Pontífice que iba a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mi Cielo. Tus oraciones han venido conmigo al Paraíso, precediendo como voz angélica al cortejo de los redimidos guiados por el Redentor, para que los ángeles estuvieran preparados para saludar al Vencedor que volvía a su Reino.

El Padre y el Espíritu Santo las han oído y visto, y han sonreído como a la flor más hermosa y al más dulce canto nacidos en el Paraíso.

Las han conocido los Patriarcas y los nuevos Santos, los nuevos, primeros, ciudadanos de mi Jerusalén. Y Yo te traigo el "gracias" de ellos, Mamá, junto con el beso de tus padres y su bendición, y la de tu esposo de alma, José.

¡Todo el Cielo entona su hosanna para ti, Madre mía, Mamá santa! Un hosanna que no muere, que no es falso como el que hace unos días la gente entonó para mí.

Ahora voy al Padre con mi figura humana. El Paraíso debe ver al vencedor en esa figura de Hombre con que ha vencido al Pecado del Hombre. Pero luego regresaré. Tengo que confirmar en la Fe a quien no cree todavía y necesita creer para llevar a otros a creer; debo fortalecer a los pequeños, que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir al mundo.

Luego subiré al Cielo. Pero no te dejaré sola. Mamá, ¿ves ese velo? Aun dentro de mi abatimiento, he irradiado poder milagroso para ti, para darte ese consuelo. Y para ti cumplo otro milagro. Tú me tendrás, en el Sacramento, real como cuando me llevabas dentro de ti.

Nunca estarás sola. En estos días lo has estado. Pero mi Redención requería también este dolor tuyo. Mucho ha de añadirse continuamente a la Redención, porque mucho será creado continuamente en el orden del Pecado.

Llamaré a todos mis siervos a esta coparticipación redentora. Y tú eres aquella que, por si sola, hará más que todos los santos juntos. Por eso, se requería también este largo abandono.

A partir de ahora, ya no. Ya no estoy escindido del Padre. Tú ya no estarás escindida del Hijo. Y, teniendo al Hijo, tienes a la Trinidad nuestra. Tú, Cielo viviente, serás portadora de la Trinidad en la Tierra, en medio de los hombres, y santificarás a la Iglesia, tú, Reina del Sacerdocio y Madre de los Cristianos.

Luego Yo vendré a recogerte. Y ya no seré Yo en ti, sino que serás tú en mí, quien, en mi Reino, haga más hermoso el Paraíso.

Ahora me marcho, Madre. Voy a hacer feliz a la otra María.

Luego subo al Padre. Luego vendré a quien no cree.
Mamá, tu beso por bendición, y mi Paz a ti por compañía. Adiós.

Y Jesús desaparece en el sol, que desciende a chorros del cielo matutino y sereno.

617- La Resurrección

En el huerto todo es silencio y titileo del rocío.

Encima, un cielo que va adquiriendo color zafiro cada vez más claro, habiéndose despojado ya de su negroazul recamo de estrellas, que durante toda la noche había estado velando al mundo.

El alba rechaza, de oriente a occidente, estas zonas todavía oscuras, como hace la ola durante la marea alta, cuando ésta va avanzando y cubriendo el oscuro litoral y sustituyendo el gris negro de la húmeda arena y del arrecife por el azul del agua marina.

Algunas estrellitas se resisten todavía a morir, y parpadean, cada vez más débilmente bajo la onda de luz blanco-­verdosa del alba, láctea con tonalidades cenizosas, como las frondas de los olivos soñolientos que hacen de corona a aquel montículo poco lejano. Y naufragan luego, sumergidas por la ola del alba, como tierra sobrepujada por el agua. Y ya hay una menos… y luego otra menos… y otra, y otra: el cielo va perdiendo sus rebaños de estrellas… Ya sólo, en el extremo occidente, hay tres; luego, dos; luego una, que sigue contemplando ese prodigio cotidiano que es el surgimiento de la aurora.

Y cuando un hilo rosicler dibuja una línea sobre la seda turquesa del cielo oriental, un suspiro de viento acaricia las frondas y las hierbas, diciendo: "Despertaos. El día resucita". Pero sólo despierta a frondas y hierbas, que, bajo sus diamantes de rocío, se estremecen, con un leve susurro acompañado de arpegios de gotas que caen; los pájaros todavía no se despiertan entre las tupidas ramas de un altísimo ciprés que parece dominar como un señor en su reino; ni en la enredada maraña de un seto de laurel que protege de la tramontana.

Los soldados que están de guardia, aburridos, enfriados, en varias posturas, vigilan el Sepulcro, cuya puerta ha sido reforzada, en los bordes, con una gruesa capa de argamasa, como si fuera un contrafuerte. Sobre el fondo blanco opaco de la argamasa resaltan las anchas rosetas de cera roja del sello del Templo, estampadas junte a otros sellos directamente en la argamasa fresca.

Los soldados deben haber encendido un pequeño fuego durante la noche, porque hay en el suelo ceniza y tizones mal quemados; y deben haber jugado y comido, porque hay todavía restos de comida diseminados, y pequeños huesos limpios, usados, sin duda, para algún juego semejante a nuestro dominó o a nuestro infantil juego con canicas, jugados sobre un rudimentario trazado dibujado en el sendero. Luego se han cansado y han abandonado todo para buscar posturas más o menos cómodas, según fuera para dormir o para velar.

En el cielo, que ahora presenta en el Oriente un área enteramente rosada que se va extendiendo cada vez más por el cielo sereno -donde todavía no hay rayos de sol-, aparece, procedente de profundidades desconocidas, un meteoro lleno de resplandor.

Y el meteoro baja -bola de fuego de irresistible resplandor- seguido de una estela rutilante, que quizás no es más que el recuerdo de su fulgor en nuestra retina. Baja velocísimo hacía la Tierra, esparciendo una luz tan intensa, fantasmagórica, aterradora dentro de su belleza, que la rosada de la aurora queda anulada, superada por esta incandescencia blanca.

Los soldados alzan, estupefactos, la cabeza (incluso porque con la luz llega un estampido potente, armónico, solemne, que llena con su sonido toda la Creación).

Viene de profundidades paradisíacas. Es el aleluya, el gloria angélico, que sigue al Espíritu del Cristo en su regreso a su Carne gloriosa.

El meteoro se abate contra la piedra que inútilmente cierra el Sepulcro. La arranca de cuajo, la echa al suelo.

Paraliza, por el terror y el fragor, a los soldados puestos como carceleros del Dueño del Universo. Y, a su regreso a la Tierra, al igual que había producido un terremoto cuando huyó de la Tierra, el Espíritu del Señor produce un nuevo terremoto.

Entra en el oscuro Sepulcro, el cual, con esta indescriptible luz, se llena de claridad; y mientras la luz permanece suspendida en el aire inmóvil, el Espíritu se reinfunde en el inmóvil Cuerpo bajo la mortaja.

Todo esto (la aparición, el descenso, la entrada, la desaparición la Luz de Dios) ha sido rapidísimo: no en un momento, sino en una fracción de momento.

El «Quiero» del divino Espíritu a su fría Carne no tiene sonido. Lo dice la Esencia a la Materia inmóvil. Pero ningún oído humano percibe esa palabra. La Carne recibe ese imperativo y obedece con profundo respiro… Durante unos momentos, nada más.

Debajo del sudario y de la sábana, la Carne gloriosa se recompone vestida de eterna belleza, se despierta del sueño de la muerte, regresa de la "nada" en que estaba, vive después de haber estado muerta.

Ciertamente el corazón se despierta y da su primer latido, impulsa en las venas la helada sangre que quedaba y, inmediatamente, crea la medida total de sangre en las arterias vaciadas, en los pulmones inmóviles, en el cerebro entenebrecido, y aporta nuevo calor, salud, fuerza, pensamiento.

Otro instante, y se produce un repentino movimiento bajo la pesada sábana. Tan repentino, que, desde el instante en que El mueve las manos cruzadas, hasta el momento en que aparece, majestuoso, en pie, lleno de resplandor con su vestido de inmaterial materia, sobrenaturalmente bello y majestuoso, con una gravedad que lo transforma y eleva sin anularle su identidad, la vista casi no tiene tiempo de captar los momentos sucesivos. Y ahora la vista lo admira.

¡Qué distinto de como la mente recuerda! Pulcro, sin heridas ni sangre; sólo resplandeciente, con el resplandor de la luz que mana a chorros de las cinco llagas y rezuma por todos los poros de su epidermis.

Cuando da el primer paso y, al moverse, los rayos que irradian las Manos y los Pies lo aureolan de haces de luz: desde la Cabeza, nimbada con un halo constituido por las innumerables pequeñas heridas de la corona, que ya no manan sangre sino sólo fulgor, hasta el borde del vestido, cuando, abriendo los brazos que tenía juntos en el pecho, descubre la zona de luminosidad vivísima que pasa a través del vestido encendiéndolo con un sol a la altura del Corazón, entonces realmente es la "Luz" que ha tomado cuerpo.

No la pobre luz de la Tierra, no la pobre luz de los astros, no la pobre luz del Sol. Es la Luz de Dios: todo el fulgor paradisíaco reunido en un solo Ser, un fulgor que le da sus inconcebibles azules como pupilas, sus fuegos de oro como cabellos, sus candores angélicos como vestido y colorido, y todo lo que constituye -y no es descriptible con palabra humana-el supraeminente ardor de la Stma. Trinidad-que anula con su potencia ardiente todo fuego del Paraíso absorbiéndolo en sí para generarlo nuevamente en cada instante del Tiempo eterno, Corazón del Cielo que atrae y difunde su sangre, las innumerables gotas de su sangre incorpórea: los bienaventurados, los ángeles, todo lo que constituye el Paraíso: el amor de Dios, el amor a Dios; todo esto es la Luz que es el Cristo Resucitado, que constituye el Cristo Resucitado.

Cuando se mueve, viniendo hacia la salida, y la vista puede ver más allá del fulgor, entonces aparecen ante mi vista dos luminosidades hermosísimas (sólo como estrellas comparadas con el Sol): una hacia dentro y otra hacia afuera de la puerta, postradas en acto de adoración a su Dios que pasa envuelto en su luz, espirando beatitud con su sonrisa; y sale. Abandona la fúnebre gruta y vuelve a pisar la tierra, la cual se despierta de alegría y resplandece toda en su rocío, en los colores de las hierbas y los rosales, en las infinitas corolas de los manzanos que se abren por un prodigio al recibir los primeros rayos del Sol, que las besan, y ante la presencia del Sol eterno que bajo ellas camina.

Los soldados se han quedado paralizados donde estaban…

Las fuerzas corrompidas del hombre no ven a Dios, mientras que las fuerzas puras del universo -las flores, las hierbas, los pájaros-admiran y veneran al Poderoso, que pasa nimbado con su propia Luz y rodeado de un nimbo de luz solar.

Su sonrisa, la mirada que deposita en las flores, en las frondas, o que se alza al cielo sereno, hace aumentar la belleza de todo: y más suaves, y teñidos de un esfumado, sedoso colorido rosáceo, aparecen los millones de pétalos que forman una espuma florecida sobre la cabeza del Vencedor; y más vivos aparecen los diamantes del rocío; y más azul el cielo, que refleja sus Ojos refulgentes; y más festivo el Sol, que pone pinceladas de alegría en una nubecita movida por una brisa ligera que viene a besar a su Rey con fragancias arrebatadas a los jardines y caricias de pétalos sedosos.

Jesús alza la Mano y bendice. Luego, mientras cantan más fuerte los pájaros y más intensamente el viento perfuma, desaparece de mi vista, dejándome en un gozo que borra hasta los más leves recuerdos de tristezas y sufrimientos y las más leves vacilaciones sobre el mañana…

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