IV- El demonio de la acedia: 9. ¿Por qué le llamamos «demonio» a la acedia?

Autor: P. Horacio Bojorge 

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Ha llegado el momento de explicar por qué a esta serie no la hemos llamado: “El pecado de acedia” o: “El hecho psicológico de la acedia”; sino que le hemos llamado “El demonio de la acedia”.

Porque su verdadera naturaleza es demoníaca. Aunque se manifieste como un pecado del orden moral o religioso. O como un estado de ánimo, de orden más bien psicológico.

Quisiera hoy ilustrar este aspecto demoníaco de la acedia (para mostrar que no es un invento nuestro, sino que ésa es la doctrina cristiana, de Nuestro Señor Jesucristo) a la luz de un pasaje evangélico tomado del Evangelio según San Marcos capítulo primero [1, 21-28]. 

Les aconsejo que tengan a la vista este texto.

Antes de dar lectura a este pasaje voy a ubicarlo primero en el contexto de lo que sucede: 

Ha llegado Nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo las Escrituras. Se ha manifestado en el bautismo el Espíritu Santo sobre él, en esa escena trinitaria en que aparece Jesús como el Hijo y el Padre da testimonio de él: «Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco». 

Desciende el Espíritu sobre él. Es bautizado. Y después Nuestro Señor Jesucristo es echado al desierto. Como empujado al desierto por el Espíritu Santo: como el chivo emisario cargado con los pecados del pueblo. Así como antes ha bajado al fondo del Jordán, como el hombre cargado con los pecados de la humanidad. Hasta ahora se ha contemplado la obra del Espíritu Santo en Él.

Y nos dice el evangelista que después de que Juan Bautista fue preso comenzó el ministerio de Nuestro Señor Jesucristo. Y empieza en la orilla del lago de Genesaret llamando a los primeros discípulos. A los cuales los llama y le siguen inmediatamente. El efecto del Espíritu Santo que está actuando en Jesús hace que los apóstoles llamados lo sigan. El Espíritu Santo se muestra –por lo tanto– como un espíritu de purificación; que permite que los hombres se acerquen a Dios cuando Dios pasa y los llama.

Pero inmediatamente después va a venir la revelación de un espíritu antagónico, que fue el que estuvo tentándolo en el desierto. 

Y ése es el espíritu al que se llama espíritu impuro. ¿Impuro por qué? Porque el Espíritu Santo es puro porque acerca a Dios; hace puro para acercarse a Dios. Nos hace puros como Dios y dignos de acercarnos. 

Mientras que el espíritu impuro separa a los hombres de Dios. No permite que se acerquen y no permite tampoco que reconozcan la autoridad de aquel Dios que - hecho hombre - aparece entre los hombres.

Y esta escena es en la sinagoga de Cafarnaúm. Las vocaciones de los primeros discípulos –de los pescadores– ha sido un viernes por la mañana mientras todavía ellos estaban trabajando. Como sabemos el viernes por la tarde comienza el sábado. Y al llegar la tarde de ese mismo viernes en que ha llamado a los discípulos, Él con Pedro, Juan, Santiago y Andrés, llegan y entran a la sinagoga de Cafarnaúm. 

Y allí es donde se va a manifestar por primera vez este espíritu impuro que actúa oponiéndose a que los hombres reciban el mensaje de Nuestro Señor Jesucristo. Es un espíritu que se presenta aparentemente como de indiferencia, pero que se revela como un espíritu de miedo. Y después se manifiesta como un espíritu que conociendo a Dios, no lo ama, un espíritu de desamor, de oposición a Dios.

Es importante por lo tanto que nos detengamos a leer en el texto evangélico este retrato revelado del espíritu impuro.

Corren muchas imágenes acerca del demonio. Por eso, cuando hablamos del demonio, –a veces– hay personas que se asustan o dicen: “bueno, pero están hablando siempre del mal, esta no es la visión, Dios es un Dios de amor, no tenemos que hablar de esos temas negativos, del infierno de la condenación”. 

Como me decía un joven “con eso, ustedes los sacerdotes, apartan a la gente del mensaje divino”. Y no es así. Si no reconocemos el mal tampoco reconocemos el bien. Y Nuestro Señor Jesucristo nos ha revelado el bien pero al mismo tiempo –contemporáneamente– nos ha dejado de manifiesto que las tinieblas no reciben a la luz. Él es la luz, pero las tinieblas no lo reciben. Las tinieblas demoníacas; las tinieblas en el corazón de los hombres. 

Si no sabemos esto no sabemos tratar con el rechazo al Evangelio. 

Esto es muy importante para la evangelización a la que se nos envía. Si no conocemos los nombres de los demonios entonces no podemos exorcizarlos. 

Y Jesús nos envía a predicar con poder de expulsar demonios. Es un poder que Él le da a la Iglesia.

El principal de estos espíritus impuros es el espíritu de acedia. El espíritu que –en el relato que vamos a leer– se nos manifiesta oponiéndose a Jesús; aparentando una cierta extrañeza por este nuevo modo de enseñar que el Señor trae, que es distinto al de los maestros de Israel.

Leemos en el Evangelio según San Marcos, capitulo primero, versículo veintiuno y siguientes:

Entran en Cafarnaúm. Y enseguida que fue sábado –es decir en la tarde del viernes, con la primera estrella de la tarde del viernes– Jesús enseñaba en la Sinagoga.

Y ellos se extrañaban de su enseñanza porque les estaba enseñando como quien tiene autoridad (Mc. 1, 21-22) –autoridad propia, porque aquello que tiene para enseñar no lo puede enseñar nadie más. Sólo él. Nos enseña a ser hijos porque Él es el Hijo–.

Había en su sinagoga un hombre en espíritu impuro (Mc. 1, 23) -- muchas traducciones traducen mal, diciendo: “un hombre poseído por espíritu impuro”. Quizá usted está leyendo una traducción donde se habla de posesión. No hay tal posesión en el texto griego. Se dice simplemente que el hombre “está en” espíritu impuro. Como quien está en una atmósfera espiritual. Como quien está en un ámbito, bajo el dominio de un espíritu opuesto al Espíritu Santo. Que le impide abrirse al mensaje de Jesús. 

Es un hombre en la sinagoga. Pero de alguna manera representa el sentir de la sinagoga y el sentido de esa extrañeza de la sinagoga. Que no es una maravilla positiva que abra los corazones para recibir el mensaje del Señor. Sino que –ese espíritu de acedia– cierra los corazones para recibir el mensaje en forma de extrañeza. Esa extrañeza, ese juzgar el mensaje de Jesús de acuerdo a las pautas culturales a la que uno pertenece, eso también puede ser un obstáculo para recibir el Espíritu de Dios y eso es acedia.

Muchas veces las persuasiones que uno hereda de una cultura adversa al Evangelio –ajena al Evangelio– le impiden abrirse a las pautas del Evangelio. Se lo considera fuera de moda. Se lo considera cosa de otro tiempo. Se considera que eso es contrario a las convicciones culturales reinantes en las que uno fue criado. Y eso impide –entonces– recibir el mensaje del Señor y abrirse a la figura de Jesús, y al vínculo y a la comunión con él. Y así también al vínculo y la comunión con el Padre y el Espíritu Santo.

Y este hombre que está en la sinagoga, que está en espíritu impuro, se puso a gritar. ¿Y qué es lo que grita? Atendamos bien a estos tres gritos del espíritu en el hombre – porque no es el hombre el que grita sino el espíritu en él– porque son como un identikit espiritual que nos describe lo que es espiritualmente este espíritu impuro. 

¿Qué es el demonio? El demonio no es un ser visible; una especie de macho cabrío con cuernos o con patas de chivo; o un ser horrendo que se puede encontrar en la habitación, o que tenemos que buscar bajo la cama o en el ropero. ¡No! Es un pensamiento. Son convicciones en este hombre. Este hombre está en espíritu impuro porque está dominado por unas convicciones que hablan a través de él.

Y ¿cuál es la primera convicción? La primera es de indiferencia. La segunda es de miedo. Y la tercera es de conocimiento sin amor. Escuchémoslo:

¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazareno? (Mc. 1, 25) ¿Qué tenemos que ver contigo? ¿Qué tienes tú que ver con nosotros? No hay nada entre nosotros. 

Es la frase de la indiferencia. Lo que a veces nosotros nos decimos entre personas ¿qué tengo que ver contigo?, ¿qué tienes que ver tú conmigo?, ¿por qué te metes conmigo?, ¡no tenemos nada que ver!, no hay nada entre nosotros, no hay vínculo, no hay comunión. 

Eso es lo propio del espíritu impuro, negar la comunión o no poner comunión Mientras que el Espíritu Santo produce la comunión con Nuestro Señor Jesucristo. Si tenemos comunión con Él, comunión de amor, si nos sentimos vinculados a Él, eso es en nosotros la obra del Espíritu Santo.

Y ¿por qué tantos otros no se acercan al Señor? ¡Pues porque están en espíritu impuro!

A veces hay creyentes que se afligen porque sus familiares no participan –no comparten– su misma fe, su mismo amor a Jesús. Padres que se afligen por la indiferencia de sus hijos o parientes. ¿A qué se debe eso? El diagnóstico es que los otros están con un impedimento interior; con este espíritu impuro. 

No es que estén poseídos por el demonio. No. Simplemente hay en ellos estas convicciones, estas tentaciones, que les impiden abrir su corazón al mensaje del Evangelio, al mensaje de Nuestro Señor Jesucristo, y vincularse con Él por el amor.

Pero esta indiferencia –sin embargo– es aparente. ¿Por qué? Porque es una indiferencia que se grita. Nadie que es realmente indiferente grita. La indiferencia es como sentimentalmente neutra. “Me es indiferente, ni me detengo, ni lo miro”. ¿Por qué este grito? Este grito nos revela que –debajo de la indiferencia aparente de tantos en el orden religioso– se esconde, en realidad, miedo a Dios. Que se esconde en realidad una acusación a Dios: de que Dios es malo. Y es lo que se revela en la segunda frase que grita este hombre en espíritu impuro porque dice:

¿Has venido a destruirnos? (Mc. 1, 25) Has venido a destruirnos: tú eres malo. Tú nos destruyes. Eres un mal para nosotros. Este segundo grito nos revela lo que hay debajo de esa aparente indiferencia. Aparentemente estamos en una cultura indiferente –queridos hermanos–, pero esa cultura que aparece indiferente, en el fondo no lo es. 

Y por eso se opone tantas veces - cuando se le propone el Evangelio de manera explícita y un poco frontal -, de manera clara. Y sobre todo cuando se lo propone de manera que contradice sus convicciones habituales. Aquéllas en las cuales él se establece y juzga todas las cosas desde ellas. Sin dejar que Dios las juzgue desde sí mismo. No se abren a Dios. Y consideran por lo tanto que la irrupción de Dios en sus vidas, en su inteligencia y en su corazón, puede destruir esas convicciones habituales. Y por eso le temen, «has venido a destruirnos». 

Es el espíritu que teme que la venida de Nuestro Señor Jesucristo destruya el pueblo de Israel y la sinagoga. Cuando no es así. No tienen nada que temer. Y si se abriese a Nuestro Señor Jesucristo sería confirmado en su verdad más profunda. Sería llevado –precisamente– a la comunión con el Padre, con el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, que se revela en Jesucristo como el Padre, y que nos da, con su Hijo, al Espíritu Santo.

Y por fin llega un tercer grito: ¡Ya sabemos quién eres! 

Algunas veces se traduce en singular «ya sé quién eres». Pero muchos textos, los textos griegos más acreditados y más lógicos, formulan los tres gritos en forma plural.

¿Qué tenemos nosotros que ver contigo Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sabemos quién eres. (Mc 1, 25)

Y ahora nos sorprendemos. Porque este es un hombre que está hablando sin embargo en plural, no dice: “¿Qué tienes que ver conmigo? ¿Has venido a destruirme? Ya sé quién eres”. Sino que habla las tres veces en plural.

¿Qué tienes que ver nosotros? ¿Has venido a destruirnos? Sabemos quién eres.

Este “sabemos quién eres” es una expresión que implica el conocimiento pero que niega el amor. Sabemos quién eres pero no te amamos. Sabemos quién eres pero te tememos. Sabemos quién eres pero te acusamos de ser malo para nosotros. Y por lo tanto, no tenemos nada que ver contigo. Ni tú tienes nada que ver con nosotros, ni queremos tener nada que ver.

Noten ustedes cómo aquí está el retrato demoníaco. 

¿El espíritu impuro qué es? Es un espíritu que aparece como indiferencia. Que se manifiesta como odio a Dios. Y con un conocimiento que no se mueve al amor sino al odio, un temor y una acusación a Dios.

Recordemos los pecados contra el amor de Dios de los que nos habla el Catecismo de la Iglesia Católica: el primero de ellos es la indiferencia, el segundo es la ingratitud, el tercero la tibieza, el cuarto la acedia que es esto que estamos describiendo. 

Estamos describiendo un demonio. Por eso la acedia es un demonio. 

Es este el motivo por el cual esta serie se llama “El demonio de la acedia”. Porque acá tenemos su retrato espiritual. Su identikit espiritual. 

En estos tres gritos de una aparente indiferencia, que se traiciona por la alteración del ánimo –por que grita-, ¿por qué? Porque esconde un temor a Dios, un miedo a Dios y porque esconde esa acusación a Dios como malo.

Jesús, el Hijo, el enviado de Dios, es visto aquí como un mal. Un mal para ese hombre, pero también un mal para su pueblo.

Y hay una revelación siguiente. Cuando Nuestro Señor Jesucristo exorciza a este demonio, dice: ¡Cállate y sal de él! (Mc. 1, 26).

Y quiero detenerme con ustedes a leer y comprender lo que esto significa. Fíjense que el hombre ha venido hablando de “nosotros” –en plural– y Jesús lo increpa en singular. No admite que ese demonio tenga una representación colectiva y que pueda hablar en plural: “¿Qué tenemos que ver contigo? ¿Has venido a destruirnos? Sabemos quién eres”.

Sino que Jesús lo impreca y le dice “¡Cállate y sal de él!”. No enfrenta al hombre. Vemos que Jesús nos enseña aquí a distinguir entre el hombre y el espíritu que está en el hombre. Este hombre estaba en espíritu impuro, pero el espíritu impuro estaba también en este hombre.

Nosotros tenemos que reconocer y aprender a conocer lo que nos enseña aquí Nuestro Señor Jesucristo: que cuando vamos a predicar, que cuando presentamos el Evangelio y nos encontramos con el rechazo, tenemos que distinguir entre la persona y el espíritu que habla a través de la persona. 

Ésta es una enseñanza importantísima para la evangelización. Porque si somos enviados a evangelizar, nos encontraremos el rechazo de las personas. 

A mí me ha pasado en mi vida de sacerdote, que dando clase de catecismo o religión en un instituto de segunda enseñanza –ya en los últimos años preuniversitarios– me encontré estos mismos gritos en una sala de clases. 

Esta misma exasperación en un chico que decía “¡qué tiene que ver este Evangelio que nos enseña usted, esto no nos interesa, estas cosas no nos interesan!”.

Incluso el director del instituto me había dicho “Padre, háblele a los chicos de las cosas que les interesan”. Yo dije: “yo vengo a hablar de Nuestro Señor Jesucristo, vengo a hablar de la Iglesia”. 

“No. Hábleles de las relaciones prematrimoniales o de la amistad o de la injusticia en el mundo, de cosas que les interesen”. 

Yo insistía en que debía presentar a Nuestro Señor Jesucristo que es a lo que había ido a ese colegio. Y por supuesto que me encontré también con las mismas voces en un chico. Me parecía reconocer ese episodio [del evangelio]. Este episodio [de la clase] me ayudó a comprender el sentido y la verdad de esta enseñanza evangélica. Escuché allí las mismas voces de aquel espíritu impuro que hablaba a través de ese hombre en la sinagoga.

¿Qué tiene que ver la fe con la vida? ¡Esto no nos interesa! 

Y después, hablando con ese chico, me confesó que él estaba enojado con Dios porque él le había pedido la sanación de su papá que estaba con cáncer, y Él no lo había atendido. De modo que a Dios, él, lo consideraba malo y destructor: “has venido a destruirnos, eres malo”.
Y además me dijo que ya las hermanas le habían hablado mucho de todas estas cosas de la catequesis, que él sabía todas esas cosas. Y entonces yo reconocí esa voz del “sabemos quién eres”. Sabemos quién eres pero no te amamos.

Este trozo evangélico, en unión con ese episodio de mi vida sacerdotal, me ayudó a comprender algo que es muy iluminador para nuestra situación en la existencia: que hay como una dominación de este espíritu de acedia, que domina en esta cultura en que nos encontramos. Esta cultura está en espíritu impuro. Por eso aparece como una cultura indiferente. Por eso aparece como una cultura que tiene acusaciones contra Dios. Que no quiere que Dios intervenga en la vida política, ni que se configure la vida humana de acuerdo a la fe de los creyentes. 

Y por último que maneja incluso a la teología. Pero sin fe, sin amor. Y hay por lo tanto un conocimiento de Dios sin amor. 

Entre los libros que escribí hay uno que se titula “Teologías deicidas”. Y es ciertamente doloroso el hecho de que muchas teologías, muchos discursos acerca de Dios, en vez de llevarnos a la comunión con Dios, no nos llevan a la comunión, sino que, de alguna manera, hasta nos apartan de ella. Y nos llevan a un discurso que –hablando de Dios– nos aparta de Él. No nos lleva a la comunión.

Eso lo observaba ya el autor judío Martin Buber en uno de sus escritos, diciendo que “el pensamiento acerca de Dios, del tiempo de la Ilustración, es un pensamiento que, hablando de Dios, aparta de Él”.

Y que por lo tanto, hay que volver a un discurso más unido a la Sagrada Escritura. 

Y lo mismo ha encontrado o percibido el actual papa, Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret. En su prólogo él ha dicho que el discurso acerca de Nuestro Señor Jesucristo, - lo que se escribe y lo que se dice sobre Nuestro Señor Jesucristo en los últimos 40 o 50 años -, no es un discurso que lleve a la comunión con Jesucristo, sino que es un discurso que aparta de él. Aparta, por lo menos, de la comunión. Que hace de Jesucristo un objeto acerca del cual se habla pero sin llevarnos verdaderamente a la comunión con él. Y que fue eso, precisamente, lo que lo motivó –a Benedicto XVI– a hablar sobre Jesús de Nazaret en estas obras que nos está brindando. Lo motivaba el lograr una presentación de Jesucristo que nos lleve a esa comunión.

Para terminar este capítulo sobre el demonio de la acedia quiero señalar las enseñanzas importantes que nos dejan para conducirnos nosotros, en nuestra vida evangelizadora, y para reconocer el fenómeno de la acedia en nuestro alrededor. Y no sucumbir a él, porque si no, nos puede agarrar. 

Y es distinguir entre las personas y el espíritu en que están.

Y es pedirle a Nuestro Señor Jesucristo –cuando lo encontramos a ese espíritu– que él ordene a ese espíritu y le diga « ¡Sal de él!». 

Que, con su autoridad, exorcice ese espíritu impuro de la acedia: de las almas, de nuestra cultura, de nuestra familia, de nuestra sociedad. 

Porque estamos en una civilización dominada por el príncipe de este mundo, por el príncipe de la acedia.

Y por eso hay una total resistencia en tantos –incluso en gobernantes y gente que tiene el poder para hacer el bien o hacer el mal– esa resistencia para recibir el mensaje de Jesús.

Por lo tanto, uno de los remedios principales contra este demonio de la acedia es el exorcismo. Nosotros tenemos que rezar frecuentemente la oración de San Miguel Arcángel, que antes se rezaba siempre después de cada Misa. Y que ahora esta volviéndose a orar porque se reconoce que el poder de Nuestro Señor Jesucristo es el único que puede vencer a este obstáculo demoníaco de la acedia para que Él reine en nuestros corazones. 

IV- El demonio de la acedia: 8. La Acedia en la Sociedad

Autor: P. Horacio Bojorge

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

A esta altura de nuestro programa sobre “El demonio de la acedia” me siento un poco menos cohibido ante la cámara, porque no estoy habituado a hablar en televisión. Y empiezo a verlos a ustedes más allá del objetivo.

Y les confieso que si hasta ahora han perseverado en seguir esta serie sobre el Demonio de la acedia, me siento también un poco con más confianza con los que han sido fieles y como encariñado con ustedes. Y por lo tanto movido a encarar ahora la acedia, no ya desde el punto de vista doctrinal (un poco como un tema o una doctrina, aunque nos refiramos a un personaje, y aun personaje funesto como es este demonio de la acedia), sino que quiero contarles un poco cómo el Señor me iluminó acerca de este fenómeno. Y cómo haberlo conocido me ayudó a conocer cosas que yo había vivido bajo otra luz. Y espero que también lo que ustedes en este programa hayan aprendido acerca de la doctrina sobre la naturaleza demoníaca de este fenómeno y cómo este demonio actúa – les ayude a ustedes también a comprender cosas vividas, iluminándolas en su pasado.

Les cuento un poco de mi vida. Yo vengo de una familia católica que no era practicante. Y en mi adolescencia descubrí el fervor religioso. Porque –a insistencia de mi abuelita– tomé la Primera Comunión estando en un segundo año de secundaria. Y ese fue el comienzo de mi vida de fervor. Recuerdo que la tomé un domingo en un templo del centro de la ciudad, sin mayor solemnidad, en un domingo cualquiera.

En un costado –me acuerdo– del comulgatorio, donde recibí al Señor.

Y estaba rodeado por los fieles y la asamblea de los fieles que recibían al Señor con una piedad eucarística que era para mí una enseñanza. Parecían ostensorios vivientes. Se volvían a sus bancos en un diálogo íntimo con el Señor. En un diálogo de amor. Y ahí tuve yo mi primera escuela de fervor eucarístico. Sin catequesis. Había aprendido simplemente las oraciones y los mandamientos.

Después adquirí un pequeño misalito bilingüe. Y con eso comencé a seguir la santa misa. Empecé a estudiar. Como era un estudiante de secundaria y el instituto donde yo estudiaba era laico, y de alguna manera adverso a la fe, empecé a defender mi fe ante mis compañeros que no creían. Ingresé a la Acción Católica. Y como yo era muy ignorante de las cosas de la fe (porque no había tenido catequesis) compré en, una librería de segunda mano, un libro de apologética: la apologética de Hillaire. Y así, defendiendo lo que no conocía pero ya amaba, empecé a conocer lo que había amado.

Un camino muy especial de nuestro Señor, que sin duda tiene su razón de ser para mí y para mi vida sacerdotal; y también para las almas que el Señor me iba a poner en el camino.

Después fui comprendiendo algo de estos recónditos designios de Dios en la vocación de cada uno.

Después recuerdo que descubrí el Kempis, que me fascinó. Aquélla fue mi escuela de oración con Jesús. Con Jesús sacramentado. En esa intimidad con que el Kempis nos hace hablar con el Señor, nos introduce en una especie de ampliación del diálogo que nos enseña el Padrenuestro: hablar con el Padre. Pero él [el Kempis] nos enseña a hablar piadosamente con Nuestro Señor Jesucristo y entrar en la confianza. Nos acerca al Corazón del Señor. Todas esas eran dulzuras para mí.

En mi primera etapa de mi vida religiosa, fue mi descubrimiento de la fe, - lo que podríamos llamar mi conversión, mi purificación también de los pecados de la adolescencia -, y así llegué a entrar en la Compañía de Jesús a los dieciocho años.

Recuerdo que yo leía el Kempis [La imitación de Cristo] en los tranvías que había en esos días en Montevideo, orando en la vida diaria. Y llegué al noviciado con mucha ilusión, deseando entregarme totalmente al Señor. Y al poco tiempo de estar en el noviciado –como seis o siete meses– empecé a sentirme un poco asfixiado por las formas. ¡Asfixiado por las formas!

Y llegó un momento en que aquel Kempis que me había gustado tanto me producía como un cierto rechazo. Empecé a sufrir lo que después comprendí que es lo que sufren los monjes en el monasterio: el ataque de la acedia al alma de aquel que quiere entregarse totalmente al Señor. (Lo hemos visto ya en un capítulo anterior). El demonio de la acedia lo ataca en ciertos momentos, porque ¡es claro! los rigores de la disciplina religiosa hacen que una parte de nuestra sensibilidad se subleve.

Esto lo comprendo ahora. En aquel tiempo no lo sabía comprender. Parecía simplemente una desolación más. Pero sí. Es una purificación que nos acompaña en la vía del camino hacia Dios. Sobre todo en la vida religiosa.

Pero eso no fue solamente un episodio que me atacara a mí. Me tocó vivir después –en los años subsiguientes– algo que pasó con la vida religiosa por aquellos años 50 y 60. Y que fue, precisamente, que las formas empezaron a asfixiar a muchos en la vida religiosa. Quizás porque éramos jóvenes que veníamos de un mundo menos cristiano ya. Y entonces sufrimos más de las formas. Y comprendo ahora –mirando hacia atrás– por qué las formas fueron cambiando progresivamente y después vertiginosamente. De modo que aquellas formas de la Compañía de Jesús en la vida religiosa que yo viví al inicio de mi noviciado, después fueron abolidas y cambiadas por otras menos ‘formales’.

Ahora, meditando hacia atrás, a la luz de esta sabiduría sobre el espíritu de la acedia que el Señor me ha ido dando con los años -, comprendo que, muchas veces, donde hay formalismo, después se produce una acedia tal contra las formas que, en vez de llenarlas de espíritu, se comienza por abolirlas.

Y el formalismo, vacío de espíritu, puede conducirnos a la informalidad. Pero la informalidad –la falta de formas– no es garantía de que se recupere el espíritu. Uno puede tirar las formas y no recuperar el espíritu. Y eso lo he visto suceder, en parte, en mi propia vida. Lo he experimentado durante un tiempo. Después lo vi suceder con muchos compañeros míos que, habiendo entrado a la vida religiosa para abrazarse con el amor de Dios, no tuvieron la perseverancia y abandonaron la vida religiosa en distintos momentos de su formación. Ya sea poco después del noviciado, durante el noviciado, más tarde, y aún incluso después de su ordenación sacerdotal.

Mis conocimientos acerca de la acedia –lo que el Señor me ha dado a conocer– me permiten reconocer en esos episodios de mi historia, la razón de ser de aquellos acontecimientos. Cómo tantos fueron víctimas de un espíritu de acedia no reconocido. Y, por lo tanto, ha iluminado ese pasado mío.

Comprendí también– por qué después de muchos años de vida religiosa– aquellas obras de vida espiritual que nutrieron nuestro noviciado, (como por ejemplo las lecturas del Padre Rodríguez, el “Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas”), desapareció de las bibliotecas. Fue barrido, fue tirado, fue quemado en parte. Con una especie como de saña, de desagrado por aquel pasado que ya no se quería más. Se quemaron notas y diarios espirituales y hubo como una abjuración de aquel primer fervor que se confundía con las formas.

Comprendo también que muchos compañeros míos en la vida religiosa entraron –a veces- [viniendo] de un pasado de catolicismo formalista. Un poco ahogados por las formas. Y si yo, que había entrado en la vida religiosa con un fervor muy fresco, sufrí las consecuencias de las formas de la vida religiosa severa y austera de un noviciado, sufrí el ataque del demonio de la acedia, comprendo que el ataque a ellos fue mucho mayor; porque no tenían la memoria del fervor primero; sino que venían de las formas simplemente sin fervor que los vigorizara.

Comprendo que ese fervor primero a mí me sostuvo. Me inmunizó contra el demonio de la acedia y contra los formalismos que pudiera encontrar en el camino; y me dió, después, la posibilidad de mirar hacia atrás con otro conocimiento y otra sabiduría. Con otra comprensión de lo sucedido en mi vida que me ayudó también para comprender lo que sucede o ha sucedido en la vida de otros. También de las almas con las que el Señor me hace tratar en el ministerio.

Ustedes se podrán preguntar cuándo fue que yo empecé a conocer este demonio de la acedia. Fue bastante tarde en mi sacerdocio. Fue en la década del 90. Yo estaba dando el mes de ejercicios en un noviciado de religiosas, a las jóvenes novicias. Me quedaba bastante tiempo libre para escribir. Había escrito muchas otras cosas en otras ocasiones. Pero, en ese momento, yo estaba escribiendo unas fichas sobre los siete vicios capitales; para poder [ayudar a orar por] hacer el primer modo de orar de San Ignacio (uno de cuyos modos de orar es hacerlo por los vicios y pecados capitales y las virtudes opuestas). Entonces, había empezado a hacer fichas breves, explicando qué son los pecados capitales, qué es la soberbia, qué es la vanidad, qué es la gula, la lujuria, la tristeza, la envidia, la soberbia.

Entre esas fichas llegué a la ficha de la envidia. Y al llegar a esa ficha, - como la envidia es una tristeza por el bien, por el bien ajeno -, me encontré allí por primera vez con la acedia. No había oído hablar mucho de ella. O sí había oído hablar de ella (quizás en la lectura del libro de los Ejercicios de Perfección y Virtudes Cristianas del Padre Rodríguez), no había reparado en ese pecado. Quizás porque no se refería a una experiencia propia mía en aquellos tiempos. O porque no la supe conectar con ella cuando la sufría.

En ese momento empecé a escribir sobre la acedia. Pero no pude detenerme tan sólo en una ficha sobre la acedia. Aquella ficha empezó a crecer, a crecer y a extenderse. Con una comprensión de lo que era la definición de la acedia. Un poco con lo que he ido volcando en estos capítulos. Y de ahí salió un libro en el año 1995 – 1997 con una comprensión del fenómeno de la acedia como un fenómeno de la civilización) que se llamó “En mi sed me dieron vinagre, la civilización de la acedia”; donde reuní todo ese material que había ido saliendo de aquellas fichas ordenándolo por capítulos: 1) la definición de la acedia; 2) la acedia en las Sagradas Escrituras; 3) la acedia en el martirio: alrededor de los mártires, en los mártires y sus perseguidores, del impulsor del martirio que es el demonio; 4) la acedia en el mundo contemporáneo tal como yo la había padecido, y 5) también la acedia en la vida religiosa, 6) las causas de la acedia y los remedios.

Aunque en ese momento no reparé en que el primer remedio –el más importante– era la oración contra este demonio y el exorcismo, porque no tenía todavía tan clara la noción de que es un demonio. Que no es simplemente un fenómeno moral. Que no es simplemente un fenómeno psicológico sino que es demoníaco. Y que por lo tanto hay que combatirlo con la oración y el exorcismo. Y una parte importante del exorcismo es conocer su nombre. De modo que comprendo también, que habiendo conocido el nombre de lo que yo había vivido, pude librarme de algunos efectos de ello y pude ayudar a otras almas a reparar y a darse cuenta de lo que estaban padeciendo: que era una tentación de este demonio de la acedia.

Comprendo entonces perfectamente cómo lo que viví muchas veces durante mi vida o vi que vivían mis compañeros en la vida religiosa, eran ataques de este demonio de la acedia, que les hacía odiar las formas y hacerlos pasar a la informalidad: querer tirar todas las cosas.

Recuerdo que mientras estudiaba teología en Holanda, fui a Alemania a estudiar alemán en un filosofado de una orden religiosa, y estando yo allí llegó una carta del General de esa orden religiosa. Luego me enteré que aquello se debía a que los jóvenes del filosofado habían sacado una imagen del Sagrado Corazón que estaba en la escalera y la habían enterrado en el bosque. Era por los años 64-65. Aquí tienen ustedes un ejemplo de hasta qué punto la acedia había invadido las formas religiosas. Una especie de aversión a las formas religiosas e incluso a las imágenes sagradas. Quizás porque venía una invasión de otro gusto artístico. Pero en ese momento yo no comprendía a qué se debía eso.

En esos tiempos también toda la Iglesia –todo el pueblo católico– estaba invadida por esa reacción, cercana al Concilio, alrededor del Concilio, en que se quería innovar todas las cosas. Había una predisposición para terminar o abolir todas las cosas anteriores.

Recuerdo iglesias en las cuales se retiraban los reclinatorios; se sacaban las imágenes. Había como un despojamiento que acercaba a nuestros templos al aspecto de los templos protestantes: sin imágenes y sin los gestos tradicionales de la piedad cristiana. Eso en ese momento yo no lo comprendía, lo comprendí después.

Estaba contándoles que en ese momento en que, dando los ejercicios, comencé a ver el tema de la acedia, se me fueron iluminando pasajes y experiencias de mi vida anterior. Comprendí el motivo de esa pérdida del fervor religioso que yo había experimentado. Y que también lo habían experimentado tantos compañeros míos, con efectos mucho más funestos para su vida sacerdotal y de fe; para su vida religiosa.

Comencé también a comprender la apostasía. El fenómeno de la apostasía. Lo vi en numerosísimos católicos, que provenían de familias tradicionalmente católicas, en Uruguay. En pocas generaciones se terminaban las familias católicas y aquéllos que habían ido, junto con sus padres, al templo en la Misa dominical, después abandonaban la práctica. Y en dos o tres generaciones ya ni siquiera se casaban por la Iglesia. Habían abandonado también - por acedia, por acedia cultural– su fe. Viviendo en esta civilización de la acedia se habían contagiado de este demonio de la acedia que hace abominar las cosas de Dios y los signos de Dios y las virtudes teologales.

Muchas de esas almas que habían vivido un pasado fervientemente católico, no es que se convirtieran en malas personas. Pero, habiendo terminado su relación con Dios se abrazaban a las virtudes morales y cultivaban, entonces, lo que podemos llamar “una encomiable filantropía”. Amor a los hombres. Pero no el amor de la caridad fundado en Dios y motivado por Dios, sino una filantropía. Un amor humano. Un amor compasivo por los otros. En los cuales había un residuo de su capacidad de piedad hacia los otros; un residuo de su fe perdida. Y entonces conocí esos a quienes yo llamo «honorables apóstatas», «honrosos apóstatas»; que decían haber abandonado la fe y se entregaban a obras de caridad, a las obras de filantropía, a la lucha política, a intentar cambiar la suerte de los pobres, movidos por una compasión humana muy encomiable, pero que ya no era la motivada por la caridad cristiana sino por esa compasión humana filantrópica.

Habiendo dejado las virtudes teologales cultivaban este nuevo modo de vivir entregándose a las virtudes humanas con una especie de elegancia. Y yo me pregunto si no con una cierta soberbia de sentirse tan buenos. Habían terminado con la contemplación de Dios y de los misterios cristianos pero vivían ahora contemplándose a sí mismos. Y contemplando un poco el bien del que eran capaces. Y creo que haber sabido lo que es la acedia me ha ayudado a comprender el engaño en que habían incurrido estos personajes llevados por el demonio de la acedia.

Algunos habían pasado de la tristeza por las cosas de Dios a la aversión contra las cosas de Dios, y conocí algunos que habiendo sido creyentes y cristianos en su niñez o en su adolescencia, después se hicieron verdaderos enemigos de la fe católica abrazándose a aquellas acusaciones que se han hecho desde los ámbitos ideológicos, de que la fe católica era el opio del pueblo, de que había que terminar con la fe católica para que sobreviniera, pudiera venir la sociedad perfecta, la sociedad solidaria y sin clases.

A partir de estos contemporáneos míos, que habían descendido de las virtudes teologales a las virtudes humanas, y que vivían tratando de practicarlas con un fervor que suplía el fervor religioso perdido, pero que los llevaba a contemplarse a si mismos y a buscar la propia gloria en la propia bondad en el ejercicio de las virtudes morales, me fui remontando –a medida que pensaba y meditaba en el fenómeno– a los orígenes históricos de este proceso. Y me di cuenta de que no era contemporáneo. Que esto había comenzado en el pueblo católico bastantes siglos atrás. Que había sido un proceso que se había cumplido, por ejemplo, en la revolución francesa, (donde hubo un intento de abolir las formas cristianas, las formas católicas, y suplirlas por otras formas) Donde la Catedral de Nôtre Dame, por ejemplo, fue consagrada a la diosa razón, donde se quiso cambiar el calendario católico por un calendario puramente naturalista.

Fui cayendo en la cuenta de que había habido –históricamente– varios intentos de abolir la fe. No era solamente la revolución francesa, estaban la revolución bolchevique, el intento de abolir el cristianismo en los países del Oriente, en España, en México, en América Latina. Todos obedecían a una acedia que era intelectual que obedecía a una ideología; a razones “bien intencionadas”: se decía que era necesario que desapareciera esta fe que era un obstáculo para el progreso humano.

Fui comprendiendo que el demonio de la acedia había actuado en el pasado –históricamente– y había sido causa de las persecuciones en nuestros tiempos. Comprendí que esto había producido un combate de la filantropía contra la caridad. En mi propio país - Uruguay– los jesuitas fueron expulsados a mitad del siglo XIX, porque uno de ellos en la fiesta de la consagración de una religiosa del Huerto predicó diciendo que la filantropía que se proponía era la moneda falsa de la caridad.

Me di cuenta de que lo que yo había vivido y experimentaba en mi tiempo no era una novedad sino que era algo que venía sucediendo durante mucho tiempo a lo largo de la historia. Comprendí que el fenómeno del demonio de la acedia no era una cosa puntual, sino era algo que venía jugándose en la historia más reciente, si es que consideramos reciente la historia de los últimos siglos.

Después comprendí que esto en realidad se inició en el segundo acto de la creación. Cuando el demonio se empeñó –ya desde el comienzo– en abolir la obra de Dios como si fuese un mal. Fui comprendiendo que este empeño prosigue a lo largo de los siglos.

También fui comprendiendo un fenómeno que me había llamado la atención: el que muchas personas se sentían molestas con el ruido de las campanas. En Europa me lo encontré. Me lo volví a encontrar en algunos pueblos del interior de mi país. Había gente que protestaba contra las campanas y exigía que no se tocaran las campanas para convocar a Misa en horas tempranas. Y que la Iglesia cedía ante este pedido con cierta buena educación “para no molestar a los vecinos”.

Pero yo me preguntaba si esas personas no se sentían molestas con los ruidos de los salones de baile o de los aviones que pasaban atronando el espacio rompiendo la barrera del sonido, ¿por qué solamente con las campanas?
De los ruidos de la ciudad molestaban únicamente el sonido de las campanas, ¿por qué esta aversión al sonido de las campanas? Me parece que también allí había acedia.

Me encontré también en mi práctica pastoral, con personas que me decían que ellos habían sido –cuando niños– pupilos de colegios de alguna congregación religiosa, donde se les obligaba a oír misa todos los domingos. Y que consideraban que “habían oído misa para toda su vida”.
En ese momento me pareció que tenían una especie de empacho de Cristo, los llamé «los empachados de Cristo». Habían sido víctimas –quizás– de una imposición de las formas de la piedad y ahora estaban como resentidos con eso. Habían recalcitrado durante ese tiempo. No habían alcanzado nunca a introducirse en el espíritu que debía imbuir esas formas y hacerlas significativas.

Quizás falló, en esos pedagogos, la capacidad de inducirlos –a través de las formas– a encontrar el espíritu que había dentro. O, en muchos casos, no era por causa de los educadores, sino por causa de ellos mismos. Porque muchos otros compañeros suyos encontraron, mediante esas mismas prácticas, el camino de la fe en Nuestro Señor Jesucristo y perseveraron en el camino de la vida católica. Para ellos esas formas fueron motivos de empacho, de rechazo a las cosas divinas.

Y queridos amigos, estamos llegando al fin de este programa. Y podría seguir tanto tiempo hablándoles y contándoles de mi historia, de mi encuentro con el demonio de la acedia y de lo que el Señor me enseñó acerca de él para defenderme y para defender a sus ovejas. Y podría seguir aquí mucho tiempo, pero tenemos que terminarlo. Y por lo tanto los dejo hasta el próximo programa, pidiendo al Señor que los bendiga y al Ángel de la Guarda de cada uno que los libre del demonio de la acedia. Hasta el próximo capitulo de esta serie, si Dios quiere.

IV- El demonio de la acedia: 7. La Acedia Contra el Matrimonio y la Familia

Autor: P. Horacio Bojorge

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Querido amigos: bienvenidos a este nuevo programa de la serie “El demonio de la acedia”. Quiero dedicarlo esta vez a tratar de la acedia demoniaca. Ya no respecto de Dios mismo –a quien considera malo este demonio, este ángel caído–, ni a sus obras de revelación y de amor, sino a sus obras de creación.

La acedia del demonio no solamente lo pone como un antagonista de Dios, sino que ese antagonismo del demonio –de Satanás contra Dios – se desboca, – puesto que no puede desbocarse con el Creador ni tocarlo – , en las obras del Creador: en la naturaleza, en las cosas. Pero particularmente en aquéllas que son imagen y semejanza creada de Dios. Es decir en el ser humano. Por eso la acedia demoníaca se ceba en las criaturas humanas.

Y no encuentra ninguna criatura mejor para que se desboque contra ella el odio demoníaco como esta criatura que es imagen y semejanza de Dios. La cual ha sido creada para conocer y para amar a Dios, y para conocerse y amarse entre ellas.

Por lo tanto la acedia demoníaca se ceba contra el matrimonio. Contra el varón. Contra la mujer. Contra la diferencia entre ambos que pertenece al designio divino porque los creó macho y hembra. Varón y mujer. Y contra la institución familiar. Porque ellos estaban destinados a llenar la Tierra, a someterla. Por lo tanto, la acedia demoníaca se va a desfogar –principalmente– contra la institución familiar.

En este tiempo que estamos viviendo asistimos a una embestida contra la familia. Ya desde hace muchos años Chesterton – aquel famoso autor católico inglés – decía que el divorcio apuntaba a la destrucción de la familia; porque el Estado de aquellos tiempos deseaba tener, delante de sí, individuos solos; sin una ayuda familiar; y que la familia era una institución que protegía a los individuos; que destruyendo a la familia, los individuos quedarían solos ante el Estado y éste podría disponer de ellos sin cortapisas; sin ningún límite. Esta intuición de Chesterton se ha ido confirmando a lo largo del tiempo que ha pasado.

Poco antes de finalizar el segundo milenio cristiano, en la década del 90, Juan Pablo II –volviendo de una clínica– decía que volvía al Vaticano para oponerse con toda sus fuerzas a un plan que estaba en curso para la destrucción de la familia. Se refería a la conferencia de Pekín y a la conferencia de El Cairo donde se gestaban los planes que actualmente se están ejecutando –a través de los gobiernos del mundo– y que hieren las bases y las raíces de la familia.

El Papa previó, – como tantos otros católicos profetas en este asunto como Chesterton, C. S. Lewis – y como Juan Pablo II, previeron, vieron venir, esta embestida contra la familia de los poderes de este mundo. Del Príncipe de este mundo. Que son fruto de la acedia del Príncipe de este mundo. Que se desboca contra la obra de Dios. Ya que no puede tocarlo a Él mismo. Toca su imagen y semejanza, en el varón y en la mujer, en su descendencia, en la humanidad. Llamada por Dios a (ser) imagen y semejanza suya.

Esta acedia contra la familia es una acedia contra el amor. Porque la familia es el lugar del amor. Es el lugar del amor de los esposos. Es el lugar del amor de los padres a los hijos. Es el lugar del amor de los hijos a sus padres. Y de toda esa rica red de relaciones familiares: de tíos, de cuñadas, de sobrinos, de abuelos, de generaciones hacia atrás y también de la esperanza hacia adelante; de ese amor a la vida que se debe dar. 

Y todo eso concebido religiosamente; como en la mayoría de las culturas del mundo que han tenido hasta ahora una consideración bastante religiosa de la familia. Sobre todo en las culturas más primitivas. En muchas otras –en cambio– esa familia empezó ya a destruirse por los pecados que son consecuencia del pecado original.

Pero Dios emprendió la sanación de la familia en el Antiguo Testamento con la santificación de la familia. Dios, en el Antiguo Testamento, se hace miembro del pueblo elegido y bendice a los patriarcas con hijos y tierras para criarlos.

Es decir con la familia. Santifica la familia. De este modo comienza la redención de la familia. Que sin embargo aún sigue siendo atacada –por obra demoníaca– dentro del pueblo santo de Dios. De modo que esa familia se ve amenazada por muchos peligros: por los matrimonios mixtos que Moisés quiere evitar y que los profetas también tratan de limitar. Y del cual es la historia de Sansón un ejemplo muy claro. 

Sansón se casa con una mujer filistea, y esta mujer filistea lleva a este juez del pueblo de Dios a la ruina, traicionándolo. Ésta es una historia bíblica que pone en guardia a los israelitas contra los matrimonios mixtos, que pueden hacer del varón –del pueblo elegido– víctima de una visión distinta de la vida. 

Por eso los primeros patriarcas deseaban que sus hijos se casaran con mujeres del pueblo de Dios, de la tribu, del mismo clan o de otros clanes. Así por ejemplo en el libro de Tobías, Tobías –el hijo de Tobit– va a buscar mujer en la familia amplia de su pueblo y encuentra a Sara con la que se casa. Es la santidad de la familia. 

El libro de Tobías es precisamente –dentro de la Sagrada Escritura– el libro que nos habla de la familia santa. De cómo debe ser santa la familia. De cómo el vínculo entre los esposos no debe estar sometido a la lujuria, 

Tobías y Sara, antes de convivir, después de casados, pasan tres días en oración, y se unen no por lujuria ni por el apetito de la carne, sino por el amor de la descendencia; el amor de los hijos. 

Es un amor que gobierna el amor esponsal y que lo pone al servicio de un amor más grande: de la descendencia, de la multiplicación del pueblo de Dios sobre la Tierra. El matrimonio tiene entonces una misión santa en el pueblo de Dios. Ha recibido una tarea, una misión de santidad sobre la Tierra: de engendrar los hijos de un pueblo, de un pueblo al que ha elegido Dios –los descendientes de Abrahán e Isaac, Jacob– para bendecir a todas las naciones. Porque las naciones ignoraban esta misión revelada por Dios acerca de la familia. Tenían atisbos de la sacralidad de la vida, que se expresaban de una manera u otra en las distintas culturas, pero no tenían el pleno conocimiento de la santidad.

Y esta santidad en el Antiguo Testamento se logra porque Dios mismo se hace como pariente del clan. Es –como dice la Sagrada Escritura– el pariente de Abrahán, el pariente de Isaac, el pariente de Jacob. Es miembro del clan. 

Dios entra en la historia del pueblo de Israel como un miembro más en ese pueblo Y por eso recibe el título de Go’el. 

El Go’el era el pariente piadoso que se encargaba de vigilar y cuidar a sus parientes. De vengar la sangre, si alguno era asesinado, persiguiendo al asesino. De liberar a los esclavos si caía alguno en la esclavitud. De asegurar la tierra para que no saliera de las manos de la familia, rescatando las tierras. O – si alguno moría sin descendencia – de tomar a la viuda y engendrar descendencia que llevaría el nombre del muerto. 

El ejemplo típico de ese pariente piadoso es Bo’oz. En el libro de Ruth. Bo’oz que significa “en él hay poder”. Él es poderoso –porque es un hombre pudiente– pero su poder se pone al servicio de la piedad familiar, de la piedad religiosa familiar. Hay una visión religiosa de la familia. Y Bo’oz, Ruth, Noemí –que tienen una vida dolorosa– son sin embargo los antepasados del Mesías; los antepasados de David y por lo tanto los antepasados de Nuestro Señor Jesucristo. Dios bendice la piedad familiar y el amor familiar porque está puesto al servicio de la transmisión de esta misión santificadora del pueblo y de la humanidad.

Por eso el Evangelio según San Mateo comienza con la genealogía; las distintas generaciones que van preparando el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, de la Virgen María y de San José el descendiente de David.

La santidad de la familia de Israel está al servicio de este plan de salvación de Dios en la humanidad. Hay una visión histórica de la familia. La familia no es una cosa puramente natural que tiene una misión limitada a esta vida: me caso y tengo hijos para que me mantengan; o no los tengo porque así tengo más comodidad. Una visión puramente natural. ¡No! Esta familia es santa. Hay un designio de Dios sobre la familia. Y cuando esto no se ve hay una acedia que impide ver el bien. Hay una ceguera para el bien.

Esa ceguera – como dijimos – se encuentra, por ejemplo –, nada menos que en un Juez. En el juez Sansón. Que se casa con Dalila. Sansón quiere decir “pequeño sol”. Y Dalila es “la noche”. Se traduce como “la noche”. De modo que esa mujer mala eclipsa el poder iluminador del varón israelita. Del varón portador de esta misión divina sobre la Tierra y de su fuerza puesta al servicio de la victoria sobre los filisteos.

Dios es, por lo tanto, en el Antiguo Testamento, un miembro del clan. Y como miembro del clan, a imitación de Bo’oz, se ocupa de sus amigos. Les asegura la descendencia. Los salva de Egipto y de la esclavitud. Los saca de la casa de la esclavitud. Y le asegura una tierra para alimentar a sus hijos ¿Por qué? Porque Él es el pariente de Abrahán, Isaac y Jacob y se cuida de sus hijos y de su descendencia.

Y por eso, dentro de este pueblo, se cultiva la memoria agradecida de todas las generaciones pasadas. Se cultiva la genealogía.

Una de las consecuencias de la infiltración de la acedia del mundo pagano en nuestro pueblo cristiano, en el pueblo católico, ha sido la pérdida progresiva de la memoria de los antepasados. Hay falta de agradecimiento a los que fueron. Y eso crece. En la medida en que se debilita el catolicismo, la fe del pueblo católico, se debilita también el amor a los antepasados, el amor a los que fueron. Y también el amor a la descendencia. Porque se pierde el deseo de los hijos. Ya no se piensa en la descendencia si no es desde un punto de vista puramente privatista, egoísta, personal; que no es el de Dios sino que es el de la acedia. El de la ceguera para el bien a cuyo servicio está nuestra vida.

Nuestra vida no es algo que la naturaleza ha puesto en nuestras manos para que la usemos como nos parezca. Y de pronto, para que la desperdiciemos o la reventemos como un cohete, como una bengala, la quememos porque se nos antoja. Cuántos se destruyen a sí mismos con esta facilidad, entre nuestros jóvenes, destruyéndose en la droga, o en los vicios, o simplemente en una vida disipada y despreocupada. Precisamente porque les falta esta visión cristiana de la sacralidad de la vida de la que son portadores. De la sacralidad de la vida que el Señor tiene destinada para ellos. Entonces pierden de vista por acedia, por ceguera. Incluso confundiendo a veces el bien con el mal y el mal con el bien. Pensando que el matrimonio va a ser una carga en vez de ser precisamente el instrumento de una misión reveladora.

Pero no se queda el Señor simplemente siendo pariente del clan, un miembro del clan, de la familia, que se preocupa que ese clan sea fecundo, que vaya de generación en generación a través de la historia, santificando al mundo, santificando a los hombres y siendo causa de bendición para ellos, sino que cuando envía a Nuestro Señor Jesucristo, se da un paso más en la santificación de la familia, se crea el sacramento del matrimonio.

Pero en su providencia divina Dios no se contenta con ser un miembro del clan y santificar de esta manera la familia israelita, sino que quiere algo más, quiere que ese matrimonio, que va a ser el matrimonio de los discípulos de Cristo sea un sacramento.

¿Qué quiere decir un sacramento?, un sacramento es un signo eficaz de la divina gracia. Un sacramento es una acción de Cristo que, sentado a la derecha del Padre, por medio de algún ministro de la Iglesia, obra en la tierra una obra de santidad, de santificación.

Por eso mediante el ministro del Bautismo engendra hijos para el Padre. Mediante el ministro de la Confirmación –el Obispo– hace hijos del Padre adultos en la fe. Mediante el sacerdote perdona los pecados, reparte entre el pueblo su cuerpo y su sangre. Mediante el sacerdote también fortalece al enfermo y a aquél que se acerca a la muerte, para el último combate, para la unión final.

Bueno, el sacramento del matrimonio es, precisamente, una obra de Cristo. Y en esto – queridos hermanos – me parece que ha cundido dentro del pueblo católico una cierta acedia frente al matrimonio como sacramento.

En muchos ámbitos del pueblo católico se contrae matrimonio en la Iglesia más bien por motivaciones más bien humanas, no religiosas. Porque no se advierte que en el sacramento del matrimonio Cristo quiere que los esposos sean ministros –el uno para el otro– no de un amor puramente natural, sino de su amor sobrenatural y transformador.

Quiere que el esposo sea ministro del amor de Cristo para la esposa, de modo que Él quiere traducir su amor a la esposa en forma de amor de esposo; y hacer del esposo un ministro del amor a la esposa. Y viceversa: quiere traducir su amor al esposo en forma de amor de esposa; de modo que santifique al esposo a través del ministerio de la esposa.

Esta visión sagrada y sacralizada del matrimonio que es la culminación de la obra santificadora y sacralizadora de Dios para esta unión que Él había – por la creación –– destinado el uno al otro, que de esta manera se dispusieran los fieles a entrar en comunión con la Santísima Trinidad. Ya desde esta vida. Su amor de esposos no va a ser solamente santo, (como en el Antiguo Testamento: por la presencia de Dios como miembro de la red de relaciones familiares del pueblo de Dios), sino que ahora los esposos van a ser levantados a una comunión con el amor divino de la Santísima Trinidad.

El amor esponsal sacramental cristiano es un amor que, infundido por el Espíritu Santo, quiere realizarse en el corazón de la esposa y del esposo de manera sacramental, de manera sagrada, sacralizante. Cristo quiere ser, maestro, médico, pastor y sacerdote para los esposos y para cada uno de los esposos. De modo que quiere ser en el esposo: el maestro, el médico, el pastor y el sacerdote de la esposa. Y en la esposa quiere ser, para el esposo, el médico, el maestro, el pastor, y el sacerdote del esposo.

¿Cuáles son las funciones de Nuestro Señor Jesucristo? 
• Como maestro nos enseña. Sobre todo nos enseña a conocer al Padre. La primera misión de Nuestro Señor Jesucristo es darnos a conocer al Padre. 
• La segunda es la de la medicina, la de sanarnos –con el Espíritu Santo– de las consecuencias del pecado original, de nuestra impureza. Santificarnos y unirnos al Señor, sanar nuestras heridas: las heridas espirituales, las heridas psicológicas, toda clase de heridas. Para hacernos sanos con la santidad y la sanidad del Espíritu Santo.
• Él también quiere ser nuestro pastor ¿Y cuál es la misión del pastor? El pastor alimenta. Y el Señor Jesucristo nos alimenta con su cuerpo y su sangre. Los esposos también tienen que alimentar al otro en la vida espiritual, con una atención pastoral sobre el otro, atendiéndolo, llevándolo, nutriéndolo, defendiéndolo de los enemigos, y por fin llevándolo a la santidad.
• ¿Y la santidad qué es?, es unir a Dios. Los esposos deben unir al cónyuge a Dios Nuestro Señor. Ayudándose a vivir como hijos de Dios. En primer lugar considerándolo como tal (como hijo de Dios). Los primeros esposos cristianos se llamaban el uno al otro “hermanos”. Y los paganos que los escuchaban se asombraban de que se llamaran hermanos y sospechaban de que era gente incestuosa, ¿Por qué? Porque los esposos cristianos tenían en ese tiempo muy clara conciencia de que cada uno de ellos era hijo de Dios. Y que había sido dado por Dios y entregado por Cristo al otro como esposa o como esposo por un designio divino. Que el esposo o la esposa era un don confiado por Dios a su magisterio, a su medicación, a su pastoreo y a su santificación. 

Esta visión ¡maravillosa! del matrimonio cristiano está, en nuestros tiempos, oscurecida por la ignorancia. Por la ignorancia del bien. Por la ceguera para este bien ¡tan grande! que si los esposos lo descubren – con la gracia de Dios –puede transformar totalmente su vida conyugal en un ministerio sacerdotal: en una misión del Padre con respecto a ese esposo y respecto a esa esposa.

La función medicinal de Nuestro Señor Jesucristo, ejercida recíprocamente a través de los ministros, hace que estos tengan misericordia el uno del otro. Para lo cual les hace comprender que muchas de las cosas por las cuales consideran al otro como culpable, no son culpas sino que son penas y consecuencias del pecado original. Por lo tanto, en vez de llevar a la enemistad, al odio por los defectos del otro, lleva a la misericordia por las penas que el otro sufre y a una compasión de médico que considera las enfermedades y las llagas del otro como tarea propia a sanar.

Queridos hermanos, esta visión maravillosa tenemos que tratar de vivirla y extenderla entre nuestros fieles. Comprender este tesoro que el Señor le ha legado a su Iglesia: el sacramento del matrimonio.

Pienso que todos los demás otros sacramentos apuntan a capacitar al esposo y a la esposa para desempeñar este maravilloso ministerio recíproco. Que, después, va a ser la fuente para que de este amor religioso haya una visión también religiosa de los hijos, de las cuñadas de los cuñados, de la suegra y del suegro. De esos vínculos que están tan sujetos a enemistades y a conflictos y que fácilmente nosotros sacrificamos a veces por menudencias, por pequeñeces. ¿Qué importan estas pequeñeces si concebimos la grandeza de la misión de la que somos portadores y a la que hemos sido llamados? Esta misión santificadora de ser ministros de Cristo sobre la Tierra, con una misión de ser partes de su cuerpo místico que él hizo para santificar, ¡Qué misión tan linda, tan grande, tan bienaventurada, para la familia y para toda la Iglesia!

De esta manera el pueblo de Dios se ha de preparar como un pueblo santo, un pueblo elegido, un pueblo sacerdotal, un pueblo de Dios para esas bodas eternas de Cristo con la Iglesia.

El Señor está preparando, a lo largo de este tiempo, a la novia. La está purificando. La está preparando para esas bodas eternas de las que nos habla el Apocalipsis. Y ella debe ser, ahora, la que espera la venida del novio y con el Espíritu Santo dice: « ¡Ven, ven Señor Jesús!».

Pero sin esta visión religiosa de la sacramentalidad del matrimonio y de la unión esponsal, entonces la familia tampoco se mantiene unida ni se mantiene sana ni santa.

A veces sucede entonces que, si se pierde de vista que la esposa tiene una misión para el esposo, ella se dedica más a los hijos que al esposo. A veces descuida al esposo apenas llega el primer hijo. He recibido las quejas de eso. Incluso alguna mamá puede poner a sus hijos contra el esposo, contra el papá. Estas cosas no pasarían si se tuviera una visión religiosa verdadera. Esas cosas pasan porque hay acedia. Porque no se conoce el verdadero bien. Entonces el alma se pierde y vagabundea entre bienes secundarios y egoístas. Y eso produce la disolución de la familia, la destrucción de la obra de Dios.

Volvamos entonces a vivir y a motivar la vivencia cristiana del matrimonio. 

Lo cual no quiere decir que si algún hijo o alguna hija se siente llamada a la vocación sacerdotal o a la vocación religiosa sea eso un motivo de tristeza para los padres. Eso sería otro tipo de acedia del que no tenemos ahora tiempo de ocuparnos. Pero entristecerse por un bien no sería cristiano. Sería precisamente una tentación demoníaca. 

Si el Señor ha elegido a un hijo tuyo para el sacerdocio o para la vida religiosa ¡alégrate! Es un designio de Dios estar al servicio de la santificación y de la santidad de este cuerpo de la Iglesia, que se prepara para las bodas con el Esposo.

Que Dios te bendiga. 

IV- El demonio de la acedia: 6. La Acedia Eclesial

Autor: P. Horacio Bojorge 

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

En este sexto capítulo vamos a hablar de la acedia dentro de la El demoIglesia. De cómo se presenta el demonio de la acedia en sus formas eclesiales. Pues no es solamente un fenómeno limitado al mundo no cristiano, sino que afecta también a los creyentes.

En un episodio anterior, cuando hablábamos de la acedia en las Sagradas Escrituras, (capítulo 3), vimos cómo San Pedro, nada menos –la piedra, la cabeza de la Iglesia– se sentía acedioso ante el anuncio de Jesús que le hablaba de la Cruz, del Calvario Y lo corrigió al Señor: “¡De ninguna manera Señor! ¿Cómo vas a pensar en la crucifixión?”. 

San Pedro consideraba que el camino de Nuestro Señor tenía que ser el camino del Mesías glorioso; que estableciera un reino político de Dios sobre la Tierra. Y no podía concebir que el amor de Dios conllevara un sufrimiento tan grande. Y, sin embargo, ése es el escándalo de la Cruz: que es el amor que se manifiesta en el dolor y el sufrimiento. Muestra la magnitud de su amor precisamente en el sufrimiento que es capaz de sobrellevar con fortaleza por amar; por hacer una obra de amor. Para esa revelación Pedro aún no estaba maduro.

No nos tenemos que extrañar que lo que le pasó al Vicario de Cristo en esos primeros momentos, nos pase a nosotros a lo largo de la historia de la Iglesia. Que también nosotros tengamos que sufrir mucho para entrar en el Reino de los Cielos. 

Eso se lo dicen ya los Apóstoles a los primeros creyentes. Lo leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles: es necesario que suframos muchas cosas para entrar en el Reino de los Cielos; para realizarnos ya como hijos ya desde esta vida. 

Si el Hijo obedeció al Padre - para cumplir la obra de amor del Padre - de esta manera, los que queremos vivir como hijos no nos debemos asustar tampoco; aunque el sufrimiento siempre es duro de llevar. Pero cuando es el sufrimiento por amor, la fortaleza del amor da la fuerza para sufrir. Y ese sufrimiento es transformador, es salvador; como el de Nuestro Señor Jesucristo.

El Cardenal Christoph Shönborn decía hace unos años lo siguiente:

«Me parece que la crisis más profunda que hay en la Iglesia consiste que no nos atrevemos ya a creer en las cosas buenas que Dios obra por medio de quienes lo aman»

No creer que Dios siga actuando. Y que siga actuando a través de los que lo aman; y que hace cosas buenas a través de los que lo aman; que Dios interviene en la historia. En muchos cristianos hay como una duda de que Dios pueda intervenir en la historia. Parece que estamos como hijos abandonados por el Padre sobre la Tierra y que todas las cosas las tenemos que hacer nosotros; que el Padre no interviene en nuestros planes; que nuestras obras no vienen del Padre; que nuestras palabras no vienen del Padre; como que estamos separados del Padre. Tenemos una visión como de huérfanos de Padre, de Padre vivo.

Y prosigue el Cardenal:
A esa poca fe, (no porque falte la fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, recitamos el Credo, pero: ¿creemos realmente que Dios, que esa Trinidad, actúa en la historia a través de nosotros?)

«A esa poca fe intelectual y espiritual, la tradición de los maestros de la vida espiritual la llaman acedia».

Acá tenemos entonces al Cardenal que hace el diagnóstico de que hay acedia en la Iglesia porque hay ceguera para el bien que Dios obra. Y vamos a ver –un poquito más adelante– que ésa también es la ceguera no sólo de los creyentes, sino también la ceguera de los que son llamados naturalistas, que no creen que Dios obre en la historia. Porque nosotros lo creemos pero después, en lo concreto, fallamos en el ver su obra en una u otra manifestación de su obra.

Y prosigue el Cardenal:

«Esta acedia es hastío espiritual, un ‘edema del alma’ –como la llama Evagrio– que sumerge al mundo y a la propia vida en un lúgubre aburrimiento que priva de todo sabor y esplendor a las cosas».

Y que por lo tanto, como a los aburrimientos, muchos intentan matarlos con las distracciones. Y cuando son buenos, de repente, en buenos planes; planeados por ellos, pero quizás no son los que Dios quiere, sino que son una especie de entretenimiento espiritual y un escape de una pereza para las verdaderas obras que Dios quisiera de este hijo.

Prosigue el Cardenal

«Esta tristeza, que hoy día corre tanto por la Iglesia, procede principalmente de que no accedemos con generosidad de corazón a lo que Dios nos pide y no queremos que se nos utilice como colaboradores de Dios».

Preferimos hacer nuestros propios planes sin consultar cuál es la voluntad divina.

Y termina el Cardenal diciendo:

«No existe mayor autorrealización de la creatura que ese hecho de estar siendo utilizada plenamente».

¿Y en qué fenómenos pensaba el Cardenal Shönborn cuando hablaba de la tristeza en la Iglesia?: En esos mismos días en el periódico Osservatore Romano, del Vaticano, se hablaba de los movimientos en la Iglesia, y cómo el Papa –que recibía en esos momentos a 50 mil pentecostales y carismáticos católicos – hablaba de una ‘primavera en la Iglesia’. 

Y, sin embargo, contra estos movimientos había, en muchos, como una reserva; como mirando ciertos abusos –que sin duda se dan–; pero que, por esos abusos, sentían la tentación de rechazar a esos movimientos y no ver –a causa de esos abusos– que esos eran obra de Dios. Se privaban del bien, por ver el mal adjunto al bien. Y ese es uno de los principales motivos –como vamos a ver– de esa acedia en la Iglesia. Se ven los abusos que pueden empañar la obra de Dios –porque es una obra de Dios en seres humanos– pero no se ve la obra que Dios realiza con estos instrumentos a veces pecadores.

Volvemos a referirnos a la acedia de Pedro ante la Cruz, que lo lleva a negar a Nuestro Señor Jesucristo en el momento crítico, en el patio del Sacerdote. Vemos que Jesús no lo rechaza a Pedro por esa caída. Y no deja de ser la piedra sobre la cual se fundará su Iglesia. No por una caída de Pedro el Señor invalida su obra La debilidad de Pedro no invalida el carisma que hay en él para conducir a la Iglesia.

La sabiduría divina nos debe enseñar eso: no debemos invalidar las cosas buenas que Dios obra. Como decía el Cardenal Shönborn decía: la tristeza viene porque no vemos el bien, y seguimos como fascinados por el espectáculo del mal. Como que el mal espíritu de la acedia nos muestra sólo el mal y nos impide gozarnos con el bien. Y, por lo tanto, nos hace débiles. Porque la fortaleza del amor viene de gozarnos en el bien. Y lo que ocurre es que nos abrumamos con el espectáculo del mal. De ahí viene, de la ceguera para el bien, la debilidad y la acedia en la Iglesia.

Por eso, el estudio que dediqué a este tema de la ceguera en la Iglesia, se titula “Mujer: ¿por qué lloras?”. Y se refiere al episodio de María Magdalena que estando en el huerto, y teniendo presente a nuestro Señor Jesucristo, sin embargo no lo reconoce. Está ciega para la identidad de aquel que tiene adelante. 

Y es como un modelo de aquéllos que, en la Iglesia, se entristecen y no saben alegrarse en la presencia del Señor resucitado. Lo tenemos vivo entre nosotros y no es la fuente de nuestra alegría. Deberíamos ser para el mundo un ejemplo de viva alegría por la presencia del Resucitado y por nuestra fe en la resurrección; y de que nosotros estamos en el camino de la resurrección; que somos la humanidad llamada a resucitar y vivir eternamente en el abrazo del Padre. Como Jesús que ha sido resucitado –precisamente– por el abrazo del Padre. Porque al Hijo que muere en la Cruz para hacer la voluntad del Padre, el Padre no lo abandona en la muerte. El Padre lo resucita, le da vida eterna por su obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz. Y por lo tanto, ese camino del amor filial es invencible, es invencible para Jesucristo y para nosotros. 

Ese camino debe ser el motivo de alegría para la Iglesia entre las pruebas de la historia; sin temer a las pruebas de la historia. Es lo que debe darle fortaleza a Pedro y darnos fortaleza también a nosotros, sin escandalizarnos por la caída de Pedro. Porque conocemos nuestra debilidad, y porque sabemos que la fortaleza es obra de la gracia. Es obra de que, a la Magdalena, se le revela Jesús resucitado. Si Jesús resucitado no se le hubiera manifestado allí –llamándola por su nombre– hubiera seguido llorando en la presencia de Jesús resucitado y hubiera seguido sumida en la acedia, en la tristeza, ciega para el bien que tenía delante. Algo parecido pasa en la Iglesia ante estos movimientos. El movimiento carismático – decíamos -, pero también ante otras instituciones de la Iglesia que, a veces, son duramente criticadas por las infidelidades de sus miembros; pero que, en sí, son obras santas; muy provechosas para la Iglesia; y son obras de Dios, a pesar de las caídas y los defectos humanos. 

No necesito ni nombrarlas. Ustedes las conocen bien. ¡Cuántas cosas en la Iglesia son criticadas por los defectos de sus miembros! ¡Cuántas! 

Es muy triste que, por nuestras faltas humanas, descalifiquemos y desautoricemos las obras de Dios en nosotros. Es triste. 

Pero es un motivo de acedia. Tenemos que reconocerlo, y no dejarnos engañar por ese demonio de la acedia que también actúa en la Iglesia. Debemos ver la vivacidad, no sólo de los movimientos, sino de otras obras de Dios. 

Las apariciones marianas, por ejemplo, que a veces son vistas por algunos con una mirada muy crítica; que rechaza todo porque en algunos casos se pueden dar abusos. En algunos casos se pueden dar engaños. Pero, por esos abusos y engaños, no podemos quedar ciegos ante esta intervención amorosa de nuestra Madre en la historia; que debería ser para nosotros también motivo de gozo, de alegría; prueba del amor que nos tiene y de la misión que el Hijo le da de ser nuestra Madre. Porque al fin nos entregó a su madre a los pies de la Cruz. Se la entregó a Juan “esta es tu madre” Y, en San Juan, nos la entregaba a todos. Estos bienes espirituales tienen que ser para nosotros motivos de alegría. Allí tenemos la fuente de nuestro gozo: en el amor, en la piedad, en la consideración de los bienes.

Dicen los Santos Padres que el remedio de la acedia está en la consideración agradecida de los bienes recibidos y de las gracias.

Acerca de estos movimientos un escritor francés, el Padre René Laurentin, - mariólogo eximio, que estuvo como cronista en el Concilio Vaticano II y que luego se especializó en la investigación de las apariciones marianas de Lourdes y La Salette, y que estuvo en Argentina examinando las apariciones o las locuciones en San Nicolás en Salta -, nos dice –recordando lo que sucedía en los años después del Concilio en la misma conferencia episcopal francesa, tiempos en que había un pesimismo acerca del futuro de la Iglesia en Francia– de cómo el Cardenal se levantó, en medio de la asamblea de los obispos, y les señaló todas las cosas que el Señor estaba haciendo en la Iglesia, y cómo crecían las peregrinaciones a Lourdes; crecían los movimientos laicales - como por ejemplo los carismáticos en Francia - y había una gran cantidad de cosas que eran obra de Dios, y que daban motivo para ver que la mano del Señor no se ha acortado y sigue activa. Por lo tanto abrirnos a esas obras de Dios es algo fundamental.

René Laurentin decía:

«A esto se añaden lugares de nuevas apariciones, que a menudo ignoradas, despreciadas o reprimidas, calificándolas de fenómenos marginales o de desviaciones, y sin embargo suscitan un contingente considerable de conversiones, vocaciones y curaciones sorprendentes».

Eso es lo que no debemos perder de vista: las obras de la gracia.

«Si un jardinero, descorazonado porque en su jardín no brota nada, viera brotar buenos frutos y legumbres en el barbecho de sus alrededores ¿dudaría acaso? Iría a cultivar el terreno que produce. ¡Porque es necesario cultivar!».

Cultivar estas obras de Dios. Y sí, corregir los abusos que pueda haber alrededor de ellas. El gran principio subyacente a esa sabiduría pastoral es: “el abuso no invalida los usos”. El mal no descalifica el bien.

No tenemos que perder de vista –en la Iglesia– los bienes perdurables que tenemos. Tenemos que seguir estimando los sacramentos, el culto de Dios; empeñándonos en que ese culto sea cada vez más digno de Él. La alabanza más fervorosa; la adoración más respetuosa; la acción de gracias más alegre. Y entonces, cultivando - en el culto, en la eucaristía -, nuestro gozo de fe y de amor y de caridad, tendremos el antídoto contra la acedia en la Iglesia.

Esta acedia en la Iglesia, de la que estamos hablando, tiene también causas exteriores a la Iglesia pero que actúan dentro de ella. Y son ciertas tendencias que hay en el mundo; que no son nuevas. Existían en los tiempos de Nuestro Señor Jesucristo. E impedían creer en Cristo; creer en que Dios pudiera intervenir en la historia.

En nuestra época esas corrientes han recibido el nombre de Naturalismo. Sobre todo en el tiempo del Concilio Vaticano I, y del Modernismo, a partir del Papa San Pío X, en su encíclica “Lamentabili” [lapsus por “Pascendi”], en la que habla precisamente de esa negación de la revelación histórica de Dios. 

También muchos filósofos se niegan a admitir una intervención de Dios en la historia y por lo tanto proponen que se prescinda de una fe en las manifestaciones históricas de Dios y que se sustituya la religión fundada en la revelación histórica de Dios: 

■ en los actos que Dios ha hecho dentro de la historia; 
■ la venida de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre; 
■ la fundación de la Iglesia; 
■ el Espíritu Santo actuante en ella como una fuerza entre-histórica, por la cual y a través de la cual Dios obra en la historia; 
■ mediante los sacramentos; 
■ mediante la predicación el ejemplo de los santos y la vida de los creyentes.

Toda esa obra de Dios es negada por los naturalistas.

En el Concilio Vaticano I uno de los padres conciliares –el Cardenal Louis Edouard Pie– decía acerca del naturalismo:

«En este sistema la naturaleza se convierte en una suerte de recinto fortificado y campo atrincherado, donde la creatura se encierra como en su dominio propio e inalienable -defendiéndose de Dios, como si fuera un enemigo-. Allí se instala como si fuese completamente dueña de sí misma, provista de imprescriptibles derechos -ante Dios-teniendo que pedir cuentas, sin nunca tener que darlas. Desde allí considera los caminos de Dios, sus proposiciones y decisiones, o al menos lo que se le presenta como tal, y juzga de todo con absoluta independencia. Esta es la soberanía del hombre, encarnada en la soberanía del pueblo. En resumen la naturaleza es el único y verdadero tesoro».

Dios no tiene derecho a intervenir en ella. Está en las manos del hombre. Unos dicen que es el arquitecto que construye el universo; pero el arquitecto no puede vivir en la casa, la casa es nuestra.

El Cardenal Pie decía, viendo el Naturalismo, que era una abdicación del hombre al llamado a la grandeza. Que el hombre no quería aceptar la grandeza que Dios le propone. Que es precisamente la divinización. Es la oferta de nuestro Señor Jesucristo. Vino a traer: la oferta de la vida divina para los hombres; de una infusión de la gracia en la humanidad - a través de los creyentes -, para transformar la vida de la Humanidad, el cuerpo místico de Cristo sobre la Tierra.

El Cardenal Pie, dice, interpretando el sentir de estos naturalistas, que nos dicen a los creyentes:

Vosotros desarrolláis todo un orden sobrenatural, basado principalmente en el hecho de la encarnación de una persona divina, me prometéis, para la eternidad, una gloria infinita-fundados en las promesas de Cristo-, la visión de Dios cara a cara, la eternidad, el conocimiento y la posesión de Dios, tal cual se conoce y posee a sí mismo -ser hijos, recibir la vida divina, todas estas gracias, los sacramentos, los santos, a todo esto el naturalista le dice “no, muchas gracias, déjenme simplemente en esta vida, en lo que se ve, en lo que se toca, aquí estoy bien, no aspiro a cosas más grandes”-.

No tengo la pretensión de llegar después de esta vida a una felicidad tan inefable, -es la negativa a la grandeza-. 

El naturalista, con apariencia de humildad, se niega a la comunión -se niega al amor de Dios, se cierra a un Dios que lo ama, no quiere sentirse obligado por un amor a Dios-.

Se niega a estrechar la mano que Dios le extiende -históricamente en su Hijo, lo que dice San Pablo: “déjense reconciliar con Dios”. Dios viene buscando la reconciliación del hombre con Él. Es la mano extendida de Dios, la propuesta de Jesucristo. Queda patente aquí la ceguera para el bien divino de que se goza la caridad: la acedia-.

Las palabras del Cardenal están retratando la acedia: “tristeza por el bien divino de la que se goza la caridad”. La acedia como una ceguera para el bien. Más aún: como una consideración de que el bien ofrecido por Dios es un mal que le quita al hombre la libertad dentro de los limites de una naturaleza sin Dios, para hacer lo que él quiera. Una voluntad sin límite alguno, una voluntad que no está encauzada por los cauces del amor; de la relación recíproca con el Dios amoroso.

Sin embargo nuestro Señor Jesucristo nos dice todo lo contrario. Que lo que hace verdaderamente libre al hombre, es vivir como hijos. Que el que vive como hijo, el que vive como el Hijo, ése es el verdaderamente libre. 

Porque queda libre para hacer la voluntad del Padre y - de esa manera - realizarse a sí mismo dentro de los cauces bienaventurados de la voluntad divina sobre él. Y para realizar así también, - como colaborador en el gobierno de la providencia divina -, los planes gloriosos de Dios para la humanidad. 

Porque Dios tiene para la humanidad un designio amoroso, divino y eterno, del cual nos hablan las Escrituras, poniendo al principio y al fin de las Sagradas Escrituras, un banquete de bodas. Empieza con el banquete de bodas de Adán y Eva, y termina con el banquete de bodas de la Iglesia y del Señor que vuelve resucitado y glorioso a celebrar las bodas eternas. 

Todo el designio divino de Dios lo revela la Sagrada Escritura como un proceso histórico que apunta a la realización del designio divino del comienzo. Esta visión gloriosa y gozosa es como el alma, el corazón, de la alegría cristiana, y no la deben perturbar las vicisitudes históricas ni el intento de abolición del plan divino por parte de este espíritu de la tristeza; por este espíritu de la acedia, que es el opositor, el antagonista de Dios; el ángel rebelde, el ángel para el cual Dios es malo. Eso es la acedia: decir que Dios es malo.

Dice la Sagrada Escritura que “por envidia del demonio entró la muerte en el mundo y por ello encuentran la muerte aquéllos que le obedecen” y se dejan llevar por él. El demonio calumnia la obra de Dios. Señala males, apartando la vista de los bienes. Trata de destruir los bienes divinos desautorizándolos. 

Ésa es la constante de las obras demoníacas: que invocan un defecto del bien, porque ninguna obra creada es perfecta absolutamente sino que participa de perfecciones divinas. En el ser humano –que está herido por el pecado original– se mezclan el proceso de sanación divina con los orígenes pecadores de su naturaleza; herencia del pecado de los primeros padres.

El demonio invoca la imperfección de las obras humanas para invalidar totalmente la obra de la gracia en los rescatados, en los redimidos; incluso en los hombres bien dispuestos en los que la gracia obra llevándolos hacia Dios. Ésa es la esencia del fenómeno de la acedia también dentro de la Iglesia. 

Por eso queridos hermanos debemos darnos cuenta de este peligro: de entristecernos en la Iglesia. No abismarnos en esa especie de fascinación, de encandilamiento del resplandor del mal, con que el demonio nos quiere enceguecer para la percepción de los bienes de Dios. Bienes que son siempre mucho mayores:
■ la percepción de la creación; 
■ la percepción de la salvación, 
■ la contemplación de los misterios divinos, 
■ la celebración del culto divino.

Tenemos en nosotros -queridos bautizados- la gracia del Espíritu Santo que nos da la fe para conocer y alegrarnos de estos misterios divinos, para celebrarlos con amor y para abrirnos -sobre todo- a los bienes eternos que nos están propuestos por la virtud de la esperanza: ¡El abrazo eterno con el Padre! ¡El triunfo del amor en nosotros y para siempre!.

IV- El demonio de la acedia: 5. El demonio del mediodía

Autor: P. Horacio Bojorge 

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

En este quinto capitulo vamos a asomarnos a la experiencia de los monjes del desierto; que fueron al desierto –a los monasterios– en búsqueda del amor de Dios; de entregarse enteramente al amor de Dios. Y es también la experiencia de los religiosos de todos los siglos que han querido dejar todas las cosas para seguir a Nuestro Señor Jesucristo.

En este impulso de buscar la perfección del amor de Dios en la Tierra, se manifiesta, con toda su agudeza, la oposición del demonio de la acedia que también los ataca. De manera especial cuanto más decidido es su impulso de buscar el amor de Dios y dedicarse a Él ya desde esta vida, enteramente, tanto más el enemigo se hace sentir poniéndoles obstáculos. 

Esto dio lugar, en la Iglesia, desde muy temprano, una vez que terminaron las persecuciones exteriores y la vida de los fieles en las ciudades se fue como entibiando por las tentaciones de las cosas de este mundo, se perdió el fervor de los primeros mártires. Entonces muchos de los cristianos que querían vivir intensamente su entrega a Dios vieron que tenían que irse de la ciudad, irse al desierto; a buscar al Señor enteramente en una vida pura y sin las tentaciones de las ciudades; en donde muchos se ablandaba en sus virtudes teologales, en su fe, en su amor a Dios, en la esperanza de los bienes eternos y quedaban como prendidos en las redes de este mundo. Ellos precisamente hicieron esa experiencia de querer desprenderse de todos los impedimentos, irse al desierto y dedicarse enteramente a Dios. Y allí se encontraron –en toda su intensidad– con el demonio de la acedia; con el demonio de la tristeza por los bienes divinos. 

Fue el impedimento más grande. Pero, al mismo tiempo, estos primeros Padres del Desierto –con esta experiencia– nos enseñaron mucho acerca de las causas de este demonio y de cómo se presenta. Por eso es tan importante que dediquemos este espacio a reconocer esta doctrina, a recordarla.

Muchos Padres del Desierto hablaron del demonio de la acedia. Entre otros pensamientos ellos hablaban de los ocho pensamientos o de los siete pensamientos -- refiriéndose a los vicios capitales –; pero no como fenómenos de orden moral sino del orden espiritual. Éstos siete pensamientos u los ocho pensamientos son los pensamientos que trae el enemigo para impedir el camino o disuadir del camino a los hombres que buscan a Dios. Nosotros actualmente conocemos esa lista como los 7 pecados o vicios capitales.

Evagrio Póntico, uno de los Padres del Desierto, habla de ocho pensamientos, él –como Casiano y otros padres– habla del demonio de la acedia. Y hacen una especie de retrato de lo que le sucede al monje ante este demonio de la acedia; retrato que quiero resumirles un poco brevemente.

El demonio de la acedia se presentaba en la vida del monje, – imagínense los monjes que vivían en los monasterios en el desierto, sin mayor vegetación, a veces en laderas de los torrentes, en cuevas excavadas en las rocas. Algunos, como ermitaños, en una cueva donde vivían con una austeridad muy grande, con largas horas de silencio y de soledad. Aparecía sobre todo el peso del demonio de la acedia a eso del mediodía. Habían ayunado desde la cena de la noche anterior, para celebrar la Eucaristía más tarde. Un ayuno muy largo, de muchas horas. Al mediodía, en el desierto, en esas zonas un calor tremendo, nada se movía afuera y ellos, en ayunas. Se les hacía muy largo el tiempo, y en ese momento entonces se presentaba como una pérdida del consuelo divino. Su voluntad los había empujado al desierto a buscar a Dios, pero ahora su sensibilidad se revelaba contra el sacrificio que esa búsqueda de Dios le imponía a su carne, a su naturaleza.

Naturaleza que se cansaba de esos ayunos, de esa fatiga, que se debilitaba... que por efectos de la soledad, del sol, del calor, sentía el peso de ese tipo de vida, entonces entraba en su sensibilidad ese desasosiego. Esa ansiedad le hacía asomarse a las ventanas, buscar con quien hablar, le producía una inquietud física a veces irresistible, y le venían pensamientos de que él vivía mejor afuera, añoraba su existencia en el mundo, se sentía tentado de irse de ese lugar a otro, donde quizás podría tener un oficio distinto dentro del monasterio; estar con otros hermanos en el monasterio y no solo en su gruta, en fin la tentación de la huída del lugar donde estaba.

Tanto Casiano como Evagrio dicen que el demonio de la acedia es el demonio más pesado entre los que atacan al monje, mucho más que los demás pensamientos, del pensamiento de la gula, de la lujuria, de la riqueza o el sueño por las cosas pasadas, de los afectos de la vida familiar, de su trabajo o de sus amistades en la ciudad… Mucho más pesado que todos esos pensamientos, era este pensamiento de no encontrar el consuelo de Dios que habían venido a buscar, porque –posiblemente– en sus primeros tiempos de conversión los consuelos habían sido –como suele suceder con los convertidos– muy abundantes, muy profundos.

Los dones espirituales que Dios imprime en la inteligencia y en la voluntad –como somos una sola unidad– redundaban en el resto de su persona, también en la parte sensible. Y entonces sus sentimientos eran muy agradables. Ahora quedaba la voluntad, quedaba la inteligencia, pero la sensibilidad estaba atormentada por las penas de esta vida dura que habían abrazado, por la abstención de la obediencia, de la pobreza, de la castidad. Las cosas que habían sacrificado. Y todo para encontrar el amor de Dios. Porque era un abandono radical de todas las cosas buscando a Dios. para que Dios se manifestara, y parecía que ahora Dios se ausentaba, se alejaba, no se manifestaba, no se lo encontraba.

La sensibilidad se revelaba contra este sacrificio que se le imponía, contra esta cruz que se le imponía y encontraba que buscar a Dios era algo demasiado costoso para ese aspecto de su personalidad, para su ser humano, que la vida que estaba viviendo se trasformaba –un poco– en inhumana, por querer ser demasiado divina, venían entonces estas tentaciones: ¿todo este sacrificio es necesario?, ¿podría yo encontrar a Dios de otra manera mucho menos radical?, ¿podría encontrarlo en la vida?, venían entonces las tentaciones de abandonar la vida monástica.

Esta es –globalmente– la descripción y las causas de cómo en la vida monástica, que era precisamente donde más radicalmente se buscaba a Dios, el demonio de la acedia se manifestaba también con una radicalidad mucho mayor. Tan es así que, las descripciones que estos monjes del desierto nos hacen del demonio de la acedia, parece que nos impiden reconocerlas en aquellas formas que se manifiesta entre los laicos, o entre personas que no viven la vida religiosa tan radicalmente, con un deseo tan grande y con una consecuencia mayor en dejar todas las cosas por seguir a Dios.

Esta radicalidad evangélica para buscar a Dios era el caldo de cultivo apropiado para que el demonio atacara con una mayor radicalidad en la vida monástica. Ya vamos a ver que en la vida laical, en la vida nuestra, la acedia se manifiesta de una manera mucho más sutil, porque como también la decisión de la búsqueda de Dios no es tan grande, no es tan radical y definida, entonces también es mucho más sinuoso el ataque del demonio de la acedia en los laicos o incluso en los religiosos de vida activa. 

Es muy interesante la descripción que nos hace Evagrio Póntico, este padre del desierto, de cómo experimenta el monje el ataque del demonio de la acedia, que se llama demonio meridiano porque ataca generalmente alrededor del medio día, –dos horas antes, dos horas después–, en los monasterios se comía a lo que actualmente es hora de la siesta, de modo que el almuerzo estaba retrasado y se hacía muy penoso el ayuno. Los invito a ver esta descripción que nos hace –Evagrio Póntico– sobre el demonio de la acedia porque es muy gráfica (yo haré algún comentario en medio de ella).

Dice que el demonio de la acedia, o demonio del mediodía, es el más pesado y duro de sobrellevar, ataca entre dos horas antes y dos horas después del mediodía. Primero produce la sensación de que el sol se ha detenido, como si el tiempo no avanzase, (algo parecido a lo que nos pasa en los insomnios, en los que nos parece que han pasado horas y apenas han pasado diez minutos), el tiempo no pasa nunca. 

Luego lo obliga a andar asomándose por las ventanas a ver si hay por allí algún otro con quien poder conversar, buscar el consuelo de las criaturas; pasar el tiempo encontrando algún consuelo y distracción. Le inspira una viva aversión al lugar donde está, “¿pero qué estoy haciendo yo aquí?”. Y le inspira también la idea de que la caridad ha desaparecido en el monasterio, (“nadie me quiere, nadie se preocupa por mí, estoy aquí tan solo”). Dios no me basta Busco un poquito de consuelo o afecto humano. Si por casualidad ha sucedido que en esos días alguien lo ha entristecido –dice Evagrio– el demonio se vale de esto para aumentar su aversión hacia el lugar donde está. Le hace desear estar en otro lugar, en otro monasterio, en cualquier lado menos aquí, se imagina que en otro lugar podrá encontrar más a Dios, donde podrá tener un oficio menos penoso, más entretenido, más provechoso, (la imaginación vuela hacia lugres donde se sentiría bien huyendo de esta sensación de malestar que lo acosa aquí) Razona que servir a Dios no es cuestión del lugar, 

Piensa que podría servir a Dios en otro lugar más tranquilo, sin tantas privaciones El demonio de la acedia se le hace como consejero compasivo que le dice “¿no ves que aquí te estás dañando la salud?”, se hace el cariñoso con el monje. Se acuerda entonces de sus parientes, y de su vida pasada. Evagrio justamente dice que el demonio de la tristeza comienza con el recuerdo de las cosas dulces y termina con un “eso, ¡nunca más!, eso lo has perdido definitivamente”.

Y de paso, notemos hermanos, para nuestra propia experiencia, cómo también en nosotros puede entrar así la tristeza. A veces esos pensamientos dulces de la vida pasada nos precipitan después en la tristeza, en la desesperanza de que eso es ya irrecuperable y no lo podremos conseguir más. Por eso los santos Padres del Desierto son grandes maestros del alma de los cristianos, y tenemos muchísimo que aprender de ellos, no son exclusivamente maestros de los monjes y de los religiosos que viven en la vida recluida en los monasterios, también tienen muchísimas enseñanzas para nosotros, también para los fieles laicos que viven en el mundo, porque son maestros del alma, de la psicología, de las tentaciones, de cómo aparecen en el alma esos pensamientos que después lentamente nos van llevando a otra cosa, y de cuyo proceso no somos normalmente conscientes. Los Padres del Desierto nos enseñan a ser conscientes del proceso de los pensamientos. Volver sobre los pasos, como nos aconseja San Ignacio de Loyola, el patrono de este templo en que estamos grabando este programa, nos enseña a volver a recorrer los pasos de los pensamientos, para ver cómo de pronto empezaron de una forma agradable, buena, y luego nos fueron llevando a la tristeza, al desánimo, a la desesperanza.

Este demonio –dice Evagrio–, como para darle al monje el ánimo para que lo soporte, no es seguido por otro. Cuando el monje lo vence, después de esta lucha, sucede en el alma que nace un estado de paz y una alegría inefable. Porque, misericordiosamente para con su sensibilidad, le explica al alma: “¿Por qué estás triste alma mía?” - como dice el salmista - ¿Por qué me conturbas? ¡Espera en Dios que volverás a alabarlo!”

El comienzo del salmo 42 es precisamente un texto en el que el salmista habla con su alma que está acosada con el demonio de la acedia, en la lejanía de Dios, y le explica a su alma que debe mantenerse en la esperanza de los consuelos divinos, que Dios volverá a visitarla, y que debe soportar –por lo tanto– esa dureza de la ausencia de Dios, que es como el reverso de la moneda de su amor que quisiera estar siempre en su presencia, que quisiera estar ya en la eternidad gozando de Dios para siempre, pero que está todavía en esta vida, en este mundo, sufriendo la ausencia, la lejanía de Dios, que en ese momento se le hace especialmente dura, pero aceptando esa dureza en este mundo, el alma que busca a Dios encuentra una paz y un gozo muy grande en la fe. San Juan de la Cruz va a hablar de la noche del sentido, la noche del espíritu. El alma se aveza a pasar esas noches sabiendo que no son un signo de la lejanía de Dios, sino que Dios –de alguna manera– se ha escondido de la sensibilidad, pero que está alcanzable siempre a través de la fe; que quiere –precisamente– hacernos crecer en la fe, afirmarnos en la fe, y saber que la fe, aunque sea oscura, nos pone en contacto con su misterio, precisamente porque Él también es misteriosos, y el único camino que tenemos para alcanzar su misterio, es el camino de la fe.

Buen consejo final este que da Evagrio: de poder resistir el demonio de la acedia, las desolaciones en la vida. Esto para nuestros fieles laicos que a veces comienzan un camino de conversión, - a veces pasa, lo he visto en nuestros hermanos del movimiento carismático– que empiezan con un gran consuelo, una gran conversión sensible, pero apenas se extinguen los fuegos de la sensibilidad, les parece que han perdido a Dios. Se apartan de la comunidad, se van. No perseveran en el camino del Señor. El Señor exige que sepamos vivirlo en fe, no vivirlo solamente en lo sensible. 

Hay experiencias sensibles, anteriores a la fe, que muchas veces nos pueden engañar. Otras que provienen de la fe pero que no le son esenciales porque la fe puede perseverar aunque sea sin ellas. Tal vez fueron –en el comienzo sobre todo– fuente de consolaciones para atraernos hacia Dios, después la fe debe perseverar y arraigarse en lo profundo.

Hay un poeta argentino, Francisco Luis Bernárdez que tiene un soneto muy hermoso que se puede aplicar a lo de la fe, dice:

«Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado».

Así también, en la vida cristiana. La vida cristiana tiene las flores de las virtudes de la vida cristiana que viven de la fe, que está como enterrada en la oscuridad de la tierra, pero que nutre - esa fe - a las virtudes de la caridad, de la esperanza.

Para animar al monje a que resista a ese espíritu, a ese demonio de la acedia, y persevere en la dureza de la prueba, Evagrio dice la verdad: que cuando el monje vence, sobreviene una paz y un gozo muy especial, muy particular, que no es quizá el de las consolaciones sensibles anteriores, pero que es un gozo muy profundo y espiritual.

¿Pero que pasa cuando el monje no resiste este embate y es vencido por el demonio de la acedia?, Isidoro de Sevilla tiene unos textos que quiero compartir con ustedes, son sabrosos y no necesitan comentarios:

«Quienes no practican la profesión monástica con intención inflexible, cuanto con más flojedad se dirigen a conseguir el amor sobrenatural tanto con mayor propensión se inclinan nuevamente al amor mundano»

Es decir vuelven a desparramarse en las cosas del mundo, y es mucho peor. Es como el soldado que deserta 

«Porque la profesión que no es perfecta vuelve a los deseos de la vida presente, en los cuales, por más que de hecho no se vea atado el monje, pero ya se ata con amor de pensamiento».

Es decir lo preferiría. Hay como un haber dejado aquel impulso y aquel deseo que lo llevaba a buscar el amor de Dios y buscar a Dios sobre todas las cosas.

«Porque el ánimo que considera dulce a esta vida, está lejos de Dios».

En realidad nosotros estamos en situación de destierro, lo dicen todos los cristianos que han vivido su cristianismo, su fe, esperanza y caridad, se sienten aquí como en un destierro, como en un tiempo provisorio. Ésta es una experiencia cristiana, de la vida cristiana. No tenemos aquí una morada permanente, una patria permanente, dice la Carta a los Hebreos.

«Alguien así no sabe qué es lo que debe apetecer de los bienes superiores, ni qué es lo que ha de huir de los bienes inferiores»

Estos monjes, dice Isidoro de Sevilla, desearían volar a la gracia de Dios, pero los amores del mundo los retienen, la codicia del siglo los retrae. Quieren tener ambas cosas, todo lo de este mundo y a Dios también.

Y así sucede que:

«Quien ha prometido renunciar al siglo, se hace reo de transgresión si cambió de voluntad, y así se hacen dignos de ser severamente castigados en el juicio divino los que menospreciaron cumplir de hecho lo que en su profesión prometieron».

Hay como un menosprecio de las cosas divinas, un retroceder en ese impulso, que era un impuso de gracia Acá se trata de que han sido infieles a una gracia inicial, Dios los ha invitado, les ha dado una gracia, y ellos han menospreciado la gracia recibida al no continuar con ese impulso, al no aceptar la invitación al banquete que les ha hecho el Señor. Porque tienen otras ocupaciones u otros deseos. Hay aquí algo de reminiscencia de la parábola de Nuestro Señor Jesucristo de los invitados al banquete que después no son hallados dignos porque no tienen el traje de fiesta, no se han vestido enteramente para la fiesta. No han entrado en el banquete de la alegría divina, del amor divino, y se vuelven entonces a desear los manjares del mundo.

Por fin, un último tema de los Padres del Desierto que es muy importante, en cuanto a la doctrina de la acedia, es lo que los Padres llaman las “hijas de la acedia”, este pensamiento del demonio produce vicios en el monje pero también en los laicos. 

Isidoro de Sevilla habla de que produce:

■ El ocio –la pereza– para las cosas divinas–, uno entonces ya no quiere orar, no quiere rezar los salmos, no quiere rezar el Rosario, o tiene una especie de pesadez para las cosas relativas a Dios. A los laicos les pasa que no tienen deseos de ir a Misa, no tienen ganas de hacer la lectura de la Sagrada Escritura, la somnolencia, la pereza en las cosas de Dios. 
■ La importunidad de la mente: las distracciones que le vienen continuamente y que te atacan muchas veces en la oración; 
■ La inquietud del cuerpo –la ansiedad, que necesita moverse, que no puede estar quieto–, la inestabilidad, la inconstancia –si hace un proyecto de vida espiritual, después no lo puede cumplir–; 
■ La verbosidad –habla y habla, y busca siempre con quien hablar, se derrama en las cosas exteriores, en los comentarios de las cosas mundanas, en palabrería vana que no conduce a nada–; y por fin 
■ La curiosidad –estar siempre atento a un montón de cosas, a la televisión, Unos religiosos contaban un chiste de la vida religiosa diciendo: “menos mal que el rayo cayó en el coro, porque si cae en la sala de la televisión nos mata a todos”. Estaban en la sala de televisión en lugar de estar frente al sagrario. Y a veces estamos delante de la televisión como delante de un sagrario. En vez de estar donde debemos estar que es delante del amor, del espectáculo del amor divino.

San Gregorio Magno habla más bien de las hijas espirituales de la acedia: la malicia, el rencor, la falta de ánimo para las cosas grandes de Dios, la desesperanza, la pesadez y la divagación de la mente en cosas inútiles.

Hemos terminado así, queridos amigos, esta breve síntesis de la doctrina de los Padres del Desierto acerca del demonio de la acedia, tal como se presenta en el monasterio, pero que también nos sirve a nosotros, por semejanza con situaciones de la vida laical, para darnos cuenta también de cómo nos ataca a nosotros, sobre todo cuando nos ponemos a buscar a Dios y sentimos cómo el demonio se opone a eso con mucha mayor fuerza.

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IV- El demonio de la acedia: 4. El pecado original

Autor: P. Horacio Bojorge

La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.

Estimados amigos, iniciamos un nuevo capítulo de nuestra serie sobre el demonio de la acedia, y en este programa quisiera tratar acerca del origen histórico de la acedia, cuándo comienza este demonio de la acedia a manifestarse y a trabajar, porque ese origen de la acedia nos puede iluminar acerca de cómo, después, ha seguido trabajando a lo largo de todo el tiempo, contemporáneamente con la obra y el designio divino a través de la historia, desde los comienzos, y seguirá hasta su fin.

Me refiero a la aparición de la serpiente en el relato del pecado original. Leemos en el libro de la Sabiduría, uno de los libros de la Sagrada Escritura, que por envidia –por acedia del diablo– entró la muerte en el mundo, por acedia del diablo entró la muerte en la humanidad, y esta muerte reina sobre aquellos que le pertenecen, en cambio sobre los que han sido salvados por Nuestro Señor Jesucristo del poderío del demonio de la acedia, aquellos que conocemos el bien, que conocemos al Padre, se nos abre la puerta de la VIDA ETERNA.

Quiero con ustedes comenzar entonces a remontarnos en nuestra memoria al relato del libro del Génesis, del comienzo del libro del Génesis. Pero antes quisiera mirar de un solo vistazo –como nos enseña hacerlo el Catecismo de la Iglesia Católica– la Sagrada Escritura –que nos trae la revelación de Dios acerca del sentido de su obra creadora desde el principio al fin–.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que la Sagrada Escritura comienza con un festín de bodas, fiesta de bodas, y termina al final del libro del Apocalipsis con otra fiesta de bodas que se prepara. La primera fiesta de bodas es la de Adán y Eva, a quienes Dios les hace –como regalo de bodas– el regalo de toda la creación, les entrega todas las cosas para que las gobiernen y para que sean sobre la Tierra ministros de la Providencia Divina en el gobierno de las criaturas, tanto de las criaturas que no son libres como de las que sí lo son (los seres humanos). Sabemos que los ángeles, que son criaturas libres, son colaboradores de Dios en el gobierno de la creación. Pues bien, ha querido también asociar al ser humano –al varón y a la mujer– a ese gobierno divino sobre las cosas, nos ha dado todas las cosas para que las gobernemos, ese es el designio divino del comienzo.

Y al fin de las Sagradas Escrituras, hablándonos ya del fin de los tiempos, se nos presenta a la novia que, con el Espíritu Santo, llama al novio que viene: “¡ven Señor Jesús!”. El Espíritu y la novia dicen ven, y el Señor responde: “Sí, vengo, vengo pronto”. Ese novio es el Verbo eterno hecho hombre, que viene a las bodas finales del tiempo con la Iglesia, es el triunfo del Amor.

Desde el comienzo al fin de esta historia hay amor, amor esponsal, amor de Dios con la criatura, amor del varón y la mujer, imagen y semejanza creada del amor divino, no hay cosa sobre la creación que en algún momento no haya reflejado para los hombres algo de la divinidad. Dice el historiador de las religiones, Mircea Eliade, que el bosque tiene algo de sagrado, la peña, la fuente, el sol, el río, todo lo que parece poderoso y glorioso en algún momento ha reflejado para el hombre algo de lo que es el creador de todas las cosas, ha sentido como un estremecimiento de la divinidad en las criaturas que ve y que alcanza a admirar por su poderío, por su consistencia, su solidez, por su capacidad fecundadora. No sólo las de la Tierra, sino que, levantando los ojos al cielo, ha podido vislumbrar en la inmensidad del universo –en las criaturas celestes– las epifanías de Dios. También en la tormenta, en el rayo, ha visto manifestaciones uránicas de Dios, del poder divino. En el mar, en las olas, en los monstruos marinos... en la fecundidad de la naturaleza, en todas las cosas ha visto la manifestación de Dios.

Es decir, no ha podido la acedia enceguecer al hombre de tal manera que, cualquiera de las criaturas en cualquier momento no le pudiera dar un vislumbre del poder divino. Por eso San Pablo se ha admirado de que los hombres, habiendo conocido las criaturas, no llegaran a conocer al creador a través de ellas. Por esa ceguera, por esa acedia, de no ver a Dios a través de sus criaturas y sus creaciones, el Señor entenebreció –llenó de tinieblas– sus corazones y los entregó a pasiones viles y bajas, porque pudieron conocer a Dios y no lo conocieron.

Si hay algo que podemos decir que es Dios, Dios es amor. El amor que experimentamos las criaturas, - aún las criaturas caídas después del pecado original, en aquellos momentos en que la naturaleza quedó, no destruida por el pecado sino herida -, deja traslucir el designio divino primero de nuestra imagen y semejanza divina: Dios es amor. El amor creado es lo que mejor lo refleja a pesar de cualquier herida del pecado original que pueda tener.

El demonio de la acedia es contrario al amor, es tristeza por el amor, es miedo al amor, es indiferencia ante el amor, es oposición al amor. El demonio de la tristeza, nos dice Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de San Juan, es homicida desde el principio, odia en el hombre la capacidad de amar, que es lo que le asemeja a Dios, y por lo tanto quiere destruirlo, no quiere que haya hombres sobre la Tierra. Comprendemos así la frase bíblica del libro de la Sabiduría: por envidia, por acedia del diablo, entro la muerte en el mundo. Por el odio, por la tristeza del demonio, que no quiere una imagen viviente de Dios –ya que no puede destruir al Dios mismo– quiere destruir su imagen, no quiere que haya hombres sobre la Tierra. Él es homicida desde el principio.

Y si no puede destruir al ser humano, portador de esta naturaleza amorosa y destinada al amor, al menos quiere corromper su capacidad de amar. Por eso si vamos al relato del origen, encontraremos la explicación –en ese pequeño drama del origen– de cómo surgió –históricamente– esa impugnación demoníaca, ese ataque demoníaco a la criatura para destruir su imagen y semejanza.

Recordemos la historia del Génesis, se nos presenta como una obertura, en el capítulo primero de esta gran obra, y después como un pequeño drama en tres actos.

La obertura nos resume la preparación del gran banquete de bodas de Adán y Eva, en que Dios en una semana prepara el banquete. Primero prepara todo el ambiente, la sala donde se va a representar que es el universo entero, la separación del día y de la noche, de la luz y las tinieblas, la separación de las aguas de arriba y de abajo, la separación del mar y de la tierra, la creación de los alimentos sobre la tierra –con los vegetales y los árboles frutales– que serán los alimentos del banquete; después va creando los animales, que son los que participarán del banquete... y por último crea a Adán y Eva, a su imagen y semejanza, seres capaces de amar, y les entrega como regalo la creación entera para que la gobiernen, gobiernen sobre los animales, gobiernen sobre las plantas, se alimenten de todos esos frutos, y sean fecundos, se multipliquen y llenen la Tierra. Bendice el Señor a Adán y Eva, bendice al ser humano, al varón y a la mujer, y a su designio divino sobre la Tierra.

Y esto que en la obertura se plantea así, como una historia concentrada y sintetizada, se nos plantea después en esos tres actos de un pequeño drama teatral, se nos presenta la creación del varón y la mujer en el primer acto, y ya en el segundo acto entra en escena el Adversario –el Demonio de la acedia– entristeciéndose por el bien que Dios ha creado, por el bien de Adán y Eva, y tratando de destruir la obra divina, lográndolo en ese segundo acto. De modo que en el tercer acto tenemos las consecuencias de esa caída de los primeros padres. Podríamos decir que el resto de la Sagrada Escritura, hasta el Apocalipsis, es la continuación de este drama a través de la historia, la continuación hasta el triunfo de Dios al fin de los tiempos, el triunfo del amor de Dios, el triunfo del amor del Verbo encarnado por el que fueron creadas todas las cosas –también Adán y Eva–, con el triunfo de ese amor para una humanidad –que es la Iglesia– que le ha sido fiel a lo largo historia, que ha sido conducida por el amor, contra la cual nada pudo ni la muerte ni el demonio de la acedia, el demonio de la tristeza por el bien.

Esa boda gozosa del cordero, al fin de los tiempos, es el triunfo del amor, Dios triunfa. A pesar de toda la oposición que el demonio triste de la acedia le pueda hacer a lo largo de la historia. Dios siempre triunfa, el bien es mayor que el mal y triunfa sobre el mal. Si nosotros en nuestra vida cristiana, - que como hemos dicho en alguno de estos capítulos de la acedia es una lucha -, también vimos en ese capítulo que se nos promete una victoria sobre el espíritu de la acedia, “no temáis, yo he vencido al mundo” nos dice Nuestro Señor Jesucristo.

Vamos ahora a detenernos un poquito en esos tres actos del drama de la creación, del designio divino sobre el hombre y la mujer, cómo los crea, y después cómo el demonio trata de pervertir la obra de Dios, intentando que fracase esa obra, tratando de que el hombre no cumpla con el designio que tiene Dios sobre el varón, y tratando que la mujer tampoco cumpla con el designio que Dios tiene sobre ella.

¿Cuál es el designio que tiene Dios sobre el hombre y la mujer?, vemos en el primer acto de este drama, que es una especie de obra teológica en forma dramática, en forma de narración, también en forma simbólica, como se expresa la Escritura, en un lenguaje que pueden entender los niños pero que no es infantil, que no es menospreciable como algo que el catequista puede contarle a los niños pero que no tiene nada que decirle a los grandes. No, de ninguna manera, es una revelación divina plena de sabiduría, que no es sólo para los orígenes de la humanidad, sino que nos ilumina a lo largo de toda la historia.

Nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio, se ha referido varias veces “al Principio”, a ese Principio de la creación del que él fue autor con el Padre, el Verbo eterno por el que fueron creadas todas las cosas y sin el cual nada fue hecho; Él que ha sido testigo del Principio nos dice que al inicio no había desamor entre el varón y la mujer, eso surgió después, y que si Moisés había permitido el divorcio y el libelo de repudio para la mujer, era porque había una dureza del corazón en el hombre, el corazón del hombre se había endurecido, él no hace alusión explícita al pecado original pero se está refiriendo a él.

Nuestro Señor Jesucristo, por lo tanto, nos habla de que en ese principio está el designio divino sobre el amor del varón y la mujer.

Dios crea primero –llamémoslo así– al Adán masculino. En el comienzo, en la obertura, nos dice los creó macho y hembra, todavía no dice varón y mujer, (la diferencia de los sexos, que será también, - lo digo de paso -, uno de aquellos aspectos que el demonio de la acedia quiere borrar, oponiéndose a la obra del creador, destruir la diferencia entre los sexos), es una obra del creador que tiene un designio muy sabio. Nosotros somos testigos, en nuestro tiempo, de cómo se quiere abolir la diferencia entre el varón y la mujer, y podemos entonces –iluminados por esta sabiduría bíblica– comprender que lo que hay detrás, es mucho más que el empeño de algunos actores humanos acerca del hombre y la mujer, y de la humanidad. Hay mucho más. Hay un designio demoníaco de abolir la obra de Dios, de la creación de Dios, en nuestros tiempos, a la altura de estos tiempos, aboliendo la diferencia entre el varón y la mujer. El relato de la Escritura dice que no había nada todavía sobre la tierra: la tierra estaba vacía, no había árboles ni plantas, era todo desierto, no había llovido sobre la tierra, pero una fuente de agua manaba en medio de la tierra, y con esa fuente tiene Dios tiene la materia prima para amasar el polvo de la tierra con el agua de la fuente el cuerpo del varón, del Adán masculino, y dice que le sopló en la nariz un espíritu de vida y “resultó el hombre un ser viviente”.

Ese espíritu de vida que Dios sopla en el Adán masculino, la vida de Dios, lo sabemos, es amor. Sopla en este varón un espíritu de amor, por lo tanto la vocación de este muñequito de barro amasado por Dios es el amor, todavía no existe la mujer, no existe ningún otro ser semejante a él para que él lo pueda amar o ser amado por él, eso va a surgir en el relato del primer acto a lo largo de distintos episodios. 
Luego a este Adán masculino el Señor lo colocó en un Jardín cercado que plantó para él, en un lugar deleitoso, en el Edén, en la presencia de Dios. Este ser humano, que ya es imagen y semejanza de Dios, está en este jardín deleitoso, cercado y seguro. Y el Señor hizo brotar en este jardín toda clase de árboles, de alimentos, agradables para la vista, y plantó en medio del jardín el Árbol de la Vida. Sabemos que el Árbol de la Vida es el árbol de la vida divina y por lo tanto es el árbol del amor, y ese árbol del amor es también el árbol del conocimiento del bien y del mal, porque son nuestros amores la regla o la pauta de discernimiento que usamos para saber lo que es bueno y malo, lo que destruye nuestros amores es malo, lo que contribuye a amar y ser amado es bueno, decimos que es bueno o malo aquello que ataca a nuestro amor o lo defiende, el avaro dirá que es malo lo que perjudica a su amor que es la ganancia y dirá que es bueno lo que le da dividendos, así cada uno, según su amor juzga lo que es bueno y lo que es malo.

El árbol de la vida de Dios da a conocer aquello que Dios considera bueno, y lo que Dios considera malo, y por supuesto que esto tiene que ver con el amor. El espíritu de la acedia que se entristece con el amor de Dios, el espíritu de tristeza por el amor, que es espíritu de miedo de indiferencia hacia el amor, considera malo al amor y considera bueno el desamor, considera bueno la abolición de la vida del hombre sobre la tierra, el oponerse a la obra de Dios.

Y dice que el Señor puso al varón, al Adán masculino, en el Jardín del Edén, para dos cosas: para que lo cultivase y para que lo vigilase, el cultivo del jardín supone que este hombre tiene la misión de gobernar con su inteligencia el mundo vegetal y usarlo acorde a esa inteligencia. Vamos así viendo que este Adán masculino está siendo destinado por Dios al gobierno de las cosas, es él quien va a dirigir –de acuerdo a la obertura– el gobierno del hombre sobre las criaturas como ministro del gobierno de Dios.

Además Adán debe vigilar el jardín, ustedes se preguntarán ¿vigilarlo de qué?, si es un jardín cercado, si no hay otros habitantes que puedan dañar este Árbol de la Vida, ¿de qué tiene que vigilarlo? Dice que el Señor le dio a Adán un mandamiento: “de todos los árboles del jardín puedes comer, pero del Árbol de la Vida, del árbol del amor divino, el árbol del conocimiento del bien y del mal, no comerás, porque cuando comieres de él, morirás sin remedio”.

De todos los árboles del jardín se puede él apoderar, pero el amor de Dios que está representado por el Árbol de la Vida, de ese no se puede apoderar, debe respetar el amor y recibirlo como un don. Y esto vale para el amor divino al comienzo, como al amor divino en todas las edades –mientras existan criaturas amorosas–, no se puede recibir el amor sino en forma de don libre del otro, no puedo yo apoderarme del amor del otro, es el principio de la libertad amorosa. Esa libertad de amar, que es la libertad de la gracia, refleja lo más propio del amor divino que es libre, es amor, pero es libre, y desea permanecer libre, y la criatura no puede apoderarse de ese amor porque en ese momento estaría, él mismo dejando de amar verdaderamente, no siendo imagen y semejanza del amor. Es un amor libre que debe respetar la libertad del que lo ama.

Y después, dice Dios que es necesario que Adán tenga “una ayuda semejante a él frente a él”. Una ayuda semejante a él, que pueda amar como él ama, que sea capaz de recibir amor y devolver amor. Y Dios crea con este intento primero a los animales a los cuales hace que el hombre les vaya poniendo nombre, es decir que los vaya conociendo en su esencia y nombrándolos, para que se llamen con el nombre que le quiere dar a cada uno. Acá tenemos de nuevo que el Adán masculino está destinado a gobernar, después del paraíso y el mundo vegetal, también al mundo animal. Pero tampoco encuentra el hombre entre los animales una ayuda semejante a él, frente a él, y entonces viene la creación de la mujer.

El Señor toma de su costado una costilla y construye una mujer, ya no la amasa, la construye. Y esta mujer está destinada al varón, viene después, su razón de ser es el varón. El varón va a ser el todo respecto de ella, y ella va a ser la parte respeto del varón, ninguno de los dos estará completo sin el otro, pero de manera diversa, al varón le faltará una parte, a la mujer le faltará la referencia, el todo referencial al que ella pertenece, y sin el cual no se encuentra a sí misma. Y por la unión del amor serán los dos uno solo, se restaurará la unidad del todo con parte, y de la parte con el todo. Este es el designio divino de Dios sobre el varón y la mujer. 

Segundo acto, viene la serpiente a tratar a destruir este designio divino, y le dice a la mujer que Dios sabe que si comen del fruto del árbol del bien y del mal serán como Él, serán como dioses.

Ese árbol del amor, el árbol de la vida, el árbol del conocimiento del bien y del mal, es la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Y en su momento estaba previsto que nos sería dado el fruto del amor divino, la gracia de Dios, el don del amor divino. Pero lo que le sugiere Satanás y le hace de alguna manera suponer a la mujer, es que Dios nunca se lo va a dar. He ahí la mentira del demonio, la seducción, el engaño, con el cual impulsa a Eva a que trate de apoderarse por sí misma del fruto –apetecible a la vista, y bueno para comer– del amor divino, y este es el pecado de Eva, querer apoderarse del amor, querer adueñarse de Dios y del amor de Dios. 
Y de esta manera entonces se corrompe el designio de Dios sobre la mujer, que quiere hacerse como Dios, cuando ella en verdad tenía que haber sido ministro del amor divino para el varón, servidora del amor divino para el varón. Dios la creó a ella –dice la Sagrada Escritura– “la construyó” como se construye un templo, una ciudad o una casa– un ser habitable, un ser acogedor, capaz de recibir al otro en su interior de su corazón, como María que guardaba todas las cosas de su hijo en su Corazón. Esa capacidad hospitalaria del corazón de la mujer de guardar a los que ama dentro de sí misma, no solamente a su niño gestándolo, sino también en su corazón guardarse a los que ama, eso es lo que hace de ella semejante a un edificio, a una casa, a la mansión del amor, a eso estaba destinada.

Logra el demonio engañarla para que la mujer se apodere del amor y ella invita a Adán a que lo coma, y el varón también come.

¿En qué consiste el pecado de Adán?, el pecado de Adán consiste en desertar de las misiones divinas. Él que tenía que ser el guardián y el vigilante del Árbol de la Vida no lo vigila, él que tenía que ser el guardián y el gobernante de su mujer tampoco lo hace. Él tampoco gobierna. -de alguna manera– a esa Serpiente que se presta a servir como vehículo visible del espíritu invisible, y que entra también en esa escena dramática. Él tenía que haber corregido a su esposa, y no la corrige; debía haberse negado a comer, y por complacerla a ella también desobedece.

De modo que el pecado más propio de la mujer es por transgresión, y el pecado más propio del varón es, primero por omisión y luego por también por transgresión.

Este sucumbir bajo el ataque de la acedia va a tener consecuencias para la mujer y para el varón. No me detengo en las consecuencias para la Serpiente, que es la primera que es castigada en el tercer acto de este pequeño drama inicial del origen de la humanidad.

Las consecuencias de la acedia son la abolición del varón y la abolición del la mujer. La abolición del varón porque no cumplió los designios divinos a los que estaba destinado. Y la abolición de la mujer porque tampoco cumplió los designios propios.

Esto es obra de la acedia, y esto tendrá una gran consecuencia en el futuro. El varón tenderá a borrarse de sus responsabilidades, y la mujer, a veces obligada por la necesidad, tiene que asumir las responsabilidades que el varón no asume y con eso dejar las suyas propias.

Con esto queda, espero, suficientemente bosquejado este comienzo del mal de la acedia, que trata de abolir la obra divina en sus comienzos.

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