Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
En el capítulo anterior vimos la definición de la acedia, en El demoeste capítulo nos dedicaremos a ver casos bíblicos de acedia. La Sagrada Escritura está centrada en la obra salvadora de Dios y en el amor a Dios, y por lo tanto, si la acedia es un pecado contra el amor lo veremos allí porque la Escritura nos habla tanto del amor de Dios como de los pecados contra el amor.
Ya desde el comienzo, en la Sagrada Escritura, vemos que después de que Dios a creado a Adán y Eva y que a plantado el Jardín del Edén, en el medio del jardín ha puesto el árbol del amor de Dios y le ha encargado al varón que lo vigile contra el mal uso que él puede hacer del amor queriendo apropiarse del fruto del amor antes que se le de, porque nadie puede apropiarse del fruto del amor, no podemos faltarle el respeto a la libertad del que ama queriendo apoderarnos de su amor.
Y ya el comienzo del drama bíblico es que Eva, tentada por Satanás, quiere apoderarse del fruto del amor de Dios, que Dios pensaba darle en su momento, y que nos dio efectivamente en la cruz. En el árbol de la cruz nos ha dado el fruto del amor, y ya no nos prohíbe que lo tomemos contra su voluntad sino que nos manda recibirlo. Curiosamente Eva pecó por querer apoderarse del amor antes de que se le diera y actualmente –que el amor de Dios está ofrecido– sus descendientes lo menosprecian y no quieren recibirlo a causa precisamente de los pecados contra el amor, de la indiferencia, de la ingratitud, de la tibieza y hasta del odio.
Hemos visto –en la historia reciente del mundo– odio contra Nuestro Señor Jesucristo, odio contra el crucifijo. Leía en estos días la historia de una religiosa que en tiempos de tiempos del gobierno Nazi en Alemania, por haber dejado los crucifijos puestos en el hospital donde ella trabajaba sufrió la pena de decapitación... odio al crucifijo, ¿qué mal puede hacer el crucifijo?, yo tengo en mi habitación en Uruguay un crucifijo, que llegó a mi por caminos distintos, y es un crucifijo que fue echado de una escuela pública por el gobierno en 1907, hace ya más de un siglo, en el momento que se sacó el crucifijo de todos los hospitales y de las escuelas públicas, ahí tenemos un ejemplo del odio a Dios, del odio a Jesucristo, se lo considera como una mal.
En las Sagradas Escrituras tenemos dos ayes proféticos que nos describen lo que es la acedia.
Leemos en el libro del profeta Jeremías, en el capítulo 17, versículos del 5 y 6, el primero de estos dos ayes proféticos que nos ilustran acerca de la acedia. Dice el profeta Jeremías:
¡Maldito el hombre que confía en el hombre y hace de la carne su apoyo, apartando del Señor su corazón! Él es como un tamarisco en el desierto de Arabá que no verá el bien cuando venga.
Se trata del hombre que confía en lo humano y aparta su corazón de Dios, que pone su confianza en la carne, en las cosas de este mundo, que no cuenta con Dios en sus asuntos personales. Pero también, no solamente del individuo, sino del tipo humano, el hombre moderno podemos decir que pone su confianza exclusivamente en las cosas humanas y no cuenta con Dios, no quiere que Dios gobierne su vida social ni su vida política, y por lo tanto confía solamente en lo humano. Se trata, pues, no solamente de un individuo, sino de un tipo humano, de esta civilización en la cual estamos que se aparta de Dios, aparta su corazón de Dios, incluso algunos que lo honran con sus labios merecen el dicho de Isaías “este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mi”.
¿Y qué le pasa a este hombre que cuando viene el bien, no lo ve?, ¿cuando viene el Mesías, no lo reconoce?. Ese árbol, del desierto, dice que no ve la lluvia cuando la lluvia viene –allí se trata del bien de la lluvia–, sabemos que en la Sagrada Escritura la lluvia es un símbolo de los bienes mesiánicos, de los bienes de Dios, de la gracia divina que desciende de lo alto y fecunda la tierra con los frutos del amor humano. Pues bien, este no ver los bienes de Dios, esta ceguera para el bien, es la primera forma de la acedia. Ser ciego para el bien de Dios, ser ciego para las obras de Dios, y esa ceguera es la que explica las definiciones del Catecismo de la Iglesia Católica en la que se nos dice que la acedia es indiferencia, tibieza, ingratitud y por fin odio.
El segundo ay profético es el del libro de Isaías que en su capítulo quinto leemos:
¡Ay, a los que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan la oscuridad por luz, y la luz por oscuridad; que dan lo amago por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay, los sabios a sus propios ojos, y para sí mismos discretos! (Isaías 5, 20-21)
El árbol del paraíso era el árbol de la vida divina, por lo tanto el árbol del amor, pero ese amor daba el conocimiento del bien y el conocimiento del mal. Ese don del fruto del amor iba a transmitirle precisamente al hombre –a los primeros padres– el conocimiento del bien, –que es lo que nos lleva al amor, que es el amor de Dios–, y del mal –que es lo que se opone al amor, nos aparta del amor–.
Esa primera ciencia que estaba en el árbol de la vida, y de la que quiso participar Eva apropiándose por la fuerza de ella, por la desobediencia, esa sabiduría es la que contradicen estos sabios a sus propios ojos que juzgan –sin amar– lo que es bueno y lo que es malo.
Estos dos ayes proféticos nos muestran a la acedia, por un lado, como una ceguera, como una apercepción, no se percibe, se es ciego ante el bien, pero también como una dispercepción, como una perversión de la mirada, que mira lo bueno como malo y lo malo como bueno, lo luminoso como oscuro y lo oscuro como luminoso. Hay toda una filosofía que se llama de la ilustración que invocando ser la luz se opone a la luz divina y fue una filosofía en gran parte incrédula y opuesta a la luz del cristianismo.
En la cultura nuestra podemos aplicar estos dichos bíblicos y por eso esta galería de casos de acedia que voy a tratar de sintetizar, por que son muchísimos en la Escritura. La Escritura es la historia del amor de Dios, pero es también la historia de la oposición demoníaca al amor divino. Ya desde el primer acto de la creación, de ese drama de la creación, en el primer acto Dios crea al varón y a la mujer, les da su designio sobre la tierra, y en el segundo acto aparece ya la serpiente, el demonio en forma de serpiente, para oponerse a la acción divina, para cortar el desarrollo de ese drama sagrado que iba a ser la historia de la humanidad.
El primer caso bíblico, que me parece muy ilustrativo acerca de la acedia, se presenta en un episodio de la vida de Jesús que es la cena en Betania poco antes de su Pasión. Leemos en el evangelio que “Seis días antes de su Pasión, Jesús vino a Betania, donde se encontraba su amigo Lázaro a quien había resucitado de entre los muertos y le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Jesús sentados a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo puro, muy caro, y ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa entera se llenó con el olor del perfume” (Jn. 12, 1-3)
Y el evangelio prosigue contando que “Judas Iscariote, uno de los discípulos de Jesús, el que lo había de entregar, dijo: ¿Por qué no se ha vendido ese perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres? (Jn. 12, 4-5)
Aquí tenemos un ejemplo claro de cómo, el que está fuera del amor, no reconoce la bondad de los actos del amor. Ese perfume de nardo puro que María derrama amorosamente en los pies de Jesucristo, es un don del amor, y ese derroche del amor solo lo comprende el que ama. En cambio Judas, que está fuera de la perspectiva del amor a Jesucristo, piensa que es un derroche, es una especie de sacrilegio contra la filantropía, contra el amor a los pobres. Parece que está reñido el amor a Dios y el amor a los pobres. Ay un escándalo que el que no está dentro del amor no comprende.
Muchas personas que están fuera del amor a la Iglesia, del amor a la vida cristiana, se escandalizan de ciertas cosas, de repente de los cálices sagrados o –de lo que se dice por ahí– las riquezas del Vaticano, que son precisamente el derroche del amor de los católicos. Los católicos que aman su Iglesia no tiene empacho en gastar en su Iglesia, en el Papa, en las cosas santas, en la sede del magisterio para todo el mundo, pero el que está fuera de la Iglesia no comprende los actos del amor.
Por eso este ejemplo bíblico nos ilustra acerca un tipo de acedia que consiste en eso, es la mirada acediosa del que está fuera del amor sobre los actos de amor que hace el que ama. A veces una mamá se puede escandalizar de que su hijo gaste tanto en su novia, (en perfumes y en flores), porque hay que estar dentro del corazón del novio para comprender el sentido de esos obsequios. Algo parecido pasa también con los dones del culto divino en la que los fieles derrochan no solo la riqueza de sus sentimientos sino también de sus bienes.
Otro tipo de acedia se muestra en el episodio del traslado del arca, cuando David traslada el arca en medio de una gran fiesta popular, y el va danzando delante del arca vestido con un atuendo sacerdotal, y su esposa Mikal, la hija de Saúl, no va en la procesión sino que mira desde una ventana del palacio y siente como vergüenza de que el rey se ponga en esa aptitud de bailar delante del arca.
Leemos en el libro segundo de Samuel, capítulo sexto, versículos 5 y siguientes: “David y toda la casa de Israel bailaba delante del Señor con todas sus fuerzas, cantando con cítaras, arpas, adufes, castañuelas, panderetas, címbalos... David danzaba con toda sus fuerzas delante del Señor, ceñido con un efod de Lino (vestido sacerdotal). David y toda la casa de Israel subían el Arca del Señor entre clamores y sonar de cuernos. Cuando el Arca entro en la ciudad de David, Mikal, hija de Saúl, que estaba mirando por la ventana vio al rey David saltando y danzando ante el Señor y lo despreció en su corazón” (2 Samuel 6, 5, 14-16).
Ella estaba ciega para el sentido religioso de la danza de David. Esto me hace recordar, queridos hermanos, un episodio que he visto en mi país, en el Uruguay, durante la Semana Santa, cuando se realizan muchos actos que rivalizan con los misterios cristianos, –entre ellos una vuelta ciclística que recorre el Uruguay–, estando yo en un pueblecito del interior pasaba en Semana Santa esa vuelta ciclística, y todo el pueblo estaba en el cordón de la vereda mirando, festejando a los ciclistas que pasaban, todos con la curiosidad y simpatía que en un pueblo pequeño se sabe brindar para todo lo humano. En la noche del Viernes Santo nosotros pasamos con el Vía Crucis, y no había la misma atmósfera, había una especia de vergüenza o de aversión, la gente no salía con el mismo entusiasmo a ver simpáticamente lo que nosotros hacíamos, como que se retiraban, se escondían en la confitería o en la heladería, y nos dejaban pasar sin ningún interés, como castigando el paso de algo que les parecía vergonzoso. Recuerdo que al día siguiente una señora de la parroquia me decía “Padre, yo me sentía como una payasa anoche”, y claro, pueblo chico donde todos se conocen, ella pasa en el Vía Crucis y los amigos que en otros momentos la saludan se esconden de ella... ¿cómo no sentirse así?, es una forma de la acedia.
Que esta vergüenza de Mikal por David nos enseñe a reconocer como acedia a esa vergüenza social ante las manifestaciones públicas de la fe cristiana.
¿Y qué le responde David a su mujer?, la respuesta es: “Yo danzo en la presencia del Señor (y no como tú dices, delante de las mujeres de mis servidores), danzo delante de Él porque Él es el que me ha preferido a tu padre y a toda tu casa para constituirme caudillo de Israel” (2 Samuel 6, 21-23).
David estaba lleno de gratitud hacia el Señor, es lo contrario del ingrato, y por eso no podía ser indiferente al Señor, por eso no podía ser tibio en las manifestaciones de su fervor religioso.
Otro ejemplo bíblico lo encontramos en el libro primero de Samuel, en el capítulo sexto, nos cuenta que los filisteos habían conquistado el Arca de la Alianza en una batalla, el arca había ocasionado una peste entre los filisteos y decidieron devolver el Arca en una carreta tirada por vacas, que llegó al campamento de Israel en el momento de la ciega. Y todos los israelitas suspendieron un acto tan importante como es la ciega, para recibir entre bailes y danzas al Arca del Señor, sacrificaron los animales que venían tirando de la carreta y ofrecieron un holocausto al Señor.
Hubo una familia que no se alegró con la venida del Señor, la familia de los hijos de Jeconías no se alegró sino que se entristeció, consideraron que era un momento inoportuno para que llegar el señor, cuando tenían que levantar la cosecha, porque un trastorno del tiempo podía arruinarles la cosecha, arruinar el esfuerzo de todo un año, y por lo tanto no se alegraron, y nos cuenta el texto bíblico que: “De entre los habitantes de Bet Semes, los hijos de Jeconías no se alegraron cuando vieron al Señor y a causa de la mezquindad del corazón de los hijos de Jeconías, el Señor castigó a setenta de sus hombres. El pueblo hizo duelo porque el Señor os había castigado duramente” (1 Samuel 6, 19)
Este relato, pienso yo, nos enseña a reconocer ciertos fenómenos culturales que se presentan como el Dios inoportuno, no es la oportunidad de festejar al Señor, tengo tanto que hacer que esta misa dominical trastorna mis planes, mis proyectos. No se alegrarme con el Señor porque estoy tan ocupado, las preocupaciones de este mundo impiden que yo reciba con gozo la palabra del Señor. El Señor en la parábola del sembrador nos habla también –de otra manera– de este fenómeno; hay quienes reciben la palabra del Señor como una semilla caída junto al camino que vienen otros pensamientos –los pájaros– y roban la palabra del Señor, otros que la reciben, pero no tienen profundidad, entonces la palabra del Señor no puede arraigar en ellos, y otros que la sofocan entre los pensamientos de este mundo, que es como si la planta se sofocara entre las espinas.
Hay muchos otros ejemplos vivos, queridos hermanos, que nos muestran como a veces la acedia se manifiesta en burla a los varones santos, hay un ejemplo en la vida de Eliseo en la que estaba él subiendo hacia la ciudad santa, salieron unos chicos que comenzaron a burlarse del profeta –que se había afeitado completamente su cabeza–, el profeta se enojó con ellos y los maldijo, salieron unos osos del bosque y mataron a muchos de esos niños. Uno puede asombrarse de este gesto del profeta como de una ira extemporánea con muchachos poco maduros, pero el profeta sin duda vio que la burla de estos niños venía de unos padres que no respetaban a los profetas, y que esos niños que hoy se burlaban de los profetas iban a ser los padres de los niños que mañana los matarían, el vio entonces que la burla era una forma inicial de la acedia que no hay que menospreciar; esto nos también pie para comprender como muchas veces en nuestra cultura se burlan de las cosas santas –ya sea en espectáculos públicos, ya sea en seriales de televisión o en películas–, esas burlas a las cosas santas preparan una persecución sangrienta, preparan la falta de respeto a las cosas divinas, a Dios, a Cristo y a su cuerpo místico que es la Iglesia, entonces podemos advertir también en esos fenómenos y ponerles nombre llamándolos –a la luz de estos ejemplos bíblicos– por su nombre: eso es acedia, es reconocerlos como fenómenos demoníacos.
El pecado de Caín es un pecado de acedia también, porque se enoja porque la ofrenda de su hermano Abel es grata a Dios, por ver a Dios contento, entonces uno puede preguntarse ¿y por qué él ofrece una ofrenda a Dios sino para verlo contento?, ¿acaso Caín hace su ofrenda con algún otro motivo?, y si lo ve contento a Dios con la ofrenda de su hermano ¿por qué se entristece?, ¿por qué se llena de envidia?, al fin mata a su hermano porque le es grato a Dios.
Los santos padres han visto precisamente en Abel la figura de Nuestro Señor Jesucristo que despertó envidia, en la Sagrada Escritura vemos que Nuestro Señor Jesucristo fue muerto por celos, por envidia, y que también los apóstoles fueron perseguidos por celos y por envidia. Incluso San Pedro, queridos hermanos recordemos la acedia de San Pedro porque él no estuvo libre de acedia, cuando Jesucristo le anunció su destino sufriente Pedro lo consideró como un mal y Nuestro Señor Jesucristo le dijo “apártate de mi Satanás, porque tus pensamientos no son los pensamientos de Dios”.
Queridos hermanos esto nos enseña que muchas veces no comprendemos que el sufrimiento por el amor es un bien, y al fin terminamos calumniando el amor, Pedro no veía que este sufrimiento Nuestro Señor Jesucristo lo aceptaba por amor al Padre, por obediencia al Padre, y que era el camino que nos mostraba también a nosotros: que las cruces de la vida cristiana no son malas, no hacen mal al bien, al contrario no invalidan al amor, al contrario el amor sabe sacrificar y asume el sacrificio –con dolor, con tristeza– pero lo asume por amor. La fuerza que hay detrás de esos sufrimientos es el amor, el amor sabe sacrificar. El amor al Padre merece que también nosotros sacrifiquemos y que asumamos gozosamente el dolor, por eso el gozo del Señor es nuestra fortaleza, el gozo del amor de Dios es el que nos hace fuertes en nuestras tribulaciones, pero claro, el que está fuera del amor no comprende esto.
Queridos hermanos, llegamos así al final de este capítulo sobre el demonio de la acedia, hubiera querido tener más tiempo para poderles explicar más hechos de la Sagrada Escritura, continuaremos, si Dios quiere, en el próximo capítulo, y mientras tanto que el Señor los bendiga y los guarde en su paz.
Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
Hoy voy a tratar con ustedes sobre las definiciones de la acedia, para comenzar con un conocimiento conceptual, que no va a ser suficiente, después tendremos que ver como estos conceptos se realizan en la realidad donde han sido abstraídos, pero comenzamos con las definiciones porque es una manera de abordar este fenómeno tan rico, tan complejo.
Podríamos haber comenzado a la inversa, viendo como se presenta en la realidad, describiéndolo, pero me parece que es útil comenzar por esta descripción porque de la acedia no se habla, no se conoce el concepto de la acedia, raramente se lo nombra, no aparece en la lista de los vicios capitales, siendo que ciertamente dentro del vicio capital de la envidia es la acedia la fuente de toda envidia, porque como veremos la acedia es una envidia, una envidia contra Dios y contra todas las cosas de Dios, contra la obra misma de Dios, contra la creación, contra los santos... Es por lo tanto un fenómeno demoníaco opuesto al Espíritu Santo.
No se habla sin embarco de la acedia como no se habla –en muchos ambientes– acerca de los 7 vicios capitales que conocemos por el catecismo, y de los cuales los santos padres del desierto preferían decir que se trataban de pensamientos. Esto nos hace comprender que los vicios capitales son algo referente al espíritu, se presentan en el hombre y actúan en el hombre como pensamientos, aparecen en su inteligencia y se inscriben después en sus neuronas –vamos a decir así– de modo que esos datos de la inteligencia van dominando el alma del hombre y determinando también su voluntad para que actúe habitualmente haciendo el mal. Son los vicios opuestos a las virtudes, que son los buenos hábitos que le permiten obrar el bien.
La acedia, por lo tanto, es un hecho que debemos conocer y por ser tan desconocido –en mi larga experiencia como sacerdote he visto esta ausencia de conocimiento del fenómeno de la acedia–, o si se lo conoce es tan sólo teóricamente y no se sabe aplicar la definición teórica a los hechos concretos en que ella se manifiesta, hay un desconocimiento muy grande tanto de la teoría como de la práctica de la acedia, no se la sabe reconocer y decir donde está.
Vale por lo tanto la pena dedicarle estos programas al conocimiento de la acedia, porque es de primera importancia tratándose de un pecado capital contra la caridad.
Aunque no se lo sepa tratar este fenómeno de la acedia se encuentra por todas partes, continuamente acecha el alma del individuo, de la sociedad y de la cultura.
En el individuo como una tentación –muchas veces– vamos a ver que es una tentación, no siempre es un pecado, no siempre hay culpa en la acedia, hay culpa en aceptar la tentación de acedia. Por lo tanto se presenta en primer lugar como una tentación, como una tristeza que si uno acepta se puede convertir en pecado, y si uno acepta habitualmente el pecado se puede convertir en un hábito y después hay una facilidad para actual mal, para pecar por acedia, por entristecerse por las cosas divinas.
Este pecado se ha establecido como una especie de civilización, de cultura, hay una verdadera civilización de la acedia, una configuración socio cultural de la acedia, de modo que la acedia se encuentra en forma de pensamientos y teorías pero también en forma de comportamientos acédicos, teorías acédicas, que se enseñan en las cátedras populares o académicas. Pienso en las cátedras populares cuando digo por ejemplo: las peluquerías, allí en las peluquerías se dan doctrinas –muchas veces– y se transmiten muchas veces errores con un falso magisterio, un magisterio que en vez de decir la verdad transmite errores y donde también se transmiten comportamientos equivocados –referentes a todos los vicios capitales, pero en particular referentes a la acedia– como si fueran verdaderos. Me refiero a las cátedras académicas, porque muchas veces hay visiones que se presentan como científicas como por ejemplo todas las historias (leyendas) negras con respecto a la Iglesia, de las obras de los santos, la desfiguración de los santos, la desfiguración de la historia de la Iglesia que se presentan como malas cuando en verdad fueron buenas (por ejemplo las cruzadas o la inquisición), y la acedia es precisamente eso: tomar el mal por bien y el bien por mal.
¿Qué dice la Iglesia acerca de la acedia?, ¿qué nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de la acedia?, doctrinalmente cual es la verdad acerca de este demonio de la acedia. El catecismo de la Iglesia Católica nos presenta a la acedia entre los pecados contra la caridad, fíjense que importante y que grave, que importante es conocerlo porque es una aptitud y un pecado contra el amor a Dios, y el amor a Dios es nuestro destino eterno, es nuestra salvación, de modo que el demonio de la acedia se opone directamente al designio divino de conducirnos al amor a Dios y de vivir eternamente en el amor de Dios, frustra nuestro destino eterno, que importante es que esto se conozca para podernos defender de él, y que grave es entonces la ignorancia que rodea este fenómeno, este hecho espiritual que en los momentos actuales que está convertido en una cultura que nos rodea por todas partes, que brota y abunda como el pasto en los campos sin que se lo sepa nombrar.
¿Qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica?, nos dice que es un pecado contra la caridad, y lo enumera en una serie de pecados contra la caridad, el primero de los cuales es la indiferencia, aquellos que no les importa Dios, los agnósticos que dicen que no saben si Dios existe o no y no les interesa profundizar el tema, se presentan como indiferentes ante el hecho religioso, ante Dios, ante la Iglesia, ante los santos, ante todas las cosas santas, ante los sacramentos, no les dice nada los sacramentos, son indiferentes.
El segundo pecado contra la caridad es la ingratitud, y la indiferencia supone una forma de ingratitud, porque como se puede ser indiferente ante aquel Dios a quien se debe tantos beneficios, empezando por la creación, por la Tierra, por la familia, por el amor, por todos los bienes, por todas las cosas que hacen hermosa la vida. Ante el autor del bien, ¿cómo uno puede ser ingrato con Él?, y que a unos les resulte indiferente, son pecados contra el amor, son ignorancias –a veces– que si no son culposas igual son dañosas, porque la persona indiferente, la persona tibia, ingrata, se priva de estos bienes fundamentales para la vida humana.
El tercer pecado que enumera el catecismo contra la caridad es la tibieza, es decir hay un amor a Dios, hay unas formas de fe, están las virtudes teologales, pero en forma tibia, como dice el Señor en el Apocalipsis “porque no eres frio ni caliente estoy por vomitarte de mi boca”, es una frialdad, una tibieza en el amor divino, y en un mundo frío como en el que estamos los tibios terminan congelándose, nadie persevera en la fe en este mundo frío sino es fervoroso en la fe.
En el cuarto lugar el catecismo enumera la acedia, esta tristeza por los vienes divinos, esta ceguera para los vienes divinos que hace al hombre perezoso para las virtudes de la religión y de la piedad, y es lo que vemos en tantos bautizados que viven en forma tibia la vida cultual y que no van a misa –por ejemplo– son capaces de alegrarse en el culto divino, o de celebrar con alegría verdadera, con gozo verdadero, no con un ruido ostentorio que es a veces como una alegría mundana en el lugar sagrado, sino por la verdadera alegría de Dios, como el gloria nos dice en la Misa: te damos gracias por tu grande gloria, te agradecemos tu gloria Señor, nos alegramos en que tu seas glorioso y que seas grande, y que te manifiestes amoroso y divino en las obras de la creación, en las obras de la salvación, en las obras de tu Divina Providencia que nos acompañan diariamente.
Los que se privan de esto se privan del gozo verdadero, del gozo más profundo, del gozo real para el que fueron creados, y viven aturdidos y quedan a merced de las pequeñas alegrías mundanas, o buscando satisfacer esa tristeza del alma, esa carencia del bien supremo –que alegraría su corazón– por la que el alma se entristece. El salmista dice “¿Por qué estás triste alma mía, por que me conturbas?, espera en Dios que volverás a alabarlo”, el alma sin Dios se entristece, y muchas veces se le proporcionan los gozos y alegrías mundanas que no acaban de saciar su sed de Dios y por lo tanto se sumerge en la sociedad depresiva, en medio de la cual estamos, una sociedad que prescinde de Dios, y por lo cual es una sociedad depresiva y triste, que se deprime.
La gente se agita buscando la felicidad en los bienes terrenos, se le promete que el bienestar va a producir la felicidad, y eso no es así, eso ya lo descartó Aristóteles, el bienestar no es la felicidad, empezando porque el bienestar es siempre transitorio, llega un momento en que irrumpe el malestar y necesitamos un bien que nos haga felices incluso cuando estamos mal, incluso en medio del malestar, por eso es tan importante que no perdamos de vista el verdadero bien, la verdadera felicidad y que no sucumbamos a este demonio de la acedia –de la tristeza– que no sabe alegrarse en los bienes divinos.
Formas de la acedia: • La indiferencia es ya una forma de acedia, por que si alguien conociera el bien de Dios no podría ser indiferente ante ese bien. • La ignorancia que no conoce el bien de Dios. • La ingratitud porque no conoce las obras buenas de Dios, no la reconoce. • La tibieza porque no conoce el bien de Dios. Todas estas son formas de la acedia, ceguera para el bien,
¿Y cómo culmina la acedia?, el quinto y último pecado contra la caridad es el odio a Dios, ¿cómo es posible que se llegue a odiar a Dios?, ¿cómo es posible que exista el pecado de la acedia?, parece que estos pecados no son lógicos, si los examinamos no es lógica la indiferencia, no es lógica la ingratitud, no es lógica la tibieza, no es lógica la tristeza por el bien de Dios y no es lógico el odio a Dios, sin embargo es todo un paquete de pecados contra el amor a Dios que bloquea en los corazones el acceso de la felicidad, a la dicha, a la bienaventuranza que comienza aquí en la tierra: el amor de Dios.
El odio a Dios es una consecuencia última de la acedia, una forma última de la acedia, cuando uno no puede conocer el bien de Dios, es indiferente, es mal agradecido o tibio en el amor –formas distintas de la acedia, de la tristeza ante el bien divino– y que culmina precisamente en el odio a Dios, es el ver a Dios como malo, eso es lo demoníaco, la visión satánica es que Dios es malo, ya en la tentación a Eva, Satanás presenta a Dios como un ser egoísta que no quiere comunicarle a Eva los bienes divinos, y que por lo tanto la aboca a apoderarse de ese fruto divino que el egoísmo de Dios le prohibiría, siendo que Dios tiene un momento para entregárselo, Satanás hace que ella se precipite a apoderarse de un amor antes de que ese amor le sea dado.
¿Pero que es propiamente la acedia?, dice Santo Tomás, dicen los santos padres, nos lo dice la Iglesia Católica, que la acedia es una tristeza por el bien, una incapacidad de ver el bien o –en su forma extrema– considerar que el bien de Dios es malo.
La envidia en general es una tristeza mala, la tristeza es de hecho una pasión buena, puede ser mala por dos causas: • puede haber una tristeza mala porque su objeto es un bien y entonces es una pasión equivocada porque la tristeza es por un mal, cuando alguien se entristece por un bien entonces esa no es una virtud, es viciosa esa tristeza, es propiamente la envidia; • o también una tristeza puede ser mala porque es una tristeza desproporcionada con el mal que se llora, y en ese caso el tipo de las depresiones o tristezas excesivas.,
La ausencia de tristeza también puede ser mala, no entristecerse por la muerte de un ser querido –por ejemplo– es una falta de tristeza mala. Al revés, entristecerse por un bien del prójimo es envidia, y por eso es mala la envidia. Los hermanos de José le tenían envidia por el amor que Jacob le tenía a José, a su hermano, es un ejemplo típico de la envidia en las Sagradas Escrituras, o Saúl cuando se entristece por los éxitos militares de David y siente que se le roba su gloria, pero veremos los ejemplos bíblicos en otro momento, ahora nos toca ver a la acedia como tristeza, tristeza por el bien de Dios, y esta tristeza puede ser por una ignorancia del bien, simplemente una ceguera por el bien, San Pablo dice por ejemplo –refiriéndose a las personas que no conocen al creador a través de las obras divinas– que por eso el Señor los entrega a sus pasiones, porque pudiendo conocer a Dios a través de sus obras no lo conocieron, esta ceguera para conocer al Señor es una de las formas de la ceguera de la acedia.
La acedia, es por lo tanto, esta ceguera por el bien de Dios que se extiende también a todas las cosas divinas, se extiende a Nuestro Señor Jesucristo quien, por ejemplo, llora sobre Jerusalén y dice “si conocieras el bien de Dios que hoy te visita”, Jerusalén tiene al Mesías delante de los ojos y no sabe reconocer la presencia de su Salvador, eso es la acedia, esa ceguera que nos permite estar delante del bien sin conocerlo, es gravísima esta ceguera, nos priva del bien, Jerusalén se esta privando de quien viene a visitarla, y por eso Jesús llora sobre ella.
Veamos ahora oro aspecto de la definición de la acedia que nos puede seguir iluminando acerca de su naturaleza. Escrutemos un poco la etimología de la palabra acedia viene del latín “acidia” y tiene relación con otras palabras: acre, ácido... de modo que ya en su etimología se nos sugiere que la acedia es una forma de acides donde debería haber dulzura, en vez de la dulzura del amor de Dios –porque el amor es dulce– se nos vende esta acides, es como la fermentación de un vino bueno que produce un vinagre. A Nuestro Señor Jesucristo se le ofrece en la cruz, en vez del amor un vinagre que es simbólico, para su sed de amor se le ofrece vinagre y no la dulzura del amor divino, del amor de sus fieles, de los discípulos, y ese es el drama de Dios, en el fondo sigue siendo el drama de Dios el no recibir amor por amor, y recibir acides por amor.
Pero la palabra latina acidia viene a su vez de la palabra griega άκηδία (akedía) en griego se usa especialmente como la falta de piedad con los difuntos a quienes no se les da los honores que se les debía según la cultura griega, el descuido del culto a los antepasados familiares, la falta de piedad, de modo que es también una ceguera, una falta de consideración, una falta de amor a aquellas personas y a aquellos dioses que se deberían honrar y amar.
Llegamos al fin de de esta exposición acerca de la naturaleza de la acedia y nos conviene ahora recoger las consecuencias funestas de esta acedia para la vida espiritual.
Tomo de un diccionario de espiritualidad lo que se nos dice acerca de las consecuencias de la acedia, dice: Al atacar la vitalidad de las relaciones con Dios, la acedia conlleva consecuencias desastrosas para toda la vida morra y espiritual. Disipa el tesoro de todas las virtudes, la acedia se opone directamente a la caridad –es el pecado contra el amor, a Dios y a las criaturas– pero también se opone a la esperanza, a los bienes eternos –porque no se goza del cielo–, contra la fortaleza –porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza, donde falta el gozo del amor de Dios no hay fortaleza para hacer el bien–, se opone a la sabiduría, al sabor del amor divino, y sobre todo se opone a la virtud de la religión que se alegra en el culto –¿por qué están desertando los católicos, en tantos países, del culto dominical?, ¿y por qué también a veces el culto dominical decae de su calidad de culto gozoso en el Señor y a veces se hecha mano de una bullanguería ruidosa pero que no celebra la verdadera gloria del Señor, volviéndose más bien un espectáculo que procura distraer o entretener para tapar el aburrimiento de un alma que no sabe alegrarse en Dios–, se opone por lo tanto a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo. Sus consecuencias se ilustran claramente por sus defectos o, para usar la denominación de la teología medieval, por sus hijas: la disipación, un vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el pequeño ánimo, la torpeza, el rencor, la malicia. Esta corrupción de la piedad teologal, da lugar a todas las formas de corrupción de la piedad moral, también origina males en la vida social, en la convivencia –no digamos nada en la vida eclesial, donde las personas se alegran del bien que Dios hace en otro porque no lo hace en uno–, la detracción de los buenos, la murmuración, la descalificación por medio de las burlas, las críticas y hasta las calumnias a los devotos.
Que importante conocer este mal del que nos seguiremos ocupando.
Queridos hermanos agradecemos las luces de Dios y de la Iglesia sobre este demonio de la acedia que nos pone en guardia contra él, y le pido al Señor los bendiga y los proteja –por medio de San Miguel Arcángel y el Ángel de la Guarda– de este demonio de la acedia, que nos ataca por dentro, desde el fondo de nuestro corazón, de nuestra alma, pero que también nos ataca desde la cultura que nos rodea. Nos encontraremos entonces en el próximo capítulo, donde seguiremos profundizando e iluminando este peligro que nos rodea y que es importante conocer.
Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
La Acedia es una tristeza por el bien, por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios. Es una incapacidad de alegrarse con Dios y en Dios. Nuestra cultura está impregnada de Acedia.
La acedia se encuentra instalada en forma de hábitos en las sociedades y en las culturas, de modo que se puede hablar de una verdadera civilización de la acedia y de esto trata este primer capítulo de esta serie.
Estamos en una civilización de la acedia, no se diagnostica este mal de manera explícitamente religiosa y nuestro diagnóstico es religioso. Normalmente se habla de la sociedad depresiva, hace pocos años publicó el Padre Tony Anatrella, un jesuita francés, psicólogo social y psicólogo consultor de la Santa Sede, un libro que se llama “La Sociedad Depresiva” en el que nos dice que “la depresión no es solo la enfermedad más extendida en nuestra civilización, sino que es su mal característico”. La nuestra es una sociedad que se caracteriza por ser depresiva, deprimida y de alguna manera deprimente.
Otro gran psicólogo muy reconocido, Viktor Frankl, decía hace muchos años que la depresión se debe a que el hombre necesita tener un sentido último, y cuando pierde ese sentido último empiezan los procesos psicológicos y neurológicos que lo sumergen en la depresión, en la tristeza.
En los siguientes capítulos veremos que la acedia es una tristeza, pero una tristeza por los bienes últimos, es tristeza por el bien de Dios, o la incapacidad de alegrarse con Dios y de alegrarse en Dios.
La sociedad depresiva ha avanzado muchísimo en procurarles a los hombres bienestar y progreso material, ha llevado a los pueblos a mejorar su nivel de vida, sin embargo eran pueblos que cuando no tenían tanto bienestar sabían celebrar la vida por que se alegraban en las cosas sencillas, y aunque tuvieran menos posibilidades de bienestar tenían sin embargo más alegría. Parece que esta sociedad depresiva, en la medida en la que aumenta el disfrute de las cosas, pierde la capacidad de disfrutar y alegrarse, y produce entonces un nuevo tipo de fiesta, que ya no es la fiesta de la celebración de la vida sino que es una fiesta de evasión de la cual vuelve a la vida diaria con una sensación de aburrimiento o abrumado, después de haber huido como que se recluye de nuevo en la cárcel de las cosas y no encuentra ya la alegría de los vínculos. Es una sociedad en que se está agrediendo a los vínculos y principalmente al principal que es el vínculo con Dios.
La revelación bíblica a unido, y Nuestro Señor Jesucristo une también, el amor a Dios como el primero de todos los vínculos, con el amor al prójimo, como dos amores necesariamente unidos por que el uno es la fuente de los otros; el amor a Dios es el vínculo fontal que permite que el hombre se vincule con los demás amorosamente.
Ya los filósofos griegos, Platón, Aristóteles, explorando las filosofías de la sociedad humana, explorando en que consistiría la felicidad, determinaron que la felicidad no está en las cosas, no está en el dinero, no está en el bienestar, no está en el placer, no está en la fama, no está en la gloria ni en el aplauso de las personas, sólo un bien de su misma naturaleza personal puede hacer feliz a una persona, por lo tanto concluye Aristóteles, la felicidad del hombre puede estar solamente en la amistad con los demás hombres, y la amistad es un amor recíproco, no basta que uno ame a los demás si no es amado por los otros, esa red de relaciones vinculares que conforman la felicidad de los ciudadanos supone la existencia de la virtud, por que si los ciudadanos no son virtuosos esa amistad se corrompe por egoísmo de uno o de los dos, y esa relación –lejos de convertirse en el origen de la felicidad– es la fuente de una explotación del egoísta al generoso, o un pacto de intereses entre dos egoístas, y esto no basta para hacer la felicidad ni de las personas ni de la sociedad.
Por eso concluye Aristóteles, que para el bien de la sociedad y de los ciudadanos, los individuos deben ser virtuosos, y hace por lo tanto todo un tratado de la virtud para decirnos que es necesaria esa virtud para amar al otro sin egoísmo.
Entre las virtudes, tanto Platón como Aristóteles, dan mucha importancia a las virtudes de la templanza en el uso de los bienes y de la fortaleza ante los males, y dicen que desde niños los ciudadanos deben ser educados en estas virtudes.
Ellos, sin embargo no podían saber por que la virtud del hombre se corrompe, ellos no tenían la sabiduría revelada por Dios acerca del pecado original y de la fuente de la corrupción del amor, del amor en su relación con Dios el creador, y del amor en la relación con los demás; la revelación cristiana viene a traer esta sabiduría, y nos da el secreto y la explicación, y hasta el nombre de esta raíz de la corrupción de las virtudes, eso es lo que llamamos acedia o tristeza por el bien, el ser humano es capaz de no alegrarse en el bien principal que son sus vinculaciones, (con Dios y con las personas), y por lo tanto puede valorar más las cosas que a las personas, esto lo notamos en esta sociedad en la que, a medida que aumentan los adelantos técnicos nos topamos con personas que son cada vez menos capaces de vincularse entre si. Podemos ser muchas veces muy hábiles en el manejo de la computadora, de la Internet, de los celulares, cada vez estamos más comunicados pero cada vez tenemos menos comunión los unos con los otros, cada vez nuestros vínculos son más superficiales, y esa comunicación y relacionamiento entre las personas no nos conduce a unos vínculos tan profundos como antes de estos adelantos técnicos.
Por lo tanto esta civilización va perdiendo, junto con su vínculo con Dios, el vínculo entre las personas llegando a una especie de autismo cultural donde las personas se clausuran dentro de si mismas y tienen más dificultad de relacionarse con otras personas, los vínculos son más frágiles y menos duraderos.
Esta civilización depresiva es la civilización de la acedia, ha perdido la capacidad de alegrarse en el culto divino y por eso a perdido la capacidad de celebrar en la vida con fiestas que celebran la vida, y sus fiestas son una huida del aburrimiento más que una celebración del amor y los vínculos.
Quiero echar mano de una parábola evangélica que nos puede revelar algo de las razones últimas de este mal de la civilización, se trata de la parábola del hijo pródigo. En la parábola del hijo pródigo precisamente encontramos que hay uno de los hijos que se va de la casa del padre por que no aprecia la vinculación con el padre sino que va en busca de otros bienes que no son los bienes principales, se equivoca en la evaluación relativa de los bienes, y abandona el vínculo filial-paterno para buscar su felicidad, conocemos la historia y sabemos que ese intento del hijo pródigo de encontrar la felicidad termina en un fracaso que lo hace volver a la casa del padre, en donde el padre lo está esperando para reanudar el vínculo, el hijo prodigo no se siente digno de reanudar ese vínculo pero el padre le devuelve la confianza y reanuda el vínculo con ese hijo. En realidad el hijo vuelve acuciado por la necesidad, no vuelve con la esperanza de encontrar el bien del vínculo, todavía no ha entrado en la sabiduría filial paterna, el viene a la casa del padre acuciado por una necesidad, pero en su corazón no es la principal necesidad el amor del padre.
Y allí mientras se celebra la fiesta por el hijo llega el otro hijo, el hijo mayor, que vive en la casa del padre y se enoja con la fiesta que el padre hace celebrando la recuperación del hijo que se había perdido, aquí vemos también, que el hijo que había permanecido con el padre no estaba allí por el amor al padre sino por otros motivos, porque si hubiera permanecido en su casa por amor a su padre se habría alegrado con la alegría del padre y se hubiese entristecido con su tristeza por la perdida del hermano; esta parábola nos enseña, entonces, que lo principal era conocido por el padre pero desconocido por los hijos, tanto uno –el que se va– como el otro –el que se queda en casa– no tenían como bien principal el vínculo amoroso con el padre, y por lo tanto los dos necesitaban de sanación, por que los dos ponían las cosas por delante del padre.
La queja del hijo mayor se refiere a los bienes que ha dilapidado su hermano menor, “ese que ha gastado todos sus bienes con prostitutas y en placeres”, no deplora otros males del hermano menor, sin embargo el padre deplora haber perdido al hijo, y se alegra de haberlo recuperado, el padre es el portador de la sabiduría de los vínculos como lo principal, que lo primero es amar a Dios sobre todas las cosas y que sin eso todas las dichas terrenas no alcanzan a ser la felicidad del hombre.
Esa sabiduría elemental se ha perdido en esta cultura de la acedia y por eso esta cultura se aparta cada vez más de Dios, algunos son como el hijo pródigo que se van, esta cultura en gran parte es el hijo pródigo, que se ha ido muy lejos del Padre, que se apartado muy lejos de la revelación del Padre a través del Hijo, se ha apartado de nuestro Señor Jesucristo, y que está en una situación de apostasía, de lejanía, en una postura de haberle dado la espalda al Padre y haberse vuelto a las criaturas lo cual es la definición del pecado, la aversión a Dios y la conversión a las criaturas.
Esta civilización es la civilización de la acedia porque no sabe alegrarse con el amor del Padre, porque no sabe alegrarse con su condición de hijo, prefiere abandonar su relación con el Padre e ir a buscar su felicidad en otras cosas, en otros caminos que no son estrictamente la vinculación. Pero quizá muchos nos hemos quedado en la casa del Padre, no nos consideramos hijos pródigos, pero nos podemos preguntar si estamos en la casa del Padre atesorando el vínculo filial paterno como lo esencial y lo principal de nuestra relación con Dios, o si albergamos algunas imperfecciones en esa vinculación; si realmente nuestra felicidad viene del amor divino, si sabemos celebrar el culto como una fiesta del gozo filial alegrándonos con los bienes del Padre, o si nos falta todavía una conversión al Padre.
En esta historia, dice el Beato Juan Pablo II, los rayos de la paternidad de Dios encuentran una primera resistencia en el dato oscuro pero real del pecado original; esa duda de Eva que la serpiente le inculca de que Dios es un Dios egoísta y que no quiere darnos los bienes, esa desconfianza de Dios de la que nos habla el mito de Prometeo encadenado que tiene que robar a los dioses celosos el don del fuego, y continua el Papa: «esta es la verdadera clave para interpretar la realidad de nuestra cultura, que el hombre tiene miedo de Dios, hay un miedo a la religión, un miedo a la revelación de Dios, el pecado original no es solo la violación a una voluntad positiva de Dios, no es sólo la desobediencia, sino la motivación que está detrás de la desobediencia, la desconfianza de Dios, la cual tiende a abolir la paternidad de Dios». Estamos en una cultura en la que incluso en los medios creyentes la imagen del Padre ha quedado nublada, se habla de Jesucristo sin relacionarlo con el Padre, Juan Pablo II continúa diciendo «tiende a abolir la paternidad destruyendo su rayos que penetran en el mundo creado, poniendo en duda la verdad de Dios que es Amor».
El Papa Benedicto XVI escribió su primera encíclica diciendo “Dios es Amor”, a esta cultura que no piensa encontrar la felicidad en el amor a Dios y a los hermanos, a esta cultura el Papa le dice Dios es Amor no tienes porque temerle, ese es el mensaje de su primera encíclica y en su tercera encíclica es “Caritas in Veritate”, la caridad se realiza en la verdad, y la verdad es la verdad acerca de Dios que nos revela Nuestro Señor Jesucristo: que Dios es Padre, y que nosotros somos hermanos entre nosotros, pero tan solo podemos realizar la fraternidad si primero vivimos la filialidad, una fraternidad sin filialidad, una fraternidad sin padre es una utopía revolucionaria que sabemos históricamente que no condujo a nada y que no logró hacer más fraterna la cultura actual, donde precisamente pensadores inspirados en esa utopía dijeron que la relación entre los hombres es la dialéctica del amo o del esclavo, o yo soy tu amo o tú me dominas, y entonces se establece entre las personas una relación de miedo o de rivalidad, de oposición, de lucha y de predomino, y esto también se proyecta hacia Dios, esta cultura tema ser dominada por Dios, es una cultura que se ha apartado –incuso intelectualmente– de la importancia del amor, y a la cual el Papa (que conoce muy bien esas ideologías) le dice que Dios es Amor y que ese Amor se realiza en la Verdad revelada acerca de Dios, y aunque ahora no podemos tener a ese Dios plenamente, sin embargo ya es capaz de cambiar nuestra vida desde ahora, y por eso la segunda carta del Papa Benedicto es sobre la esperanza, es decir que a Dios ya lo tenemos, pero hay todavía mucho más que esperar de Dios en el futuro, que la ciudad de Dios, la ciudad de los hombres que aman a Dios y que es amada por Dios, no se realiza plenamente ahora en la historia sino que va a ser una Jerusalén celeste, en este momento se está como formando en la historia, y se están juntando en el cielo los que aquí han vivido la primacía del amor en sus vidas, los que han puesto delante los vínculos y no las cosas, una ciudad de la que quedan excluidos los que han puesto las cosas delante de las personas y los vínculos.
Estamos en la civilización de la acedia, y creo queridos hermanos, que en los próximos capítulos de esta serie en que hablaremos sobre el demonio de la acedia nos iluminará mucho sobre nuestra vida en este mundo y nos ayudaran a encontrarnos en el camino hacia el Padre lo cual les deseo a todos, y a mí, para encontrarnos un día en la Jerusalén celestial.
Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
Esta obra intenta explicar de una manera clara, ágil y sencilla diferentes temas relacionados con la fe, cada uno de ellos ha sido fundamentado al máximo en las dos fuentes de la Revelación Divina: la Santa Biblia y la Sagrada Tradiciòn..
Para la Iglesia Católica nuestra fe debe estar centrada en la persona de Jesucristo, hay que advertir que ninguno de los objetos relacionados con El, han sido considerados como 100% auténticos por las autoridades eclesiásticas; aunque algunos gocen de gran popularidad o respaldo histórico, arqueológico y científico.
Estas "reliquias de Cristo" tienen como finalidad ser un instrumento para que el creyente medite en los aspectos importantes de su vida en la tierra. Aquí describimos los más sobresalientes:
El papa Teodoro I (642-649), trasladó los restos de la Santa Cuna desde la basílica de la Natividad en belén a la de Santa María mayor en Roma
Según el testimonio de Santa Paula y Santa Silvia en el siglo IV, no lejos de la ciudad de Tiberíades, los primeros cristianos visitaban una iglesia en cuyo interior estaba la piedra sobre la que Jesús colocó los cinco panes y los dos peces para obrar el milagro.
En el Cenáculo o habitación alta de la Ultima Cena en el monte Sión, se encuentra una piedra que indica el lugar donde Cristo se sentó.
En Roma en la basílica mayor de San Juan de Letrán, se observa un trozo de la mesa en la que el Señor celebró con los apóstoles la fiesta de la pascua el Jueves Santo: la Última Cena.
El "Santo Grial" o también llamado "Santo Cáliz", fue la copa utilizada por el Divino Maestro en la Ultima Cena. Dice la tradición que San Pedro había llevado el preciosos vaso de Jerusalén a Roma, entregándole la custodia a la familia de su discípulo San Marcos. Los pontífices la habían utilizado para celebrar la Eucaristía hasta el siglo III, cuando San Lorenzo, diácono encargado de los bienes de la iglesia, se vio obligado a distribuirlos entre los pobres para evitar que cayeran en las manos del codicioso emperador Valeriano.
El santo diácono sólo guardó el cáliz, enviándolo a su ciudad natal de Huesca, en España, con una carta suya escrita poco antes de su martirio.
En Huesca estuvo hasta el año 713, cuando el obispo y los cristianos de los Pirineos huyeron de la invasión de los moros, entonces el "Santo Grial" peregrinó por varios lugares hasta llegar al monasterio de San Juan de la Peña, en Zaragoza; de donde fue trasladado a Valencia en el año 1424, por el rey don Alfonso "el magnánimo", quien lo colocó en una capilla donde se venera hasta la fecha.
El "Santo Cáliz" original es un vaso de ágata de unos 17 centímetros de alto, le fueron añadidos una base de oro y piedras preciosas, y dos asas al estilo de los cálices de la Edad Media. Esta es una de las "reliquias de Cristo" que posee mayor y más constante tradición histórica. (El ágata es una variedad de sílice de granos cristalinos muy pequeños)
En la basílica del Getsemaní en Jerusalén, en el centro del presbiterio se halla la roca (con gotas de sangre) en la que el Salvador del mundo se apoyó para orar al Padre Eterno.
Dice una antigua tradición que en el camino del huerto de los Olivos a la casa de Caifás, se ve hoy en día cerca del puente del río Cedrón, una piedra de inmensas dimensiones en la que Nuestro Señor fue empujado por sus captures; dejando impresa en ella sus rodillas, pies y manos.
En la torre Antonia en Jerusalén se encontraba el tribunal romano donde Poncio Pilatos condenó a muerte al Hijo del hombre. Aquí en el atrio fue levantada en los primeros tiempos una basílica, donde se veneraba una piedra que se dice Jesús había dejado las huellas de sus pies. La basílica fue destruida en el año 614.
Otras pisadas del Mesías se encuentran en una pequeña iglesia sobre la Vía Apia en Roma. Dice el relato que estas huellas se remontan al encuentro de Pedro con Jesús, que iba caminando a la Ciudad Eterna para ser crucificado nuevamente; dándole a entender con esto al apóstol, que él también sería martirizado.
En la iglesia de Santa Praxédes del siglo V, se conserva el Pilar de la Flagelación, una columna de mármol verde blanco de unos sesenta centímetros de altura procedente de la Ciudad Santa; en la que fue atado y flagelado Cristo Jesús. Esta reliquia fue llevada a Roma en 1222 por el cardenal Giovanni Colonna cuando regresaba de la IV cruzada.
La "Scala Sancta" que el Unigénito de Dios subió al pretorio para entrevistarse con el procurador romano, es de mármol blanco de veintiocho gradas, algunas con la sangre después de la flagelación. Fue traslada a Roma en el año 326 por orden del emperador Constantino, y se encuentra cerca de la basílica de San Juan de Letrán. Los fieles que van a visitarla suelen subirla de rodillas en señal de penitencia.
El "Velo de la Verónica" con el que se limpió el rostro del Redentor camino al Calvario, permaneció hasta el año 1600 en la basílica de San Pedro del Vaticano. Hoy se conserva en un convento en el pueblito de Pescar en la región italiana de Abrozzo, y es conocido como el "rostro santo de Manopepello". Hay que anotar que según los análisis científicos los rasgos del rostro de la Verónica coinciden con el de la Sábana Santa de Turín.
Las más importantes reliquias relacionadas con la pasión del Señor fueron encontradas por la emperatriz Santa Helena en su viaje de peregrinación a Tierra Santa hacia el año 320 o 325 ; así lo constata el historiador romano Eusebio, y testimonios de San Cirilo de Jerusalén (313-386), y de otros escritores del siglo IV.
La "Túnica Sagrada" es una prenda confeccionada sin costura de una sola pieza, que mide 1.57 metros de largo por 1.09 de ancho, y tiene mangas hasta la mitad del brazo; es de algodón y según se creé fue elaborada por la propia Virgen María. Esta túnica fue la que llevó el Mesías el Viernes Santo, y que fue echada a la suerte de los dados por los soldados romanos en el Gólgota (Juan 19, 23-24).
El Hecho de no haber sido dividido el "Manto Santo", fue visto por los Padres de la Iglesia como un símbolo de la unidad a la que estamos llamados todos los cristianos (Juan 10,16; 17, 21). Santa Helena la encontró en Jerusalén y la donó a la ciudad de Tréveris (Alemania), donde es custodiada en la catedral que mandó a edificar su hijo Constantino. Desde el siglo XVI ha sido expuesta a la veneración pública en varias ocasiones.
En otra iglesia francesa la de Argentevil, se dice que también tiene el verdadero "Manto de Cristo"; las huellas de sangre encontradas en ella son similares a las de la sábana de Turín.
A parte del hallazgo de la "Santa Túnica", la emperatriz romana realizó excavaciones cerca del monde Calvario, en donde encontró las siguientes reliquias:
La "Vera Cruz" fue identificada de las otras dos de los ladrones, gracias a la prueba que propuso San Macario; la del Hijo de Dios fue separada después de haber curado a un enfermo, y volver a la vida a un muerto. Los restos de la "santa Cruz" fueron distribuidos en diferentes lugares:
- Una parte del "Santo Madero" fue mandado a Roma en el año 325, el mismo emperador Constantino construyó en su honor la basílica mayor de la "Santa Cruz de Jerusalén".
- La "Santa Cruz de Caravaca" es un relicario en forma de cruz patriarcal de doble brazo horizontal que, según la tradición, guarda un segmento del Santo Madero.
- En una capilla dentro del Vaticano se encuentran tres astillas.
- Otros trozos fueron regalados a través de los tiempos por los papas a diversas iglesias del mundo, como a la catedral de París y otras iglesias francesas.
- El Papa San Gregorio Magno (590 –604), obsequió un pedazo al rey visigodo español Recaredo.
- En España se afirma que se encuentra un fragmento en la iglesia de Santo Toribio de Liébana, en la provincia norteña de Santander. La tradición asegura que fue traído de Jerusalén en el siglo V por el mismo santo, quien era obispo de Astorga, y contemporáneo del papa San León I el grande (440 –446).
- De la misma Ciudad Santa el emperador Heraclio (610 –641), tras su triunfo sobre los persas, trasladó otro tanto a Constantinopla (Turquía).
El "Letrero de INRI" que mandó a colocar Poncio Pilatos se halla en la basílica de la Santa Cruz, y es un fragmento de color tabaco y comido por la carcoma; en donde todavía se puede leer las palabras latinas "NAZARENUS" y "JUDEORUM".
La "Corona de Espinas" que pusieron sobre la cabeza de Nuestro Señor, se conservan algunas astillas; tres se encuentran en la basílica de la Santa Cruz. Otras espinas se guardan en la catedral de Notre Dame en París; y son exhibidas el Viernes Santo.
Los "Clavos de la Crucifixión" están distribuidos de la siguiente manera:
- Uno en la basílica de la Santa Cruz, y tiene unos diez centímetros de largo con una punta cuadrada de un centímetro.
- El segundo clavo se halla en la corona que era utilizada por los reyes de Italia, y fue regalada a la catedral de Milán (Italia).
- El último está en el asta de una de las "Lanzas de San Longinos".
Otras reliquias relacionadas con la muerte y resurrección del Verbo de Dios, y que no son atribuidas a Santa Helena; son las siguientes:
La "Lanza de San Longinos", quien fue el centurión romano que le atravesó el costado de Cristo, después de haber muerto en la cruz. Se encuentran cuatro lanzas, una de las cuales, puede ser la verdadera:
- Una se halla en San Pedro del Vaticano, y fue regalada por el sultán Beyazil II al papa Inocencio VIII (1484 –1492); cuando Jerusalén era ocupada por los musulmanes.
- Otra fue llevada en tiempos de las cruzadas y se conserva en la iglesia de Saint Chapelle de París; a la que el papa Benedicto XIV (1740 –1758), calificó como auténtica.
- La tercera se venera en una iglesia de Cracovia (Polonia).
- La última que tenía en su asta un clavo de la crucifixión, permanecía en el museo de Hofborg, en Austria. Se dice que esta lanza fue un talismán poderoso para Constantino el Grande, para el rey franco Carlos Martel, que expulsó de Francia a los árabes en el siglo VIII, para Carlomagno y para el emperador romano Federico Barbaroja. Adolfo Hitler la trasladó a Nuremberg, donde fue colocada en una iglesia que ordenó convertir en un santuario nazi. Después de terminar la II Guerra Mundial, la preciada lanza fue devuelta nuevamente al museo de Hofborg.
Dentro de la basílica del Santo Sepulcro en la Ciudad de Dios, se encuentra la llamada "Piedra de la Unción". Este es el lugar donde Nicodemo y José de Arimatea embalsamaron con mirra y aloe el cuerpo de Cristo, antes de darle sepultura.
La "Sábana Santa" es la tela con que fue envuelto el cuerpo del Señor al ser bajado de la cruz. En el lienzo se observa todas las huellas de la crucifixión, que quedaron impresas según algunos científicos, por el calor del cuerpo en el momento de la resurrección. El "Santo Sudario" como también se le conoce, es un pieza de lino de 1.10 metros de ancho con 4.30 de largo; fue conservada al parecer por el apóstol Pedro (Lucas 24,12). En la actualidad está guardado en un relicario de plata en la catedral de Turín (Italia). Es la "reliquia de Cristo" que ha sido mayormente analizada por la ciencia moderna.
El "Sudario de Oviedo" es un paño pequeño que cubrió el rostro del Mesías, según la costumbre judía de enterrar a sus muertos. Fue hallado por San Pedro y San Juan en la tumba vacía (Juan 20, 7).
El "Sudario de Oviedo" se conserva en la catedral del esta ciudad española desde el siglo XII, fue sacado de Jerusalén en el año 614, después del ataque de los persas. Curiosamente, muestras de laboratorio han comparado manchas de sangre iguales al rostro de las Sábana Santa
En Nazaret hay una capilla donde se venera un enorme bloque calcáreo que la tradición ha llamado la "Mesa de Cristo", se tiene por seguro que en esa piedra comió el Señor con sus discípulos después de la resurrección.
Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
Esta obra intenta explicar de una manera clara, ágil y sencilla diferentes temas relacionados con la fe, cada uno de ellos ha sido fundamentado al máximo en las dos fuentes de la Revelación Divina: la Santa Biblia y la Sagrada Tradiciòn..
I. EL LLAMADO A LA SANTIDAD
Cuántas veces los hermanos separados nos han acusado a los católicos de acudir a los santos para pedir un favor o milagro del cielo, sin tener en cuenta que solamente Jesucristo es el único mediador ante el Padre (1Timoteo 2,5), al igual que el Espíritu Santo (Romanos 8,26-27).
No obstante, la palabra de Dios nos dice que todas las personas están llamadas a la santidad (Levítico 19,2; 1Tesalonisenses 5,23), a la perfección cristiana (Mateo 5,48), Dios siempre está al lado de los hombres justos (Génesis 26,23-24; 28,15; Deuteronomio 31;6.8; Josué 1,5; Jeremías 1,7-8), "la luz brilla para el hombre bueno" (Salmo 97,11), "el Altísimo cuida de ellos" (Sabiduría 5,15), "sin la santidad, nadie podrá ver al Señor" (Hebreos 12,14).
II. LOS SANTOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Los Libros Sagrados narran varios ejemplos de hombres y mujeres que llevaron una vida virtuosa; desde el justo Abel (Hebreos 11,4); pasando por su descendiente Enoc quien "vivió de acuerdo con la voluntad de Dios" (Génesis 5,22), Noé hombre bueno que siempre obedecía al Creador (Génesis 6,9; 7,1); el patriarca Abraham, padre de los creyentes para los judíos, cristianos y musulmanes (Romanos 4,11; Gálatas 3,8-9); llamado el "amigo de Dios" (2Crónicas 20,7), porque "Dios lo aceptó como justo" (Génesis 15,6); su sobrino Lot, hombre santo que vivía en medio de gente malvada (2Pedro 2,7-8); José, el hijo de Jacob, vendido por sus hermanos por envidia, Dios siempre estaba con él (Hechos 7,9).
El santo Job, "que vivía una vida recta y sin tacha, y que era un fiel servidor de Dios" (1,1), modelo de obediencia y sufrimiento (Santiago 5,11), y quien no pecó de palabra en su desgracia (Job 2,10); Moisés, el gran caudillo y legislador del pueblo hebreo, "era el hombre más humilde del mundo"(Números 12,3); tenía el privilegio de hablar con el Todopoderoso "cara a cara" (Éxodo 33,11), como si lo viera (Hebreos 11,27); su discípulo Josué, "siervo del Señor"(24,29); Rahab, la prostituta que Dios aceptó como justa por sus hechos (Santiago 2,25); Rut, "una mujer ejemplar" (3,11).
De los jueces se menciona que el espíritu de Dios estaba sobre Gedeón (Jueces 6,12.34), "hombre fuerte y valiente".
También se encontraba Sansón consagrado como nazareno para que empezara a liberar a su pueblo de los filisteos (Jueces 13,5); de él dice la Escritura que "el niño crecía, y el Señor lo bendecía" (Jueces 13,24). En cuanto a los profetas se halla Samuel, consagrado al servicio del templo, y considerado por todo Israel como "verdadero profeta del Señor" (1Samuel 3,20); el rey David, quien a pesar de su debilidad humana (2Samuel 12,7-9), cumplió con los mandamientos y las leyes divinas (1Reyes 11,34); Eliseo, "santo profeta de Dios" (2Reyes 4,9); Jeremías, destinado por el Altísimo desde antes que naciera para que fuera "profeta de las naciones" (1,5).
III. LOS SANTOS DEL NUEVO TESTAMENTO
En la nueva alianza se menciona a José, padre adoptivo de Jesús, un "hombre justo" (Mateo 1,19); y su esposa, la bendita virgen María (Lucas 1,28.42); al igual que el sacerdote Zacarías y su mujer Isabel (pariente de María), otro matrimonio espejo de santidad (Lucas 1, 6). En el templo de Jerusalén vivían dos santos místicos y ascetas; Simeón "un hombre justo, que adoraba a Dios y esperaba la liberación de Israel" (2,25); y Ana "que hablaba en nombre de Dios...nunca salía del templo, sino que servía día y noche al Señor, con ayunos y oraciones" (36-37).
Otro era Juan Bautista, el último de los profetas; quien era grande delante de Dios y estaba lleno del Espíritu Santo desde antes que viniera al mundo (1,15). El apóstol Natanael, verdadero israelita en quien no había engaño (Juan 1,47); el discípulo "José, llamado Barsabás, y llamado también justo" (Hechos 1,23); el diácono Esteban, "hombre lleno de fe y del espíritu Santo" (Hechos 6,5); Tabita "esta mujer pasaba su vida haciendo el bien y ayudando a los necesitados" (Hechos 9,36); el capitán Cornelio, un hombre justo, que adoraba a Dios (Hechos 10,22); Ananías, "piadoso y obediente a la ley de Moisés" (Hechos 22,12); entre muchos otros personajes (Hebreos 11,1-38).
IV. EL PODER DE LA ORACIÓN
El seguimiento del Señor va acompañado de grandes privilegios, porque Dios escucha la plegaria de los justos (1Pedro 3,12; Job 42,8; Salmo 34,15.17; Proverbios 15,29); como la súplica de Zacarías que es recompensada con el nacimiento de su hijo Juan Bautista, y eso que él y su mujer eran ya de edad avanzada (Lucas 1,13.18).
Jesucristo nos invita a pedir siempre por nuestras necesidades (Lucas 11,9-13); hay que hacer oración unos por otros (Santiago 5,16; Hebreos 13,18-19). San Pablo anima en sus cartas a los hermanos a pedir por él (Romanos 15,30; Efesios 6,19; Filipenses 1,19), "por todo el pueblo de Dios" (Efesios 6,18; 2Corintios 1,11; Colosenses 4,3); el mismo los encomienda en sus oraciones (Efesios 1,16; Filipenses 1,4; Colosenses 1,3-9; 1Tesalonisenses 1,2; 3,10), invita a los fieles a rogar por toda la humanidad (1Timoteo 2,1-2). Los 24 ancianos y los ángeles suben ante el trono celestial las plegarias de todos los que pertenecen al pueblo de Dios (Apocalipsis 5,8; 8,3).
Asimismo, encontramos casos de intercesión ante el Señor, como Abraham que pide detener el castigo contra Sodoma y Gomorra (Génesis 18,20-33), y por la salud de Abimelec (Génesis 20,17); Lot ruega ante los ángeles para que no destruyan la ciudad de Zoar (Génesis 19,20-21); Moisés clama por el faraón de Egipto (Éxodo 8,28-29; 9,29-33), y por los pecados del pueblo elegido (Éxodo 32,9-13, 30-32; Números 11,2; 14,11-19; 16,20-22); el rey David intercede para que no se castigue a los hebreos (2Samuel 24,17), y para que la peste se retire de Israel (24-25).
Nehemías hace oración por los israelitas (1,6.11); la plegaria fervorosa del profeta Elías hace desaparecer y aparecer la lluvia en su Nación (Santiago 5,17-18); el profeta Jeremías ya muerto hace oración por el pueblo y la ciudad santa (2Macabeos 15,14); María pide a Jesús en las bodas de Caná por el vino (Juan 2,3); un alto oficial del rey por la curación de su hijo enfermo (Juan 4,46-51); un capitán romano por su criado paralítico (Mateo 8,5-7); Jairo, el jefe de los judíos, para que resucitara a su hija (Mateo 9,18); la mujer cananea por su hija endemoniada (Mateo 15,21-22); el rico Epulón intercede por sus hermanos ante el padre Abraham (Lucas 16,27-28); María, la esposa de Zebedeo, por sus hijos Santiago (el mayor) y Juan (el discípulo amado) (Mateo 20,20-21); Marta y María Magdalena por su hermano muerto Lázaro (Juan 11, 20-21.32); y el apóstol Pablo por los navegantes en peligro (Hechos 27,23-24).
V. LAS RELIQUIAS SAGRADAS
Para la Iglesia Católica existe además una veneración a las "reliquias", que son restos humanos y vestimentas de los santos, ornamentos del culto sagrado y objetos de piedad; muchos de los cuales con poderes milagrosos por parte de Dios. Como el callado del patriarca Jacob (Hebreos 11,21); los restos mortales de José que fueron llevados desde Egipto hasta Siquem , para que fueran sepultados en la Tierra Prometida (Génesis 50,25; Éxodo 13,19; Josué 24,32; Hebreos 11,22).
A Moisés el Padre Eterno le promete que con su vara hará cosas asombrosas (Éxodo 4,17), como sucedió ante los ojos del faraón Ramsés II (Éxodo 7,9-12), con las plagas de Egipto (Éxodo capítulos 7-8), cuando abrió en dos el mar rojo (Éxodo 14,16), cuando hizo brotar agua de las rocas en el desierto del Sinaí (Éxodo 17,5-6), y en la guerra contra los amalecitas (Éxodo 17,9); Dios hace retoñar el bastón de Aarón, para que lo colocaran dentro del cofre sagrado (Números 17,7-10); la capa del profeta Elías abrió en dos oportunidades el río Jordán (2Reyes 2,8.13-14); en cierta ocasión unos israelitas estaban enterrando a un hombre, arrojándolo a la tumba de Eliseo, pero tan pronto el cadáver rozó los huesos del profeta, resucitó y se puso de pie (2Reyes 13,20-21).
En la vida pública de Cristo, una mujer que desde hacía doce años estaba enferma con derrames de sangre, se curó instantáneamente al tocarle el borde de su túnica (Mateo 9,20-22), también sucedió lo mismo con los enfermos de Genesaret (Mateo 14,34-36). Por su parte, "Dios hacía grandes milagros por medio de Pablo, tanto que hasta los pañuelos o las ropas que habían sido tocadas por sus cuerpo eran llevados a los enfermos, y éstos se curaban de sus enfermedades, y los espíritus malignos salían de ellos" (Hechos 19,11-12).
Autor: Guido A. Rojas Zambrano | Fuente: ApologetiCacatolica.org
Esta obra intenta explicar de una manera clara, ágil y sencilla diferentes temas relacionados con la fe, cada uno de ellos ha sido fundamentado al máximo en las dos fuentes de la Revelación Divina: la Santa Biblia y la Sagrada Tradiciòn..
I. FUNDAMENTO BÍBLICO Y TEOLÓGICO
El Diablo y los demonios eran ángeles que vivían en la presencia del Altísimo. Dios creó a Satanás para la gloria, pero hizo una libre elección hacia el mal. San Agustín (354-430), decía que "el Diablo estuvo en la verdad, pero no perseveró. Su defecto no estuvo en su naturaleza sino en su voluntad". Su caída se debió a tres razones:
Su propio orgullo, cuando se quiso igualar a Dios. Al respecto, escribía el profeta Ezequiel: "Tu belleza te llenó de orgullo, tu esplendor echó a perder tu sabiduría" (28,17). La misma opinión tiene San Pablo (1Timoteo 3,6).
La envidia y los celos que sitió cuando el Creador decidió hacer al hombre a su "imagen y semejanza" (Sabiduría 2,23-24).
Una vez el Diablo cayó en su falta, persuadió a otros ángeles a seguirlo. Según la Biblia fue una tercera parte de ellos (Apocalipsis 12,4; Daniel 8,10). San Macario (290-347), afirmaba que los ángeles rebeldes "son tan numerosos como las abejas"; y San Atanasio, patriarca de Alejandría (295-373), hablaba que el espacio está repleto de demonios. Desde entonces no hubo lugar para estos espíritus del mal en el cielo (Apocalipsis 12,8); teniendo como morada dos lugares:
El infierno o gehenna (en griego): Donde el fuego nunca se apaga (Mateo 5,22; 13,49-50; Marcos 9,43-48); llamado también como el abismo (Lucas 8,31; Apocalipsis 11,7; 17,8; 20,1-3); horno de fuego (Mateo 13,42); lugar de tormento (Lucas 16,28) y de tinieblas (Mateo 8,12). Porque "Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que los arrojó al infierno y los dejó en tinieblas; encadenados y guardados para el juicio" (2Pedro 2,4; véase también Judas 6). Desde allí el "reino de los cielos" y el "reino del averno" tienen varias diferencias: del primero es luz, bien, amor, felicidad y sabiduría; del segundo, oscuridad, mal, odio, amargura y confusión.
Satanás y sus ángeles fueron lanzados a la tierra (Apocalipsis 12,9). Por eso, Jesús lo llama como "príncipe de este mundo" (Juan 14,30; 16,11); para San Pablo es "el dios de este mundo" (2Corintios 4,4); que junto con los espíritus del mal habitan en el aire (Efesios 2,2) o en el cielo (Efesios 6,12). Todo el mundo yace en poder del Maligno (1Juan 5,19); no porque lo haya creado, sino porque está lleno de pecado y pecadores (Génesis 6,5-6.11-12; 7,1; 8,21; Eclesiastés 4, 1-3); el mundo viene de Dios, y lo mundano del Diablo (1Juan 2,16). Incluso, en el libro de las Revelaciones la ciudad de "Babilonia" la grande (equivalente a la Roma imperial), era considerada como "vivienda de demonios, guarida de toda clase de espíritus impuros" (18,2).
Del mismo modo, antiguas tradiciones talmúdicas de los hebreos, se nombra a Azazel "el demonio del desierto"; en recuerdo del macho cabrío que los israelitas enviaban cada año a este lugar, para expiar las faltas del pueblo de Dios (Levítico 16, 5-10). En tiempos de Jesucristo como los judíos ya no vivían en el desierto, despeñaban el animal por un barranco distante unos 20 kilómetros de Jerusalén. El desierto es el lugar de descanso de los "espíritus impuros" (Mateo 12,43; Isaías 34,14); el arcángel San Rafael encadenó al demonio en la parte más lejana de Egipto (Tobías 8,3). Siendo este el mismo escenario en que el Mesías resistió después de cuarenta días de ayuno, las tres tentaciones del Diablo (Mateo 4,1-11).
II. DIFERENTES DEMONIOS
En los primeros siglos del cristianismo (III-V), los monjes ermitaños se retiraron a las áridas arenas del desierto de Egipto y el Asia Menor; esperando vencer física y espiritualmente a los ejércitos infernales; por medio de una vida ascética que incluía la oración, la meditación de las Escrituras, el ayuno, la penitencia, la soledad y el trabajo manual. A ellos se les daba el título de "guerreros contra el Diablo".
Uno de los más importantes fue San Antonio (251-356), patriarca de los cenobitas, de él cuenta San Atanasio que Lucifer llegó a dedicarle una verdadera galería de pinturas impuras, que el santo monje borró con agua bendita.
Por otra parte, los padres de la iglesia identificaron en los textos bíblicos que Lucifer, el Dragón, el rey de Tiro y el Diablo; son todos ellos el mismo Satanás. Sin embargo, cada uno presenta características especiales:
La Trinidad Satánica: Conformada por el anti-Padre (el dragón - Diablo); el anti-Hijo (el Monstruo - la Bestia); y el anti-Espíritu Santo (el Falso Profeta). (Apocalipsis 16,13; 20,10).
Lucifer (Luzbel): Su nombre significa "estrella de la mañana" o "portador de la luz". Era el más bello, sabio y poderoso de los ángeles; su caída fue como un "lucero al amanecer" (Isaías 14,12-15), "se le dio las llaves del pozo del abismo" (Apocalipsis 9,1).
Diablo: del griego "diabolos", en hebreo "satán", equivalente a "contradictor", "obstructor", "calumniador" o "detractor". Taciano, discípulo de San Justino (s. II), decía que "el Diablo es el primogénito de los demonios, y jefe principal. Su posición solo significa que el fue el primero en pecar, y convertirse en ángel caído".
Es el Dragón que peleó con sus ángeles contra San Miguel (Apocalipsis 12,7); la palabra Dragón, simboliza un animal de gran tamaño, terrible crueldad y espantosa forma. Es también "la serpiente antigua" (Apocalipsis 12,9; 20,2); la misma que tentó a la primera mujer en el paraíso (Génesis 3,1.5; 2Corintios 11,3), y a todo el mundo (Apocalipsis 12,9). Es además, el "ángel acusador" que sube hasta la presencia de Dios, para pedir permiso de poner a prueba a Job (1,6-12; 2,1-6).
El profeta Zacarías ve en una visión a Josué, el sumo sacerdote; en presencia del ángel del Señor y el ángel acusador (3,1); igualmente, es el acusador de todos los hombres (Apocalipsis 12,10). Satanás es el causante del sufrimiento (2Corintios 12,7), la enfermedad (Job 2,7), la maldad (1Samuel 18,10), la muerte (Romanos 5,12); siembra la cizaña (Mateo 13,25.39), persigue a los cristianos (Apocalipsis 2,10), opositor de Cristo (1Juan 2,22). "Homicida desde el principio y padre de la mentira" (Juan 8,44); es el "maligno" (Mateo 13,19); el "enemigo" (Lucas 10,19); el "tentador" (Mateo 4,3); el "engañador" (Apocalipsis 12,9). Algunos otros nombres que le dieron los Padres de la Iglesia; son: Ladrón, tirano, el exterminador, corrompido, maldito, apóstata, el Malo. San Ireneo (s. III) lo llama "ángel rebelde", y Tertuliano (160-230) "el mono de Dios".
Otros ángeles caídos mencionados en la Biblia, Son:
Abadón (hebreo) o Apolión (griego): Que quiere decir "destructor" o "ruina"; es considerado "El jefe de las langostas. Que es el ángel del abismo" (Apocalipsis 9,11).
Asmodeo: Demonio de la maldad y la muerte. Es el espíritu maligno que mató a siete maridos a Sara (Tobías 3,8); y que fue encadenado en el desierto por San Rafael.
Belcebú: "Señor de las moscas", llamado el "príncipe de los demonios" (Mateo 10,25). Los Fariseos acusaban a Jesús de recibir poder de este espíritu del infierno (mateo 12,24; Juan 8,48-49.52).
Belial: El "inútil" o el "impío" en hebreo. En los manuscritos del mar muerto, aparece como uno de los nombres del demonio que utilizó San Pablo (2Corintios 6,15).
Demonio: Del griego "daimon" significa en plural "espíritus impuros" (Apocalipsis 18,2), son "malignas fuerzas espirituales del cielo, las cuales tienen mando, autoridad y dominio sobre este mundo oscuro" (Efesios 6,12). Pueden llegar a ser "legión"; es decir, "muchos" (Marcos 5,9).
Leviatán: Palabra hebrea que traduce "animal solapado", representado en la Biblia en forma de serpiente, cocodrilo, bestia marina o dragón del abismo (Isaías 27,1). La destrucción de Leviatán por Dios, simboliza la derrota definitiva de los enemigos de Israel.
III. LOS DEMONIOS EN LA BIBLIA
En el Nuevo Testamento, el "Diablo" aparece siempre asociado al pecado (1Juan 3,8). Ya desde la caída de Adán y Eva, los seres humanos tienen la libertad de escoger entre el bien o el mal (Génesis 3,22; Santiago 1,13); desde entonces estamos sometidos a continuas pruebas (1Corintios 10,13; Santiago 1,12); que podemos hacerle frente mediante la oración (Mateo 26,41), y la confianza en Dios (Romanos 8,31).
Por eso, no hay que darle oportunidad al Diablo (Efesios 4,27), pues hay una continua batalla entre los hijos de la luz, y los hijos de las tinieblas (1Juan 3, 9-10; Colosenses 1,12-13), hasta el día del Armagedón (Apocalipsis 16,16). San Agustín enseñaba que "el que se aparta de Cristo, es presa fácil del demonio" (Compara con 2Timoteo 2,26); como ocurrió con Judas el "traidor" (Lucas 22,3; Juan 13, 2-4.27), y con Ananías (Hechos 5,3).
No puede haber ninguna relación entre "Cristo y el demonio"(2Corintios 6,15); ni "beber de la copa del Señor y, a la vez , de la copa de los demonios; ni pueden sentarse a la mesa del Señor, y a la vez, a la mesa de los demonios"(1Corintios 10,21). Al respecto, el escritor de Las Homilías Clementinas, obra apócrifa del siglo II, afirmaba que Dios rige el mundo con ambas manos. Con la "mano izquierda" (el Diablo) trae sufrimiento y aflicción; y con la "mano derecha" (Jesús), salvación y felicidad.
IV. LIBERACIONES Y EXORCISMOS
"El Hijo de Dios se ha manifestado para deshacer la obra del diablo" (1Juan 3,8; 4,4). Satanás no puede impedir la edificación del reino de Dios en la tierra, porque "será expulsado el que manda en este mundo" (Juan 12,31). Los demonios saben que hay un Dios y tiemblan de miedo (Santiago 2,19); además, Cristo Jesús "a los espíritus impuros da órdenes, y le obedecen" (Marcos 1,27). Ellos reconocen que es "el Santo de Dios" (Marcos 1,24), el "Hijo del Dios altísimo" (Marcos 5,7). Incluso, el Señor "expulsó a muchos demonios; pero no dejaba que los demonios hablaran, porque ellos le conocían" (Marcos 1,34).
La liberación de espíritus malos por el Hijo del hombre, era una prueba de que el reino de Dios, había llegado (Mateo 12,28; Marcos 3,26). Jesús anduvo en la tierra "haciendo el bien y sanando a todos los que sufrían bajo el poder del diablo" (Hechos 10,38); en su ministerio terrenal realizó muchas liberaciones, como a un hombre que tenía un espíritu impuro en la sinagoga de Capernaum (Marcos 1,21-26); al endemoniado de Gerasa (Marcos 5,1-13); a la hija de una mujer de cananea (Mateo 15,21-28); a María Magdalena a la que le expulsó siete demonios (Marcos 16,9); a un muchacho por pedido de su padre (Mateo 17,14-19); y a muchos otros endemoniados (Marcos 1,32.39; Lucas 6,18; 7,21;13,32).
Además curó a otras personas que tenían incapacidades físicas atribuidas al Maligno (Mateo 12,22; Marcos 9,25); y de diferentes males, enfermedades y dolores (Mateo 4,24; 9,32; Marcos 1,26). El Señor Jesús les confiere este poder a los apóstoles y discípulos (Mateo 10,1.8; Marcos 6,7.12-13; Hechos 5,16; 8,6-7), para que lo hagan en su nombre (Lucas 10,17); también fue hecho por uno que no pertenecía al grupo de los doce (Marcos 9,38-39); y por el apóstol Pablo (Hechos 16,16-18). Esta será una de las señales dadas a los que creen (Marcos 16,17); pero a los que no seguían sus mandatos, no tenía efecto (Hechos 19, 13-15).
La Iglesia Católica define el rito del "exorcismo", como la acción de sacar a los malos espíritus introducidos en una persona (posesión diabólica), y llenar ese vacío con las gracias del Espíritu Santo (Gálatas 5,22-23; Romanos 8,14). Los Santos Padres de la Iglesia como San Justino mártir (s. II), Tertuliano (s. III), Orígenes (185-254), y San Cipriano (210-258), practicaban la liberación de endemoniados, además enseñaban que cada cristiano era un exorcista.
Posteriormente, el Papa Cornelio hacia el año 251, creo una categoría de individuos con este poder carismático (1Corintios 12,4); que fue concedido después para los sacerdotes y los diáconos con la autorización del obispo.
Hoy en día la Santa Sede ha autorizado un nuevo "ritual exorcista", este sacramental (signo sagrado), sólo se puede efectuar después de haber agotado todos los recursos de la medicina moderna, la siquiatría, y el campo de la parapsicología.
Expertos en el tema como fue monseñor Corrado Balducci, exorcista oficial del Vaticano, y el Padre Gabriel Amorth, fundador y presidente honorífico de la asociación internacional de exorcistas; están de acuerdo en reconocer que solamente dos o tres casos de 100, son verdaderas posesiones satánicas.
Las mejores armas contra las fuerzas del infierno son: El sacramento del bautismo, que nos incorpora al cuerpo místico de Cristo, y nos protege contra el Diablo; al igual que la confesión y la eucaristía. La oración del Padre Nuestro, cuando Cristo nos invita a repetir: "No nos expongas a la tentación, sino líbranos del maligno" (Mateo 6,13). Los exorcistas tienen que recurrir a la fe en Jesús (Mateo 17,19-20), la plegaria (y el ayuno) (Marcos 9,29).
Otros sacramentales utilizados son el agua bendita, la sal y el santo óleo; crucifijos, reliquias de santos, la oración de los salmos. El creyente puede recurrir a devociones particulares como el rezo del rosario, el vía crucis, cargar el escapulario o la medalla milagrosa; o pedir la intercesión de San Miguel arcángel y de la Bienaventurada Virgen María. Sobre el particular, se sabe de una aparición a San Hugo de Cluny, en el año 1060, donde ella se presenta como la "vencedora de Satanás".
V. LOS DEMONIOS EN LAS DISTINTAS CULTURAS Y TRADICIONES
En las diferentes civilizaciones del Oriente, y en las culturas y religiones ancestrales, se encuentran dioses del mal, espíritus malignos, guardianes del infierno, príncipes de las regiones subterráneas o señores de la muerte; como fueron Seth y Anobis en Egipto, Tiamat en Babilonia, Pazazú en la antigua Mesopotamia, Tifón para los griegos, Loki en los pueblos germanos y escandinavos; en Camboya, Birmania, Siam, Indonesia y Japón se menciona a Yama, en Siberia o Mongolia lo llaman Erlik, es también Arimám en el Zoroastrismo; Shiva y Kali en el Hinduismo; Aka-oni y ao-oni en el Budismo.
Los escritores bíblicos identificaron a Baal, dios de Fenicia y Caldea; y Zeus (para los griegos) o Júpiter (para los romanos), como verdaderos ídolos del demonio (1Corintios 10,20; 2Corintios 6,16; Apocalipsis 9,20). Para los musulmanes es Eblis, el diablo que Mahoma sacó del Talmud judío a las páginas del Corán. En el día de juicio final; será aniquilado por el triunfo del Islam, y proclamado por el profeta Jesús. Corriente heréticas condenadas por la Iglesia Romana como los Gnósticos, Maniqueos, Priscilianos, Cátaros y Bogomilos; limitaban el poder del Altísimo por el del Diablo, hasta hacer de él un dios.
VI. DIFERENTES APARIENCIAS
Sobre el aspecto físico del Demonio se conservan antiquísimos dibujos, estatuillas de bronce, pinturas rupestres, mascaras y descripciones legendarias; en todas ellas hay aspectos según la imaginación popular que lo presentan como una figura de tamaño pequeña, cuernos, cabellos largos y enredados, la cara llena de arrugas, dientes filosos y lengua bífera, barba de chivo, cuerpo cubierto de escamas o víboras, enorme giba, cojo, pezuñas, larga cola y alas de murciélago.
Otras veces su aspecto puede ser real, como los encuentros que vivieron los padres del desierto como San Antonio Abad, que fue seducido por Lilith (demonio en forma de mujer para los judíos), que recibe también el nombre de súcubo; a su discípulo San Hilario (s. IV), lo rodearon un círculo de mujeres desnudas, igual tentación tuvo San Hipólito (s. III); San Pacomio vio el Diablo como una doncella de raza negra; el santo expulsó a la diablesa de un golpe de su mano, después, el hedor quedó impregnado durante dos años.
San Macario fue hostigado por una chusma de demonios negros. A otros, como San Nicolás de Mira (s. IV), se le apareció en su monasterio un "ángel luminoso" pero con una gran cola (comparar con 2Corintios 11,14); a Rufino, amigo de San Jerónimo (s. IV); llegó a visitarlo con el aspecto de Jesús; a San Martín de Tours (315-397); en forma de monaguillo burlón mientras oficiaba la misa; a San Benito (480-547) como un mirlo negro; a Santa Viridiana (1182-1242), como dos serpientes que la mortificaron mucho los últimos años de su vida; Santo Domingo de Guzmán (1170-1221), observó a un gato con un penetrante olor a azufre; San Estanislao Kostka (1550-1568), rechazó en tres oportunidades con la señal de la cruz, los atacas de un horrible mastín negro; a Santa Rosa de Lima (1586-1617); el demonio apareció como un perro sarnoso que amenazaba con atacarla, o como un galán seductor; a San Juan María Vianney (1785-18859), el célebre "cura de Ars" sufría continuamente los ataques como un perro negro que el llamaba el "zarpas"; San Juan Bosco (1815-1888) describió al demonio en un sueño como un furioso elefante; a Santa Gemma Galgani (1878-1903), asumía el aspecto de perro, gato, de mico negro, de pequeños monstruos, de personas conocidas como su confesor, de hombres feroces, como Cristo flagelante, con el corazón abierto todo ensangrentado; o como ángel guardián, que al ser descubierto desaparecía en una gran llamarada dejando en el suelo un montón de cenizas. Otras apariencias mencionadas son: León, leopardo, oso, caballo, toro, camello, lobo, zorro, cuervo, pavo real y escorpión.
VII. ATAQUES DIABÓLICOS
Estas visiones demoníacas iban acompañadas de temblores, ruidos, alucinaciones aterradoras, gritos, blasfemias, obscenidades, tentaciones de todo tipo, a veces cantando salmos, recitando versículos de las Escrituras o diciendo pequeñas verdades, antes de proferir una gran mentira (1Corintios 12,10). Incluyendo ataques físicos (Marcos 9,22; Lucas 22,31; 1Pedro 5,8); como a los ya mencionados San Antonio, a quien un grupo de espíritus malignos lo golpearon hasta dejarlo inconsciente; a San Hilario, el Diablo saltó sobre sus espaldas para azotarlo; al santo cura de Ars, lo arrojaba de la cama, le soplaba en la cara, o le tiraba toda clase de cosas; a Santa Gemma Galgani, la dejaba medio muerta en el suelo, con el rostro hinchado y los huesos dislocados; mientras que San Pío (1887-1968), el fraile estigmatizado, fue víctima de violentas golpizas en su celda del convento de Pietrelcina.
VIII. LA IDOLATRÍA AL PRÍNCIPE DEL MAL
A través de los tiempos ha existido la falsa adoración al príncipe del mal, en Europa en la edad media se les llamaba "luciferinos"; en los siglos XVI al XVIII, los brujos y las brujas se reunían en la noche en una celebración llamada "Aquelarre o Sabbath"; su punto de encuentro eran los cruces de caminos, los bosques, campos de cultivos o iglesias abandonadas; las reuniones estaban acompañadas de música, cantos y bailes en honor del Demonio; banquetes, orgías, pisoteaban la cruz, se postraban a los ídolos.
Se decía que el Diablo se hacía presente en forma de macho cabrío; y en señal de sumisión le besaban el trasero, o las brujas llegaban a tener dolorosas relaciones sexuales con él (incubo). Otras acusaciones que el tribunal del santo oficio y la inquisición formulaban contra las brujas eran: La práctica de la hechicería, la magia negra, los maleficios, el mal de ojo, la adivinación, los encantamientos, la fabricación de pócimas y amuletos, la metamorfosis en animales, los vuelos nocturnos, el pacto con Satanás, el envenenamiento de los ríos, la destrucción de las cosechas, o una sequía prolongada.
En el siglo XVIII empezaron a surgir los cultos satánicos en el viejo continente; uno de los pioneros fue Aleister Crowley (1875-1947), el mismo se auto- denominó como "la gran bestia" o el "666" del libro de las revelaciones (13,18). En el siglo XX, Anton La Vey (1930-1997), conocido como el "papa negro", funda en 1966 la primera iglesia satánica llamada "la casa negra", en San Francisco (California). Es además el autor de la "biblia negra" y un libro sobre "rituales satánicos"; para la celebración de la misa negra, que contiene muchos elementos de la liturgia católica, pero a la inversa. En Francia se funda la Wicca (orden internacional de los brujos luciferinos), también la ciudad de Turín (Italia), es considerada la capital mundial del satanismo.
Ya entre los jóvenes se ha multiplicado las sectas satánicas, que escuchan la música de heavy metal de Alice Cooper, Ozzy Ousbore, Marilyn Manson, Kizz (sigla en inglés que significa: Reyes Al Servicio de Satanás), Black Sabbath (sábado Negro), AC-DC (Anti- Cristo- Muerte de Cristo). Algunos ex miembros de estas sectas han confesado que los bautismos se hacen con orines de cabra, sacrifican bebés sin bautizar, o animales como perros, gatos y gallinas; destrucción de lápidas en los cementerios, crucifijos o descabezamientos de imágenes de la Virgen; hacen orgías bisexuales o tienen relaciones sexuales con los muertos (necrofilia) bajo el efecto de la droga y el licor, actos sacrílegos como la profanación de la hostia consagrada, el robo de cálices, cupones y custodias en los templos, a veces el asesinato de sacerdotes y el suicidio en homenaje de Satanás.
IX. EL ANTICRISTO Y SU DERROTA FINAL
Para muchos pastores fundamentalistas, este panorama actual es el presagio del advenimiento del reinado del "anti- Cristo". No obstante, en Las Sagradas Escrituras este apelativo no hace referencia a un personaje en particular; sino a todo aquel que se opone a Dios y su religión (1Juan 2,18; 4,3; 2Juan 7). En la historia universal ha habido muchos "anti- Cristo" que se han destacado por sus crímenes contra la humanidad (Salmo 7,14-16); como: Calígula, Nerón, Atila, Napoleón, Hitler, Stalin, Mao Tse-Tung, Pol Pot, Saddam Hussein, Osama Bin Laden entre muchos otros.
Para San Pablo, el "hombre malvado" que se hace pasar por Dios, está por venir (2Tesalonisenses 2,3-4); "llegará con mucho poder, y con señales y milagros" (19); con la sabiduría "del diablo mismo" (Santiago 3,15). Porque "el espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos se apartarán de la fe, siguiendo a espíritus engañadores y enseñanzas que vienen de los demonios" (1Timoteo 4,1). Sea que este "hombre malvado" ya halla llegado o esté por venir (o es un simbolismo); lo cierto es que el Diablo sabiendo que le queda poco tiempo, ha bajado a al tierra lleno de furor (Apocalipsis 12,12). En una revelación particular, la Virgen de Medjugorje, dice que "Satán se ha desatado". Sin embargo, el vencimiento del maligno es triple:
Cuando por castigo de su primer pecado, cayó del cielo como un rayo (Lucas 10,18).
Su férreo dominio del mundo, es quebrantado por la muerte redentora de Cristo en la cruz; derrotando al Diablo que tenía poder para matar (Hebreos 2,14). Jesús ha vencido al mundo (Juan 16,33); ante su nombre se dobla toda rodilla de los ángeles, los hombres, y los demonios (Filipenses 2,10).
"El Dios de la paz aplastará pronto a Satanás" (Romanos 16,20), y al "hombre malvado" "el Señor Jesús matará con su boca y destruirá cuando regrese en todo su esplendor" (2Tesalonisenses 2,8); en compañía de "miles y miles de sus ángeles" (Judas 14), entonces serán juzgados los demonios y los impíos (Isaías 24,21-22; Mateo 25,41). Porque "Por medio de Cristo, Dios venció a los seres espirituales que tienen poder y autoridad, y los humilló públicamente llevándolos como prisioneros en su desfile victorioso" (Colosenses 2,15).