Amor Verdadero

Moses Mendelssohn, abuelo del conocido compositor alemán, distaba mucho de ser guapo. Además de una estatura algo baja, tenía una grotesca joroba. Un día visitó a un mercader de Hamburgo que tenía una hermosa hija llamada Frumtje.

Moses se enamoró perdidamente de ella, pero a ella le repelía su apariencia deforme. Cuando llegó el momento de despedirse, Moses hizo acopio de su valor y subió las escaleras hasta donde estaba el cuarto de aquella her­mosa joven, para tener la última oportunidad de hablar con ella. Era tan hermosa, pero a Moses le entristecía profundamente su negativa a mirarlo. Después de varios intentos de conversar con ella, le preguntó tímidamente: ¿Crees que los matrimonios se crean en el cielo?

  • Sí- respondió ella, todavía mirando al suelo» ¿Y tú ?…
  • Sí, lo creo – contestó -. Verás. En el cielo, cada vez que un niño nace, el Señor anuncia con qué niña se va a casar. Cuando yo nací, me fue señalada mi futura esposa. Entonces el Señor añadió: «Pero tu esposa será jorobada». Justo en ese mo­mento exclamé: «Oh, Señor, una mujer jorobada sería una tragedia, dame a mí la joroba y permite que ella sea hermosa»…

Entonces Frumtje levantó la mirada para contemplar los ojos de Moses y un hondo recuerdo la conmovió. Alargó su mano y se la dio a Moses. Tiempo después, ella se convirtió en su esposa.

Es necesario reflexionar un poco en todo esto. Muchas veces, los prejuicios que tenemos al estar o convivir con personas distintas a nosotros, nos impiden entender y vivir el amor. Hoy, haz la diferencia y verás.

Amor Incondicional

Los pasajeros del ómnibus la observaron compasivamente, cuando la atractiva joven del bastón blanco, subió con cuidado los escalones.

Le pagó al conductor y, usando las manos para percibir la ubicación de los asientos, caminó por el pasillo, y encontró el asiento que, según él le había dicho, estaba vacío.

Luego se acomodó, colocó su maletín sobre las rodillas, y apoyó el bastón contra su pierna.

Hacía un año que Susana, de 34 años, se había quedado ciega.

Debido a un diagnóstico equivocado, había perdido la vista, y de repente se había sentido arrojada a un mundo de oscuridad, rabia, frustración y auto conmiseración.

Dado que antes había sido una mujer orgullosamente independiente, ahora Susana se sentía condenada por esta terrible vuelta del destino, a ser una carga impotente y desvalida para todos los que la rodeaban.

«¿Cómo pudo pasarme esto?», se quejaba con el corazón lleno de cólera.

Pero a pesar de cuánto llorase, ella sabía cuál era la dolorosa verdad: nunca más volvería a ver.

Una nube de depresión se cernía sobre el espíritu de Susana, antes tan optimista.

El sólo hecho de vivir cada día, era un ejercicio de frustración y cansancio.

Y sólo podía aferrarse a su esposo, Mark..

Mark era un oficial de la fuerza aérea y amaba a Susana con todo su corazón.

Al perder ella la vista, notó cómo se hundía en la desesperación, y decidió ayudarla a reunir las fuerzas y la confianza necesarias para volver a ser independiente.

La experiencia militar de Mark, lo había entrenado muy bien para manejar situaciones delicadas, pero él sabía que aquella, era la batalla más difícil que iba a enfrentar.

Finalmente, Susana se sintió preparada para volver a su trabajo, pero, ¿cómo llegaría hasta allí?

Estaba acostumbrada a tomar el ómnibus, pero ahora se encontraba demasiado asustada como para ir por la ciudad por sí sola.

Mark se ofreció a llevarla en el auto todos los días, aún cuando trabajaban en extremos opuestos de la ciudad.

Al principio, esto reconfortó a Susana, y cubrió la necesidad de Mark de proteger a su esposa ciega, que se sentía tan insegura para realizar la acción más insignificante.

Sin embargo, Mark pronto se dio cuenta de que ese arreglo no funcionaba… era problemático y costoso.

«Susana tendrá que empezar a tomar el ómnibus de nuevo», admitió ante sí mismo.

Pero sólo pensar en mencionárselo, lo hacía estremecer.

Ella todavía estaba tan frágil, tan llena de rabia, ¿cómo reaccionaría?

Tal como Mark había previsto, Susana se horrorizó ante la idea de volver a tomar el ómnibus.

«¡Estoy ciega!, explicó con amargura, ¿cómo se supone que voy a saber a dónde me dirijo?, siento que me estás abandonando».

A Mark se le rompió el corazón al oír esas palabras, pero él sabía lo que debía hacerse.

Le prometió a Susana que, por la mañana y por la noche, la acompañaría en el ómnibus todo el tiempo que fuera necesario, hasta que ella se sintiera segura.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Durante dos semanas enteras Mark, con uniforme militar y todo, acompañó a Susana en el viaje de ida y vuelta al trabajo.

Le enseñó cómo apoyarse en sus otros sentidos, en especial el oído, para determinar dónde se encontraba, y cómo adaptarse a su nuevo entorno.

La ayudó a entablar amistad con los conductores, quienes se ocuparían de ella, y le guardarían un asiento.

La hizo reír, incluso en aquellos días no tan buenos, en que tropezaba al bajar del ómnibus, o tiraba su maletín lleno de papeles, en el pasillo.

Todas las mañanas hacían el recorrido juntos, y Mark tomaba un taxi para volver a su oficina.

Aunque esta rutina resultaba más cara y cansada que la anterior, Mark sabía que sólo era cuestión de esperar un tiempo más, antes de que Susana estuviera capacitada para viajar en ómnibus por su cuenta.

Creía en ella, en la Susana que él había conocido antes de que perdiera la vista, la que no le temía a ningún desafío, y jamás se rendía.

Por fin, Susana decidió que ya estaba lista para hacer el intento de viajar sola.

Llegó la mañana del lunes y, antes de irse, ella abrazó a Mark, su compañero de viajes en ómnibus, su esposo, y su mejor amigo.

Tenía los ojos llenos de lágrimas de gratitud por su lealtad, su paciencia y su amor.

Se despidieron y, por primera vez, cada uno tomó un camino distinto.

Lunes, martes, miércoles, jueves… todos los días le fue muy bien, y Susana fue sintiéndose cada día mejor.

¡Lo estaba haciendo! ¡Estaba yendo a trabajar por su cuenta!

El viernes por la mañana, Susana tomó el ómnibus como de costumbre.

Al pagar el boleto, el conductor le dijo: «Caramba, en verdad la envidio».

Susana no supo si le estaba hablando a ella o no. Después de todo, ¿Quién iba a envidiar a una ciega que había encontrado el coraje de vivir durante el año anterior?

Intrigada preguntó al conductor: «¿Por qué dice que me envidia?». El conductor respondió: «¿Sabe? todas las mañanas durante la semana pasada, un caballero de muy buen aspecto, con uniforme militar, ha estado parado en la esquina de enfrente, observándola mientras usted baja del ómnibus.

Se asegura que cruce bien la calle, y la vigila hasta que entra en su edificio de oficinas. Luego le envía un beso, le hace un pequeño gesto de saludo y se va. Usted es una mujer afortunada.

Lágrimas de felicidad rodaron por las mejillas de Susana, porque, aunque ella no podía verlo físicamente, siempre había sentido la presencia de Mark.

Era afortunada, muy afortunada, pues él le había hecho un regalo más poderoso que la vista, un regalo que ella no necesitaba ver, para creer en su existencia.

El regalo del amor que puede llevar la luz donde ha habido oscuridad.

Amor Fraternal

La historia cuenta que, había dos hermanos que se querían con toda el alma.

Ambos eran agricultores. Uno se casó, y el otro permaneció soltero.

Decidieron seguir repartiendo toda su cosecha a medias.

Una noche, el soltero soñó: ¡No es justo! Mi hermano tiene mujer e hijos, y recibe la misma proporción de cosecha que yo que estoy solo. Iré por las noches a su montón de trigo, y le añadiré varios sacos, sin que él se de cuenta.

A su vez, el hermano casado soñó también una noche: ¡No es justo! Yo tengo mujer e hijos, y mi futuro estará con ellos asegurado. A mi hermano, que está solo, ¿quién lo ayudará? Iré por las noches a su montón de trigo, y le añadiré varios sacos sin que se dé cuenta.

Así lo hicieron ambos hermanos. Y ¡oh, sorpresa!, ambos se encontraron en el camino, una misma noche, portando sacos uno para el otro. Se miraron, comprendieron lo que pasaba, y se abrazaron con un abrazo de hermano, aún más fuerte, y para siempre.

A veces, es necesario hacer un alto en nuestra vida, y revalorizar las bendiciones que tenemos al contar con un hermano; es esencial, como cristianos, amarnos y procurarnos como tales.

No podemos dar testimonio de vida, si no amamos a los que están más cerca de nosotros. El Señor nos pide caridad y entrega.

¿No crees que hoy es un buen día para empezar?

Vamos ¡anímate!, reconoce que han sido más los momentos felices con tu(s) herman@(s), que los daños que sin lugar a dudas, ninguno quiso causar. ¡Decláral@ inocente como Él nos declaró inocentes desde la cruz! Carga tu costal…, o ¡cuando menos una flor, y llévasela!. ¡Saca de tu interior, todo lo bueno que Dios puso en ti y dile cuánto 1@ amas! y entonces, te darás cuenta que fuiste hecho a imagen y semejanza de Papito Dios, y entonces te darás cuenta que ¡eres Amor!

Amar es Darse Todo

El hombre que estaba tras el mostrador, miraba la calle distraídamente.

Una niñita se aproximó al negocio y apretó la naricita contra el vidrio de la vitrina. Los ojos de color del cielo brillaban cuando vio un determinado objeto. Entró en el negocio y pidió para ver el collar de turquesa azul.

Es para mi hermana. ¿Puede hacer un paquete bien bonito?, dice ella.

El dueño del negocio miró desconfiado a la niñita y le preguntó:

¿Cuánto dinero tienes?

Sin dudar, ella sacó del bolsillo de su ropa un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Los colocó sobre el mostrador y dijo feliz:

¿Esto alcanza?

Eran apenas algunas monedas que ella exhibía orgullosa.

«Sabe, quiero dar este regalo a mi hermana mayor. Desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros y no tiene tiempo para ella. Es el cumpleaños de ella y tengo el convencimiento de que quedará feliz con el collar que es del color de sus ojos».

El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, lo envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado lazo con una cinta verde.

Toma, dijo a la niña. Llévalo con cuidado.

Ella salió feliz corriendo y saltando calle abajo.

Aún no acababa el día, cuando una linda joven de cabellos rubios y maravillosos ojos azules entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho y preguntó:

¿Este collar fue comprado aquí?

«Sí señorita».

¿Y cuánto costo?

«¡Ah!», -habló el dueño del negocio-. El precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente.

La joven continuó:

¡Pero mi hermana tenía sólo algunas monedas! El collar es verdadero, ¿no? Ella no tendría dinero para pagarlo.

El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, coloco la cinta y lo devolvió a la joven diciéndole:

Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar. ¡ELLA DIO TODO LO QUE TENIA!

El silencio llenó la pequeña tienda y cuatro lágrimas rodaron por las caras emocionada de la joven y del dueño de la tienda, en cuanto sus manos tomaban el pequeño envoltorio

La verdadera donación es darse por entero, sin restricciones. La gratitud de quien ama no coloca límites para los gestos de ternura. Sé siempre agradecido pero no esperes el reconocimiento de nadie.

Gratitud con amor no sólo reanima a quien la recibe, también reconforta a quien la ofrece. Piensa en eso. «La vida mejora con cada día que pasa siempre y cuando demuestres una actitud positiva».

El Amor de una Estrellita

Va dedicado a todas las pequeñas que han perdido un tesoro aquí en la tierra, pero que ahora tienen una estrellita en el cielo. Es una bella historia de amor y fe, que tocará tu corazón.

Su cabello estaba arreglado en una colita, y lucía su vestido favorito con un lazo. Hoy celebraban el día del padre en el colegio, y no quería dejar de ir. Su mamá trató de decirle que tal vez debiera quedarse en casa. Tal vez los niños no entenderían si iba al colegio sola. Pero ella no tenía miedo; sabía exactamente que decir; que decirle a sus compañeros de clase, sobre el por qué él no estaba allí hoy. Sin embargo, su madre siguió preocupada de que ella enfrentase sola el día, por lo que, una vez más, intentó retenerla en casa. Pero la niñita fue al colegio, ansiosa de contarle a todos acerca de un papá que nunca ve, un papá que nunca llama.

Había papas alineados al fondo del salón, preparados para ser felicitados. Los niños se movían impacientes en sus asientos. Uno por uno, la maestra llamó a los alumnos de la clase, para que presentaran a sus papas, mientras transcurrían lentamente los segundos. Por fin, la maestra dijo su nombre, y los niños voltearon a mirarla todos, buscando a un hombre que no estaba allí.

-«¿Dónde está su papá?» se escuchó a un niño decir.

-«Probablemente no tiene uno», se atrevió otro a gritar.

Y desde algún lugar cerca al fondo, se oyó a un papá decir:

-«Parece que tenemos a otro padre desinteresado, demasiado ocupado para perder su día».

Las palabras no la ofendieron; mientras, sonreía a su mamá, y se volteaba hacia la maestra, quien le pidió que continuase. Con sus manitas en la espalda, lentamente comenzó a hablar, y de su boca salieron palabras increíbles.

-«Mi papito no puede estar aquí, porque vive muy lejos. Pero sé que él desearía estar conmigo, por tratarse de un día tan especial. Y aunque no puedan conocerlo, quiero que sepan todo sobre mi papá, y sobre cuánto me ama».

-«Le gustaba contarme historias; me enseñó a montar bicicleta. Me sorprendía con rosas rosadas, y me enseñó a volar cometas. Solíamos compartir malteadas y helados en barquillo. Y aunque no puedan verlo, no estoy parada aquí sola, porque mi papito está siempre conmigo, aunque estemos separados. Lo sé, porque él me prometió que estaría para siempre en mi Corazón».

Diciendo aquello, estiró su manita, y la colocó sobre su pecho. Sintiendo el latir de su propio corazón, debajo de su traje favorito. Desde algún lugar, en medio de la multitud, su mamá estaba bañada en lágrimas, mientras veía con orgullo a su hija, mucho más sabia de lo que sus años le concedían: Afirmar el amor de un hombre que, no estando presente en su vida, hacía lo mejor por ella. Y cuando bajó su manita, contemplando directamente a la multitud, finalizó con suave voz, pero con un mensaje claro y fuerte:

-«Yo amo mucho a mi papito; el es mi estrellita. Si él pudiera, estaría aquí conmigo, pero el cielo está demasiado lejos.

El murió en una batalla, luchando por su patria. A veces cierro mis ojos, y siento como si nunca se hubiera ido».

La pequeña cerró sus ojos, y pudo verle allí aquel día. Para asombro de su madre, todos los papas e hijos que estaban en el salón, comenzaron a cerrar sus ojos. Quién sabe qué vieron al frente. Quién sabe qué sintieron por dentro. Luego, ella habló al vacío:

-«Yo sé que estás conmigo, papito».

Nadie en aquel salón pudo explicar lo que pasó allí, ya que todos tenían los ojos cerrados. Pero en el escritorio, junto a ella, había una fragante rosa rosada de tallo largo. Una niña fue bendecida, aunque fuese por un instante, por el amor de su estrellita, y le fue concedido el don de creer que el cielo nunca está demasiado lejos.

A Veces Tratamos a los Extraños

Hoy choqué con un extraño cuando caminaba.

  • – Disculpe Usted, le dije.

Él me dijo: – No, disculpe Usted, no la miré cuando venía. Ambos fuimos muy amables.

Continuamos nuestro camino y nos dijimos adiós.

Pero al llegar a casa, otra historia se desarrolló.

Esa misma tarde, mientras yo cocinaba, mi hija se paró muy firme por un lado, sin que yo me diera cuenta.

Cuando me di la vuelta, casi la tumbo.

¡Quítate de aquí, porque me estorbas! -le grité-.

Ella se fue con su corazoncito destrozado. No me di cuenta de lo fuerte que le grité.

Por la noche, cuando me acosté, una voz muy baja escuché que me decía:

Cuando hablaste con un extraño, fuiste cortés, pero con la criatura que amas, te portaste grosera.

Mira en el piso de la cocina, y encontrarás unas flores cerca de la puerta; esas flores, tu hija las escogió especialmente para ti; rosa, amarilla y azul, y se acercó

a ti silenciosamente para no arruinar la sorpresa.

Pero tú ni te diste cuenta de las lágrimas en sus ojos.

En este momento me sentí el ser más insignificante, y las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos. Lentamente fui al cuarto de mi hija, y me arrodillé al borde de su cama; -«Despierta cariño, despierta chiquita», -le dije-.

-Estas flores…, ¿las escogiste para mí mi amor?

Ella se sonrió, y dijo: -«Las encontré cerca de un árbol, y las recogí, porque sabía que te gustarían, especialmente la azul».

Le contesté: -«Hija, discúlpame por la forma en que te traté en la tarde, no debí gritarte de esa forma».

Ella me contestó: -«Mamá, no te preocupes, te quiero de cualquier manera».

-«Y yo a ti corazón y me encantaron tus flores, especialmente la azul», -le contesté-.

Tengamos en cuenta, cómo tratamos a nuestros seres queridos, sin importar sus edades…

Alguien siempre pensará en ti como un ejemplo a seguir. No l@ defraudes».