Prométete a Ti Mismo

Ser tan fuerte, que nada pueda turbar la paz de tu mente.

Hablar de salud, de  felicidad y prosperidad a todos  aquellos con quienes tengas que trabajar.

Hacer que tus amigos sepan  de algo bueno y noble que hay en ellos.
Mirar todas las cosas por el  lado bueno, y procurar que tu entusiasmo se haga real y verdadero.

Pensar sólo en lo mejor,  trabajar por lo mejor, y esperar lo mejor.
Ser justo y entusiasta por el  éxito de otros, como lo eres por el tuyo propio.

Olvidar los errores del  pasado y perseverar para las más grandes obras del futuro.

Mantener un semblante alegre todo el tiempo y tener siempre una sonrisa para tus  semejantes.

Ocuparte del mejoramiento  de ti mismo, de tal forma que no tengas tiempo de criticar a los  demás.

Tener alma grande para el sufrimiento y mucha nobleza para la cólera; fortaleza para el  temor y felicidad para no permitir la presencia de la tristeza.

Pensar bien de tí mismo y proclamar este hecho al mundo, no en voz alta, sino en obras  meritorias.


Aumentar tu fe en el amor  que Dios te tiene.

Préstame, Madre…

Préstame, Madre, tus ojos, para con ellos mirar, porque si por ellos miro, nunca volveré a pecar.

Préstame, Madre, tus labios, para con ellos rezar, porque si con ellos rezo, Jesús me podrá escuchar.

Préstame, Madre, tus ojos, para con ellos mirar, porque si por ellos miro, nunca volveré a pecar.

Préstame, Madre, tus labios, para con ellos rezar, porque si con ellos rezo, Jesús me podrá escuchar.

Préstame, Madre, tu lengua, para poder comulgar, pues es tu lengua materna, de amor y de santidad.

Préstame, Madre, tus brazos, para poder trabajar, que así rendirá el trabajo una y mil veces más.

Préstame, Madre, tu manto, para cubrir mi maldad, pues cubiert@ con tu manto al Cielo he de llegar.

Préstame, Madre a tu Hijo, para poderlo yo amar, si Tú me das a Jesús, ¿Qué más puedo yo desear?

Y esa será mi dicha por toda la eternidad

Presentación Navideña

Era Navidad, y en el pueblo iban a hacer la representación del nacimiento de Jesús. Todos estaban muy entusiasmados, querían que la obra fuera un éxito.

Los niños la iban a representar, pero entre ellos había un niño con problemas; quién sabe por qué causa, era más lento en aprender que los demás. El quería estar en la obra y a la maestra le dio ternura verlo con tanta emoción, que le dio un papel pequeño: el del posadero, que rechazaba a la Virgen y a José porque la posada estaba llena.

El día de la obra, el teatro estaba a reventar, hasta había gente de pie. Y cuando llegaron a la parte en la que llega José y María a la posada, donde este niño con problemas tenía que hablar, pasó algo inesperado.

José tocó la puerta y salió el posadero, y cuando ya los iba a rechazar, al ver a la joven pareja y sobre todo a la mujer embarazada de quien iba a ser nuestra salvación, al niño se le llenaron los ojos de lágrimas y les dijo:

  • "Pasen, pasen, la señora puede dormir en mi cama, que yo dormiré en el suelo".

Hubo un silencio intenso en la sala y a mucha gente se le salieron las lágrimas. La obra fue un éxito, a pesar de que no fue fiel representación de lo que realmente pasó en esa noche de Navidad; pero sentimos que algo había cambiado en nuestras vidas, pues ese niño nos enseñó una lección de amor. En su inocencia, nos enseñó que debemos amar y ayudar a otros, no importa quienes sean, porque somos hijos de Dios y estamos aquí para hacer el bien, sin pedir nada a cambio.

“Haz el bien a tus amigos y a tus enemigos; conservarás a los
primeros y quizá atraigas a los segundos. Cleóbulo”

Por Ti Señor

Corrían los aciagos días de la guerra civil española. El odio hacia la religión llegó a extremos difíciles de imaginar. Sacerdote, religioso ó religiosa que caían en manos de los comunistas eran, sin más, asesinados.

Ocurrió que una mujer viuda tenía un sólo hijo y éste había entrado al seminario. Cuando inició el conflicto los seminaristas tuvieron que huir a un lugar a salvo. Llegó el momento en que el joven terminó sus estudios, y llegó a la ordenación. La madre vivía en una zona controlada por los comunistas y le había sido imposible acompañar a su hijo. El joven, movido por el amor filial, quiso ir a ver a su madre, a pesar del riesgo. Confiando en la buena voluntad de la gente de su pueblo, se encaminó hacia allá, disfrazado. La madre se llenó de alegría cuando el hijo llegó a visitarla. A escondidas, el joven inició su ministerio en servicio de la pobre gente de su pueblo.

Nunca han faltado, ni faltarán los Judas… y alguien denunció al sacerdote. Llegaron los soldados a casa de la viuda una noche y lo sorprendieron. La madre le suplicaba al coronel al mando que no matara a su hijo. "¡Encarcélelo, pero por piedad, por amor de Dios, no lo mate! ¡Soy viuda y es mi único hijo!"

El dichoso coronel era una fiera y se mostró insensible ante la súplica de la madre. En ese mismo instante, el joven fue fusilado ante el llanto desgarrador de la pobre viuda.

Pasó el tiempo. La guerra se definió y los comunistas fueron derrotados. El coronel iba huyendo, seguido muy de cerca por sus enemigos y consciente de que si era capturado, de inmediato dispondrían de su vida… debía tantas él… Llegó a un poblado que lucía todos los estragos de la crueldad de la guerra, y ahí lo alcanzaron sus perseguidores. Desesperado, abandonó su caballo y corrió por calles y callejones buscando desesperadamente un refugio. Miró una casa en la que había una luz encendida y, sin pensarlo, tocó con urgencia a la puerta.

  • "¡Por el amor de Dios, ayúdenme!".

La puerta cedió ante los golpes del hombre y apareció la dueña de la casa…, era la viuda. Al ver a la mujer, sin reconocerla, le dirigió de nuevo la súplica:

"¡Por el amor de Dios, ayúdeme!" La mujer le dirigió la peor mirada de odio que se halla visto sobre la tierra. "Coronel, ¿recuerda la súplica que le dirigí antes de que usted asesinara a mi hijo?…" El hombre sintió que se helaba su sangre…, dio media vuelta para continuar su huida, pero ya era tarde; en la calle resonaban los cascos de los caballos de sus perseguidores y los gritos de los soldados al organizar la búsqueda… El hombre se detuvo en la puerta paralizado por el miedo.

La mujer entonces le dijo: "En ese armario está la sotana de mi hijo. ¡Rápido, póngasela!" El coronel vaciló, pero no le quedaba alternativa. Rápidamente se puso la sotana. La viuda le entregó un libro, diciéndole: "Este es el Breviario de mi hijo, tómelo y siéntese ahí, de espaldas a la puerta". Tembloroso y vacilante, el
hombre obedeció a la mujer… La mujer lucía un rostro pétreo. Sus

quijadas apretadas parecían contener todo un mar de sentimientos encontrados. La puerta fue abierta por un piquete de soldados, que al ver la figura sacerdotal en oración, pidieron disculpas a la viuda y se retiraron precipitadamente… El coronel, temiéndose lo peor, tenía sus ojos cerrados… y el corazón casi se le quería salir del pecho. Se hizo el silencio…

Los instantes se alargaron. El hombre no se atrevía a moverse. Empezó a escuchar algo como un murmullo, como una oración. Se atrevió a voltear y miró a la viuda arrodillada ante un crucifijo. De repente, la mujer soltó el llanto y gritaba…

  • "¡SÓLO PORQUE ME LO PIDIÓ EN TU NOMBRE, SEÑOR…! ¡SÓLO PORQUE ME LO PIDIÓ EN TU NOMBRE!".

Por Si el Mañana Nunca Llega

El Capitán Ulrich, piloto de un gran avión de propulsión a chorro, tomó el micrófono para comunicarse con el aeropuerto. Se acercaba a la isla de Mauricio y llevaba a bordo 160 pasajeros procedentes de Taiwan. Iba a aterrizar para reponer combustible antes de continuar el vuelo a Sudáfrica, pero algo andaba mal en el avión. En vez de solicitar autorización para aterrizar y esperar confirmación, como es de rigor, anunció desesperadamente:

  • ¡Hay fuego en la cabina! Trataré de descender.

Estas fueron sus últimas palabras. Dichas éstas, todo quedó en silencio. Poco después, el avión cayó al Océano índico. El Capitán Ulrich, con toda su tripulación y los 160 pasajeros que iban a bordo, perecieron en el accidente. El caso fue más trágico aún cuando se supo que éste era el último vuelo que hacía el Capitán antes de retirarse.

Toda muerte prematura nos conmueve, porque se supone que cada ser humano debe completar su ciclo normal de vida antes de morir. Pero cuando la muerte prematura ocurre en un accidente y le ocurre a una persona, como a este piloto que hacía el último viaje antes de jubilarse, para descansar, parece que fuera aún más impresionante.

Faltaban apenas diez minutos para que aterrizara normalmente, sólo diez minutos para llegar al aeropuerto con salud y con vida. Pero en ese breve lapso de tiempo, en esos escasos diez minutos, el fuego apareció en el avión y no hubo salvación para nadie.

¿Cuántas veces un hombre sale para su trabajo y le da un beso de despedida a su esposa y resulta que es éste su último beso? ¿Cuántas veces un hombre, despreocupado, dice: Esta es mi última borrachera? ¡Después de ésta, no beberé más! Y esa última copa de licor es la que colma la medida. Es en realidad su última copa, porque muere de un paro respiratorio.

La muerte acecha a la vuelta de cada esquina. Cada día que vivimos puede ser el último de nuestra vida.

Bien dijo el sabio Salomón:

  • "No hay quién tenga poder sobre el aliento de vida como para retenerlo, ni hay quien tenga poder sobre el día de su muerte, sino sólo Dios".

“No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita.”

Perdóname Señor

Hoy, viajando en autobús vi una hermosa muchacha con cabellos de oro y expresión de alegría; envidié su hermosura.

Al bajarse, la vi cojear…, tenía una sola pierna, y apoyada en su muleta sonreía.

PERDÓNAME, SEÑOR, cuando me quejo. ¡Tengo dos piernas y el mundo es mío!

Fui a comprar después unos dulces. Me atendió un muchacho encantador, hablé con él; parecía tan contento que aunque se me hubiera hecho tarde no me habría importado. Ya, al salir, oí que me decía:

  • "Gracias por charlar conmigo… es usted tan amable. Es un placer hablar con gente como usted… ya ve, soy ciego".

PERDÓNAME, SEÑOR, cuando me quejo. ¡Yo puedo ver y el mundo es mío!

Más tarde, caminando por la calle vi un pequeño de ojos azules que miraba jugar a otros: niños; sin saber qué hacer me acerqué y le dije:

  • "¿Por qué no juegas con ellos?- Siguió mirando hacia adelante, sin decir una palabra. Entonces comprendí que no me oía.

PERDÓNAME, SEÑOR, cuando me quejo. ¡Yo puedo oír y el mundo es mío!

Tengo dos piernas, para ir a donde quiero…

Ojos, para ver los colores del atardecer…

Oídos, para escuchar las cosas que me dicen…

PERDÓNAME, SEÑOR, cuando me quejo.

¡Lo tengo todo y el mundo es mío!

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