Necesito

Un borrador, para borrar de mi historia todo lo que me hace daño.

Un detergente, para quitar las manchas de las máscaras que uso a diario.

Unas tijeras, para cortar todo aquello que me impide crecer.

Un pájaro, para que me enseñe a volar alto y cantar con libertad.

Una tinaja, para añejar el cariño y la madurez del amor.

Un frasco transparente, para conservar las sonrisas y sin tapa para escuchar su alegre sonido. Unos lentes correctores de la visión de la vida, que me permitan observar con amor al prójimo y a la naturaleza.

Una ardilla, que me indique cómo trepar por las ramas del árbol de la sabiduría. Unas agujas grandes, para En un parque, una mujer ve a dos niños peleando. Uno de ellos tejer sueños e ilusiones.

Un cofre, para guardar todos los recuerdos que construyen y dan vida.

Un cierre (zipper), que me permita abrir la mente cuando desee encontrar respuestas, otro para cerrar la boca cuando sea necesario, y otro para abrir mi corazón.

Un rebobinador de películas, para recordar los momentos más felices de mi vida.

Un reloj, para darle todo el tiempo al amor y al amar.

Los zapatos de la ética y la moral, para pisar firme y seguro por donde quiera que voy.

Una balanza, para pesar todo lo vivido y todo lo experimentado.

Un espejo, para admirar una de las obras más perfectas de DIOS… ¡Yo!

Navidad en el Asilo

Esta historia sucedió en una capital centroamericana, donde mi esposo trabajaba como diplomático.

Faltaba una semana para la Navidad, y la Asociación de esposas de los diplomáticos había proyectado una fiesta de Navidad en el asilo de ancianos. En mi calidad de secretaria, tuve que telefonear a todas las asociadas para pedirles que prepararan algún plato y fueran a atender personalmente a los ancianos. La mayoría contestaba que encantada prepararía un pastel, pero que no tenían tiempo para asistir a la fiesta.

Me molestó constatar que tan sólo ocho de treinta y cinco asociadas dijeron que vendrían a ayudar ¡y tenemos que servir a casi doscientos ancianos!.

El día de la fiesta llegué al asilo a tiempo, y Gladys, la presidenta de la asociación, ya se encontraba tras la larga mesa, en la que cada una iba dejando su pastel. La esposa del embajador americano estaba preparando el ponche y cortando pasteles. Las pocas señoras que se habían comprometido a ayudar, colocaban los adornos de Navidad, organizaban las sillas y realizaban los diversos trabajitos necesarios para poner en marcha la fiesta. Qué lástima. Habría deseado que más señoras hubieran querido ayudar.

  • ¿Por dónde quieres que empiece?

La cálida sonrisa de Gladys casi borró mi resentimiento. Me pidió que les llevara la merienda a los ancianos que no podían salir de su cuarto.

  • Cómo no- dije, agarrando una bandeja. -¡Será mejor que comience pronto, pues voy a tardar un siglo en servirles a todos!-

Empezó la música, y no sé quién se puso a cantar villancicos con los ancianos, que estaban todos reunidos en el inmenso patio del establecimiento. Yo no tenía tiempo de escuchar, ni disfrutar las canciones.

Me pasé la tarde corriendo de un lado a otro, llevando pasteles y ponche, sin mirar ni de reojo a los pacientes que servía. A cada uno le daba, además, una bolsa de caramelos y un regalo. Recorrí todas las alas del edificio. Me dolían las piernas de subir las escaleras. Una de las tantas veces que subí, una viejita que llevaba un vestido estampado, rasgado y desteñido, me tocó el brazo, y me dijo tímidamente:

-Perdone, señorita. ¿Tendría la bondad de cambiarme el regalo? Me volví hacia ella irritada y repliqué: ¿Cambiarle el regalo? ¿Por qué? ¿Es que le tocó uno de hombre?

No, no…- dijo vacilante. – Es que me tocaron perlas. Las perlas representan lágrimas, y yo v;a no quiero más lágrimas.

Pensé: ¡Qué superstición más tonta! ¡Hay que ver cómo está el mundo! ¡Deberían agradecer cualquier cosa que les dieran!

  • Lo siento. Ahora estoy muy atareada. A lo mejor después se lo puedo cambiar.

Me fui corriendo para llenar otra vez la bandeja y me olvidé al instante de la señora.

Con la bandeja llena de tortas, llegué corriendo a la sección de mujeres, en la planta baja. Abrí la puerta del cuarto A-14 apoyándome de espaldas, y una vez dentro, di la vuelta; cuando vi lo que había allí me estremecí, de tal modo que la bandeja me empezó a temblar en mis manos. ¡En aquel cuarto feo y deslucido, acostada en un camastro de sábanas grises y con un camisón raído, estaba mi madre! ¿Mamá? ¡No puede ser! ¡Mamá está muerta! y de estar viva, no se encontraría en un lugar así. Se trataba de un asilo para ancianos sin familia, gente pobre y enferma, que no tenía donde estar, ni quien la cuidara.

No podía ser; los ojos me estaban haciendo una jugarreta.

Cuando volví a abrirlos, pude ver mejor a la mujer demacrada que ocupaba el cuarto. No era mi madre, sino una viejita de cabello gris y ojos azules, que ni se parecía mucho a ella. ¿Qué me habría pasado, que pensé que esa pobre mujer era mi madre?

Sería la madre de otro, no la mía. Entonces, ¿por qué no me sentí aliviada? Todo lo contrario, me embargó un dolor inmenso, y se me hizo un nudo en la garganta.

Sin pronunciar palabra, volví a salir justo a tiempo para que no me viera llorar. Por el oscuro pasillo retorné a la mesa en la que se encontraba Gladys trabajando, muy animada. Se me debía de notar lo mal que me sentía, porque su expresión cambió en cuanto me vio, y me dijo:

¿Qué te pasa, Betty?- me preguntó, rodeándome con el brazo. Es que vi a mi madre…- dije sollozando. -¡Acabo de ver a mi madre allí, en un cuarto! No puedo seguir.

Lo que te pasa es que estás agotada. Tómate un descanso.

Varias personas que se encontraban por allí cerca, empezaron a mirarme. Agarré una servilleta y me fui corriendo para que no me vieran llorar.

Me dirigí a un descansillo de la escalera del ala masculina, donde no había luz, y me senté en el rincón, sollozando. Señor, recé, ¿qué me pasa?, ¿me estoy volviendo loca?, y casi al instante oí su respuesta que no me llegó con palabras audibles, sino en mis pensamientos: «Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres…, y no tengo amor, de nada me Sirve.» (Cor.l3:3)

Caí en la cuenta de que esas palabras iban sin duda alguna dirigidas a mí. Ese día, yo había preparado tortas, caminado kilómetros, llevado comida a muchas personas pero, ¿para qué? ¿A quién había estado sirviendo? ¿A quién había tratado con cariño? ¡Ni siquiera me había molestado en mirar a nadie! Los ancianos no significaban nada para mí, ni veía sus rostros…, hasta que vi en alguien que sufría, el rostro amado de mi madre. Entonces, los ancianos cobraron vida para mí.

Perdóname, Señor, dije en voz baja. Lo he hecho todo al revés. Tengo que volver a empezar. Respiré profundamente, me enjugué las lágrimas y volví a la mesa de los pasteles. Gladys me miró desde donde estaba ocupada y me dijo: - Ya has hecho bastante por hoy, Betty. ¿Por qué no te vas a casa a descansar? A partir de ahora nos las podemos arreglar con las que estamos.

  • No me pidas que me vaya - le respondí. - En realidad, recién voy a empezar como debe ser. Cuando estaba a punto de irme cargando otra bandeja, de pronto me acordé:
  • Gladys, ¿tienes otro regalo para señoras? Tengo que cambiar uno.

Ella me pasó una cajita que contenía un broche de piedras rojas, con forma de corazón.

  • Gracias, es ideal -le dije tomándola, y alejándome de prisa hacia el patio.

Haz que encuentre a esa mujer, oré para mis adentros. Ni me había molestado en mirarle la cara. Había estado demasiado ocupada para prestarle alguna atención, y pasé de largo como hicieron el levita y el sacerdote en la historia del buen samaritano. Busqué entre todos los ancianos, de fila en fila. A todos se les veía contentos, cantando villancicos, mientras resonaba la música. Por primera vez en todo el día me empecé a sentir feliz.

Entonces vi el andrajoso vestido estampado. La señora estaba sentada contra la pared, sola, teniendo en su regazo los caramelos sin desenvolver y las perlas. Se veía muy triste y desdichada. Me acerqué corriendo.

-¡La busqué por todas partes!-Tome, le traje un regalo diferente. Alzó la vista sorprendida, y luego, casi como quien pide perdón, tomó la caja y la abrió. Los ojos se le iluminaron como un árbol de Navidad y sonrió de oreja a oreja, encantada.

  • ¡Muchas gracias, señorita! - exclamó - es muy bonito.

De nuevo se me hizo un nudo en la garganta, pero esta vez no me importó.

  • Deje que se lo coloque – le dije. - Y déme esas perlas que ninguna falta nos hacen las
    lágrimas en Navidad.

Cuando me fui, la dejé cantando en el patio con los demás y me dio la impresión de que se me quitaba un peso tremendo de encima.

Sólo me quedaba una cosa por hacer antes del fin de la fiesta: volver al cuarto A-14. De alguna forma, tenía que darle las gracias a aquella paciente pero no sabía cómo. Cuando empujé la puerta, me encontré a la señora sentada en la cama comiéndose un pedazo de pastel, y cuando entré, sonrió. ¡Feliz Navidad, mamita! – le dije.

Qué bueno que haya vuelto - me contestó. - Quería darles las gracias a todas las señoras por venir y hacernos la fiesta. Me gustaría hacerle un regalo pero no tengo nada que le pueda dar. ¿Le puedo cantar una canción?

Ya no me podía contener más y asentí con la cabeza. Me senté en la cama mientras ella me interpretó, con voz chillona, tres estrofas de una canción de lo más triste y de lo menos navideña que he oído en la vida. Pero el resplandor de sus ojos pudo más que la letra y dejó bien claro el mensaje de la Navidad: ¡dichosa tierra!

Más que unos Pajarillos

En cierta ocasión, durante el sermón del Domingo de Pascua, el predicador puso en el centro del altar una jaula de pájaros vieja, rota y sucia.

Toda la iglesia se quedo sorprendida y murmuraban entre ellos. Imaginándose sus comentarios, el predicador habló de esta manera:

"Ayer cuando caminaba por el pueblo observé a un muchachito que se dirigía hacia
mí con una jaula moviéndola de un lado a otro. En su interior había tres pajaritos, temblorosos con frío y miedo. Detuve al muchachito y le pregunté: ¿Qué llevas allí hijo mío?

"Sólo unos pájaros viejos", me respondió.

"¿Qué vas a hacer con ellos? Le pregunté. "Los voy a llevar a casa y pienso divertirme un poco con ellos: los voy a molestar, arrancarles las plumas, hacerles
pelear entre ellos. Espero divertirme y pasarla muy bien",
fue su respuesta. "Pero tarde o temprano te cansarás de esos pajaritos, y…,
¿que harás con ellos?", le dije. "¡Oh…!, yo tengo gatos. A ellos les gustan los pajaritos.
Cuando me canse se los echaré a ellos", respondió el muchacho.

El predicador guardó silencio por un momento y luego le preguntó:

"¿Por cuánto me vendes esos pajaritos, muchacho?

"¡Uh! ¿Por qué le interesan a usted estos pájarillos, señor? ¡Son únicamente unos pájaros viejos, no cantan y ni siquiera son lindos!"

"¿Cuanto?", volvió a preguntar el Predicador.

El muchachito miró al predicador pensando si se habría vuelto loco y entonces le pidió $100.00 pesos.

El predicador sacó $100.00 pesos de su bolsillo y se los entregó.

Tan pronto recibió el dinero, el muchacho desapareció.

El predicador levantó la jaula con cariño y cuidado. La llevó a un pequeño parque donde había árboles y frutas. Abrió la jaula y dando unos suaves golpes hizo que los pájaros volaran libremente.

Esta era la razón por la cual la jaula estaba vacía sobre el altar.

Y el predicador continuó diciéndoles: -"Un día Jesús y el Diablo se
pusieron a conversar.

El Diablo acababa de llegar del Jardín del Edén y se notaba que estaba contento y alegre".

"Sí, Señor, acabo de apoderarme del Mundo entero con toda su gente. Les tendí una trampa. Utilicé una carnada que yo sabía que no la iban a poder resistir. ¡Los atrapé!"

"¿Qué vas a hacer con toda esa gente?", le preguntó Jesús. El Diablo le respondió:

  • "¡Oh…, voy a divertirme! Les voy a enseñar a casarse y divorciarse. Que se odien y
    abusen unos de otros. Les enseñaré a beber, fumar y maldecir. Les voy a enseñar
    cómo fabricar armas y bombas para que se maten entre ellos.

¡Sí que voy a divertirme!" "¿Y que harás luego con ellos después de todo eso?", le
preguntó Jesús. "¡Oh…, matarlos!", respondió el diablo sin remordimiento alguno.

"¿Cuánto quieres por ellos?", le preguntó Jesús. El Diablo le respondió:

"¡Oh no!. ¡Tú no quieres esa gentuza. No sirven para nada! Si los recoges sólo te odiarán. Te escupirán en la cara, maldecirán Tu nombre y acabarán matándote. Créeme, ¡no vale la pena!"

"¿Cuanto?", volvió a preguntar de nuevo Jesús.

El Diablo miró a Jesús y con odio, astucia y malicia le respondió:

  • "¡Toda Tu sangre, Tus lágrimas y Tu vida!" Jesús le contestó: -"¡HECHO!"… Y pagó el precio. El predicador levantó la jaula en alto, abrió la puerta y se marchó sin pronunciar más palabras.

¡Gracias…!

Gracias Papito por permitirme concluir este nuevo libro. Que sea éste Tú luz, Tú camino y Tú vida para todo aquel que lo lea, y una gran bendición para su alma.

Manos que Oran

Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia con 18 niños. Para poder poner pan en la mesa para tal prole, el padre y jefe de familia, trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro y en cualquier otra cosa que se presentara. A pesar de las condiciones tan pobres en que vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su padre jamás podría enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia.

Después de muchas noches de conversaciones calladas entre los dos, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas, para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa, con las ventas de sus obras, o como fuera necesario. Un domingo, al salir de la Iglesia, lanzaron al aire la moneda. Albretch Durer ganó y se fue a estudiar a Nuremberg.

Albert comenzó entonces el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció los próximos cuatro años para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia.

Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos, llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte.

Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albretch se puso de pie en el lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido que tanto se había sacrificado para hacer de sus estudios una realidad.

Sus palabras finales fueron: -"Y ahora, Albert, hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti".

Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa, hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien tenía el rostro empapado en lágrimas y movía de lado a lado la cabeza, mientras murmuraba una y otra vez:

"No… no… no…". Finalmente, Albert se puso de pie y secó sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en la mejilla de aquel, le dijo suavemente:

  • "No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Mira lo que cuatro años de trabajo en las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis manos se ha roto al menos una vez, y últimamente, la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis…, mucho menos podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino, y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, hermano…, para mí ya es tarde".

Más de 450 años han pasado desde ese día. Hoy en día, los grabados, óleos, acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en museos alrededor de todo el mundo. Pero seguramente usted, como la mayoría de las personas, sólo recuerde uno. Lo que es más, seguramente hasta tenga uno en su oficina o en su casa.

Un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert, Albretch Durer dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas, y los dedos apuntando al cielo. Llamó a esta poderosa obra simplemente "Manos", pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón a su obra de arte, y se le cambió el nombre a la obra por el de:

"Manos que oran".

La próxima vez que vea una copia de esa creación, mírela bien. Permita que sirva de recordatorio, si es que lo necesita, de que ¡nadie, nunca, triunfa solo!

Los Ingredientes del Bizcocho

Un niño le contaba a su abuelita que todo iba mal: la escuela, problemas con la familia y enfermedades.

Entretanto, su abuela confeccionaba un bizcocho. Después de escucharlo, la abuelita le dice: "¿Quieres una merienda?". A lo cual, el niño le contesta: "¡Claro que sí!". "Toma, aquí tienes un poco de aceite de cocinar". "Yuckkkk", dice el niño."¿Qué te parecen un par de huevos crudos?". "ARRR, ¡abuela!". "Entonces, ¿prefieres un poco de harina de trigo, o tal vez un poco de levadura?

"Abuela, ¿te has vuelto loca?, ¡todo eso sabe horrible!". A lo que la abuela responde:

  • "Sí, todas esas cosas saben horrible, cada una aparte de las otras. Pero si las pones juntas en la forma adecuada, haces un delicioso bizcocho. Dios trabaja de la misma forma. Muchas veces nos preguntamos por qué nos permite andar caminos y afrontar situaciones tan difíciles.

Pero cuando Dios pone esas cosas en su orden divino, ¡todo obra para bien! Solamente tenemos que confiar en El, y a la larga, veremos que Dios hace algo maravilloso.

¡Dios te ama con locura'. Si Dios tuviera una nevera, ¡pondría tu retrato en la puerta! Si tuviera una billetera, ¡tu foto estaría allí! Te envía flores cada primavera y el sol sale para tí cada mañana. Cuando quieres hablar, Él te está escuchando. Puede vivir en cualquier parte del universo y ha escogido vivir en tu corazón. Y qué te parece el regalo de Navidad que te envió a Belén. Su locura de amor se demostró plenamente aquel viernes en el Calvario y el domingo de Resurrección. La locura de Su amor por tí no tiene límites. Llora todo lo que necesites llorar…, Él secará tus lágrimas. El te dará otro día para reír de lo que un día te hizo llorar. Sólo espera y, sobre todo…, TEN FE.

Los 3 Conejos

Una pareja de recién casados era muy pobre y vivía de los favores de un pueblito del interior. Un día, el marido le hizo la siguiente propuesta a su esposa:

  • "Querida, yo voy a salir de la casa, voy a viajar bien lejos, buscar un empleo y trabajar hasta tener condiciones para regresar y darte una vida mas cómoda y digna. No sé cuánto tiempo voy a estar lejos; sólo te pido una cosa, que me esperes, y mientras yo esté lejos, me seas fiel, pues yo te seré fiel a tí".

Así, siendo joven aún, caminó muchos días a pie, hasta encontrar un hacendado que estaba necesitando de alguien para ayudarlo en su hacienda. El joven llegó, se ofreció para trabajar y fue aceptado… Pidió hacer un trato con su jefe, el cual fue aceptado también. El pacto fue el siguiente:

  • "Déjeme trabajar por el tiempo que yo quiera y cuando yo estime que debo irme, usted me liberará de mis obligaciones. Yo no quiero recibir mi salario, le pido a usted, mi señor, que lo coloque en una cuenta de ahorro hasta el día en que me vaya. El día que yo salga, usted me dará el dinero que yo haya ganado".
    Estuvieron ambos de acuerdo. Aquel joven trabajó durante 20 años, sin vacaciones y sin descanso. Después de veinte años, se acercó a su patrón y le dijo: -"Patrón, ya quiero mi dinero pues quiero regresar a mi casa". El patrón le respondió: - "Muy bien, hicimos un pacto y voy a cumplirlo sólo que, antes, quiero hacerte una propuesta, ¿está bien?. Yo te doy tu dinero y tú te vas, o te doy tres consejos y no te doy el dinero y te vas. Si yo
    te doy el dinero, no te doy los consejos y viceversa. Vete a tu cuarto, piénsalo y después me das la respuesta".

Él pensó durante dos días, buscó al patrón y le dijo: -"Quiero los 3 consejos".
El patrón le recordó: - "Si te doy los consejos, no te doy el dinero". Y el empleado respondió: -"Quiero los consejos" El patrón entonces le aconsejó:

"NUNCA TOMES ATAJOS EN TU VIDA. Caminos más cortos y desconocidos te pueden costar la vida.
NUNCA SEAS CURIOSO DE AQUELLO QUE REPRESENTE EL MAL, pues la
curiosidad por el mal puede ser fatal.
NUNCA TOMES DECISIONES EN MOMENTOS DE ODIO Y DOLOR, pues puedes arrepentirte demasiado tarde.

Después de darle los consejos, el patrón le dijo al joven, que ya no era tan joven, así:

  • "Aquí tienes tres panes, dos para comer durante el viaje y el tercero es para comer con tu esposa cuando llegues a tu casa".

El hombre, entonces, emprendió el camino de regreso, después de veinte años lejos de su casa y al reencuentro con su esposa que él tanto amaba.

Después del primer día de viaje, encontró una persona que lo saludó y le preguntó:

  • "¿Para dónde vas?" El le respondió: -"Voy para un lugar muy distante, que queda a más de 15 días de caminata por esta carretera.

La persona le dijo entonces: -"Joven, este camino es muy largo, yo conozco un atajo por el cual llegarás en pocos días". El hombre, contento, comenzó a caminar por el atajo, cuando se acordó del primer consejo, entonces, regresó y volvió a seguir por el camino normal. Días después, supo que el atajo llevaba a una emboscada.

Después de algunos días de viaje y cansado al extremo, encontró una pensión a la orilla de la carretera donde poder hospedarse. Pagó la tarifa por un día y después de tomar un baño, se acostó a dormir. De madrugada, se despertó, asustado, con un grito aterrador. Se levantó de un salto y se dirigió hasta la puerta para ir a donde escuchó el grito. Cuando estaba abriendo la puerta, se acordó del segundo consejo. Regresó y se acostó a dormir.

Al amanecer, después de tomar café, el dueño de la posada le preguntó si no había escuchado el grito y él le contestó que sí lo había escuchado. El dueño de la posada le preguntó:

"¿Y no sintió curiosidad?" Él le contestó que no. A lo que el dueño le respondió:

"Usted es el primer huésped que sale vivo de aquí, pues mi único hijo tiene crisis de locura, grita durante la noche y cuando el huésped sale, lo mata y lo entierra
en el quintal.

El joven siguió su larga jornada, ansioso por llegar a su casa. Después de muchos días y noches de caminata, ya al atardecer, vio entre los árboles humo saliendo de la chimenea de su pequeña casa. Caminó y vio entre los arbustos la silueta de su esposa. Estaba anocheciendo, pero alcanzó a ver que ella no estaba sola. Anduvo un poco más, y vio que ella tenía recargado en sus piernas, un hombre al que estaba acariciando los cabellos. Cuando vio aquella escena, su corazón se llenó de odio y amargura y decidió correr al encuentro de los dos y matarlos sin piedad. Respiró profundo, apresuró sus pasos, cuando recordó el tercer consejo. Entonces, se paró y reflexionó; decidió dormir ahí mismo aquella noche y al día siguiente tomar una decisión. Al amanecer, ya con la cabeza fría, él dijo:

  • "NO VOY A MATAR A MI ESPOSA". "Voy a volver con mi patrón y a pedirle que me acepte de vuelta. Sólo que antes, quiero decirle a mi esposa que siempre
    le fui fiel a ella". Se dirigió a la puerta de la casa y tocó.

Cuando la esposa le abre la puerta y lo reconoce, se cuelga de su cuello y lo abraza afectuosamente. El trata de quitársela de encima, pero no lo consiguió. Entonces, con lágrimas en los ojos, le dijo:

  • "Yo te fui fiel y tú me traicionaste…" Ella, espantada le responde:
  • "¿Cómo…?, yo nunca te traicioné, te esperé durante veinte años.

El, entonces, le preguntó: -"¿Y quién era ese hombre que acariciabas ayer por la tarde? Y ella le contestó: - "AQUÉL HOMBRE ES NUESTRO HIJO".

Cuando te fuiste, descubrí que estaba embarazada. Hoy, él tiene veinte años de edad. Entonces el marido entró, conoció, abrazó a su hijo y les contó toda su historia mientras su esposa preparaba la cena. Se sentaron a comer el último pan juntos.

Después de la oración de agradecimiento, con lágrimas de emoción, él partió el pan y, al abrirlo, se encontró todo su dinero, el pago de sus veinte años de dedicación.

Muchas veces creemos que los atajos "queman etapas" y nos ayudan a llegar más rápido, lo que no siempre es verdad…

Muchas veces somos curiosos, queremos saber de cosas que ni nos dan respeto y no nos traen nada de bueno.

Otras veces, reaccionamos movidos por el impulso, en momentos de rabia y después fatal y tardíamente nos arrepentimos…

Espero que tú, así como yo, no te olvides de estos consejos, no te olvides también de Confiar (aunque tengas muchos motivos para desconfiar).

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