por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
John X se levantó del banco, arregló su uniforme, y estudió la multitud de gente que se abría paso hacia la Gran Estación Central. Buscó la chica cuyo corazón él conocía, pero cuya cara nunca había visto: la chica de la rosa.
Su interés en ella había comenzado 13 meses antes, en una Biblioteca de Florida. Tomando un libro del estante, se encontró intrigado, no por las palabras del libro, sino por las notas escritas en el margen. La escritura reflejaba un alma pura, de grandes valores, y capaz de grandes sacrificios.
En la contraportada del libro descubrió el nombre de la dueña anterior, la señorita Hollys Maynell. Con tiempo y esfuerzo, localizó su dirección en Nueva York. Él le escribió una carta para presentarse, y para invitarla a corresponderle.
Al día siguiente, John fue enviado en barco para servir en la Segunda Guerra Mundial. Durante un año y un mes, los dos se conocieron a través del correo, y un romance fue creciendo. John le pidió una fotografía, pero ella se negó, porque sentía que una relación verdadera no se puede fundamentar en apariencias.
Cuando por fin llegó el día en que él regresaría de Europa, arreglaron su primer encuentro: a las 7:00 PM en la Gran Estación Central de Nueva York.
- "Tú me conocerás"- dijo ella, -"por la rosa roja que llevaré en la solapa".
Así que a las 7:00 PM, puntual, John estaba en la estación buscándola.
Dejaré que el señor "X" les diga lo que sucedió:
- "Una joven vino hacia mí, su figura era alta y esbelta. Su cabello rubio y rizado se
encontraba detrás de sus delicadas orejas; sus ojos eran azules como flores. Sus labios y
su mentón tenían una gentil firmeza, y en su traje verde pálido lucía como la primavera
en vida. Yo comencé a caminar hacia ella, sin darme cuenta que no llevaba la rosa. Mientras me movía, una pequeña sonrisa curvó sus labios:
- "¿Buscas a alguien, marinero?"- murmuró la dama. Casi incontrolablemente di un
paso hacia ella, y entonces vi a Hollys Maynell. Estaba parada casi directamente detrás de la chica, con la rosa en la solapa. Una mujer, ya pasada de sus 40, con cabello grisáceo y algo gruesa.
La chica del traje verde se iba rápidamente. Sentí como si me partieran en dos: mi deseo tan agudo de seguirla, y a la vez mi tan profundo anhelo por la mujer de corazón puro, que por correspondencia me había acompañado y apoyado durante tiempos difíciles. Y ahí estaba ella; tenía un aspecto amigable y sereno.
No puedo negar que me sentí de pronto decepcionado. Pero enseguida comprendí que ese sentimiento respondía sólo a la pasión y la fantasía. Contradecía todo lo que, precisamente, con la ayuda de Miss Maynell, había descubierto sobre el amor verdadero. Fue por eso que di el paso, y la saludé con auténtico entusiasmo. Es cierto, esto no sería romance, pero sería algo preciado, algo quizás mejor que el romance, una amistad por la que había y debía estar siempre agradecido.
- "Soy el Teniente John X, y usted debe ser la Srta. Maynell, ¿la puedo llevar a cenar?"
- "Muchas gracias"-, dijo la mujer, -"pero usted busca a mi hija. Es la joven con el vestido verde, que se acaba de ir. Me entregó su rosa, y me dijo que si usted me invitaba a cenar, se la entregase para que usted se la lleve. Lo está esperando en el restaurante de enfrente."
Aquel encuentro ocurrió al fin de la Segunda Guerra Mundial, hace más de 50 años. John y Maynell son ya muy ancianos, pero los años sólo han aumentado aquel amor probado, que resultó ser verdadero.
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
Hoy es el día más feliz de mi existencia; invité a cenar a Dios a mi casa, y lo más sorprendente es que aceptó, tal vez porque festejamos la Navidad.
Así que decidí arreglar de forma muy especial la casa. Necesitaba que todo estuviera en perfecto orden. ¡No lo podía creer! ¡Dios va a cenar hoy con mi familia!
Este evento tan especial no se lo comenté a nadie, para que fuera una sorpresa; sólo les pedí que dejaran un lugar en la mesa y, aunque se encontraban un tanto extrañados, lo hicieron.
El tiempo transcurría, la noche se acercaba y acrecentaba mi nerviosismo. Al dar las 8:00 de la noche, los invitados empezaron a llegar: mis padres, mis hermanos, mis primos, mis amigos; ninguno de ellos imaginaba lo que estaban a punto de ver.
Al observar a tanta gente, decidí ir a comprar unos refrigerios; subí al automóvil, y en el trayecto a la tienda de autoservicio, observé a un niño que me pedía una moneda para mal comer; aquel chiquillo me inspiró ternura, y decidí invitarlo a cenar.
Se subió al automóvil, y al llegar a la tienda, nos encontramos a una viejecita que me pedía un trozo de pan; sin saber por qué le compré varias cosas para que cenara; en agradecimiento, me dio su bendición, y sentí algo hermoso.
Rumbo a mi hogar, observé a una jovencita que vendía, por pocas monedas, su cuerpo; se encontraba temblando de frío y, cosa extraña, tomé mi saco, me acerqué y la cobijé con él; le dejé mi tarjeta para que me visitara después, ofreciéndole un buen trabajo, y le pedí que no siguiera vendiendo su cuerpo. Además, le regalé mis refrigerios; la chica sólo sonrió, se enjugó una lágrima, y partió feliz a su hogar. Al final, llegué sin nada a mi casa.
Mi niño invitado, después de bañarse y estrenar una ropita que le regalaron mis hijos, platicaba feliz con ellos. El tiempo transcurría, y Dios no llegaba.
Se sirvió la cena, y ahí estaba su lugar vacío, donde senté al niño. Mi familia estaba orgullosa de mí, pues creían que esa era la sorpresa, pero en realidad era otra.
Dios nunca llegó y, antes de dormir, me encerré en mi cuarto y le reclamé sollozando:
- Dios, tú me prometiste que cenarías en mi casa ¿por qué hiciste esto, por qué me fallaste?
Y Dios, con su voz hermosa me contestó:
- Hijo mío, yo cené en tu casa, y siempre estuve a tu lado; cuando compartiste el pan con
aquella viejecita de la tienda, y ayudaste a cobijar a esa pobre jovencita ¿acaso no lo recuerdas?
- Pero Dios, no te vi -respondí. Estuve disfrutando contigo la dicha de tus padres, tus amigos, tu familia, jugando con tus hijos, compartiendo el orgullo de tu familia por ti, y claro que cené con ustedes.
- Pero no te vi -volví a responder. ¿Recuerdas aquel niño al que invitaste a cenar, y sentaste en aquel lugar vacío? -Sí. - Pues ahí, en él estuve yo. Rápido, corrí a ver al niño invitado y, sorpresivamente, ya no estaba; desde entonces, cada Navidad invito a un niño a cenar a mi hogar. Juntos nos divertimos, y rezamos el "Padre nuestro".
Recuerda que Dios está contigo en tus buenas acciones; consérvalo a tu lado. Si quieres conocer a Dios, mira a tu alrededor; lo verás jugando en los niños, y sonriendo en las flores. Lo que Dios busca es tu corazón, más que tu ofrenda.
"No mires hacia lo que pueda pasar mañana, nuestro Padre te protegerá del sufrimiento, o te dará la fortaleza para soportarlo" Dios es el comienzo, el medio y el fin.
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
En una ocasión, en la carrera de los 100 mts con obstáculos de las olimpiadas de 1980, salieron los 8 competidores.
El número 5 tiró el primer obstáculo, luego el segundo y el tercero; su desesperación fue tanta, que no pudo saltar totalmente el cuarto y tropezó con el, cayendo pesadamente.
Desde el suelo vio a los demás alejarse, sin embargo, se puso en pie y continuó la carrera; se dio cuenta de que su rodilla sangraba y que su pierna no tenía la fuerza necesaria por el golpe, pero aún así continuó, tropezando más adelante con otro obstáculo, y cayendo nuevamente.
En ese punto, ya los otros competidores habían pasado la meta y los que estaban alrededor de la pista le decían que saliera de la pista, pues estaba sangrando, y de todas formas ya no iba a ganar la carrera, pero este atleta no les hizo caso, se levantó y siguió adelante. Su objetivo era llegar a la meta, y lo iba a lograr sin importar lo que pasara. La gente en las graderías estaba atónita, al ver la persistencia de aquel hombre.
Finalmente, llegó al final de la pista; en ese momento, todo el estadio olímpico se puso de pie, y estalló en una ovación al hombre que había demostrado qué era lo más importante en una carrera: ¡Perseverar hasta el final, sin importar los tropiezos!
En esta vida, mis amigos, sentimos muchas veces que hemos caído demasiado, y que ya no podemos más, pues pensamos que la carrera está perdida. Nunca estás tan abajo, que Dios no te pueda levantar, ni tan lejos que Dios no te pueda alcanzar. ¡Sigue! Sigue hasta el final… Que ahí estará tu creador con los brazos abiertos…
Aplaudiendo tu perseverancia y confianza en él, y dispuesto a entregarte tu corona de vencedor…
¡Sigue hasta la meta!
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
Además de ser amigos, y compartir muchas cosas en común, Pedro, Sergio, Elena, Rosa y Jaime eran escritores e historiadores, que preparaban juntos una novela histórica sobre la vida de un noble castellano.
Para ello, se dirigieron a un castillo localizado en la provincia de Valladolid, al cual llegaron cuando ya estaba cayendo la tarde. Recorrieron cada uno de sus salones y dormitorios, cuando de repente se oyó el sonido de un trueno, apagándose las luces inmediata y sospechosamente.
Elena aseguró a sus amigos que no había por que inquietarse; ya que se trataba de un corte de luz. Pero el apagón se hacía más largo, y el castillo más tenebroso e inseguro. La única solución que propuso Pedro, fue quedarse quietos hasta que se restableciera el servicio eléctrico…pero era febrero, y Valladolid es una ciudad muy fría, y posiblemente el frío acabaría antes con ellos.
Sergio alargó la mano hacia la pared, y haciendo un esfuerzo, sacó un pedazo de madera. -"Esto nos servirá, denme un encendedor", dijo.
Con aquel pedazo de madera, hizo una antorcha. La llama iluminaba la estancia, como si
fuese un diminuto sol.
Sergio avanzó, guiando al resto del grupo, para poder salir del castillo.
- Debemos de salir de aquí todos juntos, pues sólo tenemos una antorcha. Así que, permanezcamos unidos, -pidió.
Todos aceptaron, todos menos Jaime, quien argumentó conocer perfectamente el castillo, y no necesitar de nadie para salir de el. Además, continuó, la oscuridad no era tan grande, y hasta era posible encontrarse otro pedazo de madera para hacer una antorcha, aunque no le hacía falta.
Sus amigos trataron de disuadirlo, pero Jaime era demasiado orgulloso, y prescindía siempre de toda la ayuda ofrecida.
El grupo prosiguió su camino hacia la salida del castillo; ya afuera, y conservando aún la antorcha encendida, -porque la noche estaba oscura-, oyeron un estrépito. Sergio, con la antorcha en la mano, salió corriendo hacia el lugar de donde provenía el ruido.
En el suelo yacía, en un charco de sangre, el cadáver del infortunado Jaime, quien se había precipitado por una de las escaleras del castillo. Los cuatro amigos lloraron la muerte de su infortunado amigo. Pero si Jaime hubiese seguido a Sergio, quien llevaba la antorcha, él hubiese permanecido con vida.
Como los protagonistas de esta historia, nosotros también nos hallábamos en un castillo, al que la tormenta del pecado dejó sin luz. Dios, por su infinito amor, mandó a su Hijo Jesús, para que con la antorcha de su vida, nos saque de las tinieblas de nuestro castillo. Pretender prescindir de su luz y de su ayuda, es exponerse a caer a un precipicio del cual no habrá salida.
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
A un amigo mío llamado David, su hermano le dio un automóvil como regalo.
Un día, cuando David salió de su oficina, un niño de la calle estaba caminando alrededor del brillante coche nuevo admirándolo.
- Señor, ¿éste es su coche?- preguntó. David afirmó con la cabeza.
- Mi hermano me lo regaló. El niño estaba asombrado. ¿Quiere decir que su
hermano se lo regaló y a usted no le costó nada? ¡Vaya! me gustaría…- titubeó
el niño.
Desde luego, David sabía lo que el niño iba a decir: que le gustaría tener un auto o un hermano así, pero lo que el muchacho realmente dijo, estremeció a David de pies a cabeza:
- Me gustaría -prosiguió el niño- poder ser un hermano así. David miró al niño con asombro, e impulsivamente añadió: - ¿Te gustaría dar una vuelta en mi auto?.
- ¡Ah sí, eso me encantaría! Después de un corto paseo, el niño volteó, y con los ojos chispeantes dijo: - Señor… ¿No le importaría que pasáramos frente a mi casa?
David sonrió. Creía saber lo que el muchacho quería.
Quería enseñar a sus vecinos que podía llegar a su casa en un gran automóvil… Pero de nuevo, David estaba equivocado.
- ¿Se puede detener donde están esos dos escalones?- pidió el niño.
Subió corriendo, y al poco rato, David oyó que regresaba, pero no venía rápido. Llevaba consigo a su hermanito lisiado. Lo sentó en el primer escalón, entonces le señaló hacia el coche.
- ¿Lo ves, Juan?. Allí está, tal como te lo dije, allí arriba.
Su hermano se lo regaló y a él no le costó ni un centavo, y algún día yo te voy a regalar uno igualito… entonces podrás ver por ti mismo todas las cosas bonitas de los escaparates, de las que he estado tratando de contarte.
David bajó del coche, y subió al muchacho enfermo al asiento delantero.
El hermano mayor, con los ojos radiantes, se subió tras de él y los tres comenzaron un paseo memorable.
Ese día, David comprendió lo que Dios quería decir con: "Hay más dicha en dar…"
No olvides:
Dar vida a otras vidas… Dar esperanza… Somos lo que pensamos. Somos lo que decidimos ser. Decidamos ser hombres y mujeres de VALORES.
¡Nuestro mundo lo necesita desesperadamente! Dios quiere que aprendamos la lección.
Comienza por dar así el cariño que requieren todas las personas que estimas.
Dios te bendice.
“La generosidad enriquece nuestra existencia”
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4
Un amigo me contó esta historia de algo que le sucedió, mientras su papá estaba cazando venados en los bosques de Oregon.
Con el rifle acunado en el hueco de sus brazos, su padre iba por un antiguo camino de leñadores, casi borrado por la exuberante espesura. Caía la tarde, y estaba pensando en regresar al campamento, cuando oyó un ruido en los arbustos cerca de él. Antes de que tuviera oportunidad de levantar el rifle, un bultito castaño y blanco corrió hacia él a toda velocidad. Mi amigo se reía, mientras me contaba la historia.
"Todo sucedió tan rápido, que papá apenas tuvo tiempo de pensar. Miró hacia abajo, y allí estaba un conejito castaño (en extremo agotado) acurrucado contra sus piernas entre sus botas. La cosita temblaba como una hoja, pero allí estaba sin moverse.
Esto era sumamente raro. Los conejos silvestres tienen miedo de la gente, y ni siquiera es fácil llegar a ver alguno… mucho menos uno que venga, y se siente entre nuestros pies.
Mientras papá trataba de encontrarle explicación a aquello, otro actor entro en la escena: Más abajo, en el camino, una comadreja saltó al camino. Cuando vio a mi padre y a la que consideraba su presa, sentada a sus pies, el predador quedó congelado. El hocico jadeante, y sus ojos con un brillo rojo.
El conejito, exhausto por la persecución, estaba a sólo segundos de la muerte. Papá era su última esperanza de refugio. Olvidando su natural recelo y miedo, el animalito instintivamente se había pegado a él, buscando protección de los afilados dientes de su implacable enemigo".
El padre de mi amigo no lo decepcionó: alzó su rifle, apuntó y disparó al suelo, justo debajo de la comadreja. El animal pareció saltar casi recto al aire un par de pies, y entró disparado hacia el bosque de nuevo, a toda la velocidad que sus patas se lo permitían.
Durante un rato, el conejito no se movió. Siguió echado allí, acurrucado entre los pies del hombre, mientras él le hablaba suavemente:
"¿A dónde fue? No pienso que te molestará por un tiempo. Parece que esta noche te has librado de la trampa".
Pronto, el conejito se fue saltando, alejándose de su protector para entrar en el bosque.
Y tú…, ¿A dónde corres en momentos de necesidad?
¿A dónde corres cuando te persiguen los predadores como los problemas, las preocupaciones y los temores?
¿Dónde te refugias, cuando tu pasado te persigue como un lobo implacable, tratando de destruirte?
¿Dónde buscas protección, cuando las comadrejas de la tentación, la corrupción y la
maldad amenazan con vencerte?
¿A dónde te vuelves cuando tus energías se agotan… cuando la debilidad te embarga, y sientes que no puedes huir por más tiempo?
¿Te vuelves a tu protector…? ¡Vamos… anímate!, deja de correr, y vuélvete a tu padre Dios. Él te está esperando con los brazos abiertos, para darte la seguridad de todo lo que El es.