El Jóven que Quería Cambiar el Mundo

Hubo una vez un joven que quería cambiar al mundo, que predicó su filosofía y su verdad en los mejores años de su vida, pero veía que sus esfuerzos eran vanos.

De pronto decidió continuar, ya no con el mundo, sino con su país.
Ahí hablaban su mismo lenguaje, y le entenderían mejor y además, si lograba cambiar a su país, cambiaría al mundo.

Así pues, los años siguientes se dedicó a recorrerlo, y obtuvo el mismo resultado. Todo esfuerzo de cambio fue inútil.

Recapacitó y decidió que tenía que empezar por su ciudad natal; ahí conocía bien las costumbres y creencias y, al cambiar a su ciudad, cambiaría a su país y después al mundo.
En este momento era ya un hombre, y recorrió su ciudad confiando en que, por su experiencia, los demás lo seguirían. Pero el resultado fue igualmente negativo.

Siendo ya un anciano, recapacitó y pensó que en toda su vida había vivido en un error, que debió haber empezado por su familia; y así, cambiando a su familia cambiaría a su ciudad, a su país y por último al mundo.

Y fue así como dedicó los años que le quedaban de vida, tratando de cambiar a la gente más cercana a él, con los mismos resultados; el cambio jamás se gestó.
Ya en su lecho de muerte, le sobrevino este pensamiento:

¡Me equivoqué siempre, si hubiera empezado por mí, mi familia hubiera cambiado, y mi ciudad, mi país y mi mundo!

¿Y tú… hasta cuándo vas a esperar para cambiar?

El Hombre del Cruce de Caminos

Érase una vez un hombre que vivía muy cerca de un importante cruce de caminos.
Todos los días, a primera hora de la mañana, llegaba hasta allí, donde instalaba un puesto rodante, en el cual vendía bocadillos que él mismo horneaba.
Era sordo, por lo tanto no escuchaba la radio. No veía bien, entonces tampoco leía los diarios.

Meses después alquiló un terreno, levantó un gran letrero de colores, y personalmente pregonaba su mercancía, gritando a todo pulmón:

  • Compre deliciosos bocadillos calientes. Y la gente compraba cada día más.
    Aumentó la compra de insumos y la calidad de los ingredientes, alquiló un terreno más grande y mejor ubicado, y sus ventas se incrementaron día a día.
    Su fama aumentaba, y su trabajo era tanto, que decidió buscar a su hijo, un hombre de negocios de una gran ciudad, para que lo ayudara.

A la carta del padre, su hijo respondió: "¡Pero papá! ¿No escuchas la radio, no lees los periódicos ni ves televisión? ¡Este país está atravesando una gran crisis, la situación es muy mala… ¡No podría ser peor!"

El padre pensó:

  • Mi hijo trabaja en una gran ciudad, lee los periódicos y escucha la radio, tiene contactos importantes… Debe saber de qué habla…".

Así que, revisó sus costos, compró menos pan, disminuyó la compra y la calidad de cada uno de los ingredientes, y dejó de promocionar su producto. Su fama y sus ventas disminuyeron día a día.

Tiempo después, desmontó el letrero y devolvió el terreno. Aquella mañana escribió a su hijo y le dijo: "Tenías mucha razón; verdaderamente estamos atravesando una gran crisis".
La historia de la humanidad nos demuestra que sólo triunfan aquellos que creen poder hacerlo.

Así que, no hagas caso de los rumores pesimistas, ¡anímate, persevera y triunfa!

El éxito no es Casualidad

El éxito no es una casualidad, sino la recompensa para quien lo buscó y luchó por él:

Para quien al caer supo levantarse.
Para quien necesitó ayuda, y supo pedirla.
Para quien, cuando se sintió solo, buscó compañía.
Para quien, cuando tuvo dudas, buscó un consejero.
Para quien, antes de buscar ser entendido, pudo entender.
Para quien estuvo dispuesto a empezar en cualquier momento.
Para quien comprendió que el amor es la fiel recompensa de amar.

El Día en que Jesús Guardó Silencio… ¿Un Sueño?

El día en que Jesús Guardo Silencio Aún no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño.

Sólo recuerdo que ya era tarde, y estaba en mi sofá preferido, con un buen libro en la mano.

El cansancio me fue venciendo, y empecé a cabecear…

En algún lugar, entre la semi-inconsciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón. No tenía nada de especial, salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las grandes bibliotecas.

Los ficheros iban del suelo al techo, y parecía interminable en ambas direcciones.

Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención un cajón titulado:

"Muchachas que me han gustado".Lo abrí descuidadamente, y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión. Había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las muchachas que a mí me habían gustado!

Sin que nadie me lo dijera, empecé a sospechar en dónde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que mi memoria había ya olvidado.

Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado de intriga, empezó a recorrerme, mientras abría los ficheros al azar, para explorar su contenido.

Algunos me trajeron alegría y momentos dulces; otros, por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que volverme para ver si alguien me observaba.

El archivo "Amigos" estaba al lado de "Amigos que traicioné" y "Amigos que abandoné cuando más me necesitaban".

Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo.

"Libros que he leído", "Mentiras que he dicho", "Consuelo que he dado", "Chistes que conté", otros títulos eran: "Asuntos por los que he peleado con mis hermanos", "Cosas hechas cuando estaba molesto", "Murmuraciones cuando mamá me reprendía de niño", "Videos que he visto"… No dejaba de sorprenderme de los títulos.

En algunos ficheros, había muchas más tarjetas de las que esperaba, y otras veces menos de lo que yo pensaba. Estaba atónito del volumen de información de mi vida que había acumulado.

¿Sería posible que hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una, escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma.

Cuando vi el archivo "Canciones que he escuchado", quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y, ni aún así, vi su fin.
Me sentí avergonzado, no por la calidad de la música, sino por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido.

Cuando llegué al archivo: "Pensamientos lujuriosos" un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sólo abrí el cajón unos centímetros. Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado, al constatar que "ese" momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado… No necesitaba ver más…

Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento dominaba mi mente: Nadie debe de ver estas tarjetas jamás. Nadie debe entrar jamás a este salón. ¡Tengo que destruirlo! En un frenesí insano, arranqué un cajón, tenía que vaciar y quemar su contenido.

Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola del cajón. Me desesperé y traté de tirar con más fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que el acero, cuando intentaba arrancarlas. Vencido, y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar.

Apoyando mi cabeza al interminable archivo, testigo invencible de mis miserias y triunfos, empecé a llorar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar en algo mi situación:

"Personas a las que les he compartido el Evangelio". La manija brillaba; al abrirlo encontré menos de 10 tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos, lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de rodillas al suelo, llorando amargamente de vergüenza.

Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesito encontrar la llave, y cerrarlo para siempre.

Y mientras me limpiaba las lágrimas, lo vi.
¡Oh no!, ¡por favor no!, ¡El no!, ¡cualquiera menos Jesús!

Impotente, vi como Jesús abría los cajones, y leía cada una de mis fichas. No soportaría ver su reacción. En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada. Intuitivamente, Jesús se acercó a los peores archivos.

¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en sus ojos, buscó mi mirada, y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé las manos al rostro, y empecé a llorar de nuevo. Él se acercó, puso sus manos en mis hombros. Pudo haber dicho muchas cosas, pero Él no dijo una sola palabra; allí estaba, junto a mí, en silencio.

Era el día en que Jesús guardó silencio… y lloró conmigo.

Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba su nombre sobre el mío.

-¡No!- le grité corriendo hacia Él. Lo único que atiné a decir fue sólo ¡no!, ¡no!, ¡no!, cuando le arrebaté la ficha de su mano. Su nombre no tenía por que estar en esas fichas. No eran sus culpas, ¡eran las mías!

Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomó la ficha de mi mano, me miró con una sonrisa triste, y siguió firmando las tarjetas.

No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al siguiente instante, lo vi cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura a los ojos, y me dijo:

  • Consumado es, está terminado, yo he cargado con tu vergüenza y culpa.

En eso, salimos juntos del salón… salón que aún permanece abierto…
Porque todavía faltan más tarjetas que escribir.

Aún no sé si fue un sueño, una visión, o una realidad… Pero, de lo que sí estoy convencido, es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de qué alegrarse, menos tiempo perdido, y menos fichas vanas y vergonzosas.

El Dedo

Las personas inconformes y difíciles de contentar, están bien descritas en esta historia.
Un pobre hombre se encontró con un antiguo amigo, que se había dedicado a la oración y al crecimiento espiritual. El amigo tenía un don sobrenatural, que le permitía hacer milagros.

Como el hombre se quejara de cuantas dificultades estaba pasando en su vida, su amigo, condolido de su situación, tocó con el dedo un ladrillo que, de inmediato, quedó transformado en oro. Se lo ofreció al pobre, pero a éste le pareció que eso era muy poco, y siguió quejándose.

Entonces su amigo tocó un león de piedra, que se convirtió en un león de oro macizo, y lo agregó al ladrillo de oro. Pero el pobre encontró que el regalo era aún insuficiente, y entonces el hacedor de prodigios le preguntó:

  • Bueno… Y ¿Qué es lo que tú quieres? ¿Qué más deseas, pues? Enseguida contestó el otro: - ¡QUISIERA TU DEDO!

Muchos no se conforman con lo que tienen, ni aprenden a valorar lo que poseen, porque siempre están pensando en lo que no tienen.
Es el mismo caso del hombre, que se quejaba de que no tenía zapatos… hasta que vio a otro que no tenía pies.

El Concurso de Belleza

Un exitoso producto de belleza invitó a la gente de una gran ciudad a enviar fotografías junto a breves cartas, hablando de las mujeres más bellas que conocieran. En un par de semanas, miles de cartas fueron entregadas a la compañía.

Una carta en particular llamó la atención de los empleados, y rápidamente llegó a las manos del presidente de la compañía. La carta había sido escrita por un muchacho joven, el cual provenía obviamente de un hogar destruido, que vivía en un barrio de bajo nivel económico.

Mostrando errores de escritura, un extracto de esa carta decía:
"Cruzando la calle, enfrente de mi casa vive una hermosa mujer. La visito todos los días.

Ella me hace sentir como si fuese el chico más importante del mundo. Jugamos a las damas, y ella escucha mis problemas. Ella me comprende, y cada vez que la dejo, grita desde la puerta que está orgullosa de mí".

El muchacho termina la carta diciendo:
"Esta fotografía le mostrará que ella es la mujer más hermosa. Espero tener una mujer tan linda como ella".

Intrigado por la carta, el presidente pidió ver la fotografía. Su secretaria le alcanzó la foto de una mujer sonriente, sin dientes, bastante avanzada en años, sentada en una silla de ruedas. El escaso cabello gris, estaba atado por atrás con un moño, y las arrugas, que formaban profundos surcos en su rostro, eran disimuladas de alguna manera, por el centello de su mirada.

"No podemos usar a esta mujer", explicó el presidente sonriendo. Ella mostraría al mundo que nuestros productos NO SON necesarios para ser bella".

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