Mensaje Poderoso

Grabado en la pared del Hogar de Niños en Calcuta

La gente es a menudo insensata, ilógica y egoísta. Perdónalos de todas maneras.

Si eres noble, la gente te puede acusar de egoísta. Sé noble de todas maneras.

Si eres exitoso, ganarás algunos amigos falsos, y algunos enemigos. Sé exitoso de todas maneras.

Si eres honesto y franco la gente te puede engañar. Sé honesto y franco de todas maneras.

Cuando pases años construyendo, alguien podría destruirlo de la noche a la mañana. Construye de todas maneras.

Si encuentras serenidad y felicidad, ellos podrían volverse envidiosos. Sé feliz de todas maneras.

El bien que hagas hoy la gente a menudo lo olvidará mañana. Haz el bien de todas maneras.

Dale al mundo lo mejor que tengas, aunque podría no ser suficiente. Dale al mundo lo mejor que tengas de todas maneras.

Verás que el análisis final es entre tú y Dios; nunca fue entre tú y ellos de todas maneras.

"No podemos hacer grandes cosas, sólo cosas pequeñas con Gran Amor"

Mecánico del Alma

Una vez, iba un hombre en su auto por una larga y muy solitaria carretera, cuando de pronto su auto comenzó a detenerse, hasta quedar estático. El hombre bajó, lo revisó, trató de averiguar qué era lo que tenía.

Pensaba que pronto podría encontrar el desperfecto que tenía su auto, pues hacía muchos años que lo conducía; sin embargo, después de mucho rato se dio cuenta de que no encontraba la falla del motor.

En ese momento apareció otro auto, del cual bajó un señor a ofrecerle ayuda. El dueño del primer auto dijo:

  • Mira, éste es mi auto de toda la vida; lo conozco como la palma de mi mano. No creo que tú, sin ser el dueño, puedas o sepas hacer algo.
    El otro hombre insistió, con una cierta sonrisa, hasta que finalmente el primer hombre dijo:
  • Está bien, haz el intento, pero no creo que puedas, pues éste es mi auto.
    El segundo hombre echó manos a la obra, y en pocos minutos encontró el daño que tenía el auto, y lo pudo arrancar.

El primer hombre quedó atónito, y preguntó:

  • ¿Cómo pudiste arreglar la
    falla, si es MI auto?
    El segundo hombre contestó - Verás, mi nombre es Félix Wankel… Yo inventé el motor rotativo que usa tu auto.

Cuántas veces decimos: Esta es MI vida; Este es MI destino, esta es MI casa… ¡Déjenme a mí, sólo yo puedo resolver el problema!. Al enfrentarnos a los problemas y a los días difíciles, creemos que nadie nos podrá ayudar, pues "ésta es MI vida".
Pero… Te voy a hacer una pregunta:

¿Quién hizo la vida? ¿Quién hizo el tiempo? ¿Quién creó la familia? Sólo aquel que es el autor de la vida y el amor, puede ayudarte cuando te quedes tirado en la carretera de la vida.

Te doy sus datos por si alguna vez necesitas un buen "mecánico":
Nombre del mecánico del alma: DIOS. Dirección: El Cielo. Horario: 24 horas al día, 365 días al año por toda la eternidad. Garantía: Por todos los siglos. Respaldo: Eterno. Teléfono: No tiene. Pero basta con que pienses en El con fe, además de que ésta línea no está nunca ocupada…

Marionetas de la Indecisión

En cierta ocasión, un señor realizó un largo viaje en compañía de su hijo. Como sólo disponían de un caballo, iniciaron el viaje turnándose la montura del animal. Para llegar a su destino, debían atravesar por cuatro pueblos diferentes.

Cuando llegaron al primer pueblo, el padre venía montado en el caballo, y el hijo caminaba un poco atrás. Al verlos, la gente de aquel lugar comentaba:

  • ¡Qué ingrato es ese hombre! ¡Como él viene sentado, no le importa que ese pobre muchacho se maltrate en el duro camino!

Un poco incómodos por los comentarios, abandonaron aquel sitio.
Al acercarse a un segundo pueblo y recordando lo sucedido, el padre ordenó a su hijo que se montara de inmediato en el caballo, y él continuó caminando a su lado. La gente del lugar les miró diciendo:

  • ¡Esto es una barbaridad!, ¡un muchacho en la flor de la vida, y permite que su viejo padre camine bajo este terrible sol! ¡Qué desconsiderado!
    No tardaron en salir de aquella ciudad. Más adelante divisaron el tercer pueblo. Antes de entrar, el padre le dijo a su hijo que le hiciera un campo en la montura. Así, ambos entraron
    cabalgando lentamente. Al contemplarlos, la gente expresaba:
  • ¡Pobre animal!, ¡tener que soportar el peso de esos dos hombres! ¡Hasta flaco y pálido se ve de lo mal alimentado que lo tienen!
    Continuaron avanzando hasta vislumbrar la cuarta ciudad. Esta vez, el padre le indicó a su hijo que era mejor entrar caminando, y dejar que el caballo descansara. Sin embargo, la gente al verlos decían entre sí:
  • ¡Qué hombres más tontos!, ¡teniendo un buen caballo, caminan a la par sin aprovecharlo!
    Muchas personas son como el padre y el hijo de esta historia: se dejan fácilmente influenciar por los demás, y necesitan contar con su consentimiento para llevar a cabo todo lo que hacen. Son fácilmente manipulables.

Viven su vida pendientes de lo que digan los demás. Dejan atrás sus proyectos, porque no reciben la aprobación de aquellos que les rodean. Sienten una increíble necesidad de tratar de quedar bien con los demás; empresa que es sumamente difícil de alcanzar.
Ten en cuenta un hecho trascendental para tu superación: nunca pienses con la cabeza de los demás. Decide por ti mismo.

Libérate del tonto temor de la crítica. Si tú eres de las personas que considera de vital importancia la opinión de los otros, recapacita y piensa cuánto más debes considerar su propia opinión, pues eres tú la persona que "supuestamente" más se conoce a sí misma. Y digo "supuestamente", porque uno nunca termina de conocerse a sí mismo. Pero, si debemos poner sobre una balanza nuestra opinión y la de los demás, definitivamente permite que el peso se incline a favor de la primera de ellas.

No te prives de realizar tus "sueños locos" por temor al "que dirán".
Tu vida te pertenece completamente. Nadie va a vivirla por ti. No necesariamente
tienes que hacer todo lo que te digan. Si la gente que te rodea realmente te aprecia, te aceptarán tal cual eres: con todos tus defectos y virtudes. No te conviertas en una marioneta de los demás.

Los consejos de las personas son importantes, pero tú serás el único que podrá discernir entre si debes tomarlos, o los dejas pasar de lado. Si deseas hacer algo, realízalo. Permítete el privilegio de decidir por tu propia cuenta. Y permítete además el privilegio de fracasar, si es que ello ocurre.

Recuerda que sobre las bases del fracaso se sostiene el edificio del éxito. Así que si caes, y el objetivo a alcanzar vale la pena, simplemente levántate e inténtalo de nuevo, cuantas veces sea necesario.

Los Obstáculos

Un sabio decía que nuestra de pensar se congela, y nos quedamos recorriendo siempre los mismos caminos, pues la mente se fija a las cosas que pensamos. Hoy en día, este fenómeno se conoce como "paradigma".

Imaginemos que vamos en bicicleta por una carretera: el aire fresco golpeándonos el rostro; los árboles, las nubes, la naturaleza, las aves, los montes lejanos…
Imaginemos que de pronto vemos una gran piedra, en medio del camino.

Si fijamos toda nuestra atención en la piedra -es decir, en el obstáculo-, por más que sólo ocupe un breve espacio en la carretera, terminaremos chocando con ella.

Pensemos cuántas veces descubrimos un obstáculo en nuestra vida, y al darnos cuenta, como si fuera la única opción, hacemos desaparecer todas las demás alternativas (el resto del camino… diálogo, otro trabajo), dirigiéndonos irremediablemente hacia el obstáculo.

No permitamos que los obstáculos desvíen nuestra atención, y nos hagan creer que ya no hay salida. Siempre hay oportunidades que vienen con ellos.

"La oportunidad, es la mitad del éxito".

Los Mandamientos de Nuestra Vida Juntos

¡Entonces: ¿Qué es el amor para ti?!, -me preguntó-.

¡No lo sé!, le contesté honestamente.

Y al ver que ella abría la boca para responderme, no me quise quedar atrás, y le dije.
Pero te propongo que lo aprendamos juntos, que partamos de darnos lo mejor de cada uno, que el dar no nos de tiempo para pensar en el quitar.

Que lo nuestro sea solamente eso, nuestro; que no sigamos modelos ni ejemplos externos, que nuestro encuentro sea algo diferente a los demás, que se base en el respeto, lealtad y perseverancia.

Que en nuestro vocabulario y relación nunca se escuche un: ¡Hasta aquí! o ¡Esto se acabó!, porque si empezamos este camino con esas palabras, no llegaremos juntos a su final; es más, no tiene ni caso que lo intentemos.

Pero que no falte el verbo perdonar y amar, que la rutina y la mediocridad no se agregue a la vida diaria; que el orgullo y el desdén queden fuera de nuestras conversaciones.

Y que la cereza que corone el pastel de nuestra relación, sea siempre la comprensión y la capacidad de ponernos en el lugar del otro, para acercarnos más a la forma de amar uno de otro.

¿Qué te parece?… le dije… y ella me contestó con los ojos brillantes: ¡Acepto!
No entendí la sonrisa de satisfacción en su rostro, hasta muchos años después.
Había pronunciado los mandamientos de nuestra vida juntos.
En un exceso de elocuencia, me comprometí a lo que las mujeres luchan toda su vida:
¡Hacer de sus hombres, buenos compañeros!

Los Hijos del Rey

Había una vez, hace mucho tiempo, una aldea en un país muy lejano. En esta aldea vivían cinco huérfanos. Ellos, como una solitaria familia de niños huérfanos, se habían unido para resguardarse contra el frío.

Un día, un Rey se enteró del infortunio de los niños, y decidió adoptarlos. Decretó que él sería el padre de ellos, y planeó ir a buscarlos. Toda la gente del país pensó que era raro que el Rey adoptara a esos niños. Él ya tenía bastante gente que cuidar. ¿Por qué los quiere el Rey? se preguntaba la gente. Pero el Rey tenía sus razones.

Cuando los niños supieron que tendrían un padre nuevo, y que éste vendría a visitarlos, se pusieron muy contentos y felices. Cuando la gente de la aldea supo que los niños tendrían un nuevo padre, y que su padre sería nada menos que "el Rey", y que éste vendría a la aldea, también se entusiasmaron mucho, y fueron a ver a los niños, para decirles lo que debían hacer:

  • Ustedes tienen que impresionar al Rey -les decían-. Solamente los que tienen grandes regalos que dar, tendrán permiso para vivir en el castillo.
    La gente no conocía al Rey. Ellos suponían que todos los reyes querían que los
    impresionaran. Así que los niños trabajaron por mucho tiempo, y muy fuerte, en la preparación de sus ofrendas.

Un niño, que sabía tallar, decidió darle al Rey una maravillosa obra de arte en madera. Asentó su cuchillo contra la suave corteza del olmo, y talló. Los bloquecitos de madera cobraron vida con los ojos de un gorrión, o la nariz de un unicornio. Su hermana decidió regalarle al Rey una pintura que capturara la belleza de los cielos, (una pintura digna de ser colgada en su castillo). Otra hermana eligió la música, como manera de impresionar al Rey. Ella practicó durante largas horas con su voz y su mandolina. La gente de esa aldea se paraba ante su ventana, y escuchaba a medida que su música cobraba alas, y se remontaba al cielo.

Había otro niño, decidido a impresionar al Rey con su sabiduría. Tarde en la noche lo hallaban, con su vela encendida y sus libros abiertos: geografía, matemáticas, química, etc.. La amplitud de su estudio era equiparada solamente por la profundidad de su deseo. Seguramente que un sabio como el Rey apreciaría todo su duro trabajo.

Pero había una ninita que no tenía nada que ofrecer. Su mano era torpe con el cuchillo, sus dedos tiesos con el cepillo. Abría su boca para cantar, pero el sonido era áspero. Era demasiado torpe para leer. No tenía talento, y no tenía regalo que dar. Todo lo que tenía para ofrecer era su corazón, pues su corazón era bueno.

Ella se pasaba el tiempo en las puertas de la ciudad, mirando a la gente ir y venir. Ganaba algunos centavos cepillando sus caballos, o alimentando a los animales. Ella era una niña de establo (una niña de establo sin establo), pero tenía un corazón bueno. Ella conocía a los mendigos por su nombre de pila, se tomaba tiempo para acariciar a cada perro, le daba la bienvenida a los viajeros, y saludaba a los extranjeros.

  • ¿Cómo le fue en su viaje? - preguntaba ella. ¿Cuénteme; qué aprendió en
    su visita?
  • ¿Cómo está su esposo? - ¿Le gusta su nuevo trabajo? Ella hacía muchas preguntas,
    porque su corazón era grande, y se interesaba por la gente. Pero como no tenía talento ni regalo, se puso nerviosa, pues el Rey podría enojarse. Los aldeanos le decían que el Rey esperaría un presente, y que ella debía decidirse a hacer uno. Así que tomó un cuchillo, y fue donde su hermano, el tallador.
  • ¿Me puedes enseñar a tallar? -preguntó-. Lo siento -respondió el joven
    artesano, sin levantar la vista-. Tengo mucho que hacer. No tengo tiempo para ti. Tú sabes
    que el Rey viene.

La niña guardó el cuchillo, tomó un pincel, y fue donde su hermana, la artista. La halló en una colina, pintando una puesta de sol en un lienzo.

  • Pintas muy bien, -le dijo la niña, que no tenía regalo, sino un gran corazón.
  • Lo sé, -respondió la pintora. ¿Podrías compartir conmigo tu don?
  • Ahora no, -respondió la hermana con los ojos fijos en su paleta de colores-. Tú sabes que el Rey viene.
    La niña recordó entonces a su otra hermana, la que cantaba.
  • Ella me ayudará, dijo-. Pero cuando llegó a su casa con su hermana, encontró una
    muchedumbre, a la espera de escuchar a su hermana cantando.
  • Hermana, -llamó-, hermana, vine a oír y aprender. Pero su hermana no pudo oír. El ruido de los aplausos era demasiado fuerte.

Con el corazón apesadumbrado, la niña se dio vuelta y se marchó. Entonces se acordó de su otro hermano.
Tomó un libro con palabras pequeñas y letras grandes, y fue a verlo.

  • No tengo nada qué ofrecerle al Rey, -dijo-. ¿Podrías enseñarme a leer, para que
    pueda mostrarle mi sabiduría?

El futuro joven sabio no habló. Estaba perdido en sus pensamientos. La niña sin don volvió a decir: ¿Puedes ayudarme? No tengo talento.

  • Vete, -dijo el estudioso-, apenas sacando sus ojos del texto. ¿No ves que me estoy
    preparando para la llegada del Rey?
    Y así, la niña se fue, apenada. No tenía nada qué dar. Volvió a su lugar, en las puertas de la ciudad, y reanudó su tarea de cuidar a los animales de la gente. Luego de unos días, llegó al pueblito un hombre vestido como comerciante, y le preguntó a la niña:
  • ¿Puedes alimentar a mi burro?

La huérfana se puso de pie de un salto, y miró la cara tostada del hombre que había viajado de tan lejos. Su piel era correosa por el sol, y sus ojos eran profundos. Una cálida sonrisa sobre la barba, animó a la niña.

  • Puedo, -respondió la niña, y llevó animosa, al animal al comedero. Déjemelo. Cuando
    usted regrese, estará limpio y alimentado.
  • Dígame, -preguntó ella mientras el burro bebía-. ¿Usted vino para quedarse?
  • Sólo por un tiempo. ¿Está cansado de su viaje? Así es.
  • ¿Desea sentarse y descansar? -Preguntó la niña, indicando por señas un banco que estaba cerca del muro-. El hombre alto de piel oscura, se sentó en el banco, se apoyó contra el muro, cerró los ojos y se durmió. Después de unas horas, abrió los ojos y se
    encontró a la niña, sentada a sus pies, mirándole la cara. Ella se avergonzó de que él la hubiera sorprendido mirándolo fijo, y se dio vuelta.
  • ¿Has estado sentada aquí por mucho tiempo? Sí ¿Qué buscas?
  • Nada. Usted parece ser un hombre bueno de corazón. Es bueno estar cerca de usted.
    El hombre sonrió, y tocó su barba. Eres una niña sabia -dijo-. Cuando vuelva, conversaremos más.

El hombre regresó bastante pronto, y la niña le preguntó:

  • ¿Halló a quienes buscaba? Los encontré, pero estaban demasiado ocupados para mí.
  • ¿Qué quiere decir?

a quienes vine a buscar estaban demasiado ocupados para verme. Uno estaba en una carpintería, apurado por terminar un proyecto. Me dijo que volviera mañana. Otra era una artista. La vi sentada en la ladera de una colina, pero la gente de abajo dijo que ella no quería que la distrajeran. La otra era músico. Me senté con los demás, y escuché su música. Cuando pedí hablar con ella, dijo que no tenía tiempo. El otro que buscaba, se había ido. Se fue a la ciudad para ir a la escuela.

Los ojos de la niña se ensancharon:

  • Pero usted no parece Rey, boqueóla niña-. Trato de no parecerlo,
    -explicó El-. Ser Rey puede ser algo solitario. La gente actúa de manera extraña a mi alrededor. Me piden favores. Tratan de impresionarme. Me presentan todas sus quejas.
  • Pero ¿no es para eso un Rey? -preguntó la niña-. -Cierto, -respondió el
    Rey, pero hay ocasiones en que solamente quiero estar con la gente. Hay veces que quiero hablar con ellos, saber cómo fue su día, reír un poco, llorar otro poco. Hay veces que solamente quiero ser el padre de ellos.
  • ¿Por eso adoptó a los niños? Por eso. A los niños les gusta hablar. Los adultos piensan que tienen que impresionarme; los niños, no. Ellos solamente quieren conversar conmigo.
  • Pero… ¿mis hermanos y hermanas estaban demasiados ocupados?
  • Lo estaban. Pero yo volveré, quizás tengan más tiempo otro día. ¿Te gustaría ir en mi burro hasta el castillo?

Y así fue como los niños con muchos talentos, pero sin tiempo se perdieron la visita del Rey, mientras que la niña cuyo único talento era su tiempo para conversar, llegó a ser su hija.
Y tú… ¿quieres llegar a ser hijo de Dios?…
Max Lucado

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