por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Recuerdo que antes de que yo naciera, estaba preocupado porque no conocía el mundo al que llegaría. Entonces le pedí a Dios instrucciones para vivir en esta tierra.
Dios acercó su voz a mi oído, y me dijo:
Sé como el sol. Levántate temprano, y no te acuestes tarde.
Sé como la luna. Brilla en la oscuridad, pero sométete a la luz mayor.
Sé como los pájaros. Come, canta, bebe y vuela.
Sé como las flores. Enamoradas del sol, pero fieles a sus raíces.
Sé como el buen perro. Obediente, pero nada más con su señor.
Sé como la fruta. Bella por fuera, saludable por dentro.
Sé como el día, que llega y se retira sin alardes.
Sé como el oasis. Da tu agua al sediento.
Sé como el río, siempre hacia adelante.
Sé como la luciérnaga. Aunque pequeña, emite su propia luz.
Sé como el agua. Buena y transparente.
Sé como José. Cree en tus sueños.
Sé como Lázaro. Levántate y anda.
Y sobre todas las cosas:
Sé como el cielo: la morada de Dios.
Señor, no permitas que me quede donde estoy.
Ayúdame a llegar donde Tú quieres…
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Un frío viento de marzo danzaba al final de una noche, cuando el médico entró a la pequeña habitación donde se encontraba Diana. Aún aturdida por la cirugía, su esposo David sostenía su mano, mientras se daban ánimo para las últimas noticias.
Esa tarde del 10 de marzo de 1991, una serie de complicaciones obligó a Diana, con tan sólo 24 semanas de embarazo, a someterse a una cesárea de emergencia para dar a luz a la nueva hija de la pareja, Danae Lu.
Con 30 centímetros y pesando 1,300 gramos, ellos ya sabían que era una niña precariamente prematura. Aun así, las suaves palabras del médico cayeron como bomba.
- No creo que lo logre -dijo, tan amablemente como pudo-. Solamente hay un 10% de posibilidades de que sobreviva la noche y aun cuando, si por alguna escasa posibilidad lo logra, el futuro para ella podría ser muy cruel.
Pasmados e incrédulos, David y Diana escuchaban a medida que el doctor describía los problemas devastadores a los que Danae se enfrentaría si lograba sobrevivir.
Ella nunca podría caminar, nunca podría hablar, probablemente sería ciega y estaría ciertamente propensa a otras condiciones catastróficas, como parálisis cerebral, retardo mental y así… "¡No, no!" era todo lo que Diana podía decir. Ella y David, junto con Dany, habían soñado desde hace mucho con el día en que vendría una niña, para que fueran una familia de cuatro.
Ahora, en cuestión de horas, ese sueño se desvanecía. Durante las oscuras horas de la mañana, mientras la vida de Danae dependía del más delgado hilo, Diana despertó sobresaltada de su sueño, con una creciente determinación de que su pequeñísima hija viviría, y viviría para convertirse en una niña saludable y feliz.
Pero David, completamente consciente, y escuchando los horrendos detalles sobre las posibilidades de que su hija dejara con vida el hospital, mucho menos saludable, supo que debía preparar a su esposa para lo inevitable.
David hablaba sobre realizar los arreglos del funeral. Diana recuerda: "Me sentí tan mal por él, porque estaba haciendo todo lo posible para tratar de incluirme en lo que estaba ocurriendo, pero yo no escuchaba, no podía escuchar" y dije:
- No, eso no va a suceder, de ninguna manera. No me interesa lo que digan los doctores, Danae no va a morir. Un día simplemente ella estará bien, y vendrá a casa con nosotros.
Como si la determinación de Diana le diera deseos de vivir, Danae se apegó a la vida, hora tras hora, con la ayuda de cada máquina y logrando que su cuerpecito en miniatura pudiera resistir. Pero a medida que esos primeros días pasaban, una nueva agonía llegó para David y Diana. En vista de que el subdesarrollado sistema nervioso de Danae se encontraba esencialmente "en crudo", el más ligero beso o caricia intensificaría su incomodidad, de manera que ni siquiera podían arrullar a su pequeña bebita contra sus pechos, para ofrecerles la fuerza de su amor.
Todo lo que podían hacer, mientras Danae luchaba sola bajo la luz ultravioleta, en su confusión de tubos y cables, era orar para que Dios se mantuviera cerca de su preciosa niñita. Nunca hubo un momento en que Danae súbitamente se fortaleciera. Pero a medida que las semanas pasaban, ella milagrosamente iba ganando un gramo de peso aquí y un gramo de fuerza allá. Finalmente, cuando Danae cumplió los dos meses de edad, sus padres lograron estrecharla en sus brazos por primera vez. Y dos meses más tarde, aun cuando los doctores continuaban con gentileza, pero implacablemente advirtiéndoles de sus pocas oportunidades de sobrevivir, mucho menos de llevar una vida normal, sin embargo, fue a casa, justo como su madre lo predijo.
Hoy, cinco años más tarde, Danae es una pequeña pero bulliciosa niña, con chispeantes ojos grises y un inextinguible entusiasmo por la vida. Ella no muestra ningún signo de discapacidad mental o física. Simplemente, ella es todo lo que una niña puede ser y más, pero este final feliz está lejos de ser el final de esta historia.
Una relampagueante tarde en el verano de 1996, Danae estaba sentada en el regazo de su madre en las gradas de un parque local, donde el equipo de baseball de su hermano Dany se encontraba practicando. Como siempre, Danae estaba parloteando sin parar con su madre y algunos adultos que se encontraban sentados en un lugar cercano, cuando súbitamente guardó silencio.
Rodeando su pecho con sus brazos, Danae preguntó:
Olfateando el aire y detectando la cercanía de una tormenta, Diana contestó:
- Sí, huele como a lluvia. Danae cerró sus ojos, y nuevamente preguntó:
- ¿Hueles eso? Una vez más, su madre contestó:
- Sí, creo que pronto estaremos mojados, huele a lluvia.
Aún atrapada en el momento, Danae sacudió su cabeza, acarició sus delgados hombros con sus pequeñas manos, y en voz alta anunció. -No, huele a ÉL. Huele a Dios, como cuando uno recuesta la cabeza en Su pecho.
Lágrimas arrasaron los ojos de Diana, mientras Danae felizmente brincó de su regazo para ir a jugar con los otros niños. Antes de que la lluvia cayera, las palabras de su hija confirmaron lo que los miembros del resto de la familia siempre supieron, por lo menos dentro de sus corazones.
Durante esos largos días y noches de sus primeros dos meses de vida, cuando sus nervios eran demasiado sensibles para que ellos pudieran tocarla, Dios sostenía a Danae en Su pecho, y era Su amoroso aroma lo que ella recordaba tan bien.
Todo lo puedo en el Señor, que es mi fortaleza. (Fil. 4:13)
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Un hombre, su caballo y su perro caminaban por una calle. Después de mucho caminar, el hombre se dio cuenta que él, su caballo y su perro, habían muerto en un accidente. Es que a veces los muertos tardan un tiempo antes de darse cuenta de su nueva condición.
La caminata era muy larga, cerro arriba; el sol estaba fuerte y ellos estaban cansados y con mucha sed. Necesitaban desesperadamente agua.
En una curva del camino divisaron un portón magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza pavimentada con bloques de oro; en el centro de ella había una fuente de donde emanaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que en una caseta custodiaba la entrada.
- Buen día - dice él. Buen día - respondió el hombre.
- ¿Qué lugar es éste tan lindo? - preguntó. Esto es el Cielo - fue la respuesta.
- ¡Qué bueno que llegamos al Cielo! Tenemos mucha sed –dijo el hombre.
- Puede entrar a beber agua cuando quiera - dijo el guardia, indicando la fuente.
- Mi caballo y mi perro también están sedientos.
- Lo lamento -dijo el guardia-. Aquí no se permite la entrada de animales.
El hombre quedó desconcertado, pues su sed era grande. Pero él no estaba dispuesto a beber dejando a sus amigos con sed. Así que prosiguió su camino.
Después de mucho caminar cerro arriba, con la sed y el cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada estaba señalada por una puerta vieja semi abierta. La puerta conducía a un camino de tierra, con árboles a ambos lados haciendo sombra. A la sombra de uno de los árboles había un hombre acostado.
- Buen día - dijo el caminante. Buen día - dijo el hombre.
- Tenemos mucha sed yo, mi caballo y mi perro. Hay una fuente entre aquellas piedras -dijo el hombre-. Pueden beber cuanto quieran.
El hombre, el caballo y el perro fueron hasta la fuente y saciaron su sed.
- Muchas gracias - dijo al salir. Vuelvan cuando quieran - dijo el hombre.
A propósito - dijo el caminante, ¿cuál es el nombre de este lugar?
- El Cielo - respondió el hombre. ¿Cielo? Pero si el hombre de la caseta de más abajo, al lado del portón de mármol, dijo que ése era el Cielo.
Aquello no es el Cielo, eso es el Infierno. Pero entonces -dijo el caminante-, esa información falsa debe causar grandes confusiones.
- De ninguna manera -respondió el hombre-. En realidad, ellos nos hacen un gran favor, porque allá quedan las personas que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
La semana pasada llevé a mis niños a un restaurante. Mi hijo, de 6 años de edad, preguntó si podía dar gracias. Cuando inclinamos nuestras cabezas él dijo:
- Dios es bueno, Dios es grande. Gracias por los alimentos, yo estaría aún más
agradecido si mamá nos diera helado a la hora del postre.
Libertad y Justicia para todos. Amén.
Junto con las risas de los clientes que estaban cerca, escuché a una señora comentar:
- Eso es lo que está mal en este país, los niños de hoy en día no saben cómo orar; pedir
a Dios helado… ¡Nunca había escuchado esto antes!
Al oír esto, mi hijo empezó a llorar y me preguntó: -¿Lo hice mal?, ¿está
enojado Dios conmigo?
Sostuve a mi hijo y le dije que había hecho un estupendo trabajo, y Dios seguramente no estaría enojado con él.
Un señor de edad se aproximó a la mesa. Guiñó su ojo a mi hijo, y le dijo:
Llegué a saber que Dios pensó que aquélla fue una excelente y hermosa oración.
¿En serio? - preguntó mi hijo. ¡Por supuesto!
Luego, en un susurro dramático añadió, indicando a la mujer cuyo comentario había iniciado aquel asunto:
- Muy mal, ella nunca pidió helado a Dios. Un poco de helado a veces es muy bueno para el alma.
Como era de esperar, compré a mis niños helados al final de la comida. Mi hijo se quedó mirando fijamente el suyo por un momento, y luego hizo algo que nunca olvidaré por el resto de mi vida. Tomó su helado y, sin decir una sola palabra, avanzó hasta ponerlo frente a la señora. Con una gran sonrisa le dijo:
- Tómelo, es para usted. El helado es bueno para el alma, y mi alma ya está bien.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
¿Alguna vez has sentido una fuerte necesidad de orar por alguien, pero has decidido ponerlo en tu lista de "cosas por hacer" y te has dicho: "Oraré por él más tarde"? ¿O te ha llamado alguien alguna vez, y te ha dicho "Necesito que ores por mí, tengo esta necesidad"?
Lee la siguiente historia, que podría cambiar tu forma de pensar con respecto a las oraciones y la forma de orar. Estoy seguro que recibirás muchas bendiciones con esto…
Un misionero en vacaciones, contó la siguiente historia cuando visitaba su Iglesia local en Michigan, EUA:
- Mientras servía como misionero en un pequeño hospital en el área rural de África, cada dos semanas viajaba a la ciudad en bicicleta, para comprar provisiones y medicamentos. El viaje era de dos días, y debía de atravesar la jungla. Debido a lo largo del viaje, tenía que acampar en el punto medio, pasar la noche y reanudar mi viaje temprano al siguiente día.
En uno de estos viajes llegué a la ciudad, donde planeaba retirar dinero del banco, comprar las medicinas y los víveres, y seguir con mi viaje de dos días de regreso al hospital. Cuando llegué a la ciudad, observé a dos hombres peleándose, uno de los cuales estaba bastante herido. Le curé sus heridas, y al mismo tiempo, le hablé de Nuestro Señor Jesucristo. Después de esto, seguí mi viaje de regreso al hospital. Esa noche acampé en el punto medio, y a la mañana siguiente reanudé mi viaje, y llegué al hospital sin ningún incidente.
Dos semanas más tarde repetí mi viaje. Cuando llegué a la ciudad, se me acercó el hombre al cual yo había atendido en mi viaje anterior, y me dijo que la vez pasada, cuando lo curaba, él se dio cuenta que yo traía dinero y medicinas. El agregó:
- Unos amigos y yo te seguimos mientras te adentrabas en la jungla, pues sabíamos que tenías que acampar. Planeábamos matarte y tomar tu dinero y medicinas. Pero en el momento que nos acercamos a tu campamento, pudimos ver que estabas protegido por 26 guardias bien armados.
Ante esto, no pude más que reír a carcajadas, y le aseguré que yo siempre viajaba solo. El hombre insistió, y agregó:
No, señor, yo no fui la única persona que vio a los guardias armados; todos mis amigos también los vieron, y no sólo eso, sino que entre todos los contamos.
En ese momento, uno de los hombres en la Iglesia se puso de pie, interrumpió al misionero y le pidió que por favor le dijera la fecha exacta cuando sucedió ese hecho. El misionero les dijo la fecha, y el mismo hombre le contó la siguiente historia.
- En la noche de tu incidente en África, era de mañana en esta parte del mundo, y yo me
encontraba con unos amigos, preparándome para jugar golf.
Estábamos a punto de comenzar, cuando sentí una gran necesidad de orar por ti; de hecho, el llamado que el Señor hacía era tan fuerte, que les llamé a algunas personas de nuestra Iglesia para que se reunieran conmigo en este templo lo más pronto posible.
Entonces, dirigiéndose a los presentes, les dijo: - Todos los hombres que vinieron en esa ocasión a orar, podrían por favor ponerse de pie.
Todos los hombres que habían acudido a orar por él se pusieron de pie; el misionero no estaba tan preocupado por saber quiénes eran ellos, más bien se dedicó a contarlos a todos… en total eran 26 hombres.
Esta historia es un ejemplo vivo de cómo el Espíritu del Señor se manifiesta en formas tan misteriosas. Si en alguna ocasión sientes esa necesidad de orar por alguien, deja lo que estés haciendo, y hazlo. Nada ni nadie será lastimado por una oración, excepto por los portales del infierno.
Si tomamos este ejemplo con el corazón, podemos voltear este mundo hacia Jesucristo de nueva cuenta.
Jesús te ama. Sigue orando… AUNQUE NO SEPAS POR QUIÉN.
“Pues bien, yo /es digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a ¡a puerta y ¡es abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla, y al que llame a la puerta se le abrirá.” (Le. 11,9-10)
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Al contemplar la relación de algunas personas con sus hijos pequeños, me pongo a pensar en qué momento se nos olvidó que los niños son tan listos y resistentes como nosotros lo fuimos alguna vez, y que es nuestra responsabilidad hacer que ellos mismos generen sus propios recursos para sobrevivir…
Pensando en retrospectiva, bajo los parámetros de la época actual, si fuimos niños en los 50's, 60's y 70's, es difícil de creer que hayamos logrado vivir tanto como lo hemos hecho…
Cuando niños, nos subimos a automóviles sin cinturón de seguridad ni bolsas de aire, y cuando subíamos a la caja de una camioneta pick up en un día soleado, era un evento especialmente divertido.
Nuestras cunas de bebés estaban pintadas con pinturas de colores brillantes con base de plomo. No teníamos botes ni tapas de medicinas, puertas o gabinetes a prueba niños y cuando montábamos en nuestras bicicletas no usábamos cascos (sin mencionar el hecho de ¡pedir un aventón a alguna parte cuando éramos pequeños!).
Bebíamos agua de la manguera del jardín, y no agua embotellada. ¡Horroroso!
Podíamos pasar horas construyendo nuestros go-carts con desperdicios, para deslizamos después colina abajo, sólo para descubrir que habíamos olvidado los frenos, y después de caer en los arbustos unas cuantas veces, aprendimos a solucionar el problema.
Salíamos de la casa por la mañana, jugábamos todo el día y no regresábamos hasta que se encendían las luces de la calle. Nadie era capaz de localizarnos en todo el día. No había teléfonos celulares. Era impensable.
Jugábamos, y a veces realmente nos lastimábamos. Nos cortábamos y nos rompíamos huesos y dientes, y no había demandas legales por esos accidentes.
Había accidentes y no había a nadie a quien culpar, sino a nosotros mismos.
¿Recuerdas los accidentes?
Nos peleábamos y nos golpeábamos los unos a los otros, y nos poníamos negros y luego azules, y aprendimos a superarlo.
Comíamos pasteles, pan con mantequilla, y bebíamos refresco con azúcar sin que engordáramos… siempre estábamos afuera jugando.
Compartíamos un refresco de uva con cuatro amigos, tomando todos de la misma botella y nadie murió por ello.
No teníamos Playstations, Nintendo, X-Boxes ni ningún otro tipo de juego de video, tampoco 99 canales de televisión por cable, películas en video, sonido surround, teléfonos celulares personales, computadoras personales ni internet… teníamos amigos. Salíamos a buscarlos, íbamos en bicicleta o caminando hasta la casa de un amigo; tocábamos su puerta o el timbre, o solamente entrábamos a su casa, y hablábamos con ellos. Imagínate algo como eso. ¡Sin pedirle permiso a nuestros padres! ¡Por nosotros mismos!
¡Ahí afuera en el mundo cruel y frío! ¡Sin ningún guardián! ¿Cómo sobrevivimos?
Inventábamos juegos con palitos y pelotas de tenis, y comíamos lombrices, y aunque nos dijeron qué pasaría, nunca nos salieron varios ojos, ni las lombrices vivieron dentro de nosotros por siempre.
Las pequeñas ligas hacían eliminatorias y no todos entraban al equipo. Aquéllos que no entraban, tuvieron que aprender a lidiar con la decepción…
Crecimos como niños…