por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Como cualquier madre, cuando Karen supo que un bebé estaba en camino, hizo todo lo posible para ayudar a su otro hijo, Miguel, de tres años de edad, a prepararse para la llegada.
Los exámenes mostraban que era una niña, y todos los días Miguel cantaba cerca de la panza de su mamá. El ya amaba a su hermanita, aún antes de que ella naciera.
El embarazo se desarrolló normalmente. En el tiempo exacto vinieron las contracciones. Primero cada cinco minutos, después cada tres, y luego cada minuto. Entretanto, surgieron algunas complicaciones, y el trabajo de parto de Karen demoró horas. Todos discutían la necesidad probable de una cesárea.
Hasta que al fin, después de mucho tiempo, la hermanita de Miguel nació. Sólo que ella estaba muy mal. Con la sirena a todo volumen, la ambulancia llevó a la recién nacida hasta la unidad de terapia intensiva neonatal del Hospital Saint Mary.
Los días pasaban y la pequeñita empeoraba. Los médicos dijeron a los padres que se prepararan para lo peor, dado que había pocas esperanzas.
Karen y su marido comenzaron entonces con los preparativos para el funeral. Algunos días atrás, estaban arreglando el cuarto para esperar al nuevo bebé. Hoy los planes eran otros.
Mientras esto sucedía, Miguel todos los días les pedía a sus padres que lo llevaran a conocer a su hermanita.
- Yo quiero cantar para ella - les decía.
Cuando llevaba dos semanas la bebé en la UTI, se esperaba que no sobreviviera esa tarde. Miguel continuaba insistiendo con sus padres que lo dejaran cantarle a su hermanita, pero en la UTI no se permitían niños. Entonces Karen se decidió; ella llevaría a Miguel al hospital de cualquier forma. El todavía no había visto a su hermanita, y si no era ese día, tal vez no la vería viva.
Ella vistió a Miguel con una ropa un poco mayor para disfrazar su edad, y se encaminó al hospital. La enfermera no le permitió entrar, y le exigió se retirara. Pero Karen insistió:
- Él no se irá hasta que vea a su hermanita.
Karen llevó a Miguel a la incubadora. El miró hacia aquel trocito de persona que perdía
batalla por la vida. Después de algunos segundos mirando, él comenzó a cantar con su voz pequeñita:
- Tú eres mi sol, mi único sol, tú me haces feliz, aun cuando el cielo está oscuro…
En ese momento, la bebé pareció reaccionar. Las pulsaciones comenzaron a bajar y se estabilizó. Karen alentó a Miguel a continuar cantando.
- Tú no sabes querida, cuánto yo te amo, por favor no te lleves mi sol…
Mientras Miguel cantaba la respiración difícil de la bebé se fue volviendo suave.
- ¡Continúa, querido! - le pidió Karen visiblemente emocionada, y su cara empapada en llanto.
- Otra noche, querida, yo soñé que tú estabas en mis brazos…
La bebé comenzó a relajarse. -¡Canta un poco más, Miguel!
La enfermera comenzó a llorar también. - Tú eres mi sol, mi único sol, tú me haces feliz, aun cuando el cielo está oscuro… ¡por favor no te lleves mi sol…!
Al día siguiente, la hermana de Miguel ya se había recuperado y en pocos días fue llevada a su casa. La revista Woman's Day llamó a esta historia: "el milagro de la canción del hermano"; los médicos lo llamaron simplemente milagro. Karen lo llamó:
"¡El milagro del amor de Dios!"
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Una historia nos presenta a un anciano que, en su lecho de muerte, llamó a sus tres hijos y les dijo:
No puedo dividir en tres lo que poseo. Eso dejaría muy pocos bienes a cada uno de ustedes. He decidido dar todo lo que tengo, como herencia, al que se muestre más hábil, más inteligente, más astuto, más sagaz. Dicho de otra forma, a mi mejor hijo.
-He dejado encima de la mesa una moneda para cada uno de ustedes. Tómenla. El que compre con esa moneda algo con lo que llenar la casa, se quedará con todo-. Se fueron.
El primer hijo compró paja, pero sólo consiguió llenar la casa hasta la mitad.
El segundo hijo compró sacos de plumas, pero no consiguió llenar la casa mucho más que el anterior.
El tercer hijo -que consiguió la herencia- sólo compró un pequeño objeto. Era una vela. Esperó hasta la noche, encendió la vela y llenó la casa de luz.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
El matrimonio es como un jardín que ponen a nuestro cuidado. Lo primero que hay que saber, es que necesita de toda nuestra atención para que no se seque o las malezas lo inunden.
El aspecto y la vida de él, es responsabilidad completa de los jardineros. !La pareja!
Allí donde hay amor, hay vida. Gandhi
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Cada vez que Ben pasaba por la cocina, se irritaba. Era por aquel pequeño envase de metal que se encontraba en la repisa, encima de la estufa de Martha. Es probable que no lo hubiera irritado, o que ni siquiera hubiera notado su presencia, si Martha no le hubiera dicho en repetidas ocasiones que nunca debía tocarlo.
La razón, decía, es que contenía una "hierba secreta" de su madre y como no había manera de reponerla, se preocupaba si Ben u otra persona lo levantaba y miraba en su interior, porque podrían dejarlo caer accidentalmente, y esparcir su valioso contenido.
En realidad, el envase no tenía nada especial. Por su antigüedad, gran parte de sus colores originales, rojo y oro, se habían desvanecido. Podía saberse por dónde lo habían agarrado una y otra vez cuando lo levantaban y retiraban su apretada tapa.
No sólo los dedos de Martha lo habían tomado así, sino los de su madre y los de su abuela. Martha no estaba segura, pero quizás incluso su bisabuela había usado el mismo envase y su "hierba secreta".
Lo único que Ben sabía a ciencia cierta era que, poco después de su boda con Martha, su madre le había traído el envase y le había dicho que usara su contenido tan amorosamente como ella lo había utilizado.
Y lo hizo fielmente. Ben nunca vio que Martha cocinara un plato sin tomar el envase de la repisa y espolvorear un poquito de "hierba secreta" sobre los ingredientes.
Incluso cuando horneaba tortas y galletas, veía que les añadía una pizca de esa hierba, antes de introducirlas en el horno.
Cualquiera que fuera su contenido, era seguro que surtía efecto, pues Ben creía que Martha era la mejor cocinera del mundo. Y no era el único en opinar así; todos los que alguna vez comían en su casa, alababan extraordinariamente su arte culinario.
Pero, ¿por qué no permitía que Ben tocara aquel pequeño envase?, ¿sería verdad que temía que su contenido se esparciera?, ¿y cómo era aquella "hierba secreta"?
Era tan fina que, cuando Martha la espolvoreaba sobre la comida que estaba preparando, Ben no podía determinar su textura. Era obvio que tenía que utilizar muy poca, pues no tenía cómo llenar de nuevo el envase.
De alguna manera, Martha consiguió que durara más que los treinta años que llevaba de matrimonio hasta entonces. Nunca dejó de producir el maravilloso efecto de hacer agua la boca.
Ben sentía cada vez más su tentación de mirar el contenido de aquel envase, aunque fuera una sola vez, pero nunca llegó a hacerlo.
Un día, Martha enfermó. Ben la llevó al hospital, donde tuvo que permanecer toda la noche. Cuando regresó a casa, se sintió muy solo. Martha nunca había pasado la noche afuera.
Cuando se aproximaba la hora de cenar, se preguntó ¿qué haría?, a Martha le agradaba tanto cocinar que él nunca se preocupó por aprender a hacerlo.
Cuando entró a la cocina para ver qué había en el refrigerador, el envase de la repisa apareció de inmediato ante sus ojos. Se sintió atraído hacia él como un imán.
Apartó de inmediato la vista, pero una mortificante curiosidad lo hizo regresar. ¿Qué había en aquel envase?, ¿por qué no debía tocarlo?, ¿cómo era la "hierba secreta"?, ¿cuánto quedaba?
Ben apartó la vista de nuevo, y levantó la tapa de un molde para torta que estaba sobre el mostrador de la cocina. Ahhh…
quedaba más de la mitad de una de aquellas tortas deliciosas de Martha.
Cortó un buen trozo, se sentó a la mesa de la cocina y no había terminado el primer bocado, cuando sus ojos regresaron al envase. ¿Qué mal podría hacer mirando en su interior?, ¿por qué tanto secreto con aquel envase?
Tomó otro bocado, mientras se debatía consigo mismo… ¿debía hacerlo o no? Cinco grandes mordiscos después todavía estaba pensando en ello, mientras miraba fijamente el envase. Por último, no pudo resistir.
Atravesó lentamente la cocina y con el mayor cuidado, tomó el envase de la repisa, temiendo ¡horror de horrores! esparcir el contenido, mientras le echaba un vistazo.
Colocó el envase sobre la mesa y, con mucho cuidado, levantó la tapa. ¡Casi temía mirar en su interior! Cuando pudo ver bien, sus ojos se abrieron desmesuradamente… el envase estaba vacío, con excepción de un pequeño trozo de papel doblado en el fondo.
Ben trató de alcanzarlo; su mano grande y tosca luchaba por entrar. Lo tomó con cuidado por una esquina, lo retiró y abrió lentamente bajo la lámpara de la cocina.
Contenía una pequeña nota garabateada, y Ben reconoció de inmediato la escritura de su suegra. Decía sencillamente:
"Martha, a todo lo que hagas, añádele una pizca de amor".
Ben tragó saliva, colocó la nota y el envase en su lugar, y regresó en silencio a terminar su torta. Ahora sí comprendía por qué era tan deliciosa la comida que Martha preparaba.
Añádele una pisca de amor a todo en tu vida
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
El huevo vacio - tema de reflexionRicardito nació con un cuerpo deforme y una mente lenta.
A la edad de 12 años estaba todavía en segundo de primaria, pareciendo ser incapaz de aprender.
Su maestra, Doris, a menudo se exasperaba con él.
Podía retorcerse en su asiento y soltar gruñidos, y otras veces hablaba de manera clara y precisa, como si un rayo de luz penetrara en la oscuridad de su cerebro.
La mayor parte del tiempo, sin embargo, Ricardito simplemente irritaba a su maestra.
Un día llamó a sus padres, y les pidió que fueran a verla para una tutoría. Cuando los Ochoa entraron en la clase vacía, Doris les dijo:
- Lo que realmente necesita Ricardo es una escuela especial.
No es bueno para él estar con niños menores, que no tienen problemas de aprendizaje. Hay una diferencia de cinco años entre su edad y la de los otros escolares.
La Sra. Ochoa sacó un pañuelo desechable y lloró silenciosamente, mientras su marido hablaba:
- Srta. Doris, no hay escuelas de ese tipo en las cercanías. Sería un terrible trauma para Ricardito si tuviéramos que sacarlo de esta escuela. Sabemos que realmente le gusta estar aquí.
Doris permaneció sentada un largo rato después de que se marcharon, mirando fijamente el cielo a través de la ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta su alma. Quería simpatizar con los Ochoa. Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero no era justo mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar clase, y Ricardito era una distracción para ellos.
Además, él nunca aprendería a leer y escribir, así que ¿para qué perder más tiempo intentándolo?
Mientras analizaba la situación, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella. "Aquí estoy, protestando, cuando mis problemas no son nada comparados con los de esa pobre familia", pensó.
"Por favor, Señor, ayúdame a ser más paciente con Ricardito".
Desde ese día, intentó duramente ignorar los ruidos de Ricardito y sus miradas vacías. Un día, Ricardito se dirigió hasta su mesa, arrastrando tras de sí su pierna mala:
- Te quiero, Srta. Doris -exclamó lo bastante fuerte para que la clase entera lo escuchara. Los otros estudiantes soltaron risitas ahogadas, y Doris enrojeció. Balbuceó:
- ¿Có-cómo? Eso es muy bonito Ricardo. A-ahora vuelve a tu asiento, por favor.
Llegó la primavera y los niños hablaban animadamente de la llegada de la Pascua.
Doris les contó la historia de Jesús, y para enfatizar la idea del nacimiento a una nueva vida, dio a cada uno de los niños un gran huevo de plástico.
- Ahora quiero que se lo lleven a casa y que lo traigan de vuelta mañana, con algo dentro que signifique una nueva vida.
¿Sí me entendieron?
Sí, Srta. Doris - respondieron alegremente los niños (todos, excepto Ricardito). El la escuchó, dando muestras de estar comprendiendo lo que decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en su cara. Incluso ni hizo sus ruidos habituales.
¿Había entendido el chico lo que ella había explicado sobre la muerte y resurrección de Jesús?
¿Había entendido la tarea asignada? Tal vez debiera llamar a sus padres y explicarles a ellos el proyecto.
Esa tarde, el fregadero de la cocina de Doris se atascó. Llamó a su casero y esperó durante una hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir a la tienda por la compra diaria, planchar una blusa y preparar un examen de vocabulario para el día siguiente.
Olvidó por completo llamar a los padres de Ricardito.
A la mañana siguiente, 19 niños llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras dejaban sus huevos en la gran cesta de mimbre, sobre la mesa de la Srta. Doris.
Tras acabar su lección de matemáticas, llegó el momento de abrir los huevos. En el primer huevo, Doris encontró una flor.
- Oh, sí. Una flor es ciertamente un signo de nueva vida. Cuando las plantas salen de la tierra, sabemos que ha llegado la primavera. Una niña pequeña en la primera fila agitó su brazo.
- Ese es mi huevo, Srta. Doris - dijo. El siguiente huevo contenía una mariposa de plástico, que parecía muy real. Doris la mantuvo en alto:
-Todos sabemos que una oruga cambia y se transforma en una bonita mariposa. Sí, también es nueva vida.
La pequeña Judy sonrió orgullosa y dijo: Srta. Doris, ése es mío-. En el siguiente, Doris encontró una roca con musgo. Explicó que ese musgo también significaba vida.
Raúl alzó la voz desde el fondo de la clase:
- Mi papá me ayudó – dijo sonriente. Entonces Doris abrió el cuarto huevo. Sofocó un grito. El huevo estaba vacío.
Con toda seguridad debe ser de Ricardo, pensó y naturalmente, él no había entendido sus instrucciones.
Si no se le hubiera olvidado telefonear a sus padres… Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el huevo a un lado y alcanzó otro. De pronto, Ricardito dijo:
- Srta. Doris, ¿no va usted a hablar de mi huevo? – Doris replicó confusa:
- Pero Ricardito, tu huevo está vacío-. El la miró fijamente a los ojos, y dijo suavemente:
- Sí, pero la tumba de Jesús también estaba vacía-.
El tiempo se paró. Cuando pudo hablar de nuevo, Doris le preguntó:
- ¿Sabes por qué estaba vacía la tumba? Oh, sí. A Jesús lo mataron y lo pusieron dentro. Entonces su Padre lo elevó hacia El.
La campana del recreo sonó. Mientras los niños corrían animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad de su interior se desvaneció por completo.
Tres meses más tarde, Ricardito murió.
Aquéllos que fueron al funeral a expresar sus condolencias, se sorprendieron al ver 19 huevos sobre la tapa de su ataúd. Todos ellos vacíos.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para disminuirlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas.
Cierto día, su hijo de 7 años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar.
El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuera a jugar a otro lugar.
Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiera darle, con el objetivo de distraer su atención. De repente, se encontró con una revista en donde venía el mapa del mundo, ¡justo lo que necesitaba!
Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos, y junto con un rollo de cinta, se lo entregó a su hijo diciendo:
- Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie.
Entonces calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño, que lo llamaba calmadamente.
- Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.
Al principio, el padre no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, haya conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes.
Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones, con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?, ¿cómo el niño había sido capaz?
- Hijito, tú no sabías cómo era el mundo. ¿Cómo lograste armarlo?
- Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para
recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre.
Así que di vuelta a los recortes y comencé a formar al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo.
"No puedes volver el reloj hacia atrás, pero le puedes volver a dar cuerda"