por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
Una empresa estaba en situación difícil, las ventas iban mal, los trabajadores y colaboradores estaban desanimados, y la situación financiera del negocio era crítica.
Era preciso hacer algo para revertir el caos.
Nadie quería asumir nada. Por el contrario, el personal apenas reclamaba que las cosas andaban mal, y que no existía perspectiva de progreso en la empresa.
Ellos consideraban que alguien debería tomar la iniciativa de revertir aquel proceso.
Un día, cuando los funcionarios llegaron a trabajar, encontraron en la entrada un enorme cartel que decía:
"Falleció ayer la persona que impedía el crecimiento de nuestra empresa. Usted está invitado a participar en el velorio, en el salón de los deportes".
Al principio, todos se entristecieron ante la muerte de alguien, pero después de algún tiempo, sintieron curiosidad por saber quién estaría bloqueando el crecimiento de la empresa.
La agitación en el salón de deportes era tan grande, que fue preciso llamar a los guardias de seguridad para organizar una fila india. A medida que las personas iban aproximándose al cajón, la excitación aumentaba.
¿Quién será el que estaba estorbando el progreso?
¡Qué suerte que este infeliz se murió!
Uno a uno, los funcionarios agitados se aproximaban al cajón, miraban al difunto y se quedaban pasmados en seco, quedando en absoluto silencio, como si hubieran sido heridos en lo más hondo de sus almas.
Pues bien, ciertamente no imagina qué había en el fondo del cajón…
¡Había un espejo…!
Sólo existe una persona capaz de limitar su crecimiento: usted mismo.
Usted es la única persona que puede cambiar su vida.
Usted es la única persona que puede perjudicar su vida.
Usted es la única persona que puede ayudarse a sí mismo.
No intente hallar culpables para sus fallas.
Es dentro de su corazón, donde encontrará la energía para transformarse en el artista de su creación…
"El resto son disculpas…"
No invente disculpas y cumpla lo que se promete a sí mismo, a los demás, y comprométase…
por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
¿Alguna vez te has sentado por allí, y de repente sientes deseos de hacer algo agradable por alguien a quien le tienes cariño?
ESE ES DIOS… que te habla a través del Espíritu Santo.
¿Alguna vez te has sentido derrotado, y nadie parece estar alrededor de ti para hablarte?
ESE ES DIOS… Él quiere hablar contigo.
¿Alguna vez has estado pensando en alguien a quien amas y no has visto por largo tiempo, y la próxima cosa que pasa es verlo o recibir una llamada de esa persona?
ESE ES DIOS… no existe la coincidencia.
¿Alguna vez has recibido algo maravilloso que ni siquiera pediste?
ESE ES DIOS… que conoce los secretos de tu corazón.
¿Alguna vez has estado en una situación problemática y no tenías indicios de cómo se iba a resolver, y de pronto, todo queda resuelto sin darte cuenta?
ESE ES DIOS… que toma nuestros problemas en sus manos y les da solución.
¿Alguna vez has sentido una inmensa tristeza en el alma, y al día siguiente la tristeza ha pasado?
ESE ES DIOS… que te dio un abrazo de consuelo y te dijo palabras dulces.
¿Alguna vez te has sentido tan cansado de todo, al grado de querer morir, y de pronto, un día sientes que tienes la suficiente fuerza para continuar?
ESE ES DIOS… que te cargó en sus brazos para darte descanso.
¿Alguna vez has sentido que tienes tantos problemas y las cosas ya se están saliendo de su cauce, y de pronto, un día todo está resuelto?
ESE ES DIOS… que tomó todas las cosas y las puso en su lugar.
¡Todo es tan sencillo como… PONERSE EN MANOS DE DIOS!
¿Piensas que este libro lo tienes en tus manos por accidente?…
FUE DIOS… que me iluminó y te encomendó a mí, para recordarte que DIOS ESTÁ CONTIGO.
por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
Érase una vez, un hombre que no creía en Dios. No tenía reparos en decir lo que pensaba de la religión y las festividades religiosas, como la Navidad. Su mujer, en cambio, era creyente, a pesar de los comentarios despectivos de su marido.
Una nochebuena en que estaba nevando, la esposa se disponía a llevar a sus hijos al oficio navideño de la parroquia de la localidad agrícola donde vivían. Le pidió al marido que los acompañara, pero él se negó.
- ¡Qué tonterías! -discutió-. ¿Por qué Dios se iba a rebajar a descender a la tierra, adoptando la forma de hombre? ¡Qué ridiculez!
Los niños y la esposa se marcharon, y él se quedó en casa.
Un rato después, los vientos empezaron a soplar con mayor intensidad, y se desató una ventisca. Observando por la ventana, todo lo que aquel hombre veía era una cegadora tormenta de nieve. Y decidió relajarse, sentado ante la chimenea.
Al cabo de un rato, oyó un golpazo; algo había golpeado la ventana. Luego, oyó un segundo golpe fuerte. Miró hacia afuera, pero no logró ver a más de unos pocos metros de distancia.
Cuando empezó a disminuir la nevada, se aventuró a salir para averiguar qué había golpeado la ventana.
En un campo cercano, descubrió una bandada de gansos salvajes. Por lo visto, iban camino al sur para pasar allí el invierno, y se vieron sorprendidos por la tormenta de nieve, y no pudieron seguir. Perdidos, terminaron en aquella finca, sin alimento ni abrigo. Daban aletazos y volaban bajo, en círculos por el campo, cegados por la borrasca, sin seguir un rumbo fijo. El agricultor dedujo que un par de aquellas aves habían chocado con su ventana.
Sintió lástima de los gansos, y quiso ayudarlos.
- Sería ideal que se quedaran en el granero -pensó-. Ahí estarían al abrigo y a salvo durante la noche, mientras pasa la tormenta.
Dirigiéndose al establo, abrió las puertas de par en par. Luego, observó y aguardó, con la esperanza de que las aves advirtieran que estaba abierto, y entraran. Los gansos, no obstante, se limitaron a revolotear dando vueltas. No parecía que se hubieran dado cuenta siquiera de la existencia del granero, y de lo que podría significar en sus circunstancias.
El hombre intentó llamar la atención de las aves, pero sólo consiguió asustarlas, y que se alejaran más.
Entró a la casa, y salió con algo de pan. Lo fue partiendo en pedazos, y dejando un rastro hasta el establo. Sin embargo, los gansos no entendieron.
El hombre empezó a sentir frustración. Corrió tras ellos, cratando de ahuyentarlos en dirección al granero. Lo único que consiguió fue atemorizarlos más, y que se dispersaran en todas direcciones, menos hacia el granero. Por mucho que lo intentaba, no conseguía que entraran al granero, donde estarían abrigados y seguros.
- ¿Por qué no me seguirán? -exclamó- ¿Es que no se dan cuenta de que ése es el único
sitio donde podrán sobrevivir a la nevasca?
Reflexionando por unos instantes, cayó en la cuenta de que las aves no seguirían a un ser humano.
- Si yo fuera uno de ellos, entonces sí que podría salvarlos -dijo pensando en voz alta.
Seguidamente, se le ocurrió una idea. Entró al establo, agarró un ganso doméstico de su propiedad y lo llevó en brazos, paseándolo entre sus parientes salvajes. A continuación, lo soltó.
Su ganso voló entre los demás y se fue directamente al interior del establo. Una por una, las otras aves lo siguieron, hasta que todas estuvieron a salvo.
El campesino se quedó en silencio por un momento, mientras las palabras que había pronunciado hace unos instantes aún le resonaban en la cabeza:
- Si yo fuera uno de ellos, ¡entonces sí que podría salvarlos!
Reflexionó luego en lo que le había dicho a su mujer aquel día:
- ¿Por qué iba Dios a querer ser como nosotros? ¡Qué ridiculez!
De pronto, todo empezó a cobrar sentido. Entendió que eso era precisamente lo que había hecho Dios. Es como si nosotros fuéramos como aquellos gansos: estábamos ciegos, perdidos y a punto de perecer. Dios se volvió como nosotros, a fin de indicarnos el camino y, por consiguiente, salvarnos. El agricultor llegó a la conclusión de que ése había sido, ni más ni menos, el objeto de la Navidad.
Cuando disminuyeron los vientos y cesó la cegadora nevasca, su alma quedó en quietud, y meditó en tan maravillosa idea. De pronto comprendió el sentido de la Navidad, y por qué había venido Jesús a la tierra. Junto con aquella tormenta pasajera, se disiparon años de incredulidad.
Hincándose de rodillas en la nieve, elevó su primera plegaria: "¡Gracias, Señor, por venir en forma humana a sacarme de la tormenta!"
por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
Hace veinte años, yo manejaba un taxi para vivir. Lo hacía en el turno nocturno, y mi taxi se convirtió en un confesionario móvil. Los pasajeros se subían, se sentaban atrás de mí en total anonimato, y me contaban acerca de sus vidas.
Encontré personas cuyas vidas me asombraban, me ennoblecían, me hacían reír y me deprimían.
Pero ninguna me conmovió tanto como la mujer que recogí en una noche de agosto.
Respondí a una llamada de unos pequeños edificios, en una tranquila parte de la ciudad.
Asumí que recogería a algunos saliendo de una fiesta, o alguien que había tenido una pelea con su amante, o un trabajador que tenía que llegar temprano a una fábrica de la zona industrial de la ciudad.
Cuando llegué a las 2:30 a.m el edificio estaba oscuro, excepto por una luz en la ventana del primer piso.
Bajo esas circunstancias, muchos conductores sólo hacen sonar su claxon una o dos veces, esperan un minuto y después se van.
Pero yo he visto a muchas personas empobrecidas que dependen de los taxis como su
único medio de transporte.
Aunque la situación se veía peligrosa, yo siempre iba hacia la puerta. Este pasajero deber ser alguien que necesita de mi ayuda, razoné para mí. Por lo tanto, caminé hacia la puerta y toqué; "un minuto", respondió una frágil voz. Pude escuchar que algo era arrastrado a través del piso; después de una larga pausa, la puerta se abrió. Una pequeña mujer de unos ochenta años, se paró enfrente de mí.
Ella llevaba puesto un vestido floreado y un sombrero con un velo, como alguien de una película de los años 40's. A su lado, una pequeña maleta de nylon.
El departamento se veía como si nadie hubiera vivido ahí durante muchos años. Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas, no había relojes en las paredes, ninguna baratija o utensilio.
En la esquina estaba una caja de cartón llena de fotos, y una vajilla de cristal.
Ella, repetía su agradecimiento por mi gentileza.
- No es nada, -le dije- yo sólo intento tratar a mis pasajeros de la forma que me gustaría que mi mamá fuera tratada.
- Oh, estoy segura de que es un buen hijo - dijo ella.
Cuando llegamos al taxi, me dio una dirección; entonces preguntó:
- ¿Podría manejar a través del centro?
- Este no es el camino corto - e respondí rápidamente.
- Oh, no importa, -dijo ella- no tengo prisa, estoy camino del asilo.
La miré por el espejo retrovisor; sus ojos estaban llorosos. - No tengo familia, -ella
continuó- el doctor dice que no me queda mucho tiempo.
Tranquilamente, alcancé y apagué el taxímetro.
- ¿Qué ruta le gustaría que tomara? - le pregunté.
Por las siguientes dos horas manejé a través de la ciudad, ella me enseñó el edificio donde había trabajado como operadora de elevadores. Manejé hacia el vecindario donde ella y su esposo habían vivido cuando ellos eran recién casados.
Ella me pidió que nos detuviéramos enfrente de un almacén de muebles, donde una vez hubo un salón de baile al que ella iba a bailar cuando era niña.
Algunas veces me pedía que pasara lentamente enfrente de un edificio en particular, o en una equina, y veía en la oscuridad y no decía nada.
Con el primer rayo de sol aparciendose en el horizonte, ella repentinamente dijo:
- Estoy cansada, vamonos ahora.
Manejé en silencio hacia la dirección que ella me había dado. Era un edificio bajo, como una pequeña casa de convalescencia, con un camino para autos que pasaba bajo un pórtico.
Dos asistentes vinieron hacia el taxi tan pronto como pudieron. Ellos eran muy amables, vigilando cada uno de sus movimientos. Ellos debían haber estado esperándola.
Yo abrí la cajuela, y dejé la pequeña maleta en la puerta.
La mujer estaba lista para sentarse en una silla de ruedas.
- ¿Cuánto le debo? – ella preguntó, buscando en su bolsa. Nada - le dije.
- Tienes que vivir de algo - ella respondió. Habrá otros pasajeros – yo respondí.
Casi sin pensarlo, me agaché y la abracé. Ella me sostuvo con fuerza y dijo:
- ¡Realmente necesitaba un abrazo! - entonces caminé hacia la luz de la mañana.
Atrás de mí una puerta se cerró, fue un sonido de una vida concluida.
No recogí a ningún pasajero en ese turno, manejé sin rumbo por el resto del día. No podía hablar, ¿qué habría pasado si a la mujer la hubiera recogido un conductor malhumorado, o alguno que estuviera impaciente por terminar su turno?, ¿qué habría pasado si me hubiera rehusado a tomar la llamada, o hubiera tocado el claxon una vez, y me hubiera ido?
En una vista rápida, no creo que haya hecho algo más importante en mi vida.
Estamos condicionados a pensar que nuestras vidas están llenas de grandes momentos, pero los grandes momentos son los que nos atrapan bellamente desprevenidos, en los que otras personas pensarán que sólo son pequeños momentos.
La gente tal vez no recuerde exactamente lo que tú hiciste o lo que le dijiste… pero siempre recordarán cómo los hiciste sentir…
"Conserva el recuerdo del perfume de la rosa, y fácilmente olvidarás que está marchita…"
por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
José trabajaba en una empresa desde hace dos años.
Siempre fue muy serio, dedicado y cumplidor de sus obligaciones.
Llegaba puntual, y estaba orgulloso que en 2 años nunca recibió una amonestación.
Cierto día, buscó al Gerente para hacerle un reclamo:
- Señor, trabajo en la empresa desde hace dos años con bastante esmero, y estoy contento con mi puesto, pero siento que he sido postergado. Mire, Fernando ingresó a un puesto igual al mío hace sólo 6 meses y ya ha sido promovido a Supervisor.
- ¡Uhmm! –mostrando preocupación le dice el Gerente:
Mientras resolvemos esto, quisiera pedirte que me ayudes a resolver un problema. Quiero
dar fruta al personal para la sobremesa del almuerzo de hoy.
En la bodega de la esquina venden fruta. Por favor, averigua si tienen naranjas.
José se esmeró en cumplir con el encargo, y en 5 minutos estaba de vuelta.
- Bueno José, ¿qué averiguaste? Señor, sí tienen naranjas para la venta.
- ¿Y cuánto cuestan? ¡Ah!… No pregunté por eso. Ok, ¿pero viste si tenían suficientes naranjas para todo el personal? - preguntaba serio el jefe.
- Tampoco pregunté por eso señor. ¿Hay alguna fruta que pueda
sustituir la naranja? No sé, señor, pero creo… - Bueno, siéntate un momento.
El Gerente tomó el teléfono, y mandó llamar a Fernando.
Cuando se presentó, le dio las mismas instrucciones que le diera a José, y en 10 minutos estaba de vuelta.
Cuando retornó, el Gerente pregunta: Bien, Fernando, ¿qué noticias me tienes?
- Señor, tienen naranjas, lo suficiente para atender a todo el personal, o si prefiere también tienen plátano, papaya, melón y mango.
La naranja está a $5 pesos el kilo, el plátano a $5, el mango a $12 el kilo, la papaya y el melón a $9 pesos el kilo.
Me dicen que si la compra es al mayoreo, nos darán un descuento del 8%.
He dejado separada la naranja, pero si usted escoge otra fruta debo regresar para confirmar el pedido.
- Muchas gracias, Fernando, pero espera un momento… Se dirige a José, que aún seguía esperando estupefacto, y le dice: - José, ¿qué me decías?
- Nada, señor, eso es todo, muchísimas gracias, con su permiso.
por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
Pensaba que mi vida no estaba bien.
Hablé entonces con Dios y me quejé de lo que me salió mal en el trabajo, pero no le agradecí mis manos para trabajar.
Me quejé de tener que soportar el ruido de mis hermanos, más no agradecí por tener una familia.
Me quejé cuando no había lo que más me gustaba para comer, pero olvidé agradecer por tener qué comer.
Me quejé por mi salario, cuando miles ni siquiera tienen uno.
Me quejé porque no apagaban la luz de mi cuarto para buscar unos libros, pero no pensé en que muchos no tienen hogar dónde tener las luces encendidas.
Me quejé por no poder dormir 10 minutos más, olvidando a quienes darían todo por tener su cuerpo sano y poder levantarse.
Me quejé por tener que trabajar al día siguiente, olvidando que muchos no tienen trabajo que les permita llevar sustento a su familia.
Me quejé porque mi madre me reprendía, cuando millones desearían tenerla viva, para poder honrarla y abrazarla.
Me quejé, pues tenía que dar una plática sobre Jesús a unos jóvenes, olvidando el privilegio que es poder hablar a otros de Jesús.
Dios me mostró en aquel momento la verdad, y entonces comprendí lo ingrato que había sido con El, y comencé a agradecer por las cosas que había olvidado, y aún más, aquellas por las que tanto me quejaba.
Espero que tú no cometas el mismo error que yo estaba cometiendo.