por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
Me gusta la gente con la cabeza en su lugar, que sea espiritual, con idealismo en los ojos y los pies en la realidad…
Me gusta la gente que ríe, llora, se emociona con una simple carta, un llamado, una canción suave, una buena película, un buen libro, un gesto de cariño, un abrazo.
Gente que ama y tiene nostalgias; le gustan los amigos, cultiva flores, ama los animales, admira paisajes, la poesía y sabe escuchar.
Gente que tiene tiempo para sonreír, pedir perdón, repartir ternuras, compartir vivencias y tiene espacio para las emociones dentro de sí, emociones que fluyen naturalmente de adentro de su ser.
Gente que le gusta hacer las cosas que le gustan, sin huir de compromisos difíciles, por más desgastantes que sean.
Gente que ayuda, orienta, entiende, aconseja, busca la verdad y siempre quiere aprender, aunque sea de un niño, de un pobre, de un analfabeto…
Gente de corazón desarmado, sin odio y preconceptos baratos, con mucho amor dentro de sí.
Gente que se equivoca y lo reconoce, cae y se levanta, asimila los golpes, tomando lecciones de los errores, y haciendo redimir sus lágrimas y sufrimientos…
¡Sí! Me gusta mucho la gente así. ¡Como tú!.
por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
Cuenta la historia que una familia pobre tenía la facultad de tomar todas las cosas por su mejor lado, y una mujer rica se interesó por ayudarlos. Pero un día, la visitó un vecino de la familia pobre, y le dijo que la estaban engañando:
- Los niños de aquella familia siempre comen cosas deliciosas, lujos que ni yo puedo permitirme - dijo el vecino.
La mujer rica fue a visitar esta familia al mediodía. Estaba parada junto a la puerta, a punto de llamar, cuando oyó que una de las niñitas le preguntaba a otra:
- ¿Te vas a servir asado hoy?
- No, creo que comeré pollo respondió la otra niña.
Al oír esto, la mujer golpeó la puerta y entró inmediatamente. Vio a las dos niñas sentadas a la mesa en la que había unas pocas rebanadas de pan seco, dos papas frías, un jarro de agua y nada más. A sus preguntas, contestaron que fingían que su pobre comida era una gran variedad de manjares, y el juego hacía que la comida fuera un verdadero festín:
Usted no sabe lo delicioso que es el pan cuando te imaginas que es un pastel de chocolate.
Pero es mucho más rico si lo llamas helado de crema - dijo la otra niña.
La señora rica salió de allí, con una nueva idea de lo que significa el optimismo. Descubrió que la felicidad no está en las cosas, sino en los pensamientos. Acababa de aprender lo que Salomón había dicho tanto tiempo antes, que "el ánimo del hombre lo sostiene en su enfermedad; pero perdido el ánimo, ¿quién lo levantará?".
No pidamos que cambie nuestra suerte, pidamos ser transformados nosotros, y nuestros pensamientos. Entonces, veremos que hay bendiciones que nos aguardan en la suerte que nos ha correspondido.
por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
Enséñalos a que despierten en sus corazones el amor a Dios y al prójimo, y ellos encontrarán amor en el mundo.
Si un niño vive con tolerancia, aprenderá a ser paciente.
Si un niño vive con aliento, aprenderá a tener confianza.
Si un niño vive entre críticas, aprenderá a condenar.
Si un niño vive entre hostilidad y pleitos, aprenderá a pelear.
Si un niño vive en el ridículo, aprenderá a ser tímido.
Si un niño vive con vergüenza, aprenderá a sentirse culpable.
Si un niño vive con lástima, aprenderá a compadecerse de sí
Si un niño vive con celos, aprenderá a ser inseguro y a desconfiar.
Si un niño vive con miedo, aprenderá a ser aprensivo.
Si un niño vive con reconocimiento y estímulo, aprenderá a apreciar y a tener un objetivo.
Si un niño vive con rectitud, aprenderá lo que es justicia.
Si un niño vive con seguridad, aprenderá a tener fe.
Si un niño vive con aprobación, aprenderá a quererse a sí mismo y a encontrar amor en el mundo.
Si un niño vive con amor y amistad, aprenderá a amar a los demás.
por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
Esta historia la leí en alguna parte, y me impresionó la capacidad de sacrificio de una persona en pro del bien común.
Hace muchísimos años, un noble le regaló al emperador de Japón 20 hermosísimos jarrones de la más fina y delicada porcelana, para cada uno de los cuales se necesitaron más de 10 años construirlo, por los más diestros y delicados orfebres de todo el país.
Tal era su belleza, tonos, labrados y delicadeza, que el emperador ordenó la construcción de un magnífico pabellón, donde estuvieran los jarrones a su vista, rodeados de un hermoso parque con fuentes, árboles y jardines.
Para su cuidado, escogió al más fiel de sus nobles, al más cercano y de su mayor confianza, pidiéndole que conservara esos jarrones en todo su esplendor, y diciéndole que respondía con su vida por lo que a uno de ellos le pasara.
Durante varios años el mismo noble limpiaba, pulía y cuidaba de los jarrones, pero un día golpeó accidentalmente uno de ellos y se rompió. Al entrarse el Emperador, con lágrimas hizo que el noble fuera sentenciado a muerte.
Inmediatamente buscó al noble más cercano a él, el de más confianza y más allegado para que reemplazara al anterior, y así, nombró a quien mayores cualidades tenía en todo el país, y le hizo jurar que con su vida respondería por el mínimo daño que sufrieran los 19 jarrones restantes.
Mucho tiempo cuidó de los jarrones, hasta que, nuevamente, uno de ellos se agrietó. Al verlo, el noble se suicidó por la deshonra que su familia sufriría, y por su traición a los intereses del emperador.
Buscó el emperador un nuevo custodio para su tesoro, y encontró a su mejor amigo, al más valiente y leal soldado del reino, y le encargó el cuidado del tesoro, con las mismas condiciones y juramento de los anteriores. El noble aceptó, y tomando un arma, destruyó los 18 jarrones restantes.
El emperador, asombrado y furioso, exclamó que merecía la muerte más cruel e infame por lo que había hecho, pero el amigo le dijo:
Por estos jarrones han muerto dos de los más valiosos y útiles colaboradores del Imperio; de esta forma queda más desamparado y solo el emperador y su pueblo. Con esto, yo moriré, pero le he salvado la vida a los 17 más valiosos subditos del Imperio. Moriré sabiendo que hice lo mejor que podía hacer por su majestad.
por makf | 23 Ago, 2025 | Libro 5
En septiembre de 1960, yo desperté una mañana con 6 bebés hambrientos y sólo $8 dólares en mi bolsa. Su papá nos había abandonado. Los niños tenían de 3 meses a 7 años. Su única hermanita tenía dos años.
Su papá había sido sólo una presencia que ellos temían. Cuando ellos oían rechinar las llantas en la grava suelta del camino a casa, corrían a esconderse debajo de sus camas.
Lo que sí hacía era dejarme $150 dólares por semana para comprar el mandado.
Ahora que había decidido marcharse, ya no habría golpizas pero comida tampoco. Si había algún sistema de bienestar social por parte del gobierno, yo nunca supe nada al respecto. Yo bañé a mis hijos, tallándolos hasta que parecían nuevos, les puse la mejor ropa hecha en casa que tenían, y los subí al viejo y oxidado chevy año 51 y me fui en busca de trabajo.
Los 7 fuimos a todas las fábricas, tiendas y restaurantes que había en nuestro pequeño pueblo. No tuvimos suerte. Los niños se mantenían todos encimados en el carro, y trataban de mantenerse callados mientras que yo intentaba convencer a quien fuera que me pusiera atención, que yo estaba dispuesta a aprender o hacer lo que fuera. Yo debía tener un empleo. Aun así, no hubo suerte. El último lugar al que fuimos, a unos cuantos kilómetros del pueblo, fue un restaurante (paradero) llamado La Gran Rueda. Una señora ya grande llamada Granny era la dueña, y se asomó por la ventana y vio todos esos niños en el carro. Ella necesitaba a alguien que trabajara de noche, de las 11 de la noche a las 7 de la mañana.
Ella pagaba $7 dólares la hora y yo podría empezar esa noche. Me fui apresuradamente a casa y llamé a la niñera convenciéndola de ir a dormir a mi casa por $15 dólares la noche. Ella podría llegar a mi casa en pijama y dormir en el sofá. Esto le pareció un buen trato, y aceptó.
Esa noche, cuando los pequeños y yo nos arrodillamos para rezar nuestras oraciones, todos le dimos gracias a Dios por haberle conseguido trabajo a su mami, y así empezó mi trabajo en La Gran Rueda.
Cuando regresé a casa en la mañana, desperté a la niñera y la envié a su casa dándole sus $15 dólares que eran la mitad de mis propinas de toda la noche.
Día con día, los gastos aumentaban y los ingresos no eran suficientes.
Las llantas del viejo chevy, mostraban cada vez más el trabajo del tiempo, tomando la apariencia de ser globos mal inflados. Yo debía llenar de aire las llantas antes de ir al trabajo y al regresar a casa. Una triste mañana, al arrastrarme cansada hacia mi carro en el estacionamiento, encontré en mi carro cuatro llantas nuevas esperándome ahí. ¿Acaso bajaron ángeles del cielo? Tuve que hacer un trato con el mecánico del pueblo para que le pusiera las llantas a mi viejo carro. Recuerdo que tardé mucho más en limpiar sus sucias oficinas, que lo que él tardó en ponerle las llantas al viejo chevy. Estaba ya trabajando seis noches por semana en lugar de 5, y aun así no era suficiente. Se acercaba la navidad y yo sabía que no habría dinero para comprar juguetes para los niños.
Encontré un bote de pintura roja y empecé a pintar algunos viejos juguetes, y los escondí en el sótano para que hubiera juguetes en la mañana de navidad. La ropa de los niños también estaba muy acabada. Los pantalones de los niños tenían parches encima de los parches, y ya pronto no servirían para nada. La noche antes de navidad entraron los clientes de siempre al restaurante a tomar su café. Ellos eran traileros y policías de camino.
Había algunos músicos que habían tocado más temprano, y estaban jugando en las maquinitas. Los de siempre estaban ahí sentados, platicando hasta la madrugada. Cuando se llegó la hora de ir a casa a las 7 de la mañana, yo corrí al carro para tratar de llegar antes de que se despertaran los niños, y ponerles los juguetes que había arreglado abajo de un árbol que habíamos improvisado. Aún estaba oscuro y no se veía mucho, pero noté que había una sombra en la parte de atrás del carro. Algo era seguro, había algo ahí. Cuando llegué al carro, me asomé por la ventana lateral. Mi boca se abrió con gran asombro. Mi viejo chevy estaba lleno de cajas hasta arriba. Rápidamente abrí la puerta y abrí una de las cajas. Adentro había pantalones de la talla 2 a la talla 10. En la otra había camisas para los pantalones. También había dulces, frutas y mucho mandado en bolsas. Había gelatinas, pudines, pasteles y galletas. También había artículos para el aseo y limpieza de mi casa.
Había 5 camionetitas y una hermosa muñeca. Mientras manejaba por las calles vacías hacia mi casa, vi salir el sol del día de navidad más inolvidable e increíble de mi vida. Lloraba de incredulidad y gratitud.
Nunca olvidaré la alegría en las caritas de mis pequeños en esa mañana. Sí, sí hubo ángeles en aquella mañana hace muchos diciembres.
Y todos ellos eran clientes de La Gran Rueda.
EL PODER DE LA ORACIÓN. Yo creo que Dios sólo da tres respuestas a las oraciones:
"Sí"
"Todavía no"
"Yo he pensado en algo mejor para ti"
Podrás estar pasando por momentos difíciles, pero Dios se está preparando para bendecirte de una forma que tú ni siquiera puedes empezar a imaginar.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5
"Recuerda siempre que a cierta altura no hay nubes. Si las nubes en tu vida te tapan la luz, es porque tu espíritu no se ha elevado lo suficiente".
¿Eres tú rico?
Era domingo, serían las dos de la tarde, hacía mucho frío y estaba lloviznando, ya no venía nadie al local, entonces, mi señora y yo decidimos cerrar, así ella terminaría el estofado que estaba haciendo. Lo que pasa es que con el almacén, siempre los domingos comemos tarde. Yo me fui al comedor y me senté al lado del ventanal que llega hasta el suelo, me puse a sacar cuentas para ver cómo hacía para pagar la cuota del banco; de repente, los vi junto al ventanal, dos niños de 8 y 7 años aproximadamente, con abrigos gastados y rotos.
- ¿No tiene algunos diarios viejos para vender?
Yo estaba tan ocupado, y llevaba rato rezongando con los números, que les iba a decir que no y además porque no tengo, pero los miré más detenidamente.
Calzaban unas sandalias con calcetines, mojadas y enlodadas.
- Pasen, les voy a preparar una taza de chocolate caliente.
No hubo ninguna conversación. Las zapatillas mojadas dejaron las marcas en la pequeña alfombra que está a la entrada del ventanal. Mi señora y yo les preparamos un chocolatito caliente con pan dulce; luego yo volví al comedor, y ella a arreglar las camas.
Pasaron unos veinte minutos; me llamó la atención el silencio que había en la cocina. Me asomé despacio, la niña tenía la taza vacía en la mano y la estaba observando, y el niño preguntó con voz tímida:
- ¿Usted es rico, señor? ¿Qué si soy rico? ¡No, por favor! - exclamé, mientras echaba un vistazo a la puerta del fondo, que le faltan los pestillos, a los muebles que le faltan
algunas manijas, al piso, que es de linóleo, y recordé que la pileta del baño estaba partida
.
- Pero sus tazas hacen juego con los platos - dijo el niño; su voz sonaba a un hambre que ya no estaba en el estómago. Luego se fueron, apretando unas revistas contra el cuerpo para protegerse del viento. No nos dieron las gracias, no hacía falta, nos habían dado mucho más que eso, sencillas tazas azules pero con platos que hacían juego.
Mientras mi esposa fue al comedor, yo probé las papas y revolví el estofado; un rico platillo con papas, un techo que me protege, una frazada para taparme, un abrigo para cubrirme, un trabajo seguro, todas esas cosas también hacían juego.
Fui al comedor, y cuando mi esposa iba a limpiar la alfombra donde estaban las huellas de lodo de esas pequeñas sandalias le dije:
- No; déjala así, no la limpies. ¿Por qué? - preguntó. Porque quiero verlas.
- ¿Para qué? Por si algún día me olvido de lo rico que soy.