Segundo Libro de Samuel (2 S) 24

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Capítulo 24

El censo de los israelitas

1 Cro 21.1-5

1 El Señor volvió a indignarse contra los israelitas e instigó a David contra ellos, diciéndole: «Ve a hacer el censo de Israel y de Judá».

2 El rey dijo a Joab, el jefe del ejército, que estaba con él: «Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba y hagan el censo del pueblo, para que yo sepa el número de la población».

3 Joab respondió al rey: «Que el Señor, tu Dios, multiplique al pueblo cien veces más de lo que es, y que los ojos de mi señor, el rey, puedan verlo. Pero ¿por qué quieres hacer esto?».

4 Sin embargo, la orden del rey se impuso a Joab y a los jefes del ejército, y estos salieron de la presencia del rey para hacer el censo del pueblo de Israel.

5 Cruzaron el Jordán y acamparon en Aroer, al sur de la ciudad que está en el valle del torrente de Gad, dirigiéndose luego a Iazer.

6 Llegaron a Galaad y a la región baja, en Jodsí. Pasaron a Dan Iaán y luego, continuando el circuito, llegaron a Sidón.

7 Entraron en el Fuerte de Tiro y en todas las ciudades de los jivitas y de los cananeos, y luego partieron para Berseba, en el Négueb de Judá.

8 Así recorrieron todo el país y, al cabo de nueve meses y veinte días, llegaron a Jerusalén.

9 Joab presentó al rey las cifras del censo de la población, y resultó que en Israel había 800.000 hombres aptos para el servicio militar, y en Judá 500.000.

El castigo del Señor y el arrepentimiento de David

1 Cro 21.7-17

10 Pero, después de esto, David sintió remordimiento de haber hecho el recuento de la población, y dijo al Señor: «He pecado gravemente al obrar así. Dígnate ahora, Señor, borrar la falta de tu servidor, porque me he comportado como un necio».

11 A la mañana siguiente, cuando David se levantó, la palabra del Señor había llegado al profeta Gad, el vidente de David, en estos términos:

12 «Ve a decir a David: Así habla el Señor: Te propongo tres cosas. Elige una, y yo la llevaré a cabo».

13 Gad se presentó a David y le llevó la noticia, diciendo: «¿Qué prefieres: soportar tres años de hambre en tu país, o huir tres meses ante la persecución de tu enemigo, o que haya tres días de peste en tu territorio? Piensa y mira bien ahora lo que debo responder al que me envió».

14 David dijo a Gad: «¡Estoy en un grave aprieto! Caigamos más bien en manos del Señor, porque es muy grande su misericordia, antes que caer en manos de los hombres».

15 Entonces el Señor envió la peste a Israel, desde esa mañana hasta el tiempo señalado, y murieron setenta mil hombres del pueblo, desde Dan hasta Berseba.

16 El Angel extendió la mano hacia Jerusalén para exterminarla, pero el Señor se arrepintió del mal que le infligía y dijo al Angel que exterminaba al pueblo: «¡Basta ya! ¡Retira tu mano!». El Angel del Señor estaba junto a la era de Arauná, el jebuseo.

17 Y al ver al Angel que castigaba al pueblo, David dijo al Señor: «¡Yo soy el que he pecado! ¡Soy yo el culpable! Pero estos, las ovejas, ¿qué han hecho? ¡Descarga tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre!».

La construcción de un altar en la era de Arauná

1 Cro 21.18-28

18 Aquel mismo día, Gad se presentó a David y le dijo: «Sube a erigir un altar al Señor en la era de Arauná, el jebuseo».

19 David subió conforme a la palabra que le había dicho Gad por orden del Señor.

20 Arauná miró y vio al rey y a sus servidores que se dirigían hacia él. Entonces salió, se postró ante el rey con el rostro en tierra,

21 y dijo: «¿Por qué mi señor, el rey, viene a ver a su servidor?». David respondió: «Para comprarte esta era y erigir en ella un altar al Señor. Así esta plaga dejará de abatirse sobre el pueblo».

22 Arauná dijo a David: «Tómala, y que mi señor, el rey, ofrezca en sacrificio lo que mejor le parezca. Ahí están los bueyes para el holocausto, y los trillos y los yugos servirán de leña».

23 Arauná le dio al rey todo eso, y añadió: «¡Que el Señor, tu Dios, te sea propicio!».

24 Pero el rey dijo a Arauná: «¡De ninguna manera! La compraré por su debido precio; no voy a ofrecer al Señor, mi Dios, holocaustos que no cuesten nada». Y David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.

25 Allí David erigió un altar y ofreció holocaustos y sacrificios de comunión. El Señor aplacó su ira y la plaga cesó de abatirse sobre Israel.

Segundo Libro de Samuel (2 S) 23

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Capítulo 23

Las últimas palabras de David

1 Estas son las últimas palabras de David: Oráculo de David, hijo de Jesé, oráculo del hombre elevado a lo alto, el ungido del Dios de Jacob y el cantor de los himnos de Israel.

2 El espíritu del Señor habla por mí y su palabra está en mi lengua;

3 ha hablado el Dios de Jacob, la Roca de Israel me ha dicho: El que gobierna a los hombres con justicia, el que gobierna con temor de Dios

4 es como la luz matinal al salir el sol, en una mañana sin nubes: con ese resplandor, después de la lluvia, brota la hierba de la tierra.

5 Sí, mi casa está firme junto a Dios, porque él estableció por mí una alianza eterna, bien estipulada y garantida. ¿Acaso él no hace germinar lo que me da la victoria y lo que cumple mis deseos?

6 En cuanto a los malvados, son todos como espinas que se tiran y no se las recoge con la mano:

7 el que las toca se arma de un hierro o del asta de una lanza. y allí mismo son consumidas por el fuego.

Los Guerreros de David

1 Cro 11.10-41

8 Estos son los nombres de los Guerreros de David: Isbaal, el jacmonita, jefe de los Tres. El empuñó su lanza contra ochocientos hombres y los mató de una sola vez.

9 Después de él, Eleazar, hijo de Dodó, el ajojita, uno de los Tres Valientes. Este estaba con David en Pas Damím, donde los filisteos se habían concentrado para el combate. Los hombres de Israel emprendieron la retirada,

10 pero él resistió e hirió a los filisteos, hasta que se le acalambró la mano y se le quedó pegada a la espada. Aquel día, el Señor alcanzó una gran victoria, y el pueblo se reagrupó detrás de Eleazar, pero sólo para recoger los despojos.

11 Después de él, Samá, hijo de Agué, el jararita. Los filisteos se habían concentrado en Lejí. Allí había una parcela de campo toda sembrada de lentejas, y el ejército huyó delante de los filisteos.

12 Pero él se apostó en medio del campo, lo defendió y derrotó a los filisteos. Así el Señor alcanzó una gran victoria.

13 Tres de los Treinta bajaron juntos, durante el tiempo de la cosecha, y se unieron a David en la cueva de Adulam, mientras un destacamento de los filisteos acampaba en el valle de Refaím.

14 David se encontraba entonces en el refugio, y una guarnición filistea estaba en Belén.

15 David manifestó este deseo: «¡Quién me diera de beber agua del pozo que está junto a la Puerta de Belén!».

16 Los Tres Valientes irrumpieron en el campamento filisteo, sacaron agua del pozo que está junto a la Puerta de Belén, la trajeron y se la presentaron a David. Pero él no quiso beberla y la derramó como libación al Señor,

17 diciendo: «¡Líbreme el Señor de hacer tal cosa! ¡Es la sangre de estos hombres, que han ido allí exponiendo su vida!». Y no quiso beberla. Esto es lo que hicieron los Tres Valientes.

18 Abisai, hermano de Joab, hijo de Seruiá, era jefe de los Treinta. El empuñó su lanza contra trescientos hombres y los mató, ganándose un renombre entre los Treinta.

19 Era el más famoso de ellos, y fue su jefe, pero no llegó a igualar a los Tres.

20 Benaías, hijo de Iehoiadá, era un hombre valiente, rico en hazañas, oriundo de Cabsel. El mató a los dos héroes de Moab, y fue él quien bajó a la cisterna un día de nieve para matar al león.

21 También mató a un egipcio muy corpulento, que tenía en la mano una lanza. El enfrentó al egipcio con un garrote, le arrancó la lanza de la mano y lo mató con su propia lanza.

22 Esto es lo que hizo Benaías, hijo de Iehoiadá, y se ganó un renombre entre los Treinta Guerreros.

23 Fue el más famoso de los Treinta, pero no llegó a igualar a los Tres. David lo incorporó a su guardia personal.

24 Asael, hermano de Joab, era uno de los Treinta, y además, Eljanán, hijo de Dodó, de Belén;

25 Samá, de Jarod; Elicá, de Jarod;

26 Jéles, de Bet Pélet; Irá, hijo de Iqués, de Técoa;

27 Abiezer, de Anatot; Sibecai, de Jusá,

28 Salmón, de Ajoj; Majrai, de Netofá;

29 Jeleb, hijo de Baaná, de Netofá; Itai, hijo de Ribai, de Guibeá de los benjaminitas;

30 Benaías, de Pireatón; Hidai, de los torrentes de Gaas;

31 Abí Albón, de Bet Haarabá; Azmávet, de Bajurím;

32 Eliajbá, de Saalbón; Iasen, de Gizón; Jonatán,

33 hijo de Samá, de Harar; Ajiam, hijo de Sarar, de Harar;

34 Elifélet, hijo de Ajasbai, de Bet Maacá; Eliam, hijo de Ajitófel, de Guiló;

35 Jesrai, de Carmel; Paarai, de Arab;

36 Igal, hijo de Natán, de Sobá; Baní, de Gad;

37 Sélec, el amonita; Najrai, de Beerot, escudero de Joab, hijo de Seruiá;

38 Irá, de Iatir; Gareb, de Iatir;

39 Urías, el hitita. Eran treinta y siete en total.

Segundo Libro de Samuel (2 S) 22

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Capítulo 22

Salmo de David

1 David dirigió al Señor las palabras de este canto, cuando el Señor lo libró de todos sus enemigos y de la mano de Saúl.

2 El dijo: Yo te amo, Señor, mi fuerza

3 Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador, mi Dios, el peñasco en que me refugio, mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte, mi salvador, que me libras de la violencia.

4 Yo invoco al Señor, que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos.

5 Las olas de la Muerte me envolvieron, me aterraron los torrentes devastadores,

6 me cercaron los lazos del Abismo, las redes de la Muerte llegaron hasta mí.

7 Pero en mi angustia invoqué al Señor, grité a mi Dios pidiendo auxilio, y él escuchó mi voz desde su Templo, mi grito llegó hasta sus oídos.

8 Entonces tembló y se tambaleó la tierra: vacilaron los fundamentos de las montañas, y se conmovieron a causa de su furor;

9 de su nariz se alzó una humareda, de su boca, un fuego abrasador, y arrojaba carbones encendidos.

10 El Señor inclinó el cielo, y descendió con un espeso nubarrón bajo sus pies;

11 montó en el Querubín y emprendió vuelo, planeando sobre las alas del viento.

12 Se envolvió en un manto de tinieblas; un oscuro aguacero y espesas nubes lo cubrían como un toldo;

13 las nubes se deshicieron en granizo y centellas al fulgor de su presencia.

14 El Señor tronaba desde el cielo, el Altísimo hacía oír su voz;

15 arrojó flechas y los dispersó, lanzó rayos y sembró la confusión.

16 Al proferir tus amenazas, Señor, al soplar el vendaval de tu ira, aparecieron los cauces del mar y quedaron a la vista los cimientos del mundo.

17 El tendió su mano desde lo alto y me tomó, me sacó de las aguas caudalosas;

18 me libró de mi enemigo poderoso, de adversarios más fuertes que yo.

19 Ellos me enfrentaron en un día nefasto, pero el Señor fue mi apoyo:

20 me sacó a un lugar espacioso, me libró, porque me ama.

21 El Señor me recompensó de mis manos:

22 porque seguí fielmente los caminos del Señor, y no me aparté de mi Dios, haciendo el mal;

23 porque tengo presente todas sus decisiones y nunca me alejé de sus preceptos.

24 Tuve ante él una conducta irreprochable y me esforcé por no ofenderlo.

25 El Señor me premió, porque yo era justo y era inocente ante sus ojos.

26 Tú eres bondadoso con los buenos y eres íntegro con el hombre intachable;

27 eres sincero con los que son sinceros y te muestras astuto con los falsos.

28 Porque tú salvas al pueblo oprimido y humillas los ojos altaneros:

29 tú eres mi lámpara, Señor; Dios mío, tú iluminas mis tinieblas

30 Contigo puedo atacar a un tropel; con mi Dios, puedo asaltar una muralla.

31 El camino de Dios es perfecto, la promesa del Señor es digna de confianza. El Señor es un escudo para los que se refugian en él,

32 porque ¿Quién es Dios fuera del Señor? ¿y quién es la Roca fuera de nuestro Dios?

33 El es el Dios que me ciñe de valor y hace intachable mi camino;

34 el que me da la rapidez de un ciervo y me afianza en las alturas;

35 el que adiestra mis manos para la guerra y mis brazos para tender el arco de bronce.

36 Me entregaste tu escudo victorioso y tu mano derecha me sostuvo; me engrandeciste con tu triunfo,

37 me hiciste dar largos pasos, y no se doblaron mis tobillos.

38 Perseguí y alcancé a mis enemigos, no me volví hasta que fueron aniquilados;

39 los derroté y no pudieron rehacerse, quedaron abatidos bajo mis pies.

40 Tú me ceñiste de valor para la lucha, doblegaste ante mí a mis agresores;

41 pusiste en fuga a mis enemigos, y yo exterminé a mis adversarios.

42 Imploraron, pero nadie los salvó; gritaban al Señor, pero no les respondía.

43 Los deshice como polvo de la tierra, los pisé como el barro de las calles.

44 Tú me libraste de un ejército incontable y me pusiste al frente de naciones: pueblos extraños son mis vasallos.

45 Gente extranjera me rinde pleitesía; apenas me oyen nombrar, me prestan obediencia.

46 Los extranjeros palidecen ante mí y, temblando, abandonan sus refugios.

47 ¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca! ¡Glorificado sea Dios, la Roca de mi salvación,

48 el Dios que venga mis agravios y pone a los pueblos a mis pies!

49 Tú me liberas de mis enemigos, me haces triunfar de mis agresores y me libras del hombre violento.

50 Por eso te alabaré entre las naciones y cantaré, Señor, en honor de tu Nombre.

51 El concede grandes victorias a su rey y trata con fidelidad a su Ungido. a David y a su descendencia para siempre.

Segundo Libro de Samuel (2 S) 21

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Capítulo 21

La ejecución de siete descendientes de Saúl

1 En los tiempos de David, hubo hambre durante tres años consecutivos. David consultó al Señor, y el Señor le respondió: «Esto se debe a Saúl y a esa casa sanguinaria, porque él dio muerte a los gabaonitas».

2 Entonces David convocó a los gabaonitas y les habló. Ellos no pertenecían a Israel, sino que eran un resto de los amorreos, con quienes los israelitas se habían comprometido mediante un juramento. Sin embargo, Saúl había intentado eliminarlos, en su celo por Israel y Judá.

3 David preguntó a los gabaonitas: «¿Qué puedo hacer por ustedes y con qué podré expiar, para que ustedes bendigan la herencia del Señor?».

4 Los gabaonitas le dijeron: «No tenemos con Saúl y su familia ninguna queja por cuestiones de plata y oro, ni tenemos cuestiones con ningún otro hombre en Israel, para hacerlo morir». David respondió: «Haré por ustedes lo que me pidan».

5 Ellos dijeron al rey: «Aquel hombre trató de exterminarnos y proyectaba aniquilarnos, para que no subsistiéramos en todo el territorio de Israel.

6 Que nos entreguen a siete de sus descendientes y nosotros los colgaremos delante del Señor, en Gabaón, en la montaña del Señor». «Yo se los entregaré», respondió el rey.

7 El rey le perdonó la vida a Meribaal, hijo de Jonatán, a causa del juramento que David y Jonatán, hijo de Saúl, se habían hecho en nombre del Señor.

8 Pero tomó a Armoní y Meribaal, los dos hijos que Rispá, hija de Aiá, había tenido con Saúl, y los cinco hijos que Merab, hija de Saúl, había tenido con Adriel, hijo de Barzilai, el de Mejolá,

9 y se los entregó a los gabaonitas. Ellos los colgaron en la montaña, delante del Señor, y sucumbieron los siete al mismo tiempo. Fueron ejecutados en los primeros días de la cosecha, al comienzo de la recolección de la cebada.

10 Rispá, hija de Aiá, tomó una lona y la tendió para poder recostarse sobre la roca. Así estuvo desde el comienzo de la cosecha hasta que las lluvias cayeron del cielo sobre los cadáveres, espantando durante el día a las aves del cielo y durante la noche a las fieras del campo.

11 Cuando informaron a David de lo que hacía Rispá, hija de Aiá, la concubina de Saúl,

12 él fue a pedir los huesos de Saúl y los de su hijo Jonatán a los ciudadanos de Iabés de Galaad, que los habían retirado furtivamente de la explanada de Betsán, donde los habían suspendido los filisteos el día en que derrotaron a Saúl en Gelboé.

13 David se llevó de allí los huesos de Saúl y los de su hijo Jonatán, y también recogió los huesos de los que habían sido colgados.

14 Todos fueron sepultados en el país de Benjamín, en la tumba de Quis, el padre de Saúl. Y una vez que hicieron todo lo que el rey había ordenado, Dios se mostró propicio con el país.

David salvado por Abisai

15 Los filisteos reanudaron la guerra contra Israel. Entonces, David bajó con sus servidores y presentaron batalla a los filisteos David estaba extenuado,

16 e Isbó Benob, uno de los descendientes de Rafá, cuya lanza pesaba trescientos siclos de bronce y que llevaba ceñida una espada nueva, amenazó con matar a David.

17 Pero Abisai, hijo de Seruiá, acudió en su auxilio y abatió el filisteo, dándole muerte. Los hombres de David lo conjuraron, diciendo: «Tú no irás más a combatir con nosotros, no sea que extingas la lámpara de Israel».

Hazañas contra los filisteos

1 Crón. 20.4-8

18 Después hubo un combate contra los filisteos en Gob. Fue entonces cuando Sibecai, el jusatita, mató a Saf, que era uno de los descendientes de Rafá.

19 Luego hubo otro combate contra los filisteos en Gob. Eljanán, hijo de Jaír, el de Belén, mató a Goliat, de Gat. El asta de la lanza de Goliat era gruesa como el palo grande de un telar.

20 También hubo un combate en Gat. Allí había un hombre de enorme estatura, que tenía seis dedos en cada mano y seis en cada pie, veinticuatro en total. También él era descendiente de Rafá.

21 Y como desafiaba a Israel, lo mató Jonatán, hijo de Simeá, hermano de David

22 Estos cuatro eran descendientes de Rafá, en Gat, y fueron abatidos por la mano de David y de sus servidores.

Segundo Libro de Samuel (2 S) 20

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Capítulo 20

La rebelión de Seba

1 Casualmente se encontraba allí un malvado llamado Seba, hijo de Bicrí, un benjaminita. El tocó la trompeta y exclamó: «Nosotros no tenemos parte con David ni herencia común con el hijo de Jesé, ¡Cada uno a su carpa, Israel!».

2 Todos los hombres de Israel se apartaron de David para seguir a Seba, hijo de Bicrí; pero los hombres de Judá se mantuvieron unidos a su rey, desde el Jordán hasta Jerusalén.

3 David entró a su casa en Jerusalén. Entonces el rey tomó a las diez concubinas que había dejado al cuidado de la casa y las puso en un recinto bien custodiado. El proveía a su mantenimiento, pero no tuvo más relaciones con ellas, y así estuvieron recluidas, viviendo como viudas, hasta el día de su muerte.

Amasá asesinado por Joab

4 El rey dijo a Amasá: «Convócame a los hombres de Judá en tres días. Luego preséntate aquí».

5 Amasá fue a convocar a Judá, pero se excedió del plazo que David le había fijado.

6 Entonces David dijo a Abisai: «Ahora Seba, hijo de Bicrí, va a causarnos más daño que Absalón. Recluta tú mismo a los servidores de tu señor y persíguelo, no sea que ocupe algunas plazas fuertes y se nos escape».

7 Así partieron detrás de Abisai los hombres de Joab, los quereteos, los peleteos y todos los Guerreros, saliendo de Jerusalén en persecución de Seba, hijo de Bicrí.

8 Cuando estaban junto a la piedra grande que hay en Gabaón, Amasá se presentó delante de ellos. Joab, que iba vestido con su indumentaria militar, llevaba encima de ella un cinturón con una espada envainada y ajustada a la cintura. Y cuando se adelantó, se le cayó la espada.

9 Joab dijo a Amasá: «¿Estás bien, hermano?», y le tomó la barba con la mano derecha para besarlo.

10 Pero Amasá no había prestado atención a la espada que tenía Joab en la mano izquierda, y este lo hirió en el bajo vientre, desparramando sus entrañas por el suelo. Así murió Amasá, sin que Joab tuviera que repetir el golpe. Luego Joab y su hermano Abisai se lanzaron en persecución de Seba, hijo de Bicrí.

11 Uno de los jóvenes de Joab se paró al lado de Amasá y exclamó: «El que es partidario de Joab y está con David, ¡que siga a Joab!».

12 Mientras tanto, Amasá, bañado en sangre, se revolcaba en medio del camino. Al ver que todos se detenían, aquel hombre retiró a Amasá del camino y arrojó sobre él su manto, porque veía que todos los que llegaban junto a él se paraban.

13 Y una vez que lo apartó del camino, todos siguieron adelante detrás de Joab, para perseguir a Seba, hijo de Bicrí.

Fin de la rebelión de Seba

14 Seba recorrió todas las tribus de Israel hasta Abel Bet Maacá, y todos los del clan de Bicrí se reunieron y también lo siguieron.

15 Pero los otros fueron a sitiarlo en Abel Bet Maacá y levantaron contra la ciudad un terraplén que llegaba al antemuro. Como toda la tropa que estaba con Joab se puso a socavar el muro para hacerlo caer,

16 una mujer sagaz gritó desde la ciudad: «¡Escuchen, escuchen! Díganle por favor a Joab que se acerque aquí, para que yo le hable».

17 El se le acercó y la mujer le dijo: «¿Tú eres Joab?». «Sí, soy yo», respondió él. Ella continuó diciendo: «¡Escucha las palabras de tu servidora!». Joab respondió: «Te escucho».

18 Entonces la mujer habló en estos términos: «Antes se solía decir: "Que se consulte a los de Abel, y asunto concluido".

19 Nosotros somos de lo más pacífico y leal en Israel. ¡Y tú pretendes destruir una ciudad que es madre en Israel! ¿Por qué quieres aniquilar la herencia del Señor?».

20 Pero Joab respondió: «¡Lejos de mí destruir y arruinar!

21 No se trata de eso; lo que pasa es que un hombre de la montaña de Efraím, llamado Seba, hijo de Bicrí, ha alzado su mano contra el rey David. Entréguenlo a él solo, y yo me retiraré de la ciudad». La mujer dijo a Joab: «En seguida te arrojarán su cabeza por encima del muro».

22 La mujer se dirigió a todo el pueblo con tanta cordura, que ellos le cortaron la cabeza a Seba, hijo de Bicrí, y se la arrojaron a Joab. Este hizo sonar la trompeta y levantaron el asedio, yéndose cada uno a su carpa. Joab, por su parte, se volvió a Jerusalén, junto al rey.

Los oficiales de la corte de David

23 Joab comandaba todo el ejército de Israel; Benaías, hijo de Iehoiadá, estaba al frente de los queretos y peleteos.

24 Adoram era el encargado del reclutamiento de trabajadores; Josafat, hijo de Ajilud, el archivista;

25 Seiá, el secretario; Sadoc y Abiatar, los sacerdotes.

26 También Irá, el jairita, era sacerdote de David.

Apéndices

Segundo Libro de Samuel (2 S) 19

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Capítulo 19

El dolor de David por la muerte de Absalón

1 El rey se estremeció, subió a la habitación que estaba arriba de la Puerta y se puso a llorar. Y mientras iba subiendo, decía: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Ah, si hubiera muerto yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío!».

2 Entonces avisaron a Joab: «El rey llora y se lamenta por Absalón».

3 La victoria, en aquel día, se convirtió en duelo para todo el pueblo, porque todos habían oído que el rey estaba muy afligido a causa de su hijo.

4 Aquel día, el ejército entró furtivamente en la ciudad, como lo hubiera hecho un ejército avergonzado por haber huido del combate.

5 Mientras tanto, el rey se había cubierto el rostro y gritaba: «¡Absalón, hijo mío! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!».

6 Joab fue adentro a ver al rey y le dijo: «¡Hoy has cubierto de oprobio el rostro de tus servidores, esos que hoy han salvado tu vida y la vida de tus hijos y tus hijas, de tus mujeres y concubinas!

7 Porque tú amas a los que te odian y odias a los que te aman. ¡Sí, hoy has puesto de manifiesto que para ti no valen nada ni los jefes ni los soldados! Seguro que si hoy Absalón estuviera vivo, y todos nosotros muertos, a ti te parecería una cosa justa.

8 Ahora levántate y ve a dar una palabra de aliento a tus servidores. Porque si no sales ¡juro por el Señor que esta noche no quedará nadie contigo! Y esa sí que será para ti una desgracia peor que todas las que has soportado desde tu juventud hasta ahora».

9 Entonces el rey se levantó y fue a sentarse a la Puerta. Y cuando hicieron correr la noticia: «¡El rey está sentado a la Puerta!», todo el pueblo acudió a presentarse ante el rey.

El retorno de David

Mientras tanto, los de Israel habían huido cada uno a su carpa.

10 Y en todas las tribus de Israel había discusiones entre el pueblo: «El rey, decían, nos libró de las manos de nuestros enemigos, nos liberó del poder de los filisteos, ¡y ahora ha tenido que huir del país a causa de Absalón!

11 Pero Absalón, al que habíamos ungido para que fuera nuestro jefe, ha muerto en el combate. ¿Qué esperan entonces para traer de vuelta al rey?».

12 Y lo que se decía en todo Israel llegó a conocimiento del rey. Entonces el rey David mandó decir a los sacerdotes Sadoc y Abiatar: «Hablen en estos términos a los ancianos de Judá: «¿Por qué van a ser ustedes los últimos en hacer que el rey vuelva a su casa?

13 Ustedes son mis hermanos, de mi propia sangre: ¡no pueden ser los últimos en hacer que vuelve el rey!».

14 Y a Amasá le dirán: «¿No eres tú de mi misma sangre? ¡Que Dios me castigue una y otra vez, si tú no ocupas para siempre el lugar de Joab, como jefe de mi ejército!».

15 Así el rey se ganó el corazón de todos los hombres de Judá como el de un solo hombre, y ellos le mandaron decir: «Vuelve, tú y todos tus servidores».

El encuentro de David con Simei

16 El rey emprendió el camino de regreso y llegó hasta el Jordán. Los de Judá, por su parte, habían ido a Guilgal para recibirlo y ayudarlo a pasar el Jordán.

17 Simei, hijo de Guerá, el benjaminita de Bajurím, se apresuró a descender con los hombres de Judá al encuentro del rey David,

18 llevando consigo a mil hombres de Benjamín, Sibá, el servidor de la casa de Saúl, y con él sus quince hijos y sus veinte servidores, bajaron prontamente al Jordán antes que el rey,

19 y cruzaron el vado, para hacer pasar a la familia del rey y complacer todos sus deseos. En cuanto a Simei, se arrojó a los pies del rey cuando este iba a cruzar el Jordán,

20 y exclamó: «¡Que el rey no me tenga en cuenta la falta! ¡No te acuerdes de la falta que cometió tu servidor, el día en que el rey, mi señor, salía de Jerusalén! ¡No le des importancia,

21 ya que tu servidor reconoce su pecado! Por eso hoy soy el primero de toda la casa de José que ha bajado al encuentro de mi señor, el rey».

22 Entonces intervino Abisai, hijo de Seruiá, y dijo: «¿No va a morir Simei por haber maldecido al ungido del Señor?».

23 Pero David replicó: «¿Qué tengo que ver yo con ustedes, hijos de Seruiá, para que hoy se comporten como adversarios míos? Hoy nadie será condenado a muerte en Israel. ¿No estoy acaso ahora seguro de ser el rey de Israel?».

24 Luego el rey dijo a Simei: «Tú no morirás». Y se lo juró.

El encuentro con Meribaal

25 También Meribaal, hijo de Saúl, bajó al encuentro del rey. No se había cuidado los pies, ni arreglado el bigote, ni hecho lavar la ropa, desde el día en que el rey partió de Jerusalén hasta que volvió sano y salvo.

26 Apenas llegó de Jerusalén para recibir al rey, este le dijo: «¿Por qué no has venido conmigo, Meribaal?».

27 El respondió: «¡Rey, mi señor, he sido traicionado por mi servidor! Porque yo había pensado: «Voy a ensillar el asno para montar en él e irme con el rey», ya que estoy lisiado.

28 Pero él me calumnió ante mi señor, el rey. Sin embargo, tú eres como un ángel de Dios: trátame entonces como mejor te parezca.

29 Porque toda la casa de mi padre no merecía de parte de mi señor, el rey, nada más que la muerte. Y a pesar de todo, tú me has admitido entre tus comensales: ¿qué derecho tengo todavía de reclamar algo al rey?».

30 El rey le respondió: «¿Para qué vas a añadir nuevas razones? Ya lo he decidido: tú y Sibá se repartirán las tierras».

31 Meribaal dijo al rey: «¡Que él se quede con todo, puesto que mi señor, el rey, ha vuelto a su casa sano y salvo!».

El encuentro con Barzilai

32 Barzilai, el de Galaad, había bajado de Roglím y había pasado con el rey el Jordán, para despedirlo junto al río.

33 Barzilai era muy anciano, tenía ochenta años, y había abastecido de provisiones al rey durante su permanencia en Majanaim, porque era un hombre de muy buena posición.

34 El rey le dijo: «Sigue adelante conmigo, y yo me ocuparé de tu sustento en Jerusalén».

35 Pero Barzilai respondió al rey: «¿Cuántos años más voy a tener de vida para que suba contigo a Jerusalén?

36 ¡Ya tengo ochenta años! No puedo distinguir lo bueno de lo malo, ni saborear lo que como o lo que bebo, ni oír la voz de los cantores y cantoras. ¿Por qué tu servidor va a ser una carga más para mi señor, el rey?

37 Tu servidor te acompañará un corto trecho más allá del Jordán. ¿Para qué me vas a conceder semejante recompensa?

38 Te ruego que me dejes volver, y así moriré en mi ciudad junto a la tumba de mi padre y de mi madre. Ahí tienes a tu servidor Quimham: que él siga adelante con mi señor, el rey, trátalo como mejor te parezca».

39 El rey dijo entonces: «Que Quimham siga adelante conmigo; yo lo trataré como mejor te parezca y haré por ti todo lo que quieras pedirme».

40 Todo el pueblo pasó el Jordán, y también paso el rey. Luego el rey besó a Barzilai y lo bendijo, y él regresó a su casa.

Disenciones entre Israel y Judá

41 El rey avanzó hasta Guilgal, y Quimham iba con él. Todo el pueblo de Judá acompañaba al rey, y también la mitad del pueblo de Israel.

42 Entonces todos los hombres de Israel se presentaron al rey y le dijeron: «¿Por qué te tienen acaparado nuestros hermanos, los hombres de Judá, y han sido ellos los que hicieron cruzar el Jordán al rey, a su familia y a todos los hombres que estaban con David?».

43 Los hombres de Judá respondieron a los de Israel: «Es porque el rey está más cerca de nosotros. ¿Por qué se van a irritar a causa de esto? ¿Acaso hemos comido a costa del rey o él nos ha concedido algún privilegio?».

44 Pero los hombres de Israel replicaron a los de Judá: «Nosotros tenemos sobre el rey, incluso sobre David, diez veces más derechos que ustedes. ¿Por qué nos han relegado? ¿No fuimos nosotros los primeros en proponer que volviera nuestro rey?». A esto respondieron los hombres de Judá con palabras aún más duras.

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