9» San José y los moribundos

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  Dice la palabra de Dios: Mucho vale a los ojos de Dios la muerte de los que le aman (Sal 116, 15). Bienaventurados los que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, para que descansen de sus trabajos, pues sus obras los acompañan (Ap 14, 13).

La muerte es una de las realidades más ciertas y más trágicas de la existencia humana. Todos, tarde o temprano, debemos morir. Pero ¡qué diferencia entre morir desesperados o morir en paz con Dios! San José tuvo la suerte de morir entre los brazos de Jesús y de María. Su muerte fue un paso tranquilo a la eternidad. Veamos lo que nos dice al respecto la beata Ana Catalina Emmerick:

Cuando José murió, estaba María sentada a la cabecera de la cama y lo tenía en brazos, mientras Jesús estaba junto a su pecho. Vi el aposento lleno de resplandor y de ángeles. José, cruzadas las manos en el pecho, fue envuelto de lienzos blancos, colocado en un cajón estrecho y depositado en la hermosa caverna sepulcral, que un buen hombre le había regalado. Fuera de Jesús y María, unas pocas personas acompañaron el ataúd, que vi, en cambio, entre resplandores y ángeles34.

La venerable María de Jesús de Ágreda dice: Jesús le dio la bendición y le dijo: Padre mío, descansa en paz y en la gracia de mi Padre celestial y mía. A mis profetas y santos, que te esperan en el limbo, dales alegres nuevas de que llega ya su redención. En los brazos de Jesús expiró el santo y felicísimo José, y Jesús le cerró los ojos. Y, al mismo tiempo, una multitud de ángeles, que asistían con su Rey y Reina, hicieron dulces cánticos de alabanza con voces celestiales y sonoras. Luego, llevaron su alma al limbo de padres y profetas…, donde causó nueva alegría ante aquella innumerable redención35.

El pueblo cristiano, basándose en la dicha de José de haber muerto en los brazos de Jesús y de María, lo ha considerado siempre como abogado y protector de los agonizantes. Y así lo ha corroborado la Iglesia con su autoridad. El Papa Benedicto XV, el 25 de julio de 1920, escribió: Habiendo la Sede apostólica aprobado diversos modos de honrar al santo patriarca, celébrense con toda la solemnidad posible los miércoles y el mes que le está dedicado (marzo), en todas y cada una de las diócesis a instancia de los obispos. Pero, principalmente, como es singular protector de los moribundos, pues a su muerte estuvieron presentes el mismo Jesús y María, fomenten los venerables hermanos aquellas asociaciones piadosas, que fueron fundadas para orar a san José por los moribundos como la de la “Buena muerte” y la del “Tránsito de san José”, a fin de que ayude con toda su autoridad a favor de los agonizantes.

El Papa Pío XI, en las letanías de san José, aprobadas el 21 de marzo de 1935 dice: Patrono de los moribundos, ruega por nosotros. En el Catecismo de la Iglesia católica se nos aconseja: Pedir a la Madre de Dios que interceda por nosotros en la hora de nuestra muerte y confiarnos a san José, patrono de la buena muerte (Cat 1014).

Veamos un ejemplo: La venerable Ana de San Agustín (1555-1624), carmelita descalza, era muy devota de san José y estando ya agonizante, vinieron a llevársela al cielo Jesús, san José y santa Teresa de Jesús. Viendo la moribunda su celda convertida en un cielo, dio muestras de alegría extraordinaria. En cierto momento, exclamó tres veces: ¡Mis padres! Refiriéndose a san José y santa Teresa… Una carmelita de gran virtud, que moraba en distinto convento, estando rogando por la enferma, la vio subir al cielo entre san José y santa Teresa de Jesús, seguida de gran número de ángeles y santos, que componían el triunfal cortejo. Así honra san José en la hora de la muerte a los que le honran en vida y le piden la gracia de una buena muerte36.

San Vicente Ferrer (1350-1419), predicando un día el sermón de la fiesta de la Navidad, contó lo siguiente: Un mercader de Valencia (España) invitaba a su casa todos los años el día de Navidad a un pobre anciano y a una mujer con su hijo pequeño, pues le representaban a la Virgen con el niño Jesús y san José. Se sabe que, a su muerte, se le aparecieron la Virgen con el Niño y José diciéndole: Por recibirnos en tu casa, te recibiremos a ti en la nuestra37.
34 Emmercik Ana Catalina, Visiones y Revelaciones, Ed. Guadalupe, México, Vida de Jesucristo, cap. XCV, p. 330.
35 Mística ciudad de Dios, Tomo 5, segunda parte, libro 5, cap. 15.
36 Resumen del ejemplo del libro Glorias de san José de Francisco Butiñá, o.c., pp. 613-614.
37 Llamera Bonifacio, Teología de san José, BAC, Madrid, 1953, p. 652.

8» Asunción de san José

Autor: P. Angel Peña O.A.R

 Uno de los especiales privilegios concedidos por Dios a san José, según algunos santos, es el de su Asunción al cielo en cuerpo y alma. Así lo expresa el famoso teólogo español Suárez, San Pedro Damián y san Bernardino de Siena, san Francisco de Sales, san Alfonso María de Ligorio, la venerable Madre María Jesús de Ágreda,Bossuet, san Enrique de Ossó y Cervelló y otros.

¿Por qué motivo? Porque Cristo es, sobre todo, redentor de sus padres, a quienes amó con un amor total y a quienes santificó con tal plenitud que los hizo prototipo de los demás redimidos. Además, porque José tuvo una misión universal especialísima y porque parece razonable que la Sagrada Familia, predestinada a iniciar una vida divina del linaje humano con anterioridad a todos los demás, inicie también la vida gloriosa de la resurrección antes que todos los demás.

Gerson, el gran devoto de san José, habló de la resurrección y de la Asunción de san José al cielo en cuerpo y alma en el sermón pronunciado en el concilio de Constanza el 8 de septiembre de 1416.

El famoso italiano Isidoro de Isolano (+1528), llamado el profeta de san José, en su obra Somma dei doni di san Giuseppe, escrita en 1522, dice: El evangelio atestigua que los cuerpos de muchos santos resucitaron después de la pasión del Salvador (Mt 27, 52-53). Y estamos persuadidos que, entre ellos, se encuentra, sin duda alguna, el de José… Además, es propio del hijo honrar a su padre y cuidar de su cuerpo después de muerto. Por eso, Cristo, alresucitar los cuerpos de muchos santos, no podía dejar en el sepulcro el cuerpo de su padre putativo… Igualmente, podemos creer que, si en vida honró a José más que a todos los otros, llamándole padre, también lo ensalzaría por encima de todos después de su muerte26.

San Pedro Damián (1007-1072) habla de la Asunción de san José, en el Sermón sobre san Juan Bautista. El venerable Bernardino de Bustos refiere que, estando san Bernardino de Siena (+1444) predicando en la ciudad de Padua sobre la Asunción de José en cuerpo y alma a los cielos, vieron los oyentes sobre la cabeza del santo predicador, una cruz como de oro refulgente, despidiendo embelesadores rayos de luz.

Estaba diciendo lo siguiente: Devotamente se debe creer, pero no afirmar como de fe, que el benignísimo Jesús, Hijo de Dios vivo, con igual privilegio adornó a su padre adoptivo que a su madre Santísima; y que así como, cuando murió la Santísima Virgen, se la llevó al cielo en cuerpo y alma, así también el día que resucitó Jesús, se llevó consigo al justísimo patriarca san José con la gloria de la resurrección; a fin de que así como aquella santa familia, a saber, Cristo, María y José, vivieron juntos en la tierra una vida laboriosa y en conforme gracia, así con amorosa gloria reinen en el cielo en cuerpo y alma27.

San Leonardo de Puerto Mauricio afirma: Decid que san José, al morir, fue transportado al empíreo en cuerpo y alma por privilegio particular anotado en los Proverbios: Todos los de su casa van vestidos con doble estola (Prov 31, 21), es decir, los de la familia de la mujer fuerte, o de la Virgen María, llevan doble estola, entendiendo los sagrados intérpretes por doble estola, la glorificación del alma y del cuerpo28.

El gran teólogo español Francisco Suárez (1548-1617) dice hablando de san José: No dejaré de advertir que, conforme a una opinión bastante aceptada, se hace cosa probable que nuestro santo reina con Cristo en la gloria en cuerpo y alma; porque, como murió antes que Nuestro Señor, es verosímil que fue de aquellos que resucitaron al tiempo de la muerte o resurrección del Salvador, los cuales resucitaron a vida inmortal de alma y cuerpo29.

La Madre María de Jesús de Ágreda (1602-1665) dice: El día de la resurrección, con toda belleza y gloria, se levantó nuestro Salvador del sepulcro y, en presencia de los santos y patriarcas, prometió al linaje humano la resurrección universal como efecto de la suya en la misma carne y cuerpo de cada uno de los mortales y que en ella serían glorificados los justos. En prendas de esta promesa y como en rehenes de la resurrección universal, mandó Su Majestad a la almas de muchos santos que allí estaban, se juntasen con sus cuerpos y los resucitasen a inmortal vida. Al punto, se ejecutó este divino imperio y resucitaron los cuerpos que, anticipando el misterio refiere Mateo (Mt 27, 52). Y, entre ellos, fueron santa Ana, san José y san Joaquín, y otros de los antiguos Padres y Patriarcas, que fueron más señalados en la fe y esperanza de la Encarnación y con mayores ansias la desearon y pidieron al Señor. Y, en retorno de estas obras, se les adelantó la resurrección y gloria de sus cuerpos30.

Dice san Francisco de Sales: No hemos de dudar en manera alguna de que este glorioso santo goza en el cielo de mucho crédito ante Aquel que tanto le favoreció hasta el punto de elevarlo hasta allí en cuerpo y alma; lo cual es tanto más probable cuanto que no nos queda de él ninguna reliquia en la tierra; y me parece que nadie puede dudar de ello, porque ¿cómo pudo negar a san José esta gracia Aquel que se le mostró obediente durante toda su vida?…

Y, si es verdad, cosa que debemos creer, que en virtud del Santísimo Sacramento que recibimos, nuestros cuerpos resucitarán el día del juicio, ¿cómo podemos dudar de que hizo subir consigo a los cielos en cuerpo y alma al glorioso san José que había tenido el honor y había recibido la gracia de llevarlo con tanta frecuencia en sus brazos, en los cuales Nuestro Señor tanto se complacía?

Es pues indudable que san José está en el cielo en cuerpo y alma. ¡Qué dichosos seríamos, si mereciésemos tener parte en sus santas intercesiones! Porque nada se le niega ni por parte de Nuestra Señora ni de su glorioso esposo31.

Es interesante anotar que el Papa Juan XXIII, en la homilía pronunciada en la fiesta de la Ascensión, el 26 de mayo de 1960, con motivo de la canonización de Gregorio Barbarigo, expresó su opinión personal de que san José está en el cielo en cuerpo y alma; y la expuso como opinión aceptable. Dijo literalmente en italiano: così piamente noi possiamo credere (así nosotros podemos piadosamente creer)32.

Por supuesto, que no es dogma de fe la Asunción de san José, pero esperamos que lo sea en un futuro no muy lejano. Como diría el gran filósofo católico Jean Guitton: Tengo la impresión de que no ha llegado todavía el tiempo de san José. No ha salido de la sombra, apenas está comenzando a salir. Veréis que el futuro nos reserva muchas bellas sorpresas sobre él33.

26 Citado por Llamera Bonifacio, Teología de san José, BAC, Madrid, 1953, p. 630.
27 Sermón II sobre san José a. 3; citado por Butiñá Francisco, Glorias de san José, Ed. Subirana, Barcelona, 1909, p. 280.
28 Butiñá Francisco, o.c., p. 285.
29 Suárez Francisco, Misterios de la vida de Cristo, vol. 1; BAC, Madrid, 1948, p. 281; disputa 8, sec 2.
30 María de Jesús de Ágreda, Mística ciudad de Dios, Madrid, 1970; segunda parte, Libro VI, cap 26, p. 1073.
31 Francisco de Sales, Pláticas espirituales, Ed. Balmes, Barcelona, 1952, Plática XIX, pp. 325-326.
32 Acta Apostolicae Sedis 52, de 1960.
33 Messori Vittorio, Ipotesi su Maria, Ed. Ares, Milán, 2005, p. 385.

7» Privilegios de san José

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  Hay algunos teólogos y santos que opinan que san Juan Bautista y Jeremías fueron santificados en el vientre de su madre, y que esto debe decirse con mucha más razón de san José. Así lo afirman, entre otros, Gerson, Isidoro de Isolano, Bernardino de Bustos, san Alfonso María de Ligorio y la venerable María de Jesús de Ágreda, que dice: San José fue santificado en el vientre de su madre a los siete meses de su concepción24. Y sigue diciendo ella misma:

Algunos privilegios he entendido que, por su gran santidad, le concedió el Altísimo para los que le invocaren como intercesor.

El primero es para alcanzar la virtud de la castidad y vencer los peligros de la sensualidad carnal.

El segundo para alcanzar auxilios poderosos para salir del pecado y volver a la amistad de Dios.

El tercero para alcanzar por su medio la gracia y devoción de María Santísima.

El cuarto, para conseguir buena muerte y, en aquella hora, defensa contra el demonio.

El quinto, que temiesen los mismos demonios oír el nombre de san José.

El sexto, para alcanzar salud corporal y remedio en otros trabajos.

El séptimo privilegio, para alcanzar sucesión de hijos en las familias.

Estos y otros muchos favores hace Dios a los que, debidamente y como conviene, le piden por la intercesión de san José; y pido yo a todos los fieles hijos de la santa Iglesia que sean muy devotos suyos, y conocerán estos favores por experiencia, si se disponen como conviene para recibirlos y merecerlos25.
24 Madre María de Jesús de Ágreda, Mística ciudad de Dios, tomo 5-6 primera parte, libro V, cap XVI.
25 Mística ciudad de Dios, Vida de María, Madrid, 1970, pp. 760-761.

6» Un poco de historia

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  Cuando la Sagrada Familia huyó a Egipto, tuvo que hacer un largo y peligroso camino por el desierto durante unos 20 días. Según una antigua tradición, se establecieron en Matarieh, a las afueras de El Cairo, cerca de Heliópolis, lo que supone unos 500 kms de recorrido desde Belén. San José, llevando al niño Jesús a Egipto, se convierte así en el primer misionero. Quizás, por eso, no fue una casualidad que en Egipto floreció el cristianismo en los primeros siglos, dando lugar a grandes teólogos y monjes santos como Orígenes, san Cirilo de Alejandría, san Antonio Abad y tantos miles de monjes, que vivieron en el desierto de la Tebaida, entregando totalmente sus vidas a la oración y al servicio de Dios. Quizás, por ello, tampoco es casualidad que el culto a san José se desarrolló en Egipto mucho antes que en otros sitios.

Después de la muerte de José, de Jesús y de María, quedaron en Nazaret algunos familiares de José. Según dice el gran historiador cristiano san Eusebio de Cesarea (275-339) en su Historia eclesiástica (libro 3, XIX), tomando como referencia al historiador judeocristiano Hegesipo, hasta el siglo II había familiares de José en Nazaret; parientes, por tanto, de Jesús, que tuvieron un papel muy importante en la conservación de la memoria cristiana del lugar y que incluían referencias a San José.

Hay autores del siglo II, como San Justino y San Ireneo, que hablan de San José al hablar de María o del misterio de la Redención. En este mismo siglo, Orígenes y Julio el Africano también lo mencionan frecuentemente. En el siglo IV, San Agustín, San Ambrosio y San Jerónimo hablan ya mucho de su virginidad, de su paternidad espiritual sobre Cristo y de su verdadero matrimonio con María, presentando a José como modelo de virtudes cristianas. En este mismo siglo IV, ya existía la fiesta de San José entre los coptos, que la celebraban el 20 de julio.

El escritor Nicéforo Calixto en su Historia eclesiástica (libro 8, cap 30, PL 146, 113) nos asegura que en la gran basílica construida por Santa Elena, la madre de Constantino, en el siglo IV, había una capilla dedicada a San José.

En 1888, en unas excavaciones en la antigua ciudad de Cartago del norte de África, se encontró un bello relieve del siglo IV, donde está de pie san José, teniendo a su lado a la Virgen sentada con el niño Jesús en su regazo. También en las catacumbas de Santa Priscila en Roma, se ha encontrado una imagen de los magos, adorando a Jesús, donde está también José al lado de María.

En los siglos VII-VIII aparece el nombre de San José en los calendarios litúrgicos y en los martirologios. En 1129 ya se conoce una iglesia dedicada a san José en Bolonia (Italia). En esta época, se encuentra en Palestina una iglesia, restaurada por los cruzados con la inscripción Joseph virum Mariae (José, esposo de María). En este siglo XII está el gran devoto de María San Bernardo (+1153), que también fue muy devoto de San José. Otros grandes panegiristas o eminentes propagadores de la devoción a San José fueron: Santo Tomás de Aquino (+1274), Santa Gertrudis (+1310), Santa Margarita de Cortona (+1297), Santa Brígida de Suecia (+1373), San Vicente Ferrer (+1419), San Bernardino de Siena (+1444)…

Es de destacar entre todos los devotos de San José a Juan Gerson (1363-1429). Llegó a ser canciller de la universidad de París en 1395. El 17 de agosto de 1413 escribió una carta a todas las iglesias de la cristiandad y, en especial, a todas las dedicadas a la Virgen María, para proponerles una fiesta en honor del matrimonio de José y María. Decía: Os exhortamos y rogamos encarecidamente con todas nuestras fuerzas que celebréis con oficio solemne el virginal desposorio de José con María. Él mismo había compuesto un oficio para la fiesta propuesta.

Cuando asistió, como representante del rey de Francia, al concilio de Constanza el 8 de setiembre de 1416, les habló a los padres conciliares de la conveniencia de crear una fiesta en honor del matrimonio de José y María. Y compuso un inmenso poema a san José de 4,800 versos, llamado Josephina.

Él creía que San José tuvo el privilegio de ser santificado en el vientre de su madre como Jeremías y Juan Bautista, que había sido confirmado en gracia y que estaba libre de la concupiscencia. También creía en la Asunción de José en cuerpo y alma a los cielos, aunque en algunos textos manifiesta dudas. Pero en todos sus escritos, propicia mucho la devoción a san José.

Otro gran devoto de San José fue Isidoro de Isolano, que en 1522 escribió un tratado sistemático sobre San José. Se llama Summa de donis sancti Joseph (Conjunto de dones de San José).

En él escribe unas frases proféticas sobre San José. Dice así: Se levantarán templos en honor del santo patriarca; se celebrarán fiestas en que los pueblos le expresarán su agradecimiento. Insignes varones, ilustrados por Dios, al investigar las riquezas encerradas en san José, hallarán un gran tesoro, cual no lo hallaron en los Padres del Antiguo Testamento. Se le consagrará una fiesta principal y venerable. Porque el Vicario de Cristo en la tierra, bajo la inspiración del Espíritu Santo, mandará que la fiesta del padre putativo de Cristo, del esposo de la Reina del mundo, del hombre santísimo, se celebre en todas las regiones, adonde se extiende el imperio de la Iglesia militante23.

A partir del siglo XVI, tomó mucho impulso esta devoción especialmente con el testimonio de santa Teresa de Jesús (+1582), de san Juan de la cruz y de los carmelitas en general. Fray Jerónimo Gracián, confesor de santa Teresa, escribió en Roma en 1597, su Josefina, proclamando los dones y privilegios de san José.

El Papa Gregorio XV en 1621 estableció la fiesta de san José. Benedicto XIII en 1726, colocó a san José en la letanía de los santos. En Brasil, en el siglo XVIII, se difundió la devoción a los Tres Corazones de Jesús, María y José. En 1870, el Papa Pío IX lo nombró patrón de la Iglesia universal. León XIII, en la encíclica Quamquam pluries, en 1889, exhorta a rezar el rosario e invocar a san José.

En 1955, Pío XII, instituye la fiesta de san José obrero el 1 de mayo. Juan XXIII lo nombra patrono del concilio Vaticano II y coloca su nombre en el canon de la misa. En 1989, el Papa Juan Pablo II publicó la exhortación pastoral Redemptoris custos (custodio del Redentor) y el año 2004 regaló su anillo papal para el cuadro de san José de su iglesia natal de Wadowice, en Polonia.

Como curiosidad, digamos que algunos países han nombrado a san José como su patrono: Austria, Bélgica, Canadá (1624), China (1678), Corea, Croacia, Vietnam y el Perú. En 1557 fue nombrado patrono general de México. En 1679 se nombró a san José patrono de todos los dominios españoles. En 1655 se consagraron a san José, Perú y Bohemia. San José es patrono del Perú desde 1828.

23 Isolano Isidoro de, Summa de donis sancti Joseph, p. III, c. VII.

5» La sagrada familia

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  La Sagrada Familia fue la familia perfecta, donde había amor, unión, comprensión y donde estaba Dios presente en la persona de Jesús. Siempre se ha dicho que, para formar un auténtico matrimonio hacen falta tres: el esposo, la esposa y Dios. Si falta Dios, el matrimonio no podrá ser feliz, pues le faltará el amor de Dios, que es indispensable para la felicidad conyugal. En la Sagrada Familia, Jesús era el centro de la vida de José y de María. Toda su existencia estaba dirigida a servirle, amarle y a hacerlo feliz. ¡Qué hermoso, si todos los padres de familia hicieran lo mismo!

Pero, además de ser una familia unida y feliz, la Sagrada Familia estaba en el centro de la historia del mundo. Tenía una misión cósmica y universal. De ella dependía el futuro de la humanidad. Por eso, la figura de San José es imprescindible en esta visión a nivel universal. Su participación en el misterio de la Encarnación lo sitúa, junto con María, en el centro de la historia humana. Por eso, San José no puede ser un hombre cualquiera o un santo cualquiera, pues para cumplir bien su misión, Dios le concedió las gracias que necesitaba.

Necesitaba fuerzas físicas para cuidar a su familia y procurar su alimento con el trabajo de cada día. Algunos santos, como la beata Ana Catalina Emmerick, hablan de que al casarse tenía unos 30 años de edad. Lo cierto es que tenía la plenitud de sus fuerzas humanas y la madurez suficiente para hacer frente a todas sus responsabilidades.

Antes del matrimonio con María, José era un hombre justo, como dice el Evangelio (Mt 1, 19). Quizás era un hombre santo, pero, después del matrimonio con María, comenzó su carrera meteórica, imparable, hacia la santidad. El contacto diario con Jesús y María lo hizo llegar a alturas jamás imaginadas por él y que sólo Dios puede dar a quien ha entregado su vida entera a su servicio. Jamás hombre alguno podrá alcanzar en santidad a José, porque nadie ha podido amar tanto como él a sus dos grandes amores: Jesús y María. Por eso, decimos, con total seguridad, que José es el más santo de los santos.

Es hermoso pensar en María y José a la caída de la tarde, después de un día de trabajo o los sábados, días de descanso, rezando juntos, tomados de la mano o hablando de Jesús, que era el centro de sus vidas. Imaginemos a José, haciendo algún juguete de madera para Jesús niño. ¡Con qué cariño lo haría! Imaginemos a José y María, jugando con Jesús como dos padres enamorados de su hijo. Y su hijo, manifestando todo su amor con besos y abrazos a aquellos padres felices. Por supuesto que no faltaron días difíciles, cuando no había trabajo y no alcanzaba el dinero para los alimentos. ¡Cuánto sufriría José y María al no poder dar a Jesús todo lo que deseaban! Pero sufrían en silencio y lo ofrecían todo con amor y todo parecía poco con tal de tener a Jesús entre ellos.

Según la tradición, San José era carpintero. Así lo cuenta San Justino, que era de Palestina, en El diálogo con Trifón del siglo II. Dice: Cuando Jesús llegó al Jordán, lo creían hijo de José el carpintero y no aparentaba lo que era, pues se le consideraba un carpintero. En efecto, durante su estancia entre los hombres, ejerció un oficio, fabricó carros y yugos, dando así ejemplo de justicia y trabajo20.

San Cirilo de Jerusalén afirma que en su tiempo (siglo IV), todavía se mostraba a los visitantes de Jerusalén una pieza de madera en forma de teja, labrada, según decía, por José y por Jesús.

Cuando Jesús comenzó su vida pública, ya no se habla de José, que parece había muerto, pues no asistió a las bodas de Caná. El mismo Marcos, cuando habla de Jesús, lo nombra como hijo de María, pues seguramente ella era ya viuda; ya que, de otro modo, hubieran dicho que era hijo de José y de María. La gente de Nazaret, hablando de Jesús, dice: ¿No es este acaso el carpintero, el hijo de María? (Mc 6, 3).

La Sagrada Familia estaba tan unida que eran tres en uno. Alguien los ha llamado la trinidad en la tierra. Los tres Corazones eran uno solo. Yo me los imagino así: Un gran corazón, el Corazón divino de Jesús, y dentro de él, el Corazón inmaculado de María; y dentro del Corazón de María, el castísimo Corazón de José. Tres corazones en UNO. ¿Por qué? Porque el mejor medio para llegar a María es José y el mejor medio para llegar a Jesús es María. El camino más rápido para llegar a Jesús es por José y por María: José, María y Jesús.

Dice San Juan Eudes: Después de Dios, San José tiene el primer puesto en el Corazón de María, porque María es toda de José como la esposa es del esposo; así el Corazón de María es de José. Por otra parte, es claro que Jesús es un solo Corazón con María, y como María es un solo Corazón con José, resulta que José tiene un solo Corazón con Jesús y con María21.

San Leonardo de Puerto Mauricio (+1751) dice: La escalera, que conduce al cielo, tiene tres escalones: Jesús, María y José. Vuestras oraciones son confiadas, en primer lugar, a San José, José las entrega a María, y María a Jesús. Descendiendo, las respuestas pasan de Jesús a María, y María las ofrece a José. Jesús hace todo por María, porque es su hijo. Y José lo obtiene todo por ser esposo de María y padre de Jesús22.

Consagrémonos a los tres Corazones y vivamos dentro de ellos para estar bien protegidos y defendidos de toda adversidad.

20 Citado por Cristiani León, San José, Ed. Rialp, Madrid, 1978, p. 105.
21 San Juan Eudes, Le coeur admirable, t. VIII, c. 3.
22 Leonardo de Puerto Mauricio, Sermons, Ed. Casterman, 1858, t. II, ser. XVIII, p. 24.

4» Paternidad de san José

Autor: P. Angel Peña O.A.R

  José fue en verdad padre de Jesús, aunque no lo fuera de sangre. Su título de padre le es reconocido por el Espíritu Santo mediante la autoridad de la Palabra de Dios, y Jesús lo reconocía, obedeciéndole en todo. Dice el Evangelio que les estaba sujeto (Lc 2, 51), es decir, que obedecía a María y José.

Dice la Palabra de Dios: Sus padres iban cada año a Jerusalén para la fiesta de Pascua. Y cuando era de doce años, al subir sus padres…, Jesús se quedó sin que sus padres lo advirtieran… Bajó con ellos y vino a Nazaret y les obedecía (Lc 2, 41-43. 51). Al entrar sus padres con el niño Jesús (Lc 2, 27). Su padre y su madre estaban maravillados de lo que se decía de él (Lc 2, 33).

María reconoce también a José como padre de Jesús. Cuando lo encuentran en el templo, después de estar tres días buscándolo, María le dice: Mira, tu padre y yo, apenados, estábamos buscándote (Lc 2, 48). Aquí, hasta María antepone la autoridad de José a la suya, diciendo: Tu padre y yo.

La gente lo consideraba hijo de José. Jesús, al empezar, tenía unos treinta años y era, según se creía, hijo de José (Lc 3, 23). Y todos estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca y decían: ¿No es éste el hijo de José? (Lc 4, 22). ¿No es éste Jesús el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? (Jn 6, 42).

Y José es consciente de su paternidad como padre de Jesús y asume su responsabilidad como venida de Dios. Cuando se le aparece el ángel, se dirige a él como jefe de familia para darle órdenes, que él cumple sin discutir. Le dice el ángel: Ella dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 21). Toma al niño y a su madre y huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise (Mt 2, 13-14). A la muerte de Herodes, de nuevo se le aparece el ángel y le dice: Levántate, toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel… Y levantándose, tomó al niño y a su madre y partió para la tierra de Israel (Mt 2, 19-21).

El hijo de María es también hijo de José en virtud del vínculo matrimonial que los une. A raíz de aquel matrimonio fiel, ambos merecieron ser llamados padres de Cristo (RC 7). Por otra parte, siendo la circuncisión del hijo, el primer deber religioso del padre, José, con este rito, ejercita su derecho-deber respecto a Jesús (RC 11). En la circuncisión, José impone al niño el nombre de Jesús… Al imponer el nombre, José declara su paternidad legal sobre Jesús y, al proclamar el nombre, proclama también su misión salvadora (RC 12). El rescate del primogénito es otro deber del padre, que es cumplido por José (RC 13).

La paternidad de José era indispensable en Nazaret para honrar la maternidad de María. Era indispensable para la circuncisión e imposición del nombre. Era indispensable en Belén para inscribir al recién nacido como hijo de David en los registros del imperio romano. Era indispensable en Jerusalén para presentar al primogénito en el templo. Y también era indispensable la presencia de José para el crecimiento de Jesús en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52).

Jesús fue inscrito oficialmente como hijo de José, de Nazaret (Jn 1, 45) y así lo creían todos. Por eso, san José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo, él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente ministro de la salvación (RC 8).

San José, obedeciendo a Dios, custodiando a María y siendo padre de Jesús, tomó parte activa en los misterios de la Encarnación y Redención. Dice san Efrén (306-372), el gran teólogo y doctor de la Iglesia: Bienaventurado eres tú, justo José, porque a tu vera creció quien se hizo niño pequeño para hacerse a tu tamaño. El Verbo habitó bajo tu techo sin abandonar por ello el seno del Padre… Quien es hijo del Padre, se llama hijo de David e hijo de José16.

San Bernardo (1090-1153) afirma: Aquel a quien muchos profetas desearon ver y no vieron, desearon oír y no oyeron, le fue dado a José, no sólo verlo y oírlo, sino llevarlo en sus brazos, guiarle los pasos y apretarlo contra su pecho. Cubrirlo de besos, alimentarlo y velar por él. Imagina qué clase de hombre fue José y cuánto valía. Imagínalo de acuerdo con el título con que Dios quiso honrarlo, que fuese llamado y tomado por padre de Dios, título que en verdad dependía del plan redentor17.

Decía el Papa Juan Pablo II: La paternidad de san José, como la maternidad de la Santísima Virgen María, tiene un carácter cristológico de primer orden. Todos los privilegios de María se derivan del hecho de que es madre de Cristo. Análogamente, todos los privilegios de san José se deben a que tuvo el encargo de hacer de padre de Cristo.

Sabemos que Cristo se dirigía a Dios con la palabra abba, una palabra querida y familiar con la cual los hijos de su nación se dirigen a sus padres. Probablemente, con la misma palabra como los otros niños, Él se dirigía también a san José, ¿es posible decir más del misterio de la paternidad humana?… La vida con Jesús fue para san José un continuo descubrimiento de su propia vocación de padre18.

San Francisco de Sales pone un ejemplo. Dice así: Acostumbro decir que si una paloma llevase en su pico un dátil y lo dejase caer en un jardín, ¿no se diría acaso que la palmera que de él provendría pertenece al dueño del jardín? Pues si esto es así, ¿quién podrá dudar que el Espíritu Santo, habiendo dejado caer este divino dátil como divina paloma, en el jardín cerrado de la Santísima Virgen, el cual pertenece a san José como la mujer esposa pertenece al esposo, ¿quién dudará digo, que se pueda afirmar con toda verdad que esa divina palmera (Jesús), que produce frutos de inmortalidad, pertenece por entero a san José?19.

Sí, Jesús pertenece también a José y no sólo a María. Después de María, José fue el primero a quien Jesús besó con su boca divina, se le colgó del cuello, limpió su sudor con sus benditas manos e hizo otros innumerables regalos que los niños cariñosos hacen a sus padres. Cualquiera de estos regalos hubiera sido suficiente para enriquecer de bienes espirituales al alma más seca del mundo entero.

16 Citado por Martelet Bernard, José de Nazaret, Ed. Palabra, Madrid, 1999, p. 202.
17 Homilía Super missus est 2, 16.
18 Juan Pablo II, ¡Levantaos! ¡Vamos!, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2004, pp. 125-126.
19 Citado por Hervas Félix, Espigaduras en torno a san José, Ed. Signum crucis, Avila, 1988, p. 30.