por makf | 5 Sep, 2025 | Sin categoría
La residencia de Lázaro, transformada esa noche en dormitorio, muestra, diseminados por todas partes, cuerpos de hombres dormidos.
No se ve a las mujeres. Quizás las han conducido a las habitaciones superiores. El alba clara blanquece lentamente la ciudad, penetra en los patios de la casa, provoca los primeros gorjeos tímidos entre las frondas de los árboles plantados para dar sombra a aquéllos, y también los primeros arrullos de las palomas que duermen en la armadura del alero. Pero los hombres no se despiertan: cansados saciados de comida y emociones, duermen y sueñan…
Jesús sale al vestíbulo sin hacer ruido, y de ahí pasa al patio de honor. Se lava en una fuente clara que canta en el centro, dentro de un cuadrado de arrayanes a cuyo pie hay pequeños lirios muy parecidos a los llamados muguetes franceses. Se asea y, también sin hacer ruido, vuelve a donde está la escalera que conduce a los pisos de arriba y a la terraza que corona la casa; sube hasta ella, a orar, a meditar…
Paseando lentamente, va y viene. Sólo lo ven las palomas, las cuales, alargando el cuello y haciendo arrullos, parecen preguntarse una a otra: « ¿Quién es éste?». Luego se apoya en el antepecho y se queda recogido dentro de sí, inmóvil. En fin, alza 1a cabeza, reclamada quizás su atención por los primeros rayos del sol, que se levanta tras las colinas que celan Betania y el valle del Jordán. Jesús mira el panorama puesto a sus pies.
La residencia de Lázaro se alza sobre una de las tantas elevaciones del suelo que hacen de las calles de Jerusalén, especialmente de las menos bonitas, una ondulación continua.
Está casi en el centro de la ciudad, pero ligeramente retirada hacia el suroeste. Construida en una bonita calle que termina en el Sixto, formando con ella una T, domina la ciudad baja. Tiene, enfrente, Beceta, Moria y Ofel, y, detrás de éstos, la cadena del monte de los Olivos; en la parte de atrás, perteneciente ya al lugar en que está construida, el monte Sión; Mientras que, por el lado sur, la vista se extiende hacia las colinas meridionales, y al Norte, Beceta oculta buena parte del panorama. Pero, allende el valle de Guijón, la cabeza calva del Gólgota emerge amarillenta -siempre lúgubre, incluso con esta luz alegre -bajo el rosicler de la aurora.
Jesús la mira… Su mirada, aunque ahora es más viril y pensativa, me recuerda a aquella de la lejana visión de Jesús a los doce años en la escena de la disputa con los doctores. Ahora, como tampoco entonces, no es una mirada de terror. No. Es una mirada digna, de un héroe que mira al campo de su postrera batalla.
Luego se vuelve a mirar a las colinas del sur de la ciudad y dice: « ¡La casa de Caifás!» y, con la mirada, traza todo un itinerario desde aquel sitio hasta el Getsemaní, y luego al Templo, y luego mira más allá de las murallas de la ciudad, hacia el Calvario…
El sol, entretanto, ha salido del todo y la ciudad se enciende de luz…
Alguien da vigorosos golpes al portón de la casa, sin dejar intervalo entre uno y otro. Jesús se asoma para ver, pero el alero, muy saliente, y el hecho de que el portón esté muy adentro en los gruesos muros, le impiden ver quién llama. Eso sí, oye enseguida las voces de los durmientes, que se despiertan, mientras alguien cierra con estrépito el portón, abierto por Leví. Luego oye que muchas voces de hombre y de mujer gritan su Nombre… Se apresura a bajar y dice:
-Estoy aquí. ¿Qué queréis?
Los que lo llamaban, nada más oírlo, toman al asalto la escalera y suben corriendo y hablando alto. Son los apóstoles y los discípulos más antiguos; en medio de ellos, Jonás, el encargado del Getsemaní. Hablan todos a la vez y no se entiende nada.
Jesús debe imponer con violencia que se paren donde están y que guarden silencio, para poderlos calmar; se llega a ellos y dice al instante:
-¿Qué sucede?
Otro alboroto fragoroso, inútil por incomprensible. A las espaldas de los que gritan se asoman caras de aflicción o estupor, de mujeres y discípulos…
-Hablad de uno en uno. Tú, Pedro, el primero.
-Ha venido Jonás… Ha dicho que eran muchos y que te habían buscado por todas partes. Él ha estado mal toda la noche; luego, a la hora de la apertura de las puertas, ha ido a casa de Juana y ha sabido que estabas aquí. Pero ¿qué hacemos? ¡Tendremos que celebrar la Pascua, digo yo!
Jonás del Getsemaní refuerza la noticia diciendo:
-Sí, me han maltratado incluso. He dicho que no sabía dónde estabas, que quizás no volvías. Pero han visto vuestras túnicas y han comprendido que volvéis al Getsemaní. ¡No me seas causa de daño, Maestro! Siempre te he hospedado con amor. Esta noche he sufrido por ti. Pero… pero…
-¡No tengas miedo! No te volveré a poner en peligro de ahora en adelante. No volveré a detenerme en tu casa. Me limitaré a ir de paso, durante la noche, a orar… No me lo puedes prohibir…
Jesús se muestra dulcísimo hacia el aterrorizado Jonás del
Getsemaní.
Pero la voz de oro de María de Magdala prorrumpe vehemente:
-¿Desde cuándo, hombre, te olvidas de que eres siervo y que es nuestra condescendencia la que te hace usar modos de amo? ¿De quién son la casa y el olivar? Sólo nosotros podemos decir al Rabí: "No vayas a causar daño a nuestros bienes". Pero no lo decimos. Porque sumo bien sería siempre si, por buscarlo a Él, los enemigos del Cristo destruyeran incluso los árboles y las paredes, y hundieran los bancales; porque todo habría sido destruido por haber hospedado al Amor, y el Amor nos daría amor a nosotros sus fieles amigos. ¡Que vengan! ¡Que destruyan! ¡Que pisoteen! ¿Y qué?¡Basta con que El nos ame y resulte ileso!
Jonás está entre dos miedos: a los enemigos y a su ardiente ama, y susurra:
-¿Y si hacen daño a mi hijo?…
Jesús lo conforta:
-No temas, te digo. No volveré a detenerme en tu casa. Puedes decir a quien te lo pregunte que el Maestro ya no se hospeda en el Getsemaní… ¡No, María! Conviene hacerlo así, y déjame que lo haga así. Te agradezco tu generosidad… Pero no es mi hora, ¡no es todavía mi hora! Supongo que serían fariseos…
Y miembros del Sanedrín, y herodianos y saduceos… y soldados de Herodes… y… todos… todos… No me logro quitar el temblor del miedo… Pero, ¿ves, Señor, que he venido corriendo a avisarte?… a casa de Juana… luego aquí…
El hombre se preocupa de que se vea que, con el riesgo de su paz, ha cumplido su deber hacia el Maestro.
Jesús sonríe con compasión y bondad y dice:
-¡Lo veo! ¡Lo veo! ¡Que Dios te lo pague! Ahora ve en paz a tu casa. Enviaré a alguien para que te diga a dónde se deben mandar las bolsas, o a que las retire directamente.
El hombre se marcha, y ninguno, excepto Jesús y María Stma., le ahorran reproches o afrentas. Lo que dice Pedro es punzante, mordaz lo de Judas Iscariote, irónico lo de Bartolomé. Judas Tadeo no habla, ¡pero lo mira de una manera…! Y el murmullo y las miradas de reproche le acompañan también entre las filas de las mujeres, para terminar con la pulla final de María de Magdala, la cual, a la reverencia del servidor-campesino cuando la saluda, responde:
-Referiré a Lázaro que para la comida de la fiesta… vaya a procurarse pollos bien cebados a las tierras del Getsemaní.
-No tengo gallinero, ama.
-Tú, Marcos y María: ¡tres magníficos capones!
Todos se echan a reír por la salida nerviosa y… significativa de María de Lázaro, que está furiosa por ver el miedo de sus subordinados y por la molestia que sufre el Maestro, privado del tranquilo nido del Getsemaní.
-¡No te inquietes, María! ¡Paz! ¡Paz! ¡No todos tienen tu coraje!
-¡Ah, no, por desgracia! ¡Si todos tuvieran mi coraje, Rabbuní!¡Ni lanzas y flechas dirigidas contra mí me harían separarme de ti!
Un murmullo entre los hombres… María lo recoge y
responde solícita:
-Sí. ¡Y lo veremos! Y esperemos que sea pronto, si puede servir para enseñaros la valentía. ¡Nada me dará miedo si puedo servir a mi Rabí! ¡Servir! ¡Servir! ¡Y se sirve en las horas de peligro, hermanos! En las otras… ¡En las otras no es servir! ¡Es gozar!… ¡Y al Mesías no se le sigue para gozar!
Los hombres agachan la cabeza, punzados por esta verdad.
María hiende las filas y se pone enfrente de Jesús.
-¿Qué decides, Maestro? Es Parasceve. ¿Dónde tu Pascua? Ordena… y, si tanto he encontrado gracia ante ti, concédeme ofrecerte un cenáculo mío y ocuparme de todo…
-Has hallado gracia ante el Padre de los Cielos, y por tanto, gracia ante el Hijo del Padre, para el que es sagrado todo movimiento del Padre. Acepto el cenáculo, pero deja que a sacrificar el cordero, al Templo, vaya yo como buen israelita…
-¿Y si te echan mano? -dicen muchos.
-No me echarán mano. En la noche, en la oscuridad, como acostumbran a hacer los granujas, pueden atreverse; pero no entre la muchedumbre que me venera. ¡No me os hagáis cobardes!…
-¡Además ahora está Claudia! -grita Judas -¡El Rey y el Reino ya no están en peligro!…
-Judas, te ruego que no dejes que se derrumben en ti. No los hostigues dentro de ti. Mi Reino no es de este mundo. No soy un rey como los que están en los tronos. Mi Reino es del espíritu. Si lo rebajas a la pequeñez de un reino humano, en ti mismo lo hostigas y lo derrumbas.
-¡Pero Claudia…!
-Pero Claudia es una pagana. Así que no puede conocer el valor del espíritu. Ya es mucho si intuye y apoya a quien para ella es un Sabio… ¡Muchos en Israel no me juzgan siquiera como sabio!… ¡Pero tú no eres pagano, amigo mío! No hagas que tu encuentro providencial con Claudia se vuelva perjuicio; y no hagas que todos los dones que Dios te da para afirmar tu fe y tu voluntad de servir al Señor se te transformen en ruina espiritual.
-¿Cómo podría suceder, mi Señor?
-Fácilmente. No sólo en ti. Si un don, dado como socorro de la debilidad del hombre, en lugar de fortalecerlo y aumentar cada vez más su deseo de bien sobrenatural, o incluso simplemente moral, le sirviera para tener más rémoras de apetitos humanos y alejarlo del recto camino, por caminos en cuesta abajo, entonces el don se habría transformado en daño. Basta la soberbia para hacer de un don un daño.
Basta perder el norte, a causa de algo que exalta, perdiendo, por tanto, de vista el Fin supremo y bueno, para hacer de un don un daño. ¿Estás convencido de esto? El que haya venido Claudia debe darte sólo la fuerza de una consideración. Ésta: si una pagana ha sentido la grandeza de mi doctrina y la necesidad de que triunfe, tú, y contigo todos los discípulos, debéis sentir todo esto con más fuerza aún, y, como consecuencia, entregaros a ello totalmente. Pero siempre espiritualmente. Siempre… Y ahora vamos a decidir. ¿Dónde decís que conviene celebrar la Pascua?
Quiero que estéis en paz de espíritu para esta Cena de rito, para oír a Dios, que no se oye en la agitación. Somos muchos. Pero me sería dulce que estuviéramos todos juntos para que pudierais decir: "Celebramos una Pascua con Él. Elegid, pues, un lugar donde podamos decir: "Estábamos unidos y cada uno oía la voz del otro hermano", a pesar de subdividirnos según el ritual formando grupos que puedan comer el propio cordero.
Quién menciona un lugar, quién menciona otro. Pero las hermanas de Lázaro se salen con la suya.
-¡Señor, aquí! Mandamos a alguien por nuestro hermano. ¡Aquí! Hay muchas salas y habitaciones. Estaremos juntos y según el rito. ¡Acepta, Señor! La casa tiene habitaciones con capacidad para, al menos, doscientas personas divididas en grupos de veinte. Y tantos no somos. ¡Danos esta alegría, Señor! Por nuestro Lázaro que está tan triste… tan enfermo… -Las dos hermanas lloran, y terminan: «…, que no se puede pensar que coma otra Pascua…».
-¿Qué opináis? ¿Pensáis que se les debe conceder a estas buenas hermanas? -dice Jesús dirigiéndose a todos.
-Yo diría que sí -dice Pedro.
-Yo también -dice Judas Iscariote, y muchos otros. Quien no habla asiente.
-Encargaos entonces de ello. Nosotros vamos al Templo, a mostrar que quien está seguro de obedecer al Altísimo ni tiene miedo ni es vil. Vámonos. Mi paz para quien queda.
Y Jesús baja el resto de la escalera, atraviesa el vestíbulo y sale con los discípulos a la calle llena de gente.
por makf | 3 Sep, 2025 | Sin categoría
Algunos viñadores que pasan por el huerto cargados de cestas de uva, dorada como si fuera de ámbar, ven a los apóstoles y les preguntan:
-¿Sois peregrinos o forasteros?
-Galileos y peregrinos hacia el Carmelo -responde por todos Santiago de Zebedeo, el cual -como sus compañeros pescadores-se está desentumeciendo las piernas para terminar de eliminar un resto de somnolencia.
Judas Iscariote y Mateo se están despertando, tendidos sobre la hierba. Los ancianos, sin embargo, cansados, todavía duermen. Jesús habla con Juan de Endor y Hermasteo; María y María Cleofás están al lado, pero guardan silencio.
Los viñadores dicen:
-¿Venís de lejos?
-La última etapa que hemos hecho ha sido Cesárea. Antes hemos estado en Sicaminón, y más allá incluso. Venimos de Cafarnaúm.
-¿Que camino más largo en esta estación del año! ¿Por qué no habéis venido a nuestra casa? Está allí, ¿la veis? Os habríamos dado agua fresca para reponeros, y comida, de aquí de la tierra pero buena. Venid ahora.
-Vamos a reanudar la marcha. Que Dios os lo pague igual.
-El Carmelo no huye en un carro de fuego como su profeta -dice un campesino con tono semiserio.
-Ya no viene ningún carro del Cielo a llevarse a los profetas. Ya no hay profetas en Israel. Se dice que Juan ha muerto ya -dice el otro campesino.
-¿Muerto? ¿Cuándo?
-Eso han dicho algunos que venían del otro lado del Jordán. ¿Lo venerabais?
-Éramos discípulos suyos.
-¿Por qué lo dejasteis?
-Para seguir al Cordero de Dios, al Mesías que Juan anunció. Israel todavía tiene a este profeta, ¡y para llevárselo al Cielo con el honor que requiere haría falta mucho más que un carro de fuego! ¿No creéis en el Mesías?
-¿Que si creemos? Hemos decidido que una vez que hayamos terminado la recolección iremos en su busca. Se dice que obedece con celo la Ley y va al Templo en las solemnidades prescritas. Iremos pronto para los Tabernáculos. Estaremos todos los días en el Templo para verlo. Y, si no lo encontramos, iremos a buscarlo hasta que lo encontremos.
Vosotros que lo conocéis, decidnos: ¡es verdad que está en Cafarnaúm casi siempre?, ¿es verdad que es alto, joven, de tez clara, rubio, y que tiene una voz distinta de todos los demás hombres, con la cual toca los corazones, y hasta los animales y las plantas la oyen?
-Todos los corazones menos los de los fariseos, Gamala; ésos se han endurecido más.
-No son ni siquiera animales. Son demonios, incluido el que se llama como yo. Pero, decidnos: ¿es verdad que es así y que es tan bueno que habla con todos, consuela a todos, cura las enfermedades y convierte a los pecadores?
-¿Esto creéis?
-Sí, pero querríamos saberlo de vosotros que le seguís. ¡Si nos llevarais a Él!
-¿Pero no tenéis que ocuparos de las viñas?
-Tenemos que cuidar también el alma, que es más que las viñas. ¿Está en Cafarnaúm? Forzando el camino, en diez días podríamos ir y volver… -El que buscáis está ahí. Ha descansado en vuestro huerto y ahora está hablando con aquel anciano y aquel joven. A su lado tiene a su Madre y a la hermana de su Madre. -¿Aquél?… ¡Oh!… ¿Qué se hace? Se quedan petrificados del estupor. Son todo ojos para mirar. Su vitalidad está enteramente concentrada en sus pupilas.
Pedro los pincha:
-¿Entonces? ¡Tanto deseo como teníais de verlo y ahora no os movéis? ¿Os habéis convertido en sal?
-No… es que… ¿Pero es tan sencillo el Mesías?
-¿Cómo queríais que fuera? ¿Queríais que estuviera sentado en un trono fulgurante y envuelto en regio manto?
¿Pensabais que fuera un nuevo Asuero?
-No… Pero… ¡tan sencillo… siendo tan santo!
-Es muy sencillo porque es santo, hombre. Bien, vamos a hacerlo de otra forma… ¡Maestro! Perdona, ven aquí a hacer un milagro.
-Aquí hay unos hombres que te buscan y que se han quedado petrificados al verte. Ven a restituirles el movimiento y la palabra.
Jesús, que al oír que lo llamaban se ha vuelto, se levanta, sonriendo, y viene hacia los viñadores, que lo miran tan estupefactos que parecen asustados.
-Paz a vosotros. ¿Me buscabais? Aquí estoy -y hace el gesto habitual de abrir los brazos tendiéndolos hacia ellos un poco como para ofrecerse.
Los viñadores caen a sus pies, de rodillas, y guardan silencio.
-No temáis. Decidme qué queréis.
Le ofrecen las cestas llenas de uvas, sin decirle nada.
Jesús admira la espléndida fruta y, diciendo «gracias», alarga una mano para coger un racimo, y empieza a comer las uvas.
-¡Dios altísimo! ¡Come como nosotros! -suspira el que se
llamaba.
Es imposible no echarse a reír por esta salida. También Jesús sonríe más marcadamente, y, casi como si quisiera pedir disculpa dice:
-¡Soy el Hijo del hombre!
El gesto de Jesús ha vencido el entorpecimiento extático, y Gamala dice:
-¿Por qué no entras en nuestra casa, al menos hasta que empiece a atardecer? Somos muchos, porque somos siete hermanos, con las respectivas esposas e hijos, y luego los ancianos, que esperan en paz la muerte.
-Vamos. Vosotros llamad a los compañeros y venid detrás. Madre, ven con María.
Jesús se pone en marcha, detrás de los campesinos, que ya se han levantado y ahora caminan un poco al sesgo para verlo caminar. El sendero, entre los troncos de los árboles unidos con las vides, es estrecho.
Llegan pronto a la casa, o más exactamente a las casas, porque se trata de un pequeño cuadrado de viviendas. En el centro hay un patio común, amplio, con un pozo. Se accede al patio a través de un largo pasillo que hace de vestíbulo y que durante la noche se cierra con una pesada puerta.
-Paz a esta casa y a los que en ella viven -dice Jesús al entrar, alzando la mano para bendecir. Luego la baja para acariciar a un niño pequeño medio desnudo que lo mira extático y que está guapísimo con su camisita sin mangas, medio caída y que deja al descubierto uno de los hombros regordetes, erguido sobre sus piececitos desnudos, con un dedito en la boca y una corteza de pan untado en aceite en la otra mano.
-Es David, el hijo de mi hermano menor -explica Gamala, mientras otro de los viñadores entra en la vivienda más cercana para advertir; luego sale y entra en otra, y así todas; de forma que se asoman rostros de todas las edades y luego se retiran… para volver después de un rápido aseo.
Sentado a la sombra de una techumbre en saledizo protegida por una higuera gigantesca, está un viejo con su bastoncito entre las manos. Ni siquiera alza la cabeza, como si no tuviera interés por nada.
-Es nuestro padre -explica Gamala -Uno de los ancianos de la casa, porque también la mujer de Jacob ha traído aquí a su padre, que está solo, y luego está también la anciana madre de Lía, la más joven de las esposas.
Nuestro padre es ciego. Le ha venido el velo a las pupilas. ¡Mucho sol en los campos! ¡Mucho calor de la tierra! ¡Pobre padre! Está muy triste, pero es muy bueno. Está esperando a los nietos, que son su única alegría.
Jesús va donde el anciano.
-Dios te bendiga, padre.
-Quienquiera que seas, que Dios te pague tu bendición -responde el anciano alzando la cabeza en dirección a la voz.
-Dura condición la tuya, ¿verdad? -pregunta Jesús con dulzura, y hace ademán de no decir quién es el que habla.
-Viene de Dios, después de tantos bienes como me ha dado durante mi larga vida. De la misma forma que he tomado de Dios el bien, debo recibir la desventura de la vista. A fin de cuentas, no es eterna. Sobre el seno de Abraham concluirá.
-Es como dices. Peor sería si estuviera ciega el alma.
-Siempre he tratado de tenerla con vista.
-¿Cómo lo has hecho?
-Eres joven, tú que me estás hablando; tu voz lo dice. ¿No serás como esos jóvenes de ahora, que están todos ciegos porque viven sin religión, ¿no? Considera que no creer y no cumplir lo que Dios ha dicho es una gran desventura. Te lo dice un viejo, muchacho. Si abandonas la Ley, serás un ciego aquí y en la otra vida. No verás jamás a Dios.
Porque llegará un día en que el Mesías Redentor nos abrirá las puertas de Dios. Yo soy demasiado viejo para poder ver este día en este mundo. Pero lo veré desde el seno de Abraham. Por eso no me quejo de nada, porque espero con estas sombras expiar lo que de ingrato a Dios puedo haber cometido, y merecerlo en la vida eterna. Pero tú eres joven. Sé fiel, hijo, de forma que puedas ver al Mesías.
Porque el tiempo está próximo. El Bautista lo ha dicho. Tú lo verás. Pero si tienes el alma ciega, serás como aquellos de que habla Isaías: tendrás ojos pero no verás.
-¿Querrías verlo, padre? -pregunta Jesús mientras le pone una mano en la blanca cabeza.
-Querría verlo. Sí. Pero prefiero irme de este mundo sin verlo, antes que verlo yo y que mis hijos no lo reconozcan. Yo poseo todavía la antigua fe y me basta. Ellos… ¡el mundo de ahora!…
-Padre, ve pues al Mesías. La marcha hacia tu ocaso se vea coronada de júbilo -y Jesús desliza su mano desde los blancos cabellos, por la frente, hasta el barbado mentón del anciano, como si fuera una caricia; y se agacha para ponerse a la altura del rostro senil.
-¡Oh, Altísimo Señor! ¡Veo!… Veo… ¿Quién eres, con ese rostro desconocido y, no obstante, familiar, como si te hubiera visto antes?… Pero… ¡qué estúpido soy! ¡Tú, que me has devuelto la vista, eres el Mesías bendito! ¡Oh!
El anciano llora sobre las manos de Jesús -las ha cogido con las suyas-y las llena de besos y lágrimas. Toda la parentela está revolucionada.
Jesús libera una mano y acaricia otra vez al anciano mientras dice:
-Sí, soy Yo. Ven, para que además de mi cara conozcas mi palabra.
Y se dirige hacia una escalera que conduce a una terraza umbría, cubierta toda de sombra de una tupida parra. Todos lo siguen.
-Había prometido a mis discípulos que hablaría de la esperanza y que la explicaría con una parábola. Pues bien, aquí tenéis la parábola: este anciano israelita. El Padre de los Cielos me proporciona el objeto de nuestro tema, para enseñaros a todos la gran virtud que, como los brazos de un yugo, sujeta la fe y la caridad.
Suave yugo. Patíbulo de la Humanidad como el brazo transversal de la cruz, trono de la salvación como el apoyo de la serpiente salvífica alzada en el desierto. Patíbulo de la Humanidad. Puente del alma para alzar el vuelo y desplegarlo en la Luz. Si está colocada entre la indispensable fe y la perfectísima caridad, es porque sin la esperanza no puede haber fe y sin esperanza muere la caridad.
Fe presupone esperanza segura. ¿Cómo se puede creer que se llegará a Dios si no se espera en su bondad? ¿Cómo mantenerse a flote en la vida si no se espera en una eternidad? ¿Cómo se podrá perseverar en la justicia si no nos anima la esperanza de que Dios vea todas nuestras buenas acciones y nos premiará por ellas? De la misma forma, ¿cómo hacer vivir la caridad si no hay esperanza en nosotros? La esperanza precede a la caridad y la prepara.
Porque un hombre necesita esperar para poder amar. Los desesperados ya no aman. Ésta es la escalera, hecha de peldaños y barandilla: la fe, los peldaños; la esperanza, la barandilla; arriba está la caridad y a ella se sube mediante las otras dos. El hombre espera para creer, cree para amar.
Este hombre ha sabido esperar. Nació. Era un niño de Israel como todos los demás. Fue creciendo con las mismas enseñanzas que los demás. Llegó a hijo de la Ley, como todos los demás. Se hizo un hombre. Se casó. Fue padre.
Envejeció. Siempre esperando en las promesas hechas a los patriarcas y repetidas por los profetas. En la ancianidad las sombras han velado sus pupilas, mas no su corazón, donde la esperanza ha estado siempre encendida; la esperanza de ver a Dios. Ver a Dios en la otra vida. Y, dentro de la esperanza de la visión eterna, otra esperanza, más íntima y entrañable: "ver al Mesías". Y me ha dicho, no sabiendo quién era el joven que le hablaba:
"Si abandonas la Ley, serás un ciego en la tierra y en el Cielo. Ni verás a Dios ni reconocerás al Mesías". Ha hablado sabiamente.
Al presente, en Israel, hay muchos ciegos. Ya no tienen esperanza porque la rebelión a la Ley la ha matado en su interior; rebelión es, en efecto, aunque esté encubierta por paramentos sagrados, siempre que no hay aceptación íntegra de la palabra de Dios. Digo "de Dios"; no se trata de una aceptación de los aditamentos puestos por el hombre, que, por ser demasiados, y todos humanos, sufren la desatención de los mismos que los pusieron, mientras que las demás personas los cumplen de forma mecánica, de mala gana, con fatiga y sin fruto alguno. Ya no tienen esperanza; antes bien, se muestran sarcásticos con las verdades eternas.
No tienen ya, por tanto, ni fe ni caridad. El divino yugo, que Dios ha dado al hombre para que haga de él obediencia y mérito, la celeste cruz que Dios ha dado al hombre como exorcismo contra las serpientes del Mal, para obtener salvación de ella, han perdido su brazo transversal, el que sujetaba la cándida llama y la llama roja: la fe y la caridad; y las tinieblas han bajado a los corazones.
Este anciano me ha dicho: "Gran desventura es no creer y no hacer lo que Dios ha indicado". Es verdad. Os lo confirmo. Es peor que la ceguera material, la cual incluso puede ser curada para dar al justo la alegría de ver de nuevo el sol, los prados y los frutos de la tierra, el rostro de los hijos y nietos, y, sobre todo, lo que era la esperanza de su esperanza: "Ver al Mesías del Señor".
Quisiera que una virtud semejante latiera en el corazón de todo Israel, especialmente en el de los más instruidos en la Ley. No basta haber vivido en el Templo o haber pertenecido a él, no basta saber de memoria las palabras del Libro; es necesario saber hacerlas vida de nuestra vida mediante las tres virtudes divinas. Tenéis un ejemplo: donde estas virtudes viven todo es suave, incluso la desventura; porque el yugo de Dios es siempre ligero, pesa sobre el cuerpo, pero no debilita el espíritu.
Id en paz, vosotros que os quedáis aquí, en esta casa de buenos israelitas; ve en paz, anciano padre; del amor de Dios a ti tienes certeza; termina tu justa jornada depositando tu sabiduría en el corazón de los pequeñuelos que llevan tu misma sangre. No puedo quedarme aquí más tiempo, pero queda mi bendición entre estas paredes copiosas en gracias como los racimos de esta vid.
Jesús querría marcharse ya, pero se ve obligado a detenerse al menos para poder conocer a esta tribu de todas las edades y para recibir cuanto le quieren dar… tanto que los talegos de viaje acaban panzudos como odres. Luego puede reanudar el camino, por un atajo que va entre plantas de vid, indicado por los viñadores, los cuales no lo dejan sino cuando llegan a la vía de primer orden, visible ya un pueblecillo, donde Jesús con los suyos podrán pasar la noche.
por makf | 23 Ago, 2025 | Sin categoría
Un newyorkino y su amigo paseaban por el bullicioso sector de Times Square, en el centro de Manhattan, a la hora del almuerzo. En medio del infernal ruido producido simultáneamente por bocinas, sirenas, altoparlantes, música a todo volumen y miles de personas hablando al mismo ¡ tiempo, el muchacho dijo:
- Estoy oyendo un grillo.
- ¿Qué? ¡Debes estar loco! -replicó su amigo-, ¡no es posible que puedas escuchar un grillo en medio de todo este ruido!
Sin decir nada, el muchacho caminó hacia una maseta con flores que había en la acera, y tras una ligera búsqueda, extrajo de allí un pequeño grillo.
El amigo, sorprendido, dijo:
- Esto es extraordinario, debes tener los oídos de Superman.
- No -respondió el otro-, mis oídos son iguales a los tuyos. Todo depende de lo que a uno le interese escuchar.
Para demostrar lo que decía, sacó de su bolsillo varias monedas y discretamente las dejó caer al piso. El sonido producido por las monedas al tocar el suelo provocó que varios de los transeúntes voltearan la cara, curiosos por saber a quién se le había caído el dinero.
¿Ves lo que te digo? -insistió el newyorkino-, el sonido del dinero lo escucharon todos, pero el del grillo no. Todo depende de qué es importante para ti.
Y para usted, ¿qué es importante? ¿Qué quiere usted escuchar? Alguna gente dice que no puede oír a Dios porque El nunca nos habla. Pero quizás ellos no lo pueden ver o escuchar porque ése no es el sonido que quieren oír. Pueden escuchar la moneda que cae al piso, pero son incapaces de captar el chirrido del grillo.
Dice una canción "no busques a Cristo en lo alto, ni lo busques en la oscuridad, mucho menos entre la multitud, pues muy dentro de ti, en tu corazón, puedes adorar a tu Señor".
Dios es esa musiquita que queremos acallar dentro de nuestro ser, pero estamos tan preocupados por el escándalo del medio, que no la escuchamos.
por makf | 22 Ago, 2025 | Libro 5, Sin categoría
Unos padres tenían dos hijos revoltosos. Una niña de 8 años y un varón de 10. Resultó que los padres estaban teniendo una gran dificultad para controlarlos, y decidieron buscar ayuda. Hablaron con un padre, y él pronto accedió a hablarles a los muchachos.
Hicieron una cita, y los padres primero trajeron al varón a la oficina del sacerdote. Al entrar el niño en la oficina, encontró al sacerdote sentado detrás de su escritorio con una mirada impresionante, y le dijo que se sentara en la silla que estaba directamente al frente de él, y así lo hizo el muchacho.
Una vez que se sentó, en un tono autoritario, el sacerdote le preguntó:
- ¿Dónde está Dios? – existía un gran silencio en la habitación, y el niño no dijo nada.
Nuevamente el padre preguntó: - ¿Dónde está Dios?
Pero el silencio persistía aún más. Esto sucedió tres veces, y a la tercera vez, el niño se levantó de la silla, y salió corriendo de la oficina del sacerdote.
Corrió y corrió hasta llegar a su casa, entró por la puerta y subiendo las escaleras, corrió hasta la habitación donde se encontraba su hermana. Con una voz alarmada, le dijo:
- ¡Estamos en tremendo problema!
A lo que ella respondió: - ¿Por qué?, ¿qué pasó? Y respondiendo, el niño dijo:
- Aparentemente Dios se ha perdido, y nos están echando la culpa a nosotros.
por makf | 21 Ago, 2025 | Libro 4, Sin categoría
El primer día en la Universidad, el profesor se presentó y nos pidió que buscáramos en la clase a alguien que no conociéramos, y nos presentáramos.
Yo estaba buscando entre mis compañeros, cuando sentí una mano gentil que tocó mi hombro.
Me di vuelta, y pude ver a una viejecita cerrándome el ojo, y brindándome una hermosísima sonrisa que la iluminaba completamente.
Ella me dijo: -Hola guapo. Mi nombre es Rosa. Tengo ochenta y siete años.. ¿Puedo darte un abrazo? Mi carcajada fue inmediata… y le contesté: ¡Por supuesto que puede! y
me dio un gran apretón.
- ¿Por qué estás en la universidad a una edad tan joven e inocente?- Pregunté.
Ella, sonriente, respondió: Estoy aquí para encontrar a un joven millonario, casarme,
tener una pareja de niños, y luego retirarme a viajar por el mundo.
- No, en serio, le dije-, porque me preguntaba: ¿Qué había motivado a una mujer de su
edad a aceptar un reto tan grande como éste?
Yo siempre soñé con tener educación universitaria, y ahora estoy cumpliendo mi sueño.
Después de clases, fuimos al Centro Estudiantil y compartimos un batido de chocolate. En ese mismo momento nos hicimos amigos.
Todos los días en los siguientes tres meses, salíamos juntos de clases y no parábamos de charlar. Yo estaba siempre atónito escuchando a esta "Máquina del tiempo", que compartía toda su sabiduría y su conocimiento conmigo.
A lo largo del año, Rosa se convirtió en el icono del campus, haciendo amigos fácilmente en cualquier lugar a donde fuera. Ella amaba vestirse bien, y disfrutaba la atención incondicional de los estudiantes que la rodeaban. Estaba dándose su gusto, viviendo la vida. Al final del semestre, la invitamos a dar un discurso en el banquete del equipo de fútbol, y nunca olvidaré lo que nos enseñó.
Fue presentada, y subió al podio. Mientras acomodaba las tarjetas del discurso que nos daría, algunas se le cayeron al piso.
Desconcertada y un poco avergonzada, tomó el micrófono, y simplemente dijo:
- Lo siento, estoy un poco nerviosa. Me tomé una cerveza y este whisky me está matando! Nunca recuperaré mi discurso en orden nuevamente, así que déjenme decirles solamente lo que sé.
Mientras nos reíamos, ella aclaró su garganta y empezó:
- Nosotros no dejamos de jugar porque nos hacemos viejos; crecemos viejos porque dejamos de jugar.
Sólo existen dos secretos para permanecer jóvenes: Ser felices y acumular éxitos.
Tienen que reír. Tienen que buscar alegría y humor en todo lo que hacen, todos los días de su vida.
Tienen que tener un sueño. Cuando pierdes los sueños, mueres. Hay mucha gente caminando a nuestro alrededor que está muerta, y ni siquiera se ha dado cuenta.
Existe una diferencia enorme entre envejecer y crecer. Si tienes diecinueve años y te quedas en cama por un año entero, sin hacer nada productivo, al final habrás envejecido un año y tendrás veinte años, pero ¿creciste?. Si yo, a mis ochenta y siete años, me quedo en cama por un año sin hacer nada, al final tendré ochenta y ocho años, habré envejecido un año más, pero no habré crecido ni un ápice. Nadie deja de envejecer. No necesitas ningún talento o habilidad especial para envejecer. La idea es crecer pero siempre buscando la oportunidad en el cambio.
No tengan remordimientos, los ancianos usualmente no tenemos remordimientos por lo que no hicimos. Los únicos que tienen miedo de morirse, son aquellos con remordimientos.
Ella concluyó su discurso cantando valientemente "La Rosa".
Nos desafió a todos a estudiar detenidamente la letra de esa canción, y a vivirla en nuestras vidas.
Cuando el año concluyó, Rosa obtuvo el grado universitario que había empezado hacía tantos años. Una semana después de la graduación, murió pacíficamente mientras dormía.
Más de dos mil estudiantes de la universidad fueron a su funeral a rendir tributo a esa maravillosa mujer, que nos enseñó con el ejemplo que nunca es muy tarde para ser todo lo que puedes ser.
Letra de La Rosa:
“Algunos dicen que el amor es como un río, que ahoga a los delicados arbustos de sus orillas.
Algunos dicen que el amor es como una navaja, que deja tu alma sangrando.
Algunos dicen que el amor es como una hambruna, una interminable y dolorosa necesidad.
Yo digo que el amor es una flor, y tú sólo eres la semilla.
Es el corazón temeroso de ser roto, que jamás aprendió a bailar.
Es el sueño con miedo de despertar, que nunca aprovechó la oportunidad.
Es aquel que nunca fue querido y que nunca quiso, y el alma temerosa de morir, que nunca aprendió a vivir.
Cuando la noche ha sido demasiado solitaria, y el camino demasiado largo, y piensas que el amor es sólo para los afortunados y los fuertes, sólo recuerda que en invierno, debajo de la profunda nieve, descansan las semillas que en primavera, con el amor del sol, se convertirán en rosas.
por makf | 19 Ago, 2025 | Sin categoría
En Brooklyn, Nueva York, está una escuela para niños que tienen lento aprendizaje. Algunos niños pasan ahí el resto de su vida escolar, mientras otros, pueden ser enviados a otras escuelas convencionales.
En una cena que tuvieron el personal de la escuela, estaba el padre de uno de estos niños preparando un discurso para que nunca lo pudieran olvidar todos los que lo escucharan. Después de la cena todo el staff puso atención en lo que el padre iba a deliberar y dijo: "¿Dónde está la perfección en mi hijo Shaya?
Todo lo que Dios hace está hecho a la perfección. Pero mi niño no puede entender cosas que otros niños entienden. Mi niño no puede recordar hechos y figuras que otros niños recuerdan. ¿Dónde está la perfección de Dios? La audiencia quedó sorprendida ante esta pregunta viendo la cara angustiada del padre y murmurando entre ellos. "Yo creo", contestó el padre, "que cuando Dios brinda un niño así al mundo, la perfección de Él es la forma de reaccionar de la gente ante estos niños". Él después contó la siguiente historia acerca de su hijo Shaya:
Una tarde Shaya y su padre caminaban en el parque donde algunos niños estaban jugando béisbol. "¿Crees que ellos me dejaran jugar?" El padre de Shaya sabía que su hijo no era para nada un atleta y que los niños no lo querrían en su equipo. Pero el papá de Shaya entendió que había escogido jugar béisbol porque le daba a él una confortable idea de pertenecer a un grupo de niños "normales". El padre de Shaya llamó a uno de los niños en el campo y preguntó si Shaya podía jugar. El chico miró a sus compañeros de equipo y no obteniendo respuesta de ellos, él tomó la resolución y dijo: "Yo creo que él puede estar en nuestro equipo y nosotros trataremos de colocarlo a él en el bat en la novena entrada".
El padre de Shaya estaba atónito ante la respuesta del niño y Shaya sonrió satisfactoriamente. Shaya estaba diciendo que lo pusieran en una base y así dejaría de jugar en corto tiempo justo al final de la octava entrada, pero los niños hicieron caso omiso a lo que Shaya decía. El juego se estaba poniendo bueno; el equipo de Shaya anotó de nuevo y ahora estaba con dos out y las bases llenas con el mejor jugador de todos corriendo a base, y Shaya estaba preparado para empezar. ¿Dejaría el equipo realmente que Shaya fuera al bat y dejar ir la oportunidad de ganar el juego?
Sorpresivamente, Shaya estaba tomando el bat. Todos pensaron que todo había terminado, porque Shaya no sabía ni siquiera cómo tomar el bat apropiadamente. De cualquier forma, cuando Shaya estaba parado en el plato, el pitcher se movió algunos pasos para lanzar la pelota suavemente para que Shaya pudiera al menos hacer contacto con ella. La primera bola venía y Shaya falló.
Uno de sus compañeros de equipo se acercó a Shaya y juntos tomaron el bat y encararon al pitcher esperando por la siguiente bola. El pitcher volvió a dar unos pasos para lanzar suavemente la pelota a Shaya. Cuando el pitcher venia, Shaya y su compañero tomaron el bat y juntos, dieron un golpe lento a la pelota que regresó inmediatamente a manos del pitcher. El pitcher tomó la pe-lota y pudiendo fácilmente lanzarla a primera base, ponchando a Shaya para que terminara rápidamente de jugar quedando fuera. Instantáneamente el pitcher tomó la pelota y la lanzó lo más lejos que pudo de primera base.
Todos empezaron a gritar: "¡Shaya corre a primera, corre a primera!" Nunca en su vida Shaya había corrido a primera base. Él vio toda la línea de juego donde le indicaban cual era la primera base. Al tiempo él corrió a primera base, el oponente tenía la bola en sus manos.
Él podía lanzar la bola a la persona de la segunda base y dejar fuera a Shaya que estaba todavía corriendo, pero el oponente entendió las intenciones del pitcher y lanzó la bola lo más alto y lejos de la segunda base. Todos gritaron: "¡Corre a segunda, corre a segunda!" Shaya corrió a segunda base y los demás corredores junto con él corrían y le daban ánimos para que él continuara su carrera a segunda.
Cuando Shaya tocó la segunda base, el opositor paró de correr hacia él, le mostró la dirección de la tercera base y grito: "¡Corre a tercera!" Conforme corría a tercera, los niños de los dos equipos ya estaban corriendo junto a él gritando todos a una sola voz: "¡Shaya, corre a cuarta!" Shaya corrió a cuarta y paró justo en el plato de "home" donde todos los 18 niños lo alzaron en sus hombros y lo hicieron sentir un héroe, mientras él sabía que había hecho "una gran carrera" y ganó el juego por su equipo Aquel día, dijo el padre de Shaya suavemente con lagrimas rodando por sus mejillas:
"Aquellos 18 niños mostraron con un gran nivel la perfección de Dios".
Es curioso cómo gente simple y normal nos muestra lo maravilloso que es vivir en Dios y con Dios.
Es curioso cómo algunos pueden decir: "Yo creo en Dios", pero continúan siguiendo los malos pasos. ;… Es curioso, o no?
ES CURIOSO CÓMO PUEDO YO ESTAR PREOCUPADO ACERCA DE QUE PIENSA LA GENTE DE MÍ, EN VEZ DE PREOCUPARME ACERCA DE QUÉ PIENSA DIOS DE MÍ.