Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Es el llamado obispo de los sagrarios abandonados, pues tanto se esforzó por conseguir almas adoradoras, para que Jesús Eucaristía nunca estuviera solo en el sagrario.

Decía que el abandono de Jesús en el sagrario de muchas iglesias era uno de los peores males, porque privaba a la Iglesia y al mundo de infinidad de gracias.

Él fundó la Obra de los sagrarios-calvarios y las misioneras eucarísticas de Nazaret.

Él deseaba que, en todas las parroquias, hubiera adoración diurna perpetua. Y quería que todos sus feligreses fueran centinelas perennes del sagrario, como lámparas ardientes ante Jesús sacramentado.

Y esto lo pedía especialmente a los sacerdotes.

A ellos les decía:

Cuánto debe gozar el corazón del sacerdote en vivir sólo para dar a Jesús y darse con Él a las almas.

Por la consagración sacerdotal, el sacerdote ha dejado místicamente de ser un hombre para empezar a ser Jesús.

Una especie de transustanciación se ha operado en él: las apariencias son del hombre, la sustancia es de Jesús.

Tiene lengua, ojos, manos, pies, corazón como los demás hombres; pero, desde que ha sido consagrado, todos esos órganos e instrumentos no son del hombre sino de Jesús83.

El beato Manuel González era muy consciente de que ante Jesús sacramentado hay millones de ángeles, adorando a Jesús, y no quería que nosotros fuéramos menos.

Por eso, animaba a los niños pobres de las escuelas que fundó en Huelva (España) para que hicieran visitas a Jesús al salir de la escuela.

Escribía: Una de las dificultades de la oración ante el sagrario, es no acabar de darnos cuenta de que Jesús esta allí, vivo y personalmente.

¡Se repite tanto en el sagrario la escena de Emaús, de estar con Jesús sin darnos cuenta de que Él está con nosotros!

¡Cuánto debemos aprender de los felices caminantes de Emaús, para llegar a sentir arder el corazón oyéndolo y reconocer a nuestro huésped Jesús al partir el pan!…

Padre eterno, bendita sea la hora en que los labios de vuestro Hijo unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Padre, Hijo y Espíritu Santo, bendito seas por cada uno de los sagrarios de la tierra. ¡Bendito, bendito Emmanuel!84.

Toda su vida fue un deseo ardiente de amar cada vez más a Jesús sacramentado.

Y, por eso, escribió:

Pido ser enterrado junto a un sagrario para que mis huesos después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen:

¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadlo abandonado!85.

Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 29 de abril de 2001.

83 Campos Giles José, El obispo del sagrario abandonado, Ed. El granito de Arena, Madrid, 1983, p.
192.
84 Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el sagrario, 37.
85 ib. p. 577.

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