Autor: P. Angel Peña O.A.R
En la capilla privada, ya no solamente rezaba, sino que me sentaba allí y escribía.
Allí escribía mis libros, entre ellos la monografía “Persona y acto”.
Estoy convencido de que la capilla es un lugar del que proviene una especial inspiración.
Es un enorme privilegio poder vivir y trabajar al amparo de esta Presencia (de Jesús). Una presencia que atrae como un poderoso imán.
Mi querido amigo André Frossard, ya desaparecido, en el libro “Dios existe, yo me lo encontré”, describe con hondura la fuerza y la belleza de esta presencia91.
Celebrar la misa es la misión mas sublime y más sagrada de todo sacerdote. Y para mí, desde los primeros años de sacerdocio, la celebración de la Eucaristía ha sido, no sólo el deber más sagrado, sino, sobre todo, la necesidad más profunda del alma92.
He podido celebrar la santa misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades…
Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico. ¡Sí, cósmico!
Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación93.
Cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946, en que celebré mi primera misa en la cripta de San Leonardo de la catedral de Wawell en Cracovia, mis ojos se han fijado en la hostia y en el cáliz…
Cada día mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza.
Dejadme, mis queridos hermanos y hermanas, que, con íntima emoción, en vuestra compañía y para confortar vuestra fe, os dé testimonio de fe en la Santísima Eucaristía94.
¿Cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?
¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!95.
91 Juan Pablo II, Levantaos, Vamos, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, p. 131.
92 Don y misterio, BAC, Madrid, 1996, p. 102.
93 EE 8.
94 EE 59.
95 EE 25.
