REGRESANDO A CASA
Aclaraciones Doctrinales
f» Iglesia Católica

Es la Iglesia fundada por Cristo. Ella es “columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15).

Nunca desaparecerá, porque tiene la promesa de Cristo:

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Y “las fuerzas del infierno no podrán contra ella” (Mt 16,18). A Ella se le ha encargado conservar el depósito de la fe como un tesoro que debe guardarse sin mancha (1 Tim 6,20; 2 Tim 3,12-14).

Para pertenecer plenamente a la Iglesia hay que bautizarse como católico, no necesariamente en el río, puede ser derramando agua sobre la cabeza del niño.

A este respecto, un obispo ortodoxo halló el año 1875, en la biblioteca del hospital del santo sepulcro de Estambul, un libro llamado Didache (doctrina de los doce apóstoles), escrito hacia el año 70, que en el capítulo 7, nº 3, dice sobre la manera de bautizar: “Si no hay agua viva (corriente), derrama agua en la cabeza tres veces en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

El bautismo es la puerta de entrada a la Iglesia. La Iglesia ha sido fundada por Cristo para darnos seguridad en nuestra fe y no dejarnos engañar por tantos falsos profetas. Por eso, ya en el año 107 decía san Ignacio de Antioquía en su carta a los esmirniotas:

“Donde está el obispo, allí está la Iglesia, así como donde está Jesucristo allí está la Iglesia universal”.

¿Y las Iglesias que no tienen obispo? San Ambrosio de Milán decía en el siglo V: “Donde está Pedro (el Papa), allí está la Iglesia”.

San Jerónimo decía: “La Iglesia está fundada sobre la roca de Pedro” (Epist 43,3,7). Y el mismo Cristo dijo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18).

Algunos hermanos separados aceptan que Cristo nombró a Pedro como su representante y le dio su autoridad, pero no al Papa.

Pero, si Cristo quería que la Iglesia permaneciera hasta el final de los siglos, ¿cómo iba a dejar que la Iglesia estuviera como un cuerpo sin cabeza? Hablar de Pedro es hablar de que Cristo quiere que su autoridad, al igual que la de los apóstoles, se transmita a sus sucesores.

De otro modo, la Iglesia no existiría, al no tener autoridad visible, fundamento de unidad. “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5,25).

Por eso, nosotros debemos amarla, a pesar de los errores de sus miembros.

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