312- Jesús comunica a Juan de Endor la decisión de enviarle a Antioquía.

Final del segundo año

Es una lluviosa mañana de invierno.

Jesús se ha levantado y está trabajando en su taller. Trabaja en objetos de pequeño tamaño. Pero en uno de los ángulos ya está listo un telar novísimo, no muy grande pero sí bien acabado.

Entra María con una taza de leche humeante.

-Bebe, Jesús. Hace mucho que estás levantado, y el ambiente está húmedo y hace frío.

-Sí. Pero al menos he podido ultimar todo… Estos ocho días de fiesta habían paralizado el trabajo…

Jesús se ha sentado en el banco de carpintero, un poco al bies, y bebe la leche mientras María observa el telar y lo acaricia con la mano.

-¿Lo bendices, Mamá? -pregunta sonriendo Jesús.

-No. Lo acaricio, porque lo has hecho Tú. La bendición se la has dado Tú, haciéndolo. Has tenido una buena idea. A Síntica le servirá. Es muy experta en la textura. Y esto le servirá para entablar relación con mujeres y muchachas.

¿Qué otras cosas has hecho, que veo virutas finas, de olivo, me parece, al lado del torno?

-He hecho cosas que le servirán a Juan. ¿Ves? Un estuche para las plumas y una pequeña mesa para escribir. Y estos ambones para tener dentro sus libros. No lo habría podido hacer si Simón de Jonás no hubiera tenido la idea del carro. Así ahora podremos cargar también esto… y sentirán que los he amado también en estas pequeñas cosas…

-¿Sufres mandándolos lejos, verdad?

-Sufro… Por mí y por ellos. He esperado hasta ahora a hablar… ya se demora demasiado Simón con Porfiria… Es hora de que hable…Un sufrimiento que he tenido en el corazón todos estos días y que me ha echo tristes incluso las luces de muchas lámparas… Un sufrimiento que ahora debo dar a otros… ¡Mamá, hubiera querido padecerlo Yo solo!…

-¡Hijo bueno! -María le acaricia una mano para consolarlo.
Un momento de silencio… Luego Jesús dice:

-¿Se ha levantado -Juan?

-Sí. Le he oído toser. Quizás está en la cocina bebiéndose la leche. ¡Pobre Juan!…

Una lágrima desciende por las mejillas de María. Jesús se levanta:

-Voy… Tengo que ir a decírselo. Con Síntica será más fácil… Pero para él… Mamá, ve donde Margziam, despiértalo, y orad mientras hablo a este hombre… Es como si tuviera que hurgar en sus entrañas. Puedo matar o paralizar su vitalidad espiritual… ¡Qué dolor, Padre mío!… Voy… -y sale, realmente abatido.

Da los pocos pasos que conducen del taller a la habitación de Juan, que es la misma en que murió Jonás, o sea, la de José. Se encuentra con Síntica, que está volviendo con una fajina que ha cogido del horno y que lo saluda desconocedora de la cosa. Responde absorto al saludo de la griega y luego se detiene a mirar un cuadro de lirios que apenas muestran el hacecillo de sus hojas. Pero quizás no los ve… Luego se decide. Se vuelve y llama a la puerta de Juan, y éste se asoma y su rostro se llena de luminosidad al ver a Jesús que viene a él.

-¿Puedo entrar un poco en tu habitación? -pregunta Jesús.

-¡Oh! ¡Maestro! ¡Siempre! Estaba escribiendo lo que dijiste ayer noche sobre la prudencia y la obediencia. Es más, sería conveniente que lo vieras, porque me parece que no he recogido bien lo que se refiere a la prudencia.

Jesús ha entrado en la habitación ya ordenada, a la que ha sido agregada una mesita para comodidad del viejo maestro. Jesús se inclina hacia el pergamino y lee.

-Muy bien. Has transcrito muy bien.

-¿Ves? Creía que había sido inexacto en esta frase. Siempre dices que no debemos afanarnos por el mañana, ni por el propio cuerpo. Ahora bien, decir aquí que la prudencia, incluso la que se refiere a las cosas relativas al mañana, es una virtud, me parecía un error: mío, naturalmente.

-No. No has errado. Dije exactamente eso. El afán exagerado y temeroso del egoísta es distinto del cuidado prudente del justo. Pecado es la avaricia dirigida al mañana, que quizás no gozaremos nunca; no es pecado la sobriedad para garantizarse un pan, y garantizárselo a los nuestros, en los tiempos de escasez. Pecado es el cuidado egoísta del propio cuerpo, exigiendo que todos los que están alrededor de nosotros estén preocupados de él, evitando todos los trabajos o sacrificios por miedo a que la carne sufra; no es pecado preservar el cuerpo de inútiles enfermedades, cogidas por imprudencias, enfermedades que luego serán un peso para los familiares y una pérdida de productivo trabajo para nosotros. Dios ha dado la vida. Es un don suyo. Debemos, por tanto, hacer uso de ella santamente, sin imprudencias y sin egoísmos.

¿Ves? Algunas veces la prudencia aconseja acciones que a los necios pueden parecerles vileza o volubilidad, mientras que no son sino santos actos de prudencia derivados de hechos nuevos que se han presentado. Por ejemplo: si Yo te enviara ahora a estar precisamente entre gente que te pudiera dañar… Por ejemplo, los familiares de tu mujer o los guardianes de las minas en que trabajaste, ¿actuaría bien o mal?

-Yo… no quisiera juzgarte, pero diría que sería mejor mandarme a otro sitio, donde no hubiera peligro de que mi poca virtud fuera sometida a una prueba demasiado dura.

-¡Eso es! Juzgarías con sabiduría y prudencia. Por esto mismo Yo nunca te mandaría a Bitinia o a Misia, donde ya has estado. Ni siquiera a Cintium, a pesar de que tú, espiritualmente, hayas deseado ir. Allí, podrían dominar sobre tu espíritu las muchas intransigencias humanas, y tu espíritu podría retroceder. La prudencia, pues, enseña a no mandarte a un lugar en que serías inútil, mientras que podría mandarte a otro sitio, con buen fruto para mí y para las almas del prójimo y la tuya. ¿No es verdad?

Juan, que ignora lo que el destino le reserva, no capta las alusiones de Jesús a una posibilidad de misión fuera de Palestina. Jesús le estudia el rostro, lo ve tranquilo y escuchándolo dichoso, y resuelto en la respuesta:

-Sin duda, Maestro, produciría más en otro lugar. Yo mismo, cuando, hace unos días, he dicho: "Querría ir a los gentiles para dar buen ejemplo en el lugar en que di mal ejemplo", me he reprendido a mí mismo diciendo: “A los gentiles sí, porque no tienes las reservas de los otros de Israel; pero a Cintium no, y tampoco a los yermos montes en que viviste como presidiario y como un lobo, trabajando en el plomo o en los mármoles preciosos. Ni siquiera podrías ir allí por sed de sacrificio absoluto. Se te subvertiría el corazón con recuerdos crueles, y, si te reconocieran, aun en el caso de que no arremetieran contra ti, dirían:

“Calla, asesino. No podemos escucharte”, y sería inútil ir allí". Esto es lo que me he dicho. Y es un buen pensamiento.

-Como puedes ver, tú también posees la prudencia. Yo también. Por eso te he evitado las fatigas del apostolado como lo hacen los otros, y te he traído aquí al descanso y a la paz.

-¡Oh! ¡Sí! ¡Cuánta paz! Si viviera todavía cien años, aquí sería siempre igual. Es una paz sobrenatural. Y, si me marchara a otro lugar, me la llevaría conmigo. La llevaré incluso a la otra vida… Los recuerdos podrán todavía subvertir mi corazón, las ofensas podrán hacerme sufrir, porque soy hombre, pero ya nunca seré capaz de odiar, porque aquí el odio ha quedado inerte para siempre, hasta en sus más profundas extremidades. Ya tampoco tengo antipatía hacia la mujer, que veía como el animal más inmundo y despreciable de la tierra. Tu Madre está al margen de todo esto. A tu Madre la veneré desde el momento en que la vi, porque la sentí distinta a todas la mujeres.

Ella es el perfume de la mujer; pero el de la mujer santa. ¿Quién no estima el perfume de las flores más puras?…

Pero también las otras mujeres, las discípulas buenas, amorosas, pacientes con su peso de llanto, como María Cleofás y Elisa, o generosas como María de Magdala, tan absoluta en su cambio de vida, o delicadas y puras como Marta y Juana, o dignas, inteligentes, llenas de pensamiento y de rectitud, como Síntica; sí, también ellas me han reconciliado con la mujer. Bueno, te confieso que a Síntica es a la que prefiero.

Afinidades de mente me la hacen estimable; afinidades de condición -ella esclava, yo presidiario -me permiten tener con ella un familiaridad que la diversidad de las otras me impide. Para mí Síntica es descanso. No sabría decirte exactamente lo que veo en ella ni cómo la veo. Yo, viejo respecto a ella, la veo como a una hija, esa hija sabia y estudiosa que habría deseado tener… Pero, como enfermo asistido por ella con tanto afecto, como hombre triste y solitario que ha llorado y ha echado de menos a la propia madre durante toda la vida, y que ha buscado a la mujer-madre en todas las mujeres, sin encontrarla, pues ahora veo en ella la realidad de ese sueño soñado y siento que el rocío de un afecto materno desciende a mí cansada cabeza y a mí alma que va al encuentro de la muerte…

Como ves, percibiendo en Síntica un alma de hija y de madre, siento en ella la perfección de la mujer, y por ella perdono todo el mal que de la mujer me vino. Si, suponiendo una cosa imposible, aquella infame, que tuve por mujer y que yo maté, resucitara, siento que la perdonaría, porque ahora he comprendido el alma femenina, propensa al afecto, generosa en darse… sea en el mal, sea en el bien.

-Me alegro mucho de que hayas encontrado todo esto en Síntica. Será una buena compañera tuya para el resto de la vida y juntos haréis mucho bien. Porque os voy a asociar…

Jesús estudia nuevamente a Juan. Pero en el discípulo -el cual no obstante, no es un superficial -no hay ningún signo de que su atención se haya despertado. ¿Qué misericordia divina le vela hasta el momento decisivo su sentencia? No lo sé. Sé que Juan sonríe diciendo:

-Trataremos de servirte con lo mejor de nosotros.
-Sí. Y estoy también seguro de que lo haréis, sin discutir ni trabajo ni el lugar que os asignaré, aun no siendo como vosotros deseáis…

Juan tiene un primer barrunto de lo que le espera. Cambia de cara y de color: se pone serio y pálido, y su único ojo ahora mira fijamente, atento y escudriñador, al rostro de Jesús, que prosigue:

-¿Te acuerdas, Juan, cuando, para calmar tus dudas acerca del perdón de Dios te dije: "Para hacer que comprendas la Misericordia te emplearé en obras especiales de misericordia y para ti expondré las parábolas de la misericordia"?

-Sí. Y fue verdad. Me persuadiste y me has concedido exactamente hacer obras de misericordia, y diría que las más delicadas, como limosnas, como la instrucción de un niño, de un filisteo y de una griega. Esto me ha dicho que Dios había conocido tanto mi verdadero arrepentimiento -y lo había visto real -, que me confiaba almas inocentes o almas de personas en vías de conversión, para que los formase en El.

Jesús abraza a Juan acercándoselo a su costado -es el gesto que hace habitualmente con el otro Juan -y palideciendo por el dolor que debe causar, dice:

-También ahora Dios te confía una tarea delicada y santa.

Una tarea de predilección. Sólo tú, que eres generoso, que no tienes restricciones ni prevenciones, que eres sabio, que, sobre todo, te has ofrecido a todas las renuncias y penitencias para purgar aquel resto de expiación, aquella deuda que todavía tenías con Dios; sólo tú lo puedes hacer. Cualquier otro no querría, y tendría razón, porque le faltarían los requisitos necesarios. Ninguno de mis apóstoles posee todo lo que tú tienes para ir a preparar los caminos del Señor… Bueno, y te llamas Juan. Serás, por tanto, un precursor de mi Doctrina… prepararás los caminos a tu Maestro… es más, harás las veces de tu Maestro, que no puede ir tan lejos…

Juan se sobresalta y trata de liberarse del brazo de Jesús para mirarle a la cara, pero no lo consigue, porque Jesús lo tiene estrechado dulce pero autoritariamente y ya su boca da el golpe final…)
-…No puede ir tan lejos… hasta Siria… hasta Antioquía…

-¡Señor! -grita Juan liberándose violentamente del abrazo de Jesús -¡Señor! ¿A Antioquía? ¡Dime que he entendido mal! ¡Dímelo, por piedad!…

Está de pie… todo en él es súplica: su único ojo, su rostro, que se ha puesto cinéreo, sus labios trémulos, sus manos temblorosas extendidas hacia adelante, su cuerpo, que parece plegarse hacia el suelo como subyugado por la noticia.

Pero Jesús no puede decir: «Has entendido mal». Abre los brazos, levantándose a su vez para recibir en su corazón al anciano pedagogo, y abre los labios para confirmar:
-A Antioquía, sí. A casa de Lázaro. Con Síntica. Partiréis mañana o pasado mañana.

La desolación de Juan es verdaderamente lastimosa. Se libera del abrazo a mitad, y, frente a frente, bañadas en lágrimas sus flacas mejillas, grita:

-¡Ah, ya no me quieres a tu lado! ¿En qué te he contrariado, mi Señor? -y se separa y se deja caer en la mesa mientras rompe en sollozos desgarradores, lastimosos, intercalados con accesos ásperos de tos, insensible a las caricias de Jesús, susurrando: «Me alejas de ti, me alejas de ti, no te volveré a ver…

Jesús sufre visiblemente, y ora… Luego sale quedamente. Ve en la puerta de la cocina a María con Margziam, que está asustado de ese llanto… Más allá está Síntica, también sorprendida.

-Madre, ven aquí un momento.

-María va, ligera y pálida. Entran juntos. María se inclina hacia el hombre que llora como si fuera un pobre niño, y dice:

-¡Cálmate, pobre hijo mío, cálmate! ¡No, esto no! Te perjudicará.
Juan alza su cara desencajada y grita:

-¡Me despide!… Moriré solo, lejos… Podía esperar unos meses y dejarme morir aquí. ¿Por qué este castigo? ¿En qué he pecado? ¿Te he causado alguna vez molestias? ¿Por qué me has dado esta paz para luego… para luego…
Se deja caer de nuevo encima de la mesa, llorando más fuerte, jadeando…

Jesús le pone la mano en sus flacos y convulsos hombros, mientras dice:

-¿Cómo puedes pensar que, si hubiera podido, no te habría tenido aquí? ¡Oh, Juan! En el camino del Señor hay tremendas necesidades. Y el primero que sufre por ello soy Yo. Yo, que llevo mi dolor y el de todo el mundo. Mírame, Juan. Observa si mi rostro es el de una persona que te odia, que está cansada de ti… Ven aquí, a mis brazos, siente cómo palpita de dolor mi corazón. Compréndeme, Juan; no me entiendas mal. Es la última expiación que Dios te impone, para abrirte las puertas del Cielo. Escucha… -lo levanta y lo estrecha entre sus brazos -Escucha…

Mamá, sal un momento… Ahora que estamos solos, escucha. Tú sabes quién soy. ¿Crees firmemente que soy el Redentor?
-Claro que sí. Por ello quería estar contigo siempre, hasta la muerte…

-Hasta la muerte… ¡Horrenda será mi muerte!…
-La mía, digo. ¡La mía!…

-La tuya será tranquila, confortada por mi presencia, que te infundirá la certeza del amor de Dios; y por el amor de Síntica, además de por la alegría de haber preparado el triunfo del Evangelio en Antioquía. ¡Pero la mía!… Me verías reducido a un amasijo de carne llagada, cubierta de esputos, infamada, abandonada en manos de una muchedumbre rabiosa, dada a la muerte colgándola de una cruz, como un delincuente… ¿Podrías soportar esto?

Juan, que a cada descripción de cómo será Jesús en la Pasión ha respondido gimiendo: « ¡No, no!», grita un «no» seco, y añade: Odiaría de nuevo a la Humanidad… Pero yo ya habré muerto, porque Tú eres joven y…
-Y veré ya sólo una vez las Encenias.

Juan lo mira fijamente, aterrorizado…

-Te lo he dicho en secreto para explicarte que una de las razones por las que te mando lejos es ésta. No serás el único. A todos aquellos que no quiero que sean turbados por encima de sus fuerzas los mandaré antes a otro lugar. ¿Esto te parece falta de amor?…

-No, mi mártir Dios… Pero yo te debo dejar… y moriré lejos.

-Por la Verdad que soy, te prometo que estaré inclinado hacia la almohada de tu agonía.
-¿Y cómo, si estaré muy lejos y me dices que Tú no vas tan lejos? Lo dices para que me vaya menos triste…

-Juana de Cusa, agonizando a los pies del Líbano, me vio, y Yo estaba muy lejos y no me conocía todavía. Pues allí la devolví a la pobre vida de esta tierra.

¡Créeme que el día de mi muerte ella lamentará haber vivido!… Sin embargo, para ti, alegría de mi corazón en este segundo año de Maestro, haré más. Iré a conducirte a la paz, te daré la misión de decir a los que esperan: "La hora del Señor ha llegado. Así como ahora llega la primavera a la tierra, para nosotros llega la primavera del Paraíso".

Pero, no iré sólo entonces… Iré, me sentirás, siempre… Lo puedo hacer y lo haré. Tendrás al Maestro en ti como ni siquiera ahora me tienes. Porque el Amor puede comunicarse a aquel a quien ama, y tan sensiblemente que puede tocar no solo el espíritu sino los mismos sentidos. ¿Más tranquilo ahora, Juan?

-Sí, mi Señor. ¡Pero qué dolor!
-De todas formas, ¿no te rebelas, no?

-¿Rebelarme? ¡Jamás! Te perdería del todo. Digo "mi" Padrenuestro: hágase tu voluntad.

-Sabía que me comprenderías…

Lo besa en las mejillas surcadas por un continuo, aunque sereno, llanto.

-¿Me permites saludar al niño?… Este es otro dolor… Le que-… -El llanto vuelve, ahora más intenso…
-Sí. Lo llamo enseguida… Y también a Síntica, que también sufrirá… Tú, siendo hombre, debes ayudarla…
-Sí, Señor.

Jesús sale. Mientras, Juan llora, y besa y acaricia las paredes y los objetos de la pequeña habitación hospitalaria.

Entran juntos María y Margziam.
-¡Madre! ¿Has oído? ¿Lo sabías?
-Lo sabía, y me dolía… Pero yo también me he separado de Jesús… Y soy su Madre…

-¡Es verdad!… Margziam, ven aquí. ¿Sabes que me marcho y que no volveremos a vernos?…

Quiere mostrarse fuerte. Pero… coge al niño en brazos, se sienta en el borde de la cama y llora abundantemente encima de la cabeza morena de Margziam, que, a su vez, bien se encarga de imitarlo.

Entra Jesús con Síntica. Ésta pregunta:
-¿Por qué tanto llanto, Juan?
-Nos traslada, ¿no lo sabes? ¿No lo sabes todavía? ¡Nos manda a Antioquía!

-¿Y qué quieres decir con ello? ¿No ha dicho Él que si dos están congregados en su nombre estará en medio de ellos?

¡Ánimo, Juan. Quizás es que hasta ahora tú has elegido siempre tu destino, y entonces la imposición de una voluntad, aunque sea de amor, te abate. Yo… yo estoy acostumbrada a aceptar el destino impuesto por otras personas.

¡Y qué destino!… Por eso ahora doblego con gusto mi cabeza ante este nuevo destino. Si no me he rebelado contra la despótica esclavitud sino cuando pretendía imponerse a mi alma, ¿debería rebelarme ahora contra esta dulce esclavitud de amor que no lesiona sino que eleva nuestra alma y nos confiere el título de siervos suyos? ¿Te da miedo el mañana porque te encuentras mal? Trabajaré para ti. ¿Tienes miedo a quedarte solo? No te dejaré nunca. Puedes estar seguro de esto. La única finalidad de mi vida es amar a Dios y al prójimo. Tú eres el prójimo que Dios me confía. ¡Imagínate cuánto te voy a querer!

-No tendréis necesidad de trabajar para vivir, porque estaréis en una casa de Lázaro. Eso sí, os aconsejo que uséis la vía de la enseñanza para entablar contactos con la gente: tú, como maestro; tú, mujer, con trabajos femeninos: servirá para el apostolado y para llenar vuestras jornadas.

-Así lo haremos, Señor -responde firmemente Síntica.
Juan sigue teniendo en brazos al niño y llora quedamente. Margziam lo acaricia…

-¿Te vas a acordar de mí?

-Siempre, Juan, y rezaré por ti… Es más… Espera un momento…
Sale corriendo.
Síntica pregunta:

-¿Cómo vamos a ir a Antioquía?
-Por mar. ¿Tienes miedo?

-No, Señor. Además nos mandas Tú y eso nos protegerá.

-Iréis con los dos Simones, mis hermanos, los hijos de Zebedeo. Andrés y Mateo. De aquí a Tolemaida en el carro, donde se van a cargar los arcones y un telar que te he hecho, Síntica, y algunos objetos útiles para Juan…

-Yo ya me había imaginado algo al ver los arcones y los vestidos. Así que había preparado mi alma para la separación. ¡Era demasiado bonito vivir aquí!…
Un sollozo reprimido quiebra la voz de Síntica. Pero se rehace para sostener el valor de Juan. Pregunta con voz reafirmada:

-¿Cuándo partimos?
-En cuanto lleguen los apóstoles. Quizás mañana.
-Entonces, si me permites, voy a colocar los vestidos en los arcones. Dame tus libros, Juan.
Creo que Síntica desea estar sola para llorar…
Juan responde:

-Cógelos… Pero dame ese rollo atado con azul.
Vuelve Margziam con su tarro de miel.
-Ten, Juan. Te la comerás por mí…
-¡No, niño! ¿Por qué?

-Porque Jesús ha dicho que una cucharada de miel ofrecida puede dar paz y esperanza a una persona afligida. Tú estás afligido… Te doy toda la miel para llenarte de consuelo.

-Pero es demasiado sacrificio, niño.

-¡No, no! En la oración de Jesús se dice: "No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal". Este tarro era una tentación para mí… y podía ser un mal porque podía hacerme infringir el voto. Así ya no lo veo… y es más fácil… y estoy seguro de que Dios te va a ayudar por este nuevo sacrificio. Pero no llores más. Y tampoco tú, Síntica…

Efectivamente, la griega ya llora, silenciosamente, mientras recoge los libros de Juan. Y Margziam los acaricia alternadamente, con un gran deseo de llorar también. Mas Síntica sale, cargada de rollos, María la sigue con el tarro de miel.

Juan se queda con Jesús, que se sienta a su lado, y con el niño en sus brazos. Está sereno, pero alicaído.
-Une también al volumen tu último escrito -aconseja Jesús -Creo que se lo quieres dar a Margziam…

-Sí… Yo tengo para mí una copia… Aquí tienes, muchacho. Estas son las palabras del Maestro. Las que ha dicho cuando tú no estabas, y otras… Quería seguir copiándolas, para ti, porque tú tienes la vida por delante… ¡y quién sabe cuánto evangelizarás!… Pero ya no puedo continuar… Ahora soy yo quien se queda sin tus palabras…

Y se echa de nuevo a llorar con fuerza.
Margziam muestra un nuevo gesto, dulce y viril: se echa al cuello de Juan y dice:

-Ahora seré yo quien las escriba para ti y te las mandaré… ¿Verdad, Maestro? Se puede, ¿no?
-Claro que se puede. Y será una gran obra de caridad.

-Lo haré. Y, cuando no esté yo, se lo encargaré a Simón Zelote. Nos quiere a los dos, y lo hará por ejercitar la caridad con nosotros. Así que no llores más. Y voy a ir a verte… No es que te vayas a ir lejos…

-¡Ah, sí, qué lejos! Cientos de millas… Y moriré pronto.

El niño está desilusionado y afligido. Pero se rehace con la bella serenidad del niño al que todo parece fácil.

-De la misma forma que vas tú, puedo ir yo con mi padre. Y además… nos escribiremos. Cuando se leen las páginas sagradas es como estar con Dios, ¿no es verdad? Pues, cuando se lee una carta es como estar con la persona a la que queremos y que nos la ha escrito. Venga, ven conmigo
allí…

-Sí, vamos allí, Juan. Dentro de poco vendrán mis hermanos con el Zelote. Les he mandado aviso de que vengan.

-¿Están al corriente?
-Todavía no. Espero a decirlo cuando estén presentes todos…

-De acuerdo, Señor. Vamos…

Es un anciano muy encorvado el que sale de la habitación de José. Un anciano que parece saludar a cada uno de los hilos de hierba, a cada tronco, al pilón y a la gruta, mientras se dirige hacia el vasto taller, donde María y Síntica, silenciosamente, están colocando los objetos y los vestidos en el fondo de los arcones…

Y así, silenciosos y tristes, los encuentran Simón, Judas y Santiago. Observan… pero no hacen preguntas, y no logro comprender si intuyen la verdad.
Dice Jesús:

-Había indicado, para claridad de los lectores, el lugar de la expiación carcelaria de Juan con el nombre que se usa actualmente. Se plantea objeción. Pues bien, ahora especifico: "Bitinia y Misia" para quien quiere los nombres antiguos.

Pero éste es el Evangelio para los sencillos y los pequeños. No para los doctores, que, en su gran mayoría, lo consideran inaceptable e inútil. Y los sencillos y los pequeños comprenden más "Anatolia" que “Bitinia o Misia".

¿No es verdad, pequeño Juan, que lloras por el dolor de Juan de Endor?

¡Y hay muchos Juanes de Endor en el mundo. Son los hermanos desolados por los que te hacía sufrir el año pasado. Ahora descansa, pequeño Juan que jamás serás enviado lejos del Maestro; es más, cada vez estarás más cerca.

Y con esto se concluye el segundo año de predicación y de vida pública: el año de la Misericordia… Y no puedo hacer otra cosa sino repetir el lamento con que cerraba el primer año. Pero no toca a mi portavoz, el cual, contra obstáculos de todo tipo,
continúa su obra.

Verdaderamente no son los "grandes", sino los "pequeños", los que corren los caminos heroicos, y los allanan, con su sacrificio, también para aquellos a quienes demasiadas cosas gravan. Los "pequeños”, o sea, los sencillos, los mansos, los puros de corazón y de intelecto. Los "párvulos".

Y Yo os digo, ¡oh párvulos!, os digo, ¡oh Romualdo y María!, y con vosotros a los que son como vosotros: "Venid a mí para seguir oyendo, ahora y siempre, al Verbo que os habla porque os ama, que os habla para bendeciros. Mi paz sea con vosotros”

311- La renuncia de Margziam es ocasión de una lección sobre los sacrificios hechos por amor

No sé si es el mismo día, pero supongo que sí por la presencia de Pedro en la mesa familiar de Nazaret.

Ya casi han terminado de comer. Síntica se levanta para llevar a la mesa manzanas, nueces, uva y almendras que concluyen la cena, porque es de noche y las lámparas están ya encendidas.

El tema de conversación versa precisamente sobre las lámparas, mientras Síntica lleva la fruta. Pedro dice:

-Este año encenderemos una más, y en lo sucesivo siempre una más, por ti, hijo mío. Sí, queremos encenderla nosotros por ti, aunque estés aquí. Es la primera vez que la encendemos por un niño… -y Simón se emociona un poco al terminar: «La verdad es que… si tú estuvieras, sería más bonito…

-El año pasado era yo, Simón, la que suspiraba así por mi Hijo lejano, y conmigo María de Alfeo y Salomé, y también María de Simón, en su casa de Keriot, y la madre de Tomás…

-¡Oh, 1a madre de Judas! Este año tendrá con ella a su hijo… pero no creo que se sienta más feliz… Bueno, vamos a dejarlo… Nosotros estábamos en casa de Lázaro.

¡Cuántas lámparas!… Parecía un cielo de oro y fuego. Este año Lázaro tiene a su hermana… Pero estoy seguro de que no me equivoco sí digo que estarán afligidos pensando que Tú no estás. ¿Y para el que viene, dónde estaremos?
-Yo, muy lejos… -susurra Juan.

Pedro se vuelve a mirarlo, porque lo tiene a su lado, y está para preguntar algo, pero, afortunadamente, se sabe retener por la llamada de atención de Jesús con la mirada.
Margziam pregunta:

-¿Dónde vas a estar?

-Por la misericordia del Señor, espero que con Abraham, en su seno…

-¿Quieres morir? ¿No quieres evangelizar? ¿No te pesa morir sin haber evangelizado?

-La palabra del Señor debe salir de labios santos. Ya es mucho el que me haya permitido escucharla y redimirme por ella. Me habría gustado… Pero es tarde…

-Sin embargo, evangelizarás. Ya lo has hecho. Tanto que has atraído hacia ti la atención. Por eso serás igualmente llamado discípulo evangelizador, aunque no peregrines esparciendo la Buena Nueva. Y recibirás en la otra vida el premio reservado a mis evangelizadores.

-Tu promesa me hace desear la muerte… Cada minuto de vida puede celar un peligro que yo, siendo débil como soy, quizás no podría superar. Si Dios me acoge, satisfecho de lo que he realizado, ¿no es bondad grande que debe ser bendecida?

-En verdad te digo que la muerte será suma bondad para muchos, que, así, conocerán hasta qué punto el hombre se puede volver demonio, desde un punto donde la paz los consolará de esta cognición y la transformará en alabanza, porque estará unida a la inefable alegría de la liberación del Limbo.

-¿Y los años siguientes dónde vamos a estar, Señor? -pregunta atento Simón Zelote.

-Donde quiera el Eterno. ¿Pretendes fijar anticipadamente el tiempo lejano, cuando no estamos seguros del momento que vivimos, ni sí nos será concedido terminarlo? Y, además, cualquiera que fuere el lugar en que se celebren las futuras Encenias, en todo caso será santo, si estáis allí para cumplir la voluntad de Dios».
-¿Estáis? ¿Y Tú? -pregunta Pedro.

-Estaré siempre donde estén mis amados.
-María no ha hablado en todo este tiempo. Pero sus ojos no han dejado ni un momento de examinar el rostro de su Hijo…

La saca de su ensimismamiento la observación de Margziam que dice:

-¿Madre, ¿por qué no has puesto en la mesa los bollos de miel? A Jesús le gustan y a Juan le vendrían bien para su garganta. Y además también le gustan a mi padre…

-Y a ti -termina Pedro.

-Para mí… es como si no existieran. He hecho una promesa…

-Por esto, encanto, no los he traído… -dice María acariciándolo, porque Margziam está entre Ella y Síntica en uno de los lados de la mesa, mientras que los cuatro hombres están en el lado opuesto.

-No, no. Los puedes traer. Es más, debes traerlos. Y se los doy yo a todos.

Síntica coge una lámpara, sale, vuelve con los bollos. Y Margziam coge la bandeja y empieza a distribuir. Le da a Jesús el más hermoso (dorado, esponjado con la maestría de un pastelero). Uno, el segundo en perfección, a María. Luego es el turno de Pedro, luego de Simón, luego de Síntica. Y, para dárselo a Juan, el niño se levanta y se pone al lado del anciano y enfermo pedagogo y le dice:

-Para ti el tuyo y el mío, y además un beso, por todo lo que me enseñas.

Luego vuelve a su sitio y deposita con resolución la bandeja en medio de la mesa y cruza los brazos.

-Así se me atraganta esta cosa deliciosa -dice Pedro al ver que Margziam ni lo prueba. Y añade: «Al menos un trocito. ¡Venga, hombre, del mío; aunque sólo sea para no morir de ganas! Sufres demasiado… Jesús te lo concede.

-Pero si no sufriera no tendría mérito, padre mío. He ofrecido este sacrificio precisamente porque sabía que me iba a hacer sufrir…. Y, en definitiva… estoy tan contento desde que lo he hecho, que me siento como todo lleno de miel. Siento el sabor de la miel en todas partes. Hasta me da la impresión de respirarlo junto con el aire…

-Es porque te mueres de las ganas.
-No. Es porque sé que Dios me dice: "Haces bien, hijo mío".

-El Maestro te habría contentado incluso sin este sacrificio. ¡Te quiere mucho!

-Sí. Pero no es justo que me aproveche porque me quiera. Además, Él dice que es grande la recompensa en el Cielo incluso por un vaso de agua ofrecido en su nombre. Pienso que, si es grande por un vaso ofrecido a otros en su nombre, también lo será por un bollo o un poco de miel negados a nosotros mismos por amor a un hermano. ¿Me equivoco, Maestro?

-Hablas sabiamente. Yo podía, efectivamente, sin tu sacrificio, concederte también la cosa que me pedías para la pequeña Raquel, porque bueno era hacerla y mi corazón la deseaba. Pero la hice con más alegría porque me ayudaste tú. El amor hacia nuestros hermanos no se limita a medios y límites humanos, sino que se yergue a lugares mucho más altos. Cuando es perfecto, toca absolutamente el trono de Dios y se funde con su infinita caridad y bondad.

La comunión de los santos es exactamente este continuo obrar, de la misma forma que continuamente y en todos los modos obra Dios, para ayudar a los hermanos, sea en sus necesidades materiales, sea en sus necesidades espirituales, o en las dos, como en el caso de Margziam, que, obteniendo la curación de Raquel, la libera de la enfermedad y, al mismo tiempo, eleva el espíritu abatido de la anciana Juana y enciende una confianza cada vez mayor en el Señor en el corazón de todos los de aquella familia. Sí, también el sacrificio de una cucharada de miel puede servir para devolver la paz y la esperanza a una persona afligida; así como un bollo, u otro alimento que no se come por una finalidad de amor, puede conseguir un pan, ofrecido milagrosamente, para una persona hambrienta lejana que nunca conoceremos; y retener, por espíritu de sacrificio, una palabra de ira, aunque fuera justa, puede impedir un delito lejano; así como resistir a las ganas de coger un fruto, por amor, puede servir para inspirar a un ladrón la idea de enmendarse, impidiendo así un latrocinio. Nada se pierde en la economía santa del amor universal. No se pierde el holocausto de un mártir, no se pierde el heroico sacrificio de un niño ante una bandeja de bollos. Es más, os digo que el holocausto de un mártir frecuentemente tiene origen en la heroica educación que se haya procurado desde la infancia por amor a Dios y al prójimo.

-Entonces conviene mucho que haga siempre sacrificios.

Para cuando seamos perseguidos -dice convencido Margziam.
-¿Perseguidos? -pregunta Pedro.

-Sí. ¿No te acuerdas que lo dijo?: "Seréis perseguidos por causa mía". Me lo dijiste tú la primera vez que viniste, solo, a Betsaida a evangelizar, en verano.

-Este niño se acuerda de todo -comenta Pedro admirado.

La cena termina. Jesús se levanta. Ora por todos y bendice. Luego, mientras las mujeres van a sus labores de ordenar la loza, Jesús con los hombres se pone en un ángulo de la habitación y labra un trozo de madera, que, ante la sorprendida mirada de Margziam, se transforma en una ovejita…

310- Con Pedro, en Nazaret, Jesús organiza la partida de Juan de Endor y Síntica

Está avanzada ya la mañana cuando Pedro llega, solo e inesperado, a la casa de Nazaret. Viene cargado de cestas y talegos, como un mozo de cuerda; pero tan feliz, que no siente el peso ni la fatiga.

Dedica una sonrisa llena de felicidad y un saludo, gozoso y respetuosísimo al mismo tiempo, a María, que ha ido a abrirle. Luego pregunta:

-¿Dónde están el Maestro y Margziam?

-Están en el ribazo, encima de la gruta, pero de la parte de la casa de Alfeo. Creo que Margziam está cogiendo aceitunas; Jesús está meditando. Voy a llamarlos.
-Lo hago yo.

-Descarga todos esos pesos al menos.
-No, no. Son sorpresas para el niño. Me gusta verlo abrir del todo los ojos y hurgar ansioso… Son sus delicias, pobre niño mío.

Sale al huerto. Va al pie del ribazo. Se esconde muy bien en la oquedad de la gruta y grita cambiando un poco la voz:
-La paz a ti, Maestro -y luego con su voz natural: « ¡Margziam!…».

La vocecita de Margziam, que llenaba de exclamaciones el aire calmo, calla… Una pausa, luego la vocecita, casi de niña, del muchacho pregunta:

-Maestro, ¿pero no era mi padre el que me ha llamado?
Quizás Jesús estaba tan inmerso en sus pensamientos, que no ha oído nada, y lo confiesa con sencillez.
Pedro llama de nuevo:

-¡Margziam! -y se echa a reír con su abierta risa.
-¡Sí, sí, es él! ¡Padre! ¡Padre mío! ¿Dónde estás?
-Se asoma prominentemente para mirar al huerto. Pero no ve nada…

También Jesús se acerca y mira… Ve a María, sonriente, en la puerta, y a Juan y Síntica, que están en el local que hay en el fondo del huerto, junto al horno, y se asoman también.

-¡Ah, Margziam no espera más! Se echa abajo desde el borde, justo al lado de la gruta. Pedro está preparado para agarrarlo antes de que toque el suelo. Es conmovedor el saludo de los dos. Jesús, María y los dos que están en el fondo del huerto lo observan sonriendo; luego se acercan todos al grupo de amor.

Pedro se libera a duras penas del apretón del muchacho para saludar a Jesús de nuevo con una inclinación. Y Jesús lo abraza, abarcando al mismo tiempo al niño, que no se separa del apóstol y que pregunta:

-¿Y mi madre?

Pero Pedro responde a la pregunta de Jesús « ¿por qué has venido tan pronto?»:

-¿Creías que podía estar tanto tiempo sin verte? Y además… estaba Porfiria, que no me dejaba tranquilo: "Ve a ver a Margziam. Llévale esto, llévale aquello". Parecía como si viera a Margziam en medio de bandidos o en un desierto. La última noche se levantó para hacer los bollos, y nada más que acabaron de cocerse me apremió para que me pusiera en camino…

-¡Sopla! ¡Los bollos!… -grita Margziam. Pero, inmediatamente, se calla.
-Sí. Están aquí dentro, junto con los higos secados en el horno y las aceitunas y las manzanas rojas. Y también te ha untado un pan. Y te manda quesitos de tus ovejitas. Hay también una túnica que no absorbe el agua. Y luego, y luego… No sé qué más. ¿Cómo? ¿Ya no sientes apremio?

¿Casi lloras? ¿Por qué?

-Porque hubiera preferido que me hubieras traído a ella, antes que todas estas cosas… Yo la quiero, ¿sabes?
-¡Oh, Divina Misericordia! ¿Quién lo iba a pensar? Si estuviera aquí y te oyera, se derretiría como la mantequilla…

-Margziam tiene razón. Podías haber venido con ella. Evidentemente, desea verlo después de tanto tiempo. Nosotras las mujeres somos así con nuestros niños… -dice María. -Bien… Pero dentro de poco lo verá, ¿no es verdad, Maestro?

-Sí. Después de las Encenias, cuando nos marchemos… Es más… Sí, cuando vuelvas, después de las Encenias, vendrás con ella. Estará con él aquí, unos días, y luego volverán juntos a Betsaida.

-¡Oh, qué bonito! ¡Aquí con dos madres!
El niño está ya calmado y contento.

Entran todos en casa y Pedro se descarga de los bultos.
-Mirad: pescado seco, en salmuera, y fresco. Le será útil a tu Madre. Y ese queso tierno que te gusta tanto, Maestro. Y aquí huevos para Juan. Esperemos que no se hayan roto… No. Menos mal. Y luego uvas. Me las ha dado Susana en Caná, donde he dormido. Y luego… ¡Ah, y esto! Mira, Margziam, qué color de oro tiene. Parece hecho con los cabellos de María -… y abre un tarro lleno de miel filamentosa.

-¡Pero por qué tantas cosas? Ha sido un sacrificio para ti, Simón -dice María ante los envoltorios, grandes y pequeños, vasijas y orzas que tapan la mesa.

-¿Un sacrificio? No. Por lo que se refiere al pescado, he pescado mucho y con mucho resultado. Lo demás son cosas de la casa. No cuesta nada, y, en compensación, da mucha alegría traerlo. Además… Ya estamos en las Encenias… Es tradición, ¿no? ¿No pruebas la miel?

-No puedo -dice serio Margziam.
-¿Por qué? ¿Estás mal?
-No. Pero no puedo comerla.
-¿Pero por qué?

El niño se pone colorado, pero no responde. Mira a Jesús y calla. Jesús sonríe y explica:
-Margziam ha hecho un voto para obtener una gracia. No puede comer miel durante cuatro semanas.
-¡Ah! ¡Bien! La comerás después… De todas formas, toma el tarro… ¡Fíjate tú! ¡No pensaba que fuera tan… tan…

-Tan generoso, Simón. Quien de niño acomete la penitencia encontrará fácil durante toda la vida el camino de la virtud ­dice Jesús mientras el niño se marcha con su tarro entre las manos.

Pedro lo mira, con admiración, mientras se marcha. Luego pregunta:
-¿No está el Zelote?

-Está en casa de María de Alfeo. Volverá pronto. Esta noche dormiréis juntos. Vamos allí, Simón Pedro.
Salen. María y Síntica se quedan a ordenar la habitación invadida de envoltorios.

-Maestro… Yo he venido para verte a ti y al niño. Es verdad. Pero también porque he pensado mucho estos días, especialmente después de la llegada de tres abejorros venenosos… a los que les dije más mentiras que peces hay en el mar. Ahora están yendo al Getsemaní, creyendo que encontrarán a Juan de Endor; luego van a casa de Lázaro, esperando encontraros allí a Síntica y a ti. ¡Que anden, que anden!… Pero luego volverán y… Maestro, te quieren crear problemas por estos dos pobrecitos…

-Ya hace meses que he tomado las medidas oportunas. Cuando ésos regresen buscando a estos dos perseguidos, ya no los encontrarán, en ningún lugar de Palestina. ¿Ves estos arcones? Son para ellos. ¿Has visto todos esos vestidos doblados junto al telar? Son para ellos. ¿Estás asombrado?
-Sí, Maestro. ¿Y a dónde los mandas?
-A Antioquía

Pedro da un silbido significativo y pregunta:
-¿A casa de quién? ¿Y cómo van?
-Van a una casa de Lázaro. La última que tiene Lázaro donde su padre gobernó en nombre de Roma. Irán por mar…
-¡Ah, eso; porque si Juan tuviera que ir con sus piernas!…

-Por mar. Me complace también a mí el poder hablar contigo. Habría mandado a Simón a decirte: "Ve", para preparar todo. Escucha. Dos o tres días después de las Encenias, nos marcharemos de aquí, pero no todos juntos, para no llamar la atención. Formaremos parte de la comitiva: Yo, tú, tu hermano, Santiago y Juan y mis dos hermanos, más Juan y Síntica. ¡Iremos a Tolemaida! Desde allí, con una barca, tú los acompañarás a Tiro. Allí subiréis a bordo de una nave que va a Antioquía, como si fuerais prosélitos que regresan a sus casas. Luego os volveréis y me encontraréis en Akzib. Estaré en la cima del monte todos los días, y además el espíritu os guiará…

-¿Cómo? ¿No vienes con nosotros?
-Me notarían demasiado. Quiero dar paz al espíritu de Juan.
-¿Y cómo me las voy a arreglar yo, que no he salido nunca de aquí?
-No eres un niño… y pronto tendrás que ir mucho más lejos que a Antioquía. Me fío de ti. Como ves te estimo…
-¿Y Felipe y Bartolomé?

-Irán a nuestro encuentro a Yotapata, y evangelizarán en espera de nosotros. Les escribiré. Tú llevarás la carta.
-Y… ¿Esos dos que están ahí ya saben su destino?
-No. Les dejo celebrar en paz la fiesta…
-¡Mmm! ¡Pobrecillos! ¡Vamos, hombre, que uno tenga que verse perseguido por gentuza y…!

-No te ensucies la boca, Simón.
-Sí, Maestro… Oye… ¿y cómo vamos a llevar estos arcones? ¿Y a Juan? Lo veo verdaderamente muy enfermo.
-Nos serviremos de un burro.
-No. Tomamos un carrito.
-¿Y quién lo guía?

-¡Hombre, si Judas de Simón ha aprendido a remar, Simón de Jonás aprenderá a guiar! ¡A fin de cuentas, no debe ser una cosa tan difícil llevar por el ramal a un asno! En el carro metemos los arcones y a los dos… y nosotros vamos a pie. ¡Sí, sí, créeme que será una buena solución!

-¿Y quién nos deja el carrito? Recuerda que no quiero que se note la partida.

Pedro piensa… Decide:

-¡Tienes dinero?
-Sí. Mucho todavía, de las joyas de Misax.

-Entonces todo es fácil. Dame una suma. Tomaré asno y carro de alguien y… sí, sí… luego le regalamos el asno a algún necesitado, y el carrito… pues ya veremos… He hecho bien en venir. ¿Y entonces tengo que volver con mi mujer?

-Sí. Conviene.
-Pues así será. ¡Pero, esos dos pobrecillos!… Siento que nos tengamos que separar de Juan. Ya de por sí lo íbamos a tener poco tiempo… ¡Pero, pobrecillo! Podía morir aquí, como Jonás…

-No se lo habrían permitido. El mundo odia a quien se redime.
-Le va a doler…
-Encontraré un expediente para que parta consolado.
-¿Cuál?

-El mismo que ha servido para apartar a Judas de Simón: el de trabajar para mí.

-Sólo que en Juan será santidad, pero en Judas es solamente soberbia.
-Simón, no murmures.

-¡Más difícil que hacer cantar a un pez! Es verdad, Maestro, no es murmuración… Pero, creo que ha venido Simón con tus hermanos. Vamos allí.
-Vamos. Y silencio con todos.

-No es necesario que me lo digas. No puedo callar la verdad cuando hablo, pero sé callar del todo, si quiero.

Y quiero. Me lo he jurado a mí mismo. ¡Yo ir hasta Antioquía! ¡Al otro extremo del mundo! ¡Ya ardo en deseos de volver de allí! No dormiré hasta que todo se haya hecho…

Salen y ya no sé nada más.

309- Sacrificio de Margziam por la curación de una niña. Enmienda de Simón de Alfeo

Los acoge una casa pobre con una abuelita rodeada de un buen pelotón de niños de diez a dos años apenas. La casa está en medio de unas parcelas poco cuidadas, muchas de ellas convertidas de nuevo en prados, en que se yerguen algunos restantes árboles frutales.

-La paz a ti, Juana. ¿Va mejor hoy? ¿Han venido a ayudarte?

-Sí, Maestro y Jesús. Y me han dicho que volverán para sembrar. Nacerá con retraso, pero me han dicho que sí que nacerá todavía.

-Nacerá, sin duda. Lo que sería milagro de la tierra y de la semilla se convertirá en milagro de Dios; por tanto, milagro perfecto. Tus campos serán los más hermosos de esta región, y estos pajaritos que te circundan tendrán grano abundante para sus bocas. No llores más. El año que viene irá ya mucho mejor. Pero Yo te seguiré ayudando. O mejor, te ayudará una mujer que tiene tu mismo nombre y que nunca se sacia de ser buena. Mira, esto es para ti.

Con esto podrás tirar adelante hasta la cosecha.

La anciana toma bolsa y mano de Jesús juntas, y besa esta mano llorando. Luego pregunta:

-Dime, Señor, ¿quién es esta criatura buena, para que yo diga su nombre al Señor?
-Una discípula mía y hermana tuya. Su nombre lo conocemos Yo y el Padre de los Cielos.

-¡Oh, eres Tú!…

-Yo soy pobre, Juana. Doy cuanto me dan. Lo único mío que puedo dar es el milagro. Siento no haber tenido antes noticia de tu desventura. Nada más decírmelo Susana, he venido. Tarde ya. Pero así resplandecerá más la obra de Dios.

-¡Tarde! Sí. ¡Tarde! ¡Dalló muy rápida la muerte aquí! Y se ha llevado a los jóvenes. No a mí, que ya no sirvo; no a éstos, que todavía no sirven. Se llevó a los que podían trabajar. ¡Maldita luna de Elul, cargada de malignos influjos!

-No maldigas al planeta; que no tiene nada que ver… ¿Son buenos estos niños? Venid aquí. ¿Veis? Éste también es un niño sin padre ni madre. Y ni siquiera puede vivir con su abuelo. Pero Dios no lo abandona de todas formas. Y no lo abandonará mientras sea bueno. ¿Verdad, Margziam?

Margziam asiente y habla a los pequeños -por edad más pequeños que él, aunque algunos le sacan un buen trozo de estatura -, que han hecho círculo en torno a él. Dice:

-¡Oh, es verdad que Dios no abandona! Yo lo puedo decir. Mi abuelo rezó por mí. Y, sin duda, también mi madre y mi padre desde la otra vida. Y Dios ha escuchado esas oraciones, porque es muy bueno y siempre escucha las oraciones de los justos, estén vivos o hayan muerto ya.

Por vosotros, sin duda, han orado vuestros muertos y esta abuelita tan maja. ¿La queréis?
-Sí, sí…

Los piídos de la huérfana nidada se alzan entusiastas. Jesús calla para escuchar el coloquio de su pequeño discípulo y de los huerfanitos.

-Hacéis bien. No se debe hacer llorar a los ancianos. No se debe hacer llorar a nadie, porque quien causa dolor al prójimo causa dolor a Dios. ¡Pues mucho menos a los ancianos! El Maestro trata bien a todos. Bueno, pues con los ancianos, como con los niños, es todo caricias. Porque los niños son inocentes y los ancianos sufren.

¡Han llorado ya mucho! ¡Hay que quererlos el doble, el triple, diez veces más, por todos los que no los quieren ya. Jesús dice siempre que quien no honra al anciano, como quien maltrata al niño, es doblemente malo. Porque los ancianos y los niños no se pueden defender. Por tanto, sed buenos con vuestra anciana madre.

-Yo alguna vez no la ayudo… -dice uno de los más grandecitos.

-¿Por qué? ¡Comes el pan que ella te ofrece con su trabajo! ¿No sientes en el pan el sabor del llanto cuando la entristeces? ¿Y tú, mujer (la mujer tendrá al máximo diez años y es una criatura muy menudita y pálida), la ayudas?

Sus hermanitos dicen en coro:

-¡Raquel es buena! Se queda despierta hasta tarde para hilar la poca lana y el poco estambre que tenemos, y se ha cogido las fiebres por trabajar en el campo preparando las tierras para la simiente cuando nuestro padre se estaba muriendo.

-Dios te premiará -dice serio Marziam.
-Ya me ha premiado confortando a la abuela.
Jesús interviene:
-¿No pides nada más?
-No, Señor.
-¿Pero estás curada?

-No, Señor. Pero no importa. Ahora, aunque me muera, la abuela está socorrida. Antes me apenaba morir porque la ayudaba.

-Pero la muerte es fea, niña…
-Dios, de la misma forma que me ayuda mientras vivo, me ayudará cuando muera. Iré con mi mamá… ¡No llores, abuela! También te quiero a ti, amor. No lo volveré a decir, si te hace llorar. Es más, si quieres, le diré al Señor que me cure… No llores, mamaíta mía… ̀ y abraza a la ancianita desolada.

-Cúrala, Señor. A mi abuelo lo hiciste feliz, por mí. Haz feliz a esta anciana, ahora ̀ dice Margziam.

-Las gracias se obtienen con sacrificio. ¿Qué sacrificio haces para obtenerla? -pregunta serio Jesús.
Margziam piensa… Busca la cosa cuya renuncia es más penosa…

Luego sonríe:

-No tomaré miel durante toda una luna.
-¡Poco! La de Kisléu está ya muy avanzada…
-Digo luna para decir cuatro fases. Y… fíjate… que en estos días está la fiesta de las Luces y los bollos de miel…

-Es verdad. Bien, pues entonces Raquel sanará por mérito tuyo.
-Ahora vámonos. Adiós, Juana. Antes de mi partida volveré. Adiós, Raquel, y tú, Tobiolo. Sé siempre bueno. Adiós a todos vosotros, pequeños. Quede con vosotros mi bendición y en vosotros mi paz.

Salen, seguidos de las bendiciones de la anciana y de los niños.

Margziam, habiendo terminado de ser "apóstol y víctima", se pone a saltar como un cabritillo corriendo adelante.
Simón observa sonriendo:

-Su primera predicación y su primer sacrificio. Promete, ¿no te parece, Maestro?
-Sí. Pero ya ha predicado otras veces. También a Judas de Simón…

…Al cual parece que el Señor le habla a través de los niños… Quizás para impedir venganzas por parte de él…
-Venganzas no… No creo que llegue a tanto. Pero sí reacciones turbulentas. Quien merece reproche no ama la verdad… Y a pesar de todo hay que decirla…

Jesús suspira.

Simón lo observa. Luego pregunta:

-Maestro, dime la verdad. Lo has apartado, y has tomado la decisión de mandar a todos a casa para las Encenias, para impedir que Judas esté ahora en Galilea. No te pregunto ni quiero que me digas por qué es conveniente que el hombre de Keriot no esté entre nosotros. Me basta con saber si he acertado.

Todos pensamos esto, ¿sabes? El mismo Tomás. Y me ha dicho: "Yo voy sin poner objeciones porque comprendo que detrás hay un motivo serio". Y ha añadido: "Y el Maestro hace bien así. Demasiados Nahum, Sadoq, Jocanán y Eleazar en las amistades de Judas…". ¡Tomás no es estúpido! Ni tampoco malo, si bien es muy hombre. En su afecto por ti es muy sincero…

-Lo sé. Y es verdad lo que habéis pensado. Pronto conoceréis el motivo…
-No te lo preguntamos.
-Pero tendré que pediros ayuda y os lo tendré que decir.
Vuelve Margziam corriendo:

-Maestro, allí, donde termina el sendero en el camino, está tu primo Simón, todo sudado, como si hubiera corrido mucho. Me ha preguntado: "¿Dónde está Jesús?". He respondido: "Viene detrás, con Simón Zelote". Me ha dicho:

"¿Pasa por aquí?". "Sí, sí" he respondido. "Pasa por aquí de regreso a casa, a menos que no haga como los pájaros, que vuelan y van por todas partes para volver al nido. ¿Quieres verlo?" he preguntado yo también. Tu hermano se ha quedado indeciso. Pero quiere verte, estoy seguro.

-Maestro, ha visto ya a su mujer… Vamos a hacer esto: yo y Margziam te dejamos libre; damos la vuelta por detrás de Nazaret. Total… no tenemos prisa en llegar… Y Tú vas por el camino normal.

-Sí. Gracias, Simón. Adiós a los dos.
Se separan. Jesús acelera el paso hacia el camino principal.

Ya se ve a Simón, jadeante y secándose el sudor, apoyado en un tronco. En cuanto ve a Jesús, alza los brazos… pero luego los deja caer de nuevo y baja la cabeza descorazonado.

Jesús llega adonde él, le pone una mano en un hombro y le dice:

-¿Qué quieres de mí, Simón? ¿Hacerme feliz con una palabra tuya de amor, que desde hace muchos días espero?
Simón baja más la cabeza y calla…

-Dime, entonces. ¿Soy un extraño para ti? No, la verdad es que sigues siendo mi buen hermano Simón, y Yo, para ti, el pequeño Jesús que llevabas en brazos, no sin esfuerzo pero con mucho amor, cando volvimos a Nazaret.

El hombre se tapa el rostro con las manos y se desliza al suelo de rodillas gimiendo:

-¡Oh, mi Jesús! Soy yo el culpable, pero ya he recibido suficiente castigo…

-Vamos, ¡levántate! ¡Somos parientes! Vamos, ¿qué quieres?
-¡Mi hijo! Está… -el llanto no le consiente seguir.
-¿Tu hijo? Sí… ¿qué?

-Está agonizando. Con él muere también el amor de Salomé… Yo me quedo con dos remordimientos: haber perdido a mi hijo y a mi mujer juntos… Esta noche he creído que ya hubiera muerto verdaderamente. Ella me parecía una hiena. Me gritaba a la cara: "¡Asesino de tu hijo!".

He suplicado que no sucediera, jurándome a mí mismo ir a ti si el niño se recobraba, aun a costa de ser rechazado -que por lo demás me lo merezco -, para manifestarte esto: que solamente Tú puedes impedir mi desventura. A la aurora el niño se ha recobrado un poco…

He salido inmediatamente de mi casa, hacia la tuya, por detrás de la ciudad para no encontrar obstáculos… He llamado. María me ha abierto y se ha asombrado. Habría podido tratarme mal. Y, sin embargo, no ha dicho sino:

"¿Qué te sucede, pobre Simón?". Y me ha acariciado como si fuera todavía un niño… Esto me ha hecho llorar mucho. La soberbia y la vacilación han terminado así. No puede ser verdad lo que nos dijo Judas, tu apóstol, no mi hermano.

Esto a María no se lo he dicho, pero me lo digo a mí mismo, dándome golpes de pecho y diciéndome a mí mismo todo tipo de injuria, desde aquel momento. A ella le he dicho: "¿Está Jesús? Es por Alfeo. Se me está muriendo…". María me ha dicho: "¡Corre! Está hacia Caná, con el niño y un apóstol. Por el camino que va a Caná. Pero date prisa. Ha salido al alba. Estará para volver.

Oraré para que lo encuentres". ¡Ninguna palabra de reprensión, ni siquiera una, para mí, que tantas merezco!
-Yo tampoco te reprendo, sino que te abro los brazos para…

-¡Ay! ¡Para decirme que Alfeo ha muerto!…
-No. Para decirte que te quiero.
-¡Ven, entonces! ¡Pronto! ¡Pronto!…
-No. No hace falta.

-¿No vienes? ¡Ah, ¿no perdonas?! ¿O es que Alfeo ha muerto? Pero, aunque hubiera muerto, ¡Jesús, Jesús, Jesús, Tú que resucitas a los muertos, rescátame a mi criatura! ¡Jesús bueno!… ¡Jesús santo!… ¡Jesús al que yo he abandonado!… ¡Oh, Jesús, Jesús, Jesús!…

El llanto del hombre llena el camino solitario, y, de rodillas nuevamente, convulso, soba la túnica de Jesús o le besa los pies, atormentado por el dolor, por el remordimiento, por el amor paterno…

-¿No has pasado por casa antes de venir aquí?
-No. He venido corriendo hasta aquí como un loco… ¿Por qué? ¿Hay algún otro dolor? ¿Salomé ha huido? ¿Se ha vuelto loca? Lo parecía ya esta noche…
-Salomé me ha hablado. Ha llorado. Ha creído. Ve a casa, Simón. Tu hijo está curado.

-¡Tú!… ¡Tú! ¡¿Tú has hecho esto, por mí, que te he ofendido creyendo a esa serpiente?! ¡Señor, no soy digno de tanto! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! Dime qué quieres que haga para reparar, para decirte que te amo, para convencerte de que sufría mostrándome falto de cordialidad, para decirte que desde que estás aquí, incluso antes de que Alfeo se pusiera tan enfermo, deseaba hablar contigo!… Pero… Pero…

-Déjalo. Son cosas pasadas. Yo ya no me acuerdo de ellas.

Haz tú lo mismo. Y olvida también las palabras de Judas de Keriot. Es un muchacho. De ti quiero solamente esto: que tú, ni ahora ni nunca, digas esas palabras a mis discípulos, a mis apóstoles y, menos que a nadie, a mi Madre. Esto solamente. Ahora, Simón, ve a tu casa. Ve.

Queda en paz… No te demores en gozar de la alegría que llena tu hogar. Ve.

Lo besa y lo empuja dulcemente hacia Nazaret.

-¿No vienes conmigo?

-Te espero en mi casa, con Salomé y Alfeo. Ve. Y recuerda que es por tu mujer, que ha sabido creer sólo en la verdad, por quien tienes la alegría presente. Por ella.
-Quieres decir que a mí…

-No. Quiero decir que he sabido percibir el arrepentimiento en ti. Y el arrepentimiento te ha venido por el grito acusador de ella… ¡Verdaderamente Dios grita por la boca de los buenos, y reprende, y aconseja!… Y he visto la fe humilde y fuerte de Salomé. Ve, te digo. No tardes más en decirle "gracias".

Casi lo empuja rudamente para convencerlo de que se marche. Y cuando Simón por fin se marcha, lo bendice… Luego menea la cabeza, en un mudo soliloquio, y lentas lágrimas descienden por el rostro quebrado… Una sola palabra da la dirección de su pensamiento: ¡Judas!…

Se encamina hacia casa por el mismo camino que había tomado el Zelote, detrás del límite de la ciudad.

308- Curación del hijo de Simón de Alfeo. Margziam es el primero de los niños discípulos

Jesús, con Simón Zelote y Margziam, atraviesa Nazaret en dirección a la campiña que separa Nazaret de Caná.

Atraviesa esta ciudad suya incrédula y hostil, precisamente por las calles del centro y cortando oblicuamente la plaza del mercado, llena de gente en esa hora matutina.

Muchos se vuelven a mirarlo; algún nazareno -pocos -lo saluda; las mujeres, especialmente las ancianas; le sonríen; pero, aparte de algún que otro niño, ninguno se acerca a El. Un murmullo le sigue cuando termina de pasar. Jesús ve todo, pero hace como si no viera. Habla con Simón, o con el niño, que va entre los dos hombres, y sigue por su camino.

Ya han llegado a las últimas casas. A la puerta de una de éstas hay una mujer de unos cuarenta años. Parece esperar a alguien. Al ver a Jesús hace ademán de moverse, luego se queda quieta e inclina la cabeza ruborizándose.
-Es una pariente mía, la mujer de Simón de Alfeo -dice Jesús al apóstol.

La mujer parece incómoda, en lucha con un fuerte contraste de sentimientos. Cambia de color, alza y baja los ojos, todo su rostro expresa un deseo de hablar, contenido por algún motivo.

-Paz a ti, Salomé -saluda Jesús, que ha llegado a la altura de ella. La mujer lo mira como asombrada de la afectuosidad que hay en la voz de su Pariente, y, ruborizándose más todavía, responde:

-Paz i…
Un nudo de llanto le impide concluir la frase. Se tapa la cara con un brazo doblado y llora acongojadamente, contra la jamba de la puerta de su casa.

-¿Por qué lloras así, Salomé? ¿No puedo hacer nada para consolarte? Ven aquí, detrás de esta esquina, y dime qué te pasa… -y, tomándola por un codo, la conduce a una callejuela estrecha que hay entre su casa y el huerto de otra casa. Simón y Margziam, que está todo asombrado, se quedan a la entrada de aquélla.

-¿Qué te pasa, Salomé? Sabes que siempre te he querido. Os he querido siempre. A todos. Y os quiero. Debes creerlo y tener, por tanto, confianza…

El llanto se detiene a intervalos como para escuchar esas palabras y comprender su verdadero significado. Luego vuelve con más fuerza, entrecortado con palabras quebradas: -Tú sí… Nosotros… Yo no… Ni tampoco Simón… Pero él es más necio que yo… Yo le decía… "Llama a Jesús"… Pero tenemos la oposición de todo un pueblo… Tú… yo… y mi hijo…

Habiendo tocado el punto trágico, el llanto se hace también trágico. La mujer se contorsiona y gime, Mientras se golpea la cara como en un delirio de dolor.

Jesús le coge las manos y dice:

-No hagas esto. Estoy aquí para consolarte. Habla. Haré todo…

La mujer lo mira con unos ojos desorbitados por el estupor y el dolor. Pero la esperanza le da fuerzas para hablar, para hablar incluso con orden:

-¿Aunque Simón sea reprobable, usarás misericordia conmigo? ¿Sí?… ¡Oh, Jesús que a todos salvas! ¡Mi hijo! ¡Alfeo, el último, está mal… se está muriendo! Tú amabas a Alfeo. Le tallabas juguetes de madera… Lo alzabas para que cogiera uvas e higos de tu huerta… y, antes de marcharte para… para ir por el mundo, ya le enseñabas muchas cosas buenas… Ahora no podrías hacerlo… Está como muerto… Ya no volverá a comer ni uvas ni higos. Ya no aprenderá nada más… -y llora fuertemente.

-Salomé, cálmate. Dime qué le pasa.

-Su vientre está muy enfermo. Ha estado muchos días gritando, con dolores atroces, delirando. Ahora ya no dice nada. Está como si hubiera recibido un golpe en la cabeza.

Gime, pero no responde. Ni siquiera se da cuenta de sus gemidos. Está violáceo. Se está poniendo frío. Hace muchos días que le suplico a Simón que vaya a ti. Pero…

¡oh!… Lo he amado siempre, pero ahora lo odio, porque es un estúpido, que por una idea estúpida permite que muera mi hijo. Pero, cuando se muera, me voy. A mi casa. Con mis otros hijos. No es capaz de ser padre en el momento necesario. Protejo a mis hijos. Me voy. Sí. Que la gente diga lo que quiera. Me voy.

-No digas eso. Abandona inmediatamente este pensamiento de venganza.

-De justicia. Me rebelo. ¿Ves? Te he esperado yo, porque ninguno te decía: "Ven". Te lo digo yo. Pero he tenido que hacerlo como si fuera una mala acción. Y no te puedo decir: "Entra", porque en casa están los de José y…

-No es necesario. ¿Me prometes que perdonarás a Simón?, ¿que serás siempre una buena esposa? Si me lo prometes, te digo: "Entra en casa, que tu hijo te sonreirá curado". ¿Eres capaz de creer esto?

-Yo creo en ti. Creo, aunque sea contra todo el mundo.
-¿Y, de la misma forma que tienes fe, eres capaz de perdonar?

-… ¿Pero verdaderamente me lo vas a curar?
-No sólo eso. Te prometo que cesará la vacilación de Simón respecto a mí, y que el pequeño Alfeo, y con él tus otros hijos y tú misma, con tu esposo y padre de tus hijos, volveréis a mi casa. María te menciona muchas veces…

-¡Oh! ¡María! ¡María! Estaba ella cuando Alfeo nació… Sí, Jesús. Perdonaré. No le diré nada… No, es más, le diré: "Mira cómo responde Jesús a tu comportamiento: te rescata un hijo". ¡Puedo decir esto?

-Lo puedes decir… Ve, Salomé. Ve. No llores más. Adiós. Paz a ti, buena Salomé. Ve. Ve.

La acompaña de nuevo a la puerta. La mira mientras entra. Sonríe al ver que por el ansia que la invade se echa a correr por el vestíbulo, sin cerrar siquiera la puerta; y la entorna Él, lentamente, hasta cerrarla del todo.
Se vuelve a sus dos y dice:

-Y ahora vamos a donde teníamos que ir…
-¿Crees que Simón se convertirá? -pregunta el Zelote.
-No es una persona infiel. Sólo es uno que se deja dominar por el más fuerte.

-¡Pues entonces! ¡Más fuerte que el milagro!…
-Como ves, tú te das la respuesta… Estoy contento de haber salvado al niño. Lo vi cuando tenía sólo unas pocas horas. Siempre me ha querido mucho…
-¡Cómo te quiero yo? ¿Se va a hacer discípulo? -pregunta Margziam, interesado y un poco incrédulo de que uno pueda amar a Jesús como lo ama él.

-Tú me quieres como niño y como discípulo. Alfeo me quería sólo como niño. Pero más adelante me querrá también como discípulo. Pero ahora es muy niño. Está para cumplir ocho años. Lo verás.

-¿Entonces, niño y discípulo soy sólo yo?
-Por ahora tú sólo. Eres el adalid de los niños discípulos. Cuando seas hombre plenamente maduro, acuérdate de que supiste no peor que los hombres ser discípulo; abre, pues, los brazos a todos los niños que vayan a ti buscándome a Mí diciendo:

“Quiero ser discípulo de Cristo". ¿Lo vas a hacer?

Lo haré» promete serio Margziam… Los campos abiertos, llenos de sol, ya los rodean, y ellos se me alejan bajo el sol…

307- Controversia en la casa de Nazaret acerca de las culpas de los nazarenos. Lección sobre la tendencia al pecado a pesar de la Redención

El telar está parado porque María y Síntica están cosiendo muy diligentemente las telas que ha traído el Zelote. Doblan y ponen encima de la mesa, en montones ordenados por colores, los pedazos de vestidos ya cortados. Cada cierto tiempo, las mujeres cogen uno para hilvanarlo sobre la mesa. Así que los hombres se ven arrinconados hacia el inactivo telar, cerca, pero no interesados en el trabajo de las mujeres.

Están también los dos apóstoles Judas y Santiago de Alfeo, los cuales, por su parte, observan la intensa labor femenina, sin hacer preguntas, pero creo que no sin curiosidad.

Los dos primos hablan de sus hermanos, especialmente de Simón, que los ha acompañado hasta la puerta de Jesús y luego se ha marchado «porque tiene un niño enfermo» dice Santiago para suavizar la cosa y disculpar a su hermano. Judas se muestra más severo; dice:

-Precisamente por eso debía venir. Pero parece que él también se ha vuelto idiota. Como todos los nazarenos, por lo demás, si se excluyen Alfeo y los dos discípulos que ahora quién sabe dónde están. Se ve que Nazaret no tiene de bueno nada más, y que ha escupido todo lo bueno que tenía, como si fuera un sabor molesto para esta ciudad nuestra…

-No hables así -ruega Jesús -No te envenenes el corazón… No es culpa suya…
-¿De quién, entonces?
-De muchas cosas… No investigues. De todas formas, no toda Nazaret es enemiga. Los niños…
-Porque son niños.

-Las mujeres…

-Porque son mujeres. Pero no son ni los niños ni las mujeres quienes afirmarán tu Reino.

-¿Por qué, Judas? Te equivocas. Los niños de hoy serán precisamente los discípulos de mañana, los que propagarán el Reino por toda la Tierra. Y las mujeres… ¿Por qué no lo pueden hacer?

-Ciertamente, no podrás hacer de las mujeres apóstoles; al máximo, serán discípulas, como Tú has dicho, que servirán de ayuda a los discípulos.

-Un día cambiarás la opinión sobre muchas cosas, hermano mío. Pero ni siquiera intento convencerte de tu error. Chocaría contra una mentalidad que te viene de siglos de conceptos y prejuicios errados acerca de la mujer. Lo único que te ruego es que observes, que anotes, en ti, las diferencias que ves entre las discípulas y los discípulos, y que observes, fríamente, su adecuación a mis enseñanzas.

Verás cómo, empezando por tu madre, que se podría decir que ha sido la primera de las discípulas en el orden del tiempo y del heroísmo -y lo sigue siendo, haciendo frente con valentía a toda una ciudad que la vitupera por serme fiel; resistiendo contra las voces de su sangre, que no le ahorra reproches por serme fiel -, verás cómo las discípulas son mejores que vosotros.

-Lo reconozco, es verdad. ¿Pero en Nazaret dónde están también las mujeres discípulas? Las hijas de Alfeo, las madres de Ismael y de Aser y sus hermanas. Y basta. Demasiado poco. Querría no volver a Nazaret para no ver todo esto.

-¡Pobrecilla tu madre! Le darías un gran dolor -interviene María.

-Es verdad -dice Santiago -Tiene muchas esperanzas de lograr conciliar a nuestros hermanos con Jesús y con nosotros. Creo que no desea sino esto. Pero, ciertamente, no es estando lejos como lo conseguiremos. Hasta ahora te he hecho caso en estar como aislado; pero, desde mañana, quiero salir a estar con unos u otros… Porque, si vamos a tener que evangelizar incluso a los gentiles, ¿no vamos a evangelizar nuestra ciudad? Me niego a creer que toda ella sea mala, que no se la puede convertir.

Judas Tadeo no rebate, pero está visiblemente inquieto.
Simón Zelote, que había estado todo el tiempo callado, interviene:

-No querría insinuar sospechas. Pero consentidme que os haga una pregunta para consolar vuestro espíritu. Ésta: ¿Estáis seguros de que en la actitud de reserva de Nazaret no haya fuerzas externas, venidas de otros lugares y que aquí operan bien, sobre la base de un elemento que debería, si se razonara con justicia, dar las mejores garantías de seguridad de que el Maestro es el Santo de Dios?

El conocimiento de la vida perfecta de Jesús, nazareno, debería facilitar a los nazarenos el aceptarlo como el Mesías prometido. Yo más que vosotros, y conmigo muchos de mi edad, en Nazaret hemos conocido, al menos de oídas, a algunos supuestos Mesías. Y os aseguro que su vida íntima desacreditaba las más obstinadas aserciones de mesianidad en ellos.

Roma los ha perseguido ferozmente como a rebeldes. Pero, aparte de la idea política, que Roma no podía permitir que existiera en los lugares de su dominio, estos falsos Mesías, por muchos motivos privados, habrían merecido castigo. Nosotros los instigábamos y sosteníamos, porque nos servían para saciar nuestro espíritu de rebelión contra Roma; los secundábamos, porque, estando embotados, hemos creído -hasta que el Maestro ha aclarado la verdad, y, por desgracia, a pesar de esto, todavía no creemos como deberíamos, o sea, totalmente -, hemos creído ver en ellos al "rey" prometido. Ellos halagaban nuestro espíritu afligido con esperanzas de independencia nacional y de reconstrucción del reino de Israel.

¡Pero, ay, qué miseria! ¡¿Qué reino, lábil y degenerado, habría sido?! No. Llamar a esos falsos Mesías reyes de Israel y fundadores del Reino prometido era en verdad degradar profundamente la idea mesiánica. En el Maestro, a la profundidad de su doctrina se une la santidad de vida, y Nazaret, como ninguna otra ciudad, la conoce. No tengo ninguna intención de acusar a los nazarenos de incredulidad respecto al carácter sobrenatural de su venida, que ellos ignoran. ¡Pero la vida! ¡Su vida!…

Ahora tanto resentimiento, tanta impenetrable resistencia… Bueno, mucho más que eso: tanta resistencia aumentada. ¿Y el origen de una resistencia tan crecida no podría estar en maniobras enemigas? Sabemos cómo son los enemigos de Jesús, sabemos la influencia que tienen.

¿Pensáis que sólo aquí se hayan mantenido inactivos y ausentes, si en todos los lugares nos han precedido, o se nos han juntado, o nos han seguido, para destruir la obra de Cristo? No acuséis a Nazaret como si fuera la única culpable. Más bien llorad por ella, desviada por los enemigos de Jesús.

-Muy bien lo has dicho, Simón: Llorad por ella… -dice Jesús. Y está triste.

Juan de Endor observa:

-También has dicho muy bien eso de que el elemento favorable se transforma en desfavorable porque el hombre raramente piensa con justicia. Aquí el primer obstáculo es el nacimiento humilde, la infancia humilde, la adolescencia humilde, la juventud humilde de nuestro Jesús.

El hombre olvida que los valores se celan bajo apariencias modestas, mientras que los que no son nada se camuflan bajo apariencia de grandes seres para imponerse a las muchedumbres.

-Será así… Pero ello no cambia en nada mi pensamiento acerca de los nazarenos. Sea cual fuere lo que les hayan dicho, debían saber juzgar por las obras reales del Maestro, no por las palabras de unos desconocidos.

Un largo silencio, roto únicamente por el ruido de telas que la Virgen divide en franjas para hacer de ellas orlas.

Síntica no ha hablado en todo este tiempo, a pesar de haber estado atentísima. Conserva siempre esa actitud suya de profundo respeto, de discreción, que solamente con María o con el niño se hace menos rígida. Pero ahora el niño se ha dormido, sentado en un taburete justo a los pies de Síntica y con la cabeza apoyada en las rodillas de ella sobre su brazo doblado. Por eso ella no se mueve y espera a que María le pase las franjas de tela.

-¡Qué sueño más inocente!… ¡Está sonriendo!… -observa María inclinándose hacia la carita durmiente.

-¿Qué estará soñando? -dice, sonriendo, Simón.
-Es un niño muy inteligente. Aprende pronto y pide explicaciones precisas. Hace preguntas muy agudas y quiere respuestas claras. Sobre todas las cosas. Confieso que algunas veces me veo en dificultad para responder. Son argumentos superiores a su edad, y, algunas veces, también a mi capacidad de explicarlos -dice Juan.

-¡Ah, sí! Como aquel día… ¿Te acuerdas, Juan? ¡Tuviste dos alumnos muy mortificantes ese día! ¡Y muy ignorantes! ­dice Síntica, sonriendo levemente y mirando fijamente al discípulo con su mirada profunda.

Juan sonríe a su vez y dice:
-Sí. Y vosotros tuvisteis un maestro muy incapaz, que tuvo que pedir ayuda a la verdadera Maestra… porque, en ninguno de los muchos libros que había leído, este pedagogo ignorante había encontrado la respuesta para un niño. Señal de que soy un pedagogo ignorante todavía.

-La ciencia humana es ignorante todavía. Lo insuficiente no era el pedagogo, sino lo que le habían dado para serlo.

¡La pobre ciencia humana! ¡Oh, qué mutilada la veo! Me recuerda a una divinidad que era venerada en Grecia. ¡Se requería verdaderamente la materialidad pagana para poder creer que, por estar privada de alas, la Victoria fuera para siempre propiedad de los griegos! No sólo las alas a la Victoria; la libertad incluso nos han quitado… Mejor hubiera sido, en nuestra creencia, que hubiera tenido alas.

Habríamos podido concebirla capaz de volar para arrebatar rayos celestes y asaetear a los enemigos. Pero, así, sin alas, no daba esperanza sino desconsuelo y mensaje de tristeza. No la podía mirar sin apenarme… La veía doliente, descorazonada por su mutilación. Un símbolo de dolor, no de alegría… Y lo fue. Pero es que el hombre hace con la Ciencia lo mismo que con la Victoria. Le amputa las alas que bañarían en lo sobrenatural el saber y darían una clave para abrir muchos secretos de lo cognoscible y de la creación. Han creído, y creen, que, mutilándole las alas la tienen cautiva… Lo único que han hecho ha sido reducirla a minusválida… La Ciencia alada sería Sabiduría. Así, en ese estado, es solamente comprensión parcial.

-¿Y mi Madre os dio respuesta ese día?
-Con perfecta claridad y con casta palabra, adecuada para el oído de un niño y de dos adultos de sexo distinto sin que ninguno se ruborizase.

-¿Sobre qué versaba?

-Sobre el pecado original, Maestro. Tomé nota de la explicación de tu Madre para recordarla -dice Síntica; y también Juan de Endor dice: «También yo. Creo que será una cosa muy solicitada, si un día se va a los gentiles. Yo no creo que vaya porque…».

-¿Por qué, Juan?
-Porque viviré poco.
-¿Pero irías con gusto?

-Más que muchos otros de Israel, porque no tengo prejuicios. Y también… Sí, también por esto. Yo di mal ejemplo entre los gentiles, en Cintium, y en Anatolia. Hubiera deseado poder hacer el bien en los lugares en que he hecho el mal. El bien que debería hacer: llevar tu palabra allí, darte a conocer… Pero habría sido demasiado honor… No lo merezco…

Jesús lo mira sonriendo, pero no dice nada a este respecto. Pregunta:

-¿Y no tenéis otras preguntas que hacer?
-Yo tengo una. Me ha surgido la otra noche, cuando hablabas del ocio con el niño. He tratado de darme una respuesta, pero no lo he conseguido. Esperaba al sábado para hacértela, cuando las manos están inactivas y nuestra alma, en tus manos, es elevada a Dios -dice Síntica.

-Haz ahora tu pregunta, mientras esperamos la hora del descanso.

-Maestro. Tú dijiste que, si uno se vuelve tibio en el trabajo espiritual, se debilita y predispone a las enfermedades del espíritu. ¿No es así?

-Sí, mujer.

-Pues bien, esto me parece en contraste con cuanto os he oído a ti y a tu Madre acerca del pecado original, sus efectos en nosotros, la liberación de éste por medio de ti. Me habéis enseñado que con la Redención quedará anulado el pecado original. Creo que no yerro si digo que será anulado no para todos, sino solamente para aquellos que crean en ti.

-Es verdad.

-Dejo, por tanto a los otros, y tomo en consideración a uno de estos salvados. Lo contemplo después de los efectos de la Redención. Su alma ya no tiene el pecado original.

Vuelve, pues, a poseer la Gracia como la tenían los Progenitores. ¿Esto no le dará un vigor que no podrá sufrir desfallecimiento alguno? Tú dirás: "El hombre comete también pecados personales". Bien, de acuerdo. Pero pienso que también éstos caerán con tu Redención. No te pregunto cómo. Pero supongo que, como testimonio de que ella se ha producido verdaderamente -y no sé cómo acontecerá, si bien cuanto se refiere a ti en el Libro sagrado hace temblar, y espero que sea sufrimiento simbólico, restringido a lo moral, aunque el dolor moral no es una ilusión sino un espasmo quizás mucho más atroz que el físico -, dejarás, digo, unos medios, unos símbolos. Todas las religiones los tienen; en algunas ocasiones los llaman "misterios"…

El bautismo actual, vigente en Israel, es uno de ellos, ¿no es verdad?
-Lo es. Y habrá, con nombre distinto del que tú les das, en mi Religión también signos de esta Redención, que serán aplicados a las almas para purificarlas, fortalecerlas, iluminarlas, sostenerlas, nutrirlas, absolverlas.

-¿Y entonces? Si son absueltas también de los pecados personales, siempre estarán en gracia… ¿Cómo es que, entonces, serán débiles y propensas a enfermedades espirituales?

-Te pongo una comparación. Tomemos un niño recién nacido de padres sanísimos, sano y robusto. No hay en él ninguna tara física, hereditaria. Esqueleto y órganos perfectos. Goza de sangre sana. Tiene, pues, todos los requisitos para desarrollarse fuerte y sano, dándose, además, el caso de que su madre tiene leche abundante y sustanciosa. Mas, he aquí que en los albores de su vida se manifiesta en él una gravísima enfermedad cuya causa se desconoce; una enfermedad auténticamente mortal.

A duras penas se salva, por la piedad de Dios, que le retiene la vida que estaba a punto de marcharse de ese cuerpecito. Pues bien, ¿crees que, después, ese niño tendrá el mismo vigor que si no hubiera sufrido esa enfermedad? No. Tendrá siempre en sí un estado de debilidad, que, aunque no se manifieste claramente, estará ahí y lo predispondrá a las enfermedades más fácilmente que si no hubiera estado enfermo. Algún órgano ya nunca estará íntegro como antes. Su sangre será menos fuerte y pura que antes. Razones todas éstas por las que contraerá enfermedades más fácilmente, las cuales, a su vez, cada vez que le afecten, lo dejarán más propenso a enfermarse de nuevo. Lo mismo sucede en el campo espiritual. El pecado original quedará cancelado en los que crean en mí.

Pero el espíritu conservará una tendencia al pecado que no habría tenido sin el pecado original. Por tanto, es necesario vigilar y cuidar continuamente el propio espíritu, como hace la solícita madre con su hijito debilitado por una enfermedad infantil.

Por tanto, es necesario no holgar, sino ser siempre diligentes para fortalecerse en virtud. Si uno cae en la indolencia o en la tibieza, más fácilmente será seducido por Satanás. Y cada pecado grave, siendo semejante a una grave recaída, predispondrá cada vez más a la enfermedad y muerte del espíritu.

Por el contrario, la Gracia, restituida por la Redención, si va acompañada de una voluntad activa e incansable, se conserva. No sólo se conserva, sino que aumenta, porque queda asociada a las virtudes conseguidas por el hombre.

¡Santidad y Gracia! ¡Qué alas más seguras para volar a Dios! ¿Has comprendido?

-Sí, mi Señor. Tú, o sea, la Trinidad santísima, dais el Medio base al hombre. El hombre, con su trabajo y atención, no lo debe destruir. Comprendo. Todo pecado grave significa destrucción de la Gracia, o sea, de la salud del espíritu. Los signos que vas a dejarnos devolverán, sí, la salud; pero el pecador obstinado, que no lucha por no pecar, será cada vez más débil, aunque todas las veces sea perdonado. Es necesario, pues, vigilar para no perecer. Gracias, Señor… Margziam se está despertando. Es tarde…

-Sí. Vamos a orar todos juntos y luego iremos a descansar.

Jesús se levanta y todos lo imitan (también el niño, que todavía está adormilado). Y el "Pater noster" resuena, fuerte y armónico, en la pequeña habitación.

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