294- La rica dádiva del mercader. Adiós a la Madre y a las discípulas

La veneración de Misax se pone de manifiesto la mañana si ofreciendo los camellos para recorrer los primeros kilómetros de camino (ha dispuesto que se coloque la carga de forma que sea cómoda concavidad para los inexpertos caballeros).

Es discretamente cómico el ver emerger de entre bultos y cajas las cabezas morenas o rubias, con sus cabellos largos hasta las orejas en el caso de los hombres, o con las trenzas que sobresalen de la mata de pelo oculta bajo el velo de las mujeres. A veces el viento de la carrera, porque los camellos van deprisa, echa hacia atrás estos velos y brillan al sol los cabellos de oro encendido de María de Magdala o los más tenuemente rubios de María Stma.; mientras que las cabezas morenas o levemente negras de Juana, Síntica, Marta, Marcela, Susana y Sara adquieren reflejos de añil o bronceaduras oscuras; y las cabezas canas de Elisa, Salomé y María Cleofás parecen espolvoreadas de plata bajo el límpido sol que las caldea.

Los hombres van con destreza en el nuevo medio de transporte, y Margziam ríe feliz.

Se constata que la afirmación del mercader era verdadera cuando, volviéndose, se ve allá abajo Bosrá con sus torres y sus altas casas en medio del dédalo de estrechas calles.

Al noroeste se presentan leves colinas. Es por la base de estas colinas por donde avanza el camino que lleva a Aera, es allí donde se detiene la caravana para que bajen los peregrinos y separarse. Los camellos se arrodillan, con su cabeceo muy sensible, que hace gritar a más de una mujer.

Me doy cuenta ahora de que las mujeres habían sido prudentemente aseguradas a las sillas con ligaduras. Bajan, un poco aturdidas de tanto balanceo, pero descansadas.

Baja también Misax, que había llevado en su silla a Margziam, y, mientras los camelleros colocan de nuevo la carga en su forma habitual, se acerca a Jesús para una nueva despedida.

-Gracias, Misax. Nos has ahorrado mucha fatiga y mucho tiempo.

-Sí. En una hora escasa hemos recorrido más de veinte millas. Los camellos tienen patas largas. De todas formas su ambladura no es delicada, y espero que no la hayan sufrido demasiado las mujeres.

Todas las mujeres confirman que están descansadas y sin padecimientos.

-Ya estáis sólo a seis millas de Arbela. Que el Cielo os acompañe y os dé un camino ligero. Adiós, mi Señor. Permíteme que bese tus pies santos. Me alegro de haberte encontrado, Señor. Acuérdate de mí.

Misax besa los pies de Jesús y luego sube de nuevo a la silla; su crrr crrr hace alzar a los camellos…. y la caravana parte al galope por el camino llano, entre nubes de polvo.

-Es un hombre bueno. Estoy todo magullado, pero en compensación los pies han descansado. ¡Pero qué bamboleos! ¡Mucho más que una tempestad de tramontana en el lago! ¿Os reís? No tenía almohadones como las mujeres. ¡Viva mi barca! Sigue siendo la cosa más limpia y segura. Y ahora vamos a cargar con los talegos y nos ponemos en marcha.

Es una competición por cargarse más que los demás. La ganan los que se quedan con Jesús, o sea, Mateo, el Zelote, Santiago y Juan, Hermasteo y Timoneo, los cuales cogen todo para dejar libres a los tres que van a ir con las mujeres, es más cuatro, porque va también Juan de Endor, aunque su ayuda será muy relativa por su estado de salud tan quebrantado.

Van a buen paso durante unos kilómetros. Ganada la cima del pacífico collado que hacía de mampara por la parte occidental, aparece de nuevo una fértil llanura, circundada de un anillo de collados más altos que el primero que han encontrado, en cuyo centro se alza un otero de forma alargada. En la llanura, una ciudad: Arbela.

Descienden. Pronto están en la llanura.
Andan todavía un rato; luego Jesús se para y dice:
-Ha llegado la hora de la separación. Vamos a comer juntos y luego nos separaremos. Ésta es la bifurcación de Gadara.

Vosotros tomaréis ese camino. Es el más corto. Antes del anochecer podréis estar ya en las tierras custodiadas por Cusa.

No se ve mucho entusiasmo, pero… pues se obedece.
Mientras están comiendo, Margziam dice:

-Entonces también es el momento de darte esta bolsa. Me la ha dado el mercader cuando iba en la silla con él. Me ha dicho: "Se la darás a Jesús antes de separarte de Él, y le dirás que me ame como te ama a ti". Aquí está. Aquí entre la ropa me pesaba. Parece llena de piedras.
-¡A ver! ¡A ver! ¡El dinero pesa!».

Todos se muestran curiosos. Jesús desata los cordones de cuero arroscado que mantienen cerrada la bolsa de piel de gacela -según creo, porque parece gamuza-y vuelca el contenido en su regazo. Ruedan unas monedas, pero son lo menos; caen también muchos saquitos de levísimo lino cendalí: saquitos atados con un hilo. A través del ligerísimo lino se transparentan hermosos colores, y el sol parece encender en esos saquitos una pequeña hoguera, como brasas bajo un fino estrato de cenizas.

-¿Qué es? ¿Qué es? Desata, Maestro.
Todos están inclinados hacia El, que, muy tranquilamente, desata el nudo de un primer saquito de dorado fuego: topacios de distintas dimensiones, todavía sin labrar, resplandecen libres bajo el sol. Otro saquito: rubíes, gotas de sangre cuajada. Otro: preciado reír de color verde, por lascas de esmeraldas. Otro: láminas de cielo de zafiros puros. Otro: pálidas amatistas. Otro: índigo morado de berilos. Otro: esplendor negro de ónices… Y así hasta doce saquitos. En el último, el más pesado, todo él un cabrilleo de oro de crisolitos, un pequeño pergamino: «Para tu racional de verdadero Pontífice y Rey».

El regazo de Jesús se ha transformado en un diminuto prado sembrado de luminosos pétalos… Los apóstoles hunden sus manos en esta luz hecha materia multicolor. Están asombrados…

Pedro murmura:

-¡Si estuviera Judas de Keriot!…
-¡Calla! Mejor que no esté -dice secamente el Tadeo.

Jesús pide un trozo de tela para hacer un único saquito de las piedras, y, mientras los comentarios continúan, piensa.

Los apóstoles dicen:
-¡Era muy rico ese hombre!
Y Pedro hace reír a los demás diciendo:
-Hemos venido trotando sobre un trono de gemas. No pensaba que estaba encima de semejante esplendor. ¡Pero, si hubiera sido más mullido!… ¿Qué vas a hacer con esto ahora?

-Lo voy a vender para los pobres.
Alza los ojos y, sonriendo, mira a las mujeres.
-¿Y dónde encuentras aquí el joyero que te compre esto?
-¿Dónde? Aquí. Juana, Marta y María, ¿compráis mi tesoro?
Las tres mujeres, sin siquiera consultarse entre sí, dicen:

-Sí -impetuosamente.

Pero Marta añade: -Aquí tenemos poco dinero.

-Tenédmelo preparado en Magdala para la nueva luna.

-¿Cuánto quieres, Señor?

-Para mí nada, para mis pobres mucho.

-Dámelo. Mucho tendrás -dice la Magdalena, y coge la bolsa y se la mete en el seno. Jesús se queda sólo con las monedas. Se pone en pie. Besa a su Madre, a su tía, a sus primos, a Pedro, a Juan de Endor y a Margziam. Bendice a las mujeres y se despide de ellas. Y ellas se marchan. Se vuelven todavía, hasta que una curva los esconde.

Jesús con los que han quedado -ahora es una comitiva muy reducida, formada solamente por ocho personas-se dirige hacia Arbela. Caminan ligeros y silenciosos hacia la ciudad, cada vez más cercana.

293- Palabras de Jesús y milagros en Bosrá, después de la irrupción de dos fariseos.

El don de la fe a Alejandro Misax
…Y también está muy cerca el mundo con sus olas de odio, traición, dolor, necesidad, curiosidad. Y las olas vienen, como las del mar a un puerto, a morir aquí, dentro del patio de la posada de Bosrá, limpio ahora de excrementos e inmundicias por el respeto del hospedero, cuyo corazón es mejor de lo que su cara hace suponer.

Mucha gente, del lugar y no del lugar, aunque todavía de la región; y gente que, por lo que dicen, comprendo que vienen de lejos, de las riberas del lago o de allende el lago. Nombres de pueblos y fragmentos de dolor se captan de las palabras que, a la espera de Jesús, se entrecruzan. Gadara, Ippo, Gerguesa, Gamala, Afeq, y Naím, Endor, Yizreel, Magdala y Corazín pasan de boca en boca; con ellos las referencias de los motivos que hasta aquí los han traído desde tan lejos.

-Cuando supe que Él había venido por la Transjordania me desanimé; pero, cuando iba a volver a Yizreel vinieron unos discípulos, y nos dijeron a los que estábamos esperando en Cafarnaúm: “Ahora estará seguro más allá de Gerasa. Id sin demora a Bosrá o a Arbela", y he venido con éstos…

-Yo vi pasar por Gadara a unos fariseos que preguntaban si Jesús de Nazaret estaba en la región. Tengo a mi mujer enferma. Me uní a ellos. Luego, ayer, en Arbela, supe que iba a venir antes a Bosrá, así que he venido aquí.
-Yo vengo de Gamala, por este niño. Le embistió una vaca furiosa. Se me ha quedado así… -y muestra a su hijo, tullido por entero, incapaz de mover libremente siquiera los brazos.

-Yo no he podido traer al mío. Vengo de Meguiddó. ¿Creéis que me lo curará desde aquí? -gime una mujer con el rostro enrojecido por el llanto.

-¡Hace falta el enfermo!
-No. Basta tener fe.
-No. Si no impone las manos no hay curación. Así hacen también sus discípulos.
-¡Has recorrido mucho camino para nada, mujer!
La mujer se abandona al llanto diciendo:
-¡Ay de mí! Lo he dejado, casi agonizando, esperando que… No lo va a curar y ahora tampoco lo voy a consolar yo cuando muera…

Otra mujer la conforta:

-No lo creas, mujer, que yo vengo a darle las gracias porque me hizo un gran milagro desde el monte donde estaba hablando.
-¿Qué mal tenía tu hijo?

-No era mi hijo. Era mi marido, que se había vuelto loco… -y las dos mujeres siguen hablando en voz baja.
-Es verdad. También la madre de Arbela recuperó convertido a su hijo sin que el Maestro lo viera -dice uno de Arbela, y sigue hablando con otros que tiene al lado…
-¡Abrid paso, por piedad! ¡Abrid paso! -gritan unos que transportan unas angarillas cubiertas por entero.

La muchedumbre se separa y la camilla pasa con su carga de dolor para disponerse en el fondo, casi detrás de un pajar. ¡Quién sabe si es hombre o mujer la persona extendida en las angarillas!

Entran dos fariseos todo orondos y bien conservados de aspecto, más soberbios que nunca. Asaltan, como si fueran dos locos, al pobre hospedero gritando:
-¡Maldito embustero! ¿Por qué nos dijiste que no estaba? ¿Eres cómplice suyo? ¡Burlarte así de nosotros, los santos de Israel, por favorecer a… ¿a quién?! ¿Tú qué sabes quién es? ¿Qué es para ti?

-¿Qué es? Pues lo que vosotros no sois. De todas formas no he mentido. Vino pocas horas después de vuestra llegada. Y no se ha escondido, ni yo lo escondo. Pero, dado que quien manda aquí soy yo, en este mismo instante os digo: "¡Fuera de mi casa!". Aquí no se injuria al Nazareno. ¿Entendido? ¡Y si no entendéis las palabras puedo hablaros con los hechos, abusones, que no sois más que unos abusones!

El fornido hospedero parece tan dispuesto a pasar a la acción, que los dos fariseos cambian de tono y reptan como perrillos amenazados con el azote.

-¡No, pero si lo buscábamos para venerarlo! ¿Qué idea te has hecho? Lo que nos ha sacado de nuestras casillas ha sido el pensar que por tu culpa no lo íbamos a poder ver.

Sabemos quién es. El Mesías, santo y bendito, y no somos dignos de alzar nuestra mirada a Él: nosotros, polvo; El, gloria de Israel. Llévanos a El. Nuestra alma arde de deseo de oír su palabra.

El hospedero les devuelve la pelota maravillosamente, respondiendo:

-¡Oh, pues fíjate, ¿cómo he podido pensar que fuera otra cosa, yo que he oído hablar de la justicia de los fariseos?! ¡Pues claro, habéis venido a adorarlo! ¡Os consume este deseo! Voy a decírselo. Voy… ¡No, por Satanás, tú no me sigues! Y tú tampoco, u os pego una sacudida, momias viejas venenosas, que os hago entrar al uno en el otro. Vosotros os quedáis aquí. Tú aquí, donde te planto, y tú aquí.

Lo que siento es no poderos hincar en el suelo hasta el cuello para servirme de vosotros como una estaca para atar a los cerdos y degollarlos -y une la acción a las palabras: coge primero al fariseo más delgaducho, por las axilas, lo alza y lo planta en el suelo con tanta violencia que, verdaderamente, si no fuera una tierra bien dura, el desdichado habría entrado al menos hasta el tobillo (pero es tierra dura y el fariseo queda de pie, tras un fuerte bamboleo, como si fuera un muñeco); luego coge al otro y, a pesar de ser más bien obeso, lo levanta y lo baja con igual furia, y, como reacciona y forcejea, al final, en vez de ponerlo derecho, lo tira al suelo, y el fariseo cae sentado: un envoltorio de carne y ropa… Luego se marcha, diciendo una palabrota que se pierde entre los lamentos de los dos fariseos y las carcajadas de muchos.

Entra por un pasillo, pasa a un patio pequeño, toma una escalera, pone pie en una galería, y luego en una habitación amplia donde Jesús con todos los suyos, más el mercader, están terminando de comer.

-Han llegado dos de los cuatro fariseos. Te lo digo para tu gobierno. Yo, por el momento, ya les he dado un repaso. Pretendían venir detrás de mí. No he querido. Ahora están abajo, en el patio, entre muchos enfermos, muchos, y más gente.

-Voy enseguida. Gracias, Fara. Tú ya puedes ir yendo.
Se levantan todos. Pero Jesús ordena que los discípulos se queden donde están, y también las mujeres, excepto su Madre, María Cleofás, Susana y Salomé. Y, visto el dolor que se dibuja en los rostros de los que quedan excluidos, dice:

-Subid a la terraza. Me podréis oír igualmente.
Sale con los apóstoles y las cuatro mujeres. Sigue en sentido contrario el mismo recorrido del hospedero. Entra en el patio grande. La gente alarga el cuello para ver; los más astutos se suben a los pajares, a los carros que están aparcados en uno de los lados, a los bordes de los pilones…

Los dos fariseos se adelantan respetuosísimos para recibirlo. Jesús los saluda con su habitual saludo, como si fueran sus más fieles amigos. No obstante, no se detiene a responder a sus preguntas hipócritas:
-¿Tan pocos sois? ¿Sin discípulos? ¿Te han abandonado?
Jesús, continuando su paso, responde serio:

-Ningún abandono. Venís de Arbela, donde habéis encontrado a los que me preceden; en Judea habéis encontrado a Judas de Simón, Tomás, Natanael y Felipe.

El fariseo corpulento no se atreve a seguirle más y se para de golpe, colorado como una brasa. El otro, más descarado, insiste:

-Es verdad. Pero, precisamente sabíamos que estabas con discípulos fieles y con las mujeres, y nos extrañaba verte con tan pocos. Queríamos ver tus nuevas conquistas para congratularnos contigo -y ríe falaz.

-¿Mis nuevas conquistas? ¡Aquí están! -y Jesús hace un gesto en semicírculo señalando a la multitud, que, en su mayor parte, son de la Transjordania, o sea, de esta región donde está Bosrá. Luego, sin darle al fariseo tiempo para replicar, empieza su discurso.

-“Me han buscado los que antes no se hacían cuestión de mí, me han encontrado los que antes no me buscaban. Y he dicho: “Aquí estoy, aquí estoy” a una nación que no invocaba mi Nombre” (Cita aquí Jesús a Isaías 65, 1 y siguientes, y 63)

¡Gloria al Señor, que habla la verdad por la boca de los Profetas! Yo, verdaderamente, al ver a esta muchedumbre que se apiña en torno a mí, exulto en el Señor, porque veo cumplidas las promesas que el Eterno me hizo cuando me envió al mundo, aquellas promesas que Yo mismo encendí, con el Padre y el Paráclito, en el pensamiento, en la boca, en el corazón de los Profetas, aquellas promesas que conocí antes de ser Carne y me incitaron a vestirme de carne.

Y me sostienen. Sí, me sostienen frente al odio, el rencor, la sospecha y la mentira. Me han buscado los que antes no se hacían cuestión de mí, me han encontrado los que no me buscaban. ¿Por qué esto, si aquellos a quienes he tendido la mano diciendo: “Aquí estoy", por el contrario, me han rechazado? Y éstos me conocían, mientras que aquéllos no me conocían. ¿Entonces?

He aquí la clave del misterio. Ignorar no es pecado, renegar sí. Demasiados de los que tienen noticia de mí -a los cuales he tendido la mano- me han renegado como si fuera espurio, o un ladrón, o un diablo corruptor; porque en su soberbia han apagado la fe, se han descarriado por caminos no buenos, retorcidos, pecaminosos, abandonando el camino que mi voz les indica. El pecado está en el corazón, en los platos, en los lechos, en los corazones, en las mentes de este pueblo que me rechaza y que, viendo reflejada en todas partes su propia impureza, la ve también en mí, más concentrada aún por su odio; y entonces me dice: “Aléjate porque eres impuro".

¿Qué habrá de decir, pues, Aquel que viene con sus vestiduras teñidas de rojo, vestido de esplendor, caminando en la grandeza de su fuerza? Va a cumplir ya lo que dice Isaías, no va a guardar silencio, pero, ¿verterá en el interior de ellos cuanto se merecen? No. Antes debe pisar en su lagar, completamente solo, abandonado por todos, para hacer el vino de la Redención.

El vino que embriaga a los justos para hacerlos bienaventurados, el vino que embriaga a los culpables del gran pecado para triturar su sacrílego poder. Sí. Mi vino, el que va madurando hora tras hora al sol del eterno Amor, significará ruina y salvación de muchos, como ha dicho una profecía no escrita aún, mas sí depositada en la roca sin hendidura de que ha brotado la Vid que produce el Vino de Vida eterna.

¿Entendéis? No, no entendéis, doctores de Israel. Pero no importa que no entendáis. Está descendiendo sobre vosotros la tiniebla de que habla Isaías: "Tienen ojos pero no ven, oídos pero no oyen". Con vuestra malignidad os protegéis de la Luz; así se podrá decir que la Luz ha sido rechazada por las tinieblas y el mundo no ha querido conocerla.

Sin embargo, vosotros, vosotros que viviendo en las tinieblas habéis sabido creer en la Luz que os anunciaban, vosotros que la habéis deseado, buscado y encontrado, exultad. Exulta, pueblo de los fieles que has venido a la Salud, por montes, ríos, valles y lagos, sin contar el peso del largo camino. Lo mismo se hace por el otro camino, espiritual, que es el que, de las tinieblas de la ignorancia, te conducirá, pueblo de Bosrá, a la luz de la Sabiduría.

¡Exulta, pueblo de la Auranítida! Exulta en la alegría de conocer. Verdaderamente también de ti se habla, y de tus pueblos limítrofes, cuando canta el Profeta que vuestros camellos y dromedarios se apiñarán por los caminos de Neftalí y Zabulón, para llevar adoración al verdadero Dios y para ser sus siervos en la santa y dulce ley que sólo impone la observancia de los diez preceptos del Señor, a cambio de paternidad divina y bienaventuranza eterna: amar al verdadero Dios con la totalidad de uno mismo, amar al prójimo como a uno mismo, respetar los sábados sin profanarlos, honrar a los padres, no matar, no robar, no cometer adulterio, no ser falso en los testimonios, no desear la mujer ni las cosas de los demás. Bienaventurados vosotros si, viniendo desde más lejos, superáis a los que estaban en la casa del Señor, y que la han dejado, aguijoneados por los diez preceptos de Satanás: el desamor a Dios, el amor a uno mismo, la corrupción del culto, la dureza con los padres, el deseo homicida, el afán de hurtar la santidad ajena, la fornicación con Satanás, los falsos testimonios, la envidia por la naturaleza y misión del Verbo, el horrendo pecado que fermenta y va madurando en el fondo de los corazones, de demasiados corazones.

Exultad, vosotros los sedientos, los hambrientos, los afligidos! ¿Erais los repudiados, los proscritos, los despreciados, los extranjeros? ¡Venid! ¡Exultad! Ahora ya no. Yo os doy casa, bienes, paternidad, patria. Os doy el Cielo. ¡Seguidme, porque soy el Salvador! ¡Seguidme, porque soy el Redentor! ¡Seguidme, pues soy la Vida! ¡Seguidme, pues soy Aquel a quien el Padre no niega gracias! ¡Exultad en mi amor! ¡Exultad! Para que veáis -vosotros que me habéis buscado con vuestros dolores, que habéis creído en mí antes de conocerme-que os amo, para que este día sea de verdadera exultación, oro así:

"¡Padre, Padre santo! ¡Sobre todas las heridas, las enfermedades, las llagas de los cuerpos, las angustias, los tormentos, los remordimientos de los corazones, sobre todas las fes que están naciendo, sobre las que vacilan, sobre las que se fortalecen, descienda, descienda salud, gracia, paz! ¡Paz en mi Nombre! ¡Gracia en tu Nombre! ¡Salud por nuestro recíproco amor! ¡Bendice, oh Padre santísimo! ¡Recoge y funde en un solo rebaño a estos tus hijos e hijos míos dispersos! ¡Haz que donde esté Yo estén ellos, una sola cosa contigo, Padre santo, contigo, conmigo y con el divinísimo Espíritu!

Jesús, con los brazos abiertos en forma de cruz, las palmas elevadas hacia el cielo, el rostro alzado, su voz sonando aguda e intensa como una trompeta de plata, ha hablado arrolladoramente… Ahora se queda así, en silencio, durante unos minutos. Luego sus ojos de zafiro dejan de mirar al cielo para mirar al vasto patio lleno de gente, que suspira emocionada y vibra de esperanza; las manos se juntan extendiéndose levemente hacia delante, y, con una sonrisa que le transfigura, lanza su último grito:
-¡Exultad, vosotros que creéis y esperáis! ¡Pueblo que sufre, yérguete y ama al Señor Dios tuyo!

Simultánea y globalmente, se produce la curación de todos los enfermos: un clamor de trino y trueno, de gritos y voces, se eleva para ensalzar al Salvador. Desde el fondo del patio, todavía arrastrando la sábana que la cubría, una mujer hiende la muchedumbre para caer a los pies del Señor. El clamor de la gente se hace distinto, de terror:

-¡María, la leprosa, la mujer de Joaquín! -y huyen en todas las direcciones.

-¡No temáis! Está curada. El contacto con ella ya no os puede hacer ningún daño -dice Jesús en tono tranquilizador. Y luego dice a la mujer que está prosternada: «Levántate, mujer. Tu gran esperanza te ha premiado y te merece el perdón de haber conculcado la prudencia que debías guardar con los hermanos. Vuelve a tu casa después de las purificaciones por la curación.

La mujer, joven y pasablemente guapa, llora mientras se pone de pie. Jesús la muestra a la gente, que se acerca un poco, admira el milagro y expresa con gritos su maravilla:
-El marido la adoraba. Le había construido un refugio en el extremo de sus tierras y todas las tardes iba y, llorando, le daba comida…

-Había enfermado por su piedad, atendiendo a un mendigo que no había dicho que era leproso.

-Pero, ¿cómo ha venido María, la buena?
-Con esa camilla. ¿Cómo no hemos pensado que eran dos servidores de Joaquín?

-Se han arriesgado a que los lapidaran.
-¡Su ama! La quieren, sabe hacerse querer más que a uno mismo…

Jesús hace un gesto y todos guardan silencio:

-Habéis visto que el amor y la bondad provocan el milagro y la alegría. Sabed ser buenos, pues. Puedes marcharte, mujer. Nadie te hará ningún mal. Paz a ti y a tu casa.
La mujer sale seguida por los servidores, que han prendido fuego a la camilla en medio del patio; detrás de ella, mucha gente.

Jesús, después de escuchar a alguno, despide a la multitud y se retira a casa seguido de los que estaban con Él.

-¡Qué palabras, Maestro!
-¡Qué transfigurado estabas!
-¡Qué voz!
-¡Y qué milagros!
-¿Has visto cuándo han desaparecido los fariseos?
-Se han marchado reptando como dos lagartos después de las primeras palabras.

-Los de Bosrá y de todos estos pueblos tienen de ti un
recuerdo espléndido…

-Madre, ¿y tú qué dices?
-Te bendigo, Hijo. Por mí y por ellos.
-Y tu bendición me acompañará hasta que nos volvamos a reunir.

-¿Por qué dices eso, Señor? ¿Es que las mujeres nos dejan?
-Sí, Simón. Mañana, con los primeros albores, Alejandro parte para Aera. Iremos con él hasta el camino de Arbela, luego lo dejaremos… con dolor, créeme, Alejandro Misax, tú que has sido un amable guía del Peregrino. Te recordaré siempre, Alejandro…

La emoción se transparenta en el anciano. Está saludando con los brazos cruzados, con gran reverencia, a la manera oriental, un poco inclinado, frente a Jesús. Mas, al oír estas palabras, dice:

-Sobre todo, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.
-¿Lo deseas, Misax?
-Sí, mi Señor.
-Yo también deseo una cosa de ti.
-¿Cuál, Señor? Si puedo, te la daré; aunque fuera la cosa más valiosa que poseo.

-Es la más valiosa. Quiero tu alma. Ven a mí. A1 principio del viaje te dije que esperaba ofrecerte un don al final. El don es la Fe. ¿Crees en mí, Misax?

-Creo, Señor.

-Entonces santifica tu alma, para que la Fe no signifique para ti un don que no sólo sería ineficaz sino incluso perjudicial.

-Mi alma es vieja. Pero me esforzaré en hacerla nueva. Señor, soy un viejo pecador. Pero, absuélveme y bendíceme para que desde ahora empiece una vida nueva. Llevaré conmigo tu bendición como la mejor ayuda en mi camino hacia tu Reino… ¿No nos vamos a volver a ver, Señor?
-Nunca más en esta tierra. Pero tendrás noticias mías y tu fe aumentará, porque no te dejaré sin evangelización.

Adiós, Misax. Mañana tendremos poco tiempo para saludarnos. Saludémonos ahora, antes de comer juntos por última vez.

Lo abraza y lo besa. También lo hacen los apóstoles y los discípulos, mientras que las mujeres saludan con un único saludo.
Pero Misax se arrodilla casi delante de María diciendo:
-Tu luz de pura estrella de la mañana resplandezca en mi pensamiento hasta la muerte.
-Hasta la Vida, Alejandro. Ama a mi Hijo y me amarás a mí, y yo te amaré.

Simón Pedro pregunta:

-¿Pero de Arbela vamos a ir a Aera? Tengo miedo de que nos coja el mal tiempo. Mucha niebla… Hace tres días que baja al alba y al atardecer…

-Porque aquí hemos descendido. ¿No te parece que hemos bajado mucho? De todas formas es así. A partir de mañana subirás hacia los montes de la Decápolis y ya no tendrás nieblas -explica Misax.

-¿Hemos bajado? ¿Cuándo? Era camino llano…
-Sí, pero en continua bajada. ¡Tan suave que no se advierte! ¡Pero por millas y millas!…
-¿Cuánto tiempo estaremos en Arbela?

-Tú, Santiago y Judas, ni siquiera una hora -dice resueltamente Jesús.

-¿Yo… Santiago y Judas… ni siquiera una hora? ¿Y a dónde voy, si no estoy con todos vosotros?

-A otro lugar. Hasta las tierras que custodia Cusa. Acompañarás con los otros a mi Madre y a las mujeres hasta allí. Luego seguirán solas con los servidores de Juana, y vosotros volveréis y os reuniréis conmigo en Aera.
-¡Oh, Señor, me castigas porque estás enojado conmigo!… ¡Cuánto dolor me causas, Señor!

-Se siente castigado quien tiene conciencia de culpa, Simón. Esta conciencia de culpa, y no el castigo en sí mismo, debe producir dolor. Pero no creo que sea un castigo el acompañar a mi Madre y a las discípulas en el camino de regreso.

-¿Pero no sería mejor que vinieras Tú también con nosotros? Deja Aera, y estos lugares, y ven con nosotros.
-He prometido que iría e iré.
-Pues entonces voy también yo.

-Tú obedece como hacen mis hermanos sin protestar.
-¿Y si encuentras fariseos?

-Ciertamente no eres tú el más indicado para convertirlos. Pero precisamente porque los voy a encontrar es por lo que quiero que tú, con Santiago y Judas, os separéis antes de Arbela con las mujeres y con Juan de Endor y Margziam.
-¡Ah!… ¡Entiendo! Bien.

Jesús se vuelve hacia las mujeres y las bendice, una a una, dándoles a cada una consejos apropiados.

Magdalena, al agacharse a besar los pies de su Salvador, pregunta:

-¿Te voy a ver antes de volver a Betania?».
-Sin duda, María. Para Etanim estaré en el lago.

292- Insidia de escribas y fariseos en Bosrá

Bosrá, sea por la estación del año, sea porque está muy concentrada en sus callejuelas, se muestra opaca de niebla por la mañana.

Opaca y muy sucia. Los apóstoles, de regreso de las compras en el mercado, hablan de esto entre sí.

En efecto, la industria hostelera de aquellos tiempos y de estos lugares era tan prehistórica, que cada uno tenía que preocuparse de sus abastecimientos. Se comprende que los dueños no quieren salir perdiendo ni una miaja; se limitan a cocinar lo que los clientes llevan (¡y esperemos que no sisen!). A1 máximo compran para el cliente, o le venden directamente las provisiones de que tienen reservas, haciendo de carniceros, si hace falta, con los pobres corderos destinados a ser asados.

Esto de comprarle al hospedero no le resulta simpático a Pedro. Ahora continúa la divergencia de opiniones entre el apóstol y el hospedero, que tiene una cara muy pícara y que no desaprovecha la ocasión para injuriar al apóstol llamándole "galileo", el cual replica, señalando a un cerdito que acaba de degollar el hospedero por cuenta de unos clientes de paso:

-Yo galileo, tú cerdo; que lo que eres es un pagano. En tu fétida posada no me quedaría ni una hora, si fuera dueño de mí. Ladrón y… -y aquí añade otro término muy… ilustrativo, que dejo en el tintero -Deduzco que entre estos de Bosrá y los galileos hay una de esas muchas incompatibilidades regionales y religiosas de que estaba lleno Israel, o, mejor, Palestina.

El hospedero grita más fuerte:

-Si no fuera porque estás con el Nazareno y porque soy mejor que vuestros repulsivos fariseos, que lo odian sin motivo, te lavaría el morro con la sangre del cerdo; así tendrías que largarte de aquí para correr a purificarte.

Pero le tengo respeto a Él, que ciertamente tiene poder. Y te digo que con todas vuestras historias sois unos pecadores. Somos mejores nosotros que vosotros. Nosotros no tendemos emboscadas, ni traicionamos. Vosotros…

¡Pfff!… Raza de traidores y granujas, que no respetáis ni siquiera a los pocos santos que tenéis entre vosotros.
-¿A quién, traidores? ¿A nosotros? ¡Ah, vive el Cielo que ahora…!

Pedro está enfurecido y a punto de lanzarse contra el hombre; su hermano y Santiago lo sujetan y Simón se pone en medio con Mateo.

Pero, más que esta acción, es la voz de Jesús, que se asoma por una puerta y dice:

-Y ahora tú, Simón, calla, y tú, hombre, también -lo cual hace deponer la ira.

-Señor, el hospedero ha sido el primero que ha tirado una puntada y que ha amenazado.

-Nazareno, el primer ofendido he sido yo.
Yo, él. Él y yo. Se echan la culpa el uno al otro los dos culpables. Jesús se acerca serio y sereno.

-Tenéis la culpa los dos. Y tú, Simón, más que él. Porque tú conoces la doctrina del amor, del perdón, de la mansedumbre, de la paciencia, de la hermandad. Tenemos que hacernos respetar como santos, si no queremos que nos traten mal como a galileos.

Y tú, hombre, si te sientes mejor que los demás, bendice a Dios por ello, y sé digno de ser cada vez mejor. Y, sobre todo, no ensucies tu alma con acusaciones que no son verdaderas: mis discípulos ni traicionan ni actúan subrepticiamente.

-¿Estás seguro, Nazareno? ¿Y entonces por qué aquellos cuatro han venido a preguntarme que si habías venido, que con quién estabas, y otras muchas cosas cucas?

-¡Qué! ¡Qué! ¿Quiénes son? ¿Dónde están?

Los apóstoles se arremolinan, olvidando que al hacerlo se acercan a uno que está embadurnado de sangre de cerdo, lo cual, antes, sobrecogidos, los mantenía distantes.
-Id vosotros a vuestras ocupaciones. Tú puedes quedarte, Misax.

Los apóstoles van a la habitación de la que había salido Jesús. En el patio sólo se quedan: uno frente al otro, Jesús y el hospedero; a unos pasos de Jesús, el mercader, observando la escena con asombro.

-Responde, hombre, con sinceridad. Y perdona si la sangre ha enfurecido la lengua de un discípulo mío. ¿Quiénes son esos cuatro y qué han dicho?

-No sé concretamente quiénes son. Eso sí, escribas y fariseos de la otra parte. No sé quién los ha traído aquí.

No los he visto jamás. Pero están bien al corriente de ti. Saben de dónde vienes, a dónde vas, con quién vas. De todas formas, si venían a mí es porque querían asegurarse. No. Seré un granuja, pero sé mi oficio. No conozco a nadie, no veo nada, no sé nada… para los demás, claro, porque para mí sé todo.

Pero, ¿por qué voy a tener que decir a otros lo que sé?, y menos todavía a los hipócritas. ¿Granuja?, sí. Si fuera menester, ayudaría incluso a unos ladrones. Total, ya lo sabes… Pero no sabría robarte, o tratar de robarte, a ti la libertad, el honor o la vida. Y ésos -dejaría de ser Fara de Tolomeo, si no fuera verdad lo que digo-, ésos te acechan para causarte un mal.

¿Y quién los envía? ¿Uno de Perea o de la Decápolis?, ¿uno de la Traconítida, de la Gaulanítida o de la Auranítida?

No, que nosotros o no te conocemos o, si te conocemos, te respetamos como a un justo, si es que no creemos en ti como santo. ¿Entonces, quién los ha enviado? Uno de la parte tuya, y quizás uno de tus amigos, porque saben demasiadas cosas…

-Saber de mi caravana es fácil… -dice Misax.
-No, mercader, no de ti, de otros que van con Jesús. Yo no sé, ni quiero saber; no veo, ni quiero ver. De todas formas, te digo: si ves que eres responsable, repara; si ves que te están traicionando, toma las medidas oportunas.
-No se trata de culpa, hombre, ni de traición; lo único que sucede es que Israel no me comprende. Pero… ¿y tú, cómo tienes noticias de mí?

-Por un joven. Un calavera que daba que hablar en Bosrá y en Arbela: aquí porque venía a consumar sus pecados, allí porque deshonraba a su familia. Luego se convirtió, se hizo más honesto que un justo. Ahora se ha unido a tus discípulos, se ha hecho discípulo también él, y te espera en Arbela, con sus padres, para rendirte honor. Y va diciendo a todos que le cambiaste el corazón por las oraciones de su madre. Felipe de Jacob tendrá el mérito, si esta región se santifica, de haber sido su santificador; y si en Bosrá hay alguien que cree en ti, es por él.

-¿Dónde están ahora estos escribas que han venido?
-No lo sé. Se marcharon porque les dije que no tenía sitio para ellos. Lo tenía, pero no he querido dar hospedaje a las serpientes junto a la paloma. Se habrán quedado, ciertamente, por los alrededores. Ten cuidado.
-Gracias. ¿Cómo te llamas?

-Fara. He cumplido con mi deber. Acuérdate de mí.
-Sí, y tú de Dios. Y perdona a mi Simón. Algunas veces le ciega el gran amor que me tiene.
-Nada malo. Yo también le he ofendido… Pero la verdad es que hace daño cuando a uno lo insultan. Tú no insultas…
Jesús suspira… y dice:

-¿Quieres ayudar al Nazareno?
-Si está en mi mano…
-Me gustaría predicar en este patio…
-Te dejo que hables. ¿Cuándo?
-Entre la sexta y la nona.

-Ve tranquilo a donde quieras. Bosrá sabrá que predicas. Yo me encargo de ello.

-Dios te lo pague -y Jesús le dirige una sonrisa que ya en sí es paga. Luego se encamina hacia la habitación donde estaba antes. Alejandro Misax dice:
-Maestro, sonríeme igual a mí… Yo también voy a decir a la gente que venga a oír hablar a la Bondad. Conozco a muchas personas. Adiós.

-Que Dios te retribuya a ti también -y Jesús le sonríe.

Entra en la habitación. Las mujeres están alrededor de María -que tiene expresión de pena-, la cual se levanta enseguida y va hacia su Hijo. No dice nada, mas todo en ella es una pregunta. Jesús le sonríe y le responde diciendo a todos:

-Estad libres para la hora sexta. Hablaré a muchos aquí. Mientras tanto, idos todos, menos Simón Pedro, Juan y Hermasteo; anunciadme y dad muchas limosnas.
Los apóstoles se marchan.
Pedro se acerca lentamente a Jesús, que está con las mujeres, y pregunta:

-¿Por qué no voy yo también?
-Cuando uno es demasiado impulsivo se queda en casa.

¡Simón, Simón! ¿Cuándo vas a aprender a dirigir tu caridad al prójimo? Actualmente es una llama encendida, pero toda para mí; es una lámina recta y rígida, pero sólo para mí.

Sé manso, Simón de Jonás.

-Tienes razón, Señor. Ya me ha regañado tu Madre, como sabe hacerlo ella, sin hacer daño. Hasta lo más hondo ha penetrado en mí. Pero… regáñame también Tú, pero… luego no me mires con tanta tristeza.

-Sé bueno. Sé bueno… Síntica, querría hablarte aparte. Sube a la terraza. Ven tú también, Madre mía…

Y por la rústica terraza que cubre un ala del edificio, con el tibio sol que caldea el aire, Jesús, paseando lentamente entre María y la griega, dice:

-Mañana nos separaremos durante un tiempo. Cerca de Arbela, las mujeres, con Juan de Endor, iréis hacia el mar de Galilea y proseguiréis juntos hasta Nazaret. Pero, para no mandaros solas con un hombre casi imposibilitado, os acompañarán también mis hermanos y Simón Pedro. Presiento discrepancias por esta separación. Pero la obediencia es la virtud del justo. Pasando por las tierras que Cusa vigila en nombre de Herodes, Juana podrá disponer de escolta para el resto del camino. Entonces dejaréis partir a los hijos de Alfeo y a Simón Pedro. Y si te he pedido que subieras aquí era para esto: quiero decirte, Síntica, que he decidido que estés un período en casa de mi Madre.

Ella ya sabe. Contigo estarán Juan de Endor y Margziam. Estad allí con amor, formándoos cada vez más en la Sabiduría. Quiero que cuides mucho del pobre Juan. A mi Madre no se lo digo porque no necesita consejos. Tú puedes comprenderlo y sufrir con él, y él puede hacerte mucho bien porque es un experto maestro. Después iré Yo.

¡Pronto! Nos veremos con frecuencia. Espero encontrarte cada vez más sabia en la Verdad. Te bendigo, Síntica, en particular; éste es mi adiós a ti por esta vez. En Nazaret encontrarás amor y odio, como en todas partes; pero en mi casa encontrarás paz, siempre.

-Nazaret no se ocupará de mí ni yo de ella. Viviré alimentándome de la Verdad y el mundo no significará nada para mí, Señor».

-Bien. Puedes marcharte, Síntica. Y, por ahora, guarda silencio. Madre, tú sabes… Te confío estas perlas mías predilectas. Mientras gozamos de paz nosotros, Mamá, haz que tu Jesús encuentre conforte en tus caricias…

-¡Cuánto odio, Hijo mío!
-¡Cuánto amor!
-¡Cuánta amargura, mi querido Jesús!
-¡Cuánta dulzura!
-¡Cuánta incomprensión, Hijito mío!
-¡Cuánta comprensión, Mamá!
-¡Tesoro mío! ¡Mi querido Hijo!
-¡Mamá! ¡Alegría de Dios y mía! ¡Mamá!».

Se besan y luego se quedan juntos, sentados en el banco de piedra que recorre el antepecho de la terraza: Jesús abrazando, protector y amoroso, a su Madre; ella apoyando en el hombro de su Hijo la cabeza, las manos en su mano: beatíficos… El mundo está muy lejos… sepultado bajo olas de amor y fidelidad…

291- Margziam descubre por qué Jesús ora todos los días a la hora nona

Tenía razón el mercader.

Octubre no podía conceder a los peregrinos un día más hermoso.

Disipada la leve niebla que velaba la campiña, como si la naturaleza hubiera querido cubrir con un velo el sueño de las plantas durante la noche, los campos se ven ahora en su majestuosa extensión de cultivos caldeados por el sol.

Parece como si la niebla se hubiera recogido en copos de espuma transparente para ornar las lejanas cimas, mostrándolas aún más desvanecidas bajo el cielo sereno.

-¿Qué son aquéllas? ¿Montañas que tenemos que subir? -pregunta Pedro preocupado.

-No, no. Son los montes de Aurán. Nos quedaremos en la llanura, más acá de ellos. Antes de que se haga de noche, estaremos en Bosrá de Auranítida, una hermosa y buena ciudad. Mucha actividad comercial -dice para consolar y en tono de elogio el mercader, que como base de la belleza de un lugar pone siempre la prosperidad comercial.

Jesús está completamente solo, detrás, como algunas veces hace cuando desea aislarse. Margziam se vuelve para mirarlo varias veces. Luego, no resistiendo más, deja a Pedro y a Juan de Zebedeo, se sienta al borde del camino, en un mojón que debe ser una señal militar romana, y espera. Cuando Jesús llega a su altura, el niño se levanta y sin decir nada, se pone al lado de Jesús, pero un poco retrasado para que ni siquiera el verlo le moleste, y observa, observa…

Sigue observando, hasta que Jesús sale de su meditación y, al oír las leves pisadas detrás de El, se vuelve, y sonríe tendiendo la mano al niño, y dice:
-¡Oh, Margziam! ¿Qué haces aquí tan solo?

-Te estaba mirando. Hace días que te miro. Todos tienen ojos, pero no todos ven las mismas cosas. He visto que Tú, de vez en cuando, te aíslas… Los primeros días pensaba que quizás estabas afligido por algo. Pero luego he visto que lo haces siempre a las mismas horas, y que tu Mamá, que siempre te consuela cuando estás triste, no te dice nada cuando tienes esa expresión de cara; es más, si está hablando, se calla y se recoge profundamente. ¡Yo veo, eh!… Porque siempre os miro a ti y a ella para hacer lo que hacéis vosotros. Les he preguntado a los apóstoles que qué es lo que haces, porque está claro que algo haces. Me han dicho: "Está orando". Y les he preguntado: "¿Qué dice?".

Ninguno me ha respondido, porque no lo saben. Están contigo desde hace años y no lo saben. Hoy te he seguido siempre que veía que ponías esa expresión, y te he estado mirando mientras orabas. Pero no es siempre la misma cara. Esta mañana, al amanecer, parecías un ángel de luz.

Mirabas las cosas con unos ojos que creo que las sacabas de las sombras más que el Sol. A las cosas y a las personas. Y luego observabas el cielo, y tenías la misma cara que cuando ofreces el pan, en la mesa. Más tarde, cruzando ese pueblecito, te has puesto el último, solo: tanto te esforzabas en decir, al pasar, palabras buenas a los pobres de ese pueblo, que me parecías un padre. A uno le has dicho: "Soporta con paciencia, que pronto te aliviaré, a ti y a otros como tú".

Era el esclavo de aquel hombre feo que nos ha embriscado a sus perros. Luego, mientras preparaban la comida, nos mirabas con ojos de una bondad repleta de amor. Parecías una madre… Pero ahora tu cara era de dolor… ¿En qué piensas, Jesús, a esta hora, que estás siempre así?… De todas formas, por la noche, algunas veces, si no duermo, te veo muy serio.

¿Me dices cómo rezas?, ¿me dices qué te mueve a rezar?
-Por supuesto que te lo digo. Así rezarás conmigo. La jornada nos la da Dios, toda: tanto la iluminada como la oscura: el día y la noche. Es un don vivir y gozar de luz.

Es un modo de santificación el modo de vivir. ¿No es verdad? Pues entonces uno tiene que santificar todos los momentos del día, para conservarse en santidad y tener presente en su corazón al Altísimo y su bondad, y, al mismo tiempo, mantener alejado al Demonio.

Observa los pajarillos. Con el primer rayo de sol cantan. Bendicen la luz. También nosotros debemos bendecir la luz, que es un don de Dios, y bendecir a Dios, que nos la concede y que es Luz. Tener deseos de El ya desde los albores de la mañana, como para poner un sigilo de luz, una nota de luz en todo el día que transcurre, para que todo él sea luminoso y santo. Unirnos a toda la Creación para alabar al Creador.

Luego, a medida que las horas van pasando, y pasando nos traen la constatación de cuánto dolor e ignorancia hay en el mundo, orar también, para que sea aliviado el dolor y caiga la ignorancia y conozcan a Dios, lo amen, le eleven sus oraciones, todos los hombres; que si conocieran a Dios se verían siempre consolados incluso en su sufrimiento.

En la hora sexta, orar por amor a la familia. Saborear este don de estar unidos a quien nos ama, que también esto es un don de Dios. Pedir que la comida no se transforme de algo útil en pecado. Y, al declinar la tarde, orar pensando que la muerte es ese ocaso que a todos nos espera. Orar para que nuestro ocaso, de un día o de toda la vida, se produzca siempre con el alma en gracia. Y, cuando se encienden las luces, orar para dar las gracias por el día que ha concluido y para pedir protección y perdón, para echarse a dormir sin miedo a un improviso juicio, a asaltos demoníacos. Orar, en fin, por la noche -pero esto es para los que ya no son niños-para ofrecer reparación por los pecados de la noche, para alejar a Satanás de los débiles, para que en los que hayan incurrido en culpa surjan la reflexión, la contrición, los buenos propósitos que se harán realidad con los primeros rayos del sol. Y así el justo durante todo el día ora, y por estas cosas ora.

-Pero no me has dicho por qué te abstraes, tan serio y majestuoso, a la hora nona…
-Porque… digo: "Por el Sacrificio de esta hora venga tu Reino al mundo y sean redimidos todos aquellos que creen en tu Verbo". Dilo también tú…

-¿Qué sacrificio es? Dijiste que el incienso se ofrece por la mañana y al atardecer. Las víctimas, a las mismas horas, todos los días, en el altar del Templo; y las víctimas, si son por votos y expiaciones, se ofrecen a todas las horas. No hay una hora nona señalada con rito especial.

Jesús se para, toma al niño con las dos manos, lo alza, lo mantiene fijo frente a sí y, como si recitase un salmo, alzando el rostro, dice:

-Y entre la sexta y la nona aquel que vino como Salvador y Redentor, aquel de que hablan los profetas, consumará su sacrificio, después de comer el pan amargo de la traición y de dar el dulce Pan de la Vida, después de prensarse a sí mismo como el racimo en el lagar y dar de beber de sí a los hombres y a la hierba, después de tejerse púrpura de rey con su sangre, y ceñir corona, y empuñar el cetro y elevar al lugar alto su trono, para que lo vea Sión, Israel y el mundo. Levantado, con el purpúreo vestido de sus llagas infinitas, en medio de las tinieblas para dar Luz, en la muerte para dar Vida, morirá a la hora nona y será redimido el mundo.

Margziam lo mira aterrorizado, pálido, con muchas ganas de llorar en los labios y en sus ojos asustados. Con voz insegura, dice:

-¡Pero el Salvador eres Tú! ¿Entonces eres Tú el que va a morir a esa hora?

Las lágrimas empiezan a descender por las mejillas y la pequeña boca las bebe, mientras, entreabierta, espera una desmentida.

Pero Jesús dice:

-Soy Yo, pequeño discípulo. Y también por ti.
Y, dado que el niño rompe a llorar convulsivamente, lo aprieta contra su corazón y dice:

-¿Entonces te duele que Yo muera?
-¡Oh, Tú eres mi única alegría! ¡No quiero esto! Yo… Déjame morir en lugar de ti…

-Tú tienes que predicarme en todo el mundo. Ya está dicho. Pero, escúchame: moriré contento porque sé que tú me amas; luego resucitaré. ¿Te acuerdas de Jonás? Salió mejor compuesto del vientre de la ballena, descansado, fuerte.

Yo también, e iré inmediatamente a ti y te diré: "Pequeño Margziam, tu llanto apagó mi sed, tu amor me ha hecho compañía en el sepulcro.

Ahora vengo a decirte: “Sé sacerdote mío"'. Y te besaré teniendo todavía en mí el aroma del Paraíso.

-Pero, ¿dónde voy a estar yo? ¿No voy a estar con Pedro?, ¿no con la Madre?

-Te salvaré de las olas infernales de esos días. Salvaré a los más débiles e inocentes. Menos a uno. Margziam, pequeño apóstol, quieres ayudarme a orar por aquella hora?
-¡Oh, sí, Señor! ¿Y los demás?

-Esto es un secreto entre nosotros dos. Un gran secreto.

Porque a Dios le place revelarse a los pequeñuelos… No llores más. Sonríe, pensando que después no volveré a sufrir nunca más y sólo recordaré todo el amor de los hombres, el primero el tuyo. Ven, ven. Mira qué lejos están los otros. Vamos a correr para alcanzarlos -y lo pone en el suelo y, llevándolo de la mano, se echa a correr con el niño hasta que se unen al grupo.

-Maestro, ¿qué has estado haciendo?
-Le he explicado a Margziam las horas del día.
-¿Y el niño ha llorado? Será que se ha comportado mal y Tú, por bondad, lo disculpas -dice Pedro.

-No, Simón. Ha observado que oraba. Vosotros no lo habéis observado. Me ha pedido una explicación, y se la he dado.

El niño se ha emocionado por mis palabras. Ahora dejadlo tranquilo. Ve donde mi Madre, Margziam. Y vosotros escuchad todos, que no os vendrá mal a vosotros la lección.

Y Jesús explica otra vez la utilidad de la oración en las horas principales del día, omitiendo la explicación de la hora nona. Termina:

-La unión con Dios es este tenerlo presente en todo momento para alabarlo e invocarlo. Hacedlo y progresaréis en la vida del espíritu.

Bosrá está ya cerca. Extendida en la llanura, se ve grande; parece bonita, con torres y circundada de muros. La tarde, al caer, desvanece los tonos de las casas y los campos en un lila ceniciento lleno de languor, en que se confunden los contornos, mientras balidos de ovejas y gruñidos de cerdos, dentro de unos recintos fuera de los muros, rompen el silencio de la campiña. Silencio que cesa en cuanto, atravesada la puerta, la caravana entra en un dédalo de callecitas, que defraudan a quien desde fuera juzgaba bonita la ciudad. Voces, olores y… hedores se depositan en las callejuelas retorcidas, y acompañan a los peregrinos hasta una plaza -ciertamente un mercado- en que está la posada.

La llegada a Bosrá se ha cumplido.

290- El hombre de los ojos ulcerosos. El alto en la «fuente del Camellero». Más sobre el recuerdo de las almas

La caravana sale del vasto patio de Alejandro. Ordenada como para un desfile militar.

Cierran la marcha Jesús y todos los suyos. Los camellos caminan meciendo con su rítmico paso su pesada carga, y las cabezas, sobre los arqueados cuellos, a cada paso parecen preguntar:

«¿Por qué? ¿Por qué?», con un movimiento mudo pero típico, como el de las palomas, que a cada paso parecen decir:

«Sí, sí» a todo lo que ven. Tiene que atravesar la ciudad la caravana; lo hace en un nítido ambiente matutino. Todos van arrebozados, porque hace fresco. Los cascabeles de los camellos, el crrr crrr de los camelleros, la voz estridente de un camello que prefiere el inactivo establo, advierten a los gerasenos de la marcha de Jesús.

La noticia se extiende rápida como el relámpago, y unos gerasenos vienen a despedirlo y a traerle ofrendas de fruta y otros alimentos. Corre también un hombre con un niñito enfermo.

-¡Bendícelo para que se cure! ¡Ten piedad!
Jesús bendice alzando la mano, y añade:
-Ve seguro. Ten fe.

El hombre responde un «sí» tan lleno de confianza, que una mujer pregunta:
-¿Curarías a mi marido, que está enfermo de úlceras en los ojos?
-Si sois capaces de creer, sí.
-Entonces voy por él. Espérame, Señor -y, más que echarse a correr, vuela como una golondrina.

¡Esperar! ¡Parece fácil! Los camellos siguen adelante. Alejandro, que va a la cabeza de la columna, no sabe de las exigencias de los que van atrás. La única solución es mandarle un aviso.

-Corre, Margziam. Ve a decir al mercader que se pare antes de salir de las murallas» -dice Jesús.
Y Margziam sale corriendo raudo para cumplir su misión. La caravana se detiene. El mercader retrocede hacia Jesús.

-¿Qué pasa?
-Quédate aquí y verás.

Pronto regresa la mujer de Gerasa con su marido enfermo de los ojos. ¡Decía úlceras!: son dos huras de podredumbre abiertas en medio de la cara. Los ojos se ven allí en el centro, enturbiados, enrojecidos, semiciegos, en medio de una resudación de repugnantes lágrimas. En cuanto el hombre levanta la venda oscura que protege de la luz, el lagrimeo aumenta porque la luz aumenta el dolor de los ojos enfermos.

El hombre gime:
-¡Piedad! ¡Sufro mucho!
-También has pecado mucho. ¿De eso no te quejas? ¿Sólo te afliges de poder perder la pobre vista del mundo? ¿No sabes nada de Dios? ¿No te da miedo una oscuridad eterna? ¿Por qué has pecado?

El hombre se echa a llorar y agacha la cabeza, sin decir nada. Su mujer también llora y gime:
-Yo he perdonado…

-También Yo perdonaré si me jura aquí que no volverá a caer en su pecado.

-¡Sí, sí! Perdón. Ahora sé lo que el pecado trae consigo.

Perdón. Como la mujer, perdóname. Tú eres el Bueno.
-Te perdono. Ve a aquel riachuelo, lávate en el agua la cara y quedarás curado.

-El agua fría lo empeora, Señor -gime la mujer.
Pero el hombre no piensa sino en ir al riachuelo, y va… a ciegas hasta que el apóstol Juan, compasivo, lo toma de la mano y lo guía; Juan solo, hasta que la mujer sujeta al hombre de la otra mano, el cual desciende hasta el límite del agua gélida, que borbota entre las piedras, se agacha, toma el agua con los cuencos de las manos unidas y se lava una y otra vez la cara. No da señales de dolor. Es más, da la impresión de que lo que está haciendo le alivia.

Luego, con la cara todavía mojada, remonta el margen del riachuelo y vuelve donde Jesús, que le pregunta:
-¿Y bien? ¿Estás curado?
-No, Señor. Por ahora no. Pero Tú lo has dicho y yo quedaré curado.

-Permanece, entonces, en tu esperanza. Adiós.

La mujer se derrumba llorando… Está desilusionada. Jesús hace una señal al mercader de que se puede continuar; y éste, también desilusionado, hace pasar la voz. Los camellos reanudan la marcha con ese movimiento suyo como de una barca que alzara y bajara la proa y el tajamar contra la ola, salen fuera de las murallas, toman el amplio y polvoriento camino de caravanas que se extiende en dirección sudoeste.

Ya la última pareja del grupo apostólico (o sea, Juan de Endor y Simón Zelote) ha sobrepasado en unos veinte metros los muros, cuando un grito corta el aire silencioso: parece llenar de sí el mundo, se repite, cada vez más alto, jubiloso, laudatorio:

-¡Veo! ¡Jesús! ¡Bendito mío! ¡Veo! ¡Veo! ¡He creído! ¡Veo! ¡Jesús, Jesús! ¡Bendito mío! -y el hombre, cuya cara ha recuperado completamente la salud y cuyos ojos han vuelto a ser bonitos -dos carbunclos llenos de luz y vida-, hiende las filas apostólicas para caer a los pies de Jesús, y acaba casi debajo de las patas del camello del mercader, que apenas si tiene tiempo de apartar al animal del hombre prosternado.

El hombre besa el manto de Jesús mientras repite:
-¡He creído! ¡He creído y veo! ¡Bendito mío!
-Levántate y vive feliz, y, sobre todo, sé bueno. Di a tu mujer que sepa creer completamente. Adiós.

Jesús se libera de los brazos del curado y reanuda la marcha.

E1 mercader se acaricia la barba pensativo… Termina preguntando:

-¿Y si no hubiera sabido seguir creyendo después de la desilusión del lavado?
-Se hubiera quedado como estaba.
-¿Por qué exiges tanta fe para hacer un milagro?

-Porque la fe testifica la presencia de esperanza en Dios y amor a Dios.

-¿Y por qué has exigido antes el arrepentimiento?
-Porque el arrepentimiento hace a Dios amigo.
-Yo, que no tengo enfermedades, ¿qué tendría que hacer para testificar que tengo fe?

-Allegarte a la Verdad.

-¿Y podría ir a la Verdad sin la amistad de Dios?
-No podrías hacerlo sin la bondad de Dios. El Señor permite que quien -todavía sin arrepentimiento-lo busque, lo encuentre; porque el arrepentimiento generalmente llega cuando el hombre, conscientemente o con un mínimo atisbo de conciencia de lo que su alma quiere, conoce a Dios.

Antes de esto es como un idiota guiado sólo por el instinto. ¿No has sentido nunca la necesidad de creer?

-Muchas veces. Lo que pasaba es que no me sentía satisfecho de lo que tenía. Sentía que había otra realidad, más fuerte que el dinero y que los hijos, mi esperanza… Pero a la hora de la verdad no me preocupaba de tratar de saber aquello mismo que buscaba sin saberlo.

-Tu alma buscaba a Dios. La bondad de Dios ha permitido que encontraras a Dios. El arrepentimiento de tu yerto pasado lejos de Dios te dará la amistad con Dios.
-Entonces, para… para obtener el milagro de ver con el alma la Verdad, ¿tendría que arrepentirme de mi pasado?

-Ciertamente. Arrepentirte y decidirte a un completo cambio de vida…

El hombre vuelve a acariciarse la barba. Tanto fija su mirada, que parece como si estuviera estudiando y contando los pelos del cuello del camello. Sin querer, golpea con el talón al animal, que interpreta el golpe como una incitación a acelerar el paso, de forma que acelera y va adelante con el mercader, hacia la cabeza de la caravana.

Jesús no lo detiene. A1 contrario, Él mismo se para, dejándose adelantar por las mujeres y los apóstoles, hasta que llegan Simón Zelote y Juan de Endor. Jesús se une a éstos.

-¿De qué habláis? -pregunta.
-Hablábamos del desconsuelo que debe sentir quien no cree en nada o quien pierde la fe que tenía. Ayer Síntica estaba verdaderamente angustiada, a pesar de haber pasado a una fe perfecta -responde el Zelote.

-Yo le decía a Simón que, si es penoso pasar del Bien al Mal, también es desconcertante pasar del Mal al Bien. En el primer caso, uno se siente torturado por la recriminación de su conciencia; en el segundo, uno se siente… acongojado… como debe sentirse quien se encuentra transportado a un país extranjero, absolutamente desconocido… O es la zozobra de quien, siendo un mísero y un inculto, se viera puesto en medio de una Corte regia, entre doctos y nobles. Es un sufrimiento… Yo lo conozco… Mucho sufrimiento… Uno no es capaz de creer que sea verdad, que pueda durar… que se pueda merecer… especialmente cuando se tiene manchada el alma… como estaba la mía…

-¿Y ahora, Juan? -pregunta Jesús.
El rostro extenuado de Juan de Endor, extenuado y triste, se ilumina con una sonrisa que lo hace menos macilento.

Dice:
-Ahora no. Queda la gratitud; es más, aumenta la gratitud hacia el Señor, que ha querido esto. Queda el recuerdo del pasado para mantenerme humilde. Pero hay seguridad. Me siento aclimatado. Ya no me siento extranjero en este dulce mundo tuyo de perdón y de amor. Me he tranquilizado. Estoy sereno, feliz.

-¿Juzgas buena tu experiencia?

-Sí. Si no fuera porque me duele haber pecado, porque con mi pecado he entristecido a Dios, diría que siento que mi pasado ha estado bien; me puede servir mucho para sostener a almas que son voluntariosas pero se sienten desconcertadas en los primeros momentos de su nueva fe.
-Simón, ve a decir al muchacho que no salte tanto, que esta noche estará agotado.

Simón mira a Jesús, pero comprende la verdad de la orden. Sonríe inteligentemente y se marcha, dejando así solos a los dos.

-Ahora que estamos solos, Juan, escucha este deseo mío. Tú, por muchas razones, tienes una amplitud de juicio y pensamiento que ningún otro de mis seguidores tiene, y tienes una cultura más vasta que la común entre los israelitas. Por eso, te ruego que me ayudes…

-¿Yo ayudarte a ti? ¿En qué?

-Para Síntica. ¡Tú eres un magnífico pedagogo! Margziam contigo aprende pronto y bien. Tanto es así, que tengo intención de dejaros juntos unos meses, porque quiero en Margziam un conocimiento más amplio que el del pequeño mundo de Israel. Para ti ocuparte de él es motivo de alegría; también a mí me da alegría el veros juntos, tú enseñando, él aprendiendo, tú rejuveneciéndote, él madurando mientras está ocupado. Pero tendrás que ocuparte también de Síntica, como de una hermana desorientada. Tú lo has dicho: es sentirse desconcertados… Ayúdala a aclimatarse en mi ambiente. ¿Me haces este favor?

-¡Pero, mi Señor, si para mí es gracia hacerlo! No me acercaba a ella porque tenía la impresión de ser yo una persona superflua. Pero, si Tú lo quieres… Ella lee mis volúmenes: los hay sagrados y solamente cultos: libros de Roma y de Atenas. Veo que consulta y medita. Pero nunca me había entrometido a ayudarla. Si Tú lo quieres…

-Sí, lo quiero. Quiero veros amigos. Ella también, como Margziam y tú, estará en Nazaret un tiempo. Será bonito. Mi Madre y tú maestros de dos almas que se abren a Dios. Mi Madre: la angélica Maestra de la Ciencia de Dios; tú: el experto maestro del humano saber, que ahora puedes explicar con referencias sobrenaturales. Será bonito y bueno.

-¡Sí, mi bendito Señor! ¡Demasiado bonito para el pobre Juan!… -y el hombre sonríe ante el pensamiento de estos próximos días de paz junto a María, en la casa de Jesús…

Y el camino serpentea bordeando las pequeñas elevaciones que hay inmediatamente después de Gerasa, bajo un calorcillo de sol que cada vez se siente más, en una lindura de campiña que acaba siendo toda llana. Un camino que está bien conservado y por el que se camina cómodamente. Y se reemprende el camino después del alto del mediodía.

Es casi de noche cuando por primera vez oigo reír con ganas a Síntica: Margziam le ha contado no se qué y ha hecho reír a todas las mujeres. Veo que la griega se inclina a acariciar al niño y a rozarle la frente con un beso, tras lo cual el niño empieza otra vez a saltar como si no sintiera cansancio.

Pero todos los demás sí que están cansados, de forma que la decisión de pernoctar en la fuente del Camellero es recibida con alegría. El mercader dice:

-Hago noche siempre ahí. La etapa de Gerasa a Bosrá es demasiado larga, para los hombres y para los animales.
-Es humano este mercader -observan entre sí los apóstoles, comparándolo con Doras…

La "fuente del Camellero" no es sino un puñado de casas alrededor de numerosos pozos. Una especie de oasis no en la aridez del desierto, porque aquí no hay aridez. Es un oasis en la amplitud deshabitada de los campos y matas de árboles frutales que se intercalan durante millas y que, en esta anochecida de Octubre, emanan la misma tristeza que el mar a la hora del crepúsculo. Así que ver casas, oír rumor de voces, llantos de niños, sentir el olor de las chimeneas humeantes, ver las primeras lamparillas encendidas, es dulce como volver al propio hogar.

Mientras los camelleros se detienen para que los camellos beban una primera vez, los apóstoles y las mujeres siguen a Jesús, y, con el mercader, entran en la… muy prehistórica posada que los hospedará durante la noche…

…En la mísera y fumosa, vasta habitación donde han cenado y donde van a dormir los hombres, y mientras los domésticos preparan las yacijas hechas con heno amontonado encima de unos cañizos, se reúnen todos, cerca de un amplio hogar que ocupa toda la pared estrecha de la habitación. El fuego está encendido porque la noche ha traído consigo humedad y frío.

-Mientras no se ponga de agua el tiempo…-suspira Pedro.
El mercader lo tranquiliza:

-Debe terminar todavía esta luna antes de que venga el mal tiempo. Aquí hace así por la noche, pero mañana tendremos sol.

-¡Es por las mujeres, eh! No por mí. Soy pescador. Vivo en el agua. Y te aseguro que prefiero el agua a las montañas y al polvo.

Jesús habla con las mujeres y con sus dos primos. Lo están escuchando también Juan de Endor y el Zelote. Sin embargo, Timoneo, Hermasteo y Mateo están leyendo uno de los volúmenes de Juan; los dos israelitas le explican a Hermasteo los pasajes bíblicos de mayor oscuridad para él.

Margziam los escucha embelesado, pero con una carita que se vela de sueño. Lo ve María de Alfeo y dice:

-Ese niño está cansado. Ven, amor, que vamos a dormir.

Ven, Elisa; ven, Salomé. Ancianos y niños están mejor en la cama. Y haríais bien todos en iros a la cama, que estáis cansados.

Pero, aparte de las ancianas, excepto Marcela y Juana de Cusa, ninguno se mueve.

En cuanto, recibida la bendición, se marchan, Mateo susurra:

-¿Quién les iba a haber dicho a estas mujeres, hace poco, que iban a tener que dormir en paja, muy lejos de casa?
-Jamás he dormido tan bien -afirma categóricamente María de Magdala. Y Marta lo confirma.

Pero Pedro da la razón a su compañero:
-Mateo tiene razón. Me pregunto, y no lo entiendo, por qué os ha traído a vosotras aquí el Maestro
-Hombre, ¡pues porque somos las discípulas!
-¿Entonces, si fuera… a tierras de leones, iríais?

-¡Pues claro, Simón Pedro! ¡Como si fuera mucho caminar unos pasos! ¡Y, además, con Él al lado!…
-Hablando de pasos, la verdad es que son muchos. Y para mujeres que no están acostumbradas…

Pero las mujeres protestan tanto, que Pedro se encoge de hombros y calla.
Santiago de Alfeo, alzando la cabeza, ve una sonrisa tan luminosa en el rostro de Jesús, que le pregunta:

-¿Nos quieres decir la verdadera finalidad de este viaje, sólo con nosotros, con las mujeres, y… con poco fruto respecto al esfuerzo?

-¿Podrías pretender ver ahora el fruto de la semilla enterrada en los campos que hemos atravesado?
-No. Lo veré en primavera.

-Yo también te digo: "Lo verás a su tiempo".
Los apóstoles no replican nada.
Se alza la voz argentina de María:

-Hijo mío, hoy veníamos hablando entre nosotras de lo que has dicho en Ramot. Cada una de nosotras tenía impresiones y reflexiones distintas. ¿Querrías manifestarnos tu pensamiento? Yo decía que lo mejor era llamarte en ese momento. Pero ibas hablando con Juan de Endor.

-La verdad es que he sido yo la que ha suscitado la cuestión. Porque soy una pobre pagana y no tengo las espléndidas luces de vuestra fe. Sed indulgentes conmigo.

-¡Quisiera yo tener tu alma, hermana mía! -dice impulsiva la Magdalena. Y, siempre exuberante, la abraza y la mantiene junta a sí con un brazo.

Con su espléndida belleza parece iluminar ella sola la mísera barraca y transferir aquí la opulencia de su casa suntuosa. La griega, estrechada a ella, completamente distinta pero también de un físico singular, coloca una nota de pensamiento junto al grito de amor que parece emanar siempre de la pasional María; mientras que, sentada, su dulce rostro alzado hacia su Hijo, las manos entrecruzadas casi como si estuviera orando, recortado en el fondo de la negra pared su perfil purísimo, la Virgen es la perpetua Adoradora. Susana está en la penumbra del rincón, adormilada. Marta, activa a pesar del cansancio y de las insistencias de los demás, aprovecha la luz del hogar para asegurar unas hebillas en el vestidito de Margziam.

Jesús dice a Síntica:

-Pero no era un pensamiento penoso porque te he oído reír.

-Sí, por el niño, que resolvía la cuestión con soltura diciendo: “Yo sólo quiero volver si vuelve Jesús. Pero si quieres saber todo, ve, y luego vuelve y nos dices si te acuerdas".

Se echan a reír todas otra vez y dicen que Síntica había pedido a María explicación sobre el recuerdo que las almas conservan y que da razón de cierta posibilidad en los paganos de tener vagos recuerdos de la Verdad.

-Yo decía: "¿Será que esto confirma la teoría de la reencarnación en que creen muchos paganos?" y tu Madre, Maestro, me explicaba que lo que Tú dices es distinto.

Ahora te pido que me expliques también esto, mi Señor.

-Escucha. No debes creer que, porque los espíritus tengan espontáneos recuerdos de Verdad, esté demostrado que vivimos varias vidas. Ya conoces suficiente para saber cómo fue creado el hombre, cómo pecó, cómo fue castigado.

Te ha sido explicado cómo Dios incorpora en el animal-hombre un alma individual. Es creada cada vez una y jamás un alma es usada para posteriores encarnaciones. Esta certeza debería anular mi aserción acerca del recuerdo de las almas. Debería… para cualquier otro ser aparte del hombre, dotado de un alma hecha por Dios. El animal no puede recordar nada, naciendo una sola vez; el hombre puede recordar, a pesar de nacer una sola vez. Recordar con su parte mejor: el alma. ¿De dónde viene el alma, toda alma de hombre? De Dios. ¿Quién es Dios?

El Espíritu inteligentísimo, potentísimo, perfecto. Esta cosa admirable que es el alma, cosa creada por Dios para darle al hombre su imagen y semejanza como signo indiscutible de su Paternidad santísima, presenta dotes propias de Aquel que la creó: es, pues, inteligente, espiritual, libre, inmortal, como el Padre que la creó.

Sale perfecta del Pensamiento divino y en el instante de su creación es igual, durante una milésima de instante, que la del primer hombre: una perfección que entiende la Verdad por don dado gratis. Una milésima de instante. Luego, una vez formada, es lesionada por la culpa original. Para que entiendas mejor, te diré que es como si Dios estuviera grávido del alma que crea, y el creado, al nacer, fuera herido por una señal incancelable. ¿Me comprendes?

-Sí. Mientras es pensada es perfecta. Una milésima de instante, este pensamiento creador. Luego, el pensamiento traducido a hecho, el hecho queda sujeto a la ley provocada por la Culpa.

-Bien has respondido. El alma se encarna, por tanto, así en el cuerpo humano, llevando consigo, cual gema celada en el misterio de su ser espiritual, el recuerdo del Ser Creador, o sea, de la Verdad. El niño nace. Puede ser bueno, puede ser magnífico o pérfido; puede serlo todo porque en su querer es libre.

El ministerio de los ángeles con sus luces ilumina sus "recuerdos"; el artero los cubre de tinieblas. Según que el hombre desee las luces y aspire, por tanto, también a una virtud cada vez mayor, haciendo al alma señora de su ser, he aquí que aumenta en ella la facultad de recordar, como si la virtud fuera haciendo cada vez más sutil la pared que se interpone entre el alma y Dios.

Así se comprende por qué los hombres virtuosos de todos los pueblos sienten la Verdad (no perfectamente, por estar embotados por doctrinas contrarias o por letal ignorancia, pero sí suficientemente como para ofrecer páginas de formación moral a los pueblos a que pertenecen). ¿Has comprendido? ¿Estás convencida?

-Sí. Concluyendo: la religión de las virtudes practicadas heroicamente predispone al alma a la Religión verdadera y al conocimiento de Dios».

-Exacto. Y ahora ve a descansar con mi bendición. Y tú también, Mamá, y vosotras hermanas y discípulas. La paz de Dios descienda sobre vuestro descanso.

289- El sábado a Gerasa. Asueto de Margziam. La pregunta de Síntica sobre la salvaciónde los paganos

Largas son las horas de un día cuando no se sabe qué hacer.

Y verdaderamente no saben qué hacer este sábado los que están con Jesús, en una ciudad donde no conocen a nadie, en una casa en que se ven divididos por las diferencias de lengua y costumbres, como si no fueran ya suficientes los prejuicios hebreos para tenerlos divididos de los caravaneros y de los servidores de Alejandro Misax.

Por eso muchos están todavía en la cama, o dando cabezadas al sol que calienta el vasto patio cuadrado de la casa. Un patio adecuadísimo para recibir caravanas, con pilas, con argollas clavadas en las paredes o en las columnas de un rústico pórtico dispuesto a lo largo de los cuatro lados, y numerosas caballerizas y henales y pajares en tres de los lados. Las mujeres están retiradas en sus habitaciones: no se ve ni una sola.

Margziam encuentra motivo de distracción incluso en este patio cerrado: observa el trabajo de los estableros, que almohazan a los mulos, cambian las camas, examinan las pezuñas, remachan las herraduras flojas, o -y ello suscita en él aún mayor interés, porque es una cosa nueva-observa encandilado lo que hacen los camelleros, preparando ya desde hoy la carga para cada uno de los animales, distribuyéndolo en proporción al animal, equilibrándolo, y cómo les hacen arrodillarse y levantarse para poderlos cargar y descargar, para premiarlos después con un puñado de legumbres secas -me parecen habas-; en fin… una distribución de bayas de algarrobo, que también los hombres mastican con gusto.

Margziam está verdaderamente asombrado y mira alrededor de sí para encontrar a alguien con quien compartir su asombro. Pero queda desilusionado porque los adultos no están atentos a los camellos: unos hablan entre sí, otros están adormilados. Se acerca a Pedro, que duerme como un bendito, apoyada la cabeza sobre el blando heno. Le tira de una manga. Pedro abre medio ojo y pregunta:

-¿Qué pasa? ¿Quién me requiere?
-Yo. Ven a ver los camellos.

-Déjame dormir. He visto muchos camellos… Son animales feos.

El niño va donde Mateo, que está haciendo cuentas, pues en este viaje el tesorero es él:

-He estado viendo los camellos, ¿sabes? Comen como las ovejas, ¿sabes? Y se arrodillan como los hombres y parecen barcas subiendo y bajando cuando andan. ¿Tú los has visto?
Mateo, que ha perdido la cuenta por la interrupción, responde con un seco: «Sí» y vuelve a sus monedas. Otra desilusión… Margziam mira a su alrededor… Allí están Simón y Judas Tadeo hablando…

-¡Qué bonitos son los camellos! ¡Y qué buenos! Los han cargado y descargado, y se han agachado para que los hombres no se fatigaran. Luego han comido algarrobas. También los hombres. A mí me gustaría… pero no sé cómo lograr entenderme. Ven… -y coge de la mano a Simón.
Simón, absorto en el pacífico debate con el Tadeo, responde distraídamente:

-Sí, bonito… Ve, ve, pero ten cuidado de no hacerte daño.

Margziam lo mira perplejo… Simón ha dado una respuesta fuera de lugar. Casi llora. Se aleja desilusionado y va a apoyarse en una columna…

Jesús sale de una habitación y lo ve muy murrioso y solo. Se acerca al niño, le pone una mano encima de la cabeza:
-¿Qué haces todo solo y triste?
-Ninguno me hace caso…
-¿Qué querías de ellos?

-Nada… Hablaba de los camellos… Son bonitos… me gustan. Estar ahí arriba debe ser como estar en una barca… Y comen algarrobas; también los hombres…
-¿Y quieres subir arriba y comer las algarrobas. Ven, vamos donde los camellos -y Jesús lo coge de la mano y va al fondo del vasto patio con el niño, que se ha calmado por completo.

Va derecho hacia un camellero y lo saluda con una sonrisa. Éste se inclina y sigue observando a su animal (está colocándole la cabezada y regulándole las bridas).

-Hombre, ¿me entiendes?

-Sí, señor. Hace veinte años que os conozco.

-Este niño tiene un deseo grande: subir a un camello, y un deseo pequeño: comer una algarroba -Jesús sonríe más vivamente todavía.

-¿Tu hijo?
-No tengo hijos. No tengo mujer.
-Tú, muy guapo y fuerte, ¿no encontrado mujer?
-No la he buscado.
-¿No sentido deseo de mujer?
-No. Nunca.
El hombre lo mira estupefacto. Luego dice:
-Yo nueve hijos en Isquilo… Voy: hijo. Voy: hijo. Siempre.
-¿Los quieres a tus hijos?

-¡Sangre mía! Pero trabajo duro. Yo aquí, hijos allí. Lejos… Pero para pan ellos. ¿Entiendes?

-Entiendo. Entonces puedes comprender a este niño que quisiera montar en el camello y comer unas algarrobas.

-Sí. Ven. ¿Miedo? ¿No? Bien. ¡Bonito el niño! También yo. Uno así. Así moreno. Aquí. Coge aquí. Fuerte -y le pone la mano en el original agarre de la parte delantera de la silla.

-Sujetar. Ahora voy yo. Y camello arriba. No miedo, ¿eh?
Y el hombre trepa hasta la alta silla, se coloca bien e incita al camello, el cual, obediente, con una fuerte arfada, se alza.

Margziam ríe contento; y mucho más contento dado que el camellero le ha puesto en la boca una magnífica algarroba. El hombre pone el camello al paso, a lo largo del patio; luego, al trote; en fin, al ver que Margziam no tiene miedo, grita algo a un compañero y éste abre la grandísima puerta trasera del patio, y el camellero desaparece con su carga hacia el verde de la campiña.

Jesús vuelve hacia la casa y entra en una habitación grande donde están las mujeres. Sonríe tanto, que María le pregunta:

-¿Qué sucede, Hijo mío, que estás tan contento?
-Es la alegría de Margziam, que está galopando montado en un camello. Salid para que lo veamos volver.

Salen todos al patio y se sientan en una paredilla baja cabe los pilones. Los apóstoles que no duermen se acercan; los que estaban asomados a las ventanas de la habitación miran hacia abajo, ven y se acercan también. Sus voces altas y juveniles ­son las de Juan y los dos Santiagos-despiertan a Pedro y Andrés y hacen reaccionar a Mateo. Ahora están al completo, pues viene también Juan de Endor con los dos discípulos.

-Pero, ¿dónde está Margziam, que no lo veo? -pregunta Pedro.

-De paseo en el camello. Ninguno de vosotros lo escuchaba… Lo he visto triste y he puesto el remedio oportuno.
Pedro, Mateo y Simón recuerdan:

-¡Ah! ¡Claro! Hablaba de camellos… y de algarrobas. ¡Pero yo tenía sueño!»; «yo tenía cuentas que hacer, para darte la relación de lo que he recibido de los gerasenos y de lo que he dado como limosna»; « ¡y yo estaba hablando de cosas de fe con tu hermano!».

-No importa. Me he preocupado Yo. De todas formas, dicho sea de paso, también es amor ocuparse de los juegos de un niño… Pero ahora vamos a hablar de otra cosa. Fuera, toda la ciudad está de fiesta. De nuestro sábado el único recuerdo que hay es una alegría general.

Es mejor que ahora nos quedemos aquí dentro, con mucha más razón considerando que si quieren pueden encontrarnos. Saben dónde estamos. Ahí está Alejandro inspeccionando sus camellos. Voy a decirle que falta uno por mi culpa.
Y Jesús va raudo hacia el mercader y le habla.
Vuelven juntos. El mercader dice:

-Muy bien. Se divertirá, y le sentará bien una carrera bajo el sol. Puedes estar seguro de que el hombre lo tratará bien. Calipio es un hombre recto. A cambio de la carrera te pido algunas palabras. Esta noche pensaba en tus palabras… en las de Ramot entre Tú y la mujer, en las de ayer. Ayer tenía la impresión de estar subiendo a un alto monte, como los de la tierra en que habito, que tiene su cima verdaderamente en las nubes. Impulsabas hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba.

Me sentía como enganchado por un águila: una de esas de nuestro monte mayor, el primero que emergió del Diluvio. Todo lo veía nuevo, cosas en las que nunca había pensado, todas hechas de una luz… Y las comprendía. Luego se me han embrollado. Sigue hablando.
-¿Y de qué tengo que hablar?

-No sé… Todo era hermoso. Lo que decías de volvernos a encontrar en el Cielo… He comprendido que allí se amará de forma distinta y, no obstante, igual. Por ejemplo: no tendremos las inquietudes de ahora, y, no obstante, seremos todos para uno y uno para todos, como si fuéramos una única familia. ¿Me equivoco?

-No. Es más, formaremos una sola familia incluso con los que todavía viven. Las almas no quedan separadas por la muerte. Estoy hablando de los justos. Ellos constituyen una sola gran familia. Imagínate un gran templo donde haya unos que adoran y oran y otros que trabajan; los primeros oran por éstos también, y éstos trabajan para los que oran. Lo mismo las almas. Nosotros trabajamos aquí en la tierra. Ellos nos ayudan con sus oraciones. Y nosotros debemos ofrecer nuestros sufrimientos por su paz. Es una cadena que no se rompe. El Amor une a los que vivieron con los que viven. Y los que viven deben ser buenos para volverse a unir con los que vivieron y desean que estén con ellos.

Síntica hace un gesto involuntario que frena inmediatamente. Pero Jesús lo ve y la invita a salir de la circunspección que ella siempre observa.

-Pensaba… Ya hace días que lo pienso y, a decir verdad, me turba, porque me parece que creer en tu Paraíso significa perder para siempre a mi madre y a mis hermanas… -un sollozo quiebra la voz de Síntica, y no continúa para no llorar.

-¿Qué pensamiento es este que tanto te turba?

-Yo ahora creo en ti. A mi madre no sé pensarla sino como pagana. Era buena… ¡Muy buena! ¡Eran muy buenas también mis hermanas! La pequeña Ismene era la criatura más buena que la Tierra haya tenido. Pero eran paganas… Pero cuando yo era como ellas pensaba en el Hades y decía: "Volveremos a estar juntas". Ahora ya no existe el Hades.

Existe tu Paraíso, el Reino de los Cielos para los que han servido con justicia al Dios verdadero. ¿Y esas pobres almas? ¡No tienen culpa de haber nacido griegas! Ninguno de los sacerdotes de Israel vino a decir: "El Dios verdadero es el nuestro". ¿Y entonces? ¿Sus virtudes, nada? ¿Sus sufrimientos, nada? ¿Tinieblas eternas y eterna separación de mí? Te digo: ¡un tormento! Me parece como haberlas renegado. Perdona, Señor… Yo lloro… -y se postra de rodillas y llora desolada.

Alejandro Misax dice:

-¡Sí! Yo también pensaba si, haciéndome justo, volvería a ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos, a mis amigos…

Jesús posa sus dedos sobre la cabeza morena de Síntica y dice:

-Constituye culpa cuando, conociendo la Verdad se persiste en el Error; no cuando uno está convencido de estar en la verdad y ninguna voz se ha acercado nunca a decir: "Traigo la verdad. Abandonad vuestras quimeras por esta Verdad y tendréis el Cielo". Dios es justo.

¿Crees que no va a premiar la virtud por el hecho de que se haya formado aislada entre la corrupción de un mundo pagano? Tranquilízate, hija.

-¿Y el pecado original? ¿Y el culto nefando? Y…
Más cosas -para amontonarse sobre el alma afligida de Síntica-saldrían de la boca de los israelitas, si Jesús, con un gesto, no impusiera silencio.

Dice:
-El pecado original es común a todos, de Israel y no de Israel. No es particularidad de los paganos. El culto pagano constituirá culpa cuando la Ley de Cristo esté difundida en el mundo. La virtud será siempre virtud a los ojos de Dios. Y, por la unión mía con el Padre, digo -y lo digo en su Nombre, traduciendo en palabras el Pensamiento santísimo- que los caminos del poder misericordioso de Dios son tantos y tan totalmente orientados a la dicha de los virtuosos, que serán eliminadas las barreras entre las almas, y los que merecieron paz paz tendrán.

No sólo esto, sino que digo que en el futuro los que, convencidos de estar en la Verdad, sigan la religión de sus padres con justicia y santidad, no serán malquistos de Dios ni castigados por El.

Es la malicia, la falta de buena voluntad, el rechazar deliberadamente la Verdad conocida, es, sobre todo, el impugnar la Verdad revelada y luchar contra ella, es el vivir vicioso lo que realmente separará para siempre las almas de los justos de las de los pecadores. Alza el espíritu abatido, Síntica.

Estas melancolías son un asalto infernal por la ira que Satanás siente hacia ti, presa para siempre perdida. El Hades no existe. Existe mi Paraíso. Pero no es causa de dolor, sino de dicha. Nada de la Verdad debe ser causa de abatimiento o duda; antes al contrario, fuerza para creer cada vez más y con gozosa seguridad. Pero tú manifiéstame siempre tus razones. Quiero que tengas luz segura y firme como la del Sol.

Síntica, todavía arrodillada, le toma la mano y la besa…
El crrr crrr del camellero da a entender que el camello está para volver, al paso, sin hacer ruido en la tupida hierba que hay fuera de la trasera, la cual abre sin demora uno de los hombres de la caravana. Y Margziam vuelve contento, colorado por la carrera: un minúsculo hombrecito subido a la alta grupa. Ríe agitando los brazos mientras el camello se arrodilla, se deja deslizar desde la original silla, acaricia al camellero de piel morena, y luego corre hacia Jesús gritando:

-¡Qué bonito! ¿Vinieron en estos animales para adorarte los Sabios de Oriente? ¡Y yo voy a ir con ellos a predicarte por todas partes!

El mundo parece más grande visto desde allí arriba, y dice: "¡Venid, venid, vosotros que conocéis la Buena Nueva!". ¡Oh! ¿Sabes?… También ese hombre la necesita…

Y también tú, mercader, y todos tus hombres… ¡Cuánta gente espera, y muere sin poderla recibir!… Más gente que la arena del río. ¡Todos sin ti, Jesús! ¡Dísela pronto a todos! -y se le abraza a la cintura levantando la cabeza.

Jesús se agacha para besarlo y promete:

-Verás el Reino de Dios evangelizado en los confines más lejanos de Roma. ¿Contento?

-Yo sí. Luego iré a decirte: "Mira: éste, aquél y aquel otro país te conocen". Entonces sabré los nombres de esas tierras lejanas. ¿Y Tú qué me dirás?

-Te diré: "Ven, pequeño Margziam. Recibe una corona por cada país en que me has predicado, y luego ven aquí, a mi lado, como aquel día en Gerasa; descansa de tus fatigas porque has sido un siervo fiel y ahora es justa tu bienaventuranza en mi Reino".

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